649- El beato tránsito de María Santísima.

María, en su pequeño cuarto solitario situado arriba en la terraza, vestida enteramente de cándido lino (de cándido lino son la túnica que cubre sus miembros, y el manto que, sujeto en la base del cuello, desciende por sus espaldas, y el velo sutilísimo que le pende de la cabeza), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado.

Elige los mejores. Éstos mejores son pocos. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo, una túnica de lino que Jesús acostumbraba a llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemaní, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.

Dobla bien estos indumentos, besa el manto ensangrentado de su Jesús, y se dirige hacia el arca en que están, ya desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión. Las reúne en una única parte, la superior, y pone todos los indumentos en la inferior.

Está cerrando el arca cuando Juan, que ha subido silenciosamente a la terraza, donde debe haber subido María a pasar las horas de la mañana, y se ha asomado a ver qué hace, quizás impresionado por su larga ausencia de la cocina, le hace volverse bruscamente al preguntarle:

-¿Qué haces, Madre?
-He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos.

-¿Por qué, Madre, volverte a abrir las heridas del corazón viendo de nuevo esas cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla -le dice Juan acercándose a Ella, como temiendo que -tan pálida y temblorosa como está-pueda sentirse mal y caer al suelo.

-¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora.

-¡Nunca como ahora! No entiendo… A mí el ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo soy sólo un discípulo suyo; tú eres su Madre…

-Y, como tal, debería sufrir más, quieres decir. Y, humanamente, no yerras. Pero no es así. Yo estoy acostumbrada a soportar el dolor de las separaciones de Él. Siempre dolor porque su presencia y cercanía eran mi Paraíso en la Tierra.

Pero también siempre con buena disposición y serenamente sufridas, porque todos sus actos respondían a la Voluntad del Padre suyo, eran actos de obediencia a la Voluntad divina, y, por tanto, yo lo aceptaba porque yo también he obedecido siempre a los deseos y planes de Dios para mí.

Cuando Jesús me dejaba, sufría. ¡Claro! Me sentía sola.

El dolor que sufrí cuando, siendo niño, me dejó ocultamente por el debate con los doctores del Templo, sólo Dios lo ha medido en su más auténtica intensidad; y, a pesar de ello, aparte de la justa pregunta que, como madre, le hice por haberme dejado así, no le dije nada más. Y tampoco lo retuve cuando me dejó para manifestarse como Maestro… y ya había enviudado de José, y, por tanto, estaba sola, en una ciudad que, excepción hecha de algunas escasas personas, no me quería. Y no mostré estupor por su respuesta en el banquete de Caná. Él hacía la voluntad del Padre, yo lo dejaba libre para hacerla.

Podía llegar a darle un consejo o a pedirle algo: un consejo sobre los discípulos, una súplica por algún desdichado. Pero más, no. Yo sufría cuando me dejaba para ir al mundo, a ese mundo que le era hostil, a ese mundo tan pecador, que el hecho de vivir en él le resultaba ya un sufrimiento. ¡Pero, cuánta alegría cuando volvía! Era una alegría tan profunda, que me compensaba setenta veces siete el dolor de la separación. Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su Muerte, pero ¿con qué palabras podré expresar el gozo que sentí cuando se me apareció resucitado?

Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta el acabamiento de mi vida terrena. Ahora experimento el gozo, inmenso gozo como inmensa ha sido la pena, porque siento que mi vida toca a su fin.

He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celeste, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado -yo también, como mi Jesús-todo lo que debía consumar. Y

tengo dentro de mí esa secreta alegría -única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos, finales, atroces sufrimientos-que tuvo Jesús cuando pudo decir:
"Todo está consumado".

-¿Alegría en Jesús? ¿En aquella hora?
-Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas bajo los velos que el Eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa luz. Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, asociada a Él, a mi Hijo, en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para el mundo todo que no la había querido acoger.

Y también para mí. No por un justo castigo, sino porque, debiendo ser la Corredentora, yo también debía padecer la angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que Él había dicho; todo lo que Él padeció en el espíritu desde el Jueves hasta el Viernes.

Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo. Incluso la secreta, final alegría de Cristo cuando pudo decir: "Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido.

He colmado la medida de la caridad divina amando al Padre hasta el sacrificio de mí mismo, amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero lacerado en mi carne inocente, pero contento en el espíritu". Yo también he cumplido todo lo que, ab aeterno, estaba escrito que cumpliera.

Desde la generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente. La Iglesia, actualmente, está formada y es fuerte.

El Espíritu Santo la ilumina, la sangre de los primeros mártires la une sólidamente y multiplica; mi ayuda ha cooperado en hacer de Ella un organismo santo, al que la caridad hacia Dios y hacia los hermanos alimenta y fortalece cada vez más, y donde los odios, rencores, envidias, maledicencias, malvadas plantas de Satanás, no arraigan.

Dios está contento de ello, y quiere que lo sepáis a través de mis labios, como también quiere que os diga que continuéis creciendo en la caridad para poder crecer en la perfección, y lo mismo en número de cristianos y en potencia de doctrina. Porque la doctrina de Jesús es doctrina de amor. Porque la vida de Jesús, y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor.

Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos los perdonamos; sólo a uno no pudimos otorgarle el perdón, porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro amor sin límites. Jesús, en su último adiós antes de la muerte, os mandó que os amarais los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais guardaros, diciéndoos:

“Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”. La Iglesia, para vivir y crecer, tiene necesidad de la caridad. Caridad, sobre todo, en sus ministros. Si no os amarais entre vosotros con todas vuestras fuerzas, y, de la misma manera, no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril, y raquítica y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de hijos del Altísimo y coherederos del Reino del Cielo, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión.

Dios es Amor. Todos sus actos han sido actos de amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde ésta hasta la Redención, desde ésta, a su vez, hasta la fundación de la Iglesia, y, en fin, desde ésta hasta la Jerusalén celestial, que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del amor y las puedes comprender mejor que los otros…
Juan la interrumpe diciendo:

-También los otros aman y se aman».

-Sí. Pero tú eres el Amante por excelencia. Cada uno de vosotros tuvo siempre una característica, como, por lo demás, la tienen todas las criaturas. Tú, en el número de los doce, fuiste siempre el amor, el puro y sobrenatural amor. Quizás -es más, ciertamente-por ser tan puro amas tanto. ¿Y Pedro? Pedro fue siempre el hombre, el hombre auténtico e impetuoso. Su hermano, Andrés, tuvo todo el silencio y timidez que el otro no tenía. Santiago, tu hermano, impulsivo, tanto que Jesús lo llamó hijo del trueno. El otro Santiago, hermano de Jesús, justo y heroico. Judas de Alfeo, su hermano, noble y leal, siempre; la descendencia de David era evidente en él.

Felipe y Bartolomé eran los tradicionalistas. Simón el Zelote, el prudente. Tomás, el pacífico. Mateo, el hombre humilde que, teniendo presente su pasado, trataba de pasar inadvertido. Y Judas de Keriot, ¡ay!, la oveja negra del rebaño de Cristo, la serpiente que recibió el calor de su amor, fue el satánico embustero, siempre. Pero tú, todo tú amor, puedes comprender mejor y ser voz de amor para todos los otros, para los lejanos, para transmitirles este último consejo mío.

Les dirás que se amen y que amen a todos, incluso a sus perseguidores, para ser una sola cosa con Dios, como yo lo fui, hasta el punto de merecer ser elegida esposa del Amor eterno para concebir a Cristo. Yo me he entregado a Dios sin medida, aun comprendiendo desde el primer momento cuánto dolor me habría acarreado ello.

Los profetas estaban presentes en mi mente, y sus palabras la luz divina me las hacía clarísimas. Por tanto, desde mi primer "fiat" al Ángel, supe que me consagraba al mayor de los dolores que madre alguna pudiera padecer. Pero nada puso límite a mi amor. Porque yo sé que el amor es, para cualquiera que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende, y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo. Sí, el amor es realmente llama.

Es llama que, aun destruyendo todo lo caduco, hace de ello -aunque se trate de un desecho, un detrito, un despojo de hombre-un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes al contrario, amadlos, para que nazcan al amor y se salven. Infundid en ellos la caridad.

Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie lo amó nunca o lo amó mal. Vosotros amadlos para que el Espíritu Santo vaya de nuevo a vivir -después de la purificación-en esos templos vaciados y ensuciados por muchas cosas. Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego, infundiendo en ella su soplo, o sea, otra vez su amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios.

Mi Hijo, en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. Al contrario, con amor los recogió y acogió, y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre.

Y actuad como Él actuó. Recordad todo, hechos y palabras de mi Hijo. Recordad sus dulces parábolas, vividlas, o sea, ponedlas en práctica; y escribidlas para que tengan constancia de ellas los que vengan después hasta el final de los siglos, para que sean siempre guía de los hombres de buena voluntad para que consigan la vida y gloria eternas.

No podréis, no, repetir todas las luminosas palabras de la eterna Palabra de Vida y Verdad; pero escribid cuantas más podáis escribir. El Espíritu de Dios, que descendió sobre mí para que diera al Salvador al mundo, y que descendió también sobre vosotros en dos ocasiones, os ayudará a recordar y a hablar a las gentes de forma que las convirtáis al verdadero Dios.

Continuaréis así la maternidad espiritual que empecé yo en el Calvario para dar muchos hijos al Señor. Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban y Santiago, mi Santiago, y otros más… Cuando estés solo, salva esta arca…

Juan, palideciendo y turbándose, más pálido aún de lo que ya se ha puesto cuando María ha dicho que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando y preguntando:

-¡Madre! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?
-No.
-¿Entonces es que quieres dejarme?
-No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío, a estar solo.
-¡Pero, entonces es que te sientes mal y quieres ocultármelo!…

-No, créeme. Nunca me he sentido con tantas fuerzas, con tanta paz, con tanta alegría, como ahora. Tengo dentro de mí un gozo tal, una tan gran plenitud de vida sobrenatural, que… sí, que pienso que no podré soportarla siguiendo viva. Además, no soy eterna. Debes comprenderlo. Eterno es mi espíritu; la carne, no; y está sujeta, como todo cuerpo humano, a la muerte.

-¡No! ¡No! No digas eso. ¡Tú no puedes, no debes, morir! ¡Tu cuerpo inmaculado no puede morir como el de los pecadores!

