por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
El tiempo, de nuevo sereno después de las lluvias de los días pasados, muestra un cielo tersísimo y un sol fúlgido.
La tierra, lavada por las lluvias, está tan limpia como el aire, tan fresca y limpia, que parece creada pocas horas antes. Todo resplandece y canta en esta mañana serena.
Jesús pasea lentamente por los senderos más lejanos del jardín. Sólo algún criado jardinero observa este solitario paseo de las primeras horas de la mañana.
Nadie interrumpe al Maestro; al contrario, se retiran silenciosamente, para respetar su paz. Además, es sábado, día de descanso, y los jardineros no están trabajando, aunque, por una costumbre que es tan larga como su vida, están afuera observando las plantas o las colmenas o las flores -para estas cosas no hay sábado-, que ponen fragancias, susurros o zumbidos, bajo el sol o la brisa abrileña.
Luego el jardín se va animando lentamente. Primero los domésticos y criadas, luego los apóstoles y las discípulas, por último Lázaro. Jesús se acerca a ellos y los saluda.
-¿Desde cuándo estás aquí, Maestro? -pregunta Lázaro sacudiendo de los mechones de los cabellos de Jesús algunas gotas de rocío.
-Desde la aurora. Me han llamado a alabar a Dios tus pájaros, y he venido aquí afuera. Contemplar a Dios en las bellezas de la Creación significa darle honor y orar con espíritu conmovido. Es hermosa la Tierra. Y en estas primeras horas del día, de un día como éste, se nos muestra con la frescura que tenía en los primeros días de su existencia.
-Verdaderamente tiempo de Pascua. Y se ha estabilizado. Se mantendrá porque se ha estabilizado en el primer período lunar con viento propicio -sentencia Pedro.
-Me alegro mucho. La Pascua con agua es triste.
-Y peor todavía es para la mies. El trigo requiere sol, ahora que se va acercando a la siega -dice Bartolomé.
-Estoy contento de estar aquí en paz. Hoy es sábado y no vendrá nadie. Ningún extraño entre nosotros -dice Andrés.
-Te equivocas. Hay un huésped, un pequeño huésped. Está durmiendo todavía, Maestro. La cama blanda y el estómago saciado le dan largo sueño. He pasado a verlo. Noemí lo está velando -dice Lázaro.
-¿Pero quién es? ¿Cuándo ha venido? ¿Quién lo ha traído? Porque hablas como si se tratara de un niño -preguntan hombres y mujeres
-Es un niño. Un pobre niño. Lo ha traído aquí su dolor. Estaba allí, contra las barras de la cancilla, mirando hacia la casa. Y el Maestro lo ha acogido.
-No sabíamos nada… ¿Por qué?
-Porque la criatura tenía necesidad de paz -responde Jesús, y su rostro se sume en un pensamiento profundo mientras termina diciendo:
-Y en casa de Lázaro se sabe guardar silencio.
Un criado viene a decir algo a Marta y se retira, para volver luego con otros, trayendo ánforas de leche y tazas, y pan con mantequilla y miel. Se sirven todos y se sientan acá o allá en los asientos diseminados.
Pero luego desean reunirse de nuevo en torno al Maestro y piden una parábola, «una bonita parábola» dicen «serena como este día de Nisán».
-No una. Os voy a proponer dos. Escuchad.
Un día, en una fiesta del Señor, un hombre quiso encender dos lámparas para honrarlo. Así pues, tomó dos recipientes de la misma anchura y metió en ellos la misma cantidad y el mismo tipo de aceite, metió una mecha igual y las encendió a la misma hora, para que oraran por él mientras trabajaba como estaba permitido.
Volvió pasado un cierto tiempo y vio que una lámpara ardía fuerte mientras que la otra tenía una llamita muy quieta y que apenas emitía un punto de luz en el rincón donde ardían las lámparas. El hombre pensó que estaría mal hecha la mecha. La observó. No, iba bien. Pero no quería arder tan alegremente como la otra lamparita, que tan alegremente ardía que parecía una lengua la llama que lanzaba, y era como si verdaderamente musitase palabras (en efecto, al agitarse ardiendo con tanta vehemencia, hasta emitía un leve susurro).
"¡Esta lamparita verdaderamente canta las alabanzas del Señor altísimo!" dijo para sí. "¡Sin embargo, esta otra! ¡Mírala, alma mía!
¡Lo hace con tan poco ardor, que parece que le pesara el tener que honrar al Señor!", y volvió a sus trabajos.
Pasado un rato, regresó. Una llama se había alzado todavía más, y la otra se había bajado aún más y, cuanto más vibraba la otra resplandeciendo, ésta ardía cada vez más quieta y calmosa. Volvió otra vez, y lo mismo.
Por tercera vez volvió, y lo mismo. Pero, al volver la cuarta vez, vio la habitación llena de humo maloliente y oscuro, y vio que una única llamita lucía a través de los velos del humo denso. Fue a la repisa donde estaban las lamparillas y vio que la que tanto ardía antes estaba ennegrecida y se había consumido totalmente. Vio que incluso había manchado con su lengua la pared blanca. La otra, por el contrario, seguía honrando al Señor con su constante luz.
Estaba para poner remedio a lo que había sucedido, cuando una voz le resonó cercana: "No cambies las cosas de como están, sino medita en ellas, que son un símbolo. Yo soy el Señor".
El hombre se arrojó rostro en tierra al suelo, adorando, y con gran temor, se atrevió a decir: "Soy un ignorante. Explícame, oh Sabiduría, el símbolo de las lamparillas, de las cuales, la que parecía más activamente honrarte ha causado un daño y la otra mantiene su luz".
"Lo haré. En los corazones de los hombres sucede como con estas dos lamparitas. Hay corazones que al principio arden y resplandecen y resultan admirables para los hombres, pues muy perfecta y constante parece su llama. Y hay corazones que resplandecen tenuemente, con un resplandor que no llama la atención y que puede parecer tibieza en lo relativo a honrar al Señor. Pero, pasada la primera efusión de llama, o la segunda o la tercera, entre la tercera y la cuarta causan daño, y luego se apagan, con quebranto, porque la luz de esos corazones no era segura.
Quisieron brillar más por los hombres que por el Señor, y la soberbia los consumió en breve tiempo, en medio de un humo negro y denso que entenebreció incluso el aire. Los otros tuvieron una voluntad única y constante: honrar sólo a Dios; y, sin preocuparse de si el hombre los alababa, se fueron consumiendo a sí mismos con una larga y clara llama, exenta de humo y de hedor. Que sepas imitar a esa lamparita constante, porque sólo ésa es grata al Señor".
El hombre alzó la cabeza… El aire había quedado limpio de humo y la estrella de la lamparita fiel resplandecía, ella sola, pura, firme, en honor de Dios, haciendo brillar el metal de la lamparilla como si fuera de oro puro. Y la miraba resplandecer, siempre igual, durante horas y horas, hasta que dulcemente, sin humo ni mal olor, sin ensuciar el recipiente que la contenía, la llama expiró en un repentino resplandor pareciendo subir al cielo para fijarse entre las estrellas, habiendo honrado dignamente al Señor hasta la última gota y la última hebra de su vida.
En verdad, en verdad os digo que son muchos los que arden con intensa llama al principio y llaman la atención del mundo, el cual sólo ve la superficie de las acciones humanas; pero después mueren carbonizándose y ahumando con su acre humo. Y en verdad os digo que Dios no observa su llama porque ve que es un arder orgulloso que tiene un fin humano. ¡Bienaventurados los que saben imitar a la segunda lamparita y no carbonizarse sino subir al Cielo con el último latido de su constante amor.
-¡Es una curiosa parábola! ¡Pero verdadera! ¡Bonita! ¡Me gusta! Yo querría saber si nosotros somos esas lamparitas que suben al Cielo.
Los apóstoles intercambian sus expresiones.
Judas encuentra la forma de morder. Y su mordisco va a María de Magdala y a Juan de Zebedeo:
-¡Cuidado, María, y tú, Juan! Vosotros sois entre nosotros las lamparitas que emitís intensa llama… ¡No os vaya a suceder un mal!
María de Magdala está a punto de responder, pero se muerde los labios para no decir las palabras que le habían subido del corazón Mira a Judas. Se limita a mirarlo. Pero es tan ardiente esa mirada que Judas deja de reírse y de mirarla.
Juan, manso de corazón aunque ardiente de caridad, responde dulcemente:
-Por mí solo, eso podría suceder; pero confío en la ayuda del Señor, y espero poder consumirme hasta la última gota y la última hebra para honrar al Señor Dios nuestro.
-¿Y la otra parábola? Has prometido dos -recuerda Santiago de Alfeo.
-Ésta es mi segunda parábola. Está llegando… -y señala hacia la puerta de la casa, tapada por una cortina que con el viento se mueve levemente y que la mano de un criado descorre para dejar paso a la anciana Noemí, la cual se arroja a los pies de Jesús diciendo
-¡El niño está sano! ¡Ya no está deforme! Lo has curado durante la noche. Se había despertado y yo estaba preparando el baño para lavarlo antes de ponerle la blusa y la túnica que había cosido durante la noche tomando una túnica que Lázaro ya no usaba. Pero cuando le he dicho:
"Ven, niño" y he alzado las mantas, he visto que su pequeño cuerpo, tan contrahecho ayer, ya no era así. Y he gritado. Inmediatamente han ido Sara y Marcela, que ni tenían noticia de que el niño estuviera en mi cama durmiendo, y las he dejado allí para venir inmediatamente a decírtelo…
La curiosidad envuelve a todos. Preguntas, ansias de ver.
Jesús aplaca el rumor con un gesto. Ordena a Noemí:
-Vuelve donde el niño. Lávalo, vístelo y tráelo aquí.
Y dirige su palabra a los discípulos:
-Ésta es la segunda parábola, que puede enunciarse así: "La verdadera justicia ni se toma venganza ni hace distinciones". Un hombre, es más: el Hombre, el Hijo del hombre, tiene enemigos y amigos; pocos amigos, muchos enemigos. Y de sus enemigos no ignora ni el odio ni los pensamientos; y conoce la voluntad de sus enemigos, una voluntad que no cederá ante ninguna acción, por horrenda que sea.
En esto sus enemigos son más fuertes que sus amigos, para los cuales el abatimiento o la desilusión son como arietes que derruyen su fortaleza. Este Hijo del hombre, que tiene tantos enemigos, y al cual se echan en cara tantas cosas no verdaderas, encontró ayer a un pobre niño, el más desolado de los niños, hijo de uno que es enemigo suyo.
Este niño estaba contrahecho y tullido y pedía una gracia extraña, la de morir. Todos piden al Hijo del hombre honores y alegrías, piden salud, piden vida. Este pobre niño pedía morir para no sufrir más. Ha conocido ya todo el dolor de la carne y del corazón, porque el que le engendró, que además me odia sin razón, odia también al inocente infeliz al que engendró.
Y Yo lo he curado para que deje de sufrir, para que además de la salud física pueda alcanzar la salud espiritual. También su pequeña alma está enferma. El odio del padre y las burlas de los hombres se la han llagado y yermado en orden al amor. Sólo le ha quedado la fe en el Cielo y en el Hijo del hombre, al cual -mejor: a los cuales-pide la muerte. Aquí está.
Ahora lo oiréis hablar.
El niño, arreglado, vestido de limpio con la tuniquita de lana blanca que Noemí, veloz, le ha cosido durante la noche, se acerca de la mano de la anciana nodriza. Es pequeño, a pesar de que, no estando ya encorvado y contrahecho, parezca más alto que el día anterior. Su carita es la de una criatura precozmente adulta por el dolor: irregular y un poco ajada.
Pero ya no está deforme. Sus piececitos descalzos pisan seguros en el suelo, con un paso que ya no cojea como el le los rencos. Sus espaldas están flacas, pero bien rectas. El cuello, delgado, sobresale de ellas y parece más largo que ayer, cuando se le hundía entre las clavículas asimétricas.
-¡Pero… pero si es el hijo de Anás de Nahúm! ¡Qué forma de desperdiciar un milagro! ¿Piensas que así se van a volver amigos tuyos su padre y Nahúm? ¡Más odio vas a crear en ellos! Porque sólo deseaban la muerte de este niño, fruto de un matrimonio infausto -exclama Judas de Keriot.
-No obro milagros para conseguir amigos, sino por compasión hacia las criaturas y para dar honor al Padre mío. No hago distinciones ni cálculos, nunca, cuando me inclino compasivo hacia una miseria humana. No me vengo de quien me persigue…
-Nahúm considerará venganza este acto tuyo.
-Ni siquiera tenía noticia de este niño, cuyo nombre todavía ignoro.
-Por desprecio lo llaman Matusala, o Matusalén.
-Mi madre me llamaba Salem. Mi madre me quería. No era mala: como eres tú y como son los que me odian -dice el niño con una luz en los ojos, esa luz de ira impotente que tienen los hombres y los animales que han sido largamente vejados.
-Ven aquí, Salem. Aquí, conmigo. ¿Estás contento de estar sano?
-Sí… pero hubiera preferido morir, porque seguirán sin quererme. Si hubiera vivido mi madre, habría sido bonito. ¡Pero así!… Seré siempre infeliz.
-Tiene razón. Ayer encontramos a este niño. Nos preguntó si estabas en Betania, en casa de Lázaro. Queríamos darle una limosna porque pensamos que sería un mendigo. Pero no la aceptó. Estaba en la linde de una parcela de tierra… -dice el Zelote.
-¿Tú tampoco lo conocías? Es extraño -dice Judas de Keriot.
-Más extraño es que tú sepas tan bien estas cosas. ¿Olvidas que me contaba entre el número de los perseguidos y luego de los leprosos hasta que vine con el Maestro?
-¿Y tú olvidas que soy amigo de Nahúm, que es el apoderado de Anás? Nunca os lo he ocultado.
-¡Bien! ¡Bien! Esto no tiene importancia. Lo importante es saber qué hacemos ahora con este niño. Su padre no lo
estima, es verdad pero sigue teniendo derechos sobre él. No podemos arrebatarle el hijo, así, sin decírselo. Tenemos que ser cautos y no irritarlos, porque ahora parecen mejores con nosotros -dice Natanael. Judas se ríe alto, sarcásticamente, y no da ninguna explicación de por qué se ríe.
Jesús, que ha puesto sobre sus rodillas al niño, dice lentamente.
-Haré frente a Nahúm… No seré más odiado por esto. No puede aumentar su odio. No puede. Es ya completo.
Analía, que no ha hablado en todo este tiempo, absorta por completo en un pensamiento suyo que le infunde beatitud, abre sus labios para decir:
-Si me hubiera quedado, me habría gustado tomarlo conmigo. Soy joven, pero tengo corazón de madre…
-¿Te marchas? ¿Cuándo? -preguntan las mujeres.
-Pronto.
-¿Para siempre? ¿Y a dónde vas? ¿Fuera de Judea?
-Sí. Lejos. Muy lejos. Para siempre. Y me siento muy feliz.
-Lo que tú no puedes hacer otras podrán, si su padre lo cede.
-Si estáis tan interesados, se lo digo a Nahúm. Es él el que cuenta. Más que el padre verdadero. Mañana se lo diré promete Judas e Keriot.
-Si no fuera sábado… iría a casa de ese Josías al que se lo habían entregado -dice Andrés.
-¿Para ver si están apenados por haberlo perdido? -pregunta Mateo.
-Creo que si una de sus abejas se perdiera estarían más afligidos… -dice entre dientes y con enfado Maximino, que hace un rato que se ha acercado.
E1 niño no habla. Está bien junto a Jesús, y estudia las caras que tiene a su alrededor, con esa mirada aguda que frecuentemente tienen los niños enfermizos y que han vivido en el dolor. Parece escudriñar más los corazones que las caras, y cuando Pedro pregunta: “¿Qué te parecemos nosotros?”, el niño, poniéndole una mano en su mano, le responde diciendo:
-Tú eres bueno.
Luego aclara:
-Todos menos. Pero… hubiera preferido no ser reconocido. Tengo miedo… -y mira a Judas de Keriot.
-De mí, ¿no es verdad? ¿Miedo a que hable con tu padre? Está claro que tendré que hacerlo, si tengo que consultarle si te confía a nosotros. De todas formas… no te llevará.
-Ya lo sé. Es otra cosa… Lo que quisiera es estar muy lejos… como esa mujer… Ir a la tierra de mi madre. Hay un mar azul rodeado de montes muy verdes. Se le ve abajo.
Y muchas velas blancas lo surcan. Y tiene bonitas ciudades alrededor. Luego, en los montes, hay muchas grutas donde las abejas silvestres hacen una miel dulcísima. Desde que se murió mi madre y me dieron a Josías no he vuelto a comer miel. Felipe, José, Elisa y los otros niños sí que comían miel, pero yo no. Tenía tantas ganas de miel, que, si hubieran puesto el recipiente de la miel en un lugar bajo, habría hurtado. Pero lo tenían en los estantes altos, y yo no podía subir a las mesas como hacía Felipe.
¡Tengo muchas ganas de comer miel yo!
-¡Pobre hijo! ¡Voy a traerte toda la que quieras! -dice Marta conmovida, y se marcha rápida.
-¿Pero de dónde es su madre? -pregunta Pedro.
-Tenía casas y propiedades en Sefet. Era hija única, huérfana y única heredera. Ya de una cierta edad, fea y levemente contrahecha. Pero muy rica. Siendo el paraninfo el viejo Sadoq, el hijo del favorito de Anás consiguió casarse con ella… Un contrato que fue un verdadero comercio indigno, puro cálculo y cero amor.
