350- Lección a los discípulos sobre el poderde vencer a los demonios

Están ahora nuevamente en la casa de Nazaret. Es más, para ser más exactos, están esparcidos en el rellano de los olivos, en espera de separarse para ir a descansar.

Ya ha oscurecido y la Luna se alza tarde, así que han encendido una pequeña hoguera para aclarar la noche; noche tibia, «demasiado incluso» como sentencian los pescadores previendo próximas lluvias.

Y es bonito estar allí, todos unidos: las mujeres en el huerto florecido, alrededor de María; los hombres aquí arriba; y, en el borde del rellano, de forma que lo vean tanto éstos como aquéllas, Jesús, respondiendo a uno o a otro, mientras las discípulas escuchan atentas. Deben haber referido lo del lunático curado al pie del monte y todavía siguen los comentarios al respecto.

-¡Vamos, que has hecho falta Tú! -exclama el primo Simón.
-¡Pero ni siquiera el ver que incluso sus exorcistas no podían nada, a pesar de haber dicho que habían usado las fórmulas más fuertes, ha convencido a esos cernícalos! -dice, meneando la cabeza, el barquero Salomón.
-Y no convencerán a sus escribas ni siquiera diciéndoles sus conclusiones.

-¡Ya, claro! Me parecía que hablaban bien, ¿no es verdad? -pregunta uno que no conozco.

-Muy bien. Excluyeron todo tipo de sortilegio demoníaco en el poder de Jesús, y dijeron que se sintieron invadidos de profunda paz cuando el Maestro hizo el milagro; mientras que -decían -cuando sale de uno un poder malvado lo sienten como un sufrimiento -responde Hermas.

-¡Pero hay que ver qué espíritu más fuerte! ¡No se quería marchar! Pero, ¿cómo es que no lo tenía continuamente poseído?
-¿Era un espíritu rechazado, solitario; o era tan santo el muchacho, que por sí mismo lo repelía?-pregunta otro discípulo cuyo nombre desconozco.

Jesús responde espontáneamente:

-He explicado varias veces que toda enfermedad, siendo un tormento y un desorden, puede esconder a Satanás, y Satanás se puede esconder en una enfermedad, usarla, crearla, para atormentar y hacer blasfemar contra Dios. El niño era un enfermo, no un poseído. Un alma pura. Por eso con gran alegría la he liberado del astutísimo demonio, que quería dominarla hasta el punto de hacerla impura.
-¿Y por qué, si era una simple enfermedad, no hemos podido resolverlo nosotros? -pregunta Judas de Keriot.

-¡Sí, eso! Se comprende que los exorcistas, si no era un endemoniado, no hayan podido hacer nada. Pero nosotros… ­observa Tomás.

Y Judas de Keriot (que no ha encajado la afrenta de haber intentado muchas veces con el muchacho y haber obtenido sólo que cayera en un estado de agitación o incluso en convulsiones) dice:

-Pero nosotros… hasta parecía que se le empeorase.

¿Recuerdas, Felipe? Tú que me ayudabas oíste y viste las burlas que me dirigía. Me dijo incluso: "¡Vete! De los dos el más demonio eres tú". Lo cual hizo que a mis espaldas se rieran los escribas.

-¿Y ello te ha dolido? -pregunta Jesús como sin interés.
-¡Claro que sí! No es una cosa bonita que se burlen de uno. Y no es útil cuando se es apóstol tuyo. Se pierde autoridad.

-Cuando uno tiene a Dios tiene autoridad, aunque el mundo entero se burle, Judas de Simón.

-De acuerdo. Pero Tú aumenta, al menos en nosotros los apóstoles, el poder, para no sufrir otra vez ciertas derrotas.

-Ni es justo ni sería útil que Yo aumentara el poder. Por vosotros mismos lo tenéis que hacer, para salir vencedores. Si habéis fracasado ha sido por vuestra insuficiencia, y también por haber disminuido cuanto os había dado, con elementos no santos que habéis querido añadir esperando mayores triunfos.

-¿Lo dices por mí, Señor? -pregunta Judas Iscariote.

-Tú sabrás si lo mereces. Hablo a todos.
Bartolomé pregunta:

-¿Pero entonces qué hay que tener para vencer a estos demonios?

-Oración y ayuno. No se necesita nada más. Orad y ayunad.

Y no sólo en la carne. Por eso bien está el que vuestro orgullo haya quedado en ayunas, sin ser satisfecho. El orgullo saciado vuelve apáticas la mente y el alma, y la oración se hace tibia, inerte; de la misma forma que el cuerpo demasiado lleno está somnoliento y pesado. Y ahora vamos también nosotros al justo descanso. Que mañana al amanecer todos, menos Manahén y los discípulos pastores, estén en el camino de Caná. La paz sea con vosotros.

Y retiene a Isaac y a Manahén y da particulares instrucciones para el día siguiente, día de la partida para las discípulas y María, que, junto con Simón de Alfeo, y Alfeo de Sara empiezan el peregrinaje pascual.

-Pasaréis por Esdrelón para que Margziam vea al anciano. Daréis a los labriegos la bolsa que por indicación mía os ha dado Judas de Keriot. Y durante el viaje socorreréis a todos los pobres que os encontréis con la otra que os he dado hace poco. Cuando lleguéis a Jerusalén, id a Betania, y decid que me esperen para la neomenia de Nisán.

Poco podré tardar a partir de ese día. Os confío a la persona que más estimo y a las discípulas. Pero estoy tranquilo de que estarán seguras. Partid. Nos volveremos a ver en Betania y estaremos bastante tiempo juntos.

Los bendice y, mientras ellos se alejan en la noche, salta hacia abajo, al huerto, y entra en casa, donde ya están las discípulas y su Madre, que, con Margziam, están apretando los cordones de los fardos de viaje, y disponiendo todas las cosas para esta ausencia cuya duración no se conoce.

349- La Transfiguración en el monte Tabor y el epiléptico curado al pie del monte.

Un comentario para los predilectos.

¿Hay, acaso, algún hombre que no haya visto, al menos una vez, un alba serena de Marzo? Si tal hombre existe, es un gran desagraciado, porque desconoce una de las gracias más hermosas de la naturaleza despertada de primavera, de nuevo virgen, niña, cual debía ser el primer día.

En esta gracia, que es pura en todos sus aspectos y cosas -desde las hierbas nuevas y cargadas de rocío, hasta las florecillas que se abren, como niños que nacen. ante la primera sonrisa de la luz del día: hasta los pájaros que se despiertan con un batir de alas y dicen su primer "¿chip?" interrogativo, preludio de todos sus canoros discursos de la jornada; hasta el mismo olor del aíre, que ha perdido durante la noche, por la lavación del rocío y la ausencia del hombre, hasta la más mínima contaminación de polvo, humo e indicio de cuerpos humanos -, en medio de esta gracia, van Jesús, los apóstoles y los discípulos.

Está con ellos también Simón de Alfeo.

Van en dirección sureste, superando las colinas que hacen de corona a Nazaret, vadeando un torrente, atravesando una llanura estrecha situada entre las colinas nazarenas y un grupo de montes hacia el este. Estos montes están precedidos por el cono semitruncado del Tabor, cuya cima, curiosamente, me recuerda, vista de perfil, la punta del gorro de nuestra policía nacional.

Llegan al monte. Jesús se para y dice:

-Pedro, Juan y Santiago de Zebedeo subirán conmigo al monte. Vosotros diseminaos por la base, separándoos hacia los caminos que la bordean, y predicad al Señor. Al atardecer quiero estar de nuevo en Nazaret, así que no os alejéis mucho. La paz sea con vosotros. Y, volviéndose a los tres que había nombrado, dice:
-Vamos.

Y empieza a subir sin volverse ya, y con un paso tan expedito, que pone a Pedro en dificultad para seguirle.
En un alto que hacen, Pedro, rojo y sudado, le pregunta con respiración afanosa:

-¿Pero a dónde vamos? No hay casas en el monte. En la cima, aquella vieja fortaleza. ¿Quieres ir a predicar allí?

-Habría subido por la otra vertiente. Como puedes ver, le vuelvo las espaldas. No vamos a ir a la fortaleza, y quien esté en ella ni siquiera nos verá. Voy a unirme con mi Padre. He querido teneros conmigo porque os amo. ¡Venga, ligeros!

-¡Oh, mi Señor! ¿Y no podríamos ir un poco más despacio, y hablar de lo que oímos y vimos ayer, que nos ha tenido despiertos toda la noche para comentarlo?
-A las citas con Dios hay que ir siempre sin demora.

¡Ánimo, Simón Pedro! Que arriba os permitiré que descanséis.

Y reanuda la subida…
Suben más alto todavía y la mirada se expande por dilatados horizontes que un hermoso día sereno hace detalladamente nítidos hasta en las zonas más lejanas.
El monte no forma parte de un sistema montañoso como el de Judea; se yergue aislado, teniendo, respecto al lugar en que nos encontramos, el oriente de frente, el norte a la izquierda, el sur a la derecha, y, detrás, al oeste, la cima, que se alza aún unos centenares de pasos. Es muy alto, y la mirada puede ver libremente en un vasto radio.

El lago de Genesaret parece un recorte de cielo engastado en el verde de la tierra, una turquesa oval ceñida de esmeraldas de distintas tonalidades; un espejo trémulo, que se riza con el viento leve y por el que se deslizan, con agilidad de gaviotas, las barcas con sus velas desplegadas, ligeramente inclinadas hacia la superficie azulina, con la misma gracia del vuelo cándido de una gaviota cuando sigue el curso de la onda en busca de presa. Luego, de la vasta turquesa sale una vena, de un azul más pálido en los lugares donde el guijarral es más ancho, y más oscuro donde las orillas se estrechan y el agua es más profunda y opaca por la sombra que proyectan los árboles que crecen vigorosos junto al río, nutridos con su linfa. El Jordán parece una pincelada casi rectilínea en el verde de la llanura.

A uno y otro lado del río, diseminados por la llanura, hay unos pueblecillos. Algunos de ellos son realmente un puñado de casas, otros son más grandes, ya con aire de pequeñas ciudades. Las vías de comunicación son rugosidades amarillentas en el verde. Pero aquí, en la parte del monte, la llanura está mucho más cultivada y es mucho más fértil, muy bonita. Se ve a los distintos cultivos, con sus distintos colores, sonreír al bonito sol que desciende del cielo sereno.

Debe ser primavera, quizás Marzo, si calculo la latitud de Palestina, porque veo los cereales ya altos, aunque todavía verdes, ondear como un mar glauco, y veo a los penachos de los más precoces de entre los árboles frutales colocar como nubecillas blancas y róseas sobre este pequeño mar vegetal, y luego prados enteramente florecidos, por los altos henos, sobre los cuales, ovejitas al pasto parecen pequeños cúmulos de nieve amontonadas acá o allá sobre la hierba.

Al pie del monte, en las colinas que constituyen su base -bajas y breves colinas -, hay dos pequeñas ciudaditas, una hacia el sur, la otra hacia el norte. La llanura ubérrima se extiende especial y más ampliamente hacia el sur.

Jesús, después de una breve pausa al fresco de un puñado de árboles (pausa que, sin duda, ha sido concedida por piedad hacia Pedro, que en las subidas se cansa visiblemente), reanuda la ascensión. Sube casi hasta la cima, hasta un rellano herboso con un semicírculo de árboles hacia la parte de la ladera.

-Descansad, amigos. Yo voy allí a orar.

Y señala con la mano una voluminosa roca que sobresale del
monte y que se encuentra, por tanto, no hacia la ladera sino hacia dentro, hacia la cima.

Jesús se arrodilla en la tierra herbosa y apoya las manos y la cabeza en la roca, en la postura que tomará también en la oración del Getsemaní. El sol no incide en Él, porque la cima lo resguarda. Pero el resto de la explanada herbosa está toda alegre de sol, hasta el límite de sombra del borde arbolado a cuya sombra se han sentado los apóstoles.

Pedro se quita las sandalias y las sacude para quitar el polvo y las piedrecitas, y se queda así, descalzo, con sus pies cansados entre la hierba fresca, casi echado, apoyada la cabeza, como almohada, en un matojo esmeraldino que sobresale más que los demás en su trozo de prado. Santiago hace lo mismo, pero, para estar cómodo, busca un tronco de árbol; en él apoya su manto, y en el manto la espalda.

Juan permanece sentado, observando al Maestro. Pero la calma del lugar, el vientecíllo fresco, el silencio y el cansancio lo vencen a él también, y se le caen: sobre el pecho, la cabeza; sobre los ojos, los párpados. Ninguno de los tres duerme profundamente; están en ese estado de somnolencia veraniega que atonta.

Los despabila una luminosidad tan viva, que anula la del Sol y se esparce y penetra hasta debajo del follaje de las matas y árboles bajo los cuales se han puesto.

Abren, estupefactos, los ojos, y ven a Jesús transfigurado. Es ahora como lo veo en las visiones del Paraíso, tal cual. Naturalmente sin las Llagas y sin la enseña de la Cruz.

Pero la majestad del Rostro y del Cuerpo es igual; igual es su luminosidad, igual el indumento, que, de un rojo oscuro, se ha transformado en el adiamantado y perlino tejido inmaterial que le viste en el Cielo. Su Rostro es un sol de luz sideral, pero intensísima, en el cual centellean los ojos de zafiro.

Parece más alto aún, como si su glorificación hubiera aumentado su estatura. No sabría decir si la luminosidad, que pone incluso fosforescente el rellano, proviene enteramente de El, o si a la luz propia se une toda la luz que hay en el universo y en los cielos, concentrada en su Señor. Sé que es algo indescriptible.

(Nota de María Valtorta sobre la Transfiguración “Para desviar las intrigas de Satanás y las insidias de los futuros -y no desconocidos para Dios Padre -enemigos del Verbo Encarnado, Dios envolvió a Cristo de aspectos que son comunes a todos los nacidos de mujer, y no sólo mientras fue "el niño y el hijo del carpintero", sino también cuando fue "el Maestro".

Sólo la sabiduría y los milagros lo distinguían de los demás. Pero Israel -aunque en menor medida -conocía otros maestros (los profetas) y obradores de milagros. Ello debía seriar también para probar la fe de sus elegidos: los apóstoles y discípulos-quienes debían "creer sin ver" cosas extraordinarias y divinas. Así, veían al Hombre docto y santo que, también, hacía milagros, pero que, en todo lo demás, era similar a ellos en sus necesidades humanas.

Pero, para confirmar a los tres, después de la turbación sufrida por el anuncio de la futura muerte de cruz, El ahora se manifiesta en toda la gloria de su Naturaleza Divina. Después de ello, ya no podía subsistir la duda que el anuncio de la muerte de cruz había insinuado en sus más cercanos seguidores. Habían visto a Dios, a Dios en el Hombre que sería crucificado. Era la manifestación de las dos Naturalezas hipostáticamente unidas, manifestación innegable que no podía dejar dudas. Y al Hijo-Dios que como tal se manifiesta se une el Padre-Dios con sus palabras y el Cielo, representado por Moisés Y Elías.

Después de zarandear su fe por el anuncio de su muerte, Jesús restablece -es más, la aumenta -la fe de los tres apóstoles, transfigurándose)

Jesús está ahora de pie; bueno, diría incluso que está levantado del suelo, porque entre Él y la hierba del prado hay como una luz en evaporación, un espacio constituido únicamente por una luz, sobre el cual parece erguirse Él.

Pero es tan viva, que podría incluso engañarme, y el no ver el verde de la hierba bajo las plantas de Jesús podría estar provocado por esta luz intensa que vibra y produce ondas como algunas veces se ve en los fuegos intensos. Ondas, aquí, de un color blanco, incandescente. Jesús tiene el Rostro alzado hacia el cielo y sonríe como respuesta a una visión que lo sublima.

Los apóstoles sienten casi miedo y lo llaman, porque ya no les parece que sea su Maestro, de tanto como está transfigurado.

-¡Maestro, Maestro! -dicen bajo, pero con ansia. Él no oye.

-Está en éxtasis -dice Pedro temblando -¿Qué estará viendo?

Los tres se han puesto en pie. Querrían acercarse a Jesús, pero no se atreven.

La luz aumenta todavía más, debido a dos llamas que bajan del cielo y se colocan a ambos lados de Jesús. Una vez asentadas en el rellano, se abre su velo y aparecen dos majestuosos y luminosos personajes. Uno, más anciano, de mirada aguda y grave y con barba larga bipartida. De su frente salen cuernos de luz que me dicen que es Moisés.

El otro es más joven, enjuto, barbudo y velloso, aproximadamente como el Bautista, al cual yo diría que se asemeja por estatura, delgadez, conformación y gravedad.

Mientras que la luz de Moisés es cándida como la de Jesús, especialmente en los rayos de la frente, la que emana Elías es solar, de llama viva.

Los dos Profetas toman una postura reverente ante su Dios Encarnado, y, aunque Él les hable con familiaridad, ellos no abandonan esa su postura reverente. No comprendo ni siquiera una de las palabras que dicen.

Los tres apóstoles caen de rodillas temblando, cubriéndose el rostro con las manos. Querrían ver, pero tienen miedo.

Por fin Pedro habla:
-¡Maestro, Maestro, óyeme!

Jesús vuelve la mirada sonriente hacia su Pedro, el cual recobra vigor y dice:

-Es hermoso estar aquí contigo, con Moisés y con Elías. Si quieres hacemos tres tiendas para ti, para Moisés y para Elías, y nosotros os servimos…

Jesús vuelve a mirarlo y sonríe más vivamente. Mira también a Juan y a Santiago: una mirada que los abraza con amor. También Moisés y Elías miran a los tres fijamente.

Sus ojos centellean. Deben de ser como rayos que atraviesan los corazones.

Los apóstoles no se atreven a decir nada más.

Atemorizados, callan. Dan la impresión de personas un poco ebrias, como personas aturdidas. Pero, cuando un velo, que no es niebla, que no es nube, que no es rayo, envuelve y separa a los Tres gloriosos detrás de una pantalla aún más luminosa que la que ya los circundaba, celándolos a la vista de los tres, y una Voz potente y armónica vibra y llena de sí el espacio, los tres caen con el rostro contra la hierba.

-Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.

Escuchadlo.

Pedro, al arrojarse rostro en tierra, exclama:

-¡Misericordia de mí, que soy un pecador! ¡La Gloria de Dios está descendiendo!

Santiago no dice nada. Juan susurra, con un suspiro, como si estuviera próximo a desmayarse:

-¡El Señor habla!

Ninguno se atreve a levantar la cabeza, ni siquiera cuando el silencio se hace de nuevo absoluto. No ven, por tanto, siquiera el retorno de la luz a su naturaleza de luz solar, que muestra a Jesús solo, de nuevo el Jesús de siempre, con su túnica roja.

Él anda en dirección a ellos, sonriendo; los mueve y toca y llama por su nombre.

-Alzaos. Soy Yo. No temáis -dice, porque los tres no se atreven a levantar la cara e invocan misericordia para sus pecados, temiendo que sea el Ángel de Dios queriendo mostrarles al Altísimo.

-Alzaos. Os lo ordeno -repite Jesús con tono imperioso.

Alzan el rostro y ven a Jesús sonriente.

-¡Oh, Maestro, Dios mío! -exclama Pedro -¿Cómo vamos a
vivir a tu lado, ahora que hemos visto tu gloria? ¿Cómo vamos a vivir en medio de los hombres, y nosotros, hombres pecadores, ahora que hemos oído la voz de Dios?

-Deberéis vivir conmigo y ver mi gloria hasta el final.

