por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Está muy cansada la Virgen cuando vuelve a poner pie en su casa. Pero viene muy feliz. Pregunta enseguida por su Jesús, el cual está todavía trabajando, con las últimas luces del día que ya muere, en la puerta del horno (ya va a colocarla de nuevo en su sitio).
Le ha abierto Simón, quien, después del saludo, se retira prudentemente a la sala-taller. A Tomás no lo veo. Quizás está fuera.
Jesús deja sus herramientas en cuanto ve a su Madre, y va hacia Ella limpiándose las manos manchadas de grasa (está suavizando con aceite los goznes y los cerrojos) en su mandil de trabajo. Su recíproca sonrisa parece hacer luminoso el huerto en que va mermando la luz.
-La paz a ti, Mamá.
-La paz a ti, Hijo.
-¡Qué cansada estás! No has descansado…
-Desde un alba a un ocaso en casa de José. Pero sin estos grandes calores me habría puesto en camino enseguida para venir a decirte que Aurea es tuya.
-¿Sí?
El rostro de Jesús hasta se hace más joven por esta gozosa sorpresa. Parece un rostro de poco más de veinte años, y, con la alegría, perdiendo esa gravedad que generalmente tienen su rostro y sus gestos, adquiere aún mayor semejanza con el de su Madre, siempre tan serenamente niña en los ademanes y en el aspecto.
-Sí, Jesús. Y he obtenido esto sin ningún esfuerzo. La dama ha aceptado inmediatamente. Se ha conmovido al reconocer que ella, y con ella sus amigas, están demasiado contaminadas para educar a una criatura en orden a Dios. Un reconocimiento muy humilde, muy sincero, verdadero. No es fácil encontrar a alguien que, sin ser forzado a ello, reconozca que es defectuoso.
-Sí, no es fácil. Muchos en Israel no lo saben hacer. Son almas hermosas sepultadas bajo una costra de suciedad. Pero cuando caiga la suciedad…
-¿Sucederá, Hijo?
-Estoy seguro. Tienden instintivamente al Bien. Acabarán adhiriéndose. ¿Qué te ha dicho?
-Pocas palabras… Nos hemos entendido enseguida. Pero bueno será tener aquí en seguida a Áurea. Quiero decirle yo esto; bueno, si Tú quieres, Hijo mío.
-Sí, Mamá. Mandamos a Simón -y llama con fuerte voz al Zelote, que viene enseguida.
-Simón, ve a casa de Simón de Alfeo y di que mi Madre ha vuelto; luego ven con la muchacha y con Tomás, que está allí para terminar ese trabajito que le ha rogado hacer Salomé.
Simón se inclina y sale acto seguido.
-Cuenta, Mamá… Tu viaje… tu coloquio… ¡Pobre Mamá, qué cansada estás por causa mía!
-¡Oh, no, Jesús! Ningún cansancio cuando Tú te sientes feliz… -y María cuenta su viaje y los miedos de María de Alfeo, el alto en el camino en casa del barquero, el encuentro con Valeria; y termina: «Dado que el Cielo lo permitía, he preferido verla a esa hora. Más libre ella, más libre yo, y María Cleofás consolada antes, porque de estar dos mujeres solas por Tiberíades sentía un terror que sólo el amor por ti, el pensamiento de servirte, podía superar…», y María sonríe, recordando las angustias de su cuñada…
Jesús también sonríe. Dice:
-¡Pobrecilla! Es la verdadera mujer de Israel, la antigua mujer, reservada, toda ella casa, la mujer fuerte según los Proverbios. Pero en la nueva Religión la mujer no será sólo fuerte en la casa… Serán muchas las que superarán a Judit y a Yael, siendo heroicas en sí, con un heroísmo propio de la madre de los Macabeos… Y también lo será nuestra María. Pero por ahora… es todavía así… ¿Has visto a Juana?
María ya no sonríe. Quizás teme otra pregunta, sobre Judas. Y responde rápidamente:
-No he querido imponer más angustias a María. Hemos estado dentro de casa hasta la mitad entre la nona y la caída de la tarde, descansando, y luego hemos partido… Pensé que pronto la veríamos, en el lago…
-Has hecho bien. Me has dado la prueba del sentimiento de las romanas hacia mí. Si Juana hubiera intervenido, se hubiera podido pensar que cedían ante la amiga. Ahora vamos a esperar hasta el sábado y, si Mirta no viene, iremos nosotros con Áurea.
-Hijo, yo quisiera quedarme…
-Estás muy cansada. Lo veo.
-No, no por ese motivo… Pienso que Judas podría venir aquí… Si conviene que en Cafarnaúm haya siempre alguien que lo espere para acogerlo como amigo, también conviene aquí que haya alguien que le acoja con amor.
-Gracias, Mamá. Tú eres la única que comprende lo que le puede salvar todavía…
Suspiran los dos por el discípulo causante de dolor…
Regresan Simón y Tomás con Áurea, que corre hacia María. Jesús la deja con su Madre y se dirige a casa con los apóstoles.
-Has orado mucho, hija, y el buen Dios te ha escuchado… -empieza a hablar María.
Pero la niña la interrumpe con un grito de alegría:
-¡Me quedo contigo! -le echa los brazos al cuello y la besa.
María devuelve el beso y, teniéndola aún entre sus brazos, dice:
-Cuando uno hace un gran favor hay que corresponder, ¿no es verdad?
-¡Oh, sí! Y yo corresponderé contigo con mucho amor.
-Sí, hija. Pero por encima de mí está Dios. Es Él el que te ha hecho este gran favor, el que te ha concedido esta gracia sin medida, de acogerte entre los miembros de su pueblo, de hacerte discípula del Maestro Salvador. Yo no he sido sino el instrumento de la gracia, pero la gracia ha sido Él, el Altísimo, el que te la ha concedido. ¿Qué vas a dar, pues, al Altísimo para decirle que se lo agradeces?
-Pues… no sé… Dímelo tú, Madre…
-Amor, esto sin duda. Pero el amor, para ser tal verdaderamente, debe estar unido al sacrificio, porque si una cosa cuesta tiene más valor, ¿no es verdad?
-Sí, Madre.
-Bien, pues entonces diría que tú, con la misma alegría con que has gritado: "¡Me quedo contigo!", deberías gritar: "¡Sí, oh Señor!" cuando yo, pobre sierva suya, te diga la voluntad del Señor para ti.
-Dímela, Madre -dice Áurea, aunque poniéndose serio su rostro.
-La voluntad de Dios te confía a dos buenas madres, a Noemí y a Mirta…
En los ojos claros de la muchacha brillan gruesos lagrimones, y ruedan luego abajo por su carita rosada.
-Son buenas. Jesús y yo las queremos. A una le ha salvado Jesús al hijo, a la otra yo se lo he alactado. Y tú misma has visto que son buenas…
-Sí… pero esperaba estar contigo…
-Hija, no todo se puede tener. Ta ves que yo tampoco estoy con mi Jesús. Os lo doy, y estoy lejos, muy lejos de Él, mientras va recorriendo Palestina, predicando, curando, salvando a las jovencitas…
-Es verdad…
-Si lo quisiera para mí sola, no habrías sido salvada; si lo quisiera para mí sola, vuestras almas no serían salvadas. Considera cuán grande es mi sacrificio. Os doy a un Hijo para que sea inmolado por vuestras almas. Por lo demás, yo y tú estaremos siempre unidas, porque las discípulas están y estarán siempre unidas en torno a Cristo, formando una gran familia unida por el amor a Él.
