534- Enseñanzas y curaciones en la sinagoga de los libertos romanos. Un encargo para los gentiles

La sinagoga de los romanos está justo enfrente del Templo, cerca del Hípico. Un grupo de gente espera a Jesús, y, cuando lo señalan a la entrada de la calle, unas mujeres son las primeras que van a su encuentro. Jesús está con Pedro y Judas Tadeo.

-¡Hola, Maestro! Te agradezco que hayas aceptado mi petición. ¿Entras ahora en la ciudad?

-No. Estoy ya desde la hora primera. He estado en el Templo.

-¿En el Templo? ¿No te han injuriado?
-No. La hora era temprana e ignoraban mi venida.

-Te había llamado por este motivo… y también porque aquí hay gentiles que querrían oírte. Desde hace días van al Templo a esperarte. Pero se han burlado de ellos e incluso los han amenazado. Ayer estaba yo también y comprendí que se te espera para injuriarte. He mandado hombres a todas las puertas. Con el oro todo se obtiene…

-Te lo agradezco. Pero Yo, Rabí de Israel, no puedo no subir al Templo. ¿Estas mujeres quiénes son?

-Mi liberta Tusnilde. Dos veces bárbara, Señor. De los bosques de Teotuburgo. Botín de esas imprudentes avanzadas que tanta sangre han costado. Mi padre se la regaló a mi madre, y ella a mí, para mi boda. De sus dioses a los nuestros. De los nuestros a ti, porque ella hace lo que yo hago. Es muy buena. Las otras son las mujeres de los gentiles que te esperan. De todas las regiones. La mayor parte enfermas. Han venido con las naves de sus maridos.

-Vamos a entrar en la sinagoga…
El arquisinagogo, erguido en el umbral de la puerta, se inclina y se presenta: -Matatías Sículo, Maestro. Alabado y bendito seas.
-Paz a ti.

-Entra. Cierro la puerta para estar tranquilos. Es tanto el odio, que los ladrillos son ojos y las piedras oídos para observarte y denunciarte, Maestro. Quizás son mejores estos que, con tal de que no se toquen sus intereses, no se meten con nosotros -dice el anciano arquisinagogo, mientras va andando al lado de Jesús para llevarlo, pasado un pequeño patio, a una amplia estancia, que es la sinagoga.

-Curemos primero a los enfermos, Matatías. Su fe merece premio -dice Jesús. Y pasa de una a otra mujer imponiendo las manos. Algunas están sanas, pero el enfermo es el hijito que tienen en brazos, y Jesús lo cura.
Una es una niña paralizada completamente; una vez curada, grita:

-¡Sitaré te besa las manos, Señor!
Jesús, que ya había pasado adelante, se vuelve sonriendo y pregunta:

-¿Eres sira?
La madre explica:

-Fenicia, Señor. De allende Sidón. Estamos en las orillas del Tamiri. Y tengo otros diez hijos y otras dos hijas, una de nombre Sira y la otra Tamira. Y Sira es viuda, a pesar de ser poco más que una niña. Así que, siendo ya libre, se ha establecido en casa de su hermano, aquí en la ciudad, y es seguidora tuya. Ella nos dijo que Tú lo podías todo».

-¿No está aquí contigo?
-Sí, Señor. Está ahí, detrás de esas mujeres.
-Acércate -manda Jesús.

La mujer, temerosa, avanza entre el grupo de mujeres.
-No tienes que tener miedo de mí si me amas -la conforta Jesús.

-Te amo. Por eso he dejado Alejandrocenas. Porque pensaba que te podría oír otras veces y… que aprendería a aceptar mi dolor…
Llora.

-¿Cuándo te has quedado viuda?
-Al final de vuestro Adar… Si hubieras estado, Zeno no habría muerto. Él lo decía… porque te había oído hablar y creía en ti.

-Entonces no está muerto, mujer. Porque quien cree en mí vive. La verdadera vida no es este día en que vive la carne. La vida es aquella que se obtiene creyendo y yendo en pos de quien es Camino, Verdad y Vida, y obrando según su palabra.

Aunque este creer y seguir fuera durante poco tiempo, y obrar por poco tiempo, un tiempo pronto truncado por la muerte del cuerpo, aunque fuera un solo día, una sola hora, en verdad te digo que esa criatura no conocerá ya la muerte. Porque el Padre mío y de todos los hombres no calculará el tiempo transcurrido en mi Ley y Fe, sino la voluntad del hombre de vivir hasta la muerte en esa Ley y Fe.

Yo prometo la Vida eterna y quien cree en mí y obra según lo que digo, amando al Salvador, propagando este amor, practicando mis enseñanzas durante el tiempo que se le conceda. Los obreros de mi viña son todos aquellos que vienen y dicen:

"Señor, recíbenos entre tus obreros", y en esa voluntad permanecen hasta que el Padre mío juzga terminada su jornada. En verdad, en verdad os digo que habrá obreros que habrán trabajado una sola hora, su última hora, y que tendrán más inmediato el premio que aquellos que hayan trabajado desde la primera hora pero siempre con tibieza, movidos al trabajo únicamente por la idea de no merecer el infierno, o sea, movidos por el miedo al castigo.

No es éste el modo de trabajar que mi Padre premia con una gloria inmediata. Es más, a estos calculadores egoístas -que sienten el apremio de hacer el bien, el bien estrictamente necesario, por no atraerse una pena eterna-el Juez eterno les dará una larga expiación. Deberán aprender, a expensas de sí mismos, con una larga expiación, a darse un espíritu solícito en amor, y en amor verdadero, orientado todo a la gloria de Dios.

(Recordamos aquí que el dolor de atrición, o sea, cumplir los Mandamientos por temor a no condenarse, es válido para salvarse, aunque el dolor de contrición, o sea, aquel que nos mueve a cumplir los Mandamientos por amor a Dios, que, como Suma bondad, no se merece que lo ofendamos, es mucho más perfecto).

Y os digo también que en el futuro muchos serán, especialmente entre los gentiles, los que estarán entre los obreros de una hora, e incluso de menos de una hora, y que serán gloriosos en mi Reino, porque en esa única hora de respuesta a la Gracia, que los habrá invitado a entrar en la viña de Dios, habrán alcanzado la perfección heroica de la caridad.

Ten, pues, buen ánimo, mujer. Tu marido no está muerto sino que vive. No lo has perdido; solamente está separado de ti un tiempo. Ahora tú, como esposa que no hubiera entrado todavía en casa del esposo, debes prepararte para las verdaderas nupcias inmortales con aquel que lloras.

¡Oh, dichosas nupcias de dos espíritus que se han santificado y que se unen de nuevo, para siempre, en donde no existe ya la separación ni el temor del desamor ni las penas, en donde los espíritus exultarán en el amor de Dios y en el amor recíproco!

La muerte para los justos es verdadera vida, porque ya nada podrá amenazar la vitalidad del espíritu, o sea, su permanencia en la Justicia. Lo caduco ni lo llores ni lo añores, Sira. Alza tu espíritu y ve las cosas con justicia y verdad. Dios te ha amado salvando a tu consorte del peligro de que las obras del mundo destruyeran su fe en mí.

-Me has consolado, Señor. Viviré como dices. Bendito seas Tú, y contigo el Padre tuyo, eternamente.
Jesús hace ademán de seguir adelante y el arquisinagogo dice:

-¿Puedo ponerte un reparo, sin que te parezca ofensa?
-Habla. Aquí soy Maestro para dar sabiduría a quien me pregunte.

-Has dicho que algunos serán gloriosos enseguida en el Cielo. ¿No está cerrado el Cielo? ¿No están los justos en el Limbo en espera de entrar en el Cielo?

-Así es. El Cielo está cerrado. Y sólo lo abrirá el Redentor. Pero su hora ha llegado. En verdad te digo que el día de la Redención ya clarece en Oriente y pronto estará en su cenit.

En verdad te digo que no vendrá otra fiesta después de ésta, antes de ese día. En verdad te digo que estando ya en la cima del monte de mi sacrificio fuerzo ya las puertas…

Mi sacrificio ya empuja en las puertas del Cielo, porque está ya en acción. Cuando esté cumplido -¡recuérdalo, oh hombre!-, se abrirán las sagradas cortinas y las celestes puertas. Porque Yeohveh ya no estará presente con su gloria en el Debir (Santo de los santos), e inútil será poner un velo entre el Incognoscible y los mortales, y la Humanidad que nos ha precedido y que fue justa volverá al lugar a donde había sido destinada, con el Primogénito a la cabeza, ya completo en carne y espíritu, y sus hermanos vestidos con la vestidura de luz que tendrán hasta que también sus carnes sean llamadas al júbilo.

Jesús pasa al tono de canto, propio de cuando un arquisinagogo o un rabí repite palabras bíblicas o salmos (Ezequiel 37, 4-6.l2-l4), y dice: -Y Él me dijo:

"Profetiza a estos huesos y diles: “Huesos secos, escuchad la palabra del Señor… Ved que infundiré en
vosotros el espíritu y viviréis. Pondré alrededor de vosotros los nervios, haré crecer a vuestro alrededor las carnes, extenderé la piel, os daré el espíritu y viviréis y sabréis que soy el Señor… Ved que abriré vuestras tumbas… os sacaré de los sepulcros… Cuando infunda en vosotros mi espíritu tendréis vida y haré que descanséis en vuestra tierra".

Toma de nuevo su modo habitual de hablar, baja los brazos -los había extendido hacia adelante-, y dice:
-Son dos estas resurrecciones de lo seco, de lo muerto, a la vida. Dos resurrecciones que están celadas en las palabras del profeta.

La primera es la resurrección a la Vida y en la Vida, o sea, en la Gracia que es Vida, de todos aquellos que acogen a la Palabra del Señor, al Espíritu engendrado por el Padre, que es Dios como el Padre del que es Hijo, y que se llama Verbo, el Verbo que es Vida y da la Vida.

La Vida de la que todos tienen necesidad y de la que está privado Israel tanto como los gentiles. Porque, si para Israel hasta ahora era suficiente para tener la eterna Vida tener esperanza en la Vida (la Vida que viene del Cielo) y esperarla; de ahora en adelante, para tener vida, Israel deberá acoger a la Vida.

En verdad os digo que aquellos de mi pueblo que no me acogen a Mí-Vida no tendrán Vida, y mi venida será para ellos razón de muerte, porque habrán rechazado a la Vida que venía a ellos para comunicarse. Ha llegado la hora en que Israel quedará dividido en los vivos y los muertos. Es la hora de elegir, y de vivir o morir.

La Palabra ha hablado, ha mostrado su Origen y Poder, ha curado, ha enseñado, resucitado, y pronto habrá cumplido su misión. Ya no hay disculpa para los que no vienen a la Vida. El Señor pasa. Una vez que haya pasado, no vuelve.

No volvió a Egipto para dar vida nueva a los hijos primogénitos de aquellos que lo habían escarnecido y avasallado en sus hijos. No regresará tampoco esta vez, cuando la inmolación del Cordero haya decidido los destinos. Los que no me acogen antes de mi Paso, y me odian y odiarán, no tendrán sobre su espíritu mi Sangre para santificarlos, y no vivirán, y no tendrán a su Dios con ellos para el resto del peregrinaje sobre la Tierra.

Sin el divino Maná, sin la nube protectora y luminosa, sin el Agua que viene del Cielo, privados de Dios, irán vagando por el vasto desierto que es la Tierra, toda la Tierra, toda ella un desierto si para quien la recorre falta la unión con el Cielo, la cercanía del Padre y Amigo: Dios.

Y hay una segunda resurrección, la universal, en que los huesos, blancos y dispersados a causa de los siglos, volverán a estar frescos y cubiertos de nervios, carne y piel. Y se llevará a cabo el Juicio. Y la carne y la sangre de los justos exultarán con el espíritu en el eterno Reino; y la carne y la sangre de los réprobos sufrirán con el espíritu en el eterno castigo.

¡Yo te amo, Israel; Yo te amo Gentilismo; Yo te amo, Humanidad! Y por este amor os invito a la Vida y a la Resurrección bienaventurada.

Los que llenan la amplia estancia están como hechizados. No hay distinción entre el estupor de los hebreos y el de los otros, de otros lugares y religiones; es más, yo diría que los más reverentemente asombrados son los extranjeros.
Uno, un hombre entrado en años y de grave porte, está
susurrando algo.

Jesús se vuelve y pregunta:

-¿Qué has dicho, oh hombre?
-He dicho que… Me estaba repitiendo a mí mismo las palabras oídas a mi pedagogo en mi juventud.

"Le está concedido al hombre subir con la virtud a divina perfección. En la criatura está el resplandor del Creador, que, cuanto más el hombre se ennoblece a sí mismo en la virtud, casi como consumiendo la materia en el fuego de la virtud, más se revela. Y le está concedido al hombre conocer al Ente que, al menos una vez en la vida de un hombre, o con severo o con paterno aspecto, se muestra a él para que pueda decir:

“Debo se! bueno: ¡Mísero de mí si no lo soy! Porque un Poder inmenso ha refulgido ante mí para hacerme comprender que la virtud es deber y signo de la noble naturaleza del hombre”.

Hallaréis este resplandor de la Divinidad, unas veces, en la hermosura de la naturaleza, otras, en la palabra de un moribundo, o en la mirada de un desdichado que os mira y juzga, o en el silencio de la persona amada, que, callando censura una acción vuestra deshonrosa; lo hallaréis en el terror de un niño ante un acto vuestro de violencia, o en el silencio de las noches mientras estéis solos con vosotros mismos y en la habitación más cerrada y solitaria advirtáis un otro Yo, mucho más poderoso que el vuestro y que os habla con un sonido sin sonido. Y ése será el Dios, este Dios que debe ser, este Dios al que la Creación adora, aun quizás sin saber que lo está haciendo, este Dios que, único, verdaderamente satisface el sentimiento de los hombres virtuosos, que no se sienten ni saciados ni consolados por nuestras ceremonias y nuestras doctrinas, ni ante las aras vacías, bien vacías aunque una estatua las presida".

Sé bien estas palabras, porque desde hace muchos lustros las repito como mi código y mi esperanza. He visto, he trabajado, y también he sufrido y llorado. Pero lo he soportado todo, y mantengo la esperanza con virtud, esperando encontrar antes de la muerte a este Dios que Hermógenes me había prometido que conocería. Ahora yo me decía que verdaderamente lo he visto. Y no como un fulgor, y no como un sonido sin sonido he oído su palabra; sino que en una serena y bellísima forma de hombre se me ha aparecido el Divino, y yo lo he sentido y estoy lleno de un sagrado estupor. El alma, esta cosa que los verdaderos hombres admiten, el alma mía te acoge, oh Perfección, y te dice:

"Enséñame tu Camino y tu Vida y tu Verdad, para que un día yo, hombre solitario, me una de nuevo contigo, suprema Belleza".

-Nos uniremos. Y te digo también que, más tarde, te unirás con Hermógenes.

-¡Pero si murió sin conocerte!

-No es el conocimiento material el único necesario para poseerme. El hombre que por su virtud llega a sentir al Dios desconocido y a vivir virtuosamente en homenaje a este Dios, bien se puede decir que ha conocido a Dios, porque Dios se ha revelado a él como premio de su vivir virtuoso.

¡Ay si fuera necesario conocerme personalmente! Pronto ya alguno no dispondría de un modo de reunirse conmigo.

Porque, os lo digo, pronto el Viviente dejará el reino de los muertos para volver al Reino de la Vida, y ya los hombres no tendrán otra manera de conocerme sino por la fe y el espíritu. Pero, en vez de detenerse, el conocimiento de mí se propagará, y será perfecto porque estará libre de todo lo que significa el lastre de la carne. Dios hablará, Dios actuará, Dios vivirá, Dios se revelará a las almas de sus fieles con su incognoscible y perfecta Naturaleza. Y los hombres amarán al Dios-Hombre.

Y el Dios-Hombre amará a los hombres con los medios nuevos, con los inefables medios que su infinito amor dejará en la Tierra antes de volver al Padre tras haber cumplido todo.

-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Dinos cómo podremos encontrarte y saber que eres Tú el que nos habla, y saber dónde estás, una vez que te hayas marchado! -exclaman bastantes. Y algunos prosiguen:

-Somos gentiles y no conocemos tu código. No tenemos tiempo de quedarnos aquí y seguirte. ¿Cómo nos las vamos a arreglar para tener esa virtud que hace merecedores de conocer a Dios?

Jesús sonríe, luminosamente hermoso con la felicidad de estas conquistas suyas en la gentilidad, y dulcemente explica:

-No os preocupéis de saber muchas leyes. Irán éstos (y pone las manos en los hombros de Pedro y Judas Tadeo) a llevar mi Ley al mundo. Pero, hasta que vayan, tened como norma de ley las siguientes pocas frases en que está compendiada mi Ley de salud. Amad a Dios con todo vuestro corazón. Amad a las autoridades, a los parientes, a los amigos, a los siervos, al pueblo, y también a los enemigos, como os amáis a vosotros mismos.

Y para estar seguros de no pecar, antes de cumplir cualquier acción, sea que os haya sido ordenada, sea que sea espontánea, preguntaos:

"¿Me gustaría que lo que voy a hacerle a éste se me hiciera a mí?". Y, si sentís que no os gustaría, no lo hagáis. Con estas sencillas líneas podéis trazar en vosotros el camino por el que irá Dios a vosotros y vosotros iréis a Dios.

Porque a ninguno le gustaría que un hijo fuera con él un ingrato, o que uno lo matara, que otro le robara o le quitara a su mujer o deshonrase a su hermana o a su hija o le usurpara la casa, los campos o los servidores fieles. Con esta regla seréis buenos hijos y buenos padres, buenos maridos, hermanos, comerciantes, amigos. Por tanto, seréis virtuosos, y Dios irá a vosotros.

Tengo alrededor de mí no sólo a hebreos y prosélitos en que no hay malicia; quiero decir que han venido a mí no para pillarme en renuncio, como hacen los que os han arrojado del Templo para que no vinierais a la Vida.

Tengo también a gentiles de todas las partes del mundo. Veo a cretenses y fenicios mezclados con habitantes del Ponto y de la Frigia, y hay uno de las playas donde se abre el mar desconocido, vía para tierras desconocidas donde también seré amado. Y veo a griegos con sículos y cirenaicos con asiáticos. Pues bien, os digo:

¡Id! Decid en vuestros países que la Luz está en el mundo y que vengan a la Luz. Decid que la Sabiduría ha dejado los Cielos para hacerse pan para los hombres, agua para los hombres que languidecen. Decid que la Vida ha venido a sanar lo que está enfermo y a resucitar lo que está muerto.

Y decid… decid que el tiempo pasa veloz como un relámpago de verano. Quien tenga deseos de Dios que venga. Su espíritu conocerá a Dios. Quien tenga deseos de curación que venga. Mi mano, mientras esté libre, otorgará curación a los que la invoquen con fe.

Decid… ¡Sí! Id, id diligentes, y decid que el Salvador espera a aquellos que esperan y desean una ayuda celestial, para la Pascua, en la Ciudad santa. Decídselo a los que tienen necesidad y a los que son simplemente curiosos. Del movimiento impuro de la curiosidad puede brotar para ellos la chispa de la fe en mí, de la Fe que salva.

¡Id! Jesús de Nazaret, el Rey de Israel, el Rey del mundo, convoca a los legados del mundo para darles los tesoros de sus gracias y tenerlos como testigos de su asunción, que lo consagrará triunfador, por los siglos de los siglos, Rey de reyes y Señor de señores. ¡Id! ¡Id!

En el alba de mi vida terrena, desde lugares distintos, vinieron los legados del pueblo mío a adorar al Infante en que el Inmenso se celaba. La voluntad de un hombre, que se creía poderoso y era un siervo de la voluntad de Dios, había ordenado un empadronamiento en el Imperio.

Obedeciendo a una desconocida y perentoria orden del Altísimo, aquel hombre pagano había de ser heraldo respecto a Dios, que quería a todos los hombres de Israel, esparcidos por todos los lugares de la Tierra, en la tierra de este pueblo, cerca de Belén Efratá, para que se maravillaran con las señales venidas del Cielo con el primer vagido de un Niño.

Y no bastando aún, otras señales hablaron a los gentiles, y sus legados vinieron a adorar al Rey de los reyes, pequeño, pobre, lejano de su coronación terrena, pero que ya era, ¡oh!, ya era Rey ante los ángeles.

Ha llegado la hora en que seré Rey ante los pueblos; Rey, antes de regresar al lugar de donde vengo. En el ocaso de mi día terreno, en mi atardecer de hombre, justo es que aquí haya hombres de todos los pueblos para ver a Aquel al que le corresponde ser adorado y en quien se cela toda la Misericordia.

Y que gocen los buenos de las primicias de esta nueva mies, de esta Misericordia que se va a abrir como nube de Nisán para hinchar las corrientes de aguas saludables que pueden hacer fructíferas a los árboles plantados en sus orillas, como se lee en Ezequiel (l7, 5-8; l9, l0 -ll) .

Y Jesús, de nuevo, sana a enfermos y enfermas, y recoge sus nombres, porque ahora todos quieren decirlo: «Yo, Zila… Yo, Zabdí… Yo, Gaíl… Yo, Andrés… Yo, Teófanes… Yo, Selima… Yo, Olinto… Yo, Felipe. Yo, Elisa… Yo, Berenice… Mi hija Gaya… Yo, Argenides… Yo… Yo… Yo…

Ha acabado. Quisiera marcharse. ¡Pero cuánto le ruegan que se quede más, que hable más!
Y uno, quizás tuerto porque tiene un ojo tapado con una venda, dice, para retenerlo más tiempo:

-Señor, fui agredido por uno que envidiaba mis buenos negocios. Me salvé la vida a duras penas. Pero un ojo se perdió, reventado por el golpe. Ahora mi rival es un pobre y una persona mal considerada, y ha huido a un pueblo cercano a Corinto.

Yo soy de Corinto. ¿Qué debería hacer por este que por poco me mata? No hacer a los demás lo que a mí no me gustaría recibir, está bien. Pero yo de éste ya he recibido… y un mal… mucho mal… -y tan expresivo es su rostro, que se lee en él el pensamiento que no ha dicho:

«y, por tanto, debería darle el talión…
Pero Jesús lo mira con luz de sonrisa en sus ojos zafíreos pero con dignidad de Maestro en la totalidad del rostro y dice:

-¿Y tú, de Grecia, me lo preguntas? ¿No dijeron, acaso,
vuestros grandes que los mortales vienen a ser parecidos a Dios cuando responden a los dos dones que Dios les concede para hacerlos parecidos a Él, y que son: poder estar en la verdad y hacer el bien al prójimo?

-¡Ah, sí, Pitágoras!

-¿Y no dijeron que el hombre se acerca a Dios no con la ciencia y el poder u otra cosa, sino haciendo el bien.

-¡Ah, sí, Demóstenes! Pero, perdona si te lo pregunto, Maestro. Tú no eres sino un hebreo, y los hebreos no estiman a nuestros filósofos… ¿Cómo es que sabes estas cosas?

-Mira, porque Yo era Sabiduría inspiradora en las inteligencias que pensaron esas palabras. Donde el Bien está en acto, allí estoy Yo. Tú, griego, escucha de los sabios los consejos, en los que todavía hablo Yo. Haz el bien a quien te ha hecho el mal, y Dios te llamará santo. Y ahora dejadme marcharme.

Tengo otros que me esperan. Adiós, Valeria. Y no temas por mí. No es todavía mi hora. Cuando llegue la hora, ni todos los ejércitos de César podrán poner freno a mis adversarios.

-Adiós, Maestro. Y ora por mí.
-Para que la paz te posea. Adiós. La paz a ti, arquisinagogo. La paz a los creyentes y a los que tienden a ella.

Y haciendo un gesto que es saludo y bendición, sale de la sala, atraviesa el patio y sale a la calle…

533- Hacia Jerusalén con Judas Iscariote

El alba esclarece el horizonte. El bosque de olivos que cubre el monte se ilumina poco a poco y va saliendo de la sombra; los troncos, todavía en penumbra, parecen ausentes; no así las copas plateadas, ya visibles. Parece que la niebla se extiende sobre el monte, pero es sólo el tono gris de las frondas en la luz incierta matutina.

Jesús está solo bajo los olivos. No es el Getsemaní, porque el Getsemaní está situado paralelo -así lo diré-al Moria, mientras que aquí el Moria cae enfrente. Por tanto, estamos al norte de Jerusalén, más allá de las tumbas de los reyes.

Jesús sigue orando, y no deja de hacerlo siquiera cuando los primeros trinos de los pájaros le dicen que ha venido el día. Sólo cuando el primer rayo de sol -ya ha salido el astro-enciende un punto de oro en el oro hasta ahora velado de las cúpulas del Templo, se pone en pie, se quita el manto y lo sacude -hay vestigios de tierra y alguna hojita seca pegada al grueso tejido-, se alisa con la mano la barba y el pelo, y luego se coloca la túnica y el cinturón, se observa las correas de las sandalias, se pone de nuevo el manto y se encamina cuesta abajo por un senderito apenas trazado entre los troncos.

Quizás se dirige a aquella casita que está a mitad de la ladera y de cuyo techo se eleva un poco de humo. Pero no.
Tuerce hacia una vereda más ancha, que baja hacia el camino de primer orden que conduce a la ciudad.

Detrás de Él se precipita cuesta abajo Judas Iscariote. Digo: se precipita, porque corre como un loco para alcanzar al Maestro. Y, llegado a la distancia de poder usar la voz, lo llama. Jesús se para. Judas se llega a Él jadeando:

-¡Maestro… menos mal que he pensado venir a buscarte!

¿Te marchabas así, sin mí? Ziforá me dijiste que te esperase en la casa, porque irías sin falta. Pero…

-¿No dije a todos que os esperaba en la puerta de Herodes al amanecer? Amanece. Voy a la puerta de Herodes.
-Sí, pero… era para los otros. Nosotros dos estábamos juntos.
-¿Juntos?

Jesús está muy serio.
-Pues claro, Maestro. Hemos salido juntos. Ha sido tu deseo. Luego has preferido ir a orar solo. Pero yo estaba dispuesto a ir contigo.

-En Nob has mostrado claramente que no te agradaba pasar la noche en oración con tu Maestro. Y te he evitado que tuvieras que hacer forzado un acto de virtud. No habría servido para nada. El bien hay que saber hacerlo espontáneamente para que tenga fragancia y sea fructífero.

En caso contrario, no es más que una… pantomima, y a veces peor que una pantomima.

-Pero yo… ¿Por qué de un tiempo a esta parte estás tan severo conmigo? ¿Ya no me quieres?

-Con mayor razón que tú, podría preguntarte Yo: ¿ya no me quieres? Pero no te lo pregunto. Porque incluso esta pregunta sería una cosa inútil, y Yo no hago nunca cosas inútiles.

-¡Ya, claro! Porque bien sabes que te quiero.

-Quisiera saberlo, Judas de Keriot. Y quisiera poder decirte: sé que me amas. Pero, de la misma manera que no hago nunca cosas inútiles, no digo nunca palabras falsas. Por eso no te digo que sé que me amas.

-¿Cómo es eso, Maestro? ¿Yo no te amo? ¿No trabajo para ti? ¿Puedes, acaso, dudarlo? Esto me apena. ¡Yo que en cuanto comprendo que una cosa te apena ya no la hago y velo por que no se haga!

Mira: comprendí que te desagradaba que… saliera de noche, y no he vuelto a salir; comprendí que te cansaban sobremanera las disputas de tus adversarios, y fui -y no se abstuvieron de ofenderme-a decirles que ya bastaba, y ya ves que no te han vuelto a importunar. Y espero que no te importunen ni siquiera en el Templo. ¡No eres justo. Maestro, con el pobre Judas!

-Eres el primero, de entre mis seguidores, que me acusa de injusticia…

-¡Oh, perdón! Pero tus palabras, tu severidad, me apenan tanto, que ya no sé reflexionar. Me enajenan, créelo.