Sed dignos de ello, porque el tiempo está próximo. Obedeced al Padre mío y vuestro. Volvemos ahora con los hombres, porque he venido para estar con ellos y para llevarlos a Dios. Vamos. Sed santos en recuerdo de esta hora, fuertes, fieles. Participaréis en mi más completa gloria. Pero no habléis ahora de esto que habéis visto a nadie, ni siquiera a vuestros compañeros. Cuando el Hijo del hombre resucite de entre los muertos y vuelva a la gloria del Padre, entonces hablaréis. Porque entonces será necesario creer para tener parte en mi Reino.

(Pero no habléis… ni siquiera a vuestros compañeros. La prudencia, perfecta en Cristo, lo impuso así para evitar fanatismos de veneración y de odio, ambos prematuros y nocivos: así lo anota MV en una copia mecanografiada)

-¿Pero no tiene que venir Elías para preparar tu Reino? Los rabíes dicen eso.

-Elías ha venido ya y ha preparado los caminos al Señor.

Todo sucede como ha sido revelado. Pero los que enseñan la Revelación no la conocen ni la comprenden, y no ven ni reconocen los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Elías ha vuelto una vez. Vendrá la segunda cuando esté cercano el último tiempo, para preparar a los últimos para Dios.

Ahora ha venido para preparar a los primeros para Cristo, y los hombres no lo han querido reconocer, le han hecho sufrir y lo han matado. Lo mismo harán con el Hijo del hombre, porque los hombres no quieren reconocer lo que es su bien.

(Elías ha vuelto una vez. El Elías que "ha vuelto una vez", al que alude Jesús, era Juan el Bautista: así lo anota MV en una copia mecanografiada)

Los tres agachan la cabeza pensativos y tristes, y bajan con Jesús por el mismo camino por el que han subido.
… Y es otra vez Pedro el que, en un alto a mitad de camino, dice:

-¡Ah, Señor! Yo también digo como tu Madre ayer: "¿Por qué nos has hecho esto?", y también digo: "¿Por qué nos has dicho esto?". ¡Tus últimas palabras han borrado de nuestro corazón la alegría de la gloriosa visión! ¡Ha sido un día de grandes miedos! Primero, el miedo de la gran luz que nos ha despertado, más fuerte que si el monte ardiera, o que si la Luna hubiera bajado a resplandecer al rellano ante nuestros ojos; luego tu aspecto, y el hecho de separarte del suelo como si estuvieras para echar a volar y marcharte.

He tenido miedo de que Tú, disgustado por las iniquidades de Israel, volvieras a los Cielos, quizás por orden del Altísimo. Luego he tenido miedo de ver aparecer a Moisés, al que los suyos de su tiempo no podían ver ya sin velo, de tanto como resplandecía en su rostro el reflejo de Dios, y todavía era hombre, mientras que ahora es espíritu bienaventurado y encendido de Dios; y a Elías…

¡Misericordia divina! He pensado que había llegado a mi último momento, y todos los pecados de mi vida, desde cuando robaba de pequeño la fruta de la despensa hasta el último de haberte aconsejado mal hace unos días, me han venido a la mente.

¡Con qué temblor me he arrepentido! Luego me dio la impresión de que me amaban esos dos justos… y he tenido la intrepidez de hablar. Pero incluso su amor me producía miedo, porque no merezco el amor de semejantes espíritus.

¡Y después… después!… ¡El miedo de los miedos! ¡La voz de Dios!… ¡Yeohveh ha hablado! ¡A nosotros! Nos ha dicho: "¡Escuchadle!". Tú. Y te ha proclamado "su Hijo amado en el cual Él se complace". ¡Qué miedo! ¡Yeohveh!…

¡A nosotros!… ¡Verdaderamente sólo tu fuerza nos ha mantenido en vida!… Cuando nos has tocado y tus dedos ardían como puntas de fuego, he sentido el último momento de terror. He creído que era la hora de ser juzgado y que el Ángel me tocaba para tomar mi alma y llevársela al Altísimo…

¡Pero, ¿cómo pudo tu Madre ver… oír… vivir en definitiva, ese momento del que hablaste ayer, sin morir, Ella que estaba sola, siendo jovencita aún, sin Ti?!

-María, la Sin Mancha, no podía tener miedo de Dios. Eva no tuvo miedo de Dios mientras fue inocente. Y Yo estaba en ese lugar. Yo, el Padre y el Espíritu, Nosotros, que estamos en el Cielo y en la tierra y en todas partes, y que teníamos nuestro Tabernáculo en el corazón de María -dice dulcemente Jesús.

-¡Qué cosa! ¡Qué cosa!… Pero después hablaste de muerte… Y toda alegría se borró… Pero, ¿por qué a nosotros tres todo esto?, ¿por qué a nosotros? ¿No convenía dar a todos esta visión de tu gloria?

-Precisamente porque desfallecéis al oír hablar de muerte, y muerte de suplicio, del Hijo del hombre, el Hombre-Dios os ha querido fortalecer para aquella hora y para siempre, con la precognición de lo que seré después de la Muerte: recordad todo esto, para decirlo a su tiempo… ¿Habéis entendido?

-¡Oh, sí, Señor. No es posible olvidar. Y sería inútil decirlo. Dirían que estaríamos ebrios.

Reanudan la marcha hacia el valle. Pero, llegados a un punto, Jesús tuerce por un sendero pino en dirección a Endor, o sea, por el lado opuesto al otro en que dejó a los discípulos.

-No los encontraremos -dice Santiago -El sol empieza a bajar. Se estarán agrupando para esperarte en el lugar donde los dejaste.

-Ven y no te crees pensamientos necios.

En efecto, en cuanto la espesura se abre dando lugar a una pradera que desciende suavemente hasta tocar el camino de primer orden, ven a toda la masa de los discípulos, aumentada por la presencia de viandantes curiosos, de escribas venidos de no sé dónde, moviéndose en la base del monte.

-¡Vaya! ¡Escribas!… ¡Y ya disputan! -dice Pedro señalándolos. Y baja los últimos metros disgustado.
Pero también los que están abajo los han visto y unos a otros se los señalan, y luego se echan a corren hacia Jesús, gritando:

-¿Cómo es que vienes por esta parte, Maestro? Estábamos para encaminarnos al lugar establecido. Pero nos han entretenido en disputas los escribas, y con sus súplicas un padre afligido.

-¿De qué discutíais entre vosotros?

-Por un endemoniado. Los escribas se han burlado de
nosotros porque no hemos podido liberarlo. Lo ha intentado de nuevo, ya por pundonor, Judas de Keriot; pero ha sido inútil. Entonces hemos dicho: "Intentadlo vosotros". Han respondido:

"No somos exorcistas". Ha coincidido que pasaban algunos, que venían de Caslot -Tabor, entre los que había dos exorcistas. Pero ellos tampoco nada. Aquí viene el padre a suplicarte. Escúchalo.

Un hombre, en efecto, se acerca suplicante. Se arrodilla frente a Jesús, que se ha quedado en el prado en pendiente, estando, pues, al menos, tres metros por encima del camino, y, por tanto, bien visible a todos.

-Maestro -le dice el hombre -venía a Cafarnaúm con mi hijo, buscándote. Te traía a mi hijo infeliz para que lo liberaras, Tú que expulsas los demonios y curas toda enfermedad. Frecuentemente se apodera de él un espíritu mudo.

Cuando se apodera de él sólo puede emitir gritos roncos, como un animal que se estuviera ahogando. El espíritu lo tira al suelo, y él, en el suelo, se revuelca, le crujen los dientes, echa espuma como un caballo que muerde el bocado, y se hiere, o puede incluso morir por asfixia, o quemado, o destrozado, porque el espíritu, más de una vez, lo ha arrojado al agua, al fuego, o lo ha tirado por las escaleras. Tus discípulos lo han intentado, pero no han podido. ¡Oh, Señor bueno! ¡Piedad de mí y de mi niño!
Jesús centellea de poder mientras grita:

-¡Oh generación perversa, oh turba satánica, legión rebelde, pueblo del infierno incrédulo y cruel, ¿hasta cuándo tendré que estar contigo?, ¿hasta cuándo tendré que soportarte?

Se muestra majestuoso, tanto, que se hace un silencio absoluto y cesan las risitas maliciosas de los escribas.

Jesús dice al padre:

-Levántate y tráeme a tu hijo.
El hombre se marcha y regresa con otros hombres; en medio de éstos viene un muchacho de unos doce o catorce años. Un muchacho guapo, pero con una mirada un poco cretina, como si estuviera aturdido. En su frente rojea una herida alargada; más abajo se ve una cicatriz vieja, blanquecina.

Nada más ver a Jesús, que lo está mirando fijamente con sus ojos magnéticos, lanza un grito ronco, y se contuerce todo su cuerpo convulsivamente, y cae al suelo echando espuma y girándole los ojos (de forma que se ve solamente el bulbo blanco, mientras se revuelca por el suelo con una típica convulsión epiléptica).

Jesús se acerca unos pasos para llegar a su lado y dice:

-¿Desde cuándo le sucede esto? Habla fuerte, que todos te oigan.

Y el hombre, gritando, mientras se va estrechando el círculo, y los escribas se ponen más arriba de Jesús para dominar la escena, dice:

-Desde niño. Ya te he dicho que a menudo cae en el fuego, en el agua, o desde las escaleras o desde los árboles, porque el espíritu lo asalta desprevenidamente y lo empuja con violencia para acabar con él. Está todo lleno de cicatrices y quemaduras. Ya es mucho que no se haya quedado ciego a causa de las llamas de la lumbre. Ningún médico, ningún exorcista, ni siquiera tus discípulos lo han podido curar. Pero Tú, si, como creo firmemente, puedes algo, ten piedad de nosotros v socórrenos.

-Si puedes creer así, todo me es posible, porque todo se le concede al que cree.

-¡Oh, Señor, claro que creo! Pero, si no creo todavía suficientemente, aumenta mi fe: para que sea completa y obtenga el milagro -dice el hombre llorando de rodillas junto al hijo, que padece más convulsiones que nunca.
Jesús se endereza, retrocede dos pasos, y, mientras la muchedumbre, más que nunca, restringe su círculo, grita fuerte:

-¡Espíritu maldito que haces sordo y mudo al niño y lo atormentas, te ordeno que salgas de él y no vuelvas a entrar nunca!

El niño, a pesar de su postura (está echado en el suelo), da unos botes espantosos, haciendo presión contra el suelo con la cabeza y los pies, en forma de arco, y lanza gritos no humanos. Un último salto, con el que se vuelve boca abajo y golpea la frente y la boca contra una roca que sobresale de la hierba; ésta se pone roja de sangre. Luego se queda inmóvil.

-« ¡Se ha muerto!» gritan muchos. « ¡Pobre niño!», « ¡Pobre padre!» -dicen, compasivos, los mejores.
Y los escribas, riéndose burlonamente, dicen:
-¡Buen servicio te ha hecho el Nazareno! -o: « ¡Maestro ¿cómo es esto?! Esta vez Belcebú te ha hecho quedar mal…» y se echan a reír venenosamente.

Jesús no responde a nadie. Ni siquiera al padre, que ha dado la vuelta a su hijo y ahora le está secando la sangre de la frente herida y de los labios heridos, gimiendo, invocando a Jesús. Pero el Maestro se inclina y toma de la mano al niño. Y éste abre los ojos dando un fuerte suspiro, como si se despertase de un sueño, luego se sienta y sonríe. Jesús lo acerca hacia sí, le hace ponerse de pie y se lo entrega a su padre, mientras los presentes gritan de entusiasmo y los escribas huyen seguidos de las burlas de la gente…

-Y ahora vamos -dice Jesús a sus discípulos.
Despide a la gente, costea el lado del monte y va al camino recorrido por la mañana.

Dice Jesús (a María Valtorta):

-No te elijo sólo para conocer las tristezas de tu Maestro, y sus dolores; quien sabe estar conmigo en el dolor debe tener parte conmigo en la alegría.

Quiero que tengas, delante de tu Jesús, que se te muestra, los mismos sentimientos de humildad y arrepentimiento de mis discípulos. Jamás soberbia. Serías castigada perdiéndome.

Continuo recuerdo de quién soy Yo y de quién eres tú.
Continuo pensamiento de tus faltas y de mi perfección, para tener un corazón lavado por la contrición; pero, al mismo tiempo, también mucha confianza en mí.

He dicho: "No temáis. Alzaos. Vamos. Vamos con los hombres, porque he venido para estar con ellos. Sed santos, fuertes y fieles en recuerdo de esta hora". Te lo digo a ti también, y a todos mis predilectos de entre los hombres, a los que me tienen de forma especial. No tengáis miedo de mí. Me muestro para elevaros, no para reduciros a cenizas.

Alzaos: que la alegría del don os dé vigor y no os embote en el sopor del quietismo, creyéndoos ya salvados porque os haya mostrado el Cielo.

Vamos juntos a los hombres. Os he invitado a obras sobrehumanas con sobrehumanas visiones y lecciones, para que podáis servirme más de ayuda. Os asocio a mi obra. Pero Yo no he conocido, ni conozco, descanso. Porque el Mal no descansa nunca y el Bien debe estar siempre activo para anular lo más que se pueda la obra del Enemigo.

Descansaremos cuando el Tiempo llegue a su cumplimiento. Ahora es necesario caminar incansablemente, obrar continuamente, consumirse infatigablemente por la mies de Dios. Que mi continuo contacto os santifique, mi continua lección os fortalezca, mi amor de predilección os haga fieles contra toda insidia.

No seáis como los antiguos rabíes, que enseñaban la Revelación y luego no le prestaban fe, hasta el punto de que no reconocían los signos de los tiempos ni a los enviados de Dios. Reconoced a los precursores de Cristo en su segunda venida, porque las fuerzas del Anticristo están en marcha, y, haciendo una excepción a la medida que me he impuesto, porque sé que bebéis de ciertas verdades no por espíritu sobrenatural sino por sed de curiosidad humana, os digo en verdad que lo que muchos creerán victoria sobre el Anticristo, paz ya próxima, no será sino un alto para dar tiempo al Enemigo de Cristo de recuperar fuerzas, curarse las heridas, reunir su ejército para una lucha más cruel.

Reconoced, vosotros que sois las "voces" de este vuestro Jesús, del Rey de reyes, del Fiel y Veraz, que juzga y combate con justicia y será el Vencedor de la Bestia y de sus siervos y profetas, reconoced vuestro Bien y seguidle siempre. Que ningún engañoso aspecto os seduzca y ninguna persecución os aterre. Diga vuestra "voz" mis palabras.

Sea vuestra vida para esta obra. Y si tenéis destino, en la tierra, común con Cristo, su Precursor y Elías, destino cruento o atormentado por vejaciones morales, sonreíd a vuestro destino futuro y seguro, el que tendréis en común con Cristo, con su Precursor, con su Profeta. Iguales en el trabajo, en el dolor, en la gloria. Aquí Yo Maestro y Ejemplo; allí Yo Premio y Rey.

Tenerme será vuestra bienaventuranza. Será olvidar el dolor. Será algo que para hacéroslo comprender ninguna revelación es suficiente, porque la alegría de la vida futura es demasiado superior a la posibilidad de imaginar de la criatura que todavía está unida a la carne.

348- Manahén da algunas noticias acerca de Herodes Antipas, y desde Cafarnaúm va con Jesús a Nazaret.

Revelación de las transfiguraciones de la Virgen

Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños, que, tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas, que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos; alborozados con esa sencilla alegría de los niños, para los cuales es espectáculo maravilloso un pececito muerto encontrado en la orilla, y mágico objeto una piedrecita pulida por las olas y que por su color asemeja a una piedra preciosa, o la flor descubierta entre dos piedras, o el escarabajo tornasolado capturado en vuelo: prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás, para que participen de la alegría de su hijito.

Mas ahora estas golondrinitas humanas han visto a Jesús, y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita. Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas, y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata; un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor.

-¡Yo! ¡Yo!
-¡Un beso!
-¡A mí!
-¡También yo!
-¡Jesús! ¡Te quiero!
-¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!
-¡Venía todos los días aquí para ver si venías!
-¡Yo iba a tu casa!

-Ten esta flor. Era para mi mamá. Pero te la doy.
-Otro beso más para mí, muy fuerte. El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…
Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.

-¡Pero dejadlo un poco en paz! ¡Fuera! ¡Basta! -gritan discípulos y apóstoles tratando de aflojar el cerco. ¡Ya, ya! ¡Parecen lianas provistas de ventosas! Por esta parte las separan, por allá se pegan.

-¡Dejad! ¡Dejadlos! Con paciencia llegaremos -dice Jesús sonriendo, y da pasos increíblemente pequeños para poder andar sin pisar piececitos descalzos.

Pero lo que le libra del amoroso cerco es la improvisa llegada de Manahén con otros discípulos, entre los cuales los pastores que estaban en Judea.

-¡La paz a ti, Maestro! -dice con voz potente el solemne Manahén, espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en los dedos; eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.

Y así Jesús puede abrazarlo, y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a Simeón, y no sé a cuántos otros más.

-¿Cómo es que estás aquí? ¿Y cómo has sabido que había arribado?

-Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños. Han traspasado los muros como flechas de alegría. Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que ciertamente tomarán parte en él las mujeres… He querido estar también yo… Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo. Hay mucha efervescencia en Israel contra ti. Esto es una cosa dolorosa de decir. Per no la ignoras.

Hablando así, llegan a la casa y entran en ella. Manahén continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer han saludado reverentemente al Maestro.
-Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes, agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos por cosas muy distintas de lo que Tú eres. Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes, bien sean éstos el palacio de Tiberíades, o los castillos de Herodías o la espléndida mansión de los Asmoneos cerca del Sixto. Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad. Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucios amores de la Corte y los atroces delitos.

Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del trono y de los banquetes. Gritan tu Nombre y tu poder, tu naturaleza y tu misión. Y Herodes tiembla de miedo por ello; y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador que habrá de arrebatarle riquezas e inmunidades, si no incluso la vida, y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.

En la Corte tiemblan. Y es por ti. Tiemblan de miedo humano y sobrehumano. Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de quienes lo mataron. Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas, que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia en la ebriedad y en la cópula. Ya no hay nada que les dé paz… Están perseguidos… Y después de cada una de las horas de amor se odian, hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las moliendas.

El Palacio es más hediondo que un albañal. Herodes me ha preguntado varias veces acerca de ti. Siempre he respondido: "Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David. Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios, Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios, tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes".

Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador. Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento, diciendo -porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente considerado muerto, y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror; o Elías, o algún otro profeta del pasado -, diciendo:

"¡No, no puede ser Juan! Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia. Y no puede ser uno de los profetas. No se vive de nuevo una vez muertos. Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice? ¿Quién dice que lo es? ¿Quién osa decirme que es el Rey de la única estirpe regia? ¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.

El Mesías fue matado por Herodes el Grande: fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre. Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses… ¿Oyes cómo llora? Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan: No te es lícito'... ¿No me es lícito? Sí. Todo me es lícito, porque yo soyel rey'.

Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos, y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas pavorosas que dices". Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir, y sus amenazas contra ti; y, en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.

Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de ti, y querría verte. Y por este motivo favorece el que yo venga a ti, con la esperanza de que te lleve a su presencia; cosa que no haré nunca, para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas. Y querría tenerte Herodías para agredirte; y lo grita con su estilete en las manos… Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado Etanim, en su insania por ti…

¡Éste es el Palacio, Maestro! Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a ti.
-Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello. También esto es servir al Eterno en sus decretos.
-Lo he pensado. Y por este motivo he venido.

-Manahén, dado que has venido, te ruego una cosa. No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres. Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal. Pero ellas son mujeres indefensas, y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a quien ya lo ha golpeado. Tu presencia será segura protección. Un sacrificio, lo comprendo. Pero estaremos juntos en Judea. No me niegues esto, amigo.

-Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo. Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta cuando quieras.

-Gracias. Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo. Ahora vamos a dedicar la espera de las barcas para todos a curar a los enfermos que me aguardan.
Y Jesús baja al huerto, donde hay camillas o enfermos, y los cura rápidamente, mientras recibe el saludo deferente de Jairo y de los amigos, pocos, de Cafarnaúm.

Las mujeres, entretanto -y son Porfiria y Salomé, más la anciana esposa de Bartolomé y la menos anciana de Felipe con sus hijas jovencitas -se ocupan de la comida para el numeroso grupo de los discípulos, que habrán de saciar el hambre con las nasas de pescado que Betsaida y Cafarnaúm han ofrecido. Y una intensa actividad de abrir vientres argénteos todavía palpitantes, de enjuagar peces en los barreños, y una intensa crepitación de frito sobre las parrillas, se produce en la cocina, mientras Margziam, con otros discípulos, alimenta los fuegos y trae cántaros de agua para ayudar a las mujeres.

La comida pronto está hecha y pronto consumida. Y habiendo sido ya reclutadas las barcas para el transporte de tanta gente, no falta sino embarcarse en dirección a Magdala, por un lago de encanto: tan sereno… tan angélico, engastado en sus orillas esmeraldinas. Los jardines y la casa de María de Magdala se abren hospitalarios en el mediodía solar para recibir al Maestro y a sus discípulos, y toda Magdala se lanza a la calle a saludar al Rabí que va hacia Jerusalén.

Y las frescas laderas de las colinas galileas sienten la marcha diligente y alegre de la turba fiel, seguida de un cómodo carro en que van Juana con Porfiria, Salomé, las mujeres de Bartolomé y Felipe y las dos hijas jovencitas de este último, más los risueños María y Matías, de aspecto irreconocible respecto a lo que eran cinco meses antes. Margziam marcha con bravura con los adultos; es más, por voluntad de Jesús, está incluso en el grupo apostólico, entre Pedro y Juan, y no se pierde ni una palabra de cuanto dice Jesús.

El sol resplandece en un cielo purísimo. Tibias rachas de viento traen olor a bosque, a calamanto, a violeta, y el olor de los primeros muguetes y de los rosales que se van poblando cada vez más de flores; soberano, sobrepujando a todos, ese olor fresco, levemente amargoso, de las flores de los árboles frutales, que, desde todas partes, esparcen nieve de pétalos sobre los prados.

Todos tienen algunos de estos pétalos entre el pelo, mientras caminan en medio de un continuo gorjeo de pájaros, en medio de cantos de seducción y vibrantes reclamos de unas frondas a otras entre los audaces machos y las púdicas hembras; y mientras las ovejas rozan, pingües de maternidad, y los primeros corderitos chocan el morrito rosado contra la torneada ubre para aumentar la secreción de leche, o, como niños felices, corretean haciendo círculos por los prados de hierba reciente.

¡Qué pronto llega Nazaret después de Caná!, donde Susana se une a las otras mujeres llevando consigo los productos de su tierra en cestas y frascos, y una rama entera de rosas rojas, todas en capullo todavía, próximos a abrirse, que -dice -«son ofrenda para María».

-Yo también, ¿ves? -dice Juana, y destapa una especie de caja donde están cuidadosamente colocadas bastantes rosas entre musgo húmedo: «Las primeras y las más bonitas. ¡Siempre será nada para Ella, que es tan encantadora!
Veo que todas las mujeres han traído consigo provisiones para el viaje pascual; y, con las provisiones, quién esta flor, quién esa otra planta, para el huerto de María…

Porfiria se disculpa porque no ha traído más que una maceta de alcanfor, espléndido con esas diminutas hojitas glaucas que emanan su aroma con sólo rozarlas.

-María deseaba esta planta balsámica… -dice.
Y todas la elogian por la belleza exuberante del arbolito.

-¡Oh! Lo he vigilado todo el invierno, resguardándolo del hielo y del granizo en mi habitación. Margziam me ayudaba a llevarla al sol todas las mañanas y a retirarla cuando caía la tarde… Este niño encantador, si no hubiera estado la barca y ahora el carro, se lo habría cargado a las espaldas para llevárselo a María, por cortesía con Ella y conmigo -dice la humilde mujer, que cada vez se siente más segura por la bondad de Juana, y que no cabe en sí de la alegría de estar en viaje hacia Jerusalén, y además con el Maestro, con su marido y con su Margziam.
-¿No has estado nunca en Jerusalén?

-Mientras vivía mi padre, todos los años. Pero luego… Mi madre no volvió a ir… Mis hermanos me habrían llevado, pero yo servía de ayuda a mi madre y ella no me dejaba partir. Después me casé con Simón… y no he vuelto a estar muy bien de salud. Simón habría debido estar mucho de viaje, y se aburría… Así que me quedaba en casa esperándolo… El Señor veía mi deseo… y era como si hiciera el sacrificio en el Templo… -dice la mansa mujer.

Y Juana, que la tiene cerca, le pone una mano en sus espléndidas trenzas y le dice: -¡Querida mía!
Y en esa expresión hay mucho amor, mucha comprensión, mucho significado.

Llegan a Nazaret… Llegan a la casa de María de Alfeo, que ya está entre los brazos de sus hijos, y ella, con las manos goteando y rojas por la colada que está haciendo, los acaricia, para correr luego, secándoselas en el tosco mandil, a abrazar a Jesús… Llegan a la casa de Alfeo de Sara, que precede inmediatamente a la de María. Alfeo ordena al nietecito más grande que corra a avisar a María, mientras se dirige a pasos de gigante hacia Jesús, con una brazada de nietecitos encima; y lo saluda junto con esa nidada estrechada entre sus brazos como un ramo de flores ofrecido a Jesús.

He ahí a María, asomándose a la puerta, bajo el sol, con su vestido de casa de un azul claro un poco descolorido, y con el oro -brillante, vaporoso sobre la frente virginal, macizo en el tupido nudo de las trenzas sobre la nuca -el oro de sus cabellos; hela cayendo sobre el pecho de su Hijo, que la besa con todo su amor. Los demás se detienen, prudentes, para dejarlos libres en los primeros momentos.

Pero Ella se separa enseguida y vuelve el rostro, inexpugnable a la edad, ahora todo rosado por la sorpresa y luminoso por la sonrisa, y saluda con su voz de ángel:
-La paz a vosotros, siervos del Señor y discípulos de mi Hijo. La paz a vosotras, hermanas en el Señor y, con las discípulas, que han bajado del carro, intercambia un beso fraterno.

-¡Oh, Margziam, ya no voy a poder tenerte entre mis brazos! Ya eres un hombre. Pero ven con la Mamá de todos los buenos, que sí te daré un beso todavía. ¡Tesoro mío! Que Dios te bendiga y te haga crecer en sus caminos, robusto como crece tu joven cuerpo, y más aún. Hijo mío, habrá que llevarlo a que lo vea su abuelo. Se pondrá muy contento de verlo así -dice luego volviéndose hacia Jesús.
Y luego abraza a Santiago y a Judas de Alfeo. Y les da la noticia que ciertamente desean oír:

-Este año Simón viene conmigo, como discípulo del Maestro. Me lo ha dicho.

Luego saluda, uno por uno, a los más conocidos, a los más influyentes, y tiene para cada uno de ellos una palabra de gracia. Jesús acerca a Manahén a Ella y se lo presenta como escolta suya en el viaje hacia Jerusalén.

-¿No vienes con nosotros, Hijo?
-Madre, tengo más lugares que evangelizar. Nos veremos en Betania.

-Hágase tu voluntad ahora y siempre. Gracias, Manahén. Tú: ángel humano; nuestros custodios: ángeles del Cielo; estaremos tan seguras como estando en el Santo de los Santos. Y ofrece su mano menuda a Manahén en señal de amistad. El caballero, crecido en el fasto, se arrodilla para besar la gentil mano que se le ofrece.

Entretanto, han descargado las flores y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret. Luego el carro va a su lugar: alguna de las caballerizas de la ciudad.

La pequeña casa parece una rosalera por las rosas que las discípulas han distribuido por todas partes. Pero la planta de Porfiria, que ha sido puesta encima de la mesa, recoge la más viva admiración de María; y dice que la lleven a un lugar apropiado según las indicaciones de la mujer de Pedro.

Ciertamente no pueden entrar todos en la minúscula casa, ni en el huerto, que no es ni un latifundio ni una hacienda, pero que, eso sí, parece ascender hacia el cielo sereno, hacerse etéreo (por la gran cantidad de nubes de flores de los árboles de este hortezuelo).

Y Judas de Alfeo, sonriendo, pregunta a María:
-¿Has cortado hoy también la rama para tu ánfora?
-Claro, Judas. La estaba contemplando cuando habéis llegado…

-Y soñando de nuevo, Mamá, tu vasto misterio -dice Jesús, ciñéndola con su brazo izquierdo y arrimándola contra su pecho.

María alza su rostro enrojecido, y suspira:
-Sí, Hijo mío… y también el primer latido de tu corazón en mí…

Jesús dice:

-Que se queden las discípulas, los apóstoles, Margziam, los discípulos pastores, el sacerdote Juan, Esteban, Hermas y Manahén. Los demás que se dispersen en busca de alojamiento…

-Muchos pueden alojarse en mi casa… -grita desde la puerta, donde está retenido, Simón de Alfeo.
-Soy condiscípulo de ellos y los reclamo.

-¡Hermano, acércate para que te pueda besar -dice, efusivo, Jesús, mientras Alfeo de Sara e Ismael y Aser, los dos discípulos ex arrieros de asnos, de Nazaret, dicen, a su vez:

-¡A nuestra casa. ¡Venid, venid!
Los discípulos que no habían sido nombrados se marchan. Se puede entonces cerrar la puerta… para ser abierta de nuevo inmediatamente, por la llegada de María de Alfeo, que no puede estar lejos aunque se estropee su colada. Son casi cuarenta personas, así que se esparcen por el huerto tibio y calmo. Se distribuyen los alimentos. Todos, tan contentos como están de consumirlos en la casa del Señor y además distribuidos por María, los encuentran de un sabor celestial.

Regresa Simón, después de acomodar convenientemente a los discípulos, y dice:
-No me has llamado como a los demás, pero soy hermano tuyo y vengo de todas formas.

-Bien. Ven, Simón. He querido que estuvierais aquí para daros a conocer a María. Muchos de vosotros conocéis a la "madre" María algunos a la "esposa" María. Pero ninguno conoce a la "virgen" María. Os la quiero dar a conocer en este jardín en flor, al cual vuestro corazón viene, con el deseo, en los momentos de lejanía forzada, como a un lugar de reposo, durante las fatigas del apostolado.

He oído lo que decíais, apóstoles, discípulos y parientes; he oído vuestras impresiones, vuestros recuerdos, vuestras afirmaciones acerca de mi Madre. Quiero transfiguraros todo esto -cargado de admiración pero todavía muy humano -en conocimiento sobrenatural. Porque mi Madre, antes de mí, debe ser transfigurada ante los ojos de los más merecedores, para ser mostrada cual Ella es. Veis a una mujer. Una mujer que por su santidad os parece distinta de las demás, y que veis en realidad como un alma envuelta en la carne, como la de todas sus hermanas de sexo. Pero ahora quiero descubriros el alma de mi Madre, su verdadera y eterna belleza.

Ven aquí, Madre mía. No te ruborices. No te eches hacia atrás atemorizada, paloma suave de Dios. Tu Hijo es la Palabra de Dios, No puede hablar de ti y de tu misterio, de tus misterios, ¡oh sublime Misterio de Dios! Vamos a sentarnos aquí, bajo esta sombra ligera de árboles en flor, junto a la casa, junto a tu habitación santa. ¡Así! Vamos a descorrer esta cortina ondeante.

Que salgan olas de santidad y de Paraíso de esta habitación virginal para saturarnos de ti a todos… Sí. A mí también, y quede perfumado de ti, Virgen perfecta, para poder soportar los hedores del mundo, para, teniendo saturada la pupila de tu Candor, poder ver candor… Venid aquí, Margziam, Juan, Esteban, y vosotras, discípulas, poneos bien de frente a la puerta abierta de la morada casta de la que es Casta entre todas las mujeres. Y detrás vosotros, amigos míos. Y aquí, a mi lado, tú, amada Madre mía.

Poco antes os he dicho: "la eterna belleza del alma de mi Madre". Soy la Palabra y por ello sé hacer uso de la palabra sin error. He dicho: eterna, no inmortal. Y no lo he dicho sin una finalidad. Inmortal es quien, habiendo nacido, ya no muere. Así, el alma de los justos es inmortal en el Cielo, el alma de los pecadores es inmortal en el Infierno; porque el alma, una vez creada, ya no muere sino a la gracia. Pero el alma tiene vida, existe desde el momento en que Dios la piensa. La crea el Pensamiento de Dios. El alma de mi Madre desde siempre es pensada por Dios. Por tanto es eterna en su belleza, en la cual Dios ha vertido todas las perfecciones para recibir de ella delicia y confortación.

Está escrito en el Libro de nuestro antepasado Salomón, que te antevió, y, por tanto, puede ser llamado profeta tuyo: "Dios me poseyó al principio de sus obras, desde el mismo principio, antes de la Creación. Ab aeterno fui establecida, al principio, antes de que fuera hecha la Tierra. No existían todavía los abismos y yo había sido ya concebida. No manaban aún las fuentes de las aguas, no habían sido asentadas aún las montañas sobre su pesada mole y yo ya existía. Antes de las colinas había sido dada a luz.

Él no había hecho todavía la Tierra, ni los ríos, ni los fundamentos del mundo, y yo ya existía Cuando preparaba los cielos y el Cielo, estaba presente. Cuando con ley inviolable cerró debajo de la bóveda el abismo, cuando afianzó en lo alto la bóveda celeste y colgó de ella las fuentes de las aguas, cuando fijó al mar sus confines y dictó a las aguas la ley de no superarlos, mientras echaba los cimientos de la Tierra, yo estaba con Él dando orden a todas las cosas. En medio de una constante alegría, jugaba en su presencia continuamente. Jugaba en el orbe".

¡Sí, oh Madre de la que Dios, el Inmenso, el Sublime, el Virgen, el Increado, estaba grávido, y te llevaba como al dulcísimo fruto de su seno, exultando al sentirte agitarte dentro de Él, dándole las sonrisas con las que hizo la Creación! Tú, a la que dio a luz al dolor para darte al Mundo, alma suavísima, nacida del Virgen para ser la "Virgen", Perfección de la Creación, Luz del Paraíso, Consejo de Dios, el cual, mirándote, pudo perdonar la Culpa, porque sólo tú, tú sola, sabes amar como no sabe hacerlo toda la Humanidad junta. ¡En ti e1 Perdón de Dios!

¡En ti la Medicina de Dios, tú, caricia del Eterno en la herida infligida por el hombre a Dios! ¡En ti la Salud del mundo, Madre del Amor encarnado y del Redentor concedido!
¡Oh, el alma de mi Madre! ¡Fundido en el Amor con el Padre, te miraba dentro de mí, oh alma de mi Madre!… Tu esplendor, tu oración, la idea de que tú me llevaras, eran eterno consuelo de mi destino de dolor y de experiencias inhumanas, de lo que significa para el Dios perfectísimo el mundo corrompido. ¡Gracias, Madre! He venido ya saturado de tus consuelos, he descendido sintiéndote sólo a ti, tu perfume, tu canto, tu amor… ¡Alegría, alegría mía!

Pero, oíd, vosotros que ahora sabéis que una sola es la mujer en la que no hay mancha, una sola la Criatura que no cuesta heridas al Redentor, oíd la segunda transfiguración de María, la Elegida de Dios.
Era una tarde serena de Adar. Estaban en flor los árboles en el huerto silencioso. María, desposada con José, había cogido una rama de árbol florecido para sustituir a la otra que había en su habitación. Hacía poco que María había venido a Nazaret, tomada del Templo para adornar una casa de santos.

Y, con el alma tripartita (entre el Templo, la casa y el Cielo), miraba la rama florecida, pensando que con una parecida a ésa, florecida en modo insólito, una rama cortada en este hortezuelo en pleno invierno y que había echado flores como en primavera delante del Arca del Señor -quizás le había dado calor el Sol-Dios radiante en el lugar de su Gloria -Dios le había expresado su voluntad…

Y pensaba también que el día de la boda José le había llevado otras flores, aunque no como esa primera, que tenía escrito en sus pétalos ligeros: "Te quiero unida a José"… Muchas cosas pensaba… Y pensando subió a Dios. Las manos se movían diligentes entre la rueca y el huso, e hilaban un hilo más delgado que un cabello de su joven cabeza…

El alma tejía un tapiz de amor, yendo diligente, como la lanzadera del telar, de la tierra al Cielo; de las necesidades de la casa, de su esposo, a las del alma, de Dios. Y cantaba y oraba. El tapiz se formaba en el místico telar, se desenrollaba desde la tierra al Cielo, subía para perderse arriba… ¿Formado con qué? Con los hilos finos, perfectos, fuertes, de sus virtudes; con el veloz hilo de la lanzadera que Ella creía "suya", y, sin embargo, era de Dios: la lanzadera de la Voluntad de Dios en la cual estaba arrollada la voluntad de la pequeña, grande Virgen de Israel, la Desconocida para el Mundo, la Conocida para Dios; su voluntad arrollada, hecha una con la Voluntad del Señor.

Y el tapiz se adornaba con flores de amor, de pureza, con palmas de paz, de gloria, con violetas, jazmines… Todas las virtudes florecían en el tapiz del amor que la Virgen de Dios extendía, invitante, desde la tierra hasta el Cielo. Y, no bastando el tapiz, lanzaba su corazón cantando: "Venga mi Amado a su jardín y coma el fruto de sus árboles frutales… Baje mi Amado a su jardín, a la era de los aromas, a halagarse en los jardines, a recoger lirios. ¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío; Él, que se halaga entre los lirios!".

Y, desde lejanías infinitas, entre torrentes de Luz, venía una Voz cual oído humano no puede oír, ni garganta humana formar. Decía: "¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa!… Miel gotean tus labios… ¡Un jardín cerrado eres tú, una fuente sellada, oh hermana, esposa mía!…", y las dos voces se unían para cantar la eterna verdad: "El amor es más fuerte que la muerte. Nada puede extinguir o ahogar `nuestro' amor". La Virgen se transfiguraba así…, así… así… mientras descendía Gabriel y la reclamaba, con su llamear, a la Tierra; uníale de nuevo el espíritu al cuerpo, para que Ella pudiera oír y comprender la demanda de Aquel que la había llamado "Hermana" pero que la quería "Esposa".

Pues bien, allí tuvo lugar el Misterio… Y una púdica, la más púdica entre todas las mujeres, Aquella que ni siquiera conocía el estímulo instintivo de la carne, se turbó ante el ángel de Dios, porque hasta un ángel turba la humildad y la verecundia de la Virgen; y sólo se calmó oyéndolo hablar; y creyó; y dijo la palabra por la que el amor "de Ella y Él " se hizo Carne y vencerá a la Muerte, y no habrá agua que pueda apagarlo ni maldad que pueda sumergirlo…

Jesús se inclina dulcemente hacia María, que ha caído a sus pies, casi extática, al rememorar la lejana hora, iluminada con una luz especial que parece exhalar del alma; y le pregunta quedo:

-¡Cuál fue, ¡Purísima!, tu respuesta a aquel que te aseguraba que viniendo a ser Madre de Dios no perderías tu perfecta Virginidad?

