por Makf | 31 Mar, 2026 | Apologética 3
Autor: José Miguel Arráiz | Fuente: ApologeticaCatolica.org
Muchos católicos tienen la creencia en un supuesto anuncio sobre tres días de oscuridad, ¿será verdad?.
Existe una creencia muy extendida desde hace muchísimos años de que en el futuro habría 3 días de oscuridad donde sólamente encenderán velas benditas como castigo de Dios, al parecer ésto se inició por especulaciones de Nostradamus y con la Nueva Era a tomado fuerza con la creencia de la existencia de un cinturón de fotones, se habla también de 3 días de oscuridad y de una Tormenta Solar en el 2013.
El cinturón de fotones es sólo una creencia de la Nueva Era y una tormenta solar no significa el fin del mundo, es un fenómeno que estropea los satélites y los sistemas de telecomunicación.
Hoy en día son un tipo de información irresponsable que se esparce gracias al internet, un hoax que alarma a las personas más sensibles, adolescentes y niños, al esparcir éste tipo de información generan un miedo colectivo.
Algunos atribuyen este "anuncio" al tercer secreto de Fátima la verdad sobre este secreto que ya fue desvelado) o al Santo Padre Pío (lo cual también es falso).
Los 3 días de oscuridad no es doctrina ni enseñanza de la Iglesia Católica.
Fundación "D.A.F.N.E."
Defensa Apologética Frente a la Nueva Era
por Makf | 31 Mar, 2026 | Apologética 3
Autor: José Miguel Arráiz | Fuente: ApologeticaCatolica.org
La cruz, para el cristiano deja de ser un instrumento de tortura y se convierte en signo de reconciliación.
La cruz es el símbolo del cristiano que nos enseña cuál es nuestra auténtica vocación como seres humanos. Cristo mismo nos asegura que en su cruz se abre el horizonte de la vida eterna para el hombre.
La enseñanza de la cruz conduce a la plenitud de la verdad acerca de Dios y del hombre. La cruz es para la Iglesia un signo de reconciliación y una fuente providencial de bendición. Y hoy, al igual que en el pasado, la cruz sigue estando presente en la vida del hombre.
¿Cuál es el mensaje central de la cruz del Señor?
La cruz ofrece al hombre moderno un mensaje de fe y esperanza, porque ella es el signo de nuestra reconciliación definitiva con Dios Amor. La cruz nos habla de la pasión y muerte de Jesús, pero también de su gloriosa resurrección. De esta manera, con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida. Por eso a la cruz también se le llama árbol donde estuvo clavada la salvación del mundo.
¿Qué nos enseña Jesús por medio de su cruz?
Jesús crucificado es el supremo modelo de amor y verdadera aceptación del Plan del Padre. Cargado con nuestros pecados subió a la cruz, para que muertos al pecado, vivamos para siempre. Clavado en la cruz, el Señor nos enseña con toda claridad a responder fiel y plenamente al llamado de Dios. Y al ver la cruz descubrimos que nuestra respuesta debe ser igual: fiel en las cosas grandes y en las pequeñas, fiel al Señor en nuestra vida cotidiana.
¿Amar la cruz no es amar un instrumento homicida?
Algunas personas, para confundirnos, nos preguntan: ¿adorarías tú el cuchillo con que mataron a tu hermano? ¡Por supuesto que no! Porque mi hermano no tiene poder para convertir un símbolo de derrota en símbolo de victoria; pero Cristo sí tiene ese poder. ¿Cómo puede ser la cruz signo homicida, si nos cura y nos devuelve la paz? La historia de Jesús no termina en la muerte. Cuando recordamos la cruz de Cristo, nuestra fe y esperanza se centran en el resucitado.
¿Pero no es un símbolo de muerte?
Por el contrario, la cruz, en el mundo actual lleno de egoísmo y violencia, es antorcha que mantiene viva la espera del nuevo día de la resurrección. Miramos con fe hacia la cruz de Cristo, mientras por medio de ella día a día conocemos y participamos del amor misericordioso del Padre por cada hombre.
