por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos. Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo; José, el acusado de incesto, de Emaús; el joven que no fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús; Esteban; el leproso Abel, curado el año anterior cerca de Corazín, con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón; y otros muchos, que reconozco pero que de ellos no recuerdo en absoluto ni el lugar donde los vi ni el nombre. Son rostros conocidos, ya muchos, todos conocidos como rostros de discípulos. Y hay además otros, conquistas de Isaac o de los mismos discípulos que acabo de nombrar; siguen al núcleo principal con la esperanza de encontrar a Jesús.
El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño, y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.
-¿Conoces un lugar tranquilo donde podernos reunir?
-En el extremo del golfo hay una playa desierta. Allí hay unas casuchas de pescadores, que en este período están deshabitadas, porque son malsanas y porque, además, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura. Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades de mar y por contactos con los discípulos; me han cedido las casitas para descansar nosotros. Después de cada misión volvemos a ellas. Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas. Querría llegar hasta la Siro-Fenicia. Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.
Pero soy pastor, no marinero; y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.
Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado -¡tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!-responde:
-Dios te ayuda por tu humildad. Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros. Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar, y, si podemos, iremos a Siro-Fenicia.
Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, que conversan animadamente con algunos discípulos. Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote y Bartolomé y Felipe están con las mujeres. Los otros cuatro están con Jesús.
Los cuatro pescadores van enseguida.
-¿Seríais capaces de navegar en el mar? -pregunta Jesús. Los cuatro se miran, perplejos. Pedro se remueve el pelo mientras piensa. Luego pregunta:
-Pero, ¿dónde? ¿Muy fuera de la costa? Nosotros somos peces de agua dulce…
-No, siguiendo la costa hasta Sidón.
-¡Hombre!, pues… creo que se puede. ¿Vosotros qué pensáis?
-Yo también creo que sí. Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua -dice Santiago.
-Es más, será más bonito y más fácil -dice Juan.
-La verdad es que no sé de dónde sacas eso -le responde su hermano.
-De su amor por el mar. Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones. Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto -dice Pedro bromeando y dando unos meneos afectuosos a Juan.
-No. Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave -responde Juan.
-¡Pues entonces, vamos! -exclama Pedro.
-De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar. No conocemos ni este mar ni la profundidad de estas aguas -observa Santiago.
-¡Bah! ¡No me preocupa lo más mínimo! ¡Tenemos a Jesús con nosotros! Antes no me sentía todavía seguro, ¡pero después de quede ha calmado el lago!… Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar dice Andrés.
-Pues entonces iremos. Procura las barcas para mañana. Pídele a Judas de Simón la bolsa.
Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos -y no hay ni que decir con qué manifestaciones de alegría muchos lo están (que son los que ya Jesús conoce bien)-vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad. La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía, punta que penetra en el mar como un brazo doblado. Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve, representan el lugar más miserable de la ciudad, el más deshabitado y menos continuamente poblado. Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años-están, todas, cerradas. Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.
-Aquí están. Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpias -dice Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes.
-¡No, bonitas no, pobrecillas! Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. ¡Y había quien se quejaba!… -comenta Pedro con cierto retintín.
-Pero para nosotros son una suerte.
-¡Claro, claro! Lo importante es tener un techo y amarse.
¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan! ¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?
Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro, va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.
No he querido que viniera porque no ha estado muy bien… Prefiero que esté aquí. Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías… -dice Isaac.
En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes. Pero su rostro aparece sereno. La delgadez le ennoblece los rasgos: viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.
Jesús lo observa y le pregunta:
-¿Estás enfermo, Juan?
-No más de cuanto lo estaba antes de verte. Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.
Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas, pero no dice nada más; le pone, eso sí, una mano en el hombro y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados, y tinajas de agua fresca para la sed. Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras, se preparan las cosas de comer.
Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles, sentados en torno a la tosca mesota, mientras los demás, quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés, hacen círculo alrededor de la mesa principal.
Pronto termina la cena, y, más rápidamente todavía, quitan la mesa (los utensilios, para los huéspedes más importantes, eran bien pocos). El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil; toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.
Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras, se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos, mientras las mujeres se retiran. Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia las nubes de mosquitos que vienen, quizás de aguazales cercanos.
-Paz a todos vosotros.
La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones. He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí, esperándome, formándoos en mí; espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras, que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios, y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo, el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad. Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos. Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos; y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos, sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos. Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.
Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios, vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí; y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor, que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.
He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor; tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación, en medio de aquellos a quienes quiere conducir a mí, en estas dos características suyas, la vieja y la nueva. Es verdad. Era un pecador.
Ahora es un discípulo. Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él. Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.
Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula. He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar. Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas, no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros una santa valoración de una conversión, y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.
María de Magdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor. ¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios? Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.
Resurrección. Es la palabra más exacta. Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro; es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte. Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo, sí doy eternidad al resucitado en espíritu. Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía -por tanto, no hay mérito por su parte-, en el resucitado en el espíritu está presente su voluntad (es más, es la primera presente); por tanto hay mérito del resucitado.
No os digo esto para justificarme. Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones. (Jesús era Dios pero aquí usa un modismo lingüístico, como si nosotros dijéramos ͞sólo a mi alma, a mi conciencia, debo dar cuenta de mis actos͟).
Pero vosotros sois mis discípulos, y mis discípulos deben ser otros Jesús. No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.
Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas. Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios -aunque se trate de la más inerte, helada y repelente-, puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.
Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos. Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén, se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado. Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas, los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco, y que lo hicieron tan bien y tan secretamente, que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado. Esto recordaba Nehemías, y, recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos antes de morir -éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos-y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio. Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua, un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén. Y se lo dijeron a Nehemías. Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran. Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios, roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa. Si el pueblo, asombrado, miraba con respeto, si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto, fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba. Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza! De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día, en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.
Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar, y la leña asperjada con el agua legamosa se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio; mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido. Y, para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin, Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes, y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.
Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida. Toda vida es holocausto, si se emplea bien; cada día es un holocausto que ha de arder con santidad. Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.
El fuego cae en el pozo profundo. No por santa necesidad, sino por nefasta necedad. Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado, hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio. Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte; es necesario también el heroísmo de quien convierte (es más, éste debe preceder a aquél, porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro). Porque así se logra que el lodo se convierta en llama, y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad el holocausto que se consume.
Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo de que el lodo arrepentido es más abrasador que el fuego común (aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas, o sea, materias combustibles), este lodo arrepentido adquiere tal potencia que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible. ¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad? ¿No lo sabéis? Os lo diré: Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios, llama con llama; llama que sube, llama que desciende; llama que se ofrece amando, llama que se concede amando; abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo, que se unen y forman una cosa sola; y, dado que la llama más fuerte es la de Dios, ésta excede, rebosa, penetra, asume… y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado para ser llama infinita de Ser increado: del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.
Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos, generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado, consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se alza de su propio barro, que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado. En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana; y que seguirán devorando con su fuego las piedras, las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo, verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.
Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos, pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro. Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros. Que nunca un concepto desviado, una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido, os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino. Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.
Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro, y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo -que la sienten por fin-y, jubiloso, los conduzco a Dios (porque ésta es mi misión y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito), pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados, que en mayor o menor grado habéis conocido, todos, la imperfección; hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores, hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra, de forma que -sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.
Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia, de que Yo seré el Espíritu animador; y, hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes para constituir un único cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre. Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal, ¿podrían las infinitas partículas tener vida? Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas, sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio. Porque la lluvia penetra hasta donde quiere, y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida. Pero, ¿qué sería entonces el Cristianismo? Cercanía de almas; cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital proveniente de un único centro para cada una de las partículas; serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles, sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus: "¡Y éramos hermanos, y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!". Cercanía. No fusión. No un organismo. Y por encima de esta ruina resplandecería doliente mi amor…
Y añado: No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No. Sirve también para todas las almas que quedan solas porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas, contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago, o sea: "Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios".
Idos en paz ahora, y que Dios esté con vosotros.
Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan, cada uno hacia la casa que lo hospeda; se levanta también Juan de Endor, el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba, exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía. Pero Jesús lo para y le dice:
-Estáte un poco con tu Maestro.
Y lo tiene junto a sí hasta que todos terminan de marcharse.
-Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar. La Luna cada vez está más alta. Se ve el camino.
Juan acepta sin decir palabra.
Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros. Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar; o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro). Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños, desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.
Es más, ahora, por la marea, está semicircundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo, para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares, hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada. Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar. La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca en el negro de la noche.
-Juan, ¿no le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?
-Ya la conoces, Señor. De todas formas, no digas "sufre", di "se consume"; es más exacto, y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo. Gracias, Señor. Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama. Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras. Mi Señor, moriré pronto. Demasiado he sufrido por el odio del mundo, demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios. Pero no añoro la vida. Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas. Ya dos veces he fallado en mi vida: en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo, y, sin embargo, no me formé; en mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer. Lógicamente: no había sabido formarme a mí mismo, no podía saber formarla a ella. Podría fallar también en mi misión como discípulo… y a ti no quiero fallarte. ¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar! Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima, el que más asemeja al tuyo. Lo has dicho esta misma noche: "Consumiéndose primero ellos mismos".
-Juan, ¿es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?
-Es un ofrecimiento, si Dios no rechaza el barro hecho fuego.
-Juan, haces muchas penitencias.
-Las hacen los santos, Tú el primero; es justo que las haga quien tanto debe pagar. Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios… ¿Me las prohíbes?
-No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada. He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.
No puedo contradecirme.
-Gracias, Señor. Será mi misión.
-¿Qué escribías, Juan?
-¡Oh, Maestro! A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro. Pienso en Margziam. Tiene toda una vida para predicarte, y, por su edad, no está presente en tus predicaciones. He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído, o por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros. ¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento, y precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre, en esas cosas mínimas que en el fondo son las más grandes de la vida, porque, acumulándose, forman una gran suma que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.
Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico, que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud. No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien yo lo sé por lo que se refiere al mal-, si no se va largamente acumulando actos pequeños aparentemente insignificantes.
Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer, le lancé la primera mirada de desprecio. Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones. Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección. Dejaré este trabajo mío al niño para que se acuerde de mí, el viejo maestro, y para que tenga aquello que de otro modo no tendría. Su espléndido tesoro. Tus palabras. ¿Me das permiso?
-Sí, Juan. Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves? Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol, y la vida apostólica es verdaderamente ardor. Has luchado mucho en tu vida. Ahora Dios te convoca a su presencia en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro. Camina bajo la dulzura de Dios. Te digo que Dios está contento de ti.
Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:
-Pero también habría sido hermoso decirle al mundo: "¡Acércate a Jesús!".
-Lo dirás desde el Paraíso. Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios. Vamos, Juan. Quisiera leer lo que has escrito.
-Aquí está, Señor. Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.
Bajan de su escollo y, en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna, que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas. Se saludan: Juan, arrodillándose; Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza y dándole su paz.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La mañana calma y luminosa favorece la marcha. Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.
-Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana. Con este sol no habríamos podido estar en la llanura. Aquí hay sombra y frescor. Me dan pena los que siguen la vía romana. Buena para el invierno -dice Mateo.
-Después de estas colinas tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire -dice Jesús.
-Comeremos allá, en aquella cima. El otro día era muy bonito, y desde aquí debe serlo todavía más porque el Carmelo está más cerca, .y también el mar -añade Santiago de Alfeo.
-¡Es verdaderamente bonita nuestra tierra! -exclama Andrés.
-Sí, hay de todo en ella; montes nevados, suaves colinas, lagos, ríos, todo tipo de plantas; y no falta el mar. Realmente es la tierra de delicias celebrada por nuestros salmistas, nuestros profetas, nuestros grandes guerreros y poetas -dice Judas Tadeo.
-Recítanos algún fragmento, tú que sabes tantas cosas -ruega Santiago de Zebedeo.
“Con la belleza del Paraíso Él ha formado la tierra de Judá.
Con la sonrisa de sus ángeles ha decorado la tierra de Neftalí, con los ríos de miel del cielo ha dado sabor a los frutos de su tierra. La Creación entera se refleja en ti, gema de Dios, don de Dios a su pueblo santo.
Más dulce que los pingües racimos que maduran en las laderas de tus montes, más suave que la leche que llena las ubres de tus corderas, más embriagadora que la miel que lleva el sabor de las flores que te visten, tierra bienaventurada, es tu belleza para el corazón de tus hijos.
El cielo ha descendido y se ha hecho río para unir dos gemas, se ha hecho colgante y cinturón sobre tu verde vestido.
Tu Jordán canta. Uno de tus mares ríe, el otro recuerda que Dios es terrible, mientras las colinas parecen danzar al atardecer, cual donosas muchachas en un prado; tus montes rezan en las auroras angélicas o cantan el aleluya bajo el ardor del sol, o adoran con las estrellas tu poder, Señor altísimo.
No nos has encerrado entre apretados confines, delante nos has dejado el abierto mar para decirnos que el mundo es nuestro".
-¡Bonito, ¿eh?! ¡Precioso! Sólo he estado en la parte del lago y en Jerusalén; durante muchos años no he visto nada más. Ahora conozco sólo Palestina. Pero estoy seguro de que no hay nada más bonito en el mundo -dice Pedro lleno de orgullo nacional.
-María me decía que también es muy bonito el valle del Nilo -dice Juan.
-Y el hombre de Endor habla de Chipre como de un paraíso -añade Simón.
-¡Ya, pero nuestra tierra!…
Y los apóstoles -todos menos Judas Iscariote y Tomás, que están con Jesús un poco más adelante-siguen cantando las bellezas de Palestina.
Las mujeres van las últimas. No pueden contenerse de recoger semillas de flores para plantarlas en sus huertos y jardines (porque son bonitas y porque serán un recuerdo de su viaje).
Hay algunas águilas -creo que marítimas-o buitres, que dibujan amplios círculos por encima de las crestas de las colinas y de vez en cuando descienden en busca de alguna presa. Surge una lucha entre dos buitres. Giran, giran, perdiendo plumas, en un elegante y fiero duelo que termina con la huida del perdedor, que quizás va a morir a lo alto de algún remoto pico; al menos así lo juzgan todos, pues su vuelo es muy cansado, un vuelo de moribundo.
-Le ha hecho daño la avidez -comenta Tomás.
-La avidez y la obstinación siempre hacen daño. ¡También a los tres de ayer!… ¡Misericordia eterna! ¡Qué triste destino! -dice Mateo.
-¿No se curarán jamás? -pregunta Andrés.
-Pregúntaselo al Maestro.
Le preguntan a Jesús, y responde:
-Mejor sería preguntar si se van a convertir. Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo que no sano y pecador. La lepra queda en la Tierra, en la tumba; el pecado, en la eternidad.
-A mí me gustó mucho ayer tu discurso de por la noche -dice Simón Zelote.
-Pues a mí no. Era muy duro para demasiados israelitas ̀ dice Judas Iscariote.
-¿Estás tú entre ellos?
-No, Maestro.
-¿Y entonces? ¿Por qué esta susceptibilidad?
-Porque te puede perjudicar.
-¿Entonces, para evitar perjuicios, debería hacer tratos con los pecadores y hacerme su cómplice?
-No digo eso. No podrías hacerlo. Pero sí guardar silencio. No buscarte la enemistad de los grandes…
-Callar es otorgar. No doy mi visto bueno a los pecados; ni de los pequeños ni de los grandes.
-¿Ves lo que le ha pasado al Bautista?
-Su gloria.
-¿Su gloria? A mí me parece que es su ruina.
-Persecución y muerte por fidelidad a nuestro deber son gloria para el hombre. El mártir es siempre glorioso.
-Pero con la muerte se impide a sí mismo ser maestro, y aflige a sus discípulos y familiares; él se quita las penas, pero deja a los otros sumergidos en penas mucho mayores. El Bautista no tiene a sus más cercanos familiares, es verdad, pero tiene, de todas formas, deberes para con sus discípulos.
-Aunque tuviera a esos familiares sería igual. La vocación está por encima de la sangre.
-¿Y el cuarto mandamiento?
-Viene después de los dedicados a Dios.
-Una madre ya has visto ayer cómo sufre por un hijo…
-¡Madre! Ven.
María va donde Jesús y pregunta:
-¿Qué quieres, Hijo mío?
-Madre, Judas de Keriot está perorando en defensa de tu causa, por amor a ti y a mí.
-¿Mi causa? ¿En qué?
-Quiere persuadirme de que sea más prudente para no caer como nuestro pariente Juan. Y me está diciendo que hay que tener compasión de las madres y no arriesgar la propia vida, por ellas, porque así lo quiere el cuarto mandamiento. ¿Tú qué piensas de ello? Te cedo la palabra, Madre, para que adoctrines con dulzura a nuestro Judas.
-Yo digo que dejaría de amar a mi Hijo como Dios, que pensaría que siempre me he equivocado, que he sufrido siempre error acerca de su Naturaleza, si lo viera perder su perfección rebajando su pensamiento a consideraciones humanas perdiendo de vista las consideraciones sobrehumanas, o sea: redimir, tratar de redimir a los hombres, por amor a ellos y para gloria de Dios, a costa de crearse penas y rencores. Lo seguiría queriendo como a un hijo descarriado por efecto de una fuerza maligna, lo seguiría queriendo por piedad, por el hecho de ser hijo mío, porque sería un desdichado, pero no ya con esa plenitud de amor con que lo amo ahora viéndolo fiel al Señor.
-A sí mismo, quieres decir.
-Al Señor. Ahora Él es el Mesías del Señor, y debe ser fiel al Señor como todos los demás, es más, más que ninguno, porque su misión es mayor que toda otra misión que haya existido, existe y existirá, en la Tierra; ciertamente recibe de Dios la ayuda proporcional a tan alta misión.
-Pero, ¿no llorarías si le sucediera algún mal?
-Todas mis lágrimas. Pero lloraría lágrimas y sangre, si lo viera desleal a Dios.
-Ello disminuirá mucho el pecado de los que lo persigan.
-¿Por qué?
-Porque tanto Él como tú casi los justificáis.
-No lo creas. Los pecados serán siempre iguales a los ojos de Dios, tanto si nosotros juzgamos que ello es inevitable, como si juzgamos que ningún hombre de Israel debería obrar mal respecto al Mesías.
-¿Hombre de Israel? ¿Y si fueran gentiles no sería lo mismo?
-No. Para los gentiles sólo habría pecado hacia un semejante. Israel sabe quién es Jesús.
-Mucho Israel no lo sabe.
-No lo quiere saber. Es incrédulo voluntariamente; a la anticaridad, por tanto, une la incredulidad y niega la esperanza. Pisotear las tres virtudes principales no es un pecado mínimo, Judas; es grave, espiritualmente más grave que el acto material respecto a mi Hijo.
Judas, ya sin argumentos suficientes, se agacha para atarse una sandalia y se queda retrasado.
Llegan a la cima (o mejor, a un risco que está casi en la cima y que se extiende por entero hacia adelante, como si quisiera correr hacia la sonrisa azul del mar infinito).
Un tupido encinar proyecta una luz de color esmeralda claro, en que inciden leves agujas de sol, en este picacho bonito, aireado, abierto a la costa ya cercana, frente a la majestuosa cadena del Carmelo. Hacia abajo, al pie del monte del risco saliente como por anhelo de volar, más abajo de unos pequeños campos a mitad de la pendiente, hay un valle estrecho con un torrente profundo (ciertamente respetable, por la violencia de las aguas, en tiempo de crecida, mas ahora reducido a un espumaje de plata en el centro del lecho). El torrente corre hacia el mar rozando la base del Carmelo. Un camino realzado sigue su orilla derecha, un camino que une una ciudad construida en el centro de la bahía con las del interior (si me oriento bien, de Samaria).
-Aquella ciudad es Sicaminón -dice Jesús -Llegaremos en la noche. Ahora descansaremos porque el descenso, aunque fresco y corto, es difícil.
Y, sentados en círculo, mientras se asa en una tosca brocheta un cordero -sin duda regalo de los pastores-hablan entre sí y con las mujeres…
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Declina el día cuando llegan a Belén de Galilea. Se ve que es destino de las ciudades de este nombre el extenderse plácidas sobre onduladas colinas cubiertas de verdor, de bosques, de prados en que pastan rebaños que luego, para la noche, bajan hacia los apriscos. Una música pastoral hecha de esquilas y un leve vibrar de balidos, a los que se unen los gritos alegres de los niños que juegan y de las madres que los llaman, llenan el ambiente arrebolado, vestigio del potente ocaso que acaba de cumplirse.
-Judas de Simón, ve con Simón a buscar alojamiento para nosotros y las mujeres. En el centro del pueblo está la posada; luego iremos nosotros.
Mientras Judas y el Zelote obedecen, Jesús se vuelve a su Madre y le dice:
-Esta vez no sucederá como en la otra Belén. Encontrarás dónde descansar, Madre mía. En este tiempo viajan pocos, y no hay ningún edicto.
-En este tiempo sería dulce incluso dormir en los prados, en medio de estos pastores, entre sus corderitos -y María sonríe a su Hijo, y a unos pastorcillos curiosos que la miran fijamente.
Sonríe de tal forma, que uno de ellos da un codazo al otro y le dice en voz baja:
-Seguro que es Ella -y se acerca sin vacilar y dice: «Salve, María llena de gracia. ¡El Señor está contigo!
