15» María y la Eucaristía

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

María es mujer eucarística con toda su vida (EE 53).

Cuando en la visitación, lleva en su seno el Verbo hecho carne, se convierte de algún modo en tabernáculo, el primer tabernáculo (sagrario) de la historia, donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como irradiando su luz a través de los ojos y la voz de María.

Y la mirada embelesada de María, al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística? (EE 55).

Dice san Efrén: María nos da la Eucaristía en oposición al alimento que nos da Eva. María es, además, el sagrario donde ha habitado el Verbo que se ha hecho carne, símbolo de la morada del Verbo en la Eucaristía.

El mismo cuerpo de Jesús, nacido de María, es nacido para hacerse Eucaristía40.

Recibir la Eucaristía debía significar para María, como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la cruz…

Así como la Iglesia y la Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía.

Por eso, el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente (EE 56).

María… está presente cada domingo en la Iglesia. ¿Cómo podría ella, que es la Madre del Señor y Madre de la Iglesia, no estar presente por un título especial, el día, que es a la vez día del Señor y día de la Iglesia?...

De domingo en domingo, el pueblo peregrino sigue las huellas de María y su intercesión materna hace particularmente intensa y eficaz la oración que la Iglesia eleva a la Santísima Trinidad (DD 86).

Ciertamente, María, como Madre de todos nosotros, no puede estar ausente de sus hijos en el momento más importante en que están reunidos para celebrar la Eucaristía y unirse a Jesús en la comunión.

Porque, junto a Jesús, siempre está María; María y Jesús son inseparables. Hace dos mil años, María vivía para Jesús, para servirlo y hacerlo feliz.

Y ahora está para servirnos y hacernos felices a nosotros, llevándonos a su Hijo Jesús.

María es el camino hacia Jesús, es la estrella que nos lleva a Belén. La estrella que nos guía a la Eucaristía, donde Jesús siempre nos espera. Y en el sagrario, como en la cueva de Belén, junto a Jesús, siempre está María, realmente presente.

Si queremos hablar con Jesús en persona, vayamos a la Eucaristía; si queremos hablar con María personalmente, vayamos a la Eucaristía.

En la Eucaristía nos encontraremos siempre con Jesús y María.

Centrando nuestra vida en Jesús Eucaristía, imitaremos a María, pues la Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea como la de María, toda ella un magnificat (EE 58). María guía a los fieles a la Eucaristía (RM 44).

Ella es madre de Cristo y, podemos decir, que es también madre de la Eucaristía, por ser la madre de Jesús Eucaristía.


40 E. Back, Corpus scriptorum christianorum orientalium, 218-219, Lovaina, 1961.

14» La Iglesia y la Eucaristía

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

La Iglesia y la Eucaristía son un binomio inseparable (EE 57). La Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia (RH 20). Cristo no ha querido celebrar la Eucaristía fuera de la Iglesia.

Por ello, para disfrutar de la presencia real de Cristo en la Eucaristía necesitamos pertenecer a su Iglesia.

La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente un experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia (EE 1).

La Iglesia ha recibido la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo como don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad…

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de la salvación y se realiza la obra de nuestra redención (EE 11)

En el humilde signo del pan y del vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos (EE 62).

Aquí está el tesoro de la Iglesia, el corazón del mundo, la prenda del fin al que todo hombre, aunque sea inconscientemente, aspira (EE 59).

La Eucaristía es el regalo más grande que Dios ha dado a su Iglesia y al mundo.

Es el corazón palpitante de la Iglesia, su fuerza y su esencia más profunda.

Por lo cual, la Iglesia y el mundo tienen gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del Amor.

No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración38.

La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, misterio de luz.

Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: se les abrieron los ojos y lo reconocieron (Lc 24, 31) (EE 6).

En cada misa y en cada sagrario debemos reconocer en la hostia consagrada al mismo Jesús que nació en Belén y murió en la cruz hace dos mil años. Y debemos amarlo y adorarlo, porque Él es nuestro Dios.

Por eso, los católicos nunca le podremos dar suficientes gracias a Dios por el gran tesoro de la Eucaristía, por tener con nosotros permanentemente al mismo Jesús.

