por Makf | 15 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Vittorio Messori | Fuente: www.religionenlibertad.com
El apologeta católico propone volver a empezar desde el kérygma y defiende que hoy no puede haber anuncio de la fe sino se muestra racionalidad.
Para el escritor italiano, proveniente de las orillas del agnosticismo y anticlericalismo más radical, el núcleo de la Nueva Evangelización es claro: no se trata de "complejas doctrinas" ni de "reformas institucionales" sino del "sencillo y escandaloso" anuncio de que Cristo ha resucitado y del redescubrimiento entre los mismos cristianos del Credo antes que cualquier prédica moral o social.
Así lo ha manifestado Vittorio Messori en su intervención durante el Congreso de Nuevos Evangelizadores sostenido recientemente en el Vaticano y que contó con la presencia del Papa Benedicto XVI.
En su discurso "El credo, la verdad y la racionalidad. Aquel heraldo y el anuncio de los primeros cristianos", el pensador y apologeta católico enfatizó que la reevangelización de Occidente "no es más que esto: no complejas doctrinas, sino volver a empezar desde el kérygma, desde la base sobre la cual todo se sostiene. Volver a proclamar un sencillo y al mismo tiempo escandaloso: Jesùs estì kyrios, Jesús es el Señor".
“siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza”. Con claridad y decisión, y al mismo tiempo, como nos dice el mismo Pedro, “con dulzura y respeto”.
El credo, la verdad y la racionalidad. Aquel heraldo y el anuncio de los primeros cristianos
15 octubre 2011
* Versión íntegra de la intervención de Vittorio Messori en el Congreso de Nuevos Evangelizadores (publicado en versión más reducida en el Corriere della Sera del 17/10/2011)
El tiempo que se nos ha dado es reducido. Mejor así, estamos llamados a imitar el laconismo, la voluntad de síntesis del Evangelio. Debemos volver a la conciencia de que aquello en lo que creemos, aquello de lo cual deriva todo lo demás, se encierra (así nos lo enseña San Pablo) en solo tres palabras: “Jesús ha resucitado”. De ahí la consecuencia: “Por tanto, Jesús es el Cristo anunciado por los profetas y esperado por Israel”. Es lo que los primeros cristianos llamaban el kérygma, es decir, el grito del heraldo que –por calles y plazas- anunciaba al pueblo las noticias más urgentes, aquellas que todos debían conocer.
Creo que la reevangelización de Occidente, que nos piden con sacrosanta insistencia Juan Pablo II y Benedicto XVI, no es más que esto: no complejas doctrinas, sino volver a empezar desde el kérygma, desde la base sobre la cual todo se sostiene. Volver a proclamar un sencillo y al mismo tiempo escandaloso: Jesùs estì kyrios, Jesús es el Señor.
No todos, ciertamente, se detendrán a escucharnos. Y quien lo haga, se opondrá enseguida: “Hace veinte siglos que lo repetís. Pero, ¿qué razones nos ofrecéis? Somos hombres modernos, acostumbrados a la crítica: ¿por qué deberíamos creer que ese oscuro judío que terminó en una cruz hace dos mil años es el Señor, el Hijo de Dios? ¿Por qué Él y no tantos otros que anuncian otro Dios? Es más, traednos antes pruebas creíbles de que un Dios, sea el que sea, existe realmente”. Una réplica legítima. En el fondo, la misma con la que se encontró Pablo, cuando “se puso a anunciar a Jesús en medio del Areópago” y le pidieron las razones del escándalo y la locura que anunciaba.
La relación entre la fe y la razón. La fe que va, ciertamente, más allá de la razón, pero que no la contradice. He aquí nuestro problema, he aquí el problema de siempre, pero del cual muchos, en la misma Iglesia, no parecen conscientes. Permítaseme pues acudir, por su valor, a mi propia experiencia. Quizá, en su pequeñez, pueda servir como ejemplo. Familia de anticlericales italianos, dieciocho años de estudios en Turín, todos ellos en escuelas laicas, donde reinaba un riguroso agnosticismo. A Dios ni se le afirmaba ni se le negaba, simplemente no era un problema del cual hubiera que ocuparse en clase. En la Universidad, en la Facultad de Ciencias Políticas, me convertí en el alumno predilecto de grandes maestros del laicismo italiano, con los cuales hice la tesis doctoral. Tampoco aquí campaba el ateísmo –considerado vulgar porque era una religión en sí mismo, aunque al contrario- pero dominaba una radical indiferencia: dado que la razón, el único instrumento del que disponemos, no está en condiciones de resolver el problema, ¿por qué perder tiempo y fuerzas en discutir si Dios existe o no, y en si debe ser adorado por una u otra religión?
