por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Dejando el pueblo de Meirón, Jesús, con sus apóstoles, toma un camino, también éste de montaña, que va en dirección noroeste, entre bosques y prados. Sigue subiendo. Quizás han venerado ya algunas tumbas, porque oigo que hablan de ello.
Ahora es precisamente Judas Iscariote el que va delante con Jesús. Se comprende que en Meirón han recibido y dado limosnas. Judas rinde cuentas, diciendo los donativos que han recibido y las limosnas que han dado. Termina diciendo:
-Y ahora, aquí, mi donativo. He jurado esta noche que te lo iba a dar para los pobres, como penitencia. No es mucho. Pero no tengo mucho dinero. De todas formas, he convencido a mi madre de que me mande dinero a menudo a través de muchos amigos. Las otras veces que dejaba mi casa era con mucho dinero. Pero esta vez, teniendo que ir por los montes solo, o sólo con Tomás, he tomado lo suficiente para la duración del viaje. Prefiero hacerlo así.
La única cosa es que… tendré que pedirte alguna vez autorización para separarme de vosotros durante unas horas para ir donde mis amigos. Ya he dispuesto todo… Maestro, ¿sigo teniendo el dinero yo? ¿Todavía yo? ¿Te fías todavía de mí?
-Judas, tú solo dices todo. Y no sé el motivo por el que lo haces. Has de saber que para mí nada ha cambiado… porque espero con ello que cambies tú y vuelvas a ser el discípulo que fuiste, y llegues a ser el justo por cuya conversión oro y sufro.
-Tienes razón, Maestro. Pero, con tu ayuda, ciertamente lo seré. Por lo demás… son imperfecciones de juventud. Cosas sin peso. Es más, sirven para poder comprender a los semejantes y para curarlos.
-¡Verdaderamente, Judas, tu moral es muy extraña! Y debería decir más. Nunca se ha visto a un médico que enferme voluntariamente para poder decir después: "Ahora sé curar mejor a los que tienen esta enfermedad". ¿Así que Yo soy un incapaz?
-¿Quién lo dice, Maestro?
-Tú. Yo no cometo pecados; por tanto, no sé curar a los pecadores.
-Tú eres Tú. Pero nosotros no somos Tú, y tenemos necesidad de la experiencia para saber hacer…
-Es tu vieja idea. La misma de hace unas veinte lunas.
Sólo que entonces opinabas que Yo debía pecar para ser capaz de redimir. Verdaderamente me sorprende que no hayas tratado de corregir este… defecto mío, según tus modos de juzgar, y de dotarme de esta… capacidad de comprender a los pecadores.
-Estás bromeando, Maestro. Bien, me agrada que bromees. Me causabas pena. Estabas muy triste. Y para mí es doble satisfacción el que sea precisamente yo quien te hace bromear. Pero nunca he pensado en elevarme a ser tu pedagogo. Además, ya ves que he corregido mi modo de pensar; tanto, que digo que esta experiencia es necesaria sólo para nosotros. Para nosotros, pobres hombres. Tú eres el Hijo de Dios, ¿no es verdad? Tienes, por tanto, una sabiduría que, para ser sabiduría, no tiene necesidad de experiencias
-Bueno, pues, has de saber que la inocencia también es sabiduría, mucho mayor que el bajo y peligroso conocimiento del pecador. Donde la santa ignorancia del mal limitaría la capacidad de guiarse y de guiar, suple el ministerio angélico, que jamás se ausenta de un corazón puro.
Cree que los ángeles, aun siendo purísimos, saben distinguir el Bien y el Mal, y conducir al hombre puro que custodian por el sendero recto y hacia actos rectos. El pecado no es aumento de sabiduría. No es luz. No es guía. Jamás. Es corrupción. Es privación de ver. Es caos.
De modo que quien lo cometa conocerá su sabor, mas perderá también la capacidad de saber muchas otras espirituales cosas y ya no tendrá a un ángel de Dios, espíritu de orden y amor, que lo guíe; sino a un ángel de Satanás, para conducirlo por la vía de un desorden cada vez mayor, por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.
-Y… escucha, Maestro. ¿Si uno quisiera volver a tener la guía angélica? ¿Basta el arrepentimiento, o, por el contrario, el veneno del pecado perdura incluso después de que uno se ha arrepentido y ha sido perdonado?… Ya sabes… uno que se ha dado al vino, por ejemplo, aunque jure no volver a emborracharse, y lo jure con verdadera voluntad de cumplirlo, sigue sintiendo la incitación a beber. Y sufre…
-Claro. Sufre. Por este motivo uno no se debería hacer nunca esclavo de lo malo. Pero sufrir no es pecar. Es expiar. Como un borracho arrepentido no comete pecado, sino que adquiere mérito, si resiste heroicamente a la incitación y deja de beber vino; asimismo, quien ha pecado y se arrepiente y resiste a todas las incitaciones, adquiere un mérito; y no le falta la ayuda sobrenatural para esta resistencia. Ser uno tentado no es pecado. Es más, es batalla que procura victoria. Y -cree también esto
-Dios desea sólo perdonar y ayudar a quien habiendo errado luego se arrepiente…
Judas está en silencio un rato… Luego, toma la mano de Jesús y la besa, y curvado todavía hacia la mano que ha besado, dice:
-Pero yo ayer por la noche me he pasado de la raya. Te he insultado, Maestro… Te he dicho que acabaré odiándote…
¡He dicho estas blasfemias! ¿Pueden acaso serme perdonadas?
-El mayor pecado es desesperar de la misericordia divina… Judas, Yo he dicho: "Todo pecado contra el Hijo del hombre será perdonado". El Hijo del hombre ha venido para perdonar, salvar, curar, para llevar al Cielo. ¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas! ¡Judas!. ¡Mírame!
Lávate el alma en el amor que brota de mis ojos…
-¿Pero no te causo repulsa?
-Sí… Pero el amor es mayor que la repulsa. Judas, pobre leproso, el mayor leproso de Israel, ven a invocar la salud a Aquel que te la puede dar…
-Dame la salud, Maestro.
-No. No así. No hay en ti arrepentimiento verdadero y voluntad firme. Hay sólo un conato de amor sobreviviente por mí, por tu pasada vocación. Hay un pulular de sentimiento, pero enteramente humano. No es que sea malo todo esto. Es más, es el primer paso hacia el Bien.
Cultívalo, auméntalo, injértalo en lo sobrenatural, haz de ello un verdadero amor por mí, una vuelta verdadera a lo que eras cuando viniste a mí, ¡eso al menos!, ¡eso al menos! Haz de ello, no un latido transitorio, emotivo, de sentimentalismo inactivo, sino un verdadero sentimiento, activo, de atracción al Bien. Judas, Yo espero. Sé esperar. Yo oro. Soy Yo quien suple, en esta espera, a tu ángel disgustado. Mi piedad, mi paciencia, mi amor; siendo perfectos, son superiores a los angélicos, y pueden permanecer a tu lado, en medio de los desagradables hedores de lo que te fermenta en el corazón, para ayudarte…
Judas se estremece, no fingidamente, sino en la realidad.
Con labios temblorosos, con voz quebradiza por lo que le estremece, pálido, pregunta:
-¿Pero Tú sabes realmente lo que he hecho?
-Todo, Judas. ¿Quieres que te lo diga o prefieres que te ahorre esta humillación?
-Pero… bueno, es que no puedo creer…
-Bien, pues entonces vamos a recorrer hacia atrás el camino y a decirle al incrédulo la verdad. Esta mañana ya has mentido más de una vez, sobre el dinero y sobre cómo has pasado la noche. Tú ayer por la noche has tratado de ahogar con la lujuria todos tus otros sentimientos, todos los odios, los remordimientos. Tú…
-¡Basta! ¡Basta! ¡Por caridad, no sigas! O huiré de tu presencia.
-Deberías, por el contrario, abrazarte a mis rodillas pidiendo perdón.
-¡Sí, sí! ¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío! ¡Perdón! ¡Ayúdame! ¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo! Todo es más fuerte que yo.
-Menos el amor que deberías tener por Jesús… Pero, ven aquí, para vencerte la tentación y librarte de ella.
Y lo toma entre sus brazos y llora silenciosas lágrimas encima de la cabeza morena de Judas.
Los demás, que están algunos metros más atrás, se han detenido prudentemente y ahora comentan:
-¿Veis? Quizás Judas tiene verdaderamente algún pesar.
-Y esta mañana se ha abierto con el Maestro.
-¡Qué tonto! Yo lo hubiera hecho inmediatamente.
-Serán cosas penosas.
-¡Seguro que no es por mala conducta de su madre! ¡Es una santa mujer! ¿Qué puede ser de penoso?
-Quizás intereses que van mal…
-¡No, hombre, no! ¡Él gasta y da, según le parece, con generosidad!
-¡Bueno! ¡Asuntos suyos! Lo importante es que esté concorde con el Maestro, y parece que es así. Ya llevan mucho tiempo hablando y en paz. Ahora están abrazados… Muy bien.
-Sí, porque es una persona con capacidad y que conoce a mucha gente. Es buena cosa que esté en armonía y con buena voluntad con nosotros, y especialmente con el Maestro.
-Jesús dijo en Hebrón que las tumbas de los justos son lugares de milagros, o más o menos… En estos lugares hay muchas tumbas de justos. Quizás las de Meirón han hecho un milagro respecto a la turbación de Judas.
-¡Entonces terminará de hacerse santo ahora ante la tumba de Hil.lel! ¿Aquello no es Yiscala?
-Sí, Bartolomé.
-Pues el año pasado no pasamos por aquí…
-¡Hombre, claro; como que vinimos por la otra parte!
Jesús se vuelve y los llama. Se acercan alegres.
-Venid. La ciudad está cerca. Tenemos que cruzarla para encontrar la tumba de Hil.lel. Hagámoslo en grupo -dice Jesús sin explicar nada más, mientras los once miran curiosos con el rabillo del ojo tanto a Él como a Judas.
Pero si éste último muestra un rostro pacificado, aunque mustio, Jesús no lo tiene radiante: su expresión es solemne, pero seria.
Entran en Yiscala, que es vasta y bonita, y está bien cuidada Debe haber en ella un floreciente centro rabínico porque veo a muchos doctores reunidos acá o allá, con alumnos a su lado escuchando sus lecciones. Bien se nota el paso de los apóstoles, y especialmente, del Maestro, y muchos se ponen detrás del grupo. Alguno sonríe maliciosamente, otros llaman a Judas de Keriot; pero él va al lado del Maestro y ni siquiera se vuelve.
Salen de la ciudad y se dirigen a la tumba de Hil.lel.
-¡Qué descaro!
-¡Es imprudente.
-Nos provoca.
-¡Profanador!
-¡Díselo, Uziel!
-Yo no me contamino. Díselo tú, Saúl, que eres sólo alumno.
-No. Se lo decimos a Judas. Ve a llamarlo.
El joven llamado Saúl, menudo, pálido, todo ojos y boca, va a donde Judas y le dice: -Ven. Te llaman los rabíes.
-No voy. Me quedo donde estoy. Dejadme.
El joven vuelve y refiere esto a sus jefes.
Entretanto, Jesús, circundado por los suyos, ora con veneración ante el sepulcro de Hil.lel, bien cándido de cal.
Los rabíes se acercan despacio, como serpientes silenciosas, y observan. Dos de ellos, barbudos, ancianos, tiran de la túnica de Judas, el cual, al ponerse a hacer oración ha quedado desprotegido de las parejas de los otros compañeros.
-Pero bueno, ¿qué queréis? -pregunta en voz baja, aunque con resentimiento. ¿Ni siquiera orar se puede?
-Sólo una palabra. Luego te dejamos en paz.
Simón Zelote y Judas Tadeo se vuelven y se callan los cuchicheadores.
Judas se separa dos o tres pasos y pregunta:
-¿Qué queréis?
No percibo lo que el más viejo le susurra al oído. Pero sí veo bien la reacción de Judas, que, sin mediar reflexión alguna, se separa de repente y dice:
-No. Dejadme en paz, ánimas de veneno. No os conozco, no quiero seguiros conociendo.
Una carcajada de burla sale del grupito rabínico, y una amenaza:
-¡Atento a lo que haces, muchacho estúpido!
-Atentos vosotros. ¡Fuera! Id a decírselo también a los demás. A todos los demás. ¿Habéis entendido? Hablad con quien queráis, pero no conmigo, demonios, que es lo que sois -y los deja plantados.
Ha hablado tan fuerte que los apóstoles, atónitos, se han vuelto; Jesús, no, ni siquiera por la carcajada burlona y la promesa: « ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón!» que resuena en el silencio del lugar.
Judas vuelve a su sitio; es más, aparta a Andrés, que se había puesto al lado de Jesús, y, casi como para buscar defensa y protección, toma con sus manos un extremo del manto de Jesús.
La ira, entonces, arremete contra Jesús. Se aproximan, amenazadores, y gritan:
-¿Qué haces aquí, anatema de Israel? ¡Fuera! No turbes los huesos del Justo al que no eres digno de acercarte. Se lo diremos a Gamaliel para que seas castigado.
Jesús se vuelve y los mira, uno por uno.
-¿Por qué nos miras así, endemoniado?
-Para conocer bien vuestras caras y vuestros corazones.
Porque no sólo mi apóstol os volverá a ver. Yo también, y entonces querré haberos conocido bien para poderos reconocer enseguida.
-Bien, ¿ya nos has visto? Márchate de aquí. Gamaliel, si estuviera, no lo permitiría.
-El año pasado he estado con él aquí…
-¡No es verdad, embustero!
-Preguntádselo. Como es una persona honesta, os dirá que es verdad. Yo amo y venero a Hil.lel, y respeto y honro a Gamaliel. Son dos hombres en los cuales, por su justicia y sabiduría, se pone de manifiesto el origen del hombre, recordando que el hombre ha sido hecho a semejanza de Dios.
-¿En nosotros no, eh? -interrumpen los energúmenos.
-En vosotros está entenebrecido por los intereses y el odio.
-¿Pero lo estáis oyendo? ¡En casa ajena así habla y ofende! ¡Fuera! ¡Fuera de aquí, corruptor de los mejores de Israel! Si no, echamos mano a las piedras. Que aquí no está Roma para protegerte, amigo de contubernios con el enemigo pagano…
-¿Por qué me odiáis? ¿Por qué me perseguís? ¿Qué mal os he hecho? Algunos de vosotros han recibido beneficios de mí; todos, respeto. ¿Por qué, pues, sois crueles conmigo?
Jesús se muestra humilde, manso, afligido y amoroso. Les suplica su amor.
Ellos toman esto como signo de debilidad y miedo, y acosan: la primera piedra vuela, y roza a Santiago de Zebedeo. Éste, rápido, hace el gesto de reaccionar lanzándola a los agresores. Mientras, todos se apiñan en torno a Jesús. Pero son doce contra aproximadamente un centenar. Otra piedra le da a Jesús en la mano, que está ordenando a los suyos que no reaccionen. La mano, herida en el dorso, sangra: parece ya la herida del clavo…
Entonces Jesús ya no ora. Se yergue, imponente; los mira, los fulmina con sus miradas. Pero otra piedra hace sangrar a Santiago de Alfeo en la sien. Jesús debe paralizar cualquier otro acto con su poder, para defender a sus apóstoles, los cuales, obedientes, sufren la apedrea sin reaccionar. Y cuando la voluntad de Jesús domina a los viles, Él -su imponencia es terrible-dice con voz de trueno:
-Me voy. Pero sabed que, por lo que hacéis, Hil.lel os habría maldecido. Me voy. Pero recordad que ni siquiera el mar Rojo detuvo a los israelitas en el camino que Dios les había señalado. Todo se allanó y quedó abierto el camino ante la voluntad de Dios que pasaba. Y lo mismo para mí.
De la misma forma que ni egipcios ni filisteos ni amorreos ni cananeos ni ningún otro pueblo detuvieron la marcha triunfal de Israel, así vosotros, que sois peores que ellos, tampoco detendréis mi camino ni mi misión: Israel.
Recordad que fue cantado al pozo del agua por Dios dada: "Mana, pozo, pozo cavado por los príncipes, preparado por los jefes del pueblo, con el dador de la Ley, con los propios bastones". ¡Yo soy aquel Pozo! ¡Aquel Pozo soy Yo!
Cavado desde los Cielos por todas las oraciones y la justicia de los verdaderos príncipes y jefes del Pueblo santo, que no sois vosotros. No. No lo sois. Por vosotros jamás el Mesías habría venido, porque no os lo merecéis.
Porque su venida es vuestra ruina. Porque el Altísimo conoce todos los pensamientos de los hombres, y los conoce desde siempre, desde antes de que existiera Caín, del cual procedéis, y Abel, al que asemejo; desde antes de Noé, figura mía; antes que Moisés, que fue el primero en usar mi símbolo; desde antes de que existiera Balaam, que profetizó la Estrella, e Isaías, y todos los profetas.
Y conoce los vuestros, Dios, y le horrorizan. Siempre le han horrorizado, de la misma forma que siempre ha exultado por los justos por quienes justo era enviarme, y que verdaderamente, ¡oh, sí, verdaderamente!, me han aspirado desde las profundidades de los Cielos para portar el Agua viva para la sed de los hombres. Yo soy la Fuente de Vida eterna. Pero vosotros no queréis beber. Y moriréis.
Y pasa lentamente por entre los paralizados rabíes y alumnos, y sigue su camino, lento, solemne, en un silencio atónito de hombres y cosas.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Una bonita aurora de primavera pone rosicler el cielo y alegra las colinas. Los discípulos se manifiestan unos a otros su contento por ello, mientras se reúnen a la entrada del pueblo en espera de los rezagados.
-Es el primer día que no hace frío, después de las granizadas -dice Mateo frotándose las manos.
-¡Ya era hora de que llegara! ¡Estamos en la neomenia de Adar! -exclama Andrés.
-¡Bien! ¡Bien! ¡Si hubiéramos tenido que subir a los montes con el fresco de estos días pasados!… -comenta Felipe.
-¿Pero luego a dónde vamos? -pregunta Andrés.
