360- El malhumor de los apóstoles y el descanso en una gruta. El encuentro con Rosa de Jericó

La llanura del lado oriental del Jordán, por las continuas lluvias, parece haberse convertido en una laguna, especialmente en el lugar en que se encuentran ahora Jesús y los apóstoles. Hace poco, han cruzado un torrente que desciende por una estrechura de las cercanas colinas, las cuales parecen formar verdaderamente una presa ciclópica, de norte a sur, paralela al Jordán, interrumpida acá o allá por estrechos valles por los que surge el inevitable torrente. Parece como si Dios hubiera puesto un gran festón de collados para orla del gran valle del Jordán, por esta parte. Diría, incluso, que son tan iguales sus salientes, formas y alturas, que es un festón monótono.

El grupo apostólico está entre los dos últimos torrentes, que además se han desbordado y han ocupado las zonas rayanas de sus orillas, ampliando así su lecho; especialmente el que está al sur, imponente por la masa de agua que trae de las montañas, que rumorea, turbia, en dirección al Jordán, cuyo rumor, a su vez, se oye fuerte, especialmente en las zonas en que las curvas naturales -podría decir, las estrechuras que continuamente presenta
o la desembocadura de un afluente producen una excesiva acumulación de aguas. Pues bien, Jesús está dentro de este triángulo truncado, formado por tres cursos de agua crecidos; y salir de ese pantano no es cosa fácil.

E1 humor apostólico está más turbio que el día. Con eso está todo dicho. Todos quieren expresar su opinión. Todas las cosas que se dicen celan, bajo la apariencia de un consejo, una crítica. Es la hora de los: «Yo lo había dicho», «si se hubiera hecho como aconsejaba yo»… tan violentos para una persona que haya cometido un error, para alguien que ya de por sí se sienta abatido por ello.

Aquí se dice: «Hubiera sido mejor pasar el río a la altura de Pel.la y luego ir por la otra parte, que es menos dificultosa», o: « ¡Hubiera convenido tomar aquel carro! Sí, hemos cumplido, ¿pero luego?…», y también: «¡Si nos hubiéramos quedado en los montes, no habría este barro!».

Juan dice:

-Sois los profetas de las cosas realizadas. ¿Quién podía prever esta insistencia de la lluvia?
Es su tiempo. Era natural -sentencia Bartolomé.

-Los otros años no han sido así antes de la Pascua. Cuando fui donde vosotros, el Cedrón no estaba crecido, y el año pasado hemos tenido incluso tiempo seco. Vosotros que os quejáis, ¿no os acordáis de la sed que pasamos en la llanura filistea?

-Dice el Zelote. -¡Claro! ¡Natural! ¡Hablan los dos sabios y nos contradicen! -dice con ironía Judas de Keriot. -Tú cállate, por favor. Sabes sólo criticar. Pero, en los momentos importantes, cuando hay que hablar con algún fariseo o similar, te quedas callado como si tuvieras trabada la lengua -le dice, inquieto, Judas Tadeo.

-Sí. Tiene razón. ¿Por qué no has replicado ni una palabra a esas tres serpientes en el último pueblo? Sabías que habíamos estado también en Yiscala y en Meirón, respetuosos y obsequiosos; y que allí quiso ir Él, justamente Él, que honra a los grandes rabíes difuntos.

¡Pero no has hablado! Sabes cómo exige de nosotros respeto a la Ley y a los sacerdotes. ¡Pero no has hablado! Hablas ahora. Ahora, porque hay alguna ironía que hacer sobre los mejores de entre nosotros, y críticas que hacer a las acciones del Maestro -dice, en tono apremiante, Andrés, que normalmente es paciente pero que hoy se manifiesta muy nervioso.

-Calla tú. Judas está equivocado. Él, que es amigo de muchos, demasiados, samaritanos… -dice Pedro.
-¡Yo! ¿Quiénes son? Dime sus nombres, si puedes.
-¡Sí, sí, amigo! Todos los fariseos, saduceos y gente influyente de cuya amistad te jactas. ¡Se ve que te conocen! A mí no me saludan nunca. A ti, sí. -¡Estás celoso! Bueno, yo pertenezco al Templo y tú no. -Por gracia de Dios soy un pescador. Sí, y me glorío de ello.

-Un pescador tan necio, que no ha sabido ni siquiera prever este tiempo.

-¿No? Ya lo dije: "Luna de Nisán mojada, agua a cantaradas" -sentencia Pedro.
-¡Ah! ¡Aquí te quería ver! ¿Y tú qué opinas, Judas de Alfeo? ¿Y tú, Andrés? ¡También Pedro, el Jefe, critica al Maestro!

-Yo no critico absolutamente a ninguno. Estoy diciendo un proverbio.

-Que, para quien lo oye, significa crítica y reproche
-Sí… pero todo esto no sirve para secar la tierra, me parece. Ya estamos aquí, y aquí debemos estar. Vamos a reservar el aliento para desencajar los pies de este pantano -dice Tomás.

¿Y Jesús? Jesús guarda silencio. Va un poco adelantado, chapoteando en el lodo, o buscando pedazos de tierra herbosa no sumergidos. Pero también basta con pisarlos para que salpiquen agua hasta la mitad de las espinillas, como si el pie hubiera pisado una bolsa, en vez de un trozo de tierra con hierba. Guarda silencio, los deja hablar, descontentos, enteramente hombres, nada más que hombres a quienes la mínima molestia vuelve irascibles e injustos.

Ya está cerca el río más meridional. Jesús, viendo pasar a lo largo del ribazo inundado a un hombre a lomos de un mulo, pregunta:

-¿Dónde está el puente?
-Más arriba. Yo también paso por él. El otro, hacia abajo, el romano, está ya sumergido.
Otro coro de quejas… Pero se apresuran a seguir al hombre, que habla con Jesús.

-De todas formas, te conviene subir hacia las colinas -dice. Y termina: «Vuelve al llano cuando encuentres el tercer río después del Yaloc. Tendrás ya cerca el vado. Pero apresúrate. No te detengas. Porque el río crece cada hora que pasa. ¡Qué estación más horrible! Primero el hielo, luego el agua. Y fuerte como ahora. Un castigo de Dios.

¡Pero es justo! Cuando no se apedrea a los blasfemos de la Ley, Dios castiga. ¡Y tenemos blasfemos de ésos! ¿Tú eres galileo, no es verdad? Entonces conocerás a ese de Nazaret del que todos los buenos se separan porque provoca todos los males. ¡Atrae las potencias destructoras con su palabra! ¡Los castigos! Hay que oír lo que cuentan de Él los que lo seguían. Tienen razón los fariseos en perseguirlo. ¡Qué gran ladrón será! Debe dar miedo como Belcebú.

Me vinieron ganas de ir a escucharlo, porque antes me habían hablado muy bien de Él. Pero… eran discursos de los de su banda. Todos gente sin escrúpulos como Él. Los buenos lo abandonan. Y hacen bien. Yo, por mi parte, ya no trataré de verlo otra vez. Y si me coincide en mi camino, lo apedreo, como se debe hacer contra los blasfemos.

-Apedréame entonces. Soy Yo Jesús de Nazaret. No huyo ni te maldigo. He venido para redimir al mundo derramando mi Sangre. Aquí me tienes. Sacrifícame, pero hazte justo.
Jesús dice esto abriendo un poco los brazos, hacia abajo; lo dice lentamente, mansamente, con tristeza. Pero, si hubiera maldecido al hombre, no le habría impresionado más. Éste tira tan bruscamente de los ramales, que el mulo pega una reparada que por poco si no se cae por el ribazo al río hinchado. Jesús echa mano al bocado y sujeta al animal, a tiempo de salvar hombre y mulo.

El hombre no hace sino repetir:

-¡Tú! ¡Tú!… -y, viendo el acto que lo ha salvado, grita:
-¡Pero si te he dicho que te apedrearía!… ¿No comprendes?

-Y Yo te digo que te perdono y que sufriré también por ti para redimirte. Esto es el Salvador.

El hombre lo mira todavía; luego da un golpe de talón en el costado del mulo y se marcha veloz… Huye… Jesús agacha la cabeza… Los apóstoles sienten la necesidad de olvidarse del barro, la lluvia y todas las otras miserias, para consolarlo. Lo circundan y dicen: -¡No te aflijas! No tenemos necesidad de bandidos. Y ése lo es. Porque sólo una persona mala puede creer que son verdaderas las calumnias que se dicen de ti, y tener miedo de ti.

-De todas formas -dicen también -¡qué imprudencia, Maestro! ¿Y si te hubiera agredido? ¿Por qué decir que eras Tú Jesús de Nazaret?
-Porque es la verdad… Vamos hacia las colinas, como ha aconsejado. Perderemos un día, pero vosotros saldréis del pantano.

-También Tú -objetan.
-¡Para mí no cuenta! El pantano que me cansa es el de las almas muertas -y dos lágrimas gotean de sus ojos.
-No llores, Maestro. Nosotros nos quejamos, pero te queremos. ¡Si encontramos a los que te difaman!… Nos vengaremos.

-Vosotros perdonaréis como perdono Yo. Pero dejadme llorar. ¡Al fin y al cabo, soy el Hombre! Y que me traicionen, que renieguen de mí, que me abandonen, me causa dolor.

-Míranos a nosotros, a nosotros. Pocos pero buenos. Ninguno de nosotros te traicionará ni te abandonará. Créelo, Maestro.

-¡Ciertas cosas no hay ni que decirlas! ¡Pensar que podamos cometer una traición es una ofensa a nuestra alma! ­exclama Judas Iscariote.

Pero Jesús está afligido. Guarda silencio. Y lentas lágrimas ruedan por las pálidas mejillas de un rostro cansado y enflaquecido.

Se acercan a los montes.

-¿Vamos a subir allá arriba o sólo vamos a bordear las bases de los montes? Hay pueblos a mitad de la ladera. Mira. De esta parte del río y de la otra -le indican.

-Está cayendo la tarde. Vamos a tratar de llegar a un pueblo. Que sea uno u otro es lo mismo.

Judas Tadeo, que tiene muy buenos ojos, escruta las laderas. Se acerca a Jesús. Dice: -En caso de necesidad, hay grietas en el monte. ¿Las ves allí? Nos podemos refugiar en ellas. Siempre será mejor que no el barro.
-Encendemos fuego -dice Andrés queriendo consolar.

-¿Con la leña húmeda? -pregunta con ironía Judas de Keriot. Ninguno le responde.
Pedro susurra:

-Bendigo al Eterno porque no están con nosotros ni las mujeres ni Margziam.

Pasan el puente -verdaderamente prehistórico -, que está justo en los lindes del valle. Toman el lado meridional de éste, por un camino de herradura que lleva a un pueblo.

Las sombras descienden rápidamente; tanto, que deciden refugiarse en una amplia gruta para huir de un chaparrón violento. Quizás es una gruta que sirve de refugio a los pastores, porque hay paja, suciedad y un tosco hogar.
-Como cama no sirve. Pero para hacer fuego… -dice Tomás, señalando los ramajes sucios y desmenuzados que hay por el suelo, desperdigados; y helechos secos y ramas de enebro o de otra planta similar. Y los arrima al hogar ayudándose con un palo. Los amontona. Prende fuego.

Humo y hedor, junto a olor de resina y enebro, se alzan del fuego. Y, no obstante, se agradece ese calor; todos hacen un semicírculo, y comen pan y queso a la luz móvil de las llamas.

-De todas formas se habría podido intentar en el pueblo -dice Mateo, que está ronco y resfriado.

-¡Sí, ya! ¿Para repetir la historia de hace tres noches? De aquí no nos echa nadie. Estamos sentados en aquella leña y hacemos fuego hasta que podamos. Ahora que se ve, ¿hay leña en cantidad, eh? ¡Mira, mira, también paja!… Es un redil. Para verano, o para cuando trashuman. ¿Y por aquí? ¿A dónde se va? Coge una rama encendida, Andrés, que quiero ver -ordena Pedro, mientras se mueve buscando hacer algún descubrimiento.

Andrés obedece. Se meten por una estrecha hendidura que hay en una pared de la gruta.
-¡Tened cuidado, no vaya a haber algún animal peligroso! -gritan los otros.

-O leprosos -dice Judas Tadeo.
A1 cabo de poco, llega la voz de Pedro.
-¡Venid! ¡Venid! Aquí se está mejor. Está limpio y seco, y hay bancos de madera, y leña para el fuego. ¡Es un palacio para nosotros! Traed ramas encendidas, que hacemos fuego inmediatamente.

Debe ser, sí, un refugio de pastores: ésta es la gruta donde duermen los que están de descanso, mientras que en la otra velan los que, por turno, vigilan el rebaño. Es una excavación en el monte, mucho más pequeña, quizás hecha por el hombre, o por lo menos ampliada y reforzada con palos, colocados para sujetar la bóveda. Una campana de chimenea primitiva se pliega en forma de gancho hacia la primera gruta, para aspirar el humo que, si no, no tendría salida. Contra las paredes, toscos bancos y paja; en éstas hay clavados unos ganchos para colgar lámparas, indumentos o bolsas.

-¡Está magnífico, hombre! ¡Venga, vamos a hacer un buen fuego! Estaremos calientes y se secarán los mantos. Fuera los cintos; vamos a usarlos como cuerdas para tender los mantos -indica Pedro.

Luego se pone a colocar los bancos y la paja y dice:
-Y ahora, un poco cada uno, dormimos y nos turnamos en mantener vivo el fuego. Para ver y estar calientes. ¡Qué gracia de Dios!

Judas barbota entre dientes. Pedro se vuelve resentido:

-Respecto a la gruta de Belén, donde nació el Señor, esto es un palacio; si Él nació allí, podremos estar una noche nosotros aquí.

-También es más bonita que las grutas de Arbela. Allí lo único hermoso que había era nuestro corazón, que era mejor que ahora -dice Juan, internándose en un místico recuerdo suyo.

-También es mucho mejor que la que hospedó al Maestro para prepararse a la predicación -dice en tono severo el Zelote, mirando a Judas Iscariote como diciéndole "ya está bien, ¿no?".

Jesús, por último, abre su boca y dice:
-Y es, sin comparación, más caliente y cómoda que en la que hice penitencia por ti, Judas de Simón, el pasado Tébet.

-¡Penitencia por mí! ¿Por qué? ¡No hacía falta!
-¡Verdaderamente deberíamos tú y Yo pasar la vida en penitencia para liberarte de todo lo que te grava! Y no sería suficiente todavía.

La sentencia, muy decidida aunque haya sido dada con serenidad, cae como un rayo en el grupo atónito… Judas baja la cara y se retira a un rincón. No tiene la audacia de reaccionar.

-Yo me quedo despierto. Me encargo del fuego. Dormid vosotros -ordena Jesús pasado un rato.

Y, poco después, a los chasquidos de la leña se une la respiración pesada de los doce cansados, echados entre paja encima de los toscos bancos. Y Jesús, sí la paja se cae y los deja descubiertos, se levanta y vuelve a extenderla encima de los durmientes, amoroso como una madre. Y llora incluso mientras contempla los rostros herméticos de algunos en el sueño, o plácidos, o contrariados.

Mira a Judas Iscariote, que parece sonreír maliciosamente incluso en el sueño, torvo, con los puños cerrados… Mira a Juan, que duerme con una mano debajo de la cara, velado el rostro por sus rubios cabellos, róseo, sereno como un niño en la cuna. Mira el rostro honesto de Pedro y el grave de Natanael, el picado de viruelas del Zelote, el rostro aristocrático de su primo Judas, y se detiene largamente a mirar a Santiago de Alfeo, que es un José de Nazaret muy joven. Sonríe al oír los monólogos de Tomás y Andrés, que parecen hablar al Maestro.

Tapa muy bien a Mateo, que respira con dificultad, cogiendo más paja para que esté caliente; paja que extiende encima de sus pies después de haberla calentado al fuego. Sonríe al oír a Santiago proclamar: «Creed en el Maestro y tendréis la Vida»… y continuar predicando a personajes de sueño. Y se inclina a recoger una bolsa donde Felipe conserva entrañables recuerdos, y se la coloca despacio debajo de la cabeza. En los intervalos medita y ora…

El primero en despertarse es el Zelote. Ve a Jesús todavía cabe el fuego encendido en la gruta ya bien caliente. Y, por el montón de la leña, reducido a una miseria, comprende que han pasado muchas horas. Baja de su yacija y se acerca de puntillas a Jesús.

-¿Maestro, no vienes a dormir? Velo yo.
-Ya amanece, Simón. Hace poco he ido allí y he visto que el cielo se está aclarando.
-Pero, ¿por qué no nos has llamado? ¡Tú también estás cansado!

-Simón, tenía mucha necesidad de pensar… y de orar -y le apoya la cabeza sobre el pecho.
El Zelote, en pie, junto a Él sentado, lo acaricia, y suspira. Pregunta:

-¿Pensar en qué, Maestro? Tú no tienes necesidad de pensar. Tú sabes todo.

-Pensar no en lo que debo decir, sino en lo que debo hacer. Estoy desarmado frente al mundo astuto, porque no tengo ni la malicia del mundo ni la astucia de Satanás. Y el mundo me vence… Y estoy muy cansado…
-Y apenado. Y nosotros contribuimos a ello, Maestro bueno inmerecido por nuestra parte. Perdóname a mí y a mis compañeros. Lo digo por todos.

-Os amo mucho… Sufro mucho… ¿Por qué tantas veces no me comprendéis?

E1 bisbiseo de los dos despierta a Juan, que es el que está más cerca. Abre sus ojos azul claro, mira a su alrededor extrañado, luego recuerda y enseguida, se pone de pie, y se acerca por detrás a los dos que están hablando.

Por este motivo, oye las palabras de Jesús:
-Para que todo el odio y las incomprensiones se transformaran en una insignificancia soportable, me bastaría vuestro amor, vuestra comprensión… Pero vosotros no me comprendéis… Y ésta es mi primera tortura. ¡Es dura! ¡Dura! Pero no tenéis culpa de ello.

Sois hombres… Será vuestro dolor el no haberme comprendido, cuando ya no podáis repararlo… Por eso, porque entonces expiaréis las superficialidades de ahora, las mezquindades de ahora, las cerrazones de ahora, Yo os perdono y digo anticipadamente: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen, ni el dolor que me causan".
Juan cae delante y de rodillas, y abraza las rodillas de su Jesús afligido, y ya está para llorar cuando susurra:

-¡Oh, Maestro mío!

El Zelote, que sigue teniendo en su pecho la cabeza de Jesús, se inclina a besarlo en los cabellos y dice:
-¡Y, a pesar de todo, te queremos mucho! Sólo que pretenderíamos de ti una capacidad de defenderte, de defendernos, de triunfar. Nos deprime el verte hombre, sujeto a los hombres, a las inclemencias, a la miseria, a la maldad, a las necesidades de la vida… Somos unos necios. Pero así es. Para nosotros eres el Rey, el Triunfador, el Dios. No logramos comprender la sublimidad de tu renuncia a tanto por amor nuestro. Porque Tú sólo sabes amar. Nosotros no sabemos…

-Sí, Maestro. Simón ha hablado bien. No sabemos amar como ama Dios: Tú. Y lo que es infinita bondad, infinito amor, lo interpretamos como debilidad y nos aprovechamos de ello… Aumenta nuestro amor, aumenta tu amor, Tú que eres su fuente; hazlo desbordarse como ahora se desbordan los ríos; empápanos, satúranos de amor, como están los prados en todo el valle. No son necesarios la sabiduría, el coraje, la austeridad, para ser perfectos como Tú quieres.

Basta con tener el amor… Señor, yo me acuso por todos: no sabemos amar.

-Vosotros, los dos que más comprenden, os acusáis. Sois la humildad. Y la humildad es amor. Pero también los otros tienen sólo una barrera para ser como vosotros. Y Yo la abatiré. Porque efectivamente soy Rey, Triunfador y Dios.

Eternamente. Pero ahora soy el Hombre. Mi frente pesa ya bajo el suplicio de mi corona. Siempre ha sido una corona torturadora el ser Hombre… Gracias, amigos. Me habéis consolado. Porque esto tiene de bueno el ser hombres: tener una madre que ama y amigos sinceros. Ahora vamos a despertar a los compañeros. Ya no llueve. Los mantos están secos. Los cuerpos descansados. Comed y nos ponemos en marcha.

Alza la voz lentamente, hasta que el «nos ponemos en marcha» es una orden firme. Todos se levantan y manifiestan su contrariedad por haber dormido todo el tiempo mientras Jesús velaba. Se arreglan un poco, comen, cogen los mantos, apagan el fuego y salen al sendero húmedo, y empiezan a bajar hasta el camino de herradura, que tiene el suficiente desnivel como para no ser un mar de lodo. La luz todavía es poca, porque ni hay sol ni el cielo está claro. Suficiente, de todas formas, para ver.

Andrés y los dos hijos de Alfeo van delante de todos. Llegados a un punto del camino, se inclinan, miran y rápidamente vuelven.

-¡Hay una mujer! ¡Parece muerta! Tapa el sendero.
-¡Qué lata! Ya empezamos mal. ¿Cómo es posible? ¡Ahora vamos a tener que purificarnos incluso!». Las primeras quejas del día.

-Vamos a ver nosotros si está muerta -dice Tomás a Judas Iscariote.
-Voy yo contigo, Tomás -dice el Zelote, y va adelante.
-Llegan adonde la mujer, se agachan, y Tomás regresa corriendo y gritando.
-Quizás la han asesinado -dice Santiago de Zebedeo.
-O ha muerto de frío -responde Felipe.
Pero Tomás se llega a ellos y grita:

-¡Lleva la túnica descosida de los leprosos…! (está tan desconcertado, que parece como si hubiera visto al diablo).

-¿Pero está muerta? -preguntan.
-¿Qué sé yo? He salido corriendo.
El Zelote se levanta y a buen paso, viene hacia Jesús. Dice:

-Maestro, una hermana leprosa. No sé si está muerta. Creo que no. Creo que el corazón todavía late.
-¿La has tocado?! -gritan bastantes separándose.
-Sí. Desde que soy de Jesús, no tengo miedo de la lepra. Y siento compasión, porque sé lo que es ser leproso. Quizás le han dado un golpe, porque está sangrando por la cabeza.

Quizás había bajado buscando algo de comer. Es tremendo, ¿sabéis?, morirse de hambre y tener que hacer frente a los hombres para conseguir un pan.

-¿Está muy maltrecha?

-No. Es más, no sé cómo es que está con los leprosos. No tiene ni escamas ni llagas ni gangrenas. Quizás es leprosa desde hace poco. Ven, Maestro. Te lo ruego. ¡Como de mí, ten piedad de esta hermana leprosa!
-Vamos. Dadme pan, queso y ese poco de vino que tenemos todavía.
-¿No le irás a dar de beber de donde bebemos nosotros! -grita aterrorizado Judas Iscariote.

-No temas. Beberá en mi mano. Ven, Simón.

Van hacia delante… pero la curiosidad manda adelante también a los otros. Sin sentir ya molestias por el agua del follaje (que llueve de las ramas encima de las cabezas cuando menean aquéllas) ni por el musgo empapado, suben por la ladera para ver a la mujer sin acercarse. Y ven que Jesús se agacha, la toma por las axilas, la arrastra sentada y la apoya contra una roca. La cabeza pende como si estuviera muerta.

-Simón, vuélvele la cabeza, para que pueda echarle en la garganta un poco de vino.
El Zelote obedece sin miedo, y Jesús, manteniendo en alto el calabacino, deja caer unas gotas de vino dentro de los labios entreabiertos y lívidos. Y dice:

-¡Está helada esta infeliz! Y empapada.
-Si no fuera leprosa, la podíamos llevar adonde hemos estado nosotros -dice Andrés compadecido.

-¡Sí! -prorrumpe Judas -¡sólo faltaba eso!
-¡Pero si no está leprosa! No tiene señales de lepra.
-Tiene la túnica y es suficiente.

E1 vino actúa mientras tanto. La mujer emite un suspiro cansado. Jesús, viendo que traga, le vierte un chorro en la boca. La mujer abre los ojos obnubilados y asustados. Ve a algunos hombres. Trata de alzarse y de huir, mientras grita:

-¡Estoy contaminada! ¡Estoy contaminada!
Pero las fuerzas no le ayudan. Se tapa el rostro con las manos y gime:

-¡No me apedreéis! He bajado porque tengo hambre… Hace tres días que ninguno me echa nada…

-Aquí hay pan y queso. Come. No tengas miedo. Bebe un poco de vino en mi mano -dice Jesús echando en el cuenco de su mano un poco de vino y dándoselo.

-¡Pero no tienes miedo! -dice, asombrada, la infeliz.
-No tengo miedo -responde Jesús. Y, poniéndose en pie, sonríe; se queda, de todas formas junto a la mujer, que come con avidez el pan y el queso.

Parece una fiera hambrienta. Jadea incluso, por el ansia de nutrirse. Luego, sedada la animalidad de las entrañas vacías, mira alrededor de sí… Cuenta en voz alta:

-Uno… dos… tres… trece… ¿Pero entonces?… ¿Quién es el Nazareno? ¿Tú, no? ¡Sólo Tú puedes tener compasión como has tenido de una leprosa!…

La mujer se pone de rodillas con dificultad por la flaqueza.

-Soy Yo, sí. ¿Qué quieres? ¿Curarte?
-Eso también… Pero antes debo decirte una cosa… Yo tenía noticia de ti. Me habían hablado hace mucho unos que pasaron… ¿Mucho? No. El otoño pasado. Pero para un leproso… cada día es un año… Hubiera deseado verte.

Pero ¿cómo podía ir a Judea o a Galilea? Me llaman
"leprosa". Pero lo único que tengo es una llaga en el pecho, que me la ha transmitido mi marido, que me tomó virgen y sana, y él no estaba sano.

