por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Estío. El Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente, y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.
Veo las calles de Cafarnaúm apenas empezando a poblarse de gente: mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna, niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.
Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago. Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado, y las redes; coloca asientos y rollos de cuerdas, todo lo que se necesita para la pesca, en definitiva, y Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.
Jesús le pregunta a un apóstol:
-¿Tendremos buena pesca?.
- Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.
- ¿Vamos solos?.
- ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?.
- No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.
Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.
- Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados. Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿no?, eso me has dicho.
- Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.
- No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces; y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento. Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio, o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago, y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme, y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.
En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado, atención, Maestro, es nuestro pan. Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos, y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.
- Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula, sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.
Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo. ¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su
número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.
- Tienes razón, Maestro… Pero, ¡somos tan débiles…!.
- Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.
- ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?
- Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… no, Pedro. Él te ama y continuará amándote.
- ¿Y yo?
- También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.
- ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…
- ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…: que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él; noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores, hijos del Padre Dios, similares a mí… Ahora no podéis entender. Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro, y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.
Pues bien, Yo obtendré, a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.
- ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?
- ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros, y en mi corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama. ¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago? No. No podrías.
Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi corazón. ¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas? No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.
Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.
Andrés mira y no se atreve. Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:
- También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: "Te amo. Ven", y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial…
¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy… - Juan corre jadeante hacia ellos - ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar? - Juan mira a Jesús con ojos afectivos.
Pedro interviene:
- Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….
- Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: "No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera". Pero no quería esperar. Santiago decía: "Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone esperar otra noche?". Pero no atiende a razones…
- Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?
- ¡Claro!
- ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?
- Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?
- Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele.
Juan se marcha corriendo.
Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.
- ¿Simón?
- ¿Maestro?
- No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.
- ¿También esta vez?
- Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.
- Ahí llega el ciego.
El pobrecito camina entre Santiago y Juan. Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.
- Aquí está el Maestro, frente a ti.
El ciego se arrodilla:
- ¡Señor mío! ¡Piedad!.
-¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?
Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.
- Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante.
Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados (que eran muchos). Pero, forjando un hierro en forma de ancla — y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes — saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo. Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua.
Perdí este ojo, y el otro también se apagó al cabo de tres meses. He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…
- ¿Estás solo?
- Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara… y tengo también a mi madre, que es ya anciana. No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan, y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre. ¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.
-¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?
- Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.
- ¿Qué te ha dicho?
- Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios. Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre, con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.
Me dijo: "Vi en ese rostro algo que me dijo: "Ahí hay salud ¡Ve!". Y fui". Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo, sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación. Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti. Y te he encontrado… ¡Piedad de mí!
- Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!
- Entonces, ¿me curas?
Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo, se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz. El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño dulcísimo.
- ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo! - Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas.
Permanece así un momento. Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.
Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.
- ¿Qué ves?
- ¡Oh!… ¡Oh!… ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… te veo el vestido… es rojo, ¿no es verdad?, y una mano blanca… y un cinturón de lana!… ¡Oh, Jesús bueno… veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo… y eso es un pozo, ¡claro!, y allí hay una vid…
- Levántate, amigo.
El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se alza y, pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús, un Jesús sonriente de piedad, de una piedad que es toda amor. ¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro! El hombre emite un grito y tiende los brazos; es un acto instintivo. Pero enseguida se frena.
Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.
- Ve a tu casa, ahora – le dice Jesús - y sé feliz y justo. Ve con mi paz.
- ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz… Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol y el primer atisbo de luna… Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos; y en ti veo la belleza del Sol más verdadero, y resplandecer lo puro de la Luna más santa. ¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!
- Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.
- Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.
¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!.
- ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.
Y el hombre parte dichoso, seguro, mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús llega con su primo y los seis discípulos a las proximidades de Nazaret. Desde lo alto del alcor en que se encuentran se ve — blanca entre el verde — la pequeña, linda ciudad subir y bajar por las laderas en que está construida (un dulce ondular de laderas: en unos lugares apenas perceptible; en otros, más marcado).
- Hemos llegado, amigos. Ved allí mi casa. Sale humo de ella. Mi Madre está dentro. Quizás esté haciendo el pan. No os digo que os quedéis, porque pienso que estaréis deseando llegar a casa. Pero si queréis partir conmigo el pan, y conocer a Aquella que Juan conoce, os digo: "¡Venid!".
Los seis, que ya estaban tristes por la separación inminente, se ponen de nuevo del todo contentos y aceptan de corazón.
Bajan a buen paso la pequeña colina y toman la calzada principal. Anochece. Todavía hace calor, pero ya las sombras descienden sobre los labrantíos, donde las mieses comienzan a madurar.
Entran en el pueblo. Mujeres que van y vienen de la fuente, hombres a la puerta de los minúsculos talleres o en los huertos saludan a Jesús y a Judas.
Los niños se apiñan en torno a Jesús.
- ¿Has vuelto?
- ¿Ahora te quedas aquí?
- Se me ha roto otra vez la rueda de la carretilla.
- ¿Sabes, Jesús? Tengo una nueva hermana y le han puesto de nombre María.
- El maestro me ha dicho que sé todo y que soy un verdadero hijo de la Ley.
- Sara no está porque tiene a su mamá muy enferma. Llora porque tiene miedo.
- Mi hermano Isaac se ha casado. Han hecho una gran fiesta.
Jesús escucha, acaricia, encomia, promete ayuda.
Así llegan a casa. Y en el umbral de la casa está ya María, avisada por un muchachito premuroso.
Los dos están el uno entre los brazos del otro. María, que es mucho más baja que Jesús, tiene la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho del Hijo, y está cerrada en el círculo de sus brazos. El la besa sobre el pelo rubio. Entran en casa.
Los discípulos, incluido Judas, se quedan afuera, para que se sientan libres en estas primeras muestras de afecto.
- ¡Jesús! ¡Hijo mío! - María habla con voz trémula como la de quien tiene las lágrimas en la garganta.
- ¿Por qué, Mamá, estás así?
- ¡Hijo! Me han dicho… En el Templo aquel día había galileos, nazarenos… Han vuelto… y han contado… ¡Hijo!….
- ¡Pero tú, Mamá, ya ves que estoy bien! No he sufrido ningún mal. Sólo ha sido glorificado Dios en su Casa.
- Sí. Lo sé, Hijo de mi corazón. Sé que ha sido como el toque que llama a los que duermen. Y por la gloria de Dios yo me alegro… me alegro de que este pueblo mío se despierte a Dios… Yo no te lo reprocho… no te pongo obstáculos… te comprendo… y… y estoy contenta… pero te he engendrado, yo, ¡Hijo mío!….
