370- El jueves prepascual. En el convite de los pobres en el palacio de Cusa

-Paz a esta casa y a todos los presentes -es el saludo de Jesús mientras entra en el vasto vestíbulo, muy fastuoso, que está todo iluminado a pesar de ser de día.

Y no son superfluas las lámparas. Y es que, si bien es cierto que es de día, no es menos cierto que afuera hay un sol cegador, en las calles y en las fachadas blancas de cal, mientras que aquí, en este amplio, pero sobre todo largo, corredor vestíbulo, que debe cortar toda la casa, desde el sólido portal hasta el jardín -cuyo verde lleno de sol aparece allá, en el fondo, y parece lejano por un juego de la perspectiva -, debe haber habitualmente una penumbra que, para quien viene de fuera, cegados sus ojos por el intenso sol, es sombra completa. Por eso, Cusa se ha preocupado de que las grandes y numerosas lamparillas de cobre repujado, fijadas a distancias constantes en ambas paredes del vestíbulo, estén todas encendidas, y también la lámpara central (un cuenco grande de alabastro rosa en que están incrustados, en el róseo leve del alabastro, diaspros y otras lascas preciosas y multicolores que, por la luz encendida dentro, resplandecen como si fueran estrellas, proyectando arcoiris sobre las paredes pintadas de azul oscuro, sobre las caras, sobre el suelo de mármol veteado).

Y parece como si menudas estrellas se posaran en las paredes, en los rostros, en el suelo, menudas y móviles estrellitas multicolores, porque la lámpara ondea levemente debido a la corriente de aire que recorre el vestíbulo y los tornasoles de las lascas preciosas cambian continuamente de posición.

-Paz a esta casa -repite Jesús mientras se adentra y va bendiciendo sin cesar a los criados, que le hacen una profunda reverencia, y a los invitados, asombrados de estar allí reunidos, en contacto con el Rabí, en un palacio principesco…

¡Los invitados! El pensamiento de Jesús se delinea claramente. El convite de amor querido por Él en casa de la buena discípula es una página del Evangelio traducida en acción.

Son mendigos, tullidos, ciegos, huérfanos, ancianos, jóvenes viudas con sus pequeñuelos agarrados a los vestidos o que maman la escasa leche de su desnutrida madre. La riqueza de Juana ya ha proveído a sustituir los vestidos harapientos con vestidos modestos pero limpios y nuevos.

Mas si las cabelleras ordenadas, como oportuna medida de aseo, y si los vestidos limpios dan a estos desdichados -a quienes los criados alinean o sujetan para llevarlos al sitio -un aspecto ciertamente menos miserable del que tenían cuando Juana dispuso que fueran a recogerlos a los callejones, a los cruces, a los caminos que conducen a Jerusalén, a aquellos lugares en que su miseria se celaba abochornada o se exponía en busca de limosnas; si ello es así, por el contrario, resultan todavía visibles las penalidades en las caras, las debilidades en los miembros, las desventuras, las soledades en las miradas…

Jesús pasa y bendice. Cada infeliz recibe su bendición. Si la derecha está levantada bendiciendo, la izquierda baja a acariciar temblorosas y canas cabezas de ancianos, o inocentes cabecitas de niños. Recorre así, hacia arriba y hacia abajo, el vestíbulo, para bendecir a todos, incluso a los que entran mientras ya está bendiciendo y todavía haraposos, se esconden con miedo y empacho en un rincón, hasta que los criados, con modos corteses, los llevan a otro sitio para ser lavados y vestidos con ropa limpia, como los que han llegado antes que ellos.

Pasa una joven viuda con su nidada de niños… ¡Qué miseria! El más pequeño, completamente desnudo, envuelto en el velo desgarrado de su madre… los más grandecitos sólo con lo indispensable para salvar la decencia; sólo el mayor, un jovencito flaquísimo, lleva un vestido que puede llamarse tal, pero como contrapartida va descalzo.
Jesús observa esto, llama a la mujer y dice:

-¿De dónde vienes?
-De la llanura de Sarón, Señor. Leví ya me ha llegado a la mayoría de edad… He tenido que acompañarle al Templo… yo… porque ya no tiene padre -y la mujer llora quedo, ese llanto mudo de quien ha llorado demasiado.

-¿Cuándo se te ha muerto tu marido?
-Ha hecho un año en Sebat. Hacía dos lunas que estaba encinta… -y traga los sollozos para no causar turbación, curvándose toda hacia el pequeñuelo.
-¿El niño tiene entonces ocho meses?
-Sí, Señor.
-¿Qué hacía tu marido?

La mujer susurra tan bajo, que Jesús no entiende. Se inclina para oír, diciendo:
-Repite sin temor.
-Mí marido trabajaba como herrador en una forja… Pero se enfermó mucho… porque tenía heridas que supuraban.
Y termina en voz bajísima:

-Era un soldado de Roma.
-Pero ¿tú eres de Israel?
-Sí, Señor. No me arrojes de tu presencia como impura, como hicieron mis hermanos cuando fui a implorar piedad después de la muerte de Cornelio…

-¡No tengas esos miedos! ¿Qué haces ahora como trabajo?
-Soy criada, si me aceptan; espigadora, batanera, bato el cáñamo… hago de todo… para el pan de éstos. Leví ahora va a ponerse a trabajar en el campo… si lo aceptan, porque… es bastardo de raza.

-¡Confía en el Señor!
-Si no hubiera confiado, me habría matado con todos ellos, Señor.
-Ve, mujer. Nos veremos aún -y la saluda.
Juana, entretanto, se ha acercado y está arrodillada, a la espera de que el Maestro la vea. Él, efectivamente, se vuelve y la ve.

-Paz a ti, Juana. Me has obedecido a la perfección.
-Obedecerte es mi alegría. Pero no he sido la única que te ha procurado "la corte" como Tú querías. Cusa me ha ayudado en todos los modos, y Marta y María también. Y Elisa. Quién mandando a los criados por lo necesario y a ayudar a los criados míos a reunir a los invitados, quién ayudando a las siervas y a los siervos de los baños a limpiar a los "bienamados", como Tú los llamas. Ahora, con tu permiso, voy a dar a todos un poco de comida, para que no desfallezcan mientras esperan las viandas.
-Sí, sí, como quieras. ¿Dónde están las discípulas?
-En la terraza superior, donde he dispuesto que se preparen las mesas. ¿He pensado bien?

-Sí, Juana. Arriba estarán tranquilos, y también nosotros.
-Sí, yo también he pensado lo mismo. Y es que, además, en ninguna sala habría podido preparar para tantos… Y no quería hacer separaciones para no crear celos y dolor. ¡Las personas desagraciadas tienen una sensibilidad, es más, una dolorabilidad, tan aguda!… Son todo una llaga, y basta una mirada para hacerlos sufrir.

-Sí, Juana. Tienes alma compasiva y comprendes. Que Dios te recompense tu piedad. ¿Hay muchas discípulas?
-¡Todas las que están en Jerusalén!… Pero… Señor… yo quizás he pecado… Querría decirte una cosa en secreto.
-Llévame a un lugar solitario.

Van los dos solos a una habitación. Por los juguetes que hay diseminados par todas partes, se intuye que es lugar de juegos de María y Matías.
-¿Entonces, Juana?

-Mí Señor, sin duda he sido imprudente… Pero el gesto me ha venido tan espontáneo, tan impetuoso… Cusa me ha regañado. Pero la verdad es que ya… Ha venido al Templo un esclavo de Plautina con una tablilla. Ella y sus compañeras preguntaban si era posible verte. He respondido: "Sí, por la tarde en mi casa". Y vendrán…

¿He hecho mal? ¡No por ti!… Por los demás, por las que son enteramente Israel… y no amor como Tú. Si he faltado, repararé como convenga… Pero es que deseo tanto que el mundo, el mundo entero, te ame, que… que no me he parado a pensar que en el mundo sólo Tú eres Perfección, y demasiados pocos tratan de parecerse a ti.

-Has hecho bien. Hoy os predico a todos vosotros con las obras. Y en el futuro una de las cosas que habrán de hacer los que crean en mí será el que entre los creyentes en Jesús Salvador haya gentiles. ¿Dónde están los niños?
-Por todas partes, Señor -sonríe Juana, ya tranquilizada, y termina: «La fiesta los exalta y corren de un lado para otro como pajarillos felices».

-Jesús la deja. Vuelve al vestíbulo, hace un gesto a los hombres que estaban con Él y se encamina hacia el jardín para luego subir a la amplia terraza.

Una alegre laboriosidad llena la casa desde los subterráneos hasta el tejado. Unos van, otros vienen, con comida o enseres, con fajos de vestidos, con asientos; otros acompañan a invitados o responden a quien pregunta. Todos con alegría y amor. Jonatán, solemne en su función de administrador, incansable, dirige, vigila, aconseja.
La anciana Ester, feliz de ver a Juana tan animada y lozana, ríe en medio de un círculo de niños pobres, y les distribuye unos bollos mientras relata cosas maravillosas.

Jesús se detiene un momento a escuchar la conclusión espléndida de uno de estos relatos: «Dios concedió a la buena Alba de mayo, que nunca se rebelaba contra el Señor por motivo de los dolores que habían sobrevenido a su casa, muchas ayudas, por las que en Alba de mayo pudieron hallar salvación y bien sus hermanitos. Los
ángeles llenaban la pequeña masera, terminaban el trabajo en el telar para ayudar a la niña buena, diciendo: “Es nuestra hermana porque ama al Señor y a su prójimo. Tenemos que ayudarla".

-¡Que Dios te bendiga, Ester! ¡Casi que me paro Yo también a. escuchar tus parábolas! ¿Me aceptas? -dice Jesús sonriendo.
-¡Oh, mi Señor!¡Soy yo quien debe escucharte a ti! ¡Pero para los pequeñuelos basto yo, que soy una pobre vieja ignorante!

-Tu alma justa es útil también para los adultos. Sigue, sigue, Ester… -y le sonríe mientras se marcha.
Ya están diseminados por el vasto jardín los invitados y consumen su primer bocado mirando a su alrededor y mirándose recíprocamente con asombro. Hablan, se intercambian comentarios sobre esta inesperada suerte. Pero, cuando ven pasar a Jesús, se ponen en pie si pueden hacerlo y se inclinan adorando.

-Comed, comed. Sentíos con libertad y bendecid al Señor ̿ dice Jesús al pasar, yendo hacia las dependencias de los jardineros, desde las cuales empieza la escalera que por una ventilada rampa conduce a la amplia terraza.
-¡Rabbuní mío! -grita la Magdalena, saliendo rauda de una habitación, con los brazos cargados de pañales y camisolas para los párvulos. Y su voz aterciopelada de órgano de oro llena el pasaje umbrío, bajo el cual hay festones de rosas.

-María, Dios esté contigo. ¿A dónde vas tan deprisa?
-¡Tengo a diez bebés que vestir! Los he lavado y ahora voy a vestirlos, y luego te los traeré, frescos como flores. Voy corriendo, Maestro, porque… ¿no los oyes? parecen diez corderitos que balan… -y se marcha corriendo y sonriente, espléndida y serena, con su sencilla y señorial túnica de blanco lino, ceñida a la cintura con un cinturón delgado de plata, y los cabellos recogidos en un moño simple sobre la nuca, sujetos con una cinta blanca anudada a la frente.

-¡Qué distinta de la que estaba en el Monte de las Bienaventuranzas! -exclama Simón Zelote.
En la primera rampa de las escaleras se cruzan con la hija de Jairo y Analía, que bajan tan veloces que parecen volar.

-¡Maestro! ¡Señor! -exclaman.
-Dios esté con vosotras. ¿A dónde vais?
-Por unos manteles. Nos ha mandado la criada de Juana. ¿Vas a hablar, Maestro?
-¡Por supuesto!
-¡Entonces corre, Miriam! ¡Vamos a darnos prisa! -dice Analía.

-Tenéis todo el tiempo que queráis para hacer eso que tenéis que hacer. Espero a otras personas. Pero, ¿desde cuándo, niña, te llamas Miriam? -dice mirando a la hija de Jairo.

-Desde hoy. Desde ahora. Me ha puesto este nombre tu Madre. Porque… ¿verdad, Analía? Hoy es un gran día para cuatro vírgenes…
-¡Oh, sí! ¡Se lo decimos al Señor, o dejamos que sea María la que lo diga?
-María, María. Ve, ve, Señor, Tu Madre te hablará -y se marchan ágiles, apenas en la flor de su juventud, humanas en sus hermosas formas, angélicas en sus miradas radiantes…

Están en la tercera rampa cuando se cruzan con Elisa de Betsur, que baja sosegadamente junto con la mujer de Felipe.

-¡Ah, Señor! -grita esta última -¡A unos quitas y a otros das!… ¡De todas formas, bendito seas!
-¿De qué hablas, mujer?
-Ahora lo sabrás… ¡Qué dolor y qué gloria, Señor! Me mutilas y me coronas.

Felipe, que está al lado de Jesús, dice:
-¿Qué dices? ¿De qué hablas? Eres mi mujer, y lo que a ti te pasa me toca también a mí…
-Lo sabrás, Felipe. Ve, ve con el Maestro.
Jesús, entretanto, le está preguntando a Elisa si está bien curada. Y la mujer, a la cual el gran dolor de los tiempos pasados ha dado una majestad de reina doliente, dice:

-Sí, mi Señor. Pues sufrir con la paz en el corazón no es congoja. Y yo ahora tengo la paz en mi corazón.
-Y pronto tendrás más todavía.
-¿Qué, Señor?
-Ve y vuelve, y lo sabrás.
-¡Está Jesús! ¡Está Jesús!»

Es el trino de dos niños, que tienen su carita apoyada en la baranda de arabescos que limita la terraza por los dos lados que miran al jardín; y de la baranda penden ramas florecidas de rosas y jazmines (porque la terraza -sobre la cual, en esta hora de sol, está extendido un toldo multicolor -es un vasto jardín pénsil).

Todas las personas que en la terraza se mueven de un lado para otro en preparativos se vuelven al oír el grito de María y Matías, y dejando a medias lo que estaban haciendo, van hacia Jesús, en cuyas rodillas ya están enroscados los dos niños.

Jesús saluda a las numerosas mujeres que se aglomeran. Mezcladas con las que son discípulas en el verdadero sentido de la palabra, o con las esposas, hijas o hermanas de apóstoles y discípulos, están otras menos conocidas, menos íntimas, como la mujer del primo Simón, las madres de los asnerizos de Nazaret, la madre de Abel de Belén de Galilea, Ana de Judas (casa junto al lago Merón), María de Simón, madre de Judas de Keriot, Noemí de Éfeso, Sara y Marcela de Betania (Sara es la mujer a la que curó Jesús en el Monte de las Bienaventuranzas y envió a casa de Lázaro con el anciano Ismael; ahora parece doméstica de María de Lázaro), luego la madre de Yaia, la madre de Felipe de Arbela, Dorca (la joven madre de Cesárea de Filipo) y su suegra, la madre de Analía, María de Bosrá (la curada de lepra que ha venido con su marido a Jerusalén), y otras, y otras… nuevas para la vista, pero a las que la mente no sabe mencionar con nombre propio.

Jesús se adentra en la vasta terraza rectangular que por un lado mira al Sixto, y va a colocarse al lado de la habitación en que termina la escalera interior -creo -y que asemeja a un hexaedro bajo puesto en el ángulo septentrional de la terraza. Jerusalén se muestra toda, y sus cercanías con ella: una vista estupenda. Todas las discípulas, o mejor: todas las mujeres, dejan de ocuparse de las mesas para juntarse alrededor de Él. Los criados prosiguen sus trabajos.

María está al lado de su Hijo. Bajo la luz dorada que se filtra a través del gran toldo extendido sobre buena parte de la terraza, y que se hace luz delicadamente esmeraldina en los lugares en que, para llegar a las caras, debe filtrarse a través de un enredo de jazmines y rosales dispuestos como pérgola, Ella parece todavía más joven y esbelta: una hermana de las más jóvenes discípulas, apenas un poco mayor, y hermosa, hermosa como la más espléndida de las rosas florecidas en el jardín pénsil, en los vastos macetones que lo rodean para contener rosas, jazmines, muguetes, lirios y otras plantas finas.

-Madre, mi mujer ha dicho una serie de cosas que… ¿Qué ha pasado para que mi mujer se pueda considerar mutilada y coronada al mismo tiempo? -pregunta Felipe, que se consume en el deseo de saber.

María sonríe dulcemente mientras lo mira y -Ella que es tan poco dada a confidencias -le toma la mano y le dice:
-¿Serías capaz de dar a mi Jesús lo que más amas? La verdad es que deberías… porque Él te da a ti el Cielo y el camino para ir.

-Por supuesto, Madre, que sabría… especialmente si lo que le diera tuviera el poder de hacerlo feliz
-Lo tiene. Felipe, también tu otra hija se consagra al Señor. Nos lo ha dicho hace poco a mí y a su madre, en presencia de muchas discípulas…

-¿Tú? ¿Tú? -pregunta Felipe turbado, señalando con el índice a la gentil muchacha, que se arrima a María casi buscando protección. El apóstol encaja con dificultad este segundo golpe, que le priva para siempre de la esperanza de unos nietos. Se seca el sudor repentino que le ha producido la noticia… vuelve su mirada hacia las caras que tiene alrededor. Lucha… Sufre.
La hija gime:

-Padre… tu perdón… y tu bendición… -y cae a sus pies.
Felipe le acaricia mecánicamente los cabellos castaños, despeja su garganta del nudo que la comprime, y, en fin, habla:

-Se perdona a los hijos que pecan… Tú no pecas consagrándote al Maestro… y… y… y tu pobre padre sólo puede decirte… decirte: "¡Bendita seas!”… ¡Ah! ¡Hija! ¡Hija mía!… ¡Cuán suave y tremenda es la voluntad de Dios!

-Y se inclina, la levanta, la abraza, la besa en la frente y en el pelo, llorando… Y luego, teniéndola todavía entre sus brazos, va hacia Jesús y le dice: «Mira, yo la he engendrado, pero Tú eres su Dios… Tu derecho es mayor que el mío… Gracias… gracias, Señor, por la… por la alegría que… -no puede continuar. Cae de rodillas a los pies de Jesús y se agacha para besarle los pies gimiendo: « ¡Nunca más, nunca más tendré nietos!… ¡Mí sueño!… ¡La sonrisa de mí ancianidad!… Perdona este llanto, Señor… Soy un pobre hombre…».

-Levántate, amigo mío. Y alégrate de ofrecer las primicias a los jardines angélicos. Ven. Ven aquí, entre mí y mi Madre. Oigamos de Ella cómo ha sucedido la cosa, porque te aseguro que por mi parte no tengo ni culpa ni mérito.
María explica:

-Poco sé yo también. Estábamos hablando las mujeres entre nosotras y, como sucede a menudo, me preguntaban acerca de mi voto virginal, y también sobre cómo serán las vírgenes del futuro, y sobre qué oficios y glorias preveía para ellas. Yo respondía como sé… Para el futuro preveía para ellas vida de oración, de consuelo de los sufrimientos que el mundo dará a mi Jesús. Decía. "Serán las vírgenes las que sostendrán a los apóstoles, las que lavarán este mundo ensuciado, y lo vestirán con su pureza y con ella lo perfumarán; serán los ángeles que cantarán las alabanzas para cubrir las blasfemias. Y Jesús se sentirá feliz, y otorgará gracias al mundo, y misericordia a estas corderas diseminadas en medio de lobos…" y otras cosas decía.

Ha sido entonces cuando la hija de Jairo me ha dicho: "Dame un nombre, Madre, para mi futuro de virgen, porque no puedo conceder el que un hombre goce el cuerpo que fue reanimado por Jesús. Sólo de Él es este cuerpo mío, hasta que no sea la carne del sepulcro y el alma del Cielo"; y Analía dijo: "Yo también he sentido que debo hacer lo mismo. Y hoy estoy más alegre que las golondrinas, porque se han roto todas las ataduras". Y ha sido también entonces cuando tu hija, Felipe, ha dicho:

"Yo también seré como vosotras. ¡Virgen para toda la eternidad!". Su madre se acercó entonces y le hizo considerar que así no se podía tomar una decisión tan importante. Pero ella no cambió de parecer. Y a quien le preguntaba si era un pensamiento ya viejo decía "no", y a quien le preguntaba cómo le había venido decía: "No lo sé. Como una flecha de luz, me ha abierto en dos el corazón y he comprendido con qué amor amo a Jesús".

La mujer de Felipe dice a su marido:
-¿Has oído?
-Sí, mujer, la carne gime… y debería cantar, porque es su glorificación. Nuestra carne pesada ha engendrado a dos ángeles. No llores, mujer. Tú has dicho antes que Él te ha coronado… Una reina no llora cuando recibe la corona…
Pero llora también Felipe, "y otros muchos lloran, hombres y mujeres, ahora que todos están recogidos aquí arriba. María de Simón llora a lágrima viva en un rincón… María de Magdala llora en otro, manoseando el lino de su túnica y arrancando mecánicamente los hilos del ribete que la adorna. Anastática llora mientras trata de esconder con la mano su cara llorosa.

-¿Por qué lloráis? -pregunta Jesús.
Ninguno responde.
Jesús llama a Anastática y le pregunta de nuevo, y ella: -Porque, Señor, por un goce nauseabundo de una sola noche he perdido el ser una virgen tuya.

-Todos los estados son buenos, si en ellos se sirve al Señor. En la Iglesia futura harán falta vírgenes y matronas. Todas útiles para el triunfo del Reino de Dios en el mundo y para el trabajo de los hermanos sacerdotes. Elisa de Betsur, ven aquí. Consuela a esta casi niña… -Y pone con sus propias manos a Anastática entre los brazos de Elisa.

Las observa mientras Elisa la acaricia y la otra se abandona en esos brazos de madre, y luego pregunta:
-Elisa, ¿conoces su historia?
-Sí, Señor. Y me da mucha pena de esta pobre paloma sin nido.

-Elisa, ¿amas a esta hermana?
-¿Amarla? Mucho. Pero no como hermana. Ella podría ser hija mía. Y ahora que la tengo entre mis brazos me parece volver a ser la madre feliz del tiempo pasado. ¿A quién vas a confiar esta dulce gacela?
-A ti, Elisa.
-¿A mí?

La mujer desata el círculo de sus brazos para mirar, incrédula, al Señor…
-A ti. ¿No la quieres?
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!…
Elisa, de rodillas, se arrastra hasta Jesús, y no sabe, no sabe qué decir, ni cómo, ni qué hacer, para expresar su alegría.

-Levántate. Sé para ella una madre santa, y que ella sea para ti una hija santa, y caminad las dos por el camino del Señor. María de Lázaro, ¿por qué lloras, tú que estabas hace poco tan alegre? ¿Dónde están esas diez flores que me querías traer?…

-Duermen satisfechos en la limpieza, Maestro… Y yo lloro porque ya jamás tendré esa limpieza de las vírgenes, y mi alma siempre llorará, nunca satisfecha, porque… porque pequé…

-Mi perdón y tu llanto te hacen más limpia que esas flores. Ven aquí. No llores más. Deja el llanto para quien tenga algo de qué avergonzarse. ¡Ánimo! Ve por tus flores; id también vosotras, esposas y vírgenes. Id a decir a los invitados de Dios que suban. Hay que despedirlos antes de que cierren las Puertas, porque muchos de ellos viven diseminados por los campos.

Obedecen. En la terraza se quedan solamente: Jesús, donde estaba, acariciando a María y a Matías; Elisa y Anastática, que, un poco más allá están cogidas de la mano, mirándose a los ojos, con una sonrisa embebida en un llanto dichoso; María de Simón, hacia la cual se inclina piadosamente María Stma.; y Juana, que está en la puerta de la habitación y mira titubeante, un poco hacia dentro un poco hacia fuera (hacia Jesús). Los apóstoles y discípulos han bajado, junto con las mujeres, para ayudar a los criados a traer a los tullidos, ciegos, cojos, lisiados, ancianos, por la larga escalera.

Jesús, que tenía inclinada su cabeza hacia los dos niños, la alza y ve a María que está atendiendo a la madre de Judas. Se levanta y se acerca a ellas. Pone la mano encima de la cabeza entrecana de María de Simón:
-¿Por qué lloras, mujer?

-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Yo he dado a luz a un demonio! ¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!
-María, otra madre, y también por ese motivo tuyo, me ha dicho y dice estas palabras. ¡Pobres madres!…

-¡Mi Señor! ¿Entonces hay otro que sea como mi Judas, pérfido y desalmado contigo? ¡No puede ser! Él, que te tiene a ti, se ha dado a prácticas inmundas; él, que respira tu aliento, es un lujurioso y un ladrón, y quizás se hará homicida. ¡Mentira es su pensamiento, fiebre su vida! ¡Haz que muera, Señor! ¡Por piedad, haz que muera!
María, tu corazón te lo hace ver peor de lo que es; el miedo te enajena. Cálmate y razona. ¿Qué pruebas tienes de su actuación?

-Respecto a ti, nada. Pero es un alud que está descendiendo. Lo he sorprendido y no ha podido ocultar las pruebas de… Ahí está… ¡Calla, por piedad! Me mira. Sospecha. Es mi dolor. ¡No hay ninguna Madre más desdichada que yo en Israel!…
María susurra:

-Yo… Porque a mi dolor uno el de todas las madres infelices… Porque la causa de mi dolor es el odio no de uno sino de todo un mundo.

Jesús va donde Juana, que ha solicitado su presencia. Entretanto, Judas viene donde su madre, a la que María sigue consolando. Y le regaña:

-¿Ya has podido manifestar tus delirios? ¿Calumniarme?
¿Estás contenta ya?
-¡Judas! ¿Hablas así a tu madre? -pregunta, severa, María. Es la primera vez que la veo así…

-Sí, porque estoy cansado de su persecución.

-¡Hijo mío, no es una persecución! Es amor. Dices que estoy enferma. Pero el enfermo eres tú. Dices que te calumnio y que escucho a tus enemigos. Pero tú te haces daño a ti mismo y sigues a personas nefastas que te arrastrarán tras sí, y cultivas su compañía. Porque eres débil, hijo mío, y ellos se han dado cuenta… Escucha a tu madre. Escucha a Ananías, anciano y sabio. ¡Judas! ¡Judas! ¡Piedad de ti, de mí! ¡¡¡Judas!!! ¿A dónde vas, Judas?

Judas, que está cruzando casi corriendo la terraza, se vuelve y grita:

-¡A donde soy útil y venerado! -y baja atropelladamente la escalera, mientras la infeliz madre, asomándose al antepecho, le grita:

-¡No vayas! ¡No vayas! ¡Quieren tu ruina! ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo mío!…

Judas ha llegado abajo, y los árboles lo ocultan a la vista de su madre. Se le vuelve a ver un momento en un espacio vacío antes de entrar en el vestíbulo.
-Va… La soberbia le devora -gime su madre.
-Vamos a orar por él, María. Las dos juntas… -dice la Virgen teniendo cogida de la mano a la triste madre del futuro deicida.

Mientras tanto, empiezan a subir los invitados… y Jesús habla con Juana.

-De acuerdo. Que vengan. Sí. Mucho mejor si se han puesto vestidos hebreos, para no chocar con el prejuicio de muchos. Las espero aquí. Ve a llamarlas -y, apoyado a la jamba, observa el aflujo de los invitados, guiados con amorosidad a las mesas por discípulos y discípulas según un orden ya establecido. En el centro está la mesa baja de los niños; luego, a una parte y a otra, todas las otras mesas, paralelas.