Pero es una persona importante… y puede todo. Incluso decir que le había traicionado yendo a él ya enferma, y así repudiarme, para tomar a otra mujer de la que estaba prendado. Me denunció como leprosa. Por pretender justificarme, empezaron a pedradas conmigo. ¿Era justo, Señor? Ayer tarde, un hombre ha pasado, de Bet Yaboc, avisando que venías, y exhortando a salir a tu encuentro para echarte de aquí. Yo estaba… Había bajado hasta las casas porque tenía hambre. Habría hurgado incluso en los estercoleros para matar mi hambre… Yo, que era la "señora", habría querido quitarles a los pollos un poco de su frangollo agriado…

Llora… Luego continúa:

-La ansiedad por encontrarte -por ti, para decirte:

"¡Huye!"; por mí, para decirte: "¡Piedad!" -me ha hecho olvidarme de que, infringiendo nuestra ley, perros, cerdos y pollos viven junto a las casas de Israel pero que el leproso no puede bajar a pedir un pan, ni siquiera cuando es una que de leprosa sólo tiene el nombre. Y he venido, preguntando dónde estabas. No me vieron en ese momento, por la oscuridad, y me dijeron: "Sube por el ribazo del río".

Pero luego me vieron, y en vez de pan me dieron piedras. Salí corriendo, en la noche, para venir a tu encuentro, para evitar los perros. Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo. Caí donde me has encontrado. Aquí. Creía que moría. Sin embargo, te he encontrado a ti.

Señor, no estoy leprosa. Pero esta llaga que tengo aquí en el pecho me impide volver con los vivos. No pido volver a ser la Rosa de Jericó de los tiempos de mi padre; pero por lo menos vivir con los demás hombres y seguirte a ti. Los que me hablaron en Octubre dijeron que tienes discípulas y que estabas con ellas… Pero primero sálvate Tú. ¡No mueras, Tú que eres bueno!

-No moriré hasta que no llegue mi hora. Ve allí, a aquella peña. Hay una gruta segura. Descansa. Luego ve al sacerdote.

-¿Para qué, Señor?
La mujer tiembla de ansiedad.

Jesús sonríe:

-Vuelve a ser la Rosa de Jericó que florece en el desierto y que siempre está viva aunque parezca muerta. Tu fe te ha curado.

La mujer alza ligeramente la parte de vestido que cubre el pecho, mira… y grita:

-¡Ya no hay nada! ¡Oh, Señor, mi Dios! -y cae rostro en tierra.

-Dadle pan y otras cosas de comer. Y tú, Mateo, dale un par de sandalias tuyas. Yo doy un manto. Para que pueda ir, después de reponer fuerzas, al sacerdote. Dale también el óbolo, Judas. Para los gastos de purificación. La esperaremos en Getsemaní para dársela a Elisa, que me pidió una hija.

-No, Señor. No descanso. Me pongo en marcha ya. Enseguida. Enseguida.

-Baja, entonces al río, lávate, ponte encima el manto…
-Señor, se lo doy yo a la hermana leprosa. Deja que lo haga. Yo la guío adonde Elisa. Me curo otra vez viéndome a mí en ella, así, dichosa -dice el Zelote.

-Sea como quieres. Dale todo lo necesario. Mujer, escucha bien. Irás a purificarte. Luego irás a Betania y preguntarás por Lázaro. Le dices que te dé hospedaje hasta que llegue Yo. Ve en paz.

-¡Señor! ¿Cuándo voy a poder besarte los pies?
-Pronto. Ve. Pero has de saber que sólo el pecado me produce horror. Y perdona a tu marido, porque por medio suyo me has encontrado a mí.

-Es verdad. Lo perdono. Me voy… ¡Oh, Señor! No te detengas aquí que te odian. Piensa que he caminado exhausta, durante una noche, para venir a decírtelo, y que si en vez de encontrarte a ti hubiera encontrado a otros me podían haber matado a pedradas como a una serpiente.

-Lo recordaré. Vete, mujer. Quema la túnica. Acompáñala, Simón. Nosotros os seguiremos. En el puente os alcanzaremos.

Se separan.

-Pero ahora tenemos que purificarnos. Todos estamos contaminados.

-No era lepra, Judas de Simón. Yo te lo digo.
-Bueno, pues, de todas formas me voy a purificar. No quiero cargar con impuridades.

-¡Que cándida azucena! -exclama Pedro. ¡No se siente impuro el Señor, y te vas a sentir tú impuro!
-¿Y por una que El dice que no está leprosa? Pero, ¿qué tenía, Maestro? ¿Has visto la llaga?

-Sí. Un fruto de la lujuria masculina. Pero no era lepra. Y si el hombre hubiera sido honesto no la habría repudiado, porque estaba más enfermo que ella. Pero todo les sirve a los lujuriosos para saciar su hambre. Tú, Judas, si quieres, vete también. Nos encontraremos en el Getsemaní. ¡Y purifícate! ¡Purifícate! Pero la primera purificación es la sinceridad. Tú eres hipócrita. No lo olvides. Vete, vete, si quieres.

-¡No, no, que me quedo! Si Tú lo dices, creo. No estoy, por tanto, contaminado y me quedo contigo. Tú quieres decir que soy lujurioso y que aprovechaba la ocasión para… Te demuestro que mi amor eres Tú.

Y caminan raudos cuesta abajo.

359- En la cabaña de Matías cerca de Yabés Galaad

El valle profundo y boscoso donde surge Yabés Galaad se oye rumoroso debido a un arroyuelo muy cargado de agua, que va espumando hacia el cercano Jordán. El crepúsculo y la jornada, tenebrosos, agravan los aspectos sombríos de las frondas; así que el pueblo se presenta triste e inhóspito ya desde los primeros momentos.

-¡Mmm! No quisiera que después de siglos se vengara en nosotros este pueblo, de la desagradable sorpresa que le dio Israel. ¡Basta! ¡Vamos a sufrir por el Señor! -dice Tomás, que conserva su buen humor, a pesar de que su ropa esté como recién sacada de una tina (barro caminando, de la cabeza a las caderas, de las caderas a los pies). (La desagradable sorpresa que le dio Israel está narrada en: I Macabeos 5, 9-36)

No los vapulean, eso no. Pero los echan de todas partes, llamándolos ladrones, y peor todavía. Felipe y Mateo tienen que pegarse una buena carrera para salvarse de un perro de grandes dimensiones embriscado por un pastor cuando habían ido a la puerta de un aprisco a pedir alojamiento para la noche «al menos en el cobertizo de los animales».

-¿Y ahora qué hacemos? No tenemos pan.
-Ni dinero. ¡Sin dinero no se encuentra ni pan ni posada!
-Y estamos empapados, helados, hambrientos.
-Y llega la noche. ¡Sí que vamos a estar cucos mañana, después de una noche en el bosque!

De doce que son, siete rezongan abiertamente; tres tienen escrito en el rostro su mal humor, y aunque de hecho guardan silencio, es como si hablaran. Simón Zelote va cabizbajo, indescifrable. Juan parece como sobre las brasas encendidas, y su cabeza se vuelve veloz, de los rezongones a Jesús y de éste a aquéllos, con la pena dibujada en la cara. Jesús continúa llamando de casa en casa, personalmente, puesto que los apóstoles no quieren o lo hacen con temor; continúa recorriendo, paciente, las callejuelas convertidas en pantanos resbaladizos y fétidos. Pero en todas partes es rechazado.

Ya están en el extremo del pueblo. Allí el valle se abre en los pastos de la llanura transjordánica. Alguna que otra casa, todavía… Todo son desilusiones…
-Busquemos en los campos. ¿Juan, eres capaz de subir a este olmo? Desde arriba puedes ver.

-Sí, mi Señor.

-El olmo está resbaladizo de lluvia. El muchacho no va a subir y se va a hacer daño. Y, por si fuera poco, vamos a tener un herido -dice Pedro descontento.
Y, Jesús, mansamente:

-¡Subo Yo!
-¡De ninguna manera! -gritan en coro. Los que más alzan la voz son los pescadores, que añaden: «Si es peligroso para nosotros, que somos pescadores, ¿cómo vas a poder Tú, que no has trepado nunca por las costanas ni por las cuerdas?
-Lo hacía por vosotros. Para buscaros un alojamiento. Para mí es indiferente. No es el agua lo que me resulta penoso…

¡Cuánta tristeza! ¡Cuánta noción a la piedad por El hay en la voz!

Algunos se aperciben y callan. Otros, que son, para mayor exactitud, Bartolomé y Mateo, dicen:

-Ya es demasiado tarde para poner remedio. Se debía haber pensado antes.

-Sí, y no hacer caprichos queriendo salir de Pel.la aunque ya lloviera. Has sido un testarudo, y un imprudente, y ahora todos tenemos que pagar las consecuencias.

¿Qué remedio vas a poner ahora? ¡Si hubiéramos tenido una bolsa bien nutrida, hubieras visto como se habrían abierto todas las casas! ¡Pero Tú!… ¿Por qué no haces un milagro, al menos un milagro para tus apóstoles, puesto que los haces hasta para los indignos? -dice Judas de Keriot, gesticulando como un loco, agresivo; tanto que los otros, aunque en el fondo piensen en parte come él, sienten la necesidad de exigirle respeto.

Jesús parece ya el Condenado mirando pacífico a sus verdugos. Y calla. Este callar, que va siendo cada vez más frecuente en Jesús desde hace un tiempo, preludio del "gran silencio" ante el Sanedrín, ante Pilatos y ante Herodes, me da mucha pena. Me semejan esas pausas de silencio que se oyen en el quejido de un moribundo, que no son signo de calma de los dolores, sino preludio de la muerte. Siento la impresión de que estos silencios de Jesús gritan, más que cualquier otra palabra, con su callar, y que expresan todo el dolor de Jesús ante la incomprensión de los hombres y su desamor. Y su mansedumbre que no reacciona, esta postura suya con la cabeza un poco baja, me lo presentan ya atado, consignado al odio de los hombres.

-¿Por qué no hablas? -le preguntan.

-Porque diría palabras que vuestro corazón no entendería en este momento… Vamos. Vamos a andar para no congelarnos… Y perdonad…

Se vuelve sin demora y se pone a la cabeza de esta comitiva que en parte es comprensiva; en parte, acusadora; en parte, polémica con los compañeros.

Juan se rezaga un poco, pero de forma que ninguno se dé cuenta. Luego se acerca a un árbol grande, alto -creo que es chopo o fresno-, y, arrojados manto y túnica, se pone a subir semidesnudo, fatigosamente, hasta que las primeras ramas no le facilitan la subida. Sube, sube, sube, como un gato.

Alguna vez también resbala, pero se afianza de nuevo. Está ya casi en la cima. Escudriña el horizonte bajo las últimas luces del día, más claras aquí -en abierta llanura -que en el valle, porque además las plomizas nubes son menos espesas. Agudiza la mirada en todas las direcciones. Por fin un gesto de alegría. Se deja resbalar rápidamente hasta el suelo, se pone los indumentos que se había quitado, se echa a correr hasta alcanzar y pasar a sus compañeros. Ya llegó donde el Maestro. Dice, jadeante por el esfuerzo realizado y por la carrera:

-Una cabaña, Señor… una cabaña hacia oriente… pero hay que volver atrás… He subido a un árbol… Ven, ven…
-Voy con Juan por esta parte. Si queréis venir, venid; si no, proseguid hasta el próximo pueblo siguiendo el río. Allí nos encontraremos -dice Jesús serio y decidido.
Los siguen todos por los prados empapados.
-¡Pero estamos volviendo a Yabés!
-Yo no veo casas…

-¿Quién sabe lo que habrá visto el muchacho!
-¡Quizás un pajar!
-O la cabaña de un leproso.
-Así terminamos de mojarnos. Estos prados parecen esponjas -se lamentan los apóstoles.

Pero no es ni la cabaña de un leproso ni un pajar lo que se presenta a sus ojos detrás de una espesura de troncos. Es una cabaña, eso sí. Ancha, baja, semejante a un aprisco pobre. Tejado de paja hasta la mitad, paredes de barro que apenas si se sujetan con los cuatro machones angulares de piedras sin desbastar. Una serie de estacas circuye la casucha; en el espacio intermedio, hortalizas que chorrean agua.

Juan da una voz. Se asoma un anciano.
-¿Quién es?

-Peregrinos camino de Jerusalén. ¿Posada en nombre de Dios! -dice Jesús.

-Siempre. Es un deber. Pero mal sitio os ha tocado. Tengo poco espacio y no tengo camas.
-No importa. Tendrás fuego al menos.

El hombre se afana en abrir el cierre y lo abre.
-Entrad. La paz sea con vosotros.
Pasan por la minúscula huerta. Entran en la habitación única, que es cocina y dormitorio. En el hogar está encendido el fuego. Hay orden y pobreza. No hay ni un utensilio más de los necesarios.

-¿Veis? ¡Lo único que tengo es un corazón grande y adornado! Pero si os adaptáis… ¿Tenéis pan?
-No. Un puñado de aceitunas…

-Yo no tengo pan para todos. Pero os voy a hacer una cosa con la leche, Tengo dos ovejas. Me bastan. Voy a ordeñarlas. ¿Me dais los mantos? Así los extiendo en el aprisco, aquí detrás. Se secarán un poco. Mañana con la llama se acabarán de secar.

El hombre sale cargado con la ropa húmeda. Todos están cerca del fuego y se alegran por el calor.
Vuelve el hombre trayendo una tosca estera. La extiende.
-Quitaos las sandalias. Así las lavo y les quito el barro y las cuelgo para que se sequen. También os voy a dar agua caliente para quitaros el barro de los pies. La estera es tosca, pero es gruesa y está limpia; la agradeceréis más que el suelo frío.

Descuelga un caldero lleno de agua verdosa, por las verduras que cuecen dentro, y vierte el agua mitad en un barreño mitad en una tina. La alarga con agua fría y dice:
-Aquí tenéis. Os reanimará. Lavaos. Éste es un paño limpio.

Y, entretanto, se afana avivando la llama, vierte leche en un caldero y la pone en el fuego. Y, en cuanto empieza a hervir, echa semillas dentro de la leche (creo que son o cebada molida o millo descascarado). Y remueve la papilla.
Jesús, que ha sido uno de los primeros que se ha lavado, se acerca a él:

-Que Dios te recompense por tu caridad.

-No hago sino restituir lo que he recibido de El. Estaba leproso. De los treinta y siete a los cincuenta y uno, leproso. Luego me curé. Pero en el pueblo me encontré ya que mis padres habían muerto, y mi mujer; y la casa estaba devastada. Además yo era "el leproso"… Vine aquí y me hice mi nido; yo solo y con la ayuda de Dios. Primero una cabaña de juncos, luego de madera. Luego tapias… Todos los años una cosa nueva.

El año pasado hice el lugar para las ovejas. Las he comprado fabricando esteras que vendo, y también platos y vasos de madera. Tengo un manzano, un peral, una higuera, una vid. Detrás tengo una parcelita de cebada; delante, las hortalizas. Cuatro parejas de palomas y dos ovejas. Dentro de poco tendré corderos. Esperemos que sean hembras esta vez. Bendigo al Señor y no pido más cosas. ¿Y Tú quién eres?

-Un galileo. ¿Tienes prejuicios?
-Ninguno, aunque sea de raza judía. Si hubiera tenido hijos, habría podido tener uno como Tú… Hago de padre a las palomitas…
-Estoy acostumbrado a estar solo.
-¿Y para las Fiestas?

-Lleno los comederos y me marcho. Alquilo un asno. Corro, hago lo que tengo que hacer, y vuelvo. Jamás me ha faltado ni una sola hoja. Dios es bueno.

-Sí, con los buenos y con los menos buenos; pero los buenos están bajo sus alas.
-Sí. Lo dice también Isaías… A mí me ha protegido.
-De todas formas, has sido leproso» observa Tomás.
-Y me he quedado pobre y solo. Pero, mira, volver a ser un hombre y tener techo y pan es gracia de Dios. Mi modelo en la desventura fue Job. Espero merecer como él la bendición de Dios, no en riquezas sino en gracia.

-La tendrás. Eres un justo. ¿Cómo te llamas?
-Matías.

Y quita del fuego su caldero, lo lleva a la mesa, añade mantequilla y miel, remueve, vuelve a ponerlo en el fuego y dice:

-Tengo sólo seis piezas de vajilla entre platos y cuencos. Os turnáis.
-¿Y tú?

-El que da hospitalidad es el último en servirse. Primero los hermanos que Dios envía. Bueno, ya está a punto. Esto sienta bien.

Y echa unos cazos de papilla humeante en cuatro platos y dos cuencos. Cucharas de madera sí que hay.
Jesús sugiere a los más jóvenes que coman.
-No. Tú, Maestro -dice Juan.

-No, no. Conviene que se sacie Judas, y vea que hay siempre comida para los hijos.

Judas Iscariote cambia de color, pero come.
-¿Eres un rabí?
-Sí. Éstos son mis discípulos.

-Yo iba donde el Bautista, cuando él estaba en Betabara. ¿Sabes algo del Mesías? Dicen que ya ha venido y que Juan lo señaló. Siempre que voy a Jerusalén espero verlo. Pero nunca lo he logrado. Cumplo el rito y no me detengo. Será por esto por lo que no lo veo. Aquí vivo aislado, y además… gente no buena en Perea. Hablé con unos pastores que vienen aquí por los pastos. Ellos sabían del Mesías. Me hablaron. ¡Qué palabras! ¿Qué será cuando las diga Él!…

Jesús no se da a conocer. Le toca ahora comer y lo hace serenamente, al lado del buen anciano.
-¿Y ahora? ¿Cómo vamos a hacer para dormir? Os cedo la cama. Pero es solo una… Yo voy donde las ovejas.
-No, vamos nosotros. El heno es bueno para quien está cansado.

La cena ha terminado. Ahora piensan en acostarse para partir al alba. Pero el anciano insiste y a su cama va Mateo, que está muy constipado.

Pero la aurora es un diluvio. ¿Cómo ponerse en marcha bajo esas cataratas? Siguen el consejo del viejo y se quedan. Entretanto cepillan y secan las túnicas, untan las sandalias, dan descanso a sus cuerpos. El viejo cuece otra vez cebada en la leche, para todos; luego mete unas manzanas entre las cenizas. La comida de todos. Lo están consumiendo cuando llega de fuera una voz.

-¿Otro peregrino? ¿Cómo nos vamos a arreglar? -dice el anciano. Pero se pone en pie y sale, envuelto en una manta de lana basta, impermeable.
En la cocina hay calor de fuego, pero no de humor bueno. Jesús guarda silencio.

Vuelve el anciano, con los ojos desmesuradamente abiertos. Mira a Jesús, mira a los otros. Parece sentir miedo… parece en duda y escrutador. Al fin dice:

-¿Uno de vosotros es el Mesías? Decidlo, porque los de Pel.la lo buscan para adorarlo, por un gran milagro que ha hecho. Llevan llamando, desde ayer tarde, a todas las casas, hasta el río, hasta el primer pueblo… Ahora, regresando, han pensado en mí. Alguno ha indicado mi casa. Están afuera, con los carros. ¡Mucha gente!
Jesús se levanta. Los doce dicen:

-No vayas. Si has dicho que era prudente no detenernos en Pel.la, es inútil mostrarte ahora.
-¡Pero entonces!… ¡Oh! ¡Bendito! ¡Bendito Tú y quien te ha enviado! ¡Y bendito yo, que te he acogido! Eres el rabí Jesús, aquel… ¡Oh!

E1 hombre está de rodillas, con la frente contra el suelo.
-Soy Yo. Pero deja que vaya a estos que me buscan. Luego vendré a ti, hombre bueno. Se libera los tobillos apresados por las manos del anciano y sale a la huerta inundada.

-¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Hosanna!
Se apean rápidamente de los carros. Son hombres y mujeres, y está el cieguito de ayer con su madre, y está la gerasena. Sin preocuparse del barro, se arrodillan y suplican:

-¡Regresa, regresa donde nosotros, a Pel.la!
-¡No: a Yábés! -gritan otros, que son ciertamente de allí.
-¡Te queremos con nosotros! ¡Estamos arrepentidos de haberte echado! -gritan los de Yabés.

-No, donde nosotros. A Pel.la, donde está vivo tu milagro. A ellos los ojos; a nosotros, la luz del alma.
-No puedo. Voy a Jerusalén. Allí me encontraréis.
-Estás enfadado porque te hayamos echado.
-Estás disgustado porque sabes que habíamos creído las calumnias de un pecador.

La madre de Marcos se tapa la cara y llora.
-Dile tú, Yaia, al que te ha amado, que vuelva.
-Me encontraréis en Jerusalén. Marchaos. Y perseverad. No seáis como los vientos, que van en todas las direcciones. Adiós.

-No. Ven. Te raptamos por la fuerza, si no vienes.
-Vosotros no alzaréis contra mí vuestra mano. Esto es idolatría, no verdadera fe. La fe cree incluso sin ver. Persevera aunque se la combata. Crece aun sin milagros. Me quedo en casa de Matías, que ha sabido creer sin ver nada y que es un justo.

-A1 menos, acepta nuestros presentes. Dinero, pan. Nos han dicho que habéis dado todo lo que teníais a Yaia y a su madre. Toma un carro. Irás en él. Lo dejas en Jericó, en casa de Timón el posadero. Tómalo. Llueve. Y va a seguir lloviendo. Estarás resguardado. Llegarás antes. Muéstranos que no nos odias.

Ellos al otro lado de la estacada, Jesús a este lado, se miran; los de la parte de allá están agitados. Detrás de Jesús está el anciano Matías, de rodillas, con la boca abierta; luego, de pie, los apóstoles.
Jesús tiende la mano y dice:

-Acepto para los pobres. Pero no acepto el carro. Soy el Pobre entre los pobres. No insistáis. Yaia, mujer, y tú de Gerasa, venid que os bendiga en particular.

Y cuando los tiene a su lado, puesto que Matías ha abierto la estacada, los acaricia y bendice, y se despide de ellos. Bendice luego a los otros, que se han aglomerado en torno a la entrada y están dando a los apóstoles monedas y víveres, y los despide.
Vuelve a casa…

-¿Por qué no les has hablado?
-Habla el milagro de los dos ciegos.
-¿Por qué no has tomado el carro?
-Porque ir a pie está bien.
Y se vuelve a Matías:

-Te habría recompensado con las bendiciones. Ahora puedo darte, además, un poco de dinero por los gastos que te ocasionamos…

-No, Señor Jesús… No lo quiero. Esto lo he hecho de buen corazón. Ahora… ahora lo hago sirviendo al Señor. No paga el Señor. No está obligado a ello. ¡He sido yo quien ha recibido, no Tú! ¡Este día vendrá, con su recuerdo, hasta la otra vida!

-Bien has hablado. Encontrarás tu misericordia hacia los peregrinos escrita en el Cielo, y también tu fe solícita.

En cuanto se aclare el cielo un poco, te dejo. Aquellos podrían volver. Insistentes mientras están bajo la impresión del milagro; luego… tardos como antes, o enemigos. Yo continúo mi camino. Hasta ahora me he detenido, tratando de convertirlos. Ahora vengo y paso, sin detenerme. Voy al destino mío que me apremia. Dios y el hombre me acucian. No puedo ya detenerme. Me aguija el amor y me aguija el odio. Quien me ama puede seguirme.

Pero el Maestro ya no va a correr detrás de las ovejas indóciles.
-¿No te aman, Maestro divino? -pregunta Matías.
-No me comprenden.
-Son malos.

-Los gravan las concupiscencias.
El hombre ya no se atreve a mostrarse con la libertad de antes. Parece como si estuviera delante del altar. Jesús, por el contrario, ahora que ya no es el Desconocido, se muestra menos reservado y habla al anciano como a un familiar.

Y así pasan las horas, hasta un principio de sol de mediodía. La nube, rota, promete suspensión de la lluvia. Jesús ordena la partida. Y, mientras el anciano va a recoger los mantos ya secos, deposita en un cajón unas monedas y dispone que metan panes y quesos en una masera.

Regresa el anciano. Jesús lo bendice. Luego reanuda su camino, y se vuelve todavía a mirar a la blanca cabeza que sobresale de la estacada oscura.

358- En Pel.la. El jovencito Yaiay la madre de Marcos de Josías

El camino que de Gadara va a Pel.la recorre una zona fértil extendida entre dos órdenes de collados, uno más alto que el otro. Parecen dos enormes peldaños de una escalera de gigantes fabulosos, para subir del valle del Jordán a los montes de Aurán.

Cuando el camino se junta más al escalón de occidente, la mirada se enseñorea no sólo sobre los montes del otro lado ­creo que son los de la Galilea meridional, y ciertamente los de Samaria -, sino también sobre la verde lindura que hace de ala al río azul por una y otra parte; cuando se separa, acercándose a las cadenas de oriente, entonces pierde de vista el valle del Jordán, pero ve todavía las cimas de las cadenas de Samaria y Galilea recortadas con su verde en el fondo gris del cielo.

En día de sol sería un hermoso panorama, con tonalidades vivas de graciosa belleza. Hoy que el cielo está ya enteramente cubierto de nubes bajas, acumuladas por un siroco que aumenta sin cesar y va empujando nuevas masas de nubes densas para superponerse a las ya existentes, bajando así el cielo con toda esta guata gris y enredada, el panorama pierde la luminosidad de los colores verdes, que aparecen apagados como por una opacidad de niebla.

Llegan a algún que otro pueblecito, y los dejan atrás, sin que suceda nada particular. La indiferencia acoge y sigue al Maestro. Sólo los pordioseros, que van pidiendo limosna, no dejan de interesarse por el grupo de peregrinos galileos. No faltan los ciegos, que en su mayor parte tienen los ojos destruidos por el tracoma, o los casi ciegos, que van con la cabeza baja, soportando malamente la luz, pegados a las tapias, unas veces solos, otras con una mujer o un niño.