Vendió los bienes de la mujer diciendo que estaban demasiado lejos de aquí, excepto una pequeña casa que antes era del administrador, que la había recibido como regalo del viejo patrón para toda su vida y la de sus herederos hasta la cuarta generación. Lo vendió todo y lo consumió todo en especulaciones desafortunadas. De todas formas… esto no lo creo, porque sé que tiene bonitas tierras hacia la parte de la ribera… que antes no tenía… Luego, después de algunos años de matrimonio, estando ya la mujer al borde de su ocaso, nació este hijo… y fue pretexto para repudiar a la mujer y tomar otra, de la llanura de Sarón, joven, guapa y rica… La divorciada se refugió en la casa del viejo administrador y allí murió. No sé por qué no se quedaron con este niño. El padre pensaba que moriría -explica el Iscariote.
-Porque Juan había muerto, y también María, y los hijos se habían marchado a servir a otros lugares. ¿Quién se iba a hacer cargo de mí, no siendo hijo y no pudiendo trabajar? De todas formas, Micael e Isaac eran buenos, y también Ester y Judit. Y son buenos. Cuando vienen para las fiestas me traen cosas, pero Josías me las quita para sus hijos.
-Pero no quieren tenerte -rebate Judas.
-Ahora que estoy derecho y fuerte, me querrán tener. ¡Ellos son siervos! Ya he dicho que no podían decir al patrón: "Hazte cargo de este tullido enfermo". Pero ahora pueden.
Bartolomé le hace reflexionar:
-Lo que pasa es que si has huido de casa de Josías no te podrán encontrar.
La cabal observación toca al niño, que reflexiona (y es que la enfermedad le ha dado una mente precozmente reflexiva, como también un rostro precozmente adulto). Desanimado, dice:
-Es verdad. En eso no había pensado.
-Vuelve allí. En estos días irán…
-¡Allí! No. No vuelvo allí. No quiero volver allí. ¡Antes me mato' -Una furia salvaje lo altera profundamente. Pero rompe a llorar y se vuelca sobre las rodillas de Jesús, y dice:
-¿Por qué no me has quitado la vida?
Marta, que está volviendo con un tarro de miel, se queda estupefacta ante esta desolación. Bartolomé, por su parte, afligido por haberla provocado, se disculpa:
-Creía que estaba dando un buen consejo. Un consejo bueno para todos. Para el niño, para ti, Maestro, para Lázaro… Ninguno de vosotros ni de nosotros tiene necesidad de nuevo odio…
-¡Es verdad! ¡Un problema bien serio! -exclama Pedro, y, meditando en el caso, saca sus conclusiones, que concluye con su típico silbido, exponente para él de su estado de ánimo ante problemas difíciles, graves de resolver.
Unos proponen una cosa, otros otra. Ir donde Nahúm. Ir donde Josías y decirle que mande a estos Micael e Isaac a casa de Lázaro, o a otra parte donde esté el niño (porque es prudente no hacer odiar más a Lázaro de lo que ya lo odian por su amistad con Jesús). No decir nada a nadie y hacer desaparecer al niño dándolo a algún discípulo seguro.
Judas de Keriot no habla. Es más, parece ajeno al intercambio de pareceres; juguetea con los caireles de su túnica, peinándolos y despeinándolos con los dedos.
Tampoco Jesús habla. Acaricia y calma al niño. Le alza la cara y pone entre sus manos el tarrito de miel.
Salem es un niño, un pobre niño de diez años que ha sufrido siempre. Pero, aunque el dolor lo haya madurado, sigue siendo un niño; de forma que ante tanto tesoro de miel cambia sus últimas lágrimas por un estupor extático. Pregunta, alzando esos ojos suyos -única belleza suya-tan castaños, tan grandes e inteligentes; pregunta: -¿Cuánta puedo coger? ¿Un cacillo de éstos, o dos? -y señala a la redonda cuchara de plata que lentamente se hunde en la dorada miel.
-Toda la que quieras, niño. Toda la que desees. El resto te lo tomarás mañana, y después. ¡Es toda tuya! -dice Marta acariciándolo.
-¡¡¡Toda mía!!! ¡¡Nunca he tenido tanta miel!! ¡Toda mía! -y aprieta con reverencia el tarrito contra su pecho como si fuera un tesoro.
Pero luego siente que más precioso que el tarro es el amor que se lo ofrece, y deja el tarrito en las rodillas de Jesús para alzar los brazos queriendo ceñir el cuello de Marta, que está inclinada hacia él, y besarla. Es todo lo que puede su agradecimiento, todo lo que él, un desamparado que no tiene nada que ofrecer, puede dar.
Los otros dejan de proponer planes, para observar la escena. Pedro dice:
-¡Éste es todavía más infeliz que Margziam, que tenía al menos el amor de su abuelo y de los otros campesinos! ¡Verdaderamente hay que decir que hay siempre dolores mayores que los que hemos juzgado grandísimos!
-Sí. No ha sido tocado aún el fondo del abismo del dolor humano. ¿Quién sabe cuántos secretos oculta todavía… y ocultará en los siglos futuros? -dice Bartolomé pensativo.
-¿Entonces no tienes fe en la Buena Nueva? ¿No crees que la Buena Nueva cambiará el mundo? Lo dicen los profetas, y el Maestro lo repite. Eres un incrédulo, Bartolmái -dice Judas Iscariote con leve ironía.
El Zelote le responde:
-No veo dónde está la incredulidad de Bartolomé. La doctrina del Maestro dará consuelo a todas las desventuras, modificará incluso la crueldad de los usos y costumbres, pero… no eliminará el dolor; lo hará soportable con sus divinas promesas de alegría futura.
Para que fuera abolido el dolor -o, al menos, mucha parte de dolor, porque, en todo caso, seguiría habiendo enfermedades y muertes y cataclismos naturales-, haría falta que todos tuvieran el corazón que tiene el Cristo, pero…
Le interrumpe Judas Iscariote:
-Efectivamente, eso debe suceder. Si no, ¿para qué habría servido el que el Mesías hubiera venido a la Tierra?
-Digamos que así debería ser. Pero, dime, Judas, ¿esto se ha verificado entre nosotros? Somos doce y vivimos con Él desde hace tres años, y absorbemos su doctrina como el aire que respiramos. ¿Y bien? ¿Somos ya santos los doce?
¿Qué hacemos nosotros que no lo hagan Lázaro, Esteban, Nicolái, Isaac, Manahén, José, Nicodemo, las mujeres o los niños? Hablo de los justos de esta Patria nuestra. Todos éstos, tanto sí son sabios y ricos como si son pobres e ignorantes, hacen lo que hacemos nosotros: un poco de bien, un poco de mal, pero sin renovarnos totalmente. Es más, te digo que muchos, muchos, nos superan. Sí, muchos seguidores nos superan a nosotros, apóstoles… ¿Y pretendes que todo el mundo tome el corazón que tiene el Cristo, si nosotros, los apóstoles, no lo hemos tomado? Hemos mejorado más o menos… al menos, eso esperamos, porque difícilmente el hombre se conoce y conoce al hermano que vive a su lado.
Es demasiado opaco y espeso el velo de la carne, y demasiado atento está el corazón del hombre a no ser escrutado, como para que el hombre comprenda al hombre. Siempre, observándose u observando, uno se queda en la superficie: cuando se trata del examen nuestro porque no queremos conocernos para no sufrir en nuestro orgullo o en la necesidad de cambiar; cuando se trata del examen de los demás, porque nuestro orgullo de examinadores nos hace jueces injustos y el orgullo del examinado se cierra, como hace una ostra con sus valvas respecto a lo que tiene en su interior -dice el Zelote.
-¡Así es! Simón, verdaderamente has pronunciado palabras de sabiduría -aprueba Judas Tadeo. Y los otros le hacen coro.
-¿Y entonces a qué ha venido si nada debe cambiar? -rebate Judas Iscariote.
Jesús toma la palabra:
-Muchas cosas cambiarán. No todo. Porque contra mi Doctrina habrá en el futuro lo que ahora es ya una realidad: odio, el odio de los que no estiman la Luz. Porque contra la fuerza de mis seguidores estará la de los seguidores de Satanás ¡Cuántos! ¡Con cuántos aspectos! Y ¡cuántas doctrinas heréticas irán surgiendo nuevas, opuestas a mi Doctrina, inmutable por ser perfecta!
¡Cuánto dolor generarán esas doctrinas! Vosotros no conocéis el futuro. A vosotros os parece mucho el dolor que ahora hay en el mundo… Pero Aquel que conoce ve horrores que no serían comprendidos, aunque Yo os los explicara…
¡Ay, si Yo no hubiera venido, si no hubiera venido para dar a los que han de venir un código que frene los instintos en los mejores, y para dar una promesa de paz futura! ¡Ay, si el hombre no tuviera, por mi venida, elementos espirituales que pueden mantenerlo "vivo" en la vida del espíritu, mantenerlo con la seguridad de un premio!… Si no hubiera venido, con el paso de los siglos la Tierra se transformaría en un vasto infierno terrestre y la raza humana se despedazaría y perecería maldiciendo al Creador…
-El Altísimo prometió no volver a mandar castigos universales como el diluvio. Una promesa de Dios no falla -dice Judas.
-Sí, Judas de Simón. Es verdad. El Altísimo no volverá a mandar calamidades universales como el diluvio. Pero los hombres se crearán por sí mismos calamidades cada vez más atroces, unas calamidades respecto a las cuales el diluvio y la lluvia de fuego que exterminó a Sodoma y Gomorra tendrán aspecto de castigos piadosos. ¡Oh!…
Jesús se pone en pie con un gesto de angustiosa piedad por las gentes futuras.
-¡Bien! ¡Bien! Tú sabes… ¡Pero ahora qué hacemos respecto a éste? -pregunta Judas Iscariote señalando al niño, que está saboreando en pequeñas dosis su miel y está todo contento.
-A cada día su afán. Ya dirá el mañana. Preocuparse del mañana es vano, considerando que ni siquiera sabemos quién estará vivo todavía mañana.
-No pienso como Tú. Y lo que digo es que habría que saber dónde vamos a alojarnos, dónde comeremos la Cena… Muchas cosas. Si esperamos y esperamos, pues la ciudad se llena; ¿y a dónde iremos nosotros? A Getsemaní, no; a casa de José, no; a casa de Juana, no; donde Nique, no; donde Lázaro, tampoco. ¿A dónde entonces?
-A donde el Padre prepare un refugio para su Verbo.
-¿Crees que quiero saberlo para decirlo?
-Tú lo dices. Yo no he dicho nada. Ven, Salem. Mi Madre tiene noticia de ti pero todavía no te ha visto. Ven, voy a llevarte donde Ella.
-¿Pero está enferma tu Madre? -pregunta Tomás.
-No. Está orando. Tiene mucha necesidad de orar.
-Sí. Sufre mucho. Llora mucho. Y el único consuelo de María es la oración. Siempre la he visto orar mucho.
Podría decir que en los momentos de mayor dolor vive de oración… -explica María de Alfeo mientras Jesús se aleja llevando de la mano al niño y teniendo al otro lado a Analía, a la que ha invitado a ir con Él donde María.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
El charloteo de las mujeres llena la bonita sala blanca, una de las destinadas para los banquetes, de blancas paredes y blanco techo, blancas cortinas gruesas, blancas tapicerías que cubren los asientos, blancas lastras de mica o de alabastro, usadas como cristales de ventanas y para las lámparas.
Una quincena de mujeres hablando no es cosa de poco. Pero en cuanto Jesús aparece en el umbral de la puerta, corriendo la pesada cortina, se hace un silencio absoluto.
Todas se levantan y se inclinan con el máximo respeto.
-Paz a todas vosotras -dice Jesús con una dulce sonrisa… Ningún rastro de la recién terminada borrasca de dolor se ve en su cara, que aparece serena, luminosa, pacífica, como si ninguna cosa penosa hubiera ocurrido o estuviera para ocurrir con pleno conocimiento suyo.
-Paz a ti, Maestro. Hemos venido. Me enviaste el recado de que viniera con todas las mujeres que estaban conmigo. Te he obedecido. Conmigo estaba Elisa. La tengo conmigo en estos días. Y conmigo estaba ésta, que dice que es seguidora tuya. Había venido buscándote porque no se ignora que yo soy tu feliz discípula. Y también está conmigo Valeria, en mi casa desde que estoy en mi palacio.
Con Valeria estaba Plautina, que había ido a visitarla. Con ellas estaba ésta. Valeria te hablará de ella. Después vino Analía, a la que habían informado de tu deseo; y esta jovencita que creo que es pariente suya. Nos hemos organizado para venir. Y no nos hemos olvidado de Nique.
¡Es tan bonito sentirse hermanas en la misma fe en ti… y esperar que también las que ahora están al nivel de un amor natural por el Maestro asciendan más, como ha hecho Valeria! -dice Juana, mirando de soslayo a Plautina, que… se ha quedado en el amor natural…
-Los diamantes se forman con lentitud, Juana. Se necesitan siglos de fuego sepultado… Nunca hay que tener prisa… ni desanimarse nunca, Juana…
-¿Y cuando un diamante se vuelve… ceniza?
-Señal es de que aún no era diamante perfecto. Se necesita más paciencia y más fuego. Volver a empezar, esperando en el Señor. A menudo, lo que la primera vez parece un fracaso se transforma en triunfo la segunda.
-O la tercera o la cuarta, e incluso más. Yo he sido un fracaso muchas veces, ¡Pero, al final, has triunfado, Rabbuní! dice María de Magdala, con su voz de órgano, desde el fondo de la sala.
-María se alegra cada vez que puede abatirse recordando el pasado… -suspira Marta, que querría que ese pasado quedara borrado del recuerdo de todos los corazones.
-¡Verdaderamente, hermana, es así! Me alegro de recordar el pasado. Pero no para abatirme, como dices, sino para subir más, impulsada por el recuerdo del mal cometido y por el agradecimiento hacia Aquel que me ha salvado. Y también para que quien siente vacilación respecto a sí mismo o respecto a algún ser querido pueda hallar nuevo aliento y llegar a esa fe que mi Maestro dice que sería capaz de mover las montañas.
-Y tú la posees. ¡Dichosa tú! Tú no conoces el miedo… – suspira Juana, que tan mansa y tímida es y que aún más lo parece si se la compara con la Magdalena.
-No lo conozco. Nunca ha estado en mi naturaleza humana. Y ahora, desde que soy de mi Salvador, ya no lo conozco ni siquiera en mi naturaleza espiritual. Todo ha servido para aumentar mi fe. ¿Puede, acaso, una mujer que ha resucitado como yo y que ha visto resucitar a su hermano dudar ya de algo? No. Nada me hará ya dudar.
-Mientras Dios está contigo, o sea, mientras está contigo el Rabí… Pero Él dice que pronto nos dejará. ¿Qué será entonces nuestra fe? Quiero decir vuestra fe, porque yo todavía no estoy imbuida más allá de los límites humanos… -dice Plautina.
-Su presencia material o su material ausencia no lesionarán mi fe. No temeré. Esto no es soberbia, es conocimiento de mí misma Aunque las amenazas del Sanedrín se hicieran realidad… No, yo no temeré…
-¿Pero qué es lo que no temerás? ¿Que el Justo sea justo? Este temor tampoco yo lo tendré. Lo creemos de muchos sabios cuya sabiduría saboreamos; yo diría: de muchos sabios de los que nos nutrimos, con la vida de su pensamiento, siglos después de haber desaparecido ellos. Pero si tú… -insiste Plautina.
-No temeré ni siquiera por su muerte. La Vida no puede morir. Ha resucitado Lázaro, que era… un pobre ser humano…
-No por sí ha resucitado, sino porque el Maestro ha llamado su espíritu del mundo de ultratumba. Obra que sólo el Maestro puede hacer. ¿Pero quién llamará al espíritu del Maestro, si lo matan a Él?
-¿Que quién? Pues Él. O sea, Dios. Dios se ha hecho a sí mismo, Dios por sí mismo puede resucitarse. -Dios… sí… en vuestra fe, Dios se ha hecho a sí mismo. Ya de por sí admitir esto es arduo para nosotros, que pensamos que los dioses vienen los unos de los otros por amores divinos.
-Por torpes, irreales amores, debes decir -la interrumpe impetuosa María de Magdala. -Como quieras… -dice Plautina en tono conciliador. Y está para terminar la frase pero María de Magdala se anticipa otra vez y dice:
-Pero el Hombre -esto es lo que quieres decir-no puede resucitarse por sí mismo. Pero Él, de la misma forma que por sí mismo se ha hecho Hombre, porque nada le es imposible al Santo de los santos, pues por sí mismo se dará la orden de resucitar. Tú no puedes comprender. No conoces las figuras de nuestra historia de Israel.
Él y sus prodigios están en esas figuras. Y todo se cumplirá como está escrito. Yo creo con antelación, Señor.
Todo lo creo. Que Tú eres el Hijo de Dios y el Hijo de la Virgen, que eres el Cordero de salvación, que eres el Mesías santísimo, que eres el Libertador y Rey universal, que tu Reino no tendrá fin ni confín, y, en fin, que la muerte no prevalecerá contra ti, porque la vida y la muerte han sido creadas por Dios y le están sujetas como todas las cosas. Yo creo. Y, si el dolor de verte desconocido y vejado será grande, mayor será mi fe en tu Ser eterno. Yo creo. Creo en todo lo que de ti está escrito, en todo lo que Tú dices.
Supe creer también respecto a Lázaro, la única que supo obedecer y creer, la única que supo reaccionar contra aquellos hombres y contra aquellas cosas que querían persuadirme de que no creyera. Sólo en el extremo, cercana al final de la prueba, sentí desconcierto… Pero la prueba duraba ya mucho… y ya no pensaba que ni siquiera Tú, Maestro bendito, pudieras acercarte al golal tantos días después de la muerte… Ahora… ya no dudaría ni aunque, en vez de días, hubiera de abrirse un sepulcro para restituir su presa después de meses de tenerla en su vientre. ¡Oh, mi Señor! ¡Sé quién eres! ¡El fango ha conocido a la Estrella!