-No sé… De aquí vamos a Sefet o a Meirón. ¿Pero luego…? -le responde Santiago de Zebedeo, y se vuelve a preguntar a los dos hijos de Alfeo: «¿Sabéis vosotros a dónde vamos?».
-Jesús nos ha dicho que quiere ir hacia septentrión; nada más -dice lacónico Judas de Alfeo.
-¿Otra vez? Para la próxima luna tenemos que empezar el peregrinaje de Pascua… -dice no demasiado entusiasta Pedro.
-Tendremos tiempo de sobra -le rebate Judas Tadeo.
-Sí, pero nada de descanso en Betsaida…
-Pasaremos por allí seguro para recoger a las mujeres y a Margziam -responde Felipe a Pedro.
-Lo que os ruego es que no deis muestras de fastidio, desgana u otras cosas por el estilo. Jesús está muy afligido… Ayer por la noche lloraba. Me lo he encontrado llorando mientras preparábamos la cena. No estaba orando afuera, en la terraza, como creíamos. Lloraba -dice Juan.
-¿Por qué? ¿Se lo preguntaste? -dicen todos.
-Sí. Pero sólo me dijo: "Ámame, Juan".
-Quizás… es por los de Corazín.
El Zelote, que está llegando en ese momento, dice:
-El Maestro está viniendo con Bartolomé. Vamos a su encuentro.
Van… pero siguen con lo que estaban comentando:
-O es por Judas. Ayer por la noche se habían quedado solos… -dice Mateo.
-¡Ya! Y Judas había declarado antes que estaba inquieto y no quería a ninguno consigo -observa Felipe.
-¡No ha querido estar ni siquiera con el Maestro! ¡Y yo que de tan buena gana habría estado! -suspira Juan.
-¡También yo! -dicen todos los demás.
-Ese hombre no me gusta… o está enfermo o hechizado o
loco o endemoniado… Algo le pasa -dice seguro Judas Tadeo.
-Y, sin embargo, creedlo, en el viaje de regreso fue ejemplar. Defendió constantemente al Maestro y los intereses del Maestro como ninguno de nosotros ha hecho nunca. ¡Lo vi yo, lo oí yo! Espero que no dudéis de mi palabra -afirma Tomás.
-¿Cómo piensas que no te creemos? ¡No, hombre, no, Tomás! Y estamos contentos de que Judas sea mejor que nosotros. Pero ya lo ves tú. ¿Es extraño, sí o no? -pregunta Andrés.
-¡Extraño lo es! Pero quizás es que sufre por cosas íntimas… Quizás también porque no ha hecho milagros. Es un poco orgulloso. ¡Con buena finalidad, claro! Pero para él es importante hacer mucho y ser encomiado…
-¡Mmm…! ¡Será así! La cosa es que el Maestro está triste. Miradlo allí, decidme si asemeja al hombre que conocimos. Pero, ¡vive Dios, que si logro descubrir quién es el que hace sufrir al Maestro!… ¡Basta! ¡Yo sé lo que le hago! -dice Pedro.
Jesús, que viene en vivaz conversación con Natanael, los ve y acelera el paso sonriendo.
-Paz a vosotros. ¿Estáis todos?
-Falta Judas de Simón… Creía que estaba contigo, porque en la casa donde dormía me han dicho que han encontrado la habitación vacía y todo en orden… -explica Andrés.
Jesús frunce un momento la frente, agacha la cabeza y se concentra en su pensamiento. Luego dice:
-No importa. Vámonos de todas formas. Decid a los de las últimas casas que vamos a Meirón y luego a Yiscala. Si Judas nos busca, que lo manden allí. Vamos.
Todos sienten borrasca en el ambiente y obedecen sin rechistar. Jesús sigue hablando con Bartolomé, adelantado algunos pasos respecto a los demás. Y oigo pasar grandes nombres en lo que dicen, Hil.lel, Yael, Barac; y glorias patrias, que pasan por la mente y las palabras; y comentarios de admiración sobre grandes doctores; y añoranzas en Bartolomé…
-¡Si viviera todavía el Sabio! Hil.lel era bueno. Pero también era fuerte. No se habría dejado turbar. ¡Habría emitido su propio juicio acerca de ti!
-¡No te lo tomes a pecho, Bartolmái! Bendice al Altísimo que lo ha llamado a su paz. El espíritu del Sabio no conoció así la turbación de tanto odio contra mí.
-¡Mi Señor! ¡No sólo odio!…
-Más odio que amor, amigo. Y así será siempre.
-No estés triste. Nosotros te defenderemos…
-No me angustia la muerte… sino el ver el pecado de los hombres.
-¡La muerte no!… No hables de muerte. No llegarán a tanto… porque tienen miedo…
-El odio será más fuerte que el miedo. Bartolomé, después de mi muerte, luego, cuando esté lejos, en el Cielo santo, di a los hombres: "El, más que por la muerte, sufrió por vuestro odio"…
-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡No hables así! Nadie te va a odiar hasta el punto de hacer que mueras. Y Tú siempre puedes impedirlo, Tú que eres poderoso…
Jesús sonríe con tristeza (yo diría: cansado), mientras sube con su paso mesurado el camino montano que conduce a Meirón, y que a medida que se eleva va descubriendo un vasto y bonito panorama sobre el lago de Tiberíades, visible a través de la brecha de una hoz, y sobre colinas cercanas que, en forma de arco, hacen de mampara a la vista del lago de Merón, y luego, más allá del lago de Tiberíades, sobre el altiplano de la Transjordania, hasta los recortados montes lejanos de Aurán, Traconítida y Perea.
Jesús señala, no obstante, en dirección norte-nordeste diciendo:
-Después de la Pascua tendremos que ir allá, a la tetrarquía de Filipo; en cuanto tengamos tiempo, para estar de nuevo para Pentecostés en Jerusalén.
-¿Pero no te convendría más hacerlo ahora? Pasando a la Transjordania, hacia el nacimiento del Jordán… volviendo por la Decápolis…
Jesús se pasa la mano por la frente, con gesto cansado, como cuando uno tiene la mente ofuscada, y susurra:
-No sé, no sé todavía!… ¡Bartolomé!…
¡Cuánto desconsuelo, dolor, invocación hay en la voz!…
Bartolomé se curva un poco, como herido por ese tono extraño y nuevo en Jesús, y dice, congojoso de amor:
-¿Maestro? ¿Qué te pasa? ¿Qué quieres del viejo Natanael?
-Nada, Bartolmái… Tu oración… Por que vea bien lo que hay que hacer… Pero, nos llaman, Bartolmái… Parémonos aquí…
Y se paran junto a un grupo de árboles.
Se ve por la curva del sendero a los otros, en grupo:
-Maestro, Judas nos sigue, corriendo a toda velocidad…
-Bueno, pues lo esperamos.
Judas, en efecto, aparece pronto, corriendo…
-Maestro… Me he retrasado… Me he quedado dormido y…
-¿Dónde, si en casa no te he encontrado? -pregunta extrañado Andrés.
Judas se queda confundido un momento, pero rápidamente se rehace y dice:
-¡Oh, siento que mi penitencia haya quedado manifiesta! He estado en el bosque, toda la noche, orando, haciendo sacrificio… Al alba me ha vencido el sueño… Soy una persona débil… Pero el Señor altísimo tendrá compasión de su pobre siervo. ¿No es verdad, Maestro? Me he despertado tarde y todo dolorido.
-Efectivamente, tienes una cara muy deslucida -observa Santiago de Zebedeo.
Judas se echa a reír:
-¡Sí! ¡Ya! Pero tengo el alma más contenta. La oración sienta bien. La penitencia da un corazón alegre, y también humildad y generosidad. Maestro, perdona a tu necio Judas… -y se arrodilla a los pies de Jesús.
-Sí. Levántate y vamos.
-Dame la paz con un beso tuyo. Será la señal de que me has perdonado los malos humores de ayer. No deseé estar contigo, es verdad. Pero era porque quería orar…
-Habríamos podido orar juntos…
Judas se ríe y dice:
-No, no podías orar conmigo esta noche, estar donde yo estaba…
-¡Esta sí que es buena! ¿Por qué? ¡Está siempre con nosotros, y nos ha enseñado Él a orar! -dice Pedro asombrado.
Todos se echan a reír. Pero Jesús no se ríe. Fija sus ojos en Judas, que lo ha besado y ahora lo está mirando con ojos jocosos de punzante malicia, como si lo desafiara.
Tiene la osadía de repetir:
-¿No es verdad que no podías estar conmigo esta noche?
-No podía. No podía y no podré nunca, en efecto, compartir los abrazos de mi espíritu y mi Padre con un tercero, todo carne y sangre, como eres tú, y en los lugares a donde tú vas.
Amo la soledad poblada de ángeles, para olvidar que el hombre es un hedor de carne corrompida por la sensualidad, el oro, el mundo y Satanás.
Judas ya no se ríe ni siquiera con los ojos. Responde serio:
-Tienes razón. Tu espíritu ha visto la verdad. ¿A dónde vamos ahora?
-A venerar las tumbas de los grandes rabíes y héroes de Israel.
-¿Qué? ¿Cómo? Pero si Gamaliel no te ama. Pero si los otros te odian -dicen muchos de los presentes.
-No importa. Yo me inclino ante las tumbas de los justos que esperan Redención. Voy a decir a sus huesos: "Pronto Aquel que os espiró vuestro espíritu estará en el Reino de los Cielos, pronto para bajar de allí al extremo Día, para hacer que viváis de nuevo, eternamente, en el Paraíso". Caminan, caminan hasta que encuentran el pueblo de Meirón. Bonito, bien cuidado, lleno de luz y de sol, situado entre fértiles colinas y cumbres.
-Detengámonos. Por la tarde iremos hacia Yiscala. Las grandes tumbas están esparcidas por estas pendientes, en espera de su glorioso despertar.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
La vía que conduce a Sefet deja la llanura de Corazín para arremeter contra un grupo montañoso bastante notable y muy poblado de árboles. Un curso de agua desciende de estos montes para dirigirse ciertamente al lago de Tiberíades.
Los peregrinos esperan en este puente a que lleguen los otros, los que habían sido enviados al lago de Merón. No esperan mucho. Puntuales a la cita, vienen ligeros, y se reúnen alegres con el Maestro y los compañeros. Luego refieren cómo se ha desarrollado su viaje, que ha sido bendecido por algunos milagros hechos a turno por «todos los apóstoles» dicen; pero Judas de Keriot corrige:
«Menos por mí, que no he logrado hacer nada», y su bochorno al confesarlo es penoso.
-Ya te hemos dicho que era porque estábamos frente a un gran pecador -le responde Santiago de Zebedeo. Y explica:
«¿Sabes, Maestro? Era Jacob. Estaba muy enfermo. Te invoca por este motivo. Porque tiene miedo a la muerte y al juicio de Dios. Pero ahora es más avaro que nunca, porque prevé un verdadero desastre para su cosecha, que ha sido completamente destruida por el hielo.
Ha perdido toda la simiente de trigo, y no puede sembrar más porque está enfermo, y la sierva, agotada de fatigas y hambre -porque él economiza incluso la harina para el pan, pues tiene miedo a quedarse un día sin comer -, no tiene fuerzas para arar el campo.
Nosotros -quizás hemos pecado, porque trabajamos todo el viernes, y después de la puesta del sol, hasta la última luz, e incluso con antorchas y hogueras encendidas para ver -, nosotros aramos una gran extensión de terreno. Felipe, Juan y Andrés saben, y yo también. ¡Lo que hemos currado!…
Simón, Mateo y Bartolomé venían detrás de nosotros limpiando las glebas del trigo nacido pero luego muerto. Judas fue, en tu nombre, a pedir un poco de simiente a Judas y Ana, y les prometió nuestra visita de hoy. Se la dieron, y además selecta. Entonces dijimos: "Mañana sembramos". Por este motivo hemos tardado un poco. Porque empezamos al principio de la puesta del sol.
Que el Eterno nos perdone por el motivo por el que hemos pecado.
Judas, mientras tanto, estaba al pie de la cama de Jacob para convertirlo. Él sabe hablar mejor que nosotros. Al menos eso es lo que dijeron también Bartolomé y el Zelote.
Pero Jacob se mostraba sordo a toda razón. Quería la curación porque la enfermedad le cuesta, e injuriaba a la mujer llamándola holgazana. Para calmarlo, visto que decía "Me convertiré si me curo", Judas le impuso las manos.
Pero Jacob siguió enfermo como antes. Judas, desconsolado, nos lo dijo. Lo intentamos nosotros antes de irnos a dormir. Pero no obtuvimos el milagro. Ahora Judas sostiene que es porque él, habiéndote disgustado, ha caído en desgracia tuya; y está deprimido. Pero nosotros decimos que es porque teníamos frente a nosotros a un pecador obstinado, que pretende obtener todo lo que quiere, poniendo condiciones y dando órdenes hasta a Dios.
¿Quién tiene razón?
-Vosotros siete. Es como habéis dicho. ¿Y Judas y Ana? ¿Sus campos?
-Muy dañados. Pero tienen recursos y ya está todo solucionado. ¡Pero ellos son buenos! Ten. Te mandan este donativo y estos alimentos. Esperan verte en alguna ocasión. Lo que entristece es el estado espiritual de Jacob. Habría deseado curarle el alma más que el cuerpo… -dice Andrés.
-¿Y en los otros lugares?
-¡Oh! En el camino de Debaret, cerca del pueblo, curamos -fue Mateo -a uno que tenía fiebres y que volvía de un médico que lo había desahuciado. Nos hospedamos en su casa y la fiebre no volvió desde la puesta del sol hasta la aurora, y él afirmaba que se sentía bien y fuerte. Luego, en Tiberíades, fue Andrés el que curó a un barquero que se había roto un hombro cayendo en el puente. Le impuso las manos y el hombro quedó curado.
¡Imagínate el hombre! Nos quiso llevar sin pagar a Magdala y a Cafarnaúm, luego a Betsaida, y allí se ha quedado, porque allí están los discípulos Timoneo de Aera, Felipe de Arbela, Hermasteo y Marcos de Josías, uno de los liberados del demonio cerca de Gamala. Quiere ser discípulo también José el barquero… Los niños, en casa de Juana, están bien. Ya no parecen los mismos. Estaban en el jardín jugando con Juana y Cusa…
-En Magdala fue Bartolomé el que convirtió a un corazón vicioso y curó un cuerpo vicioso. ¡Qué bien habló! Explicó que el desorden del espíritu genera desorden en el cuerpo, y que toda concesión a la deshonestidad degenera en pérdida de la tranquilidad, de la salud y al final del alma. Cuando lo vio arrepentido y convencido, le impuso las manos y el hombre quedó curado. Querían retenernos en Magdala. Pero nosotros obedecimos: pasada la noche, proseguimos para Cafarnaúm. Allí había cinco que pedían les concedieras una gracia. Y ya estaban para marcharse desconsolados. Los curamos.
No vimos a ninguno porque embarcamos de nuevo enseguida para Betsaida, para evitar preguntas de Elí, Urías y sus compañeros. ¡En Betsaida!… ¡Cuenta tú, Andrés, a tu hermano!… -termina Santiago de Zebedeo, que era el que hablaba.
-¡Oh! ¡Maestro! ¡Simón! ¡Si vierais a Margziam! ¡No se le reconoce!…
-¡Maldición! ¿Qué?, ¿es mujer ahora? -exclama y pregunta Pedro.
-¿Pero qué dices, hombre? Un jovencito muy majo, alto, delgado, porque ha crecido mucho… ¡Una cosa maravillosa! Nos costó reconocerlo. Está tan alto como tu mujer y yo…
-¡Hombre, ni yo ni tú ni Porfiria somos palmas! Al máximo se nos podrá comparar con una zarza… -dice Pedro (pero exulta de alegría al oír que su hijo adoptivo se ha desarrollado).
-Sí, hermano. Pero en las Encenias, no más, era todavía un niñito escasamente desarrollado, que apenas si nos llegaba a los hombros. Ahora es verdaderamente un hombre joven, por la estatura, la voz y la gravedad. Ha hecho como esas plantas que no crecen durante años y luego, al improviso, se desarrollan de forma asombrosa. Tu mujer ha estado muy ocupada en alargar túnicas o hacerlas nuevas. Y las hace con dobladillos muy anchos y amplios pliegues en la cintura, porque prevé, con razón, que Margziam seguirá creciendo. Y en sabiduría crece todavía más. Maestro, la humildad de Natanael no te había dicho que durante casi dos meses Bartolomé ha sido maestro del más pequeño y heroico de los discípulos, que se levanta antes del amanecer para llevar a pastar a las ovejas, cortar la leña, sacar agua, encender el fuego, barrer, hacer las compras por amor a su mamá de adopción, y luego, por la tarde y hasta bien de noche, estudia y escribe como un pequeño doctor. ¡Fíjate! Ha reunido a todos los niños de Betsaida y los sábados les imparte pequeñas lecciones evangélicas.
Así, los pequeños, excluidos de la sinagoga porque no molesten en las funciones, tienen su jornada de oración como los mayores. Y me han dicho las madres que es bonito oírle hablar, y que los niños lo quieren y le obedecen con respeto y se hacen mejores. ¡Qué discípulo va a ser!
-¡Pues fíjate!, ¡fíjate! Yo… estoy emocionado… ¡Mi Margziam! Pero ya también en Nazaret, ¿eh?: ¡qué heroísmo por… aquella niña! ¿Raquel, verdad?
Pedro se para a tiempo, y se pone como la púrpura por el miedo a haber dicho demasiado.
Por suerte, Jesús viene en su auxilio, y Judas está meditabundo o distraído., o finge estarlo. Jesús dice:
-Raquel. Tienes buena memoria. Está curada. Y sus campos producirán mucho trigo. Hemos pasado por allí Yo y Santiago. Mucho puede el sacrificio de un niño justo.
-En Betsaida fue Santiago el que realizó un milagro en aquel pobre lisiado; y Mateo, por el camino, yendo a la casa de Jacob, curó a un niño. Y precisamente hoy, en la plaza de aquel pueblecito que está al pie del puente, Felipe y Juan han hecho curaciones: el primero a un enfermo de los ojos; el segundo, a un niño endemoniado.
