149- La visita a Juan el Bautista, motivo de instrucción a los apóstoles

Señor, ¿por qué no duermes durante la noche? Hoy me he levantado, he ido a tu sitio y lo he visto vacío -dice Simón Zelote.

-¿Para qué me querías, Simón?

-Para dejarte mi manto. Temía que tuvieses frío: la noche estaba serena, pero muy fresca.

-¿Y tú no tenías frío?

-Yo, durante muchos años de miseria, me he acostumbrado a vestido, comida y vivienda insuficientes… ¡Ah…, qué horror ese valle de los muertos! No era apropiado en esta ocasión, pero otra vez que bajemos a Jerusalén -es evidente que volveremos, ¿no? -visita, mi Señor, esos lugares de muerte. Allí hay muchos desdichados… Y la miseria corporal no es la más grave… Lo que allí más carcome y consume es la desesperación… ¿No crees, mi Señor, que somos demasiado duros con los leprosos?

Pero antes de que responda Jesús a Simón Zelote, que está hablando en favor de sus antiguos compañeros, lo hace el Iscariote. Dice:

-¿Y entonces propones dejarlos mezclados con el pueblo?

¡Si son leprosos peor para ellos!
-¡Lo único que faltaba para hacer de los hebreos mártires!

¡Hasta la lepra paseándose por las calles, con los soldados y las otras cosas!… -exclama Pedro.

-Separarlos me parece una medida de justa prudencia

-observa Santiago de Alfeo.

-Sí, pero con piedad. No sabes lo que es ser leproso. No puedes opinar sobre ello. Justo es cuidar de nuestros cuerpos, pero ¿por qué no ejercitamos la misma justicia con las almas de los leprosos? ¿Quién les habla de Dios?

¡Y sólo Dios sabe cuán grande es su necesidad de pensar en un Dios y en la paz, en la atroz desolación en que viven!

-Tienes razón, Simón. Iré a visitarlos, tanto en razón de la justicia como por enseñaros este acto de misericordia.

Hasta ahora he curado a los leprosos que se han cruzado en mi camino. Hasta este momento, o sea, hasta cuando me han echado de Judá, me he dirigido a los grandes de Judá como a los más lejanos y necesitados de redención, para que colaborasen con el Redentor. Pues bien, ahora dejo este propósito, convencido como estoy de su inutilidad. Iré a los más pequeños, no a los grandes; a los míseros de Israel, y entre éstos a los leprosos del valle de los muertos. No pienso defraudar la fe que tienen en mí estos hombres evangelizados por un leproso agradecido.

-¿Cómo has sabido que lo hice, Señor?
-De la misma forma que sé lo que de mí piensan amigos o enemigos, porque escruto su corazón.

-¡Misericordia! Pero entonces, ¿sabes absolutamente todo de nosotros, Maestro? -grita Pedro.

-Sí. También que tú -y no sólo tú-querías alejar a Fotinai. ¿No sabes que no te es lícito alejar a un alma del bien? ¿No sabes que para entrar en un territorio necesariamente se debe tener piedad, llena de dulzura, extensiva incluso a aquellos a quienes la sociedad que no es santa porque no está ensimismada en Dios -llama y juzga indignos de piedad?

De todas formas, no te turbes porque Yo sepa esto. Duélate sólo el que tu corazón tenga movimientos que Dios no aprueba, y esfuérzate por no volver a tenerlos.

Ya os lo he dicho: el primer año ha terminado, en éste seguiré adelante por mi camino, con nuevas formas; vosotros también tenéis que progresar durante este segundo año; si no, sería inútil que me cansase evangelizándoos, hiperevangelizándoos, a vosotros, mis futuros sacerdotes.

-¿Habías ido a orar, Maestro? Nos prometiste que nos enseñarías tus oraciones. ¿Lo piensas hacer este año?

-Lo haré. De todas formas, quiero enseñaros a que seáis buenos; la bondad es ya oración. Pero lo haré, Juan.

-¿Este año nos vas a enseñar también a hacer milagros? -pregunta el Iscariote.

-El milagro no se enseña, no es un juego malabar; el milagro viene de Dios y lo obtiene quien goza de gracia ante Dios. Si aprendéis a ser buenos, gozaréis de gracia y obtendréis el don de milagros.

Sigues sin dar respuesta a nuestra pregunta. Lo ha preguntado Simón, lo ha preguntado Juan, y no nos has dicho a dónde has ido esta noche. Salir tan solo, en una región pagana, puede ser peligroso.

-He ido a llevar dicha a un corazón recto, y, puesto que está abocado a la muerte, a recoger su herencia.

-¿Sí? ¿Era mucha?
-Mucha, Pedro, y de mucho valor, fruto del trabajo de un verdadero justo.

-Pues… no he visto tu bolsa más llena. ¿Son joyas? ¿Las llevas en el pecho?
-Sí, son joyas muy estimadas por mi corazón.
-Enséñanoslas, Señor.
-Las tendré cuando muera el que está para morir. Por el momento, dejándolas donde están, son útiles a ambos, a él y a mí.

-¿Las has puesto a producir interés?
-¿Pero tú crees que lo único que tiene valor es el dinero!

El dinero es la cosa más inútil y sucia que hay sobre la faz de la Tierra; sólo sirve para la materia, para cometer delitos y para el infierno. Raramente el hombre lo usa para el bien.

-Entonces, si no es dinero, ¿qué es?
-Tres discípulos formados por un santo.
-¿Has estado donde Juan el Bautista? ¡Oh!, ¿por qué?
-¿Por qué!… Vosotros siempre me tenéis, y entre todos valéis menos que una sola uña del Profeta. ¿No era, acaso, justo ir a llevarle al santo de Israel la bendición de Dios para fortalecerlo en orden al martirio?

-Pero, si es santo… no necesita fortalecimiento; ¡se basta a sí mismo!…

-Llegará el día en que "mis" santos serán conducidos ante los jueces y a la muerte. Serán santos, estarán en gracia de Dios, tendrán el refrigerio de la fe, la esperanza y la caridad; sin embargo, ya oigo su grito, el de su espíritu:

"¡Señor, ayúdanos en esta hora!". Necesitan mi ayuda, mis santos, para ser fuertes en las persecuciones.

Pero… nosotros no seremos éstos, ¿no es verdad?, porque yo no tengo, de ninguna manera, capacidad de sufrir.

-Eso es cierto; no tienes la capacidad de sufrir; pero no has sido todavía bautizado, Bartolomé».

-Sí, lo he sido.

-Con agua. Te falta otro bautismo. Entonces sabrás sufrir.
-Soy ya viejo.
-Pasarán los años y, siendo mucho más viejo que ahora, serás más fuerte que un joven.
-Pero nos seguirás ayudando, ¿no?
-Estaré siempre con vosotros».

-Intentaré acostumbrarme al sufrimiento -dice Bartolomé.

-Yo oraré siempre, ya desde este momento, para obtener de ti esta gracia -dice Santiago de Alfeo.

-Yo soy viejo; sólo pido precederte y entrar contigo en la paz -dice Simón Zelote.

-Yo… no sé lo que preferiría, si precederte o estar a tu lado para morir juntos -dice Judas de Alfeo.

-A mí me dolería sobrevivirte, pero me consolaría predicándote a las gentes -profesa el Iscariote.

-Yo soy de la idea de tu primo -dice Tomás.
-Yo, sin embargo, pienso como Simón el Zelote -dice Santiago de Zebedeo.

-¿Y tú, Felipe?

-Bueno… no quiero pensar en ello. El Eterno me dará lo que sea mejor.
-¡Oh…, callad! ¡Parece como si el Maestro debiera morir pronto! ¡No me hagáis pensar en su muerte! -exclama Andrés.
-Es así, como has dicho, hermano mío. Eres joven y estás sano, Jesús; debes enterrarnos a todos los de más edad que Tú.
-¿Y si me mataran?
-¡Que no te suceda jamás! ¡Te vengaría!
-¿Cómo? ¿Con venganza de sangre?
-¡Hombre, pues… incluso con sangre si me autorizas! Si no, cancelando las acusaciones lanzadas contra ti con mi profesión de fe ante las gentes. El mundo te amará por mi infatigable predicación -termina Pedro.

-Es cierto. Así será. ¿Y tú, Juan? ¿Y tú, Mateo?
-Yo debo sufrir y esperar a haber lavado mi espíritu con abundancia de dolor -dice Mateo.

-Y yo… no sé. Yo quisiera morir inmediatamente para no verte sufrir; quisiera estar a tu lado para consolar tu agonía; quisiera vivir mucho para servirte durante mucho tiempo; quisiera morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Cualquier cosa querría, porque te amo. Y yo, que soy el menor entre mis hermanos, pienso que todo esto me será posible con tal de que sepa amarte a la perfección. ¡Jesús, aumenta tu amor! -dice Juan.

-Querrás decir: “Aumenta mi amor" - comenta el Iscariote -, porque somos nosotros quienes debemos amar cada vez más…

-No. Digo: "Aumenta tu amor", porque nosotros amaremos en la medida en que Él nos encienda cada vez más con su amor.

Jesús arrima hacia sí al puro y apasionado Juan, lo besa en la frente y le dice:

-Has revelado un misterio de Dios sobre la santificación de los corazones. Dios se efunde sobre los justos, y, en la medida en que éstos se rinden a su amor, Él lo va aumentando, y así crece la santidad. Éste es el misterioso e inefable actuar de Dios y de los espíritus; se cumple en los silencios místicos, y, su potencia, indescriptible con humanas palabras, crea indescriptibles obras maestras de santidad. No es un error, sino palabra sabia, pedir que Dios aumente su amor en un corazón.

148- Jesús visita a Juan el Bautista en las cercanías de Enón

Es una clara noche de luna. Tan nítida, que el terreno aparece con todos sus detalles, y los campos, con el trigo nacido pocos días antes, parecen alfombras de felpa verdeplata vareteadas con las listas oscuras de los senderos; velándolas están los troncos de los árboles: del todo blancos por el lado de la Luna; del todo negros por el lado oeste.

Jesús va caminando seguro y solo. Avanza muy deprisa por su camino, hasta que se encuentra con un curso de agua que desciende gorgoteando hacia la llanura en dirección norte-este. Remonta su curso hasta un lugar solitario al lado de una escarpadura cubierta de vegetación espesa. Tuerce otra vez, trepando por un sendero, y llega a un refugio natural de la ladera del collado.

Entra. Se inclina hacia un cuerpo extendido en el suelo, un cuerpo que casi ni se vislumbra a la luz de la luna, que ilumina, sí, el sendero, pero no penetra en la cueva. Lo llama: -Juan.

El hombre se despierta y se incorpora, todavía entre las nieblas del sueño. Pronto se da cuenta de quién es el que lo ha llamado y se levanta bruscamente, para postrarse en tierra diciendo:

-¿Cómo es que viene a mí mi Señor?

-Para alegrar tu corazón y el mío. Anhelabas mi presencia, Juan; aquí estoy. Levántate. Vamos a salir a la luz de la luna. Sentémonos a conversar en esta peña que hay junto a la cueva.

