I 3b.Ejemplo: Santa muerte de una pastorcita

Una pastorcilla que guardaba ganado tenía puesta toda su afición y delicia en ir muchas veces a una ermita de nuestra Señora, edificada en el monte, y pasar allí el tiempo en obsequios y amorosos coloquios con su dulce Madre.

Y por no estar la imagen, que era de bulto, tan adornada como convenía, le hizo con mucha fatiga un manto decente. Un día trajo una guirnalda de flores silvestres, y subiéndose al altar, se la puso, diciendo:

«Madre mía, yo quisiera que fuese una corona de oro y piedras preciosas; pero como pobre os ofrezco esta guirnalda de flores; aceptadla en testimonio de lo mucho que os amo.» Con estos y otros obsequios semejantes procuraba venerarla y servirla.

Veamos ahora cuál fue la recompensa de parte de la tierna Señora para con esta su querida hija. Habiendo caído enferma de peligro, sucedió que yendo por allí de viaje dos religiosos, y habiéndose sentado a descansar a la sombra de un árbol, tuvieron una visión, el uno en sueños y el otro despierto.

Vieron que «e acercaba una compañía de doncellas muy hermosas, y una entre todas mucho más hermosa y llena de majestad, a la que preguntó uno de ellos:

«Señora, ¿quién sois y a dónde vais por estos caminos?» «Soy la Madre de Dios -respondió-, que con estas santas vírgenes voy a visitar aquí cerca a una pastorcilla que se está muriendo, pues ella me ha visitado muchas veces a Mí.» Y dicho esto, desaparecieron.

Los dos religiosos siervos de Dios se dijeron uno a otro: «Vamos también nosotros.»

Y llegando a la choza, hallaron a la moribunda echada en la paja. La saludaron, y ella les dijo:

«Hermanos, pedid a Dios que os abra los ojos del alma para que veáis la compañía que me asiste.»

Se arrodillaron y vieron a la Virgen, que, con una corona en la mano, estaba consolándola.

En esto comenzaron las vírgenes a cantar, y al mismo tiempo se desató del cuerpo aquella alma dichosa. María le puso la corona, y tomándola en sus dulces brazos, se la llevó consigo al Cielo.

I 3a. Del grande amor que nuestra Madre nos tiene

Si, pues, María es nuestra Madre, consideremos ahora cuánto es el amor que nos profesa.

No pueden dejar los padres de amar a sus hijos; razón por la que, habiendo impuesto la divina Ley, como reflexiona Santo Tomás, obligación estrecha de amar a los padres, para éstos no hay mandamiento escrito, por estar impreso en la misma  naturaleza tan fuertemente como aun en las fieras se ve, dice San Ambrosio. Y así, refieren las historias que ha habido casos en que, oyendo los tigres rugir a sus hijos, han ido nadando hasta la nave donde los llevaban.

Pues si aun los tigres hacen esta demostración, ¿cómo podrá olvidar a sus hijos una Madre que tiene el corazón tan tierno y amoroso? ¿Puede la mujer olvidarse del hijo que salió de sus entrañas? Pues dado por imposible que alguna madre se olvidase del suyo, dice María:

Yo jamás me olvidaré de ti (Is., 49, 15).

María es nuestra Madre, no según la carne, como antes dijimos, sino Madre por amor: Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Prov., 24, 24). Por amor se hizo Madre nuestra, y de ello se gloría, siendo tanto el que nos tiene, aunque sin merecerlo, que no lo alcanza la imaginación, y tan ardiente, que deseó con vivas ansias morir por nosotros juntamente con su Hijo santísimo, inmolada en el ara de la cruz a manos de los verdugos. «Colgado estaba el Hijo de la cruz, y la Madre se ofrecía a los verdugos por nosotros.»

Pero consideremos los motivos que tiene para amarnos, a así vendremos mejor en conocimiento de la grandeza de su amor.

1. El primero nace del que tiene a Dios. Porque el amor a Dios y al prójimo están enlazados y contenidos en un mismo precepto, como enseña el evangelista San Juan (1 Jn., 4, 21); de manera, que, a medida que el uno crece, crece también el otro.

Por esta causa, los Santos, como amaban tanto a Dios, ¿qué no hicieron por amor del hombre? Exponer y aun perder la libertad y la vida por la salvación de cualquiera.

