310- Con Pedro, en Nazaret, Jesús organiza la partida de Juan de Endor y Síntica

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret. Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda; pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo, a María, que ha ido a abrirle. Luego pregunta:

-¿Dónde están el Maestro y Margziam?

-Están en el ribazo, encima de la gruta, pero de la parte de la casa de Alfeo. Creo que Margziam está cogiendo aceitunas; Jesús está meditando. Voy a llamarlos.
-Lo hago yo.

-Descarga todos esos pesos al menos.
-No, no. Son sorpresas para el niño. Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso… Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto. Va al pie del ribazo. Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y grita cambiando un poco la voz:
-La paz a ti, Maestro -y luego con su voz natural: « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla… Una pausa, luego la vocecita, casi de niña, del muchacho pregunta:

-Maestro, ¿pero no era mi padre el que me ha llamado?
Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada, y lo confiesa con sencillez.
Pedro llama de nuevo:

-¡Margziam! -y se echa a reír con su abierta risa.
-¡Sí, sí, es él! ¡Padre! ¡Padre mío! ¿Dónde estás?
-Se asoma prominentemente para mirar al huerto. Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira… Ve a María, sonriente, en la puerta, y a Juan y Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno, y se asoman también.

-¡Ah, Margziam no espera más! Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta. Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo. Es conmovedor el saludo de los dos. Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo; luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación. Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol y que pregunta:

-¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús « ¿por qué has venido tan pronto?»:

-¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte? Y además… estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo: "Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello". Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto. La última noche se levantó para hacer los bollos, y nada más que acabaron de cocerse me apremió para que me pusiera en camino…

-¡Sopla! ¡Los bollos!… -grita Margziam. Pero, inmediatamente, se calla.
-Sí. Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno y las aceitunas y las manzanas rojas. Y también te ha untado un pan. Y te manda quesitos de tus ovejitas. Hay también una túnica que no absorbe el agua. Y luego, y luego… No sé qué más. ¿Cómo? ¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

-Porque hubiera preferido que me hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas… Yo la quiero, ¿sabes?
-¡Oh, Divina Misericordia! ¿Quién lo iba a pensar? Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

-Margziam tiene razón. Podías haber venido con ella. Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo. Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños… -dice María. -Bien… Pero dentro de poco lo verá, ¿no es verdad, Maestro?

-Sí. Después de las Encenias, cuando nos marchemos… Es más… Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella. Estará con él aquí, unos días, y luego volverán juntos a Betsaida.

-¡Oh, qué bonito! ¡Aquí con dos madres!
El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.
-Mirad: pescado seco, en salmuera, y fresco. Le será útil a tu Madre. Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro. Y aquí huevos para Juan. Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal. Y luego uvas. Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido. Y luego… ¡Ah, y esto! Mira, Margziam, qué color de oro tiene. Parece hecho con los cabellos de María -… y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

-¡Pero por qué tantas cosas? Ha sido un sacrificio para ti, Simón -dice María ante los envoltorios, grandes y pequeños, vasijas y orzas que tapan la mesa.

-¿Un sacrificio? No. Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado. Lo demás son cosas de la casa. No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo. Además… Ya estamos en las Encenias… Es tradición, ¿no? ¿No pruebas la miel?

-No puedo -dice serio Margziam.
-¿Por qué? ¿Estás mal?
-No. Pero no puedo comerla.
-¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde. Mira a Jesús y calla. Jesús sonríe y explica:
-Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia. No puede comer miel durante cuatro semanas.
-¡Ah! ¡Bien! La comerás después… De todas formas, toma el tarro… ¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

-Tan generoso, Simón. Quien de niño acomete la penitencia encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud ­dice Jesús mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha. Luego pregunta:
-¿No está el Zelote?

-Está en casa de María de Alfeo. Volverá pronto. Esta noche dormiréis juntos. Vamos allí, Simón Pedro.
Salen. María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

-Maestro… Yo he venido para verte a ti y al niño. Es verdad. Pero también porque he pensado mucho estos días, especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos… a los que les dije más mentiras que peces hay en el mar. Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor; luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a ti. ¡Que anden, que anden!… Pero luego volverán y… Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

-Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas. Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos, ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina. ¿Ves estos arcones? Son para ellos. ¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos. ¿Estás asombrado?
-Sí, Maestro. ¿Y a dónde los mandas?
-A Antioquía

Pedro da un silbido significativo y pregunta:
-¿A casa de quién? ¿Y cómo van?
-Van a una casa de Lázaro. La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma. Irán por mar…
-¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

-Por mar. Me complace también a mí el poder hablar contigo. Habría mandado a Simón a decirte: "Ve", para preparar todo. Escucha. Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí, pero no todos juntos, para no llamar la atención. Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan y mis dos hermanos, más Juan y Síntica. ¡Iremos a Tolemaida! Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro. Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía, como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas. Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib. Estaré en la cima del monte todos los días, y además el espíritu os guiará…

-¿Cómo? ¿No vienes con nosotros?
-Me notarían demasiado. Quiero dar paz al espíritu de Juan.
-¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?
-No eres un niño… y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía. Me fío de ti. Como ves te estimo…
-¿Y Felipe y Bartolomé?

-Irán a nuestro encuentro a Yotapata, y evangelizarán en espera de nosotros. Les escribiré. Tú llevarás la carta.
-Y… ¿Esos dos que están ahí ya saben su destino?
-No. Les dejo celebrar en paz la fiesta…
-¡Mmm! ¡Pobrecillos! ¡Vamos, hombre, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…!

-No te ensucies la boca, Simón.
-Sí, Maestro… Oye… ¿y cómo vamos a llevar estos arcones? ¿Y a Juan? Lo veo verdaderamente muy enfermo.
-Nos serviremos de un burro.
-No. Tomamos un carrito.
-¿Y quién lo guía?

-¡Hombre, si Judas de Simón ha aprendido a remar, Simón de Jonás aprenderá a guiar! ¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno! En el carro metemos los arcones y a los dos… y nosotros vamos a pie. ¡Sí, sí, créeme que será una buena solución!

-¿Y quién nos deja el carrito? Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa… Decide:

-¡Tienes dinero?
-Sí. Mucho todavía, de las joyas de Misax.

-Entonces todo es fácil. Dame una suma. Tomaré asno y carro de alguien y… sí, sí… luego le regalamos el asno a algún necesitado, y el carrito… pues ya veremos… He hecho bien en venir. ¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

-Sí. Conviene.
-Pues así será. ¡Pero, esos dos pobrecillos!… Siento que nos tengamos que separar de Juan. Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo… ¡Pero, pobrecillo! Podía morir aquí, como Jonás…

-No se lo habrían permitido. El mundo odia a quien se redime.
-Le va a doler…
-Encontraré un expediente para que parta consolado.
-¿Cuál?