Juan obedece, se levanta y sale. Pero, una vez que Jesús se ha sentado, él, con la piel de oveja que mal cubre su flaquísimo cuerpo, se pone de rodillas delante del Cristo echándose hacia atrás sus cabellos largos y desordenados que le pendían por delante de los ojos, para ver mejor al Hijo de Dios.

El contraste es fortísimo: Jesús, de tez pálida, rubio, cabellos esponjosos y ordenados, corta barba en la parte baja del rostro; el otro, todo él, una mata de pelos negrísimos, tras los cuales apenas si asoman dos ojos hundidos (yo diría febriles por el fuerte brillo de su negro de azabache).

-Vengo a decirte "gracias". Has cumplido y cumples, con la perfección de la Gracia que hay en ti, tu misión de Precursor mío. Cuando llegue la hora, entrarás en el Cielo, a mi lado, porque habrás merecido todo de Dios; pero ya durante la espera tendrás la paz del Señor, amigo mío dilecto.

-Muy pronto entraré en la paz. Bendice, Maestro mío y Dios mío, a tu siervo para fortalecerlo en la última prueba. Sé que está cercana, y que debo dar todavía un testimonio: el de la sangre. Tú tampoco desconoces -menos todavía que yo -que mi hora está llegando. Tu venida aquí ha sido deseo de la misericordiosa bondad de tu corazón de Dios, para fortalecer al último mártir de Israel y primero del nuevo tiempo. Dime sólo una cosa: ¿Voy a tener que esperar mucho hasta que vengas?

-No, Juan. No mucho más de cuanto transcurrió desde tu nacimiento hasta el mío.

-¡Bendito sea el Altísimo! Jesús… ¡Puedo llamarte así?
-Puedes, por sangre y por santidad. Este Nombre, pronunciado incluso por los pecadores, puede pronunciarlo el santo de Israel. Para ellos significa salvación. Sea para ti dulzura. ¿Qué quieres de Jesús, tu Maestro y primo?

-Voy a la muerte. Me preocupo de mis discípulos como un padre lo hace con sus hijos. Mis discípulos… Tú, que eres Maestro, sabes cuán vivo es nuestro amor por ellos.

El único pesar de mi muerte es el temor a que se descarríen, como ovejas sin pastor. Recógelos Tú. Te restituyo los tres tuyos, que, en espera de ti, han sido perfectos discípulos míos; en ellos, sobre todo en Matías, habita realmente la Sabiduría. Tengo otros discípulos que irán a ti. Deja de todas formas que te confíe personalmente a estos tres; son los tres preferidos.

-También Yo les profeso este amor. Ve tranquilo, Juan. No perecerán ni éstos ni los otros verdaderos discípulos que tienes. Recojo tu herencia. La velaré como el tesoro más apreciado, recibido del perfecto amigo mío y siervo del Señor.

Juan se postra y se inclina profundamente hasta tocar el suelo y -cosa que parece imposible en un personaje tan austero -solloza fuertemente, de alegría espiritual.

Jesús le pone una mano sobre la cabeza:

-Tu llanto, que es alegría y humildad, encuentra su correspondencia en un lejano canto, al son del cual tu pequeño corazón saltó de júbilo. Aquel canto y este llanto son el mismo himno de alabanza al Eterno, que "ha hecho grandes cosas; Él, que es poderoso en los espíritus humildes". Mi Madre también va a entonar de nuevo su canto, el mismo que en aquel momento cantó. Pero, después, Ella recibirá la mayor de las glorias, como tú tras tu martirio. Te traigo su saludo. Todos los saludos y todos los consuelos. Lo mereces. Aquí, sólo es la mano del Hijo del Hombre lo que está sobre tu cabeza; pero del Cielo abierto desciende la Luz y el Amor para bendecirte, Juan.

-No merezco tanto. Soy tu siervo.

-Tú eres mi Juan. Aquel día, en el Jordán, Yo era el Mesías que se estaba manifestando; aquí, ahora, soy tu primo y tu Dios, con el deseo de darte el viático de su amor de Dios y de pariente. Levántate, Juan. Démonos el beso de despedida.

-No merezco tanto… Lo he deseado siempre, durante toda la vida; sin embargo, no oso cumplir este gesto contigo:

Tú eres mi Dios.

-Yo soy tu Jesús. Adiós. Mi alma estará al lado de la tuya hasta la paz. Vive y muere en paz, por tus discípulos. Ahora sólo puedo darte esto. En el Cielo te daré el céntuplo, porque has hallado toda gracia ante los ojos de Dios.

Lo ha puesto en pie y lo ha abrazado besándolo en las mejillas, recibiendo a su vez el beso de Juan, quien, tras ello, vuelve a arrodillarse. Jesús le impone las manos y ora con los ojos levantados al cielo. Parece como si lo estuviera consagrando. Jesús se manifiesta imponente.

El silencio se prolonga, así, durante un tiempo. Luego Jesús se despide con su dulce saludo.

-Mi paz esté siempre contigo -y emprende el mismo camino que había recorrido antes.

147- Curación de una mujer de Sicar y conversión de Fotinai

Jesús va caminando solo, casi rozando un seto de cácteas que, burlándose de todas las demás plantas desnudas, resplandecen bajo el sol con sus carnosas paletas espinosas, en las que hay todavía algún fruto al que el tiempo ha dado un color rojo ladrillo, o en que ya ríe alguna flor precoz amarilla con pinceladas de color bermellón.

Los apóstoles, detrás, cuchichean. No creo que estén verdaderamente alabando al Maestro.

En un momento dado, Jesús se vuelve de repente y dice:

-Quien está pendiente del viento no siembra, quien está pendiente de las nubes no recoge nunca. Es un refrán antiguo, pero Yo lo sigo. Como podéis ver, donde temíais adversos vientos y no queríais deteneros, he encontrado terreno y modo de sembrar. Y, a pesar de "vuestras" nubes, que, conviene que lo oigáis, no está bien que las mostréis donde la Misericordia quiere mostrar su sol, estoy seguro de haber cosechado ya.

-Sí, pero ninguno te ha pedido un milagro. ¿Es una fe en ti muy extraña!

-Tomás, ¿crees que el hecho de pedir milagros es lo único que prueba que hay fe? Te equivocas. Es todo lo contrario.

Quien quiere un milagro para poder creer patentiza que sin el milagro, prueba tangible, no creería. Sin embargo, quien, por la palabra de otro, dice "creo" muestra la máxima fe.

-¡Así que entonces los samaritanos son mejores que nosotros!

-No estoy diciendo eso. Pero en su estado de minoración espiritual han mostrado tener una capacidad de comprender a Dios mucho mayor que la de los fieles de Palestina. Esto os lo encontraréis muchas veces en vuestra vida. Os ruego que os acordéis también de este episodio para saberos conducir sin prejuicios con las almas que se acerquen a la fe en el Cristo.

-De todas formas -perdona, Jesús, si te lo digo -ya te persigue mucho odio y dar pie a nuevas acusaciones creo que te perjudica. Si los miembros del Sanedrín vinieran a saber que has tenido…

-¡Dilo, hombre!: "amor", porque esto es lo que he tenido y tengo, Santiago. Tú, que eres primo mío, comprenderás que en mí no puede haber sino amor. Te he mostrado cómo en mí sólo hay amor, incluso para con quienes me eran enemigos en mi familia y en mi tierra. Y, entonces, ¿no debía amar a éstos, que me han respetado a pesar de que no me conocían?

Los miembros del Sanedrín pueden hacer todo el mal que quieran, pero la consideración de este futuro mal no cerrará las esclusas de mi amor omnipresente y omnioperante. Pero además es que, aunque lo hiciera, ello no impediría al odio del Sanedrín encontrar motivos de acusación.

-Sí, pero, Maestro, pierdes tu tiempo en una ciudad idólatra, habiendo como hay muchos lugares en Israel que te esperan. Dices que es necesario consagrar cada hora del día al Señor. ¿No son horas perdidas?

-Un día dedicado a reagrupar las ovejas extraviadas no es un día perdido, Felipe. Está escrito: "Hace muchas oblaciones quien respeta la Ley… mas quien practica la misericordia ofrece un sacrificio".

Está escrito: "Que tu ofrenda al Altísimo esté en proporción de cuanto te ha dado; ofrece con mirada alegre según tus facultades". Yo lo hago, amigo, y el tiempo empleado en el sacrificio no es un tiempo perdido. Practico la misericordia y uso de las facultades recibidas ofreciendo mi trabajo a Dios. Tranquilos, por tanto.

Además, el que, de vosotros, quería que hubieran pedido milagros para convencerse de que los de Sicar creían en mí va a quedar satisfecho. Aquel hombre nos sigue, sin duda por algún motivo. Detengámonos.

Efectivamente, el hombre viene en dirección a ellos. Se le ve encorvado bajo la carga de un voluminoso fardo que lleva malamente contrapesado sobre los hombros. Al ver que el grupo de Jesús se ha detenido lo hace él también.

-Se ha parado porque ve que nos hemos dado cuenta de sus malas intenciones. ¡Son samaritanos!

-¿Estás seguro, Pedro?
-¡Sin duda!
-Pues entonces quedaos aquí. Yo me acerco.
-No, Señor, eso no. Si vas Tú, también yo.
-De acuerdo, ven.

Jesús se dirige hacia el hombre. Pedro trota a su lado, entre curioso y hostil. Llegados a pocos metros uno del otro, Jesús dice:

-¿Hombre, qué quieres? ¿A quién buscas?

-A ti.
-Y ¿por qué no has venido a mí cuando estaba en la ciudad?

-No me atrevía… Si en presencia de todos me hubieras rechazado hubiera sufrido demasiado dolor y vergüenza.

-Podrías haberme llamado cuando me quedé solo con los míos.

-Mi deseo era acercarme a ti estando Tú solo, como Fotinai. También yo, como ella, tengo un motivo importante para estar a solas contigo…

-¿Qué quieres? ¿Qué es lo que transportas con tanto esfuerzo sobre tus hombros?
-Es mi mujer. Un espíritu se ha adueñado de ella y la ha transformado en un cuerpo muerto y una inteligencia apagada. Debo hasta darle la comida en la boca, vestirla, llevarla como a una niña pequeña. Ocurrió de improviso, sin previa enfermedad… La llaman "la endemoniada". Todo esto me supone dolor, afanes, gastos. Mira.

El hombre pone en el suelo su fardo de inerte carne envuelta en un sayo (como un saco), y descubre un rostro de mujer, todavía joven, que si no respirase se podría decir que estaba muerta: ojos cerrados, boca entreabierta: es el rostro de una persona que ha expirado.

Jesús se agacha hacia la desdichada mujer que yace en el suelo, la mira, luego mira al hombre y le dice:

-¿Crees que puedo hacerlo?… ¿Por qué lo crees?
-Porque eres el Cristo.
-Pero tú no has visto nada que lo pruebe.
-Te he oído hablar. Me basta.
-¿Has oído, Pedro? ¿Qué piensas que debo hacer ante una fe tan genuina?
-Pues… Maestro… Tú… Yo… Bueno, decide Tú.

Pedro está desconcertado.
-Sí, ya he decidido. Hombre, mira.
Jesús coge la mano de la mujer y ordena:
-¡Vete de ella! ¡Lo quiero!