-Estás en un error, Juan. ¡Mi Hijo murió! Yo también moriré. No conoceré la enfermedad, la agonía, el angustioso sufrimiento de la muerte. Pero, morir, moriré.

Y, además, has de saber, hijo mío, que si tengo un deseo entero y solamente mío, y que permanece desde que Él me dejó, es precisamente éste. Éste es el primero, intenso deseo del todo mío. Es más, puedo decir: la primera voluntad mía. Todas las otras cosas de mi vida no fueron sino consentimiento de mi voluntad a la Voluntad divina.

Voluntad de Dios, puesta por Él mismo en mi corazón de niña, fue el querer ser virgen; voluntad suya, mi boda con José; voluntad suya, mi Maternidad virginal y divina. Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios, y obediencia mía a su voluntad. Pero ésta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad. ¡No te turbes de esa manera, Juan!

Escucha, más bien, mis últimos deseos. Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, si bien se piensa, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre, en mí, porque fui su primera discípula, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos.

Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas: “Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”.

Ahora bien, tú sabes que sólo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote, y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, en su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero, ¿por qué lloras, Juan?

-Porque la tempestad del dolor se desencadena dentro de mí. ¡Me doy cuenta de que voy a perderte pronto! ¿Cómo podré vivir sin ti? ¡Siento desgarrárseme el corazón ante este pensamiento! ¡No resistiré este dolor!

-Resistirás. Dios te ayudará a vivir, y mucho tiempo, como me ayudó a mí. Porque si Él no me hubiera ayudado en el Gólgota y en el Monte de los Olivos, cuando Jesús murió y cuando Jesús ascendió al Cielo, habría muerto, como murió Isaac. Te ayudará a vivir y a recordar todo lo que te he dicho antes, para el bien de todos.

-¡Oh, lo recordaré todo! Y haré todo lo que deseas, y lo que has dicho respecto a tu cuerpo. Yo también comprendo que los ritos hebreos para ti ya no sirven, para ti, cristiana, para ti, la Purísima que -estoy seguro de ello-no conocerá en su carne la corrupción. No puede tu cuerpo, divinado como ningún otro cuerpo de mortal -por no haber tenido Pecado original y, más aún, porque además de la plenitud de la Gracia contuviste en ti a la Gracia misma, al Verbo; por lo cual tú eres la más verdadera reliquia suya-, conocer la descomposición, la podredumbre de toda carne mortal. Será éste el último milagro de Dios a ti, en ti. Serás conservada como eres ahora…

-¡No sigas llorando! -exclama María mirando a la cara desencajada, enteramente bañada en lágrimas, del apóstol. Y añade:

-Si voy a conservarme como soy ahora, no me perderás. ¡Así que no te angusties!

-Te perderé de todas formas, aunque permanezcas incorrupta. Y me siento como atrapado por un huracán de dolor, un huracán que me quebranta y me abate. Tú eras mi todo, especialmente desde la muerte de mis padres y desde que los otros hermanos, de sangre y de misión, están lejos, incluido el queridísimo Margziam al que Pedro ha tomado consigo. ¡Ahora me quedaré solo, y en medio de la más fuerte tempestad! -y Juan cae a sus pies, llorando aún más fuertemente.

María se agacha hacia él, le pone una mano sobre la cabeza, que se mueve por los sollozos y le dice:

-No. Así no. ¿Por qué me das dolor? Tan fuerte como fuiste al pie de la Cruz… ¡y era una escena de horror sin igual, por la intensidad del martirio y por el odio satánico del pueblo! ¡¿Tan fuerte, tan consolador para Él y para mí, en aquel momento… y hoy, en el atardecer de un sábado tan sereno y sosegado, y ante mí, que exulto por el inminente gozo que presiento, te turbas de esta manera?!

Cálmate. Imita a todo lo que nos rodea, a todo lo que está dentro de mí; es más: únete a ello. Todo es paz. Ten paz tú también. Sólo los olivos rompen, con su leve frufrú, la calma absoluta de esta hora. Pero ¡es tan dulce este susurro, que parece un vuelo de ángeles en torno a la casa!

Y quizás están realmente los ángeles, porque siempre los ángeles estuvieron cerca de mí, uno o muchos, cuando me encontraba en un momento especial de mi vida. Estuvieron en Nazaret cuando el Espíritu de Dios hizo fecundo mi seno virgen. Y estuvieron con José cuando estaba turbado y titubeante, por mi estado y respecto a cómo comportarse conmigo. Y en Belén en dos ocasiones: cuando nació Jesús y cuando tuvimos que huir a Egipto.

Y en Egipto, cuando nos dieron la orden de volver a Palestina. Y a las pías mujeres -si no a mí, fue porque el propio Rey de los ángeles había venido a mí-se les aparecieron ángeles en el amanecer del primer día después del sábado, y dieron la orden de decirte a ti y de decirle a Pedro lo que debíais hacer.

Ángeles y luz, siempre, en los momentos decisivos de mi vida y de la de Jesús. Luz y ardor de amor que, descendiendo del trono de Dios a mí, su sierva, y subiendo de mi corazón a Dios, mi Rey y Señor, nos unían a mí con Dios y a Dios conmigo, para que se cumpliera todo lo que estaba escrito que había de cumplirse, y también para crear un entrecielo de luz extendido sobre los secretos de Dios, de forma que Satanás y sus siervos no conocieran, antes del tiempo justo, el cumplimiento del misterio sublime de la Encarnación.

También en este atardecer siento, aunque no los vea, a los ángeles en torno a mí. Y siento que crece en mí, dentro de mí, la luz, una irresistible luz, como la que me envolvió cuando concebí al Cristo, cuando lo di al mundo; luz que viene de un impulso de amor más poderoso que el habitual en mí.

Por una potencia de amor similar a ésta, arrebaté, antes del tiempo, del Cielo al Verbo, para que fuera el Hombre y Redentor. Por una potencia de amor como la que me acomete en este anochecer, espero ser raptada por el Cielo y que el Cielo me lleve al lugar a donde deseo ir con mi espíritu para cantar, eternamente, con el pueblo de los santos y los coros de los ángeles, mi imperecedero "Magníficat" a Dios por las grandes cosas que ha hecho en mí, su sierva.

-No sólo con el espíritu, probablemente. Y a ti te responderá la Tierra, la cual con sus pueblos y naciones te glorificará y te honrará mientras el mundo exista, como bien predijo, aunque veladamente, de ti Tobit, (Tobías 13, 13-18) porque la que verdaderamente ha llevado en sí al Señor eres tú, y no el Santo de los Santos.

Tú has dado a Dios, tú sola, tanto amor cuanto no le han dado todos los Sumos Sacerdotes y todos los otros del Templo en siglos y siglos. Un amor ardiente y purísimo. Por eso, Dios te hará beatísima.

-Y cumplirá mi único deseo, mi única voluntad. Porque el amor, cuando es tan total, que es casi perfecto como el de mi Hijo y Dios, todo lo obtiene, incluso lo que para el juicio humano parecería imposible de obtenerse. Recuerda esto, Juan.

Y di también esto a tus hermanos. ¡Seréis muy hostigados! Obstáculos de todo tipo os harán temer una derrota, matanzas por parte de los perseguidores, deserción por parte de cristianos de moral… iscariótica deprimirán vuestro espíritu.

No temáis. Amad y no temáis. En la proporción de vuestro modo de amar Dios os ayudará y os hará triunfar sobre todo y sobre todos. Todo obtiene el que se hace serafín.

Entonces el alma, esa admirable, eterna cosa que es el mismo soplo de Dios, por Él infundido en nosotros, se proyecta poderosamente hacia el Cielo, cae como llama a los pies del divino trono, habla con Dios y es escuchada por Dios, y obtiene del Omnipotente lo que desea.

Si los hombres supieran amar como ordena la antigua Ley y como amó y enseñó a amar mi Hijo, todo lo obtendrían. Yo amo así. Por eso siento que dejaré de estar en la Tierra, yo por exceso de amor, como Él murió por exceso de dolor.

La medida de mi capacidad de amar está colmada. ¡Mi alma y mi carne no pueden ya contenerla! El amor rebosa de ellas, me sumerge y al mismo tiempo me eleva hacia el Cielo, hacia Dios, mi Hijo. Y su voz me dice: "¡Ven! ¡Sal! ¡Sube a nuestro trono y a nuestro trino abrazo!".

¡La Tierra, todo lo que me rodea, desaparece en la gran luz que del Cielo me viene! ¡Los sonidos quedan cubiertos por esta voz celestial! ¡Ha llegado para mí la hora del abrazo divino, Juan mío!

Juan, que, escuchando a María, se había calmado un poco aunque permanecía turbado, y que en la última parte de sus palabras la miraba extático, casi arrobado también él, palidísimo su rostro como el de María, cuya palidez de todas formas se va lentamente transformando en luz blanquísima, acude a ella para sujetarla mientras exclama:

-¡Tu aspecto es como el de Jesús cuando se transfiguró en el Tabor! ¡Tu carne resplandece como luna, tus vestiduras relucen como lastra de diamante colocada frente a una llama blanquísima! ¡Ya no eres humana, Madre! ¡La pesantez y la opacidad de la carne han desaparecido! ¡Eres luz! Pero no eres Jesús. Él, siendo Dios además de Hombre, podía sostenerse por sí solo en el Tabor, como aquí en el Monte de los Olivos en su Ascensión. Tú no puedes. No te sostienes. Ven. Te ayudo yo a reclinar en tu lecho tu cuerpo rendido y bienaventurado. Descansa.

Y, amorosísimamente, la lleva hasta el modesto lecho sobre el que María se extiende sin quitarse siquiera el manto.
Recogiendo los brazos sobre el pecho, celando sus dulces ojos, fúlgidos de amor, con sus párpados, dice a Juan, que está inclinado hacia Ella:

-Yo estoy en Dios y Dios está en mí. Mientras lo contemplo y siento su abrazo, di los salmos y todas las otras páginas de la Escritura que a mí se aplican especialmente en este momento. El Espíritu de Sabiduría te las indicará.