¡Venga, paz mía, hagamos la paz entre nosotros! Yo quiero estar contigo como si fuera una unidad contigo. Juntos siempre…

-Hace un tiempo lo estábamos. Pero ahora, dime, Judas: ¿alguna vez lo estamos?

-¿Todavía por aquella noche?, ¿o porque no fui contigo a Betabara? Tú sabes por qué no fui. Por tu bien… Y aquella noche… ¡Soy un hombre joven, Señor! Pero, aparte de esos momentos en que, lo confieso, puedo haber errado, es más: seguro que he errado, estoy siempre contigo.

-No hablo de la cercanía corporal, sino de la espiritual, de la de pensamiento y corazón. Estás lejos, Judas, de tu Salvador, y te alejas cada vez más.

-¡Lo ves! ¡A mí todos los reproches! Y, sin embargo, ya ves con qué humildad los tomo. Te dije que me alejaras de ti. Me has retenido… ¿Y entonces qué quieres de mí?».

-¡Que qué quiero! Quisiera no haber tomado inútilmente una Carne por ti. ¡Esto es lo que quisiera! Pero tú ya eres de otro padre, de otro país, hablas otra lengua… ¡Oh, qué hacer, Padre mío, para purificar el templo profanado de este hijo tuyo y hermano mío?

Jesús vierte lágrimas, palidísimo, hablando al Padre suyo.

Judas también se pone térreo y se separa mucho, guardando silencio. Jesús lo pasa unos metros y, agachada la cabeza, desciende recogido en su dolor. Y entonces Judas hace un gesto de burla, de amenaza, yo diría: de cruel juramento, a espaldas del Inocente. Su cara, hasta ese momento enmascarada tras una hipócrita pátina de dulzura y humildad, pasa a ser angulosa, dura, fea, cruel.

Verdaderamente demoníaca. Todo el odio, pero un odio no humano, está presente en el fuego de esas negras pupilas, y ese fuego de odio se concentra en el alto cuerpo de Jesús.

Luego, encogiéndose de hombros y dando un airado golpe con el pie, Judas pone fin a su razonamiento interno. Y reanuda el camino, recuperada la compostura, como uno que hubiera decidido ya irrevocablemente.

La ciudad está ya próxima con sus murallas. Gente que se aglomera en las puertas. Forasteros, hortelanos, habitantes de los pueblos cercanos. Entre los que están al pie de las murallas, también los once apóstoles, los cuales, al ver al Maestro, van a su encuentro.
-Maestro, mientras esperábamos aquí, ha venido un hombre buscándote. Ha dicho que Valeria te ruega que vayas sin falta a la sinagoga de los libertos romanos. Que ella estará allí.

-De acuerdo. Iremos. Antes vamos donde José de Seforí, porque mi túnica no está limpia.

-¿Dónde has dormido, Señor? -pregunta Pedro.

-En ningún lugar, Simón. He orado en el monte. Y la tierra estaba húmeda, incluso fangosa. Ya ves.

-¿Por qué orar así, a la intemperie, Señor? Te podría hacer daño…

-Los elementos no hacen daño al Hijo del hombre. Las cosas de Dios son buenas. Son los hombres los que odian al Hombre.

Pedro suspira… Se alejan en dirección a la casa del galileo, seguidos de los demás…

532- Preparativos para las Encenias. Una prostituta enviada a tentar a Jesús, que deja Nob

Los pueblos tomados como masa, los hombres tomados individualmente, son siempre un poco niños y un poco salvajes, o al menos primitivos; sensibilísimos, por tanto, a todo aquello que tenga sabor de novedad, de cosa extraordinaria, y produzca sonido de fiesta.

El hecho de acercarse las solemnidades tiene siempre el poder de exaltar a los hombres: casi como si la festividad anulara lo que los entristece y fatiga. En comenzando a acercarse una fiesta, algo, de carácter vigoroso, levemente exaltado, afecta a todos: casi como si este hecho de acercarse la fiesta asemejara al tam-tam de los salvajes en sus conmemoraciones idolátricas o en sus empresas belicosas.

Y también los apóstoles, en la proximidad de las Encenias, se hallan en este estado de euforia. Locuaces, alegres, dan en hacer proyectos, recuerdan fiestas pasadas; alguna añoranza empaña de melancolía sus palabras, pero luego el aire de fiesta se adueña de ellos otra vez y los incita a preparar las cosas, para que todo esté bonito durante la festividad.

¿Que las lámparas en casa de Juan son pocas? ¡Oh, llena de ellas está la casa de Tomás en Rama! Y Tomás marcha a Rama por las lámparas. ¿Que el aceite no es abundante? ¡Oh, Elisa tiene mucho aceite en Betsur y lo ofrece! Y Andrés y Juan van a Betsur por el aceite.

¿Que para cocer las tortas es necesario suave fuego de hornija? Pues los dos Santiagos van por ella por los montes. ¿Que parecen escasos la harina y la cebada y la miel para los platos de rito?

¿Y qué hace entonces en Jerusalén Nique ­que casi se ha sentido herida porque nunca le piden nada-, sino poder ofrecer su blondísima miel y la harina y la cebada de su linda propiedad? Y Pedro y Simón Zelote van donde Nique, mientras Judas de Alfeo ayuda a Elisa a poner bonita la casa.

Hasta el viejo Bartolomé se une a la común alegría y, junto con Felipe, da una buena mano de cal a la cocina renegrida para que esté más alegre. Judas Iscariote se reserva la parte decorativa, y vuelve una y otra vez cargado de ramas vivaces, olorosas y adornadas de bayas, y las coloca garbosamente en repisas o alrededor de la campana de la chimenea.

Y en la vigilia de las Encenias la casita parece preparada para recibir a una recién casada, por lo cambiada que está: cacharros de cobre resplandecientes, lámparas que ahora están brillantes como soles, ramajes alegres en las paredes blancas; mientras una fragancia de pan y tortas se esparce por el aire, ya oloroso por las ramas cortadas.

Jesús deja estas iniciativas. ¡Parece tan alejado de todos!… Está muy pensativo, incluso triste. Responde a los que le preguntan (solicitando, con la pregunta que hacen, encomio por lo que han hecho). Y son estas preguntas las que me ofrecen la manera de reconstruir los trabajos que los discípulos han hecho, los cuales con su: «¿No he tenido una buena idea yendo a casa por las lámparas?»; o: ¿Hemos hecho bien yo y Felipe blanqueando todo?

Ahora está claro y alegre. Parece más grande»; o también: « ¿Ves, Maestro? Elisa está contenta. Le parece estar en su propia casa y en la época de sus hijos. Hoy cantaba mientras ponía su aceite en las lámparas y luego amasando su miel con la harina y disolviéndola en la leche para la cebada»; y también:

«Que diga lo que quiera Elquías. Pero un poco de verde está bien. En el fondo… si el Creador ha hecho las frondas es para que las usemos, ¿no es verdad?» permiten reconstruir el trabajo que cada uno ha hecho. Pero, aun respondiendo a estas preguntas que celan un deseo de alabanza, su pensamiento está ausente. Y se nota.

Anochece. Después de los últimos saludos de los vecinos del lugar -que antes de recogerse en sus casas introducen su cabeza en la cocina para saludar al Maestro-, el silencio se establece en Nob. Es la hora de las cenas. Es ya la hora del descanso para los niños y los viejos, para todos aquellos a los que la enfermedad o la edad hacen delicados.

Debe existir la costumbre de hacer regalos para las Encenias porque veo que en cuanto se retira el anciano Juan a su cuartito de al lado de la cocina, Elisa y los apóstoles se ponen a terminar, ella una túnica, ellos, objetos útiles tallados en madera y una cortina de red con cuerdecitas teñidas de rojo, verde, amarillo y añil, fatiga que toca especialmente a los pescadores. Tomás, Mateo, Bartolomé y el Zelote los miran.

-Bien. He terminado -dice Elisa, y se levanta y sacude los hilachos que pudiera haber.

-¡Pobre anciano, estará calentito! ¡Ah, nosotros los hombres, sin las mujeres, somos verdaderamente unos infelices! No sé, sin ti, en qué condiciones estaríamos ya, después de meses de ausencia de casa. Yo puedo hacer esto. ¡Pero si me tengo que coser una hebilla! -dice Pedro palpando la tela.

-Y lo has hecho rápido. Pareces mi mujer -dice Bartolomé.
-Yo también he terminado. Era buena esta madera. Blanda para hendirla y, al mismo tiempo, resistente -dice Judas Tadeo, dejando en la oscura mesa un cubilete, que puede servir para la sal o alguna especia.

-El mío, sin embargo, todavía se demora. Hay aquí una veta dura que no quiere dejarse trabajar. A lo mejor no me sale este trabajo Lo siento. Lo bonito estaba en estas vetas oscuras en la madera clara. Mira, Jesús. ¿No parecen crestas de montes pintadas en la madera? -dice Santiago de Alfeo mostrando una especie de jarrón, que no sé a qué uso pueda destinarse, verdaderamente hermoso por la forma, cubierto con una tapadera en forma de cúpula, y graciosamente veteado, tanto en la panza como en la tapadera.

Pero es precisamente en la tapadera, junto al bolillo para agarrar, donde la madera resiste tenaz.
-Insiste, insiste; verás como lo consigues. Calienta la herramienta hasta el rojo. Incidirás la fibra y lo conseguirás. Una vez roto el primer estrato… -responde Jesús, que ha observado.

-¿Pero no se estropea con el fuego? -pregunta Mateo.
-No, si se usa con pericia. Y además, o este medio o tirarlo.

Santiago pone al rojo el punzón cortante, luego acerca la punta roja al punto resistente. Olor a madera quemada…
-¡Basta! Ahora trabaja y lo conseguirás -dice Jesús. Y ayuda a su primo manteniendo prieta la tapa como en una mordaza.

Dos veces el filo resbala y pasa cerquísima de los dedos de Jesús.

-Quita la mano, hermano. No quisiera herirte… -dice Santiago de Alfeo. Pero Jesús sigue sujetando el jarrón. La tercera vez el cortante punzón hace sangrar el pulgar de Jesús.

-¿Lo ves? ¡Te has hecho daño! ¡Déjame que lo vea!
-No es nada. Dos gotas de sangre… -responde Jesús, sacudiendo su dedo para que caiga la sangre que gotea del corte.

-Más bien, seca la tapa. Se ha quedado manchada -añade.
-No. ¡Dejadlo! Es precioso así. Seca aquí tu dedo, Maestro. Aquí, en mi velo. Sangre tuya, sangre bendita -dice Elisa, envolviendo la mano en el lino de su velo.

La tapa causa de tanto apuro está vencida. La incisión ha quedado hecha.

-Pero antes quería hacer daño -observa el Zelote.

-Sí. Y después ha cedido. ¡Obstinada madera! -dice Tomás.
-Con el hierro, el fuego y el dolor. Parece una de esas frases estimadas por los romanos -observa Simón Zelote.
-A mí, no sé por qué, me trae a la memoria a los profetas en ciertos puntos. También nosotros somos madera tenaz… ¿Hará falta hierro, fuego y dolor, para hacernos buenos? -pregunta Bartolomé.

-En verdad, será necesario. Y no bastará. Yo trabajo con el fuego y con mi dolor, pero no todos los corazones saben imitar a esa madera… ¡Silencio! Afuera hay alguien… Hay rumor de pasos…

Escuchan. No se oye nada.
-Quizás el viento, Maestro. Hay hojas secas en el huerto…

-No. Eran pasos…

-Algún animal nocturno. No oigo nada.

-Tampoco yo, tampoco yo…

Jesús escucha. Parece que escucha. Luego alza la cara y clava su mirada en Judas de Keriot, el cual también está a la escucha (muy a la escucha, más que los otros). Lo mira tan fijamente, que Judas pregunta:

-¿Por qué me miras de esa manera, Maestro?
Pero no hay respuesta, porque una mano llama a la puerta.

De los catorce rostros que la lámpara esclarece, el único que continúa igual es el de Jesús; los otros cambian de color.

-¡Abrid! ¡Abre, Judas de Keriot!
-¡Yo no! ¡No abro, no! Podría ser mala gente que viniera a propósito durante la noche. ¡No he de perjudicarte yo!
-Abre tú, Simón de Jonás.
-¡Menos todavía! ¡Yo, más bien, meto la mesa contra la puerta! -dice Pedro, y hace ademán de llevarlo a cabo.

-Abre, Juan, y no temas.

-¡Oh! Si estás decidido a dejar que entren, yo me marcho allí donde el viejo. No quiero ver nada -dice Judas Iscariote, y recorre con cuatro largos pasos el trecho que lo separa de la puerta de la habitación del anciano, y en ésta desaparece.

Juan, derecho junto a la puerta, la mano ya en la llave, mira asustado a Jesús y susurra:
-¡Señor!…
-Abre y no temas.

-Pues sí. Al fin y al cabo, somos trece hombres fuertes.

¡Seguro que no será un ejército! Con cuatro puñetazos y muchos gritos -tú grita, Elisa, si hay que hacerlo-los ponemos en fuga. ¡Que no estamos en un desierto!» dice Santiago de Zebedeo, y se quita el vestido y se recoge las mangas de la túnica (bueno, o del vestido de debajo de la túnica), preparado para la defensa. Pedro hace lo mismo.

Juan, todavía titubeante, abre la puerta, mira por la tronera. No ve nada. Grita: -¿Quién viene a incomodar?
Una voz femenina responde, dócil, como angustiada:
-Una mujer. Quisiera ver al Maestro.

-Ésta no es hora de venir a las casas. Si estás enferma, ¿por qué vas por la calle a estas horas? Si estás leprosa, ¿cómo te aventuras a venir a un pueblo? Si algo te aflige, vuelve mañana. Vete, vete a tus cosas -dice Pedro, que se había puesto detrás de Juan.

-¡Por piedad! Estoy sola en medio de la calle. Tengo frío. Tengo hambre. Y soy una desdichada. Llamadme al Maestro. El tiene compasión…

Los apóstoles, vacilantes, miran a Jesús, que tiene un aspecto muy severo y calla. Cierran de nuevo la puerta.
-¿Qué hacemos, Maestro? -pregunta Felipe -¿Darle, al menos, un poco de pan? Sitio no hay. Ir a las casas con una desconocida…

-Espera, voy yo a ver -dice Bartolomé, y agarra la lámpara para darse luz.

-No hace falta que vayas. Esa mujer no tiene frío ni hambre, y sabe muy bien a dónde ir. No tiene miedo de la noche. Pero es una desdichada, aunque no esté ni enferma ni leprosa. Es una prostituta. Y viene a tentarme. Os lo digo porque sepáis que sé las cosas, para que os convenzáis de que las sé. Y os digo más: no viene por propio capricho, sino que viene porque está pagada por venir.

Jesús habla alto, en un tono que puede ser oído en la habitación de al lado, donde está Judas.

-¿Y quién crees que puede haber hecho esto? ¿Con qué finalidad? -dice el mismo Judas Iscariote presentándose de nuevo en la cocina -Los fariseos está claro que no, los escribas tampoco, y tampoco los sacerdotes, si es una prostituta. Y no creo que los herodianos sean tan… rencorosos como para tomarse ciertas molestias para… Es que no sé tampoco yo para qué.

-El "para qué" te lo voy a decir Yo; y tú sabes, como Yo, que es así. Para poder llegar a decir que soy un pecador, uno que tiene tratos con las pecadoras públicas. Y te digo también que no maldigo, ni a ella ni a quien la ha mandado. Sigo siendo, siempre soy, la Misericordia. Y voy a ir donde ella. Si crees oportuno venir conmigo, ven. Voy donde ella porque es realmente una desdichada. Dice que lo es creyendo no decir verdad, porque es joven, hermosa y está bien pagada, está sana y vive contenta de su infame vida. Pero es una desdichada. Es la única verdad que dice entre tantas mentiras. Precédeme y asiste al diálogo.

-¡Yo no! ¡Que no asisto! ¿Por qué debería hacerlo?
-Para testificar a quien te pregunte.
-¿Y quién crees que me va a preguntar? Entre nosotros, no hay necesidad de hacer preguntas, y los otros… Yo no veo a nadie.
-Obedece. Ve delante.
-No. No quiero obedecer en esto, y no me puedes obligar a acercarme a una meretriz.

-¡Hala! ¿Qué eres? ¿El Sumo Sacerdote? Voy yo, Maestro, y sin miedo a que se me pegue nada -dice Pedro.
-No. Voy solo. Abre.

Jesús sale al huerto. En el negror absoluto de la noche, aún sin Luna, no se ve nada.
La puerta de la cocina vuelve a abrirse. Pedro sale con una lámpara.
-Toma al menos esto, Maestro, si es que decididamente no quieres que esté yo -dice en voz alta. Y luego, en voz baja:

-Pero ten presente que estamos detrás de la puerta. Si tienes necesidad, llama…

-Sí. Ve. Y no discutáis entre vosotros.

Jesús toma la lámpara y la alza para ver. Detrás del grueso tronco del nogal hay una forma humana. Jesús da dos pasos hacia ella y ordena:

-Sígueme.

Y va a sentarse en el banco de piedra que está contra la casa en el lado de oriente.

La mujer sale, velada toda y corvada. Jesús pone la lámpara sobre la piedra, cerca de sí.

-Habla.

Ordena, tan austero, rígido, tan Dios, que la mujer, en vez de avanzar y de hablar, retrocede y se encorva más todavía y calla.

-Habla, te digo. Preguntabas por mí. He venido. Habla -dice con un cierto matiz de dulzura en la voz.

Silencio.

-Entonces hablo Yo. Te pregunto: ¿Por qué me odias hasta el punto de servir a quien quiere mi perdición, y la sueña en todos los modos, y busca todo lo que pueda causarla?

Responde. ¿Qué mal te he hecho Yo, desdichada? ¿Qué mal te ha hecho el Hombre que ni siquiera en su corazón te ha vilipendiado por la vida infame que llevas? ¿Es que te ha pervertido el Hombre, que ni en su corazón te ha deseado, para que tengas que odiarlo más que a los que te han prostituido y que te vejan cada vez que van a ti?

¡Responde! ¿Qué te ha hecho Jesús de Nazaret, el Hijo del hombre, al que apenas conoces de vista por haberlo encontrado por las calles de alguna ciudad; Jesús, que ignora tu rostro y que de tus gracias no hace caso, porque sólo de tu alma busca la ensuciada, la dañada efigie, para conocerla y curarla? ¡Habla, pues!

¿No sabes quién soy? Sí, en parte lo sabes. Es más, por dos partes lo sabes. Sabes que soy un hombre joven y que mi físico te gusta esto te lo ha dicho tu animalidad desatada; y tu lengua de ebria se lo ha dicho a quien ha recogido la confesión de tu sensualidad y con ello se ha hecho un arma para perjudicarme. Sabes que soy Jesús de Nazaret, el Cristo: esto te lo han dicho aquellos que, aprovechándose de tu deseo carnal, te han pagado para que vinieras aquí a tentarme.

Te han dicho: "Él se dice el Cristo. Las muchedumbres lo llaman el Santo, el Mesías. Es sólo un impostor. Necesitamos tener las pruebas de su miseria de hombre.

Dánoslas y te cubriremos de oro". Y dado que tú, con un resto de justicia, la última brizna del tesoro de justicia que Dios había puesto en tu carne con el alma y que tú has roto y desbaratado, no querías causarme un daño -porque, a tu manera, me amabas- ellos te dijeron:

"No le vamos a hacer ningún daño. ¡Al contrario! Te lo dejamos a ti a ese hombre, dándote medios para que pueda vivir como un rey a tu lado. Nos basta poder decirnos a nosotros mismos, para dar paz a nuestra conciencia, que Él es un simple hombre. Una prueba de que estamos en la verdad no creyendo que sea el Mesías". Esto te han dicho.

Y tú has venido. Pero si Yo me dejara engatusar por ti, vendría sobre mí el infierno. Ellos están preparados para cubrirme de fango y capturarme. Y tú eres el instrumento para hacer esto.

Como ves, no te pregunto. Hablo porque sé sin necesidad de preguntar. Pero, si sabes estas dos cosas, la tercera no la sabes. Tú no sabes quién soy, además de hombre y de Jesús. Tú ves al hombre. Los otros te dicen: "Es el Nazareno". Pero Yo te digo quién soy. Soy el Redentor.

Para redimir debo estar sin pecado. Mira cómo he pisoteado mi posible sensualidad de hombre. Así, como lo hago con esta repelente larva que en las tinieblas se encaminaba de un fango a otro fango para sus lascivos amores. Así la he pisoteado siempre. Así la pisoteo también ahora. Y, de la misma manera, estoy dispuesto a arrancar de ti tu enfermedad y a pisotearla y librarte de ella, para sanarte y hacerte santa. Porque soy el Redentor. Sólo esto.

He tomado cuerpo de hombre para salvaros, para destruir el pecado, no para pecar. Lo he tomado para borrar vuestros pecados, no para pecar con vosotros. Lo he tomado para amaros, pero con un amor que da su vida, su sangre, su palabra, todo, para llevaros al Cielo, a la Justicia, no para amaros como un animal; y ni siquiera como un hombre, porque Yo soy más que hombre.

¿Sabes con precisión quién soy? No lo sabes. No conocías siquiera la entidad de lo que venías a cumplir. Esto te lo perdono sin que lo solicites. No sabías. ¡Pero tu prostitución!

¿Cómo has podido vivir en ella? No eras así. Eras buena. ¡Oh, desdichada! ¿No recuerdas tu infancia? ¿No recuerdas los besos de tu madre, ni sus palabras? ¿Y las horas de la oración? Las palabras de la Sabiduría, cuya explicación oías al anochecer por boca de tu padre y los sábados por boca del arquisinagogo… ¿Quién te ha hecho obtusa de mente y ebria? ¿No recuerdas? ¿No añoras? ¡Dime! ¿Eres verdaderamente feliz? ¿No respondes? Hablo Yo por ti.

Digo: no, no eres feliz. Cuando te despiertas, encuentras en tu almohada tu vergüenza, para darte la primera, cotidiana vuelta de tortura. Y la voz de la conciencia te grita su censura mientras te atavías y perfumas para gustar. Y sientes infame olor en las esencias más finas. Y sabor de náusea en los más caprichosos alimentos. Y tus joyas te pesan como una cadena. Lo son.

Y, mientras ríes y seduces, dentro de ti hay algo que gime. Y buscas la embriaguez para vencer el aburrimiento y la náusea de tu vida. Y odias a aquellos que dices que amas para obtener una ganancia. Y te maldices a ti misma.

Y tu sueño es cargante por las pesadillas. Y la idea de tu madre es para ti una espada en el corazón; la maldición de tu padre no te deja sosiego. Y además, las ofensas de los que se cruzan contigo, la crueldad de quienes te usan, sin piedad, nunca. Eres una mercancía. Te has vendido. Una mercancía comprada se usa como se quiere. Se rompe, se consume, se pisotea, se escupe. Derecho del comprador. Tú no puedes rebelarte… ¿Te hace feliz esta situación? No.

Estás desesperada. Estás encadenada. Vives torturada. En la Tierra eres un trapajo sucio que puede ser pisoteado por cualquiera. Si tratas, en alguna hora de dolor, de encontrar consuelo alzando el espíritu hacia Dios, sientes la ira de Dios sobre ti, prostituta, y el Cielo más cerrado que para Adán. Si te encuentras mal, sientes el terror de morir porque conoces tu suerte. El Abismo es para ti.

¡Oh, desdichada! ¿Y no era suficiente? ¿Es que quieres unir a la cadena de tus culpas la de ser la perdición del Hijo del hombre, de Aquel que te ama? ¡El único que te ama! Porque también por tu alma se ha vestido de carne.

Yo podría salvarte, si tú quisieras. Sobre el abismo de tu abyección se curva el Abismo de la misericordiosa Santidad, y espera un deseo tuyo de salvación para sacarte del abismo de tu inmundicia.

En tu corazón piensas que es imposible que Díos te perdone. Sacas los principios de este pensamiento tuyo por comparación con el mundo, que no te perdona el ser la prostituta. Pero Dios no es el mundo. Dios es Bondad. Dios es Perdón. Dios es Amor.

Has venido a mí, pagada para perjudicarme. En verdad te digo que el Creador, con tal de salvar a una criatura suya, puede transformar en bien incluso lo malo. Y, si tú lo quieres, en bien se transformará tu venida a mí. No te avergüences de tu Salvador. No te avergüences de mostrarle desnudo tu corazón. Aunque quieras velarlo, Él lo ve y llora por él; llora, ama. No te avergüences de arrepentirte.

Sé audaz en el arrepentimiento como lo fuiste en la culpa.

No eres la primera prostituta que llora a mis pies y conduzco de nuevo a la justicia… Jamás he alejado de mí a una criatura, por muy culpable que fuera. Al contrario, he tratado de atraerla hacia mí; salvarla. Es mi misión.

No me causa horror el estado de un corazón. Conozco a Satanás y sus obras. Conozco a los hombres y sus debilidades. Conozco la condición de la mujer que expía, como es justicia, más duramente que el hombre las consecuencias de la culpa de Eva. Sé, por tanto, juzgar y sé compadecerme. Y te digo que, más que para con las mujeres caídas, soy severo para con aquellos que las inducen a la caída.

Respecto a ti, infeliz, soy más severo con los que te han mandado que contigo que has venido, no sabiendo con precisión a qué te prestabas. Hubiera preferido que hubieras venido impulsada por un deseo de redención, como otras hermanas tuyas. Pero, si secundas el deseo de Dios, y de una mala acción haces la piedra angular de tu nueva vida, Yo te diré la palabra de paz…

Jesús -que al principio estaba muy severo y cada vez ha ido adquiriendo un tono más dulce, aunque permaneciendo tan… Dios como para excluir cualquier debilidad de la carne y también cualquier error de valoración respecto a su bondad­ahora calla, y mira a la mujer, que ha estado todo este tiempo en pie pero encorvada, cada vez más encorvada, a unos dos metros de Él, y que a mitad de sus palabras se ha llevado las manos a la cara, apretando contra el velo, dos hermosas manos que sobresalen del manto oscuro, adornadas enteramente con anillos. Lleva pulseras en las muñecas, desnudos los brazos hasta el codo.

No podría decir si la mujer llora o no. Si lo hace, es calladamente, porque no se perciben ni sollozos ni convulsiones. Vestida de oscuro, está tan inmóvil que parece una estatua.

Luego, de repente, cae de rodillas y se arrebuja en el suelo; entonces sí llora verdaderamente, sin miedo a que se vea. Y luego, permaneciendo así, como un trapajo tirado por el suelo, habla:

-¡Es verdad! Eres verdaderamente un profeta… Todo es verdad… Me han pagado por esto… Pero me habían dicho que era por una apuesta… La idea era descubrirte en mi casa… Pero también a tu lado…

-Mujer, Yo no escucho sino la narración de tus culpas… -la interrumpe Jesús.

-Es verdad. No tengo derecho a acusar a nadie, porque soy un estercolero de inmundicia. Es verdad todo. No soy feliz… No gozo de las riquezas, de los festines, de los amores… Me ruborizo al pensar en mi madre… Tengo miedo de Dios y de la muerte… Odio a los hombres que me pagan.

Todo lo que has dicho es verdad. Pero no me arrojes de tu presencia, Señor. Nadie, nunca, después de mi madre, me ha hablado como Tú. Tú, incluso, me has hablado más dulcemente que mi madre, que en los últimos tiempos era dura conmigo por mi conducta… Para no seguir oyéndola, huí a Jerusalén… Pero Tú… Y es como si tu dulzura fuera nieve sobre el fuego que me devora.

Mi fuego se atenúa; es más, es un fuego distinto. Era fuego ardiente, pero no daba ni luz ni calor: yo estaba como el hielo y en las tinieblas. ¡Oh, cuánto he querido sufrir! ¡Cuánto dolor inútil y maldito me he producido!

