por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Bovio, S. J., que una mala mujer, por nombre Elena, entró una vez en la iglesia, donde oyendo predicar un sermón de las excelencias del santo Rosario, al salir compró uno, pero de vergüenza le llevaba escondido.
Empezó, con todo, a besarlo, y aunque al principio lo hacía sin devoción, después le infundió la Virgen tal consuelo y dulzura, que ya quería estarle siempre rezando.
Con esto concibió un horror tan grande de su mala vida, que no podía sosegar, sintiéndose como impelida a ir a confesarse.
Hízolo con extraordinarias muestras de arrepentimiento y admiración del confesor. Acabada la confesión, fue a dar gracias a la Virgen Santísima delante de un altar; allí rezó el Rosario, y la Señora le habló así desde aquella imagen:
«Elena, basta ya de ofensas; desde hoy muda de vida y Yo te favoreceré.» Confusa con estas palabras, respondió: «¡Ah, Señora, es cierto que hasta aquí he sido muy mala; pero Vos, que todo lo podéis, ayudadme; en vuestras manos me pongo; haré penitencia todo lo que me queda de vida.»
Salió de allí con esta firme resolución; vendió cuanto tenía, lo repartió a los pobres y emprendió una vida muy penitente. Tenía tentaciones, y muy terribles; pero acudiendo a la Virgen, salía victoriosa. Así llegó con el tiempo hasta merecer favores sobrenaturales, como visiones, revelaciones y profecías.
Finalmente, antes de morir (de que ya tenía aviso de María Santísima) se le apareció la misma Señora en compañía de su divino Hijo, y al tiempo de expirar vieron algunas personas que el alma de aquella pecadora volaba a los Cielos en figura de una paloma muy hermosa.
por makf | 27 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Para conocer el motivo por qué la santa Iglesia llama a la Reina de los ángeles vida nuestra, es de saber que así como el alma es la que da vida al cuerpo, así la divina gracia es la vida del alma. Porque un alma sin la gracia de Dios tiene nombre de viva; pero, en verdad, está muerta, como se dijo en el Apocalipsis (3, 1), a uno:
Tienes nombre de vivo; pero estás muerto. Y María es la que, alcanzando a los pecadores la divina gracia, les restituye la vida verdadera. Así lo enseña la santa Iglesia, que le pone en la boca estas palabras de los Proverbios (8, 17): Los que madruguen para venir a Mí, me hallarán. Y el madrugar quiere decir acudir al instante que puedan.
Los setenta intérpretes traducen: Hallarán la gracia; de manera que es lo mismo hallar a María que recobrar la gracia de Dios. Y poco más abajo dice el mismo libro de los Proverbios (8, 35): El que me encuentre, hallará la vida y recibirá de Dios la salvación. «Oíd —dice el salterio mariano-, oíd, los que deseáis el reino de Dios: honrad a la Virgen María y hallaréis la vida y la salud eterna.»
Llegó a decir San Bernardino de Sena que si Dios no aniquiló a los hombres después del pecado, fue por el amor especial con que ya miraba a esta futura Hija suya; y que no dudaba que por Ella sola había concedido perdón y hecho todas las misericordias que usó con los pecadores en la antigua Ley. Por esto nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y buscarla por medio de María, porque Ella fue quien la encontró, y así la llama el Santo:
la que halló la gracia: inventrix gratiae; de lo cual la cercioró el ángel San Gabriel, diciéndole, para consuelo nuestro (Le., 1, 30): No temas, María, que has hallado gracia. Pero, ¿cómo podía decir el ángel esto, si María nunca la había perdido? Una cosa dícese con verdad, que la encuentra quien antes no la tenía; y la Virgen siempre estuvo con Dios, siempre con la gracia, y aun llena de gracia, según el mismo Arcángel testificó diciendo:
Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Pues si para sí no la encontró, por haber estado siempre llena, ¿para quién fue? Para los pecadores que la habían perdido. Corran, pues, a María los pecadores que han perdido la gracia y la hallarán seguramente; corran y díganle con un piadoso escrito:
«Señora, las cosas deben restituirse a quien las pierde; nosotros perdimos esta joya preciosa, a nosotros se ha de devolver.» Corno que agradó siempre a Dios, y le agradará eternamente, si acudimos a Ella, sin duda ninguna hallaremos lo que buscamos. Dice en los Cantares (8, 10) la misma Señora: Yo soy muro y mis pechos como una torre; y añade: Desde que fui en sus ojos como la que halla paz.
