410- Provocaciones de Judas Iscariote en el grupo apostólico

-¡Tengo unas ganas locas de estar en los montes! -exclama Pedro, resoplando y secándose el sudor que le gotea por los carrillos y el cuello.

-¿Cómo? ¿Tú que odiabas los montes ahora los añoras? -pregunta con sarcasmo Judas Iscariote, que, habiendo visto que su miedo de ser descubierto había terminado en nada, vuelve a mostrarse desconsiderado y atrevido.

-Sí, exactamente. Ahora los añoro. En esta época del año son benignos. Nunca como mi mar… ¡Mi mar… ah!… Pero, no sé por qué los campos están más calientes después de la siega. El sol es el mismo, y no obstante…

-No es que estén más calientes. Es que están más tristes y uno se cansa más al verlos así que cuando tienen cereales ­responde con buen sentido Mateo.
-No. Simón tiene razón. Después de la siega están de un caliente insoportable. Jamás he sentido un calor como éste ­dice Santiago de Zebedeo.

-¿Nunca? ¿Y dónde metes el que sentimos yendo a casa de Nique? -replica Judas de Keriot.

-No como éste -le responde Andrés.

-¡Vaya que sí! El verano está cuarenta días más adelantado y el sol calienta en proporción -insiste Judas.

-Hay una cosa objetiva: los rastrojos emanan más calor que los campos con espigas. Y esto tiene una explicación. El sol, que antes se detenía encima de las espigas, ahora escalda directamente el suelo desnudo y agostado, y el suelo refleja sus calores hacia arriba como respuesta al sol que de arriba baja abajo, y el hombre se encuentra entre dos llamas -sentencia Bartolomé.

El Iscariote se ríe irónicamente y hace un ampuloso saludo a su compañero diciendo:

-Rabí Natanael, te saludo y te agradezco tu docta lección.
Se muestra más ofensivo que nunca.

Bartolomé lo mira… y calla. Pero Felipe lo defiende:
-¡No veo de qué haya que hacer ironía! ¡Ha dicha una verdad! No querrás negar una verdad que millones de cerebros con sentido común han juzgado verdadera, lógica y constatable, ¿no?

-¡Sí, hombre, sí! Ya sé, ya sé que vosotros sois doctos, expertos, sensatos; buenos, perfectos… ¡Sois todo!

¡Todo! ¡Yo soy la única oveja negra de este rebaño blanco!… El único cordero bastardo, el oprobio manifiesto y que saca cuernos de carnero… Yo soy el único pecador, el imperfecto, la causa de todos nuestros males, y de Israel y del mundo… e incluso quizás de las estrellas… ¡Ya no aguanto más! No aguanto más el ver que soy el último, el ver que unas nulidades, como aquellos dos necios que están hablando con el Maestro, son admirados como dos oráculos santos. Estoy cansado de…

-Mira, muchacho… - empieza a decir Pedro, que está más rojo por el esfuerzo de contenerse

-Mira, muchacho… -empieza a decir Pedro, que está más rojo por el esfuerzo de contenerse que por el calor.

Pero Judas Tadeo le interrumpe:

-¿Mides a los demás con tu medida? Trata de ser tú "nulidad", como lo son Santiago, mi hermano, y Juan de Zebedeo, y dejará de haber imperfecciones en el grupo apostólico.

-¡Fijaos si no tengo razón yo! ¡La imperfección soy yo! ¡Ah, esto es demasiado! Esto es…

-Sí, efectivamente, creo que ha sido demasiado el vino que nos ha hecho beber José… y con este calor te hace daño… Malas pasadas de la sangre… -dice con toda tranquilidad Tomás, para transformar en broma la disputa que se está encendiendo…

Pero Pedro ha agotado ya su aguante y, apretando los dientes y los puños para dominarse todavía, dice:

-Mira, muchacho. Para ti es aconsejable una cosa. Sepárate durante un poco…

-¿Yo? ¿Separarme yo? ¿Porque lo dices tú? El único que me puede mandar es el Maestro y sólo lo obedezco a Él. ¿Quién eres tú? Un pobre…

-Pescador, ignorante, tosco, que no vale para nada. Tienes razón… Me lo digo yo antes que tú. Y, delante de nuestro Yeohveh omnipresente y omnividente, testifico que preferiría ser el último antes que el primero, testifico que querría verte a ti, a cualquier otro, en mi lugar, pera a ti más que a ninguno, para que te vieras liberado del monstruo de los celos que te hace injusto, y para no tener que hacer otra cosa sino obedecer, obedecerte, muchacho… Y, créeme, me costaría menos esfuerzo que tener que hablarte como "primero". Pero Él, el Maestro, me ha hecho "primero" entre vosotros… Y debo obedecerlo a Él lo primero, y a Él más que a ninguna otra persona… Y tú debes obedecer. Y con mi sentido común de pescador te digo, no que te separes, en el sentido que tú, viendo fuego en las palabras más frescas, has entendido, sino que te retrases un rato, que estés solo, que reflexiones…

¿No fuiste desde Béter al valle en la cola del grupo? Haz lo mismo ahora… El Maestro en cabeza… tú en la cola En medio, nosotros… las nulidades… Basta con estar solos para comprender, y para calmarse… Haz caso… Es mejor para todos, Para ti el primero…

Y lo toma por un brazo, lo separa del grupo y dice:
-Ahí, estáte ahí mientras nosotros alcanzamos al Maestro.

Y Luego… continúas muy lentamente… y verás como se te pasa… la tormenta -y lo deja plantado y da alcance a los compañeros, que ya están unos metros más adelante.

-¡Uf! He sudado más hablándole que andando… ¡Qué temperamento! ¿Pero se va a poder obtener algo alguna vez de él?

-Nunca, Simón. Mi hermano se empeña en tenerlo. Pero… nunca hará nada bueno -le responde Judas Tadeo.

-¡Es un buen castigo que tenemos en medio de nosotros!» suspira Andrés, y termina: «Yo y Juan tenemos casi miedo de él y siempre nos callamos por temor a otras discusiones».

-Es la medida mejor, efectivamente -dice Bartolomé.
-Yo no logro callarme -confiesa el Tadeo.
-Yo también lo logro a duras penas… Pero he encontrado el secreto -dice Pedro.
-¿Cuál? ¿Cuál? Enséñanoslo… -dicen todos.

-Trabajando como un buey en el arado. Un trabajo que puede ser inútil a lo mejor… Pero que sirva para hacerme arrojar lo que me bulle dentro sobre… algo que no sea Judas.

-¡Ah! ¡Comprendo! ¡Por eso hiciste esa devastación en los árboles cuando bajábamos el valle! ¿Por eso, no? -le pregunta Santiago de Zebedeo.

-Sí, por eso… Pero hoy… aquí… no tenía nada que romper sin hacer un daño. No hay más que árboles frutales y hubiera sido una pena destruirlos… Me ha costado tres veces más… romperme a mí mismo para no… para no ser el viejo Simón de Cafarnaúm… Tengo los huesos doloridos por ello…

Bartolomé y el Zelote hacen el mismo gesto y dicen las mismas palabras: abrazan a Pedro exclamando:
-¿Y te asombras de que Él te haya hecho el primero entre nosotros? Eres un maestro para nosotros…

-¿Yo? ¿Por esto?… ¡Bah! Son insignificancias… Soy un pobre hombre… Lo único que os pido es que me améis dándome sabios consejos, amorosos y sencillos consejos. Amor y sencillez, para que me haga como vosotros… Y únicamente por amor a Él, que tiene ya muchas penas…
-Tienes razón. ¡Al menos no se las demos nosotros! -exclama Mateo.

-Me dio mucho miedo la llamada de Juana. Vosotros dos que os habéis adelantado ¿no sabéis absolutamente nada? ­pregunta Tomás.
-No, con certeza no. Pero dentro de nosotros hemos pensado que ha sido ese que viene detrás, que… ha armado algún lío -responde Pedro.

-¡Calla! Tuve el mismo pensamiento cuando aquel sábado oí hablar al Maestro -confiesa Judas Tadeo.
-Yo también -añade Santiago de Zebedeo.

-¡Tate!… No lo había pensado… ni siquiera cuando vi a Judas tan sombrío aquel atardecer… y tan grosero, que ésa es la pura verdad -dice Tomás.
-Bien. No hablemos más de esto. Tratemos de… hacerlo mejor con mucho amor y mucho sacrificio, como nos ha enseñado Margziam… -dice Pedro.

-¿Qué hará Margziam? -pregunta, sonriendo, Andrés.
-¿Mmm?… Pronto estaremos con él. Tengo unas ganas locas… Me cuestan muchísimo estas separaciones.
-¿Quién sabe por qué las querrá el Maestro? Ya podría estar con nosotros también Margziam. Ya ni es un niño ni está físicamente frágil -observa Santiago de Zebedeo.
-Además… Si ha recorrido tanto camino el año pasado cuando estaba tan flaco, con mayor motivo podría caminar ahora -dice Felipe.

-Yo creo que es para que no presencie ciertas bribonadas… dice Mateo.

-O que no esté con ciertas compañías… -dice con enfado el Tadeo, que verdaderamente no soporta a Judas Iscariote.

-Quizás tenéis razón los dos -dice Pedro.
-¡No, hombre, no! Lo hará para que se fortalezca del todo. Ya veréis como para el año que viene está con nosotros afirma Tomás.

-¡El año que viene! ¿Estará todavía con nosotros el Maestro el año que viene? -pregunta pensativo Bartolomé -¡A mí sus discursos me parecen tan… significativos…!
-¡No digas eso! -suplican los otros.

-No quisiera decirlo. Pero no hablar no sirve para alejar lo que está designado.

-Bueno, pues… razón de más para nosotros para mejorarnos mucho en estos meses… Para no causarle penas y estar preparados. Quiero decirle que ahora, cuando estemos descansando en Galilea, nos instruya mucho, mucho, estrictamente a nosotros doce… Muy pronto llegaremos…

-Sí. Y tengo unas ganas locas. Soy viejo y estas marchas con este calor me dan muchas molestias que no se ven ­confiesa Bartolomé

-A mí también. He sido un vicioso y estoy más viejo de lo que se piensa contando los años. ¡Los excesos… claro! Ahora los siento todos en los huesos… Además nosotros, hijos de Leví, sufrimos de dolores ya por naturaleza…
-¿Y yo? He estado enfermo durante años… y aquella vida, en cavernas, con poca y mísera comida. ¡Estas cosas aparecen ahora!… -dice el Zelote.

-¿Pero no has dicho siempre que desde tu curación te has sentido siempre fuerte? -pregunta a sus espaldas Judas, que los ha alcanzado -¿Se te ha terminado el efecto dei milagro?

El Zelote pone una expresión típica en su rostro feo y expresivo; parece decir: «¡Está aquí! ¡Señor, dame paciencia!». Pero responde con suma cortesía:

-No. No se ha terminado el efecto del milagro, como puede verse, porque no he vuelto a enfermar. Estoy fuerte. Tengo resistencia. Pero los años son años y las fatigas fatigas.

Y estos calores que nos hacen sudar como si hubiéramos caído en una acequia, y luego estas noches, yo diría gélidas respecto al calor del día, que nos hielan el sudor encima, y luego el aguazo que termina de mojar ropa ya empapada de sudor, ciertamente no me hacen ningún bien. Y tengo unas ganas enormes de un tiempo de reposo para cuidarme un poco. Por la mañana, especialmente si dormimos al raso, estoy todo rígido. Si me enfermo del todo, ¿para qué sirvo?