Señor, te he dicho, a través de la puerta entreabierta, que era una desdichada y que tuvieras compasión. Eran las palabras de falsedad que me habían enseñado para decírtelas para llevarte a la trampa. Me dijeron que después mi belleza haría el resto… "¡Mi belleza! ¡Mis vestidos!…

La mujer se pone en pie. Ahora que está erguida veo que es alta. Se desprende bruscamente de su velo y de su manto, y aparece en su verdadera belleza de moreno castaño y carne blanquísima. Los ojos, agrandados por el rimel, aparecen ensanchados y muy hermosos, tienen una mirada de inocencia azarada que es extraño encontrar en una mujer de éstas. Quizás los ha lavado ya el llanto.

La mujer desgarra y pisotea la tela del manto, rompe el velo, arranca las fíbulas preciosas del uno y del otro y las arroja al suelo, se saca anillos y pulseras, lanza lejos los adornos de la cabeza, se agarra los rizos llenos de horquillas brillantes y se los arranca y despeina, para borrar el artificio, en medio de una furia de sacrificio que llega a producir miedo.

El collar que tiene en el cuello, estirajado con violencia, se desgrana y cae al suelo, y el pie calzado con sandalias adornadas pisotea las gemas y las tritura; el precioso cinturón sigue la misma suerte, y lo mismo un broche que sujetaba con arte la tela del vestido en el pecho. Y todo esto repitiendo en voz baja, jadeante:

-¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! Cosas malditas. ¡Fuera! Vosotros y quienes me las han dado. ¡Fuera mi belleza! ¡Fuera mis cabellos! ¡Fuera mi carne de jazmín!

Rápida, agarra una piedra angulosa que ve en el suelo y se golpea y se hace sangre en la cara, en la boca; se araña con las uñas pintadas. La sangre gotea de las heridas, los rasgos faciales aparecen abultados a causa de los golpes… hasta que su furia se aplaca y, jadeante, exhausta, desfigurada, despeinada, lacerada, sus vestidos, manchados de sangre y tierra, se arroja al suelo a los pies de Jesús Y, gimiendo, dice:

-Y ahora me puedes perdonar, si ves mi corazón, porque de mi pasado ya no hay nada, nada de… Has vencido Tú, Señor, contra tus enemigos y mi carne… Perdóname mi pecar…

-Te lo había perdonado ya, desde que he salido a tu encuentro. Levántate y no vuelvas a pecar nunca.

-Dime qué tengo que hacer, para ello.
-Aléjate de los lugares de tu pecado, de las personas que saben quién eres. Tu madre…

-¡Oh, mi Señor! Ella ya no me recibirá. Me odia a causa de mi padre, que murió por mí maldiciéndome.

-Si te acoge Dios que es Dios, y te acoge porque es Padre, ¿podrá no acogerte la madre que te ha engendrado y que es mujer como tú? Ve humildemente donde ella. Llora a sus pies como lloras a los míos. Confiésate a ella como has hecho conmigo. Manifiéstale tu sufrimiento. Invoca su piedad. Tu madre espera este momento desde hace años. Lo espera para morir en paz. Soporta sus palabras de amorosa reprensión como has soportado las mías. Yo, para ti, era un extraño, y a pesar de todo me has escuchado. Ella es tu madre. Tienes el doble deber, por tanto, de escucharla con respeto.

-Tú eres el Mesías. Eres más que mi madre.
-Esto lo dices ahora. Pero cuando has venido para tentarme no sabías que era el Mesías, y, no obstante, has escuchado mis palabras.

-Eras tan distinto de los hombres… tan… ¡Eres santo, Jesús de Nazaret!

-Tu madre es santa como madre y como criatura. Por sus oraciones has hallado misericordia ante Dios. ¡La madre siempre es santa! Y Dios quiere que se honre a la madre.

Yo la he mancillado. Todo el pueblo lo sabe.

-Razón de más para ir a ella y decirle: "Madre, perdón". Y para consagrarle la vida para compensarla por las penas que por ti ha sufrido.

-Lo haré… Pero… Señor, no me mandes ahora a Jerusalén. Ellos me esperan… y no sé si sabré resistir las amenazas… Déjame aquí hasta el alba, y después…
-Espera un momento.

Jesús se levanta, va a la puerta de la cocina, llama, dice que le abran y añade: -Elisa, sal.

Elisa obedece. Jesús la conduce hacia la mujer, la cual, al ver venir a otra mujer, y anciana, tiene una reacción de vergüenza y trata de taparse la cara y el vestido procaz con los restos del manto y del velo desgarrados.
-Escucha, Elisa. Yo dejo inmediatamente esta casa. Dirás a mis apóstoles que me verán a la aurora en la puerta de Herodes. Todos menos Judas de Keriot, que debe venir conmigo. Llevarás a esta mujer a dormir contigo. Puedes ocupar mi cama, porque Yo no volveré a Nob durante mucho tiempo. Mañana, cuando se despierte Juan, tú y él acompañaréis a esta mujer a donde ella diga. Le darás una túnica común y un manto de los tuyos. Y la ayudaréis en todo.

-De acuerdo, Señor. Se hará como Tú quieres. Lo siento por Juan…

-Yo también. Quería complacerlo, pero el odio de los
hombres impide al Hijo del hombre dar una hora de fiesta a un justo…

-¿Y después, Señor?
-¿Después? Puedes volver a Betsur, y esperar… Adiós, Elisa. Mi bendición y mi paz queden contigo. Adiós, mujer.

Te dejo en manos de una madre y un justo. Pero, si crees que debes volver para recoger tus bienes…
-No. Ya no quiero tener nada del pasado.
-¡Pero mujer! ¡No podrás dejar todo abandonado! ¿No tienes siervos ni parientes? -dice Elisa.

-Tengo sólo una sierva… y…
-Tendrás que despedirla, tendrás que…
-Te ruego que lo hagas tú, cuando vuelvas. Ayúdame a sanar del todo, mujer. Hay una verdadera angustia en la mujer.

-¡Sí, hija mía! Sí. No te acongojes. Mañana pensaremos en todas estas cosas. Ahora ven conmigo arriba -y Elisa la toma de la mano y la guía por la escalera a uno de los dos cuartos superiores.

Luego, rápidamente, baja:

-He pensado que convenía que todos te vieran sin ella, Señor. Y que no supieran dónde está. Estas joyas… Se agacha a recoger anillos y pulseras, fíbulas y horquillas y cinturón, y todas las cuentas que puede del collar roto:

-¿Qué vamos a hacer, Señor, con esto?

-Ven conmigo. Tienes razón. Conviene que me vean.

Entran en la cocina. Todos miran a Jesús con gesto interrogativo. Se ha levantado también el anciano, quizás despertado por una polémica.

-Elisa, da a Tomás las cosas preciosas. Y Tú, Tomás, mañana las venderás a algún orfebre. Servirán para los pobres. Sí. Son joyas de mujer, de esa mujer. Ésta es la respuesta para quien piensa que una carne pueda tentar al Hijo del hombre y desviarlo de su misión. Y también es el consejo, para todos los que me odian, de que es inútil cualquier embrollo para encontrar materia de acusación.

Juan, Elisa te dirá lo que debes hacer. Yo te bendigo…
-¿Me dejas, Señor?

El viejecito está afligido.
-Debo hacerlo. Adiós. La paz sea contigo.
Se vuelve hacia los apóstoles:

-Id a descansar. Todos menos Judas de Keriot, que viene conmigo.
-¿Pero a dónde? Es de noche -objeta Judas.

-A orar. No te va a perjudicar. ¿O es que temes el aire nocturno si lo respiras conmigo?

Judas agacha la cabeza y, de mal talante, coge su manto, mientras Jesús coge el suyo.

-Mañana a la aurora en la puerta de Herodes. Iremos al Templo y…
-¡No!

El "no" es unánime; el de Judas, el más fuerte.
-Iremos al Templo. ¿No has dicho, acaso, que los has convencido de que me dejen en paz?
-Es verdad.

-Pues entonces iremos al Templo. Ven -y está para salir.

-Pues ya se acabó la fiesta que habíamos preparado… -suspira Pedro.

-Terminada antes de empezar, deberías decir -le responde Santiago de Zebedeo. Jesús está ya en el umbral de la puerta. Se vuelve y bendice. Luego desaparece en la noche.

En la cocina, todos se han quedado mudos. Hasta que Mateo pregunta a Elisa: -¿Pero y qué es lo que ha pasado?

-No lo sé. Había una mujer que lloraba. Y Él ha dicho lo que os ha dicho luego a vosotros. No sé ni quién es, ni de dónde ni por qué ha venido…

-Bien. Vamos…
Y, menos Mateo y Bartolomé, que duermen en la casa, se marchan todos.

531- En Nob, enfermos y peregrinos venidos de todas partes. Valeria y el divorcio.Curación del pequeño Leví

Jesús se encuentra entre enfermos y peregrinos venidos a Él de muchas partes de Palestina.

Hay incluso un navegante de Tiro al que una desgracia en el mar lo dejó paralítico y que, ahora, cuenta esta vicisitud suya: la caída de un embalaje por el balanceo del barco (las mercancías pesadas lo alcanzaron y le golpearon en la columna). No murió. Pero es más que un muerto, porque, todo acabado como está, obliga a sus familiares a no trabajar, para cuidarlo. Dice que ha ido con ellos a Cafarnaúm y luego a Nazaret, y que ha sabido por María que estaba en Judea, concretamente en Jerusalén.

-Me dio los nombres de los amigos que podían alojarte. Y un galileo de Seforí me dijo que estabas aquí. Y he venido. Sé que no desprecias a nadie, ni siquiera a los samaritanos Espero que escuches mi súplica. Tengo mucha fe.

Su mujer no habla. Pero, acurrucada al lado del jergoncillo en que han puesto al enfermo, mira a Jesús con ojos que suplican más que toda palabra.
-¿Dónde recibiste el golpe?

-Debajo del cuello. Justo ahí sufrí el choque más fuerte y sentí un ruido en la cabeza -como cuando se golpea el bronce-, que luego se transformó en un continuo mugido de mar tempestuoso; y luces, luces de todos los colores empezaron a danzar delante de mí.. Luego ya no sentí nada durante muchos días.

Navegábamos en la aguas de Cintium y me vi en casa sin saber cómo. Y de nuevo oía el ruido en la cabeza y veía las luces en los ojos, esto durante muchos días. Luego se pasó… pero los brazos se han quedado muertos, y lo mismo las piernas. Un hombre acabado a los cuarenta años. Y tengo siete hijos, Señor.

-Mujer, incorpora a tu marido y destapa el sitio que recibió el golpe.

La mujer, sin decir nada, obedece. Con movimientos diestros; maternales, ayudada por el que ha venido con ella (no sé si es un hermano o un cuñado), introduce un brazo por debajo de los hombros de su consorte, mientras con la otra mano sujeta la cabeza, y, con la delicadeza con que daría la vuelta a un recién nacido, separa de la yacija el pesado cuerpo. Una cicatriz, todavía colorada, señala el punto de la herida mayor.

Jesús se inclina. Todos alargan el cuello para mirar.

Jesús apoya la punta de los dedos en la cicatriz y dice:

­¡Quiero!
El hombre reacciona como si le hubiera tocado una corriente eléctrica, y lanza un grito:
-¡Qué fuego!

Jesús separa los dedos de las vértebras lesionadas y dice:
-¡Alzate!

El hombre no se lo deja decir dos veces. Apoyar en la yacija los brazos desde hace meses inertes, moverse para liberarse de quienes lo tienen sujeto, bajar de la baja camilla las piernas y ponerse en pie queda hecho en mucho menos tiempo del que yo he empleado para describir las fases del milagro.

La mujer grita, el familiar grita, el hombre curado levanta los brazos al cielo, enmudecido de alegría. Un instante de alegría asombrada, luego gira en torno a sí mismo, seguro como el hombre más ágil, y se encuentra, cara contra cara, con Jesús. Entonces recobra la voz y grita:

-¡Bendito seas Tú y quien te ha enviado! Yo creo en el Dios de Israel y en ti, su Mesías -y se arroja al suelo a besar los pies de Jesús entre los gritos de la gente.
Después los otros milagros; la mayor parte a niñitos, a mujeres, a ancianos. Luego Jesús habla.

-Habéis visto el milagro de huesos fracturados que se saldan de nuevo y de miembros muertos que vuelven a vivir.

Ver esto os lo ha concedido el Señor para confirmar la fe en los que creen y suscitarla en los que no la tienen. Y los milagros han sido concedidos a personas de todos los lugares que han venido aquí en busca de salud, impulsadas por la fe en mi virtud curativa.

Hay aquí judíos y galileos, libaneses y sirofenicios, habitantes de la lejana Batanea y de las costas marinas. Y todos han venido sin preocuparse de la estación del año ni de la largura del recorrido, y los familiares los han acompañado sin murmurar, sin dolerse por los trabajos dejados suspendidos o por los negocios abandonados. Porque todo sacrificio era nada en relación a lo que salían a obtener.

Y, de la misma manera que han caído los egoísmos y las incertidumbres del hombre, igualmente han caído las ideas políticas o religiosas que antes constituían como una pared para considerar a todos hermanos, a todos iguales en la vida y en el sufrimiento, en el deseo y la esperanza de la salud y del consuelo. Y Yo, porque es justo que sea así, he concedido salud y consuelo a todos aquellos que han sabido unificarse en una esperanza que es ya fe.

Yo soy el Pastor universal y debo acoger a todas las ovejas que quieren entrar en mi rebaño. No hago distinción entre ovejas sanas y enfermas, entre ovejas débiles y fuertes, entre ovejas que me conocen porque ya pertenecían al rebaño de Dios y ovejas que hasta ahora no me conocían y no conocían ni siquiera al verdadero Dios. Porque Yo soy el Pastor de la Humanidad, y tomo a mis ovejas allá donde se hallen y vengan en dirección a mí.

¿Son ovejas flacas, sucias, descorazonadas, ignorantes; ovejas que han sufrido los golpes de pastores que no las han amado, y que las han rechazado considerándolas inmundas? No hay inmundicia que no pueda ser lavada. Y no hay oveja impura que, queriéndose limpiar y pidiendo ayuda para ello, pueda ser rechazada alegando que es impura.

Dios es quien suscita los buenos deseos. Si los suscita, señal es de que desea que pasen a ser realidad. Es el mismo Espíritu de Dios el que pide con súplicas inefables esta absorción de todos los hombres por parte del Amor, porque el Espíritu de Dios desea extenderse y enriquecerse. Extenderse amando a un número ilimitado de seres apenas suficientes para reconfortar su infinidad de Amor; y enriquecerse con el amor de un número ilimitado de seres atraídos hacia Él por la dulzura de su fragancia.

No le es, pues, lícito a ninguno despreciar y rechazar a quien quiere entrar en el rebaño santo. Esto es para aquellos de entre vosotros que puedan cultivar en su corazón las ideas de buena parte de Israel, ideas de juicios y distinciones que Dios no estima, al ser contrarios a su plan de hacer de todos los pueblos un único Pueblo que lleve el Nombre del Mesías por Él enviado.

Pero ahora hablo también a los que han venido de fuera, a las ovejas que hasta ahora eran agrestes y que sienten el deseo de entrar en el rebaño único del único Pastor. Y digo: nada les haga perder la confianza, nada las descorazone.

No hay paganismo, no hay idolatría, no hay vida no conforme a la que Yo enseño que no puedan ser abominadas y rechazadas, permitiendo al espíritu regenerarse, libre de toda mala planta, de forma que resulte apto para recibir las nuevas simientes y revestirse con los nuevos distintivos. Y esto debería impulsar a los pueblos hacia mí, más que la salud para los cuerpos.

De la misma manera -y que esto sirva tanto para hebreos de Palestina, como para hebreos y prosélitos de la Diáspora, como para gentiles-, de la misma manera que sabéis venir a mí para que vuestras carnes enfermas queden libres del yugo de las enfermedades, sabed venir para que vuestro espíritu quede libre del yugo del pecado y del paganismo.

La primera cosa que deberíais pedirme todos, y desearlo con todas vuestras fuerzas, es el ser liberados de aquello que hace a vuestro espíritu esclavo de fuerzas malas que le dominan.

La primera cosa que deberíais querer es esta liberación, querer, como primer milagro, el Reino de Dios en vosotros.

Porque, teniendo este Reino en vosotros, todas las otras cosas serán dadas (y dadas de forma que el don no pese como un castigo en la otra vida). No os habéis parado a pensar en las inclemencias del tiempo, ni en fatigas ni en pérdidas de dinero, con tal de obtener la salud de los cuerpos, los cuales, aunque hoy estén curados, un próximo mañana perecerán por muerte física. Con el mismo corazón deberíais saber afrontar todas las cosas, con tal de obtener salud para el espíritu, y Vida eterna y posesión del Reino de Dios.

Burlas y amenazas de parientes o de convecinos o autoridades, ¿qué son respecto a aquello que tendréis todos, de cualquier lugar que vengáis, si sabéis acercaros a la Verdad y la Vida? ¿Quién, por detenerse un día en una fiesta que terminase con el ocaso, dejaría de ir a un lugar donde supiera que le espera una vida feliz? Bueno, pues, a pesar de todo, muchos actúan así. Y, por saciarse durante una fracción de tiempo con los insípidos e inútiles gozos del mundo, dejan de acudir al lugar donde hallarían para siempre -y sin miedo a ver que el odio enemigo se lo arrebate-verdadero alimento, verdadera salud, verdadero gozo.

En el Reino de Dios no hay odio ni guerra ni abusos; quien sabe entrar en Él no conoce ya dolor ni angustia ni atropellos, sino que posee la paz gozosa que emana del Padre mío.

Me despido de vosotros. Podéis marcharos. Volved a vuestros lugares. En estos momentos, ya mis discípulos son numerosos y están esparcidos por todas las regiones de Palestina. Escuchadlos, si queréis conocer mi Doctrina y estar preparados para el día de la decisión de que dependerá la vida eterna de muchos. Os doy mi paz para que os acompañe.

Y Jesús, bendiciendo primero a la gente, entra de nuevo en casa… Los apóstoles se quedan fuera todavía un tiempo, luego entran para comer, porque el sol, alto en el cielo, dice que es mediodía. Sentados a la rústica mesa, después de la bendición de los alimentos compuestos por pequeños quesos y achicoria hervida y condimentada con aceite), hablan de los acontecimientos de la mañana, y se felicitan porque el número de los discípulos evangelizadores ya permite aliviar al Maestro de la fatiga de hablar continuamente en las condiciones de cansancio en que se encuentra.

Efectivamente, Jesús ha adelgazado aún más en estos últimos tiempos, y su color -por naturaleza, de un tono blanco marfil denso, con un leve matiz de color sonrosado debajo de la tez levemente morenita de los pómulos-ahora aparece blanco del todo, semejante a un pétalo de magnolia ya no fresco.

A mí, que, habiendo vivido mucho tiempo en Milán, conozco el delicado color del mármol de Candoglia con que ha sido construido el magnífico Duomo, el rostro del Señor, en estos últimos, dolorosos meses de vida terrena, me parece justo del color de ese mármol, que no es blanco, no es rosa, no es amarillo, pero recuerda, y con los más delicados matices, a estos tres colores. Los ojos están más hundidos y, por tanto, parecen más oscuros, quizás también porque una sombra de cansancio vela los párpados y las cuencas: ojos de quien poco duerme y mucho llora y sufre.

Y la mano parece más larga porque ha enflaquecido y palidecido. Dulce mano de mi Señor que ya muestra el relieve de los tendones y las venas; que tiene concavidades de delgadez y que deja entrever, por tanto, la estructura ósea de debajo: santa, mártir mano ya preparada para el clavo que la traspasará. Les será fácil a los verdugos encontrar el punto en que meter el clavo, porque no hay velo de adiposidad en la ascética mano de mi Señor.

Ahora está desmayada, como cansada, sobre la madera oscura de la mesa, mientras Él menea la cabeza sonriendo cansadamente a sus apóstoles, que se dan cuenta del infinito cansancio de sus miembros, de su voz, y, sobre todo, de su corazón, demasiado afligido, demasiado fatigado por el esfuerzo de deber tener unidos tantos corazones distintos, de tener que soportar y mantener celado el deshonor del discípulo incorregible…
Pedro sentencia:

-Tú, indiscutiblemente, hasta la fiesta de la Dedicación tienes que descansar. Nosotros nos ocuparemos de estos que vienen. Tú vas… ¡Ya está!… A casa de Tomás. Estarás cerca y en paz.

Tomás apoya la propuesta de Pedro. Pero Jesús menea la cabeza. No. No quiere ir.

-Bueno, pues, no hablas en estos días. Podemos hacerlo nosotros. No serán palabras excelsas, pero nos atendremos a lo que sabemos. Y Tú solamente curas a los enfermos.

-Podemos hacer nosotros también eso -dice Judas Iscariote.
-¡Mmm! Yo, por lo que a mí respecta, me retiro -dice Pedro.

-Y, sin embargo, ya lo hiciste.
-¡Claro!, cuando el Maestro no estaba con nosotros y, debíamos representarlo y despertar el amor por Él. Pero ahora está Él y el milagro lo hace Él. Sólo Él es digno de ello. ¡Milagro nosotros! Pero si necesitamos nosotros recibir el de nuestra renovación, porque por nosotros solos, me doy cuenta bien, no haremos nunca nada bueno. Somos unos míseros, pecadores e ignorantes.

-Te ruego que hables por ti. ¡Yo, de ninguna manera, me siento un mísero! -replica Judas de Keriot.

-El Maestro está cansado. Su cansancio es más moral que corporal. Si es verdad que lo queremos, vamos a evitar disputas. Son las cosas que más lo agotan -dice severo el Zelote.

Jesús levanta los ojos para mirar al anciano apóstol, siempre tan sabio, y le extiende una mano por encima de la mesa para acariciarlo. El Zelote toma entre sus manos oscuras esa mano blanca y la besa.

-Tienes razón. Pero yo también la tengo cuando digo que inevitablemente tiene que descansar. ¡Parece enfermo!… ­insiste Pedro. Todos asienten, incluido el anciano Juan y Elisa, que dice:

-Hace mucho que lo vengo diciendo. Por eso, yo querría…
Un golpe en la puerta. Andrés, que es el que más cerca está, va a abrir; y sale y cierra tras sí.
Vuelve. Dice:

-Maestro, hay una mujer. Insiste en verte. Trae una niñita consigo. Debe ser de elevada condición, a pesar de vestir modestamente. No está enferma, yo diría que ni ella ni la niña. Pero no sé por qué trae un velo tupido. La niña trae en sus brazos unas flores espléndidas.

-Dile que se vaya. ¡Estamos diciendo que tiene que descansar y tú no lo dejas ni siquiera terminar de comer! -refunfuña Pedro.

-Se lo he dicho. Pero ha contestado que no va a cansar al Maestro, y que a Él seguro que le dará alegría verla.
-Dile que vuelva mañana, a la hora de todos. Ahora el Maestro va a descansar.

-Andrés, acompáñala a la habitación de arriba. Voy enseguida -dice Jesús.

-¡Vaya, lo sabía! ¡Así se cuida! ¡Justo como estábamos diciendo!

Pedro está inquieto.
Jesús se levanta y antes de salir, pasa por detrás de Pedro, le pone las manos en los hombros, se agacha un poco a besarlo en el pelo y dice:

-¡Tranquilo, Simón! El que me ama alivia mi cansancio, más que el descanso en una cama.

-¿Y qué sabes si ésta es una que te quiere?
-¡Simón! ¡La intranquilidad te hace decir palabras de las que ya estás arrepentido, porque las sientes necias!

¡Tranquilo! ¡Tranquilo! Una mujer que viene con una criatura inocente, que me trae a su criatura inocente con los bracitos cargados de flores, no puede sino ser una que me quiere y que intuye mi necesidad de encontrar un poco de amor y pureza entre tanto odio e inmundicia.

Y sale, y sube la escalera de la terraza, mientras Andrés, cumplida su misión, regresa a la cocina.

La mujer está en la puerta de la habitación de arriba. Alta, esbelta, cubierta con un tupido manto pardo, velada la cara con una tela de lino cendalí marfileño que le baja desde la ceñida capucha hasta la cara. La niña, infante todavía, porque tendrá como mucho tres años, lleva un vestidito blanco y un manto acampanado con capuchita blanca también.

Pero la pequeña capucha se ha deslizado mucho hacia atrás sobre los ricitos de delicado color rubio castaño. Y es que la pequeñuela, alzando la carita que sobresale de entre las flores que tiene apretadas entre sus bracitos, está mirando a la mujer.

La flores son espléndidas, como sólo en estos países pueden encontrarse en el frío diciembre: rosas rosas mezcladas con delicadas flores blancas que no sé qué son; no soy muy fuerte en floricultura.

Jesús, en cuanto pone pie en la terraza, recibe el saludo de la vocecita de la pequeñuela que, impulsada por la mujer, corre hacia Él, diciendo:
-¡Ave, Domine Jesu!

Jesús agacha su alto cuerpo hacia su minúscula devota y, poniéndole una mano en su pelito, le dice: «La paz sea contigo», y luego se endereza otra vez y sigue a la hijita, que con un gorjeo de risa vuelve a donde la mujer, la cual ha hecho una profunda reverencia y se ha apartado al lado de la puerta para dejar pasar al Maestro.

Jesús la saluda con un movimiento de la cabeza y entra en la habitación para ir a sentarse en el primer asiento que encuentra. Guarda silencio, como en actitud de espera. Muy rey.

Su austera dignidad es tanta, que, sentado en su pobre asiento de madera sin respaldo, parece sentado en un trono. Sin manto, sólo con la túnica de lana azul oscurísima, sin adornos ni franjas, un poco descolorida en los hombros, donde el agua de lluvia, el sol, el polvo y el sudor han mordido el color -una túnica limpia pero pobre-, parece vestido de púrpura, pues mucha es la majestad de su porte.

Muy rígido y, con el grave ademán de la cabeza sobre el cuello y de las manos apoyadas sobre las rodillas con la palma abierta, casi hierático. Los pies desnudos, apoyados en el desnudo suelo hecho de baldosas viejas.

Como fondo, la pared desnuda y apenas blanqueada con cal. Suspendido detrás de su cabeza, no un paño precioso o un baldaquino, sino una criba para la harina y una soga de la que penden manojos de ajos y cebollas. Pero aparece más majestuoso que si tuviera un suelo precioso bajo sus pies, una pared áurea a sus espaldas y un velo de púrpura adornado con gemas encima de su cabeza.

Espera. Su majestuosidad paraliza a la mujer en un momento de estupor lleno de veneración. También la niña se queda callada, inmóvil al lado de la mujer, un poco atemorizada, quizás. Pero Jesús sonríe y dice:

-Estoy aquí por vosotras. No tengáis miedo.
Entonces todo temor cesa.

La mujer susurra algo a la niña. La niña se mueve, seguida de la mujer, va contra las rodillas de Jesús, le pone en el regazo todas las flores y dice:

-Las rosas de Faustina a su Salvador.

Lo dice lentamente, como uno que sabe poco de una lengua que no es la propia. Entretanto, la mujer se ha arrodillado detrás de la niña y ha echado hacia atrás el velo. Es Valeria, la madre de la pequeñuela, y saluda a Jesús con su romano: «¡Salve, Maestro!».

-Que Dios venga a ti, mujer. ¿Por qué estás aquí, y tan sola? -dice Jesús mientras acaricia a la pequeñuela, que ya no tiene miedo y que, no contenta con haber puesto las flores en el regazo de Jesús, busca con las manitas en el manojo perfumado para elegir las que, según ella, son más hermosas. Luego dice:

-¡Toma! ¡Toma! ¡Que son tuyas! -y alza ora una rosa, ora una de las anchas umbelas blancas con estrellitas olorosas, hasta cerca de la cara de Jesús, que acepta y va depositando de nuevo las flores en el montón perfumado.
Entretanto, Valeria habla.