María está todavía en el círculo de los brazos de Jesús y ha hablado teniendo las manos abiertas y apoyadas sobre el pecho del Hijo, con la cabeza alzada hacia Él, los ojos más brillantes por el llanto que está para rebosarlos; y ahora calla, volviendo a apoyar la cabeza en el pecho de su Hijo. Parece una tortolita gris, vestida como está de pardo - grisáceo, amparada por dos fuertes alas de candor, porque Jesús está todavía con su vestidura y manto blancos.
- ¡Mamá! ¡Pobre Mamá! ¡Mi querida Mamá!… - Jesús la vuelve a besar. 'Luego dice: «Bueno, ¿ves? Estoy aquí y no estoy solo. Me he traído a mis primeros discípulos, y otros están en Judea. También el primo Judas está conmigo y me sigue…
- ¿Judas?
- Sí, Judas. Sé por qué te asombras. Claro, entre los que han referido el hecho estaban Alfeo y sus hijos… y no yerro diciendo que me han criticado. Pero no tengas miedo. Hoy así, mañana de otra forma. Al hombre se le debe cultivar como a la tierra, y donde hay espinos salen rosas. Judas, a quien tú amas, está ya conmigo.
- ¿Dónde está ahora?
- Ahí afuera con los otros. ¿Tienes pan para todos?
- Sí, Hijo. María de Alfeo está sacándolo del horno. María es muy buena conmigo, especialmente ahora.
- Dios la glorificará - Sale a la puerta y llama:
- ¡Judas! ¡Aquí está tu madre! ¡Amigos, venid!
Entran y saludan. Judas besa a María y luego corre a buscar a su madre.
Jesús nombra a los cinco: Pedro, Andrés, Santiago, Natanael, Felipe; porque Juan, a quien María ya conocía, la ha saludado inmediatamente después de Judas, inclinándose y recibiendo su bendición.
María los saluda y los invita a sentarse. Es la señora de la casa y, aun adorando con la mirada a su Jesús — parece que el alma continúe hablando, por los ojos, con el Hijo — se ocupa de los huéspedes. Querría llevar agua para que repusieran fuerzas.
Pero Pedro salta:
- No, Mujer. No puedo permitirlo. Tú siéntate junto a tu Hijo, Madre santa. Voy yo. Ahora vamos al huerto, a refrescarnos.
Acude María de Alfeo, roja y llena de harina, y saluda a Jesús, el cual la bendice; luego conduce a los seis al huerto, a la pila, y vuelve feliz.
- ¡Oh, María! - le dice a la Virgen - Judas me lo ha dicho. ¡Qué contenta estoy! Por Judas y por ti, cuñada mía. Sé que los otros me reprobarán. Pero no me importa. Seré feliz el día en que sepa que todos son de Jesús. Nosotras, madres, sabemos… sentimos lo que es bueno para los hijos. Y yo siento que el bien de los míos eres Tú, Jesús.
Jesús le acaricia la cabeza sonriéndole.
Vuelven los discípulos y María de Alfeo sirve pan fragante, aceitunas y queso. Trae una pequeña ánfora de vino tinto.
Jesús llena los vasos de sus amigos. Es siempre Jesús quien ofrece, y luego distribuye.
Un poco azorados al principio, los discípulos se sienten más seguros y hablan de sus casas, del viaje a Jerusalén, de los milagros acaecidos. Se sienten llenos de celo y de afecto, y Pedro trata de hacer de María una aliada para obtener que Jesús los tome enseguida sin previa espera en Betsaida.
Ella, con una suave sonrisa los exhorta:
- Haced todo lo que Él dice. Esta espera os granjeará más beneficios que una unión inmediata. Mi Jesús todo lo que hace lo hace bien.
La esperanza de Pedro muere. Pero se resigna con elegancia. Sólo pregunta:
-¿Durará mucho la espera?
Jesús lo mira sonriéndole, pero no dice nada más.
María interpreta esa sonrisa como un signo benévolo, y dice:
- Simón de Jonás, Él sonríe… por eso yo te digo: ligero como vuelo de golondrina será el tiempo de tu espera obediente.
- Gracias, Mujer.
- ¿No hablas, Judas? ¿Y tú, Juan?
- Te miro, María.
- Yo también.
- También yo os miro y… ¿Sabéis?… me viene a la mente una hora lejana. También entonces tenía siempre tres pares de ojos fijos en mi rostro con amor. ¿Te acuerdas, María, de mis tres discípulos?
- ¡Ah, que si me acuerdo!… ¡Es cierto! También ahora tres, de la misma edad más o menos, te miran con todo su amor.
Y éste, Juan, creo, me parece el Jesús de entonces, tan rubio y rosado, y el más joven.
Los otros se muestran deseosos de saber. Recuerdos y anécdotas fluyen con el tiempo en las palabras. Cae la noche.
- Amigos, Yo no tengo habitaciones. Pero allí está el taller donde trabajaba. Si queréis cobijaros allí… Sólo están los bancos.
- Cama cómoda para pescadores habituados a dormir en estrechos tablones. Gracias, Maestro. Dormir bajo tu techo es honor y santificación.
Se retiran despidiéndose efusivamente. También Judas se retira con su madre; van a su casa.
En esta habitación quedan Jesús y María, sentados sobre el arca, a la luz de la lamparita, un brazo en el hombro del otro, y Jesús cuenta, y María escucha, dichosa, trémula, contenta…
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
¡Sois hermosas, en verdad, riberas del Jordán, así cual erais en tiempos de Jesús! Os veo y me complazco en vuestra majestuosa paz verde-azul, con rumor de aguas y de frondas de tono dulce como una melodía.
Me encuentro en una calzada bastante amplia y bien conservada. Debe ser una carretera vecinal de primer orden, más bien una calzada militar, trazada por los romanos para unir las distintas regiones con la capital.
Sigue a poca distancia el curso del río, pero no exactamente por la orilla; la separa de éste una franja de bosque, que creo cumple la función de afianzar las márgenes y oponer resistencia a las aguas durante las crecidas. Al otro lado de la calzada continúa la floresta, de modo que la vía parece una galería natural a la que hacen de techo, entrelazadas, las frondosas ramas: benéfico alivio para los viandantes en estos países de mucho sol.
El río — y, por tanto, la calzada — traza, en el punto en que me encuentro, un arco suave, de manera que veo proseguir la rampa frondosa como una muralla verde colocada para cerrar una concavidad de aguas quietas.
