434- Trabajos manuales en Nazaret y parábola de la madera barnizada

El tosco hogar del taller está encendido, después de tanto tiempo de inactividad, y el olor de la cola hirviendo en un recipiente se mezcla con el típico olor del serrín y las virutas recién sacados, es más, que están saliendo, al pie de uno de los bancos de carpintero.

Jesús trabaja con ahínco unas tablas de madera, que, con la ayuda de la sierra y del cepillo, se transforman en patas de sillas, cajones, etc. Unos muebles, los modestos muebles de la casita de Nazaret, han sido llevados al taller: la mesa para amasar el pan, para repararla; uno de los telares de María; dos taburetes; una escalera de hortelano; un pequeño arquibanco; y la puerta del horno, creo, corroída en la parte de abajo, quizás por los ratones. Jesús trabaja en arreglar lo que el uso y el tiempo han consumido.

Tomás, por su parte, con todo un equipo de pequeños instrumentos de orfebre, sacados de su talego, que yace encima de su lecho (colocado, como el del Zelote, contra la pared), trabaja con mano ligera unas láminas de plata. Y el golpeteo de su martillito en el buril, que da sonido de plata, se funde con el vigoroso ruido de los instrumentos de trabajo usados por Jesús.

De vez en cuando intercambian algunas palabras, y Tomás está tan contento de estar allí con el Maestro y en su trabajo de orfebre -y, efectivamente, lo dice -, que durante las pausas del diálogo silba entre dientes muy bajo. De vez en cuando levanta los ojos y piensa, fijando su mirada, absorto, en la pared ahumada de la espaciosa habitación.

Jesús advierte esto y dice:
-¿Sacas la inspiración de aquella pared negra, Tomás? Verdad es que así la ha puesto el largo trabajo de un justo, pero no me parece que pueda dar motivos a un orfebre…

-No, Maestro, un orfebre, efectivamente, no puede representar con el metal rico la poesía de la santa pobreza… Pero sí puede, con su metal, representar cosas bellas de la naturaleza, y ennoblecer así el oro y la plata imitando con ellos las flores, las hojas, que hay en la creación. Pienso en esas flores, en esas hojas, y, para recordar exactamente su aspecto, miro fijamente así con los ojos a la pared, pero en realidad veo los bosques y los prados de nuestra Patria, las hojas livianas, las flores que parecen copas o estrellas, la compostura de escapos y frondas…

-Eres un poeta, entonces, un poeta que canta en el metal lo que otro canta en el pergamino con la tinta.
-Sí. Efectivamente, el orfebre es un poeta que escribe en el metal las bellezas de la naturaleza. Pero nuestra obra, de arte y bella, no vale cuanto la tuya, humilde y santa, porque la nuestra sirve para la vanidad de los ricos, mientras que la tuya sirve para la santidad de la casa y la utilidad del pobre.

-Es como dices, Tomás -dice el Zelote, que se ha asomado a la puerta que da al huerto, con la túnica ceñida, remangado, un viejo mandil delante y en la mano un recipiente con barniz.

Jesús y Tomás se vuelven a mirarlo, sonriendo. Y Tomás responde:
-Sí, es como digo. Pero quiero que al menos en alguna ocasión el trabajo del orfebre sirva para adornar una… cosa buena, santa…

-¿Qué?
-Es un secreto mío. Hace mucho que pienso esto, y, desde que fuimos a Ramá, llevo conmigo un pequeño equipo de orfebre esperando este momento. ¿Y tu trabajo, Simón?
-¡Yo no soy un artífice perfecto como tú eres, Toma! Es la primera vez que tengo el pincel en la mano, y mis tinturas son desiguales, a pesar de que ponga toda mi buena voluntad. Por eso he empezado por las partes más… humildes… para coger algo de práctica… y te aseguro que mi impericia le ha hecho a la niña reírse con ganas.

¡Pero eso me hace feliz! Cada hora que pasa renace a una vida serena, y es lo que se requiere para borrar el pasado y hacerla completamente nueva, para ti, Maestro.
-Ya, pero quizás Valeria no cede… -dice Tomás.

-¿Y qué crees que le puede importar el tenerla o no tenerla? Si la tenía consigo, era sólo para no dejarla sola por el mundo. Y la verdad es que sería una buena cosa el que la niña estuviera a salvo para siempre y en todo, en el espíritu sobre todo. ¿No es verdad, Maestro?

-Es verdad. Hay que orar mucho por esto. La criatura es sencilla y buena realmente, y educada en la Verdad podría dar mucho. Tiende instintivamente a la Luz.

-¡Claro! No tiene consuelos en la Tierra… y la pobrecita los busca en el Cielo. Yo creo que, cuando tu Buena Nueva pueda ser predicada por el mundo, los primeros que la acogerán, y los más numerosos, van a ser precisamente los esclavos, los que no tienen ningún consuelo humano y se refugiarán en tus promesas para tenerlos… Y yo digo que, si me toca precisamente este honor de predicarte, tendré un especial amor por estos desdichados…

-Harás bien, Tomás -dice Jesús.
-Sí, pero ¿cómo vas a tomar contacto con ellos?
-Seré orfebre para las damas y… maestro para sus esclavos. Un orfebre entra en las casas, o a su casa vienen los siervos de los ricos… y trabajaré… Dos metales: los de la Tierra para los ricos… los de los espíritus para los esclavos.

-Que Dios te bendiga por estos propósitos, Tomás. Persevera en ellos… -Sí, Maestro.

Bueno, ahora que ya has respondido a Tomás, ven conmigo, Maestro… a ver mi trabajo y a decirme qué es lo que debo barnizar ahora. Cosas humildes todavía, porque soy un obrero con muy poca habilidad.

-Vamos, Simón… -y Jesús deja sus herramientas y sale con el Zelote…

Vuelven después de un poco de tiempo. Jesús señala la escalera de hortelano: -Pásale el barniz a ésa. El barniz hace impenetrable la madera y la conserva más, además de hacerla más bonita. Es como la defensa y embellecimiento de las virtudes en el corazón humano. Puede ser agreste, tosco…

Pero, en cuanto las virtudes lo visten, se hace hermoso, agradable. Mira, para obtener una tinta bonita y un servicio real de ella, es necesario tener en cuenta muchas cosas. La primera: tomar con atención lo que se necesita para hacerla. O sea, un recipiente que no tenga tierra o residuos de otras tintas anteriores, aceites buenos y buenos colores, y, con paciencia, mezclar, trabajar, hacer un líquido que no sea ni demasiado denso ni demasiado líquido.

No cansarse de trabajar mientras no esté disuelto hasta el más pequeño grumo. Una vez hecho esto, hay que coger un pincel que no pierda las cerdas, que no las tenga ni excesivamente duras ni excesivamente blandas, que esté bien limpio de cualquier tinte precedente. Antes de aplicar el barniz, hay que quitar las asperezas de la madera y los viejos barnices descascarillados y el barro y todo. Luego, así, con orden, hay que tener mano segura en ir siempre en una dirección, extender con paciencia, mucha paciencia, el barniz. Porque en una misma tabla hay distintas resistencias. En los nudos, por ejemplo, el barniz queda más liso, es verdad, pero en ellos la tintura se fija mal, como si la materia leñosa la rechazara.