Sabemos los trabajos que pasó en las Indias San Francisco Javier, donde a veces, buscando las almas, se encaramaba por las breñas, entre mil peligros, hasta encontrar a los miserables en las cavernas, donde habitaban como fieras, y traerlos al conocimiento del verdadero Dios.

Sabemos lo que hizo por convertir a los herejes de la provincia de Chablais San Francisco de Sales, que durante un año estuvo cada día atravesando el río, por cima de un madero cubierto de hielo, con el peligro que se deja entender. Sabemos que San Paulino se vendió como un esclavo por rescatar al hijo de una pobre viuda.

Sabemos que San F.idel dio gustoso la vida predicando en otra parte a los herejes para ganarlos a Dios. Y así todos los santos, como tenían tan grande amor de Dios, hicieron por el prójimo cosas heroicas y admirables.

Ahora bien: ¿quién hubo que amase a Dios más que María? ¿Qué digo más, si en el primer instante de su ser excedía ya con mucho en el amor al de todos los Santos y ángeles juntos en todo el discurso de su vida? (Esto después lo  probaremos detenidamente.)

Revelo ¡a misma Virgen a una ferviente religiosa que era tan grande su amor para con Dios, que con él se pudieran abrasar y consumir los cielos y la tierra, siendo en su comparación como un hielo todo el amor de los serafines.

Por este motivo, así como ni entre los espíritus bienaventurados hay quien más ame a Dios que María, así tampoco podemos tener nosotros quien más nos ame, siendo tan ardiente su amor, que si en un pecho se acumulase todo el de los padres y esposos, y también el de todos los Santos a sus devotos, no llegaría ni de lejos al que la Virgen sacratísima tiene a cualquier alma.

Confirmando esta verdad, escribe el P. Nieremberg que, en la misma comparación, todo el amor de las madres para con sus hijos es una sombra, pues que la Virgen nos ama sola más que todos los ángeles y santos juntos.

2. Además, nos ama tan ardientemente nuestra Señora porque Jesús, antes de expirar, nos encomendó a su maternal Cora/.ón, como hijos, en la persona de San Juan (Jn., 19. 26) Mujer, ése es tu hijo; que fue la postrera palabra dicha a su afligida Madre. Los últimos recuerdos que nos dejan a la hora de la muerte las personas a quienes mucho amamos, son ios que más se estiman y más impresos quedan en la memoria.

3. Además, nos ama tanto porque fue mucho  lo que le costamos, como sucede a todas las madres, que aman comúnmente más a los hijos cuya vida les costó más trabajo y dolor.

Mas nosotros somos aquellos hijos por los cuales sufrió la pena indecible de ofrecer la vida de su amantísimo Jesús, y la de verle morir al rigor de los tormentos, con cuya oferta nos alcanzó la vida de la gracia. Así, pues, somos hijos suyos, y muy queridos, porque fue mucho lo que le costamos.

Y si el amor del Eterno Padre para con el mundo llegó a tal extremo que por él entregó a la muerte a su unigénito Hijo (Jn., 3, 16), de María también se puede decir: de tal modo nos amó María, que nos dio a su unigénito Hijo.

Mas Ella, ¿cuándo lo entregó? Cuando, como dice el Padre Nieremberg, le dio licencia para ir a padecer; cuando, de todos los demás abandonado, por odio o por temor, hubiera podido defenderle delante de los jueces, y no lo hizo.

Que bien es creíble que las palabras de una Madre tan amante y discreta hubieran bastado a inclinar en su favor el ánimo de aquellos hombres, especialmente de Pilato, que conoció y confesó públicamente la inocencia de Jesús; pero la Madre no despegó sus labios por no impedir la muerte del que pendía la redención del mundo.

Finalmente, le entregó mil veces al pie de la cruz, porque durante tres horas de agonía no cesó de ofrecer la vida de su querido Hijo por nuestro remedio, con sumo dolor, pero también con tal resolución y constancia, que San Antonino llegó a decir (¡cosa que pasma!) que por sí misma le hubiera inmolado, a ser así la voluntad expresa del Eterno Padre.

Porque si la fortaleza de Abrahán fue tan grande, que iba ya a sacrificar a su hijo por cumplir el divino mandato, mucho más santa y obediente que Abrahán fue María.

