405- Descanso en un henil y discurso a la entrada de Emaús de la llanura. El pequeño Miguel

Cabe la puerta de Emaús hay una casa de campesinos. Silenciosa, porque todos están en los campos trabajando.

En el corral ya están amontonadas las gavillas del día anterior. Y hay heno en los rústicos heniles. El sol abrasador del mediodía extrae un olor caliente del heno y las gavillas. No se oye ruido alguno, aparte del zureo de las palomas y la parlería de los gorriones, siempre chismosos y pendencieros. Las unas y los otros van, sin tregua, del tejado o de los árboles cercanos a los montones de gavillas y de heno, y -son los primeros de entre todos los que saborearán esos productos -picotean entre las espigas enhiestas, se enzarzan con golpes de ala, giran para arramplar más semillas, para robar las pajitas más blandas de heno, ávidos, batalladores, libres de escrúpulos.

Los únicos ladrones comunes en Israel (donde -lo he notado -existe el máximo respeto a la propiedad ajena). ¡Las casas tienen ganas de estar abiertas, y los corrales y viñas sin guardia!

Aparte de los rarísimos profesionales de la depredación, los verdaderos bandidos que asaltan en las quebradas de los montes, no hay ladronzuelos, y, ni siquiera, simplemente… golosos que alarguen la mano hacia el árbol frutal o hacia el pichón ajeno. Cada uno va por su camino y, aun cuando atraviesa la propiedad del prójimo, es como si no tuviera ni ojos ni manos.

Es verdad que la hospitalidad se ejercita tan ampliamente que no hay necesidad de robar para poder comer. Sólo para Jesús, y por causa de un odio que es tan grande que suspende la costumbre secular de ser hospitalarios con el peregrino; sólo para Él, se verifica el hecho de casas que niegan hospitalidad y comida. Pero para los otros, generalmente, siempre hay piedad, especialmente entre las clases humildes.

Y así sucede que, sin miedo, los apóstoles, después de haber llamado a esta casa cerrada y no haber encontrado a nadie, se han refugiado debajo de un cobertizo en que hay aperos de labranza y cántaros vacíos; y, como si fuera suyo, han hecho uso del heno para sentarse, de los cubos para sacar agua del pozo, de las jarros para beber y mojar así los bocados de pan viejo y de cordero frío, que comen casi en silencio, por el mucho sueño que tienen y lo aturdidos que están por el sol. Y, con la misma libertad con que se han servido del heno y de las jarras, se tumban en el fragante heno; y pronto se oye un coro de ronquidos de distintos tonos y duración.

También Jesús está cansado. Más que cansado, triste. Mira durante un rato a los doce durmientes. Ora. Piensa… Piensa mientras sigue con los ojos, mecánicamente, las luchas de los gorriones y las palomas y el vuelo de saeta de las golondrinas por el corral lleno de sol. Da la impresión de que los chillidos de estas veloces dominadoras del vuelo ponen afirmaciones netas a las preguntas dolorosas que Jesús se plantea.

Luego también Él se echa sobre el heno, y pronto los dulces y tristes ojos de zafiro se velan bajo los párpados, mientras el rostro se entona en el sueño, y quizás porque se sume en el sueño con la tristeza en el corazón, su rostro toma mucho de la expresión cansada y dolorosa que tendrá en la muerte.

Regresan los campesinos propietarios de la casa. Hombres, mujeres, niños. Y con ellos están también los discípulos vistos antes. Ven a Jesús y a los suyos, durmiendo en el heno, y convierten las voces en susurros, para no despertarlos. Alguna mamá propina un pescozón al niño que no quiere callarse; o al menos hace ademán de querer hacerlo.

Un crío va con pasitos de tortolita y un dedito en la boca a observar a Jesús, «el más guapo» dice, que duerme con la cabeza apoyada en el brazo doblado para hacer de almohada. Y todos, descalzos, de puntillas, acaban imitándolo; los primeros, Matías y Juan, que se enternecen viéndolo durmiendo así en el heno. Y Matías observa:

-Como en su primer sueño está nuestro Maestro, pero menos feliz que entonces… Le falta también su Madre…
-Sí. Lo único que tiene es siempre cerca la persecución. Pero nosotros lo amaremos siempre, lo amamos siempre como en aquella hora… -responde Juan.

-Más que entonces, Matías. Más que entonces. Entonces amábamos sólo por fe y porque es tierno amar a un niño; pero ahora amamos también por conocimiento…
-Ha sido odiado desde pequeño, Juan. ¡Recuerda lo que sucedió para matarlo!… -y el rostro de Matías se quiebra recordando.

-Es verdad… ¡Pero, bendito sea aquel dolor! Todo lo perdimos, menos a Él. Y eso es lo que cuenta. ¿De qué nos habría servido el tener todavía parientes y casa y nuestro pequeño bienestar, si Él hubiera muerto?

-Es verdad. Tienes razón, Matías. ¿Y de qué nos servirá tener todo el mundo, cuándo no esté ya en el mundo?
-No me hables de eso… Entonces seremos verdaderamente unos desvalidos… Marchaos vosotros. Nosotros nos quedamos con el Maestro -dice luego Juan despidiéndose de los campesinos.

-Siento no haber pensado en dejarles la llave. Podían entrar en casa, estar mejor… -dice el hombre más anciano de la casa.

-Se lo diremos… De todas formas, se sentirá feliz también por vuestro amor. Id, id…

Los campesinos entran en la casa, y pronto el humo que sube de la chimenea dice que están preparando la comida. Pero lo hacen con finura, conteniendo a los niños, haciendo poco ruido… y, también sin hacer ruido, llevan lo que han cocinado a los discípulos, y susurran:

-Para cuando se despierten. Lo hemos tenido aparte para ellos…
Luego el silencio envuelve de nuevo la casa. Quizás los segadores, que han estado trabajando desde el alba, se han echado en las camas para descansar en estas horas en que imposible sería estar en las tierras bajo el sol incandescente. Se adormilan también los discípulos… Las palomas y los gorriones han hecho una pausa… Sólo las golondrinas pasan como saetas, incansables, y su vuelo rápido escribe palabras azules en los espacios y palabras de sombra en el blanco corral…

El pequeñín de antes, precioso con su camisita corta, único indumento a que se ha quedado reducido en esta hora tórrida, saca su cabecita morena por la puerta de la cocina, echa una ojeada, da unos pasos, cautamente, con sus tiernos piececitos, que sufren en contacto con el suelo hirviente de sol. La camisita, desatada, se le cae casi del hombro regordete.

Llega donde los discípulos e intenta pasar por encima de ellos, para ir otra vez a mirar a Jesús. Pero sus piernecitas son demasiado cortas para poder superar los cuerpos musculosos de los adultos; tropieza y se cae encima de Matías, que se despierta y ve la carita turbada, próxima al llanto, del pequeñuelo. Sonríe y dice, intuyendo la maniobra del niño: -Ven aquí, te pongo entre Jesús y yo. Pero estáte callado y quieto. Déjalo dormir, que está cansado.

Y el niño, feliz, se sienta a adorar el hermoso rostro de Jesús. Lo mira, lo escruta, siente grandes deseos de hacerle una caricia, de tocarle sus cabellos de oro. Pero Matías vigila sonriente y no se lo permite. Entonces el pequeño pregunta en voz baja:

-¿Duerme siempre así'?
-Siempre así -responde Matías.
-¿Está cansado? ¡Por qué?
-Porque anda mucho y habla mucho.
-¿Por qué habla y anda?
-Para enseñar a los niños a ser buenos, a amar al Señor para ir con Él al Cielo.
-¿Allí arriba? ¿Y cómo? Está lejos…
-El alma. ¿Sabes lo que es el alma?
-¡Nooo!

-Es la cosa más bonita que hay en nosotros, y…
-¿Más que los ojos? Mi mamá me dice que mis ojos son dos estrellas. ¡Y las estrellas son muy bonitas, eh!
El discípulo sonríe y responde:

-Es más bonita que las estrellitas de tus ojos, porque el alma buena es más bonita que el Sol.
-¡Oh! ¿Y dónde está? ¿Dónde la tengo?
-Aquí. En tu corazoncito. Y ve, oye todo, y no muere nunca. Y cuando uno no es nunca malo y muere como un justo, el alma vuela arriba con el Señor.
-¿Con Él -y el niño señala a Jesús.
-Con Él.

-¿Pero Él tiene alma?
-Tiene alma y divinidad. Porque ese Hombre al que estás mirando es Dios.
-¿Tú cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?
-Los ángeles.

El niño, que se había sentado completamente encima de Matías, no puede recibir esta noticia tranquilamente, y bruscamente se pone de pie y dice:

-¿Tú has visto a los ángeles? -y mira a Matías con los ojos como platos. La noticia es tan impresionante, que por un instante se olvida de Jesús, siendo así que no ve que Él entreabre los ojos, despertado por el grito ligero del niñito, y los vuelve a cerrar y gira la cabeza hacia la otra parte.

-¡Calla! ¿Lo ves? Lo despiertas… Te mando a casa.
-Estoy quieto. ¿Pero cómo son los ángeles? ¿Cuándo los has visto? -la vocecita es de nuevo un susurro.
Y Matías, paciente, cuenta la noche de Navidad al pequeñuelo que se ha vuelto a sentar en su pecho, arrobado. Y, paciente, responde a todos los porqués: «

¿Por qué había nacido en un establo? ¿No tenía casa? ¿Era tan pobre que no encontraba una casa? ¿Y ahora no tiene casa? ¿No tiene a su Mamá? ¿Dónde está su Mamá? ¿Por qué lo deja solo, si sabe que ya lo han querido matar? ¿No lo quiere?…

Una lluvia de preguntas y también de respuestas. Y la última -a la que Matías responde:

-Esta Mamá santa quiere mucho a su divino Hijo. Pero hace el sacrificio de su dolor de dejar que se marche para que los hombres se salven. Para consolarse piensa que hay todavía hombres buenos capaces de amarlo…» -suscita esta respuesta: « ¿Y no sabe que hay niños buenos que lo quieren? ¿Dónde está? Dímelo, que voy y le digo: "No llores. Yo le doy el amor a tu Hijo". ¿Tú qué crees, que se pondrá contenta?

