por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús se encuentra con los suyos en un lugar muy montañoso. El camino es incómodo y escabroso y a los más ancianos se les hace muy duro; sin embargo, los jóvenes se muestran muy contentos en torno a Jesús y suben ágiles, conversando entre sí.
El pensamiento de volver a Galilea tiene alborozados a los dos primos, los dos hijos de Zebedeo, y a Andrés, y su alegría es tal, que conquista también al Iscariote, que desde hace un tiempo se encuentra en las mejores disposiciones de espíritu. Se limita a decir:
-Bueno, Maestro, pero, para Pascua, cuando se va al Templo… ¿vas a volver a Keriot? Mi madre sigue esperando a que vayas. Me lo ha hecho saber. E igualmente mis paisanos…
-Por supuesto. Ahora, aunque quisiéramos, la estación está demasiado desapacible como para meterse por esos caminos intransitables. Daos cuenta de lo fatigoso que resulta incluso aquí; y, si no hubiese sido por esa imposición, no habría emprendido ahora el camino… Pero ya no se podía estar… -Jesús guarda silencio, pensativo.
-Y después, quiero decir por Pascua, se podrá ir? Yo quisiera enseñar tu gruta a Santiago y a Andrés - dice Juan.
-¿Te olvidas del amor de Belén hacia nosotros? - pregunta el Iscariote - 0, mejor dicho, hacia el Maestro.
-No. Pero iría yo con Santiago y Andrés. Jesús podría estar en Yuttá o en tu casa…
-¡Oh…, esto me satisface! ¿Lo harás así, Maestro? Ellos van a Belén, Tú estás conmigo en Keriot. Realmente conmigo solo nunca has estado… y siento grandes deseos de tenerte enteramente para mí…
-¿Estás celoso? ¿No sabes que Yo os amo a todos de la misma forma? ¿No crees que Yo estoy con todos vosotros aun cuando parezco lejano?
-Sé que nos quieres. Si no nos quisieras, deberías ser mucho más severo, conmigo al menos. Creo que tu espíritu nos asiste continuamente. Pero no somos del todo espíritu; está también el hombre, con sus amores de hombre, sus deseos, sus añoranzas. Jesús mío, yo sé que no soy el que más te hace feliz, pero creo que Tú sabes lo vivo que está en mí el deseo de agradarte y el recuerdo amargo de todas las horas que te pierdo por mi miseria…
-No, Judas. No te pierdo. Estoy más cerca de ti que de los demás, precisamente porque conozco quién eres.
-¿Qué soy, mi Señor? Dilo. Ayúdame a entender qué soy. Yo no me entiendo. Me da la impresión de ser como una mujer turbada por deseos de concebir. Tengo apetitos santos y apetitos depravados. ¿Por qué? ¿Qué soy yo?
Jesús lo mira con una mirada indefinible. Está apenado. Pero es una tristeza embebida de piedad, de mucha piedad.
Parece un médico que constatara el estado de un enfermo y que supiera que se trata de un enfermo que no puede curarse…Pero no habla.-Dilo, Maestro mío. Tu juicio sobre el pobre Judas será siempre el menos severo de todos.
Y, además… estamos entre hermanos. No me importa que sepan de qué estoy hecho. Es más, sabiéndolo de ti, corregirán su juicio y me ayudarán. ¿No es verdad?
Los otros se sienten violentos y no saben qué decir. Miran al compañero, miran a Jesús.
Jesús pone a su lado a Judas Iscariote, en el lugar donde antes estaba su primo Santiago, y dice:
-Tú eres simplemente un desordenado. Tienes en ti todos los mejores elementos, pero no los tienes bien fijados, y el más mínimo soplo de viento los descoloca. Hace poco hemos pasado por aquella estrechura, nos han mostrado el daño que han hecho a las pobres casas de aquel pueblecito el agua, la tierra y los árboles. El agua, la tierra, los árboles son cosas útiles y benditas, ¿no es, acaso, verdad? Bueno, pues, a pesar de todo, han resultado malditas. ¿Por qué? Porque el agua del torrente no tenía un curso ordenado, sino que, incluso por indolencia del hombre, se había excavado otros lechos siguiendo su capricho, lo cual era bonito mientras no había ventiscas.
Esa agua clara que irrigaba el monte con pequeños regatos - collares de diamantes o de esmeraldas, según reflejasen la luz o la sombra de los bosques - era como una obra de joyero. Y el hombre gozaba de ello, porque las cantarinas venas de agua eran útiles para sus pequeños campos; como también eran hermosos los árboles nacidos, por avatares de los vientos, en caprichosos grupos, ora aquí, ora allá, dejando claros llenos de sol. También era hermosa la tierra esponjosa, depositada por quién sabe qué lejanos aluviones entre unas ondulaciones y otras del monte; tierra verdaderamente fértil para los cultivos. Pero ha sido suficiente que llegaran las ventiscas de hace un mes para que los caprichosos surcos del torrente se unieran y, desordenadamente, se desbordaran siguiendo otro curso, llevándose los desordenados árboles y arrastrando hacia abajo las desordenadas acumulaciones de tierra. Si las aguas hubieran sido reguladas, si los árboles hubieran
estado agrupados en bosques ordenados, si se hubiera asegurado en manera ordenada la tierra con las oportunas protecciones, entonces esos tres elementos, la madera, el agua y la tierra, que son buenos, no se habrían transformado en causas de destrucción y muerte para ese pueblecito. Tú tienes inteligencia, intrepidez, instrucción, prontitud, prestancia, tienes muchas cosas, muchas, pero están salvajemente dispuestas en ti; y tú dejas que estén así. Mira, necesitas un trabajo paciente y constante sobre ti mismo, para poner orden - que al final se traduce en una vigorosidad - en tus cualidades, de forma que, cuando llegue la ventisca de la tentación, lo bueno que tienes en ti no se transforme en un mal para ti y para los demás.
-Tienes razón, Maestro. Cada cierto tiempo sufro la acción de un viento que me altera profundamente, y entonces todo se enreda. Dices que yo podría…
-La voluntad lo es todo, Judas.
-Pero hay tentaciones que son tan punzantes… Uno se oculta, por miedo a que el mundo se las lea en el rostro».
-¡Ése es el error! Ése sería precisamente el momento de no esconderse, sino de buscar el mundo, el de los buenos, para recibir su ayuda. Además, el contacto con la paz de los buenos calma la fiebre. Y buscar también el mundo de los criticadores, porque, debido a ese orgullo que impulsa a ocultarse para que no le lean a uno su ánimo tentado, ello sería un impulso ante la debilidad moral, y no se caería.
-Tú fuiste al desierto…
-Porque podía hacerlo. Pero ¡ay de aquellos que están solos, si no son, en su soledad, multitud contra la multitud!
-¿Cómo? No comprendo.
-Multitud de virtudes contra multitud de tentaciones. Cuando la virtud es poca, hay que hacer como esta débil hiedra: agarrarse a las ramas de árboles vigorosos, para subir.
-Gracias, Maestro. Yo me agarro a ti y a los otros compañeros. Ayudadme todos. Vosotros sois todos mejores que yo.
-Ha sido mejor el ambiente sobrio y honesto en que hemos crecido, amigo. Pero ahora tú estás con nosotros, y te queremos. Verás… No es por criticar a Judea, pero, créelo, en Galilea hay, al menos en nuestros pueblos, menos riqueza y menos corrupción. Tiberíades, Magdala, otros lugares de tripudio, están cercanos; pero, nosotros vivimos con "nuestra" alma simple, tosca si quieres, pero laboriosa, santamente contenta de lo que Dios nos concede- dice Santiago de Alfeo.
-Pero ten en cuenta, Santiago, que la madre de Judas es una santa mujer. Se le ve la bondad escrita en la cara – objeta Juan.
Judas de Keriot, contento por esta alabanza, le sonríe; y su sonrisa aumenta cuando Jesús confirma:
-Es así, como has dicho, Juan; es una santa criatura.
-¡Sí! ¡Ya! Pero mi padre soñaba con hacer de mí una persona grande en el mundo, y me separó muy pronto y demasiado profundamente de mi madre…
-Pero, ¿qué es lo que tenéis que decir, que no paráis de hablar? - pregunta desde lejos Pedro - ¡Paraos! ¡Esperadnos! No le veo la gracia a ir así, sin pensar que yo tengo las piernas cortas.
Se detienen hasta que el otro grupo los alcanza.
-¡Uf! ¡Cuánto te quiero, barquita mía! Aquí se hace esfuerzos de esclavos… ¿Qué decíais?
-Hablábamos de las cualidades para ser buenos - responde Jesús.
-Y ¿a mí no me las dices, Maestro?
-Claro que sí: orden, paciencia, constancia, humildad, caridad… ¡He hablado de ellas muchas veces!
-Del orden no. ¿Qué tiene que ver con ello?
-El desorden no es nunca una buena cualidad. Se lo he explicado a tus compañeros. Ellos te lo dirán. Y lo he puesto el primero; mientras que he puesto la última a la caridad, porque son los dos extremos de la recta de la perfección. Ahora bien, como tú sabes, una recta, puesta horizontalmente, no tiene principio, como tampoco tiene fin. Ambos extremos pueden ser principio y pueden ser fin, mientras que de una espiral, o de cualquier otra figura no cerrada en sí misma, hay siempre un principio y un fin. La santidad es lineal, simple, perfecta, y no tiene sino dos extremos, como la recta.
-Es fácil hacer una recta…
-¿Tú crees? Te equivocas. En un dibujo, complicado incluso, puede pasar inadvertido algún defecto; pero en la recta enseguida se ve cualquier falta, o de inclinación o de incertidumbre. José, enseñándome el oficio, insistía mucho en que fueran derechas las tablas y con razón me decía: "¿Ves, hijo mío? En una moldura o en un trabajo de torno todavía puede pasar una leve imperfección, porque el ojo (si no es expertísimo), si observa un punto no ve el otro. Pero si una tabla no está derecha como se debe, ni siquiera el trabajo más simple, como puede ser una pobre mesa de campesinos, sale bien. Estará arqueada, hacia abajo o hacia arriba. No sirve sino para el fuego".
Podemos decir esto también respecto a las almas. Para que no suceda que no se sirva sino para el fuego infernal, es decir, para conquistar el Cielo, hay que ser perfecto como una tabla debidamente cepillada y escuadrada. Quien empieza su trabajo espiritual con desorden, comenzando por las cosas inútiles, saltando, como un ave inquieta, de esto a aquello, al final, cuando quiere reunir las partes de su trabajo, ya no puede, no encajan. Por tanto, orden.
Por tanto, caridad. Luego, manteniendo fijos en las dos mordazas estos extremos, de forma que no se escapen nunca, trabajar en todo lo restante, ya se trate de molduras o de tallas. ¿Has comprendido?
-Sí, he comprendido.
Pedro se mastica en silencio su lección y, al improviso, concluye:
-Entonces mi hermano vale más que yo. Él es verdaderamente ordenado. Paso a paso, en silencio, tranquilo. Da la impresión de que no se moviera, y, sin embargo… Yo desearía hacer muchas cosas y en poco tiempo. Y no hago nada. ¿Quién me ayuda?
-Tu buen deseo. No temas, Pedro. Tú también haces. Te haces.
-¿Y yo?
-También tú, Felipe.
-¿Y yo? Tengo la impresión de no ser realmente capaz de nada.
-No, Tomás. Tú también te trabajas. Todos, todos os trabajáis. Sois árboles silvestres, pero los injertos os van cambiando en modo lento y seguro, y Yo tengo en vosotros mi alegría.
-Eso. Estamos tristes y Tú nos consuelas. Somos débiles y Tú nos fortaleces. Somos miedosos y nos infundes valor. Para todos y para todos los casos, tienes preparado el consejo y el conforte. Maestro, Tú siempre estás preparado y siempre eres bueno, ¿cuál es el secreto?
Amigos míos, he venido para esto, sabiendo ya lo que me encontraría y lo que debía hacer. Sin sufrir ilusiones no se tienen desilusiones; por tanto, no se pierde energía, se va adelante. Recordad esto, para cuando también vosotros tengáis que trabajar al hombre animal para hacer de él el hombre espiritual.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-Señor, yo no he hecho sino cumplir con mi deber ante Dios, ante mi jefe y ante la honestidad de conciencia. He estado atento a esa mujer durante este tiempo en que ha sido huésped mía, y siempre la he visto honesta. Habrá sido una pecadora.
Bien. Ahora no lo es. ¿Por qué razón tengo yo que indagar sobre un pasado que ella misma ha tachado para anularlo?
Yo tengo hijos en edad joven y no feos. Pues bien, no ha mostrado nunca su rostro, realmente bonito, ni ha hecho oír su palabra. Puedo decir que oí el tono de su voz de plata cuando gritó a causa de las heridas. De hecho ella, lo poco que pedía - siempre a mí o a mi mujer - lo susurraba tras su velo, y tan bajo que casi no se entendía. Date cuenta de lo prudente que fue: cuando temió que su presencia pudiera ser causa de algún perjuicio, se marchó… Yo le había prometido protección y ayuda, y, sin embargo, ella no quiso aprovecharlo. ¡No, así no se comportan las mujeres perdidas! Yo rogaré por ella, como ha pedido; incluso sin este recuerdo. Tenlo, Señor.
Empléalo como limosna para bien suyo. Dándola Tú, ciertamente, recibirá a cambio paz.
Ha sido el encargado quien ha hablado a Jesús y lo ha hecho respetuosamente. Es un hombre de buen talle, rostro honesto y cuerpo recio. Detrás de él hay seis galanes, jóvenes, parecidos al padre, seis rostros de aspecto franco e inteligente; también está su esposa, una mujercita liviana y todo dulzura, que escucha a su marido como escucharía a un dios, asintiendo continuamente con la cabeza.
Jesús recibe el brazalete de oro y se lo pasa a Pedro diciendo:
-Para los pobres.
Luego se dirige al encargado en estos términos:
-No todos tienen tu rectitud en Israel. Tú eres sabio, porque distingues el bien del mal y sigues el bien sin sopesar la utilidad humana que el cumplirlo pueda comportar. En nombre del eterno Padre, te bendigo a ti, a tus hijos, a tu esposa y tu casa. Manteneos siempre en esta disposición de espíritu y el Señor estará siempre con vosotros, y tendréis la vida eterna. Yo ahora parto. Pero no quiere decir que no nos volvamos a ver nunca. Yo volveré, y vosotros podréis siempre llegaros hasta mí.
Por todo lo que habéis hecho por mí y por esa pobre criatura, Dios os dé su paz.
El encargado, los hijos y, por último, la mujer, se arrodillan y besan los pies de Jesús, el cual, tras un último gesto de bendición, se aleja con sus discípulos, dirigiéndose hacia el pueblo.
-¿Y si están todavía esos sucios? - pregunta Felipe.
-A nadie se le puede impedir que vaya por los caminos de la Tierra - responde Judas de Alfeo.
-No. Pero nosotros para ellos somos "anatema".
-¡Déjalos, hombre! ¿Te preocupa?
-Yo no me preocupo sino porque el Maestro no quiere violencia, y ellos, que lo saben, se aprovechan - dice Pedro refunfuñando entre dientes - sin duda, piensa que Jesús, que está hablando con Simón y con el Iscariote, no está oyendo.
Pero sí ha oído y se vuelve, mitad severo, mitad sonriente, y dice:
-¿Tú crees que Yo vencería haciendo violencia? Hacer violencia no es sino un pobre sistema humano, que sirve, temporalmente, para victorias humanas. ¿Cuánto tiempo dura la opresión? Hasta cuando, por sí misma, engendra en quienes la sufren reacciones que, aunándose, dan lugar a una violencia aún mayor, y esta violencia echa abajo el precedente estado de opresión. Yo no quiero un reino temporal, quiero un reino eterno: el Reino de los Cielos. ¿Cuántas veces os lo he dicho?
¿Cuántas os lo tendré que decir? ¿Lo entenderéis alguna vez? Sí. Llegará el momento en que lo entenderéis.
-¿Cuándo, Señor mío? Tengo prisa por entender para ser menos ignorante - dice Pedro.
-¿Cuándo? Cuando seáis triturados como el trigo entre las piedras del dolor y del arrepentimiento. Podríais, es más, deberíais, entender antes; pero, para ello, deberíais quebrantar vuestra humanidad y dejar libre al espíritu… y no sabéis haceros esta violencia. Pero entenderéis… entenderéis. Entonces entenderéis también cómo no podía hacer uso de la violencia, que es un medio humano, para instaurar el Reino de los Cielos: el Reino del espíritu. Pero, mientras esto se cumple, no tengáis miedo.
Esos hombres que os preocupan no nos harán nada; les basta con haberme echado.
-Pero, ¿no hubiera sido más fácil mandar un aviso al jefe de la sinagoga de que fuera a casa del encargado o de que nos esperara en la calzada principal?
-¿Qué hombre más prudente hoy mi Tomás! No es que no fuera fácil; o mejor, hubiera sido más fácil, pero no hubiera sido justo. Él se ha comportado heroicamente por mí, por causa mía ha sido insultado en su casa; justo es que Yo vaya a consolarlo a su casa.
Tomás se encoge de hombros y ya no habla más.
Ya se ve el pueblo, vasto pero de aspecto marcadamente rural, con casas entre huertos, que ahora están desnudos, y con muchos apriscos. Debe ser un lugar apto para el pastoreo, porque se oye, por todas partes, un denso balar de rebaños que van a los pastos de la llanura o que vienen de ellos. Tiene el consabido cruce de caminos con la plaza y su fuente en el centro en el lugar donde aquéllos confluyen; ahí está la casa del jefe de la sinagoga.
Abre una mujer anciana con claros signos de llanto en su rostro. No obstante, al ver al Señor experimenta un sentimiento de alegría, y, profiriendo palabras de bendición, se postra.
-Levántate, madre. He venido para deciros adiós. ¿Dónde está tu hijo?
-Está allí… - y señala una habitación en el fondo de la casa - ¿Has venido a consolarlo? Yo no soy capaz…
-Entonces, ¿está afligido por algo? ¿Le duele el haberme defendido?
-No, Señor. Pero siente un escrúpulo. Bueno, Tú lo escucharás. Lo llamo.
-No. Voy Yo. Vosotros esperad aquí. Vamos, mujer.
Jesús recorre los pocos metros del vestíbulo, empuja la puerta, entra en la habitación, se acerca despacio a un hombre, que está sentado, inclinado hacia el suelo, absorto en dolorosas meditaciones.
-Paz a ti, Timoneo.
-¡Señor! ¡Tú!
-Yo. ¿Por qué tan triste?
-Señor… Yo… me han dicho que he pecado. Me han dicho que soy anatema. Yo me examino… y no creo que lo sea. Pero ellos son los santos de Israel, y yo el pobre jefe de la sinagoga. Sin duda tienen razón. Yo ahora no me atrevo a alzar la mirada hacia el rostro airado de Dios, a pesar de que me sería muy necesario en este momento. Yo le servía con verdadero amor.
Trataba de darlo a conocer. Ahora quedaré privado de este bien, porque el Sanedrín está claro que me maldice.
-Pero, ¿cuál es el dolor? ¿El de dejar de ser el jefe de la sinagoga, o el de quedar imposibilitado para hablar de Dios?
-Es precisamente esto, Maestro, lo que me produce dolor. Supongo que cuando dices que si me duele el no ser jefe de la sinagoga te refirieres a las ganancias y a los honores que ello conlleva. Eso no me preocupa. Sólo tengo a mi madre. Ella es nativa de Aera y allí tiene una pequeña casa. Techo y sustento, para ella, hay. Para mí… yo soy joven. Trabajaré. Pero ya jamás osaré hablar de Dios, pues he pecado.
-¿Por qué has pecado?
-Dicen que soy cómplice del… ¡Señor…, no me hagas decir…!
