por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
También ellos van a buen paso bajo los olivos. Y están tan seguros de su Resurrección, que hablan con la alegría propia de los niños felices. Van directamente hacia la ciudad.
-Le decimos a Pedro que lo mire bien y que nos hable luego de la hermosura de su Rostro -dice Elías.
-Yo, por muy hermoso que esté ahora, no podré olvidar nunca su imagen de torturado -susurra Isaac.
-¿Y lo tienes presente en tu mente cuando lo han alzado en la Cruz? -pregunta Leví.
-¿Y vosotros?
-Yo perfectamente. Todavía había buena luz. Después, con mis envejecidos ojos, vi bien poco -dice Daniel.
-Yo, sin embargo, lo vi hasta que murió. Pero hubiera querido ser ciego para no ver» dice José.
-¡Bueno, ahora ha resucitado! Esto nos debe hacer felices -lo consuela Juan.
-Y el pensamiento de que no lo hemos dejado sino por cumplir un acto de caridad -añade Jonatán.
-Pero el corazón se ha quedado allí arriba. Para siempre -susurra Matías.
-Para siempre. Sí. Tú, que lo viste en el Sudario, di: ¿cómo es?¿Semejarte? -pregunta Benjamín.
-Como si hablara -responde Isaac.
-¿Vamos a ver ese velo? -preguntan muchos.
-La Madre se lo muestra a todos. Claro que lo veréis. Pero es una triste visión. Mejor sería ver… ¡Oh, Señor!
-Siervos fieles. Aquí me tenéis. Seguid el camino. Os espero dentro de unos días en Galilea. Una vez más deseo deciros que os quiero. Jonás vive dichoso, con los otros, en el Cielo.
-¡Señor! ¡Oh, Señor!
-Paz a vosotros, de buena voluntad.
El Resucitado se funde con el rayo del vivo sol de mediodía. Cuando alzan la cabeza, ya no está; pero tienen la alegría de haberlo visto en su actual figura: glorioso.
Se ponen en pie, transfigurados de alegría. En su humildad, no encuentran razón de haber merecido verlo, y dicen:
-¡A nosotros! ¡A nosotros! ¡Qué bueno es nuestro Señor! ¡Desde el nacimiento hasta su triunfo, siempre ha sido humilde y bueno para con sus pobres siervos!
-¡Y qué hermoso estaba!
-¡Nunca ha estado tan hermoso! ¡Qué majestuosidad!
-¡Parece todavía más alto y más maduro en años!
-¡Es verdaderamente el Rey!
-Lo llamaban Rey pacífico, pero también es el Rey tremendo para los que deben temer su juicio.
-¿Has visto qué rayos emanaban de su Rostro?
-¡Y qué fulgores en sus miradas!
-No me atrevía a mirarlo. Y hubiera querido hacerlo, porque quizás sólo en el Cielo me será concedido verlo así. Y quiero conocerlo para no tener miedo entonces.
-No debemos tener miedo si permanecemos como ahora, como siervos fieles suyos. Ya lo has oído: "Deseo deciros una vez más que os quiero. Paz a vosotros, de buena voluntad".
¡Oh, ni una palabra sobrante! Pero en ese poco está, entero, el consenso respecto a lo que hemos hecho hasta ahora y, entera, la más alta promesa para la vida futura. ¡Entonemos el canto de la alegría, de nuestra alegría!:
"Gloria a Dios en lo alto del Cielo y paz en la Tierra a los hombres, de buena voluntad.
Verdaderamente el Señor ha resucitado, como había dicho por boca de los profetas y con su palabra sin defecto.
Ha dejado con la Sangre todo aquello que, de corrupción, el beso de un hombre había estampado en Él; y, purificado ya el altar, su Cuerpo ha asumido la inefable belleza de Dios.
Antes de subir al Cielo se ha mostrado a sus siervos, ¡aleluya! ¡Vayamos cantando, aleluya! ¡La eterna juventud de Dios! ¡Vayamos anunciando a las gentes que ha resucitado. ¡Aleluya! El Justo, el Santo ha resucitado, ¡aleluya, aleluya!
Del Sepulcro ha salido inmortal. Y el hombre justo con Él ha resucitado.
En el pecado, como en una gruta, encerrado estaba el corazón del hombre.
Él ha muerto para decir: “¡Alzaos!”. Y los que estaban dispersos se han alzado, ¡aleluya!
Abiertas las puertas de los Cielos a los elegidos, ha dicho: “Venid”. Nos conceda, por su santa Sangre, a nosotros subir también. ¡Aleluya!".
Matías, el anciano ex discípulo de Juan Bautista, va a la cabeza cantando, como quizás en el pasado David cantaba a la cabeza de su pueblo por los caminos de Judea. Los otros lo siguen, haciendo coro a cada "aleluya" con júbilo santo.
Jonatán, que forma parte del grupo, dice, cuando ya Jerusalén aparece a los pies de ellos desde el pequeño collado que están bajando con paso veloz:
-Por su nacimiento perdí patria y casa, y con su muerte he perdido la otra casa, en que durante treinta años había trabajado honradamente. Pero, aunque me hubieran quitado la vida por Él, habría muerto jubiloso, pues por Él la hubiera perdido. No le tengo rencor a quien conmigo se muestra injusto.