-Es verdad. Y luego… voy a volver aquí, ¿no es verdad? ¿Nos seguiremos viendo?
-Ciertamente. Mientras Dios lo quiera.
-Y orarás siempre por mí…
-Oraré siempre por ti.
-Y, cuando estemos juntas, ¿me vas a seguir instruyendo?
-Sí, hija…
-¡Ah, yo quería llegar a ser como tú! ¿Podré? Saber, para ser buena…
-Noemí es madre de un arquisinagogo y discípulo del Señor; Mirta, de un hijo que ha merecido la gracia del milagro y es discípulo bueno. Y las dos mujeres son buenas y sabias, además de personas muy llenas de amor.
-¿Me lo aseguras?
-Sí, hija.
-Entonces… bendíceme y hágase la voluntad del Señor… como dice la oración de Jesús. La he dicho muchas veces… Es justo que ahora haga lo que he dicho, para obtener el no volver jamás con los romanos…
-Eres una buena muchacha. Y Dios te ayudará cada vez más. Ven, vamos a decirle a Jesús que la más joven discípula sabe hacer la voluntad de Dios… -y, llevándola de la mano, María vuelve a entrar en casa, con la niña.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Tiberíades está ya a la vista y las dos peregrinas, cansadas, prosiguen mientras desciende el crepúsculo.
-Dentro de poco será de noche… Y estamos todavía en medio de los campos… Dos mujeres solas… Y cerca de una ciudad grande llena de… ¡huy, qué gente! ¡Diablos, la mayor parte diablos!… -dice María de Alfeo mirando asustada a su alrededor.
-No temas, María. Belcebú no nos hará ningún mal. Sólo daña a quien lo acoge en su corazón…
-¡Pero estos paganos lo tienen!…
-En Tiberíades no hay sólo paganos, y entre los paganos también hay justos.
-¡Que no! ¡Que no tienen a nuestro Dios!…
María no rebate porque comprende que es inútil. La buena cuñada no es sino una de las muchas israelitas que se creen las únicas depositarias de la virtud… por ser israelitas.
Un momento de silencio en que se oye sólo el roce de las sandalias que calzan los pies cansados y polvorientos.
Hubiera sido mejor recorrer el camino habitual… Ése lo conocíamos… Lo recorre más gente… Éste… entre huertas, solitario… desconocido… ¡Bueno, que tengo miedo!
-¡No, María! Mira. La ciudad está allí, a dos pasos. Y aquí hay huertos tranquilos de los cultivadores de Tiberíades, y allí, a dos pasos, está la orilla. ¿Quieres que vayamos por la orilla? Encontraremos pescadores… Hay que atravesar sólo estas huertas.
-¡No, no! ¡Nos alejamos otra vez de la ciudad! Y además… los barqueros son casi todos griegos, cretenses, árabes, egipcios, romanos…-y parece como si nombrara clases infernales con cada una de estas palabras. María Santísima no puede evitar sonreír tras la sombra de su velo.
Prosiguen. El camino se transforma en una alameda; por tanto, la máxima sombra… y el ápice del miedo para María de Alfeo, que invoca a Yeohveh a cada paso que da, cada vez más lento.
-¡Venga, sé fuerte! ¡Rauda, si tienes miedo! -la anima María, que a cada invocación ha respondido: « ¡Maran Athá!».
Pero María de Alfeo se para del todo y pregunta:
-¿Pero por qué has querido venir aquí? ¿Quizás para hablar con Judas Iscariote?
-No, María. O, por lo menos, no exactamente para eso. He venido para hablar con la romana Valeria…
-¡Misericordia! ¿Vamos a su casa? ¡Ah! ¡No! ¡María! ¡No hagas eso! ¡Yo… yo ya no te acompaño! ¿Pero qué vas a hacer allí? ¡Donde ésas… donde ésas… donde esos reprobados!…
María Sanísima cambia su dulce sonrisa por una expresión seria, y pregunta:
-¿Y no recuerdas que Áurea ha de ser salvada? Mi Hijo ha comenzado su liberación. Yo la cumpliré. ¿Así practicas tú el amor hacia las almas?
-Pero no es de Israel…
-¡Verdaderamente no has entendido todavía ni una palabra de la Buena Nueva! Eres una discípula muy imperfecta… No trabajas para tu Maestro y me causas mucho dolor.
María de Alfeo agacha la cabeza… Y su corazón, lleno de los prejuicios de Israel, sí, pero congénitamente bueno, prevalece. Rompe a llorar, abraza a María y dice:
-¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡No me digas que te causo dolor y que no sirvo a mi Jesús! ¡Sí, sí! Soy muy imperfecta, merezco reprensión… Pero no lo volveré a hacer… ¡Voy, voy! Hasta al Infierno, si vas tú a él a arrancar un alma para dársela a Jesús… Dame un beso, María, para decir que me perdonas…
María la besa y vuelven al camino, ágiles, alentadas de nuevo por el amor…
Ya están en Tiberíades, hacia el pequeño puerto de los pescadores. Buscan la casita de José, el barquero discípulo… La encuentran. Llaman…
-¡La Madre de mi Maestro! ¡Entra, Mujer! Y Dios esté contigo y conmigo que te recibo en mi casa. Entra también tú y que la paz sea contigo, madre de apóstoles.
Entran, mientras la mujer y la jovencita hija del barquero acuden para saludarlas, seguidas por un grupo de hijuelos más pequeños… Pronto toman la parca comida, y María de Cleofás, cansada, se retira con los niños de la casa. En la terraza alta, desde la cual se ve el lago -se oye, más que verse, porque no hay luna todavía -chocando en la playa con sus olas, se quedan María Santísima, el barquero y la mujer de éste, que se esfuerza en hacer buena compañía, pero que en realidad duerme cabeceando contra el pecho.
-¡Está cansada!… -la disculpa José.
-¡Pobrecilla! Las mujeres de casa están siempre cansadas por la noche.
-Sí, trabajan ellas. No son como aquéllas de allí, entregadas a la diversión -dice con desprecio el barquero, señalando a unas barcas iluminadas que se separan de la orilla entre cantos y sonidos -Ellas salen ahora. Para ellas empieza ahora la fatiga. Cuando las buenas personas duermen. Y perjudican a los que trabajan, porque van a fingir que pescan a los lugares mejores y nos echan a nosotros, que del lago sacamos el pan para la familia…
-¿Quiénes son?
-Romanas y sus semejantes. Y en las semejantes mete a Herodías, a su lujuriosa hija y también otras hebreas… Porque tenemos muchas Marías Magdalenas… Quiero decir Marías antes del arrepentimiento…
-Son infelices…
-¿Infelices? Infelices nosotros, que no las apedreamos para limpiar a Israel de esas que se han pervertido y nos acarrean las maldiciones de Dios.
Entretanto otras barcas se separan de la orilla y las luces de las barcas de los vividores rojean en el lago.
