por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La caravana sale del vasto patio de Alejandro. Ordenada como para un desfile militar.
Cierran la marcha Jesús y todos los suyos. Los camellos caminan meciendo con su rítmico paso su pesada carga, y las cabezas, sobre los arqueados cuellos, a cada paso parecen preguntar:
«¿Por qué? ¿Por qué?», con un movimiento mudo pero típico, como el de las palomas, que a cada paso parecen decir:
«Sí, sí» a todo lo que ven. Tiene que atravesar la ciudad la caravana; lo hace en un nítido ambiente matutino. Todos van arrebozados, porque hace fresco. Los cascabeles de los camellos, el crrr crrr de los camelleros, la voz estridente de un camello que prefiere el inactivo establo, advierten a los gerasenos de la marcha de Jesús.
La noticia se extiende rápida como el relámpago, y unos gerasenos vienen a despedirlo y a traerle ofrendas de fruta y otros alimentos. Corre también un hombre con un niñito enfermo.
-¡Bendícelo para que se cure! ¡Ten piedad!
Jesús bendice alzando la mano, y añade:
-Ve seguro. Ten fe.
El hombre responde un «sí» tan lleno de confianza, que una mujer pregunta:
-¿Curarías a mi marido, que está enfermo de úlceras en los ojos?
-Si sois capaces de creer, sí.
-Entonces voy por él. Espérame, Señor -y, más que echarse a correr, vuela como una golondrina.
¡Esperar! ¡Parece fácil! Los camellos siguen adelante. Alejandro, que va a la cabeza de la columna, no sabe de las exigencias de los que van atrás. La única solución es mandarle un aviso.
-Corre, Margziam. Ve a decir al mercader que se pare antes de salir de las murallas» -dice Jesús.
Y Margziam sale corriendo raudo para cumplir su misión. La caravana se detiene. El mercader retrocede hacia Jesús.
-¿Qué pasa?
-Quédate aquí y verás.
Pronto regresa la mujer de Gerasa con su marido enfermo de los ojos. ¡Decía úlceras!: son dos huras de podredumbre abiertas en medio de la cara. Los ojos se ven allí en el centro, enturbiados, enrojecidos, semiciegos, en medio de una resudación de repugnantes lágrimas. En cuanto el hombre levanta la venda oscura que protege de la luz, el lagrimeo aumenta porque la luz aumenta el dolor de los ojos enfermos.
El hombre gime:
-¡Piedad! ¡Sufro mucho!
-También has pecado mucho. ¿De eso no te quejas? ¿Sólo te afliges de poder perder la pobre vista del mundo? ¿No sabes nada de Dios? ¿No te da miedo una oscuridad eterna? ¿Por qué has pecado?
El hombre se echa a llorar y agacha la cabeza, sin decir nada. Su mujer también llora y gime:
-Yo he perdonado…
-También Yo perdonaré si me jura aquí que no volverá a caer en su pecado.
-¡Sí, sí! Perdón. Ahora sé lo que el pecado trae consigo.
Perdón. Como la mujer, perdóname. Tú eres el Bueno.
-Te perdono. Ve a aquel riachuelo, lávate en el agua la cara y quedarás curado.
-El agua fría lo empeora, Señor -gime la mujer.
Pero el hombre no piensa sino en ir al riachuelo, y va… a ciegas hasta que el apóstol Juan, compasivo, lo toma de la mano y lo guía; Juan solo, hasta que la mujer sujeta al hombre de la otra mano, el cual desciende hasta el límite del agua gélida, que borbota entre las piedras, se agacha, toma el agua con los cuencos de las manos unidas y se lava una y otra vez la cara. No da señales de dolor. Es más, da la impresión de que lo que está haciendo le alivia.
Luego, con la cara todavía mojada, remonta el margen del riachuelo y vuelve donde Jesús, que le pregunta:
-¿Y bien? ¿Estás curado?
-No, Señor. Por ahora no. Pero Tú lo has dicho y yo quedaré curado.
-Permanece, entonces, en tu esperanza. Adiós.
La mujer se derrumba llorando… Está desilusionada. Jesús hace una señal al mercader de que se puede continuar; y éste, también desilusionado, hace pasar la voz. Los camellos reanudan la marcha con ese movimiento suyo como de una barca que alzara y bajara la proa y el tajamar contra la ola, salen fuera de las murallas, toman el amplio y polvoriento camino de caravanas que se extiende en dirección sudoeste.
Ya la última pareja del grupo apostólico (o sea, Juan de Endor y Simón Zelote) ha sobrepasado en unos veinte metros los muros, cuando un grito corta el aire silencioso: parece llenar de sí el mundo, se repite, cada vez más alto, jubiloso, laudatorio:
-¡Veo! ¡Jesús! ¡Bendito mío! ¡Veo! ¡Veo! ¡He creído! ¡Veo! ¡Jesús, Jesús! ¡Bendito mío! -y el hombre, cuya cara ha recuperado completamente la salud y cuyos ojos han vuelto a ser bonitos -dos carbunclos llenos de luz y vida-, hiende las filas apostólicas para caer a los pies de Jesús, y acaba casi debajo de las patas del camello del mercader, que apenas si tiene tiempo de apartar al animal del hombre prosternado.
El hombre besa el manto de Jesús mientras repite:
-¡He creído! ¡He creído y veo! ¡Bendito mío!
-Levántate y vive feliz, y, sobre todo, sé bueno. Di a tu mujer que sepa creer completamente. Adiós.
Jesús se libera de los brazos del curado y reanuda la marcha.
E1 mercader se acaricia la barba pensativo… Termina preguntando:
-¿Y si no hubiera sabido seguir creyendo después de la desilusión del lavado?
-Se hubiera quedado como estaba.
-¿Por qué exiges tanta fe para hacer un milagro?
-Porque la fe testifica la presencia de esperanza en Dios y amor a Dios.
-¿Y por qué has exigido antes el arrepentimiento?
-Porque el arrepentimiento hace a Dios amigo.
-Yo, que no tengo enfermedades, ¿qué tendría que hacer para testificar que tengo fe?
-Allegarte a la Verdad.
-¿Y podría ir a la Verdad sin la amistad de Dios?
-No podrías hacerlo sin la bondad de Dios. El Señor permite que quien -todavía sin arrepentimiento-lo busque, lo encuentre; porque el arrepentimiento generalmente llega cuando el hombre, conscientemente o con un mínimo atisbo de conciencia de lo que su alma quiere, conoce a Dios.
Antes de esto es como un idiota guiado sólo por el instinto. ¿No has sentido nunca la necesidad de creer?
-Muchas veces. Lo que pasaba es que no me sentía satisfecho de lo que tenía. Sentía que había otra realidad, más fuerte que el dinero y que los hijos, mi esperanza… Pero a la hora de la verdad no me preocupaba de tratar de saber aquello mismo que buscaba sin saberlo.
-Tu alma buscaba a Dios. La bondad de Dios ha permitido que encontraras a Dios. El arrepentimiento de tu yerto pasado lejos de Dios te dará la amistad con Dios.
-Entonces, para… para obtener el milagro de ver con el alma la Verdad, ¿tendría que arrepentirme de mi pasado?
-Ciertamente. Arrepentirte y decidirte a un completo cambio de vida…
El hombre vuelve a acariciarse la barba. Tanto fija su mirada, que parece como si estuviera estudiando y contando los pelos del cuello del camello. Sin querer, golpea con el talón al animal, que interpreta el golpe como una incitación a acelerar el paso, de forma que acelera y va adelante con el mercader, hacia la cabeza de la caravana.
Jesús no lo detiene. A1 contrario, Él mismo se para, dejándose adelantar por las mujeres y los apóstoles, hasta que llegan Simón Zelote y Juan de Endor. Jesús se une a éstos.
-¿De qué habláis? -pregunta.
-Hablábamos del desconsuelo que debe sentir quien no cree en nada o quien pierde la fe que tenía. Ayer Síntica estaba verdaderamente angustiada, a pesar de haber pasado a una fe perfecta -responde el Zelote.
-Yo le decía a Simón que, si es penoso pasar del Bien al Mal, también es desconcertante pasar del Mal al Bien. En el primer caso, uno se siente torturado por la recriminación de su conciencia; en el segundo, uno se siente… acongojado… como debe sentirse quien se encuentra transportado a un país extranjero, absolutamente desconocido… O es la zozobra de quien, siendo un mísero y un inculto, se viera puesto en medio de una Corte regia, entre doctos y nobles. Es un sufrimiento… Yo lo conozco… Mucho sufrimiento… Uno no es capaz de creer que sea verdad, que pueda durar… que se pueda merecer… especialmente cuando se tiene manchada el alma… como estaba la mía…
-¿Y ahora, Juan? -pregunta Jesús.
El rostro extenuado de Juan de Endor, extenuado y triste, se ilumina con una sonrisa que lo hace menos macilento.
Dice:
-Ahora no. Queda la gratitud; es más, aumenta la gratitud hacia el Señor, que ha querido esto. Queda el recuerdo del pasado para mantenerme humilde. Pero hay seguridad. Me siento aclimatado. Ya no me siento extranjero en este dulce mundo tuyo de perdón y de amor. Me he tranquilizado. Estoy sereno, feliz.
-¿Juzgas buena tu experiencia?
-Sí. Si no fuera porque me duele haber pecado, porque con mi pecado he entristecido a Dios, diría que siento que mi pasado ha estado bien; me puede servir mucho para sostener a almas que son voluntariosas pero se sienten desconcertadas en los primeros momentos de su nueva fe.
-Simón, ve a decir al muchacho que no salte tanto, que esta noche estará agotado.
Simón mira a Jesús, pero comprende la verdad de la orden. Sonríe inteligentemente y se marcha, dejando así solos a los dos.
-Ahora que estamos solos, Juan, escucha este deseo mío. Tú, por muchas razones, tienes una amplitud de juicio y pensamiento que ningún otro de mis seguidores tiene, y tienes una cultura más vasta que la común entre los israelitas. Por eso, te ruego que me ayudes…
-¿Yo ayudarte a ti? ¿En qué?
-Para Síntica. ¡Tú eres un magnífico pedagogo! Margziam contigo aprende pronto y bien. Tanto es así, que tengo intención de dejaros juntos unos meses, porque quiero en Margziam un conocimiento más amplio que el del pequeño mundo de Israel. Para ti ocuparte de él es motivo de alegría; también a mí me da alegría el veros juntos, tú enseñando, él aprendiendo, tú rejuveneciéndote, él madurando mientras está ocupado. Pero tendrás que ocuparte también de Síntica, como de una hermana desorientada. Tú lo has dicho: es sentirse desconcertados… Ayúdala a aclimatarse en mi ambiente. ¿Me haces este favor?
-¡Pero, mi Señor, si para mí es gracia hacerlo! No me acercaba a ella porque tenía la impresión de ser yo una persona superflua. Pero, si Tú lo quieres… Ella lee mis volúmenes: los hay sagrados y solamente cultos: libros de Roma y de Atenas. Veo que consulta y medita. Pero nunca me había entrometido a ayudarla. Si Tú lo quieres…
-Sí, lo quiero. Quiero veros amigos. Ella también, como Margziam y tú, estará en Nazaret un tiempo. Será bonito. Mi Madre y tú maestros de dos almas que se abren a Dios. Mi Madre: la angélica Maestra de la Ciencia de Dios; tú: el experto maestro del humano saber, que ahora puedes explicar con referencias sobrenaturales. Será bonito y bueno.
-¡Sí, mi bendito Señor! ¡Demasiado bonito para el pobre Juan!… -y el hombre sonríe ante el pensamiento de estos próximos días de paz junto a María, en la casa de Jesús…
Y el camino serpentea bordeando las pequeñas elevaciones que hay inmediatamente después de Gerasa, bajo un calorcillo de sol que cada vez se siente más, en una lindura de campiña que acaba siendo toda llana. Un camino que está bien conservado y por el que se camina cómodamente. Y se reemprende el camino después del alto del mediodía.
Es casi de noche cuando por primera vez oigo reír con ganas a Síntica: Margziam le ha contado no se qué y ha hecho reír a todas las mujeres. Veo que la griega se inclina a acariciar al niño y a rozarle la frente con un beso, tras lo cual el niño empieza otra vez a saltar como si no sintiera cansancio.
Pero todos los demás sí que están cansados, de forma que la decisión de pernoctar en la fuente del Camellero es recibida con alegría. El mercader dice:
-Hago noche siempre ahí. La etapa de Gerasa a Bosrá es demasiado larga, para los hombres y para los animales.
-Es humano este mercader -observan entre sí los apóstoles, comparándolo con Doras…
La "fuente del Camellero" no es sino un puñado de casas alrededor de numerosos pozos. Una especie de oasis no en la aridez del desierto, porque aquí no hay aridez. Es un oasis en la amplitud deshabitada de los campos y matas de árboles frutales que se intercalan durante millas y que, en esta anochecida de Octubre, emanan la misma tristeza que el mar a la hora del crepúsculo. Así que ver casas, oír rumor de voces, llantos de niños, sentir el olor de las chimeneas humeantes, ver las primeras lamparillas encendidas, es dulce como volver al propio hogar.
Mientras los camelleros se detienen para que los camellos beban una primera vez, los apóstoles y las mujeres siguen a Jesús, y, con el mercader, entran en la… muy prehistórica posada que los hospedará durante la noche…
…En la mísera y fumosa, vasta habitación donde han cenado y donde van a dormir los hombres, y mientras los domésticos preparan las yacijas hechas con heno amontonado encima de unos cañizos, se reúnen todos, cerca de un amplio hogar que ocupa toda la pared estrecha de la habitación. El fuego está encendido porque la noche ha traído consigo humedad y frío.
-Mientras no se ponga de agua el tiempo…-suspira Pedro.
El mercader lo tranquiliza:
-Debe terminar todavía esta luna antes de que venga el mal tiempo. Aquí hace así por la noche, pero mañana tendremos sol.
-¡Es por las mujeres, eh! No por mí. Soy pescador. Vivo en el agua. Y te aseguro que prefiero el agua a las montañas y al polvo.
Jesús habla con las mujeres y con sus dos primos. Lo están escuchando también Juan de Endor y el Zelote. Sin embargo, Timoneo, Hermasteo y Mateo están leyendo uno de los volúmenes de Juan; los dos israelitas le explican a Hermasteo los pasajes bíblicos de mayor oscuridad para él.
Margziam los escucha embelesado, pero con una carita que se vela de sueño. Lo ve María de Alfeo y dice:
-Ese niño está cansado. Ven, amor, que vamos a dormir.
Ven, Elisa; ven, Salomé. Ancianos y niños están mejor en la cama. Y haríais bien todos en iros a la cama, que estáis cansados.
Pero, aparte de las ancianas, excepto Marcela y Juana de Cusa, ninguno se mueve.
En cuanto, recibida la bendición, se marchan, Mateo susurra:
-¿Quién les iba a haber dicho a estas mujeres, hace poco, que iban a tener que dormir en paja, muy lejos de casa?
-Jamás he dormido tan bien -afirma categóricamente María de Magdala. Y Marta lo confirma.
Pero Pedro da la razón a su compañero:
-Mateo tiene razón. Me pregunto, y no lo entiendo, por qué os ha traído a vosotras aquí el Maestro
-Hombre, ¡pues porque somos las discípulas!
-¿Entonces, si fuera… a tierras de leones, iríais?
-¡Pues claro, Simón Pedro! ¡Como si fuera mucho caminar unos pasos! ¡Y, además, con Él al lado!…
-Hablando de pasos, la verdad es que son muchos. Y para mujeres que no están acostumbradas…
Pero las mujeres protestan tanto, que Pedro se encoge de hombros y calla.
Santiago de Alfeo, alzando la cabeza, ve una sonrisa tan luminosa en el rostro de Jesús, que le pregunta:
-¿Nos quieres decir la verdadera finalidad de este viaje, sólo con nosotros, con las mujeres, y… con poco fruto respecto al esfuerzo?
-¿Podrías pretender ver ahora el fruto de la semilla enterrada en los campos que hemos atravesado?
-No. Lo veré en primavera.
-Yo también te digo: "Lo verás a su tiempo".
Los apóstoles no replican nada.
Se alza la voz argentina de María:
-Hijo mío, hoy veníamos hablando entre nosotras de lo que has dicho en Ramot. Cada una de nosotras tenía impresiones y reflexiones distintas. ¿Querrías manifestarnos tu pensamiento? Yo decía que lo mejor era llamarte en ese momento. Pero ibas hablando con Juan de Endor.
-La verdad es que he sido yo la que ha suscitado la cuestión. Porque soy una pobre pagana y no tengo las espléndidas luces de vuestra fe. Sed indulgentes conmigo.
-¡Quisiera yo tener tu alma, hermana mía! -dice impulsiva la Magdalena. Y, siempre exuberante, la abraza y la mantiene junta a sí con un brazo.
Con su espléndida belleza parece iluminar ella sola la mísera barraca y transferir aquí la opulencia de su casa suntuosa. La griega, estrechada a ella, completamente distinta pero también de un físico singular, coloca una nota de pensamiento junto al grito de amor que parece emanar siempre de la pasional María; mientras que, sentada, su dulce rostro alzado hacia su Hijo, las manos entrecruzadas casi como si estuviera orando, recortado en el fondo de la negra pared su perfil purísimo, la Virgen es la perpetua Adoradora. Susana está en la penumbra del rincón, adormilada. Marta, activa a pesar del cansancio y de las insistencias de los demás, aprovecha la luz del hogar para asegurar unas hebillas en el vestidito de Margziam.
Jesús dice a Síntica:
-Pero no era un pensamiento penoso porque te he oído reír.
-Sí, por el niño, que resolvía la cuestión con soltura diciendo: “Yo sólo quiero volver si vuelve Jesús. Pero si quieres saber todo, ve, y luego vuelve y nos dices si te acuerdas".
Se echan a reír todas otra vez y dicen que Síntica había pedido a María explicación sobre el recuerdo que las almas conservan y que da razón de cierta posibilidad en los paganos de tener vagos recuerdos de la Verdad.
-Yo decía: "¿Será que esto confirma la teoría de la reencarnación en que creen muchos paganos?" y tu Madre, Maestro, me explicaba que lo que Tú dices es distinto.
Ahora te pido que me expliques también esto, mi Señor.
-Escucha. No debes creer que, porque los espíritus tengan espontáneos recuerdos de Verdad, esté demostrado que vivimos varias vidas. Ya conoces suficiente para saber cómo fue creado el hombre, cómo pecó, cómo fue castigado.
Te ha sido explicado cómo Dios incorpora en el animal-hombre un alma individual. Es creada cada vez una y jamás un alma es usada para posteriores encarnaciones. Esta certeza debería anular mi aserción acerca del recuerdo de las almas. Debería… para cualquier otro ser aparte del hombre, dotado de un alma hecha por Dios. El animal no puede recordar nada, naciendo una sola vez; el hombre puede recordar, a pesar de nacer una sola vez. Recordar con su parte mejor: el alma. ¿De dónde viene el alma, toda alma de hombre? De Dios. ¿Quién es Dios?
El Espíritu inteligentísimo, potentísimo, perfecto. Esta cosa admirable que es el alma, cosa creada por Dios para darle al hombre su imagen y semejanza como signo indiscutible de su Paternidad santísima, presenta dotes propias de Aquel que la creó: es, pues, inteligente, espiritual, libre, inmortal, como el Padre que la creó.
Sale perfecta del Pensamiento divino y en el instante de su creación es igual, durante una milésima de instante, que la del primer hombre: una perfección que entiende la Verdad por don dado gratis. Una milésima de instante. Luego, una vez formada, es lesionada por la culpa original. Para que entiendas mejor, te diré que es como si Dios estuviera grávido del alma que crea, y el creado, al nacer, fuera herido por una señal incancelable. ¿Me comprendes?
-Sí. Mientras es pensada es perfecta. Una milésima de instante, este pensamiento creador. Luego, el pensamiento traducido a hecho, el hecho queda sujeto a la ley provocada por la Culpa.
-Bien has respondido. El alma se encarna, por tanto, así en el cuerpo humano, llevando consigo, cual gema celada en el misterio de su ser espiritual, el recuerdo del Ser Creador, o sea, de la Verdad. El niño nace. Puede ser bueno, puede ser magnífico o pérfido; puede serlo todo porque en su querer es libre.
El ministerio de los ángeles con sus luces ilumina sus "recuerdos"; el artero los cubre de tinieblas. Según que el hombre desee las luces y aspire, por tanto, también a una virtud cada vez mayor, haciendo al alma señora de su ser, he aquí que aumenta en ella la facultad de recordar, como si la virtud fuera haciendo cada vez más sutil la pared que se interpone entre el alma y Dios.
Así se comprende por qué los hombres virtuosos de todos los pueblos sienten la Verdad (no perfectamente, por estar embotados por doctrinas contrarias o por letal ignorancia, pero sí suficientemente como para ofrecer páginas de formación moral a los pueblos a que pertenecen). ¿Has comprendido? ¿Estás convencida?
-Sí. Concluyendo: la religión de las virtudes practicadas heroicamente predispone al alma a la Religión verdadera y al conocimiento de Dios».
