por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús camina entre pomares y olivares plenamente florecidos. Hasta las plateadas hojas de los olivos, aljofaradas de rocío, que brillan heridas por el primer rayo de la aurora y movidas por un ligero viento perfumado, parecen flores.
Las frondas de cada uno de los árboles son un trabajo de orfebre. La mirada observa maravillada su belleza. Los almendros, ya todos vestidos de su verdor, sobresalen de entre las masas blanco-rosadas de los otros árboles frutales, y, abajo, las vides muestran los festones de las primeras hojas tiernas, tan brillantes y sedosas que parecen una escama delgadísima de esmeralda o un jirón de seda preciosa. Arriba, un cielo de un color turquesa oscura, uniforme, plácido, solemne. Por todas partes, cantos de pájaros y perfumes de flores. Un aire fresco entona y alegra. Verdaderamente la alegría abrileña sonríe por todas partes.
Jesús está en medio de sus apóstoles. Los doce. Y está
hablando:
-He dicho a las mujeres que se adelanten porque quiero hablar a vosotros solos. Al principio os dije a los que estabais conmigo: "No inquietéis a mi Madre hablándo̜ de malas acciones contra su Hijo”. Aquéllas parecían acciones muy graves…
Ahora vosotros tres, testigos de las que supusieron el comienzo de la cadena con que será conducido a la muerte el Hijo del hombre -tú, Juan, tú, Símón, y tú, Judas de Keriot-, bien podéis ver que aquéllas eran comparables a un granito de arena que cae de arriba, respecto a la roca, a las roca que son las acciones de ahora. Pero entonces ni vosotros, ni Yo ni mi Madre, estábamos preparados en orden a la maldad humana. Mirad: tanto en el bien como en el mal el hombre no alcanza de improviso el máximo, sino que sube, o se hunde, por grados. Y lo mismo en el dolor.
Ahora, vosotros los buenos, habéis subido en el bien y podéis constatar -sin el escándalo que antes habríais sufrido-hasta qué punto de perversión puede bajar el hombre que se hace demonio, de la misma forma que Yo y mi Madre podemos soportar, sin morir por ello, todo el dolor que viene del hombre. Hemos robustecido nuestra alma. Todos. En el Bien, en el Mal o en el Dolor. Y todavía no hemos tocado la cima. Todavía no hemos tocado la cima…
¡Oh, si supierais cuál es la cima del Bien, del Mal, del Dolor, y lo altas que son! Pero os repito las palabras de entonces. No refiráis a mi Madre lo que el Hijo del hombre va a deciros ahora. Le causaría demasiado dolor. Los que están para ser ejecutados beben el compasivo preparado que aturde para poder esperar, sin trepidar en todo instante, la hora del suplicio… ¡Vuestro silencio será como el preparado compasivo para Ella, Madre del Redentor! Ahora Yo quiero, para que nada os quede oscuro, abriros el sentido de las profecías. (Éxodo 12, 1 – 14; 21-22; Isaías 42,1-9; Zacarías 9, 9-10)
Y os pido que estéis conmigo, mucho, mucho. Durante el día seré de todos. Por la noche os ruego que estéis conmigo porque Yo quiero estar con vosotros. Tengo necesidad de no sentirme solo…
Jesús está tristísimo. Los apóstoles lo ven y están angustiados. Se arriman alrededor de Él. También Judas sabe arrimarse al Maestro como si fuera el más afectuoso de los discípulos. Jesús los acaricia y prosigue:
-Quiero, en esta hora que todavía se me concede, ultimar el conocimiento del Cristo en vosotros. Al principio, con Juan, Simón y Judas, di a conocer la verdad de las profecías sobre mi nacimiento. Las profecías me han pintado, como no hubiera podido hacerlo el más excelso pintor, desde mi alba hasta mi ocaso. Es más, el alba y el ocaso son las dos fases más ilustradas por los profetas.
Ahora el Cristo bajado del Cielo, el Justo que las nubes han dejado llover sobre la Tierra, el Retoño sublime, muy pronto va a ser muerto, quebrantado como un cedro por el rayo. Vamos a hablar, pues, de su muerte. No suspiréis, no meneéis la cabeza. No murmuréis en vuestros corazones, no maldigáis a los hombres. No es de ningún provecho.
Subimos a Jerusalén. La Pascua ya está cercana.
“Este mes será para vosotros el primero de los meses del año.” Este mes será para el mundo el principio de un nuevotiempo, que jamás cesará. Inútilmente, de tanto en tanto, el hombre tratará de introducir en él otros nuevos.
Aquellos que quieran introducir un tiempo nuevo que lleve su nombre idolátrico serán fulminados y castigados. No hay más que un Dios en el Cielo y un Mesías en la Tierra: el Hijo de Dios: Jesús de Nazaret. Él, dando todo de sí, todo lo puede querer, y pone su regio sello no sobre aquello que es carne y fango, sino sobre lo que es tiempo y espíritu.
“El décimo día de este mes tomen todos un cordero por familia y casa. Y, si no basta el número de las personas de la casa para consumir el cordero, tome a su vecino con los suyos hasta poderlo consumir entero". Porque el sacrificio y la víctima han de ser completos y deben ser consumidos. Ni una miga debe quedar de ellos. No quedará.
Demasiados son los que van a nutrirse del Cordero. Un número sin número, para un banquete sin límite de tiempo; y no es necesario nuevo fuego para consumir los restos porque no hay restos. Aquellas partes que serán ofrecidas pero que serán rechazadas por el odio serán consumidas por el fuego mismo de la víctima, por su amor.
Hombres, os amo. Vosotros, doce amigos míos elegidos por mí mismo, vosotros en quienes están las doce tribus de Israel y las trece venas de la Humanidad. Todo lo he reunido en vosotros y todo en vosotros veo reunido… Todo.
-Pero en las venas del cuerpo de Adán está también la de Caín. Ninguno de nosotros ha alzado la mano contra su compañero. ¿Dónde está entonces Abel? -pregunta Judas Iscariote.
-Tú lo has dicho. En las venas del cuerpo de Adán está también la de Caín. Y el Abel soy Yo. El dulce Abel pastor de rebaños, grato al Señor porque ofrecía sus primicias y lo que no tenía imperfección, y la primera de sus ofrendas: él mismo. Os amo, hombres. Aunque no me amáis, os amo. El amor acelera y cumple la obra de los sacrificadores.
"Que el cordero sea sin mancha, macho, de un año.” No hay tiempo para el Cordero de Dios. Él es. Igual en el último día que como era en el primero de esta Tierra. Aquel que es como el Padre no conoce en su divina naturaleza envejecimiento. Y su Persona conoce una sola vejez, un solo cansancio: la desilusión de haber venido en vano para demasiados.
Cuando sepáis cómo fui matado -y los ojos que verán a su Señor convertido en leproso cubierto de llagas ahora brillan de llanto a mi lado, y ya no ven esta risueña colina porque el llanto los ciega con su líquida visera-decid, sí, decid: "No de esto murió, sino de haber sido ignorado por aquellos a quienes más quería y de haber sido rechazado por demasiada humanidad".
Pero si no tiene tiempo el Hijo de Dios y, por tanto, difiere del codero del rito, es como él por carecer de mancha y ser varón consagrado al Señor. Sí. Inútilmente los verdugos, los que me maten con las armas, o con la voluntad, o con la traición, intentarán justificarse a sí mismos diciendo: "Era culpable". Ninguno que sea sincero puede acusarme de pecado. ¿Podéis hacerlo vosotros?
Estamos frente a la muerte. Yo lo estoy. Otros también lo están.
¿Quiénes? ¿Quieres saber quiénes, Pedro? Todos. La muerte avanza hora a hora y aferra a quien menos se lo espera. Pero es que incluso aquellos que tienen todavía mucha vida que tejer, hora a hora están frente a la muerte, pues que el tiempo es un relámpago respecto a la eternidad y en la hora de la muerte hasta la vida más larga se reduce a nada, y las acciones de lejanos decenios, hasta los de la primera edad, vuelven en masa para decir:
"Mira: ayer hacías esto". ¡Ayer! ¡Siempre es ayer cuando uno se muere! ¡Y siempre es polvo el honor y el oro que tanto anheló la criatura! ¡Pierde todo sabor el fruto por el que se perdió el juicio! ¿La mujer? ¿La bolsa? ¿El poder? ¿La ciencia? ¿Qué queda? ¡Nada! Sólo la conciencia y el juicio de Dios, juicio al que la conciencia va pobre de riquezas, desnuda de humanas protecciones, cargada sólo de sus obras.
“Tomen su sangre y tiñan con ella jambas y arquitrabe y el Ángel no arremeterá, a su paso, contra las casas en que estéel signo de la sangre". Tomad mi Sangre. Ponedla, no en las piedras muertas, sino en el corazón muerto. Es la nueva circuncisión. Y Yo me circuncidé por todo el mundo. No sacrifico la parte inútil, sino que quebranto mi magnífica, sana, pura virilidad, completamente la sacrifico, y de los miembros mutilados, de las venas abiertas, tomo mi Sangre, y trazo sobre la Humanidad anillos de salvación, anillos de eternos desposorios con el Dios que está en los Cielos, con el Padre que espera, y digo: "Mira, ahora no puedes rechazarlos porque rechazarías tu Sangre".
"Y Moisés dijo: “… y luego sumergid un manojo de hisopo en la sangre y asperjad con sangre las jambas”'. ¿No basta
entonces la sangre? No basta. A mi sangre debe unirse vuestro arrepentimiento. Sin el arrepentimiento, amargo y saludable, inútilmente Yo para vosotros moriré.
Ésta es la primera palabra que en el Libro habla del Cordero redentor. Pero están presentes estas palabras en todo el Libro. De la misma manera que, con cada vez que el Sol nace, más espeso se hace el florecimiento en estas ramas, así, a medida que un año va sucediendo al otro y se aproxima el tiempo de la Redención, el florecimiento de palabras se hace más tupido.
Y ahora Yo, con Zacarías, os digo, a vosotros por Jerusalén: "Ved al Rey que viene lleno de mansedumbre cabalgando una asna y un pollino. Él es pobre". Pero disperderá a los poderosos que oprimen al hombre. Es manso, y, no obstante, su brazo alzado para bendecir vencerá sobre el demonio y la muerte. "Él anunciará la paz, porque es el Rey, de la paz.” Estando clavado,
extenderá su dominio de mar a mar. "Él, que no grita, que no quebranta, que no extingue al que no es luz sino humo, al que no es fuerza sino debilidad, al que merece toda reprensión, Él, hará justicia según la verdad.” Tu Mesías, oh ciudad de Sión, tu Mesías, oh pueblo del Señor, tu Mesías, oh pueblo de la Tierra.
"Sin tristeza y sin mostrarse turbulento.” Y vosotros veis que no tengo la tristeza apesadumbrada del vencido, ni la
rencorosa del perverso, sino solamente la seriedad de quien ve hasta qué punto puede llegar la posesión de Satanás en el hombre; y veis cómo, pudiendo reducir a cenizas y desbaratar con una sola pulsación de mi voluntad, he tendido las manos como invitación de amor, a todos, sin descanso. ¡Y otra vez las alargaré, y serán heridas! "Sin tristeza ni turbulencia, conseguiré establecer mi Reino". Ese Reino de Cristo en que reside la salvación del mundo.
Me dice el Padre, Señor eterno: "Te he llamado, te he tomado de la mano, te he establecido como alianza entre los pueblos y Dios, te he hecho luz de las naciones". Y Luz he sido. Luz para abrir los ojos a los ciegos, palabra para dar el habla a los sordos, llave para abrir las mazmorras subterráneas de los que estaban en las tinieblas del error.
Y ahora, Yo que soy todo esto, voy a la muerte. Entro en la oscuridad de la muerte. La muerte, ¿comprendéis?… Estas primeras cosas anunciadas, que se están cumpliendo, las digo Yo también con el profeta; las otras os las diré antes de que nos separe el Demonio. Allí en el fondo está Sión. Id por la asna y el pollino. Decidle al hombre: "Son necesarios para el Rabí Jesús. Y decid a mi Madre que estoy llegando. Ella está allá, en aquel rellano, con las Marías; me está esperando. Es mi triunfo humano… Que sea también su triunfo. Unidos siempre. ¡Oh, unidos!…
¿Y quién es ese corazón de hiena que con un golpe de su pata armada de uñas separa el corazón del corazón materno: a mí, a su Hijo? ¿Un hombre? No. Todo hombre nace de una mujer. Por reflejo instintivo y por reflejo moral, no puede arremeter contra una madre porque piensa en la "suya".
Un hombre, pues, no es. ¿Quién, entonces? Un demonio. ¿Pero puede un demonio agredir a la Vencedora? Para agredirla debe tocarla. Y Satanás no soporta la luz virginal de la Rosa de Dios. ¿Y entonces? ¿Quién creéis que es? ¿No habláis? Yo entonces lo digo. El demonio más astuto se ha fundido con el hombre más degenerado y, como el veneno en los dientes del áspid, así está cerrado dentro de él, que puede acercarse a la Mujer, y así, traidoramente, morderla.