Recita luego la oración de mi Hijo, repíteme las palabras del Arcángel anunciador y las que me dijo Isabel, y mi himno de alabanza… Yo te seguiré con todo lo que de mí tengo todavía en la Tierra…

Juan, luchando contra el llanto que le sube del corazón, esforzándose en dominar la emoción que le turba, con esa bellísima voz suya que con el paso de los años se ha hecho muy semejante a la de Cristo -lo cual observa María con una sonrisa, diciendo: -¡Me parece como si tuviera a mi lado a mi Jesús! -entona el salmo 118 (lo recita casi por entero), luego los tres primeros versículos del 41, los ocho primeros del 38, el salmo 22 y el salmo 1. (En la "neovulgata" se hallan, respectivamente, en: Salmo 119; Salmo 42, 1-3; Salmo 39, 1-8; Salmo 23; Salmo 1; Tobías 13; Eclesiástico 24) Dice luego el Padrenuestro, las palabras de Gabriel e Isabel, el cántico de Tobit, el capítulo 24 del Eclesiástico desde el verso 11 a 146; por último, entona el Magníficat. Pero, en llegando al noveno verso, se da cuenta de que María ya no respira, aun permaneciendo con postura y aspecto naturales; sonriente, calma, como si no hubiera advertido el cese de la vida.

Juan, con un grito de desgarro, se arroja al suelo, contra la orilla del lecho; y llama, llama a María. No sabe persuadirse de que Ella ya no puede responderle; de que su cuerpo ya no tiene el alma vital. ¡Pero, claro, tiene que rendirse a la evidencia!

Se inclina hacia su cara, que ha quedado fija en una expresión de gozo sobrenatural, y copiosas lágrimas llueven de los ojos de Juan para caer sobre ese rostro delicado, sobre esas manos puras tan dulcemente cruzadas sobre el pecho. Es el único lavacro que recibe el cuerpo de María: el llanto del Apóstol del amor, de su hijo adoptivo por voluntad de Jesús.

Pasado el primer ímpetu de dolor, Juan, recordando el deseo de María, recoge los extremos del amplio manto de lino, que pendían de las orillas del lecho, y los del velo, que penden de la almohada, y extiende los primeros sobre el cuerpo y los segundos sobre la cabeza. María ahora asemeja a una estatua de cándido mármol extendida sobre la tapa de un sarcófago. Juan la contempla durante largo tiempo, y mirándola, nuevas lágrimas caen de sus ojos.

Luego dispone de otra manera la habitación, quitando los enseres superfluos. Deja sólo: la cama; la pequeña mesa, contra la pared, sobre la que deposita el arca que contiene las reliquias; un taburete que coloca entre la puerta que da a la terraza y el lecho donde yace María; y una repisa sobre la que está la lamparita que Juan ha encendido (porque ya va llegando la noche).

Presuroso, baja al Getsemaní para recoger todas las flores que puede encontrar, y ramas de olivo ya con olivas formadas.

Vuelve a subir al pequeño cuarto y, a la luz de la lamparita, coloca las flores y las ramas alrededor del cuerpo de María; y el cuerpo queda como en el centro de una gran corona.

Mientras realiza esto, habla con María yacente, como si pudiera oírle. Dice (haciendo referencia al Cantar de los Cantares 2, 1-2; Eclesiástico 24, 14-17; Salmo 104, 13-15):

-Fuiste siempre lirio de los valles, rosa suave, oliva especiosa, via fructífera, espiga santa. Nos has dado tus perfumes, el óleo de la vida y el Vino de los fuertes y el Pan que preserva de la muerte al espíritu de quienes de él dignamente se nutren. Bien están en torno a ti estas flores, como tú sencillas y puras, como tú adornadas de espinas, como tú pacíficas. Ahora acercamos esta lamparita.

Así, junto a tu lecho, para que te vele y me haga compañía mientras te velo, en espera de al menos uno de los milagros que espero, de los milagros por cuyo cumplimiento oro. El primero es que, según su deseo, Pedro, y los otros a los que mandaré avisar a través del servidor de Nicodemo, puedan verte todavía una vez. El segundo es que tú; de la misma forma que en todo seguiste la suerte de tu Hijo, como Él te despiertes al tercer día, para no hacer de mí el dos veces huérfano.

El tercero es que Dios me dé paz, si no se cumpliera lo que espero que en ti se cumpla, como se cumplió en Lázaro, que no era como tú. Pero, ¿y por qué no iba a cumplirse? Regresaron a la vida la hija de Jairo, el joven de Naím, el hijo de Teófilo… Verdad es que, entonces, obró el Maestro… Pero Él está contigo, aunque no en modo visible. Y tú no has muerto por enfermedad, como los resucitados por obra de Cristo.

¿Pero tú realmente has muerto? ¿Has muerto como todo hombre muere? No. Siento que no. Tu espíritu no está ya en ti, en tu cuerpo, y en ese sentido esto tuyo podría llamarse muerte. Pero, por el modo en que tu tránsito ha sucedido, pienso que esto no es sino una transitoria separación de tu alma, sin culpa y llena de gracia, de tu purísimo y virginal cuerpo.

¡Debe ser así! ¡Es así! Cómo y cuándo tendrá lugar de nuevo la unión y la vida volverá a ti, no lo sé. Pero estoy tan seguro de ello, que me quedaré aquí, a tu lado, hasta que Dios, o con su palabra o con su acción, me muestre la verdad sobre tu destino.

Juan, que ha terminado de colocar todas las cosas, se sienta en el taburete, poniendo en el suelo, junto al lecho, la lamparita; y contempla, orando, a María yacente.

648- Pedro se despide de María Santísima después de un coloquio con Juan

En la terraza de la casa de Simón, enteramente iluminada por la Luna, que ha alcanzado su máximo apogeo, están Pedro y Juan. Hablan en voz baja, y señalan hacia la casa de Lázaro, del todo cerrada y silenciosa. Hablan durante largo rato, yendo y viniendo por la terraza. Luego -no sé por qué motivo-el coloquio se hace más animado, y sus voces, antes contenidas, aumentan de tono y se hacen bien claras.

Pedro, dando un puñetazo en el antepecho de la terraza, exclama:

-¡¿Pero no comprendes que se debe hacer así?! Te hablo en nombre de Dios. Escúchame sin obstinarte. Conviene hacer como digo yo. No por cobardía y miedo, sino para impedir el exterminio total, que sería deletéreo para la Iglesia de Cristo.

Sé, lo he visto, que siguen cada uno de nuestros pasos. Y Nicodemo me ha confirmado que he visto bien. ¿Por qué no hemos podido quedarnos en Betania? Por este motivo. ¿Por qué ya no es prudente estar en esta casa, o en la de Nicodemo, o en la de Nique o de Anastática? Por el mismo motivo. Para impedir que la Iglesia muera por la muerte de sus jefes.

-El Maestro nos aseguró muchas veces que ni siquiera el Infierno podrá exterminarla y prevalecer sobre ella, nunca -le responde Juan.

-Es verdad. Y el Infierno no prevalecerá, como no prevaleció contra Cristo. Pero los hombres sí, como prevalecieron sobre el Hombre-Dios, que venció a Satanás, pero que no pudo vencer sobre los hombres.

-Porque no quiso vencer. Debía redimir y, por tanto, morir. Y con esa muerte. ¡Pero si hubiera querido vencerlos! ¡Cuántas veces logró eludir sus insidias, de todo tipo!

-También la Iglesia será insidiada, pero no perecerá totalmente, siempre y cuando tengamos la suficiente prudencia como para impedir el exterminio de los jefes actuales, antes de crear nosotros a muchos -los primeros-sacerdotes de la Iglesia, en sus distintos grados; crearlos y formarlos para su ministerio.

¡No te hagas falsas ilusiones, Juan! Los fariseos, escribas y miembros del Sanedrín harán de todo para matar a los pastores, para conseguir así la dispersión del rebaño, del rebaño todavía débil y medroso; sobre todo, este rebaño de Palestina.

No debemos dejarlo sin pastores hasta que muchos corderos no hayan pasado, a su vez, a ser pastores. Ya has visto a cuántos han matado.

¡Piensa en cuánta parte de mundo nos espera! La orden fue clara: "Id y evangelizad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado".

Y a mí, en la orilla del lago, tres veces me mandó apacentar sus ovejas y corderos, y profetizó que de viejo, pero no antes, seré atado y conducido a confesar a Cristo con mi sangre y mi vida. ¡Y muy lejos de aquí! Si comprendí bien unas palabras suyas, antes de la muerte de Lázaro, yo debo ir a Roma, y allí fundar la Iglesia inmortal.

¿Y no juzgó Él mismo que era bueno retirarse a Efraím, porque todavía no se había cumplido su evangelización? Y sólo en el momento preciso volvió a Judea para ser apresado y crucificado. Imitémoslo. No se puede decir, no cabe duda de esto, que Lázaro, María y Marta eran personas miedosas. Y, sin embargo, ya ves que, si bien con todo el dolor de su corazón, se han alejado de aquí para llevar a otros lugares la Palabra divina que aquí habría quedado ahogada por los judíos.

Yo, elegido por Él Pontífice, he decidido, y, conmigo, los otros apóstoles y discípulos han decidido igualmente: nos dispersaremos. Habrá quien irá a Samaria, o hacia el gran mar, o hacia Fenicia, yendo cada vez más allá, a Siria, a las islas, a Grecia, al Imperio romano.

Si aquí en estos lugares la cizaña y el veneno judío hacen estériles los campos y las viñas del Señor, nos vamos a otros lugares y sembramos otras semillas, en otros campos y viñas, para que no sólo haya recolección, sino que incluso sea abundante. Si en estos lugares el odio judío envenena las aguas y las corrompe, para que ni yo, pescador de almas, ni mis hermanos, podamos pescar almas para el Señor, nos marchamos a otras aguas. Hay que ser, al mismo tiempo, prudentes y astutos. Créelo, Juan.

-Tienes razón. Pero si insistía era por María. Yo no puedo, no debo dejarla. Ello nos causaría demasiado dolor a ambos. Y sería una mala acción por parte mía… -le responde Juan.

-Tú te quedas aquí. Y Ella también, porque separarla de aquí sería una cosa absurda…

-A la que María nunca prestaría consentimiento. Me uniré a vosotros más adelante, cuando ya Ella no esté en la Tierra.

-Sí. Te unirás a nosotros. Eres joven… Vivirás todavía mucho.
-Y María muy poco.

-¿Por qué? ¿Es que está enferma?, ¿o sufre?, ¿o está débil?

-¡No! Ni el tiempo ni los sufrimientos han tenido poder sobre Ella. Siempre está joven, de aspecto y de espíritu; serena… yo diría, gozosa.
-¿Y entonces por qué dices…?