Es decir, que Dios la puso en el mundo para que fuese nuestro muro y defensa. Con cuyas palabras alienta San Bernardo al pecador y le dice: «Ve, y busca la Madre de la misericordia, y muéstrale las llagas de tu alma, que Ella pedirá a su Hijo santísimo que te perdone, por aquel licor precioso con que le alimentó; y el Hijo, que la ama tanto, no dejará de oírla.»
Con este espíritu nos manda la santa Iglesia pedir en aquella oración que decimos frecuentemente: «Ayuda nuestra fragilidad, ¡oh Dios misericordioso!, para que por la intercesión de nuestra Madre, cuya memoria renovamos, nos veamos libres de nuestras iniquidades.»
Motivo tenía, pues, San Lorenzo Justiniano para llamarla «Esperanza de malhechores», por ser Ella la única que les alcanza el perdón. Motivo San Bernardo para llamarla «Escala de pecadores», porque Ella es la que da la mano a todos los caídos, sacándolos del precipicio y levantándolo de nuevo a Dios. Motivo tenía San Agustín para llamarla «Única esperanza de los pecadores», pues sólo por su medio podemos esperar la remisión de todos nuestros pecados.
Motivo San Juan Crisóstomo para saludarla así en nombre de todos: «Dios te salve, Madre de Dios y Madre nuestra, cielo donde Dios reside, trono en que dispensa toda suerte de gracia; pide siempre a Jesús por nosotros, a fin de que por tus oraciones obtengamos el perdón en el día de la cuenta, y después la eternidad feliz.»
Motivo hay, pues, para llamarla Aurora (Cant., 6, 9), porque así como la aurora es fin de la noche y principio del día, dice el Papa Inocencio III, así la Virgen Santísima fue extirpación y fin de todos los vicios.
Aquellos admirables efectos que produjo en el mundo cuando nació, los produce siempre que en un alma nace su devoción, pues disipa las tinieblas de nuestros pecados y nos pone en el camino de la virtud. Por eso dice San Germán: «¡Oh Madre de Dios! Vuestra defensa es inmortal, vuestra intercesión es vida, vuestro nombre, a quien le pronuncia con devoción, es señal de tener ya vida o de haberla de recibir en breve.»
Anunció María en su Cántico (Le., 1, 48) que todas las generaciones habían de llamarla bienaventurada. «Sí, Señora — repite San Bernardo —; todas las generaciones ahora y siempre os han de llamar bienaventurada, porque para todas habéis engendrado la vida y la gloria, y por Vos han de hallar los pecadores misericordia, y los justos, gracia.»
Pecador, no desconfíes aunque hayas cometido todos los pecados imaginables, sino acude a María, y verás sus manos llenas de misericordia, y conocerás por experiencia que es mayor su deseo de usarlas contigo que el tuyo de recibirlas.
San Andrés Cretense llama a María «Fianza del perdón divino y prenda de nuestra reconciliación». Siempre con el bien entendido que nos hemos de valer de su amparo para reconciliarnos con Dios, pues de este modo es como el Señor promete perdonarnos, y lo asegura con una prenda.
¿Y cuál es la prenda? María, a quien Él mismo Dos dio por abogada, y por cuya intercesión, unida los méritos de Jesucristo, perdona Dios a cuantos Recurren a Ella. Santa Brígida oyó de boca de un ángel que ya en tiempos antiguos se alegraban los profetas al saber que por la humildad y pureza de esta Virgen preciosa había Dios de aplacarse y reconciliar consigo a los pecadores, que tenían provocada su justa ira.
Nunca, pues, debe temer el pecador que le despida María cuando la invoca, porque es Madre de misericordia, y como tal, desea que se salven aún los más miserables, como que es arca de refugio y ninguno de cuantos se acogen a Ella padecerá el naufragio de la eterna perdición, dice San Bernardo. En el Arca de Noé, hasta los animales se libraron de las aguas del Diluvio, y bajo el mato de María quedan salvos los pecadores.
Una vez la vio Santa Gertrudis con el manto extendido, bajo el cual se habían refugiado muchas fieras: leones, osos y tigres; y María, lejos de echarlos de Sí, los recibía y acariciaba con grandísimo agrado, entendiendo por aquí la Santa que cuando los pecadores más perdidos buscan a María, no son desechados, sino acogidos y libres de la muerte eterna.