¡Maldito sea el híbrido monstruo que es Satanás y que es hombre! ¿Lo maldigo? No. No es propia del Redentor esta palabra. Entonces digo al alma de este híbrido monstruo lo que dije a Jerusalén, monstruosa ciudad de Dios y de Satanás: "¡Oh, si en esta hora que todavía se te concede supieras venir a tu Salvador!". ¡No hay amor mayor que el mío! Ni tampoco mayor poder. También el Padre consiente, si Yo digo: "Quiero", y Yo no sé pronunciar sino palabras de piedad para los que han caído y me tienden los brazos desde su abismo.
Alma del mayor pecador, tu Salvador, ante el umbral de la muerte, se inclina hacia tu abismo y te invita a tomar su mano. No será impedida mi muerte… Pero tú… pero tú, a quien amo aún… te salvarías. Y el alma de tu Amigo no se estremecería de horror al pensar que por obra de su amigo conoce el horror del morir, y de este morir… Jesús calla… agobiado…
Los apóstoles hablan en voz baja y se preguntan:
-¿Pero de quién habla? ¿Quién es?
Y Judas, descarado en el mentir:
-Sin duda es uno de los falsos fariseos… Yo creo que José o Nicodemo, o Cusa o Manahén… A todos les preocupan los primeros puestos y las riquezas… Sé que Herodes… Y sé que el Sanedrín. ¡Él se ha fiado de ellos demasiado! ¡Fijaos como ayer tampoco estaban presentes! No tienen el valor de hacerle frente…
Jesús no oye. Ha ido adelante y ha llegado donde su Madre, que está con las Marías y con Marta y Susana. Sólo falta Juana de Cusa en el grupo de las pías mujeres.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Judas llega de noche a la casa que Caifás tiene en el campo. Pero hay Luna, una Luna que hace de cómplice al asesino iluminándole el camino. Debe estar bien seguro de encontrar allí, en aquella casa de fuera de las murallas, a quienes busca, porque, en el caso contrario, pienso que habría tratado de entrar en la ciudad e ir al Templo. Sin embargo, sube seguro entre los olivos del pequeño collado.
Se siente más seguro esta vez que la pasada, porque ahora es de noche, y las sombras y la hora lo protegen de toda posible sorpresa. Los caminos de los campos ya están desiertos, tras haber sido recorridos todo el día por las muchedumbres de los peregrinos que van a Jerusalén para la Pascua. Hasta los pobres leprosos están en sus grutas y duermen sus sueños de infelices, olvidados durante alguna hora de su sino.
Ya está Judas delante de la puerta de la casa, que albea con la luz de la Luna. Llama. Tres golpes, un golpe, tres golpes, dos golpes… ¡Sabe a las mil maravillas hasta la señal convencional! Y debe ser verdaderamente una señal segura, porque la puerta se entreabre sin que previamente el portero mire por el ventanillo practicado en la puerta.
Judas se introduce rápidamente, y, al criado portero que lo saluda con deferencia, le pregunta:
-¿La asamblea está reunida?
-Sí, Judas de Keriot. Podría decir que está completa.
-Llévame a ellos. Tengo que hablar de cosas importantes. ¡Rápido!
El hombre cierra con todos los cerrojos la puerta y precede a Judas por el pasillo semioscuro. Se para ante una pesada puerta y llama. El rumor de las voces cesa en la sala cerrada y es sustituido por el ruido de la cerradura y el chirriar de la puerta, que al abrirse proyecta un cono de luz viva en el pasillo oscuro.
-¿Tú? ¡Entra! -dice el que ha abierto la puerta (no sé quién es). Y Judas entra en la sala mientras el que le ha abierto cierra con llave de nuevo.
Hay una reacción de estupor, o, por lo menos, de turbación, al ver entrar a Judas. Pero lo saludan en coro:
-La paz a ti, Judas de Simón.
-La paz a vosotros, miembros del Sanedrín santo -saluda Judas.
-Acércate. ¿Qué quieres? -le preguntan.
-Deciros algo… Hablaros del Cristo. Ya no es posible continuar así. Yo ya no puedo seguir sirviéndoos de ayuda, si no os decidís a tomar decisiones extremas. Ese hombre ya sospecha.
-¿Te has dejado descubrir, necio? -le interrumpen.
-No. Necios vosotros, vosotros que por una estúpida prisa habéis dado pasos errados. ¡Bien sabíais que os habría servido! No os habéis fiado de mí.
-¡Tienes memoria lábil, Judas de Simón! ¿No recuerdas cómo nos dejaste la última vez? ¿Quién podía pensar que nos eras fiel, a nosotros, proclamando de esa manera que no podías traicionarlo? – dice Elquías, irónico, más que nunca serpentino.
-¿Y creéis que es fácil llegar a engañar a un amigo, al único que verdaderamente me ama, al Inocente? ¿Creéis que es fácil llegar al delito?
Judas está ya turbado.
Tratan de calmarlo. Emplean la lisonja. Y lo seducen, o, al menos, tratan de seducirlo, haciéndole observar que eso suyo no es un delito, «sino -esto dicen-una obra santa para con la Patria, a la que evita represalias de los dominadores, que ya dan señales de intolerancia por esas continuas agitaciones y divisiones de partidos y de la gente en una provincia romana; y para con la Humanidad, si es que -le dicen-está verdaderamente convencido de la naturaleza divina del Mesías y de su misión espiritual».
-Si es verdad lo que Él dice -lejos de nosotros el creerlo-, ¿no eres tú el colaborador de la Redención? Tu nombre estará asociado al suyo para todos los siglos venideros, y la Patria te contará entre sus hombres de pro, y te honrará con los más altos cargos. Tienes preparado un sitial entre nosotros. Subirás, Judas. Darás leyes a Israel.
¡No olvidaremos lo que hiciste por el bien del sacro Templo, del sacro Sacerdocio, por la defensa de la Ley santísima, por el bien de toda la Nación! Solamente ayúdanos, y luego -te lo juramos, te lo juro yo en nombre del poderoso padre mío y de Caifás, que lleva el efod-, tú serás el hombre más grande de Israel. Más que los tetrarcas, más que mi propio padre, ya relevado como Pontífice. Como un rey serás servido, como un profeta serás escuchado. Y si luego Jesús de Nazaret no fuera más que un falso Mesías -aunque, en realidad, no se le podría condenar a muerte, porque sus acciones no son las de un bandolero sino las de un demente-, te recordamos las palabras inspiradas de Caifás pontífice -tú sabes que quien lleva el efod y el racional habla por inspiración divina y profetiza el bien y lo que hay que hacer para el bien-, Caifás, ¿recuerdas?, Caifás dijo:
"Conviene que un hombre muera por el pueblo y no perezca toda la Nación". Fueron palabras de profecía.
-En verdad lo fueron. El Altísimo habló por boca del Sumo Sacerdote. ¡Sea obedecido! -dicen en coro -sin duda con teatralidad y como autómatas que deben hacer esos determinados gestos-esas ruines marionetas de los miembros del gran consejo del Sanedrín.
Judas está sugestionado, seducido… pero todavía una pequeña raíz de buen sentido, si no de bondad, queda en él, y le retiene para no pronunciar las palabras fatales.
Rodeándolo con deferencia, con simulado afecto, le apremian:
-¿No nos crees? Mira: somos los jefes de las veinticuatro familias sacerdotales, los Ancianos del pueblo, los escribas, los más encumbrados fariseos de Israel, los sabios rabíes, los magistrados del Templo. Lo más selecto de Israel está aquí, en torno a ti, y estamos dispuestos a aclamarte, y, a una voz, te decimos: "Haz esto, que es santo".
-¿Gamaliel dónde está? ¿José y Nicodemo dónde están? ¿Dónde está Eleazar el amigo de José; dónde, Juan de Gahas? No los veo.
-Gamaliel, haciendo una fuerte penitencia; Juan, con su mujer, que está encinta y está mal esta noche; Eleazar… no sabemos por qué no ha venido, pero cualquiera puede sentirse mal de improviso, ¿no te parece? Respecto a José y Nicodemo, no los hemos avisado de esta sesión secreta, por amor a ti, por cuidado de tu honor… Para que, en el infortunado caso de que la cosa fallara, tu nombre no fuera referido al Maestro… Nosotros tutelamos tu nombre.
Nosotros te amamos, Judas, nuevo Macabeo salvador de la Patria. (Cuyas gestas están narradas en: 1 Macabeos 3-9; 2 Macabeos 8-15)
-Macabeo combatió la buena batalla. Yo… cometo una traición.
-No observes las particularidades del acto, sino la justicia del fin. Habla tú, Sadoq, escriba de oro. De tu boca fluyen valiosísimas palabras. Si Gamaliel es docto, tú eres sabio, porque en tus labios está la sabiduría de Dios. Háblale tú a este que todavía vacila.
Ese mal bicho de Sadoq se acerca, y con él el decrépito Cananías: un zorro esqueletado y moribundo junto a un astuto chacal fuerte y feroz.
-¡Escucha, hombre de Dios! -empieza pomposamente Sadoq tomando una pose inspirada y retórica: el brazo derecho, ciceronianamente, extendido hacia delante; el izquierdo ocupado en sujetar todo ese embarazo de pliegues que constituye su vestidura de escriba. Y luego levanta también el brazo izquierdo, dejando que su monumento de vestiduras se desarregle y desordene. Y así, cara y brazos alzados hacia el techo de la estancia, dice con voz potente:
-¡Yo te lo digo! ¡Te lo digo ante la Altísima Presencia de Dios!
-¡Maran-Athá! (expresión que significa “Así sea”- también puede corresponder a una invocación aramea al Señor como en Corintios 16, 22)-hacen coro todos, inclinándose como si un soplo supremo los plegara, para enderezarse luego con los brazos recogidos sobre el pecho.
-Yo te lo digo: ¡Está escrito en las páginas de nuestra historia y de nuestro destino! ¡Está escrito en los signos y en las figuras transmitidos por los siglos! ¡Está escrito en el rito que no conoce interrupción desde aquella noche fatal para los egipcios! ¡Está escrito en la figura de Isaac! Está escrito en la figura de Abel. Y… lo que está escrito cúmplase.
-¡Maran-Athá! -dicen los otros haciendo coro, un coro bajo y lúgubre, sugestionador, con los gestos de antes, iluminadas caprichosamente sus caras por la luz de las dos lámparas encendidas en los extremos de la sala, unas lámparas de mica pálidamente violácea que emanan una luz fantasmagórica. Y verdaderamente esta reunión de hombres, casi todos vestidos de blanco, con las coloraciones pálidas trigueñas de su raza, ahora aún más pálidos y trigueños por la luz difusa, parece realmente una reunión de espectros.
-La palabra de Dios ha descendido a los labios de los profetas para signar este decreto. ¡Debe morir! ¡Está escrito!
-¡Está escrito! ¡Maran-Athá!
-¡Debe morir, su suerte está signada!
-Debe morir. ¡Maran-Athá!
-Su destino fatal está descrito hasta en sus más pequeños detalles. ¡Y el sino no se quebranta!
-¡Maran-Athá!
-Hasta está establecido el precio simbólico que se entregará al que se haga instrumento de Dios para el cumplimiento de la promesa.
-¡Está establecido! ¡Maran-Athá!
-¡Como Redentor o como falso profeta, Él debe morir!
-¡Debe morir. ¡Maran-Athá!
-¡La hora ha llegado! ¡Yeohveh lo quiere! ¡Yo oigo su voz! Esa voz grita: "¡Cúmplase esto!".
-¡El Altísimo ha hablado! ¡Cúmplase! ¡Cúmplase! ¡Maran-Athá!
-Que el Cielo te fortalezca como fortaleció a Yael y Judit, que siendo mujeres supieron ser heroínas; como fortaleció a Jefté, que siendo padre supo sacrificar a su hija a la Patria; como fortaleció a David contra Goliat. ¡Y cumple el gesto que hará eterno a Israel en la memoria de los pueblos!
-Que el Cielo te fortalezca. ¡Maran-Athá!
-¡Sal vencedor!
-¡Sal vencedor! ¡Maran-Athá!
Se eleva la ronca voz senil de Cananías:
-¡El que titubea ante la orden sagrada queda condenado al deshonor y a la muerte!
-Queda condenado. ¡Maran-Athá!
-Si no quieres escuchar la voz del Señor Dios tuyo, y no llevas a cabo su mandato y lo que Él por boca nuestra te ordena, ¡véngante todas las maldiciones!
-¡Todas las maldiciones! ¡Maran-Athá!
-Que el Señor te castigue con todas las maldiciones mosaicas, y te disgregue entre las gentes.
-¡Te castigue y te disgregue! ¡Maran-Athá!
Un silencio de muerte sigue a esta escena sugestionadora… Todo queda suspendido en una inmovilidad terrorífica.
