por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego? -pregunta Jesús cuando encuentra a sus discípulos en torno a una hoguera bien alimentada que resplandece en las primeras sombras del anochecer, en un cruce de caminos de la llanura de Esdrelón.
Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan, y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro, como si hiciera un siglo que no lo vieran. Luego explican:
-¡Calla! Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel, y de tan contentos como se han puesto nos han regalado cada uno un cordero. Hemos decidido asarlos y dárselos a los de Doras. Miqueas de Jocanán los ha degollado y preparado. Ahora los vamos a poner a que se asen. Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras para que vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas el administrador está en su casa dado a la bebida.
Las mujeres llaman menos la atención… Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho. Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir… algo más, para el alma, y poner los medios para que se sintieran bien también en lo corporal, como has hecho Tú las otras veces. Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.
-¿Quién iba a hablar?
-¡Hombre, pues, un poco todos! Así, una cosa espontánea, familiar. No somos capaces de más, y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y tu hermano no quieren hablar, y tampoco Judas de Simón; también Bartolomé trata de no hablar… Incluso hemos discutido por este motivo… -dice Pedro.
-¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?
-Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos… Tu hermano porque quiere que hable yo, porque dice que no empiezo nunca… Bartolomé porque… porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer. Como ves son disculpas…
-¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?
-¡Por las mismas razones que los demás! Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…
-Muchas razones, y una no ha sido dicha. Ahora juzgo Yo, y con juicio inapelable. Tú, Simón de Jonás, hablarás, como dice Judas Tadeo, que dice sabiamente. Y tú, Judas de Simón, también hablarás. Así una de las razones, la que sabe Dios y también tú, dejará de existir.
-Maestro, créeme que no hay más… -dice Judas tratando de rebatir.
Pero la voz de Pedro le sobrepuja:
-¡Oh, Señor! ¿Yo hablar estando Tú? ¡No soy capaz! Temo que te rías…
-No quieres estar solo, no quieres estar conmigo… ¿qué quieres entonces?
-Tienes razón, pero es que… ¿qué digo?
-Mira tu hermano, está viniendo con los corderos. Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello. Todo sirve para encontrar temas.
-¿Incluso un cordero en el fuego? -pregunta incrédulo Pedro.
-Incluso. Obedece.
Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más. Se llega donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda que hace de asador, y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.
-Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón -ordena Jesús, y se pone en camino, en dirección a los campos sin vida de Doras.
-Un buen discípulo no desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas -dice, un rato después, sin preámbulos.
-Maestro, no es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían, y prefiero no hablar.
-Natanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo, o sea, iluminar y levantar los corazones. Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor. Pero tu caso es mucho peor, porque no es que tengas miedo a no ser comprendido, es que desprecias el hacerte comprender de unos pobres campesinos, ignorantes en todo excepto en la virtud. En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros. Todavía no has entendido nada, Judas. El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres, enfermos, esclavos, afligidos. Luego será también de los demás, pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad, reciban ayuda y consuelo.
María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.
-¡Hola, Madre! ¡Paz a vosotras, mujeres!
-¡Hijo mío! He ido a ver a esos… torturados. Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites. Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Jocanán. No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno. Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.
El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo, de forma que ha dejado a todos sin comer. Y como, además, el vigilante de Jocanán hoy tiene comida solamente para los suyos, pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer. ¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!
-También es providencia el que no sean ya de Doras. Hemos visto sus casas… Son unos cuchitriles… -dice escandalizada Susana.
-¡Están contentos todos esos pobrecillos! -termina María Cleofás.
-También Yo estoy contento. En todo caso, estarán mejor que antes -responde Jesús, y vuelve hacia donde están los apóstoles.
Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.
-Nos las han dado los de Jocanán -explica tras haber venerado a Jesús.
Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos entre densas nubes de humo untuoso. Pedro sigue dando vueltas a su asado, mientras rumia sus pensamientos. Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano, va y viene caminando mientras habla muy animadamente. Los otros… quién trae más leña, quién prepara la mesa (!), trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa, no sé.
En esto, llegan los campesinos de Doras. Más delgados y harapientos que la última vez. ¡Y, sin embargo, qué felices! Son unos veinte. No hay ni siquiera un niño ni una mujer: hombres pobres y solos…
-Paz a todos vosotros. Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor. Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir. ¿No es verdad? ¿Te sientes feliz, anciano padre? Yo también.
Podré venir más a menudo con el niño. ¿Ya te han puesto al corriente? ¿Lloras de alegría, verdad? Ven, ven, sin miedo… -dice al abuelo de Margziam, el cual le besa las manos inclinándose mucho, y llora, y susurra: «No pido nada más al Altísimo. Me ha dado más de cuanto esperaba. Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».
Un poco azarados al principio por estar con el Maestro, los campesinos se sienten pronto serenos y seguros. De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes colocadas encima de las piedras que habían traído antes luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas pero grandes, que sirven de platoestán ya tranquilos, dentro de su simplicidad, y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada; mientras tanto, cuentan los últimos acontecimientos.
Uno dice:
-Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas, pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor, porque por ellos dejamos este infierno.
Y, a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte, ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.
La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama, y pocos miran a lo que tienen delante. Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús. Sólo se distraen, unos momentos, cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos, pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes y le dice al anciano padre de Margziam:
-Ten. Así tendréis también un bocado para cada uno mañana. Entretanto, el vigilante de Jocanán proveerá.
-Pero vosotros…
-Iremos más ligeros. Toma, toma, hombre.
De los dos corderos no quedan más que los huesos descarnados y un persistente olor de grasa que ha goteado y todavía arde en la leña que ya se apaga, sucedáneo iluminar de la claridad de la luna.
También se unen a los otros los campesinos de Jocanán. Es la hora de hablar.
Los ojos azules de Jesús se alzan buscando a Judas Iscariote, que se ha puesto al lado de un árbol, un poco en la zona de sombra. Viendo que muestra no entender esa mirada, Jesús llama fuerte:
-¡Judas!».
Es inevitable el levantarse y acercarse.
-No te apartes. Te ruego que evangelices por mí. Estoy muy cansado. ¡Si no hubiera llegado esta tarde, por supuesto que tendríais que haber hablado vosotros!
-Maestro… no sé qué decir… Al menos, hazme preguntas.
-No te las tengo que hacer Yo. A vosotros: ¿qué deseáis oír?, ¿qué deseáis que se os explique? -pregunta a los campesinos.
Los hombres se miran unos a otros… dudan… Por fin un campesino pregunta:
-Hemos conocido la potencia del Señor y su bondad. Pero bien poco conocemos de su doctrina. Ahora quizás, estando con Jocanán, podremos saber más cosas. Tenemos vivo deseo de saber cuáles son las cosas indispensables que hay que hacer para obtener el Reino que el Mesías promete. ¿Con la nada que podemos hacer podremos obtenerlo?
Judas responde:
-La verdad es que estáis en condiciones muy penosas. Todo, en vosotros y a vuestro alrededor, conjura para alejaros del Reino. La falta de libertad para venir adonde el Maestro cuando quisierais; la condición de siervos de un amo que, si bien no es una hiena como Doras, es, por las noticias que tenemos, un moloso que tiene bien prisioneros a sus siervos; los sufrimientos y el estado de degradación en que os encontráis… son condiciones desfavorables para vuestra elección para el Reino.
Porque difícilmente en vosotros no habrá resentimientos y sentimientos de rencor, crítica y venganza contra quien duramente os trata; y lo mínimo necesario es amar a Dios y al prójimo; sin esto no hay salvación. Deberéis vigilar para contener vuestro corazón dentro de una sumisión pasiva a la voluntad de Dios, que se manifiesta en vuestro destino; y, aguantando pacientemente al amo, sin permitir a vuestro pensamiento siquiera la libertad de un juicio, que está claro que no podría ser benévolo respecto al amo, ni de gratitud por vuestra… por vuestro… En pocas palabras, deberéis no reflexionar, para no tener sentimientos de rebeldía que matarían el amor: quien no tiene amor no tiene salvación, porque contraviene el primer precepto. Yo, de todas formas, estoy casi seguro de que podréis salvaros, porque veo en vosotros buena voluntad unida a mansedumbre de ánimo, lo cual hace esperar que sabréis mantener lejos de vosotros el odio y el espíritu de venganza. Por lo demás, la misericordia de Dios es tan grande, que os condonará toda la perfección que todavía os falta.
Un momento de silencio. Jesús tiene muy baja la cabeza, no se ve la expresión de su rostro. A los demás se les ve la cara, y no se puede decir que sean caras dichosas: las de los campesinos expresan más abatimiento que al principio; las de los apóstoles y las de las mujeres, estupor (diría que casi miedo).
-Trataremos de no dejar que surja en nosotros ningún pensamiento que no sea de paciencia y perdón -responde humildemente el anciano.
Otro de los campesinos suspira:
-La verdad es que será difícil llegar a la perfección del amor; para nosotros, ¡que ya es mucho si no hemos acabado asesinos de nuestros verdugos! El corazón sufre, sufre, sufre, y, aunque no odie, encuentra mucha dificultad en amar, como esos niños macilentos que tienen dificultad en crecer…
-No, no, hombre. Yo, por el contrario, creo que precisamente por haber sufrido tanto sin haceros unos asesinos o personas vengativas vuestro corazón es más fuerte que el nuestro en el amor. Amáis sin percibirlo siquiera -dice Pedro para consolarlos.
Y se da cuenta de que ha hablado y se interrumpe para decir:
-¡Oh! ¡Maestro!… Pero… me has dicho que debía hablar… que encontrase el tema incluso en el cordero que iba a asar. He estado mirando, para buscar palabras buenas que decir a estos hermanos nuestros, para su caso particular. Pero, la verdad es que -sin duda alguna, porque soy un necio-no he encontrado nada apropiado, y, sin saber cómo, me he visto muy lejos, en pensamientos que no sé si llamar extravagantes -en ese caso serían míos-o santos -entonces provendrían del Cielo-; yo los manifiesto, tal y como me han venido, y Tú, Maestro, me los explicarás o me reprenderás por ellos, y todos vosotros sabréis ser comprensivos. Así pues, estaba mirando lo primero la llama, y me ha venido este pensamiento: "¿De qué está hecha la llama?
Viene de la leña. Pero la leña por sí sola no arde; es más, si no está bien seca, no arde de ninguna manera, porque el agua la carga e impide que la yesca la encienda.
La leña, cuando está muerta, acaba incluso pudriéndose, desmenuzándose, por la carcoma; pero, por sí sola, no se enciende. Ahora bien, si una persona la prepara adecuadamente, y le acerca la yesca y el eslabón, y hace saltar la chispa, y favorece que la chispa prenda soplando en las ramas delgadas para aumentar la llamita inicial porque se empieza siempre por las cosas más menudas-, entonces la llama brota, prende fuerte, se hace útil, arremete contra todo, hasta los troncos más gruesos". Y me decía a mí mismo:
"Nosotros somos la leña. Por nosotros mismos no nos encendemos. Pero, eso sí, es necesario en nosotros el cuidado de no estar demasiado cargados de la pesada agua de la carne y la sangre para permitir que la yesca se encienda con su chispa. Y debemos desear arder, porque, si nos quedamos inertes, podemos ser destruidos por la intemperie y la carcoma, es decir, por la humanidad y el demonio. Sin embargo, si nos abandonamos al fuego del amor, éste empezará a quemar las ramitas más finas y las destruirá -las ramitas, para mí, eran las imperfecciones-; luego aumentará y arremeterá contra la leña más gorda, o sea, las pasiones más fuertes. Nosotros, que somos leña, cosa material, dura, opaca, incluso fea, vendremos a ser esa cosa hermosa, incorpórea, ágil, espléndida, que es la llama. Todo esto por habernos prestado al amor, que es el eslabón y la yesca, que de nuestro mísero ser de hombres pecadores hacen ángeles del tiempo futuro, ciudadanos del Reino de los Cielos". Éste ha sido un pensamiento.
Jesús ha alzado un poco la cabeza y está escuchando con los ojos cerrados y un asomo de sonrisa en sus labios. Los demás miran a Pedro, todavía con estupor, pero ya sin temor.
Él sigue hablando tranquilo:
-Mirando a los animales que se estaban asando, me ha venido otro pensamiento. No digáis que soy pueril en mis pensamientos. El Maestro me había dicho que los buscara en lo que veía… He obedecido. Bien, pues estaba mirando a los corderos, y decía: "Son dos seres inocentes y mansos. Nuestra Escritura está llena de dulces alusiones al cordero, tanto para recordar al Mesías prometido y Salvador (ya desde la alusión a Él en el cordero mosaico), como para decir que Dios tendrá compasión de nosotros.
Lo dicen los profetas. Viene a congregar a sus ovejas, a socorrer a las heridas, a cargar sobre sí a las que tienen algún miembro fracturado. ¡Cuánta bondad!" decía. "¿Cómo tener miedo de un Dios que promete tener tanta compasión con nosotros, miserables? Pero" decía también "tenemos que ser mansos, al menos mansos, dado que no somos inocentes; mansos, y estar deseosos de que el amor nos consuma.
Porque, hasta el más bonito y puro de los corderitos, una vez matado, ¿en qué acaba, si el fuego no lo asa? Pues en carroña podrida. Mientras que, si lo envuelve el fuego, viene a ser alimento sano y bendito". Y concluía: "En definitiva, todo el bien lo hace el amor, que nos aligera de los lastres de nuestra humanidad, nos hace resplandecientes y útiles, nos hace buenos ante los hermanos y gratos a Dios; sublima nuestras buenas cualidades, hasta un nivel que recibe su nombre de virtudes sobrenaturales. Y quien es virtuoso es santo, quien es santo posee el Cielo.
Por tanto, lo que nos abre los caminos de la perfección no es ni la ciencia ni el miedo, sino el amor, el cual, mucho más que el temor al castigo, nos mantiene alejados del mal por el deseo de no entristecer al Señor, nos hace sentir compasión de nuestros hermanos y amarlos, porque vienen de Dios. Por tanto, el amor es la salvación y santificación del hombre". En estas cosas pensaba mientras miraba a mi asado, obedeciendo a mi Jesús. Perdonad si son sólo éstas, pero a mí me han hecho bien; os las entrego con la esperanza de que también a vosotros os hagan bien.
Jesús abre los ojos. Ahora están radiantes. Alarga un brazo y pone la mano en el hombro de Pedro:
-Verdaderamente has encontrado las palabras que debías. La obediencia y el amor han hecho que las encontraras; la humildad y el deseo de consolar a tus hermanos harán de ellas estrellas en su cielo oscuro. ¡Dios te bendiga, Simón de Jonás!
-¡Que Dios te bendiga a ti, Maestro mío! ¿No vas a hablar?
-Mañana los campesinos entrarán en su nueva condición de dependencia. Bendeciré su entrada con mi palabra.
Podéis marcharos en paz. Que Dios esté con vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Jesús deja el rellano de la cima del Carmelo. Desciende por los senderos impregnados de rocío, cruzando los bosques, que se animan cada vez más de trinos y voces, bajo el primer sol que ya dora la ladera oriental del monte. Cuando la leve neblina del calor se disuelve bajo la acción del sol, toda la llanura de Esdrelón se manifiesta en su belleza de huertos de árboles frutales y majuelos en torno a las casas. Parece una alfombra -en su mayor parte verde, con escasas islas amarillentas salpicadas de remolinos rojos: los campos de trigo, ya segado, en que llamean las amapolas-una alfombra ceñida por el engaste triangular de los montes Carmelo, Tabor, Hermón (el pequeño Hermón) y por los más lejanos, cuyo nombre desconozco, que ocultan el Jordán y se unen hacia el sudeste con los montes de Samaria.
Jesús se para a observar, pensativo, toda esa parte de Palestina. Santiago lo mira y dice:
-¿Observas la belleza de esta zona?
-Sí; pero, más que nada, pienso en las peregrinaciones futuras y en la necesidad de enviaros a vosotros y, sin dilación, a los discípulos, no a la limitada labor de ahora, sino a una verdadera labor misionera. Tenemos muchas zonas donde todavía no me conocen. No quiero dejar lugares sin mí. Es mi continua preocupación: moverme, hacer mientras pueda, y hacer todo…
-De vez en cuando intervienen cosas que te hacen aminorar la marcha.
-Más que hacerme aminorar la marcha, imponen variaciones en el itinerario; porque nunca son inútiles los viajes que realizamos. Pero todavía hay mucho que hacer, mucho… Y es que, además, cuando me ausento un tiempo de un lugar, me encuentro con muchos corazones que han vuelto al punto de partida, y debo comenzar desde cero.
-Sí, esta apatía de los espíritus, esta volubilidad y preferencia del mal son desalentadoras y fastidiosas.
-Desalentador. No digas fastidioso. El trabajo de Dios no es nunca fastidioso. Las pobres almas deben producirnos compasión, no fastidio. Tenemos que tener siempre un corazón de padre, de padre bueno. Un padre bueno nunca siente fastidio por las enfermedades de sus hijos. Y no tenemos que sentirlo nosotros por ninguno».
-Jesús, ¿me permites hacerte algunas preguntas? No he dormido esta noche tampoco, pero he pensado mucho y te miraba mientras dormías. ¡Cuando duermes pareces muy joven, Hermano! Sonreías, con la cabeza apoyada en un brazo doblado. Verdaderamente una postura de niño. Te veía bien porque esta noche había una Luna muy luminosa. Pensaba. Y me han sobrevenido muchas preguntas del corazón…
-Dilas.
-Decía: tengo que preguntar a Jesús cómo vamos a conseguir llegar con nuestra insuficiencia a este organismo que has llamado Iglesia (en el cual, si no he entendido mal, habrá jerarquías). ¿Nos vas a decir todo lo que tenemos que hacer, o lo tendremos que hacer por nuestra cuenta?
-Cuando llegue la hora, os indicaré quién será la cabeza. No más. Durante mi presencia entre vosotros, os estoy indicando las distintas clases, con las diferencias entre apóstoles, discípulos y discípulas. Porque son inevitables. Pero mi voluntad es que, de la misma forma que en los discípulos debe haber respeto y obediencia hacia los apóstoles, los apóstoles tengan amor y paciencia para con los discípulos.
-¿Y qué tenemos que hacer? ¿Predicarte continuamente? ¿Sólo predicarte?
-Eso es lo esencial. Luego tendréis que absolver y bendecir en mi nombre, admitir de nuevo a la Gracia, administrar los sacramentos que instituiré…
-¿Qué son?
-Medios sobrenaturales y espirituales aplicados no sin medios materiales, usados para persuadir a los hombres de que el sacerdote hace realmente algo. Como puedes observar, el hombre, si no ve, no cree; siempre necesita algo que le diga que hay algo. Por este motivo, cuando realizo milagros impongo las manos o mojo con saliva u ofrezco un bocado de pan untado en algo. Podría hacer milagros sólo con mi pensamiento. Pero ¿crees que, en ese caso, la gente diría: "Dios ha hecho un milagro"? Dirían:
"Se ha curado porque era la hora de curarse". Y atribuirían el mérito al médico, a las medicinas, a la resistencia física del enfermo. Lo mismo será para los sacramentos: formas del culto para administrar la Gracia, o devolverla, o fortalecerla en los fieles. Juan, por ejemplo, usaba la inmersión en agua para dar una figura de la purificación de los pecados. En realidad, la mortificación de confesar la propia impureza por los pecados cometidos era más útil que el agua que lavaba los miembros. Yo también tendré el bautismo, mi bautismo, que no será simplemente una figura, sino realmente eliminación en el alma de la mancha original y restitución al alma del estado espiritual (aumentado por conferirlo los méritos del Hombre-Dios) que poseían Adán y Eva antes de su pecado.
-Pero… ¡el agua no desciende al alma! El alma es espiritual. ¿Quién podrá cogerla en el recién nacido, en el adulto o en el anciano! Nadie.
-¿Ves que tú mismo admites que el agua es un medio material nulo en lo espiritual? Por tanto, no será el agua, sino la palabra del sacerdote, miembro de la Iglesia de Cristo, consagrado a su servicio, o de otro verdadero creyente que en casos excepcionales lo sustituya, la que obrará el milagro de la redención del bautizado de la culpa original.
-De acuerdo. Pero el hombre es pecador también por sí mismo… ¿Quién quitará los otros pecados?
-El sacerdote lo mismo, Santiago. Si un adulto se bautiza, junto con la culpa de origen quedarán canceladas las otras culpas; si este hombre está ya bautizado y vuelve a pecar, el sacerdote le absolverá en nombre del Dios uno y trino y por el mérito del Verbo encarnado, como hago Yo con los pecadores.
-¡Pero Tú eres santo! Nosotros…
-Debéis ser santos, porque tocáis cosas santas y administráis cosas de Dios.
-¿Vamos a bautizar varias veces al mismo hombre, como hace
Juan, que concede la inmersión en el agua todas las veces que uno se acerca a él?
-Juan, con su bautismo, solamente lleva a cabo una purificación a través de la humildad de la persona que entra en el agua.