-Para sufrir. Él dice que el sufrimiento vale como trabajo y como oración -le responde Andrés.
-De acuerdo. Pero yo preferiría servirle apostólicamente y…

-Y estás cansado también tú. Confiésalo. Estás cansado de continuar con esta vida sin perspectivas de tiempos buenos, sino, al contrario, con perspectivas de persecuciones y… derrotas. Empiezas a pensar que corres el peligro de volver a ser un proscrito -dice Judas de Keriot.

-No pienso nada. Digo que siento que enfermo.

-¡Oh, de la misma manera, que te ha curado una vez…! -y Judas ríe irónico.

Bartolomé siente cercana otra discusión y la desvía llamando a Jesús.

-¡Maestro! ¿Para nosotros no hay nada? ¡Siempre estás adelante! …

-Tienes razón, Bartolmái. Ahora nos paramos. ¿Ves aquella casita? Vamos allí, porque el sol es demasiado fuerte. Con el atardecer reanudaremos la marcha. Tenemos que apresurar el retorno a Jerusalén, porque Pentecostés está a las puertas.

-¿De qué hablabais entre vosotros? -pregunta Judas Tadeo a su hermano.

-¡Fíjate! Habíamos empezado a hablar de José de Arimatea y hemos terminado hablando de la vieja propiedad de Joaquín en Nazaret y de su costumbre -mientras pudo hacerlo -de tomar para sí la mitad de lo que recogía y dar el resto a los pobres, cosa que los viejos de Nazaret recuerdan muy bien.

¡Cuántas abstinencias aquellos dos justos que eran Ana y Joaquín! ¡Cómo no iban a obtener el milagro de la Hija, de esa Hija!… Y con Jesús evocaba cuando éramos
niños…

Continúa la narración mientras siguen caminando en dirección a la casa entre los campos llenos de sol.

409- El drama familiar del Anciano Juan

José de Arimatea descansa en una habitación que está semioscura debido a que todas las cortinas están echadas, para proteger del sol. En toda la casa hay un silencio absoluto. José duerme con sueño ligero en un bajo diván cubierto de esteras… Entra un criado, se dirige al patrón, le toca para despertarlo. José abre sus ojos cargados y mira al criado con gesto interrogativo.

-Señor, está aquí tu amigo Juan…
-¿Mi amigo Juan? ¿Cómo es que está aquí no habiéndose terminado el sábado?

José se ha despertado de golpe ante la sorpresa de la visita de un Anciano en sábado. Y ordena:
-Que entre enseguida.
El criado sale. José, mientras espera, pasea pensativo por
la habitación semioscura y fresca…

-¡Dios sea contigo, José! -dice el Anciano Juan, el que vimos ya en el primer banquete ofrecido a Jesús en Arimatea y también en casa de Lázaro en la última Pascua (siempre en una actitud que, aunque no fuera de discípulo, al menos no era hostil respecto a Jesús).

-¡Y contigo, Juan! Pero… sabiendo que eres justo, me asombra verte antes del ocaso…

-Es verdad. He quebrantado la ley sabática. Y he pecado sabiendo que pecaba. Por tanto, gran pecado el mío… Y grande será el sacrificio que ofreceré para ser perdonado. Pero también es muy grande el motivo que me ha incitado a este pecado… Yahveh, que es justo, tendrá compasión de su siervo culpable considerando el importante motivo que me ha impulsado a la culpa…

-Hace un tiempo no hablabas así. Para ti el Altísimo era sólo rigor, inflexibilidad. Y eras perfecto porque le temías como a un Dios intransigente…

-¡Oh! ¡Perfecto!… José, a ti nunca te he confesado mis culpas secretas… Pero es verdad. Consideraba a Dios intransigente. Como muchos en Israel. Nos han enseñado a considerarlo el Dios de las venganzas…

-Y has seguido creyéndolo después de que el Rabí ha venido a dar a conocer a su pueblo el verdadero Rostro de Dios, su verdadero Corazón… Un rostro y un corazón de Padre…

-Es verdad. Es verdad. Pero… todavía no le había oído hablar extensamente… De todas formas, como recordarás, desde la primera vez que lo vi, en el convite en tu casa, ya tomé una actitud hacia el Rabí que, si no era de amor, al menos era de… respeto.

-Es verdad… Pero por lo que yo te quiero quisiera que pasaras a una actitud de amor a El. Es demasiado poco el respeto…

-¿Tú lo amas, verdad, José?
-Sí. Y te lo digo, aun sabiendo que los príncipes de los sacerdotes odian a los que aman al Rabí. Pero tú no eres capaz de delación…

No. No soy capaz… Y quisiera ser como tú. Pero, ¿lo lograré alguna vez?

-Pediré porque lo logres. Significaría tu bienaventuranza eterna, amigo…

Un silencio lleno de reflexiones…
Luego José pregunta:

-Me has dicho que un importante motivo te ha movido a violar el sábado. ¿Y cuál? ¿Puedo preguntártelo sin ser demasiado indiscreto? Creo que has venido a casa de tu amigo en busca de ayuda… Y para ayudarte tengo que saber…

Juan se pasa la mano por la frente, aprieta esta frente de hombre en plena madurez, amplia y con ligeras entradas; se acaricia mecánicamente el pelo, que apenas ha empezado a encanecerse, y la tupida y escuadrada barba… Luego levanta la cabeza y mira fijamente a José. Dice:
-Sí. Un motivo importante, y penoso; y… y una gran esperanza…

-¿Cuáles?

-José, ¿te imaginas que mi casa es un infierno y que pronto ya no será una casa, sino… sino una cosa devastada, desbaratada, destruida, acabada?
-¿Qué? ¿Qué dices? ¿Desvarías?

-No. No desvarío… Mi mujer quiere marcharse… ¿Estás sorprendido?

-…Sí… porque… siempre la he visto buena y… porque vuestra familia me parecía ejemplar… tú, todo bondad… ella, toda virtud…

Juan se sienta y mete la cabeza entre las manos…

José prosigue:

-Ahora… esta… esta decisión… Yo… bueno que no puedo creer que Ana haya faltado… o que tú hayas faltado… Pero todavía menos lo creo de ella… toda casa, toda hijos… ¡No!… ¡En ella no puede haber culpa!…

-¿Estás seguro? ¿Estás completamente seguro?

-¡Oh! ¡Pobre amigo! No tengo el ojo de Dios. Pero, por lo que puedo juzgar, juzgo así…
-¿No crees que Ana sea… infiel…?

-¿Ana? ¡Pero, amigo! ¿El sol del verano te ha enfermado la cabeza? ¿Infiel con quién? No sale nunca de casa. Prefiere el campo a la ciudad. Trabaja como la primera de las domésticas. Es humilde, discreta, trabajadora, amorosa contigo y con los niños. Una mujer ligera no ama estas cosas. Créelo. ¡Oh, Juan!, pero ¿en qué fundas las sospechas? ¿Desde cuándo?

-Desde siempre.
-¿Desde siempre? ¡Ah, entonces esto tuyo es una enfermedad!…

-Sí. Y… José, yo he cometido muchos errores. Pero no quiero confesártelos a ti solo. Anteayer han pasado unos discípulos por mi casa, y también unos pobres. Decían que el Rabí estaba viniendo a tu casa. Y ayer… ayer fue un día muy turbulento para mi casa… tanto que Ana ha tomado la decisión que he dicho… Por la noche -¡y que noche! -he pensado mucho… Y he sacado la conclusión de que sólo Él, el Rabí perfecto…

-¡Divino, Juan, divino!
-..Como quieras… Que sólo Él puede curarme y reparar… reconstruir mi casa, darme de nuevo a Ana… y a mis hijos… reconstruirme todo…

El hombre llora. Entre lágrimas prosigue:
-Porque sólo Él ve y dice la verdad… y a Él lo creeré… José, amigo mío, déjame estar aquí esperándolo…

-El Maestro está aquí. Partirá después de la puesta del sol. Voy e llamarlo -y José sale…

Pocos minutos de espera y la cortina se separa nuevamente para dejar paso a Jesús… Juan se pone de pie y se inclina con deferente saludo.

-La paz a ti, Juan. ¿Por qué motivo me buscas?
-Para que me ayudes a ver… y para que me salves. Soy muy infeliz. He pecado contra Dios y contra mi carne gemela. Y de pecado en pecado he llegado a violar la ley del sábado. Absuélveme, Maestro.

-¡La ley del sábado! ¡Grande, santa ley! ¡Lejos de mí el pensamiento de considerarla pequeña y superada! Pero ¿por qué la antepones al primero de los mandamientos? ¿Y cómo es que pides absolución por haber violado el sábado y no la pides por haber faltado al amor y torturado a una inocente, y haber llevado a la desesperación y al umbral del pecado al alma de tu esposa? ¡Por esto debes angustiarte más que por todas las otras cosas! Por haberla calumniado…

-Señor, sólo con José, hace poco, he hablado de ella. Con ningún otro, créelo. Tenía tan celado mi dolor, que José, buen amigo mío, no se había percatado de nada y se ha quedado sorprendido. Ahora él te lo ha dicho. Pero ha sido para ayudarme. Con ninguna otra persona hablará el justo José.

-Conmigo no ha hablado. Me ha dicho solamente que me buscabas.

-¿Y entonces cómo lo sabes?

-¿Cómo lo sé? Como sabe Dios los secretos de los corazones. ¿Quieres que te diga el estado del tuyo?…

José hace ademán de retirarse discretamente. Pero es el propio Juan el que lo detiene diciendo:

-¡Quédate. ¡Tú eres amigo mío! ¡Puedes ayudarme ante el Rabí, tú, paraninfo de mi boda!… -y José vuelve a ponerse junto a los dos.

-¿Quieres que te lo diga? ¿Quieres que te ayude a conocerte? ¡No temas! No tengo mano cruel. Sé descubrir las heridas. No las hago sangrar para curarlas. Sé comprender y compadecerme. Y sé cuidar y curar; basta con que uno quiera ser curado. Tú tienes este deseo. Tanto que me has buscado. Siéntate aquí, a mi lado, entre mí y José.

Él fue el paraninfo de tu boda terrestre, Yo quisiera ser el paraninfo de tu boda espiritual… ¡Oh, cuánto lo quisiera!… ¡Así! Y ahora escúchame bien. Y responde con sinceridad a todo. ¿Tú cómo crees que fue el acto de Dios de crear al hombre y a la mujer para que estuvieran unidos? ¿Un acto bueno o un acto malo?

-Bueno, Señor. Como todas las cosas hechas por Dios.
-Has respondido bien. Ahora dime: si el acto era bueno, ¿cuáles debían ser sus consecuencias?

-Igualmente buenas, Señor. Y fueron buenas, a pesar de que Satanás entrara a disturbarlas, porque Adán siempre encontró confortación en Eva y Eva en Adán. Es más, fue aún más sensible esta confortación cuando solos, desterrados en la Tierra, fueron ayuda el uno para el otro. Y fueron buenas las consecuencias materiales, o sea, los hijos, por los cuales se propagó el hombre, y a través de los cuales brilló el poder y la bondad de Dios.

-¿Por qué? ¿Qué poder y bondad?
-Hombre, pues… la que ha sido desarrollada en favor de los hombres. Si miramos hacia atrás… sí… hay justos castigos, pero hay también, y más numerosos, actos de bondad… Bondad infinita es el pacto establecido con Abraham y repetido luego a Jacob, y así hasta… hasta el día de hoy. Y repetido por bocas sin mentira: los profetas… hasta Juan…

-Y por la boca del Rabí, Juan -interrumpe José.
-No es boca de profeta… No es boca de Maestro… Es… más.