-Porque comprendo que este nuevo florecimiento en belleza y gozo es señal de que Ella siente ya cercano que vuelve a unirse con su Hijo. Quiero decir unión total, porque la espiritual nunca ha cesado. No descorro el velo de los misterios de Dios, pero estoy seguro de que Ella ve diariamente a su Hijo en su figura gloriosa. De ahí su beatitud. Yo creo que, contemplándolo, su espíritu se ilumina y llega a conocer todo el futuro como lo conoce Dios, incluido el suyo.

Está todavía en la Tierra, con su cuerpo, pero podría casi decir, sin temor a equivocarme, que su espíritu está casi siempre en el Cielo. Tanta es su unión con Dios, que no creo pronunciar palabras sacrílegas si digo que en Ella está Dios como cuando lo llevaba en su seno materno.

Más aún: de la misma manera que el Verbo se unió a Ella para ser Jesucristo, ahora Ella se une de tal manera a Cristo, que es un segundo Cristo, que ha asumido una nueva humanidad, la del propio Jesús. Si esto es herejía, que Dios me dé a conocer el error y que me perdone.

Ella vive en el amor. Este fuego de amor la enciende, la nutre, la ilumina, y ese mismo fuego de amor nos la arrebatará, en el momento designado, sin dolor para Ella, sin corrupción para su cuerpo… El dolor será sólo nuestro… mío, sobre todo… Ya no tendremos a la Maestra, a la Guía, a la Consoladora nuestra… Y yo estaré verdaderamente solo…

Y Juan, cuya voz ya temblaba por un contenido llanto, rompe a llorar con sollozos desgarradores como nunca tuvo, ni siquiera a los pies de la Cruz o en el Sepulcro.

También Pedro, si bien más serenamente, rompe a llorar, y, entre las lágrimas, suplica a Juan que le avise, si puede, para estar presente en el tránsito de María, o, al menos, en su sepultura.

-Lo haré, si tengo, aunque lo dudo mucho, la posibilidad de hacerlo. Algo me dice en mi interior que, como sucedió con Elías (2 Reyes 2, 11; Eclesiástico 48, 9), que fue arrebatado por el torbellino celeste en el carro de fuego, así sucederá con Ella: casi antes de que me percate de su inminente tránsito, Ella estará ya con su alma en el Cielo.

-Pero, al menos el cuerpo quedará. ¡Quedó incluso el del Maestro, y era Dios!

-Para Él era necesario que así sucediera; para Ella, no.

Él debía, con la resurrección, desmentir las calumnias judías; con sus apariciones, convencer al mundo, que dudaba, o incluso negaba, por causa de su muerte de cruz.

Pero Ella no tiene necesidad de ello. Pero, si puedo, te avisaré. Adiós, Pedro, Pontífice y hermano mío en Cristo. Vuelvo con Ella, que, ciertamente, me espera. Dios esté contigo.

-Y contigo. Y di a María que ore por mí y que me perdone una vez más por mi cobardía durante la noche del Proceso… recuerdo que no logro borrar de mi corazón, cosa que no me deja tranquilo… -y algunas lágrimas ruedan por las mejillas de Pedro, que termina:

-Sea Madre para mí. Madre de amor para su desdichado hijo pródigo…

-No es necesario que se lo diga. Te quiere más que una madre según la carne, te quiere como Madre de Dios, y con caridad de Madre de Dios. Si estaba dispuesta a perdonar a Judas, cuya culpa no tenía medida, ¡figúrate, si no te va a haber perdonado a ti! La paz esté contigo, hermano. Yo me marcho.

-Y yo te sigo, si me lo concedes. Quiero verla todavía otra vez.

-Ven. Sé el camino que hay que tomar para entrar en el Getsemaní sin ser vistos.

Se ponen en marcha y andan, a buen paso y en silencio, hacia Jerusalén. Pero pasan por el camino alto, que llega hasta el Monte de los Olivos por la parte que está más lejos de la ciudad.

Llegan al rayar del alba. Entran en el Getsemaní. Van cuesta abajo hacia la casa. María, que está en la terraza, los ve llegar y, emitiendo un grito de alegría, baja a su encuentro.

Pedro se arroja a sus pies -sí, incluso se arroja a sus pies y rostro en tierra-, diciéndole:
-¡Madre, perdón!

-¡¿De qué?! ¿Es que has pecado en algo? El que me revela todas las verdades, no me ha revelado sino que tú eres su digno sucesor en la Fe. Como hombre, siempre te he visto justo, aunque algunas veces impulsivo. ¿Qué te debo perdonar, pues?
Pedro llora y calla.

Juan explica:

-Pedro no logra apaciguarse por lo de haber renegado de Jesús en el patio del Templo.

-Eso es cosa pasada, y borrada, Pedro. ¿Acaso te reprendió Jesús?
-¡No, no!

-¿Mostró quererte menos que antes?
-No. La verdad… no. ¡Al contrario!…
-¿Y eso no te dice que Él, y yo con Él, te hemos comprendido y perdonado?

-Es verdad. Sigo siendo el mismo necio.

-Pues ve y permanece en paz. Yo te digo que nos encontraremos todos, yo, tú, los otros apóstoles y diáconos, todos en el Cielo, junto al Hombre-Dios. Por lo que de mi poder depende, te bendigo -y, como hizo con Gamaliel, María pone sus manos en la cabeza de Pedro trazando una señal de la cruz.

Pedro se inclina para besarle los pies. Luego se levanta, mucho más sereno que antes, y, acompañado también ahora por Juan, regresa a la cancilla superior, la cruza y se marcha, mientras Juan, después de cerrar bien esa entrada, regresa donde María.

647- Gamaliel se hace cristiano

Deben haber pasado algunos años, porque se ve que Juan está ya en la plena edad adulta (miembros más robustos, rostro más maduro, cabellos, barba y bigote de un rubio mucho más oscuro).

María -que está hilando mientras Juan pone de nuevo en orden la cocina de la casita del Getsemaní, cuyas paredes han sido recientemente blanqueadas y cuyos enseres de madera (banquetas, puerta, un bazar que hace también de repisa para la lámpara) han sido barnizados- no aparece cambiada. En absoluto aparece cambiada. Su aspecto es fresco y sereno. Han desaparecido todas las huellas que el dolor por la muerte y regreso de su Hijo al Cielo había dejado en su cara (por las primeras persecuciones contra los cristianos).

El tiempo no ha dejado grabadas sus huellas en ese rostro dulce; la edad no ha tenido el poder de alterar su fresca y pura belleza.

La lámpara, encendida, encima de la mesa, proyecta su luz palpitante sobre las pequeñas y diligentes manos de María, sobre el estambre cándido envuelto en la rueca, sobre el hilo delgado, sobre el huso que da vueltas, sobre los rubios cabellos recogidos en denso moño tras la nuca.
Por la puerta abierta, un rayo tersísimo de luna penetra en la cocina, extendiendo una franja de plata desde la puerta hasta el pie de la banqueta en que María está sentada.

María, por ello, tiene los pies iluminados por el rayo lunar, mientras que sus manos y su cabeza lo están por la luz rojiza de la lámpara. Fuera, en los olivos que rodean la casa del Getsemaní, unos ruiseñores cantan su canto de amor.

De repente los pajarillos enmudecen, como asustados. Al cabo de unos momentos, se oyen pisadas que se acercan cada vez más, hasta llegar al umbral de la puerta de la cocina; y, contemporáneamente, desaparece la blanca franja lunar que antes vestía de plata las toscas y oscuras baldosas del suelo.

María alza la cabeza y la vuelve hacia la puerta. Juan también mira. Un «¡Oh!» lleno de maravilla sale de los labios de los dos, mientras, con un único movimiento, ambos, presurosos, se dirigen hacia la puerta sobre cuyo umbral ha aparecido, y se ha detenido, Gamaliel.

Es un Gamaliel ya muy anciano; está muy delgado; trae vestiduras blancas que la luna, incidiendo en él por detrás, hace casi fosforescentes: parece espectral.

Es un Gamaliel abatido, triturado, por los sucesos, por sus remordimientos, por muchas cosas, más aún que por la edad.

-¿Tú aquí, rabí? ¡Entra! ¡Ven! La paz sea contigo -le dice Juan, que está frente a él y muy cerca, mientras que María está algunos pasos más atrás.

-Si me guías… Estoy ciego… -responde el anciano rabí, con voz trémula más por un secreto llanto que por la edad.
Juan, asombrado, pregunta con emoción y piedad en la voz:
-¡¿Ciego?! ¿Desde cuándo?

-¡Oh!… ¡Desde hace mucho! La vista empezó a debilitárseme enseguida… después de que… sí… después de que no supe reconocer la Luz verdadera que había venido a iluminar a los hombres; hasta que el terremoto desgarró el velo del Templo y zarandeó las robustas murallas, como Él había dicho. Verdaderamente un dúplice velo, que cubría el Santo de los Santos del Templo y al aún más verdadero Santo de los Santos, a la Palabra del Padre, su eterno Unigénito, celado por el velo de una humana, purísima carne, que sólo su Pasión y su gloriosa Resurrección revelaron, incluso a los más obtusos yo el primero-, en lo que realmente era: el Cristo, el Mesías, el Emmanuel.

Desde ese momento las tinieblas empezaron a descender sobre mis pupilas y a hacerse cada vez más densas. Justo castigo para mí. Desde hace un tiempo, estoy totalmente ciego. Y he venido…

Juan le interrumpe preguntándole:

-¿Quizás para pedir un milagro?
Sí. Un gran milagro. Se lo pido a la Madre del Dios verdadero.

-Gamaliel, yo no tengo el poder que tenía mi Hijo. Él podía devolver vida y vista a las pupilas apagadas, palabra a los mudos, movimiento a los paralizados. Pero yo no -le responde María. Y prosigue:

-Pero ven aquí, junto a la mesa, y siéntate. Estás cansado y eres anciano, rabí. No te fatigues más -y, piadosamente, junto con Juan, lo conduce a la mesa y le ayuda a sentarse en una banqueta.

Gamaliel, antes de soltarle la mano, se la besa con veneración; luego le dice: -No te pido, María, el milagro de que vea de nuevo. No. No pido esta cosa material. Lo que te pido, Bendita entre todas las mujeres, es una vista de águila para mi espíritu, para ver toda la Verdad. No te pido la luz para mis pupilas apagadas, sino la luz sobrenatural, divina, la verdadera luz, que es sabiduría, verdad, vida, para mi alma y corazón lacerados y exhaustos por los remordimientos, que no me dan tregua.