-Lo habéis hecho todos bien. Muy bien. Ahora vamos a ir hasta aquel pueblo de las laderas. Nos detendremos en alguna casa para dormir.
-¿Y tú, Maestro mío, qué has hecho? ¿Cómo está María? ¿Y la otra María? -pregunta Juan.
-Están bien y os saludan a todos. Están preparando túnicas y cuanto se necesita para el peregrinaje de primavera. Están ya deseando que llegue, para estar con nosotros.
-Susana y Juana y nuestra madre tienen la misma ansia -dice también Juan.
Bartolomé dice:
-También mi mujer, con las hijas, quiere ir este año, después de tantos, a Jerusalén. Dice que nunca volverá a ser tan bonito como este año… No sé por qué lo dice.
Pero ella sostiene que lo siente en el corazón.
-Entonces seguro que vendrá también la mía. No me lo ha dicho… Pero lo que hace Ana lo hace siempre María -dice Felipe.
-¿Y las hermanas de Lázaro? Vosotros que las habéis visto… -pregunta Simón Zelote.
-Obedecen con sufrimiento a la orden del Maestro y a la necesidad… Lázaro está muy enfermo, ¿verdad, Judas? Casi siempre está en la cama. Pero esperan con mucha ansia al Maestro -dice Tomás.
-Pronto será Pascua e iremos a casa de Lázaro.
-¿Pero Tú qué has hecho en Nazaret y Corazín?
-En Nazaret he saludado a los parientes y amigos y a los parientes de los dos discípulos. En Corazín he hablado en la sinagoga y he curado a una mujer. Nos hemos detenido donde la viuda. Se le ha muerto la madre. Un dolor y un alivio al mismo tiempo, por los pocos recursos y por el tiempo que la asistencia a la enferma quitaba del trabajo de la viuda, que se ha puesto a hilar por cuenta de terceros. Pero ya no está desesperada. Tiene asegurado lo necesario y se siente satisfecha con eso. José va todas las mañanas donde un carpintero del Pozo de Jacob para aprender el oficio.
-¿Son mejores los de Corazín? -pregunta Mateo.
-No, Mateo. Son cada vez peores -confiesa con franqueza Jesús -Y nos han tratado mal. Los notables, es natural, no el pueblo llano.
-Es un lugar muy poco recomendable. No vuelvas -dice Felipe
-Sería causa de dolor para el discípulo Elías, y para la viuda y la mujer curada hoy y las otras personas buenas.
-Sí. Pero son tan pocos, que… yo no me ocuparía más de ese lugar. Tú lo has dicho: "Es imposible de labrar" -dice Tomás.
-Una cosa es la resina y otra los corazones. Algo permanecerá, como semilla hundida bajo muchas glebas muy compactas. Tardará mucho en nacer, pero, al final, nacerá.
Lo mismo Corazín. Un día nacerá lo que he sembrado. No hay que desmoralizarse ante las primeras derrotas.
-Oíd esta parábola. Podría ser titulada: "La parábola del buen labrador".
Un rico tenía una grande y hermosa viña. En ella había también higueras de distintas variedades. A la viña se dedicaba un sirviente, experto viñador y podador de árboles frutales, que cumplía con su deber con amor a su señor y a las plantas. Todos los años, el rico, en el mejor período del año, iba reiteradas veces a su viña para ver madurar las uvas y los higos y probar estos frutos cogiéndolos de las plantas con sus manos. Un día, pues, se acercó a una higuera de muchísima calidad, el único árbol de esa calidad que había en la viña. Pero también aquel día, como en los dos años anteriores, la encontró todo follaje y nada fruta.
Llamó al viñador y dijo: "Hace tres años que vengo a buscar fruta a esta higuera y no encuentro sino hojas. Se ve que el árbol ha terminado de dar frutos. Córtalo, pues. Es inútil que esté aquí ocupando sitio y ocupando tu tiempo, para después no acabar en nada. Córtala, échala al fuego, limpia de raíces el terreno, y en el lugar suyo planta un arbolito nuevo. Dentro de algunos años dará fruto". El viñador, que era paciente y amoroso, respondió:
"Tienes razón. Pero déjame todavía un año. No corto el árbol. Es más, con mayor dedicación aún, le cavaré el suelo de alrededor, lo abonaré, lo podaré. ¿Quién sabe, a lo mejor da todavía fruto? Si después de esta última prueba no da fruto, obedeceré tu deseo y lo cortaré".
Corazín es la higuera que no da frutos. Yo soy el buen Labrador. El rico impaciente sois vosotros. Dejad actuar al buen Labrador.
-De acuerdo. Pero tu parábola no concluye. ¿La higuera, al año siguiente, dio fruto? -pregunta el Zelote.
-No dio fruto y fue cortada. Pero el labrador quedó justificado de haber cortado un árbol que todavía era joven y pujante, porque había hecho todo su deber. Yo también quiero ser justificado por aquellos a quienes tenga que meter la segur y separarlos de mi viña, donde son árboles estériles o plantas venenosas, cobijos de serpientes, acaparadores de jugos nutritivos, parásitos o elementos tóxicos, que deterioran y dañan a los compañeros discípulos; o bien, que entran sin haber sido llamados, reptando con sus malignas raíces para proliferar en mi viña, rebeldes a todo injerto, venidos sólo para espiar, menoscabar y hacer estéril mi campo. A éstos los cortaré cuando todo haya sido intentado para convertirlos. Por ahora, antes de la segur, alzo las tijeras y el cuchillo del podador, desramo e injerto… Será un trabajo duro, para mí, que lo hago, y para los que lo sufran. Pero hay que hacerlo. Para que se pueda decir en el Cielo: "Ha cumplido todo. Pero ellos, cuanto más los ha podado, cuanto más ha injertado o removido la tierra de alrededor o abonado, con sudor y lágrimas, fatiga y sangre, ellos se han hecho cada vez más estériles y malos"… Hemos llegado al pueblo. Id todos adelante y pedid alojamiento. Tú, Judas de Keriot, quédate conmigo.
Se quedan solos y, en la penumbra de la noche, caminan uno al lado del otro en el máximo silencio.
Por fin Jesús dice, como hablando consigo mismo:
-Y, no obstante, aunque se haya caído en desgracia de Dios por haber infringido su Ley, siempre podemos volver a ser lo que éramos, renunciando al pecado…
Judas no responde nada.
Jesús sigue:
-Y si hemos comprendido que no podemos seguir recibiendo de Dios el poder, porque Dios no está donde está Satanás, con facilidad se puede solucionar, prefiriendo lo que Dios concede a lo que quiere nuestra soberbia.
Judas calla.
Jesús -y ya están a la altura de la primera casa del pueblo -todavía como hablando consigo mismo, dice:
-Y pensar que he sufrido áspera penitencia para que se enmiende y torne al Padre suyo…
Judas se estremece, levanta la cabeza, lo mira… pero no dice nada.
También Jesús lo mira… y luego pregunta:
-Judas, ¿a quién estoy hablando?
-A mí, Maestro. Por ti ya no tengo poder. Porque me lo has quitado para aumentárselo a Juan, a Simón, a Santiago, a todos, excepto a mí. ¡No me amas, eso es lo que pasa! Y acabaré por no amarte y por maldecir la hora en que te amé, y me hundí ante los ojos del mundo por un rey imbele que se deja supeditar incluso por la plebe. ¡No esperaba esto de ti!
-Ni Yo tampoco de ti. Pero nunca te he engañado, ni te he obligado. ¿Por qué, pues, permaneces a mi lado?
-Porque te amo. No puedo ya separarme de ti. Me atraes y me produces repulsión. Te deseo como el aire que respiro y… me das miedo. ¡Ah, soy un maldito! ¡Estoy condenado!
¿Por qué no arrojas de mí el demonio, Tú que puedes?
La cara de Judas está lívida y descompuesta, enajenada, llena de miedo y odio… Recuerda ya, aunque pálidamente, la máscara satánica del Judas del Viernes Santo.
Y el rostro de Jesús recuerda el del Nazareno flagelado, que, sentado en el patio del Pretorio encima de la artesa puesta boca abajo, mira a los que se burlan de Él con toda su piedad amorosa. Dice, y parece que hay ya un sollozo en su voz:
-Porque no hay arrepentimiento en ti, sino solamente ira contra Dios, casi como si El fuera el culpable de tu pecado.
Judas dice entre dientes una fea imprecación…
-¡Maestro, hemos encontrado lo que buscábamos. Cinco en un sitio, tres en otro, dos en otro, y uno y uno en otros dos. No hemos podido mejor -dicen los discípulos.
-Está bien. Yo voy con Judas de Keriot -dice Jesús.
-No. Prefiero estar solo. Estoy inquieto. No te dejaría descansar…
-Como quieras… Entonces iré con Bartolomé. Vosotros haced lo que queráis. Entretanto vamos a donde haya más sitio, para poder cenar juntos.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está en Corazín, en la sinagoga, que se va llenando lentamente de gente. Los notables del lugar deben haber insistido para que Jesús este sábado adoctrinase allí. Lo comprendo por las razones que aducen y por las respuestas de Jesús.
-No somos más arrogantes que los judíos o que los de la Decápolis dicen -y, sin embargo, vas una y otra vez… y vuelves allí a menudo.
-También aquí lo mismo. Con palabras y obras, con mi silencio y mis actos, os he adoctrinado.
-Pero, si somos más duros que los otros, razón de más para insistir…
-Bien, bien.
-¡Claro que sí; que bien! Te dejamos que uses nuestra sinagoga como lugar de adoctrinamiento, precisamente porque juzgamos que está bien hecho. Acepta, pues, la invitación y habla.
Jesús abre los brazos -señal de silencio para los presentes -y empieza su discurso, y habla con tono de salmo: una recitación lenta, melodiosa y enfática:
- -Arauná respondió a David: “Que el rey mi señor tome y ofrende como quiera. Ahí están los bueyes para el holocausto, el carro y los yugos de los bueyes como leña; todo, ¡oh rey!, da Arauná al rey'. Y añadió: “Que el Señor Dios acepte propicio tu voto”. Mas el rey respondió y dijo: “No será como quisieras. No. Quiero comprar con dinero. No quiero ofrecer al Señor mi Dios
holocaustos que me hayan sido regalados".
Jesús baja la mirada, pues hablaba con la cara casi vuelta hacia el techo; mira fijamente, agudamente, al arquisinagogo y a los cuatro notables que estaban con él, y pregunta:
-¿Habéis comprendido el significado?
-Esto está en el segundo de los Reyes, cuando el rey santo compró la era de Arauná… Pero no comprendemos por qué nos lo has citado. Aquí no hay pestilencia y no se tiene que ofrecer un sacrificio. Tú no eres rey… Bueno, queremos decir: no todavía.
-En verdad, tarda es vuestra mente para comprender los símbolos, e insegura vuestra fe. Si fuera segura, veríais que ya soy Rey como he dicho; si tuvierais intuición despierta, comprenderíais que aquí hay una pestilencia muy grave, más que la que preocupaba a David: tenéis la de la incredulidad que os hace perecer.
-¡Bien! Pues si somos tardos e incrédulos, danos inteligencia y fe y explícanos lo que has querido decir.
-Digo: no ofrezco a Dios los holocaustos forzados, los que se ofrecen por mezquino interés. Y Aquel que para hablar ha venido no acepta el hablar sólo si se le concede: es mi derecho y me lo tomo. Bajo el sol o entre cerradas paredes, encima de los montes o en el fondo de los valles, en el mar o sentado en las orillas del Jordán, en todas partes, tengo el derecho y el deber de adoctrinar y de comprar con mi esfuerzo los únicos holocaustos agradables a Dios: los corazones convertidos y hechos fieles por mi palabra.
Aquí, vosotros de Corazín, habéis concedido al Verbo la palabra no por respeto y fe, sino porque tenéis en vuestro corazón una voz que os tortura como carcoma que roe la madera: "Este castigo del hielo es por nuestra dureza de corazón". Y queréis arreglar las cosas. Por la economía, no por el alma. ¡Oh, Corazín pagana y obcecada! Pero no toda Corazín es igual. Para los que no son así, hablaré, con una parábola.
Oíd. Un necio rico llevó a un artista un trozo grande de una sustancia blonda como la miel más fina, y le ordenó que lo trabajara para hacer de él un ánfora decorada.
"No es un material bueno para ser trabajado" dijo el artista al adinerado. "¿Ves? Es blando, elástico. ¿Cómo puedo esculpirlo y modelarlo?".
"¿Cómo! ¿No es bueno? Es una resina preciada. Y un amigo mío tiene una pequeña ánfora de esta resina y en ella su vino adquiere un sabor delicioso. La he pagado a precio de oro, para disponer de un ánfora más grande y humillar así a mi amigo jactancioso. Házmela inmediatamente. Si no, diré que eres un artista incapaz".
"La de tu amigo será de alabastro blondo.” "No. Es de este material".
"Será de ámbar fino.” "No. Es de este material".
"Aunque fuera de este material -vamos a suponerlo -habrá adquirido compacidad, dureza, por siglos de antigüedad o con la mezcla de otras substancias solidificantes. Pregúntaselo y vuelve a decirme cómo fue hecha la suya".
"No. Me la ha vendido él mismo, asegurándome que se usa así". "Pues entonces te ha timado para castigarte por envidiar su bonita ánfora.”
"¡Mide tus palabras! Trabaja. Si no, te castigo quitándote el taller; que todo lo que tienes no vale cuanto me cuesta esta estupenda resina".
El artista, desconsolado, se puso manos a la obra.
Plasmaba la sustancia… Pero ésta se le quedaba pegada a las manos. Trataba de solidificar un trocito con mástiques y polvos… Pero la resina perdía su transparencia de oro.
La ponía junto al horno de fusión esperando que el calor la endureciera… Pero, desesperado, tenía que quitarla porque se licuaba. Mandó por nieve helada a la cima del alto Hermón; metió la resina dentro de la nieve… Se endurecía, seguía siendo bonita, pero ya no se podía modelar. "La voy a modelar con el cincel" dijo. Pero al primer golpe de cincel la resina se hizo pedazos.
El artista, totalmente desesperado, convencido ya de que nada podía hacer apto para ser trabajado a aquel material, intentó una última prueba. Reunió los trozos, los hizo de nuevo líquidos al calor del horno, los volvió a congelar con la nieve, aunque esta vez no demasiado, e intentó trabajar en la masa ligeramente blanda con el cincel y la espátula. ¡Se modelaba!, ¡sí!… Pero, nada más dejar cincel y espátula, volvía a la forma de antes, como si fuera masa de pan en fermentación en la artesa.
El hombre se dio por vencido. Y para huir de las represalias del rico, y de la ruina, durante la noche cargó en un carro a su mujer, a sus hijos, los enseres y los instrumentos de trabajo; y dejó en el centro del taller completamente vacío la masa blonda de la resina con una tira de papel encima con las palabras: "Imposible de labrar". Luego huyó allende los confines…
Yo he sido enviado a labrar los corazones en orden a la Verdad y la Salud. Han venido a mis manos corazones de hierro, plomo, estaño, alabastro, mármol, plata, oro, jaspe, piedras preciosas. Corazones duros, corazones toscos, corazones demasiado tiernos, corazones volubles, corazones endurecidos por las penas, corazones valiosísimos: todo tipo de corazones. Los he labrado a todos. Y a muchos los he modelado según el deseo de Aquel que me ha enviado. Algunos me han herido mientras los trabajaba, otros han preferido romperse antes que dejarse trabajar con toda profundidad. Pero, quizás con odio, conservarán siempre un recuerdo mío.
Vosotros sois imposibles de labrar. Calor de amor, paciencia de instrucción, frío de reprensiones, fatiga de cincel… nada sirve con vosotros. Nada más retirar mis manos, volvéis a ser como erais. Tendríais que hacer una única cosa para ser cambiados: abandonaros totalmente en mí. No lo hacéis. No lo haréis nunca. El Trabajador, desconsolado, os abandona a vuestro destino. Pero, dado que es justo, no os abandona a todos igual. Desconsolado, sabe todavía elegir a los que merecen su amor, y los consuela y bendice.
-¡Mujer, ven aquí! -dice señalando a una mujer que está junto a la pared, tan encorvada que parece un signo de interrogación.
La gente ve a dónde señala Jesús, pero no ve a la mujer, la cual por su conformación, no puede ver a Jesús ni tampoco su mano.
-¡Ve Marta! Que te llama -le dicen varias personas. Y la pobrecita va renqueando con su bastón, que le llega a la altura de la cabeza.
Ahora está delante de Jesús, que le dice:
-Mujer, quédate con un recuerdo de mi paso y con un premio a tu fe silenciosa y humilde Queda liberada de tu enfermedad -grita al final, poniéndole las manos en la espalda.
Y enseguida la mujer se alza y, derecha como una palma, levanta los brazos y grita: -¡Hosanna! ¡Me ha curado! Ha visto a su sierva fiel y la ha agraciado. ¡Sea alabado el Salvador y Rey de Israel! ¡Hosanna al Hijo de David!
La gente responde con sus "¡hosanna!" a los de la mujer, la cual ahora está de rodillas a los pies de Jesús, besándole el borde de la túnica, mientras Él le dice:
-Ve en paz y persevera en la fe.
El arquisinagogo -deben quemarle todavía las palabras dichas por Jesús antes de la parábola -quiere responder con veneno a la reprensión, y, mientras la muchedumbre se abre para dejar pasar a la mujer curada milagrosamente, grita indignado:
-¡Hay seis días para trabajar, seis días para pedir y dar! ¡Venid, pues, en esos días, tanto para pedir como para dar! ¡Venid a recobrar la salud en esos días, sin violar el sábado, pecadores e infieles, corrompidos y corruptores de la Ley! -y trata de empujar a todos fuera de la sinagoga, como para arrojar la profanación del lugar de oración.