Ya te lo he dicho. No bautizaréis por segunda vez a quien ya haya sido bautizado, excepto en el caso de que haya sido bautizado con una fórmula no apostólica sino cismática: en este caso se puede administrar un segundo bautismo, previa expresa petición del interesado, si es adulto, y expresa declaración de querer formar parte de la verdadera Iglesia. En las otras ocasiones, para devolver la amistad y la paz con Dios, usaréis la palabra del perdón unida a los méritos del Cristo, y el alma que se haya acercado a vosotros con verdadero arrepentimiento y humilde acusación será absuelta.
-¿Y si una persona no puede venir por estar tan enfermo que no se le puede mover de su sitio? ¿Morirá, entonces, en pecado? ¿Al sufrimiento de la agonía añadirá el del miedo al juicio de Dios?
-No. El sacerdote irá donde el moribundo y lo absolverá; es más, le dará una forma más amplia de absolución, no global sino para cada uno de los órganos de los sentidos, a través de los cuales el hombre generalmente comete el pecado. Tenemos en Israel el óleo santo, preparado según la regla dada por el Altísimo; con él se consagra el altar, se consagra al pontífice, a los sacerdotes y al rey. El hombre es realmente altar, recibe la realeza por su elección para un solio del Cielo.
Por tanto, puede ser consagrado con el óleo de la unción. El óleo santo, con otras partes del culto israelita, pasará a mi Iglesia, si bien con otros usos. Porque no todo en Israel está mal y hay que rechazarlo; antes al contrario, en mi Iglesia habrá muchos recuerdos de la cepa antigua. Uno de ellos será el óleo de la unción, que será usado también en la Iglesia para consagrar el altar y a los pontífices y jerarquías eclesiásticas, a todas, y para consagrar a los reyes, y a los fieles (cuando sean constituidos príncipes-herederos del Reino o en el momento de la mayor necesidad del máximo auxilio para comparecer ante Dios con miembros y sentidos purificados de toda culpa: la gracia del Señor socorrerá alma y cuerpo, si esto place a Dios para bien del enfermo).
Muchas veces, contribuyen a que el cuerpo no reaccione contra la enfermedad los remordimientos que turban la paz, y la acción de Satanás, que, con esa muerte, espera ganar un alma para su reino y hacer que se desesperen los que todavía viven. El enfermo pasa de la opresión satánica y turbación interior a la paz mediante la certeza del perdón de Dios, que le confiere al mismo tiempo el que Satanás se aleje.
Pues bien, si tenemos en cuenta que, en Adán y Eva, el don de la inmunidad de enfermedades y de cualquier forma de dolor acompañaba al don de la Gracia, pues entonces el enfermo, devuelto a la Gracia, grande como la de un recién nacido que haya recibido mi bautismo, puede obtener también la victoria sobre la enfermedad. En esto debe ser ayudado por la oración de los hermanos en la fe, que tienen la obligación de la piedad hacia el enfermo (piedad no sólo corporal sino, sobre todo, espiritual) orientada a obtener que el hermano se salve física y espiritualmente. La oración, de por sí, ya es una forma de milagro, Santiago; como has visto en el caso de Elías, la oración de un justo puede hacer mucho.
-Te comprendo poco, pero lo que comprendo me llena de reverencia hacia el carácter sacerdotal de tus sacerdotes. Si no he entendido mal, tendremos contigo muchos puntos en común: predicación, absolución, milagro; o sea, tres sacramentos.
-No, Santiago, la predicación y el milagro no son sacramentos. Los sacramentos serán más, siete, como el sacro candelabro del Templo y los dones del Espíritu de Amor.
En verdad, dones y llamas son los sacramentos, otorgados para que el hombre arda ante el Señor por los siglos de los siglos. Habrá también un sacramento para el desposorio humano: se alude a él en el símbolo de las nupcias santas de Sara de Ragüel, liberada del demonio. Este sacramento proporcionará a los esposos todos los auxilios para convivir santamente según las leyes y deseos de Dios. El marido y la mujer también serán ministros de un rito: el rito procreador; y sacerdotes de una pequeña iglesia: la familia. Deberán, por tanto, ser consagrados para procrear con la bendición de Dios, y para educar a una prole en cuyo seno se bendiga el Nombre Santísimo de Dios.
-¿Y a nosotros, los sacerdotes, quién nos va a consagrar?
-Yo, antes de dejaros. Luego vosotros consagraréis a los sucesores y a cuantos agreguéis para propagar la fe cristiana.
-¿Nos vas a enseñar Tú, verdad?
-Yo y Aquel que os he de enviar. Su venida será también un sacramento. Voluntario por parte de Dios Santísimo en su primera epifanía; otorgado, luego, por los que hayan recibido la plenitud del sacerdocio. Será fuerza e inteligencia, afirmación en la fe, piedad santa y santo temor, consejo auxiliador y sabiduría sobrenatural, posesión de una justicia que por su naturaleza y poder hará adulto al niño que la reciba. Pero, todavía no puedes comprender esto.
Él mismo te lo hará comprender; Él, el divino Paráclito, el Amor eterno, cuando lleguéis al momento de recibirlo en vosotros. Y así, por ahora, no podéis comprender otro sacramento. Es tan sublime que es casi incomprensible para los ángeles, y, no obstante, vosotros, simples hombres, lo comprenderéis por virtud de fe y de amor. En verdad te digo que quien lo ame y lo haga alimento de su espíritu podrá pisotear al demonio sin sufrir daño. Porque Yo estaré entonces con él. Trata de recordar estas cosas, hermano. A ti te tocará decírselas a tus compañeros y a los fieles, muchas, muchísimas veces. Para ese entonces, sabréis ya por ministerio divino; pero tú podrás decir:
"Me lo dijo un día, bajando del Carmelo. Me dijo todo porque desde entonces estaba destinado a ser la cabeza de la Iglesia de Israel".
-Debo hacerte otra pregunta. La he pensado esta noche. ¿Tengo que ser yo quien diga a los compañeros: "Seré la cabeza aquí"? No me gusta. Lo haré si lo ordenas, pero no me gusta. -No temas. El Espíritu Paráclito descenderá sobre todos y os dará pensamientos santos. Todos tendréis los mismos pensamientos para la gloria de Dios en su Iglesia. -¿Y no volverán a darse nunca estas discusiones tan… tan desagradables que hay ahora? ¿Y Judas de Simón no será ya un elemento que produzca malestar? -No.
Tranquilo. No lo será ya. De todas formas habrá todavía divergencias. Por eso precisamente te he dicho: vela y cuida incansablemente, cumpliendo tu deber con totalidad. -Otra pregunta, mi Señor. En tiempo de persecución, ¿cómo me debo comportar? Parece, según lo que dices, que de los doce el único que vaya a quedarse sea yo. 0 sea, los otros se irán huyendo de la persecución. ¿Y yo?
-Tú te quedarás en tu lugar, porque, si bien es necesario que no seáis exterminados hasta que no esté bien consolidada la Iglesia -lo cual justifica la dispersión de muchos discípulos y de casi todos los apóstoles-, nada justificaría tu deserción y el abandono por parte tuya de la Iglesia de Jerusalén; es más, cuanto más esté en peligro, más tendrás que velar por ella como si fuese tu hijo más amado y estuviera a las puertas de la muerte.
Tu ejemplo fortalecerá el espíritu de los fieles. Tendrán necesidad de ello para superar la prueba. Cuanto más débiles los veas, más los deberás sostener, con compasión y sabiduría. No seas inmisericorde con los débiles aunque tú seas fuerte; antes bien, sostenlos, pensando: "Para alcanzar esta fortaleza que tengo, he recibido todo de Dios; humildemente debo decirlo y ser caritativo con los que han recibido menos dones de Dios", y entrega, entrega tu fuerza, con la palabra, la ayuda, la calma, el ejemplo.
-¿Qué debo hacer si hay fieles malos, causa de escándalo y de peligro para los demás?
-Prudencia al aceptarlos, porque es mejor ser pocos buenos que muchos no buenos. Ya conoces el viejo apólogo de las manzanas sanas y deterioradas. Haz que no se dé esto en tu iglesia. Pero si encuentras tú también tus traidores, trata por todos los medios de hacerlos cambiar, reservando las medidas severas como último recurso. Si se trata sólo de pequeñas culpas, individuales, no manifiestes una severidad apabullante. Perdona, perdona… Para redimir a un corazón, es más eficaz el perdón sazonado de lágrimas y palabras de amor que no un anatema. Si la culpa es grave, pero resultado de un repentino asalto de Satanás, una cosa tan grave que el culpable siente la necesidad de huir de tu presencia, ve tú en busca del pecador, porque él es el cordero descarriado y tú el pastor.
No temas rebajarte por descender por los caminos embarrados, hurgando en las aguas estancadas, buscando en los abismos. No temas; tu frente entonces será coronada con la corona de los mártires del amor, la primera de las tres coronas… Y, si te traicionan, como traicionaron al Bautista, y a tantos otros, porque todo santo tiene su traidor, pues perdona; perdona a éste más que a ningún otro. Perdona como Dios ha perdonado y perdonará a los hombres. Sigue llamando "hijo" a quien te cause dolor, porque así os llama el Padre a través de mi boca, y, en verdad, no hay ningún hombre que no haya causado dolor al Padre de los Cielos…
Un largo silencio mientras atraviesan pastos tachonados de ovejas que pacen.
Al final, Jesús dice:
-¿No tienes otras preguntas que hacerme?
-No, Jesús. Y esta mañana he comprendido mejor mi tremenda misión…
-Porque estás menos turbado que ayer. Cuando llegue tu hora, te sentirás aún más en paz y comprenderás mejor todavía.
-Recordaré todas estas cosas… todas… menos…
-¿Qué, Santiago?
-Lo que esta noche no me dejaba mirarte sin llorar. Eso que no sé si verdaderamente me lo has dicho Tú -y, como dicho por ti, tendría que creerlo-o si ha sido una turbación demoníaca. Pero, ¿cómo podrías estar tan sereno si… si eso te fuera a suceder verdaderamente?
-¿Estarías sereno si te dijera: “Allá hay un pastor que renquea porque está impedido de una pierna. Trata de curarlo en nombre de Dios"?
-No, mi Señor. Me sentiría como fuera de mí pensando en la tentación de usurpar tu puesto.
-¿Y si te lo mandara?
-Lo haría por obediencia. No me turbaría en absoluto, porque sabría que sería voluntad tuya. No tendría miedo a no ser capaz, porque está claro que Tú, al mandarme, me darías la fuerza de cumplir tu voluntad.
-Tú lo has dicho. Es así. Piensa entonces que Yo, obedeciendo al Padre, estoy siempre en paz.
Santiago llora con la cabeza baja.
-¿Quieres verdaderamente olvidar?
-Lo que quieras Tú, Señor…
-Puedes elegir entre dos cosas: olvidar o recordar. Olvidar te liberará del dolor y del silencio absoluto ante tus compañeros, pero te dejará sin preparación. Recordar te preparará para tu misión, porque basta recordar lo que sufre en su vida terrena el Hijo del hombre para no quejarse nunca y vigorizarse espiritualmente viendo toda la realidad de Cristo en su más luminosa luz. Elige.
-Creer, recordar, amar. Esto es lo que querría. Y morir, lo antes posible, Señor… -y Santiago sigue llorando en silencio. Si no fuera por las gotas de llanto que brillan en su barba castaña, no se sabría que está llorando.
Jesús lo deja llorar…
Al final Santiago dice:
-¿Y si más adelante vuelves a aludir a… a tu martirio, debo decir que lo sé?
-No. Guarda silencio. José supo callar respecto a su dolor de esposo que se creía traicionado, así como respecto al misterio de la concepción virginal y de mi Naturaleza.
Imítalo. Aquello era también un secreto tremendo, un secreto que había que custodiar, porque el no custodiarlo, por orgullo o ligereza, habría significado poner en peligro toda la Redención. Satanás es constante en la vigilancia y en la acción. Recuérdalo. Si hablases ahora, perjudicarías a demasiados, y por demasiadas cosas. Guarda silencio.
-Guardaré silencio… aunque significará doble peso…
Jesús no responde. Deja que Santiago, al amparo de la prenda que cubre su cabeza, llore libremente.
Se encuentran con un hombre que lleva atado a sus espaldas a un pobre niño.
-¿Es tu hijo? -pregunta Jesús.
-Sí. Me ha nacido, matando a su madre, así. Ahora, que ha muerto también mi madre, cuando voy a trabajar me lo llevo conmigo para poder tener cuidado de él. Soy leñador. Lo recuesto en la hierba, encima del manto, y, mientras talo los árboles, se divierte con las flores. ¡Pobre hijo mío!
-Gran desdicha la tuya.
-¡Pues sí! Pero la voluntad de Dios debe recibirse con paz.
-Adiós, hombre. La paz sea contigo.
El hombre sube el monte. Jesús y Santiago siguen bajando.
-¡Cuántas desgracias! Esperaba que lo curases -suspira Santiago.
Jesús no da muestras de haber oído.
-Maestro, si ese hombre hubiera sabido que eres el Mesías, quizás te hubiera pedido el milagro… Jesús no responde.
-Jesús, ¿me dejas volver para decírselo a aquel hombre? Siento compasión de aquel niño. Mi corazón está ya muy lleno de dolor; dame al menos la alegría de ver curado a aquel niño.
-Ve si quieres. Te espero aquí.
Santiago echa a correr, alcanza al hombre, lo llama:
-¡Hombre, detente, escucha! Aquel que estaba conmigo es el Mesías. Dame tu niño para que se lo lleve. Ven también tú, si quieres, para ver si el Maestro te lo cura.
-Ve tú, hombre. Tengo que segar toda esta leña. Ya se me ha hecho tarde por causa del niño. Si no trabajo, no como. Soy pobre y él me cuesta mucho. Creo en el Mesías, pero es mejor que le hables tú por mí.
Santiago se agacha para recoger al niño, que está recostado en la hierba.
-Con cuidado -advierte el leñador -es un puro dolor.
En efecto: apenas Santiago trata de alzarlo, el niño llora quejumbrosamente.
-¡Qué pena! -suspira Santiago.
-Una gran pena -dice el leñador mientras se aplica con la sierra a un tronco duro, y añade: « ¿No podrías curarlo tú?
-Yo no soy el Mesías. Soy sólo un discípulo suyo…
-¿Y qué quieres decir con eso? Los médicos aprenden de otros médicos; los discípulos, del Maestro. ¡Venga hombre!
¡Sé bueno, no dejes que siga sufriendo! Inténtalo tú. Si el Maestro hubiera querido venir, lo habría hecho. Te ha mandado a ti o porque no lo quiere curar o porque quiere que lo cures tú.
Santiago duda un momento. Luego se decide. Se endereza y ora como ve hacer a su Jesús, y ordena:
-En nombre de Jesucristo, Mesías de Israel e Hijo de Dios, queda curado.
Acto seguido, se arrodilla y dice:
-¡Señor mío, perdón! ¡He actuado sin tu permiso! Ha sido compasión por esta criatura de Israel! ¡Piedad, Dios mío! ¡Piedad para él y para mí, que soy un pecador! -y rompe a llorar, inclinado hacia el cuerpo extendido del niño. Las lágrimas caen encima de las piernecitas torcidas e inertes.
Aparece Jesús por el sendero. Ninguno lo ve, porque el leñador está trabajando, Santiago llora y el niño mira a este último con curiosidad, y, meloso, pregunta: -¿Por qué lloras? -y alarga una manita para acariciarlo, y, sin darse cuenta, se sienta por sus propias fuerzas, se levanta y abraza a Santiago para consolarlo. Es el grito de Santiago lo que hace que el leñador se vuelva, y entonces ve a su hijo bien derecho con sus propias piernas, que ya no están ni muertas ni torcidas. Al volverse, ve a Jesús. -¡Ahí está! -grita mientras señala a las espaldas de Santiago, que también se vuelve y ve a Jesús, mirándolo con un rostro radiante de alegría.
-¡Maestro! ¡Maestro! No sé cómo se ha producido… La compasión… Este hombre… este niño… ¡Perdón!
-Álzate. Los discípulos no son más que el Maestro, pero pueden realizar lo que el Maestro, cuando lo hacen con santo motivo. Levántate y ven conmigo. Os bendigo.
Recordad que los siervos hacen las obras del Hijo de Dios -y se marcha llevándose consigo a Santiago, que sigue diciendo: « ¿Cómo lo he hecho? No entiendo. ¿Con qué he hecho un milagro en tu nombre?
-Con tu piedad, Santiago; con tu deseo de que ese inocente y ese hombre, que creía y dudaba, me amasen. Juan hizo un milagro por amor en Jabnia: curó a un moribundo ungiéndolo mientras oraba. Tú aquí has curado con tu llanto y piedad, y con tu confianza en mi Nombre. ¿Ves qué paz produce el servir al Señor cuando hay recta intención en el discípulo? Ahora vamos a andar ligero porque aquel hombre nos sigue y no conviene todavía que los otros sepan esto.
Pronto os enviaré en mi Nombre… (un fuerte suspiro de Jesús), como Judas de Simón desea ardientemente hacer (otro fuerte suspiro). Y llevaréis a cabo obras… Pero no para todos significará un bien. ¡Rápido, Santiago! Simón Pedro, tu hermano y los otros, si supieran esto, sufrirían, como si fuera parcialidad, aunque de hecho no lo es: es preparar a alguno de entre vosotros doce que sepa guiar a los de-más. Vamos a bajar al guijarral cubierto de hojarasca de este torrente para que se pierdan nuestras huellas… ¿Lo sientes por el niño?… Volveremos a encontrarlo.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Es la misma hora, pero del día siguiente.
Santiago está todavía retirado dentro de la grieta del monte, sentado, todo acurrucado, con la cabeza inclinada hasta tocar casi las rodillas, elevadas y ceñidas con los brazos; o está en profunda meditación o duerme, no distingo bien. Se ve claramente que no percibe lo que sucede a su alrededor, concretamente una pelea entre dos aves grandes, que, por algún motivo suyo particular combaten ferozmente en el pequeño prado.
Diría que son gallos de montaña o urogallos o faisanes, porque tienen el volumen de un gallo pequeño y plumas irisadas, pero no tienen cresta (sólo un pequeño yelmo de carne roja como un coral en la parte alta de la cabeza y en las mejillas); si la cabeza es pequeña, el pico debe ser un punzón de acero. Plumas que vuelan por el aire, sangre que cae al suelo; en medio de un guirigay muy sensible, que ha hecho callar silbos, trinos y gorjeos, en la espesura. Quizás los pajarillos observan el feroz carrusel… Santiago no oye nada.
Jesús, sin embargo, sí que oye; baja de la cima adonde había subido y, dando unas palmadas, separa a los contendientes, los cuales huyen sangrando, uno hacia la ladera del monte, el otro a la copa de un roble, y allí se pone en orden las plumas, que tiene todo erizadas y alborotadas.
Santiago no alza la cabeza tampoco por el ruido que ha hecho Jesús, quien, sonriendo, camina un poco más y se para en el centro del prado. Su túnica blanca parece teñirse de rojo en la parte derecha por la intensidad del arrebol del ocaso. Parece verdaderamente como si el cielo hubiera prendido fuego. Pues bien, a pesar de todo, Santiago no debía estar dormido, porque cuando Jesús susurra -verdaderamente sólo susurra-:
-Santiago, ven -levanta la cabeza de las rodillas, abre el cerco de sus brazos, se pone en pie y va hacia Jesús.
Se para frente a Él, a unos dos pasos de distancia, y lo mira.
Jesús también lo mira, con expresión seria aunque alentadora por una sonrisa que es visible aun no siendo ni de labios ni de miradas. Lo mira fijamente, como queriendo leer hasta las más imperceptibles reacciones y emociones de su primo y apóstol, el cual, como ayer, sintiéndose a las puertas de una revelación, palidece; y su palidez es mayor todavía, hasta parecer un continuo con su túnica de lino, cuando Jesús alza los brazos, le apoya las manos en los hombros y mantiene esta postura: Santiago asemeja entonces verdaderamente a una hostia: solamente los mansos ojos castaño oscuros y la barba castaña ponen algo de color en ese rostro atento.
-Santiago, hermano mío, ¿sabes por qué he querido que vinieras aquí, y estar a solas para hablarte, tras horas de oración y meditación?
Da la impresión de que a Santiago le cueste responder, debido a la fuerte emoción; al fin, abre los labios para responder en voz baja:
-Para darme una lección especial, o para el futuro o porque soy el menos dotado de todos; te doy las gracias de antemano, aunque se trate de una corrección. Créeme, Maestro y Señor, que si soy tardo e incapaz es por deficiencia, no por mala voluntad.