Y María, casi en sueño, lentamente, sonriendo, con los ojos dilatados por un feliz llanto:

-¡He aquí a la Sierva del Señor! Hágase en mí según su Palabra -y reclina, adorando, la cabeza en las rodillas de su Hijo.

Jesús la cubre con su manto, celándola así a los ojos de todos, y dice:

-Y se cumplió. Y se cumplirá hasta el final. Hasta sus otras transfiguraciones. Ella será siempre "la Sierva de Dios". Hará siempre lo que diga "la Palabra". ¡Ésta es mi Madre! Bueno es que empecéis a conocerla en toda su santa Figura… ¡Madre! ¡Madre! Alza tu cara, Amada… Llama a tus devotos a esta Tierra en que por ahora estamos… -dice mientras destapa a María, después de un rato en que no se ha oído ningún sonido aparte del zumbido de las abejas Y el gorgoteo de la fuentecita.

María levanta la cara, cubierta de llanto, y susurra:
-¿Por que me has hecho esto Hijo? Los secretos del Rey son sagrados…

-Pero el Rey los puede revelar cuando quiere. Madre, lo he hecho para que se comprenda lo que dijo un Profeta: "Una Mujer abarcará al Hombre", y lo otro del otro Profeta: "La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo". Y también para que ellos, que se horrorizan por demasiadas cosas del Verbo de Dios que consideran humillantes, tengan como contrapeso otras muchas cosas que los confirmen en el gozo de ser "míos". Así no se volverán a escandalizar, y conquistarán así también el Cielo… Ahora los que tengan que ir a las casas hospitalarias que vayan. Yo me quedo aquí con las mujeres y Margziam. Que mañana, al alba, estén aquí todos los hombres; quiero llevaros a un lugar cercano. Luego regresaremos para saludar a las discípulas.

Después volveremos a Cafarnaúm y reuniremos a los otros discípulos para enviarlos detrás de ellas…

347- En Betsaida. Profecía sobre el martirio de los Apóstoles y curación de un ciego

Ya no andan. Corren. Corren con la nueva aurora, aún más riente y genuina que las anteriores; todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos multicolores, sobre cabezas y prados, para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las florecillas de las márgenes y del interior que se yerguen sobre sus tallos, y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.

Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas, que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas, acariciando el heno y los cereales que crecen día tras día, o fluyendo entre las márgenes, y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas. Corren como si fueran a un banquete de amor.

Incluso los ancianos, como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote, comparten la alegre prisa de los jóvenes. Y lo mismo sucede entre los discípulos: los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa. No se ha secado todavía el rocío en los prados cuando llegan a la zona de Betsaida comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.

Y, del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso de un haz de ramas. Baja raudo, casi corriendo. Por la postura no ve a los apóstoles… Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña. Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida, deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar, y echa hacia atrás sus cabellos oscuros. Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también fuertes: una bonita figura juvenil.

-Es Margziam -dice Andrés.
-¿Estás mal de la cabeza? Ése es un hombre ya -le responde Pedro.

Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.

El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse ceñido bien con el cinturón la corta túnica que apenas si le llega a las rodillas, y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella -, se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás, que lo están mirando, parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus frondas en las aguas de un ancho arroyo, el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado justamente en donde empieza el pueblo.

Deja caer el haz, alza los brazos y grita:

-¡Mi Señor! ¡Mi padre! -y se lanza de carrera.

Pero también Pedro se echa a correr, vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento, dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco.

-¡Padre mío!

-¡Hijo mío querido!

Están, recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.
Y, verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro, de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.

Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús, que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la corona de los apóstoles. Margziam cae a sus pies, con los brazos alzados, y dice:

-¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!
Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón, lo besa en las dos mejillas y le desea «continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia en los caminos del Señor.

También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito: especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento por su desarrollo.
¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!… ¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento! Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca y pregunta a éste o a este
otro:

-¿No es acaso guapo? ¿No está bien modelado? ¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!… Un poco delgado, con poco músculo todavía.

¡Pero promete! ¡Verdaderamente promete mucho! ¡Y la cara? Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año pasado y me parecía como llevar a un pajarillo: desnutrido, apagado, triste, asustadizo… ¡Hay que ver Porfiria! ¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite, huevos, hígado de pescado. Merece que se lo diga inmediatamente.

¿Me dejas, no, Maestro, ir donde mi esposa?
-Ve, ve, Simón. Yo iré pronto.

Margziam, todavía de la mano de Jesús, dice: -Maestro, estoy seguro de que mi padre encarga a mi madre que haga de comer. Déjame dejarte para ayudarla…

-Ve. Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.
Margziam se marcha corriendo, toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, da alcance a Pedro y camina al lado de él.

-Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte -observa Bartolomé.

-¡Pobre Margziam! ¡Sólo faltaría eso! -dice Simón Zelote.
-¡Y pobre hermano mío! No sé si sería capaz de hacer de Abraham… -dice Andrés.

Jesús lo mira, luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su Margziam, y dice:
-En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado, colocado ante el umbral de la muerte; y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos y para fecundar con la sangre del mártir la tierra; envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a reservarse para ella hasta que Yo le diga: "Ve a morir por ella". Vosotros no conocéis todavía a Pedro. Yo lo conozco. -¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?

-¿Te duele, Andrés?
-No. Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.
-En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura, menos uno.
-¿Quién? ¿Quién?

-Dejemos el silencio sobre el dolor de Dios -dice triste y solemne Jesús. Y todos callan atemorizados y pensativos.
Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas. Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús. Margziam no está. Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria. Con los de Betsaida y los padres del ciego hay muchos discípulos venidos a Betsaida de Sicaminón y otras ciudades; entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros. (Recordarse de todos ya es un buen jaleo. Son muchos).

-Te lo he traído, Señor. Estaba aquí esperando desde hace varios días -explica Pedro mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!», «Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá», «¡Ten piedad de mí, Señor! ¡Yo creo ti!».

Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo del sol, que ya inunda la calle.

Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo, y Él se pone de frente. Se moja de saliva los dos índices y le restriega los párpados con los dedos húmedos; luego le aprieta los ojos con las manos (la base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos y metidos entre los cabellos del desdichado). Así ora. Luego le quita las manos.

-¿Qué ves? -pregunta al ciego.
-Veo hombres. Son sin duda hombres. Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque andan y gesticulan en dirección a mí.
Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar y dice:

-¿Y ahora?
-¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra y estos hombres que me están mirando!… ¡Y te veo a ti! ¡Que hermosura la tuya! Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol… y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios ¡Señor, te adoro! -y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.

-Levántate y ven adonde tu madre, que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.

Lo toma de la mano y lo lleva a su madre, que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración, de la misma forma que antes estaba en actitud de súplica.

-Levántate, mujer. Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día Quiera su corazón seguir la Luz eterna. Ve a casa.

Sed felices. Y sed santos por agradecimiento a Dios. Pero, al pasar por los pueblos, no digáis a ninguno que te he curado, para que la muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo que vaya a llevar confirmación en la fe y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.

Y, rápido, por un senderillo que discurre entre huertos, se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro, donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.

346- Primer anuncio de la Pasióny reprensión a Simón Pedro

Jesús debe haber dejado la ciudad de Cesárea de Filipo con las primeras luces de la mañana, porque ya queda lejos con sus montes y la llanura lo rodea de nuevo. Se dirige hacia el lago de Merón para ir después hacia el de Genesaret.

Van con Él los apóstoles y todos los discípulos que estaban en Cesárea. Pero una expedición tan numerosa por el camino no causa estupor a nadie, porque ya se ven otras, dirigidas a Jerusalén, de israelitas o prosélitos, procedentes de todos los lugares de la Diáspora, que desean pasar un tiempo en la Ciudad Santa para escuchar a los rabíes y respirar largamente el aire del Templo.

Caminan a buena marcha, bajo un sol ya alto pero que todavía no molesta, porque es un sol de primavera que juega con el follaje nuevo y las frondas florecidas, y suscita flores, flores, flores por todas partes. La llanura que precede al lago, toda ella, es una alfombra florecida. La mirada, volviéndose hacia los montes que la circundan, ve a éstos remendados con las matas cándidas, tenuemente róseas, o de color rosa intenso, o rosa casi rojo, de los diversos tipos de árboles frutales; y, al pasar cerca de las raras casas de campesinos o de los talleres de herrador esparcidos por el camino, la vista se alegra ante los primeros rosales florecidos en los huertos o a lo largo de los setos o contra las tapias de las casas.

-Los jardines de Juana deben estar todos en flor -observa Simón Zelote.

-También el huerto de Nazaret debe parecer un cesto lleno de flores. María es la dulce abeja que va de rosal en rosal; de los rosales a los jazmines, que pronto florecerán; a las azucenas, que ya tienen los capullos en el tallo; y tomará la rama del almendro, como hace siempre, es más, ahora tomará la del peral o del granado, para ponerla en el ánfora de su habitación. Cuando éramos niños le preguntábamos todos los años:

"¿Por qué tienes siempre ahí una rama de árbol en flor y no metes en su lugar las primeras rosas?". Y Ella respondía: "Porque en esos pétalos veo escrita una orden que me vino de Dios y siento el aroma puro del aura celeste". ¿Te acuerdas, Judas? -pregunta Santiago de Alfeo a su hermano.

-Sí. Me acuerdo. Y recuerdo que, ya hombre, esperaba con ansia la primavera, para ver a María caminar por su huerto bajo las nubes de sus árboles en flor y entre los setos de las primeras rosas; nunca vi espectáculo más hermoso que esa eterna niña moviéndose evanescente entre las flores y entre vuelos de palomas…

-¡Oh, vamos pronto a verla, Señor! ¡Yo también quiero ver todo eso! -suplica Tomás.
-Basta con que aceleremos el paso y hagamos paradas breves, por las noches, para llegar a Nazaret a tiempo -responde Jesús.

-¿Me das esta satisfacción verdaderamente, Señor?
-Sí, Tomás. Iremos a Betsaida todos, y luego a Cafarnaúm. Allí nos separaremos: nosotros vamos en la barca a Tiberíades, y luego a Nazaret. Así cada uno, salvo vosotros judíos, vamos a tomar los indumentos más ligeros. El invierno ha concluido.

-Sí. Y nosotros vamos a decir a la Paloma: "Álzate, apresúrate, amada mía; ven, porque el invierno ha pasado, la lluvia ha terminado, las flores pueblan el suelo… Álzate, amiga mía; ven, paloma escondida, muéstrame tu faz y deja que oiga tu voz".

-¡Sí señor, Juan! ¡Pareces un enamorado cantando su canción a su amada! -dice Pedro.
-Lo estoy. De María lo estoy. No veré a otras mujeres que despierten mi amor. Sólo María, la amada de todo mi ser.
-También lo decía yo hace un mes. ¿Verdad, Señor? -dice Tomás.

-Yo creo que estamos todos enamorados de Ella. ¡Un amor tan alto, tan celestial!… Como sólo esa Mujer puede inspirar. Y el alma ama completamente su alma, la mente ama y admira su intelecto, la vista mira y se complace en su gracia pura, que embelesa sin producir agitación, como cuando se mira una flor… María, la Belleza de la tierra y creo, la Belleza del Cielo… -dice Mateo.

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Todos vemos en María cuanto de más dulce hay en la mujer: la niña pura y la madre dulcísima; y no se sabe por cuál de estas dos gracias se la ama… -dice Felipe.

-Se la ama porque es "María". ¡Eso es! -sentencia Pedro.
Jesús los ha estado oyendo hablar y dice:
-Todos habéis hablado bien, y Pedro muy bien. María se ama porque es "María". Os dije, mientras íbamos a Cesárea, que solamente aquéllos que unan una fe perfecta a un amor perfecto llegarán a conocer el verdadero significado de las palabras: “Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo Dios y el Hijo del hombre". Pero ahora os digo que hay otro nombre denso en significados. Y es el de mi Madre.

Sólo aquellos que unan una perfecta fe a un perfecto amor llegarán a conocer el verdadero significada del nombre "María", de la Madre del Hijo de Dios. Y el verdadero significado empezará a aparecer claro para los verdaderos creyentes y para los verdaderos amantes en una hora tremenda de tormento, cuando la Madre sea sometida a suplicio con su Hijo, cuando la Redentora redima con el Redentor, a los ojos de todo el mundo y por todos los siglos de los siglos.

-¿Cuándo? -pregunta Bartolomé mientras se detienen a orillas de un caudaloso arroyo, en el que están bebiendo muchos discípulos.

-Detengámonos aquí a compartir el pan. El sol marca mediodía. A1 caer de la tarde, estaremos en el lago Merón, y podremos acortar el camino con unas barcas -responde Jesús evasivamente.

Se sientan todos sobre la tierna hierbecita, tibia de sol, de las orillas del arroyo. Juan dice:

-Es una pena echar a perder estas flores tan delicadas. Parecen pedacitos de cielo caídos aquí en los prados. Son cientos y cientos de miosotis.

-Renacerán más bonitas mañana. Han florecido para hacer del suelo una sala de banquetes para su Señor -lo consuela Santiago, su hermano.

Jesús ofrece y bendice los alimentos y todos se ponen a comer alegremente. Los discípulos, todos, como si fueran girasoles, miran en dirección a Jesús, que está sentado en el centro de la fila de sus apóstoles.

La comida pronto termina, condimentada con serenidad y agua pura. Pero, dado que Jesús permanece sentado, ninguno se mueve. Es más, los discípulos se cambian de sitio para acercarse, para oír lo que dice Jesús como respuesta a los apóstoles, que siguen preguntando sobre lo que había dicho antes, de su Madre.

-Sí. Porque ser madre de mi carne ya sería una gran cosa. Fijaos que se recuerda a Ana de Elcana como madre de Samuel, y él era sólo un profeta; pues bien, la madre es recordada por haberlo engendrado. Por tanto ya María sería recordada, y con altísimas alabanzas, por haber dado al mundo a Jesús el Salvador. Pero ello sería poco, respecto a cuanto Dios exige de Ella para completar la medida requerida para la redención del mundo. María no defraudará el deseo de Dios. Jamás lo ha defraudado.

Desde las demandas de amor total hasta las de sacrificio total. Ella se ha entregado y se entregará. Y, cuando haya consumado el máximo sacrificio, conmigo, por mí, en favor del mundo, los verdaderos fieles y los verdaderos amantes comprenderán el verdadero significado de su Nombre. Y, por todos los siglos, a todo verdadero fiel, a todo verdadero amante, le será concedido comprenderlo. El Nombre de la Gran Madre, de la Santa Nutriz que lactará por todos los siglos a los párvulos de Cristo con su llanto, para criarlos para la Vida de los Cielos.

-¿Llanto, Señor? ¿Debe llorar tu Madre? -pregunta Judas Iscariote.

-Todas las madres lloran. La mía llorará más que ninguna otra.
-¿Pero por qué? Yo he hecho llorar a la mía alguna vez, porque no soy siempre un buen hijo. ¿Pero Tú? No das nunca pesares a tu Madre.

-No. Efectivamente, como Hijo suyo, no le doy pesares. Pero le daré muchos como Redentor. Dos harán llorar con un llanto sin fin a mi Madre: Yo, salvando a la Humanidad; la Humanidad, con sus continuos pecados. Todo hombre que haya vivido, que vive, o que vivirá, cuesta lágrimas a María.

-¿Pero por qué? -pregunta, sorprendido, Santiago de Zebedeo.
-Porque todo hombre me cuesta torturas a mí para redimirlo.

-¡Pero decir esto de los que ya han muerto o no han nacido toda vía! Te harán sufrir los vivos, los escribas, fariseos, saduceos, con sus acusaciones, sus celos, sus mezquindades; pero más no -afirma con tono seguro Bartolomé.

-También mataron a Juan Bautista… Israel no ha matado sólo a este profeta, ni es el único sacerdote de la Voluntad eterna matado por causa del odio de los que no obedecen a Dios.

-Pero Tú eres más que un profeta y que el mismo Bautista,
tu Precursor. Tú eres el Verbo de Dios. Israel no levantará su mano contra ti -dice Judas Tadeo.
-¿Lo piensas así, hermano? Estás en un error -le responde Jesús.

-No. ¡No puede ser! ¡No puede suceder! ¡Dios no lo permitirá! Sería degradar para siempre a su Cristo! -Judas Tadeo está tan agitado que se pone en pie.
Jesús también se levanta y lo mira fijamente a la cara palidecida, a los ojos sinceros. Dice lentamente:
-Y sin embargo así será -y baja el brazo derecho, que lo tenía alzado, como jurando.

Todos se ponen en pie y se arriman aún más a Él: una corona de caras afligidas, y, más aún, incrédulas. Una serie de comentarios recorre el grupo:

-Si fuera así… tendría razón Judas Tadeo.
-Lo que le sucedió a Juan el Bautista fue una cosa mala, pero exaltó al hombre, heroico hasta el final; si le sucediera eso al Cristo sería disminuirlo.
-Cristo puede ser perseguido, pero no degradado.

-Tiene la unción de Dios.
-¿Y quién podría ya creer, si te vieran en poder de los hombres?

-No lo permitiremos.

El único que permanece en silencio es Santiago de Alfeo.
Su hermano arremete contra él:

-¿No hablas? ¡No te mueves! ¡No oyes! ¡Defiende a Cristo contra sí mismo!

Santiago, por toda respuesta, se lleva las manos a la cara, se separa bastante, y llora.

-¡Es un estúpido! -sentencia su hermano.

-Quizás menos de lo que crees -le responde Hermasteo. Y añade -Ayer, explicando la profecía, el Maestro habló de un cuerpo deshecho que se reintegra y de uno que por sí mismo se resucita. Creo que uno no puede resucitar sin estar antes muerto.

-Pero puede haber muerto de muerte natural, de vejez. ¡Y ya sería mucho para el Cristo! -rebate Judas Tadeo, y muchos le dan la razón.

-Sí, pero entonces no sería una señal para esta generación, que es mucho más vieja que Él -observa Simón Zelote.

-Ya. Pero no está claro que hable de sí mismo -rebate Judas Tadeo, obstinado en su amor y respeto.

-Ninguno que no sea el Hijo de Dios puede resucitarse a sí mismo, como tampoco ninguno que no sea el Hijo de Dios puede nacer como nació Él. Yo lo digo, yo que vi su gloria natal -dice Isaac testimoniando firmemente.
Jesús, con los brazos cruzados, los ha escuchado mirándolos a medida que hablaban. Ahora es Él el que hace ademán de hablar, y dice:

-El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres porque es el Hijo de Dios, sí, pero también el Redentor del hombre; y no hay redención sin sufrimiento. Mi sufrimiento será corporal, de la carne y de la sangre, para reparar los pecados de la carne y de 1a sangre; moral, para reparación de los pecados de la mente y las pasiones; espiritual, para reparación de las culpas del espíritu. Será completo. Por tanto, a la hora establecida, me prenderán, en Jerusalén, y tras haber sufrido ya mucho por culpa de los Ancianos y de los Sumos Sacerdotes, de los escribas y fariseos, seré condenado a una muerte infamante. Y Dios no lo impedirá, porque así debe suceder, siendo Yo el Cordero de expiación por los pecados del mundo entero. Y, en un mar de angustia, compartida por mi Madre y por otras, pocas personas, moriré en el patíbulo; y tres días después, por mi voluntad divina, por ella sola, resucitaré a una vida eterna y gloriosa como Hombre y volveré a ser: Dios en el Cielo con el Padre y el Espíritu

. (Volveré a ser: Dios en el Cielo, es decir, ya no Dios en la tierra (Hijo que permanece unido con el Padre), sino Dios en el Cielo (Hijo que vuelve al Padre) La expresión es similar a la reseñada en Juan 16, 28: "Salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre"; y es conforme con la formulación del Credo: "bajó del Cielo, … subió al Cielo, y está sentado a la derecha del Padre")

Pero antes tendré que padecer toda suerte de oprobios, y sentir mi corazón traspasado por la Mentira y el Odio.
Un coro de gritos se eleva en el aire tibio y perfumado de primavera.