Precisamente mientras redactaba mi tesis doctoral, sin que yo lo buscara o lo esperara, tuve un encuentro, que fue también un encontronazo, con el Misterio de aquel Cristo que hasta entonces había rechazado sin ni siquiera haberlo examinado, de tan inadmisible que me parecía. Fue una aventura espiritual, imprevista y sobrecogedora, de cuyas consecuencias todavía vivo, pero que solo desde hace poco me he decidido a contar en un libro. Yo no quería hacerme cristiano, y mucho menos católico, pero fui obligado por una evidencia interior de la cual no podía huir. Pues bien, una vez pasados los primeros momentos, los del aturdimiento de quien ha visto abrirse de par en par las puertas de una dimensión inimaginable, llegaron enseguida las dudas y los problemas. Había sido entrenado en el culto a una razón que se hacía racionalismo, y por eso empecé a preguntarme: “¿Soy víctima de una ilusión? ¿De una turbación nerviosa? ¿No necesitaré reposo y relajación más que reflexiones sobre el Evangelio? ¿Es posible que un joven racional como yo, hijo del laicismo más intransigente, acepte lo que hasta ayer le parecía solo un montón de mitos antiguos? ¿Y cómo voy a pensar en llamar a las puertas de una Iglesia que, si atiendo a lo que me han enseñado, no ha sido más que la plaga de Occidente en general y de Italia en particular?
Lo cierto es que la fe es una realidad sobrenatural que se encarna en un hombre concreto, y por tanto necesita confirmación por parte de la razón; es creer que, por el hecho de ser humano, debe aparecer como algo razonable; es la apuesta por Jesús que debe estar fundamentada. En cuanto a mí, para rendirme a la dimensión inédita que me atravesaba, necesitaba de un apoyo: el de, por decirlo claramente, una apologética adecuada. Comencé a pedir ayuda a mis nuevos compañeros, a aquellos católicos que hasta entonces me eran tan extraños. Pero eran los años en los que terminaba el Concilio y la Iglesia era un bullir de disputas y altercados; y además, como descubrí entonces con pena, eran todas disputas internas, clericales.
Se discutía sobre la organización de la institución eclesial, sobre el papel del Papa, de los obispos, de los curas, de los laicos, de las mujeres, de la liturgia. Nadie hablaba de la fe y mucho menos de sus razones, se daba por descontado, como un dato adquirido, mientras se batallaba por cómo debería ser para el católico la ética, el compromiso político, social, económico, cultural. Pero estas no eran más que consecuencias de una causa primera, el sí a la verdad del Credo, que nadie se ocupaba de examinar y verificar. Es más, quien hubiera pretendido hacerlo habría sido tachado de “apologeta”, “apologético”, un término que se había convertido en algo así como un insulto, un marco de anacronismo y de integrismo.
Pues bien, al no encontrar los instrumentos que buscaba, decidí (con la imprudencia y la impaciencia del neófito) buscarme la vida solo. Estos clericales –curas y laicos– ¿habían ocultado la apologética? Pues bien, yo iba a desenterrarla: para mí, sobre todo, pero también para ofrecérsela a los demás. Fue así como, después de una larga investigación, osé publicar trescientas páginas con el título “Hipótesis sobre Jesús”, donde intentaba aplicar la investigación histórica y arqueológica, además del sentido común ajeno a las ideologías del momento, sobre los orígenes mismos de una fe que no es una doctrina, sino una Persona. A la desconfianza con la que fue acogido aquel libro por parte de cierta intelligenzia clerical se oponía el extraordinario éxito popular en todo el mundo. Éxito que, por otra parte, ha acogido muchos de los siguientes libros que he logrado publicar: todos ellos escritos para intentar responder a las preguntas sobre credibilidad y racionalidad de la fe.
Este interés fue la confirmación de aquello de lo que he estado siempre convencido: no puede haber –y hoy menos que nunca- un anuncio de la fe si, al mismo tiempo, no se muestra racionalidad. No se puede incidir sobre la sociedad o sobre la cultura reproponiendo la perspectiva evangélica si no se afronta antes el problema de Cristo y de la verdad de su Evangelio. Los problemas con los que hoy los católicos deben enfrentarse tienen a menudo una raíz inconfesada e incluso dramática: la caída de la fe, la reducción de Jesús a un maestro moral, del Nuevo Testamento a una oscura mezcla entre judaísmo y paganismo, del milagro al mito, de la esperanza escatológica al compromiso secular. Antes que ninguna reforma institucional o que cualquier prédica moral o social, debemos redescubrir el Credo, el que recitamos en misa, en sentido estricto. Pero, ¿cómo podremos volver a encontrar este Credo si muy pocos nos muestran las razones para hacerlo? ¿Cuántos, en la Iglesia, nos ayudan a asegurarnos de que el cristiano no es, como se ha dicho recientemente, “simplemente un cretino”? También para esto podrá ser realmente valioso este Pontificio Consejo que el Santo Padre ha querido crear y confiar a monseñor Rino Fisichella, experto en Teología fundamental, el nombre alternativo de la Apologética. El primer paso para una nueva evangelización, por tanto, es simplemente, y al mismo tiempo, un compromiso. El de tomar en serio la exhortación de Pedro a estar “siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza”. Con claridad y decisión, y al mismo tiempo, como nos dice el mismo Pedro, “con dulzura y respeto”.
por Makf | 15 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: William J. Tighe | Fuente: http://www.forumlibertas.com
La opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús.