¿Nos recuerda entonces el amor de Dios?
«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna», (Jn 3, 16). Pero ¿cómo lo entregó? ¿No fue acaso en la cruz? La cruz es el recuerdo de tanto amor del Padre hacia nosotros y del amor mayor de Cristo, quien dio la vida por sus amigos, (Jn 15, 13).
Qué nos enseña el madero horizontal?
La cruz, con sus dos maderos, nos enseña quiénes somos y a dónde vamos: el madero horizontal nos muestra el sentido de nuestro caminar, al que Jesucristo se ha unido haciéndose igual a nosotros en todo, excepto en el pecado. Somos hermanos del Señor Jesús, hijos de un mismo Padre en el Espíritu. El madero que soportó los brazos abiertos del Señor nos enseña a amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos.
¿Y el madero vertical?
El madero vertical nos enseña cuál es nuestro destino eterno. No tenemos morada acá en la tierra, caminamos hacia la vida eterna. Todos tenemos un mismo origen: la Trinidad que nos ha creado por amor. Y un destino común: el cielo, la vida eterna. La cruz nos señala hacia dónde dirigir nuestra esperanza.
¿Cómo integrarlos?
Como cristianos, debemos vivir en una vida integrada, armonizando en una vida coherente la dimensión vertical de nuestra relación con Dios y la dimensión horizontal del servicio al prójimo. El amor puramente horizontal al prójimo siempre está llamado a cruzarse con el amor vertical que se eleva hacia Dios.
¿Por qué se dice que es un signo de reconciliación?
Por que fue el instrumento que el Señor utilizó para abrirnos el camino hacia el Padre. Cristo vence al pecado y a la muerte desde su propia muerte en la cruz. La cruz, para el cristiano deja de ser un instrumento de tortura y se convierte en signo de reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos y con todo el orden de la creación en medio de un mundo marcado por la ruptura y la falta de comunión.
¿Cómo la cruz nos acerca al Señor?
San Pablo nos recuerda que «la predicación de la cruz es locura para los que se pierden... pero es fuerza de Dios para los que se salvan», (1 Cor 1, 18). Recordemos que el centurión reconoció en Cristo crucificado al Hijo de Dios; él ve la cruz y confiesa un trono; ve una corona de espinas y reconoce a un rey; ve a un hombre clavado de pies y manos e invoca a un salvador. Por eso el Señor resucitado no borró de su cuerpo las llagas de la cruz, sino las mostró como señal de su victoria.
¿Cómo seguir al señor por medio de la cruz?
Jesús dice: «El que no tome su cruz y me sigua, no es digno de mí», (Mt 10, 38). Nos dice eso no porque no nos ame lo suficiente, sino porque nos está conduciendo al descubrimiento de la vida y el amor auténticos. La vida que Jesús da sólo puede experimentarse mediante el amor que es entrega de sí, y ese amor siempre conlleva alguna forma de sacrificio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto», (Jn 12, 24). Esa es la manera de seguir al Señor.
¿Qué nos enseña María sobre la cruz?
Después de Jesús nadie ha experimentado como su Madre el misterio de la cruz. Ella mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Ella, que fue la primera cristiana, nos educa al mostrarnos cómo sufre intensamente con su Hijo y se une a este sacrificio con corazón de Madre.
Ella es la mujer fuerte al pie de la cruz que nos enseña cómo vivir la verdadera fortaleza ante la adversidad: cuándo más dolor hay en el corazón de María más se adhiere ella a la cruz del Señor, pero lo hace con la esperanza puesta en las promesas de Dios.
¡Qué gran lección para el mundo de hoy¡ La cruz es para María motivo de dolor y a la vez de alegría. Ella sufre como Madre todos los dolores de su Hijo, pero vive este sufrimiento en la perspectiva de la alegría por la gloriosa resurrección del Señor.
