129- La curación, en Agua Especiosa, de un romano endemoniado

Jesús está hoy con los nueve que se han quedado; los otros tres han salido para Jerusalén. Tomás, siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras - y también a las otras incumbencias más espirituales -, mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo (¡verdaderamente de penitencia, con el frío que hace!).

Jesús está todavía en su rincón, en la cocina. Tomás trajina, pero guarda silencio para dejar tranquilo al Maestro. En ese momento entra Andrés y dice:

-Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarlo enseguida porque… dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce… Ven a ver.

-Ahora mismo. ¿Dónde está?

-Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él. Parece un animal, pero es él. Debe ser un hombre rico porque el que lo acompaña va bien vestido, y al enfermo lo han bajado de un carro de mucho lujo muchos siervos. Debe ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo».

-Vamos.
-Voy también yo a ver - dice Tomás (su curiosidad por ver es mayor que su preocupación por las verduras).
Salen y, en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja (nosotros la llamaríamos así) de la casa del capataz.

En medio de un prado, donde antes pastaban unas ovejas (que ahora, espantadas, se han diseminado en todas las direcciones, y que los pastores y un perro - el segundo que veo desde que veo - en vano las vuelven a agrupar), hay un hombre al que tienen atado fuertemente y que, a pesar de todo, pega unos botes de loco, gritando terriblemente, y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.

Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos. Hay también más gente, sólo hombres, porque las mujeres tienen miedo.

-¿Has venido, Maestro? ¿Ves qué furia? - dice Pedro.
-Ahora se le pasará.
-Pero… es pagano, ¿sabes?
-¿Y qué valor tiene eso?
-¡Hombre!… ¡por el alma!…

Jesús sonríe ligeramente y sigue; llega al grupo del loco, que cada vez se agita más.

Se separa del grupo uno que por el indumento y por llevar el rostro rasurado se ve que es romano, y saluda diciendo:

-¡Salve, Maestro! He oído hablar de ti. Eres más grande que Hipócrates en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio en obrar milagros con las enfermedades. Porque sé esto, he venido. Mi hermano, ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa. He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Tolemaida tengo un familiar, me envió un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos, y he venido. ¡Qué viaje más horroroso!
-Merece premio.

-Pero, mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís "paganos". Somos de Síbaris, pero ahora estamos en Chipre.
-Es verdad. Paganos sois.

-Entonces… ¿para nosotros nada? O tu Olimpo rechaza al nuestro o el nuestro al tuyo».

-Mi Dios, único y Trino reina, único y solo.
-He venido en vano -dice desilusionado el romano.
-¿Por qué?
-Porque yo soy de otro dios.
-El alma es creada por Uno Solo.
-¿El alma?…
-El alma. Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia.
-¿Y dónde está?

-En lo profundo del yo. Pero, a pesar de que esté, como cosa divina, en el interior del más sagrado templo, de ella se puede decir –y digo "ella", no ésta, porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto - que no está contenida, sino que contiene.

-¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?
-Soy la Razón unida a Dios.
-Creía que lo eras, por lo que decías…
-¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón hacia la Sabiduría y la Potencia infinitas, o sea, hacia Dios?
-¡Dios! ¡Dios!… Ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a ti, divino.

-No lo soy como tú lo dices. Tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse sólo a quien procede de Dios.

-¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien lo ha visto?
-Está escrito: "¡A ti, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria". Alguien dijo: "Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita; y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder al cumplirse tus deseos".

¿Reconoces estas palabras?
-Si Minerva me ayuda… son de Galeno. ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!…
Jesús sonríe y responde:

-Ven al Dios verdadero y su divino espíritu te hará docto en la "verdadera sabiduría y piedad, que es conocerte a ti mismo y dar culto de adoración a la Verdad"
-¡Pero si sigue siendo Galeno! Ahora estoy seguro. No sólo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?

(El nombre de Galeno citado aquí, si no es un error de escritura o de lectura, tiene que referirse a un Galeno distinto del que conocemos, médico y filósofo que vivió en el siglo segundo después de Cristo)

-No soy ni médico ni mago ni filósofo, como tú dices, sino testimonio de Dios en la Tierra. 'Traedme aquí al enfermo.

Entre gritos y forcejeos lo arrastran hasta allí.
-¿Ves? Dices que está loco; dices que ningún médico ha podido curarlo. Es cierto: ningún médico, porque no está loco; lo que sucede es que un ser infernal - así te hablo porque eres pagano - ha entrado en él.

-Pero no tiene espíritu pitón. Es más, dice sólo cosas erróneas.

-Nosotros lo llamamos "demonio", no pitón; está el que habla y el mudo, el que engaña con razones con color de verdad y el que sólo crea desorden mental. El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él.

-¿Cómo?
-El mismo te lo dirá.

Jesús ordena:
-¡Deja a este hombre! Vuelve a tu abismo.

-Me marcho. Contra ti, demasiado débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?…
El espíritu ha hablado por la boca del hombre, el cual, después de ello, se desploma como derrengado.

-Está curado. Soltadlo sin miedo.
-¿Curado? ¿Estás seguro? ¡Yo… yo te adoro!
El romano hace ademán de postrarse.

Jesús no quiere:
-Alza el espíritu. En el Cielo está Dios. Adóralo a Él y ve hacia Él. Adiós.

-No. Así no. A1 menos toma. Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio. Permíteme oírte hablar… Permíteme hablar de ti en mi patria…

-Hazlo, y ven con tu hermano.
El tal hermano mira a su alrededor asombrado y pregunta:

-Pero, ¿dónde estoy? ¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar.

-Sufrías… - Jesús hace un gesto para imponer silencio - sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima.

Ahora estás mejor. Ven.
Todos van a la estancia grande (pero no todos conmovidos de la misma forma: como hay quien admira, también hay quien critica la curación del pagano).

Jesús va a su puesto. Tiene en la primera fila de la asamblea a los romanos.

-No os moleste el que cite un pequeño párrafo de los Reyes. En él se lee que, estando el rey de Siria preparado para la guerra contra Israel, tenía en su corte un hombre que era grande y honrado, de nombre Naamán, leproso. Se lee igualmente que a este hombre una jovencita de Israel venida a ser esclava suya - de ella se habían apoderado los sirios - le dijo: "Si mi señor hubiera ido al profeta que está en Samaria, sin duda le habría curado de la lepra". Oído esto, Naamán, pedida licencia al rey, siguió el consejo de la joven. El rey de Israel, sin embargo, muy desasosegado, dijo: "¿Acaso soy Dios para que el rey de Siria me envíe a los enfermos? Esto es una trampa para provocar la guerra". Pero el profeta Eliseo, conocido el hecho, dijo:

"Que venga a mí el leproso y yo lo curaré y sabrá que hay un profeta en Israel". Naamán fue entonces a donde Eliseo, pero Eliseo no lo recibió; simplemente le envió este mensaje: "Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio". Esto enojó a Naamán, pareciéndole que en balde había hecho tanto camino, e, indignado, se preparó para volverse. Pero los siervos le dijeron: "No te ha pedido más que lavarte siete veces, y, aunque te hubiera ordenado mucho más, deberías hacerlo, porque él es el profeta".

Entonces Naamán cedió. Fue, se lavó y recuperó la salud. Jubiloso, retornó a donde el siervo de Dios y le dijo:

"Ahora sé la verdad: no hay otro Dios sobre toda la Tierra, sino solamente el Dios de Israel". Y, dado que Eliseo no quería dones, le pidió poder tomar al menos tanta tierra como para poder sacrificar, sobre tierra de Israel, al Dios verdadero.

Sé que no todos vosotros aprobáis lo que he hecho. Sé también que no estoy obligado a justificarme ante vosotros.

Pero, puesto que os amo con amor verdadero, quiero que comprendáis mi gesto y de él aprendáis, y que desaparezca de vuestro ánimo todo sentido de crítica o de escándalo.
Aquí tenemos a dos súbditos de un estado pagano. Uno estaba enfermo. Se les dijo - ciertamente por medio de Israel - a través de un pariente: "Si fuerais al Mesías de Israel, Él sanaría al enfermo". Y ellos han venido a mí de muy lejos. Mayor aún su confianza que la de Naamán, porque nada sabían de Israel y del Mesías, mientras el sirio, por la cercanía de las naciones y por el continuo contacto con esclavos de Israel, ya sabía que en Israel estaba Dios, el verdadero Dios. ¿No conviene que ahora un hombre pagano pueda volver a su patria diciendo: "Verdaderamente en Israel hay un hombre de Dios, y en Israel adoran al
verdadero Dios"?