-¡Sientes qué hedor de resinas! Lo primero se embriagan con el humo, luego hacen el resto en los banquetes. Son capaces de ir a los manantiales calientes de la otra orilla… En las Termas de allí… suceden cosas de Infierno. Regresarán al alba, a la aurora, quizás más tarde… borrachos, tumbados como sacos los unos encima de los otros, hombres y mujeres; los esclavos los llevarán a sus casas, a que se les pase la orgía… ¡Esta noche es que van todas las barcas elegantes, eh! ¡Mira! ¡Mira!… Pero mi ira es más contra los judíos que se mezclan allí, que no contra ellos. ¡Ellos… ya se sabe! Animales sin recato. ¡Pero nosotros!… Mujer, ¿sabes que está aquí Judas el apóstol?
-Lo sé.
-No da buen ejemplo, ¿sabes?
-¿Por qué? ¿Va con aquéllos?…
-No… Pero… malos compañeros…, y una mujer. Yo no lo he visto… Ninguno de nosotros lo ve así. Pero unos fariseos se han mofado de nosotros diciéndonos: "Vuestro apóstol ha cambiado de maestro. Ahora tiene una mujer y está en buena compañía de publicanos".
-No juzgues, José, sobre lo que solamente has oído referir. Tú sabes que los fariseos no os aman y que tampoco alaban al Maestro.
-Eso es verdad… Pero la voz circula… y daña…
-De la misma forma que ha empezado terminará. Tú no peques contra tu hermano. ¿Sabes en qué casa está?
-Sí. En casa de un amigo, creo. Uno que tiene un almacén de vinos y especias. El tercer almacén del lado de oriente del mercado, después de la fuente…
-¿Todas las romanas son iguales?
-¡Más o menos!… Aunque eviten ser vistas, hacen el mal.
-¿Quiénes son las que evitan ser vistas?
-Las que fueron a casa de Lázaro en Pascua. Están más retiradas… Quiero decir que no siempre van a los banquetes. Pero en todo caso van lo suficiente como para poder decir que son impuras.
-¿Pero hablas así porque estás seguro de ello, o porque tu prejuicio hebreo te hace hablar así? Examínate de verdad…
-Bueno… en realidad… no sé… No las he vuelto a ver en las barcas de los inmundos… Pero van en barca de noche por el lago.
-Tú también vas.
-¡Claro! ¡Si quiero pescar!
-El calor es muy fuerte. Sólo hay alivio en el lago de noche. Son tus palabras mientras cenábamos.
-Es verdad.
-¿Y entonces, por qué no pensar que ellas también van por este motivo por el lago?
El hombre calla… Luego dice:
-Es tarde. Las estrellas dicen que es la segunda vigilia. Me voy a retirar, Mujer. ¿No vienes?
-No. Me quedo aquí en oración. Saldré pronto. No te asombres si no me ves al alba.
-Eres dueña de hacer lo que quieras. ¡Ana! ¡Venga! ¡Vamos a la cama! -y menea a su mujer, que duerme profundamente. Se marchan.
María se queda sola… Se arrodilla y ora, ora, ora… pero no pierde nunca de vista las barcas que surcan el lago, las barcas de los señores, las que navegan llenas de luz, entre flores, cantos e inciensos… Muchas van, van, van hacia oriente, se hacen pequeñas en la lejanía… y el sonido de los cantos ya no llega. Queda, solitaria, una barca, ante Tiberíades, resplandeciente en medio del lago luminoso por la luna menguante. Navega lentamente hacia arriba y hacia abajo… María la observa hasta que la ve volver la proa hacia la orilla.
Entonces se pone de pie y dice:
-¡Señor, ayúdame! Haz que sea…
Y desciende ágil la pequeña escalera, y entra despacio en una habitación que tiene la puerta entornada… Al blanco claror de la luna es posible distinguir un lecho. María se inclina hacia él y llama:
-¡María! ¡María! ¡Despiértate! ¡Vamos!
María de Alfeo se despierta y, atónita por el sueño, pregunta mientras se restriega los ojos:
-¿Ya es hora de marcharnos? ¡Qué pronto se ha hecho de día!
Está tan adormilada, que ni siquiera comprende que no es luz de alba sino de luna la tenue fosforescencia que entra por la puerta abierta. Pero se da cuenta de esto cuando está fuera, en el pequeño pedazo de tierra cultivada que hay delante de la casa del barquero.
-¡Pero si es de noche! -exclama.
-Sí. Pero vamos a acortar el tiempo y a salir antes de esta ciudad… al menos eso espero. ¡Ven! Por aquí, siguiendo la orilla. ¡Apresúrate! Antes de que la barca toque tierra…
-¿La barca? ¿Qué barca? -pregunta María. Pero corre detrás de la Virgen, que va muy deprisa por la orilla desierta en dirección al pequeño espigón hacia el que se dirige la barca.
Llegan, jadeantes, unos instantes antes que ésta… María agudiza la mirada. Exclama:
-¡Alabado sea Dios! Son ellas. Ahora ven detrás de mí… porque hay que ir a donde vayan ellas… No sé dónde viven…
-¡Pero María… por piedad!… ¡Nos van a tomar por meretrices! …
La Purísima menea la cabeza y susurra:
-Basta con no serlo. ¡Ven! -y la lleva a la penumbra de una casa.
La barca arriba, y, mientras hace las maniobras para abordar, una litera que estaba esperando cerca y que ahora estaban acercando, se detiene. Suben a ella dos mujeres, mientras que otras dos se quedan abajo y van andando al lado de la litera. La litera se pone en movimiento al paso cadencioso de cuatro númidas vestidos con una cortísima túnica sin mangas que apenas si les cubre el torso…
Y María detrás, a pesar de las protestas medio veladas de María de Alfeo:
-¡Dos mujeres solas!… ¡Detrás de ésos! Están medio desnudos… ¡Válgame Dios!…
Pocos metros de camino y luego la litera se detiene. Baja una mujer, mientras el guía llama a un portal.
-¡Adiós, Lidia!
-¡Adiós, Valeria! Acaricia a Faustina por mí. Mañana par la noche volveremos a leer en tranquilidad, mientras los otros juerguean.
El portal se abre, y Valeria, con su esclava o liberta, está ya para entrar.
María va hacia ella y dice:
-¡Señora! ¡Una palabra!
Valeria mira a las dos mujeres envueltas en un manto hebreo, muy sencillo y que cubre mucho el rostro, y cree que son unas mendigas. Ordena:
-¡Bárbara, da el óbolo!
-No, señora. No pido dinero. Soy la Madre de Jesús de Nazaret y ésta es mi pariente. Vengo en su Nombre para solicitarte una cosa.
-¡Dómina! Quizás… es que persiguen a tu Hijo…
-No más de lo habitual. Pero Él querría…
-Entra, Dómina. No es digno que te quedes en la calle como una mendiga.
-No. Lo digo pronto, si me escuchas en secreto…
-¡Fuera todos vosotros! -ordena Valeria a la esclava, o quizás liberta, y a los porteros -Estamos solas. ¿Qué quiere el Maestro? Yo no he ido por no ser causa de mal para Él en su ciudad. ¿Y Él? ¿No ha venido por no causarme daño ante mi esposo?