Todos los cristianos de este tiempo estamos llamados a imitar a la Madre de Jesús al pie de la cruz, siendo coherentes y fieles a Cristo en las pequeñas y grandes cruces de nuestra vida diaria y poniendo nuestra confianza en aquel madero que se alza desde la tierra hacia el cielo.
Y debemos hacerlo así porque desde esa misma cruz, Jesucristo nos ofrece a María como Madre nuestra: “De Cristo a María, y de María más plenamente al Señor Jesús”.
por Makf | 31 Mar, 2026 | Apologética 3
Autor: P. Jacques Philippe | Fuente: la-oracion.com
En el confesar sus pecados y en el recibir la certeza del perdón, la persona percibe la infinita misericordia de Dios.
Una persona que pasa por un momento difícil y acude a un consejero o «counselor » para hablar de sus problemas, puede obtener una cierta paz, particularmente si se trata no sólo de « desahogarse » (¡lo cual procura una paz poco duradera!) sino de buscar ayuda y consejo.
Por diversos motivos : teniendo la posibilidad de hablar, la persona se siente menos sola para sobrellevar sus problemas, sobretodo si el consejero manifiesta una mirada de benevolencia hacia ella.
Por otro lado, el hecho de expresar lo que uno vive con palabras que otro pueda comprender, permite a la persona que sufre no quedarse sólo al nivel de sus emociones y pensamientos, sino acceder a un punto de vista más objetivo y racional, redimensionar ciertas cosas, tomar una cierta distancia de su vivencia subjetiva. Esto es también fuente de una cierta paz.
Asimismo, es posible que durante este diálogo la persona pueda recibir algunos buenos consejos y comprender mejor cómo encauzar sus decisiones. Se siente, entonces, menos perdida.
Esta paz, incluso aunque permanezca en un nivel humano, no ha de despreciarse; tiene su valor. Lo que acabamos de decir forma parte de la experiencia de un acompañamiento espiritual y en una cierta medida del del encuentro con un sacerdote en la confesión.
En el campo del acompañamiento espiritual, la paz recibida puede ser más profunda y sólida. Se da una gracia particular en el encontrar a la guía espiritual con el sincero deseo de hacer la voluntad de Dios.
«Cuando dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos» dice Jesús.
El fin de un momento de acompañamiento espiritual es el de ayudar a una persona, en un momento particular de su vida a percibir mejor la voluntad de Dios. Una luz en este sentido es donada habitualmente, al menos la suficiente para hoy.
Cada vez que una persona entiende mejor qué es lo que el Señor espera de ella, y se compromete en este sentido, recibe una paz. El comprender y el decidirse a cumplir la Voluntad del Padre viene siempre acompañado por la paz.
Una gracia y un don de paz más profunda todavía pueden derivar de la confesión y de la absolución recibida, si este sacramento ha sido vivido con sinceridad y verdad, y con un verdadero deseo de progresar hacia una vida más conforme al Evangelio y un amor de Dios más auténtico.
En el confesar sus pecados y en el recibir la certeza del perdón, la persona percibe la infinita misericordia de Dios, se siente liberada del peso de sus culpas, se da cuenta de que a pesar de su fragilidad y debilidad, es acogida por Dios y que la bendición de Dios reposa sobre su vida.Esto puede ser un gran consuelo y fuente de una profunda paz.
Esta paz deberá después conservarse mediante la fidelidad a la oración y la búsqueda de Dios. Haber recibido esta paz no significa que la persona no tendrá más altos y bajos, combates y luchas, porque son cosas que forman parte de la vida cristiana, pero ha sido de todas maneras un don precioso de Dios.