-Exacto. Y ahora ve a descansar con mi bendición. Y tú también, Mamá, y vosotras hermanas y discípulas. La paz de Dios descienda sobre vuestro descanso.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Largas son las horas de un día cuando no se sabe qué hacer.
Y verdaderamente no saben qué hacer este sábado los que están con Jesús, en una ciudad donde no conocen a nadie, en una casa en que se ven divididos por las diferencias de lengua y costumbres, como si no fueran ya suficientes los prejuicios hebreos para tenerlos divididos de los caravaneros y de los servidores de Alejandro Misax.
Por eso muchos están todavía en la cama, o dando cabezadas al sol que calienta el vasto patio cuadrado de la casa. Un patio adecuadísimo para recibir caravanas, con pilas, con argollas clavadas en las paredes o en las columnas de un rústico pórtico dispuesto a lo largo de los cuatro lados, y numerosas caballerizas y henales y pajares en tres de los lados. Las mujeres están retiradas en sus habitaciones: no se ve ni una sola.
Margziam encuentra motivo de distracción incluso en este patio cerrado: observa el trabajo de los estableros, que almohazan a los mulos, cambian las camas, examinan las pezuñas, remachan las herraduras flojas, o -y ello suscita en él aún mayor interés, porque es una cosa nueva-observa encandilado lo que hacen los camelleros, preparando ya desde hoy la carga para cada uno de los animales, distribuyéndolo en proporción al animal, equilibrándolo, y cómo les hacen arrodillarse y levantarse para poderlos cargar y descargar, para premiarlos después con un puñado de legumbres secas -me parecen habas-; en fin… una distribución de bayas de algarrobo, que también los hombres mastican con gusto.
Margziam está verdaderamente asombrado y mira alrededor de sí para encontrar a alguien con quien compartir su asombro. Pero queda desilusionado porque los adultos no están atentos a los camellos: unos hablan entre sí, otros están adormilados. Se acerca a Pedro, que duerme como un bendito, apoyada la cabeza sobre el blando heno. Le tira de una manga. Pedro abre medio ojo y pregunta:
-¿Qué pasa? ¿Quién me requiere?
-Yo. Ven a ver los camellos.
-Déjame dormir. He visto muchos camellos… Son animales feos.
El niño va donde Mateo, que está haciendo cuentas, pues en este viaje el tesorero es él:
-He estado viendo los camellos, ¿sabes? Comen como las ovejas, ¿sabes? Y se arrodillan como los hombres y parecen barcas subiendo y bajando cuando andan. ¿Tú los has visto?
Mateo, que ha perdido la cuenta por la interrupción, responde con un seco: «Sí» y vuelve a sus monedas. Otra desilusión… Margziam mira a su alrededor… Allí están Simón y Judas Tadeo hablando…
-¡Qué bonitos son los camellos! ¡Y qué buenos! Los han cargado y descargado, y se han agachado para que los hombres no se fatigaran. Luego han comido algarrobas. También los hombres. A mí me gustaría… pero no sé cómo lograr entenderme. Ven… -y coge de la mano a Simón.
Simón, absorto en el pacífico debate con el Tadeo, responde distraídamente:
-Sí, bonito… Ve, ve, pero ten cuidado de no hacerte daño.
Margziam lo mira perplejo… Simón ha dado una respuesta fuera de lugar. Casi llora. Se aleja desilusionado y va a apoyarse en una columna…
Jesús sale de una habitación y lo ve muy murrioso y solo. Se acerca al niño, le pone una mano encima de la cabeza:
-¿Qué haces todo solo y triste?
-Ninguno me hace caso…
-¿Qué querías de ellos?
-Nada… Hablaba de los camellos… Son bonitos… me gustan. Estar ahí arriba debe ser como estar en una barca… Y comen algarrobas; también los hombres…
-¿Y quieres subir arriba y comer las algarrobas. Ven, vamos donde los camellos -y Jesús lo coge de la mano y va al fondo del vasto patio con el niño, que se ha calmado por completo.
Va derecho hacia un camellero y lo saluda con una sonrisa. Éste se inclina y sigue observando a su animal (está colocándole la cabezada y regulándole las bridas).
-Hombre, ¿me entiendes?
-Sí, señor. Hace veinte años que os conozco.
-Este niño tiene un deseo grande: subir a un camello, y un deseo pequeño: comer una algarroba -Jesús sonríe más vivamente todavía.
-¿Tu hijo?
-No tengo hijos. No tengo mujer.
-Tú, muy guapo y fuerte, ¿no encontrado mujer?
-No la he buscado.
-¿No sentido deseo de mujer?
-No. Nunca.
El hombre lo mira estupefacto. Luego dice:
-Yo nueve hijos en Isquilo… Voy: hijo. Voy: hijo. Siempre.
-¿Los quieres a tus hijos?
-¡Sangre mía! Pero trabajo duro. Yo aquí, hijos allí. Lejos… Pero para pan ellos. ¿Entiendes?
-Entiendo. Entonces puedes comprender a este niño que quisiera montar en el camello y comer unas algarrobas.
-Sí. Ven. ¿Miedo? ¿No? Bien. ¡Bonito el niño! También yo. Uno así. Así moreno. Aquí. Coge aquí. Fuerte -y le pone la mano en el original agarre de la parte delantera de la silla.
-Sujetar. Ahora voy yo. Y camello arriba. No miedo, ¿eh?
Y el hombre trepa hasta la alta silla, se coloca bien e incita al camello, el cual, obediente, con una fuerte arfada, se alza.
Margziam ríe contento; y mucho más contento dado que el camellero le ha puesto en la boca una magnífica algarroba. El hombre pone el camello al paso, a lo largo del patio; luego, al trote; en fin, al ver que Margziam no tiene miedo, grita algo a un compañero y éste abre la grandísima puerta trasera del patio, y el camellero desaparece con su carga hacia el verde de la campiña.
Jesús vuelve hacia la casa y entra en una habitación grande donde están las mujeres. Sonríe tanto, que María le pregunta:
-¿Qué sucede, Hijo mío, que estás tan contento?
-Es la alegría de Margziam, que está galopando montado en un camello. Salid para que lo veamos volver.
Salen todos al patio y se sientan en una paredilla baja cabe los pilones. Los apóstoles que no duermen se acercan; los que estaban asomados a las ventanas de la habitación miran hacia abajo, ven y se acercan también. Sus voces altas y juveniles son las de Juan y los dos Santiagos-despiertan a Pedro y Andrés y hacen reaccionar a Mateo. Ahora están al completo, pues viene también Juan de Endor con los dos discípulos.
-Pero, ¿dónde está Margziam, que no lo veo? -pregunta Pedro.
-De paseo en el camello. Ninguno de vosotros lo escuchaba… Lo he visto triste y he puesto el remedio oportuno.
Pedro, Mateo y Simón recuerdan:
-¡Ah! ¡Claro! Hablaba de camellos… y de algarrobas. ¡Pero yo tenía sueño!»; «yo tenía cuentas que hacer, para darte la relación de lo que he recibido de los gerasenos y de lo que he dado como limosna»; « ¡y yo estaba hablando de cosas de fe con tu hermano!».
-No importa. Me he preocupado Yo. De todas formas, dicho sea de paso, también es amor ocuparse de los juegos de un niño… Pero ahora vamos a hablar de otra cosa. Fuera, toda la ciudad está de fiesta. De nuestro sábado el único recuerdo que hay es una alegría general.
Es mejor que ahora nos quedemos aquí dentro, con mucha más razón considerando que si quieren pueden encontrarnos. Saben dónde estamos. Ahí está Alejandro inspeccionando sus camellos. Voy a decirle que falta uno por mi culpa.
Y Jesús va raudo hacia el mercader y le habla.
Vuelven juntos. El mercader dice:
-Muy bien. Se divertirá, y le sentará bien una carrera bajo el sol. Puedes estar seguro de que el hombre lo tratará bien. Calipio es un hombre recto. A cambio de la carrera te pido algunas palabras. Esta noche pensaba en tus palabras… en las de Ramot entre Tú y la mujer, en las de ayer. Ayer tenía la impresión de estar subiendo a un alto monte, como los de la tierra en que habito, que tiene su cima verdaderamente en las nubes. Impulsabas hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba.
Me sentía como enganchado por un águila: una de esas de nuestro monte mayor, el primero que emergió del Diluvio. Todo lo veía nuevo, cosas en las que nunca había pensado, todas hechas de una luz… Y las comprendía. Luego se me han embrollado. Sigue hablando.
-¿Y de qué tengo que hablar?
-No sé… Todo era hermoso. Lo que decías de volvernos a encontrar en el Cielo… He comprendido que allí se amará de forma distinta y, no obstante, igual. Por ejemplo: no tendremos las inquietudes de ahora, y, no obstante, seremos todos para uno y uno para todos, como si fuéramos una única familia. ¿Me equivoco?
-No. Es más, formaremos una sola familia incluso con los que todavía viven. Las almas no quedan separadas por la muerte. Estoy hablando de los justos. Ellos constituyen una sola gran familia. Imagínate un gran templo donde haya unos que adoran y oran y otros que trabajan; los primeros oran por éstos también, y éstos trabajan para los que oran. Lo mismo las almas. Nosotros trabajamos aquí en la tierra. Ellos nos ayudan con sus oraciones. Y nosotros debemos ofrecer nuestros sufrimientos por su paz. Es una cadena que no se rompe. El Amor une a los que vivieron con los que viven. Y los que viven deben ser buenos para volverse a unir con los que vivieron y desean que estén con ellos.
Síntica hace un gesto involuntario que frena inmediatamente. Pero Jesús lo ve y la invita a salir de la circunspección que ella siempre observa.
-Pensaba… Ya hace días que lo pienso y, a decir verdad, me turba, porque me parece que creer en tu Paraíso significa perder para siempre a mi madre y a mis hermanas… -un sollozo quiebra la voz de Síntica, y no continúa para no llorar.
-¿Qué pensamiento es este que tanto te turba?
-Yo ahora creo en ti. A mi madre no sé pensarla sino como pagana. Era buena… ¡Muy buena! ¡Eran muy buenas también mis hermanas! La pequeña Ismene era la criatura más buena que la Tierra haya tenido. Pero eran paganas… Pero cuando yo era como ellas pensaba en el Hades y decía: "Volveremos a estar juntas". Ahora ya no existe el Hades.
Existe tu Paraíso, el Reino de los Cielos para los que han servido con justicia al Dios verdadero. ¿Y esas pobres almas? ¡No tienen culpa de haber nacido griegas! Ninguno de los sacerdotes de Israel vino a decir: "El Dios verdadero es el nuestro". ¿Y entonces? ¿Sus virtudes, nada? ¿Sus sufrimientos, nada? ¿Tinieblas eternas y eterna separación de mí? Te digo: ¡un tormento! Me parece como haberlas renegado. Perdona, Señor… Yo lloro… -y se postra de rodillas y llora desolada.
Alejandro Misax dice:
-¡Sí! Yo también pensaba si, haciéndome justo, volvería a ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos, a mis amigos…
Jesús posa sus dedos sobre la cabeza morena de Síntica y dice:
-Constituye culpa cuando, conociendo la Verdad se persiste en el Error; no cuando uno está convencido de estar en la verdad y ninguna voz se ha acercado nunca a decir: "Traigo la verdad. Abandonad vuestras quimeras por esta Verdad y tendréis el Cielo". Dios es justo.
¿Crees que no va a premiar la virtud por el hecho de que se haya formado aislada entre la corrupción de un mundo pagano? Tranquilízate, hija.
-¿Y el pecado original? ¿Y el culto nefando? Y…
Más cosas -para amontonarse sobre el alma afligida de Síntica-saldrían de la boca de los israelitas, si Jesús, con un gesto, no impusiera silencio.
Dice:
-El pecado original es común a todos, de Israel y no de Israel. No es particularidad de los paganos. El culto pagano constituirá culpa cuando la Ley de Cristo esté difundida en el mundo. La virtud será siempre virtud a los ojos de Dios. Y, por la unión mía con el Padre, digo -y lo digo en su Nombre, traduciendo en palabras el Pensamiento santísimo- que los caminos del poder misericordioso de Dios son tantos y tan totalmente orientados a la dicha de los virtuosos, que serán eliminadas las barreras entre las almas, y los que merecieron paz paz tendrán.
No sólo esto, sino que digo que en el futuro los que, convencidos de estar en la Verdad, sigan la religión de sus padres con justicia y santidad, no serán malquistos de Dios ni castigados por El.
Es la malicia, la falta de buena voluntad, el rechazar deliberadamente la Verdad conocida, es, sobre todo, el impugnar la Verdad revelada y luchar contra ella, es el vivir vicioso lo que realmente separará para siempre las almas de los justos de las de los pecadores. Alza el espíritu abatido, Síntica.
Estas melancolías son un asalto infernal por la ira que Satanás siente hacia ti, presa para siempre perdida. El Hades no existe. Existe mi Paraíso. Pero no es causa de dolor, sino de dicha. Nada de la Verdad debe ser causa de abatimiento o duda; antes al contrario, fuerza para creer cada vez más y con gozosa seguridad. Pero tú manifiéstame siempre tus razones. Quiero que tengas luz segura y firme como la del Sol.
Síntica, todavía arrodillada, le toma la mano y la besa…
El crrr crrr del camellero da a entender que el camello está para volver, al paso, sin hacer ruido en la tupida hierba que hay fuera de la trasera, la cual abre sin demora uno de los hombres de la caravana. Y Margziam vuelve contento, colorado por la carrera: un minúsculo hombrecito subido a la alta grupa. Ríe agitando los brazos mientras el camello se arrodilla, se deja deslizar desde la original silla, acaricia al camellero de piel morena, y luego corre hacia Jesús gritando:
-¡Qué bonito! ¿Vinieron en estos animales para adorarte los Sabios de Oriente? ¡Y yo voy a ir con ellos a predicarte por todas partes!
El mundo parece más grande visto desde allí arriba, y dice: "¡Venid, venid, vosotros que conocéis la Buena Nueva!". ¡Oh! ¿Sabes?… También ese hombre la necesita…
Y también tú, mercader, y todos tus hombres… ¡Cuánta gente espera, y muere sin poderla recibir!… Más gente que la arena del río. ¡Todos sin ti, Jesús! ¡Dísela pronto a todos! -y se le abraza a la cintura levantando la cabeza.
Jesús se agacha para besarlo y promete:
-Verás el Reino de Dios evangelizado en los confines más lejanos de Roma. ¿Contento?
-Yo sí. Luego iré a decirte: "Mira: éste, aquél y aquel otro país te conocen". Entonces sabré los nombres de esas tierras lejanas. ¿Y Tú qué me dirás?
-Te diré: "Ven, pequeño Margziam. Recibe una corona por cada país en que me has predicado, y luego ven aquí, a mi lado, como aquel día en Gerasa; descansa de tus fatigas porque has sido un siervo fiel y ahora es justa tu bienaventuranza en mi Reino".
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
¡ Creía El que no lo conocían!
Cuando al día siguiente por la mañana pone pie fuera del edificio de uso de Alejandro, encuentra ya personas que lo están esperando. Jesús sale sólo con los apóstoles. Las mujeres y los discípulos se quedan en casa, descansando.
La gente lo saluda y lo rodea. Le dicen que lo conocen por lo que de Él dijo uno que había sido curado de los demonios y que ahora no está porque se había puesto en camino con dos discípulos que habían pasado por la ciudad unos días antes.
Jesús escucha benignamente todas estas cosas mientras anda por esta ciudad, que muestra muchas zonas sobre las que se abate, febril, un verdadero fragor de talleres: albañiles construyendo; cavadores rebajando o colmando desniveles; canteros desbastando piedras para las murallas; herreros trabajando el hierro para este o aquel uso; carpinteros serrando, cepillando, sacando palos de gruesos troncos.
Jesús pasa y mira, cruza un puente construido para salvar un pequeño torrente cantarín que pasa exactamente por el centro de la ciudad (las casas aquí están alineadas a ambos lados con pretensiones de formar una avenida a lo largo del río). Sube luego hacia la parte alta de la ciudad, cuyo plano está un poco en desnivel, siendo así que el lado sudoeste es más alto que el lado nordeste, pero ambos están más altos que el centro de la ciudad, dividido en dos por el pequeño curso de agua.
Hay una vista bonita desde el sitio en que se ha detenido Jesús Toda la ciudad, bastante grande, se muestra al observador. Detrás, por los lados de oriente, meridión y occidente, hay una herradura de suaves colinas enteramente verdes; hacia el norte la mirada se extiende por una llanura abierta y vasta que en el horizonte muestra una elevación del terreno, tan ligera que no puede llamarse colina, toda dorada de un sol matutino que pone preciosas las pámpanas amarillentas de las vides que cubren esta ondulación del terreno, como queriendo mitigar la melancolía de las hojas que agonizan con el fasto de una pincelada de oro.
Jesús observa. La gente de Gerasa lo mira. Jesús se los conquista diciendo:
-Esta ciudad es muy bonita. Hacedla bonita también en justicia y santidad. Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura. Roma os ayuda ahora a haceros casas y edificios bellos. Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa.
La ciudad es como la hacen sus habitantes. Porque la ciudad es una parte de la sociedad recintada dentro de sus murallas, pero quien hace la ciudad son los ciudadanos. La ciudad en sí misma no peca. No puede pecar el arroyo, ni el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma.
Pero sí pueden pecar los que están dentro del recinto amurallado de la ciudad, en las casas, en las tiendas, los que pasan por el puente, los que se bañan en el arroyo. Se dice de una ciudad facciosa y cruel: "Es una ciudad pésima".
Pero está mal dicho. No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos. Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa individual, que se llama "ciudad". Escuchad. Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y sólo mil no lo son, ¿podría decirse que esa ciudad es mala? No se podría decir. De la misma forma: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos y cada uno de ellos tiende a beneficiar al propio, ¿se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida? No se puede decir. ¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será.
Vosotros, habitantes de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra ciudad una cosa grande. Y lo lograréis, porque todos queréis lo mismo y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin. Pero si mañana entre vosotros surgieran partidos distintos y uno dijera:
"No, mejor es extenderse hacia el occidente", y otro partido: "De ninguna manera. Nos extenderemos hacia el norte, que está la llanura", y un tercero: "Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos estar concentrados en el centro, cerca del arroyo", ¿qué sucedería? Pues que se pararían los trabajos ya empezados; quienes prestan los capitales los retirarían, quienes tienen intención de establecerse aquí se marcharían a otra ciudad en que los ciudadanos estuviesen más de acuerdo; y lo ya hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no? Decís que es así, y es como decís. Por tanto, hace falta concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad, y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda en bienestar de quienes la componen.
Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad de los ciudadanos, o de los miembros de la misma patria, o la pequeña y amada sociedad de la familia. Existe una sociedad más grande, infinita: la de los espíritus.
Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma. Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue viviendo, eternamente. Idea del Creador Dios, que ha dado al hombre el alma, era que todas las almas de los hombres se reunieran en un único lugar: el Cielo, constituyendo el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición. Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus.
E introdujo el pecado en los corazones, y, con el pecado, acarreó la muerte al cuerpo al final de la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus. La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí, pero con una existencia privada de aquello que es verdadera vida y júbilo eterno: de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas. Y la Humanidad se dividió en sus voluntades, como una ciudad dividida por partidos contrarios. Actuando así, encontró su ruina.
En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar a los demonios con la ayuda de Belcebú: "Todo reino dividido en sí mismo caerá". En efecto, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, caería con su tenebroso reino.
Yo, por el amor que Dios tiene a la Humanidad que ha creado, he venido a recordar que sólo un Reino es santo: el de los Cielos. Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él. ¡Oh, quisiera que todos lo hicieran, incluso los peores, convirtiéndose, liberándose del demonio, que los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las posesiones que además de ser espirituales son corporales, ora secretamente en el caso de las posesiones sólo espirituales! Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos, convirtiendo a los pecadores, perdonando en nombre del Señor, instruyendo para el Reino, obrando milagros para persuadiros de mi poder y de que Dios está conmigo.
Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo. Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos, limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta en nombre de Dios e instruyo para el Reino; si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios está conmigo -y solamente los enemigos desleales pueden decir lo contrario-, señal es de que el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido, porque ésta es la hora de su fundación.
¿Cómo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones? Volviendo a la Ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto; y, sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida. ¿Cuál es esta Ley' ¿Es algo tan severo que no se puede practicar? No. Es una serie de diez preceptos santos y fáciles, cuales incluso el hombre moralmente bueno, verdaderamente bueno, siente que debe darse a sí mismo, aunque sea uno que viva sepultado bajo el intrincado techo vegetal de las más impenetrables selvas de la misteriosa África. Y dice:
"Yo soy el Señor tu Dios, y no hay ningún otro Dios aparte de mí.
No tomes el nombre de Dios inútilmente.
Respeta el sábado según el precepto de Dios y la necesidad de la criatura.
Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente y recibir bienes en la tierra y en el cielo.
No matarás.
No robarás.
No cometerás adulterio.
No dirás falsos testimonios contra el prójimo.
No desearás la mujer de tu prójimo.
No envidiarás las cosas ajenas".
