464- En la casa de campo de Cusa, intento de elegir rey a Jesús. El testimonio del Predilecto

En la otra orilla, junto al paso constituido por el puente, espera ya un carro cubierto.

-Sube, Maestro. No te cansarás, a pesar de que el trayecto sea largo, y no tanto por razón de la distancia como por el hecho de que he ordenado que tengan siempre aquí parejas de bueyes… para no causar molestias a los invitados más cumplidores de la Ley… Debemos ser compasivos con ellos…

-Pero, ¿y dónde están ésos?
-Delante de nosotros, en otros carros. ¡Tobiolo!
-¿Señor? -dice el carretero, que está enyugando a los bueyes.

-¿Dónde están los otros invitados?
-¡Muy adelante! Estarán ya muy cerca de la casa.
-¿Has oído, Maestro?

-¿Y si Yo no hubiera venido?
-Estábamos seguros de que vendrías. ¿Por qué no ibas a haber venido?

-¿Que por qué? Cusa, Yo vengo para que veas que no soy un cobarde. Sólo son cobardes los malos, los que tienen culpas que les hacen temer la justicia… la justicia de los hombres, por desgracia mientras que deberían temer en primer lugar, en único lugar, la de Dios. Mas Yo no tengo culpas y no tengo miedo de los hombres.

-¡Pero Señor! ¡Todos los que están conmigo te veneran! Como yo también. ¡No deberíamos causarte miedo por nada! ¡Nuestro deseo es honrarte, no atacarte! -Cusa está apenado y casi indignado.

Jesús, sentado enfrente de él, mientras el carro avanza lentamente, chirriando, entre los verdes campos, responde:

-Más que a la guerra abierta de los enemigos, debo temer a la subrepticia de los falsos amigos, o al errado celo de amigos verdaderos que todavía no me han entendido. Y tú eres de éstos. ¿No te acuerdas de lo que dije en Béter?

-Yo te he entendido, Señor -susurra Cusa, aunque no muy seguro y sin responder directamente a la pregunta.

-Sí, me has entendido. Con la ventada del dolor y la alegría, tu corazón se había vuelto límpido, como aparece límpido el horizonte después de una tormenta y un arco iris. Y veías lo correcto. Luego… Vuélvete, Cusa, a mirar nuestro Mar de Galilea. ¡Parecía tan terso con la aurora!

Durante la noche el aguazo había limpiado el aire, y el fresco nocturno había calmado la evaporación del agua: cielo y lago eran dos espejos de zafiro claro que mutuamente se reflejaban sus bellezas; y las colinas de alrededor estaban frescas y limpias como si las hubiera creado Dios durante la noche. Mira ahora. El polvo de los caminos costeños, recorridos por personas y animales, el fuego del sol, que hace a los bosques y jardines vaporear, como calderas al fuego, e incendia el lago y evapora sus aguas, mira cómo han turbado el horizonte.

Primero las riberas, nítidas por la gran tersura del aire, parecían cercanas; ahora, mira… parecen temblar empañadas, confusas, semejantes a cosas vistas a través de un velo de impuras aguas. Eso ha sucedido en ti. Polvo: humanidad. Sol: orgullo. Cusa, no te perturbes a ti mismo…

Cusa agacha la cabeza y juguetea mecánicamente con los adornos de su túnica y con la hebilla del rico cinturón que sujeta la espada. Jesús calla. Permanece con los ojos casi cerrados, como bajo efecto de un momento de sopor.

Cusa respeta su descanso, o lo que cree que es descanso.
El carro avanza lentamente en dirección sudeste, hacia las leves ondulaciones que constituyen -eso creo al menos-el primer escalón de la meseta que limita el valle del Jordán por este lado, el oriental. Sin duda por riqueza de aguas subterráneas o de algún curso de agua, los campos son fertilísimos y hermosos; por todas partes se ven racimos y frutos.

El carro cambia de dirección, deja el camino de primer orden y toma uno particular; se adentra en un paseo frondosísimo en el que hay sombra y frescor, al menos relativo, respecto al horno que es el soleado camino principal.

En el fondo del paseo hay una casa blanca, baja, de aspecto señorial. Y, acá o allá, por los campos y los viñedos, están diseminadas casas pequeñas. El carro atraviesa un puente y un poste señalizador, a partir del cual el pomar se transforma en un jardín con un paseo recubierto de guijo. Al sonar de forma distinta las ruedas sobre la grava, Jesús abre los ojos.

-Hemos llegado, Maestro. Ahí están los invitados que nos han oído, y vienen hacia nosotros -dice Cusa.

Efectivamente, muchos, todos de rica condición, se agolpan donde comienza el paseo, y saludan con pomposas reverencias al Maestro, que está llegando. Veo y reconozco a Manahén, a Timoneo, a Eleazar, y me parece ver a otros no nuevos pero cuyo nombre no sé decir. Y luego muchos, muchos, jamás vistos, o por lo menos que nunca he advertido concretamente.

Hay muchos que llevan espada; otros, en vez de las espadas, ostentan abundantes perifollos farisaicos y sacerdotales o rabínicos.

El carro se detiene. Jesús es el primero en bajar. Se inclina, como saludo de conjunto para los presentes. Los discípulos Manahén y Timoneo se acercan y lo saludan en particular; luego también se acerca Eleazar (el fariseo bueno del convite en casa de Ismael), y, junto con éste, se abren paso dos escribas que tienen interés en ser reconocidos.

Estos son: aquel al que en Tariquea le fue curado su hijito el día de la primera multiplicación de los panes, y aquel que al pie del monte de las bienaventuranzas dio comida para todos. Otro más se abre paso: el fariseo que en casa de José, en el tiempo de la siega, fue instruido por Jesús acerca del verdadero móvil de sus injustos celos.

Cusa procede a las presentaciones. Se las ahorro a todos. Porque es para volverse mico entre tanto Simón, tanto Juan, tanto Leví, tanto Eleazar, entre tanto Natanael y tanto José y tanto Felipe, etc. etc.; saduceos, escribas, sacerdotes, herodianos ­y debería decir que estos últimos constituyen la mayoría-, algún que otro prosélito y fariseo, dos miembros del Sanedrín, cuatro arquisinagogos, y, perdido no sé cómo aquí dentro, un esenio.

Jesús se inclina al oír cada uno de los nombres, mirando penetrantemente a cada uno de los rostros, algunas veces sonriendo levemente (como cuando, para aclarar más su identidad, alguno especifica algún hecho que le puso en relación con Jesús).

Así, un cierto Joaquín de Bosra dice:

-Curaste de la lepra a mi mujer, María. ¡Bendito seas!
Y el esenio:

-Te oí cuando hablaste cerca de Jericó y un hermano nuestro dejó las orillas del Mar Salado para seguirte. Y volví a saber de ti por el milagro de Elíseo de Engadí. En aquellas tierras nosotros los puros vivimos esperando…

¿Qué es lo que esperarán?… No lo sé. Sí sé que, al decirlo, éste mira con un aire de superioridad un poco exaltada a los otros, que ciertamente no muestran apariencia de místicos, sino que, en su mayor parte, parecen disfrutar alegremente de las comodidades que su posición les concede.

Cusa libera a su Invitado de las ceremonias de los saludos y lo conduce a una cómoda estancia de baño, donde lo deja para las abluciones usuales, sin duda gratas con ese calor.

Vuelve con sus invitados. Habla animadamente con ellos. Y llegan casi a una disputa porque los presentes tienen dispares opiniones: unos quisieran abrir inmediatamente la conversación -¿cuál?-; otros, por el contrario, proponen no asaltar enseguida al Maestro, sino convencerlo antes de que le guardan un profundo respeto.

Triunfa esta última parte, que es la más numerosa; así que Cusa, como amo de la casa, llama a los criados para ordenar la preparación de un banquete que habrá de celebrarse hacia el atardecer, dejando tiempo a Jesús, "que está cansado y se ve, de descansar", cosa que es aceptada por todos, tanto que, cuando Jesús aparece de nuevo, los invitados se despiden con grandes reverencias y lo dejan con Cusa, que lo conduce a una habitación umbría donde hay un lecho bajo recubierto de ricas alfombrillas.

Pero Jesús, cuando se queda solo, tras haber dado a un doméstico las sandalias y la túnica para que les limpien el polvo y las señales de la peregrinación del día anterior, no duerme. Sentado en la orilla del lecho, descalzos sus pies apoyados en la estera del suelo, cubierto su cuerpo hasta los codos y las rodillas con la túnica corta (la prenda de debajo), piensa intensamente.

Y si, por una parte, el indumento tan reducido, con la espléndida y perfecta armonía de su cuerpo varonil, le da un aspecto más joven, por otra parte, la intensidad del pensamiento, que ciertamente no es dichoso, le incide arrugas y le carga el rostro con una expresión de doloroso cansancio que lo avejenta.

Ningún ruido en la casa, ninguno en el campo, donde maduran los racimos con el calor adusto. Las cortinas oscuras que cuelgan en las puertas y ventanas no ondean mínimamente.

Pasan así las horas… Merma el sol y la penumbra va creciendo, pero el calor persiste, y también la meditación de Jesús.

En fin, la casa da señales de revivir. Se oyen voces, pisadas, indicaciones.
Cusa mueve cuidadosamente la cortina para ver sin molestar.

-¡Entra! No estoy durmiendo -dice Jesús.
Cusa entra: lleva ya la túnica engalanada del banquete. Mira y ve que el lecho no presenta signos de haber recibido un cuerpo.

-¿No has dormido? ¿Por qué? Estás cansado…
-He descansado en el silencio y en la sombra. Me basta.
-Mandaré que te traigan una túnica…
-No. La mía seguro que ya está seca. La prefiero. Tengo intención de ponerme en camino en cuanto termine el banquete. Te ruego que te ocupes del carro y de la barca para mí.

-Como quieras, Señor… Hubiera deseado tenerte aquí hasta mañana al rayar el alba…
-No puedo. Tengo que irme…
Cusa hace una reverencia y sale… Se oye un abundante cuchicheo…

Pasa más tiempo. Vuelve el doméstico con la túnica de lino fresca de lavado, fragante de sol; y con las sandalias, que ya no tienen polvo y han sido suavizadas con aceite o lardo, que les dan brillo y flexibilidad. Otro le sigue con un barreño, un ánfora y unas toallas, y deposita todo encima de una mesa baja. Salen…

…Jesús va a donde los invitados, al atrio que divide la casa de norte a sur creando un lugar ventilado y agradable en que están diseminados unos asientos, adornado con cortinas ligeras, de coloridas franjas, que modifican la luz sin poner obstáculo al aire; ahora, recogidas, permiten ver la verde cornisa que rodea la casa.

Jesús está majestuoso. A pesar de no haber dormido, parece haberse nutrido de fuerza y su andadura es regia. El lino de la túnica -acaba de ponérsela-aparece blanquísimo. Sus cabellos, brillantes por el baño de la mañana, relucen suavemente encuadrando el rostro con su color dorado.

-Ven, Maestro. Te esperábamos sólo a ti -dice Cusa; y con prioridad sobre los demás, lo conduce a la estancia donde están las mesas. Tras la oración y una suplementaria ablución de las manos, se sientan. Empieza el banquete, pomposo como siempre, y silencioso al principio. Luego se vence la reserva.

Jesús está al lado de Cusa. Manahén está a su otro lado y tiene por compañero a Timoneo. A los demás los distribuye Cusa, con experiencia de cortesano, a ambos lados de la mesa de forma de U.

El esenio -sólo él-se niega obstinadamente a participar en el banquete y a sentarse a la mesa con los demás, y sólo cuando un criado, por orden de Cusa, le ofrece un cestillo precioso colmado de fruta, acepta sentarse detrás de una mesa baja, después de no sé cuántas abluciones, tras remangarse las amplias mangas de su cándida túnica por miedo a mancharlas, o por rito, no lo sé.

Es un banquete original, donde son más protagonistas las miradas que las palabras. Solamente algunas breves frases de cortesías y un recíproco examinarse, o sea: Jesús escruta a los presentes y éstos a Jesús.

Finalmente, Cusa hace una señal a los criados para que se retiren, tras haber dejado grandes bandejas de fruta, fresca porque quizás la han tenido en el pozo, hermosísima; diría: casi helada, pues claramente muestran esa capa escarchada que es típica de la fruta guardada en lugar friísimo. Los criados salen, tras encender también las lámparas, por ahora inútiles porque todavía el día está luminoso con su largo ocaso estival.

-Maestro -comienza Cusa -debes haberte preguntado la razón de este encuentro y de este silencio nuestro. Pero es que lo que te tenemos que decir es muy grave y no deben escucharlo oídos imprudentes. Ahora estamos solos y podemos hablar. Ya ves que todos los presentes te tienen el máximo respeto. Estás entre hombres que te veneran como Hombre y como Mesías. Tu justicia, tu sabiduría, los dones que Dios te ha otorgado son conocidos y admirados entre nosotros. Tú para nosotros eres el Mesías de Israel.

Mesías según la idea espiritual y según la idea política.

Eres el Esperado para poner fin al dolor, a la postración de todo un pueblo. Y no solamente de este pueblo comprendido en los confines de Israel -mejor: de Palestina-sino del pueblo de todo Israel, de las numerosísimas colonias de la Diáspora esparcidas por toda la Tierra, que hacen resonar el Nombre de Yeohveh bajo los cielos todos y hacen conocer las promesas y esperanzas, que ahora se cumplen, de un Mesías restaurador, de un Vengador, de un Libertador y creador de la verdadera independencia , de la Patria de Israel, o sea, de la Patria más grande que hay en el mundo, la Patria, reina y dominadora, canceladora de todo pasado recuerdo y de todo signo vivo de servidumbre, el Hebraísmo triunfante sobre todo y sobre todos, y para siempre, porque así fue dicho y así se cumple.

Señor, aquí, ante ti, tienes a todo Israel en los representantes de las distintas clases de este pueblo eterno, castigado pero estimado por el Altísimo, que lo proclama "suyo".

Tienes ante ti el corazón pulsante y sagrado de Israel: los miembros del Sanedrín y los sacerdotes; tienes el poder y la santidad: fariseos y saduceos; tienes la sabiduría: escribas y rabíes; tienes la política y el valor: los herodianos; tienes el patrimonio: los ricos; el pueblo: mercaderes y hacendados; tienes la Diáspora: los prosélitos; tienes incluso a los separados, que ahora se sienten dispuestos a unirse de nuevo, porque ven en ti al Esperado: los esenios, los inasequibles esenios.

Mira, Señor, este primer prodigio, este gran signo de tu misión, de tu verdad. Tú, sin violencia, sin medios, sin ministros, sin soldados, sin espadas, reúnes a todo tu pueblo como un depósito reúne las aguas de mil fuentes.

Tú, casi sin palabras, sin ninguna imposición en absoluto, nos reúnes, a nosotros, pueblo dividido por desventuras, por odios, por ideas políticas y religiosas, y nos pacificas.

¡Oh, Príncipe de la paz, exulta por haber redimido y restaurado aun antes de tomar el cetro y la corona! Tu Reino, el esperado Reino de Israel ha surgido. Nuestras riquezas, nuestro poder, nuestras espadas, están a tus pies. ¡Habla! ¡Ordena! La hora ha llegado.

Todos aprueban el discurso de Cusa. Jesús, con los brazos cruzados, guarda silencio.

-¿No hablas? ¿No respondes, Señor? Quizás es que esto te ha sorprendido… Quizás es que no te sientes preparado y, sobre todo, dudas de que esté preparado Israel… No, no es así. Escucha nuestras palabras. Yo hablo, y conmigo Manahén, por el Palacio, que ya no merece existir, que es el oprobio purulento de Israel, la tiranía vergonzosa que oprime al pueblo y se inclina, servil, a adular al usurpador. Su hora ha llegado. Álzate, Estrella de Jacob, y pon en fuga las tinieblas de ese coro de delitos y vergüenzas.

Aquí están los que, conocidos como herodianos, son los enemigos de los profanadores del nombre para ellos sagrado de la dinastía Herodiana. Hablad, vosotros.

-Maestro. Yo soy viejo, y recuerdo lo que fue el esplendor pasado. Como nombre de héroe puesto a una hedionda carroña, tal es el nombre de Herodes sobre los degenerados descendientes que envilecen a nuestro pueblo. Es la hora de repetir el gesto que otras veces hiciera Israel, cuando indignos monarcas se sentaron sobre los dolores del pueblo. Tú sólo eres digno de llevar a cabo este gesto.

Jesús calla.

-Maestro, ¿crees que podemos dudar? Hemos escudriñado las Escrituras. Eres Tú. Tú debes reinar -dice un escriba.

-Debes ser Rey y Sacerdote. Nuevo Nehemías, más grande que él debes venir y purificar. El altar está profanado. Que te sea acicate el celo del Altísimo -dice un sacerdote.

-Muchos de nosotros te han presentado batalla, los que temen tu reinado sabio. Pero el pueblo está contigo, y los mejores de nosotros con el pueblo. Necesitamos un sabio.
-Necesitamos un hombre puro.

-Un verdadero rey.
-Un santo.
-Un redentor. Cada vez somos más esclavos, de todo y de todos ¡Defiéndenos, Señor!

-Nos pisotean en este mundo porque, a pesar del número y la riqueza, somos como ovejas sin pastor. Llámanos a formar con el antiguo grito: "¡A tus tiendas, Israel!", y de todas las partes de la Diáspora, como un reclutamiento, se alzarán tus súbditos y volcarán los inseguros tronos de los poderosos a los que Dios no ama.

Jesús sigue en silencio. Es el único que está sentado, sereno, como si no se tratase de Él, en medio de esta cuarentena ­pocos más, pocos menos-de exaltados, de cuyas razones apenas si recojo la décima parte, porque hablan todos al mismo tiempo con algarabía de mercado; y conserva su postura y su silencio.

Todos gritan:

-¡Di una palabra! ¡Responde!

Jesús se pone lentamente en pie, apoyándose en las manos sobre el borde de la mesa. Se crea un profundo silencio.

Quemado por el fuego de ochenta pupilas, abre sus labios (los otros los abren como para aspirar su respuesta). Y la respuesta es breve pero neta:

-No.

-¿Pero cómo es eso? ¿Pero por qué? ¿Nos traicionas?

¡Traicionas a tu pueblo! ¡Reniega de su misión! ¡Rechaza la orden de Dios!…

¡Qué marimorena!… ¡Qué alboroto! Caras que se ponen de color carmesí, ojos que se encienden, manos que casi amenazan… Más que fieles parecen enemigos. Pero es así: cuando una idea política domina los corazones, hasta los mansos se vuelven fieras contra quien impugna esa idea suya.

Al alboroto le sigue un silencio extraño. Parece como si, agotadas las fuerzas, todos se sintieran exhaustos, vencidos. Se miran interrogativamente, la mayor parte desolados… algunos inquietos…

Jesús mira en torno a sí y dice:

-Sabía que queríais que viniera para esto. Y conocía la inutilidad de este paso vuestro. Cusa puede decir que lo he dicho en Tariquea. He venido para que vierais que no temo insidia alguna, porque no ha llegado la hora. Y tampoco la temeré cuando se cierna sobre mí la hora de la insidia, porque para esto he venido. Y he venido para convenceros.

Vosotros, no todos, pero sí muchos de vosotros, actuáis de buena fe. Pero debo corregir el error en que, con buena fe, habéis caído. ¿Veis? No os reprendo. No reprendo a ninguno, ni siquiera a los que, por ser mis discípulos fieles, deberían saber con justicia y regular las propias pasiones con justicia.

No te reprendo a ti, justo Timoneo, pero te digo que en el fondo de tu amor, que me quiere honrar, está todavía tu yo, que bulle y sueña un tiempo mejor en que puedas ver el daño en los que te dañaron.

No te reprendo a ti, Manahén, a pesar de que muestras haber olvidado la sabiduría y el ejemplo enteramente espirituales que recibiste de mí, y de Juan el Bautista antes que de mí; pero te digo que también en ti hay una raíz de humanidad que resurge después de la llamarada de mi amor.

No te reprendo a ti, Eleazar, hombre justo aunque sólo fuera por la anciana que te confiaron, justo siempre, pero ahora no justo. Y no te reprendo a ti, Cusa, aunque debería hacerlo porque en ti más que en todos los que queréis con buena fe verme rey está vivo tu yo. Rey, sí, quieres verme.