No tengo ningún deseo de ver con los ojos este mundo hebreo tan… sí, tan obstinadamente rebelde a Dios, a Dios que con él fue y es tan compasivo como, en verdad, no merecimos que lo fuera. Es más, estoy contento de no tener que verlo ya, y de que mi ceguera me haya librado de todo compromiso con el Templo y el Sanedrín, tan injustos para con tu Hijo y para con sus seguidores.

A quien deseo ver, con la mente, el corazón y el espíritu, es a Él, a Jesús. Verlo en mí, en mi espíritu, verlo espiritualmente, como, ciertamente, tú, oh santa Madre de Dios, y Juan, tan puro, y Santiago, mientras tuvo vida, y los otros, para ayuda en su grave y obstaculado ministerio, lo veis.

Verlo para amarlo con todo mi ser y con este amor poder expiar mis culpas y recibir perdón de Él, para tener esa vida eterna de la que me he hecho indigno…

Apoya la cabeza en los brazos, apoyados a su vez en la mesa, y llora.

María le pone una mano en su cabeza estremecida por los sollozos, y le responde:

-¡No! ¡Que no te has hecho indigno de la vida eterna! Todo lo perdona el Salvador a quien se arrepiente de sus errores pasados. Incluso a su traidor le habría perdonado, si se hubiera arrepentido de su horrendo pecado. Y la culpa de Judas de Keriot es inmensa respecto a la tuya.

Considera esto: Judas era el apóstol recibido por Cristo, instruido por Cristo, amado por Cristo más que los demás (si se piensa que, no ignorando nada sobre él, Cristo no lo expulsó del grupo de sus apóstoles, sino que, al contrario, hasta el último momento, recurrió a todos los medios para que ellos no comprendieran lo que Judas era y lo que tramaba).

Mi Hijo era la Verdad misma, y no mintió nunca, por ningún motivo. Pero, cuando veía que los otros once, sospechando, le preguntaban sobre Judas, Él, sin mentir, conseguía desviar sus sospechas y lograba no responder a sus preguntas, y les imponía que no preguntaran, por prudencia y caridad respecto al hermano. Tu culpa es mucho menor. Es más, ni siquiera puede llamarse culpa. Esto tuyo no es incredulidad; es exceso de fe. Tanto creíste en aquel Niño de doce años que te habló en el Templo, que, obstinadamente pero con una recta intención que venía de tu absoluta fe en aquel Niño por cuyos labios habías oído palabras de infinita sabiduría, has esperado el signo para creer en Él y ver en Él al Mesías.

Dios perdona a quien tiene una fe tan fuerte y fiel. Y más aún perdona a quien, aun estando todavía en duda respecto a la verdadera Naturaleza de un hombre acusado injustamente, no quiere tomar parte en su condena porque la siente injusta.

Tu espiritual visión de la Verdad ha crecido sin cesar desde que dejaste el Sanedrín por no consentir en aquella sacrílega acción. Y aún creció más cuando, estando en el Templo, viste que se verificó el tan esperado signo, que signó el comienzo de la era cristiana. Y aún más aumentó cuando, con aquellas potentes, angustiadas palabras, rogaste al pie de la cruz de mi Hijo, ya gélido y exánime.

Y se ha hecho casi perfecta cada una de las veces que, o con las palabras o poniéndote al margen, has defendido a los fieles de mi Hijo y no has querido tomar parte en la condena de los primeros mártires. Créeme, Gamaliel, cada uno de tus actos de dolor, de justicia, de amor, ha aumentado en ti tu espiritual visión.

-¡No basta todo esto! Es que… yo recibí la insólita gracia de conocer a tu Hijo desde su primera pública manifestación, en el momento de su mayoría de edad.

¡Habría debido ver desde entonces!, ¡comprender! Fui un ciego y un necio… ni vi ni comprendí; ni entonces ni otras veces en que tuve la gracia de verlo, hecho ya Hombre y Maestro, y de oír sus cada vez más precisas y poderosas palabras. Tercamente esperaba la señal humana, el estremecimiento de las piedras… ¡Y no veía que todo en Él era una señal segura! ¡Y no veía que Él era la Piedra angular anunciada por los profetas (Salmo 118, 22-23; Isaías 28,16); la Piedra que ya estremecía al mundo, a todo el mundo, al hebreo y al gentil; la Piedra que estremecía las piedras de los corazones con su palabra, con sus prodigios!

¡No veía en Él la señal evidente del Padre suyo en todo lo que hacía o decía! ¿Cómo puede Él perdonar tanta obstinación?

-Gamaliel, ¿puedes creer que yo -que soy la Sede de la Sabiduría, la Llena de Gracia, y que, de la Sabiduría que en mí ha tomado Carne y de la Gracia de que estoy llena, he recibido la plenitud del conocimiento de las cosas sobrenaturales-puedo aconsejarte bien?

-¡Claro que lo creo! Precisamente porque creo que eres esto, vengo a ti en busca de luz. Tú, Hija, Madre, Esposa de Dios, el cual, sin duda, desde tu concepción te colmó de sus luces sapienciales, no puedes sino indicarme el camino que debo tomar para tener paz, para encontrar la verdad, para conquistar la verdadera Vida. Tengo tanta conciencia de mis errores, estoy tan aplastado por mi miseria espiritual, que necesito ayuda para atreverme a ir a Dios.

-Eso que tú juzgas como un obstáculo es, por el contrario, ala para elevarte hacia Dios. Has demolido el edificio de ti mismo, te has humillado; eras un monte poderoso, te has hecho valle profundo. Debes saber que la humildad es semejante a un fertilizante que prepara el más árido terreno para que dé plantas y feraces cosechas. Es peldaño para subir; es más, es escalera para subir a Dios, el cual, viendo al humilde, lo llama hacia sí para ensalzarlo, para encenderlo con su caridad e iluminarlo con sus luces para que vea. Por esto te digo que tú estás ya en la Luz, en el Camino justo, hacia la Vida verdadera de los hijos de Dios.

-Pero para tener la Gracia debo entrar en la Iglesia, recibir el Bautismo que limpia de la culpa y nos hace nuevamente hijos adoptivos de Dios. Yo no me opongo a ello. ¡Al contrario! He destruido en mí al hijo de la Ley, no puedo ya sentir estima ni amor por el Templo. Pero ser nada no quiero. Por tanto, debo edificar de nuevo, sobre las ruinas de mi pasado, el hombre nuevo y la fe nueva.

Pero los apóstoles y los discípulos, respecto a mí, el gran rabí de dura cerviz, sentirán desconfianza y prejuicios…

Juan lo interrumpe diciendo:

-Te equivocas, Gamaliel. Yo soy el primero que te quiero y que anotaría como día de suma gracia el día en que pudiera llamarte cordero del rebaño de Cristo. No sería discípulo de Cristo si no pusiera en práctica sus enseñanzas. Y Él nos mandó amor y comprensión para todos, y especialmente para los más débiles, enfermos, descaminados.

Nos ordenó que imitáramos sus ejemplos. Y nosotros siempre lo vimos lleno de amor hacia los culpables arrepentidos, o hacia los hijos pródigos que volvían al Padre, o hacia las ovejas descarriadas. Desde la Magdalena a la Samaritana, desde Áglae al ladrón, ¡a cuántos redimió con misericordia! Habría perdonado también a Judas su supremo delito, si se hubiera arrepentido.

¡Muchas veces lo había perdonado! Sólo yo sé cuánto lo amaba, aun conociéndolo en todas sus acciones. Ven conmigo. Haré de ti un hijo de Dios y hermano del Cristo Salvador.

-Tú no eres el Pontífice. Pontífice es Pedro. ¿Y Pedro será tan bueno como tú? Yo sé que es muy distinto de ti.

-Era. Pero desde que vio cuán débil fue -hasta el punto de ser cobarde y renegar de su Maestro-ya no es lo que era, y tiene misericordia para todos y con todos.

-Entonces llévame inmediatamente donde él. Soy viejo, y ya demasiado me he demorado. Me sentía demasiado indigno, y temía que todos los fieles de Jesús me juzgaran de la misma manera. Ahora, que las palabras de María y tuyas me han confortado, quiero entrar en seguida en el Redil del Maestro, antes de que mi viejo corazón, por tantas cosas quebrantado, se pare.

Guíame tú, porque he dicho al siervo que me ha traído hasta aquí que se marchara, para que no oyera nada.

Volverá a la hora primera. Pero para entonces yo ya estaré lejos. En dos sentidos: lejos de esta casa y lejos del Templo. Para siempre. Primero iré, yo, hijo rebelde, a la casa del Padre, yo, oveja descarriada, al verdadero Redil del Pastor eterno. Luego volveré a mi lejana casa, para morir allí en paz y en gracia de Dios.

María, con un gesto espontáneo, lo abraza y le dice:

-Que Dios te dé paz. Paz y gloria eterna, porque te lo has merecido mostrando tu verdadero pensamiento a los poderosos jefes de Israel sin miedo a sus reacciones. Que Dios esté contigo siempre. Que Dios te dé su bendición.

Gamaliel busca de nuevo las manos de Ella. Las toma entre las suyas. Las besa. Se arrodilla y le ruega que ponga esas manos benditas sobre su anciana cabeza cansada.

María lo complace. Hace incluso más. Traza una señal de la cruz sobre su cabeza inclinada. Luego, junto con Juan, le ayuda a ponerse en pie, lo acompaña hasta la puerta y lo mira mientras, guiado por Juan, se encamina hacia la verdadera Vida; mira a este hombre humanamente llegado a su fin pero sobrenaturalmente creado de nuevo.

646- Sepultura de Esteban y comienzo de la persecución

Es plena noche, y, además, oscura, porque la Luna ya se ha ocultado, cuando María sale de la casita del Getsemaní junto con Pedro, Santiago de Alfeo, Juan, Nicodemo y el Zelote.