Al contrario, en las partes blandas de la madera el barniz se fija enseguida, pero las partes blandas generalmente son poco lisas, y entonces pueden formarse pequeñas bolsas, o estrías… Estos casos se deben solucionar extendiendo el color con mano constante. Luego hay, en los muebles viejos, partes nuevas, como este peldaño, por ejemplo. Y, para que no se vea que la pobre escalera está apañada pero que es muy vieja, hay que arreglárselas para que tanto el peldaño nuevo como los viejos resulten iguales… ¡Mira, así!

Jesús, agachado al pie de la escalera, mientras habla trabaja…

Tomás, que ha dejado sus buriles para ir a ver, pregunta:
-¿Por qué has empezado por la parte de abajo en vez de por la de arriba? ¿No era mejor hacer lo contrario?
-Parecería mejor, pero no lo es. Porque la parte de abajo es la que está más deteriorada y la que está destinada a deteriorarse más, porque apoya en el suelo. Por ese motivo debe trabajarse varias veces abajo. Una primera mano, luego una segunda, y una tercera si es necesario… y para no estar ociosos esperando a que la parte de abajo se seque para poder dar una nueva mano, barnizar mientras tanto la parte alta, luego el centro de la escalera.
-Pero al hacerlo uno se puede manchar la túnica y puede estropear las partes barnizadas antes.

-Con cuidado, uno no se mancha y no se estropea nada. ¿Ves? Se hace así. Se recoge la túnica y se está separado. No por asco de la tintura, sino para no dañar la tintura que, por haber sido dada poco antes, es delicada.
Y Jesús, elevados los brazos, barniza ahora la parte alza de la escalera. Y sigue hablando.

-Así se hace con las almas. He dicho al principio que el barniz es como el embellecimiento de las virtudes en los corazones humanos. Embellecimiento y preservación de la madera contra la carcoma, las lluvias y el sol intenso. ¡Mal le irá al amo de casa que no tenga cuidado de las cosas barnizadas y las deje deteriorarse! Cuando se ve que la madera pierde su barniz, sin perder tiempo, hay que poner barniz nuevo. Refrescar la pintura… También las virtudes, puestas en un primer momento de impulso hacia la justicia, pueden deteriorarse o desaparecer del todo, si el amo de la casa no vigila; y la carne y el espíritu, desnudos, a merced de la intemperie y de los parásitos, o sea, de las pasiones y de las disipaciones, pueden sufrir el asalto de estos elementos, perder la túnica que los embellece, terminar siendo… válidos sólo para el fuego.

Por tanto, bien sea en nosotros, bien sea en aquellos a quienes amamos como discípulos nuestros, cuando se notan agrietamientos, decoloraciones, en las virtudes colocadas como defensa en nuestro yo, es necesario, enseguida, poner remedio con un trabajo asiduo, paciente, hasta el final de la vida, para que uno pueda dormirse en la muerte con una carne y un espíritu dignos de la resurrección gloriosa.

Y para que las virtudes sean verdaderas, buenas, hay que empezarlas con una intención pura, valiente, que elimina todo detrito, todo resto de tierra, y trabajar para no dejar imperfecciones en la formación virtuosa, y luego tomar una actitud ni demasiado dura ni demasiado indulgente, porque tanto la intransigencia como la excesiva indulgencia perjudican. Y el pincel, la voluntad, debe estar limpio de las preexistentes tendencias humanas, que podrían hacer vetas en la tintura espiritual con rayas materiales; y uno se debe preparar a sí mismo -o preparar a otros, con oportunas operaciones, trabajosas, es verdad, pero necesarias -para limpiar al viejo yo de toda vieja lepra, para tenerlo limpio en orden a recibir la virtud.

Porque no se puede mezclar lo viejo con lo nuevo.

Luego empezar el trabajo, con orden, con reflexión. No saltar acá o allá sin un serio motivo. No ir un poco en un sentido y un poco en otro. Uno se cansaría menos, es verdad. Pero el barniz quedaría irregular. Como sucede en las almas desordenadas. Presentan lugares perfectos, pero al lado de éstos se ven errores, color distinto…

Insistir en los puntos resistentes a la tinta, en los nudos, maraña de la materia o de pasiones desordenadas, que están mortificados, sí, por a voluntad (la cual, como un cepillo, los ha alisado fatigosamente), pero que siguen oponiendo resistencia como un nudo tajado pero no destruido. Y a veces engañan, porque parecen ya bien revestidos de virtud, cuando en realidad tienen sólo un velo ligero que cae inmediatamente. Estar atentos a los nudos de las concupiscencias.

Haced que encima de ellos, una y otra vez, sea puesta la virtud, para que no reemerjan y afeen el yo nuevo. Y en las partes blandas, en las partes tendentes a deformarse que reciben con demasiada facilidad el barniz, pero que lo reciben según su tendencia, con bolsas y rayas, insistir en lijar con la piel de pescado, lijar, lijar, para dar una o más manos de barniz, para que esas partes queden lisas como un esmalte compacto. Y atentos a no sobrecargar. Pretender excesivamente en las virtudes hace que la persona se rebele, se agite y salte al primer choque. No. Ni demasiado ni demasiado poco. Justicia en el trabajo con uno mismo y con las criaturas hechas de carne y alma.

Y si, como en la mayor parte de los casos -porque las personas como Áurea son excepciones y no regla -hay partes nuevas mezcladas con las viejas -y las tienen los israelitas, que de Moisés pasan al Cristo, y los paganos con su mosaico de creencias, que no podrán ser anuladas de repente y emergerán con nostalgias y recuerdos, al menos en las cosas más puras -, entonces son necesarios todavía más ojo y tacto, e insistir hasta que lo viejo se homogeneice con lo nuevo, haciendo uso de las cosas preexistentes para completar las nuevas virtudes.

Por ejemplo, en los romanos hay mucho espíritu de Patria y valor viril. Estas dos cosas son casi mitos. Pues bien, no tratéis de destruirlas, sino inculcad un espíritu nuevo al espíritu patrio: el espíritu de hacer grande también espiritualmente a Roma como centro de cristiandad; y usad la virilidad romana para hacer fuertes en la fe a quienes son fuertes en la batalla. Otro ejemplo: Áurea. El asco de una revelación brutal la impulsa a amar lo puro y a odiar lo impuro. Pues bien, usad estas dos cosas para conducirla a una perfecta pureza, odiando la corrupción como si fuera el romano brutal.

¿Me entendéis? Y haced de las costumbres medios para entrar. No destruyáis brutalmente. No tendríais a mano inmediatamente con qué edificar; substituid, más bien, poco a poco, lo que no debe seguir existiendo en un convertido, con caridad, paciencia, tenacidad. Y, puesto que la materia, especialmente en los paganos, predomina, y ellos, aunque estén convertidos, estarán siempre apoyados en el mundo pagano, pues en él viven, insistid mucho en que se preserven de la carnalidad. Detrás de la sensualidad entra todo lo demás.

Vigilad en los paganos la exasperación de la sensualidad, la cual, confesémoslo, también está vivísima entre nosotros; y cuando veáis que el contacto con el mundo abre el barniz que preserva, no sigáis dando pinceladas en lo alto, sino volved a la parte de abajo, manteniendo en equilibrio el espíritu y la carne, lo alto y lo bajo. Pero empezad siempre por la carne, por el vicio material, para preparar a recibir al Huésped que no inhabita en cuerpos impuros con espíritus malolientes por corrupciones carnales… ¿Me entendéis?