Mi Señor me ha enseñado con su muerte la perfecta mansedumbre. Y no tengo preocupaciones por el mañana. Mi morada no está aquí. Está en el Cielo. Viviré en la pobreza, en esa pobreza que tanto place a Él, y le serviré hasta la hora en que me llame… y… sí… le ofreceré también la renuncia… a mi ama…
Ésta es la espina más dura… Pero, ahora que he visto el dolor de Cristo y su gloria, no debe dolerme mi dolor, sino que sólo debo esperar la celeste gloria. Vamos a decir a los apóstoles que Jonatán es el siervo de los siervos de Cristo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
Manahén, junto con los pastores, camina a buen paso por las laderas que de Betania llevan a Jerusalén. Un bonito camino va directo hacia el Monte de los Olivos, y Manahén tuerce por él, tras haber dejado a los pastores, quienes quieren entrar en pequeños grupos en la ciudad para ir al Cenáculo.
Poco antes -lo deduzco de lo que hablan-deben haber encontrado a Juan, que iba hacia Betania para llevar la noticia de la Resurrección y la orden de que estuvieran todos en Galilea al cabo de unos días. Se dejan precisamente porque los pastores quieren repetir personalmente a Pedro lo que le han dicho a Juan, es decir, que el Señor, en una aparición a Lázaro, ha dicho que se reúnan en el Cenáculo.
Manahén sube por un camino secundario, hacia una casa que está en medio de un olivar: una bonita casa rodeada por una franja de cedros del Líbano que descuellan con sus imponentes moles en el conjunto de los numerosos olivos del monte. Entra con ademán seguro, y al criado que ha salido le dice:
-¿Dónde está tu señor?
-Allí, con José. Hace un rato que ha venido.
-Dile que estoy aquí.
El criado se marcha, para regresar con Nicodemo y José.
Las voces de los tres se entrelazan en un mismo grito:
-¡Ha resucitado!
Se miran, asombrados de saberlo los tres.
Luego Nicodemo toma a su amigo y lo lleva a una habitación interna de la casa. José los sigue.
-¿Has tenido el coraje de volver?
-Sí. Él lo ha dicho: "Al Cenáculo". Quiero verlo, ciertamente, quiero verlo ahora, glorioso, para quitarme el dolor del recuerdo de Él atado y cubierto de inmundicias, como un delincuente a merced de la indignación de la gente.
-¡Oh, también nosotros quisiéramos verlo!… Y para que desapareciera de nosotros el horror del recuerdo de Él torturado, de sus innumerables heridas… Pero Él se ha mostrado sólo a las mujeres -comenta José en tono bajo.
-Es justo. Ellas le han sido fieles siempre en estos años. Nosotros teníamos miedo. Su Madre lo dijo: "¡Bien pobre amor el vuestro, si ha esperado a este momento para manifestarse!" -objeta Nicodemo.
-¡Pero, para desafiar a Israel -más opuesto a Él que nunca-, tendríamos mucha necesidad de verlo!… ¡Si tú supieras! Los soldados han hablado… Ahora los Jefes del Sanedrín y los fariseos, a quienes ni tanta ira del Cielo ha convertido, van buscando a quienes pueden tener noticia de su Resurrección para encarcelarlos. Yo he mandado al pequeño Marcial -un niño pasa más y mejor desapercibido-a advertir a los de la casa de que estén sobreaviso.
Del Tesoro del Templo han sacado dinero sagrado para pagar a los soldados, para que digan que los discípulos han robado su Cuerpo y que lo que han dicho de la Resurrección antes no era sino una mentira por miedo al castigo. La ciudad está en ebullición como un puchero. Y hay algunos, de entre los discípulos, que dejan la ciudad por miedo… Me refiero a los discípulos que no estaban en Betania…
-Sí, necesitamos su bendición para tener valor.
-A Lázaro se le ha aparecido… Era casi la hora tercera. Lázaro se nos mostró transfigurado.
-¡Oh, Lázaro lo merece! Nosotros… -dice José.
-Sí. Nosotros estamos ahora recubiertos de duda y pensamientos humanos como por costras de una lepra mal curada… Y sólo Él puede decir: "¡Quiero que quedéis limpios!". ¿Ya no nos hablará, ahora que ha resucitado, a nosotros, que somos los menos perfectos? -pregunta Nicodemo.
-¿Y no hará ya milagros, por castigo al mundo, ahora que es el Resucitado de la muerte y de las miserias de la carne? pregunta José.
Pero sus preguntas sólo pueden tener una respuesta: la suya; y la suya no viene. Los tres están abatidos, y abatidos permanecen.
Luego Manahén dice:
-Bueno, pues yo voy al Cenáculo. Si me matan, Él absolverá mi alma y lo veré en el Cielo; si no, lo veré aquí en la Tierra. Manahén es una cosa tan inútil en el conjunto de sus seguidores, que, si cae, dejará el mismo vacío que deja una flor recogida en un prado cuajado de corolas: ni siquiera se verá… -y se alza para marcharse.
Pero, mientras se está volviendo hacia la puerta, ésta se ilumina del divino Resucitado, el cual, abiertas las palmas en gesto de abrazo, lo detiene diciendo:
-¡Paz a ti! ¡A vosotros, paz! Tú y Nicodemo quedaos donde estáis. José, si lo considera oportuno, puede marcharse. Aquí me tenéis, y digo la palabra solicitada: "Quiero que quedéis limpios de todo lo que hay de impuro todavía en vuestra fe". Mañana bajaréis a la ciudad. Iréis donde los hermanos. Esta noche he de hablar a los apóstoles, a ellos solos. Adiós. Y que Dios esté siempre con vosotros.
Manahén, gracias. Tú has creído más que éstos. Gracias por tanto, también a tu espíritu. A vosotros gracias por vuestra piedad. Haced que se transforme en una cosa más alta con una vida de intrépida fe.
Jesús desaparece tras una incandescencia deslumbradora.
Los tres están llenos de dicha, y desconcertados.
