por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Entretanto las mujeres, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.
-¿Estarán abiertas ya las puertas? -pregunta Susana.
-Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras.
-Va al mercado -responde Salomé.
-¿Nos dirán algo? -Es también Susana la que hace esta pregunta.
-¿Quién? -pregunta la Magdalena.
-Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta… entran pocos y, menos todavía, salen… Crearemos recelos…
-¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de la Pascua regresan a sus pueblos.
-Pero… Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos siguiendo el muro bien pegadas a él?…
-Alargamos el camino.
-Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua…
-Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que darnos prisa y volver pronto.
La que habla tan resueltamente es la Magdalena.
-Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer… -le ruegan todas.
-De acuerdo. Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde ella…
-¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia… Ella es conocida y se la teme…
-Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio.
-¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta, más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto -ya lo he previsto yo (y enseña una bolsa llena de monedas)-nos dejarán hacer todo.
-Se lo decimos también a Juana. Tienes razón.
-Entonces marchaos. Y yo también.
-¿Vas sola, María? Voy contigo -dice Marta, temerosa por su hermana.
-No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós.
Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el pecho.
Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para…
Las otras la ven alejarse.
Luego vuelven las espaldas a la bifurcación de calles en que estaban y toman otra, estrecha y oscura, que luego se abre, ya cerca del Sixto, para formar una calle más ancha y abierta, donde hay hermosas casas.
Se separan: Salomé y Susana siguen por esa misma calle; Marta y María de Alfeo llaman al portón herrado, y se ponen delante de la pequeña ventana -un ventanillo- entreabierta por el portero.
Entran y van donde Juana, la cual, ya levantada y vestida toda de un morado oscurísimo que resalta aún más su palidez, está trabajando también con unos bálsamos, junto con la nodriza y una criada.
-¿Habéis venido? Dios os lo pague. Pero, si no hubierais venido, habría ido yo… En busca de consuelo… Porque, después de ese tremendo día, muchas cosas se han alterado.
Y para no sentirme sola, debo ir a apoyarme en esa piedra y llamar y decir: "Maestro, soy la pobre Juana… No me dejes sola también Tú…
Juana llora quedo, pero con mucha desolación, mientras Ester, la nodriza, hace vistosos gestos indescifrables detrás de Juana mientras le coloca el manto.
-Yo me marcho, Ester.
-¡Dios te dé consuelo!
Salen del palacio para unirse a las compañeras. Es en este momento cuando se produce el breve y fuerte terremoto, que hace cundir el pánico de nuevo entre los jerosolimitanos, aterrorizados todavía por los hechos acaecidos el viernes. Las tres mujeres vuelven sobre sus pasos precipitadamente, y se quedan en el amplio vestíbulo, -en medio de las criadas y criados que gritan e invocan al Señor, temerosas de nuevos temblores de tierra…
…La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste.
Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de la aurora que va avanzando en el cielo -donde todavía en el Occidente resiste una tenaz estrella-y que va poniendo dorado el aire hasta ahora levemente verdoso, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno.
Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se pliega un poco susurrando: « ¡Mi Señor!», y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz, corre hacia el huerto.
Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.
María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas.
María Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo:
-¡Ay, se lo han llevado!
Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa.
Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre presurosa por las calles, que ahora tienen un poco más de gente, para toparse contra el portón de la casa amiga y golpearlo y empujarlo furiosamente.
Le abre la dueña.
-¿Dónde están Juan y Pedro? -pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.
-Allí -y la mujer señala hacia el Cenáculo.
María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):
-¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¿Quién sabe dónde lo habrán puesto? -y por primera vez se tambalea y vacila y, para no caerse, se agarra donde puede.
-¡Cómo! ¿Qué dices? -preguntan los dos.
Y ella, jadeante:
-Yo me adelanté… para comprar a los soldados que estaban de guardia… para que nos permitieran embalsamar. Ellos están allí como muertos… El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo… ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos corriendo…
Pedro y Juan se encaminan. María los sigue a algunos pasos de distancia. Luego vuelve, agarra a la dueña de la casa, la zarandea con violencia movida de su amor previsor y le dice junto a la cara con voz sibilante:
-Que no se te ocurra dejar pasar a nadie donde está Ella (y señala la puerta de la habitación de María). Recuerda que yo mando en ti. Obedece y calla.
Y, dejándola verdaderamente sobrecogida, da alcance a los
apóstoles, que con paso veloz van hacia el Sepulcro…
…Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro.
Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos… Ven una gran luz salir del Sepulcro abierto. Aumenta su turbación, y termina haciéndose completa cuando, cogidas de la mano para infundirse recíprocamente ánimos, se asoman a la entrada y, en la oscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente, saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto incandescente esplendor, se desvanece.
Caen de rodillas, aturdidas por el estupor.
Pero el ángel les habla dulcemente:
-No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte.
Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado. ¡Ya no está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí lo veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho.
Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y susurran:
-¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!
Ya en pleno campo se calman un poco, y se consultan recíprocamente. ¿Qué hacer? Si dicen lo que han visto, no las creerán; si dicen que vienen de allí, pueden ser acusadas por los judíos de haber matado a los soldados que estaban de guardia. No, no pueden decir nada; ni a los amigos ni a los enemigos…
Atemorizadas, enmudecidas, vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden ver a María… Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que «no puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de allí».
Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla…
…El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, visto que nada nuevo sucede, se decide a ir al lugar donde, sin duda, están las compañeras esperando. Salen a las calles, donde ya hay gente, gente asustada que habla del nuevo terremoto y lo relaciona con los hechos del viernes y ve incluso lo que no existe.
-¡Mejor, si están todos asustados! Quizás también lo estén los soldados de la guardia y no pongan objeciones -dice María de Alfeo. Y van raudas hacia las murallas.
Pero, mientras ellas van allá, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.
Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la Sábana.
-¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra mira.
Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho: «No me voy a atrever a acercarme a ese sitio». Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso lo llama, como si pudiera estar escondido en algún rincón oscuro.
La oscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena… Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que tiene que ayudarse con las manos… Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…
-¡No está, Juan! ¡No está!… ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz.
Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado; y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.
-Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto… Y nosotros les hemos dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido…
-¡Oh! ¿Dónde lo habrán puesto!
-Pedro… Pedro… ahora sí que ya no hay nada que hacer.
Los dos discípulos salen abatidos por completo.
-Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre…
-Yo no me marcho. Me quedo aquí… Alguno vendrá… No, no me voy… Aquí hay todavía algo que de Él. Tenía razón su Madre… Respirar el aire donde Él ha estado es el único consuelo que nos queda.
-El único consuelo… Ahora tú también te percatas de que esperar era una quimera… -dice Pedro.
María ni siquiera responde. Se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan lentamente.
Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles, sentados el uno en la cabecera y el otro en los pies de la piedra de la unción. Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas la mujer fuerte que con heroísmo ha resistido todo.
-¿Por qué lloras, mujer? -pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos adolescentes).
-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.
María habla con ellos sin miedo. No pregunta: « ¿Quiénes sois?». Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva.
El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos manzanos del pomar.
María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:
-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?
Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerlo.
Y María, entre sollozos:
-¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarlo en espera de que resucitara… He tenido recogido todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor… y ahora ya no lo encuentro… No, más bien he puesto mi amor en torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlos de los hombres… ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi Amor, y con Él me han arrebatado todo… ¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde lo has puesto! Y yo iré por Él… No se lo diré a nadie… Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré.
¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré.
¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia Él, descárgalo sobre mí.
Pero devuélvemelo. ¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!… ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces.
¡Dime! Dime dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor… señor… ya lo ves… hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios… No añadas la Profanación al Delito…
-¡María!
Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.
-¡Rabhuní!
El grito de María es verdaderamente "el gran grito" que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús, a esos pies que quisiera besar.
Jesús, tocándola apenas con 1a punta de los dedos en la frente, la separa:
-¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos.
Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece.
María besa el suelo donde Él estaba y corre hacía la casa.
Entra como un rayo -la puerta está entornada para dejar paso al amo de la casa, que se dirige hacía la fuente-, abre la puerta de la habitación de María y se deja caer en el corazón de Ella, gritando: -¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! -y llora llena de dicha.
Y, mientras acuden Pedro y Juan y del Cenáculo vienen las asustadas Salomé y Susana y escuchan lo que la Magdalena dice, también vuelven de la calle María de Alfeo y Marta y Juana, las cuales, con respiro entrecortado, dicen que ellas también han estado allí, y que han visto a dos ángeles que decían ser el Custodio del Hombre Dios y el Ángel de su Dolor, y que les han dado la orden de decir a los discípulos que había resucitado. Y, al ver que Pedro menea la cabeza, insisten diciendo:
-Sí. Han dicho: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo estando todavía en Galilea. ¿No os acordáis? Dijo: “El Hijo del hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado. Pero al… Pedro menea la cabeza diciendo:
-¡Demasiadas cosas en estos días! Os han ofuscado.
La Magdalena alza la cabeza del pecho de María y dice:
-¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y luego viene. ¡Qué hermoso estaba! -y llora como nunca ha llorado, ahora que ya no ha de torturarse a sí misma para hacer fuerza contra la duda procedente de todas partes.
Pero Pedro, y también Juan, se quedan muy dudosos. Se miran y sus ojos dicen: "¡Imaginación de mujeres!".