-El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón: el de trabajar para mí.

-Sólo que en Juan será santidad, pero en Judas es solamente soberbia.
-Simón, no murmures.

-¡Más difícil que hacer cantar a un pez! Es verdad, Maestro, no es murmuración… Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos. Vamos allí.
-Vamos. Y silencio con todos.

-No es necesario que me lo digas. No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero. Me lo he jurado a mí mismo. ¡Yo ir hasta Antioquía! ¡Al otro extremo del mundo! ¡Ya ardo en deseos de volver de allí! No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y ya no sé nada más.

309- Sacrificio de Margziam por la curación de una niña. Enmienda de Simón de Alfeo

Los acoge una casa pobre con una abuelita rodeada de un buen pelotón de niños de diez a dos años apenas. La casa está en medio de unas parcelas poco cuidadas, muchas de ellas convertidas de nuevo en prados, en que se yerguen algunos restantes árboles frutales.

-La paz a ti, Juana. ¿Va mejor hoy? ¿Han venido a ayudarte?

-Sí, Maestro y Jesús. Y me han dicho que volverán para sembrar. Nacerá con retraso, pero me han dicho que sí que nacerá todavía.

-Nacerá, sin duda. Lo que sería milagro de la tierra y de la semilla se convertirá en milagro de Dios; por tanto, milagro perfecto. Tus campos serán los más hermosos de esta región, y estos pajaritos que te circundan tendrán grano abundante para sus bocas. No llores más. El año que viene irá ya mucho mejor. Pero Yo te seguiré ayudando. O mejor, te ayudará una mujer que tiene tu mismo nombre y que nunca se sacia de ser buena. Mira, esto es para ti.

Con esto podrás tirar adelante hasta la cosecha.

La anciana toma bolsa y mano de Jesús juntas, y besa esta mano llorando. Luego pregunta:

-Dime, Señor, ¿quién es esta criatura buena, para que yo diga su nombre al Señor?
-Una discípula mía y hermana tuya. Su nombre lo conocemos Yo y el Padre de los Cielos.

-¡Oh, eres Tú!…

-Yo soy pobre, Juana. Doy cuanto me dan. Lo único mío que puedo dar es el milagro. Siento no haber tenido antes noticia de tu desventura. Nada más decírmelo Susana, he venido. Tarde ya. Pero así resplandecerá más la obra de Dios.

-¡Tarde! Sí. ¡Tarde! ¡Dalló muy rápida la muerte aquí! Y se ha llevado a los jóvenes. No a mí, que ya no sirvo; no a éstos, que todavía no sirven. Se llevó a los que podían trabajar. ¡Maldita luna de Elul, cargada de malignos influjos!

-No maldigas al planeta; que no tiene nada que ver… ¿Son buenos estos niños? Venid aquí. ¿Veis? Éste también es un niño sin padre ni madre. Y ni siquiera puede vivir con su abuelo. Pero Dios no lo abandona de todas formas. Y no lo abandonará mientras sea bueno. ¿Verdad, Margziam?

Margziam asiente y habla a los pequeños -por edad más pequeños que él, aunque algunos le sacan un buen trozo de estatura -, que han hecho círculo en torno a él. Dice:

-¡Oh, es verdad que Dios no abandona! Yo lo puedo decir. Mi abuelo rezó por mí. Y, sin duda, también mi madre y mi padre desde la otra vida. Y Dios ha escuchado esas oraciones, porque es muy bueno y siempre escucha las oraciones de los justos, estén vivos o hayan muerto ya.

Por vosotros, sin duda, han orado vuestros muertos y esta abuelita tan maja. ¿La queréis?
-Sí, sí…

Los piídos de la huérfana nidada se alzan entusiastas. Jesús calla para escuchar el coloquio de su pequeño discípulo y de los huerfanitos.

-Hacéis bien. No se debe hacer llorar a los ancianos. No se debe hacer llorar a nadie, porque quien causa dolor al prójimo causa dolor a Dios. ¡Pues mucho menos a los ancianos! El Maestro trata bien a todos. Bueno, pues con los ancianos, como con los niños, es todo caricias. Porque los niños son inocentes y los ancianos sufren.

¡Han llorado ya mucho! ¡Hay que quererlos el doble, el triple, diez veces más, por todos los que no los quieren ya. Jesús dice siempre que quien no honra al anciano, como quien maltrata al niño, es doblemente malo. Porque los ancianos y los niños no se pueden defender. Por tanto, sed buenos con vuestra anciana madre.

-Yo alguna vez no la ayudo… -dice uno de los más grandecitos.

-¿Por qué? ¡Comes el pan que ella te ofrece con su trabajo! ¿No sientes en el pan el sabor del llanto cuando la entristeces? ¿Y tú, mujer (la mujer tendrá al máximo diez años y es una criatura muy menudita y pálida), la ayudas?

Sus hermanitos dicen en coro:

-¡Raquel es buena! Se queda despierta hasta tarde para hilar la poca lana y el poco estambre que tenemos, y se ha cogido las fiebres por trabajar en el campo preparando las tierras para la simiente cuando nuestro padre se estaba muriendo.

-Dios te premiará -dice serio Marziam.
-Ya me ha premiado confortando a la abuela.
Jesús interviene:
-¿No pides nada más?
-No, Señor.
-¿Pero estás curada?

-No, Señor. Pero no importa. Ahora, aunque me muera, la abuela está socorrida. Antes me apenaba morir porque la ayudaba.

-Pero la muerte es fea, niña…
-Dios, de la misma forma que me ayuda mientras vivo, me ayudará cuando muera. Iré con mi mamá… ¡No llores, abuela! También te quiero a ti, amor. No lo volveré a decir, si te hace llorar. Es más, si quieres, le diré al Señor que me cure… No llores, mamaíta mía… ̀ y abraza a la ancianita desolada.

-Cúrala, Señor. A mi abuelo lo hiciste feliz, por mí. Haz feliz a esta anciana, ahora ̀ dice Margziam.

-Las gracias se obtienen con sacrificio. ¿Qué sacrificio haces para obtenerla? -pregunta serio Jesús.
Margziam piensa… Busca la cosa cuya renuncia es más penosa…

Luego sonríe:

-No tomaré miel durante toda una luna.
-¡Poco! La de Kisléu está ya muy avanzada…
-Digo luna para decir cuatro fases. Y… fíjate… que en estos días está la fiesta de las Luces y los bollos de miel…

-Es verdad. Bien, pues entonces Raquel sanará por mérito tuyo.
-Ahora vámonos. Adiós, Juana. Antes de mi partida volveré. Adiós, Raquel, y tú, Tobiolo. Sé siempre bueno. Adiós a todos vosotros, pequeños. Quede con vosotros mi bendición y en vosotros mi paz.