-¿Pero era Él? -pregunta José.
-¿Es que no has oído su voz? -responde Nicodemo.
-La voz… Puede tener voz también un espíritu… A ti,
Manahén, que estabas tan cerca de Él, ¿qué te ha parecido?
-Un verdadero cuerpo. Hermosísimo. Respiraba. Sentía su aliento. Y despedía calor. Y además… he visto las Llagas. Parecían acabadas de abrir. No manaban sangre, pero era carne viva.
¡Oh, dejad de dudar! No vaya a ser que os castigue. Hemos visto al Señor. Quiero decir, a Jesús, glorioso de nuevo, como requiere su Naturaleza. Y… nos sigue queriendo… En verdad, si ahora Herodes me ofreciera el reino, le diría: "Para mí es estiércol y polvo tu trono y tu corona. Lo que poseo no es superado por nada. Poseo el gozoso conocimiento del Rostro de Dios".
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
En una rica estancia, donde malamente logra filtrarse la luz exterior, llora Juana, desmayados sus miembros, sentada en un asiento junto a la baja cama cubierta con espléndidos cobertores.
Llora con un brazo apoyado en el borde del lecho y la frente sobre el brazo, estremecida por unos sollozos que deben romperle el pecho.
Cuando, con la fatiga del llanto, levanta un momento la cabeza, buscando aire, su cara está literalmente bañada en lágrimas, y se ve una vasta mancha húmeda en el cobertor precioso. Luego vuelve a reclinar la cabeza sobre el brazo y vuelve a verse de ella solamente el cuello, delgado y blanquísimo, la masa de sus cabellos morenos, los hombros -muy gráciles-y la parte superior del tronco. El resto se pierde en la penumbra que anula al cuerpo envuelto en un vestido morado-oscuro.
Sin descorrer la cortina ni entreabrir la puerta, entra Jesús; sin ruido, se acerca a ella. Roza sus cabellos con la Mano y pregunta con voz susurrante:
-¿Por qué lloras, Juana?
Y Juana, que debe creer que es su ángel el que le hace esta pregunta, y que no ve nada porque no levanta la cabeza del borde de la cama, con un llanto aún más desolado, expresa la causa de su tormento:
-Porque no tengo ni siquiera el Sepulcro del Señor para ir a verter mi llanto y no estar sola…
-Pero si ha resucitado. ¿No te sientes feliz de ello?
-¡Oh, sí! Pero todas lo han visto, menos yo y Marta. Y Marta lo verá, sin duda, en Betania… porque aquélla es casa amiga. La mía… la mía ya no lo es… Todo he perdido con su Pasión… He perdido a mi Maestro y también el amor de mi marido… Y su alma… porque no cree… no cree… y se burla de mí… y me impone no venerar siquiera la memoria de mi Salvador… para evitar su propio quebranto… Para él es más importante el interés humano… Yo… yo… yo no sé si seguir amándolo o si despreciarlo; no sé si obedecerle como esposa o desobedecerle -como querría mi alma-, por el desposorio, mayor, del espíritu con el Cristo a quien permanezco fiel… Yo… yo quisiera saber… ¿Y quién me aconseja, si ya la pobre Juana no puede ya llegar a Él? ¡Oh… para mi Señor la Pasión ha terminado!… Para mí, ha comenzado el Viernes, y sigue… ¡Es que soy muy débil y no tengo fuerza para llevar esta cruz!…
-¿Pero si Él te ayudara, querrías por Él llevarla?
-¡Sí! Si me ayuda, sí… Él sabe lo que es llevar solo la cruz… ¡Oh, piedad de mi desventura!…
-Sí. Yo sé lo que es llevar solo la cruz. Por eso he venido y estoy a tu lado. Juana, ¿comprendes quién es el que te está hablando? ¿Dices que tu casa ya no es amiga de Cristo? ¿Por qué? Él, el esposo terreno, es como un astro cubierto por una nube de miasmas humanos, pero tú sigues siendo Juana de Jesús. No te ha dejado el Maestro. Jesús no deja nunca a las almas que con Él se desposan.
Es siempre el Maestro, el Amigo, el Esposo… también ahora, que es el Resucitado. Alza la cabeza, Juana.
Mírame. En este momento de adoctrinamiento secreto, y más dulce que si me hubiera aparecido a ti como a las otras, te digo cuál debe ser tu conducta futura. La que deberá ser la de muchas hermanas tuyas. Ama con paciencia y sumisión a tu turbado esposo. Aumenta tu dulzura cuanto más alimente en sí amarguras de miedos humanos; aumenta tu luminosidad espiritual cuanto más genere por sí mismo sombras de terrenos intereses. Sé fiel por dos. Y sé fuerte en tu desposorio del espíritu. ¡Cuántas, en el futuro, deberán elegir entre la voluntad de Dios y la del esposo! Pero serán grandes cuando, por encima del amor y la maternidad, sigan a Dios. Tu pasión está comenzando. Sí. Pero ya ves que toda pasión termina en una resurrección…
Juana ha ido poco a poco levantando la cabeza. Sus sollozos se han ido espaciando más. Ahora mira, y ve, y se deja caer de rodillas, adorando y susurrando: -¡El Señor!
-Sí, el Señor. Ya ves que en este modo como he estado contigo no he estado con ninguna de ellas. Es que veo las necesidades particulares y valoro el auxilio que ha de prestarse a las almas que de mí esperan ayuda. Sube a tu calvario de esposa con la ayuda de mi caricia y de la de tu inocente. Ha entrado conmigo en el Cielo y me ha dado su caricia por ti. Yo te bendigo, Juana. Ten fe. Te he salvado. Tú salvarás si tienes fe.