María se ha acurrucado a sus pies, en el suelo de mármol, ya sin vehemencia: mansa, adoradora con la expresión de su rostro, que tiene alzado hacia Jesús.
-¿Quién soy?
-El que es. Esto eres. Lo otro, la exterioridad humana, es el revestimiento, el necesario revestimiento que vela tu esplendor y santidad, para que tu santidad pudiera venir a nosotros y salvarnos. Pero Tú eres Dios, mi Dios.
Y se echa al suelo, a besar los pies de Cristo, y parece como si no pudiera despegar los labios de los dedos que sobresalen por debajo de la larga túnica de lino.
-Álzate, María. Mantén siempre con firmeza esta fe tuya. Y álzala como una estrella en las horas de borrasca, para que los corazones claven en ella su mirada y sepan esperar; al menos eso…
Luego se vuelve a todas y dice:
-Os he llamado porque en los próximos días poco podremos vernos, y con poca paz. El mundo estará alrededor de nosotros, y los secretos de los corazones tienen un pudor más grande que el de los cuerpos. No soy el Maestro, hoy; soy el Amigo.
No todas vosotras tenéis esperanzas y temores que manifestarme, pero todas queríais haberme visto con paz todavía una vez más. Y os he llamado, a vosotras, flor de Israel y del nuevo Reino, a vosotras, flor de los gentiles que dejan el lugar de las sombras para entrar en la Vida. Tened esto en el corazón para los próximos días: que el honor que prestáis al perseguido Rey de Israel, al Inocente acusado, al Maestro no escuchado, dulcifica mi dolor.
Os pido que estéis muy unidas, vosotras las de Israel, vosotras que habéis venido a Israel, vosotras que venís hacía Israel; que las unas ayuden a las otras, que las de espíritu más fuerte ayuden a las más débiles, que las más sabias ayuden a las que saben poco o nada y sólo tienen el deseo de nuevos conocimientos, para que su deseo humano, con el cuidado de las hermanas más adelantadas, se transforme en deseo sobrenatural de Verdad.
Sed compasivas las unas para con las otras. Las que han sido formadas en la justicia por siglos de ley divina sean compasivas con aquellas a las que la gentilidad hace… distintas.
No se cambia de un día para otro el hábito moral, si no es en casos excepcionales en que interviene un poder divino para producir un cambio ayudando a una voluntad muy buena.
Que no os asombre el ver, en las que vienen de otras religiones, que se estancan en su progreso, y, algunas veces que regresan a los viejos caminos. Tened presente el comportamiento del propio Israel respecto a mí, y no pretendáis de las gentiles la docilidad y la virtud que Israel no ha sabido, no ha querido dispensar a su Maestro.
Sentíos hermanas las unas de las otras. Hermanas a las que el destino en este último período de mi vida mortal ha congregado en torno a mí… ¡No lloréis!… Y os ha congregado tomándoos de distintos lugares, por tanto, hermanas con idiomas y costumbres distintos, que hacen un poco difícil el comprenderse humanamente.
Pero, en verdad, el amor tiene un único lenguaje, que es éste: hacer lo que el amado enseña, y hacerlo para darle honor y alegría. En esto podéis comprenderos todas. Y que las que más comprenden ayuden a las otras a comprender.
Luego… en el futuro, en un futuro más o menos lejano, en circunstancias diversas, os separaréis de nuevo y os diseminaréis por las regiones de la Tierra: algunas volviendo a las comarcas en que nacieron, otras yendo a un exilio que no pesará (porque las que lo sufran habrán llegado ya a una perfección de verdad que les hará comprender que no es el ser conducidos acá o allá lo que constituye el exilio de la verdadera Patria, porque la verdadera Patria es el Cielo) Porque el que está en la verdad está en Dios y tiene a Dios en sí; por tanto, está ya en el Reino de Dios. Y el Reino de Dios no conoce fronteras y no sale de ese Reino el que de Jerusalén, por ejemplo, sea llevado a Iberia o a Panonia o a Galia o a Iliria. Siempre estaréis en el Reino si permanecéis siempre en Jesús, o si venís a Jesús.
Yo he venido a congregar a todas las ovejas: las del rebaño paterno; las de otros; también las que carecen de pastor y son agrestes (más que agrestes: salvajes), y están hundidas en tinieblas tan oscuras que no les permiten ver ni una iota, no sólo de ley divina, sino tampoco de ley moral. Personas desconocidas que esperan pasar a ser conocidas en la hora que Dios destina para ello y que luego entrarán a formar parte del rebaño de Cristo. ¿Cuándo? ¡Oh, años o siglos, respecto al Eterno, son iguales! Pero vosotras seréis las anticipadoras de las que irán, con los Pastores futuros, a recoger en el amor cristiano, ovejas y corderos salvajes para conducirlos a los pastos divinos. Que vuestro primer campo de prueba sean estos lugares.
La pequeña golondrina que alza las alas para el vuelo no se lanza inmediatamente a la gran aventura. Intenta el primer vuelo desde el alero del tejado hasta la vid que da sombra a la terraza. Luego vuelve al nido, y de nuevo se lanza, esta vez a la terraza de al lado, y vuelve. Y luego más lejos… hasta que siente que se hace fuerte el nervio del ala y segura su orientación; entonces juega con los vientos y los espacios, y va y viene trisando, persiguiendo a los insectos, pasando al ras de las aguas, remontándose hacia el sol, hasta que, en el momento exacto, abre segura las alas para el largo vuelo por las zonas más calientes y ricas de nuevo alimento, y no teme cruzar los mares, ella que es tan pequeña, un punto de acero bruñido perdido entre las dos inmensidades azules del mar y del cielo, un punto que va, sin miedo, mientras que antes temía el leve vuelo desde el alero hasta el sarmiento frondoso; un cuerpo musculoso, perfecto, que hiende el aire como una flecha y no se sabe si es el aire el que transporta con amor a este pequeño rey del aire, o es él, el pequeño rey del aire, el que con amor surca sus dominios. ¿Quién piensa, al ver su vuelo seguro, que aprovecha vientos y densidades de la atmósfera para ir más veloz; quién piensa en su primer, desmañado, vuelo, hecho de aletazos descompuestos, lleno de miedo?
Para vosotras será lo mismo. Y que así sea. Para vosotras y para todas las almas que os imiten. Uno no adquiere una habilidad al improviso. Ni desánimos por las primeras derrotas ni soberbia por las primeras victorias: las primeras derrotas sirven para hacer mejor las cosas otra vez, las primeras victorias sirven como acicate para hacer las cosas aún mejor en el futuro y para convencerse de que Dios a una buena voluntad la ayuda.
Estad siempre sujetas a los Pastores en lo que es la obediencia a sus consejos y disposiciones; sed para ellos siempre hermanas en lo que es la ayuda en la misión y el apoyo en sus fatigas. Decid esto también a las que hoy no están aquí. Decídselo a las que vendrán en el futuro.
Y ahora y siempre sed como hijas para mi Madre. Ella os guiará en todo. Puede guiar a las jóvenes, a las viudas, a las casadas, a la madres, pues Ella ha conocido todas las consecuencias de todos los estados por experiencia propia, además de por sabiduría sobrenatural. Amaos y amadme en María. No erraréis nunca, porque Ella es el Árbol de la Vida, el Arca viva de Dios, la Forma de Dios, en quien la Sabiduría se hizo una Sede y la Gracia se hizo Carne.
(Forma de Dios porque el Creador, que la había predestinado a ser la Madre de Dios, de la misma manera que le había dado un alma preservada, por singular privilegio, de la Culpa original, también le había dado un cuerpo cabalmente perfecto, para que María fuera realmente hecha a imagen y semejanza espiritual de Dios y corporal del Hijo de Dios hecho Hombre, el más hermoso de entre los hijos de los hombres. "Forma para Dios" porque el Verbo se modeló en su seno tomando de su Madre (la única que le aportó un cuerpo y, por tanto, la única que le transmitió la semejanza con el generador -en este caso: con la generadora-) la forma humana/ Ella fue, pues, “forma" para la segunda Persona, que se encarnaba para hacerse Hombre)
Y ahora que he hablado en general, ahora que os he visto, deseo escuchar a mis discípulas y a las que son la esperanza de las futuras discípulas. Podéis marcharos. Yo me quedo aquí. Aquellas de vosotras que tengan que hablar conmigo que vengan. Porque no volveremos a tener un momento de íntima paz como éste.
Las mujeres hablan entre sí. Elisa sale con María y María Cleofás. María de Lázaro escucha a Plautina, que quiere convencerla de que haga algo; pero parece que María no quiere, porque hace claro gestos de negativa con la cabeza y luego se marcha dejando plantada a su interlocutora, y, pasando, toma consigo a su hermana y a Susana, y dice:
-Nosotras tendremos tiempo de hablar con Él. Dejemos con Jesús a éstas, que tienen que marcharse.
-Ven, Sara. Nosotras venimos al final -dice Analía.
Salen lentamente todas, menos María Salomé, que está indecisa en la puerta.
-Ven aquí, María. Cierra y ven aquí. ¿Qué temes? -le dice Jesús.
-Es que yo… yo estoy siempre contigo. ¿Has oído a María de Lázaro?
-La he oído. Ven aquí. Tú eres madre de mis primeros apóstoles. ¿Qué quieres decirme?
La mujer se acerca con la lentitud de quien tiene que pedir una cosa grande y no sabe si puede hacerlo.
Jesús la anima con una sonrisa y con las palabras:
-¿Qué? ¿Quieres pedirme un tercer sitio, para Zebedeo? No. Él es sabio. ¡Sin duda no te ha encargado decir eso! Habla…
-¡Ah, Señor! Precisamente de ese puesto quería hablarte.
Tú… hablas de una forma… como si estuvieras para dejarnos. Y yo quisiera que antes me dijeras que me has perdonado del todo. No tengo paz, pensando que te he causado desagrado.
-¿Todavía piensas en eso? ¿No te parece que te quiero como antes e incluso más que antes?
-¡Eso sí, Señor! Pero pronuncia para mí la palabra del perdón, para que yo pueda referir a mi esposo cuán bueno has sido conmigo.
-¡No es necesario que refieras una culpa perdonada, mujer!
-¡Sí la voy a referir! Porque, mira, Zebedeo, viendo cómo quieres a sus hijos podría caer en mi mismo pecado y… si Tú nos dejas, ¿quién nos va a absolver? Yo quisiera que todos nosotros entráramos en tu Reino. También mi marido.
Y no creo que me sitúe fuera de la justicia queriendo esto. Yo soy una pobre mujer y no sé de libros. Pero cuando tu Madre nos lee o nos dice partes de la Escritura a nosotras, a menudo habla de las mujeres destacadas de Israel y de los puntos que hablan de nosotras.
Y en los Proverbios, (Proverbios 31, 10-11.26.28) que me gustan mucho, está escrito que en la mujer fuerte confía el corazón de su esposo. Yo creo que es justo que la mujer inspire esta confianza a su marido, incluso en lo relativo al comercio de las cosas celestes: si compro para él un puesto seguro en el Cielo, impidiéndole pecar, creo que estoy haciendo una cosa buena.
-Sí, Salomé. Verdaderamente ahora has abierto tu boca a la sabiduría y tienes en tu lengua ley de bondad. Ve en paz. Tienes más que mi perdón. Tus hijos, según el libro que tanto te gusta, te proclamarán dichosa, y tu marido te alabará en la Patria de los justos. Ve tranquila. Ve en paz. Sé feliz.
La bendice y se despide de ella. Salomé se marcha llena de alegría.
Entra la anciana de la casa del Merón, Ana, trayendo de la mano a dos niños, y, detrás, a una niñita tímida y paliducha que camina cabizbaja y que ya, en el acto de guiar a un niñito que casi no sabe caminar bien, se muestra como una pequeña mamá.
-¡Ah, Ana! ¿Entonces también tú quieres hablar conmigo? ¿Y tu marido?
-Enfermo, Señor. Enfermo. Muy enfermo. Quizás no lo vea vivo cuando vuelva… -Ruedan lágrimas por entre las arrugas del rostro senil.
-¿Y tú estás aquí?
-Estoy aquí. El dijo: "Yo no puedo. Ve tú para la Pascua y cuida de que nuestros hijos…" -El llanto aumenta; impide las palabras.
-¿Por qué lloras así, mujer? Tu marido ha hablado con sensatez "Cuida de que nuestros hijos, por su eterna paz, no estén contra el Cristo". Judas es un hombre justo. Más que de su vida y del consuelo que su vida tendría con tus cuidados, se preocupa del bien de sus hijos. Los velos, en las horas que preceden a la muerte de los justos, se alzan y los ojos del espíritu ven la Verdad. Pero tus hijos no te escuchan, mujer. ¿Y qué puedo hacer Yo, si ellos me rechazan?
-¡No los odies, Señor!
-¿Por qué debería hacerlo? Oraré por ellos. Y a éstos, que son inocentes, voy a imponerles las manos para mantener alejado de ellos el odio que mata. Acercaos. ¿Tú quién eres?
-Judas, como el padre de mí padre -dice el niñito más grande; el más pequeño, el que va de la mano de su hermana, da saltos y grita:
-¡Yo, yo, Judas!
-Sí. Han honrado a su padre en el nombre dado a sus hijos. Pero no en otras cosas… -dice la anciana.
-Las virtudes de él revivirán en éstos. Ven tú también, niña. Sé buena y sabia, como la que te ha traído.
-¡María es buena! Para no estar sola la llevaré conmigo a Galilea.
Jesús bendice a los niños. Y deja un rato la mano sobre la cabeza de la niñita buena. Luego dice:
-¿Para ti no pides nada, Ana?
-Encontrar vivo a mi Judas y tener la fuerza de mentir diciendo que sus hijos…
-No. Mentir, no. Nunca. Ni siquiera para que muera en paz un moribundo. Dirás esto a Judas: "Ha dicho el Maestro que te bendice y que contigo bendice a tu sangre". Es sangre suya también esta infancia inocente, y Yo la he bendecido.
-Pero si pregunta que si nuestros hijos…
-Dirás: "El Maestro ha orado por ellos". Judas descansará en la certeza de que mi oración es poderosa, y se dirá la verdad sin desalentar al que muere. Porque oraré también por tus hijos. Ve tú también en paz, Ana. ¿Cuándo vas a dejar la ciudad?
-El día después del sábado. Para no tener que detenerme por causa del sábado.
-Bien. Me alegro de que estés aquí después del sábado. Permanece muy unida a Elisa y Nique. Ve. Y sé fuerte y fiel.
Ya está casi en la puerta la mujer cuando Jesús la llama de nuevo:
-Escucha. Tus nietos están mucho contigo, ¿no es verdad?
-Mientras estoy en la ciudad, siempre.
-En estos días… déjalos en la casa, si sales para seguirme.
-¿Por qué, Señor? ¿Temes persecución?
-Sí. Y conviene que la inocencia no vea ni oiga…
-¿Pero… qué crees que va a suceder?
-Adiós, Ana. Adiós.
-Señor… si te hicieran lo que se dice, está claro que mis hijos… y entonces la casa será peor que la calle…
-No llores. Dios proveerá. La paz a ti.
La anciana se marcha llorando.
Durante un rato no entra nadie; luego, juntas, entran Juana y Valeria. Están acongojadas, especialmente Juana; la otra está pálida Y suspira, pero se la ve con más fortaleza.
-Maestro, Ana nos ha asustado. Le has dicho… ¡Ah, pero no es verdad! Cusa será indeciso, será… calculador, ¡pero no es un embustero! Y Cusa me asegura que Herodes no tiene ningunas ganas de causarte daño… Respecto a Poncio, no sé… -y mira a Valeria, que guarda silencio. Sigue diciendo:
-Esperaba comprender algo por Plautina, pero no ha sido mucho lo que he comprendido…
-Debes decir: nada; aparte del hecho de que Plautina no ha avanzado ni un paso del límite en que se encontraba. A mí tampoco me ha dicho nada. Pero, si no he comprendido mal, la indiferencia romana, que siempre es tan fuerte cuando un hecho no puede tener repercusiones en la Patria o en el propio yo, ha ofuscado mucho a las que en otros momentos parecían tan dispuestas a reaccionar. Más aún que el haberme acercado a la sinagoga, nos separa, como una quebraja separa dos masas de tierra que precedentemente estaban unidas, esta indiferencia, este ocio de su espíritu, de ese espíritu suyo tan… distinto ya del mío. Pero ellas son felices. A su manera son felices… Y la felicidad humana no ayuda a tener despierta la mente.
-Ni a despertar el espíritu, Valeria -dice Jesús.
-Así, Maestro. Yo… es otra cosa… ¿Has visto a esa mujer que estaba con nosotras? Es una de mi familia. Viuda y sola.
Mis parientes me la envían para convencerme de que vuelva a Italia. ¡Oh, muchas promesas de dicha futura! Es una dicha que yo ya no aprecio, y que, por tanto, ya no me parece dicha y la pisoteo. No voy a ir a Italia.
-Aquí te tengo a ti, y tengo a mi hija a la que Tú me salvaste y a quien me enseñaste a amar por su alma. No dejaré estos lugares… A Marcela… la he traído conmigo para que te viera y comprendiera que no me quedo aquí por un deshonroso amor hacia un hebreo -para nosotros es deshonroso-, sino porque en ti he encontrado el consuelo en este dolor mío de esposa repudiada. Marcela no es mala.