No hay insidia en tus palabras. No vienes para cogerme en renuncio, para denunciarme al Sanedrín, al rey, a Roma.

Pero más que por el amor -crees que es todo amor y no lo es-más que por el amor actúas para vengarte de ofensas que el palacio te ha infligido. Yo soy tu invitado. Debería mantener celada la verdad de tus sentimientos. Pero Yo soy la Verdad. Y hablo. Por tu bien. Y lo mismo te sucede a ti, Joaquín de Bosra, y a ti, escriba Juan, y a ti también, y a ti, y ati, y ati.

Señala a éste, a aquél, sin rencor, pero con tristeza… y prosigue:

-No os reprendo. Porque sé que no sois vosotros los que queréis esto, espontáneamente. Es la Insidia, es el Adversario el que actúa, y vosotros… vosotros sois, sin saberlo, títeres en sus manos. Y también del amor, también de vuestro amor, Timoneo, Manahén, Joaquín -vosotros que realmente me amáis-, también de vuestra veneración -vosotros que en mí sentís al Rabí perfecto-, también de esto él, el Maldito, se sirve para perjudicar y perjudicarme.

Pero Yo os digo -a vosotros, y también a los que no tienen vuestros sentimientos, sino que con fines cada vez más bajos, hasta constituir traiciones y delitos, quisieran que aceptara ser rey-, os digo: "No.

Mi Reino no es de este mundo. Venid a mí, para que instaure mi Reino en vosotros. No otra cosa". Y ahora dejad que me vaya.

-No, Señor. Estamos bien decididos. Hemos puesto ya en movimiento riquezas, preparado planes, hemos decidido salir de esta incertidumbre que tiene inquieto a Israel, de la cual, además, se aprovechan los otros para perjudicar a Israel. Te acosan, es verdad. Tienes enemigos en el Templo mismo. Yo, uno de los Ancianos, no lo niego.

Pero para acabar con esto hay esto: tu unción. Y estamos dispuestos a dártela. No es la primera vez que en Israel uno es proclamado rey así, para acabar con una serie de desventuras nacionales y discordias. Aquí hay quien en nombre de Dios lo puede hacer. Déjate ungir -dice uno de los sacerdotes.

-No. No os es lícito. No tenéis autoridad para hacerlo.

-El Sumo Sacerdote es el primero que quiere esto, aunque no se dé a ver. No puede seguir permitiendo este estado de dominación romana y escándalo regio.

-No mientas, sacerdote. En tus labios la blasfemia es doblemente impura. Quizás no sabes, y te engañan. Pero en el Templo eso no se quiere.

-¿Crees entonces que nuestra aserción es falaz?
-Sí. Si no de todos vosotros, de muchos de vosotros. No mintáis. Yo soy la Luz e ilumino los corazones…

-A nosotros nos puedes creer -gritan los herodianos -Nosotros no amamos a Herodes Antipas ni a ningún otro.
-No. Vosotros os amáis sólo a vosotros mismos. Es verdad.

Y no podéis amarme a mí. Yo sería la palanca para derribar el trono para abriros el camino a un poder más fuerte y para gravar al pueblo con una opresión peor. Un engaño a mí, al pueblo y a vosotros mismos. Roma aplastaría a todos, después de que vosotros hubierais hecho lo mismo.

-Señor, en las colonias de la Diáspora hay hombres dispuestos a amotinarse… nosotros empeñamos nuestros bienes ­dicen los prosélitos.

-Y los míos y todo el apoyo de la Auranítida y la Traconítida -grita el de Bosra. -Sé lo que me digo.

Nuestros montes pueden preparar un ejercito, y sin ser hostigado, para lanzarlo luego, como cohorte de águilas, a tu servicio.

-También la Perea.

-Y la Gaulanítida.

-¡El valle del Gahas está contigo!
-¡Y también las riberas del Mar Salado con los nómadas que nos creen dioses, si aceptas unirte a nosotros! -grita el esenio, y prosigue con un vaniloquio de exaltado que se pierde en el clamor.

-Los montañeses de Judea son de la raza de los reyes fuertes.

-Y los de la Alta Galilea son héroes del temple de Débora. ¡Y son héroes también las mujeres y los niños!

-¿Nos consideras pocos? Somos huestes numerosas. Todo el pueblo está contigo. ¡Tú eres el rey de la estirpe de David, el Mesías! Éste es el grito que sale de los labios de sabios e ignorantes, porque es el grito de los corazones… Tus milagros… tus palabras… Los signos…

Un alboroto en que me pierdo. Jesús, como roca bien firme rodeada por una vorágine, no se mueve. Ni siquiera reacciona. Está impasible. Y el torbellino de súplicas, imposiciones, razones, continúa.

-¡Nos defraudas! ¿Por qué quieres nuestra destrucción? ¿Quieres actuar solo? No puedes. Matatías Macabeo no rechazó la ayuda de los asideos y Judas liberó a Israel con su ayuda… ¡¡¡Acepta!!!

Cada cierto tiempo el grito se anuda en esta palabra. Jesús no cede.

Uno de los Ancianos -anciano, y mucho, también de edad-cuchichea con un sacerdote y un escriba más viejos que él.

Pasan adelante. Imponen silencio. Habla el escriba anciano, que ha llamado a Eleazar y a los dos escribas de nombre Juan:

-Señor, ¿por qué no quieres ceñir la corona de Israel?
-Porque no es mía. No soy hijo de príncipe hebreo.

-Señor. Quizás Tú no lo sabes, pero yo y éste y éste fuimos requeridos un día porque tres Sabios vinieron preguntando dónde estaba el que había nacido rey de los hebreos. ¿Comprendes? "Nacido rey". Herodes el Grande nos reunió, para la respuesta, a los príncipes de los sacerdotes y escribas del pueblo. Con nosotros estaba Hil.lel el Justo. Nuestra respuesta fue: "En Belén de Judá".
Tú, nos consta, naciste allí, y tu nacimiento estuvo acompañado de grandes signos. Algunos de tus discípulos son testigos de tu nacimiento. ¿Puedes negar que los tres Sabios te adoraron Rey?
-No niego.

-¿Puedes negar que los milagros te preceden y te acompañan
y te siguen, como signo del Cielo?
-No niego.

-¿Puedes negar que eres el Mesías prometido?
-No niego.

-Entonces, en nombre del Dios vivo, ¿por qué quieres defraudar las esperanzas de un pueblo?

-Yo vengo a cumplir las esperanzas de Dios.
-¿Cuáles?

-Las de la redención del mundo, de la formación del Reino de Dios. Mi Reino no es de este mundo. Devolved a su lugar vuestros bienes y vuestras armas. Abrid los ojos y el espíritu para leer las Escrituras y los Profetas y para acoger mi Verdad, y tendréis en vosotros el Reino de Dios.

-No. Las Escrituras hablan de un Rey libertador.

-De la esclavitud satánica, del pecado, del error, de la carne, del gentilismo, de la idolatría. ¿Qué ha hecho en vosotros Satanás, oh hebreos, pueblo sabio, para induciros a error acerca de las verdades proféticas?

¿Qué os hace, oh hebreos, hermanos míos, para cegaros de esta forma? ¿Qué, qué os hace, oh discípulos míos, para que ya tampoco comprendáis vosotros?

La mayor desventura de un pueblo y de un creyente es caer en una falsa interpretación de los signos. Y aquí se cumple esta desventura. Intereses personales, prejuicios, exaltaciones, pernicioso amor patrio, todo contribuye a crear esta vorágine… la vorágine del error en que un pueblo perecerá considerando a su Rey como lo que no es.

-Tú te consideras en modo erróneo.

-Vosotros os consideráis erradamente, y también a mí. Yo no soy el rey humano. Y vosotros… Vosotros, tres cuartas partes de los que estáis aquí reunidos, lo sabéis y queréis mi mal, no mi bien. Actuáis por encono, no por amor. Yo os perdono. Digo a los rectos de corazón:

"Volved en vosotros mismos, no seáis los inconscientes esclavos del mal". Dejadme irme. No hay nada más que decir.

Un silencio lleno de estupor…
Eleazar dice:

-Yo no soy enemigo tuyo. Creía que obraba bien. Y no soy el único… Otros amigos buenos piensan como yo.

-Lo sé. Pero dime, y sé sincero: ¿Qué dice Gamaliel?
-¿El rabí?… Dice… Sí, dice: "El Altísimo dará el signo si éste es su Cristo".

-Bien dice. ¿Y qué, José el Anciano?
-Que Tú eres el Hijo de Dios y reinarás como Dios.
-José es un justo. ¿Y Lázaro de Betania?

-Sufre… Habla poco… Pero dice… que reinarás solamente cuando te acojan nuestros espíritus.

-Lázaro es sabio. Cuando vuestros espíritus me acojan. Por ahora vosotros -incluso aquellos a quienes juzgaba espíritus abiertos-, no acogéis ni al Rey ni el Reino, y en ello está mi dolor.

-En definitiva, ¿te niegas? -gritan muchos.
-Lo habéis dicho.

-Nos has hecho comprometernos, nos perjudicas, nos… -gritan otros: herodianos, escribas, fariseos, saduceos, sacerdotes…

Jesús deja la mesa y va hacia este grupo, asaeteándolo con sus miradas. ¡Qué ojos! Ellos, involuntariamente, enmudecen, se aprietan contra la pared… Jesús va justamente cara a cara. Dice, lentamente pero con una incisividad que corta como un golpe de sable:

-Está escrito (Deuteronomio 27, 24-25): "Maldito el que encubiertamente descarga su mano contra su prójimo y acepta regalos para condenar a muerte a un inocente".

Yo os digo: os perdono. Pero el Hijo del hombre conoce vuestro pecado. Si no os perdonara Yo… Por mucho menos, Jeohveh redujo a cenizas a muchos de Israel.

Y se muestra tan terrible al decir esto, que ninguno se atreve a moverse. Jesús levanta la doble cortina y sale al atrio, y ninguno osa hacer un solo gesto.

Hay que esperar a que la cortina deje de moverse, es decir: unos momentos después, para verlos reaccionar.

-Hay que alcanzarlo…
-Hay que retenerlo… -dicen los más enfurecidos.

-Tenemos que ganarnos el perdón -suspiran los mejores, o sea, Manahén, Timoneo, algunos prosélitos, el de Bosra; en definitiva, los rectos de corazón.

Se arremolinan fuera de la sala. Buscan, preguntan a los criados:

-¿El Maestro? ¿Dónde está?
-¿El Maestro? Ninguno lo ha visto, ni siquiera los que estaban en las dos puertas del atrio. No está… Con antorchas y faroles lo buscan entre las sombras del jardín, en la habitación donde había descansado. No está, y tampoco está el manto, que había dejado en el lecho, ni su bolsa, que había dejado en el atrio…

-¡Se nos ha escapado!
-¡Es un Satanás!
-No. Es Dios.
-Hace lo que quiere.
-¡Nos traicionará!
-No. Nos conocerá en nuestra verdadera realidad.

Un clamor de pareceres y de recíprocos insultos. Los buenos gritan:

-Vosotros nos habéis seducido. ¡Traidores! ¡Debíamos haberlo imaginado!

Los malos, o sea, la mayoría, amenazan, y la riña, perdido el chivo expiatorio en que centrarse, revierte sus dos partes sobre sí misma…

¿Y Jesús, dónde está? Yo lo veo, por voluntad suya. Está muy lejos, hacia el puente de la embocadura del Jordán. Va raudo como llevado por el viento. Sus cabellos enmarcan ondeantes el pálido rostro; su manto, con esta marcha veloz, se entrechoca como una vela. Luego, cuando está seguro de haberse distanciado, se adentra entre los juncos de la orilla y toma la margen oriental.

En cuanto encuentra los primeros escollos del alto arrecife, se encarama a ellos, y no se preocupa de que la poca luz haga peligrosa la subida por la pronunciada ladera. Sube, sube hasta un peñasco que se asoma hacia el lago, velado por una encina solitaria; y allí se sienta, pone un codo en la rodilla, apoya el mentón en la palma de la mano, y, con la mirada fija en el espacio anchuroso que va entenebreciéndose, apenas visible aún por el claror del manto y la palidez del rostro, así permanece…

Pero alguien lo ha seguido. Juan. Un Juan semidesnudo, o sea, vestido sólo con la corta prenda de los pescadores, tiesos los cabellos, como cuando uno ha estado en el agua, jadeante (pero pálido). Se acerca despacio hacia su Jesús.

Parece una sombra deslizándose por el arrecife escabroso. Se detiene a poca distancia. Observa a Jesús… No se mueve. Parece una peña añadida al peñasco. La túnica oscura lo anula aún más; sólo la cara y las piernas y los brazos desnudos son un poco visibles en la sombra nocturna.

Pero cuando, más que verlo lo oye llorar a Jesús, entonces no resiste más, y se acerca, hasta llamarlo:
-¡Maestro!

Jesús oye el susurro y alza la cabeza; con ademán de huir, se recoge el manto.
Pero Juan grita:

-¿Qué te han hecho, Maestro, para que ya no conozcas a Juan?

Y Jesús reconoce a su Predilecto. Tiende sus brazos hacia él y Juan se arroja a ellos. Los dos lloran, por dos dolores distintos y un único amor.

Pero luego el llanto se calma y Jesús es el primero que recupera la neta percepción visual de las cosas. Oye y ve a Juan semidesnudo, con la túnica húmeda, las carnes heladas, descalzo.

-¿Cómo estás aquí, en este estado? ¿Por qué no estás con los demás?

-No me reprendas, Maestro. No podía estar… No podía dejarte irte… Me he quitado la ropa, todo menos esto, y me he echado a nadar; he regresado a Tariquea nadando; de allí, por la orilla, corriendo, hasta el puente; y luego más, más, detrás de ti; y me he quedado escondido en el foso que hay junto a la casa, preparado para auxiliarte, atento, al menos, para saber si te raptaban, si te hacían algún mal. Y he oído muchas voces que disputaban y luego te he visto a ti pasando veloz por delante de mí. Parecías un ángel.

Por seguirte sin perderte de vista, me he caído en hoyos y aguazales y estoy lleno de barro. Te habré manchado el vestido… Desde que has llegado aquí estaba mirándote…

¿Llorabas?… ¿Qué te han hecho, mi Señor? ¿Te han insultado? ¿Te han pegado?

-No. Me querían hacer rey. ¡Un pobre rey, Juan! Y muchos querían hacerlo con buena fe, por verdadero amor, con finalidad buena… La mayoría… para poderme denunciar y deshacerse de mí…

-¿Quiénes son éstos?
-No lo preguntes.
-¿Y los otros?
-Ni siquiera preguntes el nombre de éstos. No debes odiar ni criticar… Yo perdono…

-Maestro… ¿había discípulos?… Dime sólo esto.
-Sí.
-¿Y apóstoles?

-No, Juan. Ningún apóstol.

-¿Verdaderamente, Señor?
-Verdaderamente, Juan.

-¡Ah, alabado sea Dios por ello!… Pero, ¿por qué lloras todavía, Señor? Yo estoy contigo. Te amo por todos. Y también Pedro, y Andrés y los otros… Cuando han visto que me echaba al lago me han dicho que estaba loco, y Pedro estaba furioso, y mi hermano decía que quería morir en los remolinos. Pero luego han comprendido y me han gritado:

"Que Dios te acompañe. Ve. Ve…". Nosotros te amamos. Pero ninguno como este pobre niño que soy yo.

-Sí. Ninguno como tú. ¡Tienes frío, Juan! Ven aquí, debajo de mi manto…

-No, a tus pies, así… ¡Maestro mío! ¿Por qué no te aman todos como este pobre niño que soy yo?

Jesús se sienta a su lado y lo arrima contra su corazón.
-Porque no tienen tu corazón de niño…

-¿Te querían hacer rey? ¿Pero no han comprendido todavía que tu Reino no es de esta Tierra?

-¡No han comprendido!

-Sin decir nombres, cuenta, Señor…
-¿Pero no vas a decir lo que te diga?
-Si no quieres, Señor, no lo diré…

-Lo dirás solamente cuando los hombres quieran mostrarme como un común líder del pueblo. Un día esto llegará. Y tú estarás. Habrás de decir: "Él no fue rey de la Tierra porque no quiso. Porque su Reino no era de este mundo. Era el Hijo de Dios, el Verbo encarnado, y no podía aceptar lo que es terreno.

Quiso venir al mundo y vestirse de carne para redimir los cuerpos y las almas y al mundo, pero no se sometió a las pompas del mundo y a los fomes del pecado, y en Él no hubo nada carnal ni mundano. La Luz no se recubrió de Tinieblas, el Infinito no aceptó cosas finitas; sino que de las criaturas limitadas por la carne y el pecado hizo criaturas que fueran más iguales a Él.

Llevó a los que creyeron en Él a la regalidad verdadera e instauró su Reino en los corazones, antes de instaurarlo en los Cielos, donde será completo y eterno con todos los salvados". Dirás esto, Juan, a quien pretenda verme enteramente humano, a quien pretenda verme enteramente espíritu, a quien niegue que Yo haya padecido la tentación… y el dolor… Dirás a los hombres que el Redentor lloró… y que ellos, los hombres, han sido redimidos también por mi llanto…

-Sí, Señor. ¡Cómo sufres, Jesús!…
-¡Cómo redimo! Pero tú me eres consuelo en mi sufrimiento. Al rayar el día nos marcharemos de aquí. Encontraremos una barca. ¿Crees, si digo que podremos ir sin remos?
-Creería aunque dijeras que iremos sin barca…
Permanecen abrazados, envueltos en el único manto de Jesús. Y Juan, con el calorcito, acaba durmiéndose, cansado, como un niño entre los brazos de su mamá.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-Esta página evangélica, desconocida y tan ilustrativa, tan ilustrativa, ha sido dada para los rectos de corazón. Juan, al escribir después de muchos lustros su Evangelio, hace una breve alusión a este hecho.

(Una brece alusión a este hecho es la de Juan 6, l4-l5, puesta al final del episodio de la primera multiplicación de los panes, que ocupa los precedentes versículos l-l3.

La multiplicación de los panes no fue contemporánea del intento de proclamar a Jesús rey, pero sirvió para suscitar la idea; tanto, que el evangelista une en la narración esos dos hechos, distantes en el tiempo)

Obediente al deseo de su Maestro, cuya naturaleza divina ilustra más que ningún otro evangelista, descubre a los hombres este detalle ignorado, y lo descubre con esa discreción virginal suya que envolvía todas sus acciones y palabras con pudor humilde y reservado.

Juan, mi confidente de los hechos más graves de mi vida, nunca se engalanó pomposamente con estos beneficios míos.

Antes al contrario -leed bien-, parece sufrir cuando los revela, y parece decir; "Debo decir esto porque es una verdad que exalta a mi Señor, pero os pido perdón de tenerme que mostrar como el único que la sabe", y con palabras concisas alude al detalle que sólo él conoce.

Leed el primer capítulo de su Evangelio, donde narra su encuentro conmigo: “Juan el Bautista se hallaba de nuevo con dos discípulos suyos… Los dos discípulos, oídas estas palabras… Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan y habían seguido a Jesús. El primero con que se topó Andrés…". Él no se nombra; es más, se cela tras Andrés, al que pone de relieve.

En Caná estaba conmigo, y dice: “Jesús estaba con sus discípulos… y sus discípulos creyeron en Él". Eran los otros los que tenían necesidad de creer. Él ya creía. Pero se unifica con los otros, cual criatura que necesitara ver milagros para creer.

Testigo de la primera expulsión de los mercaderes del Templo, y del coloquio con Nicodemo, del episodio de la
Samaritana, nunca dice: "Yo estaba allí", sino que conserva la línea de conducta que había tomado en Caná, y dice: "Sus discípulos" incluso cuando estaba él sólo o él y otro más. Y así continúa, no nombrándose nunca, antes al contrario, poniendo siempre delante a sus compañeros, cual si él no hubiera sido el más fiel, el siempre fiel, el perfectamente fiel.

Recordad la delicadeza con que alude al episodio de la Cena, del cual resulta que él era el predilecto, reconocido como tal también por los demás, que a él recurren cuando quieren saber los secretos del Maestro: “Así pues, empezaron los discípulos a mirarse unos a otros, no sabiendo a quién aludía el Maestro. Estaba uno de ellos, el predilecto de Jesús, recostado en el pecho
de Jesús. A éste le hizo una señal Simón Pedro y le preguntó: “¿De quién habla?'. Y aquél, estando recostado en el pecho de Jesús, le preguntó a Él: “¿Y quién es, Señor?”