Una señal de que una cierta paz ha sido verdaderamente don de Dios y fruto de su gracia (y no sólo un tranquilizarse humanamente) es que esta paz impulsa a la gratitud y dilata el corazón hacia un amor más intenso a Dios y más generoso hacia los hermanos.
por Makf | 31 Mar, 2026 | Apologética 3
Autor: Alejandra María Sosa Elízaga | Fuente: SIAME
Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México
En Halloween, disfrazamos a nuestros hijos de diablos y brujas y nos excusamos diciendo: "es un juego para niños, no hay que tomárselo tan en serio".
¡Precisamente porque es para niños es que hay que tomarse muy en serio que con el diablo no se juega!.

Un súper aficionado al futbol, que ve por tele o asiste a todos los partidos de su equipo favorito y se viste con los colores de su uniforme y se compra todo lo habido y por haber con el emblema de su equipo, cuando éste juega la final del campeonato, ¿crees que se vestiría o vestiría a sus hijos con la camiseta del equipo contrario y así se presentaría al estadio?
Una persona que trabaja para una empresa que elabora un producto del que otra empresa le hace feroz competencia, ¿crees que llevaría a su oficina ese otro producto para que todos vean que lo usa y lo prefiere?
Seguramente respondiste que no a ambas preguntas.
¿Por qué? Porque el aficionado al futbol ni loco querría que parezca que le va al equipo contrario, y la persona empleada no querría arriesgarse a que parezca que está promoviendo a la competencia.
Si esto es lógico y así sucede en el mundo, ¿por qué en la vida espiritual no nos importa que parezca que le vamos al equipo contrario?
En "Halloween", disfrazamos a nuestros hijos de diablos y brujas y decoramos (es un decir) nuestras casas con calacas, calabazas de siniestra sonrisa, gatos negros, vampiros, y demás paraferernalia tenebrosa.
No nos hemos detenido a considerar que lo que se celebra en Halloween es la muerte, las tinieblas, el miedo, lo monstruoso, lo repulsivo, el diablo, todo lo opuesto a Dios.
Nos hemos dejado engañar por la publicidad y por el comercio, que nos ha hecho creer que es divertido vestir a los niños de "diablitos" y a las niñas de "brujitas" y colgar en nuestras casas toda clase de artículos de horror.
Pero preguntémonos: un judío, ¿consideraría divertido vestir a su niño de Hitler?, ¿a un americano le haría gracia disfrazar a su hijo de Bin Laden?, ¿a una persona asaltada, le gustaría vestir a su niño igualito que al asaltante que robó y mató a sus familiares?
¡Claro que no! Nadie consideraría chistoso vestirse como aquellos a los que detesta.
Y entonces ¿por qué a nosotros nos parece aceptable disfrazar a los niños de enemigos de Dios?
Algunos responden: "ay, es un juego para niños, no hay que tomárselo tan en serio", a lo que hay que contestar; ¡precisamente porque es para niños es que hay que tomarse muy en serio que con el diablo no se juega!
El diablo no es un personaje simpático y mucho menos un invento. Su existencia es dogma de fe de la Iglesia Católica, que afirma de él que es un ser personal espiritual, enemigo de Dios, promotor del mal, que sólo busca nuestra condenación (ver CEC # 391-395).
No hay que darle cabida ni de chiste.
Que los niños disfrazados de "diablitos" y de "brujitas" reciban dulces les enseña que es aceptable y se premia el portarse mal. ¡Lo contrario a lo que aprenden en el Catecismo!
No hay que olvidar que dice san Pablo: "Sois hijos de la luz...no somos de la noche ni de las tinieblas" (1Tes 5,5).
Nosotros pertenecemos al equipo de Aquel que dijo: "Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas" (Jn 8, 12).
Queremos celebrar la vida, no la muerte; el bien, no el mal; el amor y la paz de Dios.
Amamos a Jesús y a María. Queremos imitar a los santos.
¡No lo olvidemos!