Salen, seguidos de las bendiciones de la anciana y de los niños.

Margziam, habiendo terminado de ser "apóstol y víctima", se pone a saltar como un cabritillo corriendo adelante.
Simón observa sonriendo:

-Su primera predicación y su primer sacrificio. Promete, ¿no te parece, Maestro?
-Sí. Pero ya ha predicado otras veces. También a Judas de Simón…

…Al cual parece que el Señor le habla a través de los niños… Quizás para impedir venganzas por parte de él…
-Venganzas no… No creo que llegue a tanto. Pero sí reacciones turbulentas. Quien merece reproche no ama la verdad… Y a pesar de todo hay que decirla…

Jesús suspira.

Simón lo observa. Luego pregunta:

-Maestro, dime la verdad. Lo has apartado, y has tomado la decisión de mandar a todos a casa para las Encenias, para impedir que Judas esté ahora en Galilea. No te pregunto ni quiero que me digas por qué es conveniente que el hombre de Keriot no esté entre nosotros. Me basta con saber si he acertado.

Todos pensamos esto, ¿sabes? El mismo Tomás. Y me ha dicho: "Yo voy sin poner objeciones porque comprendo que detrás hay un motivo serio". Y ha añadido: "Y el Maestro hace bien así. Demasiados Nahum, Sadoq, Jocanán y Eleazar en las amistades de Judas…". ¡Tomás no es estúpido! Ni tampoco malo, si bien es muy hombre. En su afecto por ti es muy sincero…

-Lo sé. Y es verdad lo que habéis pensado. Pronto conoceréis el motivo…
-No te lo preguntamos.
-Pero tendré que pediros ayuda y os lo tendré que decir.
Vuelve Margziam corriendo:

-Maestro, allí, donde termina el sendero en el camino, está tu primo Simón, todo sudado, como si hubiera corrido mucho. Me ha preguntado: "¿Dónde está Jesús?". He respondido: "Viene detrás, con Simón Zelote". Me ha dicho:

"¿Pasa por aquí?". "Sí, sí" he respondido. "Pasa por aquí de regreso a casa, a menos que no haga como los pájaros, que vuelan y van por todas partes para volver al nido. ¿Quieres verlo?" he preguntado yo también. Tu hermano se ha quedado indeciso. Pero quiere verte, estoy seguro.

-Maestro, ha visto ya a su mujer… Vamos a hacer esto: yo y Margziam te dejamos libre; damos la vuelta por detrás de Nazaret. Total… no tenemos prisa en llegar… Y Tú vas por el camino normal.

-Sí. Gracias, Simón. Adiós a los dos.
Se separan. Jesús acelera el paso hacia el camino principal.

Ya se ve a Simón, jadeante y secándose el sudor, apoyado en un tronco. En cuanto ve a Jesús, alza los brazos… pero luego los deja caer de nuevo y baja la cabeza descorazonado.

Jesús llega adonde él, le pone una mano en un hombro y le dice:

-¿Qué quieres de mí, Simón? ¿Hacerme feliz con una palabra tuya de amor, que desde hace muchos días espero?
Simón baja más la cabeza y calla…

-Dime, entonces. ¿Soy un extraño para ti? No, la verdad es que sigues siendo mi buen hermano Simón, y Yo, para ti, el pequeño Jesús que llevabas en brazos, no sin esfuerzo pero con mucho amor, cando volvimos a Nazaret.

El hombre se tapa el rostro con las manos y se desliza al suelo de rodillas gimiendo:

-¡Oh, mi Jesús! Soy yo el culpable, pero ya he recibido suficiente castigo…

-Vamos, ¡levántate! ¡Somos parientes! Vamos, ¿qué quieres?
-¡Mi hijo! Está… -el llanto no le consiente seguir.
-¿Tu hijo? Sí… ¿qué?

-Está agonizando. Con él muere también el amor de Salomé… Yo me quedo con dos remordimientos: haber perdido a mi hijo y a mi mujer juntos… Esta noche he creído que ya hubiera muerto verdaderamente. Ella me parecía una hiena. Me gritaba a la cara: "¡Asesino de tu hijo!".

He suplicado que no sucediera, jurándome a mí mismo ir a ti si el niño se recobraba, aun a costa de ser rechazado -que por lo demás me lo merezco -, para manifestarte esto: que solamente Tú puedes impedir mi desventura. A la aurora el niño se ha recobrado un poco…

He salido inmediatamente de mi casa, hacia la tuya, por detrás de la ciudad para no encontrar obstáculos… He llamado. María me ha abierto y se ha asombrado. Habría podido tratarme mal. Y, sin embargo, no ha dicho sino:

"¿Qué te sucede, pobre Simón?". Y me ha acariciado como si fuera todavía un niño… Esto me ha hecho llorar mucho. La soberbia y la vacilación han terminado así. No puede ser verdad lo que nos dijo Judas, tu apóstol, no mi hermano.

Esto a María no se lo he dicho, pero me lo digo a mí mismo, dándome golpes de pecho y diciéndome a mí mismo todo tipo de injuria, desde aquel momento. A ella le he dicho: "¿Está Jesús? Es por Alfeo. Se me está muriendo…". María me ha dicho: "¡Corre! Está hacia Caná, con el niño y un apóstol. Por el camino que va a Caná. Pero date prisa. Ha salido al alba. Estará para volver.

Oraré para que lo encuentres". ¡Ninguna palabra de reprensión, ni siquiera una, para mí, que tantas merezco!
-Yo tampoco te reprendo, sino que te abro los brazos para…

-¡Ay! ¡Para decirme que Alfeo ha muerto!…
-No. Para decirte que te quiero.
-¡Ven, entonces! ¡Pronto! ¡Pronto!…
-No. No hace falta.

-¿No vienes? ¡Ah, ¿no perdonas?! ¿O es que Alfeo ha muerto? Pero, aunque hubiera muerto, ¡Jesús, Jesús, Jesús, Tú que resucitas a los muertos, rescátame a mi criatura! ¡Jesús bueno!… ¡Jesús santo!… ¡Jesús al que yo he abandonado!… ¡Oh, Jesús, Jesús, Jesús!…

El llanto del hombre llena el camino solitario, y, de rodillas nuevamente, convulso, soba la túnica de Jesús o le besa los pies, atormentado por el dolor, por el remordimiento, por el amor paterno…

-¿No has pasado por casa antes de venir aquí?
-No. He venido corriendo hasta aquí como un loco… ¿Por qué? ¿Hay algún otro dolor? ¿Salomé ha huido? ¿Se ha vuelto loca? Lo parecía ya esta noche…
-Salomé me ha hablado. Ha llorado. Ha creído. Ve a casa, Simón. Tu hijo está curado.