¿Quién es el hombre de buen corazón, aunque sea primitivo, que, al recorrer con su mirada cuanto le rodea, no se diga a sí mismo: "Todo esto no se ha podido formar por sí solo; por tanto, existe Uno, más poderoso que la naturaleza y que el propio hombre, que lo ha hecho"? Y adora a este Ser Poderoso (cuyo Nombre santísimo sabe o no sabe, pero que siente que existe). Y siente tanta reverencia por El que, al pronunciar el nombre que le ha dado o que le enseñaron a decir para nombrarlo, tiembla de reverencia, y siente que ora con el solo hecho de nombrarlo con reverencia. Pues, efectivamente, es oración pronunciar el Nombre de Dios queriendo adorarlo o darlo a conocer a la gente que no lo conoce.
Igualmente, por el simple hecho de una prudencia moral, todo hombre siente el deber de conceder descanso a sus miembros, para que resistan mientras dura la vida. Con mayor razón, el hombre que no ignora al Dios de Israel, al Creador y Señor del Universo, siente que debe consagrar al Señor este descanso animal, para no ser como el jumento, que, cansado, descansa sobre el estrato de paja triturando el forraje con sus fuertes dientes.
También la sangre grita amor hacia aquellos de que procede. Lo vemos en ese pollino que corre hacia su madre que regresa de los mercados. Estaba jugando en la manada, la ha visto; se acuerda de que ella lo ha amamantado, lo ha lamido con amor, lo ha defendido, le ha dado calor.
¿Veis?: restriega sus blandos ollares contra el cuello de su madre; bota de alegría; roza su joven grupa contra el vientre que lo llevó. Amar a los padres es un deber y un placer. No hay animal que no ame a la que lo engendró. ¿Y entonces? ¿Será el hombre más bajo que el gusano que vive en el barro de la tierra?
El hombre moralmente bueno no mata. La violencia le produce repulsa. Siente que no es lícito quitar la vida a nadie, que sólo Dios que la dio tiene el derecho de quitarla. Y huye del homicidio.
De la misma forma, el hombre moralmente sano no se
aprovecha de las cosas de los demás. Prefiere comer un pedazo de pan con conciencia tranquila junto a la fuente argentina, que no un suculento asado fruto de un robo; prefiere dormir en el suelo con la cabeza sobre una piedra, y sobre su cabeza las estrellas amigas derramando paz y consuelo a la conciencia honesta, que no el sueño agitado en una cama conseguida con latrocinio.
Y, si es moralmente sano, no desea otras mujeres no suyas; no entra, ensuciando y con vileza, en tálamo ajeno. En la mujer de su amigo ve una hermana y no tiene para con ella miradas ni deseos distintos de los que se tienen con una hermana.
El hombre de corazón recto, aunque sólo sea naturalmente recto, sin más conocimiento del Bien sino aquel que le viene de su buena conciencia, no se permite nunca testificar lo que no es verdadero, pareciéndole ello lo mismo que un homicidio o un hurto… y efectivamente es así. Como es honesto su corazón, honestos son sus labios, y, como su corazón y sus labios, honestas son sus miradas, por lo cual no pone su apetito en la mujer de otro. Ni siquiera apetece, porque siente que apetecer es el primer estímulo para pecar. Y no envidia. Porque es bueno. El que es bueno no envidia nunca. Está tranquilo con su suerte.
¿Os parece esta ley tan exigente que no se pueda practicar? ¡No faltéis contra vosotros mismos! Estoy seguro de que no lo haréis. Y, si no lo hacéis, fundaréis el Reino de Dios en vosotros y en vuestra ciudad. Y un día os reuniréis, felices, con aquellos a quienes amasteis y que, como vosotros, conquistaron el Reino eterno en el júbilo sin fin del Cielo.
Pero en nuestro propio interior están las pasiones cual ciudadanos dentro del recinto de las murallas de la ciudad. Es necesario que todas las pasiones del hombre quieran lo mismo: la santidad. Si no, será inútil que una parte tienda al Cielo, si otra descuida la vigilancia de las puertas y deja que entre el seductor, o si neutraliza las acciones de una parte de los espirituales habitantes con disputas y pereza, haciendo así perecer la ciudad interior, abandonándola al reinado de ortigas, plantas venenosas, malas hierbas, serpientes, escorpiones, ratas y chacales, y búhos, es decir, de las malas pasiones y de los ángeles de Satanás. Hay que velar sin desistir nunca, como centinelas puestos en las murallas, para impedir que el Maligno entre donde queremos construir el Reino de Dios.
En verdad os digo que el fuerte, mientras vigila armado el atrio de su casa, está seguro de todo lo que hay en ella. Pero si viene uno más fuerte que él, o si deja sin guardia la puerta, este más fuerte lo vence, lo desarma; y él, sin las armas en que confiaba, se desmoraliza y se rinde; y el fuerte, haciéndolo prisionero, se apodera de los despojos del vencido. Pero si el hombre vive en Dios, mediante la fidelidad a la Ley y a la justicia santamente practicada, Dios está con él, Yo estoy con él, y nada malo le puede suceder. La unión con Dios es el arma que ningún fuerte puede vencer. La unión conmigo es seguridad de victoria y de botín de virtudes eternas, por las cuales eternamente será ofrecido un lugar en el Reino de Dios.
Pero, quien se separa de mí o se hace enemigo mío, rechaza, como consecuencia, las armas y la seguridad de mi palabra. Quien rechaza al Verbo rechaza a Dios. Quien rechaza a Dios llama a Satanás. Quien llama a Satanás destruye cuanto tenía para conquistar el Reino.
Por tanto, quien no está conmigo está contra mí, quien no cultiva lo que Yo siembro recoge lo que siembra el Enemigo, quien conmigo no recoge desparrama, y pobre y desnudo se presentará ante el Juez supremo, que lo mandará con su amo, con el amo al que se vendió prefiriendo a Belcebú antes que a Cristo.
Habitantes de Gerasa: edificad en vosotros y en vuestra ciudad el Reino de Dios.
Como un gorjeo, una voz de mujer se eleva, límpida cual canto de alondra, por encima del rumor de la multitud de gente admirada, cantando la nueva bienaventuranza, o sea, la gloria de María:
-¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos de que mamaste!
Jesús se vuelve hacia la mujer que ha exaltado a la Madre por admiración hacia el Hijo. Sonríe, porque le es dulce la alabanza dirigida a su Madre. Pero luego dice:
-Más dichosos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Hazlo tú, mujer.
Y luego bendice y se encamina hacia la campiña seguido por los apóstoles, que le preguntan:
-¿Por qué has dicho esto?
-Porque en verdad os digo que en el Cielo no se mide con las medidas de la tierra. Mi propia Madre será bienaventurada no tanto por su alma inmaculada cuanto por haber escuchado la palabra de Dios y haberla puesto en práctica con obediencia. El "hágase el alma de María sin mancha" es prodigio del Creador; a Él, pues, la gloria por ello. Pero el "hágase de mí según tu palabra" es prodigio de mi Madre; por esto, pues, grande es su mérito.
Tan grande, que sólo por esa capacidad suya de escuchar a Dios, que hablaba por boca de Gabriel, y por su voluntad de poner en práctica la palabra de Dios, sin pararse a sopesar las dificultades y dolores inmediatos y futuros que tal adhesión acarrearían, ha venido el Salvador al mundo. Así pues, podéis ver que Ella es mi bienaventurada Madre no sólo porque me ha generado y amamantado, sino también porque ha escuchado la palabra de Dios y la ha puesto en práctica con la obediencia.
Pero volvamos a casa. Mi Madre sabía que iba a estar fuera poco tiempo y, si ve que tardo, se podría preocupar.
Estamos en una ciudad semipagana; aunque, en verdad, es mejor que otras. De todas formas, vamos. Vamos a dar la vuelta por detrás de los muros, para huir de la gente, que, si no, me entretendría todavía. Venga, bajemos deprisa, por detrás de estas arboledas espesas…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Con la luz un poco cruda de una mañana bastante ventosa, la singularidad de este pueblo que yace sobre una plataforma rocosa elevada en medio de una corona de picos, unos más altos, otros más bajos que él, se muestra en toda su peculiar belleza. Parece una gran bandeja de granito que tuviese encima casas de distintos tamaños, puentes y fuentes, para diversión de un niño gigante.
Las casas parecen labradas en la roca calcárea que constituye la materia base de esta zona. Edificadas a escuadra, a base de superposición de sillares, algunos sin revoque, algunos ni siquiera desbastados, parecen realmente casitas del pueblo de un Nacimiento construido con hexaedros por un gigantesco niño ingenioso.
Y todo alrededor de este pueblecillo se contempla su fértil campiña poblada de árboles y variados cultivos, que hacen que desde arriba parezca una alfombra de cuadrados, trapecios, triángulos: unos, pardos de tierra poco antes arada; otros, verde esmeralda por la hierba renacida con las lluvias de otoño; otros, rojeantes por las últimas hojas de vides y árboles frutales; otros, verdegrises por los chopos y sauces, o de un verde lustroso por las encinas y algarrobos, o verde-bronce por los cipreses y coníferas. ¡Muy bonito, verdaderamente muy bonito!
Y caminos que van, como cintas a partir de un nudo, del pueblo a la lejana llanura, o hacia montes incluso más elevados; y se hunden bajo los bosques; o separan con una marca cenicienta el color verde de los prados, el pardo de los campos arados.
Hay un risueño curso de agua: allende el pueblo en la dirección de su nacimiento, argénteo; de un azul esfumado tendente al color del jaspe, por el lado opuesto, en el descenso hacia el valle entre angosturas y suaves cuestas; que aparece o desaparece, juguetón, cada vez más caudaloso, cada vez más azul a medida que, aumentando sus aguas, va impidiendo a las cañas de su fondo y a las hierbas nacidas en su lecho durante los meses secos, teñirlo de verde, para reflejar, antes al contrario, el cielo, sepultados ahora los leves tallos bajo una capa de aguas ya profundas.
El cielo es de un azul irreal: una preciosa lastra de esmalte azul intenso, sin siquiera una veta impura en su estupenda totalidad.
Y la caravana reanuda así su marcha, con las mujeres todavía a caballo, porque, como dice el mercader, el camino es penoso allende el pueblo, y deben recorrerlo pronto para llegar a Gerasa esa noche. Arrebozados, ligeros por haber descansado, van a buen ritmo por el camino que sube entre un estupendo boscaje, rozando las pendientes más altas de un monte solitario que se eleva como un enorme bloque por encima de los dorsos de los otros montes más bajos: un verdadero gigante como los que pueden verse en los puntos más altos de nuestros Apeninos.
-Galaad -dice, señalando, el mercader, que se ha quedado al lado de Jesús, conduciendo todavía del ramal al mulito de la Virgen. Y añade: «Después de esto el camino es mejor. ¿Habías estado alguna vez aquí?».
-Nunca. Quería recorrerlo en primavera. Pero en Galgala no me aceptaron.
-¿Rechazarte a ti? ¡Qué error!
Jesús lo mira y calla.
El mercader ha subido a la silla de su caballería a Margziam, que realmente penaba con sus piernecitas cortas para seguir el paso ágil de los caballos. ¡Bien sabe Pedro si es ágil! Camina deprisa y con fatiga, con toda su energía, imitado por los otros, pero aún así bastante distanciado de la caravana. Suda, pero está contento porque oye que Margziam ríe, y ve que la Virgen va descansada y el Señor alegre. Habla, resoplando, con Mateo y su hermano Andrés, que son los que van en la cola como él, y los hace reír diciendo que si en vez de piernas tuviera alas esa mañana se sentiría dichoso. Se ha desembarazado de todos los pesos, como los otros, atando los talegos a las sillas de las mujeres, pero el camino es verdaderamente tremendo, por piedras resbaladizas a causa del rocío. Los dos Santiagos, junto con Juan y el Tadeo se las apañan mejor y logran mantener el paso al lado de las mulas de las mujeres. Simón Zelote habla con Juan de Endor. Timoneo y Hermasteo cooperan en guiar a los mulitos.
Por fin la parte peor queda atrás. Un escenario completamente distinto se abre ante los ojos asombrados. El valle del Jordán ha dejado de verse definitivamente.
Ahora la mirada se extiende hacia el oriente por un altiplano de dimensiones imponentes, en el que sólo una encrespadura de cerros apenas quiere elevarse para interrumpir la monotonía del paisaje. No habría imaginado nunca que pudiera existir en Palestina una cosa como ésta.
Parece como si la tempestad rocosa de los montes se hubiera petrificado y calmado en una ingente onda que hubiera quedado suspendida entre el nivel del fondo y el cielo, y en la que el único recuerdo de su furia originaria, al extenderse el agua de la onda por una superficie plana de una magnificencia maravillosa, fueran esas encrespaduras de cerros (la espuma de las crestas solidificada acá o allá). A esta zona de paz se accede a través de la última garganta, bravía como el abismo entre dos golpes de mar que se embisten, los dos últimos golpes de una marejada; en su fondo hay un nuevo torrente espumeante que corre de este a oeste por un atormentado y furioso camino entre rocas y cascadas, tan en contraste con la paz lejana del enorme altiplano.
-A partir de ahora el camino será bueno. Si me lo permites, doy la orden de que se paren -dice el mercader.
-Me dejo guiar por ti, hombre. Tú conoces esto.
Se apean todos y se diseminan por la ladera en busca de leña para asar los alimentos, agua para los pies cansados y para las gargantas sedientas. Los animales, librados de su carga, rozan la abundante hierba y bajan a abrevarse en las cristalinas aguas del torrente. Olor de resinas y carne asada emanan de las pequeñas hogueras, que se yerguen para asar los corderos.
Los apóstoles se han preparado su fueguecillo y están calentando en él pescado salado, previo lavado en el agua fresca del torrente. Pero el mercader lo ve, y viene con un corderito despellejado -quizás es un cabritillo-y obliga a aceptar. Pedro se dispone a asarlo, después de llenarlo bien lleno de poleo fresco.
La comida pronto está terminada y pronto consumida. Y bajo el sol cenital del mediodía se reanuda la marcha por un camino mejor, que sigue el curso del torrente en dirección nordeste, en una zona de maravillosa fertilidad y muy bien cultivada, rica en ovejas y en manadas de cerdos, los cuales, al encontrarse la caravana, huyen gruñendo.
-Aquella ciudad fortificada es Gerasa, Señor. Una ciudad con un gran porvenir. Ahora se está formando. No creo que me equivoque si digo que pronto competirá con Joppe y Ascalón, con Tiro y muchas otras ciudades, en belleza, comercio y riqueza. Los romanos ven la importancia que tiene, situada en esta vía que desde el mar Rojo, por tanto desde Egipto, pasando por Damasco, va hasta el mar Póntico. Así que ayudan a los gerasenos a construir…
Tienen vista y buen olfato. Por ahora sólo tiene mucho comercio, ¡pero más adelante!… ¡Será bonita y rica! Una pequeña Roma, con templos, piscinas, circos y termas. Yo sólo tenía en esta ciudad relaciones comerciales. Pero ahora he comprado ya mucho terreno, para abrir bazares, o venderlo a alto precio dentro de poco, o quizás para construir una casa de verdadero señor y venir a pasar mi vejez cuando Baltasar, Nabor, Félix y Sidmia puedan, respectivamente, tener y llevar adelante los bazares de Sinopo, Tiro, Joppe y Alejandría en la desembocadura del Nilo.
Mientras tanto, crecerán mis otros tres hijos varones, y les daré los bazares de Gerasa, Ascalón, y quizás Jerusalén. Las mujeres, ricas y guapas, recibirán propuestas, se casarán bien y me darán muchos nietos…
El mercader sueña con los ojos abiertos el más rosa y áureo futuro.
Jesús pregunta sereno:
-¿Y luego?
El mercader torna en sí, lo mira perplejo y dice:
-¿Y luego? Nada más. Luego vendrá la muerte… Es triste, pero es así.
-¿Y dejarás todas las actividades, todos los bazares, todos los sentimientos de afecto?
-¡Señor, no quisiera, pero de la misma forma que he nacido debo morir, y tengo que dejar todo! -y suelta un suspiro tal, que sería capaz de hacer avanzar sólo con su viento a la caravana…
-¿Pero quién te ha dicho que cuando uno muere deja todo?
-¿Quién? ¡Los hechos! Una vez que uno está muerto… nada más Ya no tenemos manos, ni ojos, ni orejas…
-No eres sólo manos, ojos y orejas.
-Soy un hombre. Eso lo sé. Tengo otras cosas. Pero todas terminan con la muerte. Es como el ocaso del sol. El ocaso lo anula…
-Pero la aurora lo crea otra vez, o, mejor, lo hace presente de nuevo. Eres un hombre, eso has dicho; no eres un animal como el que cabalgas. Él, cuando muera, sí acabará realmente. Tú no. Tú tienes el alma. ¿No lo sabes? ¿Ya no sabes ni siquiera esto?
El mercader percibe la triste reprensión, triste y dulce, e, inclinando la cabeza, susurra:
-Eso lo sé todavía…
-¿Y entonces? ¿No sabes que el alma sigue viviendo?
-Lo sé.
-¿Y entonces? ¿No sabes que en el más allá tiene siempre una actividad?: santa si es santa, mala si es mala. Tiene sus sentimientos ¡Claro que los tiene!: de amor, si es santa; de odio, si es réproba ¿Odio, a quién? a las causas de su condena. En tu caso las actividades, los bazares, los afectos exclusivamente humanos. ¿Amor, a quién? A las mismas cosas. ¡Ah, qué bendiciones para los hijos y para las actividades de los hijos puede dar un alma que vive la paz del Señor!
El hombre está pensativo. Luego dice:
-Es tarde. Soy viejo ya ̀ y detiene al mulo.
Jesús sonríe y responde:
-No te obligo, te aconsejo -y luego se vuelve para mirar a los apóstoles, los cuales, en la pausa que precede a la entrada en la ciudad, ayudan a las mujeres a bajar de las cabalgaduras y cogen sus talegos.
La caravana reemprende la marcha y pronto entra en la ciudad -que está muy concurrida-por la puerta que custodian las torres. El mercader se acerca otra vez a Jesús:
-¿Quieres seguir conmigo todavía?
-Si no me rechazas, ¿por qué no voy a querer?
-Por lo que te he dicho. Siendo Santo como eres, debo darte asco.
-¡Oh! ¡no! He venido para los que son como tú. Os amo porque sois los más necesitados. No me conoces todavía. Soy el Amor que pasa mendigando amor.
-¿Entonces no me odias?
-Te amo.
Los ojos profundos del hombre brillan; pero sonríe y dice:
-Entonces estaremos juntos. En Gerasa estaré tres días por negocios. Aquí dejo los mulos y tomo los camellos. Tengo la posta de las caravanas en los lugares de las etapas mayores, y uno de mis servidores cuida los animales que dejo en estos lugares. ¿Tú qué vas a hacer?
-El sábado evangelizaré. Te habría dejado si no te hubieras detenido, porque el sábado está consagrado al Señor.
El hombre frunce la frente, piensa, y, como con dificultad, asiente:
-..Sí… Es verdad. Está consagrado al Dios de Israel. Está consagrado. Está consagrado -Mira a Jesús… «Si me lo permites, te lo voy a consagrar.»
-A Dios. No a su Siervo.
-A Dios y a ti, escuchándote. Haré los negocios entre hoy y mañana por la mañana. Luego te escucharé. ¿Vienes a la posada ahora?
-¡Por fuerza! Tengo a las mujeres y aquí soy un desconocido.
-Ahí está. Es la mía. Es mía porque están mis caballerizas de un año para otro. Pero dispongo de vastas salas para las mercancías. Si piensas…
-Dios te lo pague. Vamos.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Después de una fértil llanura, seguida por un largo tramo allende el Jordán -y es hermoso caminar en esta estación serena y dulce de un morir de Octubre-, y de un alto en un pueblecillo acurrucado a los pies de las primeras pendientes de una respetable cadena montañosa -alguna de sus cimas puede tomar el verdadero nombre de montaña-,
Jesús se pone de nuevo en camino, a la zaga de una larga caravana rica de cuadrúpedos y de hombres bien armados, con los que ha hablado antes, mientras daban de beber a sus animales en los pilones de la plaza. Son, en su mayor parte, hombres altos y muy morenos, ya de apariencia asiática.
Montado en un fortísimo mulo, está el jefe de la caravana, armado hasta los dientes, más otras armas que penden de la silla. Y, no obstante, se ha mostrado muy deferente con Jesús.
Los apóstoles preguntan a Jesús:
-¿Quién es?
-Un rico mercader de allende el Eufrates. Le he preguntado a dónde iba, y ha sido amable. Pasa por la ciudad por la que tengo intención de pasar Yo. Es una cosa providencial por estos montes, llevando mujeres con nosotros.
-¿Temes algo?
-Como robos nada, porque no tenemos nada. Pero sería ya suficiente el miedo para las mujeres. Un puñado de ladrones no asalta jamás a una caravana tan fuerte; y podrá sernos útil también para conocer los pasos mejores y superar los difíciles. Me ha preguntado: "¿Eres el Mesías?", y, habiendo sabido que sí, ha dicho: "Estaba en el patio de los Paganos, hace días, y, más que verte, porque soy pequeño, te he escuchado. Bien, yo te protejo a ti y Tú me proteges a mí. Llevo una cargamento de mucho valor".