Ni siquiera se nombra como llamado en el Getsemaní con Pedro y Santiago. Ni siquiera dice: "Yo seguí al Señor". Dice: "Le siguió Simón Pedro y otro discípulo; y este otro, siendo conocido por el Pontífice, entró con Jesús en el atrio del Pontíϳ̨ϛϩ̪̣ Sin Juan Yo no habría tenido el consuelo de verlos a él y a Pedro en las primeras horas de ta captura. Pero Juan no se jacta de ello.

Fue uno de los personajes principales en las horas de la Pasión, el único apóstol que en ella estuvo siempre presente, amorosamente, compasivamente, heroicamente presente junto a Cristo, junto a la Madre, frente a una Jerusalén desatada… y calla su nombre incluso en ese episodio especialmente importante de la Crucifixión y de las palabras del Moribundo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo",

"Ahí tienes a tu madre". Es el "discípulo", el sin nombre, sin otro nombre aparte del que, tras haber constituido su vocación, constituye su gloria: "el discípulo".

No se exalta siquiera después de haber recibido el honor de ser el "hijo" de la Madre de Dios, y en la Resurrección dice todavía: "Pedro y el otro discípulo (a los que María de Lázaro había hablado del sepulcro vacío) salieron y fueron… Corrían… pero aquel otro discípulo corrió más que Pedro y llegó antes y, agachándose, vio… pero no entró…". ¡Hechura de delicada humildad! Él, el predilecto, el fiel, deja que Pedro -pecador por cobardía, pero cabeza-entre antes. No lo juzga. Es su Pontífice.

Antes al contrario, lo socorre con su santidad porque también los que son "cabeza" pueden ser apoyados por sus súbditos; es más, tienen necesidad de ellos como apoyo.

¡Cuántos súbditos son mejores que sus "jefes"! ¡No neguéis nunca vuestra piedad, oh súbditos santos, a los "jefes" que se pliegan bajo el peso que no saben llevar, o a aquellos a los que el humo del honor produce ceguera y embriaguez! ¡Sed, oh súbditos santos, los cirineos de vuestros Superiores; sed -sé, mi pequeño Juan, porque te hablo a ti para todos esos “Juanes" que se adelantan corriendo y guían a los "Pedros", y luego se detienen dejándolos entrar, por respeto a su cargo, y que -¡oh obra maestra de humildad!-, y que, para no humillar a los "Pedros" que no saben comprender y creer, llegan al punto de dar de sí una imagen, y dejar creerlo, de que también

ellos como los "Pedros" son tardos e incrédulos!
Leed el último episodio del lago de Tiberíades. Es también Juan el que, repitiendo el acto de otras veces, reconoce al Señor en el Hombre que está en pie en la orilla y, después de haber compartido juntos el alimento, ante la pregunta de Pedro: "¿Y de éste que será? es siempre "el
discípulo", nada más.

Por lo que a él respecta, se anonada. Mas cuando debe decirse algo que haga resplandecer con luz cada vez más divina al Verbo de Dios Encarnado, ¡ah! entonces Juan alza los velos y revela un secreto.

En el sexto capítulo del Evangelio dice: "Dándose cuenta de que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, huyó de nuevo solo al monte".

Y esta hora del Cristo es comunicada a los creyentes para que sepan que múltiples y complejas fueron las tentaciones y las luchas intentadas contra Él en sus distintas características de Hombre, Maestro, Mesías, Redentor, Rey, y que los hombres y Satanás -el eterno instigador de los hombres-no le evitaron ninguna insidia a Cristo, para rebajarlo, abatirlo, destruirlo. Contra el Hombre, contra el eterno Sacerdote, contra el Maestro, contra el Señor arremetieron las malicias satánicas y humanas, enmascaradas bajo los pretextos más aceptables como buenos; y todas las pasiones del ciudadano, del patriota, del hijo, del hombre, fueron hurgadas o tentadas para descubrir un punto débil que sirviera de fulcro.

¡Oh, hijos míos que no reflexionáis más que en la tentación inicial y en la última, y que de mis fatigas de Redentor os parecen "fatigas" sólo las últimas, y dolorosas sólo las últimas horas, y amargas y desengañadoras sólo las últimas experiencias, poneos sólo una hora en mi lugar, pensad que es a vosotros a quienes se os propone la paz con los coterráneos, su ayuda, la posibilidad de llevar a cabo el necesario acrisolamiento para hacer santo al País amado, las posibilidades de restaurar, de reunir a los diseminados miembros de Israel, de acabar con el dolor, con la servidumbre, con el sacrilegio! Y no digo: poneos en mi lugar pensando en vosotros como destinatarios de una corona que se os ofrece.

Digo sólo que tengáis mi Corazón de Hombre durante una hora, y que penséis en cómo habríais salido de esta seductora propuesta. ¿Como triunfadores fieles a la divina Idea, o, más bien, como vencidos? ¿Habríais salido de ella más santos y espirituales que nunca, u os habríais destruido a vosotros mismos adhiriéndoos a la tentación o cediendo a las amenazas? ¿Y con qué corazón habríais salido de ella, tras haber constatado hasta qué punto Satanás usaba sus armas para herirme en la misión y en los sentimientos, llevándome a los discípulos buenos por un camino desviado, poniéndome en estado de lucha abierta con los enemigos, en ese momento ya desenmascarados, agresivos ahora por haber sido descubiertas sus arterías?

No estéis ahí con el compás y la medida pequeña, con el microscopio y la ciencia humana; no andéis ahí midiendo, comparando, refutando, con pedantes razonamientos de escriba, sobre si Juan habló con exactitud y hasta qué punto es verdad esto o aquello. No superpongáis la frase de Juan y el episodio dado ayer, para ver si los contornos coinciden.

Ni erró Juan por debilidad senil, ni ha errado el pequeño Juan (María Valtorta) por debilidad de enferma. Éste ha dicho lo que ha visto. Juan, el grande, pasados muchos lustros después del episodio, narró lo que sabía y, con fina concatenación de lugares y hechos, reveló el secreto que sólo él conocía de cuando intentaron, no sin malicia, coronar a Cristo.

En Tariquea, después de la primera multiplicación de los panes, surge en el pueblo la idea de hacer del Rabí nazareno el rey de Israel. Están presentes Manahén, el escriba y otros muchos que, aún imperfectos en el espíritu pero honestos de corazón, recogen la idea y la apoyan para dar honor al Maestro, para acabar con la lucha injusta contra Él, por error en la interpretación de las Escrituras, un error difundido por todo Israel cegado por sueños de humana regalidad y por esperanzas de santificar a la Patria contaminada por muchas cosas.

Muchos, como era natural, se adhieren simplemente a la idea. Muchos fingen subrepticiamente su adhesión para perjudicarme. Unidos estos últimos por el odio contra mí, olvidan sus odios de casta, que los habían mantenido siempre separados, y se alían para tentarme, para poder dar después una apariencia legal al delito que ya sus corazones habían decidido. Esperan en una debilidad mía, en un orgullo mío.

El orgullo y la debilidad, con consiguiente aceptación de la corona que me ofrecían, darían una justificación a las acusaciones que querían lanzar contra mí. Y después… después ello serviría para dar la paz a su espíritu engañoso atrapado por los remordimientos, porque se dirían a sí mismos, esperando poder creerlo: "Roma, no nosotros, ha castigado al Nazareno revoltoso". La eliminación legal de su Enemigo (enemigo era para ellos su Salvador)…

Aquí están las razones de la proclamación que intentaron. Aquí está la clave de los odios, más fuertes, que siguieron. Aquí tenéis, en fin, la alta lección de Cristo.

¿La comprendéis? Es lección de humildad, de justicia, de obediencia, de fortaleza, de prudencia, de fidelidad, de perdón, de paciencia, de vigilancia, de saber soportar, respecto a Dios, respecto a la propia misión, respecto a los amigos, respecto a los ingenuos, respecto a los enemigos, respecto a Satanás, respecto a los hombres que de éste son instrumentos de tentación, respecto a las cosas, respecto a las ideas. Todo debe ser contemplado, aceptado, rechazado, amado o no, mirando al fin santo del hombre: el Cielo, la voluntad de Dios.

Pequeño Juan. Ésta fue una de las horas de Satanás para mí. Y como las tuvo el Cristo las tienen los pequeños Cristos. Es necesario sufrirlas y superarlas, sin soberbias ni desconfianzas. No carecen de finalidad, de finalidad buena.

Pero no temas, porque Dios, durante estas horas, no abandona, sino que sujeta al que es fiel. Y, luego, desciende el Amor para hacer reyes a los fieles. Y, posteriormente, acabada la hora de la Tierra, suben los fieles al Reino, en paz para siempre, victoriosos para siempre…

Mi paz, pequeño Juan coronado de espinas. Mi paz…

463- En Tariquea. Cusa, a pesar del discurso sobre la naturaleza del reino mesiánico, invita a Jesús a su casa. Conversión de una pecadora

La pequeña península de Tariquea se adentra en el lago formando una profunda ensenada al suroeste, de modo que no se yerra diciendo que, más que una península, es un istmo rodeado por las aguas a lo largo de casi todo su perímetro, y que queda unido a la tierra sólo por una pequeña parte.

Al menos así era en tiempos de Jesús, que es cuando yo la veo. No sé si luego, durante veinte siglos, las arenas y los guijarros, arrastrados por un torrentillo que desemboca justamente en la ensenada del suroeste, habrá modificado el aspecto del lugar, enarenando la pequeña bahía y, por tanto, ensanchando la lengua de tierra del istmo.

La bahía aparece serena, azulina con estrías de jade donde refleja el verde de los árboles que desde la costa se asoman al lago: Muchas barcas ondean levemente en las aguas apenas móviles.

Lo que llama mi atención es un dique arcado -de arcos que se apoyan en los guijarrales de la orilla-que forma como un paseo, un embarcadero, qué sé yo, orientado hacia el oeste. No comprendo si lo han construido para embellecimiento o con alguna finalidad útil que no capto.

Este paseo, dique o embarcadero, está recubierto de un espeso estrato de tierra, en que han sido plantados árboles tan juntos -aunque no grandes-, que forman una galería de follaje por encima del camino. Mucha gente ocia paseando bajo esa galería susurradora que de la brisa, las aguas y las frondas saca un grato coeficiente de frescor.

Se ve netamente la entrada del Jordán y el desagüe de las aguas del lago en el lecho del río, formando algún remolino, o alguna acumulación de agua en los pilones de un puente -yo diría que romano por su arquitectura de robustos pilones, puestos como tajamares. (no sé si me expreso bien; quiero decir que están construidos como un hexágono) -. Contra las aristas de los pilones se rompe la corriente de las aguas, formando todo un juego nacarado de luces bajo el sol que las hiere así, rotas y rebosantes, rebosantes para desaguar en la garganta del río, que, después de tanta anchura en el lago, se encajona ahora.

Casi al final del puente, en la otra orilla, una pequeña, blanca ciudad, extendida sobre el verde de la campiña óptima. Y, más arriba, hacia el norte, pero en la costa oriental del lago, el arrabal que precede a Ippo; y los bosques, altos sobre la vista del arrecife, tras los que está Gamala, bien visible en la cima de su monte.

Jesús, seguido por una cola de gente que viene con Él desde Emaús y que ha aumentado con los que ya lo esperaban en Tariquea -entre éstos está Juana, que ha venido en su barca-, se dirige precisamente hacia el dique arbolado, y se para en el centro de éste, de forma que tiene el agua a la derecha y la playa a la izquierda. Los que pueden se ponen en el camino arbolado; los que no pueden encontrar sitio en el camino se ponen abajo, en la playa, aún humedecida de la alta marea nocturna -o por alguna otra razón-y parcialmente en sombra debido a las frondas de los árboles del dique; otros abordan con las barcas y toman asiento a la sombra de las velas. Jesús hace ademán de querer hablar. Se hace silencio general.

-Está escrito (Habacuc 3, l3 y l8): "Te moviste a salvar a tu pueblo, para salvarlo con tu Cristo". Está escrito: "Y yo me alegraré en el Señor y exultaré en Dios mi Jesús".
(Las palabras “tu Cristo” (del versículo 13) y “mi Jesús” del versículo 18), presentes en la Vulgata, pasaron a ser tu consagrado (o tu mesías) y mi salvador en la Neovulgata)

El pueblo de Israel ha tomado para sí estas palabras y les ha dado un significado nacional, personal, egoísta, que no corresponde a la verdad sobre la persona del Mesías. Ha dado un significado limitado, que reduce la grandeza de la idea mesiánica a una mediocre manifestación de fuerza humana y de victoriosa superación de los dominadores encontrados por el Cristo en Israel.

Pero la verdad es otra. Es grande, ilimitada. Viene del Dios verdadero, del Creador y Señor del Cielo y de la Tierra, del Creador de la Humanidad, de Aquel que -de la misma manera que multiplicó los astros en el Firmamento y cubrió de plantas de todas las especies la Tierra y la pobló de animales y puso peces en las aguas y aves en el aire-ha multiplicado los hijos del Hombre que creó para que fuera rey de la Creación y criatura predilecta suya.

Ahora bien, ¿cómo podría el Señor, Padre de todo el género humano, ser injusto con los hijos, de los hijos, de los hijos de los que nacieron del Hombre y de la Mujer, formados por Él con la materia, la tierra, y con el alma, su aliento divino? ¿Cómo tratar a éstos diversamente que a aquéllos, como si no provinieran de una única raíz, como si otro ser sobrenatural y antagonista, y no Él, hubiera creado otras ramas, de manera que fueran extranjeros, bastardos, despreciables? El verdadero Dios no es un pobre dios de éste o aquel pueblo, un ídolo, una figura irreal.

Es la sublime Realidad, es la Realidad universal, es el Ser único, Supremo, Creador de todas las cosas y de todos los hombres. Es, por tanto, el Dios de todos los hombres.

Y los conoce aunque ellos no lo conozcan. Los ama aunque ellos, no conociéndolo, no lo amen; o aunque lo conozcan mal y, por tanto, lo amen mal; o aunque, aun conociéndolo, no sepan amarlo. La paternidad no cesa cuando un hijo es ignorante, torpe o malo. El padre se industria para instruir al hijo, porque instruirlo es amor; se afana en hacer menos torpe al hijo retrasado; con lágrimas, con indulgencias, con castigos saludables, con perdones misericordiosos trata de corregir al hijo malo y hacerlo bueno.

Éste es el padre-hombre. ¿Será, acaso, menos el Padre-Dios que un padre-hombre? Veis, pues, que el Padre-Dios ama a todos los hombres y quiere su salvación. Él, Rey de un Reino infinito, Rey eterno, mira a su pueblo, compuesto por todos los pueblos que pueblan la Tierra, y dice: "Éste es el pueblo de mis criaturas, el pueblo que debe ser salvado con mi Cristo; éste es el pueblo para el que ha sido creado el Reino de los Cielos. Y ésta es la hora de salvarlo con el Salvador".

¿Quién es el Cristo? ¿Quién, el Salvador? ¿Quién, el Mesías? Muchos son los griegos aquí presentes, y muchos, aunque no sean griegos, saben lo que quiere decir la palabra Cristo. Cristo es, pues, el consagrado, el ungido con óleo regio para cumplir su misión.

¿Consagrado para qué? ¿Será para la pequeña gloria de un trono? ¿Será para la gloria, más grande, de un sacerdocio? No. Consagrado para reunir bajo un único cetro, en un único pueblo, bajo una única doctrina, a todos los hombres, para que entre sí sean hermanos, e hijos de un único Padre, hijos que conocen al Padre y que siguen su Ley para tomar parte en su Reino.

Rey, en nombre del Padre que lo ha enviado, el Cristo reina como conviene a su Naturaleza, o sea, divinamente, al ser de Dios. Dios ha puesto todo como escabel de los pies del Cristo suyo, pero, ciertamente, no para que oprima, sino para que salve.

Efectivamente, su nombre es Jesús, que en lengua hebrea quiere decir Salvador. Cuando el Salvador salve de la insidia y herida más violentas, a sus pies habrá un monte cubierto por una multitud de toda raza, para simbolizar que Él reina sobre toda la Tierra y se yergue por encima de todos los pueblos.

Pero el Rey estará desnudo, sin más riqueza que su Sacrificio, para simbolizar que no tiende sino a las cosas del espíritu, y que las cosas del espíritu se conquistan con los valores del espíritu y se redimen con la heroicidad del sacrificio; no con la violencia y el oro.

Estará desnudo para responder -tanto a los que le temen como a aquellos que, por un falso amor, contemporáneamente, lo exaltan y lo rebajan queriendo que sea rey según el mundo, como a aquellos que lo odian sin más razón que el temor a ser despojados de lo que ellos aprecian-, para responder que es Rey espiritual, sólo esto, enviado para enseñar a los espíritus a conquistar el Reino, el único Reino que Yo he venido a fundar.

No os doy leyes nuevas. A los israelitas les confirmo la Ley del Sinaí; a los gentiles les digo: la ley para poseer el Reino no es otra sino la ley de virtud que toda criatura de moral elevada por sí misma se impone, y que, por la fe en el Dios verdadero, se transforma, de ley de moral o de virtud humana, en ley de moral sobrehumana.

¡Oh, gentiles! Acostumbráis a proclamar dioses a los hombres grandes de vuestras naciones, y los metéis en las filas de los numerosos e irreales dioses de que pobláis el Olimpo que os habéis creado para tener algo en que creer, porque la religión, una religión, es necesaria para el hombre, así como, siendo la fe el estado permanente del hombre y la incredulidad la anormalidad accidental, es necesaria una fe.

Y no siempre estos hombres elevados a deidades valen siquiera como hombres, pues unas veces son grandes por la fuerza bruta, otras por una gran astucia, otras por un poder de una u otra forma adquirido. De manera que llevan consigo, como dotes de superhombres, una serie de miserias que el hombre sabio ve como lo que son: podredumbre de pasiones desencadenadas.

Y que estoy afirmando la verdad lo demuestra el hecho de que en vuestro Olimpo quimérico no habéis sabido introducir siquiera uno de esos grandes espíritus que han sabido intuir el Ente supremo y han sido agentes intermedios entre el hombre animal y la Divinidad, instintivamente sentida por ellos con su espíritu meditador y virtuoso.

Del espíritu que razona del filósofo, del verdadero gran filósofo, al espíritu del verdadero creyente que adora al verdadero Dios, el paso es breve; mientras que del espíritu del creyente al yo del astuto, del hombre avasallador, o del que es héroe materialmente, hay un abismo. Y, aún siendo así, no habéis puesto en vuestro Olimpo a aquellos que, por la virtud de la vida, mucho se elevaron por encima de la masa humana, hasta acercarse a los reinos del espíritu; no, a éstos los habéis temido como a crueles amos, o los habéis adulado por un servilismo de esclavos, o los habéis admirado como ejemplares vivos de esas libertades de animales instintos que ante vuestros apetitos anormales se presentan como finalidad y meta en la vida.

Habéis envidiado a los que han sido adscritos al grupo de los dioses, y habéis dejado de lado a los que más se acercaron a la divinidad con la práctica y la doctrina enseñada y vivida de una vida virtuosa.

Ahora, en verdad, Yo os doy la manera de que seáis dioses. El que haga lo que digo y crea en lo que enseño, ése, subirá al verdadero Olimpo, y será dios, dios hijo de Dios en un Cielo donde no hay ningún tipo de corrupción y donde el Amor es la única ley.

(Será dios se refiere al hombre en cuanto dios hijo de Dios. Todo el contexto (especialmente donde se dice "en el Reino de Aquel que os ha creado") y el uso de la minúscula en la palabra "dios" expresan que no se le atribuye al hombre la misma naturaleza de Dios)

En un Cielo donde unos a otros se aman espiritualmente, sin ofuscación ni asechanzas de los sentidos que enemisten a unos contra otros a sus habitantes, como sucede en vuestras religiones. No vengo a pedir actos bulliciosamente heroicos. Vengo a deciros: vivid como la criatura dotada de alma y razón, y no como el bruto. Vivid de forma que merezcáis vivir, realmente vivir, con la parte inmortal vuestra en el Reino de Aquel que os ha creado.

Yo soy la Vida. Vengo a enseñaros el Camino para ir a la Vida. Vengo a daros la Vida a todos vosotros, y a dárosla para daros la resurrección de vuestra muerte, de vuestro sepulcro de pecado e idolatría. Yo soy la Misericordia.