Y al fin se oye alzarse la voz de Judas, y casi, de tan transformada como está, me cuesta reconocerla:
-Sí. Yo lo haré. Lo debo hacer. Y lo haré. Ya la última parte de las maldiciones mosaicas es mi parte y debo salir de ellas porque ya demasiada demora he tenido. Estoy volviéndome loco y no tengo tregua ni descanso; mi corazón está amedrentado; mi mirada, perdida; mi alma, consumida por la tristeza. Temiendo ser descubierto en mi doble juego y fulminado por Él -yo no sé, yo no sé hasta qué punto conoce Él mi pensamiento-, veo mi vida pendiente de un hilo, y mañana, tarde y noche invoco que termine este momento por el terror que amedrenta mi corazón. Por el horror que debo llevar a cabo. ¡Oh, acelerad este momento!
¡Sacadme de estas angustias mías! Cúmplase todo. ¡Enseguida! ¡Ahora! ¡Y yo sea liberado! ¡Vamos!
La voz de Judas, a medida que ha ido hablando, se ha ido afirmando y haciendo fuerte. El gesto, antes automático e inseguro, como de sonámbulo, se ha hecho libre, voluntario. Se yergue en toda su altura, satánicamente bello, y grita:
-¡Suéltense los lazos del demencial terror! Libre estoy de la sujeción aterradora. ¡Cristo, ya no te temo y te entrego a tus enemigos! ¡Vamos!
Un grito de demonio victorioso. Y verdaderamente se encamina con arrogancia hacia la puerta.
Pero lo paran:
-¡Calma! Respóndenos: ¿Dónde está Jesús de Nazaret?
-En la casa de Lázaro. En Betania.
-No podemos entrar en esa casa que cuenta con siervos fieles. Es la casa de un favorito de Roma. Nos buscaríamos complicaciones seguras.
-Al amanecer vendremos a la ciudad. Poned la guardia en el camino de Betfagé, cread tumulto y prendedlo.
-¿Cómo sabes que viene por ese camino? Podría tomar el otro…
-No. Ha dicho a sus seguidores que entrará por ese camino en la ciudad, por la puerta de Efraím, y que estuvieran esperándolo en En Rogel. Si lo capturáis antes…
-No podemos. Deberíamos entrar en la ciudad con Él entre la guardia, y todos los caminos que conducen a las puertas y todas las calles de la ciudad están llenos de gente desde el alba hasta la noche. Se produciría tumulto, y eso no debe suceder.
-Subirá al Templo. Llamadlo para interrogarlo en una sala. Llamadlo en nombre del Sumo Sacerdote. Él irá porque tiene más respeto hacia vosotros que hacia su vida. Una vez que esté solo con vosotros… no os faltará la manera de llevarlo a lugar seguro y condenarlo en la hora propicia.
-Igualmente se produciría tumulto. Habrías debido darte cuenta de que la multitud está fanática por Él. Y no sólo el pueblo, sino también los grandes y los que son las esperanzas de Israel. Gamaliel pierde sus discípulos. Lo mismo Jonatán ben Uziel. Y otros de entre nosotros. Todos, seducidos por Él, nos dejan. Hasta los gentiles lo veneran, o le temen -lo cual es ya veneración-, y están dispuestos a alzarse contra nosotros si lo maltratamos.
Entre otras cosas, algunos bandoleros, a los que pagábamos para ser falsos discípulos y suscitar disputas, han sido arrestados y han hablado. Esperan clemencia por la delación. Y el Pretor está al corriente… Todo el mundo lo sigue mientras nosotros no concluimos nada. No. Hay que actuar con sutileza, para que no se den cuenta las turbas.
-Sí. ¡Así hay que actuar! Anás también da esta advertencia. Dice "Que no suceda durante la fiesta y no se cree tumulto entra el pueblo fanático". Esto ha ordenado, y ha dado disposiciones también para que sea tratado con respeto en el Templo y en otros lugares y que no sea molestado y así poder llevarlo a una encerrona.
-¿Y entonces qué queréis hacer? Yo estaba ya bien decidido para esta noche, pero vosotros titubeáis… -dice Judas.
-Mira: deberías llevarnos donde Él a una hora en que esté solo. Tú conoces sus costumbres. Nos has escrito que a ti, de todos, es al que más cerca tiene. Por tanto, sabrás lo que Él quiere hacer. Estaremos siempre preparados. Cuando juzgues propicia la hora y el lugar, vienes y nosotros vamos.
-Así quedamos. ¿Cuál será mi retribución?
Ya Judas habla fríamente, como si se tratara de un trato comercial cualquiera.
-Lo que dicen los profetas, para ser fieles a la palabra inspirada: treinta monedas… (Zacarías 11, 12-13)
-¿Treinta monedas por matar a un hombre, y además a ese Hombre? ¡¿El precio que tiene un cordero común en estos días de fiesta?! ¡Estáis locos! No es que yo tenga necesidad de dinero. Tengo buenas reservas. Así que no penséis que me convencéis por ansia de dinero. Pero es demasiado poco para pagar mi dolor de traicionar a Aquel que me ha amado siempre.
-¡Pero si ya te hemos dicho que recibirás de nosotros gloria y honores! Lo que esperabas de Él y no has recibido. Nosotros medicaremos tu desilusión. ¡Pero el precio está fijado por los profetas! ¡Es una formalidad! Es un símbolo, nada más. El resto vendrá después…
-¿Y el dinero cuándo?
-En el momento en que nos digas: "Venid". No antes. Nadie paga antes de tener en sus manos la mercancía. ¿Es que no te parece justo?
-Es justo. Pero, al menos, triplicad la suma…
-No. Así está dicho por los profetas. Así se debe hacer.
¡Oh, sí que sabremos obedecer a los profetas! No omitiremos ni una jota de lo que han escrito acerca de Él. ¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Nosotros somos fieles a la palabra inspirada! Je! ¡Je! ¡Je! -se ríe ese nauseabundo esqueleto que es Cananías.
Y muchos le hacen coro con risas lúgubres, bajas, insinceras, verdaderos caquinos de demonios que no saben sino reírse burlonamente. Porque la sonrisa es propia del corazón sereno y amante; la risa burlona, de los corazones turbados y saturados de malignidad.
-Todo está dicho. Puedes marcharte. Esperaremos al alba para regresar a la ciudad por distintos caminos. Adiós. La paz sea contigo, oveja perdida que vuelves al rebaño de Abraham. ¡La paz a ti! ¡La paz a ti! ¡Y el reconocimiento de todo Israel! ¡Cuenta con nosotros! Tus deseos son leyes para nosotros.
¡Que Dios te acompañe, como acompañó a todos sus siervos más fieles! ¡Que desciendan sobre ti todas las bendiciones!
Le acompañan, con abrazos y manifestaciones de amor, hasta la puerta… lo miran mientras se aleja por el pasillo semioscuro… oyen el ruido de hierros de los cerrojos del portón que se abre y después se cierra.
Vuelven a la sala con gran contento.
Sólo dos o tres voces se alzan. Son las de los menos demoníacos:
-¿Y ahora? ¿Qué haremos respecto a Judas de Simón? ¡Bien sabemos que no podemos darle lo que le hemos prometido, aparte de esas pobres treinta monedas!… ¿Qué va a decir cuando se vea traicionado? ¿No habremos hecho un daño mayor? ¿No irá diciendo al pueblo lo que hicimos? Sabemos que es un hombre de pensamiento no firme
-¡Bien ingenuos y necios sois teniendo estos pensamientos y creándoos estas angustias! Ya está determinado lo que haremos con Judas. Determinado desde la otra vez. ¿No os acordáis? Y nosotros no cambiamos nuestro pensamiento.
Cuando todo haya terminado con el Cristo, Judas morirá. Está dicho.
-¿Pero y si hablara antes?
-¿A quién? ¿A los discípulos y al pueblo, para que lo apedreen? No hablará. El horror de su acción lo amordaza…
-Pero podría arrepentirse en el futuro, tener remordimientos, incluso perder el juicio… Porque su remordimiento, si se despertara, lo volvería loco; no puede ser de otra manera…
-No tendrá tiempo. Tomaremos antes las medidas oportunas.
Cada cosa a su tiempo. Primero el Nazareno y luego el que lo ha traicionado -dice lentamente, terriblemente, Elquías.
-Sí. ¡Y atentos! Ni una palabra a los ausentes. Ya demasiado han sabido de nuestro pensamiento. No me fío de José ni de Nicodemo. Y poco de los otros.
-¿Dudas de Gamaliel?
-Gamaliel se ha segregado de nosotros ya hace muchos meses. Sin una expresa orden pontifical, no asistirá a nuestras reuniones. Dice que está escribiendo su obra con la ayuda de su hijo. Pero me refiero a Eleazar y a Juan.
-¡Nunca se han opuesto a nosotros! -responde al momento un Anciano que he visto otras veces con José de Arimatea, pero cuyo nombre no recuerdo.
-No. Es que se han opuesto demasiado poco. ¡Je! ¡Je! ¡Je! ¡Y habrá que vigilarlos! Muchas sierpes se han anidado en el Sanedrín, yo creo… ¡Je! ¡Je! ¡Je! Pero serán desanidadas… ¡Je! ¡Je! ¡Je! -dice Cananías mientras va encorvado y tembloroso, apoyado en su bastón, a buscarse un cómodo lugar en uno de los anchos y bajos asientos cubiertos de gruesos tapetes, que hay a lo largo de las paredes de la sala, y, satisfecho, se tumba y pronto se queda dormido: abierta la boca, afeado por su mala vejez.
Lo observan. Y Doras, hijo de Doras, dice:
-Está satisfecho por ver este día. Mi padre lo soñó; pero no lo tuvo. Llevaré en el corazón su espíritu, para que esté presente en el día de la venganza contra el Nazareno y reciba su alegría…
Recordad que tendremos que turnarnos. Un turno nutrido.
Estar constantemente en el Templo. -Estaremos. -Tendremos que ordenar que, a cualquier hora, Judas de Simón sea conducido ante el Sumo Sacerdote. -Lo haremos. -Y ahora preparemos nuestro corazón para la tarea final. -¡Ya está preparado! ¡Ya está preparado! -Con astucia. -Con astucia.
-Con finura. -Con finura. -Para aquietar toda sospecha.
-Para engatusar a todos los corazones. -Diga lo que diga o haga lo que haga, ninguna reacción. Nos vengaremos de todo de una sola vez. -Así lo haremos. Y será una venganza despiadada. -¡Completa! -¡Terrible! Y se sientan buscando descanso en espera del alba.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Jesús está en Betania. Declina la tarde. Un plácido atardecer de Abril.
Por las amplias ventanas de la sala del banquete se ve el jardín de Lázaro, todo florido; más allá, el pomar, que parece toda una nube de pétalos ligeros. Un perfume de verdor nuevo, de un dulce amargo de flores de fruta, de rosas y otras flores, se mezcla -entrando con la serena brisa del atardecer que hace ondear levemente las cortinas extendidas en los vanos de las puertas, y temblar las luces de la lámpara del centro-con un penetrante perfume de tuberosas, muguetes, jazmines, mezclados en una esencia singular, recuerdo del bálsamo con que María de Magdala ha perfumado a su Jesús, que tiene todavía el pelo más oscuro a causa de la unción.
En la sala están todavía Simón, Pedro, Mateo y Bartolomé.
Los otros faltan, como si ya hubieran salido para distintas gestiones. Jesús se ha levantado de la mesa y, está observando un rollo de pergamino que Lázaro le ha mostrado. María de Magdala va de acá para allá por la sala… parece una mariposa atraída por la luz. Lo único que sabe hacer es girar en torno a su Jesús.
Marta tiene cuidado de los criados, que están recogiendo las espléndidas piezas de la preciosa vajilla distribuida sobre la mesa.
Jesús pone el rollo en un alto aparador que tiene incrustaciones de marfil en su negra madera brillante, y dice:
-Lázaro, ven afuera. Necesito hablar contigo.
-Enseguida, Señor -y Lázaro se levanta de su asiento, que está cerca de la ventana, y sigue a Jesús al jardín, donde la última luz del día se mezcla con el primer clarísimo claror de Luna.
Jesús camina, dirigiéndose más allá del jardín, al lugar donde está el sepulcro que fue de Lázaro y que ahora exhibe una orladura grande de rosas, todas florecidas, en la boca vacía. Encima de ésta, en la roca levemente inclinada, está esculpido: (ϸLαί̹̪͕ ̽ί̜ ίϕ͢ϋ̹ίϷ”
Jesús se para allí. La casa, oculta por árboles y setos, ya no ve. Hay absoluto silencio y absoluta soledad.
-Lázaro, amigo mío -pregunta Jesús, permaneciendo en pie frente a su amigo, mirándolo fijamente, con un atisbo de sonrisa en su cara, muy enflaquecida y más pálida de lo habitual.
-Lázaro, amigo mío, ¿tú sabes quién soy Yo?
-¿Tú? ¡Pues eres Jesús de Nazaret, mi dulce Jesús, mi santo Jesús, mi poderoso Jesús!
-Estas cosas para ti. Pero, para el mundo, ¿quién soy Yo?
-Eres el Mesías de Israel.
-¿Más…?
-Eres el Prometido, el Esperado… Pero ¿por qué me preguntas esto? ¿Dudas de mi fe?