Parece casi un lago de un parque señorial. Pero el agua no es la quieta agua de un estanque; discurre, aunque lentamente. Prueba de ello es el murmullo que hace contra los primeros cañizares, los más audaces, que han crecido justo abajo, en el terreno guijarroso; y la ondulación de las largas cintas de sus hojas, colgando a ras del agua que las mueve. También un grupo de sauces, de flexibles ramas suspendidas, le han confiado al río el extremo de su verde cabellera, y éste parece peinarla con gracia de caricia, extendiéndola con dulzura en la dirección de su corriente.
Silencio y paz en la hora matutina. Sólo cantos y reclamos de aves, susurro de aguas y frondas, y un intenso brillar de rocío sobre la hierba verde y alta que está entre los árboles y que el sol estival aún no ha endurecido o dorado, tierna y nueva por haber nacido después de la primaveral efusión de aguas que ha nutrido la tierra, en lo profundo, de humedad y de
substancias buenas.
Tres viandantes están parados en esta curva de la calzada, justamente en un ápice del arco. Miran hacia arriba y hacia abajo; al Sur, donde está Jerusalén; al Norte, donde está Samaría. Escrutan entre las columnatas de los árboles para ver si llega alguno esperado. Son Tomás, Judas Tadeo y el leproso curado. Están hablando.
- ¿Ves algo?
- Yo no.
- Yo tampoco.
- Y, sin embargo, éste es el lugar.
- ¿Estás seguro?
- Seguro, Simón. Uno de los seis, mientras el Maestro se alejaba entre las aclamaciones de la muchedumbre después del milagro de un mendigo lisiado curado en la puerta de los Peces, me dijo: "Nosotros ahora nos vamos de Jerusalén. Espéranos a cinco millas entre Jericó y Doco, a la altura de la curva del río, en la calzada flanqueada de árboles". Ésta. Dijo también: "Allí estaremos, dentro de tres días, al amanecer". Es el tercer día, y aquí nos ha encontrado la cuarta vigilia.
- ¿Vendrá? Quizás hubiera sido mejor haberle seguido desde Jerusalén.
- Todavía no podías ir entre la muchedumbre, Simón.
- Si mi primo os dijo que vinierais aquí, aquí vendrá. Siempre mantiene lo que promete. Debemos esperar.
- ¿Has estado siempre con Él?
- Siempre. Desde que volvió a Nazaret fue conmigo un buen compañero. Siempre juntos. Somos de la misma edad, yo un poco mayor. Y además yo era el preferido de su padre, hermano del mío. También su Madre me quería mucho. He crecido más con Ella que con la mía.
- Te quería… ¿Ya no te quiere lo mismo?
- ¡Oh, sí!, pero nos hemos desligado un poco desde que El se ha hecho profeta. A mi familia no le gusta.
- ¿Qué familia?
- Mi padre y los dos mayores. El otro está en duda… Mi padre es muy anciano y no he tenido corazón para llevarle la contraria. Pero ahora… Ya no más. Ahora yo voy a donde me llevan el corazón y la mente. Voy con Jesús. No creo ofender a la Ley actuando así. Y… si no fuera justo lo que quiero hacer, Jesús me lo diría. Haré lo que Él dice. ¿Le es lícito a un padre ponerle obstáculos a un hijo en el camino del bien? Si yo siento salvación en ello, ¿por qué impedirme conseguirla? ¿Por qué los padres algunas veces nos son enemigos?
Simón suspira como por tristes recuerdos y baja la cabeza, pero no habla.
Sin embargo, Tomás responde:
- Yo ya he superado la dificultad. Mi padre me ha escuchado y me ha comprendido. Me ha bendecido diciendo: "Ve. Que esta Pascua signifique para ti liberación de la esclavitud de una espera. Dichoso tú que puedes creer. Yo espero. Más si es Él — y lo sabrás siguiéndolo — vuelve a tu anciano padre para decirle: "Ven. Israel ya tiene al Esperado".
- Eres más afortunado que yo. ¡Y pensar que hemos vivido a su lado!… Y no creemos, ¡nosotros los de la familia!… ¡Y decimos, o sea, ellos dicen: "Ha perdido el juicio"!….
- Mirad, mirad un grupo de personas - exclama Simón - ¡Es Él, es Él! ¡Reconozco su cabeza rubia! ¡Oh! ¡Venid!
¡Corramos!.
Se echan a andar velozmente hacia el Sur. Los árboles, ahora que han llegado al punto culminante del arco, ocultan el resto de la calzada, de manera que los dos grupos se encuentran casi uno frente al otro cuando menos se lo esperan. Jesús
parece que sube del río, porque está entre los árboles de la orilla.
- ¡Maestro!
- ¡Jesús!
- ¡Señor!
Los tres gritos del discípulo, del primo, del curado, resuenan adoradores y festivos.
- ¡Paz a vosotros! - De nuevo la hermosa, inconfundible voz, llena, sonora, serena, expresiva, neta, viril, dulce e incisiva -
¿Tú también, Judas, primo mío?
Se abrazan. Judas llora.
- ¿Por qué este llanto?
- ¡Jesús… yo quiero estar contigo!
- Te he esperado siempre. ¿Por qué no has venido?
Judas baja la cabeza y calla.
- ¡No han querido! ¿Y ahora?
- Jesús, yo… yo no puedo obedecerlos a ellos. Quiero obedecerte sólo a ti.
- Yo no te he mandado nada.
- No, Tú no. ¡Pero es tu misión la que manda! Es Aquel que te ha enviado quien habla aquí, en el centro de mi corazón, y me dice: "Ve a Él". Es Aquella que te ha engendrado y que ha sido para mí maestra suave quien, con su mirada de paloma, me dice, sin usar palabras:
"¡Sé de Jesús!". ¿Puedo no tener en cuenta esa voz excelsa que me traspasa el corazón? ¿Esa oración de santa que ciertamente me suplica para mi bien? ¿Sólo porque soy primo por parte de José, no debo conocerte por lo que eres, mientras que el Bautista te ha conocido — y no te había visto jamás — aquí, en las orillas de este río y te ha proclamado"Cordero de Dios"? Y yo, yo que he crecido contigo, yo que me he hecho bueno siguiéndote a ti, yo que he venido a ser hijo de la Ley por mérito de tu Madre y que de Ella he aspirado no los seiscientos trece preceptos de los rabíes, además de la Escritura y las oraciones, sino el espíritu de éstas… ¿Es que no voy a ser capaz de nada?
- ¿Y tu padre?
-¿Mi padre? No le falta pan ni asistencia, y además… Tú me das ejemplo. Tú has pensado en el bien del pueblo más que en el pequeño bien de María. Y Ella está sola. Dime Tú, Maestro mío, ¿no es lícito, acaso, sin faltarle al respeto, decirle a un padre: "Padre, yo te quiero. Pero, por encima de ti está Dios, y a Él lo sigo"?.