No fueron los cristianos quienes asumieron una fiesta pagana, sino al revés. Recuperamos un artículo muy útil en estas fechas.
Muchos cristianos creen que el cristianismo celebra el nacimiento de Cristo el 25 de diciembre porque los padres de la Iglesia se apropiaron de la fecha de un festival pagano. Casi nadie da importancia a este hecho, excepto algunos grupos marginales de evangélicos americanos, que parecen interpretar que ello convierte a la Navidad en un festival pagano.
Sin embargo, resulta interesante saber que la opción del 25 de diciembre es el resultado de los intentos realizados por los primeros cristianos para averiguar la fecha de nacimiento de Jesús, basándose en cálculos de calendario que nada tenían que ver con los festivales paganos.
Fue más bien al contrario, ya que el festival pagano del "Nacimiento del Sol Invicto", instituido por el emperador romano Aurelio el 25 de diciembre de 274, fue casi con toda certeza un intento de crear la alternativa pagana a una fecha que ya gozaba de cierta importancia para los cristianos romanos. Así pues, "los orígenes paganos de la Navidad" son un mito sin fundamento histórico.
Un error
La idea de que la fecha fue sacada de los paganos se remonta a dos estudiosos de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Paul Ernst Jablonski, un protestante alemán, pretendía demostrar que la celebración del nacimiento de Cristo el 25 de diciembre era una de las muchas "paganizaciones" del cristianismo que la Iglesia del siglo IV había adoptado, como una de las muchas "degeneraciones" que habían transformado el cristianismo apostólico puro en catolicismo.
Dom Jean Hardouin, un monje benedictino, intentó demostrar que la Iglesia católica había adoptado festivales paganos para fines cristianos sin paganizar el Evangelio. En el calendario juliano, creado en el año 45 a.C. bajo Julio César, el solsticio de invierno caía en 25 de diciembre y, por tanto, a Jablonski y a Hardouin les pareció evidente que esa fecha debía haber contenido obligatoriamente un significado pagano antes de haber sido cristiano.
Pero, en realidad, la fecha no había tenido ningún sentido religioso en el calendario festivo pagano en tiempos anteriores a Aurelio, y el culto al sol tampoco desempeñaba un papel importante en Roma antes de su llegada.
Había dos templos del sol en Roma. Uno de ellos (mantenido por el clan en el que nació o fue adoptado Aurelio) celebraba su festival de consagración el 9 de agosto, y el otro el 28 de agosto. Sin embargo, ambos cultos cayeron en desuso en el siglo II, en que los cultos solares orientales, como el mitraísmo, empezaron a ganar adeptos en Roma. Y en cualquier caso, ninguno de estos cultos, antiguos o nuevos, tenían festivales relacionados con solsticios o equinoccios.
Lo que ocurrió realmente fue que Aurelio, que gobernó desde el año 270 hasta su asesinato en 275, era hostil hacia el cristianismo, y está documentado que promocionó el establecimiento del festival del "Nacimiento del Sol Invicto" como método para unificar los diversos cultos paganos del Imperio Romano alrededor de una conmemoración del "renacimiento" anual del sol. Lideró un imperio que avanzaba hacia el colapso, ante las agitaciones internas, las rebeliones en las provincias, el declive económico y los repetidos ataques por parte de tribus germanas por el norte y del Imperio Persa por el este.
Al crear esa nueva festividad, su intención era que el día 25, en el que comenzaba a alargarse la luz del día y a acortarse la oscuridad, fuera un símbolo del esperado "renacimiento" o eterno rejuvenecimiento del Imperio Romano, que debía ser el resultado de la perseverancia en la adoración de los dioses cuya tutela (según creían los romanos) había llevado a Roma a la gloria y a gobernar el mundo entero. Y si podía solaparse con la celebración cristiana, mejor aún.
Una consecuencia
Es cierto que la primera prueba de una celebración cristiana en 25 de diciembre como fecha de la Natividad del Señor se encuentra en Roma, algunos años después de Aurelio, en el año 336 d.C., pero síhay pruebas del Este griego y del oeste latino donde los cristianos intentaban averiguar la fecha del nacimiento de Cristo mucho antes de que lo empezaran a celebrar de una forma litúrgica, incluso en los siglos II y III. De hecho, las pruebas indican que la atribución a la fecha de 25 de diciembre fue una consecuencia de los intentos por determinar cuándo se debía celebrar su muerte y resurrección.
¿Y cómo ocurrió todo esto? Parece haber una contradicción en la fecha de la muerte del Señor entre los Evangelios Sinópticos y el Evangelio de Juan. Los sinópticos la situarían en la Pascua de los judíos (después de la Última Cena la noche anterior), mientras que Juan la describiría en la Víspera de la Pascua, en el momento en que los corderos eran sacrificados en el Templo de Jerusalén para el ágape que tendría lugar después de la salida del sol ese mismo día.