-¡Tú!… ¡Tú! ¡¿Tú has hecho esto, por mí, que te he ofendido creyendo a esa serpiente?! ¡Señor, no soy digno de tanto! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! Dime qué quieres que haga para reparar, para decirte que te amo, para convencerte de que sufría mostrándome falto de cordialidad, para decirte que desde que estás aquí, incluso antes de que Alfeo se pusiera tan enfermo, deseaba hablar contigo!… Pero… Pero…

-Déjalo. Son cosas pasadas. Yo ya no me acuerdo de ellas.

Haz tú lo mismo. Y olvida también las palabras de Judas de Keriot. Es un muchacho. De ti quiero solamente esto: que tú, ni ahora ni nunca, digas esas palabras a mis discípulos, a mis apóstoles y, menos que a nadie, a mi Madre. Esto solamente. Ahora, Simón, ve a tu casa. Ve.

Queda en paz… No te demores en gozar de la alegría que llena tu hogar. Ve.

Lo besa y lo empuja dulcemente hacia Nazaret.

-¿No vienes conmigo?

-Te espero en mi casa, con Salomé y Alfeo. Ve. Y recuerda que es por tu mujer, que ha sabido creer sólo en la verdad, por quien tienes la alegría presente. Por ella.
-Quieres decir que a mí…

-No. Quiero decir que he sabido percibir el arrepentimiento en ti. Y el arrepentimiento te ha venido por el grito acusador de ella… ¡Verdaderamente Dios grita por la boca de los buenos, y reprende, y aconseja!… Y he visto la fe humilde y fuerte de Salomé. Ve, te digo. No tardes más en decirle "gracias".

Casi lo empuja rudamente para convencerlo de que se marche. Y cuando Simón por fin se marcha, lo bendice… Luego menea la cabeza, en un mudo soliloquio, y lentas lágrimas descienden por el rostro quebrado… Una sola palabra da la dirección de su pensamiento: ¡Judas!…

Se encamina hacia casa por el mismo camino que había tomado el Zelote, detrás del límite de la ciudad.

308- Curación del hijo de Simón de Alfeo. Margziam es el primero de los niños discípulos

Jesús, con Simón Zelote y Margziam, atraviesa Nazaret en dirección a la campiña que separa Nazaret de Caná.

Atraviesa esta ciudad suya incrédula y hostil, precisamente por las calles del centro y cortando oblicuamente la plaza del mercado, llena de gente en esa hora matutina.

Muchos se vuelven a mirarlo; algún nazareno -pocos -lo saluda; las mujeres, especialmente las ancianas; le sonríen; pero, aparte de algún que otro niño, ninguno se acerca a El. Un murmullo le sigue cuando termina de pasar. Jesús ve todo, pero hace como si no viera. Habla con Simón, o con el niño, que va entre los dos hombres, y sigue por su camino.

Ya han llegado a las últimas casas. A la puerta de una de éstas hay una mujer de unos cuarenta años. Parece esperar a alguien. Al ver a Jesús hace ademán de moverse, luego se queda quieta e inclina la cabeza ruborizándose.
-Es una pariente mía, la mujer de Simón de Alfeo -dice Jesús al apóstol.

La mujer parece incómoda, en lucha con un fuerte contraste de sentimientos. Cambia de color, alza y baja los ojos, todo su rostro expresa un deseo de hablar, contenido por algún motivo.

-Paz a ti, Salomé -saluda Jesús, que ha llegado a la altura de ella. La mujer lo mira como asombrada de la afectuosidad que hay en la voz de su Pariente, y, ruborizándose más todavía, responde:

-Paz i…
Un nudo de llanto le impide concluir la frase. Se tapa la cara con un brazo doblado y llora acongojadamente, contra la jamba de la puerta de su casa.

-¿Por qué lloras así, Salomé? ¿No puedo hacer nada para consolarte? Ven aquí, detrás de esta esquina, y dime qué te pasa… -y, tomándola por un codo, la conduce a una callejuela estrecha que hay entre su casa y el huerto de otra casa. Simón y Margziam, que está todo asombrado, se quedan a la entrada de aquélla.

-¿Qué te pasa, Salomé? Sabes que siempre te he querido. Os he querido siempre. A todos. Y os quiero. Debes creerlo y tener, por tanto, confianza…

El llanto se detiene a intervalos como para escuchar esas palabras y comprender su verdadero significado. Luego vuelve con más fuerza, entrecortado con palabras quebradas: -Tú sí… Nosotros… Yo no… Ni tampoco Simón… Pero él es más necio que yo… Yo le decía… "Llama a Jesús"… Pero tenemos la oposición de todo un pueblo… Tú… yo… y mi hijo…

Habiendo tocado el punto trágico, el llanto se hace también trágico. La mujer se contorsiona y gime, Mientras se golpea la cara como en un delirio de dolor.

Jesús le coge las manos y dice:

-No hagas esto. Estoy aquí para consolarte. Habla. Haré todo…

La mujer lo mira con unos ojos desorbitados por el estupor y el dolor. Pero la esperanza le da fuerzas para hablar, para hablar incluso con orden:

-¿Aunque Simón sea reprobable, usarás misericordia conmigo? ¿Sí?… ¡Oh, Jesús que a todos salvas! ¡Mi hijo! ¡Alfeo, el último, está mal… se está muriendo! Tú amabas a Alfeo. Le tallabas juguetes de madera… Lo alzabas para que cogiera uvas e higos de tu huerta… y, antes de marcharte para… para ir por el mundo, ya le enseñabas muchas cosas buenas… Ahora no podrías hacerlo… Está como muerto… Ya no volverá a comer ni uvas ni higos. Ya no aprenderá nada más… -y llora fuertemente.

-Salomé, cálmate. Dime qué le pasa.

-Su vientre está muy enfermo. Ha estado muchos días gritando, con dolores atroces, delirando. Ahora ya no dice nada. Está como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.

Gime, pero no responde. Ni siquiera se da cuenta de sus gemidos. Está violáceo. Se está poniendo frío. Hace muchos días que le suplico a Simón que vaya a ti. Pero…

¡oh!… Lo he amado siempre, pero ahora lo odio, porque es un estúpido, que por una idea estúpida permite que muera mi hijo. Pero, cuando se muera, me voy. A mi casa. Con mis otros hijos. No es capaz de ser padre en el momento necesario. Protejo a mis hijos. Me voy. Sí. Que la gente diga lo que quiera. Me voy.

-No digas eso. Abandona inmediatamente este pensamiento de venganza.