-Mucho, niño -dice Matías, y lo besa.
-¿Y Él se pondrá contento?
-Mucho, mucho. Díselo cuando se despierte.
-¡Sí, sí! ¿Pero cuándo se despierta?
El niño está ansioso…

Jesús no resiste más. Se vuelve otra vez, con los ojos bien abiertos y una sonrisa luminosa, y dice:

-Ya me lo has dicho, porque he oído todo. Ven aquí niño.
El niño no se lo hace repetir dos veces. Se vuelca encima de Jesús y lo acaricia, lo besa, le toca con su dedito la frente, las cejas, las pestañas de oro, se mira en el espejo de sus ojos azules, se frota contra la blanda barba y contra los sedosos cabellos, y dice a cada descubrimiento:

« ¿Qué bonito eres! ¡Bonito! ¡Bonito!».

Jesús sonríe y también Matías.
Y luego, a medida que se van despertando los otros, porque ahora el pequeño ya no tiene tantos miramientos, sonríen discípulos y apóstoles al ver ese examen detallado, repetido por este hombrecito en miniatura, semidesnudo, regordete, que se pasea todo tranquilo y feliz por el cuerpo de Jesús para observarlo de la cabeza a los pies, y al final dice:

-¡Date la vuelta! -y explica: «para ver las alas» y pregunta desilusionado: «¿Por qué no las tienes?».
-No soy un ángel, niño.

-¡Pero eres Dios! ¿Cómo puedes ser Dios sin estar lleno de alas? ¿Cómo vas a poder ir al Cielo?

-Soy Dios. Precisamente porque soy Dios no necesito alas. Hago lo que quiero y todo lo puedo.

-Entonces hazme los ojos como los tuyos. Son bonitos.
-No. Los que tienes te los he dado Yo, y me gustan así. Di, más bien, que te haga un alma de justo para amarme cada vez más.

-También me has dado Tú el alma. Entonces te gustará como la tengo -dice con lógica infantil el pequeño.
-Sí, ahora me gusta mucho porque es inocente. Pero, mientras que tus ojos serán siempre de este color de aceituna madura, tu alma de blanca puede pasar a negra si te vuelves malo.

-Malo no. Te quiero y quiero hacer lo que decían los ángeles cuando naciste: "Paz a Dios en el Cielo y gloria a los hombres de buena voluntad" -dice el niñito equivocándose, lo cual provoca una fragorosa carcajada en los adultos, cosa que le hace sentir vergüenza y callarse.
Pero Jesús lo consuela, no sin corregirle:

-Dios es siempre Paz, niño. Es la Paz. Los ángeles lo glorificaban por el nacimiento del Salvador, y daban a los hombres la primera regla para obtener la paz que vendría por mi nacimiento: "tener buena voluntad". La que tú quieres.

-Sí. Dámela entonces. Métemela aquí, donde ese hombre dice que tengo el alma -y con los dos índices se golpea repetidamente el pequeño pecho.
-Sí, pequeño amigo. ¿Cómo te llamas?
-¡Miguel!

-Nombre del poderoso arcángel. Entonces buena voluntad para ti, Miguel. Y que seas un confesor del Dios verdadero, diciendo a los perseguidores lo que tu angélico patrón: "¿Quién como Dios?". Te bendigo, ahora y para siempre -y le impone las manos.

Pero el pequeñuelo no está convencido. Dice:
-No. Besa aquí, en el alma; entrará dentro tu bendición y quedará cerrada dentro -y descubre el pequeño pecho para ser besado sin que ningún obstáculo se interponga entre su cuerpecito y los labios divinos.

Los presentes sonríen y, al mismo tiempo, están conmovidos. ¡Y no falta el motivo! La fe maravillosa del inocente, que ­por instinto, dirían algunos; por impulso espiritual, digo yo -ha ido a Jesús, es verdaderamente conmovedora; y Jesús lo señala diciendo:

-¡Si todos tuvieran el corazón de los niños!…
Entretanto han pasado las horas. La casa toma vida de nuevo. Óyense voces de mujer, de niños, de hombres. Y una madre llama:

-¡Miguel! ¡Miguel! ¿Dónde estás? -y se asoma asustada, mirando, con un atroz pensamiento en su corazón, al pozo bajo.

-No temas, mujer. Tu hijo está conmigo.
-¡Oh! Temía… Le gusta mucho el agua…

-Sí, ha venido al Agua viva que baja del cielo a dar Vida a los hombres.

-Te ha molestado… Se me ha escabullido tan callandito que no he oído… -dice la mujer excusándose.
-¡Oh! ¡No! No me ha molestado. Me ha consolado. Los niños nunca causan dolor a Jesús.

Se acercan los hombres y las otras mujeres. El jefe de la familia dice:
-Entra y repón fuerzas. Y perdona si no te hemos hecho amo de nuestra casa nada más verte…

-No tengo que perdonar nada. He estado aquí, y he estado bien. Tu respeto me da todo honor. Teníamos comida y tu pozo es fresco, mullido el heno: más de lo que necesita el Hijo del hombre; no soy un sátrapa sirio.

Y Jesús, seguido por los suyos, entra en la vasta cocina para comer, mientras en el corral los hombres preparan sitio para los que ya están llegando procedentes de todos los lugares para oír al Maestro; otros se apresuran a preparar bebidas y comida, y a despellejar un corderito para dárselo a los evangelizadores como viático, y las mujeres traen huevos y mantequilla. Esto provoca las protestas de Pedro, que, con razón, dice que no puede llevar en las alforjas ese alimento tan fácil de derretirse con esos calores. Pero para algo están los jarros… Y ellas colman uno de mantequilla, lo cierran y lo meten en el pozo para que esté más frío que nunca.

Jesús manifiesta su agradecimiento. Quisiera limitar estos presentes. ¡Pero ya, ya!… Palabras desperdiciadas: otros dones vienen de todas partes y cada uno se excusa de dar poco…

Pedro susurra:
-Se ve que aquí han estado los pastores. Terreno bonificado… terreno bueno.

El corral está lleno de gente, imperturbable, a pesar de que todavía no haya refrescado el día y aún roce el corral el último rayo de sol. Jesús empieza a hablar:

-¡La paz sea con todos vosotros! No voy a repetir, aquí que veo que ya es conocida la doctrina del Maestro de Israel por obra de los discípulos buenos, lo que vosotros ya sabéis. Dejo a los discípulos buenos la gloria de haberos instruido y la misión de seguir haciéndolo siempre, hasta daros la perfecta seguridad de que Yo soy el Prometido por Dios y que mi Palabra es propia de Dios.

-¡Y tus milagros son propios de Dios, bendito! -grita una voz de mujer desde el medio de la aglomeración de gente, y muchos se vuelven a mirar en esa dirección. La mujer levanta en los brazos a un niño lozano y sonriente y grita: «Maestro, es el pequeño Juan, el que curaste en Agua Especiosa. El niñito de las caderas rotas, que ningún médico podía curar y que yo te llevé con fe y Tú lo curaste teniéndolo sentado en tus piernas».

-Me acuerdo, mujer. Tu fe merecía el milagro.
-Ha aumentado, Maestro. Toda mi parentela cree en ti. Ve, hijo, a dar las gracias al Salvador. Dejadlo que vaya donde Él… -ruega la mujer.

Y la multitud se abre y deja pasar al niño, que va raudo hacia Jesús tendiendo hacia adelante los brazos para poder abrazarlo, lo cual sucede en medio de las aclamaciones y comentarios de la gente de la ciudad o de los forasteros; porque los de los campos ya conocen el hecho y no muestran estupor. Jesús reanuda su discurso teniendo de la mano al niño.

-Y aquí veis confirmada por una madre agradecida mi Naturaleza y confirmado el poder que ejerce la fe en el corazón de Dios, que no defrauda jamás las confiadas y justas peticiones de sus hijos.

Os invito a recordar a Judas Macabeo, cuando se asomó a esta llanura para estudiar el formidable campamento de Gorgias, que contaba con cinco mil infantes y mil caballeros, adiestrados a la batalla, bien protegidos con corazas y armas y torres de guerra. Judas miraba con sus tres mil infantes sin escudo ni espada, y sentía insinuarse el temor en el corazón de sus soldados.

Entonces habló, respaldado por su derecho, aprobado por Dios por estar orientado no a abusos sino a la defensa de la Patria invadida y profanada. Y dijo: "No os asuste su número, no tengáis miedo de su ataque. Recordad cómo nuestros padres fueron salvados en el Mar Rojo, cuando el Faraón los seguía con un gran ejército". Y, reanimada la fe en la potencia de Dios, que está siempre con los justos, enseñó a los suyos los medio para obtener ayuda.

Dijo: “Alcemos, pues, la voz al Cielo y el Señor tendrá piedad de nosotros, y, recordándose de la alianza que hizo con nuestros padres, hoy destruirá delante de nosotros a este ejército, y todas las gentes sabrán que hay un Salvador que libera a Israel".

(I Macabeos 4, l-25. Forman parte de ese fragmento dos referencias bíblicas (versículos 6-ll y l4-25).
Bien. Yo os señalo dos puntos capitales para tener a Dios con nosotros, como ayuda en las empresas justas.

La primera cosa: para tenerlo como aliado, tener el corazón justo que tenían nuestros padres. Recordad la santidad, la prontitud de los patriarcas en obedecer al Señor, tanto si la cosa solicitada era de poco valor como si era de valor sumo. Recordad con qué fidelidad permanecieron fieles al Señor. Mucho nos quejamos en Israel de no tener ya al Señor con nosotros, mientras que en el pasado era benigno. ¿Pero sigue teniendo Israel el corazón de sus padres? ¿Quién rompió y rompe continuamente la alianza con el Padre?