- Judas, pariente y amigo mío, Yo te lo digo: vas muy adelante en el camino de la Luz. Ven. Sí, es lícito hablarle al padre así cuando es Dios quien llama. Nada está por encima de Dios. Incluso las leyes de la sangre cesan, o sea, se subliman, porque con nuestras lágrimas los ayudamos más a los padres, a las madres, y por algo más eterno que no lo cotidiano del mundo. Los llevamos con nosotros al Cielo y, por la misma vía del sacrificio de los afectos, a Dios. Quédate pues, Judas. Te he esperado y me siento contento de volverte a tener, amigo de mi vida nazarena.
Se le ve conmovido a Judas.
Jesús se vuelve hacia Tomás:
- Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo.
- He venido para serte fiel.
- Y lo serás. Yo te lo digo. Ven, tú que estás como avergonzado en la sombra. No temas.
- ¡Señor mío! - El ex leproso está a los pies de Jesús.
- Levántate. ¿Tu nombre?
- Simón.
- ¿Tu familia?
- Señor… era poderosa… yo también tenía poder… Pero odios de sectas y… y errores de juventud lesionaron su poder.
Mi padre… ¡Oh, debo hablar contra él, que me ha costado lágrimas, no precisamente celestes! ¡Ya lo ves, ya has visto qué regalo me ha dado!
- ¿Era leproso?
- No lo era, como tampoco yo. Tenía una enfermedad que se llama de otra forma, y que nosotros los de Israel la incluimos en las distintas lepras. Él — entonces dominaba todavía su casta — vivió y murió como poderoso en su casa. Yo… si no me hubieras salvado, habría muerto en los sepulcros.
- ¿Estás solo?
- Solo. Tengo un siervo fiel que cuida de lo que me queda. Le he instruido al respecto.
- ¿Tu madre?
- Murió. El hombre parece sentirse violento.
Jesús le observa atentamente.
- Simón, me dijiste: "¿Qué debo hacer por ti?". Ahora te digo: "¡Sígueme!".
- ¡Enseguida, Señor!… Pero… pero yo… déjame que te diga una cosa. Soy, me llamaban "zelote" por la casta, y "cananeo" por madre. Ya ves que soy oscuro, en mí tengo sangre de esclava. Mi padre no tenía hijos de su mujer y me tuvo de una esclava. Su mujer, una buena mujer, me crió como a un hijo y me cuidó en infinitas enfermedades, hasta que murió…
- No hay esclavos o libertos a los ojos de Dios. A sus ojos, una sola es la esclavitud: el pecado. Y Yo he venido a hacerla desaparecer. Os llamo a todos, porque el Reino es de todos. ¿Eres culto?
- Soy culto. Tenía incluso un lugar entre los grandes, mientras el mal permaneció velado bajo el vestido. Pero cuando subió al rostro… no daban crédito a sus ojos mis enemigos al ver que podían usarlo para confinarme entre los "muertos", aunque — como dijo un médico romano de Cesárea que consulté — la mía no fuera lepra verdadera, sino serpigo hereditario, por lo que era suficiente que no procreara para no propagarlo. ¿Puedo no maldecir a mi padre?
- Debes no maldecirlo. Te ha hecho todo tipo de mal…
- ¡Sí! Dilapidador, vicioso, cruel, sin corazón ni afecto. Me ha negado la salud, las caricias, la paz, me ha sellado con un nombre despreciable y con una enfermedad oprobiosa… De todo se ha adueñado. Incluso del futuro del hijo. Me ha arrebatado todo: incluso la alegría de ser padre.
- Por eso te digo: "¡Sígueme!". A mi lado, siguiéndome, encontrarás Padre e hijos. Levanta la mirada, Simón. Allí el verdadero Padre te sonríe. Observa los espacios de la tierra, los continentes, las regiones. Hay hijos e hijos; hijos del alma para los que no tienen hijos. Te esperan a ti, y muchos como tú esperan. Bajo mi signo ya nadie será abandonado. En mi signo ya no hay soledades ni diferencias. Es signo de amor y da amor. Ven, Simón, tú que no has tenido hijos. Ven, Judas, tú que pierdes al padre por mi amor. Os uno en el destino.
Él los tiene cerca a los dos. Tiene las manos sobre sus hombros, como para una toma de posesión, como para imponer un yugo común. Luego dice:
- Os uno. Pero ahora os separo. Tú, Simón, te quedarás aquí con Tomás. Prepararás con él los caminos de mi retorno.
Dentro de no mucho volveré, y quiero que muchos me estén esperando. Decidles a los enfermos (tú lo puedes decir) que Aquel que cura viene. Decidles a los que esperan que el Mesías está entre su pueblo. Decidles a los pecadores que hay quien perdona para dar la fuerza necesaria para subir..
- Pero ¿seremos capaces?
- Sí. Sólo tenéis que decir: "Él ha llegado. Os llama. Os espera, Viene para liberaros. Estad aquí preparados para verlo". Y a las palabras unid el relato de lo que sabéis. Y tú, Judas, primo, ven conmigo y con éstos. Tú de todas formas te quedarás en Nazaret.
- ¿Por qué, Jesús?
- Porque debes prepararme mi camino en mi tierra. ¿Consideras pequeña esta misión? En verdad no hay una más grave… – Jesús suspira.
- ¿Y lo lograré?
- Sí y no. Pero todo será suficiente para quedar justificados.
- ¿De qué? ¿Y ante quién?
- Ante Dios. Ante la propia tierra. Ante la familia. No podrán censurarnos por haber ofrecido el bien. Y si la patria y la familia lo desdeñan, nosotros no tendremos culpa de su daño.
- ¿Y nosotros?
- ¿Vosotros, Pedro? Volveréis a las redes.
- ¿Por qué?
- Porque pienso instruiros lentamente y tomaros conmigo cuando os vea preparados.
- Pero, entonces, ¿te veremos?
- Claro. Iré frecuentemente. Os avisaré, si no, cuando esté en Cafarnaúm. Ahora despedíos, amigos, y vamos. Os bendigo a vosotros que os quedáis. Mi paz con vosotros.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Estamos todavía en el mismo lugar: la baja y ancha cocina, oscura en sus paredes ahumadas, apenas iluminada por la llamita de aceite puesta encima de la rústica mesa, larga y estrecha, a la que están sentadas ocho personas: Jesús y los seis discípulos, más el dueño de la casa; cuatro por cada lado.
Jesús, aún vuelto de espaldas en su taburete — porque aquí no hay más que taburetes sin respaldo, de tres patas (cosas de campo) — está hablando todavía con Tomás. La mano de Jesús ha bajado desde la cabeza de Tomás a su hombro. Jesús dice:
- Levántate, amigo. ¿Has cenado ya?.