-¿Es prosélito?
-No creo. Pero quizás procede de nuestro pueblo.
La caravana se mueve despacio, como si no quisiera agotar las fuerzas de los cuadrúpedos marchando mucho. Por eso es fácil seguir su ritmo; es más, a menudo es necesario pararse, porque los acemileros hacen pasar a los animales cargados de uno en uno, llevándolos del cabestro en los puntos difíciles.
A pesar de que sea montaña propiamente dicha, la zona es muy fértil y está bien cultivada. Quizás los montes, los situados al nordeste, que van siendo más altos, protegen de las corrientes frías del norte o de las perjudiciales del este, y esto favorece los cultivos. La caravana sigue el curso de un torrente que ciertamente vierte en el Jordán, bien nutrido de aguas que descienden quién sabe de qué cima.
La vista es bella, cada vez más bella a medida que se va subiendo: se extiende hacia occidente por la llanura del Jordán, y, más allá de la llanura, presenta los graciosos perfiles de los collados y montes -de la Judea del Norte; a oriente y a septentrión es una continua variación de panoramas, ora paisajes abiertos a lejanías, anchurosos ora paisajes que ofrecen a la mirada un encabalgarse de lomas y picos verdes, o rocosos, que parecen cerrar el camino cual improviso muro laberíntico.
Acercase el sol a su ocaso tras los montes de Judea, arrebolando intensamente el cielo y las pendientes, cuando el rico mercader, que se había detenido dejando pasar a la caravana, dice a Jesús:
-Hay que llegar al pueblo antes de que anochezca. Pero muchos de los tuyos parecen cansados. Este trayecto es duro. Diles que monten en los mulitos de reserva. Son animales tranquilos. Tendrán toda la noche para descansar, y además no es fatiga llevar el peso de una mujer.
Jesús acepta. El hombre da orden de pararse para que puedan montar en los animales las mujeres. Jesús dispone que también monte a caballo Juan de Endor. Los que van a pie -también Jesús -cogen los ramales para hacer más segura la marcha a las mujeres. Margziam quiere comportarse como un hombre y, aunque esté derrengado, no quiere de ninguna manera subir a la montura con nadie; antes al contrario, coge él también un ramal del mulito de María Santísima, que queda así entre Jesús y el niño, y camina con coraje.
E1 mercader se ha quedado al lado de Jesús y dice a María:
-¿Ves, Mujer, aquel pueblo? Es Ramot. Nos detendremos allí. Me conocen en la posada porque recorro este camino dos veces al año mientras que otras dos veces voy por la costa, para vender o comprar. Mi vida… dura vida. Pero tengo doce hijos, y muy pequeños Me he casado tarde. A uno lo he dejado con nueve días. Ahora me lo encontraré ya con los primeros dientes.
-Una bonita familia… -comenta María, y termina: «Que el Cielo te la conserve.
-Efectivamente, no me quejo de su ayuda, a pesar de que me la merezca muy poco.
Jesús pregunta:
-¿Eres al menos prosélito?
-Debería serlo… Mis antepasados eran verdaderos israelitas. Luego… nos aclimatamos allí…
-El alma se aclimata a un solo ambiente, el del Cielo.
-Tienes razón. Pero, ya sabes… Mi bisabuelo se casó con una que no era de Israel. Sus hijos fueron menos fieles… Los hijos de sus hijos se casaron a su vez con nuevas mujeres que no eran de Israel, y dieron hijos que sólo mantenían el respeto hacia el nombre judío; porque, como origen, somos judíos. Ahora yo, nieto de nietos… ya nada. Estando en contacto con todos, he cogido de todos, para terminar por no ser de ninguno.
-No es buena razón esto que me dices. Te lo voy a demostrar. Si tú, yendo por este camino, que sabes que es bueno, te encontraras con cinco o seis personas, las cuales te dijeran: "¡No, hombre, no, ve por allí!", "Vuelve para atrás", "Párate", "Ve hacia oriente", "Tuerce a occidente", ¿qué dirías?
-Diría: "Sé que éste es el camino más corto y atinado. No lo dejo".
-Otro ejemplo: si tuvieras que concluir un trato, y conocieras el método adecuado para llevarlo a cabo, ¿prestarías oídos a quienes, o por mera petulancia o por astucia calculada, te aconsejasen en otra línea?
-No. Seguiría aquello que mi experiencia me señala como mejor.
-Muy bien. Tú, originario de Israel, tienes a tus espaldas milenios de fe. No eres ni un estúpido ni un inculto. ¿Por qué, entonces, absorbes lo que te viene de los contactos con todos en materia de fe, mientras que sabes rechazarlo en materia de dinero o de seguridad de caminos? ¿No te parece esto deshonroso incluso humanamente? Postergar a Dios al dinero y al camino…
-No pospongo a Dios. Lo he perdido de vista…
-Porque tienes como dioses el comercio, el dinero, la vida. Y, sin embargo, es Dios, es Él, quien te permite tener estas cosas… ¿Por qué entraste, entonces, en el Templo?
-Por curiosidad. En la calle, saliendo de una casa en que había contratado unos productos, vi a un grupo de hombres en actitud de venerarte, y me volvió a la mente lo que oí en Ascalón a un fabricante de alfombras. Pregunté quién eras, porque me vino la sospecha de que fueras aquel de que hablaba la mujer. Habiendo sabido que eras Tú, te seguí. Había concluido mis tratos por ese día… Luego te perdí de vista. En Jericó te volví a ver, aunque sólo un momento. Ahora te encuentro otra vez… Mira…
-Mira, pues, cómo Dios une y cruza nuestros caminos. No tengo regalos que ofrecerte para agradecer tus gestos de bondad. Pero antes de dejarte espero poder darte un regalo, a menos que no me abandones antes.
-¡No, eso no lo haré! ¡Alejandro Misax no se vuelve atrás cuando se ha ofrecido! Mira, pasado ese recodo empieza el pueblo. Me voy a adelantar. Nos veremos en la posada -e hinca las espuelas y se marcha casi al galope por el borde del camino.
-Es un hombre honrado e infeliz, Hijo mío -dice María.
-Y querrías verlo feliz según la Sabiduría, ¿no?
Se sonríen dulcemente, envueltos ya por las primeras sombras de la noche.
En la larga noche de Octubre, reunidos todos en una vasta habitación de la posada, los peregrinos esperan a irse a dormir. En un ángulo, aislado, está el mercader, afanado en sus cuentas. En el ángulo opuesto, Jesús con todos los suyos. No hay más huéspedes. De los establos llegan rebuznos, relinchos y balidos, lo cual hace suponer que en la posada hay otras personas. Pero quizás ya están en la cama.
Margziam se ha quedado dormido en los brazos de la Virgen, olvidándose de golpe de que era "un hombre". Pedro hay momentos que cede al sueño; no es el único, también las mujeres ancianas, que bisbiseaban, se han quedado medio dormidas y ahora callan. Están bien despiertos Jesús, María, las hermanas de Lázaro, Síntica, Simón Zelote, Juan y Judas.
Síntica está hurgando en el saco de Juan de Endor, como buscando algo. Pero luego prefiere juntarse con los demás y escuchar a Judas de Alfeo, que está hablando de las consecuencias del exilio de Babilonia; Judas concluye:
-…Y quizás ese hombre es todavía una consecuencia de aquello. Cualquier exilio conlleva una destrucción…
Síntica hace un gesto involuntario con la cabeza pero no dice nada, y Judas de Alfeo termina:
-De todas formas, es extraño que con tanta facilidad uno se pueda despojar de lo que constituye un tesoro secular para ser totalmente distinto, especialmente en estas cosas de religión, y de una religión como la nuestra…
Jesús responde:
-No deberías asombrarte, cuando dentro de Israel ves a Samaria.
Un momento de silencio… Los ojos oscuros de Síntica miran fijamente el perfil sereno de Jesús. Mira con intensidad, pero no habla. Jesús siente esa mirada y se vuelve a mirarla.
-¿No has encontrado nada de tu agrado?
-No, Señor. He llegado al punto de no poder ya conciliar el pasado con el presente, las ideas de antes con las de ahora. Y me parece casi una defección, porque las ideas de antes me han ayudado muchísimo a tener las de ahora. Tiene razón tu apóstol en lo que dice… Pero la mía es una destrucción dichosa.
-¿Qué se te ha destruido?
-Toda la fe en el Olimpo pagano, Señor. De todas formas, me siento un poco turbada, porque leyendo vuestra Escritura me la ha dado Juan, y la leo porque sin conocimiento no se posee-he encontrado que también en vuestra historia… desde los albores, lo llamaré así, hay hechos que no se diferencian mucho de los nuestros. Pues bien, quisiera saber…
-Ya te he dicho que preguntes, que te responderé.
-¿Todo es error en la religión de los dioses?
-Sí, mujer. Sólo hay un Dios, que no es engendrado por otros, que no subyace a las pasiones y necesidades humanas, un Dios único, eterno, perfecto, creador.
-Yo lo creo. Pero quiero poder responder -no con una forma que no acepta discusión, sino argumentando para convencer-a las preguntas que otros paganos me pudieran hacer. Yo, por virtud de este Dios paterno y benefactor, me he dado por mí misma respuestas carentes de forma, pero suficientes para infundir paz en mi espíritu. Y en mí había voluntad de alcanzar la Verdad.
Otros habrá menos ansiosos que yo de la Verdad, a pesar de que todos deberían tener este afán. No tengo intención de quedarme parada y no hacer nada con las almas. Quisiera dar lo que he recibido. Para dar tengo que saber. Concédemelo y te serviré en nombre del amor. Hoy, por el camino, mientras observaba las montañas y algunos aspectos me traían vivas a la memoria las cadenas de Hélade y las historias de la Patria, por asociación de ideas se me ha representado el mito de Prometeo, el de Deucalión…
Vosotros tenéis también una cosa semejante en la fulminación de Lucifer, en la infusión de la vida en la arcilla, en el diluvio de Noé. Son concomitancias pequeñas, pero que evocan… Ahora dime: ¿cómo es que las supimos, si no hubo ningún contacto entre nosotros y vosotros, y vosotros las poseíais ciertamente antes que nosotros, y nosotros las recibimos, pero no hay noticia acerca de su origen? Actualmente no nos conocemos en muchas cosas. ¿Cómo es que, hace milenios, ya tuvimos leyendas que recuerdan vuestras verdades?
-Mujer, eres la que menos me lo debería preguntar, porque has leído obras que podrían, por sí solas, responder a esta pregunta tuya. Hoy, por asociación de ideas, del recuerdo de tus montes natales has pasado al recuerdo de los mitos natales y a hacer comparaciones. ¿No es verdad? ¿Y, por qué?
-Porque mi pensamiento, despertado, recordó.
-Muy bien. Pues las almas de los más antiguos, que dieron una religión a tu tierra, también recordaron.
Confusamente, hasta donde puede una persona imperfecta, que está al margen de la religión revelada. Pero se acordaron. En el mundo hay muchas religiones. Ahora bien, si tuviéramos aquí, en un cuadro claro, todos los detalles de ellas, veríamos que hay como un hilo áureo perdido entre abundante fango, un hilo con nudos; y, contenidos en estos nudos, retazos de la Verdad verdadera.
-¿Pero no venimos todos de un tronco común? Eso dices. Entonces por qué los antiguos de entre los antiguos, que descendían del tronco originario, no supieron conservar consigo la Verdad? ¿No es una injusticia haberlos privado de ella?
-¿Has leído el Génesis, no es verdad? ¿Qué has encontrado en él? En sus comienzos, un pecado complejo, un pecado que abraza los tres estados del hombre: materia, pensamiento y espíritu. Luego un fratricidio. Luego un dúplice homicidio como contrapeso de la obra de Enoc de mantener la luz en los corazones; luego corrupción, uniéndose, por sed carnal, los hijos de Dios con las hijas de la sangre. Y, a pesar de la purificación del Diluvio y la reconstrucción de la raza a partir de buen germen, no de piedras como se dice en vuestros mitos -de la misma forma que la primera arcilla modelada por Dios, a imagen suya y con forma de hombre, no se había animado debido a un robo de fuego vital por parte del hombre, sino por infusión de Fuego vital por parte de Dios-, a pesar de ello, volvió a aparecer el fermento soberbio, el ultraje a Dios: "Vamos a tocar el cielo", y también la maldición divina:
"Dispérsense y no se comprendan"… Y el único tronco, como agua que al chocar contra la piedra se disgrega formando regueros y no se vuelve a unir, se dividió: la raza se separó en razas. La Humanidad, puesta en fuga por su pecado y el castigo divino, se dispersó y no se volvió a reunir, llevando consigo la confusión que la soberbia había creado.
Pero las almas recuerdan, siempre queda algo en ellas; y las más virtuosas y sabias vislumbran una luz, aunque débil, en las tinieblas de los mitos: la luz de la Verdad. Es este recuerdo de la Luz, vista antes de la vida, lo que remueve en ellas verdades que contienen retazos de la Verdad revelada. ¿Me has comprendido?
-En parte. Pensaré en ello ahora. La noche es amiga del que piensa y dentro de sí se recoge.
-Entonces vamos a recogernos cada uno en sí mismo. Vamos, amigos. Paz a vosotras, mujeres, paz a vosotros discípulos míos. Paz a ti, Alejandro Misax.
-Adiós, Señor. Dios esté contigo -responde el mercader inclinándose…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-Lázaro, amigo mío, te pido que vengas conmigo -dice Jesús, presentándose en la puerta de la sala en que Lázaro está reclinado en un lecho leyendo un volumen.
-Inmediatamente, Maestro. ¿A dónde vamos? -pregunta Lázaro, y se alza enseguida.
-Por el campo. Necesito estar completamente solo contigo.
Lázaro lo mira turbado, y pregunta:
-¿Tienes tristes noticias que darme en secreto? ¿O…? No, no quiero pensarlo…
-Es sólo tratar contigo una cosa, y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos. Manda preparar el carro, porque no te quiero cansar. Cuando estemos en plena campiña te hablaré.
-Entonces guío yo. Así ni siquiera el criado sabrá lo que hayamos hablado.
-Sí. Exactamente así.
-Voy enseguida, Maestro. Dentro de poco estoy preparado -y sale.
Jesús se queda un poco pensativo en medio de la rica estancia. Mientras piensa, mueve mecánicamente dos o tres objetos, recoge el rollo que estaba caído en el suelo, y, en fin, al colocarlo en una estantería por ese innato instinto del orden que es tan fuerte en Jesús, permanece con el brazo levantado observando unos objetos de un arte raro, por lo menos distinto del arte corriente de Palestina, que están alineados en la balda de la estantería: son ánforas y copas antiquísimas -parece-con relieves y dibujos que imitan los frisos de los templos de la antigua Grecia y franjas de urnas funerarias. No se lo que estará viendo detrás del objeto… Luego sale y va al patio interior, donde están los apóstoles.
-¿A dónde vamos, Maestro? -preguntan, al ver que Jesús se coloca el manto.
-A ninguna parte. Salgo con Lázaro. Esperadme aquí, todos juntos. Regreso pronto.
Los doce se miran unos a otros… Se les ve poco contentos… Pedro dice:
-¿Vas solo? Ten cuidado…
No temas nada. Mientras esperáis no estéis ociosos. Seguid instruyendo a Hermasteo para que vaya conociendo más la Ley y haceos mutuamente buena compañía, sin discusiones ni desaires. Sed indulgentes unos con otros, quereos.
Se encamina hacia el jardín. Todos le siguen. A1 poco viene un carro ligero, cubierto, con Lázaro ya.
-¿Vas con el carro?
-Sí, para que no se le cansen las piernas a Lázaro. Adiós, Margziam. Sé bueno. Paz a todos vosotros.
Monta. El carro, haciendo rechinar la fina grava del paseo, sale del jardín para tomar el camino principal.
-¿Vas a Agua Especiosa, Maestro? -grita detrás Tomás.
-No. Una vez más os digo que os comportéis bien.
El caballo parte con un vigoroso trote. El camino, el que va de Betania a Jericó, pasa por esta campiña que va perdiendo su lozanía; cuanto más se baja hacia la llanura, más se nota este languidecer de la hierba.
Jesús piensa. Lázaro guarda silencio, se ocupa sólo de guiar el caballo. Llegados a la llanura (fértil, ya preparada toda para nutrir la semilla de la futura mies, o durmiente en sus viñas como una mujer que poco antes haya dado a luz su fruto y descansa ahora de su dulce fatiga), Jesús hace señal de pararse. Lázaro, obediente, para, y lleva al caballo a un camino secundario que conduce a unas casas lejanas… y explica:
-Aquí estaremos todavía más tranquilos que en el camino grande. Estos árboles nos ocultarán a la vista de muchos.
En efecto, un grupo de árboles bajos y tupidos hacen como de mampara contra la curiosidad de los viandantes. Lázaro está erguido frente a Jesús, esperando.
-Lázaro, necesito mandar lejos a Juan de Endor y a Síntica. La prudencia, como ves, lo aconseja, y también la caridad. Tanto para él como para ella sería una prueba peligrosa, un dolor inútil, el tener noticia de la persecución que se ha desencadenado contra ellos… y que podría -al menos para uno-provocar penosísimas sorpresas.
-En mi casa…
-No. Ni siquiera en tu casa. No los tocarían materialmente, quizás, pero sí los humillarían moralmente.
El mundo es cruel. Destroza a sus víctimas. No quiero que se pierdan así estas dos buenas fuerzas. Por tanto, de la misma forma que un día junté al anciano Ismael con Sara, ahora voy a juntar a mi pobre Juan con Síntica. Quiero que muera en paz, y que no esté solo, y que no lleve consigo la quimera de que se le manda a otro lugar porque es "el ex galeote", sino porque es el discípulo prosélito que puede trasladarse a otro lugar para predicar al Maestro.
Y Síntica le ayudará… Síntica es una gran persona, y será una gran fuerza en y para la Iglesia futura. ¿Me puedes aconsejar a dónde mandarlos? No a Judea, ni a Galilea, ni siquiera a la Decápolis. A los lugares a los que voy Yo, y conmigo los apóstoles y discípulos, no. Al mundo pagano tampoco. ¿Dónde entonces? ¿Dónde, de forma que sean útiles y estén seguros?
-Maestro… yo… ¿Aconsejarte yo a ti…!
No, no. Habla. Tú me amas, no traicionas, amas a quienes amo Yo, no eres restringido de mente como otros.
-Yo… Sí. Te aconsejaría que los mandases a uno de los lugares donde tengo amigos. A Chipre o a Siria. Elige Tú. En Chipre tengo personas de confianza. ¡Y en Siria.., bueno!… Tengo todavía alguna pequeña casa, custodiada por un administrador fiel, más fiel que una ovejita.
¡Nuestro viejo Felipe! Por mí hará todo lo que diga. Y, si me lo concedes, ellos, estos a quienes Israel persigue y Tú estimas, podrán considerarse desde ahora huéspedes míos, seguros en la casa… ¡Oh, no es un palacio! En esa casa vive sólo Felipe con un nieto que se ocupa de los jardines de Antigonio, los amados jardines de mi madre; los hemos conservado para recuerdo de ella. Había llevado a esos jardines las plantas de esencias exóticas de sus jardines judíos… ¡La madre mía!… ¡Con ellas, cuánto bien hacía a los pobres!… Eran su secreta propiedad… Mi madre… Maestro, pronto iré a decirle: “Alégrate, madre buena. El Salvador está en la Tierra". Te esperaba…
Dos hilos de llanto aparecen en el rostro doliente de Lázaro. Jesús lo mira y sonríe. Lázaro recobra los ánimos:
-Pero, hablemos de ti. ¿Te parece un buen lugar?
-Me parece un buen lugar. Una vez más te doy las gracias, por mí y por ellos. Me quitas un gran peso…
-¿Cuándo se marchan? Lo pregunto para preparar una carta para Felipe. Diré que son dos amigos míos de aquí, necesitados de paz. Será suficiente.
-Sí. Será suficiente. Pero, te ruego que ni siquiera el aire sepa nada de esto. ¡Ya lo ves! Me espían…
-Lo veo. No lo hablaré ni siquiera con mis hermanas. Pero, ¿cómo piensas llevarlos allí? Tienes contigo a los apóstoles…
-Ahora subo hasta Aera sin Judas de Simón, Tomás, Felipe y Bartolomé. Entretanto, instruiré a fondo a Síntica y a Juan… para que vayan con una buena provisión de Verdad. Luego bajaré al Merón y de allí a Cafarnaúm. Y allí… y allí enviaré otra vez a los cuatro, con otras misiones; entonces haré que partan para Antioquía los dos. A esto me veo obligado…
-A tener que temer de los tuyos. Tienes razón… Maestro, sufro viéndote afligido…
-Pero tu buena amistad me conforta mucho… Lázaro, gracias… Pasado mañana me marcho y me llevo a tus hermanas. Necesito muchas discípulas para confundir entre ellas a Síntica. Viene también Juana de Cusa. De Merón irá a Tiberiades, porque va a pasar el invierno allí. Eso quiere el marido, para tenerla más cerca, porque Herodes va a volver a Tiberíades una temporada.