Y no temáis corromperos tocando con vuestra túnica lo bajo, lo material, de aquellos cuyo espíritu cuidáis. Con prudencia, para no ser causa de ruina en vez de causa de edificación. Vivid recogidos en vuestro yo nutrido de Dios, envuelto en virtud; moveos con delicadeza, especialmente cuando tengáis que ocuparos del sensibilísimo yo espiritual de los demás: ciertamente lograréis hacer seres dignos del Cielo incluso de los seres más despreciables.

-¡Qué parábola más hermosa nos has expuesto! Voy a escribirla para Margziam -dice el Zelote.
-Y para mí, que debo ser hecha toda hermosa para el Señor -dice lentamente, buscando las palabras, Áurea, que, descalza, está desde hace un poco de tiempo erguida en la puerta que da al huerto.

-¡Oh! ¡Áurea! ¿Nos estabas escuchando? -pregunta Jesús.
-Te estaba escuchando. ¡Es tan bonito! ¿He hecho mal?
-No, niña. ¿Hace mucho que estás aquí?
-No. Y lo siento, porque no sé lo que has dicho antes. Me ha mandado aquí tu Madre para decirte que dentro de poco es la hora de la comida. Se va a sacar de un momento a otro el pan del horno. He aprendido a hacerlo yo… ¡Qué bonito! Y he aprendido a blanquear la tela, y sobre el pan y la tela tu Madre me ha dicho otras dos parábolas.
-¿Ah, sí? ¿Qué ha dicho?

-Que yo soy como una harina todavía con el salvado, pero tu bondad me depura, tu gracia trabaja en mí y tu apostolado me forma, tu amor me cuece y de harina fea mezclada con mucho salvado pasaré a ser, si dejo que trabajes en mí, harina de hostia, harina y pan de sacrificio, que sirve para el altar. Y en la tela, que era oscura, oleosa, áspera, y que después de mucha jabonera y muchos golpes se ha limpiado y se ha hecho suave, ahora el Sol va a meter sus rayos, y será blanca… Y me dijo que lo mismo hará de mí el Sol de Dios, si yo estoy siempre bajo el Sol y acepto lavaduras y mortificaciones para llegar a ser digna del Rey de los reyes, de ti, mi Señor.

¡Qué cosas más bonitas aprendo!… Me parece un sueño… ¡Bonito! ¡Bonito! ¡Bonito! ¡Aquí todo es bonito… ¡No me mandes a otro sitio, Señor!

-¿No irías con gusto con Mirta y Noemí?
-Preferiría aquí… Pero… también con ellas. Pero con romanos no, no, Señor…
-¡Ora, niña! -dice Jesús poniendo su mano en sus cabellos color rubio-miel. ¿Has aprendido la oración?

-¡Oh! ¡Sí! ¡Es tan bonito decir: "^Padre mío!" y pensar en el Cielo… Pero… la voluntad de Dios me da un poco de miedo… porque no sé si Dios quiere lo que yo quiero…
-Dios quiere tu bien.

-¿Sí? ¿Dices eso Tú? Entonces ya no tengo miedo… Siento que me quedaré en Israel… a conocer cada vez más a este Padre mío… Y… a ser la primera discípula de Galia, ¡oh mi Señor!

-Tu fe será escuchada porque es buena. Vamos…
Y salen todos. Van a lavarse a la pila que está debajo del manantial, mientras Áurea corre ligera donde María. Y se oyen dos voces femeninas: de palabra ágil la de María; titubeante, como de quien busca las palabras, la otra; y risitas agudas por algún error lingüístico que María corrige dulcemente…

-Aprende pronto y bien la niña -observa Tomás.
-Sí. Es buena y voluntariosa.
-¡Y, además, tu Madre es maestra!… ¡Ni Satanás le opondría resistencia!… -dice el Zelote.
Jesús suspira pero no habla…

-¿Por qué suspiras así, Maestro? ¿No es como he dicho?
-Lo has dicho muy bien. Pero hay hombres más resistentes que Satanás, que al menos huye de la presencia de María.

Hay hombres que están a su lado y que, aun siendo adoctrinados por ella, no mejoran…

-¿Pero no nosotros, no? -dice Tomás.
-No vosotros… Vamos…

Entran en casa y todo termina.

433- Llegada a Nazaret. Alabanzas a la Virgen. Curación de Áurea

Viniendo de Sefori, se entra en Nazaret por el noroeste, o sea, por la parte más alta y pedregosa. El anfiteatro en que, a escalones, se extiende Nazaret se muestra todo en cuanto se alcanza la cresta del collado, que es el último si se viene de Seforí, y que desciende hacia la pequeña ciudad, por barrancos, con declive más o menos pronunciado. Si reconozco bien el lugar -ha pasado tiempo y muchos lugares de montaña se parecen -, este en que se encuentra Jesús es justamente el sitio en que sus conciudadanos intentaron lapidarlo y Él los detuvo con su poder y pasó en medio de ellos.

Jesús se para a mirar a su ciudad amada y hostil. Una sonrisa de contento le ilumina el rostro. ¡Qué bendición, ignorada e inmerecida por los nazarenos, esta sonrisa divina que se derrama y expande en gracias sobre esta tierra que lo recibió de niño y lo vio crecer, y donde su Madre nació y vino a ser Esposa de Dios y Madre de Dios!
También los dos primos miran a su ciudad con una visible alegría, aunque la de Judas Tadeo está impregnada de seriedad austera, grave, mientras que la de Santiago es más abierta y dulce, más semejante a la de Jesús.

Tomás, aunque no sea su ciudad, tiene la cara que es un luminar de alegría, y dice, señalando hacia la casita de María ­del horno salen círculos de humo:
-La Madre está en casa y está haciendo el pan… -y dice estas sencillas palabras con tanto fuego de amor, que parece como si hablara de la propia madre con todo el afecto de un hijo.

El Zelote, más sosegado por la edad y por la educación recibida, sonríe diciendo: -Sí, y su paz ya llega a nuestros corazones.

-Vamos pronto -dice Santiago -Vamos a pasar por este sendero para llegar sin que casi nos vean los nazarenos. Nos entretendrían…

-Pero os alejáis de vuestra casa… También vuestra madre deseará veros.
-Puedes estar seguro, Simón, de que nuestra madre está en casa de María. Está allí casi siempre… Y estará, porque están haciendo el pan, y por la niña enferma…
-Sí, vamos por aquí. Llegaremos al seto de nuestro huerto pasando por detrás del huerto de Alfeo -dice Jesús.

Bajan a buen paso por el sendero: muy inclinado al principio, más suave cuando está ya cerca de la ciudad.

Pasan por olivares, luego por pequeñas parcelas ya sin mieses, y pasan muy cerca de los primeros huertos de la ciudad. Y los altos setos de tupidas frondas que rodean a aquéllos o hacia los cuales se pliegan las frondas de los árboles pesados de fruta, o los muretes de piedra seca cubiertos enteramente por las ramas que cuelgan hacia fuera desde dentro de los huertezuelos, hacen que su tránsito pase inadvertido por las amas de casa, que van y vienen por los huertos, o hacen la colada y tienden la ropa en los pequeños prados que hay cerca de las casas…

El seto -toda una maraña de espinos durante el invierno, después del enrojecimiento de los pequeños frutos en otoño, o todo un adensarse de hojas durante el verano, después de la floración del espino albar en primavera -, que limita por un lado al huerto de María, ahora está embellecido con una exuberante planta de jazmín y con un ondear de cálices de una flor cuyo nombre desconozco; estas plantas, desde el interior del huerto, extienden sus ramas sobre el seto, de forma que hacen a éste más tupido y hermoso; un curruco canta en su espesura, y del interior del huerto llega el zureo de las palomas.