Y, mientras ciegos, cojos, lisiados, tullidos, ancianos, viudas y mendigos, imprimidas en sus rostros sus historias de dolores, se colocan, he aquí que traen -delicados como cestos de flores unos cestos transformados en cunas, e incluso unas pequeñas arquetas, donde duermen satisfechos, colocados encima de almohadones, los lactantes tomados de sus madres mendigas. Y María de Magdala, ya tranquila, se acerca a Jesús presurosa y dice:

-Han llegado las flores. Ven a bendecirlas, Señor.
Pero contemporáneamente aparece Juana por la escalera interior y dice:

-Maestro, están aquí las discípulas paganas.
Son siete mujeres, que vienen con vestidos oscuros y humildes semejantes a los de las hebreas. Todas traen los rostros velados y vienen cubiertas hasta los pies con un manto. Dos son altas y de aspecto majestuoso; las otras, de media estatura. Pero cuando, habiendo venerado antes al Maestro, se quitan el manto, es fácil reconocer a Plautina, a Lidia, a Valeria, a la liberta Flavia (la que escribió las palabras de Jesús en el jardín de Lázaro). Y otras tres desconocidas: una que, a pesar de tener mirada acostumbrada a mandar, se arrodilla y le dice al Señor: «Y que conmigo se postre Roma a tus pies»; otra es una venusta matrona de unos cincuenta años; en fin, una jovencita grácil y serena como una flor del campo.

María de Magdala reconoce a las romanas, a pesar de sus vestidos hebreos, y susurra: «¡¡¡Claudia!!!», con los ojos como platos. «Yo. ¡Basta ya de oír por palabras ajenas! La Verdad y la Sabiduría deben ser recogidas directamente de la fuente».

-¿Crees que nos reconocerán? -pregunta Valeria a María de Magdala.

-Si no os descubrís nombrándoos, creo que no. Además, os voy a poner en un sitio seguro.

-No, María. A las mesas, a servir a los mendigos. Ninguno podrá pensar que las patricias sean siervas de los pobres, de los ínfimos del mundo hebraico -dice Jesús.
-Bien sentencias, Maestro. Porque la soberbia es innata en nosotros.

-Y la humildad es el signo más claro de mi doctrina. Quien me quiera seguir debe amar la Verdad, la Pureza y la Humildad, debe tener caridad con todos y heroísmo para desafiar la opinión de los hombres y las presiones de los tiranos. Vamos.

-Perdona, Rabí. Esta jovencita es una esclava hija de esclavos. La he rescatado porque es de origen israelita y Plautina la tiene consigo. Pero yo te la ofrezco, porque pienso que es lo correcto. Su nombre es Egla. Te pertenece.

-María, acógela. Luego veremos cómo… Gracias, mujer.
Jesús va a la terraza a bendecir a los niños. Las damas despiertan mucha curiosidad, pero vestidas y peinadas así a la hebrea, con túnicas casi pobres, no levantan sospechas. Jesús va al centro de la terraza, junto a la mesa de los niños, y ora, ofreciendo por todos el alimento al Señor, bendice y da la orden de empezar la comida.

Apóstoles, discípulos, discípulas, damas, son los siervos de los pobres, y Jesús da ejemplo remangándose las amplias mangas de la túnica roja y ocupándose de "sus" niños, ayudado por Miriam de Jairo y por Juan. Las bocas de muchos desnutridos trabajan egregiamente, pero todos los ojos se centran en el Señor. Cae la tarde y se recoge el toldo; contemporáneamente, los criados traen lámparas que todavía son innecesarias.

Jesús circula entre las mesas. No deja a ninguno sin el consuelo de unas palabras o de una ayuda. Así, pasa varias veces casi rozando a las regias Claudia y Plautina, que, humildes, cortan el pan o acercan el vino a los labios de los ciegos, paralíticos y mancos; sonríe a las vírgenes, que se ocupan de las mujeres; a las madres discípulas llenas de piedad para con estos pobrecillos; a María de Magdala, dedicada solícitamente a una mesa de personas muy ancianas, la mesa más triste de todas, llena de toses, de temblores, de mandíbulas desdentadas que mascujan y de bocas que babean; y ayuda a Mateo que da unos zarandeos a un niñito al que se le ha atravesado una miga de torta que estaba chupando y mordiendo con sus dientecitos nuevos; felicita a Cusa, quien, llegado al principio de la comida, está trinchando las carnes y sirviendo como un criado experto.

La comida termina. En las caras con color, en los ojos ahora más alegres, se manifiesta la satisfacción de estos pobrecillos.

Jesús se inclina hacia un anciano tembloroso y dice:
-¿En qué piensas, padre, que sonríes?
-Pienso que no es un sueño. No, no lo es. Hasta hace poco creía dormir y estar soñando. Pero ahora siento que realmente es verdad. ¿Pero quién te hace tan bueno, que haces tan buenos a tus discípulos? ¡Viva Jesús! -grita para terminar.

Y todas las voces de estos desdichados -y son centenares gritan: «¡Viva Jesús!».

Jesús va de nuevo al centro y abre los brazos haciendo señal de que guarden silencio y estén quietos, y empieza a hablar, sentado con un niñito encima de sus rodillas.

-Viva, sí, viva Jesús. No porque Yo sea Jesús, sino porque Jesús quiere decir el amor de Dios hecho carne y venido aquí abajo, en medio de los hombres, para que lo conozcan y para dar a conocer el amor, que será el signo de la nueva era. Viva Jesús porque Jesús quiere decir

"Salvador". Y Yo os salvo. A todos: ricos y pobres, niños y ancianos, israelitas y paganos. A todos. Con tal de que vosotros queráis darme la voluntad de ser salvados. Jesús es para todos, no es para éste o para aquél, es de todos; de todos los hombres y para todos los hombres. Para todos soy el Amor misericordioso y la Salvación segura. ¿Qué es necesario hacer para ser de Jesús, y, por tanto, para ser salvados? Pocas cosas, pero grandes. No grandes porque sean cosas difíciles como las que hacen los reyes, sino grandes porque exigen que el hombre se renueve para llevarlas a cabo y para ser de Jesús. Por tanto, amor, humildad, fe, resignación, compasión. Esto es. Vosotros, que sois discípulos, ¿qué habéis hecho hoy de grande?

Diréis: "Nada. Hemos servido una comida". No. Habéis servido el amor. Os habéis humillado. Habéis tratado como hermanos a desconocidos de todas las razas, sin preguntar quiénes son, si están sanos, si son buenos. Y lo habéis hecho en nombre del Señor. Quizás esperabais de mí grandes palabras, para vuestra instrucción. He querido que hicierais grandes hechos. Hemos empezado el día con la oración, hemos socorrido a leprosos y mendigos, hemos adorado al Altísimo en su Casa, hemos comenzado los ágapes fraternos y el cuidado de peregrinos y pobres, hemos servido porque servir por amor es asemejarse a mí, que soy Siervo de los siervos de Dios, Siervo hasta el anonadamiento de la muerte para daros salvación…

(Y Yo os salvo. A todos: …Con tal de que vosotros queráis darme la voluntad de ser salvados. Este concepto, que aparece repetidamente en la Obra, sirve para justificar ciertas expresiones de impotencia por parte de Jesús. Incluso cuando no está cuestionada la salvación Jesús puede no ejercitar la propia omnipotencia divina si falta la adhesión de la libre voluntad del hombre)

Un fuerte rumor de voces y pasos interrumpe a Jesús. Un grupo exaltado de israelitas está subiendo apresuradamente las escaleras. Las romanas más conocidas, o sea, Plautina, Claudia, Valeria y Lidia, buscan un lugar retirado y se echan el velo. El grupo perturbador irrumpe en la terraza como si buscaran.., ¡qué sé yo que cosa! Cusa, ofendido, se pone delante de ellos y pregunta:

-¿Qué queréis?

-Nada que se refiera a ti. Buscamos a Jesús de Nazaret, no a ti.

-Aquí estoy. ¿No me veis? -pregunta Jesús dejando en el suelo al niño e irguiéndose majestuoso.

-¿Qué haces aquí?

-Ya lo veis. Hago lo que enseño, y enseño lo que se debe hacer: el amor a los pobres. ¿Qué os habían dicho?
-Se han oído gritos de sedición. Y, dado que donde Tú estás hay sedición, hemos venido a ver.

-Donde Yo estoy hay paz. El grito era: "Viva Jesús"».
-Precisamente eso. Se ha pensado, tanto en el Templo como en el palacio de Herodes, que aquí hubiera una conjura contra…

-¿Quién? ¿Contra quién? ¿Quién es rey en Israel? No es el Templo, ni Herodes. Domina Roma. Y quien piense en proclamarse rey donde Roma impera es un loco.

-Tú dices que eres rey.
-Soy Rey. Pero no de este reino. ¡Demasiado mísero para mí! Demasiado mísero es también el imperio. Soy Rey del Reino santo de los Cielos, del Reino del Amor y del Espíritu. Idos en paz, o quedaos, si queréis, y aprended cómo se entra en este Reino mío. Estos son mis súbditos: los pobres, los infelices, los oprimidos; y también los buenos, los humildes, los caritativos. Quedaos, uníos a ellos.

-Pero siempre estás en banquetes en casas lujosas, entre mujeres guapas y…

-¡Basta! No se provoca ni se ofende al Rabí en mi casa.

¡Salid! -grita Cusa con voz de trueno.

Pero en esto, de la escalera interna, sale al improviso a la terraza una figurita esbelta de joven velada. Corre ligera, como una mariposa, hasta Jesús, y arroja velo y manto; cae a sus pies y trata de besárselos.

-¡Salomé! -grita Cusa, y con él otros.

Jesús se ha retirado tan violentamente, para huir del contacto, que su asiento se vuelca y Él aprovecha para ponerlo entre sí y Salomé como separación. Sus ojos están fosforescentes, son terribles: tanto que dan miedo.

Salomé, frívola y descarada, zalamera al máximo, dice:

-Sí, yo. La aclamación ha llegado al Palacio. Herodes envía una embajada para decirte que desea verte. Pero la he precedido. Ven conmigo, Señor. ¡Yo te amo mucho y te deseo mucho! Yo también soy carne de Israel.

-Márchate a tu casa.

-La Corte te espera para tributarte honor.
-Mi Corte es ésta. No conozco otra Corte, ni otros honores -y con la mano señala a los pobres que están sentados a las mesas.

-Te traigo presentes para ella. Aquí tienes mis joyas.
-No las quiero.
-¿Por qué las rechazas?

-Porque son inmundas y se ofrecen con inmunda finalidad.

¡Vete!

Salomé se levanta confundida. Mira de refilón al Terrible, al Purísimo que la fulmina con su brazo extendido y su mirada de fuego. Mira furtivamente a todos, y ve burla y náusea en las caras. Los fariseos están petrificados observando la fuerte escena. Las romanas se aventuran a acercarse para ver mejor.

Salomé intenta una última prueba:
-Tratas incluso con los leprosos… -dice en tono sumiso y
suplicante.

-Son personas enfermas. Tú eres una impúdica. ¡Vete!

El último « ¡vete!» es tan imperioso que Salomé recoge velo y manto, y, agachada, se arrastra hacia las escaleras.

-¡Ten cuidado, Señor!… Tiene poder… ¡Podría perjudicarte! -susurra Cusa en voz baja.

Pero Jesús responde con voz fortísima, para que todos puedan oír, sobre todo la expulsada.

-No importa. Prefiero que me maten antes que aliarme con el vicio. Sudor de mujer lasciva y oro de meretriz son venenos de infierno. Las alianzas viles con los poderosos son pecado. Yo soy Verdad, Pureza y Redención. Y no cambio. Ve. Acompáñala…

-Castigaré a los criados que la han dejado pasar.
-No castigarás a nadie. Sólo una debe ser castigada. Ella.

Y ya lo es. Y que sepa, y sepáis vosotros, que conozco su pensamiento, y me repele. Que vuelva la serpiente a su guarida, que el Cordero vuelve a sus jardines.

Se sienta. Suda. Guarda silencio. Luego dice: -Juana, da a cada uno el óbolo, para que durante algunos días sea menos triste la vida… ¿Qué más debo hacer con vosotros, hijos del dolor? ¿Qué queréis, que os pueda dar? Leo en los corazones.

¡A los enfermos que saben creer, paz y salud!

Un instante de pausa y luego un grito… y son muchísimos los que se alzan curados. Los judíos, que habían venido con ánimo de pillar a Jesús en renuncio, se marchan atónitos por el milagro y la pureza de Jesús, y desapercibidos en medio del delirio general de aclamaciones.

Jesús sonríe mientras besa a los niños. Luego despide a los invitados. Pero detiene un momento a las viudas y habla con Juana en favor de ellas. Juana toma nota y las invita para el día siguiente; luego se marchan también ellas. Los últimos en salir son los ancianos…
Se quedan los apóstoles, los discípulos, las discípulas y las romanas. Jesús dice:

-Así es y debe ser la unión futura. No hay palabras. Que sean los hechos los que hablen con su evidencia a los espíritus y a las mentes. La paz sea con vosotros.
Se dirige hacia la escalera interior y desaparece seguido por Juana y luego por los demás.

Al pie de la escalera se topa con Judas:

-¡Maestro, no vayas a Getsemaní! Hay enemigos que te buscan allí. Y tú, madre, ¿qué dices ahora?, tú que me acusas. Si no hubiera ido, no me habría enterado de la asechanza que tienden al Maestro. ¡A otra casa! ¡Vamos a otra asa!

-A la nuestra, entonces. En casa de Lázaro sólo entran los que son amigos de Dios -dice María de Magdala.

-Sí. Los que ayer estaban en Getsemaní que vengan con las hermanas a la residencia de Lázaro. Mañana tomaremos una serie de medidas.

369- El jueves prepascual. Parábola de la lepra de las casas

Y en el camino de regreso hacia la casa de Juana, estando un poco aislados en medio de la gente que se aglomera en los caminos y que separa a unos de otros a los componentes de la nutrida comitiva que sigue a Jesús, Pedro, que va con el Maestro y con los dos hijos de Alfeo, pregunta:

-Ahora que podemos hablar un poco entre nosotros, Señor, ¿me dices una cosa que estoy pensando desde ayer por la noche? -Sí, Simón. Dime de qué se trata y te responderé.

-Ya desde ayer por la noche pienso en la gracia especial que concedes a Juan en Antigonio. Es muy grande esa gracia, ¿eh? Es una cosa única. ¡Exclusivamente para él! Y la verdad es que Síntica también merece mucho… Y, en fin, hay mucha gente magnífica que… merecería verte… y que no te ve sino cuando está a tu lado. Nosotros, por ejemplo, ¡qué consolados nos habríamos sentido cuando nos has mandado por los caminos! Y hemos atravesado momentos en que una palabra tuya nos habría sacado de la incertidumbre… Pero a nosotros no vienes nunca… ¿Por qué esta diferencia?

-Concluyendo, ¿tú, Simón mío, estás un poco celoso?…
-¡No, hombre, no! Pero… Bueno… querría saber tres cosas: ¿por qué a Juan de Endor?; si sólo a él; y si no existe la posibilidad de que un día nos suceda también a nosotros, a mí, por ejemplo, que te vea milagrosamente y sepa de tu boca cómo actuar.

-Te respondo. A Juan porque es un espíritu lleno de buena voluntad, que, no obstante, tiene debilidades, más bien de tipo físico, que podrían derrumbar el edificio de su elevación a Dios, que él ha construido. ¿Ves, amigo mío?

El pasado, habiendo estado mucho tiempo sobre nosotros como una costra profundamente radicada, no sólo ha incidido signos indelebles, sino que deja indelebles tendencias en todos los hombres. Mira, por ejemplo, aquella casucha construida al pie del monte. Las aguas del suelo, las que corren monte abajo durante las lluvias, se han filtrado lentamente en ella. Ahora hay sol caliente, y lo habrá durante meses. Pero el moho que ha penetrado en la argamasa estará siempre presente cual manchas de lepra.

La casa ha sido abandonada por haber sido declarada leprosa. En otros tiempos menos irrespetuosos la casa habría sido demolida, según la Ley. ¿Porque le ha acaecido este desastre a la pobre casa? Porque los propietarios no se han preocupado de disponer zanjas alrededor para no permitir que las aguas se estancaran en la base, para desviar, lejos del lado que apoya en el monte, las aguas que bajan. Ahora la casa no sólo es fea, sino que está minada por la humedad. Si un hombre voluntarioso se preocupara de hacer esos trabajos, y luego la limpiara bien, y raspara las paredes y cambiara los adobes enmohecidos por otros nuevos; podría ser usada todavía.

Pero, de todas formas, presentaría unas debilidades tales, que en un terremoto sería la primera en derrumbarse. Juan ha estado, durante años, penetrado de los venenos del mal del mundo. Ha puesto los medios, con su voluntad, para desterrarlos de su alma revivida. Pero en la base escondida en la carne, en la parte inferior, han quedado debilidades… El espíritu está fuerte, pero su carne es débil; y la carne se desata incluso en tempestades, cuando sus fómites se juntan con elementos del mundo, capaces de zarandear el yo. ¡Juan!… ¡Qué remoción de partículas del pasado por cuanto ha sucedido! Yo le ayudo en la resistencia, en la depuración, en la victoria sobre el pasado que tiende a resurgir; doy consuelo a su excesivo sufrimiento en la manera que puedo. Porque lo merece.

Porque es justo ayudar a una voluntad santa que sufre el asalto de toda la iniquidad del mundo. ¿Te convences?
-Sí, Maestro. ¿Y… sólo te muestras a él?
Jesús sonríe mirando a Pedro, que a su vez lo mira desde abajo y parece un niño observando la cara de su padre. Responde:

-No sólo a él. También a otros que están lejos construyéndose su santidad, fatigosamente y solos.
-¿Quiénes son?
-No es necesario saberlo.
Santiago de Alfeo pregunta:
-¿Y a nosotros, por ejemplo, cuando estemos solos y -¡a saber cuánto! -atormentados por el mundo?… ¿no nos vas a ayudar con tu presencia?

-Tendréis al Paráclito con sus luces.
.De acuerdo… Pero yo… no lo conozco… y… creo que no lograré jamás comprenderlo. Tú… es otra cosa… Diré: "¡Oh, el Maestro!" y te preguntaré lo que hay que hacer, con la seguridad de que eres Tú…» dice Pedro. Y termina:

« ¡El Paráclito! ¡Demasiado excelso para este pobre pescador! ¡Quién sabe lo difícil que habla y lo… ligero que es: un soplo que pasa…! No sé si alguno se dará cuenta siquiera… Yo necesito un buen meneo, un grito, para que mi cocota se despierte y pueda entender. ¡Pero, si te me apareces Tú, te veo, y entonces!… Prométeme, o mejor a todos, prométenos que te nos vas a aparecer también a nosotros. ¡Pero así, ¿eh?! De carne y sangre.

Que se te vea bien y se te oiga mejor.
-¿Y si lo hiciera para regañar?
-¡No importa! Al menos -¿verdad, vosotros dos? -, al menos sabríamos lo que tendríamos que hacer.
Los dos hijos de Alfeo asienten.

-Pues os lo prometo. A pesar de que -creedlo -el Paráclito sabrá hacer que vuestras almas lo entiendan. Pero iré Yo a deciros: "Santiago, haz esto o aquello. Simón Pedro, no está bien que hagas esa otra cosa. Judas, fortalécete para estar preparado para esto o para aquello".

-Muy bien. Ahora estoy más tranquilo. ¡Y ven a menudo, ¿eh?! Porque yo estaré como un pobre niño desamparado que no hará sino que llorar y… hacer cosas no buenas…
Y casi casi Pedro ya se echa a llorar desde ahora…
Judas Tadeo pregunta:

-¿No podrías hacerlo para todos desde ahora? Quiero decir: para los que dudan, para los culpables, los desleales. Quizás un milagro…

-No, hermano. El milagro hace mucho bien, especialmente el milagro de ese tipo, cuando se da a tiempo y en el lugar oportuno, a personas no maliciosamente culpables. Dado a personas maliciosamente culpables, aumenta su culpabilidad porque aumenta su soberbia. Toman el don de Dios como debilidad de Dios, que les suplicaría a ellos, a los orgullosos, permitir amarlos. Toman el don de Dios como producto de sus grandes méritos. Se dicen a sí mismos:

"Dios se humilla conmigo porque soy santo". Entonces es la ruina completa. La ruina, por ejemplo, de un Marcos de Josías, y con él de otros… ¡Ay de aquel que entra por este camino satánico!: el don de Dios se transforma en él en veneno de Satanás. Ser agraciado con dones extraordinarios constituye la prueba más grande y segura del grado de elevación y de voluntad santa en un hombre. Muy frecuentemente, el hombre se embriaga de ello humanamente, y de espiritual, pasa a ser todo humanidad, y luego baja y se hace satanicidad.

-¿Y entonces por qué los concede Dios? ¡Sería mejor que no los concediera!
-Simón de Jonás, ¿para enseñarte a andar tu madre te tuvo siempre entre pañales y en brazos?

-No. Me ponía en el suelo, y me soltaba.
-¡Pero te caerías, ¿no?!
-¡Una infinidad de veces! Bueno y mucho más porque yo era muy… Bueno, que ya desde pequeño tenía pretensiones de actuar por mí mismo y de hacer todo bien.

-¡Pero ahora ya no te caes!

-¡Estaría bueno! Ahora sé que subirme al respaldo de una silla es peligroso, sé que pretender usar los desagües para bajar del tejado al patio es un error, sé que querer volar desde la higuera hasta dentro de la casa, como si fuéramos pájaros, es cosa de locos. Pero de pequeño no lo sabía. Y lo que es un misterio es que no me matara. Pero poco a poco fui aprendiendo a usar bien las piernas y la cabeza.

-Entonces Dios ha hecho bien dándote piernas y cabeza; y tu madre, dejándote aprender sufriendo en ti las consecuencias, ¿no?

-¡Claro está!
-Lo mismo hace Dios con las almas. Les da los dones y, como una madre, advierte y enseña. Pero luego cada uno debe razonar por sí mismo sobre cómo usarlos.

-¿Y si es un deficiente mental?
-Dios no da los dones a los deficientes mentales. A éstos los ama, porque son infelices, pero no les da aquello de cuya posesión no tendrían conciencia.

-¡Pero si se los diera y los usaran mal?
-Dios los trataría según su realidad, es decir, como a personas incapaces y por tanto, sin responsabilidad. No los juzgaría.
-¿Y si uno es inteligente cuando los recibe y luego se vuelve necio o loco?

-Si es por enfermedad, no es culpable de no usar el don recibido.
-¿Pero… uno de nosotros, por ejemplo? ¿Josías… o… ¡bueno… u otro!?
-¡Más le valdría no haber nacido! Pero así se separan los buenos los malos… Operación dolorosa, pero justa.
-¿Qué decís de bueno? ¿Nada para nosotros? -preguntan otros apóstoles que, dada la anchura de la calle, pueden reunirse con Jesús.

-Hablábamos de muchas cosas. Jesús me ha dicho una parábola sobre la lepra de las casas. Luego os la digo yo ­responde Pedro.

-¡De todas formas, qué supersticiones, ¿eh?! Dignas de aquellos tiempos. Las paredes no cogen lepra. Los antiguos, ignorantes, aplicaban a vestidos y a paredes propiedades animales. Cosas ridículas que nos hacen ridículos -dice con aires de sabio Judas Iscariote. -No son como dices, Judas. Bajo la apariencia -que era como era necesaria para las mentes de aquel tiempo -hay una finalidad grande formada de santas previsiones. Como muchos otros preceptos del viejo Israel. Preceptos orientados a la salud del pueblo.

Conservar sano a un pueblo es deber de los legisladores, es honrar a Dios y servirle, porque el pueblo está constituido por criaturas de Dios. No se le debe desatender, de la misma forma que no se desatiende ni a los animales ni a las plantas. Las casas definidas leprosas no tienen, es verdad, la enfermedad carnal de la lepra. Pero tienen defectos de construcción y de ubicación que las hacen malsanas y que se manifiestan con las manchas definidas "lepra de las paredes". Con el paso del tiempo se hacen no sólo malsanas para el hombre, sino peligrosas porque están expuestas a un fácil derrumbamiento. Por eso bien prescribe la Ley, y ordena abandonarlas y reconstruirlas, e incluso destruirlas si, una vez reconstruidas, vuelven a aparecer enfermas.

-¡Hombre, pero un poco de humedad, qué va a hacer? Se seca con braseros.

-Y la humedad no aparece externamente, y el engaño aumenta. La humedad aumenta por dentro, y mina, y un buen día se derrumba la casa y sepulta a sus habitantes. ¡Judas, Judas! ¡Mejor tener excesiva vigilancia que ser imprudentes!

-Yo no soy una casa.
-Eres la casa de tu alma. No dejes que en la casa se filtre el mal y corroa… Vigila por la incolumidad de tu alma. Vigilad todos.

-Vigilaré, Maestro. Pero, dime la verdad, ¿estás impresionado por las palabras de mi madre? Esta mujer está enferma. Ve fantasmas. Tengo que llevarla al médico. Cúramela Tú, Maestro.

-La consolaré. Pero tú eres el único que puedes curarla, calmando su congoja.

-Congoja sin fundamento. Créeme, Señor.
-Mejor así, Judas. Mejor así. Pero tú, con una conducta cada vez más justa, trata de anular esa congoja. Si ha surgido, habrá habido un motivo. Anula incluso el recuerdo de ese motivo, y tu madre y Yo te bendeciremos.
-¡Maestro, temías que me pusiera de acuerdo con Marcos de Josías?

-No temo nada.
-¡Ah! ¡Bien! Porque yo trataba de convencerlo. Creo que era mi deber. ¡Ninguno lo hace! ¡Yo tengo celo por las almas!
-Ten cuidado de que no te ocurra un mal -dice Pedro bondadosamente.
-¿Qué quieres decir? -dice Judas agresivo.
-Nada más que esto: que para tocar algo que quema hay que coger algo que aísle.
-¿Qué, en nuestro caso?
-¿Qué? Una gran santidad.

-¿Y yo no la tengo, no es verdad?
-Ni tú, ni yo, ni ninguno de nosotros. Por eso… podríamos quemarnos y quedar marcados.
-¿Y entonces quién se va a ocupar de las almas?

-Por ahora el Maestro. Después, cuando, según la promesa, tengamos los medios para poderlo hacer, nosotros.
-Pero yo quiero actuar antes. Nunca se trabaja demasiado pronto para el Señor.

-Creo que lo que dices está bien, pero también creo que el primer trabajo para el Señor lo tenemos que hacer en nosotros. ¿Ir a predicar santidad a los otros antes que a nosotros mismos?…

-Eres egoísta.
-En absoluto.
-Sí.
-No.

Empieza la discusión. Interviene Jesús:

-Pedro tiene razón en buena parte. Tú también tienes un poco de razón. Porque la predicación se debe apoyar sobre los hechos. Por eso santificarse para poder decir: "Haced lo que digo porque es justo". Y esto apoya lo que dice Pedro.

Pero también el trabajar en los espíritus de los demás sirve para formar los propios, porque nos obliga a mejorarnos para no ser objeto de observaciones por parte de los que se hayan de convertir. Pero ya hemos llegado a la casa de Juana…

Vamos a entrar a gozar del amor de contarnos entre los obreros del Señor; y a predicar, con los hechos, el tiempo futuro.

368- El jueves prepascual.En Jerusalén y en el Templo

No veo la distribución de comida a los leprosos de Hinnon, de los cuales sólo oigo hablar. No creo que se hayan producido milagros entre ellos, porque Simón Pedro dice:

-La soledad atroz no les ha dado la gracia de creer y saber dónde está la Salud.

Después la ciudad los recibe por la Puerta que introduce en el bullicioso y poblado barrio de Ofel.

Después de algunos metros, por la puerta entreabierta de una casa, aparece al improviso, jubilosa, Analía, que hace un acto de veneración al Maestro mientras dice:
-Tengo permiso de mi madre para estar hasta la noche contigo, Señor.

-¿No se sentirá molesto Samuel?
-Ya no existe Samuel en mi vida, Señor. Y gracias sean dadas al Altísimo. Solamente me conceda que no te deje a ti, mi Dios, como me ha dejado a mí.

La boca juvenil sonríe heroicamente, mientras un brillo de llanto resplandece en sus ojos castos.

Jesús la mira fijamente y, por toda respuesta, le dice:
-Únete a las discípulas -y reanuda el camino.