-Se hará como deseas. Mis hermanas son tuyas, como lo soy yo, y mis casas, mis criados, mis bienes. Todo es tuyo, Maestro. Utilízalo para el bien. Te prepararé la carta para Felipe. Es mejor que la tengas Tú directamente.
-Gracias, Lázaro.
-Es todo lo que puedo hacer… Si estuviera sano, iría… Cúrame, Maestro, y voy.
-No, amigo. Tengo necesidad de ti así como estás.
-¿A pesar de que no hago nada?
-Aun así. ¡Oh, mi Lázaro! -y Jesús lo abraza y besa.
Suben de nuevo al carro y regresan.
Ahora es Lázaro quien está muy silencioso y pensativo. Jesús le pregunta la razón de ello.
-Pienso que pierdo a Síntica. Me atraían su ciencia y su bondad…
-Le gana Jesús…
-Es verdad. Es verdad. ¿Cuándo te voy a volver a ver, Maestro?
-Para la primavera.
-¿Hasta la primavera no? El año pasado estabas en mi casa para las Encenias…
-Este año voy a complacer a los apóstoles. Pero para el otro año estaré mucho contigo. Te lo prometo.
Betania aparece bajo el sol de Octubre. Están ya casi llegando, cuando Lázaro para el caballo para decir:
-Maestro, bueno será que te deshagas del hombre de Keriot. Tengo miedo de él. No te ama. No me gusta. Nunca me ha gustado. Es sensual y ambicioso. Por eso puede cometer cualquier pecado. Maestro, es él el que te ha denunciado…
-¿Tienes pruebas?
-No.
-Pues entonces no juzgues. No eres muy experto en tus juicios. Acuérdate de que juzgabas inexorablemente perdida a tu María… No digas que es mérito mío. Ella fue la primera en buscarme.
-Eso también es verdad. Pero, en fin, desconfía de Judas.
Poco después entran en el jardín donde están esperando, curiosos, los apóstoles.
La ausencia de cuatro apóstoles, y sobre todo de Judas, hace, por un lado, más íntimo el grupo de los que quedan; por otro, más feliz.
Es verdaderamente una familia -con Jesús y María como cabezas-esta que, dando la espalda a Betania en una mañana serena de Octubre, se dirige hacia Jericó para pasar a la orilla opuesta del Jordán.
Las mujeres marchan agrupadas en torno a María. Sólo falta Analía en el grupo femenino de las discípulas, o sea, en el grupo de las tres Marías, Juana, Susana, Elisa, Marcela, Sara y Síntica. Agrupados en torno a Jesús, Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo, Mateo, Juan y Santiago de Zebedeo, Simón Zelote, Juan de Endor, Hermasteo y Timoneo. Margziam, por su parte, saltando como un cabritillo, va y viene incansable de este grupo a aquél (que caminan a pocos metros uno tras otro). Cargados con pesados talegos, van alegres por el camino dulcemente soleado, por la campiña solemne transida de quietud.
Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas.
Pedro se da cuenta y dice:
-Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre. ¿Sentías nostalgia de esto?
-Me lo ha indicado el Maestro.
-¿Sí? ¡Ésta sí que es buena! ¿Y cómo así?
-No lo sé. Ayer por la noche me dijo: "Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos".
-¡Hay que ver!… Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena. Quizás lo hace por esa mujer. ¡Cuánto sabe, ¿no?! ¿Tú también sabes tantas cosas?
-Casi. Es muy docta.
-De todas formas, no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿no? Qué
-¡No creo! No lo sé. De todas formas, lo puedo llevar también yo… -No, amigo. Me preocupa mucho que no enfermes. ¿No te das cuenta de que estás mal de salud?
-Sí, lo sé. Me siento morir.
-No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm! Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese… ¡Maldita lengua! ¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!… ¿Maestro? ¿Maestro?
-¿Qué quieres, Simón?
-He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volvería a hacer. Perdóname.
-Sí. Trata de no volver a hacerlo.
-Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón…
-Pero, ¿qué dices, hermano? -pregunta Andrés sorprendido.
Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno, torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de
Endor:
-¿Y no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete? Por tanto me quedan todavía 489 perdones. Y llevaré la cuenta escrupulosamente… Todos se echan a reír, incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde: -Mejor sería, niño grande, que es lo que eres, si llevaras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno. Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura, diciendo:
-¡Querido Maestro mío! ¡Qué feliz me siento de estar contigo! ¡Bah! Tú también estás contento… Y entiendes lo que quiero decir. Estamos nosotros solos. Está tu Madre. Está el niño. Vamos a Cafarnaúm. La estación es hermosa… Cinco razones para sentirnos felices. ¡Verdaderamente es hermoso ir contigo! ¿Dónde vamos a detenernos esta noche?
-En Jericó.
-El año pasado en Jericó vimos a la Velada. ¿Quién sabe qué habrá sido de ella?… Me gustaría saberlo… Y hemos encontrado también al de las viñas…
La carcajada de Pedro es tan sonora que contagia a los demás. Se echan a reír todos, recordando la escena del encuentro con Judas de Keriot.
-¡Eres incorregible, Simón! -dice Jesús en tono de reprensión.
-No he dicho nada, Maestro. Me han venido ganas de reír al pensar en su cara cuando nos ha encontrado allí… en sus viñas…
Pedro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe pararse, mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza.
Las mujeres alcanzan a Pedro. María pregunta con dulzura:
-¿Qué te sucede, Simón?
-No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad. Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión. Si acuso con un fondo maligno a alguien, o, peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural. Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen, una cosa que hace reír, como, por ejemplo, recordar la sorpresa de un embustero, su turbación, sus explicaciones para disculparse, y volver a reírme como entonces nos reímos, ¿está también mal?
-Es una imperfección respecto a la caridad. No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia, y ni siquiera como una acusación velada, pero es, de todas formas, una falta de caridad. Es como un hilo sacado en una tela. No es un desgarrón, ni que la tela esté con sumida, pero es algo que va contra la integridad de la tela y su belleza, y facilita deslavazaduras y agujeros. ¿No te parece?
Pedro se restriega la frente y dice un poco avergonzado:
-Sí. No lo había pensado nunca.
-Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer. Hay carcajadas que ofenden a la caridad más que un bofetón. ¿Alguno ha cometido un error? ¿Lo hemos pillado en una mentira o en otra falta? ¿Y entonces? ¿Por qué recordarlo? ¿Por qué hacérselo recordar a otros? Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre: "Si fuera yo el que hubiera faltado, ¿me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?".
Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho. No menees la cabeza. Sé lo que quieres decir… Pero también los culpables los tienen, créelo. Sea siempre tu primer pensamiento:
"¿Desearía eso para mí?". Verás como no volverás a pecar contra la caridad. Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti. Mira a Margziam allí cómo salta y canta feliz. Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar en itinerarios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir. Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas. Haz tú igual.
Abandona todo en Dios, incluso el juicio sobre las personas. Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios, ¿por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar? Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro y entonces dirás: "¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!", y te juzgarás necio por haber querido cargarte antes de tiempo con
tanta responsabilidad. ¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difícil! ¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días? “Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto". Dijo una cosa muy exacta. Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos, y, por tanto, con suma imperfección. Deja de juzgar…
-Sí, María. A ti verdaderamente te lo prometo. ¡Pero yo no sé todas esas cosas maravillosas que sabe Síntica!
-¿Y te apena, hombre? ̀ dice la aludida -¿No sabes que yo quiero desembarazarme de ellas para tomar solamente las cosas que tú conoces?
-¿Lo dices de verdad? ¿Por qué?
-Porque con la ciencia puedes mantenerte en esta tierra, pero con la sabiduría conquistas el Cielo. Lo mío es ciencia, lo tuyo sabiduría.
-¡Pero con tu ciencia has sabido llegar a Jesús! Por tanto, es una cosa buena.
-Mezclada con muchos errores; por eso querría despojarme de ella para revestirme solamente de sabiduría. ¡Fuera las vestiduras engalanadas y vanas! Sea mi vestido el austero y sin externa vistosidad de la sabiduría, que viste con imperecedero vestido no lo corruptible sino lo inmortal. La luz de la ciencia tiembla y vacila; la de la sabiduría resplandece uniforme y siempre constante como es lo Divino de que se genera.
Jesús ha aminorado el paso para oír. Se vuelve y dice a la griega:
-No debes aspirar a despojarte de todo lo que sabes. Lo que debes hacer es entresacar de este saber tuyo aquello que sea un átomo de Inteligencia eterna, conquistado por mentes de innegable valor.
-¿Entonces, esas mentes han encarnado en sí el mito del fuego arrebatado a los dioses?
-Sí, mujer. En este caso, no es que lo hayan arrebatado, sino que han sabido cogerlo cuando la Divinidad los rozaba con sus fuegos, acariciándolos como ejemplares -diseminados entre una humanidad venida a menos-de lo que es el hombre, un ser dotado de razón.
-Maestro, deberías señalarme lo que tengo que conservar y lo que tengo que dejar. No sería buen juez. Y luego, para llenar los espacios vacíos, meter luces de tu sabiduría.
-Ésa es mi intención. Te indicaré hasta dónde es sabio el pensamiento adquirido por ti y lo continuaré desde ese punto hasta el final de la idea verdadera. Para que sepas.
Les vendrá bien también a éstos, destinados a tener muchos futuros contactos con los gentiles.
-No vamos a entender nada -dice con tono de lamento Santiago de Zebedeo.
-Por ahora, poco. Pero llegará el día en que comprendáis, tanto las lecciones de ahora como su necesidad. Tú, Síntica, exponme los puntos que para ti son oscuros.
Durante las pausas de nuestro camino te los iré aclarando.
-Sí, mi Señor. El deseo de mi alma se funde con tu deseo. Yo, discípula de la Verdad; Tú, Maestro. El sueño de toda mi vida: poseer la Verdad.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús regresa con los apóstoles de una gira apostólica por las cercanías de Betania. Debe haber sido una gira breve, porque no traen siquiera los talegos de las provisiones.
Vienen hablando entre ellos. Dicen:
-Ha sido un buen regalo el de Salomón el barquero, ¿no es verdad, Maestro?
-Sí, un buen regalo.
Naturalmente, Judas disiente de los demás:
-No veo mucho de bueno en esa cosa. Nos ha dado lo que ya a él, que es discípulo, no le sirve. No hay motivo para ensalzarlo…
-Una casa siempre viene bien -dice serio el Zelote.
-Si fuera como la tuya. Pero, ¿qué es? Una casucha malsana.
-Es todo lo que tiene Salomón -replica el Zelote.
-Y de la misma forma que él allí se ha hecho viejo sin enfermedades, podremos ir de vez en cuando nosotros. ¿Qué quieres? ¿Todas las casas como la de Lázaro? -añade Pedro.
-No quiero nada. No veo la necesidad de este regalo.
Cuando se fuera a ese lugar, se podría estar en Jericó. Están sólo a unos pocos estadios de distancia. Para unos como nosotros, que parecemos gente perseguida, obligados a caminar siempre, ¿unos pocos estadios qué es?
Jesús interviene, antes de que la paciencia de los otros falle, como ya claros signos lo avisan.
-Salomón, en proporción a sus bienes, ha dado más que nadie. Porque ha dado todo. Lo ha dado por amor. Lo ha dado para ofrecernos un cobijo en caso de que nos coja la lluvia en esa zona poco hospitalaria, o en caso de una crecida del río, y, sobre todo, en caso de que la mala voluntad judía se haga tan fuerte que sea aconsejable interponer entre ella y nosotros el río.
Esto por lo que respecta al regalo. Y el que un discípulo, humilde y rudo, pero muy fiel y lleno de buena voluntad, haya sabido llegar a esta generosidad, que denota en él la clara voluntad de ser para siempre discípulo mío, me procura una gran alegría.
Verdaderamente veo que muchos discípulos con las pocas lecciones que han recibido de mí os han superado a vosotros, que mucho habéis recibido. Vosotros no me sabéis sacrificar, tú especialmente, ni siquiera eso que no cuesta nada: el juicio personal. Tú te lo conservas duro, resistente a cualquier flexión.
-Dices que la lucha contra uno mismo es la más costosa…
-¿Y con eso quieres decirme que me equivoco al decir que no cuesta nada? ¿Es así? ¡Tú sabes bien lo que quiero decir! Para el hombre -y verdaderamente eres un auténtico hombre-sólo tiene valor lo que es comerciable. El yo no se comercia a precio de moneda. A menos que… a menos que uno se venda a alguien esperando un beneficio. Un tráfico ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás.
Es más, mayor, porque además de al alma abraza también al pensamiento, o juicio, o libertad del hombre, llámala como quieras. Existen también estos desdichados… Pero no pensemos en ellos por el momento. He elogiado a Salomón porque veo todo lo bueno que hay en su acto. Y basta así.
Un momento de silencio. Luego Jesús continúa:
-Dentro de algunos días Hermasteo podrá andar sin perjuicio. Yo voy a volver a Galilea. No vendréis todos conmigo. Una parte se quedará en Judea y luego volverá arriba con los discípulos judíos, de forma que estemos todos juntos para la fiesta de las Luces.
-¿Tanto tiempo? ¿Y a quién le va a tocar? -dicen entre sí los apóstoles.
Jesús recoge el cuchicheo y responde:
-Les va a tocar a Judas de Simón, a Tomás, a Bartolomé y a Felipe. Pero no he dicho que haya que estar en Judea hasta la fiesta de las Luces.
Incluso quiero que recojáis o aviséis a los discípulos para que estén para la fiesta de las Luces. Por tanto, iréis, los buscaréis. Los reunís y los avisáis, y, mientras, les ponéis atención y les ayudáis. Luego seguiréis mis pasos trayendo con vosotros a los que hayáis encontrado; para los otros, dejáis dado el aviso de que vengan.
En estos momentos tenemos ya amigos en los principales lugares de Judea. Nos harán este favor de avisar a los discípulos. Después, en el camino de regreso hacia Galilea, por la Transjordania, y sabiendo que Yo iré por Gerasa, Bosra, Arbela, hasta Aera, vais recogiendo a todos los que a mi paso no se hayan atrevido a manifestar su petición de doctrina o milagro y que luego hayan lamentado el no haberlo hecho. Los conduciréis a mí. Estaré en Aera hasta vuestra llegada.
-Entonces convendría salir en seguida -dice el Iscariote.
-No. Saldréis al caer de la tarde del día antes de mi partida. Iréis donde Jonás, al Getsemaní. Allí estaréis hasta el día siguiente. Luego saldréis para Judea. Así podrás ver a tu madre y le servirás de ayuda en este momento de contrataciones agrícolas.
-Ya hace años que ha aprendido a arreglárselas por sí sola.
-¿No te acuerdas de que el año pasado le eras indispensable para la vendimia? -pregunta Pedro no sin una buena dosis de ironía. Judas se pone más rojo que una amapola, afeado por su ira y vergüenza.
Pero Jesús sale al paso de cualquier posible respuesta hablando Él:
-Un hijo siempre sirve de ayuda y de confortación a su madre. Ya hasta Pascua, e incluso después, no te volverá a ver. Por tanto, ve y haz lo que te digo.
Judas no replica ya a Pedro, pero descarga su rabia contra Jesús:
-Maestro, ¿sabes qué tengo que decirte? Que tengo la impresión de que quieres deshacerte de mí, al menos separarme, porque tienes sospechas, porque me crees injustamente culpable de algo, porque me faltas a la caridad, porque…
-¡Judas! ¡Basta! Podría decirte muchas cosas. Sólo te digo: "Obedece".
Jesús se muestra majestuoso al decir esto. Alto, con mirada centelleante y rostro severo… Hace temblar.
Judas también tiembla. Se pone el último de todos, mientras que Jesús se pone a la cabeza, solo. Entre ambos, el grupo enmudecido de los apóstoles.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús está sentado en el patio interior de pórticos de la casa de Betania, el patio que vi abarrotado de discípulos la mañana de la Resurrección de Jesús.
Sentado en un asiento de mármol cubierto de almohadones, apoyadas sus espaldas contra la pared de la casa, rodeado por los dueños de ésta, por los apóstoles y los discípulos Juan y Timoneo, más José y Nicodemo, y por las pías mujeres, está escuchando a Síntica, la cual, erguida, frente a El, parece estar respondiendo a alguna pregunta suya.
Todos, más o menos interesados y en distintas posturas (quién sentado en asientos, quién sentado en el suelo, quién de pie, quién apoyado en las columnas o en la pared, escuchan.
-…Era una necesidad. Para no sentir todo el peso de mi condición. Era no convencerme, un no querer convencerme de estar sola, de ser esclava, de estar exiliada de la patria. Pensar que mi madre; mis hermanos, que mi padre e Ismene, tan tierna y dulce, no estaban perdidos para siempre; sino que, a pesar de que todo el mundo insistía con saña en separarnos, como Roma, que nos había dividido siendo libres y nos había vendido como a bestias de carga, un lugar, más allá de esta vida, nos uniría de nuevo.
Pensar que no es sólo materia nuestro vivir, materia que se encadena, sino que dentro tiene una fuerza libre que ninguna cadena sujeta excepto la cadena voluntaria del vivir en el desorden moral y en la crápula material.
Vosotros a esto lo llamáis "pecado". Aquel y aquellos que eran mi luz en la oscuridad de mi noche de esclava lo definen de otra manera. Pero ellos también admiten que un alma clavada al cuerpo por las pasiones malas y corporales no alcanza lo que vosotros llamáis Reino de Dios y nosotros convivencia en el Hades con los dioses.
Para ello es necesario abstenerse de caer en la materialidad, esforzarse por alcanzar la libertad respecto al cuerpo, dándonos a nosotros mismos un patrimonio de virtud para obtener una feliz inmortalidad y el juntarnos de nuevo con los propios seres queridos.
Pensar que las almas de los muertos no se ven imposibilitadas para ayudar a las almas de los vivos, y sentir, por tanto, junto a una misma el alma materna, encontrar de nuevo su mirada y su voz hablándole al alma de su hija, y poder decir: "Sí, madre. Por ir a ti, sí.
Por no turbar tu mirada, sí. Por no poner lágrimas en tu voz, sí. Por no enlutar el Hades en que vives en paz, sí. Por todo esto mantendré mi alma libre: la única propiedad que tengo y que nadie me puede arrebatar, y que quiero conservar pura para poder razonar según virtud".
Pensar así era libertad y alegría. Y así quise pensar. Y obrar. Porque pensar pero luego obrar con incoherencia respecto al pensamiento no es sino demediada y falsa filosofía. Pensar así significaba construirse de nuevo una patria incluso en el exilio. Una íntima patria en el yo, con sus altares, su fe, su instrucción, sus afectos… Y una patria grande, misteriosa, y al mismo tiempo no misteriosa, por ese "algo" de misterioso que hay en el alma, que sabe que no desconoce el más allá, a pesar de que al presente lo conozca sólo como un marinero conoce desde plena alta mar en una mañana brumosa los detalles de la costa, es decir, confusamente, en boceto, sólo con algún que otro punto netamente delineado, pero suficiente, suficiente para el cansado navegante mortificado por las borrascas, que puede decir: “Allí está el puerto, la paz". La patria de las almas, el lugar de proveniencia… el lugar de la Vida. Porque la vida se engendra de la muerte…
¡Oh, entendía esto a medias, hasta que vine a saber una cosa que Tú habías dicho! Después… después fue como si un rayo de sol hiriera el diamante de mi pensamiento. Todo fue luz, y entendí hasta qué punto acertaban los maestros de Grecia, y cómo después, a falta de un dato, uno sólo, para resolver con equidad el teorema de la Vida y a Muerte, erraban. El dato era: ¡el verdadero Dios, Señor y Creador de todo cuanto existe!
¿Puedo nombrarlo con estos labios míos paganos? Sí, sí puedo. Porque de Él vengo, como todos. Porque ha puesto capacidad en las mentes de los hombres todos, y en los más sabios una inteligencia superior, en virtud de la cual verdaderamente muéstranse semidioses de ultrahumana potencia. Sí, porque Él les hizo escribir aquellas verdades que son ya religión, si no divina como la tuya, moral, capaz de mantener "vivas" a las almas no en este espacio de tiempo que dura la estancia aquí en la tierra sino siempre.
Después entendí lo que quería decir: "la vida se genera de la muerte". El que lo dijo estaba no como uno totalmente ebrio, pero sí con la inteligencia cargada. Dijo una frase sublime, pero no la entendió enteramente. Yo -perdona, Señor, mi orgullo-yo entendí más que él, y desde ese momento soy feliz.
-¿Qué comprendiste?
-Que esta existencia no es sino el principio embrional de la vida, que la verdadera Vida empieza cuando la muerte nos da a luz… para el Hades, como pagana, para la Vida eterna, como creyente en Ti ¿Me equivoco?
-Es como dices, mujer -aprueba Jesús.
-Nicodemo interrumpe:
-Pero, ¿cómo es que tuviste noticia de las palabras del Maestro?
-Quien tiene hambre busca comida, señor. Yo buscaba mi comida. Siendo lectora -porque era culta y tenía una bonita voz y una buena pronunciación-, podía leer mucho en las bibliotecas de mis amos. Pero no me sentía saciada todavía. Sentía que había otra realidad al otro lado de las paredes historiadas de ciencia humana, y, cual prisionera en cárcel de oro, golpeaba con los nudillos, trataba de forzar las puertas para salir, para encontrar… Viniendo a Palestina con el último amo, temía caer en las tinieblas… sin embargo, venía hacia la Luz.