¡Oh, qué agradecidos debemos estar a su excesivo amor! ¿Con qué se puede pagar una fineza semejante? Dios no dejó sin premio la obediencia del gran Patriarca; mas nosotros, ¿qué podíamos retribuir a la Madre por la vida de aquel Hijo incomparablemente más amado y excelente que Isaac?

Muy obligados nos tenéis, Señora, dice San Buenaventura, pues que nadie nos amó jamás tanto, habiendo ofrecido tan a costa vuestra, por nuestro bien, al Hijo a quien amabais más que a la propia vida.

4. De aquí nace otra de las razones de su amor, y es el ver que fuimos comprados con el precio de la sangre de Jesucristo.

¡Cuánto estimaría una madre a un cautivo rescatado por un hijo suyo a costa de veinte años de cárceles y trabajos! Mucho más nos aprecia María, que sabe muy bien que sólo por rescatarnos con su vida vino al mundo nuestro divino Redentor, según Él ¡mismo lo dijo (Le., 19, 10): Yo vine a salvar lo que habia perecido; y para salvarlo tuvo a bien entregar la propia vida.

Por lo cual, si esta Señora nos amase poco, no sería mostrar toda la estimación debida a tan preciosa sangre. Santa Isabel de Hungría, terciaria franciscana, tuvo revelación de que la Virgen, desde el día que se consagró a Dios en el templo, no cesó de pedir por nosotros, solicitando con instancia la pronta venida del Mesías. Pues ¿cuánto más debemos creer que nos ame ahora, después de vernos tan estimados y ya redimidos a tanta costa por su Hijo amantísimo?

Y como todos lo fuimos igualmente, no excluye a ninguno de su amor, ni a nadie deja de favorecer.

Vestida del sol la vio San Juan (Apoc., 12, 1), porque así como no hay en la tierra cosa que pueda esconderse del calor del astro (Ps., 18, 7), así no hay viviente privado del calor de María, esto es, de su amor.

¿Quién podrá comprender el cuidado que tiene de todos, siendo Madre tan amorosa? A todos, dice San Antonino, nos ofrece y dispensa su misericordia inagotable; a todos nos deseó la salvación eterna, cooperando eficazmente para que la alcanzásemos.

Por esto es útilísima la práctica de algunos devotos, los cuales, como atestigua el jesuíta Padre Salazar, tienen la costumbre de decir a Dios en sus oraciones: «Señor, dadme lo que pide por mí la santísima Virgen María»; y hacen bien en ello, dice el mismo autor, pues que nuestra Madre nos desea beneficios mucho mayores que los que nosotros podemos desear; y por igual razón le aplica San Alberto Magno aquellas palabras de la Sabiduría (6, 14):

Praeoccupat qui se concupiscunt, ut U lis se prior ostendat. Se anticipa y viene a buscar aun a los que no la buscan. Antes de llamarla ya está allí.

Pues si es tan benigna aun con los ingratos" e indolentes, que la aman poco, y no se cuidan de acudir a Ella, ¿cuál será su amor para con los que fervientemente la aman y de continuo la invocan? Fácilmente se deja ver de los que la aman (Sap., 6, 13).

¡Qué dulzura para nosotros hallarla tan llena de piedad y amor! No puede dejar de amar viéndose amada (Prov., 8, 17), mayormente a los que corresponden a su amor con mayor ternura; que bien conoce los que son, bien sabe distinguirlos entre los demás, llegando hasta presentarse a servir a los que le sirven, en expresión de un sabio religioso.

Hallábase próximo a la muerte, como cuenta la Crónica, Leonardo, de la Sagrada Orden de Predicadores, el cual había tenido la práctica de invocarla doscientas veces al día. De pronto, ve a su lado a una Reina hermosísima, que le dice: «Leonardo, ¿quieres venir conmigo donde mi Hijo está?» «¿Quién sois Vos?», preguntó el religioso.

«La Madre de misericordia —respondió la Virgen-, y pues que tantas veces me has llamado, ahora vengo por ti; vente conmigo al Cielo.» En esto expiró el religioso, dejando prendas tan envidiables de salvación.