La mujer, que hasta ese momento había permanecido inerte, se contrae en una horrenda convulsión, primero muda, luego acompañada de quejidos y gritos que terminan con uno más fuerte durante el cual, como quien se despierta de una pesadilla, abre como platos los ojos que hasta ahora había mantenido cerrados. Luego se tranquiliza y, con cierto estupor, mira a su alrededor; fija primero sus ojos en Jesús -el Desconocido que le sonríe… -; luego mira a la tierra del camino en que yace, y a una mata nacida en el borde, en la que la cabezuela blanco-roja de las margaritas de los prados coloca perlas ya próximas a abrirse en forma de radiado nimbo; mira al seto de cactáceas, al cielo -muy azul -; luego vuelve la mirada y ve a su marido… a este marido suyo que, ansioso, la mira a su vez escudriñando todos sus movimientos. Sonríe y, recuperada completamente su libertad, se pone en pie como impulsada por un resorte para refugiarse en el pecho de su marido. Éste, llorando, la acaricia y la abraza.

-¿Cómo es que estoy aquí? ¿Por qué? ¿Quién es este hombre? -Es Jesús, el Mesías. Estabas enferma y te ha curado. Dile que lo quieres. -¡Oh…, sí! ¡Gracias!… Pero, ¿qué tenía? Mis niños… Simón… no recuerdo cosas de ayer, pero sí que recuerdo que tengo hijos… Jesús dice: -No es necesario que te acuerdes de ayer. Acuérdate siempre del día de hoy. Sé buena. Adiós. Sed buenos y Dios estará
con vosotros.

Y Jesús, seguido por la bendiciones de los dos, se retira rápido.

Llegado adonde están los demás, que se habían quedado al pie del seto, no les dirige la palabra. Sí a Pedro:

-¿Y ahora, tú, que estabas seguro de que aquel hombre venía con malas intenciones, qué dices? ¡Simón, Simón!

¡Cuánto te falta todavía para ser perfecto! ¡Cuánto os falta! Tenéis, excepto una patente idolatría, todos los pecados de éstos, y además soberbia en el juicio. Tomemos nuestro alimento. No podemos llegar antes de la noche a donde quería. Dormiremos en algún henil, si es que no encontramos nada mejor.

Los doce, con el sabor en su corazón de la corrección recibida, se sientan sin hablar y se ponen a comer su comida. El sol de este sereno día ilumina los campos, que descienden, formando suaves ondulaciones, hacia una llanura.

Después de comer, todavía permanecen un tiempo en el lugar, hasta que Jesús se pone en pie y dice:

-Venid, tú, Andrés, y tú, Simón; quiero ver si aquella casa es amiga o enemiga.

Y se pone en movimiento. Los otros permanecen en el lugar y guardan silencio, hasta que Santiago de Alfeo le dice a Judas Iscariote:

-¿Pero esta que viene no es la mujer que estaba en Sicar?

-Sí, es ella. La reconozco por el vestido. ¿Qué querrá?

-Seguir su camino -responde Pedro con cara de malhumor.
-No. Nos está mirando demasiado, protegiéndose los ojos del sol con la mano.

La observan hasta que llega cerca de ellos y dice toda sumisa:

-¿Dónde está vuestro Maestro?
-Se ha ido. ¿Por qué preguntas por Él?
-Lo necesitaba…

-No se echa a perder con mujeres -responde Pedro cortante.
-Ya lo sé. Con mujeres, no; pero yo soy un alma de mujer que tiene necesidad de Él.

-Judas de Alfeo le aconseja a Pedro que la deje quedarse, y responde a la mujer: -Espera. Dentro de poco vuelve.

La mujer se retira a una curva del camino y allí se queda, en silencio. Los apóstoles se desinteresan de ella.

Jesús al poco tiempo regresa. Pedro dice a la mujer:
-Ahí está el Maestro. Dile lo que quieras. ¡Apúrate.

La mujer ni siquiera le responde; va a los pies de Jesús y se prosterna hasta tocar el suelo, y guarda silencio.

-Fotinai, ¿qué quieres de mí?

-Tu ayuda, Señor. Yo soy muy débil. No quiero pecar más. Esto se lo he dicho ya al hombre. Pero, ahora que he dejado de pecar no sé nada más. Ignoro el bien. ¿Qué tengo que hacer? Dímelo Tú. Soy fango, pero tu pie pisa también el camino para ir a las almas; pisa mi fango, pero ven a mi alma con tu consejo.

Llora.

-Seguirme como única mujer no es posible. Si verdaderamente quieres no pecar y conocer la ciencia de no pecar, regresa a tu casa con espíritu de penitencia, y espera. Llegará el día en que tú, mujer, entre otras muchas, igualmente redimidas, podrás estar al lado de tu Redentor y aprender la ciencia del Bien. Ve. No tengas miedo. Sé fiel a la voluntad que tienes ahora de no pecar. Adiós.

La mujer besa la tierra, se alza y se retira caminando hacia atrás durante algunos metros; luego se vuelve hacia Sicar…

146- El segundo día en Sicar. Jesús se despide de los samaritanos

Dice Jesús a los samaritanos de Sicar:

-Tengo otros hijos a quienes evangelizar. Tengo que dejaros. Pero antes quisiera abriros, fúlgidos, los caminos de la esperanza, y llevaros a ellos y deciros:

"Caminad seguros, que la meta es cierta". Hoy no voy a citar al gran Ezequiel, sino al discípulo predilecto de Jeremías, grandísimo profeta.

Baruc habla por vosotros. Realmente toma vuestras almas y habla por todas ellas al sublime Dios que está en los Cielos, las vuestras -no me refiero sólo a las de los samaritanos, sino a todas vuestras almas, ¡oh, estirpes del pueblo elegido caídas en múltiple pecado! -, y también las vuestras, pueblos gentiles que sentís que entre los muchos dioses a los que adoráis hay un Dios desconocido, un Dios al que vuestra alma siente único y verdadero, y que, no obstante, debido a vuestra pesantez no podéis buscarlo para conocerlo como el alma quisiera. Al menos una ley moral os había sido dada, ¡oh gentiles, oh idólatras!; porque sois hombres y el hombre tiene en sí una esencia que viene de Dios y que se llama espíritu y que tiene siempre voz y consejos elevados y empuja a vida santa. Vosotros la habéis sometido a la esclavitud de una carne viciosa, rompiendo la ley moral humana -la que teníais -y viniendo a ser pecadores incluso humanamente, rebajando el concepto de vuestras fes y rebajándoos a vosotros mismos a un nivel animalesco que os hace inferiores a los brutos.

Y, a pesar de todo, oís, todos, y comprendéis más -y como consecuencia actuáis -en la medida en que aumenta vuestra cognición de la Ley de una moral sobrenatural que el verdadero Dios os ha dado.

Baruc (Baruc 2,16-18 y Baruc 2, 24-26) ora así: "Señor, míranos desde tu santa morada. Vuelve hacia nosotros tus oídos. Escúchanos. Abre tus ojos y piensa que no serán los muertos que están en los infiernos -cuyo espíritu está separado de sus entrañas -los que rindan honor y justicia al Señor, sino el alma afligida por la dimensión de las desventuras, que camina encorvada y débil, con los ojos hacia el suelo; el alma hambrienta de ti, ¡oh Dios!, es la que te rinde gloria y justicia".

Ésta es la oración que debéis tener en vuestros corazones humillados con noble humildad, que no es degradación e indolencia sino conocimiento exacto de la propia mísera situación y santo deseo de hallar el medio de mejorar espiritualmente.

Y Baruc llora humildemente, y todo justo debe llorar con él, viendo y nombrando con su verdadero nombre las desventuras que han hecho triste, dividido y vasallo a un pueblo fuerte.

"No hemos hecho -dice -caso de tu voz y has cumplido las palabras que habías manifestado a través de tus siervos, los Profetas… Y han sacado de sus sepulcros los huesos de nuestros reyes y de nuestros padres, los han arrojado al ardor del sol, al crudo frío de la noche; los habitantes de la ciudad han muerto entre atroces dolores, de hambre, a espada, de peste. Has reducido al estado presente el Templo en que se invocaba tu Nombre, a causa de la iniquidad de Israel y Judá.

No digáis, hijos del Padre: "Tanto nuestro Templo como el vuestro han surgido y resurgido y se yerguen espléndidos". No. Un árbol abierto desde su ápice hasta sus raíces por un rayo no puede pervivir; podrá vegetar míseramente, presentar un conato de vida en algunos rebrotes que nazcan de raíces que se resistan a morir… no pasará de ser un conjunto de ramajes infructíferos; jamás volverá a ser opulento árbol de copiosos frutos sanos y delicados. Pues bien, el proceso de fragmentación incoado con la separación se acentúa cada vez más a pesar de que materialmente la construcción no parezca lesionada; antes bien, bella y nueva. Destruye las conciencias que en ella moran. Llegará la hora en que, apagada toda llama sobrenatural, le faltará al Templo -altar de precioso metal que para subsistir debe ser mantenido en continua fusión por el calor de la fe y de la caridad de sus ministros -, le faltará lo que constituye su vida; entonces, gélido, apagado, ensuciado, lleno de cadáveres, pasará a ser podredumbre acometida, para ruina suya, por cuervos llegados de otras regiones y por el alud del castigo divino.

Hijos de Israel, orad, llorando, conmigo, vuestro Salvador. Que mi voz sostenga las vuestras y penetre -pues mi voz tiene este poder -hasta el trono de Dios. Quien ora con el Cristo, Hijo del Padre, es escuchado por Dios, Padre del Hijo.

Elevemos la antigua, justa oración de Baruc (3, 1-7): "Y ahora, Señor omnipotente, ¡oh Dios de Israel!, toda alma angustiada, todo espíritu henchido de ansiedad, eleva a ti su grito. Abre tus oídos, Señor, y ten piedad. Eres un Dios misericordioso; ten piedad de nosotros, porque hemos pecado en tu presencia. Eternamente, ocupas tu trono; ¿debemos nosotros perecer para siempre? Señor omnipotente, Dios de Israel, escucha la oración de los muertos de Israel y de sus hijos, que han pecado en tu presencia.

Ellos no prestaron oídos a la voz del Señor su Dios. Se nos han adherido sus males. No te acuerdes de la iniquidad de nuestros padres; acuérdate, más bien, de tu poder y tu Nombre… Ten piedad, para que invoquemos este Nombre y nos convirtamos de la iniquidad de nuestros padres".

Orad así y convertíos verdaderamente, volviendo a la sabiduría verdadera, que es la de Dios y se encuentra en el Libro de los mandamientos de Dios y en la Ley, que dura eternamente y que ahora Yo, Mesías de Dios, traigo de nuevo, en su simple e inalterable forma, a los pobres del mundo, anunciándoles la buena nueva de la era de la Redención, del Perdón, del Amor, de la Paz. Quien crea en esta palabra alcanzará vida eterna.

Os dejo, habitantes de Sicar, que habéis sido buenos con el Mesías de Dios. Os dejo con mi paz.

