524- En Jericó. En casa de Zaqueocon los pecadores convertidos

Están todos recogidos en una habitación grande y desnuda, en otros tiempos, sin duda, hermosa. Ahora es sólo un local grande.

Han tomado sillas y lechos de las otras habitaciones de comer o de dormir y las han traído. Se han sentado alrededor del Maestro, al que le han ofrecido para que se siente una especie de sillón todo de madera labrada cubierto con un paramento de lizo alto: es el mueble más lujoso de la casa.

Zaqueo está hablando de una propiedad adquirida con el dinero de una colecta hecha entre ellos:

-¡Algo teníamos que hacer, ¿no?! El ocio no es buena medicina para no pecar. Es un lugar poco fértil todavía porque estaba desatendido, como nosotros, y como nosotros, lleno de tríbulos, piedras, sequío y hierbas nocivas.

Nique nos ha prestado a los campesinos que están a su servicio para que nos enseñen cómo hay que hacer para abrir los pozos abandonados, para limpiar las tierras, podar los pocos árboles que había y plantar otros nuevos. Nosotros sabíamos hacer muchas cosas… aunque no eran las santas obras del hombre. Pero en este trabajo tan nuevo para nosotros encontramos una vida verdaderamente nueva.

Nada de lo que nos rodea recuerda el pasado. Sólo la conciencia lo recuerda, pero eso está bien… Somos pecadores… ¿Vas a ir a ver esa propiedad?

-Saldremos juntos de aquí para dirigirnos hacia el Jordán, y me detendré en ese lugar. Me dices que está al lado del camino que va al río…

-Sí, Maestro. Pero es un lugar feo. La casa está que se cae. No tiene muebles, está vacía. No teníamos dinero para todo… después de haber compensado -siempre que ha sido posible hacerlo- a nuestro prójimo por nuestros delitos.

Éstos, para dormir, se arreglan encima de heno; menos Demetes, Valente y Leví, que son demasiado ancianos para ciertas privaciones y que duermen aquí, Señor.

-Muchas veces Yo no tengo ni eso. Dormiré en el heno Yo también, Zaqueo, que es donde dormí mis primeros sueños, sueños dulces porque los velaba el amor. Puedo dormir también éste; y no será un sueño atormentado, porque lo conciliaré entre hombres en los que ha resucitado la buena voluntad.

Y mira, con una mirada que es una caricia, a estas primicias de redimidos de todo territorio.
Y ellos lo miran… No son hombres que lloren fácilmente.

Al contrario, ¡quién sabe cuánto llanto habrán hecho derramar! Cada cara de estos hombres es un libro en que está escrito su calamitoso pasado, y, si ahora la nueva vida vela la brutalidad de las palabras, éstas son todavía descifrables lo suficiente como para permitir intuir desde qué simas se alzan de nuevo hacia la Luz. Bueno, pues, a pesar de todo, su rostro se hace claro, se ilumina; su mirada toma nuevo vigor, resplandeciendo en ella una luz de esperanza sobrenatural, de satisfacción moral, al oír que el Maestro los considera resucitados a la buena voluntad.

Zaqueo dice:
-¿Entonces apruebas todo esto que he hecho? Fíjate, Maestro, yo aquel día había dicho "te seguiré", y quería seguirte… bueno, materialmente. Pero esa misma noche vino a mi casa Demetes, para una de esas… para uno de esos infames manejos… y necesitaba dinero. Venía de Jerusalén… porque se la llama santa, pero en ella hay toda clase de vergüenzas, y los primeros que las promueven son los que luego arremeten furiosamente contra nosotros como si fuéramos leprosos… Pero debo hablar de nuestros pecados, no de los de ellos. Yo ya no tenía dinero. Te lo había dado. Todo. Incluso el dinero que estaba todavía en casa ya era como si hubiera sido dado, porque había hecho ya las partes que debía devolver a aquellos a quienes se lo había arrebatado con usura. Le dije: "No tengo dinero.

Pero tengo algo que vale más que todos los tesoros". Y le narré mi conversión, tus palabras, la paz que había en mí… Hablé tanto, que, mientras todavía hablaba, la luz del nuevo día entró a blanquecer las caras y a hacer inútiles las lámparas. No sé con exactitud lo que dije. Sé que él dio un fuerte puñetazo en la mesa junto a la cual estábamos sentados y exclamó: "¡Mercurio ha perdido un seguidor y los sátiros un compañero! Toma incluso estas monedas, insuficientes para el delito pero útiles para un pan para el mendigo, y tómame contigo. Quiero conocer un perfume después de tantos hedores". Y se ha quedado.

Fuimos juntos a Jerusalén: yo, para vender objetos; él, para deshacerse de todos los… compromisos. Y, regresando, me dije -había orado en el Templo, después de tanto tiempo, con el corazón puro y pacificado de un niño-, me dije a mí mismo: "¿No es esto también seguir al Maestro, y quizás seguirle mejor, quedándome en Jericó, donde mis desdichados amigos -publicanos como yo, gariteros, lenones, usureros, después de haber sido vigilantes de galeotes y forzados, de esclavos, torturadores de todo desdichado, soldados sin ley ni piedad, juerguistas para ahogar los remordimientos en las borracheras-vienen a verme para emplear su dinero maldito, o proponerme negocios, o invitarme a convites y a otras bajezas infames?

La ciudad me desprecia. Los hebreos me tendrán siempre por pecador. Pero ellos no. Ellos son como yo. Son basura, pero pueden tener algo, dentro de sí, algo que los impulsa hacia el bien, y no encuentran a nadie que les eche una mano.

Yo los he ayudado en el mal. Quizás pecaron también por mis consejos, por las cosas que alguna vez les he pedido.

Tengo el deber de ayudarlos para ir al bien. De la misma forma que he hecho acto de devolución a aquellos a quienes había perjudicado, de la misma forma que he indemnizado a mis convecinos, también tengo que tratar de hacer reparación con ellos". Y me he quedado aquí.

Una vez uno, otra vez otro, han venido, de una u otra ciudad, y he hablado. No todos fueron como Demetes.

Algunos, tras burlarse de mí, huyeron. Otros han dado largas. Otros se han detenido, pero, pasado un tiempo, han vuelto a su infierno. Éstos han permanecido. Y… bueno pues ahora siento que debo seguirte así, que debemos seguirte así, luchando con nosotros mismos, soportando los desprecios del mundo que no nos sabe perdonar. No faltan las lágrimas del corazón cuando vemos que el mundo no perdona, cuando los recuerdos vuelven… y son muchos y penosos… En algunos son…

-La Némesis horrenda que nos echa en cara nuestros delitos y que nos promete la venganza en el ultramundo -dice uno.

-Son los quejidos de los que estaban agotados y yo les pegaba para hacerles trabajar.

-Son las maldiciones de los que hice esclavos tras haber tomado con usura todo lo que poseían.

-Son las súplicas de viudas y huérfanos que no podían pagar y yo les confiscaba en nombre de la ley sus últimos bienes.

-Son las atrocidades llevadas a cabo en los países conquistados, con personas inermes aterrorizadas por la derrota.

-Son las lágrimas de mi madre, de mi mujer, de mi hija, muertas de penalidades mientras yo derrochaba todo en los festines.

-Son… ¡Oh, mi delito no tiene nombre! Señor, yo no tengo sangre en mis manos, no he robado dinero, no he impuesto tributos insoportables ni intereses asfixiantes, no he maltratado a los vencidos, pero he sacada partido de todos los desdichados, y he sacado dinero de niñas inocentes, niñas de vencidos, de huérfanas, de niñas vendidas como mercancía por un pan.

He dado la vuelta al mundo aprovechando estas ocasiones, detrás de los ejércitos, yendo a los lugares donde había una carestía, o a donde un río desbordado había dejado completamente sin alimentos, o a donde una epidemia había dejado jóvenes vidas sin protección, y de ahí he hecho mercancía, una mercancía inocente pero infame: infame para mí, que obtenía dinero de ella, inocente ella porque aún no conocía el horror.

Señor, en mis manos están las virginidades de jovencitas deshonradas y el honor de jóvenes esposas arrebatadas en ciudades de conquista. Mis bazares… y mis prostíbulos eran célebres, Señor… ¡No me maldigas, ahora que lo sabes! …

Los apóstoles, involuntariamente, se han apartado del último que ha hablado. Jesús se levanta y se acerca a él. Le pone la mano en el hombro y dice:

-¡Es verdad! Tu delito es grande. Tienes que reparar mucho. Pero Yo, la Misericordia, te digo que aunque fueras el mismo demonio y sobre ti pesaran todos los delitos de la Tierra, si quieres, puedes expiar todo y ser perdonado por Dios, perdonado por el verdadero, grande, paterno Dios. Si tú quieres. Une tu voluntad a la mía. También Yo quiero que seas perdonado. Únete a mí.

Dame tu pobre espíritu cubierto de infamia, quebrantado, tu espíritu que, después de que has dejado el pecado, está lleno de cicatrices y humillación. Yo lo pondré en mi corazón, en el lugar donde pongo a los mayores pecadores, y lo llevaré conmigo al sacrificio redentor. La Sangre más santa, la de mi corazón, la última Sangre del Inmolado por los hombres, se esparcirá sobre los espíritus más quebrantados y los regenerará. Por ahora, ten esperanza.

Una esperanza mayor que tu inmenso delito en la misericordia de Dios, porque es una misericordia sin límites, hombre, para quien sabe confiar en ella.

El hombre casi querría coger y besar esa mano que está puesta en su hombro, esa mano tan pálida y delgada sobre su túnica oscura y su hombro fuerte. Pero no se atreve. Jesús comprende esto y le ofrece la mano mientras dice:

-Hombre, besa su palma. Encontraré ese beso como medicamento para una tortura. Mano besada, mano herida: besada por amor, herida por el amor. ¡Oh, si todos supieran besar a la gran Víctima, y Ella muriera vestida de llagas sabiendo en cada una los besos y amores de todos los hombres redimidos! -y tiene su palma apretada contra los labios rasos de este hombre que, por todo el conjunto, yo diría que es romano. Y la tiene ahí hasta que el hombre, como saciado, se separa de ella, después de haber apagado la quemazón de sus remordimientos bebiendo la misericordia del Señor en el cuenco de la mano divina.

Jesús vuelve a su sitio, y, al pasar, pone la mano en la cabeza crespa de uno muy joven. Yo diría que no tiene más de veinte años, si es que los tiene. Uno que no ha hablado en todo este tiempo, uno que es, sin duda, de raza hebrea. Jesús le hace esta pregunta:

-¿Y tú, hijo mío, no dices nada a tu Salvador?
El joven alza la cabeza y lo mira… En esa mirada hay toda una narración: una historia de dolor, odio, arrepentimiento, amor.

Jesús, un poco agachado hacia él, fijos los ojos en los ojos, lee alguna de estas historias mudas y dice:

-Por este motivo te llamo "hijo". Ya no estás solo. Perdona a todos, a los de tu misma sangre y a los extraños, de la misma forma que Dios te perdona. Y ama al Amor que te ha salvado. Ven un momento conmigo. Quiero decirte unas palabras aparte.

El joven se alza y lo sigue. Cuando están solos, Jesús dice:

-Quiero decirte esto, hijo. El Señor te ha amado mucho, aunque no lo parezca a la luz de un juicio superficial. La vida te ha probado mucho; los hombres te han causado mucho daño: aquélla y éstos hubieran podido hacer de ti una ruina irreparable. Detrás de ellos estaba Satanás, envidioso de tu alma. Pero sobre ti estaba la mirada de Dios. Y esa mirada bendita ha detenido a tus enemigos. Su amor ha enviado a Zaqueo por tu sendero. Y, con Zaqueo, al que te habla, a mí. Ahora, Yo, que te hablo, te digo que debes hallar en este amor todo aquello que no has tenido; que debes olvidar todo aquello que te ha agriado, y perdonar, perdonar a tu madre, perdonar al amo infame, perdonarte a ti mismo. No te odies de mala manera, hijo.

Odia tu tiempo de pecado, pero no odies tu espíritu, que ha sabido dejar este pecado. Que tu mente sea buena amiga de tu espíritu, y que juntos alcancen la perfección.
-¿Perfecto yo?

-¿Has oído lo que le he dicho a aquel hombre? ¡Y él ha estado en el fondo del abismo!… ¡Y gracias, hijo!

-¿Por qué cosa, mi Señor? Soy yo el que debe decirte gracias…

-Por no haber querido ir donde quien compra a hombres para traicionarme.

-¡Oh, Señor! ¿Hubiera podido hacerlo sabiendo que no nos desprecias ni siquiera a nosotros siendo bandidos? Yo estaba entre aquellos que te llevaron el cordero al Carit, y uno de nosotros, que ahora ha sido apresado por los romanos -al menos eso se dice, y lo cierto es que desde antes de los Tabernáculos no se le ha vuelto a ver por los refugios de los bandidos­ me refirió las palabras que dijiste en un valle de cerca de Modín… Porque yo no estaba todavía con los bandidos. Fui con ellos al final del último Adar y los he dejado al principio de Etanim.

Pero no he hecho nada que merezca tu "gracias". Tú eres bueno. Quise ser bueno y advertir a un amigo tuyo…

¿Puedo llamarlo así a Zaqueo?
-Sí, puedes llamarlo así. Todos los que me aman son mis amigos. Tú también lo eres.

-¡Bueno!… quise advertir para que estuvieras en guardia. Pero advertir no merece las gracias…
-Te repito que te doy las gracias por no haberte vendido contra mí. Esto tiene valor.

-¿Y el aviso no?

-Hijo mío, nada podrá impedirle al Odio arremeter contra mí. ¿Has visto alguna vez desbordarse un torrente?

-Sí. Estaba en Yabés Galaad y vi la destrucción causada por el río, salido de su cauce antes del Jordán.

-¿Y pudo alguna cosa detener las aguas?

-No. Todo lo cubrieron y lo destruyeron. Incluso se llevaron casas.

-Así es el Odio. Pero no me arrastrará. Quedaré sumergido, pero no destruido. Y, en la hora amarguísima, el amor de quien no quiso odiar al Inocente será mi confortación, mi luz en las tinieblas de esa hora de Tinieblas, mi dulzura en el cáliz del vino con hiel y mirra.

-¿Tú?… Hablas de ti como si… Ese cáliz es para los ladrones, para quien va a la muerte de cruz. ¡Pero Tú no eres un ladrón! ¡Tú no eres culpable! Tú eres…
-El Redentor. Dame un beso, hijo.

Le toma la cabeza entre las manos y le besa en la frente y luego se inclina para recibir el beso del joven, un beso tímido, que apenas roza la mejilla enjuta… Y luego el joven se deja caer, llorando, en el pecho de Jesús.

-¡No llores, hijo mío! Yo soy sacrificado por el amor. Y es siempre un dulce sacrificio, aunque sea atormentador para la naturaleza humana.

Lo tiene entre sus brazos hasta que el llanto cesa, y luego -llevándolo cogido de la mano, junto a sí-regresa al lugar donde antes estaba Pedro.

Habla de nuevo:

-Mientras tomábamos el alimento, uno de vosotros, no de Israel, ha dicho que quería que le explicara algo. Que lo pregunte ahora, porque pronto tendremos que volver donde la gente y después dejarnos.

-Soy yo el que ha dicho eso. Pero muchos desean saberlo. Zaqueo no lo sabe explicar bien, y tampoco otros de los nuestros que son de tu religión. Hemos preguntado a tus discípulos cuando han pasado por aquí, pero no nos han hablado con claridad.

-¿Y qué es lo que quieres saber?

-Nosotros, respecto al alma, ni siquiera sabíamos que la teníamos. O sea… al menos nosotros habríamos debido saberlo, porque nuestros antiguos… Pero no leíamos a los antiguos. Éramos animales… Y ya no sabíamos qué es esta alma. Ni siquiera ahora lo sabemos. ¿Qué es el alma? ¿Acaso nuestra razón? No creemos que lo sea, porque en tal caso nosotros no la habríamos tenido, y hemos oído decir que sin alma no hay vida. ¿Qué es, entonces, el alma -que nos dicen que es incorpórea, inmortal-, si no es la razón?

El pensamiento es incorpóreo, pero no es inmortal porque cesa con nuestra vida. Ni el más sabio piensa después de la muerte.

-El alma, hombre, no es el pensamiento. El alma es el espíritu, es el principio inmaterial de la vida, el principio impalpable, pero verdadero, que anima todo el hombre y perdura después del hombre. Por eso se le llama inmortal. Es algo tan sublime, que hasta el más poderoso pensamiento es nada respecto a ella. El pensamiento termina; el alma, por el contrario, tiene, ciertamente, un principio, pero no un fin. Bienaventurada o réproba, continúa siendo. ¡Dichosos aquellos que saben conservarla pura, o hacerla de nuevo pura después de haberla hecho impura, para devolverla a su Creador como Él se la dio al hombre para animar su humanidad!

-Pero ¿está en nosotros o por encima de nosotros, como el ojo de Dios?
-En nosotros.
-¿Entonces, prisionera en nosotros hasta la muerte? ¿Esclava?

-No. Reina. En el pensamiento eterno, el alma, el espíritu, es la cosa que reina en el hombre, en el animal creado llamado hombre. Ella, viniendo del Rey y Padre de todos los reyes y padres, siendo parte e imagen de Él, don y derecho de Él, ͥ teniendo como misión hacer de la criatura llamada hombre un dios después de la vida, un “habitante" de la Morada del sublimísimo, único Dios, es creada reina, y con autoridad y destino de reina. Siervas suyas, todas las virtudes y las facultades del hombre; ministra suya, la buena voluntad del hombre. Siervo suyo, el pensamiento: siervo y alumno, el pensamiento del hombre.

Desde el espíritu el pensamiento adquiere potencia y verdad, justicia y sabiduría, y puede elevarse a perfección regia. Un pensamiento privado de la luz del espíritu tendrá siempre lagunas y tinieblas, no podrá nunca darse razón de verdades que son más incomprensibles que misterios para quien, habiendo perdido la regalidad del alma, está separado de Dios.

El pensamiento del hombre estará ciego, sufrirá idiotez, si carece del punto base, de la palanca indispensable para comprender, para -dejando la Tierra y lanzándose hacia arriba-alzarse al encuentro de la Inteligencia, de la Potencia, de… en una palabra, de la Divinidad. "Te hablo así a ti, Demetes, porque no has sido siempre simplemente un cambista, y puedes comprender y dar explicación a los demás.

-Eres verdaderamente un vidente, Maestro. No, no he sido solamente un cambista… Es más, éste ha sido el último peldaño de mi descenso… Dime, Maestro, pero, si el alma es reina, ¿por qué no reina entonces y no domeña al mal pensamiento y a la mala carne del hombre?
-Domeñar no sería ni libertad ni mérito, sería opresión.

-Pero también el pensamiento y la carne dominan al alma -hablo de mí, de nosotros-y la hacen esclava demasiadas veces. Por esto decía que si estaba en nosotros en forma de esclava. ¿Cómo puede permitir Dios que algo tan sublime -la has definido "parte de Dios e imagen de Él"-sea humillada por aquello que es inferior?

-Lo que había en el Pensamiento divino era que el alma no conociera la esclavitud. Pero ¿olvidas al enemigo de Dios y del hombre? Los espíritus infernales a vosotros también os son conocidos.

-Sí, y todos con deseos crueles. Y puedo decir que, recordando al niño que era yo, sólo a estos espíritus infernales puedo atribuir el hombre que vine a ser y que he sido hasta el umbral de la vejez. Ahora encuentro otra vez a aquel niño pequeño perdido de entonces. Pero ¿podré hacerme tan niño como para volver a la pureza de entonces? ¡Es que se nos concede el camino hacia atrás en el tiempo?
-No hace falta andar hacia atrás. No podrías hacerlo. El tiempo pasado no regresa, no se puede hacer que vuelva ni se puede volver a él. Pero no es necesario.

Algunos de vosotros son de lugares donde es conocida la teoría de la escuela pitagórica. Teoría de error. Las almas, superada la espera de la Tierra, no vuelven ya jamás a la Tierra en ningún cuerpo. Ni de animal, pues no es conveniente que algo tan sobrenatural viva dentro de un animal; ni de hombre, porque ¿cómo se daría premio al cuerpo reunido con el alma en el último Juicio, si esa alma hubiera tenido como vestido muchos cuerpos? Dicen los que creen en la teoría mencionada que es el último cuerpo el que goza, porque, a través de sucesivas purificaciones, en sucesivas vidas, el alma sólo en la última reencarnación alcanza la perfección digna de premio.

¡Error y ofensa! Error y ofensa a Dios: pensando que Él no ha podido crear sino un número limitado de almas; error y ofensa al hombre: juzgándolo tan corrompido como que merezca difícilmente premio. El premio no se producirá inmediatamente; el noventa y nueve por ciento de las veces deberá sufrir una purificación después de esta vida. Pero purificación es preparación al gozo. Por tanto, quien se purifica es uno que ya se ha salvado. Y, una vez salvado, gozará, pasado el último Día, con su cuerpo. No podrá tener más que un cuerpo para su alma, ni más de una vida aquí, y, con el cuerpo que le hicieron sus procreadores y el alma que le creó el Creador para vivificar a la carne, gozará el premio.

No se hace posible ni la reencarnación ni la retrocesión en el tiempo. Pero sí se hace posible recrearse con movimiento de libre voluntad, y Dios bendice a estas voluntades y las ayuda. Todos vosotros las habéis tenido.

Vese entonces, bajo el lavacro del arrepentimiento, al hombre pecador, vicioso, sucio, delincuente, ladrón, corrompido, corruptor, homicida, sacrílego, adúltero, renacer espiritualmente, destruir la carne corrompida del hombre viejo, deshacer el yo mental aún más corrompido ­como si la voluntad de redimirse fuera un ácido, un ácido que ataca y destruye la envoltura malsana tras la cual se esconde un tesoro-y, sacado al desnudo el propio espíritu, habiéndolo purificado, habiéndolo curado, revestirlo con un nuevo pensamiento, con un nuevo vestido de pureza, de bondad, de niñez.

¡Oh, un vestido que puede acercarse a Dios, que puede cubrir dignamente al alma recreada, y custodiarla y ayudarle hasta su supercreación, que es la santidad cabal que mañana -un mañana quizás lejano, si se considera con mente y medida humanas de tiempo; cercanísimo, si es contemplado con pensamiento de eternidad­será gloriosa en el Reino de Dios.

Y todos pueden, si quieren, recrear en sí al niño puro de los días infantiles, al niño amoroso, humilde, franco, bueno, al que la madre apretaba contra su pecho, al que el padre miraba gloriándose de él, amado por el ángel de Dios y mirado por Dios con amor. ¡Vuestras madres! Quizás eran mujeres de gran virtud… Dios no dejará sin premio su virtud.

