por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-En la habitación de arriba hay hombres de Nazaret.
Ayer han venido tus hermanos a buscarte. Luego, unos fariseos. Y enfermos, muchos. Y uno desde Antioquía -comunica Judas Iscariote en cuanto los ve entrar en casa.
-¿Y se han marchado?
-No. El de Antioquía ha ido a Tiberíades. Pero vuelve después del sábado. Los enfermos están distribuidos por las casas. Pero los fariseos, con muchos honores, han querido que estuvieran con ellos tus hermanos. Todos son huéspedes de Simón el fariseo.
-¡Mmm!… -refunfuña Pedro.
-¿Qué te pasa? No estás contento de que honren al Maestro en sus parientes? -pregunta Judas Iscariote.
-¡Si va a ser verdadero honor y encuentro útil… felicísimo!
-Desconfiar es juzgar. El Maestro no quiere que se juzgue.
-¡Que sí, que sí! Bueno, para estar seguro esperaré a juzgar. Así no seré necio y pecador.
-Vamos arriba donde los nazarenos. Mañana iremos a ver a los enfermos -dice Jesús.
Judas Iscariote dice a Jesús:
-No puedes. Es sábado. ¿Quieres el reproche de los fariseos? Si Tú no piensas en tu honor, yo sí -dice muy teatralmente Judas. Y termina:
-Más bien, como me doy cuenta de tu deseo de sanar enseguida a estos que te buscan, vamos nosotros y les imponemos las manos en tu Nombre y…
-No.
Un "no" muy tajante, que no admite discusión.
-¿No quieres que hagamos milagros? ¿Quieres hacerlos Tú? Bueno… pues vamos, les decimos que estás aquí y que prometes que los vas a curar. Con esto estarán ya contentos…
-No hace falta. Nos han visto los pescadores. Por tanto, el que Yo esté aquí ya se sabe, y el que Yo cure a quien tiene fe en mí lo saben ellos; tanto es así, que han venido a buscarme.
Judas se calla con desagrado, con la cara sombría de los momentos malos.
Jesús sale, sin preocuparse del temporal, que vierte cántaros de agua sobre la tierra. Sube a la habitación de arriba. Empuja la puerta y entra. Le siguen los apóstoles. Las mujeres están ya arriba hablando con los nazarenos. En un rincón, un hombre que no conozco.
-La paz a vosotros.
-¡Maestro!
Los nazarenos hacen una reverencia. Luego dicen:
-Aquí está el hombre -y señalan al desconocido.
-Ven aquí -ordena Jesús.
-¡No me maldigas!
-Para hacerlo no era necesario llamarte para que vinieras. ¿No tienes nada más que estas palabras que decir al Salvador?
Jesús se muestra grave, pero al mismo tiempo alentador.
El hombre lo mira… Luego rompe a llorar y, arrojándose al suelo, grita:
-¡Si no me perdonas, no tendré paz!…
-Cuando quería hacerte bueno, ¿por qué no me quisiste contigo? Ahora es tarde para desagraviar. Tu madre ha muerto.
-¡No me digas eso! ¡Eres cruel!
-No. Soy la Verdad. Era Verdad cuando te decía que matarías a tu madre. Lo soy ahora. Y tú, entonces, me despreciabas. ¿Por qué me buscas ahora? Tu madre ha muerto. Has pecado, has seguido pecando sabiendo que pecabas. Te lo había dicho. Ésta es la culpa grande: has querido pecar rechazando a la Palabra y al Amor. ¿Por qué te quejas, si ahora no tienes paz?
-¡Señor! ¡Señor! ¡Piedad! Estaba loco y me curaste. He esperado en ti. Antes desesperaba de todos. No defraudes mi esperanza…
-¿Y por qué desesperabas?
-Porque… he hecho morir a mi madre de dolor… incluso la última noche… estaba agotada… y no tuve piedad… ¡Le pegué, Señor!
El grito, que llena la habitación, es un verdadero grito de desesperado.
-¡Le pegué!… ¡Murió durante la noche!… Y no me había dicho otra cosa sino que fuera bueno… ¡La madre mía!… La he matado…
-¡Hace años que la has matado, Samuel! Desde que dejaste de ser un justo. ¡Pobre Ester! ¡Cuántas veces la he visto llorar! Y cuántas me pedía una caricia de hijo en vez de las tuyas… Y tú sabes que no por amistad hacia ti, mi paisano y coetáneo, sino por piedad hacia ella iba Yo a tu casa…
No debería perdonarte. Pero dos madres han suplicado por ti, y tu arrepentimiento es sincero. Por eso te perdono. Con una vida sin tacha, cancela del corazón de los de tu ciudad el recuerdo de un Samuel pecador, y reconquístate a tu madre. Lo harás si con una vida de justo conquistas el Cielo y con él a tu madre. Pero recuerda, recuérdalo bien: tu pecado fue muy grande; por tanto, en proporción, grande debe ser tu justicia para anular la deuda.
-¡Oh! ¡Eres bueno! No como ese de los tuyos que ha salido nada más entrar, y que vino a Nazaret sólo para aterrorizarme. Éstos pueden decirlo.
-Jesús se vuelve… De los apóstoles falta sólo Judas Iscariote. Por tanto, es él el que zahirió a Samuel. ¿Qué debe hacer Jesús? Para que se critique al apóstol, si no como hombre al menos como apóstol, dice:
-Ninguno puede no ser severo con tu pecado. Cuando se hace el mal, se debería pensar que los hombres juzgan, pensar que los ponemos en las condiciones de juzgarnos… Pero no tengas rencor. Pon en las balanzas de Dios, como expiación, la humillación que has recibido. Vamos. Aquí, entre los justos, hay júbilo por tu redención. Estás entre hermanos que no te desprecian. Porque todos los hombres pueden pecar, pero sólo son despreciables cuando persisten en pecar.
-Yo te bendigo, Señor. Te pido perdón también por todas las veces que te desprecié… No sé cómo agradecértelo… ¡Es que es la paz! Es la paz, que vuelve a mí -llora, ahora con un llanto sereno…
-Agradéceselo a mi Madre. Si estás perdonado, si te he curado del delirio para darte facultad de arrepentimiento, ha sido por Ella. Vamos abajo. La cena está preparada. Vamos a compartir el alimento.
Y sale, sujetando de la mano al hombre.
La cena, efectivamente, está preparada. Pero Judas tampoco está abajo; en ningún lugar de la casa. La dueña explica:
-Ha salido. Ha dicho: "Vuelvo enseguida".
-Bien. Vamos a sentarnos y a comer.
Jesús ofrece, bendice y distribuye el alimento. Pero en la habitación, iluminada por dos lamparillas y la lumbre, hielo se cierne sobre los ánimos suspendidos. Afuera continúa el temporal…
Vuelve Judas, jadeante, mojado como si se hubiera caído al lago. Los pelos, a pesar de que se haya puesto el manto sobre la cabeza, cuando arroja al suelo el manto empapado, aparecen aplastados y empapados de agua, pegados a los carrillos, al cuello. Todos lo miran, pero ninguno habla.
Él quiere presentar disculpas, a pesar de que nadie le pregunte nada:
-He ido corriendo donde tus hermanos para decirles que estás aquí. De todas formas, te he obedecido. No he ido donde los enfermos. Ya no se podía. ¡Un agua! ¡Un agua!… Pero he querido dar honor, sin dilación, a tus parientes…
¿No estás contento, Maestro? ¡No hablas!…
-Te escucho. Toma y come. Hasta que nos vayamos a descansar, vamos a hablar entre nosotros.
Escuchad: Está escrito (Eclesiástico 8, l8-l9) que no confiemos el corazón al extranjero, porque no conocemos sus hábitos. Pero ¿podemos decir que conocemos el corazón incluso de nuestros conciudadanos?, ¿el corazón del amigo?, ¿el del pariente? Sólo Dios conoce perfectamente el corazón del hombre, y el hombre dispone de un solo medio para conocer el corazón de su semejante, y comprender si se trata de un verdadero compatriota, de un amigo verdadero, de un verdadero pariente. ¿Cuál es este medio? ¿Dónde se encuentra? En el prójimo mismo y en nosotros. En las acciones y palabras de él y en el recto juicio nuestro.
Cuando en las palabras del prójimo, en sus acciones, o en las acciones que querría que nosotros hiciéramos, sentimos, con nuestro recto juicio, que no hay bien, podemos entonces decir: "Este no tiene corazón bueno y debo desconfiar de él". Tratarlo con caridad, porque es un desdichado -su desdicha es la más grave: la del espíritu enfermo-, pero no seguirlo en sus acciones, no aceptar sus palabras como verdaderas y sabias, y, mucho menos, seguir sus consejos. Que no os destruya este pensamiento orgulloso: "Soy fuerte y el mal de los otros no entra en mí. Soy justo y, aunque escuche a los injustos, justo me conservo".
El hombre es un abismo profundo, en que se dan todos los elementos del bien y del mal: ayudan los primeros, las ayudas de Dios, a crecer y a hacerse reyes; ayudan a crecer y reinar en modo nocivo las pasiones y las malas amistades. Todas las aspiraciones al bien y todos los gérmenes del mal están latentes en el hombre: por amorosa Voluntad de Dios o por malvada voluntad de Satanás, el cual sugestiona, tienta, incita, mientras que Dios atrae, conforta, ama. Satanás trata de seducir, Dios trabaja en conquistar. Y no siempre vence Dios, porque la criatura es pesada hasta que escoge el amor como ley suya, y, siendo pesada, desciende y tiende más fácilmente a aquello que supone satisfacción inmediata y de las partes más bajas del hombre.
Vosotros, por lo que digo acerca de la debilidad humana, podéis comprender cuán necesario es desconfiar de sí mismo y poner mucha atención a nuestro prójimo, para no unir el veneno de una conciencia impura al que ya fermenta en nosotros. Cuando se comprende que un amigo es la ruina del corazón, cuando sus palabras turban la conciencia, cuando sus consejos escandalizan, hay que saber dejar esa amistad dañosa. Persistiendo se acabaría pereciendo en el espíritu porque se pasaría a acciones que alejan a Dios, que impiden a la conciencia endurecida comprender las inspiraciones de Dios. Si todo hombre culpable de graves pecados pudiera, quisiera hablar, diciendo cómo llegó a esos pecados, se vería que en origen hubo siempre una mala amistad…
-¡Es verdad! -confiesa en voz baja Samuel de Nazaret.
-Desconfiad de aquellos que, después de haber combatido contra vosotros sin motivo, de golpe os colman de honores y regalos. Desconfiad de los que alaban todas vuestras acciones y son hombres que alaban todo: o sea, alaban al holgazán como buen trabajador, al adúltero como marido fiel, al ladrón como honesto, al violento como manso, al mentiroso como sincero, al mal fiel y al pésimo discípulo como modelos.
Lo hacen para destruiros y servirse de vuestra destrucción para sus astutas miras. Huid de aquellos que quieren embriagaros de alabanzas y promesas para hacer que llevéis a cabo acciones que, de no estar embriagados, no aceptaríais hacer. Y cuando hayáis jurado fidelidad a uno no tratéis con sus enemigos. Sólo se acercan para perjudicar al que odian, y perjudicar con vuestra misma ayuda.