Entonces también Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la misma, inevitable diferencia en los detalles de los soldados, que primero están como muertos y luego ya no están; y de los ángeles, que en un momento son uno y en otro dos, y que no se han mostrado a los apóstoles; y de las dos versiones sobre el hecho de que Jesús va allí o que precede a los suyos hacia Galilea… esto hace que la duda, es más, la persuasión de los apóstoles crezca cada vez más.
María, la Madre dichosa, calla, sujetando a la Magdalena… No comprendo el misterio de este silencio materno.
María de Alfeo dice a Salomé:
-Vamos a volver allá nosotras dos: Vamos a ver si estamos todas borrachas… -y se marchan rápidas. Las otras se quedan --comedidamente no tomadas en consideración por los dos apóstoles-junto a María, que guarda silencio, absorta en un pensamiento que cada uno interpreta a su manera y que ninguno comprende que es un éxtasis.
Vuelven las dos mujeres ya más bien ancianas: -¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho junto al huerto de Bernabé: “Paz a vosotras. No temáis. Id a decir
a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de unos días a Galilea. Allí estaremos todavía un tiempo juntos”. Esto ha dicho. María tiene razón. Hay que decírselo a los de Betania, a José, a Nicodemo, a los discípulos más leales, a los pastores. Hay que ir, hay que hacer, hacer… ¡Oh! ¡Ha resucitado!… -lloran todas, felices.
-No estáis en vuestros cabales, mujeres. El dolor os ha ofuscado. La luz os ha parecido ángel; el viento, voz; el Sol, Cristo. Yo no os critico. Os comprendo, pero sólo puedo creer en lo que he visto: el Sepulcro abierto y vacío, y los soldados que habían sustraído el Cadáver y habían huido.
-¡Pero si lo dicen los propios soldados, que ha resucitado! ¡Si la ciudad está toda revuelta, y los príncipes de los sacerdotes están locos de ira, porque los soldados, huyendo aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan lo contrario y les pagan por hacerlo.
Pero ya se sabe. Y, si los judíos no creen en la Resurrección, no quieren creer, muchos otros creen…
-¡Mmm! ¡Las mujeres!…
Pedro se encoge de hombros y hace ademán de marcharse.
Entonces la Madre, que sigue teniendo sobre su corazón a la Magdalena (que llora como un sauce bajo un aguacero por su desmesurada dicha), besándole sus rubios cabellos, alza su rostro transfigurado y dice una breve frase:
-Realmente ha resucitado. Yo le he tenido entre mis brazos y he besado sus Llagas -y luego reclina otra vez su cabeza sobre los cabellos de la apasionada y dice: -Sí, la dicha es mayor aún que el dolor. Y no es más que un granito de arena respecto a lo que será tu océano de dicha eterna.
¡Oh, bienaventurada que por encima de la razón has hecho hablar al espíritu!
Pedro ya no osa negar… y, con uno de esos virajes del Pedro antiguo, que ahora vuelve a aflorar, dice, y grita, como si de los otros y no de él dependiera el retraso:
-¡Pues entonces, si es así, hay que comunicárselo a los otros; a los que están dispersos por los campos… buscar… hacer… ¡Venga, moveos! Si realmente fuera allí… al menos que nos encuentre -y no se da cuenta de que todavía está confesando que no cree ciegamente en la Resurrección.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
María ahora está postrada rostro en tierra. Parece un pobre ser abatido. Parece esa flor de que ha hablado, esa flor muerta a causa de la sed.
La ventana cerrada se abre con un impetuoso golpeo de las recias hojas, y, bajo el primer rayo del Sol, entra Jesús.
María, que se ha estremecido con el ruido y que alza la cabeza para ver qué ráfaga de viento ha abierto la ventana, ve a su radiante Hijo: hermoso, infinitamente más hermoso que cuando todavía no había padecido; sonriente, vivo, más luminoso que el Sol, vestido con un blanco que parece luz tejida. Y lo ve avanzar hacia Ella.
María se endereza sobre sus rodillas y, uniendo las manos sobre el pecho, dice con un sollozo que es risa y llanto:
«Señor, mi Dios». Y se queda arrobada, contemplándolo con su rostro lavado todo en lágrimas, pero sereno ahora, sosegado por la sonrisa y el éxtasis.
Pero El no quiere ver a su Madre de rodillas como una sierva. Y la llama tendiéndole las Manos, cuyas heridas emanan rayos que hacen aún más luminosa su Carne gloriosa:
«¡Mamá!». Y no es esa palabra afligida de los coloquios y despedidas anteriores a la Pasión, ni el lamento desgarrado del encuentro en el Calvario y de la agonía. Es un grito de triunfo, de alegría, de liberación, de fiesta, de amor, de gratitud. Y se inclina hacia su Madre, que no osa tocarlo, y le pone sus Manos bajo los codos doblados, la pone en pie, la aprieta contra su Corazón y la besa.
¡Oh, entonces María comprende que no es una visión, sino que es su Hijo realmente resucitado; que es su Jesús, el Hijo que sigue amándola como Hijo! Y, con un grito, se le arroja al cuello y lo abraza y lo besa, riendo y llorando.
Lo besa en la Frente, donde ya no hay heridas; en la Cabeza, que ya no está despeinada ni sangra; en los Ojos fúlgidos; en las Mejillas ahora sanas; en la Boca que ya no está hinchada. Y luego toma sus Manos y besa los dorsos y las palmas, en las radiosas heridas. Y, con un impulso repentino, se agacha a sus Pies, retira el vestido resplandeciente que los cubre, y los besa.
Luego se levanta, lo mira, no se atreve…
Pero Él comprende y sonríe. Retira levemente su vestido en la parte del pecho y dice:
-¿Y esta llaga, Mamá, no la besas; esta que tanto te ha hecho sufrir y que sólo tú eres digna de besar?
Bésame en el Corazón, Mamá. Tu beso me borrará el último recuerdo de todo lo que significa dolor, y me dará ese gozo que todavía le falta a mi Gozo de Resucitado.
Y toma entre sus manos la cara de su Madre y apoya los labios de Ella en los labios de la herida del Costado, de donde manan chorros de luz vivísima. El rostro de María, sumergido en ese torrente de rayos, aparece aureolado por esa luz.
Ella besa, besa, mientras Jesús la acaricia. No se cansa de besar. Parece un sediento que ha pegado su boca a la fuente y de la fuente esté bebiendo esa vida que se le escapaba.
Ahora Jesús habla.
-Todo ha terminado, Mamá. Ya no tienes que llorar por tu Hijo. La prueba está consumada. La Redención se ha producido.
Mamá, gracias por haberme concebido, criado, ayudado en la vida y en la muerte.
He sentido llegar a mí tus oraciones, que han sido mi fuerza en el dolor, mis compañeras en mi viaje por este mundo y más allá de este mundo; tus oraciones han estado conmigo en la Cruz y en el Limbo.
Eran el incienso que precedía al Pontífice que iba a llamar a sus siervos para llevarlos al templo que no muere: a mi Cielo. Tus oraciones han venido conmigo al Paraíso, precediendo como voz angélica al cortejo de los redimidos guiados por el Redentor, para que los ángeles estuvieran preparados para saludar al Vencedor que volvía a su Reino.
El Padre y el Espíritu Santo las han oído y visto, y han sonreído como a la flor más hermosa y al más dulce canto nacidos en el Paraíso.
Las han conocido los Patriarcas y los nuevos Santos, los nuevos, primeros, ciudadanos de mi Jerusalén. Y Yo te traigo el "gracias" de ellos, Mamá, junto con el beso de tus padres y su bendición, y la de tu esposo de alma, José.
¡Todo el Cielo entona su hosanna para ti, Madre mía, Mamá santa! Un hosanna que no muere, que no es falso como el que hace unos días la gente entonó para mí.
Ahora voy al Padre con mi figura humana. El Paraíso debe ver al vencedor en esa figura de Hombre con que ha vencido al Pecado del Hombre. Pero luego regresaré. Tengo que confirmar en la Fe a quien no cree todavía y necesita creer para llevar a otros a creer; debo fortalecer a los pequeños, que tendrán necesidad de mucha fortaleza para resistir al mundo.
Luego subiré al Cielo. Pero no te dejaré sola. Mamá, ¿ves ese velo? Aun dentro de mi abatimiento, he irradiado poder milagroso para ti, para darte ese consuelo. Y para ti cumplo otro milagro. Tú me tendrás, en el Sacramento, real como cuando me llevabas dentro de ti.
Nunca estarás sola. En estos días lo has estado. Pero mi Redención requería también este dolor tuyo. Mucho ha de añadirse continuamente a la Redención, porque mucho será creado continuamente en el orden del Pecado.
Llamaré a todos mis siervos a esta coparticipación redentora. Y tú eres aquella que, por si sola, hará más que todos los santos juntos. Por eso, se requería también este largo abandono.
A partir de ahora, ya no. Ya no estoy escindido del Padre. Tú ya no estarás escindida del Hijo. Y, teniendo al Hijo, tienes a la Trinidad nuestra. Tú, Cielo viviente, serás portadora de la Trinidad en la Tierra, en medio de los hombres, y santificarás a la Iglesia, tú, Reina del Sacerdocio y Madre de los Cristianos.
Luego Yo vendré a recogerte. Y ya no seré Yo en ti, sino que serás tú en mí, quien, en mi Reino, haga más hermoso el Paraíso.
Ahora me marcho, Madre. Voy a hacer feliz a la otra María.
Luego subo al Padre. Luego vendré a quien no cree.
Mamá, tu beso por bendición, y mi Paz a ti por compañía. Adiós.