Procuraos, pues, una igual, para reuniros con ellas cuando habrá para todos los virtuosos una sola cosa: el Reino de Dios para los buenos. Quizás no eran buenas y contribuyeron a vuestro hundimiento. Pero, si ellas no os han amado, si no conocéis el amor, si esta carencia os ha hecho malos, ahora, que un Amor divino os ha recogido, sed santos para poder en una exultancia celeste gozar del Amor que a todo amor supera. ¿Tenéis algo más que preguntar?

-No, Señor. Todo lo tenemos que aprender. Pero, por el momento, no encontramos nada más…

-Os dejaré a Juan y a Andrés durante unos días. Luego mandaré aquí a discípulos buenos y sabios. Quiero que los potros salvajes conozcan los caminos del Señor y sus pastos, como los de Israel, porque he venido para todos y para todos tengo un mismo modo de amar. Levantaos y vámonos.

Y es el primero en salir al mudado jardín, seguido muy de cerca por los suyos, que se quejan dulcemente:
-Maestro, has hablado a estos como pocas veces hablas a los tuyos…

-¿Y eso os contraría? ¿No sabéis que así se hace también en el mundo cuando se quiere conquistar a una persona amada? Sin embargo, con aquellos que sabemos que nos aman con todo su ser, y ya forman parte de nuestra familia, no hay necesidad de arte de conquista; basta que nos veamos, para estar los unos en los otros con gozo y paz -dice Jesús con una sonrisa divina (tanto comunica la alegría, que hay que decirla efectivamente divina).

Y los apóstoles ya no se quejan; es más, gozosos, lo miran, y se quedan arrobados en la exultación del recíproco amor.

523- En Jericó. La petición a Jesús de que juzgue a una mujer. La parábola del fariseo y el publicano tras una comparación entre pecadores y enfermos

Jesús sale de la casa de Zaqueo. La mañana está ya avanzada. Acompañan a Jesús Zaqueo, Pedro y Santiago de Alfeo. Los otros apóstoles quizás ya se han diseminado por los campos para anunciar que el Maestro está en la ciudad.

Detrás del grupo de Jesús con Zaqueo y los apóstoles, hay otro grupo, muy… variado en fisionomías, edades e indumentos. No es difícil afirmar que estos hombres pertenecen a razas distintas, quizás incluso antagonistas entre sí. Pero los hechos de la vida los han traído a esta ciudad palestina, y los han reunido para que desde sus profundidades se remontaran hacia la luz.

La mayoría son caras ajadas, propias de quien ha usado y abusado de la vida de distintas maneras; la mayoría, ojos cansados. Hay miradas a las que la larga costumbre de ejercer el… hurto fiscal o una autoridad brutal ha hecho rapaces o duras, y de vez en cuando esta antigua mirada emerge de tras un velo humilde y pensativo puesto por la nueva vida. Esto sucede especialmente cuando alguno de Jericó los mira con desprecio o farfulla alguna insolencia a cuenta de ellos. Luego la mirada vuelve a ser cansada, humilde, y las cabezas se agachan humilladas.

Jesús se vuelve dos veces a observarlos y, viéndolos retrasados y que van aminorando el paso a medida que se acercan al lugar elegido para hablar, ya lleno de gente, aminora el suyo para esperarlos y… les dice:

-Pasad delante de mí y no temáis. Desafiabais al mundo cando hacíais el mal; no debéis temerlo ahora que os habéis despojado de él. Lo que usasteis, entonces, para domeñarlo -la indiferencia ante el juicio del mundo, única arma para que se canse de juzgar-usadlo también ahora, y él se cansará de ocuparse de vosotros, y os absorberá, aunque lentamente, y os anulará en medio de la gran masa anónima que es este mísero mundo, al cual, en verdad, se da demasiado peso.

Los hombres -son quince-obedecen y pasan adelante.
-Maestro, allí están los enfermos del campo -dice Santiago de Zebedeo yendo hacia Jesús y señalando hacia un rincón templado de sol.

-Voy. ¿Los otros dónde están?
-Entre la gente. Pero ya te han visto y están viniendo. Con ellos están también Salomón, José de Emaús, Juan de Éfeso, Felipe de Arbela. Van a la casa de este último y vienen de Joppe, Lida y Modín. Traen con ellos hombres de la costa del mar y mujeres. Es más, te buscaban, porque hay desacuerdo entre ellos en el juicio acerca de una mujer. Pero hablarán contigo…

Efectivamente, Jesús pronto se ve rodeado por los otros discípulos y saludado con veneración. Detrás de ellos están los que han sido recientemente atraídos por la doctrina de Jesús. Pero no está Juan de Éfeso, y Jesús pregunta el motivo de su ausencia.

-Se ha quedado en una casa lejana de la gente, con una mujer y los padres de ella. La mujer no se sabe si está endemoniada o es profetisa. Dice cosas increíbles, según refieren los de su pueblo. Pero los escribas que la han escuchado la han juzgado poseída. Los padres han llamado varias veces a los exorcistas, pero ellos no han podido expulsar a este demonio con palabra que la tiene aferrada.

Ahora bien, uno de ellos le dijo al padre de la mujer (es una viuda virgen que se ha quedado en la familia): "Para tu hija se necesita el Mesías Jesús. Él comprenderá sus palabras y sabrá de dónde vienen. He intentado imponerle al espíritu que habla en ella que se marchara en nombre de Jesús, llamado el Cristo. Siempre que he usado este Nombre los espíritus tenebrosos han huido. Esta vez, no.

Por eso digo que o es el propio Belcebú el que habla y logra resistir incluso a ese Nombre pronunciado por mí, o es el propio Espíritu de Dios y por tanto, no teme, siendo así que es una cosa sola con el Cristo. Yo estoy convencido más de esto que de lo primero. Pero para estar seguros sólo el Cristo puede juzgarlo. Él conocerá las palabras y su origen".

Y fue ultrajado por los escribas presentes, que dijeron que estaba poseído como la mujer y como Tú. Perdona si tenemos que decir esto… Y algunos escribas ya no se han separado de nosotros, y están de guardia vigilando a la mujer porque quieren establecer si puede ser avisada de tu llegada.

Porque ella dice que conoce tu cara y tu voz, y entre miles te reconocería, cuando en realidad está probado que nunca ha salido de su pueblo, es más: de su casa, desde que, hace quince años, se le murió el esposo en la vigilia de la fiesta nupcial; y también está probado que nunca has pasado Tú por su pueblo, que es Betlequi. Y los escribas esperan esta última prueba para dejar sentado que está endemoniada. ¿Quieres verla ahora enseguida?

-No. Tengo que hablar a la gente. Y aquí, entre las turbas, sería demasiado alborotador el encuentro. Ve a decir a Juan de Éfeso y a los padres de la mujer, y también a los escribas, que los espero a todos al principio del ocaso en los bosques que están a lo largo del río, en el sendero del vado. ¡Anda, ve!

Y Jesús, despedido Salomón, que ha hablado por todos, se dirige hacia los enfermos que piden curación, y los cura. Son: una mujer anciana anquilosada por la artritis, un paralítico, un jovencito deficiente mental, una niña que yo diría que estaba tísica, y dos enfermos de los ojos. La gente lanza sus vibrantes gritos de alegría.

Pero no ha acabado todavía la serie de los enfermos. Una madre se acerca, desfigurada por el dolor, sujetada por dos amigas o parientes, se arrodilla y dice:
-Mi hijo está muriendo. No se le puede traer aquí… ¡Piedad de mí!
-¿Puedes creer sin medida?
-¡Todo, oh mi Señor!

-Entonces vuelve a tu casa.
-¿A mi casa?… ¿Sin ti?…
La mujer lo mira un momento angustiada, luego comprende.

El pobre rostro se transfigura. Grita:
-Voy, Señor. ¡Bendito seáis Tú y el Altísimo que te ha enviado!

Se marcha rauda, más ágil que sus mismas compañeras…
Jesús se vuelve hacia uno de Jericó, un vecino de noble aspecto.
-¿Esa mujer es hebrea?

-No. Al menos de nacimiento no. Viene de Mileto. De todas formas, está casada con uno de nosotros, y desde entonces está en nuestra fe.

-Ha sabido creer mejor que muchos hebreos -observa Jesús.

Luego, subiendo al alto escalón de una casa, hace el gesto habitual -abrir los brazos-que precede a su discurso y que sirve para imponer silencio. Habiéndolo obtenido, recoge los pliegues del manto, que se ha abierto en el pecho al hacer el gesto, y lo sujeta con la izquierda Mientras baja la derecha con el gesto propio de quien jura, y dice:

-Escuchad, vecinos de Jericó, las parábolas del Señor; luego, que cada uno las medite en su corazón y saque de ellas la lección para nutrir su espíritu. Podéis hacerlo porque conocéis la Palabra de Dios no desde ayer, ni desde la pasada Luna, ni siquiera desde el pasado invierno.

Antes de que Yo fuera el Maestro, Juan, mi Precursor, os había preparado para mi llegada; después de llegar Yo, mis discípulos han arado este suelo muchas veces, para sembrar en él todas aquellas semillas que les había dado. Así pues, podéis comprender la palabra y la parábola.

-¿A qué compararé Yo a los que después de haber sido pecadores se convierten? Los compararé a enfermos que se curan. ¿A qué compararé a los otros, a aquellos que no han pecado públicamente, o a aquellos -más raros que perlas negras­que no han incurrido nunca, ni siquiera secretamente, en culpas graves? Los compararé a personas sanas. El mundo está compuesto de estas dos categorías.

Tanto en el espíritu como en la carne y en la sangre. Pero, si las comparaciones son iguales, distinta es la manera de tratar que usa el mundo con los enfermos curados que eran enfermos de la carne, de la que usa con los pecadores convertidos, o sea, con los enfermos del espíritu que recuperan la salud.

Vemos que, incluso, cuando un leproso -que es el enfermo más peligroso, y más aislado por ser peligroso-obtiene la gracia de la curación, es admitido de nuevo a la colectividad de las gentes, después de haber sido observado por el sacerdote y purificado. Es más, los de su ciudad lo festejan porque está curado, porque ha resucitado para la vida, para la familia, para los negocios. ¡Gran fiesta en la familia y en la ciudad cuando uno que era leproso logra obtener esta gracia y curarse! Rivalizan entre los familiares y convecinos para llevarle esto o aquello, y, sí está solo y sin casa o muebles, rivalizan para ofrecerle techo o mobiliario, y todos dicen:

"Dios tiene preferencia por él. Su dedo lo ha curado. Honrémosle, pues, y honraremos al que lo ha creado y recreado". Es justo actuar así. Y, al contrario, cuando, desafortunadamente, uno manifiesta los primeros síntomas de lepra. ¡con qué amor angustioso parientes y amigos lo colman de ternura, mientras les es posible hacerlo, como para darle -todo en una sola vez-el tesoro de afectos que le habrían dado en muchos años, para que se lo lleve consigo a su sepulcro de vivo!

Pero ¿por qué, entonces, para los otros enfermos no se actúa así' Si un hombre empieza a pecar y los familiares y, sobre todo, los convecinos, lo ven, ¿por qué no tratan de apartarlo del pecado con amor? Una madre, un padre, una esposa, una hermana, todavía lo hacen. Pero, que lo hagan los hermanos, es ya difícil; y no digo ya que lo hagan los hijos del hermano del padre o de la madre. En fin, los convecinos, no saben hacer otra cosa que criticar, hacer mofa, insultar, escandalizarse, exagerar los pecados del pecador, señalárselos con el dedo unos a otros, tenerlo, los más justos, lejos como a un leproso y hacerse cómplices suyos, para gozar a sus espaldas, los que justos no son. Pero sólo raramente hay una boca y, sobre todo, un corazón que vaya donde el infeliz, con piedad y firmeza, con paciencia y amor sobrenatural, y, con ahínco, trate de frenar el progresivo descenso en el pecado.

¿Pero es que no es, acaso, más grave, verdaderamente grave y mortal la enfermedad del espíritu? ¿No priva, y además para siempre, del Reino de Dios? ¡La primera caridad hacia Dios y hacia el prójimo no debe ser, acaso, este trabajo de curar a un pecador por el bien de su alma y la gloria de Dios?

Y, cuando un pecador se convierte, ¿por qué ese juicio obstinado sobre él, ese casi deplorar el que haya vuelto a la salud espiritual? ¿Veis desmentidos vuestros pronósticos de segura condenación de un convecino vuestro? Deberíais, más bien, alegraros de ello, dado que quien os desmiente es Dios misericordioso, que os da una medida de su bondad para infundiros ánimo ante vuestras culpas más o menos graves.

¿Y por qué esa persistencia en querer ver sucio, despreciable, digno de vivir aislado, aquello que Dios y la buena voluntad de un corazón han hecho limpio, admirable, digno de la estima de los hermanos; es más, digno de su admiración?

¡Pero bien que exultáís si simplemente un buey o un asno vuestros o un camello o la oveja del rebaño o la paloma preferida se curan de una enfermedad! ¡Bien que exultáis si uno ajeno a vosotros, al que apenas recordáis por el nombre, por haberlo oído durante el tiempo en que fue aislado como leproso, vuelve curado!

¿Y por qué, entonces, no exultáis por estas curaciones espirituales, por estas victorias de Dios? El Cielo exulta cuando un pecador se convierte. El Cielo: Dios, los ángeles purísimos, que no saben qué es pecar. Y vosotros, vosotros hombres, ¿queréis ser más intransigentes que Dios?

Haced, haced justo vuestro corazón, y reconoced que el Señor está presente no sólo entre las nubes de incienso y los cantos del Templo, en el lugar donde solamente la santidad del Señor, en el Sumo Sacerdote, debe entrar, y debería ser santa como su nombre indica. Reconoced esta presencia también en el prodigio de estos espíritus resucitados, de estos altares reconsagrados, a los cuales el Amor de Dios desciende con sus fuegos para encender el holocausto.

La madre de antes interrumpe a Jesús. Con sus gritos de bendición quiere adorarlo. Jesús la escucha, la bendice, le dice que vaya de nuevo a casa, y reanuda el discurso interrumpido.

Y si de un pecador que antes os había dado espectáculo de escándalo recibís ahora espectáculos de edificación, no resolváis burlaros, sino imitar. Porque ninguno es nunca tan perfecto que sea imposible que otro le enseñe. Y el Bien es siempre lección que debe ser cogida, aunque el que lo practique, en el pasado, haya sido objeto de reprobación. Imitad y ayudad. Porque haciéndolo así glorificaréis al Señor y demostraréis que habéis comprendido a su Verbo.

No resolváis ser como aquellos que dentro de su corazón criticáis porque sus acciones no están de acuerdo con sus palabras. Haced, más bien, que todas vuestras buenas acciones sean la coronación de todas vuestras buenas palabras. Y entonces verdaderamente el Eterno os mirará y escuchará benévolamente.

Oíd esta parábola para que comprendáis cuáles son las cosas que tienen valor ante los ojos de Dios. La parábola os enseñará a corregir en vosotros un pensamiento no bueno que hay en muchos corazones. La mayoría de los hombres se juzgan por sí mismos, y, dado que sólo uno de cada mil es verdaderamente humilde, sucede que el hombre se juzga perfecto, sólo él perfecto, mientras que en el prójimo nota multitud de pecados.

Un día dos hombres que habían ido a Jerusalén para unos asuntos subieron al Templo, como es conforme a todo buen israelita cada vez que pone pie en la Ciudad Santa. Uno era un fariseo; el otro, un publicano. El primero había venido para cobrar el arriendo de algunos almacenes y para hacer las cuentas con sus administradores, que vivían en las cercanías de la ciudad. El otro, para imponer los impuestos recaudados y para invocar piedad en nombre de una viuda que no podía pagar lo que había sido tasado por la barca y las redes, porque la pesca -pescaba el hijo mayor-le era apenas suficiente para dar de comer a sus muchos otros hijos.

El fariseo, antes de subir al Templo, había ido a ver a los arrendatarios de los almacenes. Habiendo dado una ojeada a éstos y habiendo visto que estaban llenos de productos y de compradores, se había complacido en sí mismo y luego había llamado a uno de los arrendatarios de un lugar y le había dicho:

-Veo que tus compraventas van bien.

-Sí, por gracia de Dios. Estoy contento de mi trabajo. He podido aumentar las mercancías y espero aumentarlas aún más. He mejorado el lugar, y el año que viene no tendré los gastos de mostradores y estanterías y por tanto, ganaré más".

-¡Bien! ¡Bien! ¡Me alegro! ¿Cuánto pagas tú por este lugar?
-Cien didracmas al mes. Es caro, pero la ubicación es buena…
-Tú lo has dicho. La ubicación es buena. Por tanto, te doblo el arriendo.

-¡Pero señor! -exclamó el comerciante -¡De esta manera me quitas todas las ganancias!

-Es justo. ¿Acaso tengo que enriquecerte a ti? ¿Con lo mío? Enseguida. O me das dos mil cuatrocientos didracmas, inmediatamente, o te echo y me quedo con la mercancía. El lugar es mío y hago de él lo que quiero.

Esto hizo con el primero, y lo mismo con el segundo y el tercero de sus arrendatarios, doblando a cada uno de ellos el precio, sordo a todas las súplicas. Y porque el tercero, cargado de hijos, quiso oponer resistencia, llamó a la guardia, hizo poner los sigilos de incautación y echó afuera al desdichado.

Luego, en su palacio, examinó los registros de los administradores y encontró el modo de castigarlos por negligentes y se incautó de la parte con la que, con derecho, se habían quedado.

Uno tenía un hijo moribundo y por la gran cantidad de gastos había vendido una parte de su aceite para pagar las medicinas. No tenía, pues, qué dar al detestable amo.

-Ten piedad de mí, señor. Mi pobre hijo está para morir. Luego haré trabajos extraordinarios para resarcirte de lo que te parece justo. Pero ahora, tú mismo puedes comprenderlo, no puedo.

-¿Que no puedes? Te voy a mostrar si puedes o no puedes.
-Y, yendo con el pobre administrador a la almazara, lo privó incluso del resto de aceite que el hombre se había reservado para la mísera comida y para alimentar la lámpara que le permitía velar a su hijo durante la noche.

El publicano, por su parte, habiendo ido a su superior y habiendo entregado los impuestos recaudados, recibió esta respuesta:

-¡Pero aquí faltan trescientos setenta ases! ¿Cómo es eso?
-Bien, ahora te lo explico. En la ciudad hay una viuda con siete hijos. Sólo el primero está en edad de trabajar.

Pero no puede alejarse de la orilla con la barca, porque sus brazos son débiles todavía para el remo y la vela, y no puede pagar a un mozo de barca. Estando cerca de la orilla, pesca poco, y el pescado apenas es suficiente para matar el hambre de aquellas ocho infelices personas. No he tenido corazón para exigir el impuesto.

-Comprendo. Pero la ley es ley. ¡Ay si se viniera a saber que la ley es compasiva! Todos encontrarían razones para no pagar. Que el jovencito cambie de oficio y venda la barca, si no pueden pagar.

-Es su pan futuro… y es el recuerdo del padre.
-Comprendo. Pero no se puede transigir.
-De acuerdo, pero no puedo pensar en ocho infelices privados de su único bien. Pago yo los trescientos setenta ases.

Hechas estas cosas, los dos subieron al Templo. Pasando junto al gazofilacio, el fariseo, ostentosamente, sacó de su pecho una voluminosa bolsa y la sacudió en el Tesoro, hasta la última moneda. En esa bolsa estaban las monedas tomadas de más a los comerciantes y lo que había sacado del aceite arrebatado al administrador y vendido inmediatamente a un mercader.

El publicano, por el contrario, separó lo que necesitaba para regresar a su lugar y echó un puñadito de monedas. El uno y el otro dieron, por tanto, cuanto tenían. Es más, aparentemente, el más generoso fue el fariseo, porque dio hasta la ultima moneda que llevaba consigo. Pero hay que pensar que en su palacio tenía otras monedas y créditos abiertos con ricos cambistas.

Luego fueron ante el Señor. El fariseo, delante del todo, junto al límite del atrio de los hebreos, hacia el Santo; el publicano se quedó en el fondo, casi debajo de la bóveda que llevaba al patio de las Mujeres, y tenía agachada la cabeza, aplastado por el pensamiento de su miseria respecto a la Perfección divina. Y oraban los dos.
El fariseo, bien erguido, casi insolente, como si fuera el amo del lugar y fuera él el que se dignara agasajar a un visitante, decía:

-Ve que he venido a venerarte en esta Casa que es nuestra gloria. He venido a pesar de sentir que estás en mí, porque soy justo. Sé que lo soy. De todas formas, y aun sabiendo que lo soy sólo por mérito mío, te doy las gracias, como está estipulado por la ley, por lo que soy.

Yo no soy codicioso, injusto, adúltero, pecador como ese publicano que ha echado al mismo tiempo que yo un puñadito de monedas en el Tesoro. Yo, Tú lo has visto, te he dado todo lo que llevaba conmigo. Ese avaro, sin embargo, ha hecho dos partes y a ti te ha dado la menor. La otra, seguro, la guardará para juergas y mujeres. Pero yo soy puro. Yo no me contamino. Yo soy puro y justo, ayuno dos veces a la semana, pago los diezmos de cuanto poseo. Sí, soy un hombre puro, justo y bendito, porque soy santo. Recuerda esto, Señor.

El publicano, desde su lejano rincón, sin atreverse a levantar la mirada hacia las preciosas puertas del hecol y, dándose golpes de pecho, oraba así:
-Señor, no soy digno de estar en este lugar. Pero Tú eres justo y santo, y me lo concedes una vez más porque sabes que el hombre es pecador y que si no se acerca a ti se transforma en un demonio.

¡Oh, mi Señor! Yo quisiera honrarte noche y día y tengo que ser esclavo de mi trabajo durante muchas horas, un trabajo rudo que me deprime, porque produce dolor a mi prójimo, que es más infeliz que yo. Pero tengo que obedecer a mis superiores, porque es mi pan.

Haz, Dios mío, que sepa dulcificar el deber hacia mis superiores con la caridad hacia mis pobres hermanos, para que en mi trabajo no encuentre mi condena. Todos los trabajos son santos, si se ejercen con caridad. Ten tu caridad siempre presente en mi corazón para que yo, miserable como soy, sepa compadecerme de los que están sujetos a mí, como Tú te compadeces de mí, gran pecador.

Habría querido honrarte más, Señor. Tú lo sabes. Pero he pensado que apartar el dinero destinado al Templo para aliviar ocho corazones infelices fuera mejor que echarlo en el gazofilacio y luego hacer verter lágrimas de desolación a ocho inocentes infelices. Pero, si me he equivocado, házmelo comprender, oh Señor, y yo te daré hasta la última moneda, y volveré al pueblo a pie mendigando un pan. Hazme comprender tu justicia. Ten piedad de mí, Señor, porque soy un gran pecador.

Ésta es la parábola. En verdad, en verdad os digo que mientras que el fariseo salió del Templo con un nuevo pecado, añadido a los que había cometido antes de subir al Moria, el publicano salió de allí justificado, y la bendición de Dios lo acompañó a su casa y en ella permaneció. Porque él había sido humilde y misericordioso, y sus acciones habían sido aún más santas que sus palabras.