Ha sufrido. Ella comprende. Pero todavía es incapaz de comprender mi nueva religión. Y un poco me regaña, porque lo mío le parece una quimera… No importa. Si quiere, vendrá a donde yo estoy ahora; si no, me quedaré aquí con Tusnilda. Soy libre. Soy rica. Puedo hacer lo que quiera. Y, no haciendo ningún mal, haré lo que quiero hacer.
-¿Y cuando ya no esté el Maestro? – dice Juana.
-Estarán sus discípulos. Plautina, Lidia, la misma Claudia, que después de mí, es la que más te sigue en la doctrina y la que más te honra, no han comprendido todavía que yo ya no soy la mujer que ellas conocían y que creen conocer todavía. Pero yo ahora ya estoy segura de conocerme. Tanto, que digo que si bien es cierto que perdiendo al Maestro perderé mucho, no perderé todo, porque quedará la fe. Y yo permaneceré donde mi fe nació.
No quiero llevar a Fausta a un lugar donde nada hable de ti. Aquí… todo habla de ti, y, claro está, Tú no nos vas a dejar sin guía a quienes hemos querido seguirte. ¿Pero, por qué tengo que ser yo, la pagana, la que tenga estos pensamientos, mientras muchas de vosotras, tú misma, estáis como desconcertadas pensando en el día en que el Maestro no esté ya entre nosotros?
-Porque se han acostumbrado a siglos de estatismo, Valeria. Su pensamiento es que el Altísimo está allí, en su Casa, sobre el altar invisible que sólo el Sumo Sacerdote ve en ocasiones solemnes. Esto las ha ayudado a venir a mí. Podían, por fin, acercarse también ellas al Señor. Pero ahora temen quedarse sin el Altísimo en su gloria y sin el Verbo del Padre entre ellas. Debemos ser comprensivos… Y levantar el espíritu, Juana. Yo estaré en vosotros. Recuerda esto.
Me marcharé. Pero no os dejaré huérfanos. Os dejaré una casa mía: mi Iglesia. Mi palabra: la Buena Nueva. Mi amor habitará en vuestros corazones. Y, en fin, os dejaré un don mayor, que os nutrirá de mí mismo y hará -no sólo espiritualmente-que Yo esté entre vosotros y en vosotros. Lo haré para daros consuelo y fuerza.
-Pero ahora… Ana está muy afligida por los niños…
-Nos ha hablado con angustia de ellos…
-Sí. Le he dicho que los tenga lejos de la gente. Te digo lo mismo a ti, Juana, y a ti, Valeria.
-Mandaré a Fausta con Tusnilda a Béter antes del tiempo establecido. Debían ir allí después de la Fiesta.
-Yo no. No me separo de los niños. Los tendré en casa. Pero le diré a Ana que deje ir allá a los suyos. Los hijos de esa mujer son aviesos, pero se sentirán honrados con mi invitación y no se opondrán a su madre. Y yo…
-Yo quisiera…
-¿Qué, Maestro?
-Que estuvierais todas muy unidas en estos días. Tendré conmigo a la hermana de mi Madre, a Salomé y a Susana y a las hermanas de Lázaro. Pero, respecto a vosotras, quisiera que estuvierais unidas, muy unidas.
-¿Pero no podremos ir a donde estés Tú?
-Yo, en estos días, seré como un relámpago que resplandece rápido y desaparece. Subiré al Templo por la mañana y luego dejaré la ciudad. Aparte de en el Templo, por las mañanas, no podríais encontrarme.
-El año pasado estuviste en mi casa…
-Este año no estaré en ninguna casa. Seré un relámpago que surca el cielo…
-Pero la Pascua…
-Deseo celebrarla con mis apóstoles, Juana. Si así lo quiere tu Maestro, claro está que es por una justa razón.
-Es verdad… Así que estaré sola… Porque mis hermanos me han dicho que quieren estar libres en estos días, y Cusa…
-Maestro, yo me marcho. Llueve fuerte. Oigo a los niños recogidos bajo el pórtico. Voy con ellos -dice Valeria, y prudentemente, se retira.
-También en tu corazón llueve fuerte, Juana.
-Es verdad, Maestro. Cusa está tan… extraño. Yo ya no lo entiendo. Es una continua contradicción. Quizás es que tiene amigos que influyen en su pensamiento… o que ha recibido alguna amenaza… o que teme por su futuro.
-No es el único. Es más, puedo decir que son pocos, personas verdaderamente solitarias y desperdigadas, los que, como Yo, no le temen al futuro; y serán cada vez menos. Sé muy dulce y paciente con él. Es sólo un hombre…
-Pero ha recibido tanto de Dios, de ti, que debería…
-¡Que debería! Sí. ¿Pero quién no ha recibido de mí en Israel? He hecho el bien a amigos y a enemigos, he perdonado, curado, consolado, instruido… Ya ves -y cada vez lo verás más-cómo sólo Dios es inmutable, cómo son distintas las reacciones de los hombres, y cómo, no pocas veces, el que más ha recibido es el que más se inclina a agredir a su benefactor. Realmente se podrá decir que “el que ha comido conmigo mi pan ha alzado contra mí su pie” (Salmo 41, 10).
-Yo no lo haré, Maestro.
-Tú no. Pero muchos sí.
-¿Mi esposo está entre ellos? Si así fuera, no volvería esta noche a casa.
-No, no está entre ellos esta noche. Pero, aunque estuviera, tu sitio está allí. Porque si él peca tú no debes pecar, si vacila debes sujetarlo, si te veja debes perdonar.
-¡Vejar, no! Me quiere. Pero quisiera verlo más firme. Cusa tiene mucha influencia sobre Herodes. Quisiera que arrancase al Tetrarca una promesa en favor de ti, como Claudia intenta con Pilato. Pero lo único que Cusa ha sabido transmitirme han sido frases vagas de Herodes… y asegurarme que Herodes lo único que desea es verte cumplir algún prodigio, y entonces no te perseguirá… Así, espera acallar sus remordimientos por Juan. Cusa dice: "Mi rey dice siempre: Aunque me lo mandara el Cielo, no alzaría mi mano. ¡Tengo demasiado miedo!"
-Dice la verdad. No alzará su mano contra mí. Muchos en Israel no lo harán, porque muchos tienen miedo a condenarme materialmente. Pero pedirán que otros lo hagan. Como si a los ojos de Dios hubiera diferencia entre el que asesta el golpe, instado por el deseo del pueblo, y el que lo hace asestar.
-¡Pero el pueblo te ama! Un gran recibimiento se está preparando para ti. Y Pilato no quiere tumultos. Ha reforzado las guarniciones en estos días. Tengo mucha esperanza de que… No sé lo que espero, Señor. Espero y desespero. Mis pensamientos son inestables, como estos días en que el sol y la lluvia se alternan…
-Ora, Juana, y estáte en paz. Piensa siempre que nunca has causado dolor al Maestro, y que esto Él lo recuerda. Ve.
Juana, que ha palidecido y adelgazado en estos pocos días, sale pensativa.
Se asoma el rostro donoso de Analía.
-Pasa. ¿Dónde está tu compañera?
-Está allá, Señor. Quiere regresar. Están para salir. Marta ha comprendido mi deseo y me dice que me quede hasta la puesta de sol de mañana. Sara vuelve a casa, a decir que me quedo. Ella quisiera tu bendición porque… Luego te lo diré.
-Que venga. La bendigo.
La joven sale para volver con su compañera, que se postra delante del Señor.
-La paz esté contigo y la gracia del Señor te conduzca por los senderos a que te ha guiado esta que te ha precedido. Sé amorosa con la madre de ella, y bendice al Cielo, que te ha evitado vínculos y dolores para tenerte entera para sí. Un día, más que ahora, bendecirás e1 haber sido estéril por tu propia voluntad. Ve.
La joven se marcha emocionada.
-Le has dicho todo lo que ella esperaba. Estas palabras eran su sueño. Sara decía siempre: "Me gusta tu sino, aunque sea tan nuevo en Israel; y yo también lo quiero. No teniendo ya padre y siendo mi madre dulce como una paloma, no tengo miedo a no poder seguirlo. Pero para poder estar segura de poder cumplirlo, y de que sea santo para mí como lo es para ti, quisiera oírlo de sus labios". Ahora se lo has dicho. Y yo también siento paz, porque alguna vez temía haber exaltado un corazón…
-¿Desde cuándo está contigo?
-Desde… Cuando llegó la orden del Sanedrín me dije: "La hora del Señor ha llegado y debo prepararme a morir". Porque te lo pedí, Señor… Hoy te lo recuerdo… Si Tú vas al Sacrificio, yo víctima contigo.
-¿Quieres todavía firmemente lo mismo?
-Sí, Maestro. No podría vivir en un mundo donde Tú no estuvieras… y no podría sobrevivir a tu tortura. ¡Tengo mucho miedo por ti! Muchos de entre nosotros se crean falsas ilusiones… ¡Yo no! Siento que ha llegado la hora.
Demasiado es el odio… Y espero que recibas mi ofrecimiento. Lo único que puedo darte es mi vida; porque soy pobre, Tú lo sabes. Mi vida y mi pureza. Por eso he convencido a mi madre de que llame a su hermana para que vaya con ella, para que no se quede sola… Sara será una hija para ella en mi lugar, y la madre de Sara será consuelo para mi madre. ¡No desencantes mi corazón, Señor! Para mí el mundo no tiene ningún atractivo. Me resulta como una cárcel donde muchas cosas me repugnan mucho.
Quizás es porque el que ha estado a las puertas de la muerte ha comprendido que lo que para muchos representa la alegría no es sino un vacío que no sacia. Lo cierto es que sólo deseo el sacrificio… y precederte… para no ver el odio del mundo arrojado como arma de tortura contra mi Señor, y para parecerme a ti en el dolor…
-Depositaremos entonces la azucena cortada sobre el altar en que se inmola el Cordero. Y se pondrá roja por la Sangre redentora. Y sólo los ángeles sabrán que el Amor fue el sacrificador de una cordera toda blanca, y anotarán el nombre de la primera víctima de Amor, de la primera continuadora del Cristo.
-¿Cuándo, Señor?
-Ten preparada la lámpara y estáte en vestido de boda. El Esposo está a las puertas. Verás su triunfo y no su muerte, pero triunfarás con Él entrando en su Reino.
-¡Soy la mujer más feliz de Israel! ¡Soy una reina ceñida con tu corona! ¿Puedo, como tal, pedirte una gracia?
-¿Cuál?
-He amado a un hombre, Tú lo sabes. Luego dejé de amarlo como prometido porque un amor mayor entró en mí; y él dejó de quererme porque… Bueno, no quiero recordar su pasado. Te pido que redimas a ese corazón. ¿Puedo? ¿No es pecar el querer recordar, estando a las puertas de la Vida, a aquel a quien amé, para darle 1a Vida eterna? ¿No?
-No es pecar. Es llevar el amor al extremo santo del sacrificio por el bien del amado.
-Bendíceme, entonces, Maestro. Absuélveme de todos mis pecados. Prepárame a la boda y a tu venida. Porque eres Tú el que viene mi Dios, a tomar a tu pobre sierva y hacerla esposa tuya.
La jovencita, radiante de alegría y de salud, se agacha para besar los pies del Maestro, mientras Él la bendice y ora por ella. Y verdaderamente la sala, blanca como si fuera toda ella de azucenas, es digno ambiente para este rito, y bien entona con sus dos protagonistas, jóvenes, hermosos, vestidos de blanco, resplandecientes de amor angélico y divino.
Jesús deja allí a la jovencita, absorta en su dicha, y sale sosegadamente para ir a bendecir a los niños, los cuales con gritos de alegría corren raudos hacia el carro y suben a él contentos, junto con las mujeres que se marchan. Se quedan Elisa y Nique para acompañar al día siguiente a Analía a la ciudad. Ha escampado. Ahora el cielo, rotas las nubes, muestra su azul.
El sol hace descender sus rayos para encender de luz las gotas de la lluvia. Un iris hermosísimo proyecta su arco desde Betania hasta Jerusalén. El carro se marcha chirriando, sale por la cancilla, desaparece.
Lázaro, que está cerca de Jesús, en el extremo del pórtico, pregunta:
-¿Te han dado alegría las discípulas? -y observa al Maestro.
-No, Lázaro. Me han dado todas, menos una, sus dolores; y también desilusiones, si es que pudiera forjarme vanas esperanzas.
-¿Las romanas -quieres decir-te han causado esas desilusiones? ¿Te han hablado de Pilato?
-No.
-Entonces debo hacerlo yo. Esperaba que te hablaran ellas. Había esperado por esto. Entremos en esta habitación solitaria. Las mujeres se han marchado a sus labores con Marta. María está con tu Madre, en la otra casa. Tu Madre ha estado mucho con Judas, y ahora se lo ha llevado consigo… Siéntate, Maestro… He estado en casa del Procónsul… Lo había prometido y lo he hecho. ¡Pero Simón de Jonás no estaría muy satisfecho de mi misión!… Menos mal que ya no piensa en ello Simón. El Procónsul me escuchó y me respondió estas palabras: "¿Yo? ¿Ocuparme yo de Él? ¡No tengo ni la sombra de la más lejana intención de hacerlo! Sólo digo que estoy bien decidido, no por el Hombre –Tú Maestro-, sino por todos los problemas que me vienen de rechazo por causa suya, a no ocuparme más de Él, ni para bien ni para mal. Lo que hago es que me lavo las manos. Reforzaré la guardia porque no quiero desórdenes.
Así quedaremos contentos César, mi mujer y yo, es decir, los únicos de los que tengo un sagrado cuidado. Y por las otras cosas no muevo un dedo. Esto son líos que se traen esos eternos descontentos. Ellos se los crean, ellos se los gozan. Yo al Hombre, como malhechor lo ignoro, como virtuoso lo ignoro, como sabio lo ignoro. Y quiero ignorarlo. Seguir ignorando. Por desgracia, aun queriendo, a duras penas lo consigo. Porque los jefes de Israel me hablan de Él con sus jeremiadas ñoñas; Claudia, con sus elogios; los seguidores del Galileo, con sus quejas contra el Sanedrín. Si no fuera por Claudia, haría que lo apresaran y se lo entregaría, para que definieran este asunto y yo ya no volviera a oír hablar de ello.
El Hombre es el súbdito más pacífico de todo el Imperio. Pero, a pesar de todo, me ha dado tantos problemas, que quisiera una solución…". Con este humor, Maestro…
-Quieres decir que no hay motivos para sentirse seguro. Con los hombres uno no está nunca seguro…
-De todas formas, lo que saco en conclusión es que el Sanedrín está más calmado. No han recordado el decreto de proscripción, no han molestado a los discípulos. Dentro de poco volverán los que han ido a la ciudad. Veremos lo que dicen… Opuestos a ti, siempre. ¿Pero actuar?… Las muchedumbres te estiman demasiado como para poder desafiarlas imprudentemente.
-¿Vamos hacia el camino, al encuentro de los que vuelven? -propone Jesús.
-Vamos.
Salen al jardín, y están ya a mitad de distancia de la cancilla cuando Lázaro pregunta:
-¿Pero cuándo has comido? ¿Y dónde?
-En la hora primera.
-¡Pero si ya casi se está poniendo el sol! Pues volvemos.
-No. No siento necesidad. Prefiero seguir. Allí veo a un pobre niño agarrado a la cancílla. Quizás tenga hambre. Está harapiento y demacrado. Hace un rato que lo observo.
Estaba ya allí cuando salió carro, y huyó, quizás para que no lo vieran y pudieran echarlo. Luego ha vuelto y mira con insistencia hacia la casa y hacia nosotros. -Si tiene hambre, convendrá que vaya por alimentos. Sigue, Maestro; yo te doy alcance enseguida -y Lázaro corre hacia la casa mientras Jesús acelera el paso en dirección a la cancilla.
El niño -un rostro irregular y que lleva en sí las huellas del sufrimiento, un rostro donde sólo los ojos brillan hermosos y vivos-lo mira.
Jesús le sonríe y, dulcemente, mientras acciona e1 mecanismo del cierre, le dice: -¿A quién buscas, niño?
-¿Eres Tú el Señor Jesús?
-Lo soy.
-A ti te busco.
-¿Quién te envía?
-Nadie. Pero quiero hablar contigo. Muchos vienen a hablar contigo. Yo también. A muchos les concedes lo que te piden. También a mí.
Jesús ha accionado el mecanismo de apertura y ruega al niño que suelte las barras que tiene sujetas con las manos descarnadas, para poder abrir. El niño se aparta y, a1 hacerlo, al moverse la tuniquita descolorida sobre el cuerpo torcido, se ve que es un pobre niño raquítico, con la cabeza encajada entre los hombros por un comienzo de corcova, patituerto, de paso inseguro: verdaderamente un pequeño desdichado. Quizás tiene más años de los que se pueden pensar por su estatura, que corresponde a la de un niño de unos seis años, pues su carita ya es de hombre (una cara un poco ajada y de mentón pronunciado, una cara casi de viejecito).
Jesús se agacha para acariciarlo y le dice:
-Dime, entonces, qué quieres. Soy amigo tuyo. Soy amigo de todos los niños. ¡Con qué amorosa dulzura Jesús toma entre sus manos esa carita macilenta y besa al niño en la frente!
-Lo sé. Por esto he venido. ¿Ves cómo estoy? Quisiera morir para dejar de sufrir, y para no ser ya de nadie… Tú que curas a tantos y haces resucitar a los muertos, hazme morir, haz morir a este a quien nadie quiere y que no podrá nunca trabajar.
-¿No tienes padres? ¿Eres huérfano?
