63- El leproso curado cerca de Corazín

Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del alba, a un pobre leproso.

Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída.

Las manos y los pies están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que están. ¡Y la cabeza?… Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrá una cabeza semejante a ésta.

Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción.

¡Una ruina! Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol, en vez de la guadaña.

Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una vía principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.

El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre.

Vuelve al arroyuelo, las limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.

  • ¿Dónde estás, Abel? - grita una voz.
    El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro):
  • ¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste… Si me llegases a faltar también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel? - Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley, porque a mitad de recorrido se para.

Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.

  • ¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo.
  • Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas… ¡oh!, te sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una
    fiesta más grande.
  • ¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo…
  • Ahora te contaré.
  • Y sano. ¡No pareces el mismo!
  • Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido…
  • ¡Párate, párate! Estoy infectado.
  • ¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso.

Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.
Pero el leproso insiste:

  • Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien…
  • Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando - El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.
  • ¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy… ni siquiera tú… Había masticado un poco de achicoria…
  • ¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: "Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!".
  • Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego…
  • ¡No! Serás feliz para siempre.

El leproso hace un gesto con la cabeza.

  • Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz.
  • ¿Fe en quién?
  • En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí.
  • ¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?
  • ¡Lo puede! Es santo.
  • Sí, también Elíseo curó a Naamán el leproso… lo sé… Pero yo… yo no puedo ir al Jordán.
  • Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: "Quiero", y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos
    ven.
  • ¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?
  • Exacto… he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres… Yo dije: "Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe lo conduzco hacia el Maestro".
  • ¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán.
  • No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Lo llevaré hasta ti…
  • ¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve… ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!… – El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.
  • Me voy y tú vas hasta el bosque - El ex tullido se marcha corriendo.

Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los grupos de matorrales, siempre alerta por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue.

Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito.

  • Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia.
  • No tengo prisa.
  • ¿Lo vas a curar?
  • ¿Tiene fe?
  • ¡Oh!… se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente.
  • ¿Cómo lo has conocido?
  • Mira… yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego — el óbolo de algunas personas buenas — y lo compartí con él. Desde entonces somos amigos y todas las semanas lo abastezco. Con lo que tengo… Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que
    puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste — ¡bendito seas! — pienso en él… y en ti.
  • Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios… Ahí hay algo entre los ramajes.
  • ¿Eres tú, Abel?
  • Soy yo.
  • Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal.
    El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo nogal, lo espera.
  • ¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí! - y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice
  • ¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme! - Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado… Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas
    hasta los labios comidos por la lepra.

Jesús lo mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.

Éste, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita:

  • ¡No me toques! ¡Piedad de ti!
    Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder:
  • ¡Lo quiero! ¡Queda limpio! - La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. - Levántate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te bendigo.
  • ¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano! - Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegría.
  • Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo.
  • ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo dejarte!.
  • Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición.

Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.

62- Los discípulos buscan a Jesús, que está orando en la noche

Veo a Jesús mientras sale de la casa de Pedro en Cafarnaúm haciendo el menor ruido posible. Se comprende que ha pernoctado allí para contentar a su Pedro.

Todavía es plena noche. Todo el cielo es un recamado de estrellas. El lago apenas refleja este brillar tembloroso.

Más que verlo se le adivina a este lago calmo que duerme bajo las estrellas, por el leve rumor del agua entre los cantos de la orilla.

Jesús deja entornada la puerta, como estaba, mira al cielo, al lago, al camino. Piensa un momento y luego se pone en marcha, no bordeando el lago, sino hacia el pueblo; lo recorre en parte en dirección a la campiña, entra en ésta, camina, se adentra, toma un senderito que se dirige hacia las primeras ondulaciones de un terreno de olivos, penetra en esta paz verde y silenciosa y allí se postra en oración.

¡Ardiente oración! Ora de rodillas. Luego, como fortificado, se pone en pie, y sigue orando, con el rostro hacia el cielo, un rostro espiritual, aún más espiritualizado por la luz naciente que proviene de una serena alba estival. Ora, en este momento, sonriendo, mientras que antes suspiraba fuertemente como a causa de una pena moral. Ora con los brazos abiertos. Parece una viva cruz, alta, angélica, por su gran dulzura. Parece bendecir los campos todos, el día que nace, las estrellas que van desapareciendo, el lago que se manifiesta…

  • ¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: "¡Jesús, Jesús!", y él ha dicho: "¿Buscáis al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas, porque va allí frecuentemente; lo he visto otras veces". Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda…
  • No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita.

Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y para unirme al Padre. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don, que no siempre el Padre concede — y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres —, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?

  • Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias.
  • Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre.
  • Nosotros querríamos orar como Tú oras.
  • Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría… Por ello os instruyo.

Después os enseñaré esa santa oración. Pero… me buscabais; ¿queríais algo de mí?.

  • No, Maestro, pero sí hay muchos que desean mucho de ti. Ya había gente que iba hacia Cafarnaúm: eran pobres, enfermos, gente que sufre, hombres de buena voluntad con el deseo de instruirse. Y, dado que nos preguntaban por ti, les hemos dicho: "El Maestro está cansado y duerme. Marchaos. Venid el próximo sábado".
  • No, Simón. Eso no se dice. No hay solamente un día para la piedad. Yo todos los días de la semana soy el Amor, la Luz, la Salud.
  • Pero… hasta ahora has venido hablando sólo los sábados.
  • Porque aún no era conocido; pero, a medida que lo sea, todos los días serán días de efusión de Gracia y de gracias. En verdad te digo que llegará un momento en que ni siquiera el espacio de tiempo que se le concede al gorrión para descansar sobre una rama y saciarse de semillas se le dejará al Hijo del hombre para su descanso y alimentación.
  • ¡Pero entonces te pondrás enfermo, y eso nosotros no lo permitiremos! No debe hacerte infeliz tu bondad.
  • ¿Y tú crees que esto me puede hacer infeliz? ¡Oh, si el mundo entero viniera a mí para escucharme, para llorar sus pecados y sus sufrimientos en mi corazón, para obtener la salud del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en perdonarlo, en infundir mi poder, entonces sería tan feliz, Pedro, que ya no echaría de menos ni siquiera el Cielo en que estaba en el Padre!… ¿De dónde eran éstos que venían a mí?
  • De Corazín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad.
  • Id a ellos y decidles que iré a Corazín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades.
  • ¿Por qué no Cafarnaúm?
  • Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además… me está esperando el anciano Isaac… Su esperanza no debe quedar defraudada.
  • ¿Tú nos esperas aquí, entonces?
  • No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después.
  • Nos quedamos solos… — se le va afligido a Pedro.
  • No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasión de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú estos otros.

Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.

61- Jesús agracia a los pobres después de exponer la parábola del caballo amado por el rey

Jesús se ha subido a un montón de cestos y corderías a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro. El huerto está abarrotado de gente, y además hay más gente en la orilla guijarrosa del lago, parte sentada en el suelo, parte en las barcas sacadas a tierra. Da la impresión de que esté hablando ya desde hace algo de tiempo, porque el discurso está empezado. Yo oigo:

  • … Seguro que muchas veces en vuestro corazón habréis pensado así, pero no es así. El Señor no se ha mostrado falto de benignidad para con su pueblo, a pesar de que éste le haya sido infiel miles y miles de veces.

Escuchad esta parábola. Os ayudará a entender.
Un rey tenía muchos y muy espléndidos caballos en sus caballerizas, pero a uno de ellos lo estimaba especialmente. Lo había soñado aún antes de tenerlo. Una vez conseguido, lo había puesto en un lugar de delicias, adonde iba con el ojo y con el corazón, mimando a ese predilecto suyo, soñando con hacer de él la maravilla de su reino. Y cuando el caballo, rebelándose a las órdenes, había desobedecido y había huido yendo a otro dueño, aun con dolor y rigor, el rey había prometido al rebelde perdón después del castigo. Y, fiel a esto, incluso desde lejos cuidaba de su predilecto con solicitud, mandándole dones y guardianes que le mantuvieran su recuerdo en el corazón.

Pero el caballo, aunque sufriera por su destierro, no era constante, como lo era el rey, en amar y en desear el perdón completo: a veces era bueno, a veces malo, y lo bueno no superaba a lo malo; es más, sucedía lo contrario.