-No, Lázaro. Pero quiero confiarte una verdad. Nadie, aparte de mi Madre y uno de los míos, la sabe. Mi Madre, porque Ella no ignora nada. Uno, porque es copartícipe en esta cosa. A los otros se la dicho muchísimas veces en estos tres años que llevan conmigo. Pero su amor ha hecho de bebida olvidadiza y escudo ante la verdad anunciada. No han podido comprender todo… Y es bueno que no hayan comprendido; en caso contrario, para impedir un delito habrían cometido otro inútil. Porque lo que debe suceder sucedería, por encima de cualquier homicidio. Pero a ti quiero decírtela.
-¿Dudas de que te ame como ellos? ¿De qué delito hablas? ¿Qué delito debe suceder ¡Habla, en nombre de Dios!
Lázaro está agitado.
-Hablo, sí. No dudo de tu amor. Dudo tan poco de él, que a tu amor le confío y desvelo mis deseos…
-¡Oh, mi Jesús! ¡Esto lo hace quien está próximo a la muerte! lo hice cuando comprendí que no venías y debía morir.
-Y Yo debo morir.
-¡Nooo! -y otro gemido de Lázaro.
-No grites. Que nadie oiga. Necesito hablarte a ti a solas. Lázaro, amigo mío, ¿tú sabes lo que está sucediendo en este momento en que estás conmigo, en la amistad fiel que me diste desde el primer momento y que nunca por ningún motivo fue alterada? Un hombre, junto con otros hombres, está contratando el precio del Cordero. ¿Sabes qué nombre tiene ese Cordero? Su nombre es Jesús de Nazaret.
-¡Nooo! Hay enemigos, es verdad. ¡Pero no puede uno venderte! ¿Quién? ¿Quién es?
-Es uno de los míos. Sólo podía ser uno de aquellos a quienes más fuertemente he desencantado, y que, cansado de esperar, quiere librarse de Aquel que ya no es más que un peligro personal. Cree, según su pensamiento, reconstruirse una estima ante los grandes del mundo. Sin embargo, será despreciado por el mundo de los buenos y de los perversos. Ha llegado a este cansancio de mí, de la espera de aquello que, con todos los medios, ha tratado de alcanzar: la grandeza humana.
La persiguió primero en el Templo, creyó alcanzarla con el Rey de Israel, y ahora la busca nuevamente, en el Templo y con los romanos… Lo espera… Pero Roma, si bien sabe premiar a sus siervos fieles… sabe también pisotear bajo su desprecio a los viles acusadores. Él está cansado de mí, de la espera, de la carga que significa el ser bueno.
Para el malvado, ser, tener que fingir que se es bueno, es una carga de un peso aplastante. Se puede sostener durante un tiempo… pero luego… ya no se puede más… y la persona se libra de ella para volver a ser libre. ¿Libre?
Eso creen los malvados. Eso cree él. Pero eso no es libertad. Ser de Dios es libertad. Estar contra Dios es una cautividad de grilletes y cadenas, de pesos y azotes, como ningún galeote de remo, como ningún esclavo de construcciones, soporta bajo el azote del cómitre.
-¿Quién es? Dímelo. ¿Quién es?
-No es necesario.
-Sí que es necesario… ¡Ah!… Sólo puede ser él: el hombre que ha sido siempre una mancha en tu grey, el hombre que incluso hace poco ha ofendido a mi hermana. ¡Es Judas de Keriot!
-No. Es Satanás. Dios ha tomado carne en mí: Jesús. Satanás ha tomado carne en él: Judas de Keriot.
(Es decir, se ha encarnado, debe ser entendido aquí no en sentido fisiológico (como en la expresión: Dios-Verbo se encarnó en el seno de la Virgen María), sino en el sentido figurado de concretarse, personificarse. En este sentido no es errado decir que Dios se encarnó en Jesús y que Satanás se encarnó en Judas de Keriot. El mismo significado tendrán, en 600.32, las análogas expresiones de Jesús respecto a Judas, definido uno que está anulado en Satanás, el cual se ha encarnado en su carne mortal; mientras el demonio mismo había declarado, en 420.6, que quería regenerarse en Judas)
Un día… muy lejano… aquí, en este jardín tuyo, consolé un llanto y disculpé a un espíritu que había caído en el fango. Dije que la posesión es el contagio de Satanás que inocula sus extractos en el ser y lo desnaturaliza. Dije que es connubio de un espíritu con Satanás y con la animalidad. Pero la posesión es todavía poca cosa respecto a la encarnación. Yo seré poseído por mis santos y ellos lo serán por Mí.
(Porque los santos, los justos -anota MV en una copia mecanografiada -teniendo en sí la caridad heroica, tienen a Dios en ellos y, al mismo tiempo, Dios-Jesús los posee porque ellos son enteramente de Él)
Pero sólo en Jesucristo está Dios como está en el Cielo, porque Yo soy el Dios hecho Carne. Única es la Encarnación divina. De la misma forma, en uno solo estará Satanás, Lucifer, tal y como está en su reino, porque sólo en el asesino del Hijo de Dios está Satanás encarnado. Él, mientras te hablo aquí, está ante el Sanedrín tratando y comprometiéndose para mi muerte. Pero no es él: es Satanás. Ahora escucha, Lázaro, amigo fiel: Yo te pido algunos favores. Nunca me has negado nada. Tu amor ha sido tan grande, que, sin sobrepasar nunca el respeto, ha estado siempre activo a mi lado, con mil ayudas, con muchas prudentes y oportunas ayudas y con sabios consejos que Yo siempre he aceptado porque veía en tu corazón un verdadero deseo de mi bien.
-¡Oh, Señor mío! ¡Pero si mi alegría era ocuparme de ti!
¿Qué voy a hacer en adelante, sin deber ocuparme de mi Maestro y Señor? -¡Demasiado! ¡Demasiado poco me has permitido hacer! Mi deuda hacia ti, que has devuelto a María a mi amor y a mi honor, y a mí a la vida, es tal, que… ¡oh!, ¿por qué me has llamado de la muerte para hacerme vivir esta hora? Todo el horror de la muerte y toda la angustia del espíritu, tentado por Satanás al miedo en el momento de presentarse ante el Juez eterno, ya los había superado, ¡y había oscuridad!… ¿Qué te pasa, Jesús? ¿Por qué te estremeces y te pones más pálido aún de lo que ya de por sí estás? Tu cara está más pálida que esta rosa de nieve que languidece bajo la luna. ¡Oh, Maestro, parece como si la sangre y la vida te estuvieran abandonando…
-En efecto, soy como uno que está muriendo con las venas abiertas. Toda Jerusalén -y quiero decir con ello "todos los enemigos de entre los grandes de Israel"-está pegada a mí con ávidas bocas; me aspira la vida y la sangre.
Quieren silenciar la Voz que durante tres años los ha atormentado, aunque amándolos… porque cada una de mis palabras, aunque fuera palabra de amor, era una sacudida que invitaba a su alma a despertar, y ellos no querían oír a esta alma suya, ellos que la han atado con su triple sensualidad. Y no sólo los grandes… sino toda, toda Jerusalén, muy pronto, va a ensañarse con el Inocente y querer su muerte… y con Jerusalén Judea… y con Judea Perea, Idumea, la Decápolis, Galilea, Siro-Fenicia… todo, todo Israel congregado en Sión para el "Paso" del Cristo de vida a muerte… Lázaro, tú que has muerto y has resucitado, dime: ¿qué es el morir? ¿Qué experimentaste? ¿Qué recuerdas?
-¿El morir?… No recuerdo exactamente lo que fue. Después del intenso sufrimiento, vino un gran desfallecimiento…
Me parecía que ya no sufría y que sólo tenía un fuerte sueño… La luz, el ruido, cada vez se hacían más débiles y lejanos… Dicen mis hermanas y Maximino que daba señales de duro sufrimiento… Pero yo ese sufrimiento no lo recuerdo…
-Ya. La piedad del Padre ofusca a los moribundos el sensorio intelectual, de manera que sufren únicamente con la carne, que es la que debe ser purificada por este prepurgatorio que es la agonía. Pero Yo… ¿Y de la muerte qué recuerdas?
-Nada, Maestro. Tengo un espacio oscuro en el espíritu.
Una zona vacía. Tengo una interrupción, que no sé cómo llenar, en el curso de mi vida. No tengo recuerdos. Si mirase en el fondo de ese agujero negro que me tuvo durante cuatro días, a pesar de ser ya de noche y de estar en sombra, sentiría -no vería, pero sí sentiría-el hielo húmedo subir desde sus vísceras y sacudir mi cara. Ya es una sensación. Pero yo, si pienso en esos cuatro días, no tengo nada. Nada. Ésa es la palabra.
-Claro. Los que vuelven no pueden contar… El misterio se muestra de una en una vez para quienes en él entran.
Pero Yo, Lázaro, Yo sé lo que voy a sufrir. Yo sé que sufriré en plena consciencia. No habrá ninguna mitigación, de bebidas y de desfallecimiento, que me hagan menos atroz la agonía. Yo me sentiré morir. Ya lo siento… Ya muero, Lázaro. Como un enfermo incurable, durante estos treinta y tres años he ido muriendo; y, a medida que el tiempo me ha ido acercando a esta hora, el morir se ha ido acelerando.
Antes era sólo el morir del saber que había nacido para ser Redentor; luego fue el morir de quien se ve atacado, acusado, escarnecido, perseguido, obstaculizado… ¡Qué cansancio! Luego… el morir del tener al lado, cada vez más cerca -hasta llegar a tenerlo estrechado a mí como un gigantesco pulpo al náufrago-a aquel que es mi Traidor.
¡Qué náusea! Ahora muero en el desgarro de tener que decir "adiós" a los amigos más queridos, a mi Madre…
-¡Maestro! ¡¿Estás llorando?! Sé que lloraste también delante de mi sepulcro porque me querías. Pero ahora… Lloras de nuevo. Estás todo de hielo. Tienes las manos ya frías como un cadáver. Tú sufres… ¡Tú sufres demasiado!…
-Soy el Hombre, Lázaro. No soy sólo el Dios. Del hombre tengo la sensibilidad y los afectos. Y el alma se me angustia al pensar en mi Madre… Y, fíjate, te digo que se ha hecho tan monstruosa esta tortura mía de sufrir la proximidad del Traidor, el odio satánico de todo un mundo, la sordera de aquéllos que no odian pero tampoco saben amar activamente, porque amar activamente es llegar a ser como el Amado quiere y enseña… y, sin embargo aquí… sí, muchos me aman, pero han seguido siendo "ellos"; no han tomado otro yo por amor a mí.¿Sabes quién ha sabido entre mis más íntimos desnaturalizarse para ser de Cristo, como Cristo quiere? Una sola: tu hermana María. Empezó desde una animalidad completa y pervertida para llegar a una espiritualidad angélica. Y esto sólo por fuerza de amor.
-Tú la has redimido.
-A todos los he redimido con la palabra. Pero sólo ella se ha transformado totalmente por actividad de amor. Pero estaba diciendo que tan monstruoso es mi sufrimiento por todas estas cosas, que no anhelo sino que todo se consuma.
Mis fuerzas se pliegan… Será menos pesada la cruz, que esta tortura del espíritu y del sentimiento…
¡¿La cruz?! ¡Noo! ¡Oh, no! ¡Es demasiado atroz! ¡Es demasiado infamante! ¡No!
Lázaro, que ha tenido, en pie frente a su Maestro, desde hace un rato, entre sus manos las manos heladas de Jesús, las suelta y cae sobre el asiento de piedra que está ahí al lado, se tapa la cara con las manos y llora desconsoladamente.
Jesús se acerca a él, le pone la mano en la espalda, convulsa a causa de los sollozos, y dice:
-¿Entonces? ¿Debo ser Yo, que muero, el que te consuele a ti, que vives? Amigo, necesito fuerza y ayuda. Y te lo pido. El único que tengo que me lo pueda dar eres tú. Los otros conviene que no lo sepan. Porque si lo supieran… correría la sangre. Y no quiero que los corderos se transformen en lobos, ni siquiera por amor al Inocente. Mi Madre… ¡oh, qué punzada hablar de Ella!…
¡Mi Madre tiene ya mucha angustia! También Ella es una destinada a próxima muerte y está exhausta… También hace treinta y tres años que viene muriendo, y ahora es toda una llaga como la víctima de un atroz suplicio. Te juro que he combatido entre la mente y el corazón, entre el amor y la razón, para decidir si era oportuno al enviarla a su casa donde Ella siempre sueña con el Amor que la hizo Madre, y paladea el sabor de su beso de fuego, y vibra en el éxtasis de aquel recuerdo y, con ojos de alma, siempre ve soplar levemente el aire impulsado y agitado por un resplandor angélico. A Galilea la noticia de la Muerte llegará casi en el momento en que pueda decirle: "¡Madre, soy el Vencedor!". Pero, no, no puedo hacer esto. El pobre Jesús, cargado con los pecados del mundo, necesita una confortación. Y mi Madre me la dará. El aún más pobre mundo tiene necesidad de dos Víctimas. Porque el hombre pecó con la mujer; y la Mujer debe redimir, como el Hombre redime. Pero mientras no suena la hora, Yo le ofrezco a mi Madre una sonrisa segura… Ella tiembla… lo sé. Siente acercarse la Tortura. Lo sé. Y siente rechazo de ella por natural horror y por santo amor, de la misma forma que Yo siento rechazo de la Muerte, porque soy un "vivo" que debe morir. Pero, ¡ay si supiera que dentro de cinco días…!