-No. Yo lo digo. Bueno, ni siquiera lo digo. Yo y tú conocemos sus acusaciones, y Yo y tú sabemos que no son ciertas. Por tanto, tú no has pecado. Yo te lo digo.
-Entonces, ¿puedo todavía levantar la mirada hacia el Omnipotente? ¿Te puedo…?
-¿Qué, hijo?
Jesús es todo dulzura mientras se inclina hacia el hombre, que se ha detenido bruscamente como con miedo.
-¿Qué? Mi Padre busca tu mirada, la quiere. Y Yo quiero tu corazón y tu pensamiento. Sí, el Sanedrín descargará su mano sobre ti; Yo abro los brazos y digo: "Ven". ¿Quieres ser un discípulo mío? Yo veo en ti todo lo necesario para ser un obrero del Dueño eterno. Ven a mi viña….
-¿Lo dices en serio, Maestro? Madre… ¿estás oyendo? ¡Yo me siento feliz, madre! Yo… bendigo este sufrimiento porque me ha procurado este gozo. ¡Celebrémoslo a lo grande, madre! Luego me iré con el Maestro y tú volverás a tu casa. Voy enseguida, Señor mío; Tú, que me has librado de todo temor, y dolor, y miedo a Dios.
-No. Esperarás la palabra del Sanedrín. Con corazón sereno y sin odio. Tú en tu puesto, mientras se te deje en ese puesto. Luego te juntarás conmigo en Nazaret o en Cafarnaúm. Adiós. La paz sea contigo y con tu madre.
-¿No te vas a quedar un tiempo en mi casa?
-No. Iré a casa de tu madre.
-Es pueblo poco fiel.
-Le enseñaré la fidelidad. Adiós, madre. ¿Te sientes feliz ahora?
Jesús la acaricia, como hace siempre con las mujeres ancianas, a las cuales, noto, les da casi siempre el nombre de "madre".
-Feliz, Señor. Había criado y educado a un varón para el Señor. El Señor me lo toma como siervo de su Mesías. Bendito sea por ello el Señor. Bendito seas Tú que eres su Mesías. Bendita sea la hora en que has venido aquí. Bendito sea mi hijo, que ha sido llamado a tu servicio.
-Bendita sea la madre santa como Ana de Elcana. La paz sea con vosotros.
Jesús sale, seguido de madre e hijo. Se junta con sus discípulos, saluda una vez más y luego inicia el regreso hacia la Galilea.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús atraviesa junto a sus apóstoles los campos llanos de Agua Especiosa. El día está lluvioso, el lugar desierto. Debe ser aproximadamente mediodía, porque el simulacro de sol que, de vez en cuando, sale de detrás del telón gris de las nubes, cae perpendicularmente.
Jesús está hablando con el Iscariote, y le da el recado de ir al pueblo para hacer las compras más urgentes.
Ya solo, se llega hasta Él Andrés, que, tímido como siempre, dice en tono bajo:
-¿Puedo decirte una cosa, Maestro?
-Sí. Ven adelante conmigo - y alarga el paso seguido por el apóstol, adelantándose unos metros respecto a los demás.
-La mujer ya no está, Maestro - dice Andrés apenado. Y explica: -Le han pegado y ha huido, iba herida y sangrando. El encargado la ha visto. Me he adelantado, diciendo que iba a ver si nos habían tendido alguna insidia, pero la verdad es que quería ir a verla enseguida. ¡Tenía una gran esperanza de conducirla a la Luz! ¡He orado mucho estos días por ello!… Ahora ha
huido. Se perderá. Si supiera dónde está, iría… Esto no se lo diría a los otros, pero a ti sí te lo digo porque me comprendes. Tú sabes que esta búsqueda no está dictada por el sentido, sino que se justifica sólo por el deseo - ¡tan grande que se hace tormento! - de poner en salvo a una hermana mía…
-Lo sé, Andrés, y te digo: Aun habiendo ido las cosas así, tu deseo se cumplirá. Nunca se pierde la oración realizada en ese sentido. Dios la usa. Ella se salvará.
-Si eres Tú quien lo dice… ¡Mi dolor se mitiga!
-¿No quisieras saber qué es de ella? ¿No te importa ni siquiera el no ser tú el que la conduzca a mí? ¿No preguntas cómo lo hará? - Jesús sonríe dulcemente, con todo un brillar de luz en sus pupilas azules inclinadas hacia el apóstol, que va caminando a su lado (una de esas sonrisas y de esas miradas que constituyen uno de los secretos de Jesús para conquistar los corazones).
Andrés, con sus dulces ojos castaños, lo mira, y dice:
-Me basta con saber que viene a ti. Luego, yo u otro, ¿qué importancia tiene? ¿Cómo lo hará? Esto Tú ya lo sabes, no es necesario que yo lo sepa; Tú lo has asegurado, ya tengo todo, y me siento feliz.
Jesús le pasa el brazo por los hombros y lo estrecha contra sí con un abrazo afectuoso que hace entrar en éxtasis al buen Andrés. Y, teniéndolo así, habla:
-Éste es el don del verdadero apóstol. Mira, amigo mío, tu vida y la de los apóstoles futuros será siempre así. En alguna ocasión seréis conscientes de ser los "salvadores", pero la mayoría de las veces salvaréis sin ser conscientes de haber salvado a las personas que más querríais salvar. Sólo en el Cielo veréis que os salen al encuentro, o que suben al Reino eterno, vuestros salvados. Y por cada uno de los salvados aumentará vuestro júbilo de bienaventurados. En alguna ocasión lo sabréis ya desde la Tierra. Son los contentos que os doy para infundiros un vigor aún mayor para nuevas conquistas.
Pero, ¡dichoso aquel sacerdote que no tenga necesidad de estos incentivos para cumplir su propio deber! ¡Dichoso aquel que no se abate por no ver triunfos y dice: "Ya no hago nada más, puesto que no encuentro una satisfacción"!
La satisfacción apostólica, en cuanto único incentivo para el trabajo, muestra una no formación apostólica, rebaja el apostolado, que es una cosa espiritual, al nivel de un común trabajo humano. Jamás debe uno caer en la idolatría del ministerio. No sois vosotros los que tienen que ser adorados, sino el Señor Dios vuestro. A Él sólo la gloria de los salvados. A vosotros os corresponde la obra de salvación, dejando para el tiempo del Cielo la gloria de haber sido "salvadores". Pero me decías que el capataz la había visto. Cuéntame.
-Tres días después de habernos marchado, vinieron unos fariseos a buscarte. Naturalmente, no nos encontraron.
Recorrieron el pueblo y las casas de los campos como si estuvieran vivamente interesados en ti; pero ninguno lo creyó. Se albergaron en la posada, obligando, con soberbia, a desalojarla a todos los huéspedes, porque decían que no querían contactos con extranjeros desconocidos, que podían incluso profanarlos. Y todos los días iban a la casa. Pasados algunos días encontraron a esa pobrecilla, que iba siempre allí porque quizás esperaba encontrarte y conseguir su paz. La hicieron huir, siguiéndola hasta su refugio en el establo del encargado.
No la agredieron inmediatamente, dado que el encargado y sus hijos habían salido armados de garrotes. Pero luego, por la tarde, cuando ella salió de nuevo, volvieron, y venían con otros, y cuando la mujer fue a la fuente empezaron a apedrearla, llamándola "meretriz" y señalándola para que sufriera el vituperio de las gentes del pueblo. Y, dado que ella se echó a correr queriendo huir, la alcanzaron, le pegaron, le arrancaron el velo y el manto para que todos la vieran, y siguieron pegándole, tratando de imponerse con su autoridad al arquisinagogo para que la maldijera y fuera así lapidada, y para que te maldijera a ti, que la habías portado al pueblo. Pero él no quiso hacerlo y ahora está esperando el anatema del Sanedrín. El encargado la arrancó de las manos de esos canallas y la socorrió. Pero, por la noche, ella se marchó dejando un brazalete con una palabra escrita sobre una tira de pergamino. Había escrito: "Gracias. Ruega por mí".
El encargado dice que es joven y que es bellísima, aunque esté muy pálida y muy delgada. La ha buscado por los campos, porque estaba malherida, pero no la ha encontrado, y no se explica cómo haya podido alejarse mucho. Quizás haya muerto así, en algún lugar… y no se haya salvado…
-No.
-¿No? ¿No ha muerto, o no se ha perdido?
-La voluntad de redención es ya absolución. Aunque hubiera muerto estaría perdonada, porque ha buscado la Verdad, poniendo bajo sus propios pies el Error. Pero no ha muerto. Está subiendo las primeras pendientes del monte de la redención.
Yo la veo… Encorvada bajo el peso de su llanto de arrepentimiento. Ahora bien, el llanto la fortalece cada vez más, mientras que, por el contrario, el peso va decreciendo. Yo la veo. Va hacia el sol. Una vez que haya subido toda la pendiente, se encontrará en la gloria del Sol-Dios. Está subiendo… ayúdala orando.
-¡Oh…, mi Señor! - Andrés se siente casi aterrorizado por el hecho de poder ayudar a un alma en su santificación.
Jesús sonríe con mayor dulzura aún, y dice: «-Habrá que abrir los brazos y el corazón al arquisinagogo, que sufre la persecución, e ir a bendecir a ese buen encargado.
Vamos donde los compañeros, a decírselo a ellos.
Pero, mientras recorren en sentido inverso el camino andado para unirse a los otros diez - los cuales, habiendo comprendido que Andrés estaba en coloquio secreto con el Maestro, se habían detenido aparte -, llega corriendo el Iscariote.
Viene muy rápido, con su manto ondeando a sus espaldas, haciendo además un verdadero carrusel de gestos con los brazos, de modo que parece una mariposa gigantesca en veloz vuelo por el prado.
-Pero ¿qué le pasa? - pregunta Pedro - ¿Se ha vuelto loco?
Sin dar tiempo a que nadie le responda, el Iscariote, ya cerca, puede gritar, con el respiro entrecortado:
-¡Detente, Maestro! Escúchame antes de ir a la casa… Están al acecho. ¡Qué ruines!… - Sigue corriendo; ya ha llegado -
¡Maestro, ya no se puede ir allí! Los fariseos están en el pueblo y todos los días van a la casa. Te esperan con malas intenciones.
Despiden a quienes vienen buscándote. Los aterrorizan con horribles anatemas. Habrá que resignarse. Aquí te perseguirían y tu obra quedaría anulada… Uno de ellos me ha visto y me ha agredido. Un feo viejo narigudo que me conoce, porque es uno de los escribas del Templo - también hay escribas -, me ha agredido, apresándome con sus garras e insultándome con su voz de halcón.
Mientras no pasaba de insultarme a mí y de arañarme - "mira", dice, mostrando una muñeca y un carrillo decorados con claras marcas de uñas - lo he dejado, pero cuando te ha profanado con su baba, lo he cogido por el cuello…
-¡Judas! - grita Jesús.
-No, Maestro. No lo he ahogado. Solamente le he impedido que blasfemara contra ti; luego lo he dejado marcharse.
Ahora está allí medio muerto de miedo por el peligro que ha corrido… Pero nosotros nos vamos, te lo ruego.
¡Total, ya nadie podría ir a ti!…
-¡Maestro!
-¡Es horrible!
-¡Judas tiene razón!
-¡Están al acecho como hienas!
-¡Fuego del cielo que caíste sobre Sodoma, ¿por qué no vuelves?
-Sí señor, así se hace, muchacho! ¡Lástima que no haya estado también yo; te habría ayudado!
-¡Oh…. Pedro! Si hubieras estado tú, ese halconzuelo hubiera perdido para siempre las plumas y la voz.
-¡Hombre!, lo que no entiendo es cómo has podido quedarte a mitad.
-¡Bah!… Una luz improvisa en la mente, el pensamiento (venido vete a saber de qué cavidad del corazón): "El Maestro condena la violencia", y me he parado, lo cual me ha supuesto un choque interior más profundo aún que el que recibí al pegarme con la pared contra la que me había tirado el escriba cuando me agredió. Me quedé con los nervios deshechos… hasta el punto de que después no hubiera tenido ya fuerza para ensañarme con él. ¡Qué esfuerzo supone vencerse!…
-¡Sí señor, Judas, magnífico! ¿Verdad, Maestro? ¿Qué piensas de esto?
Pedro está tan contento de lo que ha hecho Judas, que no ve cómo Jesús ha pasado de tener el luminoso rostro de antes a mostrar una cara severa que le oscurece la mirada y le comprime la boca, pareciendo ésta hacerse más delgada.
La abre para decir:
-Yo digo que estoy más disgustado por vuestro modo de pensar que por la conducta de los judíos. Ellos son unos desdichados que están en las tinieblas. Vosotros, teniendo la Luz, sois duros, vengativos, murmuradores, violentos; sois de los que aprueban, como ellos, un acto brutal. Os digo que me estáis dando la prueba de que seguís siendo los que erais cuando me visteis por primera vez, y esto me duele. Respecto a los fariseos, sabed que Jesucristo no huye. Vosotros retiraos. Yo los afrontaré. No soy un mezquino. Una vez que haya hablado con ellos sin haber podido persuadirlos, me retiraré. No debe decirse que Yo no haya tratado por todos los medios de atraerlos hacia mí. Ellos también son hijos de Abraham. Yo cumplo con mi deber enteramente. Es preciso que la causa de su condena sea únicamente su mala voluntad y no una falta de dedicación mía hacia ellos.
Y Jesús camina hacia la casa, que muestra su bajo tejado tras una fila de árboles deshojados. Los apóstoles lo siguen cabizcaídos, hablando bajo entre sí.
Ya están en la casa. Entran en silencio en la cocina y se ponen manos a la obra con el hogar de la chimenea. Jesús se sume en su pensamiento.
Van a empezar a comer, cuando un grupo de personas se presenta en la puerta.
-Ahí están - musita el Iscariote.
Jesús se levanta inmediatamente y va hacia ellos. Su aspecto impone tanto que, por un instante, el grupito se arredra, pero el saludo de Jesús les permite volver a sentirse seguros:
-La paz sea con vosotros. ¿Qué queréis?
Entonces estos hombres viles creen que pueden atreverse a todo y, arrogantemente, con tono impositivo, dicen:
-En nombre de la Ley santa, te ordenamos dejar este lugar, a ti, perturbador de las conciencias, violador de la Ley, corruptor de las tranquilas ciudades de Judá. ¿No temes el castigo del Cielo, Tú, burdo imitador del Justo que bautiza en el Jordán, Tú, que proteges a las meretrices?
¡Fuera de la tierra santa de Judá! Que tu hálito, desde aquí, no traspase el recinto de la Ciudad sagrada.
-Yo no hago nada malo. Enseño como rabí, curo como taumaturgo, arrojo los demonios como exorcista. Estas categorías, queridas por Dios, existen también en Judá, y Dios exige respeto y veneración hacia ellas por parte vuestra. No pido veneración. Pido sólo que se me deje hacer el bien a aquellos que padecen alguna enfermedad en la carne, en la mente o en el espíritu. ¿Por qué me lo prohibís?
-Eres un poseso. Vete.
-El insulto no es una respuesta. Os he preguntado por qué me lo prohibís, mientras que a los otros se lo permitís.
-Porque eres un poseso y arrojas demonios y haces milagros con la ayuda de los demonios.
-¿Y vuestros exorcistas, entonces? ¿Con la ayuda de quién lo hacen?
-Con su vida santa. Tú eres un pecador. Para aumentar tu potencia te sirves de las pecadoras, porque en este contubernio se aumenta la posesión de la fuerza demoníaca.
Nuestra santidad ha purificado la zona de esa mujer, cómplice tuya; pero no permitimos que sigas aquí como reclamo de otras mujeres.
-Pero ¿es vuestra casa ésta? - pregunta Pedro, que ha venido junto al Maestro con aspecto poco halagador.
-No es nuestra casa. Pero todo Judá y todo Israel están en las manos santas de los puros de Israel.
-¡0 sea, vosotros! - termina el Iscariote, que también ha venido a la puerta, y concluye con una risotada burlona.
Luego pregunta: « ¿Y el otro amigo vuestro dónde está? ¿Temblando todavía? ¡Desvergonzados, marchaos de aquí! Y enseguida, si no os haré arrepentiros de…
-Silencio, Judas. Y tú, Pedro, vuelve a tu puesto. ¡Oíd vosotros, fariseos y escribas, por vuestro bien, por piedad hacia vuestra alma, os ruego que no combatáis contra el Verbo de Dios. Venid a mí. Yo no os odio. Comprendo vuestra mentalidad y deseo ser indulgente con ella. Pero quiero conduciros a una mentalidad nueva, santa, capaz de santificaros y de daros el Cielo.
Pero ¿es que acaso creéis que he venido para ir contra vosotros? ¡Oh no! Yo he venido para salvaros, para esto he venido. Os tomo en mi corazón. Os pido amor y entendimiento. Precisamente por el hecho de que sois los que más sabéis en Israel, debéis comprender la verdad más que los demás. Sed alma, no cuerpo. ¿Queréis que os lo suplique de rodillas? Lo que está en juego - vuestra alma - tiene tal valor, que Yo me metería bajo las plantas de los pies para conquistarla para el Cielo, con la seguridad de que el Padre no consideraría errónea esta humillación mía. ¡Hablad! ¡Estoy esperando una palabra!
-Maldición, decimos.
-Bien. Dicho queda. Podéis marcharos. Yo también me iré de aquí.
Y Jesús, volviéndose, regresa al sitio de antes. Inclina la cabeza sobre la mesa y llora.
Bartolomé cierra la puerta para que ninguno de estos hombres crueles que lo han insultado, y que se marchan profiriendo amenazas y blasfemias contra el Cristo, vea este llanto.
Un largo silencio. Luego Santiago de Alfeo acaricia la cabeza de su Jesús y dice:
-No llores. Nosotros te queremos, incluso por ellos.
Jesús alza el rostro y dice:
-No lloro por mí. Lloro por ellos, porque, sordos como son a toda llamada, procuran su propia muerte».
-¿Qué vamos a hacer ahora, Señor? - pregunta el otro Santiago.
-Iremos a Galilea. Mañana por la mañana saldremos.
-¿No hoy, Señor?
-No. Tengo que saludar a las personas buenas de este lugar. Vosotros vendréis conmigo.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
La ya de por sí espléndida casa de Lázaro, esta noche está maravillosa.
Parece arder por el número de lámparas encendidas, y la luz se derrama hacia fuera, en este comienzo de la noche, rebosando desde las salas al atrio y desde éste al pórtico, para alargarse vistiendo de oro los guijarrosos senderos, el césped y las matas de cuadros del jardín, luchando - venciendo en los primeros metros - con el claror de la luna con su amarillo y carnal esplendor, mientras que más lejos todo toma aspecto angélico por el vestido de pura plata que la luna extiende sobre las cosas.
También el silencio que envuelve al magnífico jardín, en que suena sólo el arpegio del chorro de agua cayendo en el estanque de los peces, parece aumentar la recogida y paradisíaca paz de la noche lunar, mientras junto a la casa voces alegres y numerosas y un festivo rumor de correr muebles y de sacar la vajilla a las mesas recuerda que el hombre es hombre y no todavía espíritu.
Marta se mueve ágilmente con su amplio vestido espléndido y pudoroso de un color violeta rojo; parece una flor, una hermosa campanilla; o una mariposa en vivaz movimiento chocándose contra las paredes purpúreas del atrio o contra las paredes de diminutas representaciones - parecen una alfombra - de la sala del banquete.