-No se trata de una corrección, sino de una lección para cuando no esté con vosotros. Durante estos meses has pensado mucho en tu corazón lo que te dije un día, al pie de este monte, cuando te prometí que vendría aquí contigo, no sólo para hablar del profeta Elías y contemplar el mar que desde allí resplandecía, infinito, sino para hablarte de otro mar, aún mayor, más mudable, más engañoso que éste, que hoy parece el más plácido de los embalses pero que, quizás, dentro de pocas horas se tragará, con hambre voraz, barcas y hombres. Nunca has separado el pensamiento de lo que te dije entonces, ni del hecho de que la venida aquí tuviera que ver con tu destino futuro. Tanto es así, que te estás poniendo cada vez más pálido, al intuir que se trata de un grave destino, de una herencia llena de tal responsabilidad, que haría temblar incluso a un héroe. Son una responsabilidad y una misión que deben ser actuadas con toda la santidad que es posible en un hombre para no defraudar el deseo de Dios.
No tengas miedo, Santiago; no quiero tu mal. Por tanto, si te destino a ella, es señal de que sé que no te dañará, sino que te dará gloria sobrenatural. Escúchame, Santiago, pon paz en ti con un vivo acto de abandono en mí, para poder oír y recordar mis palabras.
Nunca volveremos a estar tan solos, ni con el espíritu tan predispuesto a comprendernos.
Yo un día me iré, como todos los hombres, que tienen un tiempo de permanencia en la tierra. Mi permanencia cesará de una forma distinta de la de los hombres, pero cesará; entonces no me tendréis a vuestro lado sino con mi Espíritu, el cual -te lo aseguro-no os abandonará jamás.
Me iré después de daros lo necesario para hacer progresar mi Doctrina en el mundo, después de cumplir el Sacrificio y obteneros la Gracia; con ésta y con el Fuego sapiencial y heptamorfo podréis hacer lo que ahora sólo con imaginarlo os parecería locura y presunción. Yo me iré y vosotros os quedaréis. El mundo que no ha comprendido a Cristo no comprenderá a los apóstoles de Cristo. Por eso os perseguirán, os dispersarán, como si fuerais los más peligrosos para el bienestar de Israel. Pero, puesto que sois mis discípulos, debéis sentiros contentos de sufrir los mismos dolores que vuestro Maestro.
Un día de Nisán te dije: "Tú serás el que quede, de los profetas del Señor". Tu madre, por ministerio espiritual, ha intuido de alguna forma el significado de estas palabras. Pues bien, antes de que se cumplan para mis apóstoles, a ti, y para ti, se te habrán cumplido ya.
Santiago, todos serán dispersados excepto tú, hasta la llamada de Dios a su Cielo. Permanecerás en el lugar para el que te elegirá Dios por boca de tus hermanos -tú, descendiente de la estirpe real, en la ciudad real-y alzarás mi cetro y hablarás del verdadero Rey. Rey de Israel y del mundo, según una realeza sublime que sólo comprenden aquellos a quienes es revelada.
Entonces necesitarás fortaleza, constancia, paciencia y sagacidad sin límites. Tendrás que ser justo con caridad, con una fe simple y pura como la de un niño, y al mismo tiempo erudita, propia de un verdadero maestro, para sostener la fe, agredida en muchos corazones y por muchas cosas contrarias, y para refutar los errores de los falsos cristianos y las sutilezas doctrinales del viejo Israel, el cual, ciego ya desde ahora, estará más ciego que nunca cuando haya matado la Luz, y forzará las palabras proféticas e incluso los mandamientos del Padre, de quien procedo, para persuadirse a sí mismo, y así darse paz, y persuadir al mundo, de que los patriarcas y los profetas no hablaban de mí, sino que Yo era solamente un pobre hombre, un iluso, un desquiciado -esto para los mejores-o -para los menos buenos del viejo Israel-un hereje endemoniado.
Te ruego que entonces seas otro Yo. ¡No, que no es imposible! Es posible. Deberás tener presente a tu Jesús, sus actos, su palabra, sus obras; deberás vaciarte en mí como si te depositaras suavemente en el molde de arcilla que usan los fundidores de metales para darles una impronta. Yo estaré siempre presente. Tan presente y vivo con vosotros, mis fieles, que podréis uniros a mí, ser vosotros otro Yo, con sólo desearlo. Y tú, que has vivido conmigo desde la más tierna edad, que recibiste el alimento de la Sabiduría de manos de María antes que de mis propias manos, tú que eres sobrino del hombre más justo que tuvo Israel, tú debes ser un perfecto Cristo…
-¡No puedo, no puedo, Señor! Da esta misión a mi hermano, a Juan, a Simón Pedro, al otro Simón; a mí no, Señor. ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¡¿No ves que soy un pobre, bien pobre, hombre que tiene sólo una capacidad: quererte mucho y creer firmemente en todo lo que dices?
Judas tiene un temperamento muy fuerte. Irá muy bien donde haya que abatir el paganismo. No aquí, donde lo que habrá que hacer será convencer del cristianismo a aquellos que, por ser ya pueblo de Dios, creen a pies juntillas que están en lo cierto; no aquí, donde lo que hay que hacer es convencer a todos aquellos que, a pesar de creer en mí, se sentirán defraudados por el desarrollo de los acontecimientos. Convencerlos de que mi Reino no es de este mundo, sino que es el Reino enteramente espiritual de los Cielos, cuyo preludio es una vida cristiana, o sea, una vida en que los valores preponderantes sean los del espíritu.
El convencimiento se obtiene con una firme dulzura. ¡Ay de aquel que echa las manos al cuello para persuadir! La víctima dirá "sí" en ese momento, para librarse del estrangulamiento, pero luego huirá, y -si no es un malvado, sino solamente una persona extraviada-no volverá hacia atrás ni querrá aceptar ya confrontaciones; o -si es un malvado o simplemente un fanático-huirá para ir a armarse y dar muerte a este que, atropellando a los demás, proclama doctrinas distintas de las suyas.
Pues bien, tú estarás rodeado de fanáticos, fanáticos cristianos y fanáticos israelitas. Los primeros querrán de ti acciones de fuerza, o al menos el permiso para llevarlas a cabo (porque el viejo Israel, con sus intransigencias y restricciones, estará todavía presente en ellos, agitando su venenosa cola). Los segundos marcharán contra ti y los otros, como si fuera una guerra santa en defensa de la vieja Fe y de sus símbolos y ceremonias. Y tú estarás en el centro de este mar tempestuoso. Tal es el sino de los líderes. Tú serás la cabeza de los cristianos de la Jerusalén cristianizada por tu Jesús.
Habrás de saber amar con perfección para poder ser líder santamente. A las armas y anatemas de los judíos no opondrás armas y anatemas, sino tu propio corazón. No te permitas nunca imitar a los fariseos considerando a los gentiles estiércol; que también para ellos he venido. En verdad, si hubiera sido sólo para Israel, el anonadamiento de Dios tomando una carne susceptible de muerte hubiera sido desproporcionado. Pues, si bien es verdad que mi Amor me habría movido a encarnarme con alegría por la salvación de una sola alma, la Justicia, que es también parte de Dios, impone que el anonadamiento del Infinito sea por una infinidad: el género humano.
Serás dulce con ellos, con esa dulzura que no rechaza, limitándote a ser inquebrantable sólo en el dogma; serás condescendiente para con otras formas materiales de vida que no menoscaban el espíritu y son distintas de las nuestras. Mucho tendrás que combatir con los hermanos por esto, porque Israel está cargado de prácticas externas e inútiles porque no cambian el espíritu. Tú, por el contrario, preocúpate únicamente del espíritu, y así enséñalo a otros. No pretendas que los gentiles muden de repente sus usanzas; tú tampoco cambiarás de golpe las tuyas.
No estés amarrado a tu escollo, porque para recoger en el mar los restos de embarcaciones y llevarlos al arsenal para reconstruirlos es necesario navegar, no estar parado; y debes ir en busca de estos restos (los hay en la gentilidad y en Israel). En el confín del mar inmenso está Dios abriendo los brazos a todos los que ha creado, sean ricos de origen santo, como los israelitas, o pobres como los paganos.
He dicho: “Amad a vuestro prójimo". Prójimo no es sólo el miembro de la familia o el compatriota, sino también el hombre hiperbóreo cuyo aspecto no conocéis, y aquel que en este momento contempla una aurora en regiones desconocidas, o recorre los neveros de las cadenas fabulosas de Asia, o está bebiendo en un río que abre su lecho entre las selvas ignotas del centro africano. Aunque te viniera un adorador del Sol, o uno que tiene por dios al voraz cocodrilo; o uno que se cree la reencarnación del Sabio y que ha sabido intuir la Verdad, pero que no ha sabido aferrar su Perfección y dársela a sus fieles como Salvación; o un asqueado ciudadano de Roma o de Atenas que te suplicara: "Dame a conocer a Dios"… no puedes, no debes, decirles: “Alejaos de mí porque llevaros a Dios sería una profanación".
Ten presente que éstos no conocen, mientras que Israel sí que conoce. Pues bien, en verdad muchos en Israel son y serán más idólatras y crueles que el más bárbaro de los idólatras del mundo; y sacrificarán víctimas humanas no a este ídolo o a aquél, sino a sí mismos, a su orgullo, ávidos de sangre una vez que se haya encendido en ellos una sed inextinguible que durará hasta el final de los siglos; sólo el beber de nuevo, y con fe, aquello que había provocado la sed atroz podría calmarla. Pero entonces será también el fin del mundo, porque el último en decir: "Creemos que eres Dios y Mesías" será Israel, a pesar de todas las pruebas que de mi Divinidad he dado y daré.
Velarás y cuidarás porque la fe de los cristianos no sea vana. Vana sería si fuera sólo una fe de palabras y de prácticas hipócritas. Lo que da vida es el espíritu. El espíritu falta en el ejercicio mecánico o farisaico, que no es otra cosa sino simulacro de fe, no verdadera fe. ¿De qué le valdría al hombre cantar alabanzas a Dios en la asamblea de los fieles, si luego cada acto suyo es una imprecación contra Él? Dios, en efecto, no se hace juguete del fiel, sino que, dentro de su paternidad, conserva siempre las prerrogativas de Dios y Rey.
Vela y cuida porque nadie usurpe un lugar que no le corresponde. Dios dará la Luz en la medida de vuestros grados. Dios no os dejará sin la Luz, a menos que no quede apagada en vosotros la Gracia por el pecado.
A muchos les placerá oír que los llaman "maestro". Sólo uno es el Maestro: quien te está hablando; sólo una es Maestra: la Iglesia que le perpetúa. En la Iglesia, serán maestros aquellos que sean consagrados con encargo especial para la enseñanza. Pero entre los fieles habrá quienes por voluntad de Dios y por su propia santidad, o sea, por su buena voluntad, serán absorbidos por el remolino de la Sabiduría y hablarán. Otros habrá -de por sí no sabios, pero sí dóciles cual instrumentos en manos del artífice-que hablarán en nombre del Artífice, repitiendo como niños buenos aquello que su Padre les dice que digan, aun sin comprender toda la amplitud de lo que dicen. En fin, habrá quienes hablen como si fueran maestros, con un esplendor que seducirá a los ingenuos, pero serán soberbios, duros de corazón, celosos, iracundos, embusteros, lujuriosos.
De la misma forma que te digo que recojas las palabras de los sabios en el Señor y de los sublimes pequeñuelos del Espíritu Santo, y que incluso los ayudes a comprender la profundidad de las divinas palabras -en efecto, si bien ellos son los portadores de la divina Voz, vosotros, mis apóstoles, seréis siempre los responsables de la enseñanza en mi Iglesia, y debéis socorrer a éstos, sobrenaturalmente cansados de la extasiante y grave riqueza que Dios ha depositado en ellos para que la transmitan a sus hermanos-, de la misma forma te digo: rechaza las palabras falaces de los falsos profetas, cuya vida no responde a mi doctrina. La bondad de vida, la mansedumbre, la pureza, la caridad y humildad no faltarán nunca en los sabios y en las pequeñas voces de Dios; siempre en los otros.
Vela y cuida porque no haya celos ni calumnias en la asamblea de los fieles, como tampoco resentimientos ni espíritu de venganza. Vela y cuida porque la carne no pase a dominar sobre el espíritu. No podría soportar las persecuciones aquel cuyo espíritu no fuera soberano de la carne.
Santiago, sé que lo harás, pero da a tu Hermano la promesa de que no lo defraudarás.
-¡Pero, Señor, Señor! Sólo una cosa me da miedo: no ser capaz. Señor mío, te ruego que le des a otro este encargo.
-No. No puedo…
-Simón de Jonás te ama, y Tú lo amas…
-Simón de Jonás no es Santiago de David.
-¡Juan! Juan, el ángel docto… hazlo a él tu siervo aquí.
-No. No puedo. Ni Simón ni Juan poseen esa nada que, a pesar de no ser nada, es mucho ante los hombres: el parentazgo. Tú eres el pariente mío. Después de haberme… después de haberme negado el debido reconocimiento, la parte mejor de Israel buscará el perdón de Dios y de sí misma, tratando de reconocer al Señor que habrán maldecido en la hora de Satanás, y les parecerá obtener el perdón -y, por tanto, fuerza para caminar por mi vía-si ven en mi lugar a uno de mi misma sangre. Santiago, en este monte se han producido cosas muy grandes. Aquí el fuego de Dios consumió no sólo el holocausto, la leña, las piedras, sino incluso la tierra y hasta el agua que había en el hoyo.
Santiago, ¿crees que Dios no puede volver a hacer algo semejante, encendiendo y consumiendo toda la materialidad del hombre-Santiago para hacer un Santiago-fuego de Dios? Hemos estado hablando mientras el ocaso ha hecho de fuego incluso nuestros indumentos. Así, ¿cómo crees que fue el fulgor del carro que raptó a Elías, no menos intenso o más intenso?
-Mucho más refulgente, porque su fuego era celestial.
-Pues piensa entonces lo que será un corazón que se haya transformado en fuego por tener en sí a Dios, porque Dios quiere que perpetúe a su Verbo en la predicación de la Nueva de Salvación.
-Pero, ¿por qué no continúas Tú, Verbo de Dios, eterno Verbo?
-Porque soy Verbo y Carne. Con el Verbo debo instruir, con la Carne redimir.
-¡Jesús mío! ¿Cómo vas a redimir? ¿Qué te espera?
-Santiago, recuerda lo que dijeron los profetas.
-¿Pero no hablan alegóricamente? ¿Podrás ser maltratado por los hombres, Tú que eres el Verbo de Dios? ¿No quieren decir, quizás, que darán tormento a tu divinidad, a tu perfección, pero nada más, nada más que eso? Mi madre se preocupa por mí y Judas, yo por ti y María, y… por nosotros, que somos muy débiles. Jesús, Jesús, si el hombre cometiera atropello contigo, ¿no crees que muchos de nosotros te considerarían reo y se alejarían de ti desilusionados?
-Estoy seguro de ello. Serán zarandeados todos los estratos de mis discípulos. Pero luego tornará la paz; es más, se producirá una aglutinación de las partes mejores, y sobre ellas, después de mi sacrificio y triunfo, descenderá el Espíritu fortalecedor y sapiente: el divino Espíritu.
-Jesús, para que yo no me desvíe ni me escandalice en esa hora tremenda, dime: ¿qué te van a hacer?
-Grande es lo que me preguntas.
-Dímelo, Señor.
-Saberlo exactamente te significará tormento.
-No importa. Por el amor que nos ha unido…
-No se debe saber.
-Dímelo y luego borra mi memoria hasta la hora en que haya de cumplirse; entonces, ponla de nuevo en mi memoria junto con esta hora. Así no me escandalizaré de nada y no pasaré a la parte de tus adversarios en el fondo de mi corazón.
-No servirá de nada, porque también tú cederás en la tempestad.
-¡Dímelo, Señor!
-Seré acusado, traicionado, apresado, torturado, crucificado.
-¡Nooo!
Santiago grita y se encorva como si lo hubieran herido de muerte.
-¡No! repite -Si te hacen esto a ti, ¿qué nos harán a nosotros? ¿Cómo vamos a poder continuar tu obra? No puedo, no puedo aceptar el puesto que me asignas… ¡No puedo!… ¡No puedo! Si Tú mueres, seré yo también un muerto, sin energía alguna. ¡Jesús! ¡Jesús! Escúchame. No me dejes sin ti. ¡Prométemelo, prométeme esto al menos!
-Te prometo que vendré a guiarte con mi Espíritu, una vez que la gloriosa Resurrección me libre de las ataduras de la materia. Seremos una cosa sola como ahora que estás entre mis brazos.
En efecto, Santiago se ha entregado al llanto apoyado en el pecho de Jesús.
-No llores más. Salgamos de esta hora de éxtasis, luminosa y penosa, como quien sale de las sombras de la muerte y recuerda todo excepto el acto-muerte, minuto de espanto helador que como hecho muerte dura siglos. Ven, te beso así, para ayudarte a olvidar el horror de mi destino de Hombre. Tendrás el recuerdo en su debido momento, como has pedido. Ten, te beso en la boca, que deberá repetir mis palabras a las gentes de Israel; en el corazón, que deberá amar como Yo he dicho; en la sien, donde cesará la vida junto con la última palabra de amorosa fe en mí.
¡Cómo vendré, hermano amado, a tu lado, en las asambleas de los fieles, en las horas de meditación, en las horas de peligro y en la hora de la muerte! Nadie, ni siquiera tu ángel, recogerá tu espíritu; seré Yo, con un beso, así…
Permanecen largo tiempo abrazados, y Santiago parece casi como adormilarse en la alegría de los besos de Dios, que le hacen olvidar su sufrimiento. Cuando levanta la cabeza, es de nuevo el Santiago de Alfeo, sereno y bueno, tan parecido a José, esposo de María. Sonríe a Jesús: es una sonrisa más madura, un poco triste, pero tan dulce como siempre.
-Vamos a comer, Santiago. Luego dormiremos bajo las estrellas. Con las primeras luces bajaremos al valle… volveremos donde los hombres…
Jesús suspira… pero termina, con una sonrisa:
-… Y con María.
-¿Qué voy a decirle a mi madre, Jesús? ¿Y a los compañeros? Me harán preguntas…
-Podrás referirles todo lo que te he dicho: lo que te he hecho considerar sobre las respuestas de Elías a Ajab, al pueblo en el monte; y sobre el poder de que goza una persona a la que Dios ama, en cuanto a conseguir de pueblos y elementos enteros lo que se quiere; sobre su celo, que lo devora, por el Señor; y cómo he ofrecido a tu consideración que con la paz se entiende a Dios y en la paz se le sirve. Les dirás que, de la misma forma que Yo os he llamado, vosotros -como Elías con su manto respecto a Eliseo-con el manto de la caridad podréis conquistar a nuevos siervos de Dios para el Señor.
Y a los que siempre tienen preocupaciones refiéreles cómo te he hecho notar la alegre libertad que muestra Eliseo respecto a las cosas del pasado, liberándose de bueyes y arado.
Diles cómo te he recordado que a quien quiere milagros mediante Belcebú le viene el mal, no el bien, como le sucedió a Ocozías, según la palabra de Elías. Diles, finalmente, cómo te he prometido que el que permanezca fiel hasta la muerte recibirá el fuego purificador del Amor para consumir las imperfecciones y llevarlo directamente al Cielo. Lo demás es sólo para ti.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-Evangelizad por la llanura de Esdrelón hasta que vuelva -ordena Jesús a sus apóstoles en una serena mañana, mientras en los márgenes del Kisón consumen un poco de comida: pan y fruta.
Los apóstoles no parecen muy entusiastas, pero Jesús los conforta dando una línea que seguir en su modo de proceder; y termina:
-Por lo demás, tenéis con vosotros a mi Madre. Será una buena consejera. Dirigíos a los campesinos de Jocanán, y tratad de hablar el sábado con los otros de Doras.
Llevadles socorros y consolad al anciano padre de Margziam con las noticias del niño; decidle que para los Tabernáculos se lo llevaremos. Dad mucho, todo lo que tengáis, a los infelices: todo lo que sepáis, todo el afecto de que seáis capaces, todo el dinero que tenemos.
No temáis. Como sale entra. De hambre no moriremos nunca, aunque vivamos sólo de pan y fruta. Y, si veis desnudez, dad los vestidos, incluso los míos; es más, los primeros los míos. No nos quedaremos nunca desnudos. Y, sobre todo, si encontráis desdichados que me buscan, no los rechacéis: no tenéis derecho a hacerlo. Adiós, Madre. Que Dios, por mi boca, os bendiga a todos. Id y sentíos seguros. Ven, Santiago.
-¿No tomas ni siquiera tu talega? -pregunta Tomás al ver que el Señor se pone en camino y no la toma.
-No es necesaria. Caminaré más libre.
Santiago también deja la suya, a pesar de que su madre, solícita, la hubiera atiborrado de pan, pequeños quesos y fruta.
Se ponen en camino. Durante un poco de tiempo siguen el ribazo del Kisón; luego, acometiendo las primeras pendientes que llevan al Carmelo, desaparecen de la vista de los que se han quedado.