Yo no he dicho: "Lávate siete veces". He hablado de Dios y del alma, dos cosas que ellos ignoran, y que conllevan, como bocas de inexhausto manantial, los siete dones; porque donde existe el concepto de Dios y el de espíritu, y el deseo de llegar a ellos, nacen los árboles de la fe, esperanza, caridad, justicia, templanza, fortaleza, prudencia: virtudes que ignoran quienes de sus dioses no pueden copiar sino las comunes pasiones humanas, humanas pero más licenciosas, dado que las cumplen seres supuestamente excelsos. Ahora ellos vuelven a su patria. Y más que la alegría de haberles sido concedido lo que pedían está la de decir: "Sabemos que no somos bestias; que más allá de la vida hay todavía un futuro. Sabemos que el verdadero Dios es Bondad y que, por tanto, nos ama también a nosotros y nos socorre para persuadirnos a que vayamos a El".

-¿Qué creéis, que son los únicos que ignoran la verdad? Hace un rato, un discípulo mío pensaba que yo no podía curar al enfermo por tener alma pagana. Pero, ¿el alma qué es?, ¿de quién viene? El alma es la esencia espiritual del hombre, es la que, creada de edad perfecta, reviste, acompaña, vivifica toda la vida de la carne y continúa viviendo una vez desaparecida la carne, siendo, como es, inmortal como Aquel que la crea: Dios. Habiendo un solo Dios, no existen almas de paganos o almas de no paganos creadas por distintos dioses. Hay una sola Fuerza que crea las almas: la del Creador, la del Dios nuestro, único,
poderoso, santo, bueno que no tiene pasión alguna aparte del amor, caridad perfecta enteramente espiritual. Para que estos romanos me entiendan, del mismo modo que he dicho "caridad", digo también "caridad enteramente moral"; porque son párvulos y desconocen por completo las palabras santas, no comprenden el concepto "espíritu".

¿Que creéis?, ¿que he venido sólo para Israel? Yo soy quien reunirá a las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo. En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán: "Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino", cuya Palabra soy Yo. Ahora ellos se marchan, y van más convencidos que si Yo, por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Ellos, tanto en el milagro como en mis palabras, sienten a Dios, y esto es lo que dirán en su tierra.

Además os digo: ¿No era justo premiar tanta fe? Desorientados por los dictámenes de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido, no obstante, seguir teniendo fe para venir al desconocido, al gran Desconocido del mundo, al escarnecido, al gran Escarnecido y Calumniado de Israel, y decirle: "Creo que podrás". El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer. Yo los he sanado no tanto de la enfermedad cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que, cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed: la sed de conocer al Dios verdadero.

He terminado. A vosotros de Israel os digo: sabed tener fe como han sabido éstos.

El romano se acerca con el hombre que ha sido curado:
-Ya no oso decir "por Júpiter". Digo, esto sí, que, por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme. Pero en adelante ¿quién me dará de beber?
-Tu espíritu, el alma que ahora sabes que tienes, hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte.

-¿Y Tú no?
-Yo… Yo no. Pero no estaré ausente, aun no estando presente. Y dentro de poco más de dos años, te haré un regalo mayor que la curación de este que tú amabas. Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de fe.

-Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve.
Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que están con el carro.
-¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma! - dice en voz baja un anciano.

-Sí, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel. Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida. Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos, para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios.

La velada llora bajo su velo, que impide ver sus lágrimas, pero no oír sus sollozos.
-Esa mujer está llorando - dice Pedro - Quizás es que no tiene ya dinero - ¿Se lo damos?
-No llora por eso. Pero, ve y dile esto:

-Las patrias pasan, pero el Cielo permanece y es de quien sabe tener fe. Dios es Bondad y, por eso, ama también a los pecadores, y te otorga favores para persuadirte de que vayas a Él". Ve, dile esto, y luego déjala llorar: es veneno que sale.

Pedro se acerca a la mujer, que ya se había encaminado hacia los campos. Le habla y vuelve.
-Se ha echado a llorar más fuerte – dice - Yo creía que la iba a consolar…- y mira a Jesús.
-Y efectivamente está consolada. También la alegría provoca llanto.

-¡Mmm!… ¡Bueno!… Mira, yo me quedaré contento cuando le vea el rostro. ¿La veré?».

-El día del Juicio.
-¡Oh, divina Misericordia! ¡Pero para entonces habré muerto!, y ¿qué voy a hacer con saberlo? ¡Para entonces estaré ocupado miran-do al Eterno!
-Hazlo desde este momento; es la única cosa útil.
-Sí… pero… Maestro, ¿quién es?
Se echan todos a reír.
-Si lo vuelves a preguntar, nos vamos de aquí inmediatamente; así te olvidas de ella.
-No. Maestro. Pero… basta con que Tú te quedes…
Jesús sonríe.

-Esa mujer - dice - es una sobra y una primicia.
-¿Qué quieres decir? No entiendo.
Pero Jesús lo deja plantado y se marcha hacia el pueblo.
-Va a ver a Zacarías. Tiene a su mujer agonizando - explica Andrés - Me ha encargado a mí que se lo diga al Maestro.

-¡Tú me sacas de quicio! Sabes todo, haces todo, y no me dices nunca nada. Peor que un pez, eres.
Pedro descarga sobre su hermano el chasco que se ha llevado.

-Hermano, no te lo tomes a mal. Tú hablas también por mí. Vamos a recoger nuestras redes. Ven.
Unos van hacia la derecha, otros hacia la izquierda, y todo termina.

128- Los discursos en Agua Especiosa: No desearás la mujer del prójimo. El joven lujurioso

Jesús se abre paso entre un verdadero pequeño pueblo que lo llama desde todas partes. Uno le enseña sus heridas, otro le enumera sus desventuras, un tercero se limita a decir: «Ten piedad de mí». Hay también quien le presenta a su propio hijito para que lo bendiga. El día, sereno y sin viento, ha llevado allí a muchísima gente. Jesús ha llegado casi a su puesto, cuando, del sendero que lleva al río, sube un lamento conmovedor:

-¡Hijo de David, ten piedad de este pobre infeliz tuyo!
Jesús se vuelve en esa dirección, como también la gente y los discípulos; pero unos tupidos matorrales de bojes esconden a la persona que ha proferido esta súplica.
-¿Quién eres? Ven.

-No puedo. Estoy contaminado. Debo ir donde el sacerdote para que me cancelen del mundo. He pecado y me ha brotado la lepra en el cuerpo. ¡Espero en ti!

-¡Un leproso! ¡Un leproso! ¡Maldito! ¡Lapidémoslo! - la muchedumbre se solivianta.

Jesús hace un gesto que impone silencio e inmovilidad.

-No está más contaminado que quien está en pecado. A los ojos de Dios, es todavía más inmundo el pecador impenitente que el leproso arrepentido. Quien sea capaz de creer, que venga conmigo.

Algunos curiosos, además de los discípulos, siguen a Jesús. Los demás, aun deseando ir, se quedan donde están.

Jesús va hasta más allá de la casa y del sendero, hacia los matorrales de bojes, pero luego se detiene y le ordena al leproso que se deje ver.

Sale un muchacho todavía casi adolescente. Bigote y barba tenues cubren apenas su rostro: es un rostro aún fresco y lleno. Tiene los ojos enrojecidos por el llanto.

Un gran grito de entre un grupo de mujeres enteramente tapadas - ya lloraban en el patio de la casa al pasar Jesús, y su llanto había aumentado por las amenazas de la muchedumbre - le saluda:

-¡Hijo mío!… Y la mujer cae sin fuerzas en los brazos de otra, que no sé si es pariente o amiga.

Jesús, solo, sigue avanzando hacia el desdichado:
-Eres muy joven. ¿Cómo es que estás leproso?

El joven baja los ojos, se enciende de rubor su rostro, balbucea… y no se atreve a más. Jesús repite la pregunta. El muchacho dice algo en forma más nítida, pero sólo se cogen las palabras:

-…Mi padre… fui… y pecamos… no sólo yo…
-Allí está tu madre, esperando y llorando. En el Cielo está Dios, que sabe lo sucedido, aquí estoy Yo, que también lo sé, pero necesito tu humillación para tener piedad. Habla.