Si acaso participamos en el Halloween, al menos cuidemos que los adornos que pongamos en casa no exalten valores contrarios a nuestra fe en Cristo. Y a los niños no los vistamos como hijos de las tinieblas (ni de ángel, cura o monja, para que no se preste a burla). ¡Usemos nuestra creatividad! Aprovechemos los motivos otoñales, guirnaldas de hojas secas, calabazas sin muecas, espantapájaros, veladoras, flores anaranjadas.
Expresemos nuestra fe en que, con ayuda de Dios, el bien siempre triunfa sobre el mal, los buenos le ganan a los malos y la luz derrota la oscuridad.
El 31 de octubre, o mejor aún, el 1 de noviembre, hay que celebrar a los santos.
Disfrazarse de santos, organizar juegos y concursos (lotería de los santos, sopa de letras con nombres de santos, ponerle la aureola al santo, el "rally de los santos" con preguntas y pistas). En lugar de sólo pedir dulces, regalarlos también, junto con estampitas de santos.
Dice Dios: "Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida" (Dt 30, 19)
por Makf | 31 Mar, 2026 | Apologética 2
Autor: Fernando Renau | Fuente: apologetica.org
Reflexiones sobre un gran misterio.
La experiencia del mal y la idea de Dios. Reflexiones sobre un gran misterio.
Si hay Dios, ¿porqué existe el mal y el sufrimiento? La historia de la humanidad es una interminable sucesión de sangre, sudor y lágrimas, de dolor, tristeza y miedo, de abandono, desesperación y muerte.
Ante esa experiencia de sufrimiento es inevitable que el hombre se haya formulado desde antiguo esa pregunta. Es bien conocida la respuesta escéptica de Epicuro: o Dios quiere eliminar el mal, pero no puede, y entonces es impotente y no es Dios; o puede y no quiere, y entonces es malo, es el verdadero demonio; o ni quiere ni puede, lo que lleva a las dos conclusiones anteriores; o quiere y puede, pero entonces, ¿de dónde viene el mal? ¿Qué hemos de decir al respecto?
Como punto de partida, no debemos escandalizarnos por formular la pregunta con la que hemos comenzado esta reflexión: ésta ha sido planteada también por parte de la teología católica.
Es el mismo Catecismo de la Iglesia Católica el que afirma en su número 272 que “la fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento” y que “a veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal”, llegando a plantearse en su número 310 la pregunta de “¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en el no pudiera existir ningún mal?”.
El teólogo y obispo católico Walter Kasper llega a señalar que “estas experiencias del sufrimiento inocente e injusto constituyen un argumento existencialmente mucho más fuerte contra la creencia en Dios que todos los argumentos basados en la teoría del conocimiento, en las ciencias, en la crítica de la religión y de la ideología y en cualquier tipo de razonamiento filosófico”.
El teólogo Hans Küng afirma que “el dolor es continua piedra de toque de la confianza en Dios”, tras lo que se pregunta “¿donde encuentra la confianza en Dios mayor desafío que en el dolor concreto?”.
Y nada menos que el propio Juan Pablo II, en su catequesis sobre el credo (audiencia general de 4 de junio de 1986), indica que la presencia del mal y del sufrimiento en el mundo “constituye para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina”, a lo que añade que “en algunos casos esta dificultad asume una forma radical, cuando incluso se acusa a Dios del mal y del sufrimiento presente en el mundo llegando hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su existencia” , todo ello por “la dificultad de conciliar entre sí la verdad de la Providencia Divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo creado, y la realidad del mal y el sufrimiento”.
Para dar respuesta a esta inquietante pregunta, hemos de distinguir claramente entre el mal “en sentido físico” y el mal “en sentido moral”. El mal moral se distingue del físico, sobre todo, por comportar culpabilidad y por depender de la libre voluntad del hombre; en cambio, el que estamos denominando mal físico no depende directamente de la voluntad del hombre, sino que se deriva de la propia naturaleza limitada, contingente y finita del hombre y de la creación.