En un pueblo, donde se entrecruza el camino hacia Pel.la con el de Gerasa y Bosra hacia el Lago de Tiberíades, hay un grupo numeroso que asalta las caravanas con sus quejidos semejantes a gruñidos de perros, quebrados de tanto en tanto por verdaderos ululatos. Están atentos. Es un grupo de miseria, mugre y harapos, pegado a las tapias de las primeras casas.

Mordisquean cortezas de pan, y aceitunas; o están adormilados, y las moscas pican con toda libertad en los párpados ulcerados. Pero, al primer ruido de cascos o de roces de numerosos pies, se alzan y van -harapiento coro de tragedia antigua -, todos con las mismas palabras y los mismos gestos, hacia los que llegan. Alguna moneda vuela y algún mendrugo de pan, y los ciegos o semiciegos exploran nerviosamente el polvo y la inmundicia para encontrar el óbolo.

Jesús los observa y dice a Simón Zelote y a Felipe:
-Llevadles dinero y pan. Judas tiene el dinero; el pan, Juan.

Los dos se adelantan solícitos a realizar lo que ha sido ordenado, y se detienen a hablar mientras Jesús se acerca despacio, impedido por una fila de asnos que tapa el camino.

Los mendigos se asombran de la forma de saludarlos y de la gracia que les ofrecen los recién llegados, y preguntan:

-¿Quiénes sois, que nos tratáis amablemente?
-Los discípulos de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel, el que ama a los pobres y a los infelices porque es el Salvador, y pasa anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros.

-Este es el milagro -dice uno que tiene los párpados atrozmente devastados. Y le da un mordisco a su pedazo de pan limpio; un verdadero animal que no siente y admira sino las cosas materiales.

Una mujer que, al pasar con sus ánforas de cobre, oye y dice:

-¡Cállate ahí, holgazán indecente!

Y se vuelve a los discípulos para decir:

-No es del pueblo. Es pendenciero y violento con sus semejantes. Habría que echarlo, porque roba a los pobres del pueblo. Pero tenemos miedo de sus venganzas -y, en voz baja, verdaderamente una pizca de voz, susurra:

«Se dice que es un ladrón que, durante años, ha robado y matado -bajando de los montes de Caracamoab y Sela, que ahora los dominadores llaman Petra -a los que recorren los caminos de los desiertos. Se dice que es un soldado desertor de aquel romano que fue allí para… que vieran lo que es Roma… Elio, me parece, y otro nombre más… Si le hacéis beber, habla… Ahora, ciego, ha venido a parar aquí… ¿Es aquel el Salvador? -pregunta luego señalando a Jesús, que ha pasado recto.

-Es ése. ¿Quieres decirle algo?

-¡No, no! -dice la mujer con indiferencia.

Los dos apóstoles se despiden de ella y se encaminan para alcanzar al Maestro. En esto, se produce un alboroto entre los ciegos, y se alza un llanto casi de niño. Varios se vuelven. La mujer de antes, que está en el umbral de la puerta de su casa, explica:

-Será ese despiadado que quita el dinero a los más débiles. Siempre lo hace.
También Jesús se ha vuelto, a mirar.

Efectivamente, un niño, o más bien un adolescente, sale sangrando y llorando del grupo y se queja:
-¡Me ha quitado todo! ¡Y mi madre ya no tiene pan!

Unos se muestras compasivos, otros se ríen…
-¿Quién es? -pregunta Jesús a la mujer.
-Un niño de Pel.la. Pobre. Viene mendigando. Todos ciegos en su casa, por una enfermedad cogida los unos de los otros. El padre ha muerto. La madre está en casa. E1 jovencito pide limosna a los que pasan y a los campesinos.

El muchacho se acerca con su bastoncito, secándose con un ribete de su manto desgarrado el llanto y la sangre, que le mana de la frente.

La mujer lo llama:

-¡Párate, Yaia! ¡Te lavo la frente y te doy un pan!
-¡Tenía dinero y pan para varios días! ¡Ahora nada! Mi madre me espera para comer… -se lamenta el desdichado mientras se lava con el agua de la mujer.
Jesús se acerca y dice:

-Yo te doy todo lo que tengo. No llores.
-¿Pero Señor? ¿Por qué? ¿Dónde vamos a hospedarnos? ¿Qué haremos? -dice inquieto Judas.

-Alabaremos a Dios, que nos conserva sanos. Es ya suma gracia.

El muchacho dice:
-¡Sí que lo es! ¡Si yo viera! Trabajaría para mi madre.
-¿Querrías curarte?
-Sí.

-¿Por qué no vas a los médicos?

-Ninguno nos ha curado nunca. Nos han dicho que hay Uno en Galilea que no es médico pero que cura. Pero, ¿cómo vamos a donde Él?

-Ve a Jerusalén. Al Getsemaní. Es un olivar que está en las faldas del monte de los olivos, cerca del camino de Betania. Pregunta por Marcos y Jonás. Todos los del arrabal de Ofel te darán indicaciones. Puedes unirte a una caravana. Pasan muchas. A Jonás pregúntale por Jesús de Nazaret…

-¡Eso! ¡Es ese nombre! ¿Me curará?
-Si tienes fe, sí.

-Tengo fe. ¿Tú a dónde vas, Tú que eres bueno?
-A Jerusalén, para la Pascua.

-¡Llévame contigo entonces! No te daré fastidio. Dormiré al raso, me bastará un pedazo de pan. Vamos a Pel.la ¿Tú vas allí, verdad? Y se lo decimos a mi madre, y luego vamos… ¡Ver! ¡Eres bueno, Señor!… -y el jovencito se arrodilla buscando los pies de Jesús para besarlos.
-Ven. Te llevaré a la luz.
-¡Bendito seas!

Reanudan el camino y la mano de Jesús sujeta de un brazo al niño para guiarlo solícitamente. Y el niño habla:
-¿Quién eres? ¿Un discípulo del Salvador?
-No.
-¿Pero lo conoces al menos?
-Sí.
-¿Y crees que me va a curar?
-Lo creo.

-Pero… ¿querrá dinero? No tengo. ¡Los médicos quieren mucho dinero! Por las curas hemos conocido el hambre…
-Jesús de Nazaret sólo quiere fe y amor.

-Es muy bueno entonces. Pero también Tú eres bueno -dice el jovencito, y, para coger y acariciar la mano que lo guía, palpa la manga de la túnica.

-¡Qué buena túnica llevas! ¡Eres un señor! ¿No te avergüenzas de mí, que voy andrajoso?

-Me avergüenzo sólo de las culpas que deshonran al hombre.

-Yo tengo las de murmurar alguna vez por mi estado, y de desear ropa caliente, pan y, sobre todo, la vista.
Jesús lo acaricia:

-No son culpas que deshonren. Pero trata de no tener ni siquiera esas imperfecciones y serás santo.

-Pero, si me curo, ya no las tendré… ¿O es que no me voy a curar y Tú lo sabes y me estás preparando para mi destino y enseñándome a santificarme como Job?

-Te curarás. Pero después, sobre todo después, tienes que estar siempre contento de tu condición, aun no siendo de las más halagüeñas.

Llegan a Pel.la. Las huertas que siempre preceden a las ciudades exponen la fecundidad de sus cuadros con un pujante verdecer de hortalizas.

Algunas mujeres que están trabajando en los surcos, o en las tinas de la colada, saludan a Yaia y le dicen:
-Vuelves pronto hoy. ¿Te ha ido bien? ¿Has encontrado un protector? Pobre hijo.

Una, anciana, grita desde el fondo de una huerta:
-¡Yaia! Si tienes hambre, hay una escudilla para ti. Si no, para tu madre. ¿Vas a casa? Tómala.

-Voy a decir a mi madre que voy con este señor bueno a Jerusalén para curarme. Conoce a Jesús de Nazaret y me guía a donde Él.

El camino, casi a las puertas de Pel.la, está lleno de gente. Hay mercaderes, pero hay también peregrinos.

Una mujer de buen aspecto, que hace su viaje en un burro, acompañada de una sierva y un siervo, al oír hablar de Jesús, se vuelve; luego tira de las riendas, para al burro, baja, y se dirige a Jesús.

-¿Conoces a Jesús de Nazaret? ¿Vas a donde El? Yo también voy… Para la curación de un hijo. Quisiera hablar con el Maestro porque… -se echa a llorar debajo del tupido velo.

-¿Qué enfermedad tiene tu hijo? ¿Dónde está?
-Es de Gerasa. Pero ahora está camino de Judea. Va como un poseso… ¡Oh!, ¿qué he dicho?
-¿Está endemoniado?

-Señor, lo estaba y fue curado. Ahora… es más demonio que antes, porque… ¡Esto sólo se lo puedo decir a Jesús de Nazaret!

-Santiago, tomad al niño entre Simón y tú, e id adelante con los otros. Esperadme fuera de la puerta. Mujer, puedes decir a los siervos que sigan adelante. Hablaremos entre nosotros.

La mujer dice:
-¡Pero Tú no eres el Nazareno! Yo quiero hablarle sólo a Él. Porque sólo Él puede comprender y tener misericordia.
Entretanto se han quedado solos. Los otros ya se han adelantado por su cuenta. Jesús espera a que la calle se desaloje y luego dice:

-Puedes hablar. Yo soy Jesús de Nazaret.
La mujer gime y hace ademán de arrodillarse.
-No. La gente no debe saberlo por ahora. Vamos. Allí hay una casa abierta. Vamos a pedir un lugar para estar y vamos a hablar. Ven.

Van por una callecita que discurre entre dos huertas, a una casa aldeana en cuya era retozan unos niños.
-La paz sea con vosotros. ¿Me permitís que pueda descansar unos momentos esta mujer? Debo hablar con ella. Venimos de lejos para podernos hablar y Dios nos ha hecho confluir antes de la meta.

-Entrad. El huésped es bendición. Os daremos leche y pan, y agua para los pies cansados -dice una anciana.
-No hace falta. Nos basta un lugar tranquilo para poder hablar.

-Venid -y sube con ellos a una terraza enguirnaldada con una vid en que ya brotan hojas esmeraldinas.
Se quedan solos.

-Habla, mujer. Ya he dicho que Dios nos ha hecho encontrarnos antes de la meta para alivio tuyo.

-¡No hay, no hay ya alivio para mí! Tenía un hijo. Quedó poseído por el demonio. Una fiera entre los sepulcros. Nada lo tenía sujeto. Nada lo curaba. Te vio. Te adoró con la boca del demonio, y Tú le curaste. Quería seguirte. Tú pensaste en mí, su madre, y me lo enviaste. Para que me diera nueva vida y nuevo juicio, que vacilaban por el dolor de un hijo endemoniado. Le enviaste también para que te predicara, dado que quería amarte.

Yo… ¡Oh! ¡Ser madre de nuevo; y además, de un hijo santo, de un siervo tuyo! Pero, ¡dime, dime! Cuándo le dijiste que regresara, ¿sabías que era… que sería otra vez un demonio? Porque es un demonio, que te deja después de tanto bien recibido, después de haberte conocido, después de haber sido elegido para el Cielo… ¡Dímelo! ¿Lo sabías? ¡Oh, estoy desvariando! Hablo y no te digo por qué es un demonio…

Hace algo de tiempo que ha caído otra vez en locura. Pocos días, pero para mí más penosos que los largos años que vivió endemoniado… Y entonces creía que nunca sufriría penas más grandes que ésa… Ha venido… y ha demolido la fe que Gerasa cultivaba hacia ti por mérito tuyo y suyo, diciendo infamias de ti. ¡Y ahora te precede hacia el vado de Jericó, procurándote daño, procurándote daño!

La mujer, que no se ha quitado en todo este tiempo el velo bajo el cual solloza desconsoladamente, se arroja a los pies de Jesús suplicando:

-¡Márchate! ¡Aléjate! ¡No te dejes insultar! Yo me he puesto en camino, de acuerdo con mi marido enfermo, rogando a Dios hallarte. ¡Me ha escuchado! ¡Bendito sea! ¡No quiero, no quiero permitir que Tú, Salvador, seas maltratado por causa de mi hijo! ¿Por qué lo he traído al mundo? ¡Te ha traicionado, Señor! Cita mal tus palabras. El demonio se ha apoderado de nuevo de él. Y… ¡oh, Altísimo y Santo!… ¡piedad de una madre! Y se condenará.

¡Mi hijo, mi hijo! Antes no tenía culpa de estar lleno de demonios. Era una desventura que le había sucedido. ¡Pero ahora, ahora que lo habías liberado, ahora que había conocido a Dios, ahora que Tú lo habías instruido! ¡Ahora ha querido ser un demonio, y ya ninguna fuerza lo liberará! ¡Oh!

La mujer está por el suelo: un amasijo de vestidos y carne agitándose en medio de los sollozos. Y gime:
-Dime, dime qué debo hacer por ti, por mi hijo. ¡Para desagraviar! ¡Para salvar! No. ¡Desagraviar! Ya ves que mi dolor es desagravio. ¡Pero salvar! No puedo salvar al que reniega de Dios. Está condenado… Y, para mí, israelita, ¿qué es esto? Tormento.

Jesús se agacha. Le pone la mano en el hombro.
-¡Álzate, cálmate! Te tengo amor. Escucha, pobre madre.
-¿No me maldices por haberlo generado?

-¡No! No eres responsable de su error. Has de saber, además, para consuelo tuyo, que sí puedes ser causa de su salvación. Los quebrantos de los hijos pueden ser reparados por las madres. Y tú lo vas a hacer. Tu dolor, siendo bueno como es, no es estéril; es fecundo. Por tu dolor será salvada el alma que amas. Expías por él, y expías con una intención tan recta, que eres la indulgencia de tu hijo. Volverá a Dios. No llores.
-¿Pero cuándo? ¿Cuándo será?

-Cuando tu llanto se disuelva en mi Sangre.
-¿Tu Sangre? ¿Entonces es verdad lo que dice él? ¿Que te matarán porque mereces la muerte?… ¡Blasfemia horrenda!
-Es verdad verdadera en la primera parte. Me matarán para haceros dignos de Vida. Soy el Salvador, mujer. La salvación se da con la palabra, con la misericordia y con el holocausto. Para tu hijo es necesario esto. Y lo daré.

Pero ayúdame. Dame tu dolor. Ve con mi bendición. Consérvala en ti para poder ser misericordiosa y paciente con tu hijo, y recordarle así que Otro fue misericordioso con él. Ve, ve en paz.

-¡Pero no hables en Pel.la! ¡No hables en Perea! Te los ha puesto en contra. Y no está solo. Pero yo veo sólo a él y hablo sólo de él…

-Hablaré con un hecho, que será suficiente para anular la obra de otros. Ve en paz a tu casa.

-Señor, ahora que me has absuelto de haberlo generado, ve mi rostro, para saber cómo es el rostro de una madre acongojada -y se destapa la cara diciendo «Aquí ves la cara de la madre de Marcos de Josías, renegador del Mesías y torturador de la que lo engendró» y baja de nuevo el tupido velo para cubrir su rostro devastado por el llanto, y dice gimiendo:

-¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!
Bajan del lugar hospitalario. Toman la calle otra vez. Entran en Pel.la y se reúnen de nuevo la mujer con los siervos y Jesús con los apóstoles.

Pero la mujer le sigue, como hechizada, mientras Jesús va detrás del muchacho, que se dirige a su pobre casuca: una casa situada en un sótano de una construcción pegada a la ladera del monte, característica de esta ciudad que sube a escalones, de forma que el bajo del lado oeste es el segundo piso del lado este, pero en realidad es un bajo también allí, porque se puede acceder a él desde el camino que pasa por arriba, que está al nivel del último piso.

El muchacho llama con fuerza:
-¡Madre! ¡Madre!
Del interior del antro mísero y oscuro sale una mujer todavía joven, ciega, desenvuelta porque conoce bien el recinto.

-¿Ya de regreso, hijo mío? ¡Tan numerosas han sido las limosnas, que regresas estando todavía alto el día?
-Mamá, he encontrado a uno que conoce a Jesús de Nazaret y que dice que me lleva a donde Él para que me cure. Es muy bueno. ¿Me dejas ir, mamá?

-¡Claro, Yaia! Me quedo sola, pero ve, ve, bendito, ¡y mira también por mí al Salvador!
La adhesión, la fe de la mujer es absoluta. Jesús sonríe. Habla:

-¿No dudas, mujer, ni de mí ni del Salvador?
-No. Si Tú lo conoces y eres amigo suyo, tienes que ser bueno sin duda. ¡Él puede hacerlo! ¡Ve, ve, hijo! No te retrases ni un momento. Vamos a darnos un beso y ve con Dios.

A tientas se encuentran y se besan.
Jesús pone encima de la tosca mesa un pan y unas monedas.
-Adiós, mujer. Aquí tienes con qué procurarte comida. La paz sea contigo.

-Salen. La comitiva reanuda la marcha. Caen las primeras gotas de lluvia.
-¿Pero no nos paramos? Llueve… -dicen los apóstoles.
-En Yabés Galaad nos detendremos. Caminad.
Se echan los mantos por encima de las cabezas. Jesús extiende el suyo sobre la cabeza del muchacho. La madre de Marcos de Josías le sigue con los siervos, en su asno. Da la impresión de que no se puede separar de Él.
Salen de Pel.la. Se adentran en la verde campiña, triste en este día lluvioso.

Recorren al menos un kilómetro. Luego Jesús se para. Toma la cabeza del cieguito entre sus manos, le besa en los ojos extinguidos y dice:
-Y ahora regresa. Ve a decir a tu madre que el Señor premia a quien tiene fe, y ve a decir a los de Pel.la lo que es el Señor.

Lo deja marcharse y se aleja rápido.

Pero no han pasado tres minutos cuando el muchacho grita:
-¡Pero si veo! ¡Oh! ¡No te vayas! ¡Tú eres Jesús! ¡Haz que Tú seas lo primero que vea! -y cae de rodillas en el camino mojado de lluvia.

Por una parte la mujer gerasena y los siervos, por otra los apóstoles, corren a ver el milagro.
También Jesús vuelve, lentamente, sonriente. Se agacha a acariciar al muchacho. -Ve; ve donde tu mamá. ¡Que sepas creer en mí, siempre!

-Sí, Señor mío… ¿Pero a mi madre nada? ¿En la oscuridad ella, que cree como yo?

Jesús sonríe aún más luminosamente. Mira a su alrededor. Ve en el borde del camino una mata de pequeñas margaritas aljofaradas de agua. Se agacha. Las coge. Las bendice. Se las da al niño.

-Pásalas por encima de los ojos de tu madre y ella verá. Yo no vuelvo para atrás. Voy adelante. El que sea bueno que me siga con su espíritu, y que hable de mí a los que vacilan. Tú habla de mí en Pel.la, que titubea en la fe. Ve. Dios está contigo.

Y luego se vuelve a la mujer de Gerasa:
-Y tú síguele. Ésta es la respuesta de Dios a todos los que tratan de disminuir la fe de los hombres en el Cristo.

Que esto refuerce tu fe y la de Josías. Ve en paz.
Se separan. Jesús reanuda la marcha hacia el sur; el niño, la gerasena y los siervos, hacia el norte. El velo tupido del agua los separa como tras una cortina de humo…

357- Juan y las culpas de Judas Iscariote. Los fariseos y la cuestión del divorcio

Las magníficas estrellas de una serena noche de marzo resplandecen en el cielo de Oriente; tan amplias y vivaces, que parece que el firmamento haya descendido, como un baldaquino, hacia la terraza de la casa que ha acogido a Jesús: una casa muy alta, y edificada en uno de los puntos más altos de la ciudad; de modo que el horizonte infinito se abre delante, y alrededor, de quien mira, desde cualquier ángulo.

Y, si la tierra -no alegrada todavía por la Luna, que está en su fase menguante -se anula en la oscuridad de la noche, el cielo resplandece con un sinfín de luces. Es verdaderamente la revancha del firmamento, que expone victoriosamente sus pensiles de astros, sus praderas de Galatea, sus gigantes planetarios, sus bosques de constelaciones contra la efímera vegetación de la tierra, que, aunque sea secular, es, en todo caso, de una hora respecto a éstas, que existen desde cuando el Creador hizo el firmamento.

Y, perdiéndose mirando arriba, paseando la mirada por esas esplendorosas avenidas, en que las estrellas son los árboles, uno tiene la impresión de percibir las voces, los cantos de aquellas florestas de esplendores, de ese enorme órgano de la más sublime de las catedrales, en que gustosamente imagino que hacen de fuelles y registros los vientos de las carreras astrales, y de voces las estrellas lanzadas en sus trayectorias.

Y parece percibirse mucho más, dado que el silencio nocturno de esta Gadara durmiente es absoluto. No canta una fuente, no canta un pájaro. El mundo duerme, duermen las criaturas. Duermen los hombres -menos inocentes que las otras criaturas -sus sueños, más o menos tranquilos, en las casas oscuras.

Pero, por la puerta de la habitación que da a la terraza inferior -porque hay otra, superior, que está encima de la habitación más alta -se muestra una sombra alta, apenas visible en la noche, por la blancura del rostro y de las manos que contrastan con el indumento oscuro; le sigue otra más baja. Caminan de puntillas para no despertar a los que quizás duermen en la habitación de abajo, y de puntillas suben la escalera externa que conduce a la última terraza. Luego se toman de la mano y van, así, a sentarse en un banco que está adosado a todo lo largo del antepecho, muy alto, que circunda la terraza.

El banco bajo y el antepecho alto hacen que todas las cosas desaparezcan ante sus ojos. Aunque hubiera en el cielo la más clara Luna, que bajara a iluminar el mundo, para ellos no sería nada; porque la ciudad está escondida toda, y con ella las sombras más oscuras, en la oscuridad de la noche, de los montes cercanos. Solamente se les muestra el cielo con sus constelaciones de primavera y las magníficas estrellas de Orión (Rigel y Betelgeuse), Aldebarán, Perseo, y Andrómeda y Casiopea, y las Pléyades unidas como hermanas. Y Venus (zafíreo y diamantino), Marte (de pálido rubí) y el topacio de Júpiter son los reyes del pueblo astral, y titilan, titilan como saludando al Señor, acelerando sus latidos de luz para la Luz del mundo.

Jesús levanta la cabeza, apoyándola contra el alto pretil, para mirarlas; Juan hace lo mismo, perdiéndose mirando arriba, donde se puede ignorar el mundo… Luego Jesús dice:

-Y ahora que nos hemos limpiado en las estrellas, vamos a orar.

Se pone en pie. Juan también. Una larga oración, silenciosa, apremiante, toda alma, con los brazos abiertos en cruz, la cara alzada vuelta hacia oriente, donde se preludia un primer claror de luna. Y luego el Pater dicho en común, lentamente, no una vez sino tres, y -lo manifiesta claramente la voz -con un progresivo aumento de insistencia en la súplica; una súplica que es tan ardiente, que separa de la carne el alma y deja a ésta por los caminos del infinito.

Luego silencio. Se sientan donde estaban antes, mientras la Luna blanquece cada vez más la tierra durmiente.
Jesús pasa un brazo por los hombros de Juan, lo arrima hacia sí, y dice:

-Dime, pues, lo que sientes que tienes que decirme. ¿Qué cosas son las que mi Juan ha intuido, con ayuda de la luz espiritual, en el alma tenebrosa del compañero?

-Maestro… estoy arrepentido de haberte dicho eso. Cometeré dos pecados…

-¿Por qué?

-Porque te voy a causar dolor manifestándote incluso lo que no sabes, y… porque… Maestro, ¿es pecado manifestar el mal que vemos en otro? Sí, ¿no es verdad? ¿Y entonces cómo puedo decir esto si lesiono la caridad!…
Juan está angustiado.

Jesús da luz a su alma:
-Escucha, Juan. ¿Para ti es más el Maestro o el condiscípulo?

-El Maestro, Señor. Tú estás por encima de todos.
-¿Y qué soy Yo para ti?

-El Principio y el Fin. Eres el Todo.

-¿Crees que Yo, siendo Todo, conozco también todo lo que existe?

-Sí, Señor. Por esto siento una gran contrariedad dentro de mí. Porque pienso que sabes y sufres. Y porque recuerdo que un día me dijiste que en ocasiones Tú eres el Hombre, sólo el Hombre, y por tanto el Padre te hace conocer lo que es ser hombre que debe conducirse según razón. Y pienso también que Dios, por compasión hacia ti, podría ocultarte estas feas verdades…

-Atente a este pensamiento, Juan. Y habla. Con confidencia. Confiar lo que sabes a quien para ti es "Todo" no es pecado. Porque el "Todo" no se escandaliza, ni murmura, ni faltará a la caridad, ni siquiera con el pensamiento, hacia el desdichado. Sería pecado si dijeras lo que sabes a quien no puede ser todo amor, a tus compañeros por ejemplo, que murmurarían, e incluso agredirían sin misericordia al culpable, dañándolo a él y a sí mismos.

Porque hay que tener misericordia, una misericordia que ha de ser mucho mayor en la medida en que tengamos ante nosotros a una pobre alma enferma de todas las enfermedades: un médico, un enfermero compasivo, o una madre, si es poco el mal que sufre un enfermo, se impresionan poco, y poco luchan por curarle; pero si el hijo, o el hombre, está muy enfermo, en peligro de muerte, ya gangrenoso y paralizado, ¡cómo luchan, venciendo repugnancias y fatigas, para curarlo! ¿No es así?

-Así es, Maestro -dice Juan, que ahora está en esa postura suya del brazo en torno al cuello del Maestro y la cabeza apoyada en su hombro.
-Pues bien, no todos saben tener misericordia con las almas enfermas. Por eso hay que ser prudentes en dar a conocer sus males, para que el mundo no las rehúya y no las dañe con el desprecio. Un enfermo que se ve menospreciado se entristece, y empeora.

Si, por el contrario, le asisten con alegre esperanza, puede sanar, porque la alegría esperanzada del que le asiste entra en él y ayuda a la acción de la medicina.