- No, Maestro. He recorrido pocos metros con el otro que estaba conmigo, luego le he dejado y me he vuelto para atrás diciéndole que quería hablar con el leproso curado… He dicho esto porque pensaba que rehuiría de acercarse a un impuro. He acertado. Pero yo te buscaba a ti, no al leproso… Quería decirte: "¡Acéptame!"… He estado dando vueltas arriba y abajo por el olivar, hasta que un joven me ha preguntado qué hacía. Debe haber creído que era una persona malintencionada… Estaba cerca de una pilastra, en donde empieza la propiedad.
El dueño de la casa sonríe. Aclara: - Es mi hijo - y añade – Está de guardia en el molino. Tenemos todavía en las cuevas, debajo del molino, casi toda la cosecha del año.
Ha sido muy buena. Nos ha dado mucho aceite. En tiempos de aglomeraciones siempre se unen malandrines para desvalijar los lugares no custodiados. Hace ocho años, precisamente durante la Parasceve, nos robaron todo. Desde entonces, una noche cada uno, montamos buena guardia. Su madre ha ido a llevarle la cena.
- "¿Qué quieres?" me ha dicho, con un tono tal que, para salvar mi espalda de su bastón, le he explicado en seguida:
"Busco al Maestro, que está viviendo aquí". Entonces me ha respondido: "Si es verdad lo que dices, ven a la casa". Y me ha acompañado hasta aquí. Es él quien ha llamado a la puerta, y no se ha marchado hasta que ha oído mis primeras palabras».
- ¿Vives lejos?
- Estoy en la otra punta de la ciudad, cerca de la Puerta Oriental.
- ¿Estás solo?
- Estaba con los parientes. Pero se han marchado a donde otros familiares que están en el camino de Belén. Yo me he quedado para buscarte día y noche hasta que te hubiera encontrado.
Jesús sonríe y dice: - Entonces, ¿no te espera nadie? - No, Maestro.
- El camino es largo, está oscura la noche, las patrullas romanas están por la ciudad. Yo te digo: si quieres, quédate con nosotros.
- ¡Oh…, Maestro! - Se le ve feliz a Tomás.
- Haced un hueco vosotros. Y dadle todos algo al hermano - Por su parte, Jesús le da la porción de queso que tenía delante. Explica a Tomás:
- Somos pobres y la cena casi se ha terminado. Pero hay mucho corazón en quien da - Y a Juan, que está sentado a su lado, le dice: - Cédele el puesto al amigo.
Juan se levanta enseguida y va a sentarse en la esquina de la mesa, cerca del dueño de la casa.
- Siéntate, Tomás. Come - Y luego dice a todos - Esto haréis siempre, amigos, por ley de caridad. La Ley de Dios, ya de por sí, protege al peregrino. Pero ahora, en mi nombre, lo deberéis amar más aún. Cuando uno en nombre de Dios os pida un pan, un sorbo de agua, un lugar donde cobijarse, en nombre de Dios debéis dárselo. Y Dios os recompensará. Esto debéis hacerlo con todos. También con los enemigos. Ésta es la Ley nueva. Hasta ahora se os había dicho: "Amad a los que os aman y odiad a los enemigos". Yo os digo: "Amad también a los que os odian".
¡Si supierais cómo os amará Dios si amáis como Yo os digo! Y si uno dijere: "Quiero ser compañero vuestro en servir al Señor Dios verdadero y en seguir a su Cordero", entonces debéis quererlo más que a un hermano de sangre, porque estaréis unidos por un vínculo eterno: el del Cristo.
- Pero, ¿si te topas con uno que no es sincero? Decir: "Quiero hacer esto o aquello" es fácil. Pero no siempre la palabra refleja la verdad - dice Pedro más bien enfadado. No sé, no se le ve con su habitual humor jovial.
- Pedro, escucha. Hablas con sensatez y justicia. Pero, mira: mejor es pecar de bondad y de confianza que de desconfianza y dureza. Si haces el bien a un indigno, ¿qué mal te acarreará ello? Ninguno. Antes bien, el premio de Dios para ti permanecerá siempre activo, mientras que él recibirá el demérito de haber traicionado tu confianza.
- ¿Ningún mal, ¡eh!? A veces quien es indigno no se conforma con la ingratitud, sino que va más allá, y llega incluso a difamar, a dañar el patrimonio y la vida misma.
- Cierto. Pero ¿esto disminuirá tu mérito? No. Aunque todo el mundo creyera las calumnias, aunque te quedaras en la ruina más que Job, aunque el cruel te quitase la vida, ¿qué cambiaría a los ojos de Dios? Nada. O, más bien, sí, habría un cambio, pero en favor tuyo. Dios, a los méritos de la bondad, uniría los méritos del martirio intelectual, financiero, físico…
- ¡Bien, bien! Será así - Pedro no habla más. Malhumorado como está, tiene la cabeza apoyada en la mano.
Jesús se dirige a Tomás:
- Amigo, antes te he dicho, en el olivar: "Cuando vuelva por aquí, si todavía quieres, serás mío". Ahora te digo: "¿Estás dispuesto a hacer un favor a Jesús?".
- Sin duda.
- ¿Y si este favor puede comportar un sacrificio?
- Servirte no es ningún sacrificio. ¿Qué quieres?
- Quería decirte… Pero, tú tendrás cosas que resolver, afectos…
- ¡Nada, nada! ¡Te tengo a ti! Habla.
- Escucha. Mañana, al alba, el leproso dejará los sepulcros para encontrar a alguien que ponga al sacerdote en conocimiento de lo sucedido. Tú lo primero que harás será ir a los sepulcros. Es caridad. Y dirás fuerte: "Tú, que ayer has quedado limpio, sal fuera. Me manda a ti Jesús de Nazaret, el Mesías de Israel, el que te ha curado". Haz que el mundo de los "muertos-vivos" conozca mi Nombre y arda de esperanzas, y que quien a la esperanza una la fe venga a mí, para que le cure. Es la primera forma de la limpieza que Yo traigo, la primera forma de la resurrección de que soy dueño. Un día otorgaré una limpieza mucho más profunda… Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben… Tú ve. Él se acercará ti. Harás lo que él te pida que hagas. Le ayudarás en todo, como si fuera un hermano para ti. Y le dirás también: "Cuando estés completamente purificado, iremos juntos por el camino del río, más allá de Doco y Efraím. Allí el Maestro Jesús te espera, y me espera, para decirnos en qué le debemos servir".
- Así lo haré. ¿Y el otro?
- ¿Quién? ¿El Iscariote?
- Sí, Maestro.