-Estaba en Tiberíades porque mi hija se encontraba ligeramente enferma y nuestro médico lo había aconsejado…

Una pausa larga de Valeria, que cambia de color y luego dice apresuradamente: -Y yo tenía mi corazón muy afligido y deseaba verte; porque para mi sufrimiento sólo un médico podía encontrar curación: Tú, Maestro, que tienes palabras de justicia en todas las cosas… Por eso habría venido igualmente. Por el egoísmo de ser consolada, y también para saber lo que debo hacer para… sí, para tener por mi parte gestos de gratitud hacia ti y tu Dios, que me habéis concedido seguir teniendo a esta criatura mía…

Pero… nosotros sabemos muchas cosas, Maestro. Los informes de los hechos de la Colonia, hasta de los más mínimos, se depositan todos los días en la mesa de trabajo de Poncio Pilatos, que toma visión de los hechos. Pero, para tomar las decisiones que se requieran, oye mucho el parecer de Claudia… Muchos informes hablaban de ti y de los hebreos que mantienen en agitación al país, haciendo de ti al mismo tiempo un estandarte de desquite nacional y una causa de odio civil.

Claudia juzga bien al decirle a su marido que de uno sólo en toda Palestina no debe temer que sea causa de una desgracia: de ti. Y Pilatos, un día y otro, le presta atención… Hasta ahora, la más fuerte ha sido Claudia.

Pero si mañana otra fuerza dominara a Pilatos… He tenido, pues, conocimiento, y he sentido que mi inocente te consolaría…

-Has tenido un corazón compasivo e iluminado, mujer. Que Dios te ilumine del todo y vele por esta criatura tuya, ahora y siempre.

-Gracias, Señor. Tengo necesidad de Dios…
Algunas lágrimas caen de los ojos de Valeria.
-Sí, lo necesitas. En Dios encontrarás todo consuelo y sabrás hallar la guía para ser justa al juzgar, y para perdonar y seguir amando y, sobre todo, para educar a ésta, para que tenga la vida feliz de los que son hijos del Dios verdadero.

Ya ves que este Dios que tú no conocías, este Dios al que quizás habías despreciado -a Él y a su Ley-, tan distinto de vuestros dioses y de vuestras leyes y religiones, este Dios al que ciertamente habías ofendido con un modo de vivir en que la virtud no era respetada en muchas cosas, leves todavía, si quieres, pero camino para más graves heridas contra la virtud y más graves ofensas a la Divinidad, que te ha creado a ti también…

Ya ves que este Dios te ha amado tanto, que, a través de un dolor que sentías con tu humanidad de madre, de madre que no tiene conocimiento de una vida futura ni, por tanto, de una temporal separación de esa carne de su carne, te ha traído a mí. Te ha amado tanto, que me condujo a Cesárea cuando casi agonizabas sobre el pequeño cuerpo de tu criatura, que ya se enfriaba en medio de su agonía.

Te ha amado tanto, que te la ha devuelto para que tuvieras siempre presente la bondad y el poder del Dios verdadero y tuvieras un freno ante toda licencia pagana, y un consuelo en todos los dolores de mujer casada.

Te ha amado tanto, que, a través de otro dolor, ha reforzado en ti la voluntad de acercarte al Camino, a la Verdad, a la Vida, y de asentarte ahí con tu criatura para que al menos ella, ya desde su primera infancia, posea aquello que es consuelo y paz, salud y luz en los tristes días de la Tierra -y posea estas cosas como preservación de todo lo que a ti te hace sufrir, en tu parte mejor y en la afectiva: la primera, instintivamente buena y que no soporta el fango oscuro en que está obligada a vivir la segunda, desordenada en su bondad.

Porque en tus afectos, mujer, eres pagana. No es culpa tuya. Es culpa del mundo en que vives, y del gentilismo en que has crecido. Sólo quien está en la verdadera Religión sabe dar a los afectos el valor, la medida y las manifestaciones justas. Tú, madre que no sabías de vida eterna, amabas sin orden a tu hija, y, viéndola morir, enajenada a causa de la muerte inminente que la amenazaba, desesperadamente te rebelabas contra esa pérdida.

Como quien viera aferrado por un loco al ser más querido, y lo viera tenerlo suspendido en un abismo de cuyo fondo no podría resurgir, y que si cayera ya no podría ni siquiera ser sacado como frío cadáver para el beso de su amor, así veías a tu Fausta ya suspendida en el abismo de la nada… ¡Pobre mamá, que no habría recuperado jamás a su hija! Jamás, ni con la carne ni con el espíritu. La nada. Esa cosa finita, inexorablemente Finita, que es la muerte para aquellos que no creen en la Vida espiritual.

Tú, esposa pagana, amante, fiel, has amado en tu esposo a tu dios terreno de amor carnal, tu hermoso dios que se proponía a tu adoración rebajando tu dignidad de igual a un servilismo de esclava. ¿Que la mujer viva sumisa a su marido, humilde, fiel, casta? Sí. Él, el hombre, es la cabeza de la familia. Pero cabeza no quiere decir déspota.

Cabeza no quiere decir caprichoso patrón al que le es lícito todo capricho no sólo respecto a la carne, sino también a la parte mejor de su esposa. "Donde tú, Cayo, allí yo, Caya", decís. Pobres mujeres de un lugar donde el libertinaje está hasta en las fábulas de vuestros dioses.

Las de vosotras que no sois ni impúdicas ni licenciosas, ¿cómo podéis estar donde están vuestros maridos? Es inevitable que la que no es una licenciosa ni una degenerada se canse con desazón y experimente un dolor verdaderamente atroz, como de fibras que se desgarran, una gran turbación, un venirse abajo todo el culto hacia el marido contemplado siempre como un dios, cuando descubre que aquel al que adoraba como a un dios es un mísero ser dominado por la animalidad brutal, licencioso, adúltero, atolondrado, indiferente, burlador de los sentimientos y de la dignidad de su esposa.

No llores. Yo también sé todo, y sin necesidad de los informes de los centuriones. No llores, mujer; aprende, más bien, a amar, en el orden, a tu marido.

-Ya no puedo amarlo. Ya no lo merece. Lo desprecio. No me rebajaré a mí misma imitándolo, pero ya no lo puedo amar.

Todo ha acabado entre nosotros. Lo he dejado marcharse sin tratar de retenerlo… En el fondo he sentido agradecimiento a él por última vez, por el hecho de marcharse… No lo buscaré. Por lo demás, ¿acaso fue alguna vez compañero mío? Caída la venda de mi adoración, ahora recuerdo y juzgo sus acciones.

¿Estaba acaso al lado de mi corazón, cuando yo lloraba al deber seguirlo aquí, dejando a mi madre enferma y a la patria, recién casada y próxima a dar a luz? Él, frívolo, se reía con sus amigos, se reía de mis lágrimas y náuseas, avisándome sólo de que no le manchara la túnica. ¿Estaba, acaso, a mi lado en mis nostalgias por estar en patria ajena? No. Fuera, con los amigos, en los festines a los que mi estado no me consentía ir…

¿Estaba, acaso, inclinado conmigo hacia la cuna de la recién nacida? Se echó a reír cuando le mostraron a la recién nacida y dijo: "Yo casi diría que la pusieran en el suelo. No para tener niñas he tomado el yugo matrimonial".

No estuvo presente en la purificación diciendo que era una "inútil pantomima". Y, dado que la pequeñuela lloraba, dijo al salir: "Ponedle por nombre Libitina y que esté consagrada a la diosa". ¿Y, cuando Fausta agonizaba, acaso compartió conmigo la angustia? ¿Dónde estaba la noche que precedió a tu venida? En casa de Valeriano en un banquete.

Pero lo amaba; era -es como has dicho-mi dios. Todo en él me parecía bueno, acertado. Me concedía amarlo… y yo era, de sus deseos, la esclava más esclava. ¿Sabes por qué me ha alejado de sí?

-Lo sé. Porque en tu carne se había despertado el alma y ya no eras hembra sino mujer.

-Eso. He querido hacer de mi casa una casa virtuosa… y él ha encontrado la manera de ser trasladado a Antioquía, al lado del Cónsul, imponiéndome no seguirle, y consigo se ha llevado a las esclavas favoritas. ¡Oh, no lo seguiré! Tengo a mi hija. Tengo todo.

-No. No tienes todo. Tienes una parte, una pequeña parte del Todo, lo necesario para ser virtuosa. El Todo es Dios.

Tu hija no debe ser para ti razón de injusticia respecto al Todo; antes bien, de justicia. Por ella y con ella, tienes el deber de ser virtuosa.

-He venido para consolarte y para que me consueles. Pero también he venido para preguntarte cómo educar a esta niña para hacerla digna de su Salvador. Había pensado hacerme prosélita vuestra y hacerla prosélita también a ella…

-¿Y tu marido?

-¡Oh, con él todo ha terminado!

-No. Todo empieza. Sigues siendo su mujer. El deber de la mujer buena es hacer bueno a su consorte.
-Él dice que quiere divorciarse. Y, ciertamente, lo hará. Así que…

-Y lo hará. Pero todavía no lo ha hecho. Y, mientras no lo haga eres, incluso según vuestra ley, su esposa. Y, como tal, tienes el deber de permanecer en tu lugar como esposa.

Tu lugar es el de ser segunda respecto a tu marido en la casa, al lado de tu hija, ante los ojos de los criados y del mundo. Tú piensas que el ha dado el mal ejemplo. Es verdad. Pero esto no te exime a ti de dar tu ejemplo de virtud. El se ha marchado. Es verdad. Tú, junto a tu hija y a los criados, toma su lugar.

No todo es censurable en vuestras costumbres. Cuando Roma estaba menos degenerada, sus mujeres eran castas, trabajadoras, y servían a la divinidad con una vida de virtud y fe. Aunque su mísera condición de paganas les hiciera servir a falsos dioses, la idea era buena.

Ofrendaban su virtud a la Idea de la religión, a la necesidad de un respeto a una religión, a una Divinidad cuyo verdadero nombre desconocían, pero cuya existencia sentían, como sentían que era mayor que el licencioso Olimpo y que las degradantes deidades que, según las leyendas mitológicas, lo poblaban. Inexistente vuestro Olimpo, inexistentes vuestros dioses.

Pero vuestras antiguas virtudes eran fruto de la convicción sincera de tener que ser virtuosos para ser mirados por los dioses con amor; eran fruto de ese deber que sentíais que debíais tener hacia las divinidades a las que adorabais.

Ante los ojos del mundo, especialmente de nuestro mundo judío, parecíais necios por este acto vuestro de honrar a algo que no existía. Pero a los ojos de la Justicia eterna y verdadera, a los ojos del Dios Altísimo, único y omnipotente Creador de todas las criaturas y casas, esas virtudes, ese respeto, ese deber, no eran vanos. El bien es siempre bien, la fe siempre tiene valor de fe, la religión tiene siempre valor de religión, si el que los sigue y practica y posee está convencido de estar en la verdad.

Te exhorto a imitar a vuestras antiguas mujeres, castas, trabajadoras y fieles, permaneciendo en tu lugar, columna y luz de tu casa. No creas que vaya a desaparecer el respeto de los criados hacia ti por haberte quedado sola.

Hasta ahora te han servido por miedo, y alguna vez con un celado sentido de odio y rebelión. De ahora en adelante, te servirán con amor. Los infelices aman a los infelices.

Tus esclavos conocen el dolor. Tu alegría era para ellos un amargo aguijón. Tus penas, despojándote de la fría luz de ama -en el sentido más odioso de esta palabra-te revestirán de una cálida luz de conmiseración. Serás amada, Valeria. Amada por Dios, amada por tu hija, amada por tus criados. Y, aun en el caso de que ya no fueras la esposa, sino la divorciada, recuerda -Jesús se pone en pie- que la separación legal no destruye el deber de la mujer de ser fiel a su juramento de esposa.

Tú quisieras entrar en nuestra religión. Uno de sus divinos preceptos es que la mujer es carne de la carne de su marido y que ninguna cosa o persona puede separar lo que Dios ha hecho una sola carne.

También nosotros tenemos el divorcio. Ha venido como mal fruto de la lujuria humana, del pecado original, de la corrupción de los hombres. Pero no ha venido espontáneamente de Dios. Dios no cambia su palabra. Y Dios había dicho, inspirando a Adán, todavía inocente (y, por tanto, que hablaba con una inteligencia no empañada por la culpa), las palabras: que los esposos, una vez unidos, debían ser una carne sola. La carne no se separa de la carne sino por adverso episodio de muerte o de enfermedad.

El divorcio mosaico, concedido para evitar pecados atroces, concede a la mujer solamente una libertad muy mísera. La divorciada es siempre una disminuida en el concepto de los hombres, bien permanezca divorciada, bien pase a segundas nupcias.

Pero ante el juicio de Dios es una infeliz, si pasa a estar divorciada por malevolencia del marido y se queda como divorciada; mas, si está divorciada por torpes culpas propias y se casa de nuevo, es sólo una pecadora, una adúltera. Pero tú quieres entrar en nuestra religión por seguirme a mí.

Y entonces Yo, Verbo de Dios, habiendo llegado el tiempo de la perfecta religión, te digo lo que digo a muchos: no le es lícito al hombre separar lo que Dios ha unido, y es siempre adúltero aquel, o aquella, que, teniendo en vida a su cónyuge, pasa a nuevas nupcias.

El divorcio es prostitución legal, y pone al hombre y a la mujer en condiciones de cometer pecados de lujuria.

La mujer divorciada difícilmente vive como viuda -y viuda fiel-de un vivo.

El hombre divorciado nunca permanece fiel al primer vínculo. Tanto el uno como la otra, pasando a otras uniones, descienden del nivel de los hombres al de los animales, a los cuales les está permitido cambiar de hembra a cada moción de su apetito.

La fornicación legal, peligrosa para la familia y para la patria, es delictiva respecto a los inocentes. Los hijos de los divorciados deben juzgar a sus padres. ¡Severo juicio el de los hijos! Al menos uno de los padres es condenado por los hijos.

Y los hijos quedan -por el egoísmo de sus padres-condenados a una vida afectiva mutilada. Y si, además, a las consecuencias familiares del divorcio, que priva del padre o de la madre a los hijos inocentes, se une el hecho del nuevo matrimonio del cónyuge al que han sido confiados los hijos, a la condena de una vida afectiva mutilada por la carencia de un miembro se une la otra mutilación: la de la pérdida, más o menos total, del afecto del otro miembro, dividido o totalmente absorbido, por el nuevo amor y por los hijos de la nueva unión.

Hablar de nupcias, de matrimonio, en el caso de una nueva unión, de un divorciado o de una divorciada, es profanar el significado y la cosa que es el matrimonio. Sólo la muerte de uno de los cónyuges y la subsiguiente viudez del otro puede justificar las segundas nupcias. Lo que no quita que Yo juzgue que sería mejor inclinar la cabeza ante el veredicto, siempre justo, de quien regula los destinos de los hombres, y cerrarse en castidad cuando la muerte haya puesto fin al estado matrimonial, dedicándose toda a los hijos y amando al cónyuge pasado a la otra vida en sus hijos: un amor despojado de toda materialidad, santo y veraz.

¡Pobres hijos! ¡Experimentar, después de la muerte o del hundimiento del hogar, la dureza de un segundo padre o de una segunda madre, y la angustia de ver compartidas las caricias con otros hijos que no son hermanos!

(Aquí, en nuevas nupcias en el caso de viudedad, Jesús expone un consejo evangélico no un mandato, como asimismo se observa en lo que dice San Pablo en (I Corintios 39 – 40) y el mismo Jesús ha mencionado antes “Sólo la muerte de uno de los cónyuges y la subsiguiente viudez del otro puede justificar las segundas nupcias”)

No, en mi religión no existirá el divorcio. Y aquel que estipule divorcio civil para contraer nueva unión será adúltero y pecador. La ley humana no modificará mi decreto.

El matrimonio en mi religión ya no será un contrato civil, una promesa moral hecha y sancionada en presencia de testigos designados para tal fin. Será, antes bien, un indisoluble vínculo corroborado, soldado y santificado por el poder santificador que Yo le daré, convertido en Sacramento.

Para que comprendas: rito sagrado. Poder que ayudará a practicar santamente todos los deberes matrimoniales, pero que será también sentencia de indisolubilidad del vínculo. Hasta ahora, el matrimonio es un mutuo contrato natural y moral entre dos de distinto sexo. Desde el amanecer de mi ley, el matrimonio se extenderá al alma de los cónyuges.

Vendrá a ser, pues, también contrato espiritual, sancionado por Dios a través de sus ministros. Ahora bien, tú sabes que nada es superior a Dios. Por tanto, lo que Él haya unido, nunca autoridad alguna, ley o capricho humanos, podrán desunir. El "donde tú, Cayo, yo, Caya”, de vuestro rito se perpetúa en el más allá en el el nuestro, en mi rito, porque la muerte no es final, sino separación temporal del esposo de su esposa, y el deber de amar persiste después de la muerte.

Por esto digo que quisiera castidad en los viudos. Pero el hombre no sabe ser casto. Y también por eso digo que los cónyuges tienen el deber recíproco de mejorarse el uno al otro. No menees la cabeza. Así es este deber, y hay que cumplir con el deber, si hay verdadera voluntad de seguirme.

-¡Te muestras duro hoy, Maestro.
-No. Es que soy Maestro, y tengo frente a mí a una criatura que puede crecer en la vida de la Gracia. Si no fueras cual eres, te impondría menos. Pero tú tienes buen temple, y el sufrimiento depura y templa cada vez más tu metal. Un día me recordarás y me bendecirás por haber sido como soy.

-Mi marido no volverá sobre sus pasos…
-Tú irás, adelante. Llevando de la mano a la inocente, caminarás por el camino de la Justicia. Sin odio, sin venganza; pero también sin esperas inútiles ni añoranzas por lo que se ha perdido.

-¡Entonces sabes que lo he perdido!
-Lo sé. Pero no tú: es él el que te ha perdido a ti. No te merecía. . Ahora escucha… Es duro. Sí. Me has traído rosas y sonrisas inocentes para consolarme… Yo… no puedo hacer otra cosa sino prepararte a llevar la corona de espinas de las esposas abandonadas… Pero reflexiona.

Si pudiera retroceder el tiempo y llevarte nuevamente a aquella mañana en que Fausta agonizaba, y tu corazón fuera puesto en la condición de elegir entre tu hija y tu marido, debiendo perder con seguridad a uno de los dos, ¿qué elegirías?…

La mujer reflexiona, pálida pero sufriendo con fortaleza, después de las pocas lágrimas derramadas al principio del diálogo… Luego se inclina sobre la pequeñuela, que se ha sentado en el suelo y se divierte poniendo florecillas blancas todo alrededor de los pies de Jesús, la recoge, la abraza y grita:

-¡La elegiría a ella, porque a ella puedo darle mi propio corazón, y criarla como he aprendido que se debe vivir!

¡Mi hija! Y estar unidas incluso en el más allá. ¡Siempre su madre yo, siempre mi hija ella! -y la cubre de besos, mientras la pequeñuela se abraza a su cuello, toda amor y sonrisas.

-Dime, oh dime, Maestro que enseñas a vivir como héroes, ¿qué… cómo criarla para estar las dos en tu Reino? ¿Qué palabras, que hechos enseñarle?…

-No se necesitan palabras ni hechos especiales. Sé perfecta para que ella refleje tu perfección. Ama a Dios y al prójimo para que ella aprenda a amar. Vive en la Tierra con tus afectos en Dios. Ella te imitará. Por ahora, así.

Más tarde, el Padre mío, que os ha amado de manera especial, pondrá los medios para satisfacer vuestras necesidades espirituales, y os haréis sabias en la fe que llevará mi Nombre. Esto es todo lo que hay que hacer. En el amor a Dios encontrarás todo freno contra el Mal. En el amor al prójimo tendrás ayuda contra el abatimiento de la soledad. Y enseña a perdonar. A ti misma… y a tu hija.

¿Comprendes lo que quiero decir?
-Comprendo… Es cabal… Maestro, te dejo. Bendice a una pobre mujer… que es más pobre que una mendiga cuyo compañero le sea fiel…

-¿Dónde estás ahora? ¿En Jerusalén?
-No. En Béter. Juana, que es muy buena, me ha mandado a su castillo… Arriba sufría demasiado… Estaré allí hasta que vaya Juana a Jerusalén, o sea, hasta dentro de poco.

Va a bajar a Judea con tu Madre y las otras discípulas, con las primeras benignidades de la primavera. Después estaré con ella una temporada. Luego vendrán las otras y yo iré con ellas. Pero el tiempo habrá medicado ya la herida.

-El tiempo y, sobre todo, Dios y la sonrisa de tu niña. Adiós, Valeria. Que el Dios verdadero, que tú buscas con espíritu bueno, te conforte y proteja.

Jesús pone la mano encima de la cabeza de la pequeñuela, bendiciendo. Luego se acerca a la puerta cerrada y pregunta:

-¿Has venido sola?

-No. Con una liberta. El carro me espera en el bosque de antes del pueblo. ¿Todavía nos vamos a ver, Maestro?
-Para la Dedicación estaré en Jerusalén, en el Templo.
-Allí estaré, Maestro. Tengo necesidad de tus palabras para la nueva vida…

-Ve tranquila. Dios no deja sin ayuda a quien lo busca.
-Creo… ¡Oh, verdaderamente es triste nuestro mundo pagano!

-La tristeza se halla dondequiera que no haya verdadera vida en Dios. También en Israel se llora… Es porque ya no se vive en la Ley de Dios. Adiós. La paz sea contigo.

La mujer hace una profunda reverencia e insinúa algo a la niña. Y la pequeñuela levanta la cara, alarga sus bracitos y repite:

-¡Ave. Domine Jesu!

Jesús se agacha y coge a flor de labios el beso inocente que ya se forma en la boquita, y la bendice una vez más… Luego entra otra vez en la habitación y, pensativo, se sienta junto a las flores que están desparramadas en el suelo.

Pasa un rato así. Luego alguien llama a la puerta.
-Ven.

La puerta se entreabre y se introduce por la abertura la cara honesta de Pedro.
-¿Eres tú? Ven…

-No. Deberías venir Tú donde nosotros. Aquí hace frío. ¡Qué flores más bonitas! ¡Muy valiosas! -Pedro, mientras habla, observa a su Maestro.

-Sí, muy valiosas. Pero el gesto y el modo en que ha sido llevado a cabo valen más que las flores. Me las ha traído la hija de Valeria, la romana amiga de Claudia.
-¡Ya, ya sé! ¿Y por qué?

-Para consolarme. Saben lo que sufro, y Valeria ha tenido esta idea. Ha pensado que las flores de una niña inocente podrían consolarme…

-¡Una romana!… Y los de Israel te damos sólo dolor… La intuición de Judas era exacta. Decía que había visto un carro parado y que, sin duda, la mujer era una romana… y… y se ha intranquilizado, Maestro…
Pedro es, todo él, una pura pregunta.

Pero Jesús dice solamente:
-¿Dónde está Judas?

-Afuera. Quiero decir: en el camino, al principio del bosque. Quiere ver quién es el que ha venido a verte…

-Vamos a bajar.
Judas está ya en la cocina. Se vuelve y ve entrar a Jesús, y dice:

-¡Aunque quisieras, no podrías negar que esa mujer ha venido para… quejarse de algo! ¿Tienen, todavía, más cosas que decir? No tienen en qué ocuparse, si no es en espiar e informar y…

-No tengo obligación de responderte. Pero lo hago por todos. Y Simón Pedro ya sabe quién es, y a todos os digo la causa de su venida. También las criaturas que aparentemente son las más felices pueden tener necesidad de consuelo y consejo… Andrés, sube a recoger las flores que ha traído la niña y llévaselas al pequeño Leví.

-¿Por qué?
-Porque está muriéndose.

-¿Está muriéndose? ¡Pero si a la hora tercera lo he visto yo y estaba sano! -dice asombrado Bartolomé.
-Estaba sano. Antes del anochecer habrá muerto.
-Si está tan mal, no podrá gozar de las flores…
-No. Pero en esa casa abrumada las flores que envía el Salvador dirán una palabra luminosa.

Jesús se sienta mientras todos hablan de la labilidad de la vida. Entre tanto, Elisa se ha puesto el manto y ahora dice:

-Voy yo también con Andrés… ¡Esa pobre madre!…

Vese alejar a Andrés y a Elisa con las flores entre las manos… Jesús guarda silencio. También Judas, titubeante. Jesús está silencioso, pero no severo… Judas se mueve alrededor de Él, estimulado por el ansia de saber, por el ansia atormentada de quien no tiene en paz la conciencia.

Pero, al final, lo que hace es apartar a Pedro y preguntarle. Se sosiega después de hablar con Pedro, y va a pinchar a Mateo, que está escribiendo tranquilamente en un ángulo de la mesa.

Vuelve Andrés corriendo. Habla con congoja:
-¡Maestro, el niño está realmente agonizando… Al improviso… Parecían locos… Pero cuando Elisa ha dicho:

"Las manda el Señor" y yo… creía que hubieran comprendido: "para el lecho fúnebre", la madre y el padre… juntos, han dicho: "¡Oh! ¡Es verdad! Corre a llamarlo. Él lo curará".

-La palabra de la fe. Vamos -y Jesús sale casi corriendo. Naturalmente, todos lo siguen, incluso el viejo Juan, renqueando, al final de todos.

La casa está al final del pueblo. Pero Jesús llega pronto, y se abre paso entre la gente, que obstaculiza la puerta abierta. Va derecho a una habitación que está en el fondo del zaguán, porque es una casa grande, con muchos moradores, quizás hermanos unos de otros. En la habitación, inclinados sobre el improvisado lecho, el padre, la madre y Elisa… No ven a Jesús sino cuando dice: «La paz a esta casa». Entonces dejan el lecho los infelices padres, y se arrojan a los pies de Jesús. Sólo Elisa se queda donde estaba, ocupada en frotar los miembros, que ya van helándose, con sustancias aromáticas.

El pequeño está realmente en las últimas. Su cuerpo tiene ya la pesantez y el relajamiento de la muerte. Su carita está cérea; los orificios de la nariz, denegridos; los labios, violáceos. El pequeño respira con fatiga, espasmódico el pequeño pecho, y cada respiro, de tan separado como está del precedente, parece siempre el último.

La madre llora, apoyado el rostro en los pies de Jesús. El padre, también postrado hasta el suelo, dice: «¡Ten piedad! ¡Ten piedad!». No sabe decir nada más.
Jesús dice:

-Leví, ven aquí conmigo -y alarga los brazos.

El pequeño, un niñito de unos cinco años, sufre como una sacudida, como si alguien, mientras durmiera, le hubiera llamado fuerte. Se sienta sin fatiga, se restriega con los pequeños puños los ojitos, mira a su alrededor como asombrado, y, al ver a Jesús, abandona sonriente el lecho y, vestido con su blusón, va seguro hacia el Salvador. Los padres, estando, como están, inclinados, no ven nada.

Pero las exclamaciones de Elisa, que grita: « ¡Bondad eterna!», y de los apóstoles y curiosos, que desde el zaguán elevan un: « ¡Oh!» de estupor, les advierten de lo que está sucediendo, y levantan la cara del suelo y ven a su hijito allí, sano como si jamás hubiera agonizado… La alegría hace reír, llorar, gritar o callar, según las reacciones del individuo; aquí produce un estupor mudo, casi desconcertado…

Es demasiada la diferencia entre la condición precedente y la actual, los dos pobres padres, que ya estaban aturdidos por el dolor, hallan dificultad en acoger la alegría.

Pero al fin lo consiguen, mientras Jesús toma en brazos al niño. Entonces, al mutismo sigue un diluvio de palabras mezcladas con exclamaciones de alegría y bendición. Y es difícil seguir este diluvio de palabras que se superponen desordenadamente. Reconstruyo por ellas que hacia la hora sexta el niño, que estaba jugando en el huerto, había entrado en la casa quejándose de dolores abdominales.

Su abuela lo había tomado en brazos y lo había tenido cerca del fuego, y parecía mejorar. Pero luego, cercana ya la hora nona, había sufrido un vómito de materias intestinales y enseguida había entrado en la agonía.