Pero tú sabes que Yo soy la Misericordia y que no humillaré a Judas. Habla, pues, sin escrúpulos. No eres un espía. Eres un hijo que confía a su padre, con amorosa solicitud, el mal que ha descubierto en su hermano, para que el padre le asista. ¡Animo, pues…!

Juan emite un fuerte suspiro, luego inclina aún más la cabeza, dejándola caer hasta el pecho de Jesús, y dice:

-¡Cuán penoso es hablar de cosas corrompidas!… Señor…

Judas es un impuro… y me tienta a la impureza. No me importan sus escarnios hacia mí, lo que me duele es que se acerque a ti manchado de sus amores. Desde que ha vuelto me ha tentado varias veces. Cuando las circunstancias nos dejan solos -cosa que él provoca en todos los modos -no hace otra cosa que hablar de mujeres… y yo siento la repulsa que sentiría si me sumergieran en materias fétidas que trataran de introducirme en la boca…

-¿Pero en lo profundo te sientes turbado?
-¿En qué sentido turbado? Mi alma se estremece. La razón grita contra estas tentaciones… No quiero ser corrompido…

-¿Y tu carne qué hace?
-Se retrae horrorizada.

-¿Solamente esto?

-Esto, Maestro, y lloro entonces, porque me parece que Judas no podría ofender más a quien se ha consagrado a Dios. Dime: ¿esto va a lesionar mi ofrenda?

-No. No más que un puñado de barro arrojado a una lámina de diamante. No raya la lámina, no penetra en ella. Para limpiarla basta echar encima una copa de agua. Y queda más bonita que antes.

-Límpiame entonces.

-Tu caridad te limpia, y tu ángel. Nada queda en ti. Eres un altar limpio y Dios baja a él. ¿Qué más hace Judas?
-Señor, él… ¡Oh, Señor! -la cabeza de Juan desciende más todavía.

-¿Qué?

-El… No es verdad que sea dinero suyo el que te da para los pobres; es el dinero de los pobres que roba para sí: para ser alabado por una generosidad no verdadera. Le enfureciste al quitarle todo el dinero al regreso del Tabor. Y a mí me dijo: "Hay soplones entre nosotros". Yo dije: "¿Soplones de qué? ¿Acaso robas?". "No" me respondió, "pero soy previsor y hago dos bolsas. Alguno se lo ha dicho al Maestro y El me ha impuesto que dé todo; tan enérgicamente lo ha impuesto, que me he visto constreñido a hacerlo". Pero no es verdad, Señor, que haga eso por previsión. Lo hace para tener dinero. Podría declararlo con la casi certeza de decir la verdad.

-¡Casi certeza! Esta duda sí que es leve culpa. No puedes acusarlo de ser ladrón si no estás absolutamente seguro de ello. Las acciones de los hombres a veces tienen apariencia mala y son buenas.

-Es verdad, Maestro. No lo volveré a acusar, ni siquiera con el pensamiento. De todas formas, eso de que tiene dos bolsas, y que la que dice que es suya y te da es tuya, y que lo hace buscando alabanza, eso es verdad. Y yo eso no lo haría. Siento que no está bien hacerlo.

-¡Tienes razón. ¿Qué más debes decir?

Juan alza una cara asustada, abre la boca para hablar, pero la cierra. Se desliza hasta caer de rodillas. Esconde la cara en la túnica de Jesús. Él le pone una mano sobre sus cabellos.

-¡Ánimo! Quizás has juzgado equivocadamente. Yo te ayudaré a juzgar bien. Me debes decir también lo que piensas acerca de las posibles causas de que Judas peque.

-Señor, Judas se siente sin la fuerza que querría para hacer milagros… Tú sabes que siempre lo ha deseado fogosamente… ¿Te acuerdas de Endor? Y, sin embargo, es el que hace menos milagros. Y… bueno… desde que ha regresado, ya no consigue nada… y por la noche se queja de ello incluso en sueños, como si fuera una pesadilla, y… ¡Maestro, Maestro mío!

-Venga. Habla. Todo.
-Impreca… y practica la magia. Esto no es una mentira ni una duda. Lo he visto. Me elige como compañero porque tengo un sueño profundo. Es más, lo tenía. Ahora, lo confieso, lo vigilo, y mi sueño es menos profundo porque en cuanto se mueve lo oigo… Quizás he hecho mal. Pero he fingido dormir para ver lo que hacía. Y dos veces le he visto y oído hacer cosas feas. No es que yo entienda de magia, pero eso es magia.

-¿Sólo?

-No y sí. En Tiberíades lo seguí. Fue a una casa. Después pregunté quién vivía allí. Uno que practica la necromancia con otros. Y, cuando Judas salió, casi de mañana, por las palabras que dijeron, comprendí que se conocen y que son muchos… y no todos extranjeros. Pide al demonio la fuerza que Tú no le das. Por esto sacrifico yo mi fuerza al Padre, para que se la pase a él, y él deje de ser pecador.

-Haría falta que le dieras tu alma. Pero eso no lo permitiríamos ni el Padre ni Yo…

Un largo silencio. Luego dice Jesús con voz cansada:
-Vamos. Juan. Vamos a bajar y a descansar en espera del alba.

-¡Estás más triste que antes, Señor! ¡No debía haber hablado!

-No. Yo ya lo sabía. Pero tú al menos estás más tranquilo… y eso es lo que importa…
-Señor, ¿debo evitarlo?

-No. No temas. Satanás no perjudica a los Juanes. Los aterroriza, pero no puede quitarles la gracia que Dios continuamente les otorga. Ven. Por la mañana voy a hablar.

Luego iremos a Pel.la. No podemos demorarnos, porque el río está crecido, por la fusión de las nieves y el agua de los días pasados. Pronto estará colmo, y mucho más teniendo en cuenta que la Luna aureolada predice lluvias abundantes…

Bajan y deja de vérselos en la habitación de debajo de la terraza.

Es por la mañana. Una mañana de Marzo. Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo. Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo. Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo con polvo venido probablemente de las zonas del altiplano.

-¡Si no cambia el viento, esto es agua! -sentencia Pedro al salir de la casa con los otros.

El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa. El dueño acompaña a Jesús. Se dirigen hacia una plaza.

Dados pocos pasos, los para un suboficial romano que está con otros soldados.

-¿Eres Tú Jesús de Nazaret?
-Lo soy.
-¿Qué haces?
-Hablo a las gentes.
-¿Dónde?
-En la plaza.

-¿Palabras sediciosas?
-No. Preceptos de virtud.

-¡Ojo! No mientas. Roma ya tiene suficientes falsos dioses.

-Ven tú también. Verás como no estoy mintiendo.
El hombre que ha alojado a Jesús siente el deber de intervenir:

-¿Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?
-Denuncia de hombre sedicioso.

-¿Sedicioso? ¿Él? ¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión! Éste es el hombre más manso de la Tierra. Te lo digo yo.

El suboficial se encoge de hombros y responde:

-Mejor para Él. Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión. Que vaya si quiere. Está avisado.

Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.
-¿Pero quién puede haber sido? ¡No lo entiendo! -dicen varios. Jesús responde: -Dejad de entender. No hace falta.

Vamos a la plaza mientras haya muchos. Luego nos marcharemos también de aquí.

Debe ser una plaza más bien comercial. No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos. Y la gente se aglomera en ellos. Por tanto, hay mucha gente en la plaza, y alguno hace señas de que está Jesús, de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del "Nazareno". Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación. Quién por veneración, quién por curiosidad.

Jesús hace un gesto de querer hablar.

-¡Vamos a escucharlo! -dice un romano que sale de un almacén.

-¿No nos tocará oír alguna lamentación? -le responde un compañero suyo.

-No lo creas, Constancio. Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor.

-¡Paz a quien me escucha! Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras: "¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido? ¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?".

-¡Detente, Tú que hablas! ¡Nosotros proponemos el tema! -grita un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente.

Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano. Los fariseos están ya frente a Jesús.

-¿Eres Tú el Galileo? ¿Eres Jesús de Nazaret?

-¡Lo soy!

-¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!

La verdad es que tienen unas caras de tanta mala uva, que no se ve que estén alegres por el encuentro…

El más viejo habla:

-Te seguimos desde hace muchos días, pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado.

-¿Por qué me seguís?

-Porque eres el Maestro y deseamos ser adoctrinados sobre un punto oscuro de la Ley.

-No hay puntos oscuros en la Ley de Dios.
-En ella no. Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido "superposiciones", como Tú dices… en fin… que han proyectado oscuridad.

-Penumbras, al máximo. Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas.

-No todos lo saben hacer. Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra. Tú eres el Rabí, así que ayúdanos.

-¿Qué queréis saber?

íamos saber si le es lícito al hombre repudiar por un motivo cualquiera a su mujer. Es una cosa que sucede
frecuentemente y siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar. Vienen a nosotros para saber si es lícito. Y nosotros, según el caso, respondemos.

-Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos. Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque sucede así en todas las cosas humanas. Y agrego a la categoría la tercera clase: la que - si fuera lícito el divorcio - más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos: como una lepra incurable, o una cadena perpetua, o enfermedades innominables…
-¿Entonces para ti nunca es lícito?

-Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto. ¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer? Y los creó varón y hembra; y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la creación, hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación, y hubiera sido igualmente bueno aun siendo distinto de todos los otros naturales.

Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una sola carne". Así pues, Dios los unió en una sola unidad. No son, por tanto, ya "dos" sino "una" sola carne. Lo que Dios ha unido, porque vio que "es buena cosa", no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena.

-¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo: "Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano y la despedirá de su casa"?

-Lo dijo por la dureza de vuestro corazón. Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves. Por esto os
permitió repudiar a vuestras mujeres. Pero desde el principio no fue así. Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo o de las libres circunstancias naturales, y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse. Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros, y no es justo pisotearla despiadadamente. Porque, si bien la condena dice:

"Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará", ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre y digna de respeto. Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera, a la carne gemela que se ha unido a la vuestra, a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad, mientras que vosotros, ¡perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos, y seguís corrompidos, y
aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable que hay en vosotros.

¡Prostituidores de vuestras esposas! Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición.

Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma, y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre y no su objeto de placer, y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro que no sepáis elevarla a esposa, después de haber gozado de ella como una prostituta, sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión, podéis despedirla.

Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación, y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque, o son eliminados forzando la naturaleza, o repudiados como una vergüenza. En ningún otro caso. En ningún otro. Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo casándoos con ella, si sois libres.

No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara. Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol. Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella, y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero. Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar lo que Dios ha unido, la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios, y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.

Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio y haberla abandonado a los miedos de la vida, siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan, si queda viuda del segundo marido. Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra, y haríais doble su adulterio.

¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?
Éstos se van humillados, sin responder.

-Es un hombre severo. Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo - dice un romano.
También algunos de Gadara se quejan:

-¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…

Y algunos, más fuerte:

-¡Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse!

Y también los apóstoles repiten este razonamiento mientras toman de nuevo el camino que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara. Lo dice Judas con sarcasmo.

Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión. Y Jesús responde al uno y al otro:

-No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien. Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios; otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos. Sólo algunos - a los cuales les es concedido - comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad e incluso de una honesta hambre de mujer. Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra. Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios.

Hay hombres que nacen así. A otros los hacen eunucos. Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos… son abusos que hay que reprimir.

Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios, los cuales, sin usar violencia para consigo - por tanto con doble mérito -, saben adherirse a eso que Dios pide, y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos para el Señor.

Éstos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior, de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey. Y en verdad os digo que no son personas mutiladas, sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta.

No son, pues, objeto de necio escarnio; antes al contrario, de gran veneración. Comprenda esto quien debe, y respete, si puede.

Los apóstoles casados musitan entre sí.
-¿Qué os pasa? - pregunta Jesús.
-¿Y nosotros? No sabíamos esto, y hemos tomado mujer. Pero nos gustaría ser como Tú dices… - dice por todos
Bartolomé.

-Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante. Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana, y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios. Vamos a acelerar el paso. Para estar en Pel.la antes de la lluvia.

356- Hacia Gadara. Las herejías de Judas Iscariote y las renuncias de Juan, que quiere sólo amar

Jesús está ya en Transjordania. Y, por lo que entiendo, la ciudad que se ve en lo alto de una colina toda verde es Gadara; es también la primera ciudad que tocan después de haber bajado de las barcas en la orilla suroriental del lago de Galilea, porque allí han puesto pie en tierra, sin bajar a Ippo, adonde habían llegado ya las barcas que llevaban a los contrarios de Jesús. Creo que han desembarcado, por tanto, justo enfrente de Tariquea, en la salida del Jordán del lago.

-¿Sabes el camino más corto para ir a Gadara, ¿no? ¿Te acuerdas de por dónde es? -pregunta Jesús.
-¡Hombre, claro! Cuando lleguemos a las caldas del Yarmok, sólo tendremos que seguir el camino -responde Pedro.
-¿Y dónde vas a encontrar los manantiales? -pregunta Tomás.

-¡Basta tener buen olfato para encontrarlos! ¡Huelen desde algunas millas antes de llegar! -exclama Pedro arrugando con disgusto la nariz.

-No sabía que sufrieras de dolores… -observa Judas Iscariote.

-¿Dolores yo? ¿Y cuándo!

-¡Es que conoces tan bien las caldas del Yarmok que debes haber estado allí!

-¡Nunca he tenido necesidad de baños para estar bien! Me han salido los venenos de los huesos con las sudaderas del trabajo honrado… y, además, habiendo trabajado más que gozado, han entrado pocos venenos, siempre pocos, en mí…

-Lo dices por mí, ¿no es verdad? ¡Ya! ¡Yo tengo la culpa de todo!… -dice inquieto Judas.

-¿Pero quién te ha picado? Tú preguntas, yo respondo; a ti como habría respondido al Maestro o a un compañero. Y creo que ninguno de ellos, ni siquiera Mateo, que… ha sido una persona de mundo, se lo habría tomado a mal.

-¡Pues yo me lo tomo a mal!

-No te creía tan delicado. Pero te pido perdón de esa supuesta insinuación. Por amor al Maestro, ¿sabes? Al Maestro, que tanta aflicción recibe de los extraños y no tiene necesidad de recibir más de nosotros. Míralo, en vez de correr tras tus sensibilidades, y verás que necesita paz y amor.

Jesús no habla. Se limita a mirar a Pedro y a sonreírle agradecido. Judas no responde al respecto de la justa observación de Pedro. Está cerrado e inquieto. Quiere aparecer amable, pero la rabia, el malhumor, la desilusión que tiene en su corazón, se manifiestan a través de la mirada, la voz, la expresión, y hasta a través de su paso arrogante, que choca fuertemente las suelas, como para desahogarse, golpeando con ira el suelo para desfogarse de todo lo que le hierve dentro.

Pero se esfuerza en parecer sereno y en ser amable; no lo consigue, pero lo intenta… Pregunta a Pedro:

-¿Y entonces cómo conoces estos lugares? Quizás es que has estado aquí con tu mujer…

-No. He pasado por aquí en Etanim, cuando vinimos a Aurán con el Maestro. Acompañé a su Madre y las discípulas hasta las tierras de Cusa; por eso, viniendo de Bosra, pasé por aquí -responde sincera y prudentemente Pedro.

-¿Estabas tú solo? -pregunta con ironía Judas.
-¿Por qué? ¿No crees que valgo solo por muchos, cuando hay que valer y hay que hacer un encargo de confianza y, además, se hace por amor?

-¡Cuánta soberbia! ¡Querría haberte visto!
-Habrías visto a un hombre serio acompañando a mujeres santas.

-¿Pero estabas realmente solo? -pregunta Judas con acto verdaderamente de inquisidor.
-Estaba con los hermanos del Señor.

-¡Ah! ¡Ya empiezan las admisiones!
-¡Y empiezan a ponérseme de punta los nervios! ¿Se puede saber qué te pasa?

-Es verdad. Es una vergüenza -dice Judas Tadeo.
-Y ya es hora de acabar con esto -añade Santiago de Zebedeo.

-No te es lícito injuriar a Simón -dice Bartolomé en tono de reproche.

-Porque deberías recordar que es el jefe de todos nosotros -termina el Zelote.

Jesús no habla.

-No injurio a nadie, y no me pasa nada en absoluto; lo único es que me gusta pincharle un poco…

-¡No es verdad! ¡Mientes! Haces preguntas astutas porque quieres llegar a precisar algo. El artero considera a todos arteros. Aquí no hay secretos. Estábamos todos. Todos hicimos lo mismo: lo que había ordenado el Maestro.

Y no hay nada más. ¿Comprendes? -grita, verdaderamente airado, el otro Judas.

-Silencio. Parecéis mujeres riñendo. Todos estáis en error. Y me avergüenzo de vosotros -dice severo Jesús.

Se abate un profundo silencio, mientras van hacia la ciudad situada sobre la colina.

Rompe el silencio Tomás diciendo:

-¡Qué mal olor!

-Son las caldas. Aquél es el Yarmok y aquellas construcciones son las termas de los romanos. Detrás de las termas hay una calle bonita toda adoquinada que va a Gadara. Los romanos quieren viajar bien. ¡Gadara es muy bonita! -dice Pedro.

-Será todavía más bonita porque no nos encontraremos en ella a ciertos.., seres… A1 menos no abundantes -murmura Mateo entre dientes.

Cruzan el puente del río entre acres olores de aguas sulfurosas. Pasan muy cerca de las termas, entre los vehículos romanos; toman una bonita calle pavimentada con losas grandes, que conduce a la ciudad edificada en lo alto de la colina, hermosa dentro de sus murallas.
Juan se pone al lado del Maestro:

-¿Es verdad que donde están aquellas aguas, antiguamente, fue arrojado a las entrañas de la tierra un réprobo? Mi madre, cuando éramos pequeños, nos lo decía, para que comprendiéramos que no se debe pecar; si no, el infierno se abre bajo los pies de aquel a quien Dios maldice, y se lo traga. Y luego, como recuerdo y advertencia, quedan fisuras de las que sale olor, calor y aguas de infierno. Yo tendría miedo a bañarme en esas aguas…

-¿De qué, muchacho? No te corromperían. Es más fácil ser corrompidos por los hombres que llevan dentro el infierno y de él emanan hedor y venenos. Pero se corrompen solamente aquellos que, por sí mismos, tienen ya tendencia a corromperse.

-¿Me podrían corromper a mí?
-No. Aunque estuvieras en medio de una turba de demonios, no.

-¿Por qué? ¿Qué tiene de distinto de los demás? -pregunta inmediatamente Judas de Keriot.

-Tiene que es puro bajo todos los aspectos. Por tanto, ve a Dios -responde Jesús. Y Judas ríe maliciosamente.

Juan pregunta otra vez:

-¿Entonces no son bocas del infierno esos manantiales?

-No. Son, al contrario, cosas buenas puestas por el Creador para sus hijos. El infierno no está bajo la tierra. Está sobre la tierra, Juan; en el corazón de los hombres. Más allá, se completa.

(Aquí Jesús no niega que el Infierno esté en el centro de la Tierra, sino que, lo que quiere decir es que el Infierno, fundamentalmente, está, en primer lugar, en el alma del condenado, lo lleva cada réprobo en su propia alma, lo que no quiere decir que no exista el Infierno como lugar físico, real, en el centro de la Tierra, como afirman San Francisco Javier, la Beata Ana Catalina Emmerick, etc.)

-¿Pero existe verdaderamente el Infierno? -pregunta Judas Iscariote.

-¿Pero qué dices?-le preguntan, escandalizados, los compañeros.

-Digo: ¿existe verdaderamente? Yo -y hay otros, no soy sólo yo -no lo creo.

-¡Pagano! -gritan con horror.

-No. Israelita. Somos muchos en Israel los que no creemos en ciertas patrañas.

-¿Pero, entonces, cómo puedes creer en el Paraíso?, ¿y en la justicia de Dios?, ¿dónde metes a los pecadores?, ¿cómo explicas a Satanás? -gritan muchos.

-Digo lo que pienso. Se me ha echado en cara hace poco que soy un embustero. Os demuestro que soy sincero, aunque esto os haga escandalizaros de mí y me haga odioso ante vuestros ojos. Además, no soy el único en Israel que cree esto, desde que Israel ha progresado en el saber, en contacto con helenistas y romanos. Y el Maestro, el único cuyo juicio respeto, y que protege a los griegos y es visiblemente amigo de los romanos, no puede censurarnos ni a mí ni a Israel… Yo parto de este concepto filosófico: si Dios controla todo, todo lo que hacemos es por su voluntad; por tanto, nos debe premiar a todos de una única forma, porque no somos sino autómatas movidos por Él. Somos seres desprovistos de voluntad. Lo dice también el Maestro. Dice:

"La voluntad del Altísimo. La voluntad del Padre". Ésa es la única Voluntad. Y es tan infinita, que aplasta y anula la voluntad limitada de las criaturas. Por tanto, Dios hace tanto el bien como el mal, porque nos los impone, aunque parezcan hechos por nosotros. Y, por tanto, no nos castigará por el mal y así quedará ejercida su justicia, porque nuestras culpas no son voluntarias, sino impuestas por quien quiere que las hagamos para que en la tierra haya bien y mal. El malo es el medio de expiación de los menos malos. Y él sufre el no poder ser considerado bueno, expiando así su parte de culpa. Jesús ha dicho que el infierno está sobre la tierra y en el corazón de los hombres.
Yo no siento a Satanás. No existe. Tiempo hace lo creía. Pero ya desde hace algo de tiempo estoy seguro de que todo es una patraña. Y creer de esta forma es llegar a la paz.

Judas exhibe estas… teorías con un engreimiento tan formidable, que los otros se quedan sin respiración…

Jesús guarda silencio. Y Judas le incita:

-¿No tengo razón, Maestro?

-No.

El "no" es tan seco, que parece un estallido.

-Pues a pesar de todo yo… no siento a Satanás y no admito el libre albedrío, el Mal. Y todos los saduceos están conmigo, y muchos otros, de Israel o de fuera de Israel. No. Satanás no existe.

Jesús lo mira. Una mirada tan compleja, que no se puede analizar: de juez, de médico, de persona afligida, asombrada… hay todo en esa mirada…

Judas, ya lanzado, termina:

-Será que he superado el terror de los hombres hacia Satanás porque soy mejor que los demás, más perfecto.

Y Jesús guarda silencio.

Y él pincha:

-¡Pero habla! ¿Por qué no siento terror de él?

Jesús calla.

-¿No respondes, Maestro? ¿Por qué? ¿Tienes miedo?

-No. Soy la Caridad. Y la Caridad retiene su juicio hasta que no se ve obligada a emitirlo… Déjame, y retírate -dice, terminando, porque Judas intenta abrazarlo; y termina, susurrando, estrechado a la fuerza entre los brazos del blasfemo: « ¡Me horrorizas! ¡No ves ni sientes a Satanás porque forma unidad contigo! ¡Márchate, diablo!

Judas, con verdadero descaro, lo besa y ríe, como si el Maestro le hubiera hecho en secreto algún elogio.

Vuelve donde los otros, que se han detenido horrorizados, y dice:

-¿Os dais cuenta? Yo sé abrir el corazón al Maestro. Y lo hago feliz porque me abro a Él y de Él recibo la lección correspondiente. ¡Vosotros, por el contrario!… Jamás os atrevéis a hablar. Porque sois soberbios. ¡Oh, yo seré el que más sepa de Él! Y podré hablar…

Llegan a las puertas de la ciudad. Entran todos juntos, porque Jesús los ha esperado. Pero, mientras cruzan el pasaje, Jesús ordena:

-Que mis hermanos y Simón se adelanten para reunir a la gente.

-¿Por qué no yo, Maestro? ¿Ya no me encargas misiones? ¿No son ahora ya necesarias? Me diste dos seguidas, y de varios meses…

-Y te quejaste diciendo que quería tenerte lejos. ¿Ahora te quejas porque te tengo cerca?

Judas no sabe qué responder y calla. Se pone delante con Tomás, el Zelote, Santiago de Zebedeo y Andrés. Jesús se detiene para dejar pasar a Felipe, a Bartolomé, a Mateo y a Juan, como si quisiera estar solo. No se oponen.

Pero Juan, cuyos ojos durante las disputas y blasfemias de Judas más de una vez han brillado de lágrimas, movido por su amoroso corazón, se vuelve poco después: a tiempo para ver que Jesús, creyendo pasar desapercibido en la callecita solitaria y sombría (por las ininterrumpidas arcadas que la cubren), se lleva las manos a la frente con un gesto de dolor, y se curva como quien sufre mucho. Deja plantados a sus compañeros el rubio Juan y vuelve donde su Maestro:

-¿Qué te pasa, Señor mío? ¿Sufres otra vez tanto como cuando nos reunimos contigo en Akcib? ¡Oh, mi Señor!

-¡Nada, Juan, nada! Ayúdame tú, con tu amor. Y calla ante los demás. Ora por Judas.

-Sí, Maestro. ¿Es muy infeliz, no es verdad? Está en las tinieblas y no lo sabe. Cree haber alcanzado la paz… ¿Es paz ésa?

-Es muy infeliz -dice Jesús abatido.

-No te abatas de esta forma, Maestro. Piensa en cuántos pecadores, endurecidos en el pecado, han vuelto a ser buenos. Lo mismo hará Judas. ¡Oh, Tú ciertamente lo salvarás! Pasaré esta noche en oración por esto. Le voy a decir al Padre que haga de mí uno que sólo sepa amar; no deseo ninguna otra cosa. Soñaba con dar la vida por ti y hacer brillar tu potencia a través de mis obras. Ahora sólo esto. Renuncio a todo, elijo la vida más humilde y común y pido al Padre que dé todo lo mío a Judas… para hacerlo feliz… y para que así se vuelva hacia la santidad… Señor… tendría que decirte algunas cosas…

Creo saber por qué Judas es así.