-De justicia. Me rebelo. ¿Ves? Te he esperado yo, porque ninguno te decía: "Ven". Te lo digo yo. Pero he tenido que hacerlo como si fuera una mala acción. Y no te puedo decir: "Entra", porque en casa están los de José y…

-No es necesario. ¿Me prometes que perdonarás a Simón?, ¿que serás siempre una buena esposa? Si me lo prometes, te digo: "Entra en casa, que tu hijo te sonreirá curado". ¿Eres capaz de creer esto?

-Yo creo en ti. Creo, aunque sea contra todo el mundo.
-¿Y, de la misma forma que tienes fe, eres capaz de perdonar?

-… ¿Pero verdaderamente me lo vas a curar?
-No sólo eso. Te prometo que cesará la vacilación de Simón respecto a mí, y que el pequeño Alfeo, y con él tus otros hijos y tú misma, con tu esposo y padre de tus hijos, volveréis a mi casa. María te menciona muchas veces…

-¡Oh! ¡María! ¡María! Estaba ella cuando Alfeo nació… Sí, Jesús. Perdonaré. No le diré nada… No, es más, le diré: "Mira cómo responde Jesús a tu comportamiento: te rescata un hijo". ¡Puedo decir esto?

-Lo puedes decir… Ve, Salomé. Ve. No llores más. Adiós. Paz a ti, buena Salomé. Ve. Ve.

La acompaña de nuevo a la puerta. La mira mientras entra. Sonríe al ver que por el ansia que la invade se echa a correr por el vestíbulo, sin cerrar siquiera la puerta; y la entorna Él, lentamente, hasta cerrarla del todo.
Se vuelve a sus dos y dice:

-Y ahora vamos a donde teníamos que ir…
-¿Crees que Simón se convertirá? -pregunta el Zelote.
-No es una persona infiel. Sólo es uno que se deja dominar por el más fuerte.

-¡Pues entonces! ¡Más fuerte que el milagro!…
-Como ves, tú te das la respuesta… Estoy contento de haber salvado al niño. Lo vi cuando tenía sólo unas pocas horas. Siempre me ha querido mucho…
-¡Cómo te quiero yo? ¿Se va a hacer discípulo? -pregunta Margziam, interesado y un poco incrédulo de que uno pueda amar a Jesús como lo ama él.

-Tú me quieres como niño y como discípulo. Alfeo me quería sólo como niño. Pero más adelante me querrá también como discípulo. Pero ahora es muy niño. Está para cumplir ocho años. Lo verás.

-¿Entonces, niño y discípulo soy sólo yo?
-Por ahora tú sólo. Eres el adalid de los niños discípulos. Cuando seas hombre plenamente maduro, acuérdate de que supiste no peor que los hombres ser discípulo; abre, pues, los brazos a todos los niños que vayan a ti buscándome a Mí diciendo:

“Quiero ser discípulo de Cristo". ¿Lo vas a hacer?

Lo haré» promete serio Margziam… Los campos abiertos, llenos de sol, ya los rodean, y ellos se me alejan bajo el sol…

307- Controversia en la casa de Nazaret acerca de las culpas de los nazarenos. Lección sobre la tendencia al pecado a pesar de la Redención

El telar está parado porque María y Síntica están cosiendo muy diligentemente las telas que ha traído el Zelote. Doblan y ponen encima de la mesa, en montones ordenados por colores, los pedazos de vestidos ya cortados. Cada cierto tiempo, las mujeres cogen uno para hilvanarlo sobre la mesa. Así que los hombres se ven arrinconados hacia el inactivo telar, cerca, pero no interesados en el trabajo de las mujeres.

Están también los dos apóstoles Judas y Santiago de Alfeo, los cuales, por su parte, observan la intensa labor femenina, sin hacer preguntas, pero creo que no sin curiosidad.

Los dos primos hablan de sus hermanos, especialmente de Simón, que los ha acompañado hasta la puerta de Jesús y luego se ha marchado «porque tiene un niño enfermo» dice Santiago para suavizar la cosa y disculpar a su hermano. Judas se muestra más severo; dice:

-Precisamente por eso debía venir. Pero parece que él también se ha vuelto idiota. Como todos los nazarenos, por lo demás, si se excluyen Alfeo y los dos discípulos que ahora quién sabe dónde están. Se ve que Nazaret no tiene de bueno nada más, y que ha escupido todo lo bueno que tenía, como si fuera un sabor molesto para esta ciudad nuestra…

-No hables así -ruega Jesús -No te envenenes el corazón… No es culpa suya…
-¿De quién, entonces?
-De muchas cosas… No investigues. De todas formas, no toda Nazaret es enemiga. Los niños…
-Porque son niños.

-Las mujeres…

-Porque son mujeres. Pero no son ni los niños ni las mujeres quienes afirmarán tu Reino.

-¿Por qué, Judas? Te equivocas. Los niños de hoy serán precisamente los discípulos de mañana, los que propagarán el Reino por toda la Tierra. Y las mujeres… ¿Por qué no lo pueden hacer?

-Ciertamente, no podrás hacer de las mujeres apóstoles; al máximo, serán discípulas, como Tú has dicho, que servirán de ayuda a los discípulos.

-Un día cambiarás la opinión sobre muchas cosas, hermano mío. Pero ni siquiera intento convencerte de tu error. Chocaría contra una mentalidad que te viene de siglos de conceptos y prejuicios errados acerca de la mujer. Lo único que te ruego es que observes, que anotes, en ti, las diferencias que ves entre las discípulas y los discípulos, y que observes, fríamente, su adecuación a mis enseñanzas.

Verás cómo, empezando por tu madre, que se podría decir que ha sido la primera de las discípulas en el orden del tiempo y del heroísmo -y lo sigue siendo, haciendo frente con valentía a toda una ciudad que la vitupera por serme fiel; resistiendo contra las voces de su sangre, que no le ahorra reproches por serme fiel -, verás cómo las discípulas son mejores que vosotros.

-Lo reconozco, es verdad. ¿Pero en Nazaret dónde están también las mujeres discípulas? Las hijas de Alfeo, las madres de Ismael y de Aser y sus hermanas. Y basta. Demasiado poco. Querría no volver a Nazaret para no ver todo esto.

-¡Pobrecilla tu madre! Le darías un gran dolor -interviene María.

-Es verdad -dice Santiago -Tiene muchas esperanzas de lograr conciliar a nuestros hermanos con Jesús y con nosotros. Creo que no desea sino esto. Pero, ciertamente, no es estando lejos como lo conseguiremos. Hasta ahora te he hecho caso en estar como aislado; pero, desde mañana, quiero salir a estar con unos u otros… Porque, si vamos a tener que evangelizar incluso a los gentiles, ¿no vamos a evangelizar nuestra ciudad? Me niego a creer que toda ella sea mala, que no se la puede convertir.