Jesús, sin embargo, pasea solo y absorto junto al estanque de los peces, y parece como si alternadamente quedara subsumido en la oscura sombra proyectada por un alto laurel, un verdadero árbol gigante, o en la fosfórica luz lunar que cada vez se hace más clara; tan viva, que el surtidor del estanque parece un penacho de plata que luego se fragmenta en lascas de brillantes, que van a caer, para perderse en ella, en la lámina quieta, pura plata, del pilón. Jesús mira y escucha las palabras del agua en la noche. Estas llegan a tener un sonido tan musical, que despiertan a un ruiseñor que, en el tupid laurel, responde al arpegio lento de las gotas con un agudo de flauta y luego se para, como para tomar la nota y seguir el acorde del agua y finalmente comienza, como rey del canto que es, su perfecto, variado, suave himno de alegría.
Jesús ya ni siquiera camina, para no turbar con el rumor de los pasos la serena alegría del ruiseñor, y creo que también suya porque sonríe, con la cabeza agachada, con una sonrisa de alegría realmente serena. Cuando el ruiseñor, después de una nota purísima sostenida y modulada en tono ascendente - que no sé cómo puede sostenerla una garganta tan pequeña -, interrumpe su canto, Jesús exclama:
-¡Te bendigo, Padre santo, por esta perfección y por el gozo que con ella me has proporcionado! - y sigue su lento paseo lleno de quién sabe qué profundidades de meditación.
Llega Simón:
-Maestro, Lázaro te ruega que vayas. Todo está ya dispuesto.
-Vamos. Desaparezca así el último motivo de duda que pudiera existir de que les hubiera perdido estima por causa de María.
-¡Cuánto llanto, Maestro! Sólo un secreto milagro tuyo ha podido aplicar una cura a ese dolor. ¿No sabes que Lázaro casi decide huir después de que ella, cuando volvieron, salió de casa diciendo que dejaba los sepulcros y abrazaba la alegría y… otras insolencias? La posición mía y de Marta fue: "¡Te conjuramos: no lo hagas!" - entre otras cosas porque… nunca se sabe la reacción de un corazón; si la hubiera encontrado, yo creo que la habría escarmentado de una vez por todas -. Habrían deseado de ella al menos el silencio acerca de ti…
-Y el inmediato milagro mío respecto a ella. Y habría podido hacerlo. Pero no quiero una resurrección forzada en los corazones. A la muerte la forzaré y me devolverá sus presas, porque Yo soy el Señor de la muerte y de la vida.
Pero en los espíritus, que no son materia que, sin hálito, carezca de vida, sino que son inmortales esencias capaces de renacer por voluntad propia, Yo no fuerzo la resurrección. Otorgo la primera llamada y la primera ayuda, como quien abriera un sepulcro en que alguien hubiera sido enterrado semivivo, donde moriría si permaneciera largo tiempo, en esas tinieblas asfixiantes; dejo entrar aire y luz… luego, espero. Si el espíritu tiene deseos de salir, sale; si no lo desea, sus tinieblas aumentan y queda hundido. Pero; si sale… ¡Oh, si sale… en verdad te digo que ninguno será mayor que el renacido en su espíritu! Sólo la Inocencia absoluta es mayor que este muerto que vuelve a vivir en virtud del propio amor y para alegría de Dios… ¡Son mis mayores triunfos!
Observa el cielo, Simón. ¿Ves que tiene estrellas y planetas, más o menos grandes? Todos poseen vida y esplendor por Dios, que los ha hecho, y por el sol que los ilumina, mas no todos son luminosos y grandes en igual medida. Así será también en mi Cielo: todos los redimidos tendrán vida por mí y esplendor por mi luz, mas no todos serán luminosos y grandes en igual medida. Unos serán simple polvo de astros, como el que hace láctea a Galatea: serán aquellos, innumerables, que habrán recibido del Cristo, o, mejor dicho, habrán aspirado, sólo ese mínimo indispensable para no ser réprobos, y sólo por la infinita
misericordia de Dios, después de un largo purgatorio, irán al Cielo. Otros serán más fúlgidos y estarán más formados: los justos que hayan unido su voluntad (nota que digo "voluntad" no "buena voluntad") a la del Cristo, y hayan prestado obediencia, para no condenarse, a mis palabras.
Luego, estarán los planetas, las buenas voluntades, ¡oh…, luminosísimos!: son los enamorados hasta la muerte por el amor, los penitentes por amor, los que obran por amor, los inmaculados por amor; su luz es de puro diamante o de resplandor de gemas de distintos colores (rojo-rubí o violeta-amatista o amarillo-topacio o cándido-perla).
Y habrá algunos entre estos planetas - y serán mis glorias de Redentor - que tendrán en sí destellos de rubí y de amatista y de topacio y de perla, porque serán todo por amor. Heroicos hasta llegar a perdonarse el no haber sabido amar antes, penitentes hasta saturarse de expiación como Ester antes de presentarse a Asuero se saturó de perfumes, incansables para hacer en poco tiempo, en el poco tiempo que les queda, cuanto no hicieron durante los años que perdieron en el pecado, puros hasta la heroicidad para olvidarse - no sólo en el alma y en el pensamiento, sino también en las propias entrañas - de que existe el sentido. Serán aquellos que atraerán hacia sí, por su multiforme resplandor, los ojos de los creyentes, de los puros, de los penitentes, de los mártires, de los héroes, de los ascetas, de los pecadores, y, para cada una de estas categorías, su resplandor será palabra, respuesta, llamada, garantía…
Pero, vamos, que nosotros estarnos aquí hablando y allí nos esperan.
-Es que cuando Tú hablas uno se olvida de que vive. ¿Puedo decir todo esto a Lázaro? Me parece ver en ello una promesa…
-Lo debes decir. La palabra del amigo puede posarse sobre su herida y no se ruborizarán de haberse puesto colorados en mi presencia…
-Te hemos hecho esperar, Marta; es que estaba hablando con Simón de estrellas y nos hemos olvidado de estas luces. Tu casa es verdaderamente un firmamento esta noche…
-Las hemos encendido no sólo para nosotros y la servidumbre, sino también para ti y para los huéspedes, tus amigos. Gracias por haber venido para la última noche.
Ahora la fiesta es realmente la Purificación… - Marta querría continuar hablando, pero siente que le sube el llanto y calla.
-Paz a todos vosotros - dice Jesús entrando en el atrio resplandeciente de decenas de luces de plata, todas encendidas, colocadas por todas partes.
Lázaro, sonriente, se dirige hacia Jesús:
-Paz y bendición a ti, Maestro, y muchos años de santa felicidad.
Se besan.
-Me han dicho ciertos amigos nuestros que Tú naciste mientras Belén ardía por una lejana fiesta de las Luminarias. Ellos y nosotros estamos jubilosos de tenerte esta noche. ¿No preguntas quiénes son?
-No tengo más amigos que los discípulos y mis amados de Betania, aparte de los pastores. Por tanto son ellos. ¿Han venido? ¿Para qué?
- Para adorarte, Mesías nuestro. Lo supimos por Jonatán, y aquí estamos, con nuestros rebaños, que ahora están en los establos de Lázaro, y con nuestros corazones, ahora y siempre a tus pies santos.
Isaac ha hablado por Elías, Leví, José y Jonatán, que están postrados a los pies de Jesús: Jonatán con su esponjoso vestido del intendente estimado por su señor; Isaac con el suyo de incansable peregrino, de gruesa lana marrón oscura, impermeable al agua; Leví, José, Elías, con las vestiduras que Lázaro les ha dado, frescas, limpias, para poder tomar asiento en las mesas sin tener que llevar el pobre indumento, roto y con olor a aprisco, de los pastores.
-¿Por este motivo me habéis mandado al jardín? ¡Dios os bendiga a todos! Sólo falta mi Madre para completar mi felicidad. Alzaos, alzaos. Es la primera Navidad que celebro sin mi Madre. Pero vuestra presencia me alivia la tristeza, la nostalgia de su beso.
Entran todos en la sala de las mesas. Aquí la mayoría de las lámparas son de oro. El metal aumenta su brillo por la luz de la llama, la llama parece más resplandeciente por el reflejo de tanto oro. La mesa está dispuesta en forma de U para que quepa tanta gente como hay y poderla servir sin dificultar las operaciones de los trinchadores y de los criados. Además de Lázaro están los apóstoles, los pastores, y Maximino, el anciano servidor de Simón.
Marta cuida de la disposición de los puestos. Querría permanecer en pie, pero Jesús se impone:
-Hoy no eres la hospedadora, eres la hermana, y te vas a sentar como si fueras de mi misma sangre. Somos una familia.
Cesen las reglas para dar paso al amor. Aquí, a mi lado, y, junto a ti, Juan. Yo con Lázaro. Dadme una lámpara. Entre mí y Marta vele una luz… una llama, por las ausentes que a pesar de todo están presentes: por las amadas, esperadas, por las mujeres amadas y lejanas.
Todas. La llama tiene palabras de luz. El amor tiene palabras de llama y estas palabras van lejos, siguiendo la onda incorpórea de los espíritus que se encuentran siempre, más allá de los montes y de los mares, llevando besos y bendiciones… Llevando todo. ¿No es, acaso, verdad?
Ella deposita la lámpara en el lugar donde Jesús desea, en un puesto que quedará vacío, y, habiendo comprendido, se inclina a besarle la mano (la que luego, bendecidora y reconfortante, Jesús pone sobre la cabeza morena de Marta).
Comienza la cena. A1 principio un poco confusos, los tres pastores - Isaac se siente ya más seguro y Jonatán no da signos de sentirse incómodo - van tomando cada vez más confianza a medida que la cena se desarrolla, y, después de un tiempo de silencio, comienzan a hablar: ¿de qué podría ser, sino de su recuerdo?
-Hacía poco que nos habíamos recogido - dice Leví - Tenía tanto frío, que me resguardé entre las ovejas, llorando por la nostalgia de mi madre…
-Yo, sin embargo, pensaba en la joven Madre que había visto poco antes, y me decía a mí mismo: "¿Habrá encontrado lugar?". ¡Si hubiera sabido que estaba en un establo, la habría traído al aprisco!… Pero, era tan delicada - una azucena de nuestros valles - que me pareció una ofensa el decirle: "Ven con nosotros". Yo pensaba en Ella… Y sentía más vivamente el frío, pensando en cuánto le debía hacer sufrir. ¿Te acuerdas qué luz aquella noche? ¿Y te acuerdas de tu miedo?
-Sí… pero luego… el ángel… ¡Oh!… - Leví, un poco absorto como en estado de ensoñación, sonríe al recordarlo.
-¡Un momento! ¡Escuchadme, amigos! Nosotros sabemos poco y lo sabemos mal. Hemos oído hablar de ángeles, de pesebres, de rebaños, de Belén… Y sabemos que Él es galileo y carpintero… ¡No es justo que estemos en la ignorancia! Yo le he preguntado al Maestro en Agua Especiosa… pero luego se habló de otras cosas. Éste, que sabe, no me ha dicho nada… Sí, hablo contigo, Juan de Zebedeo. ¡Vaya forma de respeto hacia el anciano! Te lo tienes todo para ti y me dejas que vaya adelante como un tarugo de discípulo. ¿Es que ya por mí mismo no soy suficiente tarugo?
Se echan a reír por el gesto bueno de indignación de Pedro. Pero él se vuelve hacia su Maestro y dice:
-Se ríen, pero tengo razón.
Luego se vuelve a Bartolomé, Felipe, Mateo, Tomás, Santiago y Andrés:
-¡Venga, decidlo también vosotros, protestad conmigo! ¿Por qué no sabemos nada nosotros?
-¿Dónde estabais cuando murió Jonás? ¿Dónde estabais en los altos del Líbano?
-Tienes razón. Pero, por lo que se refiere a Jonás, yo al menos, creí que se tratase del delirio de un moribundo, y, en los altos del Líbano… estaba cansado y con sueño. Perdóname, Maestro, pero es la verdad.
-¡Y será la verdad de muchos! El mundo de los evangelizados frecuentemente responderá, al Juez eterno, para disculparse de su ignorancia a pesar de la enseñanza de mis apóstoles, eso mismo que tú dices: "Creí que se trataba de un delirio… Estaba cansado y tenía sueño". Y, frecuentemente, no admitirá la verdad porque la confundirá con un delirio, y no se acordará de la verdad porque estará cansado y tendrá sueño por demasiadas cosas inútiles, caducas e incluso pecaminosas. Una sola cosa es necesaria: conocer a Dios.
-Bien, después de decirnos lo que nos corresponde, cuéntanos cómo sucedieron los hechos… Cuéntaselo a tu Pedro. Yo después hablaré de ello a la gente. Si no… ya te lo he dicho, ¿qué puedo decir? El pasado no lo conozco; las profecías y el Libro…no los sé explicar; el futuro… ¡oh, pobre de mí! Y entonces ¿qué anuncio?
-Sí, Maestro, que lo sepamos también nosotros… Sabemos que eres el Mesías, y esto lo creemos, pero, al menos por lo que a mí respecta, me ha costado trabajo admitir que de Nazaret pudiera provenir algo bueno… ¿Por qué no me has dado a conocer, ya desde el principio, tu pasado? - dice Bartolomé.
-Para probar tu fe y la luminosidad de tu espíritu. Pero ahora sí os voy a hablar; es más, os vamos a hablar de mi pasado.
Yo diré lo que incluso los pastores no saben y ellos dirán lo que vieron. Conoceréis así el alba de Cristo. Oíd.
Habiéndose cumplido el tiempo de la Gracia, Dios se preparó su Virgen. Os será fácil comprender cómo Dios no podía residir donde Satanás había puesto un incancelable signo. Por tanto, la Potencia actuó para hacer su futuro tabernáculo sin mancha, y de dos justos, en la ancianidad, y contra las reglas comunes de la procreación, fue concebida aquella en la que no existe mancha alguna.
¿Quién depositó esa alma en la carne embrional que con su presencia daba nueva lozanía al anciano seno de Ana de Aarón, la abuela mía? Tú, Leví, viste al Arcángel de todos los anuncios. Puedes decir: es ése. Porque la "Fuerza de Dios" ("Fuerza de Dios" es el significado etimológico de "Gabriel", el nombre del arcángel de los anuncios) fue siempre el Victorioso que llevó el tañido de alegría a los santos y a los profetas; el Indomable, contra el que la fuerza, también grande, de Satanás se quebró cual sutil tallo de musgo seco; el Inteligente que desvió con su buena y lúcida inteligencia las insidias del otro inteligente, si bien malvado, poniendo en acto con prontitud el mandato de Dios.
Con un grito de júbilo, él, el Anunciador, que ya conocía los caminos de la Tierra por haber descendido a hablarles a los Profetas, recogió del Fuego divino esa chispa inmaculada que era el alma de la eterna Doncella, y, custodiada dentro de un círculo de llamas angélicas, las de su espiritual amor, la condujo a la Tierra, a una casa, a un seno. El mundo, desde ese momento, tuvo consigo a la Adoradora; y Dios, desde ese momento, pudo mirar a un punto de la Tierra sin experimentar disgusto. Y nació una criaturita: la Amada de Dios y de los ángeles, la Consagrada a Dios, la santamente Amada de sus familiares.
"Y Abel dio a Dios las primicias de su rebaño.” ¡Oh…, realmente los abuelos del eterno Abel supieron ofrecer a Dios la primicia de lo que constituía su bien, todo su bien, muriendo por haber dado este bien a quien se lo había dado a ellos!
Mi Madre fue la Jovencita del Templo desde los tres a los quince años y aceleró la venida del Cristo con la fuerza de su amar. Virgen antes de su concepción, virgen en la oscuridad de un seno, virgen en sus vagidos, virgen en sus primeros pasos, la Virgen fue de Dios, de Dios sólo, y proclamó su derecho, superior al decreto de la Ley de Israel, obteniendo del esposo que le había sido dado por Dios el permanecer intacta después del desposorio.
José de Nazaret era un justo. Sólo él podía ser destinatario de la Azucena de Dios, y sólo él la recibió.
Ángel en el alma y en la carne, él amó como aman los ángeles de Dios. La profundidad abismal de este fuerte amor, que supo dar toda la ternura conyugal sin sobrepasar la barrera de celeste fuego tras la que estaba el Arca del Señor, será comprendida en la Tierra sólo por pocos. Es el testimonio de lo que puede un justo, con el simple hecho de que quiera; lo que puede, porque el alma, aun estando herida por la mancha de origen, posee poderosas fuerzas de elevación, y recuerdos y retornos a su dignidad de hija de Dios, y divinamente obra por amor al Padre.
Aún estaba María en su casa, en espera de unirse a su esposo, cuando Gabriel, el ángel de los divinos anuncios, volvió a la Tierra y pidió a la Virgen ser Madre. Ya había prometido al sacerdote Zacarías el Precursor, y no había sido creído. Pero la Virgen creyó que ello podía acaecer por voluntad de Dios y, sublime en su desconocimiento, sólo preguntó: "¿Cómo puede acontecer esto?".
Y el ángel le respondió: "Tú eres la Llena de Gracia, María. No temas, por tanto, porque has hallado gracia ante el Señor también en cuanto a tu virginidad. Concebirás y darás a luz un Hijo al que pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador prometido a Jacob y a todos los Patriarcas y Profetas de Israel. Será grande e Hijo verdadero del Altísimo, porque será concebido por obra del Espíritu Santo. El Padre le dará el trono de David, como ha sido predicho, reinará en la casa de Jacob hasta el fin de los siglos, mas su verdadero Reino no tendrá nunca fin.
Ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo esperan tu obediencia para cumplir la promesa. El Precursor del Cristo ya está en el seno de Isabel, tu prima, y, si das tu consentimiento, el Espíritu Santo descenderá sobre ti, y será santo Aquel que nacerá de ti y llevará su verdadero nombre de Hijo de Dios".
Entonces María respondió: "He aquí la Esclava del Señor. Hágase de mí según su palabra". Y el Espíritu Santo descendió sobre su Esposa y en el primer abrazo le impartió sus luces, que sobreperfeccionaron las virtudes de silencio, humildad, prudencia y caridad que Ella poseía en plenitud, y Ella resultó un todo con la Sabiduría e inseparable de la Caridad. La Obediente y Casta se perdió así en el océano de la Obediencia que Yo soy, y conoció el gozo de ser Madre sin conocer la turbación de ser siquiera tocada. Fue la nieve que se concentra en flor y se ofrece a Dios así…
-¡Y el marido? - pregunta Pedro lleno de estupor.
-El sigilo de Dios cerró los labios de María, y José no tuvo noticia del prodigio sino cuando, de vuelta de la casa de Zacarías, su pariente, María apareció como madre ante los ojos de su esposo.
-¿Y qué hizo él?
-Sufrió… y María también…
-Si hubiera sido yo…
-José era un santo, Simón de Jonás. Dios sabe dónde poner sus dones… Sufrió acerbamente y decidió abandonarla, cargándose sobre sí el ser tachado de injusto. Pero el ángel bajó a decirle: "No temas tomar contigo a María, tu esposa; porque lo que en Ella se está formando es el Hijo de Dios; es Madre por obra de Dios. Cuando nazca el Hijo, le pondrás por nombre Jesús, porque es el Salvador"
-¿Era docto José? - pregunta Bartolomé.
-Como conviene a un descendiente de David.
-Entonces habrá recibido una inmediata luz recordando al Profeta: "He aquí que una virgen concebirá…"
-Sí. La recibió. A la prueba sucedió el gozo…
-Si hubiera sido yo -- vuelve a decir Simón Pedro - no hubiera sucedido, porque antes yo habría… ¡Oh, Señor, qué bien que no fuera yo! La habría quebrantado como a un tallo delgado sin dejarle tiempo ni de hablar. Pero después - caso de que no me hubiera convertido en un asesino - habría tenido miedo de Ella… El miedo secular, al Tabernáculo, de todo Israel…
-También Moisés tuvo miedo de Dios, y, no obstante, fue socorrido y estuvo con Él en el monte… José se dirigió, pues, a la casa santa de la Esposa, para cubrir las necesidades de la Virgen y del Niño que había de nacer. Y habiendo llegado, para todos, el tiempo del edicto, fue con María a la tierra de los padres. Pero Belén los rechazó porque el corazón de los hombres está cerrado a la caridad. Ahora hablad vosotros.