-Madre, estamos en tus manos. Guíanos, porque… no somos capaces de nada -confiesa humildemente Pedro.
María regala una sonrisa tranquilizadora y dice:
-Es muy simple. Lo único es obedecer sus indicaciones, y haréis todo bien. Vamos.
-Pero yo no voy con ellos. […] sigo a Jesús […].
Jesús sube sin hablar con su primo Santiago, que tampoco habla; está concentrado en sus pensamientos. Santiago, que se siente ante las puertas de una revelación, va penetrado todo de un amor reverencial, invadido de un temblor espiritual, y mira de tanto en tanto a Jesús, el cual, en medio de su estado de concentración, de vez en cuando, muestra una luminosa sonrisa en su rostro solemne. Mira a Jesús como miraría a Dios antes de encarnarse y con todo el resplandor de su inmensa majestad, y su cara, tan parecida a la de San José, de un moreno que no impide el rojo en lo alto de los pómulos, se pone pálida de emoción. Pero respeta el silencio de Jesús.
Van subiendo por empinados atajos, casi sin ver a los pastores que han sacado a pastar a sus rebaños a los verdes pastos de los bosques de acebos, robles, fresnos y otros árboles agrestes. Van subiendo, rozando con sus mantos las matas verdes -claras de los enebros, las matas de oro de las ginestas, o los matorrales de esmeralda salpicada de perlas de los mirtos, o las cortinas semovientes de las madreselvas y las clemátides en flor.
Van subiendo, dejando atrás a leñadores y pastores, hasta llegar, tras incansable camino, a la cresta del monte, más exactamente un pequeño rellano adosado a una cresta coronada por robles gigantescos: limitado por una balaustrada de troncos que tienen por base las copas de los otros árboles de la pronunciada pendiente, de modo que es como si el pequeño prado estuviera apoyado sobre este susurrante soporte; aislado del resto del monte, que no se puede ver por las frondas de más abajo; a sus espaldas el pico, que lanza sus árboles hacia el cielo; encima, el cielo abierto; de frente, el abierto horizonte, arrebolado a esta hora del ocaso, y que se derrama en el mar enteramente encendido.
Una grieta (de amplitud apenas suficiente para que quepa un hombre no corpulento) de la tierra -si no hay desprendimiento es porque las raíces de los robles gigantes mantienen el terreno en una red de tenazas-se abre en este rellano que un matorral de ramajes enredados parece prolongar extendiéndose horizontalmente desde su borde.
Jesús abre la boca para decir:
-Santiago, hermano mío, pasaremos esta noche aquí. A pesar de que sea mucho el cansancio de la carne, te pido pasar la noche en oración, la noche y todo el día de mañana hasta esta hora. Una jornada completa no es demasiado para recibir lo que quiero darte.
-Jesús, Señor y Maestro mío, haré siempre lo que quieras -responde Santiago, que había palidecido aún más cuando Jesús había empezado a hablar.
-Lo sé. Vamos ahora a coger moras y mirtilos para nuestro estómago y a refrescarnos a una fuente que he oído aquí abajo. Deja, si quieres, el manto en esa oquedad. Nadie lo cogerá.
Y junto con su primo da la vuelta al rellano, cogiendo frutos silvestres de las zarzas del matorral; luego, unos metros más abajo, en la parte opuesta a la que han seguido para subir, llenan las cantimploras -única cosa que llevaban consigo-en una cantarina fuente que surge de detrás de una maraña de gruesas raíces, y se lavan para refrescarse del calor que, a pesar de la altura, es todavía fuerte.
Luego vuelven a subir a su rellano, y, mientras el aire aparece todo arrebolado sobre la pingorota herida por el sol -que está para desaparecer por el occidente-, comen lo que han recogido, y beben de nuevo, sonriéndose como dos niños felices, o como dos ángeles.
Pocas palabras: un recuerdo de los que han dejado en la llanura, una exclamación de embeleso por la extrema belleza del día, el nombre de las dos madres… nada más.
Luego Jesús acerca hacia sí a su primo, que toma la postura habitual de Juan: la cabeza apoyada en la parte más alta del pecho de Jesús, una mano relajada sobre el regazo, la otra en la mano de su Primo; y están así, mientras la tarde declina en medio de un intenso trinar de pájaros que se van retirando a la espesura, en medio de un resonar de esquilas que se aleja y se hace cada vez más confuso, en medio del rumor leve del viento, que acaricia las cimas, las refresca y vivifica, tras el calor inmóvil del día, y anuncia ya el rocío.
Están así largo tiempo. Creo que es silencio sólo de labios, y que los espíritus, más activos que nunca, están entrelazando sobrenaturales conversaciones.
por makf | 3 Sep, 2025 | Sin categoría
Algunos viñadores que pasan por el huerto cargados de cestas de uva, dorada como si fuera de ámbar, ven a los apóstoles y les preguntan:
-¿Sois peregrinos o forasteros?
-Galileos y peregrinos hacia el Carmelo -responde por todos Santiago de Zebedeo, el cual -como sus compañeros pescadores-se está desentumeciendo las piernas para terminar de eliminar un resto de somnolencia.
Judas Iscariote y Mateo se están despertando, tendidos sobre la hierba. Los ancianos, sin embargo, cansados, todavía duermen. Jesús habla con Juan de Endor y Hermasteo; María y María Cleofás están al lado, pero guardan silencio.
Los viñadores dicen:
-¿Venís de lejos?
-La última etapa que hemos hecho ha sido Cesárea. Antes hemos estado en Sicaminón, y más allá incluso. Venimos de Cafarnaúm.
-¿Que camino más largo en esta estación del año! ¿Por qué no habéis venido a nuestra casa? Está allí, ¿la veis? Os habríamos dado agua fresca para reponeros, y comida, de aquí de la tierra pero buena. Venid ahora.
-Vamos a reanudar la marcha. Que Dios os lo pague igual.
-El Carmelo no huye en un carro de fuego como su profeta -dice un campesino con tono semiserio.
-Ya no viene ningún carro del Cielo a llevarse a los profetas. Ya no hay profetas en Israel. Se dice que Juan ha muerto ya -dice el otro campesino.
-¿Muerto? ¿Cuándo?
-Eso han dicho algunos que venían del otro lado del Jordán. ¿Lo venerabais?
-Éramos discípulos suyos.
-¿Por qué lo dejasteis?
-Para seguir al Cordero de Dios, al Mesías que Juan anunció. Israel todavía tiene a este profeta, ¡y para llevárselo al Cielo con el honor que requiere haría falta mucho más que un carro de fuego! ¿No creéis en el Mesías?
-¿Que si creemos? Hemos decidido que una vez que hayamos terminado la recolección iremos en su busca. Se dice que obedece con celo la Ley y va al Templo en las solemnidades prescritas. Iremos pronto para los Tabernáculos. Estaremos todos los días en el Templo para verlo. Y, si no lo encontramos, iremos a buscarlo hasta que lo encontremos.
Vosotros que lo conocéis, decidnos: ¡es verdad que está en Cafarnaúm casi siempre?, ¿es verdad que es alto, joven, de tez clara, rubio, y que tiene una voz distinta de todos los demás hombres, con la cual toca los corazones, y hasta los animales y las plantas la oyen?
-Todos los corazones menos los de los fariseos, Gamala; ésos se han endurecido más.
-No son ni siquiera animales. Son demonios, incluido el que se llama como yo. Pero, decidnos: ¿es verdad que es así y que es tan bueno que habla con todos, consuela a todos, cura las enfermedades y convierte a los pecadores?
-¿Esto creéis?
-Sí, pero querríamos saberlo de vosotros que le seguís. ¡Si nos llevarais a Él!
-¿Pero no tenéis que ocuparos de las viñas?
-Tenemos que cuidar también el alma, que es más que las viñas. ¿Está en Cafarnaúm? Forzando el camino, en diez días podríamos ir y volver… -El que buscáis está ahí. Ha descansado en vuestro huerto y ahora está hablando con aquel anciano y aquel joven. A su lado tiene a su Madre y a la hermana de su Madre. -¿Aquél?… ¡Oh!… ¿Qué se hace? Se quedan petrificados del estupor. Son todo ojos para mirar. Su vitalidad está enteramente concentrada en sus pupilas.
Pedro los pincha:
-¿Entonces? ¡Tanto deseo como teníais de verlo y ahora no os movéis? ¿Os habéis convertido en sal?
-No… es que… ¿Pero es tan sencillo el Mesías?
-¿Cómo queríais que fuera? ¿Queríais que estuviera sentado en un trono fulgurante y envuelto en regio manto?
¿Pensabais que fuera un nuevo Asuero?
-No… Pero… ¡tan sencillo… siendo tan santo!
-Es muy sencillo porque es santo, hombre. Bien, vamos a hacerlo de otra forma… ¡Maestro! Perdona, ven aquí a hacer un milagro.
-Aquí hay unos hombres que te buscan y que se han quedado petrificados al verte. Ven a restituirles el movimiento y la palabra.
Jesús, que al oír que lo llamaban se ha vuelto, se levanta, sonriendo, y viene hacia los viñadores, que lo miran tan estupefactos que parecen asustados.
-Paz a vosotros. ¿Me buscabais? Aquí estoy -y hace el gesto habitual de abrir los brazos tendiéndolos hacia ellos un poco como para ofrecerse.
Los viñadores caen a sus pies, de rodillas, y guardan silencio.
-No temáis. Decidme qué queréis.
Le ofrecen las cestas llenas de uvas, sin decirle nada.
Jesús admira la espléndida fruta y, diciendo «gracias», alarga una mano para coger un racimo, y empieza a comer las uvas.
-¡Dios altísimo! ¡Come como nosotros! -suspira el que se
llamaba.
Es imposible no echarse a reír por esta salida. También Jesús sonríe más marcadamente, y, casi como si quisiera pedir disculpa dice:
-¡Soy el Hijo del hombre!
El gesto de Jesús ha vencido el entorpecimiento extático, y Gamala dice:
-¿Por qué no entras en nuestra casa, al menos hasta que empiece a atardecer? Somos muchos, porque somos siete hermanos, con las respectivas esposas e hijos, y luego los ancianos, que esperan en paz la muerte.
-Vamos. Vosotros llamad a los compañeros y venid detrás. Madre, ven con María.
Jesús se pone en marcha, detrás de los campesinos, que ya se han levantado y ahora caminan un poco al sesgo para verlo caminar. El sendero, entre los troncos de los árboles unidos con las vides, es estrecho.
Llegan pronto a la casa, o más exactamente a las casas, porque se trata de un pequeño cuadrado de viviendas. En el centro hay un patio común, amplio, con un pozo. Se accede al patio a través de un largo pasillo que hace de vestíbulo y que durante la noche se cierra con una pesada puerta.
-Paz a esta casa y a los que en ella viven -dice Jesús al entrar, alzando la mano para bendecir. Luego la baja para acariciar a un niño pequeño medio desnudo que lo mira extático y que está guapísimo con su camisita sin mangas, medio caída y que deja al descubierto uno de los hombros regordetes, erguido sobre sus piececitos desnudos, con un dedito en la boca y una corteza de pan untado en aceite en la otra mano.
-Es David, el hijo de mi hermano menor -explica Gamala, mientras otro de los viñadores entra en la vivienda más cercana para advertir; luego sale y entra en otra, y así todas; de forma que se asoman rostros de todas las edades y luego se retiran… para volver después de un rápido aseo.
Sentado a la sombra de una techumbre en saledizo protegida por una higuera gigantesca, está un viejo con su bastoncito entre las manos. Ni siquiera alza la cabeza, como si no tuviera interés por nada.
-Es nuestro padre -explica Gamala -Uno de los ancianos de la casa, porque también la mujer de Jacob ha traído aquí a su padre, que está solo, y luego está también la anciana madre de Lía, la más joven de las esposas.
Nuestro padre es ciego. Le ha venido el velo a las pupilas. ¡Mucho sol en los campos! ¡Mucho calor de la tierra! ¡Pobre padre! Está muy triste, pero es muy bueno. Está esperando a los nietos, que son su única alegría.
Jesús va donde el anciano.
-Dios te bendiga, padre.
-Quienquiera que seas, que Dios te pague tu bendición -responde el anciano alzando la cabeza en dirección a la voz.
-Dura condición la tuya, ¿verdad? -pregunta Jesús con dulzura, y hace ademán de no decir quién es el que habla.
-Viene de Dios, después de tantos bienes como me ha dado durante mi larga vida. De la misma forma que he tomado de Dios el bien, debo recibir la desventura de la vista. A fin de cuentas, no es eterna. Sobre el seno de Abraham concluirá.
-Es como dices. Peor sería si estuviera ciega el alma.
-Siempre he tratado de tenerla con vista.
-¿Cómo lo has hecho?
-Eres joven, tú que me estás hablando; tu voz lo dice. ¿No serás como esos jóvenes de ahora, que están todos ciegos porque viven sin religión, ¿no? Considera que no creer y no cumplir lo que Dios ha dicho es una gran desventura. Te lo dice un viejo, muchacho. Si abandonas la Ley, serás un ciego aquí y en la otra vida. No verás jamás a Dios.
Porque llegará un día en que el Mesías Redentor nos abrirá las puertas de Dios. Yo soy demasiado viejo para poder ver este día en este mundo. Pero lo veré desde el seno de Abraham. Por eso no me quejo de nada, porque espero con estas sombras expiar lo que de ingrato a Dios puedo haber cometido, y merecerlo en la vida eterna. Pero tú eres joven. Sé fiel, hijo, de forma que puedas ver al Mesías.
Porque el tiempo está próximo. El Bautista lo ha dicho. Tú lo verás. Pero si tienes el alma ciega, serás como aquellos de que habla Isaías: tendrás ojos pero no verás.
-¿Querrías verlo, padre? -pregunta Jesús mientras le pone una mano en la blanca cabeza.
-Querría verlo. Sí. Pero prefiero irme de este mundo sin verlo, antes que verlo yo y que mis hijos no lo reconozcan. Yo poseo todavía la antigua fe y me basta. Ellos… ¡el mundo de ahora!…
-Padre, ve pues al Mesías. La marcha hacia tu ocaso se vea coronada de júbilo -y Jesús desliza su mano desde los blancos cabellos, por la frente, hasta el barbado mentón del anciano, como si fuera una caricia; y se agacha para ponerse a la altura del rostro senil.
-¡Oh, Altísimo Señor! ¡Veo!… Veo… ¿Quién eres, con ese rostro desconocido y, no obstante, familiar, como si te hubiera visto antes?… Pero… ¡qué estúpido soy! ¡Tú, que me has devuelto la vista, eres el Mesías bendito! ¡Oh!
El anciano llora sobre las manos de Jesús -las ha cogido con las suyas-y las llena de besos y lágrimas. Toda la parentela está revolucionada.
Jesús libera una mano y acaricia otra vez al anciano mientras dice:
-Sí, soy Yo. Ven, para que además de mi cara conozcas mi palabra.
Y se dirige hacia una escalera que conduce a una terraza umbría, cubierta toda de sombra de una tupida parra. Todos lo siguen.
-Había prometido a mis discípulos que hablaría de la esperanza y que la explicaría con una parábola. Pues bien, aquí tenéis la parábola: este anciano israelita. El Padre de los Cielos me proporciona el objeto de nuestro tema, para enseñaros a todos la gran virtud que, como los brazos de un yugo, sujeta la fe y la caridad.
Suave yugo. Patíbulo de la Humanidad como el brazo transversal de la cruz, trono de la salvación como el apoyo de la serpiente salvífica alzada en el desierto. Patíbulo de la Humanidad. Puente del alma para alzar el vuelo y desplegarlo en la Luz. Si está colocada entre la indispensable fe y la perfectísima caridad, es porque sin la esperanza no puede haber fe y sin esperanza muere la caridad.
Fe presupone esperanza segura. ¿Cómo se puede creer que se llegará a Dios si no se espera en su bondad? ¿Cómo mantenerse a flote en la vida si no se espera en una eternidad? ¿Cómo se podrá perseverar en la justicia si no nos anima la esperanza de que Dios vea todas nuestras buenas acciones y nos premiará por ellas? De la misma forma, ¿cómo hacer vivir la caridad si no hay esperanza en nosotros? La esperanza precede a la caridad y la prepara.
Porque un hombre necesita esperar para poder amar. Los desesperados ya no aman. Ésta es la escalera, hecha de peldaños y barandilla: la fe, los peldaños; la esperanza, la barandilla; arriba está la caridad y a ella se sube mediante las otras dos. El hombre espera para creer, cree para amar.
Este hombre ha sabido esperar. Nació. Era un niño de Israel como todos los demás. Fue creciendo con las mismas enseñanzas que los demás. Llegó a hijo de la Ley, como todos los demás. Se hizo un hombre. Se casó. Fue padre.
Envejeció. Siempre esperando en las promesas hechas a los patriarcas y repetidas por los profetas. En la ancianidad las sombras han velado sus pupilas, mas no su corazón, donde la esperanza ha estado siempre encendida; la esperanza de ver a Dios. Ver a Dios en la otra vida. Y, dentro de la esperanza de la visión eterna, otra esperanza, más íntima y entrañable: "ver al Mesías". Y me ha dicho, no sabiendo quién era el joven que le hablaba:
"Si abandonas la Ley, serás un ciego en la tierra y en el Cielo. Ni verás a Dios ni reconocerás al Mesías". Ha hablado sabiamente.
Al presente, en Israel, hay muchos ciegos. Ya no tienen esperanza porque la rebelión a la Ley la ha matado en su interior; rebelión es, en efecto, aunque esté encubierta por paramentos sagrados, siempre que no hay aceptación íntegra de la palabra de Dios. Digo "de Dios"; no se trata de una aceptación de los aditamentos puestos por el hombre, que, por ser demasiados, y todos humanos, sufren la desatención de los mismos que los pusieron, mientras que las demás personas los cumplen de forma mecánica, de mala gana, con fatiga y sin fruto alguno. Ya no tienen esperanza; antes bien, se muestran sarcásticos con las verdades eternas.
No tienen ya, por tanto, ni fe ni caridad. El divino yugo, que Dios ha dado al hombre para que haga de él obediencia y mérito, la celeste cruz que Dios ha dado al hombre como exorcismo contra las serpientes del Mal, para obtener salvación de ella, han perdido su brazo transversal, el que sujetaba la cándida llama y la llama roja: la fe y la caridad; y las tinieblas han bajado a los corazones.
Este anciano me ha dicho: "Gran desventura es no creer y no hacer lo que Dios ha indicado". Es verdad. Os lo confirmo. Es peor que la ceguera material, la cual incluso puede ser curada para dar al justo la alegría de ver de nuevo el sol, los prados y los frutos de la tierra, el rostro de los hijos y nietos, y, sobre todo, lo que era la esperanza de su esperanza: "Ver al Mesías del Señor".
Quisiera que una virtud semejante latiera en el corazón de todo Israel, especialmente en el de los más instruidos en la Ley. No basta haber vivido en el Templo o haber pertenecido a él, no basta saber de memoria las palabras del Libro; es necesario saber hacerlas vida de nuestra vida mediante las tres virtudes divinas. Tenéis un ejemplo: donde estas virtudes viven todo es suave, incluso la desventura; porque el yugo de Dios es siempre ligero, pesa sobre el cuerpo, pero no debilita el espíritu.
Id en paz, vosotros que os quedáis aquí, en esta casa de buenos israelitas; ve en paz, anciano padre; del amor de Dios a ti tienes certeza; termina tu justa jornada depositando tu sabiduría en el corazón de los pequeñuelos que llevan tu misma sangre. No puedo quedarme aquí más tiempo, pero queda mi bendición entre estas paredes copiosas en gracias como los racimos de esta vid.
Jesús querría marcharse ya, pero se ve obligado a detenerse al menos para poder conocer a esta tribu de todas las edades y para recibir cuanto le quieren dar… tanto que los talegos de viaje acaban panzudos como odres. Luego puede reanudar el camino, por un atajo que va entre plantas de vid, indicado por los viñadores, los cuales no lo dejan sino cuando llegan a la vía de primer orden, visible ya un pueblecillo, donde Jesús con los suyos podrán pasar la noche.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Y de nuevo en camino, volviendo hacia el este, en dirección a los campos.
Ahora los apóstoles y los dos discípulos están con María Cleofás (María de Alfeo) y -Susana, algunos metros detrás de Jesús, que va con su Madre y las dos hermanas de Lázaro. Jesús va hablando locuazmente. Los apóstoles, por el contrario, no hablan: parecen cansados o deprimidos.