Jesús sonríe, aunque casi imperceptiblemente, ante la… profesión de fe, aún vinculada, del Anciano, que no llega a decir: «Es boca divina» pero ya lo piensa.

-Entonces Dios ha hecho bien uniendo al hombre y a la mujer. Está escrito. ¿Pero cómo quiso que fueran el hombre y la mujer -pregunta Jesús.

-Una carne sola.

-Bien. ¿Entonces puede la carne odiarse a sí misma?
-No.
-¿Puede un miembro odiar al otro miembro?
-No.
-¿Puede un miembro separase del otro miembro?
-No. Sólo una gangrena o una lepra o una desventura pueden separar un miembro del resto del cuerpo.

-Muy bien. ¿Entonces solamente una cosa dolorosa o mala puede separar lo que por voluntad de Dios no es sino una unidad?

-Así es, Maestro.

-¿Y entonces por qué tú, convencido como estás de estas cosa, no amas a tu carne; y tanto la odias, que haces surgir una gangrena entre uno y el otro miembro, por lo cual, el miembro más débil, cayendo en mortificación, se separa y te deja solo?

Juan agacha la cabeza y guarda silencio mientras manosea las franjas de la túnica…

-Yo te digo el porqué. Porque Satanás ha entrado, a turbar, entre ti y tu mujer. Es más, ha entrado en ti con un amor desordenado hacia tu mujer. El amor, cuando es desordenado se transforma en odio. Juan. Satanás ha trabajado en tu sensualidad de varón para conseguir hacerte pecar. Porque ahí ha empezado tu pecado, a partir de tu desorden que ha ido engendrando nuevos y cada vez mayores desórdenes.

En tu mujer no has visto solamente la buena compañera y la madre de tus hijos, sino también el objeto de placer. Y esto te ha puesto pupilas como las del buey, que ve todo alterado. Has visto como tú veías. Así has visto a tu mujer. Objeto de placer para ti, la has juzgado lo mismo para los demás; y de aquí vienen tus febriles celos, tu miedo infundado, tu arrogancia pecaminosa que ha hecho de ella una miedosa, una encarcelada, una torturada, una calumniada

¿Qué importa si no le pegas, si públicamente no la vituperas? ¡Tu sospecha es un palo! ¡Tu duda es una calumnia! La calumnias pensando de ella que es capaz de traicionar. ¿Qué importa si la tratas como su rango te impone? En lo íntimo de tu casa es para ti menos que una esclava, por tu bestialidad lujuriosa, que la humilla sobremanera, y que ha sido soportada siempre por ella en silencio y con docilidad esperando persuadirte, calmarte, hacerte bueno, y lo cual no ha servido sino para aumentar tu exasperación, hasta el punto de que has hecho de tu casa un infierno donde rugen los demonios de la lujuria y de los celos.

¡Los celos! ¿Qué habrá más calumniador, para una esposa, que los celos? ¿Qué, más claramente indicador del estado real de un corazón que los celos? Debes creer que donde los celos se anidan -¡y tan estúpidos e irracionales, infundados, ofensivos, y obstinados! -no hay ni amor al prójimo ni amor a Dios. Lo que hay es egoísmo. ¡Por esto debes angustiarte, no por una fracción de sábado violado! Y para ser perdonado debes satisfacer por la devastación que has provocado…

-Pero Ana se quiere marchar ya… Ven a convencerla Tú… Sólo Tú puedes, oyéndola hablar, juzgar si verdaderamente es inocente y…

-¡Juan! ¿Quieres sanar y no quieres creer en lo que digo?

-Tienes razón, Señor. Cámbiame el corazón. Es verdad. No tengo motivo de fundada sospecha. Pero la quiero mucho… lujuriosamente, es verdad… Has visto bien… Y todo me es tiniebla…

-Entra en la luz. Sal de la maraña ardiente de una sensualidad tan feroz. Al principio te costará… Pero mucho más te costaría perder a una buena esposa y ganarte el infierno y pagar por tu pecado de desamor, calumnia y adulterio, y por el suyo, porque te recuerdo que quien mueve a una mujer al divorcio se pone a sí mismo y la pone a ella en el camino del adulterio. Si sabes resistir durante una luna, al menos durante una luna, a tu demonio, te prometo que terminará la pesadilla. ¿Me lo prometes?

-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! Quisiera… Pero es un fuego… Apágamelo Tú. Tú que eres poderoso…

El Anciano Juan ha caído de rodillas delante de Jesús y llora con la cabeza en las manos apoyadas en el suelo.
-Te lo adormeceré. Te lo circunscribiré. Pondré frenos y límites a este demonio… Pero tú has pecado mucho, Juan, y tienes que trabajar tú mismo en tu resurrección.

Los que Yo he convertido han venido a mí con la plena voluntad de hacerse nuevos, de quedar liberados… Habían obrado ya, con sus propias fuerzas, el comienzo de su redención. Así Mateo y María de Lázaro y otros.

Tú has venido aquí sólo para saber si ella era culpable y para que te ayudase a no perder la fuente en que se sacia tu placer. Yo circunscribo el poder de tu demonio, no durante una luna, sino durante tres. Durante este tiempo medita y elévate. Propónte tomar una nueva vida de marido.

Una vida de hombre dotado de alma. Y no la vida animal que has llevado hasta ahora. Y, que sepas, fortalecido por la oración y la meditación, por la paz que te doy durante tres meses, luchar y conquistarte la Vida eterna y reconquistarte el amor de tu esposa y la paz de tu casa. Ve.

-¿Pero qué le voy a decir a Ana? Quizás me la encontraré ya preparada para marcharse… ¿Qué palabras, después de tantos años de… ofensas, para convencerla de que la amo y de que no quiero perderla? Ven Tú…

-No puedo. Pero, ¡es tan simple!… Sé humilde. Llámala aparte y confiesa tu tormento. Dile que has venido a verme porque quieres ser perdonado por Dios. Y dile que te perdone, porque recibirás el perdón de Dios sólo si ella te lo invoca y es la primera en dártelo… ¡Oh! ¡Desdichado!

¡Cuánto bien, cuánta paz has desparramado con tu fiebre!

¿Cuánto mal crea la indisciplina de los sentidos, el desorden en los afectos! ¡Ánimo, levántate! Y vete tranquilo. ¿Pero no comprendes que ella, siendo buena y fiel a ti, está más angustiada que tú por el pensamiento de dejarte y no espera más que una palabra tuya para decirte:

"Todo te es perdonado"? Ánimo, muévete. El ocaso ya está cumplido. No cometes, pues, pecado por volver a tu casa… Y de haberlo cometido por venir a tu Salvador; tu Salvador te absuelve. Vete en paz. Y no peques más.

-¡Oh! ¡Maestro! ¡Maestro!… ¡No merezco estas palabras!… Maestro… yo… querré amarte de ahora en adelante…

-Sí, sí, ve. No te demores. Y recuerda esta hora en la hora en que Yo sea el Inocente calumniado.

-¿Qué quieres decir?
-Nada. Ve. Adiós.

Y Jesús se retira, dejando a los dos miembros del Sanedrín conmovidos y, enardecidos, juzgándole verdaderamente santo y sabio como sólo Dios puede serlo.

(Nota: aquí se observa que el sanedrita Juan se excedía en su vida sexual con su mujer, buscando más el placer sexual que la comprensión, el afecto, la vida espiritual y conyugal con su esposa, ya que el placer sexual, dentro del matrimonio y siendo generosos en hijos ante Dios, no sólo no es malo sino positivo, pero sin obsesiones ni desviaciones, en las que, por lo visto, Juan, el sanedrita, incurrió con su esposa, por lo que pecó ante Dios y el diablo actuó contra él)

408- Multiplicación del trigo en los campos de José de Arimatea

También aquí trabajan fervientemente los segadores.

Es más -está mejor dicho -ha sido ferviente el trabajo de las segadores. Ya son inútiles las hoces, porque no hay en pie una sola espiga en estos campos aún más cercanos a la orilla mediterránea que los de Nicodemo.

Pero Jesús no ha ido a Arimatea, sino a los terrenos que José posee en el llano, hacia el mar, y que antes de la siega, por su gran extensión, debían ser otro pequeño mar de espigas.

Una casa baja, ancha, blanca, está ahí, en el centro de los campos desnudos. Una casa de campo, pero bien cuidada. Sus cuatro eras se están llenando de gran cantidad de gavillas, puestas en haces (como disponen los soldados el bagaje durante los altos en el campo). Muchos carros traen ese tesoro de los campos a las eras, y muchos hombres descargan y amontonan. José va de una era a otra y vigila que todo se haga, y se haga bien.

Un campesino, desde lo alto del montón hacinado en un carro, anuncia:

-Hemos terminado, patrón. Todo el trigo está en tus eras. Este es el último carro de tu último terreno.
-Bien. Descarga y luego suelta a los bueyes y llévalos a los pilones y a los establos. Han trabajado bien y merecen descanso. Y también todos vosotros habéis trabajado bien y merecéis descanso. Pero la última fatiga será leve, porque para los corazones buenos es alivio la alegría de los demás.

Ahora vamos a traer a los hijos de Dios y vamos a darles el don del Padre. Abraham, ve a llamarlos -dice luego volviéndose hacia un patriarcal campesino, que quizás es el primero de los campesinos al servicio de esta propiedad de José. Pienso esto porque veo que el respeto de los otros dependientes es muy visible hacia este anciano, que no trabaja pero ayuda al patrón vigilando y aconsejando.

Y el anciano va… Lo veo dirigirse hacia una vasta y muy baja construcción, más parecida a un cobertizo que a una casa, provista de dos puertas gigantescas que tocan el canalón. Creo que será una especie de almacén donde estén guardados los carros y los otros aperos de labranza.

Entra allí dentro y luego sale seguido por un heterogéneo y mísero grupo humano de todas las edades… y de todas las miserias… Hay seres macilentos, aunque sin desgracias físicas, y hay tullidos, ciegos, mancos, enfermos de los ojos… Muchas viudas rodeadas de sus muchos huerfanitos, o también las mujeres de algún enfermo, tristes, apocadas, enflaquecidas por las noches en vela y los sacrificios para cuidar al enfermo.

Vienen con ese aspecto particular de los pobres cuando van a un lugar donde recibirán una gracia: timidez en las miradas, esquivez propia del pobre honrado, no sin una sonrisa que aflora encima de la tristeza imprimida por días de dolor en los rostros demacrados, no sin una chispa mínima de triunfo, casi como una respuesta al destino, que se ha cebado sobre ellos en días tristes, continuos, una respuesta al destino:

-¡Hoy es fiesta, para nosotros también hay un día de fiesta, hoy es fiesta, es alegría, es consuelo para nosotros!

Los pequeños ponen ojos como platos al ver los montones de gavillas, más altos que la casa, y dicen a sus mamás mientras las señalan:
-¿Para nosotros? ¡Qué bonitas!
Los ancianos susurran:
-¡El Bendito bendiga al compasivo!
Los mendigos, tullidos, o ciegos, o mancos, o enfermos de los ojos:

-¡Por fin tendremos pan también nosotros, sin tener que alargar siempre la mano!