Y Jesús desaparece en el sol, que desciende a chorros del cielo matutino y sereno.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
En el huerto todo es silencio y titileo del rocío.
Encima, un cielo que va adquiriendo color zafiro cada vez más claro, habiéndose despojado ya de su negroazul recamo de estrellas, que durante toda la noche había estado velando al mundo.
El alba rechaza, de oriente a occidente, estas zonas todavía oscuras, como hace la ola durante la marea alta, cuando ésta va avanzando y cubriendo el oscuro litoral y sustituyendo el gris negro de la húmeda arena y del arrecife por el azul del agua marina.
Algunas estrellitas se resisten todavía a morir, y parpadean, cada vez más débilmente bajo la onda de luz blanco-verdosa del alba, láctea con tonalidades cenizosas, como las frondas de los olivos soñolientos que hacen de corona a aquel montículo poco lejano. Y naufragan luego, sumergidas por la ola del alba, como tierra sobrepujada por el agua. Y ya hay una menos… y luego otra menos… y otra, y otra: el cielo va perdiendo sus rebaños de estrellas… Ya sólo, en el extremo occidente, hay tres; luego, dos; luego una, que sigue contemplando ese prodigio cotidiano que es el surgimiento de la aurora.
Y cuando un hilo rosicler dibuja una línea sobre la seda turquesa del cielo oriental, un suspiro de viento acaricia las frondas y las hierbas, diciendo: "Despertaos. El día resucita". Pero sólo despierta a frondas y hierbas, que, bajo sus diamantes de rocío, se estremecen, con un leve susurro acompañado de arpegios de gotas que caen; los pájaros todavía no se despiertan entre las tupidas ramas de un altísimo ciprés que parece dominar como un señor en su reino; ni en la enredada maraña de un seto de laurel que protege de la tramontana.
Los soldados que están de guardia, aburridos, enfriados, en varias posturas, vigilan el Sepulcro, cuya puerta ha sido reforzada, en los bordes, con una gruesa capa de argamasa, como si fuera un contrafuerte. Sobre el fondo blanco opaco de la argamasa resaltan las anchas rosetas de cera roja del sello del Templo, estampadas junte a otros sellos directamente en la argamasa fresca.
Los soldados deben haber encendido un pequeño fuego durante la noche, porque hay en el suelo ceniza y tizones mal quemados; y deben haber jugado y comido, porque hay todavía restos de comida diseminados, y pequeños huesos limpios, usados, sin duda, para algún juego semejante a nuestro dominó o a nuestro infantil juego con canicas, jugados sobre un rudimentario trazado dibujado en el sendero. Luego se han cansado y han abandonado todo para buscar posturas más o menos cómodas, según fuera para dormir o para velar.
En el cielo, que ahora presenta en el Oriente un área enteramente rosada que se va extendiendo cada vez más por el cielo sereno -donde todavía no hay rayos de sol-, aparece, procedente de profundidades desconocidas, un meteoro lleno de resplandor.
Y el meteoro baja -bola de fuego de irresistible resplandor- seguido de una estela rutilante, que quizás no es más que el recuerdo de su fulgor en nuestra retina. Baja velocísimo hacía la Tierra, esparciendo una luz tan intensa, fantasmagórica, aterradora dentro de su belleza, que la rosada de la aurora queda anulada, superada por esta incandescencia blanca.
Los soldados alzan, estupefactos, la cabeza (incluso porque con la luz llega un estampido potente, armónico, solemne, que llena con su sonido toda la Creación).
Viene de profundidades paradisíacas. Es el aleluya, el gloria angélico, que sigue al Espíritu del Cristo en su regreso a su Carne gloriosa.
El meteoro se abate contra la piedra que inútilmente cierra el Sepulcro. La arranca de cuajo, la echa al suelo.
Paraliza, por el terror y el fragor, a los soldados puestos como carceleros del Dueño del Universo. Y, a su regreso a la Tierra, al igual que había producido un terremoto cuando huyó de la Tierra, el Espíritu del Señor produce un nuevo terremoto.
Entra en el oscuro Sepulcro, el cual, con esta indescriptible luz, se llena de claridad; y mientras la luz permanece suspendida en el aire inmóvil, el Espíritu se reinfunde en el inmóvil Cuerpo bajo la mortaja.
Todo esto (la aparición, el descenso, la entrada, la desaparición la Luz de Dios) ha sido rapidísimo: no en un momento, sino en una fracción de momento.
El «Quiero» del divino Espíritu a su fría Carne no tiene sonido. Lo dice la Esencia a la Materia inmóvil. Pero ningún oído humano percibe esa palabra. La Carne recibe ese imperativo y obedece con profundo respiro… Durante unos momentos, nada más.
Debajo del sudario y de la sábana, la Carne gloriosa se recompone vestida de eterna belleza, se despierta del sueño de la muerte, regresa de la "nada" en que estaba, vive después de haber estado muerta.
Ciertamente el corazón se despierta y da su primer latido, impulsa en las venas la helada sangre que quedaba y, inmediatamente, crea la medida total de sangre en las arterias vaciadas, en los pulmones inmóviles, en el cerebro entenebrecido, y aporta nuevo calor, salud, fuerza, pensamiento.
Otro instante, y se produce un repentino movimiento bajo la pesada sábana. Tan repentino, que, desde el instante en que El mueve las manos cruzadas, hasta el momento en que aparece, majestuoso, en pie, lleno de resplandor con su vestido de inmaterial materia, sobrenaturalmente bello y majestuoso, con una gravedad que lo transforma y eleva sin anularle su identidad, la vista casi no tiene tiempo de captar los momentos sucesivos. Y ahora la vista lo admira.
¡Qué distinto de como la mente recuerda! Pulcro, sin heridas ni sangre; sólo resplandeciente, con el resplandor de la luz que mana a chorros de las cinco llagas y rezuma por todos los poros de su epidermis.
Cuando da el primer paso y, al moverse, los rayos que irradian las Manos y los Pies lo aureolan de haces de luz: desde la Cabeza, nimbada con un halo constituido por las innumerables pequeñas heridas de la corona, que ya no manan sangre sino sólo fulgor, hasta el borde del vestido, cuando, abriendo los brazos que tenía juntos en el pecho, descubre la zona de luminosidad vivísima que pasa a través del vestido encendiéndolo con un sol a la altura del Corazón, entonces realmente es la "Luz" que ha tomado cuerpo.
No la pobre luz de la Tierra, no la pobre luz de los astros, no la pobre luz del Sol. Es la Luz de Dios: todo el fulgor paradisíaco reunido en un solo Ser, un fulgor que le da sus inconcebibles azules como pupilas, sus fuegos de oro como cabellos, sus candores angélicos como vestido y colorido, y todo lo que constituye -y no es descriptible con palabra humana-el supraeminente ardor de la Stma. Trinidad-que anula con su potencia ardiente todo fuego del Paraíso absorbiéndolo en sí para generarlo nuevamente en cada instante del Tiempo eterno, Corazón del Cielo que atrae y difunde su sangre, las innumerables gotas de su sangre incorpórea: los bienaventurados, los ángeles, todo lo que constituye el Paraíso: el amor de Dios, el amor a Dios; todo esto es la Luz que es el Cristo Resucitado, que constituye el Cristo Resucitado.
Cuando se mueve, viniendo hacia la salida, y la vista puede ver más allá del fulgor, entonces aparecen ante mi vista dos luminosidades hermosísimas (sólo como estrellas comparadas con el Sol): una hacia dentro y otra hacia afuera de la puerta, postradas en acto de adoración a su Dios que pasa envuelto en su luz, espirando beatitud con su sonrisa; y sale. Abandona la fúnebre gruta y vuelve a pisar la tierra, la cual se despierta de alegría y resplandece toda en su rocío, en los colores de las hierbas y los rosales, en las infinitas corolas de los manzanos que se abren por un prodigio al recibir los primeros rayos del Sol, que las besan, y ante la presencia del Sol eterno que bajo ellas camina.
Los soldados se han quedado paralizados donde estaban…
Las fuerzas corrompidas del hombre no ven a Dios, mientras que las fuerzas puras del universo -las flores, las hierbas, los pájaros-admiran y veneran al Poderoso, que pasa nimbado con su propia Luz y rodeado de un nimbo de luz solar.
Su sonrisa, la mirada que deposita en las flores, en las frondas, o que se alza al cielo sereno, hace aumentar la belleza de todo: y más suaves, y teñidos de un esfumado, sedoso colorido rosáceo, aparecen los millones de pétalos que forman una espuma florecida sobre la cabeza del Vencedor; y más vivos aparecen los diamantes del rocío; y más azul el cielo, que refleja sus Ojos refulgentes; y más festivo el Sol, que pone pinceladas de alegría en una nubecita movida por una brisa ligera que viene a besar a su Rey con fragancias arrebatadas a los jardines y caricias de pétalos sedosos.
Jesús alza la Mano y bendice. Luego, mientras cantan más fuerte los pájaros y más intensamente el viento perfuma, desaparece de mi vista, dejándome en un gozo que borra hasta los más leves recuerdos de tristezas y sufrimientos y las más leves vacilaciones sobre el mañana…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Las mujeres reanudan sus labores con los ungüentos, que durante la noche, con el fresco del patio, se han solidificado para formar una manteca densa.
Juan y Pedro piensan que es conveniente ordenar el Cenáculo, limpiando las piezas de la vajilla y luego poniendo todo como si hubiera acabado de terminar la Cena.