-Yo, cayendo ya la tarde, me encontré con una mujer joven y sonriente a caballo de un borriquillo. Un hombre venía con ella. Me pidió leche y algunas informaciones. Yo dije lo que sabía… Luego vino la noche… y una gran luz… y salimos… y Leví vio a un ángel que estaba cerca del aprisco. El ángel dijo: "Ha nacido el Salvador". Ya era completamente de noche y el cielo estaba lleno de estrellas, aunque la luz quedaba absorbida por la de aquel ángel y la de otros miles de ángeles… (Elías llora aún al recordarlo). Y nos dijo el ángel: "Id a adorarlo. Está en un establo, en un pesebre, entre dos animales… Encontraréis a un Pequeñuelo envuelto en unos pobres pañales…". ¡Oh…, qué fulgor el del ángel al decir estas palabras!… ¿Te acuerdas. Leví, cómo despedían llamas sus alas cuando, después de inclinarse para nombrar al Salvador, dijo: "… que es el Cristo Señor"?
-¡Claro que me acuerdo! ¿Y las voces de esos millares de ángeles: "¡Gloria a Dios en los Cielos altísimos y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad"!? Aquella música está aquí, está aquí, y me transporta al Cielo cada vez que la oigo - y Leví alza el rostro, un rostro extático en que luce el llanto.
-Y fuimos - dice Isaac -, cargados como bestias, alegres como para una boda, y, luego…, cuando oímos tu tenue voz y la de tu Madre, ya no supimos hacer nada, y empujamos a Leví, que era un niño, para que mirase. Nosotros nos sentíamos como unos leprosos junto a tanto candor… Y Leví escuchaba y reía llorando y repetía las palabras, con una voz tal de cordero, que la oveja de Elías baló. José vino al portillo y nos invitó a pasar… ¡Qué pequeño y lindo eras! Un capullo de rosa encarnada sobre el rudo heno… Y llorabas… Luego te reíste por el calorcito de la piel de oveja que te ofrecimos y por la leche que ordeñamos para ti… Tu primera comida… ¡Oh!… y luego… y luego te besamos… Dejaste en nosotros un sabor a almendra y a jazmín… y nosotros ya no podíamos separarnos de ti…
-Efectivamente, desde entonces no me habéis dejado.
-Es verdad - dice Jonatán -. Tu rostro quedó grabado en nosotros y lo mismo tu voz y tu sonrisa… Crecías… eras cada vez más hermoso… El mundo de los buenos venía a deleitarse en ti… y el de los malvados no te veía… Ana… tus primeros pasos… los tres Sabios… la estrella…
-¡Qué luz aquella noche! El mundo parecía arder con mil luces. Sin embargo, la noche de tu venida la luz estaba fija y era como de perla… Ahora era la danza de los astros; entonces, la adoración de los astros. Nosotros, desde un alto, vimos pasar la caravana y la seguimos para ver si se detenía… A1 día siguiente, toda Belén vio la adoración de los Sabios. Y luego… ¡Oh…, no hablemos de aquel horror, no hablemos de él!…- Elías palidece al recordarlo.
-Sí, no hables de ello. Guárdese silencio sobre el odio…
-El mayor dolor era el hecho de no tenerte ya y el no tener noticias tuyas. Ni siquiera Zacarías sabía nada; él, que era nuestra última esperanza… Luego… luego ya nada más.
-¿Por qué, Señor, no confortaste a tus siervos?
-¿Preguntas el porqué, Felipe? Porque era prudente hacerlo. Mira cómo Zacarías, cuya formación espiritual se completó después de ese momento, tampoco quiso descorrer el velo. Zacarías…
-Tú nos dijiste que Zacarías fue quien se ocupó de los pastores. Siendo así, ¿por qué él no dijo, primero a ellos y luego a ti, que los unos estaban buscando al Otro?
-Zacarías era un justo enteramente hombre. Se hizo menos hombre y más justo durante los nueve meses de mutismo.
Luego, durante los meses que siguieron al nacimiento de Juan, se perfeccionó. Pero fue en el momento en que sobre su soberbia de hombre cayó el mentís de Dios, cuando se hizo espíritu justo. Había dicho: "Yo, sacerdote de Dios, digo que en Belén debe vivir el Salvador". Dios le había mostrado cómo el juicio, aunque sea sacerdotal, si no está iluminado por Dios, es un pobre juicio. Horrorizado por el pensamiento de que por su palabra hubiera podido provocar que mataran a Jesús, vino a ser el justo, el justo que ahora descansa en espera del Paraíso. Y la justicia le enseñó prudencia y caridad. Caridad hacia los pastores, prudencia respecto al mundo que debía permanecer en la ignorancia acerca del Cristo. Cuando, regresando a la patria, nos dirigimos a Nazaret, por la misma prudencia que ya guiaba a Zacarías, evitamos Hebrón y Belén, y, costeando el mar, volvimos a Galilea. Ni siquiera el día de mi mayoría de edad fue posible ver a Zacarías, que había partido el día antes con su niño para la misma ceremonia.
Dios velaba, Dios probaba, Dios proveía, Dios perfeccionaba. Tener a Dios significa también esfuerzo, no sólo contento. Y así mi padre de amor y mi Madre de alma y de carne tuvieron que esforzarse también. Se puso veto incluso a lo lícito, para que el misterio envolviese en sombra al Mesías niño. Y que esto les sirva de explicación a muchos que no comprenden la dúplice razón de la congoja cuando no me encontraban durante tres días. Amor de madre, amor de padre hacia el niño perdido; temblor de custodios por el Mesías que podía quedar de manifiesto antes de tiempo; terror a haber tutelado mal la Salud del mundo y el gran don de Dios. Éste fue el motivo de aquella insólita exclamación: "¡Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando!". "Tu padre", "tu madre"…
El velo echado sobre el resplandor del divino Encarnado. Y la tranquilizante respuesta:
¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que Yo debo ser activo en las cosas del Padre mío?". Y la Llena de Gracia recogió y comprendió tal respuesta en su justo valor, o sea: "No tengáis miedo. Soy pequeño. un niño; mas, si bien crezco, según la humanidad, en estatura, sabiduría y gracia ante los ojos de los hombres, Yo soy el Perfecto en cuanto que soy el Hijo del Padre y por tanto, sé conducirme con perfección, sirviendo al Padre haciendo resplandecer su luz, sirviendo a Dios conservándole el Salvador". Y así hice hasta hace un año.
Ahora el tiempo ha llegado. Se descorren los velos, y el Hijo de José se muestra en su naturaleza: el Mesías de la Buena Nueva, el Salvador, el Redentor y el Rey del siglo futuro.
-¿Y no volviste a ver nunca a Juan?
-Sólo en el Jordán, Juan mío, cuando solicité el Bautismo.
-De modo que ¿Tú no sabías que Zacarías les había beneficiado a éstos?
-Ya te he dicho que después del baño de sangre, de sangre inocente, los justos se hicieron santos, los hombres se hicieron justos Sólo los demonios permanecieron como eran. Zacarías aprendió a santificarse con la humildad, la caridad, la prudencia, el silencio.
-Deseo recordar todo esto. Pero, ¿podré hacerlo? - dice Pedro.
-Tranquilo, Simón. Mañana - dice Mateo - les pido a los pastores que me lo repitan, con sosiego, en el huerto, una, dos, tres veces, si hace falta. Tengo buena memoria, ejercitada en mi banco de trabajo, y me acordaré por todos. Cuando quieras, te podré repetir todo. Tampoco tenía notas en Cafarnaúm y sin embargo…
-¡No te equivocabas ni en un didracma!… ¡Sí que me acuerdo… bien! Te perdono el pasado, de corazón realmente, si te acuerdas de esta narración… y si me la cuentas a menudo. Quiero que me entre en el corazón de la misma forma que está en éstos… como lo tuvo Jonás… ¡Morir diciendo su Nombre!…
Jesús le mira a Pedro y sonríe. Luego se levanta y le besa en la entrecana cabeza.
-¿A qué se debe este beso tuyo, Maestro?
-A que has sido profeta: tú morirás diciendo mi Nombre; he besado al Espíritu, que hablaba en ti.
Luego Jesús entona, fuerte, un salmo, y todos, en pie, le secundan:
-"Alzaos y bendecid al Señor vuestro Dios, de eternidad en eternidad. Bendito sea su Nombre sublime y glorioso, con toda alabanza y bendición. Tú sólo eres el Señor. Tú has hecho el cielo y el cielo de los cielos y todo su ejército, la Tierra y todo lo que contiene", etc. (es el himno que cantan los levitas en la fiesta de la consagración del pueblo, cap. IX del libro II de Esdras).
Todo termina con este largo canto, que no sé si se encuentra en el rito antiguo o si Jesús lo dice motu propio.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Cuando Jesús, subida la última pendiente, llega al páramo, ve Betania, toda esplendorosa bajo un sol de Diciembre que quita tristeza a los campos desnudos y hace menos oscuros los rodales de verde de los cipreses, chaparros y algarrobos que crecen aquí o allá y parecen cortesanos en ademán de saludar a alguna que otra palma altísima, verdaderamente regia, que se eleva solitaria en los jardines más bellos. Y es que Betania no ostenta sólo la bonita casa de Lázaro, sino también otras moradas de ricos, quizás habitantes de Jerusalén que prefieren vivir aquí, cerca de sus bienes; sus villas, de voluminosa y bella arquitectura, con jardines bien cuidados, destacan sobre el conjunto de las casitas de los aldeanos. Produce una extraña sensación ver en un terreno ondulado todavía alguna palma evocadora del Oriente, con su tallo esbelto y el penacho duro y rumoroso de sus hojas, tras cuyo verde jade, instintivamente, se busca la inacabable amarillez del desierto. Aquí, sin embargo, el fondo es de olivos verde y plata y de campos arados (por ahora carentes del menor signo de trigo) y de esqueléticos conjuntos de árboles frutales de troncos oscuros y de ramajes enmarañados, como si fueran almas retorciéndose por una tortura infernal.
Y ve también enseguida a un servidor de Lázaro puesto de centinela. Éste saluda con gran reverencia y pide permiso para llevar a los señores la noticia de su llegada; obtenido el permiso, se marcha presuroso.
Entretanto, del campo y de la misma ciudad, acuden a saludar al Rabí, y, tras un seto de laurel, que circunda con su verde perfumado una hermosa casa, se asoma una joven mujer que, ciertamente, no es israelita. Su peplo o, si no recuerdo mal los nombres, su estola (larga hasta formar una pequeña cola, amplia, de suave lana blanquísima a la que da viveza una greca bordada de intensos colores en que destacan brillantes hilos de oro, ceñida a la cintura por un cinturón igual que la franja) y su ocado (una redecilla de oro que mantiene un complicado peinado:
por delante, del todo hecho de pequeños bucles; luego liso, para terminar en un moño grande sobre la nuca) me hacen pensar que es griega o romana. Mira con curiosidad, incitada por los gritos cantarines de las mujeres y los gritos de júbilo de los hombres; luego sonríe despreciativamente al ver que se dirigen hacia un pobre hombre que carece hasta de un burro en que ir montado y que camina rodeado de un grupo de personas como él, que despiertan aún menos interés. Se encoge de hombros y, con un gesto de aburrimiento, se aleja, seguida - como si fueran perros - de un grupo de aves zancudas variopintas entre las que hay blancas ibis y multicolores flamencos; no faltan dos zancudas del color del fuego con una coronita trémula sobre la cabeza que parece de plata, único candor de su espléndido plumaje de llama dorada.
Jesús la mira un instante, luego continúa escuchando a un anciano que… querría no padecer la debilidad que padece en las piernas. Jesús le acaricia y le exhorta a… tener paciencia; que dentro de poco vendrá la primavera y con el buen sol de abril se sentirá más fuerte. Llega al improviso Maximino, que precede en unos metros a Lázaro.
-Maestro… me ha dicho Simón que… que Tú vas a su casa… Le va a dar pena a Lázaro… pero es comprensible…
-Hablaremos de ello luego. ¡Oh, amigo mío!
Jesús se acerca rápido a Lázaro, el cual parece sentirse violento, y lo besa en la mejilla. Entretanto han llegado a una callejuela que conduce a una casita situada entre otros terrenos de árboles frutales y el de Lázaro.
-Entonces, ¿estás decidido a ir donde Simón?
-Sí, amigo mío. Traigo conmigo a todos los discípulos y lo prefiero así…
Lázaro encaja mal esta determinación, pero no replica; sólo se vuelve a la pequeña aglomeración de gente que los sigue y dice:
-Marchaos. El Maestro necesita descansar.
Y esto me da ocasión para ver el poder que tiene Lázaro. Todos, oídas estas palabras, previa reverencia, se marchan, mientras Jesús se despide de ellos con su dulce: «Paz a vosotros. Os avisaré de cuán-do voy a predicar».
-Maestro - dice Lázaro, ahora que están solos, adelantados respecto a los discípulos, los cuales, algunos metros más atrás, están hablando con Maximino -… Maestro… Marta está llorando desconsoladamente; por esta razón no ha venido. Luego sí vendrá. Yo lloro sólo en mi corazón. Pero hay que reconocer que es justo. Si hubiéramos pensado que ella venía… pero no viene nunca en las fiestas… ¿Es que, acaso, ha venido alguna vez?… Yo digo: precisamente hoy tenía que traerla aquí el demonio.
-¿El demonio? Y, ¿por qué no su ángel por mandato de Dios? De todas formas, créeme, aunque ella no estuviera, Yo habría ido a casa de Simón.
-¿Por qué, mi Señor? ¿No te dio paz mi casa?
-Tanta paz que, después de Nazaret, es el lugar que más estimo. Y ahora, respóndeme: ¿Por qué tu misiva de que dejara Agua Especiosa? Por la asechanza que se avecina, ¿no es así? Pues entonces Yo vengo a las tierras de Lázaro, pero no pongo a Lázaro en la situación de que lo insulten en su casa. ¿Piensas que te respetarían? Para pisotearme a mí, pasarían incluso por encima del Arca Santa… Déjame hacerlo como pienso, por ahora al menos. Más tarde iré. Y además, nada me impide comer en tu casa, como nada impide que tú vengas a donde me alojo Yo. Deja que se diga: "Está en casa de un discípulo suyo".
-¿Y yo no lo soy?
-Tú eres el amigo. Es más que discípulo para el corazón, es distinto para donde hay malicia. Déjame hacer las cosas como he pensado. Lázaro, esta casa es tuya… pero no es tu casa, la bonita y rica casa del hijo de Teófilo, y, para los pedantes, eso cuenta mucho.
-Eso es lo que dices… pero es porque… es por ella… eso es. Yo estaba ya casi decidido a perdonar… pero si ella es causa de que Tú te apartes, ¡vive Dios que la odiaré!
-Y me perderás del todo. Depón este pensamiento enseguida o ahora mismo me pierdes… Aquí viene Marta. Paz a ti, mi dulce hospedera.
-¡Oh, Señor!
Marta, de rodillas, llora. Se ha bajado el velo, que lleva sobre el tocado hecho en forma de diadema, para no mostrar mucho su llanto a los extraños; pero, a Jesús no piensa ocultárselo.
-¿Por qué este llanto? ¡Verdaderamente estás desperdiciando estas lágrimas! Hay muchos motivos para llorar, y para hacer de las lágrimas un objeto precioso.
Pero, ¡llorar por este motivo!… ¡Oh! ¡Marta! ¡Parece como si ya no supieras quién soy Yo! Del hombre, como sabes, no tengo más que lo que se ve; el corazón es divino, y palpita como divino. ¡Vamos, levántate y entra en casa!… Y a ella… dejadla. Aunque viniera a burlarse de mí, dejadla os digo. No es ella. Es el que la posee quien la hace instrumento de turbamiento. Pero aquí hay Uno que es más fuerte que su amo. Ahora la lucha es entre él y Yo, directamente.
Vosotros orad, perdonad, tened paciencia y creed. Y nada más.
Entran en la casita (es una pequeña casa cuadrada rodeada de un pórtico que la hace más extensa). Dentro hay cuatro habitaciones divididas por un pasillo en forma de cruz.
Una escalera, exterior como siempre, conduce a la parte alta del pequeño pórtico, que, por tanto, aquí es una terraza, que da acceso a una vastísima estancia de las mismas dimensiones que la casa; en el pasado ciertamente destinada para las provisiones, ahora enteramente libre y limpia, absolutamente vacía.
Simón, que está al lado de su anciano criado - oigo que le llaman José -, hace los honores de la casa. Dice:
-Aquí se podría hablar a la gente, o, si no, comer… Como Tú quieras.
-Ahora veremos. Entretanto, ve a decirles a los demás que después de la comida la gente puede venir. No defraudaré a la gente buena de este lugar.
-¿Dónde digo que vayan?
-Que vengan aquí. El día está templado. El sitio está resguardado de los vientos. Los árboles frutales, desnudos como están, no sufrirán daño si la gente viene. Hablaré aquí, desde la terraza. Ve.
Se quedan solos Lázaro y Jesús. Marta - de nuevo la "buena hospedera" al tener que ocuparse de atender a tantas personas - trabaja abajo con los criados y con los mismos apóstoles disponiendo lo necesario para las mesas y para el descanso.
Jesús pone un brazo sobre los hombros a Lázaro y lo conduce fuera de la sala, a pasear por la terraza que rodea la casa, con un buen sol que calienta algo el día, y, desde arriba, observa el trabajo de los criados y de los discípulos, y le sonríe a Marta, la cual va de aquí para allá y alza su rostro, serio, sí, pero ya menos turbado. Mira también el bonito panorama que rodea al lugar y nombra con Lázaro distintas localidades y personas, para terminar preguntando a quemarropa:
-Entonces, la muerte de Doras fue como agitar una vara dentro del nido de serpientes, ¿no?
-Maestro, me ha contado Nicodemo que la sesión del Sanedrín fue de una violencia nunca vista.
-¿Qué le he hecho al Sanedrín para que se inquiete? Doras se murió por sí mismo, ante los ojos de todo un pueblo; la ira lo mató. Yo no permití que se actuara irrespetuosamente con el cadáver. Por tanto…
-Tú tienes razón. Pero ellos… Están locos de miedo. Y.. ¿sabes que han dicho que hay que pillarte en pecado para poderte matar?
-¡Entonces, estate tranquilo! ¡Van a tener que esperar hasta la hora de Dios!
-¡Pero, Jesús! ¿Sabes de quién se habla? ¿Sabes de qué son capaces fariseos y escribas? ¿Sabes qué alma tiene Anás?
¿Sabes quién es su segundo? ¿Sabes?… Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Tú sabes! Por tanto, es inútil que te diga que se inventarán el pecado para poderte acusar.
-Ya lo han encontrado. Ya he hecho más de lo que necesitan. He hablado a romanos, he hablado a pecadoras… Sí, a pecadoras, Lázaro. Una - no me mires tan asustado - … una viene siempre a oírme y ha recibido de tu capataz alojamiento en una cuadra, a petición mía, porque, para estar cerca de mí, se había establecido en una pocilga…
Lázaro es la estatua del estupor. Ha quedado inmóvil. Mira a Jesús como si estuviera ante una persona asombrosa por su extrañez. Jesús lo zarandea un poco sonriendo:
-¿Has visto a Satanás?- pregunta.
-No… La Misericordia he visto. Pero… pero si yo lo entiendo. Sin embargo, ellos, los del Consejo, no. Y dicen que es pecado. ¡Entonces es verdad! Yo creía… Pero ¿qué has hecho?