Abrid los ojos. He dicho: sed astutos como las serpientes, además de sencillos como las palomas. Porque, para tratar de las cosas de espíritu, es santa la sencillez, pero, para vivir en el mundo sin perjudicarse uno a sí mismo y perjudicar a los amigos, es necesaria la astucia que sabe descubrir las astucias de quien odia a los santos. El mundo es un cubil de sierpes. Sabed conocer el mundo y sus sistemas. Y luego, estando como palomas no entre el fango donde están las sierpes, sino en el alto abrigo sobre la roca, tened el corazón sencillo de los hijos de Dios. Y orad, orad porque en verdad os digo que la gran Serpiente silba alrededor de vosotros, y que estáis en grave peligro; y quien no vigile perecerá. Sí. Entre los discípulos habrá quien perezca, con gran júbilo de Satanás e infinito dolor de Cristo.
-¿Quién será, Señor? Quizás uno que no es de los nuestros, un prosélito, uno… no de Palestina, uno…
-No indaguéis. ¿No está, acaso, escrito que la abominación entrará, como ya ha entrado, en el lugar santo? (Daniel 9, 27; ll, 3l; l2, ll) Ahora bien, si se puede pecar incluso junto al Santo, ¿no podrá pecar alguno de entre mis seguidores galileo o judío? Velad, velad, amigos míos.
Velad por vosotros mismos y por los demás, vigilad lo que os dicen los otros y lo que os dice vuestra conciencia. Y si por vosotros no tenéis luz para ver venid a mí. Yo soy la Luz.
Pedro gesticula y susurra detrás de Juan, que hace señal de que no, que no. Jesús vuelve la mirada, ve… Pedro se pone en actitud seria y hace ademán de alejarse. Jesús se alza, sonríe levemente… Luego entona la oración, bendice, despide a las personas. Y se queda solo, a orar más.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Llegan a los bordes del lago, en los aledaños de Guerguesa, cuando el ocaso rojo se transforma en crepúsculo violáceo y sereno.
La ribera está llena de gente que prepara las barcas para la pesca nocturna o que se baña con gusto en las aguas del lago, un poco picado por el viento que lo surca.
Pronto es visto Jesús, y reconocido; de forma que antes de que pueda entrar en la ciudad la ciudad sabe que ha venido, y se produce la consabida afluencia de gente que acude a escucharlo.
Entre la gente se abre paso un hombre, diciendo que por la mañana habían venido a buscar a Jesús de Cafarnaúm, y que vaya lo antes que pueda.
-Esta misma noche. No me quedo en Guerguesa. Como nuestras barcas no están aquí, os pido que me prestéis las vuestras.
-Como quieras, Señor. Pero ¿nos vas a hablar antes de partir?
-Sí, incluso para despedirme de vosotros. Pronto dejaré Galilea…
Una mujer, llorando, lo llama de entre la multitud, mientras suplica que la dejen pasar para ir donde el Maestro.
-Es Arria, la gentil que se ha hecho hebrea por amor. Una vez curaste a su marido. Pero…
-Me acuerdo. ¡Dejadla pasar!
La mujer se acerca. Se arroja a los pies de Jesús. Llora.
-¿Qué te pasa, mujer?
-¡Rabí! ¡Rabí! ¡Piedad de mí! Simeón…
Uno de Guerguesa le ayuda a hablar:
-Maestro, usa mal la salud que le diste. Se ha hecho duro de corazón, rapiñador; y ya ni siquiera parece israelita. La verdad es que la mujer es mucho mejor que él, a pesar de haber nacido en tierras paganas. Y su dureza y rapacidad le acarrean peleas y odios. Y por una pelea ahora está muy malherido en la cabeza, y el médico dice que casi es seguro que se quede ciego.
-¿Y Yo qué puedo en ese caso?
-Tú… curas… Ella, ya lo ves, se desespera… Tiene muchos hijos, y pequeños todavía. La ceguera de su marido significaría miseria para la casa… Es verdad que es dinero mal ganado… Pero la muerte sería una desventura, porque un marido es siempre un marido, y un padre es siempre un padre, aunque en vez de amor y pan dé traiciones y palos…
-Lo curé una vez y le dije: "No peques más". Él ha pecado más. ¿No había prometido, acaso, que no iba a pecar más? ¿No había hecho voto de no volver a ser usurero y ladrón, si Yo lo curaba; es más, de devolver a quien pudiera lo mal adquirido, y de usar lo mal adquirido -para el caso de no poder devolverlo-en favor de los pobres?
-Maestro, es verdad. Yo estaba presente. Pero… el hombre no es firme en sus propósitos.
-Es como dices. Y no sólo Simeón. Muchos son los que, como dice Salomón, (Proverbios ll, l; 20, l0 y 23 y 25) tienen dos pesos y balanza falsa, y no sólo en el sentido material, sino también cuando juzgan y actúan y en su comportamiento para con Dios. Y es también Salomón el que dice:
"Desastroso para el hombre el fervor ligero por lo santo y, tras hacer un voto, volverse atrás". Y, sin embargo, son demasiados los que esto hacen… Mujer, no llores. Pero escucha y sé justa, pues que has elegido religión de justicia. ¿Qué elegirías, si te propusiera dos cosas, éstas: curar a tu marido y dejarlo vivir para que siga burlándose de Dios y acumulando pecados sobre su alma, o convertirlo, perdonarlo y luego dejarlo morir?
Elige. Haré lo que elijas.
La pobre mujer se encuentra en una lucha muy acerba. El amor natural, la necesidad de un hombre que bien o mal gane para los hijos la moverían a pedir "vida"; su amor sobrenatural hacia su marido la mueve a pedir "perdón y muerte". La gente calla, atenta, conmovida, en espera de la decisión.
Al fin, la pobre mujer, arrojándose de nuevo al suelo, abrazándose a la túnica de Jesús como buscando fuerzas, gime:
-La vida eterna… Pero ayúdame, Señor… -y tanto languidece, rostro en tierra, que parece que muere.
-Has elegido la parte mejor. Bendita seas. Pocos en Israel te igualarían en temor de Dios y justicia. Levántate. Vamos donde él.
-¿Pero realmente lo vas a hacer morir, Señor? ¿Y yo qué voy a hacer?
La criatura humana renace del fuego del espíritu como el fénix mitológico; y sufre y zozobra humanamente…
-No temas, mujer. Yo, tú, todos confiamos al Padre de los Cielos todas las cosas, y El obrará con su amor. ¿Eres capaz de creer esto?
-Sí, mi Señor…
-Entonces vamos, diciendo la oración de todas las
peticiones y de todos los consuelos.
Y, mientras anda, circundado de un enjambre de personas y seguido de un séquito de gente, dice lentamente el Pater. El grupo apostólico hace lo mismo, y, con un coro bien ordenado, las frases de la oración se elevan por encima del murmullo de la muchedumbre, la cual sintiendo el deseo de oír orar al Maestro, poco a poco va guardando silencio, de forma que las últimas peticiones se oyen maravillosamente en medio de un silencio solemne.
-El Padre te dará el pan cotidiano. Lo aseguro en su Nombre -dice Jesús a la mujer, y añade, dirigiéndose no a ella sola sino a todos:
«Y os serán perdonadas las culpas si perdonáis al que os haya ofendido o perjudicado. Esa persona necesita vuestro perdón para obtener el de Dios. Y todos tienen necesidad de la protección de Dios para no caer en pecado como Simeón. Recordad esto.
Ya han llegado a la casa, y Jesús entra en ella con la mujer, con Pedro, Bartolomé y el Zelote.
El hombre, echado en la yacija, en la cara vendas y paños mojados, gesticula desasosegado y delira. Pero la voz, o la voluntad, de Jesús le hacen volver en sí y grita: -¡Perdón! ¡Perdón! No volveré a caer en el pecado.
¡Tu perdón como la otra vez! Pero también la salud, como la otra vez. ¡Arria! ¡Arria! Te juro que seré bueno. No volveré a ser ni violento ni ladrón, no… el hombre está dispuesto a todas las promesas por miedo a morir…
-¿Por qué quieres todo esto? -pregunta Jesús. ¿Por expiar o porque temes el juicio de Dios?
-¡Eso, eso! ¡Morir ahora, no! ¡El infierno!… ¡He robado, he robado el dinero del pobre! He usado la mentira. He sido violento con mi prójimo y he hecho sufrir a los familiares. ¡Oh!…
-No miedo; se requiere arrepentimiento, verdadero, firme.
-¡La muerte o la ceguera! ¡Qué castigo! ¡No volver a ver! ¡Tinieblas! ¡Tinieblas! ¡No!…
-Si es adversa la tiniebla en los ojos, ¿no te es horrenda la del corazón? ¿Y no temes la del Infierno, eterna, horrenda?, ¿la privación continua de Dios?, ¿los remordimientos continuos?, ¿la congoja de haberte matado a ti mismo, para siempre, en tu espíritu? ¿No amas a ésta? ¿Y no quieres a tus hijos? ¿Y no quieres a tu padre, a tu madre, a tus hermanos? ¿Y no piensas que no los vas a tener nunca más contigo si mueres condenado?
-¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Perdón! Expiar, aquí, sí, aquí… Incluso la ceguera, Señor… Pero el Infierno no… ¡Que no me maldiga Dios! ¡Señor! ¡Señor! Tú arrojas los demonios y perdonas las culpas. No alces tu mano para curarme, pero sí para perdonarme y liberarme del demonio que me tiene sujeto… Ponme una mano en el corazón, en la cabeza… Libérame, Señor…
-No puedo hacer dos milagros. Reflexiona. Si te libero del demonio te dejaré la enfermedad…
-¡No importa! Sé Salvador.
-Sea como tú quieres. Te digo que sepas aprovechar mi milagro, mano que es el último que te hago. Adiós.
-¡No me has tocado! ¡Tu mano! ¡Tu mano!
Jesús lo complace y pone la mano sobre la cabeza y sobre el pecho del hombre, el cual, estando vendado, cegado por las vendas y la herida, palpa convulsivamente para agarrar la mano de Jesús, y una vez que la encuentra, llora sobre ella, y no quiere separarse de ella; hasta que, como un niño cansado, se adormece, teniendo todavía la mano de Jesús apretada contra su carrillo febril.
Jesús saca cautelosamente la mano y sale de la habitación sin hacer ruido, seguido por la mujer y los tres apóstoles.
-Que Dios te lo pague, Señor. Ora por tu sierva.
-Sigue creciendo en la justicia, mujer, y Dios estará siempre contigo.
Alza la mano para bendecir la casa y a la mujer, y sale a la calle.
El murmullo aumenta por mil preguntas curiosas. Pero Jesús hace señal de que se callen y lo sigan. Vuelve a la orilla del lago. La noche se cierra lentamente. Jesús sube a una barca, que se mece junto a la orilla, y habla desde ahí.
-No. No está muerto y no está curado, en cuanto a la carne. Su espíritu ha reflexionado sobre sus culpas, ha dado recta dirección a su pensamiento; ha sido perdonado porque ha pedido expiación para obtener perdón. Vosotros, todos, apoyadlo en su camino hacia Dios.
Pensad que todos tenemos una responsabilidad hacia el alma de nuestro prójimo. ¡Ay de aquel que escandalice! Pero ¡ay también de aquel que, con su trato intransigente, amedrente a uno que acabe de nacer al Bien, de modo que lo rechace con su intransigencia del camino en que se ha puesto! Todos pueden ser un poco maestros, maestros buenos de su prójimo, y pueden serlo más en la medida en que este es más débil e ignorante de la sabiduría del Bien.
Os exhorto a ser pacientes, dulces, longánimes con Simeón.
No mostréis odio, rencor, desprecio, ironía. No hagáis memoria del pasado, ni en vosotros ni a él. El hombre que se alza después de un perdón, después de un arrepentimiento, después de un propósito sincero, tiene la voluntad, pero también el peso, el legado de sus pasiones y hábitos del pasado. Hay que saber ayudarle a liberarse de ello. Y con mucha discreción. Sin hacer alusiones al pasado.