Vengo a llamaros, a reuniros a todos. Yo soy el Cristo Salvador. Mi Reino no es de este mundo; y, no obstante a quien cree en mí y en mi palabra le nace un reino en el corazón ya desde los días de este mundo, y es el Reino de Dios, el Reino de Dios en vosotros.

De mí está escrito que soy Aquel que llevará la justicia a las naciones. (Isaías 42, l-9) Es verdad. Porque si los miembros de todas las naciones llevaran a cabo lo que Yo enseño, terminarían los odios, las guerras, los abusos.

Está escrito de mí que no levantaré la voz para maldecir a los pecadores, ni la mano para destruir a aquellos que, por su indecorosa manera de vivir, son como cañas rajadas y pabilos humeantes. Es verdad. Yo soy el Salvador y vengo a fortalecer a los lesionados, a dar líquido a aquellos cuya luz es fumosa por falta de la necesaria sustancia.

Está escrito de mí que soy Aquel que abre los ojos a los ciegos y saca de la cárcel a los prisioneros y lleva a la luz a los que estaban en las tinieblas de la mazmorra. Es verdad. Los ciegos más ciegos son los que ni siquiera con la vista del alma ven la Luz, o sea, al verdadero Dios. Yo vengo, Luz del mundo, para que vean. Los prisioneros más prisioneros son los que tienen por cadenas sus pasiones malas.

Cualquier otra cadena queda anulada con la muerte del prisionero, pero las cadenas de los vicios duran y encadenan incluso más allá de la muerte de la carne. Yo vengo a romperlas. Vengo a sacar de las tinieblas de la mazmorra subterránea de la ignorancia de Dios a todos aquellos a quienes el paganismo sofoca con el cúmulo de sus idolatrías.

Venid a la Luz y a la Salvación. Venid a mí, porque mi Reino er el verdadero y mi Ley es buena: os pide solamente que améis al único Dios y a vuestro prójimo, y, por tanto, que rechacéis a los ídolos y a las pasiones, cosas estas que os hacen duros de corazón, áridos, sensuales, ladrones, homicidas.

El mundo dice (Sabiduría 2, l0-l2)̢ “Avasallemos al pobre,, al débil, al solo. Sea la fuerza nuestro derecho, la dureza nuestro modo, nuestras armas la intransigencia, el odio, la crueldad. El justo, puesto que no reacciona, sea pisoteado; y avasallados la viuda y el huérfano, que tienen débil voz".

Yo digo: sed dulces y mansos: perdonad a los enemigos; socorred a los débiles; sed justos en las ventas y en las compras; aun teniendo el derecho de vuestra parte, sed magnánimos, no aprovechándoos de poder pisotear a los caídos. No os venguéis. Dejad a Dios el cuidado de tutelaros. Sed moderados en todas las tendencias, porque la templanza es prueba de fuerza moral, mientras que la concupiscencia lo es de debilidad. Sed hombres y no brutos, y no temáis haber caído demasiado y no poder izaros de nuevo.

En verdad os digo que de la misma manera que el lodo puede volver a ser agua pura -evaporándose al sol, purificándose dejándose consumir y elevándose al cielo para después volver a caer en forma de lluvia o de rocío no inficionado y beneficioso-, con tal de que sepa soportar el sol, así los espíritus que se acerquen a la gran Luz que es Dios y le eleven a Él su grito:

"¡He pecado, soy lodo, pero aspiro a ti, Luz!", se transformarán en espíritus que ascenderán purificados a su Creador. Quitad a la muerte su horror, haciendo de vuestra vida una moneda para adquirir la Vida. Despojaos del pasado, cual de un vestido sucio, y revestíos de virtud. Yo soy la Palabra de Dios y, en su Nombre, os digo que quien tenga fe en Él y buena voluntad, quien se arrepienta del pasado y tenga propósito recto para el porvenir, sea hebreo o gentil, vendrá a ser hijo de Dios y posesor del Reino de los Cielos.

Os he dicho al principio: "¿Quién es el Mesías?". Ahora os digo: Soy Yo, el que os habla, y mi Reino está en vuestros corazones, si lo acogéis, y luego estará en el Cielo que os abriré, si sabéis perseverar en mi Doctrina. Esto es el Mesías y nada más: Rey de un reino espiritual, cuyas puertas abrirá con su sacrificio a todos los hombres de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar y ahora hace ademán de encaminarse hacia una pequeña escalera que desde el dique lleva a la orilla. Quizás quiere ir a la barca de Pedro, que arfa junto a un rudimentario embarcadero. Pero se vuelve de golpe y escruta a la multitud y grita:

-¿Quién me ha invocado para el espíritu y para la carne?
Nadie responde. Él repite la pregunta y va repasando con sus espléndidos ojos a la multitud, que se agolpa detrás de Él, no sólo en el camino sino también abajo, en la arena. Todavía silencio.

Mateo hace esta observación:
-Maestro, quién sabe cuántos, en este momento, habrán elevado su corazón a ti con la emoción de tus palabras…

-No. Un alma ha gritado: "Piedad" y la he oído. Y para deciros que es verdad respondo: "Hágase en ti según lo que pides, porque el movimiento de tu corazón es justo".
Y, enhiesto, espléndido, extiende imperiosamente la mano hacia la playa.

Trata de encaminarse de nuevo hacia la pequeña escalera, pero se pone enfrente de Él Cusa, que ha bajado -está claro­de alguna barca, y lo saluda con reverencia.

-Te estoy buscando desde hace muchos días. He dado la vuelta al lago tras de ti, Maestro. Es urgente que te hable. Acepta mi invitación a mi casa. Tengo a muchos amigos conmigo.

-Ayer estaba en Tiberíades.
-Me lo han dicho. Pero no estoy solo. ¿Ves aquellas barcas que se dirigen a la otra orilla? Allí hay muchos que quieren verte. Entro ellos también discípulos tuyos. Ven a mi casa, allende el Jordán; te ruego.
-Es inútil, Cusa. Sé lo que quieres decirme.
-Ven, Señor.

-Enfermos y pecadores me esperan; déjame…
-También nosotros te esperamos, enfermos de inquietud por tu bien. Y hay también enfermos de la carne, también…
-¿Has oído mis palabras? ¿Y entonces para qué insistes?
-Señor, no nos rechaces, nosotros…

Una mujer se ha abierto paso entre la multitud. Conozco ya lo suficiente los vestidos hebreos como para comprender que no es hebrea y los vestidos… honestos como para comprender que ésta es una deshonesta. Pero para celar sus rasgos y sus gracias, quizás demasiado procaces, se ha envuelto toda en un velo, cerúleo como su amplio vestido, que es de todos modos provocativo por la forma, que le deja destapados los bellísimos brazos. Se arroja al suelo y se arrastra por él hasta que llega a tocar la túnica de Jesús, y la toma entre sus dedos y besa su extremo, y llora, convulsa toda por los sollozos.

Jesús, que iba a responder a Cusa diciendo: «Erráis y…» baja la mirada y dice: -¿Eras tú la que me invocaba?

-Sí… y no soy digna de la gracia que me has concedido.

No habría debido siquiera llamarte con el espíritu. Pero tu palabra… Señor… yo soy pecadora. Si me destapara la cara, muchos te dirían mí nombre. Soy… una prostituta… y una infanticida… y el vicio me había enfermado…

Estaba en Emaús, te di una joya… me la devolviste… y una mirada tuya… me entró en el corazón… Te he seguido… Has hablado. He dicho dentro de mí tus palabras: "Soy lodo, pero aspiro a ti, Luz". He dicho:

"Cúrame el alma, y luego, si quieres, la carne". Señor, mi carne está curada… ¿y mi alma?…

-Tu alma ha quedado curada por el arrepentimiento. Ve y no vuelvas a pecar nunca. Te son perdonados tus pecados.

La mujer besa de nuevo el extremo de la túnica y se alza. Al hacerlo, se le desliza el velo.

-¡La Galacia! ¡La Galacia! -gritan muchos y lanzan contumelias, y también cogen grava y arena y se la arrojan a la mujer, que se agacha, quedándose atemorizada.

Jesús, severo, alza la mano. Impone silencio.
-¿Por qué la insultáis? No lo hacíais cuando era pecadora.

¿Por qué ahora que se redime?

-Lo hace porque está vieja y enferma -gritan muchos, y profieren burlas.

Verdaderamente, la mujer, aunque ya no sea muy joven, todavía está muy lejos de ser vieja y fea como dicen. Pero la masa es así.

-Pasa delante de mí y baja a aquella barca. Te acompañaré a casa por otro camino -ordena Jesús, y dice a los suyos:
-Ponedla en medio de vosotros y acompañadla.

La ira de la gente, azuzada por algún intransigente israelita, se vuelca enteramente contra Jesús. Y entre gritos de: « ¡Anatema! Falso Cristo! ¡Protector de prostitutas! ¡Quien las protege las aprueba! ¡Más aún! Las aprueba porque las goza» y frases similares gritadas, mejor: ladradas y rabiosamente ladradas, sobre todo por un grupito de energúmenos hebreos de no sé qué casta… entre esos gritos, unos puñados bien lanzados de arena húmeda alcanzan el rostro de Jesús y lo ensucian.

Él levanta el brazo y se limpia el carrillo sin protestar. No sólo eso, sino que detiene con un gesto a Cusa y a algún otro que querría reaccionar en defensa de Él, y dice:

-Dejadlos. ¡Por la salvación de un alma sufriría mucho más! ¡Yo perdono!

Zenón, el de Antioquía, que no se había apartado del Maestro en todo este tiempo, exclama:
-¡Ahora verdaderamente sé quién eres! ¡Un verdadero dios y no un orador falaz! ¡La griega dijo la verdad! Tus palabras en las termas me habían dejado desilusionado, éstas me han conquistado.

El milagro me ha asombrado, tu perdón a los ofensores me ha conquistado. ¡Adiós, Señor! Pensaré en ti y en tus palabras.

-Adiós, hombre. Que la Luz te ilumine el corazón.
Cusa insiste de nuevo mientras van hacia el embarcadero, mientras en el dique se enciende una gresca entre romanos y griegos por una parte e israelitas por la otra.

-¡Ven! Unas horas sólo. Es necesario. Luego te acompañaré yo mismo. ¿Eres benigno con las meretrices y quieres ser
intransigente con nosotros?
-Bien. Voy. Efectivamente, es necesario…

Y dice a los apóstoles que ya están en las barcas:
-Id adelante. Os alcanzaré…
-¿Vas solo? -pregunta Pedro poco contento.
-Estoy con Cusa…

-¡Mmm! ¿Y nosotros no podemos ir? ¿Para qué te quiere con sus amigos? ¿Por qué no ha venido a Cafarnaúm?
-Hemos ido. No estabais.
-¡Nos hubierais esperado y nada más!

-Pues hemos venido siguiendo vuestra pista.
-Venid ahora a Cafarnaúm, ¿Tiene que ser el Maestro el que vaya donde vosotros?

-Simón tiene razón -dicen los otros apóstoles.
-¿Pero por qué no queréis que venga conmigo? ¿Es, acaso, la primera vez que viene a mi casa? ¿Acaso no me conocéis?
-Sí que te conocemos. Pero… no conocemos a los otros.
-¿Y a qué tenéis miedo? ¿A que yo sea amigo de los enemigos del Maestro?

-¡Yo no sé nada! ¡De lo que sí me acuerdo es de cómo acabó Juan el profeta!

-¡Simón! Me ofendes. Yo soy un hombre de honor. Te juro que antes de que le tocaran un pelo al Maestro me dejaría ensartar, ¡Créeme! Mi espada está a su servicio…

-¿Y de qué serviría que te ensartaran a ti? Después… Sí, lo creo, te creo… Pero, una vez muerto tú, le tocaría a Él. Prefiero mi remo a tu espada, mi pobre barca y sobre todo, nuestros sencillos corazones puestos a su servicio.

-Pero conmigo está Manahén. ¿Crees en Manahén? Y está también el fariseo Eleazar, ese que conoces tú, y el arquisinagogo Timoneo, y Natanael ben Fada. A éste no lo conoces. Pero es un jefe importante y quiere hablar con el Maestro. Y está Juan, conocido por el Antipas de Antipátrida, favorito de Herodes el Grande, ahora viejo; poderoso, amo de todo el valle del Gahas, y…
-¡Basta, basta! Estás diciendo nombres grandes, pero a mí no me dicen nada, excepto dos… Voy también yo…

-No. Quieren hablar con el Maestro…

-¿Quieren! ¿Y quiénes son ellos? ¿Quieren? Y yo no quiero.

Sube aquí, Maestro, y vamos. No quiero saber nada de ninguno, me fío sólo de mí. Arriba, Maestro. Y tú ve en paz a decir a ésos que no somos errantes. Saben dónde encontrarnos -y empuja a Jesús sin muchos miramientos, mientras Cusa protesta alzando la voz.

Jesús interviene definitivamente:

-No temas, Simón. No me va a pasar nada malo. Lo sé. Y conviene que vaya. Me conviene, Entiéndeme… -y lo mira fijamente con sus ojos espléndidos, como para decirle: «No insistas. Compréndeme. Hay razones que aconsejan que vaya».

Simón cede; a regañadientes, pero cede, como dominado… De todas formas, masculla disgustado unas palabras entre dientes.

-Ve tranquilo, Simón. Yo mismo te acompañaré a tu Señor, y mío -promete Cusa.
-¿Cuándo?
-Mañana.

-¿Mañana? ¿Tanto tiempo hace falta para decir dos palabras? Estamos entre la tercera y la sexta… Antes del anochecer, si no está con nosotros, vamos a tu casa. Recuerda esto, y no nosotros solos… -lo dice con un tono que no deja dudas acerca de la intención.
Jesús pone la mano en el hombro de Pedro:

-Te digo, Simón, que no me harán daño. Muestra que crees en mi verdadera naturaleza. Te lo digo Yo. Yo sé las cosas. No me van a hacer nada. Quieren solamente explicarme algo… Ve… Lleva a Tiberíades a la mujer, estáte si quieres donde Juana, podrás ver que no me raptan con barcas y soldados…

-Ya, pero conozco su casa (y señala a Cusa). Sé que detrás hay tierra, no es una isla, detrás están Guilgal y Gamala, Aera, Arbela, Gerasa, Bosrá, y Pel.la y Ramot, ¡y muchas más!…

-¡Te digo que no temas! Obedece. Dame un beso, Simón. ¡Ve! También a vosotros -los besa y los bendice. Cuando ve que la barca se separa del embarcadero, les dice gritando:
-¡No es mi hora, y, mientras no lo sea, ni nada ni nadie podrá levantar su mano contra mí! ¡Adiós, amigos!

Se vuelve hacia Juana, que está visiblemente turbada y pensativa, y le dice:

-No temas. Está bien que suceda esto. Ve en paz.
Y a Cusa:

-Vamos. Para que veas que no tengo miedo. Y para curarte…

-No estoy enfermo, Señor…
-Lo estás. Yo te lo digo. Y muchos como tú. Vamos.

Sube a la barca ligera y rica y se sienta. Los remadores empiezan la boga en las aguas quietas, dibujando un arco para evitar la corriente, perceptible hacia donde termina el lago, cabe su desagüe en el río.

462- Discurso y curaciones en las fuentestermales de Emaús de Tiberíades


El lago es todo y sólo una enorme sardónica engastada entre los montes, apenas visible al claror de las estrellas, habiéndose ocultado ya la Luna.

Jesús está solo en el verde cenador, con la cabeza reclinada encima de los antebrazos, apoyados a su vez en la mesa, junto a la lámpara, que emite sus últimos brillos. Pero no duerme. De vez en cuando levanta la cabeza, mira otra vez a los folios extendidos encima de la mesa, mantenidos abiertos por la lámpara, puesta en la parte de arriba del folio, y por los antebrazos, puestos en la parte baja, y luego reclina nuevamente la cabeza.

El silencio es absoluto. Parece dormir también el lago con su calmaría pesada. Pero luego, contemporáneos, un frufrú de viento entre las frondas, un solitario choque de ola contra la orilla, una mutación en la naturaleza, yo diría: un crepitar de elementos que se despiertan. La no-luz del alba inicial es ya una luz, aun cuando la vista no se dé cuenta todavía al extender la mirada por el jardín desierto.

Es el espejo del lago el que da el indicio de este renacer de la luz, porque su sardónica negra, plúmbea, se hace más clara, y lentamente, reflejando el cielo que va blanqueciendo, de plúmbeo pasa a gris-pizarra y luego a gris-hierro; luego, a ópalo; en fin, vésele reflejar el cielo con un paradisíaco, azulado titilar de aguas.

Jesús se pone en pie, recoge los folios, toma la lámpara, que con el primer soplo de la brisa se ha apagado, y se dirige hacia la casa. Encuentra en el camino a una doméstica, que hace una reverencia: luego, a un jardinero, que va a los parterres, y con él intercambia un saludo. Entra en el atrio, donde otros criados realizan las tareas primeras.

-La paz a vosotros. ¿Podríais llamar a los míos?
-Ya se han levantado, Señor. Y el carro para las mujeres está ya preparado. También Juana está levantada. Está en el atrio interior.

Jesús va, por dentro de la casa, al atrio que mira a la calle. Allí, en efecto, están todos reunidos.
-Vamos. Madre, el Señor esté contigo. María, contigo también, y que mi paz os acompañe. Adiós, Simón. Lleva mi paz a Salomé y a los niños.

Jonatán abre la pesada puerta. En la calle espera el carro cubierto. La calle, entre casas, completamente desierta, no tiene todavía mucha luz. Las mujeres suben, con su pariente, y el carro se pone en marcha.

Vamos enseguida también nosotros. Andrés, adelántate corriendo, ve donde están las barcas y di a los mozos que nos alcancen en Tariquea.

-¿Cómo? ¿Vamos a pie? Nos retrasaremos…
-No importa. Precededme mientras me despido de Juana.
Los apóstoles se ponen en camino…
-Yo te sigo, Señor. O, mejor, te precedo, porque iré con la barca.

-Tendrás que esperar mucho…
-No importa. Déjame ir.
-Sea como quieres. ¿Cusa no está?
-No ha regresado a casa, Señor.

-Le dirás que lo saludo y lo exhorto a ser justo. Acaricia por mí a los niños, Y.., tú, que has comprendido a tu Maestro, persuade a Cusa de que está en un error, y con él todos aquellos que quieren hacer del Cristo un rey temporal.

También Jesús sale a la calle y, raudo, alcanza a los apóstoles.

-Vamos por el camino de Emaús. Muchos necesitados van a las fuentes, quién en busca de curación, quién en busca de limosna.

-Pero nosotros no tenemos una perra… -objeta Santiago de Zebedeo.

Jesús no responde.

Los caminos se van poblando de minuto en minuto, y de dos clases muy distintas de personas: hortelanos, vendedores, criados, esclavos, lugareños, que se apresuran a ir a las distintas actividades; y gente de mundo, rica, que van también, en literas o en cabalgaduras, hacia las fuentes, que, si han de curar, supongo que son termales.

Tiberíades debe ser verdaderamente un poco cosmopolita, porque entre la gente se ven personas de naciones distintas. Hay romanos signados por el peso de una vida ociosa y viciosa; griegos atildados, ciertamente no menos licenciosos que los romanos, pero con una máscara -huella del vicio-de distinta expresión de la de los latinos. Hay gente de la costa fenicia; y hebreos, en su mayoría ancianos. Acentos, lenguas, vestidos… son distintos.

Algún rostro quebrado, de enfermo o de enferma; o rostros cansados de patricias… y rostros de gente de mundo de ambos sexos, que van en grupos, unos a caballo al lado de las literas, otros en las literas, gastando bromas, conversando sobre fútiles temas, haciendo apuestas…
El camino es hermoso: un paseo umbrío, que entre los intercolumnios de los troncos deja ver, a un lado, el lago, a otro, la campiña. El sol, ortivo, reaviva los colores del agua y las plantas.

Muchos se vuelven a mirar a Jesús y un susurro le sigue. Palabras femeninas de admiración, sátiras de hombres, algunas burlas, también palabras enojadas. De enfermos, alguna súplica que Jesús recoge: las únicas, de entre todas las voces, que recoge y acoge.