María responde con una sonrisa aún más dulce:
-Aquí está el Señor -y señala a Jesús, que se ha vuelto para hablar con sus primos, para decirles que den limosnas a los pobres que se acercan pidiendo quejumbrosamente. Y toca levemente a su Hijo, la Madre, y le dice: «Hijo mío, estos pastorcitos te buscan, y me han reconocido; no sé cómo…
-Está claro que por aquí ha pasado Isaac dejando el perfume de la revelación. Jovencito, ven aquí.
El pastorcillo, un morenito de unos doce o catorce años, fuerte a pesar de ser delgado, de ojos vivos, negrísimos, y cabellos que le caen lacios formando una melena de ébano, envuelto en su piel de oveja -me da la impresión de una copia, muy joven, del Precursor-, se acerca a Jesús, como embelesado, con sonrisa beatífica.
-Paz a ti, niño. ¿Cómo has reconocido a María?
-Porque sólo la Madre del Salvador podía tener esa sonrisa y ese rostro. Me dijeron: "Una cara de ángel, ojos de estrella, sonrisa más dulce que el beso de una madre, dulce como su nombre, María; una cara tan santa, que pudo inclinarse hacia el Dios recién nacido". He visto esto en Ella y la he saludado porque te buscaba. Te buscábamos, Señor, y… no me atrevía a saludarte a ti el primero.
-¿Quién te ha hablado de nosotros?
-Isaac de la otra Belén. Y prometió que nos llevaría a ti en cuanto llegara el otoño.
-¿Ha estado aquí Isaac?
-Está todavía por estas regiones, con muchos discípulos. A nosotros, los pastores, fue él quien nos habló. Creímos en su palabra. Señor, deja que te adoremos nosotros también, como nuestros compañeros en aquella noche dichosa -y se arrodilla en el polvo del camino y lanza un grito a los otros pastores, que han detenido el rebaño a las puertas de la ciudad (puertas por llamarlas de alguna manera, porque en realidad no es una ciudad ceñida de muros), en el mismo lugar en que Jesús se había parado para esperar a las mujeres y entrar con ellas en el pueblo.
El pastorcillo grita:
-Padre, hermanos, amigos: hemos encontrado al Señor. Venid. Adorémoslo.
Y los pastores vienen, se arremolinan con su rebaño en torno a Jesús y le ruegan que no busque alojamiento en otro lugar, sino que acepte su pobre casa, que está a poca distancia, para él y sus amigos.
-Es un aprisco grande ̀ explican -Dios nos protege, y tenemos habitaciones, y cobertizos llenos de heno fragante. Las habitaciones para tu Madre y sus hermanas, porque son mujeres. De todas formas, también hay una habitación para ti. Los otros pueden dormir con nosotros en los cobertizos, sobre el heno.
-Yo también estaré con vosotros. Será para mí un descanso más agradable que si durmiera en la habitación de un rey. Pero vamos antes a avisar a Judas y a Simón.
-Voy yo, Maestro -dice Pedro, y se marcha junto con Santiago de Zebedeo.
Se quedan al borde del camino esperando a que regresen los cuatro apóstoles.
Los pastores miran a Jesús como si fuera ya Dios en su gloria. A los más jóvenes se les ve verdaderamente felices; da la impresión de que quisieran grabarse en la mente hasta los más mínimos detalles de Jesús y María, la cual se ha agachado a acariciar a unos corderos que han venido a empinar su morrito, balando, contra sus rodillas.
-Había uno, en casa de mi pariente Isabel, que me lamía las trenzas cada vez que me veía. Le llamaba "amigo", porque era verdaderamente amigo mío, como un niño; en cuanto podía, venía a mí corriendo. Éste me lo recuerda completamente, con estos dos ojos suyos de dos colores. ¡No lo matéis! A1 otro también se le dejó en vida por el amor que me tenía.
-Es una cordera, Mujer; la queríamos vender porque tiene los ojos de dos colores y creo que por uno ve poco. Pero nos quedaremos con ella si tú lo quieres.
-¡Oh, sí! Ya de por sí quisiera que nunca se matará a ningún corderito… Son tan inocentes… y tienen una voz como la de un niño llamando a su mamá. Matar a uno de éstos me parecería como matar a un niño.
-Pero entonces, Mujer, no habría sitio para nosotros en la tierra, si vivieran todos los corderitos -dice el pastor más anciano.
-Lo sé. Pero pienso en su dolor y en el de las ovejas madres. Lloran mucho cuando les quitan a sus hijos. Parecen realmente madres como nosotras. No puedo ver sufrir a nadie, y ante una madre deshecha de dolor yo también siento un desgarro interior. Es un dolor distinto de todos los otros dolores, porque a nosotras el golpe de la muerte de un hijo nos lacera no sólo el corazón y el cerebro sino las propias vísceras. Nosotras, las madres, permanecemos unidas a nuestro hijo siempre; quitárnoslo significa lacerarnos completamente.
Ya no sonríe María; tiene un brillo de llanto en sus ojos azules, y mira a su Jesús (que a su vez la está escuchando y mirando) y pone una mano sobre el brazo de Él, como si temiera que fueran a arrebatárselo de su lado de un momento a otro.
Por el camino polvoriento se acerca una pequeña guarnición de soldados -seis hombres-junto con otras personas que vienen hablando a voces. Los pastores miran y hablan en tono bajo entre sí. Luego miran a María y a Jesús.
El más anciano habla:
-Entonces ha sido acertado el que no entraras en Belén esta tarde.
-¿Por qué?
-Porque aquella gente que ha pasado y ha entrado en la ciudad va para arrebatar un hijo a una madre.
-¿Pero, por qué?
-Para matarlo.
-¡Oh, no! ¿Qué ha hecho?
Jesús también lo pregunta. Los apóstoles se arremolinan para oír.
-Han encontrado muerto en el camino del monte al rico Joel. Volvía de Sicaminón lleno de dinero. De todas formas, no han sido los ladrones, porque el muerto tenía todavía el dinero. El siervo que lo acompañaba dice que su señor le había dicho que se adelantase deprisa para avisar de su regreso; pues bien, por el camino, y dirigido hacia el lugar en que se cometió el homicidio, vio solamente al joven que ahora van a matar. Además, dos del pueblo juran que lo han visto agredir a Joel. Ahora los parientes de la víctima exigen su muerte. Y si es homicida…
-¿No lo crees?
-No lo creo posible. El joven es poco más que un muchacho.
Es bueno. Es hijo único y vive siempre con su madre, que es viuda, y además una viuda santa. No pasa necesidad ni piensa en las mujeres ni es un pendenciero, no está desquiciado… ¿Por qué iba a haber matado?
-¿Tiene enemigos?
-¿Quién: Joel, el muerto, o Abel, el acusado?
-El acusado.
-¡Ah! No sabría decirte… Pero… No sé qué decirte.
-Sé franco.
-Señor, es una cosa que pienso; Isaac dice que no se debe pensar mal del prójimo.
-Pero se debe tener la valentía de hablar para salvar a un inocente.
-Si hablo, tenga razón o esté equivocado, me veré obligado a huir de aquí porque Aser y Jacob son poderosos.
-Habla sin miedo. No tendrás que huir.
-Señor, la madre de Abel es joven, guapa y sensata. Aser no es sensato, ni tampoco Jacob; al primero le gusta la viuda y al segundo… bueno, el pueblo sabe que el segundo es un cuco en el tálamo de Joel. Yo pienso que…
-Comprendo. Vamos, amigos. Vosotras quedaos con los pastores. Volveré pronto.
-No, Hijo. Voy contigo.
Jesús ya se ha echado a andar, diligentemente, hacia el interior de la ciudad. Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes, que se quedan con todas las mujeres (menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús) y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.
En la tercera travesía de la calle central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago, los cuales vienen ya hacia abajo gesticulando y hablando alto.
-¡Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo! ¡Qué cosa más triste! -dice Pedro todo impresionado.
-Están quitándole el hijo a una madre por la fuerza para matarlo, y ella lo defiende como una hiena; pero es sólo una mujer contra soldados -añade Simón Zelote.
-Sangra ya por muchas partes -dice Judas.
-Le han echado abajo la puerta porque se había encerrado en su casa -termina Santiago de Zebedeo.
-Voy donde esa mujer.
-¡Oh! ¡Sí! Sólo Tú puedes confortarla.
Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo. Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel, y hasta aquí llegan los gritos desgarradores de una mujer, infrahumanos, feroces y lastimosos al mismo tiempo.
Jesús acelera el paso y llega a una placita diminuta -más que una plaza es una curva del camino, que aquí se ensanchaen la cual el tumulto es máximo.
La mujer, aferrada con una mano (que ahora es verdadera garra de hierro) a lo que queda de la puerta abatida, circundando con el otro brazo la cintura del muchacho, disputa su hijo a los soldados; y, si uno trata de separarla, muerde furiosamente, sin hacer caso de los golpes que recibe ni de los tirones de pelo que le dan (tan bestiales, que le vuelven hacia atrás la cabeza); y, cuando no muerde, grita: «¡Dejadlo! ¡Asesinos! ¡Es inocente! ¡La noche del asesinato de Joel dormía a mi lado! ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Calumniadores! Inmundos! ¡Perjuros!
Y el muchacho, aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, se vuelve y, con rostro desencajado, grita:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¿Por qué tengo que morir si no he hecho nada?
Es un jovencito de buena presencia, alto, grácil, de ojos oscuros y tiernos, pelo negro un poco ondulado. El vestido desgarrado deja ver su cuerpo ágil y juvenil, casi todavía de niño.
Jesús, con la ayuda de los que lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca, y se abre paso hasta el penoso grupo, precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer, derrengada, y se la llevan, arrastrándola, como un saco unido al cuerpo de su hijo, por el camino pedregoso.
Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo, y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.
Enseguida se alza otra vez, sólo de rodillas, y tiende hacia adelante los brazos, mientras su hijo -se lo llevan rápidamente, en la medida en que lo permite la muchedumbre, que se abre con dificultad-logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y, torciéndose hacia atrás, grita:
-¡Mamá! ¡Adiós! ¡Recuerda, tú al menos, que soy inocente!
La mujer lo mira con ojos de loca y cae al suelo sin conocimiento.
Jesús se presenta delante del grupo de apresadores.
-Deteneos un momento. ¡Os lo ordeno! (Su rostro no admite réplica).
-¿Quién eres? -dice, agresivo, uno de la ciudad que está en el grupo -No te conocemos. Apártate y déjanos seguir para que muera antes de que se haga de noche.
-Soy un Rabí. El más grande. En nombre de Jeohveh, deteneos, u os fulminará. (Ya parece fulminar Él). ¿Quién testifica contra éste?
-Yo, él y él -responde el que había hablado antes.
-Vuestro testimonio no es válido porque no es verdadero.
-¿Qué te autoriza a decirlo? Podemos jurarlo.
-Vuestro juramento es pecado.
-¿Pecar nosotros? ¿Nosotros?
-Vosotros. De la misma forma que albergáis lujuria, nutrís odio, ambicionáis riquezas y sois homicidas, sois también perjuros. Os habéis vendido a la Inmundicia. Podéis cumplir cualquier indecencia.
-¡Ten cuidado con lo que dices! Soy Aser…
-Y Yo soy Jesús.
-No eres de aquí, no eres ni sacerdote ni juez. No eres nada. Eres un extranjero.
-Sí, soy el Extranjero porque la tierra no es mi Reino. Pero soy Juez y Sacerdote, no sólo de esta pequeña parte de Israel, sino de todo Israel y de todo el mundo.
-¡Vamos, vamos, que éste es un loco! -dice el otro testigo, y da un empujón a Jesús para apartarlo.
-Tú no das un solo paso más -dice Jesús con voz de trueno y mirándolo con una mirada de milagro, que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y paraliza cuando quiere -¡Tú no das un solo paso más! ¿No crees en lo que digo? Pues bien, entonces mira. Aquí no hay ni tierra ni agua del Templo, (Tierra… agua… juicio de celos y adulterio: se trata del juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31) ni hay palabras escritas con tinta para hacer amarguísima al agua que es juicio de celos y adulterio. Pero estoy Yo, y Yo juzgo.
La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta.
La gente se arremolina tratando de ver. Sólo María Santísima y María de Alfeo se han quedado a socorrer a la madre desvanecida.
-Y hago juicio así: dadme un puñado de tierra del camino y un poco de agua en una orza; mientras me lo traen, vosotros, los acusadores, y tú, el acusado, respondedme.
Hijo, ¿eres inocente?; dilo con sinceridad a tu Salvador.
-Lo soy, Señor.
-Aser, ¿puedes jurar que no has dicho sino la verdad?
-Lo juro. No tendría motivo para mentir. Lo juro por el altar. Baje del Cielo un fuego que me queme si no digo la verdad.
-Jacob, ¿puedes jurar que tu acusación es sincera y que no te impulsa a mentir un motivo secreto?
-Lo juro por Yeohveh. Si hablo es sólo por amor a mi amigo asesinado. No tengo nada personal contra éste.
-Y tú, siervo, ¿puedes jurar que has dicho la verdad?
-¡Si hace falta lo juro mil veces! ¡Mi amo, mi pobre amo!…-y llora cubriéndose la cabeza con el manto.
-Bien. Aquí están el agua y la tierra. Las palabras son éstas: "Tú, Padre santo y Dios altísimo, cumple juicio verdadero por medio de mí. Para que reciban: el inocente, vida; honor, la madre desolada. Para que reciba digno castigo quien no es inocente. Pero, por la gracia de que gozo ante tus ojos, no les venga a los que han cometido pecado ni llama ni muerte, sí una larga expiación"
Dice estas palabras mientras mantiene extendidas las manos sobre la orza, como hace el sacerdote en el altar durante la Misa, en el ofertorio. Luego mete la derecha en la orza y, con la mano mojada de agua asperja a los cuatro que sufren el juicio, y les hace beber un sorbo de esa agua; primero al joven, luego a los otros tres. Después cruza los brazos y los mira.
También la gente mira, pero, pasados unos momentos, lanzan un grito y se arrojan rostro en tierra. Entonces los cuatro, que estaban en fila, se miran unos a otros, y a su vez gritan: el primero, el joven, de estupor; los otros, de horror (en efecto, han visto cubierto su rostro de repentina lepra, una lepra de la que el joven ha quedado inmune).
El siervo se arroja a los pies de Jesús, el cual se aparta como todos, soldados incluidos (y se aparta, además, cogiendo de la mano al jovencito Abel, para que no se contamine con la cercanía de los tres leprosos). El siervo grita:
-¡No! ¡No! ¡Perdón! ¡Estoy leproso! Han sido ellos, que me pagaron para que retrasara hasta la noche a mi señor, y así agredirle en el camino desierto. Me hicieron expresamente quitarle las herraduras a la mula. Me enseñaron la mentira de que me había adelantado, cuando la realidad era que estaba con ellos para matarlo. Y digo también por qué lo han hecho: porque Joel se había dado cuenta de que Jacob amaba a su joven esposa, y porque Aser deseaba a la madre de éste y ella lo rechazaba. Se pusieron de acuerdo para liberarse de Joel y de Abel juntos y gozarse las mujeres. He dicho. ¡Quítame la lepra, quítamela! ¡Abel, tú que eres bueno ruega por mí!
-Ve adonde tu madre. Que cuando se recobre vea tu cara y vuelva a la vida serena. Y vosotros… A vosotros os debería decir: "Hágase con vosotros lo que vosotros habéis hecho". Sería humanamente justo. Pero quiero confiaros a una expiación sobrehumana. La lepra de que os horrorizáis os salva de que os prendan y os maten, como merecéis.
Pueblo de Belén, apártate, ábrete como las aguas del mar para dejar que éstos partan para su larga condena, ¡Tremenda condena! Más terrible que una muerte rápida. Y es misericordia divina, para darles el modo de enmendarse, si quieren. ¡Idos!
La gente se retira hacia las paredes de las casas, dejando así libre el centro de la calle; y los tres, cubiertos de lepra como si ya desde años atrás estuviesen enfermos, van, uno tras otro, hacia la montaña. Y en el silencio y el crepúsculo que descienden y han hecho callar toda voz de aves y cuadrúpedos, sólo se oye su llanto.
-Purificad el camino con fuego y abundante agua. Vosotros, soldados, id y referid cómo se ha hecho justicia según la más perfecta ley mosaica.
Y Jesús hace ademán de querer volver hacia donde están su Madre y María Cleofás socorriendo todavía a la mujer, que lentamente vuelve en sí mientras su hijo acaricia y besa sus manos heladas; pero la gente de Belén, con un respeto que es casi terror, ruega:
-¡Háblanos, Señor! Eres realmente poderoso. Eres, sin duda, aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí anunciando al Mesías.
-Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores. Ahora voy a confortar a la madre de Abel.
Y va hacia la mujer, la cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí, y mira al rostro amoroso de María, que le sonríe. Pero no comprende… hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo, que está inclinado hacia sus manos temblorosas, y pregunta:
-¿Yo también estoy muerta? ¿Esto es el Limbo?
-No, mujer, es la Tierra; éste es tu hijo, salvado de la muerte; y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.
La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad: reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo, le coge la cabeza agachada, lo ve vivo y sano, y lo besa frenéticamente, llorando, riendo, recordando todos los nombres de la cuna para expresarle su alegría.
-Sí, mamá, sí; pero ahora no me mires a mí, sino a Él, a Él, que me ha salvado. Bendice al Señor.
La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse, alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes, toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.
Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza y le dice:
-Sé feliz. En paz. Sé siempre buena. Y tú también, Abel.
-No, Señor mío. Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque
Tú las has salvado. Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí. Te lo doy con gran alegría, y te ruego que me permitas seguirle para servirle a él y a los siervos de Dios.
-¿Y tu casa?
-Señor, ¿puede acaso uno que ha resucitado de la muerte seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?! Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno. Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo, y Tú sé que predicas el amor. Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor, y a su misión y a sus siervos. Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte; pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor. Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…
-Seguirás a tu hijo y a mí con él. Sé feliz. Queda en paz ahora, con mi paz. Adiós.
Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa, Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo y se dirige hacia el aprisco, sito al extremo de una calle que termina en los campos…
… Una gran fogata está encendida para iluminar la reunión. Sentados en semicírculos en los campos, muchas personas esperan a que Jesús vaya y les hable. Entretanto ellos conversan de las cosas que han pasado durante el día. Entre ellos está también Abel, con el cual muchos se felicitan diciendo que todos creían en su inocencia.
-¡Pero me habríais matado! Incluso tú -no puede contenerse de responder el jovencito, que me habías saludado delante de la puerta de casa precisamente a la hora en que asesinaron a Joel.
Y añade:
-Pero te perdono en nombre de Jesús.
Jesús ya ha salido del aprisco y está yendo hacia ellos. Alto, vestido de blanco, en medio de los apóstoles, seguido por los pastores y las mujeres.
-Paz a todos vosotros.
-Si el hecho de haber venido ha valido para instaurar el Reino de Dios entre vosotros, bendito sea el Señor; si haber venido ha valido para hacer brillar la inocencia, bendito sea el Señor; si haber llegado a tiempo de impedir un delito sirve para dar a tres que son culpables el modo de redimirse, bendito sea el Señor. Ahora bien, de entre todas las cosas que esta jornada sugiere meditar, y que meditaremos mientras la noche desciende a envolver en tinieblas la alegría de dos corazones y el remordimiento de otros tres -y en sus tinieblas esconde, como bajo un púdico velo, las lágrimas de gozo de los primeros y las lágrimas abrasadoras de los otros; mas Dios las ve-, entre todas estas cosas, está la que indica que nada de lo que Dios ha dado como Ley es inútil.
Israel observa mucho, sólo nominalmente, la Ley que Dios ha dado; en realidad no la observa. Ahí está la Ley. La analizan, la escrutan, la descuartizan… hasta que muere torturada con minuciosas sutilezas. Ahí está. Pues bien, de la misma forma que un cadáver momificado no tiene vida ni respiración ni circulación de sangre (a pesar de tener la apariencia de alguien que, inmóvil, duerme), la Ley tampoco tiene vida ni respiración ni sangre en demasiados corazones; demasiados, demasiados. En una momia uno se puede sentar como si fuera una banqueta; en ella se pueden apoyar objetos, vestidos o inmundicias, si se quiere, y no se rebela porque no tiene vida. Así, muchos hacen de la Ley una banqueta, un apoyo, un lugar donde arrojar sus porquerías, seguros como están de que no se rebelará en su conciencia, porque para ellos ha muerto.
Podría comparar a buena parte de Israel con los bosques petrificados que se ven diseminados por el valle del Nilo y en el desierto egipcio. Eran verdaderos bosques, de árboles vivos nutridos de savia, susurrante su follaje bajo el sol, bellos con sus abundantes frondas, flores y frutos. Hacían del lugar en que se alzaban un pequeño paraíso terrenal, grato a hombres y animales, que olvidaban la aridez desolada del desierto, la sed abrasadora que las arenas, penetrando en la garganta con su polvo ardiente, producen en el hombre; olvidaban al despiadado sol que calcifica en poco tiempo los cadáveres, descargándolos, consumiendo sus carnes y convirtiéndolas en polvo, dejando yacentes, entre las curvas de las arenas, abundantes esqueletos, limpios como por la mano de un atento artesano; olvidaban todo en la verde sombra, susurrante, rica de frutos y agua que daban nuevas fuerzas, aliviaban, devolvían el coraje para nuevos trayectos.