-¡Quédate más tiempo!
-¡Vuelve!
-¡Ninguno nos volverá a hablar como lo has hecho Tú.

-¡Bendito seas, Maestro bueno!
-¡Bendice a mi pequeñuelo!
-¡Santo, ruega por mí!
-¡Déjame conservar un ribete de tu indumento como bendición!
-¡Acuérdate de Abel!
-¡Y de mí, Timoteo!
-¡Y de mí, Yorái!

-De todos. De todos. La paz descienda sobre vosotros.

Lo acompañan hasta unos centenares de metros fuera de la ciudad, y luego, muy despacio, se vuelven…

145- El primer día en Sicar

Jesús está hablando, desde el centro de una plaza, a mucha gente, concentrada en torno a Él. Habla subido al banco de piedra que hay junto a la fuente. También están alrededor los doce, con unas caras… que reflejan consternación, o incomodidad, o que expresan claramente la repulsión hacia ciertos contactos. Especialmente Bartolomé y el Iscariote muestran abiertamente su contrariedad: para evitar lo más posible la cercanía de los samaritanos, el Iscariote se ha puesto a caballo en una rama de un árbol, como queriendo dominar la escena; Bartolomé ha ido a apoyarse en un portal de un ángulo de la plaza. El prejuicio está vivo y activo en todos.

Jesús se manifiesta con total normalidad; es más, yo diría que se está esforzando en no apabullar a los presentes con su majestuosidad, tratando, de todas formas, al mismo tiempo, de hacerla resaltar para eliminar en ellos todo género de duda. Acaricia a dos o tres pequeñuelos, de los cuales pregunta el nombre; se interesa personalmente de un anciano ciego, al que, también personalmente, le da el óbolo; responde a dos o tres cuestiones que le plantean acerca de asuntos no generales sino privados.

Uno de estos asuntos es la pregunta de un padre acerca de su hija, que se ha escapado de casa por amor y que ahora solicita perdón.

-Concédele tu perdón inmediatamente.

-¡He sufrido por ello, Maestro! Y sigo sufriendo. En menos de un año he envejecido diez.
-El perdón te aliviará.
-No puede ser. La herida permanece.

-Es verdad, pero en esa herida hay dos espinas que hacen daño: una, la innegable afrenta que te ha infligido tu hija; la otra es el esfuerzo por desamarla. Quita, al menos, ésta. El perdón, que es la forma más alta del amor, la sacará. Piensa, pobre padre, que es una hija que ha nacido de ti y que siempre tiene derecho a tu amor. Si la vieras con una enfermedad corporal y supieras que si no la cuidases tú, tú en persona, moriría, ¿la dejarías morir? Ciertamente no. Pues piensa entonces que tú, tú en persona, con tu perdón, puedes atajar su mal y conducirla a la restauración de la salud del instinto; porque mira, en ella ha tomado predominio el lado más vil de la materia.

-Entonces… ¿piensas que debo perdonar?
-Debes hacerlo.

-¿Pero cómo voy a resistir el verla en casa después de lo que ha hecho; cómo voy a ser capaz de no maldecirla?

-Sí así fuera, no habrías perdonado. El perdón no está en el acto de abrirle de nuevo la puerta de casa, sino en abrirle de nuevo el corazón. Sé bueno, hombre. ¿No vamos a tener para con nuestra hija la paciencia que tenemos con el novillo indócil?

Una mujer, por su parte, presenta la cuestión de si haría bien casándose con su cuñado para dar un padre a sus huerfanitos.

-¿Piensas que sería un verdadero padre?

-Sí, Maestro. Son tres varones. Necesitan un hombre que los guíe.

-Hazlo entonces, y sé esposa fiel como lo fuiste con el primero.

-El tercero le pregunta que si, aceptando la invitación que ha recibido de ir a Antioquía, haría bien o mal.

-¿Por qué quieres ir?

-Porque aquí no dispongo de medios ni para mí ni para mis muchos hijos. He conocido a un gentil que me contrataría, porque me ha visto hábil en el trabajo; ofrecería también trabajo a mis hijos. Pero no querría… -te parecerá extraño un escrúpulo en un samaritano pero lo tengo -, no querría que perdiésemos la fe. ¿Es que ese hombre es un pagano, ¿sabes?

-¿Y qué quieres decir con ello? Mira, nada contamina si uno no quiere ser contaminado. Ve tranquilamente a Antioquía y sé del Dios verdadero. Él te guiará, y serás incluso el benefactor de ese patrón que conocerá a Dios a través de tu honradez.

Luego comienza a hablar a todos los presentes.

-He oído la voz de muchos de vosotros, y en todos he visto un secreto dolor, un pesar del que ni siquiera quizás os dais cuenta; he visto que lloráis en vuestros corazones. Esto se ha ido acumulando durante siglos, y no son capaces de disolverlo ni las razones que a vosotros mismos os decís ni las injurias que os lanzan; antes bien, cada vez más se endurece y pesa como nieve que se solidifica en hielo.

Yo no soy vosotros, como tampoco soy uno de los que os acusan. Soy Justicia y Sabiduría. Una vez más, para solución de vuestro caso, os cito a Ezequiel. Él, proféticamente, habla de Samaria y de Jerusalén llamándolas hijas de un mismo seno, llamándolas Oholá y Oholibá (Ezequiel 23).

La que primero cayó en la idolatría fue la primera, de nombre Oholá, porque ya antes había quedado privada de la ayuda espiritual de la unión con el Padre de los Cielos.

La unión con Dios significa siempre salvación. Confundió erróneamente la verdadera riqueza, la verdadera potencia, la verdadera sabiduría, con la pobre riqueza, potencia y sabiduría de uno que era inferior a Dios, y más pequeño que ella misma; fue seducida por la riqueza, potencia y sabiduría de éste hasta el punto de que se hizo esclava del modo de vivir del que la había seducido. Buscando ser fuerte, vino a ser débil. Buscando ser más, vino a ser menos. Por imprudente enloqueció. Cuando uno, imprudentemente, se coge una infección, mucho le cuesta luego librarse de ella. Diréis: "¿Menos? No. Nosotros fuimos grandes". Sí, grandes, pero ¿cómo?, ¿a qué precio?

No lo ignoráis. ¿Cuántas mujeres también consiguen la riqueza al precio tremendo de su honor? Adquieren una cosa que puede terminar y pierden algo que no tiene fin: el buen nombre.

Oholibá, viendo que a Oholá su propia locura le había producido riqueza, quiso imitarla, y enloqueció más que Oholá, además con doble culpa, porque tenía consigo al Dios verdadero y no habría debido pisotear jamás la fuerza que de esta unión le venía: duro, tremendo castigo ha recibido -y más grande aún será -la doblemente desquiciada y fornicadora Oholibá. Dios le volverá la espalda -ya lo está haciendo -para ir a los que no son de Judá. No se puede acusar a Dios de ser injusto porque no se imponga. A todos abre los brazos, invita a todos; pero, si uno le dice: "Vete", se va. Busca amor, invita a otros, hasta que encuentra a alguien que dice: "Voy". Por eso os digo que podéis hallar alivio a vuestro tormento, debéis hallarlo, pensando en estas cosas.

¡Oholá vuelve en ti! Dios te llama. La sabiduría del hombre está en saberse enmendar; la del espíritu, en amar al Dios verdadero y su Verdad. No fijéis vuestra mirada ni en Oholibá, ni en Fenicia, ni en Egipto, ni en Grecia.

Mirad a Dios. Ésa es la Patria de todo espíritu recto, y es el Cielo. No hay muchas leyes, sino una sola: la de Dios. Por ese código se tiene la Vida. No digáis: "Hemos pecado"; decid más bien: "No queremos volver a pecar". La prueba de que Dios os sigue amando la tenéis en esto: os ha enviado a su Verbo a deciros: "Venid". Venid, os digo.

¿Os injurian?, ¿os han proscrito?… ¿Quiénes?: seres semejantes a vosotros. Considerad que Dios es mayor que ellos, y que os dice: "Venid". Llegará un día en que exultaréis por no haber estado en el Templo… Con la mente exultaréis, y aún mayor será el gozo de los espíritus, porque el perdón de Dios habrá descendido a los hombres de corazón recto dispersos por Samaria. Preparad su venida. Venid al Salvador universal, vosotros, hijos de Dios que ya no sabéis hallar el camino.

-Nosotros iríamos, al menos algunos; los que no nos aceptan son los de la otra parte.

-Pues, citando de nuevo al sacerdote y profeta, os digo:

"Yo tomaré el leño de José, que Efraím tiene en su mano, con las tribus de Israel a él unidas, y lo uniré al de Judá para hacer de ellos un solo tronco…". No, no es al Templo; venid a mí; Yo no rechazo a nadie. Yo soy aquel que fue llamado el Rey dominador de todos. Soy el Rey de los reyes.

¡Oh, pueblos todos que deseáis ser purificados, Yo os purificaré! ¡Rebaños sin pastor, o con pastores ídolos, Yo os congregaré, porque soy el Pastor bueno! Os daré el único tabernáculo que voy a poner en medio de mis fieles.

Este tabernáculo será fuente de vida, pan de vida, luz, salvación, protección, sabiduría; será todo, porque será el Viviente dado en alimento a los muertos para que vivan; será el Dios que se efunde con su santidad para santificar. Esto soy y seré. El tiempo del odio, de la incomprensión, del temor, queda superado. ¡Venid! ¡Ven, pueblo de Israel, pueblo separado, pueblo afligido, pueblo lejano, pueblo estimado; infinitamente apreciado por estar enfermo, debilitado; infinitamente amado porque una flecha te ha abierto las venas del corazón y te ha desangrado, ha extraído de tus venas la unión vital con tu Dios! ¡Ven al seno de donde naciste, al pecho de que recibiste la vida; todavía hay para ti dulzura y calor…! ¡Siempre! ¡Ven! ¡Ven a la Vida y a la Salud!

144- Los samaritanos invitan a Jesús a Sicar

Viene hacia Jesús un grupo de notables samaritanos guiados por Fotinai.

-Dios sea contigo, Rabí. Esta mujer nos ha dicho que eres un profeta y que no te desdeñas de hablar con nosotros. Te rogamos que nos concedas tu presencia y que no nos niegues tu palabra, porque… sí, es verdad que hemos sido amputados de Judá, pero no hay por qué decir que sólo Judá sea santo y todo el pecado esté en Samaria; también hay justos entre nosotros.

-Este concepto se lo he expresado Yo también a esta mujer. No me impongo, pero tampoco me muestro reluctante si alguien me busca.

-Eres justo. La mujer nos ha dicho que Tú eres el Cristo. ¿Es verdad? Respóndenos en nombre de Dios.
-Lo soy. La hora mesiánica ha llegado. Israel ha sido reunido por su Rey; y no sólo Israel.

-Pero Tú serás para quienes… no están en error como estamos nosotros -observa un anciano de porte grave.