Cuando devuelve la agilidad a los miembros de uno de Tiro, anquilosados por la artritis, la irónica indiferencia de muchos gentiles reacciona. -¡Caramba! -exclama un viejo romano con cara abolsada de crapuloso -¡Caramba! ¡Qué bien curarse uno así! Yo lo llamo. -Nada que ver contigo, viejo Sileno. ¿Qué harías, una vez curado?

-¡Volver a los placeres!

-Entonces es inútil ir al triste Nazareno.

-Yo voy, y me apuesto lo que tengo a que…

-No apuestes. Pierdes.

-Déjalo que apueste. Está todavía borracho. Nos gozamos su dinero.

El viejo, tambaleándose, baja de la litera y llega a donde Jesús, que está escuchando a una madre hebrea que le habla de su hija, una palidecida muchacha a la que lleva de la mano.

-No temas, mujer. Tu hija no morirá. Vuelve a casa. No la lleves a las fuentes. No recuperaría la salud del cuerpo y perdería la pureza del alma. Son lugares de licencia degradante -y lo dice bien fuerte, de forma que todos oigan.

-Tengo fe, Rabí. Vuelvo a mi casa. Bendice a tus siervas, Maestro.

Jesús las bendice y hace ademán de empezar a andar. El romano le tira de la túnica:

-Cúrame -ordena.

Jesús lo mira y pregunta:

-¿Dónde?

Los romanos, y con ellos algunos griegos y fenicios, se han agrupado y se ríen irónicamente y hacen apuestas.

Algunos israelitas, que se han apartado, y susurran: « ¡Profanación! ¡Anatema!» y otras palabras por el estilo, se detienen con curiosidad a pesar de todo…

-¿Dónde? -pregunta Jesús.

-Por todas partes. Estoy enfermo… ¡Ji! ¡Ji! ¡Ji!

Tan extraño es el sonido que le sale de la boca, que no sé si se está riendo o si llora. Parece como si la grasa fláccida que años de vicio le han dejado oprimiera hasta las cuerdas vocales. El hombre enumera sus quebrantos y expresa su miedo de morir.

Jesús lo mira severamente y responde:

-Efectivamente, debes temer la muerte, porque te has matado a ti mismo -y le vuelve la espalda.

El otro trata de sujetarlo por el vestido, mientras los presentes se ríen sarcásticamente. Pero Jesús se libera de la presa y se marcha.

-¡Pulgar hacia abajo, Apio Fabio! ¡Pulgar hacia abajo! El llamado rey de los judíos no te ha concedido la gracia. Danos la bolsa. Apuesta perdida.

Se forma un alboroto de griegos y romanos que rodean al defraudado, el cual, con un empujón, los aparta y se echa a correr lo que puede, pues está muy obeso, tirándose hacia arriba el vestido, bamboleándose con toda su masa sebosa. Pero tropieza y se cae en el polvo en medio de las carcajadas de sus amigos, que lo arrastran hasta un árbol, contra cuyo tronco el ebrio se estrecha, y llora con ese llanto desabrido de los borrachos.

Los manantiales están, sin duda, cercanos, porque la densidad de gente es cada vez mayor, afluyendo de muchos caminos hacia un solo lugar. Olor de aguas sulfurosas se detiene en el aire.

-¿Bajamos hacia la orilla para evitar el contacto con estos impuros? -pregunta Pedro.

-No son todos impuros, Simón. Entre ellos hay también muchos de Israel -dice Jesús.

Llegan a las termas: una serie de edificios blancos de mármol, con paseos entre ellos, de cara al lago, separados de éste por una especie de vasta plaza con árboles, bajo los cuales los que aquí han venido pasean en espera del baño o reaccionan después de éste.

Unas cabezas de medusa de bronce, que sobresalen por la pared de un edificio arrojan aguas humeantes a un estanque de mármol que, blanco por fuera, está enrojecido por dentro, como recubierto de hierro oriniento. Muchos hebreos van a las fuentes y beben en copas el agua mineral. Sólo veo hacer esto a los hebreos y en este pabellón. Creo adivinar que los israelitas observantes quieren tener su propio lugar para evitar contactos con los gentiles.

Hay muchos enfermos en camillas, en espera de la cura, y al ver a Jesús muchos de ellos gritan:

-¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi!

Jesús se dirige hacia éstos. Paralíticos, artríticos, anquilosados, o con huesos fracturados que no se sueldan, enfermos de anemias, de glándulas, mujeres ajadas antes de tiempo, niños anticipadamente adultos. Y luego, bajo los árboles, mendigos que piden limosna lastimeramente.
Jesús se detiene donde están los enfermos. Se extiende la voz de que el Rabí va a hablar y curar. La gente, incluso la de otras razas, se acerca a ver.

Jesús mira a su alrededor. Sonríe al ver salir, todavía con el pelo húmedo de la ducha que ha tomado, al griego enviado por Síntica. Alza enseguida la voz para ser oído:

-La misericordia abre las puertas a la gracia. Sed misericordiosos para obtener misericordia. Todos los hombres son pobres en algo: unos en monedas, otros en afectos, otros en la libertad, otros en la salud. Y todos los hombres tienen necesidad de ayuda del Dios que ha creado el Universo y que puede, único Padre, socorrer a sus hijos.

Hace una pausa, como para dar tiempo a la gente de elegir si venir a escuchar o irse a los baños. Pero los baños están olvidados por la mayor parte. Israelitas o gentiles se agolpan para oír, y no faltan romanos escépticos que esconden su curiosidad con el comentario chistoso:

-Hoy no falta el orador para hacer de este lugar termas romanas.

El griego Zenón hiende la multitud gritando:
-¡Por Zeus! ¡Estaba para salir para Tariquea y te encuentro aquí!
Jesús prosigue:

-Ayer alguien me dijo: "Es difícil poner en práctica lo que Tú haces". No, no es difícil. Mi doctrina se funda en el amor, y el amor no es nunca difícil de llevarse a cabo. ¿Qué predica mi doctrina? El culto a un verdadero Dios, el amor a nuestro prójimo.

El hombre, eterno niño, tiene miedo de las sombras, y sigue las quimeras porque no conoce el amor. El amor es sabiduría y luz. Es sabiduría porque desciende a instruir; es luz porque viene a iluminar. Donde hay luz desaparecen las sombras, donde hay sabiduría mueren las quimeras.

Entre los que me están escuchando hay gentiles. Éstos dicen: "¿Dónde está Dios?". Dicen: "¿Quién nos asegura que tu Dios sea el verdadero?". Dicen: "¿Con qué nos aseguras que eres veraz en lo que dices?". No son sólo los gentiles los que dicen esto. También otros me preguntan:

"¿Con qué poder haces estas cosas?". Con el poder que me viene del Padre, de aquel Padre que ha puesto todas las cosas al servicio del hombre, su criatura predilecta, y que me manda a instruir a los hombres, mis hermanos.

¿Podrá el Padre, que ha dado poder a las entrañas de la tierra de hacer medicamentosas a las aguas de las fuentes, haber limitado el poder a su Cristo?

¿Y quién, qué Dios, sino el Dios verdadero, podrá conceder al Hijo del hombre hacer prodigios que dan nueva vida a los miembros destruidos? ¿En qué templo de ídolos se ve que los ciegos recuperen la vista y los paralíticos el movimiento; en cuál los moribundos, ante un "quiero" de un hombre, se alzan más sanos que los sanos?

Pues bien, Yo, para dar gloria al Dios verdadero y para hacer que vosotros lo conozcáis y alabéis, digo a estos que están reunidos aquí, cualquiera que fuere su raza y religión, que obtendrán la salud que piden a unas aguas, y que la obtendrán por mí, Agua viva, que doy la vida del cuerpo y del espíritu a quien cree en mí y practica la misericordia con recto corazón. Yo no pido cosas difíciles. Pido un movimiento de fe y uno de amor.

Abrid el corazón a la fe. Abrid el corazón al amor. Dad para recibir. Dad las pobres monedas para recibir de Dios ayuda. Empezad a amar a los hermanos. Sabed tener misericordia. Los dos tercios de vosotros están enfermos por su egoísmo y concupiscencia. Demoled el egoísmo, frenad las concupiscencias. Ganaréis en salud física y en sabiduría. Demoled la soberbia. Y obtendréis el favor del verdadero Dios. Os pido la limosna para los pobres y luego os daré la gracia de la salud.

Y Jesús levanta un extremo del manto y lo extiende para recibir las monedas, las muchas monedas que paganos e israelitas se apresuran a echar. Y no se da únicamente monedas, sino también anillos y otras joyas, echados con desprendimiento por las mujeres romanas, las cuales, al llegar donde Jesús, lo miran, y alguna susurra alguna palabra, a la que Jesús asiente o responde brevemente.
Las ofrendas han terminado.

Jesús llama a los apóstoles para que lleven a su presencia a los mendigos, y, con la misma rapidez con que el montón se había formado, desaparece hasta la última moneda. Quedan joyas que Jesús, al no haber en ese lugar nadie que las compre, y así transformarlas en monedas, devuelve a sus donadoras. Y para consolar a éstas les dice:

-El deseo equivale al acto. La ofrenda que habéis dado es igualmente preciosa que si hubiera sido distribuida, porque Dios ve el pensamiento del hombre.
Luego se yergue y grita:

-¿De quién me viene el poder? Del verdadero Dios. Padre, muestra tu esplendor en tu Hijo. En tu nombre ordeno a las enfermedades: ¡alejaos!

Y se produce eso ya visto muchas veces: enfermos que toman nueva vida, tullecidos que se enderezan, paralíticos que se mueven. Y se produce que los rostros toman color, los ojos lucen, se elevan gritos de hosanna, los romanos se felicitan recíprocamente, y entre éstos hay dos mujeres y un hombre que han recobrado la salud y quieren imitar a los sanados de Israel, y, no llegando todavía a humillarse como los hebreos con el beso a los pies del Cristo, hacen una reverencia, toman un extremo del manto y lo besan.

Y luego Jesús, eludiendo a la multitud, reanuda el camino.

Pero no la elude, porque, excepto algún obstinado gentil o algún hebreo aún más culpablemente obstinado, todos lo siguen por el camino que va a Tariquea.

461- Confabulación en casa de Cusa para elegir a Jesús rey. El griego Zenón y la carta de Síntica con la noticia de la muerte de Juan de Endor


Tiberíades ha vertido todos sus habitantes en las orillas del lago, o en el propio lago, buscando refrigerio en la brisa que recorre las aguas y cimbra los árboles de los jardines de la orilla.

Mientras los ricos de esta ciudad -donde se entreveran muchas razas allí reunidas por muchos motivos-se procuran alivio en cómodas barcas de recreo, o desde las sombras verdes de los jardines observan los movimientos de las barcas en las aguas de turquesa, ya depuradas del amarillor que había puesto en ellas el aguacero de la noche anterior, los pobres, especialmente los niños, retozan en la playa, en el linde donde las olas mueren, y sus grititos, por el frío del agua que les da más arriba de lo que quisieran, parecen gritos de golondrinas.

Las barcas de Pedro y Santiago se acercan a la orilla dirigiéndose hacia el embarcadero.

-No. Al jardín de Juana -ordena Jesús.

Pedro obedece sin decir nada, y la barca, seguida por su gemela, con una virada perfecta que dibuja una estela de espuma en forma interrogación, tuerce hacia el desembarcadero del jardín de Cusa, se arrima a él y se para. Jesús es el primero en bajar.

Luego da la mano a las dos Marías para ayudarlas a bajar al pequeño andén.

-Ahora vosotros id al muelle grande y poneos a predicar al Señor. Veréis a un hombre que se acercará a preguntaros dónde estoy. Es el hombre de Antioquía. Traedlo a mí después de que hayáis despedido la gente.

-Sí… pero… ¿Qué debemos decir a la gente? ¿Predicar que has venido o predicar tu doctrina?
-Que he venido. Decir que para la aurora hablaré en Tariquea y curaré a los enfermos. Uno de vosotros que vigile las barcas, o poned algún discípulo que lo haga, para que estén preparadas para partir. Id y que la paz sea con vosotros.

Y se encamina hacía la cancilla que se cierra ante el embarcadero. Las dos Marías lo siguen silenciosas.
En el vasto jardín, donde pertinaces rosas florecen todavía, si bien muy escasas, no se ve a nadie. Pero se oyen los gritos felices de los dos pequeños, que están jugando. Jesús, pasando la mano por entre los arabescos de la cancilla, trata de correr el pasador. Pero no lo consigue. Busca si hay algo que pueda hacer ruido y llamar la atención. Pero no hay nada. Entonces, al oír más cercanas las vocecitas de los dos niños, llama fuerte: -¡María!

Las dos voces enmudecen de golpe…
Jesús repite:
-¡María!…

Y allá, en el medio del prado, mantenido al rape -como una alfombra de la que sobresalieran los pies bien cuidados de los rosales-, allá aparece la niñita, dando pasitos cortos, cautos, con un dedito entre los labios, indagadores los ojos que escrutan en todas las direcciones; y luego, unos pasos más atrás, seguido de un corderito blanco como la espuma, vese a Matías.

-¡María! ¡Matías! -grita fuerte Jesús.
La voz guía las miradas inocentes. Los dos niños dirigen sus ojos hacia la cancilla, y ven a Jesús con la cara contra las barras, sonriéndoles.

-¡El Señor! Ve corriendo, Matías, donde mamá… Llama a Elías o a Miqueas… Que vengan a abrir…
-Vete tú. Yo voy donde el Señor… -y, tendidos los brazos, se echan a correr los dos: dos mariposas, una blanca, una rosada de cabecita morena.

Pero, afortunadamente, mientras corren llaman a los criados, y éstos, llevando en sus manos regaderas y rastrillos, acuden; de forma que, al fin, la cancilla se abre y los dos niños se refugian en los brazos de Jesús, quien los besa y pasa el umbral llevándolos de la mano.
-Nuestra mamá está en casa con sus amigas. Entonces a nosotros nos dicen que nos vayamos, porque no quieren que estemos allí -explica expeditivo Matías.

-No hables de esa forma tan mala. Nuestra mamá nos dice que nos vayamos porque esas damas son romanas y hablan todavía de sus dioses, y nosotros, los salvados de Jesús, debemos conocerlo sólo a Él. Es por esto, Señor. Matías es demasiado pequeño y no comprende -dice, con la gracia de su sensatez de criatura que ha sufrido, y que por eso es más madura, más adulta de lo que comportaría su edad.
-Nos dice que nos vayamos también nuestro padre cuando vienen los de la Corte. Y me gustaría, porque son casi todos soldados… guerreros… ¡La guerra! ¡La guerra es bonita! ¡Hace vencer! Echa a los romanos. ¡Abajo Roma!

¡Viva el Reino de Israel! -grita fieramente el pequeño.
-La guerra no es bonita, Matías; y muchas veces no se gana la guerra, y entonces de sometidos se pasa a ser esclavos.

-Pero tu Reino debe venir. Y para hacer que venga se hará la guerra. Y se echará a todos, incluido Herodes, y Tú serás rey.

-Calla, tonto. Ya sabes que no debes repetir lo que oyes. Hacen bien en decirte que te vayas. ¿No sabes que hablando así puedes perjudicar a nuestro padre, a nuestra madre y también a Jesús? -dice María. Y luego explica:
-Un día vino ese que es como un príncipe y pariente de Herodes y que es tu discípulo, a hablar con nuestro padre. Y gritaban mucho. No estaban solos, estaban con muchos otros…

-Guapísimos, con espadas bonitas, y hablaban de guerra… -interrumpe Matías.

-¡Calla, te digo! Y gritaban tanto que se oyó, y este tonto, desde entonces, no hace más que hablar de ello. Dile que no debe hacerlo… Nuestra mamá lo ha dicho, y nuestro padre le ha amenazado con llevarle a la cima del gran Hermón, a una gruta, con un esclavo sordo y mudo, hasta que no aprenda a callar. Y allí tendría que callar, porque, si habla con el esclavo, el esclavo no oye y no responde, y si grita, vienen las águilas y los lobos a comérselo…

-Un castigo verdaderamente terrible -dice Jesús sonriendo, y acaricia al niño, que ha perdido el ardimiento y se abraza a Jesús, como si ya viera a las águilas y lobos en disposición de devorarlo todo entero, incluida la lengüecita imprudente.

-¡Un castigo verdaderamente terrible! -repite.
-¡Pues sí! Y yo tengo miedo de que le caiga, y de quedarme sin Matías, y lloro… Pero él no tiene piedad ni de mí ni de nuestra mamá, y nos va a hacer morir de dolor…

-No lo hago adrede. He oído… y digo… Es tan bonito… pensar que se derrota a los romanos y se echa a Herodes y a Filipo, y que Jesús sea Rey de Israel -termina en un susurro, escondiendo la cara entre la túnica de Jesús para apagar aún más el sonido de la voz.

-Matías no volverá a decir nunca estas cosas. Me lo promete a Mí y lo mantendrá. ¿No es verdad? Así no lo devorarán, y Juana y María no morirán de dolor, Cusa no estará inquieto y a mí no me odiarán. Porque, mira, Matías: diciendo estas cosas haces que me odien.

¿Te gusta que Jesús sea perseguido? Imagínate qué remordimiento, si un día tuvieras que decirte a ti mismo: "He provocado que persiguieran a Jesús, que me ha salvado; y todo por haber repetido lo que oí casualmente".

Aquéllos eran hombres. Y los hombres pierden a menudo la vista de Dios porque son pecadores. No viendo a Dios, no ven la Sabiduría, y cometen errores, incluso con miras buenas, o que las creen buenas. Pero los niños son buenos. Sus espíritus ven a Dios y Dios descansa en su corazón. Por eso deben comprender las cosas con sabiduría y decir que mi Reino no se llevará a cabo con violencia, en la Tierra, sino con amor, en los corazones. Y deben rezar para que los hombres comprendan este Reino mío como lo comprenden los niños.

Las oraciones de los niños van, de manos de sus ángeles, al Cielo, y el Altísimo las convierte en gracias. Y Jesús necesita estas gracias para hacer, de los hombres que piensan en la guerra y en el reino temporal, apóstoles que comprenden que Jesús es paz y que su Reino es espiritual y celeste. ¿Ves este corderito? ¿Acaso podría descuartizar a alguien?

-¡No! Si pudiera, nuestro padre no nos lo habría regalado, para que no nos despedazara.

-Es como has dicho. Lo mismo el Padre que está en los Cielos no me habría enviado jamás, si Yo hubiera tenido poder y voluntad de despedazar. Yo soy el Cordero y el Pastor. Y soy apacible y manso como el cordero. Y soy Aquel que reúne con amor, con cayado de Pastor bueno, no con lanza y espada de guerrero. ¿Has comprendido? ¿Me prometes a mí, personalmente, que no vas a volver a hablar nunca de estas cosas?

-Sí, Jesús. Pero… ayúdame Tú… porque yo solo…
-Te ayudo. Mira, te acaricio los labios y así sabrán estar cerrados.
-Maestro mío. ¡Santo atardecer este que me concede verte! -dice Jonatán, que ha venido de la casa y se ha postrado a los pies de Jesús.
-Paz a ti, Jonatán. ¿Puedo ver a Juana?
-Está viniendo. Ha despedido a las romanas para venir aquí contigo.

Jesús lo mira interrogativamente, pero no pregunta nada. Camina hacia la casa mientras escucha a Jonatán, que habla de Cusa «muy molesto con Herodes» y que dice: -Por amor a mi ama, te ruego que la frenes, porque quiere hacer cosas que… no te harían bien a ti, ni tampoco a él; pero, sobre todo, a ti.

Con un espléndido vestido blanco, sobre el que desciende desde la cabeza un velo tan pespuntado de plata, que parece una filigrana argéntea -y no sé cómo la ligereza del tejido puede resistir ese recamo de brocado de plata-; ceñida con una delgada diadema que por delante termina ligeramente en punta, como una mitra cuajada de perlas; y con pesados pendientes de perlas en las orejas, y perlas en la base del cuello, perlas en las muñecas y en los dedos: una aparición de belleza, pureza y gracia… Juana viene rauda hacía su Señor y, sin preocuparse de su bonito vestido, se postra en la tierra del paseo y besa los pies de Jesús.