No obstante, el rey tenía paciencia y con reprensiones y caricias trataba de hacer de su más estimado caballo un dócil amigo. Cuanto más pasaba el tiempo, más reacio se volvía el animal. Deseaba vivamente a su rey, lloraba por el látigo de los otros dueños, pero no quería ser verdaderamente de su rey. No tenía la voluntad de serlo. Derrengado, angustiado, gimiendo, no decía: "Lo que soy es por culpa mía", sino que le echaba la culpa a su rey.

Éste, después de haber intentado todo, recurrió a su última prueba. "Hasta ahora — dijo — he mandado mensajeros y amigos. Ahora mandaré a mi propio hijo. Él tiene mi mismo corazón y hablará con mi mismo amor y tendrá para con él caricias y dones como los míos, es más, aún más dulces, porque mi hijo es yo mismo pero sublimado por el amor". Y mandó al hijo.

Ésta es la parábola. Ahora decid: ¿os parece que ese rey quería a su animal preferido?

La gente dice a una voz:

  • Infinitamente lo quería.
  • ¿Podía el animal quejarse de su rey por todo el mal que había sufrido por haberlo dejado?
  • No, no podía - responde la multitud.
  • Responded también a esto: ese caballo ¿cómo os parece que habrá acogido al hijo de su rey, que venía para rescatarlo, curarlo y llevarlo de nuevo al lugar de delicias?
  • Con alegría, es natural, con gratitud y afecto.
  • Y si el hijo del rey le ha referido al caballo: "Yo he venido para esto y esto, pero tú ahora debes ser bueno, obediente, lleno de buena voluntad, fiel a mí", ¿qué decís que habrá respondido el caballo?
  • ¡Eso ni se pregunta! Habrá contestado — ahora que sabía lo que le costaba estar segregado del reino — que quería ser como decía el hijo del rey.
  • Entonces, según vosotros, ¿cuál era el deber de ese caballo?
  • Ser aun más bueno de lo que se le pedía, más afectuoso, más dócil, para que le fuera perdonado el mal pasado, por gratitud por el bien recibido.
    ¿Y si no hubiera actuado así?
  • Merecería la muerte, porque sería peor que una fiera salvaje.
  • Amigos, habéis juzgado bien. Comportaos vosotros como querríais que hubiera actuado ese caballo. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Rey de los Cielos, Dios, Padre mío y vuestro; vosotros, a quienes, después de los Profetas, Dios envía a su propio Hijo, sed, ¡oh! sed — os lo pido por lo que más queráis, por vuestro bien, y porque os amo como sólo un Dios puede amar, ese Dios que está en mí para obrar el milagro de la Redención —, sed al menos como juzgáis que debe ser ese animal.

¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos que hasta el momento presente pecaban — porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado —, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida.

El murmullo de costumbre entre la multitud…
Jesús les ordena a los discípulos:

  • Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios.

Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.
Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan:

  • Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos - mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.

Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande. Llama luego a los pobrecitos enfermos y pregunta:

  • ¿No tenéis nada que decirme?
    Los ciegos callan, el tullido dice:
  • Que Aquel del que Tú vienes te proteja». Nada más.
    Jesús le pone en la mano sana el óbolo.

El hombre dice:

  • Dios te lo pague, pero yo de ti, más que esto, quisiera la curación.
  • No la has pedido.
  • Soy pobre, un gusano que los grandes pisotean, no podía imaginarme que tuvieras piedad de un mendigo.
  • Yo soy la Piedad que se inclina hacia toda miseria que la llama. No rechazo a nadie. No pido más que amor y fe para decir: "te escucho".
  • ¡Oh!, ¡Señor mío! ¡Yo creo y te amo! ¡Sálvame entonces! ¡Cura a tu siervo!
    Jesús pone su mano sobre la encorvada espalda, la desliza como haciendo una caricia y dice:
  • Quiero que quedes curado.
    El hombre se endereza, ágil e íntegro, pronunciando infinitas bendiciones.

Jesús da el óbolo a los ciegos y espera un instante antes de permitirles que se marchen… después les deja que se vayan.