Luego, por causa desconocida, cual cosas malditas, no sólo se secaron, como los árboles que cuando mueren sirven todavía para encender fuego en los hogares del hombre, o sirven a los peregrinos de países lejanos para hacer hogueras que iluminen la oscuridad, mantengan alejadas a las fieras y disipen la humedad de la noche; no sólo se secaron, sino que no sirvieron tampoco para leña: se hicieron de piedra; piedra. Parecía como si, por un sortilegio, la sílice del suelo hubiera subido de las raíces al tronco, a las ramas, a las hojas; luego, los vientos quebraron las ramitas más delgadas, que se habían hecho como de alabastro, duro y frágil al mismo tiempo.
Pero las ramas más resistentes están allí, unidas a sus fuertes troncos, para engaño de las cansadas caravanas, que con el reflejo cegador del sol o la luz espectral de la luna ven perfilarse las sombras de los troncos que se alzan enhiestos en las llanuras elevadas o en el fondo de esos valles que reciben el agua sólo durante las fecundas crecidas; caravanas que, por el ansia de un refugio, de alivio, de un pozo, de frutos frescos, y por el cansancio de los ojos cegados por el sol en las arenas desprotegidas, se lanzan hacia los bosques fantasmas, ¡verdaderamente fantasmas!: ilusoria apariencia de cuerpos vivos; real presencia de cosas muertas.
Yo los he visto. Me quedaron impresos, a pesar de que fuera poco más de un párvulo, como una de las cosas más tristes de la Tierra; así me parecieron hasta que no toqué, medí, pesé, las cosas totalmente tristes de la Tierra, totalmente tristes por estar completamente muertas. Las cosas inmateriales, o sea, las virtudes y almas muertas: las primeras, muertas en las almas; las almas, muertas por haberse matado.
"La Ley está en Israel, pero su presencia es como la de los árboles petrificados en el desierto. Han venido a ser sílice. Muertos. Objeto de engaño. Objeto destinado a disgregarse sin servir; antes al contrario, perjudicando, porque crean espejismos que seducen y, atrayendo hacia su muerte, alejan de los verdaderos oasis, y hacen morir de sed, de hambre, de desolación. Es una muerte que atrae a otros a la muerte, como se lee en algunas fábulas de mitos paganos.
Hoy habéis tenido un ejemplo de lo que es una Ley reducida a piedra en un alma también petrificada: es pecado de todo tipo, creador de desventura. Que os sirva para saber vivir, y saber hacer revivir la Ley en vosotros, con toda su integridad iluminada por mí con luces de misericordia.
La noche está solemne. Las estrellas nos miran y con ellas Dios. Alzad la mirada al cielo estrellado y elevad el espíritu a Dios. Y, sin críticas hacia esos desdichados que ya han recibido el castigo de Dios, y sin orgullos por no tener su pecado, prometed a Dios y prometeos a vosotros mismos no caer en la aridez de los árboles malditos de los desiertos y valles de Egipto.
La paz sea con vosotros.
Los bendice y luego se retira al vasto recinto del aprisco, rodeado de rústicos pórticos, bajo los cuales los pastores han extendido mucho heno para que sirva de lecho a los siervos del Señor
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
-¿Dónde vamos a detenernos, mi Señor? -pregunta Santiago de Zebedeo mientras van caminando por un paso entre dos colinas enteramente cultivadas y verdes desde la base hasta la cima.
-En Belén de Galilea. Pero durante las horas más calurosas haremos una pausa en el monte que domina Meraba. Así tu hermano se sentirá otra vez dichoso al ver el mar -y Jesús sonríe; luego concluye: «Los hombres habríamos podido caminar más, pero llevamos detrás de nosotros a las discípulas, y, aunque no se quejen nunca, no tenemos que cansarlas excesivamente.
-No se quejan nunca. Es verdad. Nosotros nos quejamos más fácilmente -admite Bartolomé.
-Y eso que están menos acostumbradas que nosotros a esta vida… -dice Pedro.
-Quizás por eso lo hacen con gusto -dice Tomás.
-No, Tomás. Lo hacen de buen grado y por amor. Convéncete de que ni mi Madre ni las otras mujeres de casa, como María de Alfeo, Salomé y Susana, dejan… así, con gusto, la casa para ir por los caminos del mundo y con la gente. Ni tampoco Marta y Juana -cuando venga-, que no están acostumbradas a estas fatigas, lo harían con gusto si no las moviera el amor. Respecto a María de Magdala, sólo un poderoso amor le puede dar la fuerza para sufrir esta tortura -dice Jesús.
-Y, si sabes que es una tortura, ¿por qué se la has impuesto? -pregunta Judas Iscariote -No es buena cosa ni para ella ni para nosotros.
-Sólo la demostración evidente, indudable, de su cambio podía persuadir al mundo. María quiere persuadir al mundo de esto. Su separación del pasado ha sido completa. Es completa.
-Eso habrá que verlo. Todavía es pronto para decirlo. Una vez que uno se ha acostumbrado a un tipo de vida, difícilmente se separa del todo. Nos hacen volver a él amistades y nostalgias -dice Judas Iscariote.
-¿Entonces sientes nostalgia por la vida de antes? -pregunta Mateo.
-Yo… no. Hablo en general. Yo soy yo: hombre, amo al Maestro…. Bueno, quiero decir que dispongo de elementos que me sirven para resistir en mi propósito; sin embargo, ella es una mujer, ¡y… qué mujer! Y, además, aunque su actitud fuera bien firme, es siempre poco agradable tenerla con nosotros. Si nos encontrásemos con rabíes, sacerdotes o fariseos importantes, podéis estar seguros de que sus comentarios no serían agradables. Con sólo pensarlo, ya me pongo colorado.
-No te contradigas, Judas. Si realmente has roto los puentes con el pasado, como pretendes decir, ¿por qué te duele tanto el que una pobre alma nos siga para completar su transformación en el Bien?
-¡Por amor, Maestro! Yo también hago todo por amor, por amor hacia ti.
-Pues entonces perfecciónate en este amor tuyo. Un amor, para serlo verdaderamente, jamás debe ser exclusivismo. Cuando uno sabe amar sólo un objeto y no sabe amar ningún otro, amado por el objeto de su amor, demuestra que no está en el verdadero amor. El amor perfecto ama, con las debidas gradaciones, a todo el género humano, a los animales y plantas, estrellas y agua, porque todo lo ve en Dios. Ama a Dios como conviene y ama todo en Dios. Mira que el exclusivismo en amor es muchas veces egoísmo. Sabe, por tanto, llegar a amar también a los demás por amor.
-Sí, Maestro.
Entretanto, el objeto del contraste de opiniones va con las otras mujeres, al lado de María, sin pensar que es la causa de todo ese debate.
Llegan a Yafia. La atraviesan. La dejan atrás. Ninguno de sus habitantes ha dado muestras de desear seguir al Maestro, ni de tratar de que se detuviera. Prosiguen: los apóstoles inquietos, por la indiferencia del lugar; Jesús tratando de calmarlos.
El valle continúa en dirección oeste. Al fondo se ve otro pueblo dispuesto al pie de otro monte. Y también este pueblo oigo que le llaman "Meraba"-se muestra indiferente. Los únicos que se acercan a los apóstoles -mientras sacan agua de una fuente clara que está pegada a una casa-son unos niños. Jesús los acaricia y les pregunta cómo se llaman; los niños, por su parte, también le preguntan su nombre, y quién es y a dónde va y qué hace. Se acerca también un mendigo semiciego, viejo, encorvado, y alarga la mano para pedir una limosna… y, efectivamente, la recibe.
Se reanuda la marcha con la subida de un monte, el que cierra el valle, en el que vierte las aguas de sus riachuelos, ahora reducidos a un hilo de agua o sólo a piedras resecas por el sol. Pero el camino es bueno: se abre, primero, entre bosques de olivos, luego bosques de otros árboles, que entrelazan sus ramas formando una galería verde por encima.
Llegan a la cima, coronada por un susurrante bosque de fresnos, si no me equivoco. Se sientan para descansar y alimentarse. Además de reposar y comer, deleitan la vista, porque el panorama es bellísimo, con la cadena del Carmelo a la izquierda de quien mira hacia el oeste. Y, donde la verdísima cadena del Carmelo, en que pueden verse las más bellas tonalidades del verde, termina, allí brilla el mar, abierto, ilimitado, que se extiende con su velo movido por leves olas hacia el norte, para bañar las orillas que, desde la punta del promontorio formado por el ramal extremo del Carmelo, suben hasta Tolemaida y las otras ciudades, y se pierde en una ligera niebla hacia la región sirofenicia. Sin embargo, al sur del promontorio del Carmelo, no se ve el mar, porque la cadena, que es más alta que el monte donde están, oculta su visión.
Pasan las horas en la sombra susurrante del aireado bosque. Quién duerme, quién habla en voz baja, quién mira.
Juan se aleja de sus compañeros y va al punto más alto posible, para ver más. Jesús se aparta, adentrándose en una zona frondosa para orar y meditar. Las mujeres, a su vez, se han retirado tras una cortina de ondeante madreselva toda en flor; allí se han refrescado, en un minúsculo manantial que, reducido a un hilo de agua, forma en la tierra un charco que no logra transformarse en arroyo. Luego las más mayores, cansadas, se han quedado dormidas; mientras tato, María Santísima, con Marta y Susana están hablando de su casa, ya lejana, y María dice que querría tener esa hermosa mata toda en flor como revestimiento de su gruta.
La Magdalena, que se había soltado el pelo porque no podía resistir su peso, se lo recoge de nuevo y dice:
-Voy adonde Juan, ahora que está con Simón, a mirar con ellos el mar.
-Yo también voy -responde María Stma.
Marta y Susana se quedan con las otras compañeras, que están durmiendo.
Para llegar a donde los dos apóstoles, deben pasar cerca de la zarza que Jesús ha elegido para retirarse en oración.
-Mi Hijo descansa con la oración -dice en voz baja María.
La Magdalena le responde:
-Pienso que será indispensable para Él retirarse para mantener ese maravilloso dominio que tiene y que el mundo somete a dura prueba. ¿Sabes, Madre? He hecho como me dijiste. Todas las noches me retiro durante un tiempo más o menos largo para poder restablecer en mí misma esa calma que se ve turbada por muchas cosas; después me siento mucho más fuerte.
-Por ahora, fuerte; más adelante te sentirás bienaventurada. Créelo, María: tanto en la alegría corno en el dolor, en la paz como en la lucha, nuestro espíritu necesita zambullirse enteramente en el océano de la meditación para reconstruir aquello que el mundo y las diversas vicisitudes derriban, y para crear nuevas fuerzas para subir cada vez más. En Israel se hace uso y abuso de la oración vocal. No quiero decir que sea inútil, ni que Dios la deteste; pero sí digo que siempre es mucho más útil para el espíritu la elevación mental a Dios, la meditación, en que, contemplando su divina perfección y nuestra miseria, o la miseria de tantas pobres almas -no ya para criticarlas, sino para compadecernos de ellas y comprenderlas, y para mostrarnos gratas con el Señor, que nos ha sostenido para que no pecásemos, o nos ha perdonado para no dejarnos caídas-, llegamos realmente a orar, o sea, a amar. Porque la oración, para que sea realmente oración, debe ser amor. Si no, es un farfullar de labios del que el alma está ausente.
-¿Pero es lícito hablar con Dios teniendo los labios todavía sucios de muchas palabras profanas? Yo, en mis horas de recogimiento, que hago como me has enseñado tú, mi dulcísima apóstol, hago violencia a mi corazón, que querría decirle a Dios: "Te amo"…
-¡No! ¡Eso no! ¿Por qué?
-Porque me parece que sería un ofrecimiento sacrílego por mi parte ofrecerle mi corazón…
-No hagas eso, hija, no lo hagas. Tu corazón, ante todo, ha sido consagrado de nuevo por el perdón del Hijo, y el Padre no ve sino este perdón. Pero, aunque Jesús no te hubiera perdonado todavía, y tú, en ignorada soledad -que puede ser tanto material como moral-, gritaras a Dios: "Te amo, Padre. Perdona mis miserias, porque me duelen por el pesar que te causan", cree, María, que el Padre Dios por su parte te absolvería, y le sería grato tu grito de amor.
Abandónate, abandónate al amor sin oponerle violencia; antes al contrario, deja que el amor adquiera la violencia de un fuego devorador. El fuego consume todo lo material, pero no destruye nada de aire, porque el aire es incorpóreo (al contrario: lo purifica de los detritos minúsculos que en él esparce el viento, lo hace más ligero). Así es el amor para el espíritu: consume antes la materia del hombre, si Dios lo permite, mas no destruye el espíritu, sino que acrecienta su vitalidad y lo hace puro y ágil para que suba a Dios. ¿Ves allí a Juan? Es sólo un muchacho, y, sin embargo, es un águila; es el más fuerte de todos los apóstoles; porque ha comprendido el secreto de la fortaleza, de la formación espiritual: la amorosa meditación.
-Pero él es puro, yo… él es un muchacho, yo…
-Pues mira entonces al Zelote, que no es un muchacho. Ha vivido, ha luchado, ha odiado; lo confiesa con sinceridad.
Pero ha aprendido a meditar. Y créeme que él también está muy arriba. ¿Ves? Se buscan ellos dos. Porque se sienten iguales. Han alcanzado la misma edad perfecta del espíritu, y con el mismo medio: la oración mental: por ella, el muchacho se ha hecho viril en el espíritu; por ella, el otro, ya mayor y cansado, ha vuelto a una fuerte virilidad. Y, ¿sabes otro que, sin ser apóstol, adelantará mucho -es más, ya está muy adelantado-por su tendencia natural a la meditación, que desde que es amigo de Jesús se ha hecho en él una necesidad espiritual? Pues tu hermano.
-¿Mi Lázaro?… ¡Oh, Madre, tú que sabes tantas cosas, porque Dios te las muestra, dime cómo me tratará Lázaro la primera vez que me vea? Antes guardaba silencio con desdén. Pero lo hacía porque yo no admitía que me hicieran observaciones. He sido muy cruel con mis hermanos… Ahora lo comprendo. Ahora que sabe que puede hablar, ¿qué me dirá? Temo una abierta recriminación suya. Ciertamente me recordará todas las penas que he causado. Quisiera presentarme ante él inmediatamente. Pero tengo miedo.
Antes iba, y no me inquietaba siquiera el recuerdo de nuestra madre muerta, ni sus lágrimas, vivas aún sobre los objetos que usó, lágrimas vertidas por mí, por mi culpa. Mi corazón era cínico, altanero, cerrado a cualquier voz que no fuera "mal". Pero ahora yo no tengo ya la malvada fuerza del Mal, y tiemblo… ¿Qué me hará Lázaro?
-Te abrirá los brazos y te llamará, más con el corazón que con los labios, "hermana amada". Está tan formado en Dios, que no puede usar otros modos. No temas. No te dirá nada que haga referencia al pasado. Está -es como si lo estuviera viendo allí, en Betania, y se le hacen muy largos los días de su espera. Te está esperando a ti, para estrecharte contra su corazón, para saciar su amor de hermano. Si quieres gustar la dulzura de haber nacido del mismo seno, no tienes que hacer nada más que quererlo como él te quiere.
-Lo querría aunque me reprendiera. Me lo merezco.
-No. Te amará y nada más. Sólo te querrá.
Ya han llegado donde Juan y Simón, que están hablando de los futuros viajes. Ambos se ponen en pie, en signo de reverencia, cuando llega la Madre del Señor.
-Venimos también nosotras a glorificar al Señor por las hermosas obras de su creación.
-¿Has visto alguna vez el mar, Madre?
-Sí, lo he visto. Entonces el mar, a pesar de la tempestad, estaba menos turbado que mi corazón, y sus aguas menos saladas que mi llanto, mientras huía siguiendo el litoral desde Gaza hacia el Mar Rojo, con mi Niño en brazos y el miedo a Herodes detrás. Lo vi también al regreso. Entonces era primavera en la tierra y en mi corazón. La primavera del regreso a la patria. Jesús daba palmadas con sus manitas, contento de ver cosas nuevas… Yo y José también nos sentimos felices. De todas formas, la bondad del Señor, en mil modos, nos había aligerado el exilio en Matarea.
Su conversación sigue mientras me cesa la capacidad de ver y oír.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Todavía la sinagoga de Nazaret, pero hoy es sábado.
Jesús ha leído el apólogo contra Abimelec (Jueces 9, 8-15) y termina con las palabras: «"salga de él fuego y devore los cedros del Líbano"». Luego restituye el rollo al arquisinagogo.
-¿No lees lo demás? Sería conveniente para comprender el apólogo -dice el jefe de la sinagoga.
-No hace falta. El tiempo de Abimelec está ya muy lejano. Yo aplico al momento presente el viejo apólogo.
Escuchad, gentes de Nazaret. Ya sabéis, por la instrucción recibida de vuestro arquisinagogo -el cual, en su momento, fue instruido a su vez por un rabí, y éste a su vez por otro, y así sucesivamente desde hace siglos, siempre con el mismo método y las mismas conclusiones-, ya sabéis las aplicaciones del apólogo contra Abimelec. Yo os voy a hablar de otra aplicación. Y… os ruego que sepáis usar vuestra inteligencia, que no seáis como esas cuerdas que pasan por la polea de un pozo, que hasta que no se gastan van de la polea al agua y del agua a la polea, sin poder jamás cambiar.
El hombre no es una soga obligada, ni un instrumento mecánico. El hombre está dotado de cerebro inteligente y debe saber usarlo por sí mismo, según las necesidades y circunstancias. Porque, si bien la letra de la palabra es eterna, las circunstancias cambian. Son raquíticos esos maestros que no saben saber querer el esfuerzo y satisfacción que supone el ir extrayendo gradualmente la enseñanza nueva, es decir, el espíritu que siempre está contenido en las palabras antiguas y sabias.
Serán semejantes al eco, que lo único que puede hacer es repetir, incluso hasta el infinito, una sola palabra, sin decir ni siquiera una de su propia cosecha.
Los árboles, es decir, la Humanidad representada en el bosque en que están reunidas todas las especies de árboles, arbustos y hierbas, sienten la necesidad de que los guíe uno que cargue no sólo con todas las glorias, sino también -y es peso mucho mayor-con todas las cargas de la autoridad, y con la responsabilidad de la felicidad o infelicidad de los súbditos, la responsabilidad ante los propios súbditos, ante los pueblos vecinos y, lo que es terrible, ante Dios. Porque los hombres otorgan todo tipo de coronas o preeminencias sociales, es verdad, pero también es verdad que Dios lo permite, y, sin su condescendencia, ninguna fuerza humana puede imponerse.
Esto explica los cambios inimaginables e imprevistos de dinastías que parecían eternas, o de poderes que parecían intocables: cuando sobrepasaron la medida, en castigo o prueba para los pueblos, fueron derrocados por los propios súbditos, con el permiso de Dios, y vinieron a ser nada, polvo, o incluso fango de mísera cloaca.
He dicho que los pueblos sienten la necesidad de elegirse a uno que cargue con todas las responsabilidades para con sus súbditos, para con las naciones vecinas y, lo que es más tremendo, para con Dios. En efecto, si el juicio de la historia es terrible en vano los intereses de los pueblos tratan de mutarlo, pues hechos y pueblos futuros lo devolverán a su primera, tremenda verdad-, todavía peor es el juicio de Dios, quien no sufre presiones de nadie, ni está sujeto a cambios de humor o de juicio -como demasiadas veces les sucede a los hombres-, ni -todavía mucho menos-a errores de juicio. Por tanto, los elegidos para dirigir pueblos y crear historia tendrían que actuar con la justicia heroica propia de los santos, para no caer en la ignominia en los siglos futuros y recibir el castigo de Dios por los siglos de los siglos.
Pero volvamos al apólogo de Abimelec. Los árboles, pues, queriendo elegir un rey, fueron donde el olivo. Mas éste, árbol sagrado y consagrado para usos sobrenaturales, por el aceite que arde ante el Señor y es parte preponderante en los diezmos y sacrificios; éste, que presta su líquido para elaborar el bálsamo santo con que se ungirán altares, sacerdotes y reyes, líquido que desciende al interior de los cuerpos enfermos, o que se aplica sobre ellos, con propiedades, diría, casi taumatúrgicas, respondió: "¿Cómo puedo desatender mi vocación santa y sobrenatural para rebajarme a cosas de la tierra?".
¡Oh, dulce respuesta del olivo! ¿Por qué será que no la aprenden y practican todos aquellos a quienes Dios elige para santa misión, al menos estos? En verdad, deberían responder así todos los hombres a las sugestiones del demonio, dado que todo hombre es rey e hijo de Dios, dotado de un alma que lo hace tal: regio, filialmente divino, y llamado a sobrenatural destino. Tiene un alma que es altar y casa: el altar de Dios, la casa a donde el Padre de los Cielos desciende a recibir amor y reverencia del hijo y súbdito. Todo hombre tiene un alma, y toda alma, siendo altar, hace del hombre que la contiene un sacerdote, custodio del altar; y está escrito en el Levítico: "El Sacerdote no se contamine". El hombre, pues, tendría el deber de responder a la tentación del demonio, del mundo y la carne: "¿Puedo yo dejar de ser espiritual para ocuparme de cosas materiales y pecaminosas?".