Pedro -el rostro profundamente preocupado, y escandalizado como los demás -coge de un brazo a Jesús, lo separa un poco y le dice en voz baja al oído:

-Pero, Señor…! No digas esto. No está bien. Ya ves que se escandalizan. Decaes del concepto en que te tienen. Por nada del mundo debes permitir esto. Ya de por sí nunca te va a pasar nada semejante, ¿por qué pensarlo como si fuera verdadero? Debes subir cada vez más en el concepto de los hombres, si te quieres afirmar; debes terminar, por ejemplo, con un último milagro, como reducir a cenizas a tus enemigos. Pero nunca degradarte hasta aparecer como un malhechor castigado. Pedro parece un maestro o un padre afligido corrigiendo con amorosa angustia a un hijo que ha dicho una necedad.

Jesús, que estaba un poco agachado para escuchar el bisbiseo de Pedro, se yergue severo, con rayos en los ojos, pero rayos de amargura, y grita fuerte, para que todos oigan y la lección sirva para todos:

-¡Aléjate de mí, tú que en este momento eres un diablo que me aconseja desistir de la obediencia a mi Padre! ¡Para esto he venido! ¡No para los honores! Tú, aconsejándome la soberbia, la desobediencia y el rigor sin caridad, tratas de seducirme al mal. ¡Vete! ¡Me escandalizas! ¿No comprendes que la grandeza no está en los honores sino en el sacrificio, y que nada importa aparecer a los ojos de los hombres como gusanos si Dios nos considera ángeles? Tú, hombre ignorante, no comprendes lo que es grandeza y razón según Dios, y ves, juzgas, sientes, hablas según el hombre.

El pobre Pedro queda anonadado por esta severa corrección; se separa, compungido, y rompe a llorar… No es el llanto gozoso de pocos días antes, sino el sollozo desolado de quien comprende que ha pecado y ha causado dolor a la persona amada.

Jesús lo deja llorar. Se descalza, se remanga las vestiduras y vadea el arroyo. Los demás hacen lo mismo en silencio. Ninguno se atreve a decir una palabra. A1 final de todos va el pobre Pedro, en vano consolado por Isaac y el Zelote.

Andrés se vuelve más de una vez y lo mira, y luego susurra algo a Juan, que está muy afligido; pero Juan menea la cabeza en señal de negación. Entonces Andrés se decide. Se adelanta corriendo. Alcanza a Jesús. Lo llama suavemente, con visible temor:

-¡Maestro! ¡Maestro!…
Jesús deja que lo llame varias veces. A1 final se vuelve, severo, y pregunta:

-¿Qué quieres?

-Maestro, mi hermano está compungido… llora…

-Se lo ha merecido.

-Es verdad, Señor. Pero de todas formas es un hombre… No puede hablar bien siempre.

-Efectivamente, hoy ha hablado muy mal -responde Jesús. Pero ya se le ve menos severo, y un atisbo de sonrisa dulcifica la mirada divina.

Andrés se siente más seguro y aumenta la peroración en pro de su hermano.

-Pero Tú eres justo, y sabes que el amor a ti ha sido lo que le ha hecho caer…

-El amor debe ser luz, no tinieblas. Él lo ha hecho tinieblas y ha envuelto en ellas su espíritu.

-Es verdad, Señor. Pero las vendas se pueden quitar cuando se quiera. No es como tener el espíritu mismo tenebroso.

Las vendas son lo externo; el espíritu es lo interno, el núcleo vivo… El interior de mi hermano es bueno.
-Que se quite entonces las vendas que se ha puesto.

-¡Lo hará, sin duda, Señor! Ya lo está haciendo. Vuélvete y mira: lo desfigurado que está por ese llanto que no consuelas Tú. ¿Por qué tan severo con él?
-Porque él tiene el deber de ser "el primero", de la misma forma que le he dado el honor de serlo. Quien mucho recibe mucho debe dar.

-¡Es verdad, Señor, sí! Pero, ¿no te acuerdas de María de Lázaro?, ¿de Juan de Endor?, ¿de Áglae?, ¿de la Beldad de Corazín?, ¿de Leví? A éstos les diste todo… y ellos todavía te habían dado sólo la intención de redimirse…

¡Señor!… Atendiste mi súplica por la Beldad de Corazín y por Áglae… ¿No lo harías ahora por tu Simón y mi Simón, que ha pecado por amor a ti?

Jesús baja su mirada hacia este hombre apacible que se vuelve intrépido y apremiante en favor de su hermano, como lo fue, silenciosamente, en favor de Áglae y de la Beldad de Corazín, y su rostro resplandece de luz:

-Ve a llamar a tu hermano dice -y tráemelo aquí.
-¡Gracias, mi Señor! Voy… -y se echa a correr, raudo como una golondrina.

-¡Ven, Simón. El Maestro ya no está irritado contigo. Ven, que te lo quiere decir.

-No, no. Me da vergüenza… Hace demasiado poco que me ha corregido… Será que quiere que vaya para reprenderme otra vez…

-¡Qué mal lo conoces! ¡Venga, ven! ¿Piensas que yo te llevaría a otro sufrimiento? Si no estuviera seguro de que te espera allí una alegría, no insistiría. Ven.

-¿Y qué le voy a decir? -dice Pedro mientras se pone en marcha un poco recalcitrante, frenado por su humanidad, aguijado por su espíritu, que no puede estar sin la indulgencia de Jesús y sin su amor -¿Qué le voy a decir? -sigue preguntando.

-¡Nada, hombre! ¡Será suficiente con que le muestres tu rostro! -le dice su hermano animándolo.

Todos los discípulos, a medida que los dos hermanos los van adelantando, los miran y, comprendiendo lo que sucede, sonríen. Llegan donde Jesús. Pero Pedro, al último momento, se detiene. Andrés no se anda con chiquitas. Con un enérgico envite, como los que da a la barca para empujarla al mar, lo echa hacia adelante. Jesús se para… Pedro alza la cara… Jesús la baja… Se miran… Dos lagrimones se deslizan por las mejillas enrojecidas de Pedro…

-Ven aquí, niño grande irreflexivo, que te haga de padre enjugando este llanto -dice Jesús, y levanta su mano, en que es bien visible aún la señal de la pedrada de Yiscala, y seca con sus dedos esas dos lágrimas.

-¡Oh, Señor! ¿Me has perdonado? -pregunta Pedro lleno de temblor, agarrando la mano de Jesús con las suyas y mirándolo con unos ojos como los de un perro fiel que desea obtener el perdón del amo resentido.

-Nunca te he condenado…
-Pero antes…

-Te he amado. Es amor no permitir que en ti arraiguen desviaciones de sentimiento y de pensamiento. Debes ser el primero en todo, Simón Pedro.

-¿Entonces… entonces me estimas todavía? ¿Me quieres contigo todavía? No es que yo quiera el primer puesto, ¡eh! Me conformo con el último, pero estar contigo, a tu servicio… y morir verdaderamente a tu servicio, Señor, mi Dios.

Jesús le pasa el brazo por encima de los hombros y lo estrecha contra su costado.

Entonces Simón, que no ha dejado suelta en todo este tiempo la otra mano de Jesús, se la cubre de besos… dichoso. Y susurra:

-¡Cuánto he sufrido!… Gracias, Jesús.
-Da las gracias más bien a tu hermano. Y en el futuro lleva bien tu carga con justicia y heroísmo. Vamos a esperar a los otros. ¿Dónde están?

Están parados en el lugar en que se encontraban cuando Pedro alcanzó a Jesús, para dejar libertad al Maestro de hablar a su apóstol humillado. Jesús les hace señas para que se acerquen. Con ellos hay un grupito de labriegos, que habían dejado de trabajar en los campos para venir a hacer preguntas a los discípulos.

Jesús, todavía con la mano en el hombro de Pedro, dice:

-Por lo que ha pasado habéis entendido que estar a mi servicio es una cosa severa. Le he reprendido a él. Pero la corrección era para todos. Porque los mismos sentimientos estaban en la mayoría de los corazones, o formados o en gestación. Así os los he truncado; y quien todavía los cultiva muestra que no comprende ni mi Doctrina ni mi Misión ni mi Persona.

He venido para ser Camino, Verdad y Vida. Os doy la Verdad con lo que enseño. Os aliso el Camino con mi sacrificio; os lo trazo e indico. Pero la Vida os la doy con mi Muerte. Y acordaos de que quien responde a mi llamada y se alista en mis filas para cooperar en la redención del mundo debe estar dispuesto a morir para dar a otros la Vida. Por tanto, quien quiera seguirme debe estar dispuesto a negarse a sí mismo, al viejo yo con sus pasiones, tendencias, costumbres, tradiciones, pensamientos, y seguirme con su nuevo yo.

Tome cada cual su cruz como Yo la tomaré. La tome, aunque le parezca demasiado infamante. Deje que el peso de su cruz triture a su yo humano para liberar al yo espiritual, al cual no produce horror la cruz; antes al contrario, le es apoyo y objeto de veneración, porque el espíritu sabe y recuerda. Y que me siga con su cruz. ¿Que al final del camino le esperará la muerte ignominiosa como me espera a mí? No importa. No se aflija; antes al contrario, exulte por ello, porque la ignominia de la tierra se transformará en grande gloria en el Cielo, mientras que será un deshonor la vileza frente a los heroísmos espirituales.

Siempre decís que queréis seguirme hasta la muerte. Seguidme entonces, y os guiaré al Reino por un camino abrupto, pero santo y glorioso, al final del cual conquistaréis la Vida eternamente inmutable. Esto será "vivir".

Por el contrario, seguir los caminos del mundo y la carne es "morir". De modo que quien quiera salvar su vida en esta tierra la perderá, mas aquel que pierda su vida en esta tierra por causa mía y por amor a mi Evangelio la salvará. Pensad esto: ¿de qué le servirá al hombre ganar todo el mundo, si luego pierde su alma?
Y otra cosa: guardaos bien, ahora y en el futuro, de avergonzaros de mis palabras y acciones. Eso también sería "morir".

Porque el que se avergüence de mí y de mis palabras delante de esta generación necia, adúltera y pecadora, de que he hablado, y esperando recibir su protección y ganancia, la adule, renegando de mí y de mi Doctrina, arrojando a las bocas inmundas de los cerdos y perros las perlas recibidas, para recibir luego, como paga, excrementos en vez de dinero, será juzgado por el Hijo del hombre cuando venga en la gloria de su Padre, con los ángeles y santos, a juzgar al mundo. Él, entonces, se avergonzará de estos adúlteros y fornicadores, de estos villanos y usureros, y los arrojará fuera de su Reino; porque no hay sitio en la Jerusalén celeste para adúlteros, ruines, fornicadores, blasfemos y ladrones.

Y os digo, en verdad, que algunos de mis discípulos y discípulas presentes no experimentarán la muerte antes de haber visto la fundación del Reino de Dios, y ungido y coronado a su Rey. (El Reino de Dios vio sus comienzos el Viernes Santo, por los méritos de Cristo, y luego se afirmó con la Iglesia constituida. Pero no todos vieron esta creciente afirmación)

Reemprenden la marcha, hablando animadamente, mientras el sol desciende lentamente en el cielo…

345- Milagro en el castillo de Cesárea Paneas

Terminada la comida en la casa hospitalaria, Jesús sale con los doce, los discípulos y el anciano dueño de la casa. Vuelven al "manantial grande". Pero no se detienen allí. Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.

El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo, porque es un verdadero camino, por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras. En su parte más alta, en la cima del monte, hay un macizo castillo, o fortaleza si se prefiere, que causa estupor por su forma singular. Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel una de la otra, de manera que la más retrasada, y al mismo tiempo la más belicosa, está más alta que la otra, a la que domina y defiende. Hay un alto y ancho muro -sobre el cual se alzan torres cuadradas, bajas pero sólidas -entre las dos construcciones, que, aun siendo así, son una única construcción, porque está rodeada por un único cerco de murallas de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas, o un poco oblicuas en la base para sostener mejor el peso del bastión.

No veo el lado oeste. Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte, que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados. Y creo que el lado oeste presentará las mismas características.

El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es, además de castillo, lugar de defensa de la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las cisternas y pilones para e1 agua, y del amplio espacio, las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.

-Los romanos también dicen que es bonito. ¡Y ellos entienden de castillos!… -termina el anciano. Y añade: «Conozco al administrador. Por eso puedo entrar. Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».
Jesús escucha benigno. Los otros sonríen un poco: ¡ellos que han visto tantos panoramas!… pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús. Llegan a la cima. La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del portón de entrada guarnecido de hierro. Pero el anciano dice:

-¡Venid, venid!… Dentro es más bonito. Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…
Y penetran en el oscuro pasaje abierto en la muralla de bastantes metros de anchura. Van hasta un patio. Allí están esperándolos el administrador y su familia. Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita.

-¡El Rabí de Israel! ¡Qué pena que no esté Filipo! Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí. Filipo estima a los rabíes verdaderos, porque son los únicos que han defendido sus derechos, y también por desdén hacia Antipa, que no los estima. ¡Venid, venid!… -El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús; luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.

Cruzan otro pasaje. Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio. Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela. Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes. Entran en la ciudadela, y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre. En la torre entran sólo Jesús y el administrador, Benjamín y los doce. Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas. Los otros se quedan en el bastión.

¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con él salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza por el alto parapeto de bloques de piedra! Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste, el más alto del castillo, se ve toda Cesárea, extendida a los pies de este monte, y se ve bien, porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones. Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.

Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.

Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura. Y penachos esponjosos de árboles que florecen, o bolas compactas de árboles ya florecidos… Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente, el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea; y el valle del Jordán, por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades y los montes de la Galaunítida, aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.

-¡Bonito! ¡Bonito! ¡Muy bonito -exclama Jesús mientras mira con admiración, y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos. Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación, señalando los lugares donde han estado, o sea las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.

-Pero no veo el Jordán -dice Bartolomé.

-No lo ves, pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de poniente está el río. Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.

Pero, entretanto, se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado, que no es la primera vez que hiere su oído. Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.

-Es una de las mujeres del castillo. Una mujer casada. Va a tener un niño. El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu. No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda, no hace sino consumirse en llanto. Es un espectro. ¿Oyes? Ni siquiera tiene fuerza para gritar… Claro que… viuda a los diecisiete años… Y se querían mucho. Mi mujer y su suegra le dicen: "En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit". Pero son palabras…

Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama. Luego el administrador quiere ofrecer a la fuerza unas bebidas y fruta a los visitantes; entran, pues, en una vasta habitación de la parte anterior del castillo, a donde los siervos traen las cosas requeridas.

El quejido es más desgarrador y más cercano. El administrador presenta disculpas por ello, incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer y no puede venir con el Maestro. Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso, y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta, o las copas en las bocas.

-Voy a ver qué ha sucedido -dice el administrador. Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más intensamente por la puerta entreabierta.
Vuelve el administrador:

-Se le ha muerto el niño nada más nacer… ¡Qué congoja! Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas… Pero ya no respira. ¡Está negro!… -y menea la cabeza, para concluir: «¡Pobre Dorca!».

-Tráeme al niño

-¡Pero si está muerto, Señor!
-Tráeme al niño, te digo. Como está. Y di a la madre que tenga fe.

El administrador se marcha corriendo. Vuelve:
-No quiere. Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca. Dice que lo que queremos es quitárselo.

-Llévame a la puerta de su habitación. Que me vea.
-Pero…
-¡No te preocupes! Ya me purificaré después, si acaso…
Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada. Jesús mismo la abre y se queda en el umbral, frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón a una criaturita que no da señales de vida.

-La paz a ti, Dorca. Mírame. No llores. Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…

No sé lo que hay en la voz de Jesús. Sé que la desesperada, que en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente al recién nacido contra su corazón, lo mira y sus ojos acongojados y dementes se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza. Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador… y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida, con la fe en sus ojos dilatados, sorda a las súplicas de la suegra que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,

Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños. Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas. Apoya su boca en los labiecitos entreabiertos, curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás. Sopla fuerte en la inerte garganta… Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa… Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil… un segundo, más fuerte… un tercero… y, en fin, un verdadero vagido mientras oscila la cabecita, se agitan las manitas y los piececitos, y, contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido, toma color la cabecita pelada, la carita minúscula… Le responde el grito de la madre:

-¡Hijo mío! ¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit! ¡En el corazón! ¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!… -dice con un susurro que se apaga en un beso y en una reacción comprensible de abandono.

-¡Se muere! -gritan las mujeres.

-No. Entra en un merecido descanso. Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit. La paz sea con vosotras.

Cierra de nuevo, lentamente, la puerta, y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos. Pero están todos allí, montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.

Vuelven juntos al patio. Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir:

-¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado! -y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.
Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín diciendo:

-Te agradezco lo que nos has mostrado y el haber sido la razón de un milagro…

344- Encuentro con los discípulos en Cesárea de Filipo y explicación de la sedal de Jonás

Debe ser una ciudad de reciente construcción, como Tiberíades y Ascalón. Dispuesta en plano inclinado, culmina en la maciza fortaleza erizada de torres. Está circundada por murallas ciclópeas, y defendida por profundos fosos que reciben parte del agua de dos riachuelos que, casi unidos antes formando un ángulo, se separan luego, para fluir uno por fuera de la ciudad, el otro por dentro. Y las bonitas calles, plazas, fuentes, el aire de moda romana en las construcciones dicen que también aquí el obsequio servil de los Tetrarcas, pisoteando todo respeto por las costumbres de la Patria, se ha manifestado.

La ciudad, quizás por ser nudo de importantes vías de primer orden y rutas de caravanas dirigidas a Damasco, Tiro, Sefet y Tiberíades, como indican en cada puerta los postes señaladores, está llena de movimiento y gente.

Gente a pie o a caballo y largas caravanas de asnos y camellos se cruzan en las calles amplias y bien conservadas; en las plazas, bajo los soportales, o junto a las casas lujosas -quizás hay también termas -, corrillos de negociantes o de ociosos, tratan de negocios u ocian en charloteos fatuos.

-¿Sabes dónde podremos encontrarlos? -pregunta Jesús a Pedro.

-Sí. Me han dicho las personas a las que he preguntado que los discípulos del Rabí suelen reunirse a las horas de comer en una casa de fieles israelitas que está cerca de la ciudadela. Y me la han descrito. No puedo equivocarme: una casa de Israel incluso en el aspecto externo: una fachada sin ventanas exteriores y un portón alto con ventanillo; en un lado del muro, una fuentecita; las tapias altas del jardín prolongadas por dos lados en callejuelas; una terraza llena de palomas, en el tejado.

-Bien. Entonces vamos…

Cruzan toda la ciudad hasta la ciudadela. Llegan a la casa que buscaban. Llaman. A1 ventanillo se asoma el rostro rugoso de una anciana.

Jesús se pone delante y saluda:
-La paz sea contigo, mujer. ¿Han vuelto los discípulos del Rabí?

-No, hombre. Están hacia la "fuente grande", con otros que han venido de muchos pueblos de la otra orilla a buscar precisamente al Rabí. Todos lo están esperando. ¿Tú también eres de ellos?

-No, Yo buscaba a los discípulos.
-Entonces mira: ¿ves aquella calle casi enfrente de la fuente? Tómala y ve hacia arriba, hasta que te encuentres de frente un paredón de rocas del que sale agua que cae en una especie de pilón y luego forma como un regato. Por allí cerca los encontrarás. ¿Pero, vienes de lejos?