Y los enfermos a sus familiares:
-Al menos podremos medicarnos sabiendo que vosotros no sufrís por nosotros. Nos harán bien ahora las medicinas.
Y los familiares a los enfermos:

-¿Veis? Ahora ya no diréis que ayunamos para dejaros a vosotros el pedazo de pan. ¡Alegraos, pues, ahora!…
Y las viudas a los huerfanitos:

-Hijitos míos, habrá que bendecir mucho al Padre de los Cielos que os hace de padre, y al buen José, que es su administrador. Ahora no os oiremos llorar por hambre, hijos nuestros que tenéis sólo a vuestras madres para ayudaros… a vuestras pobres mamás, que de rico tienen sólo el corazón…

Un coro y un espectáculo que alegran, pero también hacen venir lágrimas a los ojos…

Y José, teniendo ya delante a estos infelices, se pone a recorrer las filas, a llamar a uno por uno, preguntando cuántos son en su familia, desde cuánto tiempo están viudas, o desde cuándo están en enfermos, etc… y toma nota. Y para cada caso ordena a los campesinos que están a su servicio:

-Da diez. Da treinta.
-Da sesenta -dice después de escuchar a un anciano semiciego que se le ha acercado con diecisiete nietecitos, todos por debajo de los doce años, hijos de dos hijos suyos, muertos uno en la siega del año anterior, la otra de parto…
-dice el anciano -el marido ha encontrado consuelo y se ha casado otra vez, pasado un año. Me ha remitido los cinco hijos diciendo que se preocuparía de ellos. Sin embargo, ¡jamás un sólo denario!… Ahora se me ha muerto también mi mujer estoy solo… con éstos…

-Da sesenta al anciano padre. Tú, padre, espera, que después te voy a dar vestidos para los pequeños.
El campesino observa que, si se va a sesenta gavillas por cada vez, no va a llegar el trigo para todos…

-¿Dónde está tu fe? Si acumulo y distribuyo las gavillas, ¿lo hago por mí? No. Es para los más amados hijos del Señor. El Señor mismo proveerá a que baste para todos -responde José al campesino.

-Sí, patrón. Pero el número es número…
-Y la fe es fe. Y yo, para mostrarte que la fe puede todo, ordeno que se doble la medida que ha sido dada a los primeros. Quien ha recibido diez que reciba otras diez, quien veinte otras veinte, y al anciano dadle ciento veinte. ¡Hacedlo! ¡Hacedlo!

Los campesinos se encogen de hombros y cumplen la orden. Y continúa la distribución, en medio del gozoso asombro de los beneficiados, que ven que les dan una medida que supera todas sus más descabelladas esperanzas. José sonríe por ello, y acaricia a los pequeñuelos, que ponen todo su ahínco en ayudar a sus mamás; o ayuda a los tullidos, que hacen su pequeño montón; ayuda a los ancianos demasiado caducos como para hacerlo; o a las mujeres demasiado macilentas; y ordena apartar a dos enfermos para darles otras ayudas, como ha hecho con el anciano de los diecisiete nietos. Los montones, más altos que la casa, ahora son muy bajos, casi al nivel del suelo. Pero todos han recibido su parte, y en medida abundante. José pregunta:

-¿Cuántas gavillas quedan todavía?
-Ciento doce, patrón -dicen los campesinos tras contar lo que queda.

-Bien. Tomaréis…
José recorre la lista de los nombres que ha apuntado, y dice:
-Tomaréis cincuenta. Las guardaréis para simiente, porque es semilla santa. Que se dé el resto, una a cada uno, a cada cabeza de familia aquí presente. Son exactamente sesenta y dos cabezas de familia.

Los campesinos obedecen. Meten bajo un pórtico las cincuenta gavillas y distribuyen el resto. Ahora las eras ya no tienen los voluminosos montones de oro. Pero, en el suelo, hay sesenta y dos pequeños montones de distinto volumen. Y sus propietarios, solícitos, los atan y los cargan en rudimentarias carretillas, o en precarios jumentos a los que han ido a desatar de un vallado que está detrás de la casa.

El anciano Abraham, que ha hablado aparte con los principales campesinos al servicio de José, se acerca con éstos al patrón, y éste les pregunta:
-¿Entonces? ¿Habéis visto? ¡Ha habido para todos! ¡Y ha sobrado!

-¡Pero patrón, aquí hay un misterio! Nuestros campos no pueden haber dado el número de gavillas que has distribuido. Yo he nacido aquí y tengo setenta y ocho años. Siego desde hace sesenta y seis. Y sé. Mi hijo tenía razón. ¡Sin un misterio, no habríamos podido dar tanto!…
-Pero que lo hemos dado es una realidad, Abraham. Tú estabas a mi lado. Los campesinos han entregado las gavillas. No hay ningún sortilegio. No es irrealidad. Las gavillas se pueden contar todavía. Están todavía allí, aunque sea divididas en muchas partes.

-Sí, patrón. Pero… No es posible que los campos hayan dado tantas gavillas.

-¿Y la fe, hijos míos? ¿Y la fe? ¿Dónde metéis la fe? ¿Podía desacreditar el Señor a su siervo, que prometía en su Nombre y con santo fin?

-¿Entonces tú has hecho un milagro? -dicen los campesinos, ya dispuestos a los gritos de hosanna.

-No soy hombre de milagros. Soy un pobre hombre. Lo ha hecho el Señor. Ha leído en mi corazón y ha visto en él dos deseos: el primero, llevaros a la misma fe; el segundo, dar mucho, mucho, mucho a estos hermanos míos infelices. Dios ha asentido a mis deseos… y ha actuado.

¡Bendito sea! -dice José inclinándose reverentemente como si estuviera delante de un altar.

-Y su siervo con Él -dice Jesús, que hasta ese momento ha estado oculto detrás de la esquina de una pequeña casa -no sé si horno o almazara -rodeada por un seto, y que ahora aparece abiertamente en la era donde está José.

-¡Maestro mío y Señor mío!! -exclama José, cayendo de rodillas para venerar a Jesús.

-La paz a ti. He venido para bendecirte en nombre del Padre. Para premiar tu caridad y tu fe. Soy huésped tuyo esta noche. ¿Me aceptas?

-¡Oh, Maestro! ¿Y lo preguntas? La única cosa… La única cosa es que aquí no voy a poder darte honor… Estoy con mis domésticos-campesinos… en mi casa del campo… No tengo vajilla fina ni maestros de mesa ni criados capacitados… No tengo ni manjares ni vinos selectos…

No tengo amigos… Será una hospitalidad muy pobre… Pero bueno, serás comprensivo… ¿Por qué, Señor, no me has avisado? Habría dispuesto lo necesario… Pero anteayer Hermas, con los suyos, estuvo aquí… Es más, he aprovechado sus servicios para avisar a éstos, a quienes quería dar, devolver, lo que es de Dios… ¡Pero Hermas no me dijo nada! ¡Si lo hubiera sabido!… Permíteme,

Maestro, que dé indicaciones, que trate de remediar… ¿Por qué sonríes así? -pregunta, en fin, José, que está todo agitado por la improvisa alegría y por la situación que juzga… desastrosa.

-Sonrío por tus inútiles penas. José, ¿qué buscas? ¿Lo que tienes?

-¿Qué tengo? No tengo nada.
-¡Cuán hombre eres todavía! ¿Por qué no eres ya el José espiritual de hace un rato, cuando hablabas como persona sabia y prometías, seguro, por la fe y para dar la fe?

-¡Oh! ¿Has estado oyendo?

-He oído y he visto, José. Aquel seto de laureles es muy útil para ver que lo que he sembrado no ha muerto en ti. Y por esto te dije que te creas inútiles penas. ¿Que no tienes ni maestros de mesa ni servidores capacitados? Pero si donde se ejercita la caridad esta Dios, y donde está Dios están sus ángeles.

¿Y qué maestros de casa quieres tener más capacitados que ellos? ¿Que no tienes ni manjares ni vinos selectos? ¿Y qué manjar quieres ofrecerme, y qué bebida, más selectos que el amor que has tenido hacia éstos y tienes hacia mí? ¿Que no tienes amigos para darme honor? ¿Y éstos? ¿A qué amigos ama el Maestro de nombre Jesús más que a los pobres y a los infelices? ¡Ánimo, hombre, José!

Ni siquiera convirtiéndose Herodes y abriéndome sus salas para recibirme y darme honor, en un palacio purificado, y teniendo con él los jefes de todas las castas para darme honor, Yo tendría una corte más selecta que ésta. Y quiero dirigirles unas palabras y ofrecerles un don. ¿Permites?

-¡Pero Maestro, si todo lo que Tú quieres lo quiero yo! Ordena.

-Diles que se reúnan. Que se reúnan también los campesinos. Para nosotros siempre habrá un pan… Mejor es que ahora escuchen mi palabra en vez de correr para acá o allá, afanándose en pobres cuidados.
La gente se apiña con diligencia, asombrada…

Jesús habla:
-Aquí habéis visto que la fe puede multiplicar el trigo cuando este deseo viene de un deseo de amor. Pero no limitéis vuestra fe a las necesidades materiales. Dios creó el primer grano de trigo y desde entonces el trigo produce espigas para el pan de los hombres. Pero Dios creó también el Paraíso, que espera a sus ciudadanos.

Ha sido creado para los que viven en la Ley y permanecen fieles a pesar de las pruebas dolorosas de la vida. Tened fe y lograréis conservaros santos con la ayuda del Señor, de la misma forma que José ha logrado asignar el doble de trigo para haceros felices doblemente y confirmar en la fe a sus campesinos. En verdad, en verdad os digo que si el hombre tuviera fe en el Señor, y esa fe fuera por un justo motivo, ni siquiera las montañas, hincadas en el suelo con sus entrañas rocosas, podrían resistir, y ante la orden de quien tiene fe en el Señor cambiarían de sitio. ¿Tenéis vosotros fe en Dios? -pregunta dirigiéndose a todos.

-¡Sí, Señor!

-¿Quién es Dios para vosotros?

-El Padre santísimo, como enseñan los discípulos del Cristo.
-¿Y el Cristo quién es para vosotros?
-El Salvador. El Maestro. ¡El Santo!
-¿Sólo esto?
-El Hijo de Dios. Pero no se debe decir, porque los fariseos nos persiguen si lo decimos.
-¿Pero vosotros creéis que lo es?
-Sí, Señor.

-Pues bien, creced en vuestra fe. Aunque calléis vosotros, las piedras, las plantas, las estrellas, el suelo, todas las cosas, proclamarán que el Cristo es el verdadero Redentor y Rey Lo proclamarán en la hora de su elevación, cuando lo envuelva la púrpura santísima y tenga la corona de Redención. Bienaventurados los que sepan creer esto ya desde ahora, y que más aún lo crean entonces, y tengan fe en Cristo y, por tanto, vida eterna. ¿Tenéis vosotros esta fe inquebrantable en Cristo?

-Sí, Señor. Enséñanos dónde está Él, y nosotros le pediremos que aumente nuestra fe para ser bienaventurados de esa forma.

Y la última parte de esta súplica la dicen no sólo los pobres, sino también los campesinos, los apóstoles y José.

-Sí tenéis fe como un grano de mostaza, y la tenéis -perla preciosa -en el corazón, sin dejar que os la arrebate ninguna cosa humana, o sobrehumana pero mala, podréis todos decir incluso a ese robusto moral que da sombra al pozo de José:

“Arráncate de ahí y trasplántate a las olas del mar".
-¿Pero Cristo dónde está? Lo esperamos para ser curados. Los discípulos no nos han curado, pero nos han dicho: "Él puede hacerlo". Quisiéramos curarnos para trabajar -dicen unos hombres enfermos o impedidos.