-Hombre, te veo como cabeza de todos los presentes, y leo en ti una honrada búsqueda de la Verdad. Escúchame ahora tú que estás instruido en las lecturas sagradas. A mí me fue dicho lo mismo que el Espíritu dijo a Ezequiel cuando le confirió una misión profética: "Hijo del hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a los pueblos rebeldes que se han alejado de mí… Son hijos de dura cerviz y corazón indomable… Quizás te escuchen, aunque sin hacer luego caso de tus palabras, que son mías. Efectivamente, se trata de una casa rebelde. Pero, al menos, sabrán que entre ellos hay un profeta. No les tengas miedo. No te asusten sus argumentaciones, porque son incrédulos y subversivos… Refiéreles mis palabras, te presten o no oídos. Haz lo que te digo, escucha lo que te digo para no ser rebelde como ellos. Por tanto, come todo alimento que Yo te ofrezca".

Y he venido. No me hago falsas ilusiones, no pretendo ser acogido como un triunfador; pero, puesto que la voluntad de Dios es mi deleite, la cumplo. Si queréis, os manifiesto las palabras que el Espíritu ha depositado en mí.

-¿Cómo es posible que el Eterno haya pensado en nosotros?

-Porque es Amor, hijos.
-No hablan así los rabíes de Judá.
-Pero sí os habla así el Mesías del Señor.

Está escrito que el Mesías había de nacer de una virgen de Judá. Tú, ¿de quién y cómo naciste?

-En Belén Efratá, de María de la estirpe de David, por obra de espiritual concepción. Quered creerlo.

La bonita voz de Jesús es un tañido de alegre triunfo al proclamar la virginidad de su Madre.

-Tu rostro resplandece con intensa luz. No, Tú no puedes mentir. Los hijos de las tinieblas tienen tenebroso el rostro, turbada la mirada. Tú eres luminoso; tu mirada tiene la limpieza de una mañana de Abril, tu palabra es buena. Entra en Sicar, te lo ruego, y adoctrina a los hijos de este linaje. Luego te marcharás… y nos acordaremos de la Estrella que rayó nuestro cielo…

-¿Y si la siguierais?… ¿Por qué no?
-Pero si no podemos, no.

Hablan mientras se dirigen a la ciudad.

-Somos los separados, al menos así se dice. Hemos nacido con esta fe y no sabemos si es justo dejarla. Además… -sí, contigo podemos hablar, lo percibo -además también nosotros tenemos ojos para ver y cerebro para pensar.

Cuando, por viajes o exigencias comerciales, pasamos a vuestra tierra, todo lo que vemos no es suficientemente santo como para persuadirnos de que Dios esté con vosotros los de Judá, ni tampoco con vosotros los galileos.

-En verdad te digo que el no haberos persuadido, el no haberos conducido de nuevo a Dios -no con ofensas y maldiciones, sino con el ejemplo y la caridad -le será imputado al resto de Israel.

-¡Cuánta sabiduría tienes! ¿Estáis oyendo?
Todos asienten con un murmullo de admiración.

Entretanto, han llegado a la ciudad. Muchas otras personas se acercan mientras se dirigen a una de las casas.

-Escucha, Rabí. Tú, que eres sabio y bueno, resuélvenos una duda; de ello puede depender buena parte de nuestro futuro. Tú, que eres el Mesías -restaurador, por tanto, del reino de David -, debes sentir alegría de restablecer la unión, con el cuerpo del Estado, de este miembro desgajado; ¿no?

-Me preocupo no tanto de reagrupar las partes separadas de una entidad caduca cuanto de conducir de nuevo a Dios a todos los espíritus, y me siento dichoso cuando restauro la Verdad en un corazón. Pero… expón tu duda.

-Nuestros padres pecaron. Desde entonces Dios detesta a las almas de Samaria. Por tanto, aunque siguiéramos la vía del Bien, ¿qué beneficios obtendríamos? Siempre seremos unos leprosos ante los ojos de Dios.

-Como todos los cismáticos, vuestro pesar es eterno; vuestra insatisfacción, perenne. Te respondo también con Ezequiel.

"Todas las almas son mías", dice el Señor -tanto la del padre como la del hijo -, pero morirá sólo el alma que haya pecado. Si un hombre es justo, si no es idólatra, si no fornica, si no roba y no practica la usura, si tiene misericordia de la carne y del espíritu de los demás, será justo ante mis ojos y tendrá vida verdadera. ¿Si un justo tiene un hijo rebelde, éste tendrá la vida por haber sido justo su padre? No, no la tendrá.

Y, si el hijo de un pecador es justo, ¿morirá como su padre por ser hijo suyo? No; vivirá con eterna vida por haber sido justo. No sería justo que uno cargase con el pecado del otro. El alma que haya pecado morirá, la que no haya pecado no morirá. Pero, aun quien haya pecado podrá tener la verdadera vida si se arrepiente y se une a la Justicia. El Señor Dios, el único y solo Señor, dice: "No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y tenga la Vida". Para esto me ha enviado, ¡oh hijos errantes!, para que tengáis la verdadera vida. Yo soy la Vida. Quien cree en mí y en quien me ha enviado tendrá la vida eterna, aunque hasta este momento haya sido un pecador».

-Hemos llegado a mi casa, Maestro. ¿No sientes horror de entrar?

-Sólo me produce horror el pecado.
-Entra entonces, haz aquí un alto en tu camino.

Compartiremos el pan, y luego, si no te es molestia, nos distribuirás la palabra de Dios; dicha por ti tiene otro sabor… Nosotros tenemos aquí un tormento: el de no sentirnos seguros de estar en la verdad…

-Todo se calmaría si os atrevierais a ir abiertamente a la Verdad. Que Dios hable en vosotros, ciudadanos. Pronto anochecerá. No obstante, mañana, a la hora tercera, os hablaré largamente, si lo deseáis. Idos y que la Misericordia os acompañe.

143- La samaritana Fotinai

-Yo me paro aquí. Id a la ciudad. Comprad los alimentos necesarios. Comeremos en este lugar.

-¿Vamos todos?
-Sí, Juan. Es bueno que estéis en grupo.
-¿Y Tú? ¿Te quedas solo?… Son samaritanos…
-No serán los peores de entre los enemigos del Cristo.

¡Hala, poneos en camino! Yo oraré mientras os espero. Por vosotros y por éstos.

Los discípulos se van a regañadientes. Tres o cuatro veces se vuelven a mirar a Jesús, que se ha sentado en una paredilla soleada al lado del bajo y ancho brocal de un pozo (un pozo grande, tan ancho que parece casi una cisterna). En verano deben darle sombra unos árboles grandes que ahora están deshojados. No se ve el agua, pero en el suelo, junto al pozo, hay signos claros de haberla sacado: pequeños charcos y círculos de jarros húmedos.

Jesús se sienta y se pone a meditar en su acostumbrada posición: los codos apoyados sobre las rodillas; las manos hacia adelante, unidas; el cuerpo levemente curvado; la cabeza inclinada hacia abajo. Luego, sintiendo el calor de un agradable solecillo, se deja caer el manto de la cabeza y de los hombros y lo tiene recogido sobre su regazo.

Alza la cabeza para sonreír a una multitud de pájaros reñidores que se están disputando una migota que se le ha caído a alguien junto al pozo.

De improviso, llega una mujer. Los pájaros huyen. Viene al pozo con un ánfora vacía sujeta de una de las asas con la mano izquierda; la derecha separa con gesto de sorpresa el velo, para ver quién es el hombre que está sentado allí.

Jesús sonríe a esta mujer de unos treinta y cinco o cuarenta años, alta, de facciones fuertemente marcadas pero bonitas. Un tipo de mujer que nosotros diríamos casi español: palidez aceitunada; labios muy encendidos y más bien túmidos; ojos grandes, casi demasiado, y negros, bajo cejas muy espesas; trenzas, que se transparentan a través del ligero velo, de color negro corvino. También las formas, más bien modeladas y llamativas, reflejan un marcado tipo oriental, levemente flexuoso, como el de las mujeres árabes.

Lleva un vestido de rayas multicolores, bien ceñido a la cintura, tirante en las caderas y pecho pingües, para pender luego, en una especie de orla ondulante, hasta el suelo. Muchos anillos en las manos carnosas y morenitas, muchas pulseras en las muñecas que despuntan bajo las bocamangas de lino. En el cuello lleva un pesado collar, del que cuelgan medallas (yo diría amuletos, pues son de las más variadas formas). Pesados pendientes, que brillan bajo el velo, caen hasta la altura del cuello.

-La paz sea contigo, mujer. ¿Me das de beber? He andado mucho y tengo sed.
-¿Pero no eres judío? ¿Me pides de beber a mí, que soy samaritana? ¿Qué ha sucedido? ¿Hemos sido rehabilitados, o es que vosotros estáis disgregados? Sin duda algo grande ha sucedido, cuando un judío habla amablemente con una samaritana. De todas formas, debería responderte: "No te doy nada, para castigar en ti todas las injurias que los judíos desde hace siglos nos infligen".

-Así es: un gran acontecimiento. Como consecuencia, muchas cosas han cambiado, y más aún van a cambiar. Dios ha otorgado un gran don al mundo y por él muchas cosas han cambiado. Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: "Dame de beber", quizás tú misma le pedirías de beber y Él te daría agua viva.

-El agua viva está en las venas de la tierra. Este pozo la tiene… pero es nuestro -La mujer se muestra burlona y arrogante.

-El agua es de Dios, como también es de Dios la bondad, y la vida misma. Todo es de un único Dios, mujer. Y todos los hombres vienen de Dios: tanto los samaritanos como los judíos. ¿No es éste el pozo de Jacob? ¿Jacob no es cabeza de nuestra estirpe? Si luego un error nos ha dividido, ello no cambia el origen.

-¿Error nuestro, ¿verdad? -pregunta, agresiva, la mujer.

-Ni nuestro ni vuestro. Error de alguien que había perdido de vista caridad y justicia. No te estoy ofendiendo, ni tampoco a tu raza ¿Por qué quieres tú mostrarte ofensiva?

-Eres el primer judío al que oigo hablar así. Los otros… Pero, respecto al pozo, sí, es el de Jacob y tiene tanta agua y tan clara que los de Sicar la preferimos a las otras fuentes. De todas formas, es muy profundo, y no tienes ni ánfora ni odre; ¿cómo podrías sacar para mí agua viva? ¿Eres, acaso, más que Jacob, nuestro santo patriarca, que encontró esta abundante agua para él, para sus hijos y sus hatos de ganado, y que nos la dejó como don y recuerdo suyo?

-Tú lo has dicho. Mira, quien bebe de esta agua seguirá teniendo sed; Yo, en cambio, tengo un agua que si uno la bebe no vuelve a sentir sed. Pero es sólo mía y la doy a quien me la pide. En verdad te digo que quien reciba esta agua que Yo le dé quedará saciado para siempre y no volverá a tener sed, porque mi agua se hará en él manantial seguro, eterno.

-¿Cómo? No entiendo. ¿Eres un mago? ¿Cómo puede un hombre transformarse en un pozo? El camello bebe y se aprovisiona de agua en su voluminoso vientre, pero luego la consume y no le dura toda la vida. ¿Y Tú dices que tu agua dura toda la vida?

-Más que eso: saltará hasta la vida eterna. Fluirá hasta la vida eterna en quien la beba, y producirá semillas de vida eterna, porque es surtidor de salud.