Los discípulos de Emaús lo reconocieron al partir el pan, es decir, en la celebración de la misa, pues así se llamaba a la misa en los primeros siglos.

¿Y nosotros? ¿Lo reconocemos a Jesús bajo la apariencia de un pedazo de pan?

Los discípulos de Emaús le rogaron a Jesús: Quédate con nosotros, pues el día ya termina. Y dice el Evangelio que entró para quedarse con ellos (Lc 24, 29).

¿No sentiremos nosotros el deseo de ir a visitarlo y adorarlo? Y si está muy cerca de nuestra casa, ¿por qué no visitarlo más frecuentemente?

La presencia de Jesús en el sagrario ha de ser como un polo de atracción para un número cada vez mayor de almas enamoradas de Él, capaces de estar largo tiempo como escuchando su voz y sintiendo los latidos de su corazón…

Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e, incluso, los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo (MND 18).

Cada parroquia debe ser una comunidad eucarística. La Iglesia es una comunidad universal eucarística. Ella no es simplemente un pueblo.

Constituida por muchos pueblos se transforma en un solo pueblo gracias a una sola mesa, que el Señor ha preparado para todos.

La Iglesia es por así decirlo, una red de comunidades eucarísticas y permanece siempre unida a través del único cuerpo de Cristo, que todos comulgamos39.


38 Juan Pablo II, El misterio y el culto de la Eucaristía 3.
39 Ratzinger Joseph, Eucaristía, centro de la vida, o.c., p. 128..

13» El Espíritu Santo y la Eucaristía

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

El Espíritu Santo es el que nos da la fuerza para predicar sin miedo nuestra fe a los demás.

Sin el Espíritu Santo la Iglesia estaría vacía y sin amor.

Sin el Espíritu Santo no habría Eucaristía ni sacramentos.

Los santos Padres están de acuerdo en afirmar que todos los bienes descienden de Dios Padre a través de su Hijo y nos alcanzan en el Espíritu Santo36.

El Espíritu Santo es el vínculo de infinito amor entre el Padre y el Hijo, es el Amor del Padre y del Hijo hecho persona.

Por eso, si queremos llegar al Padre por medio de Jesús, que es el mediador, debemos ir por el poder del Espíritu Santo, que lo hace realidad.

Los sacramentos que recibimos, los realiza Jesús con la fuerza del Espíritu Santo.

La consagración de la misa, para que Cristo pueda hacerse presente entre nosotros en el pan y en el vino, se hace posible por el amor y el poder del Espíritu Santo.

Lo decía muy bien Juan Pablo II: Sin la potencia del Espíritu divino, ¿cómo podrían unos labios humanos hacer que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre del Señor hasta el fin de los tiempos?37.

Por eso, podemos decir que todos las bendiciones y gracias que recibimos de Dios, las recibimos por el poder del Espíritu; ya que, como decía san Basilio, no hay santidad sin el Espíritu Santo.

El mismo san Pablo afirma que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5, 5).

Ahora bien, debemos tener muy en cuenta que el momento en que más unidos estamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el momento de la comunión.

En ese momento, por medio de la humanidad de Jesús, nos unimos al Padre por medio del amor del Espíritu Santo.

De ahí que las mayores gracias que podemos recibir de Dios las recibiremos en el momento de la comunión.

Así lo atestiguan muchos santos, quienes recibían la gracia del matrimonio espiritual, inmediatamente después de haber comulgado.

Y algo parecido dicen los santos con relación a otras gracias especiales de Dios.

Decía santa Margarita María de Alacoque:

Las mayores gracias y los favores más inexplicables los he recibido en la santa comunión (Autobiografía V).

Por eso, acudamos siempre al Espíritu Santo, para que llene nuestro corazón de su amor, para amar cada día más a Jesús Eucaristía y a todos los que nos rodean.


36 San Atanasio en su carta a Serapión 1, 24.
37 Juan Pablo II, carta del Jueves Santo de 1998.

12» Comunión y caridad

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

No olvidemos que la comunión con Cristo nos debe llevar a la comunión con los demás hermanos.