-Habla, hijo. Ten piedad de las entrañas que te llevaron - gime la madre, que se ha hecho gran violencia para llegar hasta donde Jesús, y que ahora, de rodillas, teniendo en una mano inconscientemente el limbo del indumento de Jesús, tiende la otra hacia su hijo mostrando su pobre rostro abrasado en lágrimas.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza.
-Habla -vuelve a decir.
-Soy el primogénito y ayudo a mi padre en los negocios. Él me ha mandado a Jericó muchas veces para hablar con sus clientes, y… y uno… uno tenía una mujer joven y hermosa… Me… me gustó. Fui más allá de donde debía… Le gusté… Nos deseamos y… pecamos en ausencia del marido… No sé cómo sucedió, porque ella estaba sana. Sí.

No sólo yo estaba sano y la quise… ella también estaba sana y me quiso. No sé si… si además de a mí amó antes a otros y se había contagiado… Sí sé que ella se marchitó en poco tiempo y que ahora está en los sepulcros muriendo en vida… Y yo… y yo… ¡Mamá!, tú lo has visto, es poca cosa, pero dicen que es lepra… y… moriré de lepra. ¿Cuándo?… Se acabó la vida, la casa… y tú, mamá… ¡Oh, mamá, te veo y no te puedo besar!… Hoy vienen a descoserme los vestidos y a arrojarme de casa… del pueblo… Es peor que si hubiera muerto; ni siquiera tendré el llanto de mi madre sobre mi cadáver…

El joven llora. La madre está tan estremecida por los sollozos que parece un árbol zarandeado por el viento. La gente hace comentarios dictados por sentimientos opuestos.
Jesús está apenado. Habla:

-Y mientras pecabas ¿no pensabas en tu madre? ¿Estabas tan enajenado que no te acordabas de que tenías una madre en la Tierra y un Dios en el Cielo? Si no te hubiera aparecido la lepra, ¿te habrías acordado alguna vez de que habías ofendido a Dios y al prójimo? ¿Qué has hecho de tu alma? ¿Qué has hecho de tu juventud?

-Fui tentado…

-¿Eres acaso un niño, para no saber que era un fruto maldito? Merecerías morir sin piedad».

-¡Oh! ¡Piedad! Sólo Tú puedes…

-No Yo, Dios, y si aquí juras no pecar más.

-Lo juro. Lo juro. ¡Sálvame, Señor! Dispongo sólo de pocas horas antes de la condena. ¡Mamá!… ¡Mamá, ayúdame con tu llanto!… ¡Oh…, madre mía!

La mujer ya no tiene ni siquiera voz. Lo único que hace es agarrarse a las piernas de Jesús y levantar su cara con los ojos dilatados por el dolor: una cara de tragedia como de quien se está ahogando y sabe que ése es el último apoyo que lo sujeta y que puede salvarlo.

Jesús la mira. Le sonríe compasivo:
-Levántate, madre. Tu hijo está curado; pero por ti, no por él.

La mujer todavía no cree; le parece que, así, a distancia, no puede haber quedado curado, y hace signos de disentimiento entre continuos sollozos.

-Hombre, quítate la túnica del pecho, donde tenías la mancha; para consolar a tu madre.

El joven se baja el vestido, apareciendo desnudo ante los ojos de todos. No tiene sino una piel uniforme y lisa de joven bien robusto.

-Mira, madre - dice Jesús, y se inclina para levantar a la mujer. Este movimiento sirve también para contenerla cuando su amor de madre y el hecho de ver el milagro la hubiera lanzado contra su hijo sin esperar a su purificación. Sintiéndose impedida para ir a donde la impulsa su amor materno, se abandona en el pecho de Jesús, a quien besa en un verdadero delirio de alegría. Llora, ríe, besa, bendice… y Jesús la acaricia con piedad. Luego le dice al muchacho:

-Ve al sacerdote, y acuérdate de que Dios te ha curado por tu madre y para que seas justo en el futuro. Ve.

El muchacho bendice al Salvador y se marcha. A distancia, le siguen su madre y las otras mujeres que estaban con ella.

La muchedumbre grita jubilosa.
Jesús vuelve a su puesto.

-Este joven también había olvidado que hay un Dios que ordena honestidad de costumbres; había olvidado que está prohibido hacerse dioses al margen de Dios; había olvidado que debía santificar su sábado, como he enseñado; había olvidado que existe el respeto amoroso a la madre; había olvidado que no se debe fornicar, ni robar, ni ser falso, ni desear la mujer del prójimo, ni matarse uno a sí mismo o la propia alma, ni cometer adulterio: había olvidado todo; ya veis cuál había sido su castigo.

"No desearás la mujer del prójimo" se une a "no cometerás adulterio", porque el deseo precede siempre a la acción. El hombre es demasiado débil como para poder desear sin llegar después a consumar el deseo. Y lo que es verdaderamente triste es que el hombre no sepa hacer lo mismo respecto a los deseos justos. En el mal se desea y luego se cumple; en el bien, se desea, para luego detenerse, aunque no se retroceda.

Lo que le he dicho a él os lo digo a todos vosotros, porque el pecado de deseo está tan difundido como las malas hierbas, que por sí solas se propagan: ¿Sois unos niños como para no saber que esa tentación es venenosa y que hay que huir de ella? "Fui tentado.” ¡Frase remota! Mas, he aquí que tenemos también un remoto ejemplo, y, por tanto, debería el hombre acordarse de sus consecuencias, y debería saber decir: "No". En nuestra historia no faltan ejemplos de castos, que permanecieron tales a pesar de todas las seducciones del sexo y a pesar de las amenazas de los violentos.

¿Es un mal la tentación? No lo es; es la obra del Maligno, pero se transforma en gloria para quien la vence.
El marido que va a otros amores es un asesino de su esposa, de sus hijos, de sí mismo. Quien entra en morada ajena para cometer adulterio es un ladrón, y de los más viles: como el cuco, goza del nido ajeno sin aportar nada. Quien sustrae la buena fe al amigo es un falsario, porque finge una amistad que en realidad no tiene: quien así actúa se deshonra a sí mismo y deshonra a sus padres.

¿Puede, entonces, tener a Dios consigo?

He hecho el milagro por esa pobre madre. Pero me da tanto asco la lujuria, que me siento nauseado. Vosotros habéis gritado por miedo y repulsa de la lepra; Yo, con mi alma, he gritado a causa de la repugnancia por la lujuria. Todas las miserias me circundan y por todas ellas Yo soy el Salvador, pero prefiero tocar a un muerto, a un justo que esté ya descompuesto en la carne suya que fue honesta, mas en paz ya su espíritu, antes que acercarme a uno que tenga tufo de lujuria. Soy el Salvador, pero también soy el Inocente. Tengan presente esto todos los que vienen aquí o hablan de mí, proyectando en mi personalidad la levadura de la suya.

Comprendo que vosotros querríais de mí algo distinto, pero no puedo. La ruina de una juventud apenas formada y demolida por la libídine me ha turbado más que si hubiera tocado la Muerte. Vamos con los enfermos; no pudiendo, por la nausea que me ahoga, ser la Palabra, seré la Salud de quien espera en mí.

La paz esté con vosotros.

Efectivamente Jesús está muy pálido y su rostro denota dolor. No le vuelve la sonrisa sino cuando se agacha hacia unos niños enfermos u otras personas enfermas en sus camillas. Entonces vuelve a ser Él, especialmente cuando metiendo su dedo en la boca de un mudito de unos diez años le hace decir «Jesús», y luego «mamá».

La gente se marcha muy lentamente.
Jesús se queda paseando bajo el sol que inunda la era, hasta que viene el Iscariote:

-Maestro, yo no estoy tranquilo…
-¿Por qué, Judas?

-Por los de Jerusalén… Yo los conozco. Déjame ir allí unos días. No me refiero a que me mandes solo; es más, te ruego que no sea así. Mándame con Simón y Juan, que fueron muy buenos conmigo durante el primer viaje a Judea. Uno me frena, el otro me purifica hasta en el pensamiento. ¡No te puedes imaginar lo que significa Juan para mí!: es rocío que calma mis ardores, aceite sobre mis aguas agitadas… Créelo.

-Lo sé. Por eso, no te debes asombrar de que Yo lo quiera tanto. Es mi paz. Pero tú también, si eres siempre bueno, serás mi consuelo. Si usas los dones de Dios -y tienes muchos -para el bien, como estás haciendo desde hace algunos días, llegarás a ser un verdadero apóstol.

-¿Y me amarás como a Juan?

-Yo te amo igualmente, Judas; sólo que entonces lo haré sin esfuerzo y dolor.

-¿Qué bueno eres, Maestro mío!

-Ve a Jerusalén, aunque no va a servir para nada. No quiero contrariar tu deseo de ayudarme. Ahora se lo digo inmediatamente a Simón y a Juan. Vamos. ¿Has visto cómo sufre tu Jesús por ciertas culpas? Son como uno que ha levantado un peso demasiado fuerte. No me des nunca este dolor. Nunca más…

-No, Maestro, No. Te quiero. Tú lo sabes… pero soy débil…

-El amor fortalece.