Las alusiones son imprudentes contra la caridad y contra la criatura humana. Recordar al culpable arrepentido la culpa es abatirlo. Basta su despertada conciencia para ello. Recordar a la criatura humana su pasado es promover el despertar de las pasiones, y algunas veces el volver a pasiones superadas, y consentimientos.
En el mejor de los casos, siempre es provocar tentaciones.
No tentéis a vuestro prójimo. Sed prudentes y caritativos.
¿Que Dios os ha ahorrado ciertos pecados? Alabadlo. Pero no hagáis ostentación de vuestra justicia para humillar a quien no es justo. Sabed comprender la mirada implorante de quien está arrepentido y querría que vosotros olvidarais, y que -puesto que sabe que no olvidáis-al menos os suplica que no lo humilléis recordando el pasado.
No digáis: "Fue leproso de espíritu" para justificar vuestros abandonos. El leproso por enfermedad, después de las purificaciones, obtenida la curación, es admitido de nuevo en el pueblo. Que suceda lo mismo para quien esté curado del pecado. No seáis como aquellos que se creen los perfectos, y no lo son, porque no tienen caridad para con los hermanos. Al contrario, circundad de vuestro amor a los hermanos renacidos a la gracia, para que la buena compañía impida nuevas caídas.
No queráis ser más que Dios, que no rechaza al pecador que se arrepiente, y lo perdona y admite de nuevo junto a Él.
Y aunque ese pecador os haya hecho un mal irreparable, no os venguéis ahora que ya no es un arrogante temido; antes bien, perdonad y tened una gran piedad, porque él fue pobre respecto a ese tesoro que todo hombre puede tener con sólo quererlo: la bondad.
Amadlo, porque, con el dolor que os ha causado, os ha dado un medio de merecer un premio más grande en el Cielo. Y no despreciéis a nadie, ni siquiera si es de otra raza. Veis que cuando Dios atrae hacia sí a un espíritu, aunque sea de un pagano, lo transforma de tal modo que supera en justicia a muchos del pueblo elegido.
-Me marcho. Recordad ahora y siempre éstas y mis otras palabras.
Pedro, que estaba preparado, hinca el remo, y la barca se separa de la orilla, empezando así la navegación, seguida por otras dos. El lago, un poco agitado, imprime oscilación a las barcas, pero ninguno se asusta por ello, porque el trayecto es breve. Los faroles rojos ponen manchas de rubí en las oscuras aguas, o tiñen de color sangre las espumas blancas.
Pregunta Pedro, sin dejar el timón, después de un rato:
-Maestro, ¿pero aquel hombre se va a curar o no? No he comprendido nada.
Jesús no contesta. Pedro hace una seña a Juan, que está sentado en el fondo de la barca a los pies del Maestro, con la cabeza relajada encima de las rodillas de Jesús. Y Juan repite en voz baja la pregunta.
-No se va a curar.
-¿Por qué, Señor? Yo creía, por lo que he oído, que tuviera que curarse para expiar.
-No, Juan. Pecaría nuevamente, porque es un espíritu débil.
Juan vuelve a apoyar la cabeza en las rodillas y dice:
-Pero Tú lo podías hacer fuerte… -y parece manifestar un dulce reproche.
Jesús sonríe, mientras introduce los dedos entre los cabellos de su Juan, y, alzando la voz de forma que todos oigan, da la última lección del día:
-En verdad os digo que en la concesión de gracia hay que saber también tener en cuenta su oportunidad. No siempre la vida es un don, no siempre la prosperidad es un don, no siempre un hijo es un don, no siempre -sí, también esto-no siempre una elección es un don.
Vienen a ser dones y permanecen como tales cuando el que los recibe sabe hacer un buen uso de ellos, y para fines sobrenaturales de santificación. Pero cuando de la salud, prosperidad, afectos, misión, se hace la ruina del propio espíritu, mejor sería no tenerlos nunca. Y a veces Dios ofrece el mayor don que podría dar no dando lo que los hombres querrían
o lo que considerarían justo tener como cosa buena. El padre de familia o el médico sabio saben qué es lo que hay que dar a los hijos o a los enfermos para no ponerlos más enfermos o para evitar que enfermen. Lo mismo Dios, sabe lo que conviene dar para el bien de un espíritu.
-¿Entonces aquel hombre morirá? ¡Qué casa más infeliz!
-¿Sería, acaso, más feliz viviendo en ella un réprobo? ¿Y él sería más feliz si, viviendo, siguiera pecando? En verdad os digo que la muerte es un don cuando sirve para impedir nuevos pecados y coge al hombre mientras está reconciliado con su Señor.
La quilla roza ya en el fondo del lago, en Cafarnaúm.
-A tiempo. Esta noche, borrasca. El lago hierve, el cielo sin estrellas, negro como la pez. ¿Oís detrás de los montes? ¿Veis esas luces? Truenos y relámpagos. Dentro de poco, agua. ¡Rápido! ¡Poner en salvo las barcas no nuestras! Abajo las mujeres y el niño, antes de que llueva. ¡Echad una mano! -grita Pedro a otros pescadores, que retiran redes y cestas.
A fuerza de brazos empujan la barca bien arriba, a la playa, mientras ya las primeras olas fuertes vienen a azotar los miembros semidesnudos y los guijarros de la orilla.
Y luego… alejarse rápidamente, a casa, mientras las primeras gotazas alzan el polvo de la tierra ardiente haciendo emanar fuerte olor. Y los relámpagos ya están encima del lago, mientras los truenos llenan de fragor la copa formada por las colinas de las orillas.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está hablando a la gente de Afeq desde la puerta del fondac de Sara. Habla a una muchedumbre muy variada, más curiosa que atenta, en la que los menos numerosos son los hebreos, mientras que la mayor parte son gente que está de paso, mercaderes, peregrinos, unos dirigidos hacia el lago, otros dispuestos a bajar al vado de Jericó, otros procedentes de ciudades orientales y dirigidos hacia las ciudades marítimas.
Por ahora no es un verdadero discurso, sino respuestas de Jesús a éste o a aquél; eso sí, es un diálogo que todos escuchan, aunque con sentimientos distintos, muy visibles por las expresiones de los rostros y por las frases de los presentes, por las cuales comprendo también quiénes son y a dónde van. El diálogo, en algún momento, cambia de tono y de personajes, porque, desatendiendo a Jesús, se transforma en una disputa entre los presentes por motivos de raza y divergencias de pensamiento.
Así, un viejo de Joppe se enzarza con un mercader de Sidón que defiende al Maestro contra la incredulidad del judío, que no quiere admitir que Jesús es el Esperado por las gentes. Y, en medio de un barullo de citas escriturarias, aplicadas con acierto o desacierto, impugnadas por la sencilla afirmación del siro-fenicio: «Yo no me ocupo de estas palabras, pero digo que es Él, porque he visto sus milagros y he oído sus palabras», la disputa se extiende, porque otros se enzarzan también, gritando los contrarios a Cristo:
«¡Belcebú le ayuda! ¡No es así el Santo de Dios! ¡Es rey! ¡No es un falso rabí, y mendigo!», y los que son de la opinión del sidonio: «Los sabios son pobres porque son honestos. Los filósofos no están revestidos de oro y arrogancia como vuestros falsos rabíes y sacerdotes». Y se comprende que hablan así porque no son hebreos, sino gentiles de distintas naciones, que están de paso por Palestina o que se han naturalizado palestinos, conservando, empero, el espíritu pagano.
-¡Sacrílegos!
-¡Vosotros sacrílegos, que no sentís siquiera la divinidad de su pensamiento! -responden algunos.
-¡No merecéis tenerla! ¡Pero, por Zeus! Nosotros cometimos un atropello con Sócrates y ello no nos produjo ningún bien. Digo que tengáis cuidado de vosotros mismos. Atentos a vosotros, no sea que los dioses os castiguen, como nos ha sucedido a nosotros en muchas ocasiones -grita uno, ciertamente griego.
-¡Uh! ¡Los defensores del rey de Israel! ¡Son gentiles!
-¡Y samaritanos! ¡Y a mucha honra, porque sabríamos custodiar mejor que vosotros al Rabí, si viniera a Samaria! Pero vosotros… Habéis construido el Templo. Bonito. ¡Pero es un sepulcro lleno de podredumbre, aunque lo hayáis cubierto de oro y mármoles preciosos! -grita desde los márgenes de la muchedumbre un alto personaje vestido de lino, con orlas y recamos, bandas en la cintura, cintas, brazaletes…
-¡Uh! ¡Un samaritano!
Y parecen decir "el diablo", a juzgar por cómo gritan de horror los hebreos intransigentes, separándose como de un leproso. Y, apartándose de él, gritan a Jesús: -¡Échalo!
¡Es un impuro!…
Pero Jesús no echa a nadie. Trata de imponer orden y silencio, y los apóstoles con Él, sin conseguirlo mucho que digamos. Entonces, para poner término a las disputas, empieza su predicación.
-Cuando el pueblo de Dios, (Números 20, l-24; Éxodo l7, l-7) después de la muerte de María en Cadés, se amotinó en el desierto por la falta de agua y gritó contra Moisés, su salvador y caudillo -de la tierra del pecado a la tierra de promisión-, como si fuera su desquiciado destructor, y arremetió contra Aarón cual si fuera un inútil sacerdote, Moisés entró con su hermano en el Tabernáculo y hablaron al Señor, exigiendo un milagro para hacer cesar la murmuración. Y el Señor, aun no estando obligado a ceder a todas las peticiones, especialmente si es petición violenta y de espíritus que hayan perdido la santa confianza en la Providencia paterna, habló a Moisés y a Aarón.
Habría podido también hablar únicamente a Moisés, porque Aarón, a pesar de que fuera Sumo Sacerdote, un día había desmerecido la bondad de Dios con la adoración al ídolo. Pero Dios quiso probarlo una vez más y darle una manera de crecer en gracia ante los ojos de Dios. Ordenó, pues, que tomaran la vara de Aarón, depositada en el Tabernáculo después de echar flores que abrieron sus pétalos y produjeron almendras, y que fueran con ella a hablar a la piedra, porque la piedra daría agua para hombres y animales.
Y Moisés, con Aarón, hizo lo que el Señor ordenaba; pero no supieron los dos creer completamente en el Señor. Y quien menos creyó fue el Sacerdote Supremo de Israel: Aarón. La peña, golpeada con la vara, se abrió y arrojó tanta agua como para dar de beber al pueblo y al ganado.
Y aquella agua fue llamada de Contradicción, porque allí los israelitas contendieron con el Señor y sometieron a revisión sus acciones y órdenes, y no todos con único modo permanecieron en la fidelidad, sino que precisamente con el Sumo Sacerdote tuvo lugar y principio la duda acerca de la verdad de las divinas palabras. Y Aarón fue llamado de esta vida sin haber podido pisar la Tierra Prometida.
También ahora el pueblo se agita contra el Señor diciendo. "Nos has guiado a morir, como pueblo y como individuos, bajo el dominio de de los opresores.” Y a mí me grita:
"Hazte rey y libéranos". ¿Pero de qué liberación habláis? ¿De qué castigo?
¿De los materiales? ¡Oh, en las cosas materiales no hay ni salvación ni castigo! Un castigo mucho mayor y una liberación mucho mayor caen dentro de vuestra libre voluntad. Y podéis elegir. Dios os lo concede. Esto lo digo para los israelitas presentes, para aquellos que deberían saber leer las figuras de la Escritura y comprenderlas. Pero, puesto que tengo piedad de mi pueblo, del que soy Rey en el espíritu, quiero ayudaros a comprender una figura al menos, para que os ayude a comprender quién soy Yo.