No les llama la atención ni siquiera la belleza de los campos, verdaderamente espléndida: con sus leves ondulaciones arrojadas a la llanura como cojines verdes a los pies de un rey gigante; con sus collados de poca altura, esparcidos acá o allá, anunciadores de las cadenas del Carmelo y de Samaria. Tanto en la llanura, la reina del lugar, como en el decorado de sus pequeñas colinas y ondulaciones, se ve todo un florecer de hierba y madurar de fruta. Debe abundar en agua este sitio, a pesar de la región y el período del año, porque está demasiado pujante como para no tener copiosidad de agua. Comprendo ahora por qué la Sagrada Escritura menciona tantas veces con entusiasmo la llanura de Sarón. Pero los apóstoles no comparten de ninguna manera este entusiasmo, y caminan como un poco malhumorados: son los únicos de malhumor en este día sereno y en esta comarca riente.
Muy bien conservada, la vía consular, con su cinta blanca, corta esta campiña fertilísima, y, dado que es temprano, todavía es fácil encontrarse con campesinos cargados de productos del campo, o viajeros que van a Cesárea. Uno, que alcanza con una recua de asnos cargados de sacos a los apóstoles y los obliga a apartarse para dejar paso a la caravana asnal, pregunta con arrogancia:
-¿El Kisón está aquí?
-Más atrás -responde secamente Tomás, y barbota entre dientes: « ¡Cacho patán!».
-¡Es un samaritano, ya está dicho todo! -responde Felipe. Vuelven a sumergirse en el silencio.
Después de algunos metros, así, como terminando una conversación interna, Pedro dice:
-¡Para lo que ha servido! ¡Pues sí que valía la pena recorrer tanto camino!…
-¡Sí, eso! ¿Para qué hemos ido a Cesárea si luego no ha dicho una palabra? Yo pensaba que es que quería hacer algún milagro sorprendente para convencer a los romanos. Sin embargo… -dice Santiago de Zebedeo.
-Nos ha expuesto en la picota y nada más -comenta Tomás.
Y Judas Iscariote echa leña al fuego:
-Y nos ha hecho sufrir. A Él le gustan las ofensas y piensa que nos gustan también a nosotros.
-La verdad es que quien ha sufrido en este caso ha sido María de Teófilo -observa mesuradamente el Zelote.
-¡María! ¡María! ¿Es que ahora es el centro del universo, María? Sólo sufre ella, sólo ella es heroica, sólo se la debe formar a ella. De haberlo sabido hubiera sido ladrón y homicida, para ser luego objeto de tantas atenciones -responde repentinamente Judas Iscariote.
-Verdaderamente la otra vez que vinimos a Cesárea, que hizo un milagro y evangelizó, lo torturamos con nuestros descontentos por haberlo hecho -observa el primo del Señor.
-Es que no sabemos lo que queremos… Hace una cosa y rezongamos; hace lo contrario y rezongamos. Somos imperfectos -dice serio Juan.
-¡Ya habló el otro sabio! Una cosa es cierta: hace tiempo que no se hace nada provechoso.
-¿Nada, Judas? ¿Y esa griega y Hermasteo y Abel y María y…?
-No será con estas nulidades con los que El fundará su Reino -replica Judas Iscariote, obsesionado por la idea de un triunfo terreno.
-Judas, te ruego que no juzgues las obras de mi Hermano.
Es una ridícula pretensión. Un niño que quiere juzgar a su maestro, por no decir: una nulidad que quiere ponerse en alto -dice Judas Tadeo, e1 cual, si tiene en común el nombre, tiene también una indomable antipatía hacia su homónimo.
-Te agradezco que te hayas limitado a llamarme niño. Verdaderamente, después de haber vivido en el Templo, creía que se me consideraba al menos mayor de edad -responde sarcástico Judas Iscariote.
-¡Qué gravosas se hacen estas discusiones! -suspira Andrés.
-¡Verdaderamente! En vez de unirnos a medida que vamos viviendo más tiempo juntos, nos separamos. ¡Y pensar que en Sicaminón dijo que teníamos que estar unidos al rebaño!… ¿Cómo lo vamos a estar, si ya entre pastores no lo estamos? observa Mateo.
-¿Entonces no se debe hablar? ¿Jamás expresar nuestro pensamiento? ¡No creo que seamos esclavos!…
-No, Judas, no somos esclavos; pero sí somos indignos de seguirle, porque no lo comprendemos -dice sereno el Zelote.
-Yo lo comprendo maravillosamente.
-No. No lo comprendes. Y contigo no lo comprenden en mayor o menor grado todos los que lo critican. Comprender es obedecer sin discutir, por estar persuadidos de la santidad de quien va a la cabeza -dice el Zelote.
-¡Ah, te refieres a comprender su santidad… yo decía sus palabras! Su santidad no se pone en duda, ni se podría poner se apresura a decir Judas Iscariote.
-¿Y puedes separar ésta de aquéllas? Un santo será siempre posesor de la Sabiduría y sus palabras serán sabias.
-Eso es verdad. Pero algunos actos suyos son perjudiciales. Admito que por exceso de santidad, claro. Pero el mundo no es santo, y E1 se busca complicaciones. Ahora, por ejemplo, este filisteo y esta griega. ¿Crees que nos van a beneficiar?
-Si voy a causar algún perjuicio, me marcho -dice compungido Hermasteo -Había venido con la idea de darle honor y de hacer algo correcto.
-Si te marcharas por este motivo, le causarías un dolor -le responde Santiago de Alfeo.
-Daré a entender que he cambiado de idea. Voy a saludarlo y… me marcho.
Pedro reacciona inmediatamente:
-¡No, no! Tú no te marchas. No es justo que, por nerviosismos ajenos, el Maestro pierda un discípulo bueno.
-Pues si se quiere ir por tan poca cosa es señal de que no está seguro de lo que quiere; por tanto, déjalo que se marche -responde Judas Iscariote.
Pedro pierde la paciencia:
-Le prometí, cuando me dio a Margziam, que sería paterno con todos, y siento faltar a la promesa. Pero es que me obligas. Hermasteo está aquí y aquí se quedará. ¿Sabes lo que tengo que decirte? Que eres tú quien perturba las voluntades de los demás y las hace vacilar. Divides y creas desorden, eso es lo que haces; y deberías avergonzarte.
-¿Qué eres? ¿El protector de los…?
-¡Sí, señor! Tú lo has dicho. Sé a lo que te refieres. Protector de la Velada, protector de Juan de Endor, protector de Hermasteo, protector de aquella esclava, protector de todos los que encuentra Jesús, aunque no sean los espléndidos ejemplares paviles del Templo, los elementos construidos con la sagrada argamasa y las telarañas del Templo, los pabilos con olor a morga de las lámparas del Templo, los… como tú, en definitiva, para hacer más clara la parábola; porque, si el Templo es mucho -a menos que yo me haya vuelto imbécil-el Maestro es más que el Templo y tú le faltas…
-Grita tanto que Jesús se detiene y se vuelve, y hace ademán de dejar a las mujeres y tornar atrás.
-¡Lo ha oído! ¡Ahora se va a entristecer! -dice el apóstol Juan.
-No, Maestro. No vengas. Discutíamos… para matar el aburrimiento del camino -dice Tomás sin dilación.
Pero Jesús se para y espera a que lleguen donde Él.
-¿De qué discutíais? ¿Os voy a tener que decir otra vez que las mujeres os preceden?
La dulce corrección toca el corazón de todos. Callan y agachan la cabeza.
-¡Amigos, amigos! ¡No seáis objeto de escándalo para los que están naciendo ahora a la Luz! ¡No sabéis que una imperfección vuestra perjudica a la redención de un pagano o de un pecador más que todos los errores del paganismo?
Ninguno responde, porque no saben qué decir para justificarse o para no acusar.
Junto a un puente de un torrente seco está parado el carro de las hermanas de Lázaro. Los dos caballos pastan la abundante hierba de las márgenes del torrente (quizás seco desde hace poco; por tanto, con orillas bien nutridas de hierba). El sirviente de Marta y otro hombre -quizás el conductor del carro -están en el margen guijarroso, y las mujeres dentro del carro, completamente cubierto por un tupido toldo hecho con pieles curtidas, que caen, a manera de gruesas cortinas, hasta el suelo del carro.
Las mujeres discípulas aceleran el paso en dirección a él.
El sirviente, que es el primero que las ve, avisa a la nodriza; el otro se apresura a llevar los caballos a las varas. Entretanto, el sirviente va corriendo hacia sus señoras y, en llegando, hace una reverencia muy pronunciada.
La anciana nodriza (una mujer de buen tipo y tez aceitunada, de aspecto agradable) baja presurosa y se dirige hacia sus amas. Pero María de Magdala le dice algo y ella va inmediatamente donde la Virgen diciendo:
-Perdona… pero es que siento una alegría tan grande de verla, que sólo la veo a ella. Ven, bendita. El sol quema. Dentro del carro hay sombra.
Y suben todas en espera de los hombres, que vienen muy retrasados. Mientras esperan y mientras Síntica, que lleva el vestido que ayer tenía la Magdalena, besa los pies de sus amas -como se obstina en llamarlas, a pesar de que ellas le digan que no es ni su sierva ni su esclava, sino sólo su huésped en nombre de Jesús-, la Virgen muestra el precioso taleguillo de la púrpura, y pregunta cómo se puede hilar ese mechón cuyos cortísimos filamentos no admiten ni humedad ni torsión.
-No se usa así, Mujer. Se pulveriza y se usa como cualquier otra tintura. Esto es la bava de la concha, no es una hebra ni un pelo. ¿Ves qué quebradiza es ahora que está seca? La tienes que reducir a polvo fino, luego la pasas por un tamiz para que no quede ningún fragmento largo, que mancharía el hilado o el paño. Es mejor si tiñes el hilado en madejas. Una vez segura de que esté completamente pulverizada, la deslías como se hace con la cochinilla o el azafrán o el polvo de añil o con otros polvos de otras cortezas o raíces o frutos, y luego la usas. Fija el color con vinagre fuerte para el último aclarado.
-Gracias, Noemí. Seguiré tus indicaciones. He bordado con hilos teñidos de púrpura, pero me los habían dado ya preparados… Ya está ahí Jesús. Llega la hora de despedirnos. Os bendigo a todas en el nombre del Señor. Id en paz y llevad la paz y la alegría a Lázaro. Adiós, María. Recuerda que lloraste sobre mi pecho tu primer llanto dichoso. Por eso soy para ti madre, porque una pequeñuela llora su primer llanto sobre el pecho de su mamá. Soy para ti madre, y lo seré siempre.
Lo que te resulte duro de manifestar incluso a la más dulce hermana o a la más amorosa nodriza, ven a decírmelo a mí; te comprenderé siempre. Si hay algo que, por estar impregnado de una humanidad que en ti Jesús no quiere, no te atreves a decírselo a Él, ven a decírmelo a mí; me mostraré siempre compasiva contigo. Y si quieres hablarme también de tus victorias -aunque prefiero que se las presentes a Él, cual fragantes flores, porque El, no yo, es tu Salvador-exultaré contigo. Adiós, Marta.
Ahora te marchas feliz y te mantendrás en esta felicidad sobrenatural. Por tanto, sólo necesitas progresar en la justicia, en medio de esa paz por nada en ti ya perturbada. Hazlo por amor a Jesús, que te ha amado incluso queriendo a ésta que quieres sin reservas. Adiós, Noemí. Ve con tu tesoro recuperado. Tú dabas a María tu leche en alimento. Nútrete ahora con las palabras que ella y Marta te digan. Ve en mi Hijo mucho más que un exorcista que libera a los corazones del Mal. Adiós, Síntica, flor de Grecia, que has sabido por ti misma sentir que hay algo más que la carne; florece ahora en Dios y sé la primera de las nuevas flores de la Grecia de Cristo. Me siento muy dichosa de despedirme de vosotras viéndoos unidas así. Os bendigo con amor.
Ya se oye cercano el rumor de los pasos. Levantan el tupido toldo y ven a Jesús a dos metros del carro. Bajan, en medio del sol ardiente que invade el camino.
María de Magdala se arrodilla a los pies de Jesús y dice:
-Te doy gracias por todo. Muchas gracias por haberme permitido realizar este peregrinaje. Sólo Tú eres sabio. Parto despojada de las reliquias de la María del pasado. Bendíceme, Señor, para fortalecerme más.
-Sí, te bendigo. Goza de la compañía de tus hermanos; con tus hermanos, fórmate cada vez más en mí. Adiós, María. Adiós, Marta. Dile a Lázaro que lo bendigo. Os confío esta mujer. No os la doy. Es discípula mía. Quiero que le deis un mínimo de capacidad de entender mi doctrina. Luego iré Yo. Noemí, te bendigo, y también a vosotras dos.
A Marta y María se les humedecen los ojos. El Zelote las saluda personalmente y les da un escrito para su sirviente; los demás las saludan conjuntamente. Y el carro se pone en movimiento.
-Vamos a buscar algo de sombra. Que Dios las acompañe… ¿Tanto te entristece, María, el que se hayan marchado? pregunta a María de Alfeo, que llora toda en silencio.
-Sí. Eran muy buenas…
-Las volveremos a ver pronto. Y, numéricamente, más. Tendrás muchas hermanas… o hijas, si lo prefieres. Amor es tanto el materno como el fraterno -la consuela Jesús.
-Con tal de que no cree conflictos… -murmura Judas Iscariote.
-¿Conflictos amarse?
-No. Conflictos el tener a personas de otra raza y de otra proveniencia.
-¿Síntica, quieres decir?
-Sí, Maestro. A fin de cuentas, era propiedad del romano, y no es lícito apoderarse de ella. Ello lo incitará contra nosotros y nos atraeremos el rigor de Poncio Pilatos.
-Pero, ¿qué le va a importar a Pilatos el que uno de sus subordinados pierda una esclava? ¡Sabrá cómo es! Si es un poco honesto, como se piensa, al menos en familia, dirá que esta mujer ha hecho bien en escaparse. Y si es un deshonesto dirá: "Te está bien empleado. Así quizás la encuentro yo". Los deshonestos no son sensibles a las penas ajenas. ¡Y además… pobre Poncio… con la lata que le damos, fíjate tú si no va a tener otra cosa que hacer que perder el tiempo con la pataleta de uno que deja que se le escape una esclava! -dice Pedro, y muchos de los presentes le dan la razón mientras ridiculizan las rabietas del lúbrico romano.
Pero Jesús lleva la cuestión a un nivel más alto.
-Judas, ¿conoces el Deuteronomio?
-Seguro, Maestro, y además -lo digo convencido-como pocos.
-¿Cómo lo juzgas?
-Vehículo de la voz de Dios.
-¿Vehículo? Entonces repetidor de la palabra de Dios, ¿no?
-Exactamente.
-Has juzgado bien. Entonces, ¿por qué no juzgas que se deba hacer lo que ordena?
-No he dicho nunca eso. Es más, me parece que precisamente nosotros, siguiendo la nueva Ley, lo desatendemos demasiado.
-La nueva Ley es el fruto de la antigua, o sea, es la perfección alcanzada por el árbol de la Fe. Pero ninguno de nosotros lo desatiende, que Yo sepa. Soy el primero que lo respeta y que impide que otros lo desatiendan.
Jesús es muy incisivo al decir estas palabras. Y añade:
-El Deuteronomio es intocable. Incluso cuando triunfe mi Reino, y con mi Reino la nueva Ley, con sus nuevos códigos y disposiciones, seguirá aplicándose en los nuevos dictámenes, de la misma forma que los sillares de las antiguas construcciones se usan para las nuevas porque son piedras perfectas con que se hacen fuertes murallas. Pero todavía no ha llegado mi Reino, y Yo, como fiel israelita, no ofendo al libro mosaico ni lo desatiendo, que base es de mi modo de actuar y de mi enseñanza; sobre la base del Hombre y del Maestro, el Hijo del Padre edifica la celeste construcción de su Naturaleza y Sabiduría.
En el Deuteronomio está escrito: "No entregarás a su amo el esclavo que ha buscado refugio en ti. Vivirá contigo donde él quiera, estará tranquilo en una de tus ciudades, no lo molestarás".
Esto en el caso de que uno se vea obligado a huir de una esclavitud inhumana. En mi caso, en el de Síntica, la fuga no persigue una libertad limitada, sino la libertad ilimitada del Hijo de Dios. ¿Y pretendes que a esta alondra que ha huido del lazo de los cazadores le meta de nuevo el cordel y la devuelva a su prisión para quitarle no sólo la libertad sino también la esperanza? ¡No! ¡Jamás! Bendigo a Dios, porque, como el viaje a Endor llevó a este hijo al Padre, el viaje a Cesárea ha traído a esta criatura a mí para que la lleve al Padre.
En Sicaminón os hablé del poder de la Fe; hoy os voy a hablar de la luz de la Esperanza. Mas ahora, a la sombra de este tupido pomar, detengámonos a comer y descansar. Porque el sol arde como si el infierno estuviera abierto.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
No veo la ciudad de Dora. Declina el sol. Los peregrinos se dirigen a Cesárea. La permanencia en Dora no la he visto. Quizás ha sido sólo un alto en el camino sin nada especial que señalar. El mar parece al rojo vivo, de tanto como refleja, en su calma, el rojo del cielo; un rojo, éste, tan violento, que aparece casi irreal: es como si hubieran vertido sangre en la bóveda del firmamento. Hace todavía calor, pero el aire del mar lo hace soportable.
Caminan siguiendo la orilla para evitar el ardor del terreno seco; bastantes, incluso, se han quitado las sandalias y se han remangado los vestidos para entrar en el agua.
Pedro declara:
-Si no hubieran estado las discípulas, me habría desnudado y me habría metido dentro del agua hasta el cuello.
Pero… hasta de donde está debe salir, porque la Magdalena, que iba adelante con las otras, vuelve y dice:
-Maestro, conozco bien esta zona. ¿Ves allí ese hilo amarillo en el azul del mar? Allí descarga un río, perenne, incluso en este tiempo de verano. Y hay que saberle atravesar…
-¡Hemos atravesado muchos ríos! ¡No será el Nilo!
Atravesaremos también éste -dice Pedro.
-No es el Nilo. Pero en sus aguas y sus orillas hay animales de agua peligrosos. No se puede pasar a la ligera y descalzos, porque entonces te hieren.
-¿Pero bueno, qué son, leviatanes?
-Bien has dicho, Simón, son verdaderamente cocodrilos; pequeños, pero suficiente como para que no puedas caminar un buen trecho.
-¿Y qué hacen allí?
-Los trajeron por motivos de culto, creo, desde cuando aquí reinaban los fenicios. Y aquí se han quedado. Cada vez más pequeños, pero no por ello menos agresivos.
Pasaron de los templos al limo del río. Ahora son lagartones grandes, ¡pero con unos dientes! Los romanos vienen para celebrar partidas de caza y para otra serie de diversiones… Yo también he venido con ellos. Todo sirve para… llenar el tiempo. Además las pieles son bonitas y se usan para muchas cosas. Por la experiencia que tengo, dejad que os guíe.
-Bien. Me gustaría verlos… -dice Pedro.
-Quizás vemos alguno, aunque de hecho los han cazado tanto que están casi exterminados.
Dejan la orilla y se dirigen hacia el interior. Encuentran un camino de primer orden entre medias de las colinas y el mar. Llegan pronto a un puente muy arqueado, tendido sobre un río pequeño, aunque de cauce más bien grande, ahora pobre de aguas, reducidas al centro del lecho. Donde no hay agua se ven juncales y cañizares ahora semiagostados por el verano, aunque en otras estaciones del año, sin duda, forman minúsculas islas en medio de las aguas). En las orillas hay matorrales y árboles frondosos.
A pesar de escrutar mucho con la mirada, no ven ningún animal, y muchos sufren un desencanto. Pero, estando ya para terminar el paso del puente (una recia construcción, tal vez romana, con un único arco muy alto; quizás para que no lo invadan las aguas en tiempo de crecida), Marta da un grito agudísimo y se hace atrás aterrorizada: un enorme lagartón -es lo que parece, no más, pero con la clásica cabeza de los cocodrilos-está atravesado en el camino haciéndose el dormido.
-¡No tengas miedo, mujer! -grita la Magdalena. Cuando están ahí no son peligrosos. Lo malo es cuando están
escondidos y se mete el pie sin verlos.
Pero Marta se mantiene prudentemente atrás. También Susana se lo toma muy en serio… María de Alfeo es más valiente, no sin prudencia: al lado de sus hijos, sigue adelante mientras mira. Los apóstoles no tienen ningún miedo; miran y hacen comentarios sobre el feo animal, el cual se digna girar lentamente la cabeza para que lo vean también de frente, y luego hace ademán de moverse, como si quisiera ir en dirección a estos importunos viandantes. Otro grito de Marta, que se hace atrás más todavía, imitada esta vez por Susana y María Cleofás. Pero María de Magdala coge un canto, se lo tira al animal y le da en un costado, y éste huye hacia abajo por el guijarral para encenagarse en el agua.
-Ven, acércate, miedosa. Ya no está -dice a su hermana. Las mujeres se juntan de nuevo.
-Pero es feo con ganas, ¡eh! -comenta Pedro.
Maestro, ¿es verdad que en el pasado les daban de comer víctimas humanas? -pregunta Judas Iscariote.