Cada palabra de los siervos de Cesárea era un golpe de pico que iba resquebrajando las paredes y abriendo agujeros cada vez mayores por los que entraba tu Palabra. Yo recogía estas palabras y noticias. Como un niño que ensarta perlas, me las alineaba y me adornaba con ellas, y sacaba fuerzas de ellas para estar cada vez más purificada para recibir la Verdad. En la catarsis sentía que hallaría. Ya desde la tierra.
A costa de la vida quise ser pura para el encuentro con la Verdad, con la Sabiduría, con la Divinidad. Señor, estoy diciendo palabras sin juicio. Éstos me miran atónitos. Pero has sido Tú quien me las ha pedido…
-Habla, habla. Es necesario.
-Con fortaleza y templanza he resistido a las presiones externas. Bastaría que hubiera querido y habría podido ser libre y feliz, según el mundo. Pero no quise trocar el saber por el placer. Porque sin sabiduría no es útil tener las otras virtudes.
Él, el filósofo, lo dijo: “Justicia, templanza y fortaleza, separadas del saber, son semejantes a un escenario pintado, virtudes verdaderamente de esclavos sin nada firme y real". Quería tener cosas reales. El amo, necio, hablaba de ti en mi presencia. Entonces fue como si las paredes se transformasen en velos. Bastaba con querer para rasgar el velo y unirse a la Verdad. Y lo hice.
-No sabías que nos ibas a encontrar -dice el Iscariote.
-Sabía creer que el dios premia la virtud. No quería ni oro, ni honores, ni libertad física, ni siquiera la libertad física; lo que quería era la Verdad. A Dios le pedía esto, o morir.
Quería que me fuera evitada la humillación de acabar siendo sólo un "objeto" y, más todavía, de consentir en serlo. Renunciando a todo lo corporal en mi búsqueda de ti, ¡oh, Señor!, porque buscar por medio del sentido es siempre imperfecto -Tú lo viste cuando huí al verte, engañada por mis ojos- me abandoné al Dios que está sobre nosotros y en nosotros y que de sí informa el alma. Y te encontré porque el alma me condujo a ti.
Habla otra vez el Iscariote y dice:
-Tu alma es pagana.
-Pero el alma tiene siempre en sí misma algo de lo divino, especialmente cuando, con esfuerzo, se ha preservado del error… Y, por tanto, tiende a las cosas que tienen su misma naturaleza.
-¿Te estás comparando con Dios?
-No.
-Entonces, ¿por qué dices eso?
-¿Cómo? ¿Y me lo preguntas tú, que eres discípulo del Maestro? ¿A mí, que soy griega y libre desde hace poco? ¿No escuchas cuando habla? ¿O es que en ti el fermento del cuerpo es tal que te obceca? ¿No dice siempre Él que somos hijos de Dios? Pues entonces somos dioses, si somos hijos del Padre, de ese Padre suyo y nuestro de que habla siempre. Me podrás reprochar falta de humildad, pero no que soy una incrédula y una distraída.
-¿Así que te crees más que yo? ¿Crees haber aprendido todo con tus libros de tu Grecia?
-No. Ni una cosa ni la otra. De todas formas, los libros de los sabios, de cualquier lugar que sean, me han dado ese mínimo para tenerme en pie. No pongo en duda que un israelita sea más que yo. Pero estoy contenta con esta suerte mía que de Dios me viene. ¿Qué más puedo desear? Encontrando al Maestro he encontrado todo. Y pienso que ello era destino, porque verdaderamente veo que hay un Poder que vela sobre mí y que me ha designado un gran destino; yo, sintiéndolo bueno, no he hecho más que secundarlo.
-¡Bueno! Has sido esclava, y de amos crueles… Si el último te hubiera atrapado de nuevo, por ejemplo, ¿cómo habrías secundado el destino, tú, que tan sabia eres?
-¿Te llamas Judas, verdad?
-Sí… ¡y qué quieres decir?
-Quiero decir… Nada. Quiero recordar tu nombre además de tu ironía. Mira que la ironía es desaconsejable incluso en los virtuosos… ¿Cómo habría secundado el destino?
Quizás me habría matado. Porque, realmente, hay casos en que es mejor morir que vivir, a pesar de que el filósofo diga que ello no es correcto y que es cosa impía el procurarse este bien por propia iniciativa porque los dioses son los únicos que tienen derecho a llamarnos.
Esto de esperar una señal de los dioses para hacerlo ha sido lo que siempre me ha refrenado en medio de las cadenas de mi triste suerte. Pero esta vez, si me hubiera capturado mi repulsivo amo, habría visto la señal suprema, y habría preferido morir a vivir. Yo, hombre, también tengo una dignidad.
-¿Y si ahora te atrapara de nuevo? Estarías en las mismas condiciones…
-Ahora ya no me mataría. Ahora sé que la violencia contra la carne no hiere al espíritu que no consiente. Ahora resistiría hasta que me doblegasen con la fuerza, hasta morir a causa de las violencias. Porque interpretaría también esta violencia como señal con la que Dios me llamaría a su presencia. Ahora moriría tranquila, sabiendo que perdería algo perecedero.
-Bien has respondido, mujer -dice Lázaro, y Nicodemo también aprueba.
-El suicidio nunca está permitido -dice el Iscariote.
-Muchas son las cosas prohibidas, y no se respeta la prohibición.
-Tú, Síntica, debes pensar que Dios, de la misma forma que te ha guiado siempre, te habría preservado también de la violencia sobre ti misma. Ahora ve. Te agradecería que me buscases al niño y me lo trajeses -dice Jesús dulcemente.
La mujer se prosterna hasta tocar el suelo y se marcha. Todos la siguen con la mirada. Lázaro susurra:
-¡Y siempre es así! No logro entender cómo las cosas que en ella han significado "vida", para nosotros de Israel han significado "muerte". Si tienes modo de continuar examinándola, verás que precisamente ese helenismo que nos ha corrompido a nosotros, que ya poseíamos una Sabiduría, a ella la ha salvado. ¿Por qué?
-Porque los caminos del Señor son admirables, y Él se los abre a quien lo merece. Ahora, amigos, os saludo porque declina la tarde. Estoy contento de que todos vosotros hayáis oído hablar a la griega. De la constatación de que Dios se revela a los mejores, sacad la lección de que excluir de las filas de Dios a todos aquellos que no son de Israel es odioso y peligroso. Que esto os sirva de norma para el futuro… No murmures Judas de Simón.
Y tú, José, no tengas escrúpulos que no vienen a cuento.
Ninguno de vosotros se ha contaminado en nada por haber estado al lado de una griega. Ocupaos, eso sí, de no estar con el demonio o darle cabida en vosotros. Adiós José, adiós Nicodemo. ¿Os voy a poder ver otra vez mientras estoy aquí? Ahí está Margziam… Ven, niño, saluda a los jefes del Sanedrín. ¿Qué les dices?
-La paz sea con vosotros, y… digo también: a la hora del incienso pedid por mí.
-No lo necesitas, niño. Pero, ¿por qué precisamente a esa hora?
-Porque la primera vez que entré en el Templo con Jesús, me habló de la oración del atardecer… ¡Oh, qué bonito!…
-¿Y tú vas a orar por nosotros? ¿Cuándo?
-Rezaré… rezaré por la mañana y al atardecer. Para que Dios os preserve del pecado de día y de noche.
-¿Y qué vas a decir, niño?
-Diré: "Señor Altísimo, haz de José y Nicodemo unos verdaderos amigos de Jesús". Será suficiente, porque quien es amigo verdadero no apena al amigo. Y quien no apena a Jesús está seguro de poseer el Cielo.
-¡Que Dios te conserve así, niño! -dicen los dos miembros del Sanedrín mientras lo acarician.
Luego saludan al Maestro, después a la Virgen y a Lázaro en particular, y a todos los demás en grupo, y se marchan.
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús, con los apóstoles y discípulos, va camino de Betania. Está precisamente hablando con los discípulos; les está dando la orden de separarse: los judíos irán por Judea, los galileos subirán por la Transjordania, anunciando al Mesías.
Esto último despierta alguna objeción. Me parece que la Transjordania no gozaba de buena fama entre los israelitas. Hablan de ella casi como de regiones paganas. Pero ello ofende a los discípulos de esta zona. Entre ellos están el arquisinagogo de Agua Especiosa -la voz más autorizada-y también un joven cuyo nombre desconozco; y defienden enfervorizadamente a sus ciudades y paisanos.
Timoneo dice:
-Ven a Aera, Señor. Verás como allí te respetan. No encontrarás en Judea tanta fe como allí. 0, mejor: yo no quiero ir. Tenme contigo. Que vaya un judío con un galileo a mi ciudad. Verán cómo ha sabido creer en ti sólo por mi palabra.
Y el joven dice:
-Yo he sabido creer sin haberte visto ni siquiera una vez. Después del perdón de mi madre, te he buscado. De todas formas, me gustaría volver, a pesar de que ello comporte burlas de los malos del lugar, malos como era yo antes, y reproches de los buenos por mi pasada conducta. Pero no me importa. Te predicaré con mi ejemplo.
-Bien dices. Harás como has dicho. Luego subiré Yo. Tú también. Timoneo, has hablado con buen juicio. Irán, pues, Hermas y Abel de Belén de Galilea a anunciarme a Aera, mientras que tú, Timoneo, te quedarás conmigo. Pero no quiero estas discusiones. Ya no sois ni judíos ni galileos; sois los discípulos. Es suficiente. El nombre y la misión os equiparan en región, en grado, en todo. Sólo os podéis diferenciar en una cosa, en la santidad: la santidad será individual y tendrá la medida que cada uno sepa alcanzar. De todas formas, quisiera que tuvierais todos la misma medida, la perfecta. ¿Veis a los apóstoles? Estaban como vosotros, divididos por razas u otras cosas.
Ahora, después de más de un año de instrucción, son únicamente los apóstoles. Haced vosotros lo mismo, de forma que, como entre vosotros el sacerdote convive con el que fue pecador, el rico con el que fue mendigo, el joven junto al hombre longevo, haced que se anule la separación de pertenecer a esta o aquella región. Tenéis una sola patria: el Cielo. Porque habéis emprendido voluntariamente el camino que lleva al Cielo. No deis nunca a mis enemigos la impresión de ser enemigos entre vosotros. El enemigo es
el pecado, y ningún otro.
Avanzan en silencio un rato. Luego, Esteban se acerca al Maestro y dice:
-Tendría que decirte una cosa. He esperado a que me la preguntes, pero no lo has hecho. Ayer me habló Gamaliel…
-Lo vi.
-¿No me preguntas lo que me dijo?
-Espero a que me lo digas tú, porque el buen discípulo no tiene secretos para su Maestro.
-Gamaliel… Maestro, ven unos metros delante conmigo…
-Vamos, sí. Pero podías hablar en presencia de todos…
Se adelantan unos metros. Esteban, ruborizado, dice:
-Debo darte un consejo, Maestro. Perdóname…
-Si es bueno, lo aceptaré. Habla.
-Maestro, en el Sanedrín todo se sabe antes o después. Es una institución que tiene mil ojos y cien tentáculos. Penetra por todas partes, ve todo, oye todo. Sus informadores superan en número a los ladrillos de los muros del Templo. Muchos viven así…
-Como espías. Termina, sí. Es verdad. Lo sé. ¿Y entonces?
¿Qué han dicho, más o menos verdadero, en el Sanedrín?
-Han dicho… todo. No sé cómo se las arreglan para saber ciertas cosas. Ni siquiera sé si son o no verdaderas…
Pero te digo que me ha dicho Gamaliel textualmente: "Di al Maestro que haga circuncidar a Hermasteo, o que, si no, que lo separe del grupo, para siempre. No hace falta decir nada más"
-Efectivamente, no hace falta decir nada más. Ante todo, porque si voy a Betania es precisamente para esto; estaré allí hasta que Hermasteo pueda viajar de nuevo. En segundo lugar, porque ninguna justificación podría demoler las prevenciones y… las exageradas reservas de Gamaliel, que está escandalizado por el hecho de que lleve conmigo a un incircunciso de un miembro del cuerpo. ¡Ay, si mirase a su alrededor y dentro de sí!, ¡cuántos incircuncisos en Israel.
-Pero Gamaliel…
-Es el perfecto representante del viejo Israel. No es malo, pero… Mira este canto. Podría romperlo, pero no lo haría maleable. Lo mismo él. Deberá ser triturado para adquirir nueva forma. Y lo haré.
-¿Quieres hacer la guerra a Gamaliel? ¡Atento, porque es poderoso!
-¿Hacerle la guerra, como si fuese un enemigo? No. Al contrario de presentarle batalla, lo amaré, complaciéndole en un deseo para su cerebro momificado, y derramando sobre él un bálsamo que ha de disgregarlo para darle forma nueva.
-Pediré yo también para que esto se cumpla, porque lo quiero. ¿Hago mal?
-No. Debes amarlo orando por él; y lo harás, ciertamente lo harás. Es más, serás tú precisamente el que me ayude a elaborar el bálsamo… En todo caso, dile a Gamaliel, para que se tranquilice, que ya había pensado en Hermasteo, y que le agradezco el consejo.
Bien, hemos llegado a Betania. Detengámonos. Hemos llegado al lugar en que nos separaremos. Quiero bendeciros a todos.
Y se reúne de nuevo con el espeso y único grupo de los apóstoles y discípulos. Los bendice y se despide de ellos, de todos menos de Hermasteo, Juan de Endor y Timoneo.
Luego, con los que se han quedado, recorre ligero los pocos pasos que todavía le separan de la cancilla del jardín de Lázaro (ya abierta de par en par para recibirlo).
Entra alzando la mano para bendecir a la casa hospitalaria. En el vasto parque, distanciados, están los dueños de la casa y las pías mujeres, que ríen de las carreras de Margziam por los senderos ornados con las últimas rosas. Además de los dueños y las mujeres, cuando éstas gritan, aparecen por un sendero José de Arimatea y Nicodemo, que también gozan de la hospitalidad de Lázaro para que así puedan estar tranquilamente con el Maestro Acuden todos a recibir a Jesús: María, con su dulce sonrisa; María de Magdala, con su grito de amor:
«¡Rabbuní!»; Lázaro, cojeando: luego, los dos solemnes miembros del Sanedrín; al final, las pías mujeres de Jerusalén y Galilea, rostros marcados de arrugas y rostros lisos de mujeres jóvenes, y, dulce como la de un ángel, la carita virginal de Analía, que se ruboriza al saludar al Maestro.
-¿No está Síntica? -pregunta Jesús después de los primeros saludos.
-Con Sara, Marcela y Noemí, adornando las mesas. Pero… ahí llegan.
Llegan, en efecto, junto con la anciana Ester de Juana: dos caras marcadas por la edad y por los dolores pasados, en medio de otras dos caras serenas, y -distinto por la raza y por todo un no sé qué que distingue a Síntica- el rostro grave, aunque luminoso de paz, de la griega.
No podría tampoco definirla como una belleza en el verdadero sentido de la palabra. Y, no obstante, si me refiero a sus ojos, de un negro mitigado con tonalidades de añil oscurísimo bajo una frente alta y nobilísima, impresionan más aún que su cuerpo, que, eso sí, es sin duda más hermoso que la cara. Un cuerpo esbelto sin ser delgado, proporcionado, armónico en su caminar y en sus ademanes.
Pero lo que impresiona es la mirada, esta mirada inteligente, abierta, profunda, que parece aspirar el mundo, seleccionarlo, retener lo bueno, lo útil, lo santo, y rechazar todo lo malo, esta mirada sincera que se deja hurgar hasta las mayores profundidades y a través de la cual el alma se asoma a escrutar a quien se le acerca. Si es verdad que los ojos permiten conocer al individuo, yo digo que Síntica es mujer de juicio seguro y de firmes y honestos pensamientos.
Ella también se arrodilla con las otras, y espera a alzarse a que el Maestro lo diga.
Jesús sigue por el verde jardín hasta el pórtico que precede a la casa y entra luego en una sala donde los domésticos están preparados para ofrecer refrigerio a los recién llegados y ayudarlos en las purificaciones de antes de la comida. Todas las mujeres se retiran. Jesús se queda con los apóstoles en la sala. Juan de Endor con Hermasteo van a la casa de Simón Zelote para dejar los fardos de que se han cargado.
-¿Ese joven que ha salido con Juan el bizco es el filisteo que has aceptado? -pregunta José.
-Sí, José. ¿Cómo lo sabes?
-Maestro… Yo y Nicodemo llevamos ya algunos días preguntándonos cómo es que lo sabemos, y cómo es que lo saben los otros del Templo, por desgracia. Lo cierto es que lo sabemos. Antes de los Tabernáculos, durante la sesión que precede siempre a las fiestas, algunos fariseos dijeron que sabían con precisión que a tus discípulos se habían unido un filisteo incircunciso y una pagana, además de… -perdona, Lázaro-las pecadoras conocidas y desconocidas, y de los publicanos -perdona, Mateo hijo de Alfeo-, y de los ex presidiarios. Por lo que respecta a la pagana, que es ciertamente Síntica, se comprende que se pueda saber, o por lo menos intuir.
El jaleo que preparó el romano fue grande, y ha sido objeto de carcajadas entre los de su ambiente y entre los judíos… incluso porque fue, quejumbroso y amenazador al mismo tiempo, a buscar por todos los rincones a su fugitiva, e importunó incluso a Herodes, porque decía que se había escondido en casa de Juana y que el Tetrarca debía imponer a su oficial que la entregase a su amo. Ahora bien, que, entre tantos hombres como te siguen, se sepa que uno es filisteo e incircunciso, y otro es un ex presidiario… es extraño, muy extraño. ¿No te parece?
-Sí y no. Tomaré oportunas medidas para Síntica y para el ex presidiario.
-Sí. Bien harás. Sobre todo, en desprenderte de Juan. No está bien entre tus seguidores.
-José, ¿ahora eres fariseo? -pregunta severo Jesús.
-No… Pero…
-¿Debería, por un estúpido escrúpulo del peor fariseísmo, humillar a un alma regenerada? ¡No lo haré! Me ocuparé de su tranquilidad. De la suya, no de la mía. Velaré por su formación, como también velo por la del inocente Margziam.
¡En verdad, no hay diferencia entre el desconocimiento espiritual de uno y otro!: uno de ellos está empezando a decir palabras de sabiduría porque Dios lo ha perdonado, porque ha renacido en Dios, porque Dios ha abrazado al pecador; el otro las dice porque, pasando de una niñez abandonada a una adolescencia custodiada por el amor del hombre además del de Dios, abre su alma al sol como una corola, y el Sol lo ilumina con su propia Luz; su Sol: Dios.
Y el primero se aproxima a decir las últimas palabras… ¿No tenéis ojos para ver que se está consumiendo de penitencia y amor? ¡Ya querría tener muchos Juanes de Endor en Israel y entre mis adictos! Querría que tú, José, y tú, Nicodemo, tuvierais un corazón como el suyo, y, sobre todo, que lo tuviera su delator, esa abyecta serpiente que se cela bajo apariencia de amigo, y que espía antes de asesinar; esa serpiente que envidia las alas del pájaro, y que lo acosa para arrancárselas y meterlo en la prisión. ¡Ah! ¡No! El ave está ya para transformarse en ángel. Aunque la serpiente pudiera -no podrá-arrancarle las alas, éstas se transformarían en su cuerpo glutinoso en alas de demonio. Todo delator es ya un demonio.
-¿Dónde estará el tal delator? Decídmelo, para que pueda ir inmediatamente a arrancarle la lengua -exclama Pedro.
-Sería mejor que le arrancases los dientes del veneno -dice Judas de Alfeo.
-¡No, hombre, no! ¡Mejor estrangularlo! Así no hará ya ningún daño con nada. Son seres que siempre pueden causar daños… -dice resueltamente el Iscariote.
Jesús fija en él sus ojos y termina:
-… Y mentir. Pero ninguno debe hacer nada contra él. Es quebranto, por ocuparse de la culebra dejar perecer al ave. Por lo que respecta a Hermasteo, voy a estar aquí un tiempo, en casa de Lázaro precisamente, para su circuncisión; él abraza, por amor a mí y para evitar persecuciones de las restringidas mentes hebreas, la religión santa de nuestro pueblo. No es sino tránsito de las tinieblas a la luz. Y no es necesario para que un corazón reciba la luz. De todas formas, lo concedo para calmar las susceptibilidades de Israel y para poner de manifiesto la verdadera voluntad de este filisteo de llegar a Dios.
Ahora bien, os digo que en el tiempo del Cristo no es necesario esto para ser de Dios. Basta la voluntad y el amor, basta la rectitud de conciencia. ¿Y dónde vamos a circuncidar a la griega? ¿En qué punto de su espíritu, si por sí sola ha sabido sentir a Dios mejor que muchos en Israel? En verdad, entre los presentes muchos son tinieblas respecto a los que despreciáis como tinieblas. En todo caso, el delator y vosotros, miembros del Sanedrín, podéis informar a quien haya que hacerlo de que el escándalo, desde hoy mismo, está eliminado.