-Dame de esa agua si es verdad que la posees. Me canso viniendo hasta aquí. La tendré y no volveré a sentir sed, y no enfermaré jamás ni me haré vieja.

-¿Sólo de eso te cansas?, ¿de nada más? ¿Sólo sientes necesidad de sacar agua para beber, para tu pobre cuerpo? Reflexiona. Hay algo que vale más que el cuerpo: el alma. Jacob no dio a los suyos y a sí mismo sólo el agua de la tierra, sino que se preocupó de darse, y de dar, la santidad, el agua de Dios.

-Vosotros nos llamáis paganos. Si eso es verdad, no podemos ser santos…
La mujer ha perdido su tono petulante e irónico y ahora se muestra sumisa y ligeramente confundida.

-Un pagano puede también ser virtuoso. Dios, que es justo, le premiará el bien realizado. No será un premio completo, pero sí te digo que entre un fiel en culpa grave y un pagano sin culpa Dios mira con menos rigor al pagano. ¿Y por qué, si sabéis que lo sois, no vais al verdadero Dios? ¿Cómo te llamas?
-Fotinai.

-Pues, respóndeme, Fotinai: ¿Te duele el no poder aspirar a la santidad por el hecho de ser pagana -como tú dices -, por vivir -como digo Yo -en la ofuscación de un antiguo error?

-Me aflige.
-¿Y entonces, ¿por qué no vives, al menos, como una virtuosa pagana?
-¡Señor! …

-Sí. ¿Puedes, acaso, negarlo? Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí con él.
-No tengo marido…

La confusión de la mujer crece.
-Tú lo has dicho: no tienes marido. Has tenido cinco hombres y ahora tienes contigo otro que tampoco es marido tuyo.

¿Era necesario esto? También tu religión desaconseja la impudicia. También tenéis vosotros el Decálogo. ¿Por qué vives así, Fotinai? ¿No te sientes cansada de este esfuerzo de ser la carne de tantos, en vez de la honesta esposa de uno solo?

¿No tienes miedo de cuando decline tu vida, de cuando te encuentres sola con tus recuerdos, con la amargura de lo pasado, con tus temores? Sí, también con tu miedo, tu miedo a Dios y a los espectros. ¿Dónde están tus hijos?».

La mujer baja del todo la cabeza y calla.
-No los tienes aquí en la Tierra. Sin embargo, sus almitas, a las que has impedido conocer el día de la luz, te acusan; siempre. Joyas… bonitos vestidos… casa rica… una mesa bien surtida… Sí, pero vacío y lágrimas y miseria interior. En realidad eres una desvalida, Fotinai; sólo con un arrepentimiento sincero, a través del perdón de Dios -y como consecuencia, el de tus hijos -puedes volver a ser rica.

-Señor, veo que eres profeta. Me avergüenzo…

-¿Ante el Padre que está en los Cielos no sentías vergüenza cuando hacías el mal? Pero… no llores de humillación ante el Hombre… Ven aquí, Fotinai, junto a mí. Yo te hablaré de Dios. Quizás no lo conocías bien y por eso… sí, por eso has cometido tantos errores; si hubieras conocido bien al verdadero Dios, no te habrías rebajado de este modo, Él te habría hablado y sostenido…

-Señor, nuestros padres adoraron en este monte. Vosotros decís que sólo en Jerusalén se puede adorar. Pero, como Tú dices, Dios es sólo uno. Ayúdame a ver dónde y cómo debo hacerlo…

-Mujer, créeme, está llegando la hora en que ni en el monte de Samaria ni en Jerusalén será adorado el Padre.

Vosotros adoráis a quien no conocéis, nosotros a quien conocemos, porque la salvación viene de los judíos.

Recuerda a los Profetas. Pero llega la hora -es ésta -en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; no ya con el rito antiguo sino con el nuevo, exento de sacrificios y hostias de animales consumidos por el fuego: el rito del sacrificio eterno de la Hostia inmaculada consumida por el Fuego de la Caridad: culto espiritual del Reino espiritual, que será comprendido por aquellos que sepan adorar en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu y debe ser adorado espiritualmente.

-Dices santas palabras. Yo sé -también nosotros sabemos alguna cosa -que el Mesías va a llegar pronto; el Mesías, llamado también "el Cristo". Cuando venga nos enseñará todo. Aquí cerca está el que dicen que es su Precursor; muchos van a él a oírle. Pero es muy severo. Tú eres bueno. Las almas menesterosas no sienten miedo de ti. Yo creo que el Cristo será bueno. Lo llaman Rey de la paz… ¿Tardará mucho en venir?

-Te he dicho que su tiempo es éste.
-¿Cómo lo sabes? ¿Eres discípulo suyo? El Precursor tiene muchos discípulos; también los tendrá el Cristo.

-Soy Yo, el que te está hablando, el Cristo Jesús.
-¡Tú!… ¡Oh!…
La mujer, que se había sentado junto a Jesús, se levanta y hace ademán de huir.

-¿Por qué quieres huir, mujer?
-Porque me da horror estar a tu lado. Tú eres santo…
-Soy el Salvador. He venido aquí -y no era necesario -porque sabía que tu alma estaba cansada de vagar. Ya te produce náuseas tu alimento… He venido a darte uno nuevo, que te quitará las náuseas y la hartura… Allí vuelven mis discípulos, con mi pan, pero el solo hecho de haberte dado estas migas iniciales de tu redención ya me ha alimentado.

Los discípulos miran a la mujer de soslayo, más o menos prudentemente, pero ninguno habla. Ella se marcha olvidando agua y ánfora.

-Mira, Maestro -dice Pedro -, nos han tratado bien. Aquí hay queso, pan reciente, aceitunas y manzanas. Coge lo que quieras. Esa mujer ha hecho bien dejando el ánfora; así será más rápido, que no con nuestros pequeños odres.

Bebemos y luego los llenamos, y así no tendremos que pedir nada a los samaritanos, no tendremos ni siquiera que acercarnos a sus fuentes. ¿No comes? He buscado pescado para ti, pero no había. Quizás te hubiera gustado más. Te veo cansado y pálido.

-Tengo un alimento que vosotros no conocéis. Comeré de ése. Repondrá ampliamente mis energías.
Los discípulos se miran con ademán de querer preguntar.

Jesús responde a sus calladas preguntas.
-Mi alimento consiste en hacer la voluntad del que me ha enviado y consumar la obra que me ha encomendado. Cuando un sembrador esparce la semilla, ¿puede pensar que ya ha hecho todo, como si hubiera cosechado? Ciertamente no.

¡Cuánto tendrá que hacer todavía para poder decir: "Mi obra está cumplida"! Hasta ese momento no podrá descansar.

Fijaos en estos campos bajo el alegre sol de la hora sexta. Hace sólo un mes, incluso menos, la tierra estaba desnuda, oscura por el agua de las lluvias. Fijaos ahora: abundantes tallitos de trigo, recién brotados, de un verde tenuísimo, que, bajo esta intensa luz, parece todavía más claro, la hacen blanquecina con el sutil velo con que la cubren, que es la mies futura. Vosotros, viéndolo, decís:

"Dentro de cuatro meses será la cosecha. Los sembradores tomarán consigo a los segadores; porque, aunque uno sea suficiente para sembrar su propio campo, muchos son necesarios para segarlo. Ambas partes están contentas: tanto el que ha sembrado un pequeño saquito de trigo y ahora debe preparar los graneros para guardarlo, como los que en pocos días ganan de qué vivir para algunos meses".

De la misma forma, en el campo del espíritu, los que recojan lo que por mí fue sembrado se alegrarán conmigo, y como Yo, porque les daré mi salario y el fruto debido. Les daré de qué vivir en mi Reino eterno. Vosotros sólo tenéis que recoger. Yo he hecho la parte más dura del trabajo; no obstante, os digo: "Venid, cosechad en mi campo; contento me siento de que os carguéis de manípulos de mi trigo. Una vez que hayáis recogido todo mi trigo, sembrado por mí por todas partes, infatigable, quedará cumplida la voluntad de Dios, y Yo me sentaré al banquete de la celeste Jerusalén".

Allí vienen los samaritanos con Fotinai. Mostrad caridad para con ellos. Son almas que se acercan a Dios.

142- Con los doce hacia Samaria

Jesús está con sus doce apóstoles. El paraje sigue siendo montuoso; no obstante, siendo suficientemente cómodo el camino, van todos en grupo hablando entre sí.

-Ahora que estamos solos podemos decirlo: ¿por qué tanta rivalidad entre dos grupos? -dice Felipe.

-¿Rivalidad? ¡No es sino soberbia! -rebate Judas de Alfeo.
-No. Yo digo que es sólo un pretexto para justificar de algún modo su conducta injusta con el Maestro. Bajo el velo de celo por el Bautista, logran alejarlo sin disgustar demasiado al pueblo -dice Simón.

-Yo los desenmascararía.

-Nosotros, Pedro, haríamos muchas cosas que Él no hace.
-¿Por qué no las hace?

-Porque sabe que lo correcto es no hacerlas. Nosotros sólo debemos seguirlo, no nos corresponde guiarlo. Y debemos estar contentos de ello. Es gran descanso el tener sólo que obedecer…

-Has hablado bien, Simón -dice Jesús, que iba delante, pensativo -Es así, como has dicho; obedecer es más fácil que mandar. No lo parece, pero es así. Bueno, claro, es fácil cuando el espíritu es bueno, como también es difícil mandar para un espíritu recto; porque, si no es recto, ordena cosas descabelladas, o peor que descabelladas. En ese caso es fácil mandar y mucho más difícil obedecer.

Cuando uno tiene la responsabilidad de ser el primero en un lugar o en un conjunto de personas, debe tener siempre presentes la caridad y la justicia, la prudencia y humildad, la templanza y la paciencia, la firmeza -pero sin testarudez -. Es difícil, sí. Vosotros, por el momento, sólo tenéis que obedecer: a Dios y a vuestro Maestro.

Tú, y no sólo tú, te preguntas por qué hago o no ciertas cosas; te preguntas por qué Dios permite o no tales cosas. Mira, Pedro, y todos vosotros, amigos míos. Uno de los secretos del perfecto fiel consiste en no autoelevarse nunca a interpelar a Dios. "¿Por qué haces esto?": pregunta uno poco formado a su Dios, y parece como si se pusiera a representar el papel de un adulto experimentado ante un escolar para decir: "Esto no se hace, es una necedad, un error". ¿Quién puede superar a Dios?

Como podéis ver, ahora me rechazan so pretexto de celo por Juan. Esto os escandaliza, y quisierais que rectificase el error y me pusiera en actitud polémica contra quienes expresan esta razón. No. No. Jamás. Ya habéis oído lo que el Bautista, por boca de sus discípulos, ha dicho: "Es necesario que Él crezca y yo merme". Es decir, no hay nostalgias, no hay un aferrarse a la propia posición. El santo no se apega a estas cosas, no trabaja con vistas al número de fieles "propios"; no tiene fieles propios; trabaja para aumentarle a Dios el número de fieles. Sólo Dios tiene derecho a tener fieles. Por tanto, de la misma forma que Yo no me duelo de que, de buena o mala fe, algunos permanezcan con el Bautista, él tampoco se aflige -ya le habéis oído -por el hecho de que discípulos suyos vengan a mí; está desapegado de estas pequeñeces numéricas. Pone su mirada en el Cielo, como Yo.