El Altísimo dijo a Moisés y a Aarón: "Tomad la vara y hablad a la peña y brotarán ríos para la sed del pueblo, y así deje de quejarse". Al Eterno Sacerdote, el Altísimo le ha dicho una vez más, para poner fin a las quejas de su pueblo: "Toma la vara, la germinada de la estirpe de Jesé, y una flor brotará de ella, no tocada por fango humano, y se transformará en fruto de almendra dulce y lleno de unción. Y con esa almendra de la raíz de Jesé, con ese brote admirable en que morará el Espíritu del Señor con sus siete dones, golpea la piedra de Israel, para que eche agua abundante para salvación suya".
El Sacerdote de Dios es el mismo Amor. Y el Amor formó una Carne haciendo germinar de la raíz de Jesé su brote, de la raíz que no había sido nutrida con fango; y la Carne era la del Verbo Encarnado, del esperado Mesías, enviado a hablar a la roca para que se hendiera. Para que hendiera su dura costra de soberbia y codicia y acogiera las aguas enviadas por Dios, las aguas que brotan de su Cristo, el óleo suave de su amor, para hacerse maleable, buena, para santificarse acogiendo en su corazón el don del Altísimo a su pueblo.
Pero Israel no quiere en su seno el Agua viva. Permanece cerrado, duro, y especialmente en las personas de sus grandes, contra los cuales la vara florecida y fructificada exclusivamente por poder divino inútilmente golpea y habla. Y en verdad os digo que muchos de este pueblo no entrarán en el Reino, mientras que muchos que no son de este pueblo entrarán, porque habrán sabido creer lo que los sacerdotes de Israel no quisieron creer.
Por esto estoy en medio de vosotros como signo de contradicción, y seréis juzgados por el modo como me sepáis comprender. A los otros, a los que no son de Israel, digo: la casa de Dios, despreciada por los hijos de su pueblo, está abierta para los que buscan la Luz. Venid. Seguidme. Si Yo estoy puesto como signo de contradicción, también lo estoy como signo para todas las naciones; y quien me ame se salvará.
Amas más a los extranjeros que a nosotros. ¡Si nos evangelizaras, acabaríamos amándote! Pero estás en todas partes excepto en Judea -dice un judío en quien han hecho mella las palabras de Jesús.
-Bajaré también a Judea y moraré allí durante un largo período. Pero no cambiará la piedra que hay en el corazón de muchos. No cambiará siquiera cuando la Sangre caiga sobre la piedra. ¿Eres arquisinagogo, verdad?
-Sí, ¿cómo lo sabes?
-Lo sé. Pues bien, entonces puedes entender lo que digo. «La sangre no debe caer sobre la piedra. Es pecado». «Derramaréis con gozo la Sangre sobre la piedra para que permanezca.
Y os parecerá un trofeo de victoria esa piedra sobre la que haya sido derramada la Sangre del verdadero Cordero. Mas llegará un día en que comprenderéis… Comprenderéis el verdadero castigo, y cuál era la salvación verdadera que se os ofrecía. Vamos…
Un hombre se abre paso a empujones:
-Soy siro-fenicio. Muchos de nosotros creen en ti aun sin tenerte… y tenemos enfermos, muchos… ¿No vas a venir donde nosotros?
-Donde vosotros no. No tengo tiempo. Pero ahora, acabado el sábado, desde estos lugares me dirigiré hacia vuestros confines. Quien necesite gracias que se ponga a esperar en los sitios de frontera.
-Se lo diré a mis connacionales. Dios esté contigo, Maestro.
-La paz a ti, hombre.
Jesús se despide de la viuda… Bueno, quisiera despedirse, pero ella se arrodilla y le confiesa sus decisiones:
-He decidido dejar aquí a Samuel, mejor como criado que como creyente, e ir a Cafarnaúm contigo.
-Yo dejaré Cafarnaúm pronto, y para siempre.
-Pues allí tienes discípulos buenos.
-Es verdad.
-He decidido esto… Así te daré prueba de que sé separarme de las riquezas y amar con justicia. Usaré para tus pobres el dinero que aquí se acumula, y consideraré como primer pobre al niño, si la madre quiere tenerlo a toda costa, aun sin amarlo. Entretanto, toma esto -y ofrece una bolsa pesada.
-Que Dios te bendiga con sus bendiciones y la de los beneficiarios. Mucho has progresado en pocas horas.
La mujer se pone colorada. Da una ojeada a su alrededor. Luego confiesa: -Tanta mejoría no viene de mí. Tu apóstol me ha enseñado. Ese, ése de allí que se esconde detrás del joven moreno.
-Simón Pedro. El jefe de los apóstoles. ¿Y qué es lo que te ha dicho?
-¡Oh! ¡Me ha hablado con tanta sencillez y tan bien…! Se ha humillado, él que es apóstol, confesándome que también él era como yo, injusto en sus deseos. ¡No puedo creerlo! Pero que se ha esforzado en hacerse bueno para merecer lo que deseaba, y que se esfuerza cada vez más en serlo, para no hacer un mal del bien recibido. Ya sabes, las cosas que nos decimos entre nosotros, pobre gente, se comprenden más… ¿Te ofendo, Señor?
-No. Das gloria a Dios con tu sinceridad y con la alabanza que haces de mi apóstol. Haz lo que te ha aconsejado y que Dios esté siempre contigo, que tiendes a la justicia.
La bendice y abre la marcha, dirigiéndose hacia el noroeste, bajo verdes huertos que susurran por un improviso viento.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Deben haber pernoctado en Gamala, porque ya se ha levantado la mañana (una ventilada mañana).
Quizás por su posición y construcción escalonada, formando gradas que descienden desde el punto más alto de la ciudad hasta el linde con las murallas -muy sólidas y provistas de puertas también sólidas, herradas: puertas que propiamente puede decirse que lo son de una fortaleza-, Gamala goza de este viento tan benigno en tierras de Oriente. Si ayer me pareció bella a una hora ya llena de sol, ahora se me presenta bellísima.
Las casas, en la forma en que están dispuestas, no obstaculizan la visión del vasto panorama, porque la terraza de una está al nivel del bajo de la de la calle superior, de forma que cada calle parece una larga terraza desde la cual puede verse el horizonte. Y es un horizonte que, en lo más alto del monte, se ve circular; más abajo, semicircular, pero en todo caso vasto y hermosísimo.
Al pie del monte, el verdor de los encinares o de las campiñas, pone un engaste de esmeralda más allá de la árida hoz que circunda la montañuela de Gamala. Luego, a oriente, hasta donde alcanza la vista, los cultivos de la altiplanicie, de la meseta.
(Me parece que se llaman así estas vastas y bajas elevaciones de la costra terrestre; pero, si me equivoco, ruego corregir mi palabra, no teniendo un diccionario al alcance de la mano y estando sola en mi habitación, imposibilitada, por tanto, para disponer del diccionario que está encima del escritorio a menos de tres metros de mí. Lo digo también para recordar que quien escribe es una mujer crucificada en la cama.)
Más allá de la vasta meseta, los montes de la Auranítida y, más lejos, las más altas cimas del Basán; al sur, la faja óptima entre el azul Jordán y la elevación compacta y continua que hay a oriente del río y que es como el contrafuerte de la vasta meseta; al norte, los montes lejanos de la cadena libanesa, sobre los cuales domina el imponente Hermón, de mil colores esfumados en esta hora matutina.
Y abajo, en el inmediato occidente, la gema del Mar de Galilea: verdaderamente una gema unida a un collar azul, de un azul distinto del suyo, del Jordán, afluente y emisario del lago, más estrecho en el lugar en que confluye, más nutrido en donde reanuda su carrera hacia el mediodía, brillante bajo el sol, sereno entre sus orillas verdes, verdaderamente bíblico. El pequeño lago de Merón, sin embargo, no se ve, pues está escondido detrás de los montes que hay al norte de Betsaida, pero se intuye por la densa verdura de los campos aledaños, que luego se extienden hacia el noroeste entre el Mar de Galilea y el de Merón, en la llanura donde está enclavada Corazín: me parece haber oído decir otras veces a los apóstoles que es la llanura de Genesaret.
Jesús se despide de los habitantes de la ciudad, los cuales, con orgullo ciudadano, se esfuerzan en mostrarle las bellezas del horizonte y las de la ciudad, dotada de acueductos, termas, bellos edificios:
-Todo esto es esfuerzo y dinero nuestros. Porque hemos aprendido de los romanos y hemos querido tomar de ellos lo ventajoso. ¡Pero nosotros no somos como los otros de la Decápolis! Nosotros pagamos, y ellos, los romanos, nos sirven. ¡Pero luego! Basta. Somos fíeles. También es fidelidad este aislarnos…
-Haced que la fidelidad no sea formal, sino real, íntima, justa. Si no, para nada servirán las obras de defensa. Os lo repito. ¿Veis? Habéis construido este acueducto. Sólido, útil. Pero si no estuviera alimentado por un manantial lejano, ¿acaso os daría agua para las fuentes y termas?
-No. No daría nada. Sería una construcción inútil.
-Vosotros lo habéis dicho: inútil. De la misma manera, las defensas naturales o materiales son inútiles si quien las manda construir no las hace poderosas con la ayuda de Dios, y Dios no ayuda si uno no es amigo suyo.
-Maestro, hablas como sabiendo que tenemos mucha necesidad de Dios…
-Todos los hombres tienen necesidad de Dios, para todas las cosas.
-Sí, Maestro. Pero… parece que nosotros debiéramos tener más necesidad que todas las otras ciudades de Palestina y…
-¡Oh!…
¡Un "oh" tan doloroso…!
Los de Gamala lo miran desorientados. El más osado pregunta
-¿Qué piensas? ¿Que conoceremos aún los antiguos horrores?
-Sí, si no acoge al Señor. Y más graves todavía, y más largos… largos… ¡oh! ¡Patria mía! Muy largos…
-Nosotros te hemos acogido. ¡Entonces estamos salvos! La otra vez fuimos unos necios, pero Tú nos has perdonado…
-Haced por conservaros en la justicia de hoy respecto a mí, y por crecer en justicia según la Ley.
-Lo haremos, Señor.
Desearían seguirle más y retenerlo más tiempo, pero Jesús quiere alcanzar a las mujeres, que han salido antes montadas en borriquillos, y se libra de sus insistencias y baja rápido por el camino recorrido ayer para venir. Sólo aminora la marcha cuando pasa por el lugar de los trabajos, para alzar la mano y bendecir a los desdichados, que lo miran como se mira a Dios.
El camino, en llegando al pie del monte, se bifurca en dos ramales: uno hacia el lago, el otro hacia el interior. Por este último van los cuatro borriquillos, con leve trote, levantando polvo del camino quemado por el verano y meneando las largas orejas.
De vez en cuando una de las mujeres se vuelve, a mirar si Jesús las alcanza. Quisieran pararse para estar con Él, pero Jesús les hace con la mano una señal de que continúen, para alejarse del tramo de camino descubierto, ya invadido por el sol, y llegar pronto a los bosques que suben hacia Afeq, refrescantes bosques que tejen una bóveda verde por encima del camino de caravanas. Se introducen alegres, con una exclamación de alivio.
Afeq está mucho más hacia el interior que Gamala Entre los montes. Por eso, ya no se ve el lago de Galilea; es más, ya no se ve nada, porque el camino sube entre dos prominencias montañosas que hacen de mampara.