Por el contrario, el fariseo sólo de palabra y externamente era bueno, mientras que en su interior era como un diablo y hacía obras de diablo por soberbia y dureza de corazón, y Dios, por eso, lo aborrecía.

Quien se ensalza será, siempre, antes o después, humillado; si no aquí, en la otra vida. Y quien se humilla será ensalzado, especialmente arriba, en el Cielo, donde se ven las acciones de los hombres en su verdadera verdad.

Ven, Zaqueo. Venid los que estáis con él. Y vosotros, apóstoles y discípulos míos. Os seguiré hablando en privado.

Y, envolviéndose en su manto, vuelve a la casa de Zaqueo.

522- Llegada a Jericó. El amor terreno de la muchedumbre y el amor sobrenatural del convertido Zaqueo

Hay gran expectación allí por la llegada de Jesús.

Numerosa gente espera en los campos cercanos a la ciudad, y en cuanto uno -que ha trepado a un alto nogal con la misión de observar-lanza el grito: « ¡Allí está el Cordero de Dios!», la gente se pone en pie y va presurosa hacia Jesús, que avanza entre las primeras nieblas crepusculares.

-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Te esperamos desde hace mucho! ¡Nuestros enfermos! ¡Nuestros niños! ¡Tu bendición! Los viejos te esperan para morir en paz. Si nos bendices, Señor, quedaremos preservados de la desventura -hablan todos a la vez, mientras Jesús alza la mano con sucesivos gestos de bendición, y repite:

-¡Paz, paz, paz a todos vosotros!
Los apóstoles que están todavía con Él se ven alcanzados y arrollados par la muchedumbre, separados de Jesús -quien casi no puede andar-por las mismas personas que se quejan dulcemente de tanta espera.

El pobre Zaqueo lucha nerviosamente para llegar hasta Jesús para que lo oiga; para que, al menos, lo vea. Pero, siendo tan bajo como es, y ni muy ágil ni muy fuerte, se ve siempre rechazado por nuevas oleadas de gente, y su grito se pierde en el clamor; y en el jaleo de cabezas, de brazos, de indumentos que se agitan, se pierde su persona.

Inútilmente suplica, y alguna vez se enfada, para obtener un poco de piedad. La gente es siempre egoísta para lo que le gusta, y cruel con los más débiles. El pobre Zaqueo, agotado por los esfuerzos, convencido de la inutilidad de éstos, pierde la voluntad de luchar y se resigna mortificado.

En efecto, ¿cómo podrá conseguirlo, si por todas las calles sale más gente y cada calle parece un riachuelo que va a desembocar a un único río: el camino recorrido por Jesús? Y cada nuevo afluente, con una nueva oleada que hace cada vez más densa la muchedumbre -hasta el punto de que se hace peligroso encontrarse en medio-rechaza al pobre Zaqueo.

Judas Tadeo lo ve y trata de abrirse paso para sacarlo -en una de las calles-del rincón al que lo ha relegado y fijado la muchedumbre. Pero a su vez Judas de Alfeo es impelido por los que le empujan por detrás, y el intento fracasa. Tomás, haciendo arma de su robusta persona, empuja con los codos y grita con su vozarrón potente: «

¡Dejad paso!» con el mismo intento.

Pero… ¡ya, ya! La gente es un muro más sólido que la roca, y flexible como el caucho: se pliega pero no se rompe; ya no es un abrazo lo suyo: es una cadena indestructible. También Tomás se resigna.

Zaqueo pierde toda esperanza, porque Dídimo es el último de los apóstoles enganchados por el aluvión de gente, que, por fin, pasa. Ha pasado… Trozos de tela, mechones, orlas, horquillas de mujer, hebillas, quedan en el suelo como testimonio de su violencia. Hay incluso una sandalia pequeña, de niño, pisoteada… Parece esperar tristemente al piececito que la ha perdido… Zaqueo se pone en la cola, también él triste como ese calzado pequeño que la muchedumbre ha arrancado a su pequeño propietario.

A Jesús ya ni siquiera se le ve. Un esquina de la calle lo ha escondido para los ojos del pobre Zaqueo… Pero cuando -el último de la muchedumbre-llega a la plaza donde antes tenía su banco, ve que la gente se ha parado, gritando, orando, suplicando.

Y ve que Jesús, subido en la escalinata de una casa, hace con los brazos y con la cabeza gesto negativo. Y dice algo que, en medio del bramido de la muchedumbre, no se puede comprender. En fin, ve que Jesús, bajando, no sin dificultad, de su pedestal, reanuda el camino y tuerce, sí, tuerce justamente por la parte en donde se encuentra su casa. Entonces Zaqueo recupera todo el coraje. La gente es mucha, pero la plaza es amplia, y, por tanto, la masa de gente es menos compacta y puede ser… atravesada como un seto no muy tupido por una persona que tenga voluntad de hacerlo y no tenga miedo de herirse.

Y Zaqueo, transformado en cuña, en catapulta, en ariete, arremete, choca, penetra, distribuye y recibe puñetazos en la cara y codazos en el estómago y patadas en las espinillas, pero se abre paso, avanza… Ya está en el lado opuesto, donde… el ensanchamiento termina, y de nuevo se encuentra delante del muro impenetrable. Pocos pasos lo separan de Jesús, que ya está parado junto a su casa. Pero si lo separaran desiertos y ríos podría tener más esperanza en lograr llegar a Él. Se inquieta, vocea, impone:

-¡Tengo que ir a mi casa! ¡Dejadme pasar! ¿No veis que Él quiere ir a mi casa?
¿Cómo se le habrá ocurrido decirlo? Ello enciende de nuevo a la muchedumbre, en su deseo de tener en otras casas al Maestro. Quién se ríe burlándose del pobre Zaqueo, quién le responde con malos modales. No hay uno sólo que tenga piedad.

Al contrario, se ponen a gritar y a moverse para que el Maestro ni oiga ni vea a Zaqueo. Y algunos gritan:

-¡Hasta demasiado has recibido de Él, viejo pecador!
Creo que en tanta malevolencia está presente el recuerdo de las pasadas exacciones y vejaciones… El hombre, incluso el más dispuesto a lo sobrenatural, conserva casi siempre un rinconcito en que está vivo el amor por su peculio y donde, aún más vivo, está el recuerdo de quien perjudicó a este peculio…

Pero la hora de la prueba para Zaqueo ha pasado, y Jesús lo premia por su constancia. Grita Jesús con toda la fuerza de su voz:

-¡Zaqueo! ¡Ven a mí! ¡Dejadlo pasar, que quiero entrar en su casa!

Es inevitable obedecer. La gente se comprime para abrirse y Zaqueo pasa adelante, rojo por el esfuerzo, rojo de alegría, tratando de poner en orden sus cabellos despeinados, la túnica desabotonada, el cinturón que ahora tiene las borlas en los riñones en vez de por delante.

Busca el manto… ¿Quién sabe dónde estará el manto?… No importa.

Ya está delante de Jesús, semiencorvado como acto de deferencia hacia Él. No puede hacer más, porque tiene el mínimo espacio para inclinarse un poco.

-Paz a ti, Zaqueo. Ven, pues, que quiero darte el beso de paz Bien lo has merecido -dice Jesús, sonriendo con una sonrisa verdaderamente alegre, juvenil, que, efectivamente, le hace aparecer rejuvenecido.

-¡Oh, sí, Señor. Bien lo he merecido! ¡Qué difícil es llegar a ti, Señor! -dice Zaqueo alzándose lo más que puede para ponerse al nivel de Jesús, que se inclina para besarlo. Y alzándose pone a la vista una cara sangrante por un arañazo en la mejilla derecha, y lívido un ojo por algún codazo sufrido en la órbita.
Jesús lo besa y dice:

-Pero mi premio a ti no es por esta fatiga, sino por las otras, para muchos secretas, pero que Yo conozco. Sí, es verdad. Llegar a mí es difícil, y no es la muchedumbre el único obstáculo, ni es el obstáculo más difícil que uno encuentra. Pero, ¡oh pueblo que casi me has paseado como triunfador!, el obstáculo más difícil, el más hecho, y que vuelve a rehacerse después de haber intentado romperlo o superarlo, es el propio yo.

Yo parecía que no veía, pero he visto todo. Y he valorado todo. ¿Y qué he visto? He visto a un pecador convertido, a un hombre que era duro de corazón, que era amante de las comodidades, soberbio, vanidoso, lujurioso y avaro.

Y lo he visto despojarse de su yo viejo, incluso en las cosas menores, cambiar en sus modos y apegos como para venir donde su Salvador, luchar y suplicar humildemente-y lo he visto recibir pullas y reproches pacientemente, y sufrir en su cuerpo por los empujones de la muchedumbre, y en su corazón por verse relegado a la cola, sin poder recoger ni siquiera una mirada mía. Y he visto otras cosas en él; cosas que también vosotros conocéis, pero que no queréis tener en cuenta, a pesar de que os hayan producido alivio.

Diréis: "¿Y cómo lo conoces, Tú que no vives con nosotros?". Os respondo: de la misma forma que leo en el corazón de los hombres, no ignoro las acciones de los hombres, y sé ser justo y premiar en proporción al camino recorrido para llegar a mí, a los esfuerzos realizados para desplantar de la agreste selva que cubría al espíritu todo aquello que no fuera el árbol vital, y fertilizar al espíritu y ponerlo como rey en el yo, y rodearlo de árboles de virtudes para que recibiera honor, y velar para que ningún animal -las distintas pasiones malas-inmundo, porque repta, por su avidez de corrupción, o lascivo u ocioso, anidara en este bosque, sino que el espíritu vuestro espíritu-estuviera habitado sólo por lo que es bueno y capaz de alabar al Señor, o sea, por los afectos sobrenaturales: aves cantoras y mansos corderos, dispuestos a ser sacrificados, dispuestos a la perfecta alabanza por amor a Dios.

Y, de la misma forma que no he ignorado las obras de Zaqueo, sus pensamientos, sus fatigas, tampoco he ignorado que en muchos de esta ciudad, muchos que me han aclamado, hay más un amor sensible que espiritual. Si me amarais con justicia, habríais sido compasivos con vuestro convecino; no lo habríais mortificado recordándole el pasado. Ese pasado que él ha borrado y que Dios no recuerda. Porque el perdón concedido ya no se toca. A menos que el hombre vuelva a pecar. Pero se le juzga de nuevo por el pecado nuevo, no por el que fue perdonado.

Ahora Yo -y esto os lo doy como compañía en las meditaciones de la noche-os digo que el amarme de verdad no consiste en aclamarme, sino en hacer lo que Yo hago y enseño, en practicar el amor recíproco, en ser humildes y misericordiosos, recordando que un único barro os ha formado respecto a la parte material, y que el barro siempre tiende al pantano y que, por tanto, si hasta ahora lo que en vosotros es fuerza -el espíritu-que os ha tenido suspendidos por encima del pantano, no ha conocido nunca derrotas y ello es imposible, porque el hombre es pecador y sólo Dios carece de pecado, mañana vuestro espíritu podría conocerlas, y en número y alcance aún mayores que las del antiguo pecador que ha renacido a la Gracia, que ha sido rejuvenecido por ella y renovado, como un niño nacido poco antes, y que tiene a favor de él esa humildad que le viene del recuerdo de haber sido pecador, y la enardecida voluntad de hacer, en el resto de la vida, tanto bien como sea requerido para llenar una vida longeva y enteramente consagrada al bien, hasta el punto de reparar, con medida llena y rebosante, todo el mal que haya podido hacer.

Mañana os voy a hablar. Por ahora, en este atardecer, he terminado. Id, llevando en vosotros esta advertencia mía, y bendecid a Dios, que os manda al Médico que extirpa vuestras sensualidades celadas bajo un velo de santidad espiritual, como enfermedades escondidas que roen la vida bajo un velo de salud aparente… Ven, Zaqueo.
-Sí, mi Señor. Tengo sólo un anciano doméstico. Yo mismo abro la puerta, y con ella mi corazón lleno de emoción por tu infinita bondad.

Y, abierta la cancilla, invita a Jesús y a los apóstoles a entrar. Guía a Jesús hacia la casa, a través del jardín, que ahora es huerto… La casa también está despojada de todas las cosas superfluas. Zaqueo enciende una lámpara y llama al doméstico.

-Mira, el Maestro está aquí. Duerme aquí con los suyos y cena aquí. ¿Has preparado las cosas como te dije?
-Sí, todo está preparado, menos las verduras, que voy a echar ahora en el agua hirviendo.

-Entonces cámbiate de vestido y ve a decir a los que tú sabes que Él está aquí, que vengan.
-Voy, señor. ¡Bendito seas, Maestro, que me das la ocasión de morir feliz!
Se marcha.

-Servía ya a mi padre y se ha quedado en mi casa. De todos los demás he prescindido. Pero a él lo estimo. Ha sido la voz que no callaba nunca cuando pecaba. Y yo, por eso, lo maltrataba. Ahora, después de ti, es al que más quiero… Venid, amigos. Allí hay fuego y todo lo que puede aliviar a los cuerpos cansados y helados. Tú, Maestro, en mi misma habitación… -y lo guía hacia un cuarto que está en el fondo del pasillo.

Entra, cierra la puerta, echa agua humeante en un barreño, descalza a Jesús, le sirve. Antes de calzarle las sandalias, besa un pie desnudo y se lo pone encima del cuello y dice:

-¡Así! ¡Para que aplastes los residuos del viejo Zaqueo!
Se levanta. Mira a Jesús con una sonrisa que le tiembla en los labios, una sonrisa humilde, hecha un poco de llanto. Con un gesto señala todo el cuarto, diciendo:

-Aquí dentro he pecado mucho. Pero he cambiado todo, para que lo que tenía ese sabor ya no estuviera presente en mí… Los recuerdos… Yo soy débil… He dejado que viviera entre estas paredes desnudas, en este lecho duro, sólo el recuerdo de la conversión… Lo demás… Lo he vendido, porque me había quedado sin dinero y quería hacer el bien. Siéntate, Maestro…

Jesús se sienta en un asiento de madera y Zaqueo se pone en el suelo, a sus pies, medio sentado, medio arrodillado. Sigue hablando:

-No sé si he hecho bien; si aprobarás lo que he hecho. Quizás he empezado por donde tenía que terminar. Pero ellos también existen. Y sólo un viejo publicano puede no sentir rechazo hacia ellos en Israel. No. Lo he dicho mal.

No sólo un viejo publicano. Tampoco Tú. Es más, eres Tú el que me ha enseñado a amarlos verdaderamente. Antes eran mis cómplices en el vicio, pero no los quería. Ahora me opongo a ellos, pero los quiero. Tú y yo. El todo Santo, el pecador convertido.

Tú, porque no has pecado nunca y quieres darnos tu alegría, la de un Hombre sin culpa; yo, porque he pecado mucho, y sé lo dulce que es la paz que proviene de haber sido perdonado, redimido, renovado… La he deseado para ellos. Los he buscado. ¡Al principio ha sido duro! Quería hacerlos buenos a ellos y tenía que hacerme bueno yo mismo…

¡Qué fatiga! Vigilarme porque sentía que me vigilaban. La más mínima cosa habría bastado para que se alejaran… Y además… muchos pecaban por necesidad, por necesidad de oficio. He vendido todo para tener dinero para mantenerlos hasta que encontraran otros oficios menos fructíferos, más cansados, pero honestos. Y siempre hay alguno de ellos que viene, mitad curioso, mitad deseoso de ser un hombre y no sólo un animal. Y debo hospedarlos, hasta que se hacen mansos para el nuevo yugo. Muchos se han circuncidado. El primer paso hacia el verdadero Dios. Pero no lo impongo.

Tengo amplios los brazos para abrazar las miserias, yo que no puedo sentir asco de ellas. Quisiera también yo dar a éstos lo que Tú querrías dar a todos: la alegría de no tener ya remordimientos, dado que no podemos como Tú carecer de culpa. Ahora dime, mi Señor, si he sido demasiado osado.

-Has obrado bien, Zaqueo. Les das a ellos más de lo que esperas y de lo que piensas que Yo quiero dar a los hombres. No sólo la alegría del perdón, de no tener remordimientos, sino también la alegría de ser pronto ciudadanos de mi Reino celeste. No ignoraba estas obras tuyas. Observaba tu marcha por el arduo, pero glorioso, camino de la caridad; porque esto es caridad, y de la más genuina.

Has aprendido la palabra del Reino. Pocos la han comprendido, porque sobrevive en ellos la concepción antigua y la convicción de ser ya santos y doctos. Tú, eliminado de tu corazón el pasado, te has quedado vacío, y has podido, es más, has querido, meter dentro de ti las palabras nuevas, lo futuro, lo eterno. Sigue así, Zaqueo, y serás el exactor de tu Señor Jesús -concluye Jesús, sonriendo y poniendo su mano en la cabeza de Zaqueo.
-¿Estás conforme conmigo, Señor? ¿En todo?

En todo, Zaqueo. Se lo he dicho también a Nique, que me hablaba de ti. Nique te comprende. Es una mujer abierta a la piedad universal.

-Nique me ayudaba mucho. Pero ahora la veo sólo cada nueva luna… Hubiera querido seguirla. Pero Jericó es un lugar propicio para mi nuevo trabajo…
-No estará mucho tiempo en Jerusalén… Viajarías por nada. Nique volverá después aquí…

-¿Después?… ¿Cuándo, Señor?
-Cuando mi Reino haya sido proclamado.

-Tu Reino… Tengo miedo de ese momento. Los que ahora se dicen fieles tuyos, ¿sabrán serlo entonces? Porque, sin duda, habrá tumultos y luchas entre los que te aman y los que te odian… ¿Sabes, Señor, que tus enemigos pagan incluso a bandoleros, a la hez del pueblo, para tener partidarios preparados a crear alboroto para imponerse? Esto lo he sabido por uno de mis pobres hermanos… ¡Oh!

¿Entre quien roba legalmente, entre quien roba el honor y el que desvalija a un viandante, hay, acaso, mucha diferencia? Yo he robado también legalmente, hasta que Tú me salvaste, pero ni siquiera entonces habría secundado a los que te odian… Es un joven. Un ladrón. Sí. Un ladrón.

Una noche, que había ido hacia el Adomín a esperar a tres como yo, que venían de Efraím con ganado que había comprado a menos precio, lo encontré apostado en una hoz. Hablé con él… Nunca he tenido familia, pero creo que si hubiera tenido hijos les habría hablado de la misma manera para convencerlos de cambiar de vida. Me explicó cómo y por qué se hizo ladrón. Sí, ¡cuántas veces los verdaderos culpables son los que parece que no hacen nada malo!… Le dije:

"Deja de robar. Si tienes hambre, hay un pan también para ti. Te encontraré un trabajo honrado. Dado que todavía no te has hecho homicida, detente, sálvate". Y lo convencí.

Me dijo que se había quedado solo, porque los otros habían sido comprado con mucho dinero por los que te odian, y ahora están preparados para crear tumultos y para decirse tuyos y escandalizar al pueblo, escondidos en las grutas del Cedrón, en los sepulcros, hacia el Faselo en las cavernas del norte de la ciudad, entre las tumbas de los Reyes y de los Jueces, en todas partes… ¿Qué pretenden hacer, Señor?

-Josué pudo detener el Sol, pero ellos, a pesar de todos los medios, no podrán detener la voluntad de Díos.
-¡Tienen el dinero, Señor! El Templo es rico, y para ellos no es korbán el oro ofrecido al Templo, si les sirve para triunfar.

-No tienen nada. La fuerza es mía. Su edificio caerá como si fuera de hojas secadas por los vientos de otoño y colocadas en forma de castillo por un niño. No temas, Zaqueo. Tu Jesús será Jesús.

-¡Dios lo quiera, Señor!… Nos llaman. Vamos…

521- En Tecua, Jesús se despide de los habitantes del lugar y del anciano Elí-Ana

La parte posterior de la casa de Simón de Tecua no es otra cosa sino una plaza, a la cual hacen de alas los lados de la casa, que es de forma de U. Digo plaza porque en los días de mercado, como el que veo yo, se abre por tres sitios el fuerte enrejado que la separa de una plaza pública más grande, y muchos vendedores invaden con sus puestos los pórticos que hay en los tres lados de la casa (comprendo ahora la utilidad… financiera de estos pórticos, porque Simón, como buen hebreo, pasa exigiendo de cada mercader el alquiler del lugar ocupado). Y Simón se lleva consigo al viejecito, vestido ahora decentemente, y a todos se lo presenta diciendo:

-De ahora en adelante le pagaréis a él la suma establecida.

Luego, recorridos ya todos los pórticos, dice a Elí-Ana:

-Éste es tu trabajo aquí; dentro, con la posada y los establos. No es difícil ni fatigoso, pero te demuestra cuánta estima te tengo. He echado, a uno después del otro, a tres que me ayudaban, porque no eran honestos. Pero tú me satisfaces. Y además te ha traído Él. Y el Maestro sabe conocer los corazones. Vamos donde Él ahora a decirle que, si quiere, la hora es buena para hablar.

Y se marcha, seguido por el viejecito…
La gente va llenando cada vez más la plaza, y el rumor también va aumentando.

Mujeres para las compras; mercaderes de ganado; compradores de bueyes para los arados o de otros animales; campesinos encorvados bajo el peso de cestos de fruta alabando sus mercancías; cuchilleros con todo lo que corta, bien expuesto encima de esteras, y que, con una bulla infernal, descargan las segures sobre leños para mostrar la consistencia de la hoja, o con un martillo golpean en hoces que tienen colgadas en caballetes para que se vea el perfecto temple de la hoja, o que levantan rejas de arado y con las dos manos las golpean contra la tierra, que se abre herida, para dar una prueba de la dureza de la reja, a la que ningún terreno se resiste; y los que trabajan el cobre -con ánforas y cubos, sartenes y lámparas-, que golpean en el metal sonoro, hasta aturdir, para que se vea que es macizo, o se desgañitan ofreciendo muchas lamparillas, de una o más llamas, para las próximas fiestas de Kisléu; y, dominando a todos, monótono y penetrante como lamento de lechuza nocturna, el grito de los mendigos esparcidos en los puntos estratégicos el mercado.

Jesús viene desde la casa, junto con Pedro y Santiago de Zebedeo. No veo a los otros. Pero pienso que estarán yendo por la ciudad anunciando al Maestro, porque veo que la gente lo reconoce en seguida, y muchos acuden, mientras el vocerío se hace menos intenso, y el ruido también. Jesús ordena dar limosna a algunos mendigos y se para a saludar a dos hombres, los cuales, seguidos de sus criados, habiendo acabado las compras, estaban para dejar el mercado.

Pero ahora se quedan también ellos para escuchar al Maestro. Y Jesús empieza a hablar, tomando el tema de lo que ve:

-Cada cosa a su tiempo, cada cosa en su lugar. No se realiza el mercado en sábado, ni se comercia en las sinagogas, y tampoco se trabaja por la noche, sino que más bien mientras es de día.