-Padre tengo. Pero no me quiere porque estoy así. Expulsó a mi madre, le dio el libelo de divorcio, y a mi me expulsó también con ella; y mi madre ha muerto… por culpa mía, que estoy así, tullido.
-¿Con quién vives?
-Cuando murió mi madre, los criados me llevaron otra vez con mi padre. Pero él, que se ha casado de nuevo y que tiene hijos guapos, me echó. Me dio a unos labriegos suyos. Pero ellos hacen lo mismo que el patrón, para ganar su favor… y me hacen sufrir.
-¿Te pegan?
-No. Pero tienen más cuidado de los animales que de mí, y se burlan de mí, y como a menudo estoy enfermo, pues me tienen como una carga. Yo cada vez estoy más tullido y sus hijos se mofan de mí y me hacen caer. Ninguno me quiere. Y este invierno, cuando tuve mucha tos y se necesitaban medicinas, mi padre no quiso gastar dinero y dijo que la única cosa buena que podía hacer era morirme. Desde entonces te he esperado para decirte: "Hazme morir".
Jesús lo toma en brazos, sordo a las palabras del niño, que le dice:
-Tengo los pies llenos de barro, y también la túnica, porque me he sentado por el camino. Te voy a manchar la túnica.
-¿Vienes de lejos?
-De cerca de la ciudad, porque los que me tienen están allí. He visto pasar a tus apóstoles. Sé que son ellos porque los labradores han dicho: "Ahí están los discípulos del Rabí galileo. Pero Él no está". Y he venido.
-Estás mojado, niño. ¡Pobre niño! Te vas a enfermar de nuevo.
-Si no me escuchas… ¡Si al menos me hiciera morir la enfermedad! ¿A dónde me llevas?
-A casa. No puedes estar así.
Jesús entra en el jardín llevando en brazos al niño deforme y grita a Lázaro, que está yendo hacia Él:
-Cierra tú la cancilla, que Yo tengo en brazos a este niño todo mojado.
-¿Pero quién es, Maestro?
-No lo sé. No sé ni su nombre.
-Ni ya lo digo, porque no quiero que me conozcan; lo que quiero es lo que te he dicho. Mi madre me decía: "Hijo mío, mi pobre hijo, yo me muero, pero quisiera que murieras conmigo, porque allá no tendrías ya esta deformidad que hace sufrir a tus huesos y a tu corazón. Allí los que nacen desdichados no llevan un nombre de burla. Porque Dios es bueno con los inocentes y los infelices". ¿Me mandas donde Dios?
-El niño quiere morir. Es una historia triste…
Lázaro, que está mirando fijamente al muchachito, de repente dice:
-¿Pero no eres el hijo del hijo de Nahúm? ¿No eres el que se sienta al sol junto al sicómoro que está en la linde de los olivos de Nahúm, y que e1 padre ha confiado a Josías, su labrador?
-Soy yo. Pero ¿por qué lo has dicho?
-¡Pobre niño! No para burlarme de ti. Créeme, Maestro, que es menos triste la suerte de un perro en Israel que la de este niño. Si no volviera a la casa de donde ha venido, nadie lo buscaría, ni criados ni patrones. Son hienas de corazón feroz. José sabe bien esta historia… Dio mucho que hablar. Aunque yo en esa época estaba muy afligido por María… Pero, cuando murió la infeliz esposa y él fue a casa de Josías yo, al pasar, lo veía… Olvidado al sol o al viento en la era, porque empezó a andar muy tarde… y siempre poco. No sé cómo hoy ha podido venir hasta aquí. ¡Quién sabe el tiempo que habrá estado de camino!
-Desde que Pedro pasó por aquel lugar.
-¿Y ahora? ¿Qué hacemos con él?
-Yo a casa no vuelvo. Quiero morir. Marcharme de aquí. ¡Señor, te pido esta gracia y piedad de mí!
Ya han entrado en la casa. Lázaro llama a un criado para que lleve una manta y mande a Noemí para atender al niño, que, con sus vestidos mojados, está lívido de frío.
-Es el hijo de uno de tus más sañudos enemigos. Uno de los más malos de Israel. ¿Cuántos años tienes, niño?
-Diez.
-¡Diez! ¡Diez años de dolor!
-¡Y ya bastan! -dice fuerte Jesús dejando en el suelo al niño. ¡Está muy contrahecho! El hombro derecho más alto que el izquierdo, el pecho excesivamente saliente, el cuello muy delgado Y hundido entre las altas clavículas, las piernas desviadas…
Jesús lo mira con piedad mientras Noemí le quita sus vestidos y lo seca antes de envolverlo en una manta caliente. Lázaro también lo mira con piedad.
-Voy a echarlo en mi cama, Señor. Pero primero le doy leche caliente -dice Noemí.
-¡No me haces morir! ¡Ten piedad! ¿Por qué dejarme vivir para estar así y sufrir tanto? -y termina:
-He esperado en ti, Señor.
En su voz hay un reproche, una desilusión.
-Estáte tranquilo. Obedece y el Cielo te consolará -dice Jesús, y se agacha para acariciarlo otra vez pasando su mano por ese pobre cuerpo contrahecho.
-Llévale a la cama y vélalo. Luego… se tomarán providencias.
Se llevan al niño, que va llorando.
-¡Y son los que se creen santos! -exclama Lázaro pensando en Nahúm…
La voz de Pedro que llama a su Maestro…
-¡Oh! ¡Maestro! ¿Estás aquí? Todo bien. No nos han molestado nada. Es más, demasiada calma. En el Templo nadie nos ha molestado. Juan ha recibido buenas noticias.
A los discípulos los han dejado en paz. La gente que te espera está en actitud festiva. Estoy contento. ¿Y Tú qué has hecho, Maestro?
Se alejan juntos hablando mientras Lázaro va donde Maximino, que lo llama.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
-Podéis marcharos, si lo estimáis oportuno, donde queráis. Yo me quedo aquí con Judas y Santiago.
Tienen que venir las discípulas -dice Jesús a sus apóstoles, que están reunidos en torno a Él bajo el pórtico de la casa. Y añade:
-Pero estad aquí antes de la puesta de1 sol. Y sed prudentes. Tratad de pasar desapercibidos para evitar represalias contra vosotros.
-¡Yo no! ¡Yo me quedo! ¿Qué tengo que hacer en Jerusalén? -dice Pedro.
-Yo sí que voy. Mi padre seguro que me espera. Quiere ofrecer el vino. Es una antigua promesa, antigua pero mantenida como siempre, y es que mi padre es un hombre honesto. ¡Vais a ver qué vino en el banquete pascual! ¡Los viñedos de mi padre en Ramá! ¡Célebres en la comarca! -dice Tomás.
-También estos de Lázaro son vinos extraordinarios. Se me ha quedado grabado el banquete de las Encenias… -dice, involuntariamente goloso, Mateo.
-Pues entonces mañana más que nunca se te refrescará el recuerdo, porque creo que para mañana Lázaro va a disponer una gran cena. ¡He visto unos preparativos…! -dice Santiago de Zebedeo.
-¿Sí? ¿Vendrán también otros? -pregunta Andrés.
-No. Se lo he preguntado a Maximino y me ha contestado que no.
-¡Ah, porque en el caso contrario me pondría la túnica nueva que me ha mandado mi mujer! -dice Felipe.
-Yo me la pondré. Quería hacerlo para Pascua, pero me la voy a poner mañana. Sin duda, estaremos más tranquilos aquí mañana que no dentro de unos días… -dice Bartolomé, e interrumpe sus palabras pensando.
-Yo me visto con ropa nueva para la entrada en la ciudad. ¿Y Tú, Maestro? -pregunta Juan.
-Yo también. Me pondré la túnica teñida de púrpura.
-¡Parecerás un rey! -dice admirado el Predilecto, que ya lo ve, con el pensamiento, vestido con esa túnica espléndida…
-¡Sí, pero si no hubiera sido por mí! Esa púrpura la he procurado yo, hace años… -se jacta el Iscariote.
-¿De verdad? No, no lo habíamos pensado… El Maestro es siempre tan humilde…
-Demasiado. Ahora es el momento de que sea rey. ¡Basta de esperar! Si no es rey de tronos, al menos que, por su dignidad, tenga vestiduras acordes con su grado. Yo estoy en todo.
-Tienes razón, Judas. Tú tienes conocimiento del mundo. Nosotros… somos unos pobres pescadores… -dicen humildemente los del lago… Y, como siempre sucede a la luz del mundo -la falsa, crepuscular luz del mundo-, la aleación de baja ley del metal de Judas parece metal más noble que el basto pero puro, sincero, honesto oro de los corazones galileos…
Jesús, que estaba hablando con el Zelote y los hijos de Alfeo, se vuelve y mira a Judas Iscariote, y también a estos hombres honestos, tan humildes y apesadumbrados por estar tan… poco dotado respecto a Judas… y menea la cabeza sin decir nada. Pero, al ver a éste atándose los cordones de las sandalias y colocándose el manto como en actitud de ponerse en camino, le dice:
-¿A dónde vas?
-A la ciudad.
-He dicho que te retengo aquí con Santiago…
-¡Ah! Pensaba que te referías a Judas tu hermano… Entonces… Yo… soy como un prisionero… ¡Ja! ¡Ja!
Se ríe con mala compostura
-Betania no tiene cadenas ni rejas; al menos, eso creo. Tiene sólo el deseo de tu Maestro, y yo estaría muy contento de estar prisionero de su deseo -observa el Zelote.
-¡Claro! Yo estaba de broma… Es que… quisiera tener noticias de mi madre. Seguro que han llegado a Jerusalén peregrinos de Keriot y…
-No. Dentro de dos días estaremos todos en Jerusalén.
Ahora tú te quedas aquí -dice autoritario Jesús.
Judas no insiste. Se quita el manto diciendo:
-¿Y entonces? ¿Quién va a la ciudad? Sería conveniente saber también cómo están los ánimos… Lo que hacen los discípulos… Quería también informarme a través de amigos… Se lo había prometido a Pedro…
-No importa. Te quedas. No es necesario nada de eso que dices. No es estrictamente necesario…
-Pero si va Tomás…
-Maestro, también yo quisiera ir. Porque también lo he prometido. Tengo amigos en casa de Anás y… -dice Juan.
-¿Irías allí, hijo mío? ¿Y si te apresan? -pregunta Salomé, que se ha acercado.
-¿Si me apresan? ¿Qué he hecho de malo? Nada. Por tanto, no debo temer al Señor. Por eso, aunque me apresen, no me echaré a temblar.
-¡Oh, el leoncito arrogante! ¿No te vas a echar a temblar? ¿Pero no sabes cómo nos odian? Apresarnos significa la muerte, ¿eh? -dice Judas Iscariote queriendo amedrentar.
-¿Y tú, entonces, por qué quieres ir? ¿Es que tú tienes la inmunidad? ¿Qué has hecho para tenerla? Dímelo y yo también lo haré.
Judas reacciona con un ademán de miedo e ira; pero el rostro de Juan es tan nítido, que el traidor se calma.
Comprende que no hay asechanzas ni sospechas en esas palabras y dice:
-Nada he hecho. Lo que sucede es que tengo algunos amigos buenos que están cerca del Procónsul, por eso…
-¡Bien! El que quiera venir que venga, dado que ya no llueve. Aquí perdemos el tiempo y quizás para la hora sexta vuelva la lluvia. El que quiera venir que no se demore -exhorta Tomás.
-¿Voy, Maestro? -pregunta Juan.
-Ve.
-¡Claro! ¡Siempre así! Él sí. Los otros sí. Yo no. ¡Siempre no!
-Trataré de tener noticias de tu madre -dice Juan para calmarlo.
-Y también yo. Voy contigo y con Tomás -dice el Zelote, y añade:
-Mi edad frenará a los jóvenes, Maestro. Y conozco bien a los de Keriot. Si veo a alguno me acerco a él. Te traeré noticias de tu madre, Judas. ¡Sé bueno! ¡Estáte tranquilo! Es la Pascua, Judas. Todos sentimos la paz de esta fiesta, la alegría de esta solemnidad.
¿Por qué quieres ser tú sólo el que esté siempre tan inquieto, tan sombrío y malcontento, sin paz? Pascua es paso de Dios… Pascua es para nosotros los hebreos fiesta de liberación de un duro yugo. Nos liberó de él Dios Altísimo. Ahora, no pudiendo repetir el antiguo acontecimiento, permanece su símbolo individual… Pascua: liberación de los corazones, purificación, bautismo puedes decir, con la sangre del cordero, para que las fuerzas enemigas no causen el mal al que lleve su señal.
¡Qué hermoso empezar el nuevo año con esta fiesta de purificación, de liberación, de adoración a Dios Salvador nuestro!… ¡Oh, perdona, Maestro! He hablado cuando en realidad habría debido guardar silencio porque estás Tú para corregir nuestros corazones…
-Eso es lo que estaba pensando yo, Simón. Justo eso: que ahora tengo dos maestros en vez de uno. Y me parecían demasiados -dice airado Judas Iscariote.
Pedro… ¡ah, Pedro esta vez no se puede contener!, y reacciona:
-Y, si no te callas pronto, vas a tener un tercero, que voy a ser yo. Y te juro que voy a tener argumentos más persuasivos que las palabras.
-¿Alzarías la mano contra un compañero? ¿Después de tanto esfuerzo por sujetar en el fondo al viejo galileo, aflora de nuevo tu verdadera naturaleza?
-No aflora de nuevo. Siempre ha estado clara en la superficie. No uso ficciones. Lo que sucede es que para los asnos salvajes, como tú, para domarlos, sólo hay un argumento: los trallazos. ¡Deberías avergonzarte de abusar de su bondad y de nuestra paciencia! ¡Ven, Simón! ¡Ven, Juan! Ven, Tomás.
Adiós, Maestro. Me voy yo también porque si me quedo… no, ¡viva Dios que ya no me contengo! -y Pedro agarra su manto, que estaba encima de un asiento, y se lo pone a toda prisa; tan inquieto, que no ve que se lo ha puesto al revés, abajo la parte de arriba, de forma que debe advertirle Juan del error, y ayudarle a vestirse bien. Y se marcha a toda prisa, pegando un fuerte golpe con el pie en el suelo para descargar así un poco de su ira: parece un torillo encabritado.
¿Y los otros?… Los otros parecen libros abiertos en que se puede leer lo que tienen escrito. Bartolomé levanta su afilado rostro de anciano hacia el cielo todavía borrascoso y parece estudiar los vientos para no tener que estudiar los rostros: demasiado apenado el de Cristo, demasiado pérfido el de Judas Iscariote. Mateo y Felipe miran a Judas Tadeo, que tiene fosforescencias de ira en sus ojos, tan parecidos a los de Jesús, y toman la misma decisión: lo ponen en medio de ellos y le incitan a salir, hacia el paseo interior que lleva a la casa de Simón, diciendo:
-Tu madre nos requería para aquel trabajo. Ven también tú, Santiago de Zebedeo -y se llevan consigo también al hijo de Salomé.
Andrés mira a Santiago de Alfeo, y Santiago lo mira a él: dos caras que reflejan el mismo, contenido sufrimiento, y que no sabiendo qué decir, se cogen de la mano, como dos niños, y se alejan tristes.
Salomé es la única discípula presente, y no se atreve ni a moverse ni a hablar, pero tampoco sabe decidirse a marcharse, como si con su presencia quisiera frenar otras palabras del indigno apóstol. Por suerte no está presente ninguno de la familia de Lázaro. Está ausente también María Stma.
Judas se ve solo con Jesús y Salomé. No quiere estar con ellos y les vuelve la espalda para alejarse hacia el cenador de jazmines. Jesús lo mira mientras se marcha. Lo vigila. Ve que, después de haber fingido que se sentaba en el cenador, Judas desaparece a hurtadillas por la parte de atrás y se adentra entre los setos de rosas, laureles y bojes, que separan al verdadero jardín de los cuadros de las especias, en el lugar donde están las colmenas.
Por ahí se puede salir por una de las puertas secundarias abiertas en las paredes del vasto jardín, un verdadero parque que por dos lados termina en setos altísimos, dobles como una avenida -abiertos por cancillas, acá o allá, para poner en comunicación al jardín con los prados, campos, matas de árboles frutales y olivares, y también con la casa de Simón, y que prolongan el jardín en las tierras, teniendo a éstas y a aquél unidos y separados al mismo tiempo-; y, por los otros dos, tiene gruesas paredes que se abren a dos caminos, uno secundario y otro de primer orden, en que desemboca el secundario, que, cortando a Betania, prosigue hacia Belén. Los ojos de Jesús, que se alza cuanto puede y se mueve cuanto necesita para ver lo que hace Judas Iscariote, echan llamas.
María Salomé los ve e intuye -aunque por su estatura poco alta no pueda ver-, intuye lo que sucede hacia el extremo del parque, y susurra:
-¡Misericordia de nosotros, Señor!
Jesús oye ese suspiro y se vuelve un instante para mirar a esta buena, sencilla discípula, que puede haber tenido un pensamiento de soberbia materna al pedir el lugar de honor para sus hijos, pero que, al menos, podía hacerlo porque ellos son buenos apóstoles.
A esta discípula que aceptó humildemente la corrección del Maestro sin ofenderse, sin alejarse de Él; es más, que se hizo más humilde, más servicial respecto al Maestro, al que sigue como una sombra (basta con que pueda hacerlo); respecto al Maestro, cuyas más pequeñas expresiones estudia para poder, si puede, adelantarse a sus deseos y darle alegría. Y también ahora la buena y humilde Salomé trata de consolar al Maestro, de aplacar la sospecha que le hace sufrir, diciendo:
-¿Ves? No se marcha lejos. Ha dejado ahí su manto y no lo ha recogido. Irá por los prados a descargar su estado de ánimo… Nunca iría Judas a la ciudad sin estar perfectamente arreglado…
-Hasta desnudo iría, si quisiera ir. Y así es… ¡Mira! ¡Ven aquí!