-¿Y creéis que Cristo lo puede? -dice Jesús mientras hace una señal a José de que no diga que Cristo es Él.
-Lo creemos. Es el Hijo de Dios. Lo puede todo.
-Sí. Lo puede todo… ¡Y lo quiere todo! -grita Jesús extendiendo con imperio el brazo derecho y bajándolo como para jurar. Y termina con un grito potente: « ¡Y así sea,
para gloria de Dios!».

Y hace ademán de volverse hacia la casa. Pero los curados, unos veinte, gritan, se acercan y lo encierran en un laberinto de manos extendidas para tocar, bendecir, buscar sus manos, sus vestidos, para besar, acariciar. Lo aíslan de José, de todos…

Y Jesús sonríe, acaricia, bendice… Se libera lentamente y, todavía seguido, desaparece entrando en la casa, mientras los gritos de hosanna suben al cielo, que se pone violáceo con el principio del crepúsculo.

407- En los campos de Nicodemo. La parábola de los dos hijos

Jesús llega durante una fresca aurora. Es hermosa esta fértil campiña del buen Nicodemo bajo las primeras luces del sol.

Hermosa a pesar de que muchas parcelas ya hayan sido segadas y muestren el aspecto cansado de los campos tras la muerte de las mieses, que, en parvas de oro, o todavía extendidas en el suelo como cadáveres, esperan a que las lleven a las eras.

Y con ellas mueren los lises estrellados y zafíreos, las violáceas becerras, las menudas corolas de las escabiosas, el lábil cáliz de las campanillas, los rientes nimbos radiados de las camomilas y margaritas, las violentas amapolas y las cien otras flores que, en forma de estrellas o de panojas, de ramos o de nimbos radiados, reían antes donde ahora hay… amarillez de rastrojos.

Pero, para consuelo del dolor de la tierra despojada de sus mieses, están las frondas de los árboles frutales, cada vez más alegres por los frutos que ya crecen y se pincelan con distintas tonalidades, y que, en esta hora, tienen el brillo de un polvo diamantino por las gotitas de rocío todavía no evaporadas por el sol.

Los campesinos están ya trabajando, contentos de acercarse ya al final del fatigoso trabajo de la siega; y cantan mientras siegan, y ríen alegres, desafiándose a quién es más rápido y experto en manejar la hoz o apretar las gavillas… Filas y filas de bien nutridos campesinos, contentos de trabajar para su buen señor. Y, en las lindes de los campos, o detrás de los atadores, niños, viudas, ancianos, que esperan para espigar, y esperan sin ansia porque saben que habrá para todos, como siempre, «por orden de Nicodemo», como explica una viuda a Jesús, que le ha preguntado.

-Vigila dice -para que, a sabiendas, se dejen muchas espigas fuera de las gavillas, para nosotros. Y, no satisfecho todavía de tanta caridad, después de coger el justo fruto en proporción a lo sembrado, distribuye el resto entre nosotros. ¡Y no es que espere a hacerlo en el año sabático!

(El año sabático era el último año de una serie de siete, y en él debía cesar, por ejemplo, un estado de esclavitud o el pago de una deuda. Respecto a la tierra, cesaba el trabajo del hombre, y los productos crecidos espontáneamente estaban reservados para los pobres y para los animales, como se prescribe en Éxodo 23, l0-ll y en Levítico 25, 3 – 7. La institución del año sabático está en relación con la del sábado, es decir, del reposo del séptimo día, recordado con frecuencia en la Obra valtortiana, y prescrito en Éxodo 20, 8-ll; 23, l2; 3l, l2-l7, Levítico 23, 3; 25, l-2)

Esto de favorecer al pobre con sus cereales lo hace siempre, y lo mismo hace con las aceitunas y la vid.

Por eso Dios lo bendice con cosechas milagrosas. Las bendiciones de los pobres son como rocío para las semillas y las flores, y hacen que cada semilla dé varias espigas y que no caiga una flor sin cuajar en fruto. Y este año nos ha dicho que todo es nuestro, porque es un año de gracia.

No sé a qué gracia se refiere. A no ser que sea porque decimos nosotros los pobrecillos y dicen sus felices dependientes que es discípulo en secreto del que dice ser el Cristo, que predica el amor a los pobres para mostrar amor a Dios… Quizás lo conoces, si eres amigo de Nicodemo… Porque los amigos normalmente tienen los mismos afectos… José de Arimatea, por ejemplo, es muy amigo de Nicodemo, y también de él se dice que es amigo del Rabí… ¿Oh, qué he dicho? ¡Que Dios me perdone! ¡He perjudicado a dos hombres buenos de la llanura!…

La mujer está consternada.
Jesús sonríe y pregunta:
-¿Por qué, mujer?

-Porque… Dime: ¿eres verdadero amigo de Nicodemo y de José, o eres uno del Sanedrín, uno de los falsos amigos que harían daño a dos hombres buenos si tuvieran la certeza de que son amigos del Galileo?

-Tranquilízate. Soy verdadero amigo de estos dos hombres buenos. Pero tú sabes muchas cosas, mujer. ¿Cómo las sabes?

-¡Todos las sabemos! Arriba con odio, abajo con amor. Porque, aunque no conozcamos al Cristo, lo amamos; nosotros, el desecho de todos, amados sólo por Él, que enseña a amarnos. Y tememos por Él… ¡Son tan pérfidos los judíos, los fariseos, los escribas y los sacerdotes!… ¡Oh, te estoy escandalizando!… Perdona.

Es lengua de mujer y no sabe callar… Pero es porque todo el dolor nos viene de ellos, de los poderosos que nos aplastan sin piedad y nos obligan a ayunos no prescritos por la Ley, sino impuestos por la necesidad de encontrar denarios para pagar todos los diezmos que ellos, los ricos, han cargado sobre los pobres… Y es porque toda la esperanza está en el reino de este Rabí que, si es tan bueno ahora que lo persiguen, ¿cómo será cuando pueda ser rey!

-Su Reino no es de este mundo, mujer. No tendrá ni palacios ni soldados. No impondrá leyes humanas. No distribuirá denarios, pero enseñará a los mejores a hacerlo. Y los pobres encontrarán no dos o diez o cien amigos entre los ricos, sino que todos los que creen en el Maestro unirán sus bienes para ayudar a los hermanos sin bienes. Porque de ahora en adelante no se llamará "prójimo" al propio semejante, sino "hermano", en nombre del Señor.

-¡Oh!…
La mujer está admirada, soñando ya esta era del amor. Acaricia a sus niños, sonríe, luego levanta la cabeza y dice:

-¿Entonces me aseguras que no he perjudicado a Nicodemo… hablando contigo? Me ha venido espontáneo… ¡Son tan dulces tus ojos!… ¡Es tan sereno tu aspecto!… No sé… Me siento segura como si estuviera al lado de un ángel de Dios… Por eso he hablado…

-No has perjudicado. Puedes estar segura. Es más, has dicho de mi amigo una gran alabanza, por la que Yo lo alabaré y lo apreciaré más todavía… ¿Eres de estos lugares?

-¡No, no, Señor! Soy de entre Lida, y Bet-Dagón. ¡Pero, cuando hay posibilidad de alivio, uno corre, Señor, aunque sea largo el camino! Más largos son los meses de invierno y hambre…

-Y más larga que la vida es la eternidad. Habría que tener para el alma la diligencia que se tiene para la carne, y correr a donde hay palabras de vida…

-Yo lo hago con los discípulos del Rabí Jesús, el bueno, el único bueno de entre los demasiados rabíes que tenemos.
-Haces bien, mujer -dice Jesús sonriendo y haciendo una señal a Andrés y a Santiago de Zebedeo -que están con Él, mientras que los otros han ido hacia la casa de Nicodemo -de que dejen de hacer un verdadero jeribeque para dar a entender a la mujer que el Rabí Jesús es el que le está hablando.

-Claro que hago bien. No quiero tener el pecado de no haberlo amado y no haber creído en Él… Dicen que es el Cristo… Yo no lo conozco. Pero quiero creer. Porque pienso que buena les va a caer a los que no quieren aceptarlo como tal.

-¿Y si sus discípulos estuvieran en un error? -pone a prueba Jesús.

-No puede ser, Señor. Son demasiado buenos, humildes y pobres como para pensar que sigan a uno no santo. Y además… He hablado con gente curada por Él. ¡No cometas el pecado de no creer, Señor! Te condenarías el alma… En fin…, yo creo que, aun en el caso de que todos estuviéramos en error y Él no fuera el Rey prometido, seguro que es santo y amigo de Dios, si dice esas palabras y cura almas y cuerpos… Y estimar a los buenos siempre beneficia.

-Bien has hablado. Persevera en tu fe… Ahí está Nicodemo…
-Sí. Con algunos discípulos del Rabí. Es que están evangelizando por los campos a los segadores. También ayer comimos su pan.

Nicodemo, entretanto, sin haber visto al Maestro, se acerca, vestido con una sucinta túnica, y ordena a los campesinos que no recojan ni siquiera una espiga de las que han segado.

-Tenemos pan para nosotros… Vamos a dar el don de Dios a quien carece de él. Y démoselo sin temor. El hielo tardío podía habernos destruido los cereales, y no se ha perdido ni una sola semilla. Devolvamos a Dios su pan dándoselo a sus hijos infelices. Y os aseguro que la cosecha del año que viene será aún más fructífera, el mi por ciento, porque Él lo ha dicho: “A quien dé le será dada una medida rebosante".

Los campesinos, deferentes y contentos, escuchan al amo con gesto de asentimiento. Y Nicodemo, de una parcela a otra, de una fila a otra, va repitiendo su orden buena.
Jesús, semioculto por una cortina de cañas que hay en una zanja divisoria, aprueba y sonríe. Y aumenta su sonrisa a medida que Nicodemo se va acercando y va siendo inminente el encuentro y la sorpresa.

Ya está saltando la pequeña zanja para pasar a las otras parcelas… ya se queda petrificado frente a Jesús, que tiende a él los brazos. En fin, le vuelve la palabra:
-Maestro santo, ¿cómo Tú, bendito, a mí?

-Para conocerte, si hubiera necesidad, por las palabras de los testigos más verdaderos: las personas a las que
favoreces…

Nicodemo está de rodillas, profundamente prosternado hasta tocar el suelo; también están de rodillas los discípulos, capitaneados por Esteban y José de la Emaús montana. Los campesinos intuyen, Intuyen los pobres, y todos están de rodillas con devotísimo estupor. -Alzaos. Hasta hace poco era el Viandante que inspira confianza… Seguidme viendo todavía así. Y amadme sin miedos. Nicodemo, he mandado a tu casa a los diez que faltan…

-He pasado la noche fuera, para cuidar de que se cumpliera una orden…
-Sí. Una orden por la que Dios te bendice. ¿Qué voz te ha dicho que éste es un año de gracia, y no el año que viene, por ejemplo?

…No lo sé… Y sí que lo sé… No soy profeta, pero tampoco estúpido. A mi inteligencia se ha unido una luz del Cielo. Maestro mío… quería que los pobres gozaran de los dones de Dios mientras Dios está todavía en medio de los pobres… Y no me atrevía a esperar tenerte aquí, a dar sabor delicado y potencia santificadora a estos cereales, y a mis aceitunas, y a las viñas y pomares, que serán para los pobres hijos de Dios, mis hermanos… Pero ahora que estás aquí, alza tu bendita mano y bendice, para que, junto con el alimento para la carne, descienda a los que lo coman la santidad que de ti emana.