Sólo el pecador trafica en el día del Señor, o profana con negocios humanos los lugares destinados a la oración, o se da a la rapiña durante la noche cometiendo hurtos y delitos. Igualmente: el que comercia honestamente se esfuerza en probar a sus compradores la calidad de sus productos y la consistencia de sus instrumentos, y el que compra se marcha contento de la buena compra que ha hecho.

Pero si, por ejemplo, con mucha astucia, el vendedor lograra engañar al comprador, y el utensilio o el producto alimenticio le resultase a éste no bueno, inferior al precio pagado, ¿no recurriría el comprador a medidas de defensa, que irían desde un mínimo de no volver a comprar nunca donde ese vendedor, a un máximo de recurrir al juez para recuperar su dinero? Eso sucedería, y sería justo. Y, a pesar de esto, ¿no vemos en Israel al pueblo engañado por los que venden, como buenos, productos en malas condiciones, y que ese pueblo desacredita a quien da buenos productos, siendo éste el Justo del Señor? Sí, todos lo vemos.

Ayer noche muchos de vosotros vinieron a referir las artes de los malos vendedores, y Yo dije: "Dejadlos. Tened firmes vuestros corazones y Dios proveerá". ¿Estos que venden cosas no buenas, a quien ofenden?

¿A vosotros? ¿A mí? No. A Dios mismo. La culpabilidad no es tanto del engañado cuanto del que engaña. El pecado no ha sido cometido tanto contra el hombre cuanto contra Dios, al tratar de vender cosas no buenas para que el que tiene deseos de comprar vaya a las cosas buenas.

Yo no os digo: reaccionad, vengaos. No son palabras que puedan salir de mi boca. Sólo digo: escuchad el sonido verdadero de las palabras, observad bien, bajo la gran luz, las acciones de los que os hablen, saboread el primer sorbo o el primer bocado que os ofrezcan y, si oís un sonido áspero, si sus acciones tienen tenebroso aspecto, si el sabor que os queda en el corazón os turba, rechazad, como cosa no buena, aquello que os ofrecen. La sabiduría, la justicia, la caridad no son nunca ásperas ni turbadoras ni amantes de actuar en la sombra.

Sé que he sido precedido por discípulos míos, y ahora os dejo a dos apóstoles míos; además, ayer noche, con las acciones más que con las palabras, he testificado de dónde vengo y con qué misión. No hacen falta, pues, largos discursos para atraeros hacia mi camino. Pensad, y quered estar en él. Imitad a los que fundaron esta ciudad en los límites del árido desierto.

Pensad siempre que fuera de mi doctrina hay aridez de desierto, mientras que en mi doctrina están las fuentes de la Vida. Y, a pesar de todos los hechos que puedan acaecer, no os turbéis, no os escandalicéis. Recordad las palabras del Señor en Isaías (50, 2; 59, l).

Nunca será acortada mi mano ni se hará pequeña pa-favorecer a los que siguen mis caminos; de la misma forma que nunca será anulada la mano del Altísimo para castigar a aquellos que a mí -que vine y bien pocos encontré para acogerme, llamé y pocos respondieron-me ofenden y causan dolor. Porque, de la misma manera que quien me honra honra al Padre que me ha enviado, el que me desprecia desprecia a Aquel que me ha enviado. Y, por la ley antigua del talión, el que me repudia será repudiado.

Pero vosotros, que habéis acogido mi palabra, no temáis los oprobios de los hombres, ni os acongojéis por sus ultrajes, primero contra y luego contra vosotros porque me amáis. Yo, aunque parezca perseguido y vaya a parecer quebrantado, os consolaré y protegeré. No temáis, no temáis al hombre mortal, que hoy es y mañana no es sino un recuerdo y polvo. Temed al Señor, temed con un santo amor, no con miedo, temed no saberlo amar con medida proporcionada a su amor infinito. Yo no os digo: haced esto o aquello. Sabéis lo que debe hacerse. Os digo: amad. Amad a Dios y a su Cristo. Amad a vuestro prójimo como Yo os he enseñado. Y, si sabéis amar, todo lo haréis.

Yo os bendigo, habitantes de Tecua, ciudad situada en los lindes del desierto, pero oasis de paz para el perseguido Hijo del hombre, y que mi bendición permanezca en vuestros corazones y en vuestras casas, ahora y siempre.

-¡Quédate, Maestro! Quédate con nosotros. ¡El desierto fue siempre bueno para los santos de Israel!
-No puedo. Tengo a otros que me esperan. Vosotros estáis en mí, Yo en vosotros, porque nos queremos.

Jesús, con dificultad, pasa a través de la gente, que le sigue, olvidada de comprar o vender y de todas las demás cosas. Enfermos curados que todavía lo bendicen, corazones consolados que le dan las gracias, mendigos que lo saludan: «Maná vivo de Dios»…

El viejecito está pegado a Él; así hasta el extremo de la ciudad. Y sólo cuando Jesús bendice a Mateo y a Felipe, que se quedan en Tecua, se decide a dejar a su Salvador, y lo hace con besos en los pies desnudos del Maestro, y con llanto y palabras de agradecimiento.

-Levántate, Elí-Ana, y ven, que quiero besarte. Un beso de hijo a padre, y que ello te compense todo. Te aplico las palabras del profeta: "Tú que lloras no llorarás más, porque el Misericordioso ha tenido piedad de ti". El Señor te dará pan racionado y poca agua. Más no he podido hacer. Si a ti te ha expulsado de tu casa uno, a mí me expulsan todos los poderosos de un pueblo, y ya es mucho si encuentro comida y alojamiento para mí y mis apóstoles.

Pero tus ojos han visto a Aquel que deseabas ver y tus oídos han escuchado mis palabras de la misma forma que tu corazón debe sentir mi amor. Ve y está en paz, porque eres un mártir de la justicia, uno de los precursores de todos aquellos que hayan de ser perseguidos por causa mía. ¡No llores, padre!

Y lo besa en la cabeza cana.
El viejecito le devuelve, en la mejilla, el beso y le susurra al oído:

-Desconfía del otro Judas, mi Señor. Yo no quiero manchar mi lengua… Pero desconfía. No viene con pensamiento bueno a casa de mi hijo…

-Sí. Pero no pienses ya en el pasado. Pronto acabará todo y ya nadie me podrá hacer daño alguno. Adiós, Elí-Ana. El Señor está contigo.

Se separan…
-Maestro, ¿qué te ha dicho el anciano con voz tan leve? -pregunta Pedro, que va al lado de Jesús, con esfuerzo porque Jesús da largos pasos con sus largas piernas, cosa que, siendo tan bajo, no puede hacer Pedro.

-¡Pobre anciano! ¿Qué crees que me podía decir que Yo ya no supiera? -responde Jesús eludiendo una respuesta precisa.

-Hablaba de su hijo, ¿no? ¿Te ha dicho quién es?
-No. Pedro. Te lo aseguro. Ha conservado ese nombre en su corazón.
-¿Pero Tú lo conoces, no?
-Lo conozco, pero no te lo diré.

Silencio durante mucho tiempo. Luego, angustiosa, la pregunta de Pedro y su confesión.

-Maestro, pero ¿para qué?, ¿qué va a hacer Judas a casa de un pésimo hombre como es el hijo de Elí-Ana? ¡Yo tengo miedo, Maestro! No tiene buenos amigos éste. No va abiertamente. No hay en él fuerza para resistir al mal.

Tengo miedo, Maestro. ¿Para qué? ¿Para qué va Judas donde éstos, y a escondidas?

La cara de Pedro es una expresiva máscara de angustiosa interrogación.

Jesús lo mira y no responde. Efectivamente, ¿qué debe responder?; ¿qué, para no mentir ni lanzar al fiel Pedro contra el infiel Judas? Prefiere dejar hablar a Pedro.

-¿No respondes? Yo, desde ayer, desde cuando el viejo creyó reconocer entre nosotros a Judas, no tengo paz. Es como aquel día que hablaste con la esposa del saduceo. ¿Te acuerdas? ¿Recuerdas mi sospecha?

-Lo recuerdo. ¿Y tú recuerdas mis palabras de entonces?
-Sí, Maestro.

-No hay nada más que decir, Simón. Las acciones del hombre tienen apariencias distintas de la realidad. Pero Yo estoy contento de haber proveído a la necesidad de ese anciano.

Es como si Ananías hubiera vuelto. Y realmente si Simón de Tecua no lo hubiera acogido lo habría llevado a la casita de Salomón, para tener allí a un padre que siempre esperara nuestra llegada. Pero, para Elí es mejor así. Simón es bueno, tiene muchos nietos. A Elí le gustan los niños… los niños hacen olvidar muchas cosas dolorosas…

Con su habitual ciencia de distraer al interlocutor y conducirlo hacia otros temas, cuando no considera conveniente responder a preguntas peligrosas, Jesús ha distraído a Pedro de su pensamiento. Y sigue hablándole de niños, conocidos acá o allá, hasta llegar a recordar a Margziam, que quizás a esa hora está retirando las redes después de la pesca en el bonito lago de Genesaret.
Y Pedro, ya lejos de Elí y Judas con el pensamiento, sonríe y pregunta:

-Pero después de Pascua vamos allá, ¿no? Es tan hermoso.

Mucho más que esto. Nosotros galileos somos pecadores para los de Judea… ¡Pero si se vive aquí! ¡Oh, Misericordia eterna! Si a nosotros se nos hubiera de castigar, no, aquí ciertamente no va a haber un premio.

Jesús llama a los otros que se han quedado atrás y se aleja con ellos por el camino calentado por el sol de Diciembre.

520- Conversaciones en torno a Judas Iscariote, ausente. Llegada a Tecua con el anciano Elí-Ana

Son todavía once cuando toman de nuevo el camino. Once caras pensativas y desazonadas en torno al rostro triste de Jesús.

Él se despide de las hermanas; luego, después de un momento de reflexión, antes de cruzar la cancilla, ordena a Simón Zelote y a Bartolomé:

-Quedaos aquí. Os reuniréis conmigo en Tecua, en casa de Simón, o en la casa de Nique en Jericó, o en Betabara; eso si él viene. Y… servid a la caridad. ¿Entendéis?
-Ve tranquilo, Maestro. No iremos contra el amor al prójimo en ningún modo -asegura Bartolomé.

-Cualquiera que fuera la hora en que él llegue, partid enseguida.

-Enseguida, Maestro. Y… gracias por la confianza que tienes en nosotros -dice el Zelote.

Se besan y, mientras un doméstico cierra la cancilla y Jesús se aleja, los dos que se han quedado vuelven hacia la casa junto con las hermanas.

Jesús delante, solo; detrás Pedro, entre Mateo y Santiago de Alfeo; detrás Felipe, con Andrés, Santiago y Juan de Zebedeo; últimos, silenciosos como los demás, van Tomás y Judas Tadeo. Tampoco habla Pedro. Sus dos compañeros intercambian algunas, pocas palabras, pero él, que va entre los dos, no habla. Va taciturno, cabizbajo. Parece tejer un mudo coloquio con las piedras y las hierbas que pisa.

También los dos últimos tienen una actitud casi igual. Lo único es que -mientras que Tomás parece sumido en la contemplación por una ramita de sauce a la que va quitando una a una las hojas, y mirando a cada hoja que separa como si estudiara su color glauco por un lado y argénteo por el otro, o los filamentos de la nervadura-Judas Tadeo mira fijamente y recto frente a sí; no sé si mira al horizonte que, superada una cima, se abre a una claridad vaporosa de llanura a la luz de la aurora, o si mira sencillamente a la cabeza rubia de Jesús, que ha echado hacia atrás el extremo del manto, como para gozar del tenue sol de Diciembre.

Coinciden en el mismo momento el final de la ocupación de Tomás y el final de la contemplación del horizonte, o del Maestro, por parte de Judas Tadeo. Este último baja los ojos y vuelve la cabeza para mirar a su compañero, mientras Tomás, reducida su ramita a delgada vara, alza los ojos para mirar a Judas Tadeo: una mirada aguda y, al mismo tiempo, buena y triste, que encuentra una mirada igual.

-¡Así es, amigo! ¡Exactamente así! -dice Tomás como concluyendo una conversación.
-Sí, es así. Y mi dolor es muy grande… Para mí es también amor de familia…

-Comprendo. Pero… Tú tienes en el corazón un tormento de afecto. ¿Pero, yo? Tengo un remordimiento que me atormenta. Y eso es peor todavía.

-¿Un remordimiento, tú? No tienes motivos de remordimiento. Eres bueno y fiel. Jesús está contento de ti, y nosotros en ti no tenemos nunca motivo de escándalo.

¿Cómo es que te viene esa sensación de remordimiento?
-De un recuerdo. El recuerdo del día en que decidí seguir al nuevo Rabí que había aparecido en el Templo… Yo y

Judas estábamos cerca el uno del otro, y admiramos la acción y las palabras del Maestro. Y decidimos buscarlo…

Yo estaba aún más decidido que Judas; casi lo moví yo. Él dice lo contrario, pero es así. Mi remordimiento es haber insistido para que viniera… Le he traído un permanente dolor a Jesús. Pero yo sabía que Judas era estimado por muchos y pensaba que podría ser útil. Necio como todos, que no saben pensar sino en un rey de Israel mayor que David y Salomón, pero sólo un rey… un rey como Él dice que nunca será, ¡ansiaba que entre los discípulos estuviera éste que podía servir!…

Yo esperaba esto. Y sólo ahora comprendo, y cada vez más, la justa actuación de Jesús, que no lo recibió enseguida y que incluso prohibió buscarlo… ¡Te digo que tengo un remordimiento!, ¡un remordimiento!… Ese hombre no es bueno.

-No es bueno. Pero no te crees remordimientos. Aquello no lo hiciste con malicia. Por tanto, te digo que no tienes culpa.

-¿Estás totalmente seguro? ¿O lo dices por consolarme?
-Lo digo porque es verdad. Tomás, no pienses más en el pasado. No sirve para borrarlo…

-Es como dices. Pero, piensa esto: si por causa mía mi Maestro sufriera desgracias… Tengo el corazón lleno de angustia y de sospechas. Soy un pecador porque juzgo al compañero, y con juicio no piadoso. Y soy pecador porque debería creer en las palabras del Maestro,… Él disculpa a Judas… Tú… ¿crees eso de tu hermano?

Lo creo en todo menos en eso. Pero, no desfallezcas. Todos nosotros tenemos el mismo pensamiento. Incluso Pedro, que se consume tanto, lucha por pensar de ese hombre todo lo bueno; y Andrés, que -más manso que un corderito; y Mateo, el único de entre nosotros que no tiene horror a ningún pecador o pecadora; y el tan amoroso y puro Juan, que tiene la feliz fortuna de no temer ni al mal ni al vicio, porque está tan colmado de caridad y de pureza que no le cabe sitio para recibir otra cosa; y mi hermano, me refiero a Jesús, que ciertamente tiene otros pensamientos junto a éste, pensamientos por los que ve la necesidad de tener a Judas… hasta haber agotado todo intento de o bueno.

-Sí. Pero… ¿cómo terminará? Él tiene muchas… No tiene… Bueno, ya me entiendes sin que hable. ¿A qué punto llegará?

-No lo sé… Quizás se separe de nosotros… Quizás se quede a esperar a ver quién es más fuerte en esta lucha entre Jesús y el mundo hebreo…
-¿Y otras cosas? ¡No crees que él ya en este momento sirve a dos señores?
-Esto es seguro.

-¿Y no temes que pueda servir a los más numerosos, de forma que dañe totalmente al Maestro?

-No. No lo amo. Pero no puedo pensar que él… Al menos por ahora, no. Pero sí temería esto si llegara el día en que el favor de la muchedumbre abandonara al Maestro. Como estoy seguro de que, si el pueblo en aclamación lo consagrara rey y caudillo nuestro, Judas abandonaría a todos por Él. Es un oportunista… ¡Que Dios lo retenga, y proteja a Jesús y a todos nosotros!…

Los dos se dan cuenta de que han aminorado mucho el paso. Ven que se han distanciado mucho de los compañeros. Así que, dejando de hablar, se ponen a andar rápidos para llegar donde ellos.

-¿Pero qué hacíais? -pregunta Mateo. El Maestro os requería.

Tomás y Judas Tadeo siguen hacia Jesús con paso presuroso.
-¿De qué hablabais entre vosotros? -pregunta Jesús mirándolos fijamente a los ojos.

Los dos se miran. ¿Decir? ¿No decir? Vence la sinceridad.
-De Judas -dicen al mismo tiempo.

-Lo sabía. Pero quería poner a prueba vuestra sinceridad. Me habríais causado dolor, si hubierais mentido… De todas formas, no habléis ya más de él; especialmente, de esa manera. Hay muchas cosas buenas de las que hablar.

¿Por qué descender siempre a considerar, lo que es muy, demasiado, material? Isaías dice (Isaías 2, 22): "Dejad al hombre que tiene el espíritu en las narices". Yo os digo: dejad de analizar a este hombre y preocupaos de su espíritu. El animal que hay en él, su monstruo, no debe atraer vuestras miradas ni vuestros juicios; más bien, tened amor, un amor doloroso y activo, por su espíritu.

Liberadlo del monstruo que lo tiene sujeto. ¿No sabéis…?

Se vuelve para llamar a los otros siete:

-Venid aquí todos. Os viene bien lo que os voy a decir, porque todos tenéis los mismos pensamientos en vuestro corazón… ¿No sabéis que aprendéis más a través de Judas de Keriot que a través de cualquier otra persona? Muchos Judas encontraréis, y poquísimos Jesús, en vuestro ministerio apostólico. Los Jesús serán dulces, buenos, puros, fieles, obedientes, prudentes, no ambiciosos. Serán bien pocos…

Pero cuántos, ¡cuántos Judas de Keriot encontraréis vosotros y vuestros seguidores y sucesores por los caminos del mundo! Y, para ser maestros y saber, debéis pasar por este aprendizaje… Él, con sus defectos, os muestra al hombre como es; Yo os muestro al hombre como debería ser. Dos ejemplos igualmente necesarios. Vosotros, conociendo bien al uno y al otro, debéis tratar de transformar al primero en el segundo…

Mi paciencia sea vuestra norma.
-Señor, yo he sido un gran pecador. Sin duda, yo también seré muestra. Pero quisiera que Judas, que no es tan pecador como lo fui yo, se convirtiera como me convertí yo. ¿Es soberbia decir esto?

-No, Mateo, no es soberbia. Diciéndolo, rindes honor a dos verdades.

La primera es que veraz es la sentencia que dice: "La buena voluntad del hombre obra milagros divinos". La segunda es que Dios te ha amado infinitamente, ya desde antes de que pensaras en ello, y lo hacía porque no desconocía tu capacidad de heroísmo. Tú eres el fruto de dos fuerzas: tu voluntad y el amor de Dios. Y digo antes tu voluntad, porque sin ella vano habría sido el amor de Dios. Vano, inoperante…

-¿Pero sin nuestra voluntad no podría Dios convertir? ̿ pregunta Santiago de Alfeo.

-Ciertamente. Pero luego se requeriría, en todo caso, la voluntad del hombre para persistir en la conversión obtenida milagrosamente.

-Entonces en Judas no ha habido esta voluntad ni la hay, ni antes de conocerte ni ahora… -dice impetuosamente Felipe.

Algunos ríen, otros suspiran.
Jesús es el único que defiende al apóstol ausente:
-¡No digáis eso! La ha tenido y la tiene. Pero la funesta ley de la carne, a intervalos, la supera. Es un enfermo…

Un pobre hermano enfermo. En todas las familias está el
débil, el enfermo, aquel que es el dolor, la angustia, el peso de la familia. Y, a pesar de ello, ¿no es, acaso, al hijito de salud frágil al que más quiere la madre? ¿No es el hermanito desdichado el más servido por sus hermanos? ¿No es él al que el padre ofrece el bocado selecto, quitándoselo de su propio plato, para darle una alegría, para no darle a entender que es un peso y no hacerle, por tanto, pesada su enfermedad?

-Es verdad. Es justamente así. Mi hermana gemela era frágil en su primera edad. Yo había tomado toda la robustez. Pero el amor de toda la familia la socorrió, tanto que ahora es una floreciente esposa y madre -dice Tomás.

-Pues haced con vuestro hermano espiritual débil lo que haríais con un hermano carnal débil. Yo no voy a pronunciar palabras de recriminación. Vosotros no sois más que Yo. Vuestro paciente amor es la recriminación más fuerte, una recriminación contra la que no se puede reaccionar. En Tecua voy a dejar a Mateo y a Felipe para que esperen a Judas… El primero ha de acordarse de que fue pecador: el segundo, de que es padre…

-Sí, Maestro. Lo recordaremos.

-En Jericó, si todavía no está con nosotros, dejaré a Andrés y a Juan, que han de recordar que no todos han recibido con igual medida los dones gratuitos de Dios… Pero. id donde aquel anciano mendigo que va por el camino con paso vacilante. La ciudad está a la vista. Con la limosna podrá procurarse pan.

-Señor, no podemos. Judas se ha marchado con la bolsa… ̿ dice Pedro -Y las hermanas no nos han dado nada.

-Tienes razón, Simón. Están como aturdidas por el dolor, y nosotros también. No importa. Tenemos un poco de pan. Somos jóvenes y estamos fuertes. Vamos a dárselo al anciano, para que no se caiga por el camino.

Hurgan en los talegos, recogen pequeños pedazos de pan, se los dan al ancianito, que los mira asombrado.
-¡Come, come! -anima Jesús. Y le da de beber de su zaque mientras le pregunta a dónde va.

-A Tecua. Mañana hay un gran mercado. Pero desde ayer no comía.
-¿Estás solo?
-Más que solo… Mi hijo me ha echado…
Oír esta voz senil rompe el corazón.
-Dios te abrirá las puertas de su Reino si sabes creer en su misericordia.

-Y en la de su Mesías. Pero mi hijo no tendrá Mesías, porque no puede tener al Mesías él, que lo odia tanto como para odiar al padre suyo porque ama al Mesías.
-¿Por eso te ha echado?

-Por eso. Y para no perder la amistad de algunos que persiguen al Mesías. Ha querido mostrarles que su odio supera al de ellos, tanto que supera incluso la voz de la sangre.

-¡Qué horror! -dicen todos.
-Sería más horroroso si yo tuviera los mismos pensamientos que mi hijo -dice con vehemencia el viejecito.

-¿Pero quién es éste? Si no he comprendido mal, debe ser uno que tiene poder y voz… -dice Tomás.
-Hombre, no será un padre el que diga el nombre del hijo culpable porque sea despreciado. Tengo que decir que tengo hambre y frío yo que con mucho trabajo había aumentado el bienestar de la casa para hacer feliz a mi hijo varón.

Pero no más que esto. Piensa que yo soy uno de Judea, y él uno de Judea, y que, por tanto, somos iguales por la raza y distintos por el pensamiento. Lo demás no hace falta.
-¿Y no le pides nada a Dios, tú que eres un justo? -pregunta dulcemente Jesús.