No llegaría viva a esa hora, y Yo la quiero viva para extraer de sus labios fuerza como extraje vida de su seno.
Y Dios quiere que esté en mi Calvario para mezclar el agua del llanto virginal con el vino de la Sangre divina y celebrar la primera Misa. ¿Sabes qué será la Misa? No lo sabes. No puedes saberlo. Será mi muerte aplicada perpetuamente al género humano viviente o penante. No llores, Lázaro. Ella es fuerte. No llora. Ha llorado durante toda su vida de Madre. Ahora ya no llora. Se ha crucificado la sonrisa en el rostro… ¿Has visto qué aspecto ha tomado su rostro en estos últimos tiempos? Se ha crucificado la sonrisa en el rostro para confortarme.
Te pido que imites a mi Madre. No podía tener ya en mí solo mi secreto. He mirado a mi alrededor, buscando a un amigo sincero y seguro, he encontrado tu mirada leal, he dicho: "A Lázaro".
Yo, cuando tenías una losa sobre tu corazón, respeté tu secreto y lo defendí contra la curiosidad incluso natural del corazón. Te pido el mismo respeto por el mío. Después… después de mi muerte, lo dirás. Narrarás este coloquio. Para que se sepa que Jesús fue conscientemente a la muerte, y a las torturas que conocía unió esta de no haber ignorado nada, ni sobre las personas ni sobre el propio destino. Para que se sepa que, mientras todavía podía salvarse, no quiso, porque su amor infinito por los hombres no anhelaba otra cosa sino consumar el sacrificio por ellos».
-¡Sálvate, Maestro! ¡Sálvate! Yo te puedo procurar la huida. Esta misma noche. ¡Una vez ya huiste a Egipto! Huye también ahora. Ven, vamos. Tomamos a María con nosotros y a mis hermanas y nos marchamos. Tú sabes que ninguna de mis riquezas me atrae. La riqueza mía y de María y Marta eres Tú. Vamos.
-Lázaro, aquella vez huí porque no era la hora. Ahora es la hora. Y me quedo.
-Entonces yo voy contigo. No te dejo.
-No. Tú te quedas aquí. Puesto que una licencia concede que quien está dentro de la distancia de un sábado puede consumir el cordero en su casa; así que tú, como siempre, consumirás aquí tu cordero.
Pero déjame venir a tus hermanas… Por razón de mi Madre… ¡Oh, qué te celaban, oh Mártir, las rosas del amor divino! ¡El abismo! ¡El abismo! ¡Y de él ahora suben, y atacan, las llamas del Odio para morderte el corazón!
Tus hermanas, sí; ellas son fuertes y activas… y mi Madre será un ser agonizante, inclinado sobre mi cadáver. Juan no basta. Juan es el amor. Pero todavía no ha alcanzado la madurez. Madurará y se hará hombre en el suplicio de estos próximos días. Pero la Mujer tiene necesidad de las mujeres, que atiendan sus tremendas heridas. ¿Me las concedes?
-¡Todo, siempre te he dado todo con alegría! ¡Lo único que me afligía es que me pidieras tan pocas cosas!…
-Ya lo ves. De nadie he aceptado tanto como de los amigos de Betania. Ésta ha sido una de las acusaciones que el injusto me ha echado en cara más de una vez. Pero Yo, aquí, entre vosotros, encontraba muchas cosas que consolaban al Hombre de todas sus amarguras de hombre. En Nazaret Yo era el Dios que hallaba un consuelo en la Única delicia de Dios. Aquí era el Hombre. Y Yo, antes de subir a la muerte, te doy las gracias, amigo fiel, amoroso, amable, solícito, reservado, docto, discreto y generoso.
Por todo te doy las gracias. El Padre mío, después, te premiará…
-Ya he recibido todo con tu amor y con la redención de María.
-¡No! Todavía debes recibir mucho. Y lo recibirás. Escucha. No te desesperes así. Dame tu inteligencia para que Yo pueda decirte lo que todavía te pido. Te quedarás aquí a esperar…
-No, eso no. ¿Por qué Marta y María, y no yo?
-Porque no quiero que te contamines como todos los varones se van a contaminar. Jerusalén en los próximos días estará contaminada como lo está el aire en torno a una carroña podrida caída de improviso a causa del imprudente golpe de un viandante con el talón. Contaminada y contaminadora.
Sus miasmas enajenarán incluso a los menos crueles, incluso a mis propios discípulos, que huirán.
¿Y a dónde irán, aturdidos? Vendrán donde Lázaro. ¡Cuántas veces, durante estos tres años, han venido en busca de pan, de cama, de defensa, de refugio, y del Maestro!…
Ahora volverán. Como ovejas desperdigadas por el lobo que ha alejado al pastor, correrán a un redil. Reúnelas.
Fortalécelas. Diles que los perdono. Te confío mi perdón para ellos. Les faltará la paz, por haber huido. Diles que no caigan en un pecado mayor desesperando de mi perdón.
-¿Todos huirán?
-Todos menos Juan.
-Maestro. ¡No me pedirás que reciba a Judas! Hazme morir de tortura, pero esto no me lo pidas. En más de una ocasión mi mano, ansiosa de eliminar el oprobio de la familia, se contuvo para no coger la espada. Y nunca lo hice porque no soy violento. Sólo estuve tentado a hacerlo. Pero te juro que si vuelvo a ver a Judas, como a un cabro de delito lo degüello.
-No lo verás nunca más. Te lo juro.
-¿Va a huir? No importa. He dicho: "Si lo veo". Ahora digo: "Iré donde él, aunque fuera al fin del mundo, y lo mataré".
-No debes desear eso.
-Lo haré.
-No lo harás porque a donde el estará no podrás ir.
-¿Dentro del Sanedrín? ¿En el Santo? Allí también lo pillaré y lo mataré.
-No estará allí.
-¿Donde Herodes? Me matarán, pero antes lo mataré.
-Será de Satanás. Y tú no serás nunca de Satanás. Pero deja inmediatamente este pensamiento homicida, porque, si no, te dejo Yo.
-¡Oh! ¡Oh!… Pero… Sí, por ti… ¡Oh! ¡Maestro! ¡Maestro!
-Sí. Tu Maestro… Acogerás a los discípulos. Los confortarás. Los conducirás de nuevo a la paz. Yo soy la Paz. Y también después… Después los ayudarás. Betania será siempre Betania, hasta que hurgue el Odio en este hogar de amor creyendo desparramar las llamas, cuando en realidad lo que hará será esparcirlas por el mundo para encenderlo por entero. Yo te bendigo, Lázaro, por todo lo que has hecho y por todo lo que harás…
-Nada, nada. Tú me has sacado de la muerte, y no me consientes defenderte. ¿Qué es lo que he hecho, entonces?
-Has puesto tus casas a mi disposición. ¿Lo ves? Era destino. El primer alojamiento en Sión en una tierra que es tuya. El último también en una de ellas. Era destino que Yo fuera tu Huésped. Pero de la muerte no podrías defenderme. Al principio de este coloquio te he preguntado: "¿Sabes quién soy?".
Ahora respondo: "Soy el Redentor". El Redentor debe consumar el sacrificio hasta la última inmolación. Por lo demás, créelo, el que subirá a la cruz y será expuesto a las miradas y burlas del mundo no será un vivo, sino un muerto. Yo soy ya un muerto, matado por el no amor, más y antes que por la tortura. Y una cosa más, amigo. Mañana al alba voy a Jerusalén. Y oirás decir que Sión ha aclamado como a un triunfador a su manso Rey, que entrará en ella a lomos de un asno.
Que no te desoriente este triunfo y no te haga juzgar que la Sabiduría que te habla fue no sabía en este plácido anochecer. Más veloz que un astro que atraviesa el cielo y desaparece por espacios desconocidos, se desvanecerá el favor popular, y, para mí, dentro de cinco atardeceres, a esta misma hora, empezará la tortura con un beso de engaño que abrirá las bocas que mañana gritarán hosanna, para formar un coro de atroces blasfemias y feroces voces de condena.
-¡Sí, oh ciudad de Sión, oh pueblo de Israel, por fin tendrás al Cordero pascual! Lo tendrás en este próximo rito. Aquí está. Es la Víctima preparada desde todos los siglos. El Amor la engendró, preparándose como tálamo un seno en que no hubo mancha. Y el Amor la consuma. Así es.
Es la Víctima consciente. No como el cordero que mientras el matarife afila el cuchillo para degollarlo todavía roza en el prado, o, ajeno a lo que sucede, choca contra el redondo pezón materno su morro rosado. Pero Yo soy el Cordero que consciente dice adiós a la vida, a la Madre, a los amigos, y va al sacrificador y dice: "¡Aquí me tienes!".
Yo soy el Alimento del hombre. Satanás ha puesto un hambre que jamás se ha saciado, que no se puede saciar. Sólo un alimento sacia esa hambre porque la quita. Y aquí está ese Alimento. Aquí está, hombre, tu Pan; aquí, tu Vino.
¡Consume tu Pascua, Humanidad! Pasa tu mar, rojo por las llamas satánicas. Purpurada con mi Sangre pasarás, raza del Hombre, preservada del fuego infernal. Puedes pasar.
Los Cielos, presionados por mi deseo, ya entreabren las eternas puertas. ¡Mirad, espíritus de los muertos! ¡Mirad, hombres vivientes! ¡Mirad, almas que seréis incorporadas en los futuros! ¡Mirad, ángeles del Paraíso!
¡Mirad, demonios del Infierno! ¡Mira, oh Padre; mira, oh Paráclito!
La Víctima sonríe. Ya no llora…Todo está dicho. Adiós, amigo. A ti tampoco te veré antes de la muerte. Vamos a darnos el beso de adiós. Y no dudes. Te dirán: "¡Era un demente! ¡Era un demonio! ¡Un embustero! Murió y decía que era la Vida". Respóndeles, y respóndete especialmente a ti mismo: "Era y es la Verdad y la Vida. Es el Vencedor de la muerte. Yo lo sé. Y no puede ser el eterno Muerto. Yo lo espero. Y, antes de que se consuma todo el aceite en la lámpara que el amigo, invitado a las bodas de Triunfador, tiene preparada para iluminar al mundo, Él, el Esposo, volverá. Y la luz esta vez ya no podrá, jamás, ser apagada".
Cree esto, Lázaro. Obedece a mi deseo. ¿Oyes a este ruiseñor, cómo canta tras haber callado por la irrupción de tu llanto? Haz tú lo mismo. Que tu alma, después del inevitable llanto ante el Matado, cante el himno seguro de tu fe. Recibe la bendición del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
La cena ha sido preparada en esa sala enteramente blanca en que Jesús habló con las discípulas. Y todo es esplendor de blanco y plata, en el que ponen una pincelada menos nívea y fría unos haces de ramas de manzano o peral, o de otro árbol frutal, cándidos come la nieve pero con un levísimo toque de color rosa; tan leve, que hace pensar en la nieve acariciada por un beso de lejana aurora: sobresalen, enhiestos, de jarrones abombados o de estrechas ánforas de plata, y están colocados en las mesas y sobre las arcas y aparadores que hay junto a las paredes de la sala. Las flores esparcen por toda la sala el típico olor de flores de árbol frutal, un olor fresco, amargoso, de primavera pura…
Lázaro entra en la sala al lado de Jesús. Detrás, de dos en dos o en grupos más nutridos, los apóstoles. Por último, las dos hermanas de Lázaro con Maximino.
No veo a las discípulas. Tampoco a María. Quizás han preferido quedarse en la casa de Simón con la Madre afligida. El día se encamina hacia el crepúsculo. Pero un vestigio de sol incide aún en la copa susurradora de algunas palmas que se alzan agrupadas a pocos metros de la sala, y en la cima de un gigantesco laurel en cuyas frondas pugnan los pardales antes de entregarse al descanso.
Y más allá de las palmas y del laurel, más allá de los setos de rosas y de jazmines, más allá de los cuadros de muguetes y de otras flores y pequeñas plantas aromáticas, más allá de todo ello, se ve la blanca extensión de un grupo tardío de manzanos o perales del huerto, moteada del verde tierno de sus primeras hojas: parece una nube apresada entre las ramas.
Jesús, al pasar cerca de un ánfora llena de ramas, observa:
-Tenían ya los primeros pequeños frutos. ¡Fíjate! Arriba hay flores y más abajo se ha caído ya la flor y se está agrandando el ovario.
-Ha sido María la que ha querido cogerlas. Ha llevado también otros haces como éstos a tu Madre. Se ha levantado con el alba, creo, por miedo a que un día más de sol consumiera estas frágiles corolas. Yo, hace poco, he tenido noticia de este estrago. Pero no he sentido el rechazo que sintieron los criados agricultores; al contrario, he pensado que era justo ofrecerte todas las bellezas de la Creación a ti, Rey de todas las cosas.