- Para él todavía vale mi consejo. Déjale decidir por sí mismo, y durante un largo tiempo. E incluso trata de no verte con él.
- Estaré con el leproso. Por el valle de los sepulcros sólo andan los impuros o quien por piedad tiene contacto con ellos.
- Pedro masculla unas palabras.
Jesús oye.
- Pedro, ¿qué te pasa? ¿Callas o murmuras? Pareces descontento. ¿Por qué?
- Me siento descontento. Nosotros somos los primeros y Tú no nos ofreces un milagro. Nosotros somos los primeros y Tú sientas a tu lado a un extraño. Nosotros somos los primeros y Tú le confías a él una misión y no a nosotros. Nosotros somos los primeros y… sí, exactamente, y parecemos los últimos. ¿Por qué los esperas en el camino del río? Para confiarles alguna misión, claro. ¿Por qué a ellos y no a nosotros?.
Jesús lo mira. No se muestra airado. Hasta incluso sonríe como se le sonríe a un muchacho. Se levanta, va lentamente hacia Pedro, le pone la mano en el hombro y dice sonriendo:
-¡Pedro, Pedro, eres un niño grande, un niño mayor! - y a Andrés, que está sentado junto a su hermano, le dice: - Ponte donde Yo estaba sentado - y se sienta al lado de Pedro, lo coge del hombro y le habla, estrechándole contra su costado:
- Pedro, a ti te parece que Yo cometo injusticia, pero no es injusticia lo que hago; antes bien, es una prueba de que sé lo que valéis. Mira. ¿Quién necesita pruebas? Quien todavía no está seguro. Ahora bien, Yo os sabía tan seguros de mí, que no he sentido la necesidad de daros pruebas de mi poder. Aquí, en Jerusalén, hacen falta pruebas; aquí, donde el vicio, la irreligión, la política, tantas cosas del mundo, ofuscan los espíritus hasta el punto de que no pueden ver la Luz que pasa. Pero allí, en nuestro hermoso lago, tan puro bajo un cielo puro, allí entre gente honesta y deseosa de bien, no son necesarias las pruebas. Tendréis milagros. A ríos derramaré sobre vosotros las gracias. Pero, mira lo que os he estimado, Yo os he tomado conmigo sin exigir pruebas y sin sentir la necesidad de daros pruebas, porque sé quiénes sois. Amados, muy amados, y muy fieles a mí.
Pedro se calma: - Perdóname, Jesús.
- Sí, te perdono porque tu gesto de enojo es amor. Pero acaba con la envidia, Simón de Jonás. ¿Sabes qué es el corazón de tu Jesús? ¿Has visto alguna vez el mar, el verdadero mar? ¿Sí? Pues bien, ¡mi corazón es mucho más amplio que el ancho mar! Y en él hay lugar para todos, para toda la Humanidad. Y el más pequeño tiene, como el más grande, un lugar. Y el pecador, como el inocente, encuentra amor en él. A éstos les encargo una misión. Seguro. ¿Me quieres prohibir el darla? Yo os he elegido, no vosotros. Por tanto puedo, libremente, juzgar cómo emplearos. Y si a éstos los dejo aquí con una misión — que también puede ser una prueba, como puede ser misericordia el espacio de tiempo dejado al Iscariote — ¿puedes reprochármelo? ¿Sabes si a ti no te reservo una más grande? ¿Y no es la más hermosa la de oír que te digo: "Tú vendrás conmigo"?
-¡Es cierto, es cierto! ¡Soy un animal! Perdón…
- Sí, todo, todo el perdón. ¡Oh, Pedro!… Pero os ruego a todos: no discutáis nunca por los méritos o por los puestos.
Habría podido nacer rey; he nacido pobre, en un establo. Podría haber sido rico; he vivido del trabajo, y ahora de la caridad. Y, no obstante, creedlo amigos, no hay nadie más grande que Yo a los ojos de Dios; que Yo que estoy aquí: siervo del hombre.
- ¿Siervo Tú? ¡No, jamás!
- ¿Por qué, Pedro?
- Porque yo te serviré.
- Aunque me sirvieras como una madre sirve a su pequeñuelo, Yo he venido para servir al hombre. Seré su Salvador.
¿Qué servicio puede ser comparado a éste?
- ¡Maestro, Tú lo explicas todo, y lo que parecía oscuro se torna claro enseguida!
- ¿Contento ahora, Pedro? Entonces déjame terminar de hablar con Tomás. ¿Estás seguro de reconocer al leproso? No hay ningún otro curado, pero podría haberse ido ya, a la luz de las estrellas, para tratar de encontrar un viandante solícito. Y quizás otro, por el ansia de entrar en la ciudad, ver a los familiares… podría ocupar su puesto. Escucha su retrato. Yo estaba cerca de él y a la luz del crepúsculo lo he visto bien. Es alto y delgado.
Piel oscura como de mestizo, ojos profundos y negrísimos bajo unas cejas de nieve, cabellos blancos como el lino y tirando a rizados, nariz larga, chata hacia la punta como la de los libios, labios gruesos, especialmente el inferior, y salientes. Es tan aceitunado, que el labio tiende al violáceo. En la frente le ha quedado una antigua cicatriz, que será la única mácula, ahora, limpio como estará de costras y de porquería.
- Es un viejo, si es todo blanco.
- No, Felipe. Lo parece, pero no lo es. La lepra lo ha hecho cano.
- ¿Qué es? ¿Tiene mezcla de razas?
- Tal vez, Pedro. Tiene parecido con los pueblos de África.
- ¿Será israelita, entonces?
- Ya lo sabremos. ¿Y sí no lo fuera?
- ¡Ah!, si no lo fuera, se marcharía. Ya está bien con haber merecido que se le cure.
- No, Pedro. Aunque fuera un idólatra, no lo rechazaré. Jesús ha venido para todos. Y en verdad te digo que los pueblos de las tinieblas precederán a los hijos del pueblo de la Luz…
Jesús suspira. Luego se levanta. Da gracias al Padre con un himno y bendice.
La visión cesa así.
Como inciso, hago notar que mi interno consejero me ha dicho, ya desde ayer por la noche cuando veía al leproso:
«Es Simón, el apóstol. Verás cuando él y Judas Tadeo van al Maestro». Esta mañana, después de la Comunión (es viernes) abro el misal y veo que precisamente hoy es la vigilia de la fiesta de los santos Simón y Judas, y que el Evangelio de mañana habla precisamente de la caridad, casi repitiendo las palabras que oí antes en la visión. Pero a Judas Tadeo, por ahora, no lo he visto.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús está junto a sus seis discípulos. Tanto el otro día como hoy, no he visto a Judas Tadeo, que también había expresado su deseo de ir a Jerusalén con Jesús.