La viuda va delante, indicando el camino más corto, o sea, deja el camino de caravanas por una vereda que trepa por el monte, aún más fresca y umbría. Pero entiendo el motivo de la desviación cuando, volviéndose sobre la silla, Sara dice:
-Estos bosques son míos. De árboles preciosos. Vienen a comprar madera hasta de Jerusalén, para las arcas de los ricos. Y éstos son los árboles viejos. Pero tengo también viveros que se renuevan siempre. Venid. Ved… -e incita al borrico cuesta abajo y cuesta arriba, y otra vez abajo, siguiendo la vereda entre sus bosques, donde, efectivamente, hay zonas de árboles adultos, ya en condiciones de ser talados, y zonas donde los árboles son todavía tiernos, a veces de pocos centímetros de altura, entre hierbas verdes que huelen a todos los aromas montanos.
-Son bellos estos lugares. Y están bien cuidados. Eres sabia» encomia Jesús.
-¡Oh!… Pero para mí sola… Con más gusto los cuidaría para un hijo…
Jesús no responde. Prosiguen el camino. Ya se ve Afeq, en medio de un círculo de manzanos y otros árboles frutales.
-También es mío aquel huerto. ¡Demasiado tengo para mí sola!… Era ya demasiado cuando tenía todavía a mi marido y al caer la tarde nos mirábamos en la casa demasiado vacía, demasiado grande, y ante las monedas, demasiadas, y ante las cuentas de los productos, también demasiados, y nos decíamos: "¿Y para quién?". Y ahora lo digo más todavía…
Toda la tristeza de un matrimonio estéril brota le las palabras de la mujer.
-Siempre hay pobres… -dice Jesús.
-¡Oh! ¡Sí! Y mi casa se abre a ellos todos los días. Pero luego…
-¿Quieres decir cuando mueras?
-Sí, Señor. Será un dolor dejar… ¿a quién?… las cosas tan cuidadas…
En Jesús se dibuja una sombra de sonrisa llena de compasión. Pero, con bondad, responde:
-Eres más sabia para las cosas de la tierra que para las del Cielo, mujer. Te preocupas porque tus plantas crezcan bien y no se formen calveros en tus bosques. Te afliges pensando que después ya no las cuidarán como ahora. Pero estos pensamientos son poco sabios; es más, son totalmente insipientes. ¿Crees que en la otra vida tendrán valor las pobres cosas que llevan por nombre "árbol", "fruta", "dinero", "casas"? ¿Y que será motivo de aflicción el verlas desatendidas? Endereza tu pensamiento, mujer. Allí no se dan los pensamientos de aquí, en ninguno de los tres reinos.
En el Infierno, el odio y el castigo ciegan ferozmente. En el Purgatorio, la sed de expiación anula cualquier otro pensamiento. En el Limbo, la bienaventurada espera de los justos no es profanada por nada de carácter terreno. La Tierra queda lejos, con sus miserias; cerca está sólo por sus necesidades sobrenaturales, necesidades de almas, no necesidades de objetos.
Los difuntos no réprobos, sólo por amor sobrenatural, orientan a la Tierra su espíritu, y a Dios sus oraciones en favor de los que están en la Tierra; no por otro motivo. Y una vez que los justos entren en el Reino de Dios, ¿qué crees tú que puede ser, para uno que contempla a Dios, esta mísera cárcel, este destierro que se llama "Tierra"?, ¿qué, las cosas dejadas en ella? ¿Podrá el día echar de menos una lámpara humeante, cuando lo ilumina el Sol?
-¡Oh! ¡No!
-¿Y entonces? ¿Por qué suspiras por lo que vas a dejar?
-Quisiera que un heredero siguiera…
-¿Gozando de las riquezas terrenas para tener en ellas un obstáculo para alcanzar la perfección, mientras que el desapego de las riquezas es escalera para poseer las riquezas eternas? ¿Ves, mujer? El mayor obstáculo para obtener a este inocente no es su madre, con sus derechos sobre el hijo, sino tu corazón.
Él es un inocente, un inocente triste, pero en todo caso un inocente que, por su mismo sufrimiento, es amado por Dios. Pero si tú lo hicieras un avaro, codicioso, quizás vicioso, por los medios de que dispones, ¿no lo privarías de la predilección de Dios? ¿Y podría Yo, que cuido de estos inocentes, ser un maestro desatento que, sin reflexionar, permitiera que un discípulo inocente suyo se descarriara?
Cuida primero de ti misma, despójate de la humanidad aún demasiado viva, libera tu justicia de esta costra de humanidad que la encoge, y entonces merecerás ser madre. Porque no es madre sólo quien engendra o quien ama a un hijo adoptivo y lo cuida y atiende en sus necesidades de criatura animal. También a éste lo ha engendrado su madre.
Pero ella no es madre, porque no tiene cuidado ni de su carne ni de su espíritu. Madre es la que se preocupa, sobre todo, de lo que no muere nunca, o sea, del espíritu, no sólo de lo que muere, o sea, de la materia. Y créeme, mujer, que quien ame el espíritu, amará también el cuerpo, porque poseerá un amor justo y, por tanto, será justo.
-He perdido el hijo, lo comprendo…
-No es seguro. Que tu deseo te mueva a santidad, que Dios te complacerá. Siempre habrá huérfanos en el mundo.
Ya han llegado a las primeras casas. Afeq no es una ciudad que pueda competir con Gamala o Ippo. Es, más que nada, rural, pero, quizás por estar situada en un nudo de caminos importante, no es pobre. Lugar de paso de caravanas dirigidas desde el interior al lago, o del norte hacia el sur, está obligada a disponer de los medios para proveer a los peregrinos alojamiento y vestidos, sandalias y alimentos; así que hay almacenes numerosos y numerosas posadas.
La casa de la viuda está cerca de una de éstas, en una plaza, y está ocupada, en el bajo, por un almacén grande donde hay un poco de todo, que lo lleva un anciano narigudo y barbudo que ahora grita como un condenado ante unos compradores roñosos.
-¡Samuel! -llama la mujer.
-¡Ama! -responde el anciano, inclinándose tanto cuanto lo permiten los bultos de mercancía apilados delante de él.
-Manda aquí a Elías o a Felipe y luego ven a casa -manda la viuda; y luego, volviéndose al Maestro:
-Ven. Entra en mi casa y sé su huésped bienvenido.
Entran todos, pasando por el fondac, mientras un mocetón que ha venido lleva los borriquillos no sé a dónde.
Después del fondac, que da a la casa un aspecto no demasiado artístico, hay un bello patio con dos lados de arcadas. En medio, la fuente (o, por lo menos, un pilón, porque no hay chorro de agua). A los lados, robustos plátanos, que dan sombra a las tapias blancas de cal. Una escalera sube a la terraza. En los lados sin arcadas, los más lejanos del fondac, se abren habitaciones.
-Antes, en tiempos de mi esposo, esto estaba lleno, y se hospedaba también a mercaderes a quienes la noche había sorprendido aquí. Arcadas para las mercancías, establos para los animales, y ahí el pilón para abrevar. Ven a las habitaciones -y cruza en diagonal el patio, yendo hacia la parte más bonita de la casa. Llama:
-¡María! ¡Juana!
Acuden dos mujeres de la servidumbre, una con las manos untadas de masa de pan, la otra con una escoba en la mano.
-¡Ama! La paz sea contigo y con nosotras, ahora que has vuelto.
-Y con vosotras. ¿Nada desagradable en estos días?
-José, ese atolondrado, ha roto el rosal que tanto querías. Le he pegado fuerte. Tú pégame a mí, que he sido una estúpida dejándolo ir a esa planta.
-No tiene valor… -pero se asoman lágrimas a los ojos de Sara, que las explica diciendo:
-Me lo había traído mi marido la última primavera que estuvo sano…
-Y Elías se ha roto una pierna, cosa que tiene furioso a Samuel, porque se ve sin ayuda en estos tiempos de mucha actividad de comercio… Se cayó de la escalera de la otra parte, exponiéndose mucho para que encontraras blanqueadas las paredes cuando volvieras -dice la otra mujer, y termina:
-Sufre mucho y se quedará renco. Y tú, ama, ¿has sido feliz en tu viaje?
-Como no me hubiera esperado nunca. Regreso con el Rabí de Galilea. ¡Pronto! Preparad para los que vienen conmigo. ¡Entra, Maestro!
Entran en la casa, pasando por delante de las dos criadas estupefactas.
Una amplia, fresca habitación, en penumbra, con asientos y arquibancos, los acoge. La viuda sale para dar indicaciones. Jesús llama a los apóstoles para mandarlos por la ciudad para preparar los corazones a su llegada. Entra Samuel, transformado de vendedor en jefe de casa, seguido por criadas con ánforas y jofainas para las abluciones de antes de la comida. Y la comida la traen en grandes bandejas: pan, fruta, leche.
Vuelve el ama:
-He dicho a mi criado que estás aquí. Te ruega que seas misericordioso con él. Yo también te digo que lo seas conmigo. Para los Tabernáculos mucha gente pasa por aquí. Y el paso empieza apenas pasada la neomenia de Tisrí. ¡No sé cómo nos las vamos a arreglar, estando él malo!…
-Dile que venga aquí.
-No puede. No se tiene.
-Dile que el Rabí no va donde él, pero que quiere verlo.
-Mandaré que lo traigan Samuel y José.
-¡Sólo faltaba eso! Yo soy viejo y estoy cansado -refunfuña Samuel.
-Di a Elías que venga con sus piernas. Lo quiero Yo.
-¡Un pobre rabí! Ni siquiera Gamaliel podría tanto -refunfuña todavía el viejo sirviente.
-¡Calla, Samuel!… ¡Perdónalo, Maestro! Es un sirviente fiel. Nacido aquí, de sirvientes de la casa de mi marido; diligente, honesto, pero testarudo en sus ideas de israelita anciano… -lo disculpa en voz baja la viuda.
-Comprendo su espíritu. Pero el milagro lo cambiará. Ve tú a decir a Elías que venga, y vendrá.
La viuda va. Y regresa:
Se lo he dicho. Y me he marchado inmediatamente para no verle poner en el suelo esa pierna todo negra e hinchada.
-¿No crees en el milagro?
-Yo sí. Pero esa pierna da horror… Temo que se pudra toda por la gangrena. Está brillante, brillante… horrenda y… ¡Oh!
La interrupción, la exclamación viene del hecho de ver al criado Elías correr mejor que un sano hacia ellos y arrojarse a los pies de Jesús diciendo:
-Sea loado el Rey de Israel.
-Loor sólo a Dios. ¿Cómo has venido? ¿Cómo has tenido este coraje?
-He obedecido. He pensado: "El Santo no puede mentir ni manda cosas estúpidas. Tengo fe. Creo", y he movido la pierna. Ya no dolía. Se movía. La he apoyado en el suelo. La pierna me sujetaba. He movido el paso. Podía hacerlo. Me he echado a correr. Dios no defrauda a quien cree en Él.
-Álzate, hombre. En verdad os digo que pocos tienen la fe de éste. ¿De qué te ha venido?
-De tus discípulos que pasaron por aquí a predicarte.
-¿Los has escuchado sólo tú?
-No. Todos, porque fueron hospedados aquí después de Pentecostés.
-Y sólo tú has creído… Tu espíritu está muy adelante en los caminos del Señor. Continúa.
El viejo Samuel está en fuerte conflicto entre sentimientos opuestos… Pero, como muchos en Israel, no se sabe despegar de lo viejo por lo nuevo y se cierra; dice:
-¡Magia! ¡Magia! Está escrito: "No se contamine mi pueblo con los magos y los adivinos. Si uno lo hace, Volveré contra él mi rostro y le exterminaré". ¡Teme, ama, ser infiel a las leyes! -y se marcha, severo, escandalizado, como si hubiera visto al demonio asentado en la casa.