¿Quieres reposar?, ¿entrar aquí a esperarlos? Si quieres llamo a mis señores. ¡Son buenos israelitas, eh! Y creen en el Mesías Son discípulos sólo por haberlo visto una vez en Jerusalén en el Templo. Pero ahora los discípulos del Mesías los han instruido sobre Él y han hecho milagros aquí, porque…

-Bien, buena mujer. Volveré más tarde con los discípulos. Paz a ti. Vuelve, vuelve a tus labores -dice Jesús con bondad, aunque también con autoridad para detener esa avalancha de palabras.

Se ponen de nuevo en marcha. Los más jóvenes de los apóstoles se ríen con ganas por la escena de la mujer, y hacen sonreír también a Jesús.

-Maestro -dice Juan -parecía ella la "fuente grande". ¿No te parece? Echaba palabras sin interrupción, y ha hecho de cada uno de nosotros un pilón que se hace regato al estar lleno de palabras…

-Sí. Espero que los discípulos no hayan hecho milagros en su lengua… Habría que decir: habéis hecho demasiado milagro -dice Judas Tadeo, que, contrariamente a lo normal, se ríe con ganas.

-¡Lo mejor va a ser cuando nos vea volver y conozca al Maestro por lo que es! ¿Quién va a poderla callar? -pregunta Santiago de Zebedeo.

-No, no, se quedará muda de asombro -dice, tomando parte en los juveniles comentarios, Mateo.
-Alabaré al Altísimo si el asombro le paraliza la lengua. Será porque estoy casi en ayunas, pero, la verdad, ese remolino de palabras me ha mareado -dice Pedro.
-¡Y cómo gritaba! ¿Será que es sorda? -pregunta Tomás.
-No. Creía que los sordos éramos nosotros -responde Judas Iscariote.

-Dejadla en paz. ¡Pobre viejecita! Era buena y creyente. Su corazón es tan generoso como su lengua -dice semiserio Jesús.

-¡Entonces, Maestro mío, entonces esa anciana es generosa hasta el heroísmo! -dice riéndose abiertamente Juan.

Ya se puede ver la pared rocosa y calcárea, ya se oye el murmullo de las aguas que caen en el pilón.
-Éste es el regato. Vamos a seguirlo… Ahí está la fuente… y allí.., ¡Benjamín! ¡Daniel! ¡Abel! ¡Felipe! ¡Hermasteo! ¡Estamos aquí! ¡Viene también el Maestro! -grita Juan a un nutrido grupo de hombres que están congregados en torno a uno que no se ve.
-Calla, muchacho, que, si no, vas a ser tú también como esa vieja gallina -aconseja Pedro.

Los discípulos se han vuelto. Han visto. Y ver y lanzarse hacia abajo a saltos desde el escalón ha sido todo uno. Veo, ahora que se disgrega el compacto grupo, que con los discípulos, que son muchos, ya ancianos, están mezclados habitantes de Quedes y del pueblo del sordomudo. Deben haber tomado caminos más directos, porque han precedido al Maestro.

La alegría es mucha; también las preguntas y respuestas. Jesús, pacientemente, escucha y responde, hasta que, con otros dos, se ve venir al delgado y risueño Isaac, cargado de provisiones.

-Vamos a la casa hospitalaria, mi Señor. Allí nos dirás lo que no hemos podido decir por no saberlo tampoco nosotros. Éstos, los últimos en llegar -están con nosotros desde hace unas pocas horas -quieren saber qué es para ti la señal de Jonás que has prometido dar a la generación malvada que te persigue -dice Isaac.

-Se lo explicaré mientras vamos…
¡Ir! ¡Es fácil decirlo! Como si un aroma de flores se hubiera esparcido por el aire y numerosas abejas hubieran acudido, de todas partes viene gente para unirse a los que ya están alrededor de Jesús.

-Son nuestros amigos -explica Isaac -Gente que ha creído y que te esperaba…
-¡Gente que de éstos, y de él en especial, han recibido beneficios! -grita uno de la muchedumbre mientras señala a Isaac.
Isaac se pone rojo como la brasa, y, casi excusándose, dice:

-Pero yo soy el siervo, Él es el Señor. ¡Vosotros que esperáis, aquí tenéis al Maestro Jesús!
¡Entonces sí! El ángulo tranquilo de Cesárea, un poco apartado por estar relegado a la periferia, se transforma en un lugar más animado que un mercado, y también más rumoroso. Voces de aleluya, aclamaciones, súplicas… de todo hay.

Jesús avanza muy lentamente, comprimido en esa tenaza de amor. Pero sonríe y bendice. Tan lentamente, que algunos tienen tiempo de marcharse corriendo a esparcir la noticia y a volver con amigos o parientes, que traen a los niños y los aúpan para que puedan llegar, sin sufrir daño, hasta Jesús, el cual los acaricia y bendice.

Llegan así a la casa de antes. Llaman. La criada anciana de antes, al oír las voces, abre sin reserva alguna. Pero… ve a Jesús en medio del gentío aclamador, y comprende… Cae al suelo gimiendo:
-¡Piedad, mi Señor! ¡Tu sierva no te había conocido y no te había venerado!

-No hay mal en ello, mujer. No conocías al hombre, pero creías en Él. Esto es lo que se requiere para ser amados por Dios. Levántate y condúceme adonde tus señores.

La anciana obedece, toda temblorosa de respeto. Y ve a sus señores, también anonadados de respeto, literalmente contra la pared en el fondo del vestíbulo un poco oscuro. Los señala:
-¡Ahí están!

-Paz a vosotros y a esta casa. Os bendiga el Señor por vuestra fe en el Cristo y por vuestra caridad para con sus discípulos -dice Jesús yendo hacia los dos ancianos cónyuges, o hermano y hermana. Un gesto de veneración y lo acompañan al vasto mirador, donde tienen preparadas muchas mesas, bajo un tupido toldo. La vista se extiende libre sobre Cesárea y los montes que la ciudad tiene a sus espaldas y a los lados. Las palomas trenzan vuelos desde la terraza al jardín, lleno de plantas en flor.
Mientras un doméstico aumenta los puestos, Isaac explica
-¡Benjamín y Ana no sólo nos reciben en su casa a nosotros, sino también a todos los que vienen en busca de ti! Lo hacen en tu Nombre.

-Que el Cielo los bendiga cada vez que lo hacen.
-Disponemos de medios y no tenemos herederos. En el ocaso de la vida, adoptamos como hijos a los pobres del Señor ­dice con sencillez la anciana.

Y Jesús le pone la mano en su encanecida cabeza diciendo:
-Y esto te hace madre más que si hubieras concebido superabundantemente. Mas ahora permitidme que explique a éstos lo que deseaban saber, para poder despedir luego a los de la ciudad y sentarnos a la mesa.
La terraza está invadida de gente, que sigue entrando y apiñándose en los espacios libres.

Jesús está sentado en medio de una corona de niños, que lo miran extáticos con sus ojazos inocentes. Vuelve las espaldas a la mesa y sonríe a estos niños, aunque esté hablando de un tema grave. Parece como si leyera en sus caritas inocentes las palabras de la verdad solicitada.
-Escuchad. La señal de Jonás, que prometí a los malos, y que prometo también a vosotros, no porque seáis malos, sino, al contrario, para que podáis creer con perfección cuando la veáis cumplida, es ésta.

Como Jonás permaneció tres días en el vientre del monstruo marino y luego fue restituido a la tierra para convertir y salvar a Nínive, así será para el Hijo del hombre. Para calmar las violentas olas de una grande, satánica tempestad, los principales de Israel creerán útil sacrificar al Inocente. Lo único que conseguirán será aumentar sus peligros, porque, además del conturbador Satanás, tendrán a Dios con su castigo tras el delito cometido. Podrían triunfar contra la tempestad de Satanás creyendo en mí. Pero no lo hacen porque ven en mí la razón de sus inquietudes, miedos, peligros y desmentidas contra su insincera santidad. Mas, llegada la hora, ese monstruo insaciable que es el vientre de la tierra, que se traga a todo hombre que muere, se abrirá de nuevo para restituir la Luz al mundo que renegó de ella.

He aquí, pues, que, como Jonás fue signo para los ninivitas de la potencia y misericordia del Señor, así el Hijo del hombre lo será para esta generación; con la diferencia de que Nínive se convirtió, mientras que Jerusalén no se convertirá, porque está llena de esta generación malvada de que he hablado. Por ello, la Reina del Mediodía se alzará el Día del Juicio contra los hombres de esta generación y los condenará.

Porque ella vino, en su tiempo, desde los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, mientras que esta generación, que me tiene presente, y siendo Yo mucho más que Salomón, no quiere oírme, y me persigue y expele como a un leproso y a un pecador. También los ninivitas, que se convirtieron con la predicación de un hombre, se alzarán en el día del Juicio contra la generación malvada que no se convierte al Señor su Dios. Yo soy más que un hombre, aunque se tratara de Jonás o cualquier otro Profeta.

Por tanto, daré la señal de Jonás a quien pide una señal sin posibles equívocos. Más de una señal daré a quien no baja la frente proterva ante las pruebas ya dadas de vidas que renacen por voluntad mía. Daré todas las señales: tanto la de un cuerpo en descomposición que vuelve a vivir y a recomponerse, como la de un Cuerpo que por sí solo se resucita porque a su Espíritu le es dada la plenitud del poder.

Pero éstas no serán gracias. No significarán aligeramiento de la situación. Ni aquí ni en los libros eternos. Lo escrito escrito está. Y, como piedras para una próxima lapidación, las pruebas se amontonarán: contra mí, para perjudicarme sin lograrlo; contra ellos, para arrollarlos eternamente con la condena de Dios a los incrédulos malvados.

A esta señal de Jonás me refería. ¿Tenéis más cosas que preguntar?
-No, Maestro. Se lo comunicaremos a nuestro jefe de la sinagoga, que ha juzgado la señal prometida con juicio muy cercano a la verdad.
-Matías es un justo. La Verdad se revela a los justos como se revela a estos inocentes, que mejor que nadie saben quién soy Yo. Dejadme, antes de despedirme de vosotros, oír alabar la misericordia de Dios por boca de los ángeles de la tierra. Venid niños.

Los niños, que habían estado quietos con pena hasta ese momento, corren hacia Él.
-Decidme, criaturas sin malicia, ¿para vosotros, cuál es mi señal?

-Que eres bueno.
-Que curas a mi mamá con tu Nombre.
-Que quieres a todos.
-Que ninguno puede ser tan guapo como Tú.
-Que haces volverse bueno hasta al que era malo como mi padre.

Cada una de las boquitas, más o menos niñas, anuncia una dulce propiedad de Jesús, y testifica penas que Jesús ha transformado en sonrisas.

Pero el más simpático de todos es un pilluelo de unos cuatro años que trepa hasta el regazo de Jesús y se abraza a su cuello diciendo

-Tu señal es que quieres a todos los niños y que los niños te quieren. Así te quieren… -y abre lo más que puede sus bracitos regordetes, y ríe, para luego abrazarse otra vez al cuello de Jesús restregando su mejilla infantil con la de Jesús, que lo besa y pregunta: «Pero, ¿por qué me queréis si no me habéis visto nunca antes de ahora?».

-Porque pareces el ángel del Señor.
-Tú no lo has visto, pequeñuelo… -prueba Jesús, sonriendo.

El niño se queda un momento desorientado. Pero luego se echa a reír, mostrando todos los dientecitos, y dice:
-¡Pero lo ha visto bien mi alma! Dice mi mamá que la tengo, y está aquí, y Dios la ve, y el alma ha visto a Dios y a los ángeles, y los ve. Y mi alma te conoce porque eres el Señor.

Jesús lo besa en la frente y dice:
-Que te aumente, por este beso, la luz en el intelecto -y lo pone en el suelo. El niño, entonces, corre donde su padre dando brincos, teniendo la mano apretada contra la frente en el lugar en que ha sido besado, y grita: «¡Vamos donde mamá, donde mamá! Que bese aquí, donde ha besado el Señor y le vuelva la voz y no llore más.

Explican a Jesús que se trata de una mujer casada, enferma de la garganta, deseosa de milagro, pero que no lo habían realizado en ella los discípulos, los cuales no habrían podido curar ese mal, que no se podía tocar de tan profundo como estaba.

-La curará el discípulo más pequeño, su hijito. Ve en paz, hombre Y ten fe como tu hijo -dice mientras despide al padre del pequeñuelo

Besa a los otros niños, que se han quedado deseosos del mismo beso en la frente, y despide a los que viven en la ciudad. Se quedan los discípulos, los de Quedes y los del otro lugar.

Mientras se espera la comida, Jesús ordena la partida, para el día siguiente, de todos los discípulos, que habrán de precederlo a Cafarnaúm para unirse con los otros procedentes de otros lugares.

-Tomaréis luego con vosotros a Salomé y a las mujeres e hijas de Natanael y Felipe, y a Juana y Susana, según vais descendiendo hacia Nazaret. Allí tomaréis con vosotros a mi Madre y a la madre de mis hermanos, y las acompañaréis a Betania, a la casa donde está José, en las tierras de Lázaro. Nosotros iremos por la Decápolis.

-¿Y Margziam? -pregunta Pedro.
-He dicho: "precededme a Cafarnaúm". No "id". Pero desde Cafarnaúm podrán avisar a las mujeres de nuestra llegada, de modo que estén preparadas cuando nosotros vayamos hacia Jerusalén por la Decápolis. Margziam, que ya es un jovencito, irá con los discípulos escoltando a las mujeres…

-Es que… quería llevar también a mi mujer, pobrecilla, a Jerusalén. Siempre lo ha deseado y… no ha ido nunca porque no quería yo problemas… Pero este año querría darle esta satisfacción. ¡Es tan buena!

-Pues sí, Simón. Razón de más para que Margziam vaya con ella. Harán lentamente el viaje y nos reuniremos de nuevo todos allí…

El anciano dueño de la casa dice:
-¿Tan poco tiempo aquí?
-Padre, tengo todavía mucho que hacer, y quiero estar en Jerusalén al menos ocho días antes de la Pascua. Ten en cuenta que la primera fase de la luna de Adar ya ha terminado…

-Es verdad. ¡Pero tanto te he anhelado!… Teniéndote, me parece estar en la luz del Cielo… y que esta luz se haya de apagar en cuanto te marches.

-No, padre. Te la dejaré en tu corazón. Y a tu esposa. A toda esta casa hospitalaria.

Se sientan a las mesas y Jesús ofrece y bendice los alimentos, que luego el doméstico distribuye a las distintas mesas.

343- La levadura de los fariseos. El Hijo del hombre. El primado a Simón Pedro

La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en lago de Merón.

Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales y van enfloreciéndose los árboles frutales.

Los montes, allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día, mirando anhelantes al sol, que sube, y buscándolo, apenas su rayo toca los prados y acaricia el follaje. Deben haber dormido al raso, o como mucho en un pajar, porque los indumentos están arrugados y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.

El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte enmedio del silencio matutino del campo, y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve, porque fluye profundo en la rasa llanura. Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentillos que bajan de los montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes, se está casi en la orilla.

-¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí? -preguntan a Jesús, que estaba solo, meditativo, y que se había parado a esperarlos.

-Mirad a ver si hay una barca para pasar. Es mejor atravesar por aquí…

-Sí. En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas, podríamos encontrar otra vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista -observa Bartolomé, ceñudo, mirando a Judas.

-No. No me mires mal. Yo no sabía que íbamos a venir aquí, y no he dicho nada. Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes.

Pero jamás habría imaginado que quisiera llegarse hasta la capital de Filipo. Por tanto, ellos lo ignoran. Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad. A menos que no tengan como guía a Belcebú ­dice tranquilo y humilde Judas Iscariote.

-Esto está bien. Porque con cierta gente… Hay que tener ojo y medir las palabras; no dejar indicios de nuestros proyectos. Tenemos que estar atentos a todo. Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente -replica Bartolomé.

Vuelven Juan y Andrés. Dicen:

-Hemos encontrado dos barcas Nos pasan a una dracma por barca. Vamos a bajar al borde.

Y en dos barquichuelas, en dos veces, pasan a la otra orilla. La llanura rasa y fértil los acoge también aquí. Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada. Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.

-¡Mmm! ¿Cómo vamos a conseguir el pan? Yo tengo hambre. Y aquí… no tenemos ni siquiera las espigas filisteas…

Hierba y hojas, hojas y flores. No soy ni una oveja ni una abeja -comenta Pedro a sus compañeros, los cuales sonríen ante la observación.

Judas Tadeo -que iba un poco más adelante -se vuelve y dice:
-Compraremos pan en el próximo pueblo.

-Siempre y cuando no nos hagan huir -termina Santiago de Zebedeo.

-Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo, de la levadura de los fariseos y saduceos; que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis. ¡Tened cuidado! ¡Guardaos! -dice Jesús.

Los apóstoles se miran unos a otros y cuchichean:
-¿Pero qué dice? Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes los que nos han dado el pan. Y está todavía aquí; es el único que tenemos. Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre.

¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura? Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…

Jesús, que, todo solo, estaba de nuevo delante, se vuelve otra vez.

-¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre? Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos, no os quedaríais sin comida por causa de mi consejo. No me refiero a la levadura del pan. Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres. Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.

¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas? ¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados? Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan, lo que hice para cinco mil con cinco panes. ¿No comprendéis a qué levadura aludo? A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra mí. Eso es odio, es herejía. Y vosotros estáis yendo hacia el odio como si hubiera entrado en vosotros parte de la levadura farisaica. No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo. No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.

Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios. Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas, uno termina pereciendo o vencido. Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas. No. Tened caridad y prudencia. No tenéis en vosotros todavía tanto como para poder combatir estas doctrinas, sin que ellas mismas os contaminen. Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el odio a ellos. Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros y arrancaros de mí, usando con vosotros mil amabilidades, mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz. No debéis huir de ellos. Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas. A esta levadura me refiero. Es la malevolencia que va contra el amor, y las falsas doctrinas. Os digo: sed prudentes.

-¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era "levadura” Maestro? - pregunta Tomás.
-Era levadura y veneno.
-Has hecho bien en no dársela.
-Pero se la daré un día.
-¿Cuándo? ¿Cuándo? -preguntan curiosos.
-Un día…

-¿Y qué señal es? ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles? Para poder reconocerla inmediatamente ­pregunta, deseoso, Pedro.

-Vosotros no deberíais necesitar una señal.

-¡Bueno, no para poder creer en ti! No somos gente con muchos pensamientos. Tenemos uno sólo: amarte a ti -dice vehementemente Santiago de Zebedeo

-Pero, la gente -vosotros que tratáis con ella, así llanamente más que Yo, sin el sentido de temor que Yo puedo infundir -¿quién dice que soy? ¿Y cómo define al Hijo del hombre?

-Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo, y son los mejores; los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros -ya lo sabes -un loco y un endemoniado.

-Pero hay alguno que usa para ti el mismo nombre que Tú te das y te llama: "Hijo del hombre".

-Y algunos dicen también que no puede ser eso, porque el
Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. Y esto no es siempre una cosa negativa, porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre: eres el Hijo de Dios.

Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre, sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia. Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos -dice Bartolomé.

-¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?

-Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre, un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia, sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán; y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir. Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto, sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles, y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios, y más todavía Herodías, han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡Bueno, la gente dice tantas cosas!…

Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es o Jeremías, o Elías, o alguno de los Profetas, e incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia, y se decía el Precursor del Cristo. Cristo: el Ungido de Dios. El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre. Muchos no pueden admitir, o no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la tierra. Tú ayer lo dijiste: "Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios". Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad… -añade Bartolomé.