-Él lo dijo -dice Juan.
-También había dicho: "¡No durmáis!". Había dicho: "No seas soberbio, Pedro. ¿No sabes que la hora de la prueba está a las puertas?". Y… y dijo: "Me negarás…" -Pedro llora de nuevo, mientras dice con desmesurado dolor:
-¡Y lo he negado!
-¡Basta, Pedro! Al presente, eres de nuevo tú. ¡Basta de ese tormento!
-Jamás, jamás bastará. Aunque me hiciera tan viejo como los primeros patriarcas, aunque viviera los setecientos o los novecientos años de Adán y de sus primeros descendientes, jamás dejaría de tener este tormento.
-¿No esperas en su misericordia?
-Sí. Si no creyera en ello, sería como el Iscariote: un desesperado. Pero aunque Él de hecho me perdona desde el seno del Padre a donde ha vuelto, yo no me perdono.
¡Yo! ¡Yo! Yo que dije: “No lo conozco”, porque en ese momento era peligroso conocerlo, porque sentí vergüenza de ser discípulo suyo, porque tuve miedo a la tortura… Él iba a la muerte y yo… pensé en salvar mi vida. Y para salvarla lo rechacé, como una mujer en pecado rechaza el fruto de su seno, peligroso de tener al lado, después de darlo a luz y antes de que regrese su marido, desconocedor de los hechos. Soy peor que una adúltera… peor que…Entra, atraída por los gritos, María Magdalena.
-No grites ese modo. María te oye. ¡Está verdaderamente agotada! No tiene fuerzas para nada. Todo le hace daño. Tus gritos inútiles y descomedidos le traen de nuevo el tormento de lo que fuisteis…
-¿Ves? ¿Ves, Juan? Una mujer puede imponerme silencio. Y tiene razón. Porque nosotros, los varones consagrados al Señor, hemos sabido sólo mentir o huir. Las mujeres se han comportado como es debido. Tú, poco más que una mujer por tu gran juventud y pureza, has sabido permanecer.
Nosotros, nosotros, los fuertes, los varones, hemos huido. ¡Oh, cómo debe despreciarme el mundo! ¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Pon tu pie en esta boca que ha mentido. En la suela de la sandalia hay quizás algo de su Sangre. Y sólo esa Sangre mezclada con el barro del camino, puede dar un poco de perdón, poco de paz a este hombre que abjuró. ¡Debo empezar a acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? ¡Decidlo, venga: ¿qué soy?
-Una gran soberbia -responde tranquila la Magdalena -¿Dolor? También dolor. Pero, créeme, de diez partes de tu dolor, cinco -por no ofenderte diciendo seis-son del dolor de ser un hombre que puede ser despreciado. ¡Y verdaderamente yo te voy a despreciar, si sigues sólo gimiendo y entregándote a histerias, justo como hace una mujer necia! Lo hecho, hecho está. Y no son los gritos descomedidos los que lo reparan y lo borran. Lo único que hacen es llamar la atención y mendigar una compasión no merecida. Sé viril en tu arrepentimiento. No grites. Haz.
Yo… tú sabes quién era yo… Pero, cuando comprendí que era más despreciable que el vómito, no me entregué a convulsiones. Hice. Públicamente. Sin indulgencias conmigo misma y sin pedir indulgencia. ¿Que el mundo me despreciaba? Tenía razón. Me lo había merecido. ¿Que el mundo decía: "Un nuevo capricho de la prostituta"? ¿Que calificaba con nombre blasfemo mi seguimiento de Jesús?
Tenía razón. El mundo se acordaba de mi conducta precedente, y esa conducta justificaba todo pensamiento.
¿Y bien? ¿Qué? El mundo tuvo que convencerse de que María la pecadora ya no existía. Con los hechos he convencido al mundo. Haz tú lo mismo, y calla.
-Eres severa, María -objeta Juan.
-Más conmigo que con los demás. Lo reconozco. No tengo la mano suave de la Madre. Ella es el Amor. Yo… ¡Oh, yo! He quebrantado mi carnalidad con el azote de mi voluntad. Y más que lo haré. ¿Tú crees que me he perdonado el haber sido la Lujuria? No. Pero sólo me lo digo a mí. Y me lo seguiré diciendo siempre. Consumida moriré en este secreto, doloroso recuerdo de haber sido la corruptora de mí misma, en este inconsolable dolor de haberme profanado y de no haberle podido dar a Él otra cosa sino un corazón pisoteado… ¿Ves?… he trabajado más que todas en los bálsamos… Y con más coraje que las otras le quitaré la mortaja… ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (María de Magdala, sólo de pensarlo, se pone pálida).
Y lo cubriré con nuevos bálsamos, quitando los que, sin duda, estarán completamente podridos en sus llagas sin número… Lo haré porque las otras parecerán convólvulos después de un aguacero… Pero siento el dolor de hacerlo con estas manos mías que tantas caricias lascivas han dado; de acercarme a su santidad con esta carne mía manchada… Quisiera… quisiera tener la mano de la Madre Virgen para llevar a cabo la última unción…
María ahora llora quedo, sin convulsiones. ¡Qué distinta de la Magdalena teatral que siempre nos presentan! Es el mismo llanto silencioso que tuvo el día de su perdón en la casa del fariseo.
-¿Dices que… las mujeres tendrán miedo? -le pregunta Pedro.
-No miedo… Pero se turbarán ante su Cuerpo, que estará ya descompuesto… hinchado… negro. Y además, esto es seguro, tendrán miedo de los soldados que están de guardia.
-¿Quieres que vaya yo? ¿Yo con Juan?
-¡Eso no! Nosotras vamos todas. Porque, de la misma forma que estuvimos todas ahí arriba, justo es que todas estemos en torno a su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí.
¡Ella no se puede quedar sola!…
-¿No va Ella?
-¡No la dejamos ir!
-Está convencida de que va a resucitar… ¿Y tú?
-Yo, después de María, soy la que más cree. Siempre he creído que pudiera ser. Él lo decía. Y Él no miente nunca… ¡Él!… ¡Oh, antes lo llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor… Ahora, ahora lo siento tan grande, que no sé, no me atrevo ya a darle un nombre… ¿Que diré cuando lo vea?…
-¿Pero crees firmemente que va a resucitar?…
-¡Vaya, otro! ¡Diciéndoos una y otra vez que creo y oyéndoos decir una y otra vez que no creéis, voy a acabar no creyendo tampoco yo! He creído y creo. He creído y le he preparado desde hace ya tiempo la túnica. Y para mañana, porque mañana es el tercer día, la traeré aquí ya lista…
-Pero si dices que estará negro, hinchado, feo…
-Feo nunca. Feo es el pecado. ¿Negro?… ¡Pues sí, estará negro! ¿Y qué? ¿Lázaro no estaba ya descompuesto? Y, no obstante, resucitó. Y recuperó la integridad de su carne. ¡Pero… sí, lo digo!: ¡Callaos incrédulos! También mi razón humana me dice dentro: "Está muerto y no resucitará". Pero mi espíritu, "su" espíritu -porque he recibido de Él un nuevo espíritu-grita (y parecen toques de trompetas de plata):
"¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!". ¿Por qué me zarandeáis como a una barquichuela contra el arrecife de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, mi Señor! Lázaro, lleno de aflicción, ha obedecido al Maestro y se ha quedado en Betania… Yo, que sé quién es Lázaro de Teófilo, un fuerte, no un lebrato miedoso, puedo medir su sacrificio de permanecer en la sombra y no junto al Maestro. Pero ha obedecido.
Más heroico en esta obediencia que si, con armas, hubiera arrancado a Jesús de las manos de los soldados. Yo he creído y creo. Y aquí estoy. En espera, como Ella. Pero, dejadme que me vaya. El día nace. En cuanto se vea lo mínimo indispensable, iremos al Sepulcro…
Y la Magdalena se va, con su rostro quemado por el llanto, pero siempre fuerte.
Entra de nuevo donde María.
-¿Qué le pasaba a Pedro?
-Una crisis de nervios. Pero se le ha pasado.
-No seas dura, María. Pedro sufre.
-También yo. Y ya ves que no te he pedido ni tan siquiera una caricia. A él ya lo has medicado tú… Yo, sin embargo, lo que pienso es que solamente tú, Madre mía, necesitas bálsamo. ¡Madre mía, santa, amada! Pero, ánimo… mañana es el tercer día. Estaremos aquí dentro, cerradas, nosotras dos: sus enamoradas: Tú, la Enamorada santa, yo, la pobre enamorada… Pero, como puedo, lo soy con todo mi ser. Y lo esperaremos… A ellos, a los que no creen, los dejaremos cerrados allí, con sus dudas. Y aquí voy a poner muchas rosas… Hoy mandaré que se lleven el arca… Ahora pasaré por el palacio y daré esta indicación a Leví.
¡Fuera todas estas cosas horribles! No debe verlas nuestro Resucitado… Muchas rosas… Y tú te pondrás una túnica nueva… No debe verte así. Te peinaré, te lavaré esta pobre cara que el llanto ha desfigurado. Eterna niña, yo te haré de madre…
¡Tendré, sí, la bienaventuranza de dispensar cuidados maternos a una criatura más inocente que un recién nacido! ¡Mi querida María! -y, con su exuberancia afectiva, la Magdalena estrecha contra su pecho la cabeza de María, que está sentada; y besa a María, la acaricia, le coloca detrás de las orejas los livianos mechones de pelo desordenados, la enjuga, con el lino de su túnica, las lágrimas, esas lágrimas que María sigue, sigue incesantemente vertiendo…
Entran las mujeres con lámparas y ánforas y recipientes de anchas bocas. María de Alfeo trae un mortero grande y recio.