¡Oh dulcísima Reina! ¡Felices los que os aman! Decía San Juan Berchmans, de la Compañía de Jesús: «Si amo a María, puedo estar seguro de la perseverancia, y todo cuanto quiera lo alcanzaré de Dios.» Por todo esto, el devotísimo joven no se cansaba nunca de repetir:

«Quiero amar a María.» Mas, aunque sus devotos la amen cuanto alcancen sus fuerzas, María los ama mucho más.

Ámenla tanto como San Estanislao de Kostka, cuyo amor era tan ferviente, que en empezando a hablar de la Virgen comunicaba su fervor a todos los presentes; tan ingenioso, que siempre estaba inventando nuevos nombres y títulos con que venerarla; tan continuo, que no empezaba ninguna cosa sin pedirle antes su bendición; tan afectuoso, que cuando rezaba su Oficio o el santo Rosario, u otras oraciones, parecía que la estaba viendo; tan tierno, que de sólo oír cantar la Salve se le inflamaba el pecho y el semblante; tan filial, que si le preguntaban que si le amaba mucho, respondía: «¿Cómo no la he de amar, si es mi Madre?», acompañando estas expresiones con aspecto y semblante de ángel.

— Ámenla tanto como el Beato Hermán, que le decía su amada esposa, con cuyo dulce nombre le había honrado la misma soberana Señora. — Tanto como San Felipe Neri, que sólo de pensar en Ella se llenaba su alma de consuelo, llamándola su delicia.— Tanto como San Buenaventura, que le decía, no sólo Madre y Señora, sino su corazón y su alma.

— Ámenla tanto como aquel su finísimo amante Bernardo, que con la fuerza del amor la llegó a llamar robadora de corazones, asegurando que el suyo de cierto se lo había robado.— Llámenla su querida, como San Bernardino, el cual, iba diariamente a una capilla suya, y allí pasaba con Ella las horas enteras en amoroso coloquio.

—Ámenla tanto como San Luis Gonzaga, que de sólo oírla nombrar se le encendía el corazón y el rostro. — Ámenla tanto como San Francisco Solano, que algunas veces, como fuera de sí, llevado de una santa locura, se ponía a cantar coplas cariñosas delante de una imagen, a semejanza de lo que hacen de noche los amantes del mundo.

Ámenla tanto como la amaron todos sus siervos, los cuales ya no sabían qué hacer en prueba de su amor: como el Padre Juan de Trejo, de la Compañía, que se llenaba de júbilo al considerarse esclavo suyo, y en testimonio de esclavitud iba muchas veces a visitarla a las iglesias, y allí bañaba el suelo con abundancia de lágrimas, besándole y limpiando el polvo con la cara y la lengua, por ser casa de su amada Señora; como el Padre Diego Martínez, también de la Compañía, que, en premio a su gran devoción a la celestial Señora, en todas sus festividades le llevaban los ángeles al Cielo, a que viese la solemnidad con que allí se celebraban, y al subir iba diciendo a voces:

«Quisiera tener todos los corazones de ángeles y santos para amar a María; quisiera tener las vidas de todos los hombres para darlas todas en obsequio de María»; protestando que de muy buena gana hubiera sufrido los mayores tormentos por que María no hubiese perdido (bien que no podía) un solo gramo de toda su grandeza, y que si ésta hubiera estado en su mano, toda se la hubiera cedido, por ser Ella incomparablemente más digna.

Amémosla como Carlos, hijo de Santa Brígida, que aseguraba no haber en el mundo cosa que más le llenase de gozo que el saber lo mucho que Dios amaba a María; o como San Alonso Rodríguez, que deseaba ardientemente dar la vida por Ella; o como Francisco Binans, religioso, y Santa Radegunda, reina, que se esculpieron en el pecho su dulce nombre.

Lleguen hasta a marcársele a fuego, como hicieron, arrebatados de amor, Juan Bautista Arquinto y Agustín Espinosa, ambos jesuitas.

Hagan, finalmente, todo lo que el amor más apasionado y ardiente les pueda inspirar, que nunca llegarán sus amantes a quererla tanto como Ella los ama. «Sé muy bien, Señora —decía un discípulo de San Bernardo —, que sois amantísima y que en el amar no os dejáis vencer de nadie.»