-¡No le castigues, Maestro! ¡Es viejo! Siempre ha creído de esta manera…
-No temas. Si fuera a castigar a todos los que me llaman demonio, muchos sepulcros se abrirían para tragarse su presa. Sé esperar… Hablaré al caer de la tarde. Luego dejaré Afeq. Ahora acepto quedarme bajo tu techo.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Cuando rompe el alba Jesús se despierta y se incorpora en su tosco lecho hecho de tierra y hierba.
Luego se pone en pie, coge sus sandalias y el manto que se había echado encima para defenderse del aguazo y del fresco nocturno, y, cautelosamente, pasa por entre la maraña de piernas, brazos, torsos y cabezas de los apóstoles, que dormían alrededor de El.
Se aleja algunos metros, aguzando la vista para ver -con la luminosidad insegura del alba, que bajo los árboles frondosos apenas si es un atisbo de luz-en dónde pone los pies, y llega a un prado descubierto, el cual por un trozo entre árboles y rocas muestra un pequeño recorte del lago, que se despierta, y un amplio recorte del cielo, que se hace claro, pasando del pardo cerúleo, propio del firmamento al salir de la noche, al celeste, mientras que a oriente ya se difumina con una pincelada amarillosa, cada vez más afianzada y cargada, hasta pasar del amarillo pálido al amarillo rosado y luego a un pálido coral hermosísimo.
El alba promete un hermoso día, a pesar de una levísima niebla que se resiste a ceder a la luz el campo del cielo, allá abajo, a oriente, y se disgrega en velos de nubes: tan ligeras, que el azul del cielo no se resiente, es más, se adorna como con muselina blanquísima orillada de oro y corales, una muselina que va cambiando sin cesar, que se hace cada vez más bella, como esforzándose en alcanzar la perfección de su efímera belleza antes de que el día la destruya con el triunfo del sol.
A occidente, por el contrario, resiste algún astro aún a la luz creciente, aunque carente ya del resplandor nocturno. La Luna, próxima ya a desaparecer por detrás de las crestas de los montes, navega pálida, sin brillo, como un planeta moribundo.
Jesús, erguido, desnudos los pies sobre la hierba cargada de rocío, cruzado de brazos, la cabeza alta mirando al día que surge, piensa… o habla con el Padre en un coloquio de espíritus. El silencio es absoluto; tal, que se oyen caer al suelo las gotazas del abundantísimo rocío.
Jesús, todavía de pie y con los brazos cruzados, baja la cara, y se abisma aún más en una meditación intensa. Está concentrado totalmente en sí mismo. Sus magníficos ojos bien abiertos miran fijamente al suelo, como para arrancar a las hierbas una respuesta.
Pero estoy segura de que no ven ni siquiera el lento movimiento de los tallitos, los cuales es como si se estremecieran con el viento fresco del alba (un estremezón semejante al de uno que sale de un sueño y se despereza y se da la vuelta y se despeja para volver a estar bien despierto, ágil en todos sus nervios y músculos).
Mira, pero no ve este despertar de las hierbas y flores silvestres, en las ramitas, en las hojas, en las corolas que forman umbelas o racimos o espigas o ramilletes…
Unas flores aisladas en los cálices; otras, que forman nimbos radiados, bocas de dragón, cornucopias, penachos, bayas; algunas, enhiestas sobre sus tallos; otras, sin tersura y colgadas de un tallo no suyo al que se han enroscado; otras, en el suelo, fláccidas, reptantes; unas, reunidas en familias de muchas plantitas bajas y humildes; otras, solitarias, anchas, de color y aspecto violentos…
Todas, tratando de sacudirse de los pétalos las gotas de rocío, deseosas ahora ya no de aguazo sino de sol… caprichosas tanto en los deseos como en sus composturas… Muy semejantes en esto a los hombres, que nunca están satisfechos de lo que tienen.
Jesús parece estar escuchando. Pero ciertamente no oye ni el frufrú del viento que va aumentando y se divierte en sacudir las gotas de rocío y hacerlas caer, ni el bisbiseo cada vez mayor de los pajarillos que se despiertan y se cuentan los sueños de la noche, o intercambian sus consideraciones sobre la cuna tibia y cóncava donde, en medio de pelusa y blando heno, los que ayer implumes hoy ya echan las primeras plumas, y abren desmesuradamente los desmedidos picos mostrando, ávidos, las gargantas rojas y chillando con su primera, exigente petición de alimento.
Parece estar escuchando. Ciertamente no es el primer reclamo burlón del mirlo, el primer canto dulce del curruco, ni de la alondra la nota de oro trinada alzándose festiva al encuentro de los primeros rayos del sol, ni de las numerosas golondrinas -que dejan las peñas donde han hecho el nido y empiezan a tejer su tela de vuelos incansables de la tierra al cielo-el chillar que rasga el aire quieto.
Y tampoco oye el grito roto de una urraca que se columpia en la rama del roble junto al que está Jesús y que parece preguntarle: «¿Quién eres? ¿En qué estás pensando?» y burlarse de Él. Tampoco esto interrumpe su meditación.
Pero ¿quién no sabe que las urracas hacen desaires? Ésta, cansada de ver a un intruso en su pradito, que quizás es su lugar de placer, arranca del roble dos hermosas bellotas unidas en un solo pecíolo y, con precisión de campeón de tiro, las deja caer sobre la cabeza de Jesús.
No es un proyectil pesado, que pueda herir, pero, por la altura desde la que viene, adquiere en todo caso la consistencia suficiente como para hacer reaccionar al Meditabundo, que mira hacia arriba y ve al ave que con las alas abiertas y jocosas inclinaciones de cabeza se complace del tiro llevado a cabo.
Jesús sonríe levemente, menea la cabeza, suspira como para coronar sus meditaciones y empieza a andar arriba y abajo. La urraca, con sonora risa y un gué gué de mofa, baja a aletear, buscar, escarbar en la hierba liberada del Intruso.
Jesús busca agua. Pero no la encuentra. Se resigna a volver donde los apóstoles.
Pero los pájaros le enseñan dónde hallarla. A manadas bajan hacia unas flores anchísimas en forma de cáliz, cada una de ellas una pequeña copa con agua; o se posan en unas hojas anchas, peludas, que en cada uno de esos pelos tienen retenida una gota de rocío, y ahí beben o hacen sus abluciones. Jesús los imita.
Recoge en el cuenco de las manos el agua de los cálices y se refresca la cara, toma las anchas hojas peludas y con ellas se quita el polvo de los pies descalzos… se limpia las sandalias, se las ata… con otras se lava las manos, hasta que las ve limpias; y sonríe mientras susurra:
-¡Las divinas perfecciones del Creador!
Ahora está refrescado, aseado -con la mano húmeda se ha ordenado también los cabellos y la barba-, y, mientras el primer rayo de sol hace del prado una alfombra sembrada de diamantes, va a despertar a los apóstoles y a las mujeres.
Las unas y los otros se muestran tardos en despertarse porque están cansados. Pero María está despierta, inmovilizada por el niño que duerme abrazado a su pecho, con la cabecita debajo de su mentón. Y la Madre, viendo aparecer a su Jesús por la entrada de la gruta, le sonríe con sus dulces ojos celestes, colorándose de rosa por la alegría de verlo. Y se libera del niño, el cual gimotea un poco al sentir que lo mueven; y se pone de pie y va donde Jesús con su silencioso paso levemente ondeante, de paloma pudorosa.
-Dios te bendiga, Hijo mío, en este día.
-Dios sea contigo, Mamá. ¿Has pasado una noche incómoda?
-No, no. Es más, bien feliz. Me parecía tenerte a Ti, cuando eras pequeñito, entre mis brazos… Y he soñado que de tu boca manaba un río de oro, emitiendo un sonido de inefable dulzura, y como si una voz dijera,… ¡oh, qué voz!:
"Ésta es la Palabra que enriquece al mundo y da beatitud a quien la escucha y obedece. Salvará sin limites de poder ni de tiempo ni de espacio". ¡Oh, Hijo mía! ¡Y esta Palabra eres Tú, mi Hijo! ¿Cómo podría vivir tanto y hacer tanto como para poder agradecer al Eterno el haberme hecho Madre tuya?
-Que no te preocupe eso, Mamá. Cada uno de los latidos de tu corazón contenta a Dios. Tú eres la viviente alabanza a Dios, y lo serás siempre, Mamá. Tú le das gracias desde que existes…
-No creo hacerlo suficientemente, Jesús. ¡Es tan grande, tan grande lo que Dios me ha hecho! Y, a fin de cuentas, ¿qué hago yo de más respecto a lo que hacen todas las mujeres buenas que son, como yo, tus discípulas? Hijo mío, dile a nuestro Padre, díselo Tú, que me dé la forma de darle gracias como el don merece.
-Madre mía, ¿tú crees que el Padre necesita que pida esto para ti? Ya te ha preparado el sacrificio que habrás de consumar para esta alabanza perfecta. Y perfecta serás cuando lo hayas cumplido…
-¡Jesús mío!… Comprendo lo que quieres decir… ¿Pero seré capaz de pensar en esa hora?… Tu pobre Mamá…
-¡La bienaventurada Esposa del Amor eterno! Esto eres, Mamá. Y el Amor pensará en ti.
-Lo dices Tú, Hijo, y yo descanso en tu Palabra. Pero Tú… ora por mí, en aquella hora incomprendida por todos éstos… y que es ya inminente… ¿No es verdad? ¿No es, acaso, verdad?
Describir la expresión del rostro de María mientras mantiene este diálogo es imposible. No existe escritor que pueda traducirla en palabra sin deteriorarla con melosidades o colores inciertos. Solo quien tiene corazón, y corazón bueno, aun siendo corazón viril, puede, dar mentalmente al rostro de María la expresión real que tiene en este momento.
Jesús la mira… Otra expresión intraducible en pobre palabra. Y le responde:
-Y tú ora por mí en la hora de la muerte… Sí. Ninguno de éstos comprende… No es por su culpa. Es Satanás quien crea los vapores para que no vean, y estén como ebrios y no comprendan, y no estén preparados por consiguiente… y sean más fáciles de doblegar… Pero Yo y tú los salvaremos, a pesar de la asechanza de Satanás. Desde ahora te los confío, Madre mía. Recuerda estas palabras mías: te los confío. Te doy mi herencia. No tengo nada en la Tierra sino una Madre, que ofrezco a Dios:
Hostia con la Hostia; y mi Iglesia, que te confío a ti. Sé Nutriz para ella. Hace poco pensaba en todos aquellos en quienes, a lo largo de los siglos, revivirá el hombre de Keriot con todas sus taras. Y pensaba que uno que no fuera Jesús rechazaría a este ser tarado.
Pero Yo no lo rechazaré. Soy Jesús. Tú, en el tiempo que permanezcas en la Tierra, segunda respecto a Pedro como jerarquía eclesiástica (él cabeza, tú fiel), primera respecto a todos como Madre de la Iglesia, habiéndome dado a luz a mí, Cabeza de este Cuerpo místico, tú no rechaces a los muchos Judas, sino socorre y enseña a Pedro, a los hermanos, a Juan, Santiago, Simón, Felipe, Bartolomé, Andrés, Tomás y Mateo, a no rechazar, sino a socorrer.
Defiéndeme en mis seguidores, y defiéndeme contra aquellos que quieran dispersar y desmembrar a la naciente Iglesia. Y a lo largo de los siglos, oh Madre, siempre tú sé la Mujer que intercede y protege, defiende, ayuda a mi Iglesia, a mis sacerdotes, a mis fieles, contra el Mal y el Castigo, contra sí mismos… ¡Cuántos Judas, oh Madre, a lo largo de los siglos! Y cuántos semejantes a limitados mentales que no saben entender, o a ciegos y sordos que no saben ver y oír, o a tullidos y paralíticos que no son capaces de venir…
¡Madre, todos bajo tu manto! Eres la única que puede y podrá cambiar los decretos de castigo del Eterno para uno o para muchos, porque nada podrá negar nunca la Tríada a su Flor.