Deben ser todavía las fiestas pascuales, porque continúa habiendo mucho gentío por la ciudad. Anochece. Muchos se apresuran hacia las casas.
También Jesús se dirige a la casa en que lo hospedan. No es la del Cenáculo — que está más en la ciudad, aunque en las afueras —. Esta es una casa de campo en el pleno sentido de la palabra, entre tupidos olivos. Desde la pequeña y agreste explanada que tiene delante, se ven descender colina abajo, en escalones, los árboles, deteniéndose a la altura de un pequeño torrente escaso de agua, que discurre por el valle situado entre dos colinas poco altas: en la cima de una colina está el Templo; en la otra colina, sólo olivos y más olivos. Jesús está en la parte baja de la ladera de este delicado alcor que sube sin asperezas: serenos árboles, todo manso.
- Juan, hay dos hombres que esperan a tu amigo - dice un hombre anciano, que debe ser el agricultor o el propietario del olivar. Yo diría que Juan lo conoce. - ¿Dónde están? ¿Quiénes son?
- No lo sé. Uno, sin duda, es judío. El otro… no sabría decirte. No se lo he preguntado.
-¿Dónde están?
- Esperando en la cocina y… y… sí… bueno… hay también uno lleno de llagas… Le he dicho que se estuviera allí porque… no quisiera que estuviera leproso… Dice que quiere ver al Profeta que ha hablado en el Templo.
Jesús, que hasta ese momento había estado callado, dice:
- Vamos primero adonde éste. Di a los otros que vengan, si quieren. Hablaré aquí, en el olivar, con ellos - Y se dirige hacia el punto indicado por el hombre.
- ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos? - pregunta Pedro.
- Venid, si queréis.
Un hombre todo cubierto y embozado está apoyado en el pequeño, rústico muro que sostiene un escalón del terreno, el más cercano al límite de la propiedad. Debe haber subido hasta allí por un senderillo que sigue el curso del torrente y conduce a ese lugar.
Cuando ve a Jesús venir hacia él, grita:
- ¡Atrás, atrás! ¡Pero ten piedad! - Y descubre su torso dejando caer el vestido. Si el rostro aparece cubierto de costras, el tronco es un recamado de llagas: unas ya convertidas en agujeros profundos, otras simplemente como rojas quemaduras, otras blanquecinas y brillantes como si tuvieran encima un cristalito blanco.
-¡Estás leproso! ¿Qué quieres de mí?
- ¡No me maldigas! ¡No me apedrees! Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mí. Vengo de los sepulcros… Allí… Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquí sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado… he encontrado a éste, de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. Sólo me ha dicho: "Espera apoyado en el muro". Ten Tú también piedad».
Y dado que Jesús se acerca — Él solo, porque los seis discípulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste:
- ¡No más adelante! ¡No más! ¡Estoy infectado!
Pero Jesús prosigue. Lo mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro en el suelo y gime:
-¡Tu signo! ¡Tu signo!
- Será alzado en su hora. Pero a ti te digo: "Levántate. Queda curado. Lo quiero. Y tú séme signo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, digo! ¡Y no peques, en reconocimiento hacia Dios!".
El hombre se levanta lentamente. Parece surgir de las hierbas altas y florecidas como de un sudario… y está curado. Se mira con los últimos restos de luz. Está curado. Grita:
-¡Estoy limpio! ¡Oh!, ¿qué debo hacer ahora por ti?.
- Obedecer a la Ley. Vete al sacerdote. Sé bueno en el futuro. Ve.
El hombre hace amago de echarse a los pies de Jesús, pero se acuerda que todavía es impuro, según la Ley, y se contiene. Eso sí, se besa las manos y manda el beso a Jesús, y llora de alegría.
Los otros se han quedado de piedra. Jesús vuelve la espalda al hombre que ha sido curado y, sonriendo, los hace volver en sí:
- Amigos, no era más que una lepra de la carne, veréis caer la lepra de los corazones. ¿Sois vosotros los que me buscáis?
- dice a los dos desconocidos - Aquí estoy. ¿Quiénes sois?
- Te hemos oído la otra tarde… en el Templo. Te hemos buscado por la ciudad. Uno que dice ser pariente tuyo nos ha informado de que estabas aquí.
- ¿Por qué me buscáis?
- Para seguirte, si nos aceptas, porque Tú tienes palabras de verdad.
- ¿Seguirme? ¿Pero sabéis hacia dónde voy?
- No, Maestro, pero ciertamente a la gloria.
- Sí. Pero a una gloria no de la tierra. A una gloria que tiene su sede en el Cielo y que se conquista con virtud y sacrificio.
¿Por qué queréis seguirme? - vuelve a preguntar.
- Para tener parte en tu gloria.
- ¿Según el Cielo?
- Sí, según el Cielo.
- No todos pueden llegar. Porque Satanás insidia, más que a los demás, a los que desean el Cielo, y sólo quien sabe fuertemente querer resiste. ¿Por qué seguirme, si seguirme a mí quiere decir lucha continua con el enemigo que está en nosotros, con el mundo enemigo, y con el Enemigo, que es Satanás?
- Porque así lo quiere nuestro espíritu, que ha quedado conquistado por ti. Eres santo y poderoso. Queremos ser tus amigos.
- ¡¡¡Amigos!!!…. - Jesús se calla y suspira. Después mira fijamente a quien ha estado hablando, que ahora ha echado hacia atrás el manto que cubría su cabeza. Es Judas de Keriot. -
- ¿Quién eres, tú que hablas mejor que un hombre del pueblo?.
- Judas soy, de Simón. De Keriot soy. Pero soy del Templo… o… estoy en el Templo. Espero al Rey de los judíos y sueño con Él. Te he sentido Rey en la palabra. Rey te he visto en el gesto. Tómame contigo.
- ¿Tomarte? ¿Ahora? ¿Enseguida? No.
- ¿Por qué, Maestro?
- Porque es mejor sopesarse a sí mismo antes de tomar caminos muy escarpados.
- ¿No crees en mi sinceridad?
- Lo has dicho. Creo en tu impulso. Pero no creo en tu constancia. Piénsalo, Judas. Yo ahora me iré y volveré para Pentecostés. Si estás en el Templo, me verás. Sopésate a ti mismo. ¿Y tú quién eres? - le pregunta al segundo desconocido.
- Otro que te vio. Querría estar contigo. Pero ahora me da miedo.
- No. La presunción es perdición. El temor puede ser obstáculo, pero si viene de la humildad es una ayuda. No temas. También tú piensa, y cuando vuelva…
- ¡Maestro, eres muy santo! Tengo miedo de no ser digno. No de otra cosa. Porque respecto a mi amor no temo…
- ¿Cómo te llamas?