Entran en casa y todo termina.

127- Los discursos en Agua Especiosa: No tentarás al Señor tu Dios. Testimonio de Juan el Bautista

Es un día serenísimo de invierno. Hace sol y viento; el cielo está sereno, uniforme, sin el más mínimo vestigio de nubes.

Son las primeras horas del día. Hay todavía una fina capa de escarcha, o mejor, de rocío semihelado, que esparce un polvo diamantífero sobre el suelo y sobre las hierbas.
Vienen hacia la casa tres hombres, que caminan con la seguridad de quien sabe a dónde se dirige. Llegando ya, ven a Juan, que en ese momento atraviesa el patio cargado de unos cántaros de agua sacados del pozo, y lo llaman.
Juan se vuelve, deja las cantarillas y dice:

-¿Vosotros aquí? ¡Bienvenidos! El Maestro se alegrará al veros. Venid, venid, antes de que llegue la gente. ¡Ahora viene mucha!…

Son los tres pastores discípulos de Juan Bautista. Simeón, Juan y Matías van contentos detrás del apóstol.
-Maestro, han venido tres amigos. Mira - dice Juan entrando en la cocina, donde arde alegre un gran fuego de leña menuda, que expande un agradable olor a bosque y a laurel quemado.

-Paz a vosotros, amigos míos. ¿Cómo es que venís a verme? ¿Le ha sucedido alguna desgracia al Bautista?

-No, Maestro. Hemos venido con permiso suyo. Te envía saludos y dice que encomiendes a Dios al león perseguido por los arqueros. No se hace ilusiones respecto a su suerte futura, aunque por ahora sigue libre. Está contento porque sabe que tienes muchos fieles, incluidos los que antes eran suyos. Maestro… nosotros también lo deseamos vivamente, pero… no queremos abandonarlo ahora que lo persiguen. Compréndenos… - dice Simeón.

-No sólo eso, sino que os bendigo por ello. El Bautista merece todo respeto y amor.

-Sí. Así es. El Bautista es grande, y cada vez descuella más su figura. Se parece al agave, que poco antes de morir produce el gran candelabro de la septiforme flor y lo ondea, y perfuma. Así es él. Y siempre dice: "Mi único deseo es volver a verlo…". Verte a ti. Nosotros hemos recogido este grito de su alma y te lo hemos venido a traer sin decírselo. Él es "el Penitente", "el Abstinente". Su santo deseo de verte y de oírte lo consume. Yo soy Tobías, ahora Matías. Creo que el arcángel dado a Tobiolo no sería distinto del Bautista; todo en él es sabiduría.

-¿Quién ha dicho que no lo vuelva a ver?… Pero, ¿habéis venido sólo para esto? Es penoso caminar durante esta estación. Hoy hace un tiempo sereno, pero, hasta hace sólo tres días, ¡cuánta lluvia por los caminos!

-No hemos venido sólo por esto. Hace unos días vino Doras, el fariseo, a purificarse, pero el Bautista le negó el rito diciendo: "No llega el agua a donde hay una costra tan grande de pecado. Uno sólo te puede perdonar: el Mesías". Entonces él dijo: "Iré a verlo. Quiero curarme.

Creo que este mal es su maleficio". Entonces el Bautista lo arrojó de su presencia como lo habría hecho con Satanás. Él, al irse, vio a Juan - lo conocía desde que Juan visitaba a Jonás, con quien estaba algo emparentado - y le dijo que venía, que todos iban, que había venido Manahén y hasta incluso venían las… (yo digo meretrices, pero él dijo un nombre más feo). “Agua Especiosa - decía - está llena de ilusos. Ahora, si me cura y me retira la maldición de mis tierras – que están como excavadas por máquinas de guerra por ejércitos de topos y gusanos y cortones que horadan los granos sembrados y roen las raíces de los árboles frutales y de las vides y, no hay nada que los venza -, me haré amigo suyo; si no… ¡ay de Él!".

Nosotros le respondimos: "¿Y vas con esta disposición de ánimo?". Y él respondió: "Pero quién cree en ese satanás.

Además, lo mismo que convive con las meretrices puede hacer alianza conmigo". Nosotros queríamos venir a decírtelo, para que pudieras saber a qué atenerte con Doras».

-Ya está todo resuelto.

-¿Ya? ¡Ah, es verdad!, que él tiene carros y caballos y nosotros sólo las piernas. -¿Cuándo ha venido?
-Ayer.
-¿Y qué ha ocurrido?
-Esto: que si queréis ocuparos de Doras podéis ir al duelo a su casa de Jerusalén. Lo están preparando para la sepultura.
-¿Muerto?
-Muerto. Aquí. Pero no hablemos de él.
-Sí, Maestro… Sólo… dinos una cosa. ¿Es verdad cuanto dijo de Manahén?
-Sí. ¿Os desagrada?
-No, no…, nos alegra. ¡Cuánto le hemos hablado de ti en Maqueronte! Y, ¿qué otra cosa puede querer el apóstol sino que sea amado el Maestro? Es lo que Juan quiere, y, con él, nosotros.
-Hablas bien, Matías; la sabiduría está contigo.
-Y… yo no lo creo, pero ahora la hemos visto… Vino también a nosotros buscándote a ti antes de los Tabernáculos; y le dijimos: "Quien tú buscas no está aquí, pero estará pronto en Jerusalén para los Tabernáculos".

Eso le dijimos, porque el Bautista nos había dicho: "¿Veis a esa pecadora?: es una costra de inmundicia; pero lleva dentro una llama a la que hay que alimentar; así, se avivará de tal modo que surgirá impetuosamente de debajo de la costra y todo arderá. Caerá la inmundicia y quedará sólo la llama". Eso dijo. Pero… ¿es verdad que duerme aquí, como han venido a decirnos dos influyentes escribas?
-No. Está en uno de los establos del capataz, a más de un estadio de aquí.

-¡Lenguas de infierno! ¿Has oído? ¡Y ellos!…
-Dejadlos que hablen. Los buenos no creen en sus palabras, sino en mis obras.

-Esto lo dice también Juan. Hace unos días, algunos discípulos suyos, nosotros presentes, le han dicho: "Rabí, Aquel que estaba contigo al otro lado del Jordán, del que tú diste testimonio, ahora bautiza, y todos van a Él; te vas a quedar sin fieles". A lo que Juan respondió:

-¡Dichoso mi oído, que oye esta noticia! ¡No sabéis qué alegría me dais! Sabed que el hombre no puede tomar nada si no le es dado del Cielo. Vosotros podéis testificar que he dicho: `Yo no soy el Cristo, si no el que ha sido enviado delante para prepararle el camino'. El hombre justo no se apropia de un nombre ajeno, y aunque otro hombre quisiera alabarle diciéndole:

“eres ése”, es decir: el Santo, él responde: “No, realmente no es así; yo soy su siervo”. Y de todas formas se alegra mucho de ello, porque dice: “Se ve que me asemejo a Él un poco, si el hombre me puede confundir con Él”. Y, ¿qué desea la persona que ama sino parecerse a su amado? Sólo la esposa goza del esposo. El paraninfo no podría gozar de ella, porque sería una inmoralidad y un hurto. Pero el amigo del novio, que está cerca de él y escucha su palabra llena de júbilo nupcial, siente una alegría tan viva que podría compararse a la que hace dichosa a la virgen casada con él, la cual en aquella palabra comienza ya a degustar la miel de las palabras nupciales. Esta es mi alegría, y es completa. ¿Y qué hace el amigo del novio, habiéndole servido durante meses, y habiéndolo conducido a la esposa a casa? Se retira y desaparece. ¡Así hago yo! ¡Así hago yo! Uno sólo queda, el esposo con la esposa: el Hombre con la Humanidad.¡Oh, qué palabra más profunda! Es necesario que Él crezca y que yo merme. Quien del Cielo viene está por encima de todos.

Patriarcas y Profetas desaparecen a su llegada, porque Él es como el Sol, que todo lo ilumina y su luz es tan viva que los astros y planetas sin luz se visten de ella, y los que aún no están apagados quedan anulados en el supremo esplendor del Sol. Esto sucede porque Él viene del Cielo, mientras que los Patriarcas y los Profetas irán al Cielo, pero no vienen del Cielo.