Entremos, pues, en esta arca saludable, refugiémonos bajo este manto sagrado, y hallaremos misericordia y lograremos la salvación.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Oh Reina soberana, digna Madre de Dios! El conocimiento de mi vileza y la multitud de mis pecados debieran quitarme el ánimo de acercarme a Vos y llamaros Madre.
Pero aunque es tanta mi infelicidad y miseria, es mucho también el consuelo y confianza que siento en llamaros Madre. Merezco, bien lo sé, que me desechéis; pero humildemente os ruego que miréis lo que hizo y padeció por mí vuestro divino Hijo, y entonces, si podéis, despedidme.
Es cierto que no hay pecador que haya ofendido tanto como yo a la divina Majestad: pero estando el mal ya hecho, ¿qué recurso me queda sino acudir a Vos, que podéis ayudarme? Sí, Madre mía, ayudadme.
No digáis «no puedo», porque sois omnipotente y alcanzáis de Dios todo cuanto queréis. No respondáis tampoco «no quiero», o bien decidme a quién he de acudir pidiendo el remedio de mi desventura.
A Vos y a vuestro Hijo os diré con San Anselmo: Señor, compadeceos de este infeliz, y Vos, Señora, intercede por mí o mostradme otros corazones más piadosos a quienes pueda recurrir con más confianza, pero, ¡ah!, que ni en la tierra ni en el Cielo se encuentra quien tenga de los desdichados más compasión, ni quien mejor los pueda socorrer. Vos, Jesús mío, sois mi Padre; Vos dulce María, sois mi Madre.
Cuanto más infelices somos los pecadores, más nos amáis y con mejor solicitud nos buscáis para salvarnos. Yo soy reo de muerte eterna, yo soy el más miserable de todos los hombres; pero con todo, no es menester buscarme, ni es esto lo que ahora pretendo, pues voluntariamente corro a vuestros pies. Aquí me tenéis; no seré desdichado, no quedaré confundido; Jesús mío, perdonadme; Madre mía, interceded por mí.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Carlos Bovio, S. J., que en la ciudad de Radulfo, en Inglaterra, hubo un joven de casa noble, llamado Ernesto, el cual, habiendo repartido sus bienes a los pobres, abrazó la vida religiosa en un monasterio, donde vivía con tal observancia y perfección, que los superiores le estimaban grandemente, en especial por su singular devoción a la Virgen nuestra Señora.
Tanta era su virtud, que habiendo entrado una epidemia en aquella ciudad, y acudiendo la gente al monasterio para solicitar de los religiosos asistencia y oraciones, mandó el abad a Ernesto que fuese a pedir favor a la Virgen, delante de su altar, sin apartarse de allí hasta que le diese respuesta. Ernesto obedeció, y a los tres días de perseverar en esta disposición, le ordenó la Virgen ciertas oraciones que se habían de decir, y así cesó la peste.
Pero después se entibió, y el enemigo empezó a molestarle con varias tentaciones, especialmente contra la castidad, y con la sugestión de que huyese del monasterio.
El infeliz, por no haberse encomendado a la Virgen, se dejó al cabo vencer, determinado a descolgarse por una pared. Pero pasando con este mal pensamiento delante de una imagen que estaba en el claustro, le habló la piadosísima Virgen, diciéndole:
«Hijo, ¿por qué me dejas?» Sobrecogido y con gran compunción, respondió: «¿No veis, Señora, que ya no puedo resistir más? ¿Por qué Vos no me ayudáis?» «Y tú — replicó la Virgen —, ¿por qué no me invocas? Si te hubieras encomendado a Mí, no te sucedería eso; hazlo en adelante, y no temas.» Fortalecido con estas palabras, se volvió a la celda.
Allí le asaltaron de nuevo las tentaciones, y como ni entonces acudió a la Virgen, finalmente se escapó del monasterio, y a poco se dio a todos los vicios, viniendo a parar, de pecado en pecado, hasta hacerse salteador de caminos. Después alquiló una venta, donde, por la noche, por robar a los pasajeros, les quitaba la vida.