-Mi deber, mi derecho y mi deseo: tratar de redimir a un espíritu caído. Esto te hará ver, por tanto, que tu hermana no será el primer cieno que voy a conocer, ni el primero hacia el que me voy a inclinar; como tampoco será el último. En el cieno Yo quiero sembrar flores y hacerlas nacer: las flores del bien.
-¡Oh! ¡Dios! ¡Dios mío!… Pero… ¡Oh!, Maestro mío, Tú tienes razón. Estás en tu derecho, es tu deber y es tu deseo; pero, las hienas no lo comprenden. Son carroña tan fétida, que no sienten el olor, no pueden sentir el olor de las azucenas, y hasta en donde éstas germinan, ellos, esas carroñas poderosas, sienten olor de pecado; no comprenden que proviene de su sentina… Te lo ruego, no permanezcas largo tiempo en un lugar; muévete, cambia continuamente de sitio para no darles la posibilidad de encontrarte. Sé como un fuego nocturno que danza sobre los tallos de las flores, veloz, inaprensible, de paso
desconcertante. Hazlo; no por cobardía, sino por amor al mundo, que necesita que Tú vivas para ser santificado. La corrupción aumenta; contraponle la santificación… ¡La corrupción!… ¿Has visto a la nueva habitante de Betania?
Es una romana casada con un judío. Él es observante, pero ella es idólatra y, al no poder vivir tranquilamente en Jerusalén, porque, debido a sus animales, surgieron disputas con los vecinos, se ha venido aquí. Llena de animales - para nosotros impuros - está su casa, y… la más impura es ella, porque vive burlándose de nosotros y con licencias que… Yo no puedo criticar porque… Pero sí digo que, mientras que no se pone pie en mi casa porque está María, que pesa con su pecado sobre toda la familia, a casa de esa mujer sí que van. Pero es que, claro, le ha caído en gracia a Poncio Pilato y vive sin su marido. Él, en Jerusalén; ella, aquí. Así fingen, él y ellos, no profanarse viniendo, y no constatar que se profanan.
¡Hipocresía! Viven metidos en la hipocresía hasta el cuello; ¡no tardarán en perecer ahogados en ella! El sábado es el día en que celebran el festín,.. ¡Y entre ellos hay también miembros del Consejo! Un hijo de Anás es el más asiduo.
-La he visto. Sí. Déjala que haga lo que quiera, y a ellos también. Cuando un médico prepara un fármaco, mezcla los productos, y el agua parece como si se inquinase, porque agita la mezcla y el agua se enturbia. Pero luego las partes muertas se depositan, el agua recupera su limpidez, a pesar de estar saturada de la sustancia de esos productos saludables. Esto mismo sucede ahora. Todo se mezcla y Yo trabajo con todos. Luego, las partes muertas se depositarán y serán arrojadas afuera, y las otras, vivas, permanecerán activas en el gran mar del pueblo de Jesucristo. Bajemos. Nos llaman…
Y la visión se reanuda mientras Jesús sube de nuevo a la terraza para hablar a la gente que, de Betania y los alrededores, ha venido a escucharle.
-Paz a vosotros.
Aun cuando Yo callara, los vientos de Dios llevarían hasta vosotros las palabras de mi amor y del odio de otros. Sé que estáis turbados porque no desconocéis el porqué de que Yo esté entre vosotros. Pues no sea sino agitación de alegría, y bendecid al Señor conmigo, que aprovecha el mal para proporcionar un motivo de alegría a sus hijos, conduciendo de nuevo a su Cordero, aguijoneado por el mal, a donde los otros corderos, para ponerlo al seguro contra los lobos.
Ved qué bueno es el Señor. A1 lugar en que me encontraba llegaron, como aguas a un mar, un río y un regato. Un río de amorosa dulzura, un regato de abrasadora amargura. El primero era vuestro amor, desde Lázaro y Marta al último del lugar; el regato era el injusto rencor de quien, no pudiendo ir al Bien que le llama, acusa al Bien de ser Pecado. Y el río decía: "Vuelve, vuelve con nosotros. Que nuestras olas te circunden, te aíslen, te defiendan, te den todo aquello que el mundo te niega". El regato malvado lanzaba amenazas y quería matar con su veneno. Mas, ¿qué es un regato comparado con un río?, ¿qué, comparado con un mar? Nada. Como a nada ha quedado reducido el veneno del regato, porque el río de vuestro amor lo ha sobrepujado en tal modo, que al mar de mi amor no ha llegado sino la dulzura de vuestro amor. Podríamos decir más aún: ha producido un bien. Me ha traído de nuevo con vosotros. Bendigamos por ello al Señor altísimo.
La voz de Jesús se expande, poderosa, por el aire calmo y silencioso. Jesús, lleno de hermosura bajo el sol, desde lo alto de la terraza, gesticula y sonríe sereno. Abajo, la gente lo escucha encantada: son como un floreado de rostros alzados sonriendo a la armonía de su voz. Lázaro está cerca de Jesús, como también Simón y Juan. Los demás están diseminados entre la multitud. Sube también Marta y se sienta en el suelo a los pies de Jesús, mirando hacia su casa, que se ve más allá de los árboles frutales.
El mundo es de los malos. El Paraíso es de los buenos. Ésta es la verdad y la promesa; apóyese sobre ella nuestro firme vigor. El mundo pasa. El Paraíso no pasa. Si, siendo bueno, uno se lo gana, eternamente lo gozará. ¿Por qué, pues, debe turbarnos lo que hacen los malos? ¿Os acordáis de las quejas de Job?: son las eternas quejas de los buenos que se sienten oprimidos; porque la carne gime, más no debería hacerlo, sino que, cuanto más pisoteada fuera, más se deberían alzar las alas del alma regocijándose con el júbilo del Señor.
¿Qué pensáis: que se sienten felices los que parecen estarlo debido a que - en ocasiones, lícitamente; en otras, las más, ilícitamente - tienen llenos los graneros, colmos los tinos, rebosantes de aceite sus odres? No.
Sienten el sabor de la sangre y de las lágrimas de los demás en todo lo que toman como alimento, y el lecho les parece como erizado de espinas por lo desgarrador de sus remordimientos cuando en él yacen. Depredan a los pobres, desvalijan a los huérfanos, le roban al prójimo para atesorar, tiranizan a quien es menos que ellos en poder y en perversidad. No importa. Dejadlos. Su reino es de este mundo.
Después de su muerte, ¿qué quedará? Nada. A menos que se quiera llamar tesoro al cúmulo de culpas que se llevan consigo y con el que ante Dios se presentan. Dejadlos. Son los hijos de las tinieblas, los que se rebelan contra la Luz; no pueden seguir los luminosos senderos de ésta. Cuando Dios hace brillar la estrella de la mañana, ellos la llaman sombra de muerte y, como tal, la consideran contaminada y prefieren caminar a la luz del destello sucio de su oro y de su odio, que resplandece solamente porque las cosas infernales tienen brillo de fósforo, el brillo de los eternos lagos de perdición…
-¡Mi hermana, Jesús… oh! - Lázaro descubre a María, que se desliza tras un seto del pomar de Lázaro para llegar lo más cerca posible. Va agachada, pero su cabeza rubia brilla como oro contra el boj oscuro.
Marta hace ademán de levantarse, pero Jesús le pone una mano sobre la cabeza y aprieta, de forma que debe quedarse donde está. Jesús alza aún más su voz.
-¿Qué decir de estos infelices? Dios les ha dado tiempo de hacer penitencia y ellos no hacen otra cosa sino abusar de él para pecar. Pero no los pierde de vista Dios, aunque parezca que lo haga. Llega el momento en que, o bien porque, cual rayo capaz de penetrar incluso en la roca, el amor de Dios hiende y desgarra su duro corazón, o bien, porque la suma de los delitos hace llegar el nivel de su cieno hasta introducirse en su boca y en su nariz - y experimentan, sí, ¡al fin experimentan la repugnancia de ese sabor y de esa fetidez que a los demás da asco y que colma su corazón! - llega el momento en que ello les produce náusea y surge un movimiento de aspiración al bien.
El alma entonces grita: "¿De quién recibiré el don de volver a ser como un tiempo fui, cuando vivía en amistad con Dios, cuando su luz resplandecía en mi corazón y bajo su rayo yo caminaba, cuando, al ver mí justicia, guardaba silencio, admirado, el mundo, y quien me veía me llamaba bienaventurado?
El mundo bebía mi sonrisa, mis palabras eran acogidas como palabras de ángel, saltaba de orgullo el corazón en el pecho de mis familiares.
Y ahora, ¿qué soy? Motivo de burla para los jóvenes, de horror para los ancianos, yo soy el tema de sus chácharas, el esputo de su desprecio me surca el rostro". Sí, así habla en ciertas horas el alma de los pecadores, de los verdaderos Job, porque no hay miseria mayor que ésta, la de quien ha perdido para siempre la amistad de Dios y su Reino. Deben infundir piedad, sólo piedad.
Son pobres almas que han perdido, por ociosidad o por ligereza, al eterno Esposo. "Por la noche, en mi lecho, busqué el amor de mi alma y no lo encontré.” Así es. En las tinieblas no se puede distinguir al esposo, y el alma, aguijoneada por el amor, irreflexiva por hallarse envuelta en la noche espiritual, busca y quiere encontrar un refrigerio para su tormento. Cree encontrarlo con cualquier amor. No. Uno sólo es el amor del alma: Dios.
Van buscando amor estas almas a las que el amor de Dios aguijonea.
Bastaría con que admitieran la luz en ellas para que el amor fuera su consorte. Van como enfermas, buscando a tientas amor, y encuentran todos los amores, todas las cosas sucias que el hombre ha bautizado así, mas no encuentran el amor, porque el amor es Dios y no el oro, el sentido, el poder.
¡Pobres, pobres almas! Si, menos ociosas, se hubieran puesto en pie al oír la invitación del Esposo eterno, al oír a Dios que dice:
"Sígueme", a Dios que dice: "Ábreme", no habrían llegado tarde a abrir la puerta, con el ímpetu de su amor despertado, cuando, desilusionado, el Esposo ya estaba lejos y había desaparecido… Y no habrían profanado ese ímpetu santo de una necesidad de amor en un lodo tan inútil y con tantos diminutos tríbulos diseminados en él, que hasta al animal inmundo le da asco; tríbulos que no eran flores, sino sólo pinchos, pinchos que laceran, no coronan. Y no habrían conocido los vituperios de todos aquellos que, cual guardias de ronda, como Dios, pero por motivos opuestos, no pierden de vista al pecador y lo acechan para burlarse de él y criticarlo.
¡Pobres almas maltratadas, expoliadas, heridas por todos!
Sólo Dios permanece al margen de esta lapidación de cruel escarnio; es más, vierte sus lágrimas para cura de las heridas y para cubrir con diamantino vestido a su criatura. Siempre su criatura… Sólo Dios… y los hijos de Dios con el Padre.
Bendigamos al Señor. Él ha querido que, por los pecadores, Yo debiera volver aquí para deciros: "Perdonad.
Siempre perdonad. Haced de todo mal un bien. Haced de toda ofensa una gracia". No os digo sólo "haced"; os digo: repetid mi gesto. Yo amo y bendigo a los enemigos, porque por ellos he podido volver a vosotros, amigos míos.
La paz sea con todos vosotros.
La gente agita velos y ramajes en dirección a Jesús y luego, lentamente, se va alejando.
-¿Habrán visto a esa desvergonzada?
-No, Lázaro. Estaba detrás del seto bien escondida. Nosotros podíamos verla porque estábamos aquí arriba. Los demás, no.
-Nos había prometido que…
-¿Y por qué no debía venir? ¿No es ella, acaso, también una hija de Abraham? Quiero de vosotros, hermanos, y de vosotros, discípulos, el juramento de no hacerle observaciones de ningún tipo. Dejadla. ¿Que se burla de mí? Dejadla. ¿Qué llora? Dejadla. ¿Que quiere quedarse?
Dejadla. ¿Que quiere alejarse? Dejadla. Es el secreto del Redentor y de los redentores: tener paciencia, bondad, constancia y oración. Nada más. Todo gesto sobra ante ciertas enfermedades… Adiós, amigos. Yo me quedo orando.
Vosotros marchad a las respectivas tareas. Y que Dios os acompañe.
Y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo esto: Jesús, con las primeras luces de una raquítica mañana de invierno, entra en la pequeña ciudad de Doco, y le pregunta a un viandante madrugador:
-¿Dónde vive Mariamne, la anciana madre que tiene a su nuera muriéndose?
-¿Mariamne? ¿La viuda de Leví? ¿La suegra de Jerusa, mujer de Josías?
-Sí, es ella.
-Mira, hombre, al final de esta calle hay una plaza. En la esquina, hay una fuente. De allí salen tres calles. Coge la que tiene enmedio una palma y camina cien pasos. Encontrarás un foso; lo sigues hasta el puente de tablas.
Lo atraviesas y verás una callecita cubierta. Recórrela.
Terminada la calle y lo que la cubre - porque desemboca en una plaza -, ya has llegado. La casa de Mariamne es de color oro debido a la antigüedad. Con los gastos que tienen, no la pueden limpiar. No te puedes equivocar.
Adiós. ¿Vienes de lejos?
-No mucho.
-Pero, ¿eres galileo?
-Sí.
-¿Y éstos? ¿Vienes para la fiesta?
-Son amigos. Adiós, hombre. La paz sea contigo.
Jesús deja plantado a este hombre locuaz que ya no tiene prisa, y va por su camino, y los apóstoles detrás.
Llegan a la… placita: un pedazo de terreno muy fangoso que tiene en el centro una encina joven, alta, que ha crecido señoreadora y que tal vez en verano produzca bienestar, pero que por ahora sólo produce melancolía, pues, tupida y oscura, se yergue sobre las pobres casas quitándoles luz y sol. La casa de Mariamne es la más modestilla. Es ancha y baja y está muy descuidada. La puerta de fuera está llena de parches para tapar las ranuras que hay debido a lo muy vieja que es la madera.
Una ventanita sin bastidor muestra su negro agujero como una órbita sin ojo.
Jesús llama a la puerta. Viene una jovencita de unos diez años, pálida, despeinada, con los ojos rojos.
-¿Eres la nieta de Mariamne? Dile a la anciana madre que Jesús está aquí.
La niña da un grito y se echa a correr llamando a voces.
Acude rápidamente la anciana, seguida por seis niños además de la muchachita de antes. El mayor parece gemelo de ésta; los últimos, dos chisgarabises descalzos y demacrados, vienen agarrados al vestido de la anciana; apenas si saben caminar.
-¡Has venido! ¡Hijos, venerad al Mesías! En buena hora llegas a mi pobre casa. Mi hija se me está muriendo… No lloréis, niños; que no oiga. ¡Pobres criaturas! Las niñas están agotadas de las velas, porque, yo hago todo, pero ya no puedo velar; me caigo al suelo de sueño. Hace meses que no toco la cama. Ahora duermo en una silla, para estar junto a ella y junto a las niñas.
Pero son pequeñas y sufren. Los niños, estos, van a hacer leña para mantener el fuego, y también la venden, para conseguir pan.
Se agotan… ¡pobres nietos! Pero lo que nos mata no es el cansancio, es el verla morir… No lloréis. Tenemos a Jesús.
-Sí, no lloréis. Vuestra mamá se curará, vuestro padre volverá, dejaréis de tener tantos gastos y dejaréis de pasar hambre. ¿Éstos son los dos últimos?
-Sí, Señor. Esa débil criatura ha dado a luz tres veces gemelos… y el pecho ha enfermado.
-A unos demasiado y a otros nada - susurra Pedro entre dientes, y toma luego consigo a uno de los pequeñuelos y le da una manzana para que se calle; y, mientras también el otro pequeño le pide otra y Pedro lo complace, Jesús con la anciana atraviesa el atrio y va al patio, y sube la escalera para entrar en una habitación donde gime una mujer joven, pero esquelética.
-El Mesías, Jerusa. Ahora ya no sufrirás más. ¿Ves cómo ha venido realmente? Isaac no miente nunca. Lo dijo. Así que cree que de la misma forma que ha venido te puede sanar.
-Sí, madre buena; sí, mi Señor. Pero, si no me puedes curar, hazme morir al menos. Siento perros en este pecho mío.
Las bocas de mis hijos, a las que he dado dulce leche, me han dado a cambio fuego y amargura. ¡Sufro mucho, Señor! ¡Salgo muy cara! Mi marido lejos por el pan, la anciana madre que se está consumiendo, yo que me muero… ¿a quien irán los hijos, cuando haya muerto por la enfermedad, y ella por el cansancio y los sufrimientos?
-Para los pájaros está Dios, como también para los pequeñuelos del hombre. Pero no morirás. ¿Te hace mucho daño aquí? - Jesús hace ademán de depositar la mano sobre el pecho vendado.
-¡No me toques! ¡No me aumentes el dolor! - grita la enferma.
Pero Jesús deposita delicadamente su larga mano sobre el seno enfermo.
-Tienes realmente fuego dentro, pobre Jerusa. El amor materno se te ha transformado en fuego en el pecho. Tú no odias a tu esposo o a los niños, ¿no es cierto?
-¡Oh! ¿Por qué iba a odiarlos? Mi marido es bueno y me ha querido siempre. Con sabio amor nos amamos, y el amor floreció en hijos… ¡Y ellos…! Me acongoja el dejarlos… Pero… Señor, ¡si mi fuego cesa! ¡Madre! ¡Madre! ¿Es como si un ángel espirara el aire del Cielo sobre mi tormento! ¡Oh…, qué paz! No quites, no quites tu mano, mi Señor; aprieta, más bien. ¡Oh…,
qué fuerza! ¡Qué alegría! ¡Mis hijos! ¡Aquí, mis hijos! ¡Quiero que vengan! ¡Dina! ¡Osías! ¡Ana! ¡Seba! ¡Melquí! ¡David! ¡Judas!
¡Aquí! ¡Aquí! ¡Mamá ya no se muere! ¡Oh!…
La joven se vuelve sobre las almohadas llorando de alegría mientras acuden los hijos, y la anciana, de rodillas, no encontrando otra cosa, en su alegría, entona el cántico de Azarías en el horno de fuego, completo, con su voz temblorosa de anciana y de persona conmovida.
-¡Señor! - dice por fin - ¿Qué puedo hacer por ti? ¿No tengo nada con que honrarte?
Jesús la levanta y dice:
-Déjame sólo detenerme aquí un poco para descansar - Y calla - El mundo no me ama. Debo alejarme un tiempo. Te pido fidelidad a Dios y silencio. A ti, a ella, a los pequeños.
-¡No temas! ¡Nadie se acerca a los míseros! Puedes estar aquí sin temor a ser visto. Los fariseos, ¿no? Pero… ¿Y para comer? Yo no tengo más que un poco de pan…
Jesús llama a Judas Iscariote:
-Coge dinero y ve a comprar lo que haga falta. Comeremos y descansaremos aquí, con estas buenas mujeres. Hasta el anochecer. Ve y calla.
Luego se vuelve hacia la mujer que ha sido curada:
-Quítate las vendas, levántate, ayuda a tu madre, exulta. Dios te ha concedido gracia por piedad hacia tu virtud de esposa. Compartiremos el pan, porque hoy el Señor altísimo está en tu casa y hay que celebrarlo con una gran fiesta.
Jesús va afuera y alcanza a Judas que iba a marcharse en ese momento:
-Compra con abundancia. Que tengan también para los próximos días. A nosotros en casa de Lázaro no nos faltará nada.
-Sí, Maestro. Y, si me lo permites… Tengo dinero mío, he hecho voto de ofrecerlo porque quedes salvo de los enemigos; lo puedo emplear en pan. Mejor que vaya a estos hermanos en Dios que no a las tragaderas del Templo. ¿Me das permiso? El oro siempre ha sido una serpiente para mí.