Se hallaba una vez delante de una imagen suya San Alonso Rodríguez, y sintiéndose abrasado en su amor, le dijo: «Madre mía, ¡si Vos me amarais tanto como os amo yo!» A lo cual respondió la Virgen:

«Eso no, Alonso: que, aunque es grande el amor que me tienes, es mucho más lo que yo te amo.» Tiene razón el piadoso autor del Salterio  Mariano para exclamar: «¡Felices los que son firmes en el amor de esta amabilísima Señora!»

Felices, porque siendo tan agradecida, no deja que nadie la exceda en el amor, imitando en esto, como en todo lo demás, a su Hijo santísimo, que en pago de cualquier obsequio vuelve duplicados los favores.

Exclamaré yo también, con San Anselmo: Derrítase mi corazón en el amor de Jesús y María.

Haced, Señor; haced, Madre mía, que llegue a amaros tanto como merecéis.

¡Oh Dios, enamorado de los hombres!, pues que disteis voluntariamente la vida por ellos, ¿podréis negar ahora vuestro amor a quien pide amaros con todo el corazón a Vos y a vuestra dulce Madre?

I 2c. Oracion

¡Oh Madre santísima! ¿Cómo es posible que teniendo una Madre tan santa sea yo tan pecador?, ¿una Madre abrasada en el amor divino, y ame yo tan locamente a las criaturas?, ¿una Madre riquísima en virtudes, y me vea yo tan pobre y desnudo de todas ellas?

Verdaderamente, Señora, no soy digno de llamarme hijo vuestro, y así me tendré por feliz en que siquiera me contéis como el menor de vuestros esclavos, que por sólo ese título renunciaría gustoso todos los reinos de la tierra.

No me privéis de la dicha de poder, a lo menos, deciros Madre. Este nombre dulcísimo me llena de tanta confianza, que, aunque, por otra parte, me aterran mis pecados y el rigor de la divina justicia, me conforta y alienta el pensar que sois Madre mía.

Permitidme, pues, que os llame Madre, y Madre amabilísima. Así quiero llamaros, y así os llamaré siempre. Después de Dios habéis de ser toda mi esperanza, refugio y amor, mientras viva en este valle de lágrimas, y cuando llegue la hora de mi muerte, pondré mi alma en vuestras manos benditísimas, diciendo con toda seguridad: Madre mía.

Madre mía, vuestro soy; amparadme y tened misericordia de mí. Amén.

I 2b.Ejemplo: Conversión y santa muerte de un protestante

Se cuenta en la historia de la fundación de la Compañía de Jesús en el reino de Nápoles que hubo un joven escocés llamado Guillermo, pariente del rey Jacobo, nacido y criado en la herejía, el cual, ilustrado con los rayos de la divina luz, que le iba descubriendo sus errores, vino a Francia, donde por los consejos de un Padre de la Compañía, y mucho más por la intercesión de la Virgen nuestra Señora, conoció, al fin, la verdad, abjuró los errores y se convirtió a la fe.

Pasó de allí a Roma, donde, hallándole un día muy afligido y lloroso un amigo suyo, y preguntándole la causa, respondió que se le había aparecido la noche antes su madre difunta y condenada, diciéndole:

«Hijo, dichoso tú que has entrado en el seno de la verdadera Iglesia; yo estoy condenada por haber muerto en la herejía.»

De resultas de esta triste visión comenzó a enfervorizarse en la devoción de la Virgen Santísima, eligiéndola desde entonces por única Madre, la cual le inspiró el deseo de entrar en religión, y el joven hizo de ello un voto.

Habiendo caído enfermo, fue a Nápoles a mudar de aires, y allí murió, pero ya religioso, porque desahuciado a poco de llegar, fueron tantos sus ruegos y lágrimas, que al fin los superiores le recibieron, y delante del Santísimo Sacramento, cuando le llevaron el Señor por viático, hizo los votos religiosos y quedó agregado a la Compañía.