"Los árboles fueron entonces donde la higuera, y la invitaron a que reinara sobre ellos. Pero la higuera respondió: "¿Cómo puedo renunciar a mi dulzura y a mis suavísimos frutos por reinar sobre vosotros?".
Muchos se dirigen a la persona dulce para tenerla como rey; no tanto por admiración de su dulzura, cuanto porque esperan que, siendo muy dulce, acabe transformándose en un rey de tres al cuarto, del cual podrán obtener todo tipo de consenso y con el cual podrán permitirse todo tipo de licencias. Pero la dulzura no es debilidad; es bondad, justa, inteligente, firme. No confundáis nunca la dulzura con la debilidad: la primera es virtud; la segunda, defecto. Y, precisamente por ser virtud, comunica a quien la posee una rectitud de conciencia que le permite resistir a las solicitaciones y seducciones humanas (que pretenden doblegarlo a sus intereses, que no son los de Dios) y permanece fiel a su destino, a toda costa. El dulce de espíritu no rebatirá nunca con acritud las recriminaciones de los demás, no rechazará nunca con dureza a quien lo solicita; no obstante, perdonando y sonriendo, dirá siempre: "Hermano, déjame a mi dulce suerte.
Estoy aquí para consolarte y ayudarte, pero no puedo ser rey como tú lo concibes, porque una sola realeza me interesa y me preocupa, por mi alma y por la tuya: la espiritual".
Los árboles fueron a la vid y le pidieron que reinara sobre ellos. Pero la vid respondió: "¿Cómo puedo renunciar a ser alegría y fuerza para ir a reinar sobre vosotros?".
Ser rey, tanto por las responsabilidades como por los remordimientos -es más raro que un diamante negro el rey que no peca y no se crea remordimientos-, lleva siempre a estados espirituales sombríos. El poder seduce mientras resplandece como un faro de lejos; una vez que uno lo alcanza, se ve que no es sino resplandor de luciérnaga, no de estrella. Y también: el poder no es sino una fuerza ligada por mil sogas (las de los mil intereses que bullen en torno a un rey). Intereses de los cortesanos, intereses de los aliados, intereses personales y de la parentela. ¿Cuántos reyes se juran a sí mismos, mientras el óleo los consagra: "Seré imparcial", y luego no saben serlo? Cual árbol robusto que no se rebela contra el primer abrazo de la hiedra débil y delgada, sino que dice: "Es tan frágil, que no me puede causar daño", antes al contrario se complace de que la hiedra lo enguirnalde, se complace de ser el protector que la sujeta mientras sube; así, tan frecuentemente -podría decir que siempre-, el rey cede al primer abrazo del interés que a él se dirige, de cortesano o de aliado, personal o de parentela, y se complace en ser su munífico protector. "¡Es tan poca cosa!", dice, aunque la conciencia le grite: "¡Ten cuidado!". Y piensa que no le podrá perjudicar ni en cuanto al poder ni en cuanto al buen nombre.
Lo mismo piensa el árbol. Mas llega el día en que, robusteciéndose y extendiéndose, aumentando su voracidad de succionar linfa del suelo y subir a la conquista de luz y sol, la hiedra abraza, rama tras rama, todo ese árbol fuerte, y prevalece sobre él, lo ahoga, lo mata, ¡Y era tan frágil; y él, tan fuerte! Sucede igual con los reyes.
Un primer compromiso con la propia misión, un primer gesto de encogerse de hombros ante la voz de la conciencia (y ello porque las alabanzas son dulces y porque agrada ese aire de protector solicitado)… llega un momento en que ya no es el rey el que reina, sino los intereses de los demás. Estos intereses atan al rey, lo amordazan, hasta ahogarlo; Y lo matan si, siendo ya más fuertes que él, ven que no se da prisa en morir. También el hombre común, que es lo mismo un rey en el espíritu, se pierde si acepta realezas menores por soberbia o ambición. Y pierde su serenidad espiritual, la que le viene de la unión con Dios. Porque el demonio, el mundo y la carne pueden dar un poder y gozo ilusorios, pero a costa de la alegría espiritual que viene de la unión con Dios.
¡Alegría y fuerza de los pobres de espíritu, bien merecéis que el hombre sepa decir: "¿Cómo podré aceptar la realeza sobre la parte inferior, si aliándome con vosotros, pierdo fuerza y alegría internas y el Cielo y su verdadera realeza?" Y pueden decir también estos bienaventurados pobres de espíritu -que tienen como único objetivo la posesión del Reino de los Cielos y desprecian todas las demás riquezas que no sean el Reino-, pueden decir:
"¿Cómo decaer en nuestra misión, que consiste en producir maduros jugos fortalecedores y de alegría para esta Humanidad, hermana nuestra, que vive en el desierto de la animalidad, y que necesita apagar su sed para no morir, y para nutrirse de jugos vitales, cual niño que no tiene a nadie que lo alimente? Nosotros somos las nodrizas de esta Humanidad que ha perdido el seno de Dios, esta Humanidad que vaga estéril y enferma, y que encontraría la muerte desesperada, el negro escepticismo, si no nos encontrase a nosotros, que, con la alegre laboriosidad de quien está libre de todo lazo terreno, los persuadiéramos de que hay una Vida, una Alegría, una Libertad, una Paz. No podemos renunciar a la Caridad por un interés mezquino.
Los árboles se dirigieron entonces al espino. Éste no los rechazó. Pero impuso pactos severos: "Si me queréis como rey, venid aquí debajo de mí. Si me elegís y luego no queréis venir, haré de cada espina encendido tormento y os quemaré a todos, incluso a los cedros del Líbano".
¡He aquí cuáles son las realezas que el mundo acepta como verdaderas! La corrupción de la Humanidad es causa de que se tomen por verdadera realeza la tiranía y la crueldad; la mansedumbre y bondad, por estupidez y bajos sentimientos. El hombre no se somete al Bien, pero sí se somete al Mal. El Mal lo seduce. La consecuencia es que el Mal lo consume con fuego.
Éste es el apólogo de Abimelec. Pues bien, voy a proponeros otro; no lejano ni referido a hechos lejanos, sino cercano, presente.
Los animales pensaron en elegir a un rey. Como eran astutos, pensaron elegir a uno del que no debiera temerse fuerza o ferocidad; descartaron, por tanto, al león y a todos los otros felinos. Dijeron que no querían a las rostradas águilas, ni a ninguna otra ave rapaz. Desconfiaron del caballo, que podía llegarse hasta ellos con rapidez, y ver sus acciones; desconfiaron todavía más del burro, del que conocían la paciencia, sí, pero también los repentinos arranques de furia y las fuertes pezuñas.
Se horrorizaron ante la idea de tener por rey al mono, pues era demasiado inteligente y vengativo. Con respecto a la serpiente, con la disculpa de que se había prestado a Satanás para seducir al hombre, dijeron que no la querían como rey, a pesar de sus graciosos colores y la elegancia de sus movimientos; en realidad no la quisieron porque conocían su silencioso paso majestuoso, la fuerza de sus músculos, el terrible efecto de su veneno. ¿Elegir rey a un toro o a otro animal provisto de aguzados cuernos? ¡No hombre, no! "Que el diablo también los tiene" dijeron; pero en realidad pensaban: "Si nos rebelamos, un día nos extermina con sus cuernos".
Eliminando a unos y eliminando a otros, he aquí que vieron a un corderito regordete y blanco que triscaba alegre por un prado verde, hocicando en la rechoncha mama materna. No tenía cuernos; antes al contrario, unos ojos mansos como cielo de Abril. Era manso y sencillo. De todo estaba contento: del agua de un pequeño riachuelo donde bebía hundiendo su morrillo rosado; de las florecillas de variados sabores que satisfacían el ojo y el paladar; de la tupida hierba, sobre la cual era bonito estar tumbado después de haber comido bien; y de las nubes, que parecían otros corderitos que correteasen por aquellos prados azules, allá arriba, y le invitaran a jugar, corriendo por el prado como ellas por el cielo; y, sobre todo, de las caricias de su mamá, la cual todavía le consentía alguna sobria chupada, lamiéndole, mientras tanto, la blanca lana con su rosada lengua; y del aprisco, seguro y protegido del viento, y de la cama, bien esponjosa y fragante, en que le era dulce dormir junto a su madre. "Es fácil contentarlo. Y no tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo.
Hagámoslo rey". Y lo hicieron rey. Y se gloriaban de él, porque era hermoso y bueno y porque lo admiraban los pueblos vecinos y lo amaban los súbditos por su paciente mansedumbre.
Pasó un tiempo. El cordero se hizo carnero, y dijo: "Llega el momento de gobernar realmente. Ahora tengo pleno conocimiento de mi misión. La voluntad de Dios -que permitió que fuera elegido rey-me ha formado para esta misión y me ha dado capacidad de reinar; justo es, por tanto, que la ejercite en forma plena, incluso porque, si no, sería desperdiciar los dones de Dios".
Viendo, pues, a súbditos hacer cosas contrarias a la honestidad de las costumbres, o a la caridad, dulzura, lealtad, morigeración, obediencia, respeto, prudencia, etc. alzó su voz para amonestar. Pero he aquí que los súbditos se rieron de su balido sabio y dulce, que no atemorizaba como el rugido de los felinos, ni como el chillido de los buitres cuando se lanzan veloces sobre la presa, ni como el silbido de la serpiente… ni siquiera como los ladridos del perro que infunde temor.
El cordero, ya carnero, no se limitó a balar; fue donde los culpables para conducirlos de nuevo al cumplimiento del deber. Ahora bien, la serpiente se le escurrió por entre las patas; el águila se alzó en vuelo y lo dejó plantado; los felinos, con una manotada, lo apartaron amenazándole: "¿Ves lo que hay en esta mano afelpada que por ahora se limita a apartarte? Son garras"; los caballos, y todos los animales corredores en general, se pusieron a girar al galope alrededor de él en plan de burla; los robustos elefantes, u otros paquidermos, con un golpe del morro, lo tiraron a un lado o a otro; los monos, desde encima de los árboles, lo hicieron blanco de sus proyectiles.
El cordero, ya carnero, acabó por inquietarse, y dijo: "No quería usar ni mis cuernos ni mi fuerza; porque también yo tengo fuerza en este cuello (tanto que será modelo para abatir obstáculos de guerra). No quería usarla porque prefiero usar el amor y la persuasión. Pero, dado que ante estas armas no os doblegáis, haré uso de la fuerza, porque no quiero faltar a mi deber para con Dios y para con vosotros, a pesar de que vosotros faltéis al vuestro para con Dios y para conmigo. He sido establecido aquí por vosotros y Dios para guiaros a la Justicia y al Bien, y aquí quiero que Justicia y Bien (es decir, Orden) reinen". Y castigó con los cuernos -ligeramente, porque era bueno ̀ a un gozquejillo que seguía molestando a los que estaban a su lado; y luego, con su fortísimo cuello, echó abajo la puerta de la guarida donde un cerdo glotón y egoísta había almacenado provisiones en perjuicio de los demás; y tiró abajo también la mata de lianas que los jóvenes monos habían elegido para sus ilícitos amores.
“Este rey se ha hecho demasiado fuerte. Quiere realmente reinar y que vivamos una vida sabia. Esto no nos agrada. Hay que destronarlo" dijeron.
̪Mas -un mono joven y astuto aconsejó: "Hagámoslo de forma que parezca que ha sido por un motivo justo; si no, quedaremos mal ante -otros pueblos y nos atraeremos la enemistad de Dios. Vamos a espiar todo lo que hace el carnero para poderlo acusar bajo apariencia de justicia".
-Me encargo de ello yo -dijo la serpiente.
-Y yo -dijo el mono.
Una arrastrándose por entre la hierba, el otro desde las copas de los árboles, no perdieron ni un momento de vista al cordero. Y todas las noches, cuando él se retiraba para descansar de las fatigas de la misión y meditar en las medidas que debería tomar y en las palabras que tendría que usar, para domar la rebelión y vencer los pecados de los súbditos, entonces éstos, excepto alguno -raro-honesto y fiel, se reunían para escuchar el relato de los dos espías y traidores (pues traidores eran también).
La serpiente decía a su rey: "Te sigo porque te amo, para defenderte en caso de que te agredieran". El mono decía a su rey: "¡Como te admiro! Quiero ayudarte. Mira, desde aquí veo que más allá de este prado se está pecando. ¡Corre!" y luego decía a sus compañeros: "Hoy también ha tomado parte en el banquete de algunos pecadores. Ha simulado que iba allí para convertirlos, pero luego en realidad ha sido cómplice de sus orgías". Y la serpiente refería: "Se ha alejado incluso allende los confines de su pueblo, y ha entablado conversación con mariposas, moscardones y babosas. Es un infiel. Trata con extranjeros impuros".
Así hablaban a espaldas del inocente, creyendo que él lo ignorase. Pero el espíritu del Señor, que lo había formado para su misión, lo iluminaba también respecto a las conjuras de sus súbditos. Habría podido huir, indignado, maldiciéndolos. Pero el cordero era manso y humilde de corazón. Amaba: éste era su error. Y cometía un error aún mayor: el de perseverar en su misión, amando y perdonando, a costa de la vida, para cumplir la voluntad de Dios. ¡Oh, qué errores éstos ante los hombres! ¡Imperdonables! Tanto que le procuraron la condena.
"Muera. Para liberarnos de su opresión". Y la serpiente se encargó de matarlo, porque siempre la traidora es la serpiente…
Éste es el otro apólogo. ¡Ahora te toca a ti entenderlo, pueblo de Nazaret! Yo, por el amor que me une a ti, te deseo, al menos, que no pases del grado de pueblo hostil. El amor de la tierra a la que vine cuando era niño, en que crecí amándoos y siendo amado, me hace deciros a todos vosotros:
"No seáis más que hostiles. No hagáis que la historia diga: “De Nazaret vinieron su traidor y sus jueces inicuos"'.
Adiós. Juzgad con rectitud y quered con constancia: lo primero, todos vosotros; lo segundo, aquellos de entre vosotros que no vivan disturbados por pensamientos deshonestos. Me marcho… La paz sea con vosotros.
Y Jesús, en medio de un silencio penoso, quebrado sólo por dos o tres voces que lo aprueban, sale, triste, cabizbajo, de la sinagoga de Nazaret.
Le siguen los apóstoles. Al final de todos van los hijos de Alfeo (y sus ojos no son, ciertamente, ojos de manso cordero)… Miran severamente a la multitud hostil, y Judas Tadeo, sin vacilaciones, se planta erguido ante su hermano Simón y le dice:
-Creía que tenía un hermano más honesto y de carácter más fuerte.
Simón agacha la cabeza y calla. Pero el otro hermano, José, respaldado por otros de Nazaret, dice:
-¡Deberías avergonzarte de ofender a tu hermano mayor!
-No. Me avergüenzo de vosotros. De todos vosotros. Esta Nazaret no es simplemente una madrastra para el Mesías, es una madrastra depravada. Oíd mi profecía: Lloraréis tantas lágrimas como para alimentar una fuente, pero no servirán para lavar de los libros de la Historia el verdadero nombre de esta ciudad y de vosotros. ¿Sabéis cuál es?
"Estupidez". Adiós.
Santiago añade un saludo más amplio augurando luz de sabiduría. Y salen, junto con Alfeo de Sara y otros dos jóvenes que, si los reconozco bien, son los dos cuidadores de asnos que acompañaron a los jumentos usados para ir al encuentro de Juana de Cusa cuando estaba moribunda.
La gente, que ha quedado confundida, murmura:
-¿Pero de dónde le viene tanta sabiduría?
-¿Y de dónde los milagros que hace? Porque hacerlos los hace. Toda Palestina lo dice.
-¿No es el hijo de José el carpintero? Todos le hemos visto hacer mesas y camas en el banco del artesano de Nazaret, y arreglar ruedas y cierres. Ni siquiera fue a la escuela. Su Madre fue su única maestra.
-Eso también fue un escándalo, que nuestro padre criticó -dice José de Alfeo.
-Pero también tus hermanos terminaron la escuela con María de José.
-¡Ya! Mi padre fue débil ante su mujer… -responde José.
-Entonces, ¿también el hermano de tu padre?
-También.
-¿Pero es realmente el hijo del carpintero?
-¿Pero es que no lo ves?
-Hay muchos que se parecen. Creo que es uno que se hace pasar por él pero no lo es.
-¿Y dónde está entonces Jesús de José?
-¿Pero tú crees que su Madre no lo va a conocer?
-Aquí están sus hermanos y hermanas, y todos ellos lo reconocen como pariente. ¿No es verdad, vosotros dos?
Los dos ancianos hijos de Alfeo asienten.
-Entonces se ha vuelto loco o está endemoniado, porque lo que dice no puede provenir de un obrero.
-Lo que habría que hacer es no escucharlo. Su pretendida doctrina es delirio o posesión…
…Jesús está parado en la plaza esperando a Alfeo de Sara, que habla con un hombre. Mientras espera, uno de los arrieros, que se había quedado cerca de la puerta de la sinagoga, le trae las calumnias que allí se han dicho.
-No te apenes por esto. Un profeta, generalmente, no recibe honor ni de su patria ni de su casa. El hombre es tan necio que cree que para ser profetas es necesario casi estar fuera de la vida; y los coterráneos y familiares, más que todos los demás, conocen y recuerdan la humanidad de su paisano y pariente. Pero la verdad triunfa siempre. Adiós. La paz sea contigo.
-Gracias, Maestro, por haber curado a mi madre.
-Lo merecías, porque supiste creer. Mi poder aquí es inoperante, porque aquí no hay fe. Vamos, amigos. Mañana al alba nos marchamos.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La primera escala de Jesús en Nazaret es en casa de Alfeo. Estando ya para entrar en el huerto, se encuentra con María de Alfeo, que sale con dos ánforas de cobre para ir a la fuente.
-¡La paz sea contigo, María! -dice Jesús, y abraza a su pariente, la cual, efusiva como siempre, lo besa y emite un grito de alegría.
-¡Sin duda será un día de paz y alegría, Jesús mío, porque has venido! ¡Oh, queridísimos hijos míos! ¡Qué felicidad para vuestra mamá el veros! -y besa a sus dos hijotes, que estaban inmediatamente detrás de Jesús -Estáis conmigo hoy, ¿no es verdad?
Tengo precisamente encendido el horno para el pan. Estaba yendo por agua para no tener luego que suspender la cocción.
-Mamá, vamos nosotros» dicen sus hijos mientras se apoderan de las ánforas.
-¡Qué buenos son! ¿No es verdad, Jesús?
-Muy buenos -confirma Jesús.
-Pero también contigo, ¿no es verdad? Porque si te quisieran menos de lo que me quieren a mí, los querría menos.
-No temas, María. Para mí son sólo motivo de alegría.
-¿Estás solo? María se ha ido tan al improviso… Habría ido también yo. Estaba con una mujer… ¿Una discípula?
-Sí. La hermana de Marta.
-¡Oh, bendito sea Dios! ¡He orado mucho por esto! ¿Dónde está?
-Mira, está llegando con mi Madre, Marta y Susana.
En efecto, las mujeres están apareciendo por un recodo del camino seguidas por los apóstoles. María de Alfeo corre a su encuentro y exclama:
-¡Qué feliz me siento de poder llamarte hermana! Debería amarte hija, porque tú eres joven y yo vieja, pero te llamo con ese nombre que tanto amo desde que se lo doy a mi María. ¡Querida mía! Ven, estarás cansada… aunque, bueno, también contenta -y besa a la Magdalena mientras la tiene cogida de la mano, como queriendo hacerle sentir aún más que la quiere. La belleza fresca de la Magdalena parece todavía más viva al lado de la persona gastada de la buena María de Alfeo.
-Hoy todos en mi casa. No os dejo que os marchéis -y, con un suspiro del alma que le sale involuntariamente, se le escapa la confesión: « ¡Estoy siempre muy sola! Cuando no está mi cuñada paso los días bien tristes y solitarios.
-¿No están tus hijos? -pregunta Marta.
María de Alfeo se ruboriza y suspira:
-Con el alma sí. Todavía. Ser discípulos une y divide… Pero, de la misma forma que tú, María, has venido, también ellos vendrán -y se seca una lágrima. Mira a Jesús, que la está observando con piedad, y se esfuerza en sonreír para preguntar: « ¿Son cosas largas, verdad?».
-Sí, María. Pero tú las verás…
-Tenía esta esperanza… Después de que Simón… Pero después ha sabido otras… cosas, y está otra vez en la indecisión. ¡Ámalo igualmente, Jesús!
-¿Lo pones en duda?
María, mientras habla, prepara algo de comer y beber para los peregrinos, sorda a las palabras de todos, que le aseguran que no tienen necesidad de nada.
-Vamos a dejar a las discípulas tranquilas - - dice Jesús, y añade: “Y vamos por el pueblo”. -¿Te vas? Quizás vienen mis otros hijos.
-Estaré aquí todo el día de mañana. Por tanto, estaremos juntos. Ahora voy a ver a los amigos. Paz a vosotras, mujeres. Adiós, Madre.