Pero la anciana madre de Analía, más anciana por los dolores que por la edad, se acerca a su vez, muy inclinada en un saludo devotísimo y rendido, y dice:

-La paz a ti, Maestro. ¿Cuándo podría hablar contigo? ¡Estoy muy acongojada!…
-Enseguida, mujer.

Y, volviéndose a los que están con Él, ordena:
-Quedaos aquí fuera. Voy a entrar un momento en esta casa -y hace ademán de seguir a la mujer.

Pero Analía, desde el grupo de las mujeres, reclama su atención, con una sola palabra: « ¡Maestro!», ¡pero cuánto hay en esa palabra! Y junta las manos al decirla, como si suplicara…

-No temas. Ten paz. Tu causa está en mis manos, y también tu secreto -la tranquiliza Jesús. Y luego, raudo, entra por la puerta entreabierta.

Fuera se hacen comentarios sobre este hecho, y curiosidades masculinas y femeninas compiten para saber… saber… saber… Dentro se escucha y se llora. Jesús escucha. Apoyado de espaldas contra la puerta, que ha cerrado tras sí en cuanto ha entrado, con los brazos recogidos sobre el pecho, escucha a la madre de la muchacha, que le habla de la volubilidad del novio, el cual habría aprovechado un pretexto para liberarse completamente del vínculo…

-De forma que Analía es como una repudiada, y nunca más se casará, porque ha declarado que Tú no apruebas a quien después del repudio vuelve a casarse. Pero no es así. ¡Ella es célibe todavía! No se vende a otro hombre, porque de ningún hombre ha sido. Y él es culpable de crueldad. Y más. Porque le han venido ganas de otras bodas; pero es mi hija la que va a aparecer como culpable, y el mundo la escarnecerá. Haz algo, Señor, porque es por ti por quien sucede esto.

-¿Por mí, mujer? ¿En qué he pecado?
-¡No, Tú no has pecado! Pero él dice que Analía te ama. Y finge estar celoso. Ayer noche ha venido. Ella había ido a verte. Se enfureció y juró que ya no la querría por esposa. Analía, que llegó en ese momento, le respondió:

"Haces bien. Lo único que siento es que vistas la verdad de mentira o de calumnia. Sabes que a Jesús se le ama sólo con el alma. Pero es precisamente tu alma la que se ha corrompido y deja la Luz por la carne, mientras que yo dejo la carne por la Luz. No podríamos ser ya un solo pensamiento, como dos esposos deben ser. Ve, pues, y que Dios te ampare". Ni una lágrima, ¿comprendes? ¡Nada que tocara el corazón del hombre! ¡Mis esperanzas defraudadas! Ella… ciertamente por superficialidad, causa su ruina.

Llámala, Señor. Habla con ella. Doblégala a la razón. Busca a Samuel. Está en casa de Abraham su pariente, en la tercera casa después de la Fuente de la higuera. ¡Ayúdame! Pero primero habla enseguida con ella…

-Hablar, hablaré. Pero deberías dar gracias a Dios, que rompe un vínculo humano que está claro que no prometía mucho. Ese hombre es voluble e injusto para con Dios y para con su novia…

-Sí, pero es atroz que el mundo la crea culpable, y que te crea culpable a ti, por el simple hecho de que sea discípula tuya.

-El mundo acusa y luego olvida. El Cielo, por el contrario, es eterno. Tu hija será una flor del Cielo.
-¿Entonces por qué has permitido que viviera? Habría sido una flor sin sufrir la lapidación de las calumnias. Tú que eres Dios llámala, hazla razonar, y luego haz razonar a Samuel…

-Recuerda, mujer, que ni siquiera Dios puede avasallar la voluntad y libertad del hombre. Ellos, Samuel y tu hija, tienen derecho a seguir lo que sienten que es bueno para ellos. Especialmente Analía tiene derecho…

-¿Por qué?
-Porque Dios la ama más que a Samuel. Porque ella da a Dios más amor que Samuel. ¡Tu hija es de Dios!
-No. En Israel no es así. La mujer debe casarse… Es mía la hija… Sus esponsales me prometían paz para el futuro…

-Tu hija estaría en el sepulcro desde hace un año, si Yo no hubiera actuado. ¿Quién soy Yo para ti?
-El Maestro y Dios.

-Y como Dios y Maestro digo que el Altísimo tiene más derecho que nadie sobre sus hijos, y que mucho va a cambiar en la Religión, y de ahora en adelante podrán las vírgenes ser vírgenes eternamente por amor a Dios. No llores, madre. Deja tu casa y ven con nosotros, hoy. ¡Ven! Ahí afuera está mi Madre y otras madres heroicas que han dado sus hijos al Señor. Únete a ellas…

-Habla con Analía… ¡Inténtalo, Señor! -gime la mujer entre sollozos.
-De acuerdo. Haré como quieres -dice Jesús. Y, abierta la puerta, llama: «Madre, ven con Analía».
Las dos requeridas van presurosas. Entran.

-Muchacha, tu madre quiere que te diga que lo pienses más. Quiere que hable con Samuel. ¿Qué debo hacer? ¿Qué respuesta me das?

-Habla con Samuel si quieres. Es más, te suplico que lo hagas. Pero sólo porque querría que se hiciera justo oyéndote. Respecto a mí, ya sabes; te ruego que le des a mi madre la respuesta más verdadera.
-¿Has oído, mujer?

-¿Cuál es la respuesta? -pregunta con voz quebrada la anciana, la cual al principio de las palabras de su hija creía que ésta se hubiera vuelto atrás y luego ha comprendido que no es así.

-La respuesta es que desde hace un año tu hija es de Dios, y el voto es perenne mientras dura la vida.
-¡Pobre de mí! ¿Qué madre hay más infeliz que yo?
María suelta la mano de la joven para abrazar a la mujer y decirle dulcemente:

-No peques con tu pensamiento y con tu lengua. Dar a Dios un hijo no es una desdicha; antes al contrario, es una gran gloria. Un día me dijiste que tu dolor era el haber tenido sólo una hija, porque querrías haber tenido el varón consagrado al Señor. Tú tienes no un varón sino un ángel, un ángel que precederá al Salvador en su triunfo.

¿Y te vas a considerar infeliz? Mi madre, habiéndome concebido en tarda edad, espontáneamente me consagró al Señor desde el primer latido mío que oyó en su seno. Y me tuvo sólo tres años. Y yo tampoco la tuve, sino en mi corazón. Pues bien, su paz al morir fue el haberme dado a Dios… ¡Ánimo, ven al Templo a cantar las alabanzas a Aquel que tanto te ama que ha elegido a tu hija como esposa! Ten una verdadera sabiduría en tu corazón. Verdadera sabiduría es no poner límites a la propia generosidad hacia el Señor.

La mujer ha dejado de llorar. Escucha… Luego se decide. Toma el manto y se envuelve en él. Y al pasar por delante de la hija suspira:
-Primero la enfermedad, luego el Señor… ¡Se ve que no debía tenerte!…

-No, mamá. No digas eso. Nunca me has tenido tanto como ahora. Tú y Dios. Dios y tú. Sólo vosotros, hasta la muerte… -y la abraza dulcemente y le pide: «¡Una bendición, madre! Una bendición… porque he sufrido por tener que hacerte sufrir. Pero Dios me quería así…».
Se besan llorando. Luego salen, precedidas por Jesús y María, y cierran la casa; luego se ponen detrás del grupo de las discípulas…

-¿Por qué entramos por aquí, Señor? ¿No era mejor entrar por la otra parte? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Porque, pasando por aquí, pasamos por delante de la Antonia.

-Y esperas… ¡Ten cuidado, Maestro!… El Sanedrín te espía -dice Tomás.
-¿Cómo lo sabes? -le pregunta Bartolomé.

-Basta reflexionar en el interés de los fariseos para comprender. ¡Me decís que con mil disculpas vienen continuamente a observar lo que hacemos!… ¿Con qué finalidad, si no es buscando de qué acusar al Maestro?
-Tienes razón. Entonces es mejor no pasar por delante de la Antonia, Maestro. Si los romanos no te ven, pues mejor.
-Y en esta razón está contenido más el asco por ellos que la solicitud por mí, ¿no es verdad, Bartolmái? ¡Qué sabio serías si quitaras de tu corazón estas miserias! -responde Jesús, que sigue de todas formas por su camino sin escuchar a nadie.

Para ir a la Antonia tienen que pasar por el Sixto, donde están el palacio de Juana y el de Herodes, poco separados el uno del otro. Jonatán está en la puerta del palacio de Cusa. En cuanto ve a Jesús, da la voz a los de la casa. Sale inmediatamente Cusa y hace una reverencia. Le sigue Juana, ya preparada para unirse al grupo de las discípulas.
Cusa habla:

-He oído que hoy estarás donde Juana. Concede a tu siervo tenerte como invitado en un banquete.
-Sí. Con tal de que me concedas que haga de él un banquete de caridad para los pobres y los infelices.
-Como te parezca, Señor. Ordena y haré lo que Tú quieras.
-Gracias. La paz sea contigo, Cusa.
Juana pregunta:

-¿Tienes órdenes para Jonatán? Está a tu disposición.
-Las daré cuando vuelva del Templo. Vamos, porque nos esperan.

Pasan poco después junto al bonito y cruel palacio de Herodes (cerrado como si estuviera deshabitado). Pasan junto a la Antonia. Los soldados observan el pequeño cortejo del Nazareno.

Entran en el Templo. Mientras las mujeres se detienen en la parte inferior, los hombres prosiguen por el lugar concedido a ellos. Llegan así al sitio donde se presenta a los niños y se purifican las mujeres. Un pequeño grupito de gente acompaña a una joven madre y se detiene para cumplir las ceremonias del rito.

-¡Un pequeñuelo consagrado al Señor, Maestro! -dice Andrés, que observa la escena.

-Es, si no me equivoco, la mujer de Cesárea de Filipo, la del castillo. Pasó por delante de mí mientras te esperábamos en la Puerta Dorada -dice Santiago de Alfeo.
-Sí. Está también la suegra y el administrador de Felipe. No nos han visto. Pero nosotros los hemos visto a ellos -añade Judas Tadeo.

Y Mateo añade:

-Y nosotros dos hemos visto a María de Simón con un anciano. Pero Judas no estaba. Parecía muy triste la mujer. Miraba afligida a su alrededor.

-Luego la buscaremos. Ahora vamos a orar. Y tú, Simón de Jonás, presenta la ofrenda en el gazofilacio. Por todos.
Oran largamente. La gente advierte claramente su presencia y unos a otros se señalan al Maestro.

Un breve altercado, del que sobresale la nota aguda de una voz femenina, hace volver la cabeza a los que oran menos recogidos.
-¡Si he estado aquí para ofrecer el hijo varón a Dios, puedo quedarme otro poco para ofrecérselo a quien lo salvó para el Señor! -dice la voz aguda.

La joven Dorca, implicada en medio, causa de tanto jaleo, rompe a llorar y grita:
-¡No le hagáis ningún mal por causa mía!
Pero ya algunos exaltados han llegado donde el Señor y le dicen impositivamente:

-¡Ven aquí y responde!
Los apóstoles y discípulos están agitados de ira y temor. Jesús, sereno y solemne, sigue a los que lo han llamado.
-¿Reconoces a esta mujer? -gritan mientras lo empujan al centro del corro que se ha formado alrededor de Dorca, a la que señalan como si fuera una leprosa.

-Sí. Es una joven viuda y madre de Cesárea de Filipo. Y ésa es su suegra. Y ése es el administrador del castillo. ¿Y entonces…?

-Ella te acusa de que entraste en su habitación mientras se producía el parto.

-¡No es verdad, Señor! No he dicho eso. He dicho que me reviviste a mi hijo. ¡Y nada más! Quería rendirte honor, y te he perjudicado. ¡Perdón, perdón!

El administrador de Filipo interviene para ayudarla y dice:

-No es verdad. Vosotros mentís. La mujer no ha dicho eso, y yo soy testigo y puedo jurarlo; como también que el Rabí no entró en la habitación, sino que obró el milagro desde la puerta.

-¡Calla, siervo!

-¡No! ¡No callaré! ¡Y se lo diré a Filipo, que venera al Rabí más que vosotros, falsos devotos del Dios altísimo!

El altercado pasa de la mujer al terreno religioso y político. Jesús guarda silencio. Dorca llora.

Eleazar, el invitado justo del banquete de la casa de Ismael, dice:

-Creo que se ha aclarado la duda y no tiene ya objeto la acusación; y que el Rabí, justificado, puede libremente marcharse.

-No. Quiero saber si se purificó después de tocar al muerto. ¡Que lo jure por Yeohveh! -grita Jonatán de Uziel.

-¡No me purifiqué porque el niño no estaba muerto, sino que sólo tenía dificultad para respirar.

-Ah, ahora te va bien decir que no resucitó, ¿eh?! -grita
un fariseo.

-¿Por qué no haces ostentación como en Quedes? -pregunta otro.

-¡No perdamos tiempo en palabras! Vamos a echarlo de aquí y a llevar esta nueva imputación al Sanedrín. ¡Un cúmulo de imputaciones!
-¿Qué otra? -pregunta Jesús.

-¿Que qué otra! ¡El haber tocado a la leprosa sin purificarte después! ¿Puedes negarlo? ¿Y haber blasfemado en Cafarnaúm, tanto que los más justos te han abandonado? ¿Puedes negarlo?

-No niego nada. Pero no tengo pecado, porque tú, Sadoq, tú que acusas, sabes por el marido de Anastática que no estaba leprosa; tú lo sabes, paraninfo del adulterio de Samuel, tú, embustero con él ante el mundo para favorecer la lujuria de un inmundo, dando el nombre de lepra a lo que no era tal, y condenando a una mujer a la tortura que significa el ser llamado "leproso" en Israel, sólo porque eres cómplice del marido culpable.

El escriba Sadoq, uno de los que estaban en Yiscala y luego en Quedes, herido en pleno centro, se escabulle sin decir nada más. Le siguen los gritos burlones de la gente.

-¡Silencio! Es lugar sagrado -dice Jesús. Y ordena a la mujer y a los que estaban con ella: «Vamos. Venid conmigo a donde me esperan». Y se encamina, severo y majestuoso, seguido por los suyos.

Entretanto, la mujer, ante las preguntas de muchos, cuenta una y otra vez, repitiendo siempre: «Mi hijo es suyo y a Él se lo consagro». El administrador se acerca a Jesús y dice:

-Maestro, he referido a Filipo el milagro. Me ha enviado para decirte que te estima. Tenlo presente en las insidias de Herodes… y de los otros. Querría ver también él, y oírte. ¿No vienes hoy a su casa? Te acogería con gusto, incluso en la Tetrarquía.

-No soy ni un histrión ni un mago. Soy el Maestro de la Verdad. Que venga a la Verdad y no lo rechazaré.

Están en el patio de las mujeres.

-¡Ahí está! ¡Ahí está! -dicen las discípulas a María, que está preocupada por el retraso.

Se reúnen. Jesús quisiera despedirse de los de Cesárea, para ir a buscar a María, madre de Judas; pero Dorca se arrodilla y dice:

-Te buscaba yo antes que ella, antes que esa mujer que buscas y que es madre de un discípulo. Te buscaba para decirte: "Este hijo es tuyo. Varón unigénito. Te lo consagro. Tú eres el Dios vivo. Que sea siervo tuvo".

-¿Sabes lo que esto significa? Quiere decir consagrar a tu hijo al dolor, perderlo como madre y ganarlo como mártir en el Cielo. ¿Te sientes con fuerzas de ser mártir en tu hijo?

-Sí, mi Señor. Mártir me habría hecho su muerte, un martirio de una pobre mujer madre. Por ti seré mártir de forma perfecta, grata al Señor.

-¡Pues así sea!… ¡Oh, María de Simón! ¿Cuándo has venido?

-Ahora. Con Ananías, un pariente mío… Yo también te buscaba, Señor…

-Lo sé. Y había enviado a Judas a decirte que vinieras. ¿No ha ido?

La madre de Judas agacha la cabeza, y susurra:
-Salí inmediatamente después de él para ir al Getsemaní.

¡Pero ya te habías marchado!… He venido rápidamente al Templo… Ahora te encuentro… A tiempo de oír a esta muchacha, ya madre, ¡y tan dichosa!… ¡Cómo desearía poder decirte sus mismas palabras, Señor, respecto a un Judas recién nacido… lleno de dulzura… como uno de estos corderitos… -y, llorando, señala a los corderitos baladores que van hacia los que los han de inmolar. Se envuelve en el manto para esconder su llanto.
-Ven conmigo, madre. Hablaremos en casa de Juana. Este no es el sitio apropiado.

Las discípulas toman consigo, en medio de ellas, a María, madre de Judas. El pariente Ananías, por su parte, se mezcla con los discípulos. Entre las discípulas también van Dorca y su suegra. María de Alfeo y Salomé entran en éxtasis haciendo mimos al pequeñuelo.

Se encaminan hacia la salida. Pero, antes de llegar, he aquí que un esclavo romano trae una tablilla encerada a Juana, que la lee y responde:

-Dirás que sí. Por la tarde en mi casa, en el palacio.
Y luego es el gorjeo de Yaia y su madre al ver al Salvador:

-¡Ahí está el Donador de la luz! ¡Bendito seas, Luz de Dios! -y están rostro en tierra, felices.
La gente se arremolina, pregunta, comprende, aclama.
Y luego es el anciano Matías el que venera y bendice (el hombre que ofreció hospedaje en la noche de tormenta a Jesús y a los suyos cerca de Yabés Galaad).

Luego es el abuelo de Margziam y los otros campesinos. Jesús, después de hablar con Juana, les dice: «Venid conmigo». Y ya se lo ha dicho a Dorca, a Yaia, a Matías.
Pero, cerca de la Puerta Dorada, están Marcos de Josías (el discípulo apóstata) y Judas Iscariote hablando animadamente. Judas ve venir al Maestro y se lo dice a su compañero; éste, cuando tiene a Jesús detrás, se vuelve.

Las miradas se entrecruzan. ¡Qué mirada la de Cristo! Pero el otro ya está sordo ante cualquier santo poder. Para huir antes, casi echa a Jesús contra una columna. Y Jesús no reacciona sino diciendo:

-¡Marcos, detente! ¡Por piedad de tu alma y de tu madre!
-¡Satanás! -grita el otro. Y se marcha.

-¡Qué horror! -gritan los discípulos.
-¡Maldícelo, Señor!

Y el primero en decirlo es Judas Iscariote.

-No. Dejaría de ser Jesús… Vamos…

-¿Pero cómo, cómo es que se ha vuelto así? ¡Tan bueno como era! -dice Isaac, que parece como traspasado por una flecha de lo apenado que está por el cambio de Marcos.

-Es un misterio. ¡Una cosa inexplicable! -dicen muchos.
Y Judas de Keriot:

-Sí. Le dejaba hablar. Todo una herejía. ¡Pero cómo la dice! Casi te persuade. No era tan sabio cuando era justo.
-Debes decir que no estaba tan enajenado cuando estaba endemoniado cerca de Gamala -dice Santiago de Zebedeo.
Y Juan pregunta:

-¿Por qué, Señor, cuando estaba endemoniado te causaba menos daño que ahora? ¿No puedes curarlo para que no te perjudique?

-Porque ahora ha recibido dentro de sí a un demonio inteligente. Antes era una posada tomada por la fuerza por una legión de demonios. Pero faltaba en él el consenso de tenerlos. Ahora su inteligencia ha querido a Satanás, y Satanás ha puesto en él una fuerza demoníaca inteligente.

Contra esta segunda posesión nada puedo. Debería violentar la voluntad libre del hombre.

-¿Sufres, Maestro?

-Sí. Son mis angustias… mis derrotas… Y si me aflijo es porque son almas que se pierden. Sólo por esto. No por el mal que me hacen a mí.

Estando todos parados, a la espera de que el camino quede libre de un atasco de gente y caballerías, forman corrillo. La mirada de la madre de Judas es de una potencia tal, que su hijo le pregunta:

-¡Pero bueno!, ¿qué te pasa? ¿Es la primera vez que ves mi cara? Tú es que estás enferma. Tengo que llevarte al médico…

-¡No estoy enferma, hijo! ¡Ni es la primera vez que te veo!
-¿Y entonces?

-Entonces… nada. Lo único es que quisiera que no merecieras jamás estas palabras del Maestro.
-Yo ni lo abandono ni lo acuso. ¡Soy su apóstol!

Reanudan la marcha, hasta que Jesús se detiene para saludar a Juana y a las discípulas que van con Juana a su casa. Los hombres, todos, van al Getsemaní.

-Podíamos haber ido todos allá. Hubiera querido ver lo que decía Elisa -masculla Pedro.

-Lo verás. Porque será hoy cuando sepa, y de mi boca, que a Anastática se la confío a ella.
-¿Y esta noche banquete?

-Sí. Ya he dicho a Juana lo que debe hacer.
-¿Qué debe hacer? ¿Cuándo se lo has dicho? -pregunta más de uno.

-Lo veréis. Antes de dejarla. Mientras la saludaba. Vamos sin demora, para estar pronto en el jardín de Juana.

367- El jueves prepascual. Preparativos en el Getsemaní

Apenas un principio de aurora. Mas ya los hombres imitan a las aves, que bullen con sus primeros vuelos y trabajos y cantos del día. La casa del Getsemaní, poco a poco, se va despertando; y se ve precedida por el Maestro, que regresa ya de la oración hecha en las primeras luces del alba, después de una noche entera de oración; pero no entra.

Se va despertando poco a poco el cercano campo de los galileos en la planicie del Monte de los Olivos, y gritos y llamadas van por el aire sereno, atenuados por la distancia, aunque suficientemente netos como para comprender que los píos peregrinos reunidos allí de un momento a otro van a reanudar las ceremonias pascuales interrumpidas la noche anterior.

Se despierta la ciudad, más abajo. Empieza el clamor que la llena (superpoblada en estos días), con los rebuznos de los burritos (de hortelanos y vendedores de corderos que se apretujan en las puertas para entrar), y con el llanto -¡qué conmovedor! -de centenares de corderos que, montados en carros, o dentro de bastos más o menos grandes, o simplemente a hombros, se dirigen a su trágico destino, y llaman a las madres… lloran su lejanía, sin saber que deberían llorar la vida que tan precozmente llega a su fin.

Y sigue aumentando, sin cesar, el rumor en Jerusalén, por el ruido de los pasos en las calles y las llamadas de una terraza a otra o de éstas a la calle, o viceversa; y el rumor llega, como el de las ondas marinas, atenuado por la distancia, hasta la serena hondonada del Getsemaní.

Un primer rayo de sol corta el aire en dirección a una exquisita cúpula del Templo, y la inflama toda, como si un sol hubiera descendido a la Tierra, un pequeño sol posado encima de un cándido pedestal, pero bellísimo a pesar de su pequeñez.

Los discípulos y las discípulas miran admirados ese punto de oro. ¡Es la Casa del Señor! ¡Es el Templo! Para comprender lo que era este lugar para los israelitas, basta ver cómo fijan en él sus miradas. Parecen ver relampaguear, entre el rutilar del oro encendido por el sol, la Faz Santísima de Dios. Adoración y amor patrio, santo orgullo de ser hebreos, aparecen evidentes en esas miradas, más que si hablaran los labios.

Porfiria, que no ha vuelto a Jerusalén desde hace muchos años, vierte incluso lágrimas de emoción, mientras, inconscientemente, aprieta el brazo de su marido, que le está señalando no sé qué con la mano, y se abandona un poco sobre él, como una recién casada, enamorada de su esposo, admirada de él, feliz de ser por él instruida.

Entretanto, las otras mujeres hablan quedo, casi en monosílabas, para consultarse lo que debe hacerse este día. Anastática, todavía sin práctica y un poco ajena a este nuevo ambiente, está ligeramente separada, absorta en sus pensamientos.

María, que estaba hablando con Margziam, la ve, se acerca a ella y le pasa un brazo alrededor de la cintura:
-¿Te sientes un poco sola, hija mía? Bueno, hoy irá mejor.

¿Ves? Mi Hijo está indicando a los apóstoles que vayan a las casas de las discípulas para advertirles que se reúnan y lo esperen por la tarde en casa de Juana. Se ve que quiere hablarnos, concretamente a las mujeres; bueno, antes te habrá dado ya una madre. ¿Es buena, sabes? La conozco desde cuando estaba yo en el Templo.

Era una madre ya desde entonces para con las más pequeñas de las consagradas. Y comprenderá tu corazón, porque también ella ha llorado mucho. Mi Hijo la curó el año pasado de una melancolía mortal que se había apoderado de ella después de la muerte de sus dos hijos. Te lo digo sólo para que sepas quién es la que de ahora en adelante te va a querer, y a la que tú vas a querer. Pero te digo lo mismo que el año pasado dije a Simón cuando recibía por hijo a Margziam: "Que este afecto no debilite la voluntad de tu corazón de servir a Jesús". Si así fuera, el don de Dios te sería más pernicioso que la lepra, porque apagaría en ti la voluntad buena que un día te dará la posesión del Reino».

-No temas, Madre. En lo que está de mi parte, haré una llama de este afecto para encenderme a mí misma cada vez más al servicio del Salvador. No me gravaré con él, ni gravaré a Elisa, sino que, al contrario, juntas, apoyándonos y estimulándonos recíprocamente en una santa competición, volaremos, con la ayuda del Señor, por sus caminos.

Mientras están hablando, del campo de los galileos, de la ciudad, de casas esparcidas por las laderas, del suburbio -o quizás es un barrio -que está ligeramente fuera de la ciudad (en una de las dos vías que van de Jerusalén a Betania, y, más exactamente, en la más larga, la que Jesús recorre sólo raras veces), empiezan a llegar discípulos antiguos y recientes; los últimos son: Felipe y su familia, Tomás solo, Bartolomé con su mujer.

-¿Dónde están los hijos de Alfeo, Simón y Mateo? -pregunta Tomás, que no los ve.
Jesús le responde:

-Ya van delante. Los dos últimos, a Betania, para avisar a las hermanas de que estén por la tarde en casa de Juana; los dos primeros, a ver a Juana y a Analía, para avisarlas de lo mismo. Nos encontraremos a la hora tercera en la Puerta Dorada. Vamos entretanto a dar la limosna a los mendigos y leprosos. Que Bartolomé se adelante con Andrés, para comprar alimentos para ellos. Nosotros los seguiremos lentamente. Nos detendremos en el barrio de Ofel, junto a la Puerta. Y luego iremos donde los pobres leprosos.
-¿Todos? -dicen poco entusiastas algunos.

-Todos y todas. La Pascua, este año, nos reúne como hasta ahora nunca había sido posible. Vamos a hacer juntos lo que serán los deberes futuros de los hombres y mujeres que trabajen en mi Nombre. Ahí viene deprisa Judas de Simón. Me alegro, porque quiero que esté él también con nosotros.
En efecto, Judas viene jadeante.

-¿Llego con retraso, Maestro? Culpa de mi madre. Ha venido, en contra de la costumbre y de lo que le había dicho. La he encontrado ayer noche en casa de un amigo de nuestra familia. Y esta mañana me ha entretenido hablándome… Quería venir conmigo, pero yo no he querido.

-¿Por qué? ¡María de Simón no merece, acaso, estar donde tú estás? Es más, lo merece mucho más que tú. Así que ve corriendo a recogerla y luego nos alcanzas en el Templo, en la Puerta Dorada.

Judas se marcha sin poner objeciones. Jesús se pone en camino, delante, con los apóstoles y los discípulos; las mujeres, con María en el centro, detrás de los hombres.

366- Anastática entre las discípulas.Las cartas de Antioquía

Jesús ha dejado Betania junto con los que estaban con Él, o sea, Simón Zelote y Margziam; pero a ellos se ha unido Anastática, la cual, velada toda, camina al lado de Margziam. Jesús va un poco retrasado con Simón. Las dos parejas conversan mientras caminan, cada una por su cuenta y del tema que prefieren.

Dice Anastática a Margziam, continuando un tema ya empezado:

-Ardo en deseos de conocerla.