-No. Por consejo mío. A mi Hijo lo odian, señora.
-Lo sé.
-Encuentra consuelo sólo en su misión.
-Lo sé.
-No pide honores ni soldados, no aspira a reinos ni a riquezas. Pero hace valer su derecho sobre los espíritus.
-Lo sé.
-Señora… El debería traerte a aquella niña… Pero, y no te enojes si te lo digo, aquí ella no podría hacer que su espíritu fuera de Jesús. Tú eres mejor que las otras… Pero alrededor de ti… demasiado vivo está el fango del mundo.
-Es verdad. ¿Y entonces?
-Tú eres madre… Mi Hijo tiene sentimientos de padre para con todos los espíritus. ¿Soportarías tú que tu hija creciera en medio de quienes podrían causar su ruina?…
-No. Y he comprendido… Bueno, pues… di a tu Hijo estas palabras: "En recuerdo de Faustina, salvada en la carne, Valeria te deja a Áurea para que salves su espíritu…".
¡Es cierto! Estamos demasiado pervertidos como para inspirar confianza a un santo… ¡Señora, ora por mí! -y se retira antes de que María pueda darle las gracias. Se retira, yo diría, llorando…
María de Alfeo se ha quedado de piedra.
-Vamos, María… Mañana al anochecer partimos y al caer de la tarde estaremos en Nazaret…
-Vamos… La ha cedido como… como una cosa…
-Para ellos es una cosa. Para nosotras es un alma. Ven. Mira… Ya blanquea el cielo allá en el fondo. Se puede decir que no hay noche en este mes…
Van, en vez de por el camino de la orilla, por el que se abre ante ellas no ya en penumbra. Un camino que va por detrás de una fila de casitas modestas… Cuando están a la mitad del recorrido, de detrás de una esquina sale Judas, visiblemente embriagado; un Judas que viene de quién sabe qué festín, despeinado, arrugadas las vestiduras, el rostro ajado.
-¡Judas! ¿Tú? ¿En este estado?
A Judas no le da tiempo a fingir que no la conoce, tampoco puede huir… La sorpresa le aclara la mente y lo clava donde está, sin reacción.
María se le acerca, venciendo la repugnancia que despierta en ella el aspecto del apóstol, y le dice:
-Judas, desgraciado hijo, ¿qué haces? ¿No piensas en Dios? ¿En tu alma? ¿En tu madre? ¿Qué haces, Judas? ¿Por qué quieres ser pecador? ¡Mírame, Judas! No tienes derecho a matar tu alma… -y lo toca, tratando de tomarle una mano.
-Déjame tranquilo. Al fin y al cabo soy un hombre. Y… y soy libre de hacer lo que todos hacen. Dile a Él, que te manda para espiarme, que no soy todavía todo espíritu, y que soy joven.
-No eres libre de destruirte. ¡Judas, ten piedad de ti mismo!… Actuando así no serás nunca un espíritu santo… Judas… Él no me ha mandado para espiarte. Él ora por ti, sólo eso, y yo con Él. En nombre de tu madre…
-Déjame tranquilo -dice Judas con descortesía. Y luego, quizás sintiéndose ruin, corrige: «No merezco tu piedad… Adiós…» y huye…
-¡Qué demonio!… Se lo voy a decir a Jesús -exclama María de Alfeo. ¡Tiene razón mi Judas!
-Tú no dirás nada a nadie. Orarás por él, eso sí…
-¿Lloras? ¿Lloras por él? ¡Oh!…
-Lloro… Me sentía feliz de haber salvado a Áurea… Ahora lloro porque Judas es pecador. Pero a Jesús, que está muy afligido, le llevaremos sólo la noticia hermosa.
Y le arrebataremos, con penitencias y oraciones, el pecador a Satanás… ¡Como si fuera hijo nuestro, María!
¡Como si fuera hijo nuestro!… Tú también eres madre, y sabes… Por esa madre infeliz, por esta alma pecadora, por nuestro Jesús…
-Sí, oraré… Pero no creo que él lo merezca…
-¡María! No digas eso…
-No lo digo. Pero… es así. ¿No vamos a casa de Juana?
-No. Iremos pronto a su casa con Jesús…
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y el sábado continúa, propiamente en el sábado.
En la espléndida mañana, no pesado aún el aire por el calor, es agradable estar sentados, reunidos fraternal y pacíficamente debajo de la pérgola llena de sombra, o donde el manzano que está al lado de la higuera y del almendro proyecta, con éstos, manchas de sombra, prolongando la de la pérgola en que madura la uva.
Es bonito ir y venir paseando por los senderos que hay entre los cuadros, yendo de la colmena hasta el palomar, desde éste hasta la pequeña gruta, y luego, pasando detrás las mujeres -María, María Cleofás, la nuera de ésta:
Salomé de Simón, Áurea -, ir hacia los pocos olivos que desde el promontorio se alargan hacia el huerto quieto. Y esto es lo que hacen Jesús y los suyos, María y las otras mujeres. Y Jesús adoctrina incluso sin querer. Y María adoctrina incluso sin querer. Y los discípulos del primero y las discípulas de la segunda están atentos a las palabras de los dos Maestros.
Áurea, sentada en su taburetito habitual a los pies de María, casi acuclillada, está con las manos entrelazadas alrededor de las rodillas, la cara levantada, con los ojos abiertos completamente y fijos en el rostro de María: parece una niña escuchando una fábula. Pero no es una fábula, es una hermosa verdad. María cuenta las antiguas historias de Israel a la pequeña paganita de ayer, y las otras, aunque conozcan las historias patrias, escuchan también con atención. Porque es muy dulce oír fluir de esos labios la historia de Raquel, la de la hija de Jefté, la de Ana de Elcaná.
Judas de Alfeo se acerca lentamente y escucha sonriendo. Está detrás de María, que, por tanto, no lo ve. Pero la mirada sonriente de María Cleofás a su Judas advierte a María de que alguno está detrás de Ella, y se vuelve:
-¡Oh, Judas! ¿Has dejado a Jesús por escucharme a mí, una pobre mujer?
-Sí. Te dejé a ti para ir con Jesús, porque la primera maestra mía fuiste tú, pero me es dulce alguna vez dejarlo a Él para venir contigo, a hacerme niño como cuando era un escolar tuyo. Continúa, te lo ruego…
-Áurea quiere su premio todos los sábados. El premio es narrarle aquello que más impresión le haya causado de nuestra Historia (yo se la voy explicando un poco cada día mientras trabajamos).
También los otros se han acercado… Judas Tadeo dice:
-¿Y qué te gusta, niña?
-Muchas cosas; todo, podría decir… Pero, mucho mucho, Raquel, y Ana de Elcaná, luego Rut… y luego… ¡ah!, es muy bonito Tobit y Tobías con el Ángel, y luego la esposa que ora para ser liberada….
-¿Y Moisés no?
-Me da miedo… Demasiado grande… Y en los profetas me gusta Daniel defendiendo a Susana.
Mira a su alrededor y susurra:
-…También a mí me ha defendido mi Daniel -y mira a Jesús.
-¡Pero también son bonitos los libros de Moisés!