La clásica peritonitis fulminante. Su padre, ante las primeras manifestaciones del mal, había corrido a Jerusalén y había vuelto con un médico, el cual, visto al niño -a quien, entretanto, le había venido el vómito-, había dicho:

«No puede vivir» y se había marchado… En efecto, cada minuto que pasaba, el pequeño empeoraba, y ya se ponía frío, y ellos, en medio de la angustia de la imprevista desgracia, no eran capaces de pensar en la salvación cercana. Solamente cuando Andrés y Elisa entraron con las flores diciendo: «Las manda Jesús a Leví», tuvieron como una luz interior y dijeron: «Jesús lo salvará».

-¡Y lo has salvado, bendito por toda la eternidad! ¡Tus flores! ¡La esperanza! ¡La fe! ¡Oh, sí, la fe en tu amor por nosotros! ¡Ordena como a esclavos! ¡Todo te debemos!…

Jesús los escucha, mientras sigue teniendo en brazos al niño. Los deja hablar hasta que se cansan, hasta que sus nervios, sometidos a tanta tensión, con el desahogo, se relajan. Luego dice dulcemente:

-Amo a los niños y a los corazones fieles. Todos vosotros, los de Nob, sois muy buenos conmigo. Si soy bueno con quien me odia, ¿qué no daré a quien me ama? Yo sabía… y sabía también que el dolor os hacía olvidar a la Fuente de la Vida. He querido señalaros el camino…
-¿Pero por qué no has venido Tú mismo, Señor? ¿Temías, acaso, que no te acogiéramos?

-No. Sabía que me recibiríais con amor. Pero entre estos que están alrededor de nosotros había alguno que necesitaba convencerse de que Yo no ignoro nada acerca de los hombres y del estado de los corazones. Y he querido también que otros comprendieran que Dios responde a quien lo invoca con fe.

Ahora estad en paz. Y creced cada vez más en la fe en la misericordia de Dios. La paz sea con todos vosotros. Adiós, Leví. Ve con tu mamá ahora. Adiós, mujer. Consagra al Señor también el fruto que llevas en tu seno, en recuerdo de la bondad que ha tenido el Señor para contigo. Adiós, hombre. Conserva tu espíritu en la justicia.

Se vuelve para marcharse, y pasa con dificultad entre los parientes que se apiñan en el zaguán (abuelos, tíos, primos del que ha recibido el milagro) y que quieren, todos, hablarle a Jesús, bendecirlo, ser bendecidos, besarle las vestiduras, las manos… Y luego, después de la numerosa parentela, está la gente del pueblo, que quiere hacer lo mismo.

Pero éstos -dejando a los de la casa bendecida por el milagro a gozar de su alegría-se echan a la calle en pos de Jesús. Y en las calles, ya oscuras, con el habitual ruido de las horas de fiesta, toda Nob conduce de nuevo a Jesús a la casita de Juan.

Y se hace necesaria toda la autoridad de los apóstoles para convencer a los del pueblo de que regresen a sus casas y dejen tranquilo al Maestro; y para conseguirlo, a la autoridad deben unir medios más enérgicos como la amenaza de que, si no lo dejan descansar, al día siguiente se marcharán todos de allí.

Por fin, el Cansado puede descansar…

530- Otra noche de pecado de Judas Iscariote

Toda Nob duerme todavía. Es el primer claror del día. El alba, con las luces difuminadas del invierno, tiene delicadeza de colores irreales.

No es la luz verdeplata de las alboradas veraniegas, que tan rápidamente se afirma y se transforma en oro pálido y después en un rosa cada vez más encendido; es un verde jade, difuminado en un gris azul tenuísimo, la que la señala en el Oriente en un pequeño semicírculo, bajo, en el extremo del horizonte.

Un punto de una luminosidad velada y casi cansada, como de pálida llama de azufres encendidos tras cortinas de humo blanquecino. Y a duras penas se ensancha en el cielo, que todavía aparece ceniciento, aunque sea un cielo sereno todavía con estrellas que titilan sobre el mundo.

A duras penas rechaza el color grisáceo para abrir paso a su precioso color de pálido jade y al puro cobalto del cielo palestino. Parece, tímida y friolera, detenerse en el salto de Oriente. Se demora allí todavía, levísimamente dilatada en su semicírculo de luminosidad sulfúrea, y levísimamente diluido su color del verde muy claro al blanco mezclado con un atisbo de amarillo…

Cuando, he aquí que queda anulada por un subitáneo rosa que libera el cielo del último velo nocturno y lo pone terso y primoroso como un baldaquino de raso zafíreo; y un fuego se enciende en el extremo horizonte: como si se hubiera caído una pared y hubiera quedado al descubierto un horno ardiente. ¿Pero es fuego o es un rubí encendido por un fuego escondido? No. Es el Sol que surge. Ahí está.

En cuanto despunta por detrás de las curvas del horizonte, ya ha encontrado un mechón de nube para pintarlo de coral rosa, y a las gotas de rocío sobre las copas de los árboles de hoja perenne para cambiarlas en diamantes. Un alto roble, en el extremo del pueblo, tiene un velo de diamantes en las broncíneas hojas vueltas hacia Oriente.

Cada una parece una estrellita titilante entre las ramas de este gigante que se sumerge con su cima en el azul.

Quizás durante la noche algunas estrellan han descendido demasiado hacia el pueblo para susurrar secretos celestes a los habitantes de Nob, o quizás para consolar con su luz pura al Hombre que, insomne, camina silenciosamente allá arriba, por la terraza de Juan. Sí, porque Jesús está despierto -el único en toda Nob, durmiente-, y va y viene lentamente por la terraza de la casita con los brazos cruzados debajo del amplio manto que lo cubre entero bien ceñido, para defensa contra el frío, y que se ajusta como capucha también en la cabeza. Jesús, cada vez que llega a un extremo de la terraza, mira afuera y se asoma para ver la calle que pasa por el centro del pueblo.

Calle todavía semioscura, vacía, silenciosa. Y luego reanuda sus pasos hacia allá y hacia acá, yendo y viniendo lentamente, silenciosamente, generalmente con la cabeza agachada, meditabundo, alguna vez observando el cielo, que se hace cada vez más luminoso, y las encantadoras tonalidades del alba y de la aurora, o siguiendo con la mirada el vuelo vibrante del primer gorrión despertado por la luz, que deja la teja plana hospitalaria de un tejado cercano para bajar a picotear a los pies del viejo manzano de Juan. Y luego, habiendo visto a Jesús, alza el vuelo de nuevo, con un chip-chip medroso que despierta a otros pajaritos anidados acá o allá.

De un aprisco viene un balido de oveja y se pierde tremulento en el aire; de la calle, rumor de pisaduras presurosas. Jesús se asoma para mirar.

Luego baja rápidamente por la escalerita, entra en la cocina oscura, deja cerrada la puerta tras sí. Los pasos se acercan, ya suenan en la franja de huerto de un lado de la casa. Se detienen delante de la puerta de la cocina.

Una mano tienta la cerradura y siente que no está la llave; entonces mueve el pestillo -se puede accionar tanto desde fuera como desde dentro-, mientras una voz dice:

-¿Será que se haya levantado ya alguno?
Y una mano abre cautamente la puerta evitando que chirríe.

La cabeza de Judas de Keriot se introduce por la abertura… Mira… Oscuridad completa. Frío. Silencio.

-Se han olvidado abierta la puerta… Pues… me había parecido cerrada… ¡Bueno, no tiene importancia!… A los pobres no les roban los ladrones. ¡Y más miserables que nosotros!… ¡Pero… esperemos que… no siga mucho así!

¿Dónde está ese maldito eslabón?… No lo encuentro… Si logro encender el fuego… porque me he demorado; sí, verdaderamente me he demorado mucho… ¿Pero dónde estará? Demasiadas manos lo tocan. ¿Sobre el hogar? No… ¿Encima de la mesa? No… ¿En los bancos? No… ¿En la repisa?…

Tampoco… Esa puerta carcomida chirría cuando se la abre… Madera carcomida… goznes oxidados… Todo viejo, enmohecido, horrible, aquí. ¡Ah, pobre Judas! Y no está… No voy a tener más remedio que entrar por donde el viejo…

Sin parar de hablar y palpando acá y allá, invisible en la sombra, va apartando, cautamente como un ladrón o una ave nocturna, los obstáculos que podrían hacer ruido… Y choca contra un cuerpo… emite un grito, ahogado, de terror.

-No temas. Soy Yo. Y el eslabón está en mi mano. Aquí está. Enciende-dice Jesús con tono sereno.

-¿Tú, Maestro? ¿Qué hacías aquí solo, en la oscuridad, con el frío…? Hoy habrá muchos enfermos, después de un sábado y dos días de tiempo lluvioso, pero no estarán aquí tan temprano. Se pondrán en marcha desde las ciudades cercanas ahora, no antes, porque sólo ahora se comprende que hoy no va a llover. El viento de la noche ha secado ya los caminos.

-Lo sé. Pero enciende una luz. No es de personas honestas hablar así, en las tinieblas; es de ladrones, de personas que urden engaños, de lujuriosos, de asesinos. Los cómplices en las malas acciones buscan las tinieblas. Yo no soy cómplice de nadie.

-Yo tampoco, Maestro. Quería preparar un buen fuego. Y por eso he sido el primero en levantarme… ¿Qué dices, Maestro? Has susurrado algo entre dientes y no he comprendido.

-¡Venga, enciende!

-¡Ah!… Así, he visto que el día está sereno. Pero hace frío. A todos les gustará encontrar un buen fuego… ¿Te has levantado al oírme moverme aquí o por el viejo que…? ¿Tiene todavía dolores?… ¡Por fin! Parecían húmedos la yesca y el eslabón, porque se resistían mucho a hacer chispa… Se han mojado…

Una llamita se alza del pabilo de una lamparita. Una sola llamita, pequeña, trémula… pero suficiente para ver las dos caras: el pálido rostro de Cristo, el moreno e impertérrito de Judas.

-Ahora enciendo el fuego… Estás pálido como un muerto.

¡No has dormido! ¡Y por ese viejo! Eres demasiado bueno.
-Es verdad, soy demasiado bueno. Con todos. Incluso con los que no lo merecen. Pero el anciano lo merece. Es un hombre honrado, un hombre de corazón fiel. A pesar de todo, no he estado en vela por él, sino por otro. Es verdad, la yesca y el eslabón estaban húmedos, pero no por causa de una taza volcada, o de otro líquido derramado, sino por mi llanto que ha goteado encima.

Es verdad, el día está sereno, pero hace frío y el viento ha secado las calles, aunque hacia el alba ha caído el aguazo. Toca mi manto. Está húmedo… Y luego ha venido el alba para mostrar el tiempo sereno, ha venido la luz para mostrar un sitio vacío, ha venido el sol de la aurora para hacer brillar las gotas de rocío en las hojas y las lágrimas en las pestañas. Es verdad. Hoy habrá muchos enfermos, pero Yo no los esperaba a ellos. Te esperaba a ti.

Porque es por ti por quien he estado en vela toda la noche. Por ti, y, no pudiendo estar cerrado aquí a esperarte, he subido a la terraza, a echar al viento mi llamada, a mostrarles a las estrellas mi dolor y a la aurora mi llanto.

No el anciano enfermo, sino el joven licencioso, el discípulo que evita al Maestro, el apóstol de Dios que prefiere la cloaca antes que el Cielo y la mentira antes que la Verdad, me ha tenido en pie toda la noche. Esperándote. Y, cuando he oído tus pasos, he bajado aquí… a lo mismo, a esperarte, no ya físicamente -ya te tenía cerca, vagando con movimientos propios de un ladrón por la cocina oscura-, sino con tu sentimiento… He esperado una palabra… Y no la has sabido decir cuando
-Yo erguido-te has topado conmigo.

¿Entonces aquel al que estás vendiendo tu espíritu no te advirtió de que Yo sabía las cosas? ¡No, claro! No podía advertirte, ni podía sugerirte la única palabra que podías, que debías decir, si fueras un justo. Y te ha sugerido las falsedades no solicitadas, inútiles, más ofensivas aún que tu fuga nocturna. Te las ha sugerido con risa burlona, contento de haber conseguido que bajaras otro peldaño y de haberme causado otro dolor a mí.

Es verdad, vendrán muchos enfermos; pero el mayor enfermo no vendrá a su Médico. Y el propio Médico está enfermo de dolor por este enfermo que no quiere curarse. Es verdad, todo es verdad. También es verdad que he susurrado una palabra que no has comprendido. ¿Después de todo lo que te he dicho, la adivinas?

Jesús ha hablado con voz baja, pero tan incisiva y dolorosa y, al mismo tiempo, tan severa, que Judas, que al oír las primeras palabras estaba sonriente, erguido, arrogante, muy cerca de Jesús, poco a poco se ha ido retrayendo y contrayendo como si cada palabra hubiera sido un azote; mientras que Jesús se ha erguido cada vez más -(verdaderamente juez y verdaderamente trágico con esta efigie suya dolorida).

Judas, arrinconado ya entre una masera y un rincón de la pared, susurra:

-Pues… no sabría…

-¿No? Bueno, pues Yo te la digo, porque no temo decir lo que es verdad. ¡Embustero! Esto es lo que te he dicho. Y, si aun se puede soportar al niño mentiroso, porque desconoce el valor de una mentira, y se le enseña a no volverla a decir, en un hombre eso no se soporta, y en un apóstol, discípulo de la Verdad misma, da asco.

Absolutamente, da asco. Ya ves por qué te he esperado toda la noche y he llorado y he mojado la mesa, allí, donde estaba el eslabón, y luego he llorado velando y llamándote con toda el alma a la luz de las estrellas; ya ves por qué estoy mojado de rocío como el amador de los Cantares (5, 2-6).

Pero inútilmente mi cabeza está llena de rocío y mis rizos de las gotas de la noche, inútilmente llamo a la puerta de tu alma y le digo:

"Ábreme, porque te amo a pesar de que no seas inmaculada". Es más, precisamente porque está manchada es por lo que quiero entrar en ella y limpiarla; precisamente porque está enferma es por lo que quiero entrar a curarla. ¡Ten cuidado, Judas! Ten cuidado, no sea que el Esposo se aleje, y para siempre, y que no puedas volverlo a encontrar… Judas, ¿no hablas?…

-¡Ya es tarde para hablar! Tú lo has dicho: te doy asco. Arrójame de tu presencia…

-No. También los leprosos me causan asco. Pero siento compasión de ellos. Y, si me llaman, acudo y los limpio.

¿No quieres ser limpiado?
-Es tarde… y es inútil. No sé ser santo. Arrójame de tu presencia te digo.

-No soy uno de tus amigos fariseos, que llaman "impuro" a infinitas cosas y las evitan y las arrojan de su presencia con dureza, cuando podrían purificarlas con caridad. Yo soy el Salvador y no rechazo a ninguno…

Un largo silencio. Judas está en su rincón, Jesús está apoyado con la espalda en la mesa (parece sujetarse en ella, cansado y afligido)… Judas levanta la cabeza. Lo mira titubeante y susurra:

-Y, si yo te dejara, ¿qué harías?
-Nada. Respetaría tu voluntad. Orando por ti. Pero Yo también te digo que, aunque me dejaras, ya es demasiado tarde.

-¿Para qué, Maestro?

-¿Para qué? Lo sabes como Yo… Ahora enciende el fuego.

Por arriba alguien anda. Extingamos el escándalo aquí, entre nosotros. Para todos, hemos tenido un sueño breve… y el deseo de calor nos ha reunido aquí… ¡Padre mío!…

Y, mientras Judas acerca la llama a los haces que están ya en el hogar, y sopla para que la llama prenda en virutas ligeras, Jesús levanta las manos a su cabeza y luego las aprieta contra los ojos…

529- Enseñanzas a los apóstoles mientras realizan trabajos manuales en casa de Juan de Nob

Son fríos y serenos días de invierno.

En la cima del montecito donde está construida Nob el viento no falta casi nunca, aunque templado por el sol, que desde la aurora al ocaso acaricia con sus rayos las casas y los huertos, que verdecen con verduras invernales Pequeños huertos al amparo de las casas, con pequeños bancales: verdes por las hortalizas, y con otros del color de la tierra cuando está bien nutrida, desnudos bancales ya preparados para la siembra de las legumbres.

Los ojos, mirando alrededor, donde no ven tono gris de olivos, o serpentino y esquelético fluir de vides desnudas, ven pequeños campos arados, ciertamente sembrados ya con cereales, que pronto germinarán con el primer calor de la precoz primavera palestina, llena de templanzas de sol.

Yo casi diría que en los días serenos, como es el que contemplo, hay ya templanza de primavera, germinadora, tanto que en los almendros rayanos a las casas las yemas se hinchan en las ramas que sólo pocos días antes aparecían completamente infecundas; yemas que apenas destacan en las ramas oscuras, oscuras también ellas, pero que ya testifican que la vida llega, que próximo a despertar está el robusto tronco.

En el pequeño huerto de Juan, en la parte de atrás de la casa, hay una franjita de terreno cultivado, mientras que el terreno que orilla la casa está custodiado por el nogal. En esa franjita se alza un grueso almendro -quizás más viejo que el amo-, tan pegado a la casa, que por un buen trecho de tronco ha tenido que echar ramas sólo por tres partes, porque en la cuarta la pared de la casita lo impedía. Pero, más arriba, el árbol se suelta formando una maraña de ramas que, cuando florezcan, deberán parecer una nube ligera por encima de la pobre terraza, un precioso dosel, más hermoso que un baldaquino regio.

Y para no estar ociosos, Jesús y los apóstoles trabajan bajo el solecito que alegra y calienta. Ceñida la túnica a la cintura, los que saben de carpintería y de cierres arreglan o hacen nuevos utensilios y jambajes. Otros excavan el terreno con la azada, o recalzan en las verduras trasplantadas, refuerzan un seto de cañas secas y de espino albar verde que cierra por dos partes el huertecillo, o podan el almendro y el nogal, y atan sarmientos que el viento del invierno ha desatado. He notado que donde está Jesús nunca se ocia.

Él es el primero en enseñar la belleza de la laboriosidad manual, cuando otras operaciones evangélicas están suspendidas. También hoy Jesús, junto con sus primos, está arreglando una puerta que en la parte baja estaba podrida y que tenía el cerrojo medio arrancado.

Por su parte, Felipe y Bartolomé trabajan con tijeras de podar y hocino en viejos árboles frutales, mientras los pescadores están atareados con unas sogas y unas mantas viejas: quién componiéndolas con unos puntos… muy masculinos, quién poniendo arandelas y carrillos (quizás con la intención de crear en la terraza un toldo útil en el verano).

-Vas a estar muy bien aquí, Elisa -dice Pedro asomándose por el antepecho de la terraza para hablar con la anciana discípula, que está hilando lana, sentada contra la soleada pared.

-Sí. Cuando la vid esté templada y el almendro arreglado, este lugar, en verano, será verdaderamente bueno -dice Felipe entre dientes, porque tiene en la boca unos juncos con los que está atando los sarmientos a los soportes.
Jesús levanta la cabeza para mirar, mientras Elisa la alza para mirar al Maestro y dice:

-¿Quién sabe si estaremos aquí en el verano?…
-¿Por qué no íbamos a estar, mujer? -pregunta Andrés.
-Pues… no sé… Yo no hago ya cálculos sobre el futuro desde que… desde que he visto que todos mis pronósticos terminaban con un sepulcro.

-¡Oye, pero tendría que morir el Maestro para no estar ya nosotros aquí! Ya el Maestro ha elegido este lugar como morada suya. ¿No es verdad, Maestro? -pregunta Tomás.
-Es verdad. Pero también es verdad lo que dice Elisa… -responde Jesús mientras trabaja con el cepillo en el lado de la puerta que está arreglando.

-Pero eres joven. ¡Y, sobre todo, estás sano!
-No se muere sólo de enfermedad -dice Jesús.
-¿Quién habla de muerte? ¿Tú, Maestro? ¿Para ti?… La verdad es que desde hace un tiempo parece calmado el odio. Mira, ya no nos molesta nadie. Saben que estamos aquí. Incluso ayer se encontraron con nosotros mientras volvíamos de la ciudad con las compras y no nos molestaron -dice Bartolomé.

-Sí. Lo mismo nosotros, mientras íbamos a los pueblos cercanos a avisar que estabas aquí. Nunca ninguna molestia. Y fíjate que se han visto Elquías y Simón, y luego Sadoq y Samuel, y también Nahum con… Doras. Es más, nos han saludado. ¿Verdad, Santiago? -dice Juan dirigiéndose a su hermano.

-Si. Debemos convenir en que el trabajo de Judas de Keriot ha sido verdaderamente bueno, mientras que nosotros en nuestro corazón lo criticábamos. ¡Hemos vuelto aquí, y ninguna molestia! Los hechos han confirmado sus palabras. Parece como si hubiéramos vuelto a los bonitos tiempos de Agua Especiosa. A los primeros de esos tiempos… ¡Oh, ojalá fuera verdad! -dice Santiago de Zebedeo.

-¡Ojalá fuera verdaderamente así! -suspira Pedro.
-No siempre el tiempo está sereno cuando no brama el rayo -sentencia Elisa haciendo girar su huso.
-¿Qué quieres decir con eso? -pregunta Pedro.

-Digo que a veces una gran paz en lugar donde hay tormentas es preparación a una tempestad más peligrosa que nunca. Tú, que eres pescador, deberías saberlo.
-¡Claro que lo sé, mujer! El lago, a veces, es una enorme tina llena de aceite azul; pero, casi siempre, cuando pende la vela y el agua está detenida de esa forma, pronto hay una tempestad, y de las peores. Viento de bonanza, viento de sepulcro para los navegantes.

-¡Mmm! ¡Ya! Por eso, si estuviera en vuestro lugar, desconfiaría de tanta paz. ¡Demasiada paz!
-¡Pero entonces! Si cuando hay guerra se sufre porque hay guerra y cuando hay paz se sufre porque puede venir la guerra aún más cruel, ¿cuándo puede uno sentirse feliz? -pregunta Tomás.

-En la otra vida. Aquí el dolor está siempre pronto.
-¡Uf, qué lúgubre estás, mujer! ¡Entonces está muy lejano el tiempo de felicidad! ¡Soy uno de los más jóvenes! Alégrate, Bartolomé, que eres el que más cerca está de gozarlo. Tú y el Zelote -dice de broma Santiago de Zebedeo.

-¡Lúgubre y sagaz, mujer! ¡Claro, las mujeres ancianas! Pero alguna vez aciertan. También mi madre, cuando dice a uno de nosotros: "¡Ten cuidado, que vas por el camino de cometer una estupidez por esto o por aquello otro!", adivina siempre ­dice Tomás, que está agachado escarbando en la tierra.

-Las mujeres son malignas o más astutas que los zorros. Nosotros no valemos nada respecto a ellas, para entender ciertas cosas que se querría que no entendieran -sentencia Pedro.

-Tú cállate, que a ti te ha tocado una mujer que creería incluso le dijeras que el Líbano se ha hecho de mantequilla. Lo que tú dice es ley para ella. Escucha, cree y calla -dice su hermano Andrés.

-Sí… pero su madre vale por ella y por otras cien mujeres. ¡Qué serpiente!

Todos se ríen, incluidos Elisa y el anciano que ayuda a los jóvenes a cavar.
Regresan el Zelote, Mateo y Judas de Keriot.

-Todo hecho, Maestro. ¡Venimos cansados! ¡Qué vuelta más grande! Pero mañana voy a descansar. Mañana os toca a vosotros -dice Judas Iscariote hablando a los que cavan la tierra. Y va donde ellos y coge una azada para trabajar.
-¿Pero si estás cansado por qué trabajas? -le pregunta Tomás.

-Porque tengo que plantar arbolitos. Este lugar está pelado como el cráneo de un viejo, y es una pena -sentencia, e hinca la azada en el suelo con enérgicos golpes con el pie.

-¡En los buenos tiempos no estaba así! Pero luego… Demasiadas cosas murieron, y a mí no me valía la pena trabajar en rehacer esto. Soy viejo y más que viejo, estaba desolado -responde el anciano.

-¿Pero qué agujeros estás haciendo? Para árboles, no para pequeños tallos, como dices -observa Felipe, que baja después de haber atado las vides.

-Cuando un árbol es joven es siempre un pequeño tallo. Los míos son eso. El tiempo es bueno. Me lo ha asegurado el que me los ha dado. ¿Sabes quién, Maestro? Pues ese pariente de Elquías que es cultivador. Y cultiva bien. ¡Un huerto! ¡Y unos olivos! Estaba renovando una parte del olivar. Le dije: "Dame de estos árboles". "¿Para quién?" preguntó. "Para un viejecito de Nob que nos alberga en su casa. Servirán para que me perdone todos los escándalos que le he dado".

-No, hijo. Eso puede suceder con una buena conducta, no con los árboles. Y con Dios. Yo… yo miro, oro y perdono. Pero mi perdón… De todas formas, te quedo agradecido por los arbolitos… Aunque… ¿Tú crees que podré comer sus frutos?

-¿Por qué no? Siempre hay que tener esperanza. Es más, siempre hay que querer triunfar… Y entonces se triunfa.
-¡No hay triunfo sobre la vejez! Y tampoco lo deseo.
-Sobre otras muchas cosas no hay triunfo. ¡Si bastara querer para tener! Yo tendría a mis hijos -suspira Elisa.

Maestro, lo que dice Elisa me hace recordar una pregunta que nos han hecho hoy algunos por el camino. Decían ­porque había sucedido un hecho en un pueblo-que si es verdad que el milagro es siempre prueba de santidad. Yo decía que sí. Pero ellos decían que no, porque en ese pueblo, que está en la frontera con Samaria, el que había realizado cosas extraordinarias, sin duda, no era un justo. Yo les he hecho callarse diciendo que el hombre juzga siempre mal y que aquel al que llamaban no justo quizás lo era más que ellos. ¿Tú que dices? -pregunta Mateo.

-Digo que teníais razón todos. Cada uno por su parte. Tú, diciendo que el milagro es siempre prueba de santidad. En términos generales es así. Y también diciendo que no se debe juzgar para no errar Pero también tenían razón ellos al sospechar otras fuentes de lo extraordinario del hombre.

-¿Qué fuentes? -pregunta Judas Iscariote.
-Las tenebrosas. Hay criaturas -adoradoras ya de Satanás, porque tienen el culto de la soberbia-que con tal de imponerse a los demás se venden al Tenebroso para tenerlo como amigo -le responde Jesús.

-¿Pero eso es posible? ¿No es una leyenda de países paganos el que el hombre pueda hacer contratos con el demonio y con los espíritus infernales? -pregunta, estupefacto, Juan.

-Es posible. No como se narra en las leyendas paganas, no con monedas y contratos materiales, sino con la elección, con la donación de sí al Mal con tal de gozar de una hora cualquiera de triunfo. En verdad os digo que los que, con tal de tener éxito en un propio fin, se venden al Maldito son más numerosos de lo que se cree.

-¿Y tienen ese éxito? ¿Obtienen exactamente aquello que piden? -pregunta Andrés.
-No siempre y no todo. Pero algo sí.
-¿Y cómo es posible? ¿Tan poderoso es el demonio como para poder remedar a Dios?

-Tanto… y nada, si el hombre fuera santo. Pero es que muchas veces el hombre es de por sí un demonio. Nosotros combatimos las posesiones evidentes, ruidosas, vistosas.

De ésas todos se dan cuenta… Son… poco cómodas para los familiares y convecinos, y, sobre todo, se manifiestan con formas materiales. El hombre percibe siempre lo material, lo que choca con sus sentidos. Lo inmaterial, lo que es perceptible solamente con lo inmaterial -razón y espíritu-no lo percibe, y, aunque lo perciba, no se ocupará de ello, especialmente si no le perjudica.

¡Estas posesiones ocultas, pues, escapan a nuestro poder de exorcistas! Y son las más dañinas, porque trabajan en la parte más selecta, con la parte más selecta y hacia otras partes selectas: de razón a razón, de espíritu a espíritu. Son como miasmas corruptores, impalpables, inadvertibles hasta que la fiebre de la enfermedad advierte a quien la ha adquirido que la ha adquirido.