Quien viene del Cielo es superior a todos, y anuncia lo que ha visto y oído. Pero ninguno de entre los que no tienden al Cielo, renegando de Dios por ello, podrá aceptar su testimonio. Quien acepta el testimonio del que ha bajado del Cielo, con este acto suyo de creer, imprime un sello a su fe en que Dios es verdadero y no una fábula exenta de verdad, y escucha a la Verdad porque su ánimo está deseoso de ella. Porque Aquél a quien Dios ha enviado pronuncia palabras de Dios, pues Dios le da el Espíritu con plenitud, y el Espíritu dice:

“Aquí estoy. Tómame; que quiero estar contigo, delicia de nuestro amor”. Porque el Padre ama al Hijo sin medida y todas las cosas las ha puesto en su mano. Por eso quien cree en el Hijo tiene la vida eterna; mas quien se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, y la cólera de Dios permanecerá en él y sobre él".

-Esto dijo. Estas palabras me las he grabado en mi mente para transmitírtelas - dice Matías.
-Te lo agradezco y te alabo por ello. El Profeta último de Israel no es Aquel que del Cielo baja, pero, por haber recibido el beneficio de los dones divinos ya desde el vientre de su madre - vosotros no lo sabéis, pero Yo os lo digo ahora -, es el que más se acerca al Cielo.
-¿Cómo? ¿Cómo? ¡Háblanos! Él dice de sí mismo: "Yo soy el pecador".

Los tres pastores se muestran ansiosos de saber, así como también los discípulos.

-Cuando la Madre me llevaba, de mí-Dios estando encinta, fue a servir - porque es la Humilde y Amorosa - a la madre de Juan, prima suya por parte de madre, que había quedado embarazada en su vejez. Ya el Bautista tenía su alma, porque estaba en el séptimo (tenía su alma, porque estaba en el séptimo mes de su formación. Esta afirmación no excluye el que el alma sea infundida desde el primer instante de la concepción. Lo que parece, más bien, es que Jesús quiere rechazar la opinión de que el individuo reciba su alma en el momento del nacimiento o, incluso, después de haber nacido) mes de su formación. Y este brote
de hombre, dentro del seno materno, saltó de alegría al oír la voz de la Esposa de Dios. También en esto fue precursor; precedió a los redimidos, porque de seno a seno se efundió la Gracia, y penetró, y cayó la Culpa original del alma del niño. Por ello Yo digo que sobre la faz de la Tierra tres son los posesores de la Sabiduría, del mismo modo que en el Cielo Tres son los que son Sabiduría: el Verbo, la Madre, el Precursor, en la Tierra; el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, en el Cielo.

-Nuestro corazón está henchido de estupor… Casi como cuando se nos dijo: "Ha nacido el Mesías…". Porque Tú eras la profundidad abisal de la misericordia y nuestro Juan lo es de la humildad.

-Y mi Madre, de la pureza, de la gracia, de la caridad, de la obediencia, de la humildad, de toda virtud que sea de Dios y que Dios infunda a sus santos.

-Maestro - dice Santiago de Zebedeo - hay mucha gente.
-Vamos. Venid también vosotros.

Es muchísima la gente.

-La paz sea con vosotros - dice Jesús. Está sonriente como pocas veces. La gente cuchichea y lo señala con gestos. Hay mucha curiosidad en el ambiente.

"No tentarás al Señor tu Dios", está escrito.
Demasiadas veces se olvida este mandamiento. Se tienta a Dios cuando se le quiere imponer nuestra voluntad. Se tienta a Dios cuando imprudentemente se actúa contra las reglas de la Ley, que es santa y perfecta y en su lado espiritual – el principal - se ocupa y se preocupa, también, de la carne que Dios ha creado. Se tienta a Dios cuando, habiendo sido perdonados por Él, se vuelve a pecar. Uno tienta a Dios cuando, habiendo recibido de Él un beneficio que pretendía ser un bien para sí, algo que le moviera hacia Dios, lo transforma en un daño.

Dios no es objeto de risa ni de burla. Demasiadas veces sucede esto. Ayer habéis presenciado el castigo que espera a quienes pretenden mofarse de Dios. El eterno Dios, lleno de compasión con quien se arrepiente, se muestra, por el contrario, lleno de severidad con el impenitente que en manera alguna se modifica a sí mismo.

Vosotros venís a mí para oír la palabra de Dios. Venís para obtener un milagro. Venís para obtener el perdón. Y el Padre os da palabra, milagro y perdón. Y Yo no echo de menos el Cielo, porque puedo daros milagros y perdón, y puedo haceros conocer a Dios.

Ese hombre cayó ayer fulminado, como Nadab y Abiú, por el fuego de la divina indignación. De todas formas, absteneos de juzgarlo. Que lo que ha sucedido, que ha sido un nuevo milagro, solamente os haga meditar acerca de cómo hay que actuar para tener a Dios como amigo. Él quería el agua penitencial, pero sin espíritu sobrenatural; la quería por espíritu humano: como una práctica mágica que le curase la enfermedad y lo liberase de la desventura. El cuerpo y la cosecha: éstos eran sus fines, no su pobre alma, que no tenía valor para él; lo valioso para él era la vida y el dinero.

Yo digo: "El corazón está donde está el tesoro, y el tesoro donde el corazón. Por tanto, el tesoro está en el corazón".

Él en el corazón tenía la sed de vivir y de tener mucho dinero. ¿Cómo obtenerlo?: como fuera; incluso con el delito.

Pues bien, pedir así el bautismo ¿no era reírse de Dios y tentarlo? Habría bastado el arrepentimiento sincero por su larga vida de pecado para proporcionarle una santa muerte y lo justo en esta tierra. Pero él era el impenitente. No habiendo amado nunca a nadie aparte de sí mismo, llegó a no amarse ni siquiera a sí mismo. Porque el odio mata incluso el amor animal egoísta del hombre hacia sí mismo. El llanto del arrepentimiento sincero habría debido ser su agua lustral. De la misma forma, para todos vosotros que estáis escuchando; porque sin pecado no hay nadie, y todos, por tanto, tenéis necesidad de esta agua que, exprimida por el corazón mismo, desciende y lava, da de nuevo la virginidad a quien ha sido profanado, levanta al abatido, da nuevo vigor a quien la culpa ha dejado exangüe.

Ese hombre se preocupaba sólo de la miseria de la tierra, cuando en realidad sólo una miseria debe apesadumbrar al hombre: la eterna miseria de perder a Dios. Ese hombre no dejaba de hacer las ofrendas rituales, mas no sabía ofrecer a Dios un sacrificio de espíritu, es decir, alejarse del pecado, hacer penitencia, pedir con los hechos el perdón. Una hipócrita ofrenda de riquezas mal adquiridas es como invitarle a Dios a que se haga cómplice de las malas acciones del hombre. ¿Es posible que esto suceda? ¿No es reírse de Dios el pretenderlo? Dios arroja de su presencia a quien dice: "he aquí que sacrifico" y se consume internamente por continuar su pecado. ¿Ayuda, acaso, el ayuno corporal cuando el alma no ayuna del pecado?

Que la muerte de este hombre, que ha acontecido aquí, os haga meditar sobre las condiciones necesarias para gozar del aprecio de Dios. Ahora, en su rico palacio, los familiares y las plañideras hacen duelo ante los restos mortales que dentro de poco serán conducidos al sepulcro. ¡Oh, verdadero duelo y verdaderos restos mortales! ¡Nada más que unos restos mortales!

Nada más que un desconsolado duelo, porque el alma, precedente e irremisiblemente muerta, se verá para siempre separada de aquellos que amó por parentela y afinidad de ideas. Aunque una misma morada los una eternamente, el odio que allí reina los dividirá. Es así que entonces la muerte es verdadera separación. Mejor sería que, en vez de los demás, fuese el propio hombre quien, teniendo muerta el alma, llorase por sí mismo; de modo que, por ese llanto de contrito y humilde corazón, le devolviera al alma la vida con el perdón de Dios.

Idos, sin odio ni comentarios, nada más que con humildad; como Yo, que, no con odio sino por justicia, he hablado de él. La vida y la muerte son maestras para bien vivir y bien morir, y para conquistar la Vida sin muerte. La paz sea con vosotros.

-No hay ni enfermos ni milagros - y Pedro les dice a los tres discípulos del Bautista: «Lo siento por vosotros».
-No es necesario. Nosotros creemos sin ver. Hemos tenido el milagro de su natividad, que nos ha hecho creyentes, y ahora tenemos su palabra, que confirma nuestra fe. Sólo pedimos servirla hasta el Cielo, como Jonás, hermano nuestro.

Todo termina.