Dada la oscuridad de la noche, Lázaro, que está esperándolos delante de la casa, en el lugar donde comienza el sendero que conduce hacia la cancilla más baja, enciende una lámpara de aceite a la que ha provisto de una protección de delgadas láminas de alabastro o de otro material transparente. La luz es tenue, pero la lámpara, llevándola -como la lleva- baja hacia el suelo, en cualquier caso, es útil para ver las piedras y los obstáculos que pueden encontrarse en el recorrido. Lázaro se pone al lado de María, para que sobre todo Ella vea bien. Juan está en el otro lado y va sujetando de un brazo a la Madre. Los otros están detrás, en grupo.

Van hasta el Cedrón. Prosiguen, bordeándolo, para quedar semiocultos por los matorrales silvestres que crecen junto a las orillas del torrente. También el frufrú del agua sirve para ocultar y confundir el rumor producido por las sandalias de los caminantes.

Sin apartarse de lo que es la parte exterior de las murallas, hasta la Puerta más cercana al Templo, y luego adentrándose en la zona deshabitada y yerma, llegan al lugar donde fue lapidado Esteban. Se dirigen hacia el montón de piedras bajo el que está semisepultado. Quitan las piedras hasta que el pobre cuerpo aparece. Está ya cárdeno, por la muerte y por los golpes y la lapidación recibidos; está duro, rígido, aovillado como lo cogió la muerte.

María, a quien compasivamente Juan había mantenido alejada a la distancia de algunos pasos, se libera y corre hasta ese pobre cuerpo cubierto de heridas y de sangre. Sin hacer caso de las manchas que la sangre coagulada imprime en su túnica, María, ayudada por Santiago de Alfeo y por Juan, coloca el cuerpo sobre un lienzo extendido sobre la tierra, en un lugar en que no hay piedras, y, con un paño de lino que moja en una pequeña ánfora que el Zelote le acerca, limpia, como puede, la cara de Esteban, y ordena sus cabellos, tratando de colocarlos sobre las sienes y las mejillas heridas, para tapar las horrendas huellas que las piedras han dejado. Limpia también los otros miembros, e intenta darles una postura menos trágica; pero el hielo de la muerte, ocurrida ya muchas horas antes, lo permite sólo parcialmente.

Lo intentan también los hombres, más fuertes física y moralmente que María, que parece de nuevo la Madre Dolorosa del Gólgota y del Sepulcro. Pero también ellos deben resignarse y dejarlo como, después de muchos esfuerzos, han logrado ponerlo.

Lo visten con una larga túnica limpia, porque la suya o se ha perdido o ha sido robada, por desprecio, por los verdugos y el sayo corto que le habían dejado ya no es más que un andrajo hecho jirones y cubierto de sangre.

Llevado esto a cabo -siguen teniendo sólo la tenue luz de la lamparita que Lázaro mantiene muy cerca del pobre cuerpo-, lo levantan y lo depositan sobre otro lienzo bien limpio. Nicodemo recoge el primer lienzo, mojado del agua usada para lavar al mártir y de la sangre coagulada de Esteban, y lo mete debajo de su manto.

Juan y Santiago por la parte de la cabeza, Pedro y el Zelote por la parte de los pies, levantan el lienzo que contiene el cuerpo y comienzan el camino de vuelta, precedidos por Lázaro y María. Pero no regresan por el camino que han recorrido para la ida: se adentran por los campos y, torciendo al pie del olivar, llegan al camino que conduce hacia Jericó y Betania.

Allí se detienen para descansar y hablar. Y Nicodemo, que, por haber estado presente, aunque de forma pasiva, en la condena de Esteban, y por ser uno de los jefes de los judíos, conoce mejor que otros las decisiones del Sanedrín, advierte a los presentes que se ha desencadenado la persecución contra los cristianos, que ha sido ordenada esta persecución, y que Esteban ha sido sólo el primero de una larga lista de nombres ya señalados, señalados por ser nombres de seguidores de Cristo.

El primer grito de todos los Apóstoles es:

-¡Que hagan lo que quieran! ¡No cambiaremos, ni por amenaza ni por prudencia!

Pero los más juiciosos de los presentes, o sea, Lázaro y Nicodemo, hacen a Pedro y a Santiago de Alfeo la observación de que la Iglesia tiene todavía muy pocos sacerdotes de Cristo y que si mataran a los más potentes de ellos, o sea, a Pedro, pontífice, y a Santiago, obispo de Jerusalén, la Iglesia difícilmente se salvaría.

Recuerdan también a Pedro que el Fundador y Maestro de ellos dejó Judea por Samaria, para que no lo mataran antes de haberlos formado, y le recuerdan también que Jesús había aconsejado a sus fieles que imitaran su ejemplo hasta que los pastores fueran tantos, que no se hubiera de temer la dispersión de los fieles por la muerte de los pastores. Y terminan con estas palabras:

-Dispersaos también vosotros, por Judea y Samaria. Haced ahí prosélitos; otros, numerosos pastores; y desde estas tierras esparcíos por la Tierra, de forma que, como Él mandó que se hiciera, todas las gentes conozcan el Evangelio.

Los Apóstoles están perplejos. Miran a María, como queriendo conocer su juicio al respecto.
Y María, comprendiendo esas miradas, dice:

-El consejo es justo. Escuchadlo. No es cobardía. Es prudencia. Él os enseñó que fuerais sencillos como palomas y prudentes como serpientes; que os mandaba como ovejas en medio de lobos; que os guardarais de los hombres…
Santiago la interrumpe:

-Sí, Madre. Pero dijo también: "Cuando os pongan en sus manos y os conduzcan ante los gobernantes, no os turbéis por lo que deberéis responder. No seréis vosotros los que hablaréis, sino que, por vosotros y en vosotros, hablará el Espíritu de vuestro Padre". Y yo me quedo aquí. El discípulo debe ser como el Maestro. Él ha muerto por dar vida a la Iglesia. Cada una de nuestras muertes será una piedra que se añadirá al grande, nuevo Templo; un aumento de vida para el grande, inmortal cuerpo de la Iglesia universal. Que me maten, si eso es lo que quieren.

Viviendo en el Cielo seré más feliz, porque estaré al lado de mi Hermano; y más potente todavía. No le temo a la muerte. Temo al pecado. Abandonar mi lugar me parece como imitar el gesto de Judas, el perfecto traidor. Ese pecado Santiago de Alfeo no lo cometerá nunca. Si debo caer, caeré como héroe en mi puesto de lucha, en el puesto en que Él quiso que estuviera.

María le responde:

-No entro en tus secretos con el Hombre-Dios. Si Él te lo inspira así, hazlo así. Él sólo, que es Dios, puede tener derecho a ordenar. A todos nosotros nos corresponde sólo obedecerle siempre, en todo, para hacer su Voluntad.
Pedro, menos heroico, habla con el Zelote con ademán de reserva, para oír su parecer al respecto.

Lázaro, que está cerca de los dos y lo oye, propone:
-Venid a Betania. Está cerca de Jerusalén, y también del camino de Samaria. Desde allí salió muchas veces Cristo para huir de sus enemigos…

Nicodemo, a su vez, propone:

-Venid a la casa mía del campo. Es segura, y está cerca tanto de Betania como de Jerusalén, y está en el camino que va a Efraím por Jericó.

-No, es mejor la mía, que está protegida por Roma -insiste Lázaro.

-Ya demasiado te odian… desde que Jesús te resucitó, afirmando tan poderosamente su Naturaleza divina.

Considera que su suerte fue decidida por este motivo. ¡No vayas a decidir tú la tuya! -le responde Nicodemo.

-¿Y qué decís de mi casa? En realidad es de Lázaro. Pero todavía está a mi nombre -dice Simón el Zelote.

María interviene diciendo:

-Dejad que reflexione, que piense y juzgue lo que es mejor hacer. Dios no me dejará sin su luz. Cuando sepa, os lo diré. De momento venid conmigo al Getsemaní.

-Sede de toda sabiduría, Madre de la Palabra y de la Luz, siempre eres para nosotros Estrella de segura guía. Te obedecemos -dicen todos juntos, como si verdaderamente el Espíritu Santo hubiera hablado a sus corazones y a través de sus labios.

Se levantan de la hierba en que, en los bordes del camino, estaban sentados, y, mientras Pedro, Santiago, Simón y Juan van con María hacia el Getsemaní, Lázaro y Nicodemo levantan el lienzo que envuelve el cuerpo de Esteban y, con las primeras luces del alba, se dirigen hacia el camino de Betania y Jericó.

¿A dónde llevan al mártir? Misterio.

645- El proceso y la lapidación de Esteban. Los caminos opuestos de Saulo y Gamaliel hacia la santidad

Es la sala del Sanedrín, igual, en cuanto a la disposición de los objetos y a las personas, que la noche del jueves al viernes, durante el proceso de Jesús.

El Sumo Sacerdote y los otros están en sus escaños. En el centro, delante del Sumo Sacerdote, en el espacio vacío donde, durante el proceso, estaba Jesús, está ahora Esteban.

Debe haber hablado ya (como en Hechos 6, 8-15; 7, 1-54), confesando su fe y dando testimonio de la verdadera Naturaleza de Cristo y de su Iglesia; en efecto, el tumulto ha alcanzado su punto álgido, un tumulto que, en su violencia, es enteramente similar al que hervía contra Cristo en la noche fatal de la traición y el deicidio.

Puñetazos, maldiciones, blasfemias horribles lanzan contra el diácono Esteban, quien, como efecto de los brutales golpes, se tambalea y vacila, mientras, ferozmente, le dan tirones hacia uno u otro lado.

Pero él conserva su calma y dignidad. Es más, no sólo se muestra sereno y digno, sino que se le ve incluso beatífico, casi extático. Sin tener en cuenta los esputos que resbalan por su rostro, ni la sangre que desciende de su nariz, violentamente golpeada, alza en un determinado momento su rostro inspirado y su mirada luminosa y risueña para centrarse en una visión que sólo él conoce. Abre luego en cruz los brazos, los alza y los extiende hacia arriba, como para abrazar a lo que ve. Luego cae de rodillas exclamando:

-¡Veo abierto el Cielo, y, a la derecha de Dios, al Hijo del Hombre, a Jesús, al Cristo de Dios, a quien vosotros habéis matado!

Entonces el tumulto pierde ese mínimo de humanidad y legalidad que todavía conservaba y, con la furia de una jauría de lobos, de chacales, de fieras hidrófobas, todos se lanzan sobre el diácono: le muerden, lo pisotean, lo agarran, lo levantan tirándole del pelo, lo arrastran, haciéndole caer otra vez, poniendo a la furia el obstáculo de la propia furia (porque, en medio del tumulto, los que tratan de arrastrar hacia afuera al mártir se ven obstaculizados por los que tiran en la otra dirección para golpearle, para pisotearlo de nuevo).