-¿Y Satanás ayuda? ¿Verdaderamente? ¿Por qué? ¿Y por qué Dios lo deja actuar? ¿Y lo va a dejar actuar siempre? ¿Incluso cuando Tú ya reines?

Todos preguntan.
-Satanás ayuda para acabar de subyugar. Dios lo deja actuar porque de esta lucha entre lo Alto y lo Bajo, el Bien y el Mal, surge el valor de la criatura. El valor y la voluntad. Siempre lo dejará actuar. Aun después de que Yo haya sido elevado al Cielo. Pero entonces Satanás tendrá contra él a un enemigo bien grande y el hombre tendrá a una amiga bien poderosa.
-¿Quién? ¿Quién?
-La Gracia.

-¡Ah, bien! Entonces para los de nuestro tiempo, sin gracia, será más fácil ser subyugados, pero será también menos grave la caída -dice Judas Iscariote, que no para de cavar.

-No, Judas. El juicio será igual.

-Injusto entonces, porque si somos ayudados menos, como consecuencia, deberíamos ser condenados menos.
-No te falta algo de razón -dice Tomás.

-No, Tomás, estás equivocado. Porque los israelitas tenemos ya mucho de fe, esperanza, caridad, y muchas luces de Sabiduría, de forma que no podemos tener la excusa de la ignorancia. Y vosotros… vosotros que tenéis a la Gracia como Maestra vuestra desde casi tres años, seréis ya juzgados como los del tiempo nuevo -dice Jesús marcando mucho las palabras y mirando a Judas, que ha levantado la cabeza y está pensativo mirando fijamente hacia el vacío.

Luego Judas de Keriot menea la cabeza, como concluyendo un razonamiento interno suyo, y, hundiendo nuevamente la azada en la tierra, pregunta:

-¿Y el que se da así al demonio, qué es luego?
-Un demonio.

-¿Un demonio! De esa forma, si yo, por ejemplo, con tal de afirmar que el contacto contigo da un poder sobrenatural, hiciera cosas… que Tú censuras, ¿sería un demonio?…
-Tú lo has dicho.

-¡Espero que no las hagas, ¿no?!… -dice Andrés casi asustado.

-¿Yo? ¡Ja! ¡Ja! Yo planto los arbolitos a nuestro viejo -y corre al otro lado del huerto y vuelve con cinco plantas, pesadas, sin duda, por el terrón que envuelve sus raíces.
-¿Pero has venido desde Beterón con esa carga al hombro? -pregunta Pedro.

-¡Di, más bien, desde más allá de Gabaón! Allí es donde hay una parte de los huertos de Daniel. ¡Qué tierra más magnífica! ¡Mirad!… -y desmenuza entre sus dedos la tierra que envuelve las raíces. Luego desata el nudo que mantiene unidos los cinco tallitos (ya tan gruesos como un brazo). Sólo dos de ellos tienen ya en el extremo unas pocas hojas. Y son hojas de olivo.

-Mirad. Éste por Jesús y éste por María, que son la paz del mundo. Son los primeros que planto porque yo soy un hombre de paz. Aquí… y aquí -y los coloca en los dos extremos de la franjita de tierra -Y aquí un manzano, joven y bueno como el del Edén, para recordarte, Juan, que tú también vienes de Adán y no te debes asombrar de que… yo pueda ser pecador Cuidado, tú, con la Serpiente…

Y aquí… No, aquí no está bien. Allí delante, junto a la pared, esta higuera joven. ¿Cómo es posible no tener una higuera en el huerto, si aquí nacen como la grama? Y en el agujero del centro vamos a meter este joven almendro. Aprenderá del centenario la virtud de producir. ¡Ya está! Tu huertecito será bonito en un futuro… y, mirándolo, te acordarás de mí.

-Te recordaría de todas formas, porque has estado aquí con el Maestro. "Todo me hablará de este tiempo. Y, mirando las cosas, diré: "¡Como un hijo, Él quiso reparar mi casa!". No obstante, si pudiera tener un deseo distinto del que quizás ya está escrito en el Cielo, quisiera no tener la ocasión de recordar este tiempo tan hermoso para mí, más hermoso que cuando estos árboles, ahora viejos, eran jóvenes, y jóvenes éramos yo y mi esposa, y aquí jugaba mi hijita… y… cuidar el manzano y el granado, la higuera y la vid, daba satisfacción, porque las manitas de mi hija eran ávidas y era hermoso ver a mi esposa tejiendo o hilando sentada a la sombra verde de los árboles…

Después… una vez que se marchó mi hija -¡y tan desmemoriada!-… enferma y luego muerta mi esposa… ¿para qué cuidar y para quién lo que en el pasado fue hermoso? Y todo ha muerto, menos los dos viejotes que recuerdan mi infancia… Quisiera morir antes de tener la ocasión de recordar, y estando aquí una mujer justa, como era Lía. Te agradezco estos árboles, el trabajo, todo.

A todos os doy las gracias. Pero le ruego a mi Señor que desarraigue mi viejo árbol de este terreno antes de que concluya esta hora de paz para el viejo Juan…

Jesús se acerca a él y le pone una mano en el hombro, dulce y grave al mismo tiempo:

-Muchas cosas has sabido hacer en tu larga vida. Te falta todavía una: la de aceptar de Dios la hora de la muerte sin pedir que sea ni anticipada ni retrasada un minuto. A muchas cosas te has resignado.

Por eso, Dios te ama. Pues que sepas resignarte a la cosa más difícil: vivir cuando lo único que se desearía es morir. Y ahora vamos a entrar en la casa.

El sol desciende tras los montes y el frío aumenta enseguida. Empieza el sábado. Después del sábado terminaremos los trabajos… -y, recogiendo sierra, cepillo y martillo, entra de nuevo en casa, mientras los otros terminan de unir en haces las ramas podadas, terminan de regar los árboles plantados y de poner en sus goznes la puerta rehecha.

528- En Nob. Consuelo materno de Elisa y regreso inquietante de Judas Iscariote

-¡Sí, Maestro! Judas de Keriot está aquí desde hace muchos días. Vino al atardecer de un sábado. Parecía cansado, jadeante. Decía que te había perdido por las calles de Jerusalén, que te había buscado presuroso en todas las casas adonde normalmente vas.

Aquí venía todos los atardeceres. Dentro de poco vendrá. Por la mañana se marcha, y dice que va a los aledaños a predicarte.

-De acuerdo, Elisa… ¿Y tú lo has creído?
-Maestro, Tú sabes que no me gusta ese hombre. Si hubieran sido así mis hijos, habría rogado al Altísimo que me los hubiera llevado. No he creído en sus palabras, no. Pero por amor a ti he guardado en mí mi juicio… Y he sido materna con él. Al menos así he conseguido que volviera aquí todas las noches.

-Has hecho bien.
Jesús la mira muy fijamente y, al improviso, pregunta:
-¿Dónde está Anastática?

Elisa se cubre de un rubor violáceo, propio de una persona anciana, pero responde con franqueza:
-En Betsur.

-Has hecho bien también en esto. Y, te lo ruego, compadécete de ese hombre.

-Es por esta compasión por lo que he querido apagar el incendio antes de que se extendiera con escándalo, o, cuanto menos, asustando a la hija.
-Que Dios te bendiga, mujer justa…

-¿Sufres mucho, Maestro?
-Sufro. Es verdad. A una madre se lo puedo decir.
-A una madre se lo puedes decir… Si no fueras Jesús, el Señor, querría recibir tu cabeza cansada en mi hombro y apretar tu corazón afligido contra mi corazón. Pero Tú eres tan santo que no puede una mujer, que no sea tu Madre, tocarte…

-Elisa, buena amiga de mi Madre y madre buena, tu Señor pronto será tocado por manos mucho menos santas que las tuyas, y besado… ¡oh!… Y después, otras manos…

Elisa, si te fuera permitido tocar el Santo de los Santos, ¿con qué espíritu lo harías? ¿Te abstendrías, acaso, si la voz de Dios, entre la nube de los inciensos, te pidiera amor para recibir por fin una caricia de amor después de tantos que se acercan a Él sin amor?

-¡Mi Señor! Si Dios me lo pidiera, de rodillas iría a cubrir de besos el lugar santo. ¡Y ojalá quisiera Dios sentirse satisfecho, consolado con mi amor!

-Entonces, Elisa, buena amiga de mi Madre y fiel y buena discípula de tu Salvador afligido, déjame apoyar la cabeza en tu corazón, porque mi corazón está afligido hasta el punto de experimentar penas de muerte.

Y Jesús, estando sentado donde está, ante Elisa, que está de pie cerca de Él, apoya realmente la frente contra el pecho de la anciana discípula, y lágrimas silenciosas se deslizan por la túnica oscura de la mujer, que no puede contenerse de apoyar la mano en la cabeza que está reclinada en su corazón, y luego, al sentir que caen lágrimas en sus pies, calzados con sandalias pero desnudos, se inclina para rozar con un beso los cabellos de Jesús, y, a su vez, llora silenciosamente, y alza los ojos al cielo con muda oración. Parece una muy anciana Madre Dolorosa. No pretende otros gestos o palabras; pero con este acto suyo es tan "madre", que más no podría serlo.

Jesús levanta la cara y la mira. Sonríe levemente y dice:
-Que Dios te bendiga por tu piedad. ¡Bien necesaria es una madre cuando el dolor desborda las fuerzas del hombre!

Se pone en pie. Mira otra vez a la discípula y dice:

-Este momento queda entre tú y Yo, en todos sus elementos. Para esto me he adelantado solo.
-Sí, Maestro. Pero no puedes seguir solo. Dispón que venga tu Madre.

-Dentro de dos lunas estará conmigo… -y está para decir alguna otra cosa, cuando abajo, en la cocina, resuena la voz fuerte, siempre un poco achulada e irónica, de Judas de Keriot:

-¡Todavía con tu trabajo de talla, viejo? ¡Hace frío! Y aquí no hay fuego. Tengo hambre. Y no hay nada preparado.

¿Es que está dormida Elisa? Ha querido ella sola. Pero los viejos son lentos y su memoria es débil. ¡Eh! ¿No hablas? ¿Esta tarde estás completamente sordo?
-No. Pero te dejo hablar, porque tú eres apóstol y no me está indicado reprenderte -responde el anciano.

-¿Reprender? ¿Por qué?
-Busca en ti mismo y lo hallarás.
-Mi conciencia no tiene voz…
-Señal de que es deforme, o que la has malogrado.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Debe ser que Judas sale de la cocina, porque se oye primero un portazo y luego pisadas en la escalera.
-Bajo a preparar las cosas, Maestro.

-Ve, Elisa.

Elisa sale de la habitación de arriba y pronto encuentra a Judas, que está para poner pie en la terraza.

-Tengo frío y hambre.

-¿Y nada más? Entonces, hombre, tienes muy poco todavía.
-¿Y qué más debería tener?
-¡Pues… muchas cosas!…

La voz de Elisa se aleja.

-Todos unos viejos necios. ¡Uf!…

Empuja la puerta y se encuentra de frente a Jesús. Del estupor, retrocede un paso. Se recupera para decir:
-¡¡Maestro!! ¡La paz a ti!
-La paz a ti, Judas.

Jesús recibe el beso del apóstol, pero no lo devuelve.
-Maestro. ¿Tienes…? ¿No me besas?
Jesús lo mira y calla.

-Es verdad. He errado. Y no besarme es lo mínimo que me puedes hacer. Pero no me juzgues demasiado severamente. Aquel día me vi rodeado por algunos que… no te amaban y disputé con ellos hasta quedarme ronco. Después… dije: "¡¿Quién sabe a dónde habrá ido?!", y volví aquí para esperarte. ¿No es ya, de hecho, tu casa ésta?

-Sí, mientras me lo conceden.
-No querrás guardarme rencor por esto…
-No. Solamente quiero que consideres el mal ejemplo que has dado a los otros.

-¡Ya! Ya oigo sus palabras. Pero tengo justificaciones ante ellos. Ante ti ni siquiera me justifico porque sé que ya me has perdonado.

-Te he perdonado ya, es verdad.

Sería lógico esperar de Judas un acto de humildad, de amor, por tanta bondad; sin embargo, manifiesta uno totalmente opuesto, un acto de enojo mientras exclama: -¡¿Entonces no hay forma de verte airado?! ¿Qué hombre eres?

Jesús calla. Judas lo mira -él, en pie; Jesús, sentado y cabizbajo-y menea la cabeza con una sonrisa maligna en sus labios. Y el episodio queda superado para él. Se pone a hablar de esto o aquello, como si fuera el que, de todos, estuviera más en orden.

Se hace de noche. Cesan los ruidos de la calle.

-Vamos a bajar -ordena Jesús.

Entran en la cocina, donde resplandece el fuego en el hogar y arde una lámpara de tres boquillas. Jesús, cansado, se sienta cerca del hogar y parece adormilarse con el calorcito…

Llaman a la puerta. El anciano abre. Son los apóstoles. Pedro, que es el primero en entrar, ve a Judas y arremete contra él:

-¿Se puede saber dónde has estado?
-Aquí. Simplemente, aquí. Era estúpido correr de acá para allá siguiendo a seres desaparecidos. Vine aquí, adonde estaba seguro que volveríais.

-¡Bonito modo de actuar!

-El Maestro no me ha reprendido por ello. Y, por lo demás, has de saber que no he perdido mi tiempo. He evangelizado todos los días, y he hecho milagros también; y eso es bueno.

-¿Y quién te había autorizado a ello? -dice Bartolomé en tono severo.

-Nadie. Tú, no. Nadie. Pero ya basta de ser unos… personas… En definitiva, que la gente se asombra y murmura y se ríe de nosotros, apóstoles que no hacemos nada. Y yo, que sé esto, he obrado por todos. Y he hecho más todavía. He ido a ver a Elquías y le he demostrado que no se obra mal cuando uno es santo. Había muchos. Los he convencido. Ya veréis como aquí no nos van a molestar. Y ahora estoy contento.

Los apóstoles se miran. Miran a Jesús: su rostro es impenetrable; parece velado por un gran cansancio físico, que es lo único que se ve.

-De todas formas, hubieras podido hacer esto con licencia del Maestro -observa Santiago de Alfeo.
-Hemos estado siempre preocupados por causa tuya.

-¡Bueno, bien! Pues ahora se os calman todas las angustias. Él no me habría dado permiso. Nos… tutela demasiado. Hasta el punto de que la gente murmura que está celoso de nosotros, que teme que hagamos más que Él, y también que Él nos castiga. La gente tiene lengua mordaz.

La verdad, por el contrario, es que Él nos quiere más que a la niña de sus ojos… ¿No es verdad, Maestro?… Y teme que incurramos en peligros o que… quedemos mal. Y también nosotros, por dentro, pensábamos que estábamos como castigados, y que Él tenía celos…

-¡Eso sí que no! ¡Yo nunca he pensado eso! -interrumpe Tomás. Y los otros hacen coro.
Menos Judas Tadeo, que planta sus ojos francos y bellísimos en los ojos también bellísimos, pero huidizos, de Judas, y dice:

-¿Y cómo has podido hacer milagros tú? ¿En nombre de quién?

-¿Que cómo? ¿Que en nombre de quién? ¿Pero no recuerdas que nos dio este poder? ¿Acaso nos lo ha quitado? No, que yo sepa. Así que…

-Así que yo no me permitiría nunca hacer nada sin su consentimiento y mandato.

-Bueno, pues yo lo he querido hacer. Temía no saber hacerlo ya. Lo he hecho. ¡Estoy contento! -y corta la discusión saliendo al huerto oscuro.

Los apóstoles se miran otra vez. Están asombrados de tanta audacia. Pero ninguno se siente con fuerzas de decir algo que pudiera entristecer más todavía a su Maestro, cuyo rostro refleja incluso sufrimiento.

Se desembarazan de los fardeles (Juan, Andrés y Tomás los llevan arriba). Y Bartolomé, agachándose para recoger una rama seca que se ha caído de un haz, le susurra a Pedro:

-¡No quiera Dios que le haya ayudado el demonio!
Pedro hace un gesto con las manos, como diciendo:

«¡Misericordia!», pero no responde ni una sola palabra. Va donde Jesús, le pone una mano en el hombro y le pregunta:
-¿Estás muy cansado?

-Mucho, Simón.

Está ya preparado, Maestro. Ven a la mesa. O… no, quédate ahí, cerca de la lumbre. Te llevo la leche y el pan -dice Elisa. Y, efectivamente, habiendo puesto en una bandeja un tazón grande de leche humeante, y pan cubierto de miel, se lo lleva a Jesús y espera a que Él ore en pie ofreciendo el alimento.

Luego se acurruca en el suelo, buena, anciana, materna, llena de deseos de consolarlo, y le sonríe mientras le anima a que coma, y -puesto que
Jesús le ha regañado dulcemente por la miel extendida en el pan-le responde:

-¡Te daría mi sangre para darte fuerzas, Maestro mío! Esto no es más que la pobre miel de mi huerto de Betsur, y sólo puede darte alivio al cuerpo. Pero mi corazón…

Los otros comen alrededor de la mesa, con el fuerte apetito de quien ha andado mucho. Y Judas, tranquilo, casi con chulería, come con ellos, y es el único que habla…
Sigue hablando, cuando Jesús ordena:

-Que cada uno de vosotros vaya a las casas que os dan hospedaje. Id. La paz sea con vosotros.

Se quedan con Él Judas, Bartolomé, Pedro y Andrés. Y Jesús ordena inmediatamente el descanso. Está mortalmente cansado. Tanto que no puede ya sostener la fatiga de hablar y de oír hablar, y esto lo pienso yo-la de soportar el esfuerzo de dominarse respecto a Judas de Keriot…

527- Desconocimiento y tentacionesen la naturaleza humana de Cristo

Están ya en las laderas del Monte de los Olivos. Las tres parejas de apóstoles -dejadas en Jericó, Tecua y Betania-de nuevo se han reunido con el Maestro. Pero Judas de Keriot sigue ausente, y en tono bajo los apóstoles lo comentan…

Jesús está infinitamente triste. Los apóstoles, que lo observan, dicen entre sí: --Por supuesto que es por Lázaro. Es un hombre ya completamente terminado… Y sus hermanas dan mucha pena… El Maestro, con tanto odio como le persigue, ni siquiera puede detenerse en aquella casa. Habría sido un consuelo para el enfermo y sus hermanas, y también para Él.

-¡No soy capaz de entender por qué no lo cura! -exclama Tomás.

-Sería una cosa razonable. Un amigo… Tanta ayuda como proporciona… un hombre justo… -susurra Bartolomé.
-¡Ah, justo sí, verdaderamente es un justo! En estos días creo que te habrás convencido de ello… -dice el Zelote a Bartolomé.

-Sí, es verdad. Y es verdad también lo que implícitamente mencionas. No estaba muy persuadido de su justicia… Con esa naturalidad que tenían con los gentiles, con la educación recibida del padre, que era muy, muy… yo diría condescendiente con nuevas formas de vida no conformes con las nuestras…

-La madre era un ángel -dice sin ambages Simón Zelote.
-Quizás por eso son justos… No tengamos en cuenta el pasado de María. Ahora ya está redimida… -dice Felipe.
-Sí. Pero todo esto me creaba sospechas. Ahora estoy completamente persuadido, y me extraña que el Maestro…

-Mi hermano sabe sopesar los valores de las personas. Nosotros también hemos sufrido durante mucho tiempo celos naturales, humanos, al ver que hacía más caso a los extraños que a nosotros de la familia.

Pero ahora hemos comprendido que en nuestro pensamiento había error y en el suyo justicia. Juzgábamos su manera de actuar como indiferencia, e incluso como desestimación, incomprensión de nuestra valía. Ahora hemos comprendido. Él prefiere atraer hacia sí a los deformes y a los informes. Él… seduce con sus medios infinitos a las almas más mezquinas, más lejanas, más en peligro.

¿Os acordáis de la parábola de la oveja perdida? La verdad, la clave de su manera de actuar está en esa parábola. Cuando ve a sus ovejas fieles que le siguen o que están donde y como Él quiere, su espíritu descansa. Pero se sirve de su descanso para correr detrás de las extraviadas. Sabe que nosotros lo queremos, que Lázaro y sus hermanas lo quieren, que las discípulas y los pastores lo quieren, y por tanto no pierde su tiempo con nosotros en especiales pruebas de amor. A nosotros nos quiere siempre. Nos lleva siempre en su corazón. Nosotros mismos somos los que entramos en su corazón y no queremos salir.

¡Pero los otros… los pecadores, los extraviados!… Ha de correr tras de ellos, debe atraerlos con el amor y el milagro, con su poder. Y lo hace. Lázaro, María y Marta seguirán amándolo, incluso sin milagro… -dice Santiago de Alfeo.

-Eso es verdad. De todas formas… ¿Qué habrá querido decir con su último saludo? Ya lo habéis oído: "El amor del Señor para vosotros se manifestará en proporción a vuestro amor. Y recordad que el amor tiene dos alas para ser perfecto, dos alas que, cuanto más perfecto es, más desmesuradas son: la fe y la esperanza" -dice Andrés.

-¡Eso! ¿Qué habrá querido decir? -preguntan varios.

Un rato de silencio. Luego Tomás, emitiendo un gran suspiro, concluye un pensamiento interno suyo:
-… Pero no siempre su paciencia buena obtiene redenciones. Yo también he sufrido alguna vez por la predilección que muestra hacia Judas de Keriot…

-¿Predilección? No me lo parece. Lo corrige como a cualquiera de nosotros… -dice Andrés.
-Por justicia, sí. Pero considera cuánto más rigor merecería ese hombre…

-Eso es verdad.
-Bueno, pues yo he sufrido por eso algunas veces. Pero ahora comprendo que, sin duda, lo hace porque… es el más informe de entre nosotros.

-¡El más ruin, debes decir, Tomás! El más ruin. Vosotros creéis que esa tristeza -y señala a Jesús, que va delante, solo, absorto en su aflicción-está producida por la enfermedad de Lázaro y por las lágrimas de las hermanas de él. Yo digo que proviene de la ausencia de Judas. Esperaba que Judas lo alcanzara por el camino mientras iba a Betabara. Esperaba, al menos, encontrarlo en Jericó, en Tecua, o en Betania al regreso. Ahora ya no tiene esta esperanza. Tiene la certeza del obrar no recto de Judas.

Yo lo he observado siempre…; he visto que su cara ha tomado ese aspecto de absoluto desamparo cuando tú,

he visto que su cara ha tomado ese aspecto de absoluto desamparo cuando tú, Bartolmái, has dicho: “Judas no ha venido" - dice Judas Tadeo.
-¡Pero si Él sabe las cosas antes de que sucedan, estoy seguro! -exclama Juan.

-Muchas. No todas. Yo creo que el Padre suyo, por piedad, le mantiene ocultas algunas -dice el Zelote.

Los once se dividen en dos partidos: quién acepta una versión, quién otra; y cada uno aporta sus razones para sostener la propia. Juan exclama:

-¡Oh, no quiero escuchar ni a uno ni a otro, ni siquiera a mí mismo! Somos todos unos pobres hombres, y no podemos ver con exactitud. Voy donde Jesús y se lo pregunto.

-No. Podría pensar en otras cosas y con esta pregunta recordar a Judas y sufrir más -dice Andrés.
-¡No, hombre! Por supuesto que no le voy a decir que hablábamos de Judas. Hablaré… así, sin referencias concretas.

-¡Ve, ve! Le servirá para distraerse. ¿No veis lo afligido que está? -dice Pedro impeliendo a Juan.
-Voy.¿Quién viene conmigo?
-Ve, ve tú solo. Contigo habla sin reserva. Luego nos lo dices.
Juan se marcha.

-¡Maestro!
-¡Juan! ¿Qué quieres? -y Jesús, con una luz de sonrisa en su rostro, abraza con un brazo a su predilecto y lo tiene cerca de sí mientras camina.
-Hablábamos entre nosotros y dudábamos sobre una cuestión.

Esta: si Tú conoces todo el futuro o si en parte te está celado. Unos decían una cosa, otros otra.

-¿Y tú qué decías?

-Decía que lo mejor de todo era preguntártelo a ti.

-Y entonces has venido. Has hecho bien. Al menos esto nos sirve a mí y a ti para gozar de un momento de amor… ¡Es tan raro ya el poder tener un poco de paz!…

-¡Es verdad! ¡Qué bonitos eran los primeros tiempos!…
-Sí. Para el hombre que somos, eran más bonitos. Pero para el espíritu que hay en nosotros son mejores éstos. Porque ahora es más conocida la Palabra de Dios y porque sufrimos más. Cuanto más se sufre más se redime, Juan… Por este motivo, aunque recordemos los tiempos serenos, debemos amar más estos que nos producen dolor, y que con el dolor nos dan almas. Pero voy a responder a tu pregunta.

Escucha. Yo no ignoro, como Dios. Y no ignoro, como Hombre. Conozco el futuro de los acontecimientos, porque estoy con el Padre desde antes del tiempo y veo más allá del tiempo. Como Hombre que está exento de imperfecciones y limitaciones unidas a la Culpa y a las culpas, tengo el don de la introspección de los corazones. Este don no está limitado al Cristo, sino que lo poseen en distinta medida todos aquellos que, habiendo alcanzado la santidad, están tan unidos a Dios que puede decirse que no operan por sí mismos sino que operan con la Perfección que reside en ellos. Por tanto, puedo responderte que no ignoro como Dios el futuro de los siglos y que no ignoro como Hombre justo el estado de los corazones.

Juan calla y reflexiona.

Jesús lo deja así unos momentos. Luego dice:

-Por ejemplo, ahora Yo veo en ti este pensamiento: "¡Pero entonces mi Maestro conoce exactamente el estado de Judas de Keriot!"

-¡Oh, Maestro!
-Sí. Lo conozco. Lo conozco y sigo siendo su Maestro, y quisiera que vosotros siguierais siendo sus hermanos.

-¡Maestro santo!… ¿Pero siempre siempre conoces todo? Mira, algunas veces nosotros nos decimos que no es así, porque vas a lugares donde encuentras enemigos. ¿Antes de ir a esos lugares ya sabes que los vas a encontrar, y vas para combatirlos con tu amor, para someterlos al amor, o… por el contrario no lo sabes y ves a los enemigos sólo cuando los tienes enfrente de ti y lees sus corazones? Una vez me dijiste -estabas muy triste también entonces, y por la misma causa-que te sentías como uno que no ve…

-He experimentado también este martirio del hombre: el tener que seguir adelante sin ver, poniéndome totalmente en manos de la Providencia. Tengo que conocer todo del hombre. Menos la culpa consumada. Y esto no por una barrera que haya puesto el Padre mío a la carne, al mundo y al demonio, sino por mi voluntad de hombre. Yo soy como vosotros. Pero sé querer más que vosotros. Por eso, sufro las tentaciones pero no cedo a ellas. Y en esto está, como
para vosotros, mi mérito.

-¡Tentaciones Tú!… Me parece casi imposible…

-Porque tú sufres pocas. Eres puro y piensas que, siéndolo Yo más que tú, no deberé conocer la tentación.

Efectivamente, la carnal es tan débil respecto a mi castidad, que el yo jamás la siente. Es como si un pétalo golpeara un trozo de granito sin fisuras. Pasa… Hasta el diablo se ha cansado de lanzar contra mí este dardo. Pero, Juan, ¿no piensas cuantas otras tentaciones hay alrededor de mí?

-¿De ti? No tienes avidez de riquezas ni de honores… ¿Y cuáles son?…

-¿No piensas que tengo una vida, unos afectos, también unos deberes, hacia mi Madre, y que estas cosas me tientan a evitar el peligro? Ella, la Serpiente, lo llama "peligro". Pero su verdadero nombre es "Sacrificio".

¿Y no piensas que tengo sentimientos Yo también? El yo moral no está ausente de mí, y sufre por las ofensas, por los escarnios, por las dobleces. ¡Oh, Juan mío! ¿No te preguntas qué asco producirá en mí la mentira y el mentiroso? ¿Sabes cuántas veces el demonio me tienta a reaccionar contra estas cosas, que me causan dolor, a reaccionar dejando la mansedumbre y poniéndome duro, intransigente?