-Ven esta noche. Oraremos juntos y hablaremos.

-¿Y el Padre me escuchará? ¿Aceptará mi sacrificio?

-El Padre te bendecirá. Pero sufrirás por ello…

-No, no; me basta con verte a ti contento… y con que Judas… y con que Judas…

-Sí, Juan. Mira, nos están llamando. Corramos.
La callecita se transforma en una bonita calle, y luego en una arteria adornada con pórticos y fuentes; y se adorna de plazas, a cuál más hermosa; se cruza con otra arteria igual. Al final, hay ciertamente un anfiteatro. Y en un ángulo de los pórticos ya están reunidos en espera del Salvador distintos enfermos.

Pedro viene al encuentro de Jesús:

-Han conservado la fe en lo que dijimos de ti en Etanim. Han venido inmediatamente.

-Y Yo inmediatamente voy a premiar su fe. Vamos.
Y se dirige, en el ocaso ya avanzado que tiñe de rojo los mármoles, a sanar a los que con fe le esperan.

355- El nuevo discípulo Nicolái de Antioquíay el segundo anuncio de la Pasión

Jesús está completamente solo en la terraza de la casa de Tomás de Cafarnaúm. El pueblo ocia por el sábado.

Un pueblo ya muy reducido de habitantes, porque los más cuidadosos en cumplir las prácticas de fe se han puesto ya en marcha hacia Jerusalén; como también aquellos que van con las familias, y tienen niños que no pueden hacer marchas largas y obligan a los adultos a pararse y a hacer breves trayectos.

Así que falta, en este día ya de por sí un poco nublado, la nota de oro de la infancia festiva.

Jesús está muy pensativo: sentado en un banco pequeño y bajo, en un rincón, junto al pretil, de espaldas a la escalera, casi escondido por el antepecho; tiene un codo apoyado en la rodilla, y la frente en la mano con gesto cansado, casi de sufrimiento.

Interrumpe su meditación la llegada de un niñito que quiere saludarlo antes de salir para Jerusalén. « ¡Jesús! ¡Jesús!» llama, a cada peldaño que sube (no ve a Jesús, que está celado por el murete a la vista de quien está abajo). Y Jesús está tan concentrado que no oye la vocecita ligera ni el paso de palomita… de forma que, cuando el pequeño llega a la terraza, está todavía en esa postura de sufrimiento. El niño se atemoriza. Se para en el umbral de la terraza, se mete un dedito entre los labios y piensa… luego decide: lentamente se acerca… ya está casi junto a Jesús por detrás… se inclina para ver lo que hace… y dice:

-¡No, bonito! ¡No llores! ¿Por qué? ¿Por esos hombrachos feos de ayer? Lo hablaba mi padre con Jairo, que son indignos de ti. Pero no debes llorar. Yo te quiero. Y también te quiere mi hermanita y Santiago y Tobías, y Juana y María y Miqueas y todos, todos los niños de Cafarnaúm. No llores más… -y se echa a su cuello, muy cariñoso, para terminar: «Si no, voy a llorar también yo, y siempre… durante todo el viaje…

-No, David, ya no lloro. Tú me has consolado. ¡Has venido solo ¿Cuándo partís?

-Después de que se ponga el sol. Con la barca hasta Tiberíades Ven con nosotros. Mi padre te quiere, ¿sabes?
-Lo sé, querido mío. Pero tengo que ir a ver a otros niños… Gracias por haber venido a saludarme. Te bendigo, pequeño David. Vamos a darnos el beso de adiós y luego vuelve con tu mamá. ¿Sabe que estás aquí?…
-No. Me he escabullido porque no te he visto con tus discípulos y he pensado que estabas llorando.

-Ya ves que ya no lloro. Ve, ve donde tu mamá, que quizás te está buscando temiendo mucho por ti. Adiós. Ten cuidado con los asnos de las caravanas. ¿Ves? En todas partes hay asnos parados.

-¿Pero ya de verdad que no lloras?
-No. Ya no estoy afligido. Tú me has consolado. Gracias, niño.

El niño baja la escalera saltando. Jesús lo observa. Menea la cabeza. Luego vuelve a su sitio, a la dolorosa meditación de antes. Pasa un rato. El sol, cuando se abren las nubes, se muestra descendiendo.

Un paso más pesado en la escalera. Jesús alza la cara. Ve a Jairo, que viene hacia El. Lo saluda. Recibe de Jairo un saludo respetuoso.
-¿Cómo por aquí, Jairo?

-¡Señor! Quizás me he equivocado. Pero Tú que ves el corazón de los hombres verás que en mi error no había mala voluntad. Yo hoy no te he invitado a la sinagoga para que hablaras. Pero he sufrido mucho por ti, ayer, y te he visto sufrir tanto, que… no me he atrevido. He consultado a los tuyos y me han respondido:

"Quiere estar solo"… Pero hace poco ha llegado Felipe, padre de David, diciéndome que su hijo te ha visto llorar. Ha dicho que le has dado las gracias por haber venido a ti. He venido yo también. Maestro, los que quedan todavía en Cafarnaúm están para reunirse en la sinagoga. Y mi sinagoga es tuya, Señor.

-Gracias, Jairo. Hoy hablarán otros en ella. Iré como simple fiel…
-No estarías obligado. Tu sinagoga es el mundo. ¿Entonces no vienes, Maestro?
-No, Jairo. Estoy aquí con mi espíritu ante el Padre, que me conoce y que no encuentra culpas en mí.
Un titileo de lágrimas aparece en los ojos tristes de Jesús.

-Yo tampoco encuentro culpas en ti… Adiós, Señor.
-Adiós, Jairo.
Y Jesús se sienta de nuevo. Sigue meditabundo.
Ligera como una paloma sube, vestida de blanco, la hija de Jairo. Mira… Llama delicadamente:

-¡Salvador mío!

Jesús vuelve la cabeza, la ve, le sonríe, le dice:
-Ven a mí.
-Sí, mi Señor. Pero quisiera llevarte a los demás. ¿Por qué debe estar hoy muda la sinagoga?

-Están tu padre y muchos otros para llenarla de palabras.
-Pero son palabras… La tuya es la Palabra. ¡Oh, mi Señor! Con tu palabra me restituiste para mi madre y mi padre, y estaba muerta. ¡Mira a los que se dirigen a la sinagoga! Muchos están más muertos que yo entonces. Ven a darles la Vida.

-Hija, tú la merecías; ellos… Ninguna palabra puede dar vida a uno que para sí elige la muerte.
-Sí, mi Señor. Pero ven de todas formas. Hay también personas que, oyéndote, viven cada vez más,.. Ven. Pon tu mano en la mía y vamos. Yo soy el testimonio de tu poder, y estoy pronta para testificarlo incluso ante tus enemigos, aunque me costara perder esta segunda vida, que la verdad es que ya no es mía. Tú me la has dado, Maestro bueno, por compasión hacia una madre y un padre. Pero yo…

La niña, una bonita niña, ya mujercita, de dulces ojos grandes que brillan en su rostro puro e inteligente, se detiene a causa de un acceso de llanto que la ahoga y gotea de las largas pestañas a las mejillas.

-¿Por qué lloras ahora? -pregunta Jesús poniéndole la mano en el pelo.

-Porque… me han dicho que Tú dices que vas a morir…
-Todos morimos, niña.

-¡Pero no como Tú dices! Yo… no querría ahora estar viva de nuevo, para no verlo, para no estar cuando… suceda este horror…

-Entonces no habrías estado tampoco para darme el consuelo que ahora me das. ¿No sabes que la palabra -una sola incluso de una persona pura y de una persona que me ama me quita todas las penas?

-¿Sí? ¡Oh! ¡Entonces no tienes que tener ya penas, porque te quiero más que a mi padre, más que a mi madre y más que a mi vida!

-Así es.

-Entonces ven. No estés solo. Habla para mí, para Jairo, para mi madre, para el pequeño David, en fin, para los que te quieren. Somos muchos. Y seremos más todavía. Pero no estés solo. Viene melancolía -y, materna por instinto, como toda mujer honesta, termina así: «Conmigo cerca, ninguno te hará ningún mal. Y además yo te defenderé».
Jesús la complace y se levanta. La mano en la mano, atraviesan las calles y entran en la sinagoga por una puerta lateral.

Jairo, que está leyendo en voz alta un libro, suspende la lectura y, mediando un reverente saludo, dice:
-Maestro, te ruego que hables para los rectos de corazón. Prepáranos para la Pascua con tu santa palabra.
-¿Estás leyendo de los Reyes, no?

-Sí, Maestro. Quería que meditaran que quien se separa del Dios verdadero cae en idolatría de becerros de oro.
-Bien has hablado. ¿Ninguno tiene nada que decir?
Se crea rumor entre la gente. Quién quiere que hable Jesús, quién grita:

-¡Tenemos prisa! ¡Que se digan las oraciones y se concluya la reunión! Además, vamos a Jerusalén; allí oiremos a los rabíes.
Los que gritan así son los muchos desertores de ayer, retenidos en Cafarnaúm por el sábado.
Jesús los mira con suma tristeza y dice:
-Tenéis prisa. Es verdad. También Dios tiene prisa de juzgaros. Marchaos, marchaos. Luego, volviéndose hacia los que los reprenden, dice: «No los increpéis. Cada planta da su fruto».

-¡Señor! ¡Repite el gesto de Nehemías! ¡Habla contra ellos, Tú, Sacerdote supremo! -grita, indignado, Jairo; y le hacen coro los apóstoles, los discípulos fieles y los de Cafarnaúm.

Jesús extiende en cruz los brazos. Palidísimo (un rostro verdaderamente mortificado, y, no obstante, dulcísimo), grita:

-¡Acuérdate, propicio, de mí, oh mi Dios! ¡Y acuérdate también propiciamente de ellos! ¡Yo los perdono!
La sinagoga se vacía. Quedan los que son fieles a Jesús…
Hay un extranjero en un rincón. Un hombre robusto, no observado por ninguno, al que ninguno dirige la palabra; bueno, él tampoco habla con nadie. Sólo mira fijamente a Jesús; tanto que el Maestro vuelve su mirada en aquella dirección, lo ve y pregunta a Jairo que quién es.
-No sé. Sin duda uno de paso.

Jesús lo interpela:
-¿Quién eres?
-Nicolái, prosélito de Antioquía. Me dirijo a Jerusalén para la Pascua.
-¿A quién buscas?
-A ti, Señor Jesús de Nazaret. Deseo hablarte.
-Ven.

Y sale, ya con él al lado, al huerto de detrás de la sinagoga para escucharlo.

-Hablé en Antioquía con un discípulo tuyo de nombre Félix. He deseado ardientemente conocerte. Me dijo que Cafarnaúm es lugar en que te detienes, y que tienes a tu Madre en Nazaret; y también que vas al Getsemaní o a Betania. El Eterno ha hecho que te encuentre en el primer lugar.

Estaba ayer… Estaba no lejos de ti, esta mañana, mientras llorabas orando cabe la fuente… Te amo, Señor. Porque eres santo y manso. Creo en ti. Tus acciones, tus palabras, me habían hecho ya tuyo. Pero tu misericordia de hace un rato para con los culpables me ha determinado.

¡Señor, acógeme en cambio de quien te abandona! Vengo a ti con todo lo que tengo: la vida, los bienes, todo.
Se ha arrodillado diciendo las últimas palabras.
Jesús lo mira fijamente… luego dice:

-Ven. Desde hoy serás del Maestro. Vamos adonde tus compañeros.

Vuelven a la sinagoga, donde hay una intensa conversación de los discípulos y los apóstoles con Jairo.
-Aquí tenéis a un nuevo discípulo. El Padre me consuela. Amadlo como a un hermano. Vamos con él a compartir el pan y la sal. Luego, ya de noche, saldréis con él hacia Jerusalén; nosotros iremos a Ippo con las barcas… Y no digáis mi camino a nadie, para que no me entretengan.

Entretanto el sábado ha terminado, y los que quieren evitar a Jesús se agolpan en la playa para contratar las barcas para Tiberíades. Y discuten con Zebedeo, que no quiere ceder su barca ya preparada para la partida nocturna de Jesús con los doce y cercana a la de Pedro.
-¡Voy a ayudarle! -dice Pedro, que está irritado.
Jesús, para evitar choques demasiado fuertes, lo retiene y dice:

-Vamos todos, no tú solo.
Y así lo hacen… Y saborean la amargura de ver que los que huyen se van sin siquiera un saludo, cortando netamente toda discusión con tal de alejarse de Jesús… y oyen algún que otro epíteto despreciante y consejos mordaces a los discípulos fieles…

Jesús se vuelve para regresar a casa, una vez que la turba hostil se ha marchado, y dice al nuevo discípulo:

-¿Los has oído? Esto es lo que te espera siguiéndome.
-Lo sé. Por eso me quedo. Te había visto en un día glorioso, entre la muchedumbre que te aclamaba y te saludaba como rey. Me encogí de hombros diciendo: "¡Otro pobre iluso! ¡Otro azote para Israel!", y no te seguí porque parecías un rey. Ya me había olvidado de ti. Ahora te sigo porque en tus palabras y en tu bondad veo al Mesías prometido».

-Verdaderamente eres más justo que muchos otros. Y digo, una vez más, que se retire quien espere de mí un rey terreno; se retire quien siente que se va a avergonzar de mí ante el mundo acusador; se retire quien se vaya a escandalizar de verme tratado como un malhechor. Os digo esto mientras todavía podéis hacerlo sin veros comprometidos ante los ojos del mundo. Imitad a los que huyen en aquellas barcas, si no os sentís dispuestos a compartir mi destino en el oprobio para poder compartirlo después en la gloria. Porque va a suceder pronto esto: van a acusar al Hijo del hombre, lo van a entregar en manos de los hombres, los cuales lo van a matar como a un malhechor y creerán que lo han vencido. Pero habrán cometido su delito inútilmente, porque resucitaré a los tres días y triunfaré. ¡Dichosos aquellos que sepan estar conmigo hasta el final!

Ya han llegado a la casa. Jesús confía a los discípulos el nuevo llegado, y sube solo al lugar de antes; más exactamente, entra en la habitación de arriba, y se sienta a pensar.
Pasa un rato. Suben Judas Iscariote y Pedro.
-Maestro, Judas me ha hecho reflexionar en cosas convenientes.
-Dilas.

-Tomas contigo a este Nicolái, un prosélito cuyo pasado además ignoramos. Ya hemos tenido muchas complicaciones… y las tenemos todavía. ¿Y ahora? ¿Qué sabemos de él? ¿Podemos fiarnos? Judas, con razón, dice que podría ser un espía enviado por los enemigos.

-¡Que sí! ¡Un traidor! ¿Por qué no quiere decir de dónde viene ni quién lo envía? Le he hecho preguntas, pero sólo dice: "Soy Nicolái de Antioquía, prosélito". Yo tengo serias sospechas.

-Te recuerdo que viene porque me ve traicionado.
-¡Puede ser mentira! ¡Puede ser una traición!

-Quien por todas partes ve mentira o traición es alma capaz de esas cosas. Porque se mide con el propio modelo -dice serio Jesús.

-¡Señor, me ofendes! -grita Judas indignado.
-Pues déjame y vete con los que me abandonan.
Judas sale dando un portazo con malos modales.

-De todas formas, Señor, Judas no está equivocado en todo… Y además no quisiera que… ese hombre hablara de Juan. Sólo puede ser el hombre de Endor el Félix que te lo manda…

-Ciertamente es así. Pero Juan de Endor es prudente y ha tomado de nuevo su viejo nombre. Estáte tranquilo, Simón. Un hombre que se hace discípulo porque siente que mi causa humana está ya perdida, no puede ser sino una persona recta de espíritu. Muy distinto es el que ha salido ahora, que vino a mí porque esperaba ser príncipe de un rey poderoso… y no se convence de que Yo soy Rey sólo para el espíritu…

-¿Sospechas de él, Señor?
-De ninguno. Pero, en verdad te digo que adonde llegará Nicolái, discípulo y prosélito, Judas de Simón, apóstol, israelita y judío, no llegará.

-Señor, quisiera preguntar a Nicolái sobre… Juan.
-No lo hagas. Juan no le ha dado ningún encargo porque es prudente. No seas tú el imprudente.
-No, Señor. Sólo te lo preguntaba…
-Vamos a bajar para acelerar la cena. Partiremos con la noche plena… Simón… ¿me amas tú?

-Maestro, pero ¿qué dices?
-Simón, mi corazón está más oscuro que el lago en una noche de tormenta, y tan desazonado como él…

-¡Oh, Maestro mío!… ¿Qué te puedo decir, si yo estoy todavía más… oscuro y desazonado que Tú? Te digo: "Aquí tienes a tu Simón. Si mi corazón te puede confortar, tómalo". Es lo único que tengo. Pero es sincero.

Jesús pone unos momentos la cabeza en ese pecho amplio y fuerte; luego se pone de pie y baja con Pedro.

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354- Jesús habla sobre el Pan del Cieloen la sinagoga de Cafarnaúm

La playa de Cafarnaúm bulle de gente que desembarca de una verdadera flotilla de barcas de todas las dimensiones. Y los primeros que echan pie a tierra se ponen a buscar entre la gente para ver si ven al Maestro, a un apóstol o, al menos, a un discípulo. Y van preguntando…
Un hombre, por fin, responde:

-¿Maestro? ¿Apóstoles? No. Se han marchado después del sábado, enseguida, y no han vuelto. Pero volverán porque hay algunos discípulos. Acabo de hablar con uno de ellos. Debe ser un discípulo importante. ¡Habla como Jairo! Ha ido hacia aquella casa que está entre los campos, costeando el mar.

El hombre que ha preguntado hace extender la voz, y todos se ponen en rápido movimiento hacia el lugar indicado. Pero, recorridos unos doscientos metros por la orilla, encuentran a todo un grupo de discípulos que vienen hacia Cafarnaúm gesticulando animadamente. Los saludan y preguntan:

-¿El Maestro dónde está?
Los discípulos responden:
-Durante la noche, después del milagro, se ha marchado con los suyos con las barcas atravesando el mar. Hemos visto las velas bajo el claror de la Luna, en dirección a Dalmanuta.

-¡Ah! ¡Claro! ¡Lo hemos buscado en Magdala, en casa de María, y no estaba! ¡De todas formas… nos lo podían haber dicho los pescadores de Magdala!

-No lo sabrían. Quizás había subido a los montes de Arbela a orar. Ya fue allí una vez el año pasado antes de la Pascua. Lo encontré en esa ocasión por suma gracia del Señor a su pobre siervo -dice Esteban.

-¿Pero no va a volver aquí?

-Ciertamente volverá. Nos debe despedir y darnos las indicaciones. Pero, ¿qué queréis?

-Seguirle oyendo. Seguirlo. Hacernos suyos.

-Ahora va a Jerusalén. Lo encontraréis allí. Allí, en la Casa de Dios, el Señor os hablará. Si os conviene ir tras El. Porque debéis saber que, si bien Él no rechaza a nadie, nosotros tenemos dentro aspectos que rechazan la Luz. De forma que quien tenga tantos aspectos de éstos que no sólo esté ya saturado -lo cual no sería un gran mal, porque Él es la Luz y cuando nos hacemos lealmente suyos con voluntad decidida, su Luz penetra en nosotros venciendo a las tinieblas -, sino que esté incluso unido a ellos como a la carne de nuestro cuerpo, y los estime como a la carne de su cuerpo, entonces éste conviene que se abstenga de venir, a menos que no se destruya para rehacerse nuevo.

Meditad, pues, sobre si tenéis en vosotros la fuerza de asumir un nuevo espíritu, un nuevo modo de pensar, un nuevo modo de querer. Y luego, si lo juzgáis conveniente, venid. Quiera el Altísimo, que guió a Israel en su "paso", guiaros a vosotros en este "pésac" a seguir la estela del Cordero, allende los desiertos, hacia la Tierra eterna, hacia el Reino de Dios -dice Esteban, hablando por todos sus compañeros.

-¡No, no! ¡Inmediatamente! ¡Inmediatamente! Nadie hace las cosas que Él hace. Queremos seguirle -dice, agitada, la muchedumbre.

Esteban expresa con una sonrisa muchas cosas. Abre los brazos y dice:

-¿Porque os haya dado pan bueno y abundante queréis venir? ¿Creéis que os va a dar siempre sólo esto? A los que le siguen les promete aquello que constituye su acervo: dolor, persecución, martirio: no rosas sino espinas, no caricias sino bofetadas, no pan sino piedras están preparadas para los "cristos". Y diciendo esto no blasfemo, porque sus verdaderos fieles serán ungidos con el aceite santo hecho con su Gracia, generado con su sufrimiento; nosotros seremos "ungidos" para ser víctimas en el altar y reyes en el Cielo.

-¡Y! ¿Es que tienes celos? ¿No estás tú? Pues también queremos estar nosotros. El Maestro es de todos.

-Bien. Os lo decía porque os amo y quiero que sepáis lo que significa ser "discípulos", de forma que después no sea uno un desertor. Vamos entonces todos juntos a esperarlo a su casa. Se está empezando a poner el sol y comienza el sábado. Vendrá para pasarlo aquí antes de partir.

Y se dirigen, conversando, a la ciudad. Muchos hacen preguntas a Esteban y a Hermas (que ha llegado también); los israelitas ven a los dos con una luz especial por ser alumnos predilectos de Gamaliel.

Muchos preguntan:
-¿Pero qué dice Gamaliel de Él?», otros: « ¿Os ha dicho él que vinierais?», y otros: « ¿No le ha dolido perderos?», o: « ¿Y el Maestro qué dice del gran rabí?».
Los dos, pacientemente, responden:

-Gamaliel habla de Jesús de Nazaret como del hombre más grande de Israel.

-¿Más grande que Moisés? -dicen casi escandalizados.
-Dice que Moisés es uno de los muchos precursores del Cristo, pero que no es sino el siervo suyo.

-¿Entonces para Gamaliel es el Cristo? ¿Es esto lo que dice? Si dice eso el rabí Gamaliel, la cosa está clara: ¡es el Cristo!

-No dice eso. Todavía no es capaz de creerlo, por desgracia para él. Pero dice que el Cristo está ya en la Tierra porque habló con Él hace muchos años; él y el sabio Hil.lel. Espera una señal que aquel Cristo le prometió para reconocerlo -dice Hermas.

-¡Pero por qué creyó que aquél era el Cristo? ¿Qué hacía? Yo tengo tantos años como Gamaliel y no he oído nunca que en nuestra tierra alguien hiciera las cosas que el Maestro hace. Si no se convence con estos milagros, ¿qué vio de milagroso en aquel Cristo para poder creer en El?
-Vio que estaba ungido con la Sabiduría de Dios. Así dice -responde otra vez Hermas.

-¿Y entonces qué es éste para Gamaliel?

-El mayor de entre los hombres, maestro y precursor de Israel. Si pudiera decir: "Es el Cristo", quedaría salvada el alma sabia y justa de mi primer maestro -dice Esteban, y termina: «Y pido porque se cumpla esto cueste lo que cueste».

-Y si no cree que es el Cristo, ¿por qué os ha dicho que vinierais?

-Nosotros queríamos venir. Nos ha dejado venir, diciendo que estaba bien venir.

-Quizás para sacar informaciones y referírselas al Sanedrín… -insinúa uno.

-¿Qué dices? Gamaliel es una persona honesta. No espía al servicio de nadie, ¡y menos al servicio de los enemigos de un inocente! -reacciona inmediatamente Esteban (y tanto es su desdén, casi radiante santamente indignado, que parece un arcángel).

-De todas formas, le habrá dolido perderos -dice otro.
-Sí y no: como hombre que nos quería, sí; como espíritu muy recto, no. Porque dijo: "El es más que yo y más joven; por tanto podré cerrar los ojos en paz respecto a vuestro futuro, sabiendo que sois del Maestro de los maestros».

-¿Y Jesús de Nazaret qué dice del gran rabí?
-¡Sólo tiene para él palabras selectas!
-¿No le tiene envidia?

-Dios no envidia -dice Hermas en tono severo -No hagas suposiciones sacrílegas.

-¿Pero para vosotros entonces es Dios? ¿Estáis seguros?
Y los dos, a una sola voz:

-Como de que estamos vivos en este momento.
Y Esteban termina:

-Y os exhorto a que queráis creerlo también vosotros para obtener la verdadera Vida.

Están otra vez en la playa, que se ha transformado en plaza; la atraviesan para ir a la casa. En la puerta está Jesús acariciando a unos niños.

Discípulos y curiosos se aglomeran y preguntan:
-Maestro, ¿cuándo has venido?
-Hace unos momentos.

El rostro de Jesús presenta todavía esa majestuosidad solemne un poco extática de cuando ha orado mucho.
-¿Has estado en oración, Maestro? -pregunta Esteban en voz baja por reverencia (y, por el mismo motivo, tiene inclinado su cuerpo)

-Sí. ¿Qué te lo hace pensar, hijo mío? -pregunta Jesús mientras le pone, con una dulce caricia, la mano sobre su pelo oscuro.

-Tu rostro de ángel. Yo soy un pobre hombre, pero tu aspecto es tan límpido que en él se leen los latidos y acciones de tu espíritu.

-También el tuyo es límpido. Tú eres uno de esos que permanecen niños…
-¿Qué hay en mi rostro, Señor?

-Ven aparte y te lo digo -y lo toma de la muñeca y lo lleva a un pasillo oscuro. -Caridad, fe, pureza, generosidad, sabiduría. Te las ha dado Dios. Tú las has cultivado y las cultivarás más todavía. En fin, de acuerdo con tu nombre, tienes la corona: de oro puro con una gran gema que brilla en la frente. En el oro y en la gema hay dos palabras grabadas: "Predestinación" y "Primicia". Sé digno de tu destino, Esteban. Ve en paz con mi bendición. Y le pone nuevamente la mano en el pelo mientras Esteban se arrodilla para luego inclinarse y besar los pies de Jesús.