Por eso, el Papa Juan Pablo II nos decía:

La Iglesia… es capaz de compartir no sólo lo que concierne a los bienes espirituales, sino también los bienes materiales (MND, N° 22).

Pienso en el drama del hambre, que atormenta a cientos de millones de seres humanos, en las enfermedades que flagelan a los países en desarrollo, en la soledad de los ancianos, la desazón de los parados, el trasiego de los emigrantes.

Se trata de males que, si bien en diversa medida, afectan también a las regiones más opulentas, no podemos hacernos ilusiones; por el amor mutuo y, en particular por la atención a los necesitados, se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (MND N° 28).

Al comulgar, todos debemos sentirnos hermanos. El pan es uno y somos muchos un solo Cuerpo, porque todos participamos del único pan (1 Co 10, 17).

En la misma fila, podemos encontrar al empresario y al obrero, al alumno y a su profesor, al soldado y al general, al rico y al pobre, al patrón y a su empleado.

Si asistimos a una misa en la catedral y comulga el jefe del Estado, Jesús viene a él lo mismo que viene a una viejecita, que comulgue en una misa celebrada en un rincón de la selva.

Y a todos puede decir Jesús: El que me come vivirá por mí (Jn 6, 57).

De modo que la común unión con Cristo nos lleva a la común unión con los demás como hermanos en Cristo.

Por eso, podemos, por ejemplo, invitar a comer a alguna persona sola, visitar enfermos, proporcionar comida a alguna familia necesitada…

Estas serían algunas maneras de llevar a la vida la caridad de Cristo, recibida en la mesa eucarística (DD 72).

Y esto debe hacerse, especialmente, el domingo, que es el día de la fraternidad por excelencia, en el que Dios nuestro Padre nos quiere ver reunidos a todos sus hijos en la misma reunión familiar de la misa y en la misma mesa de la comunión.

Ya san Agustín, en el siglo IV, hablaba de que la Eucaristía es sacramento de unidad.

Afirma: Así como de muchos granos reunidos y, en cierto modo, mezclados entre sí mediante el agua, se hace un solo pan, de idéntica manera, mediante la caridad se crea el único cuerpo de Cristo.

Lo que se ha dicho del cuerpo de Cristo ha de decirse también de los granos de uva con respecto a la sangre, pues también de muchas uvas se llega a la unidad y se convierte en vino. Así, por tanto, lo mismo en el pan que en el vino se encuentra el misterio de la unidad35.

Quiere decir san Agustín que, así como el pan y el vino se forman con muchos granos de trigo y con muchos granos de uva, así nosotros, que somos muchos, debemos formar un solo Cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, en la que Jesús es nuestra cabeza y nosotros debemos estar unidos y amarnos como hermanos.

Por ello, después de la misa y comunión con Cristo debemos pensar en compartir nuestros bienes, nuestra fe y nuestro amor a los demás.

No sólo debemos ayudar con caridad a los más necesitados materialmente, debemos pensar también en losmás necesitados espiritualmente y procurar compartir nuestro mayor tesoro, el tesoro de nuestra fe, especialmente la presencia de Jesús en la Eucaristía.

Los dos discípulos de Emaús, tras haber reconocido al Señor, se levantaron al momento para ir a comunicar lo que habían visto y oído…

El encuentro con Cristo suscita en la Iglesia y en cada cristiano la exigencia de evangelizar y dar testimonio (MND 24).

Que la fe en Dios que, encarnándose se hizo nuestro compañero de viaje, se proclame por doquier y particularmente por nuestras calles y en nuestras casas como expresión de nuestro amor agradecido y fuente de inagotable bendición (MND 18).


35 San Agustín, Sermón 229 A.

11.2» La comunión -Encontrando la fuerza para vivir en medio del dolor

Autor: P. Angel Peña O.A.R  

Un periodista preguntó una vez a la Madre Teresa de Calcuta:

¿Dónde encuentra la fuerza para vivir aquí en medio de tanto dolor y tanta miseria?

Y ella respondió: En la misa y comunión de cada día.