La solución a esta cuestión implica contestar a la pregunta de si la Santa Cena fue un ágape pascual o una cena que tuvo lugar un día antes, lo cual no estudiaremos aquí. Basta con decir que la primitiva Iglesia siguió a Juan y no a los sinópticos y, por tanto, creyó que la muerte de Cristo había tenido lugar el 14 Nisán, de acuerdo con el calendario lunar judío.
Por cierto, los estudiosos modernos se muestran de acuerdo con que la muerte de Cristo podría haber tenido lugar en el año 30 o en el 33 d.C., ya que éstos son los únicos años de esa época en los que la Vigilia de Pascua podían haber caído en viernes. Las posibilidades son, por tanto, el 7 de abril del 30 o el 3 de abril del 33.
Sin embargo, dado que la Iglesia primitiva fue forzosamente separada del judaísmo, entró en un mundo de calendarios distintos y tuvo que instaurar sus propios momentos para celebrar la Pasión del Señor, en parte también para independizarse de los cálculos rabínicos de la fecha de Pascua. Por otra parte, como el calendario judío era un calendario lunar que constaba de 12 meses de 30 días cada uno, cada pocos años debía añadirse un mes decimotercero por un decreto del Sanedrín, para mantener el calendario sincronizado con los equinoccios y los solsticios, así como para evitar que las estaciones se fueran "desviando" hacia meses inapropiados.
Aparte de la dificultad que debieron tener los cristianos en investigar, o quizás en ser bien informados sobre las fechas pascuales en un determinado año, el hecho de seguir un calendario lunar diseñado por ellos habría dispuesto en su contra tanto a judíos como a paganos, y seguramente también les habría sumido en inacabables disputas entre sí mismos.
El siglo II vio fuertes disputas sobre si la Pascua tenía que caer siempre en domingo o en cualquier día de la semana dos días después del 14 Artemision/Nisán, pero haber seguido un calendario lunar no habría hecho más que agravar estos problemas.
Estas divergencias eran interpretadas de distintas maneras entre los cristianos griegos de la parte oriental del imperio y los cristianos latinos en la parte occidental del mismo. Parece ser que los cristianos griegos quisieron encontrar una fecha equivalente a su 14 Nisán en su propio calendario solar y, dado que el Nisán era el mes en el que tenía lugar el equinoccio de primavera, eligieron el día 14 de Artemision, el mes en el que el equinoccio de primavera caía invariablemente en su propio calendario.
Alrededor del 300 d.C., el calendario griego fue solapado por el romano y, como las fechas de principio y final de los meses en estos dos sistemas no coincidían, el 14 Artemision se convirtió en el 6 de abril.
No obstante, parece que los cristianos latinos del siglo II en Roma y África del norte querían establecer la fecha histórica en la que murió Jesús. En la época de Tertuliano [c.155 -220 d.C.] habían concluido que murió en viernes, 25 de marzo del 29. Como nota aparte, debo hacer constar que ello es imposible: el 25 de marzo del 29 no cayó en viernes, y la Víspera de Pascua judía en el 29 d.C. no caía en viernes ni en 25 de marzo, ni siquiera en el mes de marzo.
Edad Integral
Así pues, en el este, tenemos el 6 de abril y, en el oeste, el 25 de marzo. Llegados a este punto, debemos introducir una creencia que parece ser que se propagó en el judaísmo en el tiempo de Cristo, pero la cual, como no aparece en la Biblia, no han tenido presente los cristianos. Se trata de la "edad integral" de los grandes profetas judíos: la idea de que los profetas de Israel murieron en la misma fecha que la de su nacimiento o concepción.
Este conocimiento es un factor clave a la hora de entender por qué algunos de los primeros cristianos llegaron a la conclusión de que el 25 de diciembre fue la fecha del nacimiento de Jesucristo. Los primeros cristianos aplicaron esta idea a Jesús, con lo que el 25 de marzo y el 6 de abril no sólo eran las supuestas fechas de la muerte de Jesús, sino también las de su concepción o nacimiento. Existe alguna prueba fugaz de que al menos algunos cristianos en los siglos I y II consideraron el 25 de marzo y el 6 de abril como la fecha del nacimiento de Cristo, pero rápidamente prevaleció la asignación del 25 de marzo como la fecha de la concepción de Cristo.
Y es en este día, conmemorado casi universalmente entre cristianos como la Fiesta de la Anunciación, cuando el Arcángel Gabriel llevó la Buena Nueva de un salvador a la Virgen María, con cuyo consentimiento la Palabra de Dios ("Luz de Luz, Dios verdadero del Dios verdadero, nacido del Padre antes de todos los tiempos") se encarnó en su vientre. ¿Cuánto dura un embarazo? Nueve meses. Si contamos nueve meses a partir del 25 de marzo, es 25 de diciembre; si es a partir del 6 de abril, tenemos el 6 de enero. El 25 de diciembre es Navidad y, el 6 de enero, es la Epifanía.