-Sí, Nicodemo. Justo deseo que el Cielo aprueba.
Y Jesús abre los brazos para bendecir.

-¡Espera! Que voy a llamar a los campesinos -y con un silbato silba tres veces; un silbido agudo que se expande por el aire quieto y provoca una carrera de segadores, espigadores, curiosos, de todas las partes. Una pequeña muchedumbre…

Jesús abre los brazos y dice:
-Por la fuerza del Señor, por el deseo de su siervo, la gracia de la salud del espíritu y de la carne descienda a cada uno de los granos, a cada uva, aceituna o fruto, y favorezca y santifique a los que lo coman con espíritu bueno, libre de concupiscencias y de odios y deseoso de servir al Señor con la obediencia a su divina y perfecta Voluntad.

-Así sea -responden Nicodemo, Andrés, Santiago, Esteban y los otros discípulos… -Así sea -repite la pequeña muchedumbre, y se levantan, porque se habían arrodillado para ser bendecidos.

Suspende las labores, amigo. Quiero hablarles.
-Don sobre don. ¡Gracias por ellos, Maestro!
Van a la sombra de un espeso pomar y esperan a que se unan a ellos los diez que han sido enviados a la casa. Estos llegan jadeantes, y desilusionados de no haber encontrado a Nicodemo.

Luego Jesús habla:

-La paz sea con vosotros. Os voy a proponer, a todos vosotros que estáis alrededor de mí, una parábola. Y que cada uno coja la enseñanza y la parte que más sintonice con él. Oíd. Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y dijo: "Hijo mío, ven a trabajar hoy en la viña de tu padre". ¡Gran signo de honor este del padre!

Consideraba al hijo capaz de trabajar en donde, hasta ese momento, el padre había trabajado. Señal de que veía en su hijo buena voluntad, constancia, aptitud, experiencia y amor hacia su padre Pero el hijo, un poco distraído por cosas del mundo, temiendo aparecer externamente como un siervo -Satanás usa estos espejismos para alejar del Bien -, temiendo burlas y quizás incluso represalias de enemigos de su padre, que contra éste no se atrevían a levantar la mano pero que tendrían menos consideraciones con su hijo, respondió:

"No voy. No tengo ganas". El padre fue entonces al otro hijo y le dijo lo mismo que había dicho al primero; y el segundo hijo respondió enseguida:

"Sí, padre. Voy inmediatamente".

¿Pero qué sucedió? Pues que el primer hijo, siendo de ánimo recto, después de un primer momento de debilidad en la tentación y de rebelión, arrepentido de haber disgustado a su padre, fue a la viña sin decir nada y estuvo trabajando todo el día aprovechando hasta la anochecida; luego volvió satisfecho a su casa, con la paz en el corazón por el deber cumplido. El segundo, por el contrario, mentiroso y débil, salió de casa, sí, pero luego se entretuvo a vagabundear por el pueblo haciendo inútiles visitas a amigos influyentes, de los cuales esperaba obtener alguna ventaja. Y decía en su corazón:

"Mi padre es viejo y no sale de casa. Le diré que le he obedecido y se lo creerá…". Pero, llegado el anochecer también para él y habiendo regresado a casa, su aspecto cansado de ocioso, los indumentos sin arrugas y el saludo inseguro a su padre, que lo observaba y lo comparaba con el primero -que había vuelto cansado, sucio, despeinado, pero jovial y con una mirada humilde y sincera, buena, que, sin querer jactarse del deber cumplido, quería decir al padre:

"Te amo. Te amo de verdad. Tanto que, para complacerte, he vencido la tentación" -hablaron claramente al intelecto del padre, el cual, abrazando al hijo cansado, dijo: "¡Bendito tú, porque has comprendido el amor!". Efectivamente, ¿qué os parece? ¿Cuál de los dos había amado? Sin duda decís: "El que había hecho la voluntad del padre suyo". ¿Y quién la había hecho? ¿El primero o el segundo hijo?

-El primero -responde la gente con unanimidad.
-El primero. Sí. También en Israel, y vosotros os quejáis de ello, no son los que dicen: “¡Señor! ¡Señor!", dándose golpes de pecho sin tener en su corazón el verdadero arrepentimiento de sus pecados -tanto es así, que cada vez se hacen más duros de corazón -, no son los que ostentan devotos ritos para que los llamen santos, y luego, privadamente, se comportan sin caridad ni justicia, no son éstos, que se rebelan en verdad contra la voluntad de Dios que me envía y la impugnan como si fuera voluntad de Satanás -y esto no será perdonado -, no son éstos los que son santos a los ojos de Dios; sino que lo son los que, reconociendo que Dios todo lo que hace lo hace bien, acogen al Enviado de Dios y escuchan su palabra para saber hacer mejor, cada vez mejor, lo que el Padre quiere; son éstos los que son santos y amados para el Altísimo.

En verdad os digo: los ignorantes, los pobres, los
publicanos, las meretrices precederán a muchos que son llamados "maestros", "poderosos", "santos", y entrarán en el Reino de Dios.

Y será justo. Porque vino Juan a Israel para guiarlo por los caminos de la Justicia, y demasiado Israel no lo creyó, el Israel que a sí mismo se llama "docto y santo", mientras que los publicanos y las meretrices lo creyeron. Y he venido Yo, y los doctos y santos no me creen, y, sin embargo, creen en mí los pobres, los ignorantes, los pecadores. Y he hecho milagros, y ni siquiera se ha creído en ellos, y tampoco viene arrepentimiento de no creer en mí; al contrario, se desata el odio contra mí y contra los que me aman.

Pues bien, digo: "Benditos los que saben creer en mí y hacer esta voluntad del Señor en que hay salud eterna". Aumentad vuestra fe y sed constantes. Poseeréis el Cielo, porque habréis sabido amar la Verdad.

Podéis marcharos. Dios esté siempre con vosotros.
Los bendice y se despide de ellos. Luego, al lado de Nicodemo, se dirige hacia la casa del discípulo para estar en ella mientras el sol abrasa…

406- En Joppe. Palabras inútiles a Judas de Keriot y diálogo sobre el alma con algunos Gentiles

Veo a Jesús sentado en un patio interior de una casa de decente aspecto, pero no lujosa. Parece muy cansado. Está sentado en un banco de piedra colocado al lado de un pozo, bajo de brocal, sobre el cual hay una pérgola verde en forma de arco. Los racimos apenas si se insinúan.

Hace poco debe haber caído la flor, y los pequeños granos parecen de mijo, colgados de sutiles pedúnculos verdes.

Jesús tiene apoyado el codo derecho en la rodilla derecha, y el mentón en el hueco de la mano; algunas veces, como para descansar mejor, apoya el brazo, doblado, en el borde del pozo, y en el brazo la cabeza. Como si quisiera dormir. El pelo entonces desciende como velo sobre su rostro cansado, que, si no, vese pálido y serio entre las matas onduladas de sus cabellos blondo-rojos.

Una mujer va y viene con las manos enharinadas, pasando de una habitación de la casa a un tabuco que está en el lado opuesto del patio y que debe ser el horno. Todas las veces mira a Jesús. Pero no turba su descanso. Debe estar ya cercano el atardecer, porque el sol apenas ya toca la cima de la terraza que corona la casa; cada vez menos, cada vez menos, hasta que la abandona.

Unas diez palomas quieren bajar al patio, zureando, para su última comida. Giran alrededor de Jesús, como para hacerse idea de quién es el desconocido, y, desconfiadas, no se atreven a posarse en el suelo. Jesús deja sus pensamientos y sonríe, extiende una mano, vuelta hacia arriba la palma, y dice:

-¿Tenéis hambre? Venid -como si hablara a seres humanos. La más audaz se posa en esa mano, y después de ésta, otra y otra más. Jesús sonríe: «No tengo nada Yo» dice ante sus peticiones hechas de arrullos. Y luego llama a la mujer en voz alta: « ¡Mujer! Tus palomas tienen hambre. ¿Tienes grano para ellas?».

-Sí, Maestro. Está en el saco que hay debajo del pórtico. Voy yo ahora.
-Deja. Se lo doy Yo. Me gusta.
-No irán. No te conocen.

-¡Tengo ya palomas en los hombros y hasta en la cabeza!…
Jesús camina, en efecto, con su extraña cimera, hecha de una paloma plomosa, que tiene un pecho que parece una coraza preciosa por su riqueza de tornasoles.
La mujer, incrédula, se asoma y exclama:

-¡Oh!
-¿Lo ves? Las palomas son mejores que los hombres, mujer. Sienten quién las quiere. Los hombres… no.
-No te preocupes por lo sucedido, Maestro. Aquí son pocos los que te odian; los otros, si no todos, te quieren, te respetan al menos.

-No, si esto no me deprime. Lo digo para hacerte la observación de que frecuentemente los animales son mejores que los hombres.

Jesús ha abierto el saco y ha hundido en él su larga mano, ha extraído el dorado grano y se lo ha puesto en el vuelo de su manto. Lo cierra y vuelve al centro del patio, defendiéndose de la intromisión de las palomas, que quieren servirse ellas mismas. Abre su taleguito y esparce por el suelo los granos, y ríe ante el carrusel que forman estas glotonas aves, y por sus riñas. Pronto acaba la comida. Las palomas beben en un plato hondo que hay junto al pozo, y miran todavía a Jesús.

-Ahora marchaos. No hay nada más.

Los animalitos revolotean y se posan aún un poco en los hombros y las rodillas de Jesús para volver luego a sus nidos. Jesús cae de nuevo en su meditación.
Golpes vigorosos en la puerta. La mujer se apresura a abrir. Son los discípulos.
-Venid -dice Jesús.

-¿Habéis distribuido el dinero a los pobres?
-Sí, Maestro.

-¿Hasta la última moneda? Recordad que lo que nos dan no es para nosotros, sino para la caridad. Nosotros somos pobres y vivimos de la misericordia de los demás. ¡Desdichado el apóstol que aprovecha su misión para fines humanos!

-¿Y si un día estamos sin pan y nos acusan de violar la Ley porque imitamos a los gorriones desgranando espigas?
-¿Te ha faltado algo alguna vez, Judas?, ¿algo esencial, desde que estás conmigo? ¿Has caído desfallecido alguna vez por el camino?

-No, Maestro.
-¿Cuando te dije: "Ven", te prometí comodidades y riquezas? En mis palabras a los que me escuchan, he prometido alguna vez que daría a los "míos" ganancia en la Tierra'?

-No, Maestro.
-¿Y entonces, Judas? ¿Por qué estás tan distinto? ¿No sabes, no sientes que tu descontento, tu mengua me producen dolor? ¿No ves que este descontento se comunica a tus hermanos? ¿Por qué, Judas, amigo, tú que has sido llamado a tan alto destino, tú que viniste con tanto entusiasmo a mi amor y a mi luz, ahora me abandonas?
-Maestro, no te abandono. Soy el que más se preocupa de ti, de tus intereses, de tu éxito. Quisiera verte triunfar en todas partes, créeme.