-También la barrera está resguardada y toda cubierta de ramas en flor -dice Santiago, que ha ido más deprisa y se ha adelantado a mirar la rústica cancilla de detrás del huerto, la que después de años de no servir para nada fue usada para que entrara y saliera el carrito de Pedro para Juan y Síntica.

-Vamos por el sendero y llamamos a la puerta. A mi Madre le dolería ver estropeada esta barrera -le responde Jesús.
-¡Su huerto cerrado!-exclama Judas Tadeo.
-Sí. Y Ella es su rosa -dice Tomás.
-El lirio entre los espinos -dice Santiago.
-La fuente sellada -dice el Zelote.

-Mejor: el manantial de agua viva que, brotando con ímpetu del monte hermoso, da a la Tierra el Agua de Vida y surte
con su perfumada pureza hacia el Cielo -dice Jesús.

(Huerto cerrado y las otras imágenes, que en el presente capítulo se aplican a María Stma., están sacadas de: Cantar de los Cantares 2, 2; 4, 8-l2; 4, l5; 5, l; 8, ll-l2)

-Dentro de poco estará dichosa viéndote -dice Santiago
-Hermano mío, dime una cosa que desde hace tiempo deseo saber. ¿Cómo ves Tú a María? ¿Como Madre o como súbdita? Es madre para ti, pero es mujer y Tú eres Dios… -dice Judas Tadeo.

-Como hermana y esposa, como delicia y reposo del Dios y como conforte del Hombre. Yo veo y tengo todo en María, como Dios y como Hombre. Aquella que era la Delicia de la Segunda de la Tríada en el Cielo, Delicia del Verbo y del Padre y del Espíritu, es la Delicia del Dios Encarnado, y lo será del Hombre Dios glorificado.

-¡Qué misterio! ¿Entonces Dios se ha privado dos veces de sus complacencias? En ti y en María, y os ha dado a la Tierra… -medita el Zelote.
-¡Qué amor! Esto es lo que debes decir. El amor impulsó a la Tríada a dar a María y a Jesús a la Tierra -dice Santiago.

-Y, no por ti que eres Dios, sino por su Rosa, ¿no temió confiarla a los hombres, todos ellos indignos de tutelarla? ­pregunta Tomás.

-Tomás, el Cantar te responde: "El Pacífico tenía una viña y la confió a los viñadores, los cuales, profanadores azuzados por el Profanador, muchas sumas de dinero habrían dado por poseerla, o sea, todas las seducciones para seducirla, pero la Viña hermosa del Señor se custodió por sí sola, y no quiso dar sus frutos sino al Señor y a Él abrirse y generar el Tesoro sin precio: el Salvador".

Ya han llegado a la puerta de la casa. Judas de Alfeo comenta, mientras Jesús golpea en la puerta cerrada:
-Habría que decir: "Ábreme, hermana mía esposa, amada, paloma, inmaculada"…

Pero, cuando la puerta se entreabre y aparece el dulce rostro de la Virgen, Jesús dice sólo la más dulce de las palabras, abriendo los brazos para recibirla:

-¡Mamá!
-¡Oh, Hijo mío! ¡Bendito! Entra. ¡La paz y el amor estén contigo!
-Y a mi Madre y a la casa y a quien en ella está -dice Jesús entrando, seguido por los otros.

-Allí está vuestra madre. Las dos discípulas están con el pan y la colada… -explica María después del saludo recíproco con los apóstoles y sobrinos. Y éstos, discretos, se retiran, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

-Aquí me tienes, Madre mía. Estaremos juntos bastante… Qué dulce es el regreso… la casa y, sobre todo, tú, Madre, después de tanto camino en medio de los hombres…
-Que cada vez te conocen más y, por este conocimiento, se dividen en dos ramas: los que te aman… y los que te odian… Y la rama más gruesa es la última…

-El Mal siente que pronto va a ser vencido y está furioso… y hace enfurecer… ¿Cómo está la niña?
-Levemente mejor… Pero estuvo a punto de morir… Y sus palabras, ahora que no delira, corresponden, aunque más reservadas, a las que le salían en el delirio. Sería mentir decir que no hemos reconstruido su historia… ¡Pobrecilla!…
-Sí. Pero la Providencia veló por ella.
-¿Y ahora?…
-Y ahora… No sé. Áurea no me pertenece como tal niña. Su alma es mía; su cuerpo, de Valeria. Por ahora estará aquí, para olvidar…

-Mirta la querría.
-Lo sé… Pero no tengo el derecho a actuar sin el permiso de la romana. Tampoco sé si la adquirieron con dinero o si usaron sólo el arma de las promesas… Cuando la romana la solicite…

-Iré yo por ti, Hijo mío. Es mejor que no vayas Tú… Déjalo en manos de tu Mamá. Nosotras mujeres… seres ínfimos para Israel, no somos tan observadas, si vamos a hablar con los gentiles. ¡Y tu Mamá es tan desconocida para el mundo! Ninguno advertirá la presencia de una hebrea lugareña que, envuelta en su manto, va por las calles de Tiberíades y llama a la casa de una dama romana…

-Podrías ir a casa de Juana… y allí hablar con la dama…
-Lo haré así, Hijo mío. ¡Que tu corazón halle alivio, Jesús mío!… Estás muy afligido… Lo comprendo… y quisiera hacer mucho por ti…

-Y mucho haces, Mamá. Gracias por todo lo que haces…
-¡Oh! ¡Bien pobre ayuda soy, Hijo mío! Porque no consigo que te amen, ni darte… dicha… mientras se te concede tener un poco de dicha… ¿Qué soy, entonces? Una bien pobre discípula…

¡Mamá! ¡Mamá! ¡No digas eso! Mi fuerza me viene de tus oraciones. Pensando en ti descansa mi mente, y ahora el corazón halla conforte estando así, con mi cabeza en tu corazón bendito… ¡Mamá mía!…

Jesús, sentado en el arquibanco que está junto a la pared, ha arrimado hacia sí a su Madre, erguida al lado de Él, y apoya la frente sobre el pecho de María, la cual, levemente, acaricia sus cabellos… Una pausa todo amor.
Luego Jesús alza la cabeza y se pone de pie. Dice:

-Vamos donde los otros, y donde la niña -y sale con su Madre al huerto.

Las tres discípulas, en el umbral de la habitación donde está la joven enferma, hablan a ritmo rápido con los apóstoles. Pero cuando ven a Jesús se callan y se arrodillan.
-La paz a ti, María de Alfeo, y a vosotras, Mirta y Noemí. ¿La niña duerme?
-Sí, persiste la fiebre, que la aturde y la consume. Si sigue así, morirá. Su tierno cuerpo no resiste la enfermedad, y la mente se turba por los recuerdos -dice María de Alfeo.

-Sí… y no reacciona porque dice que quiere morirse para no volver a ver romanos… -confirma Mirta.
-Un dolor para nosotras que ya la queremos… -dice Noemí.