Llama a los viejos. Al primero le da una limosna, lo anima y le ayuda a ponerse las monedas en el cinturón.
Se interesa, piadoso, de las desventuras del segundo, que le habla de la enfermedad de una hija:

  • ¡Ella es lo único que tengo! Y ahora se me muere. ¿Qué será de mí? ¡Oh!, ¡si Tú vinieras! Ella no puede, no se tiene en pie. Querría… pero no puede. ¡Maestro, Señor, Jesús, piedad de nosotros!
  • ¿Dónde estás, padre?
  • En Corazín. Pregunta por Isaac de Jonás, llamado "el Adulto". ¿Verdaderamente vendrás? ¿No te olvidarás de mi desventura? ¿Y me curarás a mi hija?.
  • ¿Puedes creer que la puedo curar?
  • ¡Oh, claro que lo creo!… Por eso te hablo de ella.
  • Vete a casa, padre. Tu hija estará en la puerta para recibirte.
  • ¡Pero si está en cama y no puede levantarse desde hace tres!… ¡Ah, comprendido! ¡Gracias, Rabbuní! ¡Benditos seáis

Tú y quien te ha enviado! ¡Gloria a Dios y a su Mesías!
El anciano se va llorando, renqueando, lo más rápido que puede; pero, ya casi fuera del huerto dice:

  • Maestro, ¿vendrás, de todas formas, a mi pobre casa? Isaac te espera para besarte los pies, lavártelos con el llanto y ofrecerte el pan del amor. Ven, Jesús. Les hablaré de ti a los habitantes de mi ciudad.
  • Iré. Vete en paz y sé feliz.

Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita:

  • Mujer, ven con tus pequeños.
    La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.
  • ¿Desde cuándo eres viuda, mujer?
    En la luna de Tisrí se cumplirán tres años.
  • ¿Cuántos años tienes?
  • Veintisiete.
  • ¿Son todos tus hijos?
  • Sí, Maestro, y… ya no tengo nada. Todo acabado… ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?
  • Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?
  • En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera… Mi marido murió en el lago; era pescador… - "Él" es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista.
  • Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí.
    Andrés se siente más seguro y susurra:
  • El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca.
  • Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños - y los acaricia uno a uno con gran piedad.

La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.

  • ¿Y a mí? - pregunta el último anciano.
    Jesús lo mira y calla.
  • ¿Nada para mí? ¡No eres justo! A ella le has dado seis veces más que a los demás, y a mí nada. ¡Ya… era mujer!
    Jesús lo mira y calla.
  • ¡Mirad todos si hay justicia! Vengo desde lejos, porque me han dicho que aquí se da dinero, y después, eso, veo que hay quien tiene demasiado y a mí nada. ¡Un pobre viejo que está enfermo! ¡Y quiere que crean en Él!…

Anciano, ¿no te avergüenzas de mentir de ese modo? La muerte te pisa los talones y mientes y tratas de robar a quien tiene hambre. ¿Por qué quieres robar a los hermanos el óbolo que Yo he recibido para distribuirlo con justicia?

  • Pero si yo…
  • ¡Calla! Habrías debido comprender por mi silencio y por mi acción que te había conocido, y seguir mi ejemplo de silencio. ¿Por qué quieres que te ponga en evidencia?.
  • Yo soy pobre.
  • No. Eres un avaro y un ladrón. Vives para el dinero y para la usura.
  • Jamás he prestado con usura. Dios me es testigo.
  • ¿Y no es usura de lo más cruel el robar a quien verdaderamente está necesitado? Vete. Arrepiéntete. Para que Dios te perdone.
  • Te juro…
  • ¡Calla! ¡Te lo ordeno! Está escrito: "No jures lo falso". Si no alimentara un respeto hacia tu canicie, te registraría y en el pecho encontraría la bolsa llena de oro: tu verdadero corazón. ¡Vete de aquí!

Pero ya el viejo, desenmascarado, viéndose descubierto en su secreto, se marcha sin necesidad de la voz de trueno de Jesús.

La multitud lo amenaza y vitupera, lo insulta como ladrón.

  • ¡Callad! Si él ha actuado mal, no queráis también vosotros comportaros mal. Él comete una falta contra la sinceridad:

es un deshonesto. Vosotros, insultándolo, faltáis a la caridad. Al hermano que comete una falta no se le insulta. Cada uno tiene su pecado. Nadie es perfecto excepto Dios. He tenido que avergonzarlo porque nunca es lícito ser un ladrón y, sobre todo, si es con los pobres. Pero sólo el Padre sabe lo que he sufrido por tener que hacerlo.