-Sí. Donde enseñan a no hacer las cosas que son feas. Y también donde hablan de aquella estrella que nacerá de Jacob. Yo ahora sé su nombre. Antes no sabía nada. Y mi fortuna es mayor que la de aquel profeta, porque yo la veo, y además de cerca. Ella me ha dicho todo, así que sé también yo -termina con un cierto aire triunfal.
-¿Y la Pascua no te gusta?
-Sí… pero… también los hijos de los demás tienen mamá. ¿Por qué matarlos? Yo entre el Dios que salva y el que mata, prefiero al primero…
-Tienes razón… María, ¿no le has contado todavía nada de su Nacimiento? -dice Santiago, señalando al Señor, que escucha y calla.
-Todavía no. Quiero que conozca bien el pasado, antes del presente; para comprender este presente, que tiene su razón de ser en el pasado. Cuando lo conozca, verá que el Dios que le produce miedo, el Dios del Sinaí, es un Dios de amor severo, pero en todo caso amor.
-¡Oh, Madre, dímelo ahora, que me costará menos esfuerzo comprender el pasado cuando sepa el presente, que, por lo que yo sé de él, es muy bonito y hace amar a Dios sin miedo! ¡Yo necesito no tener miedo!
-La niña tiene razón. Recordad siempre todos esta verdad cuando evangelicéis. Las almas necesitan no tener miedo para ir a Dios con toda confianza. Es lo que Yo me esfuerzo en hacer, y más aún cuando, o por ignorancia o por culpas, están sujetos a temer mucho a Dios. Pero Dios, incluso el Dios que castigó a los egipcios y que te produce miedo, Áurea, es siempre bueno. Mira: cuando quitó la vida a los hijos de los egipcios crueles, tuvo piedad con ellos, los cuales, no creciendo, no se hicieron pecadores como sus padres, y dio tiempo de arrepentirse a sus padres del mal cometido. Así pues, fue una severa bondad. Hay que saber distinguir la verdadera bondad de lo que es sólo debilidad de educación. Cuando Yo era un pequeño infante, fueron asesinados muchos pequeñuelos en el pecho mismo de sus madres. Y el mundo gritó de horror.
Pero, cuando el Tiempo ya no exista ni para los individuos ni para la Humanidad entera, comprenderéis, una y mil veces, que fueron afortunados, benditos en Israel, en la Israel de los tiempos de Cristo, aquellos que, por haber sido exterminados en la infancia, fueron preservados del mayor de los pecados, el de ser cómplices de la muerte del Salvador.
-¡Jesús! -grita María de Alfeo poniéndose en pie, asustada, mirando a su alrededor como si temiera ver salir a los deicidas de detrás de los setos y de los troncos del huerto.
-¡Jesús! -repite mirándolo con pena.
-¿Es que ya no conoces las Escrituras, que tanto te asombras de esto que digo? -le pregunta Jesús.
-Pero… Pero… No es posible… No debes permitirlo… Tu Madre…
-Es Salvadora conmigo, y sabe. Mírala e imítala.
María, en efecto, está austera, regia con su palidez, que es intensa; e inmóvil. Tiene las manos apoyadas en su regazo, apretadas, como en oración; alta la cabeza, la mirada fija en el vacío…
María de Alfeo la mira. Luego se dirige de nuevo a Jesús:
-¡Pero, de todas formas, no debes hablar de este horrendo futuro! Le clavas una espada en el corazón.
-Hace treinta y dos años que está esta espada en su corazón.
-¡Nooo! ¡No es posible! María… siempre tan serena… María…
-Pregúntaselo a Ella, si no crees en lo que digo.
-¡Sí que se lo pregunto! ¿Es verdad, María? ¿Sabes esto?…
Y María, con voz blanca pero firme, dice:
-Es verdad. Tenía Él cuarenta días cuando me lo dijo un santo… Pero incluso antes… ¡oh!, cuando el Ángel me dijo que, sin dejar de ser la Virgen, concebiría un Hijo, que por su concepción divina sería llamado Hijo de Dios, lo que realmente es; cuando se me dijo esto, y que en el seno de Isabel estéril estaba formado un fruto por milagro del Eterno, no me fue difícil recordar las palabras de Isaías:
"La Virgen dará a luz un hijo que será llamado Emmanuel"… ¡Todo, todo Isaías! Y donde habla del Precursor… Y donde habla del Varón de dolores, rojo, rojo de sangre, irreconocible… un leproso… por nuestros pecados… La espada está en el corazón desde entonces, y todo ha servido para hincarla más: el cantar de los ángeles y las palabras de Simeón y la venida de los Reyes de Oriente, y todo, todo…
-¿Pero, todo, qué otras cosas, María mía? Jesús triunfa, Jesús hace prodigios, le siguen turbas cada vez más numerosas… ¿No es, acaso, verdad? -dice María de Alfeo.
Y María, siguiendo en la misma postura, dice a cada pregunta: «Sí, sí, sí» sin congoja, sin alegría, solamente asiente con serenidad, porque así es…
-¿Y entonces? ¿Qué otro todo te clava la espada en el corazón?
-¡Oh!… Todo…
-¿Y estás tan serena? ¡Tan serena? Siempre igual que cuando llegaste aquí, casada, hace treinta y tres años. Y me parece ayer todo este cúmulo de recuerdos… ¿Pero cómo tienes esta fuerza?… Yo… yo estaría como loca… yo haría… no sé lo que haría… Yo… ¡Bueno, que no, que no es posible que una madre sepa esto y esté serena!
-Antes de ser Madre, soy hija y sierva de Dios… Mi serenidad ¿dónde la encuentro? En hacer la voluntad de Dios. Mi serenidad ¿de qué me viene? De hacer esta voluntad. Si hiciera la voluntad de un hombre, podría sentirme turbada, porque un hombre, aun el más sabio, siempre puede imponer una voluntad errada.
¡Pero la de Dios!… Si Él ha querido que sea Madre de su Cristo, ¿deberé acaso pensar que es un hecho cruel, y perder en este pensamiento mi serenidad? ¿Saber lo que será la Redención para Él, y para mí, también para mí, deberá turbarme con el pensamiento de cómo voy a superar ese momento?
¡Oh! será tremenda… -y María sufre un involuntario sobresalto, como un escalofrío improviso, y cierra las manos como para impedirles temblar, como para orar más ardientemente, mientras que su cara se pone aún más blanca, y los párpados sutiles, con un parpadeo de angustia, se cierran sobre sus dulces ojos garzos. Pero, después de un profundo suspiro de congoja, reafirma su voz y termina:
«Pero Él, Aquel que me ha impuesto su voluntad y a quien sirvo con amor confiado, me dará la ayuda para ese momento. A mí, a Él… Porque no puede el Padre dictar designios demasiado fuertes para las fuerzas del hombre… y socorre… siempre… Y nos socorrerá, Hijo mío… nos socorrerá… Él nos socorrerá… y sólo podrá ser Él, que tiene medios infinitos, el que nos socorra…
-Sí, Madre. El Amor nos socorrerá, y en el amor nos socorreremos recíprocamente. Y en el amor redimiremos…
Jesús se ha puesto al lado de su Madre y ahora le pone una mano en el hombro. Ella levanta la cara para mirar a su hermoso y sano Jesús, destinado a quedar desfigurado por las torturas, muerto con mil heridas, y dice:
-En el amor y en el dolor… Sí. Y juntos…
Ya ninguno dice nada… En círculo -alrededor de los dos Protagonistas principales de la futura tragedia del Gólgota -, apóstoles y discípulas parecen estatuas pensativas…
Áurea se ha quedado petrificada en su taburete… Pero es la primera que se recobra, y, sin ponerse en pie, se arrodilla, de forma que se encuentra justo contra María; le abraza las rodillas y agacha su cabeza y la apoya en su regazo; diciendo: ¡También por mí todo esto!… ¡Cuánto cuesto y cuánto os amo por lo que os cuesto! ¡Oh, Madre de Mi Dios, bendíceme para que no os cueste sin fruto…
-Sí, hija mía. No temas. Dios también te ayudará a ti, si aceptas siempre su voluntad.