-Que toque el corazón de mi hijo y lo conduzca a creer lo que yo creo.
-Pero para ti, enteramente para ti, ¿no pides nada?

-Encontrar al que para mí es el Hijo de Dios. Para venerarlo y luego morir.

-Pero si mueres ya no lo verás más. Estarás en el Limbo…
-Poco tiempo. ¿Eres un rabí, no es verdad? Veo muy poco…

La edad… y el mucho llorar, y también el hambre… Pero veo los flecos de tu cinturón… Si eres un buen rabí, y así me lo parece, debes sentir tú también que el tiempo ha llegado, quiero decir el tiempo del que habló Isaías (52, 7-l5; 53, l-l2). Y está para llegar la hora en que el Cordero cargará sobre sí todos los pecados del mundo y sobrellevará todos nuestros males y dolores, y será traspasado e inmolado para que nosotros seamos sanados y estemos en paz con el Eterno. Y entonces también los espíritus tendrán paz… Lo espero confiando en la misericordia de Dios.

-¿No has visto nunca al Maestro?
-No. Lo oí hablar en el Templo en las fiestas. Pero yo soy bajo, y todavía más bajo me hace la edad, y, como he dicho, veo poco. Por eso, si voy entre la gente el de delante no me deja ver, y si estoy lejos no veo, por eso mismo, porque estoy lejos. ¡Querría verlo! ¡Al menos una vez!

-Lo verás, padre. Dios te concederá esta alegría. ¿Y en Tecua tienes a dónde ir?
-No. Estaré debajo de un pórtico o en un portal. Ya estoy acostumbrado.

-Ven conmigo. Conozco un buen israelita. Te acogerá en nombre de Jesús, el Maestro galileo.
-Pero Tú también eres galileo. Se percibe por cómo hablas.
-Sí… ¡Estás cansado? Bueno, pero ya hemos llegado a las primeras casas. Pronto descansarás y tendrás con qué reponer tus fuerzas.

Jesús se inclina para decir a Pedro algo. Pedro, a su vez, se separa y va a decir a los otros lo que ha dicho Jesús (no lo capto). Luego, con los hijos de Alfeo y con Juan, acelera el paso, entrando en la ciudad. Jesús lo sigue con los otros, adecuando el paso al del pobre viejecito, que ya no habla (está muy agotado, de forma que acaba quedándose detrás, con Andrés y Mateo). La ciudad parece vacía. Es el mediodía y muchos están en las casas comiendo.

Recorridos pocos metros, vuelve Pedro:
-Ya está hecho, Señor. Simón lo recibe porque Tú lo traes, y te da las gracias por haber pensado en él.
-¡Bendigamos al Señor! Todavía hay justos en Israel. Este anciano es uno, y Simón otro. Sí, hay todavía personas buenas, misericordiosas, fieles al Señor. Y esto compensa muchas amarguras, y hace esperar que la justicia divina se mitigará por estos justos.

-¡Hombre, pero… un hijo que echa de casa a su padre por no perder la amistad de algún poderoso fariseo!
-¿A tanto puede llegar el odio por ti? ¡Estoy indignado! -dice Felipe.

-¡Veréis mucho más que esto! -responde Jesús.
-¡Más! ¿Qué puede ser más que un padre echado de casa porque no te odia? ¡Es enorme el pecado de ese hombre!…».

-Más enorme será el pecado de un pueblo contra su Dios… Pero vamos a esperar al anciano…
-¿Quién será su hijo?
-¡Un fariseo!
-¡Uno del Sanedrín!
-¡Un rabí!

Las opiniones son distintas.

-Un desdichado. No indaguéis. Hoy ha arremetido contra su padre. Mañana arremeterá contra mí. Así pues, veis que el pecado de Judas, el hecho de haberse alejado así, como un hijo díscolo, no es nada comparado con esto. Y, no obstante, oraré por este hijo ingrato, por este hebreo ofensor de Dios. Para que se enmiende. Haced vosotros lo mismo… Ven, padre, ¿cómo te llamas?

-Elí-Ana. ¡Nunca he sido una persona feliz! Se me murió mi padre antes de nacer yo; mi madre, dándome a luz. La madre de mi madre, que me crió, me dio por nombre los dos nombres, unidos, de mi padre y de mi madre.

-Verdaderamente eres un Elí, y tu hijo es igual que Finnes -dice Felipe, que no se resigna ante un pecado de esa naturaleza.

-Dios no lo quiera, hombre. Finnes murió pecador. Murió cuando cogieron el arca. (l Samuel l, 3; 2,l2-l7.22-34; 3,l-l8; 4, 4-l8) Para su alma y para todo Israel, estas cosas serían una desventura -responde el viejecito.

-Escucha. Ésta es casa amiga. Lo que le pido lo obtengo. Es de un cierto Simón, hombre justo ante los ojos de Dios y de los hombres. Te recibe por amor mío, si aceptas el lugar -dice Jesús antes de llamar a la puerta.

-¿Tengo, acaso, posibilidad de elegir? Invocaré las bendiciones del Cielo para quien me dé el pan y el amparo de la caridad. Pero quiero trabajar. Ser siervo no es una vergüenza, pecar sí lo es.

-Se lo diremos a Simón -dice con una sonrisa de compasión Jesús, mientras mira al viejecito, reducido a nada por las penalidades y el dolor moral.

Abren la puerta:
-Entra, Maestro. La paz sea contigo y con quien te acompaña. ¿Dónde está este hermano mío que me traes? Para que pueda darle el beso de paz y bienvenida -dice un hombre de unos cincuenta años.

-Éste es. Que el Señor te lo pague.

-Ya me ha recompensado: te tengo a ti como huésped. No te esperaba y no puedo honrarte como quisiera. Pero oigo que tienes intención de volver por aquí dentro de unos días. Bueno, pues estaré preparado para recibirte como conviene.

Ahora están en una habitación donde hay unas palanganas humeantes preparadas para las abluciones. El viejecito está acobardado, contra la puerta. Pero el dueño de la casa lo agarra de la mano y lo lleva a que se siente. Quiere descalzarlo y lo hace-él mismo, y servirle como si fuera un rey, y luego ponerle sandalias nuevas, mientras el viejecito dice:

-¿Por qué? ¿Pero por qué? ¡Yo he venido a servir y tú me sirves! No es justo.

-Es justo, hombre. No puedo seguir al Rabí porque mi casa requiere mi asistencia. Pero, como último discípulo del Maestro santo, busco la forma de poner en práctica sus palabras.

-Tú lo conoces bien. Verdaderamente lo conoces, porque eres bueno. Muchos en Israel lo conocen, pero ¿con qué? Con los ojos y con el odio. Por tanto, no lo conocen. A una mujer se la conoce sólo cuando ya de ella nada se ignora y se la posee enteramente. Lo mismo sucede con Jesús de Nazaret, que no conozco con los ojos, pero que conozco más que muchos, porque yo creo que en Él está la Sabiduría. Pero tú lo conoces con plenitud: de vista y de doctrina.

El hombre mira a Jesús, pero no dice nada.
El viejecito prosigue:

-He dicho a este rabí que quiero trabajar…
-Sí, sí. Encontraremos un trabajo para ti. Ahora de momento ven a la mesa. Maestro, tus discípulos vendrán dentro de poco. ¿Podemos sentarnos a la mesa aunque no
hayan venido, o prefieres esperarlos?

-Preferiría esperarlos. Pero si tienes que trabajar…
-¡Oh, Maestro! Sabes que para mí es una alegría obedecer el más mínimo de tus deseos.

El viejecito tiene en este momento una primera sospecha acerca de la identidad del Hombre que lo ha socorrido en el camino, y lo mira, lo mira… luego mira a sus compañeros… un atento examen… y se mueve en torno a ellos… Entran los hijos de Alfeo con Juan. Jesús los llama por el nombre.

-¡Oh, Dios Altísimo! ¡Pero entonces… Tú eres Tú! -exclama el viejecito y se arroja al suelo venerando.
El estupor suyo no es inferior al de los demás ¡Es tan extraño ese modo de reconocimiento del Maestro! Tanto, que Pedro le pregunta:

-¿Qué de especial hay en estos nombres, tan comunes en Israel, para hacerte comprender que estás frente al Mesías?
-Porque conozco a Judas. Va siempre a casa de mi hijo y…-el viejecito se detiene, turbado por haber nombrado a su hijo…

-Pero yo no te he visto nunca, hombre -dice Judas Tadeo poniéndose bien delante de él, agachado para estar cara a cara muy cerca.

-Yo tampoco te conozco. Pero un Judas, discípulo del Cristo, va frecuentemente a casa de mi hijo, y he oído hablar de un Juan, de un Santiago y de un Simón amigo de Lázaro de Betania, y de muchas otras cosas… ¡Oír tres nombres conocidos como de los discípulos más íntimos del Maestro, y Él tan bueno!… ¡Bueno, pues he comprendido! Pero ¿dónde está el otro Judas?

-No está. Pero es verdad, has comprendido. Soy Yo. El Señor es bueno, padre. Deseabas verme y me has visto. Bendigamos las misericordias de Dios… No te apartes, Elí-Ana. Estabas a mi lado cuando para ti era un viandante y nada más. ¿Por qué quieres alejarte de mí, ahora que sabes que soy la Meta? ¡No sabes cuánto me ha consolado tu corazón! No lo puedes saber. Yo, no tú, soy el que más ha recibido…

Cuando tres cuartos de Israel, y más, me odian hasta llegar al delito, cuando los débiles se alejan de mi camino, cuando las espinas de la ingratitud, del rencor, de la calumnia me hieren por todas partes, cuando no puedo encontrar alivio en el pensamiento de que mi Sacrificio será salud para Israel… encontrar uno como tú, oh padre, es recibir compensación por el dolor… Tú no sabes…

Ninguno conocéis las tristezas, cada vez más profundas, del Hijo del hombre Tengo sed de amor… y demasiados corazones son manantiales secos a los que inútilmente me acerco… Pero, vamos…

Y, teniendo cerca al viejecito, entra en la habitación donde están ya preparadas las mesas.

519- Inexplicable ausencia de Judas Iscariote y alto en Betania, en casa de Lázaro

Jesús despide a los discípulos Leví, José, Matías y Juan -no sé dónde los ha encontrado-y les confía al neodiscípulo Sidonio, llamado Bartolmái.

Esto sucede en las primeras casas de Betania. Y los discípulos pastores se van con el nuevo llegado y con otros siete hombres que tenían con ellos. Jesús los mira mientras se marchan. Luego se vuelve, a mirar a sus apóstoles, y dice:

-Ahora vamos a esperar aquí a Judas de Simón…
-¡Ah! ¿Te has dado cuenta de que se ha marchado? -dicen asombrados los otros. -Creíamos que no te hubieras percatado. La gente era mucha, y has estado hablando todo el tiempo, primero con el joven y después con los pastores…

-Desde el primer momento, he visto que se había alejado. Nada me pasa inadvertido. Por este motivo he entrado en las casas amigas, diciendo que manden a Judas a Betania, si preguntara por mí…

-Dios quiera que no -refunfuña, entre dientes, el otro Judas. Jesús lo mira, pero hace ademán de no haber notado la frase, y continúa, hablando a todos porque los ve a todos del parecer de Judas Tadeo (las caras, a veces, hablan mejor que las palabras): -Será bueno este descanso en espera de su regreso. Aliviará a todos. Luego iremos hacia Tecua.

El tiempo está frío pero la tendencia es a cielo sereno. Evangelizaré esa ciudad. Luego subiremos de nuevo pasando por Jericó, e iremos a la otra orilla. Me han dicho los pastores que muchos enfermos me buscan y les he enviado el mensaje de que no emprendan el viaje, sino que me esperen en estos lugares.

-Pues vamos, sí -suspira Pedro.
-¿No estás contento de ir donde Lázaro? -pregunta Tomás.
-Estoy contento.
-¡Lo dices de una manera!…

-No lo digo por Lázaro. Lo digo por Judas…
-Eres pecador, Pedro -advierte Jesús.

-Lo sé. Pero… él, Judas de Keriot, que se marcha, que es impertinente, que es un tormento, ¿no lo es? -salta Pedro, que ya no aguanta más.

-Lo es. Pero si él lo es, tú no debes serlo. Ninguno de nosotros debe serlo. Recordad que Dios nos pedirá cuentas -digo: nos pedirá porque a mí antes que a vosotros Dios Padre me ha confiado ese hombre-de lo que hayamos hecho para redimirlo.

-¿Y esperas lograrlo, hermano? No puedo creerlo. Tú, esto sí que lo creo, Tú conoces el pasado, el presente y el futuro. Y por tanto, no puedes engañarte respecto a ese hombre. Y… bueno, es mejor que no diga lo demás.

-Efectivamente, saber callar es una gran virtud. Pero debes saber que el prever más o menos exactamente el futuro de un corazón no dispensa a nadie de perseverar hasta el final para apartarlo de la ruina. No caigas tú también en el fatalismo de los fariseos, que sostienen que lo que está destinado debe cumplirse y nada impide el cumplimiento de lo que está destinado; razón con la cual avalan también sus culpas y avalarán el último acto de su odio hacia mí.

Muchas veces Dios está esperando el sacrificio de un corazón -que supera sus náuseas y sentimientos de desdén, sus antipatías, incluso justificadas-para arrancar a un espíritu del pantano en que se está hundiendo. Sí, Yo os lo digo.

Muchas veces Dios (el Omnipotente, el Todo) espera a que una criatura (una nada), haga o no haga un sacrificio, una oración, para signar o no signar la condena de un espíritu. Nunca es tarde, nunca es demasiado tarde para intentar y esperar salvar un alma. Y os daré pruebas de ello. Incluso a las puertas de la muerte, cuando tanto el pecador como el justo que por él se aflige, están próximos a dejar la Tierra para ir al primer juicio de Dios, siempre es posible salvar y ser salvados.

Entre la copa y los labios, dice el proverbio, siempre hay lugar para la muerte. Y Yo digo: entre la extrema agonía y la muerte hay siempre tiempo para obtener un perdón, para uno mismo o para aquellos que queremos que sean perdonados.

Ni una palabra de réplica de ninguno.
Jesús, que ya ha llegado a la pesada cancilla, da una voz a un doméstico para que le abran. Entra. Pregunta por Lázaro.

-¡Oh, Señor! ¿Ves? Vuelvo de recoger hojas de laurel y alcanfor y bayas de ciprés, y otras hojas y frutos olorosos, para hervirlo con vino y resinas y con ello hacerle baños a mi señor. Su carne se cae a pedazos y no se soporta el hedor. Has venido, pero no sé si te dejarán pasar…

Por miedo a que el aire oiga, el doméstico apaga su voz en un susurro:

-Ahora, que ya no se puede ocultar que tiene las llagas, las dueñas rechazan a todos… por miedo. Ya sabes… a Lázaro lo quieren realmente pocos… Y muchos, por muchos motivos gozarían si… ¡Oh, no quiero pensar en lo que es el miedo de toda la casa!

-Hacen bien ellas. Pero no temáis. No sucederá esta desventura.

-Pero… curarse, ¿podrá? Un milagro tuyo…
-No se curará. Pero servirá para glorificar al Señor.
El doméstico se siente defraudado… ¡Jesús, que cura a todos y que aquí no hace nada!… De todas formas, se limita a emitir un suspiro como única manifestación de lo que piensa. Luego dice:

-Voy donde las dueñas de la casa a anunciarte.
Jesús se ve rodeado por los apóstoles, que están interesados en las condiciones de Lázaro, y que se quedan consternados cuando Jesús habla de ellas. Pero ya vienen las dos hermanas.

Su florida y distinta belleza parece empañada por el dolor y la fatiga de las velas prolongadas. Pálidas, alicaídas, demacradas, cansados los ojos que en otro tiempo -en ambas-eran radiantes; sin anillos ni pulseras, vestidas con dos vestidos ceniza oscuro, parecen más siervas que señoras. A cierta distancia de Jesús, se arrodillan, ofreciéndoles sólo llanto. Un llanto resignado, mudo, que desciende como de una fuente interna, y que no puede pararse.

Jesús se acerca. Marta alarga los brazos susurrando:

-Apártate Señor. En verdad, tememos ser ya pecadoras contra la ley sobre la lepra. (Levítico l3,-l4) ¡Pero no podemos, oh Dios, no podemos provocar un decreto de esa clase contra nuestro Lázaro! Pero tú no te acerques, porque, no tocando sino llagas, estamos contaminadas. Sólo nosotras. Porque hemos apartado a todos los demás, y todo nos lo dejan en la puerta y nosotras tomamos las cosas, y lavamos, y quemamos, en la habitación contigua a la de nuestro hermano.

¿Ves nuestras manos? Están corroídas de la cal viva que usamos para los vasos que tenemos que devolver a los criados. Pensamos con ello que somos menos culpables -y llora.

María de Magdala, que hasta este momento ha guardado silencio, gime a su vez: -Tendríamos que llamar al sacerdote. Pero… Yo, yo soy la más culpable porque me opongo a esto y digo que no es la terrible enfermedad maldita en Israel. ¡No es, no es! Pera nos odian tanto, y tantos, que dirían que lo es. ¡Por mucho menos, Simón, tu apóstol, fue declarado leproso!

-No eres sacerdote ni médico, María -dice, entre accesos de llanto, Marta.

-No lo soy. Pero tú sabes lo que he hecho para estar segura de lo que digo. Señor, he ido y he recorrido todo el valle de Hinnón, todo Siloán, todos los sepulcros cercanos a En Rogel. Vestida de sierva, velada, con la luz de las auroras, cargada de víveres y aguas con sustancias medicinales, vendas y vestidos. Y daba, daba. Decía que era un voto por mi amado.

Era verdad. Pedía sólo poder ver las llagas de los leprosos. Deben haber pensado que estaba loca… ¿Alguien, acaso, quiere ver esos horrores? Pero yo, puestos mis presentes en los bordes de las rocas, pedía ver. Y ellos arriba, yo más abajo; ellos asombrados, yo con repugnancia; llorando ellos, llorando yo… ¡he mirado, mirado, mirado! He visto cuerpos cubiertos de escamas, de costras, de llagas; caras corroídas, cabellos blancos y más duros que cerdas, ojos que eran huras de podredumbre, carrillos que dejaban ver los dientes, calaveras en cuerpos vivos, manos reducidas a garras de monstruos, pies como ramas nudosas, hedores, horrores, podredumbre.

¡Oh, si pequé adorando la carne, si gocé con los ojos, con el olfato, con el oído, con el tacto, de lo hermoso; de lo perfumado, de lo armonioso, de lo suave y liso, oh, te aseguro que los sentidos se han purificado ya con la mortificación de esto que he conocido!

Los ojos, contemplando aquellos monstruos, han olvidado la belleza seductora del hombre; los oídos, con esas voces ásperas, que ya no son humanas, han expiado el pasado gozo de voces viriles; y se ha estremecido mi carne, y se ha rebelado mi olfato… y todo resto de culto a mí misma ha muerto, porque he visto lo que somos después de la muerte…

Pero he traído conmigo esta certeza: que Lázaro no está leproso. Su voz no está lesionada, sus cabellos y todo el vello están intactos, y las llagas son distintas.

¡No es! ¡No es! Y Marta me aflige -que no cree, porque no conforta a Lázaro en el sentido de no creerse contaminado. ¿Ves? Ahora, que sabe que estás aquí, no quiere verte para no contaminarte. ¡Los miedos tontos de mi hermana le privan incluso de tu consuelo!…

La naturaleza vehemente la lleva a la cólera. Pero, viendo que su hermana rompe a llorar desoladamente, su vehemencia cesa enseguida y abraza a Marta y la besa, y le dice:
-¡Marta, perdón! ¡Perdón! ¡El dolor me hace injusta! ¡Es el amor con que os amo a ti y a Lázaro el que querría convenceros! ¡Pobre hermana mía! ¡Pobres mujeres, eso es lo que somos!

-¡Venga, ánimo! ¡No lloréis así! Necesitáis paz y compasión recíproca, por vosotras y por él. Y Lázaro no está leproso, os lo digo Yo.

-¡Oh, ven a verlo, Señor! ¿Quién mejor que tú puede juzgar si está leproso? -suplica Marta.

-¿No te he dicho que no lo está?».

-Sí. ¿Pero cómo puedes decirlo, si no lo ves?

-¡Marta! ¡Marta! Dios te perdona porque sufres y eres como uno que delira. Tengo compasión de ti y voy a ver a Lázaro; le destaparé las llagas y…

-¡Y las curarás! -grita Marta poniéndose de pie.

-Ya te he dicho otras veces que no puedo hacerlo… Pero os daré la paz de saber que estáis en regla con la ley sobre los leprosos. Vamos…

Y abre la marcha hacia la casa, haciendo señas a los apóstoles de no seguirlo.

María se adelanta corriendo, abre una puerta, corre por un pasillo y de éste abre otra puerta, que da a un pequeño patio interior, anda pocos pasos y entra en una habitación estorbada por barreños, vasijas, ánforas, vendas… Un olor que es mezcla de aromas y de descomposición penetra en las narices. Hay una puerta frente a la de antes, y María la abre y, con una voz que quiere ser radiante de alegría, grita:

-¡Aquí está el Maestro! ¡Viene a decirte que tengo razón, hermano mío! ¡Ánimo, sonríe, que está entrando el amor nuestro, nuestra paz! -y se agacha hacia su hermano, lo incorpora en las almohadas, lo besa, sin hacer caso del olor que a pesar de todos los paliativos emana de su cuerpo llagado; y está todavía agachada para colocarlo cuando ya el dulce saludo de Jesús suena en la habitación, que, envuelta en una luz mortecina, parece iluminarse por la presencia divina.

-Maestro ¿no tienes miedo?… Estoy…
-¡Enfermo! Nada más que eso. Lázaro, las normas han sido dadas, muy amplias y severas, por un comprensible sentido de prudencia. Mejor exagerar en prudencia que en imprudencia, en ciertos casos como los de enfermedades contagiosas. Pero tú no eres contagioso, pobre amigo mío, no estás contaminado. Tanto, que no creo faltar a la prudencia respecto a los hermanos si te abrazo y te beso así y tomando el cuerpo consumido, besa a Lázaro.

-¡Tú eres realmente la Paz! Pero todavía no has visto. María está destapando el horror. Soy ya un muerto, Señor. No sé cómo mis hermanas pueden resistir…

Yo tampoco sabría cómo, pues verdaderamente son espantosas y repugnantes las llagas que han salido a lo largo de las varices de las piernas. Las espléndidas manos de María trabajan suaves en ellas, mientras con su voz maravillosa responde:

-Tus males son rosas para tus hermanas. Rosas espinosas porque tú sufres, sólo por ello. ¿Ves, Maestro? ¡La lepra no es así!

-No es así. Es una enfermedad muy mala la que te consume, pero no es causa de peligro. ¡Cree en tu Maestro! Tapa, María. Ya he visto.

-¿Y… no vas a tocar? -dice Marta suspirando, tenaz en la esperanza.