Judas Tadeo no rebate, pero está visiblemente inquieto.
Simón Zelote, que había estado todo el tiempo callado, interviene:

-No querría insinuar sospechas. Pero consentidme que os haga una pregunta para consolar vuestro espíritu. Ésta: ¿Estáis seguros de que en la actitud de reserva de Nazaret no haya fuerzas externas, venidas de otros lugares y que aquí operan bien, sobre la base de un elemento que debería, si se razonara con justicia, dar las mejores garantías de seguridad de que el Maestro es el Santo de Dios?

El conocimiento de la vida perfecta de Jesús, nazareno, debería facilitar a los nazarenos el aceptarlo como el Mesías prometido. Yo más que vosotros, y conmigo muchos de mi edad, en Nazaret hemos conocido, al menos de oídas, a algunos supuestos Mesías. Y os aseguro que su vida íntima desacreditaba las más obstinadas aserciones de mesianidad en ellos.

Roma los ha perseguido ferozmente como a rebeldes. Pero, aparte de la idea política, que Roma no podía permitir que existiera en los lugares de su dominio, estos falsos Mesías, por muchos motivos privados, habrían merecido castigo. Nosotros los instigábamos y sosteníamos, porque nos servían para saciar nuestro espíritu de rebelión contra Roma; los secundábamos, porque, estando embotados, hemos creído -hasta que el Maestro ha aclarado la verdad, y, por desgracia, a pesar de esto, todavía no creemos como deberíamos, o sea, totalmente -, hemos creído ver en ellos al "rey" prometido. Ellos halagaban nuestro espíritu afligido con esperanzas de independencia nacional y de reconstrucción del reino de Israel.

¡Pero, ay, qué miseria! ¡¿Qué reino, lábil y degenerado, habría sido?! No. Llamar a esos falsos Mesías reyes de Israel y fundadores del Reino prometido era en verdad degradar profundamente la idea mesiánica. En el Maestro, a la profundidad de su doctrina se une la santidad de vida, y Nazaret, como ninguna otra ciudad, la conoce. No tengo ninguna intención de acusar a los nazarenos de incredulidad respecto al carácter sobrenatural de su venida, que ellos ignoran. ¡Pero la vida! ¡Su vida!…

Ahora tanto resentimiento, tanta impenetrable resistencia… Bueno, mucho más que eso: tanta resistencia aumentada. ¿Y el origen de una resistencia tan crecida no podría estar en maniobras enemigas? Sabemos cómo son los enemigos de Jesús, sabemos la influencia que tienen.

¿Pensáis que sólo aquí se hayan mantenido inactivos y ausentes, si en todos los lugares nos han precedido, o se nos han juntado, o nos han seguido, para destruir la obra de Cristo? No acuséis a Nazaret como si fuera la única culpable. Más bien llorad por ella, desviada por los enemigos de Jesús.

-Muy bien lo has dicho, Simón: Llorad por ella… -dice Jesús. Y está triste.

Juan de Endor observa:

-También has dicho muy bien eso de que el elemento favorable se transforma en desfavorable porque el hombre raramente piensa con justicia. Aquí el primer obstáculo es el nacimiento humilde, la infancia humilde, la adolescencia humilde, la juventud humilde de nuestro Jesús.

El hombre olvida que los valores se celan bajo apariencias modestas, mientras que los que no son nada se camuflan bajo apariencia de grandes seres para imponerse a las muchedumbres.

-Será así… Pero ello no cambia en nada mi pensamiento acerca de los nazarenos. Sea cual fuere lo que les hayan dicho, debían saber juzgar por las obras reales del Maestro, no por las palabras de unos desconocidos.

Un largo silencio, roto únicamente por el ruido de telas que la Virgen divide en franjas para hacer de ellas orlas.

Síntica no ha hablado en todo este tiempo, a pesar de haber estado atentísima. Conserva siempre esa actitud suya de profundo respeto, de discreción, que solamente con María o con el niño se hace menos rígida. Pero ahora el niño se ha dormido, sentado en un taburete justo a los pies de Síntica y con la cabeza apoyada en las rodillas de ella sobre su brazo doblado. Por eso ella no se mueve y espera a que María le pase las franjas de tela.

-¡Qué sueño más inocente!… ¡Está sonriendo!… -observa María inclinándose hacia la carita durmiente.

-¿Qué estará soñando? -dice, sonriendo, Simón.
-Es un niño muy inteligente. Aprende pronto y pide explicaciones precisas. Hace preguntas muy agudas y quiere respuestas claras. Sobre todas las cosas. Confieso que algunas veces me veo en dificultad para responder. Son argumentos superiores a su edad, y, algunas veces, también a mi capacidad de explicarlos -dice Juan.

-¡Ah, sí! Como aquel día… ¿Te acuerdas, Juan? ¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día! ¡Y muy ignorantes! ­dice Síntica, sonriendo levemente y mirando fijamente al discípulo con su mirada profunda.

Juan sonríe a su vez y dice:
-Sí. Y vosotros tuvisteis un maestro muy incapaz, que tuvo que pedir ayuda a la verdadera Maestra… porque, en ninguno de los muchos libros que había leído, este pedagogo ignorante había encontrado la respuesta para un niño. Señal de que soy un pedagogo ignorante todavía.

-La ciencia humana es ignorante todavía. Lo insuficiente no era el pedagogo, sino lo que le habían dado para serlo.

¡La pobre ciencia humana! ¡Oh, qué mutilada la veo! Me recuerda a una divinidad que era venerada en Grecia. ¡Se requería verdaderamente la materialidad pagana para poder creer que, por estar privada de alas, la Victoria fuera para siempre propiedad de los griegos! No sólo las alas a la Victoria; la libertad incluso nos han quitado… Mejor hubiera sido, en nuestra creencia, que hubiera tenido alas.

Habríamos podido concebirla capaz de volar para arrebatar rayos celestes y asaetear a los enemigos. Pero, así, sin alas, no daba esperanza sino desconsuelo y mensaje de tristeza. No la podía mirar sin apenarme… La veía doliente, descorazonada por su mutilación. Un símbolo de dolor, no de alegría… Y lo fue. Pero es que el hombre hace con la Ciencia lo mismo que con la Victoria. Le amputa las alas que bañarían en lo sobrenatural el saber y darían una clave para abrir muchos secretos de lo cognoscible y de la creación. Han creído, y creen, que, mutilándole las alas la tienen cautiva… Lo único que han hecho ha sido reducirla a minusválida… La Ciencia alada sería Sabiduría. Así, en ese estado, es solamente comprensión parcial.

-¿Y mi Madre os dio respuesta ese día?
-Con perfecta claridad y con casta palabra, adecuada para el oído de un niño y de dos adultos de sexo distinto sin que ninguno se ruborizase.