Vuelven adonde los demás.
-Esta gente ha venido para escucharte… -dice Felipe.
-Aquí no se puede hablar. Vamos a la sinagoga. Jairo se pondrá contento.

Jesús delante, detrás el cortejo de los demás, se encaminan hacia la bonita sinagoga de Cafarnaúm. Jesús es saludado por Jairo y luego entra. Ordena que todas las puertas queden abiertas para que los que no logren entrar puedan oírle desde la calle y la plaza, que están a los lados de la sinagoga.

Jesús va a su sitio, en esta sinagoga amiga en que hoy, por buena ventura, no están los fariseos (quizás se han puesto ya en marcha pomposamente hacia Jerusalén). Empieza a hablar.

-En verdad os digo: me buscáis no por escucharme y por los milagros que habéis visto, sino por el abundante pan que os he dado, gratis, con que saciar vuestra hambre. Las tres cuartas partes de vosotros por esto me buscabais, y por curiosidad, viniendo de todas las partes de nuestra patria. Es, pues, una búsqueda sin espíritu sobrenatural.

Domina el espíritu humano con sus curiosidades malsanas (o, al menos, de una imperfección infantil: no por ser curiosidad sencilla como la de los niños, sino deficiente cual la inteligencia de un obtuso mental). Y, con la curiosidad, quedan la sensualidad y el sentimiento viciado: la sensualidad, que se esconde, sutil como el demonio, de quien es hija, detrás de apariencias y en actos aparentemente buenos; el sentimiento viciado, que es simplemente una desviación morbosa del sentimiento y que, como todo aquello que es "enfermedad" necesita drogas, y tiende a ellas, drogas que no son el alimento sencillo (el buen pan, el agua buena, el aceite genuino, la leche pura) suficiente para vivir, y vivir bien. El sentimiento viciado quiere cosas extraordinarias para sentirse impresionado y sentir el estremecimiento placentero, el estremecimiento enfermo de los paralizados, que necesitan drogas para experimentar sensaciones con que creerse aún íntegros y vigorosos. La sensualidad que quiere satisfacer sin esfuerzo la gula (en este caso con el pan no sudado recibido por bondad de Dios).

Estos regalos de Dios no son lo habitual, sino lo extraordinario. No se pueden exigir. No se puede uno volver perezoso y decir: "Dios me los dará". Está escrito:

"Comerás el pan mojado con el sudor de tu frente", o sea, el pan ganado con el trabajo. Porque si Aquel que es Misericordia dijo: "Siento compasión de las turbas, que me siguen desde hace tres días y no tienen ya nada que comer y podrían desfallecer por el camino antes de llegar a Ippo, en la orilla del lago, o a Gamala o a otros ciudades", y proveyó a esta necesidad, no quiere ello decir que deba ser seguido por esto. A mí se me ha de seguir por mucho más que por un poco de pan, destinado a estiércol después de la digestión; no por el alimento que llena el vientre, sino por el que nutre al alma. Porque no sois sólo animales que deben rozar y rumiar, u hozar en el plato y engordar. ¡Sois almas! ¡Esto es lo que sois! La carne es la vestidura, el ser es el alma. Es el alma la que perdura. La carne, como todo vestido, se aja y acaba, y no merece la pena ocuparse de ella cual si fuere una perfección a la que hubiera que prestar todos los cuidados.

Buscad, pues, lo que es oportuno procurarse, no lo que no lo es. Tratad de procuraros no el alimento perecedero, sino el que permanece para la vida eterna. El Hijo del hombre os dará siempre este alimento, cuando lo queráis. Porque el Hijo del hombre tiene a su disposición todo lo que viene de Dios, y puede darlo, El, que es el dueño, magnánimo dueño, de los tesoros del Padre Dios, que ha imprimido en El su sello para que los ojos honestos no sean confundidos. Y, si tenéis en vosotros el alimento imperecedero, siendo nutridos con el alimento de Dios, podréis hacer obras de Dios.

¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios? Observamos la Ley y los Profetas. Por tanto, ya nos nutrimos de Dios y hacemos obras de Dios.

Es verdad. Observáis la Ley; más exactamente: "conocéis" la Ley. Pero conocer no es practicar. Nosotros conocemos, por ejemplo, las leyes de Roma, y, no obstante, un fiel israelita no las practica sino en aquellas fórmulas impuestas por su condición de súbdito. Por lo demás, nosotros -hablo de los fieles israelitas -no practicamos las costumbres paganas de los romanos aunque las conozcamos. La Ley que todos vosotros conocéis, y los Profetas, debería, efectivamente, nutriros de Dios, y daros, por tanto, capacidad de realizar obras de Dios.

Pero, para hacer esto, debería haberse hecho unidad en vosotros, como sucede con el aire que respiráis y el alimento que asimiláis, que se transforman en vida y sangre. Sin embargo, os son extraños, a pesar de estar en vuestra casa, como lo es un objeto de la casa, que conocéis y os es útil pero que si un día faltara no os quitaría la existencia. Mientras que… ¡privaos unos minutos de respirar, o, durante muchos días, de comer, a ver qué sucede! Veréis que no podéis vivir. Pues así debería sentirse vuestro yo en la desnutrición y asfixia de una Ley y unos Profetas conocidos pero no asimilados y hechos unidad con vosotros. Yo he venido a enseñar y dar esto: la savia, el aire de la Ley y los Profetas; para procurar de nuevo sangre y respiro a vuestras almas agonizantes por inanición y asfixia. Sois semejantes a niños incapacitados, por una enfermedad, para distinguir aquello que puede nutrirlos.

Tenéis ante vosotros mucha abundancia de alimentos, pero no sabéis que deben ser ingeridos para transformarse en algo vital, o sea, que debemos hacerlos verdaderamente nuestros, con una fidelidad pura y generosa a la Ley del Señor, que habló a Moisés y a los Profetas por todos vosotros. Venir, pues, a mí para recibir aire y savia de Vida eterna es un deber. Pero este deber presupone en vosotros una fe. Porque si uno no tiene fe no puede creer en mis palabras, y si no cree no viene a decirme:

"Dame el verdadero pan". Y si no tiene el verdadero pan no puede hacer obras de Dios, no teniendo la capacidad de realizarlas. Por tanto, para nutriros de Dios y realizar obras de Dios es necesario que realicéis la obra-base, que es ésta: creer en Aquel que Dios ha enviado.

-Bien, ¿pero qué milagros haces para que podamos creer en ti como en el Enviado de Dios, y para que podamos ver en ti el sello de Dios? ¿Qué haces Tú que ya -aunque de forma menor -no hayan hecho los Profetas? Moisés incluso te superó, porque durante cuarenta años, y no sólo alguna que otra vez, nutrió con maravilloso alimento a nuestros padres. Así está escrito: que nuestros padres, durante cuarenta años, comieron el maná en el desierto; y está escrito que, por eso, Moisés -él, que podía dárselo -les dio de comer pan bajado del cielo.

-Estáis en un error. No Moisés, sino el Señor, pudo hacer eso. En el Éxodo se lee: "Mira: haré llover pan del cielo.

Que el pueblo salga y recoja la cantidad suficiente cada día; así probaré si el pueblo camina según mi ley. Y que el sexto día recoja el doble, por respeto al séptimo día, que es el sábado". Y los hebreos vieron que el desierto se cubría cada mañana de aquella "cosa menuda, como algo machacado en el mortero, semejante a la escarcha de la tierra, semejante a la semilla de cilantro, con agradable sabor a flor de harina mezclada con miel".

Así pues, no fue Moisés, sino Dios, quien proporcionó el maná. Dios, que todo lo puede. Todo. Castigar y bendecir.

Privar de algo y concederlo. Y os digo que de estas dos cosas prefiere siempre bendecir y conceder, antes que castigar o negar.

Dios, como dice la Sabiduría, por amor a Moisés -de quien el Eclesiástico dice que era "amado de Dios y de los hombres, de bendita memoria, hecho por Dios semejante en gloria a los santos, grande y terrible para los enemigos, capaz de suscitar prodigios y poner fin a ellos, glorioso delante de los reyes, ministro suyo ante su pueblo, conocedor de la gloria de Dios y de la voz del Altísimo, custodio de los preceptos y de la Ley de vida y ciencia" -, Dios, decía, por amor a Moisés, alimentó a su pueblo con el pan de los ángeles; le dio un pan que bajaba del cielo, ya bien hechito, sin necesidad de trabajo, y que contenía todas las delicias, todas las suavidades de sabor. Y -tened bien presente lo que dice la Sabiduría -, y, como venía del Cielo, de Dios, y revelaba su dulzura hacia sus hijos, para cada uno tenía el sabor que cada uno quería, y en cada uno producía los efectos deseados: era útil tanto al niño, con su estómago todavía imperfecto, como al adulto, con su apetito y digestión vigorosos; tanto a la niña delicada, como al anciano caduco.

Y también, para testificar que no era obra de hombre, subvirtió las leyes de los elementos, de forma que resistió al fuego ese misterioso pan que cuando salía el sol se derretía como escarcha. 0 más exactamente: el fuego -sigue diciendo la Sabiduría -olvidó su propia naturaleza por respeto a la obra de Dios su Creador y a las necesidades de los justos de Dios; de forma que, mientras que lo que normalmente hace es inflamarse para consumir, aquí se hizo suave para hacer el bien a los que confiaban en el Señor.

Por eso entonces, transformándose todo, sirvió a la gracia del Señor que a todos sustentaba, según la voluntad de quien oraba al Eterno Padre, para que sus hijos amados aprendieran que no es la reproducción de los frutos lo que alimenta a los hombres, sino que es la palabra del Señor la que conserva a quien cree en Dios. Efectivamente, el fuego no consumió -como habría podido -el suave maná, a pesar de que la llama era alta y viva, mientras que bastaba para derretirlo el suave sol de la mañana; para que los hombres recordaran y aprendieran que deben buscar los dones de Dios desde el principio de la jornada y de la vida, y que, para recibirlos, es necesario adelantarse a la luz, y erguirse para alabar al Eterno desde el rayar del día.

Esto les enseñó el maná a los hebreos. Yo os lo recuerdo porque es un deber que permanece, y permanecerá, hasta el final de los siglos. Buscad al Señor y sus dones celestes, sin ser perezosos, hasta las postreras horas del día o de la vida. Levantaos para alabarlo antes incluso de que lo haga el naciente sol; alimentaos con su palabra, que conserva, preserva y conduce a la Vida verdadera.

No fue Moisés el que os dio el pan del Cielo; en verdad, fue el Padre Dios el que lo dio; y ahora, verdad de las verdades, es mi Padre el que os da el verdadero Pan, el Pan nuevo, el Pan eterno que baja del Cielo, el Pan de misericordia, de Vida, el Pan que da al mundo la Vida, que calma toda hambre y elimina toda flaqueza, el Pan que da, a quien lo toma, la Vida eterna y la eterna alegría.
-Danos, Señor, ese pan, y ya no moriremos.

-Vosotros moriréis como muere todo hombre. Pero, si os alimentáis santamente con este Pan, resucitaréis para Vida eterna, porque hace incorruptible a quien lo come.

Respecto a dároslo, será dado a quienes se lo piden a mi Padre con puro corazón, recta intención y santa caridad. Por eso he enseñado a decir: "Danos el pan cotidiano".

Pero los que se nutran indignamente con este Pan vendrán a ser un hervidero de gusanos infernales, como los gomor de maná conservados en contra de la orden recibida. Ese Pan de salvación y vida se transformará para ellos en muerte y condena. Porque el sacrilegio más grande lo cometerán aquellos que pongan ese Pan en una mesa espiritual corrompida y fétida, o lo profanen mezclándolo con la sentina de sus incurables pasiones. ¡Más les valdría no haberlo tomado nunca!

-¿Pero dónde está este Pan? ¿Cómo se halla? ¿Qué nombre tiene?

-Yo soy el Pan de Vida. En mí se halla. Su nombre es Jesús. Quien viene a mí no tendrá ya hambre, y quien cree en mí no tendrá ya sed, porque los ríos celestes verterán sobre él sus aguas y extinguirán toda sed material. Ya os lo he dicho. Ya me habéis conocido. Y, a pesar de todo, no creéis. No podéis creer que todo está en mí. Y, sin embargo, es así. En mí están todos los tesoros de Dios.

Todas las cosas de la tierra me han sido dadas. De forma que en mí se reúnen el glorioso Cielo y la tierra militante; e incluso está en mí la masa, la que purga y espera, de los muertos en gracia de Dios. Porque todo poder está en mí y a mí me es dado todo poder. Y os digo que todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y no rechazaré a quien venga a mí, porque he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado.

Y la voluntad del Padre mío, del Padre que me ha enviado, es ésta: que no pierda ni siquiera uno de los que me ha dado, sino que los resucite en el último día. Ahora bien, la voluntad del Padre que me ha enviado es que todo el que conoce al Hijo y cree en Él tenga la Vida eterna y Yo lo pueda resucitar en el Ultimo Día, viéndolo nutrido de la fe en mí y signado con mi sello.

Se oye no poco rumor en la sinagoga y fuera de ella por las nuevas e intrépidas palabras del Maestro, el cual, tras un momento para recuperar el aliento, vuelve sus ojos centelleantes de arrobamiento hacia el lugar donde más se murmura (son exactamente los grupos en que hay judíos). Reanuda su discurso.

-¿Por qué murmuráis entre vosotros? Sí, Yo soy el Hijo de María de Nazaret, hija de Joaquín de la estirpe de David, virgen consagrada en el Templo, luego casada con José de Jacob, de la estirpe de David. Muchos de vosotros conocieron a los justos que dieron vida a José, carpintero regio, y a María, virgen heredera de la estirpe regia. Por ello murmuráis: "¿Cómo puede éste decir que ha bajado del Cielo?" y surge en vosotros la duda.

Os recuerdo a los Profetas, sus profecías sobre la Encarnación del Verbo. Os recuerdo también cómo -más para nosotros israelitas que para cualquier otro pueblo --, es dogmático que Aquel que no osamos nombrar no podía darse una Carne según las leyes de la humanidad, y de una humanidad, además, caída. El Purísimo, el Increado, si se ha humillado haciéndose Hombre por amor al hombre, no podía sino elegir un seno de Virgen más pura que las azucenas para revestir de Carne su Divinidad.

E1 pan bajado del Cielo en tiempos de Moisés fue depositado en el arca de oro cubierta por el propiciatorio, custodiada por los querubines, tras los velos del Tabernáculo. Y con el pan estaba la Palabra de Dios. Así debía ser, porque debe prestarse sumo respeto a los dones de Dios y a las tablas de su santísima Palabra.

Pues bien, ¿qué habrá preparado entonces Dios para su misma Palabra y para el Pan verdadero venido del Cielo? Un arca más inviolada y preciosa que el arca de oro, y cubierta con el precioso propiciatorio de su pura voluntad de inmolación, custodiada por los querubines de Dios, velada tras el velo de un candor virginal, de una humildad perfecta, de una caridad sublime, de todas las más santas virtudes.

¿Entonces? ¿No comprendéis todavía que mi paternidad está en el Cielo y que, por tanto, de allí vengo? Sí, Yo he bajado del Cielo para cumplir el decreto de mi Padre, el decreto de salvación de los hombres, según cuanto prometió en el momento mismo de la condena y repitió a los Patriarcas y Profetas.

Pero esto es fe. Y la fe la da Dios a quien tiene una disposición de buena voluntad. Por tanto, nadie puede venir a mí si mi Padre no lo trae, viéndolo en las tinieblas pero rectamente deseoso de luz. Está escrito en los Profetas: "Serán todos adoctrinados por Dios". Está escrito. Es Dios quien les enseña a dónde ir para ser instruidos en orden a Dios. Todo aquel, pues, que ha oído, en el fondo de su espíritu recto, hablar a Dios ha aprendido del Padre a venir a mí.

-¿Y quién puede haber oído a Dios o haber visto su Rostro? -preguntan no pocos de los presentes, y empiezan a dar señales de irritación y de escándalo. Y terminan: «0 deliras o eres un iluso».

-Nadie ha visto a Dios excepto Aquel que viene de Dios. Éste ha visto al Padre. Éste soy Yo.
Y ahora escuchad el "credo" de la vida futura, sin el cual ninguno se puede salvar.

En verdad, en verdad os digo que quien cree en mí tiene la Vida eterna. En verdad, en verdad os digo que Yo soy el Pan de la Vida eterna.

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Porque el maná era un alimento santo pero temporal, y daba la vida en la medida necesitada para llegar a la tierra prometida por Dios a su pueblo. Mas el Maná que Yo soy no tendrá límites ni de tiempo ni de poder. No sólo es celeste, es divino; produce aquello que es divino: la incorruptibilidad, la inmortalidad de cuanto Dios ha creado a su imagen y semejanza.

Este Maná no durará sólo cuarenta días, cuarenta meses, cuarenta años, cuarenta siglos. Durará mientras dure el tiempo, y será dado a todos aquellos que tengan hambre de él, hambre santa y grata al Señor, que exultará dándose sin medida a los hombres por quienes se ha encarnado, para que tengan la Vida que no muere.

Yo puedo darme, puedo transubstanciarme por amor a los hombres, para que el pan sea Carne y la Carne sea Pan, para saciar el hambre espiritual de los hombres, que sin este Alimento morirían de hambre y enfermedades espirituales. Pero el que coma de este Pan con justicia vivirá eternamente. El pan que Yo daré será mi Carne inmolada para la vida del mundo, será mi Amor distribuido en las casas de Dios para que a la mesa del Señor se acerquen todos los que aman o son infelices, y encuentren la satisfacción de su necesidad de unirse con Dios o de sentir aliviada su pena.

-¿Pero cómo puedes darnos de comer tu carne? ¿Por quién nos has tomado? ¿Por fieras sanguinarias?, ¿por salvajes?, ¿por homicidas? Nos repugna la sangre y el delito.

-En verdad, en verdad os digo que muchas veces el hombre es peor que una fiera, y que el pecado hace al hombre más que salvaje, que el orgullo provoca sed homicida y que no a todos los presentes les repugnará ni la sangre ni el delito. Y también en el futuro el hombre será así, porque Satanás se pone ferino con la sensualidad y el orgullo.

Por tanto, más necesidad que nunca tiene y tendrá el hombre de eliminar de sí los terribles gérmenes con la infusión del Santo. En verdad, en verdad os digo que si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre no tendréis en vosotros la Vida.

Quien come dignamente mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna y Yo lo resucitaré en el último Día. Porque mi Carne es verdaderamente Comida y mi Sangre es verdaderamente Bebida.

El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y Yo en él. Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre, así el que me come vivirá por mí e irá a donde lo envíe, y hará lo que Yo deseo; vivirá austero como hombre, ardiente como serafín; será santo, porque para poder nutrirse de mi Carne y de mi Sangre se prohibirá a sí mismo los pecados y vivirá ascendiendo para acabar su ascensión a los pies del Eterno.

-¡Pero éste está desquiciado! ¿Quién puede vivir así? En nuestra religión sólo el sacerdote debe ser purificado para ofrecer la víctima. Aquí Él quiere hacer de cada uno de nosotros una víctima de su demencia. ¡Esta doctrina es demasiado penosa y este lenguaje es demasiado duro! ¿Quién puede escuchar esto y practicarlo? -murmuran los presentes, y muchos son de los ya reputados discípulos.

La gente desaloja el lugar haciendo comentarios. Y muy mermadas aparecen las filas de los discípulos cuando se quedan solos en la sinagoga el Maestro y los más fieles.

No los cuento, pero digo que, a ojo de buen cubero, no sé si llegarán a cien. Es decir que la defección ha debido ser abundante incluso en las filas de los antiguos discípulos que ya estaban al servicio de Dios.

Entre los que quedan están los apóstoles, el sacerdote Juan y el escriba Juan, Esteban, Hermas, Timoneo, Hermasteo, Ágapo, José, Salomón, Abel de Belén de Galilea y Abel el que fue leproso de Corazín, con su amigo Samuel, Elías (el que dejó de enterrar a su padre por seguir a Jesús), Felipe de Arbela, Aser e Ismael de Nazaret, y otros que no conozco de nombre. Todos éstos hablan en voz baja entre sí, comentando la defección de los otros y las palabras de Jesús, que está pensativo, con los brazos cruzados y apoyado en un alto ambón.

-¿Y os escandalizáis de lo que he dicho? ¿Y si os dijera que veréis un día al Hijo del hombre subir al Cielo adonde estaba antes y sentarse al lado del Padre? ¿Qué habéis entendido, absorbido, creído hasta ahora? ¿Con qué habéis escuchado y asimilado? ¿Sólo con vuestra humanidad?

Es el espíritu lo que vivifica y tiene valor. La carne nada aprovecha. Mis palabras son espíritu y vida; hay que oírlas y comprenderlas con el espíritu para que den vida.

Pero muchos de vosotros tienen muerto el espíritu porque no tienen fe. Muchos de vosotros no creen con verdad. Inútilmente permanecen conmigo. No recibirán Vida, sino Muerte. Porque están, como he dicho al principio, o por curiosidad o por humano gusto, o, peor, con fines todavía más indignos. No los trae el Padre como premio a su buena voluntad, sino Satanás. En verdad, ninguno puede venir a mí si no le es concedido por mi Padre. Marchaos, sí, vosotros que permanecéis a duras penas porque humanamente os avergonzáis de abandonarme pero sentís más vergüenza aún de estar al servicio de Uno que os parece "loco y duro". Marchaos. Mejor lejos que aquí para perjudicar.

Y muchos otros se separan del grupo de los discípulos (entre ellos el escriba Juan y Marcos, el geraseno endemoniado que había sido curado mandando los demonios a los cerdos). Los discípulos buenos se consultan y corren tras estos renegados tratando de pararlos.

En la sinagoga están ahora Jesús, el arquisinagogo y los apóstoles…

Jesús se vuelve a los doce -que, apesadumbrados, están en un rincón -y dice: -¿Queréis marcharos también vosotros?

Lo dice sin acritud, sin tristeza, pero sí con mucha seriedad.

Pedro, con ímpetu doloroso, le dice:
-Señor, ¿y a dónde quieres que vayamos? ¿Con quién? Tú eres nuestra vida y nuestro amor. Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos conocido que eres el Cristo, Hijo de Dios. Si quieres, recházanos. Pero nosotros, por nosotros, no te dejaremos, ni aunque… ni aunque dejaras de amarnos… -y Pedro llora quedo, con grandes lagrimones…

También Andrés, Juan, las dos hijas de Alfeo, lloran abiertamente. Los otros, pálidos o rojos por la emoción, no lloran, pero sufren visiblemente.

-¿Por qué habría de rechazaros? ¿No os he elegido Yo a vosotros doce?…

Jairo, prudentemente, se ha retirado para dejar a Jesús que conforte o reprenda a sus apóstoles. Jesús, notando su silencioso alejamiento, sentándose abatido, como si la revelación que hace le costase un esfuerzo superior a lo que puede hacer, cansado, disgustado, apenado, dice:
-Y, sin embargo, uno de vosotros es un demonio.

La frase cae lenta, terrible, en la sinagoga en que la única cosa alegre es la luz de las muchas lámparas… y ninguno se atreve a decir nada. Pero se miran unos a otros con pávido horror, angustiosamente inquisitivos; y cada uno, con un interrogante aún más angustioso e íntimo, se examina a sí mismo…

Pasa un tiempo en que ninguno se mueve. Jesús está ahí, solo, en su asiento, con las manos cruzadas encima de las rodillas y la cara baja. La alza, en fin, y dice:
-Venid. ¡No me he vuelto leproso! ¿O creéis que lo soy?…

Entonces Juan corre adelante, se enrosca a su cuello y dice:

-Contigo entonces en la lepra, mi único amor. Contigo en la condena, contigo en la muerte, si crees que te espera eso…

Pedro se arrastra hasta sus pies, los toma y los pone encima de sus hombros y dice entre singultos:

-¡Aquí, aprieta, pisa! Pero evita que piense que desconfías de tu Simón.

Los otros, viendo que Jesús acaricia a los dos primeros, se acercan y besan a Jesús en el vestido, en las manos, en el pelo… Sólo Judas Iscariote osa besarle en la cara.

Jesús se levanta de repente, y su reacción es tan improvisa que casi lo aparta bruscamente, y dice:

Vamos a casa. Mañana por la noche partiremos con las barcas hacia Ippo.

353- La segunda multiplicación de los panes y el milagro de la multiplicación de la Palabra

Veo un lugar que ciertamente no es llanura -no es tampoco montaña: hay unos montes a oriente, pero bastante lejanos; luego hay un pequeño valle y otras elevaciones más bajas y planas: planicies elevadas, herbosas -. Parecen los primeros relieves de un sistema de colinas. El terreno es más bien adusto y carente de árboles. Puede verse algo de hierba, corta y rala, diseminada por el terreno pedregoso.

Acá o allá algún que otro matojo muy bajo de plantas espinosas. Hacia occidente el horizonte se abre amplio y luminoso. No veo nada más, en cuanto a paisaje.

Es todavía de día, pero yo diría que declina la tarde, porque el poniente está rojo, por el ocaso, mientras que los montes de oriente están ya violáceos con la luz que se hace crepuscular: un comienzo de crepúsculo, que hace más negras las hendeduras profundas y pone apenas violeta las partes más elevadas.

Jesús está erguido encima de una voluminosa piedra. Habla a mucha, a muchísima gente que está esparcida por el páramo. Los discípulos lo circundan. El, sobrepujando en altura, porque su pedestal lo eleva, domina la muchedumbre de todas las edades y condiciones que está en torno a Él.
Debe haber realizado milagros, pues oigo que dice:

-No a mí, sino al que me ha enviado, debéis ofrecer alabanza y gratitud. Y la alabanza no es la que sale, como el sonido del viento, de labios distraídos; es la que sale del corazón y es el sentimiento verdadero de vuestro corazón. Ésta es la alabanza que le es grata a Dios. Los curados amen al Señor con un amor de fidelidad; y así también los parientes de los curados.