-¿Para quién? ¿Para los tres?
-No, Judas de Simón. Para Hermasteo. Ya me encargaré de los otros. ¿Tienes algo más que preguntar?
-Yo no, Maestro.
-Y Yo tampoco tengo más que decirte. Sin embargo, a vosotros os pregunto, si lo sabéis, qué es del amo de Síntica.
-Pilatos lo mandó a Italia con el primer barco que tuvo a mano, para no tener complicaciones con Herodes y con los hebreos en general. Pilatos está pasando momentos difíciles… y ya le bastan… -dice Nicodemo.
-¿Esta noticia es segura?
-Si quieres, Maestro, puedo asegurarme -dice Lázaro.
-Sí, hazlo. Y luego dime la verdad.
-Pero en mi casa Síntica está igualmente segura.
-Lo sé. También Israel tutela a una esclava que haya huido de su amo extranjero y cruel. Pero quiero saberlo.
-Y yo quisiera saber quién es el delator, el informador, el gracioso espía de los fariseos… y -esto se puede saber y lo quiero saber-quiénes son los fariseos denunciadores. Que salgan los nombres de los fariseos y de su ciudad.
Me refiero a los fariseos que han hecho la bonita obra de informar -previa traición de uno de nosotros, porque sólo nosotros sabemos ciertas cosas, nosotros los discípulos antiguos y nuevos-de informar al Sanedrín sobre las cosas que hace el Maestro, cosas que son todas justas; y es un demonio el que diga y piense lo contrario, y…
-Y basta, Simón de Jonás. Te lo ordeno.
-Y yo obedezco, aun a costa de que se me revienten las venas del corazón por el esfuerzo. En todo caso, lo bonito de esta jornada ya se ha perdido…
-No. ¿Por qué? ¿Ha cambiado algo entre nosotros?
¿Entonces? ¡Oh, Simón mío! Ven aquí a mi lado, hablemos de las cosas buenas…
-Vienen a decirnos que es la hora de la comida, Maestro -dice Lázaro.
-Pues vamos entonces…
por makf | 4 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús se dirige al Templo. Le preceden en grupos los discípulos, le siguen en grupo las discípulas, es decir, su Madre, María Cleofás. María Salomé, Susana, Juana de Cusa, Elisa de Betsur, Analía de Jerusalén, Marta y Marcela. No está la Magdalena. En torno a Jesús, los doce apóstoles y Margziam.
Jerusalén muestra la pompa de las ocasiones solemnes.
Gente de todos los lugares en todas sus calles. Cantos, discursos, murmullo de oraciones, imprecaciones de asnerizos, algún llanto de niño. Cubriéndolo todo, un cielo nítido que se deja ver entre las casas, y un sol que desciende alegre a dar vivacidad a los colores de los vestidos, a encender los mortecinos colores de las pérgolas y árboles que acá o allá se vislumbran tras las tapias de los jardines recintados o de los antepechos de las terrazas.
Hay veces que Jesús se cruza con personas conocidas; entonces el saludo es más o menos deferente, según la disposición de éstas. Así, es respetuosísimo, aunque gravedoso, el de Gamaliel, que mira fijamente a Esteban; éste le sonríe desde el grupo de los discípulos (Gamaliel, después de inclinarse ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras, y luego Esteban regresa al grupo).
De veneración es el saludo del anciano arquisinagogo Cleofás de Emaús, que se dirige con sus paisanos al Templo.
Desabrido como una maldición, el saludo de respuesta de los fariseos de Cafarnaúm.
Los campesinos de Jocanán, capitaneados por el administrador, saludan echándose al suelo y besando los pies de Jesús entre el polvo del camino. La gente, extrañada, se detiene a observar a este grupo de hombres que, en un cruce de calles, se arroja con un grito a los pies de un hombre joven, que no es ni un fariseo ni un famoso escriba, que no es ni un sátrapa ni un alto cortesano. Alguno pregunta que quién es. Corre un murmullo:
-Es el Rabí de Nazaret, el que se dice que es el Mesías.
Entonces, prosélitos y gentiles se arremolinan, curiosos, de forma que empujan al grupo hacia una pared y crean un atasco en la minúscula placita; hasta que un grupo de arrieros los disgrega gritando imprecaciones contra el obstáculo. Mas la multitud, exigente, brutal en esta manifestación suya que es también de fe, se aglomera de nuevo, separando las mujeres de los hombres. Todos quieren tocar el vestido de Jesús, decirle una palabra, hacerle alguna pregunta… esfuerzo inútil, porque esa misma prisa, esa ansia, ese nerviosismo por pasar adelante rechazándose unos a otros, hace que ninguno pueda llegar. Las preguntas y respuestas se confunden también en un único rumor incomprensible.
El único que se abstrae de la escena es el abuelo de Margziam. Ha respondido con un grito al grito de su nietecito, y, enseguida, tras venerar al Maestro, ha estrechado contra su corazón al nieto, y luego, todavía apoyado sobre los talones, ambas rodillas en tierra, lo ha sentado en su regazo, y lo admira y acaricia con lágrimas y besos de dicha mientras le pregunta y escucha. El anciano se siente tan feliz que está ya en el Paraíso.
Acuden los soldados romanos, creyendo que hay alguna pelea. Se abren paso. Pero sonríen cuando ven a Jesús, y, limitándose a aconsejar a los presentes que dejen libre ese importante cruce, se retiran tranquilos. Jesús obedece inmediatamente, aprovechando el espacio que crean los romanos, que van unos pasos delante de Él como para abrirle camino, aunque en realidad es para volver a su puesto de piquete, porque la guardia romana ha sido reforzada mucho, como si Pilatos fuera al corriente de un descontento entre la muchedumbre y temiera amotinamientos en estos días en que Jerusalén está colmada de hebreos procedentes de todas partes. Y es bonito verlo caminar precedido por este grupo armado romano, como un rey al que se va abriendo paso cuando se dirige a sus posesiones.
Cuando ha empezado a moverse ha dicho al niño y al anciano:
-Estad juntos y seguidme – y al administrador de Jocanán: “Te ruego que me dejes a tus hombres. Serán invitados míos hasta la noche”.
El administrador responde obsequioso:
-Hágase todo lo que quieras -y, tras un respetuoso saludo, se marcha solo.
El Templo está ya cerca, y el bullicio de la multitud, como movimiento de hormigas junto a la entrada del hormiguero, es aún mayor. En esto, un campesino de Jocanán grita:
-¡El amo! -y cae de rodillas para saludar, y lo imitan los demás.
Jesús está en pie en medio de un grupo de hombres postrados (porque los campesinos se habían arrimado bien a Él). Vuelve la mirada hacia el lugar señalado y encuentra la mirada de un fariseo pomposamente vestido, que no me resulta nuevo pero que no sé dónde lo he visto.
El fariseo Jocanán está con otros de su casta: un montón de preciosos tejidos, de franjas, hebillas, cinturones, filacterias; todo de dimensiones exageradas respecto a lo común. Jocanán fija su atención en Jesús: es una mirada de pura curiosidad, aunque no irreverente. Es más, lo saluda: estirado, apenas una inclinación de cabeza… pero al fin y al cabo es un saludo, al cual Jesús responde con deferencia.
También lo saludan otros dos o tres fariseos, mientras que otros miran despreciativos o fingen mirar a otra parte; sólo uno lanza una ofensa (seguro, porque veo que los que van en torno a Jesús se sobresaltan, y el mismo Jocanán se vuelve de repente para fulminar con la mirada al ofensor, que es un hombre más joven que él, de facciones marcadas y duras).
Una vez rebasados, cuando ya los campesinos se atreven a hablar, uno de ellos dice:
-El que te ha maldecido es Doras, Maestro.
-Déjalo. Os tengo a vosotros, que me bendecís -dice tranquilo Jesús.
Apoyado en el intradós de un arco, junto con otros, está Manahén, el cual, en cuanto ve a Jesús, alza los brazos acompañando el gesto con una exclamación de alegría:
-¡Éste es un día jubiloso, porque te he encontrado! -y viene hacia Jesús, seguido por los que lo acompañan. Lo venera bajo el umbrío arco que hace retumbar las voces como si fuera una cúpula.
Precisamente mientras lo está venerando, pasan, rozando al grupo apostólico, los primos Simón y José con otros nazarenos… y no saludan… Jesús los mira apenado, pero no dice nada.
Judas y Santiago, agitados, cambian recíprocamente unas palabras, y Judas, encendido su rostro de indignación, inútilmente sujetado por su hermano, echa a correr tras ellos. Pero Jesús lo llama con un tan imperioso: « ¡Judas, ven aquí!», que el inquieto hijo de Alfeo se vuelve para atrás… -Déjalos. Son semillas que todavía no han sentido la primavera. Déjalos que estén en la sombra del avariento terrón. Penetraré igualmente, aunque éste se transformase en jaspe cerrado en torno a la semilla. Lo haré a su tiempo.
Más fuerte que la respuesta de Judas de Alfeo resuena el llanto de María de Alfeo, desolada: un llanto largo, propio de una persona abatida… Pero Jesús no se vuelve para consolarla, a pesar de que se oiga bien nítido ese lamento bajo el arco lleno de ecos.
Sigue hablando con Manahén, el cual le dice:
-Éstos que están conmigo son discípulos de Juan. Quieren, como yo, ser tuyos.
-Paz a los buenos discípulos. Allá delante están Matías, Juan y Simeón, conmigo para siempre. Os recibo a vosotros como los recibí a ellos, porque Yo amo todo lo que me viene del santo Precursor.
Llegan a los muros del Templo.
Jesús da órdenes al Iscariote y a Simón Zelote para las compras y ofrendas de rito. Luego llama al sacerdote Juan y dice:
-Tú, que eres de este lugar, te encargarás de invitar a algún levita que sepas que es digno de conocer la Verdad. Porque verdaderamente este año puedo celebrar una fiesta de alegría. Nunca volverá a ser tan dulce el día…
-¿Por qué, Señor? -pregunta el escriba Juan.
-Porque os tengo a todos en torno a mí, o con la presencia visible o en espíritu.
-¡Siempre estaremos! Y, con nosotros, muchos otros -asegura con vehemencia el apóstol Juan, secundado en coro por todos los demás. Jesús sonríe y calla mientras el sacerdote Juan, con Esteban, se adelanta, al Templo, para cumplir la orden. Jesús le grita detrás:
-Nos encontraréis en el pórtico de los Paganos.
Luego entran, y, casi enseguida, se topan con Nicodemo, el cual hace un gesto respetuoso de saludo; no se acerca a Jesús, pero le dirige una sonrisa de avenencia llena de paz.
Las mujeres, no pudiendo ir más allá, se detienen. Mientras, Jesús con los hombres va a la oración, al lugar de los hebreos, y luego, cumplidos todos los ritos, se vuelve para reunirse con los que lo esperan en el pórtico de los Paganos.
Los pórticos, vastísimos y altísimos, están llenos de gente que escucha las lecciones de los rabíes. Jesús se dirige a donde ve que están parados los dos apóstoles y los dos discípulos que había mandado delante. Enseguida se forma un círculo alrededor de Él; a los apóstoles y discípulos se unen otras, numerosas personas que estaban, acá o allá, entre la muchedumbre que llena el patio marmóreo. Tanta es la curiosidad, que hasta algunos alumnos de rabíes -no sé si espontáneamente o mandados por sus maestros-se acercan al círculo que se ciñe en torno a Jesús.
Él, sin rodeo alguno, dice:
-¿Por qué os apiñáis alrededor de mí? Responded. Tenéis rabíes conocidos y sabios, bienquistos de todos; Yo soy el Desconocido y el Malquisto. ¿Por qué, pues, venís a mí?
-Porque te amamos -dicen algunos, y otros: «Porque tienes palabras distintas de los otros», y otros: «Para ver tus milagros», y «Porque hemos oído hablar de ti», y «Porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna y obras que corresponden a las palabras», y en fin: «Porque queremos unirnos a tus discípulos».
Jesús mira a cada uno según va hablando, como para traspasarlos con la mirada y leer los más ocultos sentimientos; alguno, no resistiendo esa mirada, se aleja, o, cuanto menos, se esconde detrás de una columna o de gente más alta.
Jesús continúa:
-¿Pero sabéis qué quiere decir y qué es el hecho de seguirme? Doy respuesta solamente a estas palabras, porque la curiosidad no merece respuesta, y porque quien tiene hambre de mis palabras, como consecuencia, me ama y desea unirse a mí. Por tanto, los que han hablado se clasifican en dos grupos: los curiosos, de los cuales no me ocupo, y los que ponen buena voluntad; a éstos los adoctrino sin engaño acerca de la severidad de esta vocación.
Venir a mí como discípulo quiere decir renuncia de todos los amores en aras de un solo amor: el mío. Amor egoísta a uno mismo: amor culpable a las riquezas, a la sensualidad o el poder; amor justo a la propia esposa; santo, hacia la madre o el padre; amor cariñoso de los hijos y a los hijos o hermanos: todo debe ceder ante mi amor, si uno quiere ser mío.
En verdad os digo que mis discípulos han de ser más libres que las aves que extienden su vuelo por el cielo, más libres que los vientos que recorren el firmamento sin ser detenidos por nadie ni por nada; libres, sin pesadas cadenas, sin vínculos de amor material, sin siquiera las finas telarañas de las más leves barreras.
El espíritu es como una delicada mariposa enclaustrada dentro del capullo pesado de la carne; su vuelo lo puede obstaculizar -o pararlo del todo-simplemente la irisada e impalpable tela de una araña: la araña de la propia sensibilidad, de la falta de generosidad en el sacrificio.
Quiero todo, sin reservas. El espíritu tiene necesidad de esta libertad de dar, de esta generosidad de dar, para poder estar seguro de no caer en la telaraña de las inclinaciones, costumbres, reflexiones, miedos, tejido todo ello como otros tantos hilos de esa monstruosa araña que es Satanás, ladrón de almas.
Si uno quiere venir a mí y no odia santamente a su padre, a su madre, su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío. He dicho: "odia santamente". En vuestro corazón decís:
"El odio -Él lo enseña-no es jamás santo. Por tanto, se contradice". No. No me contradigo. Digo que se odie lo grave del amor, la pasionalidad terrenal del amor al padre y a la madre, a la esposa y a los hijos, a los hermanos y hermanas, a la propia vida; pero ordeno que se ame, con la libertad ingrávida propia de los espíritus, a los padres y la vida. Amadlos en Dios y por Dios, no posponiendo jamás a Dios, no posponiéndolo a ellos, ocupándoos y preocupándoos de conducirlos a donde el discípulo ha llegado, o sea, a Dios Verdad. Así amaréis santamente a los padres y a Dios, y conciliaréis los dos amores, y haréis de los vínculos de la sangre no un peso sino alas, no culpa sino justicia.
Debéis estar dispuestos a odiar también vuestra vida para seguirme a mí. Odia su vida aquel que, sin miedo a perderla o a que sea humanamente triste, la pone a mi servicio. Pero es sólo apariencia de odio, un sentimiento erróneamente llamado "odio" por la mente del hombre que no sabe elevarse, del hombre todo terrenal, superior en poco a los animales.
En realidad, este aparente odio, que es el negar las satisfacciones sensuales a la existencia para dar cada vez más amplia vida al espíritu, es amor; amor es, y del más alto que existe, del más bendito. Negarse las bajas satisfacciones, prohibirse la sensualidad de los deseos, atraerse reprensiones y comentarios injustos, arriesgarse a sufrir castigos, rechazos, maldiciones, quizás persecuciones, todo esto es una serie continua de penas.
Mas es necesario abrazarse a ellas, e imponérselas como una cruz, un patíbulo en que expiar todos los pecados pasados para presentarse uno justificado ante Dios; un patíbulo del cual se obtienen todas las gracias, verdaderas, poderosas, santas gracias de Dios para aquellos a quienes amamos. Quien no carga con su cruz y no me sigue, quien no sabe hacer esto, no puede ser discípulo mío.
Por tanto, los que decís: "Hemos venido porque queremos unirnos a tus discípulos" pensadlo mucho, mucho. No es vergüenza, sino sabiduría, sopesarse, juzgarse y confesar, a sí mismo y a los demás: "No tengo la aptitud del discípulo". Los paganos, como base de una de sus disciplinas, tienen la necesidad de "conocerse uno a sí mismo". ¿Acaso vosotros, israelitas, no vais a saber hacerlo para conquistar el Cielo? Porque -recordad esto siempre-bienaventurados los que vienen a mí. Pero, si venís para luego traicionarme a mí y al que me ha enviado, mejor es no venir para nada y seguir siendo hijos de la Ley como habéis sido hasta ahora. ¡Ay de aquellos que primero dicen: "Voy" y luego, traicionando la idea cristiana, escandalizando a los pequeños y buenos, perjudican al Cristo! ¡Ay de ellos!… ¡Y los habrá, siempre los habrá!
Sed, pues, como aquel hombre que, queriendo edificar una torre, primero calcula atentamente los gastos necesarios y hace balance de su dinero, para ver si tiene los medios para concluirla, y no verse obligado, una vez echados los cimientos, a suspender la obra por falta de dinero. Si esto sucediera, perdería incluso lo que tenía primero y se quedaría sin torre y sin talentos; a cambio atraería hacia sí las burlas del pueblo, que diría: "Éste empezó a edificar, pero no pudo concluir; ahora tendrá que llenar su estómago con los restos de su construcción inacabada".
Sed también -sacando así enseñanza sobrenatural de los pobres-hechos de este mundo-como los reyes de la Tierra, que, cuando quieren hacer la guerra a otro rey, examinan todo con calma y atención, los pros y los contras; meditan si lo que van a sacar con la conquista les compensa o no el sacrificio de las vidas de sus súbditos; estudian si es posible conquistar el lugar, estudian la posibilidad de victoria de su ejército (numéricamente la mitad del de su rival pero más combativo); y, si, lógicamente, ven que es improbable que diez mil venzan a veinte mil, entonces, antes de que estalle la batalla, mandan al encuentro de su rival -que ya está en guardia a causa de las operaciones militares del otro-una embajada con ricos presentes, y lo amansan, lo apaciguan con pruebas de amistad, anular sus sospechas, en fin firman un tratado de paz, que siempre es más ventajoso, humana y espiritualmente, que una guerra.
Eso es lo que debéis hacer vosotros antes de empezar la nueva vida y de tomar partido contra el mundo. Porque ser discípulo mío significa eso: presentar batalla a la vortiginosa y violenta corriente del mundo, de la carne, de Satanás. Si no os sentís con valor de renunciar a todo por amor a mí, no vengáis porque no podéis ser discípulos míos.
Bien. Lo que dices es verdad -admite un escriba que se ha mezclado en el grupo -Pero, si nos despojamos de todo, ¿con qué te servimos? La Ley tiene prescripciones que son como monedas que Dios ha dado al hombre para que, usándolas, se compre la vida eterna Dices: "Renunciad a todo", y mencionas el padre, la madre, las riquezas, los honores. Dios ha dado también estas cosas, y nos ha dicho, por boca de Moisés, que las usáramos con santidad para aparecer justos ante los ojos de Dios. Si nos quitas todo, ¿qué nos das?
-He dicho, rabí, que el verdadero amor. Os doy mi doctrina, que no quita ni una iota a la antigua Ley; antes bien, la perfecciona.
-Entonces todos somos discípulos iguales, porque todos tenemos las mismas cosas.
-Todos según la Ley mosaica, no todos según la Ley que perfecciono Yo según el Amor. Pero no todos, en ésta, alcanzan la misma suma de méritos. Entre mis propios discípulos no todos obtendrán una suma de méritos igual; y alguno de ellos, no sólo no alcanzará suma alguna, sino que perderá incluso su única moneda: su alma.
-¿Cómo? A quien más se le da, más le quedará. Tus discípulos, y más tus apóstoles, te siguen en tu misión, y conocen tu forma de actuar; han recibido muchísimo. Mucho han recibido tus discípulos efectivos; menos, los discípulos que lo son sólo de nombre. Nada han recibido los que, como yo, te oyen sólo por una contingencia. Es evidente que en el Cielo los apóstoles tendrán muchísimo; mucho, los discípulos efectivos; menos, los discípulos de nombre; nada, los que son como yo.
-Humanamente es evidente, y humanamente puede ser también un mal. Porque no todos son capaces de hacer producir los bienes recibidos. Escucha esta parábola, y perdona si adoctrino demasiado tiempo aquí; pero es que Yo soy la golondrina que va de paso, y estaré poco tiempo en la Casa del Padre, pues he venido para todo el mundo y, además, este pequeño mundo que es el Templo de Jerusalén no quiere dejarme recoger el vuelo y permanecer donde la gloria del Señor me llama.
-¿Por qué dices eso?
-Porque es la verdad.
El escriba mira a su alrededor y agacha la cabeza. Ve que lo que ha dicho Jesús es verdad. Lo ve en demasiados rostros de miembros del Sanedrín, rabíes y fariseos, que han ido engrosando cada vez más la aglomeración de gente que hay en torno a El: rostros verdes de bilis o purpúreos de ira; miradas que equivalen a maldiciones y a esputos de veneno; rencor en fermentación por todas partes; deseos de pegarle a Cristo, que queda en deseo sólo por miedo a los muchos que circundan al Maestro con devoción y que están dispuestos a todo por defenderlo, miedo quizás también a represalias por parte de Roma, que mira con benignidad al pacífico Maestro galileo.