Segunda cosa capital para tener a Dios con nosotros: la humildad. Judas Macabeo era un gran israelita y un gran soldado. Pero no dice: "Yo hoy destruiré a este ejército y las gentes sabrán que soy el salvador de Israel". No. Dice: "Y el Señor destruirá a este ejército delante de nosotros, que somos incapaces de hacerlo porque somos débiles". Porque Dios es Padre y tiene cuidado de sus pequeñuelos.-para que no mueran, manda a sus poderosas formaciones para combatir a los enemigos de sus hijos con armas sobrehumanas.

Cuando Dios está con nosotros, ¿quién podrá vencernos? Decid siempre esto ahora y en un futuro, cuando pretendan derrotaros, y no ya en una cosa relativa como es una batalla nacional, sino en una cosa mucho más vasta en el tiempo y en las consecuencias, como es en el caso de vuestra alma. No dejéis que se apoderen de vosotros ni el temor ni la soberbia. Ambos son dañinos. Dios estará con vosotros si sois perseguidos a causa de mi Nombre, y os dará fuerza en las persecuciones Dios estará con vosotros si sois humildes, si reconocéis que vosotros, por vosotros mismos, no sois capaces de nada, pero que todo lo podéis si estáis unidos al Padre.

Judas no se pavonea ornándose con el título de Salvador de Israel, sino que da ese título al Dios eterno.

Efectivamente, vanos son los afanes de los hombres si Dios no acompaña sus esfuerzos. Mientras que sin afanarse vence quien confía en el Señor, que sabe cuándo es justo premiar con victorias y cuándo es justo castigar con derrotas Necio el hombre que quiere juzgar a Dios, aconsejarle o criticarle ¿Os imagináis a una hormiga que, observando la obra de un cortador de mármol, dijera: "No sabes hacerlo.

Yo lo haría mejor y antes que tú"? La misma imagen de sí da el hombre que quiere ser maestro de Dios. Y a la imagen ridícula añade la de un ser ingrato y arrogante que se ha olvidado de lo que es: criatura, y de lo que es Dios:

Creador. Ahora bien, si Dios ha creado un ser tan bien creado que puede creerse capaz de dar consejos al mismo Dios, ¿cuál será la perfección del Autor de todas las criaturas? Debería bastar este pensamiento para mantener baja la soberbia, para destruir este malo y satánico árbol, este parásito que, una vez que se insinúa en un intelecto, lo invade; y suplanta, ahoga, mata todo árbol bueno, toda virtud que hace grande al hombre en la Tierra, verdaderamente grande, no por censo ni por coronas, sino por justicia y sabiduría sobrenaturales, y bienaventurado en el Cielo para toda la eternidad.

Y observemos otro consejo que nos dan el gran Judas Macabeo y los acontecimientos de ese día en esta llanura.

Habiéndose encendido la batalla, las tropas de Judas, con las cuales estaba Dios, vencieron y desbarataron a los enemigos, a una parte poniéndolos en fuga hasta Jéceron, Azoto, Idumea y Yamnia, dice la historia, a otra parte traspasándolos con la espada y dejando muertos en los campos a más de tres mil. Pero Judas dice a sus soldados ebrios de victoria:

"No os detengáis a recoger botín, porque la guerra no ha terminado y Gorgias con su ejército está en la montaña cerca de nosotros. Tenemos que seguir combatiendo contra nuestros enemigos y vencerlos completamente; después, tranquilamente, recogeremos el botín". Y así hicieron. Y obtuvieron segura victoria y rico botín y liberación, y, al regreso, cantaban bendiciones a Dios porque "es bueno, porque su misericordia es eterna".

También el hombre, todo hombre, es como los campos que están alrededor de la ciudad santa de los judíos. Rodeado de enemigos externos e internos, todos crueles, todos anhelosos de presentar batalla a la ciudad santa del individuo humano ­su espíritu -, y presentarla además al improviso, para cogerla de sorpresa con mil astucias, y destruirla.

Las pasiones, cultivadas e incitadas por Satanás, y no vigiladas por el hombre con toda su voluntad para tenerlas sujetas, peligrosas si no logra domarlas, pero inocuas si están vigiladas como un ladrón encadenado, y el mundo, que desde fuera conjura con ellas con sus seducciones de carnalidad, de riquezas, de orgullo, bien asemejan a los poderosos ejércitos de Gorgias, revestidos de coraza, dotados de torres de guerra, de arqueros buenos flechadores, de caballeros veloces, siempre preparados para empezar el ataque a las órdenes del Mal.

¿Pero qué puede el Mal si Dios está con el hombre que quiere ser justo? El hombre sufrirá, será herido, pero salvará su libertad y su vida, y conocerá la victoria después de la buena batalla, que no se produce sólo una vez, sino que se renueva siempre mientras dura la vida, o hasta que el hombre se despoja tanto de su humanidad y se convierte en espíritu más que carne, espíritu fundido con Dios, que las flechas, los ataques, los fuegos de guerra no pueden ya dañarlo en lo profundo y caen, tras haberlo agredido superficialmente, como puede hacer una gota en la superficie de un duro y resplandeciente jaspe.

No os detengáis a recoger botín, no os distraigáis hasta llegar a la puerta de la vida, no de esta vida de la Tierra, sino de la verdadera Vida de los Cielos. Entonces, victoriosos, recoged vuestro botín y entrad, adentraos, gloriosos, hasta la presencia del Rey de los reyes, y decid: "He vencido. Aquí está mi botín. Lo he recogido con tu ayuda y con mi buena voluntad, y te bendigo, Señor, porque eres bueno y tu misericordia es eterna".

Esto se refiere a la vida en general, para todos. Pero para vosotros, para vosotros que en mí creéis, se esconde, al acecho, otra batalla. Más batallas. Las batallas contra la duda, contra las palabras que os dirán, contra las persecuciones.

Dentro de poco seré elevado al lugar para el que he venido del Cielo. Este lugar os va a producir miedo, os va a parecer un mentís contra mis palabras. No. Mirad el hecho con ojo espiritual, y veréis que lo que va a suceder será la confirmación de lo que soy realmente: no el pobre rey de un pobre reino, sino el Rey anunciado por los profetas, a los pies de cuyo trono único, inmortal, vendrán, como ríos al océano, todas las gentes de la Tierra, y dirán: "Te adoramos, oh Rey de los reyes y Juez eterno, porque por tu santo Sacrificio has redimido al mundo".

Resistid a la duda. Yo no miento. Yo soy Aquel de quien hablan los profetas. Como la madre de Juan hace un rato, alzad el recuerdo de lo que os he hecho, y decid: "Estas obras son propias de Dios. Nos las ha dejado como recuerdo, como confirmación, como ayuda para creer, y creer además en esta hora precisamente". Luchad y venceréis contra la duda que sofoca la respiración de las almas. Luchad contra las palabras que os van a decir.

Recordad a los profetas y mis obras. A las palabras enemigas responded con los profetas y con los milagros que me habéis visto hacer. No tengáis miedo. Y no seáis ingratos por miedo, callando lo que Yo he hecho para vosotros.

Luchad contra las persecuciones; mas no luchéis persiguiendo a quien os persiga, sino ofreciendo el heroísmo de vuestra confesión a quien pretenda persuadiros, con amenazas de muerte, a que reneguéis de mí. Luchad siempre contra los enemigos. Todos. Contra vuestra humanidad, vuestros miedos, los compromisos indignos, los pactos interesados, las presiones, las amenazas, las torturas, la muerte.

¡La muerte! No soy el jefe de un pueblo que dice a su pueblo: "Sufre por mí mientras yo gozo". No. Yo soy el primero en sufrir, para daros ejemplo. No soy un caudillo de ejércitos que dice a los ejércitos "Combatid para defenderme. Morid para darme la vida". No. Yo soy el primero que combate. Seré el primero en morir, para enseñaros a morir.

De la misma forma que siempre he hecho lo que he dicho que se haga, y predicando la pobreza he sido pobre; la continencia, casto; la templanza, temperante; la justicia, justo; el perdón, he perdonado, y perdonaré… y, de la misma forma que he hecho todo esto, haré también la última cosa. Os voy a enseñar cómo se redime. Os lo voy a enseñar no con palabras, sino con los hechos. Os voy a enseñar a obedecer obedeciendo a la más dura de las obediencias, la de mi muerte…

Os voy a enseñar a perdonar, perdonando en medio de los últimos tormentos como perdoné en la paja de mi cuna a la Humanidad que me había arrancado de los Cielos. Perdonaré como he perdonado siempre. A todos. Por cuenta mía, a todos. A los pequeños enemigos, a los neutrales, indiferentes, volubles, y a los grandes enemigos, que no sólo me causan el dolor de ser apáticos ante mi poder y mi deseo de salvarlos, sino que me dan, y darán, el inmenso dolor de ser los deicidas. Perdonaré.

Y, puesto que a los deicidas impenitentes no podré darles absolución, seguiré orando, con mis últimos tormentos, al Padre por ellos… para que los perdone… pues estarán ebrios de un satánico licor… Perdonaré… Y vosotros perdonad en mi nombre. Y amad. Amad como amo Yo, como os amo y os amaré, eternamente.

Adiós. Cae la tarde. Vamos a orar juntos. Luego que cada una vuelva a su casa con la palabra del Señor en su corazón, y en vuestros corazones haga espiga ya granada para vuestras hambres futuras, cuando deseéis oír todavía al Amigo, al Maestro, al Salvador vuestro, y sólo lanzando el espíritu a los Cielos podáis encontrar a Aquel que os ha amado más que a sí mismo. Padre nuestro que estás en el Cielo…

Y Jesús, con los brazos abiertos -alta y cándida cruz contra el fondo del oscuro muro de la fachada septentrional -, dice lentamente el Pater. Luego bendice con la bendición mosaica. Besa a los niños. Los bendice una vez más. Se despide y va hacia el norte, bordeando los muros de Emaús sin entrar en la ciudad. Los tonos violáceos del crepúsculo absorben lentamente la dulce visión del Maestro, que va, que va cada vez más hacia su destino…

En el corral semioscuro hay un silencio de paz dolorosa… Casi de espera. Luego el llanta del pequeño Miguel, un llanto semejante al de un corderito que se encuentra solo, rompe el hechizo, y muchos ojos se humedecen de lágrimas y muchos labios repiten las inocentes palabras del pequeño:
-¡Oh! ¿Por qué te has marchado? ¡Vuelve! ¡Vuelve!… ¡Hazle volver, Señor!