Jesús se sienta en su sitio sonriendo, y mira a María, la cual, junto con su hermana, se apresta a servir cual si fuera una criada, y acerca los cuencos de la purificación y los paños para secarse, y luego echa vino en las copas y pone sobre la mesa las bandejas con la comida, a medida que los criados las van trayendo de las cocinas o las acercan después de haber trinchado en los aparadores.
Naturalmente, si bien las dos hermanas sirven con cortesía a todos los comensales, su esmero se concentra especialmente en sus dos comensales predilectísimos: Jesús y Lázaro.
En un momento dado de la cena, Pedro, que come con satisfacción, observa: -¡Fíjate! ¡Me doy cuenta ahora! Los platos son todos como es usanza en Galilea… Me da la impresión como de… ¡Sí, claro!… Es como estar en un banquete de boda. Pero aquí no falta el vino como faltó en Caná.
María sonríe mientras le llena de vino al apóstol de nuevo la copa, un vino ambarino limpísimo. Pero no habla.
Es también esta vez Lázaro el que explica:
-Efectivamente, éste ha sido el pensamiento de mis hermanas, especialmente de María: ofrecer una cena en que el Maestro tuviera la impresión de estar en su Galilea, sin duda mejor, mucho mejor, que estos lugares, aunque también imperfecta…
-Pero para hacerle pensar esto se habría requerido la presencia de María en esta mesa. En Caná estaba. Por Ella se produjo el milagro -observa Santiago de Alfeo.
-¡Aquél debió ser un gran vino!
-El vino es símbolo de alegría y debería serlo también de fecundidad, porque el vino es jugo de la fecunda vid. Pero no veo que haya fecundado mucho porque Susana no tiene hijos -dice Judas Iscariote
-¡Vaya que si era un gran vino! Nos fecundó en el espíritu… – dice Juan, con un cierto aspecto soñador, como siempre cuando contempla en su interior los milagros obrados por Dios. Y termina:
-Por una virgen fue hecho… y sobre el que lo probó descendió un influjo de pureza.
-¿Pero tú crees que Susana es virgen? -pregunta, riéndose, Judas Iscariote.
-No he dicho eso. Virgen es la Madre del Señor. Virginidad emana todo lo que por Ella se ha llevado a cabo. Yo siempre pienso lo virginizadoras que son todas las cosas que se hacen a través de María… -y sueña de nuevo, sonriendo ante quién sabe qué visión.
-¡Dichoso ese muchacho! Creo que ahora ni se acuerda del mundo. Observadlo -dice Pedro señalando a Juan, que, echado en su triclinio, mueve absorto unos pedacitos de pan olvidándose de comer.
También Jesús se inclina un poco para mirar a Juan, que está en una esquina de uno de los lados de la mesa dispuesta en forma de U (por tanto, un poco detrás del Señor, a espaldas de Él, que a su vez está en el medio del lado central y que tiene a su primo Santiago a la izquierda y a Lázaro a la derecha). Después de Lázaro están el Zelote y Maximino, como después de Santiago el otro Santiago y Pedro. Juan está entre Andrés y Bartolomé, y después Tomás, que tiene enfrente a Judas, a Felipe, a Mateo y a Judas Tadeo, el cual está justo en la esquina donde la larga mesa central empieza.
María de Lázaro sale de la estancia mientras Marta pone en la mesa unas bandejas colmadas de higos nuevos, de verdes tallos de hinojo, de frescas almendras peladas, y fresones o frambuesas, no lo sé, que parecen aún más rojos estando en medio de esas pálidas esmeraldas de los hinojos y de los higos, y del color lácteo de las almendras; y bandejas colmadas de pequeños melones u otro fruto similar -a mí me recuerdan a los melones verdes de la baja Italia-y de doradas naranjas.
-¿Ya estas frutas? En ningún lugar he visto estas frutas ya maduras -dice Pedro abriendo desorbitadamente los ojos y señalando a las fresas y los melones.
-Han venido, en parte, de las riberas de más allá de Gaza, donde tengo un huerto de estos productos, y, otra parte, de las terrazas solaneras que tengo encima de la casa, los invernaderos de las plantas más delicadas, las que hay que proteger del frío intenso. Me enseñó su uso un amigo romano… Fue lo único bueno que me enseñó…
Lázaro se entristece. Marta suspira… Pero Lázaro, enseguida, vuelve a ser ese perfecto huésped que no da tristeza a sus invitados.
-Es muy usual en las quintas de Baya y Siracusa, y a lo largo del arco de Síbaris, el cultivar estas delicias con este método para tenerlas precozmente. Con las naranjas libias coméis los últimos frutos, con los melones de Egipto que han crecido en las solanas, y con estos frutos latinos, coméis los primeros; y coméis almendras blancas de nuestra patria y tiernas habas y digestivos tallos que saben a anises… Marta, ¿has pensado en el niño?
-He pensado en todos. María se ha conmovido al recordar Egipto…
-Tenías algunas de estas plantas en aquel pobre huerto. En los períodos de calor sofocante era una fiesta sumergir los melones en el pozo del vecino, un pozo hondo y fresco, y comerlos al atardecer… Me acuerdo… Y tenía una cabrita golosa a la que había que vigilar, porque le gustaban mucho las plantas y frutos tiernos…
Jesús, que estaba hablando con la cabeza un poco agachada, alza la cara y mira a las palmas, susurradoras con el viento del atardecer:
-Cuando veo esas palmas… siempre que veo las palmas, veo de nuevo Egipto, esa tierra suya amarilla y arenosa que el viento tan fácilmente movía… y a lo lejos vibraban las pirámides en el aire enrarecido… y veo los altos tallos de las palmas… y veo la casa donde… Pero es inútil evocar. Cada momento tiene su afán… y con su afán su alegría… Lázaro, ¿te importaría darme algunos frutos de éstos? Quisiera llevárselos a María y Matías. No creo que Juana los tenga.
-No los tiene. Ayer lo decía, proponiéndose plantarlos en Béter mandando construir las solanas. Pero no te los doy ahora. He cogido todos los que tenía y durante algunos días faltarán los frutos maduros. Te los mandaré; o, si no, manda a alguno por ellos antes del viernes. Prepararemos un bonito cesto para esos niños. ¿Verdad, Marta?
-Sí, hermano mío. Y meteremos también esos pequeños lirios de los valles que a Juana tanto le gustan.
Regresa María Magdalena. Trae en las manos un recipiente de cuello estrecho y terminado en un piquito, elegante como el cuello de un ave. El alabastro es de un precioso color amarillo-rosado, como la carne de ciertas rubias.
Los apóstoles la miran, quizás pensando que trae alguna gollería rara. Pero María no va al centro, a donde está su hermana, al interior de la U que forman las mesas. No.
Pasa por detrás de los triclinios y va a colocarse entre el de Jesús y Lázaro y el de los dos Santiagos. Destapa el recipiente de alabastro y pone la mano debajo del pico y recoge algunas gotas de un líquido de aspecto filamentoso que sale lentamente del esenciero abierto. Un penetrante olor de tuberosas y de otras esencias, un perfume intenso y exquisito, se esparce por la sala. Pero María no se siente satisfecha con eso poco que sale.
Se agacha y rompe con un golpe seguro el cuello del esenciero contra el ángulo del triclinio de Jesús. El estrecho cuello cae al piso esparciendo sobre los mármoles del suelo gotas perfumadas. Ahora el recipiente tiene una amplia boca y la exuberancia del ungüento fluye en densos hilos.
María se pone detrás de Jesús y extiende sobre la cabeza de Él el espeso óleo; unta todos los bucles de los cabellos de Jesús, los extiende y luego los ordena con un peine que se quita de sus propios cabellos, y repeina la cabeza adorada.
La cabeza rubio-rosada de Jesús resplandece como oro viejo brillantísimo después de esta unción. La luz de la lámpara que los criados han encendido se refleja en la cabeza rubia de Cristo como en un casco de un bronce cobreño hermosísimo. El perfume es embriagador. Penetra en las fosas nasales, sube a la cabeza; tan penetrante es, esparcido de esa manera, sin medida, que casi irrita como polvo estornutatorio.
Lázaro, que tiene la cabeza vuelta hacia atrás, sonríe al ver con qué esmero María unge y peina los bucles de Jesús, para que su cabeza, después de la olorosa fricción, se vea ordenada, mientras que no se preocupa de que sus propios cabellos, no sujetos ya por el ancho peine que ayudaba a las horquillas en su función, estén descendiendo cada vez más por el cuello y ya estén próximos a soltarse del todo y caer sobre los hombros. También Marta mira y sonríe. Los demás hablan entre sí, en voz baja y con distintas expresiones de sus caras.
Pero María no está satisfecha todavía. Hay todavía mucho ungüento en el esenciero roto, y los cabellos de Jesús, a pesar de ser tupidos, están ya saturados. Entonces María repite el gesto de amor de un atardecer ya lejano.
Se arrodilla a los pies del triclinio, suelta las hebillas de las sandalias de Jesús y le descalza los pies; luego, hundiendo los largos dedos de su bellísima mano en el recipiente, saca toda la cantidad que puede de ungüento, y lo extiende, lo distribuye sobre los pies desnudos, dedo por dedo; luego en la planta y el calcañar; y, más arriba, en el tobillo, que ha descubierto retirando la túnica de lino; por último, sobre el empeine de los pies, y se detiene allí, en los metatarsos, en el lugar por donde entrarán los clavos tremendos, e insiste hasta que ya no encuentra bálsamo en el hueco del recipiente.
Entonces rompe el esenciero contra el suelo, y, libres ya las manos, se saca las gruesas horquillas, se suelta rápidamente las pesadas trenzas, y quita con esa madeja de oro viva, suave, fluyente, de los pies de Jesús, que gotean bálsamo, lo que sobra de la unción.
Judas alza su voz. Hasta este momento había guardado silencio, observando con mirada impura de lujuria y de envidia a la hermosísima mujer y al Maestro, cuya cabeza y cuyos pies estaban siendo ungidos por ella. Es la única voz de abierto reproche; los otros, no todos, pero sí algunos, habían susurrado algo o habían expresado algún gesto de sorprendida, aunque tímida, desaprobación.
Pero Judas, que incluso se había puesto en pie para ver mejor la unción derramada sobre los pies de Cristo, dice con desaire: -¡Qué inútil y pagano derroche! ¿Qué necesidad había de hacerlo? ¡Y luego no queremos que los Jefes del Sanedrín murmuren que hay pecado! Éstos son gestos propios de una cortesana lasciva y desdicen, mujer, de la nueva vida que llevas. ¡Demasiado recuerdan tu pasado!
El insulto es de tal naturaleza, que todos se quedan atónitos; es tal, que todos se agitan (unos se sientan en los triclinios, otros se ponen bruscamente en pie, todos miran a Judas como a uno que, al improviso, se hubiera vuelto loco).
Marta se pone roja. Lázaro se pone en pie como movido por un resorte y pega un puñetazo en la mesa, y dice:
-¡En mi casa…! -pero luego mira a Jesús y se contiene.
-Sí. ¿Me miráis? Todos habéis murmurado en vuestro corazón. Pero ahora, por haberme hecho eco vuestro y haber dicho abiertamente lo que pensabais, sin titubear os oponéis a mí. Repito lo que he dicho. No quiero, ciertamente, decir que María sea la amante del Maestro.
Pero sí digo que ciertos actos no sintonizan ni con Él ni con ella. Es una acción imprudente. Y también injusta. Sí.
¿Por qué este derroche? Si ella quería destruir los recuerdos de su pasado, hubiera podido darme a mí ese esenciero y ese ungüento. ¡Era al menos una libra de nardo puro! Y de gran valor. Yo lo habría vendido por lo menos por trescientos denarios. Un nardo de ese valor ahora se cotiza a ese precio. Y hubiera podido vender el recipiente, que era hermoso y de valor. Habría dado a los pobres, que nos asedian, esos denarios. Nunca son suficientes. Y mañana en Jerusalén no se contarán los que pidan una limosna.
-¡Eso es verdad! -asienten los otros -Hubieras podido usar un poco para el Maestro y lo demás…
María de Magdala… como si estuviera sorda. Sigue
enjugando los pies de Cristo con sus cabellos sueltos, que también ahora están espesos en la parte de abajo por el ungüento, y están más oscuros que en la parte alta de la cabeza. Los pies de Jesús están lisos y suaves, de un color de marfil viejo, como si estuvieran cubiertos por una epidermis nueva. María calza las sandalias a Cristo y besa los dos pies antes y después de haberlos calzado, sorda ante cualquier otra cosa que no sea su amor por Jesús.
Y Jesús la defiende, poniéndole una mano sobre la cabeza, que tiene agachada para el último beso, y diciendo:
-Dejadla. ¿Por qué la apenáis y la molestáis? No sabéis lo que ha hecho. María ha cumplido conmigo una acción obligada y buena. Pobres siempre tendréis entre vosotros. Yo estoy para marcharme. A ellos los tendréis siempre, pero a mí pronto ya no me tendréis. A los pobres podréis siempre darles una limosna. A mí, dentro de poco, al Hijo del hombre entre los hombres, no será posible ya dar honor alguno, por voluntad de hombres y porque la hora ha llegado.