Quizás la mujer se refiera a Elisa de Betsur.

-Creo que no estaba tan nerviosa cuando mis bodas ni cuando me declararon leprosa. ¿Cómo la voy a saludar?
Y Margziam, sonriendo dulce y seriamente al mismo tiempo:
-¡Con su verdadero nombre! ¡Mamá!

-¡Pero si yo no la conozco! ¿No es demasiada confidencia? A fin de cuentas, ¿quién soy yo respecto a ella?

-Lo que yo el año pasado. ¡Bueno, tú mucho más que yo! Yo era un pobre huerfanito sucio, aterrorizado, paleto. Y, a pesar de todo, ella me ha llamado siempre hijo, desde el primer momento, y ha sido para mí una verdadera madre. El año pasado era yo el que estaba tan agitado que temblaba, en espera de verla. Pero luego, sólo con verla, se me paró el temblor.

Se pasó del todo el terror que se me había quedado en la sangre desde que había visto con mis ojos de niño, primero, la furia de la naturaleza que había destruido todo de mí casa y de mi familia, y luego… y luego, con estos ojos míos de niño, había podido, había tenido que ver cómo el hombre es una fiera más cruel que el chacal y el vampiro… Temblar siempre… llorar siempre… sentir un nudo aquí, estrecho, duro, doloroso, de miedo, de sufrimiento, de odio, de todo… En pocos meses conocí todo el mal, el dolor y la crueldad que hay en el mundo… Y ya no podía creer que existieran todavía la bondad, el amor, el amparo…

-¿Y cómo es eso? ¿Y cuando el Maestro te tomó consigo?… ¿Y cuando te viste entre esos discípulos suyos tan buenos?
-Temblaba todavía, hermana… y odié todavía. Ha hecho falta tiempo para convencerme de no tener miedo… Y más tiempo todavía para no odiar a quien había hecho sufrir a mi alma dándole a conocer lo que puede ser un hombre: un demonio con aspecto de fiera. No se sufre, especialmente cuando uno es niño, sin que haya consecuencias largas… Queda la señal, porque nuestro corazón está todavía tierno y tiene aún el calor materno de los besos; más hambriento de besos que de pan. Y, en vez de besos, ve dar golpes…

-¡Pobre niño!

-Sí. Pobre. ¡Muy pobre! No tenía ni siquiera ya la esperanza en Dios ni el respeto por el hombre… Tenía miedo del hombre. Incluso al lado de Jesús y en los brazos de Pedro tenía miedo… Decía: "¿Es posible? No, no durará así. Ellos también se cansarán de ser buenos…". Y suspiraba por llegar donde María.

Una mamá es siempre una mamá, ¿no es verdad? Y así fue: cuando la vi, cuando me vi entre sus brazos, dejé de temer. Comprendí que todo el pasado había terminado y que del infierno había pasado al paraíso… El último dolor fue que vi que me olvidaban aparte, solo… Siempre sospechaba algo malo. Y lloré con ganas. ¡Ah! ¡Con qué amor me tomó entonces! No. No he vuelto a llorar añorando a mi madre desde aquel momento, no he vuelto a temblar… María es la dulzura y la paz de los infelices…

-Y de dulzura y paz tengo necesidad yo… -suspira la mujer.
-Dentro de poco las tendrás. ¿Ves aquella zona verde de allá abajo? Allí la dulzura y la paz, ocultas dentro de la casa del Getsemaní.

-¿Estará también Elisa? ¿Y qué les voy a decir? ¿Qué me dirán?
-No sé si estará Elisa. Estaba enferma.

-¿No se morirá? ¿Quién me tomaría como hija, en ese caso?
-No temas. Él ha dicho: "Tendrás madre y casa". Y así será. Vamos a seguir un poco más ligeros. No sé frenarme cuando estoy cercano a María.

Aceleran y ya no oigo lo que dicen.
El Zelote los ve casi correr por el poblado camino y hace a Jesús esta observación: -Parecen hermanos. Mira qué buenos amigos son.

-Margziam sabe estar con todos. Es una virtud difícil y muy necesaria para su futura misión. Pongo cuidado en aumentar en él esta oportuna disposición, porque le servirá mucho.

-A él lo modelas a tu gusto, ¿verdad, Maestro?
-Sí. La edad me lo permite.

-Pero también has podido modelar al anciano Juan Félix…
-Sí. Pero porque se ha dejado abatir y crear de nuevo, completamente, por mí.

-Es verdad. He notado que los más grandes pecadores, cuando se convierten, nos superan en la justicia a nosotros, hombres de relativa culpabilidad. ¿Por qué?

-Porque su contrición es proporcional a su pecado. Inmensa. Por tanto, los tritura con la muela del dolor y la humildad. "Mi pecado está siempre frente a mí" dice el salmista. Ello mantiene humilde al espíritu. Es un recuerdo bueno, cuando está unido a esperanza y confianza en la Misericordia. Las medias perfecciones, o incluso menos que medias, muchas veces se detienen porque carecen del acicate del remordimiento de haber pecado gravemente y de tener que expiar, carecen de este acicate que las haga continuar hacia la perfección verdadera. Se estancan como aguas cerradas. Se sienten satisfechas de ser límpidas.

Pero hasta el agua más cristalina, si no se depura con el movimiento de las partículas de polvo, de los detritos que e1 viento le aporta, termina siendo lodosa y putrefacta.
-¿Y las imperfecciones que dejamos existir y persistir en nosotros son polvo y detritos?

-Sí, Simón. Todavía tendéis demasiado a estancaros. Tenéis un movimiento casi imperceptible hacia la perfección. ¿No sabéis que el tiempo es veloz? ¿No sabéis que en el espacio que queda deberíais esforzaros por alcanzar vuestra perfección? Si no poseéis la fuerza de 1a perfección, conquistada con decidida voluntad en este tiempo que queda, ¿cómo podréis resistir a la tempestad que Satanás y sus hijos desencadenarán contra el Maestro y su Doctrina? Llegará un día en que, desconcertados, os preguntaréis: "¿Cómo es que fuimos arrollados, nosotros que estuvimos tres años con Él?". La respuesta está en vosotros, en vuestro modo de actuar. El que más se esfuerce en alcanzar la perfección en este tiempo que queda será más capaz de ser fiel.

-Tres años… Pero, entonces… ¡Oh! ¡Mi Señor!… ¿Entonces te vamos a perder la primavera que viene?
-Estos árboles tienen ya frutos incipientes. Los comeré maduros. Pero no volveré a probar, después de los frutos de este año, nuevas cosechas… No te abatas, Simón. El abatimiento es estéril. Debes saber esto y poner los medios para confirmarte en la justicia, para poder ser fiel en el momento terrible.

-Sí. Lo haré. Con todas mis fuerzas. ¡Puedo decir esto a los demás? Para que se preparen también ellos.
-Puedes decirlo. Pero sólo quien tenga fuerte voluntad querrá.

-¿Y los otros? ¿Perdidos?

-No, pero sí duramente probados por su propio acto. Serán como uno que se creía fuerte y se encuentra en el suelo y vencido. Desconcertados. Humillados. ¡Humildes, por fin! Porque -créelo, Simón -, si no hay humildad, no se avanza.
El orgullo es la piedra que Satanás usa como pedestal.

¿Por qué tenerla en el corazón? ¿Es maestro agradable este horrendo ser?
-No, Maestro.
-Y, no obstante, tenéis en el corazón el punto de apoyo, la tarima para sus lecciones. Estáis penetrados de orgullo. Tenéis orgullo en todo y por todos los motivos.

Incluso del hecho de ser "míos". ¡Cortos de inteligencia! ¿No os cura el comparar lo que sois con Aquel que os ha elegido? No es porque os haya llamado por lo que seréis santos. Será por el modo en que hayáis evolucionado después de mi llamada. La santidad es edificio que cada uno eleva por sí mismo. La Sabiduría le puede indicar el método y el proyecto. Pero la obra material os toca a vosotros.

Es verdad. ¿Pero entonces no nos vamos a perder? ¿Después de la prueba vamos a ser más santos por ser más humildes?…
-Sí.

El "sí" es breve y grave.
-¿Lo dices así, Maestro?
-Así lo digo.
-Querrías de nosotros santidad antes de la prueba…
-Eso querría. Y para todos.
-¿Para todos? ¿No seremos iguales en la prueba?
-No seréis iguales ni antes ni durante ni después de ella… a pesar de que a todos os haya ofrecido la misma palabra…

-Y el mismo amor, Maestro. Nuestra culpa hacia ti es grande…
Jesús suspira…
El Zelote, después de un silencio más bien largo, está ya para hablar cuando, casi corriendo, vienen hacia ellos los apóstoles y discípulos que han encontrado a Margziam en las primeras subidas del Getsemaní. Simón guarda silencio.

Jesús responde a los saludos de todos, para caminar luego al lado de Pedro en dirección al olivar y a la casa.
Pedro informa de que estaban alerta desde el alba; de que Elisa está todavía enferma en casa de Juana; de que la noche anterior habían venido unos fariseos; de que… de que… de que… un haz muy enmarañado de noticias, de las cuales, al final, surge la pregunta: «¿Y Lázaro?», pregunta a la que Jesús responde exhaustivamente. Pedro, muy curioso, no sabe contenerse y pregunta: « ¿Y… nada, Señor? Ninguna… noticia…».

-Sí. A su tiempo las sabrás. ¿Dónde están Margziam y la mujer? ¿Ya en la casa?
-¡No, no! La mujer no se ha atrevido a seguir adelante. Está sentada en un cembo y te espera. Margziam… Margziam… me ha desaparecido. Habrá ido corriendo a la casa.

-Vamos a acelerar el paso.
Pero, a pesar de acelerar, no llegan a la casa antes de que María con su cuñada, Salomé, Porfiria y las mujeres de Bartolomé y Felipe hayan salido ya, venerantes. Jesús las saluda de lejos, pero se dirige hacia el lugar en que, humilde, está Anastática; la toma de la mano y la conduce hacia su Madre y las mujeres.

-Mira, ésta es la flor de esta Pascua, Madre. Aunque sea sólo una este año, que te signifique delicadeza, puesto que te la traigo Yo.
La mujer se ha arrodillado. María se agacha y la levanta mientras dice:

-Las hijas están en el corazón de sus madres, no a sus pies. Ven, hija. Conozcamos nuestras caras como ya se conocen nuestros espíritus. Aquí están las hermanas. Vendrán otras. Que sea una dulce familia, toda ella santidad para la gloria de Dios y amor entre sus miembros.

Las discípulas se dan recíprocamente el beso de amor, y recíproca y profundamente se miran. Entran y suben a la terraza de la casa, circundada del glauco de centenares de olivos. Los grupos se separan: Jesús con los hombres; las mujeres, aparte, en torno a la nueva llegada. Regresa Susana, que había ido a la ciudad con su marido. Viene

Juana con los niños. Aparece Analía con su cara de ángel. Jairo, mezclado con los discípulos que venían presurosos hacia Jesús, regresa con su hija, la cual va al grupo de las mujeres y se pone junto a María, que la acaricia.
Paz y amor hay en esta reunión de personas. Luego el sol declina, y Jesús, antes de saludar a los que regresan a sus propias casas o a las casas en que se alojan, reúne a todos en oración y los bendice. Luego los saluda. Se queda solamente con los que prefieren estar estrechos en la casa del Getsemaní o pernoctar debajo de los olivos antes que marcharse. Así pues, se quedan María, María de Alfeo, Salomé, Anastática, Porfiria y otras mujeres; y Jesús, Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo, Santiago y Juan de Zebedeo, Simón Zelote, Mateo, Margziam y otros hombres.

Pronto consumen la cena. Después, Jesús invita a su Madre y a María de Alfeo a ir con Él y con los discípulos por el olivar silencioso. Quizás las otras tres mujeres irían también de buena gana. Pero Jesús no las llama; es más, dice a Salomé y a Porfiria:

-Hablad santas palabras con la nueva hermana y luego acostaos. No nos esperéis. La paz sea con vosotros.
Y las tres se resignan a su destino.
Pedro está un poco enfurruñado, y calla mientras todos hablan yendo en grupo, precisamente hacia el futuro peñasco de la agonía. Se sientan en el ribazo. Tienen frente a ellos a Jerusalén, la cual, tras el ajetreo de la jornada, se aquieta.

-Enciende unas ramas, Pedro -ordena Jesús.
-¿Para qué?
-Quiero leeros lo que escriben Juan y Síntica. Y has de saber, tú que estás enfadado, que éste es el motivo por el que no he dejado venir a las tres mujeres.

-¡Pero si mi mujer estaba aquella noche!…
-Pero excluir de las antiguas discípulas sólo a Salomé habría sido feo… Además esto te dará la manera de desahogar tu lengua contando a tu prudente esposa lo que ahora vas a oír.

Pedro, alborozado por el elogio dado a Porfiria y por la concesión de poderla poner al corriente del secreto, pierde de golpe su gesto de enfado, y se dedica a encender una alegre hoguera de la que se elevan llamas derechas, quietas en el ambiente calmo.

Jesús saca de su cinturón las dos cartas. Las abre. Lee en medio del círculo atento de once rostros:
"A Jesús de Nazaret, honor y bendición. A María de Nazaret, bendición y paz. A los hermanos santos, paz y salud. Al bien amado Margziam, paz y caricias.

Lágrimas y sonrisas hay en mi corazón y en mi rostro mientras me siento a escribir esta carta para todos vosotros. Recuerdos, nostalgias, esperanzas y paz del deber cumplido hay en mí. Tengo ante mí todo el pasado que considero de valor, es decir, el que empezó hace doce meses; y un salmo de agradecimiento a Dios, demasiado compasivo con el culpable, brota de mi corazón. ¡Bendito seas, y contigo la Santa que te ha dado al mundo, y la otra madre que recuerdo como la compasión encarnada; y contigo Pedro, Juan, Simón, Santiago y Judas y el otro Santiago, y Andrés y Mateo, y, en fin, el amadísimo Margziam, a quien pongo en mi pecho para bendecirlo!

¡Benditos por todo lo que me habéis dado desde el momento en que os conocí hasta el momento en que os dejé, ciertamente no por voluntad mía! Os he sido arrebatado. ¡Que Dios los perdone! ¡Que Dios los perdone! Y que aumente en mí la capacidad de perdonar por mi parte. Por ahora, con su ayuda, junto con Él lo puedo hacer. Pero solo no puedo; no, todavía no podría, porque demasiado quema la herida que me han hecho arrancándome de mi verdadera Vida, de ti, Santísimo. Demasiado quema todavía, a pesar de que tus consuelos sean una lluvia continua y balsámica que desciende sobre mí…"

Jesús pasa muchas líneas sin leerlas. Y reanuda: «"Mi vida…"».

Pero Pedro, que para ayudar al Maestro a ver ha cogido una rama encendida y la mantiene alzada, estando junto al Maestro y alargando el cuello para ver el escrito, dice:

-¡No, no, no es así! ¿Por qué no lees, Maestro? ¡Hay otras cosas entre medias! Soy animal, pero no tanto como para no saber leer despacio. Yo leo: "Tus promesas han superado mis esperanzas…"

-Eres terrible, ¿eh? ¡Peor que un muchacho! -dice Jesús sonriendo.

-¡Hombre, claro! ¡Ya me estoy haciendo viejo! Por eso tengo más malicia que un muchacho.

-Deberías tener también más prudencia.

-Es buena para los enemigos. Aquí estamos entre amigos. Aquí Juan dice una serie de cosas bonitas de ti. Quiero saberlas. Para saber cómo tendría que hacer yo, cuando me expidieras a otro lugar como una mercancía. ¡Venga, hombre, lee todo! Madre, dile tú también que no es justo darnos las noticias triadas como si fueran pececillos.

¡Saca! ¡Saca todo! Algas, barro, peces pequeños y peces excelentes. ¡Todo! ¡Ayudadme vosotros! Parecéis un conjunto de estatuas. ¡Es que me sacáis de quicio! ¡Y se ríen!

Ante la agitación de Pedro, que salta acá y allá como un potro encabritado, sacudiendo su rama encendida sin preocuparse de las chispas que le llueven encima, es difícil no reírse.

Jesús tiene que ceder para calmarlo y poder seguir leyendo:

"Tus promesas han superado mis esperanzas en ellas.

Maestro santo, cuando, aquella triste mañana de invierno, me prometiste que vendrías a consolar a tu discípulo triste, no comprendí el verdadero valor de tu promesa. El dolor y la relatividad del hombre oprimían las facultades del espíritu, de forma que éste era tardo en entender el alcance de tu promesa.

¡Bendito seas, espiritual visitador de mis noches, que no son por eso desolación ni dolor, como pensaba, sino una espera de ti. ¡Oh, gozoso encuentro contigo! La noche -horror de los enfermos, de los desterrados, de los que están solos, de los culpables -, para mí, que soy verdaderamente Félix haciendo tu voluntad y sirviéndote, se ha convertido en “la espera de las vírgenes prudentes a que llegue el esposo”. E incluso más tiene mi pobre alma: la beatitud de ser la esposa que espera a su Amor, que viene a la a la estancia nupcial para darle todas las veces la alegría del primer encuentro y el éxtasis fortalecedor de la fusión.

¡Oh, Señor y Maestro mío, mientras te bendigo por lo mucho que me das, te ruego que recuerdes las otras dos promesas que me hiciste. La más importante, para este hombre débil en demasía que soy yo, es no mantenerme en vida para la hora de tu dolor Conoces mi debilidad. No permitas que aquel que por tu amor se ha despojad del odio haya de volver a vestir, por el odio hacia los hombres tus verdugos, el uniforme híspido e hiriente del odio.

La segunda es para tu pobre discípulo, igualmente débil en demasía e incompleto en la perfección: ven a mi lado, como dijiste, a la hora de mi muerte. Ahora que sé que para ti no existen distancias, y que ni mares ni monte ni ríos ni voluntad de hombre te impiden dar a quien te ama el consuelo de tu sensible presencia, no dudo poder tenerte cuando expire.¡Ven, Señor Jesús! Y ven pronto a introducirme en la paz.

Y ahora que he hablado del espíritu, te daré noticias de mi trabajo.

Tengo muchos discípulos, de todas las razas y países. Para no herir la sensibilidad de unos u otros y dada la ausencia de pedagogo aquí, he dividido los días, de forma que alterno un día a los paganos, uno a los fieles, con mucho provecho. Doy lo que gano a los pobres, así los atraigo hacia el Señor. He vuelto a tomar mi viejo nombre; no por apego, sino por prudencia. En las
horas en que soy del mundo soy “Félix”. En las horas en que soy sólo de Jesús, soy “Juan”: la gracia de Dios. He explicado a Felipe que el verdadero nombre era Félix que me llamaban Juan sólo para distinguirme entre los hermanos.

Y la cosa no ha ha creado ningún estupor, dada la facilidad con que cambiamos de nombre o llamamos por sobrenombres.

Espero hacer aquí mucho trabajo, para preparar el camino a los hermanos santos. Si tuviera más fuerzas, querría adentrarme en la campiña para dar a conocer tu Nombre.

Quizás pueda al principio del verano o con el frescor del otoño. Basta que pueda y lo haré. El aire puro de Antigonio, estos jardines tan serenos y hermosos, las flores, los niños, las gallinitas, el afecto de los jardineros, y sobre todo, el grande, sabio, filial afecto de Síntica me hacen mucho bien. Yo diría que he mejorado.

No piensa lo mismo Síntica… Bueno, esta opinión suya se manifiesta solamente por los solícitos y continuos cuidados que me dispensa: mi comida, mi descanso, que no coja frío… Pero me siento mejor. ¿Esta sensación no viene, quizás, del deber heroicamente cumplido? Eso dice Síntica. Querría saber si está acertada. Porque el deber es cosa moral, mientras que la enfermedad es cosa carnal.
Y querría saber también si Tú vienes realmente o sólo te me apareces a los sentidos espirituales, aunque de forma tan perfecta que no me dejas distinguir dónde termina la realidad material de tu Presencia.

Maestro amado y bendito, tu Juan se arrodilla pidiéndote tu bendición. A la Madre, a María, a los hermanos santos, paz y bendición. A Margziam un beso para que se acuerde de enviar las santas palabras, pan para los que estamos en tierras lejanas trabajando en la viña del Señor".

-Esta es la carta de Juan… ¿Qué opináis?
Se cruzan diversas impresiones… Pero la más fuerte de todas es la que se refiere a la presencia de Jesús. Le abruman a preguntas… sobre cómo puede ser, sobre si puede ser, si Síntica ve, etc. etc.

Jesús hace un gesto de silencio y abre el rollo de Síntica. Lee: "Síntica al Señor Jesús con todo el amor de que es capaz. A la Madre bendita, veneración y alabanza. A los hermanos en el Señor, gratitud y bendición. A Margziam el abrazo de su hermana distante. Juan te ha expuesto, Maestro, nuestra vida.

Muy sintéticamente, te ha dicho lo que hace y lo que yo, como mujer, hago. Tengo mi pequeña escuela llena de niñas.

Gano mucho espiritualmente, porque las gano para ti, ¡oh mi Señor!, hablando del verdadero Dios a través incluso del trabajo. Esta región, donde tantas razas se han mezclado, es una maraña enredada de religiones. Tan enredada, que… ya no son sino religiones impracticables, deshiladuras de religiones que ya no sirven para nada. En medio, rígida e intransigente, la fe de los israelitas, que con su peso rompe los hilos ya deteriorados de las otras, sin obtener nada.

Juan, teniendo varones, debe actuar con prudencia. Yo, con las niñas, me muevo más libremente. Ser mujer es siempre una inferioridad; tanto, que a las familias de distintas religiones no les importa si las niñas se mezclan en una única escuela. Basta con que aprendan el productivo arte del bordado. Y bendito sea este concepto despreciativo que el mundo tiene de nosotras las mujeres, porque así me permite extender cada vez más mi radio de acción. Los bordados se venden maravillosamente, la fama se difunde, vienen damas de lejos. A todas les puedo hablar de Dios…

¡Ah, los hilos, que, en el telar o en la tela, se transforman en flores, animales, estrellas, también sirven, con sólo quererlo, para encauzar a las almas hacia la Verdad! Conociendo varias lenguas, puedo usar el griego con los griegos, el latín con los romanos, el hebreo con los hebreos; es más, en esta última lengua progreso cada vez más con la ayuda de Juan.

Otro medio de penetración es el ungüento de María. He hecho mucho ungüento nuevo, con las esencias que existen aquí, mezclando en él una porcioncita del originario para santificarlo. Úlceras y dolores, heridas y dolor de pecho desaparecen. Verdad es que yo, mientras unto y vendo, no ceso de repetir los dos Nombres santos: Jesús-María. Es más, haciendo una relación con el significado griego de Cristo, he llamado a este bálsamo “Ungüento Mirra”.

¿Es así, no? ¿No posee, acaso, la esencia salutífera de la Mirra de Dios que te engendró, Óleo precioso que nos haces reyes? Muchas veces me debo quedar levantada para poder preparar más ungüento. Le rogaría a la Santa que preparase también Ella más, y que me lo mandase para los Tabernáculos, para poderlo mezclar con el otro, hecho por la ínfima sierva de Dios. De todas formas, si no fuera correcto lo que hago, dímelo, Señor, y jamás lo volveré a hacer.

El amado Juan me ensalza mucho. ¿Qué debería decir yo de él, entonces? Sufre agudamente, pero tiene una fortaleza maravillosa. Si no conociera su secreto, estaría asombrada. Pero desde aquella noche en que, regresando de un enfermo, lo descubrí extático y transfigurado, y oí sus palabras y me arrodillé porque intuí que Tú estabas presente ante tu siervo, ya no puedo asombrarme. Quizás algún hermano sí que se asombrará si oye que no deploro el no haber visto yo misma. ¿Por qué debería hacerlo? Todo está bien, todo lo que Tú das es suficiente. Cada uno recibe la parte que merece y que le es necesaria. Bien está, pues, que Juan te tenga en forma visible y yo sólo en el espíritu.

¿Soy feliz? Como mujer, hecho de menos el tiempo en que estaba contigo y María. Pero como alma, soy felicísima, porque sólo ahora te sirvo, mi Señor. Pienso que el tiempo es nada. Pienso que la obediencia es moneda para entrar en tu Reino. Pienso que ayudarte es gracia que supera cuanto la pobre esclava podía soñar, incluso en horas de delirio, y que Tú me has concedido ayudarte. Pienso que, separada ahora, te tendré al final para toda la eternidad. Y canto la canción de Juan cual calandria en primavera por los campos de oro de la Hélade. Mis niñas la cantan porque dicen que es bonita. Yo las dejo cantar al compás del telar, tan semejante al del remo de aquel día lejano, porque pienso que decir tu nombre, Madre, es prepararse a la Gracia.

Juan me ruega que añada la noticia de que te ha enviado un magnífico ciudadano de Antioquía. Se llama Nicolái. Es su primera conquista para tu rebaño. Tenemos mucha confianza en que Nicolái no defraude el concepto que tenemos de él en nuestro corazón.

Bendice a tu sierva, Señor. Bendícela, Madre. Bendecidme todos, santos, y tú, niño bendito que creces en sabiduría junto al Señor".

-Esto escribe Síntica. Y ha añadido una apostilla sin que Juan lo supiera. Dice: “Juan sólo en el espíritu se manifiesta grande y se refuerza; en lo demás declina, a pesar de todos los cuidados. Tiene muchos proyectos para el principio del verano, pero creo que no podrá llevar a cabo lo que dice. Creo que el invierno ahogará su exigua vida… Pero está en paz. Y se santifica con las obras y el sufrimiento. ¡Mantenle la fuerza con tu presencia, mi Señor! Te pido que me sometas a mí a cualquier pena a cambio de este don para tu discípulo. Enviando las presentes con Tolmái a Lázaro, te suplico que les digas a él y a sus hermanas que recordamos su bondad hacia nosotros y que constante y ardientemente oramos por ellos".

Todos se intercambian de nuevo impresiones.
Andrés se inclina para preguntar algo a María, pero se queda sorprendido al ver lágrimas en su cara.

-¿Lloras? -pregunta.
-¿Por qué llora? ¿Cómo es eso, Madre? -dicen muchos de los presentes.

-Yo sé por qué llora -dice Margziam.
-¿Por qué llora?

-Porque Juan ha recordado la muerte del Señor.
-Ya, claro. ¿Es verdad? ¿Y cómo lo sabe, si ya no estaba cuando la predijiste?

-Porque lo ha sabido de mi boca, para su consuelo.
-¡Mmm! ¡Consuelo! …

-Sí, consuelo. La promesa de que no esperará mucho a tener el Reino. El lo merece porque os ha superado en la voluntad y obediencia. Vamos a volver a casa. Vamos a preparar las respuestas para dárselas a Tolmái; tú, Margziam, adjuntarás tus libros.

-¡Ah! ¡Comprendo! ¡Comprendo! ¡Escribía para ellos!…
-Sí. Vamos. Mañana iremos al Templo…

365- Judas Iscariote insidia la inocencia de Margziam. Un nuevo discípulo, hermano de leche de Jesús. En Betania, en la casa de Lázaro, enfermo

Jesús entra en la verde quietud del Huerto de los Olivos.
Margziam sigue a su lado, y sonríe al pensar en la afanosa carrera que va a pegarse Pedro para alcanzarlos. Dice:
-Maestro, quién sabe lo que dirá! Y, si hubieras seguido hasta Betania sin pararte aquí, se sentiría verdaderamente desconsolado.

También sonríe Jesús, mirando al jovencito, y responde:
-Sí. Me va a sepultar a lamentos. De todas formas, le servirá para otra vez. Así estará más atento. Yo hablaba y él se distraía charlando con unos o con otros…

-Es que le preguntaban, Señor -dice Margziam para disculpar, sin reírse ya.

-Se hace un gesto delicado de que se responderá después, cuando calle la Palabra del Señor. Acuérdate de esto para tu vida futura. Para cuando seas sacerdote. Exige el máximo respeto en las horas y lugares de instrucción.