Pero Jesús, que lo ve ayudado en su acción por los cuatro notables de antes y por otros que están repartidos entre la muchedumbre (los cuales dan los signos más manifiestos de estar escandalizados, torturados por el… delito de Jesús), a su vez grita (mientras con los brazos recogidos sobre el pecho, severo, majestuoso, lo mira):
-¡Hipócritas! ¿Quién de vosotros en este día no ha desatado el buey o el asno del pesebre y lo ha llevado a beber? ¿Y quién no ha llevado los haces de hierba a las ovejas del rebaño y no ha extraído la leche de las ubres llenas? ¿Y por qué, si tenéis seis días para hacerlo, lo habéis hecho también hoy, por unos pocos denarios de leche, o por miedo de perder el buey y el asno a causa de la sed? ¿Y no debía soltar Yo a ésta de sus cadenas, después de que Satanás la ha tenido atada durante dieciocho años, sólo porque es sábado? Idos.
He podido soltar a esta mujer de su desventura involuntaria; mas no podré jamás soltaros a vosotros de las vuestras, que son voluntarias, ¡oh enemigos de la Sabiduría y de la Verdad!
La gente buena, de entre los muchos no buenos de Corazín, aprueba y alaba; la otra parte, lívida de rabia, huye, dejando plantado al también lívido arquisinagogo.
También Jesús lo deja plantado y sale de la sinagoga, rodeado de los buenos, que siguen circundándole hasta que llega a los campos, lugar donde Él bendice una última vez, para tomar luego la vía de primer orden, junto con los primos y Pedro y Tomás…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús con los suyos están de nuevo en la vía que va de la llanura Esdrelón a Nazaret. Deben haber pernoctado en algún lugar, porque es otra vez por la mañana. Van en silencio durante un tiempo. Primero va Jesús solo delante; luego Jesús con Pedro y Simón (los ha llamado); después todos juntos, hasta una bifurcación que es intersección de la vía de Nazaret con una que va hacia el nordeste. Los montes ya están cercanos por los dos lados.
Jesús indica a los que van hablando que guarden silencio, y dice:
-Dividámonos ahora. Yo voy a Nazaret con los hermanos, con Pedro y con Tomás. Vosotros, dirigidos por Simón Zelote, id, por la vía del Tabor y de las caravanas, a Debaret, a Tiberíades, Magdala, Cafarnaúm; y de allí iréis hacia Merón y os detenéis en casa de Jacob para ver si se ha convertido, y lleváis mi bendición a Judas y Ana. Os alojaréis donde os hospeden con más insistencia.
Una noche sólo en cada sitio, porque la noche del sábado nos encontraremos en la vía de Sefet. Pasaré el sábado en Corazín, en casa de la viuda. Pasad a avisarle. Así terminaremos de dar paz al alma de Judas, que se persuadirá de que Juan no está tampoco en estos cobijos hospitalarios…
-¡Maestro, que yo creo!…
-Pero siempre conviene que te asegures, para que no tengas que ponerte colorado delante de Caifás y Anás, como no me pongo colorado Yo delante de ti ni delante de ningún otro hombre afirmando que Juan ya no está con nosotros. A Tomás me lo llevo a Nazaret. Así podrá tranquilizarse también respecto a ese lugar, viendo con sus propios ojos…
-¡Pero yo, Maestro! ¿Qué crees que me puede interesar! Al contrario, siento que no esté ya con nosotros ese hombre. Habrá sido lo que haya sido. Pero, desde que lo hemos conocido, ha sido siempre mejor que muchos ilustres fariseos. Me bastaría con saber que no te ha renegado ni causado dolor. Y además… sea que esté en la tierra, sea que lo tenga Abraham en su seno, a mí no me interesa. Créeme. Aunque estuviera en mi casa… no sentiría ninguna repulsa. Espero que no pienses que tu Tomás tenga en el corazón más que una natural curiosidad, y ninguna mala intención, ningún estímulo de investigar con más o menos rectitud, ninguna tendencia al espionaje, ni voluntario ni involuntario ni autorizado, ningún deseo de causar daño…
-¡Tú me ofendes! ¡Estás haciendo insinuaciones! ¡Mientes! ¿Por qué dices eso, si has visto que en todo este tiempo no he tenido sino un único modo santo de actuar? ¿Qué puedes decir de mí? ¡Habla! -Judas está encolerizado, furioso-.
-¡Silencio! Tomás me responde a mí. A mí sólo, que soy quien le ha hablado. Creo en las palabras de Tomás. Pero quiero que se haga así, y así sea, y ninguno de vosotros tiene derecho a criticar mi modo de actuar.
-No te estoy criticando. Es que la insinuación me ha tocado y…
-Sois doce. ¿Por qué te ha tocado sólo a ti lo que he dicho a todos? -pregunta Tomás.
-Porque he sido yo el que ha buscado a Juan.
Jesús dice:
-También lo han hecho otros compañeros tuyos, y otros discípulos lo harán, y por ello ninguno se considerará ofendido por las palabras de Tomás. No es pecado preguntar honestamente por un condiscípulo. No duele oír palabras como las que han sido dichas cuando en nosotros no hay sino amor y honestidad; cuando nada remuerde en el corazón y cuando, por no haber sido herido ya el corazón por el diente del remordimiento, nada le hace ultrasensible.
¿Por que quieres hacer estas protestas en presencia de tus compañeros? ¿Quieres que sospechen pecado en ti?
La ira y la soberbia son dos malas compañeras, Judas.
Arrastran al delirio, y uno que delira ve lo que no existe, dice lo que no debería decir… de la misma forma que la avaricia y la lujuria arrastran a acciones culpables con tal de satisfacerse… Líbrate de estas malvadas siervas… Y de momento has de saber que durante estos muchos, muchos días de ausencia tuya ha habido buena concordia entre nosotros, siempre, y ha habido obediencia y respeto siempre. Nos hemos amado, ¿comprendes?… Adiós, amados amigos.
Idos, y amad. ¿Comprendéis? Amaos, sed compasivos los unos para con los otros, hablad poco y actuad bien. La paz sea con vosotros.
Los bendice. Mientras ellos van a la derecha, Jesús continúa su camino con los primos y con Pedro y Tomás.
Continúa en medio de un gran silencio, hasta que Pedro salta con un potente y solitario:
-¡Sabe Dios!… -puesto como corolario de quién sabe qué larga meditación. Los demás lo miran…
Jesús, al quite, desvía otras preguntas diciendo:
-Estáis contentos vosotros dos de venir a Nazaret conmigo?
-y pasa los brazos por los hombros a Pedro y a Tomás.
-¿Y lo preguntas? -dice Pedro con su exuberancia.
Tomás, más tranquilo, pero con su cara regordeta resplandeciente de alegría, añade: -¿No sabes que para mí estar al lado de tu Madre es una dulzura que no encuentro palabras para describírtela? María es mi amor. No estoy consagrado virgen, y no era contrario a tener una familia; ya había puesto mi mirada en algunas jóvenes, sin decidirme sobre cuál elegir por esposa.
¡Pero ahora… ahora!… ¡Que sí, que mi amor es María! El inasible amor para la carne. ¡Pero la carne muere con sólo pensar en Ella! El letificante amor para el espíritu.
¡Ah!, todo lo que he visto en las mujeres -incluso las más queridas, como mi madre y mi hermana gemela -, todo lo que de bueno veo en ellas, lo comparo con lo que veo en tu Madre, y digo dentro de mí: "En Ella habita toda justicia, toda gracia y belleza. Plantío de flores paradisíacos es su espíritu amable… un poema su figura…".
¡Oh, porque nosotros israelitas no osamos pensar en los ángeles y con pávida reverencia observamos a los querubines del Santo de los Santos!… ¡Qué necios! ¿Y no sentimos luego diez veces más de devotísimo temblor mirándola a Ella! Ella, que -estoy seguro -supera ante los ojos de Dios toda belleza angélica…
Jesús mira al enamorado de su Madre, que parece espiritualizarse de tanto como su sentimiento hacia María le muda la expresión bondadosa del rostro.
-Bueno, pues unas horas, pocas, estaremos con Ella. Nos detendremos hasta pasado mañana. Luego vamos a ir a Tiberíades, a ver a los dos niños y a tomar una barca para Cafarnaúm.
-¿Y a Betsaida? -pregunta Pedro.
-Al regreso, Simón. A1 regreso iremos a Betsaida para recoger a Margziam para el peregrinaje de Pascua…
…Y es la noche del mismo día, en Nazaret, en la casita pacífica, donde Pedro y Tomás ya duermen. Y se oye el coloquio delicado entre la Madre y el Hijo.
-Todo ha ido bien, Madre mía. Ahora tienen paz. Tus oraciones han ayudado a los peregrinos, y ahora, como rocío en flores agostadas, están curando su dolor.
-¡Quisiera curar el tuyo, Hijo mío! ¡Cuánto debes haber sufrido!
-Mira. Aquí, en las sienes, tu carne se hunde, y aquí, en las mejillas una arruga corta tu frente como señal de espada. ¿Quién te ha herido de este modo, corazón mío?
-El dolor de tener que dar dolor, Mamá.
-¿Eso sólo, Jesús mío? ¿Tus discípulos no te han dado dolor?
-No, Mamá. Han sido de una bondad de santos.
-Los que estaban contigo… Pero yo me refiero a todos…
-Como puedes ver, he traído a Tomás para premiarlo, y hubiera querido traer también a los que no habían estado aquí la otra vez. Pero tenía que enviarlos a otro lugar, adelante…
-¿Y Judas de Keriot?
-Judas está con ellos.
María abraza a su Hijo y reclina la cabeza en su hombro llorando.
-¿Por qué lloras, Mamá? -pregunta Jesús acariciando su pelo.
María guarda silencio y llora. Sólo a la tercera pregunta susurra:
-Por el terror que siento… Siempre deseo que te abandone… ¿Peco -no es verdad, deseando esto? Pero es tan fuerte, tan fuerte el miedo que le tengo, por ti…
-Sólo si desapareciera muriendo cambiarían las cosas. Pero, ¿por qué debería morir?
-No soy tan mala como para desearlo… ¡Él también tiene una madre! Y tiene un alma… Un alma que todavía puede salvarse. Pero… ¡oh, Hijo mío!… ¿no sería, acaso, un bien para él la muerte?
Jesús suspira y susurra:
-Para muchos sería un bien la muerte…
Y luego, en voz alta:
-¿Has sabido algo de la anciana Juana? -¿Sus campos?…
-He ido con María de Alfeo y Salomé de Simón después de las granizadas. Pero su trigo, al haber sido sembrado con retraso, no había nacido todavía y no se ha dañado. Hace tres días volvió María para ver cómo iba. Dice que parece una alfombra.
Los campos más lindos de esta tierra. Raquel está bien y la anciana contenta. También María de Alfeo está contenta, ahora que Simón es todo para ti. Mañana lo verás. Viene todos los días. Hoy acababa de salir cuando has llegado. ¿Sabes?, ninguno se dio cuenta de nada.
Alguno habría hablado, si se hubiera dado cuenta de que estaban aquí. Pero… si verdaderamente no estás cansado, cuéntame su viaje…
Y Jesús cuenta todo a la Madre atenta, menos su sufrimiento en la gruta de Yiftael.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Veo a Jesús que va andando rápidamente por una vía de primer orden que el viento frío de una mañana de invierno barre y endurece. Los campos, aquende y allende la vía, apenas presentan una tímida pelusa de gramíneas que ya brotan, un velo de verde en que hay una promesa de futuro pan, pero una promesa que apenas si ha sido pensada.
Los surcos umbrosos carecen todavía de este verde bendito; sólo los que están en lugares más soleados tienen ese verdear, tan leve y ya tan festivo porque habla de próxima primavera.
Los árboles frutales están todavía desnudos; ni siquiera una yema se hincha en sus oscuras ramas. Sólo los olivos presentan su eterno pardo verde, triste tanto bajo el sol de Agosto como bajo este claror de reciente mañana invernal. Y, como ellos, también tienen verde -un verde pastoso de cerámicas acabadas de pintar -las carnosas hojas de las cácteas.
Jesús camina, como sucede a menudo, dos o tres pasos más adelante que los discípulos. Van todos bien tapados con sus mantos de lana. En llegando a un punto, Jesús se para, se vuelve y pregunta a los discípulos:
-¿Conocéis bien el camino?
-El camino es éste. Pero… ¿la casa?… no se sabe, porque está en el interior… Quizás allí, donde aquella mata de olivos…
-No. Debe estar allá al final, donde aquellos árboles grandes sin hojas…
-Debería haber un camino para carros…
En definitiva, no saben nada con precisión. No se ven personas ni por la vía ni por los campos. Van sin rumbo definido, hacia delante, buscando el camino.
Encuentran una pequeña casita de pobres, con dos o tres terrenitos alrededor. Una niña saca agua de un pozo.
-Paz a ti, niña -dice Jesús mientras se detiene en el limen del seto, que tiene una abertura para quien va o viene.
-Paz a ti. ¿Qué quieres?
-Una información. ¿Dónde está la casa de Ismael el fariseo?
-Vas mal por aquí, Señor. Tienes que volver a la bifurcación y tomar el camino que va hacia donde se pone el sol. Pero tienes que andar mucho, mucho, porque tienes que volver allí, a la bifurcación, y luego andar y andar. ¿Has comido? Hace frío y se siente más con el estómago vacío. Entra, si quieres. Somos pobres. Pero tú tampoco eres rico. Te puedes adaptar. Ven.
Y llama con voz aguda:
-¡Mamá!
Se asoma a la puerta una mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años. Su cara es honesta, aunque un poco triste. Lleva en brazos a un niño de unos tres años, medio desnudo.
-Entra. E1 fuego está encendido. Voy a darte leche y pan.
-No vengo sólo. Tengo conmigo a estos amigos.
-Que entren todos y que la bendición de Dios descienda sobre los peregrinos mis huéspedes.
Entran en una cocina baja y oscura alegrada por un fuego vivo. Se sientan acá o allá en rústicos arquibancos.
-Ahora os preparo… Es pronto… No he puesto en orden nada todavía… Perdonad.
-¿Vives sola?
Es Jesús el que habla.
-Tengo marido e hijos. Siete. Los dos mayores están todavía en el mercado de Naím. Tienen que ir ellos porque mi marido está enfermo. ¡Qué pena!… Las niñas me ayudan. Este es el más pequeño. Pero tengo otro muy poco mayor que él.
El pequeñuelo, ya vestido con su tuniquita, corre descalzo hacia Jesús y lo mira con curiosidad. Jesús le sonríe. Ya son amigos.
-¿Quién eres? -pregunta el niño con confianza.
-Soy Jesús.
La mujer se vuelve y lo mira atentamente. Se ha quedado ahí, con un pan en las manos, entre el hogar y la mesa. Abre la boca para hablar, pero calla.
El niño continúa:
-¿A dónde vas?
-Voy por los caminos del mundo.
-¿Para qué?
-Para bendecir a los niños buenos y a sus casas, donde hay fidelidad a la Ley.
La mujer hace otra vez un gesto. Luego hace una seña a Judas Iscariote, que es el que está más cerca de ella. Judas se inclina hacia la mujer, y ésta pregunta:
-¿Pero quién es tu amigo?
Y Judas, todo presumido (parece como si el Mesías fuera tal por su mérito y bondad):
-Es el Rabí de Galilea, Jesús de Nazaret. ¿No lo sabes mujer?
-¡Esta vía queda apartada y yo tengo muchas penas!… Pero… ¿podría hablarle?
-Puedes -dice con entono Judas. Me parece como una persona importante del mundo concediendo audiencia…
Jesús sigue hablando con el niño, que le pregunta si tiene también Él niños.
Mientras la niña vista antes y otra más mayorcita traen leche y avíos de mesa, la mujer se acerca a Jesús. Un momento de pausa y luego un grito ahogado:
-¡Jesús, piedad de mi marido!
Jesús se levanta. La domina con su estatura, pero la mira con tanta bondad, que ella recobra la seguridad.
-¿Qué quieres que haga?
-Está muy enfermo. Hinchado como un odre. No puede ya agacharse y trabajar. No puede descansar porque se ahoga, y se agita… Y nuestros hijos son todavía pequeñitos…
-¿Quieres que lo cure? ¿Pero, por qué lo quieres de mí?
-Porque Tú eres Tú. No te conocía, pero había oído hablar de ti. La fortuna te ha conducido a mi casa después de haberte buscado yo tres veces en Naím y en Caná. Dos veces estaba también mi marido. Ir en carro le hace sufrir mucho, y, no obstante, te buscaba… Está también fuera ahora, con su hermano… Nos habían comunicado que el Rabí, dejada Tiberíades, iba hacia Cesárea de Filipo. Ha ido allí a esperarte…
-No he ido a Cesárea. Voy a casa del fariseo Ismael y luego hacia el Jordán…
-¿Tú, que eres bueno, donde Ismael.
-Sí. ¿Por qué?
-Porque… porque… Señor, sé que dices que no hay que juzgar, que hay que perdonar y que tenemos que amarnos. No te había visto nunca. Pero he tratado de saber de ti lo más que podía, y rogaba al Eterno poderte escuchar al menos una vez. No quiero hacer nada que te desagrade…
Pero, ¿cómo se puede no juzgar a Ismael, y amarlo? No tengo nada en común con él, y, por tanto, no tengo nada que perdonarle. Nos sacudimos las insolencias que nos lanza cuando encuentra nuestra pobreza en su camino, con la misma paciencia con que nos sacudimos el barro y el polvo que nos echa cuando pasa rápido con sus carruajes. Pero amarlo y no juzgarlo es demasiado difícil… ¡Es muy malo!
-¿Es muy malo? ¿Con quién?
-Con todos. Subyuga a sus siervos, presta con usura, y es exigente hasta la crueldad. Sólo se ama a sí mismo. Es el más cruel de la comarca. No lo merece, Señor.
-Lo sé. Dices la verdad.
-¿Y Tú vas allí?
-Me ha invitado.
-Desconfía, Señor. No lo habrá hecho por amor. No te puede amar. Y Tú… no lo puedes amar.
-Yo amo también a los pecadores, mujer. He venido para salvar a quien está perdido…
-Pero a éste no lo salvarás. ¡Oh, perdón por haber juzgado! Tú eres sabio… Todo lo que haces está bien hecho. Perdona a mi necia lengua y no me castigues.