No quiero seguir sintiendo su hechizo, porque, ahora que soy bueno, estoy muy bien.
Me siento libre, y soy feliz.
-Haz como quieras, Judas, y que el Señor te dé paz.
Jesús va hasta donde los discípulos mientras Judas sale.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Agua Especiosa sin peregrinos… Produce una extraña sensación verla así, sin signos de que alguien haya vivaqueado o, al menos, consumido su comida en la era o bajo el cobertizo. Sólo limpieza y orden, hoy, sin ninguna de esas señales que de sí deja una fuerte confluencia de gente.
Los discípulos ocupan su tiempo en trabajos manuales: unos, trenzando mimbres para hacer nuevas trampas para los peces; otros, ocupados en pequeños trabajos de desmonte del terreno y de canalización del agua de los tejados para que no se estanque en la era. Jesús está en pie, en un prado, echando migas de pan a los gorriones. Hasta donde alcanza la vista, no hay ni un ser viviente, a pesar de que el día esté sereno.
Andrés se dirige hacia Jesús, de vuelta de algo que le han encomendado:
-Paz a ti, Maestro.
-Y a ti, Andrés. Ven aquí un poco conmigo. Tú puedes estar con los pajarillos. Eres como ellos. ¿Te das cuenta?: cuando ellos saben que quien se les acerca los quiere, pierden el miedo. Mira lo confiados que son, y seguros y alegres. Primero estaban casi junto a mis pies, ahora estás tú y están alerta… Mira, mira… mira ese gorrión, es más audaz y se está acercando, ha comprendido que no hay ningún peligro. Y detrás de él vienen los otros. ¿Ves cómo comen? ¿No es igual que para nosotros, que somos hijos del Padre? Él nos sacia de su amor. Y, cuando estamos seguros de ser amados y de que nos ha invitado a su amistad,¿por qué tener miedo de Él y de nosotros? Su amistad debe hacernos audaces incluso entre los hombres.
Cree esto: sólo el malhechor debe tener miedo de sus semejantes; no el justo, como tú eres.
Andrés se ha puesto colorado, y no habla.
Jesús lo arrima hacia sí y dice sonriendo:
-Habría que uniros a ti y a Simón en un mismo néctar, diluiros y luego daros de nuevo forma. Seríais perfectos. Con todo… si te dijera que, a pesar de ser tan distinto al principio, serás perfectamente igual a Pedro al final de tu misión, ¿lo creerías?
-Si Tú lo dices, es cierto. Ni siquiera me pregunto cómo podrá ser, porque todo lo que Tú dices es verdad. Me alegraré de ser como Simón, mi hermano, porque es un hombre justo y te hace feliz. ¡Simón vale! Me siento muy contento de que sea una persona que vale. Valiente, fuerte. ¡Bueno, también los demás!…
-¿Y tú, no?
-¿Yo?… Tú eres el único que puede estar contento de mí…
-Y darme cuenta de que trabajas silenciosamente y con más profundidad que los otros. Porque en los doce hay quien llama la atención en forma proporcionada a su trabajo, hay quien la llama mucho más de cuanto trabaja, y hay quien sólo trabaja, sin llamar la atención; un trabajo humilde, activo, ignorado… los otros pueden creer que éste no hace nada, mas Aquel que ve sabe las cosas.
Existen estas diferencias porque aún no sois perfectos, y existirán siempre entre los futuros discípulos, entre aquellos que vengan después de vosotros, hasta el momento en que el ángel proclame con voz de trueno: "El tiempo ha terminado". Siempre habrá ministros del Cristo en que estarán nivelados lo que hacen y la atracción hacia ellos de las miradas del mundo: los maestros. Y existirán, por desgracia, aquellos que serán sólo rumor y gesto externos, sólo externos, los falsos pastores de poses histriónicas… ¿Sacerdotes?; no: mimos. Nada más. No es el gesto el que hace al sacerdote, y tampoco el
hábito. No hacen al sacerdote ni su cultura terrena ni las relaciones influyentes de este mundo; es su alma, un alma tan grande que anule la carne. Todo espíritu mi sacerdote… así le sueño, así serán mis santos sacerdotes. El espíritu no tiene voz, ni pose de trágico; es inconsistente porque es espiritual y, por tanto, no puede llevar peplos o máscaras; es lo que es: espíritu, llama, luz, amor; habla a los espíritus, habla con la castidad de las miradas, de los hechos, de las palabras, de las obras. El hombre mira, y ve a un semejante suyo.
Pero, más allá de la carne, y por encima de ella, ¿qué ve?: algo que le hace detenerse en su caminar apresurado, meditar y concluir: "Este hombre, semejante a mí, tiene de hombre sólo el aspecto; el alma es de ángel". Y, si se trata de un incrédulo, concluirá: "Por él creo que hay un Dios y un Cielo"; y, si es lujurioso, dice: "Éste, igual a mí, tiene ojos de Cielo; freno mi sentido para no profanarlos"; si se trata de un avaro, decidirá: "Por el ejemplo de éste, que no tiene apego a las riquezas, yo ceso de ser avaro"; si es un iracundo, una persona violenta, en presencia del manso se vuelve un ser más sereno.
Todo esto puede hacer un sacerdote santo. Y, créelo, siempre existirán, entre los sacerdotes santos, los que sepan incluso morir por amor a Dios y al prójimo, y hacerlo tan silenciosamente (después de haber ejercitado la perfección durante toda la vida también silenciosamente), que el mundo ni siquiera se dé cuenta de ellos. Pero, si el mundo no acaba siendo enteramente un lupanar y un lugar de idolatría, será por éstos, los héroes del silencio y de la laboriosidad fiel. Y tendrán tu sonrisa, pura y tímida.
Porque siempre habrá Andreses; ¡por gracia de Dios por suerte para el mundo, los habrá!
-Yo no creía merecer estas palabras… No había hecho nada para suscitarlas…
-Me has ayudado a llevar hacia Dios a un corazón; y es el segundo que conduces hacia la Luz».
-¿Por qué ha hablado! Me había prometido…
-Nadie ha hablado. Pero Yo sé las cosas. Cuando los compañeros duermen, cansados, tres son los que están en vela en Agua Especiosa: el apóstol de silencioso y activo amor hacia los hermanos pecadores; la criatura a la que su alma aguijonea hacia la salvación; y el Salvador que ora y vela, que espera y tiene esperanza… Mi esperanza es ésta: que un alma encuentre su salud…
Gracias, Andrés. Sigue así. Bendito seas por ello.
-¡Maestro!… Pero no digas nada a los otros… A solas, hablándole a una leprosa en una playa desierta, hablándole aquí a una mujer cuyo rostro no veo, algo sé hacer. Pero, si los otros lo saben, especialmente Simón (y quiere venir)… yo ya no sé hacer nada… No vengas ni siquiera Tú… porque me avergüenzo de hablar delante de ti.
-No iré contigo. Jesús no irá, pero el Espíritu de Dios ha ido siempre contigo. Vamos a casa. Nos están llamando para la comida.
Y todo cesa entre Jesús y el manso discípulo.
Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa. El cierzo incita a tener cerrada la puerta. Llaman. Se oye la voz alegre de Juan.
-¡Nos alegramos de que hayáis regresado!
-¡Habéis tardado poco!
-¿Qué novedades hay, entonces?
-¡Qué cargados venís!
Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.
-¡Despacio!
-¡Dejadnos saludar al Maestro!
-¡Un momento!
(Un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos).
-¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos.
-Sí, Maestro, pero no tranquilas noticias. Lo preveía - dice Judas Iscariote.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa?…
Se ha creado un ambiente de curiosidad.
-Dejadlos primero que tomen algo y repongan fuerzas - dice Jesús.
-No, Maestro. Primero te damos lo que tenemos para ti y para los demás. Y, primero… Juan, da la carta.
-La tiene Simón. Yo temía estropearla entre la carga.
El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados, acude diciendo:
-Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón - y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.
-Es de tu Madre. Estando cerca de Betania, encontramos a Jonatán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas. Jonatán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio… Quizás Herodes va a Tiberíades… y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías - explica el Iscariote mientras Jesús desata los nudos del rollo y desenrolla.
Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con beata sonrisa las palabras de su Madre.
-Escuchad - dice luego -, también hay algo para los galileos.
Mi Madre escribe:
“A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición. Jonatán, siervo de su Señor, me ha traído, de parte de Juana, unos obsequiosos regalos; ella pide a su Salvador, para sí,
para su esposo y para toda su casa, la bendición. Jonatán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión. Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición.
Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones. Y, dado que Jonatán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano, y, para Felipe y Natanael, de sus familiares. Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar, y con el trabajo de la huerta, os envían ropa para estos meses de invierno, y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches.
Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo. No por nada nos hemos sacrificado, creedlo.
Disfrutad de los humildes presentes que nosotras,
discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor; dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.
Ahora, amado Hijo mío, pienso que, desde hace casi un año, ya no eres todo mío. Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía, sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno, pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo, y sólo podía adorar tu espíritu. ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!, también ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado; pero, no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.
Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias. Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por ti. Pero aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas, estaría en la oscuridad, porque Tú no estás aquí. Mientras que, por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella oscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo. Será la primera vez que me diré: “Mi Niño hoy tiene un año más” sin tener a mi Niño. Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea. Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía, y ambos hacemos la voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.
Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen. Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta un solitario y cerrado entrante, así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre, siendo para Ella causa de júbilo, mas también de temblor; porque, si todos hablan de ti, no todos lo hacen con igual corazón. Vienen amigos, y personas que han recibido algún bien, a decirme:
“¡Bendito sea el Hijo de tu vientre!”, y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: “¡Sea anatema!'. Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: “¿Dónde está el mago, el divino?”, y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error, porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua, y divino eres, mi Jesús. Y yo te los mando, diciendo: `Está en Betania'. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera. Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno. Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.
Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí. José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, lo pararon y lo amenazaron por causa tuya. Eran hombres del Gran Consejo. Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque, si no, ¿quién podía conocer a José como cabeza de familia y hermano tuyo? Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte.
De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto. Simón, tu hermano, quería casi ir a ti, después de este hecho; y quería ir conmigo, pero, la estación en que estamos lo ha retenido, y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron, en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.
¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío!, estoy con los brazos alzados como Moisés en el monte, para rogar por ti, que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.
Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía. Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.
Yo te bendigo, Hijo mío, y, como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá".
-¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados! - grita Pedro.
Y Judas Tadeo exclama:
-José… podía haberse guardado para sí lo sucedido. Pero… ¡lo ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!
-Grito de hiena no asusta a los vivos - sentencia Felipe.
-Lo malo es que no son hienas, son tigres; buscan presa viva - dice el Iscariote. Y, volviéndose al Zelote: «Refiere tú lo que hemos sabido.
-Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado. Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos. Después, yo y Judas - como si yo fuera un amigo suyo de la infancia - hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión… Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar enseguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien. Además, los amigos de Judas dijeron: "Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderlo para inculparlo. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente. Que se retire durante un tiempo, para que queden deludidas estas víboras. La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo.
El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir".
-¡Todo, pero es que saben todo de nosotros! ¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido. Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme…; no sé… lejos… fuera de este Israel que no es sino pecado… - Se le ve deprimido al Iscariote.
-¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas; tú, para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿querrías emplear menos tiempo? Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación, manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada… sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión. Pero, aun cuando parezca muerta, tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin. Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra.
¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas.
-No obstante… deja este lugar. No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos… los otros, no lo sé… pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor.
-Sí, Maestro, es mejor.
-Es prudente.
-Judas tiene razón.
-Mira cómo también tu Madre y tus familiares…
-Y Lázaro y José.
-Hagámosles venir en vano.
Jesús extiende los brazos y dice:
-Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí. Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada… Bueno… veamos los trabajos que han hecho las mujeres.
Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas, y tratan de interesar a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, Él permanece triste y absorto. Lee una y otra vez la carta materna. Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos… y, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.
-Mira, Maestro, mi esposa, ¡pobrecilla!, ¡qué prenda tan linda, y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre - dice Pedro, que está rebosante de alegría, con los brazos cargados de sus tesoros.
-Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente - dice cortésmente Jesús… pero con la vista lejos de lo que le ha mostrado.
-A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles. ¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿no es verdad? - dice Santiago de Zebedeo.
-Muy bonito, Santiago; te estará bien.
-Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así. Y este velo doble para cubrir del sol yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo. La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado. ¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo. ¡Qué buena es! - Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo-marrón.
-No estás alegre, Maestro - observa por fin Bartolomé - Ni siquiera miras lo que te han mandado.
-No puede estarlo - arguye Simón Zelote.
-Estoy pensando… Pero… Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán. Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania.
-¿Por qué a Doco?
-Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de mí la curación.
-¿No pasamos por casa del encargado?
-No, Andrés, por ningún sitio. Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan, la mía es no crear complicaciones a Lázaro.
-Pero Lázaro te espera.
-Y vamos donde él. O, mejor,… Simón, ¿me hospedas en la casa de tu viejo siervo?
-Con mucho gusto, Maestro. Tú ya sabes todo. Por tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya.
-Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado.
Y, mientras todos se dispersan, con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.
Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice:
-¿Y esa mujer? Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir… Es prudente… ya lo has visto…
-Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras…
-Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas.
-Ve. Date prisa. Y mira que ninguno te vea. Verdaderamente en este mundo de malos deben tomar aspecto de pérfidos los inocentes…
Todo me cesa aquí, en esta gran verdad.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-Hijos míos en el Señor – habla Jesús - la fiesta de la Purificación está ya a las puertas, y a ella Yo, Luz del mundo, os envío preparados con lo mínimo necesario para celebrarla bien, la primera lámpara de la fiesta, que podrá daros llama para todas las otras; porque verdaderamente estúpido sería quien pretendiera encender muchas lámparas no teniendo cómo encender la primera; y aún más estúpido sería quien pretendiese empezar su santificación partiendo de las cosas más arduas, relegando lo que constituye la base del edificio inmutable de la perfección: el Decálogo.
Se lee en los Macabeos que Judas, con los suyos, habiendo recuperado, con la protección del Señor, el Templo y la Ciudad, destruyó los altares levantados a los dioses extranjeros, así como los edificios de culto, y purificó el Templo. Luego erigió otro altar, y con el pedernal produjo fuego, y ofreció los sacrificios, quemó incienso, puso las lámparas y los panes de la proposición, y luego, postrados todos en tierra, le suplicaron al Señor que no permitiera que volvieran a pecar, o que, si por propia debilidad, cayeran de nuevo en el pecado, los tratara con divina misericordia. Esto sucedía el veinticinco del mes de Kisléu.
Consideremos esta narración y apliquémosla a nosotros mismos; en efecto, toda palabra de la historia de Israel, siendo palabra de pueblo elegido, tiene un significado espiritual. La vida es siempre enseñanza. La vida de Israel es enseñanza, no sólo para el tiempo terreno, sino también para la conquista de la eternidad.
“Destruyeron los altares y los templos paganos".
Ésta es la primera operación, la que os he indicado que hagáis al nombraros a los dioses individuales que substituyen al Dios verdadero: las idolatrías del sentido, del oro, del orgullo; los vicios capitales que conducen a la profanación y muerte del alma y del cuerpo y al castigo de Dios.
Yo no os he aplastado con esas innumerables fórmulas que al presente agobian a los fieles, y que se muestran como baluarte ante la verdadera Ley, oprimida, tapada bajo cúmulos y cúmulos de prohibiciones que son completamente externas.
Tales prohibiciones, con su atosigamiento., le llevan al fiel a perder de vista la coherente, clara, santa voz del Señor que dice:
"No blasfemes, no seas idólatra, no profanes las fiestas, no deshonres a los padres, no mates, no cometas fornicación, no robes, no mientas, no envidies las cosas ajenas, no desees la mujer que a otro pertenece". Diez noes; ni uno más. Y son las diez columnas del templo del alma. En lo alto resplandece el oro del precepto santo entre los santos: “Ama a tu Dios, ama a tu prójimo": es el remate del templo, es la protección de los cimientos, es la gloria del constructor. Sin el amor, uno no podría prestar obediencia a las diez reglas, y caerían las columnas - todas o alguna -, y el templo se derrumbaría o total o parcialmente; en todo caso, estaría destruido, inadecuado ya para acoger al Santísimo.
Haced lo que os he dicho, derribando las tres concupiscencias, dándole un nombre claro a vuestro vicio, como claro es Dios al deciros: "No hagas esto o aquello".
Es inútil entrar en sutilezas acerca de las formas. Quien tiene un amor más fuerte que el que da a Dios, cualquiera que fuera este amor, es un idólatra. Quien nombra a Dios, profesándose su siervo, y luego lo desobedece, es un rebelde. Quien por avaricia trabaja en sábado es un profanador y un desconfiado y presuntuoso. Quien niega una ayuda a sus padres aduciendo pretextos, aunque diga que se trata de obras dadas a Dios, está contra Dios, que ha puesto a los padres y a las madres como figura suya sobre la Tierra. Quien mata es siempre asesino. Quien fornica es siempre lujurioso.
Quien roba es siempre un ladrón. Quien miente es siempre una persona vil. Quien desea para sí lo que no es suyo es siempre un glotón que padece la más abominable de las hambres. Quien profana un tálamo es siempre un inmundo.
Es así. Y os recuerdo que después de la erección del becerro de oro vino la ira del Señor; después de la idolatría de Salomón, el cisma que dividió y debilitó a Israel; después del helenismo, aceptado (es más, bien acogido, e introducido, porjudíos indignos bajo Antíoco Epifanes), vinieron nuestras actuales desventuras de espíritu, de fortuna y de nacionalidad. Os recuerdo que Nabal y Abiú, falsos siervos de Dios, fueron castigados por Yeohveh. Os recuerdo que no era santo el maná del sábado. Os recuerdo a Cam y a Absalón. Os recuerdo el pecado de David contra Urías y el de Absalón contra Amnón. Os recuerdo como acabaron Absalón y Amnón. Os recuerdo la suerte de Heliodoro, ladrón, y de Simón y Menelao. Os recuerdo el innoble final de los dos regidores embusteros que habían testificado falsamente de Susana. Y podría seguir sin hallar límite a los ejemplos. 'Mas, volvamos a los Macabeos.
"Y purificaron el Templo.”
No basta decir: "Destruyo". Hay que decir: "Purifico". Os he dicho cómo se purifica el hombre: con el arrepentimiento humilde y sincero. No hay pecado que Dios no perdone si el pecador está realmente arrepentido. Tened fe en la Bondad divina.
Si pudierais llegar a comprender lo que es esta Bondad, aunque tuvierais todos los pecados del mundo, no huiríais de Dios; todo lo contrario, correríais a echaros a sus pies, porque sólo el Bonísimo puede perdonar lo que el hombre no perdona.
"Y erigieron otro altar.”
No pretendáis engaño con el Señor. No seáis falsos en vuestro actuar. No mezcléis a Dios con Satanás; tendríais un altar vacío: el de Dios. Porque es inútil erigir un altar nuevo si quedan aunque sólo sea restos del otro. O Dios o el ídolo; elegid.
"E hicieron brotar el fuego con la piedra y la yesca".
Piedra es la firme voluntad de ser de Dios; yesca es el
deseo de cancelar del corazón de Dios, durante el resto de la vida, hasta el recuerdo de vuestro pecado. He aquí que entonces se hace surgir el fuego: el amor. Porque el hijo que trata, con toda una vida honesta, de reconfortar al padre ofendido, ¿qué hace sino amar al padre, deseando que esté contento de su hijo, antes lágrima y ahora alegría? En este estado podéis ofrecer los sacrificios, quemar los inciensos, poner las lámparas y los panes: no le desagradarán a Dios los sacrificios; gratas le serán las oraciones; el altar estará verdaderamente iluminado, rico del alimento de vuestra ofrenda diaria. Podréis orar diciendo: "Sé protector nuestro", porque Él será con vosotros amigo.