-Pero entonces será el pobre Margziam, Señor, el que hable…

-No importa. Es Dios el que habla por los labios de sus siervos en las horas de su ministerio, y como tal debe ser escuchado con silencio y respeto.

Margziam hace una leve mueca significativa, como comentario de un razonamiento suyo interior.

Jesús, que lo observa, dice:
-¿No estás convencido? ¿Por qué esa expresión? Habla, hijo, sin temor.

-Señor mío, me preguntaba si Dios está también en los labios y en el corazón de sus sacerdotes de ahora… y… con terror me decía si serían iguales los futuros… Y concluía diciendo que… muchos sacerdotes hacen quedar mal al Señor… He pecado, sin duda… Pero son tan malos y antipáticos, tan secos… que…

-No juzgues. Pero recuerda esta impresión de disgusto. Tenla presente en el futuro. Y, con todas tus fuerzas, preocúpate de no ser como estos que te desagradan; y que tampoco lo sean los que dependan de ti. Haz servir para el bien incluso el mal que ves. Toda acción y toda cognición deben ser transformadas en bien pasando por un juicio y una voluntad rectos.

-¡Señor, antes de entrar en la casa, que ya se ve, respóndeme a otra cosa! Tú no niegas que el actual sacerdocio sea defectuoso. Me dices a mí que no juzgue. Pero Tú juzgas. Y puedes hacerlo. Y juzgas con justicia.

Escucha, Señor, mi pensamiento. Cuando los actuales sacerdotes hablan de Dios y de la religión -siendo la mayoría de ellos como son, y me refiero ahora a los peores -, ¿deben ser escuchados como verdad?

-Siempre, hijo mío. Por respeto a su misión. Cuando realizan actos de su ministerio, no son el hombre Anás, el hombre Sadoq… Son "el sacerdote". Separa siempre del ministerio la pobre humanidad.

-Pero si realizan mal también su ministerio…

-Dios suplirá. ¡Y, además!… ¡Escúchame, Margziam! No hay ningún hombre completamente bueno ni completamente malo. Y ninguno es tan completamente bueno que tenga derecho a juzgar a los hermanos como completamente malos. Tenemos que tener presentes nuestros defectos, contrastar con ellos las buenas cualidades de los que queremos juzgar. Entonces tendríamos una medida justa de juicio caritativo. Yo todavía no he encontrado un hombre completamente malo.

-¿Ni siquiera Doras, Señor?
-Ni siquiera él, porque es marido honesto y padre amoroso.

-¿Ni siquiera el padre de Doras?

-También él era marido honesto y padre amoroso.

-Pero nada más que eso, ¿eh?

-Sólo eso. Pero en eso no era malo. Por tanto, no era completamente malo.

-¿Y tampoco Judas es malo?
-No.

-Pero no es bueno.

-No es totalmente bueno, como no es totalmente malo. ¿No estás convencido de lo que digo?

-Estoy convencido de que Tú eres totalmente bueno, y que estás absolutamente exento de maldad. Tanto, que no encuentras nunca una acusación para ninguno. Esto sí.

-¡Oh, hijo mío! ¡Si pronunciara la primera sílaba de una palabra de acusación, todos vosotros arremeteríais como fieras contra el acusado!… Yo, actuando así, evito que os manchéis con pecado de juicio. Entiéndeme, Margziam. No es que Yo no vea el mal donde lo hay.

No es que no vea la mezcla de mal y bien que hay en algunos. No es que no comprenda cuándo un alma sube o baja del nivel en que la puse. No es nada de esto, hijo mío. Es prudencia, para evitar las anticaridades entre vosotros. Y actuaré siempre así. También en los siglos venideros, cuando tenga que pronunciarme sobre una criatura.

¿No sabes, hijo, que a veces vale más una palabra de alabanza, de ánimo, que mil reprensiones? ¿No sabes que de cien casos pésimos, señalados como relativamente buenos, al menos la mitad vienen a ser realmente buenos al no faltarles, después de mi benévola palabra, la ayuda de los buenos, que, en caso distinto, huirían del individuo señalado como pésimo? Hay que sostener a las almas, no hundirlas. Pero si Yo no soy el primero en sostener, en celar las partes feas, en solicitar para ellas vuestra benevolencia y ayuda, jamás os entregaríais a ellas con activa misericordia. Recuérdalo, Margziam…

-Sí, Señor… (un fuerte suspiro). Lo recordaré… (otro fuerte suspiro)… Pero es muy difícil ante ciertas evidencias…

Jesús lo mira fijamente. Pero del jovencito no ve sino la parte alta de la frente porque baja mucho la cara.
-Margziam, levanta la cara. Mírame. Y respóndeme.

¿Qué evidencia es esa que es difícil pasar por alto?
Margziam se azora… Se pone rojo bajo el color morenito de la piel… Responde:

-Pues… son muchas, Señor…
Jesús insta:

-¿Por qué has nombrado a Judas? Porque es una "evidencia".

Quizás la que te es más difícil superar… ¿Qué te ha hecho Judas? ¿En qué te ha escandalizado? -y Jesús pone las manos encima de los hombros del muchacho, que ahora está tan colorado que es todo púrpura oscura.

Margziam lo mira, con los ojos brillantes… luego se suelta y se marcha gritando:

-¡Judas es un profanador!… Pero no puedo hablar… ¡Respétame, Señor!… -y se introduce en el bosque, llorando, en vano llamado por Jesús, que pone un gesto de desconsolado dolor.

Su voz, de todas formas, ha llamado la atención de los que están en la casa del Getsemaní. Y a la puerta de la cocina se asoma Jonás, luego la Madre de Jesús, detrás las discípulas: María de Cleofás, María Salomé y Porfiria. Ven a Jesús y se echan a andar hacia Él.

-¡La paz a todos vosotros! ¡Aquí me tienes, Mamá!
-¿Sólo? ¿Por qué?
-Me he adelantado. He dejado a los demás en el Templo…

Pero estaba con Margziam…
-¿Y dónde está ahora mi hijo, que no lo veo? -pregunta Porfiria un poco inquieta.

-Ha subido allá arriba… Pero ahora vendrá. ¿Tenéis comida para todos? Dentro de poco vendrán los demás.
-No, Señor. Habías dicho que ibas a Betania…
-Sí, claro… Pero he pensado que convenía hacer esto. Id sin demora por todo lo necesario, y volved sin demora. Yo me quedo con mi Madre.

Las discípulas obedecen sin replicar.
Se quedan solos Jesús y María, y pasean lentamente bajo los enmarañados ramajes de los árboles, a través de cuyas copas se filtran agujas solares que ponen circulitos de oro en la hierbecilla verde y florida.

-Después de comer iré a Betania con Simón.
-¿Simón de Jonás?
-No. Con Simón Zelote. Y llevaré conmigo a Margziam…
Jesús calla pensativo.

María lo observa. Luego pregunta:
-¿Te causa sinsabores Margziam?
-¡No, Mamá, todo lo contrario! ¿Por qué piensas eso?
-¿Por qué estás pensativo?… ¿Por qué lo llamabas con autoridad? ¿Por qué te ha dejado? ¿Por qué se ha separado de ti como vergonzoso? ¡No ha venido siquiera a saludar a su madre ni a mí!

-El niño ha huido por una pregunta que le he hecho.
-¡Oh!… -el estupor de María es profundísimo. Guarda silencio por un momento y luego susurra, como hablando para sí:

-Los dos en el Paraíso Terrenal huyeron, después del pecado, al oír la voz de Dios… Pero, Hijo mío, hay que tener compasión del niño. Empieza a ser hombre… y quizás… Hijo mío, Satanás muerde a todos los hombres…

Es una María toda compasiva y suplicante…
Jesús la mira y le dice:

-¡Cuán madre eres! ¡Cuánto eres "la Madre"! Pero no pienses que el niño ha pecado. Debes pensar que sufre por la quemadura de una revelación. Es muy puro. Es muy bueno… Lo llevaré conmigo, hoy. Para que comprenda, sin palabras, que lo comprendo. Cualquier palabra sobraría… y no encontraría ninguna para disculpar al profanador de un inocente. Es un Jesús severo en estas últimas palabras.

-¡Hijo! ¿En esto estamos? No te pido nombres. Pero si uno de entre nosotros ha sido capaz de turbar al niño, sólo puede haber sido uno… ¡Hay que ver qué diablo!

-Vamos a buscar a Margziam, Mamá. Ante ti no huirá.
Van y lo descubren detrás de una mata de espino albar.
-¿Estabas cogiendo flores para mí, hijo mío? -pregunta María mientras se acerca a él y lo abraza…
-No. Pero te echaba de menos -dice Margziam con lágrimas en la cara todavía.

-Y yo he venido. ¡Ánimo, sin demora! ¡Que hoy tienes que ir con mi Jesús a Betania! Y debes estar arreglado como conviene.

La cara de Margziam, ya olvidado de su turbación de antes, se ilumina, y dice:

-¿Yo solo con El?
-Y con Simón Zelote.

Margziam, muy niño todavía, da un salto de alegría, sale inmediatamente de su escondite y va a caer en el pecho de Jesús… Está confuso.

Pero Jesús sonríe y le instiga diciendo:
-Corre a ver si ha venido tu padre.
Margziam se echa a correr, y Jesús observa:
-Es un niño todavía, a pesar de ser ya juicioso de pensamiento. Turbar su corazón es un gran delito. Pero pondré una solución -y mientras tanto camina con María hacia la casa.

Pero antes de llegar ya ven a Margziam galopando tras ellos.
-Maestro… Madre… Hay personas… personas de las que estaban en el Templo… Los prosélitos… Hay una mujer… Una mujer que quiere verte, Madre… Dice que te conoció en Belén… Se llama Noemí.

-¡Conocí a muchas entonces! Pero vamos…
Llegan a la pequeña explanada donde está la casa. Un grupo de personas espera. En cuanto ven a Jesús se postran. Pero, enseguida, una mujer se levanta y corre a arrojarse a los pies de María mientras la saluda con su nombre.
-¿Quién eres? No me acuerdo de quién eres. Levántate.
La mujer se alza, pero, cuando está para hablar, llegan, jadeantes, los apóstoles.

-¡Pero Señor! ¿Por qué? Hemos corrido como locos por Jerusalén. Pensábamos que habías ido a casa de Juana o de Analía… ¿Por qué no has esperado? -preguntan, e informan, confusamente.

-Ahora estamos juntos. Es inútil explicar el porqué. Dejad que esta mujer hable tranquila.

Todos se apiñan para escuchar.

-Tú no te acuerdas de mí, María de Belén. Pero yo recuerdo desde hace treinta y un años tu nombre y tu rostro como nombre y rostro de piedad. Había venido yo también de lejos, de Perge, por el Edicto. Estaba embarazada. Pero esperaba regresar a tiempo. Mi marido enfermó por el camino, y en Belén se debilitó hasta el extremo de que murió. Yo había dado a luz veinte días antes de que muriera. Mis gritos perforaron el cielo y me secaron la leche y la hicieron veneno. Me cubrí de pústulas, y de pústulas se cubrió mi hijo… Nos arrojaron a una gruta a morir…

Pues bien… tú, sólo tú, viniste, cautelosa, cada poco tiempo durante toda la luna, a traerme comida y a curar mis llagas, y llorabas conmigo y dabas leche a mi criatura, que si vive es sólo por ti… Corriste el riesgo de que te lapidaran, porque me llamaban "la leprosa"…

¡Oh, mi estrella delicada! Esto no lo he olvidado. Una vez curada, me marché. En Éfeso tuve noticias de la matanza. ¡Te busqué mucho! ¡Mucho! ¡Mucho! No podía pensar que te hubieran matado con tu Hijo en aquella noche tremenda. Pero jamás te encontré. El verano pasado, uno de Éfeso oyó a tu Hijo, supo quién era, lo siguió durante un tiempo, fue, acompañado de otros, a los Tabernáculos… Y, cuando volvió, contó. He venido para verte, ¡oh Santa!, antes de morir. Para bendecirte tantas veces cuantas fueron las gotas de leche que diste a mi Juan, en detrimento incluso de tu Hijo bendito…

La mujer llora, en una posición reverencial, un poco inclinada, agarrando con sus manos los brazos de María…
-La leche no se niega nunca, hermana. Y…
-¡Oh, no! ¡No hermana tuya! Tú, Madre del Salvador. Yo era una pobre mujer sola, lejos de su casa, viuda, con un hijo de pecho y con el pecho agotado como torrente en verano… Sin ti me habría muerto.

Me diste todo, y, si pude volver donde mis hermanos, mercaderes de Éfeso, fue por ti.
-Éramos dos madres, dos pobres madres, con dos hijos, por el mundo. Tú tenías el dolor de haberte quedado viuda, yo el de tener que ser traspasada en mi Hijo, como decía en el Templo el anciano Simeón. No hice otra cosa sino cumplir con mi deber de hermana dándote lo que tú ya no tenías. ¿Y tu hijo vive?

-Está ahí. Tu Hijo santo me lo ha curado esta mañana. ¡Bendito sea! -y la mujer se postra ante el Salvador gritando:

-¡Ven, Juan, a dar gracias al Señor!
Se aproxima, dejando a sus compañeros, un hombre de la edad de Jesús, fuerte, de rostro no hermoso pero leal; de hermoso tiene la expresión de sus ojos profundos.
-La paz a ti, hermano de Belén. ¿De qué te he curado?
-De la ceguera, Señor. Un ojo perdido, el otro próximo a perderse. Era arquisinagogo, pero ya no podía leer los sagrados rollos.

-Ahora los leerás con mayor fe.
-No, Señor. Ahora te leeré a ti. Quiero quedarme como discípulo. Y sin pretender derechos por las gotas de leche extraídas del pecho en que Tú te nutrías. Nada son los días de una luna para crear un vínculo; todo, la piedad de tu Madre entonces y la tuya de esta mañana.
Jesús se vuelve hacia la mujer:
-¿Y tú que opinas?

-Que mi hijo te pertenece doblemente. Acéptalo, Señor. Y se cumplirá el sueño de la pobre Noemí.
-De acuerdo. Serás de Cristo. A vosotros: recibid a este compañero en nombre del Señor -dice volviéndose a los apóstoles.

Los prosélitos están exaltados de emoción. Los hombres querrían quedarse también inmediatamente. Todos. Pero Jesús dice con firmeza:

-No. Vosotros seguid siendo lo que sois. Volved a vuestras casas, conservad la fe y esperad la hora de la llamada. El Señor esté siempre con vosotros. Podéis marcharos.
-¿Podremos encontrarte todavía aquí? -preguntan.

-No. Como un pájaro que vuela de rama en rama me moveré continuamente. No me encontraréis aquí. No tengo ni itinerario ni morada. Pero, si es justo, nos veremos y me escucharéis. Marchaos. Que se quede la mujer con el nuevo discípulo.

Y entra en casa, seguido por las mujeres y los apóstoles, que comentan con emoción el episodio ignorado hasta ese momento y la caridad profunda de María.

Jesús, con paso raudo, va hacia Betania; a un lado y otro de Él, Simón Zelote y Margziam. Felices de ser ellos dos los preferidos para esta visita.

Margziam, ya completamente tranquilo, hace mil preguntas sobre la mujer que ha venido de Éfeso, pregunta si Jesús sabía ese hecho, etc.

-No lo sabía. E1 tesoro de bondades de mi Madre es infinito, y lo hace con un silencio tan delicado, que, la mayor parte de las veces, sus buenas acciones quedan secretas.

-Pero es un episodio muy bonito, ¿eh?» dice el Zelote.
-Sí. Tanto que quiero contárselo a Juan de Endor. Maestro, ¿crees que vamos a encontrar sus cartas en Betania?
-Estoy casi seguro.
-Debería estar también la mujer curada de la lepra -observa el Zelote.

-Sí. Ha observado con fidelidad los preceptos. Pero ya debe haberse cumplido el tiempo de la purificación.
Betania aparece en su llanura elevada. Pasan por delante de la casa en que en otros tiempos había pavos reales, flamencos y grullas. Ahora está abandonada y cerrada. Simón lo observa.

Pero su observación se ve interrumpida por el jovial saludo de Maximino que improvisamente sale por la cancilla.

-¡Maestro santo! ¡Qué felicidad en medio de tanto dolor!
-Paz a ti. ¿Por qué, dolor?
-Porque Lázaro tiene dolores lancinantes a causa de sus piernas ulceradas. Y no sabemos qué hacer para aliviar ese dolor. Pero viéndote a ti estará mejor, al menos de espíritu.

Entran en el jardín, y, mientras Maximino se adelanta veloz, ellos siguen a paso lento hacia la casa.
Corre afuera María de Magdala con su grito adorador:
-Rabbuní!

La sigue, más sosegada, Marta. Ambas están pálidas como quien ha sufrido y velado.

-Levantaos. Vamos inmediatamente donde Lázaro.
-¡Maestro, Maestro que todo lo puedes, cúrame a mi hermano! -suplica Marta.

-¡Sí, Maestro bueno! ¡Sufre por encima de sus fuerzas! Se está consumiendo. Gime. Y, claro, morirá si sigue así. ¡Ten piedad de él, Señor! -insta María.
-Tengo toda la piedad. Pero no es para él hora de milagro.
Debe ser fuerte, y vosotras con él. Ayudadle a hacer la voluntad del Señor.

-¿Quieres decir que deberá morir? -pregunta, gimiendo, Marta en lágrimas.

Y María, nadando sus ojos en el llanto y la pasión en la voz, la dúplice pasión por Jesús y por su hermano:
-¡Oh, Maestro, pero de esta forma me impides seguirte y servirte, e impides a mi hermano gozar de mi resurrección!

¿Es que no quieres en casa de Lázaro el júbilo por una
resurrección?

Jesús la mira con una sonrisa buena y perspicaz, y dice:
-¿Por una? ¿Sólo una? ¡Pero entonces me creéis muy poca cosa, si creéis que puedo una cosa sola! Sed buenas y fuertes. Vamos. Y no lloréis de esa forma. Lo abatiríais con dolorosas conjeturas.

Y, Él el primero, se encamina hacia donde está Lázaro, el cual, sin duda para que sea más fácil asistirle, ha sido acomodado en una sala que está junto a la biblioteca, en frente de la sala mayor, dedicada a convites. Maximino señala la puerta, pero deja a Jesús que entre solo.

-¡Paz a ti, Lázaro, amigo mío!

-¡Oh, Maestro santo! La paz a ti. Para mí, en mis miembros, la paz ya no existe. Y siento abatido mi espíritu. ¡Sufro mucho, Señor! Pronuncia para mí la amada orden: "Lázaro, sal afuera", y me pondré en pie, curado, para servirte…

-Te daré esa orden, Lázaro. Pero no ahora -responde Jesús abrazándolo.

Lázaro está muy delgado, amarillento, visiblemente muy enfermo y muy debilitado, y tiene hundidos los ojos. Llora como un niño al enseñar sus piernas hinchadas, azuladas, con llagas que yo diría varicosas, abiertas en varios puntos. Quizás espera que Jesús, al mostrarle ese destrozo, se conmueva y haga un milagro. Pero Jesús se limita a colocar de nuevo, con delicadeza, sobre las llagas, las vendas untadas de bálsamo.

-¿Has venido para quedarte? -pregunta Lázaro, no sin desilusión.

-No. Pero vendré a menudo.
-¿Cómo? ¿Tampoco vas a celebrar este año la Pascua conmigo? He dicho que me trajeran aquí por ese motivo. Me habías prometido, cuando los Tabernáculos, que ibas a estar mucho conmigo, después de las Encenias…
Y estaré. Pero no ahora. ¿Te molesto si me siento aquí en
la orilla de tu cama?

-¡No, no! Todo lo contrario. La frescura de tu mano parece como si mitigara el ardor de mi fiebre. ¿Por qué no te quedas, Señor?

-Porque como a ti te atormentan las llagas, a mí los enemigos. A pesar de que Betania esté considerada dentro de los límites para la Cena, y para todos; para mí, celebrar aquí la Pascua se consideraría pecado. De lo que Yo hago, para el Sanedrín y los fariseos, todo son camellos y vigas…

-¡Ah! ¡Los fariseos! ¡Es verdad! Pero entonces en una casa mía… ¡Esto al menos!
-Eso sí. Pero lo diré en el último momento. Por prudencia.
-¡Ah, sí, no te fíes! Te ha ido bien con Juan, ¡eh!, ¿sabes? Ayer ha venido Tolmái con otros y me ha traído cartas para ti. Las tienen mis hermanas. ¿Pero dónde se han quedado Marta y María? ¿No se preocupan de recibirte con honor?

Lázaro está inquieto, como muchos enfermos.
-Tranquilo. Están afuera, con Simón y Margziam. He venido con ellos. Y no necesito nada. Ahora los llamo.
Y así es; llama a los que prudentemente se habían quedado afuera.

Marta sale y vuelve con dos rollos y se los entrega a Jesús. María, entretanto, refiere que el siervo de Nicodemo ha dicho que precede a su señor, que viene con José de Arimatea. Y, contemporáneamente, Lázaro se acuerda de una mujer («que ha llegado ayer en nombre tuyo» dice).
-¡Ah! ¡Sí! ¿Sabes quién es?

-Nos lo ha dicho. Es hija de un rico de Jericó que hace años fue a Siria, de joven. La llamó Anastásica, en recuerdo de la flor del desierto. Pero no ha querido revelar el nombre de su marido -explica Marta.
-No es necesario. La ha repudiado. Por tanto, ella es únicamente "la discípula". ¿Dónde está?
-Duerme. Está cansada. Ha vivido muy mal estos días y estas noches. Si quieres la llamo.

-No. Deja que duerma. Me ocuparé mañana.
Lázaro mira admirado a Margziam, el cual está en ascuas; y es que quisiera saber lo que dicen los rollos. Jesús lo comprende y los abre. Lázaro dice: ¿Cómo? ¿Él lo sabe?
-Sí. Él y los otros, excepto Natanael, Felipe, Tomás y Judas…

-¡Has hecho bien en no revelárselo a él! -interviene bruscamente Lázaro -Tengo muchas sospechas…
-No soy imprudente, amigo -le interrumpe Jesús. Lee los rollos y luego refiere las noticias principales, o sea, que los dos se han aclimatado, que la escuela prospera y que, si no fuera por el declinar de Juan, todo iría bien.
Pero no puede decir nada más porque se anuncia la llegada de Nicodemo y José.

-¡Dios te salve, Maestro, esta mañana y siempre!
-Gracias, José. ¿Y tú, Nicodemo, no estabas?
-No. Pero, sabido que habías llegado, he pensado en venir a casa de Lázaro, casi seguro de que te encontraría. Y José se ha unido a mí.

Hablan alrededor de la cama de Lázaro de los hechos de la mañana. Y él se interesa tanto, que parece aliviado de su sufrimiento.
-¿Y Gamaliel, Señor? ¿Oíste? -dice José de Arimatea.
-Oí.

Nicodemo dice:
-Yo, sin embargo, digo: ¿Y Judas de Keriot, Señor? Después de tu partida, me lo encontré vociferando como un demonio en medio de un grupo de alumnos de los rabíes. Te acusaba y defendía al mismo tiempo. Estoy seguro de que estaba convencido de actuar bien. Ellos querían encontrarte culpas, ciertamente estimulados por sus maestros. Él rebatía las acusaciones con pasión enardecida. Decía:

«Sólo una culpa tiene mi Maestro: hacer resaltar demasiado poco su poder. Deja pasar el momento oportuno. Cansa a los buenos con su excesiva mansedumbre. ¡Rey es, debe actuar como rey! Vosotros lo tratáis como a un siervo, porque es manso. Y El, por ser sólo manso, se destruye. Para vosotros, que sois viles y crueles, no hay otra cosa aparte del azote de un poder absoluto y violento. ¡Ah, si pudiera hacer de El un violento Saúl!”
Jesús menea la cabeza sin decir nada.

-De todas formas, a su manera, te ama -observa Nicodemo.
-¡Qué hombre más desconcertante! -exclama Lázaro.
-Sí. Bien has dicho. Yo no lo entiendo, y hace dos años que estoy con él -confirma el Zelote.
María de Magdala se alza, con majestuosidad de reina, y con su espléndida voz proclama:

-Yo lo he entendido más que todos: es el oprobio al lado la Perfección. Y no hay nada más que decir -y sale para alguna gestión, llevándose consigo a Margziam.
-Quizás María tiene razón -dice Lázaro.
-También lo creo yo -dice José.

-¿Y Tú, Maestro, qué dices?

-Digo que Judas es "el hombre". Como lo es Gamaliel. El hombre limitado junto a Dios infinito. El hombre está tan restringido en su pensamiento, mientras no lo airean sobrenaturalmente, que puede acoger una sola idea, incrustarla dentro de sí, o incrustarse en ella, y quedarse así. Incluso contra la evidencia. Terco.

Obstinado. Incluso por fidelidad hacia la cosa que más le ha impresionado. En el fondo, Gamaliel tiene una fe, como pocos en Israel, en el Mesías que vislumbró y reconoció en un niño. Y es fiel a las palabras de aquel niño… Y lo mismo Judas. Saturado de la idea mesiánica como la mayor parte de Israel la a cultiva, confirmado en ella por mi primera manifestación a él, ve, quiere ver, en el Cristo el rey. El rey temporal y poderoso… Y es fiel a este concepto suyo. ¡Cuántos, incluso en el futuro, se malograrán por una concepción de fe equivocada, terca contra toda razón! ¿Pero qué creéis, que es fácil seguir la verdad y la Justicia en todas las cosas? ¿Qué creéis, que es fácil salvarse sólo porque se sea un Gamaliel y un Judas apóstol?

No. En verdad, en verdad os digo que es más fácil que se salve un niño, un fiel común, que uno elevado a especial cargo y a especial misión. Generalmente entra, en los llamados a extraordinaria suerte, la soberbia de su vocación, y esta soberbia abre las puertas a Satanás, expulsando a Dios. Las caídas de las estrellas son más fáciles que las de las piedras. El Maldito trata de apagar los astros y se insinúa, se insinúa tortuoso para hacer de palanca contra los elegidos y poder volcarlos. Si miles de hombres caen en los errores comunes, su caída no arrastra nada más que a ellos mismos. Pero si cae uno de los elegidos para una extraordinaria suerte, y viene a ser instrumento de Satanás en vez de serlo de Dios, su voz en vez de "mi" voz, su discípulo en vez de "mi" discípulo, entonces la ruina es mucho mayor y puede dar origen incluso a profundas herejías que dañan a un número sin número de espíritus. El bien que Yo doy a una persona producirá mucho bien si cae en un terreno humilde y que sabe permanecer humilde; pero, si cae en un terreno soberbio o que se hace soberbio por el don recibido, entonces de bien se transforma en mal. A Gamaliel le fue concedida una de las primeras epifanías del Cristo. Debía ser su precoz llamada a Cristo; sin embargo, es la razón de su sordera a mi voz que lo llama.

A Judas le ha sido concedido ser apóstol: uno de los doce apóstoles entre los millares de hombres de Israel. Debía ser esto su santificación. Pero, ¿qué será?… Amigos míos, el hombre es el eterno Adán… Adán tenía todo. Todo menos una cosa. Quiso ésa.

¡Y si el hombre se queda en Adán! ¡Ah, pero muy a menudo se transforma en Lucifer! Tiene todo menos la divinidad. Quiere la divinidad. Quiere lo sobrenatural para causar asombro, para ser aclamado, temido, conocido, celebrado…

Y, para conseguir algo de eso que sólo Dios puede gratuitamente dar, se agarra fuertemente a Satanás, que es el Simio de Dios y da sucedáneos de dones sobrenaturales.

¡Qué horrenda suerte la de estos que se han transformado en demonios! Os dejo, amigos. Me retiro bastante. Tengo necesidad de recogerme en Dios…

Jesús, muy turbado, sale… Los que se quedan (Lázaro, José, Nicodemo y el Zelote) se miran.
-¿Has visto cómo se ha turbado? -pregunta en voz baja José a Lázaro.

-Sí, lo he visto. Parecía como si estuviera viendo un espectáculo horrendo.

