por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Han abierto todas las puertas y ventanas en la habitación de Lázaro, para hacerle menos difícil la respiración.
Alrededor de él, que está ausente, en estado de coma -un coma profundo, semejante ya a la muerte, de la que difiere sólo por el movimiento de la respiración-, están las dos hermanas, Maximino, Marcela y Noemí, pendientes de cualquier mínimo gesto del moribundo.
Cada vez que una contracción espasmódica altera la boca, pareciendo que se preparara para hablar, o que los ojos, entreabriéndose los párpados, aparecen, las dos hermanas se inclinan para aferrar una palabra, una mirada… Pero es inútil. Son sólo acciones sin coordinación, independientes de la voluntad y la inteligencia, las cuales ya están inertes, perdidas; son acciones que provienen del sufrimiento de la carne, como de ésta viene el sudor que da brillo al rostro del moribundo, y el temblor que a intervalos agita los esqueletados dedos y les transmite una contracción de garra.
Y lo llaman las dos hermanas, con todo el amor en su voz. Pero el nombre y el amor chocan contra las barreras de la insensibilidad intelectiva, y la respuesta a su llamada es el silencio de las tumbas
Noemí, llorando, sigue poniendo en los pies -sin duda, helados-ladrillos envueltos en fajas de lana. Marcela tiene en sus manos una copa de la que saca un pañito fino que Marta usa para mojar los labios secos de su hermano. María, con otro paño, seca el abundante sudor que desciende en regueros por el rostro esqueletado y que moja las manos del moribundo.
Maximino, apoyado en una arquimesa alta y oscura, junto a la cama del moribundo, observa, en pie, a espaldas de María, que se inclina hacia su hermano. Nadie más. El máximo silencio, como si estuvieran en una casa vacía, en un lugar desierto. Las criadas que traen los ladrillos calientes están descalzas y no hacen ruido en el suelo marmóreo. Semejan apariciones.
María rompe el silencio diciendo:
-Me parece que está volviendo calor a las manos. Mira, Marta, los labios están menos pálidos.
-Sí. También respira más libremente. Lo estoy mirando desde hace un rato -observa Maximino.
Marta se inclina y llama despacio, pero con acento intenso:
-¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Oh, mira, María! Ha expresado como una sonrisa y un parpadeo. ¡Está mejorando, María! ¡Está mejorando! ¿Qué hora tenemos?
-Hemos pasado ya en una vigilia el crepúsculo.
-¡Ah! -y Marta se yergue apretando las manos contra el pecho y alzando los ojos hacia arriba en un visible gesto de muda pero confiada oración. Una sonrisa ilumina su cara.
Los otros la miran asombrados y María le dice:
-No veo por qué el haber superado el crepúsculo te deba poner contenta… -y la escruta, sospechosa, ansiosa.
Marta no contesta, pero toma de nuevo la postura de antes. Entra una criada con ladrillos. Se los pasa a Noemí. María le ordena:
-Trae dos lámparas. La luz mengua y quiero verlo.
-La criada sale sin hacer ruido y vuelve al cabo de poco con dos lamparillas encendidas. Las coloca: una encima del bargueño en que está apoyado Maximino; la otra, encima de una mesa llena de vendas y pequeñas ánforas, puesta en el otro lado de la cama.
-¡Oh, María! ¡María! ¡Mira! Está realmente menos pálido.
Y tiene aspecto menos agotado. ¡Se está reanimando! -dice Marcela.
-Dadle algunas gotas más de ese vino con los aromas que ha preparado Sara. Le ha hecho bien -sugiere Maximino.
María toma de la tabla de la arquimesa una anforita de cuello finísimo en forma de pico de ave y, con precaución, introduce algunas gotas de vino en los labios entreabiertos.
-Ve despacio, María. ¡No vaya a ser que se ahogue! -aconseja Noemí.
-¡Oh, traga! ¡Lo busca! ¡Mira, Marta! ¡Mira! Saca la lengua queriendo…
Todos se inclinan para mirar. Noemí lo llama:
-¡Tesoro! ¡Mira a tu nodriza, alma santa! -y se aproxima para besarlo.
-¡Mira! ¡Mira, Noemí, bebe tu lágrima! Le ha caído junto a los labios y la ha sentido; la ha buscado y la ha absorbido.
-¡Oh, tesoro mío! ¡Si tuviera todavía la leche de antaño, la exprimiría gota a gota en tu boca, corderito mío, aunque tuviera que exprimir mi corazón y morir después!
Intuyo que Noemí, nodriza de María, lo haya sido también de Lázaro.
-Señoras, ha vuelto Nicomedes -dice un criado que se presenta a la puerta.
-¡Que venga! ¡Que venga! Nos ayudará a hacerlo mejorar. ¡Fijaos! ¡Fijaos! Abre los ojos, mueve los labios -dice Maximino.
-¡Y a mí me aprieta los dedos con sus dedos! -grita María. Y se inclina diciendo:
-¡Lázaro! ¡Me oyes? ¿Quién soy?
Lázaro abre del todo los ojos y mira. Es una mirada insegura, empañada, pero, en todo caso, es una mirada. Mueve con dificultad los labios y dice:
-¡Mamá!
-¡Soy María! María! ¡Tu hermana!
-¡Mamá!
-No te reconoce y llama a su madre. Los moribundos. Siempre así -dice Noemí con el rostro lavado en llanto.
-Pero habla. Después de tanto tiempo, habla. Ya es mucho… Luego estará mejor. ¡Oh, mi Señor, premia a tu sierva! dice Marta mientras permanece todavía en ese gesto de ferviente y confiada oración.
-¿Pero qué te ha sucedido? ¿Es que has visto al Maestro? ¿Se te ha aparecido? ¡Dímelo, Marta! ¡Quítame la angustia! dice María.
La entrada de Nicomedes impide la respuesta. Todos se vuelven hacia él. Cuentan cómo después de su partida Lázaro se había agravado hasta el punto de tocar la muerte, y ya lo habían dado por muerto; pero que luego, con unos auxilios, habían logrado hacerlo recuperarse, pero sólo en lo referente a la respiración. Y cómo, desde hacía poco, después de que una de sus mujeres hubiera preparado vino con aromas, le había vuelto el calor y había tragado, tratando de beber, y también había abierto los ojos y había hablado… Hablan todos juntos, encendidas de nuevo sus esperanzas, que ellos lanzan contra la serenidad no poco escéptica del médico, que les deja hablar sin decir una palabra
Por fin han terminado y él dice:
-De acuerdo. Permitidme que vea.
Y los aparta. Se aproxima a la cama y ordena que acerquen las lámparas y cierren la ventana porque quiere descubrir al enfermo. Se inclina sobre él, lo llama, le hace preguntas, hace que pasen la lámpara por delante de la cara de Lázaro, que ahora tiene los ojos abiertos y parece como asombrado de todo; luego lo descubre, estudia su respiración, los latidos del corazón, el calor y la rigidez de los miembros… Todos están ansiosos en espera de su palabra. Nicomedes cubre de nuevo al enfermo, le sigue mirando, piensa. Luego se vuelve hacia los presentes y dice:
-Es innegable que ha recuperado vigor. Actualmente está mejorado respecto a la última vez que lo he visto. Pero no os hagáis ilusiones. Esto es sólo la ficticia mejoría de la muerte. Estoy tan seguro de ello -como estaba seguro de que es-a a las puertas de la muerte-, que, como podéis ver, he vuelto, después de haberme liberado de todos los compromisos, para hacerle menos penosa la muerte, en la medida en que puedo hacerlo… o para ver el milagro si… ¿Ya habéis hecho aquello?
-Sí, sí, Nicomedes -le interrumpe Marta. Y, para impedirle otras palabras, dice:
-Pero no habías dicho que… en el plazo de tres días…
Llora.
-He dicho eso. Soy un médico. Vivo entre agonías y llantos. Pero el estar acostumbrado a escenas de dolor no me ha dado todavía un corazón de piedra. Y hoy… os he preparado… con un plazo bastante largo… e impreciso…
Pero mi ciencia me decía que el desenlace era más rápido, y mi corazón mentía por engaño piadoso… ¡Ánimo! ¡Sed fuertes!… Salid afuera… Nunca se sabe hasta qué punto los moribundos entienden…
Las impele a salir. Ellas salen llorando. Y repite:
-¡Sed fuertes! ¡Sed fuertes!
Junto al moribundo se queda Maximino… También el médico se aleja para preparar unos medicamentos que sirven para hacer menos angustiosa la agonía, que, dice, «preveo muy dolorosa».
¡Hazlo vivir! Hazlo vivir hasta mañana. Es casi de noche, ya lo ves, Nicomedes. ¿Qué es para tu ciencia mantener en pie una vida durante menos de un día? ¡Hazle vivir!
-Dómina, yo hago lo que puedo. ¿Pero cuando el estambre se acaba, nada hay que pueda mantener la llama!-responde el médico, y se marcha.
Las dos hermanas se abrazan, llorando desoladas (y la que llora más, ahora, es María; la otra tiene su esperanza en el corazón)…
La voz de Lázaro viene de la habitación. Una voz fuerte e imperiosa. Y hace que ellas se sobresalten, porque es una voz inesperada en medio de tanto abatimiento. Las llama:
-¡Marta! ¡María! ¿Dónde estáis? Quiero levantarme. ¡Vestirme! ¡Decir al Maestro que estoy curado! Tengo que ir donde el Maestro. ¡Un carro! ¡Inmediatamente! Y un caballo rápido. Sin duda es Él el que me ha curado…
Habla rápido, articulando bien las palabras, sentado en la cama encendido de fiebre, tratando de abandonar la cama, e impedido en ello por Maximino, el cual a las mujeres, que entran corriendo, les dice:
-¡Está delirando!
-¡No! Déjalo levantarse. ¡El milagro! ¡El milagro! ¡Oh, me siento feliz de haberlo suscitado! ¡En cuanto Jesús ha tenido noticia! Dios de los padres, bendito seas y alabado por tu poder y por tu Mesías…
Marta, que ha caído de rodillas, está ebria de alegría
Mientras tanto, Lázaro continúa, cada vez más dominado por la fiebre (Marta no comprende que es la causa de todo):
-Ha venido muchas veces a mi casa, enfermo. Justo es que yo vaya donde Él para decirle: "Estoy curado". ¡Estoy curado! ¡Ya no tengo dolores! Estoy fuerte. Quiero levantarme. Ir. Dios ha querido probar mi resignación. Seré llamado el nuevo Job…
Pasa a un tono hierático haciendo amplios gestos:
-"El Señor se conmovió de la penitencia de Job (Job 42, 10-1);… y le aumentó en el doble cuanto había tenido. Y el Señor bendijo los últimos años de Job más aún que los primeros… y él vivió hasta…". ¡Oh, no, yo no soy Job! Me envolvían las llamas y me sacó de ellas, estaba en el vientre del monstruo y vuelvo a la luz; entonces soy Jonás, (29) y soy los tres muchachos de Daniel (3.3)…
-Llega el médico, avisado por alguno. Le observa:
-Es el delirio. Me lo esperaba. La corrupción de la sangre enciende el cerebro.
Se esfuerza en colocarlo en la cama y recomienda mantenerlo así, y vuelve afuera, a sus tisanas.
Lázaro un poco se inquieta por estar sujeto y un poco llora como un niño: alternativamente.
-Está realmente en estado de delirio -gime María.
-No. Ninguno entiende nada. No sabéis creer. ¡Eso es! No sabéis… A esta hora el Maestro sabe que Lázaro está agonizando. Sí. ¡Lo he hecho, María! Lo he hecho sin decirte nada…
-¡Ah, infame! ¡Has destruido el milagro! -grita María.
-¡Que no! Lázaro, tú lo has visto, ha empezado a mejorar en el momento en que Jonás ha llegado donde el Maestro. Está delirando… sí… Está débil y tiene todavía el cerebro obnubilado por la muerte, que ya lo aprisionaba. Pero no delira como cree el médico. ..¡Escúchalo! ¿Son palabras de delirio éstas?
En efecto, Lázaro está diciendo: «He inclinado la cabeza ante el decreto de muerte y he probado cuán amargo es morir, y Dios se ha considerado satisfecho de mi resignación y me devuelve a la vida y lo mantiene con mis hermanas.
Podré seguir sirviendo al Señor y santificarme junto con Marta y María… ¡Con María! ¿Qué es María? María es el don de Jesús para el pobre Lázaro. Me lo había dicho…
¡Cuánto tiempo desde entonces! "Vuestro perdón hará más que ninguna otra cosa. Me ayudará". Me lo había prometido:
"Ella será tu alegría". Y aquel día en que estaba inquieto porque ella había traído su vergüenza aquí, junto al Santo, ¡qué palabras para invitarla al regreso! La Sabiduría y la Caridad se habían unido para tocarle el corazón… ¿Y el otro, que me encontró ofreciéndome por ella, por su redención?…
¡¡Quiero vivir para gozar de ella redimida! ¡Quiero alabar con ella al Señor! Ríos de lágrimas, afrentas, vergüenza, amargura… todo me penetró y me quitó la vida por causa de ella… ¡Este es el fuego, el fuego el horno! Vuelve, con el recuerdo…
María de Teófilo y de Euqueria, mi hermana, la prostituta. Podía ser reina y se ha hecho fango que hasta el puerco pisotea. Y mi madre muere. Y, no poder ya ir con la gente sin tener que soportar sus burlas. ¡Por ella! ¿Dónde estás, desventurada? ¿Te faltaba el pan, acaso, para venderte como te has vendido? ¿Qué has succionado del pezón de la nodriza? ¿Tu madre qué te ha enseñado? ¿Lujuria una? ¿Pecado la otra? ¡Fuera! ¡Deshonor de nuestra casa!
La voz es un grito. Parece loco.
Marcela y Noemí se apresuran a cerrar herméticamente las puertas y a correr de nuevo las cortinas gruesas para amortiguar las resonancias, mientras el médico, que ha vuelto a la habitación, se esfuerza inútilmente en calmar el delirio, que cada vez se va haciendo más furioso.
María, arrojada al suelo como un trapajo, solloza bajo la implacable acusación del moribundo, que prosigue:
-Uno, dos, diez amantes. El oprobio de Israel pasaba de unos brazos a otros… Su madre moría, ella se consumía en sus amores indecentes. ¡Bestia feroz! ¡Vampiro! Has succionado la vida a tu madre. Has destruido nuestra alegría. Marta sacrificada por ti: nadie se casa con la hermana de una meretriz. Yo… ¡Ah! ¡Yo! Lázaro, caballero hijo de Teófilo… ¡Me escupían los gamberros de Ofel!
"He ahí: cómplice de una adúltera e impura" decían escribas y fariseos, y sacudían sus vestiduras para significar que rechazaban el pecado con que yo estaba manchado por el contacto con ella. "¡Ahí está el pecador!
El que no sabe castigar al culpable es culpable como él gritaban los rabíes cuando subía al Templo. Y sudaba bajo el fuego de las pupilas sacerdotales…
El fuego. ¡Tú! Tú vomitabas el fuego que llevabas dentro. Porque eres un demonio, María. Eres inmunda. Eres la maldición. Tu fuego prendía en todos, porque tu fuego estaba hecho de muchos fuegos, y había, ¡vaya que si había!, para los lujuriosos, que parecían peces apresados en el trasmallo cuando pasabas… ¿Por qué no te maté?
Arderé en la Gehenna por haberte dejado vivir destruyendo tantas familias, dando escándalo a mil… ¿Quién dice:
"¡Ay de aquel por el que se produce el escándalo!"? ¿Quién lo dice? ¡Ah, el Maestro! ¡Quiero ver al Maestro! ¡Quiero verlo! Para que me perdone. Quiero decirle que no podía matarla porque la amaba… María era el sol de nuestra casa…
¡Quiero ver al Maestro! ¿Por qué no está aquí? ¡No quiero vivir! Pero sí quiero el perdón por el escándalo que he dado dejando vivir al escándalo. Ya estoy en las llamas.
Es el fuego de María. Me ha apresado. A todos apresaba. Para lujuria suya, para odio a nosotros, y para quemarme las carnes a mí. ¡Fuera estas mantas, fuera todo! Estoy en el fuego. Me ha apresado la carne y el espíritu. Estoy perdido a causa de ella.
¡Maestro! ¡Maestro! ¡Tu perdón! No viene. No puede venir a la casa de Lázaro. Es un estercolero por causa de ella.
Entonces… quiero olvidar. Todo. Ya no soy Lázaro. Dadme vino. Lo dice Salomón (Proverbios 31, 6-7: "Dad vino a los que tienen el corazón acongojado. Que beban y olviden su miseria, y no recuerden ya de su dolor". No quiero recordar. Dicen todos: "Lázaro es rico, es el hombre más rico de Judea". ¡No es verdad! Todo es paja No es oro. ¿Y las casas? Nubes. ¿Las viñas, los oasis, los jardines, los olivares? Nada. Engaños. Yo soy Job (1-2. No tengo ya nada. Tenía una perla. ¡Hermosa! De infinito valor. Era mi orgullo. Se llamaba María. Ya no la tengo. Soy pobre. El más pobre de todos. El más engañado de todos…
También Jesús me ha engañado, porque me había dicho que me la traería de nuevo, y, sin embargo, ella… ¿Dónde está ella? Ahí está. ¡Parece una hetaira pagana la mujer de Israel, hija de una santa! Semidesnuda, borracha, enloquecida… Y alrededor… con los ojos fijos en el cuerpo desnudo de mi hermana, la jauría de sus amantes…
Y ella ríe de ser admirada y deseada así. Quiero expiar mi delito. Quiero ir por Israel diciendo: "No vayáis a casa de mi hermana. Su casa es el camino del infierno y desciende a los abismos de la muerte". Y luego quiero ir donde ella y pisotearla, porque está escrito (Eclesiástico 9, 10):
"Toda mujer lasciva será pisoteada como estiércol en el camino". ¡Oh!, ¿te atreves a presentarte a mí, que muero deshonrado, destruido por ti?, ¿a mí, que he ofrecido mi vida como rescate de tu alma, y en vano? ¿Cómo quería que fueras, dices? ¿Cómo quería que fueras para no morir así? Pues te quería como Susana, la casta. ¿Dices que te han tentado?
¿Y no tenías un hermano para que te defendiera? Susana, ella sola, respondió (Daniel 13, 23);: "Mejor es para mí caer en vuestras manos que pecar en la presencia del Señor", y Dios hizo relucir su candor. Yo habría dicho las palabras contra tus tentadores y te habría defendido.
¡Pero tú… te marchaste! Judit era viuda y vivía en una habitación apartada, ceñido el cilicio y ayunando, y gozaba de grandísima estima de todos porque temía al Señor, y de ella se canta: "Eres gloria de Jerusalén, alegría de Israel, honor de nuestro pueblo, porque has obrado virilmente y tu corazón ha sido fuerte, porque has amado la castidad y después de tu matrimonio no has conocido a otro hombre. Por eso la mano del Señor te ha hecho fuerte y serás bendecida eternamente (Judith 15, 10 – 11) Si María hubiera sido como Judit, el Señor me habría curado. Pero no ha podido hacerlo por causa de ella. Por eso no he pedido la curación. No puede haber milagro donde está ella. Pero morir, sufrir, no es nada; una y mil veces más, una y mil muertes, con tal de que ella se salve.
¡Oh! ¡Señor Altísimo! ¡Todas las muertes! ¡Todo el dolor! ¡Pero que María se salve! ¡Gozar de ella una hora, sólo una hora! ¡Gozar de ella santa otra vez, pura como en la infancia! ¡Una hora de esta alegría! Gloriarme en ella, la flor de oro de mi casa, la gacela primorosa de dulces ojos, el ruiseñor a la caída de la tarde, la amorosa paloma…
Quiero ver al Maestro para decirle que lo que quiero es a María, a María. ¡Ven! ¡María! ¡Cuánto dolor tiene tu hermano, María! Pero, si vienes, si te redimes, mi dolor se hace dulce. ¡Buscad a María! ¡Estoy a las puertas de la muerte! ¡María! ¡Alumbrad! Aire Yo… Me ahogo… ¡Oh, qué cosa siento!…
El médico hace un gesto y dice:
-Es el final. Después del delirio el sopor y luego la muerte. Pero puede volver a la lucidez. Acercaos. Tú especialmente. Le será motivo de alegría -y colocado de nuevo Lázaro, agotado después de tanta agitación, se acerca a María, que ha estado todo este tiempo llorando en el suelo y diciendo entre gemidos: «¡No dejéis que siga!».
La alza y la conduce al pie de la cama Lázaro ha cerrado los ojos. Pero debe sufrir atrozmente. Todo él es estremecimiento y contracción. El médico trata de socorrerlo con jarabes… Pasan así un tiempo.
Lázaro abre los ojos. Parece desmemoriado de lo que ha sucedido antes, pero está en sí. Sonríe a sus hermanas y trata de cogerles las manos y responder a sus besos.
Palidece mortalmente. Gime:
-Tengo frío…
Le castañean los dientes. Trata de cubrirse hasta la boca Gime:
-Nicomedes, ya no resisto estos dolores. Los lobos me arrancan la carne de las piernas y me devoran el corazón.
¡Cuánto dolor! Y, si así es la agonía, ¿qué será la muerte? ¿Qué voy a hacer? ¡Si tuviera aquí al Maestro! ¿Por qué no me lo habéis traído? Habría muerto feliz en su pecho…
Llora.
Marta mira a María severamente. María comprende esa mirada y, todavía abatida por el delirio de su hermano, cae en el remordimiento y, inclinándose, arrodillada como está contra la cama besando la mano de su hermano, gime:
-Soy yo la culpable. Marta quería hacerlo desde hace ya dos días. Yo no he querido. Porque Él nos había dicho que le avisáramos sólo después de tu muerte. ¡Perdóname, Yo te he dado todo el dolor de la vida… Y, no obstante, te he amado y te amo, hermano. Después del Maestro, tú eres la persona a quien más amo; y Dios ve que no miento. Dime que me absuelves del pasado, dame paz…
-¡Dómina! -interviene el médico -El enfermo no tiene necesidad de emociones.
-Es verdad… Dime que me perdonas el haberte negado a Jesús…
-¡María! Por ti Jesús ha venido aquí… y viene por ti… porque tú has sabido amar… más que ningún otro… Me has amado más que ningún otro… Una vida… de delicias no me habría… no me habría dado la… alegría que he gozado por ti… Te bendigo… Te digo… que has hecho bien… en obedecer a Jesús… Yo no sabía eso… Sé… Digo… está bien… ¡Ayudadme a morir!… Noemí… tú, en el pasado, eras capaz de… hacerme dormir… Marta… bendita… paz mía,… Maximino… con Jesús. También… por mí… Mi parte… para los pobres,… a Jesús… para los pobres… Y perdonad… a todos… ¡Ah, qué espasmos!… ¡Aire!… Luz… Todo tiembla… Tenéis como una luz en torno a vosotros y me ciega si… os miro… Hablad… fuerte…
Ha puesto la mano izquierda en la cabeza de María y ha dejado desmayada la izquierda entre las manos de Marta. Jadea…
Lo alzan con precaución añadiendo almohadas. Nicomedes le hace sorber todavía otras gotas de jarabes. La pobre cabeza, mortalmente relajada, se hunde y pende. Toda la vida está en la respiración. No obstante, abre los ojos y mira a María, que le sujeta la cabeza, y le sonríe diciendo:
-¡Mamá! Ha vuelto… ¡Mamá! ¡Habla! Tu Voz… Tú sabes… el secreto… de Dios… ¿He servido… al Señor?…
María, con voz blanca por la pena, susurra:
-El Señor te dice: Ven conmigo, siervo bueno y fiel, porque has escuchado todas mis palabras y has amado al Verbo que he enviado".
-¡No oigo! ¡Más fuerte!
María repite más fuerte…
-¡Es verdaderamente mamá!… -dice satisfecho Lázaro, y abandona la cabeza en el hombro de su hermana…
Ya no habla. Sólo gemidos y temblores convulsos, sólo sudor y estertores. Ya insensible respecto a la Tierra, a los sentimientos, se hunde en la oscuridad cada vez más absoluta de la muerte. Los párpados descienden sobre los ojos vidriosos en que brilla la última lágrima.
-¡Nicomedes! ¡Se entumece! ¡Se pone frío!… -dice María.
-Dómina, para él la muerte es un alivio.
-Mantenlo en vida! Mañana, sin duda, estará aquí Jesús. Se habrá puesto en camino enseguida. Quizás ha tomado el caballo del criado, u otra cabalgadura -dice Marta. Y, vuelta hacia su hermana:
-¡Oh, si me hubieras dejado enviar aviso antes!
Luego, al médico:
-¡Haz que viva! -impone convulsa.
El médico abre los brazos. Prueba con unos cordiales. Pero Lázaro ya no deglute. El estertor aumenta… aumenta. Es acongojante…
-¡No se puede soportar ya oírlo! -gime Noemí.
-Sí. Tiene una larga agonía… -asiente el médico.
Pero, casi no ha terminado de decir esto y, con una convulsión de todo el cuerpo, que se arquea y luego se abate, Lázaro exhala el último suspiro.
Las hermanas gritan… al ver esa convulsión; gritan al ver ese abatimiento. María llama a su hermano, besándolo; Marta se agarra al médico, que se inclina sobre el muerto y dice:
-Ha expirado. Ya es demasiado tarde para esperar a que suceda el milagro. Ya no hay espera. ¡Demasiado tarde!…
Yo me marcho, señoras. Ya no hay motivo para que siga aquí. Apresuraos en los funerales, porque ya está descompuesto.
Baja los párpados del muerto y, observándolo, dice todavía esto:
-¡Qué pena! Era un hombre virtuoso e inteligente. ¡No debía haber muerto!
Se vuelve hacia las hermanas, se inclina, se despide:
-¡Dómine, salve! -y se marcha.
Los llantos llenan la habitación. María, ya sin fuerzas, se deja caer sobre el cuerpo de su hermano gritando sus remordimientos, invocando su perdón. Marta llora en los brazos de Noemí.
Luego María grita:
-¡No has tenido fe! ¡Ni obediencia! ¡Yo lo maté antes, tú ahora; yo pecando, tú desobedeciendo!
Está como fuera de sí. Marta la levanta, la abraza, se excusa.
Maximino, Noemí, Marcela tratan de inducir a las dos a entrar en razón y a resignarse. Y lo logran recordando a Jesús…
El dolor se hace más ordenado, y, mientras la habitación se llena de domésticos que lloran, mientras entran los encargados de la preparación del cadáver, las dos hermanas son conducidas a otro lugar a llorar su dolor. Maximino, que las guía, dice:
-Ha expirado al concluir la segunda vigilia de la noche.
Y Noemí:
-Mañana habrá que darle sepultura, y pronto, antes de la puesta del sol, porque viene el sábado. Dijisteis que el Maestro quería grandes honores…
-Sí, Maximino. Ocúpate tú de todo eso. Yo estoy aturdida -dice Marta.