Las calamidades provocadas por terremotos, inundaciones y otras catástrofes naturales, las epidemias, las enfermedades, así como la muerte, serían ejemplos de este mal que hemos denominado “físico”; los desastres producidos por la guerra, el terrorismo, el odio, la violencia de todo tipo que tiene por origen al hombre serían ejemplos de ese mal que hemos llamado “moral”. A partir de esta diferenciación, cabe señalar lo siguiente:
a.- El mal físico es inherente a la condición del hombre y de la creación. El hombre es un ser finito que está sujeto a la enfermedad y a la muerte; además, ha de vivir en un universo en el que se producen determinados fenómenos naturales productores de daño y de sufrimiento. Las limitaciones y la caducidad propias de todas las criaturas es el origen último de este tipo de males, que son consustanciales a la propia estructura del hombre y del universo. En última instancia, puede decirse que este mal en el orden físico es permitido por Dios, como se señala en la catequesis de Juan Pablo II antes citada, “con miras al bien global del cosmos natural”,
b.- Algo bastante distinto sucede respecto al que hemos denominado mal moral. En palabras de Juan Pablo II, “este mal decidida y absolutamente Dios no lo quiere”. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios y su autor es exclusivamente el hombre, al haber hecho mal uso de su libertad. ¿Por qué tolera Dios este mal? Porque para Dios la existencia de unos seres libres es un valor más importante y fundamental que el hecho de que aquellos seres libres abusen de su propia libertad contra el propio Creador y que, por eso, la libertad pueda llevar al mal moral.
La anterior constituye la primera explicación que la teología nos ofrece de que la existencia del mal en el mundo no es incompatible con la idea de Dios. Pero esto no es todo. Debemos darle la vuelta al argumento que implícitamente se oculta detrás de la pregunta con la que se abre este artículo, para afirmar con Hans Küng que “sólo habiendo Dios es posible contemplar el infinito sufrimiento de este mundo”, que “sólo creyendo confiadamente en el Dios incomprensible y siempre mayor puede el hombre tener fundadas esperanzas de atravesar el ancho y hondo río del dolor de este mundo: consciente de que por encima del abismo, del dolor y del mal, una mano se extiende hacia él”.
El hombre moderno no puede por sí solo erradicar los múltiples sufrimientos de la humanidad, pese a los adelantos de la ciencia y de la técnica. El sufrimiento es inherente a la condición humana y solamente mediante la intervención redentora de Dios es posible que surja un hombre nuevo liberado de la muerte, del dolor y del sufrimiento. En concreto, es la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús la que implica la redención definitiva del dolor y del sufrimiento humano, la que transforma el dolor y la muerte en vida eterna.
Es desde la perspectiva del sufrimiento y de la muerte de Jesús como el dolor y el sufrimiento de cada hombre cobra un nuevo sentido. El sufrimiento, el dolor y la muerte siguen acompañando al hombre; pero en la pasión y en la resurrección de Jesús ese sufrimiento recibe un sentido.
En palabras de Kasper, “el interlocutor de una teología actual es el hombre doliente que tiene experiencia concreta de la situación de infelicidad y es consciente de la impotencia y la finitud de su condición humana”. La existencia del hombre, como señala Küng, “es un acontecimiento marcado por la cruz: dolor, angustia, sufrimiento y muerte”. La conciliación entre el mal y el sufrimiento en el mundo y la Providencia Divina no es posible sin hacer referencia a Cristo. Con la pasión, muerte y resurrección de Jesús se confirma que Dios está al lado del hombre en su sufrimiento. Y no sólo eso.
Además, con Cristo el dolor, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra, sino que son definitivamente vencidos mediante su resurrección que, como primicia de la de todos nosotros, supone una alegre promesa de vida eterna en la que no hay lugar para el dolor, ni para el sufrimiento y ni para la muerte.
Para conocer lo que el Beato Juan Pablo II nos enseñó sobre La Providencia y el mal en el mundo sigue este enlace