Entre las muertes que hizo, mató a un primo del gobernador, quien por varios indicios empezó a formarle proceso. Entre tanto llegó al mesón un caballero joven, y luego que anocheció, el huésped fue donde dormía, con ánimo de asesinarle, según costumbre. Se acerca, y en lugar del caballero, ve tendido en la cama un Santo Cristo, que, mirándole benignamente, le dice:
«Ingrato, ¿no te basta que haya muerto por ti una vez? ¿Quieres volverme a quitar la vida? Pues extiende la mano y hiéreme.» Admirado y confuso, Ernesto empezó a llorar amargamente, diciendo así:
«Vedme aquí, Señor: ya que usáis conmigo de tan grande misericordia, quiero volverme a Vos.» Y sin diferirlo un instante, salió con dirección al monasterio. Pero en el camino fue preso por los ministros de la justicia y llevado al juez, delante del cual confesó todos sus delitos, por los que fue condenado a la pena de horca, y tan ejecutiva, que ni siquiera le dieron tiempo de confesión.
El se encomendó entonces de veras a la Virgen misericordiosa, y al tiempo de echarle los cordeles al cuello, la Virgen le detuvo para que no muriese, y después soltó la cuerda y le dijo: «Vuelve al monasterio, haz penitencia, y cuando me vuelvas a ver con una cédula en la mano, en que estará escrito el perdón de tus pecados, disponte a morir.»
Así lo hizo: contó al abad todo lo sucedido, hizo penitencia rigurosa por muchos años, al cabo de los cuales vio a la Virgen dulcísima con el papel en la mano, se acordó del aviso, se dispuso para la última partida y acabó santamente.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
La misma piadosísima Virgen aseguró a Santa Brígida que no sólo es Madre de los inocentes y justos, sino también de los pecadores, con tal de que propongan enmendarse.
¡Oh, y con qué benignidad recibe a sus pies esta Madre de misericordia a cualquier pecador arrepentido! Así lo escribía San Gregorio'VII a la princesa Matilde: «Pon fin al pecado y encontrarás a María más amorosa que una madre carnal; te lo prometo con toda certidumbre.» La condición que nos pide para ser sus hijos es dejar la culpa.
Sobre aquellas palabras de los Proverbios (31, 28): Se levantaron sus hijos, reflexiona un escritor devoto que antes puso se levantaron y después los llama hijos; porque no puede ser hijo de María quien primero no se levanta del estado de la culpa donde había caído. En efecto, si mis obras son contrarias a las de María, niego con ellas ser hijo suyo, o es lo mismo que decir que no lo quiero ser.
¿Cómo es posible que uno sea su hijo y al mismo tiempo soberbio, deshonesto, envidioso? ¿Quién tendrá el arrojo de llamarse hijo suyo dándole con las malas obras tantos disgustos? Le decía una vez cierto pecador: «Señora, muestra que eres Madre»; y la Virgen le respondió:
«Muestra que eres hijo.» Y a otro que le invocaba como Madre de misericordia, le dijo: «Vosotros, cuando queréis que os favorezca, me llamáis Madre de misericordia; pero con tanto pecar, me hacéis Madre de miseria y dolor.»
Dice el Señor en el libro del Eclesiástico (3, 18): Maldito es de Dios el hombre que exaspera a su Madre; es decir, a su Madre María, como explica el mismo autor, porque Dios, sin duda, maldice al que con su mala vida y obstinación aflige a una Madre tan buena.
Otra cosa es cuando, a lo menos, se esfuerza el pecador por salir de su mal estado, y se vale para ello del favor de María; que entonces no dejará, por cierto, esta piadosa Madre de socorrerle, para que, al fin, recobre la gracia y amistad de Dios. Así los oyó Santa Brígida una vez, de boca del mismo Jesucristo, que dijo a su Madre amantísima estas palabras:
«Al que se esfuerza por volver a mí, Tú, Madre mía, le ayudas, sin dejar privado a nadie de consuelo.» Si el pecador se obstina, no puede merecer el amor de María; pero si aunque alguna pasión le tenga cautivo, sigue encomendándose y pidiéndole con humildad y confianza que le ayude a salir de su mal estado, sin duda le dará la mano, siendo Madre tan misericordiosa, y romperá sus prisiones y le pondrá en camino de salvación.
El sagrado Concilio de Trento (sess. 6, c. 7) condenó como herejía el decir que las oraciones y demás buenas obras hechas por la persona que está en pecado son pecados.