Nazaret ya está toda revuelta por la llegada de Jesús (y por añadidura con María de Magdala). Quién se apresura a ir a casa de María de Alfeo, quién a la de Jesús, para ver; pero, habiendo encontrado esta última cerrada, retornan todos en dirección a Jesús, que está atravesando Nazaret hacia el centro.
La ciudad sigue cerrada al Maestro. En parte irónica, en parte incrédula, con algún núcleo incluso de clara maldad que se manifiesta en ciertas frases hirientes, sigue, por curiosidad pero sin amor, a este gran Hijo suyo al que no comprende. Incluso en las preguntas que le hacen no hay amor, sino incredulidad e ironía; pero Él no hace ver que lo nota, y dulce y manso responde a quien le habla.
-A todos das. Pero pareces un hijo desvinculado de tu tierra, porque a tu tierra no le das.
-Estoy aquí para daros lo que pedís.
-Pero prefieres no estar aquí. ¿Es que somos más pecadores que los demás?
-No hay pecador, por grande que sea, al que Yo no quiera convertir. Y vosotros no sois peores que los demás.
-Pero tampoco dices que seamos mejores que los otros. Un buen hijo siempre dice que su madre es mejor que las otras, aunque no lo sea. ¿Acaso Nazaret es sólo madrastra para ti?
-Yo no digo nada. Callar es regla de caridad hacia los demás y hacia uno mismo, cuando decir que uno es bueno no se puede y no se quiere mentir. Pero diligente brotaría la alabanza a vosotros, con el solo hecho de que vinierais a mi doctrina.
-¿Buscas ser admirado?
-No. Sólo que me escuchéis y creáis en mí, por el bien de vuestras almas.
-¡Pues habla entonces! ¡Te escuchamos!
-Decidme sobre qué os debo hablar.
Un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años dice:
-Yo querría que vinieras y me explicaras un punto».
-Voy enseguida, Leví.
Y se encaminan. La gente se aglomera tras el Maestro y el arquisinagogo. La sinagoga se abarrota enseguida de gente.
El arquisinagogo toma un rollo y lee: «Él hizo subir a la hija de Faraón de la ciudad de David a la casa que había construido para ella, porque dijo: “Mi mujer no debe vivir en la casa de David, rey de Israel, que fue santificada cuando en ella entró el arca del Señor"
Bien, pues querría que dieras tu juicio acerca de si esa medida fue justa o no, y ¿por qué?
-Sin duda fue justa, porque el respeto a la casa de David, santificada por haber entrado en ella el arca del Señor, exigía aquello.
-¿Pero, el hecho de ser la mujer de Salomón no hacía a la hija del Faraón digna de vivir en la casa de David? ¿La esposa no viene a ser, según las palabras de Adán, "hueso de los huesos" de su marido y "carne de su carne”? Si es tal, ¿cómo profanará lo que no profana su esposo?
-Está escrito en el primer libro de Esdras: "Habéis pecado al casaros con mujeres extranjeras, y habéis añadido este delito a los muchos de Israel". Y una de las causas de la idolatría de Salomón precisamente se debe a estos connubios con mujeres extranjeras. Dios lo había dicho: "Ellas, las extranjeras, pervertirán vuestros corazones hasta el punto de haceros seguir a dioses extranjeros". Las consecuencias las conocemos.
-Y, sin embargo, no se había pervertido casándose con la hija del Faraón; tanto que llegó a juzgar con sabiduría que su esposa no debía permanecer en la casa santificada.
-No se puede medir la bondad de Dios con la nuestra. El hombre, después de una culpa, no perdona, aunque él mismo sea también culpable. Dios no se muestra implacable a la primera caída, pero no permite que impunemente el hombre se endurezca en el mismo pecado. A la primera caída, por tanto, no castiga, sino que habla al corazón; pero sí castiga cuando su bondad no sirve para convertir y el hombre juzga tal bondad como debilidad. Entonces desciende el castigo, porque nadie se burla de Dios.
Hueso de su hueso y carne de su carne, la hija del Faraón había depositado los primeros gérmenes de corrupción en el corazón del Sabio, y, como sabéis, una enfermedad no se declara realmente por un sólo germen en la sangre, sino cuando la sangre está corrompida por muchos gérmenes originados del primero. El hombre se viene abajo siempre a partir de una ligereza aparentemente inocua. Luego aumenta la condescendencia con el mal. Se forma el hábito de transigir con la conciencia y de descuidar lo que constituye el deber y la obediencia a Dios, y por grados, se llega al pecado grande (en Salomón incluso de idolatría, y provocó el cisma cuyas consecuencias duran hasta hoy).
-¿Estás diciendo, entonces, que es necesaria la máxima atención y respeto hacia las cosas sagradas?
-Sin duda.
-Explícame ahora otra cosa. Tú te dices el Verbo de Dios. ¿Es verdad?
-Lo soy. Él me ha enviado para traer a la tierra la buena nueva para todos los hombres, y para que los redima de todo pecado.
-Si lo eres, eres más que el Arca, pues, no ya en la gloria que está por encima del Arca, sino en ti mismo, estaría Dios.
-Tú lo dices y es verdad.
-¿Y, entonces, por qué te profanas?
-¿Y me has traído aquí para decirme esto? Me das pena, tú y quien te ha movido a hablar. No debería justificarme, porque toda justificación queda quebrada por vuestro rencor. Pero os daré una justificación, a los que me acusáis de falta de amor hacia vosotros y de profanación de mi persona. Escuchad. Sé a lo que aludís. Pues bien, os respondo: "Estáis en error".
Como extiendo los brazos hacia los moribundos para que vivan y llamo a los muertos para devolverlos a la vida, así extiendo los brazos hacia los más verdaderamente moribundos y llamo a los que están más verdaderamente muertos, los pecadores, para que vivan la Vida eterna y, si ya están corrompidos, resucitarlos para que no vuelvan a morir. Pero os voy a poner una parábola. Un hombre, por muchos vicios, enferma de lepra.
Los demás lo alejan de la comunidad. Este hombre, en medio de una soledad atroz, medita sobre su estado y sobre el pecado que lo ha conducido a ese estado mísero. Pasan así largos años, y, cuando menos se lo espera, este leproso se cura.
El Señor ha sido misericordioso con él por sus muchas oraciones y lágrimas. ¿Qué hace entonces este hombre? ¿Puede volver a su casa por el hecho de que Dios lo haya agraciado? No. Debe presentarse al sacerdote, el cual primero lo observará durante un tiempo, luego le hará purificarse tras un primer sacrificio de dos gorriones; luego, después de dos lavados -no uno de las vestiduras, el curado vuelve a presentarse al sacerdote, con los corderos sin mancha, la cordera, la harina y el aceite prescritos. El sacerdote lo conduce entonces ante la puerta del Tabernáculo. Es entonces cuando este hombre es religiosamente admitido de nuevo en el pueblo de Israel. Pero, decidme: Cuando va por primera vez al sacerdote ¿para qué va?
-¡Para pasar una primera purificación que le permitirá cumplir la otra purificación, más grande, que lo admitirá de nuevo en el pueblo santo!
Habéis respondido bien. ¿Pero entonces no está purificado del todo?».
-¡No, no! Le falta todavía mucho para estarlo; respecto a la materia y respecto al espíritu.
-¿Cómo, pues, osa acercarse al sacerdote la primera vez, completamente impuro, y la segunda al Tabernáculo?
-Porque el sacerdote es el medio necesario para que uno pueda ser readmitido entre los vivos.
-¿Y el Tabernáculo?
-Porque sólo Dios puede borrar las culpas, y es de fe el creer que tras el santo Velo descansa Dios en su gloria y desde allí otorga su perdón.
-Entonces el leproso curado tiene todavía pecado cuando se acerca al sacerdote y al Tabernáculo.
-¡Sí, ciertamente!
-¡Hombres de pensamiento retorcido y de turbio corazón! ¿Por qué, entonces, me acusáis si Yo, el Sacerdote y el Tabernáculo, dejo que se acerquen a mí los leprosos del espíritu? ¿Por qué juzgáis con dos medidas? Sí, la mujer que estaba perdida, y Leví el publicano, presente aquí ahora con su nueva alma y su nuevo oficio, y lo mismo otros y otras, que han venido antes que éstos, están ahora a mi lado, pueden estar a mi lado porque han sido readmitidos en el pueblo del Señor. La voluntad de Dios, que ha depositado en mí el poder de juzgar y absolver, curar y resucitar, me los ha acercado.
Sería profanación si perdurase su idolatría, como en el caso de la hija del Faraón; pero no lo es, porque han abrazado la doctrina que he traído a la tierra y por ella han resucitado a la Gracia del Señor. ¡Hombres de Nazaret, que me tendéis celadas porque no os parece posible que en mí esté la Sabiduría verdadera y la justicia de Verbo del Padre, Yo os digo: “Imitad a los pecadores"! En verdad os digo que saben mejor venir a la Verdad. Y también os digo:
"No recurráis a bajas celadas para poderme resistir". No lo hagáis. Pedid, y os daré, como doy a todos los que vienen a mí, la palabra vital. Acogedme como a un hijo de esta tierra nuestra. No os guardo rencor. Mis manos están llenas de caricias; mi corazón, de deseos de instruiros y de haceros felices; tanto que, si me aceptáis, pasaré con vosotros mi sábado, instruyéndoos en la Nueva Ley.
Hay contraste de ideas en la concurrencia, pero prevalece la curiosidad o el amor, y muchos gritan:
-¡Sí, sí! ¡Mañana aquí! ¡Te escucharemos!
-Haré oración para que caiga esta noche la costra que oprime vuestro corazón; para que caiga todo prejuicio y, libres de ellos, podáis comprender la Voz de Dios que viene a traer a toda la tierra el Evangelio, pero con el deseo de que la primera región capaz de recibirla sea la ciudad en que he crecido. Paz a todos vosotros.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Van todos subiendo por frescos atajos que conducen a Nazaret. Las abruptas laderas de las colinas galileas, de tanto como la reciente tormenta las ha lavado y el rocío las mantiene lucientes y frescas, parecen creadas esa misma mañana, frenesí rutilante bajo los primeros rayos del sol. El ambiente está tan puro, que pone de manifiesto hasta los más mínimos detalles de los montes, más o menos cercanos, produciendo sensación de ligereza y lozanía.
Llegan al picacho de un monte. La vista se deleita en un pedazo de lago, bellísimo en esta luz matutina. Todos, imitando a Jesús, observan con admiración. Pero María de Magdala pronto desvía de ese punto la mirada y busca algo en otra dirección. Sus ojos se posan sobre las crestas montanas situadas al noroeste del lugar donde se encuentra; pero parece que no encuentra lo que busca.
Susana, que está con ellos, le pregunta:
-¿Qué buscas?
-Querría reconocer el monte en que encontré al Maestro.
-Pregúntaselo a Él.
-¡Oh, no es tan importante como para interrumpirlo! Está precisamente hablando con Judas de Keriot.
-¡Qué hombre ese Judas! -susurra Susana. No dice nada más, pero se entiende el resto.
-El monte aquel, ciertamente, no está por este camino; pero un día te llevaré, Marta. Había una aurora como ésta, y muchas flores… Y mucha gente… ¡Oh! ¡Marta! Y tuve la desfachatez de mostrarme a todos con aquel vestido de pecado y aquellos amigos… No, no puedes sentirte ofendida por las palabras de Judas. Me las he merecido. Todo me lo he merecido. En este sufrimiento está mi expiación. Todos recuerdan y todos tienen derecho a decirme la verdad. Yo debo guardar silencio. ¡Oh, si se reflexionara antes de pecar! Ahora quien me ofende es mi mayor amigo, porque me ayuda a expiar.
-Lo cual no quita que él haya faltado. Madre, ¿tu Hijo está realmente contento con ese hombre?
-Hay que orar mucho por él. Eso dice Jesús.
Juan deja a los apóstoles para venir a ayudar a las mujeres en un paso escabroso donde resbalan las sandalias. (Está sembrado -mucho más que el sendero-de piedras lisas, como esquirlas de pizarra rojiza, y de una hierbecilla brillante y dura, muy traicioneras para el pie que no hace presa.) Simón Zelote hace lo mismo. Apoyándose en ellos, las mujeres pasan el punto peligroso.
-Es un poco fatigoso este camino. Pero no hay polvo y no tiene gente. Y es más corto -dice el Zelote.
-Lo conozco, Simón -dice María -Vine a aquel pueblecillo de mitad de la pendiente, con los sobrinos, cuando echaron de Nazaret a Jesús -dice María Stma., y suspira.
-Pero desde aquí es bonito el mundo. Allí están el Tabor y el Hermón, y al norte los montes de Arbela, y allá en el fondo el gran Hermón. ¡Qué pena que no se vea el mar como se ve desde el Tabor!» dice Juan.
-¿Has estado alguna vez?
-Sí, con el Maestro.
-Juan, con su amor por el infinito, nos atrajo una gran dicha, porque Jesús, allá arriba, habló de Dios con un arrobamiento como nunca habíamos oído. Y luego, después de tanto como habíamos recibido, obtuvimos una gran conversión. Lo conocerás tú también María. Y se fortalecerá tu espíritu aún más de lo que ya lo está.
Encontramos a un hombre endurecido de odio, afeado por los remordimientos. Y Jesús lo transformó en una persona de la que no dudo en decir que será un gran discípulo. Como tú, María. Porque -cree en la verdad de lo que te digo-nosotros los pecadores somos más dúctiles a la acción del Bien que nos alcanza, porque sentimos la necesidad de ser perdonados incluso por nosotros mismos» dice Simón Zelote.
-Es verdad. Pero eres muy bueno diciendo "nosotros los pecadores". Tú has sido un desdichado, no un pecador.
-Todos lo somos, quién más, quién menos, y quien cree que lo es menos es el más sujeto a serlo si es que no lo es ya. Todos lo somos. Pero son los pecadores más grandes que se convierten los que saben ser absolutos en el Bien como lo fueron en el mal.
-Tu consolación me conforta. Siempre has sido un padre para con los hijos de Teófilo.
-Y como un padre exulto por teneros a los tres como amigos de Jesús.
-¿Dónde encontrasteis a ese discípulo gran pecador?
-En Endor, María. Simón quiere atribuir a mi deseo de ver el mar el mérito de tantas cosas hermosas y buenas. Pero si Juan el anciano ha venido a Jesús no ha sido por mérito de Juan el necio, sino por mérito de Judas de Simón -dice sonriendo el hijo de Zebedeo.
-¿Lo convirtió él? -pregunta con aire de incertidumbre Marta.
-No. Pero quiso ir a Endor y…
-Sí, para ver el antro de la maga… Judas de Simón es un hombre muy extraño… Hay que tomarlo como es… ¡En fin!… Y Juan de Endor nos guió a la caverna. Luego se quedó con nosotros. Pero, hijo mío, el mérito es tuyo de todas formas, porque sin tu deseo de infinito no habríamos ido por ese camino y no le habría venido a Judas de Simón el deseo de ir averiguar esa extraña cosa.
Me gustaría saber lo que dijo Jesús en el Tabor… y también reconocer el monte en que lo vi -suspira María Magdalena.
-El monte es aquel en que ahora parece encenderse un sol, por aquel pequeño estanque, usado por los rebaños, que recoge agua de manantial. Nosotros estábamos más arriba, donde la cima parece abrirse cual largo bidente que quisiera pinchar las nubes para llevarlas a otra parte. Por lo que respecta al discurso de Jesús, creo que Juan te lo puede referir.
-¡Simón! ¿Puede, acaso, un muchacho repetir las palabras de Dios?
-Un muchacho, no; tú, sí. Inténtalo. Por complacer a tus hermanas y a mí, que te quiero.
Juan se ruboriza mucho cuando empieza a repetir el discurso de Jesús.
-Dijo:
-Dijo:
-He aquí la página infinita en que las corrientes escriben la palabra “Creo”. Pensad en el caos del Universo antes de que el Creador quisiera ordenar los elementos y constituirlos en maravillosa sociedad que dio a los hombres la Tierra y cuanto contiene, y al firmamento los astros y planetas. Todo era todavía inexistente. No existía ni como caos informe ni como cosa ordenada, que Dios hizo. Hizo, pues, primero los elementos, que son necesarios, a pesar de que alguna vez parezcan nocivos.
Pero -pensadlo siempre-ni la más diminuta gota de rocío existe sin su razón buena de ser; no hay insecto, por pequeño y latoso que sea, que no tenga su razón buena de ser. Y, lo mismo, no hay monstruosa montaña que escupa fuego e incandescente lapilli de sus entrañas que no tenga su razón buena de ser. Y no hay ciclón que exista sin un motivo. Y no hay pasando de las cosas a las personas-hecho, llanto, alegría, nacimiento, muerte, esterilidad o maternidad prolífica, larga vida matrimonial o rápida viudez, desventura de miseria y de enfermedad, prosperidad de medios y de salud, que no tenga su razón buena de ser, aunque no se le presente como tal a la miopía y soberbia humanas, que ve o juzga con todas las cataratas y ofuscaciones propias de las cosas imperfectas. Mas el ojo de Dios ve, el pensamiento ilimitado de Dios sabe. El secreto para vivir exentos de estériles dudas que dan a la jornada terrena nerviosismo, agotamiento, hieles, está en saber creer que Dios todo lo hace por una razón inteligente y buena, que Dios hace lo que hace por amor, y no por un estúpido intento de mortificar por mortificar.
Dios ya había creado a los ángeles. Parte de ellos, por haber querido no creer que fuera bueno el nivel de gloria en que Dios los había colocado, se habían rebelado y, con su corazón agostado por la falta de fe en su Señor, habían tratado de asaltar el inalcanzable trono de Dios. A las armoniosas razones de los ángeles creyentes habían opuesto su desacorde, injusto y pesimista pensamiento; y el pesimismo, que es falta de fe, los había hecho pasar de espíritus de luz a espíritus entenebrecidos.
¡Vivan, eternamente, aquellos que, tanto en el Cielo como en la Tierra, saben basar su pensamiento en una premisa de optimismo lleno de luz! Nunca errarán completamente, aunque los hechos los contradigan. ¡No errarán, al menos por lo que se refiere a su espíritu, que continuará creyendo, esperando, amando sobre todo a Dios y al prójimo, permaneciendo, por tanto, en Dios por los siglos de los siglos!
El Paraíso había sido ya liberado de estos orgullosos pesimistas, que veían negrura incluso en las luminosísimas obras de Dios; de la misma forma que en la Tierra los pesimistas ven negrura hasta en las más claras y luminosas acciones del hombre, y, queriendo aislarse dentro de una torre de marfil, pues se creen los únicos perfectos, se autocondenan a una oscura prisión que termina en las tinieblas del reino infernal, el reino de la Negación; porque el pesimismo es también Negación.
Dios hizo, pues, la Creación. Y, de la misma forma que para comprender el misterio glorioso de nuestro Ser uno y trino hay que saber creer y ver que desde el principio el Verbo existía, y estaba con Dios, unidos por el Amor perfectísimo que sólo puede ser espirado por dos que Dios son siendo Uno; así, igualmente, para ver la creación como realmente es, es necesario mirarla con ojos de fe, porque en su ser -de la misma forma que un hijo lleva el imborrable reflejo de su padre-la creación tiene en sí el indeleble reflejo de su Creador. Veremos entonces que también aquí al principio fueron el cielo y la tierra, luego fue la luz, que puede ser comparada con el amor, porque la luz es alegría como lo es el amor. Y la luz es la atmósfera del Paraíso. Y Dios, incorpóreo Ser, es Luz, y es Padre de toda luz intelectiva, afectiva, material, espiritual, en el Cielo y en la Tierra.
Al principio fueron el cielo y la tierra, y les fue dada la luz y por la luz todo fue hecho. Y de la misma forma que en el Cielo altísimo habían sido separados los espíritus de luz de los de tinieblas, en la creación fueron separadas las tinieblas de la luz, y se hizo el Día y la Noche: el primer día de la creación se había cumplido, con su mañana y su tarde, su mediodía y su media noche. Y, cuando la sonrisa de Dios, la luz, pasada la noche, volvió, la mano de Dios, su poderosa voluntad, se extendió sobre la tierra informe y vacía y sobre el cielo por el que vagaban las aguas -uno de los elementos libres en el caos-y quiso que el firmamento separase el desordenado errar de las aguas entre el cielo y la tierra para que fuera entrecielo que protegiera de los rayos paradisíacos, contención de las aguas superiores para que no cayeran los diluvios sobre la fermentación de metales y átomos y erosionasen y disgregasen lo que Dios estaba reuniendo.
Estaba establecido el orden en el cielo. El imperativo dado por Dios a las aguas que se extendían sobre la tierra puso orden en ésta. Y tuvo origen el mar. Ahí está. En él, como en el firmamento, está escrito: “Dios existe”.
Cualquiera que sea la la capacidad intelectual de un hombre y su fe, o su no fe, ante esta página en que brilla una partícula de la infinitud que es Dios y en que está testificado su poder -porque ningún poder humano ni ninguna ordenación natural de elementos pueden repetir, ni siquiera en mínima medida, un prodigio semejante-está obligado a creer. A creer no sólo en el poder, sino también en la bondad del Señor, que a través de ese mar le da al hombre alimento y caminos, sales saludables; y mitiga el sol y da espacio al viento, semillas a las tierras lejanas entre sí; da voces de tempestades para que llamen a la hormiga que es el hombre hacia el Infinito, su Padre; y da la forma de elevarse, contemplando visiones más altas, a más altas esferas.