-No hace falta. No por repulsa, sino para no hurgar en las llagas.

Marta se agacha, sin insistir más, hacia una palangana donde hay vino o vinagre aromatizado, y sumerge unos paños, que luego pasa a su hermana. Lágrimas mudas caen en el líquido rojizo…

María venda las míseras piernas y extiende de nuevo las mantas sobre los pies, ya inertes y amarillentos como los de un muerto.

-¿Estás solo?
-No. Con todos, menos con Judas de Keriot, que se ha quedado en Jerusalén, y vendrá… Es más, si ya estoy lejos, lo mandáis a Betabara. Allí estaré. Y que me espere allí.

-Te vas a marchar pronto…
-Y volveré pronto. Dentro de poco es la Dedicación. En esos días estaré contigo.

-No podré honrarte para las Encenias…
-Estaré en Belén para ese día. Necesito volver a ver mi cuna…

-Estás triste… Lo sé… ¡Y no poder hacer nada!…
-No estoy triste. Soy el Redentor… Pero, tú estás cansado. No luches contra el sueño, amigo mío.
-Era por tributarte honor…
-Duerme, duerme. Luego nos veremos… -y Jesús se retira sin hacer ruido.

-¿Has visto, Maestro? -pregunta Marta afuera, en el patio.

-Sí, ya he visto. Mis pobres discípulas… Yo lloro con vosotras… pero, en verdad, os digo en confianza que mi corazón está mucho más llagado que vuestro hermano. Está comido por el dolor mi corazón… -y las mira con una tristeza tan viva, que las dos olvidan su dolor por el de Él, y, no pudiendo abrazarlo por ser mujeres, se limitan a besarle las manos y la túnica y a querer servirle como hermanas afectuosas.

Y le sirven en una salita y lo envuelven en amor.
Las voces fuertes de los apóstoles se oyen más allá del patio… Todos, menos la voz del discípulo malo. Jesús escucha y suspira… Suspira esperando pacientemente al fugitivo.

518- En Jerusalén, encuentro con el ciego curado y palabras que revelan a Jesús como buen Pastor

Jesús, que ha entrado en la ciudad por la puerta de Herodes; está cruzándola en dirección hacia el Tiropeon y el barrio de Ofel.

-¿Vamos al Templo? -pregunta Judas Iscariote.
-Si.

-¡Cuidado con lo que haces! -advierten muchos.
-Estaré allí sólo el tiempo de la oración.
-Te van a salir al paso.

-No. Vamos a entrar por las puertas de septentrión y saldré por las de mediodía, y no tendrán tiempo de organizarse para hacerme algún daño. A menos que esté siempre detrás de mí uno que vigile e informe.

Ninguno replica, y Jesús prosigue hacia el Templo, que aparece, en lo alto de su colina, casi espectral bajo la luz verde amarillenta de una plomiza mañana de invierno, en la que el sol nacido es sólo recuerdo que se obstina en mantenerse presente tratando de abrir una brecha en la densa masa de nubes. ¡Esfuerzo vano! El alegre lucir de la aurora ha quedado reducido al reflejo mate de un amarillo irreal, no extendido, sino agrupado en manchas que contienen también tonalidades de plomo veteado de verde.

Y, debajo de esta luz, los mármoles y el oro del Templo aparecen sin brillo, tristes, yo diría lúgubres, como ruinas que aún despuntan en una zona de muerte.

Jesús lo mira intensamente mientras sube hacia la muralla.

Y mira las caras de los viandantes matutinos. Son, por lo general, gente humilde: hortelanos, pastores con los animalitos que han de ser matados, criados o amas de casa dirigidos a los mercados. Y todos se alejan silenciosos, arrebujados en los mantos, un poco encorvados para defenderse del viento más bien frío de la mañana.

También los rostros parecen más pálidos de como son normalmente los de esta raza. Es la luz extraña la que los pone así, verdosos o casi perlinos, con el fondo de los mantos de colores, que, verdes o de vivo color violado o amarillos intensos, no son, ciertamente, adecuados para proyectar reflejos róseos en las caras. Alguno saluda al Maestro, pero no se detiene. No es la hora propicia.

Todavía no hay mendigos lanzando sus quejumbrosos gritos en los cruces y debajo de las amplias bóvedas que, cada poco, cubren las calles. La hora y el período del año contribuyen a la libertad -para Jesús-de caminar sin obstáculos.

Ya están en las murallas. Entran. Van al atrio de los Israelitas. Oran mientras un sonido de trompetas -diría que son de plata por timbre-anuncia algo que es, sin duda, importante, y se esparce por la colina; y, mientras un perfume de incienso se esparce suavemente, sobrepujando todos los otros olores menos agradables que puedan percibirse en la cima del Moria, o sea: el perpetuo -diría: natural-olor a carne de animales degollados y consumidos por el fuego; el olor a harina quemada; el olor a aceite ardiendo: olores éstos que se detienen siempre ahí arriba, más o menos fuertes, pero que siempre están presentes, por los continuos holocaustos.

Se marchan siguiendo otra dirección, y empiezan a ser notados por los primeros que vienen al Templo, por gente que pertenece al templo, por los cambistas y vendedores, que están montando sus mesas o recintos. Pero son demasiado pocos; y la sorpresa es tal, que no saben reaccionar. Entre sí intercambian palabras de estupor:

-¡Ha vuelto!
-¡No ha ido a Galilea, como decían!
-¿Pero dónde estaba escondido, si no se le ha encontrado en ninguna parte?

-Quiere realmente desafiarlos­
-¡Qué necio!

-¡Qué santo! -etcétera, según la disposición de cada uno.

Jesús está ya fuera del Templo y baja hacia la calle que lleva a Ofel. En esto, se encuentra al ciego de nacimiento, curado hace poco, el cual, cargado de cestas llenas de manzanas olorosas, camina alegre, bromeando con otros jóvenes igualmente cargados, que van en sentido opuesto al suyo.

Quizás al joven le pasaría inadvertido el encuentro, dado que desconoce el rostro de Jesús y el de los apóstoles.

Pero Jesús no desconoce la cara del que fue curado milagrosamente. Y lo llama. Sidonio, llamado Bartolmái, se vuelve y mira interrogativamente al hombre alto y majestuoso -a pesar de ir vestido humildemente-que lo llama por el nombre dirigiéndose hacia una callejuela.

-Ven aquí -ordena Jesús.
El joven se acerca sin dejar su carga. Mira a Jesús. Cree que desea comprar manzanas. Dice:

-Mi jefe las ha vendido ya. Pero tiene más todavía, si quieres. Son bonitas y buenas. Traídas ayer de los pomares de Sarón. Y, si compras muchas, tienes un importante descuento, porque…

Jesús sonríe mientras alza la derecha para poner freno a la locuacidad del joven. Y dice:

-No te he llamado para comprar las manzanas, sino para alegrarme contigo y bendecir contigo al Altísimo, que te ha concedido su favor.

-¡Oh, sí! Yo lo hago continuamente, por la luz que veo y por el trabajo que puedo realizar, ayudando a mi padre y a mi madre, por fin. He encontrado un buen jefe. No es hebreo, pero es bueno. Los hebreos no me querían por… porque saben que he sido expulsado de la sinagoga -dice el joven, y pone las cestas en el suelo.

-¿Te han expulsado? ¿Por qué? ¿Qué has hecho?
-Yo nada. Te lo aseguro. El Señor es el que lo ha hecho. En sábado, el Señor hizo que me encontrara con ese hombre que se dice que es el Mesías, y Él me curó, como ves. Por eso me han expulsado.

-Entonces el que te curó no te ha hecho en todo un buen servicio-prueba Jesús.

-¡No digas eso, hombre! ¡Esto que dices es una blasfemia! Ante todo, me ha mostrado que Dios me ama, luego me ha dado la vista… Tú no sabes lo que es "ver", porque has visto siempre. ¡Pero uno que no había visto nunca! ¡Oh!…

Es… Con la vista se tienen juntamente todas las cosas. Yo te digo que cuando vi, allá en Siloé, reí y lloré, pero de alegría ¿eh? Lloré como no había llorado en el tiempo de la desventura. Porque entendí entonces cuán grande era ella y cuán bueno era el Altísimo. Y, además, puedo ganarme la vida, y con trabajo decoroso. Y, además… -esto es lo que, más que todo, espero que me conceda el milagro recibido-, además, espero poder encontrar al hombre al que llaman Mesías y a su discípulo que me…

-¿Y qué harías entonces?
-Quisiera bendecirlo. A Él y a su discípulo. Y quisiera decirle al Maestro, que tiene que venir realmente de Dios, que me tome a su servicio.

-¿Cómo? Por causa suya estás anatematizado, con fatiga encuentras trabajo, puedes ser incluso más castigado, ¿y quieres servirle? ¿No sabes que están perseguidos todos aquellos que siguen al que te curó?

-¡Ya lo sé! Pero Él es el Hijo de Dios. Eso se dice entre nosotros. A pesar de que aquellos de arriba (y señala al Templo) no quieran que diga. Y ¿no merece la pena dejarlo todo para servirle a Él?

-¿Crees, entonces, en el Hijo de Dios y en su presencia en Palestina?

-Lo creo. Pero quisiera conocerlo, para creer en Él no sólo en la mente, sino con todo mi ser. Si sabes quién es y dónde se encuentra, -dímelo, para ir donde Él, verlo, creer completamente en él y servirle.

-Ya lo has visto, y no tienes necesidad de ir donde Él. El que ves y te habla en este momento es el Hijo de Dios.

Y -no podría afirmarlo con plena seguridad-me ha parecido que al decir estas palabras Jesús ha tenido casi una brevísima transfiguración, adquiriendo un aspecto bellísimo y, diría, esplendoroso. Yo diría que, para premiar y confirmar en su fe a este humilde creyente que cree en Él, ha descubierto, durante el tiempo que dura un destello, su belleza futura (quiero decir la que asumirá después la Resurrección y conservará en el Cielo, su belleza de criatura humana glorificada, de cuerpo glorificado y hecho uno con la inefable belleza de su Perfección).

Un instante, digo. Un destello. Pero el rincón semioscuro donde se han refugiado para hablar, bajo el arco de calleja, se ilumina extrañamente con una luminosidad que emana de Jesús, el cual, lo repito, adquiere una grandísima hermosura.

Luego todo vuelve a ser como antes, excepto el joven, que ahora está en el suelo, rostro en tierra, y que adora y dice:
-¡Yo creo, Señor, mi Dios!

-Levántate. He venido al mundo para traer la luz y el conocimiento de Dios y para probar a los hombres y juzgarlos.

Este tiempo mío es tiempo de opción, de elección y de selección. He venido para que los puros de corazón e intención, los humildes, los mansos, los amantes de la justicia, de la misericordia, de la paz, los que lloran y los que saben dar a las distintas riquezas su valor real y preferir las espirituales a las materiales encuentren aquello que su espíritu anhela; y para que los que eran ciegos ­porque los hombres habían alzado gruesos muros para impedir el paso de la luz, o sea, impedir el conocimiento de Dios-vean, y los que se creen con vista se queden ciegos…

-Entonces Tú odias a una parte grande de los hombres y no eres bueno como dices ser. Si lo fueras, buscarías que todos vieran, y que quien ya viera no se quedara ciego -interrumpen algunos fariseos, que han llegado al improviso por la calle principal y, cautamente, se han acercado con otros a espaldas del grupo apostólico.
Jesús se vuelve y los mira.

¡Ciertamente ya no está transfigurado en dulce belleza! Es un Jesús bien severo el que fija en sus perseguidores sus miradas de zafiro. Su voz ya no tiene la nota de oro de la alegría, sino que es broncínea, y, cual sonido de bronce, es incisiva y severa en la respuesta:

-No soy Yo el que quiere que no vean la verdad los que actualmente combaten contra ella. Son ellos mismos los que levantan delante de sus pupilas un muro de adoquines para no ver. Y se hacen ciegos por su libre voluntad. Y el Padre me ha enviado para que esta división tenga lugar, y sean verdaderamente conocidos los hijos de la Luz y los de las Tinieblas, los que quieren ver y la que quieren hacerse ciegos.

-¿Acaso estamos nosotros también entre estos ciegos?
-Si lo fuerais y trataseis de ver, no seríais culpables. Pero es porque decís: "Vemos", y luego no queréis ver, por lo que pecáis. Vuestro pecado permanece porque no tratáis de ver aun siendo ciegos.

-¿Y qué tenemos que ver?

-El Camino, la Verdad, la Vida. Un ciego de nacimiento, como era éste, con su bastoncito puede en todo caso encontrar la puerta de su casa e ir por ella, porque conoce su casa. Pero si lo llevaran a otros lugares, no podría entrar por la puerta de la nueva casa, porque no sabría dónde estaría y se chocaría contra las paredes.

El tiempo de la nueva Ley ha llegado. Todo se renueva y un mundo nuevo, un nuevo pueblo, un nuevo reino surgen. Ahora los del tiempo pasado no conocen todo esto. Conocen su tiempo. Son como ciegos llevados a una ciudad nueva, donde está la casa regia del Padre, pero cuya ubicación no conocen. Yo he venido para guiarlos e introducirlos en ella y para que vean. Pero soy Yo mismo la Puerta por la cual se pasa a la casa paterna, al Reino de Dios, a la Luz, al Camino, a la Verdad, a la Vida. Y soy también Aquel que ha venido a reunir el rebaño que había quedado sin guía, y a conducirlo a un único redil: el del Padre.

Yo soy la puerta del Redil, porque soy al mismo tiempo Puerta y Pastor. Y entro y salgo como y cuando quiero Y entro libremente, y por la puerta, porque soy el verdadero Pastor.

Cuando uno viene a dar a las ovejas de Dios otras indicaciones, o trata de descaminarlas llevándolas a otras moradas y a otros caminos, no es el buen Pastor; es un pastor ídolo. Y el que no entra por la puerta del redil, sino que trata de entrar por otra parte saltando el recinto, no es el pastor, sino un ladrón y un asesino que entra con intención de robar y matar, para que los corderos de que se han apoderado no emitan voces de lamento y no atraigan la atención de los guardianes y del pastor.

También entre las ovejas del rebaño de Israel tratan de introducirse falsos pastores para desviarlas de los pastos y alejarlas del Pastor verdadero. Y entran dispuestos incluso a arrancarlas del rebaño con violencia, y, si llega el caso, están dispuestos a matarlas y a dañarlas de muchas maneras, para que no hablen y no le manifiesten al Pastor las astucias de los falsos pastores, ni griten invocando la protección de Dios contra sus adversarios y los adversarios del Pastor.

Yo soy el Buen Pastor y mis ovejas me conocen, y me conocen los eternos porteros del verdadero Redil. Ellos me han conocido y han conocido mi Nombre, que han manifestado para que Israel lo conociera; me han descrito y han preparado mis caminos, y, cuando mi voz se ha oído, el último de ellos me ha abierto la puerta y ha dicho al rebaño que esperaba al verdadero Pastor, al rebaño que estaba agrupado en torno a su cayado:

"Aquí tenéis a Aquel de quien he dicho que viene después de mí. Uno que me precede porque existía antes de mí y yo no lo conocía.

Pero para esto, para que estéis preparados a recibirlo, he venido a bautizar con agua, para que fuera manifestado en Israel". Y las ovejas buenas han oído mi voz y, cuando las he llamado por el nombre, han venido solícitas y las he llevado conmigo, como hace un verdadero pastor al que conocen las ovejas, que lo reconocen por la voz y lo siguen a dondequiera que vaya. Y, cuando ha sacado a todas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen porque aman la voz del pastor.

Por el contrario, no siguen a un extranjero; antes bien, huyen lejos de él porque no lo conocen y le temen. Yo también camino delante de mis ovejas para señalarles el camino y hacer frente, Yo el primero, a los peligros y señalárselos al rebaño, al cual quiero guiar a mi Reino y ponerlo a salvo.

-¿Acaso Israel ya no es el reino de Dios?
-Israel es el lugar desde donde el pueblo de Dios debe elevarse hasta la verdadera Jerusalén y hasta el Reino de Dios.

-¿Y el Mesías prometido, entonces? Ese Mesías que afirmas que eres, ¿no debe, pues, hacer a Israel triunfante, glorioso, dueño del mundo, sometiendo a su cetro todos los pueblos, y vengándose, sí, vengándose ferozmente de todos los que lo han sometido desde que es pueblo? ¿Entonces nada de esto es verdad? ¿Niegas a los profetas? ¿Llamas necios a nuestros rabíes? Tú…

-El Reino del Mesías no es de este mundo. Es el Reino de Dios, fundado sobre el amor. No es otra cosa. Y el Mesías no es rey de pueblos y ejércitos, sino rey de espíritus.

Del pueblo elegido vendrá el Mesías, de la estirpe real, y, sobre todo, de Dios, que lo ha generado y enviado. Por el pueblo de Israel ha comenzado la fundación del Reino de Dios, la promulgación de la Ley de amor, el anuncio de la buena Nueva de que habla el profeta (Isaías 6l, l). Pero el Mesías será Rey del mundo, Rey de los reyes, y su Reino no tendrá límite en el tiempo ni confín en el espacio. Abrid los ojos y aceptad la verdad.

-No hemos entendido nada de tu desvarío. Dices palabras sin nexo. Habla y responde sin parábolas: ¿Eres o no eres el Mesías?

-¿Y no habéis entendido todavía? Os he dicho que soy Puerta y Pastor por esto. Hasta ahora ninguno ha podido entrar en el Reino de Dios, porque estaba murado y no tenía salidas. Pero ahora he venido Yo y está hecha la puerta para entrar en él.

-¡Oh! Otros han dicho que eran el Mesías, y luego han sido descubiertos como bandidos y rebeldes, y la justicia humana ha castigado su bellaquería. ¿Quién nos asegura que no eres como ellos? ¡Estamos cansados de sufrir y hacer sufrir al pueblo el rigor de Roma, por mérito de embusteros que se dicen reyes y hacen que el pueblo se levante en rebelión!

-No. No es exacta vuestra frase. Vosotros no queréis sufrir, eso es verdad. Pero que el pueblo sufra no os duele. Tanto es así, que al rigor de quien domina unís vuestro rigor, oprimiendo con décimos insoportables y otras muchas cosas al pueblo modesto. ¿Que quién os asegura que no soy un malandrín? Mis acciones. No soy Yo el que hace pesada la mano de Roma; al contrario, la aligero, aconsejando a los dominadores humanidad, a los dominados paciencia. Al menos estas cosas.

Mucha gente -ya mucha gente se ha congregado, y crece cada vez más, tanto que obstaculizan el paso por la calle grande y, por tanto, todos van a confluir en la callejuela, bajo cuyas bóvedas las voces retumban-aprueba diciendo:

-¡Bien dicho lo de los décimos! ¡Es verdad! A nosotros nos aconseja sumisión y a los romanos piedad».

Los fariseos, como siempre, se envenenan por las aprobaciones de la muchedumbre, y se muestran aún más mordaces en el tono con que se dirigen a Cristo. -Responde sin tantas palabras y demuestra que eres el Mesías.

-En verdad, en verdad os digo que lo soy. Yo, sólo Yo, soy la Puerta del redil de los Cielos. Quien no pasa por mí no puede entrar. Es verdad. Ha habido otros falsos Mesías, y más que habrá. Pero el único y verdadero Mesías soy Yo. Todos los que hasta ahora han venido presentándose como tales, no lo eran; eran sólo ladrones y salteadores.

Y no sólo aquellos que se hacían llamar, de parte de unos pocos de su misma forma de ser, Mesías, sino también otros que, sin darse ese nombre, exigen una adoración que ni siquiera al verdadero Mesías se le da. Quien tenga oídos para oír que oiga. De todas formas, observad: ni a los falsos Mesías ni a los falsos pastores y maestros las ovejas los han escuchado, porque su espíritu sentía la falsedad de su voz, que quería aparecer dulce y, sin embargo, era cruel.

Sólo los cabros los han seguido para ser sus compañeros en sus fechorías. Cabros salvajes, indómitos, que no quieren entrar en el Redil de Dios, bajo el cetro del verdadero Rey y Pastor. Porque esto, ahora, se da en Israel: que Aquel que es el Rey de los reyes viene a ser el Pastor del rebaño, mientras que, en el pasado, aquel que era pastor de rebaños vino a ser rey, y el Uno y el otro vienen de la misma raíz, de la raíz Iesaí, como está escrito en las promesas y profecías.

Los falsos pastores no han pronunciado palabras sinceras ni sus acciones han sido consoladoras. Han dispersado y torturado al rebaño, o lo han abandonado a los lobos, o lo han matado para sacar provecho vendiéndolo y así asegurarse la vida, o le han quitado los pastos para hacer de ellos moradas de placer y bosquecillos para los ídolos.

¿Sabéis cuáles son los lobos? Son las malas pasiones, los vicios que los mismos falsos pastores han enseñado al rebaño, practicándolos ellos los primeros. ¿Y sabéis cuáles son los bosquecillos de los ídolos? Son los propios egoísmos, ante los cuales demasiados queman inciensos. Las otras dos cosas no necesitan ser explicadas, porque son hasta demasiado claras estas palabras mías. Pero que los falsos pastores actúen así es lógico.

No son sino ladrones que vienen para robar, matar y destruir, para llevar fuera del redil a pastos traicioneros, o conducir a falsos apriscos, que en realidad son mataderos. Pero los que pasan por mí están en seguro y podrán salir para ir a mis pastos, o volver para venir a mis descansos, y hacerse robustos y pingües de sustancias santas y sanas. Porque he venido para esto.

Para que mi pueblo, mis ovejas, hasta ahora flacas y afligidas, tengan la vida, y vida abundante, y de paz y alegría. Y tanto quiero esto, que he venido a dar mi vida porque mis ovejas tengan la Vida plena y abundante de los hijos de Dios.

Yo soy el Pastor bueno. Y un pastor, cuando es bueno, da la vida por defender a su rebaño de los lobos y de los salteadores; por el contrario, el mercenario, que no ama a las ovejas sino al dinero que gana por llevarlas a pastar, se preocupa sólo de salvarse a sí mismo y -salvar la pequeña suma que lleva en el pecho, y, cuando ve venir al lobo o al salteador, huye, aunque luego vuelva para tomar alguna oveja que el lobo haya dejado medio muerta, o que haya sido desperdigada por el salteador, y matar a la primera para comérsela, o vender la segunda como suya, aumentando así su suma, para decir luego al amo, con falsas lágrimas, que ni siquiera una de las ovejas se ha salvado.

¿Qué le importa al mercenario si el lobo adentella y desperdiga a las ovejas, y el salteador hace saqueo de ovejas para llevarlas al carnicero? ¿Acaso veló por ellas mientras crecían, acaso trabajó esforzadamente para ponerlas robustas? Pero el que es amo y sabe cuánto cuesta una oveja, cuántas horas de trabajo, cuántos desvelos, cuántos sacrificios, las quiere y les presta cuidado, a ellas que son su bien. Pero Yo soy más que un amo.