Y, una vez que Jesús desaparece del todo, el desolado reconocimiento del hecho cumplido:

«¡Ya no está Jesús!», que inútilmente trata de aliviar la madre del pequeño Miguel, el cual llora como si hubiera perdido más que a la madre, y desde los brazos de ella tiene ojos solamente para el punto donde ha desaparecido Jesús, y extiende los brazos, y llama:

-¡Jesús! ¡Jesús!
…Jesús espera a estar bastante lejos. Luego dice:
-Vamos a ir a Joppe. Los discípulos han trabajado mucho en esa ciudad, que ahora espera la palabra del Seor.

No hay mucho entusiasmo por este plan, que alarga más el camino, pero Simón Zelote puntualiza que desde Joppe hasta las propiedades de Nicodemo y José se llega pronto y por buenos caminos, y Juan está contento de ir hacia el mar…

Y los otros, movidos por estas consideraciones, terminan por ir con más voluntad por el camino que se dirige al mar.

404- En camino hacia Emaús de la llanura

El alba pone una luminosidad verde láctea en la bóveda del cielo, alto sobre el valle fresco y silencioso. Y luego ese claror suyo tan indefinible, que es ya luz y no lo es todavía, baña las cimas de las dos vertientes.

Parece acariciar levemente las partes más altas de los montes judíos; decir a los árboles añosos que las coronan:

«Aquí estoy. Bajo del cielo. Vengo de oriente. Precedo a la aurora. Pongo en fuga las sombras. Traigo la luz, la laboriosidad, la bendición de un nuevo día que Dios os concede», y las cimas se despiertan con un suspiro de frondas, con el silbo de los primeros pájaros despertados por ese leve vibrar del follaje y ese primer claror.

Y baja más el alba, a los matorrales del monte bajo, luego a las hierbas, luego a las laderas, cada vez más abajo, y lo saludan gorjeos cada vez más numerosos entre las frondas, y rumores, entre las hierbas, de los lagartos despertados.

Y llega al torrentillo del fondo, transforma sus aguas oscuras en un opaco cabrilleo de plata, que se va haciendo cada vez más limpio y brillante. Y arriba, entretanto, en el cielo, que apenas si había aclarado su añil nocturno en un celeste pálido verdoso de alba, marca sus pinceladas el primer anuncio de aurora, que pone celeste el cielo con notas de rosa… Y luego un cirro, delicado, esponjoso, ya todo de espuma rosada, surcando el cielo…

Jesús sale de la gruta y mira… Luego se lava en el torrente, se asea, se viste de nuevo, echa una ojeada dentro de la gruta… No llama… Sube al monte y va a orar encima de un pico que sobresale, ya tan elevado que concede un vasto radio de visibilidad sobre el oriente todo róseo de la aurora, y sobre el occidente aún penetrado de añil. Ora… ora ardientemente, de rodillas, apoyados los codos en la tierra, casi prono… Y ora así hasta que desde abajo suben las voces de los doce, que se han despertado y lo llaman.

Se levanta. Responde:
-¡Voy!

Y el eco del angosto valle repite varias veces el eco de la voz perfecta. El valle parece propagar a la llanura, que se vislumbra al oeste, la promesa del Señor: «Voy», para que exulte anticipadamente.

Jesús se encamina con un suspiro y una frase que compendian su larga oración y la explican:

-Y Tú, Padre, confórtame…
Baja a buen paso y, en llegando abajo, saluda con una sonrisa dulcísima a sus apóstoles y con las palabras habituales:

-La paz sea con vosotros en este nuevo día.

-También a ti, Maestro -responden los apóstoles. Todos. También Judas, que, no sé si es porque el silencio mantenido por Jesús, que no le ha reprendido y que lo trata como a todos los otros, lo ha tranquilizado o si es porque durante la noche ha meditado un plan en favor propio, está menos torvo y menos apartado. Es más, es precisamente él el que pregunta por todos:

-¿Vamos a Jerusalén? Si vamos, hay que recorrer un poco de camino hacia atrás y tomar aquel puente; al otro lado hay un camino que va recto a Jerusalén.
-No. Vamos a Emaús de la llanura.
-¿Pero por qué? ¿Y Pentecostés?

-Hay tiempo. Quiero ir a ver a Nicodemo y a José, por las llanuras hacia el mar…
-¿Pero para qué?

-Porque no he estado todavía allí y ese pueblo me espera… Y porque así lo han deseado los buenos discípulos. Tendremos tiempo para todo.
-¿Te dijo eso Juana? ¿Para eso te llamó?

-No había necesidad de ello. Me lo dijeron directamente a mí en los días de la Pascua. Y Yo cumplo.
-Yo no iría… Quizás estarán ya en Jerusalén… La fiesta está cercana… Y además… Podrías encontrar enemigos, y…

-En todas partes encuentro enemigos, y los tengo siempre cerca… y Jesús lanza una mirada que es una saeta al apóstol de su dolor… Judas no dice nada más. ¡Demasiado peligroso es seguir adentrándose! Lo percibe y calla.

Vuelven Juan y Andrés con unas frutas de pequeño tamaño, parecen de la familia de la frambuesa, o fresas grandes, pero son más oscuras, casi como moras no maduras; se las ofrecen al Maestro:

-Te gustan. Las vimos ayer al anochecer y hemos subido a cogerlas para ti. Cómelas, Maestro. Son buenas.
Jesús acaricia a los dos buenos y jóvenes apóstoles, que le ofrecen sus frutos en una ancha hoja lavada en el torrente, y que, más que los frutos, le ofrecen su amor; escoge las frutitas mejores y da un poco de ellas a todos, que las comen con el pan.

-Hemos buscado leche para ti. Pero todavía no hay ningún pastor… -dice excusándose Andrés.
-No importa. Vamos a ponernos en marcha para estar en Emaús antes del calor intenso.

Y van caminando -los que tienen más apetito siguen comiendo -por el fresco valle, que se va haciendo cada vez más ancho y termina por desembocar en una fértil llanura en que ya bulle el trabajo de los segadores.
-No sabía que Nicodemo tuviera casas en Emaús -observa Bartolomé.

-No en, sino después de Emaús. Tierras que ha heredado de parientes… -explica Jesús.
-¡Qué bonita campiña! -exclama el Tadeo.

Efectivamente, es un mar de espigas de oro, en que están intercalados pomares de ensueño y viñas que ya prometen una gloria de racimos. Estando bien regada por los cercanos montes que vierten en ella innumerables torrentillos en los meses más necesitados de irrigación, y ciertamente dotada de venas de agua subterránea, es un verdadero edén agrícola.

-¡Mmm! Está más bonita que el año pasado -murmura Pedro -Al menos hay agua y fruta…
-La de Sarón está más bonita incluso -le responde el Zelote.

-¿Pero no es ya ésta?
-No. Viene después de ésta. Pero en ésta ya se presiente la Llanura de Sarón…
Los dos apóstoles se ponen a hablar entre sí, alejándose un poco.

-¿Esto es de fariseos, no? -pregunta Santiago de Zebedeo, señalando la bonita campiña.

-De judíos, sin duda. Han cogido los lugares mejores usurpándoselos, con mil modos, a los primeros propietarios -le responde Judas Tadeo, que quizás recuerda los bienes paternos de Judea, de los cuales fueron expulsados, perdiendo mucho bienestar.

Judas Iscariote se da por aludido:

-Si han sido cogidos es porque vosotros, galileos, sois menos santos, inferiores…

-Te ruego que recuerdes que Alfeo y José eran de la estirpe de David. Tanto que el edicto les hizo ir a apuntarse a Belén de Judá. Y Él nació allí por esto -responde sereno Santiago de Alfeo, previniendo la respuesta punzante de su fogoso hermano y señalando al Señor, que está hablando con Mateo y Felipe.

-¡Ah! ¡Bueno! Yo lo que pienso es que buenos y malos hay en todas partes. En nuestras compraventas hemos tenido contacto con personas de todas las razas, y os aseguro que en todas he encontrado honestos y deshonestos. Y además… ¿por qué enorgullecerse de ser judíos? ¿Acaso lo hemos querido nosotros? ¡Mmm! ¡Sí tenía yo mucho conocimiento, cuando estaba en el seno de mi madre, de lo que era ser judío o galileo! Estaba allí… y estaba conforme.

Luego, cuando nací, estuve entre pañales, bien calentito, sin preguntarme si el aire que respiraba era judío o galileo… Lo único que conocía era el pezón materno… Y, como, yo, todos nosotros. Ahora, ¿por qué tomarse tan a pecho el que uno haya nacido más arriba y el otro más abajo? ¿No somos igualmente de Israel? -dice, bondadoso y justo, Tomás.

-Tienes razón, Toma -responde Juan. Y concluye: «Y además ahora somos de una única estirpe, la de Jesús».

-Sí, el cual -y creo que lo haya querido el Altísimo para enseñarnos que las divisiones atentan al amor al prójimo y que ha sido enviado a recoger a todos como la amorosa clueca de que hablan los libros santos -es de estirpe judía, pero fue concebido en Galilea y ha vivido allí, después de nacer en Belén, como si quisiera decirnos, con la voz de los hechos, que es el Redentor de todo Israel, del septentrión al mediodía. Por el simple hecho de que le llamen "el Galileo" ya no se debería sentir desprecio por los galileos -dice, dulce y firme, Santiago de Alfeo.
Jesús, que parecía distraído hablando, unos metros más adelante, con Mateo y Felipe, se vuelve y dice:

-Bien has hablado, Santiago de Alfeo. Comprendes la Verdad y las verdades, y la justicia de cada acto de Dios. Porque Dios, recordad esto todos y siempre, no hace nunca nada sin una finalidad, como tampoco deja sin premio nada de lo que hacen los que tienen recto corazón.