-Me retiro para enviar a criados a la gente cercana o lejana, y para dar todas las demás indicaciones -dice Maximino, y se retira.
Las dos hermanas, abrazadas, lloran. Ya no se echan culpas la una a la otra. Lloran. Tratan de consolarse…
Pasan las horas. El muerto está preparado en su habitación. Una larga forma envuelta en vendas bajo el sudario.
-¿Por qué ya cubierto así? -exclama Marta con tono de reproche.
-Señora… Hedía mucho por la nariz, y al moverlo ha arrojado sangre corrompida -se excusa un doméstico anciano.
Las hermanas lloran intensamente. Lázaro está ya más lejos bajo esas vendas… Otro paso en la lejanía de la muerte.
Lo velan con lágrimas hasta el alba, hasta que regresa del otro lado del Jordán el criado; este criado que se queda anonadado, pero que, no obstante, informa de la veloz carrera que ha realizado para llevar la respuesta de que Jesús va.
-¿Ha dicho que viene? ¡No ha hecho ningún reproche? -pregunta Marta.
-No, señora. Ha dicho: "Iré. Diles que iré y que tengan fe". Y antes había dicho: "Diles que estén tranquilas. No es una enfermedad de muerte, sino que es para gloria de Dios, para que su poder sea glorificado en su Hijo".
-¿Ha dicho exactamente eso? ¿Estás seguro de ello? -pregunta María.
-¡Señora, durante todo el camino he venido repitiendo las palabras!
-Márchate, márchate. Estás cansado. Has hecho todo bien. ¡Pero ya es demasiado tarde!… -suspira Marta, y rompe a llorar ruidosamente en cuanto se queda con su hermana.
-¡Marta!, ¿Por qué?…
-¡Oh, además de la muerte la desilusión! ¡María! ¡María!
¿No piensas en que el Maestro esta vez se ha equivocado? Mira a Lázaro. ¡Está bien muerto! Hemos esperado más allá de lo creíble y no ha servido. Cuando le he mandado el aviso -me habré equivocado, no digo que no, Lázaro estaba ya más muerto que vivo. Y nuestra fe no ha recibido fruto ni premio. ¡Y el Maestro envía el mensaje de que no es enfermedad de muerte! ¿Es que el Maestro ya no es la Verdad? Ya no es… ¡Oh! ¡Todo! ¡Todo! ¡Todo está terminado!
María se retuerce las manos. No sabe qué decir. La realidad es realidad… Pero no habla. No dice una palabra contra su Jesús. Llora, verdaderamente agotada.
Marta tiene un pensamiento obsesivo en su corazón, el de haber tardado demasiado:
-Es por culpa tuya -dice en tono de reproche -Jesús quería probar nuestra fe así. Obedecer, sí. Pero también desobedecer por fe y demostrarle que creíamos que sólo Él podía y debía hacer el milagro. ¡Pobre hermano mío! ¡Y cuánto ha deseado su presencia! Al menos esto: ¡verlo!
¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo! Y el llanto se transforma en grito, al que hacen coro tras la puerta los gritos de las criadas y de los criados, según la costumbre oriental…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Me encuentro todavía en la casa de Lázaro, y veo que Marta y María salen al jardín acompañando a un hombre entrado ya en años, de aspecto muy noble, y del que diría que no es hebreo, porque tiene la cara completamente afeitada, como los romanos.
Una vez que se han alejado un poco de la casa, María le pregunta:
-Bueno, Nicomedes, ¿qué nos dices, entonces, de nuestro hermano? Nosotras lo vemos muy… enfermo… Habla.
El hombre abre los brazos en un gesto de conmiseración y de constatación de lo innegable, y, parándose, dice:
-Está muy enfermo… Desde los primeros momentos en que empecé a cuidar de su salud nunca os he engañado. He intentado todo. Vosotras lo sabéis. Pero no ha sido eficaz. Esperaba también… sí, esperaba que, al menos, pudiera vivir reaccionando al agotamiento de la enfermedad con la buena nutrición y los cordiales que le preparaba.
He probado incluso con tóxicos adecuados para preservar a la sangre de la corrupción y para sostener las fuerzas, según las viejas escuelas de los grandes maestros de la medicina. Pero la enfermedad es más fuerte que los medios para curarla. Estas enfermedades son como corrosiones.
Destruyen. Y cuando se manifiestan externamente ya los huesos por dentro están invadidos, y, de igual manera que la savia en un árbol se alza desde lo profundo hasta la cima, aquí la enfermedad se ha extendido desde los pies a todo el cuerpo…
-Pero tiene enfermas sólo las piernas -gime Marta
-Sí, pero la fiebre destruye donde vosotras pensáis que no hay sino salud. Mirad esta ramita caída de ese árbol. Parece carcomido aquí, junto a la fractura. Pero, mirad… (la desmenuza con sus dedos). ¿Veis? Bajo la corteza, todavía lisa, está la caries hasta el extremo superior, donde todavía parece que hay vida porque tiene todavía unas hojitas. Lázaro está ya… muriendo. ¡Oh, pobres hermanas!
El Dios de vuestros padres, y los dioses y semidioses de nuestra medicina, nada han podido hacer… o… querido hacer (me refiero a vuestro Dios)… Así que… sí, preveo ya cercana la muerte, incluso por el aumento de la fiebre, que es síntoma de que la descomposición ha entrado en la sangre, por los movimientos desordenados del corazón y por la falta de estímulos y reacciones en el enfermo y en todos sus órganos. ¡Ya lo veis vosotras! No se alimenta, no retiene lo poco que toma y no asimila lo que retiene.
Es el final… Y -creed en lo que os dice un médico que recordando a Teófilo os está agradecido-y la cosa más deseable en estos momentos es la muerte… Son enfermedades terribles. Desde hace miles de años destruyen al hombre y el hombre no logra destruirlas a ellas. Sólo los dioses podrían, si… -se para, las mira mientras se pasa repetidamente los dedos por el mentón rasurado. Piensa. Luego dice:
-¿Por qué no llamáis al Galileo? Es vuestro amigo. Él puede, porque lo puede todo. Yo he observado a personas que estaban condenadas y que se curaron. Una fuerza extraña sale de Él. Un fluido misterioso que reanima y reúne las reacciones disgregadas y les impone la voluntad de curar… No sé. Sé que lo he seguido incluso, mezclado con la muchedumbre, y he visto cosas maravillosas…
Llamadlo. Yo soy un gentil, pero honro al Taumaturgo misterioso de vuestro pueblo. Y me alegraría si Él pudiera lo que yo no he podido.
-Es Dios, Nicomedes. Por eso puede. La fuerza que llamas fluido es su voluntad divina -dice María.
-No ridiculizo vuestra fe. Al contrario, la impulso a que crezca hasta lo imposible. Además… se lee que los dioses alguna vez han descendido a la Tierra. Yo… nunca lo había creído… Pero, con ciencia y conciencia de hombre y médico, tengo que decir que es así, porque el Galileo obra curaciones que sólo un dios puede obrar.
-No un dios, Nicomedes. El verdadero Dios -insiste María.
-Bueno, de acuerdo, como tú quieras. Y yo lo creeré y me haré discípulo suyo, si veo que Lázaro… resucita. Porque ya, más que de curación, hay que hablar de resurrección.
Llamadlo, pues, y con urgencia… porque, si no me he vuelto un ignorante, al máximo a la tercera puesta de sol a partir de ésta, morirá. He dicho "al máximo". Podría ser antes.
-¡Oh, si pudiéramos! Pero no sabemos dónde está… -dice Marta.
-Yo lo sé. Me lo dijo un discípulo suyo que iba donde Él llevándole unos enfermos (y dos eran míos). Está al otro lado del Jordán, en los alrededores del vado. Eso dijo. Vosotros quizás conocéis mejor el lugar.
-¡Ah, sin duda, en casa de Salomón! -dice María.
-¿Muy lejos?
-No, Nicomedes.
-Pues mandad inmediatamente a un criado para decirle que venga. Yo vuelvo más tarde y me quedo aquí para ver su acción en Lázaro. Salve, señoras. Y… animaos mutuamente.
Les hace una reverencia y se marcha hacia la salida. Allí un criado lo espera para sujetarle el caballo y abrirle la cancilla.
Marta ve partir al médico y luego pregunta:
-¿Qué hacemos, María?
-Obedecemos al Maestro. Dijo que le avisáramos después de la muerte de Lázaro. Y nosotras lo haremos.
-Pero, una vez muerto… ¿de qué sirve tener aquí al Maestro? Para nuestro corazón sí, será útil. ¡Pero para Lázaro!… Yo mando a un criado a llamarlo.
-No. Destruirías el milagro. Él dijo que había que saber esperar y creer contra toda realidad contraria. Si lo hacemos, tendremos el milagro; estoy segura. Si no sabemos hacerlo, Dios nos dejará con nuestra presunción de querer hacer las cosas mejor que Él, y no nos concederá nada.
-¿Pero no ves cuánto sufre Lázaro? ¿No oyes cómo, en los momentos que está consciente, desea la presencia del Maestro? ¿Quieres negarle la última alegría al pobre hermano nuestro? ¡No tienes corazón!… ¡Pobre hermano nuestro! ¡Pobre hermano nuestro! ¡Dentro de poco ya no tendremos hermano! ¡Sin padre, sin madre, sin hermano! La casa destruida, y nosotras solas, como dos palmas en un desierto.
Cae en una crisis de dolor. Yo diría que también en una crisis de nervios típica oriental: se contorsiona, se golpea el rostro, se despeina.
María la agarra. Le impone:
-¡Calla! ¡Calla, te digo! Lázaro puede oír. Yo lo quiero más y mejor que tú, y sé dominarme. Pareces una mujer enferma. ¡Calla, digo! No se cambia el curso de las cosas con estas vehemencias, ni tampoco así se conmueven los corazones. Si lo haces para conmover el mío, te equivocas. Piénsalo bien. El mío queda aplastado en la obediencia, pero resiste en ella.
Marta, dominada por la fuerza de su hermana y por sus palabras se calma mucho; pero -expresión de su dolor, ahora más tranquilo-gime invocando a la madre: -¡Mamá!
¡Oh, madre mía, consuélame! Ya no hay paz en mí, desde que moriste. ¡Si estuvieras aquí, madre! ¡Si la pena no te hubiera matado! Si tú estuvieras, nos guiarías y nosotras te obedeceríamos, por el bien de todos… ¡Oh!…
María cambia de color y, silenciosamente, llora con un rostro angustiado y retorciéndose las manos sin decir nada.
Marta la mira y dice:
-Nuestra madre, estando ya para morir, me hizo prometer que sería una madre para Lázaro. Si ella estuviera aquí…
-Obedecería al Maestro porque era una mujer justa. En vano tratas de conmoverme. Dime, si quieres, que he sido la asesina de mi madre por las penas que le causé. Te diré: "Tienes razón". Pero, si quieres hacerme decir que tienes razón queriendo que venga el Maestro, te digo: "No". Y siempre diré: "No". Y estoy segura de que desde el seno de Abraham ella me aprueba y bendice. Vamos a casa.
-¡Ya no tenemos nada! ¡Nada!
-¡Todo! ¡Debes decir: "Todo"! La verdad es que escuchas al Maestro y pareces atenta mientras habla, pero luego no recuerdas lo que dice. ¿No ha dicho siempre que amar y obedecer nos hace hijos de Dios y herederos de su Reino? ¿Y entonces cómo es que dices que nos vamos a quedar sin nada?, pues tendremos a Dios y poseeremos el Reino por nuestra fidelidad. ¡Oh, verdaderamente hemos de ser absolutas como yo lo fui en el mal, incluso para poder ser, y saber, y querer ser absolutas en el bien, en la obediencia, en la esperanza, en la fe, en el amor!…
-Tú consientes que los judíos ridiculicen al Maestro y hagan insinuaciones respecto a Él. Los has oído anteayer…
-¿Y piensas todavía en el graznido de esas cornejas, en los chillidos de esos buitres? ¡Déjalos que escupan lo que tienen dentro! ¡Qué te importa el mundo! ¿Qué es el mundo respecto a Dios? Mira: menos que este sucio moscón, entorpecido o envenenado por haber chupado inmundicias, que piso así -y da un enérgico golpe con el talón a un tábano de torpes movimientos que camina lentamente por el guijarros del paseo. Luego toma a Marta de un brazo y dice:
-Venga, ven a casa y…
-Comuniquémoselo al menos al Maestro. Mandémosle aviso de que está muriendo. Sin decirle nada más…
-¡Como si tuviera necesidad de saberlo por nosotras! No, he dicho. Es inútil. Él dijo: "Cuando haya muerto, comunicádmelo". Y lo haremos. No antes de que suceda.
-¡Nadie, nadie tiene piedad de mi dolor! Tú menos que nadie…
-Deja de llorar de esa manera, ¿no? No puedo soportarlo…
Sufriendo ella, se muerde los labios para dar fuerza a su hermana sin llorar ella también.
Marcela sale corriendo de la casa, seguida por Maximino:
-¡Marta! ¡María! ¡Corred! Lázaro está mal. Ya no responde…
Las dos hermanas se echan a correr, raudas, y entran en la casa… Después de un poco, se oye la voz fuerte de María que da órdenes para los socorros propios de esta situación, y se ve a criados correr con cordiales y barreños humeantes de agua hirviendo; se oyen bisbiseos y se ven gestos de dolor…
A tanta agitación, poco a poco, le va sustituyendo la calma. Se ve a los criados que cuchichean unos con otros, menos nerviosos pero con gestos de intenso desconsuelo que remarcan lo que dicen: quién menea la cabeza, quién la alza al cielo abriendo los brazos, como diciendo: "así es", quién llora, quién quiere esperar todavía en un milagro.
Ahí tenemos de nuevo a Marta, pálida como una muerta. Mira tras sí, para ver si la siguen. Mira a los siervos que están apretadamente en torno a ella angustiados. Vuelve a mirar para ver si de la casa sale alguien a seguirla. Luego dice a un criado:
-¡Tú, ven conmigo!
El criado se separa del grupo y la sigue hacia la pérgola de los jazmines y dentro de ella. Marta habla, sin perder de vista la casa, que se puede ver a través de la tupida maraña de las ramas:
-Escucha bien. Cuando todos los criados hayan entrado y yo les dé indicaciones para que estén ocupados en la casa, tú irás a las caballerizas, tomarás un caballo de los más rápidos, lo ensillarás… Si por casualidad alguien te ve, di que vas por el médico… No mientes tú ni te enseño a mentir yo, porque verdaderamente te envío donde el Médico bendito… Toma contigo forraje para el animal y comida para ti, y esta bolsa para todo lo que puedas necesitar.
Sal por la puerta pequeña y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los: y, pasando por los campos arados, que no producen ruido con los cascos, te alejas de la casa. Luego tomas el camino de Jericó y galopa sin detenerte nunca, ni siquiera de noche. ¿Has comprendido? Sin detenerte nunca. La Luna nueva te iluminará el camino, si viene la oscuridad mientras todavía sigues galopando. Piensa que la vida de tu señor está en tus manos y en tu rapidez. Me fío de ti.
-Señora, te serviré como un esclavo fiel.
-Ve al vado de Betabara. Pasas y vas al pueblo que hay más allá de Betania de la Transjordania. ¿Sabes? Donde al principio bautizaba Juan.
-Lo sé. Fui allí yo también, a purificarme.
-En ese pueblo está el Maestro. Todos te dirán cuál es la casa donde le dan alojamiento. Pero si sigues en vez del camino principa1 las orillas del río, es mejor. Te ven menos y encuentras por ti mismo la casa. Es la primera de la única calle del pueblecito, la que va de los campos al río. No tienes posibilidad de error. Una casa baja, sin terraza ni habitación alta, con un huerto que se encuentra, viniendo del río, antes de la casa, un huerto cerrado por una pequeña portilla de madera y un seto de espino albar, creo… bueno, un seto. ¿Entendido? Repite.
El criado repite pacientemente.
-Bien. Solicita hablar con Él, sólo con Él, y le dices que tus señoras te envían para decirle que Lázaro está muy enfermo, que está agonizando, que nosotras ya no podemos más, que él lo precisa y que venga enseguida, enseguida, por piedad. ¿Has comprendido bien?
-He comprendido, señora.
Y después vuelve inmediatamente, de forma que ninguno note mucho tu ausencia. Toma un farol contigo, para las horas de oscuridad. Ve, corre, galopa, revienta al caballo, pero vuelve pronto con la respuesta del Maestro.
-Lo haré, señora.
-¡Ve! ¡Ve! ¿Ves? Han entrado ya todos en casa. Ve inmediatamente. Nadie te va a ver hacer los preparativos. Yo misma te llevo la comida. ¡Ve! Te la pongo al pie de la puerta pequeña. ¡Ve! Que Dios te acompañe. ¡Ve! …
Lo empuja, ansiosa, y luego corre a casa, rápida y cauta, para salir después sigilosa por una puerta secundaria que está en el lado sur, con un pequeño saco en sus manos; camina rozando un seto hasta la primera apertura, tuerce, desaparece…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Aunque esté deshecha de dolor y cansancio, Marta sigue siendo la señora que sabe recibir y ofrecer la casa, y honrar a las personas con ese porte señorial perfecto propio de la verdadera señora.
Así, ahora, habiendo antes conducido al grupo a una de las salas, da las indicaciones para que se traigan los refrescos habituales y para que los huéspedes tengan todo aquello que pueda serles reconfortante.
Los criados van de acá para allá sirviendo bebidas calientes o vinos de calidad, ofreciendo fruta espléndida, dátiles dorados como topacios, uva seca, parecida a nuestra uva moscatel, de racimos de una perfección fantástica, y miel virgen; todo en ánforas, copas, bandejas, platos preciosos.
Y Marta vigila atentamente, para que ninguno quede desatendido; es más, según la edad, y quizás también según las personas (cuyos caracteres le resultan bien conocidos), da la pauta para el servicio a los criados. Así, para a un criado que se dirige a Elquías con un ánfora llena de vino y con una copa y le dice:
-Tobías, no vino, sino agua de miel y jugo de dátiles.
Y a otro:
-Sin duda, Juan prefiere el vino. Ofrécele el blanco de uva pasa.
Y, personalmente, al viejo escriba Cananías le ofrece leche caliente, abundantemente dulcificado por ella con la dorada miel mientras dice:
-Te vendrá bien para tu tos. Te has sacrificado para venir, estando enfermo y en un día crudo. Me conmueve el veros tan solícitos.
-Es nuestro deber, Marta. Euqueria era de nuestra estirpe. Una verdadera judía que nos honró a todos.
-El honor a la venerada memoria de mi madre toca mi corazón. Transmitiré a Lázaro estas palabras.
-Pero nosotros queremos saludarlo. ¡Un hombre tan amigo! -dice, falso como siempre, Elquías, que se ha acercado.
-¿Saludarlo? No es posible. Está demasiado agotado.
-¡No le vamos a molestar! ¿No es verdad, vosotros? Nos contentamos con un adiós desde la puerta de su habitación dice Félix.
-No puedo, no puedo de ninguna manera. Nicomedes se opone a cualquier tipo de fatiga o de emoción.
-Una mirada al amigo moribundo no puede matarlo, Marta – dice Calasebona. ¡Demasiado nos dolería el no haberle saludado!
Marta está nerviosa, vacilante. Mira hacia la puerta, quizás para ver si María viene en su ayuda. Pero María está ausente.
Los judíos observan este nerviosismo suyo, y Sadoq, el escriba, se lo dice a Marta:
-Se diría que viniendo te hemos puesto nerviosa, mujer.
-No. Nada de eso. Comprended mi dolor. Hace meses que vivo al lado de uno que agoniza y… ya no sé… ya no sé moverme como antes en las fiestas…
-¡Esto no es una fiesta! ¡No queríamos tampoco que nos dieras estos honores! Pero… quizás… quizás nos escondes algo y por eso no nos dejas ver a Lázaro ni permites que pasemos a su habitación. ¡Je! ¡Je! ¡Esto se sabe! Pero, no temas, que la habitación de un enfermo es lugar sagrado de asilo para cualquiera. Créelo… -dice Elquías.
-No hay nada que esconder en la habitación de nuestro hermano. Nada hay escondido en ella. Esa habitación únicamente acoge a un moribundo para el que sería un acto de piedad evitarle todo recuerdo penoso. Y tú, Elquías, y todos vosotros, sois recuerdos penosos para Lázaro -dice María con su espléndida voz de órgano, apareciendo en la puerta y manteniendo apartada la cortina purpúrea con la mano.
-¡María! -gime Marta, suplicante para frenarla.
-Nada, hermana. Déjame hablar…
Se dirige a los otros:
-Y para quitaros todas las dudas, que uno de vosotros -sólo un recuerdo del pasado volverá a causar dolor-venga conmigo, si ver a un moribundo no le molesta y el hedor de la carne que muere no le produce náuseas.
-¿Y tú no eres un recuerdo que causa dolor? -dice, irónico, el herodiano, que ya he visto aunque no sé dónde, saliendo del rincón en que se hallaba y poniéndose frente a María.
Marta gime. María mira con mirada de águila inquieta, sus ojos centellean; se yergue altiva, olvidándose del cansancio y el dolor, que verdaderamente encorvan su cuerpo, y, con una expresión de reina ofendida, dice:
-Sí, yo también soy un recuerdo, pero no de dolor como tú dices; soy el recuerdo de la Misericordia de Dios. Y, viéndome a mí, Lázaro muere en paz, porque sabe que encomienda su espíritu en las manos de la infinita Misericordia.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡No eran éstas las palabras de otros tiempos! ¡Tu virtud! A quien no te conoce podrías mostrársela…
-Pero a ti no, ¿no es así? Pues precisamente a ti te la pongo delante de los ojos, para decirte que uno se hace como aquellos con quienes va. Yo, en aquellos tiempos, por desgracia, estaba contigo, y era como tú; ahora estoy con el Santo, y me hago honesta.
-Una cosa destruida no se reconstruye, María.
-Efectivamente, tú, todos, vosotros, no podéis reconstruir el pasado; no podéis reconstruir lo que habéis destruido: no puedes tú que me causas horror; ni vosotros, que ofendisteis en el tiempo del dolor a mi hermano y que ahora, por torcida finalidad, queréis aparecer como amigos suyos.
-¡Oh, eres audaz, mujer! El Rabí habrá expulsado de ti muchos demonios, pero mansa no te ha hecho -dice uno de aproximadamente cuarenta años.
-No, Jonatán ben Anás, no me ha hecho débil; al contrario, me ha hecho más fuerte, con esa audacia que es propia de la persona honesta, de la persona que ha querido volver a ser honesta y ha roto todo vínculo con el pasado para hacerse una vida nueva. "¡Vamos! ¿Quién viene donde Lázaro?!
Se muestra imperiosa como una reina. Los domina a todos con su franqueza, despiadada incluso contra sí misma.
Marta, por el contrario, está angustiada, con lágrimas en esos ojos suyos que miran fijamente a María suplicándole que calle.
-¡Voy yo! -dice, acompañando sus palabras de un suspiro de víctima, Elquías, falso como una serpiente. Salen juntos.
Los otros se vuelven hacia Marta:
-¡Tu hermana!… Siempre ese carácter. No debería. Tiene que ganarse mucho perdón -dice Uriel, el rabí visto en Yiscala, el que allí lanzó piedras a Jesús y lo hirió. Marta, azuzada por estas palabras, encuentra de nuevo su fuerza y dice:
-La ha perdonado Dios. Cualquier otro perdón no tiene valor después de ése. Y su vida actual es ejemplar para el mundo.
Pero la audacia de Marta pronto decae y se muda en llanto. Gime, entre lágrimas:
-¡Sois crueles! Con ella… conmigo… No tenéis compasión ni del dolor pasado ni del dolor actual. ¿A qué habéis venido? ¿A ofender y dar dolor?
-No, mujer, no. Sólo para saludar a este judío grande que agoniza. ¡Para ninguna otra cosa! ¡Para ninguna otra cosa! No debes tomar a mal nuestras rectas intenciones. Hemos sabido por José y Nicodemo que había habido un agravamiento, y hemos venido… de la misma forma que ellos, los dos grandes amigos del Rabí y de Lázaro. Por qué esa actitud de tratarnos de manera distinta a nosotros que amamos al Rabí y a Lázaro como ellos? No sois justas.
¿Puedes, acaso, decir que ellos -con Juan, Eleazar, Felipe, Josué y Joaquín-no hayan venido a informarse de cómo estaba Lázaro?, ¿y que Manahén no ha venido?…
-Yo no digo nada. Lo que me asombra es que sepáis todo también. No sabía que hasta por dentro las casas fueran vigiladas por vosotros. No sabía que existiera un nuevo precepto, además de los seiscientos trece que ya existen: el de indagar, espiar dentro de las familias… ¡Perdón! ¡Os estoy ofendiendo! El dolor me hace perder los cabales, y vosotros lo agudizáis.
-¡Te comprendemos, mujer! Hemos venido a daros un consejo bueno porque pensamos que estáis fuera de vuestros cabales. Avisad al Maestro. Ayer incluso, siete leprosos vinieron a dar gloria al Señor porque el Rabí los había curado. Llamadlo también para Lázaro.
-¡Mi hermano no está leproso! -grita Marta muy agitada -¿Éste es el motivo por el que queríais verlo? ¿Para esto habéis venido? ¡No! ¡No está leproso! Mirad mis manos. Lo curo desde hace años y yo no tengo lepra. Tengo la piel enrojecida por los ungüentos aromáticos, pero no tengo lepra. No tengo…
-¡Calma! Calma, mujer. ¿Quién ha dicho que Lázaro esté leproso? ¿Quién sospecha en vosotras un pecado tan horrendo como el de ocultar a un leproso? ¿Tú crees que, a pesar de vuestro poder, no habríamos descargado nuestra mano sobre vosotras si hubierais pecado? Nosotros somos capaces de pasar por encima incluso del cuerpo de nuestro padre y de nuestra madre, de nuestra esposa y de nuestros hijos, con tal de hacer obedecer los preceptos. Esto te lo digo yo, yo, Jonatán de Uziel.
-¡Cierto! ¡Es así! Y ahora te decimos, por el amor que te profesamos, por el amor que profesábamos a tu madre, por el que profesamos a Lázaro: llamad al Maestro. ¿Meneas la cabeza? ¿Quieres decir que ya es tarde? ¿Cómo es eso? ¿No tienes fe en Él, tú, Marta, discípula fiel? ¡Eso es grave! ¿Tú también empiezas a dudar? -dice Arquelao.
-Blasfemas, escriba. Creo en el Maestro como en el Dios verdadero.
-¿Y entonces por qué no quieres intentarlo? Él ha resucitado a muertos… A1 menos, eso se dice… ¿Es que no sabes dónde está? Si quieres, te lo buscamos nosotros, te ayudamos nosotros -insinúa Félix.