Yo soy el Salvador de mi rebaño y sé cuánto me cuesta la salvación de una sola alma; por tanto, estoy dispuesto a todo con tal de salvar a un alma. Esa alma me ha sido confiada por el Padre mío. Todas las almas me han sido confiadas, con el mandato de que salve un grandísimo número de ellas. Cuantas más logre arrancar a la muerte del espíritu, más gloria recibirá mi Padre. Por tanto, lucho para liberarlas de todos sus enemigos, o sea, de su yo, del mundo, de la carne, del demonio, y de mis adversarios, que me las disputan para producirme dolor.

Yo hago esto porque conozco el pensamiento del Padre mío. Y el, Padre mío me ha enviado a hacer esto porque conoce mi amor por Él y por las almas. También las ovejas de mi rebaño me conocen a mí y conocen mi amor, y sienten que estoy dispuesto a dar mi vida para darles la alegría.

Tengo otras ovejas. Pero no son de este Redil. Por tanto, no me conocen en lo que Yo soy, y muchas ignoran mi existencia e ignoran quién soy Yo. Ovejas que a muchos de nosotros parecen peor que cabras salvajes y son consideradas indignas de conocer la Verdad y de poseer la Vida y el Reino. Y, sin embargo, no es así.

El Padre desea también éstas; por tanto, tengo que acercarme también a éstas, darme a conocer, hacer conocer la buena Nueva, guiarlas a mis pastos, reunirlas. Y éstas también escucharán mi voz porque acabarán amándola. De manera que habrá un solo Redil y un solo Pastor, y el Reino de Dios quedará reunido en la Tierra, ya preparado para ser transportado y acogido en los Cielos, bajo mi cetro, mi signo y mi verdadero Nombre.

¡Mi verdadero Nombre! ¡Sólo Yo lo conozco! Mas cuando el número de los elegidos esté completo y, entre himnos de alborozo, se sienten a la gran cena de bodas del Esposo con la Esposa, entonces mi Nombre será conocido por mis elegidos que por fidelidad a él se hayan santificado, aunque haya sido sin conocer toda la extensión ni profundidad de lo que era estar signado por mi Nombre y ser premiados por su amor a él, ni cuál era el premio… Esto es lo que quiero dar a mis ovejas fieles. Lo que constituye mi propia alegría…

Jesús recorre, con una mirada brillante de llanto extático, lo rostros dirigidos hacia él, y una sonrisa le tiembla en los labios, un sonrisa tan espiritualizada en su rostro espiritualizado, que se siente estremecer la muchedumbre, que intuye el rapto de Cristo a una visión beatífica, y su deseo de amor de verla cumplida. Vuelve a su estado normal. Cierra un instante los ojos, celando así el misterio que ve su mente y que los ojos podrían dejar transparentar demasiado y prosigue:

-Por esto me ama el Padre, ¡oh pueblo mío, o rebaño mío! Porque por ti, por tu bien eterno, doy la vida. Luego la tomaré de nuevo. Pero primero la daré para que tengas la vida y a tu Salvador como vida de ti mismo. Y la daré de forma que tú te nutras de ella, transformándome de Pastor en pasto y fuente que darán alimento y bebida, no durante cuarenta años como para los hebreos del desierto, sino durante todo el tiempo de exilio por los desiertos de la Tierra. Nadie, en realidad, me quita la vida.

Ni los que amándome con todo su ser merecen que la inmole por ellos, ni los que me la quitan por un odio desorbitado y un miedo estúpido. Nadie podría quitármela si por mí mismo no consintiera en darla y si el Padre no lo permitiera, invadidos los dos por un delirio de amor hacia la Humanidad culpable.

Por mí mismo la doy. Y tengo el poder de tomarla de nuevo cuando quiera, pues no es conveniente que la Muerte prevalezca contra la Vida. Por esto el Padre me ha dado este poder; es más, el Padre me ha mandado hacer esto. Y por mi vida, ofrecida e inmolada, los pueblos serán un único Pueblo: el mío, el Pueblo celeste de los hijos de Dios, separándose en los pueblos las ovejas de los cabros y siguiendo las ovejas a su Pastor al Reino de la Vida eterna.

Y Jesús, que hasta ahora ha hablado fuerte, se vuelve, en voz baja, a Sidonio, llamado Bartolmái, que ha estado durante todo este tiempo delante de Él con su canasta de manzanas olorosas a los pies, y le dice:

-Has olvidado todo por mí. Ahora, ciertamente, te castigarán y perderás el trabajo. ¿Lo ves? Yo te traigo siempre dolor. Por mí has perdido la sinagoga y ahora vas a perder al patrón…

-¿Y qué me importa todo eso si te tengo a ti? Sólo Tú tienes valor para mí. Dejo todo por seguirte. Basta que me lo concedas. Deja sólo que lleve esta fruta a quien la ha
comprado y luego estoy contigo.

-Vamos juntos. Después iremos a casa de tu padre. Porque tienes un padre y debes honrarlo pidiéndole su bendición.
-Sí, Señor. Todo lo que quieras. Pero enséñame mucho porque no sé nada, nada de nada, ni siquiera leer y escribir, porque era ciego.

-No te preocupes de eso. La buena voluntad te enseñará.

Y se encamina para volver a la calle principal, mientras la masa de gente hace comentarios, confronta pareceres, discute incluso, insegura entre las distintas opiniones, que son siempre las mismas: ¿es Jesús de Nazaret un poseído o un santo? La gente, en desacuerdo, discute mientras Jesús se aleja.

517- Hacia Nob. Judas Iscariote, tras un momento polémico, reconoce su error

El viento húmedo y frío peina los árboles del otero y empuja en el cielo cúmulos de nubes cenicientas.

Arrebujados en sus gruesos mantos, Jesús y los doce y Esteban bajan de Gabaón al camino que conduce hacia la llanura. Hablan entre sí mientras Jesús, absorto en uno de sus silencios, está lejos de lo que le rodea. Y ahí está, hasta que, llegados a un cruce a media ladera -es más, casi al pie del otero-, dice:

-Tomamos esta dirección y vamos a Nob.
-¿Cómo? ¿No vuelves a Jerusalén? -pregunta Judas Iscariote.
-Nob y Jerusalén es casi una sola cosa para quien está habituado a caminar mucho. Pero prefiero estar en Nob. ¿Lo lamentas?

-¡Oh! ¡Maestro! Por mí, acá o allá… Más bien lo que lamento es que en un lugar tan propicio para ti hayas figurado tan poco. Hablaste más en Bet-Jorón, que ciertamente no se mostraba amiga tuya. Deberías hacer lo contrario.

¡Vamos, eso me parece! Tratar de atraer cada vez más a ti las ciudades que sientes propicias, hacer de ellas… contraarmas para las ciudades dominadas por enemigos tuyos. ¿Sabes qué valor, tener de tu parte las ciudades cercanas a Jerusalén? Al fin y al cabo, Jerusalén no es todo. También pueden contar los otros lugares y hacer pesar su voluntad sobre el sentir de Jerusalén. Los reyes generalmente son proclamados en ciudades fidelísimas; consumada la proclamación, las otras se resignan…

-Cuando no se rebelan, y entonces hay luchas fraticidas. No creo que el Mesías quiera empezar su reinado con una guerra interna-dice Felipe.

-Yo quisiera una sola cosa: que hubiera comenzado en vosotros con visión precisa.Pero vosotros no veis todavía con precisión… ¿Cuándo vais a comprender?

Sintiendo que quizás es una reprensión lo que está para venir Judas Iscariote pregunta otra vez:

-¿Y por qué aquí, en Gabaón, has hablado tan poco?
-He preferido escuchar y descansar. ¿No comprendéis que Yo también necesito descanso?

-Hubiéramos podido quedarnos y darles esta satisfacción. Si estás tan cansado, ¿por qué te has puesto de nuevo en camino? -pregunta afligido Bartolomé.

-No son mis miembros los que están cansados. No necesito quedarme para darles reposo. Es mi corazón el que está cansado y necesita descanso. Y Yo descanso donde encuentro amor. ¿Creéis, acaso, que sea insensible a tanto odio?, ¿que los rechazos no me causen dolor?, ¿que las conjuras contra mí me dejen insensible?, ¿que las traiciones de quien se finge amigo, y es un espía de mis enemigos, puesto a mi lado para…?

-¡Jamás suceda eso, Señor! Y no debes siquiera sospecharlo. ¡Hablando así, nos ofendes! -protesta Judas Iscariote, con una apasionada irritación, que es superior a la de todos los demás; en efecto, todos protestan diciendo:

-Maestro, nos afliges con estas palabras. ¡Dudas de nosotros!

Y Santiago de Zebedeo, impulsivo, exclama:

-Me despido de ti, Maestro, y vuelvo a Cafarnaúm. Con el corazón roto. Pero me marcho. Y si no es suficiente Cafarnaúm, me iré con los pescadores de Tiro y Sidón, iré a Cintium, iré no sé a dónde. Pero lejos, que sea imposible que puedas pensar que te traiciono. ¡Dame tu bendición como viático!

Jesús lo abraza, diciendo:«-Paz, apóstol mío. Son muchos los que se dicen amigos míos, no sois sólo vosotros. Te afligen, os afligen mis palabras. ¿Pero en qué corazones deberé derramar la congoja y buscar consuelo, sino en los de mis amados apóstoles y discípulos de confianza? Busco en vosotros una parte de la unión que he dejado para unir a los hombres: la unión con el Padre mío en el Cielo; y una gota del amor que he dejado por amor a los hombres: el amor de mi Madre. Las busco como apoyo mío. ¡Oh, la ola amarga rebasa mi corazón, el peso inhumano oprime al Hijo del hombre!… La Pasión mía, la Hora mía, se hace cada vez más plena… ¡Ayudadme a soportarla y a cumplirla… porque es muy dolorosa!

Los apóstoles se miran conmovidos por el dolor profundo que vibra en las palabras del Maestro, y no saben hacer otra cosa sino pegarse a Él, acariciarlo, besarlo… y son simultáneos los besos de Judas a la derecha y de Juan a la izquierda, en el rostro de Jesús, que baja los párpados celando los ojos mientras Judas Iscariote y Juan lo besan…

Reanudan la marcha, y Jesús puede terminar su pensamiento interrumpido:

-En medio de tanta congoja mi corazón busca lugares donde halla amor y descanso; donde, en vez de hablar a secas piedras o a engañosas serpientes o a distraídas mariposas, puede escuchar las palabras de otros corazones y consolarse porque las siente sinceras, amorosas, justas.

Gabaón es uno de estos lugares. No había ido nunca. Pero he encontrado allí un campo arado y sembrado por magníficos obreros de Dios. ¡Ese arquisinagogo! Ha venido hacia la Luz, pero era ya espíritu luminoso. ¡Lo que puede hacer un buen siervo de Dios! Gabaón, ciertamente, no está exenta de los manejos de los que me odian.

Allí también intentarán acusaciones malignas y corrupciones. Pero tiene un arquisinagogo que es un justo, y los venenos del mal pierden su sustancia tóxica en esa ciudad. ¿Creéis, acaso, que me resulte agradable el tener siempre que corregir, censurar, e incluso reprender? Mucho más dulce me resulta poder decir: “Tú has comprendido la Sabiduría. Sigue por tu camino y sé santo” como he dicho al arquisinagogo de Gabaón.

-¿Vamos a volver, entonces?

-Cuando el Padre hace que encuentre un lugar de paz, lo saboreo y bendigo al Padre mío. Pero no he venido para esto. He venido a convertir para el Señor los lugares culpables y lejanos de Él. Vosotros mismos veis que podría estar en Betania y no estoy allí.

-También por no perjudicar a Lázaro.

-No, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que Lázaro es amigo mío. Por tanto, por este motivo, sería vano que Yo pusiera frenos a mi deseo de confortación. Es por…

-Por las hermanas de Lázaro, por María en particular.

-Tampoco, Judas de Simón. Hasta las piedras saben que la lujuria de la carne no me turba. Observa que, entre las muchas acusaciones que me han sido lanzadas, la primera en caer ha sido ésta porque hasta mis más sañudos adversarios han comprendido que sostenerla era desenmascarar su habitual inclinación a la mentira

Ninguna persona honesta habría creído que Yo era un sensual. La sensualidad puede tener atractivo sólo para los que no se nutren de lo sobrenatural y aborrecen el sacrificio. Pero, para el que se ha consagrado al sacrificio, para el que es víctima, ¿qué atractivo crees que puede tener el placer de una hora?

El gozo de las almas víctimas está enteramente en el espíritu, y, si visten una carne, ésta no es más que un vestido. ¿Tú crees que los vestidos que llevamos tienen sentimientos? Lo mismo es la carne para los que viven de espíritu: un vestido, nada más.

El hombre espiritual es el verdadero superhombre, porque no es esclavo de los apetitos, mientras que el hombre material es un no-valor, según la dignidad verdadera del hombre porque tiene en común con el animal demasiados apetitos, y es incluso inferior a él, superándolo, haciendo del instinto vinculado al animal un vicio degradante.

Judas, perplejo, se muerde los labios; luego dice:
-Sí. Y además no podrías perjudicar a Lázaro; dentro de poco la muerte lo pondrá al margen de todo peligro de venganzas… ¿Y entonces por qué vas a Betania más a menudo?

-Porque no he venido para gozar, sino para convertir. Ya te lo he dicho.

-Pero… ¿Te es motivo de gozo el tener contigo a tus hermanos?

-Sí. Pero también es verdad que no tengo parcialidad hacia ellos. Cuando tenemos que dividirnos para buscar sitio en las casas, no se quedan conmigo generalmente, sino que sois vosotros los que os quedáis. Y esto es para demostraros que, para los ojos y la mente de quien se ha consagrado a la redención, la carne y la sangre no tienen valor, sino que solamente tiene valor la formación de los corazones y su redención. Ahora vamos a ir a Nob y de nuevo nos distribuiremos para dormir. Y, una vez más, Yo te tendré conmigo, y tendré también a Mateo, a Felipe y a Bartolomé.

-¿Es, acaso, que somos los menos formados? ¿Yo, especialmente, quien siempre retienes a tu lado?
-Tú lo has dicho, Judas de Simón.

-Gracias, Maestro. Ya me había dado cuenta -dice con ira mal reprimida Judas Iscariote.

-Y, si te has dado cuenta, ¿por qué no te esfuerzas en formarte? ¿Crees, acaso, que por no causarte una mortificación Yo pudiera mentir? Y, además, estamos entre hermanos, y no deben ser objeto de menosprecio las deficiencias de otro, o de abatimiento el ser amonestado delante de los demás, que ya saben, unos de otros, en qué falta cada uno de los hermanos. Ninguno es perfecto, Yo os lo digo. Pero incluso las imperfecciones de unos y otros, tan penosas de verse y de soportarse, deben ser motivo para mejorarse uno a sí mismo y no aumentar así la recíproca desazón.

Créeme, Judas, que, aunque te vea como realmente eres, ninguno, ni siquiera tu madre, te quiere como Yo te quiero, ni se esfuerza ninguno como tu Jesús en hacerte bueno.

-Ya, pero me reprendes y humillas, y en la presencia de un discípulo.

-¿Es la primera vez que te llamo la atención en orden a la justicia?
-Judas calla.

-¡Responde, te digo! -dice Jesús imperiosamente.
-No.

-¿Y cuántas veces lo he hecho públicamente? ¿Puedes decir que te he puesto en evidencia? ¿O debes decir que te he cubierto y defendido? ¡Habla!
-Me has defendido, es verdad. Pero ahora…

-Pero ahora es por tu bien. El que acaricia a un hijo culpable deberá vendar después las llagas, dice el proverbio. Y dice otro proverbio que el caballo no domado se hace intratable; y el hijo abandonado a sí mismo, un tarambana.

-¿Pero es que soy para ti un hijo? -pregunta Judas, mientras su cara alisa el ceño fruncido.

-Si te hubiera generado no podrías serlo más. Y me dejaría arrancar las entrañas para darte mi corazón y hacerte como
quisiera…

Judas tiene uno de sus recobros… y, sincero, verdaderamente sincero, se arroja a los brazos de Jesús y grita:

-¡No te merezco! ¡Soy demonio y no te merezco! ¡Eres demasiado bueno! ¡Sálvame, Jesús y llora, realmente llora con un llanto entrecortado por el jadeo, llanto de corazón turbado por cosas no buenas y por un contraste de éstas con el remordimiento de haber causado dolor a quien lo ama.

516- En Gabaón, milagro del mudito y elogio de la sabiduría como amor a Dios

En primavera, verano y otoño, Gabaón, construida en el copete de un suave y bajo otero aislado en medio de una llanura fertilísima debe ser una ciudad graciosa, ventilada y de bellísimo panorama.

Sus casas blancas se esconden casi entre el verde de los árboles -de todas clases-de hoja perenne, que están mezclados con árboles desnudos ahora por la estación del año, pero que en la estación buena deben transformar el otero en una nube de pétalos ligeros y, más tarde, en exuberancia de frutas.

Ahora, con el tono gris del invierno muestra las laderas listeadas de desnudas vides y grises por los olivos, y con manchas de árboles frutales, desnudos, de oscuros troncos; a pesar de lo cual, es bonita y aparece ventilada, y la mirada descansa en la ladera del monte y en la arada llanura.

Jesús se dirige hacia una cisterna grande o pozo, que me recuerda un poco el de la samaritana, o también En Rogel y, más todavía los depósitos cercanos a Hebrón. Hay allí mucha gente: quiénes se apresuran a tomar mucha agua para el sábado, que ya está cerca, quiénes concluyen los últimos tratos, quiénes, habiendo terminado ya sus ocupaciones, se entregan al descanso del sábado (entre éstos, los ocho apóstoles, que anuncian al Maestro y ya han tenido éxito. porque veo que traen a enfermos y se congregan mendigos y otras personas vienen de sus casas).

Cuando Jesús llega a donde está el pilón, se forma un murmullo que se transforma en un grito unánime:
-¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Está entre nosotros el Hijo de David! ¡Bendita la Sabiduría, que viene al lugar donde fue invocada!

-Benditos vosotros, que la sabéis acoger. ¡Paz! Paz y bendición.

Y enseguida se dirige hacia los enfermos y los tullidos (por desgracias o enfermedades), hacia los indefectibles ciegos o que están en camino de serlo, y los cura. Hermoso es el milagro de un mudito. La madre se lo presenta llorando. Jesús lo cura con un beso en la boca. Y él usa las palabras que la Palabra le da para gritar los dos nombres más bonitos:

«¡Jesús! ¡Mamá!». Y de los brazos de su madre, que lo tenía alzado por encima de la gente, se arroja a los brazos de Jesús, se abraza a su cuello, hasta que Jesús lo devuelve a la madre feliz. Ella explica a Jesús cómo este hijo suyo primogénito, destinado desde antes que naciera, en el corazón de los padres, para ser levita, podrá serlo ahora que no tiene defectos:

-No le había pedido al Señor, junto con mi esposo Joaquín, para mí, sino para que sirviera al Señor. Y no he pedido para él la palabra para que me llamase madre y me dijera que me quiere. Sus ojos y sus besos ya me lo decían. La pedía para que pudiera, como cordero sin defecto, ser consagrado enteramente al Señor y alabar su Nombre.

A lo cual Jesús responde:

-El Señor oía la palabra de su alma, -que Él, como una madre, hace de los sentimientos palabras y actos. Pero bueno ha sido tu deseo y el Altísimo lo ha acogido. Ahora esfuérzate en educar a tu hijo para la alabanza perfecta, para que sirva siempre con perfección al Señor.
-Sí, Rabí. Pero dime Tú qué es lo que debo hacer.

-Haz que ame al Señor Dios con todo su ser, y espontáneamente florecerá en su corazón la alabanza perfecta, y perfecto será en su servicio a su Dios.

-Bien has hablado, Rabí. La Sabiduría está en tus labios. Te ruego que nos hables a todos -dice un gabaonita de aspecto señorial que se ha abierto paso hasta Jesús y lo ha invitado a la sinagoga. Sin duda es el arquisinagogo.

Jesús se dirige hacia ella, seguido de todos, y dado que es imposible hacer que entren todos los de la ciudad, más los que ya estaban con Él, acepta el consejo del jefe de la sinagoga de hablar desde la terraza de su casa, contigua a la sinagoga. Una casa ancha y baja, fajada por dos lados por el verde tenaz de una espaldera de jazmines.

Y la voz de Jesús, potente y armoniosa, se expande en el aire apacible de la tarde que declina, y se propaga por la plaza y por las tres calles que en ella desembocan, mientras un pequeño mar de cabezas está con la cara alzada escuchando.

-La mujer de vuestra ciudad que ha deseado la palabra para su hijo, no por un deseo de oír de los labios de su hijo dulces palabras, sino para que fuera hábil para servir a Dios, me recuerda otras palabras, ya lejanas, brotadas de los labios de un gran hombre en esta misma ciudad. A éstas, como a las de la mujer de esta ciudad, Dios ha asentido, porque en ambos ha visto una petición de justicia, una justicia que debería estar en todas las oraciones para que encontraran acogida de parte de Dios y gracia.

¿Qué es necesario durante la vida para obtener luego el premio eterno, la verdadera Vida sin fin en una bienaventuranza sin fin? Es necesario amar al Señor con todo el propio ser, y al prójimo como a uno mismo. Y ésta es la cosa más necesaria para tener a Dios por amigo y obtener de Él gracias y bendiciones. Cuando Salomón, (2 Crónicas l, .3-l2; l Reyes 3, 4-l5), hecho rey después de la muerte de David, asumió de hecho el reino, subió a esta ciudad y ofreció un gran sacrificio de víctimas. Y en esa noche se le apareció el Altísimo y le dijo:

"Pídeme lo que desees de mí". Gran benignidad por parte de Dios. Gran prueba por parte del hombre. Porque a todo don le corresponde una gran responsabilidad por parte de quien lo recibe, responsabilidad que es tanto mayor cuanto mayor es el don. Y ésta es una prueba del grado de formación alcanzado por el espíritu.

Si un espíritu favorecido por Dios, en lugar de perfeccionarse, desciende hacia la materialidad, ha fallado la prueba y muestra con esto su no formación, o su parcial formación.

Hay dos cosas que son índice del valor espiritual del hombre: su modo de comportarse en la alegría y el modo de comportarse en el dolor. Sólo el que está formado en la justicia sabe ser humilde en la gloria, fiel en la alegría, agradecido-, constante aun después de haber obtenido algo, aun cuando no desee ya nada más. Y sólo el que es realmente santo sabe ser paciente y seguir siendo amante de su Dios cuando las penas se ensañan con él.

-¿Maestro, puedo preguntarte una cosa? -dice uno de Gabaón.
-Habla.

-Todo lo que dices es verdad. Y, si he comprendido bien, quieres decir que Salomón superó la prueba felizmente. Pero luego pecó. Ahora dime: ¿por qué Dios lo favoreció tanto si luego iba a pecar? (l Reyes ll, l-l3) Sin duda, el Señor conocía el futuro pecado del rey. ¿Y entonces por qué le dijo: "Pídeme lo que quieras"? ¡Fue un bien o un mal?