¡Bienaventurados los que saben ver las razones de Dios en las cosas que suceden, incluso en las más insignificantes, y las respuestas de Dios a los sacrificios de los hombres!

Pedro se vuelve y hace ademán de hablar. Luego cierra de nuevo la boca y se limita a sonreír a su Maestro, que ahora, siendo el lugar por donde van una ancha vía de primer orden entre campos de oro, se une al grupo de sus apóstoles.

Prosiguen hacia Emaús, que está ya cercana: una aglomeración de un blanco cegador en medio del oro de los cereales maduros y el verde de los óptimos pomares.

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Detente! ¡Tus discípulos! -gritan voces lejanas, y un puñado de hombres, dejando plantados a unos labradores que descansan un poco a la sombra de un manzano, corren hacia Jesús por una senda llena de sol. Son Matías y Juan, ex pastores, discípulos luego del Bautista; y, con ellos, Nicolái, Abel ex leproso, Samuel, Hermasteo y otros más.

-¡La paz a vosotros. ¿Estáis aquí?

-Sí, Maestro. Hemos recorrido toda la costa. Ahora vamos hacia Jerusalén. Más arriba están Esteban y otros; más arriba todavía, Hermas y otros. Y luego, más arriba aún, Isaac, el pequeño maestro de todos nosotros. Al menos estaba.

Como también estaba Timoneo en Transjordania. Pero a estas alturas estarán todos para ir a la fiesta de Pentecostés. Nos hemos dividido así, en muchos grupos, pequeños pero no pasivos. Así, si nos persiguen, podrán capturar a algunos, pero no a todos ­explica Matías.

-Habéis hecho bien. Me extrañaba no encontraros por toda la Judea meridional…

-Maestro… Por ahí ibas Tú… ¿Quién mejor que Tú? ¡Y además… ha recibido más de lo necesario para hacerse santa!… ¡Y sin embargo!… Da piedras a quien lleva la palabra del Cielo. Elías y José fueron agredidos en las hoces del Cedrón, y fueron a la Transjordania, a casa de Salomón. A José le dieron un golpe en la cabeza con una piedra y casi lo mataron. Pasaron ocho días en una gruta profunda, con uno que Tú habías mandado y que conocía todos los secretos de los montes. Después, de noche, lentamente, fueron a la otra parte…

Discípulos y apóstoles están agitados: los primeros evocando estas persecuciones, los segundos conociéndolas.

Pero Jesús los calma diciendo:
-Los Inocentes han teñido con la púrpura de su sangre inocente el camino de Cristo. Pero ese camino debe ser purpurado una y otra vez, constantemente, para borrar las huellas del Mal en el camino de Dios. Es camino regio. Lo purpuran los mártires por amor a mí. ¡Bienaventurados entre los bienaventurados aquellos que por mí sufren persecución!

-Maestro, estábamos hablando a esos labriegos. ¿No vas a hablar Tú ahora? -pregunta el ex pastor Juan.

-Id a decir que a la puesta del sol hablaré en la puerta de Emaús. Ahora el sol lo impide. Id. Y que Dios esté con vosotros. Yo estaré al final de este camino.

Los bendice y reanuda la marcha, buscando sombra, porque el sol es abrasador en el blanco camino, en el que no hay más que dos delgadas franjas de sombra, de plátanos puestos como protección en los bordes del camino.

403- Una lucha y victoria espiritual de Simón de Jonás

Y te aferro por fin de nuevo, dulce Evangelio, santo seguimiento de mi Maestro por los caminos de Palestina. Llevadas a cabo todas las obediencias, vuelvo a ti; mejor dicho, vuelves a mí.

No sé sí hay alguien que reflexione sobre la lección muda, pero muy formativa, que da e1 Señor con sus silencios, causados por tres motivos distintos:

1°, la piedad por la debilidad del portavoz enfermo, a veces verdaderamente a los bordes de la muerte;
2°, el castigo del silencio para quien no se comporta bien respecto a su don;
3°, la lección que me da -y es de ésta de la que quiero hablar -del deber de obedecer siempre, aunque sea una obediencia que nos pueda parecer inferior al trabajo que por ella suspendemos.

¡Oh, no es fácil ser "voz"! Se vive siempre en un ejercicio continuo de vigilancia y obediencia. Y Jesús -Él, que es el Amo del mundo -no se permite hacer transgredir la obediencia que está cumpliendo su instrumento, cuando es una obediencia dada por quien goza de competencia para poder darla.

Yo, en estos días, debía obedecer a las cosas que me había indicado el P Migliorini; eran muy burocráticas y, por tanto, muy latosas. Pero Jesús no ha intervenido en ningún momento, porque debía llevar a cabo la obediencia. Y además exacta, total, como ayer dijo Azarías en su explicación de la Santa Misa. (Como ayer dijo Azarías en uno de los comentarios a las Misas festivas, que forman parte del "Libro de Azarías")

Pero ahora, hecho todo, te puedo contemplar, oh mi Señor que desciendes por los caminos escarpados hacia el fértil valle, dejando a tus espaldas el castillo de Béter, aún luminoso en este día que ya muere, allá arriba, en lo alto de su collado florido… Dejando allá arriba el amor de las discípulas, de los niños, de los humildes, y bajando hacia los caminos que van a Jerusalén, hacia el mundo, hacia abajo… Y no son más oscuros que las cimas sólo porque sean "valle" -y, por tanto, el sol, la luz, desde hace un rato se han ido -, sino porque, sobre todo porque abajo, en el mundo, está la emboscada, el odio… mucho mal hay esperándote, mi Señor…

Jesús va delante de todos: forma blanca y silenciosa que, incluso descendiendo por los senderos incómodos y abruptos, tomados para acortar el recorrido, camina majestuosa. En la bajada, la larga túnica, el amplio manto, rozan el suelo de la pendiente, y Jesús parece ya envuelto en regio manto que forma cola tras sus pasos.

Detrás de Él, menos majestuosos, pero igualmente silenciosos, los apóstoles… El último, Judas, un poco distanciado, feo con su sombría rabia. Alguna vez los más simples -Andrés, Tomás -se vuelven a mirarlo, y Andrés incluso le dice:

« ¿Por qué estás tan solo y tan atrás?
¿Te sientes mal?», lo cual provoca un áspero: «

¡Preocúpate de ti!» que sorprende a Andrés, mucho más considerando que la frase va acompañada de un epíteto vulgar.

Pedro es el segundo de la fila de los apóstoles (detrás de Santiago de Alfeo, que sigue inmediatamente al Maestro).

Y Pedro oye, en medio del gran silencio de la noche en los montes. Y, como impulsado por un resorte, se vuelve. Está ya para volver hacia atrás impulsivamente, para ir donde Judas… pero se queda clavado con sus dos pies.

Piensa un momento, corre donde Jesús. Le agarra un brazo bruscamente y lo menea diciendo inquieto: -Maestro, ¿me aseguras que es exactamente como me has dicho la otra noche? ¿Que sacrificios y oraciones no quedan nunca frustrados, aunque parezca que no sirvan?…

Jesús, manso, triste, pálido, mira a su Simón, que suda por el esfuerzo de no reaccionar inmediatamente al insulto, que está lívido, que incluso tiembla, que quizás le hace daño por lo rudamente que le tiene cogido el brazo, y responde con una sonrisa de triste paz:

-No quedan nunca sin premio. Puedes estar seguro de ello.

Pedro lo deja, y va no a su sitio sino a la pendiente del monte, se mete entre los árboles y se desahoga rompiendo, rompiendo arbustos y árboles jóvenes con una violencia que estaba dirigida a otro lugar y que se descarga ahí, en los troncos.

-¿Pero qué haces? ¿Estás loco? -le preguntan varios.

Pedro no responde. Rompe, rompe, rompe. Se deja pasar por toda la fila de los apóstoles, por Judas… y rompe, rompe, rompe. Parece como si trabajara a destajo de tanta velocidad como imprime.

A sus pies hay un haz que sería suficiente para asar un ternero. Se lo carga con dificultad y se pone a dar alcance a sus compañeros. No sé cómo lo logra, tan obstaculizado como está por el manto, el peso, la alforja, el sendero incómodo… pero va, muy curvado, como bajo un yugo…

Y Judas se ríe al verlo venir, y dice:
-¡Pareces un esclavo!

Pedro tuerce con dificultad la cabeza desde debajo de su yugo y está para decir algo, pero calla, aprieta los dientes y sigue adelante.

-¿Te ayudo, hermano? -dice Andrés.
-No.
-Pero para un cordero es demasiada leña -observa Santiago de Zebedeo.

Pedro no responde. Prosigue así. Debe estar que no puede más, pero no cede.

Por fin, cerca de una gruta que está casi al final de la bajada, Jesús se para, y con Él todos.

-Nos detendremos aquí. Reanudaremos la marcha con las primeras luces -indica el Maestro -Preparad la cena.
Entonces Pedro arroja al suelo su carga y se sienta encima, sin explicar a nadie el motivo de ese gran esfuerzo suyo. Hay leña por todas partes.

Pero, cuando unos van a un sitio y otros a otro, para tomar agua de beber, para limpiar el suelo de la gruta o para lavar el cordero que será asado, y Pedro se queda sólo con su Maestro, entonces Jesús, de pie, pone la mano en la cabeza entrecana de su Simón y acaricia esa cabeza honesta…

Entonces Pedro aferra esa mano y la besa, y la mantiene contra su cara y vuelve a besarla y la acaricia… Una gota desciende a la mano blanca, una gota que no es sudor del rudo y honesto apóstol, sino que es su llanto silencioso de amor y aflicción, de victoria después del esfuerzo.

Jesús se inclina, lo besa y le dice:

-¡Gracias, Simón!

Pedro, la verdad, no es un hombre guapo; pero sucede que cuando echa hacia atrás la cabeza para mirar a su Jesús, que lo ha besado y le ha dado las gracias porque ha comprendido, sólo Él ha comprendido, entonces la veneración y la alegría lo hacen guapo…

Y con esta transformación me cesa la visión.