Juana ahora sonríe, y se atreve a preguntar:
-¿No vas donde los niños?
-Los he besado al amanecer, mientras todavía dormían en su camita. Han creído que era un ángel del Señor. A los inocentes puedo besarlos cuando quiero. Pero no los he despertado para no turbarlos demasiado. Su alma conserva el recuerdo de mi beso… y lo transmitirá, a su debido tiempo, a la mente. Nada mío se pierde. Tú sé siempre una madre para ellos. Y siempre sé hija de mi Madre. No te separes nunca totalmente de Ella. Ella te recordará siempre, con suavidad materna, lo que fue nuestra amistad.
Y llévale los niños. Tiene necesidad de estar con niños para sentirse menos sola por la ausencia de su Hijo…
-Cusa no va a querer…
-Cusa te va a dejar actuar.
-¿Me va a repudiar, Señor?
Es un grito de nueva congoja.
-Es un astro eclipsado. Condúcelo de nuevo a la luz con tu heroísmo de esposa y de cristiana. Adiós. Aparte de a mi Madre, no hables a otros de esta visita mía. Las revelaciones también han de manifestarse a quien, y cuando, conviene hacerlo.
Jesús le sonríe radioso, y en su fulgor desaparece.
Juana se alza, enajenada, con opuestos sentimientos de alegría y pena, entre el temor de haber soñado y la certidumbre de haber visto. Pero lo que siente dentro le da seguridad. Va donde los niños, que están jugando tranquilos en la terraza de arriba, y los besa.
-¿Ya no lloras, mamá? -pregunta tímidamente María, que ya no es la pobre niña menesterosa, sino una grácil y delicada niñita, de vestido cuidado y pelito bien peinado; y Matías, moreno y esbelto, con su exuberancia de hombrecito, dice:
-Dime quién te hace llorar, que yo lo escarmiento.
Juana los recoge en un solo abrazo contra su pecho y, hablando sobre la cabecita castaña de María y los cabellos morenos de Matías, dice:
-Ya no lloro. Jesús ha resucitado y nos bendice.
-¿Entonces ya no sangra? ¿Ya no tiene dolor? -pregunta María.
-¡No seas ignorante! Di: ¡ya no está muerto!, ¡entonces ahora es feliz!… Porque estar muerto debe ser triste… -dice Matías.
-¿Entonces, mamá, ya no tenemos motivo para llorar? -pregunta María.
-No. Vosotros, inocentes, no. Alegraos con los ángeles.
-¡Los ángeles!… Esta noche, no sé en qué vigilia, he sentido una caricia y me he despertado diciendo: "¡Mamá!", pero no te llamaba a ti. Llamaba a mi mamá muerta, porque esa caricia era más ligera y dulce que las tuyas, y he abierto un momento los ojos. Pero he visto sólo una luz, muy grande, y he dicho: "Mi ángel me ha besado para consolarme por el gran dolor que tengo por la muerte del Señor" -dice María.
-Yo también. Pero tenía mucho sueño, y he dicho: "¿Eres tú?". Pensaba en mi ángel de la guarda y quería decirle: "Ve a besar a Jesús y a Juana, para que ya no tengan miedo". Pero no lo he conseguido. Me he vuelto a dormir, y he vuelto a soñar, y me parecía que estaba en el Cielo contigo y María. Luego ha venido ese terremoto y me he despertado asustado. Pero Ester me ha dicho: "No tengas miedo. Ya ha pasado". Y he seguido durmiendo.
Juana los besa de nuevo, y luego los deja con sus juegos serenos y va a la casa del Cenáculo.
Pregunta por María. Entra en su cuarto. Cierra la puerta y dice su gran noticia: -Lo he visto. A ti te lo digo. Me siento consolada y feliz. Ámame, porque Él ha dicho que debo estar unida a ti.
La Madre responde:
-Ya te he dicho que te quiero. Te lo he dicho el sábado. Ayer. Porque fue ayer… aunque parezca tan lejano de éste, de luz y sonrisa, ese día de llanto y tinieblas.
-Sí… Ya dijiste -ahora lo recuerdo-lo que Él ahora me ha repetido. Dijiste: "Nosotras las mujeres tendremos que actuar, porque nosotras hemos permanecido y los hombres han huido… Es siempre la mujer la que genera…". ¡Oh, Madre, ayúdame a generar a Cusa: ¡Él ha huido de la Fe!…
-Juana llora de nuevo.
María la toma entre sus brazos:
-Más fuerte que la fe es el amor. Es la virtud más activa. Con ella crearás el alma nueva de Cusa. No temas. Pero yo te ayudaré.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
El sol de una serena mañana abrileña llena de visos los bosques de rosas y jazmines del jardín de Lázaro.
Y los setos de boj y de laurel, el penacho de una alta palmera que ondea leve en el linde del paseo, el tupidísimo laurel que está junto al estanque de los peces, parecen lavados por una mano misteriosa, de tanto como el copioso rocío nocturno ha limpiado y regado las hojas, tan brillantes y limpias ahora, que parecen cubiertas por un esmalte nuevo.
Pero la casa calla como si estuviera llena de muertos. Las ventanas están abiertas, pero ninguna voz llega de las habitaciones (las cuales, con las cortinas cerradas, aparecen en penumbra), y tampoco ningún ruido.