Después de lo cual enternecía los corazones de todos con los devotísimos afectos con que, sin cesar, daba gracias a la sacratísima Virgen de haberle sacado de las tinieblas de la herejía y traígole a morir en el seno de la Iglesia y de la religión, entre los brazos de sus hermanos, y así exclamaba:

«¡Oh, qué gloria es morir en medio de estos ángeles!» Le exhortaban a que no se fatigase, pero respondía: «No, ya no es tiempo de reposar, que está cerca mi fin.» Poco antes de expirar dijo:

«Hermanos míos, ¿no veis aquí a los ángeles del Cielo, que me asisten?» Y preguntándole uno de aquellos religiosos qué era lo que estaba diciendo entre dientes, le respondió que el ángel de la guarda le acababa de revelar que estaría muy poco en el purgatorio, y que al instante volaría su alma al Cielo.

Empezó de nuevo a trabar dulces coloquios con la Reina de los ángeles, y diciendo dos veces: «Madre, Madre», como un niño que se echa a dormir en los brazos de su querida madre, expiró plácidamente. Y de allí a poco supo un devoto religioso, por revelación, que estaba ya en la gloria.

I 2a. Que debemos tener aún mayor confianza en la Virgen María, por ser nuestra Madre

No en vano llaman sus devotos madre a la santísima Virgen María, ni parece que aciertan a invocarla de otra manera, sin cansarse nunca de darle tan dulce nombre. Madre, sí, porque verdaderamente lo es, no carnal, sino espiritual, de nuestras almas, para conseguirnos, con amor de Madre, la eterna salvación.

Cuando por el pecado perdimos la gracia divina, fue perder la vida del alma: estábamos muertos miserablemente; vino al mundo nuestro divino Redentor, y muriendo en cruz, con exceso grande de misericordia y amor, nos recobró la vida que habíamos perdido, según Él mismo aseguró («., 10, 10): Vine para que tengan vida y más abundante.

Más abundante, porque dicen los teólogos que fue más el bien que Jesucristo nos trajo con la redención que el mal que Adán nos había causado con la desobediencia.

De este modo, el Señor, reconciliándonos con Dios, se hizo Padre de nuestras almas en la nueva ley, conforme a la predicción del Profeta Isaías (9, 6). Pero si Jesús es Padre de nuestras almas, María es Madre; porque, habiéndonos dado a Jesús, nos dio la verdadera vida, y habiéndole ofrecido en el monte Calvario por nuestra salvación, fue como darnos a la luz, o hacernos nacer a la vida de la gracia.

Dos veces, pues, se hizo nuestra Madre espiritual, dicen los Santos Padres: la primera fue cuando mereció concebir en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios, pues al dar para ello su consentimiento, empezó a pedir con afecto ardentísimo nuestra salvación, y se dedicó de tal suerte a procurárnosla, que desde entonces nos llevó en su seno como amorosísima Madre.

Refiriendo San Lucas (2, 7) el nacimiento del Señor, dice que María dio a luz a su hijo primogénito. Luego si fue su primogénito, se debe inferir, añade San Alberto Magno, que tuvo después más hijos.

Pues siendo artículo de fe que hijo carnal no tuvo ninguno, fuera de Jesús, se sigue claramente que los demás fueron hijos espirituales, y éstos somos todos nosotros.

Lo mismo reveló el Señor a Santa Gertrudis, la cual, leyendo un día en el Evangelio aquellas palabras, quedó confusa, sin alcanzar cómo podía ser que, no habiendo tenido la Virgen más Hijo que a Jesús, allí se dijese que fue su primogénito. Dios le explicó que Jesucristo había sido primogénito de María según la carne, y los demás hombres los segundos hijos según el espíritu.

Así también se entiende lo que se dice de María en los Cantares (7, 2): Tu vientre es como un montón de trigo cercado de azucenas. Lugar que explica San Ambrosio diciendo que, aunque en el seno purísimo de María hubo solamente un grano, que fue Jesucristo, no obstante, se le llama montón, porque en aquel grano estaban encerrados todos los escogidos, de los cuales María había de ser Madre.

Y por esta razón, al dar a luz al Salvador del mundo, nos dio también a todos la vida y la salud.
La segunda fue cuando en el monte Calvario ofreció, con gran dolor de su corazón, el Eterno Padre, la vida de su Hijo por nuestra salvación; y así, dice San Agustín que, habiendo entonces cooperado con tanto amor a que los fieles naciesen a la vida de la gracia, se hizo igualmente

Madre espiritual de todos nosotros, que somos miembros de Jesucristo, nuestra cabeza; y es precisamente lo que testifica en los Cantares (1, 5) la misma bienaventurada Virgen: Me puso a guardar sus viñas; pero la mía no la guardé. Para salvar nuestras almas, sacrificó la vida de su dulcísimo Hijo. Porque, ¿cuál es el alma de María?