-¡Está tratando de abrir la cancilla! ¡Pero está cerrada! ¡Y llama a un criado de las colmenas!
Jesús grita fuerte:
-¡Judas! ¡Espérame! Tengo que hablar contigo -y quiere ponerse en camino.
-¡Por el amor de Dios, Señor! Voy a llamar a Lázaro… a tu Madre… ¡No vayas solo!
Jesús, aun caminando rápido, se vuelve un poco y dice:
-Te ordeno que no lo hagas. Al contrario: guarda silencio con todos. Si preguntan por mí, di que he salido con Judas cerca. Si vienen las discípulas, que esperen. Vuelvo pronto.
Salomé no reacciona, como tampoco lo hace Judas Iscariote. Ella junto a la casa y él junto a la cerca, se quedan en el sitio donde la voluntad de Jesús los ha detenido. Y lo miran: ella, mientras se aleja; él, mientras se acerca.
-Abre la puerta, Jonás. Salgo un poco con mi discípulo. Si te quedas por aquí, no hace falta que la cierres cuando salgamos. Vuelvo pronto -dice con bondad al criado agricultor, que se había quedado sin saber cómo reaccionar, con la voluminosa llave en la mano. El portillo, de hierro pesado, chirría al abrirse, de la misma forma que rechina la llave para mover el dispositivo.
-Una puerta que se abre raras veces -dice el criado sonriendo -¡Claro, te has oxidado! Cuando uno está ocioso se deteriora… La herrumbre, el polvo,… los gamberros… A nosotros nos pasa lo mismo… ¡Si no trabajamos continuamente nuestra alma!
-¡Muy bien, Jonás! Has tenido un pensamiento sabio. Muchos rabíes te lo envidiarían.
-Son mis abejas las que me los sugieren… y tus palabras.
Verdaderamente son tus palabras. Pero luego también las abejas me las hacen comprender. Porque nada carece de voz, si se sabe oír. Y yo digo que si ellas, que son abejas, obedecen la orden del que las ha creado, y son animalitos que no sé dónde pueden tener cerebro y corazón, yo, que tengo corazón, cerebro y espíritu, y que oigo al Maestro, también deberé saber hacer lo que hacen ellas, y trabajar continuamente, hacer siempre lo que el Maestro dice que hay que hacer, y poner así hermoso mi espíritu, esplendoroso, sin herrumbre ni polvo ni barro, y sin pajas, que hayan metido en las cerraduras los enemigos infernales, ni piedras ni otras asechanzas.
-Es exactamente como dices. Imita a tus abejas y tu alma será una rica colmena llena de preciosas virtudes, y Dios descenderá a recrearse en ella. Adiós, Jonás. La paz sea contigo.
Pone la mano en la cabeza entrecana del criado, que está frente a Él inclinado, y sale al camino en dirección hacia los prados de trébol rojo, prados hermosos como alfombras tupidas y gruesas, de colores verde y carmesí, donde las abejas, volando de flor en flor, introducen reflejos y zumbidos.
Cuando están suficientemente lejos de la cerca como para no ser oídos por nadie que estuviera en el jardín de Lázaro, Jesús dice.
-¿Has oído a ese criado? Es un labriego. Ya es mucho si sabe leer alguna palabra… Y, no obstante… lo que ha dicho habría podido salir de mis labios sin que mis palabras de Maestro parecieran necias. Ese hombre siente que hay que velar para que el espíritu no se vea corrompido por sus enemigos…
Yo… por esos enemigos te retengo a mi lado, ¡y tú me odias por esto! Quiero defenderte de ellos y de ti mismo, y tú me odias. Te ofrezco el medio para salvarte -puedes hacerlo todavía-y tú me odias. Te lo digo una vez más: vete, Judas; vete lejos. No entres en Jerusalén. Estás enfermo. No es mentira el decir que estás tan enfermo, que no puedes participar en la Pascua.
Harás la Pascua suplementaria. La Ley permite hacer la Pascua suplementaria cuando una enfermedad u otra grave razón impiden hacer la Pascua solemne. Le pediré a Lázaro -es un amigo prudente y no preguntará nada-que te lleve hoy mismo al otro lado del Jordán.
-No. Te he dicho muchas veces que me echaras. No has querido. Ahora soy yo el que no quiere.
-¿No quieres? ¿No quieres salvarte? ¿No tienes piedad de ti mismo? ¿No tienes piedad de tu madre?
-Deberías decirme: "¿No tienes piedad de mí?". Serías más sincero.
-Judas, infeliz amigo mío, no te ruego por mí. Por ti, por ti te ruego. "¡Mira! Estamos solos. Tú sabes quién soy Yo, Yo sé quién eres tú. Es el Último momento de gracia que aún se nos concede para impedir tu ruina…
¡Oh, no te rías tan satánicamente, amigo mío! No te burles de mí como si estuviera loco porque digo: "tu ruina" y no la mía. Lo mío no es ruina; lo tuyo, sí… Estamos solos, Yo y tú, y sobre nosotros está Dios…
Dios que no te odia todavía, Dios que asiste a esta lucha suprema entre el Bien y el Mal que se disputan tu alma.
Sobre nosotros está el Empíreo, observándonos, ese Empíreo
que pronto se llenará de santos, que ya, en su lugar de espera, sienten la emoción porque presienten la alegría… Judas, entre ellos está tu padre…
-Era un pecador. No está.
-Era un pecador, pero no un réprobo. Por eso la alegría se acerca también a él. ¿Por qué quieres causarle un dolor en medio de su alegría?
-Está al margen del dolor. Está muerto.
-No. No está al margen del dolor de verte a ti culpable, a ti… ¡oh, no me arranques esa palabra!…
-¡Sí, hombre, sí, dila! ¡Yo hace meses que me la digo a mí mismo! Réprobo. Lo sé. Ya nada puede ser cambiado.
-¡Todo! Judas, Yo lloro. ¿Quieres, pues, hacer brotar tú las extremas lágrimas del Hombre?… Judas, te lo ruego.
Piensa, amigo: el Cielo asiente a mi oración; tú, tú… ¿me dejarás orar en vano? Piensa que delante de ti, orando, tienes al Mesías de Israel, al Hijo del Padre… ¡Judas, escúchame!… ¡Detente mientras puedes!…
-¡No!
Jesús se tapa la cara con las manos y se deja caer en el linde del prado. Llora sin clamor, pero llora mucho. Sus hombros se estremecen con los profundos sollozos…
Judas lo mira, ahí, a sus pies, destrozado, llorando… y por el deseo de salvarlo… y siente un momento de piedad.
Dice, dejando el tono duro, de verdadero demonio, que tenía antes:
-No puedo irme… He dado mi palabra…
Jesús alza su cara llena de aflicción. Le interrumpe:
-¿A quién? ¿A quién? ¡A unos pobres hombres! ¿Y de ellos, de aparecer sin honor ante ellos, te preocupas?
¿Y no me habías dado a mí tu propio ser hace tres años? ¿Y piensas en los comentarios de un puñado de malhechores y no en el juicio de Dios?
¡Oh, qué debo hacer, Padre, para resucitar en él la voluntad de no pecar?
Baja de nuevo su cabeza, abatido, deshecho… Parece ya el penante Jesús de la agonía del Getsemaní.
Judas siente piedad y dice:
Me quedo. ¡No sufras de ese modo! Me quedo… ¡Ayúdame a quedarme! ¡Defiéndeme!
-¡Siempre! ¡Siempre! Basta con que tú lo quieras. Ven. No hay culpa de la que no sienta conmiseración y no perdone. Di "quiero” y te habré redimido…
Jesús se ha levantado y tiene a Judas abrazado.
El llanto de Jesús-Dios cae entre los cabellos de Judas, pero la boca de Judas permanece cerrada. No dice la palabra requerida. No dice ni siquiera "perdón" cuando Jesús le susurra entre sus cabellos “¡Mira si te quiero!
¡Habría debido reprenderte! Te beso. Tendría derecho de decirte: "Pide perdón a tu Dios" y te pido sólo que tengas el deseo del perdón. ¡Estás tan enfermo…! No se puede pedir mucho a uno que está muy enfermo. A todos los pecadores que han venido a mí les he pedido el absoluto arrepentimiento para poder perdonarlos. A ti, amigo mío, te pido sólo el deseo de arrepentirte; después…corre de mi cuenta.
Judas calla…
Jesús lo suelta. Dice:
-Quédate aquí al menos hasta el día siguiente del sábado.
-Me quedaré… Vamos a volver a casa. Notarán nuestra ausencia Quizás te esperan las mujeres. Son mejores que yo y no debes descuidarlas por mí.
-¿No recuerdas la parábola de la oveja perdida? Tú eres esa oveja… Ellas, las discípulas, son las ovejas buenas que están dentro del aprisco. No corren peligro, aunque busque tu alma durante todo el día para llevarla de nuevo al redil…
-¡Bien, de acuerdo! ¡De acuerdo! ¡Vuelvo al redil! Me voy a encerrar en la biblioteca de Lázaro, a leer. No quiero que me molesten, no quiero ver ni saber nada. Así… no sospecharás siempre de mí. Y si refieren al Sanedrín alguna cosa de lo que aquí sucede, tendrás que buscar las serpientes entre tus predilectos. ¡Adiós! Entro por la cancilla principal. No temas. No voy a escaparme. Puedes ir a comprobarlo cuando quieras -y, volviéndole la espalda, se va con largos pasos.
Jesús, altura blanca vestida de lino en la linde del prado verde -rojo, alza los brazos al cielo sereno y alza su afligidísimo rostro y alza su alma al Padre suyo gimiendo:
-¡Oh, Padre mío! ¿Podrás recriminarme el haber dejado de hacer algo que pudiera salvarlo? Tú sabes que es por su alma y no por mi vida por la que lucho por impedir su delito… ¡Padre! ¡Padre mío! ¡Te lo suplico!: acelera la hora de las tinieblas, la hora del Sacrificio, porque demasiado atroz me es vivir junto al amigo que no quiere ser redimido… ¡El mayor dolor! -y Jesús se sienta entre el tupido, alto, hermosísimo trébol, agacha la cabeza y la pone entre sus rodillas dobladas y apretadas entre sus brazos. Y llora…
¡Oh, no puedo ver ese llanto! Es ya demasiado semejante -en desolación, en soledad, en… persuasión de que el Cielo nada hará por consolarlo, y que Él debe padecer ese dolor-, demasiado semejante al del Getsemaní. Y me aflige demasiado…
Jesús llora largamente, en ese lugar solitario y silencioso. Testigos de su llanto, las abejas de oro, el trébol que emana fragancia y se mece lentamente con las ondas de un viento de tormenta, y las nubes, que al principio de la mañana eran como una leve red en el cielo azul y ahora se han adensado, oscurecido, sobrepuesto unas a otras, prometiendo nueva lluvia.
Jesús deja de llorar. Alza la cabeza para oír… Un ruido de ruedas y cascabeles viene del camino de primer orden; luego cesa el ruido de las ruedas, pero no el de los cascabeles.
Jesús dice:
-¡Vamos! Las discípulas. Ellas son fieles… ¡Padre mío, hágase como Tú quieres! Te ofrezco el sacrificio de este deseo mío de Salvador y de Amigo. ¡Está escrito! Él lo ha querido. Es verdad. Pero deja, Padre mío, que continúe mi obra por él hasta que todo termine.
Ya desde ahora te digo: Padre, cuando ore por los pecadores, siendo ya víctima impotente para la acción directa, Padre, toma Tú mi sufrimiento y presiona con él en el alma de Judas. Sé que te pido algo que la Justicia no puede conceder. Pero de ti han venido la Misericordia y el Amor y Tú los amas a Éstos que de ti vienen y son una sola cosa contigo, Dios uno y trino, santo y bendito.
Yo me voy a dar a mis amados como alimento y bebida. Padre, ¿es que habrán de ser mi Sangre y mi Carne condena para uno de ellos? ¡Padre, ayúdame! ¡Un germen de arrepentimiento es ese corazón!…
¿Padre, por qué te alejas? ¿Ya te alejas de tu Verbo que ora? Padre, es la hora. Lo sé. ¡Hágase tu bendita voluntad! Pero deja en tu Hijo, en tu Cristo -en quien, por insondable decreto tuyo, disminuye en esta hora la visión segura del futuro; y no te digo que esto sea crueldad, sino piedad tuya hacia mí-, deja en mí la esperanza de salvarlo aún.
¡Oh, Padre mío! Lo sé; lo he sabido desde que Yo soy; lo he sabido desde que, no sólo Verbo, sino Hombre, vine a la Tierra; lo he sabido desde que encontré al hombre en el Templo… Siempre lo he sabido… Pero ahora… ¡oh!, ahora me parece -¡gran piedad tuya, santísimo Padre!-, me parece como si fuera sólo un horrendo sueño, suscitado por su comportamiento, pero que no fuera lo ineluctable… y es como si pudiera seguir esperando, esperando siempre, porque infinito es mi sufrir e infinito será el Sacrificio; es como si pudiera hacer algo también por él… ¡Ah, estoy delirando! ¡Es el Hombre el que quiere esperar esto! ¡El Dios que está en el Hombre, el Dios hecho Hombre no se puede hacer ilusiones! Se alejan las ligeras nieblas que me ocultaban un momento el abismo, el abismo ya abierto para atrapar a aquel que prefirió las Tinieblas a la Luz… ¡Piedad el hecho de ocultármelo! Piedad el hecho de mostrármelo, ahora que me has reconfortado. Sí, Padre. ¡También esto! ¡Todo! Y seré Misericordia hasta el final, porque ésta es mi Esencia.
Sigue orando, en silencio, con los brazos abiertos en cruz. Su rostro deshecho se va serenando para tomar un aspecto de paz augusta (se hace casi luminoso: una luz de alegría interior, aunque en sus labios, cerrados, no haya sonrisa). Es la alegría de su espíritu, en comunión con el Padre, lo que rezuma por los velos de la carne y borra los signos que el dolor ha excavado y dibujado en ese enflaquecido y espiritualizado rostro que se ha ido mostrando en el Maestro en la medida en que Él se iba adentrando en el dolor y hacia el Sacrificio. No es ya un rostro de la Tierra el rostro de Cristo en estos últimos tiempos mortales suyos, y ningún artista será nunca capaz de darnos, aunque el Redentor al artista se mostrara, ese rostro de Hombre Dios cincelado en sobrenatural belleza por el amor y dolor perfectos y completos.
Jesús está de nuevo en la puerta de la cerca. Entra. La cierra con el cerrojo y se adentra hacía la casa. El criado de antes lo ve y acude presuroso a tomar la voluminosa llave que Jesús tiene en sus manos.
Continúa. Ve a Lázaro, que dice:
-Maestro, han venido las mujeres. Las he pasado a la sala blanca, porque en la biblioteca está Judas leyendo, con aspecto atribulado.
-Lo sé. Gracias por las mujeres. ¿Son muchas?
-Juana, Nique, Elisa y Valeria con Plautina y otra amiga o liberta, no lo sé, de nombre Marcela, y una anciana que dice que te conoce: Ana de Merón; y luego Analfa, y con ella otra, jovencita, de nombre Sara. Están con las discípulas tu Madre y mis hermanas.
-¿Y esas voces de niños? -Ana ha traído a los hijos de su hijo; Juana a los suyos; Valeria a la suya. Los he llevado al patio interno…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Deben haber hecho un alto a mitad de camino en la vía que va de Jericó a Betania; en efecto, cuando llegan a las primeras casas de Betania, el rocío está acabando de evaporarse en las hojas y en las hierbezuelas de los prados, y el sol todavía asciende en la bóveda del cielo.
Los agricultores de la zona dejan sus aperos y van sin demora junto a Jesús, que pasa bendiciendo a hombres y árboles (como piden, con insistencia, los agricultores).
Y mujeres y niños acuden con las primeras almendras -envueltas todavía en la leve felpa verde-plata de la cáscara-y las últimas flores de los árboles frutales de florescencia más tardía.
Pero observo que aquí, en la zona de Jerusalén, quizás por la altitud, quizás por los vientos que provienen de 1as cimas más altas de Judea, o no sé por qué otro motivo (quizás también por una diferencia en el tipo de plantas), muchos son los árboles frutales todavía florecidos en graduaciones blanco-rosadas suspendidas como nubes ligeras por encima del verde de los prados.
Palpitan bajo los altos troncos las tiernas hojas de las vides, como grandes mariposas de precioso color esmeralda, mantenidas ligadas por un hilo a los ásperos sarmientos.
Mientras Jesús está parado en la fuente -que es donde el campo se transforma ya en ciudad-y recibe el respetuoso saludo de casi toda Betania, vienen Lázaro y sus hermanas, y se postran ante su Señor. Y aunque haga poco más de dos días que María ha dejado a su Maestro, tan incansablemente besa sus pies calzados con las polvorientas sandalias, que parece que hiciera siglos que no lo veía.
-Ven, Señor mío. La casa te espera para alegrarse de tu presencia -dice Lázaro poniéndose al lado de Jesús mientras caminan, lentamente, al ritmo consentido por la gente que se arremolina en torno, y por los niños que se agarran a las vestiduras de Jesús y caminan delante de Él, vueltos hacia Él, con la cara alzada, de forma que tropiezan y hacen tropezar (tanto que primero Jesús y luego Lázaro y los apóstoles suben en brazos a los más pequeños para poder andar más ligeros).