Dentro, pasado el vestíbulo al que dan muchas puertas, todas abiertas -y es extraño ver sin ningún aparejo las salas que normalmente se usan para banquetes más o menos numerosos-, hay un amplio patio enlosado, rodeado de un soportal en el que hay, acá o allá, asientos. En éstos, e incluso sentados en el suelo, en esterillas o sobre el mismo mármol, hay numerosos discípulos. Entre ellos, veo a los apóstoles Mateo, Andrés, Bartolomé, los hermanos Santiago y Judas de Alfeo, Santiago de Zebedeo y los discípulos pastores con Manahén, además de a otros que no conozco. No veo ni al Zelote ni a Lázaro ni a Maximino.
Por fin veo a este último, que entra con algunos criados y distribuye a todos pan con alimentos varios, o sea, con aceitunas o queso, o miel, y también leche fresca para quien la quiere. Pero no hay ganas de comer, a pesar de que Maximino exhorte a todos a hacerlo. Y es que la postración es profunda.
Estos pocos días han excavado sus rostros, térreos a causa de la rojez producida por el llanto. Especialmente los apóstoles y los que huyeron desde las primeras horas muestran un aspecto deprimido; los pastores y Manahén, sin embargo, están menos postrados, o mejor: menos avergonzados, y Maximino aparece sólo virilmente afligido.
Entra casi corriendo el Zelote y pregunta:
-¿Está aquí Lázaro?
-No. Está en su habitación. ¿Qué quieres?
-En el linde del sendero, junto a la Fuente del sol, está Felipe. Viene de la llanura de Jericó. Está agotado. No quiere acercarse, porque… como todos, se siente pecador.
Pero Lázaro lo convencerá.
Se levanta Bartolomé y dice:
-Voy también yo…
Van donde Lázaro, el cual, cuando lo llaman, sale -lleno de aflicción su rostro-de la habitación semioscura, donde ha llorado y orado. Salen todos. Cruzan, primero, el jardín; luego, el pueblo por la parte que se dirige ya a las faldas del Monte de los Olivos; luego llegan al extremo del pueblo, por la parte donde termina el rellano elevado en que está construido.
Prosiguen ya sólo por el camino montano que baja y sube formando escalones naturales por las montañas que descienden gradualmente hacia la llanura, al este, y suben hacia la ciudad de Jerusalén, situada al oeste.
Ahí hay una fuente de amplia pila, en la que calman su sed ganados y hombres. El lugar se ve en esta hora solitario y fresco, porque hay mucha sombra de tupidos árboles en torno a la cisterna llena de un agua pura que se va renovando continuamente, descendiendo de algún manantial de montaña, un agua que al desbordarse mantiene húmedo el suelo.
Felipe está sentado en el borde más alto de la fuente, cabizcaído, despeinado, cubierto de polvo del camino, con unas sandalias rotas que le cuelgan de los pies excoriados.
Lázaro lo llama con piedad:
-¡Felipe, ven a mí! Amémonos por amor a Él. Debemos estar unidos en su Nombre. ¡Hacer esto todavía es amarlo!
-¡Oh, Lázaro! ¡Lázaro! Yo huí… y ayer, más allá de Jericó, supe que había muerto… Yo… no puedo perdonarme el haber huido…
-Todos lo hemos hecho. Menos Juan, que le ha sido fiel, y Simón, que nos ha reunido por orden suya, después de que habíamos huido como cobardes. Y… de nosotros, apóstoles, ninguno le fue fiel -dice Bartolomé.
-¿Y te lo puedes perdonar?
-No. Pero pienso expiar, como puedo, no cayendo en el abatimiento estéril. Debemos unirnos entre nosotros. Unirnos a Juan. Conocer las últimas horas de Jesús. Juan lo ha seguido siempre -responde a Felipe su compañero Bartolomé.
-Y no dejar que muera su Doctrina. Hay que predicársela al mundo. Mantener viva, al menos, la doctrina, dado que, demasiado cargados de lastres y demasiado tardos, no hemos sabido tomar las medidas oportunas con tiempo para salvarlo de sus enemigos -dice el Zelote.
-No podíais salvarlo. Nada podía salvarlo. Él me lo dijo. Lo repito otra vez -dice seguro Lázaro.
-¿Tú lo sabías, Lázaro? -pregunta Felipe.
-Lo sabía. Mi tortura ha sido el saber, desde el atardecer del sábado, por boca suya, cuál era su destino, y conocer los detalles, y saber cómo íbamos a reaccionar nosotros…
-No: tú no. Tú sólo has obedecido y sufrido. Nosotros hemos actuado como cobardes. Tú y Simón sois los sacrificados a la obediencia corta, sin vacilación alguna Bartolomé.
-Sí. A la obediencia. ¡Oh, qué duro es oponer resistencia al amor por obediencia al Amado! Ten, Felipe. En mi casa están casi todos los discípulos. Ven tú también.
-Me avergüenzo de que me vea el mundo, y mis compañeros…
-¡Todos somos iguales! -gime Bartolomé.
-Sí. Pero yo tengo un corazón que no se perdona.
-Eso es orgullo, Felipe. Ven. Él me dijo el atardecer del sábado: "Ellos no se perdonarán. Diles que Yo los perdono, porque sé que no son ellos, libremente, los que obran; sino que los descarría Satanás". Ven.
Felipe llora más fuerte, pero cede. Y, encorvado como si en pocos días se hubiera hecho viejo, va al lado de Lázaro hasta el patio donde todos lo están esperando. Y la mirada de él a sus compañeros y la de sus compañeros a él es la confesión más clara del abatimiento total en que se encuentran.
Lázaro lo advierte y dice:
-Una nueva oveja del rebaño de Cristo, atemorizada por la presencia de los lobos, y que huyó después de la captura del Pastor, ha sido recogida por el amigo de Jesús. A esta oveja dispersa, que ha conocido la amargura de la soledad, sin tener siquiera el consuelo de llorar el común error entre los hermanos, le repito yo el testamento de amor de Jesús.