Le acaricia los cabellos y las mejillas, y siente estas empapadas de llanto.
-¡No llores! Del Cristo lo primero que has conocido ha sido el destino de dolor, el final de su misión de Hombre.
No es justo que, habiendo conocido esto, ignores los momentos primeros de su vida en el mundo. Escucha… A todos les gustará salir de la contemplación amarga, tenebrosa, evocando el dulce momento, todo luz, todo canto, todo hosanna, de su Nacimiento…
Escucha… -y María, explicando la razón del viaje a Belén de Judá, ciudad anunciada como ciudad natal del Salvador, dulcemente narra la noche del Nacimiento de Cristo.
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No sé si es la noche del mismo sábado. Sé que veo a Jesús y a María sentados en el asiento de piedra que hay contra la casa, cerca de la puerta del comedor, del que sale el tenue claror de una lámpara de aceite colocada cerca del umbral, una lámpara que late en el aire con aumentos y disminuciones de luz, como si su luminosidad estuviera regulada por un movimiento respiratorio; es la única luz de esta noche todavía sin Luna. Un mínimo de claror que sale al huerto, alumbrando una estrecha franja de terreno delante de la puerta, para morir en el primer rosal del parterre. Pero ese mínimo es suficiente para iluminar los dos perfiles de los Dos, reunidos en íntimo coloquio en la noche serena llena de perfumes de jazmines y otras flores de verano.
Hablan de los parientes… de José de Alfeo, siempre testarudo, de Simón, no muy valiente en su profesión de fe por estar dominado por el primero de los hermanos, que es autoritario y obstinado en sus ideas como lo era el padre.
El gran dolor de María, que quisiera ver a todos sus sobrinos discípulos de su Jesús…
Jesús la consuela; habla de la fuerte fe israelita de su primo, para disculparlo: -Es un obstáculo, ¿sabes? Un verdadero obstáculo. Porque todas las fórmulas y preceptos hacen de barrera para la aceptación de la idea mesiánica en su verdad. Es más fácil convertir a un pagano, si no es un espíritu totalmente pervertido. El pagano reflexiona y ve la diferencia buena entre su Olimpo y mi Reino. Pero a Israel… a Israel en su parte más culta… le cuesta trabajo seguir el concepto nuevo…
-¡Y a pesar de todo es el mismo concepto!
-Sí. Es el mismo Decálogo, son las mismas profecías. Pero han sido profundamente alterados por el hombre, que los ha tomado de las esferas sobrenaturales donde estaban y los ha bajado al nivel de la Tierra, al ambiente del mundo, los ha manipulado con su humanidad, y los ha alterado…
El Mesías, Rey espiritual del gran Reino -que se llama de Israel porque el Mesías nace del tronco de Israel, pero que es más justo llamarlo de Cristo, porque Cristo centra en sí lo mejor de Israel, actual y pasado, y lo sublima con su perfección de Dios-Hombre -, el Mesías, para ellos, no puede ser el hombre manso, pobre, sin aspiraciones al poder y a la riqueza, obediente para con los que nos dominan por castigo divino; porque en la obediencia hay santidad cuando esta obediencia no debilita la gran Ley. Y por esto se puede decir que su fe trabaja contra la Fe verdadera.
¿Personas así, tercas y convencidas de ser justas?… Hay muchas… en todas las clases… y también entre mis parientes y apóstoles. Sí, Madre, su cerrazón respecto a creer en mi Pasión está en esto. Sus errores de valoración tienen su origen en esto… Y también su actitud reacia, que se obstina en considerar idólatras a los gentiles, mirando al hombre y no al espíritu del hombre, ese espíritu que tiene un solo Origen y al cual Dios querría dar un solo Destino: el Cielo. Fíjate Bartolomé… Es un ejemplo.
Es óptimo, sabio, está dispuesto a todo para darme honor y consuelo… Pero ante -no digo ya una Áglae o una Síntica, que es una flor respecto a la pobre Áglae, a la que solamente la penitencia le hace cambiar de fango a flor -, ni siquiera ante una muchacha, una pobre muchacha cuyo sino suscita todas las compasiones y cuyo instintivo pudor induce admiración, ni siquiera ante ella cae su repugnancia hacia los gentiles; y ni siquiera mi ejemplo lo vence, ni mis palabras sobre que he venido para todos.
-Tienes razón. Es más, precisamente los dos más resistentes son Bartolomé y Judas de Keriot, los dos más doctos, o, por lo menos, el docto Bartolmái, y Judas de Keriot, que no sé exactamente en qué clase se puede colocar, pero que está embebido, saturado del ambiente del Templo. Pero… Bartolmái es bueno y su resistencia todavía se puede disculpar. Judas… no. Ya has oído lo que ha dicho Mateo, que fue a propósito a Tiberíades… Y Mateo es experto de la vida, sobre todo de esa vida… Y es apropiada la observación de Santiago de Zebedeo: "¿Pero quién es el que da tanto dinero a Judas?". Porque esa vida cuesta… ¡Pobre María de Simón!
Jesús hace su típico gesto con las manos, para decir: «Así es…» y suspira. Luego dice:
-¿Has oído? Las romanas están en Tiberíades… Valeria no me ha comunicado nada. Pero Yo, antes de reanudar mi camino, tengo que saber. Quiero que estés conmigo en Cafarnaúm durante un tiempo, Mamá… Luego regresas aquí. Yo iré hacia los confines siro-fenicios y luego volveré para saludarte antes de bajar hacia Judea, la oveja terca de Israel…
-Hijo, iré mañana por la noche… Llevaré conmigo a María de Alfeo. Áurea irá a casa de Simón de Alfeo, porque no pasaría sin crítica el que se quedara aquí con vosotros varios días… Así es el mundo… Y yo iré…
La primera etapa, Caná; luego, al alba, partiré para la casa de la madre de Salomé de Simón; después, al caer de la tarde, reanudo la marcha: llegaremos, todavía con luz, a Tiberíades. Iré a la casa del discípulo José, porque quiero ir yo, personalmente, a ver a Valeria, y, si fuera donde Juana, querría ir ella… No. Yo, Madre del Salvador, para Valeria, seré distinta de la discípula del Salvador… y no me dirá no. ¡No temas, Hijo mío!
-No temo. Pero me aflige tu fatiga.