-¡No, hombre, no! En casa de Lázaro ciertamente se sabe dónde está el Rabí. Dilo con franqueza, mujer, y nos pondremos en marcha para buscártelo y te lo traeremos aquí, y estaremos presentes en el milagro para exultar contigo, con todos vosotros -dice, tentador, Sadoc
Marta vacila, casi tentada a ceder. Los otros instan, mientras ella dice:
-No sé dónde está… No tengo la menor idea… Se marchó hace unos días y nos saludó como quien se marcha para largo
tiempo… Para mí sería consolador saber dónde está… Al menos, saberlo… Pero no lo sé, de verdad…
-¡Pobre mujer! Nosotros te ayudaremos… Te lo traeremos aquí-dice Cornelio.
-¡No! No hace falta. El Maestro… ¿Os referís a Él, no es verdad? El Maestro dijo que debíamos esperar más de lo esperable, y esperar únicamente en Dios. Y nosotras así lo haremos -dice María con voz de trueno mientras regresa con Elquías, quien inmediatamente la deja y habla, encorvado, con tres fariseos.
-¡Pero se está muriendo, por lo que oigo! -dice uno de ellos, que es Doras.
-¿Y entonces? ¡Pues muera! No pondré obstáculos al decreto de Dios, ni desobedeceré al Rabí.
-¿Y qué pretendes esperar después de la muerte, insensata? -dice, burlón, el herodiano.
-¿Qué? ¡Pues la Vida!
La voz es un grito de fe absoluta.
-¿La Vida? ¡Ja! ¡Ja! Sé sincera. Tú sabes que ante una verdadera muerte nulo es su poder, y en tu insensato amor por Él no quieres que eso se ponga de manifiesto.
-¡Salid todos! Le correspondería a Marta hacerlo, pero Marta os teme; yo sólo temo ofender a Dios, que me ha perdonado. Por eso, lo hago en vez de Marta. Salid todos.
No hay lugar en esta casa para los que odian a Jesucristo. ¡Fuera! ¡A vuestras guaridas tenebrosas! ¡Fuera todos! ¡O haré que os expulsen los criados como a un hatajo de harapientos inmundos!
Se muestra majestuosa en su ira. Los judíos ahuecan el ala, extremadamente cobardes, ante esta mujer (verdad es que parece un arcángel airado)…
La sala se desaloja. Las miradas de María, según van cruzando de uno en uno la puerta pasando por delante de ella, crean una inmaterial horca caudina bajo la cual debe humillarse la soberbia de los derrotados judíos. Por fin, la sala queda vacía.
Marta, rompiendo a llorar, se derrumba sobre la alfombra.
-¿Por qué lloras, hermana? No veo la razón de ello…
-¡Oh!, los has ofendido… y ellos te han, nos han ofendido… y ahora se vengarán… y…
-¡Cállate, mujer desatinada! ¿En quién piensas que se van a vengar? ¿En Lázaro? Antes tienen que deliberar, y antes de que decidan… ¡Oh, en un gulal uno no se venga! ¿En nosotras? ¿Es que, acaso, necesitamos su pan para vivir?
Los haberes no nos los tocarán. Se proyecta sobre ellos la sombra de Roma. ¿En qué, entonces? Y aunque pudieran hacerlo, ¿no somos, acaso, fuertes y jóvenes las dos? ¿No vamos a poder trabajar? ¿No es pobre Jesús? ¿No ha sido, acaso, nuestro Jesús obrero? ¿No seríamos más semejantes a Él, siendo pobres y trabajadoras? ¡Gloríate si lo eres! ¡Espera serlo! ¡Pídeselo a Dios!
-Pero lo que te han dicho…
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 5
Un nutrido y pomposo grupo de judíos, que montan cabalgaduras de lujo, entra en Betania. Son escribas y fariseos, además de algún saduceo y herodiano ya vistos otra vez (si no me equivoco, en el banquete en casa de Cusa para tentar a Jesús a que se proclamara rey). Los siguen criados a pie.
El grupo a caballo cruza lentamente la pequeña ciudad. El sonido de los cascos contra el terreno duro, el tintineo de los jaeces, las voces de los hombres convocan a las puertas a los habitantes, que miran y -visiblemente cohibidos-se inclinan haciendo profundas reverencias, para erguirse luego y reunirse y bisbisear en grupos.
-¿Habéis visto?
-Todos los miembros del Sanedrín de Jerusalén.
-No. José el Anciano, Nicodemo y otros no estaban.
-Y los fariseos más conocidos.
-Y los escribas.
-¿Y el que iba en ese caballo quién era?
-Está claro que van donde Lázaro.
-Debe estar a las puertas de la muerte.
-No logro entender por qué el Rabí no está aquí.
-¿Y cómo iba a estar, si lo buscan los de Jerusalén para matarlo?
-Tienes razón. Es más, esas serpientes que han pasado vienen, sin duda, para ver si el Rabí está aquí.
-¡Alabado sea Dios porque no está!
-¿Sabes lo que le han dicho a mi marido en los mercados de Jerusalén? Que estén preparados, porque pronto se proclamará rey, y todos tendremos que ayudarle en…
-¿Cómo han dicho?
-¡Bueno! Una palabra que quería decir como si yo dijera que echo a todos de casa y me hago la dueña.
-¿Un complot?… ¿Una conjura?… ¿Una sedición?… -preguntan y sugieren.
Un hombre dice:
-Sí. También me lo han dicho a mí. Pero no lo creo.
-¡Pero si lo dicen discípulos del Rabí!…
-¡Mmm! Yo no creo que el Rabí haga uso de la violencia y que destituya al Tetrarca y usurpe un trono que, con justicia o sin ella, es de los herodeos. Haríais bien en decirle a Joaquín que no crea en todo lo que oye…
-¿Pero sabes que el que le ayude será premiado en la Tierra y en e1 Cielo? Bien contenta estaría yo de que mi marido recibiera este premio: estoy cargada de hijos y la vida es difícil. ¡Si pudiéramos tener un puesto entre los siervos del Rey de Israel!
-Mira, Raquel, creo que será mejor cuidar mi huerto y mis dátiles. Si me lo dijera Él… sí que dejaría todo y lo seguiría. Pero… dicho por otros…
-¡Son discípulos suyos!
-Nunca los he visto con Él. Y además… No. Fingen que son corderos, pero tienen unas caras de maleantes que no me convencen.
-Es verdad. Desde hace un tiempo, suceden hechos extraños, y siempre se dice que son los discípulos del Rabí los que los hacen. El último día antes del sábado, algunos de ellos trataron con ultrajes a una mujer que llevaba huevos al mercado y le dijeron: "Los queremos en nombre del Rabí galileo".
-¿Tú crees que Él puede querer que se hagan estas cosas, Él, que da y no toma, É1, que podría vivir entre los ricos y prefiere estar entre los pobres, y quitarse el manto, como decía a todos aquella leprosa curada que se encontró con Jacob?
Otro hombre, que se ha acercado al grupo y ha estado escuchando, dice:
-Tienes razón. ¿Y eso otro que se dice, entonces?: ¿que el Rabí nos va a acarrear grandes desventuras porque los romanos nos castigarán a todos nosotros por causa de sus instigaciones a la gente? ¿Vosotros lo creéis?
Yo digo y no me equivoco, porque soy anciano y cuerdo-, digo que tanto los que nos dicen, a nosotros, gente sencilla, que el Rabí quiere apoderarse del trono con violencia, y también expulsar a los romanos -¡Ah, si así fuera!, ¡si fuera posible hacerlo!-, como los que cometen actos violentos en su nombre, como los que nos instigan a la rebelión con promesas de una futura ganancia, como los que quisieran que odiáramos al Rabí como individuo peligroso que nos ha de llevar a la desventura… todos éstos son enemigos del Rabí, y tratan de destruirlo para triunfar ellos.
¡No los creáis! ¡No creáis en los falsos amigos de la gente sencilla! ¿Veis lo soberbios que han pasado? A mí por poco si no me dan un palo, porque me era difícil hacer que las ovejas entraran, y les obstaculizaba su camino…
¿Amigos nuestros ésos? Nunca. Son nuestros vampiros, y -¡Dios no lo quiera!-vampiros también de Él.
-Tú que estás cerca de los campos de Lázaro, ¿sabes si ha muerto?
-No. No ha muerto. Está allí, entre la muerte y la vida… Le he preguntado por él a Sara, que estaba cogiendo flores aromáticas para los lavatorios.
-¿Y entonces para qué han venido ésos?
-¡Pues si ya lo he dicho yo! ¡Han venido para ver si estaba el Rabí! Para hacerle algún daño. ¿Sabes lo que sería para ellos el poder causarle algún mal? ¡Y precisamente en casa de Lázaro! Dilo tú, Natán, ¿ese herodiano no era el que hace tiempo era el amante de María de Teófilo?
-Era él. Quizás quería vengarse así de María…
Llega corriendo un muchachito. Grita:
-¡Cuánta gente en casa de Lázaro! Yo volvía del arroyo con Leví, Marcos e Isaías, y hemos visto eso. Los criados han abierto la cancilla y han tomado las caballerías.
Y Maximino ha salido al encuentro de los judíos, y otros han acudido y han saludado con grandes reverencias. Han salido de la casa Marta y María con sus criadas, para saludar. Y hubiéramos querido ver más, pero han cerrado la cancilla y se han metido todos en la casa.
El jovencito está todo emocionado por las noticias que trae, por lo que ha visto…
Los adultos hacen comentarios entre sí.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Están ya en las tierras que acusan la cercanía del Mar Muerto.
Apartados de los caminos de caravanas, yendo directamente hacia el nordeste, la marcha -salvo la aspereza del terreno, que está lleno de piedras cortantes y lastras de sal y salpicado de matas bajas y espinosas-es buena y, sobre todo, tranquila, porque no hay alma viviente hasta donde alcanza la vista y la temperatura es suave y el terreno está seco.
Van conversando. Deben haber encontrado en los días anteriores a algunos pastores en cuya compañía han debido hacer un alto, porque hablan de ellos. Hablan también de un niño curado. Dulcemente, queriéndose. Aun cuando callan, se hablan con sus corazones, mirándose con la mirada de quien se siente feliz de estar con un amigo íntimo. Se sientan para descansar y comer algo, reanudan la marcha, siempre con ese aspecto de paz que da paz a mi corazón sólo con verlo.
-Allí está Galgala -dice Jesús señalando hacia delante, a un grupo de casas que albea bajo el sol en un montecito situado hacia el nordeste -Ya estamos cerca del río.
-¿Y vamos a entrar en Galgala para la noche?
-No, Juan. He evitado todas las ciudades a propósito, y ésta también. Si encontramos a algún otro pastor, iremos con él. Si vemos en el camino al que llegaremos pronto caravanas que estén preparándose para detenerse durante la noche, pediremos que nos acojan bajo sus tiendas. Los nómadas del desierto son siempre hospitalarios. Y en esta época es fácil encontrarlos. Si nadie nos recibe, dormiremos bajo las estrellas, uno al lado del otro bajo nuestros mantos, y nos velarán los ángeles.
-¡Oh, sí! ¡Cualquier cosa será mejor que la noche de tristeza, que la última noche que he pasado allá, en Belén!
-¿Pero por qué no viniste conmigo inmediatamente?
-Porque me sentía culpable. Y además decía: Jesús es tan bueno, que no me va a reprender, es más, me va a consolar, como hiciste. Y, entonces, ¿dónde habría acabado la penitencia que quería hacer?
-La habríamos hecho juntos, Juan. Yo también de hecho estuve sin comida ni fuego, a pesar de los alimentos y la leña que encontré por la mañana.
-Sí. Pero, estando contigo, nada es nada. Yo, cuando estoy contigo, no padezco nada. Te miro, te escucho, y me siento feliz.
-Ya lo sé. Y sé también que en ninguno mi pensamiento se imprime como en mi Juan. Y sé también que sabes comprender y callar cuando hay que callar. Tú me comprendes, sí. Porque me quieres. Juan, escúchame. Dentro de no mucho…
-¿Qué, Señor? -pregunta inmediatamente, interrumpiéndole, Juan; y le agarra un brazo y lo para para mirarle a la cara, con ojos de preocupación escrutadora, quebrado el rostro.
-Dentro de no mucho, hará tres años que evangelizo. Todo lo que había que decir a las gentes lo he dicho. Quienes quieren amarme y seguirme tienen ya los elementos para hacerlo, con seguridad. Los demás… Alguno se convencerá con los hechos. La mayor parte permanecerán sordos también a los hechos. Pero a éstos he de decirles unas pocas cosas. Y las diré. Porque también la justicia, además de la misericordia, debe ser satisfecha. Hasta ahora la misericordia ha callado muchas veces y en muchas cosas.
Pero, antes de callar para siempre, hablará el Maestro incluso con severidad de juez. Pero no quería hablarte de esto. Quería decirte que dentro de poco, habiendo dicho al rebaño todo aquello que había que decir para hacerlo mío, me recogeré mucho orando y preparándome. Y, cuando no esté orando, me dedicaré a vosotros. Como hice al principio, haré al final. Vendrán las discípulas. Vendrá mi Madre. Nos prepararemos todos para la Pascua. Juan, desde ahora te pido que te dediques mucho a las discípulas. A mi Madre en especial…
-¡Mi Señor! ¿Pero qué le puedo dar yo a tu Madre que Ella no posea sobreabundantemente; con tanta sobreabundancia, que tiene para darnos a todos nosotros?»
-Tu amor. Ponte en el caso de que eres como un segundo hijo para Ella. Ella te ama y tú la amas. Tenéis un único amor
que os une: el amor por mí. Yo, su Hijo de carne y corazón, cada vez estaré más… ausente, absorto en mis… ocupaciones. Y Ella sufrirá, porque sabe…que pronto va a venir. Tú debes consolarla incluso por mí, hacerte tan amigo de Ella, que pueda llorar en tu corazón y sentirse consolada. Ya estás familiarizado con mi Madre, has vivido ya con Ella; pero, una cosa es hacerlo como un discípulo que ama reverencialmente a la Madre de su Maestro, y otra cosa es hacerlo como hijo. Quiero que lo hagas como hijo, para que Ella sufra un poco menos cuando ya no me tenga.
-Señor, ¿vas a morir? ¡Hablas como uno que esté para morir! Me apenas…
-Os he dicho varias veces que debo morir. Es como si hablara a niños distraídos o a personas con pocas luces. Sí. Voy a morir. Se lo diré también a los otros. Pero más tarde. A ti te lo digo ahora. Recuérdalo, Juan.
-Yo me esfuerzo en recordar tus palabras, siempre… Pero éstas son tan dolorosas…
-Que haces de todo para olvidarlas. ¿Quieres decir eso? ¡Pobre muchacho! No eres tú el que olvida, ni eres tú el que recuerda. Tú con tu voluntad. Es tu misma humanidad la que no puede recordar esta cosa que supera con mucho su capacidad de resistencia, esa cosa demasiado grande -y no sabes siquiera cabalmente cuán grande, monstruosa, será-; esa cosa tan grande, que te atonta como un peso caído de lo alto encima de tu cabeza. Y, a pesar de todo, es así. Ya pronto iré a la muerte. Y mi Madre se quedará sola. Moriré con una gota de dulzura en mi océano de dolor si te veo "hijo" para con mi Madre…
-¡Oh, mi Señor! Si voy a ser capaz… si no me sucede como en Belén, sí, lo haré. Velaré con corazón de hijo. ¿Pero qué podré darle que la consuele si te pierde a ti? ¿Qué le voy a poder dar, si yo también estaré como uno que ha perdido todo, entontecido por el dolor? ¿Cómo lograré hacer esto, yo que no he sabido velar y padecer ahora, en la calma, durante una noche y por un poco de hambre? ¿Cómo voy a lograr hacer eso?
-No te intranquilices. Ora mucho en este tiempo. Te tendré mucho conmigo y con mi Madre. Juan, tú eres nuestra paz. Y lo seguirás siendo cuando llegue el momento. No temas, Juan. Tu amor hará todo.
-¡Oh, sí, Señor! Tenme mucho contigo. A mí, ya lo sabes, no me seduce el hacerme patente, el hacer milagros; yo sólo quiero y sólo sé amar…
Jesús lo besa una vez más en la frente, hacia la sien, como en la gruta.
Tienen ya a la vista el camino que va hacia el río. Ahí hay algún peregrino que aguija a las cabalgaduras o acelera el paso para estar antes de que sea de noche en los lugares de parada. Pero todos van arrebujados en el manto, porque, habiéndose ocultado el sol, el aire se hace crudo, y ninguno advierte la presencia de los dos viandantes que caminan ligeros hacia el río.
Un caballero al trote cochinero, casi al galope, llega a ellos y los supera, pero se para después de unos metros, debido a una acumulación de asnos en un pequeño puente horcado, tendido sobre un ancho río que quiere aparentar ser torrente y va espumando hacia el Jordán o el Mar Muerto. Mientras espera su turno de paso, el caballero se vuelve. Se ve que se sorprende. Baja de la silla y, sujetando de las riendas al caballo, vuelve hacia atrás, hacia Jesús y Juan, que no lo han visto.
-¡Maestro! ¿Cómo por aquí, y sólo con Juan? -pregunta el caballero echando hacia atrás las alas de la prenda que cubre su cabeza y que había extendido sobre la cara como capucha y, podría decir, como máscara-para protegerse del viento y del polvo. Aparece el rostro moreno y viril de Manahén.
-La paz a ti, Manahén. Voy hacia el río para cruzarlo. Pero dudo que pueda hacerlo antes de que sea de noche. ¿Y tú a dónde ibas?
-A Maqueronte. A la sucia guarida. ¿No tienes dónde dormir? Ven conmigo. Yo iba con prisa a una posada que hay en el camino de las caravanas. O, si lo prefieres, monto la tienda debajo de los árboles del río. Tengo todo en la silla.
-Eso prefiero. Pero tú, sin duda, prefieres la posada.
-Yo te prefiero a ti, mi Señor. Haberte encontrado lo considero una gracia. Vamos, entonces. Conozco las orillas como si fueran los pasillos de mi casa. Al pie del collado de Galgala hay un bosque resguardado del viento, rico en hierba para el animal, y en leña para los fuegos de los hombres. Allí estaremos bien.
Van a buen paso, torciendo netamente hacia Oriente, dejando el camino que va hacia el vado o hacia Jericó.
Llegan pronto a los lindes de un tupido bosque que desciende de las pendientes del collado y se extiende en la llanura hacia las orillas del río.
-Voy a aquella casa. Me conocen. Voy a pedir leche y paja para dos -dice Manahén, y se marcha con su caballo. Pronto regresa, seguido por dos hombres que traen fajos de paja en los hombros y un pequeño cubo de cobre colmado de leche.
Entran bajo el bosque sin decir nada. Manahén indica que echen al suelo la paja y despide a los dos hombres. De los bolsillos de la silla saca yesca y eslabón y hace fuego con las muchas ramas que hay en el suelo. El fuego alegra y da calor. El caldero, colocado encima de dos piedras que ha traído Juan, se calienta, mientras Manahén, que ya ha quitado la silla al caballo, extiende la tienda de suave lana de camello atándola a unas estacas clavadas en el suelo y arrimándola al robusto tronco de un árbol secular.
Abre sobre la hierba una piel de oveja, que también estaba atada a la silla, y pone ésta encima luego dice:
-Maestro, ven. Un refugio de caballeros del desierto. Pero defiende del rocío y la humedad del suelo. Para nosotros será suficiente la paja. Te aseguro, Maestro, que las alfombras preciosas y los baldaquinos, los asientos del palacio, me parecerán menos, mucho menos hermosos que este trono tuyo y que esta tienda y esta paja, y las viandas suculentas que en distintas ocasiones he saboreado no habrán tenido nunca el sabor del pan y la leche que vamos a tomar aquí debajo juntos. ¡Me siento feliz, Maestro!
-Yo también, Manahén; y, sin duda, también Juan. La Providencia nos ha reunido esta noche para nuestra recíproca alegría.
-Esta noche y mañana, Maestro, y también pasado mañana, hasta que no te vea en seguro entre tus apóstoles. Pienso que vas a reunirte con ellos…
-Sí. Voy donde ellos. Me esperan en la casa de Salomón.
Manahén lo observa. Luego dice:
-He pasado por Jerusalén… Y he sabido lo ocurrido. Por Betania. Y he comprendido por qué no te has detenido allí. Haces bien en retirarte. Jerusalén es un cuerpo lleno de veneno y de podredumbre. Más que el pobre Lázaro…
-¿Lo has visto?
-Sí. Afligido por los tormentos del cuerpo y del corazón, por ti. Muere muy afligido Lázaro… Pero quisiera morir yo también, antes que ver el pecado de nuestros compatriotas.
-¿Estaba revuelta la ciudad? -pregunta Juan mientras cuida el fuego.
-Mucho. Dividida en dos partidos. Y, cosa extraña, los romanos han sido clementes con algunos que habían sido detenidos por sedición el día antes. Se dice en secreto que eso es para no aumentar la agitación. Se dice también que pronto el Procónsul irá a Jerusalén. Antes de lo normal. Si ello va a ser un bien o no, no lo sé. Lo que sí sé es que Herodes hará lo mismo, lo cual, ciertamente, será un bien para mí, porque podré estar cerca de ti. Con un buen caballo -las caballerizas de Antipas tienen árabes veloces-ir de la ciudad al río será cosa rápida. Si vas a detenerte allí…
-Sí. Voy a estar allí. Por ahora al menos…
Juan lleva la leche caliente, donde todos introducen su pan después del ofrecimiento y bendición llevados a cabo por Jesús. Manahén pasa unos dátiles blondos como la miel.
-¿Pero dónde tenías tantas cosas? -pregunta Juan maravillado.
-La silla de un caballero es un pequeño mercado, Juan; en ella hay de todo para el hombre y el animal -responde Manahén con una sonrisa leal en su cara morena.
Piensa un momento y luego pregunta:
-Maestro, ¿es lícito amar a los animales que nos sirven y que muchas veces lo hacen con más fidelidad que el hombre?
-¿Por qué esta pregunta?
-Porque recientemente se han burlado de mí y me han criticado algunos que me vieron cubrir con la manta que ahora nos hace de tienda a mi caballo sudado por la carrera que había hecho.
-¿Y no te dijeron nada más?
Manahén mira desorientado a Jesús… y calla.
-Habla con sinceridad. No es murmurar ni ofenderme el decir lo que ellos te han dicho para lanzar un nuevo puñado de fango contra mí.
-Maestro, Tú lo sabes todo. Verdaderamente, Tú lo sabes todo y es inútil querer celarte nuestros pensamientos o los de otros. Sí. Me dijeron: "Se ve que eres discípulo de ese samaritano. Eres un pagano como Él, que viola los sábados por hacerse impuro tocando animales impuros".
-¡Ah, esto seguro que ha sido Ismael! -exclama Juan.
-Sí. Él y otros con él. Yo me opuse diciendo: "Os comprendería si me llamarais impuro por vivir en la Corte de Antipas; no por mirar por un animal que ha sido creado por Dios". Y, como en el grupo había también herodianos -lo cual, de un tiempo a esta parte fácilmente se ve, y también es sorprendente, porque hasta ahora la disidencia entre ellos era fuerte-, me respondieron: "Nosotros no juzgamos los actos de Antipas, sino los tuyos. También Juan el Bautista estaba en Maqueronte y tenía contactos con el rey. Pero fue siempre un justo. Tú, por el contrario, eres un idólatra…".
Se concentraban personas y me frené para no alterar a la gente de la ciudad. Desde hace un tiempo, la gente es mantenida en agitación por algunos de tus falsos seguidores, que la incitan a rebelión contra los que te hostigan, o por otros, que cometen abusos presentándose como discípulos enviados por ti…
-¡Esto es demasiado! Maestro, ¿a dónde van a llegar? ̿ pregunta inquieto Juan.
-No más allá del límite que podrán alcanzar. Tras ese límite, Yo sólo continuaré adelante y resplandecerá la Luz y ya nadie podrá dudar que Yo era el Hijo de Dios. Pero venid aquí a mi lado y escuchad Primero alimentad el fuego.
Los dos, bien contentos, se echan sobre la compacta piel de oveja que está extendida en el suelo bajo los pies de Jesús. Él está sentado en la silla escarlata, contra la tienda, que está pegada al tronco del árbol. Manahén está casi echado: el codo hincado en el suelo, la cabeza apoyada en la mano, los ojos en los ojos de Jesús. Juan se sienta sobre los calcañares y, en su postura habitual, apoya la cabeza en el pecho de Jesús y lo ciñe con un brazo.
-Cuando el Creador hizo la Creación y le dio como rey al hombre creado a su imagen y semejanza, mostró al hombre todas las criaturas creadas y quiso que el hombre les diera un nombre para distinguir a unas de otras. Y se lee en el Génesis "que todo nombre que Adán dio a los animales era bueno, era el verdadero nombre". Y también se lee en el Génesis que Dios, habiendo creado al hombre y a la mujer, dijo:
"Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales y toda la Tierra y sobre los reptiles que serpean en ella". Y, cuando hubo creado la compañera a Adán, la mujer, como él hecha a imagen y semejanza de Dios, no siendo conveniente que la Tentación, que estaba al acecho, tentase y corrompiera aún más ruinmente al varón creado a imagen de Dios, dijo Dios al hombre y a la mujer: Creced, multiplicaos, y poblad la Tierra y dominadla, y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los animales que se mueven en la Tierra", y dijo también:
"Ved que os he dado todas las hierbas de semilla que existen en la Tierra, y todos los árboles que llevan en sí semilla de la propia especie, para que os sirvan de alimento a vosotros y también a todos los animales de la Tierra y a las aves del cielo y a cuanto se mueve sobre la Tierra y lleva en sí alma viviente, para que tengan vida".
Los animales y las plantas y todo lo que el Creador ha creado para beneficio del hombre representan, pues, un don de amor y un patrimonio entregado por el Padre a los hijos para su custodia, para que lo usen con beneficio y con gratitud hacia el Dador de todo favor. Por eso, deben ser amados y tratados con justo cuidado.
¿Qué diríais vosotros de un hijo al que el padre le diera vestidos, muebles, dinero, campos, casas, diciendo: "Te los doy para ti y tus sucesores, para que tengáis con qué ser felices. Usad todo esto con amor en memoria del amor mío que os lo da", y que luego su hijo o los hijos de éste dejasen que se estropeara todo o dilapidaran todos los bienes? Diríais que no han hecho honor a su padre, que no han amado ni a su padre ni el don recibido.
Igualmente, el hombre debe cuidar de todo lo que Dios con cuidado providencial ha puesto a su disposición. Cuidado no quiere decir idolatría, ni inmoderado apego hacia los animales o las plantas, o cualquier otra cosa. Cuidado quiere decir sentido de afecto de gratitud hacia las cosas menores que nos son útiles y que tienen su vida, o sea, su sensibilidad.