402- Judas Iscariote se siente descubierto durante el discurso de despedida en Béter

No sé cómo voy a poder escribir porque estoy agotada a causa de los continuos ataques cardíacos diurnos y nocturnos… Pero veo, y debo escribir.

Veo a Jesús en la parte de delante del palacio de Juana en Béter. Ahí el jardín que precede a la casa se ensancha, formando como dos alas verdes en forma de tenaza, creando así una pequeña explanada semicircular, desnuda de árboles en el centro, pero limitada en los bordes por árboles muy altos y añosos, frondosos, que, con la brisa que corre por esta cima de colina, susurran levemente su frufrú y proyectan una propicia sombra para protección del sol cuando éste está en occidente. Debajo de los árboles, un seto de rosas pone un semicírculo de colores y fragancias como linde de la explanada.

La hora se acerca al ocaso, porque el sol, que -estando este castillo sobre un lugar elevado -se ve nítidamente descender por un buen arco de horizonte, está para ocultarse detrás de los montes que hay a occidente y que Andrés señala a Felipe recordando el miedo de los dos, allí, en Bet Yinna, por tener que anunciar al Señor. Se comprende que en estos montes está Bet Yinna, donde el Señor, hace un año, curó a la hija del posadero, al principio de su peregrinaje hacia las orillas mediterráneas, si recuerdo bien.

Estoy sola y no puedo pedir que me den los fascículos de hace unos meses, para confrontar; y mi cabeza no es capaz de recordar.

Están presentes todos los apóstoles. No sé cómo ha tenido lugar el encuentro de Jesús con Judas. Aparentemente en el mejor de los modos, porque no noto caras serias ni alteradas, y Judas se muestra desenvuelto, alegre, como si no pasara nada; tanto que es todo amabilidad incluso con los subalternos más humildes, cosa que no es muy fácil en él y que desaparece del todo cuando está inquieto.

Está todavía Elisa, y también Anastática, que ha venido, sin duda, con los apóstoles y la doméstica de Elisa. Y está Cusa, respetuoso todo, con Matías de la mano; y Juana, junto a Elisa, con la pequeña María al lado. Y Jonatán está detrás de su ama.

Frente a Jesús -a quien protege del sol, que todavía cae sobre esta fachada occidental, un toldo tendido sobre unas cuerdas y unos postes, como un baldaquino -están todos los domésticos y jardineros de Béter, y no son sólo los habituales, sino también los adventicios, tomados del pueblo que depende del castillo. Están a la sombra fresca del frondoso semicírculo, protegidos del sol, silenciosos, alineados, esperando la bendición de Jesús, que parece ya próximo a la partida, en espera sólo de que el ocaso señale el final del sábado.

Jesús habla ahora con Cusa; están un poco retirados. No sé qué le dice, porque hablan en voz baja. Pero veo que Cusa se prodiga en reverencias y en declaraciones de garantías, poniéndose la mano derecha en el pecho como para decir:

«Empeño mi palabra, estáte seguro de que por mi parte» etc. etc.

Los apóstoles, discretos, se han reunido en un ángulo. Pero ninguno les puede impedir observar, y si en el rostro de Pedro y Bartolomé se ve la sencilla mirada de quien sabe ya un poco de qué se trata, en el rostro de los otros, menos Judas, hay aprensión, una expresión triste, especialmente en los rostros de Santiago de Alfeo, Juan y Simón y Andrés, mientras que Judas de Alfeo parece casi inquieto y severo; el otro Judas, que quiere aparecer desenvuelto, mira más que todos, y parece querer descifrar, por los movimientos de las manos, de los labios, lo que Jesús y Cusa dicen.

Las discípulas, calladas, respetuosas, también observan, y Juana sonríe involuntariamente, con un poco de ironía en medio de su tristeza, y parece compadecer a su esposo cuando Cusa, alzando la voz al final del coloquio, proclama:

-Mi deuda de gratitud es tal, que de ninguna manera podré jamás quedar desobligado. Por tanto, te concedo lo que más amo: mi Juana… Pero debes comprender mi prudente amor por ella… El enojo de Herodes… su legítima defensa… se habrían descargado en forma de represalias contra nuestros bienes, contra… contra nuestro poder… y Juana está habituada a estas cosas, está delicada… necesita estas cosas… Yo tutelo sus intereses. Pero te juro que ahora que estoy seguro de que Herodes no se va a enojar conmigo, como contra un siervo suyo cómplice de un enemigo, te voy a servir con absoluta alegría y nada más, y concederé a Juana toda libertad…

-Está bien. Pero recuerda que trocar los bienes eternos por un breve honor humano es como trocar la primogenitura por un plato de lentejas. Y mucho peor todavía…

Las discípulas han oído estas palabras. Pero también los apóstoles. Y, mientras que a la mayor parte les sabe a discurso académico, Judas de Keriot percibe en ellas un sabor especial: cambia de color y de expresión, y echa una mirada entre asustada e irritada a Juana. Intuyo que hasta este momento Jesús no ha hablado de cuanto ha sucedido, y que sólo ahora Judas tiene la primera sospecha de que su juego ha sido descubierto.

Jesús se vuelve a Juana y le dice:
-Bueno, pues ahora vamos complacer a la buena discípula. Voy a hablar, como has deseado, a tus dependientes antes de partir.

Da unos pasos hacia delante, hasta el límite de sombra que se va alargando cada vez más, debido a que el sol va descendiendo, va descendiendo lentamente (parece ya una naranja cortada por la base, y cada vez más se va ensanchando el corte, a medida que el astro va bajando por detrás de los montes de Bet -Yinna, dejando un enrojecimiento de fuego en el cielo terso).

-Amados amigos Cusa y Juana, y vosotros, servidores buenos de ella, que ya conocéis al Señor por boca de mi discípulo Jonatán, desde hace muchos años, y por boca de Juana desde cuando es fiel discípula mía, escuchad.

Me he despedido de todos los lugares judíos donde tengo mayor número de discípulos, por obra de mis primeros discípulos, los pastores, y también por la respuesta coherente al Verbo, que ha pasado instruyendo para salvar.

Ahora me despido de vosotros, porque no volveré nunca más a este Edén, bellísimo (no tanto por los rosales y la paz que reinan en él, y no sólo por la buena ama que en él es reina, cuanto porque aquí se cree en el Señor y se vive según su Palabra). ¡Un paraíso! Sí. ¿Qué era el paraíso de Adán y Eva? Un espléndido jardín donde se vivía sin pecado y donde resonaba la voz de Dios, amada, acogida con alegría por sus primeros dos hijos…

Ahora bien, Yo os exhorto a vigilar para que no os suceda lo que sucedió en el Edén: no suceda que se introduzca la serpiente de la mentira, de la calumnia, del pecado, y os muerda en el corazón y separe de Dios. Vigilad y manteneos firmes en la Fe… No os turbéis. No hagáis actos de incredulidad, lo cual podría suceder porque el Maldito entrará, tratará de entrar, por todas partes, como ya ha entrado en muchos lugares, para destruir la obra de Dios.

Y mientras que entre en los lugares, el Perspicaz, el Astuto, el Incansable, y escudriñe y se ponga a la escucha y tienda asechanzas y desbabe y trate de seducir, poco mal será todavía. Nada ni nadie pueden impedirle que lo haga. Lo hizo en el Paraíso Terrenal… Pero un mal mayor es dejarlo estar y no echarlo.

El enemigo que no se expulsa acaba haciéndose amo del lugar, porque se instala en él y en él construye sus defensas y sus ofensas. Id a la caza de él enseguida, ponedlo en fuga usando el arma de la fe, de la caridad, de la esperanza en el Señor. Pero es sumo mal cuando no sólo se le deja vivir tranquilamente entre los hombres, sino que se le deja penetrar desde el exterior hasta el interior, y se le deja hacer un nido en el corazón del hombre. ¡¡Ah, entonces!!

Y, a pesar de todo, ya muchos hombres lo han acogido en su corazón, contra Cristo. Han acogido a Satanás con sus malas pasiones, arrojando fuera a Cristo. Y si no hubieran conocido todavía a Cristo en su verdad; si su conocimiento hubiera sido superficial, como se conocen unos viandantes que se ven por casualidad en un camino, muchas veces sólo mirándose un momento, desconocidos que se ven por primera y última vez, otras veces intercambiando solamente algunas palabras para preguntar el camino procedente, para pedir un poco de sal, o yesca para encender el fuego, o el cuchillo para preparar la carne; si así hubieran conocido a Cristo estos corazones que ahora, y más mañana, cada vez más, arrojan a Cristo para dejar espacio a Satanás… aún podrían ser compadecidos y tratados con misericordia, por ser ignorantes respecto a Cristo.

Pero, ¡ay de aquellos que me conocen como lo que soy, realmente, que se han nutrido de mi palabra y de mi amor, y ahora me arrojan afuera, acogiendo a Satanás, que los seduce con falaces promesas de triunfos humanos cuya realidad será la eterna condenación!

Vosotros, vosotros que sois humildes y no soñáis tronos ni coronas, vosotros que no buscáis las glorias humanas, sino la paz y el triunfo de Dios, su Reino, su amor, la vida eterna, y sólo esto, no los imitéis jamás. ¡Vigilad!

¡Vigilad! Conservaos limpios de corrupciones, fuertes contra las acusaciones malignas, contra las amenazas, contra todo.

Judas, que ha comprendido que Jesús sabe algo, ha tomado el aspecto de una máscara térrea de hiel. Sus ojos lanzan fulgores malignos contra el Maestro y contra Juana… Se retira, detrás de sus compañeros, como para apoyarse en la pared. En realidad lo hace para que no se vea su contrariedad.

Jesús prosigue después de una breve interrupción, colocada como para separar la primera parte del discurso de la segunda. Dice:

-Hubo un tiempo en que el yizraelita Nabot tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria. Una viña de sus padres, muy apreciada, por tanto, por su corazón, casi sagrada para él porque era la herencia que su padre le había dejado tras haberla heredado a su vez de su padre, y éste del suyo, y así sucesivamente. Generaciones de parientes habían sudado en aquella viña para que fuera cada vez más pujante y hermosa. Nabot la apreciaba mucho.