La Navidad (el 25 de diciembre) es una fiesta de origen cristiano occidental. Parece que en Constantinopla fue introducida en el año 379 ó 380. De un sermón de San Juan Crisóstomo, que en su época fue un renombrado asceta y predicador en su nativa Antioquía, parece que ahí la fiesta se celebró por primera vez el 25 de diciembre del 386. Desde esos centros, se esparció por todo el Oriente cristiano y se adoptó en Alejandría alrededor del 432, mientras que en Jerusalén se asumió un siglo o un poco más después. Los armenios, solos entre las Iglesias cristianas antiguas, nunca la adoptaron, y hasta hoy llevan celebrando el nacimiento de Cristo, la adoración de los Reyes y el bautismo el 6 de enero.
Por su parte, las Iglesias occidentales fueron adoptando gradualmente la celebración de la Epifanía del este el 6 de enero, y Roma lo hizo entre el 366 y el 394. Pero en Occidente, esta festividad se presentaba normalmente como la conmemoración de la visita de los Reyes Magos al niño Jesús y, como tal, era una fiesta importante, pero no una de las más determinantes. Ello provocaba un fuerte contraste con la posición de la Iglesia oriental, donde sigue siendo la segunda fiesta más importante de la iglesia después de la Pascua.
En Oriente, la Epifanía es mucho más importante que la Navidad. La razón es que la festividad también celebra el bautismo de Cristo en el Jordán y el momento en que la Voz del Padre y el Descenso del Espíritu Santo manifestaron por primera vez a los mortales la divinidad del Cristo Encarnado y la Trinidad de las 3 Personas en un solo Dios.
Una fiesta cristiana
Así pues, parece que el 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Cristo no está en absoluto en deuda con las influencias paganas en las prácticas de la Iglesia durante o después del tiempo de Constantino. Es totalmente improbable que fuera la fecha exacta del nacimiento de Cristo, pero surgió estrictamente de los esfuerzos de los primeros cristianos latinos para averiguar la fecha histórica de la muerte de Cristo.
En cambio, la fiesta pagana que instituyó el emperador Aurelio en esa fecha, en el año 274, no sólo fue un esfuerzo para utilizar el solsticio de invierno con el objetivo de hacer una declaración política, sino que, casi con toda certeza, fue también un intento de dar un sentido pagano a una fecha ya importante para los cristianos romanos. A su vez, los cristianos podrían más tarde volver a adoptar la fiesta del "Nacimiento del Sol Invicto" para referirse, en memoria del nacimiento de Jesús, a la ascensión del "Sol de la Salvación" o el "Sol de la Justicia".
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William J. Tighe, corresponsal de TOUCHSTONE y profesor adjunto de la Universidad de Muhlenberg. Para los interesados, recomienda la lectura de Los Orígenes del Año Litúrgico de Thomas J. Talley.
por Makf | 15 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com
Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 6ª Parte.
«Al orar no multipliquen las palabras como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo...» (Mt 6, 7-8)
En su libro Catolicismo y Cristianismo, el telepredicador Jimmy Swaggart dice que el Rosario «fue copiado de los hindúes y los mahometanos. Recitar oraciones repetitivamente es una práctica pagana y está condenado explícitamente por Cristo». Éste y muchos otros practicantes del protestantismo gustan de tomar la cita bíblica de Mateo 6, 7 para criticar las fórmulas oracionales empleadas por la Iglesia, pasando por alto que el Nuevo Testamento exalta la oración insistente:
+ «Le suplica [Jairo a Jesús] con insistencia, diciendo: "Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva"» (Mc 5, 23).
+ «Éstos [ancianos que pedían a Cristo la curación del siervo del centurión], llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: "Merece que se lo concedas"» (Lc 7, 4).
+ «Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios» (Hch 12,5).
+ «Noche y día le pedimos [a Dios] insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe» (1 Tes 3, 10).
El Padrenuestro, sí o no
Orar insistentemente por una cosa es repetir una y otra vez lo mismo. Volver a las mismas palabras no tiene en sí nada de malo, defectuoso o inútil. De hecho, el mismo Señor nos dejó la oración del Padrenuestro para que la repitamos toda nuestra vida: «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos...» (Mt 6, 9ss).
Pero algunos hasta dicen que el Padrenuestro es sólo una «oración modelo» para inspirarnos a hacer nuestra propia oración, sin fórmulas escritas ni memorizaciones, y que sólo de este modo evitaremos caer en el «pecado» de la vana repetición.