En el lugar donde una callecita conduce a la casa de Simón Zelote están María y su cuñada, y Salomé y Susana. Jesús se detiene para saludar a su Madre y luego prosigue hasta la gran cancilla, abierta de par en par, donde están Maximino, Sara y Marcela, y, detrás de éstos, los numerosos siervos de la casa, empezando por los domésticos y terminando por los de los campos.
Todos ordenados, alegres; con una alegría inquieta que se manifiesta impetuosa en exclamaciones de hosanna y agitando gorros y velos, y arrojando flores y ramas de arrayán y laurel, de rosas y jazmines, que resplandecen bajo el sol con sus pomposas corolas o se esparcen como cándidas estrellas sobre el color pardo de la tierra. Un olor de flores deshojadas y de hojas aromáticas pisadas sube del suelo calentado por el sol. Jesús pasa por esa alfombra de fragancias.
María de Magdala, que, mirando al suelo, lo sigue, se agacha a cada paso -parece una espigadora siguiendo al que va atando las gavillas-recogiendo ramas y corolas, y también pétalos deshojados, pisados por los pies de Jesús.
Maximino, para poder cerrar la cancilla y dar sosiego a los huéspedes, ordena que den a los niños unos dulces que ya están preparados (práctica manera de distraer del Señor a los niños y de poder hacer que se marchen sin suscitar coros de llantos). Y los criados llevan esto a cabo sacando a la calle cestas colmadas de pequeñas tortas que tienen encima una almendra blanco-parda.
Y mientras los pequeñuelos se apiñan allí, otros servidores echan hacia atrás a los adultos, entre los cuales están todavía Zaqueo y los cuatro (Joel, Judas, Eliel y Elcana) con otros que no sé quiénes son porque están del todo tapados, incluso por protegerse del sol ya fuerte y del polvo que un viento más bien vigoroso levanta.
Pero Jesús, ya muy adelante, se vuelve y dice:
-¡Esperad! Tengo que decir algo a alguien.
Se dirige a los hermanos de Juana, los toma aparte y les dice:
-Por favor, id donde Juana y decidle que venga con todas las mujeres que están en su casa y con Analía, la discípula de Ofel. Que venga mañana, porque con el ocaso de mañana empieza e1 sábado y quiero pasarlo en paz con los amigos de Betania.
-Se lo diremos, Señor. Juana vendrá.
Jesús se despide de ellos. Luego pasa a Joel:
-Dirás a José y a Nicodemo que he venido y que al día siguiente del sábado entraré en la ciudad.
-¡Oh! ¡Ten cuidado, Señor! -dice acongojado el escriba, que es bueno.
-Márchate, y sé fuerte. No debe tener miedo quien sigue la justicia y cree en mi verdad. Al contrario, debe sentirse gozoso porque ha llegado el cumplimiento de la antigua Promesa.
-¡Huiré de Jerusalén, Señor! Ya ves que soy un hombre de débil constitución; Tú lo sabes; y se burlan de mí por esto. Yo no podría ver esos… esas…
-Tu ángel te guiará. Ve en paz.
-¿Te… te volveré a ver, Señor?
-Claro que me volverás a ver. De todas formas, hasta que me veas, piensa que tu amor me ha producido mucha alegría en las horas del dolor.
Joel toma la mano que Jesús le había puesto en el hombro y la aprieta contra sus labios; a través del sutil velo que cubre su cabeza, besos y lágrimas van a la mano de Jesús.
Luego se aleja. Jesús entonces se acerca a Zaqueo:
-¿Dónde están los tuyos?
-Se han quedado en la fuente, Señor. Les he dicho que esperen allí.
-Vuelve y ve con ellos a Betfagé, donde están mis discípulos más antiguos y fieles. Dile a Isaac, que es su jefe, que se distribuyan por la ciudad para avisar a todos los grupos de los discípulos, porque en la mañana del día siguiente del sábado, hacia la hora tercera, pasando por Betfagé, entraré en Jerusalén y subiré solemnemente al Templo. Le dirás a Isaac que este aviso es sólo para los discípulos. Isaac comprenderá lo que quiero decir.
-También yo lo comprendo, Maestro. Quieres sorprender a los judíos para que no puedan obstaculizar tu entrada.
-Así. Haz esto. Recuerda que te estoy dando un encargo de confianza. Me sirvo de ti y no de Lázaro.
-Esto me dice que tu bondad hacia mí no tiene medida. Gracias. Señor.
Besa la mano al Maestro y se marcha.
Jesús va a volver ya con sus huéspedes. Pero, en ese momento, un joven se separa de la cancilla donde las últimas personas, rechazadas por los criados, están saliendo, y corre a echarse a los pies de Jesús. Grita:
-¡Una bendición, Maestro! ¿Me reconoces? -dice levantando la cara, libre de todo velo.
-Sí. Eres José, llamado Bernabé, el discípulo de Gamaliel que salió a mi encuentro cerca de Yiscala.
-Y que te sigue desde hace muchos días. Estaba en Silo. Llegué allí de Yiscala, adonde había ido con el rabí en el tiempo de tu ausencia. En Yiscala había estado estudiando los libros hasta la luna de Nisán. Estaba en Silo cuando hablaste, y te seguí a Lebona y a Siquem; luego te esperé en Jericó porque había sabido que Tú…
Al improviso se calla, como si se hubiera dado cuenta de que estaba diciendo algo de lo que debería guardar silencio.
Jesús sonríe mansamente y dice:
-La verdad brota impetuosa de los labios veraces, y muchas veces supera los diques que la prudencia pone delante de las bocas. Pero voy a terminar Yo tu pensamiento… “porque habías sabido por Judas de Keriot, que se había quedado en Siquem, que Yo iba a Jericó para reunirme con mis discípulos y darles mis indicaciones.” Y fuiste allí para esperarme, sin preocuparte de ser visto, de perder tiempo y de faltar del lado de tu maestro Gamaliel.
-Él no me reprenderá cuando sepa que me he retrasado por seguirte. Lo llevaré como regalo tus palabras…
-El rabí Gamaliel no tiene necesidad de palabras! ¡Es el rabí sabio de Israel!
-Sí. Ningún otro rabí puede enseñarle nada de lo antiguo, nada, porque de lo antiguo sabe todo. Pero Tú sí, porque tienes palabras nuevas, llenas de la fresca vida de lo nuevo. Tu palabra es como savia de primavera.
Es el rabí Gamaliel el que dice esto, y dice también que la sabiduría cubierta por el polvo de los siglos, y, por tanto, desecada y opaca, adquiere nueva vida y luz cuando tu palabra la explica. ¡Le llevaré tus palabras!
-Y mi saludo. Dile que abra su corazón, su intelecto, su vista, su oído; y su pregunta de ya hace más de dos decenios recibirá respuesta. Ve, que Dios esté contigo.
El joven se encorva de nuevo para besar los pies del Maestro y se marcha.
Los criados, definitivamente, pueden cerrar la cancilla. Jesús puede reunirse con sus amigos.
-Me he permitido invitar aquí, para mañana, a las discípulas – dice Jesús, acercándose a Lázaro y poniéndole un brazo en los hombros.
-Has hecho bien, Señor. Tú sabes que mi casa es la tuya. Tu Madre ha preferido residir en la casa de Simón, y he respetado su deseo; pero espero que Tú estés bajo mi techo.
-Sí. Aunque… es techo tuyo también la otra casa. Uno de tus primeros actos de generosidad hacia mí y hacia mis amigos. ¡Cuántos actos de generosidad has tenido conmigo, amigo mío!
-Y espero poder tenerlos todavía durante mucho tiempo. Aunque, Maestro sabio, esta palabra es incorrecta. No soy yo generoso contigo. Eres Tú el que eres generoso conmigo. Yo soy el deudor. Y si ante los tesoros que me has dado deposito una moneda para ti, ¿que será esa mísera ofrenda mía comparada con tus tesoros? "Dad y se os dará" dijiste.
"Os será vertida en vuestro seno una medida generosa y colmada, y tendréis el céntuplo de lo que disteis", dices.
Yo he recibido el céntuplo del céntuplo ya desde cuando todavía no te había dado nada. ¡Ah, recuerdo nuestro primer encuentro! Tú, Señor y Dios al que no son dignos de acercarse los serafines, viniste a mí, que estaba solo y afligido… cerrado dentro de estas paredes, dentro de mis tristezas; viniste a ese hombre que era Lázaro, un hombre al que todos evitaban, si exceptúo a José y Nicodemo y a mi fiel amigo Simón, que desde su tumba de vivo no dejaba de quererme…
No quisiste que mi alegría de verte quedara turbada por las salpicaduras corrosivas del desprecio del mundo… ¡Ah, nuestro primer encuentro! Podría repetirte todas tus palabras de entonces… ¿Qué te había dado, entonces, si nunca te había visto, para recibir de ti inmediatamente el céntuplo de cien?
-Tus oraciones al Altísimo, nuestro Padre. Nuestro, Lázaro. Mío. Tuyo. Mío como Verbo y como Hombre. Tuyo como hombre. ¿Cuando orabas con tanta fe, no me estabas dando ya todo tu ser? Tú mismo puedes ver que te di el céntuplo, como es justo, de lo que tú me dabas.
-Tu bondad es infinita, Maestro y Señor. Premias anticipadamente, y con divina generosidad, a los que tu pensamiento conoce como siervos tuyos, aun antes de que ellos sepan que lo son.
-Amigos míos, no siervos. Porque, en verdad, los que hacen la voluntad del Padre mío y siguen a la Verdad que ha sido enviada por Él son mis amigos, no ya mis siervos. Más todavía: son mis hermanos, siendo así que Yo soy el primero en hacer la voluntad del Padre. Así pues, el que hace lo que Yo hago es mi amigo porque solamente el amigo hace espontáneamente lo que hace su amigo.
-Que así sea siempre entre Tú y yo, Señor. ¿Cuándo vas a la ciudad?
-Después del sábado. Al día siguiente por la mañana.
-Iré yo también.
-No, no vendrás conmigo. Ya te diré Yo. Tengo otras cosas que pedirte…
-Sigo tus órdenes, Maestro. Yo también tengo que hablar contigo…
-Hablaremos.
-¿Prefieres que el sábado lo pasemos nosotros solos o puedo invitar a amigos comunes?
-Te pediría que no. Deseo vivamente pasar estas horas en vuestra amistad prudente y pacífica, sólo la vuestra, sin forzamientos de pensamientos ni de formas; pasarlas en la dulce libertad de quien está rodeado de amigos tan queridos, que se siente entre ellos como en su propia casa.
-Como quieras, Señor. Es más… yo deseaba esto, pero me parecía egoísmo hacia mis amigos, todos inferiores en amistad respecto a ti, Amigo único, pero, de todas formas, queridos. Pero si lo quieres así… Quizás estás cansado, Señor; o pensativo…
Lázaro pregunta más con la mirada que con las palabras a su Amigo y Maestro, que le responde solamente con la luz de sus ojos, un poco tristes, un poco absortos, y con la parca sonrisa de su boca.
Se han quedado solos junto al pilón que canta con su chorrillo… Los otros, todos, han entrado en casa, donde se oye sonido de voces y de vajilla…
María de Magdala, dos o tres veces, asoma su cabeza rubia por la puerta, por la puerta tapada con una tupida cortina que ondea levemente con el viento, con el viento que aumenta mientras el cielo se va cubriendo de nubes deshilachadas cada vez más oscuras.
Lázaro alza la cabeza para examinar el cielo.
-Quizás tengamos tormenta -dice.
Y añade:
-Servirá para abrir las yemas rebeldes, que este año se resisten mucho… Quizás han sido las inclemencias tardías las que han retardado los vástagos. También mis almendros han sufrido, y mucho fruto se ha perdido. Me decía José que un huerto suyo que está fuera de la Judiciaria parece este año completamente estéril: los árboles retienen las yemas, como bajo el influjo de algún sortilegio; tanto que se duda si dejarlos o venderlos como leña. Nada. Ni una flor.
Como estaban en Tébet siguen ahora. Cabecitas de yemas, duras, cerradas, que no se hinchan nunca. Es verdad que el viento de septentrión sopla fuerte en ese lugar, y que ha habido mucho viento en invierno. También los frutos del huerto que tengo más allá del Cedrón han sufrido daños. Pero el fenómeno del huerto de José es tan extraño, que muchos van a ver ese lugar que no quiere despertarse en primavera.
Jesús sonríe…
-¿Sonríes? ¿Por qué?
-Por el infantilismo de esos niños eternos que son los hombres. Todo lo que tiene apariencia extraña los hechiza… Pero el huerto florecerá. En su debido momento.
-Ya ha pasado el debido momento, Señor. ¿Cuándo ha sucedido que en la Luna de Nisán un grupo numeroso de árboles de un mismo lugar no haya dado muestras de florescencia? ¿A qué tiempo tiene que esperar ese lugar para que sea el debido momento?
-Al tiempo de dar gloria a Dios floreciendo.
-¡Ah, comprendo! ¡Irás allí a bendecir el lugar, por amor a José; y los árboles florecerán, dando así nueva gloria a Dios y a su Mesías con un nuevo milagro! ¡Así es! Tú vas allí. Si veo a José, ¿se lo puedo decir?
-Si crees que se lo debes decir… Sí, iré allí…
-¿Qué día, Señor? Quisiera estar yo también.
-¿También tú eres un eterno niño?
Jesús sonríe más vivamente, meneando la cabeza manso y sencillo ante la curiosidad de su amigo, que exclama:
-¡Me siento feliz de haberte alegrado, Señor! Vuelvo a ver tu cara con esa sonrisa luminosa que hacía tiempo que no veía. ¿Entonces… voy?
-No, Lázaro. Para la Parasceve me serás necesario aquí.
-¡Pero en la Parasceve uno se ocupa sólo de la Pascua! Tú… Maestro, ¿por qué quieres hacer algo que te será censurado? Ve allá otro día…
-Me veré obligado a ir justo en la Parasceve. Pero no seré Yo el único que haga cosas que no sean preparación para la Pascua antigua; también los más rigurosos de Israel (un Elquías, un Doras, un Simón, y Sadoq e Ismael, y hasta Caifás y Anás) harán cosas completamente nuevas…
-¡¿Se está volviendo loco Israel?!
-Tú lo has dicho.
-Pero Tú… ¡Ah, está lloviendo! Vamos a la casa, Maestro… Yo… estoy preocupado… ¿No me vas a explicar…?
-Sí. Antes de dejarte te diré… Mira, aquí viene con una tela gruesa tu hermana, que teme el agua por nosotros… ¡Marta, tú siempre previsora y activa! Pero no es mucha la lluvia.
-¡Mi querida hermana! ¡Mis queridas hermanas! Porque ahora son las dos como dos tiernas niñas que ignoran cualquier tipo de malicia. Tanto María como Marta. Y cuando, anteayer, vino de Jericó María, parecía -cayéndole por los hombros las trenzas, porque había vendido sus horquillas para comprar unas sandalias a un niño y las horquillas delgadas de hierro eran insuficientes para sujetar sus cabellos-, parecía verdaderamente una niña. Se rió y, al bajar del carro, me dijo:
"Hermano mío, ahora sé lo que es tener que vender para comprar, y lo difíciles que son para el pobre hasta las cosas más simples, como es sujetarse el pelo con horquillas de veinte por un didracma. Lo recordaré para ser todavía más misericordiosa en el futuro para con los pobres". ¡Cómo la has cambiado, Señor!
La mujer de que hablan mientras ponen pie en la casa está ya preparada con ánforas y barreños para servir a su Señor. No cede a nadie el honor de servirle, y no se siente satisfecha hasta que no ha proporcionado todo alivio a los miembros y vísceras de su Maestro, y hasta que no le ve irse con sandalias frescas a la habitación que le han reservado, donde lo espera su Madre con una fresca túnica de lino todavía fragante de sol…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Es un alba que apenas diluye su candor en un primer rosicler de aurora. Y el silencio fresco de los campos se va rompiendo, va adornándose con el gorjeo de los pajarillos ya despiertos.
Jesús es el primero en salir de la casa de Nique. Entorna silenciosamente la puerta y se dirige al verde huerto donde se liberan las nítidas notas de las currucas y emiten los mirlos su flautado canto.
Pero aún no ha llegado y ya del huerto vienen cuatro personas (cuatro de los que ayer estaban en el grupo de desconocidos y que en ningún momento habían descubierto su rostro). Se postran profundamente. Y luego, cuando oyen la orden y la pregunta que Jesús -después de haberlos saludado con su saludo de paz-les dirige:
-¡Alzaos! ¿Qué queréis de mí? -se levantan y echan hacia atrás los mantos de lino y las prendas, también de lino, que cubren su cabeza y con las cuales habían tenido celado su rostro como beduinos.
Reconozco la cara pálida y delgada del escriba Joel de Abías, ya visto en la visión de Sabea. Los otros me son desconocidos, hasta que se nombran: «
-Yo, Judas de Beterón, último de los verdaderos asideos, amigos de Matatías Asmoneo.
-Yo, Eliel, y mi hermano Elcaná de Belén de Judá, hermanos de Juana, tu discípula; y no hay para nosotros un título mayor que éste. Ausentes cuando eras fuerte, presentes ahora que te persiguen.
-Yo, Joel de Abías, con los ojos ciegos durante mucho tiempo, pero ahora abiertos a la Luz.
-Os había despedido ya. ¿Qué queréis de mí?
-Decirte que… si estamos tapados no es por ti, sino… -dice Eliel.