También vosotros debéis sentir dolor por ello, viendo que uno de Israel falta a la Ley, tratando de defraudar al pobre y a la viuda. No seáis codiciosos. Sea el alma vuestro tesoro, no el dinero. No seáis perjuros. Sea vuestro lenguaje puro y honesto, como también vuestras acciones. La vida no es eterna, la hora de la muerte llega. Vivid de modo que en la hora de la muerte la paz pueda estar en vuestro espíritu, la paz de quien ha vivido como justo. Id a vuestras casas…

  • ¡Ten piedad, Señor! Este hijo mío es mudo por un demonio que lo maltrata.
  • Y este hermano mío es como un animal inmundo, se revuelca en el fango y come excrementos. Un espíritu maligno le mueve a hacer estas cosas, contra su voluntad hace cosas inmundas.

Jesús se dirige hacia estas personas que le están suplicando, alza los brazos y ordena:

  • Salid de éstos. Dejad a Dios sus criaturas.
    Entre chillidos y una gran confusión quedan curados los dos infelices. Las mujeres con las que iban se postran bendiciendo.
  • Id a vuestras casas y tened sentimientos de gratitud hacia Dios. Paz a todos. Idos, pues.
    La muchedumbre se marcha comentando los hechos. Los cuatro discípulos se arriman al Maestro.
  • Amigos, en verdad os digo que en Israel se dan todos los pecados y los demonios han hecho morada en él. Y no son sólo las posesiones diabólicas las que hacen que enmudezcan los labios, ni son sólo ellas las que impulsan a vivir como brutos, comiendo asquerosidades; las más verdaderas y numerosas son las que hacen a los corazones mudos respecto a la honestidad y al amor y hacen de ellos una sentina de vicios inmundos. ¡Oh, Padre mío! - Jesús, abatido, se sienta.
  • ¿Estás cansado, Maestro?
  • No cansado, Juan mío, sino desolado por el estado de los corazones y por la poca voluntad de enmendarse. Yo he venido… pero el hombre… el hombre… ¡Oh, Padre mío!…
  • Maestro, yo te amo, todos nosotros te amamos…
  • Lo sé. ¡Pero sois tan pocos… y mi deseo de salvar es tan grande!

Jesús ha abrazado a Juan y tiene la cabeza sobre la del discípulo. Está triste. Pedro, Andrés, Santiago, en torno a Él, lo miran con amor y tristeza.

60- Curación de la suegra de Simón Pedro

Pedro le está hablando a Jesús. Dice:

  • Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero… querría que vinieras.
  • ¿A Betsaida?
  • No, aquí… a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir.
  • ¿Por qué este deseo, Pedro?
  • Por muchas razones… y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te…
  • Termina, Simón.
  • Quería decir… si te la presentasen, ella dejaría… sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verlo y oírlo; y si esta persona, además, cura, pues entonces….
  • Entonces cesa incluso el odio, quieres decir.
  • No, odio no. Pero, ya sabes… el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella… no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús.
  • Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa.

Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera des- peinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

  • Entra, Maestro.
    Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándolo de soslayo con curiosidad.
  • Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?.
  • Habla, tú que eres la nuera más mayor - le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.
  • La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come… Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además… ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca…
  • Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito, elevadme donde ella.
  • Rabí… Rabí… no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle "ahora te traigo aquí al Rabí".

Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro:

  • Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve.

Pedro hace una mueca significativa… Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, lo siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice:

  • Ven, Maestro, date prisa - y añade, más bajo, apenas inteligiblemente - Antes de que cambie de idea.
    Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo:
  • La paz sea contigo.

Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.
Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice:
-¿Te encuentras mal?

  • ¡Me muero!
  • No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?
  • ¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces.
  • Por Simón, que me lo ha pedido… y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz.
  • ¿Simón? Mejor sería si… ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?
  • Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo lo conozco y lo sé. Lo conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide.
  • Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?
  • No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?
  • Creo, creo. ¡Me basta con no morir!
    Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita:

-¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate! - y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte:

  • ¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!.
    Acuden las nueras.
  • ¡Mirad! - dice la anciana - ¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero! — ¡ni siquiera una palabra para el Señor!.

Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor:

  • Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo - Y se encamina hacia la puerta.
    Simón, desconsolado, se dirige a la suegra:
  • El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?
  • ¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?
  • Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado.
  • ¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres - Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.
    Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sentarse.
  • ¡Maestro!….
  • ¿Pedro mío?
  • Estoy desolado.

Jesús hace un gesto como queriendo significar: « ¡Bah!, no te preocupes». Luego dice:

  • No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo.
  • ¿Ha habido otros así? ¿Dónde?
  • ¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles.

En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra…

Quería curarla… Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: "¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga". Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde… De todas formas la curé… por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije:

"Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más". La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío… Y se le castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo… Pero no importa.

  • Yo la volvía a poner enferma.
  • ¡Pedro! - Jesús se muestra severo - ¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?
  • Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero… ¡no puedo soportar el que no te quieran!
  • ¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado "santo" desprecia como publícanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan…
  • Mira: que se enmiende un pecador… todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!…
  • ¿No lo crees?
  • Yo no.
  • Estás equivocado, Simón. Pero, mira, viene tu suegra.
  • Maestro… Te ruego que compartas mi mesa.
  • Gracias, mujer. Dios te lo pague.

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado.

  • Perdonad, pero no tengo más que esto - dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro:
  • ¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija… Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas.
  • Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas.
  • Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer.
  • Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?
  • Yo no lo critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil.
  • Porque está Él, que si no…
  • Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes
    pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora.
  • ¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no…
  • Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?

Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

  • Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero… ¿y éstos? - alude a Juan y a Santiago, sus socios.
  • ¿No pueden venir también ellos?
  • Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo,
    Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades.
  • Quizás venga también Zebedeo - dice Pedro.
  • Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos.
  • ¿Está aquí Jesús de Nazaret? - pregunta un niño asomándose a la puerta.
  • Está aquí. Pasa.

Entra un niño, al cual reconozco como uno de los de las primeras visiones de Cafarnaúm, concretamente el que prometió ser bueno después de tropezarse con las piernas de Jesús… para comer la miel del Paraíso.

  • Pequeño amigo, pasa - dice Jesús.

El niño, un poco atemorizado por tanta gente como lo mira, se tranquiliza y corre donde Jesús, que lo abraza y se lo coloca sobre las rodillas, y le da un trozo de su pescado en una rodaja de pan.

  • Mira, Jesús, esto es para ti. También hoy esa persona me ha dicho: "Es sábado. Llévale esto al Rabí de Nazaret y dile a tu amigo que ore por mí". ¡Sabe que eres mi amigo!… — el niño ríe feliz y come su pan y su pescado.
  • ¡Sí señor!, Santiago. Le dirás a esa persona que mis oraciones por él suben al Padre.
  • ¿Es para los pobres? - pregunta Pedro.
  • Sí.
  • ¿Es el donativo de costumbre? Veamos.
    Jesús le da la bolsa. Pedro vuelca las monedas y cuenta.
  • ¡También esta vez la misma fuerte suma! ¿Pero quién es esta persona? Di, niño, ¿quién es?
  • No lo debo decir y no lo diré.
  • ¡Qué desconsiderado! ¡Vamos, que si eres bueno te doy fruta!
  • Yo no lo diré, ni aunque me insultes, ni aunque me acaricies.
  • ¡Mirad qué lengua!
  • Santiago tiene razón, Pedro. Mantiene la palabra dada; déjalo en paz.
  • Tú, Maestro, ¿sabes quién es esta persona?
    Jesús no responde. Se ocupa del niño, al cual le da otro trozo de pescado asado, bien limpio de espinas. Pero Pedro insiste y Jesús debe responder.
  • Yo sé todo, Simón.
  • ¿Y nosotros no podemos saberlo?
  • ¿Y tú no te curarás nunca de tu defecto? - Jesús reprende pero sonríe. Y añade - Pronto lo sabrás; porque, si el mal querría estar oculto y no siempre puede permanecer escondido, el bien, aunque quiera estarlo para ser meritorio, es descubierto un día para gloria de Dios, cuya naturaleza resplandece en un hijo suyo; la naturaleza de Dios: el amor. Esta persona lo ha comprendido, porque ama a su prójimo. Ve, Santiago. Llévale mi bendición.

59- Curación de un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaúm

Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando.

Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin un grito: « ¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

  • La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad - Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a El como las olas en torno a una nave.
  • ¡Estoy enfermo, cúrame! - gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándolo a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice:

  • Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré.
    El joven lo suelta y se tranquiliza.
  • ¿Qué te ha dicho? - le pregunta una mujer con un niño en brazos.
  • Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá.
  • ¿Te cura entonces?
  • No lo sé. Me ha dicho: "Ten confianza". Yo confío.
  • ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho? - La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.
  • Entonces yo voy por mi niño.
  • Y yo traigo aquí a mi padre anciano.
  • ¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento… pero no vendrá.

Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

  • ¿Qué quieres que te dé? - pregunta el jefe de la sinagoga.
  • Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará.
  • Pero… ¿y estarás preparado?
  • Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo.
    El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto.

«Esto» dice. Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: "¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: "Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito"

Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.
La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: « ¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».
Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

  • Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los oderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades angrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: "Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos".

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna.

Examinaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador.

Debéis decir, por tanto: "Mañana será el día de mi muerte"; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El "mañana" del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser poseedores del eterno día.
La paz sea con vosotros.

Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así:

  • Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: "Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar enseguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados".

Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?

  • No sé quién eres (*), pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un "pueblo" según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que lo escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores.

Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo
sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando.

  • ¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú…
    ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?
  • Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: "Preparad el camino del Señor… El Señor Dios viene…

Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua". Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía.

  • Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos.
  • Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben.
  • ¡Oh, ellos!… Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir.
  • Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes.

Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz:

  • ¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

  • ¿Conoces a este hombre?
  • Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que lo arrastra a repentinos y furiosos estados de locura.
  • ¿Todos lo conocen?
    La multitud grita:

-¡Sí, sí!

  • ¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?
    La multitud grita:
  • No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella.
  • Mujer, acércamelo.
    La mujer lo empuja y lo arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús:

  • ¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarlo de un momento a otro… y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde.

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.
Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo,
encuentra dificultad en hablar; gime… la voz se forma en palabras:

  • ¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminamos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en…
  • ¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno.

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que lo maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

  • ¿Has oído? ¿Qué respondes ahora? - le pregunta Jesús a su opositor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

  • ¡Silencio, el lugar es sagrado! - dice Jesús, y ordena: - Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios.

Viene el enfermo. Jesús lo acaricia:

  • ¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo.
    El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento:
    -¡Gracias por mí y por mi madre!

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús lo coge en brazos, lo acaricia y lo pone en el suelo… y lo deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual lo recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas
enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.
El se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después lo protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

(*) "No sé quién eres": una afirmación de este tipo en boca de Jesús recibe, como nota en una copia mecanografiada, la siguiente explicación de María Valtorta: "Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias, y de éstas veía y conocía sus escondidos secretos (introspección perfecta); como Hombre conocía sólo según el modo humano personas y lugares, cuando el Padre suyo y su propia naturaleza divina no juzgaban útil el conocimiento de los lugares y personas sin preguntar. De forma análoga, las palabras ¡Ageo! ¡Pasa adelante!…, tienen la siguiente nota:

"Aquí, debiendo dar prueba al fariseo de su omnisciencia divina, llama por su nombre al desconocido Ageo, del que sabe que está endemoniado, mientras que en la página precedente, como Hombre, había dicho al fariseo: "No sé quién eres". Otra explicación sobre las "ignorancias" de Jesús la encontramos a propósito de una serie de preguntas que Él hace a Analía:

"Jesús sabía y recordaba, pero quería que las almas se abrieran con la máxima libertad y confianza. Una tercera explicación se halla en una larga nota de María Valtorta a propósito de la afirmación de Jesús: "No sé quién es": "Y el Padre eterno, para probar los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía, en presencia de los apóstoles, de los discípulos y muchedumbres, algunas lagunas en el omnímodo conocimiento de su Hijo, similares a estas preguntas y respuestas: "¿Quién es éste? No lo conozco…". Y ello lo permitía por los hombres, y también por su Hijo amado, para prepararlo a la gran oscuridad de la hora de las tinieblas, al abandono del Padre: horas tremendas en que Jesús fue el Hombre, y, además, un Hombre rechazado por el Padre, habiendo venido a ser "Anatema por nosotros"… Por tanto, las referencias de "ignorancias" de Jesús no están en contradicción con las frecuentes declaraciones de su "omnisciencia".

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