-Se le consideraba animal sagrado. Representaba a un dios, y, de la misma forma que nosotros ofrecemos el sacrificio a nuestro Dios, ellos, los pobres idólatras, lo hacían con las formas y errores que su condición comportaba.
-¿Pero todavía se hace ahora? -pregunta Susana.
-Creo que no hay que descartar que todavía se haga en lugares idólatras -dice Juan de Endor.
-¡Dios mío! Pero se los darán muertos, ¿no?!
-No. Si se los dan es vivos. Jovencitas, niños, en general: las primicias del pueblo. Al menos eso es lo que he leído responde Juan de Endor a las mujeres, las cuales miran a su alrededor todo asustadas.
-Yo, si tuviera que acercarme a él, me moriría de miedo -dice Marta.
-¿Sí? Pues ése no es nada, mujer, respecto al verdadero cocodrilo: es, al menos, tres veces más largo y ancho.
-Y además hambriento. Ése ciertamente estaba ya lleno de culebras o conejos montaraces.
-¡Misericordia! ¡También culebras! Pero, ¿a dónde nos has traído, Señor?! -dice quejumbrosa Marta, tan asustada que la risa se apodera irresistiblemente de todos.
Hermasteo, que hasta ahora ha guardado siempre silencio, dice:
-No tengas ningún miedo. Basta hacer mucho ruido y todos huyen. Tengo experiencia. He estado en repetidas ocasiones en el bajo Egipto.
Reanudan la marcha dando palmadas o golpeando en los troncos… La parte peligrosa queda atrás.
Marta se ha juntado a Jesús y pregunta frecuentemente:
-¿Es seguro que ya no habrá más?
Jesús la mira y menea la cabeza sonriendo, pero la tranquiliza:
-Estamos ya muy cerca de la llanura de Sarón, que no es sino belleza. ¡De todas formas, sí que me teníais reservadas hoy sorpresas las discípulas! No sé verdaderamente por qué eres tan asustadiza.
-Yo tampoco lo sé. Pero todo lo que repta me aterroriza. Tengo la impresión como de sentir el frío de esos cuerpos fríos y legamosos -sobre mí. Y me pregunto por qué existen. ¿Son, acaso, necesarios?
-Esto habría que preguntárselo a Aquel que los hizo. Tú cree que si los ha hecho es señal de que son útiles… aunque sólo fuera para hacer brillar el heroísmo de Marta -dice Jesús con un brillo perspicaz en sus ojos.
-¡Oh, Señor! Tienes razón en bromear, pero yo tengo miedo y no me venceré jamás.
-Eso lo veremos… ¿Qué se mueve allí entre aquellos matorrales? -dice Jesús levantando la cabeza y dirigiendo su mirada adelante, hacia una maraña de zarzas y otras plantas de largas ramas lanzadas al asalto de una voluminosa barrera de chumberas, situada más atrás, con sus palas tan duras cuanto flexibles son las ramas agresoras.
-¿Otro cocodrilo, Señor?… -gime Marta aterrorizada.
Pero el crujir de frondas aumenta y tras ellas aparece un rostro humano, de mujer. Mira. Ve a todos estos hombres. Duda entre huir por el campo o introducirse en la agreste galería. Vence lo primero y, dando un grito, huye.
-¿Leprosa?, ¿Loca?, ¿Endemoniada? -se preguntan, sin salir de su asombro.
Pero la mujer vuelve sobre sus pasos, porque de Cesárea -ya cercana-está viniendo un carro romano. La mujer se ve como un ratón sin escapatoria. No sabe a dónde ir, porque Jesús con los suyos están ahora junto al matorral que le servía de refugio y no puede volver, y hacia el carro no quiere ir… Entre las primeras calígines del anochecer -la noche se acerca de prisa tras el intenso ocaso-se ve que es joven y donosa, a pesar de estar harapienta y despeinada.
-¡Mujer! Ven aquí!-ordena Jesús imperiosamente.
La mujer tiende los brazos hacia Él suplicando:
-¡No me hagas daño!
-Ven aquí. ¿Quién eres? No te voy a hacer ningún daño -lo dice tan dulcemente, que logra persuadirla.
La mujer se acerca encorvada y se arroja al suelo diciendo:
-Quienquiera que seas, ten piedad. Mátame, pero no me devuelvas a mi amo. Soy una esclava que ha huido…
-¿Quién era tu amo? ¿De dónde eres? Se ve que no eres hebrea, por tu modo de hablar y tu vestido.
-Soy griega. La esclava griega de… ¡Piedad!
¡Escondedme! ¡El carro está llegando!…
Todos forman grupo en torno a la infeliz, que se acurruca en el suelo. El vestido desgarrado por los espinos deja ver los hombros surcados de golpes y ornados de arañazos.
El carro pasa sin que ninguno de sus ocupantes muestre interés por este grupo parado junto al matorral.
-Han pasado de largo, habla. Si podemos, te ayudamos -dice Jesús tocando con la punta de los dedos su cabellera despeinada.
Soy Síntica, la esclava griega de un noble romano del séquito del Procónsul.
-¡Entonces eres la esclava de Valeriano! -exclama María de Magdala.
-¡Piedad, piedad! No me denuncies a él -suplica la infeliz.
-No temas. No volveré a hablar nunca más con Valeriano -responde la Magdalena, y explica a Jesús: «Es uno de los más ricos y sucios romanos que tenemos aquí. Y, lo mismo que es sucio, es cruel».
-¿Por qué has huido? -pregunta Jesús.
-Porque tengo un alma. No soy una mercancía… -la mujer siente seguridad al ver que ha encontrado a personas compasivas -No soy una mercancía. Mi amo me compró, es verdad, pero podrá haber comprado mi persona para embellecer su casa, para que le alegre las horas con la lectura, para que le sirva, sí, pero nada más. ¡El alma es
mía! No es una cosa que se compre. Y quería también mi alma.
-¿Cómo tienes conocimiento del alma?
-No soy iletrada, Señor; botín de guerra desde la más tierna edad, pero no plebeya. Éste es mi tercer amo, un indecente fauno. Pero conservo las palabras de nuestros filósofos, y sé que en nosotros hay algo más que carne.
Dentro de nosotros hay algo que es inmortal, algo que no tiene exacto nombre para nosotros… Pero hace poco he sabido su nombre. Un día ha pasado por Cesárea un hombre, que hacía prodigios y hablaba mejor que Sócrates y Platón.
Fue objeto de muchos comentarios, en termas y triclinios, o en los dorados peristilos. Ensuciaron su augusto nombre pronunciándolo en las salas de sus inmundas orgías. Y mi amo me mandó leer otra vez -precisamente a mí, que ya sentía en mí algo inmortal que sólo le corresponde a Dios y no se compra como mercancía en un mercado de esclavos-las obras de los filósofos, para cotejar y buscar si esta cosa ignorada, que el hombre que había venido a Cesárea había llamado "alma", estaba ahí descrita.
¡A mí me lo hizo leer, a mí a quien quería someter a su carnalidad! Así he venido a saber que esta cosa inmortal es el alma. Y, mientras Valeriano con los otros como él escuchaba mi voz, y, entre un eructo y un bostezo, trataba de entender, comparar y discutir, yo unía lo que decían, refiriendo las palabras del Desconocido, a las palabras de los filósofos, y me las metía aquí, y con ellas me construía una dignidad cada vez más fuerte, para rechazar su libídine… Hace unos días, una noche, me pegó salvajemente, porque lo rechacé a dentelladas… Al día siguiente me escapé…
Hace cinco días que vivo en esa espesura, cogiendo de noche moras e higos chumbos. Pero al final dará conmigo.
Ciertamente me está buscando. Cuesto mucho dinero, y gusto demasiado a su carnalidad, como para que se desentienda de mí… ¡Ten piedad! Te pido -eres hebreo y, sin duda, sabes dónde está-, te pido que me conduzcas a ese Desconocido que habla a los esclavos y que habla del alma. Me han dicho que es pobre. Pasaré hambre, pero quiero estar a su lado para que me instruya y me eleve: vivir con los brutos embrutece, aunque se les oponga resistencia. Quiero volver a poseer la dignidad moral mía.
-Ese hombre, el Desconocido al que buscas, está frente a ti.
-¿Tú? ¡Oh, ignoto Dios de la Acrópolis! ¡Ave! -y se postra hasta tocar con la frente el suelo.
-Aquí no puedes estar. Pero Yo voy a Cesárea…
-¡No me dejes, Señor!
-No te dejo… Estoy pensando…
-Maestro, nuestro carro está, sin duda, en el lugar convenido, esperándonos. Manda a avisar. En el carro estará segura como en nuestra casa -aconseja María de Magdala.
-¡Sí, confíanosla a nosotras, Señor! Ocupará el lugar del anciano Ismael. La instruiremos sobre ti. Será una mujer arrebatada al paganismo -suplica Marta.
-¿Quieres venir con nosotros? -pregunta Jesús.
-Con cualquiera de los tuyos, con tal de no volver con aquel hombre. ¡Pero… pero aquí una mujer ha dicho que lo conoce! ¿No me traicionará? ¿No irán romanos a su casa? ¿No…?
-No tengas miedo. A Betania no van romanos; sobre todo, de esa clase -dice la Magdalena para tranquilizar.
-Simón y Simón Pedro, id a buscar el carro. Os esperamos aquí. Entraremos en la ciudad después -ordena Jesús.
…Cuando el pesado carro cubierto anuncia su presencia con el ruido de los cascos y las ruedas y con el farol oscilante colgado de su techo, los que esperaban se levantan del ribazo donde han cenado y bajan al camino.
El carro se para, bamboleándose, en la orilla del camino deformado. Bajan Pedro y Simón; inmediatamente después, baja una mujer anciana, que corre a abrazar a la Magdalena diciendo:
-Ni siquiera un momento, no quiero dejar pasar ni un momento sin decirte que soy feliz, que tu madre exulta conmigo, que eres de nuevo la rubia rosa de nuestra casa, como cuando dormías en la cuna después de haber mamado de mi pecho -y la besa una y otra vez. María llora entre sus brazos.
-Mujer, te confío a esta joven y te pido el sacrificio de esperar aquí toda la noche. Mañana podrás ir al primer pueblo de la vía consular y esperar allí. Nosotros iremos antes del final de la tercia -dice Jesús a la nodriza.
-Todo sea como Tú quieras. ¡Bendito seas! Déjame sólo darle a María los vestidos que le he traído.
Y vuelve a subir al carro, con María Santísima, María y Marta.
Cuando vuelven a salir, la Magdalena aparece como la veremos en lo sucesivo siempre: con una túnica sencilla, un lienzo fino y grande de lino como velo y un manto sin adornos.
-Ve tranquila, Síntica. Mañana vendremos nosotros. Adiós.
Es el saludo de Jesús, que reanuda su camino hacia Cesárea…
Mucha gente, a la luz de antorchas o faroles llevados por esclavos, pasea por la orilla del mar, respirando el aire marino: gran alivio para los pulmones cansados del bochorno del estío. Los que pasean son precisamente la clase de los ricos romanos. Los hebreos están dentro de sus casas y gozan del fresco en la parte alta de éstas.
La orilla del mar parece un larguísimo salón en hora de visitas. Pasar por ahí significa literalmente ser sometido a detallado análisis. Pues bien, a pesar de ello, Jesús pasa precisamente por ahí, todo a lo largo de la orilla, sin hacer caso de miradas, comentarios o ironías.
-Maestro, ¿Tú por aquí? ¿A esta hora? -pregunta Lidia (que está sentada en una especie de sillón o triclinio que le han llevado los esclavos al margen de la vía), y se pone en pie.
-Vengo de Dora y se me ha hecho tarde. Estoy buscando un lugar de alojamiento.
-Te diría: ahí está mi casa -y señala un bonito edificio a espaldas suyas -Pero no sé si…
-No. Te lo agradezco, pero no acepto. Traigo a muchos conmigo y ya dos de ellos se han adelantado para avisar a personas que conozco. Creo que me darán hospedaje.
Los ojos de Lidia se fijan también en las mujeres a las que ha señalado Jesús junto con los discípulos. Enseguida reconoce a la Magdalena.
-¡María! ¿Tú? ¡Entonces es verdad!
La mirada de María es como la de una gacela acorralada: denota suplicio. No sin motivo, porque no es Lidia la única a quien afrontar; hay muchos otros que se están fijando en ella… Pero mira a Jesús y se siente segura de nuevo.
-Es verdad.
-¡Entonces te hemos perdido!
-No. Me habéis encontrado. Al menos espero hallaros un día, y con una amistad mejor, en este camino que por fin he encontrado. Díselo esto, te lo ruego, a todos los que me conocen. Adiós, Lidia. Olvida todo el mal que me viste hacer. Te pido perdón por ello…
-¡Pero María! ¿Por qué te humillas? Hemos vivido la misma vida, de ricos y ociosos, y no hay…
-No. Yo he vivido una vida peor. Pero la he dejado. Y además para siempre.
-Adiós, Lidia -abrevia el Señor, y se mueve hacia su primo Judas, que, con Tomás, está viniendo hacia Él.
Lidia retiene un momento más a la Magdalena.
-Ahora que estamos entre nosotras, dime la verdad: ¿estás realmente convencida?
-No convencida: dichosa de ser la discípula. Sólo lloro una cosa: no haber conocido antes la Luz y haber comido el lodo en vez de nutrirme de Ella. Adiós, Lidia.
La respuesta resuena límpida en el silencio que se ha hecho en torno a las dos mujeres. Ninguno de los muchos presentes dice ya nada más… María se vuelve y, rápida, trata de alcanzar al Maestro.
Un joven se le pone delante:
-¿Es tu última locura? -dice, y hace ademán de abrazarla, pero, estando medio borracho, no lo logra y María lo evita mientras le grita: «No, es mi único acto de cordura». Y se llega hasta donde sus compañeras, que sienten tanta repulsa de las miradas de esos viciosos, que van veladas como mahometanas.
-María -dice temblorosa Marta -¿has sufrido mucho?
-No. Y, tiene razón, y ahora ya no volveré a sufrir por esto, tiene razón Él…
Tuercen todos hacia una callejuela oscura, para entrar luego en una casa grande -se ve que es una posada-donde pasar la noche.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todavía es de noche (una preciosa noche de Luna menguante) cuando, silenciosamente, Jesús con los apóstoles y las mujeres, Juan de Endor y Hermasteo, se despiden de Isaac, que es el único que está despierto, para emprender el camino siguiendo la orilla del mar.
El rumor de los pasos es sólo un leve crujido de grava comprimida por las sandalias. Ninguno habla hasta que no dejan unos metros atrás la última de las casitas. Quien en ella duerme, o en las otras anteriores, ciertamente no ha advertido la silenciosa partida del Señor y sus amigos. El silencio es profundo. Sólo el mar habla: a la Luna, que ya se encamina hacia el poniente, empezando a declinar; a las arenas, y les cuenta las historias de las profundidades, con su larga ola de marea alta incipiente que va dejando cada vez menos margen seco al litoral.
Esta vez las mujeres van adelante, con Juan, Simón Zelote, Judas Tadeo y Santiago de Alfeo, los cuales ayudan a las discípulas a pasar pequeños escollos que aparecen acá o allá, húmedos de agua salubre y resbaladizos. El Zelote va con la Magdalena, Juan con Marta, mientras que Santiago de Alfeo se ocupa de su madre y de Susana y Judas Tadeo no cede a ninguno el honor de tomar en su recia y larga mano -otra parte en que asemeja a Jesús-la mano menuda de María, para sostenerla en los pasos difíciles. Cada uno de ellos habla en voz baja con su compañera. Parece como si todos quisieran respetar el sueño de la Tierra.
El Zelote habla muy animadamente con María de Magdala, y veo que más de una vez Simón abre los brazos con el gesto de quien dijera: «Así es y no hay otra posibilidad». Pero, dado que son los que van más adelantados, no oigo lo que dicen.
Juan habla sólo de vez en cuando con su compañera, señalándole el mar y el Carmelo, cuya ladera occidental está todavía blanca de luna. Quizás está hablando del camino que recorrieron la otra vez bordeando el Carmelo por la otra parte.
También Santiago, entre María de Alfeo y Susana, habla del Carmelo. Dice a su madre:
-Jesús me ha prometido que subiríamos allá arriba los dos solos, y que me diría una cosa sólo a mí.
-¿Qué querrá decirte, hijo? ¿Me lo participas luego?
-Mamá, si es un secreto, no te lo puedo decir -responde sonriendo, con esa sonrisa suya tan afectuosa, Santiago, cuya semejanza con José, el esposo de María, es muy sensible en las facciones y, más aún, en la serena dulzura.
-Para la madre no hay secretos.
-No los tengo, la verdad. Pero si Jesús me quiere allá arriba solo, y sólo para hablarme, es señal de que no quiere que sepa nadie lo que quiere decirme. Tú, mamá, eres mi querida mamá a la que quiero mucho, pero Jesús está por encima de ti y su voluntad también. De todas formas, le preguntaré, cuando llegue el momento, si te puedo decir a ti sus palabras. ¿Estás contenta ahora?
-Te olvidarás de preguntarlo…
-No, mamá; no te olvido nunca, aunque estés lejos de mí. Siempre que oigo o veo algo bonito pienso: "¡Si estuviera aquí mi madre!"
-¡Amor! Dame un beso, hijo mío.
María de Alfeo está emocionada. Pero la emoción no mata la curiosidad. Vuelve al asalto después de unos momentos de silencio.
-Has dicho: su voluntad. Entonces es que has comprendido que te quiere manifestar algún designio suyo. ¡Venga, hombre, al menos esto lo puedes decir! ¡Esto te lo habrá dicho estando presentes los demás!
-La verdad es que iba delante sólo con Él -dice sonriendo Santiago.
-Pero los otros podían oír.
-No me dijo mucho, mamá. Me recordó las palabras y la oración de Elías en el Carmelo: "De los profetas del Señor he quedado yo sólo"; "sé propicio a mi oración, para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor Dios"».
-¿Y qué quería decir?
-¡Cuántas cosas quieres saber, mamá! Ve donde Jesús, entonces; que te las diga -se defiende Santiago.
-Habrá querido decir que, dado que el Bautista ha sido apresado, queda sólo El como profeta en Israel, y que Dios deberá conservarlo mucho tiempo para que el pueblo sea adoctrinado -dice Susana.
-¡Mmm! Dudo que Jesús pida ser conservado mucho tiempo. Para sí mismo no pide nada… ¡Venga, Santiago mío, díselo a tu madre!
-La curiosidad es un defecto, mamá; es cosa inútil, peligrosa y a veces dolorosa. Haz un buen acto de mortificación…
-¡Ay, pobre de mí! ¿No habrá querido decir que me van a encarcelar a tu hermano, o… quizás… matarlo? -pregunta toda agitada María de Alfeo.
-Judas no es "todos los profetas", mamá, aunque, por tu amor, cada uno de tus hijos representa al mundo…
-Pienso también en los demás, porque… porque entre los profetas futuros estáis ciertamente vosotros. Entonces… entonces, si sólo quedas tú… Si sólo quedas tú es señal de que los otros, mi Judas… ¡oh!
María de Alfeo deja al improviso donde están a Santiago y a Susana y, ligera como una jovencilla, vuelve hacia atrás corriendo, sin hacer caso a la pregunta que le dirige Judas Tadeo. Llega, como si alguien la estuviera persiguiendo, al grupo de Jesús.
-Jesús mío,…estaba hablando con mi hijo… de lo que le dijiste… del Carmelo… de Elías… de los profetas… Dijiste… que Santiago se quedará solo… ¿Qué será de Judas, entonces? ¡Es mi hijo, sabes! -dice toda jadeante por la congoja y por la carrera realizada.
-Lo sé, María; como también sé que te sientes feliz de que sea mi apóstol. Date cuenta de que tú tienes todos los derechos como madre y Yo los tengo como Maestro y Señor.
-¡Es verdad… es verdad… pero Judas es mi hijito!… y María, vislumbrando un momento futuro, se echa a llorar con ganas.
-¡Oh, son lágrimas muy mal empleadas! Pero todo se le comprende a un corazón de madre. Ven aquí, María. No llores. Ya te consolé otra vez. En aquel momento te prometí que aquel dolor te alcanzaría de Dios grandes gracias, para ti, para tu Alfeo, para tus hijos… (Jesús ha pasado su brazo por encima de los hombros de su tía y la ha juntado estrechamente a sí… Ahora ordena a los que iban con Él:
-Vosotros id adelante…
Luego, ya sólo con María de Alfeo, sigue diciendo:
-Y no mentí. Alfeo murió invocándome. Por tanto, toda deuda suya hacia Dios quedó cancelada. María, tu dolor obtuvo esta conversión hacia el pariente que antes Alfeo no había comprendido, hacia el Mesías que no había querido reconocer; ahora, este dolor tuyo obtendrá que el vacilante Simón y el reacio José imiten a tu Alfeo.
-Sí, pero… ¿Qué vas a hacer con Judas, con mi Judas?