Ajab le dijo: "Cédeme tu viña, que está pegando a mi casa y me servirá para hacerme una huerta para mí y los que viven conmigo. Yo en cambio te daré una viña mejor,
o dinero si lo prefieres". Pero Nabot respondió "Siento no complacerte, oh rey. No puedo complacerte. Esta viña me viene en herencia de mis padres y me es sagrada. Dios me guarde de darte la herencia de mis padres". (1 Reyes 21)

Vamos a meditar esta respuesta. Se medita en ella demasiado poco, y demasiados pocos en Israel meditan en ella. Los otros, la mayoría, los que he mencionado antes, que con facilidad arrojan afuera a Cristo para acoger a Satanás, no tienen mucho respeto hacia la herencia de sus padres, y, con tal de tener mucho dinero o mucho terreno, o sea, los honores y la seguridad de que no los suplanten fácilmente, aceptan ceder la herencia de sus padres, a sea, la idea mesiánica en lo que ella es verdaderamente, como ha sido revelada a los santos de Israel, y que debía ser sagrada en todos sus detalles sin manipular en ella, sin alterarla, sin rebajarla con limitaciones humanas.

¡Cuántos, cuántos, cuántos truecan la luminosa idea mesiánica, enteramente santa y espiritual, por un títere de regiedumbre humana, agitado como un espantajo para perjuicio de la autoridad o blasfemo contra la verdad!

Yo, Misericordia, no llego a maldecirlos con las tremendas maldiciones de Moisés contra los transgresores de la Ley. Pero detrás de la Misericordia está la Justicia. ¡Deben recordarlo todos! Yo, por mi parte, les recuerdo a éstos -y, si entre los presentes hay alguno de éstos, que reciba la corrección con corazón bueno -, les recuerdo otras palabras de Moisés, dichas para los que querían ser más de lo que Dios había establecido para ellos.

Dijo Moisés a Coré, Datán y Abirón, que se consideraban santos al igual que Moisés y Aarón y se oponían a ser sólo hijos de Leví en el pueblo de Israel: "Mañana el Señor dará a conocer quién le pertenece y dejará que se acerquen a El los santos; aquellos a quienes haya elegido se acercarán a Él.

Meted fuego en vuestro incensario y, en el fuego, incienso delante del Señor, y venid vosotros y los vuestros con Aarón. Y veremos a quién elige el Señor. ¡Os ensalzáis un poco demasiado, hijos de Leví!". (Números 16)

Vosotros, buenos israelitas, conocéis cuál fue la respuesta de Dios a los que se querían ensalzar un poco demasiado, olvidándose de que el único que destina los puestos de sus hijos y elige es Dios, y elige con justicia, y elige hasta el punto exacto. Yo también tengo que decir: "Hay algunos que se quieren ensalzar un poco demasiado, y serán castigados de forma que los buenos comprendan que aquellos han blasfemado contra el Señor".

Los que truecan la idea mesiánica, tal y como la ha revelado el Altísimo, por la pobre idea suya, humana, onerosa, limitada, vindicativa, ¿no son, acaso, semejantes a aquellos que querían juzgar la santidad de Moisés y Aarón? ¿No os parece que los que, con tal de alcanzar su objetivo, la realización de su pobre idea, quieren tomar propias iniciativas motu proprio, considerándolas soberbiamente más justas que las de Dios, no os parece que quieren ensalzarse un poco demasiado y que quieren pasar ilegalmente de estirpe de Leví a estirpe de Aarón?

Aquellos que sueñan con un pobre rey de Israel y lo prefieren al Rey de reyes espiritual, aquellos que tienen por pupilas, enfermas, la soberbia y la ambición -por lo cual ven deformadas las verdades eternas que están escritas en los libros santos -y a los cuales la fiebre de una humanidad concupiscente les hace incomprensibles las palabras clarísimas de la Verdad revelada, ¿no son, acaso, los que truecan por una insignificancia sin valor la herencia de toda la estirpe, la más sagrada herencia?

Pero, aunque ellos lo hagan, Yo no trocaré la herencia del Padre y de los padres, y moriré fiel a esta promesa, que vive desde cuando la redención fue necesaria, fiel a esta obediencia que existe desde siempre, porque Yo no he defraudado nunca a mi Padre y nunca lo defraudaré por temor a la muerte, por horrenda que sea. Se procuren los enemigos los falsos testigos, finjan celo y práctica perfectas. No cambiará esto ni su delito ni mi santidad.

Mas aquel y aquellos que -cómplices suyos después de haber sido sus corruptores -crean poder extender la mano sobre lo que es mío, hallarán en la Tierra a perros y buitres para ingerir su cuerpo y su sangre, y en el Infierno a demonios para ingerir su sacrílego espíritu, sacrílego y deicida.

Os he dicho esto para vuestro conocimiento. Para que todos tengáis conocimiento, y quien sea malvado pueda arrepentirse mientras pueda hacerlo, imitando a Ajab, y quien es bueno no sea turbado en la hora de las tinieblas.

¡Oh, hijos de Béter, adiós! Que el Dios de Israel esté siempre con vosotros y la Redención haga descender su rocío sobre un campo limpio, para que en él se abran todas las semillas que el Maestro, que os ha amado hasta la muerte, ha esparcido en vuestros corazones.

Jesús los bendice y los mira mientras ellos se marchan lentamente. Ya se ha puesto el sol, del cual, como recuerdo, queda sólo un color rojo, que se va apagando lentamente, pasando a violáceo. El reposo sabático ha terminado.

Jesús puede partir. Besa a los pequeños, saluda a las discípulas, saluda a Cusa. Y en el umbral de la cancilla se vuelve y dice fuerte, para que todos oigan:

-Hablaré, cuando pueda, a esas criaturas. Pero tú, Juana, preocúpate de hacerles saber que en mí sólo se halla el, enemigo del pecado y el rey del espíritu. Y recuérdalo tú también, Cusa.

Y no temas. Ninguno debe tener miedo de mí. Ni siquiera los pecadores, porque soy la Salud. Sólo los impenitentes hasta la muerte deben tener miedo de Cristo, Juez después de haber sido el Todo Amor… La paz sea con vosotros.

Y es el primero en salir, y empieza a bajar…

401- Pedro y Bartolomé en Béter por un grave motivo. Éxtasis de la escritora

Jesús pasea entre las florestas de rosas, donde bulle el trabajo de los recolectores. Halla así la manera de hablar con uno o con otro, y también con la mujer viuda y sus hijos, a la que Juana en la Pascua ha tomado, por su amor, a su servicio después del banquete de los pobres.

Ya no parecen los mismos. Con nueva vitalidad, serenos, cumplen su trabajo con alegría, cada uno según sus propias capacidades, y los más pequeños, que verdaderamente no saben todavía ni siquiera distinguir una rosa de otra por el color o por la lozanía para escogerlas, juegan con otros pequeñuelos en los sitios más tranquilos, y sus gorjeos de pajarillos humanos todavía en el nido se unen a los de los implumes que pían, que chillan entre las frondas de los árboles para saludar a sus padres que regresan con la comida para sus bocas.

Jesús se acerca a estas pequeñas nidadas humanas, y se agacha, se interesa, acaricia, calma pequeñas riñas, levanta al que se ha caído y gimotea, sucio de tierra, arañadas con el suelo la frente o las manitas. Y los llantos, las riñas, los celos, cesan de golpe con la caricia y la palabra del Inocente a los inocentes, o se transforman incluso en el ofrecimiento del objeto causa de la discusión o de la caída (el escarabajo dorado, la piedrecita de color o brillante, una flor cortada, etc.)… Jesús tiene llenas de estas cosas las manos y el cinturón, y, cuando deposita escarabajos y mariquitas entre el follaje, restituyéndolos así a la libertad, lo hace sin ser visto.

¡Cuántas veces he notado el perfecto tacto de Jesús incluso en los más pequeños, para no herirlos, para no defraudarlos! Tiene el arte y el atractivo para saber mejorarlos y para hacerse querer, con cosas aparentemente insignificantes, aunque en realidad son perfecciones de amor adaptado a la pequeñez del niño…

Como a mí. ¡A mí me ha tratado siempre como a un "niño" para mejorar mi miseria, para hacerse querer! Después, cuando lo he amado con todo mi ser, ha apretado la mano, me ha tratado como adulta, sordo a mis súplicas:

« ¿Pero no ves que soy una inútil?». Ha sonreído y me ha obligado a hacer obras de adultos… ¡Oh! Sólo cuando la pobre María está toda llena de aflicción, Él vuelve a ser el Jesús de los niños para mi pobre alma, tan incapaz, y se muestra satisfecho de… mis escarabajos y mis piedrecitas… y mis florecillas… de lo que logro darle… y me muestra que los ve bonitos… y que me ama porque soy “la nada que se abandona, se pierde, en el Todo”.

¡Querido Jesús mío! ¡Amado, amado hasta la locura! ¡Amado con todo mi ser! ¡Sí, lo puedo proclamar! En la vigilia de mi año 49, examinándome atentamente, en la vigilia de la sentencia humana sobre mi obra como portavoz, escudriñando atentamente mi espíritu y toda mí misma para descifrar las palabras verdaderas que hay en mí, puedo decir que ahora amo, comprendo que amo a mi Dios con todo mi ser.

He tardado 48 años en llegar a este amor total, tan total que excluye un pensamiento de temor personal en vistas de una condena, teniendo tan sólo una profunda aflicción por la repercusión que ésta pudiera tener en almas que yo he llevado a Dios, que estoy convencida de que han sido redimidas por el Jesús vivo dentro de mí, y que se separarían de la Iglesia, anillo de enlace entre la humanidad y Dios.

Dirán algunos: « ¿No te da vergüenza haber tardado tanto?». No, en absoluto. Era tan débil, tan nada, que he tardado todo este tiempo. Y además estoy convencida de que he tardado exactamente el tiempo que Jesús ha querido. Ni un minuto más ni un minuto menos; porque -esto puedo decirlo -desde que empecé a comprender -qué es Dios, no le he negado a Dios nada.