-¡Oh… para salvar a un alma! ¿Qué es esta nada de unas veinte millas recorridas en un buen período?
-La fatiga será también moral. Pedir… ser, quizás, humillada…
-Poca cosa que pasa. ¡Pero un alma permanece!
-Serás como una golondrina extraviada en la pervertida Tiberíades… Lleva contigo a Simón.
-No, Hijo mío. Nosotras dos solas, dos pobres mujeres… Pero dos madres y dos discípulas, o sea, dos grandes fuerzas morales… No me demoraré. Déjame ir… únicamente bendíceme.
-Sí, Mamá. Con todo mi corazón de Hijo y con todo mi poder de Dios. Ve y que los ángeles te escolten por el camino.
-Gracias, Jesús. Ahora vamos a entrar. Me tendré que levantar con el alba para preparar todo, para quien parte y para quien se queda. Di la oración, Hijo…
Jesús se levanta, y también María, y juntos dicen el Pater… Luego entran de nuevo en la casa, cierran la puerta… la luz desaparece y cesa toda voz humana. Queda sólo el viento ligero entre las frondas y el gorgoteo ligero del hilo de agua en la pila…
por makf | 9 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El sábado es el descanso. Ya se sabe. Descansan los hombres y las herramientas, cubiertas o colocadas con buen orden en sus sitios.
Ahora que el ocaso rojo de un viernes de verano está para cumplirse, María, sentada a la sombra del gran manzano ante su telar más pequeño, se levanta, tapa el telar y, con la ayuda de Tomás, lo devuelve a la casa, a su sitio, e invita a Áurea que, sentada en un pequeño taburete a sus pies, cosía todavía, con mano desmañada, los vestidos que le habían dado las romanas y que María ha adaptados a su talle -, la invita a doblar el trabajo con orden y a poner todo encima de la repisa de su habitación.
Y, mientras Áurea lleva a cabo esto, la Madre entra con Tomás en el local laboratorio donde Jesús y el Zelote se dan prisa en poner de nuevo en sus sitios sierras, cepillos, destornilladores, martillos, botes de barniz y de cola, y a barrer el serrín y las virutas de los bancos y del suelo. Del trabajo realizado hasta ese momento sólo quedan dos tablas dispuestas en ángulo, apretadas en el torno para que se solidifique la cola en las junturas (quizás es un futuro cajón), y un taburete barnizado a la mitad; además de quedar el olor agudo de los barnices todavía frescos.
Entra también Áurea. Va hacia el trabajo de buril de Tomás, se curva hacia él, lo admira y pregunta, curiosita, que para qué sirve, y también, instintivamente coqueta, pregunta que si a ella le quedaría bien.
-Te quedaría bien, pero te queda mejor el ser buena. Éstos son adornos que sólo hacen más hermoso el cuerpo, pero que no sirven para el espíritu; es más, cultivando la coquetería, perjudican al espíritu.
-¿Y entonces por qué lo haces? -pregunta, lógica, la niña -¿Es que quieres perjudicar a un espíritu?
Tomás, siempre afable, sonríe ante esta observación y dice:
-Perjudica lo superfluo, a un espíritu débil. Pero, para un espíritu fuerte, el adorno se queda en lo que es, ni más ni menos: un alfiler necesario para tener sujeta la túnica.
-¿Para quién lo haces? ¿Para tu mujer?
-Yo no tengo mujer ni la tendré nunca.
-Entonces para tu hermana.
-Tiene más de los que necesita.
-Entonces para tu madre.
-¡Pobre anciana! ¿Y qué hace con él?
-Pero es para una mujer…
-Sí. Pero que no eres tú.
-¡Ni siquiera lo pienso!… Y además, ahora que has dicho que estas cosas perjudican al espíritu débil, no lo querría. Voy a quitar también esas guarniciones a los vestidos. ¡No quiero perjudicar a lo que es de mi Salvador!
-¡Eres una niña como se debe! Fíjate, tú, con esta voluntad tuya, has hecho un trabajo más bonito que el mío.
-Lo dices porque eres bueno…
-Lo digo porque es verdad. Mira: yo he cogido este bloque de plata, lo he reducido a hojas a medida que iba siendo necesario; luego, con el instrumento, o, mejor, con los instrumentos, lo he doblado así. Pero todavía tengo que hacer la parte mayor. Juntar las partes, y de forma natural. Por ahora completas sólo están estas dos hojitas con su florecita unida -y Tomás levanta entre sus gruesos dedos un liviano escapo de muguete, recogido en una hoja que imita a la perfección las naturales. Hace un cierto efecto ver esa cosita, que resplandece con el brillo blanco de la plata pura, entre los dedos fuertes y bronceados del orfebre.
-Oh! ¡Bonito! Había muchos de éstos en la isla y nos dejaban cogerlos antes de que el Sol saliera. Porque las rubias no debíamos nunca tomar el sol para valer más; a las morenas, sin embargo, las hacían estar fuera, al sol, hasta sentirse incluso mal, para que fueran más morenas. Las… ¿Cómo se dice vender una cosa diciendo que es una cuando en realidad es otra?…
-Pues… con engaño… con trampa… no lo sé.
-Las engañaban diciendo que eran árabes o del alto Nilo, de donde nace; a una la vendieron como descendiente de la reina Saba.
-¡Nada menos! Pero no las engañaban a ellas, sino a los compradores. Se dice entonces que timaban. ¡Qué gentuza! Una buena sorpresa para el comprador, cuando haya visto descolorirse la… falsa etíope! ¿Estás oyendo, Maestro?
¡Cuántas cosas que nosotros ignoramos! …
-Estoy oyendo. Pero lo más triste no está en el timo al comprador… sino en el destino de esas muchachas…
-Es verdad. Almas profanadas para siempre. Perdidas…
-No. Dios puede siempre intervenir…
-Respecto a mí lo ha hecho. ¡Tú me has salvado!… -dice Áurea, volviéndose hacia el Señor con su mirada clara, serena. Y termina: « ¡Y yo soy muy feliz!» y, no pudiendo ir a abrazar a Jesús, va a ceñir a María con un brazo, apoyando su rubia cabeza en el hombro de la Virgen en un gesto de confiado amor. Las dos cabezas rubias resaltan, con sus distintas coloraciones, contra la pared oscura: un grupo dulcísimo.
Pero María se acuerda de la cena. Se sueltan y se van.
-¿Se puede entrar? -dice tras la puerta del taller que da a la calle la voz un poco ronca de Pedro.
-¡Simón! ¡Abrid!
-¡Simón! ¡No ha sabido estar separado! -dice Tomás riendo, mientras se apresura a abrir.
-¡Simón! Era previsible… -dice sonriendo el Zelote.
Pero no es sólo el rostro de Pedro el que se enmarca en el cuadro de la puerta; son todos los apóstoles del lago, todos menos Bartolomé y menos Judas Iscariote. Y con ellos están ya Judas y Santiago de Alfeo.
-¡La paz a vosotros! ¿Pero, por qué habéis venido con este calor?
-Porque… ya no podíamos estar separados. Han pasado dos semanas y media, ¿sabes? ¿Comprendes? ¡Dos semanas y media que no te vemos! -y Pedro parece decir: ¡Dos siglos! ¡Una enormidad!