El alma viviente de las criaturas menores de que habla el Génesis no es el alma como la tiene el hombre. Es la vida, simplemente la vida, o sea, el ser sensible a las cosas actuales, tanto materiales como afectivas. Cuando un animal está muerto es insensible, porque con la muerte, para él, ha llegado el verdadero final. No hay futuro para él. Pero, mientras vive, sufre hambre, frío, cansancio; está sujeto a herirse y sufrir, a gozar, a amar, a odiar, a enfermarse y morir.
Y el hombre, en recuerdo de Dios, que le ha dado ese medio para hacerle menos desapacible el exilio en la Tierra, debe ser humano para con sus siervos menores que son los animales. ¿En el Libro mosaico (Deuteronomio 22, l-4.6-7) no está, acaso, prescrito tener sentimientos de humanidad también lacia los animales, sean aves o cuadrúpedos?
En verdad os digo que hay que saber ver con justicia las obras del Creador. Si se miran con justicia, se ve que son "buenas". Y lo bueno ha de ser amado siempre. Se ve que son cosas dadas con un fin bueno y por un impulso de amor, y, como tales, podemos, debemos amarlas, viendo, más allá del ser finito, al Ser infinito que las ha creado para nosotros. Se ve que son útiles, y como tales han de ser amadas.
Nada -recordad esto bien-ha sido hecho sin finalidad en el Universo. Dios no desperdicia su perfecta potencia en cosas inútiles. Este tallito de hierba no es menos útil que el poderoso tronco en que se apoya nuestro pasajero refugio. La gota de rocío, la pequeña perla, escarcha, no son menos útiles que el inmenso mar.
El mosquito no menos útil que el elefante; ni el gusano que está en el fango de una zanja es menos útil que la ballena. Nada hay inútil en la creación. Dios ha hecho todo con fin bueno, con amor hacia el hombre. El hombre debe usar todo con recto fin y amor a Dios, que le ha dado todo lo que hay sobre la Tierra, para que ello sea súbdito del rey de la creación.
Tú has dicho, Manahén, que el animal, a menudo, sirve a los hombres mejor que los hombres. Yo digo que los animales, las plantas, los minerales, los elementos, superan, todos, al hombre en obediencia a la finalidad para la que han sido creados: siguiendo pasivamente las leyes creativas, o siguiendo activamente el instinto inculcado por el Creador, o rindiéndose a la domesticación.
El hombre que debería ser la perla en la creación, demasiadas veces es la fealdad de la creación. Debería ser la nota más acorde con el coro de los habitantes del Cielo en la alabanza a Dios, y demasiadas veces es la nota discorde que impreca o blasfema o se rebela o dedica su canto a alabar a las criaturas en vez de al Creador. Por tanto, la idolatría; por tanto, la ofensa; por tanto, la inmundicia. Y esto es pecado.
Quédate, pues, en paz, Manahén. Esta piedad tuya hacia un caballo, que está sudado por haberte servido, no es pecado. Pecado son las lágrimas que se hacen derramar a los semejantes y los desenfrenados amores que son ofensa a Dios, digno de todo el amor del hombre.
-¿Pero yo, estando cerca de Antipas, peco?
-¿Con qué finalidad estás? ¿Para gozar?
-No, Maestro. Para velar por ti. Tú lo sabes. También ahora iba por esto. Porque sé que han mandado mensajeros a Herodes para incitarlo contra ti.
-Entonces no hay pecado. ¿No te gustaría más estar conmigo, en mi pobreza de vida?
-¿Y me lo preguntas? Lo he dicho al principio. Esta noche bajo la tienda, el pobre alimento que hemos comido, no tienen comparación para mí. ¡Si no fuera porque para oír los silbos de las serpientes hay que estar junto a su madriguera, yo estaría contigo! He comprendido la verdad de tu misión. Un día erré. Pero me sirvió para comprender y ya no volveré a salir de la justicia.
-¡Ya lo ves! Nada hay inútil. Incluso el error, para quien tiende al Bien, es medio para el Bien. El error cae como camisa de crisálida, y sale la mariposa, que no es deforme, que no huele mal, que no repta, sino que vuela en busca de cálices de flores y rayos de luz. Las almas buenas también son así. Pueden dejarse envolver un momento por miserias y mortificantes angosturas. Pero luego se liberan de ello y vuelan de flor en flor, de virtud en virtud, hacia la Luz, hacia la Perfección. Alabemos al Señor por sus obras de continua misericordia, que actúan incluso sin que el hombre lo sepa en el corazón del hombre y alrededor del hombre.
Y Jesús ora, poniéndose de rodillas, porque la tienda, baja y limitada, no permite otra postura. Luego, alimentado el fuego delante de la tienda, trabado el caballo, se preparan para descansar, proponiéndose sustituirse en vigilar por turno el fuego y el animal, sobre el cual Manahén ha echado la zalea gruesa como capa para protección del frescor nocturno.
Jesús y Manahén se echan encima de los fajos de paja y se envuelven en el manto para dormir. Juan, por miedo a quedarse dormido, va y viene, fuera de la tienda, alimenta el fuego, observa al caballo, que, a su vez, lo mira con sus inteligentes ojos negros y golpea rítmicamente la pezuña y menea la cabeza, haciendo tintinear las cadenitas de plata de los jaeces y rompiendo aromáticos tallitos de hinojos agrestes nacidos al pie del árbol al que está atado.
Y, como Juan le ofrece otros mejores, crecidos poco lejos, relincha de placer y trata de rozar los blandos y rosados ollares contra el cuello del apóstol. De más lejos, en el gran silencio de la noche, se oye venir el tranquilo frufrú del río.
Dice Jesús:
-Y termina también el tercer año de vida pública. Viene ahora el período preparatorio de la Pasión. Ese período en que, a primera vista, todo parece limitarse a pocas acciones y a pocas personas. Como si disminuyera mi figura y mi misión. En realidad, Aquel que parecía vencido y excluido era el héroe que se preparaba para la apoteosis, y, en torno a Él, las pasiones -no las personas, sino las pasiones de las personas- se condensaban, llevadas a los máximos límites.
Todo lo anterior -y quizás algunos episodios, a los lectores con mala disposición de ánimo o superficiales, les haya parecido cosa sin finalidad- aquí se ilumina con su luz resplandeciente o tétrica.
Y especialmente las figuras más importantes, esas cuyo conocimiento muchos no quieren reconocer útil, precisamente porque en ella se ve la lección para los actuales maestros, que deben ser instruidos más que nunca para hacerse verdaderos maestros de espíritu.
Como he dicho a Juan y Manahén, nada de lo que hace Dios es inútil, ni siquiera el grácil tallito de hierba. De la misma manera, nada es superfluo en este trabajo: no lo son las figuras espléndidas, no lo son las débiles y tenebrosas; es más, para los, maestros de espíritu, más útiles son las figuras débiles y tenebrosas que no las formadas y heroicas.
Como desde lo alto de un monte, en la cima, puede abarcarse toda la configuración del monte y la razón de ser de los bosques, de los torrentes, de los prados y declives, que hay para llegar desde la llanura hasta la cima, y se ve toda la belleza del panorama, y más fuerte viene la persuasión de que todas las obras de Dios son útiles y estupendas, y de que una sirve y completa a la otra y todas están presentes para formar la belleza de la Creación; así -naturalmente para quien tiene espíritu recto-, todas las distintas figuras, o lecciones o episodios de estos tres años de vida evangélica, contemplado-como desde lo alto de la cima del monte de mi obra de Maestro, sirven para dar la visión exacta de aquel complejo político, religioso, social, colectivo, espiritual, egoísta hasta el delito o altruista hasta la oblación, en que Yo fui Maestro y en el que me constituí en Redentor La grandiosidad del drama no se ve en una escena, sino en todas las partes de él. La figura del protagonista sobresale con las distintas luces con que lo iluminan las partes secundarias.
Llegando ya a la cima, y la cima era el Sacrificio para que me había encarnado, develados todos los recónditos pliegues de los corazones y todos los manejos de las sectas, sólo queda por hacer lo que hace el viandante que llega a la cima: mirar.
Mirarlo todo y mirar a todos. Conocer el mundo hebreo. Conocer lo que Yo era: el Hombre que estaba por encima de la sensualidad, del egoísmo, del rencor; el Hombre que debió ser tentado por todo un mundo, tentado a la venganza, al poder, a las alegrías, incluso las honestas de las nupcias y de la casa; el Hombre que debió soportarlo todo viviendo en contacto con el mundo y sufrir por ello -porque infinita era la distancia entre la imperfección y el pecado del mundo y mi Perfección-; y que a todas las voces, a todas las seducciones, a todas las reacciones del mundo, de Satanás y del yo, supo responder "no" y permanecer puro, manso, fiel, misericordioso, humilde, obediente, hasta la muerte de Cruz.
¿Comprenderá todo esto la sociedad de ahora, a la cual brindo este conocimiento de mí para fortalecerla contra los asaltos, cada vez más fuertes, de Satanás y del mundo? Hoy también, como hace veinte siglos, habrá contradicción entre aquellos para quienes me revelo. Yo soy signo de contradicción una vez más. Pero no Yo, por mí mismo, sino Yo respecto a lo que en ellos suscito.
Los buenos, los de buena voluntad, tendrán las reacciones buenas de los pastores y de los humildes. Los otros tendrán reacciones malas, como los escribas, fariseos, saduceos y sacerdotes de aquel tiempo. Cada uno da lo que tiene.
El bueno que entra en contacto con los malos desencadena en éstos una efervescencia de mayor maldad. Y ciertamente habrá un juicio sobre los hombres, como lo hubo el Viernes de Parasceve, según hayan juzgado, aceptado y seguido al Maestro que, con un nuevo intento de infinita misericordia, se ha dado a conocer una vez más.
¿A cuántos se les abrirán los ojos y me reconocerán y dirán: "Es Él. Por eso nuestro corazón ardía en nuestro pecho mientras nos hablaba y nos explicaba las Escrituras"?
Mi paz a éstos y a ti, pequeño, fiel, amoroso Juan (nombre que Jesús daba a María Valtorta)
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Es una serena pero cruda mañana de invierno. La escarcha ha blanqueado con sus cristales harinosos el suelo y las hierbas, y de alguna ramita seca que yace en el suelo ha hecho una preciosa joya aljofarada de perlitas.
Juan sale de su gruta. Está muy pálido con su túnica color avellana oscuro. Debe tener también mucho frío, o está enfermo. No lo sé. Sé que tiene una palidez casi lívida y que su paso es vacilante, como una persona que no se siente bien.
Va hacia el arroyo y titubea respecto a hundir en él, o no, sus manos. Se decide y, formando el cuenco de las dos manos, bebe un sorbo de esa agua cristalina pero ciertamente muy fría. Sacude las manos y termina de secárselas con el extremo de la túnica. Luego permanece un momento inseguro…
Mira hacia las ruinas donde está Jesús, mira hacia las suyas… y a éstas regresa lentamente. Pero, en llegando a la abertura por donde se entra, siente como un vahído y se tambalea. Se hubiera caído si no se hubiera agarrado a la pared semiderruída.
Permanece un momento con la cabeza sobre el brazo doblado, agarrándose a la pared; luego alza la cabeza y mira a su alrededor… Ya no entra en su cuchitril. Rasando la pared, sujetándose en los salientes angulosos de las piedras ya carentes de revoque, da los pocos pasos que lo separan del establo donde está Jesús, y, habiendo llegado casi a la entrada, se arroja de rodillas y gime:
-¡Jesús, mi Señor, piedad de mí!
Jesús pronto aparece:
-¿Juan? ¿Qué haces? ¿Qué te pasa?
-¡Oh, mi Señor! ¡Tengo hambre! Hace casi dos días que no como nada. Tengo hambre y frío… -está palidísimo y le castañean los dientes.
-¡Ven! ¡Pasa adentro! -dice Jesús ayudándole a ponerse en pie.
Juan, sujetado por el brazo de Jesús, llora con la cabeza reclinada en el hombro de Él, y suspira:
-No me castigues, Señor, si te he desobedecido…
Jesús responde sonriendo:
-Ya has recibido el castigo. Pareces un moribundo… Siéntate aquí, en esta piedra. Hago fuego y te doy comida… -y Jesús enciende con la yesca unas ramillas y hace un buen fuego en el rústico hogar que hay cerca de la puerta.
Olor de ramas quemadas y viveza de llamas se esparcen por la mísera gruta, y Jesús, pinchados en un palito dos pedazos de pan, los presenta a la llama; cuando los siente calientes, los cubre con el corazón graso de los quesos dejados por los pastores, y el queso se ablanda y se derrite en el pan que ahora Jesús mantiene suspendido sobre la llama como si fuera un plato.
-Come ahora y no llores -dice sonriendo aún y pasando el pan a Juan, que llora en silencio como un niño extenuado, y no deja de verter lágrimas ni siquiera mientras come ese alimento reconfortante.
Jesús va hacia el pesebre y vuelve con unas manzanas; las coloca entre las cenizas que se han calentado bajo el calor de la leña que arde sostenida por dos piedras que hacen de morillos.
-¿Va mejor ahora? -pregunta mientras se sienta al lado de su apóstol, que expresa que sí con la cabeza, llorando aún.
Jesús le pasa un brazo por los hombros y lo acerca a sí, cosa que aumenta el llanto de Juan, que está todavía demasiado agotado y demasiado turbado por el miedo -quizás-a una reprensión, por la emoción de verse acogido así… demasiado como para saber hacer otra cosa que no sea llorar.
Jesús lo tiene arrimado a sí sin hablar, mientras Juan come. Luego dice:
-Por ahora basta. Las manzanas podrás comerlas más tarde. Quisiera darte un poco de vino, pero no lo tengo. He encontrado anteayer, al alba, haces de leña y comida fuera del establo. Pero no había vino. Por eso, no te lo puedo dar. Si fuera más tarde, podría pedir leche a unos pastores que he visto que pacían el rebaño en la otra parte del arroyo. Pero mientras no se disuelva la escarcha no salen los hatos…
-Estoy ya mejor, Señor… No te aflijas por mí.
-¿Y entonces tu aflicción por qué es?, porque pareces… eso, un árbol cuya escarcha bajo el sol se estuviera derritiendo dice Jesús sonriendo aún más vivamente, y besa a Juan en lo alto de la frente.
-Porque estoy lleno de remordimientos, Señor… y…¡Sí! ¡Suéltame! ¡Tengo que hablarte de rodillas, pedirte perdón…
-¡Pobre Juan! Verdaderamente este esfuerzo superior a tu capacidad te ha debilitado también el intelecto. ¿Y tú crees que necesito tus palabras para juzgarte y absolverte?
-Sí, sí, sé que sabes todo. Pero no tendré paz hasta que no te haya dicho mi pecado; es más, mis pecados. Suéltame.
Déjame acusarme de mis culpas.
-Bueno, habla, si eso te va a dar paz.
Juan cae de rodillas y, alzando la cara llorosa, dice:
-He pecado de desobediencia, de presunción y de… no sé si es correcto llamarla humanidad. Pero la verdad es que ésta es mi culpa más reciente, más grave, la que me produce el mayor dolor y la que me dice qué siervo inútil soy, más aún: qué egoísta y bajo.
Las lágrimas verdaderamente le lavan el rostro, mientras a Jesús la sonrisa le pone la cara cada vez más luminosa.
Jesús está un poco inclinado hacia este apóstol suyo que llora, y la divina sonrisa es una profunda caricia para el dolor de Juan. Pero Juan está tan afligido, que ni siquiera lo consuela esa sonrisa, y continúa:
-Te he desobedecido. Habías dicho que no debíamos separarnos, y yo me separé inmediatamente de los compañeros, y los he escandalizado. Respondí mal a Judas de Keriot, que me observaba que estaba pecando. Dije: "Tú lo hiciste ayer, yo lo hago hoy; tú lo hiciste para tener noticias de tu madre, yo lo hago para estar con el Maestro y velar por Él, defenderlo"… Un acto mío de presunción el querer hacer esto… ¡Yo, pobre inútil, defenderte a ti! Y luego, otro acto de presunción, porque he querido emularte. He dicho: "Sin duda ora y ayuna. Yo voy a hacer lo que Él hace y por su misma intención". Y, sin embargo…
El llanto se hace sollozos mientras la confesión de la miseria del hombre, de la materia que ha sobrepujado la voluntad del espíritu sale de los labios de Juan:
-Y, sin embargo… me dormí. ¡Me dormí enseguida! Y no me desperté sino ya del todo de día, y te vi ir al río, lavarte, volver aquí; y comprendí que habrían podido incluso capturarte sin estar yo preparado para defenderte.
Y luego quería hacer penitencia y ayuno, pero no he sido capaz de hacerlo. Con pequeños bocados, casi para no comer, el primer día terminé de comer mi poco pan. Tú sabes que no tenía más. Y aún no me sentía saciado habiendo terminado todo. Y al día siguiente he tenido todavía más hambre, y esta noche… ¡Oh!, ayer por la noche he dormido poco por hambre y frío, y esta noche no he dormido nada… y esta mañana ya no he sabido resistir… y he venido porque he tenido miedo de morir de inanición… Y es esto lo que más me punza: no haber sabido estar despierto para orar y velar por ti y haberlo sabido hacer por las dentelladas del hambre… Soy un siervo estúpido y vil. ¡Castígame, Jesús!
-¡Pobre niño! ¡Ya quisiera Yo que todo el mundo hubiera de gritar estas culpas tuyas! Pero, escucha, levántate y escúchame, y tu corazón volverá a estar en paz. ¿Has desobedecido también a Simón de Jonás?».
-No, Maestro. Nunca lo habría hecho, porque has dicho que debíamos estar sujetos a él como a un hermano mayor. Pero él, cuando le dije: "Mi corazón no está tranquilo viéndolo marcharse solo", respondió: "Tienes razón. Pero yo no puedo ir porque tengo la obediencia de guiaros a todos vosotros. Ve tú, y que Dios te acompañe". Los otros alzaron la voz y Judas más que nadie. Recordaron la obediencia, e incluso censuraron a Simón Pedro.
-¿Censuraron? Sé sincero, Juan.
-Es verdad, Maestro. Fue Judas el que censuró a Simón y me trató mal a mí. Los otros solamente dijeron: "El Maestro ha ordenado permanecer juntos". Y me lo decían a mí, no a nuestro jefe. Pero Simón respondió: "Dios ve la finalidad del acto, y perdonará. Y el Maestro perdonará, porque esto es amor" y me bendijo y me besó y me mandó tras ti, como aquel día que fuiste con Cusa al otro lado del lago.
-Entonces Yo de esta culpa no debo absolverte…
-¿Porque es demasiado grave?
-No. Porque no existe. Vuelve aquí, Juan, al lado de tu Maestro, y escucha la lección. Hay que saber aplicar las órdenes con justicia y discernimiento, sabiendo comprender el espíritu de la orden, no solamente las letras que la componen. Yo dije: "No os separéis". Te has separado y por tanto, tendrías pecado. Pero antes había dicho: "Estad unidos, física y espiritualmente, sujetos a Pedro".
Con esas palabras lo elegí a él como mi legítimo representante entre vosotros, con facultad plena de juzgar y mandar en relación a vosotros. Por tanto, todo lo que Pedro ha hecho o hará en mi ausencia, bien hecho estará.
Porque, habiéndolo investido Yo del poder de guiaros, el Espíritu del Señor, que está en mí, estará también con él y lo guiará cuando dé esas órdenes que las circunstancias imponen y que la Sabiduría, para el bien de todos, sugerirá al Apóstol cabeza. Si Pedro te hubiera dicho: "No vayas" y hubieras venido igualmente, ni siquiera el móvil bueno de tu acto -querer seguirme por un amor que quiere defender y estar conmigo en los peligros-hubiera sido suficiente para anular tu culpa. Habría sido necesario realmente mi perdón. Pero Pedro, tu Cabeza, te dijo: "Ve".
La obediencia a él te justifica completamente. ¿Estás convencido de esto?
-Sí, Maestro.
-¿Debo absolverte de la culpa de presunción? Dime, sin pensar en si Yo veo tu corazón. ¿Has confiado presuntuosamente con soberbia en quererme imitar para poder decir: "Con mi voluntad he abolido las necesidades de la carne, porque yo puedo aquello que quiero?
Reflexiona bien…
Juan reflexiona. Luego dice:
-No, Señor. Examinándome bien, no, no lo he hecho por eso. Esperaba poderlo hacer porque he comprendido que la penitencia es sufrimiento de la carne pero luz del espíritu.
He comprendido que es un medio para fortalecer nuestra debilidad y obtener mucho de Dios. Tú lo haces por esto.
Yo por eso quería hacerlo. Y creo no equivocarme diciendo que, si lo haces Tú, que eres fuerte, Tú, que eres poderoso, Tú que eres santo, yo, nosotros, deberíamos hacerlo siempre, si siempre fuera posible hacerlo, para ser menos débiles y materiales. Pero no he podido hacerlo.
Yo siempre tengo hambre y mucho sueño…y el llanto llanto empieza de nuevo a gotear, lento, humilde (verdadera confesión de la limitación de las capacidades humanas).
-¿Y crees que incluso esta pequeña miseria de la carne ha sido inútil? ¡Oh, cómo la recordarás en el futuro, cuando seas tentado a ser severo y exigente con tus discípulos y fieles! Se asomará a tu mente diciéndote: "Acuérdate de que tú también cediste al cansancio, al hambre. No pretendas que los otros sean más fuertes que tú. Sé padre de tus fieles, como tu Maestro fue un padre para ti aquella mañana". Tú muy bien habrías podido velar y no sentir luego esta fuerte hambre.
Pero el Señor ha permitido que te vieras doblegado por estas necesidades de la carne para hacerte humilde, cada vez más humilde y cada vez más compasivo en relación a tus semejantes. Muchos no saben distinguir entre tentación y culpa consumada La primera es una prueba que da mérito y no quita gracia. La segunda es caída que quita mérito y gracia. Otros no saben distinguir entre hechos naturales y culpas, y se crean escrúpulos de haber pecado, mientras que -y éste es tu caso-no han hecho más que obedecer a leyes naturales buenas. Diciendo "buenas", distingo las leyes naturales de los instintos sin freno.
Porque no todo lo que ahora se llama "ley natural" realmente lo es y es buena. Buenas eran todas las leyes ligadas a la naturaleza humana y que Dios había dado a Adán y Eva: la necesidad del alimento, del descanso, de la bebida. Después, con el pecado, han entrado en escena -y se han mezclado con las leyes naturales, contaminando con la intemperancia aquello que era bueno-los instintos animales, los desarreglos, todo tipo de sensualidad.
Y Satanás, tentando, ha mantenido vivo el fuego, el fomes de los vicios. Así que puedes ver que, si no es pecado ceder a la necesidad de descanso y de alimento, sí lo son la crápula, la embriaguez, el ocio prolongado. Tampoco es pecado la necesidad de cohabitar y procrear; es más, Dios mandó hacerlo para poblar la Tierra de hombres. Pero ya no es bueno ese acto sólo para la satisfacción de la carne. ¿Estás convencido también de esto?
(Según Doctrina de la Iglesia, los casados, habiendo sido generosos en hijos, pueden usar del sexo sin tener hijos, siempre que usen medios no conceptivos naturales, nunca medios anticonceptivos artificiales: píldora, etc. ; no entran en este caso los no casados que libremente practican el sexo: éstos cometen pecado mortal)
-Sí, Maestro. Pero, entonces, dime una cosa: ¿los que no quieren procrear pecan contra un mandato de Dios? Tú dijiste una vez que el estado de virgen es bueno.
-Es el más perfecto. Como también lo es el estado de quien, no satisfecho con hacer buen uso de las riquezas, se despoja completamente de ellas. Son las perfecciones a que puede llegar una criatura. Y tendrán un gran premio.
Tres son las cosas más perfectas: la pobreza voluntaria, la castidad perpetua, la obediencia absoluta en todo aquello que no es pecado. Estas tres cosas hacen al hombre semejante a los ángeles. Y una es perfectísima: dar la propia vida por amor a Dios y a los hermanos. Esta cosa hace a la criatura semejante a mí, porque la lleva al absoluto amor. Y quien ama perfectamente es semejante a Dios, está absorbido en Dios y fundido con Dios. Está, pues, en paz, querido mío. No hay culpa en ti. Yo te lo digo. ¿Por qué, entonces, aumentas tu llanto?
-Porque, en todo caso, una culpa sí que hay: la de haber sabido venir a ti por necesidad y haber sabido velar por hambre, y no por amor. Nunca me lo perdonaré. No me volverá a suceder. No me volveré a dormir mientras Tú sufres. No te olvidaré, durmiendo, mientras Tú lloras.
-No vincules el futuro, Juan. Tu voluntad está dispuesta, pero todavía se podría ver sobrepujada por la carne. Y sentirías una profunda e inútil postración si te acordaras de esta promesa hecha a ti mismo y no mantenida después por la fragilidad de la carne. Mira. Te digo lo que debes decir para estar en paz, te suceda lo que te suceda. Di conmigo:
"Yo, con la ayuda de Dios, me propongo, en todo lo que me sea posible, no volver a ceder ante los lastres de la carne".
Y tente firme en esta voluntad. Si luego un día, aun no queriéndolo, la carne cansada y afligida vence tu voluntad, entonces, como hoy, dirás: "Reconozco que soy un pobre hombre como todos mis hermanos; y que esto me sirva para tener truncado mi orgullo". ¡Oh! ¡Juan! ¡Juan! ¡No es tu sueño inocente lo que puede causarme dolor! Ten. Estas te reanimarán del todo. Vamos a compartirlas bendiciendo a quien me las ha ofrecido -y toma las manzanas, que están ya asadas y quemando, y da tres a Juan y se tiene para sí otras tres.
-¿Quién te las ha dado, Señor? ¿Quién ha venido a verte? ¿Quién sabía que estabas aquí? Yo no he oído ni voces ni pasos. Y además, después de la primera noche, he estado en vela…
-Salí con la primera luz del día. Había unos haces de leña delante de la entrada, y encima pan, quesos y manzanas. No vi a nadie. Pero sólo algunos han podido sentir el deseo de repetir un peregrinaje y un gesto de amor… -dice lentamente Jesús.
-¡Es verdad! ¡Los pastores! Lo habían dicho: "Iremos a la tierra de David… Son días de recuerdos…". ¿Pero por qué no se han quedado?
-¿Por qué? Han adorado y…
-Y han sido compasivos. Te han adorado a ti y han sido compasivos conmigo… Son mejores que nosotros esos hombres.
-Sí. Han conservado buena, cada vez mejor, su voluntad. Para ellos no ha sido un daño el don que Dios les ha dado…
Jesús ya no sonríe. Piensa y se entristece.
Luego reacciona. Mira a Juan, que lo mira, y dice:
-¡Bien! ¿Nos vamos? ¿Ya no te sientes agotado?
-No, Maestro. No voy a tener mucha resistencia, creo, porque tengo los miembros doloridos. Pero creo que puedo andar.
-Pues entonces vamos. Ve por tu bolsa mientras Yo recojo las sobras en la mía, y vámonos. Tomaremos el camino que va hacia el Jordán para evitar Jerusalén.