¿Quién es su, vida y su amor, sino Jesucristo? Que por eso le anunció Simeón (Le., 2, 35) que había de llegar un día en que su pecho se viese traspasado con cuchillo de gran dolor, como lo fue la lanza que abrió el costado de Jesús, donde vivía el alma de la Madre.

Entonces fue cuando, con sus dolores, nos dio la vida, y vida eterna; y así podemos todos llamarnos justamente hijos de sus dolores. Siempre estuvo esta Madre amorosa conforme en todo con la divina voluntad, y de aquí reflexiona San Buenaventura que, viendo el infinito amor del Padre para con los hombres en querer que su Hijo amantísimo muriese por ellos, y el del mismo Hijo en aceptar la muerte, dio también su consentimiento, uniéndose con rendida y entera voluntad al beneplácito divino por la salud del hombre.

Es verdad que en el negocio importante de nuestra salvación quiso el Señor ser solo, cómo dice Isaías (63, 3): Yo solo pisé el lagar. Mas viendo el deseo ardentísimo que tenía también su piadosa Madre del humano remedio, dispuso que con el sacrificio y oferta de su mismo Hijo cooperase a nuestra salvación, y así viniese a ser Madre de nuestras almas.

Esto es lo que nuestro Salvador significó cuando, poco antes de expirar, mirándola desde lo alto de la cruz, y mirando al discípulo amado, dijo a María (Jn., 19, 26): Ese es tu hijo; como si le dijese: Ves ahí el hombre que, en virtud del ofrecimiento que por su salvación haces de rni vida, ya nace a la vida de la gracia; y dirigiéndose después al discípulo, añadió:

Esa es tu Madre, con cuyas palabras, dice San Bernardino de Sena, quedó constituida por Madre, no sólo de San Juan, sino también de todos los hombres, a quien tanto amó; siendo por esto muy de advertir, añade el Padre Silveira, que el Evangelio no pone el nombre de Juan, sino el discípulo, para dar a entender que el Salvador la dio por Madre a todos los que por la profesión de cristianos son discípulos suyos.

Yo soy la Madre del Amor Hermoso (Eccli., 24, 24), dice María; porque su amor, al mismo tiempo que hace a las almas hermosas a los ojos de Dios, le estimula a recibirnos por hijos como amorosa Madre. ¿Y qué madre ama tanto a los suyos? ¿Qué madre mira por ello con tanta solicitud como Vos lo hacéis, Reina y Madre dulcísima?

¡Felices los que viven bajo la protección de Madre tan amante y poderosa! El Profeta David, aunque en su tiempo no hubiese aún nacido María, ya se daba por hijo suyo; y esto alegaba a Dios para que le salvase, diciendo (Ps., 85. 16): Salva, Señor, al hijo de tu esclava. «¿De qué esclava?», pregunta San Agustín. De la que dijo al ángel:

«Aquí está la esclava del Señor.» Y añade San Roberto Belarmino: «¿Quién tendrá la osadía de arrancar a sus hijos de aquel seno maternal, habiéndose refugiado ellos allí para librarse de los golpes de sus enemigos? ¿Qué furia infernal, o qué pasión, por violenta que sea, podrá nunca vencer a los que han puesto toda su confianza en el patrocinio de esta gran Madre?

Cuentan de la ballena que, si por la furia de alguna tempestad, o por temor de los pescadores, ve a sus hijos en riesgo, abre la boca y los guarda dentro del seno mientras pasa el peligro.

A este modo, nuestra dulce Madre, cuando ve a sus hijos expuestos al furor de las borrascas que levantan las tentaciones, ¿qué hace? Movida de su grande amor, los esconde dentro de sus entrañas, y allí los tiene y protege hasta colocarlos en el puerto de la gloria eterna. ¡Oh Madre amantísima!, ¡oh Madre piadosísima! ¡Bendita seáis para siempre, y bendito sea el Señor, que os dio a nosotros por Madre y seguro refugio de todos los peligros de esta vida!