La enseñanza de Jesús
¿A qué se refiere Cristo al desaconsejarnos orar multiplicando las palabras «como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos» (Mt 6, 7)? Responde Fernando Sales-Mayor en Apologética.org:
«Jesús... no condena las oraciones repetitivas judías, de las cuales había muchas. Por ejemplo, el libro de los Salmos es una colección de himnos y oraciones usadas repetidamente en celebraciones judías en las cuales el mismo Jesús participaba. Uno de los salmos, el 136, es en sí mismo una oración repetitiva, en forma de letanía. La Pascua, celebrada por Jesús antes de su crucifixión, incluía oraciones fijas que eran repetidas anualmente, entre ellas los salmos del 113 al 118. A continuación de la Última Cena, Jesús fue al huerto de Getsemaní y oró la misma oración tres veces seguidas (cfr. Mt 26, 39-44). Así pues, también Él recurrió a la oración repetitiva.
«En Mt 6, 7-8 Jesús nos previene contra las prácticas de oración de los paganos, quienes tenían una visión mágica de la oración y cuyas oraciones repetitivas Él sí condenó... Pero no condena la mera repetición sino la charlatanería de los paganos. ¿Qué tipo de charlatanería practicaban los paganos? Miremos en 1 Reyes 18, 26-29, donde los profetas paganos en el monte Carmelo trataban de invocar a Baal durante todo el día, invocando repetidamente su nombre y llevando a cabo danzas rituales: "Pero no se oyó ni una respuesta"...
«Las oraciones de los profetas paganos eran vanas porque, después de pasar el día entero llamando desesperadamente a Baal, éste nunca les respondía. No era un dios real, a diferencia del Dios de Israel, que siempre responde a la oración sincera. El argumento de Jesús en Mt 6, 7 es que no necesitamos -como hacían esos paganos- pasarnos todo el día saltando sobre altares, cortándonos con cuchillos o delirando para ser escuchados por nuestro Padre del Cielo. Él escucha nuestras oraciones al margen de qué tipo de oración sea, larga o corta, compuesta o improvisada, en grupo o individual, repetitiva o única; eso sí, siempre y cuando sea sentida, entendida, y no "de corridillo", en cuyo caso es vana, vacía, reducida a palabrería».
Repeticiones «espaciadas»
Entonces, pues, al rezar no se falla por emplear oraciones escritas o aprendidas de memoria. Tampoco si nuestro rezo emplea palabras repetitivas; de hecho, la manera más fácil de hacer una oración perseverante es repitiéndola. Y al argumento de algunos de que, si nuestra oración es la misma, al menos debemos espaciarla en el tiempo para que no sea repetitiva, responde Sales-Mayor: «Dios está por encima del tiempo, le da igual que le pidamos lo mismo cada quince segundos que cada mucho rato»; y añade que conviene hacer esa oración sin espaciarla pues así «en un tiempo razonable presentamos nuestra oración más veces, mientras que al rezar un Avemaría cada mucho rato, difícilmente nos permitiría rezar el Rosario entero en un día, aparte de que interrumpiría constantemente nuestras actividades. San Pablo dice que tenemos que orar constantemente (cfr. 1Tes 5, 17); no dice "orar con moderación, no sea que nos repitamos", lo cual es inevitable en la oración continua».
Por su parte, el padre Jordi Rivero, en Corazones.org, dice que en Mateo 6 Jesús también nos advierte de la vanagloria que obstaculiza la auténtica oración: «Siempre hay la tentación en quien reza de creerse mejor que los demás por el hecho mismo de rezar. En el tiempo de Jesús los fariseos desarrollaron una élite religiosa con prácticas y rezos que eran inaccesibles al hombre común. Por eso se creían superiores. Repetían palabras en la oración poniendo más importancia en sus propios logros que en el don de Dios. Su pecado era la soberbia. "Algunos... se han dado a vanas palabrerías; pretenden ser maestros de la Ley, cuando no saben lo que dicen, ni lo que rotundamente afirman" (1 Tim 1,6-7).
«Podemos ver en este contexto por qué Jesús critica a los "que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados". Se trata de palabras que no surgen del corazón, a lo que hoy llamamos rezar "de la boca para afuera". Éstos ponen su confianza en el poder de sus propias palabras más que en Dios».
¿Oración o magia?
En realidad hay muchos hoy que siguen poniendo su confianza en las palabras, en lugar de ponerla en el Señor; caen, así, en la práctica de la magia, puesto que la magia pretende utilizar recursos (oraciones, ritos, etc.) que, se supone, guardan en sí mismos un poder tan grande sobre Dios que Él no puede resistirse. Así, las famosas cartas en cadena -ya también las hay por internet- y las novenas infalibles para obligar a Dios a conceder un favor - «pida un deseo de negocios y dos imposibles», dice una de las cadenas más famosas- son magia y, por tanto, pecado de superstición, porque pretenden conseguir un resultado garantizado con sólo repetir mecánicamente una serie de palabras, sin necesidad alguna de conversión.