126- Los discursos en Agua Especiosa: No matarás. Muerte de Doras

"No matarás", está escrito. ¿A cuál de los dos grupos de mandamientos pertenece éste? ¿”A1 segundo", decís? ¿Estáis seguros? Otra pregunta: ¿Es un pecado que ofende a Dios o a la víctima? ¿Decís: "A la víctima'? ¿Estáis seguros de esto también?

Os hago una tercera pregunta: ¿Es sólo pecado de homicidio? A1 matar, ¿no cometéis más que este único pecado? ¿"Este sólo", decís? ¿Ninguno tiene duda de ello? Decid en voz alta vuestras respuestas. Que uno hable por todos vosotros, Yo espero.

Jesús se inclina a acariciar a una niña pequeña que se ha acercado a Él y que lo está mirando extática, olvidándose incluso de seguir mordisqueando la manzana que, para mantenerla quieta, le ha dado su madre.

Se pone en pie un anciano de aspecto grave y dice:

-Escucha, Maestro. Yo sirvo a la sinagoga desde hace mucho tiempo y me han dicho que hable en nombre de todos. Hablo pues. Me parece, nos parece, que hemos respondido según justicia y según cuanto nos han enseñado. Baso mi certidumbre en el capítulo de la Ley que habla del homicidio y de las agresiones físicas. Tú sabes, de todas formas, para qué hemos venido: para ser aleccionados, porque reconocemos en ti sabiduría y verdad. Por tanto, si me equivoco, ilumina mis tinieblas a fin de que el anciano siervo vaya a su Rey vestido de luz. Y, como conmigo, hazlo también con éstos, que son de mi rebaño y que han venido con su pastor a beber las fuentes de la Vida - y se inclina, antes de sentarse, con el máximo respeto.

-¿Quién eres, padre?
-Cleofás, de Emaús, tu siervo.
-No mío, sino de Aquel que me ha enviado, porque debe dársele al Padre toda prioridad y todo amor en el Cielo, en la Tierra y en los corazones. El primero que le tributa este honor es su Verbo, el cual toma y ofrece en la mesa sin defecto los corazones de los buenos como hace el sacerdote con los panes de la proposición. Mas escucha, Cleofás, para que vayas a Dios enteramente iluminado conforme a tu santo deseo.

Para medir una culpa es necesario pensar en las circunstancias que la preceden, la preparan, la justifican, o la explican. ¿A quién he matado?, ¿qué he matado?, ¿dónde?, ¿con qué medios?, ¿por qué he matado?, ¿cómo he matado?, ¿cuándo he matado?: éstas son las preguntas que debe hacerse quien ha matado, antes de presentarse a Dios para pedirle perdón.

¿A quién he matado? A un hombre.

Yo digo: a un hombre. No pienso ni considero si es rico o si es pobre, si es libre o si es esclavo. Para mí no existen esclavos u hombres de poder. Existen sólo hombres creados por un único; por tanto, todos iguales. En efecto, frente a la majestad de Dios es polvo hasta el más poderoso monarca de la tierra, y ante sus ojos y ante los míos no existe sino una esclavitud: la del pecado, por tanto, la de estar bajo Satanás. La Ley antigua distingue entre libres y esclavos, y entra en detalles acerca del hecho de matar en el acto o matar dejando sobrevivir un día o dos, o también acerca de si la mujer encinta muere por el golpe recibido, o si pierde la vida sólo su fruto.

Pero esto se dijo cuando estaba aún lejana la luz de la perfección. Ahora se halla entre vosotros, y dice:

Quienquiera que mate a un semejante suyo peca; y no peca sólo con el hombre, sino también contra Dios.

¿Qué es el hombre? El hombre es la criatura soberana que Dios ha creado para ser rey en la creación, creado a su imagen y semejanza, dándole la semejanza según el espíritu, y la imagen extrayendo de su pensamiento perfecto esta perfecta imagen.

Observad el aire, la tierra y las aguas. ¿Acaso veis animal alguno o planta alguna que, por muy hermosos que sean, igualen al hombre? El animal corre, come, bebe, duerme, genera, trabaja, canta, vuela, se arrastra, trepa… pero no tiene la capacidad de hablar. El hombre, como el animal, sabe correr y saltar, y en el salto es tan ágil que emula al ave; sabe nadar, y nadando es tan veloz que semeja al pez; sabe arrastrarse como lo hace un reptil; sabe trepar asemejándose al simio; sabe cantar, y en esto se parece a los pájaros. Sabe engendrar y reproducirse… Pero, además, sabe hablar.

No digáis como objeción: "Todo animal tiene su lenguaje". Sí. Uno muge, otro bala, el otro rebuzna, el otro pía, o gorjea… pero, desde el primer bovino al último, siempre tendrán al mismo y único mugido, y así igualmente el ovino balará hasta el fin del mundo, y el burro rebuznará como rebuznó el primero, y el pardal siempre emitirá su breve canto, mientras que la alondra y el ruiseñor cantarán el mismo himno (al Sol, la primera; a la noche estrellada, el segundo), aunque sea el último día de la Tierra,
de la misma manera que saluda-ron al primer Sol y a la primera noche terrestre. El hombre, por el contrario, debido a que no tiene sólo la campanilla y la lengua, sino que también tiene un conjunto de nervios centrados en el cerebro, sede del intelecto, sabe - debido a ello - captar las sensaciones nuevas y reflexionar en ellas y darles un nombre.

Adán puso por nombre "perro" a su amigo, y llamó "león" a aquel que, por su melena tupida y derecha en una cara ligeramente barbada, se le parecía más; llamó "oveja" a la cordera que lo saludaba mansamente, y llamó "pájaro" a esa flor de plumas que volaba como la mariposa y que además emitía, dulce, un canto que ésta no posee. Y andando el tiempo, a lo largo de los siglos, los hijos de Adán siguieron creando nuevos nombres, a medida que "fueron conociendo" las obras de Dios en las criaturas, o cuando - por la chispa divina que hay en el hombre - engendraron, además de otros hijos, cosas útiles, o nocivas, para esos mismos hijos (si estaban con Dios o contra Dios: están con Dios quienes crean y llevan a cabo cosas buenas; están contra Dios quienes crean cosas que resultan maléficas para el prójimo). Dios venga a los hijos suyos que han sido torturados por el mal ingenio humano.

El hombre es, pues, la criatura predilecta de Dios. Aunque en la presente situación sea culpable, continúa siendo el más querido por Él: lo testifica el hecho de que haya enviado a su mismo Verbo – no a un ángel, un arcángel, querubín o serafín, sino a su Verbo -, revistiéndolo de la humana carne, para salvar al hombre; y no consideró indigna esta veste para hacer capaz de sufrir y expiar a Aquel que, por ser como Él purísimo Espíritu, no habría podido sufrir y expiar la culpa del hombre.
El Padre me dijo: "Serás hombre: el Hombre. Yo hice ya un hombre, perfecto, como todo lo que hago. Había dispuesto para él una vida dulce, una dulcísima dormición, un beato despertar, una beatísima permanencia eterna en mi celeste Paraíso.

Pero, como Tú sabes, en ese Paraíso no puede entrar nada contaminado, porque en él Yo-Nosotros, Dios Uno y Trino, tenemos trono, y ante este trono no puede haber sino santidad. Yo soy el que soy. Mi divina naturaleza, nuestra misteriosa Esencia, no puede ser conocida sino por aquellos que no tienen mancha. A1 presente, el hombre, en Adán y por Adán, está sucio. Ve.

Límpialo. Es mi deseo. Serás Tú, de ahora en adelante, el Hombre, el Primogénito, porque serás el primero en entrar aquí con carne mortal sin pecado, con alma sin culpa original. Los que te han precedido sobre la faz de la tierra, así como los que te seguirán, tendrán vida por tu muerte de Redentor". Sólo podía morir quien previamente hubiera nacido; Yo he nacido, y moriré.

El hombre es la criatura predilecta de Dios. Decidme: si un padre tiene muchos hijos y uno de ellos es su predilecto – la pupila de sus ojos - y se lo matan, ¿no sufrirá más que si la víctima hubiera sido otro de sus hijos? No debería ser así, porque el padre debería ser justo con todos sus hijos, pero de hecho así sucede, y es porque el hombre es imperfecto. Sin embargo, Dios lo puede hacer con justicia, porque el hombre es la única de las criaturas que tiene en común con el Padre Creador el alma espiritual, signo innegable de la paternidad divina.