-Lo sé. Humanamente quieres esto. Ya es mucho. Pero Yo no quiero eso, Judas, amigo mío… He venido para mucho más que un triunfo humano y un reino humano… He venido, no para dar a mis amigos migajas de un triunfo humano, sino para daros una retribución generosa, llena, copiosa; una retribución que de tan llena no es ya retribución: es coparticipación en mi Reino eterno, es unión en los derechos de hijos de Dios… ¡Oh! ¡Judas! ¿Por qué no te exalta esta sublime herencia, a que se accede por renuncia, pero que no conoce ocaso?

Ven más cerca, Judas. ¿Ves? Estamos solos. Los otros han comprendido que quería hablarte a ti, distribuidor de mis… riquezas, de las limosnas que el Hijo del hombre, que el Hijo de Dios recibe para darlas en nombre de Dios y del Hombre al hombre. Y se han retirado a la casa. Estamos solos, Judas, en esta hora tan dulce del atardecer en que nuestro corazón vuela a nuestras casas lejanas, a nuestra, madres, que, sin duda, mientras preparan sus cenas solitarias, piensan en nosotros y acarician con su mano el lugar donde nos sentábamos antes de esta hora de Dios, en que la Voluntad santísima nos ha tomado para promover el amor a Él en espíritu y en verdad.

¡Nuestras madres! La mía, tan santa y pura, y que tanto os quiere y que ora por vosotros, amigos de su Jesús… La mía, cuya única paz en las tribulaciones de su maternidad de Madre del Cristo, es la de verme rodeado de vuestro afecto… No defraudéis, no hiráis este corazón de Madre, amigos. ¡No lo quebrantéis con una mala acción vuestra! Tu madre, Judas. Tu madre, que la última vez que hemos pasado por Keriot no terminaba de bendecirme y quería besarme los pies, porque es feliz de que su Judas esté en la luz de Dios, y me decía: "¡Oh! ¡Maestro! ¡Haz santo a mi Judas!

¿Qué quiere un corazón de madre, sino el bien de su hijo? ¿Y qué bien hay mayor que el Bien eterno?". ¡Exacto! ¡Qué bien será mayor, Judas, que aquel al que quiero llevaros y al cual se llega siguiendo mi camino? Santa mujer tu madre, Judas. Una verdadera hija de Israel. No quise que me besara los pies, porque sois mis amigos y porque en cada una de vuestras madres, en cada madre buena, veo a la mía, Judas.

Y Yo quisiera que vosotros, en la vuestra, vierais a la mía con su tremendo destino de Corredentora; y no quisierais matarla, no, no quisierais matarla… porque os parecería matar a la vuestra.

Judas, no llores. ¿Por qué llorar? Si no tienes en el corazón nada que te remuerda hacia tu madre, que lo es también mía, ¿por qué te brota ese llanto? Ven aquí, pon la cabeza en mi hombro y manifiesta a tu Amigo tu angustia.

¿Has faltado? ¿Te sientes próximo a faltar? ¡Oh! ¡No estés solo! Vence a Satanás con la ayuda de quien te ama. Soy Jesús, Judas. Soy el Jesús que sana las enfermedades y expulsa a los demonios. Soy el Jesús que salva… y que te quiere mucho, que se aflige viéndote tan debilitado. Soy el Jesús que enseña que se debe perdonar setenta veces siete. Pero Yo, en mi caso, no setenta sino setecientas, siete mil veces siete os perdono… y no hay pecado, Judas, no hay pecado, Judas, no hay pecado, Judas, que Yo no perdone, que Yo no perdone, que Yo no perdone, si, arrepentido, el culpable me dice: “Jesús, he pecado". Menos aún, si tan sólo dice:

"¡Jesús!". Aún menos, con sólo mirarme suplicante. Y los primeros pecados que perdono, ¿sabes, amigo, a quiénes se los perdono? A los más culpables y a los más arrepentidos.

Y los primeros en absoluto que perdono, ¿sabes cuáles son?: los pecados contra mí.

¿Judas?… ¿No encuentras una palabra de respuesta para tu Maestro?… ¿Tan grave es tu angustia que te corta la palabra? ¿Temes que te denuncie? ¡No lo temas! Hace mucho que quiero hablarte así, teniéndote apoyado en mi Corazón, como dos hermanos nacidos en una cuna, de un único parto, casi una carne sola, dos que se han intercambiado recíprocamente el tibio pezón y han sentido el sabor de la saliva fraterna unida al dulzor de la leche materna.

Ahora te tengo y no te dejo, hasta que no me digas que te he curado. No temas, Judas. Es una confesión lo que quiero. Pero tus compañeros, de tanto como resplandecerán después de este coloquio nuestros rostros, de paz recíproca y de recíproco amor, pensarán que es un coloquio de amor.

Y haré que lo crean cada vez más, teniendo tu cabeza sobre mi pecho esta noche en la cena, untándote mi propio pan y ofreciéndotelo con predilección, y serás el primero al que dé la copa, después de haber dado las gracias a Dios.

Serás el rey del convite, Judas. Y lo serás realmente. Esposa del Esposo serás, oh alma a la que amo, si te haces puro y libre, depositando tu fango en mi seno purificador ¿Todavía no hablas para explicarme tu llanto?

-Me has hablado tan dulcemente… de mi madre… de la casa… de tu amor… Un momento de debilidad… ¡Estoy tan cansado!… Y me parecía que Tú ya no me amaras así desde hacía tiempo…

-No. No es esto. En tus palabras no hay más que una verdad: que estás cansado. Pero no cansado del camino, del polvo, del sol, del barro, de la multitud. Estás cansado de ti. Tu alma está cansada de tu carne y de tu mente. Tan cansada que acabará apagándose por mortal cansancio.

¡Pobre alma a la que llamé a los resplandores eternos! ¡Pobre alma que sabe que te amo y te acusa de arrebatarla a mi amor! ¡Pobre alma que te acusa -inútilmente, como Yo, inútilmente, te acaricio con mi amor -de obrar engañosamente con tu Maestro! Pero no eres tú el que actúa. Es el que te odia y me odia. Por eso te decía: "No estés solo".

Pues bien, escucha. Tú sabes que mis noches pasan en gran parte en oración. Si un día sientes en ti la valentía de ser hombre y la voluntad de ser mío, ven a mí mientras tus compañeros duermen. Las estrellas, las flores, los pájaros son testigos prudentes y buenos. Secretos. Compasivos. Se horrorizan por el delito cometido, ante sus ojos, pero no toman la palabra para decir a los hombres:

"Éste es un Caín de su hermano". ¿Has comprendido, Judas?
-Sí, Maestro. Pero, créeme, lo único que me pasa es que estoy cansado y emocionado. Yo te amo con todo mi corazón y…
-Bien. Basta.

-¿Me das un beso, Maestro?
-Sí, Judas. Éste y otros te daré…

Jesús suspira profundamente, con pena. Pero besa a Judas en la mejilla. Y luego le toma la cabeza entre las palmas y teniéndolo bien apretado entre la prensa de sus manos, frente a sí, a la distancia de pocos decímetros, lo mira fijamente, lo escruta, lo perfora con su mirada magnética.

Y el infame de Judas ni se inmuta. Aparentemente permanece impertérrito ante este examen. Sólo se pone un poco pálido y cierra un instante los ojos. Y Jesús lo besa en los párpados bajados, y luego en la boca y luego en el corazón, agachando la cabeza para buscar el corazón del discípulo… y dice:

-Para alejar las ofuscaciones, para hacerte sentir la dulzura de Jesús, para fortalecerte el corazón.

(El beso en la boca como señal de amistad en el Israel del tiempo de Jesús era algo usual, acostumbrado; actualmente se practica en el pueblo ruso y otros países orientales; en España o Francia es costumbre, sin embargo, besarse en las mejillas los parientes)

Y luego lo suelta y se encamina hacia la casa, seguido por Judas.

-¡Llegas a punto, Maestro! Todo está listo. Te esperábamos sólo a ti -dice Pedro.

-Ya. Bien. Estaba hablando con Judas de muchas cosas… ¿Verdad, Judas? Habrá que pensar también en aquel pobre anciano al que le mataron al hijo.

-¡Ah!
Judas coge al vuelo esta buena ocasión para terminar de recobrarse y para desviar las sospechas de los demás, si es que las hubiera.

-¡Ah! ¿Sabes, Maestro? Hoy nos ha parado un grupo de gentiles mezclados con judíos de las colonias romanas de Grecia. Querían saber muchas cosas. Hemos respondido como hemos podido. Pero está claro que no los hemos convencido. De todas formas, han sido buenos y nos han dado mucha moneda. Aquí está, Maestro. Vamos a poder hacer mucho bien.

Y Judas pone en la mesa una gruesa bolsa de blanda piel, la cual, golpeando contra aquélla, suena con sonido de plata. Es gruesa como una cabeza de niño.
-De acuerdo, Judas. Distribuirás el dinero con equidad. ¿Qué querían saber esos gentiles?

-Cosas sobre la vida futura… si el hombre tiene alma y si es inmortal. Mencionaban los nombres de maestros suyos. Pero nosotros… ¿qué podíamos decir?
-Debíais haberles dicho que vinieran.
-Se lo hemos dicho. Quizás vienen.

Sigue la comida. Jesús tiene cerca a Judas y le da el pan mojado en el jugo que hay en el plato de la carne asada.
Están comiendo pequeñas aceitunas negras cuando se oye llamar a la puerta. Pasado un momento, entra la mujer de la casa y dice:

-Maestro, te requieren.
-¿Quiénes son?
-Hombres extranjeros.
-¡Imposible! ¡El Maestro está cansado! ¡Lleva todo el día andando y hablando! ¡Y además, gentiles en casa! ¡Figúrate!». Los doce están revolucionados como una colmena disturbada.
-¡Chist! ¡Paz! No me es fatigoso escuchar a quien me busca. Es mi descanso.
-¡Podría ser una trampa! ¡A esta hora!…

-No. No lo es. Estad tranquilos y descansad vosotros. Yo ya he descansado mientras os esperaba. Voy. No os pido que vengáis conmigo, a pesar de que… a pesar de que os digo que precisamente a los gentiles tendréis que llevar vuestro judaísmo, que ya no será sino cristianismo. Esperadme aquí».

-¿Vas solo? ¡Ah! ¡Eso nunca! -dice Pedro, y se levanta.

-Quédate donde estás. Voy solo.

Sale. Se asoma a la puerta de la calle. En el crepúsculo son muchos hombres los que esperan.
-La paz sea con vosotros. ¡Me requeríais?
-¡Salve, Maestro!

Habla un anciano de grave aspecto, vestido con una túnica romana que sobresale bajo un pequeño manto de forma redondeada y provista de capucha, que cubre su cabeza.
-Hoy hemos hablado con tus discípulos. Pero no nos han sabido decir mucho. Quisiéramos hablar contigo.

-¿Sois los de la generosa limosna? Gracias por los pobres de Dios». Jesús se vuelve a la dueña de la casa y dice:

«Mujer, salgo con éstos. Di a los míos que vengan a reunirse conmigo a la orilla, porque, si no veo mal, éstos son comerciantes de los emporios…

-Y navegantes, Maestro. Bien ves.

Salen todos juntos a la calle, iluminada por un hermoso claro de luna.
-¿Venís de lejos?

Jesús está en el centro del grupo. A su lado, el anciano que habló primero, un anciano de buena presencia y afilado perfil latino. Al otro lado va otro también entrado en años, de rostro netamente hebreo; y luego, alrededor, dos o tres delgados y aceitunados, de ojos penetrantes y un poco irónicos, y otros más robustos de distintas edades.

Unas diez personas.