-Así lo haré, Hijo. Por lo que depende de mí, ve en paz a tu meta. Tu Mamá está aquí para defenderte en tu Iglesia, siempre.
-Dios te bendiga, Mamá… ¡Ven! Voy a recoger para ti unos cálices de flor llenos de rocío perfumado, así te refrescas la cara como he hecho Yo. Nos los ha preparado el Padre nuestro Santísimo y los pájaros me los han señalado.
¡Mira como todo sirve en la ordenada Creación de Dios! Este rellano elevado y cercano al lago, muy fértil por las nieblas que suben del mar galileo y por los árboles altos que atraen el rocío, permitiendo esta exuberancia de hierbas y flores incluso en medio de la quemazón estiva; esta abundante lluvia de gotas de rocío para llenar estos cálices y que sus amados hijos puedan lavarse el rostro…
Ve lo que el Padre ha preparado para quien lo ama. Ten. Agua de Dios, en cálices de Dios, para refrescar a la Eva del nuevo Paraíso.
Y Jesús coge estas anchísimas flores -no sé cómo se llaman-vierte en las manos de María el agua recogida en el fondo…
Los otros, entretanto, se han arreglado y vienen buscando a Jesús, que se ha alejado algunos metros del lugar de descanso.
-Estamos ya listos, Maestro.
-Bien. Vamos por esta parte.
-¿Pero es buen camino? Aquí terminan los bosques; y la otra vez estábamos en los bosques… -objeta Santiago de Zebedeo.
-Porque subíamos del lago, pero ahora podemos tomar el camino bueno. ¿Veis? Gamala está allí, entre oriente y mediodía, y el único camino es éste. Porque los otros tres lados son impracticables para quien no es una cabra agreste.
-Tienes razón. Evitaremos la hoz árida de la que vimos venir a los endemoniados -dice Felipe.
Caminan a buen paso y pronto dejan atrás el bosque en el que han dormido. Van por un camino pedregoso allende una pequeña hoz que se va acentuando a medida que se acerca al caprichoso monte al que está aferrada Gamala, escarpado por tres partes, o sea, al este, norte y oeste, y unido al resto de la comarca por este único camino que sigue la dirección sur-norte; camino alto, entre dos pedregosos y agrestes valles que lo separan de las campiñas de oriente y de los bosques de encinas de occidente.
Muchos cuidadores de cerdos pasan en medio de su hozadora manada, en dirección a los encinares. Carros cargados de piedras labradas pasan chirriando, tirados por lentos bueyes enyugados. Algún que otro caballero pasa al trote levantando nubes de polvo. Equipos de cavadores -creo que la mayor parte son esclavos o condenados a trabajos por algún motivo-pasan andrajosos y consumidos, hacia los trabajos, bajo la vigilancia dura de los sobrestantes.
A medida que el monte se acerca y ya el camino sube, se ven cárcavas fortificadas que cortan el monte como anillos que ciñen sus laderas. Cavar esas cárcavas allí no debe ser fácil, especialmente en ciertos lugares casi cortados a pico. Y, a pesar de todo, muchos hombres trabajan arreglando fortificaciones ya existentes, preparando otras, llevando sobre sus desnudas espaldas cubos de piedra (que hacen plegarse a estos infelices y dejan surcos sangrantes en sus desnudas espaldas).
-¿Pero qué hacen los de esta ciudad? ¿Estamos, acaso, en tiempo guerra para trabajar de ese modo? ¡Están locos! comentan entre sí los apóstoles, mientras las mujeres muestran su compasión por los infelices semidesnudos, mal nutridos, obligados a fatigas superiores a sus fuerzas.
-¿Pero quién los hace trabajar? ¿El Tetrarca o los romanos? -preguntan los apóstoles y arguyen entre sí, porque parece que Gamala es -así diría yo-independiente de la Tetrarquía de Filipo y de la Tetrarquía de Herodes, y porque les parece imposible a muchos de los apóstoles que los romanos se preocupen de construir en casa ajena fortificaciones que mañana podrían ser usadas contra ellos. Y la eterna idea, fija como una idea maniática, del reino temporal del Mesías, se esgrime como enseña de una victoria ya segura y de gloria e independencia nacionales.
Gritan tanto, que algunos sobrestantes se acercan y escuchan. Son hombres rudos, de raza visiblemente no hebrea, bastantes ya camino de la vejez. Bastantes de ellos tienen cicatrices en el cuerpo. Pero lo que son lo dice la salida despreciativa de uno de ellos:
-¡”Nuestro reino"! ¿Has oído, Tito? ¡Narigudos! Vuestro reino está ya aplastado debajo de estas piedras. Quien se sirve del enemigo para construir contra el enemigo sirve al enemigo. Palabras de Publio Corfinio. Y, si no comprendéis, pues vivid, que las piedras os explicarán el enigma -se ríe mientras alza el azote, porque ve que uno de los trabajadores, agotado, vacila y se sienta, y le golpearía si Jesús no lo detuviera, adelantándose y diciendo:
-No te es lícito. Es hombre como tú.
-¿Quién eres, que te entrometes y defiendes a un esclavo?
-Yo soy la Misericordia. Mi nombre de hombre no te diría nada. Pero este atributo mío te recuerda que seas misericordioso.
Has dicho: Quien se sirve del enemigo para construir contra el enemigo sirve al enemigo". Has dicho una dolorosa verdad. Pero Yo te digo otra, luminosa: "Quien no emplea misericordia no hallará misericordia".
-¿Eres un orador?
-Soy la Misericordia, ya te lo he dicho.
Algunos, de Gamala o que se dirigen a esta ciudad, dicen:
-Es el Rabí de Galilea. El que manda a las enfermedades, a los vientos, a las aguas y a los demonios, y convierte las piedras en pan y nada se le resiste. Vamos corriendo a la ciudad a decirlo.
¡Que vengan los enfermos! Que escuchemos su palabra. ¡También nosotros somos de Israel! -y una parte de ellos se marchan rápidamente, mientras otra parte se queda en torno al Maestro.
El sobrestante de antes dice:
-¿Es verdad lo que éstos dicen de ti?
-Es verdad.
-Haz un milagro y creeré.
-No se piden milagros para creer. Se pide fe para creer, y obtener así el milagro. Fe y piedad hacia el prójimo.
-Soy pagano yo…
-No es razón válida. Vives en Israel, que te da dinero…
-Porque trabajo.
-No. Porque haces trabajar.
-Yo sé hacer trabajar.
-Sí, sin piedad. ¿No has pensado nunca que si en vez de ser romano hubieras sido de Israel habrías podido estar en el lugar de uno de éstos?
-¡Hombre, claro!… Pero no lo soy, por protección de los dioses.
-No podrían defenderte tus ídolos vanos, si el verdadero Dios quisiera castigarte. Todavía no has muerto. Sé, pues, misericordioso para obtener misericordia…
El hombre quisiera rebatir, discutir, pero luego se encoge de hombros despreciativamente y, volviendo las espaldas, se marcha a pegar a uno que ha parado de trabajar con el pico en una veta tenaz de roca.
Jesús mira al infeliz que recibe los golpes y mira al que golpea: dos miradas de igual, y al mismo tiempo distinta, piedad; y de una tristeza tan profunda, que me recuerda ciertas miradas de Cristo durante la Pasión.
¿Pero qué puede hacer? Impotente para intervenir, reanuda su camino, con el peso de las desventuras que ha visto y que le cargan el corazón.
Pero bajan apresuradamente algunos habitantes de Gamala, personas importantes ciertamente, y llegan donde Jesús, a quien saludan con gran veneración, invitándolo a que entre en la ciudad para hablar a los habitantes, los cuales, por su cuenta, están viniendo en nutridos grupos.
-Vosotros podéis ir a donde queráis. Ellos -y señala a los trabajadores-no pueden. La hora es aún fresca y la posición nos resguarda del sol. Vamos cerca de aquellos desdichados, para que también tengan ellos la palabra de Vida -responde Jesús.
Y es el primero en encaminarse, volviendo sobre sus pasos y tomando luego un sendero accidentado que lleva monte abajo al lugar en que el trabajo es más penoso. Se vuelve entonces hacia las personalidades de la ciudad y dice:
-Si tenéis facultad para hacerlo, ordenad que sea suspendido el trabajo.
-¡Claro que podemos hacerlo! Pagamos nosotros. Si pagamos horas vacías, nadie podrá quejarse -dicen los de Gamala, y van a hablar con los sobrestantes. Pasados unos momentos, veo que éstos se encogen de hombros como diciendo:
-Si estáis contentos vosotros, ¿a nosotros qué nos importa?
Y luego silban a los equipos una señal ciertamente de descanso.
Jesús, entretanto, ha hablado con otros de Gamala. Veo que éstos hacen gestos de asentimiento y que se marchan a paso rápido, de nuevo hacia la ciudad.
Los laborantes, temerosos, acuden donde los sobrestantes y se ponen en torno a ellos.
-Cesad el trabajo. El estrépito molesta al filósofo -ordena uno de éstos, quizás el jefe de todos. Los laborantes miran con ojos cansados a aquel que ha sido indicado como "filósofo" y que les concede el don de un alto en el trabajo.
Y este "filósofo", mirándolos con piedad, responde a su mirada y a las palabras del sobrestante diciendo:
-No me molesta el estrépito, sino que me da pena su miseria.
Y añade:
-Venid, hijos. Dad descanso a vuestros miembros, y más al corazón, junto al Cristo de Dios.
Pueblo, esclavos, condenados, apóstoles, discípulos se apiñan en el espacio libre que hay entre el monte y las trincheras, y quien allí no halla sitio trepa al anillo de trincheras más altas, o se coloca en los bloques que han sido volcados al suelo, y los menos afortunados se resignan a ir al camino, adonde ya llegan los rayos del sol. Y va viniendo continuamente gente nueva, de Gamala; o se detienen los que, procedentes de otros lugares, se dirigían a ella.
Mucha gente. Y entre ella se abren paso los que poco antes se habían marchado. Traen cestos y recipientes pesados. Se abren paso hasta Jesús, que ha ordenado a los apóstoles que lleven a la primera fila a los laborantes. Ponen cestos y ánforas a los pies de Jesús.
-Dad a éstos las ofrendas de la caridad -ordena Jesús.
-Ya han recibido su comida y allí hay todavía posca y pan. Si comen demasiado, están pesados en el trabajo -grita un sobrestante.
Jesús lo mira y repite la orden:
-Dad a éstos comida de hombres y traedme a mí su comida.
Los apóstoles, ayudados de gente solícita, lo llevan a cabo.
¡Su comida! Una especie de costra oscura, dura, indigna de ser dada a los animales, poca agua mezclada con vinagre: ¡éste es el alimento de estos forzados! Jesús mira y manda que apoyen en el monte esta miserable comida. Y mira a los que debían consumirlo, cuerpos desnutridos en los que sólo resisten los músculos, excesivamente desarrollados debido a los esfuerzos superiores a lo común, y haces de fibras que sobresalen bajo la piel fláccida; ojos febriles y atemorizados, bocas ávidas, animalescas incluso, en el acto de morder el alimento bueno, abundante, inesperado, y de beber el vino, el verdadero vino fortalecedor, fresco…
Jesús espera, paciente, a que terminen la comida. Y no tiene que esperar mucho, porque la avidez es tal, que pronto todo está terminado.