No lo son, porque si bien «la oración en la boca del pecador no es hermosa», como dice San Bernardo, por no ir acompañada de la caridad, es, por lo menos, útil y fructuosa para salir del estado de la culpa; y aunque tampoco es meritoria, Santo Tomás enseña que sirve para alcanzar la gracia del perdón, supuesto que la virtud para conseguirla no se funda en los méritos del que ruega, sino en la bondad divina y en la promesa y merecimientos de Jesucristo, que dijo en el Evangelio (Le., 11, 10):
Todo el que pida, recibirá. Y lo mismo debe entenderse en orden a la Madre de Dios. Si el que pide no merece ser oído, los méritos de María, a quien se encomienda, harán que lo sea. Por lo cual, exhorta San Bernardo a todos los pecadores a dirigirse a María en sus oraciones con gran confianza.
«Porque te habías hecho indigno de recibir la gracia, se concedió a María que por Ella recibas cuanto has menester.» Este es su oficio, oficio de Madre, y de tan buena Madre.
¿Qué no haría cualquiera madre por reconciliar a dos hijos suyos que se aborreciesen y buscasen para matarse? María es Madre de Jesús y Madre del pecador; y como no puede sufrir verlos enemistados, no descansa hasta ponerlos en paz.
Dice el espejo de nuestra señora: «Oh María, Tú eres la Madre del reo, tú la Madre del Juez; y siendo Madre de ambos, no puedes tolerar que haya discordia entre tus dos hijos.» Sólo exige del pecador que él se lo ruegue y tenga propósito de enmendarse. Cuando le ve pidiendo a sus pies misericordia, no mira los pecados que trae, sino el ánimo con que viene.
Si viene con buena intención, aunque haya cometido todos los pecados del mundo, le abraza, y sin desdeñarse de tanta miseria, le sana las heridas del alma, siendo, como es, .Madre de misericordia, no sólo en el nombre, sino ¡en las obras y en el amor y ternura con que nos ¡recibe y favorece.
En estos mismos términos le dijo la Santa Brígida la misma Señora: «Por mucho que uno peque, al punto le recibo; no miro a los ¡pecados que trae, sino a la intención con que viene; ¡no me desdeño de ungir y curar sus llagas, pues me llamo y soy en verdad Madre de misericordia.»
María, pues, es Madre de los pecadores que desean convertirse, y como tal, no sólo se compadece de ellos, sino que parece que siente como propio el mal de sus hijos. Cuando la Cananea rogó al Señor que librase a su hija de un demonio que la [atormentaba, dijo (Mt., 15, 22):
Ten misericordia de 'mí; una hija mía es molestada por el demonio. Si la hija lo era y no la madre, parece que debió haber dicho: «Señor, compadeceos de mi hija.»
Pero la mujer habló bien, porque las madres sienten como propios los males de sus hijos. Pues así es, puntualmente, como pide a Dios María por cualquier pecador que se acoge a Ella, y podemos creer que le dice de esta manera: «Señor, esta pobre alma, que está en pecado, es hija mía; ten misericordia, no lanío de ella como de Mí, que soy su Madre.»
¡Ojalá que todos los pecadores recurriesen a tan dulce Madre! Todos alcanzarían perdón. «¡Oh María! —exclama, maravillado, el autor del espejo dz nuestra señora — , Tú abrazas con afecto materno al pecador que todo el mundo desecha, sin que le dejes hasta verle reconciliado con el supremo Juez.»
Quiere decir que, cuando el hombre, por el pecado, se ve aborrecido y desechado de todos; cuando aun las criaturas insensibles, como el fuego, el aire y la tierra, quisieran castigarle y vengar el honor de su Criador ofendido, María le estrecha en sus brazos con afecto de madre, si él llega arrepentido a sus pies, y no le deja hasta reconciliarle con Dios y volverle a la gracia perdida.