-Somos de las colonias romanas de Grecia y Asia. Parte judíos, parte gentiles… No nos atrevíamos a venir por este motivo… Pero nos han asegurado que no desprecias a los gentiles… como hacen los otros… Los judíos observantes, quería decir, los de Israel, porque en otros lugares también los judíos son… menos intransigentes.

Tanto que yo, romano, tengo por esposa a una judía de Licaonia, y éste, hebreo de Éfeso, tiene por esposa a una romana.

-No desprecio a nadie… Pero hay que comprender a quienes todavía no saben pensar que, siendo Uno el Creador, todos los hombres son de una única sangre.

-Sabemos que eres grande entre los filósofos. Y cuanto dices lo confirma. Grande y bueno.
-Bueno es quien hace el bien. No quien habla bien.
-Tú hablas bien y obras el bien. Por tanto eres bueno.
-¿Qué queríais saber por mí?

-Hoy -y perdona, Maestro, si te cansamos con nuestras curiosidades, pero son curiosidades buenas, porque buscan con amor la Verdad -, hoy queríamos saber por los tuyos la verdad acerca de una doctrina que fue ya señalada por filósofos antiguos de Grecia, y que Tú -eso nos dicen -vuelves a predicar más grande y hermosa. Eunica, mi mujer, habló con judíos que te escucharon y me repitió aquellas palabras. Es que Eunica, griega, es culta y conoce las palabras de los sabios de su patria. Encontró puntos comunes entre tus palabras y las de un gran filósofo griego. Y también a Éfeso llegaron esas palabras tuyas.

Conque, habiendo venido a este puerto, quién por comercio, quién por rito, nos hemos encontrado de nuevo los amigos y hemos hablado. Los negocios no distraen de pensar también en otras cosas más elevadas. Llenados los almacenes, y las bodegas, tenemos tiempo de resolver esta duda. Tú dices que el alma es eterna. Sócrates dice que es inmortal. ¿Conoces las palabras del maestro griego?

-No. No he estudiado en las escuelas de Roma ni de Atenas. Pero, de todas formas, habla. Te entiendo igualmente. No ignoro el pensamiento del filósofo griego.

-Sócrates, contrariamente a lo que creemos nosotros los de Roma, y también a lo que creen vuestros saduceos, admite y sostiene que el hombre tiene un alma, y que ésta es inmortal. Dice que, siendo inmortal, la muerte no es más que una liberación para el alma y paso de ella de una cárcel a un lugar libre, donde se reúne con aquellos a quienes amó, y allí conoce a los sabios de cuyo ingenio oyó hablar, y a los grandes, a los héroes, a los poetas, y no encuentra ya ni injusticias ni dolor, sino felicidad eterna, en una morada de paz, abierta a las almas inmortales que vivieron con justicia. ¿Tú que opinas de esto, Maestro?

-En verdad te digo que el maestro griego, a pesar de estar en el error de una religión no verdadera, estaba en la verdad llamando inmortal al alma. Buscador de lo Verdadero y cultor de la Virtud, sen tía en el fondo de su espíritu susurrar la voz del Dios desconocido, del verdadero Dios, del Dios único: el altísimo Padre de quien Yo vengo para llevar a los hombres a la Verdad. El hombre tiene un alma.

Una. Verdadera. Eterna. Señora. Merecedora de premio o castigo. Toda suya. Creada por Dios. Destinada, en el Pensamiento creador, a volver a Dios. Vosotros, gentiles, demasiado os dedicáis al culto de la carne. Admirable obra, en verdad, que lleva la señal del Pulgar eterno. Demasiado admiráis la mente, joya encerrada en el cofre de vuestra cabeza, desde donde emana sus sublimes rayos.

Grande, supremo don de Dios Creador, que os ha hecho según su Pensamiento como formas, o sea, obra perfecta de órganos y miembros, y os ha dado su semejanza con el Pensamiento y con el Espíritu. Pero la perfección de la semejanza está en el espíritu. Porque Dios no tiene miembros ni calígine de carne, como tampoco tiene sentidos ni fómite de lujuria, sino que es Espíritu purísimo, eterno, perfecto, inmutable, incansable en el obrar, y se renueva continuamente en sus obras, adecuadas paternalmente al camino ascendente de su criatura.

El espíritu, creado por una misma Fuente de potencia y bondad, para cada hombre, no conoce inicial variación de perfección, pero conoce muchas variaciones a partir de su infusión en la carne. Uno solo es el Espíritu increado y perfectísimo, y que siempre ha permanecido así; tres han sido los espíritus creados perfectos y…

-Uno eres Tú, Maestro.
-No Yo. En mi Carne Yo tengo el Espíritu divino, no creado sino generado por el Padre por exuberancia de amor. Y tengo alma, el alma que me ha creado el Padre, siendo Yo, ahora, el Hombre; alma perfecta como conviene al Hombre Dios. Hablo de otros espíritus.

(No Yo. En una copia mecanografiada, MV añadió: Habla aquí como Dios-Verbo “por quien todas las cosas fueron
hechas ", incluso su alma de Hombre. Si hablara como Hombre, diría que Dios, o sea, también Él, creó "el único espíritu perfectísimo" para unirlo a su Carne de Verbo encarnado en que todos las perfecciones convergen. Y habla con gentiles, por tanto, de forma adecuada a su ignorancia pagana)

-¿Cuáles, pues?

-Los dos progenitores de quienes viene la raza, creados perfectos y posteriormente caídos, voluntariamente, en imperfección. El tercero, creado para delicia de Dios y del Universo, es demasiado superior a la posibilidad de pensamiento y de fe del mundo de ahora como para que os lo señale. Los espíritus, decía, creados por una misma Fuente con igual medida de perfección, sufren luego, por su mérito y voluntad, una dúplice metamorfosis.

-¿Entonces admites segundas vidas?

-No hay más que una vida. En ella el alma, que ha recibido la semejanza inicial con Dios, pasa, por la justicia fielmente practicada en todas las cosas, a una más perfecta semejanza, a una, diría, segunda creación de sí misma, por lo que pasa a una doble semejanza con su Creador, haciéndose capaz de pasar a poseer la santidad, que es perfección de justicia y semejanza de hijo con el Padre. Ésta se da en los bienaventurados, o sea, en aquellos que vuestro Sócrates dice que habitan en el Hades, mientras que Yo os digo que, cuando la Sabiduría haya dicho sus palabras y las haya firmado con la sangre, éstos serán llamados los bienaventurados del Paraíso, del Reino, es decir, de Dios.

-¿Y dónde están ahora éstos?
-Esperando.
-¿A qué?
-Al Sacrificio. Al Perdón. A la Liberación.
-Se dice que será el Mesías el Redentor, y que ése eres Tú… ¿Es verdad?

-Es verdad. Soy Yo, el que os habla.
-¿Entonces deberás morir? ¿Por qué, Maestro? El mundo tiene mucha necesidad de Luz, ¿y Tú quieres dejarlo?
-¿Tú, griego, me preguntas esto? ¿Tú, en quien las

palabras de Sócrates tienen trono?
-Maestro, Sócrates era un justo. Tú eres santo. Mira cuánta necesidad de santidad tiene la Tierra.
Aumentará potenciada diez mil veces por cada dolor, cada herida, cada gota de mi Sangre.

-¡Por Júpiter! Jamás hubo un estoico mayor que Tú, que no te limitas a predicar el desprecio de la vida, sino que te apresuras a desecharla.

-No desprecio la vida. La amo como la cosa más útil para comprar la salvación del mundo.
-¡Pero eres joven, Maestro, para morir!

-Tu filósofo dice que los dioses aman lo santo, y tú me has llamado santo. Si soy santo, debo tener sed de volver a la Santidad de la cual he venido. Nunca tan joven, pues, como para no tener esta sed. Dice también Sócrates que quien es santo anhela hacer cosas gratas a los dioses. ¿Qué cosa más grata que restituir al abrazo del Padre a los hijos que la culpa ha alejado y dar al hombre la paz con Dios, fuente de todo bien?

-Dices que no conoces las palabras socráticas. ¿Cómo es que sabes entonces estas que dices?

-Yo sé todo. El pensamiento de los hombres -cuanto es pensamiento bueno -no es sino el reflejo de un pensamiento mío. Cuanto no es bueno no es mío; de todas formas, lo he leído en las épocas históricas y he sabido, sé y sabré, cuando fue, es y será dicho. Yo sé.

-Señor, ven a Roma, faro del mundo. Aquí estás rodeado de odio, allí te rodeará la veneración.

-Al hombre. No al Maestro de lo sobrenatural. Yo he venido para lo sobrenatural, que debo ofrecer a los hijos del pueblo de Dios, a pesar de que sean los más duros con el Verbo.

-¿Roma y Atenas no te tendrán, entonces?
-Me tendrán. No temáis. Me tendrán. Los que quieran tenerme me tendrán.
-Pero si te matan…

-El espíritu es inmortal. El de cada uno de los hombres. ¿No lo va a ser el mío, Espíritu del Hijo de Dios? Iré con mi Espíritu operante… Iré… Veo las muchedumbres infinitas y las casas elevadas en honor de mi Nombre… Están en todos los lugares… Hablaré en las catedrales y en los corazones… No conocerá pausa mi evangelización… El Evangelio recorrerá la Tierra… los buenos, todos a mí… y… paso a la cabeza de mi ejército de santos, y lo llevo al Cielo. Venid a la Verdad…

-¡Oh! ¡Señor! Tenemos el alma envuelta en fórmulas y en errores ¿Cómo lograremos abrir sus puertas?
-Yo abriré las puertas del Infierno, abriré las puertas de vuestro Hades y de mi Limbo. ¿No voy a poder abrir las vuestras? Decid "Quiero" y, como cierre hecho con alas de mariposa, caerán pulverizadas al paso de mi Rayo.
-¿Quién vendrá en tu Nombre?

-¿Veis a aquel hombre que viene hacia aquí junto con otro poco más que adolescente? Ellos irán a Roma y al mundo. Y con ellos muchos otros. Tan diligentes, como ahora, por el amor a mí que los impulsa y que no los deja hallar descanso sino a mi lado, irán, por el amor de los redimidos por mi Sacrificio, a buscaros, a reuniros, a conduciros a la Luz. ¡Pedro! ¡Juan! Venid. He terminado, creo. Ahora estoy con vosotros. ¿Tenéis algo más que decirme?

-Sí, Maestro. Que nos vamos y llevamos con nosotros tus palabras.
-Germinen en vosotros con raíces eternas. Id. La paz sea con vosotros.
-Salve a ti, Maestro. Y la visión termina…
Pero dice todavía Jesús:

-¿Estás agotada? El dictado ha sido cansado. Más dictado que visión. Pero es un tema deseado por algunos. ¿Quién? Lo sabrás en mí Día. Ahora ve en paz tú también.

Por mi parte añado que el coloquio entre Jesús y los gentiles tenía lugar en una calle de ciudad marítima paralela a la orilla. Bien visibles con el claro de luna eran las serenas olas, que iban a morir con resaca en los escollos del rompeolas de un vasto puerto lleno de naves.

No he podido decirlo antes, porque el grupo ha hablado sin parar y, si describía el lugar, perdía el hilo de las palabras. Hablan caminando por un tramo de la calle cercano al puerto. La calle está solitaria porque no hay viandantes, y todos los marineros han regresado a sus naves, cuyos faroles rojos se ven resplandecer como estrellas de rubí en la noche. Esta ciudad (Joppe) es bonita e importante.

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