-No se puede estar fuera. Hace un poco de viento y apaga las lámparas -explica. Se ponen en un lado. Encima de una mesa, estrecha pero larga, colocan todas sus cosas. Luego dan un último toque a sus bálsamos, mezclando en el mortero, en un polvo blanco que sacan a puñados de un saquito, la ya de por sí densa manteca de las esencias.
Mezclan trabajando con ahínco. Luego llenan un recipiente de amplia boca. Lo ponen en el suelo. Repiten con otro la misma operación. Perfumes y lágrimas caen sobre las resinas.
María Magdalena dice:
-No era ésta la unción que esperaba poderte preparar.
Porque es la Magdalena la que, más experta que las otras, ha estado regulando y dirigiendo la composición del perfume (tan intenso que deciden abrir la puerta y entreabrir la ventana que da al jardín, que apenas empieza a vestirse de claridad).
Todas, después de la observación que la Magdalena ha hecho en voz baja, lloran más fuerte.
Han terminado. Todos los recipientes están llenos.
Salen con las ánforas vacías, el mortero que ya no hace falta y muchas lámparas. En la pequeña habitación quedan sólo dos lámparas, temblorosas (parecen llorar también con el titileo de sus luces)…
Entran de nuevo las mujeres y cierran la ventana, porque el amanecer está fresco. Se ponen los mantos y toman consigo unos talegos grandes, donde colocan los recipientes del bálsamo.
María se levanta y busca su manto. Pero todas se arremolinan en torno a Ella convenciéndola de que no vaya.
-No te tienes en pie, María. Hace dos días que no tomas alimento. Un poco de agua sólo.
-Sí, Madre. Lo haremos pronto y bien. Y volveremos enseguida.
-No temas. Lo embalsamaremos como a un rey. ¡Ya ves qué bálsamo tan valioso hemos hecho! ¡Y cuánto!…
-Y no dejaremos parte o herida alguna sin ungir. Y con nuestras manos lo colocaremos en su lugar. Somos fuertes, y somos madres. Lo pondremos como a un niño en su cuna. Los otros no tendrán que hacer nada más que cerrar su lugar.
Pero María insiste:
-Es mi deber ̀ dice -Siempre lo he cuidado yo. Sólo en estos tres años que ha estado en el mundo he cedido a otros la función de cuidarlo cuando estaba lejos de mí. Ahora que el mundo lo ha rechazado y negado, de nuevo es mío; y yo de nuevo soy su sierva.
Pedro, que con Juan se había acercado a la puerta, al oír estas palabras se aparta. Huye a algún rincón escondido para llorar por su pecado. Juan permanece junto a la jamba de la puerta. Pero no dice nada. Quisiera también ir él, pero hace el sacrificio de quedarse con la Madre.
María Magdalena lleva a María a su silla. Se arrodilla delante de Ella, abraza las rodillas de María, alza hacia Ella su rostro doliente y enamorado y le promete:
-Él, con su Espíritu, todo lo sabe y todo lo ve. Pero a su Cuerpo, con besos, le expresaré tu amor, tu deseo. Yo sé lo que es el amor. Sé qué aguijón, qué hambre significa amar, qué nostalgia de estar con quien para nosotros es nuestro amor. Y esto sucede también en los amores viles, que parecen oro y son en realidad fango. Si, además, la pecadora puede saber lo que es el amor santo a la Misericordia viviente, a quien los hombres no han sabido amar, entonces ella puede comprender mejor qué es tu amor, Madre. Tú sabes que sé amar. Y sabes que Él dijo, en aquel atardecer de mi verdadero nacimiento, en las orillas de nuestro lago sereno: “María sabe amar mucho”.
Ahora este amor mío exuberante, como agua que rebosa de un pilón vencido, como rosal en flor que sobrepasa un muro y de él pende, como llama que, encontrando yesca, más se enciende y aumenta, se ha derramado en Él por entero, y de Él-Amor ha sacado nueva fuerza… ¡Oh, mi potencia de amar no ha podido sustituirlo en la Cruz!… Pero lo que por Él no he podido hacer y padecer y sangrar y morir en vez de Él, en medio de las burlas de todos, dichosa, dichosa, dichosa de sufrir en vez de Él; y, estoy segura de ello, el estambre de mi pobre vida habría sido consumido más por el amor triunfal que por el patíbulo infame, y de las cenizas habría germinado la nueva, cándida flor de la nueva vida pura, virginal, ignorante de todo lo que no es Dios-, todo esto que no he podido hacer por Él, por ti puedo hacerlo todavía…. Madre a la que amo con todo mi corazón. Confía en mí.
Yo que supe acariciar tan dulcemente sus pies santos en la casa de Simón el fariseo, ahora, con esta alma que cada vez más se abre a la Gracia, sabré aún más dulcemente acariciar sus miembros santos, medicar las heridas, embalsamarlo, más con mi amor, más con el bálsamo sacado de mi corazón exprimido por el amor y el dolor, que no con el ungüento. Y la muerte no hincará su diente en esa carne que tanto amor ha dado y tanto amor recibe. Huirá la Muerte. Porque el Amor es más fuerte que ella. El Amor es invencible. Y yo, Madre, con amor, con tu perfecto amor, con mi total amor, embalsamaré a mi Rey de Amor.
María besa a esta apasionada que, por fin, ha sabido encontrar a quien tanta pasión merece. Y cede ante sus ruegos.
Las mujeres salen llevando consigo una lámpara, de forma que en la habitación queda sólo una. La última en salir es la Magdalena, después de un último beso a la Madre, que se queda.
La casa está del todo oscura y silenciosa, y el camino todavía oscuro y solitario.
Juan pregunta:
-¿Verdaderamente no queréis que vaya con vosotras?
-No. Puedes hacer falta aquí. Adiós.
Juan vuelve donde María.
-No han querido que fuera con ellas… - dice quedo.-dice quedo.
-No te atormentes. Ellas donde Jesús. Tú, conmigo. Juan, vamos a orar un poco juntos. ¿Dónde está Pedro?
-No lo sé. Por la casa. Pero no lo veo. Está… Lo creía más fuerte… También yo siento dolor, pero él…
-Él tiene dos dolores; Tú, uno sólo. Ven. Vamos a orar también por él.
Y María recita lentamente el Pater noster.
Luego acaricia a Juan:
-Ve donde Pedro. No lo dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas, durante estas horas, que no soporta quiera la leve luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano zozobrante y angustiado. Comienza por él tu predicación. En tu camino ̀ y será largo-encontrarás siempre a hombres semejantes a él. Con tu compañero empieza el trabajo…
-¿Y qué diré?… No sé… Todo le hace llorar…
-Recuérdale el precepto de amor de Jesús. Dile que quien solamente teme no conoce todavía suficientemente a Dios, porque Dios es Amor. Y si te dice: "Yo he pecado", respóndele que Dios ha amado tanto a los pecadores, que por ellos ha enviado a su Unigénito. Dile que amor es la respuesta a tanto amor. Y el amor infunde confianza en el bonísimo Señor. Esta confianza aleja el temor a su juicio, porque con ella reconocemos la Sabiduría y Bondad divinas, y decimos: "Yo soy una pobre criatura. Pero Él lo sabe. Y me da a Cristo como garantía de perdón y columna en que apoyarme. Mi miseria queda vencida por mí unión con Cristo". Es en el nombre de Jesús en el que todo se perdona… Ve, Juan. Dile eso. Yo me quedo aquí, con Jesús…
Juan sale cerrando tras sí la puerta, mientras María acaricia el Sudario.
María se pone de rodillas, como la noche anterior, cara a Cara con el velo de la Verónica. Y ora, y habla con su Hijo. Fuerte para dar fuerza a los demás, cuando está sola se pliega bajo el peso de la quebrantadora cruz. Y, a pesar de ello, de cuando en cuando, como una llama liberada del estorbo del celemín, su alma se alza hacia una esperanza que en Ella no puede morir; es más, que con el paso de las horas va aumentando. Y manifiesta su esperanza también al Padre; su esperanza y su súplica:
-¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Mamá ya no resiste sabiendo que estás muerto allí. Hablaste y ninguno te comprendió. ¡Pero yo sí te he comprendido!
"Destruid el Templo de Dios y lo reconstruiré en tres días.” Éste es el principio del tercer día. ¡Oh mi Jesús! No esperes al final del día para volver a la vida, a tu Mamá, que necesita verte vivo para no morir recordándote muerto; que necesita verte hermoso, sano, triunfante, para no morir recordándote en ese estado en que te dejaron.
¡Oh, Padre! ¡Padre! ¡Dame a mi Hijo! Que yo lo vea de nuevo Hombre y no cadáver, Rey y no condenado. Sé que después volverá contigo al Cielo. Pero yo lo habré visto curado de tanto mal; fuerte, después de tanta debilidad; triunfador, después de tanta lucha; Dios, después de tanta humanidad padecida por los hombres. Y me sentiré feliz aun perdiéndolo de mi lado. Sabré que está contigo, Padre santo, sabré que para siempre está fuera del Dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar que está en un sepulcro, que está allí, matado por tanto dolor como le han causado, no puedo olvidar que Él, mi Hijo-Dios, esta agregado a la suerte de los hombres en la oscuridad de un sepulcro, Él, tu Viviente.
Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel "sí"… No te he pedido nunca nada por mi obediencia a tus designios; era tu Voluntad, y tu Voluntad era la mía; nada debía exigir por el sacrificio de la mía a Ti, Padre Santo. ¡Pero ahora, pero ahora, por aquel "sí" que dije al Ángel mensajero, oh Padre, escúchame!
Él está libre de las torturas, porque todo lo ha consumado con la agonía de tres horas después de las vejaciones de la mañana. Pero yo llevo tres días en esta agonía. Tú ves mi corazón y sientes sus latidos. Nuestro Jesús dijo que no caía una pluma de ave sin que Tú la vieras; que no moría una flor en el campo sin que Tú consolaras su agonía con tu sol y tu rocío. ¡Oh, Padre, yo muero de este dolor! Haz conmigo como con el ave al que recubres con nuevas plumas, como con la flor a la que calientas y das de beber compasivo. Yo muero de frío por el dolor. Ya no tengo sangre en las venas. En el pasado, toda se hizo leche para nutrir a tu Hijo e Hijo mío; ahora se ha hecho por entero llanto, porque ya no tengo Hijo. Me lo han matado, matado, Padre. ¡Y Tú sabes de qué manera!
¡Estoy exangüe! He derramado mi sangre con Él en la noche del Jueves, en el Viernes funesto. Tengo frío como una persona desangrada. Ni tengo ya Sol, porque Él ha muerto, mi Sol santo, el Sol mío bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría de su Mamá, para salud del mundo. Ni siento refrigerio, porque ya no lo tengo a Él, la más dulce de las fuentes para su Madre, que bebía su palabra, que con la presencia de Él saciaba su sed. Soy como una flor en arena desecada.
Muero, muero, Padre santo. No me da miedo morir, porque Él también ha muerto. Pero… ¿y estos pequeñuelos?, ¿el pequeño rebaño de mi Hijo?, tan débiles, tan asustadizos, tan volubles… ¿qué será de ellos, si nadie los sostiene? No soy nada, Padre; pero, para los deseos de mi Hijo, soy como un cuerpo de ejército. Defiendo, defenderé su Doctrina y su herencia como una loba defiende a sus lobeznos. Yo, cordera, me haré loba para defender lo que pertenece a mi Hijo y, por tanto, lo que te pertenece a ti.
Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad ha despojado sus olivos, sus casas, sus jardines, a los propios habitantes, y se ha quedado ronca gritando: "Hosanna al Hijo de David. Bendito el que viene en el nombre del Señor". Y, mientras Él pasaba sobre alfombras de ramas, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes de la ciudad, unos a otros, se señalaban a Jesús y decían:
"Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel". Y, cuando aún no se habían ajado esas ramas y la voz estaba todavía ronca de tanto grito de alabanza, transformaron su grito en acusaciones y maldiciones y en peticiones de condena a muerte; de las ramas arrancadas para la exaltación hicieron palos para golpear a tu Cordero, y lo conducían a la muerte. Si todo esto han hecho mientras Él estaba en medio de ellos y les hablaba y les sonreía y los miraba con esa mirada suya que diluye el corazón y que hasta hace estremecerse a las piedras si en ellas recae, y los favorecía y adoctrinaba, ¿qué harán cuando Él haya vuelto a ti?
Sus discípulos -ya lo has visto-, uno lo ha traicionado, los otros han huido. Bastó que le golpearan para que huyeran como cobardes ovejas, y no han sabido estar a su lado mientras moría. Uno sólo, el más joven; ha permanecido. Ahora viene el anciano. Pero ya ha sabido abjurar una vez. Cuando Jesús no esté ya aquí mirándolo, ¿sabrá permanecer en la Fe?
Yo no soy nada, pero en mí hay un poco de mi Hijo, y mi amor cubre de plenitud mi flaqueza y la anula. Me hago así útil para la causa de tu Hijo, para su Iglesia, que no encontrará nunca paz y que necesita echar raíces profundas para no ser desarraigada por los vientos. Yo seré la que la cuide. Como hortelana diligente, velaré para que crezca fuerte y derecha en su amanecer. Luego no me preocupará morirme. Pero no puedo vivir si sigo más tiempo sin Jesús.
¡Oh, Padre que abandonaste al Hijo por el bien de los hombres, pero que luego lo confortaste, porque ciertamente lo has recibido en tu seno después de la muerte, no me dejes más tiempo en este abandono. Yo lo padezco y lo ofrezco por el bien de los hombres. Pero consuélame, ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, divino Espíritu! ¡Acuérdate de tu Virgen!
Después, prosternada, María parece orar con su postura, además de con su corazón: es verdaderamente un pobre ser abatido: parece esa flor muerta de sed de que ha hablado.
No advierte tan siquiera la sacudida de un breve pero violento terremoto que hace gritar y huir al dueño y a la dueña de la casa, mientras Pedro y Juan, pálidos como muertos, arrastran sus pasos hasta la entrada de la habitación.
Pero, al ver a María tan absorta en su oración, olvidada, lejana de todo lo que no es Dios, se retiran y cierran la puerta y vuelven, atemorizados, al Cenáculo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 6
Entra cautelosa María de Alfeo y escucha. Quizás piensa que la Virgen se ha adormecido. Se acerca, se inclina. La ve de rodillas, rostro en tierra contra el Sudario. Susurra:
-¡Oh, pobrecilla, así se ha quedado!
Debe pensar que se ha dormido o que se ha desmayado así.
Pero María, saliendo de su oración, dice:
-No. Estaba orando.
-¡Pero de rodillas! ¡A oscuras! ¡Con frío! ¡La ventana abierta! ¡Fíjate, estás helada!
-Pero estoy mucho mejor, María. Mientras oraba -y sólo el Eterno sabe cuánto era mi agotamiento después de haber sostenido tantas fes vacilantes, y de haber iluminado tantas mentes que ni siquiera su muerte ha aclarado-me ha parecido sentir un perfume angélico, un frescor de Cielo, una caricia de ala… Un instante… Sólo un instante.
Pero me ha parecido que, en el mar de mirra que embravecido me sumerge desde hace ya tres días, se infundiera una gota de pacificadora dulzura; me ha parecido como si la bóveda clausurada de los Cielos se entreabriera y un hilo de luminoso amor descendiera a la Abandonada; me ha parecido como si, viniendo de lejanías infinitas, un murmullo incorpóreo dijera: "Realmente ha terminado". Mi oración, hasta ese momento desolada, se ha hecho más tranquila, se ha teñido de esa luminosa paz -¡oh, solamente una leve pincelada!-, de esa luminosa paz de que estaban hechos mis contactos con Dios en la oración… ¡Mis oraciones!… María: ¿amaste mucho, tú, a tu Alfeo, cuando eras la virgen desposada?
-¡Oh, María!… Exultaba a cada amanecer, diciendo: "Ha pasado una noche. Una menos de espera". Exultaba a cada puesta de sol, diciendo: "Otro día ha terminado. Más próxima mi entrada bajo su techo". Y nada más ponerse el sol cantaba como una alondra, pensando: "Dentro de poco viene". Y cuando lo veía venir, hermosa su cara como la de mi Judas -por eso Judas es mi predilecto-, con ojos de ciervo enamorado como es mi Santiago, ¡oh, entonces yo ya no sabía donde me encontraba!
Y cuando me saludaba diciendo: “¡Dulce esposa!” y yo podía decirle: "Señor mío", entonces yo…… yo creo que si hubiera sido triturada en ese momento por un pesado carro, o alcanzada por una flecha, no habría sentido dolor. ¡Y después!… ¡Cuando fui su mujer… ah!…- María se pierde en el éxtasis de los recuerdos. Luego dice
-Pero ¿por qué esta pregunta?
-Para explicarte lo que eran para mí las oraciones. Centuplica los sentimientos, poténcialos miles de veces, y comprenderás lo que siempre fue para mí la oración, la espera de aquella hora… Ya de por sí creo que, aun cuando no estaba orando en la paz de la gruta o de mi habitación, sino que trabajaba en las labores de la mujer, mi alma oraba sin pausa… Pero cuando podía decir:
"Llega la hora de recogerme en Dios", mi corazón ardía latiendo veloz. Y cuando en Él me perdía… entonces… No… Esto no te lo puedo explicar. Cuando estés en la Luz de Dios lo comprenderás… Todo esto desde hacía tres días estaba perdido… Y era todavía más angustioso que el no tener ya Hijo… Y Satanás trabajaba en estas dos llagas sobrepuestas: la de la muerte de mi Hijo y la del abandono de Dios, creando la tercera llaga del terror de la no fe.
María, te quiero y eres pariente mía. Esto se lo dirás después a tus hijos apóstoles, para que sepan resistir en el apostolado y triunfar sobre Satanás.
Estoy segura de que si yo hubiera aceptado la duda, si hubiera cedido a la tentación de Satanás y hubiera dicho:
"No es posible que resucite", negando a Dios -porque decir eso hubiera sido negar a Dios con su Verdad y su Poder-, tanta Redención vanamente se habría verificado. Yo, nueva Eva, habría vuelto a morder el fruto de la soberbia y de la sensualidad espiritual y habría deshecho la obra de mi Redentor. Los apóstoles continuamente serán tentados así, por el mundo, por la carne, por el poder, por Satanás. Manténganse firmes. Contra todas las torturas -y las corporales serán las más leves-para no destruir lo que Jesús ha hecho.