-La paz a ti, Juana.
-Cuando estás conmigo, siempre hay paz en mí y en mi casa… ¡Madre!… -y hace ademán de querer besar los pies de María, pero Ella la recibe entre sus brazos y la besa. También se intercambia el beso con María de Alfeo.
Jesús, después de los saludos, dice:

-Tengo que hablar contigo. Juana.
-Aquí me tienes, Maestro. María, mi casa es tuya. Indica todo aquello de que tengáis necesidad. Yo voy con el Maestro…

Jesús ya se ha separado y ha ido al prado, bien a la vista de todos, pero aislado suficientemente como para que ninguno lo pueda escuchar. Juana lo alcanza.
-Juana, debo acoger a un enviado de Antioquía; de Síntica, claro. He pensado hacerlo en tu casa. Aquí, en tu jardín…

-Tú eres el amo de todo lo que es de Juana.
-¿También de tu corazón? -Jesús la mira fija y penetrantemente.

-¡Tú ya sabes, Maestro! Estaba casi segura, ahora lo estoy del todo. Cusa… ¡La incoherencia de los hombres es tan grande! ¡Su espíritu de interés es tan fuerte! ¡Y su piedad hacia sus esposas tan poca! Nosotras somos…

¿Qué somos, incluso las esposas de los mejores? Una joya que se ostenta o se esconde, según pueda o no convenir… Un mimo, que debe reír o llorar, atraer o repeler, hablar o callar, mostrarse o estar oculto, según lo que el hombre quiera… siempre en vistas a su interés… ¡Es triste nuestra suerte, Señor! ¡Y también degradante!

-En compensación, os es dado saber subir más alto en el espíritu.

-Eso es verdad. ¿Te han referido o lo has sabido por ti?
¿Has visto a Manahén? Te buscaba…
-No. No he visto a nadie. ¿Está aquí?

-Sí. Estamos todos aquí… Quiero decir: todos los cortesanos de Herodes… y muchos por odio. Entre éstos también Cusa, desde que, por voluntad de Herodías, Herodes se complace en humillar a su intendente… Señor, ¿te acuerdas de que en Béter te dije que él me quería separar de ti porque temía el disfavor de Herodes?

Bueno, pues han pasado sólo unos meses… Y ya quiere que ahora yo… que yo… Sí, Señor. Querría que te persuadiera a aceptar su ayuda para que ocupes el puesto del Tetrarca… Debo decirlo porque soy mujer, sujeta por tanto al hombre, y además hebrea, por tanto mucho más sujeta a la voluntad del marido. Y lo digo… Y no te aconsejo… porque creo saber ya que Tú… que Tú no te vas a hacer rey con la ayuda de las lanzas pagadas. ¡Oh!… ¿Qué he dicho? No debía hablar así… Debía dejarte escuchar primero a Cusa y a Manahén y a otros… ¿Y si callaba, no hacia mal?… Señor ayúdame a ver lo justo…

-Lo justo está en tu corazón, Juana. Ni con las cohortes romanas ni con las lanzas israelitas me haré rey Yo, aunque Roma e Israel quisieran pacificar este territorio por medio de mí. He comprendido ya lo suficiente como para reconstruir las cosas. Matías ha dicho palabras imprudentes. Jonatán ha aludido a desazones.

Tú dices el resto. Yo completo así: una idea insensata de mi reino impele a los buenos, todavía no justos, como Manahén, a crear movimientos capaces de instaurar el reino de Israel según la idea fija de la mayoría. Un punzante, ardiente deseo de vengarse de una afrenta impele a otros, entre los cuales tu esposo, a lo mismo. En estos dos motivos nace palanca la astucia de los fariseos, saduceos, escribas, y la astuta herodiana, para lograr deshacerse de mí, haciéndome aparecer como no soy ante los ojos de quien nos domina.

Tú has despedido a las romanas para decirme esto, para no traicionar a Cusa ni a Manahén ni a otros. Pero, en verdad te digo que quienes me han comprendido más que nadie son los gentiles.

Me llaman el filósofo, quizás me consideran un soñador, un irrealista, un infeliz, según ellos, para quienes todo radica en la violencia.

Pero han comprendido -al menos ellos lo han comprendido-que no soy de esta Tierra y que mi Reino no es de esta Tierra. No tienen miedo de mí, sino de mis seguidores. Tienen razón.

Ellos, quién por amor, quién por orgullo, serían capaces de cualquier acción, con tal de lograr su idea: hacer de mí el Rey de reyes, el Rey universal-un pobre rey de un pequeño estado…

Y, en verdad, de esta insidia debo guardarme más, de esta insidia que trabaja en la sombra instigada por mis verdaderos enemigos, que no están en el palacio proconsular de Cesárea, ni en el del Legado de Antioquía, ni tampoco en la Antonia, sino que están bajo las filacterias, las fimbrias y los "zizit" de los indumentos hebreos, y especialmente bajo los "zizit" floqueados y las amplias filacterias, puestos en los amplios indumentos de los fariseos y escribas para demostrar una adhesión aún más amplia a la Ley.

Pero la Ley está en el corazón, no en los indumentos… Si estuviera en el corazón, estos que se odian, pero que ahora, olvidando el odio, se unen para hacer daño -ese odio que excavaba profundos barrancos entre una y otra casta de Israel, del Israel que ahora ya no está separado sino nivelado, porque los barrancos están rellenados con el odio a mí-, si estuviera la Ley en el corazón de éstos, y no colgada y anudada en los indumentos, en la frente, en la mano -como un salvaje se coloca amuletos, conchas, huesos, rostros de buitres, por superstición y adorno-, sí estuviera en el corazón esta Ley, si la Sabiduría no estuviera escrita dentro de las filacterias sino en las fibras del corazón, comprenderían que Yo soy y que contra mí, para destruirme como Verbo y como Hombre, no pueden ir.

Yo debo, por tanto, defenderme de los amigos y de los enemigos, igualmente no justos en sus amores y en sus odios: debo tratar de guiar los amores y aquietar los odios. Yo esto lo hago para cumplir mí deber; y lo haré hasta que haya edificado el Reino, bañando las piedras con mi Sangre para que se unan sólidamente. Cuando os rocíe con mi Sangre, vuestros corazones dejarán de vacilar; me refiero a los corazones fieles a mí, al tuyo, Juana, que tanto lucha entre las dos fuerzas que actúan sobre ti y los dos amores que hay en ti: Yo-Cusa».

-Pero vencerás Tú, Señor.
-Venceré Yo. Sí.
-Pero trata también de salvar a Cusa… Ama a quien amo.
-Amo a quien te ama.
-Ama a Cusa, que te ama…

-La doblez no es para esa frente, pura como las perlas que la ciñen y que ahora enrojece con el esfuerzo de quererse y quererme persuadir de un amor de Cusa.
-Y, sin embargo, te ama.

-Sí. Por su interés. Como por su interés no me amaba en Ziv y en Siván… Pero, ahí está Simón de Jonás con el extranjero. Vamos donde ellos…

Van hasta el amplio vestíbulo que hay en la parte de atrás de la casa. Más que un vestíbulo, un pórtico semicircular abierto al parque. El parque se prolonga en la casa con este vestíbulo en forma de semicírculo, que da al jardín y está adornado de columnas con ramas de rosales ahora sin flores y ramaje delicado de jazmines, columnas tachonadas de flores y de otras plantas trepadoras purpúreas cuyo nombre ignoro.

-La paz sea contigo, extranjero. ¿Querías verme?
-Salud y gloria, Señor. Quería verte. Tengo una carta para ti. Me la dio una mujer griega en Antioquía. Soy… No, ya no soy griego, porque he tomado la ciudadanía romana para continuar con mi contrato de arrendamiento: soy proveedor de los soldados romanos. Los odio.

Pero aprovisionarlos es fructífero. Por lo que nos han hecho, debería mezclar cicuta en la harina. Pero habría que envenenar a todos, a pocos no es eficiente. Reaccionarían peor… Creen que todo les es lícito por ser fuertes. Son bárbaros respecto a los griegos. Nos han robado todo para adornarse con las cosas nuestras y fingir civilidad. Pero rasca la costra, que está teñida de nuestra civilización, y descubrirás siempre a un Amulio, a un Rómulo, a un Tarquinio… Descubres siempre a un Bruto, asesino de quien lo beneficia.

¡Ahora tienen a Tiberio! ¡Y es todavía poco para ellos! Tienen a Sejano. Tienen lo que se merecen. Las cadenas, los delitos que han cometido, la espada, se vuelven contra ellos y muerden las carnes de los brutales romanos.

Poco, aún demasiado poco. Pero lo que es ley sucederá. Cuando el monstruo sea enorme, caerá por su propio peso y se pudrirá. Y los vencidos reirán ante el enorme cadáver y pasarán de nuevo a ser vencedores. Que así sea. Todos los pies de los conquistadores pisando a aquella que ha aplastado todo con su expansión brutal…

Pero perdona, Señor. El perpetuo dolor me ha arrollado una vez más…

Decía que una griega me dio una carta para ti y me dijo que Tú eras el Virtuoso perfecto. Virtuoso… Eres joven para serlo… Los grandes espíritus de la Hélade gastaron la vida para serlo un poco… Y, sin embargo, la mujer me ha hablado de tu Idea. Si verdaderamente crees en lo que enseñas, eres grande…

¿Es verdad que vives para prepararte a la muerte para dar al mundo la sabiduría de vivir como dioses y no como animales, como hacen ahora los hombres? ¿Es verdad que afirmas que hay sólo una riqueza digna de ser alcanzada: la de las virtudes?

¿Es verdad que has venido para redimir, pero que la redención empieza en nosotros mismos, siguiendo tus enseñanzas? ¿Es verdad que poseemos el alma y que debemos cuidarla porque es cosa divina, imperecedera, incorruptible por su naturaleza, pero que nosotros, sólo nosotros, viviendo como animales, podemos desdivinizar, a pesar de no poder destruirla? ¡Responde, Grande!

-Es verdad. Todo es verdad.

-¡Por Zeus! Esto lo decía también el sumo Nuestro. Pero parecía una música a la que le faltara una nota, una lira a la que le faltara una cuerda. De vez en cuando se sentía un vacío, que el filósofo no había sorteado. Tú has colmado ese vacío, si realmente has venido no sólo para enseñar sino también para morir, no obligado a ello por nadie, sino por voluntad propia de obediencia al Dios, lo cual hace de tu muerte no un suicidio sino un sacrificio…

¡Por la divina Palas! Ninguno de nuestros dioses hizo esto jamás. Así que deduzco que Tú eres más que ellos. La griega dice que no existen, y Tú sólo eres… ¿Entonces estoy hablando con un Dios? ¿Y puede un Dios escuchar a un aprovisionador ladrón y rencoroso con su enemigo, a un miserable hombre? ¿Por qué me escuchas?

-Porque veo tu alma. -¿La ves? ¿Cómo es? -Retorcida, sucia, con serpientes por cabellos, desabrida, ignorante, a pesar de que tu intelecto sea muy distinto del de un bárbaro. Pero dentro del templo feo tienes un altar que espera, como el que está en el Areópago, y espera la misma cosa: al Dios verdadero.

-A ti, entonces. Porque la griega dice que Tú eres el Dios verdadero. Pero, ¡por Zeus!, es verdad lo que dices de mi alma. Eres más claro y seguro que el oráculo délfico. Pero Tú predicas paz, amor, perdón. Difíciles virtudes. Y predicas continencia, y honestidad de todo tipo… Ser eso es ser dioses más grandes que los dioses, porque ellos… ¡ellos no son pacíficos, honestos, magnánimos!…

Son la perfección de las pasiones malas del hombre, excepto Minerva, que es al menos sabia… ¡La misma Diana!… Pura, pero cruel… Sí, ser lo que Tú predicas es ser más que los dioses. Si yo lo alcanzara… ¡Por el bellísimo Ganímedes! Él, de jovencito, a águila olímpica y divino copero. Pero Zenón, de proveedor de cereales a los amos bárbaros, a dios… Pero deja que me interne en este pensamiento, y lee la carta de la mujer entretanto… -y el hombre se pone a pasear como un peripatético.

Pedro, cansado, al ver que el discurso era largo, se había sentado cómodamente en un asiento del atrio, y, en el frescor del ambiente y en mullidos almohadones echados encima del asiento, se ha puesto tranquilamente a dar una cabezada… Pero debe haber tenido un oído en vela, porque le despierta el ruido de romper el sigilo y de desenrollar el pergamino, y se pone en pie mientras se frota los ojos soñolientos. Se acerca al Maestro, que lee de pie, erguido, debajo de una lámpara de lastras de mica delicadamente violácea.

Siendo tenue la luz, adecuada para iluminar el lugar sin quitarle el encanto de la luna en las noches serenas, Jesús mantiene alto el folio para leer las palabras; y Pedro, mucho más bajo que el Maestro y estando a su lado, trata de alargar el cuello, de ponerse de puntillas para ver, pero no puede.

-¿Es Síntica, eh? ¿Qué dice? -pregunta dos veces, y suplica: -¡Lee fuerte, Maestro! Pero Jesús responde: -Sí. Es ella… Después… -y lee, lee, y, acabado el primer folio, lo enrolla y se lo mete en los pliegues de la cintura y continúa la lectura del segundo folio.

-¡Cuánto ha escrito, ¿eh?! ¿Cómo está Juan? ¿Y quién es aquel nombre?

Pedro se muestra insistente como un niño.
Jesús está tan absorto que ya no lo escucha. Terminado queda el segundo folio, que recibe el mismo destino que el primero.

-Ahí se estropean. Deja que los tenga yo… -y, sin duda, piensa: "y les dé una ojeada." Pero, alzando los ojos para seguir las manos del Maestro, que desenrollan el tercero y último folio, ve brillar una lágrima que cuelga de las pestañas rubias de Jesus.

-¡¿Maestro?! ¡¿Lloras?! ¿Por qué, Maestro mío? - dice, y se pega a Él, y le abraza la cintura con su brazo musculoso y corto.

-Ha muerto Juan…
-¡Oh! ¡Pobrecillo! ¿Cuándo?
-Con los primeros calores fuertes… Echándonos mucho de menos..

-¡Pobre Juan!… Pero, claro… ¡estaba consumido!… Y el dolor de separarse… ¡Todo por esas serpientes! ¡Si supiera su nombre!… Lee fuerte, Señor. ¡Yo lo quería a Juan!

-Después. Después leeré. Calla ahora.
Jesús lee atento… Pedro se alarga aún más para ver… La lectura termina. Jesús enrolla de nuevo el folio y dice:
-Llama a mi Madre.

-¿No lees?
-Voy a esperar a los otros… Entretanto me despediré de ese hombre.

Y, mientras Pedro entra en casa, donde están las discípulas con Juana, Jesús va donde el griego:
-¿Cuándo partes?

-Debo ir a Cesárea, donde el Procónsul, y, después de comprar una serie de artículos, voy a Joppe. Partiré dentro de un mes, a tiempo de evitar las tempestades de Noviembre. Me marcho por mar. ¿Me necesitas para algo?
-Sí, para responder. La griega dice que me puedo fiar de ti.

-Dicen que somos falsos. Pero también tenemos la capacidad de no serlo. Fíate de mí. Puedes preparar el escrito y buscarme para los Tabernáculos en casa de Cleante, el que me provee de quesos de Judea para las mesas de los romanos: tercera casa después de la fuente del pueblo de Betfagé; no te puedes confundir.

-Tú tampoco te puedes confundir, si sigues por el camino en que has puesto pie. Adiós, hombre. Que la civilización griega te conduzca a la cristiana.
-¿No me reprochas el que odie?
-¿Sientes que debería hacerlo?

-Sí. Porque condenas el odio como pasión indigna y aborreces la venganza.
-¿Y tú qué piensas de ello?

-Que quien no odia y perdona es más grande que Júpiter.
-Alcanza, entonces, esa grandeza… Adiós, hombre. Que tu familia quiera a Síntica, y en el exilio en que os halláis tomad los caminos de la Patria inmortal: el Cielo. Quien cree en mí y practica mis palabras tendrá esa Patria. Que la Luz te ilumine. Ve en paz.

El hombre saluda y se pone en camino. Luego se para, vuelve atrás, pregunta: -¿No te voy a oír hablar?
-Al amanecer hablaré en Tariquea. Pero luego voy hacia la Siro-Fenicia, y luego, no sé por qué camino, a Jerusalén.
-Te buscaré. Y mañana estaré en Tariquea, para juzgar si eres tan elocuente como sabio.
Se marcha definitivamente.

Las mujeres están en el atrio, y comentan con Pedro la muerte de Juan. Y ya han vuelto los otros, los que se habían quedado por la ciudad para avisar que mañana por la mañana el Rabí estaría en Tariquea. Todos hablan del pobre Juan de Endor, y están ansiosos de saber.

-¡Ha muerto, Hijo!
-Sí. Está en la paz.
-Verdaderamente ha terminado de sufrir -dice María Santísima.

-Ha salido de la cárcel definitivamente-comenta Pedro.
-Hubiera sido justo que no hubiera sufrido el último dolor, el del exilio-exclama Judas de Alfeo.
-Una purificación más-sentencia Santiago Zebedeo
-¡Oh, no quisiera para mí esta purificación! Cualquier otra, ¡pero no morir lejos del Maestro!

-Y, sin embargo… moriremos todos así… ¡Maestro llévanos contigo! -dice Andrés después de los otros.
-No sabes lo que pides, Andrés. Éste es vuestro puesto hasta mi llamada. Pero escuchad lo que escribe Síntica.
"Síntica de Cristo al Cristo Jesús, salud.

El hombre que te llevará estos folios es un connacional mío. Me ha prometido buscarte hasta encontrarte, y reservar como último lugar Betania, donde dejará la carta, en casa de Lázaro, si no hubiera podido encontrarte en ningún sitio. Es una persona que se resarce como puede de todo el mal que de Roma ha recibido, él y sus antepasados.

Tres veces Roma descargó su mano sobre ellos, de muchas maneras, y siempre con sus métodos. Él, con sutileza griega, dice que ahora ordeña las vacas tiberinas para hacerles escupir las cabras helénicas. Es proveedor de la casa del Legado y de muchas casas de esta pequeña Roma y gran ciudad reina de Oriente. Y además, después de con los refinamientos para los ricos, ha logrado hacerse con los aprovisionamientos para las cohortes de Oriente, con astuto modo, hecho de agasajos serviles que cubren un odio incurable. No apruebo su método. Pero cada uno tiene sus maneras. Yo habría preferido el pan mendigado por el camino, antes que las arcas de oro recibidas del opresor.

Y así habría hecho siempre, si ahora otro motivo -que no es la ganancia para mí-no me hubiera empujado a imitar al griego para mi objetivo.

Pero en el fondo es un buen hombre, y su mujer también es buena, y sus tres hijas y el hijo. Los he conocido en la pequeña escuela de Antigonio, y, habiendo enfermado al principio de la primavera la madre, la curé con el bálsamo, y así entré en la casa de ellos. Muchas casas me habrían recibido con gusto como maestra y bordadora. Casas nobles y casas de comerciantes. Pero he preferido ésta por un motivo que no es el que sea casa de griegos. Ahora te explicaré.

Te suplico conmiseración para Zenón, si bien no puedes aprobar su pensamiento. Es como ciertos terrenos áridos, cuarzosos en la superficie, pero magníficos bajo la costra dura. Espero lograr hacer desaparecer esta costra creada por tanto dolor y poner al descubierto el buen terreno.

Sería una gran ayuda para tu Iglesia, siendo Zenón, como es, conocido, y estando, como está, relacionado con tantos de Asia menor y Grecia, de Chipre y Malta, e incluso de Iberia, donde, en todas partes, tiene parientes y amigos, griegos como él y perseguidos, o también romanos, soldados o de las magistraturas, utilísimos un día para tu causa.

Señor, mientras escribo, desde una de las terrazas de la casa, veo Antioquía, con sus embarcaderos en el río, el palacio del Legado en la isla, y sus vías regias, sus murallas con sus cuantiosas torres potentes. Y, si me vuelvo, veo la cresta del Sulpio, que se cierne sobre mí, con sus cuarteles; y veo el otro palacio del Legado. Así, estoy entre las dos manifestaciones del poder romano, yo, pobre mujer sujeta, sola. Pero no me dan miedo. Es más, pienso que lo que no pueden la ira de los elementos y la fuerza de todo un pueblo amotinado, lo hará la debilidad que no da sombra, la aparente debilidad -despreciable para los poderosos-de quien es una fuerza porque posee a Dios: a ti.