Entre los furiosos más furiosos hay un joven bajo y feo al que llaman Saulo; la ferocidad de su rostro es indescriptible.

En un rincón de la sala está Gamaliel, que en ningún momento ha tomado parte en el tumulto y que en ningún momento ha dirigido la palabra a Esteban ni a ninguno de los poderosos.

Su desdén por la escena injusta y bestial es bien visible. En otro rincón, también con expresión de desdén y sin participar ni en el proceso ni en la agitación, está Nicodemo, mirando a Gamaliel, cuyo rostro tiene una expresión más clara que cualquier palabra.

Pero, de repente -exactamente cuando ve, por tercera vez, levantar a Esteban por los cabellos-, Gamaliel se envuelve en su amplísimo manto y se dirige hacia una salida opuesta a aquella hacia la cual están arrastrando al diácono.
El acto no le pasa desapercibido a Saulo, que grita:
-Rabí, ¿te marchas?
Gamaliel no responde.

Saulo, temiendo que Gamaliel no haya entendido que la pregunta iba dirigida a él, repite y especifica:
-Rabí Gamaliel, ¿te abstraes de este juicio?

Gamaliel se vuelve rígidamente, con una mirada tan desdeñosa, pundonorosa y glacial, que causa terror; responde solamente: «Sí». Pero es un "sí" que dice más que un largo discurso.

Saulo comprende todo lo que hay en ese "si" y, apartándose de la jauría sanguinaria, corre adonde Gamaliel. Lo alcanza, lo para, le dice:
-¿No querrás decirme, oh Rabí, que desapruebas nuestra condena?
Gamaliel no lo mira y tampoco le responde.

Saulo insiste:

-Ese hombre es doblemente culpable, por haber renegado de la Ley, siguiendo a un samaritano poseído por Belcebú, y por haberlo hecho después de haber sido tu discípulo.

Gamaliel sigue sin mirarlo y guardando silencio.
Saulo entonces pregunta:

-¿No serás tú, también tú, seguidor de ese malhechor llamado Jesús, no?
Gamaliel esta vez habla. Dice:
-No lo soy todavía. Pero, si Él era el que decía ser -y, en verdad, hay muchas cosas que demuestran que lo era-, ruego a Dios venir a serlo.
-¡Horror! -grita Saulo.

-Ningún horror. Tenemos una inteligencia para usarla, y una libertad para aplicarla. Que cada uno, pues, las use según la libertad que Dios ha dado a cada hombre y según la luz que ha puesto en el corazón de cada uno. Los justos, antes o después, usarán estos dos dones de Dios en el bien, y los malos en el mal.

Y se marcha en dirección al patio donde está el gazofilacio, y va a apoyarse en la columna en que Jesús se apoyó cuando habló a la pobre viuda que da al Tesoro del Templo todo lo que tiene: dos monedas de escaso valor.

Lleva poco tiempo allí, y otra vez llega Saulo y se le planta delante. El contraste entre los dos es fortísimo.
Gamaliel es alto, de noble compostura, de hermosas facciones fuertemente semíticas: tiene frente alta; ojos negrísimos inteligentes, penetrantes, largos, y muy hundidos bajo las cejas tupidas y derechas a ambos lados de la nariz también derecha, larga y delgada, que recuerda un poco a la nariz de Jesús. También el color de la piel, y la boca de delgados labios, recuerdan a Cristo; pero Gamaliel tiene la barba y el bigote --en el pasado negrísimos-ahora muy entrecanos, y más largos.

Saulo, sin embargo, es bajo, toroso, casi raquítico: sus piernas son cortas y gruesas, un poco divergentes en las rodillas, que se ven bien porque se ha quitado el manto y lleva sólo una túnica corta, grisácea, como vestido; sus brazos, como las piernas, son cortos y fornidos; su cuello, corto y toroso, sujeta una cabeza gruesa, morena, con cabellos cortos e híspidos; tiene orejas más bien salientes, nariz chata, labios gruesos, pómulos altos y gruesos, frente convexa, ojos oscuros, más bien overos, de ninguna manera dulces ni mansos, pero muy inteligentes, bajo cejas muy arqueadas, tupidas y enredadas; sus mejillas están cubiertas por una barba híspida, como los cabellos, y tupidísima, pero que mantiene corta. Quizás por causa de ser muy corto el cuello, parece levemente cargado de espaldas, o de espalda corva.

Durante unos momentos, guarda silencio, mirando fijamente a Gamaliel. Luego le dice algo en voz baja.
Gamaliel le responde, con voz bien clara y fuerte:

-No apruebo la violencia. Por ningún motivo. De mí nunca recibirás la aprobación para ningún plan violento. Esto lo dije incluso públicamente, a todo el Sanedrín, cuando apresaron por segunda vez a Pedro y a los otros apóstoles y los condujeron ante el Sanedrín para ser juzgados. Y repito lo mismo: "Si es proyecto y obra de los hombres, perecerá por sí solo; si es de Dios, no podrá ser destruido por los hombres, sino que, al contrario, los hombres podrán ser castigados por Dios". Recuérdalo.

-¿Tú, el mayor de los rabíes de Israel, eres protector de estos blasfemos seguidores del Nazareno?
-Soy protector de la justicia. Y la justicia enseña a juzgar con justicia y cautela. Te repito que si esto viene de Dios resistirá; si no, caerá por sí solo. Pero yo no quiero mancharme las manos con una sangre que no sé si merece la muerte.

-Tú, tú, fariseo y doctor, ¿dices eso? ¿No temes al Altísimo?

-Más que tú. Pero yo pienso. Y recuerdo… Tú eras sólo un niño, aún no eras hijo de la Ley, y yo ya enseñaba en este Templo con el rabí más sabio de este tiempo… y con otros, sabios pero no justos. Nuestra sabiduría recibió, dentro de estos muros, una lección que nos hizo pensar durante todo el resto de la vida. Los ojos del más sabio y justo de nuestro tiempo se cerraron con el recuerdo de aquel momento, y su mente se extinguió estudiando aquellas verdades oídas de labios de un niño que se revelaba a los hombres, especialmente a los justos. Mis ojos siguieron vigilantes, mi mente siguió pensando, coordinando acontecimientos y cosas… Yo tuve el privilegio de oír al Altísimo hablar por medio de la boca de un niño, que luego fue un hombre justo, sabio, poderoso, santo, al cual mataron precisamente por estas cualidades suyas.

Las palabras que dijo entonces se vieron confirmadas por los hechos acaecidos muchos años después, en la época anunciada por Daniel… ¡Mísero de mí, que no comprendí antes, que esperé a la última, terrible señal para creer, para comprender! ¡Pobre pueblo de Israel, que ni comprendió entonces ni comprende ahora! ¡La profecía de Daniel (Daniel 9), y la de otros profetas y de la Palabra de Dios, continúan; y se cumplirán para este Israel obcecado, ciego, sordo, injusto, que sigue persiguiendo al Mesías en los siervos de Jesús!

-¡Maldición! ¡Blasfemas! ¡Ciertamente, si los rabíes de Israel blasfeman y reniegan de Yahveh, el Dios verdadero, por exaltar a un falso Mesías y creer en Él, no habrá ya salvación para el pueblo de Dios!

-No soy yo el que blasfema, sino todos los que insultaron al Nazareno y continúan despreciándolo despreciando a sus seguidores. Tú sí que blasfemas contra Él, porque lo odias, directamente y en los suyos. Pero has expresado una verdad diciendo que no hay ya salvación para Israel; mas no porque haya israelitas que se pasen a su grey, sino porque Israel ha descargado su mano, a muerte, contra Él.

-¡Me causas horror! ¡Traicionas a la Ley y al Templo!

-Denúnciame, entonces, al Sanedrín, para que yo siga la misma suerte de ese que va a ser lapidado de un momento a otro. Será el comienzo y compendio feliz de tu misión. Y yo, por mi sacrificio, seré perdonado de no haber reconocido y comprendido al Dios que pasaba, como Salvador y Maestro, junto a nosotros, hijos suyos y pueblo suyo.

Saulo, con un ademán de ira, se marcha con despecho, y vuelve al patio que está enfrente de la sala del Sanedrín, patio en el que aún se oye el griterío de la turba exasperada contra Esteban. Saulo se llega a los verdugos, en este patio; se une a ellos, que lo esperaban; y sale, junto con los otros, del Templo, y luego de las murallas de la ciudad. Siguen lanzándole insultos, escarnios, golpes, al diácono, que camina ya sin fuerzas, herido, vacilante, hacia el lugar del suplicio.

Fuera de las murallas hay un espacio yermo y pedregoso, absolutamente desierto. Llegados allí, los verdugos se abren en círculo, dejando solo, en el centro, al condenado, con las vestiduras desgarradas, sangrando por muchas partes del cuerpo a causa de las heridas que ya ha recibido. Le arrancan las vestiduras antes de alejarse; sólo se queda con un sayo cortísimo.

Todos se desprenden de las túnicas largas, de forma que se quedan sólo con las vestiduras cortas, como la de Saulo, al cual le dejan los vestidos, dado que él no participa en la lapidación (o porque le han afectado las palabras de Gamaliel, o porque se considera incapaz de dar bien).

Los verdugos recogen los gruesos cantos y las piedras
aguzadas, que abundan en ese lugar, y empiezan a lapidar.

Esteban recibe los primeros golpes permaneciendo en pie y con una sonrisa de perdón en la boca herida, en esa boca que un instante antes del comienzo de la lapidación ha gritado a Saulo, que estaba recogiendo los vestidos de los verdugos:

«Amigo mío, te espero en el camino de Cristo». A lo cual Saulo le había respondido: « ¡Puerco! ¡Endemoniado!», y había unido a las injurias una fuerte patada en las espinillas del diácono, que por poco no se había caído, por el golpe y el dolor.

Después de unas cuantas pedradas, que le llegan desde todas las partes, Esteban cae de rodillas, apoyándose en las manos heridas, y -sin duda, acordándose de un lejano episodio-susurra, tocándose las sienes y la frente heridas:

-¡Como Él me había predicho! La corona… Los rubíes… ¡Oh, Señor mío, Maestro, Jesús, recibe mi espíritu!