-¿Sobre qué versaba?

-Sobre el pecado original, Maestro. Tomé nota de la explicación de tu Madre para recordarla -dice Síntica; y también Juan de Endor dice: «También yo. Creo que será una cosa muy solicitada, si un día se va a los gentiles. Yo no creo que vaya porque…».

-¿Por qué, Juan?
-Porque viviré poco.
-¿Pero irías con gusto?

-Más que muchos otros de Israel, porque no tengo prejuicios. Y también… Sí, también por esto. Yo di mal ejemplo entre los gentiles, en Cintium, y en Anatolia. Hubiera deseado poder hacer el bien en los lugares en que he hecho el mal. El bien que debería hacer: llevar tu palabra allí, darte a conocer… Pero habría sido demasiado honor… No lo merezco…

Jesús lo mira sonriendo, pero no dice nada a este respecto. Pregunta:

-¿Y no tenéis otras preguntas que hacer?
-Yo tengo una. Me ha surgido la otra noche, cuando hablabas del ocio con el niño. He tratado de darme una respuesta, pero no lo he conseguido. Esperaba al sábado para hacértela, cuando las manos están inactivas y nuestra alma, en tus manos, es elevada a Dios -dice Síntica.

-Haz ahora tu pregunta, mientras esperamos la hora del descanso.

-Maestro. Tú dijiste que, si uno se vuelve tibio en el trabajo espiritual, se debilita y predispone a las enfermedades del espíritu. ¿No es así?

-Sí, mujer.

-Pues bien, esto me parece en contraste con cuanto os he oído a ti y a tu Madre acerca del pecado original, sus efectos en nosotros, la liberación de éste por medio de ti. Me habéis enseñado que con la Redención quedará anulado el pecado original. Creo que no yerro si digo que será anulado no para todos, sino solamente para aquellos que crean en ti.

-Es verdad.

-Dejo, por tanto a los otros, y tomo en consideración a uno de estos salvados. Lo contemplo después de los efectos de la Redención. Su alma ya no tiene el pecado original.

Vuelve, pues, a poseer la Gracia como la tenían los Progenitores. ¿Esto no le dará un vigor que no podrá sufrir desfallecimiento alguno? Tú dirás: "El hombre comete también pecados personales". Bien, de acuerdo. Pero pienso que también éstos caerán con tu Redención. No te pregunto cómo. Pero supongo que, como testimonio de que ella se ha producido verdaderamente -y no sé cómo acontecerá, si bien cuanto se refiere a ti en el Libro sagrado hace temblar, y espero que sea sufrimiento simbólico, restringido a lo moral, aunque el dolor moral no es una ilusión sino un espasmo quizás mucho más atroz que el físico -, dejarás, digo, unos medios, unos símbolos. Todas las religiones los tienen; en algunas ocasiones los llaman "misterios"…

El bautismo actual, vigente en Israel, es uno de ellos, ¿no es verdad?
-Lo es. Y habrá, con nombre distinto del que tú les das, en mi Religión también signos de esta Redención, que serán aplicados a las almas para purificarlas, fortalecerlas, iluminarlas, sostenerlas, nutrirlas, absolverlas.

-¿Y entonces? Si son absueltas también de los pecados personales, siempre estarán en gracia… ¿Cómo es que, entonces, serán débiles y propensas a enfermedades espirituales?

-Te pongo una comparación. Tomemos un niño recién nacido de padres sanísimos, sano y robusto. No hay en él ninguna tara física, hereditaria. Esqueleto y órganos perfectos. Goza de sangre sana. Tiene, pues, todos los requisitos para desarrollarse fuerte y sano, dándose, además, el caso de que su madre tiene leche abundante y sustanciosa. Mas, he aquí que en los albores de su vida se manifiesta en él una gravísima enfermedad cuya causa se desconoce; una enfermedad auténticamente mortal.

A duras penas se salva, por la piedad de Dios, que le retiene la vida que estaba a punto de marcharse de ese cuerpecito. Pues bien, ¿crees que, después, ese niño tendrá el mismo vigor que si no hubiera sufrido esa enfermedad? No. Tendrá siempre en sí un estado de debilidad, que, aunque no se manifieste claramente, estará ahí y lo predispondrá a las enfermedades más fácilmente que si no hubiera estado enfermo. Algún órgano ya nunca estará íntegro como antes. Su sangre será menos fuerte y pura que antes. Razones todas éstas por las que contraerá enfermedades más fácilmente, las cuales, a su vez, cada vez que le afecten, lo dejarán más propenso a enfermarse de nuevo. Lo mismo sucede en el campo espiritual. El pecado original quedará cancelado en los que crean en mí.

Pero el espíritu conservará una tendencia al pecado que no habría tenido sin el pecado original. Por tanto, es necesario vigilar y cuidar continuamente el propio espíritu, como hace la solícita madre con su hijito debilitado por una enfermedad infantil.

Por tanto, es necesario no holgar, sino ser siempre diligentes para fortalecerse en virtud. Si uno cae en la indolencia o en la tibieza, más fácilmente será seducido por Satanás. Y cada pecado grave, siendo semejante a una grave recaída, predispondrá cada vez más a la enfermedad y muerte del espíritu.

Por el contrario, la Gracia, restituida por la Redención, si va acompañada de una voluntad activa e incansable, se conserva. No sólo se conserva, sino que aumenta, porque queda asociada a las virtudes conseguidas por el hombre.

¡Santidad y Gracia! ¡Qué alas más seguras para volar a Dios! ¿Has comprendido?

-Sí, mi Señor. Tú, o sea, la Trinidad santísima, dais el Medio base al hombre. El hombre, con su trabajo y atención, no lo debe destruir. Comprendo. Todo pecado grave significa destrucción de la Gracia, o sea, de la salud del espíritu. Los signos que vas a dejarnos devolverán, sí, la salud; pero el pecador obstinado, que no lucha por no pecar, será cada vez más débil, aunque todas las veces sea perdonado. Es necesario, pues, vigilar para no perecer. Gracias, Señor… Margziam se está despertando. Es tarde…

-Sí. Vamos a orar todos juntos y luego iremos a descansar.

Jesús se levanta y todos lo imitan (también el niño, que todavía está adormilado). Y el "Pater noster" resuena, fuerte y armónico, en la pequeña habitación.

306- También Simón Zelote está en Nazaret. Lección sobre los daños del ocio

Anochece pronto en Diciembre.

Pronto se encienden las lámparas y la familia se reúne en una única habitación.

También es así en la casita de Nazaret, y, mientras las dos mujeres trabajan, una en el telar, la otra con la aguja, Jesús y Juan de Endor, sentados junto a la mesa, conversan en tono bajo, y Margziam termina de alisar dos arcones puestos en el suelo.