Jesús reanuda sereno la exposición de su pensamiento con la parábola:
-Un hombre, antes de emprender un largo viaje y ausentarse por un largo período, llamó a todos sus siervos y les confió todos sus bienes. A uno le dio cinco talentos de plata; a otro, dos de plata; a uno, uno sólo, de oro. A cada uno según su grado y habilidad. Y luego se marchó.
Entonces, el siervo que había recibido cinco talentos de plata negoció sagazmente sus talentos, y, pasado un tiempo, le produjeron otros cinco. El que había recibido dos talentos de plata hizo lo mismo, y dobló la suma recibida. Pero el que había recibido más de su señor (un talento de oro puro), víctima del miedo a no saber negociar del miedo a los ladrones, a mil quimeras, víctima, sobre todo, de la holgazanería, cavó un profundo hoyo en el suelo y escondió el dinero de su señor.
Pasaron muchos, muchos meses. Volvió el amo. Llamó enseguida a sus súbditos para que restituyeran el dinero que habían recibido en depósito.
Vino el que había recibido cinco talentos de plata y dijo: "Aquí tienes, mi señor. Me diste cinco talentos. Me parecía mal no hacer producir lo que me habías dado, así que me las he ingeniado para ganar otros cinco. No he podido más…".
-Bien, muy bien, siervo bueno y fiel. Has sido fiel en lo poco, te has aplicado con buena voluntad, has sido honesto. Te daré autoridad sobre muchas cosas. Entra en la alegría de tu señor.
Luego vino el otro, el de los dos talentos, y dijo:
-Me he permitido emplear tus bienes para beneficio tuyo. Aquí tienes las cuentas para que veas cómo he empleado tu dinero. ¿Ves? Eran dos talentos de plata. Ahora son cuatro. ¿Estás contento, mi señor?".
Y el amo dio a este siervo bueno la misma respuesta que había dado al primero. Vino por último aquel que, por gozar de la máxima confianza del amo, había recibido el talento de oro. Desenrolló el paño en que lo conservaba, lo sacó y dijo:
-Me confiaste lo que tenía mayor valor, porque me juzgas prudente y fiel, de la misma forma que yo sé que eres intransigente y exigente y que no toleras pérdidas de tu dinero, sino que si te sobreviene la desgracia te resarces con quien tienes a tu lado, porque, en verdad, cosechas donde no sembraste, recoges donde no esparciste, siendo así que no perdonas un centavo ni al encargado de tus tierras ni a tu banquero, por ninguna razón. Tu dinero debe ser el que tú dices. Ahora bien, yo, temiendo disminuir este tesoro, lo he cogido y lo he escondido. No me he fiado de nadie, ni siquiera de mí mismo. Ahora lo he desenterrado y te lo devuelvo. Aquí tienes tu talento".
"¡Oh, siervo inicuo y holgazán! Verdaderamente no me has amado porque no me has conocido, ni has amado mi bienestar porque has dejado el talento improductivo. Has traicionado la estima que había depositado en ti. Te desautorizas a ti mismo. Por ti mismo te acusas y te condenas. Sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido. ¿Por qué, entonces, no has obrado de forma que pudiera cosechar y recoger? ¿Así respondes a mi confianza? ¿Así me conoces? ¿Por qué no has llevado el dinero a los banqueros, de forma que a mi regreso lo hubiera retirado con los intereses? Te había instruido para ello con especial esmero, mas tú, necio holgazán, no lo has tenido en cuenta. Te sea, pues, arrebatado el talento, y todos los demás bienes, para el que tiene diez talentos".
-Pero tiene ya diez, y éste se queda sin nada… -objetaron.
-Eso es. A quien tiene, y trabaja con eso que tiene, le será dado más, hasta que le sobre. Pero a quien no tiene, porque no quiso tener, le será arrebatado incluso lo que se le dio. Respecto al siervo parásito que ha traicionado mi confianza y ha dejado improductivos los dones recibidos, arrojadlo de mi propiedad, y que se aleje con lágrimas en los ojos y remordimiento en el corazón.
Ésta es la parábola. Ves, rabí, que le quedó menos al que más tenía, porque no supo merecer la conservación del don de Dios. No se puede afirmar que uno de esos que llamas discípulos sólo de nombre (que tienen poco con que negociar), y de los que, como dices, me escuchan sólo por una contingencia, y que tienen la única moneda de su alma, no lleguen a poseer el talento de oro -arrebatado a uno de los más beneficiados-y sus frutos correspondientes. Las sorpresas del Señor son infinitas, porque infinitas son las reacciones del hombre. Veréis a gentiles que alcanzan la Vida eterna, a samaritanos recibiendo el Cielo, y veréis a israelitas puros y seguidores míos perder el Cielo y la eterna Vida.
Jesús calla y, como queriendo truncar toda discusión, se vuelve hacia los muros del Templo.
Pero un doctor de la Ley, que estaba sentado escuchando seriamente bajo el pórtico, se alza y se le pone delante para preguntarle:
-Maestro, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Has respondido a los otros, respóndeme también a mí.
-¿Por qué quieres tentarme? ¿Por qué quieres mentir? ¿Esperas que diga algo disconforme con la Ley por el hecho de que añado a la Ley conceptos más luminosos y perfectos? ¿Qué está escrito en la Ley? ¡Responde! ¿Cuál es el mandamiento principal de la Ley?
-Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con toda tu inteligencia. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
-Bueno, has respondido bien; haz eso y obtendrás la vida eterna.
-¿Y quién es mi prójimo? El mundo está lleno de gente buena y mala, conocida y desconocida, amiga y enemiga de Israel. ¿Cuál es mi prójimo?
-Un hombre, bajando de Jerusalén a Jericó, en uno de los pasos estrechos de las montañas, se topó con unos ladrones. Éstos lo hirieron cruelmente, lo despojaron de todo cuanto llevaba, incluso de sus vestidos, y lo dejaron más muerto que vivo en el borde del camino. Pasó por ese mismo camino un sacerdote que había terminado su turno en el Templo. ¡Todavía perfumado de los inciensos del Santo! ¡Debería haber tenido también el alma perfumada de bondad sobrenatural y de amor, pues que había estado en la Casa de Dios, casi en contacto con el Altísimo! Este sacerdote tenía prisa de volver a su casa. Miró, pues, hacia el herido y no se detuvo. Pasó ligero de largo y dejó al desdichado en la cuneta.
Luego, un levita. ¿Contaminarse, teniendo que servir en el Templo? ¡De ninguna manera! Recogió su vestido para que no se manchase de sangre, lanzó una mirada huidiza hacia el hombre que gemía en medio de su sangre y aceleró el paso en dirección a Jerusalén, hacia el Templo.
El tercero que pasó, viniendo de Samaria, en dirección al vado, fue un samaritano. Vio la sangre, se detuvo, descubrió la presencia del herido en el crepúsculo que ya se iba espesando; se apeó del burro, se acercó al herido, lo confortó con un trago de vino generoso, desgarró su manto para hacer vendas, le lavó las heridas con vinagre, se las ungió con aceite, se las vendó con amor; luego cargó al herido sobre su jumento, guió con cautela al animal, sujetando al mismo tiempo al herido y confortándolo con buenas palabras, sin preocuparse del cansancio, sin enfado por el hecho de que el herido fuera de nacionalidad judía. Cuando llegó a la ciudad, lo llevó a una posada y lo veló toda la noche. Al alba, viéndolo mejorado, lo dejó en manos del posadero, a quien pagó con antelación unos denarios y dijo: "Cuídalo como si se tratara de mí mismo. A mi regreso te daré lo que hayas gastado de más, y con medida generosa, si haces bien las cosas". Y se marchó.
Doctor de la Ley, respóndeme: ¿Quién de estos tres fue "prójimo" del que se topó con los ladrones? ¿Acaso el sacerdote? ¿Acaso el levita? ¿No lo fue, más bien, el samaritano, que no se preguntó quién era el herido, porque estaba herido, o si hacía mal en socorrerlo perdiendo tiempo y dinero y arriesgándose a ser acusado de haberlo herido él?
El doctor de la Ley respondió: -Fue "prójimo" éste, porque tuvo misericordia. -Haz tú lo mismo, y amarás al prójimo y a Dios en el prójimo y merecerás la vida eterna.
Ya ninguno se atreve a hablar. Jesús aprovecha para ir donde las mujeres, que estaban esperando al pie de los muros, e ir con ellas de nuevo a la ciudad. Ahora se han añadido al grupo de los discípulos dos sacerdotes, o más exactamente un sacerdote y un levita: jovencísimo éste, patriarcal el otro.
Pero Jesús está ahora hablando con su Madre -entre sí y ella, tiene a Margziam-, y le pregunta:
-¿Me has escuchado, Madre?
-Sí, Hijo mío, y a la tristeza de María Cleofás se ha unido la mía. Ella ha llorado poco antes de entrar en el Templo…
-Lo sé, Madre; sé el motivo. No debe llorar, sólo orar.
-¡Ora mucho! Las noches pasadas, dentro de su cabaña, entre sus hijos dormidos, oraba y lloraba. La oía llorar a través de la pared delgada de los ramajes adyacentes. ¡Ver a pocos pasos a José y a Simón, cercanos pero tan lejos!… Y no es la única que llora. Juana, que la ves tan serena, ha llorado en mi presencia…
-¿Por qué, Madre?
-Porque Cusa… se comporta de una forma… inexplicable. Un poco la complace en todo, un poco la rechaza en todo; si están solos, donde nadie los ve, es el marido ejemplar de siempre, pero si están con él otras personas -naturalmente de la Corte -se vuelve autoritario y despreciativo para con su mansa esposa. Ella no comprende por qué…
-Te lo digo Yo. Cusa es siervo de Herodes. Entiéndeme, Madre: "Siervo". Esto no se lo digo a Juana para no apenarla. Pero es así. Cuando no teme la reprensión y el escarnio del soberano, es el buen Cusa; cuando tiene motivo para temerlos, deja de serlo.
-Es porque Herodes está muy irritado por Manahén y…
-Es porque Herodes ha perdido el juicio por el tardío remordimiento de haber cedido a las peticiones de Herodías. Pero Juana tiene ya mucho bien en la vida. Debe, bajo la diadema, llevar su cilicio.
-Analía también llora… ¿Por qué?
-Porque su prometido se está poniendo contra ti.
-Que no llore. Díselo. Se trata de una resolución. Es bondad de Dios. Su sacrificio conducirá de nuevo a Samuel al Bien. Por el momento esto la librará de presiones para la celebración del matrimonio. Le prometí que la tomaría conmigo. Me precederá en la muerte…
-¡Hijo!… -María, palideciendo, aprieta la mano de Jesús.
-¡Mi querida Mamá! Es por los hombres. Ya lo sabes. Es por amor a los hombres. Bebemos nuestro cáliz con buena voluntad, ¿no es verdad?
María traga las lágrimas y responde:
-Sí. (Un "sí" acongojado, verdaderamente desgarrador).
Margziam alza su carita y dice a Jesús:
-¿Por qué dices estas cosas feas que hacen sufrir a Mamá? Yo no te voy a dejar morir. Te voy a defender como defendía a los corderos.
Jesús lo acaricia, y, para animar a los dos afligidos, pregunta al niño:
-¿Qué harán ahora tus ovejitas? ¡No las echas de menos?
-¡Pero si estoy contigo! De todas formas pienso en ellas siempre, y me pregunto: "¿Las habrá sacado a pastar Porfiria?, ¿habrá tenido cuidado de que Espuma no se meta en el lago?". Porque Espuma es muy vivaracho, ¿sabes? Su madre lo llama una y otra vez, ¡pero nada! Hace lo que quiere. ¡Y Nieve, que es tan glotona que come hasta que se siente mal! Mira, Maestro, yo entiendo lo que es ser sacerdote en tu Nombre, lo comprendo mejor que los otros.
Ellos -y señala con la mano a los apóstoles, que vienen detrás-dicen muchas palabras elevadas, hacen muchos proyectos… para el futuro. Yo digo: "Seré pastor. Seré para los hombres como con las ovejitas. Será suficiente".
Mamá, nuestra Mamá, me ha contado ayer un pasaje muy bonito de los profetas… y me ha dicho: "Exactamente así es nuestro Jesús". Y yo dentro del corazón dije: "Pues yo también seré exactamente así". Luego le dije a nuestra Mamá: "Por ahora soy cordero, pero luego seré pastor; sin embargo, Jesús ahora es Pastor, y… también Cordero. Pero tú eres siempre la Cordera, sólo nuestra Cordera, blanca, bonita, encantadora, con palabras más dulces que la propia leche. Por eso Jesús es tan Cordero: porque ha nacido de ti, Corderita del Señor.
Jesús se inclina y lo besa, impetuosamente. Luego pregunta:
-¿Entonces verdaderamente quieres ser sacerdote?
-¡Sí, claro, mi Señor! Por eso trato de hacerme bueno y de saber mucho. Voy siempre donde Juan de Endor. Me trata siempre como a un hombre, y con mucha bondad.
Quiero ser pastor de las ovejas descarriadas y de las no descarriadas, y médico-pastor de las heridas y de las que tengan algún miembro fracturado, como dice el Profeta. ¡Qué bonito!». Y el niño da un salto y choca las manos.
-¿Por qué está tan contento este curruco? -pregunta Pedro mientras se acerca.
-Ve su camino. Clarísimamente. Hasta el final. Yo con mi "sí" consagro esta visión suya.
Se paran delante de una casa que, si no me equivoco, está en la zona del barrio de Ofel, pero en un lugar más distinguido.
-¿Nos detenemos aquí?
-Esta es la casa que Lázaro me ha ofrecido para el banquete de alegría. María ya está aquí.
-¿Por qué no ha venido con nosotros? ¿Por miedo a las burlas?
-¡No! Ha sido una disposición mía.
-¿Por qué, Señor?
-Porque el Templo es más susceptible que una esposa encinta. Mientras pueda, no quiero provocar ningún choque, y no es por cobardía.
-No te va a servir de nada, Maestro. Yo en tu lugar no sólo chocaría con él, sino que lo echaría abajo del Moria junto con todos los que viven dentro.
-Simón, eres un pecador; se debe orar por los semejantes, no matarlos.
-Yo soy pecador, pero Tú no… y… deberías hacerlo.
-Habrá quien lo haga. Cuando se colme la medida del pecado.
-¿Qué medida?
-Una medida tan grande, que henchirá el Templo y rebosará hacia Jerusalén. No puedes comprender… ¡Marta, abre, pues, tu casa al Peregrino!
Marta se hace reconocer y abren. Entran todos en un largo atrio terminado en un patio empedrado que tiene cuatro árboles en sus cuatro ángulos. Una amplia sala se abre en el piso superior; por sus ventanas abiertas, se ve toda la ciudad con sus subidas y bajadas. Deduzco, por tanto, que la casa está en las pendientes meridionales, o sur-orientales de la ciudad. La sala está preparada para recibir a una gran cantidad de invitados. Han colocado gran número de mesas, paralelas las unas a las otras. Un centenar de personas puede cómodamente comer.
María Magdalena, que estaba en otra parte de la casa ocupándose de las despensas, viene enseguida y se postra delante de Jesús. Y viene Lázaro, con una sonrisa feliz en su cara achacosa. Van llegando también los invitados: unos, un poco azorados; más seguros otros: pero la amabilidad de las mujeres hace que pronto todos se sientan a gusto.
El sacerdote Juan lleva a la presencia de Jesús a los dos que ha traído del Templo.
-Maestro, mi buen amigo Jonatán y mi joven amigo Zacarías. Son auténticos israelitas, sin malicias ni rencores.
-Paz a vosotros. Me alegro de que hayáis venido. El rito debe ser observado incluso en estas delicadas costumbres. Es hermoso que la Fe antigua tienda su mano amiga a la nueva Fe nacida de su mismo tronco. Sentaos a mi lado hasta que llegue la hora de ponerse a la mesa.
Habla el patriarcal Jonatán, mientras el joven levita mira a todas las partes, curioso, asombrado y, quizás, también acobardado. Creo que quiere dar la impresión de desenvoltura, aunque en realidad se sienta como un pez fuera del agua. Tiene la suerte de que Esteban viene en su ayuda y le trae, uno tras otro, a los apóstoles y discípulos principales.
El viejo sacerdote, acariciándose la barba de nieve, dice:
-Cuando Juan vino a mí, precisamente a mí, su maestro, a que viera que estaba curado, sentí ganas de conocerte. Pero, Maestro, ya casi no salgo de mi recinto. Soy viejo… De todas formas, tenía esperanza de verte antes de morir. Yeohveh ha escuchado mi deseo. ¡Loado sea! Hoy te he oído en el Templo. Superas a Hil.lel, el anciano, el sabio.
No quiero -es más, no puedo-dudar de que eres lo que mi corazón espera. ¿Sabes lo que significa beber durante ochenta años esta fe de Israel, como es ahora, tras siglos de… elaboración humana? Se ha hecho sangre nuestra. ¡Y soy tan viejo!… Oírte a ti es como oír el agua que brota de manantial fresco. ¡Sí, agua virgen! Y yo… estoy harto de esta agua cansada que viene de muy lejos y está cargada de muchas cosas. ¿Cómo librarme de esta hartura para saborearte a ti?
-Creyendo en mí y amándome. No es necesario nada más para el justo Jonatán.
-¡Pero si voy a morir pronto! ¿Me va a dar tiempo a creer en todo lo que dices? Ni siquiera tendré tiempo para seguir todas tus palabras, o para conocerlas por boca de otros. ¡Entonces!
-Las aprenderás en el Cielo. Sólo el réprobo muere a la Sabiduría. Sin embargo, quien muere en gracia de Dios alcanza la Vida y vive en la Sabiduría. ¿Qué crees que soy Yo?
-Sólo puedes ser el Esperado, que ha sido precedido por el hijo de mi amigo Zacarías. ¿Lo conociste?
-Era pariente mío.
-¡Oh! ¿Eres pariente del Bautista?
-Sí, sacerdote.
-Ha muerto… y no puedo decir: "¡Desdichado!". Porque ha muerto fiel a la justicia, tras haber cumplido su misión, y porque… ¡Oh, qué tiempos más atroces vivimos! ¿No sería mejor volver a Abraham?
-Sí. Pero vendrán tiempos aún más atroces, sacerdote.
-¿Tú crees? ¿Roma, no?
-No sólo Roma. Israel, con su culpabilidad, será la primera causa.
-Es verdad. Dios nos castiga. Lo merecemos. Pero también Roma… Habrás oído lo de los galileos asesinados por Pilatos mientras consumaban un sacrificio. Su sangre se unió a la de la víctima. ¡Hasta el mismo altar! ¡Hasta el mismo altar!
-Sí, lo he oído.
-Todos los galileos se alborotan por este atropello. Gritan: «Es verdad que era un falso Mesías. ¿Pero por qué ha tenido que matar a sus seguidores después de haber descargado su mano sobre él? ¿Y por qué en ese momento? ¿Es que quizás eran más pecadores?
Jesús impone paz y dice:
-¿Os preguntáis si éstos eran más pecadores que muchos otros galileos, y si ha sido éste el motivo de su muerte? No, no lo eran. En verdad os digo que han pagado; y que muchos otros pagarán, si no os convertís al Señor. Si no hacéis todos penitencia, pereceréis todos igualmente, en Galilea y en otros lugares. Dios está enojado con su pueblo. Os lo digo. No se crea que son siempre los peores los que sufren el daño. Que cada uno se examine a sí mismo, se juzgue a sí mismo, y no a otros. También esos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató no eran los más pecadores de Jerusalén.
Os lo digo. Haced penitencia, haced penitencia si no queréis morir aplastados como ellos incluso en el espíritu. Ven, sacerdote de Israel. La mesa está preparada. Te toca a ti -porque el sacerdote debe ser siempre enaltecido por la Idea que representa y recuerda-, te toca a ti, patriarca entre todos nosotros más jóvenes, ofrecer y bendecir.
-¡No, Maestro! ¡No! ¡No puedo delante de ti! ¡Tú eres el Hijo de Dios!
-¡Tú ofreces el incienso ante el altar! ¿No crees que allí esté Dios?
-¡Sí que lo creo! ¡Con todas mis fuerzas!
-¿Entonces? Si no vacilas en ofrecer dones antes la Gloria santísima del Altísimo, ¿por qué quieres temblar ante la Misericordia, que se ha vestido de carne para traerte -también a ti-la bendición de Dios antes de que te alcance la noche?
¡Oh, no sabéis los de Israel que he corrido sobre mi Divinidad irresistible el velo de la carne precisamente para que el hombre pueda aproximarse a Dios sin morir por ello! Ven y cree, y sé feliz. En ti venero a todos los sacerdotes santos, desde Aarón hasta el último sacerdote justo de Israel; quizás hasta ti, porque, verdaderamente, la santidad sacerdotal languidece entre nosotros como planta sin asistencia.