-¡No temáis! -responde Jesús mientras se acerca a la entrada de la pequeña habitación y levanta la cortina…
En el lecho que está pegado a la pared, frente a la puerta, se ve la carita enflaquecida, sepultada bajo la masa de los largos cabellos dorados, una carita de nieve, excepto en los pómulos, que presentan un color rojo encendido. Duerme con fatiga, profiriendo entre dientes palabras balbucientes, incomprensibles, mientras, con la mano relajada encima de la cubrecama, hace, de vez en cuando, un gesto como para rechazar algo.
Jesús no entra. La mira con mirada de compasión. Luego llama fuerte:

-¡Áurea! ¡Ven! ¡Está aquí tu Salvador!
La niña se sienta bruscamente en el lecho, lo ve y emitiendo un grito, baja y corre, vestida con una larga y suelta túnica, descalza, hacia Jesús, y se arroja a sus pies diciendo:

-¡Señor! ¡Ahora sí que me has liberado!
-Está curada. ¿Veis? No podía morir, porque antes debe conocer la Verdad.
Y a la niña, que le besa los pies, le dice:
-¡Arriba! Y vive en paz -y le pone la mano encima de la cabeza ya no febricitante.

Áurea, con su larga túnica de lino, quizás una de la Virgen, tan larga que le forma cola, con los cabellos sueltos como un manto sobre su esbelto cuerpo, con los ojos grises-azules brillantes todavía por la fiebre que acaba de desaparecer y por la alegría que acaba de nacer, parece un ángel.

-Adiós. Nos retiramos al taller mientras vosotras os ocupáis de la niña y de la casa… -dice el Maestro: y seguido por los cuatro, entra en el viejo taller de José, y se sienta con los suyos en los bancos de carpintero desusados…

432- Con los campesinos de Jocanán, cerca de Sefori

-¿Vendrán? -pregunta Mateo a los compañeros que están sentados en un bosque de acebos en las primeras pendientes de la colina donde se alza Sefori.

La llanura de Esdrelón, estando al otro lado del collado en que se encuentran, ya no es visible. Pero hay otra llanura, mucho más pequeña, entre este collado y los de la zona de Nazaret, que se distinguen netamente con el límpido claror de la Luna.

-Lo han prometido y vendrán -responde Andrés.
-Al menos algunos de ellos. Salían a la mitad de la primera vigilia. Estarán aquí al principio de la segunda -dice Tomás.

-Más tarde -dice Judas Tadeo.
-Nosotros hemos tardado menos de tres horas -objeta Andrés.
-Nosotros somos hombres, y vigorosos. Ellos están cansados y traerán con ellos algunas mujeres -responde otra vez Judas Tadeo.

-¡Si no se da cuenta el patrón!…-suspira Mateo.
-No hay peligro. Se ha ido a Yizreel, invitado por un amigo. Está el administrador. Pero viene también él, porque no odia al Maestro -dice Tomás.
-¿Será sincero aquel hombre? -pregunta Felipe.
-Sí. Porque no tiene motivo para no serlo.
-¡Hombre, pues atraerse la benevolencia del patrón y…
-No, Felipe. Después de las vendimias Jocanán lo despide, precisamente porque no odia al Maestro -responde Andrés.
-¿Quién os lo ha dicho? -preguntan varios.

-Él y los campesinos… por separado. Y cuando dos de distinta categoría están de acuerdo en decir una cosa es señal de que lo dicho es verdadero. Los campesinos lloraban porque el administrador se marchaba. Se había hecho muy humano. Y él nos dijo: "Soy un hombre y no un fantoche de arcilla. El año pasado me dijo: “Honra al Maestro, conócelo, hazte uno de sus fieles”. Obedecí.

Ahora me dice: ¡Ay de ti si amas a mi enemigo y permites que ellos lo amen. No quiero maldición para mis tierras recibiendo a ese maldito'. Pero ¿cómo puedo, ahora que lo he conocido, sentir justa esa orden? Le he dicho al patrón: Hablabas de forma distinta el año pasado, y Él sigue siendo el mismo. Me pegó una vez. Dije: No soy esclavo. Y, aunque lo fuera, no tendrías poder sobre mi pensamiento. Mi pensamiento juzga santo a Aquel a quien tú llamas maldito. Me pegó entonces otra vez. Esta mañana me ha dicho:

“El anatema de Israel está en mis lugares. ¡Ay de ti si infringes lo que te mando! Dejarás de ser servidor mío”. He respondido: `Bien has dicho. Dejaré de ser servidor tuyo. Busca a otro que tenga tu corazón, y tenga para con tus bienes la rapacidad que tú tienes para con las almas de los demás. Y me ha arrojado al suelo y me ha pegado…

Pero pronto termina el trabajo del año y, con la luna de Tisrí, quedo libre. Lo siento sólo por éstos…" y señalaba a los campesinos» narra Tomás.

-¿Pero dónde lo visteis?…
-En el bosque. Como ladrones. Miqueas -habíamos hablado con él -le había advertido y él vino, sangrando aún, y también vinieron en pequeños grupos los siervos y las siervas… -dice Andrés.

-¡Mmm! ¡Entonces tenía razón Judas! Conoce el humor del fariseo… -observa Bartolomé.
-¡Demasiadas cosas sabe Judas!… -dice Santiago de Zebedeo.

-¡Calla! ¡Te puede oír! -le aconseja Mateo.
-No. Se ha alejado, diciendo que tenía sueño y que le dolía la cabeza… -responde Santiago.
-¡Luna! Luna en el cielo y luna en su cabeza. Así es: más variable que el viento -sentencia Pedro, que hasta entonces había estado mudo.
-¡Ya! ¡Sí! ¡Una buena desgracia en medio de nosotros! -suspira Bartolomé.

-No. ¡No hables así! ¡No desgracia! Es más, es un modo de santificarse uno… -dice el Zelote.
-0 de condenarse, porque hace perder las virtudes… -dice secamente Judas Tadeo.
-Es un desdichado -comenta Andrés con tristeza.
-Un rato de silencio. Luego Pedro pregunta:
-¡Pero el Maestro sigue orando?

-No. Mientras estabas adormilado ha pasado y ha ido a donde Juan y su hermano, que estaban puestos de guardia en el camino. Quiere estar enseguida con los pobres campesinos. Quizás es la última vez que los va a ver -responde el Zelote.

-¿Por qué la última vez? ¿Por qué? No digas esa palabra. ¡Parece como si acarrease desventura! -dice, agitado, Judas Tadeo.

-¡Hombre, ya lo ves… cada vez más perseguidos!… No sé qué tendremos que hacer en el futuro…

-Simón tiene razón… Será una cosa hermosa el ser enteramente espirituales… Pero… si hubiera sido lícito tener un poquito de… humanidad… una miaja de protección de Claudia no habría perjudicado -dice Mateo.
-No. Mejor estar solos… y, sobre todo, puros en cuanto a contactos con los gentiles. Yo… no los apruebo -dice secamente Bartolomé.

-Yo también poco… Pero… el Maestro dice que su Doctrina debe extenderse por todo el mundo. Y que lo tendremos que hacer nosotros… Sembrar en todas partes su palabra… Y entonces tendremos que adaptarnos a tratar con gentiles e idólatras… -dice Judas Tadeo.

-Impuros. Me parece como hacer una cosa sacrílega. ¡La Sabiduría a los cerdos! …

-¡También tienen ellos un alma, Natanael! Tú has tenido compasión de la muchacha ayer…

-Porque… es una… es una nada a la que hay que formar. Es como una recién nacida… ¡Pero los otros!… Y además no es romana…

-¿Crees que los Galos no son idólatras? También ellos tienen a sus dioses crueles. ¡Lo advertirás, si tienes que ir a convertirlos!… -dice el Zelote, cuya cultura es más cosmopolita -voy a llamarla así -que la de los otros.
-Pero no es de la raza de los profanadores de Israel. No predicaré nunca a los enemigos de Israel, ni a los actuales ni a los antiguos.