Pero su misericordia no ha esperado a que pidierais piedad. Se ha adelantado a vuestro deseo, os ha enviado la Misericordia para deciros: "Tened esperanza, Yo os lo digo: Dios os perdona. Venid al Señor". Ya hay un altar en medio de vosotros: el nuevo altar. De él manan ríos de luz y de perdón; como aceite se expanden, medican, refuerzan.
Creed en la Palabra que de aquél proviene. Llorad conmigo vuestros pecados. Como el levita que dirige el coro, Yo oriento vuestras voces a Dios, y no será rechazado vuestro gemido si está unido a mi voz.
Con vosotros me aniquilo (Hermano para los hombres en la carne; para el Padre, Hijo en el espíritu) y digo por vosotros, con vosotros: "Desde este profundo abismo donde Yo-Humanidad he caído, grito a ti, Señor. Escucha la voz de quien se mira y suspira, no cierres tu oído a mis palabras. Verme me supone horror. ¡Soy un horror incluso para mis ojos! ¡Qué será para los tuyos! No prestes atención a mis culpas, Señor, porque si lo haces no podré
resistir en tu presencia; usa, por el contrario, conmigo tu misericordia. Tú lo has dicho: `Yo soy Misericordia'.
Yo creo en tu palabra. Mi alma, herida y abatida, confía en ti, en tu promesa, y, desde el alba hasta la noche, desde la juventud hasta la ancianidad, esperaré en ti".
Culpable de homicidio y adulterio, reprobado por Dios, bien obtiene David perdón, tras haber gritado al Señor: "Ten piedad, no por consideración a mí, sino por el honor de tu misericordia, que es infinita; cancela por ella mi pecado. No hay agua que pueda lavar mi co-razón sino la que se toma en las aguas profundas de tu santa bondad.
Lávame con ella de la iniquidad mía y purifícame de mi inmundicia. No niego que he pecado. Antes bien, confieso mi delito; cual testigo acusador la culpa está siempre ante mí. He ofendido al hombre en el prójimo y en mí mismo; mas duélome, sobre todo, de haber pecado contra ti.
Dígate esto que reconozco que eres justo en tus palabras y temo tu juicio, que triunfa sobre toda potencia humana.
Considera, no obstante, ¡oh Eterno!, que en culpa nací y pecadora fue la que me concibió, y que, aun así, Tú me has amado hasta el punto de llegar a develarme tu sabiduría y a dármela como maestra para que fuera comprendiendo los misterios de tus sublimes verdades. Y, si tanto has hecho, ¡debo tener miedo de ti? No. No temo. Aspérjame con la amargura del dolor y quedaré purificado; lávame con el llanto y seré como nieve alpina; hazme oír tu voz y exultará tu siervo humillado, porque tu voz es alegría y gozo aun cuando reprende. Vuelve tu rostro hacia mis pecados. Tu mirada borrará mis iniquidades. Satanás y mi débil humanidad me han profanado el corazón que me diste.
Créame un nuevo corazón que sea puro y destruye lo que de corrupción hay en las entrañas de tu siervo, para que en él reine sólo un espíritu recto. No me arrojes de tu presencia, no me prives de tu amistad, porque sólo la salud que de ti viene es alegría para mi alma, y tu espíritu soberano es consuelo del humillado. Haz que yo venga a ser aquel que mezclado entre los hombres vaya diciendo: “Observad lo bueno que es el Señor. Id por sus caminos y os sentiréis benditos como yo me siento, yo, aborto del hombre, pero que vuelvo a ser ahora hijo de Dios por la gracia que renace en mí”. Y a ti se convertirán los impíos. La sangre y la carne hierven y gritan en mí. Libérame de ellas, ¡oh Señor!,salvación de mi alma, y yo cantaré tus alabanzas. Estaba en la ignorancia, mas ahora he comprendido. Tú no deseas un sacrificio de carneros, sino el holocausto de un corazón contrito. Un corazón contrito y humillado te es más grato que los borregos y carneros, porque Tú para ti nos has creado, y quieres que esto lo tengamos presente y te restituyamos lo que es tuyo. Séme benigno por tu gran bondad y edifica de nuevo mí y tu Jerusalén: la de un espíritu purificado y perdonado sobre el que se pueda
ofrecer el sacrificio, la oblación y el holocausto por el pecado, como acción de gracias y como alabanza. Todo nuevo día mío sea una hostia de santidad consumada en tu altar para que ascienda junto al olor de mi amor hasta ti".
'Venid. Vayamos al Señor. Yo, delante; vosotros, detrás. Vayamos a las aguas de salud, vayamos a los pastos santos, vayamos a las tierras de Dios. Olvidad el pasado. Sonreídle al futuro. No penséis en el fango, mirad más bien a las estrellas. No digáis: "Soy tiniebla"; decid:
"Dios es Luz". Yo he venido a anunciaros la paz, a manifestar a los mansos la Buena Nueva, a asistir a aquellos cuyo corazón se siente aplastado bajo el peso de demasiadas cosas, a predicar la libertad a todos los esclavos (los primeros de todos, los de Satanás), a liberar de las concupiscencias a los prisioneros.
Yo os digo: ha llegado el año de gracia. No lloréis, vosotros, los que padecéis la tristeza de quien se siente pecador, no vertáis lágrimas, lejanos del Reino de Dios. Yo sustituyo la ceniza por el oro, las lágrimas por el óleo. Os visto de fiesta para presentaros al Señor y decir: "Éstas son las ovejas que Tú me enviaste a buscar.
He acudido a ellas, las he reunido, las he contado, he buscado a las dispersas, y te las he traído librándolas de nubarrones y densas brumas. Las he tomado de entre todos los pueblos, las he reunido de todas las regiones para conducirlas a la Tierra que no es ya tierra y que Tú has preparado para ellas, ¡oh Padre Santo!, para llevarlas hasta las cimas paradisíacas de tus montes óptimos, donde todo es luz y belleza, a lo largo de los arroyos de las celestes bienaventuranzas, donde se sacian de ti los espíritus que Tú amas. He ido a buscar también a las heridas, he curado a las que tenían alguna fractura, he confortado a las débiles, no he descuidado ni una sola. He cargado sobre mis hombros, como un yugo de amor, a la más descuartizada por causa de los ávidos lobos de los sentidos, y te la deposito a tus pies, Padre benigno y santo, porque ella no puede ya seguir caminando; ignora tus palabras, es una pobre alma perseguida por los remordimientos y los hombres, es un espíritu doliente, un espíritu que tiembla, es como una ola empujada y rechazada por el flujo del mar contra el litoral; viene con el deseo, la rechaza la cognición de sí misma… Ábrele tu seno, Padre todo amor, para que en él encuentre paz esta criatura descarriada. Dile: “¡Ven!'. Dile: `Eres mía'.
Tuvo un sinnúmero de dueños, pero está nauseada y asustada de ello. Dice: “Todo patrón es un sucio esbirro”. Haz que pueda decir: “¡Este Rey mío me ha proporcionado la alegría de ser prendida!'. No sabe qué es el amor. Mas si Tú la acoges sabrá qué es este amor celeste que es el amor nupcial entre Dios y el espíritu humano, y, como un pájaro liberado de las jaulas de los hombres crueles, subirá, subirá, cada vez más alto, hasta ti, hasta el Cielo, hasta la alegría, hasta la gloria, cantando: “He encontrado a Aquel que yo buscaba. Mi corazón no tiene ningún otro deseo. En ti me poso y me regocijo, Señor eterno, por los siglos de los siglos bendito"'.
Podéis iros. Con espíritu nuevo celebrad la fiesta de la Purificación. Y que la luz de Dios se encienda en vosotros.
Jesús ha estado arrollador en el cierre de su discurso. Un rostro luminoso de ojos radiantes, una sonrisa y unas notas que son de una dulzura no conocida, han… casi extasiado a la gente, que no se mueve hasta que Él repite: «Podéis iros. La paz sea con vosotros». Entonces empiezan a marcharse los peregrinos hablando con gran viveza entre sí.
La velada se marcha rauda como siempre, con su paso ágil y levemente ondulante. Parece como si tuviera alas, debido al viento, que le infla por detrás el manto.
-Ahora lograré saber si es de Israel - dice Pedro.
-¿Por qué?
-Porque si está aquí es señal de que…
- Es una pobre mujer sin casa propia. Nada más, no lo olvides, Pedro.
Jesús camina hacia el pueblo.
-Sí, Maestro. Lo recordaré…
-¿Y nosotros qué vamos a hacer ahora que todos estarán en sus casas para la fiesta?
-Nuestras mujeres encenderán por nosotros los cirios.
-Lo siento… Será el primer año que no voy a verlos encender en la mía, o que no los encenderé yo…
-A pesar de tu edad, sigues siendo un niño. Encenderemos también nosotros los cirios. Así se te quitará esa cara de malhumor. Y vas a ser tú quien los va a encender.
-¿Yo? Yo no, Señor. Tú eres la Cabeza de nuestra familia. Te corresponde a ti.
-Yo soy siempre un cirio encendido… y desearía que tales fuerais también vosotros. Soy la Encenia sempiterna, Pedro.
¿Sabes que nací exactamente el veinticinco de Kisléu?
-¿Cuántas lámparas encendidas, ¿no?- pregunta admirado Pedro.
-No se podían ni contar… Eran todas las estrellas del cielo…
-¡No me digas! ¿No celebraron tu nacimiento en Nazaret?
-No he nacido en Nazaret, sino entre unos muros derruidos, en Belén. Veo que Juan ha sabido callar. Juan es muy obediente.
-Y no es curioso. Yo, sin embargo, sí lo soy, y mucho. ¿Me lo cuentas?… A tu pobre Simón. Si no, ¿cómo me las voy a arreglar para hablar de ti? A veces la gente pregunta y yo no sé nunca qué decir… Los otros saben cómo hacer, me refiero a tus hermanos y a Simón, Bartolomé y Judas de Simón. Y… sí, también Tomás sabe hablar… parece un voceador del mercado que estuviera vendiendo una mercancía, pero logra hablar… Mateo…, bueno él va bien, usa la vieja sabiduría que tenía para pelar a la gente en su banco de cobro de impuestos para forzarlos a decir: "Es como tú dices". ¡Pero yo…! ¡Pobre Simón de Jonás! ¿Qué te han enseñado los peces; qué el lago? Dos cosas… pero no son útiles: los peces, a callar y a tener constancia (ellos, constantes en evitar caer en la red; yo, constante para meterlos en ella); el lago, a tener coraje y a estar atento a todo. Y ¿qué me ha enseñado la barca?: a trabajar duramente sin excusa para ningún músculo y cómo mantenerse erguido en medio de olas agitadas y con el riesgo de caerse. Estar atento a la Polar, tener mano firme en el timón, fuerza, coraje, constancia, atención: esto me ha enseñado mi pobre vida…
Jesús le pone una mano sobre el hombro y lo agita suavemente, mirándolo con afecto y admiración, verdadera admiración por tanta simplicidad, y dice:
-¿Y te parece poco, Simón Pedro? Tienes todo lo que se necesita para ser mi "piedra". Nada hay que poner, nada hay que quitar. Serás el nauta eterno, Simón. Y, a quien venga después de ti, le dirás: "Atención a la Polar:
Jesús; mano firme al timón; fuerza, coraje, constancia, atención, trabajar duramente sin reservas, estar atento a todo, y saber mantenerse erguido en medio de olas agitadas…". Respecto al silencio… ¡venga, hombre, que los peces eso no te lo han enseñado!
-Pero para lo que debería saber decir soy más mudo que los peces. ¿Las otras palabras?… También las gallinas saben ser charlatanas como yo… Pero, dime, Maestro mío, ¿me vas a dar un hijo también a mí? Somos ancianos… pero Tú dijiste que el Bautista nació de una anciana… Y ahora has dicho: "Y a quien venga después de ti le dirás…". Y ¿quién viene después de un hombre sino el que por él ha sido engendrado? - Pedro tiene un rostro de súplica y de esperanza.
-No, Pedro, y no te apenes por ello. Recuerdas exactamente a tu lago cuando una nube oculta el sol: de ameno, pasa a estar triste. No, Pedro mío; no uno, sino mil, diez mil hijos tendrás, y en todas las naciones… ¿No te acuerdas cuando te dije:
"Serás pescador de hombres'?
-¡Oh… sí… pero… la idea de un hijo que me llamara "padre" era algo tan agradable! …
-Tendrás tantos, que no los podrás ni contar; y les darás la vida eterna, y los encontrarás en el Cielo y me los traerás diciendo: "Son los hijos de tu Pedro y quiero que estén donde yo estoy"; y Yo te diré: "Sí, Pedro; sea como tu quieres, porque tú todo has hecho por mí y Yo todo hago por ti" - Jesús se muestra dulcísimo al manifestar estas promesas.
Pedro traga saliva entre el llanto por la esperanza que muere de una paternidad terrena y el llanto de un éxtasis que ya se anuncia.
-¡Oh, Señor! - dice -, pero para dar la vida eterna es necesario persuadir a las almas en orden al bien, y… volvemos al mismo punto: yo no sé hablar.
-Sabrás hablar, cuando sea la hora, mejor que Gamaliel.
-Quiero creer… Pero haz Tú el milagro, porque como tenga que llegar a ello por mí mismo…
Jesús ríe con su sonrisa serena y dice:
-Hoy soy todo tuyo. Vamos al pueblo, a ver a esa viuda; tengo un donativo secreto, un anillo que vender. ¿Sabes cómo ha llegado a mi poder? Una piedra que cayó a mis pies mientras oraba junto a este sauce. A la piedra venía unido un pequeño envoltorio con una tira de pergamino. Dentro del envoltorio, el anillo; en la tira, la palabra "caridad".
-¿Me dejas ver? ¡Oh…, bonito! De mujer. ¿Qué dedo más pequeño! ¡Y cuánto metal!…
-Ahora tú lo vendes. Yo no entiendo de esto. El dueño de la posada compra oro. Lo sé. Yo te espero junto a donde hacen el pan. Ve, Pedro.
-Pero… ¿y si no lo hago bien? Yo el oro… No entiendo de oro yo.
-Piensa que es pan para quien tiene hambre y haz como mejor puedas. Adiós.
Y Pedro se dirige hacia la derecha mientras Jesús, más lentamente, se dirige hacia la izquierda, hacia el pueblo, que aparece relativamente lejano detrás de un bosquecito que está más allá de la casa del capataz.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
«Dios da a cada uno lo necesario. Esto es verdad. ¿Qué le es necesario al hombre?: ¿la fastuosidad?, ¿un gran número de criados?, ¡tierras de incontables parcelas?, ¿banquetes que de un ocaso vean surgir una aurora?… No. Al hombre le es necesario un techo, un pan, un vestido; lo indispensable para vivir.
Mirad a vuestro alrededor: ¿quiénes son los más alegres y los más sanos?, ¿quién goza de una sana ancianidad serena?… ¿los que se gozan la vida?… No. Quienes honradamente viven y trabajan, y tienen deseos rectos. En ellos no hay veneno de lujuria y permanecen fuertes, ni veneno de gula y se conservan ágiles, ni de envidias y están alegres. Sin embargo, quien ambiciona tener más cada vez mata su paz y no goza; antes bien, envejece precozmente, consumida en la llama del odio o del abuso.
Podría unir el mandamiento de no robar al de no desear lo que a otros pertenece, porque, efectivamente, el excesivo deseo mueve al hurto: entre uno y otro no media sino un pequeño paso. ¿Que todo deseo es ilícito? No digo esto. El padre de familia, que, trabajando en el campo o en un taller, desea asegurar con ello el pan de la prole, ciertamente no peca; es más, obedece a su deber de padre.
Mas aquel que, por el contrario, no desea sino gozar más, y se apropia de lo ajeno para conseguir gozar más, peca.
¡La envidia!… - porque ¿qué es realmente el desear lo ajeno, sino avaricia y envidia? - la envidia separa de Dios, hijos míos, y une a Satanás.
¿No creéis que el primero que deseó lo ajeno fue Lucifer? Era el más hermoso de los arcángeles. Gozaba de Dios.
Debería haberse sentido contento de ello. Envidió a Dios y quiso ser él Dios y vino a ser el demonio, el primer demonio.
Segundo ejemplo: Adán y Eva habían recibido todo, gozaban del paraíso terrestre, gozaban de la amistad de Dios, vivían dichosos con los dones de gracia que Dios les había dado. Deberían haberse conformado con eso; mas, envidiaron de Dios su conocimiento del bien y del mal, y fueron expulsados del Edén, resultando proscritos no gratos a Dios, los primeros pecadores.
Tercer ejemplo: Caín tuvo envidia de Abel por su amistad con el Señor, y fue el primer asesino.
María, la hermana de Aarón y de Moisés, tuvo envidia de su hermano y fue la primera leprosa de la historia de Israel.
Podría iros conduciendo a través de toda la vida del pueblo de Dios, y veríais que el deseo inmoderado hizo de quien lo tuvo un pecador y fue causa de castigo para el pueblo; porque los pecados de los particulares se acumulan y provocan los castigos de las naciones, de la misma forma que unos granos y otros y otros, de arena, acumulados durante siglos y siglos, provocan desprendimientos de tierra que sepultan centros habitados y a quienes en ellos viven.
Frecuentemente os he puesto a los niños como ejemplo, porque son sencillos y confiados. Hoy os digo: imitad a los pájaros en su libertad respecto a los deseos.
Mirad: es invierno, poca comida hay en los pomares, ¿se preocupan, acaso, de acumularla durante el verano?; no, sino que confían en el Señor; saben que siempre podrán hacerse con un pequeño gusanito, un grano, una miguita, o una araña o una mosquita posada sobre el agua, para su buche; saben que no les faltará una chimenea caliente, o una vedija de lana, para refugiarse durante el invierno; como saben que, llegado el tiempo en que les sea necesario disponer de heno para sus nidos y de mayor cantidad de alimento para la prole, habrá heno fragante en los prados, y jugoso alimento en los árboles frutales y en los
surcos, y habrá riqueza de insectos en el aire y en la tierra; y cantan levemente: "Gracias, Creador, por cuanto nos das y por cuanto nos darás", preparados ya a entonar, a pleno pulmón, cantos de alabanza, cuando, llegada la época del celo, gocen de la esposa y se vean multiplicados en la prole.
¿Existe criatura más alegre que el pájaro? Y, sin embargo, ¿qué es su inteligencia comparada con la del hombre?: como un trozo de sílice respecto a un monte. Y, a pesar de ello, os enseña. En verdad os digo que posee la alegría del pájaro el que vive sin deseo impuro. Éste se fía de Dios y lo siente como Padre; sonríe al día naciente y a la noche que desciende, porque sabe que el Sol es su amigo y que la noche lo provee de alimento; mira sin rencor a los hombres y no teme sus venganzas, porque no les perjudica en modo alguno; no se inquieta ni por su salud ni por su sueño, porque sabe que una vida honesta mantiene lejos las enfermedades y proporciona dulce descanso; no teme, en fin, la muerte, porque sabe que, habiendo actuado bien, no puede recibir sino la sonrisa de Dios.
Mueren también los reyes, y los ricos. No es el cetro lo que aleja la muerte, no es el dinero el que compra la inmortalidad. Ante el Rey de los reyes y Señor de los señores, ¡qué ridículas son las coronas y las monedas!; ante Él sólo tiene valor una vida vivida en la Ley.
¿Qué dicen aquellos hombres que están allí en el fondo? No tengáis miedo de hablar.
-Decíamos: Antipa ¿de qué pecado es culpable, de hurto o de adulterio?
-No quisiera que mirarais a los demás, sino a vuestros corazones. Os digo, no obstante, que Antipa es culpable de idolatría por adorar a la carne más que a Dios; es culpable de adulterio, de hurto, de deseos ilícitos, y, pronto, de homicidio.