Otra granizada de golpes en la cabeza ya herida le hacen desplomarse completamente; y el suelo queda impregnado de su sangre. Mientras distiende sus miembros en medio de las piedras, bajo otra granizada de piedras, expira susurrando: -Señor… Padre… perdónalos… No les guardes rencor por este pecado… No saben lo que…

La muerte quiebra la frase en sus labios. Una última convulsión le hace como acurrucarse, y así se queda… muerto.

Los verdugos se acercan a él. Le lanzan encima otra descarga de piedras. Casi lo sepultan bajo ellas. Luego vuelven a vestirse y se marchan. Vuelven al Templo para referir, ebrios de celo satánico, lo que han hecho.

Mientras hablan con el Sumo Sacerdote y otros poderosos, Saulo va a buscar a Gamaliel. No lo encuentra inmediatamente. Vuelve, encendido de odio contra los cristianos, donde los sacerdotes. Habla con ellos.

Solicita y obtiene un pergamino con el sello del Templo, un pergamino que le autoriza a perseguir a los cristianos.

La sangre de Esteban debe haberlo enfurecido, como le sucede a un toro al ver el color rojo, o a un alcohólico si le dan un vino generoso.

Está para salir del Templo, cuando ve, bajo el Pórtico de los Paganos, a Gamaliel. Va donde él. Quizás quiere empezar una discusión o una justificación. Pero Gamaliel cruza el patio, entra en una sala y cierra la puerta ante Saulo, el cual, ofendido y furioso, sale a toda prisa del templo para perseguir a los cristianos.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Me manifesté muchas veces y a muchos, incluso con formas extraordinarias. Pero no en todos actuó mi manifestación de igual manera. Podemos ver cómo a cada una de mis manifestaciones le corresponde un efecto de santificación en aquellos que poseían la buena voluntad requerida en los hombres para tener Paz, Vida, Justicia.

Así, en los pastores la Gracia trabajó durante los treinta años de mi vida oculta, y luego floreció con espiga santa cuando llegó el tiempo en que los buenos se separaron de los malos para seguir al Hijo de Dios, que pasaba por los caminos del mundo lanzando su grito de amor para convocar a las ovejas de la Grey eterna, desparramadas y desorientadas por Satanás. Presentes en medio de las turbas que me seguían, enviados míos, porque con sus sencillas y convencidas narraciones predicaban a Cristo diciendo:

"Es Él. Nosotros lo reconocemos. Sobre su primer vagido descendió la canción de cuna de los ángeles. Y a nosotros los ángeles nos dijeron que tendrían paz los hombres de buena voluntad. Buena voluntad es el deseo del Bien y de la Verdad. ¡Sigámosle! ¡Seguidle! Tendremos todos la Paz prometida por el Señor".

Humildes, sin instrucción, pobres, mis primeros enviados a los hombres se dispusieron como centinelas a lo largo de los caminos del Rey de Israel, del Rey del mundo. Ojos fieles, bocas honestas, corazones amantes, incensarios que emanaban el perfume de sus virtudes para hacer menos corrompido el aire de la Tierra en torno a mi divina Persona, que se había encarnado por ellos y por todos los hombres; e incluso al pie de la Cruz los encontré, después de haberlos bendecido con mi mirada en el camino de sangre del Gólgota.

Ellos, los únicos, junto con otros poquísimos, que no maldijeron entre la multitud desenfrenada, sino que amaron, creyeron, esperaron todavía, y que me miraron con ojos de compasión, pensando en la ya lejana noche de mi Navidad y llorando ante el Inocente cuyo primer sueño tuvo lugar sobre una madera penosa, y el último sobre un madero aún más doloroso. Esto porque mi manifestación a ellos, almas rectas, los había santificado.

Y lo mismo respecto a los tres Sabios de Oriente, a Simeón y Ana en el Templo, a Andrés y Juan en el Jordán, y a Pedro, Santiago y Juan en el Tabor, a María Magdalena en el alba pascual, a los once perdonados en el Monte de los Olivos -y, antes todavía, en Betania-de su extravío… No. Juan, el puro, no tuvo necesidad de perdón. Fue el fiel, el héroe, el amante siempre. El amor purísimo que había en él y su pureza de mente, de corazón, de carne, lo preservaron de toda debilidad.

Gamaliel, y con él Hil.lel, no eran sencillos como los pastores, ni santos como Simeón, ni tenían la sabiduría de los tres Sabios. En él, y en su maestro y pariente, estaba la maraña de las lianas farisaicas ahogando la luz y el libre desarrollo del árbol de la fe.

Pero dentro de su condición de fariseos había pureza de intención. Creían estar dentro de lo justo y deseaban estarlo; lo deseaban instintivamente, porque eran justos, e intelectualmente, porque su espíritu gritaba descontento: "Este pan está mezclado con demasiada ceniza. Dadnos el pan de la verdadera Verdad".

Pero Gamaliel no tenía suficiente fortaleza como para tener el valor de romper estas lianas farisaicas. Su humanidad lo tenía todavía demasiado esclavizado, y, con su humanidad, las consideraciones de la estima humana, del peligro personal, del bienestar familiar.

Por todas estas cosas, Gamaliel no había sabido comprender "al Dios que pasaba entre las gentes de su pueblo", ni usar "esa inteligencia y esa libertad" que Dios ha dado a cada uno de los seres humanos para que las usen para su propio bien.

Sólo la señal esperada durante tantos años, la señal que le había abatido y torturado con remordimientos incesantes, suscitaría en él el reconocimiento de Cristo y el cambio de su viejo pensamiento, por lo cual de rabí del error ­habiendo los escribas, fariseos y doctores corrompido la esencia y el espíritu de la Ley, ahogando su sencilla y luminosa verdad, procedente de Dios, bajo cúmulos de preceptos humanos, frecuentemente equivocados y, en todo caso, útiles para ellos-, de rabí del error se transformaría, después de una larga lucha entre su yo viejo y su yo actual, en discípulo de la Verdad divina.

Pero, además, no había sido el único titubeante en decidirse y en actuar con fortaleza. Tampoco José de Arimatea, y menos todavía Nicodemo, supo -supieron-domeñar inmediatamente bajo su pie las costumbres y lianas judías y abrazar notoriamente la nueva Doctrina; tanto fue así, que su modo usual fue el ir a Cristo "a hurtadillas" por temor a los judíos, o el hacer como que se encontraban con Él (y generalmente en sus casas del campo o en la de Betania de Lázaro, porque sabían que era más segura y más temida por los enemigos de Cristo; que bien conocían la protección de Roma hacia el hijo de Teófilo).

De todas formas, respecto a Gamaliel, ciertamente éstos siempre estuvieron mucho más adelante en el Bien y en el valor (hasta el punto de atreverse a realizar aquellas acciones compasivas del Viernes Santo). Menos adelante estaba el rabí Gamaliel.

Pero, vosotros que leéis, observad la potencia de su recta intención. Por ella su justicia, humanísima, se impregna de lo sobrehumano.

La de Saulo, por el contrario, se ensucia de lo demoníaco, cuando el mal al desatarse pone a ambos -a él y a su maestro Gamaliel-ante el dilema de elegir el Bien o el Mal, lo justo o lo injusto.

El árbol del Bien y del Mal se yergue ante cada uno de los hombres para presentarles, con el más lisonjero y apetitoso aspecto, sus frutos del Mal, mientras entre la frondas, con engañosa voz de ruiseñor, silba la Serpiente tentadora.

Le corresponde al hombre, criatura dotada de razón y alma dadas por Dios, el saber discernir y querer el fruto bueno de entre los muchos no buenos que lesionan y matan el espíritu; y coger este fruto, aunque ello sea fatigoso y punzante, aun-que tenga sabor amargo, aunque tenga modesto aspecto. Su metamorfosis -en virtud de la cual este fruto se hace liso y suave para el tacto, dulce para el gusto, hermoso para la vista-se produce solamente cuando, por justicia de espíritu y de razón, sabemos elegir el fruto bueno y nos nutrimos con su extracto, amargo pero santo.

Saulo tiende sus manos ávidas hacia el fruto del Mal, del odio, de la injusticia, del delito. Y las tenderá hasta cuando quede fulminado, abatido, cegado respecto a la vista humana para adquirir la sobrenatural, y pase a ser no sólo justo, sino incluso apóstol y confesor de Aquel a quien antes odiaba y perseguía en sus fieles.

Gamaliel, rompiendo las lianas tenaces de su humanidad y del hebraísmo, por el nacimiento y florecimiento de la lejana semilla de luz y justicia, no sólo humana sino también sobrehumana, que mi cuarta epifanía -o manifestación, que quizás es para vosotros palabra más clara y comprensible-le había puesto en el corazón, en ese corazón suyo de rectas intenciones, semilla que él había custodiado y defendido con honesta afección y elegida sed de verlo nacer y florecer, tiende las manos hacia el fruto del Bien.

Su voluntad y mi Sangre rompieron la dura cáscara de esa lejana semilla, que él había conservado durante decenios en el corazón, en ese corazón de roca que se abrió junto con el velo del Templo y con la tierra de Jerusalén, y que lanzó el grito de su supremo deseo, hacia mí -que ya no podía oírlo con oído humano, aunque sí, y nítidamente, con mi espíritu divino-, allí, arrojado al suelo al pie de la cruz. Y, bajo el fuego solar de las palabras apostólicas y de los mejores discípulos, y bajo la lluvia de la sangre de Esteban, primer mártir, esa semilla echa raíces, se hace planta, florece y da frutos.

La planta nueva de su cristianismo, nacida donde la tragedia del Viernes Santo había abatido, desarraigado, destruido todas las plantas y hierbas antiguas. La planta de su nuevo cristianismo y de su santidad nueva ha nacido, y se yergue ante mis ojos.

Perdonado por mí -siendo culpable por no haberme comprendido antes- por la justicia suya que no quiso participar ni en mi condena ni en la de Esteban, su deseo de hacerse seguidor mío, hijo de la Verdad, de la Luz, recibe también la bendición del Padre y del Espíritu Santificador, y pasa de ser deseo a ser realidad, sin necesidad de una potente y violenta fulminación, como la que fue necesaria para Saulo en el camino de Damasco, para el altero que con ningún otro medio habría podido ser conquistado y conducido hacia la Justicia, la Caridad, la Luz, la Verdad, la Vida eterna y gloriosa del Cielo.

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