-Entonces… tendrás que ir muy lejos, a los pueblos hiperbóreos, porque… no lo parece, pero Israel ya ha tenido experiencia de todos los pueblos vecinos… -dice Tomás.

-Iré lejos… ¡Ah, ahí está el Maestro! Vamos a acercarnos. ¡Cuánta gente! ¡Han venido todos, incluso los niños!…

-El Maestro estará contento…
Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado (y es que va apretujado entre los muchos que le rodean).
-¿Judas todavía ausente? -pregunta Jesús.
-Sí, Maestro. Pero si quieres lo llamamos…
-No hace falta. Mi voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz. No es necesario añadir vuestras voces, y forzar una voluntad. Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros. Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan en un ágape de amor.

Se sientan en círculo con Jesús en el centro, quien quiere alrededor de Él a todos los niños, los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

-¡Bendícelos, Señor! Que vean lo que nosotros anhelamos ver. ¡La libertad de amarte! -grita una mujer.
-Sí. Nos quitan incluso esa libertad. No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu. Y ahora nos impiden vernos, y te prohíben a ti venir… ¡Ya no oiremos palabras santas! -gime un anciano.

-Abandonados así, nos volveremos pecadores. Tú nos enseñabas el perdón… Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón… Pero ahora… -dice un joven (distingo mal su rostro, y no sé exactamente quiénes hablan; me baso en el sonido de las voces).
-No lloréis. No os dejaré sin mi palabra. Volveré, mientras pueda…

-No, Maestro y Señor. Él es malo, y también sus amigos. Podrían dañarte, y por causa nuestra. Nosotros hacemos el sacrificio de perderte, pero no nos des el dolor de decir: "Por nosotros lo prendieron"».
-Sí, sálvate, Maestro.

-No temáis. Se lee en Jeremías (Jeremías 36) cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba, y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor, leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir. Así voy a hacer Yo. Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos. Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor, y no perecerán vuestras almas. Y Yo no seré prendido por causa vuestra, porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros. También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá -el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo -, destruyera el volumen, el dictado de Dios permaneció, porque el Señor mandó al profeta: "Toma otro volumen y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey". Y Jeremías dio un volumen a Baruc, un volumen sin escritura, y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas, y otras más como complemento de las primeras, porque el Señor remedia los estropicios humanos cuando el remedio es un bien para las almas, y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a mí, comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran, ¿creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes? En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos que narrarán lo que Yo no voy a poder decir por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella. ¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras? No. El ángel del Señor os las repetirá y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría. Y no sólo eso, sino que os las explicará y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro. Vosotros selláis el amor a mí con el dolor. ¿Puede, acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución? No puede perecer.

Yo os lo digo. El don de Dios no se cancela. El pecado es lo único que lo anula. Pero vosotros, ciertamente, no queréis pecar, ¿no es verdad, amigos míos?

-No, Señor. Significaría perderte también en la otra vida -dicen muchos.

-Pero nos harán pecar. Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el sábado… y ya no volverá a haber Pascua para nosotros. Así que pecaremos… -dicen otros.
-No. No pecaréis vosotros. Pecará él. Sólo él. Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

-Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas. Nosotros no podemos, porque ya es demasiado poca la comida en proporción al esfuerzo que hacemos, y no tenemos qué ofrecer… Somos pobres…

-Ofrecéis aquello que Dios aprecia: vuestro corazón. Dice Isaías (58, 37) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes: "En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores. Ayunáis para reñir y discutir y, perversamente, pelear. Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores. ¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo? ¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza? ¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor? El ayuno que prefiero es otro. Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman, da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo. Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos, viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo".

Pero Jocanán no hace esto. Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores, y os trata peor que a deudores morosos, y alza la voz para amenazaros y la mano para golpearos. No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos. Pero el siervo es tan hombre como el patrón, y si tiene el deber de servir tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre, tanto materialmente como en el espíritu. No se honra el sábado, aunque se pase en la sinagoga, si ese mismo día el que lo practica pone cadenas y da a sus hermanos áloe como bebida. Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor y el Señor estará en medio de vosotros, perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas. Pero, sin duda, amo con especial amor a las que han recibido golpes de los pastores ídolos para que se alejen de mis caminos. Para éstas, más que para ninguna otra, he venido. Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

"Apacienta estas ovejas destinadas al matadero, matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo: `¡Nos hemos enriquecido!', y de las que no han tenido compasión los pastores". Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero, ¡oh pobres del rebaño!, y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen y afligen al Padre, que en sus hijos sufre. Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios y los atraeré hacia mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas que celebran mi piedad y mi poder como Pastor. Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis. Cuidaré de mi rebaño. A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua y de deteriorar los pastos por venir a mí, les diré:

"Retiraos. Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos. Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando. A los pastos que sacian el espíritu. Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres, dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros, y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios; ya nada atormentará a mis corderos, sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo".

¡Perseverad, hijos amados! Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo. Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto. Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará. No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar. Tened fe en Dios. Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor. Como con el anciano y el niño, lo mismo el Señor hará con vosotros: en esta vida, parcialmente; en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas, para hacer menos dura vuestra condición material. Os las doy. Dáselas, Mateo. Que se las repartan. Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos y estáis tan necesitados. No tengo otras cosas… Otras cosas materiales. Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre, para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa! ¡Él sólo! ¡Él sólo!… Y digo: "Padre, te pido por éstos. No te pido por los felices y ricos del mundo, sino por estos que lo único que tienen es a ti y a mí. Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu, que encuentren toda consolación en nuestro amor, y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito, para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales, sus jornadas, sus ocupaciones, de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro, puedan resistir su calvario y, después de la muerte, tenerte a ti, a Nosotros, beatitud infinita".

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él. En su oración su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos y dice:
-Me marcho. Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo. Nos veremos todavía. Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver, mi Espíritu estará siempre con vosotros, y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado. Deposite el Señor sobre vosotros su bendición. Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen, y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba que no sabe separarse de Él…
Pero, al final, cada uno se pone en camino por su parte, de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende y ramas encendidas deben dar algo de luz al camino. Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco. Jesús lo mira y no dice nada, ni siquiera cuando Judas dice: «Estoy mejor».
Siguen caminando: durante la noche, como mejor pueden; luego, con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio Jesús se detiene y dice:
-Separémonos. Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos. Los otros irán al lago, a esperarme.

-Gracias, Maestro… No me atrevía a pedírtelo. Pero Tú me lo has facilitado. Estoy verdaderamente cansado. Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…
-En casa de un amigo -Santiago de Zebedeo no se puede contener de decirlo.

Judas abre muchísimo los ojos… pero se limita a esto.
Jesús se apresura a decir:

-Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros. Venid para que os bese a los que me dejáis.
Y, con afecto, besa a los que se marchan, dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…
Ninguno expresa objeción alguna. Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

-Ven pronto, Maestro.
-Sí, ven pronto -dicen los otros, y Juan termina:
-Estará muy triste el lago sin ti.
Jesús los bendice una vez más y promete:

-¡Pronto! -y luego cada uno se marcha por su parte.