No estéis, entonces, litigando entre vosotros sobre si es justo o no que los judíos me acusen de arrebatarle discípulos al Bautista, o sobre si es justo o no que estas cosas se dejen decir. Disputas de este tipo son propias de mujeres charlatanas en torno a una fuente. Los santos se ayudan, se dan y se intercambian los espíritus con jovial facilidad, sonrientes por la idea de trabajar para el Señor.

Yo he bautizado, es más, os he puesto a bautizar, porque tan pesado es, ahora, el espíritu, que es necesario presentarle formas materiales de piedad, de milagro y de enseñanza. Por causa de esta pesantez espiritual tendré que recurrir a la ayuda de cosas materiales cuando quiera que obréis milagros. Pero, creedlo, no estará en el aceite, ni en el agua, ni en ceremonias, la prueba de la santidad. Se acerca el momento en que una impalpable cosa, invisible, inconcebible para los materialistas, será reina, la "restablecida" reina, pudiente en todo lo santo, santa en toda cosa santa.

Por ella el hombre quedará restablecido como "hijo de Dios" y obrará lo que Dios obra, porque tendrá a Dios consigo.

La Gracia: ésta es la reina que está volviendo. Entonces el bautismo será sacramento. Entonces el hombre hablará y comprenderá el lenguaje de Dios, y la Gracia dará vida y Vida, dará poder de ciencia y de potencia; entonces… ¡oh! ¡entonces!…

Pero todavía no tenéis la madurez suficiente para comprender lo que os va a conceder la Gracia. Os ruego que ayudéis su venida con una continua obra de formación de vosotros mismos, y que abandonéis las cosas inútiles propias de hombres mezquinos…

Allá se ve el límite de Samaria. ¿Creéis acertado que me acerque a hablar?
-¡Oh!!

Todos, quién más, quién menos, se muestran escandalizados.

-En verdad os digo que por todas partes hay samaritanos. Si no tuviera que hablar donde hubiera un samaritano, no debería hacerlo en ningún lugar. Venid, pues. No voy a intentar hablar, pero no rechazaré hablar de Dios si me lo piden. Un año ha terminado, empieza el segundo; está a caballo entre el principio y el final. Al principio predominaba el Maestro, ahora, fijaos, se revela el Salvador; el final tendrá el rostro del Redentor. Vamos.

El río aumenta de caudal a medida que se acerca a la desembocadura; como Yo, que aumento la obra de misericordia porque la desembocadura está ya cerca».

-¿Después de la Galilea vamos a ir a algún río caudaloso? ¿Al Nilo? ¿Al Éufrates?-comentan algunos en voz baja.

-Quizás es que vamos a tierra de gentiles… -responden otros.

-No cuchicheéis. Nos dirigimos a mi desembocadura, o sea, hacia el cumplimiento de mi misión. Prestadme mucha atención, porque después os dejaré, y debéis continuar en mi nombre.

141- Yendo hacia Arimatea con los discípulosy con José de Emaús

Señor, ¿qué vamos a hacer de éste? -pregunta Pedro a Jesús señalando al hombre -de nombre José -que los sigue desde que han dejado Emaús y que ahora escucha a los dos hijos de Alfeo y a Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

-¿Y luego?…
-Luego… se quedará con nosotros; ya verás…
-¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?
-¿También tú fariseo?

-¡No! Pero… lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

-Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades. Es lo que quieres decir, ¿no? ¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación? No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

-¿Pero, ¿no somos nosotros ya tus discípulos?…
Jesús mira a Pedro y sonríe con finura. Luego responde:

-Te dije un día, hace muchos meses: "Vendrán otros muchos discípulos". E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes… y, también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo. Pero vosotros seréis siempre mis predilectos -termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado que con la promesa se ha tranquilizado.

-Entonces viene con nosotros, ¿no?
-Sí. Hasta que su corazón recobre la salud. Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.
Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales. Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos. No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

-Mis principales obras, las que más testifican mi naturaleza y mi misión, las en que recae, dichosa, la mirada de mi Padre, son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios? Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo. Vivir sin esperanza es horroroso.

La vida es bonita ­dentro de sus asperezas -sólo si recibe esta onda de Sol divino. El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol. Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación. Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios, Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí:

"El Sol ha muerto", ¿no le parecería, acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto? ¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿despojan a otros de sus bienes?, ¿calumnian? Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado? Bueno, ¿y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: "Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno, más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo: “Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo. Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina, la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor. Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios serán mis discípulos fieles, los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo:

"¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también. ¿Vosotros desesperados?

También yo. Ved cómo, a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo; porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)".

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores; los uno, en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce, han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte. En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro. Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

-¡Oh, Consolación mía! Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa. Hace tres días que estoy contigo, y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento fuera un sueño que se va desvaneciendo. Lo hice, sí, pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes. Estas noches he pensado mucho. En Joppe tengo un pariente que es bueno (aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer). Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija… ¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido, pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos. Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así. Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían. Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo. Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

-Te daré su compañía. Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento… Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.

-¿No nos vamos a detener en casa de José?

José está probablemente en Jerusalén… El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac. Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche. Tengo prisa de llegar a Galilea. Allí hay una Madre que sufre -porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor -y quiero confortarla.

140- En Emaús, en casa del arquisinagogo Cleofás.

Un caso de incesto. Fin del primer año
Juan y su hermano llaman a una casa en un pueblo (reconozco la casa donde entraron los dos de Emaús con Jesús resucitado). Cuando les abren, entran y hablan con alguien, no veo; luego salen y se echan a andar por un camino. Llegan hasta donde están Jesús y los otros, detenidos en un lugar apartado.

-Está, Maestro; y está contentísimo de que verdaderamente hayas venido. Nos ha dicho: "Id a decirle que mi casa es suya.

Ahora voy yo también".

-Vamos entonces.

Caminan durante un tiempo y se encuentran con el anciano jefe de la sinagoga, Cleofás, visto anteriormente en Agua Especiosa. Se saludan mutuamente con una inclinación de cabeza; no obstante, después, el anciano, que parece un patriarca, se arrodilla con un devoto saludo. Algunos habitantes del lugar, al ver esto, se acercan curiosos.
El anciano se alza y dice:

-He aquí al Mesías prometido. Recordad este día, habitantes de Emaús.

Unos observan con una curiosidad enteramente humana, otros ya expresan en sus miradas una religiosa reverencia. Dos de ellos se abren paso y dicen:

-Paz a ti, Rabí. Estábamos presentes nosotros también aquel día.

-Paz a vosotros, y a todos. He venido, como me había pedido vuestro jefe de la sinagoga.
-¿Vas a hacer milagros aquí también?
-Si hay hijos de Dios que crean y tengan necesidad de ello, ciertamente lo haré.

El jefe de la sinagoga dice:

-Quienes deseen oír al Maestro que vengan a la sinagoga. Igualmente el que tenga enfermos. ¿Puedo decir esto,
Maestro?

-Puedes. Después de la hora sexta estaré a vuestra entera disposición. Ahora soy del buen Cleofás.
Y, seguido de un séquito de gente, prosigue al lado del anciano hasta su casa.

-Éste es mi hijo, Maestro; y ésta, mi mujer… y la mujer de mi hijo y los niños pequeños. Siento mucho el que mi otro hijo esté con el suegro de mi hijo Cleofás en Jerusalén, junto con un infeliz de aquí…

-Ya te contaré. Entra, Señor, con tus discípulos.
Entran y reciben las atenciones que son habituales, para reponer fuerzas, en el uso hebreo. Luego se acercan al fuego, que arde en una amplia chimenea, porque el día está húmedo y frío.

Dentro de poco nos sentaremos a la mesa. He invitado a los notables del lugar. Hoy celebraremos una gran fiesta. No todos creen en ti, pero tampoco son enemigos; solamente indagadores. Quisieran creer, pero hemos sufrido demasiadas veces desilusiones sobre el Mesías en estos últimos tiempos. Hay desconfianza. Sería suficiente una palabra del Templo para eliminar cualquier tipo de duda, pero el Templo… Yo he pensado que viéndote a ti y oyéndote, así, simplemente, se podría hacer mucho en este sentido. Yo quisiera proporcionarte verdaderos amigos.

-Tú eres ya uno de ellos.

-Yo soy un pobre anciano. Si fuera más joven, te seguiría; pero los años pesan.

-Me estás sirviendo ya con tu creer. Me estás predicando ya con tu fe. Estate tranquilo, Cleofás. No me olvidaré de ti en la hora de la Redención.

-Aquí llegan Simón y Hermas - avisa el hijo del jefe de la sinagoga.

Entran dos personas de media edad, de noble aspecto, y se ponen todos en pie.

-Éste es Simón y éste Hermas, Maestro. Son verdaderos israelitas, de corazón sincero.

-Dios se manifestará a sus corazones. Entretanto, descienda la paz sobre ellos. Sin paz no se oye a Dios.
-Está escrito también en el libro de los Reyes hablando de Elías.

-¿Son tus discípulos éstos? - pregunta el que tiene por nombre Simón.

-Sí.
-Los hay de las más diversas edades y lugares. ¿Y Tú? ¿Eres galileo?

-De Nazaret, pero nacido en Belén en tiempos del censo.

-Betlemita entonces. Ello confirma tu figura.
-Benigna confirmación… para la debilidad humana; mas la confirmación se halla en lo sobrehumano.
-En tus obras, quieres decir, ¿no? - dice Hermas.
-En ellas y en las palabras que el Espíritu enciende en mi labio.
-El que te oyó me las repitió. Verdaderamente grande es tu sabiduría. ¿Tienes intención de fundar con ella tu Reino?
-Un rey debe tener súbditos que estén en conocimiento de las leyes de su reino.

-¡Pero tus leyes son, todas, espirituales!

-Tú lo has dicho, Hermas. Todas espirituales. Yo tendré un reino espiritual. Mi código, por tanto, es espiritual.
-¿Y la reconstitución de Israel, entonces?

-No caigáis en el error común de tomar el nombre "Israel" en su significado humano. Se dice "Israel" para decir
"Pueblo de Dios". Yo constituiré de nuevo la libertad y la verdadera potencia de este pueblo de Dios, y a él mismo, restituyendo al Cielo las almas, redimidas y conocedoras de las eternas verdades.

-Sentémonos a las mesas. Os lo ruego - dice Cleofás, que toma asiento junto a Jesús, en el centro. A la derecha de Jesús está Hermas, al lado de Cleofás está Simón, luego el hijo del arquisinagogo, en los otros sitios los discípulos.

Jesús, a petición del huésped, realiza el ofrecimiento y la bendición, y se empieza la comida.

-¿Vienes aquí, a esta zona, Maestro? - pregunta Hermas.
-No. Voy a Galilea. Aquí vendré de paso.
-¿Cómo? ¿Dejas Agua Especiosa?
-Sí, Cleofás.

-Pues iban las turbas incluso en invierno. ¿Por qué les quitas esta ilusión?