-Pero os había dicho que esperarais a Judas todos los sábados.
-Sí. Pero no ha venido dos sábados… y al tercero venimos nosotros. Allí se ha quedado Natanael, que no está demasiado bien. Si Judas va, lo recibirá… Pero ciertamente no irá… Benjamín y Daniel nos dijeron que lo habían visto en Tiberíades, pasando por Tiberíades para venir donde nosotros, antes de ir hacia el Hermón grande, y… bueno, ya te diré después… -dice Pedro, cuya palabra ha sido cortada por un tirón de la túnica por parte de su hermano.
-De acuerdo. Luego me dirás… ¡Pero, deseabais tanto descansar, y ahora que podéis reposar os pegáis estas carreras!… ¿Cuándo habéis salido?
-Ayer al caer de la tarde. Con un lago que era un espejo. Hemos desembarcado en Tariquea para evitar Tiberíades para… para no encontrar a Judas…
-¿Por qué?
-Porque, Maestro, queríamos gozar de ti en paz.
-¡Sois egoístas!
-No. El ya tiene sus alegrías… ¡En fin! No sé quién le da tanto dinero para gozárselo con… Sí, comprendido, Andrés. Pero deja de tirarme tan fuerte de la túnica. Ya sabes que sólo tengo ésta. ¿Quieres que me vaya con la túnica rasgada?
Andrés se pone colorado. Los otros se ríen. Jesús sonríe.
-Bien. Hemos bajado a Tariquea también porque… bueno no me regañes… Será el calor, será que lejos de ti me hago malo, será que pensar que él se ha separado de ti para unirse a… ¡Pero bueno, deja ya de arrancarme la manga! ¡Ya ves que sé pararme a tiempo!… En fin, Maestro, será por muchas cosas… Yo no quería pecar, y si veía a Judas lo hacía. Así que me he dirigido a Tariquea. Y al alba nos hemos puesto en camino.
-¿Habéis pasado por Caná?
-No. No queríamos alargar el viaje… Pero ha sido muy largo de todas formas. Y el pescado se ponía malo… Se lo dimos a la gente de una casa, en cambio de alojamiento durante algunas horas, las más calurosas. Y hemos partido de allí a mitad de tiempo de después de la nona… ¡Un horno!…
-Os lo podíais haber ahorrado. Yo habría ido pronto…
-¿Cuándo?
-Cuando el sol hubiera salido del León.
-¿Y Tú crees que podíamos estar tanto sin ti? ¡Hombre, desafiamos a mil calores semejantes pero venimos a verte! ¡Nuestro Maestro! ¡Nuestro adorado Maestro! -y Pedro se abraza a su Tesoro de nuevo hallado.
-Y pensar que cuando estamos juntos no hacéis otra cosa sino quejaros del tiempo, de lo largo que es el camino…
-Porque somos unos necios. Porque, mientras estamos juntos, no comprendemos bien lo que Tú eres para nosotros… Pero aquí nos tienes. Ya tenemos lugares. Quién en casa de María de Alfeo, quién con Simón de Alfeo, quién con Ismael, quién con Aser y quién con Alfeo, que está aquí cerca. Ahora descansamos y mañana, al caer de la tarde, otra vez en marcha, más contentos.
-El sábado pasado hemos tenido aquí a Mirta y a Noemí, que habían venido para ver otra vez a la niña -dice Tomás.
-¿Ves como quien tiene la posibilidad de venir, en cuanto puede viene aquí?
-Sí, Pedro. Y vosotros ¿qué habéis hecho en este tiempo?
-Hemos pescado… hemos barnizado barcas… reparado redes… Ahora Margziam sale frecuentemente con los mozos, cosa que hace disminuir los improperios de mi suegra contra "el holgazán que hace morir de hambre a su mujer después de traerle un bastardo".
¡Y pensar que Porfiria no ha estado nunca tan bien como ahora que tiene a Margziam, por el corazón y por todo lo demás! Las ovejas, de tres, han pasado a cinco, y pronto serán más… ¡No es poco útil esto para una pequeña familia como la nuestra! Y Margziam con la pesca suple a lo que yo no hago sino muy raramente. Pero esa mujer tiene lengua viperina, a pesar de que su hija la tiene de paloma… Veo que tú también has trabajado…
-Sí, Simón. Hemos trabajado. Todos. Mis hermanos en su casa, Yo con éstos en la mía; para procurar satisfacción y descanso a nuestras madres.
-¡Hombre, también nosotros! -dicen los hijos de Zebedeo.
-Y yo a mi mujer, trabajando en colmenas y viñas -dice Felipe.
-¿Y tú, Mateo?
-Yo no tengo a quién hacer feliz… y ahora me he hecho feliz a mí mismo, escribiendo las cosas que más me gusta recordar…
-Entonces te vamos a referir la parábola del barniz. La he provocado yo, muy inexperto pintor… -dice el Zelote.
-Pero has aprendido pronto el oficio. ¡Fijaos qué bien ha dejado esta silla! -dice Judas Tadeo.
El acuerdo entre ellos es perfecto. Y Jesús, cuya cara aparece más descansada desde que está en su casa, resplandece de alegría por tener en torno a sí a sus queridos apóstoles.
Entra Áurea y se queda sorprendida en el umbral de la puerta.
-¡Ah, ahí está! ¡Fíjate qué bien está! Pasa por una pequeña hebrea, vestida así.
Áurea se pone roja como la púrpura y no sabe qué decir. Pero Pedro se muestra tan afable y paternal, que en seguida se recobra y dice:
-Me esfuerzo en serlo y… con mi Maestra espero serlo pronto… Maestro, voy a decir a tu Madre que están ellos… -y se retira ágil.
-Es una buena muchacha -declara el Zelote.
-Sí. Quisiera que se quedara con nosotros israelitas. Bartolomé, rechazándola, ha perdido una buena ocasión y una alegría… -dice Tomás.
-Bartolomé está muy ligado a las… fórmulas -dice Felipe para disculparlo.
-Es su único defecto -observa Jesús. Entra María…
-La paz a ti, María -dicen los que han venido de Cafarnaúm.
-La paz a vosotros… No sabía que estabais aquí. Enseguida me ocupo de vosotros… Entretanto venid…
-De casa vendrá nuestra madre con bastante comida, y también Salomé. No te preocupes, María -dice Santiago de Alfeo.
-Vamos al huerto… Se está alzando el viento de la noche y se está bien… -dice Jesús.
Y entran en el huerto. Se sientan acá o allá. Hablan fraternalmente, mientras las palomas zurean disputándose la última comida, que Áurea esparce por el suelo… Luego es el riego de los cuadros florecidos, o simplemente de útiles y bonitas verduras necesarias para el hombre.
Quieren hacerlo los apóstoles, alegremente, mientras María de Alfeo, que ha llegado en ese momento, con Áurea y María, preparan la cena para los llegados.
Y el olor de los alimentos que chirrían se mezcla con el de la tierra regada, de la misma forma que el gorjeo de los pájaros, que se disputan, presuntuosos, un buen sitio entra las tupidas frondas del huerto, se mezclan con las voces profundas o agudas de los apóstoles…