431- Tomás prepara el encuentro de Jesús con los campesinos de Jocanán

Han seguido caminando, después del incidente, en silencio durante un tiempo; pero, llegados a una bifurcación que hay entre los campos, Santiago de Zebedeo dice:

-¡Por aquí se va a donde Miqueas!… Pero… ¿vamos a ir ahora? Ese hombre nos espera en sus propiedades para tratarnos mal…

-Y para impedirte hablarles a los campesinos. Santiago tiene razón. No vayas -aconseja Judas Iscariote.
-Me esperan. He mandado aviso de que voy. Su corazón está en fiesta. Soy el Amigo que va para consolarlos…
-Irás otra vez. Se resignarán -dice, encogiéndose de hombros, Judas.

-Tú no te resignas tan fácilmente cuando se te priva de una cosa con la que contabas.

-Las mías son cosas serias. Las de ellos…
-¿Y qué más serio, más grande que la formación y el consuelo de un corazón? Ellos son corazones a los que todo trata de alejar de la paz, de la esperanza… Y tiene sólo una esperanza: la de una vida futura. Y sólo tienen un medio para ir a ella: mi ayuda. No. Iré a verlos, a costa de que me apedreen.

-¡No, Hermano! ¡No, Señor! -dicen juntos el Zelote y Santiago de Alfeo -Serviría sólo para que castigaran a esos pobres siervos. Tú no oíste, pero Jocanán dijo:

"Hasta ahora he soportado. Pero ahora ya no soportaré más. ¡Y ay de aquel siervo que vaya a Él o lo reciba! Es un réprobo, es un demonio. No quiero corrupciones en mi casa", y a un compañero le dijo: “A costa de matarlos les curaré su endiablamiento por este maldito".
Jesús agacha la cabeza, pensando… y sufriendo. Es visible su dolor… Los otros se afligen por ello, pero ¿qué hacer?

La serenidad práctica de Tomás es la que resuelve la situación:

-Hagamos así. Quedémonos aquí hasta la puesta del sol, para no violar el sábado. Entretanto uno de nosotros va sin ser notado hasta las casas, y dice: "En plena noche, cabe la fuente de fuera de Sefori". Y nosotros, después del ocaso, vamos allí y los esperamos en las arboledas que hay al pie del monte sobre el que está Sefori. El Maestro habla a esos pobrecitos, los consuela, y con las primeras luces ellos vuelven a sus casas y nosotros, superando el collado, vamos a Nazaret.

-Tomás tiene razón. ¡Sí señor, Tomás! -dicen varios.
Pero Felipe observa:
-¿Y quién va a avisar? Nos conoce a todos y nos puede ver…

-Podría ir Judas de Simón. Conoce bien a los fariseos… -dice inocentemente Andrés.

-¿Qué quieres insinuar? -ataca Judas.

-¿Yo? Nada. Digo que los conoces porque has estado mucho en el Templo y tienes buenas amistades. Siempre te glorías de esto. A un amigo no le harán daño… -dice el manso Andrés.

-No estés tan seguro, ¡eh! Que ninguno lo esté. Si todavía nos protegiera Claudia, quizás… podría yo, pero ahora ya no. Porque ahora, en conclusión, ¿se ha desinteresado, no es verdad, Maestro?

-Claudia sigue admirando al Sabio. Nunca ha hecho nada ni distinto ni mayor que esto. De esta admiración pasará quizás a la fe en el Dios verdadero. Pero sólo la fantasía de una mente exaltada podía creer que ella tuviera otros sentimientos hacia mí. Y, si los tuviera, Yo no los querría. Puedo todavía aceptar su paganismo, porque espero cambiarlo en cristianismo. No puedo aceptar lo que sería su idolatría: la adoración de un Hombre pobre ídolo en un pobre trono humano.

Jesús dice esto con sosiego, como hablando a todos en una lección. Pero lo dice tan tajantemente, que no deja dudas acerca de su intención y sus decisiones de reprimir cualquier posible desviación en ese sentido entre sus apóstoles.

Ninguno replica, por tanto, acerca de la realeza humana. Pero sí preguntan:

-¿Entonces qué se hace respecto a los campesinos?
-Voy yo. Yo lo he propuesto, voy yo, si el Maestro lo consiente. En todo caso, no me van a comer los fariseos… -dice Tomás.
-Ve si quieres. Y que tu caridad sea bendecida.

-¡Es tan poca cosa, Maestro!…

-Es una cosa muy grande, Tomás. Sientes los deseos de tus hermanos, de Jesús y de los campesinos, y te compadeces. Y tu Hermano en la carne te bendice también por ellos -dice Jesús, poniendo la mano en la cabeza inclinada ante Él de Tomás, que, emocionado, su-surra: « ¿Yo… tu… hermano? Es demasiado honor, mi Señor. Yo, tu siervo; Tú, mi Dios… Esto sí… Me pongo en marcha».

-¿Vas solo? ¡Voy yo también! -dicen Judas Tadeo y Pedro.
-No. Sois demasiado fogosos. Yo sé cambiar todo en risa… el mejor medio para desarmar a ciertos… caracteres. Vosotros os calentáis enseguida… Voy solo.
-Voy yo -dicen Juan y Andrés.
-¡Sí! Uno de vosotros sí, y también uno como Simón Zelote o Santiago de Alfeo.
-No, no. Yo. Yo no reacciono mal. Callo y hago -insiste Andrés.

-Ven -y se marchan por una parte, mientras Jesús prosigue por la otra con los que se han quedado…

430- El nido caído y el escriba cruel.

La letra y el espíritu de la Ley
Veo a Jesús que va por un caminito boscoso -a una parte y a otra hay árboles y arbustos -, vestido de blanco y con su manto azul oscuro echado sobre los hombros.

Y una serie de senderillos corta la maraña verde. Pero no debe ser un lugar solitario y lejano de alguna zona habitada, porque a menudo se ven otras personas. Se diría que es un camino que une dos pueblos cercanos, y que atraviesa las propiedades agrícolas de sus habitantes. El lugar es llano, lejos se ven unos montes. No sé qué lugar es.

Jesús, que iba hablando con los discípulos, se detiene y escucha, y vuelve la mirada en torno a sí; luego toma un senderillo del bosque y va hacia una espesura formada por pequeños árboles y arbustos. Se agacha y busca. Y encuentra.

En la hierba hay un nido (no sé si derribado por una tormenta, como hace pensar el hecho de que el suelo esté húmedo y las ramas aún goteen como por una tormenta; o quizás agredido por mano de hombre y luego abandonado allí, para evitar el ser sorprendido con la nidada en la mano).

No lo sé. Lo único que veo es un pequeño nido hecho de heno entrelazado y lleno de hojitas secas, de pelusas de árboles y de lana, entre las cuales se mueven, piando, cinco pajaritos de pocos días, rojos, pelados, feos por sus picos abiertos totalmente y los ojos saltones. Arriba, en un árbol, chillan desesperados los que encobaban.

Jesús recoge con cuidado el nidito. Lo mantiene en el cuenco de una mano y busca con la mirada el lugar donde estaba o donde se puede poner en seguro. Encuentra unas ramas de zarza trenzadas, tan bien unidas que parecen una cestita, y seguras por estar muy adentro en la mata.

Sin preocuparse de las espinas que le arañan los brazos, El -primero da el nido a Pedro (y el apóstol, ya de edad y tan ancho y robusto de constitución, resulta muy curioso de ver con ese nidito en sus cortas y callosas manos) -se recoge las anchas y largas mangas y se afana en hacer todavía más defendido y cóncavo el trenzado de las zarzas.