-Ya, claro. Se sienten, efectivamente, tan indignos, que juzgan imposible que Dios sea tan bueno como para mandar a su Verbo a salvarlos. El estado degradado de su alma les es obstáculo para creerlo -confirma el Zelote. Y añade: «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre. En efecto, en ti mora toda gracia y sabiduría como hombre. Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia se habría parecido a ti en belleza, inteligencia en todas las demás cualidades. Y en ti brilla Dios por la potencia.

¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita miden a Dios con el patrón de sí mismos podrán creerlo? Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros, no pueden, claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura hasta darse a sí mismo para redimirlos; su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre, su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros. No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos en buscar y castigar las culpas.

-¿Y vosotros quién decís que soy Yo? Decidlo por vuestro juicio, sin más; sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás. Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre mí, ¿qué diríais que soy?

-¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! -grita Pedro mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús. Y Jesús lo mira con una faz toda luz y se agacha a levantarlo de nuevo para abrazarlo, y dice:

-¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás! Porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Desde el primer día que viniste a mí te hiciste esta pregunta, y, por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar la respuesta que te venía de los Cielos. No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano y Juan y Santiago.

No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano, como Judas y Santiago, mis hermanos. No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder, como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas. No fuiste subyugado por mi voluntad como en el caso de Leví el publicano. Y, no obstante, exclamaste:

"¡El es el Cristo!"'. Desde la primera hora en que me viste, creíste, y nunca tu fe se ha tambaleado. Por eso te llamé Cefas. Y por esto, sobre ti, Piedra, edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos. Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra será desatado en los Cielos. Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar. Y aquí, desde este momento, tú eres el jefe y se te debe obediencia y respeto como a otro Yo mismo. Esto le proclamo delante de todos vosotros.

Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones, el llanto de Pedro no habría sido tan alto.

Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús. Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible, de su dolor de haber renegado a Jesús.

El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos… Otro poco del antiguo Simón -el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio de su hermano, se había reído diciendo: « ¡El Mesías se te aparece a ti!…

¡Precisamente!» incrédulo y jocoso -un poco mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto, para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad, cada vez más claramente, al Pedro pontífice de la Iglesia de Cristo.

Cuando alza la cara, tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo, para prometer todo, para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio: echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús y obligarle a agacharse más para besarlo, mezclando sus cabellos y su barba, un poco híspidos y entrecanos, con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús; y luego lo mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante, de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas, mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas, cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital, el rostro ascético del Maestro, inclinado hacia el suyo… y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro, de esos ojos, de esa sonrisa…

Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesárea de Filipo. Jesús entonces dice a todos:

-Pedro ha dicho la verdad. Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa de lo que sabéis.

Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro. En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras añaden la fe perfecta y el perfecto amor, llegan a saber el verdadero significado de las palabras Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios".

342- En Quedes. Los fariseos piden un signo. La profecía de Habacuc

La ciudad de Quedes está situada en un montecillo, separado un poco de una larga cadena que va de norte a sur, dispuesta a oriente respecto a aquél; a occidente, una cadena de colinas, casi paralelas, que se orienta igualmente de norte a sur: dos líneas paralelas, que, sin embargo, se estrechan y forman casi un esbozo de X. En el punto más estrecho, y más apoyado en la cadena oriental que en la occidental está el otero en cuyas pendientes se sitúa Quedes: extendida desde la cima a las laderas, más bien poco inclinadas, dominando el valle fresco y verde, muy estrecho al sur, más amplio al oeste.

Es una bonita ciudad rodeada de muros, con casas bonitas y una imponente sinagoga; como imponente es la fuente, con sus muchas bocas que dejan caer agua fresca y abundante en la pila de debajo de la cual salen unos canalillos destinados a alimentar otras fuentes, quizás, o jardines… no sé.

Jesús entra en esta ciudad en día de mercado. Su mano ya no está vendada, pero tiene todavía una costra oscura y un amplio hematoma en el dorso. También Santiago de Alfeo tiene una pequeña costra, de color entre rojo y marrón, en la sien, y, todo alrededor, una amplia moradura. Andrés y Santiago de Zebedeo, menos heridos, ya no muestran señales de la pasada aventura. Y caminan ligero, mirando a todas partes, especialmente a los lados y hacia atrás, porque están escalonados, delante, detrás y al lado de Jesús.

Tengo la impresión de que se hayan detenido dos o tres días en el lugar descrito ayer, o en sus cercanías, quizás para descansar, o para distanciar a los rabíes, temiendo que hubieran ido a las ciudades principales con la esperanza de cogerlos en renuncio y dañarlos más todavía. Al menos esto hace pensar lo que dicen.

-¡Pero ésta es una ciudad de refugio! -dice Andrés.
-¡Sí, vaya, precisamente ellos van a respetar el amparo y la santidad de un lugar! ¡Pero qué ingenuo eres, hermano! -le responde Pedro.

Jesús va entre los dos Judas. Delante de Él, en vanguardia, Santiago y Juan, y luego el otro Santiago con Felipe y Mateo. Detrás de Él, Pedro, Andrés y Tomás. Los últimos, Simón Zelote y Bartolomé.

Todo va bien hasta la entrada en una bonita plaza (la de la taza de la fuente y la sinagoga) en que se aglomera la gente que trata de negocios. El mercado, no obstante, está más abajo y en el suroeste de la ciudad, donde desembocan la vía principal que viene del sur y la otra, la que ha recorrido Jesús, que viene del oeste (ambas confluyen en ángulo recto y se funden en una sola, que penetra por la puerta de la ciudad hasta transformarse en una vasta plaza oblonga, en que hay asnos y esteras, vendedores, compradores, y el consabido jaleo…

Pero cuando llegan a esta plaza más bonita -el corazón de la ciudad, creo, no tanto porque equidiste del contorno de los muros, cuanto porque la vida espiritual y comercial de Quedes late aquí (parece decirlo también su posición elevada respecto a la mayor parte del pueblo, posición dominadora, fácil para la defensa, como una ciudadela) -cuando llegan a esta plaza, empiezan las dificultades.

Junto al portón amplio y bello de esculturas y frisos de la rica sinagoga, hay un grupo numeroso de fariseos y saduceos, grupo de perros gruñidores a la espera de saltarle encima a un inerme cachorro, o, mejor, grupo de perros rastreros al acecho de la caza, cuyo olor han sentido ya en el viento; grupo mezclado -como elemento excitante -con un grupito de rabíes ya vistos en Yiscala, entre los cuales aquél llamado Uziel. Y, enseguida, unos a otros se hacen señas indicando a Jesús y a los apóstoles.

-¡Vaya, Señor! ¡Están también aquí! -dice asustado Juan volviéndose hacia atrás a hablar con Jesús.

-No temas. Sigue adelante seguro. De todas formas, los que no se sientan dispuestos a hacer frente a esos desdichados que se retiren y se vayan a la posada. Quiero, por encima de todo, hablar aquí, antigua ciudad levítica y de refugio.

Protestan todos:

-Maestro, ¿cómo puedes pensar que te vamos a dejar solo?!Que nos maten a todos, si quieren!. Nosotros compartiremos tu suerte.

Jesús pasa por delante del grupo enemigo y va a colocarse contra la tapia de un jardín, por encima de la cual llueven los cándidos pétalos de un peral en flor: la tapia oscura y la nube cándida son marco y corona de Cristo, que tiene enfrente a sus doce.

Jesús empieza a hablar, y su bonita voz entonada, que dice:
-¡Vosotros, aquí reunidos, venid a escuchar la Buena Nueva, porque más útil que los negocios y las monedas es la conquista del Reino de los Cielos! -llena la plaza y hace volverse a quienes están en ella.

-¡Oh, pero si ése es el Rabí galileo! -dice uno. Venid. Vamos a oír lo que dice. Quizás hace algún milagro.
Y otro:

-Yo, en Bet Yinna, le vi hacer uno. ¡Y qué bien habla! No como esos gavilanes rapaces y esas serpientes astutas.
Pronto mucha gente circunda a Jesús. Y Él prosigue para esta gente atenta:

-En el corazón de esta ciudad levítica no quiero recordar la Ley. Sé que la tenéis presente en vuestros corazones como en pocas ciudades de Israel, y lo demuestra incluso el orden que en ella he encontrado, la honestidad de que me han dado prueba los comerciantes a quienes he comprado el alimento para mí y mi pequeño rebaño, y esta sinagoga, ornamentada como conviene al lugar donde se honra a Dios.

Mas, dentro de vosotros hay también un lugar donde se honra a Dios, un lugar donde residen las aspiraciones más santas y resuenan las palabras más dulcemente esperanzadoras de nuestra fe y las oraciones más ardientes para que la esperanza se haga realidad: el alma: éste es el lugar santo e individual, donde se habla de Dios y con Dios en espera de que la Promesa se cumpla. Pero la Promesa se ha cumplido ya. Israel tiene su Mesías, y Él os trae la palabra y la certeza de que el tiempo de la Gracia ha llegado, de que la Redención está próxima, de que el Salvador está en medio de vosotros, de que el invicto Reino de Dios comienza.

¡Cuántas veces habréis oído la lectura de Habacuc! Y los más meditativos de vosotros habrán susurrado: "Yo también
puedo decir “¡Hasta cuándo, Señor, tendré que gritar sin que me prestes oídos?”Desde siglos Israel gime así.
Mas ahora el Salvador ha venido. El gran hurto, el perpetuo apuro, el desorden y la injusticia causado por Satanás, están a punto de caer, porque el Enviado por Dios está para reintegrar al hombre en lo que es su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Reino de Dios. Miremos la profecía de Habacuc con ojos nuevos, y sentiremos que da testimonio de mí, que habla ya el lenguaje de la Buena Nueva que Yo traigo a los hijos de Israel.

Mas aquí soy Yo quien debe expresar un lamento: "Se ha verificado el juicio, y, no obstante, la oposición triunfa". Y lo expreso con profundo dolor. No tanto por mí, que estoy por encima del parecer humano, cuanto por aquellos que, por ser adversarios, se condenan, y por los que se extravían por causa de los adversarios. ¿Os asombra lo que digo? Entre vosotros hay mercaderes de otros lugares de Israel. Ellos os pueden decir que no miento.

No miento con una vida contraria a lo que enseño o no haciendo lo que del Salvador se espera. No miento cuando digo que la oposición humana se yergue contra el juicio de Dios, que me ha enviado, y contra el juicio de las gentes humildes y sinceras, que me han oído y juzgado rectamente en lo que soy.

Algunos de la multitud comentan:
-¡Es verdad! ¡Es verdad! Nosotros, del pueblo, lo estimamos, y sentimos que es santo. Pero aquéllos (y señalan a los fariseos y compañeros) lo hostigan.
Jesús prosigue:

-En aras de esta oposición se lacera la Ley, y cada vez será más maltratada, hasta llegar incluso a abolirla, con tal de cometer la suprema injusticia, la cual, no obstante, no durará mucho. Bienaventurados los que en la breve y espantosa espera, cuando parezca que la oposición haya triunfado contra mí, sepan seguir creyendo en Jesús de Nazaret, en el Hijo de Dios, en el Hijo del hombre, anunciado por los profetas: Yo podría cumplir el juicio de Dios con toda extensión, salvando a todos los hijos de Israel. Mas no podré hacerlo, porque el impío triunfará contra sí mismo, contra la parte mejor de sí mismo, y, de la misma forma que pisotea mis derechos y a mis fieles, pisoteará los derechos de su espíritu, que tiene necesidad de mí para ser salvado y que es entregado a Satanás con tal de negármelo a mí.

Los fariseos murmuran turbulentos. Pero un anciano de majestuoso porte hace ya un rato que se ha acercado al lugar donde está Jesús, y ahora, durante un momento de pausa del discurso, dice:

-Entra en la sinagoga, te lo ruego; enseña en ella. Nadie tiene más derecho que Tú a hacerlo. Soy Matías, el jefe de la sinagoga. Ven, que la Palabra de Dios habite mi casa como mora en tu boca.

-Gracias, justo de Israel. La paz sea siempre contigo.

Y Jesús, a través de la muchedumbre, que se abre como una ola para dejarlo pasar, y luego se cierra formando estela y lo sigue, cruza de nuevo la plaza y entra en la sinagoga, pasando otra vez por delante de los fariseos gruñidores, que entran también en la sinagoga, tratando de abrirse paso violentamente. Pero la gente los mira con cara de pocos amigos y dice:

-¿De dónde venís? Id a vuestras sinagogas y esperad allí al Rabí. Ésta es nuestra casa y entramos nosotros.
Y rabíes, saduceos y fariseos, tienen que soportar quedarse humildemente a la puerta para no ser expulsados por los habitantes de Quedes.

Jesús está en su sitio. Tiene cerca al arquisinagogo y a otros de la sinagoga, no sé si hijos o coadyutores.

Reanuda su discurso:

  • Habacuc dice - ¡y con qué amor os invita a observar!: "Extended vuestra mirada sobre las naciones, y observad, maravillaos, asombraos, porque en vuestros días ha sucedido una cosa que nadie creerá cuando se la cuenten". También ahora tenemos enemigos materiales en Israel. Pero dejad pasar este pequeño detalle de la profecía y miremos solamente al gran vaticinio enteramente espiritual que contiene. Porque las profecías, aunque parecen tener una referencia material, su contenido es siempre espiritual.

La cosa, pues, que ha sucedido -y es tal, que nadie podrá aceptarla si no está convencido de la infinita bondad del verdadero Dios -es que Él ha mandado a su Verbo para salvar y redimir al mundo. Dios que se separa de Dios (María Valtorta explica en una copia mecanografiada la expresión Dios que se separa de Dios con la siguiente nota: Aun siendo todavía "una cosa" con el Padre, el Verbo ya no estaba en el Padre como antes de la Encarnación. La nota puede valer también para otras afirmaciones análogas) para salvar a la criatura culpable. Pues bien, Yo he sido mandado a esto.

Y ninguna fuerza del mundo podrá detener mi ímpetu de Triunfador sobre reyes y tiranos, sobre pecados y necedades. Venceré porque soy el Triunfador.

Una carcajada burlona y un grito se dejan oír desde el fondo de la sinagoga. La gente protesta. El jefe de la sinagoga, que está tan concentrado en escuchar a Jesús que tiene incluso los ojos cerrados se pone de pie e impone silencio, amenazando con la expulsión a los perturbadores.

-No te opongas a ellos; es más, invítalos a que expongan sus divergencias -dice Jesús en voz alta.

-¡Bien! ¡Esto esta bien! Déjanos acercarnos a ti, que queremos hacerte unas preguntas -gritan en tono irónico los objetores.

-Venid. Dejadlos pasar, vosotros de Quedes.

Y la gente, con miradas hostiles y caras disgustadas -y no falta algún que otro epíteto -los deja ir adelante.

-¿Qué queréis saber? -pregunta Jesús en tono severo.
-¿Tú, entonces, dices que eres el Mesías? ¿Estás verdaderamente seguro de ello?

Jesús, cruzados los brazos, mira con tal autoridad al que ha hablado, que a éste se le cae de golpe la ironía y cierra la boca.

Pero otro toma la palabra en su lugar y dice:

-No puedes pretender que se te crea por tu palabra.

Cualquiera puede mentir, incluso con buena intención. Para creer se necesitan pruebas. Danos, pues pruebas de que eres eso que dices ser.

-Israel está lleno de mis pruebas -dice secamente Jesús.
-¡Ah! ¡Esas!… Pequeñas cosas que cualquier santo puede hacer ¡Han sido hechas y serán hechas en el futuro por los justos de Israel! -dice un fariseo.

Otro añade:
-¡Y no se da por sentado que Tú las hagas por santidad y ayuda de Dios! Se dice, y verdaderamente es muy verosímil, que cuentas con la ayuda de Satanás. Queremos otras pruebas. Superiores, cuales Satanás no pueda dar.

-¡Sí, hombre, una victoria sobre la muerte!… -dice otro.
-Ya la habéis visto.

-Eran apariencias de muerte. Muéstranos a uno ya descompuesto que se reanime y recomponga, por ejemplo, para tener la seguridad de que Dios está contigo. Dios: el único que puede dar de nuevo respiro al fango que ya se vuelve polvo.

-Nunca fue pedido esto a los Profetas para creer en ellos.

Un saduceo grita:

-¡Tú eres más que un profeta. ¡Tú, al menos Tú lo dices, eres el Hijo de Dios!… ¡Ja! ja! ¿Por qué, entonces, no actúas como Dios? ¡Ánimo, pues! ¡Danos una señal! ¡Una señal!

-¡Sí, eso! Una señal del Cielo que diga que eres Hijo de Dios. Entonces te adoraremos -grita un fariseo.

-¡Sí! ¡Eso es, Simón! No queremos caer de nuevo en el pecado de Aarón. No adoramos al ídolo, al becerro de oro, ¡pero podríamos adorar al Cordero de Dios! ¿No eres Tú? Si es que el Cielo nos indica que lo eres -dice el que tiene por nombre Uriel, que estaba en Yiscala, y ríe sarcásticamente.

Interviene otro, a voces:

-Déjame hablar a mí, a Sadoq, el escriba de oro. ¡Óyeme, oh Cristo! Demasiados te han precedido, que no eran cristos. Basta ya de engaños. Una señal de que lo eres.

Dios, si está contigo, no te lo puede negar. Y nosotros creeremos en ti y te ayudaremos. Si no, ya sabes lo que te espera, según el Mandamiento de Dios.

Jesús alza la diestra herida y la muestra bien a su interlocutor.

-¿Ves esta señal? La has hecho tú. Has indicado otra señal. Te alegrarás cuando la veas abierta en la carne del Cordero. ¡Mírala! ¿La ves? La verás también en el Cielo, cuando te presentes a rendir cuentas de tu modo de vivir.

Porque Yo te he de juzgar, y estaré allí arriba con mi Cuerpo glorificado, con las señales de mi ministerio y del vuestro, de mi amor y de vuestro odio. Y tú también la verás, Uriel, y tú, Simón, y la verán Caifás y Anás, y otros muchos, en el último Día, día de ira, día tremendo, y por ello preferiréis estar en el abismo, porque mi señal abierta en la mano herida os asaeteará más que los fuegos del Infierno.

-¡Eso son palabras y blasfemias! ¿Tú en el Cielo con el cuerpo? ¡Blasfemo! ¿Tú juez en lugar de Dios? ¡Anatema seas! ¡Insultas al Pontífice! Merecerías la lapidación -gritan en coro fariseos, saduceos y doctores.

El jefe de la sinagoga se pone de nuevo en pie, patriarcal, con su espléndida canicie como un Moisés, y grita:

-Quedes es ciudad de refugio y levítica. Tened respeto…
-¡Viejas historias! ¡Ya no cuentan!

-¡Oh, lenguas blasfemas! Vosotros sois los pecadores, no Él, y yo lo defiendo. No dice nada malo. Explica los Profetas. Nos trae la Promesa Buena. Y vosotros lo interrumpís, lo tentáis, lo ofendéis. No lo permito. Él está bajo la protección del viejo Matías, de la estirpe de Leví por parte de padre y de Aarón por parte de madre.

Salid y dejad que ilumine con su doctrina mi vejez y la madurez de mis hijos.

Y, mientras, tiene su anciana, rugosa mano puesta en el antebrazo de Jesús, como defendiendo.

-¡Que nos dé una señal verdadera y nos iremos convencidos!. -gritan los enemigos.