¿Si se le mata un hijo a un padre, se ofende sólo al hijo? No; también al padre. En la carne, al hijo; en el corazón, al padre: ambos son víctimas. ¿Matando a un hombre se ofende sólo al hombre? No; también a Dios. En la carne, al hombre; en su derecho, a Dios: sólo a Dios le corresponde el dar o quitar la vida y la muerte. Matar es usar violencia contra Dios y contra el hombre. Matar es penetrar en el dominio de Dios. Matar es faltar contra el precepto del amor. Quien mata no ama a Dios, porque destruye una obra de sus manos: un hombre. Quien mata no ama al prójimo, porque le priva al prójimo de aquello que el homicida quiere para sí: la vida.

Ved que así he dado respuesta a las dos primeras preguntas. ¿En dónde he agredido a mi víctima?
Se puede hacer en la calle, en casa de la víctima o atrayéndola a la propia casa. La agresión puede recaer en uno u otro órgano, causando mayor sufrimiento. Puedo cometer incluso dos homicidios en uno, si la víctima es una mujer que tiene el seno grávido de su fruto. Se puede matar en la calle sin tener intención de hacerlo.

Un animal que se escape a nuestro control puede matar a un transeúnte; pero entonces en nosotros no hay premeditación. Si, por el contrario, uno va, armado de puñal bajo las hipócritas vestiduras de lino a la casa de su enemigo - y sucede con frecuencia que es enemigo el que ha cometido la equivocación de ser mejor -, o lo invita a su casa, aparentemente por deferencia hacia él, y luego lo degüella y lo echa al pozo, entonces hay premeditación y la culpa es completa en malicia, en crueldad, en violencia.

Si, matando a la madre, mato también a su fruto, entonces Dios me pedirá cuentas de dos, porque el vientre que engendra a un nuevo hombre según el precepto de Dios es sagrado, como lo es la pequeña vida que en aquél madura, a la que Dios ha dado un alma.

¿Qué medios he utilizado?
En vano uno dirá: "No quería matar", cuando en realidad iba armado con un arma segura. En un momento de ira incluso las manos se transforman en arma, y la piedra cogida del suelo, o la rama arrancada del árbol. Mas aquel que observa fríamente el puñal o el hacha y, si cree que cortan poco, los afila, y luego se los ciñe al cuerpo de forma que no se vean pero pueda empuñarlos con facilidad, y preparado de tal suerte va adonde su rival, ciertamente no podrá decir: "No había en mí deseo de agredir". Y aquel que prepara un veneno cogiendo hierbas y frutos venenosos y haciendo con ellos polvo o bebida, y luego lo ofrece a la víctima, como especia o como sidra, ciertamente no podrá decir: "No quería matar".

Y ahora escuchadme vosotras, mujeres, tácitas e impunes asesinas de tantas vidas. Separar de vuestro seno un fruto que crece en él, por el hecho de que provenga de culpable simiente, o porque sea un vástago no deseado, una carga a vuestro lado, o una carga para vuestra economía, también es matar. Hay un solo modo de no tener esa carga: permanecer castas. No unáis homicidio con lujuria, violencia con desobediencia; no creáis que Dios no ve porque el hombre no vea. Dios ve todo y se acuerda de todo. Tenedlo presente también vosotras.

¿Por qué he matado?

¡Oh, por cuántos porqués! Desde el desequilibrio desencadenado en vosotros inesperadamente por una emoción violenta (veros profanado el tálamo, encontraros con un ladrón dentro de casa, un inmundo intento de violar a vuestra hija en la flor de la adolescencia), hasta el frío y meditado cálculo para liberarse de un testigo peligroso, de alguien que obstaculice el propio camino, de alguien a cuyo puesto se aspira o cuya riqueza se ambiciona: éstas, y otras muchas parecidas, son las razones.

Pues bien, Dios puede conceder el perdón a quien, febril por el dolor, asesina, mas no se lo concede a quien lo hace por ambición de poder o para ganarse la estima de los demás.

Obrad siempre bien para no temer ni el ojo ni la palabra de nadie. Contentaos con lo vuestro para no aspirar a lo ajeno hasta el punto de convertiros en asesinos por conseguir lo que es del prójimo.

¿Cómo he matado?

¿Ensañándome con la víctima aun después de la primera reacción impulsiva? En algunas ocasiones el hombre no se puede frenar, porque Satanás lo impele al mal del mismo modo que el hondero lanza la piedra. Pero, ¿qué diríais de una piedra que, habiendo dado en el blanco, volviera por sí misma a la honda para ser lanzada de nuevo y de nuevo golpear en su objetivo?

Diríais: "Está poseída por una fuerza mágica e infernal". Así es el hombre que da un segundo, un tercero, un décimo golpe, después del primero, con la misma saña; porque la ira desaparece para dar paso a la razón inmediatamente después del primer impulso, si éste obedece a un motivo en cierto modo justificable, mientras que, por el contrario, la saña aumenta cuantos más golpes recibe la víctima en el verdadero asesino, o sea, en el satanás que no tiene ni puede tener piedad del hermano porque, siendo un satanás, es odio.

¿Cuándo he matado?

¿Durante el primer impulso? ¿Una vez que éste ha cesado? ¿Fingiendo haber perdonado, mientras que en realidad ha ido fermentando cada vez más el rencor? ¿O he esperado incluso años para cometer el asesinato, produciendo así un doble dolor al matar al padre a través de los hijos?

Así podéis ver cómo al matar se viola el primero y el segundo grupo de mandamientos. En efecto, al hacerlo os arrogáis el derecho de Dios y pisoteáis al prójimo. Es pecado, por tanto, contra Dios y contra el prójimo.

Cometéis no sólo un pecado de homicidio, sino también de ira, de violencia, de soberbia, de desobediencia, de sacrilegio, y, en ocasiones - si matáis para haceros con un puesto o con una bolsa -, de codicia. Y no - aludo a ello, os lo explicaré mejor otro día - y no se peca de homicidio sólo con un arma o con veneno; también calumniando. Meditad en ello.

Y digo que el amo que da una paliza a un esclavo, pero con la astucia de que no se le muera entre sus manos, es doblemente culpable. El hombre esclavo no es dinero del amo, es alma de su Dios. ¡Maldito sea, eternamente, quien lo trata peor que a un buey!

El rostro de Jesús está fulgurante y su voz truena. Todos lo miran sorprendidos, porque antes hablaba con serenidad.

Maldito sea. La Ley nueva abroga la dureza contra el esclavo, todavía justa cuando en el pueblo de Israel no había hipócritas que se fingían santos y agudizaban el ingenio sólo para sacar el máximo provecho y eludir la Ley de Dios. Pero al presente - rebosando Israel de estos seres viperinos, que hacen lícito el placer sólo porque ellos son ellos, los miserables poderosos a quienes Dios mira con odio y asco -, al presente Yo digo: ya no es así.

Caen los esclavos en los surcos o ante las piedras de molino; caen, con los huesos quebrantados, visibles los nervios, a causa del látigo. Los acusan de falsos delitos para poderlos golpear, para justificar su propio sadismo satánico. Hasta el milagro se usa como acusación para tener derecho a golpearlos. Ni el poder de Dios, ni la santidad del esclavo convierte su alma retorcida. No puede ser convertida. El bien no entra donde hay saturación de mal. Pero Dios ve, y dice: "¡Basta!".

Demasiados son los Caínes que matan a los Abeles. Y ¿qué os pensáis, inmundos sepulcros blanqueados por fuera, por fuera cubiertos con las palabras de la Ley mientras que por dentro se pasea el rey Satanás y pulula el satanismo más astuto, qué os pensáis?, ¿que es sólo Abel hijo de Adán?, ¿que el Señor mira benigno sólo a quienes no son esclavos de hombre mientras que rechaza el único ofrecimiento que puede elevarle el esclavo, el de su honestidad sazonada de llanto? No. En verdad os digo que todo aquel que es justo es un Abel, aunque esté cargado de grilletes, aunque esté muriendo en la gleba, o sangrando por vuestras flagelaciones; en verdad os digo que son Caínes todos los injustos que le dan a Dios, por orgullo, no por verdadero culto, lo que está inquinado con su pecar, y manchado de sangre.

Profanadores del milagro. Profanadores del hombre, asesinos, sacrílegos. ¡Fuera! ¡Fuera de mi presencia! ¡Basta! Yo digo: basta. Y puedo decirlo, porque soy la divina Palabra que traduce el Pensamiento divino. ¡Fuera!

Jesús, en pie, erguido, sobre su tosca tarima, presenta un aspecto tan grave, que verdaderamente asusta. Su brazo derecho extendido señalando a la puerta de salida; sus ojos, dos fuegos azules: parece fulminar a los pecadores presentes. La niña pequeña que estaba a sus pies se echa a llorar y corre hacia donde su mamá. Los discípulos se miran sorprendidos y tratan de ver a quién va dirigida la invectiva. La multitud se vuelve también con mirada interrogativa.