-¡Hablad! ¡Hablad os digo! -Pero… Habla tú, Joel. Porque eres el que más sabe de todos…
Señor… Lo que yo sé es tan… horrendo… que quisiera que ni la tierra supiera lo que estoy para decir…
-Esta tierra se estremecerá; no Yo, porque sé lo que quieres decir. De todas formas, habla…
-Si lo sabes… deja que mis labios no tiemblen diciendo esta cosa horrible. No es que piense que mientes al decir que lo sabes y que quieres que lo diga para saberlo, sino, verdaderamente, porque…
-Sí. Porque es una cosa que clama al Señor. La diré Yo para convencer a todos de que conozco el corazón de los hombres. Tú, miembro del Sanedrín y conquistado para la Verdad, has descubierto algo que no has sabido sobrellevar tú solo, porque es demasiado grande, y has ido donde éstos, verdaderos judíos en los que sólo hay espíritu bueno, para asesorarte con ellos.
Has hecho bien, aunque no tenga ninguna utilidad lo que has hecho. El último de los asideos estaría dispuesto a repetir el gesto de sus padres (1 Macabeos 2, 42-48) para servir al Libertador verdadero. Y no está solo. También su pariente Barzelái lo haría, y con él otros muchos. Y los hermanos de Juana, por amor a mí y a su hermana, además de por amor a la Patria, estarían con él. Pero Yo no triunfaré por lanzas ni por espadas. Entrad del todo en la Verdad. Yo triunfaré con un triunfo celeste.
Tú -y esto es lo que te hace aparecer aún más pálido y enflaquecido de lo que en ti es normal-sabes quién ha presentado los elementos de acusación contra mí, esos elementos que, si bien son falsos en su espíritu, son verdaderos en la realidad de sus palabras, porque Yo en verdad violé el sábado cuando tuve que huir, al no haber llegado todavía mi hora, y cuando arrebaté dos inocentes a los bandidos; y podría decir que la necesidad justifica el acto, de la misma forma que la necesidad justificó a David por haberse nutrido con los panes de proposición (1 Samuel 21, 2-7).
En verdad, me refugié en Samaria, aunque, llegada mi hora y habiéndome propuesto los samaritanos quedarme con ellos como Pontífice, rechacé honores y seguridad por permanecer fiel a la Ley, aun significando esto entregarme a los enemigos. Y es verdad que quiero a los pecadores y a las pecadoras hasta el punto de arrancarlos del pecado.
Y es verdad que predico la destrucción del Templo, si bien estas palabras mías no son sino confirmación del Mesías de las palabras de sus profetas.
El que es fuente de éstas y de otras acusaciones, aquel que incluso hace de los milagros motivo de acusación y no ha dejado de servirse de nada de la Tierra para tratar de llevarme al pecado y poder añadir otras acusaciones a las primeras, ése es un amigo mío. Y esto también lo dijo el rey profeta (Salmo 41, 10) de quien a través de mi Madre desciendo:
"El que comía mi pan alzó contra mí su calcañar". Lo sé. Moriría dos veces, si pudiera no ya impedir que llevara a cabo el delito -ya… su voluntad se ha entregado a la Muerte, y Dios no fuerza la libertad del hombre-, sino, al menos, hacer que el choque del horror cumplido lo arrojara arrepentido a los pies de Dios… Por esto tú, Judas de Beterón, advertías ayer a Manahén de que se callara.
Porque la serpiente estaba allí y podía dañar, además de al Maestro, al discípulo. No. El daño alcanzará sólo al Maestro.
No temáis. No será por mí por quien recibáis penas y desventuras. Por el delito de todo un pueblo, por eso sí, todos recibiréis lo que anunciaron los profetas.
¡Desdichada, desdichada Patria mía! ¡Desdichada tierra que conocerá el castigo de Dios! ¡Desdichados habitantes, desdichados niños que ahora bendigo y quisiera ver salvos y que, aun siendo inocentes, conocerán en la edad adulta la dentellada de la más grande desventura! Mirad esta tierra vuestra exuberante, hermosa, verde y florida cual alfombra admirable, fértil como un Edén…
Grabaos su belleza en vuestro corazón y luego… vuelto Yo al lugar de donde vine… huid. Huid mientras podáis hacerlo, antes de que, cual rapaz de infierno, la desolación de la destrucción se extienda aquí y derribe y destruya, y yerme y queme, más que en Gomorra, más que en Sodoma…
Sí, más que en esas ciudades, donde sólo hubo una rápida muerte. Aquí… Joel, ¿recuerdas a Sabea? Ella hizo una última profecía sobre el futuro del Pueblo de Dios que ha rechazado al Hijo de Dios.
Los cuatro están como aturdidos. El miedo del futuro los enmudece. Se decide a hablar Eliel:
-¿Tú nos aconsejas…?
-Sí. Idos. Ya nada habrá aquí suficientemente válido como para retener a los hijos del pueblo de Abraham. Además, especialmente vosotros, notables del pueblo, no seríais respetados… Los poderosos hechos prisioneros embellecen el triunfo del vencedor. El Templo nuevo e inmortal llenará de sí la Tierra, y todo el que me busque me tendrá, porque donde un corazón me ame, allí estaré Yo.
Idos. Llevaos con vosotros a vuestras mujeres, a vuestros hijos, a los ancianos… Vosotros me ofrecéis salvación y ayuda, Yo os aconsejo que os pongáis en salvo, y os ayudo con este consejo… No lo despreciéis.
-Pero ya… ¿qué más daño nos va a causar Roma? Ya estamos dominados. Y, aunque su ley sea dura, también es verdad que Roma ha reedificado casas y ciudades y…
-En verdad, sabedlo, en verdad, ni una sola piedra de Jerusalén quedará intacta. Fuego, ariete, hondas y jabalinas caerán, morderán, desbaratarán todas las casas, y la Ciudad sagrada se transformará en antro. Y no solo Jerusalén… Esta Patria nuestra se transformará en antro.
Lugar de onagros y chacales, como dicen los profetas. Y no durante un año o algunos años, o durante siglos, sino para siempre. El desierto, la sequía, la esterilidad… ¡Ésta será la suerte de estas tierras! Campo de luchas, lugar de torturas, sueño de reconstrucción destruido una y otra vez por una condena inexorable, intentos de resurgimiento ahogados en el momento de su nacimiento: la suerte de la tierra que rechazó al Salvador y quiso un rocío que es fuego sobre los culpables.
-¿Entonces… entonces no volverá a haber nunca un Reino de Israel? ¿Ya nunca más seremos lo que soñábamos ser? preguntan con voz entrecortada los tres notables judíos. (El escriba Joel llora)…
-¿Habéis observado alguna vez un árbol añoso con la médula destruida por una enfermedad? Durante años vegeta a duras penas, tan a duras penas, que ni florece ni da fruto; sólo alguna, rara hoja en las ramas exhaustas dice que todavía un poco de savia sube… Luego, en un mes de Abril, se le ve florecer milagrosamente y cubrirse de numerosas hojas, y se alegra su dueño, que durante muchos años lo cuidó sin obtener frutos; se alegra al pensar que el árbol está curado y vuelve a la exuberancia después de tanta languidez…
¡Oh, engaño! Después de tan exuberante explosión de vida, sobreviene enseguida la muerte. Caen las flores, las hojas, los pequeños frutos que parecían ya cuajar en las ramas y prometían una pingüe recolección, y con improviso estruendo el árbol, podrido en su base, se viene abajo. Lo mismo hará Israel. Después de siglos de estéril vegetar disperso, se reunirá en el añoso tronco y parecerá estar reconstruido; al fin reunido el pueblo disperso; reunido y perdonado. Sí.
Dios esperará esa hora para cortar los siglos. Ya no habrá siglos, habrá eternidad ¡Bienaventurados aquellos que, perdonados, constituyan la floración fugaz del último Israel -de ese Israel que será, después de tantos siglos, de Cristo-, y mueran redimidos, junto con todos los pueblos de la Tierra, bienaventurados con los pueblos de la Tierra que no sólo han conocido la existencia mía, sino que también han abrazado mi Ley como ley de Salud y Vida! Oigo las voces de mis apóstoles. Marchaos antes de que lleguen…
-Señor, si tratamos de permanecer ocultos no es por cobardía, sino para servirte, para poderte servir. Si se supiera que nosotros, que yo, sobre todo, hemos venido a ti, quedaríamos excluidos de las deliberaciones… -dice Joel.
-Comprendo. Pero atención porque la serpiente es astuta. Tú especialmente sé cauto, Joel…
-¡Aunque me mataran… preferiría mi muerte a la tuya… y no ver esos días de que hablas! Bendíceme, Señor, para fortalecerme…
-Os bendigo a todos en el nombre de Dios Uno y Trino, y en el nombre del Verbo encarnado para salvación de los hombres de buena voluntad.
Los bendice colectivamente con un amplio gesto, y luego pone la mano, individualmente, sobre cada una de las cuatro cabezas inclinadas que tiene a sus pies.
Luego se levantan ellos, se tapan de nuevo la cara y se adentran entre los árboles del huerto y entre los matorrales de moras que separan a los perales de los manzanos y a éstos de otros árboles; a tiempo, porque, en grupo, ya salen de la casa los doce apóstoles buscando al Maestro para ponerse en camino.
Y Pedro dice:
-En la parte de delante de la casa, hacia la ciudad, hay una muchedumbre de gente, a la que a duras penas hemos contenido para dejarte orar. Quieren seguirte. Ninguno de los que has despedido se ha marchado. Es más, muchos han regresado, y muchos otros han venido luego. Les hemos reprendido…
-¿Por qué? ¡Dejad que me sigan! ¡Ah, si todos lo hicieran! ¡Vamos!
Y Jesús se coloca el manto que le ha pasado Juan y se pone a la cabeza de los suyos. Llega a la casa, la bordea, pone pie en el camino que va a Betania y entona con fuerte voz un salmo. La gente, una verdadera muchedumbre -primero todos los hombres, luego las mujeres y los niños-lo sigue, cantando con Él…
La ciudad, rodeada de verde, va quedando lejos. Muchos peregrinos van por este camino, en cuyas orillas muchos mendigos elevan sus lamentos para suscitar la compasión de la muchedumbre y conseguir así pingües limosnas. Lisiados, mancos, ciegos… La miseria que en todas las épocas y regiones habitualmente se da cita en los lugares en que una festividad congrega a las muchedumbres. Y si los ciegos no ven quién pasa, los otros sí lo ven, y, conociendo la bondad del Maestro para con los pobres, lanzan su grito, más fuerte de lo habitua1, para atraer la atención de Jesús. Pero no piden el milagro; solamente la limosna; y Judas da la limosna.
Una mujer de noble aspecto, al pie de un recio árbol que da sombra a un cruce de caminos, para el burrito en que va montada y espera a Jesús.
Cuando Él está cerca, desciende de su cabalgadura y se postra, no sin dificultad porque tiene en brazos una criaturita muy falta de vida. La eleva sin decir una palabra. Sus ojos suplican en su afligido rostro. Pero Jesús está rodeado por una barrera de gente y no ve a la pobre madre arrodillada en la orilla del camino.
Un hombre y una mujer, que parecen acompañar a la madre afligida, le dicen: -No hay nada para nosotros -dice el hombre meneando la cabeza.
-Ama, no te ha visto; llámalo con fe y te concederá lo que pides -dice la mujer.
La madre sigue el consejo de la mujer y grita, fuerte para vencer el ruido de los cantos y los pasos:
-¡Señor, piedad de mí!
Jesús, que está unos metros más adelante, se detiene y se vuelve, busca a la que ha gritado. La sirvienta dice:
-Ama, te busca. Álzate y ve donde Él, y Fabia se curará -y la ayuda a levantarse y la guía hacia el Señor, que dice:
-Quien me ha invocado que venga a mí. Es tiempo de misericordia para quien sabe esperar en la misericordia.
Las dos mujeres se abren paso (primero la sirvienta, para preparar el camino a la madre, luego la propia madre), y están para llegar donde Jesús cuando una voz grita: -¡Mi brazo perdido! ¡Mirad! ¡Bendito el Hijo de David, el siempre poderoso y santo nuestro verdadero Mesías!
Se produce un alboroto, porque muchos se vuelven y la muchedumbre, con movimiento como de ondas contrarias en torno a Jesús, se mezcla y entremezcla. Todos quieren saber, ver… Preguntan a un anciano, que agita su brazo derecho como si fuera una bandera y que responde:
-Él se había parado. Yo había logrado agarrar un borde de su manto y taparme con él, y como un fuego y la vida me han recorrido el brazo muerto; mirad, el derecho está como el izquierdo, sólo porque me ha tocado su túnica.
Jesús, mientras, pregunta a la mujer:
-¿Qué quieres?»
La mujer alarga los brazos con su criatura y dice:
-Ella también tiene derecho a la vida. Es inocente. No ha pedido ser de uno u otro lugar, ni de una u otra sangre. Yo soy la culpable. A mí el castigo, no a ella.
-¿Tienes la esperanza de que la misericordia de Dios sea mayor que la de los hombres?
-Tengo esa esperanza, Señor. Yo creo. Por mí y por mi hija. Tengo la esperanza de que le devuelvas el pensamiento y el movimiento. Dicen que eres la Vida… -y llora.
-Yo soy la Vida, y quien cree en mí tendrá la vida del espíritu y de sus miembros. ¡Quiero!
Jesús ha gritado estas palabras con voz fuerte. Ahora baja la mano hacia la niñita inmóvil, que se estremece, sonríe y dice una palabra:
-¡Mamá!
-¡Se menea! ¡Sonríe! ¡Ha hablado! ¡Fabio! ¡Amo!
Las dos mujeres han seguido las fases del milagro y las han proclamado con voz fuerte. Y han llamado al padre, que se abre paso entre la gente y llega donde las mujeres cuando ya ellas están a los pies de Jesús llorando: y, mientras la sirvienta dice: « ¡Te había dicho que Él tiene piedad de todos!», la madre dice: «y ahora perdóname también mi pecado».
-¿No te muestra el Cielo, con la gracia concedida, que tu error está perdonado? Levántate y anda; en la vida nueva, con tu hija y el hombre que has elegido. Ve. Paz a ti. Y a ti, niñita. Y a ti, israelita fiel. Mucha paz a ti por tu fidelidad a Dios y a la hija de la familia a la que servías y que con tu corazón has mantenido cercana a la Ley. Y paz también a ti, hombre, que te has mostrado más respetuoso hacia el Hijo del hombre que muchos otros de Israel.
Se despide mientras la gente, dejado el anciano, se interesa por el nuevo milagro realizado en la niñita imposibilitada de movimientos y pensamiento (quizás por una meningitis), que ahora salta feliz diciendo las únicas palabras que sabe, las que quizás sabía cuando enfermó y que ahora halla de nuevo en su mente revivida:
-Padre, mamá, Elisa. ¡El Sol bonito! ¡Las flores!…
Jesús hace ademán de marcharse. Pero en esto, provenientes del cruce que ya han dejado atrás, llegan, de donde están los asnos que los que han recibido el milagro han dejados plantados, otros dos gritos, quejumbrosos, con la típica modulación hebrea: -¡Jesús, Señor! ¡Hijo de David, ten piedad de mí!
Y, de nuevo, más fuerte, para superar los gritos de la gente que dice: «Callad. Dejadle marcharse al Maestro. El camino es largo y el sol se alza cada vez más fuerte. Que pueda estar en los montes antes del calor intenso», gritan:
-¡Jesús, Señor, Hijo de David, ten piedad de mí!
Jesús se para otra vez y dice:
-Id por esos que gritan y traédmelos aquí.
Algunas personas solícitas van hacia los ciegos. Llegan donde ellos y dicen: -Venid. Tiene compasión de vosotros. Alzaos, que quiere concederos lo que pedís. Nos ha mandado a llamaros en su nombre -y tratan de guiar a los dos ciegos por entre la muchedumbre.
Pero, si uno de los dos se deja guiar, el otro, más joven y quizás más creyente, anticipa el deseo de aquéllos y camina solo, tendiendo su bastoncito hacia delante, con la expresión y el gesto propios de los ciegos: la típica sonrisa y el rostro alzado en busca de la luz… Y va tan rápido y seguro, que parece guiarlo su ángel: si no tuviera los ojos blancos, no parecería ciego.
Es el primero en llegar a la presencia de Jesús, que lo
para y le dice:
-¿Qué quieres que te haga?
-Que vea, Maestro. Haz, Señor, que mis ojos y los de mi compañero se abran. Ha llegado ya el otro ciego y lo arrodillan junto a su compañero.
Jesús pone las manos en sus caras alzadas y dice:
-Hágase como pedís. ¡Idos, vuestra fe os ha salvado!
Quita las manos y… dos gritos salen de los labios de los ciegos:
-¡Yo veo, Uriel!
-¡Yo veo, Bartimeo! -y luego, juntos:
-¡Bendito el me viene en nombre del Señor! ¡Bendito el que lo ha enviado! ¡Gloria a Dios! ¡Hosanna al Hijo de David! -y dos rostros se agachan hasta el suelo para besar los pies de Jesús; luego se levantan los dos que eran ciegos, y el que lleva por nombre Uriel dice:
-Voy a presentarme a mis familiares y luego vuelvo para seguirte, Señor. Bartimeo, no; Bartimeo dice:
-Yo no te dejo. Mando a alguien para que se lo diga. Se alegrarán en todo caso. Pero, separarme de ti, no. Tú me has dado la vista, yo te consagro la vida; ten piedad del deseo de tu ínfimo siervo.
-Ven y sígueme. La buena voluntad iguala todos los niveles, y sólo es grande el que mejor sabe servir al Señor.
Y Jesús reanuda la marcha entre los gritos de hosanna de la multitud. Bartimeo se une a la gente y, elevando con ella
sus alabanzas, va diciendo: -Había venido buscando un pan y he encontrado al Señor. Era pobre y ahora soy ministro del Rey santo. Gloria al Señor y a su Mesías…