Él, lo juro ante la presencia de los coros celestiales, me dijo, entre otras muchas cosas que vuestra presente debilidad no puede soportar (porque, verdaderamente, son de una desolación que desde hace diez días me laceran el corazón -y, si no supiera que mi vida es útil a mi Señor, aun siendo tan pobre y deficiente como es, me abandonaría a la herida de este dolor de amigo y discípulo que perdiéndolo a Él todo ha perdido-), me dijo:
"Los miasmas de la corrompida Jerusalén sacarán de sus cabales incluso a mis discípulos. Huirán e irán a ti". Efectivamente, como podéis ver, todos habéis venido.
Todos, Podría decir. Porque, menos Simón Pedro y el Iscariote, todos habéis venido a mi casa y a mi corazón de amigo. Dijo: "Reunirás, animarás a mis ovejas dispersas, les dirás que las perdono. Te confío mi perdón para ellos.
No se perdonarán el haber huido. Diles que no caigan en el pecado mayor de desesperar de mi perdón".
Esto dijo. Y yo el perdón suyo os he transmitido. Y he sentido rubor de daros en su Nombre esta cosa tan santa, tan suya, como es el Perdón, o sea, el Amor perfecto, porque perfectamente ama el que perdona al culpable. Este ministerio ha confortado mi áspera obediencia… Porque hubiera querido estar allí, como María y Marta, mis dulces hermanas. Y, si Él fue crucificado en el Gólgota por los hombres, yo aquí, os lo juro, estoy crucificado por la obediencia, y es un martirio muy congojoso.
Pero, si sirve para dar consuelo al Espíritu, si sirve para salvarle a sus discípulos hasta el momento en que Él los reúna para perfeccionarlos en la fe, yo inmolo una vez más mi deseo de ir al menos a venerar su Cadáver antes de que el tercer día muera.
Sé que dudáis. No debéis hacerlo. Yo conozco sus palabras del banquete pascual sólo por lo que vosotros me habéis referido. Pero, cuanto más las pienso, más alzo, uno a uno, estos diamantes de sus verdades y más siento que esos diamantes hacen segura referencia al mañana inmediato. El no puede haber dicho: "Voy al Padre y luego volveré" si verdaderamente no fuera a volver. No puede haber dicho: "Cuando me volváis a ver os llenaréis de gozo" si hubiera desaparecido para siempre. Él siempre dijo: "Resucitaré".
Vosotros me dijisteis que dijo: "Sobre las semillas que han sido depositadas en vosotros está para venir un rocío que las hará germinar, a todas, y luego vendrá el Paráclito, que las transformará en recios árboles". ¿No dijo eso? ¡Oh, no hagáis que esto se produzca sólo en el último de sus discípulos, en el pobre Lázaro, que sólo pocas veces estuvo con Él! Cuando vuelva, haced que encuentre germinadas sus semillas rociadas con su Sangre.
En mí hay todo un resplandor de luz, todo un irrumpir de
fuerzas desde la hora tremenda en que subió a la Cruz.
Todo se ilumina, todo nace y echa tallo. Ninguna palabra se me queda en su pobre significado humano, sino que todo lo que oí de su boca o referido acerca de Él, ahora toma vida, y realmente mi landa yerma se transforma en fértil cuadro de jardín en que toda flor lleva su Nombre y en que la savia extrae su vida de su Corazón bendito.
¡Yo creo, Cristo! Pero, porque éstos crean en ti, en todas tus promesas, en tu perdón, en todo lo que eres Tú, te ofrezco mi vida. ¡Inmólala, pero haz que tu Doctrina no muera! Quebranta al pobre Lázaro, pero reúne a los miembros dispersos del núcleo apostólico. Todo lo que Tú, quieras, en cambio de que se mantenga viva y para siempre tu Palabra, y a ella ahora y siempre se acerquen aquellos que sólo por ti pueden alcanzar la vida eterna.
Lázaro está realmente inspirado. El amor lo transporta muy alto. Y su arrobo es tan fuerte, que eleva también a sus compañeros: quién lo llama a la derecha, quién a la izquierda, como si fuera un confesor, un médico, un padre.
El patio de la rica casa de Lázaro me hace pensar, no sé por qué, en las moradas de los patricios cristianos en tiempos de persecución y de heroica fe…
Está inclinado hacia Judas de Alfeo, que no logra encontrar una razón para calmar su angustia de haber dejado a su Maestro y primo, cuando algo le hace erguirse de improviso. Mira a su alrededor y luego dice claramente:
-Voy Señor.
Es su palabra de diligente adhesión de siempre. Y sale, corriendo como detrás de alguien que lo amara y precediera.
Todos se miran asombrados, interrogativos unos con otros.
-¿Qué ha visto?
-¡Pero si no hay nada!
-¿Has oído una voz tú?
-Yo no.
-Yo tampoco.
-¿Y entonces? ¿Será que está otra vez enfermo Lázaro?
-Quizás… Ha sufrido más que nosotros, y a nosotros, cobardes, nos ha dado mucha fuerza. Quizás ahora ha caído en estado de delirio.
-Sí, tiene la cara muy desmejorada.
-Y sus ojos ardían cuando hablaba.
-Será Jesús, que lo ha llamado al Cielo.
-Sí, Lázaro le acababa de ofrecer la vida… Lo ha recogido enseguida como a una flor… ¡Oh, pobres de nosotros! ¿Qué haremos ahora?
Los comentarios son heterogéneos y dolorosos.