Alejandro Manzoni, famoso autor de la novela Los novios, cuando ya estaba viejo, sus hijos no le dejaban salir de casa, porque estaba la calle con nieve. Al anochecer sus hijos le dijeron:

  • Papá, ¿qué te pasa que estás triste?
  • Tenía un billete ganador de la lotería y hoy era el último día para cobrarlo.
  • Pero papá ¿por qué no lo has dicho?
    Te hubiéramos acompañado.
  • Bueno, en realidad no tenía ningún billete, pero me habéis dejado sin comulgar, que vale más que diez millones de liras y ninguno me ha dicho: Papá, te acompaño.

Otro caso real.

Había en un pueblo de España dos hermanas, Natalia y Antonia, que eran muy unidas. Natalia tenía catorce años y Antonia doce. Natalia cayó enferma y sentía la pena de no poder ir a la iglesia a comulgar.

La víspera de un día de fiesta, le pide a su madre que le deje ir a la iglesia, pero su madre se opone rotundamente, pues el médico no lo permite.

Entonces, su hermana Antonia le suplica a la Virgen María, con esa fe inocente e infantil de los niños:

  • Madre mía, haz que mañana Natalia pueda comulgar.

Llega el día de fiesta y Antonia va a la iglesia para asistir a la misa y comulgar, pero sigue insistiendo en su petición de que la Virgen le conceda a su hermana la gracia de poder comulgar en este día de su fiesta.

En la iglesia, se coloca en el mismo sitio de costumbre, junto al púlpito. A la hora de la comunión, se acerca a comulgar y, al regresar a su sitio, ve que en el suelo, allí junto al púlpito donde ella está, hay una hostia blanca, como si le dijera:

  • Yo soy Jesús, llévame a tu hermana.

Inmediatamente, sin pensarlo dos veces, la recoge con dos estampas, la coloca en su devocionario y, después de la misa, se la lleva corriendo a su hermana, que todavía no había desayunado, diciéndole:

  • Toma, aquí te traigo a Jesús, no la toques con los dedos. Natalia recibe la comunión y se queda feliz, dando gracias a Dios.

Cuando se lo cuentan a su madre, ella se siente preocupada y va a contárselo al sacerdote, que le dice:

  • Mire, ayer en el altar de san Antonio, celebró la misa don Patricio, un sacerdote muy anciano, a quien se le cayó el copón al suelo con todas las hostias consagradas.

Las recogimos lo mejor que pudimos, pero quizás se le quedó una entre los encajes del alba y como, después de la misa, se dirigió al púlpito para rezar las oraciones de los trece martes de san Antonio, se le pudo caer al llegar al púlpito, que es donde estaba Antonia esta mañana durante la misa.

Así que, casi con total seguridad, era una hostia consagrada que Jesús permitió que cayera exactamente ahí para que la viera Antonia después de comulgar.

El padre José Julio Martínez, en su libro Éstos dan con alegría, afirma que esta historia real se la contó la misma Natalia, cuando ya era religiosa, Hija de Jesús. Su hermana Antonia murió, ofreciéndose víctima por la salvación de una persona querida.

Está iniciado su proceso de beatificación y se ha escrito un libro sobre su vida, titulado Ofrenda y mensaje. Es la venerable Antonia Bandrés Elósegui.

Para comulgar bien, decía san Cirilo de Jerusalén (315-387):

Al acercarte a comulgar no lo hagas con las palmas de las manos extendidas o con los dedos separados; sino de la mano izquierda haz el trono para la derecha como si ésta hubiera de recibir a un rey, y en el seno de la mano recibe el cuerpo de Cristo, diciendo: “Amén”.

Toma el santo cuerpo, teniendo cuidado de no perder nada de él, pues si algo perdieres, es como si perdieras algo de tus propios miembros.

Porque dime, si alguien te diera raspaduras de oro, ¿no las cuidarías con la mayor diligencia, poniendo atención a no perder nada de ellas?

¿No tratarás pues con mayor empeño lo que es mas valioso que el oro o que las piedras preciosas para que no se pierda ni siquiera una migaja?

Después de haber comulgado con el cuerpo de Cristo, acércate también al cáliz de su sangre, no extendiendo las palmas, sino inclinado para indicar la adoración y veneración y diciendo: Amén, y comulgando de la sangre de Cristo34.

34 Catequesis mistagógica V; PG: 1109-1128.

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