-Lo amaré más aún de cuanto le amo ahora.
-No, no. Hay un presagio amenazador en esas palabras. ¡Oh, Jesús! ¡Oh, Jesús!…
María Virgen vuelve hacia atrás porque, ante ese dolor cuya naturaleza todavía desconoce, quiere consolar también a su cuñada. En cuanto sabe de qué dolor se trata -porque su cuñada, al verla a su lado, llora aún más fuerte y se lo dice-se pone más pálida que la misma Luna.
María de Alfeo gime:
-Dile tú que no, que no… la muerte para mi Judas…
María Virgen, aún más pálida, le dice:
-¿Podría pedir esto para ti, si ni siquiera para mi Hijo pido que sea salvado de la muerte? María, di conmigo: "Hágase tu voluntad, Padre, en el Cielo, en la Tierra y en el corazón de las madres". Hacer la voluntad de Dios a través del destino de nuestros hijos es el martirio redentor de nosotras las madres… Además… nadie ha confirmado que vayan a matarlo a Judas, o matarlo antes de que tú mueras.
¡Tu oración de ahora por que alcance la mayor longevidad cómo te pesaría entonces, cuando, en un Reino de Verdad y Amor, veas todas las cosas a través de las luces de Dios y a través de tu maternidad espiritualizada! Entonces -estoy seguro de ello-, como bienaventurada y como madre, querrías que Judas fuera semejante a mi Jesús en su destino de redentor, y anhelarías vivamente tenerlo pronto contigo, de nuevo, para siempre. Porque el tormento de las madres es verse separadas de sus hijos: un tormento tan grande, que creo que perdurará, como ansia amorosa, incluso en el Cielo que nos acogerá.
El llanto de María -tan fuerte y en medio del silencio de un primer barrunto de alba-ha hecho que todos vuelvan atrás para saber lo que pasa, con lo cual han oído las palabras de María Virgen y la emoción se extiende: llora María de Magdala susurrando:
«Y yo le he procurado ese tormento a mi madre ya desde esta Tierra»; llora Marta diciendo: «La separación de los hijos y la madre significa dolor recíproco»; brillan también los ojos de Pedro. Por su parte el Zelote dice a Bartolomé: « ¡Qué palabras de sabiduría para explicar lo que será la maternidad de una bienaventurada!»; « ¿Y cómo -le responde Natanael valorará las cosas una madre bienaventurada: a través de las luces de Dios y de la maternidad espiritualizada…! Se queda uno sin respiración, como ante un luminoso misterio».
Judas Iscariote dice a Andrés:
-La maternidad, expresada en esos términos, se despoja de todo sentido de peso para ser pura ala. Da la impresión de estar viendo ya a nuestras madres transformadas en una inimaginable belleza.
-Es verdad. La nuestra, Santiago, nos amará así. ¿Te imaginas lo perfecto que será entonces su amor? -dice Juan a su hermano, y es el único en que se dibuja una luz de sonrisa (¡tanto le emociona gozosamente la idea de que su madre llegue a amar en modo perfecto!).
Siento haber causado tanto dolor -dice Santiago de Alfeo en tono de pedir disculpas. Ha intuido más de lo que he dicho… Créeme, Jesús.
-Lo sé. Lo sé. María se está labrando a sí misma, y éste ha sido un golpe más fuerte de cincel; pero le quita mucho peso muerto -dice Jesús.
-¡Venga, madre! ¡Deja ya de llorar! Esto me duele. Que sufras como una pobre mujercita que no conoce las certezas del Reino de Dios. No te pareces en nada a la madre de los niños Macabeos -recrimina a su madre Judas Tadeo, severo, aunque abrazándola… Y, besándola en la cabeza, en sus cabellos entrecanos, añade: «Pareces una niña con miedo a las sombras y a las fábulas que le cuentan para asustarla.
Pero tú sabes dónde encontrarme: en Jesús. ¡Qué mamá! ¡Qué mamá! Deberías llorar si se te hubiera dicho que, en un futuro, fuera a traicionar a Jesús, a abandonarlo, o fuera a ser un réprobo. Entonces sí, entonces deberías llorar incluso sangre. Pero, si Dios me ayuda, no te daré nunca ese dolor, madre mía. Quiero estar contigo por toda la eternidad…
El reproche, primero; las caricias, después… terminan por enjugar el llanto de María de Alfeo, que ahora se siente -y se la ve-toda avergonzada de su debilidad.
En el tránsito de la noche al día -habiéndose ocultado la Luna sin haber empezado todavía a amanecer-la luz ha disminuido. Pero es sólo un breve intermedio incierto.
Inmediatamente después, la luz -primero plomiza, luego levemente gris, luego verdastra, luego láctea con transparencias de azul, finalmente clara, casi incorpórea plata-se afirma, cada vez más, facilitando el camino por el guijarral húmedo que las olas han dejado descubierto; mientras, los ojos se alegran con la vista del mar, ya de un azul más claro, pronto a encenderse de visos de gema.
Y luego el aire embebe su plata de un rosa cada vez más seguro, hasta que este rosa-oro de la aurora se hace lluvia rosa-roja que cae en el mar, en los rostros, en los campos, formando contrastes de tonalidades cada vez más vivos, los cuales alcanzan el punto perfecto -para mí siempre el más bonito del día cuando el Sol, saltando los confines del oriente, lanza su primer rayo hacia montes y laderas, bosques, prados y vastas llanuras marinas y celestes, y acentúa todos los colores: la blancura de las nieves o de las lejanías montañosas, con un color añil entreverado de verde diaspro; o el cobalto del cielo, que palidece para acoger el rosa; o el zafiro veteado de jaspe y orlado de perlas del mar. Y hoy el mar es un verdadero milagro de belleza: no muerto en la calmaría pesada ni agitado bajo la lucha de los vientos, sino majestuosamente vivo con su reñir de leves olas, apenas señaladas con una ondulación coronada por una crestita de espuma.
Llegaremos a Dora antes de que el sol queme. Reanudaremos la marcha al declinar del sol. Mañana, en Cesárea, terminará vuestro esfuerzo, hermanas. También nosotros descansaremos. Allí estará ciertamente vuestro carro. Nos separaremos… ¿Por qué lloras, María? ¿Voy a tener que ver hoy llorar a todas las Marías? -dice Jesús a la Magdalena.
-Le apena dejarte -dice su hermana para disculparla.
-No quiere decir que no nos vayamos a volver a ver, y además pronto.
María hace gesto de negación con la cabeza. No llora por eso.
El Zelote explica:
-Teme no saber ser buena sin tenerte a su lado. Teme… ser tentada demasiado fuertemente una vez que Tú ya no estés cerca manteniendo alejado al demonio. Me hablaba de esto hace poco.
-No tengas este temor. Yo no retiro nunca una gracia que he concedido. ¿Quieres pecar? ¿No? Pues estáte tranquila. Vigila, eso sí, pero no tengas miedo.
-Señor… lloro también porque en Cesárea… Cesárea está llena de mis pecados. Ahora los veo todos… Me espera mucho que sufrir en mi humanidad…
-Me alegro; cuanto más sufras mejor será, porque después ya no tendrás que sufrir con estas inútiles penas. María de Teófilo, te recuerdo que eres hija de un padre fuerte, y que eres un alma fuerte y que Yo te quiero hacer fortísima. En las otras compadezco las debilidades, porque han sido siempre mujeres mansas y tímidas, incluso tu hermana. En ti no lo soporto. Te labraré con fuego y yunque. Porque eres temple que debe labrarse así, para no deteriorar el milagro de tu voluntad y la mía. Esto debéis saberlo tú y los que -de entre los presentes o los ausentes-pensasen que podría ser débil contigo por lo mucho que te he amado. Te concedo que llores por arrepentimiento y por amor; no por ninguna otra cosa. ¿Comprendes? -Jesús se muestra sugestivo y severo.
María de Magdala se esfuerza en tragar lágrimas y sollozos y cae de rodillas, besa los pies de Jesús; e intentando hablar con voz firme, dice:
-Sí, mi Señor. Haré como Tú quieres.
-Álzate, pues, y está serena.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La gente de Sicaminón, movida por la curiosidad de ver, en espera del Maestro, ha estado asediando todo el día el lugar en que están asentados los discípulos. Pero las discípulas, mientras tanto, no han perdido el tiempo; se han dedicado a lavar la ropa, polvorienta y sudada. Así pues, en la pequeña playa hay toda una alegre exposición de ropa secándose al viento y al sol. Ahora, que está cercano el atardecer, y con él se percibiría ya la humedad salobreña, se apresuran a recoger la ropa, aunque esté todavía un poco húmeda, y a sacudirla y estirarla en todas las direcciones antes de doblarla, para que los respectivos propietarios la encuentren bien ordenada.
-Vamos a llevarle a María enseguida su ropa -dice María de Alfeo. Y termina: «¡Ha estado muy sacrificada ayer y hoy en ese cuartito sin aire!…».
Por esto me doy cuenta de que la ausencia de Jesús ha sido de más de un día, y de que en ese tiempo María de Magdala, propietaria de un solo vestido, que además es prestado, ha tenido que estar escondida hasta que estuviera seco.
Susana responde:
-¡Menos mal que no se queja nunca! No pensaba que fuera tan buena.
-Y tan humilde, debes decir, y reservada. ¡Pobre hija! ¡Verdaderamente era el diablo el que la atormentaba! Una vez que mi Jesús la ha librado, ha vuelto a ser ella como sin duda era de niña.
Y hablando entre ellas vuelven a casa a llevar la ropa lavada. Entretanto, en la cocina, Marta trabaja en preparar las viandas. La Virgen está limpiando las verduras en un barreño de cobre y poniéndolas a hervir para la cena.
-Aquí está todo ya seco, limpio y doblado. Hacía falta. Ve donde María y dale su ropa -dice Susana mientras da el vestido a Marta.
Pasa un rato y las dos hermanas vuelven juntas.
-Gracias a las dos. El sacrificio del vestido sin cambiar desde hace días me era el más penoso -dice María de Magdala sonriendo -Ahora me siento toda fresca.
-Sal afuera a sentarte, que hay un buen vientecillo y te vendrá muy bien después de tanto tiempo encerrada -observa Marta, la cual, siendo menos alta y de formas menos esculturales que su hermana, ha podido ponerse un vestido de Susana o de María de Alfeo mientras su ropa se lavaba.
-Esta vez se ha hecho así, pero para el futuro nos haremos nuestro pequeño saco, como las otras, y no tendremos esta incomodidad -dice la Magdalena.
-¿Cómo? ¿Tienes intención de seguirlo como nosotras?
-Por supuesto. A menos que Él me ordene lo contrario. Ahora voy a la orilla del mar a ver si vienen. ¿Vuelven esta tarde?
-Eso espero -responde María Santísima -Estoy preocupada porque ha ido a Fenicia. Pero pienso que está con los apóstoles, y también que los fenicios quizás son mejores que otros muchos. Pero querría que volviera, incluso por la gente que está esperando. Cuando he ido a la fuente, una mujer me ha parado y me ha dicho: "¿Estás con el Maestro galileo, el que llaman el Mesías? Ven entonces y mira cómo está mi hijo. Hace un año que le atormenta la fiebre". He entrado en una casita. ¡Pobre criatura! ¡Parecía una florecilla agonizante! Se lo diré a Jesús.
-Hay otros también que piden igualmente la curación; más curación que enseñanza -dice Marta.
-El hombre difícilmente es todo espiritual. Siente con mayor fuerza la llamada de la carne y sus necesidades -responde la Virgen.
-Pero muchos, después del milagro, nacen a la vida del espíritu.
-Sí, Marta. Y ese también es un motivo por el que mi Hijo hace tantos milagros. Por bondad hacia el hombre, pero también para atraerlo, con ese medio, a este camino suyo que, si no, demasiados no lo seguirían.
En esto, vuelve a casa Juan de Endor (que no había ido con Jesús) y con él muchos discípulos en dirección a sus respectivas casas. Casi contemporáneamente, regresa la Magdalena diciendo:
-Están llegando. Son las cinco barcas que zarparon al alba de ayer. Las he reconocido muy bien.
-Estarán cansados y sedientos. Voy por más agua. La fuente es muy fresca.
María de Alfeo sale con las tinajas.
-Vamos a recibir a Jesús. Venid -dice la Virgen. Y sale con la Magdalena y Juan de Endor, porque Marta y Susana se quedan trabajando en los fuegos, rojas y muy ocupadas de ultimar la cena. Costeando la orilla, llegan a un pequeño espigón, donde ya otras barcas de pesca que han regresado están detenidas; desde su punta se ve bien todo el golfo, así como la ciudad de que recibe el nombre; y se ven también las cinco barcas que avanzan ligeras, un poco inclinadas por la veloz marcha, la vela bien tirante debido a un ligero viento boreal que favorece a las barcas y alivia a los hombres fatigados por el calor.
-Mira qué bien se manejan Simón y los otros. Siguen que es una maravilla la barca del guía. Fijaos, ya han sobrepasado el rompiente; ahora se internan hacia mar abierto para rodear la corriente, que es fuerte en ese punto. Fijaos… Ahora va todo bien. Dentro de poco están aquí -dice Juan de Endor.
En efecto, las barcas se van acercando cada vez más y ya se puede ver a los que vienen en ellas.
Jesús viene en la primera, junto con Isaac. Se ha puesto en pie y su alta estatura se manifiesta en toda su majestuosidad, hasta que la vela, al arriarla, lo esconde durante unos minutos. Dado que la barca, virando, pasa de proa a costado para entrar y ponerse al amparo del muelle, pasando así frente a las mujeres, que están encima del espigón, Jesús las saluda con una sonrisa y ellas se echan a andar deprisa para llegar al punto de arribo cuando la barca.
-¡Dios te bendiga, Hijo! -dice María como saludo a Jesús, el cual pone pie en el andén.
-Dios te bendiga, Mamá. ¿Has estado preocupada? En Sidón no hemos encontrado a quien buscábamos, así que hemos ido hasta Tiro. Allí hemos encontrado. Ven, Hermasteo… Mira, Juan, este joven quiere ser adoctrinado. Te le confío.
-Lo adoctrinaré sobre tu palabra, no te defraudaré.
¡Gracias, Maestro! Hay muchos que te están esperando -responde Juan de Endor.
-Hay también un pobre niño enfermo, Hijo mío. La madre te espera ansiosa.
-Voy enseguida a verla.
-Sé quién es, Maestro. Te acompaño. Ven, Hermasteo; así empezarás a conocer la bondad infinita de nuestro Señor dice el hombre de Endor.
Bajan: de la segunda barca, Pedro; de la tercera, Santiago; de la cuarta, Andrés; de la quinta, Juan: los cuatro pilotos, seguidos luego por los otros apóstoles o discípulos que venían con ellos. Ahora se agolpan alrededor de Jesús y María.
-Id a casa. Vuelvo enseguida. Preparad, entretanto, lo necesario para la cena y decid a las personas que están esperando que al anochecer hablaré.
-¿Y si hay enfermos?
-Primero los curaré. Incluso antes de la cena, para que puedan regresar a sus casas felices.
Se separan: Jesús va con el hombre de Endor y Hermasteo hacia la ciudad; los otros vuelven por el camino de la playa guijarrosa, narrando todo lo que han visto y oído, contentos como niños que regresaran con sus mamás.
También Judas de Keriot está contento. Enseña todas las limosnas que le han dado los pescadores de púrpura; sobre todo, un buen taleguillo de la preciosa materia.
-Esto para el Maestro. Si no la lleva El, ¿quién la podría llevar? Me llamaron aparte y me dijeron: "Tenemos madréporas de valor en la barca, y -¡fíjate!-una perla también. Un tesoro. No sé cómo hemos tenido tanta suerte.
Te las regalamos con mucho gusto para el Maestro. Ven a verlas". Fui, dado que me lo habían pedido, mientras el Maestro estaba retirado en una gruta orando. Eran corales bellísimos, y una perla… no grande pero sí bonita. Les dije: "No os privéis de estas cosas. El Maestro no lleva ninguna joya. Más bien, dadme un poco de esa púrpura, para embellecer su túnica". Tenían este montoncito. Se empeñaron en dármela toda. Ten, Madre, haz con ella un bonito trabajo, como tú sabes hacer, para nuestro Señor.
¡Pero hazlo! Si se da cuenta querrá que se venda para los pobres, y queremos verlo vestido como merece; ¿no es verdad?
-¡Sí, sí, cierto! Yo sufro cuando lo veo vestido con esa simplicidad en medio de otros; Él, que es Rey, mientras que ellos son peor que esclavos, y todo emperifollados y acicalados. ¡Y lo miran como a un pobre, indigno de ellos! -dice Pedro.
-¿Te diste cuenta de cómo se reían esos… señores de Tiro cuando nos estábamos despidiendo de los pescadores?-le dice su hermano -Les dije: "¡Os debería dar vergüenza, perros, que es lo que sois! Vale más un hilo de su túnica blanca que no todos vuestros perifollos" -dice Santiago de Zebedeo.
-Yo quisiera -dado que le han dado esto a Judas -que lo preparases para los Tabernáculos -dice el otro Judas, el Tadeo.
-Nunca he hilado con la púrpura. Pero lo intentaré, a ver si soy capaz -dice María Santísima mientras toca las séricas hebras, esponjosas, de espléndido color.
-La que fue mi nodriza es experta en esto. La encontraremos en Cesárea. Te enseñará. Aprenderás enseguida porque tú sabes hacer todo bien. Yo haría una cenefa para el cuello, para las bocamangas y para la parte baja de la túnica: púrpura sobre lino o lana blanquísimos, con palmas y rosetones, como los de los mármoles del Santo, y con el nudo de David en el centro. Estaría muy bien -dice la Magdalena, experta de cosas bonitas en general.
Marta dice:
-Nuestra madre hizo ese dibujo, por lo bonito que era, en la túnica destinada a Lázaro para el viaje de toma de posesión de sus tierras de Siria. Lo he conservado porque fue la última labor de nuestra madre. Te lo mandaré.
-Lo haré orando por vuestra madre.
En esto, han llegado ya a las casas. Los apóstoles se reparten para reunir a los que esperan al Maestro, especialmente a los enfermos…
Y vuelve Jesús con Juan de Endor y Hermasteo. Pasa saludando a la gente que está apiñada delante de las pequeñas casas. Su sonrisa es una bendición.
No podía faltar el enfermo de los ojos, casi ciego por las oftalmías ulcerosas. Se lo presentan y Él lo cura. Luego es el turno de uno que está sin duda palúdico, consumido y amarillo como un chino, y lo cura.
Luego es una mujer, que le pide un milagro singular: leche para su pecho, que no la tiene; y muestra un niño de pocos días, desnutrido y todo colorado, inflamado, como por un trastorno interno. Llora:
-Fíjate. Se nos manda obedecer al hombre y procrear. Pero ¿para qué sirve, si luego vemos apagarse a nuestros hijos? Es el tercero que doy a luz. A dos ya los he recostado en el sepulcro, por este pecho ciego. Éste ya se está muriendo porque ha nacido en la época de mayor calor. Los otros vivieron: uno diez lunas y el otro seis; para, al final, hacerme llorar más todavía, porque murieron por enfermedad de la tripa. Si tuviera mi leche esto no pasaría…
Jesús la mira y dice:
-Tu hijo vivirá. Ten fe. Ve a tu casa. En cuanto llegues dale el pecho al niño. Ten fe.
La mujer, obediente, se marcha, estrechando contra su corazón al menesteroso, que refunfuña como un gatito.
-Pero, ¿le va a venir la leche?
-Claro que le vendrá.
-Yo digo que le va a vivir el niño, pero que la leche no le viene, y ya si vive será un milagro… Está casi muerto de penuria.
-Pues yo digo que le viene la leche.
-Sí.
-No.
Las opiniones son múltiples como las personas.
Mientras tanto, Jesús se retira a cenar. Cuando sale para predicar de nuevo, hay todavía más gente, porque la noticia del milagro del niño enfermo de fiebres, realizado por Jesús al poco de desembarcar, se ha extendido por la ciudad.
-Os doy mi paz para que prepare vuestro espíritu a comprender. En la tempestad no se puede oír la voz del Señor. Cualquier tipo de desasosiego es nocivo a la Sabiduría, porque la Sabiduría, siendo así que viene de Dios, es pacífica; el desasosiego, por el contrario, no viene de Dios, porque los agobios, las ansias, las dudas, son obras del Maligno para inquietar a los hijos del hombre y separarlos de Dios.
Os propongo esta parábola para que entendáis mejor la enseñanza.
Un agricultor tenía en sus campos muchos árboles y vides que daban mucho fruto; entre éstas, una, de la que se sentía muy orgulloso, de calidad selecta. Un año esta vid dio muchas hojas, pero pocos racimos. Un amigo le dijo al agricultor: "Es porque la has podado demasiado poco". Al año siguiente el hombre la podó mucho: la vid dio pocos sarmientos y de racimos todavía menos. Otro amigo dijo:
"Es porque la has podado demasiado". El tercer año el hombre no la tocó: la vid no dio ni un solo racimo, y muy pocas hojas, delgadas, acartonadas, orinientas. Un tercer amigo sentenció: "Muere porque la tierra no es buena.