Y cuando Juan vuelve se ponen en marcha. Recorren el mismo camino por el que han ido allí, y se van alejando por la campiña, que se calienta con el suave sol de Diciembre.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está detrás del Templo, cerca de la puerta del Rebaño, fuera de la ciudad.
Lo acompañan, desolados aunque también encorajinados, los apóstoles y los discípulos pastores (menos Leví). No veo a ningún otro de los discípulos que estaban antes en el Templo con Él.
Tienen una controversia. Es más, podría decir que no sólo están en desacuerdo entre sí, sino que lo están también con Jesús, y de manera especial con Judas de Keriot.
A éste le echan en cara las iras de los judíos, y lo hacen con mucha mordacidad. Judas les deja hablar y repite:
-Yo hablé con fariseos, escribas y sacerdotes, y ni uno de ellos estaba entre la gente.
A Jesús le reprochan el no haber cortado la discusión después de haberla hecho cesar una primera vez. Y Jesús responde:
-Debía completar mi manifestación.
Y también están en desacuerdo respecto a dónde ir, ahora que el sábado está próximo y que son días de fiesta. Simón Pedro propone donde José de Arimatea, puesto que Betania no es lugar para ir a crear incomodidades, especialmente después de que Jesús ha declarado que ya no se debe ir allí.
Tomás responde:
-No está José, y tampoco Nicodemo. Están fuera. Por la fiesta. Los saludé ayer cuando esperábamos a Judas y me lo dijeron.
-A casa de Nique, entonces -propone Mateo.
-Está en Jericó por la fiesta -responde Felipe.
-A casa de José de Seforí -dice Santiago de Alfeo.
-¡Mmm! José… No le haríamos ningún regalo. Ha tenido una serie de problemas y… ¡sí, hombre, lo digo!… y… venera al Maestro, pero desea la propia paz. Parece una barca pillada entre dos corrientes opuestas… y, para mantenerse a flote… tiene en cuenta todos los lastres. Incluso por lo que se refiere al pequeño Marcial… tanto es así, que se ha quedado muy a gusto pasándoselo a José de Arimatea -dice Pedro.
-¡Ah, por eso ayer estaba con él! -exclama Andrés.
-Ya, claro. Por eso es mejor dejarle recuperar la calma en un puertecito seguro… ¡Claro, la gente no es muy valiente, y el Sanedrín da miedo a todos! -añade Pedro.
-Te ruego que hables por ti. Yo no tengo miedo a nadie -dice Judas Iscariote.
-Y yo tampoco. Por defender al Maestro desafiaría a todas las legiones. Pero nosotros somos nosotros… Los demás… Bueno, pues tienen negocios, casas, mujeres, hijas… Y entonces consideran estas cosas.
-Nosotros también las tenemos, entonces -observa Bartolomé.
-Pero nosotros somos los apóstoles y…
-Y sois iguales que los demás. No critiquéis a nadie porque la prueba no ha venido todavía -dice Jesús.
-¿No ha venido? ¿Y qué otras cosas quieres, más de las que hemos pasado ya? ¡Y habrás visto cómo te he defendido hoy! Todos te hemos defendido. ¡Pero yo más que ninguno! ¡He
abierto paso con unos empujones que habrían botado una barca!… ¡Una idea! Vamos a Nob. ¡El anciano se sentirá contento!
-Sí, sí, a Nob -aprueban todos.
-Juan no está. Haríais el camino en balde. A Nob podéis ir, pero no a casa de Juan.
-¿Podéis? ¿Y Tú no puedes?
-No quiero, Simón de Jonás. Yo tengo ya dónde ir para estas noches de Encenias. Pero, fuera de la escena Yo, vosotros podéis estar tranquilos en cualquier lugar. Por eso os digo: id a donde queráis. Yo os bendigo. Os recuerdo que estéis unidos, física y espiritualmente, sujetos a Pedro, vuestra cabeza; pero no como a un amo, sino como a un hermano mayor. En cuanto Leví regrese con mi bolsa, nos separaremos.
-¡Eso no, mi Señor! ¡Nunca sucederá que te deje ir solo! -exclama Pedro.
-Siempre sucederá, si Yo lo quiero, Simón de Jonás. Pero no temas. No estaré en la ciudad. Ninguno que no sea ángel o demonio descubrirá mi refugio.
-Y es bueno. Porque hay demasiados demonios que te odian. ¡Te digo que no irás solo!
-También hay ángeles, Simón; e iré.
-¿Pero a dónde? ¿Pero a qué casa, si has rechazado las mejores, o por voluntad tuya o por las circunstancias? ¿Porque no querrás estar en esta estación del año en alguna gruta en los montes?
-¿Y si así fuera? Siempre serían menos gélidas que los corazones de los hombres que no me aman -dice, casi a sí mismo, Jesús, inclinando la cabeza para esconder visos de llanto en los ojos.
-Ahí está Leví. Viene corriendo -dice Andrés, que mira desde el borde del camino.
-Entonces démonos la paz y vamos a separarnos. Si queréis ir a Nob, tenéis el tiempo justo antes de la puesta del sol.
Leví llega jadeante:
-Te buscan por todas partes, Maestro… Me lo han dicho los que te quieren… Han estado en muchas casas, especialmente de gente modesta…
-¿Te han visto? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Claro. Incluso me han parado. Pero yo, que ya estaba al corriente, he dicho:
"Voy a Gabaón" y he salido por la puerta de Damasco y he corrido por detrás de las murallas… No he mentido, Señor, porque yo y éstos vamos a Gabaón después del sábado. Esta noche estaremos en los campos de la ciudad de David… Son días de recuerdos para nosotros… -y mira a Jesús con sonrisa de ángel en su rostro viril y barbado, una sonrisa que le pone de nuevo las facciones de niño de la noche lejana.
-De acuerdo. Vosotros podéis marcharos. Y también vosotros. Yo también me marcho. Cada uno por su camino. Me precederéis en el pueblo de Salomón, donde estaré dentro de pocos días. Y antes de dejaros os repito las palabras que os dije antes de enviaros de dos en dos por las ciudades:
"Id, predicad, anunciad que el Reino de los Cielos está muy cercano. Curad a los enfermos, limpiad a los leprosos, resucitad a los muertos del espíritu y de la carne imponiendo en mi Nombre la resurrección del espíritu, la búsqueda de mí que es vida, o la resurrección de la muerte. Y no os ensoberbezcáis de lo que hacéis.
Evitad las controversias entre vosotros y con quien no nos ama. No exijáis nada por lo que hagáis. Preferid ir a las ovejas perdidas de la casa de Israel antes que a gentiles y samaritanos; esto no por repulsa, sino porque no estáis todavía al nivel de poder convertirlos. Dad lo que tenéis sin preocuparos del mañana. Haced todo lo que me habéis visto hacer a mí, y con el mismo espíritu mío. Mirad, os doy el poder de hacer lo que Yo hago y que quiero que hagáis para que Dios sea glorificado".
Espira su aliento sobre ellos y luego, uno a uno, los besa y los despide.
Todos se marchan sin ganas, volviéndose varias veces. Él los saluda con la mano hasta que ve que todos se han ido, luego desciende hacia el lecho del Cedrón, entre matas, y se sienta en una piedra en la orilla del agua que corre borbollando. Bebe esta agua clara y, sin duda, gélida. Se lava la cara, las manos, los pies. Luego, vestido completamente de nuevo, vuelve a sentarse. Piensa… Y no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, concretamente que el apóstol Juan, que estaba ya lejos con los compañeros, ha regresado solo y como Él, se oculta ahora tras una mata tupida…
Jesús está allí un rato. Luego se levanta, se pone la bolsa en bandolera y, orillando el Cedrón, entre las matas, llega al pozo de En Ro-gel, para cortar luego hacia el sudoeste hasta tomar el camino que lleva a Belén. Y Juan, a unos cien pasos más atrás, lo sigue todo arrebujado en su manto para no ser reconocido.
Van y van y van por los caminos desnudos a causa del invierno: Jesús, con su paso largo, devora el camino; Juan lo sigue con dificultad, incluso porque debe tener cautela para no ser descubierto. Dos veces Jesús se para y se vuelve. La primera, al pasar junto al pequeño collado a donde Judas fue a hablar con Caifás y compañeros. La segunda, junto a un pozo, y allí se sienta y da unos bocados a un poco de pan y luego bebe del ánfora de un hombre.
Reanuda su camino mientras el sol baja, baja, baja… Y llega el crepúsculo. Llega al sepulcro de Raquel cuando la última rojura del ocaso se apaga en una pincelada de color violado. El cielo, a Occidente, parece todo él una pérgola de glicina en flor, mientras que al Este presenta ya el puro cobalto de un frío firmamento invernal de Oriente y ya las primeras luces sidéreas se asoman al extremo límite del cielo.
Jesús acelera el paso, para hallarse como es debido antes de que la noche sea completa. Pero, llegado a un punto alto desde el que se ve enteramente la pequeña ciudad de Belén, se para, mira, suspira… Luego baja rápido. No entra en la ciudad. La rodea por las últimas casas. Va derecho a las ruinas de la casa o torre de David, al lugar en donde nació.
Pasa el regato que corre junto a la gruta, pone pie en el pequeño espacio libre que hay, y que está cubierto de hojas secas… Da una ojeada dentro de las ruinas. El lugar está vacío. Entra…
Y Juan se queda a una cierta distancia, cauto para no ser ni oído ni visto. Rebusca, mira. Encuentra, más tanteando que con la vista, otro de los establos semiderruídos.
Entra también él y enciende una lumbre en un rincón. Hay un poco de paja, un poco de pajuzo sucio, algunas ramas secas, heno en el pesebre.
Juan está contento. Monologa:
-Al menos… oiré… y… o morimos juntos o lo salvo.
Luego suspira y dice:
-¡Y nació así! Y viene aquí a llorar su dolor… Y… ¡Ah, eterno Dios, salva a tu Cristo! Me tiembla el corazón, oh Dios Altísimo, porque Él se retira siempre antes de obras grandes… ¿Y qué obra grande puede hacer, sino manifestarse como Rey Mesías? ¡Oh, todas sus palabras están dentro de mí… Yo soy un niño ignorante y comprendo poco.¡Todos comprendemos poco, oh eterno Padre nuestro! Pero tengo miedo. ¡Tengo miedo! Porque Él habla de muerte, de muerte dolorosa, de traición y de cosas horribles…
¡Tengo miedo! ¡Miedo, mi Dios! Fortalece mi corazón. Señor eterno. Fortalece mi corazón de pobre niño como, ciertamente fortaleces el de tu Hijo para las futuras vicisitudes… ¡Oh, que yo lo percibo! Ha venido aquí para esto, para sentirte más que nunca y fortalecerse en tu amor. ¡Yo hago lo mismo, oh Padre Santísimo! Ámame y haz que te ame para tener la fuerza de padecer todo sin vileza, para consuelo del Hijo tuyo.
Juan hace una larga oración, en pie, erguido, con los brazos alzados, a la luz temblorosa de dos ramas que ha encendido en el elemental hogar. Ora hasta que ve que el fuego está para apagarse. Luego se sube al ancho pesebre y se acurruca en el heno. Envuelto en el manto oscuro, envuelta la gruta en las tinieblas, Juan es, todo él, una sombra uniformada con la sombra. Hasta que un primer claror de luna se introduce por la apertura orientada a Oriente, para decir que es plena noche. Pero Juan, cansado, duerme; su respiración y el leve frufrú del regatillo son los únicos ruidos en esta noche de Diciembre.
Arriba, el cielo, con nubes ligeras heridas por la Luna, parece todo recorrido por multitud de ángeles… Pero no hay canto de ángeles. A intervalos, se responden entre las ruinas los quejumbrosos «¡cu-cú!, ¡cucú!, ¡cucú! -de los pájaros nocturnos, y de vez en cuando, acaban con esa especie de carcajada de bruja que es propia de las lechuzas, y, de lejos, viene un lamento semejante a un aullido: ¡algún perro encerrado en algún redil y que aúlla a la Luna; o algún lobo al que el viento lleva olor de presa y se golpea los ijares con la cola y aúlla de deseo, no atreviéndose a acercarse a los apriscos bien custodiados? No lo sé.
Mas luego se oye rumor de voces y pisadas y se ve una luz rojiza y trémula entre las ruinas; y aparecen, uno detrás de otro, los discípulos pastores: Matías, Juan, Leví, José, Daniel, Benjamín, Elías. Simeón. Matías mantiene alzada una rama encendida para ver el camino. Pero el que se adelanta ligero es Leví, y es el primero en introducir la cabeza en la gruta de Jesús.
Enseguida se vuelve y hace un gesto para que los otros se detengan y callen, y mira otra vez… y luego, exhibiendo hacia atrás la mano derecha, señala a los otros que vayan, y se aparta mientras tiene un dedo en los labios con gesto de silencio, para dejarles sitio, y ellos, uno tras otro, miran y, conmovidos como Leví, se retiran.
-¿Qué hacemos? -susurra Elías.
-Nos quedamos aquí contemplándolo -dice José.
-No. A nadie le es lícito violar los secretos espirituales de las almas. Vamos a retirarnos más allá -dice Matías.
-Tienes razón. Vamos a entrar en el establo contiguo. Estaremos todavía aquí, y cerca de Él -dice Leví.
-Vamos -dicen.
Pero, antes de apartarse, miran fugazmente otra vez dentro de la gruta de la Natividad y luego se retiran, conmovidos, tratando de no hacer ruido.
Pero, ya en el umbral del establo contiguo, oyen roncar a
Juan.
-Hay alguno -dice Matías deteniéndose.
-¿Qué hace? Entramos nosotros también. Si se ha refugiado aquí algún mendigo, porque está claro que es un mendigo, podemos refugiarnos también nosotros -replica Benjamín.
Entran teniendo alzada la rama encendida. Juan, hecho un ovillo en su improvisada e incómoda cama, medio tapada la cara por el pelo y el manto, sigue durmiendo. Se apartan despacio con intención de sentarse en la paja esparcida cerca del pesebre. Pero, al hacerlo, Daniel mira con más atención al durmiente y lo reconoce. Dice:
-Es el apóstol del Señor. Juan de Zebedeo. Se han refugiado aquí en oración… y el sueño ha vencido al apóstol… Retirémonos. Podría sentirse humillado por verse sorprendido durmiendo en vez de orando…
Con pocas ganas vuelven afuera, y entran en la otra pieza que está después de ésta. Es más, Simeón se queja:
-¿Por qué no estar en la entrada de su gruta y verlo de vez en cuando? Hemos estado muchos años al raso y a la luz de las estrellas para custodiar los corderos, ¿y por el Cordero de Dios no lo hacemos? ¡Bien tenemos este derecho, nosotros que lo adoramos en su primer sueño!
-Tienes razón como hombre y como adorador del Hombre-Dios. Pero ¿qué has visto mirando ahí dentro? ¿Acaso, al Hombre? No. Nosotros, sin querer, hemos apartado el triple velo extendido para guardar el misterio, hemos franqueado el umbral infranqueable, y hemos visto lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote ve entrando en el Santo de los Santos.
Hemos visto los inefables amores de Dios con Dios. No nos es lícito espiarlos. El poder de Dios podría castigar nuestras pupilas audaces que han visto el éxtasis del Hijo de Dios. ¡Quedémonos contentos con lo que hemos recibido!
Queríamos venir aquí para pasar la noche en oración antes de alejarnos para nuestra misión. Orar y recordar la lejana noche… Y, sin embargo, ¡hemos contemplado el amor de Dios! ¡Verdaderamente nos ha amado mucho el Eterno dándonos la alegría de la contemplación del Niño y la de sufrir por Él, y la de anunciarlo al mundo como discípulos del Niño Dios y del Hombre-Dios! Ahora nos ha concedido también este misterio… ¡Bendigamos al Altísimo y no queramos más! -dice Matías, que tengo la impresión de que es el que goza de más autoridad por sabiduría y justicia, entre los pastores.
-Tienes razón. Dios nos ha amado mucho. No debemos exigir más. Samuel, José y Jonatán no han tenido sino la alegría de adorar al Niño y sufrir por Él. Jonás murió sin poder seguirlo. El mismo Isaac no está aquí para ver lo que nosotros hemos visto. Y, si hay uno que lo merece, ése es Isaac, que se consume anunciándolo -dice Juan.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Qué feliz se habría sentido Isaac de ver esto! Pero se lo contaremos -dice Daniel.
-Sí. Tenemos que recordar todo en nuestro corazón para decírselo a él -dice Elías.
-¡Y a los otros discípulos y fieles! -exclama Benjamín.
-No. No a los otros. No por egoísmo, sino por prudencia y por respeto al misterio. Si es voluntad de Dios, llegará la hora en que lo podremos decir. Por ahora debemos saber callar -dice Matías. Y hablando a Simeón:
-Tú fuiste conmigo discípulo de Juan. Recuerda cómo nos instruía sobre la prudencia sobre las cosas santas: "Si Dios un día, como ya os ha favorecido, os sigue favoreciendo con dones extraordinarios, que ello no os haga ser como ebrios charlatanes. Recordad que Dios se manifiesta a los espíritus, que están cerrados en la carne porque son gemas celestes que no deben estar expuestas a las inmundicias del mundo. Sed santos en vuestros miembros y en los sentidos para saber frenar todo instinto carnal.
Tanto en los ojos como en los oídos, tanto en la lengua como en las manos. Y santos en el pensamiento, sabiendo frenar ese orgullo que tenéis de hacer saber. Porque los sentidos y los órganos y el intelecto deben servir y no reinar; servir al espíritu, no reinar sobre el espíritu; deben tutelar, no turbar el espíritu. Por tanto, sobre los misterios de Dios en vosotros, salvo una explícita orden suya, poned el sigilo de vuestra prudencia, de la misma manera que el espíritu tiene el de la transitoria cárcel en la carne. Serían cosas completamente inútiles, malas y peligrosas, la carne y el intelecto, si no sirvieran para aportar mérito con la aflicción que les damos a ellos como respuesta a sus fómites, si no sirvieran como templo del altar sobre el que aletea la gloria de Dios: nuestro espíritu".
¿Lo recordáis? ¿Tú, Juan, y tú, Simeón? Espero que sí, porque si no recordarais las palabras de nuestro primer maestro, verdaderamente él estaría muerto para vosotros. Un maestro vive mientras su doctrina vive en sus discípulos. Y aunque luego fuera reemplazado por un maestro mayor y, para los discípulos de Jesús, reemplazado por el Maestro de los maestros-, no es nunca lícito olvidar las palabras del primero, que nos prepararon a comprender y amar con sabiduría al Cordero de Dios.
-Es verdad. Hablas con sabiduría. Te obedeceremos.
-¡Pero qué penoso es, fatigoso, resistir sin mirarlo otra vez estando tan cerca de Él! ¿Estará todavía como antes? pregunta Simeón.
-¡A saber! ¡Cómo resplandecía su cara!
-¡Más que la Luna en una noche serena!
-Su boca tenía sonrisa divina…
-Y sus pupilas manaban divino llanto…
-No decía palabras. Pero en Él todo era oración.
-¿Qué será lo que ha visto?
-A su eterno Padre. ¿Lo dudas? Sólo esa visión puede dar ese aspecto. Bueno… ¿qué digo?… ¡Más que verlo, estaba con Él, en Él! ¡El Verbo con el Pensamiento!…
¡Amándose!… ¡Ah!… -dice Leví, que parece a su vez en éxtasis.
-Pues por eso he dicho que no nos es lícito quedarnos allí. Tened en cuenta que no ha querido tener consigo ni siquiera a su apóstol…
-¡Claro! ¡Es verdad! ¡Maestro santo! ¡Necesita, más que de agua la tierra agostada, ser inundado por el amor de Dios! ¡Tanto odio en torno a El…!
-Pero también mucho amor. Yo quisiera… ¡Sí, lo hago! El Altísimo está presente. Yo me ofrezco y digo: "Señor Dios Altísimo, Dios y Padre de tu pueblo, que aceptas y consagras los corazones y los altares e inmolas las víctimas que te son gratas, descienda como un fuego tu deseo y me consuma víctima con Cristo, como Cristo y por Cristo, tu Hijo y tu Mesías, mi Dios y Maestro. En tus manos me pongo. Escucha mi oración".
Y Matías, que ha orado poniéndose en pie y con los brazos alzados, se sienta de nuevo en el montón de haces de leña que los acoge.
La Luna deja de iluminar la gruta porque ya cae hacia Occidente. Su candor ahora está sobre la campiña, no ya ahí dentro; y caras y cosas se difuminan en una sola sombra. También las palabras se hacen más escasas y los tonos de voz más bajos. Hasta que la somnolencia vence sobre la buena voluntad y se oyen sólo palabras separadas, a veces sin respuesta… El frío, que se hace punzante al ir acercándose el alba, estimula contra el sueño. Se alzan de nuevo, encienden unos ramajes, calientan sus miembros ateridos…
-¡Y Él, que está claro que no piensa en el fuego, cómo se apañará? -dice Leví (casi le castañean los dientes).
-¿Tendrá, al menos, comida? -pregunta Elías, y añade:
-Ahora sólo tenemos nuestro amor y poca y pobre comida… y hoy es sábado…
-¿Sabes qué? Ponemos toda nuestra comida en la entrada de la gruta y luego nos vamos. Nosotros siempre podremos encontrar un pan antes del anochecer, donde Raquel o donde Elichá. Y seremos la providencia de la Providencia, del Hijo de Aquel que ejerce su providencia con todos nosotros -propone José.
-Sí, sí. Hacemos un buen fuego para ver bien y calentarnos bien y luego llevamos todo allí y nos marchamos antes de que, con el alba Él o el apóstol salgan y nos vean.
A la luz del fuego vivo abren sus bolsas y sacan pan, quesos secos, alguna manzana. Luego se cargan los haces de leña y salen cautamente, mientras Matías alumbra todavía con una rama sacada del fuego. Ponen todo justo a la entrada de la gruta: los haces en el suelo; encima, el pan y los otros alimentos. Luego se retiran, cruzan el regatillo en el sentido contrario, uno detrás de otro, y se marchan ya con un primer, silencioso crepúsculo matutino rasgado al improviso por un canto de gallo.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No es posible estar parados en esta mañana fría y ventosa.
En la cima del Moria el viento que sopla en dirección nordeste arremete punzante, de forma que hace ondear los vestidos y pone rojos los ojos y las caras.
No obstante, hay gente que ha subido al Templo para las oraciones. Pero faltan completamente los rabíes con sus respectivos grupos de alumnos. Así que el pórtico parece más grande y, sobre todo, más digno, no estando esa concurrencia vociferante y pomposa, que de ordinario lo ocupa.
Debe ser cosa muy extraña verlo vacío así, porque todos se asombran como de una cosa nueva. Y Pedro se escama. Pero Tomás, que arropado como está en un amplio y grueso manto, parece aún más robusto, dice:
-Se habrán encerrado en alguna estancia por miedo a perder la voz. ¿Los añoras? -y se ríe.
-¡Yo no! ¡Ojalá no los viera nunca! Pero mi miedo es que… -y mira a Judas Iscariote, que no habla pero que aferra la mirada de Pedro y dice:
-Verdaderamente han prometido no crear más dificultades, excepto en el caso de que el Maestro los… escandalizara.
Está claro que vigilan, pero no están porque aquí ni se peca ni se daña.
-Mejor así. Y que Dios te bendiga, muchacho, si has conseguido hacerles razonar.
Es pronto todavía. En el Templo hay poca gente. Digo "poca", y es lo que parece, dadas las dimensiones del Templo, que para parecer lleno necesita masas de gente. Dos o trescientas personas ni se ven en ese complejo de patios, pórticos, atrios, corredores…
Jesús, único Maestro en el vasto Pórtico de los Paganos, camina arriba y abajo hablando con los suyos y con los discípulos que ha encontrado ya en el recinto del Templo. Responde a sus objeciones o preguntas, aclara puntos que ellos no han sabido aclararlos ni a sí mismos ni a otros.
Vienen dos gentiles, lo miran, se marchan sin decir nada. Pasan algunos que tienen algún cometido en el Templo, lo miran; tampoco dicen nada. Algún fiel se acerca, saluda, escucha. Pero son pocos todavía.
-¿Vamos a seguir aquí? -pregunta Bartolomé.
-Hace frío y no hay nadie. Pero es agradable estar aquí con tanta paz. Maestro, hoy estás justamente en la Casa de tu Padre. Y como amo -dice sonriendo Santiago de Alfeo. Y añade:
-Así debía ser el Templo en tiempos de Nehemías y de los reyes sabios y píos.
-Yo sugeriría marcharnos. Allá nos espían… -dice Pedro.
-¿Quién? ¿Fariseos?
-No. Los que han pasado antes y otros. Vámonos, Maestro…
-Espero a enfermos. Me han visto entrar en la ciudad; la voz se ha esparcido, sin duda. Con las horas más calientes vendrán. Quedémonos, al menos, hasta un tercio de sexta -responde Jesús, y reanuda su marcha adelante y atrás para no quedarse parado con ese aire crudo.
En efecto, pasado un rato, cuando el sol trata de mitigar
los efectos de la tramontana, viene una mujer con una niña enferma y pide la curación. Jesús la complace. La mujer deposita su óbolo a los pies de Jesús y dice:
-Esto para otros niños que sufren.
Judas Iscariote recoge las monedas.
Más tarde, en unas angarillas, traen a un hombre anciano, enfermo de las piernas. Y Jesús lo cura.
Los terceros en venir son un grupo de personas que ruegan a Jesús que salga fuera de los muros del Templo para expulsar a un demonio de una jovencita cuyos desgarradores gritos se oyen incluso allí. Y Jesús se encamina detrás de ellos y sale a la calle que lleva a la ciudad.
Una serie de personas, entre quienes hay unos extranjeros, están apiñados alrededor de los que sujetan a la jovencita, que babea y forcejea y tuerce horriblemente los ojos. Palabrotas de todo tipo salen de sus labios, y aumentan a medida que Jesús se acerca a ella, como también crece su esfuerzo por librarse de los cuatro hombres jóvenes y fuertes que, no sin mucha dificultad, la tienen sujeta.
Y, con los improperios, estallan gritos de reconocimiento del Cristo y angustiosas súplicas del espíritu que la tiene poseída para no ser expulsado, y también verdades, repetidas con monotonía: -¡Vete! ¡Que no vea yo a este maldito! ¡Márchate! ¡Fuera! Causa de nuestra ruina. Sé quién eres. Tú eres… Tú eres el Cristo. Tú eres… Sólo te ha ungido el óleo de arriba, no otro. La potencia del Cielo está sobre ti y te defiende. ¡Te odio! ¡Maldito! No me expulses.