Reveló la misma Virgen a Santa Brígida que, a la manera como una madre viese a sus hijos entre las espadas del enemigo, haría todos los esfuerzos posibles por librarlos, así, dice, lo hago y haré yo por los míos, por más pecadores que sean, siempre que recurran ellos a mí.

Fiémonos, pues, en su palabra, seguros de que en todas las luchas que sostengamos con los enemigos infernales saldremos vencedores, con sólo acudir invocándola y repitiendo: «Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios.» ¡Oh, cuántas victorias han alcanzado del infierno los fieles con esta breve pero eficacísima oración! ¡Así vencía siempre a los demonios una gran sierva de Dios del Orden de San Benito!

Alegraos, pues, los que sois hijos de María, y alegrémonos todos, sabiendo que adopta benignamente por hijos a cuantos lo quieren ser. Alegraos, y no temáis perderos, pues con todo su poder os defiende y protege vuestra Madre poderosísima. Si la amáis de todo corazón, si ponéis en Ella vuestra confianza, bien podéis cobrar ánimo y decir con San Buenaventura:

¿Qué temes, alma mía? La causa de tu salvación no se puede perder, porque la sentencia está en manos de Jesús, que es hermano tuyo, y de María, que es tu querida Madre.

Con este mismo pensamiento, que alegra tanto a los corazones, nos exhorta San Anselmo a la confianza: La Madre de Dios es mi Madre; ¿con cuánta seguridad no debo esperar, pues mi salvación depende de mi buen Hermano Jesús y de mi piadosa Madre María?

Oigamos, pues, las voces de nuestra Madre, que, como a niños tiernos, amorosamente nos llama (Prov., 9, 4): Si quis est parvulus, venial ad me.

Los niños tienen siempre en la boca la palabra «madre», y a cualquier susto o peligro claman al momento:

«¡Madre, madre!» ¡Oh Madre amorosísima! Esto es lo que Vos deseáis: que cual niño os llamemos y corramos a Vos, porque ciertamente queréis favorecernos y salvarnos, como lo habéis hecho siempre con todos vuestros hijos.

I 1c. Oracion

Aquí me tenéis. Señora, delante de Vos, como un pobre andrajoso y lleno de llagas en presencia de una Reina poderosa; aquí estoy delante de la Reina del Cielo y de la tierra. Desde ese trono tan elevado no os desdeñéis de volver a este miserable pecador vuestros ojos misericordiosos.

Dios os colmó de tantas riquezas para que socorráis a los pobres, y os hizo Reina de misericordia para que amparéis a los miserables. Miradme, pues, y compadeceos de mí.

Miradme, y no me dejéis hasta mudarme enteramente de pecador en justo. Bien conozco ser indigno de todo favor, y aun merezco ser privado, por mis ingratitudes, de todos los beneficios que por vuestro medio he recibido de la mano divina; pero Vos, como Reina que sois de la misericordia, no buscáis méritos, sino miserias para remediarlas. Pues ¿dónde habrá en el mundo otro más necesitado que yo?

¡Oh Virgen excelsa! Siendo Vos la Reina de todo el universo, sois también Reina mía, por lo cual me ofrezco a serviros con más empeño que hasta aquí, para que en todas las cosas dispongáis de mí según fuere vuestro mejor agrado; y así os diré con San Buenaventura:

Regidme y gobernadme, Señora; regidme, y nunca me dejéis a mi discreción. Mandad y decir lo que tengo que hacer, y si falto alguna vez, castigad me como queráis, porque para mí será muy saludable cualquier castigo que venga de vuestra piadosa mano. En más estimo ser vuestro esclavo que señor de toda la tierra: tuus sun ego, salvum me fac.

Recibidme, Virgen soberana, como cosa vuestra, y cuidad continuamente de mi salvación. Ya no quiero ser mío, todo me entrego a Vos. Si hasta ahora, por mi desgracia, os he servido mal, si he dejado perder tantas ocasiones en que pude agradaros, propongo ser en adelante uno de vuestros siervos más leales. No, no quiero ya que ninguno me aventaje en amaros y serviros, ¡oh Reina mía amabilísima! Así os lo prometo, y así espero cumplirlo con vuestro auxilio poderoso. Amén.

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