Y, en fin, ¿no piensas cuántas veces lanza su abrasador hálito de soberbia, y dice: "Gloríate de esto o de aquello. Eres grande. El mundo te admira. ¡Los elementos te sirven!"? ¡La tentación de complacerse en ser santo!

¡La más sutil! ¡Cuántos, por esta soberbia, pierden la santidad que habían conquistado! ¡Con qué corrompió Satanás a Adán? Con la tentación del sentido, del pensamiento y del espíritu. ¿Y no soy Yo el Hombre que debe crear otra vez al hombre? De mí, la nueva Humanidad.

Entonces, Satanás busca los mismos caminos para destruir, y para siempre, a la raza de los hijos de Dios. Ahora ve donde tus compañeros y repite mis palabras. Y no pienses si sé o si no sé lo que hace Judas. Piensa que te amo: ¿No es suficiente este pensamiento para ocupar a un corazón?

Lo besa y lo deja marchar. Y, otra vez solo, alza los ojos al cielo que se ve entre las frondas de los olivos y gime:

-¡Padre mío! Haz que al menos, hasta la última hora, pueda tener oculto el Delito. Para impedir que estos amados míos se manchen de sangre. ¡Piedad de ellos, Padre mío! ¡Son demasiado débiles como para no reaccionar ante la ofensa!

¡Que ellos no tengan odio en su corazón en la hora de la Caridad perfecta! -y se enjuga unas lágrimas que sólo Dios ve…

526- Curaciones cerca del vado de Betabara y discurso en recuerdo de Juan el Bautista

-¡Paz a ti, Maestro! -saludan los discípulos pastores, que se habían adelantado unos días antes y que ahora esperaban, pasado el vado, junto con los enfermos que han recogido y con otros que desean oír al Maestro.

-Paz a vosotros. ¿Hace mucho que me esperáis?
-Hace tres días.
-Me han entretenido por el camino. Vamos donde los enfermos.

-Hemos dicho que se montaran unas tiendas para resguardarlos sin tener que ir a los pueblos cercanos y luego volver. Nos han dado leche para ellos algunos amigos nuestros pastores que ahora están allá con el rebaño esperando tu llegada -dicen los discípulos mientras guían a Jesús a una espesura que por sí misma haría de techo a quien se refugiara en ella.

Allí hay un grupo de pequeñas tiendas -unas veinte-montadas sobre estucas, o de un tronco a otro. Debajo de ellas está el triste, pequeño pueblo de enfermos que esperan y que, en cuanto comprenden quién es el que viene, lanzan el grito habitual: -¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!

Jesús no quiere tenerlos esperando mucho, de forma que se asoma -es más: se va agachando de una tienda a otra, porque su estatura no le permite entrar en ellas erguido-e introduce en cada una de ellas su rostro y su sonrisa, que es ya una gracia.

El sol, a sus espaldas, proyecta su sombra sobre las yacijas y los rostros macilentos o sobre los miembros inertes. Dice solamente una breve frase: «Paz a vosotros que creéis», y luego pasa a la tienda adyacente. Y le sigue un grito, un grito repetido como se repite su frase, un grito que se repite en la última tienda dejada como si fuera el eco del que sale de la tienda que estaba antes:

-Estoy curado. ¡Hosanna al Hijo de David!

Y el pequeño pueblo de enfermos, antes extendido bajo las oscuras tiendas, sale y se reconstituye siguiendo los pasos del Maestro, un pequeño pueblo todo festivo que arroja los bastones y las muletas, que se envuelve en las mantas de la parihuela abandonada, que se quita las vendas, ya inútiles, y que, sobre todo, exulta alborozadamente con la alegría de la curación.

Ya están todos curados. Y Jesús se vuelve con su más dulce sonrisa, para decir: -El Señor ha premiado vuestra fe. Bendigamos juntos su bondad -y entona el salmo:

«Cantad a Dios con júbilo, toda la Tierra; servid al Señor con alegría. Venid a su presencia exultando. Reconoced que el Señor es Dios. Él nos ha hecho… (Salmo l00)

La gente le sigue como puede. Algunos, que quizás no son de Israel, siguen el canto mascullando palabras entre sus labios. Pero su corazón canta, y la luz de las caras lo dice. Dios, sin duda, recibirá ese pobre murmullo balbuciente mejor que el canto perfecto y árido de algún fariseo.

Matías dice a Jesús:

-¡Oh, Señor!, hablando a los que esperan tu palabra, recuerda a nuestro Juan.

-Pensaba hacerlo, porque este lugar trae a mi corazón aún más vivamente la figura de Juan el Bautista -y sube a un pequeño montículo cubierto de hierba menuda. Rodeado de gente, empieza a hablar.

-¿Qué habéis venido a buscar a este lugar? La salud del cuerpo, oh enfermos… y os ha sido dada. La palabra que evangeliza… y la habéis encontrado. Pero la salud del cuerpo debe ser la preparación a la búsqueda de la salud del espíritu, de la misma forma que la palabra que evangeliza debe ser preparación a vuestra voluntad de justicia. ¡Ay, si la salud del cuerpo se limitara a la felicidad de la carne y de la sangre, quedándose inactiva respecto al espíritu! Yo os he movido a alabar al Señor, que os ha beneficiado con la salud. Pero, pasado el momento de júbilo, no debe cesar vuestra gratitud hacia el Señor, que se manifiesta en la buena voluntad de amarlo.

Todo don de Dios es nulo, a pesar de que esté cargado de fuerzas activas, si falta en el hombre la voluntad de corresponder a él entregando el don del propio espíritu a Dios.

Este lugar ha oído la predicación de Juan. Muchos de vosotros, sin duda, la habéis oído. Muchos de Israel la han oído, pero no en todos ha producido los mismos resultados, a pesar de que Juan dijera a todos las mismas palabras. ¿Cómo, pues, tanta diferencia? ¿A qué atribuirla? A la voluntad distinta de los hombres que recibieron esas palabras. Para algunos, fueron real preparación para mí, y, consiguientemente, para su santidad.

Para otros, por el contrario, fueron preparación contra mí, y, consiguientemente, para su injusticia. Como grito de centinela resonaron, y el ejército de los espíritus se dividió, a pesar de que el grito era único.

Parte de ellos se prepararon para seguir a su Caudillo; parte se armó y estudió planes para combatirme a mí y a mis seguidores. Y por esto Israel será vencido, porque un reino dividido en sí mismo no puede ser fuerte, y los extranjeros se aprovechan para subyugarlo.

Y lo mismo sucede en cada uno de los espíritus. En todo hombre hay fuerzas buenas y no buenas. La Sabiduría habla a todo el hombre, pero son pocos los hombres que saben querer hacer reinar una sola parte: la buena. Para este querer elegir una parte sola, y hacerla reina, son más capaces los hijos del siglo.

Ellos saben ser completamente malos cuando quieren serlo, y se desprenden, como de vestidos inútiles, de las partes buenas que podrían oponer resistencia dentro de ellos. Sin embargo, los hombres que no son de su siglo, y que tienen un impulso hacia la Luz, sólo difícilmente saben imitar a los hijos del siglo y desprenderse, como de vestidos rechazados, de las partes malas que tratan de resistir en ellos.

Tengo dicho que si un ojo escandaliza sea arrancado, y que si una mano escandaliza sea cortada, porque es mejor entrar en la Luz eterna mutilados que en las Tinieblas eternas con los dos ojos o con ambas manos.

Juan el Bautista era un hombre de nuestro tiempo. Muchos de vosotros lo habéis conocido. Imitad su ejemplo heroico.

Él, por amor del Señor y de su alma, se desprendió mucho más que de un ojo y una mano, se desprendió de la vida misma, por ser fiel a la Justicia. Muchos de vosotros habrán sido, quizás, discípulos suyos y todavía dirán que lo aman.

Pero recordad que el amor a Dios, y el amor a los maestros que conducen a Dios, se demuestra haciendo aquello que ellos enseñaron, imitando sus obras de justicia y amando a Dios con todo el propio ser, hasta el heroísmo. Bueno, pues, haciéndolo así, los dones de salud y sabiduría que Dios ha concedido no permanecen inactivos ni se transforman en condena, sino que son escalera para subir a la morada del Padre mío y vuestro, que a todos espera en su Reino.

Haced -para bien vuestro-, haced que el sacrificio de Juan -toda una vida de sacrificio concluida con el martirio-y el sacrificio mío -toda una vida de sacrificio que concluye en un martirio muchísimo más grande que el de mi Precursor-no queden inactivos para vosotros. Sed justos, tened fe, prestad obediencia a la palabra del Cielo, renovaos en la Ley nueva. Que la Buena Nueva sea para vosotros verdaderamente buena, haciéndoos buenos y merecedores de gozar de la Bondad, o sea, del Señor altísimo en un Día eterno. Sabed distinguir los verdaderos de los falsos pastores, y seguid a los que os den palabras de Vida aprendidas de mí.

Está ya cercana la fiesta de las Luces, la celebración de la Dedicación del Templo. Recordad que nada son las luces de muchas lámparas en honor de la fiesta y del Señor, si permanece sin luz vuestro corazón. La caridad es luz; candelero, la voluntad de amar al Señor con la obras buenas.

Recordar la Dedicación del Templo es cosa buena, pero cosa mucho más grande y buena y mejor recibida por el Señor es dedicar a Dios el propio espíritu y reconsagrarlo con el amor. Espíritus justos en cuerpos justos, porque el cuerpo es semejante a los muros que rodean el altar, y el espíritu es el altar adonde desciende la gloria del Señor.

Dios no puede descender a altares profanados por pecados propios o por contactos con carnes mordidas por la lujuria y por pensamientos malvados.

Sed buenos. El esfuerzo de serlo en las continuas pruebas de la vida es compensado con creces por el futuro premio y, ya desde ahora, por la paz que consuela los corazones de los justos al final de cada una de sus jornadas, cuando se echan a descansar y encuentran su almohada exenta de remordimientos, que son la pesadilla de aquellos que quieren gozar ilícitamente y sólo consiguen proporcionarse un frenesí carente de paz.

No envidiéis a los ricos. No odiéis a nadie. No deseéis lo que veis a otros. Contentaos con vuestra situación, pensando que la clave que abre las puertas de la Jerusalén eterna está en hacer la voluntad de Dios en todas las cosas.

Os dejo. Muchos de vosotros ya no me verán, porque pronto iré a preparar los lugares de mis discípulos… Bendigo especialmente a vuestros niños, a vuestras mujeres que ya no veré. Y luego a vosotros, hombres… Sí, quiero bendeciros… Mi bendición servirá para no permitir que caigan los más fuertes y para hacer que resurjan los más débiles. Sólo para aquellos que me traicionen, odiándome, mi bendición no tendrá valor.

Los bendice en masa y luego bendice a las mujeres y besa a los niños, y lentamente regresa hacia el vado con los cinco apóstoles que están todavía con Él y con los discípulos ex pastores.

525- El juicio sobre Sabea de Betlequí

Bien pobre es la hacienda que alimenta al grupo heterogéneo de los amigos de Zaqueo.

No alegra el corazón, especialmente ahora que es invierno.

Pero, no obstante, ellos le tienen afecto. Así que muestran con orgullo a Jesús esa propiedad: tres campos arados, pardos, para trigo; árboles frutales (pocos de ellos productivos y los otros demasiado jóvenes como para esperar que lo sean); alguna hilera de vides esmirriadas; la huerta; un pequeño establo con una vaquita y un burro para la noria; un recinto con pocas gallinas y cinco parejas de palomas; seis ovejas; una choza con una cocina y tres cuartos; un cobertizo que hace de leñera, trastero y henil; un pozo con el brocal descantíllado y una cisterna de agua limosa. Nada más.

«Sí nos ayuda la estación…», «Sí los animales crían…», «Si los arbolitos arraigan…».

Todo es en condicional… Esperanzas muy precarias…
Pero uno se acuerda de lo que oyó decir años antes -de la prodigiosa recolección que tuvo Doras por una bendición que dio el Maestro para que Doras fuera humano con sus siervos labradores-y dice:

-Y si bendijeras este lugar… También Doras era pecador…

-Tienes razón. Lo que hice sabiendo que ello no cambiaría aquel corazón lo haré para vosotros que tenéis cambiado el corazón.

Y abre los brazos para bendecir, y dice:
-Lo hago inmediatamente, porque quiero persuadiros de que os quiero.

Luego prosiguen el camino hacia el río, bordeando campos arados de rica tierra oscura, y árboles frutales desnudados por la temporada.
En una curva se ve venir a algunos fariseos.
-La paz a ti, Maestro. Te hemos esperado aquí para… venerarte.

-No. Para estar seguros de que no urdía engaño. Habéis hecho: bien. Convenceos de que no he tenido la posibilidad de ver a la mujer ni a ninguno de los que están con ella. Vosotros, tú y tú, estabais de guardia en la casa de Zaqueo y habéis visto que ninguno de nosotros ha salido.

Vosotros me habéis precedido por el camino y habéis visto que ninguno de nosotros se ha adelantado. En vuestro corazón deseáis imponerme una serie de cláusulas respecto al encuentro con esa mujer, y Yo os digo que las acepto antes incluso de que las formuléis.

-Pero… si no las sabes…
-¿No es, acaso, verdad, que me las queréis formular?
-Es verdad.

-De la misma forma que conozco esta intención vuestra, manifiesta sólo a vosotros, también sé lo que me vais a decir. Y os digo que acepto lo que queréis proponerme porque servirá para dar gloria a la Verdad. Hablad.
-¿Sabes como están las cosas?

-Sé que consideráis endemoniada a la mujer; y que, no obstante, ningún exorcista ha podido expulsar de ella al demonio; y que, no obstante, no pronuncia palabras de demonio (esto dicen los que la han oído hablar).
-¿Puedes jurar que no la has visto nunca?

-El justo no jura nunca, porque sabe que tiene derecho a ser creído por su palabra. Yo os digo que no la he visto nunca y que nunca he pasado por su pueblo, y todo el pueblo puede confirmarlo.

-Pues, a pesar de todo, sostiene que conoce tu cara y tu voz.
-Su alma, efectivamente, me conoce por voluntad de Dios.
-Tú dices que por voluntad de Dios. Pero ¿cómo puedes afirmarlo?

-Me han referido que pronuncia palabras inspiradas.
-También el demonio habla de Dios.
-Pero con errores mezclados arteramente, para desviar a los hombres a pensamientos de error.
-Bueno, pues… quisiéramos que nos dejaras probar a la mujer.

-¿En qué modo?
-¿No la conoces en absoluto?
-Os estoy diciendo que no.
-Bueno, pues entonces vamos a mandar a alguno adelante gritando: “¡Aquí está el Señor!" y vamos a ver si ella saluda al que va a ir con él como si fueras Tú.

-¡Una prueba pobre! Pero acepto. Elegid entre los que me acompañan a los que vais a mandar adelante. Yo os seguiré con los otros. Pero, si la mujer habla, debéis dejarla hablar, para que Yo juzgue sus palabras.

-Es justo. Pacto cerrado, y lo mantendremos lealmente.
-Que así sea y que sirva para tocaros el corazón.
-Maestro, no todos somos adversarios. Algunos de entre nosotros están en actitud de espera… y con la voluntad sincera de ver la verdad para seguirte -dice un escriba.

-Es verdad. Y a ésos aún los amará Dios.

Los escribas examinan a los apóstoles y se extrañan de la ausencia de muchos, especialmente de Judas Iscariote. Luego eligen a Judas Tadeo y a Juan; y a otro más: al joven ladrón convertido, que está pálido y delgado y cuyos cabellos tienden al color rojizo. En definitiva, eligen a aquellos que en edad o fisonomía tienen puntos en común con el Maestro.

-Vamos a adelantarnos con éstos. Tú quédate aquí con nuestros compañeros y los tuyos, y síguenos dentro de un rato.
Así se hace.

Ya ven los bosques que orillan el río. El sol poniente de invierno tiñe de oro las cimas de los árboles y esparce una luz amarilla y clara sobre las personas que están recogidas entre los árboles.

-¡Aquí está el Mesías! ¡Está aquí! ¡Poneos en pie! ¡Salid a su encuentro! -gritan los escribas que se han adelantado, y tuercen hacia un sendero que termina en un roble colosal, de poderosas raíces semidescubíertas para asiento de quien se refugia al lado de su tronco.

El grupo de personas recogido alrededor se vuelve; se pone en pie, se abre y se disgrega, para salir al encuentro de los que llegan. Junto al tronco se quedan solamente tres escribas, Juan de Éfeso y dos ancianos (un hombre y una mujer); más otra mujer que está sentada en una raíz que asoma sobre la tierra, con la espalda apoyada en el tronco, la cabeza agachada y reclinada sobre las rodillas, que tiene a su vez estrechadas entre los brazos anudados; toda cubierta por un velo de un morado tan cargado que parece negro. Parece ajena a todo. No reacciona con el griterío.

Un escriba la toca en el hombro:
-Está aquí el Maestro, Sabea. Levántate y salúdalo.
La mujer ni responde ni se mueve.

Los tres escribas se miran y sonríen irónicos, haciendo un gesto de conchabanza a los otros que se están acercando.

Y, dado que los que esperaban, al no ver a Jesús, se habían callado, ellos gritan más fuerte que nunca -ellos y sus cómplices-para que la mujer no se dé cuenta del engaño.

-Mujer -dice un escriba a la anciana madre que está con su hija -al menos tú saluda al Maestro y di a tu hija que lo haga también.

La mujer se postra, junto con su marido, ante Judas Tadeo y Juan y el ladrón arrepentido; luego, levantándose, dice a su hija:

-Sabea, tu Señor está aquí. Venéralo.
La joven no se mueve.
La sonrisa irónica de los escribas se acentúa, y uno, delgado y narigudo, dice con voz nasal y alargando las palabras:

-¿No te esperabas esta prueba, no es verdad? Y tu corazón se estremece. Sientes que tu fama de profetisa está en peligro y no pruebas suerte… Me parece que esto es suficiente para definirte como embustera…

La mujer levanta la cabeza de golpe. Echa hacia atrás el velo y mira con ojos bien abiertos mientras dice:

-No miento, escriba. Y no tengo miedo, porque estoy en la verdad. ¿Dónde está el Señor?

-¿Cómo es eso? ¿Dices que lo conoces y no lo ves? Lo tienes delante de ti.

-Ninguno de éstos es el Señor. Por eso no me movía. Ninguno de estos.

-¿Ninguno de éstos? ¿Y ese galileo rubio no es el Señor? Yo no lo conozco, pero sé que es rubio y con ojos de cielo.

-No es el Señor.

-Entonces este alto y de aspecto grave. Mira qué trazos de rey. Sin duda es Él.

-No es el Señor. No es ninguno de éstos el Señor -y la mujer baja de nuevo la cabeza y la mete entre las rodillas (como estaba antes).

Pasa un rato. Luego… ya se ve venir a Jesús. Los escribas han impuesto silencio a la poca gente. Por tanto, su llegada no resulta advertida por ninguna aclamación.

Jesús viene delante, entre Pedro y su primo Santiago. Anda lentamente… silenciosamente… La hierba tupida ahoga todo rumor de pasos. Y Jesús -mientras la vieja se enjuga las lágrimas con su velo, mientras un escriba dice estas palabras hirientes: «Vuestra hija está desquiciada y miente», mientras el padre suspira e incluso reprende a su hija-llega al linde del sendero y se para.

La joven, que no ha podido oír nada, que no ha podido ver nada, se pone en pie bruscamente, arroja el velo, descubre así toda la cabeza, echa hacia delante los brazos emitiendo un grito poderoso:

-¡Ahí está y viene a mí mi Señor! ¡Éste es el Mesías, oh hombres que queréis engañarme y envilecerme! ¡Veo sobre Él la luz de Dios señalándomelo, y yo lo venero! -y se arroja al suelo, pero quedándose donde estaba, a unos dos metros de Jesús. Rostro en tierra, entre la hierba, grita:

-¡Yo te saludo, Rey de los pueblos, Admirable, Príncipe de paz, Padre del siglo sin fin, Caudillo del pueblo nuevo de Dios! -y permanece postrada bajo su amplio manto oscuro, de un morado casi negro, como el velo.

Pero, en el momento en que se ha levantado, pegada al tronco negro y, arrojado el velo, se ha quedado con los brazos tendidos hacia delante, como una estatua-he podido observar que bajo el manto está vestida con una túnica de gruesa lana de un blanco marfileño, ceñida simplemente con un cordón en el cuello y en la cintura. Y, sobre todo, he podido admirar su belleza de mujer madura.

Tendrá treinta años. Y treinta años en Palestina equivalen, al menos, a cuarenta de los nuestros generalmente: porque, si para María Santísima esta regla tiene una excepción, para las otras mujeres la madurez llega pronto, y especialmente para las de cabellos y tez morenos y bien modeladas como ésta. Ella es el tipo clásico de la mujer hebrea. Creo que así habrán sido Raquel, Rut y Judit, celebres por su belleza. Alta, llena y bien conformada, pero esbelta, lisa su piel de morenita palidez, pequeña la boca de labios un poco abultados, vivamente rojos, nariz recta, larga, delgada, dos ojos profundos, oscuros, de suavidad de terciopelo entre arcos de pestañas largas y apretadas, frente alta, lisa, regia, algo alargado el óvalo de su cara, espléndidos cabellos de ébano como una corona de ónix.

No lleva ninguna joya, pero tiene un cuerpo estatuario y una majestuosidad de reina.
Y ahora se alza, apoyándose en sus manos largas, morenitas, bellísimas, unidas a los brazos por una muñeca delgada. Ya está en pie de nuevo, contra el tronco oscuro.

Mira en silencio ahora al Maestro, y menea la cabeza porque algunos escribas le dicen: -Te equivocas, Sabea. No es Él el Mesías, sino el que antes has visto y no has reconocido.

Ella menea la cabeza, firme, severa, y no aparta los ojos del Señor. Luego su rostro se transfigura y adquiere una expresión que no sabría decir si es de alegría ferviente o de somnolencia extática; participa de ambas cosas, porque parece palidecer como quien está próximo al desvanecimiento, mientras que toda la vida se concentra en sus ojos, que se iluminan con una luz de alegría, de triunfo, de amor… No sé. ¿Ríen esos ojos? No, no ríen, como tampoco lo hace la severa boca; y, sin embargo, hay en ellos una luz de alegría, y cada vez adquieren mayor potencia de intensidad, de una intensidad que impresiona.

Jesús la mira con su mirada mansa, un poco triste.
-¿Ves como es una demente? -le susurra un escriba.

Jesús no replica. Mira y calla, con la mano izquierda suelta y sujetándose con la derecha el manto a la altura del pecho.

Y la mujer abre la boca y extiende los brazos como antes.

Parece una enorme mariposa de alas moradas y cuerpo de marfil viejo. Un nuevo grito sale de sus labios: -¡Oh Adonai, eres grande! ¡Sólo Tú eres grande, Adonai! Grande eres en el Cielo y en la Tierra, en el tiempo y en los siglos de los siglos, y más allá del tiempo, desde siempre y para siempre. ¡Oh Señor, Hijo del Señor! Bajo tus pies están tus enemigos, sujeto está tu trono por el amor de los que te aman.

La voz se hace cada vez más segura y fuerte, al mismo tiempo que los ojos se separan del rostro de Jesús y miran a un punto lejano, un poco por encima de las cabezas, atentas, que tiene a su alrededor y que ella domina sin esfuerzo, pues está erguida y pegada al tronco de este roble crecido en una prominencia del terreno, como encima de un pequeño ribazo.

Después de una pausa, sigue hablando:
-El trono de mi Señor está adornado con las doce piedras de las doce tribus de los justos. En la gran perla que es el trono (el blanco, precioso trono esplendoroso del santísimo Cordero), están engarzados topacios con amatistas, esmeraldas con zafiros, rubíes con sardónices, y ágatas y crisolitos y berilos, ónices, diaspros, ópalos.

Los que creen, los que esperan, los que aman, los que se arrepienten, los que viven y mueren en la justicia, los que sufren, los que dejan el error por la Verdad, los que eran duros de corazón y se hicieron mansos en su Nombre, los inocentes, los arrepentidos, los que se despojan de todas las cosas para ser ágiles en el seguimiento del Señor, los vírgenes, cuyo espíritu resplandece con una luz semejante a un alba del Cielo de Dios… ¡Gloria al Señor!

¡Gloria a Adonai! ¡Gloria al Rey sentado en su trono!
La voz es un tañido. Un estremecimiento recorre a la gente congregada. La mujer parece realmente ver aquello de que habla, como si la nube dorada que navega en el cielo sereno y que ella parece seguir con su mirar arrobado le hiciera de lente para ver las glorias celestes.

Ahora descansa, como si estuviera cansada, aunque sin cambiar de actitud. La única diferencia es que su cara se transfigura aún más, en la palidez de la epidermis y en el fulgor de los ojos. Luego, bajando la mirada hacia Jesús, que la está escuchando atento, rodeado por un círculo de escribas que, escépticos y sarcásticos, menean la cabeza, y de apóstoles y seguidores pálidos de sagrada emoción, prosigue, prosigue con voz distinta y menos alta:

-¡Veo! Veo en el Hombre lo que se cela en el Hombre. Santo es el Hombre, pero mi rodilla se dobla ante el Santo de los Santos que está dentro del Hombre.

La voz vuelve a ser ahora fuerte, imperiosa como una orden:

-¡Mira a tu Rey, pueblo de Dios! ¡Conoce su Rostro! La Belleza de Dios está delante de ti. La Sabiduría de Dios ha tomado una boca para instruirte. Ya no son los profetas, pueblo de Israel, los que te hablan del Innombrable. Es Él mismo. Él, que conoce el Misterio que es Dios, es el que te habla de Dios. Él, que conoce el Pensamiento de Dios, es el que te arrima a su pecho, oh pueblo que todavía eres párvulo después de tantos siglos, y te nutre con la leche de la Sabiduría de Dios para hacerte adulto en Dios.

Para hacer esto se ha encarnado en un seno, en un seno de mujer de Israel, que ante Dios y ante los hombres es mayor que cualquier otra mujer.

Ella cautivó el corazón de Dios con uno solo de sus latidos de paloma. La belleza de su espíritu hechizó al Altísimo y Él ha hecho de Ella su trono. María de Aarón pecó porque en ella estaba el pecado. Débora juzgó lo que había de hacerse, pero no obró con sus manos. Yael fue fuerte, pero se manchó de sangre. Judit era justa y temía al Señor, y Dios estuvo en sus palabras y le permitió aquel acto para que fuera salvado Israel, pero por amor a la patria usó astucia homicida.

Pero la Mujer que lo ha generado supera a estas mujeres, porque es la Sierva perfecta de Dios y le sirve sin pecar.

Toda pura, inocente y hermosa, es el hermoso Astro de Dios, desde su alba hasta su ocaso. Toda hermosa, esplendorosa y pura por ser Estrella y Luna, Luz de los hombres para encontrar al Señor. Ni precede ni sigue al Arca santa, como María de Aarón, porque Arca es Ella misma. Sobre la tenebrosa onda de la Tierra cubierta por el diluvio de los pecados, Ella camina y salva, porque quien entra en Ella encuentra al Señor. Paloma sin mancha, sale y vuelve con el olivo, el olivo de paz para los hombres, porque Ella es la Oliva especiosa.

Calla, y en su silencio habla y obra más que Débora, Yael y Judit, y no aconseja la batalla, no incita a las matanzas, no derrama más sangre que la suya más selecta, la sangre con la que formó a su Hijo.

¡Pobre Madre! ¡Madre sublime!… Temía Judit al Señor, pero de un hombre había sido su flor. Ésta ha dado al Altísimo su flor intacta, y el Fuego de Dios ha descendido al cáliz de la suave azucena, y un seno de mujer ha contenido y llevado la Potencia, la Sabiduría y el Amor de Dios. ¡Gloria a la Mujer! ¡Cantad, mujeres de Israel, sus alabanzas!