Lázaro cruza el vestíbulo, sale al jardín. Sigue corriendo, sonriendo, susurrando (y en su voz está su alma): «Voy, Señor».
Llega a una espesura de bojes que forman un verde rincón apartado y solitario (nosotros diríamos un cenador, verde), y cae de rodillas, rostro en tierra, gritando:
-¡Oh, mi Señor!
Y es que Jesús, en su belleza de Resucitado, está en el límite de este verde rincón y le sonríe… y le dice:
-Todo está cumplido, Lázaro. He venido a decirte "gracias, amigo fiel". He venido a decirte que digas a los hermanos que, inmediatamente, vayan a la casa de la Cena.
Tú -otro sacrificio, amigo, por amor a mí-, tú quédate, por el momento, aquí… Sé que ello te hace sufrir. Pero sé que eres generoso. María, tu hermana, está ya consolada, porque la he visto y me ha visto.
-Ya no sufres, Señor. Esto me compensa todos los sacrificios He… sufrido sabiendo que sufrías… y no estando…
-¡Estabas! Tu espíritu estaba al pie de mi Cruz, y estaba en la oscuridad de mi sepulcro. Tú me has llamado antes, como todos los que me han amado totalmente, de las profundidades en que estaba. Ahora te he dicho: "Ven, Lázaro".
Como en el día de tu resurrección. Pero tú hacía ya muchas horas que me decías: "Ven". He venido. Y te he llamado.
Para sacarte yo también de las profundidades de tu dolor. Ve. ¡Paz y bendición a ti, Lázaro! Crece en mi amor. Volveré aún.
Lázaro ha estado todo este tiempo de rodillas sin atreverse a hacer gesto alguno. La majestad del Señor, a pesar de estar suavizada con el amor, es tal, que paraliza el modo habitual de actuar de Lázaro.
Pero Jesús, antes de desaparecer en un torbellino de luz que lo absorbe, da un paso y roza con su Mano la frente fiel.
Es entonces cuando Lázaro se despierta de su arrobamiento gozoso. Se alza y corre presurosamente donde sus compañeros, con luminosidad de alegría en los ojos y luminosidad en la frente rozada por el Cristo, grita:
-¡Ha resucitado, hermanos! Me ha llamado. He ido. Lo he visto. Me ha hablado. Me ha dicho que os dijera que fuerais inmediatamente a la casa de la Cena. ¡Id! ¡Id! Yo me quedo aquí, porque Él así lo quiere. Pero mi júbilo es completo…
Y Lázaro, en su alegría, llora mientras anima a los apóstoles a ser los primeros en ir donde Él manda ir.
-¡Id! ¡Id! ¡Os requiere! ¡Os quiere! No le tengáis miedo… ¡Oh, más que nunca ahora es el Señor, la Bondad, el Amor!
También los discípulos se levantan… Betania se vacía. Se queda Lázaro con su gran corazón consolado…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 7
-Las oraciones ardientes de María anticiparon algo mi Resurrección.
Yo había dicho: "Al Hijo del hombre lo matarán, pero al tercer día resucitará". Había muerto a las tres de la tarde del viernes.
Tanto si calculáis los días por su nombre como si calculáis las horas, no era el alba dominical la que debía verme resucitar. En cuanto a horas, mi Cuerpo había estado sin vida treinta y ocho, en vez de setenta y dos; en cuanto a días, habría debido, al menos, llegar la tarde de este tercer día para decir que había estado tres días en la tumba.
Pero María anticipó el milagro. Como cuando con su oración abrió los Cielos algunos años antes respecto a la época fijada para dar al mundo su Salvación, así ahora Ella obtiene la anticipación de algunas horas para dar consuelo a su corazón agonizante.
Y Yo, al rayar el alba del tercer día, bajé como sol que desciende, y con mi fulgor derretí los sellos humanos, tan inútiles ante el poder de un Dios; con mi fuerza hice palanca para volcar la piedra inútilmente vigilada; con mi aparición creé un fulgor que echó por tierra a los tres veces inútiles soldados que habían sido puestos de guardia para custodia de una muerte que era Vida y que ninguna fuerza humana podía impedir que lo fuera.
Mucho más potente que vuestra corriente eléctrica, mi Espíritu entró como espada de Fuego divino a dar calor a los fríos restos mortales de mi Cadáver, y al nuevo Adán el Espíritu de Dios le sopló la vida, diciéndose a sí mismo: "Vive. Lo quiero".
Yo, que había resucitado a los muertos cuando no era sino el Hijo del hombre, la Víctima designada para cargar con las culpas del mundo, ¿no iba a poder resucitarme a mí mismo, ahora que era el Hijo de Dios, el Primero y el último, el Viviente eterno, Aquel que tiene en sus manos las llaves de la Vida y la Muerte? Y mi Cadáver sintió que la Vida volvía a Él.
Mira: respiro profundamente, como un hombre que se despierte después del sueño producido por una enorme fatiga. Y todavía no abro mis ojos. La sangre vuelve a circular, todavía poco rápida, en las venas, y devuelve el pensamiento a la mente. ¡Y venía de tan lejos! Mira: como en un hombre herido y sanado por una fuerza milagrosa, la sangre vuelve a las venas vacías, llena el Corazón, da calor a los miembros del Cuerpo, y las heridas se cierran, desaparecen cardenales y llagas, la fuerza vuelve. ¡Y estaba tan herido! Interviene la Fuerza y Yo quedo curado, me despierto, vuelvo a la Vida. Estuve muerto. ¡Ahora vivo! ¡Ahora me pongo en pie!