Se echó a las plantas de David, como cuenta el libro II de Samuel (14,.6), una mujer de Tecua, celebrada por su discreción, y le dijo así:
Señor, yo tenía dos hijos, los cuales, por desgracia mía, riñeron, y el uno mató al otro, y después de haber quedado sin el uno, ahora quiere la justicia quitarme el otro. Tened compasión de mí y no permitáis, Señor, que me vea privada de mis dos hijos. El rey, compadecido, perdonó al delincuente, y se lo mandó volver libre. Pues esto viene a ser lo que dice María cuando ve a Dios airado contra el pecador que la invoca:
Dios mío, Yo tenía dos hijos, que eran Jesús y el hombre; éste ha dado a Jesús la muerte, y vuestra justicia quiere castigar al culpable; pero, Señor, tened compasión de Mí.
y si perdí al uno. No consintáis que pierda al otro también. ¡Ah! ¿Cómo Dios le ha de condenar, amparándole María y pidiéndole por él así, cuando el mismo Señor le dio por hijos a los pecadores?
«Yo se los di por hijos, parece que dice Su Divina Majestad, y Ella es tan solícita en el desempeño de su oficio, que a ninguno deja perecer de cuantos tiene a su cargo, especialmente si la invocan, sino que hace los mayores esfuerzos para restituirlos a mi amistad.»
Y ¿quién podrá comprender la bondad, misericordia y caridad con que nos recibe siempre que imploramos su ayuda y favor? Postrémonos a sus sagrados pies, dice San Bernardo, abracémoslos con toda confianza, y no nos apartemos de allí hasta lograr que nos bendiga y nos reconozca por hijos.
Nadie desconfie de su amor, sino dígale con todos los afectos del alma: «Madre y Señora mía, bien merezco por mis pecados ser desechado de Vos y recibir de vuestra mano cualquier castigo; pero aunque supiera perder la vida, no he de perder la confianza de que me habéis de salvar.
Toda mi esperanza la pongo en Vos, y con sólo que me concedáis morir delante de una imagen vuestra, implorando vuestra misericordia, no dudaré conseguir el perdón y volar al Cielo a bendeciros en compañía de tantos siervos vuestros que murieron implorando vuestro auxilio y fueron salvos por vuestra poderosa intercesión.»
Léase el ejemplo siguiente, y véase si podrá
ningún pecador desconfiar de la misericordia y amor de esta buena Madre, siempre que la invoque de corazón.
por makf | 26 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Señora, os diré como San Buenaventura, oh amabilísima Señora, que amando y dispensando gracias robáis los corazones de los hombres!: llevaos también el mío, pues, aunque miserable, desea amaros ardientemente.
Vos, Madre mía, con vuestra belleza enamorasteis al mismo Dios, y le trajisteis del Cielo a vuestro seno purísimo; ¿cómo podré yo vivir sin amaros? Igualmente os diré con aquel otro vuestro amante hijo San Juan Berchmans:
«No descansaré hasta conseguir un amor muy afectuoso a mi dulcísima Madre», un amor tierno y constante, pues que fue tan grande el vuestro para conmigo, sin merecerlo, antes bien, a no haber sido por él y por las muchas misericordias que de Dios me habéis alcanzado, ¿qué sería ya de mi? Si, pues, aun entonces, que no os amaba.
Vos me amabais tanto. 6qué no debo esperar de la bondad de vuestro corazón ahora que ya os amo? Os amo. Madre mía, sí, os amo, y quisiera juntar en mi pecho el amor de cuantos infelices hay en el mundo que no quieren amaros.
Quisiera tener millares de lenguas para dar a conocer vuestra grandeza, vuestra santidad, vuestra misericordia y el amor grande con que correspondéis a todos los que as aman. Si tuviere riquezas, todas las emplearía en vuestro honor y bulto; si tuviese vasallos, a todos los quisiera obligar a ser vuestros amantes.
Quisiera dar la vida por Vos, siendo necesario. Os amo, madre mía, pero, por otra parte, temo que el mío no es amor Verdadero, pues dicen que el amor hace semejantes a las personas que se aman.
Y así, viéndome tan diferente a Vos, lo tengo por señal je no amaros como debo. Vos tan pura, yo tan inmundo; Vos tan humilde, yo tan soberbio:
Vos tan santa, yo tan pecador. Mas esto es lo que hoy humildemente os pido, que ya que vuestro amor para conmigo es tan grande, que me hagáis semejante a Vos.
Poder tenéis para mudar los corazones; aquí está el mío: tomadle en vuestras manos sacratísimas y trocadle enteramente, dando a conocer al mundo lo mucho que podéis en favor de los que amáis, y haciéndome de este modo santo e hijo digno de tan alta Madre, como lo espero con toda confianza por vuestra bondad. Amén.