- Tomás, llamado Dídimo.
- Recordaré tu nombre. Vete en paz.
Jesús se despide de ellos y se retira a la acogedora casa para cenar.
Los seis que están con Él quieren saber muchas cosas.
-¿Por qué, Maestro, has hecho diferencia entre los dos?… Porque una diferencia ha habido. Los dos tenían el mismo impulso… – pregunta Juan.
- Amigo, un impulso, aun siendo el mismo, puede tener distinto contenido y causar distinto efecto. Es cierto que los dos tienen el mismo impulso. Pero uno no es igual que el otro en el fin. Y el que parece el menos perfecto es el más perfecto, porque no lleva germen de gloria humana. Me ama porque me ama.
- ¡También yo!
- Y yo también.
- Y yo.
- Y yo.
- Y yo.
- Y yo.
- Lo sé. Os conozco por lo que sois.
- ¿Entonces somos perfectos?
- ¡Oh, no! Pero, como Tomás, lo seréis si permanecéis en vuestra voluntad de amor. ¡¿Perfectos?! ¡Oh, amigos!, ¿y quién es perfecto sino Dios?
-¡Tú lo eres!
- En verdad os digo que no por mí soy perfecto, si creéis que Yo soy un profeta. Ningún hombre es perfecto. Pero Yo soy perfecto porque el que os habla es el Verbo del Padre.
Parte de Dios, su Pensamiento que se hace Palabra, Yo tengo la Perfección en mí. Y tal me debéis creer, si creéis que Yo soy el Verbo del Padre. Y, no obstante, ¿lo veis, amigos?, Yo quiero ser llamado el Hijo del hombre, porque me anonado cargándome todas las miserias del hombre, para llevarlas — mi primer patíbulo — y anularlas después ("llevarlas", no "tenerlas"). ¡Qué peso, amigos! Pero lo porto con alegría. Mi alegría es portarlo, porque, siendo el Hijo de la humanidad, haré a la humanidad hija de Dios. Como el primer día.
Jesús habla dulcemente, sentado ante la sobria mesa, gesticulando serenamente con las manos sobre la mesa, el rostro un poco inclinado, iluminado de abajo a arriba por la lamparita de aceite que está colocada encima de la mesa. Sonríe levemente. Es Maestro ya sólo por su aspecto grandioso, y muy amigo en el trato. Los discípulos lo escuchan atentos.
- ¿Maestro… por qué tu primo, aún sabiendo dónde habitas, no ha venido?.
- ¡Pedro mío!… Tú serás una de mis piedras, la primera. Pero no todas las piedras son fáciles de usar. ¿Has visto los mármoles del palacio pretorio?: arrancados fatigosamente del seno montano, ahora son parte del Pretorio. Mira por el contrario esos cantos que resplandecen allí, bajo el rayo de luna, entre las aguas del Cedrón. Procedentes de aquéllos, ahora están en el
lecho del torrente, y si uno los quiere, ¿ves?, enseguida se dejan coger. Mi primo es como las primeras piedras de que hablo… El seno del monte, que es la familia, me lo disputa.
- Yo quiero ser en todo como los cantos del torrente. Por ti estoy dispuesto a dejarlo todo: casa, esposa, pesca, hermanos. Todo, Rabí, por ti.
- Lo sé, Pedro. Por esto te amo. Pero también Judas vendrá.
- ¿Quién? ¿Judas, de Keriot? Por mí que no venga. Es un señorito, pero… prefiero… me prefiero incluso a mí mismo…
Todos se echan a reír de la salida de Pedro.
-¿A qué viene esa risa? Quiero decir que prefiero un galileo genuino, tosco, pescador, pero sin fraude, a… a los de ciudad que… no sé… Bueno, el Maestro entiende lo que quiero decir.
- Sí, entiendo, pero no juzgues. Tenemos necesidad los unos de los otros en la tierra, y los buenos están mezclados con los malvados como las flores en el campo. La cicuta está al lado de la salutífera malva.
- Yo quisiera preguntar una cosa….
- ¿Qué, Andrés?
- Juan me ha hablado del milagro hecho en Caná… Teníamos gran esperanza de que hicieras uno en Cafarnaúm… y has dicho que no hacías un milagro sin haber cumplido antes la Ley. ¿Por qué, entonces, en Caná? Y, ¿por qué aquí y no en tu tierra?.
- Toda obediencia a la Ley es unión con Dios y por tanto aumento de nuestra capacidad. El milagro es la prueba de la unión con Dios, de la presencia benévola y complaciente de Dios. Por ello he querido cumplir con mi deber de israelita antes de comenzar la serie de prodigios.
- Pero la Ley no te obligaba a ti.
- ¿Por qué? Como Hijo de Dios, no; como hijo de la Ley, sí. Israel, por ahora, sólo me conoce como esto segundo…
Incluso más adelante casi todo Israel me conocerá sólo así, más aún, como menos todavía. Pero no quiero escandalizar a Israel y obedezco a la Ley.
- Eres santo.
- La santidad no dispensa de la obediencia. Más aún, la perfecciona. Además de todo, hay que dar ejemplo. ¿Qué dirías de un padre, de un hermano mayor, de un maestro, de un sacerdote que no dieran buen ejemplo?
- ¿Y Caná entonces?
- Caná era el gozo de mi Madre que había que llevar a cabo. Caná es el anticipo que se debe a mi Madre. Ella es la Anticipadora de la Gracia. Aquí honro a la Ciudad Santa, haciendo de ella, públicamente, la iniciadora de mi poder de Mesías.
Allí, en Caná, sin embargo, honraba a la Santa de Dios, a la Toda Santa. Por Ella el mundo me tiene. Es justo que para Ella sea mi primer prodigio en el mundo.
Llaman a la puerta. Es Tomás nuevamente. Entra y se echa a los pies de Jesús.
- Maestro… no puedo esperar a tu retorno. Permíteme quedarme contigo. Estoy lleno de defectos, pero tengo este amor, solo, grande, verdadero, mi tesoro. Es tuyo, es para ti. Déjame, Maestro…
Jesús le pone la mano sobre la cabeza.
- Quédate, Dídimo. Sígueme. Bienaventurados los que tienen voluntad sincera y tenaz. Benditos vosotros. Me sois más que parientes, porque me sois hijos y hermanos, no según la sangre, que muere, sino según la voluntad de Dios y vuestra voluntad espiritual. Y Yo digo que no tengo pariente más cercano que quien hace la voluntad del Padre mío, y vosotros la hacéis, porque queréis el bien.