¡Ya está! Toma otra vez el nido y lo pone allí, en el medio, y lo asegura arrancando hilos de largas hierbas cilíndricas que parecen delgadísimos juncos. Ahora está seguro. Se separa y sonríe. Luego pide un trozo de pan a un discípulo, que lleva una bolsa en bandolera, y desmigaja un poco de pan en el suelo, encima de una piedra.

Jesús, ahora, está contento. Se vuelve para regresar al camino principal, mientras los que encobaban, con chillidos de alegría, se lanzan hacia el nido salvado.

Un pequeño grupo de hombres está parado al margen del camino. Jesús se los encuentra delante. Los mira. Se borra la sonrisa de su rostro, que se pone muy severo -yo diría sombrío -; mientras que, cuando recogía el nido, era un rostro muy compasivo, y muy feliz al verlo colocado. Jesús se para a mirar a sus inesperados testigos; parece mirar su corazón y sus pensamientos escondidos. No puede seguir adelante, porque el grupito tapa el sendero. Pero calla. No calla Pedro.

-Dejad pasar al Maestro -dice.

-Calla, nazareno -responde uno del grupo -¿Tu Maestro cómo se ha permitido entrar en mi bosque y realizar una obra manual en sábado?

Jesús lo mira directamente con una expresión extraña. Es y no es sonrisa. Y, si es sonrisa, no es ciertamente de aprobación. Pedro está para replicar, pero Jesús toma la palabra.

-¿Quién eres?

-El amo de este sitio. Joacana ben Zaccái.
-Ilustre escriba. ¿Y qué me echas en cara?
-Haber violado el sábado.

Joacana ben Zaccái, ¿conoces el Deuteronomio?

-¿Me lo preguntas a mí? ¿A mí, que soy un verdadero rabí de Israel?

-Sé lo que quieres decirme: que Yo, porque no soy escriba, sino un pobre galileo, no puedo ser "rabí". Pero, te pregunto otra vez: "¿Conoces el Deuteronomio?"

-Mejor que Tú ciertamente.

-Respecto a la letra… ciertamente, si así quieres creerlo. Pero, ¿lo conoces en su verdadero significado?

-Lo que está escrito está escrito. No hay más que un significado.

-En efecto, no hay más que un significado. Y es de amor. 0 de misericordia, si no quieres llamarlo amor. O también, si te repele llamarlo así, pues llámalo humanidad. Y el Deuteronomio dice:

"Si ves que se pierde la oveja o el buey de tu hermano, aunque no sea vecino tuyo, no pasarás de largo. Antes bien, los llevarás a él, o los tendrás contigo hasta que él venga por ellos". Dice:

"Si ves que se cae el asno o el buey de tu hermano, no hagas como si no hubieras visto; antes bien ayúdale a levantarlos". Dice:

"Si encuentras en un árbol o por el suelo un nido con la madre encobando a los pequeñuelos o a los huevos, no tomarás a la madre (porque es sagrada para la procreación), sino que tomarás sólo a los pequeñuelos". (Deuteronomio 22, l-4 y 6-7)

Yo he visto en el suelo un nido, y a una madre que lloraba por él. He sentido compasión porque era una madre. Y le he restituido los pequeñuelos.

No he creído violar el sábado por haber consolado a una madre. No se debe permitir que se pierda la oveja del hermano, no dice la Ley si es culpa alzar a un asno en sábado; dice sólo que usemos misericordia con el hermano y humanidad con el asno, criatura de Dios. He pensado que Dios había creado a esa madre para que procreara, y que ella había obedecido a la orden de Dios, y que impedirle criar a su prole era poner obstáculo a su obediencia a una orden divina.

Pero tú, esto, no lo comprendes. Tú y los tuyos miráis a la letra y no al espíritu. Tú y los tuyos no pensáis que violáis dos veces el sábado, es más, tres veces, rebajando la Palabra divina a la pequeñez de la mentalidad humana, obstaculizando una orden de Dios y faltando de misericordia para con el prójimo.

Para herir con el reproche no juzgáis que mover la lengua sin necesidad está mal hecho. Eso, que también es un trabajo, y además inútil e innecesario y no bueno, no os parece violación del sábado.

Joacana ben Zaccái, escúchame. De la misma forma que hoy no tienes piedad de una curruca, y por la práctica farisaica la harías morir de dolor, y dejarías morir de congoja a su prole, abandonada al alcance del áspid y del hombre perverso, así mañana no tendrás piedad de una madre y la harás morir de congoja haciendo que le maten a su prole, diciendo que es una cosa buena por respeto a tu ley.

A la tuya. No a la de Dios. A la que tú y los que son como tú os habéis dictado para oprimir a los débiles y triunfar vosotros, los fuertes.

Pero, como puedes ver, los débiles encuentran siempre un salvador; mientras que los soberbios, los fuertes según la ley del mundo, serán aplastados por el peso de su misma pesada ley.

Adiós, Joacana ben Zaccái. Recuerda esta hora y pon cuidado en no violar tú otro sábado con la complacencia por un delito cumplido.

Y Jesús, fulminando las pupilas en el rostro encendido de ira del viejo iracundo, mirando al escriba desde arriba, porque éste es bajo y gordo, mientras que Jesús parece una palma respecto a él, pasa, pisando la hierba porque el escriba no se aparta.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-He querido levantarte el espíritu con una visión verdadera, aunque no la contemplen los Evangelios.

Para ti la enseñanza es ésta: que siento mucha compasión de los pajarillos sin nido, aunque en vez de llevar por nombre curruca, lleven por nombre María o Juan. Y me preocupo de darles de nuevo un nido cuando un hecho los ha despojado de él.

Para todos la enseñanza es ésta: que demasiados conocen las palabras de la Ley (demasiados aun siendo pocos, porque todos deberían saberlas). Pero únicamente conocen las “palabras". No las viven. Éste es el error.

El Deuteronomio prescribía leyes de humanidad porque los hombres, entonces, eran, por puericia espiritual, inhumanos, semillas silvestres. Había que llevarlos de la mano por los floridos senderos de la piedad, del respeto, del amor hacia el hermano que pierde un animal, hacia el animal que se cae, hacia el pájaro que encoba; para enseñarles a ascender a piedad, respeto y amor más altos.

Pero, cuando vine Yo, perfeccioné las normas mosaicas y abrí horizontes más vastos. La letra ya no era "el todo".

El espíritu pasó a ser "el todo". Más allá del pequeño acto humano, respecto a un nido y a sus habitantes, es necesario ver el significado que puse en mi gesto: inclinarme, Yo, el Hijo del Creador, ante la obra del Creador. Aquella nidada era también obra suya.

¡Oh, dichosos aquellos que en todas las cosas saben ver a Dios y servirle con espíritu de amor reverente! ¡Ay de aquellos que, como la serpiente, no saben levantar la cabeza de su fango, y no pudiendo entonar un canto de alabanza para Dios manifestado en las obras de los hermanos, muerden a éstos por un exceso de veneno que los ahoga! Demasiados hay que torturan a los mejores, diciendo como justificación de su perversidad que está bien actuar así por respeto a la ley. Ley suya. No de Dios, que, si no puede impedir sus obras malvadas, sabe vengar a sus "pequeñuelos".

Y esto es para aquellos a quienes hay que decírselo. Mi paz, que vela, esté contigo.

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