En la creación todo es testimonio de Dios, mas tres son las cosas que más hablan de Él: la luz, el firmamento y el mar: el orden astral y meteorológico, reflejo del Orden divino; la luz que sólo un Dios podía hacer; el mar, esa potencia que sólo Dios, tras haberla creado, podía meter en sólidos confines, y darle movimiento y voz, sin que por ello, cual turbulento elemento de desorden, dañase a la tierra, a esta tierra que lo sostiene sobre su superficie.
Penetrad el misterio de la luz que nunca se agota. Alzad la mirada al firmamento en que ríen estrellas y planetas.
Bajad vuestra mirada hacia el mar. Ved su verdadera realidad: no es algo que separe, sino puente entre los pueblos (con los que están en las otras orillas, invisibles, incluso desconocidas, pero en cuya existencia es necesario creer, por el simple hecho de que existe este mar). Dios no hace ninguna cosa inútil. Por tanto, no habría hecho esta infinitud si no tuviera como límite, más allá del horizonte que nos impide la visión, otras tierras, pobladas por otros hombres, con origen todos ellos en un único Dios, llevados allá por tempestades y corrientes, por voluntad de Dios, para poblar continentes y regiones. Este mar trae en sus ondas, en el rumor de sus olas y mareas, invocaciones lejanas; es elemento de unión, no de separación.
Esta ansia que le produce a Juan una dulce angustia es la llamada de los hermanos lejanos. Cuanto más señor de la carne se hace el espíritu más es capaz de oír las voces de los espíritus que están unidos aunque medie separación entre ellos (como están unidas las ramas nacidas de una única raíz, a pesar de que una ya ni siquiera vea a la otra porque un obstáculo se interpone entre ellas).
Mirad el mar con ojos de luz. Veréis tierras y más tierras extendidas sobre sus playas, en sus confines, y, dentro de él, más tierras todavía… Pues bien, de todas ellas llega un grito: “¡Venid! ¡Traednos esa Luz que poseéis, esa Vida que se os da! ¡Decidle a nuestro corazón esa palabra que ignoramos, pero que sabemos que es la base del Universo: amor.
Enseñadnos a leer la palabra que vemos escrita en las páginas infinitas del firmamento y el mar: Dios. Iluminadnos, porque sentimos que hay una luz aún más verdadera que la que arrebola el cielo y hace de pedrería la superficie del mar. Dad a nuestras tinieblas esa Luz que Dios os ha dado tras haberla engendrado con su amor; que os ha dado a vosotros, pero para todos, de la misma forma que se la dio a los astros para que la dieran a la Tierra. Vosotros sois los astros; nosotros, el polvo. Pero formadnos, de la misma forma que el Creador creó con el polvo la Tierra para que el hombre la poblara y lo adorase, ahora y siempre, hasta que llegue la hora en que ya no sea Tierra, sino que venga el Reino, el Reino de la luz, del amor, de la paz, como el Dios vivo os ha dicho que será.
Porque también nosotros somos hijos de este Dios y pedimos conocer a nuestro Padre.
Sabed ir por caminos de infinito, sin temores, sin sentimientos de desdén, hacia aquellos que invocan y lloran, hacia aquellos que os producirán, sí, dolor, porque sienten a Dios pero no saben adorarlo, pero que os darán también la gloria, porque seréis grandes en la medida en que, poseyendo el amor, sepáis darlo, conduciendo a la Verdad a los pueblos que esperan".
Jesús habló así. Mucho mejor de como lo he dicho yo. Pero al menos su concepto es éste.
-Juan, has dado una exacta repetición del Maestro. Sólo has dejado lo que dijo sobre tu poder de comprender a Dios por tu generosidad de donarte. Eres bueno, Juan, ¡el mejor de entre nosotros! Hemos recorrido la distancia sin darnos cuenta. Allí está Nazaret, construida sobre su terreno ondulado. El Maestro nos está mirando y sonríe. ¡Venga, vamos a alcanzarlo para entrar en la ciudad juntos!
-Gracias, Juan, por el gran regalo que has dado a la Mamá dice la Virgen.
-Yo también te doy las gracias. También a la pobre María le has abierto horizontes infinitos… -¿De qué hablabais tanto? -les pregunta Jesús cuando llegan. -Juan ha repetido tu discurso del Tabor. Perfectamente. Y hemos gozado de ello.
-Me alegro de que mi Madre, cuyo nombre tiene que ver con el mar y cuya caridad es vasta como él, lo haya oído.
-Hijo mío, Tú la posees como Hombre; y no es nada respecto a tu infinita caridad de Verbo divino. ¡Mi dulce Jesús!
-Ven, Mamá, a mi lado; como cuando volvíamos de Caná o de Jerusalén cuando era niño, que me llevabas de la mano. Y se miran con su mirada de amor.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
En la casa de Caná la fiesta por la venida de Jesús es poco menor que cuanto lo fue por las bodas del milagro.
Faltan los músicos, no están los invitados, la casa no está enguirnaldada de flores y ramos verdes, no están las mesas para los muchos invitados, ni el maestresala junto a los aparadores y las hidrias colmadas de vino. Pero todo queda ampliamente compensado por el amor, ofrecido ahora en su forma y medida justas, o sea, no a un simple invitado -quizás también un poco pariente, pero al fin y al cabo un hombre -, sino al Invitado Maestro, cuya verdadera Naturaleza se conoce y reconoce y cuya Palabra se venera como cosa divina. Por ello los corazones de Caná aman con la totalidad de sí mismos al Gran Amigo que se ha asomado vestido de lino a la entrada del huerto, entre el verde de la tierra y el rojo de la puesta de sol, embelleciendo todas las cosas con su presencia, y comunicando su paz: no sólo a los corazones a los que dirige su saludo, sino incluso a las cosas.
Verdaderamente parece -doquiera que se dirijan sus ojos azules -extenderse un velo de paz solemne y beato. Pureza y paz manan de sus pupilas, como la sabiduría fluye de su boca y el amor de su corazón. A los que lean estas páginas quizás les parecerá imposible cuanto digo. Pues bien, el propio lugar, que antes de la llegada de Jesús era un lugar corriente, o un lugar de ajetreo que excluye la paz (que se supone exenta de angustioso trajinar), nada más llegar Él, se ennoblece, y el propio trabajo adquiere un no sé qué de ordenado que no excluye la presencia de un pensamiento sobrenatural fundido con el trabajo manual. No sé si me explico bien.
Jesús no se muestra desabrido nunca, ni siquiera en los momentos más desagradables por algún hecho que le haya sucedido; se le ve, por el contrario, siempre majestuosamente digno, y comunica esta dignidad sobrenatural al lugar en que se mueve.
Jesús no se muestra nunca jocoso, riéndose a mandíbula batiente, ni siquiera en los momentos de mayor alegría; tampoco quejumbroso, con expresión hipocondríaca, ni siquiera en los momentos de mayor desconsuelo.
Su sonrisa es inimitable. Ningún pintor podrá jamás representarla. Parece una luz que emanara de su corazón, luz radiante en las horas de mayor alegría por alguna alma que se redime o alguna otra que se acerca más a la perfección; es una sonrisa que yo diría rósea, cuando aprueba las acciones espontáneas de sus amigos o discípulos y goza de su presencia; una sonrisa -siguiendo en los colores-azul, angélica, cuando se inclina hacia los niños para escucharlos, adoctrinarlos o bendecirlos; modelada de piedad cuando observa alguna miseria de la carne o del espíritu; en fin, divina cuando habla del Padre o de su Madre, o mira y escucha a esta Madre purísima.
No puedo decir que lo haya visto hipocondríaco ni siquiera en los momentos más angustiosos. En medio de las torturas de la traición sufrida, en medio de las angustias del sudor de sangre, en medio de los espasmos de la Pasión, aunque la tristeza sumerja el fulgor dulcísimo de su sonrisa, no es suficiente para borrar esa paz que parece diadema de paradisíacas gemas, fúlgida en su frente lisa, y que ilumina con su luz toda la divina persona. De la misma forma, no puedo decir que lo haya visto alguna vez entregarse a alegrías desmedidas. No contrario a una franca carcajada si el caso lo requiere, vuelve enseguida a su honorable serenidad. Y cuando ríe rejuvenece prodigiosamente hasta asumir un rostro de joven de veinte años, y el mundo parece también rejuvenecer por su hermosa risa, franca, sonora, entonada.
Igualmente, no puedo decir que lo haya visto hacer las cosas apresuradamente. Sea que hable, sea que se mueva, lo hace siempre con sosiego, si bien nunca es lento ni actúa con desgana. Quizás sea porque, siendo alto, puede dar pasos largos sin tener por ello que correr para recorrer mucho camino, de la misma forma que puede alcanzar con facilidad objetos distantes sin tener necesidad para ello de levantarse. Lo cierto es que hasta en su modo de moverse es señorial y majestuoso.
¿Y la voz?… Va a hacer dos años que lo oigo hablar, y, no obstante, algunas veces casi pierdo el hilo de lo que dice, de tanto como me abismo en el estudio de su voz. Y el buen Jesús, paciente, repite lo que ha dicho y me mira con su sonrisa de Maestro bueno, para no hacer que en los dictados resulten mutilaciones debidas a mi dicha de escuchar su voz, deleitarme en ella y estudiar su tono y hechizo.
Pero, después de dos años, todavía no sé decir con exactitud qué tono tiene.
Excluyo en términos absolutos el tono de bajo, como también el de tenor ligero. Pero me queda siempre la duda de si se trata de una potente voz de tenor o de la voz de un perfecto barítono de gama vocal amplísima. Yo diría que es esto último, porque su voz adquiere a veces notas broncíneas, casi apagadas de tan profundas como son, especialmente cuando habla de tú a tú con un pecador para restablecerlo en la Gracia, o señala las desviaciones humanas a las turbas; mientras que, cuando se trata de analizar y poner en el índice las cosas prohibidas y descubrir las hipocresías, el bronce se hace más claro; y, cuando impone la Verdad y su voluntad, se hace cortante como impacto de un rayo; adquiere canto de lámina de oro golpeada con martillo de cristal, cuando se eleva para celebrar la Misericordia o para exaltar las obras de Dios; o envuelve de amor este timbre cuando habla con su Madre o de su Madre (verdaderamente esta voz suya entonces queda envuelta en amor, en amor reverencial de hijo, y de Dios cantando las alabanzas de su obra mejor). Este tono, si bien menos marcado, es el que usa para hablar a sus predilectos, a los convertidos o a los niños. Y no cansa nunca, ni siquiera en su más largo discurso, porque es una voz que reviste y completa el pensamiento y la palabra, poniendo de relieve su potencia o su dulzura, según las necesidades.
Y algunas veces me quedo con la pluma en la mano, escuchando, y luego vuelvo al pensamiento cuando va ya demasiado adelantado, imposible de ser aferrado… y ahí me quedo, hasta que el buen Jesús lo repite, como hace cuando me interrumpen, para enseñarme a soportar pacientemente las cosas o personas molestas.
Ahora, en Caná, está agradeciéndole a Susana la hospitalidad prestada a Áglae. Están aparte, bajo una tupida parra cargada de racimos de uva que ya está enverando. Mientras, los demás comen algo en la amplia cocina.
-Esa mujer era muy buena, Maestro. No nos fue, de ninguna manera, gravosa. Quería ayudarme siempre en la colada, en la limpieza de la casa para la Pascua, como si fuera una doméstica; y te puedo decir con conocimiento de causa que trabajó como una esclava para ayudarme a terminar los vestidos pascuales. Era prudente y se retiraba siempre cuando venía alguna persona. Incluso con mi marido trataba de no estar. Hablaba poco en presencia de la familia.
Comía poco. Se levantaba antes del alba para estar ya aseada cuando se despertaran los hombres. Yo encontraba siempre el fuego encendido y barrida la casa. Pero, cuando estábamos solas me preguntaba acerca de ti, y me pedía que le enseñase los salmos de nuestra religión. Decía: "Para saber orar como lo hace el Maestro". ¿Ahora ha terminado de penar? Porque sufrir sufría mucho. De todo tenía miedo y mucho suspiraba y lloraba. ¿Es feliz ahora?».
-Sí. Sobrenaturalmente feliz. Libre de sus miedos. En paz. Te agradezco una vez más el bien que le has hecho.
-¡Oh, mi Señor! ¿Qué bien? No le di sino amor en tu nombre, porque no sé hacer otra cosa. Era una pobre hermana. Yo esto lo comprendía. La amé por gratitud hacia el Altísimo, que me ha tenido en su gracia.
-Has hecho más que si hubieras predicado en el Bel Nidrás. Ahora tienes aquí a otra. ¿La has reconocido?
-¿Quién no la conoce por esta región?
-Nadie, es verdad. Pero todavía no conocéis, ni vosotros ni la región, a la segunda María, la que será siempre de su vocación. Siempre. Te ruego que lo creas.
-Tú lo dices. Tú sabes. Yo creo.
-Di también: "Yo amo". Sé que es más difícil sentir compasión de uno que ha faltado y perdonarlo cuando es de los nuestros, que no si es uno que tiene la disculpa de ser pagano. De todas formas, si el dolor de ver apostasías familiares fue fuerte, sean más fuertes la compasión y el perdón. Yo he perdonado por todo Israel -termina Jesús, remarcando las palabras.
-Yo también perdonaré por mi parte, pues creo que un discípulo debe hacer lo que hace su Maestro.
-Estás en la verdad y Dios exulta por ello. Vamos con los otros. Muere la tarde. Dulce será el descanso en el silencio de la noche.
-¿No nos vas a decir nada, Maestro?
-No lo sé todavía.
Entran en la cocina, donde ya están preparadas comida y bebida para la cena que pronto tendrá lugar.
Susana entra más y, no sin un ligero rubor en su rostro juvenil, dice:
-¿Quieren mis hermanas venir conmigo a la habitación de arriba? Tenemos que preparar pronto las mesas porque luego tenemos que colocar los lechos para los hombres. Podría hacerlo sola, pero emplearía más tiempo.
-Voy también yo, Susana -dice la Virgen.
-No. Somos suficientes nosotras; además servirá para conocernos, porque el trabajo hermana».
Salen juntas mientras Jesús, después de beber agua aderezada no sé qué jarabe, va a sentarse con su Madre, con los apóstoles y los hombres de la casa, al fresco de la pérgola, dejando así libres a las domésticas y la señora para ultimar las viandas.
Proveniente de la habitación de arriba, se oye la voz de las tres discípulas que están preparando las mesas. Susana está contando el milagro que tuvo lugar en su boda. María de Magdala responde:
-Transformar el agua en vino es grande, pero transformar a una pecadora en discípula es más grande aún; quiera Dios que yo haga como aquel vino: ser del mejor.
-No lo dudes. Él transforma todo de forma perfecta. Aquí estuvo una, que además era pagana, que había sido convertida por El en el sentimiento y en la fe. ¿Podrás dudar que suceda esto contigo, que ya eres de Israel?
-¿Una? ¿Joven?
-Joven. Guapísima.
-¿Y dónde está ahora? -pregunta Marta.
-Lo sabe sólo el Maestro.
-¡Ah, entonces es aquella de que te hablé! Lázaro había ido en aquel atardecer a ver a Jesús y oyó las palabras que se dijeron por ella. ¡Qué perfume había en la habitación! Lázaro lo llevó en la ropa durante varios días. Pues bien, Jesús dijo que era superior el corazón de la convertida con su perfume de arrepentimiento. ¿Quién sabe a dónde habrá ido? Creo que a vivir en soledad…
-Ella en soledad, y era extranjera; yo aquí, y me conocen bien. Su expiación en la soledad, la mía viviendo en medio del mundo que me conoce. No envidio su suerte, porque estoy con el Maestro, pero espero poderla imitar un día para no tener nada que me distraiga de El.
-¿Serías capaz de dejarlo?
-No. Pero El dice que se marcha. Mi espíritu entonces lo seguirá. Con Él puedo desafiar al mundo. Sin El tendría miedo del mundo. Abriré el desierto entre mí y el mundo.
-¿Y yo y Lázaro? ¿Qué hacemos?
-Como antes en el tiempo del dolor. Os amaréis y me amaréis. Y sin tener que avergonzaros. Porque entonces estaréis solos, pero sabiendo que estoy con el Señor y que en el Señor os amo.
-Es fuerte y tajante, María, en sus decisiones -comenta Pedro, que lo ha oído.
Y Simón Zelote responde:
-Una cuchilla recta como su padre. De su madre tiene las facciones; de su padre, el espíritu indómito.
He aquí que la que tiene el espíritu indómito está bajando rápidamente ahora y viene hacia sus compañeros para comunicar que las mesas están preparadas…
…El campo se borra en la noche serena aunque por ahora sin luna. Sólo un tenue claror de astros permite distinguir las masas oscuras de los árboles y las blancas de las casas. Nada más. Algunas aves nocturnas revolotean con su vuelo mudo alrededor de la casa de Susana, en busca de moscas, y pasan casi rozando a las personas que están sentadas en la terraza en torno a una luz amarillenta que ilumina levemente los rostros congregados en torno a Jesús. Marta, que debe tener mucho miedo a los murciélagos, lanza un grito cada vez que uno de ellos la roza. Jesús, sin embargo, se preocupa de las mariposas que vienen atraídas por la luz, y con su larga mano trata de alejarlas de la llama.
-Son animales muy tontos, tanto las mariposas como los murciélagos -dice Tomás. -Los primeros nos confunden con moscones, las segundas creen que la llama es un sol y se queman. No tienen ni sombra de cerebro.
-Son animales. ¿Pretendes que razonen? -pregunta Judas Iscariote.
-No. Pretendo que al menos tengan instinto.
-No les da tiempo a tenerlo -me refiero a las mariposas-, porque después de la primera prueba ya están bien muertas. El instinto se despierta y se hace fuerte después de las primeras, penosas sorpresas -comenta Santiago de Alfeo.
-¿Y los murciélagos? Deberían tenerlo, porque viven varios años. Lo que pasa es que son tontos -replica Tomás.
-No, Tomás. No lo son más que los hombres. Los hombres parecen también, muchas veces, murciélagos tontos. Vuelan, o mejor: revolotean, como borrachos, en torno a cosas que lo único que procuran es dolor. Mirad: mi hermano, con una buena sacudida del manto, ha echado a tierra uno. Dádmelo -dice Jesús.
El murciélago ha caído a los pies de Santiago de Zebedeo, y ahora, atontado, se agita en el suelo con movimientos torpes. Santiago lo coge con dos dedos por una de las alas membranosas y, teniéndole suspendido como si fuera un pingajo sucio, lo deposita en el regazo de Jesús.
-Aquí tenemos al imprudente. Vamos a ver lo que hace. Se recuperará, pero no se corregirá.
-Un rescate singular, Maestro. Yo lo mataría del todo -dice Judas Iscariote.
-No. ¿Por qué? También él tiene una vida y la quiere conservar -le responde Jesús.
-No creo. O no sabe que la tiene o no le preocupa conservarla. ¡La pone en peligro!
-¡Oh, Judas! ¡Judas! ¡Qué severo serías con los pecadores, con los hombres! Es el mismo caso de los hombres, que saben que tienen dos vidas y osan poner en peligro una y otra.
-¿Tenemos dos vidas?
-La del cuerpo y la del espíritu, como sabes.
-¡Ah! Creía que te referías a reencarnaciones. Hay quien cree en ello.
-No hay reencarnación, pero sí que hay dos vidas. Y, no obstante, el hombre pone en peligro sus dos vidas. Si fueras Dios, ¿cómo juzgarías a los hombres, que están dotados de instinto y, además, de razón?
-Severamente. A menos que no fuera un hombre tarado mental.
-¿No considerarías las circunstancias que enloquecen moralmente?
-No las consideraría.
-De forma que, de uno que sabe de Dios y de la Ley y que no obstante peca, no tendrías piedad.
-No tendría piedad, porque el hombre debe saberse conducir.
-Debería.
-Debe, Maestro. Es una vergüenza imperdonable que un adulto caiga en ciertos pecados; sobre todo, mucho más, si no le impulsa a ello ninguna fuerza.
-¿Cuáles son esos pecados para ti?
-En primer lugar los carnales. Es un degradarse sin remedio…
María de Magdala inclina la cabeza… Judas prosigue:
-… Es corromper también a los demás, porque del cuerpo de los impuros brota como un fermento que turba hasta a los más puros y los mueve a imitarlos. . .
Mientras la Magdalena inclina cada vez más la cabeza, Pedro dice:
-¡Hala! ¡No seas tan severo, hombre! La primera que cometió esta imperdonable vergüenza fue Eva, y no me vas a decir ahora que la corrompió el fermento impuro proveniente de un lujurioso. Y has de saber que, por lo que a mí respecta, aunque me siente al lado de un lujurioso, no siento ninguna turbación en absoluto. Asunto suyo…
-La proximidad ensucia siempre; si no la carne, el alma, que es todavía peor.
-¡Me pareces un fariseo! Pero… perdona… entonces, si eso fuera así, tendríamos que encerrarnos en una torre de cristal y quedarnos dentro, precintados.
-Y no te pienses, Simón, que te beneficiaría; en soledad son más temibles las tentaciones -dice el Zelote.