-¿Qué tendrá en el corazón? -pregunta Nicodemo.
-Sólo Él y el Eterno lo saben -responde José -¿Tú no sabes nada, Simón?

-No. Lo cierto es que hace meses que está muy angustiado.
-¡Dios lo proteja! Pero lo cierto es que el odio aumenta.
-Sí, José. El odio aumenta… Creo que pronto el Odio va a vencer al Amor.

-¡No digas eso, Simón! ¡Si debe suceder así, no volveré a pedir la curación! Mejor morir que asistir al más horrendo de los errores».

-De los sacrilegios, debes decir, Lázaro…
.Y… Israel es capaz de esto. Está maduro para repetir el gesto de Lucifer declarando la guerra al Señor bendito -suspira Nicodemo.

Un silencio penoso se forma, cual mordaza que estrangula todas las gargantas… Declina la tarde en la habitación en que cuatro hombres honestos piensan en los futuros delincuentes.

364- En el Templo. Oración universal y parábola del hijo verdadero y los hijos bastardos

Dice Jesús:

-Levántate, María. Vamos a santificar el día con una página del Evangelio. Porque mi Palabra es santificación.

Ve, María. Porque ver los días terrenos de Cristo es santificación. Escribe, María. Porque escribir acerca de Cristo es santificación, repetir lo que dice Jesús es santificación, predicar a Jesús es santificación, instruir a los hermanos es santificación. Grande será tu recompensa por esta obra de caridad.

Jesús ha dejado Rama y ya está a la vista de Jerusalén.

Mientras anda -como el año pasado -va cantando los salmos prescritos. Muchos, en la vía llena de gente, se vuelven para mirar al grupo apostólico que pasa. Quién saluda con reverencia; quién se limita a echar una ojeada curiosa (éstas son por lo general las mujeres), sonriendo respetuosamente; quién se limita a observar; quién dibuja en sus labios una sonrisita irónica y desdeñosa; quién, en fin, pasa altivo y con evidente malevolencia. Jesús va tranquilo, vestido con una túnica limpia y buena. También Él, como todos, se ha cambiado, para entrar con orden y, diría, con elegancia, en la ciudad santa.

Y también Margziam este año está a la altura de las circunstancias con su ropa nueva. Camina al lado de Jesús, cantando a pleno pulmón, con esa voz suya que la verdad es que es un poquillo áspera porque no es todavía viril. Pero su tono imperfecto se pierde en el coro, lleno, de las voces de sus compañeros, emergiendo sólo, límpido como tintín de plata, en los agudos que emite todavía con voz blanca y segura. Está feliz Margziam…

En un intervalo de los cantos -ya a la vista de la Puerta de Damasco, porque entran por allí para ir inmediatamente al Templo -, mientras esperan a que pase una pomposa caravana que ocupa toda la vía y crea obstrucciones (de forma que los prudentes se detienen en los márgenes), Margziam pregunta:

-Señor mío, ¿no vas a decir otra parábola bonita para tu hijo lejano? Querría unirla a los otros escritos que tengo; porque está claro que en Betania vamos a encontrar a sus enviados y sus noticias. Y me consume el deseo de darle una alegría, según le prometí y su corazón y el mío queremos…

-Sí, hijo mío. Te daré la parábola.
-Pero una que lo consuele, que le diga que sigue siendo tu amado…

-Así lo diré. Y será para mí alegría porque será decir una verdad.
-¿Cuándo la vas a decir, Señor?
-Inmediatamente. Vamos a ir enseguida al Templo, como es deber, y allí hablaré antes de que se me impida hacerlo.
-¿Y vas a hablar para él?
-Sí, hijo mío.

-¡Gracias, Señor! Debe ser muy doloroso el estar separado así… -dice Margziam, que tiene casi un brillo de llanto en sus ojos negros. Jesús le pone la mano encima del pelo y se vuelve para indicar a los doce que se acerquen y así reemprender la marcha. Y es que los doce se habían detenido a oír lo que decían algunos, no sé si creyentes en el Maestro o deseosos de conocerlo, que a su vez se habían parado por la misma causa que había detenido a Jesús y a los suyos.

-Ya vamos, Maestro. Estábamos escuchando a éstos. Algunos de ellos son prosélitos que vienen de lejos y preguntaban que dónde podrían acercarse a conocerte -dice Pedro yendo.
-¿Por qué motivo lo desean?

Y Pedro, ya al lado de Jesús -que está reanudando la marcha -dice:

-Porque quieren oír tu palabra, y para ser curados de algunas enfermedades. ¿Ves ese carro cubierto, después de ellos? Dentro hay prosélitos de la Diáspora que han venido por mar o con un largo viaje, movidos a realizarlo además de por el respeto a la Ley por la fe en ti. Los hay de Éfeso, Perge e Iconio, y hay uno, pobre, de Filadelfia, al que han acogido en el carro por piedad los otros, que son mercantes ricos por lo general, pensando propiciarse al Señor.

-Margziam, ve a decirles que me sigan al Templo. Tendrán lo uno y lo otro: salud del alma, con la palabra, y salud para los cuerpos si saben tener fe.

El jovencito va ligero. Pero de los doce se eleva un coro de desaprobación por "la imprudencia" de Jesús, que quiere mostrarse públicamente en el Templo…

-Vamos a propósito, para que vean que no tengo miedo. Para que vean que ninguna amenaza me puede hacer desobedecer al precepto. ¿Pero es que no habéis entendido todavía su juego? Todas estas amenazas, todos estos consejos, amigables sólo en apariencia, tienen la pretensión de hacerme pecar, para poder disponer de un elemento verdadero de acusación. No seáis cobardes. Tened fe. No es mi hora.

-¿Pero por qué no vas antes a tranquilizar a tu Madre? Te espera… -dice Judas Iscariote.

-No. Primero voy al Templo, que, hasta el momento señalado por el Eterno para la nueva época, es la Casa de Dios. Mi Madre, esperándome, sufrirá menos de lo que sufriría sabiendo que estoy predicando en el Templo. De esta forma, honraré al Padre y a la Madre, dándole al Primero la primicia de mis horas pascuales, y a la segunda la tranquilidad. Vamos. No temáis. Por lo demás, quien tenga miedo que vaya al Getsemaní, a incubar su miedo entre las mujeres.

Los apóstoles, con la pulla de esta última observación, no hablan más. Se ponen de nuevo en fila, de tres en tres. Sólo en la fila donde está Jesús, la primera, son cuatro, hasta que llega Margziam y la hace de cinco (tanto que Judas Tadeo y el Zelote se ponen detrás de Jesús, dejándolo así en el centro entre Pedro y Margziam).
En la Puerta de Damasco ven a Manahén.

-Señor, he pensado que era mejor que me vieran, para disolver toda posible duda sobre la situación. Te aseguro que, aparte de la malevolencia de los fariseos y escribas, no hay nada que sea peligroso para ti. Puedes ir seguro.

-Lo sabía, Manahén. De todas formas, te lo agradezco. Ven conmigo al Templo, si no te es molestia…
-¿Molestia? ¡Por ti desafiaría al mundo entero! ¡Afrontaría cualquier fatiga!

Judas Iscariote barbota algunas palabras. Manahén se vuelve ofendido. Dice con voz segura:
-No, hombre. No son "palabras". Le ruego al Maestro que compruebe mi sinceridad.

-No hace falta, Manahén. Vamos.
Siguen adelante entre el atasco de gente. Llegados a una casa amiga, se liberan de los talegos; Santiago, Juan y Andrés los depositan por todos en un atrio largo y oscuro, y luego dan alcance a sus compañeros.

Entran en el recinto del Templo pasando cerca de la Antonia. Los soldados romanos miran, pero no se mueven. Se susurran algunas cosas. Jesús los observa, para ver si hay alguno que conozca. Pero no ve ni a Quintiliano ni al mílite Alejandro.

Ya están en el Templo, en medio del hormigueo de gente, poco sagrado, de los primeros patios, donde hay mercaderes y cambistas. Jesús mira y vibra. Se pone pálido. Su andadura severa es tan solemne, que parece aumentar más todavía de estatura.

Judas Iscariote lo tienta:

-¿Por qué no repites aquel gesto santo? Ya ves… lo han olvidado… De nuevo la profanación ha entrado en la Casa de Dios. ¿No te duele? ¿No te lanzas a defender?

Este rostro moreno y bello, pero irónico y falso (a pesar de todas las artes de Judas para que no aparezca así), toma un aspecto incluso zorruno mientras, un poco agachado, como por reverencial respeto, dice estas palabras a Jesús, escrutándolo de abajo arriba.

-No es la hora. Pero todo eso será purificado. ¡Y para siempre!.. -dice secamente Jesús.

Judas sonríe ligeramente y comenta:

-¡El "para siempre" de los hombres! ¡Ya ves, Maestro, que es muy precario!…

Jesús no le responde, pues trata de saludar desde lejos a José de Arimatea, que pasa seguido por otras personas, envuelto en sus vistosos indumentos.

Recitan las oraciones rituales y luego regresan al Patio de los Gentiles, bajo cuyos pórticos se agolpa la gente.

Los prosélitos a los que habían encontrado viniendo al Templo han seguido todo este tiempo a Jesús. Han traído con ellos a sus enfermos y ahora los están colocando a la sombra, debajo de los pórticos, cerca del Maestro.

Sus mujeres, que los han esperado aquí, se acercan muy despacio. Todas veladas. Pero una está ya sentada, quizás por estar enferma, y las compañeras la llevan al lado de los otros enfermos. Más gente se agolpa alrededor de Jesús. Veo estupor y desorientación en los grupos rabínicos y sacerdotales por la abierta venida y la abierta predicación de Jesús.

-¡La paz sea con todos vosotros que escucháis!
La Pascua Santa trae de nuevo a los hijos fieles a la Casa del Padre. Parece, esta Pascua bendita nuestra, una madre que piensa solícita en el bien de sus hijos, que los llama con fuerte voz para que vengan de todas partes, aplazando todas las ocupaciones por una más importante, la única que es verdaderamente grande y útil: honrar al Señor y Padre.

En esto se comprende que somos hermanos; de esto, con testimonio delicado, surge el orden y el compromiso de amar al prójimo como a uno mismo. ¿No nos hemos visto nunca? ¿No sabíamos los unos de los otros? Así es. Pero, si estamos aquí, porque somos hijos de un único Padre que quiere congregarnos en su Casa para el banquete pascual, entonces, aunque no sea con los sentidos materiales, sí ciertamente con la parte superior, sentimos que somos iguales, hermanos, provenientes de Uno solo, y nos amamos, por tanto, como si hubiéramos crecido juntos. Y esta unión de amor nuestra es anticipación de la otra, más perfecta, de que gozaremos en el Reino de los Cielos, bajo la mirada de Dios, abrazados todos por su Amor: Yo, Hijo de Dios y del hombre, con vosotros, hombres hijos de Dios; Yo, Primogénito, con vosotros, hermanos amados sobre toda humana medida, hasta hacerme Cordero por los pecados de los hombres.

Recordemos también, nosotros que gozamos en el momento presente de nuestra fraterna unión en la Casa del Padre, a los que están lejos y también son hermanos nuestros en el Señor y en el origen. Tengámoslos en nuestro corazón. Llevemos en nuestro corazón ante el altar santo a los ausentes. Oremos por ellos, recogiendo con el espíritu sus lejanas voces, sus añoranzas de estar aquí, sus anhelos. Y, de la misma forma que recogemos estos conscientes anhelos de los israelitas lejanos, recojamos también los de las almas que pertenecen a hombres que no saben siquiera que tienen un alma y que son hijos de Uno solo.

Todas las almas del mundo gritan en las prisiones de los cuerpos hacia el Altísimo. Alzan, en oscura cárcel, su gemido hacia la Luz. Nosotros, que estamos en la luz de la fe verdadera, tengamos misericordia de ellos. Oremos así:
Padre nuestro que estás en los Cielos, sea santificado por toda la humanidad tu Nombre. Conocer tu Nombre es encaminarse hacia la santidad. Haz, Padre santo, que los gentiles y paganos conozcan tu existencia, y que vengan a Dios, a ti, Padre, guiados por la Estrella de Jacob, por la Estrella de la Mañana, por el Rey y Redentor de la estirpe de David, por tu Ungido, ya ofrecido y consagrado para ser Víctima por los pecados del mundo; que vengan como los tres sabios de entonces, de un tiempo ya lejano pero no inoperante, porque nada de lo que tiene algo que ver con la venida de la Redención al mundo es inoperante.

Venga tu Reino a todos los lugares de la tierra: donde se te conoce y ama, y donde aún no se te conoce; y, sobre todo, a los que son triplemente pecadores, los cuales, aun conociéndote, no te aman en tus obras y manifestaciones de luz, y tratan de rechazar y apagar la Luz que ha venido al mundo, porque son almas de tinieblas, que prefieren las obras de tinieblas, y no saben que querer apagar la Luz del mundo es ofenderte a ti mismo, porque Tú eres Luz santísima y Padre de todas las luces, comenzando por la que se ha hecho Carne y Palabra para traer tu luz a todos los corazones de buena voluntad.

Padre santísimo, que todos los corazones de este mundo hagan tu voluntad, es decir, que se salven todos los corazones y no quede para ninguno sin fruto el sacrificio de la Gran Víctima; porque ésta es tu voluntad: que el hombre se salve y goce de ti, Padre santo, después del perdón que está para ser otorgado.

Danos tu ayuda, Señor: todas tus ayudas. Ayuda a todos los que esperan, a los que no saben esperar, a los pecadores con el arrepentimiento que salva, a los paganos con la herida de tu llamada que estremece; ayuda a los infelices, a los reclusos, a los desterrados, a los enfermos en el cuerpo o en el espíritu, a todos, Tú que eres el Todo; porque el tiempo de la Misericordia ha llegado.

Perdona, Padre bueno, los pecados de tus hijos. Los de tu pueblo, que son los más graves, los de los culpables de querer estar en el error, mientras que tu amor de predilección ha dado la Luz precisamente a este pueblo.

Perdona a los que están afeados por un paganismo corrompido que enseña el vicio, y se hunden en la idolatría de este paganismo pesado y mefítico, mientras que entre ellos hay almas preciadas y que Tú amas porque las has creado. Nosotros perdonamos, Yo el primero, para que Tú puedas perdonar. E invocamos tu protección sobre la debilidad de las criaturas para que libres del Principio del Mal, del cual vienen todos los delitos, idolatrías, culpas, tentaciones y errores, a tus criaturas. Líbralas, Señor, del Príncipe horrendo, para que puedan acercarse a la Luz eterna.

La gente ha seguido atenta esta solemne oración. Se han
acercado rabíes famosos, entre los cuales, sujetándose pensativo el barbado mentón, está Gamaliel… Y se ha acercado también un grupo de mujeres, enteramente envueltas en mantos, con una especie de capucha que oculta sus rostros. Y los rabíes se han acercado con desprecio…

Y también han venido, reclamados por la noticia de que había llegado el Maestro, muchos discípulos fieles, entre los cuales están Hermas, Esteban y el sacerdote Juan. Y también Nicodemo y José, inseparables, y otros amigos suyos que creo haber visto ya.

Durante la pausa que sigue a la oración del Señor, recogido ahora dentro de sí, solemnemente austero, se oye a José de Arimatea decir:

-¿Y entonces, Gamaliel? ¿No te parece todavía palabra del Señor?

-José, se me dijo: "Estas piedras se estremecerán con el sonido de mis palabras" -responde Gamaliel.
Esteban, impetuosamente, grita:

-¡Cumple el prodigio, Señor! ¡Da la orden, y se desarticularán! ¡Gran don sería que se derrumbase el edificio, pero se elevaran en los corazones las murallas de tu Fe! ¡Házselo a mi maestro!

-¡Blasfemo! -grita un grupo rabioso de rabíes con sus alumnos.

-No -grita a su vez Gamaliel -Mi discípulo habla con palabra inspirada. Pero nosotros no somos capaces de aceptarla porque el Ángel de Dios todavía no nos ha purificado del pasado con el tizón tomado del Altar de Dios… Y, quizás, ni aunque el grito de su voz -y señala a Jesús -desencajara los quicios de estas puertas, sabríamos creer…

Se recoge un extremo del amplio manto blanquísimo y con él se cubre la cabeza, ocultándose casi el rostro; luego se marcha. Jesús lo mira mientras se va… Luego continúa hablando. Ahora responde a algunos que murmuran entre sí, que se muestran escandalizados y que hacen más visible su escándalo descargándolo sobre Judas de Keriot, con una rociada de protestas que el apóstol encaja sin reaccionar, encogiéndose de hombros y poniendo una cara que de satisfecha no tiene nada.

Jesús dice:

-En verdad, en verdad os digo que los que parecen ilegítimos son hijos verdaderos, y que los que son hijos verdaderos se hacen ilegítimos. Escuchad todos una parábola.

Hubo una vez un hombre que, debido a algunas ocupaciones, tuvo que ausentarse durante largo tiempo de casa, dejando en ella a algunos hijos que todavía eran poco más que unos niños. Desde el lugar en que se hallaba, escribía cartas a sus hijos mayores para mantener siempre en ellos el respeto hacia el padre lejano y para recordarles sus enseñanzas.

El último, nacido después de su partida, se estaba criando todavía con una mujer que vivía lejos de allí, de la región de la esposa, que no era de su raza. Y la esposa murió, siendo pequeño y viviendo lejos de casa todavía este hijo. Los hermanos dijeron: "Dejémoslo allí, donde está, con los parientes de nuestra madre. Quizás nuestro padre se olvida de él. Saldremos ganando porque tendremos que repartir con uno menos, cuando nuestro padre muera". Y así lo hicieron. De esta forma, el niño lejano creció con los parientes maternos, ignorando las enseñanzas de su padre, ignorando que tenía un padre y unos hermanos, o, peor, conociendo la amargura de esta reflexión: "Todos ellos me han desechado como si fuera ilegítimo", y tanto se sentía repudiado por su padre, que llegó incluso a creer que ello fuera verdad.

Siendo ya un hombre y habiéndose puesto a trabajar -porque, agriado como estaba por los pensamientos mencionados, aborrecía también a la familia de su madre, a quien consideraba culpable de adulterio -, quiso el azar que este joven fuera a la ciudad donde estaba su padre. Y entró en contacto con él, aunque no sabía quién era, y tuvo la ocasión de oírlo hablar. El hombre era un sabio.

No teniendo la satisfacción de los hijos, que estaban lejos -a esas alturas ya vivían por su cuenta y mantenían con su padre lejano sólo unas relaciones convencionales… bueno, para recordarle que eran "sus" hijos y que, como consecuencia, se acordara de ellos en el testamento -, se ocupaba mucho en dar rectos consejos a los jóvenes a quienes tenía ocasión de conocer en esa tierra en que estaba. El joven se sintió atraído por esa rectitud, que era paterna hacia muchos jóvenes; no sólo se acercó a él, sino que atesoró todas sus palabras, y vino a hacer bueno su agriado ánimo. El hombre enfermó. Tuvo que decidir regresar a su patria.

El joven le dijo: "Señor, eres la única persona que me ha hablado con justicia y me ha elevado el corazón. Deja que te siga como siervo. No quiero volver a caer en el mal de antes". "Ven conmigo. Ocuparás el puesto de un hijo del que no he podido volver a tener noticias". Y regresaron juntos a la casa paterna.

Ni el padre ni los hermanos ni el propio joven intuyeron que el Señor hubiera congregado de nuevo a los de una única sangre bajo un único techo.

Mas el padre hubo de llorar mucho por sus hijos conocidos, porque los encontró olvidados de sus enseñanzas, codiciosos, duros de corazón, con muchas idolatrías en sus corazones en vez de creyentes en Dios: la soberbia, la avaricia y la lujuria eran sus dioses, y no querían oír hablar de nada que no fuera ganancia humana. El extranjero, sin embargo, cada vez se acercaba más a Dios; se hacía cada vez más justo, bueno, amoroso, obediente. Los hermanos lo odiaban porque el padre quería a ese extranjero. Él perdonaba y amaba porque había comprendido que en el amor estaba la paz.

El padre, un día, disgustado con la conducta de sus hijos, dijo: "Vosotros os habéis desinteresado de los parientes de vuestra madre, y hasta de vuestro hermano. Me recordáis la conducta de los hijos de Jacob hacia su hermano José. Quiero ir a esas tierras para tener noticias de él. Quizás lo encuentro para consuelo mío". Y se despidió, tanto de los hijos conocidos como del joven desconocido, dando a este último una reserva de dinero para que pudiera volver al lugar de donde había venido y montar allí un pequeño comercio.

Llegado a la región de su difunta esposa, los familiares de ella le contaron que el hijo abandonado había pasado a llamarse Manasés, de Moisés que se llamaba, porque realmente con su nacimiento había hecho olvidar al padre que era justo, pues lo había abandonado.

"¡No me ofendáis! Me habían referido que se había perdido el rastro del niño. Y no esperaba siquiera encontrar aquí a ninguno de vosotros. Pero habladme de él. ¿Cómo es? ¿Ha crecido robusto? ¿Se parece a mi amada esposa que se consumió dándomelo? ¿Es bueno? ¿Me ama?".

"Robusto, es robusto, y guapo como su madre, aparte de tener los ojos de un color negro intenso. De su madre tiene hasta la mancha de forma de algarroba en la cadera, y de ti ese estorbo ligero de la pronunciación. Cuando se hizo hombre, se marchó, agriado por su sino, con dudas sobre la honestidad de su madre, y sintiendo rencor hacia ti. Habría sido bueno, si no hubiera tenido este rencor en el alma. Se marchó más allá de los montes y de los ríos. Llegó a Trapecius para…"

"¿Decís Trapecius? ¿En Sinopio? Seguid, seguid, que yo estaba allí, y vi a un joven con este ligero estorbo en la pronunciación, solo y triste, y muy bueno por debajo de su costra de dureza. ¿Es él? ¡Hablad!".

«Quizás es. Búscalo. En la cadera derecha tiene la algarroba saliente y oscura como la tenía tu mujer".
El hombre se marchó a toda velocidad, con la esperanza de encontrar todavía al extranjero en su casa. Había partido ya para regresar a la colonia de Sinopio. El hombre fue detrás… Lo encontró. Le hizo acercarse para descubrirle la cadera. Lo reconoció. Cayó de rodillas alabando a Dios por haberle devuelto el hijo, y más bueno que los otros, que cada vez se hacían más animales, mientras que éste, en estos meses que habían pasado, se había hecho cada vez más santo. Y dijo al hijo bueno: "Recibirás la parte de tus hermanos, porque, sin ser amado por nadie, te has hecho más justo que todos los demás".

¿No era, acaso, justicia? Lo era. En verdad os digo que son verdaderos hijos del Bien aquellos que, rechazados por el mundo y despreciados, odiados, vilipendiados, abandonados como ilegítimos, considerados oprobio y muerte, saben superar a los hijos crecidos en la casa pero rebeldes a las leyes de ésta. No es el hecho de ser de Israel lo que da derecho al Cielo; ni asegura el destino el ser fariseos, escribas o doctores. La cosa es tener buena voluntad y acercarse generosamente a la Doctrina de amor, hacerse nuevos en ella, hacerse por ella hijos de Dios en espíritu y verdad.

Sabed todos los que me escucháis que muchos, que se creen seguros en Israel, serán sustituidos por los que para ellos son publicanos, meretrices, gentiles, paganos y galeotes. El Reino de los Cielos es de quien sabe renovarse acogiendo la Verdad y el Amor.

Jesús se vuelve hacia el grupo de los enfermos prosélitos.
-¿Sabéis creer en cuanto he dicho? -pregunta con voz fuerte.

-¡Sí! ¡Señor! -responden en coro.
-¿Queréis acoger la Verdad y el Amor?
-¡Sí! ¡Señor!
-¿Os quedaríais satisfechos aunque no os diera más que Verdad y Amor?

-Señor, Tú sabes qué es lo que necesitamos más. Danos, sobre todo, tu paz y la vida eterna.
-¡Levantaos e id a alabar al Señor! Estáis curados en el Nombre santo de Dios. Y, rápido, se dirige hacia la primera puerta que encuentra, y se mezcla con la muchedumbre que satura Jerusalén, antes de que la emoción y el estupor que hay en el Patio de los Paganos puedan transformarse en aclamadora búsqueda de Él…

Los apóstoles, desorientados, lo pierden de vista. Sólo Margziam, que no ha dejado nunca de tenerle cogido un extremo del manto, corre a su lado, feliz, y dice:

-¡Gracias, gracias, gracias, Maestro! ¡Por Juan, gracias! He escrito todo mientras hablabas. Sólo me queda añadir el milagro. ¡Qué bonito! ¡Justo para él! ¡Se pondrá muy contento!…

363-En Rama, en casa de la hermana de Tomás. Jesús habla sobre la salvación. Apóstrofe a Jerusalén

Tomás, que iba en la cola de la comitiva hablando con Manahén y Bartolomé, se separa de los compañeros y alcanza al Maestro, que va delante con Margziam e Isaac.

-Maestro, dentro de poco estaremos cerca de Rama. ¿Quieres venir a bendecir al hijo de mi hermana? ¡Ella tiene muchos deseos de verte! Podremos hacer un alto allí. Hay sitio para todos. ¡Dime que sí, Señor!

-Te complaceré, y además con alegría. Mañana entraremos en Jerusalén descansados.

-¡Oh! ¡Entonces me adelanto para avisar! ¿Me dejas ir?
-Ve. Pero recuerda que no soy el amigo mundano. No obligues a los tuyos a un gasto grande. Trátame como "Maestro". ¿Entiendes?
-Sí, mi Señor. Se lo diré a mi familia. ¿Vienes conmigo, Margziam?

-Si Jesús quiere…
-Ve, ve, hijo.

Los otros, que han visto a Tomás y a Margziam marcharse en dirección a Rama, situada un poco a la izquierda del camino que de Samaria, creo, va a Jerusalén, aceleran el paso para preguntar que qué pasa.

-Vamos a casa de la hermana de Tomás. He estado en las casas de todas vuestras familias. Es justo que vaya también a su casa. Lo he mandado adelante por esto.
-Entonces, con tu permiso, hoy me adelanto yo también, para sondear si no hay novedades. Cuando entres por la puerta de Damasco, si hay dificultades, estaré yo. Si no, te veo… ¿dónde, Señor? -dice Manahén.

-En Betania, Manahén. Me dirijo sin demora a casa de Lázaro. Pero dejaré a las mujeres en Jerusalén. Voy solo. Es más, te ruego que después de la pausa de hoy las escoltes a sus casas.
-Como quieras, Señor.

-Avisad al conductor que nos siga hacia Rama.

En efecto, el carro sube lentamente para ir detrás de la comitiva apostólica. Isaac y el Zelote se detienen para esperarlo, mientras todos los demás toman el camino secundario que, con suave desnivel, conduce a la colina, muy baja, sobre la cual está Rama.

Tomás, que no cabe dentro de sí y que aparece aún más rubicundo por la alegría que resplandece en su rostro, está a la entrada del pueblo, esperando. Corre al encuentro de Jesús:

-¡Qué felicidad, Maestro! ¡Está toda mi familia! ¡Mi padre, que tantos deseos tenía de verte, mi madre, mis hermanos! ¡Qué contento estoy!

Y se pone al lado de Jesús, y va tan derecho mientras atraviesa el pueblo, que parece un conquistador en la hora del triunfo.

La casa de la hermana de Tomás está en un cruce situado hacia el este de la ciudad. Es la típica casa acomodada israelita: fachada casi sin ventanas, puerta principal herrada, con su ventanillo; por techo la terraza; los muros del jardín, altos y oscuros ­por encima de los cuales sobresalen las copas de los árboles frutales -, que se prolongan por detrás de la casa. Pero hoy la doméstica no necesita mirar por el ventanillo.

La puerta está abierta de par en par. Todos los habitantes de la casa están dispuestos en orden en el atrio. Y continuamente se ven manos adultas alargarse para sujetar a un niño o a una niña del nutrido grupo de los niños, los cuales, agitados, exaltados por el anuncio, rompen continuamente filas y jerarquías, se escabullen y van a la delantera de la familia, a los sitios de honor, donde, en primera fila están los padres de Tomás, y la hermana con su marido.