El amor, a ella, le es luz; ella siente que estoy para morir y ha querido anticiparle a mi cuerpo las unciones para la sepultura. En verdad os digo que en cualquier parte que se predique la Buena Nueva será recordado este acto suyo de amor profético. En todo el mundo. Durante todos los siglos.
¡Pluguiera a Dios hacer de cada una de las criaturas otra María, que no calcula precios, que no abriga apegos, que no guarda el más mínimo recuerdo del pasado, sino que destruye y pisotea todo lo relativo a la carne y al mundo, y se quebranta y se difunde como ha hecho con el nardo y el alabastro, sobre su Señor y por amor a Él! No llores, María. En esta hora te repito las palabras que dije a Simón el fariseo y a tu hermana Marta: "Todo te queda perdonado porque has sabido amar totalmente".
"Tú has elegido la parte mejor. Y no te será arrebatada".
Ve en paz, dulce oveja mía hallada. Ve en paz. Los pastos del amor serán tu alimento por toda la eternidad. Álzate.
Besa también estas manos mías que te han absuelto y bendecido… ¡A cuántos han absuelto, bendecido, curado, favorecido estas manos mías! Y, no obstante, os digo que ese pueblo al que he favorecido está preparando la tortura para estas manos…
Se produce un denso silencio en el denso aire del intenso perfume. María, pendiéndole los sueltos cabellos sobre los hombros como manto y sobre el rostro como velo, besa la derecha, que Jesús le ofrecido, y no sabe apartar de esa mano sus labios…
Marta, emocionada, se acerca a María y le recoge los cabellos sueltos, los trenza luego acariciándola y extendiéndole el llanto sobre las mejillas intentando secarlo…
Ninguno tiene ya ganas de seguir comiendo… Las palabras de Cristo ponen pensativos a los presentes.
El primero en levantarse es Judas de Alfeo. Pide permiso para retirarse. Santiago, su hermano, hace lo mismo, y lo mismo hacen Andrés y Juan. Se quedan los otros, pero ya en pie, en la operación de purificarse las manos en las palanganas de plata que les ofrecen los criados. María y Marta hacen lo mismo con el Maestro y Lázaro.
Entra un doméstico y se inclina hacia Maximino para decirle algo.
-Maestro -dice éste después de haber escuchado -hay una serie de personas que desearían verte. Dicen que vienen de lejos. ¿Qué hacemos?
Jesús llama a Felipe, a Santiago de Zebedeo y a Tomás y ordena:
-Id, evangelizad, curad. Id en mi nombre. Anunciad que mañana subiré al Templo.
-¿Convendrá decir esto, Señor? -pregunta Simón Zelote.
-Es inútil callarlo porque ya lo han dicho en la Ciudad Santa, más bocas de enemigos que de amigos. ¡Id!
-¡Mmm! Se comprende que los amigos lo sepan… Pero los amigos no traicionan. Lo que no comprendo es cómo pueden saberlo los otros.
-Entre los muchos amigos siempre hay algún enemigo, Simón de Jonás. Demasiados son ya… los amigos, y con demasiada facilidad son recibidos como tales. ¡Cuando pienso en lo que tuve que rogar y esperar yo!… Pero eran los primeros tiempos y había cautela. Luego los triunfos deslumbraron y se dejó de tener cautela. Y fue un error. Pero eso les sucede a todos los vencedores. Las victorias empañan la limpieza de visión y debilitan la prudencia de actuación.
Naturalmente me estoy refiriendo a nosotros, discípulos. No estoy hablando del Maestro, que es perfecto. ¡Si hubiéramos seguido siendo nosotros doce, no deberíamos acongojarnos por temer traiciones! -miente descaradamente Judas de Keriot.
Es indescriptible la mirada que Cristo pone en el apóstol traidor. Una mirada que expresa una llamada y dolor infinitos. Pero Judas no la recoge. Pasando por delante de la mesa, se dispone a salir… Jesús lo sigue con la mirada y, en el momento justo en que lo ve que está saliendo, le pregunta:
-¿A dónde vas?
-Afuera… -responde evasivamente Judas.
-¿Fuera de esta sala o fuera de esta casa?
-Afuera… Sin más… Para andar un poco.
-No vayas, Judas. Quédate aquí conmigo, con nosotros…
-Se han marchado tus hermanos y Juan con Andrés. ¿Por qué yo no?
-Tú no vas al descanso como ellos…
Judas no responde, sino que, testarudamente, sale. Las palabras han callado en la sala. Los huéspedes y los cuatro apóstoles que quedan -Pedro, Simón, Mateo y Bartolomé-se miran.
Jesús mira afuera. Se ha levantado y ha ido a una ventana para seguir los movimientos de Judas. Cuando lo ve salir de la casa con el manto ya puesto, y encaminarse hacia la cancilla que desde aquí no se ve, lo llama con fuerte voz:
-¡Judas! Espérame. Tengo que decirte una cosa -y aparta delicadamente a Lázaro, quien, intuyendo el dolor de su Maestro, había rodeado su cintura con un brazo; y sale de la estancia y alcanza a Judas, que había seguido andando, aunque más lento.
Lo alcanza a un tercio largo de la distancia que hay entre la casa y la cerca del jardín, en una pequeña espesura de árboles de gruesas hojas; árboles que parecen de cerámica verde oscura, tachonada de pequeñas flores reunidas en ramilletes (y cada flor es una crucecita con pétalos gruesos, como si estuvieran hechos de una cera apenas enmarillecida, de intenso perfume). No sé su nombre. Lo lleva detrás de la espesura y, agarrando todavía con su mano el antebrazo de Judas, le pregunta de nuevo:
-¿A dónde vas, Judas? ¡Te lo ruego, quédate aquí!
-¿Por qué me lo preguntas, Tú que sabes todo? ¿Qué necesidad tienes de preguntar, Tú que lees el corazón de los hombres? Sabes que voy donde mis amigos. No me concedes ir. Ellos solicitan mi presencia. Yo voy.
-¡Tus amigos! ¡Tu perdición has de decir! Vas a la perdición. Vas donde tus verdaderos asesinos. ¡No vayas, Judas! ¡No vayas! A cometer un delito vas… Tú…
-¡Ah! ¡¿Tienes miedo?! ¡¿Por fin tienes miedo?! ¡Por fin te sientes hombre, nada más que un hombre! Porque sólo el hombre tiene miedo de la muerte. Dios sabe que no puede morir. Si te sintieras Dios, sabrías que no podrías morir y no tendrías miedo. Porque Tú, ahora, ahora que sientes próxima tu muerte, tienes ese miedo que es común a todos los hombres, y tratas, con todos los medios, de alejarlo, y ves en todas partes y en todas las cosas un peligro.
¿Dónde está tu maravillosa audacia? ¿Dónde, esas firmes declaraciones de estar contento, sediento, de llevar a cabo el Sacrificio? ¡De eso no tienes en tu corazón ni un vestigio! Pensabas que esta hora no iba a llegar nunca, y entonces te mostrabas fuerte, generoso, y decías frases solemnes. ¡Venga ya! ¡No te quedas corto respecto a los que tachas de hipócritas! Nos has halagado y traicionado.
¡Y nosotros que habíamos dejado todo por ti! ¡Nosotros que somos odiados por causa tuya! Tú eres la causa de nuestra perdición…
-Bueno, basta. ¡Ve! ¡Ve! No han pasado muchas horas desde que me has dicho: "Ayúdame a quedarme. ¡Defiéndeme!". Lo he hecho. ¿De qué ha servido? Dime una última cosa.
Reflexiona antes de decirla. ¿Es ésta tu pura voluntad? ¿La de ir donde tus amigos, la de preferirlos a mí?
-Sí. Es ésta. No necesito reflexionar, porque ya hace tiempo que no tengo otra voluntad.
-Pues ve entonces. Dios no fuerza la voluntad del hombre -y Jesús le vuelve la espalda y regresa lentamente hacia la casa. Cuando está cerca de la casa, alza la cabeza atraído por la mirada que Lázaro, en pie, erguido en el sitio de antes, tiene clavada en Él. Y bien pálido está ese rostro que se esfuerza en sonreír al amigo fiel.
Vuelve a la sala en que los cuatro apóstoles están hablando con Maximino mientras Marta y María dirigen el trabajo de los criados, que ponen en orden la sala, recogen la vajilla y mantelería usados en el banquete.
Lázaro ha ido a la puerta y ha ceñido de nuevo la cintura de Jesús. Ahora, al pasar junto a un criado, le dice:
-Tráeme ese rollo que está en la mesa de mi habitación de trabajo.
Lleva a Jesús a uno de los amplios asientos que hay en la encajadura de las ventanas, para que se siente. Pero Jesús permanece en pie, esforzándose en prestar atención a todo lo que le dice Lázaro… pero es visible que su pensamiento está en otro lugar, y que su corazón está muy afligido, a pesar de que, cuando se da cuenta de que los apóstoles lo están observando, sonría para disipar la sospecha que hay en el corazón de los que se han acercado y puesto en torno a Él y ahora se susurran palabras y se entienden con las miradas señalando al Maestro.
El criado vuelve con el rollo. Pedro, visto que esos pergaminos contienen cosas más elevadas de lo que su cabeza puede entender, se retira diciendo:
-Los peces no pican con ciertas comidas. Es mejor hablar con Maximino de plantas y cultivos.
Marta continúa su trabajo. María, aun guardando silencio, participa en lo que expone Lázaro, quien señala al Maestro algunos puntos escritos en esos pergaminos diciendo:
-¿No posee una clarividencia singular este pagano? Más que muchos de los nuestros. Quizás… si hubiera estado aquí, mientras Tú eres el Maestro nuestro, habría sido de tus discípulos, y uno de los mejores. Y te habría comprendido como muchos de los nuestros no saben hacer. Y ¿qué poema habría extraído de su genio la admiración por ti! ¡Oh, tus palabras recogidas y conservadas por un espíritu que es luminoso a pesar de ser de pagano! ¡Tu vida descrita por este intelecto abierto y transparente! Nosotros no tenemos ya escritores y poetas. Tú has nacido tarde. Cuando el egoísmo de la vida y la corrupción religioso-social han extinguido en nosotros la poesía y el genio. No ha encontrado eco en la voz viva de un seguidor tuyo lo que escribieron de ti nuestros sabios y profetas sin conocerte. Tus predilectos y tus fieles son, en su mayor parte, personas sin instrucción. Y los otros… No.
No tenemos ya ningún soelet (los hebreos -anota MV en una copia mecanografiada-llamaban soelet a los que hablaban en las asambleas. Los libros sapienciales están compuestos por las palabras de los soelets recogidas en los rollos de la Escritura) que transmita a las gentes tu sabiduría y tu figura. Ya no los tenemos, porque faltan, más que la capacidad para hacerlo, el espíritu y la voluntad.
La parte más selecta de Israel tiene voz sorda, como la de una trompeta averiada, y no sabe ya cantar las glorias y maravillas de Dios. Mi miedo es que todo se pierda o quede alterado, parte por incapacidad, parte por mala voluntad…
-No sucederá. El Espíritu del Señor, cuando haya establecido su morada en el interior de los corazones, repetirá mis palabras y explicará el significado de ellas. Es el Espíritu de Dios el que habla por los labios del Cristo. Luego… Luego hablará directamente a los espíritus y recordará mis palabras.
-¡Oh, si esto fuera pronto! Pronto porque tus palabras son muy poco escuchadas y menos comprendidas. Yo creo que el rugido del Espíritu Santo será violento como dilatado fuego para esculpir en las mentes, con la violencia, aquello que no quisieron acoger por ser dulce y suave. Yo creo que el llameante Espíritu consumirá con sus llamas las tibias o tardas conciencias y escribirá en ellas tus palabras. El mundo deberá amarte. ¡El Altísimo lo quiere!
¿Pero cuándo será? -dice la Magdalena con su ímpetu habitual.
-Cuando Yo me haya inmolado en el Sacrificio del amor. Entonces el Amor vendrá. Será como la hermosa llama que se alce de la Víctima inmolada. Y esta llama no se apagará, porque no cesará el Sacrificio. Una vez establecido, durará todo el tiempo que dure la Tierra.
-Pero entonces… ¿Tú, para que eso sucediera, deberías verdaderamente ser inmolado?
-Así es -Jesús tiene ese gesto suyo usual de adhesión al
propio destino. Abre los brazos con las manos vueltas hacia afuera e inclina la cabeza. Luego la alza de nuevo para sonreír a Lázaro, que está afligido, y dice:
-Pero no será violenta como un rugido la voz inmaterial del Espíritu de Amor, sino que será dulce como el amor, que es suave como viento de Nisán aunque fuerte como la muerte. ¡El inefable ministerio del Amor! El complemento, el coronamiento de mi ministerio. La perfección de mi ministerio de Maestro… Yo no tengo miedo, como tú lo tienes, a que se pierda algo de lo que he dado. Es más, en verdad te digo que serán proyectados rayos de luz sobre mis palabras y veréis el espíritu de ellas. Yo me voy serenamente, porque confío mi doctrina al Espíritu Santo y mi espíritu al Padre mío.