Me quito la mortaja, aparto de mí la capa de ungüentos. No los necesito para aparecer como Belleza eterna, como eterna Integridad. Me visto con vestiduras que no son de esta Tierra, sino que las ha tejido quien es mi Padre, Él, que teje la seda de las virginales azucenas. Estoy vestido de esplendor. Mi adorno son las llagas, que ya no -rezuman sangre sino que irradian luz, esa luz que será el gozo de mi Madre y de los bienaventurados, y el terror, la visión insoportable de los malditos y de los demonios en la Tierra y en el último día.
E1 ángel de mi vida de hombre y el ángel de mi dolor están postrados delante de mí y adoran mi Gloria. Están mis dos ángeles. Uno, para gozarse en la visión de su Custodiado, que ahora ya no tiene necesidad de la angélica defensa. El otro, que ha visto mis lágrimas, para ver mi sonrisa; que ha visto mi batalla, para ver mi victoria; que ha visto mi dolor, para ver mi dicha.
Y salgo al huerto lleno de capullos de flores y rocío. Y los manzanos abren sus corolas para formar un arco florecido sobre mi cabeza de Rey. Las hierbas hacen de alfombra de gemas y de corolas a mi pie, que vuelve a pisar la Tierra redimida después de haber sido alzado sobre ella para redimirla. Me saluda el primer sol, y el viento dulce de Abril, y la leve nube que pasa, rosácea como mejilla infantil, y los pájaros entre las frondas.
Soy su Dios. Me adoran.
Paso entre los soldados desvanecidos, símbolo de las almas en pecado mortal, que no oyen el paso de Dios.
¡Es Pascua, María! ¡Esto sí que es el "Paso del Ángel de Dios"! Su Paso de la muerte a la vida. Su Paso para dar Vida a los que creen en su Nombre. ¡Es Pascua! Es la Paz que pasa por el mundo. La Paz ya sin el velo de la condición de hombre; libre, completa en su restablecida eficiencia de Dios.
Y voy donde mi Madre. Muy justo es que vaya. Lo fue para mis ángeles, mucho más lo es para aquella que, además de custodiadora mía y consuelo mío, fue la que me dio la vida. Antes incluso de volver al Padre con mi figura humana glorificada, voy a mi Madre.
Voy con el fulgor de mi figura paradisíaca y de mis Gemas vivas. Ella me puede tocar, Ella puede besarlas, porque es la Pura, la Hermosa, la Amada, la Bendita, la Santa de Dios.
El nuevo Adán va donde la nueva Eva. El mal entró en el mundo a través de la mujer, y la Mujer lo ha vencido. El Fruto de la Mujer ha desintoxicado a los hombres de la baba de Lucifer. Ahora, si ellos quieren, pueden salvarse. Ha salvado a la mujer que tan frágil quedó después de la mortal herida.
Y después de a la Pura -a la que por derecho de santidad y maternidad es justo que vaya el Hijo-Dios-me presento a la mujer redimida, a la que es cabeza, representante de todas las femeniles criaturas a que he venido a liberar de la presa de la lujuria.
Para que les diga a ellas que se acerquen a mí para curarse; que tengan fe en mí: que crean en mi Misericordia que comprende y perdona; que para vencer a Satanás, que atormenta su carne, miren a mi Carne adornada con las cinco heridas.
No dejo que ella me toque. Ella no es la Pura, que puede tocar sin contaminar al Hijo que vuelve al Padre. Mucho debe purificar todavía con la penitencia. Pero su amor merece este premio.
Ella ha sabido resucitar por su voluntad del sepulcro de su vicio; estrangular a Satanás, que la tenía apresada; desafiar al mundo por amor a su Salvador; ha sabido despojarse de todo lo que no fuera amor; ha sabido ser sólo amor que se consume por su Dios. Y Dios la llama: "María". Oye cómo responde: "¡Rabbuní!". En ese grito está su corazón.
A ella, que lo ha merecido, le doy el encargo de ser la mensajera de la Resurrección. Y una vez más sufrirá el escarnio, leve escarnio, como si delirara. Pero no le importa nada a María de Magdala, a María de Jesús, el juicio de los hombres.
Me ha visto resucitado, y ello le produce una alegría que calma todo otro sentimiento.
¿Ves cómo amo a quien fue culpable, pero quiso salir de la culpa? Ni siquiera es a Juan al primero que me aparezco.
Me aparezco a la Magdalena. Juan había recibido ya de mí el grado de hijo. Podía recibirlo, porque era puro y podía ser hijo no sólo espiritual, sino también dador y receptor -a la Pura y de la Pura de Dios-de los cui-dados o necesidades que están ligados a la carne.
Magdalena, la resucitada a la Gracia, tiene la primera visión de la Gracia Resucitada.
Cuando me amáis hasta el punto de vencer todo por mí, Yo tomo vuestra cabeza y vuestro corazón enfermos entre mis manos traspasadas y espiro en vuestro rostro mi Poder. Y os salvo, os salvo, amados hijos. Y de nuevo aparecéis hermosos, sanos, libres, felices; volvéis a ser los amados hijos del Señor; hago de vosotros los portadores de mi Bondad en medio de los indigentes seres humanos, aquellos que les dais a ellos testimonio de mi Bondad, para convencerlos de ella y de mí.
Tened, tened, tened fe en Mí. Tened amor. No temáis. Que os infunda seguridad en el Corazón de vuestro Dios todo lo que ese Corazón ha padecido para salvaros.
Y tú, pequeño Juan (María Valtorta), sonríe después de haber llorado. Tu Jesús ya no sufre. Ya no hay ni Sangre ni heridas, sino que hay luz, luz, luz y alegría y gloria.
Que mi luz y mi alegría estén en ti hasta que llegue la hora del Cielo.