-No te castigo. Pero no lo vuelvas a hacer. Ama a los malvados también. No por su maldad, sino porque con el amor es como se obtiene para ellos la misericordia que convierte. Tú eres buena y tienes deseos de serlo más todavía. Amas la Verdad, y la Verdad que te está hablando te dice que te ama porque eres compasiva para con el huésped y el peregrino, según la Ley, y así has educado a tus hijos.
Dios será tu recompensa. Yo tengo que ir a casa de Ismael, que me ha invitado para presentarme a muchos amigos suyos que me quieren conocer. No puedo esperar más a tu marido. Has de saber que está regresando. Pero, exhórtale a sufrir todavía un poco y dile que venga enseguida a casa de Ismael. Ven tú también. Lo curaré.
-¡Oh, Señor!… -la mujer está de rodillas a los pies de Jesús, y lo mira con sonrisa y llanto. Luego dice: « ¡Pero hoy es sábado!…».
-Lo sé. Necesito que sea sábado para decirle a Ismael algo al respecto. Todo lo que Yo hago lo hago con una finalidad clara y sin error. Sabedlo todos, también vosotros, amigos míos que tenéis miedo y querríais que me comportara según las conveniencias humanas para no recibir, de lo contrario, daño. Os guía el amor. Lo sé. Pero tenéis que saber amar mejor a quien amáis. No posponiendo nunca el interés divino al interés de vuestro amado. Mujer, voy y te espero. La paz sea perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley, se respeta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole, se ama al prójimo y se busca la Verdad. Adiós.
Jesús pone la mano en la cabeza de la mujer y de las dos mocitas y luego se agacha para besar a los niños más pequeños, y sale. Ahora un solecillo de invierno templa el aire crudo. Un muchacho de unos quince años espera con un rústico carro muy desvencijado.
-Sólo tengo esto, Señor. Pero, en todo caso, llegarás antes y con más comodidad.
-No, mujer. Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Ismael. Indícame sólo el camino más corto.
El muchacho se pone a su lado y, por campos y prados, van hacia una ondulación del terreno, tras la cual hay una depresión de algunas hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja, circundada por una faja de jardín bien cultivado.
-La casa es aquélla, Señor -dice el muchacho. «Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre.
-Ve, y sé siempre un hijo bueno. Dios está contigo…
…Jesús entra en la suntuosa casa de campo de Ismael.
Gran número de siervos acuden al encuentro del Huésped, ciertamente esperado. Otros van a avisar al amo, y éste sale al encuentro de Jesús haciendo profundas reverencias.
-¡Bien vienes, Maestro, a mi casa!
-Paz a ti, Ismael ben Fabí. Deseabas mi presencia. Vengo. ¿Para qué querías verme?
-Para ser honrado con tu presencia y para presentarte a mis amigos. Quiero que lo sean también tuyos. De la misma forma que deseo que Tú seas amigo mío.
-Yo soy amigo de todos, Ismael.
-Lo sé. Pero, ya sabes… Conviene tener amistades en las altas esferas. Y la mía y las de mis amigos son de ésas. Tú perdona si te lo digo -pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…
-¿Y tú eres de ésos? ¿Por qué?
-Yo soy de ésos. ¿Por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo.
-¡Amigo! ¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra? Para muchos, "amigo" quiere decir "conocido"; para otros, "cómplice"; para otros, "siervo". Para mí quiere decir "fiel a la Palabra del Padre". Quien no es tal no puede ser amigo mío, ni Yo suyo.
-Pero si quiero tu amistad precisamente porque quiero ser fiel, Maestro. ¿No lo crees? Mira: ahí llega Eleazar.
Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos. Eleazar, te saludo. Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa.
Grandes saludos y recíprocas ojeadas indagadoras.
-Di tú, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que nos reunimos.
-¡Oh, un verdadero elogio! ¡Una defensa apasionada! Ismael habló de ti tanto (como del Profeta más grande que haya venido al pueblo de Israel), Maestro, que sentí apetencia de escucharte. Recuerdo que dijo que ninguno tenía palabra más profunda que la tuya, ni atractivo mayor que el tuyo, y que, si como sabes hablar sabes sujetar la espada, no habrá ningún rey más grande que Tú en Israel.
-¡Mi Reino!… Este Reino no es humano, Eleazar.
-¿Pero el Rey de Israel?
«Ábranse vuestras mentes para comprender el sentido de las palabras arcanas. Vendrá el Reino del Rey de los reyes. Pero no en la medida humana. No respecto a lo perecedero, sino a lo eterno. A él se accede no por florida vía de triunfos ni sobre purpúrea alfombra de sangre enemiga, sino por empinado sendero de sacrificio y por benigna escalera de perdón y amor. Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino. Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda entenderme. Mas no será así.
Vosotros pensáis lo que no es. En mi mano habrá un cetro puesto por el pueblo de Israel. Regio y eterno. Ningún rey podrá ya arrebatárselo a mi Casa. Pero muchos en Israel no podrán verlo sin estremecerse de horror, porque tendrá un nombre atroz para ellos.
-¿No nos crees capaces de seguirte?
-Si quisierais, podríais. Pero no queréis. ¿Por qué no queréis? Sois ya ancianos. La edad debería haceros comprender y ser justos. Justos incluso con vosotros mismos. Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse.
¡Pero vosotros! La muerte está siempre muy cerca de los ancianos. Eleazar, tú estás menos envuelto en las teorías de muchos de tus iguales. Abre tu corazón a la Luz…
Vuelve Ismael con otros cinco pomposos fariseos:
-Venid, pues, adentro -dice el amo de la casa. Y, dejado el atrio, rico de sillas y alfombras, entran en una estancia. Traen ánforas y palanganas para las abluciones. Luego pasan al comedor, muy ricamente preparado.
-Jesús a mi lado, entre yo y Eleazar -ordena el amo. Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos, un poco arredrados y olvidados, debe sentarse en el sitio de honor.
Empieza el banquete, con numerosos servicios de carnes y pescados asados. Vinos y, según me parece, jarabes, o por lo menos aguamieles, pasan una y otra vez.
Todos tratan de hacer hablar a Jesús. Uno, un viejo todo tembloroso, pregunta con voz bronca de decrépito:
-Maestro, ¿es verdad lo que se dice, que pretendes modificar la Ley?
-No cambiaré ni una iota a la Ley. Es más -y Jesús recalca las palabras -, he venido realmente para devolverle su integridad, como cuando le fue dada a Moisés.
-¿Insinúas que ha sido modificada?
-De ninguna manera. Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas que han sido puestas en manos del hombre, nada más.
-¿Qué quieres decir? Especifica.
Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia o por el antiguo fomes de la triple lujuria, quiso retocar la palabra clara, e hizo de ella una cosa opresiva para los fieles; mientras que para los autores de los retoques no es más que un cúmulo de frases que… bueno, que es para los demás.
-¡Pero, Maestro! Nuestros rabíes…
-¡Esto es una acusación!
-¡No frustres nuestro deseo de favorecerte!…
-¡Ah, ya! ¡Tienen razón cuando te llaman rebelde!
-¡Silencio! Jesús es mi invitado. Que hable libremente.
Nuestros rabíes comenzaron su esfuerzo con la santa finalidad de facilitar la aplicación de la Ley. Dios mismo dio comienzo a esta escuela cuando a las palabras de los diez mandamientos añadió explicaciones más detalladas.
Para que el hombre no tuviera la excusa de no haber sabido comprender. Obra santa, pues, la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue recto fin. No siempre fue así. Y ahora menos que nunca. Pero, ¿por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os ofendéis si os enumero las culpas de los poderosos?
-¿Culpas? ¿Culpas? ¿No tenemos sino culpas?
-¡Quisiera que tuvierais sólo méritos!
-Pero no los tenemos: eso es lo que piensas, y tu mirada lo delata. Jesús, no se logra la amistad de los poderosos criticando. No reinarás. No conoces el arte de reinar.
-No pido reinar a la manera que vosotros creéis. Ni mendigo amistades. Quiero amor. Pero un amor honesto y santo. Un amor que vaya de mí a aquellos a quienes amo, y que se demuestre usando con los pobres lo que predico que se use: misericordia.
-Yo, desde que te oí hablar, no he vuelto a prestar con usura dice uno.
-Dios te recompensará.
-El Señor me es testigo de que no he vuelto a pegar a los siervos que merecían azotes, desde que me refirieron una parábola tuya -dice otro.
-¿Y yo? ¡He dejado en los campos, para los pobres, más de diez moyos de cebada! -dice un tercero.
Los fariseos se alaban excelsamente.
Ismael no ha hablado. Jesús pregunta:
-¿Y tú, Ismael?
-Oh, ¿yo? Siempre he usado misericordia. Sólo debo seguir actuando como siempre.
-¡Bien para ti! Si es realmente así, eres el hombre que no conoce remordimientos.
-¡Ciertamente no!
Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.
Eleazar le toca en el brazo:
-Maestro, escúchame. Tengo un caso especial que someter a tu consideración. Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad; este hombre se ha echado a perder por una mujer. Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana, su nodriza, ya ciega y medio chiflada. El vendedor no la quiere. Yo… no la querría. Pero, ponerla en plena calle… ¿Qué harías tú, Maestro?
-¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?
-Diría: "Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine".
-¿Y por qué dirías eso?
-Bueno, pues… porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…
-Estás muy cerca de la justicia, Eleazar, y el Dios de Jacob estará siempre contigo.
-Gracias, Maestro.
Los otros murmuran entre sí.
-¿Qué tenéis que criticar? -pregunta Jesús -¿No he hablado rectamente? ¿Y éste?, ¿no ha hablado también rectamente?
Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.
-Maestro, hablas bien, pero… ¡si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.
-Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿no?
No digo eso. Pero hay casos…
-La Ley dice que hay que tener misericordia…
-Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano. Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana, ni peregrina, forastera, huérfana o viuda. Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar -no suyo -, olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.
Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo. A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya, sino de su verdadero amo…
…El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo; de forma que también está exento de obligaciones. Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?
-Así, Maestro. Es la suerte de los que… ya no sirven. Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad. Y la muerte es lo mejor para ellos… Así es desde que el mundo existe, y así será…
-¡Jesús, ten piedad de mí!
Un lamento entra a través de las ventanas trancadas (porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío).
-¿Quién me llama?
-Algún importuno. Haré que lo manden afuera. O algún mendigo. Diré que le den un pan.
-Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!
-Ya decía yo. Un importuno. Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.
Y se levanta Ismael.
Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él, y todo el cuello y la cabeza más alto, lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:
-Quédate ahí, Ismael. Quiero ver a este que me busca. Que entre.
Entra un hombre de cabellos todavía negros. Puede tener unos cuarenta años. Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón; violáceos los labios en la boca jadeante. Le acompaña la mujer de la primera parte de la visión. El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor. ¡Se ve tan mal mirado!…
Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz. Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío que hay entre las mesas, colocadas en forma de "u" justo debajo de la lámpara.
-¿Qué quieres de mí?
-Maestro… te he buscado mucho… desde hace mucho… Nada quiero aparte de salud… por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo… Ya ves mi mísero estado…
-¿Y crees que te puedo curar?
-¡Vaya que si lo creo!… Cada paso que doy me hace sufrir… cada movimiento brusco es un dolor para mí… y, no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte… y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca… ¡Vaya que si lo creo! Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya, porque todo en ti es santo, ¡oh, Santo de Dios!
El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras. La mujer mira a su marido y a Jesús, y llora.
Jesús los mira y sonríe. Luego se vuelve y pregunta:
-Tú, anciano escriba (habla al viejo tembloroso que ha hablado el primero), respóndeme: ¿es lícito curar en sábado?
-En sábado no es lícito hacer obra alguna.
-¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación? No es trabajo manual.
-El sábado está consagrado al Señor.
-¿Cuál obra más digna de un día sagrado que hacer que un hijo de Dios diga al Padre: "Te amo y te alabo porque me has curado"?».
-Debe hacerlo aunque sea infeliz.
-Cananías, ¿sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?
El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:
-Maestro, ¿dices la verdad o estás bromeando?
-Digo la verdad. Yo veo y sé.
-¡Oh, pobre de mí! ¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición! ¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego! ¡Que ardan sus entrañas como mi madera!
El viejecillo está desesperado.
-¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas! ¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura? Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos, y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.
Entonces, escriba, ¿no me es lícito curar en sábado a éste?
-¡Maldito Tú, él y el sábado! Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… -y, dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo, sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca para que le traigan su carro.
-¿Y ahora? -pregunta Jesús mirando a los que tiene alrededor.
-Y ahora, decidme, ¿es lícito o no?
Ninguna respuesta. Eleazar agacha la cabeza. Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos, sobrecogido por el hielo que reina en la sala.
-Bien, pues voy a hablar Yo -dice Jesús, con majestuoso aspecto y voz tronante, como siempre cuando está para realizar un milagro.
-Voy a hablar Yo. Hablo. Digo: hombre, hágase en ti según crees. Estás curado. Alaba al Eterno. Ve en paz.
El hombre se queda desorientado. Quizás pensaba que iba a volverse de golpe esbelto, como tiempo atrás. Y le da la impresión de no estar curado. Pero… a saber lo que siente… Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.
-¡Ve, ve! Sé siempre bueno. ¡Adiós!
El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.
-Pero, Maestro… En mi casa… En sábado…
-¿No das tu aprobación? Ya lo sé. Por esto he venido. ¿Tú, amigo? No. Enemigo mío. No eres sincero ni conmigo ni con Dios.
-¿Ofendes ahora?
-No. Digo la verdad. Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana porque no es de su propiedad. Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.
Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando, uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga por haberte tenido que servir -como le exigías para no despedirla -, servirte por ella y por su marido.
Tú decías: "He hecho contrato por dos personas que trabajaran, y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto". Y ella te lo ha dado, y ha muerto con el fruto de su concebimiento; porque esa mujer era madre. Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta. ¿Dónde están ahora esos dos niños?
-No lo sé… Desaparecieron un día.
-No mientas ahora. Basta haber sido cruel. No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados, a pesar de su total carencia de obras serviles. ¿Dónde están esos niños?
-No lo sé. Ya no lo sé. Créelo.
-Yo lo sé. Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura. Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca… Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro más que un perro verdadero. Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos. Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido. ¿Ya no te servían sus padres, verdad?
Estaban muertos. Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices de que los demás no se ocupan. Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios, y dicen:
"Señor, vénganos tú, porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando". ¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad? Apenas si la niña podía servir para espigar…
Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían a su padre y a su madre. Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros. Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta. Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?
Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías. ¿Es que la Ley no dice: "No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis y elevan su voz hacia mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos"?
¿No dice eso la Ley? Y entonces, ¿por qué no la observas?
¿Me defiendes ante los demás? ¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo? ¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo? Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos, por la destrucción de su bosque. ¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!
¿Y tú a qué esperas a hacerlo?
¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir? Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿por qué no tratáis de serlo en todo?
¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas? Yo soy el Médico de vuestro espíritu. ¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?
¿No sabéis que muchos -y esa mujer que ha salido es uno de ellos -merecen, a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el banquete de Dios? No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale. Dios os ve desde lo alto de su trono. Y os juzga. ¡Cuántos ve mejores que vosotros! Por tanto, escuchad.
Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas, elegid siempre el último puesto.
Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:
“Amigo, ven adelante". Honor de méritos y honor de humildad. Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia y oír que le dicen: "Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú"! Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios. Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.
Ismael, no me odies porque te medico. Yo no te odio. He venido para curarte. Estás más enfermo que aquel hombre.
Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos. Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto. No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos. Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos, huérfanos y viudas. La única compensación que te darán serán bendiciones. Pero Dios las transformará para ti en gracias. Y al final… ¡oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos, que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!
¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!
¡Ay de ellos! Yo vengaré a los abandonados.
-Maestro… yo… quiero complacerte. Tomaré de nuevo a esos niños.
-No.
-¿Por qué?
-¿Ismael?!…
Ismael agacha la cabeza. Quiere aparentar humildad. Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno, y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…
Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:
-Dichosos los que participan en el banquete con Dios, en su espíritu y en el Reino eterno. Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo. Los cargos… las ocupaciones…
Jesús dice aquí la parábola del banquete, y termina:
-Has dicho los cargos… las ocupaciones. Es verdad. Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla. E1 puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.
Una hora basta para transformar un corazón. Si ese corazón quiere. Y basta una palabra. Yo os he dicho muchas. Y miro… En un corazón está naciendo una planta santa. En los otros, espinos para mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones. No importa. Yo voy por mi camino recto. El que me ame que me siga. Yo paso llamando. Los que sean rectos que vengan a mí. Paso instruyendo.
Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente. Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo. Ismael, me despido de ti. No me odies.
Medita. Siente que fui severo por amor, no por odio. Paz a esta casa y a sus habitantes. Paz a todos, si merecéis paz.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
El valle del Kisón, a pesar del sol resplandeciente en el cielo sereno, aparece inclemente, peinado por un viento helado que viene salvando los collados septentrionales y destruyendo los tiernos cultivos, que se estremecen de frío y se arrugan quemados, destinados a morir en sus verdes renuevos.
-¿Pero va a durar todavía mucho este frío? -pregunta Mateo, arrebujándose más todavía en el manto, bajo el cual aparece únicamente un trocito de cara, o sea, los ojos y la nariz.
Con voz ahogada por el manto, que también a él le cubre la boca, le responde Bartolomé:
-Quizás el resto de la luna.
-¡Pues estamos apañados! ¡Bueno, paciencia! Menos mal que en Nazaret estaremos en casa hospitalaria… Mientras tanto, pasará.
-Sí, Mateo. Pero para mí ya ha pasado la cosa, viendo a Jesús menos apesadumbrado. ¿No te parece que está más alegre? -pregunta Andrés.
-Lo está. Pero yo… bueno, quiero decir que me parece imposible que se haya consumido tanto por lo que sabemos. ¿No ha habido realmente ninguna otra cosa nueva, que vosotros sepáis? -pregunta Felipe.
-Nada. Nada, nada. Te digo que en los confines siro-fenicios le dieron mucha alegría espíritus creyentes, e hizo esos milagros que te hemos dicho -asegura Santiago de Alfeo.