¿Por qué nos expulsas a nosotros y no nos aceptas, mientras que tienes cerca de ti una legión de demonios en uno solo? ¿No sabes que todo el infierno está en uno? Sí lo sabes… Déjame aquí al menos hasta la hora de…
La palabra se corta a veces, como ahogada; otras veces cambia; o primero se para y luego se prolonga en medio de gritos inhumanos, como cuando grita:
«¡Déjame entrar al menos en él! ¡No me mandes allá al Abismo! ¿Por qué nos odias, oh Jesús, Hijo de Dios? ¿No te basta con lo que eres? ¿Por qué quieres mandar también sobre nosotros? ¡No queremos que nos manden! ¿Por qué has venido a perseguirnos, si nosotros te hemos renegado?
¡Márchate! ¡No arrojes sobre nosotros los fuegos del Cielo! ¡Tus ojos! Cuando se cierren reiremos ¡Ah! ¡No! ¡Ni siquiera entonces!… ¡Tú nos vences! ¡Nos vences! ¡Maditos seáis Tú y el Padre que te ha enviado y el que de vosotros proviene y es vosotros…! ¡Aaaah!
El último grito ya hay que decir que es espantoso, de criatura degollada en que lentamente entrase el hierro homicida, y ha sido originado por el hecho de que Jesús, después de haber truncado muchas veces por imperativo mental las palabras de la poseída, pone fin a ellas tocando con un dedo la frente de la jovencita. Y el grito termina en una convulsión horrenda, hasta que, con un fragor que es parte carcajada y parte grito de un animal de pesadilla, el demonio la deja, gritando:
-¡Pero no me voy lejos!… ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -seguido inmediatamente por un estallido seco como de rayo, a pesar de que el cielo esté tersísimo.
Muchos huyen aterrorizados. Otros se apiñan aún más para observar a la jovencita, que se ha calmado de golpe, desfalleciendo entre los brazos de los que la sujetaban.
Está así unos pocos instantes y luego abre los ojos, sonríe. Se ve sin velo que cubra su cara ni su cabeza, rodeada de gente, y entonces alza un brazo y reclina la cara sobre él para esconderla.
Los que están con ella quisieran que diera las gracias al Maestro Pero Él dice: -Dejadla con su pudor. Su alma ya me está dando las gracias. Llevadla a casa, con su madre. Es su lugar como jovencita que es… -y vuelve las espaldas a la gente paraentrar en el Templo… al lugar de antes.
-¿Has visto, Señor, que muchos judíos habían venido a espaldas nuestras? He reconocido a algunos de ellos… ¡Ahí están! Son los que nos espiaban antes. Mira cómo disputan entre sí… -dice Pedro.
-Estarán estableciendo en quién de ellos ha entrado el diablo Está también Nahúm, el apoderado de Anás. Reúne las condiciones… -dice Tomás.
-Sí. Y tú no has visto, porque estabas vuelto de espaldas, pero el fuego se ha abierto justo encima de su cabeza -dice Andrés, y casi le castañean los dientes.
-Yo estaba cerca de él. ¡He tenido un miedo!…
-Realmente estaban todos juntos ellos. Pero yo he visto el fuego abrirse encima de nosotros y me he sentido morir… Es más, he temido por el Maestro. Parecía justamente suspendido sobre su cabeza -dice Mateo.
-¡No, hombre! Yo lo que he visto ha sido que salía de la niña y estallaba sobre la muralla del Templo -rebate Leví, el pastor discípulo.
-No discutáis entre vosotros. El fuego no ha indicado ni una cosa ni la otra. Ha sido sólo la señal de que el demonio había huido -dice Jesús.
-¡Pero ha dicho que no se marchaba lejos!… -objeta Andrés.
-Palabras de demonio… Na hay que escucharlas. Más bien, alabemos al Altísimo por estos tres hijos de Abraham curados en el cuerpo y en el alma.
Entretanto, muchos judíos, surgidos de una u otra parte -no había entre ellos fariseos o escribas o sacerdotes, ni siquiera uno se acercan a Jesús y se ponen en torno a Él. Uno toma la iniciativa y dice:
-¡Grandes cosas has hecho en este día! Obras verdaderamente de profeta, de gran profeta. Y los espíritus de los abismos han dicho de ti cosas grandes.
Pero sus palabras no pueden ser aceptadas, si no las confirma tu palabra. Esas palabras nos estremecen, pero también tememos un gran engaño, porque es sabido que Belcebú es espíritu de falsedad. No quisiéramos equivocarnos ni ser engañados. Dinos, pues, quién eres, con tu boca de verdad y justicia.
-¿Y no os he dicho muchas veces quién soy? Hace casi tres años que os lo llevo diciendo, y antes de mí os lo dijo Juan en el Jordán y la Voz de Dios desde los Cielos.
-Es verdad. Pero nosotros no estábamos las otras veces. Nosotros… Tú, que eres justo, debes comprender nuestra congoja. Quisiéramos creer en ti como Mesías. Pero ya demasiadas veces el pueblo de Dios ha sido engañado por falsos Cristos. Consuela con una palabra segura nuestro corazón, que tiene esperanza y que espera, y te adoraremos.
Jesús los mira severamente. Sus ojos parecen perforar las carnes y poner al desnudo los corazones. Luego dice:
-En verdad, muchas veces los hombres saben decir mentiras mejor que Satanás. No. Vosotros no me adoraréis. Nunca. Os dijera lo que os dijera. Y, aunque llegarais a hacerlo, ¿a quién adoraríais?
-¿A quién? ¡Pues a nuestro Mesías!
-¿Seríais capaces? ¿Quién es para vosotros el Mesías? Responded, para que sepa cuánto valéis.
-¿El Mesías? Pues el Mesías es aquel que por mandato de Dios reunirá al esparcido Israel y lo convertirá en un pueblo triunfal, bajo cuyo poder estará el mundo. ¿Qué, es que Tú no sabes lo que es el Mesías?
-Lo sé como vosotros no lo sabéis. ¿Para vosotros, pues, es un hombre que, superando a David y a Salomón y a Judas Macabeo, hará de Israel la Nación reina del mundo?
-Así es. Dios lo ha prometido. Toda venganza, toda gloria, toda reivindicación, vendrán del Mesías prometido.
-Está escrito: "No adorarás sino al Señor Dios tuyo". ¿Por qué, entonces, me adoraríais, si en mí sólo podríais ver al Hombre-Mesías?
¿Y qué otra cosa tenemos que ver en ti?
-¿Que qué? ¿Y con estos sentimientos venís a hacerme preguntas? ¡Raza de víboras taimadas y venenosas! Y sacrílegas también. Porque si en mí no pudierais ver más que el Mesías humano, y me adoraseis, seríais idólatras.
Sólo Dios ha de ser adorado. Y en verdad os digo, una vez más, que el que os habla es más que el Mesías que vosotros os inventáis, con la misión, las tareas, los poderes que vosotros -desprovistos de espíritu y de sabiduría-os imagináis.
El Mesías no viene a dar a su pueblo un reino como el que creéis, no viene a ejercer venganza sobre otros poderosos. Su Reino no es de este mundo y su poder supera a todos los poderes limitados del mundo.
-Nos humillas, Maestro. Si eres Maestro y nosotros somos ignorantes, ¿por qué no quieres instruirnos?
-Hace tres años que lo vengo haciendo, y vosotros estáis cada vez más en las tinieblas porque rechazáis la Luz.
-Es verdad. Quizás es verdad. Pero lo que ha sido en el pasado puede dejar de serlo en el futuro.
¿Es que Tú, que tienes compasión de los publicanos y las meretrices y que absuelves a los pecadores quieres no tener piedad de nosotros, sólo porque somos de dura cerviz y nos cuesta comprender quién eres?
-No es que os cueste. Es que no queréis comprender. Padecer idiotez no sería una culpa. Dios tiene tantas luces, que podría iluminar al intelecto más obtuso, obtuso pero lleno de buena voluntad. Ésta falta en vosotros. Es más, tenéis voluntad opuesta. Por eso no comprendéis quién soy Yo.
-Será como dices. Ya ves que somos humildes. Pero te rogamos en nombre de Dios, responde a nuestras preguntas, no nos tengas más tiempo a la expectativa. ¿Hasta cuándo nuestro corazón debe estar en la incertidumbre? Si eres el Cristo, dínoslo abiertamente.
-Os lo he dicho. Os lo he dicho en las casas, en las plazas, por los caminos, en los pueblos, en los montes, en las orillas de los ríos, frente al mar o a los desiertos, en el Templo, en las sinagogas, en los mercados, y no creéis.
No hay un lugar de Israel que no haya oído mi voz. Hasta los lugares que abusivamente llevan el nombre de Israel desde hace siglos, pero que están separados del Templo; hasta los lugares que han dado el nombre a esta tierra nuestra, pero que de dominadores se transformaron en dominados, y que nunca se liberaron completamente de sus errores para venir a la Verdad; hasta en Siro-Fenicia, evitada por los rabíes como tierra de pecado, han oído mi voz y conocido mi ser. Os lo he dicho y no creéis en mis palabras.
He hecho obras y a mis obras no habéis dirigido vuestra mente con espíritu bueno. Si lo hubierais hecho, con una intención recta de cercioraros acerca de mí, habríais llegado a la fe, porque las obras que hago en el nombre del Padre mío dan testimonio de mí. Los de buena voluntad, que me han seguido porque me han reconocido como Pastor, han creído en mis palabras y en el testimonio que dan mis obras. ¿Qué? ¿Acaso creéis que lo que Yo hago no tiene un fin útil para vosotros, útil para todas las criaturas?
Desencantaos. No penséis que lo útil está en la salud que una persona recupera por mi poder, o en la liberación de uno u otro de la posesión o del pecado. Esta es una utilidad circunscrita al individuo. Demasiado poco para ser la única utilidad respecto a la potencia que se desprende, y respecto a la fuente de donde se desprende, que es sobrenatural, más que sobre-natural: divina.
Hay una utilidad colectiva de las obras que realizo. La utilidad de eliminar toda duda de los que titubean, de convencer a los contrarios, además de reforzar cada vez más la fe de los creyentes. Para esta utilidad colectiva, en favor de todos los hombres, presentes y futuros (porque mis obras me darán testimonio ante los que vendrán, y los convencerán respecto a mí), el Padre mío me da poder de hacer lo que hago. En las obras de Dios nada se hace sin un fin bueno. Recordadlo siempre. Meditad sobre esta verdad.
Jesús se detiene un momento. Fija su mirada en un judío que está cabizbajo, y dice:
-Tú, que estás pensando así, tú que llevas túnica de color de oliva madura, te estás preguntando si también Satanás tiene un fin bueno. No seas necio poniéndote en contra de mí y buscando el error en mis palabras. Te respondo que Satanás no es obra de Dios, sino de la libre voluntad del ángel rebelde. Dios lo había hecho ministro suyo glorioso, y, por tanto, lo había creado con buen fin. Mira, ahora tú, hablando con tu yo, dices:
"Entonces Dios es insipiente, porque había donado la gloria a un futuro rebelde y confiado sus deseos a un desobediente". Te respondo: "Dios no es insipiente, sino perfecto en sus acciones y pensamientos. Es el Perfectísimo. Las criaturas, incluso las más perfectas, son imperfectas. Siempre en ellas hay un punto de inferioridad respecto a Dios. Pero Dios, que las ama, ha concedido a las criaturas la libertad de arbitrio, para que a través de ella la criatura se complete en las virtudes y se haga, por tanto, más semejante a su Dios y Padre".
Y te digo más, a ti, escarnecedor y astuto buscador del pecado en mis palabras: que del Mal, que se forma voluntariamente, Dios todavía saca un fin bueno: el de servir para hacer a los hombres poseedores de una gloria merecida. Las victorias sobre el Mal son la corona de los elegidos. Si el Mal no pudiera suscitar una consecuencia buena para los que quieren con buena voluntad, Dios lo habría destruido. Porque nada de lo que hay en la Creación debe estar totalmente privado de incentivo o consecuencia buenos.
¿No contestas? ¿Te resulta duro deber proclamar que he leído tu corazón y que he vencido las deducciones injustificadas de tu pensamiento tortuoso? No voy a forzarte a hacerlo. Te dejo en tu soberbia en presencia de muchos. No reclamo que me proclames victorioso. Pero cuando estés solo con estos que te asemejan, y con los que os han enviado, entonces confiesa que Jesús de Nazaret leyó los pensamientos de tu mente y te estranguló las objeciones en la garganta sin más arma que su palabra de verdad.
Pero vamos a dejar esta interrupción personal y a volver a los muchos que me escuchan. Si siquiera, de tantos, uno, por mis palabras, convirtiera su espíritu a la Luz, resultaría recompensada mi fatiga por hablar a piedras, es más, a sepulcros llenos de víboras.
Estaba diciendo que los que me aman me han reconocido como Pastor por mis palabras y mis obras. Pero vosotros no creéis, no podéis creer, porque no sois de mis ovejas.
¿Qué sois vosotros? Os lo pregunto. Preguntáoslo en lo íntimo del corazón. No sois estúpidos. Podéis conoceros conforme a lo que sois. Basta con que escuchéis la voz de vuestra alma, que no se siente tranquila de seguir ofendiendo al Hijo de Aquel que la ha creado. Vosotros, aun conociendo lo que sois, no lo diréis. No sois ni humildes ni sinceros. Pues Yo os voy a decir lo que sois.
Sois en parte lobos, en parte chivos salvajes. Pero ninguno de vosotros, a pesar de la piel de cordero que lleváis para aparentar que lo sois, es verdadero cordero.
Bajo la lana blanda y blanca tenéis todos colores chillones, cuernos puntiagudos, colmillos de cabro o garras de fiera, y queréis seguir siendo eso porque os complace serlo, y soñáis con la crueldad y la rebelión.
Por eso no me podéis amar y no podéis seguirme ni comprenderme.
Si entráis en el rebaño, es para producir daños, para causar dolor o introducir el desorden. Mis ovejas tienen miedo de vosotros. Si fueran como vosotros, os deberían odiar. Pero ellos no saben odiar. Son los corderos del Príncipe de paz, del Maestro de amor, del Pastor misericordioso. Y no saben odiar. No os odiarán nunca, como Yo no os odiaré nunca.
Os dejo a vosotros el odio, que es el mal fruto de la ternaria concupiscencia con el yo desenfrenado en el animal hombre, que vive olvidado de que es también espíritu, además de carne. Yo me quedo con lo que es mío: el amor. Y es esto lo que comunico a mis corderos y os ofrezco también a vosotros para haceros buenos. Si os hicierais buenos, me comprenderíais y entraríais a formar parte de mi rebaño, siendo semejantes a los otros que ya están en él. Nos amaríamos. Yo y mis ovejas nos amamos. Me escuchan, reconocen mi voz.
Vosotros no comprendéis lo que es en verdad conocer mi voz. Es no abrigar dudas sobre su Origen y distinguirla entre mil otras voces de falsos profetas como verdadera voz venida del Cielo. Ahora y siempre, incluso entre los que se creen, y en parte lo son, seguidores de la Sabiduría, habrá muchos que no sabrán distinguir mi voz de otras voces que hablarán de Dios, más
o menos con justicia, pero que serán, todas, inferiores a la mía…
Dices siempre que pronto te vas a ir, ¿y ahora pretendes decir que siempre hablarás? Si te marchas, ya no hablarás objeta un judío con el tono despreciativo con que hablaría a un deficiente mental.
Jesús responde con su tono paciente y afligido, que ha manifestado un acento severo solamente cuando ha hablado al principio a los judíos, y después cuando ha respondido a las objeciones interiores del judío aquél:
-Hablaré siempre para que el mundo no se haga todo él idólatra. Y hablaré a los míos, elegidos para que os repitan mis palabras. El Espíritu de Dios hablará, y comprenderán aquello que ni siquiera los sabios sabrán comprender. Porque los estudiosos estudiarán la palabra, la frase, el modo, el lugar, el cómo, el instrumento a través de los cuales la Palabra habla, mientras que mis elegidos no se abstraerán en estos estudios inútiles; antes bien, me escucharán embargados en el amor y comprenderán, porque será el Amor el que hable.
Distinguirán las adornadas páginas de los doctos o las engañosas de los falsos profetas, de los rabíes de hipocresía, que enseñan doctrinas inficionadas, o enseñan lo que ellos no practican, de las palabras sencillas, verdaderas, profundas que de mí vendrán. Pero el mundo los odiará por esto, porque el mundo me odia a Mí-Luz y odia a los hijos de la Luz, el tenebroso mundo que desea las tinieblas propicias para pecar.
Mis ovejas me conocen y me conocerán y me seguirán siempre incluso por los caminos de sangre y dolor que Yo recorreré a la cabeza y ellas recorrerán después de mí. Los caminos que llevan las almas a la Sabiduría. Los caminos hechos luminosos por la sangre y el llanto de los perseguidos por enseñar la justicia, caminos hechos luminosos para que resalten en la calígine de los humos del mundo y de Satanás, y sean como estelas de estrellas para guiar a quienes buscan el Camino, la Verdad, la Vida, y no hallan a nadie que hacia ellos los guíe. Porque de esto tienen necesidad las almas: de alguien que las conduzca a la Vida, a la Verdad, al Camino bueno.
Dios es compasivo para con las almas que buscan y no encuentran, no por culpa propia sino por desidia de los pastores ídolos. Dios es compasivo para con aquellas almas que, abandonadas a sí mismas, se extravían y son acogidas por ministros de Lucifer, que están preparados para acoger a los extraviados y hacer de ellos prosélitos de sus doctrinas.
Dios es compasivo para con aquellos que caen en el engaño por el simple hecho de que los rabíes de Dios, los llamados rabíes de Dios, se han desinteresado de ellos.
Dios se muestra compasivo con todos estos que caminan hacia el desaliento, las brumas, la muerte, por culpa de los falsos maestros, que de maestros no tienen más que las vestiduras y el orgullo de que así los llamen.
Y para estas pobres almas, de la misma forma que envió a los profetas para su pueblo, de la misma forma que me ha enviado a mí para el mundo entero, pues, después de mí, enviará a los servidores de la Palabra, de la Verdad y del Amor, para repetir mis palabras. Porque son mis palabras las que dan la Vida. De manera que mis ovejas de ahora y del futuro tendrán la Vida que Yo les doy a través de mi Palabra, que es Vida eterna para quien la acoge, y no perecerán nunca y ninguno podrá arrancarlas de mis manos.
-Nosotros no hemos rechazado nunca las palabras de los verdaderos profetas. Hemos respetado siempre a Juan, que ha sido el último profeta -responde con ira un judío, y sus compañeros le hacen coro.
-Murió a tiempo para no despertar vuestro odio y ser perseguido también por vosotros. Si estuviera todavía entre los vivos, el "no es lícito", dicho por un incesto carnal, os lo diría también a vosotros, que cometéis adulterio espiritual fornicando con Satanás contra Dios. Y lo mataríais, de la misma manera que abrigáis la intención de matarme a mí.
Los judíos se agitan furiosos, dispuestos ya a agredir, cansados de tener que fingirse mansos. Pero Jesús no se preocupa. Alza la voz para dominar el tumulto y grita: ¿Y me habéis preguntado que quién soy Yo, hipócritas?
¿Decíais que queríais saber para estar seguros? ¡Y ahora decís que Juan fue el último profeta? Dos veces os condenáis por pecado de embuste: una, porque decís que no habéis rechazado nunca las palabras de los verdaderos profetas; la otra, porque, diciendo que Juan es el último profeta y que creéis en los verdaderos profetas, excluís que Yo sea también profeta, al menos profeta, y profeta verdadero. ¡Bocas embusteras! ¡Corazones de engaño!
Sí, en verdad, en verdad Yo aquí en la casa de mi Padre proclamo que soy más que Profeta. Yo tengo lo que mi Padre me ha dado. Lo que mi Padre me ha dado es más precioso que todo y que todos, porque es algo en que ni la voluntad ni el poder de los hombres pueden meter las manos rapaces.
Yo tengo lo que Dios me ha dado y que, aun estando en mí, está siempre en Dios, y nadie puede arrebatarlo de las manos del Padre mío, ni a mí, porque es la Naturaleza Divina igual. Yo y el Padre somos Uno.
-¡Ah! ¡Horror! ¡Blasfemia! ¡Anatema!
El griterío de los judíos retumba en el Templo, y una vez más las piedras usadas por los cambistas y por los vendedores de ganado para mantener estables sus recintos son el abastecimiento de los que buscan armas adecuadas para agredir.
Pero Jesús se yergue con los brazos recogidos sobre el pecho. Se ha subido encima de un asiento de piedra para ser más alto de lo que ya es y para ser visto bien, y desde allí los domina con los rayos de sus ojos de zafiro.
Domina y flecha. Se muestra tan majestuoso que los paraliza. En vez de lanzar las piedras, las dejan caer o las tienen en las manos, pero ya sin la audacia de lanzarlas contra Él. Los gritos también mueren en un estado de turbación extraño. Es verdaderamente Dios el que refulge en Cristo. Y, cuando Dios refulge así, hasta el hombre más arrogante se empequeñece y amedrenta.
Y pienso en qué misterio se cela en que los judíos hayan podido manifestarse tan fieros el día de Viernes Santo; qué misterio, en la ausencia de este poder de dominación en Cristo en aquel día. Verdaderamente era la hora de las Tinieblas, la hora de Satanás, y sólo ellos reinaban… La Divinidad, la Paternidad de Dios había abandonado a su Cristo, y Él no era nada más que la Víctima…
Jesús está así unos minutos. Luego sigue hablando a esta turba vendida y vil que ha perdido toda prepotencia con sólo haber visto un destello divino:
-¿Y entonces? ¿Qué queréis hacer? Me habéis preguntado que quién era. Os lo he dicho. Os habéis puesto furiosos.
Os he recordado las cosas que he hecho, he puesto ante vuestros ojos y vuestra memoria muchas obras buenas provenientes del Padre mío y cumplida; con el poder que me viene de mi Padre. ¿Por cuál de estas obras me lapidáis?
¿Por haber enseñado la justicia? ¿Por haber traído a los hombres la Buena Nueva? ¿Por haber venido a invitaros al Reino de Dios? ¿Por haber curado a vuestros enfermos, devuelto la vista a vuestros ciegos, dado movimiento a los paralíticos, palabra a los mudos; por haber liberado a los poseídos, resucitado a los muertos, favorecido a los pobres, perdonado a los pecadores; por haber amado a todos, incluso a los que me odian, a vosotros y a los que os envían? ¿Por cuál de estas obras, entonces, me queréis lapidar?
-No te lapidamos por las obras buenas que has hecho, sino por tu blasfemia; porque Tú, siendo hombre, te haces Dios.
-¿No está escrito en vuestra Ley (Salmo 82, 6. Y MV, en una copia mecanografiada, observa: Santo Tomás define al hombre "un infinito en potencia", precisamente porque está ordenado a hacerse lo más que pueda 'parecido a Dios y a Dios semejante"):
"Dije: vosotros sois dioses e hijos del Altísimo"? Ahora bien, si Dios a aquellos a quienes habló llamó "dioses", dando un mandato: el de vivir de manera que la semejanza y la imagen respecto a Dios, que están en el hombre, aparezcan en modo manifiesto y que el hombre no sea ni demonio ni bruto; si la Escritura llama "dioses" a los hombres, la Escritura, que ha sido enteramente inspirada por Dios (y, por tanto no puede ser modificada ni anulada según el gusto y el interés del hombre); entonces ¿por qué me decís que blasfemo, Yo, por el Padre consagrado y enviado al mundo, porque digo:
"Soy Hijo de Dios"? Si no hiciera las obras del Padre mío, razón tendríais en no creer en mí. Pero las hago. Y vosotros no queréis creer en mí. Creed, entonces, al menos en estas obras, para que sepáis y reconozcáis que el Padre está en mí y que Yo estoy en el Padre.
La tormenta de gritos y violencias empieza de nuevo, y más fuerte que antes. Desde una de las terrazas del Templo, en la que ciertamente estaban escuchando y escondidos sacerdotes, escribas y fariseos, graznan muchas voces:
-¡Pero prended a ese blasfemo! ¡Ya es pública su culpa! ¡Todos lo hemos oído! ¡Muerte al blasfemo que se proclama Dios! ¡Dadle el mismo castigo que al hijo de Selomit de Dibrí! (Levítico 24, l0-23)¡Que sea sacado de la ciudad y lapidado! ¡Es derecho nuestro: Está escrito: "El blasfemo sea muerto"!
Las incitaciones de los jefes agudizan la ira de los judíos. Y éstos tratan de apoderarse de Jesús y de ponerlo, atado, en manos de los magistrados del Templo, que, a su vez, están viniendo, acompañados por la guardia del Templo.
Pero más rápidos que ellos son una vez más los legionarios, que, vigilando desde la Antonia, han seguido el tumulto y salen del cuartel y vienen hacia el lugar donde se grita. Y no guardan respeto a ninguno. Las astas de las lanzas maniobran debidamente en cabezas y espaldas.
Y se incitan unos a otros a aplicarse contra los judíos, diciendo agudezas o profiriendo insultos:
-¡A la caseta, perros! ¡Dejad paso! ¡Pégale fuerte a aquel tiñoso, Licinio! ¡Fuera! ¡El miedo os hace oler peor que nunca! ¿Pero qué coméis, cuervajos, para apestar así?
Tienes razón, Baso. Se purifican pero apestan. ¡Mira aquel narigudo! ¡A la pared! ¡A la pared, que tomamos los nombres! Y vosotros, avestruces, bajad de allá arriba.
Total… os conocemos. Buen informe va a tener que escribir el Centurión para el Gobernador. ¡No! A ése déjalo. Es un apóstol del Rabí. ¿No ves que tiene aspecto de hombre y no de chacal? ¡Mira! ¡Mira cómo huyen por aquella parte! ¡Déjalos que se vayan! ¡Para tenerlos convencidos habría que clavarlos a todos en las astas!
¡Sólo así los tendríamos doblegados! ¡Ojalá fuera mañana! ¡Ah, pero tú estás atrapado y no te escapas! ¡Te he visto, eh! La primera piedra ha sido la tuya. Responderás de haber dado a un soldado de Roma. También de esto. Nos ha maldecido imprecando contra las enseñas. ¿Ah, sí?
¿Verdaderamente? Ven, que vamos a enamorarte de ellas en nuestras mazmorras…
Y así, cargando y escarneciendo, prendiendo a algunos, poniendo en fuga a otros, los legionarios despejan el vasto patio. Pero sólo cuando los judíos ven arrestar realmente a dos de ellos se revelan como lo que son: viles, viles, viles. O huyen chillando como una bandada de pollos que ve colarse al gavilán, o se arrojan a los pies de los soldados para suplicar piedad con un servilismo y una adulación nauseabundos.
Un suboficial, a cuyas pantorrillas se agarra un viejo lleno de arrugas, uno de los más apasionados contra Jesús, y que lo llama "magnánimo y justo", se libera de éste con un vigoroso envite que manda al judío a rodar tres pasos más atrás, y grita:
-¡Vete, viejo zorro tiñoso!