Quémala". "Pero ¿por qué, si es la misma tierra de las otras y la cuido como a las demás? ¡Antes iba bien!". El amigo se encogió de hombros y se fue.
Pasó un desconocido viandante y se detuvo a observar al agricultor que estaba apoyado con tristeza en el tronco de la pobre vid. "¿Qué te pasa?" le preguntó. "¿Algún difunto en tu casa?".
-No. Pero se me está muriendo esta vid. La apreciaba mucho. Se ha quedado sin savia para dar fruto. Un año, poco; al otro, menos; éste, nada. He hecho lo que me han aconsejado, pero no ha servido de nada.
El desconocido entró en el campo y se acercó a la vid. Tocó las hojas, cogió un terrón del suelo, lo olió, lo desmenuzó con sus dedos, alzó su mirada hacia el tronco del árbol que servía de apoyo a la vid…
-Tienes que contarlo. Esta vid está consumida por causa del tronco.
-¡Pero si es su apoyo desde hace años!
-Respóndeme, hombre: cuando plantaste esta vid, ¿cómo era ella y cómo era el tronco?
-¡Oh, era un hermoso majuelo de tres años! Lo saqué de otra cepa mía. Para traerlo aquí hice un agujero profundo, para no dañar las raíces al sacarlo del terruño natal. También aquí había hecho un agujero igual; más grande todavía, para que estuviera enseguida a sus anchas. Antes había excavado bien con la azada toda la tierra de alrededor para que estuviera esponjosa, de forma que las raíces pudieran extenderse enseguida sin esfuerzo. Metí en el fondo grato abono y coloqué el majuelo con todo cuidado --como sabes, las raíces se fortifican si encuentran inmediatamente algo que las nutra-.
Del olmo me ocupé menos. Era un arbolito cuya única función era la de servir de apoyo al majuelo. Por eso, lo puse, casi superficialmente, al lado del majuelo, lo afiancé y me fui. Arraigaron los dos, porque la tierra es buena. De todas formas, mientras que la vid crecía de un año para otro -estimada, podada, rejacada-, el olmo crecía con dificultad (¡para lo que servía!…)… Pero luego se ha hecho recio. ¿Ves qué hermoso está ahora? Cuando vuelvo de lejos veo destacar alta su copa como una torre, y me parece la enseña de mi pequeño reino. Al principio la vid lo tapaba y no se veían sus hermosas frondas. ¡Ahora, mira qué hermosa su copa allá arriba bajo el sol! ¡Y qué tronco! Derecho, fuerte. Podía sujetar esta vid durante años y años, aunque hubiera crecido como aquellas que cogieron los exploradores de Israel en el torrente del Racimo. Sin embargo…".
-Sin embargo… te la ha matado. La ha rendido. Todo favorecía su vida: el terreno, la posición, la luz, el sol, tu forma de cuidarla. Pero éste la ha matado. Se ha hecho demasiado fuerte. Ha atenazado sus raíces y las ha ahogado. Le ha quitado todo jugo proveniente del suelo, ha estrangulado su respiración, le ha vedado la luz que necesitaba. Tala inmediatamente este inútil y recio árbol, y tu vid renacerá. Y renacerá mejor aún si, con paciencia, excavas la tierra para poner al desnudo las raíces del olmo y las siegas, para asegurarte que no echen rebrotes.
Se pudrirán en el suelo con sus últimas ramificaciones: de muerte se transformarán en vida, porque se transformarán en sustancia fertilizante: digno castigo a su egoísmo. El tronco lo echarás al fuego, y así te será útil. Una planta inútil y nociva sólo sirve para el fuego, y debe ser arrancada, para que todo el bien lo reciba la planta buena y útil. Ten fe en lo que te digo y te sentirás feliz.
-Pero… ¿quién eres tú? Dímelo, para que pueda tener fe.
-Yo soy el Sapiente. Quien cree en mí estará seguro.
Y se marchó.
El hombre tuvo un momento de indecisión. Luego se decidió y echó mano a la sierra; es más, llamó a sus amigos para que le ayudaran.
-¡Qué sandez!
-¡Perderás vid y olmo!
-¡Yo me limitaría a podarle la copa para dar aire a la vid! ¡No más! En todo caso deberá tener un soporte. Es un trabajo inútil. ¿Quién sabe quién era! Quizás uno que te odia y tú no lo sabes.
-¡O quizás es un loco!
…Y así sucesivamente
-Haré lo que me ha dicho. Tengo fe en él.
Y segó el olmo por la base; y, no contento con ello, en un amplio radio puso al desnudo las raíces de las dos plantas, y segó con paciencia las del olmo, poniendo cuidado en no dañar las de la vid. Luego volvió a tapar el vasto agujero que había hecho. A la vid, que se había quedado sin soporte, le puso al lado una fuerte barra de hierro; luego escribió en una tabla la palabra "Fe" y la ató en la parte alta de la barra.
Los otros se marcharon meneando la cabeza.
Pasó el otoño y el invierno. Vino la primavera. Los sarmientos, enroscados en el apoyo se adornaron de abundantes gemas (primero apiñadas como en un estuche de terciopelo plateado; luego entreabiertas, sobre la esmeralda de las nacientes hojitas; luego abiertas del todo). Y nuevos sarmientos fuertes a partir del tronco (todos ellos un verdadero floreteo de florecillas… y luego todo un fructificar de granos de uva). Más racimos que hojas. Y éstas, grandes, verdes, fuertes, tan fuertes como los conjuntos de dos, tres o más racimos. Cada racimo, una densa concentración de granos carnosos, jugosos, espléndidos.
-¿Y ahora qué decís? ¿Era o no el árbol la razón por la cual mi vid moría? ¿Era acertado o no lo que dijo el Sapiente?
¿Tuve o no razón cuando escribí en esa tabla la palabra “Fe”?" -
-dijo el hombre a sus amigos incrédulos.
-Has tenido razón. ¡Dichoso tú que has sabido tener fe y has sido capaz de destruir el pasado y lo que de nocivo se te dijo.
Esta es la parábola.
Y, por lo que respecta a la mujer del pecho seco, ahí tenéis la respuesta. Mirad hacia la ciudad.
Todos se vuelven hacia la ciudad y ven que viene corriendo la mujer de antes, la cual, a pesar de que venga corriendo no separa a su hijito del pecho, de su pecho lleno, bien lleno, de leche, del que el pequeño hambriento mama con tal voracidad, que casi se ahoga. Y la mujer no se detiene sino a los pies de Jesús; sólo entonces separa un momento del pezón al niño y grita:
-¡Tu bendición, tu bendición, para que viva para ti!
Pasado este momento, Jesús continúa:
-Habéis recibido la respuesta a vuestras hipótesis acerca del milagro. De todas formas, la parábola tiene un sentido más amplio del pequeño episodio de una fe premiada. El sentido es éste:
Dios había plantado su vid, su pueblo, en un lugar apropiado, y le había procurado todo lo que necesitaba para crecer y dar frutos cada vez mayores; y había apoyado a su pueblo en los maestros, para que pudiera comprender más fácilmente la Ley y para que fueran su fuerza. Pero los maestros quisieron ser más que el Legislador; crecieron, crecieron, crecieron… hasta hacerse valer por encima de la eterna palabra. Y así Israel ha quedado estéril. El Señor ha enviado entonces al Sapiente, para que los israelitas que, con recto corazón, sienten el dolor de esta infecundidad y prueban los remedios que les vienen de los dictámenes o consejos de los maestros -doctos humanamente, indoctos sobrenaturalmente, y, por tanto, lejanos del conocimiento de lo que se debe hacer para devolver la vida al espíritu de Israel-puedan disponer de un consejo verdaderamente beneficioso.
Ahora bien, ¿qué sucede? ¿Por qué no recupera las fuerzas Israel y vuelve a ser vigoroso como en los tiempos áureos de su fidelidad al Señor? Porque el consejo es: eliminar todas las cosas parasitarias que han crecido en detrimento de la Cosa santa -la Ley del Decálogo-tal y como fue dada; eliminarlas para dejar aire, espacio, alimento a la Vid, al Pueblo de Dios, y darle un apoyo recio, derecho, que no pueda ser plegado, soporte único, de nombre luminoso: la Fe. Pues bien, este consejo no se acepta. Por eso os digo que Israel caerá, siendo así que podría renacer y ganar el Reino de Dios, si supiera creer y generosamente corregirse y modificarse substancialmente. Podéis marcharos en paz.
Que el Señor esté con vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Son las primeras horas de la mañana cuando Jesús llega a una ciudad de mar. Está ante ella. Cuatro barcas siguen a la suya.
La ciudad se adentra en el mar de una forma extraña, como si estuviera construida en un istmo, o, más exactamente, como si un estrecho istmo uniera sus dos partes: la que penetra completamente en el mar y la que se extiende sobre la orilla.
Vista desde el mar, parece un enorme hongo (acostada su cabeza en las olas, hincada su base en la costa y como pie el istmo). A los lados del istmo, dos puertos: uno, el que mira a septentrión, menos cerrado, está lleno de embarcaciones pequeñas; el otro, situado al Sur, mucho más protegido, está lleno de naves grandes, que llegan o zarpan.
-Hay que ir allá -dice Isaac señalando hacia el puerto de las embarcaciones pequeñas -Allí están los pescadores.
Costean la isla y veo que el istmo es artificial, una especie de dique ciclópeo que une la islita con tierra firme. ¡En aquellos tiempos construía sin tacañerías! Deduzco de esta obra y del número de aves que hay en los puertos que la ciudad era muy rica y comercialmente muy activa. Detrás de la ciudad, tras una zona de llanura, hay algunas colinas bajas y de gracioso aspecto. En la lejanía se pueden ver el gran Hermón y la cadena libanesa. Deduzco también que esta es una de las ciudades que veía desde el Líbano.
La barca de Jesús, entretanto, está llegando al puerto septentrional, a la rada del puerto (no atraca, sino que se mueve lentamente, con los remos hacia adelante y hacia atrás, hasta que Isaac ve a los que buscaba y los llama gritando).
Se acercan dos bonitas barcas de pesca. Los pescadores se inclinan hacia las barcas más pequeñas de los discípulos.
-El Maestro está con nosotros, amigos. Venid, si queréis oír su palabra. Esta misma tarde vuelve a Sicaminón -dice Isaac.
-Enseguida. ¿A dónde vamos?
-A un lugar tranquilo. El Maestro no baja a Tiro, ni a la ciudad de tierra firme. Hablará desde la barca. Elegid un sitio que esté a la sombra y protegido.
-Venid hacia las rocas, detrás de nosotros. Allí hay ensenadas tranquilas y con sombra. Podréis incluso bajar a tierra.
Y van a una concavidad del arrecife, más al Norte. La pared rocosa, cortada a pico, protege del sol. Es un lugar solitario, sólo poblado de gaviotas y torcazos que salen para hacer sus incursiones en el mar y vuelven emitiendo fuertes gritos a sus nidos de la roca. Pero, en esto, otras pequeñas embarcaciones se han ido uniendo a las que van en cabeza, de manera que forman ya una minúscula flotilla. En el fondo de este pequeñísimo golfo hay una insignificancia de playa, verdaderamente una insignificancia, una pequeña explanada pedregosa; pero un centenar de personas sí que cabe.
Bajan sirviéndose de un escollo ancho y liso que, cual si fuera un espigón natural, sobresale de las aguas profundas, y se colocan en la playita pedregosa y brillante de sal. Son hombres morenos, enjutos, tostados por el sol y el mar. Llevan cortas túnicas que dejan descubiertas las extremidades ágiles y delgadas. Es muy visible la diversidad de la raza respecto a los judíos presentes (diversidad que se ve menos respecto a los galileos). Yo diría que estos siro-fenicios asemejan más a los filisteos lejanos-que a los pueblos cercanos; al menos estos que veo yo.
Jesús se pone pegando a la pared rocosa y empieza a hablar.
-Se lee en el libro de los Reyes cómo el Señor mandó a Elías que fuera a Sarepta de los Sidones durante la sequía y carestía que afligieron a la Tierra durante más de tres años. No es que al Señor le faltaran recursos para dar el necesario sustento a su profeta en todos los lugares. No lo envió a Sarepta porque en esta ciudad abundasen los alimentos; es más, allí la gente ya moría de hambre. ¿Por qué, entonces, Dios mandó a Elías tesbita?
Había en Sarepta una mujer de corazón recto, viuda y santa, madre de un niño, pobre y sola, la cual, a pesar de todo, no se rebelaba contra el tremendo castigo, ni se mostraba egoísta padeciendo el hambre, ni era desobediente. Dios quiso agraciarla con tres milagros: uno por el agua que ofreció al sediento; otro por el panecillo cocido bajo la brasa, cuando ella no tenía sino un puñado de harina; otro por la hospitalidad que ofreció al profeta. Le dio pan y aceite, la vida de su hijo y el conocimiento de la palabra de Dios.
Así podéis ver cómo un acto de caridad no sólo sacia el cuerpo y aleja el dolor de la muerte, sino que también instruye al alma en la sabiduría del Señor. Vosotros habéis ofrecido alojamiento a los siervos del Señor y Él os da la palabra de la Sabiduría. He aquí, entonces, que a este lugar donde no viene la palabra del Señor una buena acción la trae. Os puedo comparar con aquella única mujer de Sarepta que recibió al profeta; vosotros aquí también sois los únicos que recibís al Profeta, porque, si hubiera bajado a la ciudad, los ricos, los poderosos, no me habrían recibido, y los atareados comerciantes y marineros de las naves no me habrían hecho caso, y mi venida aquí habría resultado ineficaz.
Yo ahora os dejaré, y diréis: "Pero, ¿qué somos nosotros? Un puñado de hombres. ¿Qué poseemos? Una gota de sabiduría". Pues bien, no obstante, os digo: "Os dejo con el encargo de anunciar la hora del Redentor". Os dejo, repitiendo las palabras de Elías profeta: ̪El ánfora de la harina no se agotará, el aceite no disminuirá hasta que venga quien lo distribuya con mayor abundancia".
Ya lo habéis hecho. Porque aquí hay fenicios mezclados con vosotros de allende el Carmelo. Señal es de que habéis hablado como se os habló a vosotros. Como podéis ver el puñado de harina y la gota de aceite no se han agotado, sino que han aumentado cada vez más. Seguid haciendo que aumente. Y si os parece extraño el que Dios os haya elegido para esta obra, porque no os sintáis capaces de llevarla a cabo, pronunciad la palabra de la profunda confianza: "Me fiaré de tu palabra y haré lo que dices".
-Maestro, ¿cómo tenemos que comportarnos con estos paganos? A éstos los conocemos por la pesca. Nos une a ellos el trabajo, que es el mismo. Pero, ¿los otros? -pregunta un pescador de Israel.
-Dices que participáis del mismo trabajo y ello os une. ¿Y no debería uniros un origen común? Dios ha creado tanto a los israelitas como a los fenicios. Los de la llanura de Sarón o los de la Alta Judea no difieren de los de esta costa. El Paraíso fue hecho para todos los hijos del hombre, y el Hijo del hombre viene para llevar al Paraíso a todos los hombres. La finalidad es conquistar el Cielo y alegrar al Padre. Caminad, pues, por el mismo camino y amaos espiritualmente de la misma forma que os amáis por razones de trabajo.
-Isaac nos ha dicho muchas cosas. Pero quisiéramos saber más.
-¿Es posible tener a un discípulo para nosotros, tan lejos como estamos?
-Mándales a Juan de Endor, Maestro. Vale mucho, y además está acostumbrado a vivir entre paganos -sugiere Judas de Keriot.
-No. Juan estará con nosotros -responde resueltamente Jesús. Y luego, volviéndose a los pescadores: « ¿Cuándo termina la pesca de la púrpura?».
-Con las borrascas de otoño. Después el mar está demasiado agitado aquí.
-¿Volveréis entonces a Sicaminón?
-Allí y a Cesárea. Abastecemos mucho a los romanos.
-Entonces podréis encontraros con los discípulos. Mientras tanto perseverad.
-A bordo de mi barca hay uno que yo no quería que viniera pero que se presentó en tu nombre, casi.
-¿Quién es?
-Un joven pescador de Ascalón.
-Dile que baje y que venga.
El hombre sube a su barca, y vuelve con un jovenzuelo al que se ve más bien azarado por ser objeto de tanta atención.
El apóstol Juan lo reconoce.
-Es uno de los que nos dieron el pescado, Maestro -y se levanta a saludarlo -¿Entonces has venido, ¡eh! Hermasteo? ¿Tú aquí? ¿Vienes solo?
-Sí, solo. En Cafarnaúm sentí vergüenza… Me quedé en la orilla, esperando…
-¿Qué esperabas?
-Ver a tu Maestro.
-¿No es todavía el tuyo? ¿Por qué, amigo, eludes la decisión todavía? Ve a la Luz, que te está esperando. Mira cómo te observa y sonríe.
-¿Cómo podrá soportarme?
-Maestro, ven un momento.
Jesús se alza y va donde Juan.
-No se atreve porque es extranjero.
-Para mí no hay extranjeros. ¿Y tus compañeros? ¿No erais muchos?… No te azares. Tú eres el único que ha sabido perseverar. Pero, aunque sea por ti sólo, me siento feliz. Ven conmigo.
Jesús vuelve con su nueva conquista a donde estaba.
-A éste sí que se lo vamos a dar a Juan de Endor -dice a Judas Iscariote. Y se pone a hablarles a todos.
Un grupo de excavadores bajaron a una mina en que sabían que había tesoros, que, de todas formas, estaban muy escondidos en las entrañas del suelo. Y empezaron a excavar. Pero el terreno era duro y el trabajo fatigoso.
Muchos se cansaron y, arrojando los picos, se marcharon. Otros se burlaron del responsable del equipo de obreros, casi tratándolo como a un estúpido. Otros imprecaron contra el estado en que se encontraban, contra el trabajo, contra la tierra, contra el metal, y, airadamente, golpearon las entrañas de la tierra y fragmentaron el filón en inservibles partículas, y, luego, visto que en vez de obtener ganancias no habían hecho sino daño, se marcharon también.
Se quedó solo el más perseverante. Con delicadeza trató los estratos de la tenaz tierra para perforarla sin hacer daños, hizo una serie de catas, siguió en profundidad, excavó… A1 final quedó al descubierto un espléndido filón precioso. La perseverancia del minero fue premiada y con el metal precioso que descubrió pudo obtener muchos trabajos y conquistar mucha gloria y muchos clientes, porque todos querían de ese metal que solamente la perseverancia había sabido encontrar donde los otros holgazanes o iracundos no habían obtenido nada.
Mas el oro hallado, para que sea bonito hasta el punto de que sirva para el orfebre, debe a su vez perseverar en su voluntad de dejarse trabajar. Si el oro, después del primer trabajo de excavación, no quisiera ya volver a sufrir penas, no pasaría de ser un metal en bruto no elaborable. Así pues, podéis ver cómo no basta el primer entusiasmo para tener éxito, ni como apóstoles, ni como discípulos, ni como fieles. Es necesario perseverar.
Eran muchos los compañeros de Hermasteo; por efecto del primer entusiasmo, todos habían prometido venir. Sólo él ha venido. Muchos son mis discípulos, y más lo serán. Pero sólo la tercera parte de la mitad sabrán serlo hasta el final. Perseverar; es la gran palabra; para todas las cosas buenas.
¿Cuando echáis el trasmallo para conseguir las conchas de la púrpura, lo hacéis una sola vez? No. Lo hacéis una y otra vez y otra, durante horas, días, meses, ya incluso con la idea de volver al año siguiente al mismo sitio… porque ello os da pan y bienestar a vosotros y a vuestras familias. Pues bien, siendo esto así, ¿os comportaréis de forma distinta en las cosas más grandes, como son los intereses de Dios y de vuestras almas, si sois fieles; vuestras y de vuestros hermanos, si sois discípulos? En verdad os digo que para conseguir la púrpura de las vestiduras eternas es necesario perseverar hasta el final.
Y ahora estemos aquí como buenos amigos hasta la hora de volver. Así nos conoceremos mejor y nos será fácil reconocernos unos a otros…
Y se dispersan por la pequeña ensenada peñascosa. Y cuecen mejillones y cangrejos arrebatados a los escollos, o peces pescados con pequeñas redes. Y duermen en lechos de algas secas, dentro de cavernas abiertas en la costa rocosa por los terremotos o las olas. Y el cielo y el mar son un azul cegador que se besa en el horizonte; las gaviotas, continuo carrusel de vuelos, del mar a los nidos, con gritos y batir de alas, únicas voces que, junto con el chapoteo de las olas, hablan en esta hora de bochorno estivo.