-¡Bueno! Quedarían como sueños. Nada malo -responde Pedro.
-¿Nada malo? ¿No sabes que la tentación lleva a pensar, lo cual, a su vez, conduce a buscar un arreglo para satisfacer de alguna manera el instinto que grita, y este arreglo allana el camino a un refinamiento pecaminoso en que se unen sentido y pensamiento? -pregunta Judas Iscariote.
-No sé nada de esto, amigo Judas. Quizás porque nunca he sido pensador, como tú dices, respecto a ciertas cosas.
Sé, eso sí, que me parece que nos hemos alejado mucho de los murciélagos, y que mejor que tú no seas Dios, porque, si no, en el Paraíso te quedarías solo, con toda tu severidad. ¿Tú que dices, Maestro?
-Digo que es bueno no ser demasiado absolutos, porque los ángeles del Señor escuchan las palabras de los hombres y las anotan en los libros eternos, y un día podría resultar desagradable el oírse decir: "Hágase contigo según juzgaste". Digo que si Dios me ha enviado es porque quiere perdonar todas las culpas de que un hombre se arrepiente, sabiendo lo débil que es el hombre por causa de Satanás. Judas, respóndeme: ¿admites que Satanás pueda apoderarse de un alma de forma que ejercite sobre ella una coacción que de hecho le aminora el pecado a los ojos de Dios?
-No lo admito. Satanás sólo puede incidir en la parte inferior. -¡Blasfemas, Judas de Simón! -dicen casi al unísono Simón Zelote y Bartolomé. -¿Por qué? ¿En qué?
-Desmintiendo a Dios y al Libro. En él se lee que Lucifer incidió también en la parte superior, y Dios, por boca de su Verbo, nos lo ha dicho una infinidad de veces -responde Bartolomé.
-También está escrito que el hombre tiene libre albedrío, lo que significa que sobre la libertad humana del pensamiento y del sentimiento Satanás no puede ejercer violencia. No lo hace ni siquiera Dios.
-Dios no, porque es Orden y Lealtad. Satanás sí, porque es Desorden y Odio -rebate Simón Zelote.
-El odio no es el sentimiento opuesto a la lealtad. Dices mal.
-Digo bien, porque Dios es Lealtad y, por tanto, no falta a su palabra de dejar al hombre libre de actuar, mientras que el demonio, no habiendo prometido al hombre libertad de arbitrio, no puede traicionar esta palabra. Es verdad, por otra parte, que el demonio es Odio y que, por tanto, arremete contra Dios y el hombre; arremete asaltando su libertad intelectiva, además de su carne, y conduciendo esta libertad de pensamiento a esclavitud, a estados de posesión por los que el hombre hace cosas que no haría si estuviera libre de Satanás -sostiene Simón Zelote.
-No lo admito.
-¿Y entonces los endemoniados? ¡Niegas la evidencia! -grita Judas Tadeo.
-Los endemoniados son sordos o mudos o dementes, no lujuriosos.
-¿Tienes presente sólo este vicio? -pregunta con ironía Tomás.
-Porque es el más extendido y además bajo.
-¡Ah, creía que era el que conocías mejor -dice Tomás riendo. Pero Judas se pone en pie súbitamente, como si quisiera reaccionar. Luego se domina, baja la pequeña escalera y se aleja por los campos.
Silencio… Luego Andrés dice:
-Su idea no está equivocada en todo. Se diría que, en efecto, Satanás tiene dominio sólo sobre los sentidos: ojos, oído, habla, y sobre el cerebro. Pero entonces, Maestro, ¡cómo se explican ciertas maldades? ¿No son acaso posesiones? Un Doras, por ejemplo…
-Un Doras, como tú dices para no faltar a la caridad a nadie -que Dios te premie por ello-, o una María, como todos, ella la primera, pensamos, después de las claras y anticaritativas alusiones de Judas, son los poseídos más completamente por Satanás, que extiende su poder a los tres grados del hombre. Son las posesiones más tiránicas y sutiles, y de ellas se liberan sólo aquellos que permanecen tan poco degradados en su espíritu, que saben todavía comprender la llamada de la Luz. Doras no fue un lujurioso, y, a pesar de todo, no supo ir al Libertador.
En esto está la diferencia: que, mientras que en el caso de los lunáticos, mudos, sordos o ciegos por obra demoníaca son los familiares los que se preocupan de conducirlos a mí, en el caso de éstos, poseídos en su espíritu, sólo es su espíritu el que se ocupa de buscar la libertad. Por este motivo reciben el perdón además de la libertad. Porque su voluntad ha tomado la iniciativa de liberarse de la posesión del Demonio. Y ahora vamos a descansar. María, tú que sabes lo que significa estar uno poseído, ruega por los que se prestan intermitentemente al Enemigo, pecando y produciendo dolor.
-Sí, Maestro mío, y sin rencor.
-La paz a todos. Dejamos aquí la causa de tanta discusión.
Tinieblas con tinieblas fuera en la noche. Y volvemos a la casa, a dormir bajo la mirada de los ángeles.
Y encima de un banco deposita el murciélago, el cual hace sus primeros intentos de volar. Luego se retira con los apóstoles a la habitación alta mientras las mujeres con los dueños de la casa van a la planta baja.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
Cuando la barca se detiene en el pequeño puerto de Tiberíades, algunos ociosos que estaban paseando cerca del modesto espigón se acercan enseguida para ver quién ha llegado.
Hay personas de todas las condiciones sociales y nacionalidades. Por eso, las largas vestiduras hebreas de los más variados colores, las melenas y las barbas majestuosas de los israelitas se mezclan con los indumentos de lana cándida, más cortos y sin mangas, y con los rostros rasurados y cabelleras cortas de los robustos romanos; y también con los vestidos aún más cortos-que cubren los cuerpos esbeltos y afeminados de los griegos, que parece hubieran asimilado hasta en las poses el arte de su lejana nación: son como estatuas de dioses que hubieran bajado a la tierra en cuerpos de hombres: envueltos en esponjosas túnicas, rostros clásicos bajo melenas ensortijadas y perfumadas, brazos cargados de pulseras que destellan al ejecutar estudiados ademanes.
Entremezcladas con estos dos últimos géneros de personas, hay muchas mujeres públicas, porque ni los romanos ni los helenos vacilan en mostrar a sus amores en las plazas y caminos. Los palestinos, sin embargo, se abstienen de esto, aunque luego, dentro de sus casas, practiquen alegremente el amor libre con mujeres públicas (se ve claramente porque las cortesanas, a pesar de las miradas amenazadoras de los interpelados, llaman familiarmente por el nombre a no pocos hebreos, entre los que no falta un engalanado fariseo).
Jesús se dirige hacia la ciudad, y precisamente hacia el lugar en que la gente más elegante concurre más; la gente elegante, o sea, por lo general, romanos y griegos y algún que otro cortesano de Herodes, y otros, también pocos, que creo que son ricos mercantes de la costa fenicia, hacia la parte de Sidón y Tiro, porque están hablando de esas ciudades y de comercios y barcos. Los pórticos exteriores de las termas están llenos de esta gente elegante y ociosa, que pierde así su tiempo discutiendo de temas muy banales, como el discóbolo favorito o el atleta más ágil y armónico de la lucha greco-romana; o simplemente están de palique, hablando de modas y banquetes, y conciertan citas para alegres excursiones invitando a las más hermosas cortesanas o a las damas que salen perfumadas y enrizadas de las termas o de sus residencias para afluir a este centro de Tiberíades, marmóreo, artístico como un salón.
Naturalmente, el paso del grupo suscita curiosidad intensa, que se hace incluso morbosa cuando hay quien reconoce a Jesús, porque lo había visto en Cesárea, y quien reconoce a la Magdalena, a pesar de que camine toda arrebozada en su manto y con el velo blanco muy caído sobre la frente y la cara (de modo que, tan velada y, además, con la cabeza baja, muy poco de su rostro se ve).
-Es el Nazareno que curó a la hija de Valeria -dice un romano.
-Me gustaría ver un milagro -le responde otro romano.
-Yo querría oírle hablar. Dicen que es un gran filósofo.
-¿Le decimos que hable? -propone un griego.
-No te entrometas, Teodato. Predica nubes. Le habría gustado al trágico para una sátira -responde otro griego.
-Cálmate, Aristóbulo. Parece que ahora está bajando de las nubes y va a lo concreto. ¿No ves que lleva un séquito de mujeres jóvenes y bonitas? -observa jocosamente un romano.
¡Pero si ésa es María de Magdala! -grita un griego, y luego llama:
«¡Lucio! ¡Cornelio! ¡Tito! ¡Oye, mirad a María, está ahí!
-¡No hombre no, no es ella! ¡María así! ¿Pero estás borracho?
-¡Te digo que es ella! ¡No me puedo equivocar, a pesar de que vaya tan cubierta!
Romanos y griegos se dirigen en masa hacia el grupo apostólico, que está atravesando al sesgo la plaza llena de pórticos y fuentes. Hay también mujeres que se unen a estos curiosos. Precisamente es una mujer la que va a ponerse casi debajo de la cara de María para verla mejor y… al ver que es ella y no otra, se queda de piedra. Pregunta: « ¿Qué haces así?»-y ríe burlona.
María se para, se endereza, levanta una mano y, echando hacia atrás el velo, se descubre el rostro. Aparece una María de Magdala dominadora poderosa sobre todo lo despreciable, y dueña, dueña ya de sus impresiones.
-Soy yo, sí -dice con su espléndida voz y con resplandores en sus preciosos ojos -Soy yo. Y me quito el velo para que no penséis que me avergüenzo de estar con estos santos.
-¡Oh! ¡María con los santos! ¡Pero mujer, ven, déjalos!
¡No te degrades a ti misma! -dice la mujer.
-Hasta ahora he vivido degradada. Pero ya no más.
-¿Pero estás loca? ¿O es un capricho? -dice.
-Ven conmigo, que soy más guapo y alegre que esa plañidera con bigotes que mortifica la vida y la convierte en un funeral. ¡Bella es la vida! ¡Es un triunfo! ¡Una orgía de júbilo! Ven, que sabré estar por encima de todos en hacerte feliz -dice un joven morenito, de cara zorruna -pero, no obstante, guapo -, y hace ademán de tocarla.
-¡Atrás! ¡No me toques! Bien has dicho: vuestra vida es una orgía, y además de entre las más vergonzosas; y me produce náuseas.
-¡Hasta hace poco era tu vida, eh! -responde el griego.
-¡Ahora… como una virgen! -dice un herodiano con una risita maliciosa.
-¡Tú desacreditas a los santos! Tu Nazareno va a perder la aureola contigo. Ven con nosotros -insiste un romano.
-Venid vosotros a seguirlo conmigo. Dejad de ser animales y haceos al menos hombres.
La respuesta es un coro de risotadas y burlas.
Sólo un anciano romano dice:
-Respetad a esa mujer. Es libre para hacer lo que quiera.
Yo la defiendo.
-¡El demagogo! ¡Mira lo que dice! ¿Te ha sentado mal el vino de ayer por la noche? -pregunta un joven.
-No, lo que pasa es que está hipocondríaco porque le duele la espalda» le responde otro.
Ve donde el Nazareno a que te la rasque.
-Voy a que me rasque el fango que se me ha pegado por estar con vosotros -responde el anciano.
-¡Oh, Crispo se ha pervertido a los sesenta años! -dicen muchos riéndose y haciendo un círculo en torno a él.
Mas el hombre al que han llamado Crispo no se preocupa de que se burlen de él y se echa a andar detrás de la Magdalena, la cual llega donde el Maestro, que se ha puesto a la sombra de un edificio bellísimo dispuesto en forma de exedra en dos lados de una plaza.
Y Jesús ya está batallando con un escriba que le está recriminando el hecho de su presencia en Tiberíades, y… con esa compañía.
-¿Y tú? ¿Por qué estás aquí? Esto respecto al hecho de estar en Tiberíades. Te digo, además, que en Tiberíades también hay almas a las que salvar, y más que en otros lugares -le responde Jesús.
-No se les puede salvar: son gentiles, paganos, pecadores.
-He venido para los pecadores. Para dar a conocer al Dios verdadero. A todos. También para ti he venido.
-No necesito maestros ni redentores: soy puro y docto.
-¡Si al menos lo fueras como para conocer tu estado!
-¡Y Tú como para saber cuánto te comprometes con la compañía de una meretriz!
-Te perdono. También en su nombre. Ella, humilde, anula su pecado; tú, por tu soberbia, doblas tus culpas.
-No tengo culpas.
-Tienes la culpa capital. No tienes amor.
El escriba dice:
-¡Raca! -y se vuelve.
-¡Por mi culpa, Maestro! -dice la Magdalena. Y, al ver la palidez de María Virgen, gime: «Perdóname. Hago que insulten a tu Hijo. Me retiraré…
-No. Tú te quedas donde estás. Lo quiero -dice Jesús con voz incisiva y con un centelleo tal en los ojos, un no sé qué de dominio en toda su persona, que le hace casi irresistible a la mirada. Y luego, más suavemente: «Tu te quedas donde estás, y si alguno no te soporta a su lado será él, sólo él, quien se marchará.
Y Jesús reanuda el paso en dirección a la parte occidental de la ciudad.
-¡Maestro! -llama el romano corpulento y entrado ya en años que ha defendido a la Magdalena.
Jesús se vuelve.
-Te llaman Maestro. Yo también te llamo así. Deseaba oírte hablar. Soy medio filósofo, medio hombre de mundo. Quizás puedas hacer de mí un hombre honesto.
Jesús lo mira fijamente y dice:
-Dejo la ciudad en que reina la bajeza de la animalidad humana, la ciudad de que es soberana la burla». Y reanuda su camino.
El hombre va detrás, sudando y con dificultad porque el paso de Jesús es ligero y él es gordo y ya mayor y gravado también por los vicios. Pedro, que se ha vuelto, advierte a Jesús.
-Déjalo que camine. No te preocupes de él.
Después de un poco es Judas Iscariote el que dice:
-Pero ese hombre nos viene siguiendo. ¡No está bien!
-¿Por qué? ¿Por piedad o por otro motivo?
-¿Piedad de él? No. Porque a más distancia nos sigue el escriba de antes con otros judíos.
-Déjalos. Pero hubiera sido mejor haber tenido piedad de él y no de ti.
-De ti, Maestro.
-No: de ti, Judas. Sé franco en comprender tus sentimientos y en confesarlos.
-Yo la verdad es que siento piedad también por el viejo.
Seguir tu paso es fatigoso, ¿sabes? -dice Pedro sudando.
-Ir tras la Perfección siempre es fatigoso, Simón.
El hombre los sigue incansable, tratando de estar cerca de las mujeres, aunque no les dirige nunca la palabra.
La Magdalena llora silenciosamente bajo su velo.
-No llores, María -la consuela la Virgen tomándola de la mano -Después el mundo te respetará. Los primeros días son los más penosos.
-¡Oh, no es por mí! ¡Es por Él! Si le procurase algún mal, yo no me lo perdonaría. ¿Has oído lo que ha dicho el escriba? Lo comprometo.
-¡Pobre hija! ¿No sabes que estas palabras silban como serpientes alrededor de Jesús desde cuando todavía no pensabas venir a Él? Me ha dicho Simón que ya desde el año pasado lo acusaban de esto, porque curó a una leprosa que había sido pecadora, vista en el momento del milagro y nunca más, y más mayor que yo, que soy su Madre. ¿No sabes que tuvo que huir de Agua Especiosa porque una desdichada hermana tuya había ido allí para redimirse? No teniendo pecado, ¿cómo crees que lo pueden acusar? Con embustes.
¿Dónde los pueden encontrar? En su misión entre los hombres. Esgrimen la buena acción como prueba de pecado.
Cualquier cosa que hiciera mi Hijo para ellos sería siempre pecado. Si se clausurase en una vida eremítica, sería culpable de desatender al pueblo de Dios; desciende a vivir en medio de su pueblo y es culpable de hacerlo.
Para ellos siempre es culpable.
-¿Entonces son odiosamente malos?
-No. Están obstinadamente cerrados a la Luz. Él, mi Jesús, es el eterno Incomprendido; y siempre, y cada vez más, lo será.
-¿Y no padeces por ello? Te veo muy serena.
-Calla. Es como si mi corazón estuviera envuelto en espinas incandescentes. Cada vez que respiro sufro sus pinchazos. ¡Pero que no lo sepa! Me muestro así para sostenerlo con mi serenidad. Si no lo conforta su Mamá, ¿dónde podrá hallar alivio mi Jesús? ¿En qué pecho podrá reclinar su cabeza sin que lo hieran o calumnien por hacerlo? Bien justo es, pues, que, pasando por encima de las espinas que ya me laceran el corazón y de las lágrimas que bebo en las horas de soledad, deposite un suave manto de amor, ponga una sonrisa, cueste lo que cueste, para tranquilizarlo más, tranquilizarlo más hasta… hasta cuando la ola del odio sea tal, que ya nada le sirva, ni siquiera el amor de su Mamá…
María tiene dos surcos de llanto en su pálido rostro. (Es como si mi corazón estuviera envuelto en espinas incandescentes. En una larga nota autógrafa, que ocupa las cuatro caras de un folio doblado e introducido en este lugar de la copia mecanografiada, María Valtorta, entre otras cosas, explica que […] De la misma forma que es verdad que María, por ser inmaculada, había debido quedar exenta del dolor, así como quedó exenta de la corrupción de la muerte, es también verdad que, como Corredentora debió padecer, en su corazón y espíritu inmaculados, cuanto su Hijo padeció en la carne, en el corazón y espíritu santísimos. Es más, precisamente por la plenitud que había en Ella de todos los dones divinos, comprendió que sus privilegiadas y "únicas" condiciones de Inmaculada y de Madre de Dios le habían sido concedidas en previsión de la Pasión del Redentor, y que, por tanto, esta especialísima condición suya de gloria -segunda sólo respecto a la infinita gloria de Dios-le había sido dada a precio del Sacrificio del Hijo de Dios y suyo, del derramamiento total de esa Sangre divina y de la inmolación de esa Carne divina que se habían formado en su seno virginal, con su sangre virginal, y que habían sido nutridos con su leche virginal. También el conocer esto era causa de dolor. Un dolor que se fundía con el gozo, tan vasto y profundo como el dolor. […] Y no sólo eso, sino que, también por la plenitud que había en Ella de los dones divinos, María conoció anticipadamente o contemporáneamente e intelectivamente todo el complejo sufrimiento de su Hijo. Sobre su alma de Inmaculada, llena de la Luz de Dios, se proyectó siempre la sombra dolorosa de la Cruz y de todas las luchas y obstáculos que precederían a la Pasión y afligirían su Jesús […).
Las dos hermanas la miran conmovidas.
-Pero nos tiene a nosotras, que lo queremos. Y a los apóstoles… -dice Marta para consolarla.
-Os tiene a vosotras, sí. Tiene a los apóstoles… Todavía muy por debajo de su misión… Y mi dolor es más fuerte aún porque sé que El no ignora nada…
-¿Entonces sabrá también que yo lo quiero obedecer hasta el holocausto si es necesario? -pregunta la Magdalena.
-Lo sabe. Eres una gran alegría en su duro camino.
-¡Oh, Madre! -y la Magdalena toma la mano de María y la besa con visible afecto.
Tiberíades termina en las huertas del arrabal. Más allá está el camino polvoriento que conduce a Caná, entre huertos de árboles frutales por un lado y, por el otro lado, una serie de prados y campos agostados por el verano.
Jesús se adentra en uno de los huertos. Se detiene bajo la sombra de los tupidos árboles. Llegan las mujeres y luego el jadeante romano, que realmente ya no puede más. Se pone un poco separado; no habla, pero mira.
-Mientras descansamos comemos -dice Jesús -Allí hay un pozo y al lado un campesino. Id a pedirle agua.
Van Juan y Judas Tadeo. Vuelven con una jarra que gotea seguidos del campesino, el cual ofrece unos espléndidos higos.
-Que Dios te lo compense en salud y en cosecha.
-Dios te proteja. ¿Eres el Maestro, verdad?
-Lo soy.
-¿Vas a hablar aquí?
-Nadie lo desea.
-Yo, Maestro. Más que el agua, que tan buena es para quien tiene sed -grita el romano.
-¿Tienes sed?
-Mucha. He venido detrás de ti desde la ciudad.
-No faltan en Tiberíades fuentes de agua fresca.
-No me entiendas mal, Maestro, o no aparentes que me entiendes mal. He venido siguiéndote para oírte hablar.
-¿Y por qué?
-No sé ni por qué ni cómo. Ha sido viéndola a ella (y señala a la Magdalena). No sé. Algo me ha dicho: "Ese hombre te dirá lo que todavía no sabes". Y he venido».
-Dad a este hombre agua e higos. Que conforte su cuerpo.
-¿Y la mente?
-La mente encuentra refrigerio en la Verdad.
-Por esto te he seguido. He buscado la Verdad en lo cognoscible. He encontrado la corrupción. Incluso en las mejores doctrinas hay siempre algo que no es bueno. Me he rebajado hasta acabar siendo un hombre nauseado y nauseabundo, sin más futuro que la hora que vivo.
Jesús lo mira fijamente mientras come el pan y los higos que le han traído los apóstoles.
Pronto termina la comida.