Pienso, y te lo digo, que esta fuerza romana será la fuerza cristiana cuando te haya conocido, y que se deberá empezar el trabajo por las ciudadelas de la romanidad pagana, porque ellas serán siempre las dueñas del mundo y una romanidad cristiana querrá decir una cristiandad universal. ¿Esto cuándo? No lo sé. Pero siento que será. Y de aquí que mire con una sonrisa a estos testimonios de potencia romana, pensando en aquel día en que pondrán las enseñas y su fuerza al servicio del Rey de los reyes. Las miro como se mira a amigos útiles que aún no saben que lo son, que harán sufrir antes de ser conquistados, pero que, una vez conquistados, te llevarán a ti, llevarán el conocimiento de ti, hasta los confines del mundo.

Yo, pobre mujer, oso decir a mis hermanos en ti, a mis hermanos mayores, que cuando llegue la hora de la conquista del mundo para tu Reino, no por Israel -demasiado cerrado en su rigorismo mosaico exacerbado por el farisaico y por las otras castas, como para ser conquistado-, sino por aquí, por el mundo romano, por sus extremidades -los tentáculos con que Roma estrangula toda fe, todo amor, toda libertad que no sean las que ella quiera, las que le son útiles-, por aquí deberá empezarse la conquista de los espíritus para la Verdad.

Tú lo sabes, Señor. Pero yo hablo para los hermanos que no pueden creer que también nosotros, los gentiles, tengamos aspiración al Bien. A los hermanos digo que bajo la coraza pagana hay corazones desilusionados del vacío pagano, asqueados de la vida que llevan porque así es costumbre, cansados de odio, de vicio, de insensibilidad.

Hay espíritus honestos, pero que no saben dónde apoyarse pare hallar satisfacción a su aspiración al Bien. Dadles una Fe que apague su sed. Morirán por ella, llevándola cada vez más adelante cual antorcha en las tinieblas, como los atletas de los juegos helénicos".

Jesús enrolla el primer folio y mientras los que están escuchando comentan el estilo, la fuerza, las ideas de Síntica, y se preguntan por qué ya no está en Antigonio, Jesús abre el segundo folio.

Pedro, que hasta ahora ha estado sentado, vuelve a acercarse, como para oír mejor, y otra vez, arrimándose a Jesús, se alza sobre la punta de sus pies.
-Simón, hace mucho calor; tú me ahogas -dice sonriendo Jesús.
-Vuelve a tu sitio. ¿No has oído hasta ahora?

-¿Oído? Sí. Pero no he visto. Y ahora quiero ver, porque Tú cambiaste y lloraste desde ese folio… Y no es sólo por Juan… Se sabía que estaba a las puertas de la muerte…

Jesús sonríe, pero, para impedir a Pedro ojear el escrito por detrás de los hombros, se pega a la columna más cercana, sin preocuparse de que se aleja de la luz de la lámpara, que si no ilumina el folio, ilumina, eso sí, la cara de Jesús.

Pedro, bien decidido a ver, a entender, arrastra una banqueta, frente a Jesús, y se sienta, y tiene los ojos fijos en el rostro del Maestro.

"Tanto estoy convencida de esto, que, habiéndome quedado sola, he dejado Antigonio por Antioquía, segura de poder trabajar más en este terreno -donde, como en Roma, todas las razas se funden y mezclan-que donde impera Israel… No puedo yo, mujer, partir a la conquista de Roma. Pero, si la Urbe me es inalcanzable, yo en la hija más bella de la Urbe, la más semejante a la madre en todo el Orbe, siembro… ¿En cuántos corazones caerá la semilla? ¿En cuántos germinará? ¿En cuántos será transportada a otros lugares y esperará a los apóstoles para germinar? No lo sé. No pido saberlo. Yo hago. Ofrezco al Dios que he conocido, y que sacia mi espíritu y mi intelecto, el trabajo. En este Dios creo, como en el Dios único y omnipotente. Sé que no defrauda al que es de buena voluntad. Esto me basta y me sostiene en el obrar.

Maestro, Juan murió el sexto día antes de las nonas de junio según los romanos, casi en la neomenia de Tammuz según los hebreos. Señor… ¿Para qué te digo lo que ya sabes? Y, sin embargo, lo digo, para los hermanos. Juan murió como justo, y, en honor a la verdad sobre sus sufrimientos, debería decir como mártir. Yo le asistí con toda la piedad que una mujer puede tener, con todo el respeto que se tiene hacia un héroe, con todo el amor que se tiene a un hermano. Pero ello no evitó un sufrimiento tal, que yo, no por fastidio o cansancio, sino por compasión, rogaba al Eterno que lo llamara a la paz. Él decía: “a la libertad”.

¡Qué palabras salían de su boca! ¿Es que puede subir a tanta luz de sabiduría un hombre que, como él decía, ha descendido hasta el fondo? ¡Oh, la muerte es verdaderamente el misterio que revela nuestro origen, y la vida es el escenario que esconde el misterio!

Un escenario que se nos da sin motivos ornamentales, donde nosotros podemos realizar lo que queramos. Él había grabado muchas cosas, no todas hermosas; pero las últimas fueron sublimes. Del sombrío cielo de abajo, en que había diseños de dolor humano y de humana dolencia, cual sabio artífice, había pasado a signos cada vez más luminosos, y había decorado de virtudes el retazo de su vida cristiana, para terminar en una fúlgida luminosidad de alma perdida en Dios. Yo te lo digo: no habló, sino que cantó su último poema.

No murió, sino que ascendió. Y no pude distinguir con exactitud cuándo hablaba todavía el hombre o cuándo hablaba ya el espíritu hijo de Dios. Señor, he leído, Tú lo sabes, todas las obras de los filósofos, buscando un alimento al alma atada por las dobles cadenas de la esclavitud y del paganismo. Pero eran obras de hombre. En este caso, no eran ya palabras de hombre, sino de superhombre, de espíritu regio, más: de espíritu semidivino. Yo he tutelado el misterio, que además no habría sido comprendido por nuestros huéspedes, buenos con el hombre, pero israelitas en el más amplio y completo sentido de la palabra… Y cuando en los últimos toques del amor Juan fue sólo un amor hablante, alejé a todos y recogí yo sola lo que Tú ciertamente sabes…

Señor… este hombre murió, ha “salido por fin de la carne, ha ido a la libertad”, como él decía con el hilo de voz de los últimos días, y con la mirada encendida en éxtasis, apretándome la mano y descubriéndome con sus palabras el Paraíso. Este hombre ha muerto enseñándome a vivir, a perdonar, a creer, a amar.

Ha muerto preparándome al último período de tu vida. Señor, lo sé todo. Él me había instruido acerca de los profetas en las noches de invierno. Conozco el Libro como una verdadera israelita. Pero sé también lo que el Libro no específica… ¡Maestro mío y Señor mío… yo lo imitaré! Y quisiera el mismo favor, pero creo que es más heroico no pedirlo, y hacer tu voluntad…".

Jesús enrolla el folio y hace ademán de tomar el tercero.
-¡No, no, Maestro! No puede ser… Hay más. ¡No puede haber terminado tan pronto el folio! -exclama Pedro. ¡No estás leyendo todo! ¿Por qué, Señor? ¡Vosotros! ¡Protestad! Síntica ha escrito más para nosotros que para Él, y Él no nos lee.

-¡No insistas, Pedro!
-¡Sí que insisto! ¡Claro que insisto! Mira que he visto que tu ojo iba más abajo de golpe, y que -hay transparencia-no has leído los últimos renglones. No estaré tranquilo hasta que hayas leído de nuevo el final de ese folio. ¡Antes llorabas!… ¿Hay acaso motivo de llorar en eso que has leído? Duele, sí, saber que ha muerto… ¡pero una muerte así no hace llorar! Yo creía que hubiera muerto mal, perdiendo su espíritu… Sin embargo… ¡Lee, anda! ¡Madre! ¡Juan! Vosotros que obtenéis todo…

-Escúchalo, Hijo mío, y aunque sea algo doloroso de saberse beberemos todos el cáliz…
-Sea como queréis…

"Conozco el Libro como una verdadera israelita. Pero sé también lo que el Libro no especifica, o sea, que tu Pasión ya no tardará en cumplirse, porque Juan ha muerto y Tú le prometiste breve tiempo en el Limbo. El me lo dijo.

Me dijo que habías prometido que lo sacarías de aquí antes de que conociera cómo puede ser y a dónde puede llegar el odio de Israel hacia ti, y ello para impedir que por amor a ti odiase a tus torturadores. Ahora él ha muerto… Tú estás, por tanto, próximo a morir… No. A vivir.

Verdaderamente a vivir con tu Doctrina, contigo mismo dentro de nosotros, con la Divinidad en nosotros, una vez que tu Sacrificio nos haya devuelto la vida del alma, la Gracia, la unión con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo.

Maestro, mi Salvador, mi Rey, mi Dios… fuerte es mi tentación, mejor dicho: ha sido fuerte, de ir donde ti ahora que Juan duerme con el cuerpo en el sepulcro y reposa con el espíritu en la espera. Ir donde ti para estar con las otras al pie de tu ara. Pero las aras se adornan no sólo con la víctima, sino también con guirnaldas en honor del Dios en cuyo honor se celebra el sacrificio. Yo pongo mi violácea guirnalda de discípula lejana a los pies de tu ara. Y en la guirnalda pongo la obediencia, el trabajo, el sacrificio de no verte y escucharte… ¡Será muy duro! ¡Es muy duro ahora, cuando tus coloquios sobrenaturales con Juan han concluido, y yo ya no gozo de ellos!… Señor, alza tu mano sobre tu sierva para que sepa hacer sólo tu voluntad y te sepa servir".

Jesús enrolla el folio y observa la cara de los que lo escuchan. Están pálidos. Pero Pedro susurra:
-No comprendo por qué llorabas… Pensaba que había otras cosas…

-Lloraba porque confrontaba al que fue uxoricida y forzado, y a la esclava pagana, con demasiados de Israel.

-¡Comprendo! Te angustia el que los hebreos sean inferiores a los gentiles, y los sacerdotes y príncipes a los forzados. Tienes razón… ¡He sido un estúpido! ¡Qué mujer esta mujer! ¡La pena es que haya tenido que marcharse!…

Jesús abre el tercer folio.
Y sepa imitar en todo al discípulo y hermano que ya está en la paz, a donde ha ido después de haber cumplido todas las purificaciones… en tu honor y para aliviar tus sufrimientos".
-¡Ah! ¡No, no!

Pedro ha saltado con agilidad encima del asiento antes de
que Jesús haya podido separarse, y ve que no es posible haber llegado ya a donde Jesús mira. Hay qué tener en cuenta que el pergamino se enrolla en sí mismo a medida que por arriba se le va soltando; por lo cual, muchos renglones están ya ocultos en lo alto del folio.

Jesús alza la cabeza y, con el rostro más afligido que triste, dulce pero firme, repele a su apóstol y dice:
-¡Pedro, tu Maestro sabe lo que te conviene! Deja que Yo te dé lo que para ti es bueno…

Pedro queda tocado por esas palabras, y más por la mirada tan implorante, luciente por una lágrima que está para caer-de Jesús. Baja del asiento y dice:

-Obedezco… ¿Pero, qué podrá ser lo que hay ahí?
Jesús reanuda la lectura:

"Y ahora que he hablado de otros, hablo de mí. He dejado Antigonio después de la sepultura de Juan. No porque me tratasen mal, sino porque sentía que ése no era mi lugar. ¿Por qué lo sentía? No lo sé. Lo sentía. Como te he dicho, había conocido a muchas familias, porque muchos habían venido a nosotros. He preferido quedarme en la de Zenón, precisamente porque está en el ambiente en que espero trabajar.

Una mujer romana quería que viviera en su espléndida casa, junto a la Columnata de Herodes. Una siria riquísima me invitaba como maestra al taller de tejidos que su marido, que es de Tiro, ha abierto en Seleucia. Una viuda prosélito, madre de siete niñas, que vive cerca del puente Seleucio, quería que viviera con ella, por respeto a Juan, maestro de los niños. Una familia greco-asiria, con almacenes en una calle cerca del Circo, solicitaba que fuera a ella, porque en el tiempo de los juegos podía ser útil.

En fin, un romano, que había sido centurión, creo, sin duda militar, y que se había quedado aquí no sé exactamente con qué obligación, curado también con el bálsamo, insistía para tenerme en su casa. No. No quería los ricos, ni los mercaderes. Quería almas, y almas griegas y romanas, porque siento que por ellas debe empezar la expansión de tu Doctrina en el mundo.

Y aquí estoy, en casa de Zenón, en las laderas del Sulpio, cerca de los cuarteles. La ciudadela se cierne amenazadora desde la cima. Y, sin embargo, a pesar de ser tan adusta, es mejor que los ricos palacios del Onfolo y del Ninfeo, y tengo amigos en ella. Un soldado que te conoce, de nombre Alejandro: un sencillo corazón de niño dentro de un cuerpo grande de soldado. Y el mismo tribuno, llegado hace poco de Cesárea, bajo su clámide tiene un corazón recto. Dentro de su tosca sencillez, se acerca más a la Verdad Alejandro.

Pero tampoco el tribuno, que te admira como a un orador perfecto, un filósofo "divino", como él dice, es hostil a la Sabiduría, aunque todavía no pueda acoger la Verdad. Conquistar a éstos y a sus familias con un mínimo de tu conocimiento significa esparcir la semilla de este conocimiento a septentrión y a mediodía, a oriente y a occidente, porque los soldados son como granos agitados por el aventador, o mejor: tamo que el molino del viento, en este caso la voluntad de los Césares y las necesidades de dominio, esparce por todas partes.

Cuando llegue un día en que tus apóstoles, como pájaros lanzados a volar, se esparzan par la Tierra, gran ayuda será para ellos el encontrar en los lugares de apostolado uno, uno sólo, aunque sea uno sólo que no ignore tu venida. Por esta idea cuido también, de los gladiadores, los cuerpos dolientes de los viejos y los heridos de los jóvenes; por esto mismo, ya no evito a las mujeres romanas; por esto soporto a quienes eran causa de dolor para mí… Todo. Por ti. Si yerro, aconséjame con tu sabiduría. Sólo que sepas, pero ya lo sabes, que mis errores provienen de deficiencias, no de malicia.

Señor, tu sierva te ha dicho muchas cosas… Nada, respecto a lo mucho que tengo en el corazón. Pero Tú ves mi espíritu. Señor… ¿cuándo veré tu rostro? ¿Cuándo veré de nuevo a tu Madre?, ¿y a los hermanos?… La vida es un sueño que pasa. Pasará la separación. Estaré en ti, y con ellos, y será la alegría y la libertad para mí, también para mí, como para Juan.

Me postro a tus pies, mi Salvador. Bendíceme con tu paz. A María de Nazaret, a las discípulas, paz y bendición. A los apóstoles y a los discípulos, paz y bendición. A ti, Señor, gloria y amor".

-He leído. Madre, ven conmigo. Vosotros esperadme. O descansad. No regreso. Estaré en oración con mi Madre. Juana, si alguno me busca, estoy en el cenador de cerca del lago.

Pedro ha apartado un poco a María y le dice algo, intranquilo pero en voz baja. María le sonríe y susurra algo. Luego alcanza a su Hijo, que sigue el sendero apenas visible en la noche.
-¿Qué quería Simón de Jonás?

-Saber, Hijo mío. Es como un niño… un niño grande… Pero es muy bueno.

-Sí, es muy bueno. Y te ha rogado a ti, que eres buenísima, para saber… Ha descubierto el punto débil: tú y Juan. Lo sé. Hago como que no lo sé, pero lo sé. Pero no puedo ceder siempre para complacerlo… No hacía falta, Jonatán. Podíamos estar también sin luz -dice, al ver que Jonatán viene con una lámpara de plata y con unos almohadones que ahora dispone en la mesa y en los asientos del cenador.

-Lo ha ordenado Juana. La paz a ti, Maestro.
-Y a ti.
Se quedan solos.

-Decía que no siempre puedo complacerlo. Esta noche no podía. Sólo tú puedes conocer los puntos que he callado. Te he llamado para esto, y también para estar contigo, Mamá… Para mí, estar contigo en las últimas horas antes de una separación es acumular tanta dulce fuerza, que me siento rico de ella para muchas horas de soledad en medio del mundo, que no me comprende o que me comprende mal. Y estar contigo en las primeras horas de un regreso es tomar nuevas fuerzas, después de todos los cálices que debo beber en el mundo… tan desagradables y amargos.

María lo acaricia sin hablar. Erguida junto a Él, que está sentado es la Madre que conforta a su Hijo. Pero Él hace que se siente y dice
-Escucha… -y entonces María, en posición atenta, sentada frente a Él, pasa a ser la discípula pendiente de los labios de Jesús Maestro.

-Síntica escribe, hablando de Antioquía:
Aquí la voluntad -no sé distinguir dónde cesa la de los hombres y empieza la de Dios, porque no soy sabia-aquí la voluntad, más fuerte que mi deseo, me ha traído, y quién sabe si no habrá sido todo voluntad de Dios. Lo cierto es que, casi seguro por una gracia del Cielo, ahora le tengo amor a esta ciudad que, con las cimas del Casio y del Amano custodiándola desde dos lados, y las crestas verdes de las Montañas negras más lejos, mucho me recuerda a la patria perdida.

Y tengo la impresión de que sea el primer paso de regreso hacia mi tierra, y no paso de peregrina cansada que vuelve para morir, sino de mensajera de vida que viene a dar vida a quien fue para ella madre. Tengo la impresión de que desde aquí, golondrina descansada para el vuelo y nutrida de Sabiduría, tuviera que volar a la ciudad en que vi la luz y de la cual quiero, quisiera subir a la Luz después de dar la Luz que me fue dada.

Mis hermanos en ti, yo lo sé, no aprobarían este pensamiento… Quieren sólo para ellos tu sabiduría. Pero se equivocan. Un día comprenderán que el mundo espera, y que el mundo despreciado será el mejor. Yo les preparo el camino a ellos. No sólo aquí, sino con cuantos convergen aquí y luego regresan a sus tierras; y no distingo mucho si son gentiles o prosélitos, griegos o romanos, o de otras colonias del imperio y de la Diáspora. Hablo, suscito deseos de conocerte… El mar no está hecho de una nube vaciada; está hecho de nubes y nubes y nubes que vacían su agua en la tierra y vierten al mar. Yo seré una nube.

El mar será el cristianismo. Quiero multiplicar el conocimiento de ti para contribuir a formar el mar del cristianismo. Yo, griega, sé hablar a los griegos, no tanto con el idioma cuanto con la comprensión… Yo, que fui esclava de los romanos, sé trabajar con los romanos, cuyos puntos sensibles conozco. Y, por el tiempo que he vivido entre los hebreos, sé también cómo tratar a éstos, especialmente aquí, donde los prosélitos son numerosos. Juan ha muerto para tu gloria. Yo viviré para tu gloria. Bendice nuestros espíritus".

-Y más adelante, donde habla de la muerte de Juan, donde no he dejado que Simón leyera, está escrito:

“Juan ha muerto tras haber pasado todas las purificaciones, incluso la extrema, la del perdón a aquellos que con sus maneras de actuar te han obliga a alejarlo y lo han matado. Sé el nombre de éstos, al menos del principal. Juan me lo reveló, diciendo: “Desconfía siempre de él. Es un traidor. Me ha traicionado a mí, lo traicionará a Él y traicionará a nuestros compañeros. Pero lo perdono, a Judas Iscariote, como lo perdonará Él.

Es tan grande ya el abismo en que yace, que no quiero excavarlo más no perdonándole el haberme matado separándome de Jesús. Mi perdón no lo salvará. Nada lo salvará, porque es un demonio. No debería decirlo, yo que fui asesino, pero en mí había al menos una ofensa que me hacía perder el juicio. Él arremete contra quien no le ha hecho ningún mal y acabará traicionando a su Salvador.

Pero lo perdono, porque la bondad de Dios ha hecho de su odio contra mí mi bien. ¿Ves? He expiado todo. Él, el Maestro, me lo dijo ayer noche. He expiado todo. Ahora salgo de la cárcel. Ahora entro verdaderamente en la libertad, libre incluso del peso del recuerdo del pecado de Judas de Keriot hacia un desdichado que había encontrado la paz junto a su Señor”.

Yo también, siguiendo su ejemplo, le perdono el haberme arrancado de ti, de la Madre bendita, de las hermanas discípulas, de oírte, de seguirte hasta la muerte, para estar presente en tu triunfo de Redentor. Y lo hago por ti, en honor tuyo y para aliviar tus sufrimientos.