No hagáis mal uso del don de la salud recuperada. Tened más miedo de las enfermedades del corazón que de las del cuerpo. Y no queráis pecar. Porque todo pecado es una enfermedad. Y las hay que pueden acarrear la muerte.

Así pues, vosotros que ahora exultáis, no destruyáis la bendición de Dios con el pecado. Cesaría vuestro júbilo, porque las malas acciones quitan la paz, y donde no hay paz no hay júbilo. Antes al contrario, sed santos. Sed perfectos como el Padre vuestro quiere. Lo quiere porque os ama, y a los que ama quiere darles un Reino. Mas en su Reino santo sólo entran aquellos a quienes la fidelidad a la Ley hace perfectos.

La paz de Dios sea con vosotros.

Y Jesús calla. Recoge sobre el pecho los brazos y con los brazos así, observa a la muchedumbre que tiene alrededor. Luego mira en torno a sí. Alza los ojos al cielo sereno, que se está oscureciendo al menguar la luz. Piensa. Baja de su roca. Habla a los discípulos. -Siento compasión de esta gente. Me siguen desde hace tres días. No tienen ya provisiones. Estamos lejos de todos los lugares habitados.

Temo que los más débiles sufran demasiado si los despido sin alimentarlos.

-¿Y cómo quieres resolverlo, Maestro? Tú mismo dices que estamos lejos de todo centro habitado. ¿Dónde encontrar pan en este lugar desierto? ¿Y quién nos daría tanto dinero como para comprarlo para todos?
-¿No tenéis nada vosotros ahí?

-Tenemos unos pocos peces y algún pedazo de pan. Las sobras de nuestra comida. No es suficiente para nadie. Si se lo das a los más cercanos se produce una revolución. Nos privas a nosotros y no haces un bien a nadie.
Es Pedro el que habla.

-Traedme todo lo que tenéis.

Traen, dentro de una cesta pequeña, siete pedazos de pan. No son ni siquiera panes enteros. Parecen gruesas rebanadas cortadas de hogazas grandes. Los pececillos… un puñado de pobres animalitos chamuscados por la llama.
-Encargaos de que esta muchedumbre se siente en corros de cincuenta y que estén quietos y callados si quieren comer.

Los discípulos, parte subiendo encima de piedras, parte circulando entre la gente, se afanan, solícitos, para poner el orden que ha pedido Jesús. Con empeño, lo consiguen. Algún niño lloriquea porque tiene hambre y sueño, algún otro gimotea porque, para hacerle obedecer, su mamá, o algún otro pariente, le ha administrado un bofetón.

Jesús toma los panes, no todos, naturalmente: dos, uno en cada mano, y los ofrece; luego los deposita en la cesta y los bendice. Toma los pececillos (son tan pocos, que caben casi todos en la concavidad de sus largas manos), los ofrece también, los deposita y también los bendice.

-Y ahora tomad, circulad por entre la muchedumbre y dad a cada uno con abundancia.

Los discípulos obedecen.
Jesús, de pie, erguido, blanca figura que sobresale en medio de este pueblo de personas sentadas en vastos círculos que cubren toda la planicie, observa y sonríe.
Los discípulos se alejan cada vez más, y dan sin cesar, y la cesta siempre está llena de comida. La gente come mientras llega la noche, y hay un gran silencio y una gran paz.

Dice Jesús (a María Valtorta):
-He aquí otra cosa que molestará a los doctores difíciles: cómo aplico esta visión evangélica. No te propongo meditar en mi poder y bondad, ni en la fe y obediencia de los discípulos. Nada de esto. Quiero que veas la analogía del episodio con la obra del Espíritu Santo.

Mira: Yo ofrezco mi palabra, todo aquello que podéis comprender y, por tanto, asimilar como alimento del alma. Pero la fatiga y el tedio os han vuelto tan tardos, que no podéis asimilar todo el alimento que hay en mi palabra. Os haría falta mucha, mucha, mucha. Pero no sabéis recibir mucha. ¡Estáis tan pobres de fuerzas espirituales! Os pesa sin daros ni sangre ni fuerza.

He aquí que entonces el Espíritu obra el milagro para vosotros. El milagro espiritual de la multiplicación de la Palabra. Os ilumina -y por tanto, la multiplica -todos sus más recónditos significados, de forma que vosotros, sin cargaros con un peso que os aplastaría sin fortaleceros, os nutrís de ella, de forma que ya no caéis, quebrantados, en el desierto de la vida.

¡Siete panes y pocos peces!

Prediqué durante tres años, y, como dice mi amado Juan, "si se escribieran todas las palabras que dije y los milagros que llevé a cabo para daros un alimento abundante, capaz de llevaros sin debilidades hasta el

Reino, no bastaría la Tierra para contener los volúmenes".
Pero, aunque se hubiera hecho esto, no habríais podido leer una mole tan grande de libros. ¡No leéis ni siquiera, como deberíais lo poco que de mí se ha escrito!… Lo único que deberíais conocer, como conocéis las palabras más necesarias desde la más tierna edad.

Y entonces el Amor viene y multiplica. También Él, Uno conmigo y con el Padre, siente "compasión de vosotros que morís de hambre" y, con un milagro que se repite desde siglos, dobla, decuplica, centuplica los significados, las luces, el alimento de todas mis palabras. Y así tenéis un tesoro sin fondo de celeste alimento que la Caridad os ofrece. Extraed de él sin miedo. Cuanto más extraiga vuestro amor de ese tesoro, éste, fruto del Amor, ampliará más su afluencia.

Dios no conoce límites en sus riquezas ni en sus posibilidades. Vosotros sois relativos, Él no. Es infinito. En todas sus obras. También en ésta, o sea, en poderos dar en cada momento, en cada cosa que sucede, aquellas luces que necesitáis en ese determinado instante.

Y, de la misma forma que el día de Pentecostés, el Espíritu derramado sobre los apóstoles hizo la palabra de éstos comprensible pan: Partos, Medas, Escitas, Capadocios, Pónticos y Frigios, y, como lengua natal, para Egipcios y Romanos, Griegos y Libios; de la misma forma, os consolará si lloráis, os dará consejo si pedís, compartirá vuestra alegría si estáis alegres, con la misma Palabra.

Porque, verdaderamente, si el Espíritu os manifiesta: "Ve en paz,, no quieras pecar", esta frase significa premio para quien no ha pecado, ánimo para el que todavía es débil pero no quiere pecar, perdón para el culpable que se arrepiente, reprensión no sin misericordia para aquel que no tiene más que un barrunto de arrepentimiento. Y es sólo una frase, y de las más sencillas.

¡Y cuántas hay en mi Evangelio! Cuántas que, como capullos de flor que después de un aguacero y un sol abrileño se abren para poblar la rama en que había uno sólo florecido, y la cubren por entero, para gozo de quien los mira, se abren en nosotros con su espiritual perfume para atraernos hacia el Cielo. Descansa, ahora. La paz del Amor esté contigo.

352- Un convertido de María de Magdala. Parábola para el pequeño Benjamín y lección sobre quién es grande en el reino de los Cielos

Y justo mientras se incendian el cielo y el lago por el fuego del ocaso, regresan hacia Cafarnaúm. Están contentos. Vienen hablando unos con otros. Jesús habla poco, pero sonríe. Hacen la observación de que, si el mensajero hubiera sido más preciso, habrían podido ahorrar camino. Pero también dicen que la fatiga ha merecido la pena, porque un grupo de hijos de tierna edad ha recuperado a su padre sano, cuando ya se estaba enfriando por la cercana muerte; y también porque ya no están sin un mínimo de dinero.

-Ya os había dicho que el Padre proveería a todo -dice Jesús.
-¿Y es un antiguo amante de María de Magdala? -pregunta Felipe.
-Parece… Según lo que nos han dicho… -responde Tomás.
-¿A ti, Señor, que te dijo el hombre? -pregunta Judas de Alfeo.
Jesús sonríe evasivamente.

-Yo lo he visto más de una vez con ella cuando iba a Tiberíades con amigos. Esto es cierto -afirma Mateo.
-¡Venga hombre, hermano, condesciende a nuestra pregunta!… ¡El hombre te pidió sólo la salud o también ser perdonado? -pregunta Santiago de Alfeo.

-¡Qué pregunta más sin sentido! ¿Pero cuándo el Señor no exige arrepentimiento para conceder una gracia? -dice Judas Iscariote con mucho desdén hacia Santiago de Alfeo.
-Mi hermano no ha dicho una estupidez. Jesús cura, o libera, y luego dice: "Ve y no peques más" -le responde Judas Tadeo.

-Porque ve ya el arrepentimiento en los corazones -rebate Judas Iscariote.
-En los endemoniados no hay arrepentimiento ni voluntad de ser liberados. Lo cual no lo ha demostrado sólo uno. Recuerda todos los casos y verás que o huían o arremetían como enemigos, o por lo menos intentaban una o la otra cosa, y si no lo llevaban a cabo era sólo porque se lo impedían sus parientes -replica Judas Tadeo.
-Y por el poder de Jesús añade el Zelote.

-Pero en ese caso Jesús tiene en cuenta la voluntad de los parientes, que representan la voluntad del endemoniado, el cual, si no estuviera impedido por el demonio, desearía la liberación.

-¡Cuántas sutilezas! ¿Y para los pecadores entonces? Me da la impresión de que usas la misma fórmula, aunque no sean endemoniados -dice Santiago de Zebedeo.

-A mí me dijo: "Sígueme", y no le había dicho todavía ni una palabra respecto a mi estado» observa Mateo.
-Pero te la veía en el corazón -dice el Iscariote, que quiere tener siempre razón, a toda costa.

-¡Bueno, bien! Pero ese hombre, que según la opinión general era un gran lujurioso y un gran pecador, no endemoniado, o, mejor, no poseído -porque un demonio, con los pecados que tenía ese hombre, lo debía tener por maestro, si no incluso por posesor -, moribundo, etc. etc., ¿qué ha pedido?, en definitiva. Estamos paseando por las nubes, me parece… Estamos en la primera pregunta -dice Pedro.

Jesús condesciende a su deseo:

-Ese hombre ha querido estar solo conmigo para poder hablar con libertad. Lo primero que ha expuesto no ha sido su estado de salud… sino el de su espíritu. Ha dicho:

"Estoy muriendo, pero no cuanto he hecho creer a los demás para poderte tener pronto. Necesito tu perdón para sanar.

Pero me basta tu perdón. Si no me curas, me resignaré. Lo he merecido. Lo que te pido es que salves mi alma" y me ha confesado sus muchos pecados. Una nauseante cadena de pecados…

Jesús dice esto, pero su rostro resplandece de alegría.

-¿Y sonríes, Maestro? ¡Me sorprende! -observa Bartolomé.

-Sí, Bartolmái. Sonrío. Porque esos pecados ya no existen, y porque junto con los pecados he sabido el nombre de la redentora. En este caso el apóstol ha sido una mujer.

-¡Tu Madre! -dicen bastantes.
Otros:

-¡Juana de Cusa! Si él iba a menudo a Tiberíades, quizás la conoce.

Jesús menea la cabeza.
Le preguntan:
-¿Entonces quién?

-María de Lázaro -responde Jesús.
-¿Ha venido aquí? ¿Por qué sin que la viéramos ninguno de nosotros?

-No ha venido. Ha escrito a su antiguo compañero de pecado. He leído las cartas. Todas suplican lo mismo: escucharla, redimirse como ella se ha redimido, seguirla en el Bien como la había seguido en el pecado, y, con palabras de lágrimas, esas cartas le ruegan que alivie el alma de María del remordimiento de haber seducido su alma.

Y lo ha convertido. Tanto, que se había aislado en su campiña para vencer las tentaciones de las ciudades. La enfermedad, más de remordimiento del alma que física, ha acabado de prepararlo a la Gracia. Eso es. ¿Estáis contentos ahora? ¿Comprendéis ahora por qué sonrío?

-Sí, Maestro -dicen todos.

Y luego, viendo que Jesús alarga el paso como para aislarse, se ponen a conversar en tono bajo entre sí…

Están a la vista de Cafarnaúm cuando, en la confluencia del camino que han recorrido ellos con el que bordea el lago viniendo de Magdala, se cruzan con los discípulos, que han venido a pie, evangelizando desde Tiberíades.

Todos, menos Margziam, los pastores y Manahén, que han ido desde Nazaret hacia Jerusalén con las mujeres. Es más, los discípulos han aumentado, por algún otro que se ha unido a ellos de retorno de la misión y que trae consigo nuevos prosélitos de la doctrina cristiana.

Jesús los saluda dulcemente. Pero enseguida se vuelve a aislar en una meditación y oración profundas, unos pasos más adelante que ellos.

Los apóstoles, por su parte, se unen al grupo de los discípulos, especialmente con los más influyentes, o sea, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan, Juan el escriba, Timoneo, José de Emaús, Hermasteo (que por lo que entiendo vuela en el camino de la perfección), Abel de Belén de Galilea, cuya madre va al final del nutrido grupo con otras; mujeres. Y discípulos y apóstoles se intercambian preguntas y respuestas sobre las cosas acaecidas desde que se dejaron. Así, se habla de la curación y conversión de hoy, y del milagro del estáter en la boca del pez… Esto, por las causas que lo han originado, suscita grandes comentarios, que se propagan de fila en fila cual fuego aplicado a pajas secas…

Veo, andando por un camino, a Jesús, seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos.
Se entrevé poco lejano el lago de Galilea, resplandeciente, todo sereno y azul, bajo un lindo sol de primavera o de otoño (porque no es un sol violento como el de verano). Pero me inclinaría a pensar que es primavera, porque la naturaleza se ve muy fresca, sin esos tonos dorados y cansinos del otoño.

Parece que, acercándose la noche, Jesús se está retirando a la casa que lo hospeda; parece que se dirige, por tanto, al pueblo que se ve ya aparecer. Jesús, como hace frecuentemente, va unos pasos más adelante de los discípulos; dos o tres, no más: lo suficiente como para poder aislarse en sus pensamientos, necesitado de silencio después de una jornada de evangelización. Camina absorto. Lleva en la mano derecha una ramita verde, que, sin duda, ha arrancado de alguna mata, y con ella golpea levemente, ensimismado, las hierbas del ribazo.

Por el contrario, los discípulos, detrás de Él van hablando animadamente. Evocan los episodios de la jornada y no son demasiado delicados al sopesar los defectos o bribonadas ajenos. Todos, más o menos, critican el hecho de que los de la recaudación del tributo al Templo hayan querido que Jesús les pagara.

Pedro, siempre vehemente, define el hecho como un sacrilegio, porque el Mesías no está obligado a pagar el tributo:

-Esto es como pretender que Dios se pague a sí mismo ̿ dice -Y no es justo. Y si lo que pasa es que creen que no es el Mesías, pues entonces ya es un sacrilegio.
Jesús se vuelve un momento y dice:
-¡Simón, Simón, muchos habrá que duden de mí! Incluso de los que se creen seguros e inquebrantables en la fe en mí. No juzgues a los hermanos, Simón. Júzgate, siempre primero a ti mismo.

Judas, con una sonrisita irónica, dice al humillado Pedro que ha agachado la cabeza: -Ésta es para ti. Por ser el más anciano siempre quieres hablar como un doctor. ¿Quién ha dicho que a uno lo juzguen los méritos por la edad? Entre nosotros hay quien te supera en saber y en poder social.

Se enciende una disputa sobre los respectivos méritos: quién se jacta de ser uno de los primeros discípulos, quién apoya su tesis de preferencia en que para seguir a Jesús ha dejado un puesto influyente, quién dice que ninguno tiene tantos derechos como él porque ninguno se ha convertido tanto a sí mismo como él al pasar de publicano a discípulo. La disputa se alarga, y, si no temiera ofender a los apóstoles, diría que asume el tono de una verdadera discusión.

Jesús se abstrae de ello. Da la impresión de no oír ya nada. Mientras tanto, han llegado a las primeras casas del pueblo, que sé que es Cafarnaúm. Jesús prosigue, y los otros detrás discutiendo todavía.

Un niño pequeño, de unos siete u ocho años, viene tras Jesús corriendo y dando brincos. Adelanta al grupo vocinglero de los apóstoles. Es un niño guapo, de cabellos castaño oscuro muy rizados, cortos. En su faz morena tiene dos ojitos negros e inteligentes. Llama: confidencialmente al Maestro como si lo conociera bien.

-Jesús dice -¿me dejas ir contigo hasta tu casa?
-¿Tu mamá lo sabe? -pregunta Jesús, mirándolo con una sonrisa buena.
-Lo sabe.
-¿De verdad?

Jesús, aunque sigue sonriendo, mira con una mirada penetrante.
-Sí, Jesús, de verdad.
-Entonces ven.

El niño da un salto de alegría, y agarra la mano izquierda que Jesús le tiende. ¡Con qué amorosa confianza el niño mete su manita morena en la larga mano de mi Jesús! ¡Quisiera hacer lo mismo yo!

-Cuéntame una parábola bonita, Jesús -dice el niño, que va dando saltitos al lado de Jesús y mirándolo de abajo arriba con una carita resplandeciente de alegría.

También Jesús lo mira con una alegre sonrisa que le entreabre la boca sombreada por el bigote y la barba rubio-roja, que el sol enciende como si fuera de oro; los ojos de zafiro oscuro le ríen de alegría mientras mira al niño.

-¿Y qué vas a hacer con la parábola? No es un juego.
-Es más bonita que un juego. Cuando me voy a la cama la pienso para mí y la sueño y mañana la recuerdo y me la repito para mis adentros para ser bueno. Me hace ser bueno.

-¿La recuerdas?
-Sí. ¿Quieres que te diga todas las que me has dicho?
-Eres grande, Benjamín; más que los hombres, que olvidan. Como premio te voy a decir la parábola.

El niño ya no salta. Camina serio y mesurado como un adulto, y no se pierde ni una palabra, ni una inflexión, de Jesús, al cual mira atentamente sin preocuparse siquiera de en dónde pisa.

-Un pastor muy bueno, habiendo venido a saber que en un lugar del mundo había muchas ovejas que habían sido abandonadas por pastores poco buenos, y que corrían peligro por caminos perversos y en pastos nocivos, y que se acercaban cada vez a barrancos sombríos, fue a ese lugar, y, sacrificando todo lo que poseía, adquirió esas ovejas y corderos. Quería llevarlos a su reino, porque ese pastor era también rey, como lo han sido muchos reyes en Israel.

En su reino, esas ovejas y esos corderos encontrarían pastos sanos, frescas y puras aguas, caminos seguros y refugios invulnerables contra los ladrones y lobos feroces. Por eso ese pastor reunió a sus ovejas y corderos y les dijo: "He venido a salvaros, a llevaros a un lugar donde ya no sufriréis, donde ya no conoceréis peligros ni dolor. Amadme, seguidme, porque yo os amo mucho y por teneros me he sacrificado en todos los modos. Pero, si me amáis, mi sacrificio no me pesará. Venid tras mí y vamos".

Y el pastor delante, detrás las ovejas, tomaron el camino que conducía al reino de la alegría. El pastor, a cada momento, se volvía para ver si le seguían; para exhortar a las cansadas, infundir coraje a las desanimadas, socorrer a las enfermas, acariciar a los corderos. ¡Cómo las quería! Les ofrecía su pan y su sal. Probaba antes él el agua de las fuentes y la bendecía, para experimentar si era sana y hacerla santa. Pero las ovejas -¿lo crees, Benjamín? -, las ovejas, pasado un tiempo, se cansaron.

Primero una, luego dos, luego diez, luego cien, se quedaron atrás a rozar la hierba hasta llenarse y no poder moverse; luego se echaron, cansadas y llenas en el polvo y en el lodo. Otras se asomaban prominentemente a los precipicios, a pesar de que el pastor dijera: "No lo hagáis"; y algunas, dado que él se ponía donde había mayor peligro para impedirles que fueran a esos sitios, le chocaron con la cabeza proterva y trataron de despeñarlo más de una vez. Así, muchas terminaron en los barrancos y murieron míseramente. Otras se enzarzaron y, a fuerza de cornadas y mochadas, se mataron unas a otras. Sólo un corderito no se distrajo nunca.

Corría, balando, y con su balido decía al pastor: "Te quiero". Corría tras el pastor bueno. Cuando llegaron a las puertas de su reino, sólo quedaban ellos dos: el pastor, el corderito fiel. Entonces el pastor no dijo: "entra", sino dijo: "ven" y lo tomó en brazos y lo estrechó contra su pecho y lo llevó adentro; luego llamó a todos sus súbditos y les dijo: "Mirad. Este me ama. Quiero que esté eternamente conmigo. Vosotros amadlo, porque es el predilecto de mi corazón". La parábola ha terminado, Benjamín. ¿Ahora sabes decirme quién es ese pastor bueno?

-Tú, Jesús.
-¿Y ese corderito quién es?
-Soy yo, Jesús.
-Pero Yo ahora me voy a marchar y te olvidarás de mí.
-No, Jesús. No me olvidaré de ti porque te quiero.
-Se te terminará el amor cuando dejes de verme.
-Diré dentro de mí las palabras que me has dicho y será como si estuvieras presente. Te voy a querer y a obedecer así. ¿Y Tú, Jesús, dime: te vas a acordar de Benjamín?

-Siempre.
-¿Y cómo vas a hacer para acordarte?
-Me diré a mí mismo que me has prometido amarme y obedecerme; y así me acordaré de ti.
-¿Y me vas a dar tu Reino?
-Si eres bueno, sí.
-Seré bueno.

-¿Cómo vas a llevarlo a cabo? La vida es larga.
-Pero también tus palabras son muy buenas. Si me las repito y hago lo que tus palabras dicen que hay que hacer, me conservaré bueno toda la vida. Y lo voy a hacer porque te quiero. Cuando se ama no cuesta ser bueno. A mí no me cuesta obedecer a mi mamá, porque la quiero. Y no me va a
costar obedecerte a ti porque te quiero.

Jesús se ha parado y está mirando a esta carita encendida más que por el sol por el amor. La alegría de Jesús es tan viva, que parece que otro sol se ha encendido en su alma y emite sus resplandores a través de las pupilas. Se agacha y besa en la frente al niño.

Se ha detenido a la altura de una casita modesta que tiene en la parte de delante un pozo. Jesús va luego a sentarse junto al pozo, y allí le alcanzan los discípulos, que siguen todavía midiendo las respectivas prerrogativas.
Jesús los mira. Luego los convoca:

-Venid aquí, alrededor, y oíd la última enseñanza de la jornada, vosotros que os quedáis roncos celebrando vuestros méritos y tenéis vuestro pensamiento centrado en adjudicaros un puesto según la medida de ellos. ¿Veis a este niño? Está más que vosotros en la verdad. Su inocencia le da la llave para abrir las puertas de mi Reino.

Ha comprendido, en su sencillez infantil, que en el amor está la fuerza para llegar a ser grandes, y en la obediencia realizada por amor la fuerza para entrar en mi Reino. Sed sencillos, humildes; amad con un amor que no sea sólo para mí, sino recíproco entre vosotros; sed obedientes a mis palabras, a todas, también a éstas, si queréis llegar al lugar en que habrán de entrar estos inocentes. Aprended de los pequeños. Como el Padre les revela a ellos la verdad, no se la revela a los sabios.

Jesús, mientras habla, mantiene contra sus rodillas, derecho, a Benjamín, y tiene apoyadas las manos en los hombros del niño. El rostro de Jesús ahora se muestra lleno de majestad. Está serio; no enojado, pero sí serio.

Verdaderamente como Maestro. El último rayo de sol forma un nimbo de rayos encima de su cabeza rubia.
La visión se me termina aquí, y me deja llena de dulzura en medio de mis dolores.

Bien, pues los discípulos no han podido entrar en la casa. Es natural. Por el número y por respeto. Nunca lo hacen, si no es por invitación del Maestro a todos o a algunos en particular. Observo siempre un gran respeto, una gran discreción, a pesar de la afabilidad del Maestro y la ya duradera familiaridad con él. Incluso Isaac (del que podría decir que es el primero del número de los discípulos), no se permite jamás la libertad de acercarse a Jesús si una sonrisa, al menos una sonrisa del Maestro, no lo llama.

¿Un poco distinto, no? respecto al modo como muchos tratan lo sobrenatural: a la ligera y casi burlescamente… Es un comentario mío que veo justo, porque no acabo de digerir el que la gente tenga para con lo que está por encima de nosotros maneras que no usamos para con los hombres como nosotros por el solo hecho de que estén una miaja por encima… ¡En fin!… Vamos a seguir adelante…

Los discípulos, pues, se han esparcido, por la margen del lago, para comprar pescado para la cena, pan y las demás cosas necesarias. Vuelve también Santiago de Zebedeo y llama al Maestro, que está sentado en la terraza, con Juan, que está acoclado a sus pies, en un dulce y sosegado coloquio. Jesús se levanta y se asoma por el guardalado.
Santiago dice:

-¡Cuánto pescado, Maestro! Mi padre dice que has bendecido las redes con tu llegada. Mira: esto es para nosotros -y enseña una cesta de pescado, de un pescado que parece de plata.

-Dios le sea grato por su generosidad. Preparadlo, que después de cenar vamos a ir a la orilla, donde los discípulos.

Y así lo hacen. La noche pone negro el lago, en espera de la Luna, que se levanta tarde. Más que vérsele, se le oye borbollar, gorgotear entre los cantos del guijarral. Sólo las inverosímiles estrellas propias de los países de oriente se reflejan en las aguas tranquilas. Se sientan en círculo, alrededor de una barca vuelta, sobre la que se ha sentado Jesús. Han traído al centro del círculo los pequeños faroles de las barcas, los cuales apenas si iluminan las caras más cercanas. El rostro de Jesús está todo iluminado, de abajo arriba, por un farolillo colocado a sus pies; todos, por tanto, lo pueden ver bien mientras habla a uno o a otro de los presentes.