Y, hablando con un compañero, enseñando la pantorrilla, dice:
-Tienen uñas de zorro y baba de serpiente. ¡Mira esto! ¡Por Júpiter Máximo! ¡Voy inmediatamente a las Termas para quitarme las señales de ese viejo baboso! -y realmente se marcha, irritado, con su pantorrilla arañada.
He perdido completamente de vista a Jesús. No podría decir a dónde ha ido, por qué puerta ha salido. He visto sólo, durante un rato, aparecer y desaparecer en el alboroto las caras de los dos hijos de Alfeo y de Tomás, luchando por abrirse camino, y las de algunos discípulos pastores tratando de hacer lo mismo.
Después también ellos han desaparecido de mi vista, y sólo ha quedado el último correteo de los pérfidos judíos, que tratan de alejarse en una u otra dirección para substraerse a la captura y al reconocimiento por parte de los legionarios, para quienes tengo la impresión de que fuera una fiesta poder cargar fuerte sobre los hebreos, para resarcirse de todo el odio con que saben que son… remunerados.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús, con Pedro y Judas Tadeo, anda deprisa por un lugar triste, pedregoso, situado en un costado de la ciudad.
Estoy casi segura de que está afuera y en el lado oeste de la ciudad porque no veo el verde olivar, sino el collado, es más, los collados, poco o nada verdeantes, del occidente de Jerusalén (entre los cuales, el triste Gólgota).
-Podremos dar algo con lo que hemos podido comprar. Debe ser terrible vivir en los sepulcros en invierno -dice Judas Tadeo, cargado de fardos (como también lo está Pedro).
-Me alegro de haber ido donde los libertos porque me han dado este dinero para los leprosos. ¡Pobres infelices! En estos días de fiesta ninguno piensa en ellos. Todos disfrutan… Ellos recordarán la casa perdida… ¡En fin! ¡Si al menos creyeran en ti! ¿Lo harán, Maestro? -dice Pedro, siempre tan sencillo, tan apegado a su Jesús.
-Sea esa nuestra esperanza, Simón, sea esa nuestra esperanza. Entretanto, vamos a orar…
Y prosiguen orando.
El triste valle de Hinnon se muestra con sus sepulcros de vivos.
-Adelantaos y dad -dice Jesús.
Los dos caminan, y se ponen a hablar fuerte. Caras de leprosos se asoman a las aperturas de las grutas o abrigos.
-Somos los discípulos del Rabí Jesús -dice Pedro -Está viniendo y nos manda a socorreros. ¿Cuántos sois?
-Aquí siete. Tres en la otra parte, pasado En Rogel -dice uno por todos.
Pedro abre su fardo; Judas Tadeo, el suyo. Hacen diez partes. Pan, queso, mantequilla, aceitunas. ¿El aceite? ¿Dónde poner el aceite, que está en una orza?
-Uno de vosotros que lleve, allá, a la roca, un recipiente. Os dividís el aceite como hermanos que sois y en nombre del Maestro que predica el amor recíproco -dice Pedro.
Y un leproso, cojeando, baja hacia ellos, los cuales, entretanto, han ido a una ancha roca. Pone en ella una jarrita desportillada. Los mira mientras vierten el aceite y asombrado, pregunta:
-¿No tenéis miedo de estar tan cerca de mí?
En efecto, entre los dos apóstoles y el leproso media sólo la roca.
-Nosotros sólo tenemos miedo a lesionar el amor. Él nos ha mandado diciendo que os socorriéramos, porque el que es de Cristo debe amar como Cristo ama. Que este aceite pueda abriros el corazón, darle luz como si ya estuviera encendido en la lámpara de vuestro corazón. El tiempo de la Gracia ha venido para los que esperan en el Señor Jesús. Tened fe en Él. Él es el Mesías y sana los cuerpos y las almas. Todo lo puede, porque es el Emmanuel -dice Judas Tadeo con esa dignidad suya que siempre se impone.
El leproso está con su jarrita en las manos y lo mira como hechizado. Luego dice:
-Sé que Israel tiene a su Mesías, porque hablan de Él los peregrinos que vienen a la ciudad a buscarlo, y nosotros escuchamos lo que dicen. Pero nunca lo he visto, porque he venido aquí hace poco. ¿Y decís que me curaría? Entre nosotros, hay quienes lo blasfeman y quienes lo bendicen, y yo no sé a quién creer.
-¿Los que lo maldicen son buenos?
-No. Son crueles, y nos pegan. Quieren los lugares mejores y la parte más abundante. Y ni sabemos si vamos a poder seguir aquí, por este motivo.
-Como puedes ver, sólo el que aloja en sí al infierno odia al Mesías. Porque el infierno, se siente ya vencido por Él y por eso lo odia. Pero yo te digo que a Él se le debe amar, y con fe, si se quiere obtener del Altísimo gracia, aquí y más allá de esta Tierra -dice el mismo Judas Tadeo.
-¡Vaya que si quisiera obtener gracia! Estoy casado desde hace dos años y tengo un hijito que no me conoce. Estoy leproso desde hace pocos meses. Ya lo veis.
En efecto, tiene pocas señales.
-Entonces recurre al Maestro con fe. ¡Mira! Está viniendo a tus compañeros y vuelve aquí. Pasará y te sanará.
El hombre sube renqueando por la ladera y llama:
-¡Urías! ¡Yoa-Adiná! Y también vosotros, que no creéis. Viene el Señor a salvarnos.
Una, dos, tres. Tres desventuras, cada vez mayores, se aproximan. Pero la mujer apenas se asoma. Es un horror viviente… Quizás, llora y quizás habla, pero no es posible comprender nada, porque su voz es un gañido que sale de lo que fue boca y que ahora no es más que dos mandíbulas semidesdentadas, descubiertas, horrendas…
-Sí, te digo que me han dicho que venga a llamaros. Que viene a curarnos.
-¡Yo no! No lo he creído las otras veces… y ya no me escuchará y además ya no puedo andar -dice -¡quién sabe con qué esfuerzo!-más claramente la mujer; se ayuda incluso con los dedos para sujetar los restos de los labios, para que la comprendan.
-Te llevamos nosotros, Adiná… -dicen los dos hombres y el de la jarrita.
-No… No… Yo he pecado demasiado… -y, en el mismo lugar en que está, se derrumba.
Otros tres corren, como pueden, avasalladores, y dicen:
-Mientras tanto, dadnos el aceite, y luego marcharos con Belcebú si queréis.
-¡El aceite es para todos! -dice el de la jarrita tratando de defender su tesoro. Pero los tres violentos, crueles, prevalecen sobre él y le arrancan la jarrita.
-¡Y siempre es así!… ¡Un poco de aceite después de tanto!… Pero… el Maestro viene, vamos donde Él.
¿Seguro que no vienes, Adiná?
-No me atrevo…
Los tres bajan hacia la roca. Se paran a esperar a Jesús, a cuyo encuentro han ido los dos apóstoles. Y, una vez que llega al lugar, gritan:
-¡Piedad de nosotros, Jesús de Israel! ¡Esperamos en ti, Señor!
Jesús alza la cara, los mira con su mirada inimitable. Pregunta
-¿Por qué queréis la salud?
-Por nuestras familias, por nosotros… Es horrendo vivir aquí…
-No sois sólo carne, hijos. Tenéis también un alma. Y vale más que la carne. De ella debéis preocuparos. No pidáis, pues, solamente curación por vosotros, por vuestras familias, sino para tener tiempo de conocer la Palabra de Dios y de vivir mereciendo su Reino.
¿Sois justos? Haceos más justos. ¿Sois pecadores? Pedid vida para tener tiempo de hacer reparación por el mal hecho… ¿Dónde está la mujer? ¿Por qué no viene? ¿No tiene valor de comparecer ante el rostro del Hijo del hombre, cuando no temía tener que comparecer ante el rostro de Dios cuando pecaba? Id y decidle que mucho le ha sido perdonado por su arrepentimiento y resignación y que el Eterno me ha enviado a absolver todo pecado de los que están arrepentidos de su pasado.
-Maestro, Adiná ya no puede andar…
-Id y ayudadla a bajar aquí. Y traed otro recipiente. Os vamos a dar más aceite…
-Señor, apenas llega para los otros -advierte Pedro en voz baja mientras los leprosos van por la mujer.
-Habrá para todos. Ten fe. Porque es más fácil para ti tener fe en esto que para esos indigentes tener fe en que su cuerpo vuelva a ser lo que era.
Mientras tanto, arriba, en las grutas, se ha encendido una riña entre los tres leprosos malos, por causa del reparto de la comida… En brazos de los otros, baja la mujer… y gime, como puede:
-¡Perdón! ¡Por el pasado! ¡Por no haber pedido perdón las otras veces!… ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!
La dejan al pie de la roca. Y en la roca ponen una especie de cazuela toda descantillada.
Jesús pregunta:
-¿Qué decís vosotros, que es más fácil hacer aumentar el aceite en un recipiente o hacer crecer la carne donde la lepra ha hecho estragos?
Un momento de silencio… Luego es precisamente la mujer la que dice:
-El aceite. Pero también la carne, porque Tú lo puedes todo, y puedes darme también el alma de mis primeros años. Yo creo, Señor.
¡Oh, la sonrisa divina! Es como una luz que se expande delicada, festiva, suave. Y está en los ojos, en los labios, en la voz, cuando dice:
-Por tu fe, queda curada y perdonada. Igual vosotros. Y tened este aceite y esta comida para reponer fuerzas. Id mañana a que os vea el sacerdote, como está prescrito. Al alba volveré aquí con vestidos, y podréis, salvando la decencia, ir. ¡Ánimo! ¡Alabad al Señor! ¡Ya no estáis leprosos!
Es entonces cuando los cuatro, que hasta ese momento habían tenido los ojos fijos en el Señor, se miran y gritan su estupor.
La mujer quisiera erguirse, pero está demasiado desnuda para hacerlo. Su vestido se cae a jirones, y en ella es más lo desnudo que lo cubierto. Permaneciendo semioculta tras la roca, por un pudor que, no es sólo por Jesús, sino también por sus compañeros, las facciones -de su cara ya recompuestas -solamente aparecen afiladas a causa de las penalidades-llora, y dice sin cesar:
-¡Bendito! ¡Bendito! ¡Bendito! -y sus bendiciones se mezclan con las horrendas blasfemias de los tres leprosos malvados, que se han puesto furiosos al ver curados a los otros. Vuelan inmundicias y piedras.
-Aquí no podéis estar. Venid conmigo. No os sucederá nada malo Mirad. El camino está desierto. La hora sexta reúne a los habitantes en las casas. Iréis con los otros leprosos hasta mañana. No temáis Seguidme. Ten, mujer -y le da el manto para que se tape.
Los cuatro, un poco cohibidos, un poco aturdidos, le siguen como cuatro corderos. Recorren lo que queda del valle de Hinnón. Cruzan el camino, van hacia Siloán, otro triste lugar de leprosos.
Jesús se para al pie de los riscos y ordena:
-Subid y decidles que mañana a la hora primera estaré aquí. Id y haced fiesta con ellos, y predicad al Maestro de la Buena Nueva.
Indica que se les dé toda la comida que tienen todavía y los bendice antes de despedirlos…
-Ahora vámonos. Ya es más de la sexta -dice Jesús, y se vuelve para regresar al camino bajo que va a Betania.
Pero pronto llama su atención un grito:
-¡Jesús, Hijo de David, ten piedad también de nosotros!
-No han esperado al alba éstos… -observa Pedro.
-Vamos a acercarnos. ¡Son tan pocas las horas en que puedo beneficiar a alguien, sin que los que me odian turben la paz de los favorecidos! -responde Jesús, y vuelve sobre sus pasos, teniendo levantada la cabeza en dirección a los tres leprosos de Siloán que se han asomado al rellano del pequeño collado, y que repiten su grito, ayudados por los ya sanos, que están detrás de ellos.
Jesús se limita a extender las manos y decir:
-Hágase en vosotros según lo que pedís. Id y vivid en los caminos del Señor.
Los bendice mientras la lepra se borra de sus cuerpos como un ligero estrato de nieve se funde al sol. Y Jesús se marcha, ligero, seguido de las bendiciones de los curados, que, desde su risco, extendiendo los brazos, ofrecen un abrazo más verdadero que si fuera dado.
Vuelven al camino que va a Betania, camino que sigue el curso del Cedrón, que forma un recodo en ángulo agudo después de algunos centenares de pasos desde Siloán. Pero, superado el ángulo, cuando ya aparece la otra parte de camino que prosigue hacia Betania, puede verse a Judas de Keriot, solo, caminando ligero.
-¡Pero si es Judas! -exclama Judas Tadeo, que es el primero que lo ve.
-¿Por qué por aquí? ¿Solo? ¡Eh! ¡Judas! -grita Pedro.
Judas se vuelve de repente. Está pálido, incluso hasta verdoso. Pedro se lo dice: -¿Has visto al demonio, que estás del color de las lechugas?
-¿Qué haces aquí, Judas? ¿Por qué has dejado a tus compañeros? -pregunta Jesús contemporáneamente.
Judas ya ha tomado las riendas de sí. Dice:
-Estaba con ellos. He encontrado a uno que tenía noticias de mi madre. Mira… -hurga en el cinturón, se golpea la frente con la mano y dice: « ¡La he dejado donde aquel hombre! Quería enseñarte la carta para que la leyeras… O la he perdido por el camino… No se encuentra muy bien.
Es más, ha estado mal… ¡Ah, ahí están los compañeros!… Se han parado. Te han visto… Maestro, estoy profundamente turbado…
-Ya lo veo.
-Maestro… aquí están las bolsas. He hecho dos para… para no llamar la atención… Estaba solo…
Los apóstoles Bartolomé, Felipe, Mateo, Simón y Santiago de Zebedeo están un poco azorados. Se acercan a Jesús con amor, pero como quien tiene conciencia de hablar faltado.
Jesús los mira y dice:
-No volváis a hacerlo. Nunca es bueno para vosotros dividiros. Si os dije que no lo hicierais es porque sé que tenéis necesidad de sosteneros recíprocamente. No sois lo suficientemente fuertes como para poder actuar por separado. Unidos, el uno trena o sostiene al otro. Divididos…
-He sido yo, Maestro, el que ha dado el mal consejo, porque nos hemos acordado de que habías dicho que no nos separásemos, que fuéramos todos juntos a Betania, y Judas se había ido por un justo motivo y no pensamos ir con él.
Perdóname, Señor -dice, humilde y franco, Bartolomé.
-Sí que os perdono. Pero os repito: no volváis a hacerlo. Pensad que obedecer salva siempre, al menos, de un pecado: el de suponer que uno es capaz de actuar por sí solo. No sabéis cuánto da vueltas el demonio en torno a vosotros para aprovechar todos los motivos para haceros pecar y para que causéis perjuicios a vuestro Maestro, ya de por sí tan perseguido. Los tiempos se presentan cada vez más difíciles para mí y para el organismo que he venido a formar. De manera que se requiere mucho cuidado para que este organismo no sea, no digo herido y muerto -porque no lo será jamás hasta el final de los siglos-sino enfangado.
Sus adversarios os miran atentamente, nunca os pierden de vista, de la misma forma que sopesan todos mis actos y palabras. Y ello para disponer de materia de menoscabo. Si vosotros permitís que os vean en polémicas, o divididos, o de alguna manera imperfectos, aunque sea por cosas de poca importancia, ellos recogen y manipulan lo que habéis hecho, y lo lanzan, como fango y acusación, contra mí y contra mi Iglesia que se está formando.
¡Ya lo veis! No os regaño, os aconsejo. Por vuestro bien. ¡Oh! ¿no sabéis amigos míos, que hasta las cosas mejores serán por ellos manipuladas y presentadas para poderme acusar con apariencia de justicia? Bueno, pues ánimo; en lo sucesivo, sed más obedientes y prudentes.
Los apóstoles están profundamente conmovidos por la dulzura de Jesús.
Judas de Keriot, continuamente cambia de color. Está lánguido, un poco retrasado respecto al grupo. Hasta que Pedro le dice:
-¿Que haces ahí? No tienes más culpa que los otros. Así que ven adelante con todos -y no tiene más remedio que obedecer.
Andan deprisa porque, a pesar del sol, hay una brisa ligera que invita a andar para entrar en calor. Y han andado ya un trecho, cuando Natanael, que tiene frío y lo expresa arrebujándose más que nunca en el manto, advierte que Jesús lleva sólo la túnica:
-¡Maestro! ¿Qué has hecho de tu manto?
-Se lo he dado a una leprosa. Hemos curado y consolado a siete leprosos.
-¡Pero tendrás frío! Toma el mío -dice el Zelote, y añade: -Me acostumbré en los gélidos sepulcros al viento del invierno.
-No, Simón. Mira, allí está Betania. Pronto estaremos en la casa. Y no tengo nada de frío. Hoy he tenido mucho júbilo espiritual, que es más confortador que un manto abrigado.
-Hermano, nos das méritos que no tenemos. Tú, no nosotros, has curado y consolado… -dice Judas Tadeo.
-Vosotros habéis preparado a los corazones para la fe en el milagro. Por tanto, conmigo y como Yo, habéis ayudado a sanar y a consolar. ¡Si supierais cómo gozo en asociaros a mí en todas las obras! ¿No recordáis las palabras de Juan de Zacarías, mi primo: "Es necesario que Él crezca y que yo merme"? Con razón lo decía, porque todo hombre, por muy grande que sea, aun Moisés o Elías, queda celado, como estrella herida por los rayos del Sol, cuando aparece Aquel que viene de los Cielos y es más que cualquier hombre, porque es Aquel que viene del Padre Stmo.
Pero Yo también -Fundador de un Organismo que durará cuanto los siglos y que será santo como su Fundador y Cabeza; de un Organismo que continuará representándome y será una cosa conmigo, de la misma manera que los miembros y el cuerpo del hombre son una cosa con la cabeza, que está en posición dominante respecto a aquéllos-debo decir:
"Ese cuerpo debe iluminarse y Yo celarme". Vosotros deberéis continuarme. Yo, pronto, ya no estaré aquí entre vosotros, aquí en la Tierra, aquí materialmente, para dirigir a mis apóstoles, discípulos y seguidores. Pero estaré espiritualmente con vosotros, siempre, y vuestros espíritus sentirán mi Espíritu, recibirán mi Luz.
Pero vosotros tendréis que aparecer en primera línea, cuando regrese al lugar de donde he venido. Por eso, voy preparándoos gradualmente a este hecho de aparecer los primeros. En alguna ocasión me hacéis la observación de que en los primeros tiempos os enviaba más. Es que era necesario que os conocieran. Ahora que sois conocidos, ahora que para este pequeño lugar de la Tierra sois ya "los Apóstoles", Yo os tengo siempre junto a mí, participando en todas mis acciones, de forma que el mundo diga:
“Los asocia a las obras que cumple, porque ellos se quedarán aquí después de Él para continuarle". Sí, amigos míos, debéis, cada vez más, pasar adelante, poneros a la vista de todos, continuarme, ser Yo, mientras Yo, como una madre que lentamente deja de sujetar a su hijito que ha aprendido a andar, me retiro…
No debe ser violento el paso de mí a vosotros. Los pequeños del rebaño, los humildes fieles, sufrirían desorientamiento. Yo los paso dulcemente de mí a vosotros, para que no se sientan solos ni un solo momento. Y vosotros amadlos, mucho, como Yo los amo. Amadlos en memoria mía como Yo los he amado…
Jesús se calla perdiéndose en un pensamiento íntimo suyo. Y no sale de ese estado sino cuando, poco fuera de Betania, ve a los otros apóstoles que han venido por el otro camino. Prosiguen unidos hacia la casa de Lázaro. Y Juan dice que ya los esperan porque los criados los han visto. Y dice que Lázaro está muy mal.
-Lo sé. Por eso os he dicho que estaremos en la casa de Simón. Pero no he querido alejarme sin saludarlo otra vez.
-¿Pero por qué no le curas? Sería justo. A todos tus siervos mejores los dejas morir. No comprendo… -dice Judas Iscariote, siempre atrevido, incluso en los mejores momentos.
-No hace falta que comprendas con anticipación.
-Sí. No hace falta. Pero ¿sabes lo que dicen tus enemigos? Que curas cuando puedes, no cuando quieres, que proteges cuando puedes… ¿No sabes que aquel viejo de Tecua ha muerto, y muerto asesinado?
-¿Muerto? ¿Quién? ¿Elí-Ana? ¿Cómo? -preguntan todos, agitados. Sólo Pedro pregunta: « ¿Y tú cómo lo sabes?».
-Lo he sabido por casualidad, hace poco, en la casa donde he estado, y Dios sabe si miento. Parece que ha sido un bandolero que bajó con apariencia de mercader y que, en vez de pagar el puesto mató…
-¡Pobre anciano! ¡Qué vida más infeliz! ¡Qué triste muerte! ¿No hablas, Maestro? -dicen muchos.
-No tengo nada que decir, aparte de que el anciano ha servido al Cristo hasta la muerte. ¡Ojalá se pudiera decir esto de todos!
-Dime tú, hijo de Alfeo, ¿no será como decías, no? -pregunta Pedro a Judas Tadeo.
-Puede ser. Un hijo que por odio arroja de casa a su padre, y además por un odio de esta naturaleza, puede ser capaz de todo. Hermano mío, son bien verdaderas tus palabras: "Y el hermano estará contra su hermano y el padre contra sus hijos".
-Sí. Y lo verán como servicio a Dios los que obren así. Ojos cegados, corazones endurecidos, espíritus sin luz. Bueno, pues a pesar de todo los deberéis amar -dice Jesús.
-¿Y cómo vamos a poder amar a los que nos traten así? Ya será mucho si no reaccionamos y soportamos con resignación sus acciones… -exclama Felipe.
-Yo os daré un ejemplo que os enseñará. A su debido tiempo. Si me amáis haréis lo que Yo haga.
-Ahí están Maximino y Sara. Debe estar muy mal Lázaro para que las hermanas no salgan a recibirte -observa el Zelote.
Los dos se acercan presurosos. Se postran. En sus caras, en sus vestidos, puede verse ese aspecto lánguido que imprime el dolor y la fatiga a los componentes de las familias donde se lucha con la muerte. No dicen sino:
-Maestro, ven… -pero es una frase tan acongojada, que vale más que un largo discurso. Y llevan en seguida a Jesús a la puerta del pequeño compartimiento de Lázaro, mientras otros miembros de la servidumbre se encargan de los apóstoles.
Al leve toque en la puerta, Marta acude, y la entreabre; luego introduce por la abertura su cara enflaquecida y pálida:
-¡Maestro! ¡Bendito! Ven.
Jesús entra, cruza la habitación que precede a la del enfermo, entra en ésta. Lázaro duerme. ¿Lázaro?: un esqueleto, una momia amarillenta que respira… Es ya una calavera su rostro, y en el sueño es aún más visible su destrucción. Una destrucción que hace de aquél una cabeza consumida por la muerte.
La piel cérea y estirada brilla en los ángulos afilados de los pómulos, de las mandíbulas; en la frente, en las órbitas, tan ahondadas que parecen no tener ojos; en la nariz afilada, que parece haber crecido desmesuradamente, de tan borradas como están las adyacentes mejillas. Los labios están pálidos hasta el punto de desaparecer, y da la impresión de que no pueden cerrarse sobre las dos filas de dientes semidescubiertos, entreabiertos… Una cara ya de muerto.
Jesús se inclina para mirar. De nuevo se yergue. Mira también a las dos hermanas, las cuales a su vez lo miran con toda el alma concentrada en los ojos, un alma dolorosa y esperanzada. Les hace una señal y, sin ruido, vuelve afuera, al pequeño patio que precede a las dos habitaciones. María y Marta lo siguen. Cierran la puerta tras sí. Una vez solos ellos tres entre los cuatro muros, en el silencio, con el cielo azul encima de sus cabezas, se miran. Las hermanas ya no son capaces ni siquiera de pedir o preguntar, ya ni siquiera pueden hablar. Pero habla Jesús.
-Vosotras sabéis quién soy. Yo sé quiénes sois vosotras. Vosotras sabéis que os amo. Yo sé que me amáis. Vosotras conocéis mi poder. Yo conozco vuestra fe en mí. También sabéis, tú especialmente, María, que cuanto más se ama más se obtiene. Es amar saber esperar y creer más allá de cualquier medida y de cualquier realidad que hable desacreditando a ese creer y a ese esperar. Pues bien, por todo esto, os digo que sepáis esperar y creer contra toda realidad contraria.
¿Me entendéis? Digo: sabed esperar y creer contra toda realidad contraria. Yo no puedo detenerme más de unas pocas horas. Como Hombre, el Altísimo sabe cuánto quisiera detenerme aquí con vosotras, para asistirlo y consolarlo, para asistiros y confortaros. Pero, como Hijo de Dios, sé que es necesario que me marche, que me aleje… que no esté aquí cuando… me añoréis más que el aire que respiráis.
Un día, pronto, comprenderéis estas razones que ahora os podrán parecer crueles. Son razones divinas. Dolorosas para mí, Hombre, como para vosotras. Dolorosas ahora.
Ahora porque vosotras no podéis abrazar y contemplar su belleza y sabiduría. Y Yo no os lo puedo revelar. Cuando todo esté cumplido, comprenderéis y exultaréis…
Escuchad. Cuando Lázaro… muera. ¡No lloréis así! Enviadme aviso enseguida. Y, entretanto, programad los funerales solicitando amplia participación, como corresponde a Lázaro y a vuestra casa. Él es un gran hebreo. Pocos lo aprecian por lo que es. Pero supera a muchos ante los ojos de Dios… Yo me encargaré de que sepáis dónde estoy para que en todo momento me podáis localizar.
-¿Pero por qué no vas a estar aquí, al menos en ese momento? Nosotras nos resignamos, sí, a la muerte… Pero Tú… Pero Tú… Pero Tú…
Marta tiene accesos de llanto y no puede decir nada más, y sofoca su lloro en sus vestidos… María, sin embargo, mira a Jesús muy fijamente, como hipnotizada… y no llora.
-Sabed obedecer, sabed creer, esperar… sabed decir siempre si a Dios… Lázaro os llama… Id. Yo voy ahora.
Si no tengo posibilidad de hablaros aparte, recordad lo que os he dicho.
Y mientras ellas vuelven rápidamente a la habitación, Jesús sé sienta en un banco de piedra y ora.
por makf | 10 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
No veo a Jesús ni a Pedro ni a Judas de Alfeo ni a Tomás; pero veo a los otros nueve, en dirección al barrio de Ofel.
La gente que hay por las calles no es el gentío de las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos; es, más o menos, la gente de la ciudad. Se conoce que las Encenias no eran muy importantes y no requerían la presencia de los hebreos en Jerusalén.
Solamente los que coincidían en la ciudad, o los venidos de los pueblos cercanos, estaban en Jerusalén y subían al Templo. Los demás, bien por la época del año, bien por el carácter propio de la fiesta, se quedaban en sus ciudades y en sus casas.