Desde cuando, teniendo yo cuatro años, lo sentía tan omnipresente, que creía incluso que estar en la madera del respaldo de la silla en que me sentaba y le pedía disculpa por darle la espalda y por apoyarme en Él; desde cuando también a los cuatro años, hasta en el sueño meditaba que nuestros pecados lo habían herido y matado, y me ponía de pie encima de mi cama, suplicando, vestida con mi camisón de noche, sin mirar a ningún cuadro sagrado, sino volviéndome a mi Amado matado por nosotros, suplicando:

«¡Yo no! ¡Yo no! ¡Quítame la vida, pero no me digas que yo te he herido!». Y así sucesivamente…

Amor mío, Tú conoces mis ardores, no desconoces ni siquiera uno… Tú sabes que bastaba que se perfilase una propuesta tuya para que ya inmediatamente fuera aceptación en tu María. Aunque me propusieras que te diera mi amor de novia -es más, precisamente entonces, en la Navidad del 1921, se reafirmó mi amor por ti -, o el amor de los parientes o la vida o la salud o la comodidad… y que, cada vez más, fuera una "nada" en la vida social, un desecho, mirado por el mundo con compasión o burla… Una que no puede tomar un vaso de agua si tiene sed si no hay quien se lo acerque, una que está clavada como Tú, como Tú, y como he deseado tanto estarlo, y como quisiera enseguida volver a estar si Tú me curaras. ¡Todo! La nada ha dado todo, su todo de criatura… Bien, pues también ahora, también ahora, que puedo ser juzgada negativamente, que puedo sufrir interdicción, que pueden actuar contra mí, ¿qué te digo?

«Déjame a ti, déjame tu Gracia. Todo el resto es nada. Lo único que te ruego es que no me suspendas tu amor y que no permitas que los que te he dado vuelvan a caer en las tinieblas.

¿Pero, a dónde he ido, oh Sol mío, mientras paseas entre los rosales? A donde mi corazón, que ha hecho esfuerzo de amor por ti, me lleva. Y late, y me enciende la sangre en las venas. Y la gente dirá: «Tiene fiebre y palpitaciones». No. Es que esta mañana te estás derramando en mí con la fuerza de un divino huracán de amor, y yo… y yo me anulo en ti, que me invades, y ya no coordino como criatura, y siento lo que debe ser el vivir de los serafines… y ardo y deliro y te amo, te amo, te amo. ¡Piedad, en tu amor! Piedad, si quieres que viva todavía para servirte, oh Amor divinísimo, eterno, oh Amor dulcísimo, oh Amor de los Cielos y de la Creación, Dios, Dios, Dios…

¡O… no… piedad, no! ¡Antes al contrario, más aún! ¡Hasta la muerte en la hoguera del amor! ¡Fundámonos! ¡Amémonos! Para estar en el Padre, como dijiste orando por nosotros: «Que estén (los que me aman) donde estamos Nosotros. Que sean uno». ¡Uno! Ésta es una de las afirmaciones del Evangelio que siempre me han hecho sumirme en un abismo de adoración amorosa.

¿Qué pediste para nosotros, mi Divino Maestro y Redentor? ¿Qué pediste, mi Divino loco de amor? Que nosotros seamos uno contigo, con el Padre, con el Espíritu Santo, porque quien está en Uno está en los Tres, ¡oh, inseparable y verdaderamente libre Trinidad del Dios uno y trino! ¡Bendito! ¡Bendito! ¡Bendito con cada uno de mis latidos y respiros!…

Pero volvamos a la visión, porque veo venir con paso veloz, tanto que sus vestiduras se mueven como una vela azotada por el viento, a Pedro, seguido por Bartolomé, que camina más tranquilo. Se presenta repentinamente a espaldas del Maestro, que está agachado acariciando a unos lactantes -los cuales son, sin duda, hijos de recolectoras -puestos en unos traspuntines a la sombra fresca de las plantas.

-¡Maestro!
-¡Simón! ¿Cómo es que estás aquí? ¿Y tú, Bartolomé? Teníais que partir mañana por la tarde, después de la puesta de sol del sábado…
-Maestro, no nos regañes… Escúchanos antes.
-Os escucho. Y no os regaño, porque pienso que habréis desobedecido por un grave motivo. Solamente aseguradme
que ninguno de vosotros está herido o enfermo. -No, no, Señor. No nos ha sucedido ningún mal -se apresura a decir Bartolomé. Pero Pedro, siempre sincero e impulsivo, dice: -¡Mmm! Yo por mí digo que hubiera sido mejor si tuviéramos todos las piernas rotas, o incluso la cabeza, antes que…
-¿Qué ha sucedido entonces?
-Maestro, hemos pensado que era mejor venir para acabar con… -está diciendo Bartolomé cuando Pedro le interrumpe:

-¡Pero habla más deprisa!
Y termina:
-Judas es un verdadero demonio desde que te has marchado.

Ya no podíamos hablar, no razonaba. Ha discutido con todos… Y ha escandalizado a todos los dependientes de Elisa y a otras personas…

-Quizás se ha puesto celoso porque has tomado a Simón contigo… -dice Bartolomé queriendo disculpar, al ver que la cara de Jesús se pone muy severa.

-¡Qué van a ser celos! ¡Deja de una vez de disculparlo!… O riño contigo para desahogarme de no haber podido reñir con él… ¡Porque Maestro, he logrado estar callado!

¡Fíjate! ¡Estar callado! Por pura obediencia y amor a ti… ¡Pero qué esfuerzo! Bien. En un momento en que Judas se marchó, dando portazos, hemos deliberado entre nosotros… y hemos pensado que era mejor partir para poner fin al escándalo en Betsur y… evitar… darle unos guantazos… Y yo y Bartolomé nos hemos marchado inmediatamente. He rogado a los otros que me dejaran marcharme enseguida, antes de que él volviera… porque… porque sentía realmente que no me iba a contener ya más… Esto es. He dicho. Ahora corrígeme, si te parece que he cometido un error.

-Has hecho bien. Habéis hecho todos bien.
-¿También Judas? ¡Ah, no, mi Señor! ¡No digas esto! ¡Ha dado un espectáculo indigno!
-No. Él no ha hecho bien. Pero no lo juzgues.
-…No, Señor…

El "no" sale con mucho esfuerzo.

Un momento de silencio. Luego Pedro pregunta:
-¿Me dices, al menos, por qué Judas, de repente, se ha vuelto así? ¡Parecía haberse vuelto tan bueno! ¡Se estaba tan bien! Yo había hecho oraciones y sacrificios para que continuara… Porque no puedo verte afligido. Y Tú estás afligido cuando nos causamos daño… Y, desde las Encenias, sé que incluso el sacrificio de una cucharada de miel tiene valor…

Esta verdad me la ha tenido que enseñar un discípulo, el más pequeño de los discípulos, un pobre niño, a mí, tu apóstol necio. Pero no la he desatendido. Porque he visto su fruto. Porque también yo, que soy un zopenco, he comprendido algo por luz de la Sabiduría que se ha inclinado benigna hacia mí, que ha bajado hasta mí, hasta el rudo pescador, hasta el hombre pecador.

He comprendido que es necesario amarte no sólo con las palabras, sino salvándote las almas con nuestro sacrificio. Para darte una alegría. Para no verte así como estás ahora, como estabas en Sebat. Tan pálido y triste, mi Maestro y Señor que no somos dignos de tenerte, que no te comprendemos: nosotros, gusanos al lado de ti, Hijo de Dios; nosotros, lodo al lado de ti, Estrella; nosotros, tinieblas al lado de ti, Luz.

¡Pero no ha servido para nada! ¡Para nada! Es verdad. Mis pobres ofrendas… tan pobres; tan defectuosas… ¿Y para qué iban a servir? Ha sido soberbia mía, creer que pudieran servir… Perdóname. Pero te he dado cuanto tenía. Me he ofrecido para darte todo lo que tengo. Y creía estar justificado porque te he amado, oh mi Dios, con todo mi ser, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas, como está escrito.

Y ahora comprendo también esto y lo digo yo también como dice siempre Juan, nuestro ángel, y te ruego (y se arrodilla a los pies de Jesús) que aumentes tu amor en tu pobre Simón, para que aumente mi amor por ti, oh mi Dios.
Y Pedro se agacha a besar los pies de Jesús, y se queda así. Bartolomé, que ha estado escuchando, admirando y asintiendo, hace lo mismo.

-Alzaos, amigos. Mi amor crece sin pausa en vosotros, y crecerá cada vez más. Y benditos seáis por el corazón que tenéis. ¿Cuándo van a venir los otros?
-Antes de la puesta del sol.

-Está bien. También Juana y Elisa y Cusa volverán antes del ocaso. Pasaremos el sábado aquí y luego partiremos.
-Sí, Señor. ¿Pero para qué te ha llamado Juana con tanta urgencia? ¿No podía esperar? ¡Estaba ya concordado que vendríamos aquí!

-¡Con su imprudencia ha causado un buen jaleo!…
-No la acuses, Simón de Jonás. Ha actuado por prudencia y amor. Me ha llamado porque había almas cuya buena voluntad había que confirmar.

-¡Ah! Entonces ya no hablo más… Pero, Señor, ¿por qué Judas se ha alterado de esa forma?
-¡No pienses en ello! ¡No pienses en ello! Goza de este Edén, todo flores y paz. Goza de tu Señor. Y deja, y olvida, las formas peores de la Humanidad, sus asaltos contra el espíritu de tu pobre compañero Lo único que debes recordar es orar por él, mucho, mucho. Venid.

Vamos donde aquellos pequeños que nos miran asombrados. Hace poco les estaba hablando de Dios, de alma a alma, con el amor, y a los más grandecitos con las bellezas de Dios…

Y echa sus brazos alrededor del talle de sus dos apóstoles, para dirigirse a un círculo de niños que lo esperan.

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