Estáte tranquilo, mi Señor. El nombre del oprobio que hay entre las filas de tus seguidores no saldrá de mis labios, y, conjuntamente, no saldrá nada de lo que he oído a Juan cuando su yo hablaba con tu invisible, letificante Presencia. He estado dudando si ir a verte antes de establecerme en mi nueva morada. Pero he sentido que habría transparentado mi repulsa hacia Judas Iscariote, y que te habría perjudicado ante tus enemigos. He sacrificado así este consuelo también… con la seguridad de que el sacrificio no quedará sin fruto y sin premio".

-Esto es, Madre. ¿Podía leerle esto a Simón?
-No. Ni a él ni a los otros. Dentro de mi dolor tengo la alegría de esta muerte santa de Juan… Hijo, vamos a orar para que él sienta nuestro amor y… y para que Judas no sea el oprobio… ¡Oh, es horrendo!… Y no obstante… nosotros perdonaremos…

-Vamos a orar…
Se ponen en pie y oran, iluminados por la trémula luz de la lámpara, entre cortinas de ramas colgantes, mientras la resaca respira rítmicamente chocando contra la orilla…

460- Fariseos en Cafarnaúm con José y Simón de Alfeo. Jesús y su Madre preparados para el Sacrificio

-¿No llevas al niño de nuevo a su madre? -pregunta Bartolomé a Jesús, al encontrarlo en la terraza absorto en profunda oración.

-No. Voy a esperar a que ella regrese de la sinagoga…
-¿Esperas que allí dentro el Señor le hable… y que… comprenda su deber? Piensas sabiamente. Pero ella no es sabia. Otra madre habría venido inmediatamente ayer por la noche para llevarse a su criatura. En fin… habíamos navegado en un mar tempestuoso… ella no sabía de dónde veníamos…

¿Se ha preocupado, acaso, de ver si su niño había sufrido algún daño? ¿Viene, acaso, esta mañana? Mira cuántas madres están ya levantadas, a pesar de que haya amanecido hace poco, diligentes en tender los vestidos de fiesta para que terminen de secarse y los niños se los pongan limpios para el día del Señor. Un fariseo diría que hacen una obra servil, porque tienden esos vestiditos. Yo digo que hacen una obra de amor, hacia Dios y hacia sus hijos.

Son en general mujeres pobres. Mira allí: María de Benjamín y Rebeca de Miqueas. Y, en aquella modesta terraza, Yoana desenredando pacientemente las orlas de la pobre túnica de su hijo, para que parezca menos pobre en la función sagrada. Y allá, en la orilla que dentro de poco estará llena de sol, Sélida tiende la tela todavía basta, para que parezca fina lo que es tela sin desbastar, bonita sólo por el sacrificio que le cuesta: muchos pedazos de pan, negados al hambre del vientre para transformarlos en copos de cáñamo. ¿Y allí no está Adiná frotando con hierbas la tuniquita descolorida de su niña para que parezca más verde? Pero no se ve a la otra…

-¡Que el Señor le cambie el corazón! No hay otra cosa que decir…

Permanecen apoyados en la paredilla de la terraza, mirando la naturaleza refrescada por el temporal, que ha puesto terso el aire y ha limpiado la vegetación. El lago, aún un poco agitado y menos azul que de costumbre -y es que le varetean las aguas que han descendido de los torrentes llenos por pocas horas, y que arrastran el polvo del reseco lecho-, está hermoso, a pesar de estos desagües de ocre. Parece un gran lapislázuli con perláceas vetas, y ríe bajo un límpido sol que se asoma ahora tras los montes orientales y enciende todas las gotas aún retenidas entre los ramajes. Golondrinas y palomas surcan, festivas, el aire purificado, y entre las frondas pájaros de todas las especies trinan y gorjean.

-El calor se marcha. Bonita estación del año ésta. Fecunda y bonita. Como una edad madura. ¿No es verdad, Maestro?
-Bonita… sí…

Pero se ve que Jesús está lejos con su pensamiento.
Bartolomé lo mira… Luego pregunta:

-¿En qué piensas? ¿En lo que vas a decir hoy en la sinagoga?

-No. Pienso que los enfermos esperan. Vamos nosotros dos a curarlos.
-¿Nosotros solos?

-Simón, Andrés, Santiago y Juan han ido a sacar las nasas que había metido Tomás en previsión de nuestro regreso. Los otros duermen. Vamos nosotros dos.
Bajan y se dirigen hacia la campiña, a las casas diseminadas por entre las huertas o ya en el campo, a la búsqueda de enfermos amparados en casas de pobres, siempre hospitalarias.

Pero hay quien se adelanta al Maestro, intuyendo a dónde va; hay quien le dice: -Espérame aquí, en mi huerto. Te los traemos aquí…

Y pronto, de distintas partes, como aguas de exiguos regatillos que se unen en un único estanque, los enfermos vienen, o los traen, a Aquel que cura. Y los milagros se efectúan. Jesús los despide diciendo: -No digáis, si alguien os preguntara, que os he curado. Volved a vuestras casas, donde estabais. Este discípulo mío, antes del ocaso, llevará ayudas a los más pobres.

-Si. No lo digáis. Lo perjudicaríais. Recordad que es sábado y que muchos lo odian -añade Bartolomé.
-No perjudicaremos a quien nos ha beneficiado. Lo diremos en nuestros pueblos sin precisar qué día nos curamos -el que habla es uno que antes era paralítico.

-Es más, yo diría que nos disemináramos por los campos en espera del ocaso. Los fariseos saben dónde estábamos alojados y podrían venir a ver… -el que habla es uno que antes estaba enfermo de los ojos.

-Buena idea, Isaac. Ayer preguntaban demasiado, y demasiadas cosas… Pensarán que, cansados de esperar, nos hemos marchado antes de la puesta de sol.

-¿Pero ayer por la noche nos vio el apóstol? -pregunta uno que era ciego. ¿No era él el que hablaba?
-No. Era un hermano del Señor. No nos traicionará.
-Decid sólo a dónde vais, para poderos encontrar cuando venga -dice Bartolomé.

Los enfermos se consultan entre sí. Quién querría ir hacia Corazín, quién hacia Magdala. Lo dejan al dictamen de Jesús.

Y Jesús dice:
-A los campos del camino que va a Magdala. Seguid el segundo torrente. Pronto encontraréis una casa. Id allí y decid: "Nos manda Jesús". Os acogerán como a hermanos. Id, y que Dios esté con vosotros, y vosotros con Dios no pecando en el futuro.

Jesús se echa a caminar de nuevo, no volviendo inmediatamente al pueblo por el camino recorrido antes, sino describiendo por entre los huertos un semicírculo que lo lleva al lado del manantial que está cerca del lago, manantial que toman al asalto las mujeres, queriendo aprovisionarse cuando todavía el sol no está alto y el agua está fresca.

-¡El Rabí! ¡El Rabí!
Y mujeres que se apresuran hacia Él, y niños y también hombres del pueblo, la mayoría viejos, inactivos a causa del sábado.

-Una palabra, Maestro, para hacer alegre este día -dice un hombre ya muy anciano que lleva de la mano a un niño, quizás un biznieto, porque si el viejo es casi ciertamente centenario el niño no tiene más de unos seis años.
-Sí. Para alegrar al viejo Leví, y a nosotros con él.
-Hoy tenéis la explicación de Jairo. Yo estoy aquí para oírlo. Tenéis un arquisinagogo sabio…

-¿Por qué dices esto, Maestro? Tú eres el arquisinagogo de los arquisinagogos, el Maestro de Israel. Nosotros te reconocemos sólo a ti.

-No debéis hacerlo. Los arquisinagogos están puestos para que sean vuestros maestros, para llevar a cabo el culto entre vosotros, dándoos ejemplo para haceros fieles israelitas. Los arquisinagogos seguirán estando cuando Yo ya no esté. Tendrán otro nombre, otras ceremonias, pero siempre serán los ministros del culto. Debéis amarlos, y debéis orar por ellos; porque donde hay un buen arquisinagogo hay buenos fieles, y, por tanto, ahí está Dios.

-Lo haremos. Pero háblanos ahora. Nos han dicho que estás para dejarnos…
-Tengo muchas ovejas esparcidas por Palestina. Todas esperan a su Pastor. Pero tenéis a los discípulos, que cada vez son más y más sabios…

-Sí. Pero lo que Tú dices es siempre bueno y fácil para nuestras mentes ignorantes.
-¿Qué os diré?…

-¡Jesús, te hemos buscado por todas partes! -grita José de Alfeo, que, junto con su hermano Simón y un grupo de fariseos, ha llegado imprevistamente.
-¿Y dónde puede estar el Hijo del hombre, sino entre los pequeños y los simples de corazón? ¿Queríais verme? Aquí me tenéis. Pero antes dejad que diga a éstos unas palabras…

Escuchad. Os han dicho que estoy para dejaros. Es verdad.

No lo he negado. Pero, antes de dejaros, os mando esto:
que os vigiléis mucho a vosotros mismos para conoceros mucho, que os acerquéis cada vez más a la Luz para que podáis ver. Mi palabra es Luz. Custodiadla en vosotros, y cuando a su luz descubráis manchas o sombras, perseguidlas para arrojarlas fuera de vuestro corazón. Lo que erais antes de que Yo os conociera ya no debéis serlo; debéis ser mucho mejores, porque ahora sabéis mucho más. Antes estabais como en un crepúsculo, ahora tenéis la Luz en vosotros. Debéis, por tanto, ser hijos de la Luz.

Mirad al cielo por la mañana, cuando el alba lo esclarece: puede parecer sereno por el solo hecho de no estar todo cubierto de nubes de tormenta, pero, en cuanto aumenta la luz y el vivo claror del sol se asoma por oriente, los ojos, asombrados, ven formarse manchas rosadas en el azul del cielo.

¿Qué son? Ligeras nubecitas, tan leves que parecían no estar mientras la luz era tenue, pero que ahora dándoles el sol, aparecen como espumas ligeras en el campo del cielo. Y ahí están hasta que el sol las funde, las anula en su gran fulgor. Vosotros haced lo mismo con vuestra alma. Llevadla cada vez más a la luz, para descubrir en vosotros cualquier niebla, aunque sea levísima, y luego tenedla bajo el gran sol de la Caridad.

La Caridad consumará vuestras imperfecciones como el sol hace evaporar la humedad ligera que se condensa en aquellas nubecillas tan tenues que disipa en la aurora. Si estáis mucho en la Caridad, la Caridad obrará en vosotros continuos prodigios.

Marchaos ahora y sed buenos…
Se despide de ellos y va hacia sus dos primos, a los cuales besa después de haber hecho respetuosas reverencias a los fariseos presentes, entre los cuales está Simón, el fariseo de Cafarnaúm. Los otros son caras nuevas.

-Te hemos buscado más por éstos que por nosotros. Hemos venido a Nazaret a buscarte, y entonces… -explica Simón de Alfeo señalando a los fariseos.
-La paz a vosotros. ¿De qué teníais necesidad?
-¡De nada! Verte, sólo verte. Escucharte. Oír la sabiduría de tus palabras…

-¿Sólo para esto?

-Verdaderamente, también para aconsejarte… Tú eres demasiado bueno, y la gente abusa de ello. No es bueno este pueblo. Y Tú lo sabes. ¿Por qué no maldices a los pecadores?

-Porque el Padre me ordena que salve, no que pierda.
-Te buscarás adversidades…
-No importa. No puedo transgredir la orden del Altísimo por ningún beneficio humano.

-Y si… Ya sabes… se dice por lo bajo que halagas al pueblo para servirte de él en una rebelión. Hemos venido a preguntarte si es verdad.
-¿Habéis venido u os han mandado?
-Es lo mismo.

-No. De todas formas, os respondo a vosotros y también a quienes os han mandado que el agua que rebosa de mi recipiente es agua de paz, que la semilla que siembro es semilla de renuncia. Yo podo las ramas soberbias, estoy pronto para arrancar las plantas malas, para que no perjudiquen a las buenas, si no se someten al injerto. Pero lo que Yo llamo bueno no es lo que vosotros llamáis bueno.

Porque Yo llamo buena a la obediencia, a la pobreza, a la renuncia, a la humildad, a la caridad que condesciende a todas las humildades y misericordias. No temáis a nadie. El Hijo del hombre no tiende asechanzas a los poderes humanos, sino que viene a inculcar poder a los espíritus. Id y referid que el Cordero no será nunca lobo.

-¿Qué quieres decir? Tú nos entiendes mal y nosotros te entendemos mal.

-No. Yo y vosotros nos entendemos muy bien…
-¿Entonces sabes para qué hemos venido?
-Sí. Para decirme que no debo hablar a las multitudes. Y no pensáis que no podéis prohibirme entrar, como cualquier israelita, donde se leen y explican las Escrituras, y donde todo circuncidado tiene el derecho de hablar.
-¿Quién te lo ha dicho? Jairo, ¿no es verdad? Referiremos.
-No he visto todavía a Jairo.
-Mientes.

-Yo soy la Verdad.

Un hombre de la multitud, de la multitud que se ha vuelto a formar, dice:

-Él no miente. Jairo se ha marchado ayer, antes de la puesta del sol, con su mujer y su hija. Las ha acompañado. Ha dejado aquí a su ayudante. Las ha acompañado donde su madre, que se está muriendo. No volverá hasta después de las purificaciones.

Los fariseos no tienen la satisfacción de poder mostrar que Jesús miente, pero sí la de saber que no tiene consigo a su más poderoso amigo de Cafarnaúm. Se miran unos a otros: toda una mímica de miradas.

José de Alfeo, el mayor de la familia, siente el deber de defender a Jesús y se vuelve hacia Simón el fariseo:
-Me has honrado queriendo compartir el pan y la sal conmigo, y el Altísimo tendrá en cuenta este honor que has dado a los descendientes de David. Te has mostrado justo ante mí.

Estos fariseos acusan a este hermano mío. Ayer me dijeron a mí, cabeza de la casa, que el único dolor era el que Jesús desatendiese a Judea, porque, siendo el Mesías de Israel, tenía el deber de amar y evangelizar por igual a todo Israel. Me pareció justo el razonamiento y se lo habría dicho a mi hermano. Pero entonces, ¿por qué hablan así hoy? Al menos, que digan por qué no debe hablar. Que yo sepa, no dice cosas contrarias a la Ley y a los Libros. Dad las razones y yo convenceré a Jesús de que hable de otra forma.

-Es razonable lo que dices. Responded a este hombre… -dice Simón el fariseo -¿Ha dicho Él cosas… sacrílegas?
-No. Pero el Sanedrín lo acusa de separar, de tratar de separar a la nación. El Rey debe ser de Israel, no sólo de Galilea.

-Se quiere a toda la patria, se quiere muchísimo dentro de la patria a la región natal. Este amor suyo por Galilea no es una causa tan grave que merezca castigo. Y además, nosotros somos de David, así que…

-Que venga entonces a Judea. Que no nos desprecie.
-¿Los oyes? ¡Es un honor para ti y para la familia! -dice, entre severo y jactancioso, José.
-Estoy oyendo.

-Te aconsejo que condesciendas con su deseo. Es bueno. Es puro honor. Tú dices que quieres paz. Pues entonces pon fin, dado que te quieren de uno a otro confín, a esta desavenencia que hay entre las dos regiones. Lo harás, ciertamente. ¡Ciertamente lo hará! Lo aseguro por Él, que es obediente a los mayores.

-Está escrito: "No hay nadie mayor que Yo. No hay ningún otro dios delante de mí". Yo obedeceré siempre a lo que Dios quiere.

-¿Oís? Id, pues, en paz.

-Oímos. Pero, José, antes de marcharnos queremos saber lo que para Él es lo que Dios quiere.
-Lo que Dios quiere es que Yo haga su voluntad.
-¿Y cuál sería esa voluntad? Dila.
-Que recoja las ovejas de Israel y las reúna en un solo rebaño. Y lo haré.

-Tendremos en cuenta estas palabras tuyas.
-Será buena cosa. Que Dios esté con vosotros -y Jesús vuelve las espaldas al grupo farisaico y camina hacia casa.

José, su primo, se pone a su lado, medio contento medio descontento, y, con aire protector, le hace observar que si se les sabe tratar (como ha hecho él), que si se tiene el apoyo de los familiares (como afortunadamente ha sucedido hoy), que si se recuerda que se tiene derecho al trono (como descendientes de David), etc., también los fariseos se hacen buenos amigos.

Jesús le interrumpe diciendo:
-¿Y tú lo crees? ¿Crees en sus palabras? Verdaderamente el orgullo y la alabanza engañosa bastan para cubrir de escamas las vistas más agudas.

-Yo, de todas formas… los complacería. No puedes pretender que te paseen victorioso entre gritos de hosanna, así de repente… Los debes conquistar. Un poco de humildad, Jesús. Un poco de paciencia. El honor merece cualquier sacrificio…

-¡Basta! Hablas palabras humanas, y peor todavía. Que Dios te perdone. Y te dé luz, hermano. Pero apártate, porque me produces amargura. Y no expreses a tu madre, a tus hermanos, a mi Madre estos consejos necios.

-¡Quieres tu perdición! ¡Eres causa de nuestro hundimiento y del tuyo!

-¿Por qué has venido, si sigues siempre igual? Todavía no he padecido por ti, pero lo haré; y entonces…
José se ha marchado, inquieto.
-Tú lo enojas… Es como nuestro padre, ya sabes… Es el viejo israelita… -le susurra Simón.

-Cuando comprenda, verá que mi acción, que ahora lo enoja, era santa…
Ya están en la puerta de casa. Entran. Jesús ordena a Pedro:

-Ocúpate de que la barca esté preparada para la puesta del sol. Vamos a acompañar a Tiberíades a las dos Marías, y Simón las acompañará a casa. Irá contigo Mateo, además de tus compañeros pesca-lores. Los demás nos esperarán aquí.
Pedro toma aparte a Jesús:

-¿Y si viene el de Antioquía? Lo digo por Judas de Keriot…

-Tu Maestro te dice que lo encontraremos en el muelle de Tiberíades.

-¡Ah, entonces! -y con voz fuerte:
-¡La barca estará preparada!

-Madre, sube conmigo. Estaremos juntos estas horas.
María lo sigue sin hablar. Entran en la habitación de arriba, fresca y umbría por la parra que la cubre y las cortinas puestas para dar sombra.
-¿Te vas, Jesús mío?
María está muy pálida.
-Sí. Llega el momento de marcharme.

-¿Y yo no debo ir para los Tabernáculos? ¡Hijo mío!… -María tiene un amago de llanto.

-¡Mamá! ¿Por qué? ¡No es la primera vez que nos dejamos!
-No. Es verdad. Pero… ¡oh!, recuerdo cuanto me dijiste en el bosque cercano a Gamala… ¡Hijo mío! Perdona a una pobre mujer. Te obedeceré… Con la ayuda de Dios, seré fuerte… Pero quiero una promesa tuya…

-¿Cuál, Madre mía?
-Que no me ocultarás la hora tremenda. Ni por piedad ni por aprensión respecto a mí… Sería demasiado dolor… y demasiada tortura… Dolor porque… sabría todo al improviso y por boca de quien no me ama como Tú amas a esta pobre Mamá… Y sería tortura si pensara que, quizás mientras hilo o tejo o cuido las palomas, a ti, Hijo mío, te están matando…

-No temas, Madre. Lo sabrás… Nos veremos todavía…
-¿Verdaderamente?

-Sí. Nos veremos todavía.
-¿Y me dirás: "Voy a cumplir el Sacrificio"? ¡Oh…!
-No diré eso. Pero tú comprenderás… Y luego, la paz; mucha paz… Fíjate: haber hecho todo lo que Dios quiere de nosotros, sus hijos, para el bien de todos los otros hijos. Mucha paz… La paz del perfecto amor…

La ha recogido en su corazón, y la tiene ahí, estrechada en el abrazo filial: Él mucho más alto y fuerte; Ella, más menuda, joven, con esa incorrupta juventud suya, de carne y de expresión, puesta sobre la eterna juventud de su espíritu inmaculado.

Y Ella repite, heroica (¡cuán heroica!):

-Sí, sí. Lo que Dios quiera…

No hay más palabras. Los dos Perfectos ya consuman el sacrificio de su más dura obediencia. No hay tampoco lágrimas. Y tampoco besos. Hay sólo Dos que aman perfectamente y depositan a los pies de Dios su amor.

Pero éste no es el último adiós.

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