-¿Lo salvarás, Tú, el Salvador?
-Yo salvaré a los que se arrepientan y vuelvan a Dios. Los impenitentes no tendrán redención.
-Has dicho que es ladrón. ¿Qué ha robado?
-La mujer a su hermano. El hurto no es sólo de dinero.
Hurto es, también, quitar el honor a un hombre, la virginidad a una joven, la mujer a su marido, de la misma forma que lo es el quitarle un buey o frutos de los árboles al vecino. Y el hurto, agravado por la libídine o por el falso testimonio, se agrava con el adulterio, o con la fornicación, o con la mentira.
-Y una mujer que se prostituye ¿qué pecado comete?
-Si está casada, de adulterio y de hurto respecto al marido. Si es núbil, de impureza y de hurto respecto a sí misma.
-¿Hurto a sí misma? ¡Pero si da algo que es suyo!
-No. Nuestro cuerpo lo ha creado Dios para ser templo del alma, que es templo de Dios. Por tanto, debe ser conservado honesto; si no, el alma se ve despojada de la amistad con Dios y de la vida eterna».
-¿Entonces una meretriz ya no puede pertenecer sino a Satanás?
-Todo pecado es prostitución con Satanás. El pecador, como la prostituta, se da a Satanás por amores ilícitos, esperando sucias ganancias de ello. Grande, grandísimo es el pecado de prostitución, que hace a quien lo comete semejante a un animal inmundo. Pero, creedlo, no es menor cualquier otro pecado capital. ¿Qué diré de la idolatría?, ¿qué, del homicidio? Y, no obstante, Dios perdonó a los israelitas después del becerro de oro; perdonó a David después de su pecado, que era doble.
Dios concede el perdón a quien se arrepiente. Sea el arrepentimiento proporcional al número y a la magnitud de las culpas, y Yo os digo que a quien más se arrepiente más le será perdonado; porque el arrepentimiento es forma de amor, de operante amor.
Quien se arrepiente le dice a Dios con su arrepentimiento: "No puedo tolerar tu enojo, porque te amo y quiero ser amado". Y Dios ama a quien lo ama. Por tanto, Yo digo: cuanto más ama uno, más es amado. Quien ama totalmente tiene todo perdonado.
Y ésta es una verdad.
Podéis iros. Pero antes quiero que sepáis que a la entrada del pueblo hay una viuda, cargada de hijos, en la más absoluta de las hambres. La han echado de casa por deudas, y podría decirle "gracias" al patrón por haberla echado solamente.
He hecho uso de vuestros donativos para proveerlos de pan, pero necesitan un lugar donde ampararse. La misericordia es el sacrificio más grato al Señor. Sed buenos. En su nombre os garantizo el premio.
La gente cuchichea, pide consejo, coteja opiniones…
Entretanto, Jesús cura a uno que estaba casi ciego y escucha a una ancianita que ha venido desde Doco para rogarle que vaya a ver a su nuera que está enferma. Una larga historia de lágrimas.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
-¡Cuánta gente! - exclama Mateo.
Pedro responde:
-¡Eh, mira, hay también galileos! Ay, ay, ay!… Vamos a decírselo al Maestro. Son tres probos bandidos.
-Vienen por causa mía, quizás. También aquí me persiguen…
-No, Mateo. El tiburón no se come los pececitos. Quiere comerse al hombre, captura noble. Sólo en el caso de no encontrarlo de ninguna manera, se come un pez grande. Y… yo, tú, los otros, somos pececillos… poca cosa.
-¿Crees que por el Maestro? - pregunta Mateo.
-Y si no, ¿por quién va a ser? ¿No ves cómo miran por todas partes! Parecen fieras olisqueando las huellas de la gacela.
-Voy a decírselo…
-¡Espera! Se lo decimos a los hijos de Alfeo. Él es demasiado bueno; bondad maltratada, cuando cae en esas bocas.
-Tienes razón.
Van los dos al río y llaman a Santiago y a Judas.
-Venid, hay ahí unos… que estarían bien en el suplicio. Está claro que vienen para importunar al Maestro.
-Vamos. ¿Él dónde está?
-Todavía en la cocina. ¡Vamos deprisa!, que si se da cuenta no quiere.
-Sí, pues hace mal.
-Eso digo yo también.
Vuelven a la era. El grupo, designado "galileo", habla con pomposa gravedad a otras personas. Judas de Alfeo se acerca como si nada sucediera, y oye:
-«… Palabras tienen que estar apoyadas en los hechos.
-¡Y Él los hace! ¡Ayer también ha curado a un romano endemoniado! - replica un corpulento lugareño.
-¡Qué horror! ¡Curar a un pagano! ¡Qué escándalo! ¿Has oído, Elí?
-Se dan todas las culpas en Él: amistades con publicanos y meretrices, trato con los paganos y…».
-Y soportar a los maldicientes. Ésta es también una culpa. A mi modo de ver, la más grave. Pero, dado que Él no sabe -no quiere- defenderse a sí mismo, hablad conmigo; soy su hermano, y mayor que Él, y éste es el otro hermano, mayor aún.
Hablad.
-Pero, ¿por qué te pones así? ¿Crees que hablamos mal del Mesías? ¡No, hombre, no! Nosotros hemos venido desde
tan lejos a causa de su fama. Se lo estábamos diciendo también a éstos…
-¡Embustero! Me das tanto asco, que te vuelvo la espalda.
Y Judas de Alfeo, sintiendo quizás en peligro la caridad para con los enemigos, se marcha.
-¿No es, acaso, verdad? Decidlo todos vosotros…
Pero esos "todos", o sea, los otros con quienes estos galileos estaban hablando, se callan. No quieren mentir y no se atreven a desmentir; por eso se quedan callados.
-Ni siquiera sabemos cómo es… - dice el galileo Elí.
-No lo has insultado en mi casa, ¿verdad? - pregunta Mateo con ironía - ¿0 te falta la memoria por enfermedad?
El "galileo" se cubre con su manto y se va con los otros sin responder.
-¡Miserable! - le grita Pedro detrás.
-¡Querían decirnos de Él cosas infernales… - explica un hombre - Pero nosotros hemos visto los hechos. Y sabemos, eso sí, cómo son ellos, los fariseos. ¿A quién creer entonces, al Bueno que es realmente bueno, o a los malvados que de sí mismos dicen ser buenos, pero luego son dañosos? Yo sé que desde que vengo aquí no me reconozco, de lo mucho que he cambiado. Yo era un hombre violento, duro con mi mujer y con mis hijos; no tenía respeto hacia el convecino, y ahora… lo dicen todos en el pueblo:
"Azarías ya no es el mismo de antes". Bueno, ¿entonces? ¿Se ha oído alguna vez que un demonio haga bueno a alguien?
¿Para quién trabaja entonces? ¿Por nuestra santidad? ¡Oh, pues sí que es verdaderamente un demonio original si trabaja para el Señor!
-Es así como dices, hombre. Y que Dios te proteja, porque sabes comprender bien, ver bien y obrar bien. Prosigue así y serás un verdadero discípulo del Mesías bendito. Serás motivo de alegría para Él, que quiere vuestro bien y que todo lo soporta con tal de atraeros a sí. No os escandalicéis sino del verdadero mal. Cuando veáis que Él obra en nombre de Dios, no os escandalicéis, y no creáis a quienes querrían induciros a escándalo, aunque lo veáis hacer cosas nuevas. Éste es el tiempo nuevo, que ha llegado como una flor nacida después de siglos de trabajo de la raíz. Si esto no lo hubiera precedido, no habríamos podido comprender su Palabra. Mas siglos de obediencia a la Ley del Sinaí nos han proporcionado esa mínima preparación necesaria para poder aspirar del tiempo nuevo - que es como una flor divina que la Bondad nos ha concedido ver - todos los inciensos y jugos para purificarnos, fortificarnos, quedar perfumados de santidad, como un altar. Siendo el tiempo nuevo, tiene sistemas nuevos; no contrarios a la Ley; todos, eso sí, penetrados de misericordia y caridad, porque Él es la Misericordia y el Amor bajado del Cielo-Santiago de Alfeo hace un gesto de saludo y se va hacia la casa.
-¡Qué bien hablas tú! - dice Pedro admirado - Yo nunca sé qué decir. Sólo digo: "Sed buenos, amadlo, escuchadlo, creed en Él". ¡Verdaderamente no sé cómo podrá estar contento de mí!
-Pues lo está, y mucho - responde Santiago de Alfeo.
-¿Lo dices de verdad o por bondad?
-En verdad es así. Ayer mismo me lo decía.
-¿Sí? Hoy me siento más contento que el día en que me trajeron a mi esposa. Pero tú… ¿dónde has aprendido a hablar tan bien?
-Sobre las rodillas de su Madre y a su lado. ¡Qué lecciones! ¡Qué palabras! Sólo Él puede hablar mejor que Ella; pero, lo que le falta en potencia, Ella te lo añade en dulzura… y entra… ¡Sus lecciones…! ¿Has visto alguna vez un paño cuando toca con una esquinita un aceite oloroso? Va lentamente bebiendo no el aceite sino el perfume, y, aunque quitemos el aceite, queda el perfume diciendo: "Yo estuve ahí". Igual Ella. También en nosotros - paños rasposos luego lavados por la vida - Ella penetró con su sabiduría y gracia y su perfume permanece en nosotros.
-¿Por qué no la trae? ¡Dijo que lo haría! Nos haríamos mejores, menos cebollinos… yo por lo menos. Y esta gente… Con la presencia suya serían mejores incluso esos áspides que vienen de vez en cuando…
-¿Tú crees? Yo no lo creo. Nosotros nos haríamos mejores, como también los humildes; pero, ¡los poderosos y los malos!… ¡Simón de Jonás, no prestes nunca a los demás tus sentimientos honestos! De hacerlo así, sufrirás desilusiones… Ahí viene Él; mejor no decirle nada…
Jesús sale de la cocina llevando de la mano a un niño pequeño, que camina corriendo a su lado y mordisqueando una corteza de pan untada con aceite. Jesús regula su largo paso conforme a las piernecitas de su amigo.
-¡Una conquista! - dice alegre - Me ha dicho este hombre de cuatro años, que se llama Asrael, que él quiere ser un discípulo y aprender todo: a predicar, a curar a los niños enfermos, a hacer que salgan uvas en los sarmientos incluso en Diciembre, y luego quiere subir a un monte y convocar a todo el mundo gritándoles que ha venido el Mesías. ¿No es así, Asrael?
Y el niño risueño dice que sí, que sí; y, mientras tanto, sigue comiendo.
-¿No sabes más que comer? - le dice Tomás para provocarlo - No sabes ni siquiera decir quién es el Mesías.
-Es Jesús de Nazaret.
-¿Y qué quiere decir "Mesías"?
-Quiere decir… quiere decir: el Hombre que ha sido enviado para ser bueno y hacernos buenos a todos.
Y ¿qué hace para hacernos buenos? En tu caso, tú, que eres un gamberrete, ¿qué harás para serlo?
-Quererlo. Y haré todo, y Él hará todo porque lo querré. Hazlo tú también así y serás bueno.
-Ya tienes la lección, Tomás, tienes el precepto: "Quiéreme y harás todo, porque, si me quieres, Yo te amaré, y el amor
hará todo en ti". El Espíritu Santo ha hablado. Ven, Asrael, vamos a predicar.
¡Está tan contento Jesús cuando tiene a su lado a un niño, que yo querría llevarle todos los niños y darle a conocer a todos los niños! ¡Muchos de ellos no lo conocen ni siquiera de nombre!
Pasa delante de la velada y antes de llegar le dice al niño:
-Dile a esa mujer: "La paz sea contigo".
-¿Por qué?
-Porque tiene "pupa", como tú cuando te caes, y por eso llora; pero, si le dices eso, se le pasa.
-La paz sea contigo, mujer. No llores. Me lo ha dicho el Mesías. Si lo quieres, Él también, y te curas - grita el niño, mientras Jesús lo arrastra consigo sin detenerse. Asrael tiene verdaderamente madera de misionero, aunque por el momento se muestre un poco… inoportuno en sus predicaciones diciendo más de lo que se le haya encargado decir.
-Paz a todos vosotros.
“No dirás falsos testimonios", está escrito.
¿Qué más nauseabundo que un mentiroso? ¿Sería mucho decir que el mentiroso sintetiza crueldad e impureza? No, ciertamente no. El mentiroso - me refiero al que lo es en cosas graves - es cruel; mata el aprecio con su lengua, y, por tanto, no se diferencia del asesino; más aún, digo que es más que un asesino. Éste mata sólo un cuerpo; aquél mata también el buen nombre, el recuerdo de un hombre; por tanto, es dos veces asesino, asesino impune, porque no esparce sangre… pero…, eso sí, daña la reputación de la persona calumniada y, con ella, de toda su familia. El caso de aquel que, jurando lo falso, mande a otro a la muerte, ni siquiera lo considero; sobre ése están acumulados los carbones de la Gehena. Me refiero sólo a aquel que con palabra mentirosa induce a otros y los persuade en perjuicio de un inocente. ¿Por qué lo hace? O por odio sin motivo, o ambicionando tener lo que el otro tiene, o también por miedo.
Odio. Tiene odio sólo quien es amigo de Satanás. El bueno no odia nunca, por ninguna razón; aunque lo hayan vilipendiado o perjudicado, perdona. No odia nunca. El odio es el testimonio que de sí misma da un alma perdida, y el testimonio más hermoso en favor del inocente. Porque el odio es la sublevación del mal contra el bien. No se perdona a quien es bueno.
Avidez. “Aquél tiene eso que yo no tengo. Yo quiero eso que él tiene, mas sólo sembrando desestimación hacia él puedo llegar a ocupar su lugar. Y yo lo hago. ¿Miento?, ¿qué importa?; ¿robo?, ¿qué importa?; ¿puedo llegar a destruir toda una familia?, ¿qué
importa?". El astuto embustero, entre tantas preguntas como se hace, olvida, quiere olvidar, una pregunta, ésta: "¿Y si me desenmascarasen?" Ésta no se la hace, porque, bajo el orgullo y la avidez, es como quien tiene los ojos tapados: no ve el peligro; es como uno ebrio, ebrio por el vino satánico, y no piensa que Dios es más fuerte que Satanás y se encarga de vengar al calumniado. El mentiroso se ha entregado a la Mentira y se fía neciamente de su protección.
Miedo. Muchas veces uno calumnia para disculparse a sí mismo. Es la forma más común de mentira. Se ha hecho el mal…, se teme que venga a descubrirse y lo reconozcan como obra nuestra. Entonces, usando y abusando de la estima en que aún nos tienen los otros, he aquí que invertimos el hecho y, lo que hemos hecho nosotros, se lo endosamos al otro, del cual sólo tememos su honestidad. Y también se hace esto porque el otro, algunas veces, ha sido, sin querer, testigo de una mala acción nuestra, y pretendemos así preservarnos de un testimonio suyo: se le acusa para desacreditarlo; así, si habla, nadie lo creerá.
¡Actuad bien, actuad bien, y no tendréis necesidad de esta mentira! ¿No pensáis, cuando mentís, cómo os colocáis un yugo pesado, hecho de sujeción al demonio, de perpetuo miedo a quedar desmentidos y de la necesidad de recordar la mentira, con los hechos y detalles con que fue dicha, incluso años después, sin caer en contradicción?: ¡Un trabajo de galeote! ¡Si al menos sirviera para el Cielo!… pero sirve sólo para prepararse un puesto en el Infierno.
Sed francos. ¡Es tan hermosa la boca del hombre que no sabe de mentira alguna!… ¿Que es pobre?, ¿que es inculto?,¿que no lo conocen?; ¿que es así? Sí. Pero es siempre un rey, porque es una persona sincera, y la sinceridad es más regia que oro o diadema, y eleva por encima de las multitudes más que un trono, y proporciona una corte de personas buenas mayor que la de un monarca. La presencia del hombre sincero alivia y da seguridad, mientras que la amistad con el insincero produce desazón; el simple hecho de tenerlo cerca da un sentido de desazón. Quien miente - dado que la mentira, por mil motivos, pronto aflora - ¿no piensa que luego lo tendrán siempre como sospechoso? ¿Cómo se podrá en un futuro aceptar lo que él dice?
Aunque diga la verdad y quien lo oiga lo quiera creer, en el fondo quedará siempre una duda: "¿Estará mintiendo también esta vez?"
Diréis vosotros: "Pero, ¿dónde está el falso testimonio?".
Toda mentira es falso testimonio, no sólo la legal.
Sed sencillos como lo es Dios y como lo es el niño. Sed veraces en todos vuestros momentos de la vida. ¿Queréis ser considerados buenos? Sedlo de verdad. Aunque un maldiciente quisiese hablar mal de vosotros, cien buenos dirían: "No. No es verdad. Es bueno. Sus obras hablan por él".
En un libro sapiencial está escrito: "El hombre apóstata se mueve con la perversidad en los labios… en su corazón perverso prepara el mal y en todo tiempo siembra discordias… Seis cosas odia el Señor y la séptima le es execrable: los ojos soberbios, la lengua mentirosa, las manos que derraman sangre inocente, el corazón que piensa en inicuos proyectos, los pies que corren apresuradamente hacia el mal, el falso testigo que profiere mentiras, y el hombre que siembra discordia entre los hermanos… Por los pecados de la lengua la ruina se avecina al malvado… Quien miente es un testigo fraudulento. El labio veraz permanece inmutable por toda la eternidad, mas el urdidor de lenguaje fraudulento es testigo momentáneo. Las palabras del murmurador parecen sencillas, pero traspasan las entrañas. Por cómo habla se le reconoce al enemigo, cuando en su interior está dando vida a una traición. Si habla en voz baja, no te fíes de él, porque lleva en su corazón siete malicias. Él, con simulación,
esconde su odio, mas su malicia quedará de manifiesto… Quien excava la fosa en ella caerá; la piedra le caerá encima a quien la rueda".
Viejo como el mundo es el pecado de mentira, e inmutable es el pensamiento de quien en esto es sabio, como inmutable es el juicio de Dios sobre el mentiroso.
Yo digo: "Tened siempre un solo lenguaje. El sí sea siempre sí y el no sea siempre no, siempre, aun frente a poderosos y tiranos; y vuestro mérito será grande en el Cielo".
Os digo: "Tened la espontaneidad del niño, que por instinto se acerca a quien siente bueno, no buscando sino bondad, y que dice aquello que su propia bondad le hace pensar, sin calcular si es demasiado lo que dice y le pudiera acarrear una reprensión".
Podéis ir en paz. Y que seáis amigos de la Verdad.
El pequeño Asrael (que se ha pasado todo el tiempo sentado a los pies de Jesús con su cabecita levantada como un pajarito cuando escucha el canto de quien lo ha engendrado) hace un movimiento que es todo dulzura: restriega su carita en las rodillas de Jesús y dice: «yo y Tú somos amigos, porque Tú eres bueno y yo te quiero. Ahora lo digo yo también» y, forzando su vocecita para que lo puedan oír en la vasta estancia, dice, con gestos como los que ha visto hacer a Jesús:
-Todos, escuchad: Yo sé a dónde van las personas que no dicen mentiras y aman a Jesús de Nazaret. Suben por la escalera de Jacob. Arriba, arriba, arriba… con los ángeles, y luego se detienen cuando encuentran al Señor» y se ríe contento, mostrando todos sus dientecitos.
Jesús lo acaricia, y baja y se mezcla entre la gente. Devuelve al pequeño a su madre:
-Gracias, mujer, por haberme dejado a tu niño.
-¿Te ha dado guerra?
-No. Me ha dado amor. Es un pequeño del Señor. Que el Señor lo acompañe siempre. También a ti. Adiós.
Todo termina.