-No soy Yo. Así lo quieren los puros de Israel.
-¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué mal hacías? Palestina tiene muchos rabíes que hablan donde quieren. ¿Por qué no se te concede a ti?

-No indagues, Cleofás. Eres anciano y sabio. No metas en tu corazón veneno de amargo conocimiento.

-¿Quizás es que manifestabas doctrinas nuevas, consideradas peligrosas - evidentemente por error de valuación – por los escribas y fariseos? Cuanto de ti sabemos no nos parece… ¿Verdad, Simón? Pero quizás es que nosotros no sabemos todo.

¿En qué consiste para ti la Doctrina? - pregunta Hermas.
-En el conocimiento exacto del Decálogo, en el amor y en la misericordia. El amor y la misericordia, esta respiración y esta sangre de Dios, son la norma de mi conducta y de mi doctrina. Y Yo los aplico en todos los aprietos de cada uno de mis días.

-¡Pues esto no es ninguna culpa! Es bondad.

-Los escribas y fariseos la juzgan como culpa. Mas Yo no puedo mentir a mi misión, ni desobedecer a Dios, que me ha enviado como "Misericordia" a la Tierra. Ha llegado el tiempo de la Misericordia plena, después de siglos de Justicia. Ésta es hermana de la primera; como dos que han nacido de un solo seno. Pero, mientras que antes era más fuerte la Justicia, y la otra se limitaba sólo a atenuar el rigor - porque Dios no puede prohibirse el amar -, ahora la Misericordia es reina (¡y cuánto se regocija por ello la Justicia, que tanto se afligía por tener que castigar!). Si os fijáis bien, veréis fácilmente que ambas siempre existieron desde que el Hombre le obligó a Dios a ser severo.

El subsistir de la Humanidad no es sino la confirmación de cuanto estoy diciendo. Ya en el mismo castigo de Adán está incorporada la misericordia. Podía haberlos reducido a cenizas en su pecado. Les dio la expiación, y en el horizonte de la mujer, causa de todo mal, abatida por este ser causa del mal, hizo refulgir una figura de Mujer causa del bien. Y a ambos les concedió los hijos y los conocimientos de la existencia. A1 asesino Caín, junto con la justicia, le concedió el signo - y era misericordia - para que no lo mataran. Y a la Humanidad corrompida le concedió a Noé para conservarla en el arca, y luego prometió un pacto sempiterno de paz. Ya no más el fiero diluvio; ya no más. La Justicia fue sometida por la Misericordia. ¿Queréis recorrer conmigo la Historia sagrada para llegar hasta el momento mío? Veréis siempre, y cada vez más amplias, repetirse las ondas del amor. Ahora está colmo el mar de Dios, y te eleva, ¡oh, Humanidad!, sobre sus aguas delicadas y serenas; te eleva al Cielo, purificada, hermosa, y te dice: "Te llevo de nuevo al Padre mío".

Los tres han quedado abismados en el hechizo de tanta luz de amor. Luego Cleofás suspira y dice:

-Así es. ¡Pero sólo Tú eres así! ¿Qué será de José? ¡Deberían haberlo escuchado ya! -¿Lo habrán hecho?
Ninguno responde.

Cleofás se vuelve hacia Jesús y dice:

-Maestro, uno de Emaús, cuyo padre había repudiado a su mujer, la cual fue a establecerse a Antioquía con un hermano suyo, propietario de un emporio, ha incurrido en culpa grave. Él no había conocido jamás a aquella mujer, repudiada - no quiero indagar las causas - tras pocos meses de matrimonio. Nada había sabido de ella porque, naturalmente, su nombre había quedado desterrado de esa casa. Ya hecho un hombre, heredados de su padre actividad comercial y bienes, pensó formar un hogar, y, habiendo conocido en Joppe a una mujer, dueña de un rico emporio, la tomó por esposa. Ahora - no sé cómo se ha sabido - se ha sacado a la luz que esa mujer era hija de la mujer del padre de él. Por tanto, pecado grave, aunque, para mí, es muy insegura la paternidad de la mujer. José, habiendo sido condenado, ha perdido al mismo tiempo su paz de fiel y su paz de marido. Y, a pesar de que, con gran dolor, hubiera repudiado a su mujer, quizás hermana suya - la cual, por el sufrimiento cayó en estado febril y murió -, a pesar de ello, no lo perdonan. En conciencia, yo digo que, de no haber habido enemigos en torno a sus riquezas, no habrían procedido contra él de este modo.

-¿Tú qué harías?

-El caso es muy grave, Cleofás. Cuando has venido a mi encuentro, ¿por qué no me has hablado de ello?

-No quería alejarte de aquí.

-¡Pero si a mí estas cosas no me alejan! Ahora escucha.

Materialmente hay incesto, y, por tanto, castigo. Ahora bien, la culpa, para ser moralmente culpa, debe tener a la base la voluntad de pecar. ¿Este hombre ha cometido incesto a sabiendas? Tú dices que no. Entonces, ¿dónde está la culpa - quiero decir la culpa de haber querido pecar? Está aún la del contubernio con una hija del propio padre. Pero tú dices que no era seguro que lo fuese. Y, aunque lo hubiera sido, la culpa cesa al cesar el contubernio. El cese aquí es seguro, no sólo por el repudio, sino porque ha sobrevenido la muerte. Por ello, digo que ese hombre debería ser perdonado, incluso de su aparente pecado. Y digo que, dado que no ha sido condenado el incesto regio, que continúa ante los ojos del mundo, debería mostrarse piedad hacia este doloroso caso, cuyo origen se encuentra en la licencia de repudio que Moisés concedió, para evitar males, aunque no más graves, sí más numerosos. Licencia que Yo condeno, porque el hombre, se haya casado bien o mal, debe vivir con el cónyuge y no repudiarlo y favorecer adulterios o situaciones similares a ésta. Además, repito, a la hora de ser severos, hay que serlo en igual medida con todos; es más, antes con uno mismo y con los grandes. Ahora bien, que Yo sepa, ninguno, quitando al Bautista, ha alzado la voz contra el pecado regio. ¿Los que condenan están inmunes de culpas similares o peores?, ¿o, tal vez, estas culpas quedan cubiertas por el velo del nombre y del poder, de la misma forma que el pomposo manto proporciona cobijo a su cuerpo, frecuentemente enfermo por el vicio?

-Bien has hablado, Maestro. Así es. Pero, en definitiva, ¿Tú quién eres?… - preguntan a una los dos amigos del sinagogo.

Jesús no puede responder porque se abre la puerta y entra Simón,, suegro de Cleofás hijo.

-¡Bienvenido de nuevo! ¿Entonces? - la curiosidad es tan viva, que ninguno piensa ya en el Maestro.
-Entonces… condena absoluta. Ni siquiera han aceptado el ofrecimiento del sacrificio. José ha quedado separado de Israel».

-¿Dónde está?

-Ahí fuera. Y está llorando. He tratado de hablar con los más influyentes. Me han arrojado de su presencia como si fuera un leproso. Ahora… pero… lo han hundido a ese hombre, en los bienes y en el alma. ¿Qué más puedo hacer?
Jesús se levanta y se dirige hacia la puerta, sin decir nada.

El anciano Cleofás piensa que se ha sentido ofendido por la falta de atención y dice:

-¡Oh, perdona, Maestro! Es que el dolor que me causa este hecho me turba la mente. ¡No te vayas! ¡Te lo ruego!
-No me voy, Cleofás. Sólo voy donde ese desdichado. Venid, si queréis, conmigo.

Jesús sale al vestíbulo. La casa tiene una franja de terreno delante, unos cuadros pequeños de jardín, más allá de los cuales está el camino. En el suelo, a la entrada, hay un hombre. Jesús se le acerca con los brazos abiertos. Detrás, todos los demás tratando de ver.

-José, ¿ninguno te ha perdonado? - Jesús habla lleno de dulzura. El hombre se estremece al oír esa voz nueva, llena de bondad, después de tantas voces de condena. Alza el rostro y lo mira asombrado - José, ¿ninguno te ha perdonado? – repite Jesús inclinándose para tomarle sus manos y levantarlo.

-¿Quién eres? - pregunta el desdichado.
-Soy la Misericordia y la Paz.
-.Para mí ya no hay ni misericordia ni paz.
-En el seno de Dios siempre hay misericordia y paz. Es un seno colmo de estas cosas, y especialmente para los hijos infelices.

-Mi culpa es tal, que estoy separado de Dios. Déjame, para no contaminarte, Tú, que ciertamente eres bueno.
-No te dejo. Quiero llevarte a la paz.
-Pero si yo soy… ¿Tú quién eres?

-Te lo he dicho: Misericordia y Paz. Soy el Salvador, soy Jesús. Levántate. Yo puedo lo que quiero. En nombre de Dios te absuelvo de la involuntaria contaminación. El otro mal no existe. Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Todo juicio del Eterno ha quedado deferido a mí. Quien cree en mi palabra tendrá la vida eterna… Ven, pobre hijo de Israel.

Repón las fuerzas de tu cuerpo cansado y fortalece el espíritu abatido. Culpas mucho mayores perdonaré. No. ¡De mí no provendrá la desesperación de los corazones! Yo soy el Cordero sin mancha, pero no evito por miedo a contaminarme a las ovejas heridas. Es más, las busco y las conduzco conmigo. Demasiados, demasiados son los que se encaminan a la completa destrucción a causa de demasiada severidad, incluso injusta, de juicio. ¡Ay de aquellos que debido a un intransigente rigor conducen a un espíritu a desesperar! Tales no promueven los intereses de Dios, sino los de Satanás. Pues bien, veo que una pecadora ansiosa de redención ha sido alejada del Redentor, veo que persiguen a un jefe de sinagoga por ser justo; veo que ha sido castigado uno que inadvertidamente ha caído en culpa.

Veo que se hacen demasiadas cosas desde allí, desde allí donde viven el vicio y la mentira. Y, como la pared que ladrillo a ladrillo se alza hasta cerrarse, así estas cosas - y en un año ya he visto demasiadas - están levantando entre mí y ellos un muro de dureza. ¡Ay de ellos cuando esté completamente levantado con los materiales aportados por ellos mismos! Ten: bebe, come. Estás exhausto. Luego, mañana, vendrás conmigo. No temas.

Cuando recuperes la paz del espíritu, podrás juzgar libremente sobre tu futuro. Ahora no podrías hacerlo, y sería peligroso dejártelo hacer.

Jesús se ha llevado consigo al hombre dentro de la sala y le ha obligado a sentarse en su sitio. Incluso le sirve. Luego se vuelve hacia Hermas y hacia Simón y dice:
-Ésta es mi Doctrina. Ésta y no otra. Y no me limito a predicarla, sino que la hago realidad. Quien tenga sed de Verdad y de Amor venga a mí.

Dice Jesús:

-Y con esto termina el primer año de evangelización.

Conservad nota de ello. ¿Qué puedo deciros? Lo he dado porque mi deseo era que fuera conocido. Pero, como con los fariseos, sucede con este trabajo. Mi deseo de ser amado - conocer es amar - se ve rechazado por demasiadas cosas. Y esto es un gran dolor para mí, que soy el eterno Maestro a quien vosotros habéis hecho prisionero…

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