-Desde hace algunos días está mucho con Simón de Jonás. Y Simón está muy cambiado… ¡Sí! Estáis todos cambiados. No sé… sois más… eso: austeros -dice Felipe.
-¡Eso es que te da esa impresión!… En realidad somos iguales que antes. Claro, ver al Maestro tan apenado por tantas cosas, no ha sido motivo de satisfacción, ni tampoco el oír con qué saña le atacan… Pero lo defenderemos. ¡No le harán nada si estamos con Él! Ayer noche le he dicho, después de haber oído lo que decía Hermas, que es un hombre serio y digno de credibilidad:
"De ahora en adelante, no debes estar solo. Ya tienes a los discípulos, que, ya lo ves, actúan, y bien, y aumentan continuamente. Por tanto, nosotros estaremos contigo. No quiero decir que tengas que hacer todo Tú, que ya es hora de aliviarte, hermano mío. Pero Tú estarás con nosotros, entre nosotros, como Moisés en el monte, y nos batiremos por ti, dispuestos, si fuese necesario, a defenderte incluso físicamente.
Lo que le ha sucedido a Juan Bautista no te debe suceder a ti". Porque, en fin, si los discípulos del Bautista no se hubieran reducido a dos o tres, no habría sido apresado. Nosotros, al fin y al cabo, somos doce, y quiero convencerlo de que se una, o, por lo menos, de tener a su lado a alguno de los más fieles y enérgicos discípulos. Los que estaban con Juan en Maqueronte, por ejemplo. Hombres de fe y coraje. Juan, Matías y también José. ¿Sabéis que ese joven promete mucho?-dice Judas Tadeo.
-Sí, Isaac es un ángel, pero su fuerza está enteramente en el espíritu. José, sin embargo, es fuerte también en el cuerpo. Tiene la misma edad que nosotros.
-Y aprende rápidamente. ¿Has oído lo que ha dicho Hermas?
"Si éste hubiera estudiado, sería, además de un justo, un
rabí.” Y Hermas sabe lo que dice.
-Yo, no obstante… tendría cerca también a Esteban y a Hermas y al sacerdote Juan. Por su conocimiento de la Ley y del Templo. ¿Sabéis lo que significa su presencia frente a los escribas y fariseos? Un control, un freno… Y para la gente vacilante equivale a decir: "¿Veis como no faltan en torno al Rabí, a su servicio y como discípulos, los mejores de Israel?" -dice Santiago de Alfeo.
-Tienes razón. Se lo decimos al Maestro. Ya habéis oído lo que ha dicho ayer: "Vosotros debéis obedecer, pero tenéis también la obligación de abrirme vuestro corazón y decirme lo que juzgáis justo. Para habituaros a saber dirigir en un futuro. Yo, si veo que es como decís, aceptaré vuestros pensamientos" -dice el Zelote.
-Quizás lo hace también para mostrarnos que nos quiere, visto que estamos todos más o menos convencidos de que somos la causa de su sufrimiento -observa Bartolomé.
-0 está realmente cansado de tener que pensar en todo y de ser el único que toma decisiones y asume responsabilidades.
Quizás también reconoce que su santidad perfecta es… casi una imperfección, yo diría, respecto a quienes tiene frente a sí: el mundo, que no es santo. Nosotros no somos santos perfectos. Sólo un poquito menos granujas que los otros… y, por tanto, capaces de responder a aquellos que son casi como nosotros -dice Simón Zelote.
-¡Y de conocerlos, debes decir! -aumenta Mateo.
-¡Oh, respecto a esto, estoy seguro de que El también los conoce.' Es más, los conoce mejor que nosotros, porque lee en los corazones. Estoy seguro de ello como de que estoy vivo -dice Santiago de Zebedeo.
-¿Y entonces por qué algunas veces hace lo que hace, buscándose problemas y peligros? -pregunta, desconsolado, Andrés.
-La verdad es que no sé que responder -dice Judas Tadeo encogiéndose de hombros; y con él confiesan lo mismo los otros.
Juan guarda silencio. Su hermano lo provoca:
-Tú que sabes siempre todo de Jesús -parecéis dos enamorados algunas veces -, ¿no te ha dicho nunca por qué actúa así?
-Sí. Se lo he preguntado, incluso recientemente. Siempre me ha respondido: "Porque debo hacerlo. Debo actuar como si el mundo estuviera compuesto enteramente de criaturas ignorantes pero buenas. A todos les doy la misma doctrina; así se separarán los hijos de la Verdad de los de la Mentira". Me ha dicho también: "¿Ves, Juan? Esto es como un primer juicio, no universal, colectivo, sino individual. Sobre la base de sus acciones de fe, caridad, justicia, serán separados los corderos de las cabras. Esto continuará después, cuando Yo ya no esté, cuando esté mi Iglesia, durante siglos y siglos, hasta el fin del mundo.
El primer juicio de las masas humanas se cumplirá en el mundo, en el lugar en que los hombres actúan con libertad, teniendo frente a sí el Bien y el Mal, la Verdad y la Mentira; como el primer juicio fue dictado en el Paraíso Terrenal, ante el árbol del Bien y del Mal, violado por los que desobedecieron a Dios. Después, en la hora de la muerte de cada uno de los hombres, será ratificado el juicio, ya escrito en el libro de las acciones humanas, por una Mente que no tiene defecto alguno. Por último, el
Gran Juicio, el Terrible, y entonces, nuevamente, en masa, serán juzgados los hombres. Desde Adán al último hombre.
Juzgados por aquello que hayan querido para ellos, libremente, en la tierra. Ahora bien, si Yo por mí mismo ya seleccionara a quien merece el Milagro, el Amor, la Palabra de Dios, y a quien no la merece -y podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad, los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos, gritarían fuerte el día de su juicio individual: “¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!” Pero esto no podrán decirlo… O sea, lo dirán mintiendo una vez más. Y serán juzgados por ello".
-¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo? -pregunta Mateo.
-Eso no lo sé. No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos. Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida no son réprobos, aunque crean en otras religiones. Pero se lo podemos preguntar. Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.
-El Maestro habla mucho contigo, y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos-observa su hermano Santiago.
-Culpa tuya y vuestra. Yo le pregunto con sencillez.
Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan como persona muy necia. Pero no me importa dar esta imagen. Me basta con conocer su pensamiento, y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío. Deberíais hacer lo mismo vosotros. ¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué? ¿De ser ignorantes? ¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas? Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche. Lo dice siempre… y me lo digo siempre, para prepararme a la separación… Pero siento que significará siempre un gran dolor…
-¡No me lo recuerdes! -exclama Andrés. Y repiten lo mismo los otros, y suspiran.
-Pero, ¿cuándo sucederá? Dice siempre: "Pronto". Pero "pronto" puede ser dentro de un mes o de años. Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido… ¿Qué te pasa, hermano? Te estás poniendo muy pálido… -pregunta Judas Tadeo a Santiago.
-¡Nada, nada! Pensaba… -dice pronto Santiago, con la cabeza agachada.
Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…
-¡Pero si se te saltan las lágrimas! ¿Qué te pasa?…
-No más que lo que os pasa a vosotros… Pensaba en cuando estemos solos.
-¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando como un somorgujo en día de tempestad? pregunta Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo, y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.
Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori (eso dicen los discípulos, mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo). Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen hacia la vía principal son Tomás y Judas.
-¡Atiza! ¡Aquí? ¿Precisamente aquí? ¿Y qué hacen aquí? De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades… -se preguntan varios.
-Quizás venían buscando a los discípulos. Era su misión -dice prudente el Zelote, que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza en el corazón de muchos.
-Vamos a acelerar el paso. Jesús está solo y parece que nos espera… -aconseja Mateo. Van, y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.
Jesús está palidísimo, tanto que Juan pregunta:
-¿Te encuentras mal?
Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación; mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.
Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre, pero que se pone serio mirando al Maestro, tan manifiestamente cambiado, y pregunta solícito:
-¿Has estado enfermo?
-No, Tomás. En absoluto. ¿Y tú?, ¿has estado bien, contento?
-Yo sí, Señor. Siempre bien y siempre contento. Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón. Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo. Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo. He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.
Le hemos puesto el nombre que me dijiste. Luego vino Judas, y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo… donde había discípulos. Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco. Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.
Jesús lo deja y ahora es la vez de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco, desenvuelto, triunfante. Jesús lo perfora con su mirada de zafiro. Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás. Y las palabras que siguen son afectuosas:
-¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte? ¿Está bien esa santa mujer?
-Sí, Maestro, y te bendice por haberle enviado a su Judas. Quería mandarte unos presentes. Pero, ¿cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles? Puedes estar tranquilo, Maestro. Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente. La idea se va extendiendo cada vez más. Yo he querido personalmente controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos. A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a ti.
He tratado con saduceos, herodianos… ¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!… ¡Pero, por amor a ti, haré esto y más! He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas. Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a ti. No quiero tus elogios.
Me basta con haber cumplido mi deber, y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre. He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido, porque merecían rayos y no bendiciones. Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes… Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya. Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre; mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos que creaban tanta sombra.
Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza. Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas, para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en situación sospechosa ante los que caminan hacia la conversión… ¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…
¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!… Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho: "Bueno, pues si las cosas están exactamente así… Pensábamos que estaban de otro modo. Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…".
-No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros» interrumpe el Zelote, que se ha contenido hasta ese momento, pero no más, y está lívido por el esfuerzo hecho.
-¿Y quién ha dicho eso? ¡Todo lo contrario! José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: "¿Por qué estás tan alterado?". Le conté todo. Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo, Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega. Porque los has despedido, ¿no es verdad? -dice Judas mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache, brillantes hasta la fosforescencia. Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.
Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo, dice sereno:
-Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho. Es un relato exacto, que puede ser muy útil.
-¡Ah!, bueno, decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión. Lo cual significa mucho para nosotros, ¿no es verdad? ¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír! ¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen, como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad? ¡Y qué examen! Bien. Los convencí y ya no me entretuvieron más.
Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad. Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos, o donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega. He estado con Lázaro, con Manahén, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur, en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní, en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa, donde Nicodemo, donde José…
-¿Pero no lo habías visto?
-Sí. Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos. Pero… ya sabes… yo quería asegurarme… Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él… Y no creas que sufría por no encontrarlo. Sería injusto. Siempre -y Tomás lo puede confirmar -siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía:
"¡Alabado sea el Señor!", y decía: "¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!". Exactamente así. El suspiro de mi alma… El último lugar fue Esdrelón… ¡Ah, a propósito! Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó, desea invitarte a su casa… Pero yo en tu lugar no iría…
-¿Por qué? Iré sin falta. También Yo deseo verlo. Es más, iremos enseguida. En vez de ir a Sefori, vamos a Esdrelón, y, pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó, y de allí a la casa de Ismael».
-¡No, no, Señor! ¿Por qué? ¿Piensas que te estima?
-Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío, ¿por qué no quieres que vaya?
-No fui a hablar con él… Estaba él en las tierras y me reconoció. Pero yo -¿verdad, Tomás? -quería huir cuando lo vi. No pude porque me llamó por el nombre. Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, o escriba, o seres semejantes. No es útil para ti. Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.
Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos, rencores, y dar armas a las críticas… En la mesa se habla… y ellos estudian deslealmente tus palabras. Pero, volvamos a Juan… Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria, me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.
-Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera. Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos se contradice con lo que has dicho antes. Tú me has defendido… Eso has hecho, ¿no es verdad? Has dicho: "He desmontado muchas prevenciones contra ti". Has dicho esto, ¿no es verdad?
-Sí, Maestro.
-¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme? Así que iremos a casa de Ismael. Y tú, ahora, vuelves, y vas a avisarle. Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé. Nosotros nos detendremos donde los campesinos. Respecto a Sicaminón, venimos de allí. Éramos once. Te aseguramos que Juan no está allí. Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corazín, Belén de Galilea, y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para… tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.
Jesús habla sereno, con tono natural… Y, no obstante, algo debe haber en El que turba a Judas, el cual, por un instante, cambia de color. Jesús lo abraza como para besarlo… Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas, le susurra quedo:
-¡Desdichado! ¿Qué has hecho de tu alma!
-Maestro… yo…
-¡Vete! ¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás! ¡Calla!… Y arrepiéntete si puedes.
Judas… Bueno yo me habría escapado a todo correr. ¡Pero él!… Dice con desfachatez en alta voz:
-Gracias, Maestro. Lo que sí que te rogaría, antes de marcharme, sería dos palabras en secreto.
Todos se separan bastantes metros.
-¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras? Me han dolido.
-Porque son la verdad. Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.
-¡Ah! ¿Es por la nigromancia? ¡Qué miedo me has hecho pasar! ¡Una broma! ¡Sólo una broma de niño curioso! Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia. Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad. Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder. Tenías razón. ¡Venga, Maestro! ¡Es tan leve el pecado!… Grande es tu sabiduría. Pero, ¿quién te lo ha dicho?
Jesús lo mira severamente y no responde.
-¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado? -pregunta un poco atemorizado Judas.
-Y me has dado repugnancia. ¡Vete! Y no digas ni una sola palabra más.
Y le vuelve la espalda. Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino. Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés, los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso. Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad que sólo Jesús conoce.
Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad. Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario que tenía en el corazón respecto a su compañero…
Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada, como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros, que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Y ahora que hemos complacido también al pastor, ¿qué hacemos? -pregunta Pedro, que está solo con Jesús, mientras que los otros van en grupo unos metros más atrás.
-Volvemos a la vía de la costa, y vamos hacia Sicaminón.
-¿Sí? Creía que íbamos a Cafarnaúm…
-No es necesario, Simón de Jonás. No es necesario. Has tenido noticias de tu mujer y del niño, y, por lo que se refiere a Judas,… será más sencillo ir a su encuentro.
-Pues precisamente, Señor. ¿No toma el camino del interior, del río y del lago? Es el más corto y resguardado…
-Pero él no lo tomará. Recuerda que debe prestar atención a los discípulos, y están muy desperdigados en el lado occidental en esta época del año, de nuevo tan fría además.
-Bueno, bien. Si Tú lo dices… Por lo que a mí respecta, me conformo con estar contigo y verte menos triste. Y… no tengo ninguna prisa de encontrar a Judas de Simón. ¡Ojalá no lo encontráramos!… ¡Hemos estado tan bien entre nosotros!…
-¡Simón! ¡Simón! ¿Es ésta tu caridad fraterna?
-Señor… ésta es mi verdad -dice Pedro con franqueza. Y lo dice con tal ímpetu y tal expresión, que Jesús se tiene que esforzar en no reírse. Pero, ¿cómo se puede amonestar severamente a un hombre tan franco y fiel?
Jesús prefiere guardar silencio, mostrando un excesivo interés por las cuestas que hay a su izquierda; a la derecha, sin embargo, la llanura se abre, cada vez más plana. Detrás de ellos, en grupo, van hablando los otros nueve; Juan parece un "buen pastor" para un cordero que lleva sobre los hombros, quizás un regalo del manadero Anás.
Pasa un rato, y Pedro vuelve a preguntar:
-¿Y no vamos a Nazaret?
-Iremos, sí. A mi Madre le agradará tener noticias del viaje de Juan y Síntica.
-¡Y verte!
-Y verme.
-¿A1 menos a Ella la habrán dejado en paz?
-Ya lo sabremos.
-Pero, ¿y por qué son tan sañosos? También en Judea hay muchos como Juan (de Endor), y no obstante… Es más, se protegen y se ocultan por fastidiar a Roma…
-Convéncete de que no lo hacen por Juan, sino porque él es un elemento de acusación contra mí.
-¡No le encontrarán nunca! Has hecho bien todo…
Mandarnos solos… por mar… primero en una barca una serie de millas, luego, más allá de los confines, en una nave… ¡Oh, todo bien! Espero verdaderamente que se lleven una desilusión.
-Se la llevarán.
-Tengo curiosidad por ver a Judas de Keriot, para astrologar en é1 un poco, como en un cielo lleno de vientos y signos, y ver si…
-¡Pero bueno, hombre!…
-Tienes razón. Es un clavo aquí dentro -y se golpea en la frente.
Jesús, para distraerlo, llama a todos los demás y les hace notar la extraña destrucción producida por el granizo y el frío, llegado éste cuando era presumible considerarlo ya superado por ese año… Quién dice una cosa, quién otra: todos queriendo ver en ello un signo de castigo divino a la proterva Palestina que no acoge al Señor. Los más doctos citan hechos semejantes, conocidos por las narraciones antiguas; los más jóvenes y menos cultos escuchan admirados y atentos.
Jesús menea la cabeza.
-Es efecto lunar y de vientos lejanos. Ya os lo he dicho. En los países septentrionales se ha producido un fenómeno y sufren sus consecuencias regiones enteras.
-Pero, ¿por qué, entonces, algunos campos están bien?
-Así se comporta el granizo.
-¿Pero no podría ser un castigo para los más malos?
-Podría ser. Pero no lo es. ¡Ay si lo fuera!…
-Quedaría yerma y desolada casi toda nuestra Patria, ¿no es verdad, Señor? -dice Andrés.
-Pero en las profecías está escrito, a través de símbolos, qué daño va a recibir quien no acoja al Mesías. ¿Es que pueden mentir los Profetas?
-No, Bartolomé. Lo que está escrito sucederá. Pero el Altísimo es tan bueno, infinitamente bueno, que necesita mucho más de lo que ahora está sucediendo para castigar. Sed buenos también vosotros, sin desear siempre castigos para los duros de corazón y de intelecto. Desead para ellos conversión, no castigo. Juan, pasa el cordero a un compañero, y ven a mirar tu mar desde lo alto de aquellas crestas de arena. Voy Yo también.
En efecto, ahora van por un camino muy cercano al mar, separado de éste sólo por una larga faja de dunas onduladas, en las que ondean finas palmas, o vegetan tarayes de desordenadas frondas, lentiscos y otras plantas de las arenas.
Jesús va con Juan. Pero ¡quién deja a Jesús! Ninguno. Y, pronto están todos arriba, bajo el lindo sol que no molesta, frente al mar sereno y riente…
La ciudad de Tolemaida está muy cerca con sus casas blancas.