Así, cualquier oración hecha en forma distraída es una total pérdida de tiempo. Santa Teresa advierte que cualquier oración vocal requiere «advertencia», es decir, tener clara conciencia de lo que se está diciendo en el momento mismo en que se dice, además de hacerlo con una actitud básica de amor a Dios. Reuniendo estas condiciones cualquier oración repetitiva es tan meritoria como una oración espontánea, y, por tanto, puede acercarnos a la vida en el Cielo, donde esperamos, con los cuatro vivientes del Apocalipsis, repetir «sin descanso día y noche: "Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del Universo, aquel que era, que es y que ha de venir"» (Ap 4, 8).
por Makf | 15 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com
Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 5ª Parte.
«Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce; confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros» (1 Pe 5, 5-7)
Es verdad, lo dice Jesucristo en las Sagradas Escrituras: «antes de que ustedes pidan, su Padre ya sabe lo que necesitan» (Mt 6, 8). Y, sin embargo, también dice: «Pidan y se les dará» (Mt 7, 7).
Cuando el Señor llegó a Jericó, un mendigo ciego le gritaba: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí» (Mc 10, 47). Así hizo insistentemente, a pesar de las desaprobaciones de la gente, hasta que Jesús se detuvo y lo hizo llamar. Luego Cristo le hizo la más extraña pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?» (Mc 10, 51). ¡Vaya! ¿Qué no era obvio? ¡El hombre estaba ciego y necesitaba recobrar la vista! Si Dios sabe todo, ¿por qué el ciego tuvo qué decirle cuál era su necesidad?
Afortunadamente el ciego fue lo bastante humilde para responder al instante: «"Rabbuní, ¡que vea!". Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". Y al instante [el ciego] recobró la vista y le seguía por el camino» (Mc 10, 51-52).
Es que «la oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él» (CIC, n. 2560), y «la petición ya es un retorno hacia Él» (CIC, n. 2629).
Así, aunque Dios ya sepa lo que necesitamos, el que nosotros demos el paso de acercarnos a Él y decírselo es algo que redunda en nuestro beneficio, y por eso el Señor quiere que le pidamos. Quien se niega a hacerlo alegando el conocimiento infinito del Señor, sencillamente no ha entendido nada del amor que Dios nos tiene, o bien carece de la humildad para acercarse a pedir.
La humildad, precisamente, es la cuarta y última condición para que la oración «funcione». Jesús nos lo enseña a través de la parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar:
«El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros"...
En cambio, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!". Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18, 9-14).
Por falta de humildad alguien puede negarse a orar; pero también puede ocurrir que sí haga oración, pero con soberbia. «Escucha el Señor -dice san Alfonso María de Ligorio- bondadosamente las oraciones de sus siervos, pero sólo de sus siervos sencillos y humildes, como dice el Salmista: Miró el Señor la oración de los humildes.
Y añade el apóstol Santiago: Dios resiste a los soberbios y da sus gracias a los humildes. No escucha el Señor las oraciones de los soberbios que sólo confían en sus fuerzas, antes los deja en su propia miseria».
Un día le dijo el Señor a santa Catalina de Siena: «Aprende, hija mía, que el alma que persevera en la oración humilde, alcanza todas las virtudes».
Y advierte san Claudio de la Colombiere: «Los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados.
Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato... ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos».
por Makf | 15 Mar, 2026 | Apologética 1
Autor: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com
Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 4ª Parte.
«Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: “Abbá -o sea, Padre-, si para Ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 35-36)
Si realmente hemos pedido con fe, y si también fuimos perseverantes en la oración, ¿por qué aun así no siempre recibimos de parte de Dios lo que le solicitamos? El apóstol Santiago responde: «Pedís y no recibís porque pedís mal» (Stgo 4, 2- 3).
No pidamos cosas mezquinas
Es verdad: con frecuencia lo que se pide en la oración no es totalmente bueno ni totalmente puro; aun cuando tenga elementos que lo hagan conveniente -la salud de una persona, un empleo en tal o cual lugar-, aquel deseo puede estar contaminado por inconvenientes intereses -quiero que mi padre se cure porque lo amo pero también para que me siga manteniendo, deseo aquel puesto de trabajo no sólo para ganarme el pan sino para estar más cerca de aquella persona que me interesa aunque sea casada-. Por eso exhorta san Agustín:
«Tratamos con un Dios que es infinito en poder y riquezas. No le pidamos cosas ruines y mezquinas, sino cosas muy altas y grandes. Pedir a un rey poderoso un céntimo vil, sería sin duda una especie de injuria. ¿ Y no lo será hacer lo mismo con nuestro Dios? Aunque seamos pobres y miserables y muy indignos de los beneficios divinos, sin embargo, pidamos al Señor gracias muy grandes, porque así honramos a Dios».
Añade el santo que pedimos no pocas veces a Dios bienes temporales y no nos escucha, y que esto es porque nos ama y nos quiere bien: «Cuántos que caen en pecados, estando sanos y ricos, no caerían si se encontraran pobres o enfermos. Y por esto cabalmente a algunos que le piden salud del cuerpo y bienes de fortuna se los niega el Señor».