-Siempre un bien, porque Dios no cumple acciones malas.

-Pero has dicho que a todo don corresponde una responsabilidad. Ahora bien, habiendo Salomón pedido y obtenido la sabiduría…

-Tenía la responsabilidad de ser sabio y no lo fue, quieres decir. Es verdad. Y te digo que ciertamente esta falta suya respecto a la sabiduría fue castigada, y con justicia. Pero el acto de Dios de concederle la sabiduría que había pedido fue bueno. Y bueno fue el acto de Salomón de pedir la sabiduría y no otras cosas materiales.

Y, puesto que Dios es Padre y es Justicia, en el momento del error buena parte de error lo perdonó, teniendo presente que el pecador en el pasado había amado la Sabiduría más que a ninguna otra cosa o criatura Un acto habrá disminuido el otro acto. Una buena acción hecha antes del pecado permanece, y vale para el perdón, pero cuando el pecador después del pecado se arrepiente.

Por esto os digo que no dejéis pasar la ocasión de llevar a cabo buenas acciones, para que sean como monedas para pagar vuestros pecados (cuando, por gracia de Dios, de ellos os arrepentís).

Las acciones buenas -aunque parezcan pasadas, y por tanto se pueda pensar equivocadamente que ya no fermentan en nosotros y crean nuevos estímulos y fuerzas para cosas buenas-están siempre activas, aunque sea con el recuerdo que resurge desde el fondo de un alma humillada y suscita una añoranza del tiempo en que la persona era buena.

Y la añoranza es, a menudo, un primer paso por el camino del regreso a la Justicia. Yo he dicho que incluso un vaso de agua dado con amor a un sediento no queda sin premio.

Un sorbo de agua no es nada en cuanto al valor material, pero la caridad lo hace grande. Y no queda sin premio. A veces el premio puede ser volver al Bien que se forma con el recuerdo de esa acción, de las palabras del hermano sediento, de los sentimientos del corazón de aquella ocasión, de ese corazón que daba de beber en nombre de Dios y por amor.

Y entonces Dios, por sucesión de recuerdos, vuelve, como un sol que renace después de la noche oscura, para resplandecer en el horizonte de un pobre corazón que lo perdió y que, hechizado por su inefable Presencia, se humilla y grita:

"¡Padre, he pecado! Perdona. Te amo de nuevo". El amor a Dios es sabiduría. Es la sabiduría de las sabidurías, porque el que ama conoce todo y posee todo. Aquí, mientras cae la tarde y el viento vespertino hace tiritar a los cuerpos arropados y agita las antorchas que habéis encendido, no os repito lo que ya sabéis: los puntos del libro sapiencial donde está escrito cómo Salomón obtuvo la sabiduría, y la oración (Sabiduría 9) que hizo para obtenerla.

Pero, para memoria mía, para ir por sendero seguro, para tener luz de guía, os exhorto a meditar con vuestro arquisinagogo esas páginas. El Libro de la Sabiduría debería ser un código de vida espiritual. Como una mano materna debería guiaros -e introduciros en él-al perfecto conocimiento de las virtudes y de mi doctrina. Porque la Sabiduría me prepara los caminos y hace de los hombres “de corta vida e incapaces de entender los juicios y las leyes, siervos e hijos de siervas de Dios” los dioses del Paraíso de Dios.

Buscad, sobre todo, Sabiduría para honrar al Señor y oír que Él, el día eterno, os dice: "Porque has estimado sobre todo esto y no riqueza, bienes, gloria, larga vida, ni triunfo sobre los enemigos, te sea concedida la Sabiduría", o sea, Dios mismo, porque el Espíritu de Sabiduría es Espíritu de Dios.

Buscad, sobre todo, la Sabiduría santa, y Yo os digo que todas las demás cosas os serán dadas, y en un modo en que ninguno de los grandes del mundo puede procurárselas. Amad a Dios. Preocupaos sólo de amarlo. Amad al prójimo vuestro para honrar a Dios.

Consagraos al servicio de Dios, a su triunfo en los corazones. Convertid a quien no es amigo de Dios, convertidlo al Señor. Sed santos. Acumulad las obras santas para defensa vuestra contra las posibles debilidades del ser creado. Sed fieles al Señor.

No critiquéis ni a los vivos ni a los muertos. Pero esforzaos en imitar a los buenos, y, no para alegría vuestra terrena, sino para alegría de Dios, pedid al Señor gracias y os serán dadas.

Vamos. Mañana oraremos juntos y Dios estará con nosotros.
Y Jesús los bendice y los despide.

515- Las razones del dolor salvífico de Jesús. Elogio de la obediencia y lección sobre la humildad

Pero poco puede estar Jesús con sus pensamientos. Juan y su primo Santiago, luego Pedro y Simón, lo alcanzan y atraen su atención hacia el panorama que desde lo alto del collado se ve. Y, quizás con intención de distraerlo, porque está visiblemente muy triste, evocan hechos acontecidos en esas zonas que se muestran a sus ojos.

El viaje hacia Ascalón… la casa de los campesinos de la llanura de Sarón, donde Jesús devolvió la vista al anciano padre de Gamala y Jacob… el retiro de Jesús y Santiago en el Carmelo… Cesárea Marítima y la jovencita Áurea Gala… el encuentro con Síntica… los gentiles de Joppe… los ladrones de cerca de Modín… el milagro de las mieses en casa de José de Arimatea… la ancianita espigadora… Sí, son cosas, todas ellas, que tienen la intención de alegrar… pero que contienen, para todos o para Él sólo, un hilo de llanto y un recuerdo dolor. Se dan cuenta de ello los propios apóstoles, y susurran:

-Verdaderamente en todas las cosas de la Tierra uno encuentra un dolor. Es lugar de expiación…

Pero, justamente, Andrés, que se ha unido al grupo junto con Santiago de Zebedeo, observa:

-Es ley justa para nosotros, pecadores, pero para Él ¿por qué tanto dolor?

Surge una benévola discusión, y continúa también cuando, atraídos por las palabras de los primeros, que hablan en tono alto, se unen al grupo todos los otros. Menos Judas Iscariote, que está muy enfrascado con algunas personas modestas -a las cuales está enseñando-, imitando al Maestro en la voz, en el gesto, en el concepto.

Pero es una imitación teatral, pomposa, a la cual le falta el calor del convencimiento. Y los que lo escuchan se lo dicen, incluso sin rodeos, lo cual pone nervioso a Judas, que les echa en cara el ser obtusos y el que no comprenden nada por eso. Y Judas declara que los deja porque «no conviene arrojar las perlas de la sabiduría a los cerdos».

Pero se detiene, porque esta gente modesta, mortificada, le ruega que sea indulgente, confesándose «inferiores a él como un animal es inferior a un hombre»…

Jesús está distraído de lo que dicen en torno a Él los once, para escuchar lo que dice Judas; y, ciertamente, no le alegra lo que oye… pero suspira y calla. Hasta que Bartolomé le hace participar directamente. Somete a su consideración los distintos puntos de vista acerca de la razón de por qué Él, inocente sin pecado, debe sufrir. Bartolomé dice:

-Yo sostengo que esto sucede porque el hombre odia al bueno. Hablo del hombre culpable, o sea, de la mayoría.

Esta mayoría comprende que, comparada con quien está libre de pecado, resaltan aún más su culpabilidad y sus vicios, y por rabia se venga haciendo sufrir al bueno.

-Yo, sin embargo, sostengo que sufres por el contraste entre perfección y nuestra miseria. Aunque ninguno te despreciara en ningún modo, igualmente sufrirías, porque tu perfección debe ser una dolorosa repulsa de los pecados de los hombres -dice Judas Tadeo.

-Yo, por el contrario, sostengo que Tú, no careciendo de humildad, sufres por el esfuerzo de deber dominar con tu parte sobrenatural los impulsos de tu humanidad contra tus enemigos -dice Mateo.

-Yo, que sin duda me equivoco porque soy un ignorante, digo que sufres porque tu amor es rechazado. No sufres por no poder castigar como tu lado humano puede desear, sino que sufres por no poder beneficiar como querrías -dice Andrés.

-Y yo sostengo que sufres porque debes padecer todo el dolor para redimir todo el dolor. No predominando en ti una u otra naturaleza, sino estando igualmente estas dos naturalezas tuyas en ti, fundidas, con un perfecto equilibrio, para formar la Víctima perfecta ( tan sobrenatural, que puede ser válida para aplacar la ofensa hecha a la Divinidad; tan humana, que puede representar a la Humanidad y conducirla nuevamente a la pureza inmaculada del primer Adán, para anular el pasado y generar una nueva humanidad; recrear una humanidad nueva, conforme al pensamiento de Dios, o sea, una humanidad en que esté realmente la imagen y la semejanza de Dios y el destino del Hombre: la posesión, el poder aspirar a la posesión de Dios, en su Reino), debes sufrir sobrenaturalmente, y sufres, por todo lo que ves hacer y por lo que te rodea -podría decir-con perpetua ofensa a Dios, y debes sufrir humanamente, y sufres, para cercenar las tendencias de nuestra carne envenenada por Satanás. Con el sufrimiento completo de tus dos perfectas naturalezas, anularás completamente la ofensa a Dios, la culpa del hombre ­dice el Zelote.

Los demás guardan silencio. Jesús pregunta:
-¿Y vosotros no decís nada? ¿Cuál es, según vosotros, la definición más apropiada?

Unos dicen una, otros otra. Sólo callan Santiago de Alfeo y Juan.
-¿Y vosotros dos? ¿No aprobáis ninguna de ellas? -dice

Jesús para moverlos a hablar.
-No. Sentimos en todas algo de verdad, o mucho de verdad.

Pero sentimos también que falta la verdad más verdadera.
-¿Y no sabéis encontrarla?

-Quizás yo y Juan la hemos encontrado. Pero nos parece casi una blasfemia el decirla, porque… Somos unos buenos israelitas y tememos tanto a Dios, que casi no podemos pronunciar su Nombre. Y el pensar que, si el hombre del pueblo elegido, el hombre hijo de Dios, no puede pronunciar casi el Nombre bendito y crea nombres sustitutivos para nombrar a su Dios, el que pueda Satanás osar perjudicar a Dios nos parece pensamiento blasfemo. Y, no obstante, sentimos que el dolor es siempre activo contra ti porque Tú eres Dios y Satanás te odia. Te odia como ningún otro. Tú encuentras el odio, hermano mío, porque eres Dios -dice Santiago.

-Sí, encuentras el odio porque eres el Amor. No es que los fariseos o los rabíes, o éste o aquél, o por éste o por aquél, se alcen para hacerte sufrir. Sino que es el Odio el que inviste de sí a los hombres y los lanza contra ti, lívidos de odio, porque con tu amor arrancas demasiadas víctimas al Odio -dice Juan.

-A las muchas definiciones les falta todavía una cosa. Buscad la razón más verdadera. La razón por la cual he…» anima Jesús.

Pero ninguno la encuentra. Piensan, piensan. Se rinden, diciendo:

-No la encontramos…

-¡Es tan simple! Está siempre ante vosotros. Resuena en las palabras de nuestros libros, en las figuras de nuestras historias… ¡Animo, buscad! En todas vuestras definiciones hay algo de verdad, pero falta la primera razón. Buscadla no en nuestros días, sino en el pasado más lejano, antes de los profetas, antes de los patriarcas, antes de la creación del Universo…

Los apóstoles están pensativos… pero no hallan la razón. Jesús sonríe. Luego dice:

-Pues, si recordarais mis palabras, encontraríais la razón. Pero podéis recordar todo todavía. Eso sí, un día recordaréis. Escuchad. Remontemos juntos el curso de los siglos, hasta más allá de los límites del tiempo. Vosotros sabéis quién fue el que dañó el espíritu del hombre.

Satanás, la Serpiente, el Adversario, el Enemigo, el Odio.

Llamadlo como queráis. Pero ¿por qué lo dañó? Por una gran envidia: la de ver al hombre destinado al Cielo del que él había sido expulsado. Deseó para el hombre el mismo destierro que había recibido.

¿Por qué había sido expulsado? Por haberse rebelado contra Dios. Esto lo sabéis. ¿Pero en qué? En la obediencia. En el principio del dolor hay una desobediencia. Y entonces, ¿no es también necesariamente lógico que lo que restablezca el orden, que es siempre alegría, sea una obediencia perfecta?

Obedecer es difícil, especialmente si se trata de una materia grave. Lo difícil produce dolor a aquel que lo lleva a cabo. Pensad, pues, si Yo, al que el Amor solicitó si quería devolver la alegría a los hijos de Dios, no tendré que sufrir infinitamente, para llevar a cabo la obediencia al Pensamiento de Dios. Yo, pues, debo sufrir para vencer, para borrar no uno o mil pecados, sino el propio Pecado por excelencia que, en el espíritu angélico de Lucifer o en el que animaba a Adán, fue y será siempre hasta el último hombre, pecado de desobediencia a Dios.

Vosotros, hombres, debéis obedecer limitadamente a eso poco -os parece mucho pero es muy poco-requerido por Dios, que, en su justicia, os pide solamente aquello que podéis dar. Vosotros, de lo que Dios quiere, conocéis solamente lo que podéis cumplir. Pero Yo conozco todo su Pensamiento, respecto a los grandes y pequeños acontecimientos. Yo no tengo puestos límites en el conocimiento ni en la ejecución.

El amoroso sacrificador, el Abraham divino, no exime a su Víctima e Hijo suyo. Es el Amor no satisfecho y ofendido el que exige reparación y ofrecimiento. Y, aunque viviera millares de años, nada sería, si no consumara el Hombre hasta la última fibra; de la misma forma que nada habría sido, si ab aeterno no hubiera dicho Yo “sí” al Padre mío, disponiéndome a obedecer como Dios Hijo y como Hombre, en el momento que mi Padre considerara bueno.

La obediencia es dolor y es gloria. La obediencia, como el espíritu, no muere nunca. En verdad os digo que los verdaderos obedientes serán dioses, aunque después de una lucha continua contra sí mismos, contra el mundo y contra Satanás. La obediencia es luz. Cuanto más se es obediente, más luminoso se es y más se ve. La obediencia es paciencia, y, cuanto más se es obediente, más se soportan las cosas y a las personas. La obediencia es humildad, y, cuanto más obediente se es, más humilde se es para con nuestro prójimo.

La obediencia es caridad porque es un acto de amor, y, cuanto más obediente se es, más numerosos y perfectos son los actos. La obediencia es heroísmo. Y el héroe del espíritu es el santo, el ciudadano de los Cielos, el hombre divinizado.

Si la caridad es la virtud en que uno encuentra a Dios Uno y Trino, la obediencia es la virtud en que soy hallado Yo, vuestro Maestro. Haced que el mundo os reconozca como discípulos míos por una obediencia absoluta a todo lo santo. Llamad a Judas. Tengo que decirle algo también a él…

Judas acude. Jesús señala al panorama que se estrecha a medida que bajan, y dice:

-Una pequeña parábola para vosotros, futuros maestros de espíritu. Cuanto más subáis por el camino de la perfección, que es arduo y penoso, más veréis. Antes veíamos las dos llanuras, filistea y de Sarón, con sus muchos pueblos y campos y árboles frutales, e incluso un azul lejano, que era el gran mar, y el Carmelo verde allá en el fondo.

Ahora no vemos más que un poco. El horizonte se ha estrechado y se seguirá estrechando, hasta desaparecer en el fondo del valle. Lo mismo sucede con quien desciende en el espíritu en vez de subir. Su virtud y sabiduría se van haciendo cada vez más limitadas, y restringido su juicio hasta quedar anulado. En ese momento, un maestro de espíritu ha muerto en orden a su misión. Ya ni discierne ni guía. Es un cadáver y, de la misma manera que se ha corrompido, puede corromper. La bajada, a veces, es estimulante, casi siempre lo es, porque abajo hay satisfacciones de los apetitos.

También nosotros bajamos al valle en busca de descanso y alimento. Pero, si ello es necesario para nuestro cuerpo, no es necesario satisfacer los apetitos de la carne y la desgana del espíritu, bajando a los valles de la sensualidad moral y espiritual. Sólo en un valle se concede poner pie: en el de la humildad. Y es porque a éste el mismo Dios desciende a raptar al espíritu humilde para elevarlo hasta Él. Quien se humilla será enaltecido. Cualquier otro valle es letal, porque aleja del Cielo».

-¿Me has llamado para esto, Maestro?
-Para esto. Has hablado mucho con los que te preguntaban.
-Sí, y no merece la pena; son más duros de mente que los mulos.

-Y Yo he querido expresar un pensamiento donde todo quede reflejado. Para que puedas nutrir tu espíritu.
Judas lo mira confundido. No sabe sí es un don o un reproche. Los otros, que no se habían percatado de la conversación de Judas con los seguidores, no comprenden que Jesús está reprendiendo a Judas por su soberbia.
Y Judas prefiere prudentemente llevar la conversación por otros derroteros, así que pregunta:

-¿Maestro, Tú que piensas? ¿Esos romanos, y lo mismo el hombre de Petra, que han tenido un contacto muy limitado contigo, podrán llegar alguna vez a tu doctrina? ¿Y aquel Alejandro? Se marchó… No volveremos a verlo. Y éstos lo mismo. Se diría que en ellos hay una instintiva búsqueda de la verdad, pero están sumergidos hasta el cuello en el paganismo. ¿Lograrán alguna vez concluir alguna cosa buena?

-¿Quieres decir encontrar la Verdad?
-Sí, Maestro.
-¿Y por qué no iban a lograrlo?

-Porque son pecadores.

-¿Sólo ellos son pecadores? ¿Entre nosotros no hay
pecadores?

-Muchos, lo admito. Pero precisamente lo que yo digo es que si nosotros, nutridos de sabiduría y verdad ya desde hace siglos, somos pecadores y no conseguimos hacernos justos y seguidores de la Verdad que representas, ¿cómo podrán hacerlo ellos, si están saturados de impurezas?

-Todos los hombres, cualquiera que fuera el punto del que partieran, pueden llegar a alcanzar y poseer la Verdad, o sea, a Dios Cuando no hay soberbia de la mente ni depravación de la carne, sino sincera búsqueda de la Verdad y de la Luz, pureza de finalidad y anhelo de Dios, una criatura está ciertamente en el camino de Dios.

-Soberbia de la mente… y depravación de la carne… Maestro… entonces…

-Continúa tu pensamiento, que es bueno.

Judas elude continuar, y dice:

-Entonces ellos no pueden alcanzar a Dios, porque son unos depravados.

-No era eso lo que querías decir, Judas. ¿Por qué has amordazado tu pensamiento y tu conciencia? ¡Oh, qué difícil es que el hombre suba a Dios! Y el obstáculo mayor está en sí mismo, que no quiere confesar y reflexionar sobre sí mismo y sus defectos.

Verdaderamente también Satanás es calumniado muchas veces, cargándole a él toda causa de ruina espiritual. Y más calumniado aún es Dios, al cual se le cargan todos los hechos que suceden. Dios no viola la libertad del hombre.

Satanás no puede prevalecer contra una voluntad asentada en el Bien. En verdad os digo que setenta veces sobre cien el hombre peca por su voluntad. Y -no se considera esto, pero es así-y no se restablece de su pecado porque evita el examinarse, y a pesar de que la conciencia, con imprevisto impulso, se yergue dentro de él y grita las verdades que él no ha querido meditar, el hombre ahoga ese grito, borra esa figura que, severa y dolorosa, se yergue delante de su intelecto, modifica con esfuerzo su pensamiento influido por la voz acusadora, y no quiere decir, por ejemplo:

"Pero entonces nosotros, yo, no podemos alcanzar la Verdad, porque tenemos soberbia de la mente y corrupción de la carne". Sí, en verdad, en nuestro pueblo no se camina hacia la senda de Dios, porque en nuestro pueblo hay soberbia de la mente y corrupción de la carne. Una soberbia que es verdaderamente imitadora de la satánica, tanto que se juzgan u obstaculizan las acciones de Dios cuando son contrarias a los intereses de los hombres y de los partidos. Y este pecado hará de muchos de Israel réprobos eternos.

-Bueno, pero no somos todos así.

-No. Todavía hay espíritus buenos, en todos los niveles; más numerosos entre los humildes del pueblo que entre los doctos y ricos, pero los hay. Mas ¿cuántos son?, ¿cuántos, respecto a este pueblo de Palestina al que desde hace casi tres años evangelizo y favorezco, y por el cual me consumo? Hay más estrellas en una noche nubosa que en Israel espíritus deseosos de venir al Reino mío.
-¿Y los gentiles, esos gentiles, irán?

-No todos, pero sí muchos. Incluso entre mis propios discípulos algunos no perseverarán hasta el final. ¡Pero no nos preocupemos de los frutos que, podridos, caen de la rama! Tratemos, hasta cuando se pueda, de impedir que se pudran, con la dulzura, con la firmeza, con la recriminación y el perdón, con la paciencia y la caridad.

Luego, si dicen "no" a Dios y a los hermanos que quieren salvarlos, y se arrojan en los brazos de la Muerte, de Satanás, y mueren impenitentes, bajemos la cabeza y ofrezcamos a Dios nuestro dolor por no haberlo podido alegrar con esa alma, salvándosela. Todos los maestros tienen experiencia de estas derrotas; las cuales también son útiles, para mantener mortificado el orgullo del maestro de almas y probar la constancia de éste en el ministerio. La derrota no debe cansar la voluntad del educador de espíritus. Es más, debe impulsarlo a hacer más y mejor, en el futuro.

-¿Por qué has dicho al decurión que lo vas a volver a ver en un monte? ¿Cómo puedes saberlo?
Jesús mira a Judas con una mirada larga y extraña, mezcla de tristeza y sonrisa juntas, y dice:

-Porque será uno de los que estén presentes en mi exaltación, y dirá al gran doctor de Israel una severa palabra verdadera. Y desde ese momento comenzará su seguro camino hacia la Luz. Pero ya estamos en Gabaón. Que Pedro vaya con otros siete a anunciarme. Voy a hablar enseguida, para despedir a los que me han seguido desde los pueblos cercanos.

Los demás permanecerán conmigo hasta después del sábado.

Tú, Judas, estáte con Mateo, Simón y Bartolomé.

(No he reconocido en el decurión a ninguno de los soldados presentes en la Crucifixión. Pero debo decir también que centrada en la observación atenta de mi Jesús, no me di mucha cuenta de ellos. Eran, para mí, un grupo de soldados encargados de hacer ese servicio. Nada más. Y además, cuando habría podido observarlos mejor porque "todo estaba consumado", había una luz tan no luz que sólo las caras muy familiares podían ser reconocidas. De todas formas, por las palabras de Jesús pienso que es ese soldado que dice a Gamaliel algunas palabras que no recuerdo y que no puedo verificar, porque estoy sola y no puedo pedir a nadie que me dé el cuaderno de la Pasión).

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