-Díselo tú, María, a mis hijos… ¡¿Qué crees que sabrá decir tu pobre cuñada?! ¡De todas formas! ¡Si hubieran venido! ¡Huir en la primera hora… paciencia! ¡Pero después!…
-Fíjate, Lázaro y Simón habían recibido la orden de llevarlos a Betania. Jesús sabe todo…
-Sí… Pero… cuando los vea los voy a reprender ásperamente. Han sido unos cobardes. ¿Que lo fueran todos los demás? Pero ellos. ¡Mis hijos! No se lo perdonaré nunca…
-Perdona, perdona… Ha sido un momento de desconcierto… No creían que pudieran capturarlo… Él lo había dicho…
-Precisamente por eso no los perdono. Lo sabían. Estaban preparados. ¡Cuando una cosa se sabe y se cree en quien la dice, nada sorprende!
-María, también a vosotras os dijo: "Resucitaré". Y… si pudiera abrir vuestro pecho y vuestra cabeza, en el corazón y en el cerebro vería escrito: "no puede ser".
-Pero, al menos… Sí… Es difícil creer… Pero nosotras hemos estado en el Calvario.
-Por gracia gratuita de Dios. Si no, habríamos huido también nosotras. ¿Has oído lo que ha dicho Longinos? Ha dicho: "cosa horrible". Y es un guerrero. Nosotras, mujeres, solas con un muchacho, hemos resistido por ayuda directa de Dios. Por tanto, no te gloríes de ello. No es mérito nuestro.
-¿Y por qué no a ellos?
-Porque ellos serán los sacerdotes del mañana. Deben, por tanto, saber. Saber, por haberlo experimentado, cuán fácil le es al fiel de un Credo caer en la abjuración. Jesús no quiere sacerdotes como esos que lo son tan poco, que han sido sus más tenaces enemigos…
-Hablas de Jesús como si ya hubiera vuelto.
-¿Lo ves? Tú también confiesas que no crees. ¿Cómo, pues, censuras a tus hijos?
María de Alfeo no sabe qué replicar. Se queda cabizbaja. Mueve mecánicamente una serie de objetos. Encuentra una lamparita y sale, para volver después con ella encendida y ponerla en el sitio suyo usual.
María se ha sentado otra vez junto al Sudario desplegado. El Sudario que, con la luz amarilla de la lámpara de aceite, a la luz de la llamita temblorosa, adquiere una vida especial y parece mover boca y ojos.
-¿No tomas nada? -pregunta un poco pesarosa la cuñada.
-Un poco de agua. Tengo sed.
María va y vuelve… con leche.
-No insistas. No puedo. Agua sí. No me queda agua dentro… Creo que no tengo ya ni siquiera sangre. Pero…
Llaman a la puerta de la casa. María de Alfeo sale. Se oye cuchichear en el vestíbulo. Luego Juan asoma la cabeza.
-Juan. ¿Has vuelto? ¿Todavía nada?
-Sí. Simón Pedro… y el manto de Jesús… juntos… En el Get-Sammí. El manto…
Juan se arrodilla y dice:
-Aquí está… pero está todo desgarrado y ensangrentado.
Las huellas de las manos son de Jesús. Sólo Él las tenía así de largas y delgadas. Pero los desgarros son de dientes. Se ve claramente que esto es una boca de hombre.
Pienso que habrá sido… que habrá sido Judas Iscariote, porque junto al lugar donde Simón Pedro encontró el manto había un trozo de la túnica amarilla de Judas. Ha vuelto allí… después… antes de quitarse la vida. Mira, Madre.
María no ha hecho otra cosa sino acariciar y besar el grueso manto rojo de su Hijo. Pero instada por Juan lo abre, y ve las huellas sangrientas, oscuras sobre el rojo de la Sangre, y los desgarros de los dientes. Tiembla y susurra:
-¡Cuánta sangre! -Parece no ver más que la Sangre.
-Madre… la tierra está roja de sangre. Simón, que ha ido allí sin demora en las primeras horas de la mañana, dice que el verde tenía todavía en las hojas sangre fresca… Jesús… No sé… No me parecía que estuviera herido…
¿De dónde tanta sangre?
-De su Cuerpo. En la angustia… ¡Oh! Jesús Víctima total. ¡Oh! ¡Mi Jesús!
María llora tan angustiosamente, con un lamento exhausto, que las mujeres se asoman a la puerta y miran y luego se retiran.
-Esto, esto mientras todos te abandonaban… ¿Qué hacíais vosotros mientras Él sufría su primera agonía?
-Dormíamos, Madre…
Juan llora.
-¿Allí estaba Simón? Cuenta.
-Yo había ido para buscar el manto. Había pensado pedírselo a Jonás y a Marcos… Pero habían huido. La casa estaba cerrada y todo abandonado. Entonces bajé a las murallas, para recorrer todo el camino del jueves…
Estaba tan cansado aquella noche, y apenado, que no podía recordar, ahora, dónde se había quitado Jesús el manto. Me parecía que lo llevaba y que, en un determinado momento, ya no lo llevaba… En el lugar de la captura, nada… Donde habíamos estado nosotros tres, nada… Fui por el sendero que tomó el Maestro… Y cuando vi a Simón Pedro allí, todo acurrucado y apoyado en una roca, pensé que hubiera muerto también él. Grité. Levantó la cabeza…
y, de tan cambiado como lo vi, pensé que se había vuelto loco. Lanzó un grito y trató de huir. Pero se tambaleaba, cegado por el llanto que había vivido. Yo lo agarré. Me dijo:
"Déjame. Soy un demonio. He renegado de Él, como Él decía… y el gallo ha cantado y Él me ha mirado. He huido… he corrido arriba y abajo por los campos. Luego me he visto aquí. Y ¿ves? Aquí Yeohveh ha hecho que encontrara su Sangre acusadora. Todo sangre. ¡Todo sangre!
En la roca, en la tierra, en la hierba. Yo he hecho que esta Sangre fuera derramada. Como tú, como todos. Pero yo he renegado de esa Sangre". Me parecía que deliraba. Traté de calmarlo y de sacarlo de allí. Pero no quería. Decía:
“Aquí. Aquí. A hacer guardia a esta Sangre y a su manto. Y con las lágrimas quiero lavarlo. Cuando ya no haya sangre en la tela, quizás entonces vuelva con los vivos dándome golpes de pecho y diciendo: “¡He renegado del Señor!”. Le dije que querías verlo.
Que me había mandado a buscarlo. Pero no quería creerlo. Entonces le dije que habías querido ver también a Judas, para perdonarlo, y que sufrías por no poder ya hacerlo por su suicidio. Entonces lloró más sosegadamente. Quiso saber. Todo. Y me contó que la hierba tenía todavía Sangre fresca y que el manto había sido maltratado por Judas, de cuya túnica había encontrado un trozo. Lo dejé hablar y hablar.
Luego dije: "Ven a ver a la Madre". ¡Oh, cuánto tuve que suplicar para convencerlo! Y cuando me parecía haber logrado convencerlo y me levantaba para venir, él ya no quería. Ha habido que esperar hasta el anochecer para que viniera. Pero cruzada la puerta, otra vez se escondió, en un huerto desierto y dijo: "No quiero que la gente me vea.
Llevo escrito en la frente la palabra: Renegador de Dios. Ahora, ya en plena oscuridad, he logrado arrastrarlo hasta aquí.
-¿Dónde está?
-Detrás de esa puerta.
-Dile que entre.
-Madre…
-Juan…
-No le reprendas. Está arrepentido.
-¿Tan poco me conoces todavía? Dile que entre.
Juan sale. Vuelve. Solo. Dice:
-No se atreve. Mira a ver si llamándolo tú…
Y María, dulcemente:
-Simón de Jonás, ven.
Nada.
-Simón Pedro, ven.
Nada.
-Pedro de Jesús y de María, ven.
Un áspero estallido de llanto. Pero no entra. María se alza. Deja el manto encima de la mesa y va a la puerta.
Pedro está acurrucado afuera. Como un perro sin amo. Llora con tanta fuerza, y todo encogido, que no oye el ruido de la puerta que se abre chirriando, ni el roce de las sandalias de María. Se da cuenta de que Ella está allí cuando María se inclina hasta tomarle una mano con que está apretando sus ojos y le obliga a levantarse. Entra en la habitación tirando de él, como si de un niño se tratara. Cierra la puerta con el agarrador y el cerrojo, y, encorvada por el dolor como él por la vergüenza, vuelve a su sitio.
Pedro va a sus pies, de rodillas, y llora sin freno. María acaricia sus cabellos entrecanos y sudados por el dolor.
Nada más que esta caricia, hasta que él está más calmado. Luego, cuando por fin Pedro dice: «No puedes perdonarme; por tanto, no me acaricies. Porque yo lo he negado», María dice:
-Pedro, tú lo has negado. Es verdad. Has tenido la valentía de negarlo en público, la valentía cobarde de hacerlo. Los otros… Todos, menos los pastores, Manahén, Nicodemo, José y Juan, han tenido sólo cobardía. Lo han negado todos: hombres y mujeres de Israel, menos unas pocas mujeres… No nombro a los sobrinos ni a Alfeo de Sara. Eran parientes y amigos. ¡Pero los otros!… Y ni siquiera han tenido la valentía satánica de mentir para salvarse, ni la valentía espiritual de arrepentirse y llorar, ni la valentía, aún más alta, de reconocer públicamente el error.