Pero cuando Jesús llega al umbral de la puerta, no hay quien sujete a los rapazuelos. Parecen una nidada saliendo del nido después de una noche de descanso. Y Jesús recibe el choque de este pelotón gorjeador y primoroso que se abate contra sus rodillas y lo ciñe, y que levanta las caritas en busca de besos y no se separa a pesar de las llamadas maternas o paternas, ni por algún que otro pescozón afectuoso propinado por Tomás para poner orden.

-¡Dejadlos! ¡Dejadlos! ¡Ojalá fuera todo el mundo así! -exclama Jesús, que se ha agachado para complacer a todos estos rapazuelos.

Por fin puede entrar, entre saludos más reverenciales de los adultos. Pero el que me gusta especialmente es el saludo del padre de Tomás, un anciano típicamente judío, al que Jesús invita y ayuda a levantarse, y luego lo besa «en señal de gratitud por la generosidad de haberle dado un apóstol.

-Dios me ha amado más que a ningún otro en Israel, porque mientras todo hebreo tiene un varón, el primogénito, consagrado al Señor, yo tengo dos: el primero y el último; y la consagración del último es incluso mayor, porque, sin ser levita ni sacerdote, hace lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote hace: ve constantemente a Dios y acoge sus mandatos -dice con esa voz un poco temblorosa de los ancianos, y aún más trémula por la emoción. Y termina:

-Dime sólo una cosa, para hacer dichosa mi alma. Tú, que no mientes, dime: ¿este hijo mío, por la forma en que te sigue, es digno de servirte y de merecer la Vida eterna?
-Reposa en la paz, padre. Tu Tomás tiene un gran puesto en el corazón de Dios por el modo como vive, y tendrá un gran puesto en el Cielo por la forma como habrá servido a Dios hasta el último respiro.

Tomás boquea como un pez, de la emoción por lo que está oyendo decir.

El anciano levanta sus trémulas manos, mientras dos hilos de llanto se deslizan por las incisiones de las profundas arrugas para perderse entre la barbota patriarcal, y dice:
-Descienda sobre ti la bendición de Jacob; la bendición del patriarca al más justo de sus hijos: "Te bendiga el Omnipotente con las bendiciones del cielo, que está arriba, con las bendiciones del abismo, que abajo yace, con las bendiciones de los pechos y del seno. Las bendiciones de tu padre sobrepujen las de mis padres, y, hasta que no se cumpla el anhelo de los collados eternos, desciendan sobre la cabeza de Tomás, sobre la cabeza del consagrado entre sus hermanos".

Y todos responden:
-¡Así sea!
-Y ahora bendice Tú, Señor, a esta casa, y, sobre todo, a éstos que son sangre de mi sangre -dice el anciano señalando a los niños.

Y Jesús, abriendo los brazos, recita con voz potente la bendición mosaica, y la alarga diciendo:

-Dios, en cuya presencia caminaron vuestros padres, Dios que me nutre desde mi adolescencia hasta hoy, que me ha librado de todo mal, bendiga a estos niños, lleven ellos mi Nombre y los nombres de mis padres y se multipliquen copiosamente sobre la tierra -y termina tomando de los brazos de la madre al último nacido para besarlo en la frente y dice: «Y a ti desciendan, como miel y mantequilla, las virtudes selectas que vivieron en el Justo cuyo nombre te he dado, y lo hagan pingüe cual palma de dorados dátiles, adornado como cedro de regia copa, para los Cielos».

(La bendición de Jacob está en Génesis 49, 25-26; la sucesiva bendición mosaica está en Números 6, 22-27)

Todos los presentes están emocionados y extáticos. Pero luego un gorjeo de alegría estalla en todas las bocas y acompaña a Jesús, que entra en la casa y no se detiene hasta llegar al patio, donde hace la presentación de su Madre, de las discípulas, apóstoles y discípulos, a los huéspedes.

Ya no es por la mañana, ni mediodía. El rayo enfermo de un sol que a duras penas orada las desmadejadas nubes de un tiempo que lucha por restablecerse dice que el astro se encamina al ocaso y el día al crepúsculo.

Las mujeres ya no están, y tampoco Isaac y Manahén; Margziam sí, se ha quedado y está feliz al lado de Jesús, que sale de casa y va caminando con los apóstoles y todos los familiares varones de Tomás a ver algunas vides, que al parecer tienen un especial valor. Tanto el anciano como el cuñado de Tomás explican la posición del majuelo y la rareza de las plantas, que por ahora tienen sólo pequeñas y tiernas hojas.

Jesús, benignamente, escucha estas explicaciones, interesándose de podas y escardaduras como de las cosas más útiles del mundo. A1 final dice a Tomás sonriendo:
-¿Debo bendecir esta dote de tu gemela?
-¡Mi Señor! Yo no soy Doras ni Ismael. Sé que tu respiro,

tu presencia en un lugar, son ya bendición. Pero si quieres levantar tu diestra sobre estas plantas hazlo, y su fruto ciertamente será santo.
-¿Y abundante, no? ¿Tú que opinas, padre?
-Basta que sea santo. ¡Santo basta! Y lo pisaré y te lo mandaré para la próxima Pascua. Lo usarás en el cáliz del rito.

-Está dicho. Cuento con ello. Quiero, en la próxima Pascua, consumir el vino de un verdadero israelita.
Salen de la viña para volver al pueblo.
La noticia de la presencia en el pueblo de Jesús de Nazaret se ha esparcido, y todos los de Rama están en las calles, y con fervientes ganas de acercarse.
Jesús lo ve y dice a Tomás:

-¿Por qué no vienen? ¿Es que tienen miedo de mí? Diles que los quiero.

¡Tomás no deja que se lo repita dos veces! Va de uno a otro corrillo, tan rápido que parece una mariposa volando de flor en flor. Y los que oyen la invitación tampoco esperan a que se lo digan dos veces. Todos se pasan la voz y, corriendo, van alrededor de Jesús; de forma que, llegados al cruce donde está la casa de Tomás, hay ya una discreta aglomeración de personas que respetuosamente habla con los apóstoles y los familiares de Tomás, preguntando esto o aquello.

Comprendo que Tomás ha trabajado mucho durante los meses de invierno, y mucho de la doctrina evangélica se conoce en el pueblo.

Pero desean una explicación más detallada, y uno, que se ha quedado muy impresionado por la bendición que Jesús ha dado a los niños de la casa que lo hospeda y por cuanto ha dicho de Tomás, pregunta:
-¿Entonces todos serán justos por esta bendición tuya?

-No por la bendición. Por sus acciones. Les he dado la fuerza de la bendición para confirmarlos en sus acciones. Pero son ellos los que tienen que cumplir las acciones, y que éstas sean sólo acciones justas, para conseguir el Cielo. Yo bendigo a todos… pero no todos se salvarán en Israel.

-Es más, se salvarán muy pocos, si siguen como ahora -dice Tomás en tono de queja.
-¿Qué dices?

-La verdad. El que persigue a Cristo y lo calumnia, el que no practica lo que Él enseña, no tendrá parte en su Reino -dice Tomás con su voz fuerte.
Uno le tira de la manga:

-¿Es muy severo? -pregunta, señalando a Jesús.
-¡Lo contrario, demasiado bueno!
-¿Yo? ¿Tú que opinas, que me salvaré? No estoy entre los discípulos. Pero tú sabes cómo soy y cómo he creído siempre en lo que me decías. Más no sé hacer. ¿Qué tengo que hacer, exactamente, para salvarme, además de lo que ya hago?

-Pregúntaselo a Él. Tendrá mano más suave que la mía, y juicio más justo.
El hombre avanza hacia Jesús y dice:
-Maestro, yo observo la Ley, y, desde que Tomás me repitió tus palabras, trato de ser todavía más observante. Pero soy poco generoso. Hago lo que no tengo más remedio que hacer. Me abstengo de hacer lo que no está bien porque tengo miedo del Infierno. Pero estoy apegado a mis comodidades, y… lo confieso, me las ingenio mucho para hacer las cosas sin pecar pero tampoco incomodándome demasiado a mí mismo. ¿Con esta forma de actuar me salvaré?

-Te salvarás. Pero, ¿por qué ser avaro con el buen Dios, que tan generoso es contigo? ¿Por qué pretender para uno mismo sólo la salvación, a duras penas arrebatada, y no la gran santidad que produce inmediatamente eterna paz? ¡Ánimo, hombre! ¡Sé generoso con tu alma!
El hombre dice humildemente:

-Lo pensaré, Señor. Lo pensaré. Siento que tienes razón, y que perjudico a mi alma obligándola a una larga expiación antes de conseguir la paz.
-¡Eso es! Este pensamiento ya es un comienzo de perfeccionamiento.

Otro de Rama pregunta:
-¿Señor, son pocos los que se salvan?

-Si el hombre supiera vivir con respeto hacia sí mismo y amor reverencial a Dios, todos los hombres se salvarían, como Dios desea. Pero el hombre no actúa así. Como un necio, se entretiene con el simulacro, en vez de coger el oro verdadero. Sed generosos en vuestro deseo del Bien.

¿Os cuesta? En eso está el mérito. Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. La otra, bien ancha y engalanada, es una seducción de Satanás para descaminaros. La del Cielo es estrecha, baja, austera, adusta. Para pasar por ella hay que ser ágiles y ligeros y no estar apegados a la pompa ni a la materialidad. Para poder pasar hay que ser espirituales. Si no, cuando llegue la hora de la muerte, no lograréis cruzarla. En verdad, se verá a muchos que tratarán de entrar, pero tan engrosados de materialidad, tan engalanados de pompas humanas, tan endurecidos por una costra de pecado, tan incapaces de agacharse a causa de la soberbia que ya es su esqueleto, que no lo lograrán. Irá entonces el Amo del Reino para cerrar la puerta, y los que estén afuera, los que no hayan podido entrar en el debido momento, desde fuera, llamarán a la puerta gritando:

"¡Señor, ábrenos! ¡Estamos también nosotros aquí!". Pero Él dirá: "En verdad os digo que no os conozco, ni sé de dónde venís". Y ellos: "¿Cómo es posible? ¿No te acuerdas de nosotros? Hemos comido y bebido contigo, te hemos escuchado cuando enseñabas en nuestras plazas". Pero Él responderá: "En verdad no os reconozco. Cuanto más os miro, más os veo saciados de aquellas cosas que declaré alimento impuro.

En verdad, cuanto más os escruto, más veo que no sois de mi familia. En verdad, veo ahora de quién sois hijos y súbditos: del Otro. Tenéis por padre a Satanás, por madre la Carne, por nodriza la Soberbia, por siervo el Odio, por tesoro tenéis el pecado y vuestras gemas son los vicios. En vuestro corazón está escrito "Egoísmo". Vuestras manos están manchadas de fraudes contra los hermanos. ¡Fuera de aquí! ¡Lejos de mí todos vosotros obradores de iniquidad!".

Y entonces, mientras que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas y justos del Reino de Dios se presentarán viniendo de lo profundo del Cielo fúlgidos de gloria, ellos, los que no tuvieron amor sino egoísmo, no sacrificio sino molicie, serán arrojados lejos, recluidos en el lugar donde el llanto es eterno y no hay sino terror.

Y los resucitados gloriosos, venidos de oriente y occidente, de septentrión y mediodía, se congregarán a la mesa nupcial del Cordero, Rey del Reino de Dios. Entonces se verá que muchos que parecieron "mínimos" en el ejército de la tierra serán los primeros en la ciudadanía del Reino.

Y, de la misma forma, verán que no todos los poderosos de Israel serán poderosos en el Cielo, ni todos los que Cristo eligiera para el destino de siervos suyos habrán sabido merecer la elección para la mesa nupcial. Antes al contrario, verán que muchos, considerados "los primeros", serán no sólo los últimos, sino que no serán ni siquiera últimos. Porque muchos son los llamados, mas pocos los que de la elección saben hacerse una verdadera gloria.

Mientras Jesús está hablando, al improviso llegan unos fariseos. Forman parte de un peregrinaje que se dirige a Jerusalén, o que viene, en busca de alojamiento, de una Jerusalén saturada. Ven la concentración de gente y se acercan para ver. Pronto descubren la rubia cabeza de Jesús resplandeciente contra el fondo oscuro de la casa de Tomás.

-¡Dejad paso, que queremos decir unas palabras al Nazareno! -irrumpen gritando.

Sin ningún entusiasmo se separa la gente. Los apóstoles ven venir hacia ellos al grupo farisaico.

-¡Maestro, paz a ti!
-La paz a vosotros. ¿Qué queréis?
-¿Vas a Jerusalén?
-Como todo fiel israelita.
-¡No vayas! Te espera un peligro allí. Lo sabemos porque venimos de allá al encuentro de nuestras familias. Hemos venido a advertirte, porque hemos sabido que estabas en Rama.

-¿Quién os lo ha dicho, si es lícito preguntarlo? -dice Pedro, escamado y dispuesto a empezar una discusión.

-No es asunto de tu incumbencia, hombre. Basta con que sepas, tú que nos llamas serpientes, que hay muchas serpientes cerca del Maestro, y que deberías desconfiar de los demasiados, y de los demasiado poderosos, discípulos.

-¿Cómo dices? ¿No querrás insinuar que Manahéno…
-Silencio, Pedro. Y tú, fariseo, has de saber que ningún peligro puede apartar de su deber a un fiel. Si se pierde la vida, no pasa nada. Lo grave es perder la propia alma contraviniendo a la Ley. Pero tú lo sabes, y sabes que Yo lo sé. ¿Por qué, entonces, me tientas? ¿No sabes, acaso, que sé por qué lo haces?

-No te tiento. Te digo la verdad. Muchos de nosotros serán enemigos tuyos, pero no todos. Nosotros no te odiamos. Sabemos que Herodes te busca, y te decimos: márchate. Márchate de aquí, porque si Herodes te captura te mata seguro. Lo está deseando.

-Lo está deseando, pero no lo hará. Esto lo sé Yo. ¿Y sabéis lo que os digo?: id a decirle a esa vieja raposa que la persona que él busca está en Jerusalén. Pues vengo expulsando demonios y obrando curaciones, sin esconderme.

Y lo seguiré haciendo hoy, mañana y pasado mañana, mientras dure mi tiempo. Y es que es necesario que siga caminando hasta tocar el final. Y es necesario que hoy y luego otra vez, y otra, y otra más, entre en Jerusalén; porque no es posible que mi camino se detenga antes. Y debe cumplirse en justicia, o sea, en Jerusalén.

-El Bautista murió en otro lugar.

-Murió en santidad, y santidad quiere decir: Jerusalén". Porque, si bien ahora Jerusalén quiere decir "Pecado", ello se refiere sólo a lo que sólo es terrestre y pronto perecerá. Yo me refiero a lo eterno y espiritual, o sea, a la Jerusalén de los Cielos. En ella, en su santidad, mueren todos los justos y los profetas.

En ella moriré Yo, e inútil es vuestro deseo de inducirme al pecado. Y moriré, además, entre las colinas de Jerusalén; pero no por mano de Herodes, sino por voluntad de quien me odia más refinadamente que él, porque ve en mí al usurpador del Sacerdocio apetecido, al purificador de Israel, de todas las enfermedades que lo corrompen.

No le carguéis, pues, a Herodes todo el afán de matar; tomad, más bien, cada uno vuestra parte… en efecto, el Cordero está encima de un monte al que suben por todas partes lobos y chacales, para degollarlo y…

Los fariseos huyen bajo la granizada de estas verdades que queman…

Jesús los mira mientras huyen. Luego se vuelve hacia mediodía, hacia un claror más luminoso, que quizás indica la zona de Jerusalén, y, con tristeza, dice:

-¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a tus profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como reúne el ave en el nido a sus pequeñuelos bajo sus alas, y tú no has querido!

Pues bien, tu verdadero Amo dejará desierta tu Casa. Él vendrá, hará -como establece el rito -lo que deben hacer el primero y el último de Israel, y luego se marchará.

Ya no permanecerá dentro de tu recinto, para purificarte con su presencia. Y te aseguro que ni tú ni tus habitantes me volveréis a ver, en mi verdadera figura, hasta que llegue el día en que digáis: "Bendito el que viene en nombre del Señor"… Y vosotros de Rama recordad estas palabras, y todas las otras, para no tener parte en el castigo de Dios. Sed fieles… Podéis marcharos. La paz sea con vosotros.

Y Jesús se retira a la casa de Tomás con todos los familiares de éste y con sus apóstoles.

362- La misión de las «voces» en la Iglesia futura. El encuentro con la Madre y las discípulas

Están ahora en la otra parte del Jordán y andan ligeros en dirección suroeste, orientados hacia una segunda cadena de montes -más elevada que la primera, formada por bajas colinas -pasada la cual se ve la llanura del Jordán. Por lo que comentan, comprendo que han evitado la llanura para no caer de nuevo en el limo que han dejado en la otra parte, y piensan ir a donde deben siguiendo los caminos internos, mejor mantenidos y más transitables, especialmente en tiempo de lluvia.

-¿A qué altura estaremos? -pregunta Mateo, que se orienta mal.
-Sin duda, entre Silo y Betel. Reconozco los montes -dice Tomás.
-Pasamos hace poco por aquí, con Judas, que en Betel se hospedó donde algunos fariseos.

-Te podían hospedar también a ti. No quisiste venir. Pero ni yo ni ellos te dijimos: "No vengas".

-Yo tampoco digo que me lo dijerais. Digo sólo que preferí quedarme con los discípulos que evangelizaban aquí.
Y el incidente termina. Es más, Andrés manifiesta su alegría:

-Si en Betel tenemos fariseos amigos, no vendrán contra nosotros.
-Pero estamos volviendo, no estamos yendo a Jerusalén -le objetan.
-¡Tendremos que ir en todo caso para la Pascua! Y no sé cómo nos las vamos a ingeniar…

-¡Sí, claro! ¿Por qué ha dicho que vuelve a Caná? Podían volver las mujeres, y nosotros cumplir el peregrinaje…
-¡Está escrito que mi mujer no celebre la Pascua en Jerusalén! -exclama Pedro.
Juan le consulta a Jesús, que está hablando animadamente con el Zelote:

-Maestro, ¿cómo nos las vamos a ingeniar para que nos dé tiempo a ir y volver?
-No lo sé. Me pongo en las manos de Dios. Si nos retrasamos, no será culpa mía.

-Has hecho bien siendo prudente -dice el Zelote.
-¡Por mí habría seguido! Porque no ha llegado todavía mi hora. Esto Yo lo siento.

-Pero, ¿cómo habríais soportado, vosotros, la aventura; vosotros que de un tiempo a esta parte estáis tan… cansados?

-Maestro… tienes razón. Parece como si un demonio hubiera espirado su aliento entre nosotros. ¡Estamos muy cambiados!

-El hombre se cansa. Quiere las cosas rápidas. Y sueña cosas estúpidas. Cuando se percata de que el sueño es distinto de la realidad, se agita y, si no tiene buena voluntad, cede. Olvida que el Omnipotente, que hubiera podido, en un instante, hacer del Caos el Universo, lo hizo en fases ordenadas y separadas en espacios de tiempo que se han llamado días. Yo debo sacar del Caos espiritual de todo un mundo el Reino de Dios. Y lo haré. Construiré sus bases.

Ya las estoy construyendo. Y debo quebrar la roca durísima, para labrar dentro de ella los cimientos que no han de derrumbarse. Vosotros levantaréis lentamente los muros. Vuestros sucesores continuarán la obra, en altura y anchura. De la misma manera que Yo moriré en la obra, vosotros también moriréis, y habrá muchos otros que morirán cruenta o incruentamente, consumidos, de todas formas, por este trabajo que requiere espíritu de inmolación, de generosidad, y lágrimas y sangre y paciencia sin medida…

Pedro introduce su cabeza entrecana entre Jesús y Juan. «
-¿Se puede saber qué decís?
-¡Hombre, Simón! Ven aquí. Hablábamos de la futura Iglesia. Estaba explicando que, al contrario de vuestras prisas, cansancios, desánimos, etc. requiere calma, constancia, esfuerzo, confianza. Estaba explicando que requiere el sacrificio de todos sus miembros.

Desde mí, que soy su Fundador, su Cabeza mística, hasta vosotros, hasta todos los discípulos, hasta todos aquellos que lleven el nombre de cristianos y el de pertenecientes a la Iglesia universal. Y, en verdad, los que harán verdaderamente vital a la Iglesia, no pocas veces, serán los más humildes de la gran escala de las jerarquías, es decir, aquellos que parezcan simplemente "números".

Verdaderamente, no pocas veces tendré que refugiarme en éstos para seguir manteniendo viva la fe y la fuerza de los colegios apostólicos que se renovarán siempre; y tendré que hacer de estos apóstoles personas atormentadas por Satanás y por los hombres envidiosos, soberbios e incrédulos. Y su martirio moral no será menos penoso que el martirio material: sí, se verán entre la voluntad activa de Dios, y la voluntad mala del hombre, instrumento de Satanás, que tratará con todas las artes y violencias de presentarlos embusteros, locos, obsesos, para paralizar mi obra en ellos y los frutos de mi obra, cada uno de los cuales es un golpe victorioso contra la Bestia.

-¿Y resistirán?

-Resistirán. Incluso sin tenerme materialmente a su lado. Deberán creer no sólo en lo que se debe creer, sino también en su secreta misión; creerla santa, creerla útil, creerla proveniente de mí. Y, mientras, en torno a ellos, Satanás, sibilante, tratará de aterrorizarlos, y el mundo g-ritará para escarnecerlos, y gritarán los no siempre perfectamente luminosos ministros de Dios para condenarlos. Éste es el destino de mis futuras voces.

Y, con todo, no tendré otro modo de hacer reaccionar a los hombres y llevarlos al Evangelio y a Cristo. Ahora bien, como contrapartida de todo lo que les pida y les imponga y de todo lo que reciba de ellos, ¡oh, les daré eterno gozo, una gloria especial! En el Cielo hay un libro cerrado. Sólo Dios puede leerlo. En él están todas las verdades. Pero Dios alguna vez quita los sellos y despierta las verdades ya dichas a los hombres, y constriñe a un hombre, elegido para tal destino, a conocer el pasado, presente y futuro como están contenidos en el libro misterioso.

¿Habéis visto alguna vez a un hijo, el mejor de la familia, o a un alumno, el mejor de la escuela, ser convocados por el padre o el maestro para leer en un libro de adultos y para escuchar la explicación? Está al lado de su padre o de su maestro, abarcado por uno de sus brazos, mientras la otra mano, del padre o maestro, señala con e1 índice los renglones que quiere que lea y conozca el predilecto. Lo mismo hace Dios con sus consagradas para tal destino. Los acerca hacia sí, los tiene cogidos con su brazo, y los fuerza a leer lo que Él quiere, y a saber su significado, y luego a decirlo, y recibir a cambio burlas y dolor.

Yo, el Hombre, encabezo la estirpe de los que dicen las Verdades del libro celeste; y recibo burlas, dolor y muerte. Pero el Padre ya prepara mi Gloria. Y Yo, cuando haya subido a ella, prepararé la gloria de aquellos a quienes haya forzado a leer en el libro cerrado los puntos que quería que leyeran, y, en presencia de toda la Humanidad resucitada y de los coros angélicos, los señalaré como lo que fueron, y los invitaré a acercarse; entonces abriré los sellos del Libro que ya será inútil tener cerrado, y ellos sonreirán al verlas de nuevo escritas, al volver a leer las palabras que ya les fueran iluminadas cuando sufrían en la tierra.

-¿Y los otros? -pregunta Juan, que está atentísimo a la lección.

-¿Qué otros?

-Los otros, que como yo no han leído en la tierra aquel libro, ¿no sabrán nunca lo que dice?
-Los bienaventurados en el Cielo, absorbidos en la Sabiduría infinita, sabrán todo.
-¿Inmediatamente? ¿Nada más morir?

-Nada más entrar en la Vida.
-¿Pero entonces por qué en el Ultimo Día vas a hacer ver que los llamas para conocer el Libro?

-Porque no estarán sólo los bienaventurados viendo esto, sino toda la Humanidad. Y muchos, en la parte de los condenados, serán de aquellos que se burlaron de las voces de Dios como de voces de locos y de endemoniados, y los atormentaron por causa de aquel don suyo. Tardía pero obligada revancha concedida a estos mártires del malvado embotamiento del mundo.

-¡Qué bonito será verlo! -exclama Juan arrobado.
-Sí. Y ver a todos los fariseos amolar los dientes de rabia -dice Pedro, y se frota las manos.
-¡Yo creo que miraré sólo a Jesús y a los benditos que lean con Él el Libro!… -responde Juan con una sonrisa de niño en sus labios rojos, soñando con esa hora, perdidos sus ojos en quién sabe qué visión de luz, ahora más brillantes por un acceso de llanto emotivo que no brota pero pone esplendorosos sus iris garzos.

El Zelote lo mira, también Jesús lo mira. Pero Jesús no dice nada. El Zelote, sin embargo, dice:
-¡Te mirarás entonces a ti mismo! Porque si entre nosotros hay uno que será "voz de Dios" en la tierra y será llamada a leer los puntos del Libro sellado, ése eres tú, Juan, predilecto de Jesús y amigo de Dios.

-¡No digas eso! Yo soy el más ignorante de todos. Soy tan negado para todo, que, si Jesús no dijera que de los niños es el Reino de Dios, pensaría que no podría nunca alcanzarlo. ¿No es verdad, Maestro, que yo valgo sólo porque soy semejante a un niño?
-Sí, perteneces a la bienaventurada infancia. ¡Y bendito seas por ello!

Siguen andando todavía un rato; luego Pedro, que mira hacia atrás por el camino de caravanas en que ya se encuentran, exclama:
-¡Misericordiosa Providencia! ¡Aquél es el carro de las mujeres!

Todos se vuelven. Es realmente el pesado carro de Juana. Viene tirado por dos robustos caballos al trote. Se paran para esperarlo. La cubierta de cuero, enteramente echada, impide ver a las personas que vienen dentro del carro. Pero Jesús hace un gesto de que se detenga, y el conductor reacciona con una exclamación de alegría cuando ve a Jesús erguido y con el brazo levantado al borde del camino.
Mientras el hombre para a los dos caballos que venían resoplando, se asoma por la apertura del tendal el rostro flaco de Isaac:

-¡El Maestro! grita -¡Madre, alégrate! ¡Está aquí!

Voces de mujeres y confuso rumor de pisadas se producen en el interior del carro; pero antes de que una sola de las mujeres baje, ya han saltado al suelo Manahén, Margziam e Isaac, y corren para venerar al Maestro.

-¿Todavía aquí, Manahén?

-Fiel a la consigna. Y ahora más que nunca, porque las mujeres tenían miedo… Pero… Te hemos obedecido porque se debe obedecer, aunque -créelo -no había nada preocupante. Sé con certeza que Pilatos ha llamado al orden a los turbulentos, diciendo que quienquiera que provoque sediciones en estos días de fiesta será castigado duramente. Creo que no es ajena a esta protección de Pilatos su mujer, y, sobre todo, las damas amigas de su mujer. En la Corte se sabe todo y nada. Pero se sabe lo suficiente… -y Manahén se aparta para ceder el sitio a María, que ha bajado del carro y ha recorrido los pocos metros de camino, trémula y emocionada toda.

Se besan, mientras las discípulas, todas, veneran al Maestro. Pero no están ni María ni Marta de Lázaro.
María susurra:

-¡Cuánta congoja desde aquella noche! ¡Hijo, cómo te odian todos! -y unas lágrimas descienden siguiendo las líneas rojas que son señal en el rostro de muchas otras vertidas esos días.

-Pero ya ves que el Padre provee. ¡Así que no llores! Yo desafío con coraje a todo el odio del mundo. Pero una sola lágrima tuya me abate. ¡Ánimo, Madre santa! -y, teniéndola arrimada contra sí con un brazo, se vuelve hacia las discípulas para saludarlas; y dedica palabras especiales a Juana, que ha querido regresar para acompañar a María.