Jesús, permaneciendo sentado, empieza a hablar, como si estuviera exponiendo una simple lección a sus apóstoles.
El campesino también se queda cerca.
-Muchos son los que se pasan la vida buscando la Verdad sin llegar a encontrarla. Parecen dementes que quieren ver teniendo una coraza de bronce que les tapa los ojos, y buscan con aspavientos espasmódicos, tan convulsamente, que se alejan cada vez más de la Verdad, o la tapan arrojando encima de ella cosas que su propia búsqueda frenética remueve y hace caer. No puede sucederles sino esto, porque buscan donde la Verdad no puede estar. Para encontrar la Verdad es necesario unir el intelecto con el amor y mirar las cosas no sólo con ojos sabios sino también con ojos buenos, porque la bondad vale más que la sabiduría.
El que ama siempre encuentra una huella que conduce a la Verdad.
Amar no quiere decir gozar (sólo) de una carne y para la carne. Eso no es amor. Es sensualidad. Amor es el afecto de corazón a corazón, de parte superior a parte superior, por el que en la compañera no se ve esclava sino la generadora de los hijos, sólo eso, o sea, la mitad que forma con el hombre un todo que es capaz de crear una vida, varias vidas; o sea, la compañera que es madre, hermana, hija del hombre, que es más débil que un recién nacido o más fuerte que un león, según los casos, y que, como madre, hermana, hija, debe ser amada con respeto confidencial y protector. Lo que no es cuanto Yo digo no es amor, es vicio. No conduce hacia arriba sino hacia abajo, no a la Luz sino a las Tinieblas, no a las estrellas sino al fango. Amar a la mujer para saber amar al prójimo, amar al prójimo para saber amar a Dios.
He aquí la vía de la Verdad. La verdad está aquí, hombres que la buscáis. La Verdad es Dios. La clave para comprender lo cognoscible está aquí. Doctrina, sin defecto sólo la de Dios. ¿Cómo podrá el hombre dar respuesta a sus porqués, si no tiene a Dios que le responda? ¿Quién podrá descubrir los misterios de la creación -aun sólo y simplemente éstos -sino el Hacedor supremo que lo ha hecho? ¿Cómo comprender el prodigio vivo que es el hombre, ser en que se fusiona perfección animal con aquella perfección inmortal que es el alma? Si, dioses somos si tenemos viva en nosotros el alma, es decir, libre aquellas culpas que envilecerían incluso al animal y que, no obstante, el hombre cumple y se gloría de cumplir.
A vosotros, buscadores de la Verdad, os digo las palabras de Job: “Pregunta a los jumentos y te instruirán, a las aves y te lo indicarán. Habla a la tierra y ella te responderá, a los peces y te lo darán a conocer".
Sí, la tierra, esta tierra que verdece, esta tierra florida, esta fruta le va creciendo en los árboles, estas aves que procrean, estas corrientes de viento que distribuyen las nubes, este Sol que no yerra su alba desde hace siglos y milenios… todo habla de Dios, todo da explicación de Dios, todo descubre y revela a Dios. Si la ciencia no se apoya en Dios viene a ser error, y no eleva; antes bien, degrada. El saber no es corrupción si es religión. Quien sabe en Dios no cae porque siente su dignidad, porque cree en su futuro eterno. Mas es necesario buscar al Dios real, no fantasmas, que no son dioses sino sólo delirios de hombres envueltos en las vendas de la ignorancia espiritual, por lo cual no hay traza de sabiduría en sus religiones ni de verdad en sus fes.
Toda edad es buena para venir a la sabiduría. Es más, siguiendo con Job, se lee: Al atardecer te nacerá como una luz meridiana; cuando te creas acabado, surgirás como la estrella de la mañana. Te verás lleno de confianza por la esperanza a ti reservada".
Basta la buena voluntad de encontrar la Verdad, y antes o después la Verdad se dejará encontrar. Pero, una vez hallada, ¡ay de quien no la siga! imitando a los obstinados de Israel, los cuales, teniendo ya en su mano el hilo conductor para encontrar a Dios -todas las cosas que de mí afirma el Libro -, no quieren someterse a la Verdad, y la odian, acumulando en su intelecto y en su corazón los cúmulos del odio y las fórmulas, y no saben que la tierra, a causa del excesivo peso, se abrirá bajo su paso -que se cree victorioso cuando en realidad no es sino un paso de esclavo de los legalismos, del rencor, de los egoísmos -y se los tragará y caerán al lugar de los culpables conscientes de un paganismo que es más culpable que el que algunos pueblos se han dado a sí mismos para tener una religión con que conducirse.
Yo, de la misma forma que no rechazo al hijo de Israel que se arrepiente, no rechazo tampoco a estos idólatras que creen en aquello que les fue propuesto para que lo creyeran, y que, dentro, en su interior, gimen: "¡Dadnos la Verdad!".
He dicho. Ahora descansemos en esta hierba, si este hombre lo permite. Al atardecer iremos a Caná».
-Señor, te dejo. Esta misma noche me iré de Tiberíades, pues no quiero profanar la ciencia que me has dado. Dejo esta tierra. Me retiraré con mi siervo a las costas de Lucania. Tengo allá una casa. Mucho es lo que me has dado.
Comprendo que más no puedes darle al viejo epicúreo. Pero con lo que me has dado ya tengo como para reconstruir un pensamiento. Y… pide a tu Dios por el viejo Crispo, el único de Tiberíades que te escuchó. Ruega porque antes del desfiladero de Líbítina pueda volver a escucharte, y, con la capacidad que espero poder crear en mí sobre la base de tus palabras, comprenderte mejor y comprender mejor la Verdad. Adiós, Maestro». Y hace un saludo a la romana.
Pero luego, al pasar junto a las mujeres, que están sentadas un poco aparte, se inclina ante María de Magdala y le dice:
-Gracias, María. Fue un bien el conocerte. A tu viejo compañero de festines le has dado el tesoro que buscaba.
Si llego a donde tú ya estás, será gracias a ti. Adiós.
Y se marcha.
La Magdalena se cruza las manos sobre su corazón con expresión asombrada y radiante. Luego, de rodillas, se arrastra hasta donde Jesús.
-¡Oh! ¡Señor! ¡Señor! ¿Entonces es verdad que puedo conducir otros al Bien? ¡Oh, mi Señor! ¡Esto es demasiada bondad!
Y, curvándose hasta meter su rostro en la hierba, besa los pies de Jesús y los humedece de nuevo con el llanto -ahora de agradecimiento-de la gran enamorada de Magdala.
por makf | 3 Sep, 2025 | Evangelio Parte 3
La barca costea el trecho que va de Cafarnaúm a Magdala. María de Magdala está, por primera vez, en su postura habitual de convertida: sentada en el fondo de la barca a los pies de Jesús, el cual está sentado, con porte grave, en uno de los bancos de la barca. El rostro de la Magdalena tiene hoy un aspecto muy distinto del de ayer; no es todavía ese rostro radiante de la Magdalena que sale al encuentro de su Jesús cada vez que Él va a Betania, pero es ya un rostro liberado de temores y tormentos; y su mirada, que antes reflejaba humillación -antes aún, desfachatez-, ahora es seria, pero segura, y en su noble seriedad brilla de vez en cuando una chispa de alegría escuchando a Jesús, que habla con los apóstoles o con su Madre y Marta.
Van hablando de la bondad de Porfiria, tan sencilla y amorosa, y de la afectuosa acogida de Salomé, y de las mujeres e hijas de Bartolomé y Felipe. Éste dice:
-Si no fuera porque son todavía muy niñas, y su madre es contraria a que estén por los caminos, también te seguirían, Maestro.
-Me sigue su alma; es igualmente santo amor. Felipe, escúchame. Tu hija mayor está para prometerse, ¿no?
-Sí, Maestro. Dignos esponsales y un buen esposo, ¿no es verdad, Bartolomé?
-Es verdad. Lo puedo garantizar porque conozco a la familia. No he podido aceptar hacer yo la propuesta, pero lo habría hecho si no estuviera ocupado en el seguimiento del Maestro, con plena tranquilidad de crear una santa familia.
-Pero la muchacha me ha rogado que te dijera que no hicieras nada.
-¿No le gusta el novio? Está en un error. De todas formas, la juventud no tiene seso. Espero que se persuada. No hay razón para rechazar a un excelente esposo. A menos que…
¡No, no es posible! -dice Felipe.
-¿A menos que…? Termina, Felipe -incita Jesús.
-A menos que ame a otro. Pero eso no es posible. No sale nunca de casa y en casa vive muy retirada. ¡No es posible!
-Felipe, hay amadores que penetran hasta en las casas más cerradas y saben hablar a sus amadas a pesar de todas las barreras y vigilancias; derriban cualquier obstáculo (viudez o juventud bien custodiadas… u otros) y las consiguen. Hay amadores que no pueden ser rechazados, porque su anhelo es impositivo, porque vencen seductoramente toda posible resistencia, hasta la del mismo diablo. Pues bien, tu hija ama a uno de éstos, y además al más poderoso.
-¿Y quién es? ¿Uno de la corte de Herodes?
-¡Eso no es poder!
-¿Uno… uno de la casa del Procónsul?, ¿un patricio romano? No lo permitiré de ninguna manera. La sangre pura de Israel no tendrá contacto con la impura. Aunque tuviera que matar a mi hija. ¡No sonrías, Maestro, que yo sufro!
-Porque estás como un caballo encabritado. Ves sombras donde sólo hay luz. ¡Tranquilízate, hombre! El Procónsul no es más que un siervo también, como lo son también sus amigos patricios; y siervo es el César.
-¡Estás bromeando, Maestro! Querías meterme miedo. Nadie hay mayor que César, ni con más autoridad que él.
-¿Y Yo, Felipe?
-¡Tú! ¿Tú quieres casarte con mi hija!
-No. Con su alma. Soy Yo el amante que penetra en las casas más cerradas y en los corazones -más cerrados aún: con un sinfín de llaves-. Soy Yo el que sabe hablar a pesar de todas las barreras y vigilancias, el que abate todo obstáculo y toma lo que anhela: puros o pecadores, vírgenes o viudos, de vicios libres o esclavos. Doy a todos ellos un alma única y nueva, regenerada, beatificada, eternamente joven. Son mis esponsales. Y nadie puede negarme mis dulces presas; ni el padre, ni la madre, ni los hijos, ni siquiera Satanás. Sea que hable al alma de una joven como tu hija, sea que se trate de un pecador envuelto en el pecado y encadenado por Satanás con siete cadenas, el alma viene a mí. Y nada ni nadie me las arrebatará. No hay riqueza, ni poder, ni alegría del mundo, que comunique esa leticia perfecta, propia de quienes se desposan con mi pobreza, con mi mortificación: despojados de todo pobre bien; vestidos de todo bien celeste. Jubilosos, con esa beatitud de ser de Dios, sólo de Dios… son los señores de la tierra y del Cielo: de la primera, porque la dominan; del segundo, porque lo conquistan.
-¡Nunca ha sido así en nuestra Ley! -exclama Bartolomé.
-Despójate del hombre viejo, Natanael. La primera vez que te vi te saludé definiéndote perfecto israelita sin engaño. Pero ahora eres de Cristo, no de Israel. Sélo sin engaño y sin ataduras. Revístete de esta nueva mentalidad.
Si no, habrá muchas bellezas de la redención que he venido a traer a toda la Humanidad que no podrás entender.
Felipe interviene diciendo:
-¿Y dices que has llamado a mi hija? ¿Y ahora qué hará? Yo ciertamente no me voy a oponer, pero quisiera saber, incluso para ayudarla, en qué consiste su llamada…
-En llevar a las azucenas de amor virginal al jardín de Cristo. ¡Habrá muchas en los siglos futuros!… ¡Muchas! Macizos de incienso para contrapesar las sentinas de vicios; almas orantes para contrapesar a blasfemos y ateos; auxilio en todas las desdichas humanas: alegría de Dios.
María de Magdala abre los labios para preguntar (lo hace ruborizándose todavía, aunque con más soltura que los otros días):
-¿Y nosotros, las ruinas que Tú reconstruyes, qué acabamos siendo?
-Lo mismo que las hermanas vírgenes…
-¡Oh, no es posible! Hemos pisado demasiado fango y… y… no puede ser.
-¡María, María! Jesús no perdona nunca a medias. Te ha dicho que te ha perdonado y así es. Tú, y todos los que como tú han pecado y han sido perdonados por mi amor, que con vosotros se desposa, perfumaréis, oraréis, amaréis, consolaréis, siendo conscientes ya del mal y aptos para curarlo donde se encuentra, siendo almas mártires ante los ojos de Dios, y amadas, por tanto, como las vírgenes».
-¿Mártires? ¿En qué, Maestro?
-Contra vosotras mismas y los recuerdos del pasado, y por sed de amor y expiación.
-¿Lo debo creer?…
La Magdalena mira a todos los que están en la barca, pidiendo confirmación a la esperanza que se enciende en ella.
-Pregúntaselo a Simón. Una noche estrellada, en tu jardín, hablé de ti y de vosotros pecadores en general. Todos tus hermanos te pueden decir si mi palabra no cantó los prodigios de la misericordia y la inversión respecto a todos los redimidos.
-Me lo ha expresado también el niño, con voz de ángel. He vuelto con el alma confortada después de su lección. Por él te he conocido mejor aún que por mi hermana, tanto que hoy me sentía más fuerte de afrontar el regreso a Magdala. Y, ahora que me dices esto, siento crecer mi fortaleza. He dado escándalo al mundo, pero te juro, mi Señor, que ahora el mundo al mirarme comprenderá tu poder.
Jesús deposita un momento la mano sobre su cabeza, mientras María Santísima le sonríe como ella sabe hacer: paradisíacamente.
-Ya se ve Magdala, que se extiende en el borde del lago. De frente, el sol naciente; a sus espaldas, la montaña de Arbela, que la protege del viento, y el estrecho valle peñascoso y agreste (por el que desemboca un pequeño torrente en el lago) que se adentra hacia el occidente, con sus paredes rocosas a pico, llenas de una belleza seductora y severa.
-¡Maestro! -grita Juan desde la otra barca -ahí está el valle de nuestro retiro… -y se ilumina su rostro como si se hubiera encendido un sol en su interior.
-Nuestro valle. Sí, lo has reconocido bien.
-No se puede no recordar los lugares en que se ha conocido a Dios -responde Juan.
-Entonces yo recordaré siempre este lago, porque aquí te he conocido. ¿Sabes, Marta, que aquí vi al Maestro una mañana?…
-Sí, y por poco si no nos vamos todos al fondo, nosotros y vosotros. Mujer, créeme, tus remadores no valían un comino -dice Pedro, que está haciendo la maniobra para tomar tierra.
-No valían nada ni los remadores ni quienes con ellos iban… Pero de todas formas fue el primer encuentro y eso vale mucho. Luego te vi en el monte, luego en Magdala, luego en Cafarnaúm… Muchos encuentros, muchas cadenas rotas… Pero Cafarnaúm ha sido el lugar más hermoso porque allí me has liberado…
Ponen pie en tierra. Ya han bajado los de la otra barca. Entran en la ciudad.
La curiosidad simple o… no simple de los habitantes de Magdala debe ser como una tortura para la Magdalena. Pero ella la soporta heroicamente, siguiendo al Maestro, que va delante, en medio de todos sus apóstoles, mientras que las tres mujeres van detrás de ellos. El cuchicheo es fuerte; no falta la ironía. Todos los que, aparentemente, por temor a represalias, respetaban a María cuando era la poderosa dominadora de Magdala, ahora, que la ven separada para siempre de sus amigos pudientes, humilde y casta, se permiten manifestaciones de desprecio y epítetos poco lisonjeros.
Marta, que sufre tanto como ella por esto, le pregunta:
-¿Quieres retirarte a casa?
-No. No dejo al Maestro. Y antes de que la casa no haya sido purificada de todo recuerdo del pasado no lo invito a entrar.
-¡Pero estás sufriendo, hermana!…
-Me lo he merecido.
Y la verdad es que debe sufrir: el sudor que aljofara su rostro y el rubor que la cubre -incluso en el cuello-no se deben sólo al calor.
Cruzan toda Magdala y van a los barrios pobres, a la casa en que se detuvieron la otra vez. La mujer se queda de piedra cuando alza la cabeza del lavadero para ver quién la saluda y se encuentra de frente a Jesús y a la bien conocida señora de Magdala, y ve que ésta ya no tiene apariencia pomposa, ni va cargada de joyas, sino que tiene la cabeza cubierta con un velo ligero de lino, y lleva un vestido de color brusela, de cuello cerrado, estrecho (se ve claramente que no es suyo, a pesar del trabajo realizado para transformarlo), y va envuelta en un tupido manto que con ese calor debe ser un suplicio.
-¿Me permites estar en tu casa y hablar desde aquí a los que me siguen? (0 sea, a toda Magdala, porque toda la población se ha ido agregando al grupo apostólico).
-¿Me lo preguntas, Señor? ¡Pero si mi casa es tuya!
La mujer se pone en movimiento para traer sillas y bancos para las mujeres y los apóstoles.
Cuando pasa delante de la Magdalena hace una reverencia de esclava. «Paz a ti, hermana» responde ésta. La sorpresa de la mujer es tal que deja caer el pequeño banco que tenía cogido; pero guarda silencio (de todas formas, esta reacción me hace pensar que María trataba a sus súbditos en forma más bien soberbia); y se queda ya completamente pasmada cuando oye que le pregunta cómo están sus hijos, dónde están, y si la pesca ha sido abundante.
-Están bien… en la escuela o con mi madre. Sólo el pequeño está aquí, durmiendo en la cuna. La pesca es buena. Mi marido te llevará el diezmo…
-Ya no es el caso. Úsalo para tus niños. ¿Me dejas ver al pequeñín?
-Ven….
La gente se ha ido aglomerando en la calle. Jesús empieza a hablar:
Una mujer tenía diez dracmas en su bolsa. Pero, con un movimiento, la bolsa cayó de su pecho, se abrió y las monedas rodaron por el suelo. Las recogió con la ayuda de las vecinas que estaban presentes; las contó: eran nueve. La décima no se encontraba. Dado que se acercaba la noche y la luz empezaba a faltar, la mujer encendió una lámpara, la puso en el suelo y, tomando una escoba, se puso a barrer atentamente para ver si había rodado lejos del lugar donde había caído. Pero la dracma no aparecía. Las amigas, cansadas de buscar, se marcharon.
La mujer corrió entonces el arquibanco, el bazar, el pesado baúl, movió las ánforas y orzas que estaban en el nicho de la pared. La dracma no aparecía. Entonces se puso a gatas y buscó en el montón de la barredura que estaba puesto contra la puerta de la casa, para ver si la dracma había rodado afuera y se había mezclado con los desperdicios de las verduras. Y por fin encontró la dracma, toda sucia, casi sepultada por los desperdicios que le habían caído encima.
Llena de alegría, la mujer cogió la dracma, la lavó, la secó. Ahora era más bonita que antes. Gritó para llamar a las vecinas de nuevo -que se habían ido después de haberla ayudado en los primeros momentos de la búsqueda-y se la enseñó diciendo: "¿Veis? Me aconsejabais que no me cansara más. Pero he insistido y he encontrado la dracma perdida. Alegraos, pues, conmigo, que no he perdido ninguno de mis bienes".
Pues vuestro Maestro, y con Él sus apóstoles, hace como la mujer de la parábola. Sabe que un movimiento puede hacer que caiga al suelo un tesoro. Toda alma es un tesoro. Y Satanás, envidioso de Dios, provoca los falsos movimientos para que caigan las pobres almas. Hay quien en la caída se queda junto a la bolsa, o sea, se aleja poco de la Ley de Dios que recoge las almas en la salvaguardia de los Mandamientos; hay quien se aleja más, o sea, se aleja más de Dios y de su Ley; en fin, hay quien va rodando hasta caer en la barredura, en la inmundicia, en el barro… y ahí acabaría pereciendo, ardiendo en el fuego eterno, de la misma forma que la basura se quema en los lugares apropiados.
El Maestro lo sabe y busca incansable las monedas perdidas. Las busca por todas partes, con amor. Son sus tesoros. Y no se cansa ni nace ascos de nada; antes al contrario, hurga, hurga, remueve, barre… hasta que encuentra. Una vez que ha encontrado, lava con su -perdón al alma hallada, y convoca a los amigos -todo el Paraíso y todos los buenos de la tierra-, y dice: "Alegraos conmigo porque he encontrado lo que se había perdido, y es más hermoso que antes porque mi perdón lo hace nuevo".
En verdad os digo que hay gran regocijo en el Cielo y exultan los ángeles de Dios y los buenos de la Tierra por un pecador que se convierte. En verdad os digo que no hay cosa más hermosa que las lágrimas del arrepentimiento. En verdad os digo que los únicos que ni saben ni pueden exultar por esta conversión, que es un triunfo de Dios, son los demonios. Y también os digo que el modo en que un hombre acoge la conversión de un pecador es medida de su bondad y unión con Dios.
La paz sea con vosotros.
La gente comprende la lección y mira a la Magdalena, que se había sentado en la puerta con el lactante en sus brazos (quizás para cubrir su azoramiento), y se van marchando lentamente, de forma que quedan sólo la dueña de la casuca y la madre, que había venido con los niños. Falta Benjamín, porque está todavía en la escuela.