Jesús abre los brazos con el gesto habitual de cuando está para hablar, para atraer la atención e imponer silencio. Dice:
-En este lugar, ¿qué observan los ojos del hombre? Valles excavados más profundamente de cuanto lo fueran por la naturaleza que los creó, colinas formadas con masas de rocas y taludes fabricados por el hombre, caminos sinuosos que penetran en el monte como guaridas de animales. ¿Y todo esto para qué? Para detener un peligro que no se sabe de dónde viene, pero que se presiente amenazador como granizada de un cielo borrascoso.
En verdad, aquí se ha actuado humanamente, con fuerzas humanas y medios humanos, y también inhumanos, para defenderse y preparar medios de ofensiva, olvidando las palabras del Profeta, (Isaías 40, l-8; 56, 4-7; 6l, l) que enseña a su pueblo cómo se puede defender de las desventuras humanas con medios sobrehumanos, los más válidos:
"Consolaos… confortad a Jerusalén, porque su esclavitud ha terminado, su iniquidad está expiada, pues ha recibido de la mano del Señor el doble de sus pecados".
Y después de la promesa explica la forma que debe seguirse para traducirla en realidad: "Preparad los caminos del Señor, enderezad en la soledumbre los senderos de Dios.
Todo valle será colmado; toda montaña, rebajada; los caminos tortuosos se harán derechos, los escabrosos se harán lisos. Entonces aparecerá la gloria del Señor y todos los hombres, sin excepción, la verán, porque la boca del Señor ha hablado". Palabras pronunciadas de nuevo por el hombre de Dios, Juan el Bautista, y apagadas en sus labios sólo con muerte.
Ésta es, oh hombres, la verdadera defensa contra las desventuras del hombre. No armas contra armas, defensa contra ofensa, no orgullos, no la crueldad; sino armas sobrenaturales, virtudes conquistadas en la soledumbre, o sea, en el interior del individuo, solo consigo mismo, que trabaja en santificarse elevando montes de caridad, bajando cimas de soberbia, enderezando caminos tortuosos de concupiscencia, apartando de su camino obstáculos de sensualidad.
Entonces aparecerá la gloria del Señor, y el hombre gozará de la defensa de Dios contra las asechanzas de los enemigos espirituales y materiales. ¿Pero qué creéis que son unas pocas trincheras, unas pocas escarpas, unos pocos fortines contra el castigo de Dios provocado por las iniquidades o incluso sólo por las tibiezas del hombre? Contra estos castigos, que tendrán un nombre (romanos, como en otros tiempos tuvieron el de babilonios o filisteos o egipcios), pero que en realidad son castigo divino, nada más que castigo, y un castigo provocado por los demasiados orgullos, sensualidades, codicias, mentiras, egoísmos, desobediencias a la Ley santa del Decálogo.
El hombre, aun el más fuerte, puede morir por una mosca, y la ciudad mejor pertrechada puede ser expugnada: cuando el uno o la otra no gozan ya de la protección de Dios, protección desvanecida, rechazada, por causa de los pecados del hombre o de la ciudad.
Sigue diciendo el Profeta: "Todo hombre es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo: se seca la hierba, cae la flor en cuanto las toca el soplo del Señor".
Vosotros, por deseo mío, miráis hoy con piedad a estos a los que hasta ayer habíais mirado como a máquinas obligadas a trabajar para vosotros. Hoy, porque os los he puesto como a hermanos entre hermanos, pobres hermanos en medio de vosotros, ricos y felices, hoy los veis como lo que son: hombres. El desprecio o la indiferencia han caído de muchos corazones para dejar lugar a la piedad. Pero consideradlos más íntimamente, más allá de la carne avasallada.
Dentro de ésta, dentro de ellos, hay un alma, un pensamiento, sentimientos como en vosotros. Un día eran como vosotros: estaban sanos, eran libres, vivían felices. Luego dejaron de serlo. Porque, si la vida del hombre es como hierba que se seca, aún más frágil es su bienestar. Los que hoy están sanos mañana pueden estar enfermos, los que hoy son libres mañana pueden ser esclavos, los que hoy viven felices mañana pueden vivir infelices. Entre éstos hay quienes ciertamente son culpables. Mas no juzguéis su culpa ni gocéis de su expiación.
Mañana, por muchos motivos, podríais ser culpables también vosotros y veros obligados a duras expiaciones. Sed, pues, misericordiosos, porque no conocéis vuestro mañana, que podría verse necesitado de toda la misericordia divina y humana: efectivamente, muy distinto del hoy podría ser.
Sed propensos al amor y al perdón. No hay hombre sobre la Tierra que no necesite de perdón por parte de Dios y por parte de alguno de sus semejantes. Perdonad, pues, para ser perdonados.
Sigue diciendo el Profeta: "La hierba se seca, la flor cae; mas la palabra del Señor permanece eterna".
Ésta es el arma y la defensa: la Palabra eterna, hecha ley de todas vuestras acciones. Levantad este verdadero baluarte contra el peligro que amenaza, y seréis salvos.
Acoged, pues, a la Palabra, Aquel que os habla, pero no la acojáis materialmente, durante una hora en el recinto de la ciudad; antes bien, en vuestro corazón y para siempre.
Porque Yo soy Aquel que sabe y que obra y gobierna con poder. Y soy el Pastor bueno que apacienta el rebaño que a Él se confía y no desatiendo a ninguno: ni al pequeño ni al cansado ni al herido -maltratado por la suerte ni al que llora por sus errores ni al que, rico y dichoso, margina todo en aras de la verdadera riqueza y dicha: la de servir a Dios hasta la muerte.
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha enviado a anunciar la Buena Nueva a los mansos, a vendar los corazones de aquellos que lo tienen roto, a predicar la libertad a los esclavos, la liberación a los prisioneros.
Y no se me puede llamar agitador, porque no incito a la insurrección, ni aconsejo la evasión a los esclavos y prisioneros; sino que, al hombre encadenado, al hombre que padece esclavitud enseño la verdadera libertad, la verdadera liberación, la que no puede ser arrebatada y tampoco limitada, la que, en la medida en que más se abandona a ella el hombre, más crece: la libertad espiritual, la liberación del pecado, la mansedumbre en el dolor, a saber ver a Dios más allá de los hombres que encadenan, el saber creer que Dios ama a quien lo ama, y perdona donde el hombre no perdona, saber tener esperanza en un lugar eterno, de premio, para quien sabe ser bueno en la desventura, para quien sabe arrepentirse de sus pecados, ser fiel al Señor.
No lloréis, vosotros para quienes hablo especialmente. He venido a consolar, a recoger a los desechados, a poner luz en sus tinieblas, paz en sus almas, a prometer una morada de gozo, tanto a quien se arrepiente como al no culpable.
Y no hay pasado que impida este Presente que espera en el Cielo a los que saben servir al Señor en la condición en que se encuentran.
No es difícil, pobres hijos, servir al Señor. Él os ha dado un modo fácil de servirle, porque os quiere felices en el Cielo. Servir al Señor es amar. Amar la voluntad de Dios porque amáis a Dios. La voluntad de Dios se cela incluso en las cosas más aparentemente humanas. Porque -os hablo a vosotros, que quizás habéis derramado sangre de hermanos-, porque, si es cierto que no era voluntad de Dios que fuerais violentos, ahora es voluntad suya que en la expiación canceléis vuestras deudas para con el Amor.
Porque, si no era voluntad de Dios que os rebelarais contra vuestros enemigos, es ahora voluntad el que os hagáis humildes, como entonces fuisteis soberbios para perjuicio vuestro. Porque, si no era voluntad de Dios que con robo, grande o pequeño, os apropiarais de lo que no era vuestro, ahora es voluntad de Dios que recibáis la pena para no llegar a Dios con vuestro pecado en el corazón.
Y esto no deben olvidarlo los que ahora viven dichosos, los que se creen seguros, los que, por esta torpe seguridad, no preparan en sí el reino de Dios, y serán en la hora de la prueba como hijos lejanos de la casa del Padre, a merced de la tempestad, bajo el flagelo del dolor.
Obrad todos con justicia, y alzad los ojos a la Casa paterna, al Reino de los Cielos que, cuando tenga abiertas de par en par sus puertas por mano de Aquel que ha venido a abrirlas, no se negará a recibir a ninguno que haya alcanzado la justicia.
Mutilados en las carnes, tullecidos, eunucos; o mutilados en el espíritu, tullecidos, eunucos en las potencias del espíritu, excluidos en Israel, no temáis no tener sitio en el Reino de los Cielos.
Las mutilaciones, tullimientos, minoraciones de la carne cesan con la carne. Las morales, como la prisión y la esclavitud, cesan también un día; las del espíritu, o sea, los frutos de las culpas pasadas, se reparan con la buena voluntad. Y las mutilaciones materiales no cuentan a los ojos de Dios, y las espirituales se anulan ante sus ojos cuando el arrepentimiento amoroso las cubre.
Y el ser extranjeros del Pueblo santo ya no es impedimento para servir al Señor. Porque ha llegado el tiempo en que las fronteras de la Tierra cesan ante el único Rey, el Rey de todos los reyes y pueblos, que congrega a todos los pueblos en uno solo para hacer de ellos su pueblo nuevo.
Ese pueblo del que serán excluidos sólo los que traten de engañar al Señor con una falaz obediencia a su Decálogo, a ese Decálogo que todos los hombres de buena voluntad pueden seguir, sean hebreos o gentiles o idólatras.
Porque donde hay buena voluntad hay tendencia natural a la justicia, y quien tiende a la justicia no halla dificultad en adorar al Dios verdadero, cuando llega a conocerlo, a respetar su Nombre, a santificar sus fiestas, a honrar a los padres, a no matar, robar, testificar con falsedad, a no ser adultero y fornicador, a no codiciar lo que no es suyo.
Y si hasta ahora no lo ha hecho, hágalo de ahora en adelante, para que se salve su alma y para conquistar su puesto en el Cielo. Está escrito: "Les daré un lugar en mi Casa, si mantienen mi pacto, y los alegraré". Y esto se dice para todos los hombres de santa voluntad, siendo el Santo de los santos el Padre común de todos los hombres.
He dicho. No tengo dinero para éstos. Y tampoco les sería útil.
Pero os digo a vosotros de Gamala, que tanto habéis progresado en el camino del Señor desde la primera vez que nos encontramos, que levantéis la mejor defensa para vuestra ciudad, la del amor entre vosotros y hacia éstos, socorriéndolos en mi Nombre mientras trabajan para vosotros. ¿Lo haréis?
-Sí, Señor -grita la multitud.
-Entonces vamos. No habría entrado en vuestro recinto, si la dureza de los corazones hubiera respondido "no" a mi petición. Y bendición para vosotros que os quedáis… Vamos…
Regresa al camino, ya todo lleno de sol. Sube a la ciudad, construida casi en roca como una ciudad troglodita, pero dotada de casas bien cuidadas y de un panorama bellísimo y variado (según desde el punto desde el que se mire, da a los montes de la Auranítida o al Mar galileo, o al lejano Gran Hermón o al verde valle del Jordán).
La ciudad es fresca por cómo está construida: en alto y con calles protectoras del sol intenso. Parece más un enorme castillo que una ciudad. Las casas, mitad muro mitad montaña excavada, tienen tal aspecto de fortines, que Gamala parece una sucesión de fortalezas.
En la plaza mayor, la más alta de todas, el punto más alto de la ciudad -de modo que los ojos se deleitan en el vasto horizonte de los montes, bosques, lagos, ríos que tienen bajo su mirada-están los enfermos de Gamala. Y Jesús pasa curando…