-No te inquietes, Matías. Hablo Yo -dice Jesús calmando al arquisinagogo. Y, dirigiéndose a los fariseos, saduceos y doctores, dice:

-Al atardecer examináis el cielo, y si, en llegando el ocaso, está rojizo, sentenciáis en virtud de un viejo proverbio: "Mañana hará buen tiempo, porque el ocaso pone rojo el cielo". Lo mismo al alba, cuando en el aire pesado de niebla y vaho el sol no se anuncia áureo, sino que parece esparcir sangre por el firmamento, decís: "No pasará este día sin que haya tormenta". Sabéis, pues, leer el futuro del día a partir de los signos inestables del cielo y de los aún más volubles de los vientos.

¿Y no alcanzáis a distinguir los signos de los tiempos? Esto no honra ni vuestra mente ni vuestra ciencia, y completamente deshonra vuestro espíritu y vuestra presunta sabiduría. Sois de una generación malvada y adúltera, nacida en Israel de la unión de quien fornicó con el Mal.

Vosotros sois sus herederos, y aumentáis vuestra maldad y vuestro adulterio repitiendo el pecado de los padres de este desmán. Pues bien, sabedlo, tú, Matías, vosotros, habitantes de Quedes, y todos los presentes, fieles o enemigos:

Esta es la profecía que digo, profecía mía, en vez de la que quería explicar de Habacuc: a esta generación malvada y adúltera, que pide una señal, no le será dada sino la de Jonás… Vamos. La paz sea con los buenos de voluntad.

Y, por una puerta lateral, que da a una calle silenciosa situada entre huertos y casas, se aleja con sus apóstoles.

Pero los de Quedes no se dan por vencidos. Algunos lo siguen, y, al ver que ha entrado en una pequeña posada de los arrabales orientales del pueblo, lo comunican al arquisinagogo y a los conciudadanos; de forma que no ha terminado de comer todavía Jesús y ya el patio soleado de la posada está abarrotado de gente, y el anciano arquisinagogo de Quedes se asoma a la puerta de la habitación donde está Jesús y se inclina implorando:

-Maestro, en nosotros ha quedado todavía el deseo de tu palabra. ¡Era tan hermosa, explicada por ti la profecía de Habacuc! ¿Porque haya quien te odia, deberán quedarse sin conocerte los que te aman y creen en tu verdad?

-No, padre. No sería justicia castigar a los buenos por causa de los malos. Oíd entonces…-(y Jesús deja de comer para asomarse a la puerta y hablar a los que están aglomerados en el patio sereno).

-En las palabras de vuestro arquisinagogo se oye un eco de las de Habacuc. Él, en nombre propio y vuestro, confiesa y profesa que Yo soy la Verdad. Habacuc confiesa y profesa: "Desde el principio Tú eres, y estás con nosotros y no moriremos". Y así será. No perecerá quien cree en mí.

Me pinta el Profeta como Aquel que ha sido establecido por Dios para juzgar, como Aquel al que Dios ha hecho fuerte para castigar, como Aquel cuyos ojos son demasiado puros como para ver el mal, y que no podrá soportar la iniquidad. Pero, si bien es verdad que el pecado me repugna, podéis ver que abro los brazos a los que están arrepentidos de su pecar, porque soy el Salvador. Por esto vuelvo la mirada también hacia el culpable e invito al impío a arrepentirse…

¡Oh, vosotros de Quedes, ciudad levítica, ciudad santificada por el edicto de la caridad para el culpable de un delito -y todo hombre tiene delitos hacia Dios, hacia su alma, hacia su prójimo -, venid, pues, a mí, Refugio de los pecadores! Aquí, en mi amor, ni siquiera el anatema de Dios podría alcanzaros, porque mi mirada suplicante en favor de vosotros transforma el anatema de Dios en bendición de perdón.

¡Escuchad, escuchad! Escribid en vuestros corazones esta promesa, como Habacuc escribió su profecía cierta en el rollo. Allí se lee: "Si tarda, esperadlo, porque quien ha de venir vendrá sin tardanza". Pues bien, Aquel que había de venir ha venido: soy Yo.

"El incrédulo no tiene en sí un alma justa" dice el Profeta, y su palabra condena a los que me han tentado e insultado. No los condeno Yo. Los condena el Profeta que me vio anticipadamente y en mí creyó. El, de la misma forma que me describe a mí, al Triunfador, describe al hombre soberbio, diciendo que no tiene honor porque ha abierto su alma a la avidez y a la insaciabilidad, como ávido e insaciable es el infierno. Y amenaza: "¡Ay de aquel que acumula cosas que no son suyas y se echa encima denso fango!". Las malas acciones contra el Hijo del hombre son este fango; querer despojarle a Él de su santidad para que no haga sombra a la propia es avidez.

"¡Ay de aquel -dice el Profeta -que reúne en su casa los frutos de su perversa avaricia para colocar alto su nido,
creyendo salvarse de las garras del mal!” Es deshonrarse y matar la propia alma."¡Ay de aquel que edifica una ciudad sobre la sangre y apresta castillos sobre la injusticia!". En verdad, demasiados en Israel consolidan sus ávidas fortalezas amasando con sus lágrimas y su sangre, y esperan hasta el final para obtener la más dura mezcla. ¿Pero, qué puede una fortaleza contra los dardos de Dios; qué, un puñado de hombres contra la justicia de todo el mundo, que gritará de horror por el sin par delito?

¡Qué bien lo expresa Habacuc!: "¿Para qué sirve la estatua?". Estatua idolátrica ha venido a ser la falsa santidad de Israel. Sólo el Señor mora en su Templo santo, sólo ante Él se inclinará la tierra adoradora y temblará atemorizada, mientras la señal prometida será dada, más de una vez, y el Templo verdadero en que Dios descansa subirá, glorioso, a decir en los Cielos: "¡Ha quedado cumplido!", de la misma forma que, con lágrimas, lo habrá manifestado a la tierra para limpiarla con su anuncio.

"¡Fiat!" dijo el Altísimo, y el mundo empezó a ser; "fiat" dirá el Redentor, y el mundo será redimido. Yo procuraré al mundo con qué ser redimido. Los redimidos serán aquellos que tengan la voluntad de serlo.
"Ahora alzaos. Vamos a decir la oración del Profeta… ¡Qué apropiado es pronunciarla en este tiempo de gracia!:

͢ "He oído, Señor, tu anuncio, y he exultado.” Ya no es tiempo de miedo, vosotros que creéis en el Mesías.

"Señor, tu obra está en medio de los años, hazla vivir a pesar de las insidias de los enemigos. En medio de los años la darás a conocer". Sí, cuando la edad sea perfecta, la obra quedará cumplida.

"Y en el enojo resplandecerá la misericordia", porque el enojo será sólo para aquellos que hayan echado redes y lazos y lanzado flechas al Cordero Salvador.

͢ "Dios viene de la Luz al mundo.” Yo soy la Luz que viene a traeros a Dios. Mi esplendor inundará la tierra brotando a raudales "donde los afilados cuernos" hayan desgarrado las Carnes de la Victima, última victoria "de la Muerte y de Satanás, que huirán, derrotados, ante el Viviente y el Santo".

¡Gloria al Señor! ¡Gloria al Hacedor! ¡Gloria al Dador del Sol y de los astros! ¡Al Artífice de los montes! ¡A1 Creador de los mares! ¡Gloria, infinita gloria al Bueno que quiso a Cristo para salvación de su pueblo, para redención del hombre!

Uníos, cantad conmigo, porque la Misericordia ha venido al mundo y se acerca el tiempo de la Paz. Aquel que tiende hacia vosotros sus manos os exhorta a creer en el Señor y a vivir en Él, porque se acerca el tiempo en que Israel será juzgado con verdad.

Paz a vosotros, aquí presentes, a vuestras familias, a vuestras casas.

Jesús traza un amplio gesto de bendición y hace ademán de retirarse.

Pero el jefe de la sinagoga suplica:

-Quédate más tiempo.
-No puedo, padre.

-A1 menos, envíanos aquí a tus discípulos.

-Los tendréis, sin duda. Adiós. Ve en paz.

Se quedan solos…

-Yo quisiera saber quién nos los ha enredado entre las piernas. Parecen nigromantes… -dice Pedro.

Judas Iscariote se adelanta, pálido; se arrodilla a los
pies de Jesús:
-Maestro, yo soy el culpable. He hablado en aquel pueblo… con uno de ellos, que me hospedaba…

-¿Cómo? ¡Vaya, vaya, conque penitencia ¿eh? Tú eres…

-¡Silencio, Simón de Jonás! Tu hermano, sinceramente, se está excusando. Hónralo por esta humillación suya. No te angusties, Judas. Te perdono. Tú sabes que Yo perdono. Sé prudente otra vez…

Y ahora vamos. Caminaremos mientras dure la luna. Tenemos que cruzar el río antes del amanecer. Vamos. Aquí detrás empieza el bosque. Perderán nuestras huellas tanto los buenos como los malos. Mañana estaremos en el camino de Paneas.

341- La mano herida de Jesús. Curación de un sordomudo en los confines sirofenicios

No sé dónde han pernoctado los peregrinos. Sé que es de nuevo por la mañana, que están en camino, por lugares montañosos como antes, que Jesús tiene vendada la mano y Santiago de Alfeo la frente, que Andrés cojea bastante y Santiago de Zebedeo no lleva el talego (lo ha cogido su hermano Juan).

Jesús ha preguntado dos veces:

-¿Puedes seguir andando, Andrés?
-Sí, Maestro. Camino mal por el vendaje. Pero el dolor no es fuerte.

Y la segunda vez añade:

-¿Y tu mano, Maestro?

-Una mano no es una pierna. Está en descanso y duele poco.
-¡Mmm! Poco no creo, tan hinchada como está y tan abierta, hasta el hueso… El aceite hace bien. Pero quizás hubiera sido mejor si de ese ungüento de tu Madre le hubiéramos pedido un poco a…

-A mi Madre. Tienes razón -dice rápidamente Jesús, sintiendo lo que está para salir de los labios de Pedro, el cual, confuso, se pone colorado y mira con mirada desolada a su Jesús; tan desolada, que Él sonríe y apoya la mano, precisamente la herida, encima del hombro de Pedro, para arrimársele a sí.

-Te hará daño estar así.
-No. Simón. Tú me quieres y tu amor es un magnífico aceite saludable.

-¡Oh, entonces, si es por eso, ya deberías estar curado! Hemos sufrido todos de verte tratado de ese modo, y hay quien ha llorado.

Pedro mira a Juan y a Andrés…

-Aceite y agua son buena medicina, pero el llanto de amor y piedad es más potente que cualquier otra cosa. ¿Veis? Estoy mucho más alegre hoy que ayer. Porque hoy sé cuán obedientes sois y cuánto me queréis. Todos -y Jesús los mira con su mirada dulce, en cuya ya habitual tristeza hay una tenue luz de alegría esta mañana.

Pero qué hienas, ¡eh! ¡Jamás he visto un odio como ése! -dice Judas de Alfeo. -Debían ser todos judíos.
-No, hermano. La región no tiene nada que ver. El odio es igual en todos los sitios. Recuerda que en Nazaret, hace meses, fui expulsado y me querían apedrear. ¿No te acuerdas? -dice sereno Jesús (y ello sirve de consuelo de las palabras de Judas Tadeo para los que son judíos).

Tanto consuelo, que el Iscariote dice:

-¡Ah, pero esto lo voy a decir! ¡Vaya que si lo voy a decir! No estábamos haciendo nada malo No hemos reaccionado. Y Él ha hablado lleno de amor al principio.

Han empezado a pedradas con nosotros, como si fuéramos serpientes. Lo voy a decir.

-¿Y a quién se lo vas a decir, si están todos contra nosotros?

-Yo sé a quién decírselo. De momento, en cuanto vea a Esteban y a Hermas se lo digo. Lo sabrá enseguida Gamaliel. Pero para Pascua se lo digo a quien yo me sé.

Voy a decir: "No es justo actuar así. Con vuestro furor sois ilegales. Vosotros sois culpables, no Él"
-Mejor sería que no te acercaras mucho a esos "señores"!… Tengo la impresión de que para ellos tú también eres culpable -aconseja sabiamente Felipe.

-Es verdad. Mejor es que no vuelva a tener nunca contacto con ellos. Sí. Es mejor. Pero a Esteban sí se lo digo. Es bueno y no envenena…

-¡Déjalo, hombre, Judas! No harías mejorar nada. Yo he perdonado. No pensemos más en ello -dice sereno y persuasivo Jesús.

Dos veces que encuentran riachuelos, tanto Andrés como los
dos Santiagos se mojan las vendas que cubren sus contusiones. Jesús no. Prosigue tranquilo, como si no sintiera dolor.

Y, sin embargo, el dolor debe ser notable, si, cuando se detienen para comer, debe pedir a Andrés que le parta el pan; si, cuando se le desata una sandalia, debe rogar a Mateo que se la ate de nuevo; si, sobre todo, al bajar por un atajo con fuerte declive, y yendo a chocar contra un tronco porque su pie ha resbalado, no puede reprimir un quejido; si se le pone otra vez roja de sangre la venda (tanto que, en la primera casa de un pueblo, al que llegan hacia el crepúsculo, se detienen y piden agua y aceite para medicarle la mano, la cual, quitadas las vendas, aparece muy hinchada y de un color aturquesado en el dorso, con la herida rojiza en el centro).

Mientras esperan a que la mujer de la casa llegue con lo que han pedido, se arriman todos a la mano herida para observarla, y hacen sus respectivos comentarios. Pero Juan se retira un poco más allá para esconder su llanto.
Jesús lo llama:

-Ven aquí. No es una cosa grave. No llores.

-Lo sé. Si lo tuviera yo, no lloraría. Pero lo tienes Tú; y no dices todo el daño que te hace esta amada mano, que no ha dañado nunca a nadie -responde Juan. Jesús le ha dejado la mano relajada. Juan la acaricia dulcemente, en la punta de los dedos, en la muñeca, todo alrededor de la moradura, y la vuelve con dulzura, para besar su palma y apoyar su mejilla en el cuenco de la mano, y dice: «Está ardiendo… ¡Cuánto te debe doler! -y lágrimas de piedad caen sobre ella.

La mujer trae el agua y el aceite. Con un pedazo de tela, Juan quiere limpiar la mano manchada de sangre; con delicadeza, hace circular agua tibia sobre la parte herida; luego la unge, la venda con unas tiras limpias de tela, y en el lazo pone un beso. Jesús le coloca la otra mano en la cabeza, que tiene agachada.
La mujer pregunta:

-¿Es tu hermano?

-No. Es mi Maestro, nuestro Maestro.

La mujer sigue preguntando, esta vez a los otros:

-¿De dónde venís?
Del Mar de Galilea. ¡Lejos! ¿Para qué?

Para predicar la Salud.
-Es casi de noche. Quedaos en mi casa. Casa de pobres, pero de gente honrada. Puedo daros leche en cuanto vuelvan mis hijos con las ovejas. Mi marido os acogerá con gusto.

-Gracias, mujer. Si el Maestro quiere, nos quedamos aquí.
La mujer va a sus labores mientras los apóstoles le preguntan a Jesús qué deben hacer.

-Sí. Bien. Mañana vamos a ir a Quedes y luego hacia Panéade. He reflexionado, Bartolomé. Conviene hacer como dices. Me has dado un buen consejo. Espero encontrar así a otros discípulos y enviarlos delante de mí a Cafarnaúm. Sé que a estas alturas ya deben haber estado algunos discípulos en Quedes, entre los cuales los tres pastores libaneses.

Vuelve la mujer y pregunta:

-¿Entonces?

-Sí, buena mujer. Pasamos aquí esta noche.

-Y cenáis. Aceptadlo. No me pesa. Y, además, algunos, que son discípulos de ese Jesús de Galilea, al que llaman Mesías, que hace tantos milagros y predica el Reino de Dios, nos han enseñado la misericordia. Pero El no ha venido nunca aquí. Quizás porque estamos en los confines sirofenicios. Pero sí han venido sus discípulos. Y ya es mucho.

Para Pascua, los del pueblo queremos ir todos a Judea para ver si vemos a este Jesús. Porque tenemos enfermos y los discípulos han curado a algunos, pero a otros no. Y entre éstos está un hijo, joven, de un hermano de la mujer de mi cuñado.

-¿Qué le pasa? -pregunta Jesús sonriendo.
-Es… No habla y no oye. Nació así. Quizás un demonio entró en el vientre de la madre para hacerla desesperarse y sufrir. Pero es bueno. Un endemoniado no sería así. Los discípulos han dicho que para él es necesario Jesús de Nazaret, porque debe faltarle algo, y sólo este Jesús…

¡Ah, aquí están mis hijos y mi marido! Melquías, he acogido a estos peregrinos en nombre del Señor. Estaba hablando de Leví… Sara, ve pronto a ordeñar la leche, y tú, Samuel, baja a la gruta por aceite y vino, y trae manzanas del desván. Date prisa, Sara; preparamos las camas en las habitaciones altas.

-No te afanes, mujer. Estaremos bien en cualquier sitio. ¿Podría ver al hombre de que hablabas?

-Sí… Pero… ¡Oh! ¡Señor! ¿No serás Tú el Nazareno?
-Soy Yo.

La mujer cae de rodillas, y grita:

-¡Melquías, Sara, Samuel! ¡Venid a adorar al Mesías! ¡Qué gran día! ¡Qué gran día! ¡Y yo lo tengo en mi casa! ¡Y estaba hablando con Él, así! ¡Y le he traído el agua para lavar la herida!… ¡Oh!… -se ahoga de emoción. Y corre a donde el barreño. Lo ve vacío: « ¿Por qué habéis tirado esa agua? ¡Era santa! ¡Melquías! ¡El Mesías en nuestra casa!

-Sí. Pero tranquilízate, mujer. Y no se lo digas a nadie.

Más bien, ve por el sordomudo y tráemelo… -dice Jesús sonriendo…

…Y pronto regresa Melquías con el joven sordomudo, los parientes de él y medio pueblo al menos… La madre del infeliz adora a Jesús y le suplica.

-Sí, será como tú quieres.

Toma de la mano al sordomudo, le separa un poco de la masa de personas que se apiña, mientras los apóstoles, por compasión hacia la mano herida, luchan por mantener a la gente separada. Jesús arrima a sí bien al sordomudo; le pone los índices en las orejas y la lengua en los entreabiertos labios; luego, alzando los ojos al cielo ya algo oscurecido, expele su aliento sobre el rostro del sordomudo y grita fuertemente: «¡Abríos!» y lo suelta.

El joven lo mira por un momento, mientras la gente cuchichea.

Es sorprendente el cambio de la cara del sordomudo: primero apática y triste, ahora sorprendida y sonriente.

Se lleva las manos a las orejas. Aprieta y suelta… Se convence de que realmente oye… Abre a boca y dice:

-¡Mamá! ¡Oigo! ¡Oh, Señor, yo te adoro!
Se apodera de la gente el entusiasmo habitual; mucho más todavía, porque se preguntan:

-¿Y cómo puede saber hablar, si nunca, desde que nació, oyó palabra alguna? ¡Un milagro en el milagro! Le ha soltado el habla y al mismo tiempo le ha enseñado a hablar. ¡Viva Jesús de Nazaret! ¡Hosanna al Santo, al Mesías!

Y se apiñan contra Él, que levanta su mano herida para bendecir, mientras algunas personas, informadas por la mujer de la casa, se mojan la cara y los miembros con las gotas de agua que habían quedado en el barreño.
Jesús los ve y grita:

-Por vuestra fe, quedad todos curados. Id a vuestras casas. Sed buenos, honestos. Creed en la palabra del Evangelio. Y conservad para vosotros lo que sabéis, hasta que llegue la hora de proclamarlo en las plazas y por los caminos de la tierra. Mi paz sea con vosotros.

Y entra en la amplia cocina, donde resplandece el fuego y tiemblan las luces de dos lámparas.

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