Pero lo anterior «no quiere decir -afirma san Alfonso María de Ligorio- que sea una falta pedir cosas convenientes para la vida presente. También las pedía el Sabio en las Sagradas Escrituras: "Dame tan sólo, Señor, las cosas necesarias para la vida cotidiana"... Por eso, cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros de que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual que es lo único que merece consideración».
Lo primero que se debe pedir
Otro tanto afirma san Claudio de la Colombiere: Jesucristo «nos ha prescrito observar un orden en todo lo que pedimos y, sin la observancia de esta regla, en vano esperaremos obtener nada.
En San Mateo se nos ha dicho: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura". No se os prohíbe desear las riquezas, y todo lo que es necesario para vivir, incluso para vivir bien; pero hay que desear estos bienes en su rango, y si queréis que todos vuestros deseos a este respecto se cumplan infaliblemente, pedid primero las cosas más importantes, a fin de que se añadan las pequeñas al daros las mayores. He aquí exactamente lo que le sucedió a Salomón... Su prudencia le mereció en seguida lo que pedía e incluso lo que no pedía:
"Te concedo de gusto esta sabiduría porque me la has pedido, pero no dejaré de colmarte de años, de honores y de riquezas, porque no me has pedido nada de todo esto". Si este es el orden que Dios observa en la distribución de sus gracias, no nos debemos extrañar de que hasta ahora hayamos orado sin éxito».
Y añade el santo jesuita francés: «Os confieso que a menudo estoy lleno de compasión cuando veo la diligencia de ciertas personas, que distribuyen limosnas, que hacen promesa de peregrinaciones y ayunos, que interesan hasta a los ministros del altar para el éxito de sus empresas temporales. ¡Hombres ciegos, temo que roguéis y que hagáis rogar en vano! Hay que hacer estas ofrendas, estas promesas de ayunos y peregrinaciones, para obtener de Dios una entera reforma de vuestras costumbres, para obtener la paciencia cristiana, el desprecio del mundo, el desapego de las creaturas; tras estos primeros pasos de un celo regulado, hubierais podido hacer oraciones por el restablecimiento de vuestra salud y por el progreso de vuestros negocios; Dios hubiera escuchado estas oraciones, o mejor, las hubiera prevenido y se hubiera contentado de conocer vuestros deseos para cumplirlos».
¿Y cuando pedimos cosas buenas?
Sin embargo, hay ocasiones en que realmente pedimos cosas en orden a nuestra salvación eterna, y aun así Dios no parece escuchar. ¿Qué ocurre aquí?
Responde san Alfonso María de Ligorio: «Sucede también a menudo que pedimos al Señor que nos libre de una tentación peligrosa, mas el Señor no nos escucha y permite que siga la guerra de la tentación. Confesemos entonces también que lo permite Dios para nuestro mayor bien. No son las tentaciones y malos pensamientos los que nos apartan de Dios, sino el consentimiento de la voluntad. Cuando el alma en la tentación acude al Señor y la vence con el socorro divino, ¡cómo avanza en el camino de la perfección! ¡Qué fervorosamente se une a Dios! Y por eso cabalmente no la oía el Señor».
El monje dominico francés Antonin Dalmace Sertillanges se refiere a este proceder del Señor con una genial frase: «Dios muchas veces nos ayuda no ayudándonos».
Hasta el propio san Pablo atestigua haber sido «víctima» del «no» divino. El santo era presa de un mal o de una tentación muy particular y gave, y oraba al Señor para que se la quitara: «Por este motivo tres veces rogué al Señor que la alejase de mí. Pero Él me dijo: "Te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza"» (2 Co 12, 8-9).
¿Hágase mi voluntad o la de Dios?
Quien de verdad confía en el Señor debe estar dispuesto a aceptar su voluntad, porque siempre será de más provecho que la nuestra. «Así como elcielo está muy alto por encima de la tierra, así también mis caminos se elevan por encima de sus caminos y mis proyectos son muy superiores a los de ustedes» (Is 55, 9), dice Yahveh.
Por eso escribe José Antonio Pagola en su libro La oración de Cristo y la oración de los cristianos que «la eficacia de la oración no consiste en que Dios cambie su voluntad para hacer la nuestra, sino en que nosotros conformemos nuestra voluntad a la suya. De ahí, que todas nuestras peticiones deben estar condicionadas al plan salvífico de Dios».
San Francisco de Borja, antes de convertirse en jesuita, era un hombre casado y rezaba por la salud de su esposa enferma con total confianza. El Señor se le apareció y le dijo: «Te concedo lo que me pides: la salud de tu esposa, pero te advierto que ni a ti ni a ella les conviene». El santo, entonces, aceptó con generosidad la voluntad de Dios y su esposa falleció a los pocos días.
Por eso, cuando pedimos a Dios algo, es recomendable repetir lo que Jesucristo mismo nos enseñó cuando oraba en el Huerto de los Olivos: «Abbá -o sea, Padre-,... no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú» (Mc 14, 35-36).