A1 principio es una conversación sencilla, familiar. Pero luego adquiere el tono de una lección. Es más, Jesús lo dice abiertamente:

-Venid. Escuchad. Dentro de poco nos vamos a separar. Quiero adoctrinaros más para formaros mejor.
Hoy os he oído disputar, y no siempre con caridad. A los mayores de entre vosotros les he dado ya la lección. Pero quiero dárosla a vosotros también. No les vendrá mal tampoco a éstos, mayores que vosotros, oírla repetir.

Ahora no está aquí, apoyado contra mis rodillas, el pequeño Benjamín. Está durmiendo en su cama, soñando sus sueños inocentes. Pero quizás su alma cándida está de todas formas aquí, en medio de nosotros. Imaginad que él, o cualquier otro niño, estuviera aquí, para ejemplo vuestro.

En vuestro corazón tenéis todos una obsesión que os preocupa, una curiosidad, un peligro. La obsesión: ser el primero en el Reino de los Cielos. La curiosidad: saber quién será este primero. Y, en fin, el peligro: el deseo, aún humano, de oírse responder: "Tú eres el primero en el Reino de los Cielos", o bien de los compañeros con un sentido de aprobación, o bien y sobre todo del Maestro, cuya verdad y penetración de las cosas futuras conocéis. ¿No es, acaso, así? Las preguntas tiemblan en vuestros labios y viven en el fondo del corazón.

El Maestro, mirando a vuestro bien, secunda esta curiosidad, a pesar de que aborrezca condescender con las curiosidades humanas. Vuestro Maestro no es un charlatán al que se le consulta por dos centavos en medio del bullicio de un mercado; no es uno poseído por un espíritu pitónico que le procura dinero con el oficio de adivino, para secundar las restringidas mentes del hombre, que quiere conocer el futuro para "saberse guiar". El hombre no se puede guiar por sí solo. Dios lo guía, ¡si el hombre tiene fe en Él! Y no aprovecha el conocer, o creer que se conoce, el futuro, si luego no se dispone de los medios para desviar ese futuro profetizado.

Sólo hay un medio: la oración al Padre y Señor para que por su misericordia nos ayude. En verdad os digo que la oración confiada puede transformar un castigo en bendición. Pero quien recurre a los hombres para intentar, como hombre y con los medios de los hombres, desviar el futuro no sabe orar o sabe orar muy mal. Yo, esta vez, dado que esta curiosidad puede daros una buena enseñanza, le doy respuesta, aunque aborrezco las preguntas dictadas por la curiosidad e irrespetuosas.

Os preguntáis: "¿Quién de entre nosotros es el mayor en el Reino de los Cielos?".

Anulo la limitación "entre nosotros". Amplío los límites a todo el mundo, presente y futuro, y respondo: "El mayor en el Reino de los Cielos es el más pequeño entre los hombres". O sea, aquel que es considerado "mínimo" por los hombres. El sencillo, el humilde, el que no desconfía, el inexperto. Por tanto: el niño, o aquel que sabe construirse de nuevo un alma de niño. No es la ciencia ni el poder ni la riqueza o la actividad (aunque sea buena) lo que os harán "el mayor" en el Reino bienaventurado, sino el ser como los pequeñuelos, en benevolencia, humildad, sencillez, fe.

Observad cómo me aman los niños, e imitadlos; cómo creen en mí, e imitadlos; cómo recuerdan lo que digo, e imitadlos; cómo ponen en práctica mis enseñanzas, e imitadlos; cómo no se ensoberbecen de lo que hacen, e imitadlos; cómo no experimentan rivalidades contra mí o contra sus compañeros, e imitadlos. En verdad os digo que si no cambiáis vuestra manera de pensar, actuar y amar, reconstruyéndola según el modelo de los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.

Ellos saben lo mismo que vosotros sabéis de esencial en mi doctrina. ¡Pero con qué diferencia practican lo que enseño! Vosotros, a cada acto bueno que realizáis, decís: "Lo he hecho yo"; el niño me dice: `Jesús, me he acordado de ti hoy, y por ti he obedecido, he amado, he contenido un deseo de reñir… y estoy contento porque Tú, lo sé, sabes cuándo soy bueno y te alegras". Observad también a los niños cuando cometen una falta. Con qué humildad me confiesan: "Hoy he sido malo. Lo siento, porque te he apenado". No buscan disculpas. Saben que Yo sé las cosas. Creen. Sienten dolor por mi dolor.

¡Oh, amados de mi corazón, niños, en los cuales no hay soberbia, doblez, lujuria! Os digo: Haceos como los niños, si queréis entrar en mi Reino. Amad a los niños como al ejemplo angélico que todavía podéis tener. Porque como ángeles deberíais ser. Podríais decir para disculparos:

"No vemos a los ángeles". Pero Dios os da a los niños por modelos, y los tenéis en medio de vosotros. Y si veis a un niño abandonado material o moralmente, y que puede perecer, acogedlo en mi Nombre, porque son los muy amados de Dios. Quienquiera que reciba a un niño en mi Nombre me recibe a mí mismo, porque Yo estoy en el alma de los niños, que es inocente. Y quien me recibe a mí recibe a Aquel que me ha enviado, es decir, al Señor Altísimo.

Y guardaos de escandalizar a uno de estos pequeños, cuyos ojos ven a Dios. No se debe nunca escandalizar a nadie. Pero, ¡ay!, ¡tres veces ay de aquel que tan sólo roce el ingenuo candor de los niños! Dejadlos ángeles lo más que podáis. ¡Demasiado repugnante es el mundo y la carne para el alma que viene del Cielo! Y el niño, por su inocencia, es todavía todo alma.

Tened respeto hacia el alma del niño, y a su propio cuerpo, como lo tenéis para con un lugar sagrado. También el niño es sagrado, porque tiene a Dios dentro de sí. En todo cuerpo está el templo del Espíritu; pero el templo del niño es el más sagrado y profundo, está más allá del doble Velo. No mováis tan siquiera las cortinas de la sublime ignorancia de la concupiscencia con el viento de vuestras pasiones.

Yo querría un niño en cada familia, en medio de cada grupo de personas, para que fuera freno de las pasiones de los hombres. El niño santifica, da confortación y frescura, con sólo el rayo de sus ojos sin malicia. Pero, ¡ay de aquellos que sustraen santidad al niño con su manera de actuar escandalosa! ¡Ay de aquellos que con sus licencias infunden malicia en los niños! ¡Ay de aquellos que con sus palabras e ironías lesionan la fe en mí de los niños! Sería mejor que a todos éstos se les atara al cuello una piedra de molino y se los arrojara al mar para que se ahogaran junto con su escándalo. ¡Ay del mundo por los escándalos que da a los inocentes! Porque, si es inevitable que sucedan escándalos, ¡ay del hombre que los provoca!

Nadie tiene derecho de hacer violencia a su cuerpo ni a su vida, porque vida y cuerpo nos vienen de Dios y solamente Él tiene derecho a tomar o partes o el todo. Pero Yo os digo que si vuestra mano os escandaliza es mejor que la cortéis, que si vuestro pie os lleva a dar escándalo conviene que lo cortéis. Es mejor para vosotros entrar mancos o cojos en la Vida, que ser arrojados al fuego eterno con las dos manos y los dos pies.

Y si no es suficiente tener un pie cortado o una mano, haced que os corten también la otra mano o el otro pie, para no escandalizar más y para tener tiempo de arrepentiros antes de ser arrojados adonde el fuego no se extingue y roe eternamente como un gusano. Y, si es vuestro ojo el que os es motivo de escándalo, sacáoslo: es mejor no tener un ojo que estar en el infierno con los dos: con un ojo sólo, o incluso sin ojos, llegados al Cielo veríais la Luz, mientras que con los dos ojos escandalosos sólo tinieblas y horror veríais en el infierno. Recordad todo esto.

No despreciéis a los pequeños, no los escandalicéis, no os burléis de ellos. Son más que vosotros, porque sus ángeles ven siempre a Dios, que les dice las verdades que han de revelar a los niños y a los que tienen el corazón de niño.
Y vosotros, como niños, amaos unos a otros. Sin disputas, sin orgullos. Estad en paz unos con otros. Tened espíritu de paz con todos. Sois hermanos, en el nombre del Señor; no enemigos. No hay, no debe haber enemigos para los discípulos de Jesús. El único Enemigo es Satanás. De ése sed enemigos acérrimos. Descended a combatir contra él y contra los pecados que llevan a Satanás a los corazones.
Sed incansables en combatir el Mal, cualquiera que fuere la forma que asuma. Y pacientes. No hay limitación al actuar del apóstol, porque no hay limitación al actuar del Mal. El demonio no dice nunca:

"Basta. Ahora estoy cansado, así que voy a descansar". Es el incansable. Pasa de un hombre a otro, ágil como el pensamiento y más aún; tienta y atrapa y seduce y atormenta y no da tregua. Asalta traidoramente y derriba, si uno no está más que vigilante.

A veces se instala como conquistador por debilidad de la víctima; otras veces entra como amigo, porque el modo de vivir de la víctima buscada es ya tal que constituye alianza con el Enemigo. Hay veces que, habiendo sido arrojado de uno, da vueltas para caer sobre el mejor, para vengarse de la afrenta recibida de Dios o de un siervo de Dios. Pues bien, vosotros debéis decir lo mismo:

"No descanso". Él no descansa para poblar el infierno, vosotros no debéis descansar para poblar el Paraíso. No le deis tregua. Os predigo que cuanto más combatáis contra él más os hará sufrir. Pero no debéis tener en cuenta esto. Puede recorrer, agresivo, la tierra, pero en el Cielo no entra. Por tanto, allí no os molestará más. Y allí estarán todos aquellos que hayan combatido contra él…

Jesús interrumpe bruscamente y dice:
-Pero bueno, ¿por qué estáis siempre molestando a Juan? ¿Qué quieren de ti?

Juan se pone rojo como el fuego. Bartolomé, Tomás y Judas Iscariote, viéndose descubiertos, agachan la cabeza.
-¿Entonces? -pregunta imperativamente Jesús.
-Maestro, mis compañeros quieren que te diga una cosa.
-Pues dila.

-Hoy, mientras estabas en casa de ese enfermo y nosotros estábamos por el pueblo como habías dicho, hemos visto a un hombre, que no es discípulo tuyo y que nunca hemos visto entre los que escuchan tu doctrina, que arrojaba demonios en tu nombre de un grupo de peregrinos que iban a Jerusalén. Y lo conseguía. Ha curado a uno que tenía un temblor que le impedía cualquier tipo de trabajo; y ha devuelto el habla a una niña que había sido agredida en el bosque por un demonio con apariencia de perro que le había trabado la lengua. Decía:

"Vete, demonio maldito, en nombre del Señor Jesús, el Cristo, Rey de la estirpe de David, Rey de Israel. Él es el Salvador y Vencedor. ¡Huye ante su Nombre!", y el demonio huía realmente. Nosotros nos hemos resentido. Y se lo hemos prohibido. Nos ha dicho: "¿Qué hago de malo? Honro al Cristo liberándole el camino de los demonios que no son dignos de verlo". Le hemos respondido:

"No eres exorcista según Israel ni discípulo según Cristo. No te es lícito hacerlo". Ha dicho: "Hacer el bien es siempre lícito", y se ha rebelado contra nuestra orden diciendo: "Y seguiré haciendo lo que hago". Bien, querían que te dijera esto, especialmente ahora que has dicho que en el Cielo estarán todos aquellos que hayan combatido contra Satanás. -Bien. Ese hombre será uno de ellos. Lo es. Tenía razón. Los equivocados habéis sido vosotros.

Los caminos del Señor son infinitos. No se puede afirmar que sólo los que tomen el camino directo llegarán al Cielo. En cualquier lugar, siempre, de mil modos distintos, habrá criaturas que vendrán a mí quizás por un camino inicialmente malo. Dios verá su recta intención y los atraerá hacia el camino bueno. Y, de la misma forma, habrá algunos que por concupiscente y ternaria embriaguez saldrán del camino bueno y tomarán un camino más largo, o incluso desviado. Por tanto, no debéis jamás juzgar a vuestros semejantes. Sólo Dios ve. Cuidad de no saliros vosotros del camino bueno, en el que, más que vuestra voluntad, la voluntad de Dios os ha puesto. Y, cuando veáis a uno que cree en mi Nombre y por él actúa, no lo llaméis extranjero ni enemigo ni sacrílego. Es en todo caso un súbdito mío, amigo y fiel, porque cree en mi
Nombre, espontáneamente y mejor que muchos de vosotros.

Por eso mi Nombre, en sus labios, obra prodigios como los vuestros y quizás mayores. Dios lo ama porque me ama, y terminará de llevarlo al Cielo. Ninguno que haga prodigios en mi Nombre puede ser enemigo mío ni hablar mal de mí; antes al contrario, con su actuación da honor a Cristo y testimonio de fe. En verdad os digo que creer en mi Nombre es Salvación. Así que os digo: si lo encontráis otra vez, no se lo volváis a prohibir. Antes al contrario, llamadle "hermano", porque lo es, aunque esté todavía fuera del recinto de mi Redil. Quien no está contra mí está conmigo. Quien no está contra vosotros está con vosotros.

-¿Hemos pecado, Señor? -pregunta, afligido, Juan.
-No. Habéis actuado por ignorancia, pero sin malicia. Por tanto, no hay pecado. Pero en lo sucesivo sería pecado, porque ahora ya sabéis. Y ahora vamos a nuestras casas. La paz sea con vosotros.

Dice luego Jesús(a los que leen este Evangelio):
-Lo que he dicho a mi pequeño discípulo os lo digo también a vosotros. El Reino es de los corderos fieles que me aman y me siguen sin perderse en lisonjas. Me aman hasta el final. Y os digo también a vosotros lo que dije a mis discípulos adultos: `Aprended de los pequeños".

Lo que hace conquistar el Reino de los Cielos no es el hecho de ser doctos, ricos, audaces. No es serlo humanamente, sino con la ciencia del amor, que hace a uno docto, rico, audaz, sobrenaturalmente: ¡Cómo ilumina el amor para comprender la Verdad!., ¡cuán rico lo hace a uno para adquirirla, cuán audaz para conquistarla!, ¡qué confianza inspira, qué seguridad!

Haced lo que el pequeño Benjamín, mi pequeña flor que perfumó mi corazón en aquel atardecer y cubrió el olor de la humanidad que fermentaba en los discípulos; que le cantó una música angélica y cubrió el rumor de las disputas humanas.

¿Quieres saber lo que fue de Benjamín después? Siguió siendo el pequeño cordero de Cristo, y, una vez perdido su gran Pastor, porque había vuelto al Cielo, se hizo discípulo del que más se me parecía, y de la mano de éste recibió el bautismo y el nombre de Esteban, el primer mártir mío. Fue fiel hasta la muerte, y con él sus parientes, que fueron atraídos a la Fe por el ejemplo de su pequeño apóstol de familia.

¿No es conocido? Son muchos los desconocidos de los hombres que son conocidos por mí en mi Reino. Y esto los hace felices. La fama del mundo no añade ni un destello a la aureola de los bienaventurados.

Pequeño Juan (a María Valtorta), camina siempre con tu mano en la mía. Irás segura, y, cuando llegues al Reino, no te diré "entra", sino "ven", y te tomaré en mis brazos para colocarte en el lugar preparado por mi Amor y merecido por el tuyo.

Ve en paz. Te bendigo.

351- El tributo al Templo pagado con la moneda hallada en la boca del pez

Las dos barcas tomadas para volver a Cafarnaúm se deslizan por un lago inverosímilmente calmo: una verdadera lastra de cristal zarco, que, en cuanto pasan las dos barcas, recompone su lisa unidad. Pero no son las barcas de Pedro y Santiago, sino otras dos, quizás alquiladas en Tiberíades. Y oigo que Judas se lamenta un poco por haberse quedado sin dinero después de este último gasto.

-Hemos pensado en los demás. ¿Pero en nosotros? ¿Cómo nos las vamos a arreglar ahora? Tenía esperanzas de que Cusa… Pero nada Estamos en las condiciones de un mendigo, uno de tantos como ahora salen a los caminos a pedir limosna a los peregrinos -dice a Tomás, rezongando, en voz baja.

Pero éste, bondadoso, responde:
-¿Y qué tendría de malo si fuera así? Yo no me preocupo de
nada.

-Sí, pero a la hora de comer eres el que quiere comer más que ninguno.

-¡Claro! Tengo hambre. También en el hambre soy vigoroso Bien, pues hoy, en vez de pedir al que suministra el pan y las viandas, pediré directamente a Dios.

-¡Hoy! ¡Hoy! Mañana estaremos en las mismas condiciones, y pasado mañana lo mismo; y estamos yendo hacia la Decápolis, donde no nos conocen y son medio paganos. Y no es sólo el pan, también se gastan las sandalias, y luego… los pobres que te dan la lata, y uno se podría sentir mal y…

-Y, si sigues más todavía, dentro de poco ya me habrás imaginado muerto y tendrás que proveer para un funeral. ¡Pero cuántas preocupaciones! Yo… es que no tengo ninguna preocupación. Estoy alegre, tranquilo como un recién nacido.

Jesús, que parecía absorto en sus pensamientos, sentado en la proa, casi en el borde, se vuelve y dice fuerte a Judas, que está en la popa (pero lo dice como hablando a todos): -Está muy bien no tener ni una perra, así brillará más la paternidad de Dios incluso en las cosas más pequeñas.

-Desde hace unos días para ti está todo bien. Bien si no se produce un milagro, bien si no nos dan dinero, bien haber dado todo lo que teníamos; en definitiva, todo bien… Pero yo me siento muy incómodo… Eres un Maestro grato, un santo Maestro, pero para la vida material… no vales nada -dice sin acritud Judas, como haciendo una observación a un hermano bueno de cuya bondad imprevisora incluso se gloría.

Y Jesús, sonriendo, le responde:
-Es mi mejor cualidad, ser un hombre que no vale nada para la vida material… Y, repito: está muy bien no tener ni una perra -y sonríe luminosamente.

La barca roza en el guijarral. Se detiene. Bajan de ella. Mientras tanto, la otra barca se acerca para detenerse. Jesús, con Judas, Tomás, Judas y Santiago, Felipe y Bartolomé, se encamina hacia la casa…

Pedro baja de la segunda barca, con Mateo, los hijos de Zebedeo, Simón Zelote y Andrés. Pero Pedro no se pone en marcha como todos, sino que se queda en la orilla hablando con los barqueros que los han traído, y que quizás conoce, y luego los ayuda a partir de nuevo. Después, se vuelve a poner la túnica larga y remonta la playa en dirección a la casa.

Atravesando la plaza del mercado, vienen hacia él dos, lo paran y dicen:

-Escucha, Simón de Jonás.
-Escucho. ¿Qué queréis?

-¿Tu Maestro, por el hecho de serlo, paga o no las dos dracmas que corresponden al Templo?

-¡Claro que las paga! ¿Por qué no lo iba a hacer?
-Pues… porque dice que es el Hijo de Dios y…
-Y lo es -replica secamente Pedro, que ya está rojo de indignación. Luego añade: «Pero, dado que también es un hijo de la Ley, el mejor que tiene la Ley, paga sus dracmas como todo israelita…

-Según lo que sabemos no es así. Nos han dicho que no paga, así que le aconsejamos que pague.

-Mmm-m-m -balbuce Pedro, cuya paciencia está para agotarse -Mmm-m-m… Mi Maestro no necesita vuestros consejos. Id en paz y decid al que os envía que las dracmas serán depositadas en la primea ocasión.

-¡En la primera ocasión!… ¿Y por qué no enseguida? ¿Quién nos asegura que lo vaya a hacer, si está siempre acá o allá sin rumbo fijo?

-Enseguida no, porque en este momento no tiene ni una perra. Podríais ponerlo boca abajo y no caería al suelo ni una sola moneda. Estamos todos sin un solo denario, porque nosotros, que no somos fariseos, que no somos escribas, que no somos saduceos, que no somos ricos, que no somos espías, que no somos áspides, normalmente damos lo que tenemos a los pobres, por su doctrina. ¿Entendéis? Y ahora hemos dado todo, y mientras no intervenga el Altísimo podemos morir de hambre o ponernos a pedir limosna en una esquina de la calle. Decid también esto a los que dicen que Él es un comilón ¡Adiós! -y los deja plantados y se marcha barbotando y ardiendo de enojo.

Entra en casa y sube a la habitación de arriba, donde está Jesús escuchando a uno que le ruega que vaya a una casa que está en el monte de detrás de Magdala, donde hay uno muriéndose.

Jesús despide al hombre prometiendo que irá enseguida, Luego cuando éste se marcha, se vuelve hacia Pedro, que se ha sentado en un rincón y está pensativo, y le dice: -¿Qué opinas, Simón? ¿Según las reglas, los reyes de la tierra de quién reciben los tributos y el censo?, ¿de sus propios hijos o de los extraños?

Pedro se sobresalta. Dice:
-¿Cómo sabes, Señor, lo que debía decirte?
Jesús sonríe haciendo un gesto como diciendo: «No le des importancia»; luego dice: -Responde a lo que te pregunto.

-De los extraños, Señor.

-Entonces los hijos están eximidos, como efectivamente es justo Porque un hijo es de la sangre y casa de su padre, y no debe pagar al padre sino el tributo del amor y la obediencia. Así que Yo, Hijo del Padre, no debería pagar tributo al Templo, que es la casa del Padre. Les has respondido bien. Pero, como hay una diferencia entre tú y ellos, y es ésta: que tú crees que Yo soy el Hijo de Dios, y ellos y quienes los han enviado no lo creen, pues, para no escandalizarlos, pagaré el tributo, y además enseguida, mientras están todavía en la plaza recaudando.

-¿Y con qué, si no tenemos ni una perra? -pregunta Judas, que se ha acercado con los otros.

-¿Ves como es necesario tener algo?
-Se lo pedimos prestado al dueño de la casa -dice Felipe.
Jesús hace con la mano un gesto de guardar silencio y dice:

-Simón de Jonás, ve a la orilla del mar y echa lo más lejos que puedas un sedal provisto de un anzuelo resistente. En cuanto pique el pez, tira hacia ti el
sedal. Será un pez grande. En la orilla ábrele la boca. Encontrarás dentro un estáter. Tómalo, ve donde aquellos dos y paga por mí y por ti. Luego trae el pez. Lo asaremos; y Tomás, caritativamente, nos proveerá de un poco de pan. Comeremos e iremos enseguida donde el hombre que está muriéndose. Santiago y Andrés, preparad las barcas, que las usaremos para ir a Magdala; la vuelta la haremos esta noche a pie para no estorbar la pesca a Zebedeo y al cuñado de Simón.

Pedro se marcha. Un rato después se le ve en la orilla montando en una barca cuya proa está ya metida en el agua.

Echa un cordel delgado y fuerte, provisto hacia el final de una piedra pequeña, o plomo, y que termina en el hilo fino del sedal propiamente dicho. Las aguas del lago se abren con salpicaduras de plata cuando el peso se hunde en él; luego todo vuelve a la calma mientras las aguas se serenan después de un alejarse de giros concéntricos…
Pasa un rato. El cordel, que estaba flojo en las manos de Pedro, se tensa y vibra… Pedro tira, tira, tira. La cuerda sufre sacudidas cada vez más enérgicas. Al final, da un tirón y el sedal emerge con su presa, que se contorsiona en el aire, formando un arco por encima de la cabeza del pescador, para luego caer en la arena amarillenta, donde se contuerce, sufriendo el espasmo del anzuelo que le hiende el paladar y el de la asfixia que comienza.

Es un magnífico pez, grande como un rombo del peso de al menos tres quilos. Pedro le arranca el anzuelo de los labios carnosos, le mete en la garganta su grueso dedo y extrae una gruesa moneda de plata. La coge entre el pulgar y el índice y la alza para mostrársela al Maestro, que está en el pretil de la terraza. Luego recoge el cordel, lo enrolla, toma el pez y se echa a correr en dirección a la plaza.

Los apóstoles se han quedado todos de piedra… Jesús sonríe y dice:

-Así habremos eliminado un escándalo…
Regresa Pedro:

-Ya estaban para venir aquí. Y además con Elí, el fariseo.

He tratado de ser delicado como una niña. Los he llamado y he dicho: "¡Eh, enviados del Fisco! Tomad. ¿Son cuatro dracmas, verdad? Pues dos por el Maestro y dos por mí.

¿Estamos en paz, no? Hasta que nos veamos en el valle de Josafat, especialmente contigo, querido amigo".

Se han ofendido porque he dicho "Fisco". "Somos del templo, no del Fisco.” "Cobráis impuestos como los recaudadores. Todo recaudador para mí es “fisco” "' he respondido. Pero él me ha dicho: "¡Insolente! ¿Me estás deseando la muerte?".

"¡No, amigo! De ninguna manera. Te deseo un feliz viaje al valle de Josafat. ¿No vas para la Pascua a Jerusalén? Pues podremos encontrarnos por allí, amigo". "No lo deseo, ni quiero que te permitas llamarme amigo tuyo.”

"Efectivamente, es demasiado honor" he respondido. Y me he vuelto. Lo mejor es que estaba allí medio Cafarnaúm, que ha visto que he pagado por ti y por mí. Así esa vieja serpiente ya no podrá decir nada.

Los apóstoles no han podido evitar reírse por la narración y la mímica de Pedro. Jesús quiere estar serio, pero una leve sonrisa se escapa, no obstante, de sus labios mientras dice:

-Eres peor que la mostaza - y termina: «Asad el pez; y vamos a darnos prisa, que para la puesta del sol quiero estar aquí de nuevo.

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