-¡Maestro, no es ningún esfuerzo estar con tu Madre! María está retenida en Betania por los sufrimientos de su hermano. He venido yo. He dejado los niños a la mujer del guardián del palacio; es una mujer buena y maternal. Y ya está también Cusa. ¡Fíjate Tú si le va a faltar algo a nuestro querido Matías, predilecto de mi marido! Pero también Cusa me dijo que partir era inútil.

La medida de contención impuesta por el Procónsul le ha roto las uñas también a Herodías. Y además él, el Tetrarca, tiembla de miedo, y no tiene más que un pensamiento: vigilar para que Herodías no lo destruya ante los ojos de Roma. La muerte de Juan ha echado abajo muchas cosas que estaban a favor de Herodías. Y Herodes siente también, y muy bien, que el pueblo está rebelado contra él por la muerte de Juan. La raposa intuye que el peor castigo sería perder la odiosa y humillante protección de Roma. El pueblo arremetería contra él inmediatamente. Por tanto, no dudes que no hará nada por propia iniciativa.

-¡Entonces volvemos a Jerusalén! Podéis caminar tranquilos respecto a vuestra incolumidad. Vamos. Que las mujeres monten de nuevo en el carro, y con ellas Mateo y quien esté cansado. Descansaremos en Betel. Vamos.

Las mujeres obedecen. Suben con ellas Mateo y Bartolomé.

Los otros prefieren seguir al carro a pie junto con Manahén, Isaac y Margziam. Y Manahén cuenta cómo ha hecho las averiguaciones para saber lo que había de verdad en la bravata del herodiano que había extendido un velo de dolor sobre el grupo tranquilo reunido en Betania en casa de Lázaro, «que sufre mucho» (dice Manahén).

-¿Ha ido una mujer a Betania?

-No, Señor. Pero nosotros hace tres días que faltamos de allí. ¿Quién es?
-Una discípula. Se la daré a Elisa, porque es joven, está sola y no tiene medios.

-Elisa está en el palacio de Juana. Quería venir. Pero está muy constipada. Ardía en deseos de verte. Decía: "¿Pero no comprendéis que mi paz está en verlo?"

-Voy a darle también una alegría con esta joven. ¿Y tú, Margziam, no hablas?

-Escucho, Maestro.

-El muchacho escucha y escribe. De uno u otro requiere que le repitamos tus palabras, y escribe, escribe. ¿Pero las habremos dicho bien? -dice Isaac.

-Las miraré Yo y añadiré lo que falte en el trabajo de mi discípulo -dice Jesús acariciando el carrillo morenito de Margziam. Y pregunta: « ¿Y el anciano padre? ¿Lo has visto?».

-¡Sí! No me reconocía. Lloró de alegría. Pero lo veremos en el Templo porque Ismael los envía. Es más, les ha dado más días este año. Tiene miedo de ti.

-¡Claro, mira tú éste! ¡Después de la bromita que le sucedió a Cananías en Sebat! -dice Pedro, y ríe.

-Pero el miedo a Dios no construye; al contrario, destruye. No es amistad. Es sólo una espera que a menudo se transforma en odio. Pero cada uno da lo que puede…
Prosiguen el camino y los pierdo de vista.

361- Los dos injertos que transformarán a los apóstoles. María de Magdala advierte a Jesús de un peligro. Milagro ante la riada del Jordán

Por fin puedo escribir lo que desde el rayar del alba de esta mañana ocupa mi vista y oído mentales, y me hace sufrir por el esfuerzo de oír cosas externas y de casa mientras que lo que debo ver y oír son las cosas de Dios, y me hace intolerante respecto a todas las demás cosas que no sean lo que el espíritu ve.

¡Cuánta paciencia necesito para… no perder la paciencia esperando el momento de decir a Jesús: «¡Aquí me tienes!

¡Ahora puedes seguir adelante»! Porque -lo he dicho otras veces y ahora lo repito -cuando no puedo proseguir o empezar la narración de lo que veo, la escena se detiene al principio, o en el punto en que me interrumpen, y luego continúa su secuencia o empieza de nuevo, cuando puedo seguirla libremente. Creo que Dios quiere esto para que no omita o confunda ni siquiera un detalle particular, lo cual podría sucederme si escribiera un tiempo después de haber visto.

Aseguro por mi conciencia, que cuanto escribo, por verlo u oírlo, lo escribo mientras lo veo y oigo.

Así pues, esto es lo que veo desde el comienzo de la mañana, y mi interno consejero me dice que es el comienzo de una larga y hermosa visión.

Jesús, con un tiempo de lobos, va por un camino campestre embarradísimo. El camino es un pequeño río de lodo que a cada pisada cede y salpica; un lodo amarillento, pegajoso, resbaladizo cual jabón blando, que se agarra a las sandalias y las aspira como si fuera una ventosa, y al mismo tiempo se desliza bajo sus suelas, haciendo penosa la marcha en medio de muchos patinazos.

Debe haber llovido y requetellovido en esos días. Y el cielo (un cielo bajo, plúmbeo, recorrido por nubarrones densos impulsados por los vientos siroco o gregal, tan densos que el aire parece, en la boca, un cuerpo dulzarrón, una pátina empalagosa) todavía promete más lluvia.

No alivia este rítmico soplo de viento, que plega hierbas y ramas y luego pasa para tornar todo a la inmovilidad pesada del bochorno tempestuoso. De vez en cuando, un nubarrón se abre, y gruesas gotas, calientes como si provinieran de una ducha templada, caen para formar borbollones en el lodo, que salpica aún más en las túnicas y las piernas.

Los bajos de las túnicas -a pesar de que Jesús y los suyos las hayan recogido, disponiéndolas muy abolsadas en torno a las caderas con la ayuda del cordón que las ciñe a las cinturas -son una entera cazcarria de fango, muy húmedo en la parte más baja, casi seco en las salpicaduras más altas. Túnicas y mantos -éstos también los llevan lo más alto posible: los han plegado en dos y así los llevan, por limpieza y para protegerse doblemente de los chaparrazos breves pero violentos -están enteramente sucios de barro.

¿Y los pies y las piernas?: hasta la mitad de las espinillas parecen cubiertos de una espesa media de lana cascarriosa, y que, sin embargo, es lodo, lodo y más lodo encostrado.

Hasta aquí el comienzo. Ahora prosigue.

Los discípulos se quejan un poco del tiempo y del camino, y, digámoslo también, de las ganas poco… aconsejables del Maestro de estar por ahí caminando con un tiempo como éste.

Jesús parece que no oye. Pero oye. Y dos o tres veces se vuelve levemente -van casi en fila india para seguir el lado izquierdo del camino, que, por su nivel un poco más alto que el derecho, está menos cenagoso -, se vuelve para mirarlos, pero no habla.

La última vez es el más anciano de los apóstoles el que dice:

-¡Pobre de mí! ¡Con esta humedad que se me está secando encima voy a tener dolores para tomar y dejar! ¡Yo ya soy viejo! ¡Ya no tengo treinta años!

También Mateo refunfuña:

-¿Y yo, entonces? Yo es que no estaba acostumbrado… Cuando llovía en Cafarnaúm, ya sabes, Pedro, que no salía de mi casa. Ponía a unos siervos en la mesa de los impuestos y ellos me traían a los que tenían que pagar. Había organizado un verdadero servicio para esto. ¡Hombre, claro! ¿Quién salía cuando hacía mal tiempo? ¡Pues… algún que otro melancólico y nada más! Mercados y viajes se hacen con el buen tiempo…

-¡Callad! ¡Que oye! -dice Juan.

-No, hombre, que no oye. Está pensando, y cuando piensa… es como si nosotros no existiéramos -dice Tomás.
-Y cuando establece una cosa no la remueve ninguna justa consideración. Quiere hacer lo que quiere Él. Sólo se fía de sí mismo. Será su ruina. Si se asesorase un poco conmigo… ¡Que yo sé muchas cosas! -dice Judas con ese empaque de "yo hago todo" y de "soy más que los demás".

-¿Qué sabes tú?-pregunta Pedro, ya rajo como un gallito.

¡Tú sabes todo! ¿Qué amigos tienes? ¿Qué es, que eres una personalidad de Israel? ¡Vete por ahí, hombre! Tú eres un pobre hombre como yo y los demás. Un poco más guapo… Pero la belleza de juventud es una flor que dura un día. ¡Yo también era guapo!

-Una fresca carcajada de Juan quiebra el aire. También los otros se ríen, y toman un poco el pelo a Pedro por sus arrugas, sus piernas divergentes, como las de todos los marineros, sus ojos un poco prominentes y enrojecidos por los vientos del lago.

-Reíos si queréis, pero es así. Y… no me interrumpáis.

Di, Judas. ¿Qué amigos tienes? ¿Qué sabes? Para saber lo que das a entender, debes tener amigos entre los enemigos de Jesús. Y quien tiene amigos entre los enemigos es un traidor. ¡De modo que, muchacho, cuida de ti, si te preocupa tu belleza! Porque, si bien es verdad que ya no soy guapo, es verdad que soy todavía fuerte, y no me costaría mucho esfuerzo dejarte desdentado o deshacerte un ojo -dice Pedro.

-¡Qué modos de hablar! ¡Verdaderamente propios de un tosco pescador! -dice Judas con un desprecio de príncipe ofendido.

-Sí señor, y a mucha honra. Pescador, pero sincero como mi lago, que si quiere hacer tormenta no dice: "Hago bonanza", sino que se estremece y se pone, como testigos en el zócalo del cielo, unas borlas de nubes que para qué; de forma que basta con que uno no sea un animal o esté borracho para que entienda la alusión y tome las medidas que correspondan. Tú… tú me asemejas a este barro, que parece sólido y, mira» (y pisa enérgicamente, y el barro salpica hasta el mentón del guapo Iscariote).

-¡Pero Pedro! ¡Son modales indignos! ¡Pues sí que dan en ti buen fruto las palabras del Maestro sobre la caridad!
-Y en ti sobre la humildad y la sinceridad. Venga. Escupe lo que sabes. ¿Qué sabes? ¿Es verdad que sabes, o te das importancia para hacer creer que tienes amigos poderosos? ¡Tú, que eres sólo un pobre gusano!

-Yo sé lo que sé, y no vengo a decírtelo a ti para que se produzcan riñas como te gustaría, como galileo que eres. Repito que sería una cosa muy buena que el Maestro fuera menos testarudo. Y menos violento. La gente se cansa de oír que la ofenden.

-¡Violento! Si lo fuera, debería hacerte volar al río, inmediatamente. Un buen vuelo por encima de aquellos árboles. Así te lavarías el barro que te ensucia el perfil. ¡Ojalá sirviera para lavarte el corazón, que… me equivocaré, pero debe estar más costroso que mis piernas embarradas!

Efectivamente, Pedro, velludo y bajo de estatura, tiene las piernas más embarradas. El y Mateo son verdaderamente de arcilla casi hasta la rodilla.

-Dejadlo, ¿no?! ¡Ya está bien! -dice precisamente Mateo.
Juan, que ha notado que Jesús ha aminorado la marcha, sospecha que haya oído, y, acelerando el paso, pasando a dos o tres compañeros, se llega hasta Él, se pone a su lado y lo llama:

-¡Maestro! -dulcemente como siempre, y con esa mirada suya de amor, volviendo la cabeza hacia arriba, porque es más bajo y porque va hacia el centro del camino y, por tanto, fuera del ligero desnivel por el que todos marchan.
-¡Juan! ¿Me has alcanzado?

Jesús le sonríe.

Juan, estudiando con amor y preocupación su rostro para tratar de ver si ha oído, responde:

-Sí, Maestro mío. ¿Me quieres contigo?
-Siempre te quiero conmigo. A todos os querría tener al lado, ¡y con tu corazón! Pero, si sigues caminando por ahí, te acabarás de mojar.
-¡No me importa, Maestro! ¡Nada me importa, con tal de estar a tu lado!

-¿Siempre quieres estar conmigo? Tú no piensas que soy imprudente y que puedo meteros en líos también a vosotros. ¿No te sientes ofendido porque no atiendo tus consejos?
-¡Maestro! ¿Entonces has oído? -Juan está consternado.

-He oído todo. Desde las primeras palabras. De todas formas, no te aflijas. No sois perfectos. Lo sabía desde cuando os llamé. Y no pretendo que seáis perfectos rápidamente. Antes deberéis ser transformados de agrestes en delicados, con dos injertos…

-¿Cuáles, Maestro?
-Uno de sangre, otro de fuego. Después seréis héroes del Cielo y convertiréis al mundo, empezando por vosotros.
-¿De sangre? ¿De fuego?
-Sí, Juan. La Sangre: la mía…
-¡No, Jesús!

Juan le interrumpe con un gemido.

-Serénate, amigo. No me interrumpas. Sé tú el primero en escuchar estas verdades. Lo mereces. La Sangre: la mía. Ya sabes que para esto he venido. Soy el Redentor… Piensa en los Profetas. No omitieron ni una iota describiendo mi misión.

Seré el Hombre descrito por Isaías. Y, cuando me desangren, mi Sangre os fecundará a vosotros. Pero no me limitaré a esto. Sois tan imperfectos, débiles, obtusos y miedosos, que Yo, glorioso al lado del Padre, os enviaré el Fuego, la Fuerza que procede de mi ser por generación del Padre y que vincula al Padre y al Hijo en una arra indisoluble, haciendo de Uno, Tres: el Pensamiento, la Sangre, el Amor.

Cuando el Espíritu de Dios, o mejor, el Espíritu del Espíritu de Dios, la Perfección de las Perfecciones divinas, descienda sobre vosotros, vosotros dejaréis de ser lo que ahora sois. Seréis nuevos, potentes, santos… Pero para uno nula será la Sangre y nulo el Fuego. Porque la Sangre, para él, significará poder de condenación, y para toda la eternidad conocerá otro fuego, en el cual arderá, arrojando y tragando sangre, porque verá sangre en todos los lugares donde ponga sus ojos mortales o sus ojos espirituales, desde cuando haya traicionado la Sangre de un Dios.

-¡Oh, Maestro! ¿Quién es?

-Lo sabrás un día. Ahora ignora. Y, por la caridad, no trates ni siquiera de indagar. La averiguación presupone sospecha. No debes sospechar de tus hermanos, porque la sospecha es ya falta de caridad.
-Me basta con que me asegures que no seremos ni yo ni Santiago los que te traicionemos.

-¡No, tú no! Y tampoco Santiago. ¡Tú eres mi consuelo, Juan bueno! -y Jesús le pone un brazo encima de los hombros y lo arrima hacia sí, y prosiguen así unidos.
Van en silencio un rato. También los demás ahora guardan silencio. Se oyen sólo las pisaduras sobre el lodo.

Luego, otro ruido. Es un susurro, un gorgoteo: me asemeja al pesado ronquido de una persona acatarrada. Un ronquido monótono, interrumpido de vez en cuando por pequeños chasquidos.

-¿Oyes? -dice Jesús -El río está cerca.
-Pero al vado no llegaremos antes de la noche. Dentro de poco empezará a oscurecer.

-Dormiremos en alguna cabaña. Y mañana pasaremos. Hubiera querido llegar antes, porque cada hora que pasa se engrosa más el río. ¿Oyes? Los cañizares de las orillas se rompen bajo el peso de las aguas crecidas.

-¡Te han entretenido mucho en las ciudades de la Decápolis! Nosotros se lo decíamos a aquellos enfermos: "¡Otra vez será!" pero…

-Pero quien está enfermo quiere curarse, Juan. Y quien tiene piedad cura inmediatamente, Juan. No importa. Pasaremos de todas formas. Quiero recorrer la otra orilla antes de volver a Jerusalén para Pentecostés.

Callan de nuevo. Cae la tarde con la rapidez de las tardes lluviosas. La marcha, en el crepúsculo cada vez más oscuro, se hace aún más difícil. Y los árboles que hay a lo largo del camino aumentan la oscuridad con su follaje.
-Vamos a pasar a la otra margen del camino. Ya estamos muy cerca del vado. Vamos a buscar una cabaña.

Cruzan. Los demás los siguen. Salvan un pequeño canal cenagoso -más cieno que agua -que va a afluir, burbujeando, al río. Casi a tientas pasan entre los árboles, y se dirigen hacia el río, cuyo rumor se oye cada vez más cercano y fuerte.

Un primer rayo de luna perfora las nubes, penetra entre dos nubes y baja haciendo brillar el agua limosa del Jordán, que está muy engrosado y ancho en ese punto. (Si calculo bien, el río tiene una anchura de cincuenta o sesenta metros. Soy una verdadera calamidad en cuestión de cálculo de medidas, pero creo que mi casa cabría en ese cauce, al menos, nueve o diez veces, y tenía una anchura de aproximadamente cinco metros y medio).

Ahora no es el hermoso, calmo y azul Jordán, de aguas pacíficas y bajas que dejan al descubierto la fina arena del guijarral en las orillas, donde empiezan los cañizares, que siempre son un temblor sonoro. Ahora el agua ha invadido toda, y los primeros cañizares, combados, rotos y sumergidos, ya no se ven; todo lo más, alguna cinta de las hojas ondea en la superficie del agua y parece hacer un gesto de adiós y pedir ayuda. E1 agua está ya al pie de los primeros árboles gruesos. No sé qué árboles son. Son altos y frondosos, compactos como una muralla, oscura en la noche oscura. Algún sauce hunde las cimas de sus desordenadas frondas en el agua amarillenta.
-Por aquí ya no se puede vadear -dice Pedro.
-Por aquí no. ¿Pero allí? ¿Ves? Se pasa todavía -dice Andrés.

Efectivamente, dos cuadrúpedos están pasando con cautela e1 río. El agua toca el vientre de los animales.
Si pasan ellos, pasan también las barcas.
-Pero es mejor pasar enseguida, aunque ya sea de noche. Hay menos nubes, y hay luna. No dejemos pasar este momento. Vamos a buscar si hay una barca…
Y Pedro lanza tres veces un largo y lamentoso “¡0… eh!”Ninguna respuesta.

Vamos abajo, al pie del vado. Melquías con sus hijos debe estar. Es el mejor período del año para él. Nos pasará.
Andan lo más deprisa que pueden por el senderillo que, casi lamido por el río, lo bordea.

-¿Pero aquélla no es una mujer? -dice Jesús, mirando a los dos que ya han cruzado el río con los caballos y que ahora están parados en el sendero.
-¿Una mujer?
Pedro y los demás no ven ni distinguen si es hombre o mujer el bulto oscuro que ha bajado del caballo y está esperando.

-Sí. Es una mujer. Es… es María. Mirad, ahora que cae bajo el rayo de la luna.

-¡Dichoso Tú que ves! ¡Dichosos tus ojos!
-María es. ¿Qué querrá? -y Jesús grita: « ¡María!».

-¡Rabbuní! ¿Eres Tú? ¡Gloria a Dios, que te he encontrado! -y María corre como una gacela hacia Jesús. No me explico cómo no tropieza en el accidentado sendero. Ha dejado caer un primer manto grande y grueso, y ahora viene con su velo y un manto más ligero arrollado al cuerpo encima de una túnica oscura.

Cuando llega donde Jesús, se arroja a sus pies sin tener en cuenta el barro. Jadea, pero se la ve feliz. Repite:

-¡Gloria a Dios, que me ha hecho encontrarte!

-¿Por qué, María? ¿Qué sucede? ¿No estabas en Betania?

-Estaba en Betania con tu Madre y las mujeres, como habías dicho… Pero he venido a tu encuentro… Lázaro no podía porque sufre mucho… Entonces he venido yo con el doméstico…

-¡Tú salir de casa sola con un muchacho y con este tiempo!
-¡Rabbuní, no irás a decirme que piensas que tengo miedo!

No he tenido miedo de hacer tanto mal… no lo tengo ahora de hacer el bien.

-¿Y bien? ¿Para qué has venido?

-Para decirte que no pases… En la otra parte te esperan con intención de hacerte daño… Lo he sabido… Lo he sabido de un herodiano que hace tiempo… que hace tiempo me amaba… No sé si lo habrá dicho por amor, todavía, o por odio… Sé que anteayer me vio a través de la cancilla y me dijo: "María necia, ¿estás esperando a tu Maestro?

Haces bien, porque será la última vez, porque en cuanto pase y venga a Judea le echan mano. Míralo bien y luego huye, porque no es prudente estar cerca de Él ahora…".

Entonces… te puedes imaginar con qué coraje… he indagado… Como sabes… he conocido a muchos… y, aunque quizás llamándome loca y… poseída, todavía me hablan… He sabido que es verdad. Entonces he tomado dos caballos y he venido, sin decir nada a tu Madre… para no causarle dolor. Regresa…, vuélvete inmediatamente,

Maestro. Si saben que estás aquí, pasado el Jordán, vienen. Y estás ya demasiado cerca de Maqueronte. ¡Vete, vete por piedad, vete por piedad, Maestro!…

-No llores, María…

-¡Tengo miedo, Maestro!

-¡No! ¿Miedo tú, tan valiente que has pasado el río crecido y de noche?..,

-Pero esto es un río y ésos son hombres enemigos tuyos y que te odian… Tengo miedo del odio a ti… Porque te quiero, Maestro.

-No temas. No me prenderán aún. No es mi hora. Aunque pusieran a lo largo de todos los caminos formaciones y más formaciones de soldados, no me prenderían. No es mi hora. Pero seguiré tu deseo. Regresaré…

Judas barbota unas palabras entre dientes. Jesús responde:
-Sí, Judas. Es exactamente como dices. Exactamente en la primera mitad de tu frase. Hago caso de ésta; sí, hago caso de ella. Pero no porque sea mujer, como insinúas, sino porque es la que ha recorrido más camino de amor.

María, vuelve a casa mientras puedas hacerlo. Yo regreso. Pasaré… por donde pueda, y me iré a Galilea. Ven con mi Madre y las otras a Caná, a casa de Susana. Allí os daré instrucciones. Ve en paz, bendita. Dios está contigo.

Jesús le pone la mano en la cabeza, bendiciéndola así. María toma las manos de Cristo y las besa, luego se levanta y se vuelve. Jesús la mira mientras se marcha. La mira mientras recoge el grueso manto y se lo pone, mientras va hasta el caballo y monta, mientras entra de nuevo en el vado y pasa.

-Y ahora vamos -dice.

-Quería que descansarais, pero no me es posible. Me preocupo de vuestra incolumidad, piense lo que piense Judas en contra. Creedme: si cayerais en manos de mis enemigos sería peor para vuestra salud que el agua y el barro…

Todos bajan la cabeza, porque han comprendido el reproche velado, y dado como respuesta a sus conversaciones de antes.

Caminan, caminan, caminan toda la noche, entre disipaciones de nubes y breves chubascos. A la entrada de una pobrísima aldea, que se extiende junto al río con sus casuchas de barro, los sorprende una aurora cenicienta. El río es un poco menos ancho que en el vado. Hay algunas barcas que han sido arrastradas a la tierra, incluso hasta dentro de la propia aldea, para salvarlas de la crecida.
Pedro lanza su grito:

Sale de un tugurio un hombre vigoroso, aunque anciano.
-¿Qué quieres?
-Barcas para pasar.
-¡Imposible! El río está demasiado crecido… La corriente….
-¡Eh, amigo! ¿A quién se lo estás diciendo? Soy pescador de Galilea.

-Una cosa es el mar… esto es río… no quiero quedarme sin barca. Y además… sólo tengo una, y tú y los que te acompañan sois muchos.

-¡Embustero! ¿Me vas a contar que tienes una barca sólo?

-¡Que se me sequen los ojos si miento, yo…
-Ten cuidado, no sea que se te vayan a secar de verdad. Éste es el Rabí de Galilea, que da ojos a los ciegos y que… puede complacerte secándote los tuyos…

-¡Misericordia! ¡El Rabí! ¡Perdóname, Rabbuní!

-Sí. Pero no vuelvas a mentir. Dios ama a los sinceros. ¿Por qué decir que tienes una barca sólo, cuándo todo el pueblo puede desmentirte? ¡Demasiado humillante es para un hombre la mentira y el quedar desenmascarado! ¿Me prestas tus barcas?

-Todas, Maestro.
-¿Cuántas hacen falta, Pedro?
-En tiempos normales son suficientes dos. Pero con el río crecido es más difícil la maniobra y hacen falta tres.
-Tómalas, pescador. Pero, ¿cómo voy a recuperarlas?
-Ven en una. ¿No tienes hijos?
-Tengo un hijo y dos yernos y algunos nietos.
-Dos por cada barca son suficientes para regresar.
-Vamos.

El hombre llama a los otros, y, con la ayuda de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, empujan las barcas adentro. La corriente es fuerte y trata de arrastrarlas enseguida corriente abajo. Las cuerdas que sujetan las barcas a los troncos más cercanos están tensas come las de un arco, y crujen por la tensión. Pedro mira. Mira las barcas, el río; mira y menea la cabeza y se alborota con una mano sus cabellos entrecanos; luego lanza una ojeada curiosa a Jesús.

-¿Tienes miedo, Pedro?
-¡Hombre!… casi, casi…
-No temas. Ten fe. Y también tú, hombre. Quien lleva a Dios y a sus enviados no debe temer. Vamos a bajar a las barcas. Yo a la primera.

El dueño de las barcas hace un gesto de resignación. Estará pensando que ha llegado la última hora para sí y para sus parientes; lo mínimo que estará pensando es que va a perder las barcas o que quién sabe dónde van a terminar.

Jesús ya está en la barca. De pie, en la proa. Bajan también los otros, a ésta o a las otras dos barcas. Queda en tierra solamente un viejecito, el ayudante quizás, que vigila las sogas.

-¿Ya?
-Sí, ya.
-¿Preparados los remos?
-Preparados.
-Suelta, tú, de la orilla.
El viejecito desanuda los cabos de la espiga con que formaban nudo cabe el tronco. Las barcas, a medida que van quedando libres, dan un bandazo un poco hacia el sur en la dirección de la corriente.

Pero Jesús tiene la expresión del rostro de cuando obra milagros. No sé lo que le dice al río. Lo que sé es que la corriente casi se para (tiene sólo el movimiento lento del Jordán cuando no está crecido). Las barcas cortan el agua sin esfuerzo; es más, a una velocidad que debe asombrar al dueño de las barcas.

Ya están en la otra parte. Bajan fácilmente; y la corriente, mientras están parados los remos, no intenta arrastrar hacia abajo a las barcas.
-Maestro, veo que eres verdaderamente poderoso -dice el dueño de las barcas. Bendice a tu siervo y acuérdate de mí, que soy un pecador.
-¿Por qué poderoso?

-¿Hombre, te parece poco? ¡Has detenido la corriente impetuosa del Jordán!…
-Josué ya hizo este milagro, y mayor aún, porque desaparecieron las aguas del río, para que pasara el Arca…

-Y tú, hombre, has pasado a la verdadera Arca de Dios -dice Judas con su empaque.

-¡Oh, Dios Altísimo! ¡Sí, lo creo! ¡Tú eres el verdadero Mesías! El Hijo de Dios Altísimo. Voy a decir esto por ciudades y pueblos de la ribera. Voy a decir esto, lo que has hecho, lo que te he visto hacer. ¡Vuelve, Maestro! Mi pobre aldea tiene muchos enfermos. ¡Ven a curarlos!
-Iré. Tú, mientras, predica en mi Nombre la fe y la santidad para ser gratos a Dios. Adiós, hombre. Ve en paz. Y no temas por el regreso.

-No tengo miedo. Si tuviera miedo, te habría pedido que tuvieras compasión de mi vida. Pero creo en ti y en tu bondad y voy a la otra orilla sin pedir nada. Adiós.
Vuelve a subir a la barca. Es el primero en meter la proa en el río. Y marcha seguro y veloz. Toca la orilla.
Jesús, que ha estado parado hasta que lo ha visto en tierra, hace un gesto de bendición. Luego se retira hacia el camino.

El río reemprende su marcha vortiginosa… Y todo termina así.

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