El niño trabaja con todo su ahínco, hasta que Jesús se levanta, se agacha a tocar la madera y dice:
-Ya basta. Está bien lisa. Mañana la podremos barnizar. Ahora mete todo en su sitio, que mañana seguiremos trabajando.

Y, mientras Margziam sale con sus instrumentos de pulimento -espátulas duras con pieles rasposas de pescado clavadas en ellas, que cumplen el oficio de nuestra lija; y una especie de cuchillos, que ciertamente no son de acero, empleados para el mismo trabajo - Jesús toma en sus fuertes brazos uno de los arcones y lo lleva al taller, donde ciertamente se ha trabajado porque hay serrín y viruta junto a uno de los bancos, que, para esta ocasión, ha sido puesto de nuevo en el centro. Margziam ya ha colocado sus herramientas en los correspondientes soportes, y ahora está recogiendo la viruta para -dice -echarla al fuego; querría también barrer el serrín, pero prefiere hacerlo Juan de Endor. Todo está ya en orden cuando Jesús vuelve con el segundo arcón y lo coloca junto al primero.

Cuando están para salir los tres, se oye llamar a la puerta de la casa; inmediatamente después, la voz grave del Zelote resuena con el reverente saludo que dirige a María:

-Te saludo, Madre de mi Señor. Bendigo vuestra bondad, que me concede habitar bajo vuestro techo.

-Ha llegado Simón. Ahora sabremos el porqué de su retraso. Vamos… -dice Jesús.
Entran en la pequeña habitación donde está el apóstol con las mujeres, cuando éste se está liberando de un voluminoso envoltorio que lleva a las espaldas.
-Paz a ti, Simón…

-¡Oh, Maestro bendito! ¿Me he retrasado, verdad? Pero he hecho todo y lo he hecho bien…

Se besan. Luego Simón sigue explicando:

-He estado en casa de la viuda del carpintero. Tus ayudas son muy oportunas. La anciana está muy enferma y, por tanto, han aumentado los gastos. El pequeño carpintero se da maña en trabajar en objetos pequeños como él, y te recuerda siempre. Todos te bendicen. Luego fui a ver a Nara, Samira y Sira. El hermano se muestra más duro que nunca, pero ellas están en paz, como santas que son, y comen su pobre pan condimentado con llanto y perdón. Te bendicen por la ayuda que les has enviado. Pero te suplican que ores para que su duro hermano se convierta.

También te bendice la anciana Raquel por el óbolo. Por último, he estado en Tiberíades para las compras. Espero haber acertado. Ahora lo verán las mujeres… Pero en Tiberíades me han retenido algunos que me creían un emisario tuyo. Me han tenido secuestrado tres días…

¡Prisión dorada, hasta cierto punto, pero prisión al fin y al cabo!… Querían saber muchas cosas… He dicho la verdad: que nos habías dejado libertad a todos y que Tú, por tu parte, te habías retirado durante el período más malo del invierno… Cuando se persuadieron de que era verdad ­incluso porque fueron a casa de Simón de Jonás y de Felipe y no te encontraron ni supieron más cosas -, me dejaron partir. Incluso la disculpa del mal tiempo, con estos bonitos días no valía ya. Por eso me he retrasado.

-No importa. Tendremos tiempo de estar juntos. Gracias por todo… Madre, mira con Síntica lo que hay en el envoltorio y dime si piensas que es suficiente para lo que ya sabes…-y, mientras las mujeres desenvuelven el envoltorio, Jesús se sienta y habla con Simón.

-¿Y Tú qué has hecho, Maestro?
-Dos arcones, para no estar ocioso y porque serán útiles. He paseado, he gozado de mi casa…
Simón lo mira muy fijamente… Pero no dice nada.
Las exclamaciones de Margziam, que ve salir del envoltorio telas, prendas de lana, sandalias, velos y cinturones, hacen que Jesús y sus dos compañeros se vuelvan en esa dirección.

María dice:

-Todo va bien, muy bien. Nos pondremos en seguida a trabajar y pronto estará todo cosido.
El niño pregunta:
-¿Te vas a casar, Jesús?

Todos se echan a reír. Jesús pregunta:
-¿Qué te lo hace suponer?

-Esta ropa de hombre y de mujer, y los dos arcones que has hecho. Son el ajuar tuyo y de la prometida. ¿Me la presentas?

-¿Quieres verdaderamente conocer a mi prometida?
-¡Oh, sí! ¡Será guapísima y muy buena! ¿Cómo se llama?…
-Es un secreto por ahora. Porque tiene dos nombres, como tú, que primero eras Yabés y luego Margziam.
-¿Y no puedo saberlos?

-Por ahora no. Pero un día los sabrás.
-¿Me invitas a los esponsales?
-No será una fiesta adecuada para niños. Te invitaré a la fiesta nupcial. Serás uno de los invitados y testigos. ¿Te parece bien?

-Pero ¿cuánto tiempo falta? ¿Un mes?
-¡Mucho más!

-¿Y entonces por qué has trabajado tan deprisa que te has provocado ampollas en las manos?

-Las ampollas me han salido porque había dejado de trabajar con las manos. ¿Ves, niño, que el ocio es penoso? Siempre. Cuando luego uno vuelve al trabajo sufre el doble, porque se ha hecho demasiado delicado. Imagínate tú: ¡si perjudica así a las manos, qué daño no hará al alma! ¿Ves? Esta misma tarde he tenido que decirte: "ayúdame", porque sufría tanto que no podía tener la escofina, mientras que hace sólo dos años trabajaba incluso catorce horas al día sin sentir dolor. Lo mismo pasa con quien se vuelve tibio en el fervor, en la voluntad. Pierde vigor, se hace débil. Más fácilmente se cansa de todo. Con mayor facilidad, siendo débil, entran en él los venenos de las enfermedades espirituales. Por el contrario, cumple con doble dificultad las obras buenas que antes no le costaba cumplir porque estaba en continuo ejercicio. ¡No conviene nunca estar ociosos diciendo: "Pasado este período volveré más fresco al trabajo"! No lo lograría nunca; o con extremo esfuerzo.

-¡Pero Tú no has estado ocioso!
-No. He hecho otro tipo de trabajo. Pero date cuenta de que el ocio de mis manos ha sido perjudicial para ellas.
Y Jesús muestra las palmas enrojecidas y con ampollas en varios puntos.

Margziam las besa diciendo:

-Mi mamá, cuando yo me hacía daño, hacía esto, porque el amor cura.

-Sí, el amor cura de muchas cosas… Bien… Ven, Simón.

Dormirás en el taller del carpintero. Ven, que te voy a decir dónde puedes colocar tu ropa y…
Salen y todo termina.

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