-¿Vamos a entrar en la ciudad? -pregunta Judas de Alfeo.
-No es necesario. Nos detendremos a comer junto a las primeras casas. Quiero estar esta noche en Sicaminón. Quizás encontramos allí a Isaac.
-Cuánto bien hace, ¿eh? ¿Has oído lo que han dicho Abel, Juan y José?
-Sí. Pero todos los discípulos son muy diligentes. Por esto bendigo día y noche a mi Padre.
Todos vosotros… Mis alegrías, mis paces, mis seguridades… -y los mira con tal amor, que a los diez les suben las lágrimas a los ojos…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
Jesús está reunido con los seis en una habitación donde hay yacijas muy míseras, arrimadas unas a otras.
El espacio que queda libre apenas si consiente andar de un lado a otro de la estancia. Comen su más que humilde comida sentados encima de los lechos, porque no hay ni mesa ni asientos. Pasa un rato y Juan va a sentarse en el alféizar de la ventana, en busca de sol.
Por eso él es el primero que ve a los esperados Pedro, Simón, Felipe y Bartolomé, que vienen en dirección a la casa. Les da una voz y sale corriendo, seguido por todos. Se queda sólo Jesús, el cual los únicos movimientos que hace son ponerse en pie y volverse hacia la puerta para mirar…
Entran los llegados. Es fácil imaginar la exuberancia de Pedro; también, la reverencia profunda de Simón Zelote. Lo que causa sorpresa es la actitud de Felipe, y especialmente la de Bartolomé. Entran, yo diría que casi con temor, con congoja, y, a pesar de que Jesús les abra los brazos para intercambiar con ellos el ósculo de paz que ya ha dado a Pedro y a Simón, ellos caen de rodillas y se curvan hasta tocar casi con la frente en el suelo, y besan los pies de Jesús. Permanecen así… Y los suspiros ahogados de Bartolomé denuncian que llora silenciosamente sobre los pies de Jesús.
-¿Por qué esta congoja, Bartolmái? ¿No vienes a los brazos de: Maestro? ¿Y tú, Felipe, por qué tan temeroso? Si no supiera que sois dos hombres honestos, en cuyo corazón no puede anidar la malicia, tendría que sospechar que sois culpables de algo. Pero no es así. ¡Ánimo, pues! Hace mucho que deseo vuestro beso y ver la límpida mirada de vuestros ojos fieles…
-También nosotros, Señor… -dice Bartolomé, levantando su cara, en que brillan las lágrimas -Tú has sido nuestro único deseo Nos preguntábamos en qué podíamos haberte desagradado para merecer tanta separación. Nos parecía una cosa injustificada… Pero ahora sabemos… ¡Oh, perdón, Señor! Te pedimos perdón. Sobre todo yo, porque Felipe ha estado separado de ti por mí. A él ya le he pedido perdón.
Yo, yo sólo culpable, yo, el viejo israelita reticente a renovarse, yo, que te he causado dolor…
Jesús se inclina y lo alza con la fuerza, como alza también a Felipe, y, juntos, los aprieta entre sus brazos, mientras dice:
-¿Pero de qué te acusas? No has hecho nada malo. ¡Ningún mal! Y Felipe tampoco. Sois mis amados apóstoles, y hoy me siento verdaderamente feliz de teneros conmigo, de nuevo juntos, para siempre…
-No, no… Durante mucho tiempo hemos ignorado el motivo por el que, justamente, has desconfiado de nosotros hasta el punto de excluirnos de tu familia apostólica. Pero ahora lo sabemos… y te pedimos perdón, perdón, perdón; yo especialmente. Jesús, Maestro mío…Y Bartolomé lo mira con congoja, con amor, con compasión. Siendo anciano como es, parece un padre mirando a su hijo afligido, examinando su rostro, más afilado a causa de una pena que no había intuido, y en el cual antes no había notado el enflaquecimiento, el envejecimiento… Entonces, nuevas lágrimas gotean en las mejillas de Bartolomé. Y exclama:
-¿Pero qué te han hecho? ¿Qué nos han hecho, para hacernos sufrir a todos de este modo? Parece como si un espíritu malo hubiera entrado entre nosotros, para turbarnos, para volvernos tristes, débiles, apáticos, necios… Necios hasta el punto de no comprender que Tú sufrías… Es más, hasta el punto de aumentarte el sufrimiento con nuestras mezquindades, cerrazones, respetos humanos, y con nuestras vejeces, las de nuestro hombre viejo… Sí, el hombre viejo ha triunfado en nosotros, siempre, y tu vitalidad perfecta no nos ha podido renovar nunca.
¡Esto, esto es lo que no me deja tranquilo! No he sabido renovarme, comprenderte, seguirte, con todo mi amor… Te he seguido sólo materialmente… Pero Tú… Tú querías que te siguiéramos espiritualmente… y te comprendiéramos en tu perfección… para ser capaces de perpetuarte… ¡Oh!
¡Maestro mío! ¡Maestro mío, que un día te marcharás, después de tantas luchas, insidias, desazones, después de tantos dolores, y con el dolor de vernos todavía inmaduros!…
Y Bartolomé reclina su cabeza en el hombro de Jesús y llora, lleno de desolación, compungido por la conciencia de haber sido un discípulo obtuso.
-No te achiques, Natanael. Ves todo esto como una enormidad que te sorprende. Pero tu Jesús sabía que sois hombres… y no pretende nada por encima de cuanto podáis dar.
¡Ah, me daréis todo, absolutamente todo! Mas ahora tenéis que crecer, formaros… Es una obra lenta. Pero sé esperar. Y gozo con vuestro crecimiento. Porque es un crecimiento continuo en mi Vida. Incluso tu llanto, y la concordia de los que estaban conmigo, y la piedad que ha sustituido a las intransigencias que constituían vuestra naturaleza, a egoísmos, a avaricias espirituales; incluso vuestra seriedad actual: todo es fase de crecimiento en mí.
Animo, pues. Queda en paz, porque Yo sé. Todo. Conozco tu honestidad, tu buena fe, tu generosidad, tu sincero amor. ¿Dudar Yo de mi sabio Bartolmái y de Felipe, tan equilibrado y fiel? Sería hacer un agravio a mi Padre, que me ha concedido el contaros entre los más amados. Pero ahora… ¡venga, vamos a sentarnos aquí!, y que quien ya haya descansado se ocupe de los hermanos cansados y hambrientos, ofreciéndoles comida y descanso. Entretanto contad a vuestro Maestro y a los hermanos lo que ellos ignoran.
Y se sienta en su yacija, teniendo consigo, a ambos lados, a Felipe y a Natanael; Pedro y Simón se sientan en la yacija que hay frente a Jesús: unas rodillas contra otras.
-Habla tú, Felipe. Yo ya he hablado. Y tú has sido más justo que yo en este tiempo…
-¡Oh! ¡Bartolomé! ¡Justo! Sólo había entendido que el hecho de no naber querido que estuviéramos a su lado no era ni animosidad ni cambio voluble del Maestro respecto a nosotros… Intentaba tranquilizarte así… tratando de impedirte que pensaras en cosas que te habrían dado dolor por haberlas pensado, y remordimiento. Yo tenía sólo un remordimiento: haberte retenido la desobediencia al Maestro cuando querías seguir a Simón de Jonás, que iba por Margziam a Nazaret… Después… te veía sufrir tanto en el cuerpo y en el alma, que decía: "¡Mejor hubiera sido dejarle hacer lo que quería!
El Maestro le habría perdonado su desobediencia, y Bartolomé no se seguiría envenenando el alma con estas ideas"… Pero tú mismo puedes ver que, si hubieras partido, no habrías tenido nunca la clave del misterio… y quizás tu sospecha sobre la volubilidad del Maestro no habría desaparecido ya nunca. Sin embargo, así…
-Sí. Sin embargo, así he entendido. Maestro, Simón de Jonás y Simón Zelote -los asalté con mis preguntas para saber muchas cosas o para que me confirmaran muchas otras que ya sabía -me dijeron solamente: "El Maestro ha sufrido mucho; tanto, que ha adelgazado y se ha envejecido. Y todo Israel, nosotros los primeros, tenemos la culpa. Él nos ama y perdona. Pero desea no hablar del pasado. Por tanto os aconsejamos que ni preguntéis ni habléis…". Pero yo quiero hablar. Preguntar, no preguntaré. Pero debo hablar.
Para que Tú sepas. Porque ninguna cosa presente en el alma de tu apóstol te debe quedar celada. Un día -ya llevaban varios fuera Simón y los otros -vino a verme Micael de Caná. Un poco pariente, muy amigo, compañero de estudios ya desde la infancia… El, estoy seguro, venía con buena fe. Por afecto hacia mí. Pero quien le enviaba no tenía buena fe. Quería saber por qué yo me había quedado en casa… mientras que los otros se habían marchado. Y me dijo: "¡Entonces es verdad! Te has separado porque eres un buen israelita y no puedes aprobar ciertas cosas. Y de buena gana te dejan separado los otros, empezando por Jesús de Nazaret, porque están seguros de que no los ayudarías ni siquiera con la complicidad del silencio.
¡Haces bien' Reconozco en ti al hombre de tiempos pasados.
Creía que te habías corrompido, que habías renegado de Israel. Haces bien, por tu espíritu y por tu bienestar y el de los tuyos. Porque lo que está sucediendo no será perdonado por el Sanedrín, y serán perseguidos los que hayan participado en ello". Yo le dije: "¿Pero de qué estás hablando? Ya te he dicho que recibí la orden de quedarme en casa por la estación que era. Eso por una parte, y también por si venían peregrinos, para encaminarlos hacia Nazaret, o decirles que esperasen al Maestro para el final de Sabat en Cafarnaúm. ¿Y tú me hablas de separaciones, complicidades, persecuciones! ¡Explícate!…". ¿No es verdad que le dije eso, Felipe?
Felipe asiente con un gesto.
-Entonces -prosigue Bartolomé -Micael me dijo que se sabía que Tú te mostrabas rebelde al consejo y a la orden de los miembros del Sanedrín, porque seguías teniendo contigo a Juan de Endor y a una griega… Señor, te causo dolor, ¿verdad? Pero… tengo que hablar. Te pregunto: ¿Es verdad que estaban en Nazaret?
-Sí. Es verdad.
-¿Es verdad que partieron contigo?
-Sí. Es verdad.
-¡Felipe, Micael tenía razón! ¿Pero cómo podía saberlo?
-¡Pero hombre, si son las serpientes que me pararon a mí, y a Simón, y quién sabe a cuántos más! Son las víboras de siempre ̿ dice Pedro, vehemente.
Jesús, sin embargo, sereno pregunta:
-¿No te dijo nada más? Sé totalmente sincero con tu Maestro.
-Nada más. Quería saber por boca mía… Pero yo le mentí a Micael. Dije: "Hasta Pascua estoy en mi casa". Por miedo a que me siguiera, por miedo a que… no sé… Por miedo a perjudicarte… Y entonces comprendí también por qué me habías dejado… Habías sentido que yo era todavía demasiado Israel…
Bartolomé llora de nuevo…
…Y dudaste de mí…
-No. ¡Eso no! En absoluto. En ese momento no se necesitaba tu presencia junto a tus compañeros; sin embargo, eras necesario, como puedes ver, en Betsaida. A cada uno su misión. A cada edad sus fatigas…
-¡No, no! No me vuelvas a separar por ninguna fatiga, Señor. No tengas en cuenta nada… Tú eres bueno. Pero yo quiero estar contigo. Es un castigo estar lejos de ti… Y yo, necio, incapaz de todo, hubiera podido al menos consolarte, si no podía hacer otra cosa. He comprendido…
Has enviado a éstos con los dos… No me lo digas. No quiero saberlo. Pero siento que es así y lo digo. Pues entonces, habría podido, y debido, estar contigo. Pero Tú no me has tomado contigo como castigo por ser tan reacio a hacerme "nuevo". Pero, te juro, Maestro, que lo que he sufrido me ha renovado, y que jamás volverás a ver al viejo Natanael.
-Como puedes ver, el sufrimiento ha terminado para todos en alegría. Ahora nos pondremos en marcha, al encuentro de Tomás y Judas. Sin esperar a que vayan al lugar establecido. Luego, con ellos, seguiremos caminando…
¡Hay mucho que hacer!… Mañana nos pondremos en camino. Pronto.
-Y harás bien. Porque el tiempo se pone nórtico. Una desgracia para los cultivos… -dice Felipe.
-¡Pues sí! Las últimas granizadas han quemado en franjas los campos. ¡Si lo hubieras visto, Señor! Parece como si hubiera pasado el fuego por ciertos lugares. Y lo curioso es que son así verdaderamente: devastaciones en franjas -dice Pedro.
-En vuestra ausencia, ha granizado mucho. Un día, a mitad de la luna de Tébet, parecía un flagelo. Me dicen que en la llanura algunos tienen que volver a sembrar. Hacía más calor antes. Pero, desde entonces, se busca el sol con placer. Se vuelve para atrás… ¡Qué signos más extraños!
¿Qué serán? -pregunta Felipe.
-Sólo efectos de lunaciones. No le des importancia. No son éstas las cosas que deben causar impresión. Además, nosotros iremos hacia la llanura, y la marcha será bonita. Frío, pero no mucho; en cambio, tiempo seco. Entretanto, venid. En la terraza hay buen sol. Estaremos ahí arriba descansando todos juntos…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 4
-¿El Maestro está contigo? -pregunta el viejo campesino Jonás a Judas Tadeo, que entra en la cocina, donde la lumbre ya resplandece para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas de una bellísima mañana de finales de Enero, creo, o primeros de Febrero; bellísima, pero bastante punzante.
-Habrá salido a orar. Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo. Regresará pronto. ¿Por qué lo preguntas?
-Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo, porque hay una mujer allí, con mi esposa. Es una del pueblo de allende el confín. La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro. Pero lo sabe. Y quiere hablar con Él.
-Bien. Hablará con Él. Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma. La habrá guiado aquí su espíritu.
-No. Está sola. No tiene hijos consigo. Los pueblos están tan cercanos… por eso la conozco… y el valle es de todos. Yo, además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos si son fenicios. Estaré equivocado, pero…
-El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.
-Él lo es, ¿no es verdad.
-Lo es.
-Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal. ¡Mal, siempre mal!… En Judea, en Galilea, en todos los lugares. ¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías? Me refiero a los principales de Israel. Porque el pueblo lo ama.
-¿Cómo sabes estas cosas?
-Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita. ¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo para saber todo lo bueno y todo lo malo! Y el bien se sabe menos que el mal. Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza. Deberían proclamarlo los que han sido agraciados. Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia. El hombre acepta el beneficio y lo olvida…
El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso a quienes no quieren oírlas. ¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas y acusaciones contra el Mesías! Los escribas ya sólo tratan de esto en sus lecciones. Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro, y de hechos que presentan como objetos de acusación verosímiles. Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre, para saber resistir y juzgar con cordura. ¿Él está al corriente de todas estas maniobras?
-De todas. Y también nosotros, más o menos, las conocemos. Pero Él no se intranquiliza. Continúa su obra, y los discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.
-Dios quiera que perseveren hasta el final. Pero el hombre es de pensamiento mudable. Y débil… Está viniendo el Maestro hacia la casa, con tres discípulos.
Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús, que, lleno de majestad, viene hacia la casa.
-La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.
-Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.
-Paz a ti, Judas. ¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?
-No. Y no los he oído salir. A ninguno. Estaba cansado y dormía profundamente.
-Entra, Maestro. Entrad. El ambiente está fresco esta mañana. En el bosque debía hacer mucho frío. Ahí hay leche caliente para todos.
Están bebiendo la leche, y -excepto Jesús -mojando en ella unos recios trozos de pan, cuando he aquí que llegan Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.
-¡Ah! ¿Estás aquí? Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado… -exclama Andrés.
Jesús dirige su saludo de paz a los tres, y añade:
-Pronto. Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha. Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas del monte de Akcib. Esta noche empieza el sábado.
-¿Y mis ovejas? -pregunta, perplejo, el pastor.
Jesús sonríe y responde:
-Estarán curadas después de la bendición.
-¡Pero yo estoy a oriente del monte! Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer…
-Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.
Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje, preparándose para partir.
-Maestro… ¿no vas a escuchar a esa mujer que está allí?
-No tengo tiempo, Jonás. El camino es largo, y además Yo he venido para las ovejas de Israel. Adiós, Jonás. Que Dios te recompense por tu caridad. Mi bendición a ti y a todos tus parientes. Vamos.
El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Hijos! ¡Mujeres! ¡El Maestro se marcha! ¡Venid!
Y, como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados por un pajar, de todas las partes de la casa acuden mujeres y hombres, ocupados en sus labores o todavía medio dormidos, y niños semidesnudos con su carita sonriente recién salida del sueño… Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era, las madres envuelven en sus amplias faldas a los niños para protegerlos del aire, o los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos, que enseguida son empleados.
Pero viene también una que no es de la casa. Una pobre mujer que llora. Se la ve abochornada. Camina encorvada, casi arrastrándose. Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:
-¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David! Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas vergonzosas. Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto. Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que hace… Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo. Alza tu voz y tu mano y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma. Sólo tengo a esta criatura, y soy viuda… ¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!…
Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes de la familia, después de haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida -ellos se disculpan diciendo: « ¡Créenos, Señor, no hemos hablado!» -se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra sobre sus rodillas, tendidos los brazos en actitud de congojosa súplica, mientras dice:
-¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente, y oí que te llamaban: "Maestro". He venido siguiéndoos, ocultándome entre las matas. Oía lo que iban diciendo éstos. He comprendido quién eres… Y esta mañana, todavía de noche, he venido a ponerme aquí a la puerta como un perrito; hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar. ¡Señor, piedad! ¡Piedad de una madre y de una niña!
Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.
Los de la casa dicen a la mujer:
-¡Resígnate! No te quiere escuchar. Ya ha dicho que ha venido para los de Israel…
Pero ella se pone en pie desesperada, y al mismo tiempo llena de fe, y responde:
-No. Suplicaré tanto, que me escuchará.
Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar. Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del pueblo todos los que están despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer para ver en qué termina la cosa.
Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor, y susurran:
-¿Pero por qué hace esto? ¡No lo ha hecho nunca! …
Y Juan dice:
-En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.
-Pero eran prosélitos -responde Judas Tadeo. ¿Y esta a la que va a curar ahora?
-También es prosélito -dice el pastor Anás.
-¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos? ¿Y la niña romana, entonces?… -dice desconsolado Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.
-Yo os digo lo que pasa -exclama Santiago de Zebedeo -Lo que pasa es que el Maestro está indignado. Su paciencia se acaba ante tantos asaltos de maldad humana. ¿No veis cómo ha cambiado? ¡Tiene razón! De ahora en adelante se dedicará sólo a los que conoce convenientemente. ¡Y hace bien!
-Sí. Pero, mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando, y la sigue una buena cola de gente. Si quiere pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención hasta de los árboles… -se queja Mateo.
-Vamos a decirle que la despida… ¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas! ¡Si llegamos así a la vía consular, estamos frescos! Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja… -dice, molesto, Judas Tadeo, el cual, además, se vuelve y conmina a la mujer:
-¡Calla y vete!
Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano. Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes y sigue suplicando.
-Vamos a decirle al Maestro que la eche Él, dado que no quiere concederle lo que pide. ¡Así no se puede seguir! -dice Mateo, mientras Andrés susurra: «¡Pobrecilla!», y Juan repite sin tregua: «No comprendo… no comprendo…».
Juan está confundido por el modo de actuar de Jesús.
Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo como un perseguido.
-¡Maestro! ¡Dile a esa mujer que se vaya! ¡Es un escándalo! ¡Viene gritando detrás de nosotros! ¡Nos señala ante todos! El camino se va poblando cada vez más de gente… y muchos se ponen detrás de ella. Dile que se marche.
-Decídselo vosotros. Yo ya le he respondido.
-No nos escucha. ¡Díselo Tú, hombre! Y además severamente.
Jesús se detiene y se vuelve. La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo, de la voz; su rostro palidece por la aumentada esperanza.
-Calla, mujer. Vuelve a casa. Ya lo he dicho: "He venido para las ovejas de Israel". Para curar a las enfermas y buscar a las perdidas. Tú no eres de Israel.
Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo, sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga que hubiera encontrado un escollo de salvación, y gime: -¡Señor, ayúdame! Tú lo puedes, Señor.
Dale una orden al demonio, Tú que eres santo… Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo. Todo está sometido a ti, Señor. Yo lo sé. Lo creo. Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.
-No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.
-Yo creo en ti. Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa. Ya te he dicho que he venido antes del alba a acurrucarme a la puerta de la casa donde estabas, y, si hubieras salido, habrías tropezado en mí.
Pero has salido por el otro lado y no me has visto. No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de tu gracia, que esperaba entrar, arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así, pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia…
-No está bien echar el pan de los hijos a los perros -repite Jesús.
-Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos, y comen lo que cae de la mesa, o los desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve. No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites a sentarme a tu mesa; te pido al menos las migas…
Jesús sonríe. ¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!…
La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados… sintiendo que está para suceder algo.
Y Jesús dice:
-¡Oh, mujer! ¡Grande es tu fe! Con tu fe consuelas mi espíritu. Ve, pues, y te suceda como quieres. Desde este momento, el demonio ha salido de tu hijita. Ve en paz. Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser perro de casa, sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre. Adiós.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor!… Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada… ¡Quisiera estar contigo, seguirte! ¡Bendito! ¡Santo!
-Ve, ve, mujer. Ve en paz.
Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña, regresa corriendo por el mismo camino que había venido; tras ella la gente, curiosa de ver el milagro…
-¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto, si luego la ibas a escuchar? -pregunta Santiago de Zebedeo.
-Por causa tuya y de todos vosotros. Esta no es una derrota, Santiago. Aquí no me han expulsado, no se han burlado de mí, no me han maldecido… Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido. Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento. Y bendigo a Dios por ello. Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con fe segura.
-¿Y mis ovejas, Señor? Dentro de poco tendría que tomar un camino distinto del tuyo para ir a mi pastura… -Pregunta de nuevo el pastor Anás.
Jesús sonríe, pero no responde.
Es bonito andar, ahora que el sol calienta el aire y hace brillar como esmeraldas las hojitas nuevas de los bosques y la hierba de los prados, transformando en engastes los cálices de las flores para las gotas de rocío que brillan en los aros radiados multicolores de las florecillas del campo. Jesús camina, sonriente. Los apóstoles, en seguida animados de nuevo, lo siguen sonrientes…
Llegan a la desviación. El pastor Anás, afligido, dice:
-Y aquí tendría que dejarte… ¿Entonces no vienes a curar a mis ovejas? Yo también tengo fe, y soy prosélito… ¿Me prometes, al menos, que vendrás después del sábado?
-¡Anás! ¿Pero no has comprendido todavía que tus ovejas están curadas desde que alcé mi mano hacia Lesemdán? Ve, pues, tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.
Creo que la mujer de Lot, después de su petrificación en sal, no sería distinta del pastor, que se ha quedado en la posición en que estaba, un poco encorvado e inclinado, con la cabeza vuelta hacia arriba para mirar a Jesús, un brazo semiextendido a media altura… Parece una estatua. Podría tener debajo el cartel: "El suplicador". Mas luego vuelve en sí, se postra y dice:
-¡Bendito! ¡Bueno! ¡Santo!… Pero te había prometido mucho dinero y aquí solamente tengo algunas dracmas… Ven, ven a visitarme después del sábado…
-Iré. No por el dinero, sino para bendecirte una vez más por tu fe sencilla. Adiós, Anás. La paz sea contigo.
Y se separan…
-Y tampoco ésta es una derrota, amigos. Aquí tampoco se han burlado de mí, ni me han expulsado o maldecido… "¡Venga, raudos! Hay una madre esperándonos desde hace días…
Y la marcha prosigue, con un breve alto en el camino para comer pan y queso y beber en un manantial…
El sol está en mediodía cuando se ve aparecer la bifurcación del camino.
Allá en el fondo empieza la escalera de Tiro -dice Mateo. Y se alegra al pensar que la mayor parte del trayecto está ya recorrido. Apoyada en el mojón romano hay una mujer. A sus pies, en un traspuntín, hay una pequeñuela de unos siete u ocho años. La mujer mira en todas las direcciones: hacia la escalera excavada en el monte rocoso, hacia la vía de Tolemaida, hacia el camino recorrido por Jesús. Y, de vez en cuando, se inclina para acariciar a su niña, para proteger su cabeza del sol con un paño,
o cubrirle los pies y las manos con un chal. -¡Ahí está la mujer! Pero, ¿dónde habrá dormido estos días? -pregunta Andrés. -Quizás en aquella casa de cerca de la bifurcación. No hay otras casas cercanas responde Mateo.
-O al raso dice Santiago de Alfeo. -No, por la niña -responde su hermano. -¡Con tal de obtener la gracia!… -dice Juan. Jesús no habla. Pero sonríe. Todos en fila (El en el centro, tres de esta parte, tres de la otra), ocupan toda la vía, en esta hora de pausa de viandantes, que se han parado a comer en los respectivos lugares en que los ha sorprendido el mediodía. Jesús sonríe, alto, hermoso, en el centro de la fila. Su rostro está tan radiante que parece como si toda la luz del sol se hubiera concentrado en él. Parece emanar rayos.
La mujer levanta los ojos… Ya están a unos cincuenta metros de distancia. Quizás ha llamado su atención, distraída al oír llorar a su hija, la mirada de Jesús fija en ella. Mira… Se lleva las manos al corazón con un gesto involuntario de ansia, de sobresalto.
Jesús aumenta su sonrisa. Y esa fúlgida sonrisa, inefable, debe decirle tantas cosas a la mujer, que, ya sin ansia, sonriente, como si va fuera feliz, se agacha a coger a su niña y, sosteniéndola en su jergoncillo, con los brazos extendidos, como si se la estuviera ofreciendo a Dios, da unos pasos hacia Jesús. En llegando a los pies de Él, se arrodilla levantando lo más que puede a la niña, que está en posición echada y que mira, extática, el hermosísimo rostro de Jesús.
La mujer no dice ni una palabra. ¿Qué podría decir que fuera más profundo que lo que dice con toda su figura?…
Jesús dice solamente una palabra, corta pero poderosa, letificante como el "Fiat" de Dios en la creación del mundo:
-Sí». Y apoya la mano sobre el pequeño pecho de la niña echada.
Entonces la niña, emitiendo un grito de calandria liberada de la jaula, exclama:
-¡Mamá! -se sienta de golpe, pasa a poner pie en tierra, abraza a su madre, la cual -ella sí -, exhausta, vacila y está a punto de caerse boca arriba, desmayada por el cansancio, por la cesación del ansia, por la alegría que sobrecarga las ya debilitadas fuerzas del corazón por tanto dolor pasado.
Jesús está atento a sujetarla: una ayuda más eficaz que la de la niñita, que, recargando con su peso los miembros maternos, no es, ciertamente, el más indicado factor para sujetar a su madre sobre las rodillas. Jesús la ayuda a sentarse y le transfunde fuerzas… Y la mira, mientras mudas lágrimas descienden por la cara, cansada y dichosa al mismo tiempo, de la mujer.
Luego es el momento de las palabras:
-¡Gracias, mi Señor! ¡Gracias y bendiciones! Mi esperanza ha sido coronada… Te he esperado mucho… Pera ahora soy feliz…
La mujer, superado su semidesmayo, se arrodilla de nuevo, adorando, teniendo delante de sí a la niñita curada y que ahora recibe las caricias de Jesús. Y explica:
-Hacía dos años que un hueso de la columna se le consumía, la paralizaba y la llevaba a la muerte lentamente y con grandes dolores. La habíamos llevado a que la vieran médicos de Antioquía, Tiro, Sidón, y también de Cesárea y Panéade. Hemos gastado tanto en médicos y medicinas, que hemos vendido la casa que poseíamos en la ciudad para retirarnos a la de campo. Habíamos despedido a los sirvientes de la casa y nos habíamos quedado sólo con los de los campos. Habíamos puesto en venta los productos que antes consumíamos nosotros… ¡Nada aprovechaba! Te vi.
Tenía noticia de lo que hacías en otros lugares. He esperado la gracia también para mí… ¡Y la he obtenido! Ahora vuelvo a casa, aligerada, dichosa… Le daré una alegría a mi esposo… a mi Santiago, que me puso en el corazón la esperanza, narrándome lo que por tu poder sucede en Galilea y Judea. ¡Si no hubiéramos tenido miedo de no encontrarte, habríamos venido con la niña! ¡Pero Tú estás siempre en camino!…
-Caminando he venido a verte… Pero, ¿dónde has pasado estos días?
-En aquella casa… Bueno, por la noche, se quedaba sólo la niña. Hay allí una buena mujer, que me la cuidaba. Yo he estado siempre aquí, por miedo a que pasaras de noche.
Jesús le pone la mano sobre la cabeza:
-Eres una buena madre. Dios te ama por ello. ¿Ves cómo te ha ayudado en todo?
-¡Oh, sí, lo he sentido precisamente mientras venía. Había venido de casa a la ciudad con la confianza de encontrarte; por tanto, con poco dinero, y sola. Luego, siguiendo el consejo de aquel hombre, seguí por este lugar. Mandé un aviso a casa y vine… y no me ha faltado nunca nada, ni pan, ni refugio, ni fuerza. -¿Siempre con ese peso en los brazos? ¿No podías servirte de un carro?… -pregunta enternecido Santiago de Alfeo. -No.
Ella habría sufrido demasiado: hasta morir incluso. En los brazos de su mamá ha venido mi Juana a la Gracia. Jesús acaricia en el pelo a las dos: -Ahora podéis marcharos. Sed siempre fieles al Señor. El Señor esté con vosotras y con vosotras mi paz.
Jesús reanuda su camino por la vía que conduce a Tolemaida.
-Esta tampoco es una derrota, amigos. Tampoco aquí me han expulsado, ni se han burlado de mí, ni me han maldecido.
Siguiendo la vía directa, pronto se llega al taller del herrador que está al lado del puente. El herrador romano está descansando al sol, sentado contra el muro de la casa. Reconoce a Jesús y lo saluda.
Jesús devuelve el saludo y añade:
-¿Me dejas estar aquí, para descansar un poco y comer un poco de pan?
-Sí, Maestro. Mi mujer quería verte… porque le he referido la parte de tu discurso que ella no había oído la otra vez. Ester es hebrea. Pero, siendo romano, no me atrevía a decírtelo. Te la habría mandado…
-Llámala, entonces.
Y Jesús se sienta en el banco que hay contra la pared, mientras Santiago de Zebedeo distribuye pan y queso… Sale una mujer de unos cuarenta años, turbada, roja de vergüenza.
-Paz a ti, Ester. ¿Tenías deseos de conocerme? ¿Por qué?
-Por lo que dijiste… Los rabíes nos desprecian a nosotras, casadas con un romano… Pero he llevado a todos mis hijos al Templo, y los varones están todos circuncidados. Se lo dije antes a Tito, cuando me quiso como esposa… Y él es bueno… Siempre me ha dejado libertad de acción con los hijos. Costumbres, ritos, ¡aquí todo es hebreo!… Pero los rabíes, los arquisinagogos, nos maldicen. Tú no… Tú tienes palabras de piedad para nosotras…
¡No sabes cuánto significa eso para nosotras! Es como sentirnos abrazadas por el padre y la madre que nos han repudiado y maldecido, o que se muestran severos con nosotras… Es como volver a poner pie en la casa que hemos dejado y no sentirse extranjeras en ella… Tito es bueno. Durante nuestras Fiestas cierra el taller, con gran pérdida de dinero, y me acompaña con nuestros hijos al Templo. Porque dice que sin religión no se puede estar. Él dice que su religión es la de la familia y el trabajo, como antes era la del deber de soldado… Pero yo…
Señor… quería hablar contigo por una cosa… Tú dijiste que los seguidores del verdadero Dios deben separar un poco de su levadura santa y meterla en la buena harina para hacerla fermentar santamente. Yo lo he hecho con mi esposo. He tratado, en estos veinte años que llevamos juntos, de trabajar su alma, que es buena, con la levadura de Israel. Pero no se decide nunca… es ya mayor… Querría tenerlo conmigo en la otra vida… Unidos por la fe como lo estamos por el amor… No te pido riquezas, bienestar, salud. Lo que tenemos es suficiente, y bendito sea Dios por ello. Pero sí que querría esto… ¡Pide por mi esposo! Que sea del verdadero Dios…
-Lo será. Puedes estar segura. Pides una cosa santa y te será dada. Has comprendido los deberes de la esposa hacia Dios y hacia su esposo. ¡Si así fueran todas las esposas! En verdad te digo que muchas deberían imitarte. Sigue así y recibirás la alegría de tener a tu Tito a tu lado, en la oración y en el Cielo. Muéstrame a tus hijos.
La mujer llama a la numerosa prole: «Jacob, Judas, Leví, María, Juan, Ana, Elisa, Marco». Y luego entra en la casa y vuelve a salir con una que apenas si sabe andar todavía y con uno de tres meses como mucho:
-Y éste es Isaac, y esta pequeñita es Judit -dice terminando la presentación.
-¡Abundancia! -dice riendo Santiago de Zebedeo.
Y Judas exclama:
-¡Seis varones! ¡Y todos circuncisos! ¡Y con nombres puros! ¡Sí señora, muy bien!
La mujer está contenta, y hace elogios de Jacob, Judas y Leví, los cuales ayudan a su padre «todos los días menos el sábado, el día en que Tito trabaja solo, poniendo las herraduras ya hechas» dice. Elogia también a María y a Ana, «ayuda de su mamá». Pero no deja de elogiar también a los cuatro más pequeños «buenos y sin caprichos.
Tito, que ha sido un soldado disciplinado, me ayuda a educarlos» dice mientras mira con mirada afectuosa al hombre, el cual, apoyado en la jamba, con una mano en la cadera, ha escuchado todo lo que ha dicho su mujer, con una franca sonrisa en su rostro claro, y que ahora, al oír la memoria de sus méritos de soldado, rebosa complacencia.
-Muy bien. La disciplina de las armas no repugna a Dios, cuando se cumple con humanidad el propio deber de soldado. Todo consiste en ser siempre moralmente honestos, en todos los trabajos, para ser siempre virtuosos. Tu pasada disciplina, que ahora transfundes en tus hijos, te debe preparar para incorporarte a un más alto servicio: el de Dios. Ahora vamos a despedirnos. Tengo el tiempo justo para llegar a Akcib antes de que se cumpla el ocaso. Paz a ti, Ester, y a tu casa. Sed, dentro de poco, todos del Señor».
La madre y los hijos se arrodillan, mientras Jesús alza la mano bendiciendo. El hombre, como si de nuevo fuera el soldado de Roma ante su emperador, se cuadra, saludando a la romana.
Y se ponen en marcha… Después de unos metros, Jesús pone la mano en el hombro de Santiago:
-Una vez más aún, la cuarta de hoy, te hago la observación de que ésta no es una derrota, ni es ser expulsado, satirizado o maldecido. ¿Qué dices ahora? -Que soy un necio, Señor -dice impetuosamente Santiago de Zebedeo.
-No. Tú, como todos vosotros, sois todavía demasiado humanos. Todas vuestras opciones son las propias de quien está más sujeto a humanidad que a espíritu.
El espíritu, cuando es soberano, no se altera ante cualquier soplo del viento, que no siempre puede ser brisa perfumada… Podrá sufrir, pero no se altera. Yo oro siempre porque alcancéis esta soberanía del espíritu. Pero vosotros me tenéis que ayudar con vuestro esfuerzo…
¡Bueno, este viaje ha terminado! En él he sembrado lo necesario para prepararos el trabajo, para cuando seáis vosotros los evangelizadores.
Ahora podemos iniciar el reposo sabático con la conciencia de haber cumplido nuestro deber. Y esperaremos a los otros… Luego proseguiremos… todavía… siempre… hasta que todo quede cumplido…