Inclina la cabeza pensando. Luego, dejado el rollo que ha originado la conversación en una especie de alto aparador o arca de ébano, o de otra madera oscura cuajada de incrustaciones de marfil amarillento, que ha sido traído de la habitación de al lado por cuatro criados y en el cual Marta está ordenando la disposición de las piezas de vajilla más preciosas, dice:
-Lázaro, ven afuera. ¡Necesito hablarte!
-Enseguida, Señor -y Lázaro se alza del asiento en que estaba sentado y sigue a Jesús al jardín que ya se cubre de sombras (pues en el cielo está muriendo la última luz del día y aún demasiado tenue es el primer claror lunar, que apenas se manifiesta).
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Amor y odio mueven a muchos de los peregrinos congregados en Jerusalén, y de los propios jerosolimitanos, a ir a Betania sin esperar siquiera a que se complete el ocaso.
De forma que cuando los primeros llegan a la casa de Lázaro el sol apenas ha comenzado a ponerse. Y a Lázaro -que, avisado por los domésticos, muestra su asombro ante esta violación del sábado (porque los primeros en llegar han sido precisamente los más conocidos de entre los más intransigentes judíos)-le dan éstos esta respuesta verdaderamente farisaica:
-Desde la Puerta del Rebaño ya no se veía la bola del sol y entonces hemos empezado el camino, seguros de que no íbamos a superar la medida prescrita antes de que el sol declinara tras las cúpulas del Templo.
En el rostro enjuto de Lázaro -Lázaro está sano y tiene buen aspecto, pero ciertamente no está gordo-se dibuja una ligera sonrisa irónica. Y les responde, con garbo pero también con un leve sarcasmo:
-¿Y qué queréis ver? El Maestro respeta su sábado.
Descansa. No se limita a no ver la bola del sol para considerar terminado su descanso, sino que espera a que se apague el último rayo de sol para decir: "El sábado ha terminado".
-¡Sabemos que es perfecto! ¡Lo sabemos! Pero, si hemos cometido un error, razón de más para verlo. Sólo un poco, lo necesario, al menos, para ser absueltos por Él.
-Lo siento. No puedo. El Maestro está descansando y reposa. Y no lo molesto.
Pero llega más gente, y son peregrinos procedentes de todos los lugares; gente que suplica, que insiste en ver a Jesús. Con los hebreos están mezclados gentiles, y con éstos prosélitos. Y observan a Lázaro y lo miran de reojo como si fuera un ser irreal. Lázaro soporta la molestia de esta celebridad no buscada, respondiendo pacientemente a los que le hacen preguntas. Pero no da la orden a los servidores de que abran la cancilla.
-¿Eres tú el hombre resucitado de la muerte? -pregunta uno que tiene claro aspecto de ser mestizo, porque de hebreo no tiene más, que la típica nariz más bien gruesa y aguileña, mientras que el acento y la manera de vestir revelan que es extranjero.
-Lo soy, para dar gloria a Dios, que me sacó de la muerte para hacerme siervo de su Mesías.
-¿Pero fue una muerte verdadera? -preguntan otros.
-Preguntádselo a esos judíos importantes. Ellos vinieron a mis funerales y muchos estuvieron presentes en mi resurrección.
-¿Pero qué sentiste? ¿Dónde estabas? ¿Qué recuerdas? Cuando volviste a la vida, ¿qué sucedió en ti? ¿Cómo te resucitó?… ¿No se puede ver el sepulcro donde estuviste? ¿De qué moriste? ¿Ahora estás perfectamente? ¿Ya no tienes ni siquiera las señales de las llagas?
Lázaro, paciente, trata de responder a todos. Pero, si bien le resulta fácil decir que se encuentra perfectamente y que incluso las señales de las llagas durante los meses que han pasado desde que resucitó se han borrado ya, no puede decir lo que sintió y cómo lo resucitó. Y responde:
-No lo sé. Me encontré vivo en mi jardín, en medio de los criados y de mis hermanas. Cuando me liberaron del sudario, vi el sol, la luz, tuve hambre, comí, sentí la alegría de vivir y del gran amor del Rabí por mí. Lo demás, más que yo, lo saben los que se encontraban presentes. Ahí están tres de ellos hablando, y otros dos ahí llegan. (Son estos últimos Juan y Eleazar, miembros del Sanedrín, mientras que los tres que están hablando son dos escribas y un fariseo que efectivamente vi en la resurrección de Lázaro, pero cuyo nombre no recuerdo).
-Ésos a nosotros que somos gentiles no nos hablan! Id vosotros, que sois judíos, a preguntarles… Pero tú enséñanos el sepulcro donde estuviste.
Se muestran insistentes al máximo.
Lázaro se decide. Dice algo a los domésticos y luego se dirige a la gente:
-Id por ese camino que va entre ésta y la otra casa mía. Yo salgo a vuestro encuentro para llevaros al sepulcro, aunque, en realidad, lo único que se ve es un agujero abierto en un estrato de roca.
-¡No importa! ¡Vamos! ¡Vamos!
-¡Espera, Lázaro! ¿Podemos ir también nosotros? ¿O para nosotros está prohibido lo que se concede a extranjeros? dice un escriba.
-No, Arquelao. Ven si quieres, si es que no te contamina el acercarte a un sepulcro.
-No me contamina porque no contiene muerte.
-Pero la contuvo durante cuatro días. ¡Por mucho menos uno es considerado impuro en Israel! El que roza con su vestido a uno que tocó un cadáver decís que es impuro. Y mi sepulcro, a pesar de que desde hace mucho esté abierto, todavía despide tufaradas de muerte.
-No importa. Nos purificaremos.
Lázaro mira a los dos fariseos Juan y Eleazar y les dice:
-¿También venís vosotros?
-Sí, vamos.
Lázaro va a buen paso hacia el lado limitado por los setos altos y compactos como muros. Abre una cancilla que está encajada en uno de ellos. Se asoma al camino que lleva a la casa de Simón y hace una señal a los que esperan para que prosigan.
Los guía hacia el sepulcro. Un rosal florecido ciñe su entrada, pero no es suficiente para anular el horror emanado por una tumba abierta. En la roca inclinada bajo el arco florecido se leen las palabras: « ¡Lázaro, sal afuera!».
Los malévolos las ven enseguida, y enseguida dicen:
-¿Por qué has dicho que esculpan ahí esas palabras? ¡No debías hacerlo! (No debías, por deferencia hipócrita, desfasada y farisaica hacia la prescripción de Levítico 26, 1)
-¿Que por qué? En mi casa puedo hacer lo que quiera, y nadie puede acusarme de pecado por haber querido fijar en la roca, para que fueran incancelables, las palabras del grito divino que me devolvió la vida. Cuando esté ahí dentro y no pueda ya celebrar la potencia misericordiosa del Rabí, quiero que el sol las siga leyendo en la piedra, y que las plantas las aprendan de los vientos y las acaricien los pájaros y las flores, y sigan por mí bendiciendo el grito del Cristo que me llamó de la muerte.
-¡Eres un pagano! ¡Eres un sacrílego! Blasfemas contra nuestro Dios. Celebras el sortilegio del hijo de Belcebú. ¡Cuidado, Lázaro!
-Os recuerdo que estoy en mi casa y que estáis en mi casa, y que habéis venido sin que nadie os llamara, y, además, con innoble finalidad. Sois peores que éstos, que son paganos pero que reconocen a un Dios en el resucitador.
-¡Anatema! Como es el Maestro, así es el discípulo. ¡Qué horror! ¡Vámonos! Fuera de esta cloaca inmunda. ¡Corruptor de Israel, el Sanedrín recordará tus palabras!
-Y Roma, vuestros complots. ¡Salid de aquí!
Lázaro, siempre manso, trae a su memoria que es hijo de Teófilo, y los echa como a una manada de perros.
Se quedan los peregrinos, de todas las procedencias. Y éstos preguntan y miran e imploran ver a Jesús.
-Lo veréis en la ciudad. Ahora no. No puedo.
-¡Ah!, ¿pero va a la ciudad? ¿Realmente va a la ciudad? ¿No mientes? ¿Va, a pesar de que lo odien tanto?
-Va. Ahora marchaos, tranquilos. ¿Veis como la casa descansa? No se ve a nadie ni se oye ninguna voz. Habéis visto lo que queríais ver: al resucitado y el lugar de su sepultura. Ahora marchaos. Pero no dejéis que la curiosidad sea estéril.
¡Que el hecho de haberme visto a mí, que soy prueba viva del poder de Jesucristo, Cordero de Dios y Mesías santísimo, os conduzca a todos a su camino! Por esta esperanza me siento contento de haber resucitado, porque espero que el milagro pueda hacer reaccionar a los titubeantes y convertir a los paganos, de forma que persuada a todos de que uno sólo es el verdadero Dios y uno sólo es el verdadero Mesías: Jesús de Nazaret, Maestro santo.
La gente, remolona, desaloja el lugar. Y, si uno se marcha, diez vienen; porque nueva gente sigue viniendo. Pero Lázaro logra con la ayuda de algunos criados empujar afuera a todos y cerrar las cancillas.
Hace ademán de querer retirarse. Ordena:
-Vigilad por que no fuercen las cancillas o salten por encima de ellas. Pronto anochecerá y se marcharán a sus lugares de alojamiento.
Pero, en esto, ve que de tras una espesura de mirtos salen Eleazar y Juan.
-¿Qué? No os había visto y creía…
-No nos expulses. Hemos entrado en una espesura para no ser vistos. Tenemos que hablar con el Maestro. Hemos venido nosotros porque sospechan menos de nosotros que de José y Nicodemo. Pero no quisiéramos ser vistos por nadie, aparte de por ti y por el Maestro… ¿Son de fiar tus criados?
-En casa de Lázaro existe la usanza de ver y oír sólo lo que agrada al dueño, y de no saber nada para los extraños.
Venid. Por este sendero. Entre estas dos paredes vegetales más opacas que un muro.
Los guía por el caminito que hay entre la dúplice, impenetrable barrera de bojes y de laureles.
-Quedaos aquí. Os traigo a Jesús.
-¡Que nadie se percate!…
-No temáis.
La espera dura poco. Pronto en el sendero, semioscuro por la enramada, aparece Jesús, blanco todo con su túnica de lino. Lázaro se queda en el límite del sendero como si estuviera de guardia, o por prudencia. Pero Eleazar le dice -más que decírselo, se lo indica con un gesto-que se acerque.
Lázaro se acerca mientras Jesús saluda a los dos, que lo reverencian inclinándose profundamente.
-Maestro, escucha, y tú también, Lázaro. En cuanto ha corrido la noticia de tu llegada y de que estás aquí, el Sanedrín se ha reunido en casa de Caifás. Todo lo que se hace es un abuso… Y ha decidido… ¡No te hagas falsas ilusiones, Maestro! ¡Vigila, Lázaro! Que no os seduzca la falsa calma, la aparente somnolencia del Sanedrín.
Es una simulación, Maestro; una simulación para atraerte hacia ellos y apresarte sin que la muchedumbre se altere y se prepare a defenderte.
Tu suerte está signada y el decreto no se cambia. Puede ser mañana o dentro de un año, pero se cumplirá. El Sanedrín no olvida nunca sus venganzas.
Espera, sabe esperar la ocasión propicia, ¡pero luego!… Y también tú, Lázaro. Quieren quitarte de en medio, apresarte, eliminarte, porque por causa tuya demasiados los abandonan para seguir al Maestro. Tú -lo has dicho con exactas palabras-eres el testimonio de su poder. Y quieren destruir ese testimonio. Las muchedumbres pronto olvidan. Ellos eso lo saben. Una vez desaparecidos tú y el Rabí, se apagarán muchos ardores.
-¡No, Eleazar! ¡Arderán con viva llama! -dice Jesús.
-¡Oh, Maestro! ¿Pero… qué… si Tú estás muerto?: ¿de qué nos servirá el que la fe en ti -admitámoslo-se alce con viva llama, si Tú estás apagado? Yo esperaba tan sólo poder decirte algo alegre y hacerte una invitación: mi esposa pronto dará a luz al hijo que tu justicia ha hecho florecer poniendo de nuevo la paz entre dos corazones en tempestad. Nacerá para Pentecostés. Quisiera decirte que vinieras a bendecirlo. Si entras bajo mi techo, toda calamidad quedará para siempre alejada de mi hogar dice el fariseo Juan.
-Te doy ya desde ahora mi bendición…
-¡Entonces es que no quieres venir a mi casa! ¡No me crees leal! ¡Lo soy, Maestro! ¡Dios me ve!
-Lo sé. Es que… para Pentecostés ya no estaré entre vosotros.
-Pero el niño nacerá en la casa que tengo en el campo…
-Ya lo sé. Pero Yo ya no estaré. No obstante, tú, tu esposa, el que nacerá y los hijos que ya tienes tenéis mi bendición. Os doy las gracias por haber venido.
Ahora marchaos. Guíalos por el sendero hasta más allá de la casa de Simón. Que no los vean… Yo vuelvo a casa. La paz a vosotros…