Eres un pobre hombre. Es más: lo eras. Mientras te jactabas de ti. Ahora eres un hombre. Mañana serás un santo. Pero aunque no fueras como eres, yo te habría perdonado igualmente. Habría perdonado a Judas, con tal de salvar su espíritu.
Porque el valor de un espíritu, de uno solo, justifica todo esfuerzo por superar repugnancias y resentimientos, hasta quedar destrozados por ese esfuerzo. Recuerda esto, Pedro. Te lo repito: El valor de un alma es tal, que aun a costa de morir por el esfuerzo de sufrirla a nuestro lado, hay que tenerla así, entre los brazos, como yo tengo tu cabeza canosa, si se comprende que teniéndola así se la puede salvar.
Así. Como una madre que, después del castigo paterno, pone en su corazón la cabeza del hijo culpable, y, con las palabras de su corazón deshecho de dolor, que palpita, que palpita de amor y dolor, más con esas palabras que con los golpes del padre, hace cambiar y obtiene. Pedro de mi Hijo, pobre Pedro que has estado, como todos, en las manos de Satanás en esta hora de tinieblas, y no te has dado cuenta de ello, y crees que todo lo has hecho tú solo, ven, ven aquí, al corazón de la Madre de los hijos de mi Hijo.
Aquí Satanás no puede ya causarte daño. Aquí se calman las tormentas y -a la espera del Sol, de mi Jesús que resucitará para decirte: "Paz, Pedro mío"-se alza estrella de la mañana, pura, hermosa, y que hace puro y hermoso todo aquello que por ella es besado, como sucede con las claras aguas de nuestro mar en las frescas mañanas de primavera. Por esto te anhelado tanto. Al pie de la Cruz yo padecía martirio por Él y por vosotros, y -¿cómo no lo oíste?-, y llamaba a vuestros espíritus con tanta fuerza, que creo que vinieron realmente a mí. Y, dentro de corazón -es más: puestos en mi corazón como los panes de la proposición-los he tenido bajo el ̜ lavacro de su Sangre y llanto. Podía hacerlo, porque Él, en Juan, me ha hecho Madre de toda su prole… ¡Cuánto te he anhelado!… Esa mañana, esa tarde, esa noche y el nuevo día…
¿Por qué has hecho esperar tanto a una madre, pobre Pedro herido y pisoteado por el Demonio? ¿No sabes que es misión de las madres enderezar, curar, perdonar, guiar? Yo te conduzco a Él. ¿Querrías verlo? ¿Querrías ver su sonrisa para convencerte de que te ama todavía? ¿Sí? ¡Oh, entonces sepárate de mi pobre pecho de mujer y apoya la frente en su frente coronada, tu boca en su boca herida, y besa a tu Señor!
-Está muerto… No podré volver a hacerlo.
-Pedro. Respóndeme. ¿Cuál crees que es el último milagro de tu Señor?
-El de la Eucaristía. No, no, el del soldado que curó allí… ¡Oh, no me hagas recordar!…
-Una mujer, fiel, amorosa, fuerte, se llegó a Él en el Calvario y le secó la Cara. Y Él, para decir cuánto puede el amor, fijó su Rostro en la tela. Aquí lo tienes, Pedro.
Esto obtuvo una mujer, en momentos de tinieblas infernales y de enojo divino. Sólo porque amó. Recuerda esto Pedro.
Para las horas en que te parezca que el Demonio es más fuerte que Dios. Dios se hallaba prisionero de los hombres, ya avasallado, condenado, flagelado, ya agonizando… Y, a pesar de todo-dado que Dios, incluso en medio de las más duras persecuciones, siempre es Dios, y, si se puede abatir a la Idea, intocable es Dios que la suscita-, Dios, a los que niegan, a los que no creen, a los hombres de los necios "¿por qué?'; de los culpables "no puede ser"; de los sacrílegos "lo que yo no comprendo no es verdad", responde, sin palabras con esta tela.
Míralo. Un día -me lo dijiste tú-dijiste a Andrés: "¿El Mesías manifestarse a ti? ¡No puede ser cierto!", y luego tu razón humana se debió doblegar a la fuerza del espíritu que veía al Mesías donde la razón no lo veía. Otra vez, en el mar embravecido, preguntaste: "¿Voy, Maestro?", y luego, a mitad de camino, sobre el agua agitada, dudaste y dijiste: "El agua no puede sostenerme", y con el lastre de la duda te faltó poco para ahogarte. Sólo cuando contra la razón humana prevaleció el espíritu que supo creer, pudiste hallar la ayuda de Dios. Otra vez dijiste: "¿Si Lázaro ha muerto ya hace cuatro días, a qué hemos venido? Para morir inútilmente".
Y es que no podías, con tu razón humana, admitir otra solución. Y tu razón quedó desmentida por el espíritu, que, indicándote con el resucitado la gloria del Resucitador, te mostró que no habías ido allí en vano. Otra, bueno… otras veces, al oír hablar de muerte, y muerte atroz, a tu Señor, dijiste: "¡Eso no te sucederá nunca!". Y ya ves qué mentís ha recibido tu razón. Yo espero, ahora, oír la palabra de tu espíritu, en este último caso…
-Perdón.
-Eso no. Otra palabra.
-Creo.
-Otra.
-No sé…
-Amo. Pedro, ama. Serás perdonado. Creerás. Serás fuerte.
Serás Sacerdote, y no el fariseo que avasalla y no posee sino formalismos y no una fe activa. Míralo. Ten el valor de mirarlo. Todos lo han mirado y venerado. Incluso Longinos… ¿Tú no ibas a saber hacerlo? ¡Has sabido incluso renegar de Él! Si no lo reconoces ahora, a través del fuego de mi materno, amoroso dolor que os une, que os pone de nuevo en armonía, ya no podrás hacerlo.
Él resucita. ¿Cómo podrás mirarlo con su nuevo fulgor, si no conoces su rostro en la transición del Maestro que conoces al Triunfador que no conoces? Porque el dolor, todo el Dolor de los siglos y del mundo, lo ha labrado con cincel y mazo en esas horas que van desde el caer de la tarde del Jueves hasta la hora nona del Viernes. Y han cambiado su Rostro. Antes era solo el Maestro y el Amigo.
Ahora es el Juez y Rey. Ha subido a su sitial para juzgar.
Y se ha ceñido la corona. Así permanecerá. Lo único es que después de la gloriosa Resurrección no será ya el Hombre Juez y Rey, sino el Dios Juez y Rey. Míralo. Míralo. Míralo mientras la Humanidad y el Dolor lo entrevelan, para poderlo mirar cuando triunfe en su Divinidad.
Pedro levanta por fin la cabeza del regazo de María, y la mira, con sus ojos enrojecidos por el llanto en rostro de anciano niño desolado por el mal cumplido y asombrado por tanto bien como encuentra.
María lo fuerza a mirar a su Señor. Y entonces -mientras Pedro, como delante de un rostro vivo, gime: «¡Perdón, perdón! No sé cómo ha sucedido, no sé qué ha sucedido. No era yo. Era algo que me hacía no ser yo. Pero… ¡yo te quiero, Jesús!, ¡te quiero, Maestro mío! ¡Vuelve! ¡Vuelve!
¡No te marches así, sin decirme que me has comprendido!»-entonces, María repite el gesto que ya hizo en la cámara sepulcral. Con los brazos extendidos, en pie, parece la sacerdotisa en el momento de la ofrenda. Y, de la misma manera que allí ofreció la Hostia sin mancha, aquí ofrece al pecador arrepentido. ¡Verdad mente es la Madre de los santos y de los pecadores!
Luego levanta a Pedro. Lo consuela más. Y le dice, como a un niño:
-Ahora estoy más contenta. Te veo aquí. Ahora ve, ve allí, con las mujeres y Juan. Necesitáis descanso y alimento. Ve. Y sé sé bueno…
Y luego, mientras en la casa -más serena en esta noche segunda desde su muerte-tienden a volver las costumbres humanas del sueño y del alimento, en una casa que presenta el aspecto cansado y resignado de las moradas donde los supervivientes, despacio, vuelven en sí de la impresión recibida por la muerte, María es la única que quiere permanecer en píe. Inmóvil en su sitio, en su espera, en su oración. Siempre, siempre, siempre; por los vivos, por los muertos, por los justos, por los pecadores, por el regreso, el regreso, el regreso de su Hijo.
Su cuñada quería estar con Ella. Pero ahora duerme profundamente, sentada en un rincón, con la cabeza apoyada hacia atrás contra la pared. Marta y María vienen dos veces, pero luego, cargadas de sueño, se retiran a una habitación próxima, y después de alguna palabra, caen también ellas en las profundidades del sueño…
Más allá, en un cuartito pequeño como un cuarto de juguete, duermen Salomé y Susana; mientras que, encima de dos esteras echadas en el suelo, duermen rumorosamente Pedro y Juan: el primero, todavía con mecánicas inspiraciones convulsas que se pierden en su ronquido; el segundo, con una sonrisa de niño soñando alguna visión feliz.
La vida vuelve a sus funciones y la carne a sus derechos… Sólo la Estrella de la Mañana resplandece insomne, con su amor que vela junto a la imagen de su Hijo.
Y la noche del Sábado pasa así. Hasta que el canto del gallo, con el primer claror del alba, hace levantarse, con un grito, a Pedro; y su grito, impregnado de miedo y dolor, despierta a los otros durmientes.
Ha terminado la tregua para ellos y empieza otra vez la pena; para María, sólo va aumentando el ansia de la espera.