La mujer se calla, como si su voz estuviera sin fuerzas. Efectivamente, no sé cómo logra mantener ese timbre tan fuerte.

Los escribas dicen:
-¡Está loca! ¡Está loca! Dile que se calle. Loca o poseída. Impón al espíritu que la tiene poseída que se vaya.

-No puedo. No hay más que espíritu de Dios, y Dios no se expulsa a sí mismo.

-No lo haces porque os alaba a ti y a tu Madre y ello estimula tu orgullo.

-Escriba, reflexiona en lo que sabes de mí y verás que Yo no conozco el orgullo.

-Pues, a pesar de todo, sólo un demonio puede hablar en ella para celebrar así a una mujer… ¡La mujer! ¿Y qué es en Israel y para Israel la mujer? ¿Y qué es, sino pecado, ante los ojos de Dios? ¡La seducida y seductora! Si no hubiera fe, difícilmente se podría pensar que en la mujer hubiera un alma. Le está prohibido acercarse al Santo por su impureza.

-¡Y ésta dice que Dios descendió a Ella!… dice otro escriba, escandalizado, y sus compinches le hacen coro.
Jesús, sin mirar a nadie a la cara -parece que hable consigo mismo -dice:

-La Mujer aplastará la cabeza de la Serpiente… La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo que será llamado Emmanuel… Un vástago saldrá de la raíz de Jesé, una flor brotará de esta raíz y en Ella descansará el Espíritu del Señor". Esta Mujer. Mi Madre. Escriba, por el honor de tu saber, recuerda y comprende las palabras del Libro. (Génesis 3, l5; Isaías 7, l4; ll, l-2)

Los escribas no saben qué responder. Esas palabras las han leído mil veces y mil veces las han considerado verdaderas. ¿Pueden negarlo ahora? Callan.

Uno ordena que se enciendan hogueras, porque ya se siente el frío junto a las orillas por donde pasa el viento vespertino. Obedecen, cual corona en torno al grupo compacto, llamean candeladas de ramajes.

La luz bailarina del fuego parece hacer reaccionar a la mujer, que se había callado y que estaba con los ojos cerrados como recogida en sí misma Abre de nuevo los ojos, reacciona. Mira otra vez a Jesús y grita de nuevo:

-¡Adonai! ¡Adonai, Tú eres grande! ¡Cantemos al Divino un cántico nuevo! ¡Shalem! ¡Shalem! ¡Malquih!!… (lo escribo así, pero la "h" es aspirada como casi una "c" pronunciada por toscanos). ¡Paz! ¡Paz! ¡Oh Rey, al que nada se resiste!…

La mujer se calla de golpe. Pasa su mirada -la primera vez desde que empezó a hablar-por los que están alrededor de Jesús, y fija sus ojos en los escribas como si los viera por primera vez, y, sin motivo aparente, algunas lágrimas se forman en sus grandes ojos y la cara se le pone triste y mate.

Habla lentamente ahora, y con voz profunda como quien expresa cosas dolorosas:

-No. ¡Hay quien te resiste! ¡Pueblo, escucha! Desde después de mi dolor, pueblo de Betlequi, me has oído hablar. Después de años de silencio y dolor, he sentido y he dicho lo que sentía. Ahora ya no estoy -virgen viuda que encuentra en el Señor su única paz-en los verdes bosques de Betlequi; no tengo alrededor sólo a mis convecinos para decirles:

"Temamos al Señor porque ha llegado la hora de estar preparados para su llamada. Embellezcamos el vestido del corazón para no ser indignos en su presencia. Ciñámonos de fortaleza, porque la hora del Cristo es hora de prueba.

Purifiquémonos como hostias para el altar, para que podamos ser acogidos por Aquel que lo envía. El que sea bueno que crezca en bondad. El que sea soberbio que se haga humilde. El que sufre de lujuria que se desprenda de su carne para poder seguir al Cordero. El avaro hágase benefactor, porque Dios es benefactor nuestro con su Mesías. Y todos practiquen la justicia para poder pertenecer al Pueblo del Bendito que viene".

Ahora hablo ante Él y ante quien cree en Él, y también ante quien no cree y ultraja al Santo y a los que creen en El y hablan en su Nombre. Pero no tengo miedo. Decís que estoy loca, decís que a través de mí habla un demonio. Sé que podríais hacer que me lapidaran como blasfema.

Sé que lo que os voy a decir os va a parecer insulto y blasfemia, y que me odiaréis. Pero no tengo miedo. Última, quizás, de las voces que hablan de Él antes de su Manifestación, me espera, quizás, la suerte que otras voces sufrieron; pero no tengo miedo. Demasiado largo es el exilio en el frío y en la soledad de la Tierra para el que piensa en el seno de Abraham, en el Reino de Dios que el Cristo nos abre, más santo que el santo seno de Abraham. Sabea de Carmel de la estirpe de Aarón no le teme a la muerte. Pero al Señor sí. Y habla cuando Él la mueve a hablar, para no desobedecer a su voluntad. Y dice la verdad porque habla de Dios con las palabras que Dios le da.

No tengo miedo a la muerte. Aunque me llaméis demonio y me lapidéis como blasfema, aunque mi padre y mi madre y mis hermanos, por este deshonor, mueran, no temblaré de miedo ni de aflicción. Sé que el demonio no está en mí, porque en mí calla todo estímulo maléfico, y toda Betlequi lo sabe.

Sé que las piedras podrán sólo introducir en mi canto una pausa más breve que un respiro, y que después mi canto recibirá más amplio respiro en la libertad de más allá de la Tierra. Sé que Dios consolará el dolor de los de mi sangre, y que será breve; mientras que será eterno, después, su gozo de ser parientes mártires de una mártir.

No temo vuestra muerte, sino la que me vendría de Dios si no le obedeciera. Y hablo. Y digo lo que se me dice. ¡Oh, pueblo, escucha, y escuchad vosotros, escribas de Israel!

Alza de nuevo su acongojada voz y dice:
-Una voz, una voz viene de lo alto y grita en mi corazón. Y dice: "El antiguo Pueblo de Dios no puede cantar el nuevo cántico porque no ama a su Salvador. Cantarán el cántico nuevo los salvados de todas las naciones, los del Pueblo nuevo del Cristo Señor, no los que odian a mi Verbo"… ¡Horror! (da verdaderamente un grito que estremece). ¡La voz da luz, la luz da vista! ¡Horror! ¡Yo veo!

El grito es casi un aullido. Se retuerce, como si la tuvieran sujeta ante un espectáculo tremendo que le torturara el corazón, y tratara de poner fin a él huyendo.

Se le cae de los hombros el manto, de forma que se queda sólo con su túnica blanca contra el gran tronco negro. Con la luz, que se va reduciendo lentamente en el reflejo verde del bosque y rojizo y bailarín de las llamas, su cara adquiere un aspecto, profundamente trágico. Se forman unas sombras bajo los ojos, bajo la nariz, bajo el labio.

La cara parece socavada por el dolor. Se retuerce las manos mientras repite, más bajo:

-¡Veo! ¡Veo! -y bebe sus lágrimas mientras continúa:
-Veo los delitos de este pueblo mío. Y soy impotente para detenerlos. Veo el corazón de mis compatriotas: no puedo cambiarlo. ¡Horror! ¡Horror! Satán ha salido de sus lugares y ha venido a hacer morada en el corazón de éstos.

-¡Mándala callar! -ordenan los escribas a Jesús.
-Habéis prometido dejarla hablar… -responde Jesús.

La mujer prosigue:

-¡Rostro en tierra, en el barro, Israel que todavía sabes amar al Señor! ¡Cúbrete de ceniza, vístete de cilicio!

¡Por ti! ¡Por ellos! ¡Jerusalén! ¡Jerusalén, sálvate! Veo una ciudad agitada pidiendo un delito. Oigo, oigo el grito de los que, con odio, invocan que caiga sobre ellos una sangre. Veo levantar a la Víctima en la Pascua da Sangre y veo fluir esa Sangre, y oigo gritar esa Sangre más que la de Abel, al mismo tiempo que se abren los cielos y la tierra tiembla y el sol se oscurece. ¡Y esa Sangre no grita venganza, sino que suplica piedad para su Pueblo asesino, piedad para nosotros! ¡¡¡Jerusalén!!!

¡Conviértete! ¡Esa Sangre! ¡Esa Sangre! ¡Un río! Un río que lava al mundo sanando todo mal, borrando toda culpa… Pero para nosotros, para nosotros de Israel, esa Sangre es fuego, para nosotros es cincel que escribe en los hijos de Jacob el nombre de deicidas y la maldición de Dios.

¡Jerusalén! ¡Ten piedad de ti misma y de nosotros!…
-¡Pero haz que se calle! ¡Te lo ordenamos! -gritan los escribas mientras la mujer solloza cubriéndose la cara.

-No puedo imponer a la Verdad que se calle.
-¡Verdad! ¡Verdad! ¡Es una demente que está delirando!

¿Qué Maestro eres, si tomas como verdad las palabras de una que delira?

-¿Y qué Mesías eres, si no sabes hacer que se calle una mujer?

-¿Y qué Profeta eres, si no sabes poner en fuga al demonio? ¡Sin embargo, otras veces lo has hecho!
-Lo ha hecho, sí. Pero ahora no le conviene. ¡Todo es un juego bien montado para atemorizar a las turbas!

-¿Y habría elegido esta hora, este lugar y este puñado de hombres para hacerlo, cuando habría podido hacerlo en Jericó, cuando ha tenido cinco y más de cinco mil personas que me han seguido y circundado en varias ocasiones, cuando el recinto del Templo ha sido escaso para recibir a todos los que querían oírme? ¿Y puede, acaso, el demonio pronunciar palabras de sabiduría? ¿Quién de vosotros, en conciencia, puede decir que un solo error ha salido de esos labios? ¿No resuenan en sus labios, con voz de mujer, las terribles palabras de los profetas? ¿No oís el grito desgarrador de Jeremías, el llanto de Isaías y de los otros profetas? ¿No oís la voz de Dios a través de la criatura, la Voz que trata de ser acogida por vuestro bien?

A mí no me escucháis. Podéis pensar que hablo en mi favor. Pero ésta, desconocida para mí, ¿qué favor espera de estas palabras? ¿Qué le acarrearán, sino vuestro desprecio, vuestras amenazas y quizás vuestra venganza? ¡No, ciertamente no le impongo silencio! Es más, para que estos pocos la oigan, y también vosotros oigáis y podáis enmendaros, le ordeno: "¡Habla! ¡Habla, te digo, en nombre del Señor!"

Ahora es Jesús el que aparece majestuoso, es el Cristo poderoso de las horas de milagro, de grandes ojos magnéticos con un esplendor de estrella azul que la llama de una hoguera, encendida entre la mujer y Él, aviva aún más.

La mujer, por el contrario, oprimida por el dolor, aparece menos regia, y tiene agachada la cabeza, cubierta la cara con las manos y con sus cabellos negros, que se han soltado y le caen por detrás y por delante, como un velo de luto sobre la túnica blanca.

-Habla, te digo. No carecen de fruto tus dolorosas palabras. ¡Sabea, de la estirpe de Aarón, habla!

La mujer obedece. Pero habla bajo, tanto que todos se arriman para oírla mejor. Parece como si se hablara a sí misma, mirando hacia el río, que corre con su frufrú por su derecha formando un último cabrilleo de aguas con las últimas luces del día. Y parece hablarle al río:

-Jordán, sagrado río de nuestros padres, que tienes ondas cerúleas y crespas cual precioso lino cendalí, y en ellas reflejas las estrellas puras y la cándida Luna, y acaricias a los sauces de tus orillas, y eres río de paz, y… a pesar de todo, conoces mucho dolor. Jordán, que en las horas de tormenta, en las ondas hinchadas y agitadas transportas las arenas de mil torrentes y lo que ellos han arrebatado con violencia, y algunas veces tronchas un tierno arbusto en que hay un nido y lo transportas vortiginoso hacia el abismo mortal del mar Salado, y no tienes piedad de la pareja de pájaros que siguen a su nido, volando, chillando de dolor, a su nido destruido por tu violencia.

Así verás, sagrado Jordán, acometido por la ira divina, arrancado de sus casas y del altar, ir a la destrucción y perecer en la muerte más grande, verás ir al pueblo que no recibió al Mesías. ¡Pueblo mío, sálvate! ¡Cree en tu Señor! ¡Sigue a tu Mesías! Reconócelo en lo que es. No rey de pueblos y ejércitos. Rey es de las almas, de tus almas, de todas las almas. Ha descendido para recoger a las almas justas, y subirá de nuevo para conducirlas al Reino eterno.

¡Vosotros que todavía podéis amar, abrazaos al Santo! ¡Vosotros a quienes os preocupan los destinos de la Patria, uníos al Salvador! ¡Que no muera toda la progenie de Abraham! Apartaos de los falsos profetas de bocas -mentirosas y corazones adictos al pillaje que quieren alejaros de la Salvación. Salid de las tinieblas que alzan en torno a vosotros. ¡Escuchad la voz de Dios! Los grandes a los que hoy teméis son ya polvo en el decreto de Dios.

Uno sólo es el Viviente. Los lugares en que reinan y desde los cuales subyugan son ya ruinas. Sólo uno perdura.

¡Jerusalén! ¿Dónde están los briosos hijos de Sión de que te glorías? ¿Dónde, los rabíes y los sacerdotes con que te adornas y en que te admiras a ti misma? ¡Míralos! Subyugados, encadenados, van hacia el destierro; entre los escombros de tus edificios, entre el hedor de los muertos por espada y hambre. Te alcanza el furor de Dios, Jerusalén que rechazas a tu Mesías y lo hieres en el rostro y el corazón. Toda belleza en ti está destruida, toda esperanza está para ti muerta, profanados están el Templo y el altar…

-¡Haz que se calle! ¡Está blasfemando! Decimos que hagas que se calle.
-… Rasgado el efod. Ya no es necesario…
-¡Eres culpable si no le impones que se calle!
-… Porque ya no reina. Hay otro, eterno Pontífice, y es santo, y constituido por Dios: Rey y Sacerdote para siempre, por Aquel que hace suyas las ofensas infligidas al Cristo, y las venga. Otro Pontífice. El Verdadero, el Santo, Ungido por Dios y con su Sacrificio, que sustituye a aquellos sobre cuya frente es un desdoro la tiara, porque cubre pensamientos de horror…

-¡Calla, maldita! ¡Calla o descargamos nuestra mano sobre ti! -y los escribas la ultrajan. Pero ella parece no sentir.

La gente se agita:

-¡Dejadla hablar, vosotros que habláis tanto! Está diciendo la verdad. Es así. Ya no hay santidad entre vosotros. Uno sólo es el Santo y vosotros lo vejáis.

Los escribas consideran prudente callar, y la mujer continúa con su voz cansada y doliente:

-Había venido a traerte la paz y le has presentado guerra… salvación, y lo has escarnecido… amor, y lo has odiado… milagros, y le has llamado demonio… Sus manos han curado a tus enfermos y tú las has atravesado.

Te traía la Luz, y has cubierto de esputos y porquerías su cara. Te traía la Vida, y tú le has dado la muerte.

Israel, llora tu error y no impreques contra el Señor mientras vas hacia este destierro tuyo, que no tendrá término como los del pasado. Recorrerás toda la Tierra, Israel, pero como pueblo vencido y maldito, seguido por la voz de Dios con las mismas palabras dirigidas a Caín. Y aquí no podrás volver a reconstruir un sólido nido sino cuando reconozcas con los otros pueblos que éste es Jesús, el Cristo, el Señor Hijo del Señor…

La mujer tiene ahora voz blanca, de dolor y fatiga, cansada como la voz de un moribundo. Pero no calla todavía; antes al contrario, se reanima para un último imperativo:

-Al suelo, pueblo que sabes todavía amar. Cúbrete de ceniza, vístete de cilicio. El furor de Dios se cierne sobre nosotros como una nube cargada de granizo y rayos sobre un campo maldito.

La mujer cae al suelo, de rodillas, con los brazos extendidos hacia Jesús, y grita: -¡Paz, paz, oh Rey de justicia y de paz! ¡Paz, oh Adonai grande y poderoso, a quien ni siquiera el Padre niega nada! ¡Impetra paz para nosotros, por tu Nombre, oh Jesús, Salvador y Mesías, Redentor y Rey, y Dios, tres veces santo! -y se derrumba, convulsa a causa de los sollozos, con la cara contra la hierba.

Los escribas rodean a Jesús y lo llevan aparte, y alejan a todos los demás con miradas y palabras amenazadoras, y uno de ellos dice:

-Lo menos que puedes hacer es curarla. Porque, aunque quieras afirmar taxativamente que está libre de demonio, lo que no puedes negar es que sea una enferma.

¡Mujeres!… Y mujeres sacrificadas por el destino… Su vitalidad bien que se debe manifestar por alguna parte… y divagan… y ven cosas irreales… y, sobre todo, te ven a ti que eres joven y apuesto… y…

-¡Cállate, boca de serpiente! Ni tú mismo crees en lo que dices -reacciona Jesús, con una actitud de mando que interrumpe las palabras en los labios del escriba delgado y narigudo que al principio del hecho había escarnecido a la mujer como falsa profetisa.

-No ofendamos al Maestro. Lo hemos elegido como juez de un caso que nosotros no logramos juzgar… -dice otro escriba (el que había ido con los otros al encuentro de Jesús por el camino y le había dicho que no todos los escribas estaban contra Él, sino que algunos le observaban para emitir un juicio, con la sincera voluntad de seguirle si lo consideraban Dios).

-¡Cállate, Joel el Alamot, hijo de Abías! Sólo un mal nacido como tú puede decir esas palabras -arremeten contra él los otros.

El escriba, oído este insulto, se congestiona, pero se domina y responde con dignidad:

-Si la naturaleza me ha sido adversa en el cuerpo, ello no me ha hecho deficiente el intelecto. Al contrario, vedándome muchos placeres, ha hecho de mí el hombre de la cordura. Y, si fuerais santos, no humillaríais al hombre; antes bien, respetaríais al -cuerdo.

-¡Bien, bueno! Vamos a hablar de lo que nos urge. Tú tienes el deber de curarla, Maestro, porque con ese delirio suyo asusta a la gente y ofende al sacerdocio, a los fariseos y a nosotros.

-¿Si os hubiera alabado me diríais que la curara? -pregunta Jesús dulcemente.

-No. Porque serviría para hacer a la gente respetuosa de nosotros, a este pueblo cabruno que nos odia en su corazón y no pierde ocasión de escarnecernos -responde un escriba, sin darse cuenta de que cae en una trampa.

-¿Pero no seguiría siendo una enferma? ¿No tendría el deber de curarla? -pregunta, otra vez con dulzura, Jesús (parece un escolar que estuviera preguntando al maestro lo que debe hacer).

Y los escribas, cegados por la soberbia, no comprenden que se están confesando a sí mismos…
-En ese caso, no. ¡Es más: dejarla, dejarla con su delirio! Hacer lo posible para que la gente crea que es profetisa. ¡Honrarla! Señalarla…
-¿Pero si fueran cosas no verdaderas?…

-¡Maestro, aparte del punto en el que dice cosas contra nosotros, el resto serviría mucho para elevar el orgullo de Israel contra los romanos y para tener bajo el orgullo del pueblo hacia nosotros!

-Pero no se le podría decir: "Habla así, pero no digas eso" -dice firmemente Jesús.

-¿Y por qué?
-Porque quien delira habla sin saber lo que dice.
-¡Con monedas y alguna amenaza… se obtendría todo! Hasta a los profetas se los regulaba…

-En verdad, me resulta gratuita esa afirmación…
-¡Ya! Porque no sabes leer entre líneas y porque no todo se ha dejado escrito.

-Pero el espíritu profético no conoce imposiciones, escriba. Viene de Dios, y a Dios ni se le compra ni se le amedrenta ­dice Jesús, cambiando de tono. Es el principio de su contraataque.

-Pero ésta no es profetisa. Ya no es tiempo de profetas.
-¿Ya no es tiempo de profetas? ¿Y por qué?
-Porque no nos los merecemos. Estamos demasiado corrompidos.

-¿Verdaderamente? ¿Y lo dices tú? ¿Tú, que poco antes la juzgabas digna. de castigo porque decía esa misma cosa?

El escriba se queda desorientado.
Le ayuda otro:

-El tiempo de los profetas ha cesado con Juan. Ya no hacen falta.

-¿Y cómo es eso?

-Porque estás Tú, que expresas la Ley y hablas de Dios.
-También en tiempos de los profetas estaba la Ley, y la Sabiduría hablaba de Dios. Y, a pesar de todo, estaban ellos.

-¿Pero qué profetizaban? Tu venida. Ya has venido. Ya no hacen falta.

-En multitud de ocasiones, he oído vuestra pregunta, y la de los sacerdotes y fariseos, de si era o no era el Cristo. Y dado que lo afirmaba fui tachado de blasfemo y de loco, y se cogieron piedras para lanzarlas sobre mí.

¿No eres tú Sadoq, llamado el escriba de oro? -dice Jesús señalando al escriba narigudo que ha ultrajado a la mujer después de haberla tentado al error.

-Lo soy. ¿Y…?

-Pues que tú, justamente tú, has sido siempre el primero, tanto en Yiscala como en el Templo, que ha empezado la violencia contra mí. Pero Yo te perdono. Sólo te recuerdo que lo hacías diciendo que no podía ser el Cristo, mientras que ahora lo sostienes. Y te recuerdo también el reto que te propuse en Quedes. Dentro de poco verás cumplirse una parte de él. Cuando la Luna vuelva a la fase con que ahora resplandece en el cielo, te daré esa prueba.

Ésta es la primera. La otra la tendrás cuando el trigo, que ahora duerme en la tierra, cimbree sus espigas aún verdes con el leve viento de Nisán. Y a los que dicen que son inútiles los profetas les respondo: "¿Quién podrá poner límites al Señor Altísimo?".

En verdad, en verdad os digo que mientras haya hombres habrá siempre profetas. Son las antorchas en medio de las tinieblas del mundo; el fuego en medio del hielo del mundo; los toques de trompeta que despertarán a los que duermen; las voces que recuerdan a Dios y a sus verdades, caídas, con el tiempo, en el olvido y la desatención, y traen al hombre la voz directa de Dios y suscitan vibrantes emociones en los desmemoriados, en los apáticos hijos del hombre.

Tendrán otros nombres, pero igual misión e igual suerte de humano dolor y de sobrehumano gozo. ¡Ay, si no existieran estos espíritus que serán odiados por el mundo y amados especialmente por Dios! ¡Ay si no existieran estos espíritus, para padecer y perdonar, amar y actuar en obediencia al Señor! El mundo perecería entre las tinieblas, entre el hielo, en un sopor de muerte, en un estado de deficiencia mental, de ignorancia salvaje y embrutecedora. Por eso, Dios los suscitará, y siempre los habrá. ¿Y quién podrá imponer a Dios que no lo haga? ¿Tú, Sadoq?, ¿o tú?, ¡o tú? En verdad os digo que ni los espíritus de Abraham, Jacob y Moisés, de Elías y Eliseo, podrían imponer a Dios esta limitación, y sólo Dios sabe cuán santos eran y qué eternas luces son.

-¿Entonces no quieres ni curar a la mujer ni condenarla?
-No.
-¿Y la juzgas profetisa?
-Inspirada, sí.
-Eres un demonio como ella. Vamos. No nos interesa perder más tiempo con demonios -dice Sadoq, y da un empujón propio de un… mozo de cuerda a Jesús, para apartarlo.

Muchos le siguen. Algunos se quedan. Entre éstos, el hombre al que han llamado Joel Alamot.
-¿Y vosotros no los seguís? -pregunta Jesús, señalando a los que se están marchando.

-No, Maestro. Nos vamos a marchar porque es de noche. Pero queremos decirte que creemos en tu juicio. Dios lo puede todo, es verdad. Y para nosotros que caemos en muchas culpas puede suscitar espíritus que nos corrijan en orden a la justicia -dice uno muy anciano.

-Así es, como dices. Y esta humildad tuya es más grande a los ojos de Dios que tu saber.

-Entonces acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.
-Sí, Jacob.

-¿Cómo sabes mi nombre?
Jesús sonríe, pero no responde.
-Maestro, también de nosotros acuérdate -dicen los otros tres.

Y el último que habla, Joel Alamot, dice también:
-Y bendigamos al Señor, qua nos ha regalado esta hora.
-¡Bendigamos al Señor! -responde Jesús.
Se saludan. Se separan.

Jesús se reúne con sus apóstoles y va con ellos donde la mujer, que está de nuevo en la postura que tenía al principio: acurrucada sobre la raíz prominente.
La madre y el padre, jadeantes, preguntan al Maestro:

-¿Es, entonces, un demonio nuestra hija? Antes de marcharse lo han dicho.

-No lo es. Quedaos en paz. Y amadla, porque su destino es muy doloroso. Como todo destino semejante al suyo.

-Pero ellos han dicho que así has juzgado…
-Han mentido. Yo no miento. Quedaos en paz.
Juan de Éfeso se acerca con Salomón y los otros discípulos:

-Maestro, Sadoq ha amenazado a éstos. Yo te lo digo.
-¿A ellos o a ella?
-A ellos y a ella. ¿No es verdad, vosotros dos?

-Sí. Nos han dicho, a mí y a su madre, que si no sabemos hacer callar a nuestra hija, pobres de nosotros. Y a Sabea le han dicho: "Si de ahora en adelante hablas, te denunciaremos al Sanedrín". Prevemos días malos para nosotros… Pero el corazón está en paz por lo que has dicho… y lo demás lo soportaremos. Pero respecto a ella… ¿Qué debemos hacer? Aconséjanos, Señor.

Jesús piensa y responde:

-¿No tenéis parientes lejos de Betlequi?
-No, Maestro.

…Jesús piensa. Luego levanta la cara y mira a José, a Juan de Éfeso y a Felipe de Arbela. Ordena:
-Os pondréis en viaje con ellos y luego, desde Betlequi, con ella y sus cosas, iréis a Aera. Diréis a la madre de Timoneo que la custodie en mi nombre. Ella sabe lo que es tener un hijo perseguido.

-Así lo haremos, Señor. Bien decidido. Aera está lejos y apartada -dicen los tres.

El padre y la madre de Sabea besan las manos al Maestro, le dan las gracias y lo bendicen.

Jesús se inclina hacia la mujer, la toca en la cabeza velada y la llama con dulzura:
-¡Sabea, escúchame!

La mujer alza la cabeza y lo mira; luego se postra.
Jesús mantiene la mano en la cabeza de ella:
-Escucha, Sabea. Irás a donde te envío. A casa de una madre. Hubiera querido que fuera la mía. Pero no me es factible. Y sigue sirviendo al Señor en justicia y obediencia. Yo te bendigo, mujer. Ve en paz.

-Sí, mi Señor y Dios. Pero, cuando tenga que hablar, ¿voy a poder hacerlo?…

-El Espíritu que te ama te guiará según el momento. No dudes de su amor. Sé humilde, casta, sencilla y sincera, y Él no te abandonará. ¡Ve en paz!

Se reúne de nuevo con los apóstoles y con Zaqueo y los suyos, que se habían detenido a algunos pasos de distancia, reteniendo también a otros curiosos.
-Vamos. Ya es de noche. No sé cómo os las vais a arreglar para ir a Jericó vosotros que tenéis que ir allá.

-Digamos, más bien, la mujer y sus padres. Pero, si lo juzgas bueno, nosotros estaremos fuera de casa, y Tú y ellos podréis dormir en casa hasta mañana por la mañana» propone uno de los amigos de Zaqueo.

-Buena propuesta. Id a decir a Sabea que venga con los suyos y con los discípulos. Ellos dormirán. Yo estaré con vosotros. No es una noche ventosa. Encenderemos unos fuegos y esperaremos así al alba, Yo instruyéndoos y vosotros escuchándome.

Y lentamente se pone en camino con el primer claror de la Luna…

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