Pero muchos discípulos, los que por amor al Señor han dejado casa y padres, intereses y trabajos, están en Jerusalén y se han unido al grupo de los apóstoles. De todas formas, no veo a Isaac ni a Abel ni a Felipe, ni tampoco a Nicolái, que había ido a acompañar a Sabea a Aera.
Hablan unos con otros afablemente, contando y oyendo contar, acerca de todos los hechos ocurridos en el tiempo en que han estado separados. Pero parece que ya han visto al Maestro, quizás en el Templo, porque no se extrañan de su ausencia.
Andan despacio y de vez en cuando se paran como para esperar, mirando adelante y atrás, mirando a las calles que de Sión bajan a esta que lleva hacia las puertas meridionales de la ciudad.
En dos ocasiones algunos judíos que siguen al grupo, aunque sin mezclarse con él, no sé con qué intenciones o con qué encargos, llaman por el nombre a Judas Iscariote, que va casi al final de todos y está perorando para un grupito de discípulos llenos de buena voluntad pero no de ciencia.
En dos ocasiones Judas se encoge de hombros sin volverse siquiera; pero, a la tercera, no tiene más remedio que hacerlo, porque un judío deja su grupo, hiende avasallador el de los discípulos, toma a Judas por una manga y le obliga a pararse, y le dice:
-Sal aquí un momento, que tenemos que decirte algo.
-Ni tengo tiempo ni puedo -responde tajante Judas Iscariote.
-Ve, ve. Te esperamos. En realidad, hasta que no veamos a Tomás no podemos salir de la ciudad -le dice Andrés, que es el más cercano a él.
-De acuerdo. Seguid adelante, que iré pronto -dice Judas sin ninguna aparente buena voluntad de hacer lo que debe hacer.
Ya solo, dice a su importunador:
-¿Y entonces? ¿Qué quieres? ¿Qué queréis? ¿No habéis terminado todavía de darme la lata?
-¡Oh! ¡Oh! ¡Qué aires que te das! ¡Pero cuando te llamábamos para darte dinero no te parecía que te diéramos la lata! ¡Eres soberbio! Pero alguien puede hacerte humilde… Recuérdalo.
-Soy un hombre libre y…
-No. No eres libre. Libre es aquel al que en manera alguna podemos hacer esclavo. Y tú conoces su nombre.
¡Tú!… Tú eres esclavo de todo y de todos, y en primer lugar de tu orgullo. Brevemente: ¡Ay de ti, si no vienes antes de sexta a casa de Caifás! ¡Considéralo!
Un "¡ay de ti!" verdaderamente amenazador.
-¡Bueno, bien! Iré. Pero mejor para vosotros sería dejarme tranquilo, si queréis…
-¿Qué? ¿Qué? ¡Vendedor de promesas! ¡Inútil…!
Judas, con un empujón, se libra del que lo tiene sujeto, y se marcha corriendo y diciendo:
-Hablaré allí.
Se llega a donde los otros de su grupo. Está pensativo y con aspecto un poco torvo. Andrés, solícito, le pregunta:
-¡Malas noticias? No, ¿no? Quizás tu madre…
Judas, que al principio lo había mirado mal, dispuesto ya a dar una agria respuesta, se pone más humano y dice:
-Claro. Noticias poco buenas… Ya sabes… la época del año… Ahora… porque me ha venido a la mente ahora una indicación del Maestro. Si ese hombre no me hubiera parado, me habría olvidado también de esto… Pero me ha mencionado el lugar donde vive y, oyendo ese nombre, me he acordado del encargo que tenía. Bueno, pues ahora, cuando vaya para esto, iré también donde ese hombre y me informaré mejor…
Andrés, tan sencillo y honesto como es, está muy lejos de sospechar que su compañero pueda mentir. Y dice solícito:
-Pues ve, ve enseguida. Yo se lo digo a los demás. ¡Ve, ve! Así te quitas esa desazón…
-No, no. Tengo que esperar a Tomás, por el dinero. Un momento más o menos…
Los otros, que se habían parado a esperar, los miran mientras van llegando.
-Le han dado tristes noticias a Judas -dice, solícito, Andrés.
-Sí… resumidamente. Pero luego sabré más, cuando vaya a hacer una cosa que tengo que hacer…
-¿El qué? -pregunta Bartolomé.
-Ahí está Tomás, viene corriendo -dice al mismo tiempo Juan, y eso le sirve a Judas para no contestar.
-¿Os he hecho esperar? ¿Mucho? Es que quería hacer bien las cosas… Y las he hecho bien. Mirad qué bonita bolsa. Buena para los pobres. Estará contento el Maestro.
-Hacía falta: no teníamos ni una perra para los mendigos -dice Santiago de Alfeo.
-Dámela -dice Judas Iscariote, alargando la mano hacia la pesada bolsa que Tomás hace botar en sus manos.
-Es que, en realidad… Jesús me ha dado a mí el encargo de la venta, y debo poner en sus manos lo que he sacado.
-Le dices la cifra. Ahora dámelo, que tengo prisa por marcharme.
-¡Que no te la doy, hombre! Jesús, cuando íbamos por el Sixto, me dijo: "Luego me das la suma". Y yo lo hago.
-¿De qué tienes miedo? ¿De que la aligere o te quite el mérito de la venta? Yo también vendí en Jericó. Y bien. Desde hace años soy yo el que se encarga del dinero. Es mi derecho.
-¡Oye, mira, si quieres montar una discusión por esto, ten! He hecho mi encargo y no me preocupa lo demás. Ten, ten. ¡Hay muchas cosas más bonitas que esto!… -y Tomás pasa la bolsa a Judas.
-La verdad es que si el Maestro ha dicho… -dice Felipe.
-¡No entres en sutilezas, hombre! Más bien, ahora que estamos todos juntos, vámonos. El Maestro ha dicho que estuviéramos en Betania antes de la hora sexta. Ya casi no hay tiempo -dice Santiago de Zebedeo.
-Entonces yo os dejo. Vosotros id hacia adelante, que yo voy y vuelvo.
-¡Eso no! Ha dicho bien claro: "Estad todos juntos" -dice Mateo.
-Todos juntos, vosotros. Pero yo tengo que irme. ¡Y ahora más, que sé lo de mi madre!…
-La cosa se puede interpretar también así. Si ha recibido indicaciones que desconocemos…-concilia Juan.
Los otros, menos Andrés y Tomás, parecen poco inclinados a dejar que se marche. Pero al final dicen:
-Bueno pues vete. Pero haz rápidamente las cosas y sé prudente…
Y Judas, mientras los otros reanudan su marcha, desaparece por una callejuela que sube a la colina de Sión.
-Pero no es así, no hemos hecho bien; el Maestro había dicho: "Estad siempre juntos y en paz". Hemos desobedecido al Maestro, y eso me atormenta -dice, pasado un rato, Simón Zelote.
-También lo pensaba yo… -le responde Mateo.
Todos los apóstoles están en grupo desde que han tenido que decidir sobre estas cosas suyas. He notado que los discípulos, cuando los apóstoles se reúnen para debatir una cuestión, siempre se separan con respeto.
Bartolomé dice:
-Hagamos esto. Despedimos a estos que nos siguen. Desde ahora. Sin esperar a estar en el camino de Betania. Y luego nos dividimos en dos grupos y esperamos a Judas, una parte en el camino bajo, otra parte en el camino alto; los más rápidos en el camino bajo, los otros en el alto.
Aunque el Maestro nos precediera, nos vería llegar juntos, porque fuera de Betania un grupo espera al otro.
La cosa es aceptada. Despiden a los discípulos. Luego van juntos hasta el lugar en que se puede torcer hacia el Getsemaní y tomar el camino alto del Monte de los Olivos, y el bajo, que, orillando el Cedrón, va también a Betania y Jericó…
Judas, entretanto, se aleja corriendo como un perseguido. Sigue durante un rato subiendo la callejuela estrecha que lleva hacia la cima del Sión en dirección a poniente, luego tuerce por una callejuela aún más pequeña, casi un callejón, que, en vez de subir, baja hacia mediodía. Desconfía. Corre y, cada cierto tiempo, se vuelve como asustado: visiblemente desconfía de que lo estén siguiendo.
La callejuela, tortuosa entre los salientes de las casas construidas sin norma de edificación, se abre ya a una zona dilatada de campos. Fuera de las murallas, al otro lado del valle, hay una colina. Es una colina baja cubierta de olivos, al otro lado del árido pedregal del valle de Hinnon.
Judas corre hacia abajo ligero, pasando entre los setos que sirven de límite a los pequeños huertos de las últimas casas rayanas a las murallas, las pobres casas de los pobres de Jerusalén, y no toma, para salir de la ciudad, la puerta de Sión -la tiene cerca-, sino que corre hacia arriba, hacia otra puerta un poco occidental. Está ya fuera de la ciudad. Trota como un potro para no demorarse.
Pasa como el viento junto a un acueducto; luego, sordo a los lamentos, junto a las tristes grutas de los leprosos de Hinnon. Está claro que busca los lugares que los demás evitan.
Va recto hacia la colina cubierta de olivos, solitaria al sur de la ciudad. Respira hondo en señal de alivio cuando se ve en sus laderas, y aminora el paso, se coloca la prenda que cubre su cabeza, el cinturón, la túnica -se la había recogido-, mira hacia Oriente, haciendo de la mano visera, porque le da el sol en los ojos, mira hacia el camino bajo que va a Betania y Jericó, pero no ve nada que lo intranquilice. Es más, un saliente de la colina hace de telón entre él y ese camino. Sonríe. Empieza a subir la colina lentamente, para que se le pase el jadeo.
Entretanto, piensa. Y, cuanto más piensa, más tenebroso se pone. Claramente, monologa, pero en silencio. En un momento determinado, se para, saca del pecho la bolsa, la observa, luego la devuelve al pecho, no sin antes haber dividido su contenido poniendo una parte en su bolsa, quizás para que se perciba menos el volumen que ha ocultado en el pecho.
Hay una casa entre los olivos. Una casa hermosa. La más
hermosa de la colina, porque otras casitas que están esparcidas por las laderas, no sé si dependientes de la casa hermosa o autónomas, son bien humildes. Llega a ella por una especie de paseo de arena entre olivos plantados con orden.
Llama a la puerta. Se identifica. Entra Va, seguro, atravesando el atrio, a un patio cuadrado en torno al cual hay muchas puertas. Empuja una de ellas.
Entra en una vasta estancia donde hay un cierto número de personas, de las cuales reconozco la cara disimulada y, al mismo tiempo, rencorosa de Caifás, la ultrafarisaica de Elquías, la de garduña del Anciano Félix junto a la de víbora de Simón.
Más allá está Doras hijo de Doras, que cada vez se parece más en las facciones a su padre, y con él Cornelio y Tolmái. Y están los otros escribas Sadoq y Cananías, viejo de años, apergaminado, pero joven en maldad, y Calasebona el Anciano, y Natanael ben Faba, y luego un cierto Doro, un Simón, un José, un Joaquín, que no conozco.
Caifás dice los nombres -yo los escribo-y termina: «…reunidos aquí para juzgarte».
Judas tiene una cara extraña: de miedo, de rabia, de violencia, al mismo tiempo. Pero guarda silencio. No exhibe su altivez. Los otros lo rodean, sarcásticos, y cada uno suelta lo que piensa.
-¿Y entonces? ¿Qué has hecho de nuestro dinero? ¿Qué nos dices, hombre sabio, hombre que hace todo, y pronto y bien? ¿Dónde está tu trabajo? Eres un embustero, un charlatán incapaz para todo. ¿Dónde está la mujer? ¿Ni siquiera a ella la tienes? ¿Así que, en vez de servirnos a nosotros, le sirves a Él, no? ¿Es así como nos ayudas?
Un asalto malévolo, con gritos, voces descompuestas; un asalto amenazador, del cual muchas palabras no logro entender.
Judas se deja gritar a placer. Cuando ya están cansados y jadeantes, habla él: -He hecho lo que he podido. ¿Qué culpa tengo yo si es un hombre al que ninguno puede hacer pecar?
Dijisteis que queríais probar su virtud. Os he dado la prueba de que no peca. Por tanto, os he servido en aquello que queríais. ¿Habéis logrado todos vosotros, acaso, ponerlo en situación de acusado? No. De todos vuestros intentos de hacerle aparecer como pecador, de hacerle caer en una trampa, Él ha salido más grande que antes.
¿Y entonces, si no lo habéis logrado vosotros con vuestro rencor, acaso debía lograrlo yo, que no lo odio, que únicamente estoy desilusionado de haber seguido a un pobre inocente, demasiado santo para poder ser un rey, y además un rey que aplaste a sus enemigos? ¿Qué mal me ha hecho para que yo se lo haga a Él?
Hablo así porque pienso que vosotros lo odiáis hasta el punto de querer su muerte. No puedo creer ya que queréis sólo convencer al pueblo de que es un demente, y convencernos a nosotros, a mí, por nuestro bien, y a Él mismo por compasión por Él.
Sois demasiado generosos conmigo, y estáis demasiado furiosos por verlo al margen del mal, como para que pueda creerlo. Me preguntáis que qué he hecho de vuestro dinero.
Le he dado el uso que ya sabéis. Para convencer a la mujer
he tenido que gastar y gastar… Y no he logrado hacerlo con la primera y… -¡Calla, calla! Nada de eso es verdad.
Ella estaba loca por Él y, sin duda, ha ido enseguida.
Además, lo habías garantizado, porque decías que ella te lo había confesado. Eres un ladrón. ¿Quién sabe para qué te habrá servido nuestro dinero?
-¡Para perderme el alma, asesinos de un alma! Para hacer de mí un hombre desleal, uno que ya no tiene paz, uno que siente que suscita la sospecha en Él y en los compañeros.
Porque, habéis de saberlo, Él me ha descubierto… ¡Oh, si me hubiera expulsado! Pero no me expulsa. No. No me expulsa. ¡Me defiende, me protege, me ama!… ¡Vuestro dinero! ¿Pero por qué acepté la primera moneda?
-Porque eres un infame. De momento has disfrutado nuestro dinero. Y ahora te quejas de haberlo disfrutado. ¡Falso!
La realidad es que no hemos concluido nada, y las multitudes que están en torno a Él crecen en número y cada vez están más cautivadas. Nuestro fin se aproxima, ¡y por tu culpa!
-¿Mía? ¿Y por qué, entonces, no os atrevisteis a prenderlo y a acusarlo de haber querido hacerse rey? Me dijisteis, incluso, que habíais querido tentarlo, a pesar de que yo os hubiera dicho que ello era inútil, que Él no tenía hambre de poder. ¿Por qué no le habéis inducido a pecar contra su misión, si sois tan hábiles?
-Porque se nos ha escapado de las manos. Es un demonio que cuando quiere, se desvanece como el humo. Es como una serpiente hechiza, no se puede hacer nada si mira.
-Si mira a los enemigos: a vosotros. Porque yo veo que, si mira a los que no lo odian con todo su ser, como hacéis vosotros, entonces su mirada le hace a uno moverse, hace actuar. ¡Oh, su mirada! ¿Por qué me mira así y me hace bueno, a mí que para mí mismo soy un monstruo, y para vosotros también, que me hacéis diez veces monstruo?
-¡Cuántas palabras! Tú nos habías asegurado que, por el bien de Israel, nos ayudarías. ¿Pero no comprendes, infame, que este hombre es nuestro fin?
-¿Nuestro? ¿De quién?
-¡Pues de todo el pueblo! Los romanos…
-No. Es sólo vuestro fin. Vosotros teméis por vosotros. Sabéis que Roma no se cebará en nosotros por causa de Él. Vosotros sabéis esto como lo sé yo y como lo sabe el pueblo. Pero vosotros os estremecéis porque sabéis que os puede arrojar del Templo, teméis que os arroje del Templo, del Reino de Israel. Y haría bien. ¡Haría bien en limpiar su era de vosotros, hienas inmundas, basura, áspides!…
Está furioso.
Ellos también se han puesto furiosos. Lo agarran, lo zarandean, casi lo tiran al suelo… Caifás le grita en la cara:
-¡De acuerdo! ¡Es así! Pero, si es así, tenemos derecho a defender lo nuestro. Y, dado que las pequeñas cosas ya no bastan para convencerlo a marcharse, a dejar libre el campo, pues ahora vamos a actuar nosotros solos, dejándote a ti atrás, siervo inútil, charlatán. Y después de a Él, te serviremos también a ti, no lo dudes, y…
Elquías tapa la boca a Caifás, y dice con su flema glacial de serpiente venenosa: -No. Así no. Exageras, Caifás. Judas ha hecho lo que ha podido. No debes amenazarle. En el fondo ¿no tiene él nuestros mismos intereses?
-¿Pero eres estúpido, Elquías? ¿Yo los intereses de éste? ¡Yo lo que quiero es que El sea, aplastado! Y Judas lo que quiere es que triunfe para triunfar con Él. Y dices… grita Simón.
-¡Calma, calma! Decís siempre que soy severo. Pero hoy… soy el único bueno. Tenemos que comprender a Judas y ser indulgentes con él, que nos ayuda como puede. Es buen amigo nuestro, pero, naturalmente, también lo es del Maestro. Su corazón está acongojado… Quisiera salvar al Maestro y a sí mismo y a Israel… ¿Cómo conciliar ciertas cosas tan opuestas? Dejémosle hablar.
La gritería se calma. Judas puede, por fin, hablar. Y dice:
-Elquías tiene razón. Yo. ¿Qué queréis de mí? Todavía no lo sé con precisión. He hecho lo que he podido. No puedo hacer más. Él es demasiado más grande que yo. Lee mi corazón… y no me trata nunca como merezco. Soy un pecador, y Él lo sabe y me absuelve. Si fuera menos vil debería… debería matarme, para ponerme en la imposibilidad de perjudicarle.
Judas se sienta, descorazonado. La cara entre las manos, los ojos desorbitados y fijos en el vacío, sufre visiblemente por la lucha entre sus opuestos instintos.
-¡Fantasías! ¿Pero qué crees que va a saber? ¡Eso que haces es porque estás arrepentido de haber tomado una serie de iniciativas! -exclama el que se llama Cornelio.
-¿Y si así fuera? ¡Ah, si así fuera! ¡Si estuviera realmente arrepentido y fuera capaz de permanecer en este arrepentimiento!…
-¿No lo veis? ¿No lo oís? ¡Pobre dinero nuestro! -grazna Cananías.
-Tratamos con uno que no sabe lo que quiere. ¡Hemos elegido a uno peor que un deficiente mental! -incrementa Félix.
-¿Deficiente mental? ¡Deberías decir: un títere! Le tira con un hilo el Galileo, va donde el Galileo. Le tiramos nosotros y viene donde nosotros -grita Sadoq.
-Bueno, pues, si hacéis las cosas mucho mejor que yo, actuad vosotros solos. Yo desde hoy me desentiendo. No os volváis a esperar ni un aviso ni una palabra. Ya no podría dárosla, porque ya Él sospecha de mí y me vigila…
-¡Pero si has dicho que te absuelve!
-Sí, me absuelve; precisamente porque sabe todo. ¡Todo lo sabe! ¡Todo lo sabe! ¡Oh! -Judas presiona las manos contra la cara.
-¡Pues lárgate, entonces, hembra con apariencia de hombre, mal nacido, deforme! ¡Lárgate de aquí! Nos arreglaremos nosotros solos. Y guárdate, guárdate de hablarle de esto a Él, porque, si lo haces, te las haremos pagar.
-¡Me marcho! ¡Me marcho! ¡Ojalá no hubiera venido nunca! De todas formas, recordad lo que ya os dije. Él ha estado con tu padre, Simón, y con tu cuñado, Elquías. No creo que Daniel haya hablado. Yo estaba presente y no los vi nunca hablar aparte. Pero tu padre… por lo que dicen mis compañeros, no ha hablado, y tampoco ha revelado tu nombre; se ha limitado a decir que su hijo lo ha echado de casa porque amaba al Maestro y no aprobaba su conducta…
Pero ya ha dicho que nosotros nos vemos, que yo voy a tu casa… Y podría decir también lo demás. Tecua no está en los confines del mundo… No digáis luego que he hablado yo, cuando en realidad ya demasiados saben vuestros propósitos.
-Mi padre jamás hablará. Ha muerto -dice lentamente Simón.
-¿Muerto? ¿Lo has matado? ¡Qué horror! ¿Por qué te habré dicho dónde estaba?…
-Yo no he matado a nadie. No me he movido de Jerusalén. Hay muchas maneras de morir. ¿Te extraña que maten a un viejo, a un viejo que va a exigir monedas? Además… culpa suya. Si se hubiera estado tranquilo, si no hubiera tenido ni ojos para ver ni oídos parí oír ni lengua para censurar, todavía sería honrado y servido en casa de su hijo… -dice con una lentitud exasperante Simón.
-En definitiva… que lo has mandado matar, ¿no? ¡Parricida!
-Estás loco. Le han pegado al viejo, ha caído al suelo, ha golpeado la cabeza, ha muerto. Una desgracia. Una simple desgracia. Su desventura fue que le tocó exigir el pago del puesto a un bandolero…
-Te conozco, Simón. Y no puedo creerlo… Eres un asesino… -Judas está sobrecogido.
El otro se echa a reír delante de su cara mientras repite:
-Y tú estás delirando. Ves un delito donde no hay más que una desgracia. Yo lo he sabido anteayer, no antes, y ya he tomado las medidas oportunas, para hacer venganza y para rendir honor. Pero si rendir honor al cadáver he podido hacerlo, atrapar al asesino, no. Sin duda, algún bandolero que descendió del Adomín para despachar en los mercados lo que era su botín… ¿Y quién le echa el guante ya?
-No lo creo… No lo creo… ¡Me marcho! ¡Me marcho! ¡Dejadme marcharme!… Sois, peores que los chacales…
¡Me marcho! ¡Me marcho! -y recoge el manto que se le había caído y hace ademán de salir.
Pero Cananías lo agarra con su mano rapaz:
-¿Y la mujer? ¿Dónde está la mujer? ¿Qué ha dicho? ¿Qué ha hecho? ¿Lo sabes?
-No sé nada… Déjame marcharme…
-¡Mientes! ¡Eres un embustero! -grita Cananías.
-No lo sé. Lo juro. Vino. Esto es cierto. Pero ninguno la vio. Ni yo, que tuve que salir enseguida con el Rabí, ni mis compañeros. Hábilmente, les he preguntado… Vi las joyas rotas que Elisa llevó a la cocina… y más no sé.
¡Lo juro por el Altar y el Tabernáculo!
-¿Y quién puede creerte? Eres vil. De la misma forma que traicionas al Maestro, puedes traicionarnos a nosotros. Pero, ¡ojo con lo que haces! ¡Estás avisado!
-No traiciono. ¡Lo juro por el Templo de Dios!
-Eres un perjuro. Tu cara lo dice. Le sirves a Él, no a nosotros…
-No. Lo juro por el Nombre de Dios.
-¡Dilo, si te atreves, como confirmación de tu juramento!
-¡Lo juro por Yeohveh! -y se pone térreo al pronunciar así el Nombre de Dios. Tiembla, balbucea, no sabe siquiera decirlo como normalmente es pronunciado. Parece como si dijera una Y, una hache, una uve muy alargada, yo diría que terminada en aspiración. Lo reconstruiría así: Yeocveh. En fin, de forma extraña.
El silencio -yo diría: cargado de miedo- se ha hecho en la habitación. Hasta incluso se han separado de Judas… Pero luego Doras y otro dicen: «Repite el mismo juramento como confirmación de que sólo a nosotros nos servirás…»
-¡Ah, no! ¡Malditos! ¡Eso no! Os juro que no os he traicionado y que no os delataré ante el Maestro. Y ya cometo un pecado. Pero no vinculo mi futuro a vosotros, a vosotros que mañana en nombre del juramento podríais imponerme…, cualquier cosa, incluso un delito. ¡No!
Denunciadme como sacrílego ante el Sanedrín, denunciadme como asesino ante los romanos. No me defenderé. Me dejaré matar… Y será una buena cosa para mí. Pero yo ya no juro… nunca más juro… -y, con esfuerzos violentos, se libera de quien lo tiene sujeto, y sale corriendo y gritando:
-¡Pero sabed que Roma os vigila y que estima al Maestro!…
Un fuerte portazo, que hace retumbar la casa, señala que Judas ha salido de esa guarida de lobos.
Se miran unos a otros… La rabia, y quizás el miedo, los ha puesto lívidos… Y, no pudiendo desahogar su ira y miedo en alguno, se enzarzan entre ellos. Todos tratan de cargarle al otro la responsabilidad de los pasos dados y de las consecuencias que pueden tener.
Unos reprochan en un sentido, otros en otro; unos por el pasado, otros por el futuro. Hay quien grita: « ¡Has sido tú el que ha querido seducir a Judas!»; o: « ¡Habéis hecho mal tratándole mal! ¡Os habéis descubierto!»; y hay quien propone: «Vamos a seguirlo, con dinero, disculpándonos…
-¡Eso sí que no! -grita Elquías, que es el más recriminado -Dejad esto de mi cuenta y deberéis reconocer mi atino.
Judas, sin más dinero, se va a amansar. ¡Manso como un cordero! -y ríe serpentino.
-Se mantendrá en su postura hoy, mañana, quizás un mes… Pero luego… Es demasiado vicioso como para poder vivir en la pobreza que le da el Rabí… y vendrá a nosotros…
¡Ja! ¡Ja! ¡Dejad esto de mi cuenta! ¡Dejadlo de mi cuenta! Yo sé cómo…
-Sí. Pero mientras… ¿Has oído? ¡Los romanos nos espían!
¡Los romanos lo estiman! Y es verdad. Esta mañana también, y ayer, y anteayer, le estaban esperando en el Atrio de los Paganos. Siempre se las ve a las mujeres de la Antonia… Vienen hasta de Cesárea para escucharlo…
-¡Caprichos de mujeres! Eso no me preocupa. El hombre es guapo y habla bien. Ellas enloquecen por los charlatanes demagogos y filósofos. Para ellas el Galileo es uno de éstos, nada más. Y sirve para distraerse en sus momentos de ocio. ¡Hace falta paciencia para lograr esto! Paciencia y astucia. Y valentía también. Pero vosotros no la tenéis.
Queréis hacer sin aparecer. Yo ya os he dicho lo que haría Pero no queréis…
-Yo temo al pueblo. Lo ama demasiado. Amor aquí, amor allá. ¿Quién le puede tocar? Si lo expulsamos, nos expulsan a nosotros. Es necesario… -dice Caifás.
-Es necesario no dejar pasar más ocasiones. ¡Cuántas hemos perdido! A la primera que se presente, hay que presionar en los titubeantes de entre nosotros, y luego actuar también con los romanos…
-¡Fácil de decir! Pero ¿cuándo, dónde hemos tenido ocasión de hacerlo? No peca, no tiende al poder, no…
-Si no hay ocasión, se crea… Y ahora vámonos.
Entretanto, mañana lo vigilaremos… El Templo es nuestro. Fuera manda Roma. Afuera está el pueblo para defenderlo. Pero dentro del Templo…