Por fin se descubre el enigma. En el fondo, fuera de la puerta, semioculto tras un grupo de altos aldeanos, se deja ver Doras, aún más seco que antes, amarillo, lleno de arrugas, todo él nariz y mentón prominente. Lleva consigo un siervo que le ayuda a moverse porque parece medio paralítico. ¿Quién podía verle entre la gente que está en el patio? Osa hablar con su voz ronca:

-¿Me dices a mí? ¿Lo dices por mí?
-Por ti, sí. Sal de mi casa.
-Salgo. Pero pronto ajustaremos las cuentas, no lo dudes.
-¿Pronto? ¡Enseguida!. Te dije en su momento que el Dios del Sinaí te espera.

-También a ti, maléfico, que a mí me has acarreado las enfermedades y a mis tierras los animales dañinos.

Volveremos a vernos, para gozo mío.
-Sí. Y no te agradará el volver a verme, porque Yo te voy a juzgar.

-¡Ja! ¡Ja! mald… - Hace unos aspavientos, gorgotea… y cae.

-¡Ha muerto! - grita el siervo. -¡Ha muerto el patrón! ¡Bendito seas, Mesías, vengador nuestro!

-No Yo. Dios, Señor eterno. Que ninguno se contamine: que sólo el siervo se ocupe de su patrón. Y sé bueno con su cuerpo. Sed buenos, vosotros todos, sus siervos. No exultéis de alegría, con resentimiento, por el caído, para no merecer condena. Que Dios y el justo Jonás se os muestren siempre amigos, y Yo con ellos. Adiós.

-¿Ha muerto porque Tú así lo has querido? - pregunta Pedro.

-No. Pero el Padre ha entrado en mí… Es un misterio que no puedes entender. Sólo has de saber que no es lícito arremeter contra Dios. Él, sin concurso ajeno, se toma venganza.

-¿Y no podrías decirle al Padre tuyo que hiciera morir a todos los que te odian?

-¡Calla! ¡Tú no sabes de qué espíritu eres! Yo soy Misericordia, no Venganza.

Se acerca el anciano de la sinagoga:

-Maestro, has resuelto todos mis interrogantes, la luz está en mí. Bendito seas. Ven a mi sinagoga. No le niegues a un pobre viejo tu palabra.
-Iré. Vete en paz. El Señor está contigo.
Mientras la multitud se va yendo lentamente, todo termina.

125- Los discursos en Agua Especiosa: Santifica las fiestas. El niño de las piernas fracturadas

El día - aunque aún llueva - está menos insoportable y permite a la gente ir donde el Maestro.

Jesús escucha aparte a dos o tres que tienen grandes cosas que decirle y que luego se van a su sitio, más tranquilos.

Bendice también a un niñito que tiene las piernecitas fracturadas de forma calamitosa y que ningún médico ha querido tratar de curar, pues decían: «Es inútil. Están rotas arriba, junto a la columna». Esto lo dice la madre, bañada en lágrimas; explica: «Iba corriendo con su hermanita por la calle del pueblo. Vino al galope con su carro un herodiano y lo arrolló. Pensé que lo había matado, pero ha sido peor. Ya ves: lo tengo en esta tabla porque… no hay nada que hacer. Y sufre, sufre porque el hueso perfora; pero cuando el hueso deje de perforar, seguirá sufriendo porque sólo podrá estar echado sobre la espalda».

-¿Te duele mucho? - le pregunta, piadoso, Jesús al niñito, que está llorando.
-Sí.
-¿Dónde?
-Aquí… y aquí - y se toca con la manecita insegura los dos huesos ilíacos - Y también aquí y aquí - y se toca las zonas lumbares y los hombros - La tabla es dura y yo quiero moverme, yo… - y llora desesperado.

-¿Quieres que te tome en brazos? ¿Quieres? Te llevo allí arriba. Ves a todos mientras Yo hablo.
-¡Síii! - es un "sí" lleno de anhelo. El pobrecito niño tiende a Jesus sus brazos suplicantes.
-Pues entonces ven.
-¡Pero si no puede, Maestro! ¡Es imposible! Le duele demasiado… Ni siquiera lo puedo mover yo para lavarle.
-No le hago daño.
-El médico…
-El médico es el médico, Yo soy Yo. ¿Por qué has venido?
-Porque eres el Mesías - responde la mujer, que se pone pálida y roja, con un sentimiento de esperanza y de desesperación al mismo tiempo.

-¿Entonces…? Ven, pequeñuelo.
Jesús, pasando un brazo por debajo de las inertes piernecitas y el otro por debajo de los hombritos, toma al niño y le pregunta: «
-¿Te hago daño? ¿No? Pues entonces di adiós a tu mamá y vamos.

Y va caminando con su carga, entre la muchedumbre que se va abriendo a su paso. Va hasta el otro extremo, sube a una especie de tarima que le han hecho para que lo vean todos, incluso los que están en el patio, pide una banqueta y se sienta, se coloca bien al niño sobre sus rodillas y le pregunta:

-¿Te gusta? Ahora estate tranquilo y escucha tú también - y empieza a hablar, haciendo gestos con una mano sólo, la derecha, porque con la izquierda está sujetando al niño, que mira a la gente, feliz de ver algo, y sonríe a su mamá - a quien la esperanza tiene llena de impaciencia - que está en el otro extremo, y juguetea con el cordón de la vestidura de Jesús así como con la blanda barba rubia del Maestro y con un mechón de sus largos cabellos.

-Está escrito: "Cumple un trabajo honesto y el séptimo día dedícaselo al Señor y a tu espíritu". Esto fue dicho con el mandamiento del descanso sabático.

El hombre no es superior a Dios; y Dios hizo en seis días su creación y el séptimo descansó. ¿Cómo, pues, el hombre se toma la libertad de no imitar al Padre y de no prestar obediencia a su mandamiento? ¿Acaso es un precepto estúpido? No. Se trata, ciertamente, de un imperativo saludable, tanto en el orden de la carne, como en el moral, como en el del espíritu.

El cuerpo del hombre, cuando está cansado, tiene necesidad de descansar, de la misma forma que la tiene el cuerpo de todo ser creado. Descansa incluso - y se lo permitimos, para no perderlo - el buey que usamos en el campo, el asno que nos transporta, la oveja que pare al cordero y nos da leche. Descansa incluso - y la dejamos descansar - la tierra de los campos de labor, para que, en los meses en que no está sembrada, se nutra y se sature de las sales que le llueven del cielo o provienen del terreno.

Descansan adecuadamente, incluso sin pedirnos el beneplácito, los animales y las plantas, que obedecen a leyes eternas de una sabia regeneración. ¿Por qué, pues, el hombre se niega a imitar a su Creador, que el séptimo día descansó, y a los seres inferiores - sean vegetales o animales - que, no habiendo recibido sino un imperativo en su instinto, saben conformarse a él y obedecerlo?

Además de físico, es un imperativo moral. El hombre, durante seis días, ha sido de todos y de todo; lo han llevado arriba y abajo, como hace con un hilo el dispositivo del telar, sin poder decir en ninguna ocasión: “Ahora me dedico a mí mismo, a mis seres queridos; soy el padre, hoy soy de mis hijos; soy el marido, hoy me dedico a mi esposa; soy el hermano, disfrutaré estando con mis hermanos; soy el hijo, voy a cuidar la vejez de mis padres".

Es un imperativo espiritual. El trabajo es santo; más santo es el amor; santísimo, Dios. Pues entonces no nos olvidemos de darle al menos uno de entre los siete días a nuestro bueno y santo Padre, que nos ha dado la vida y nos la conserva. ¿Por qué vamos a tratarlo como si fuera menos que el padre o que los hijos, o que los hermanos, o la esposa, o que nuestro mismo cuerpo? El dies Domini sea del Señor. ¡Oh, dulce regresar, después del trabajo del día, por la noche, al ambiente acogedor del hogar lleno de entrañables sentimientos, dulce regresar a él tras un largo viaje! Y ¿por qué no ampararse, después de seis jornadas de trabajo, en la casa del Padre? ¿Por qué no ser como el hijo que, al volver de un viaje de seis días, dice: “Aquí estoy, vengo a pasar mi día de descanso contigo"?

Bien, ahora escuchadme; he dicho: "Cumple un honesto trabajo".

Sabéis que nuestra Ley prescribe el amor al prójimo. La honradez en el trabajo se inscribe en el amor al prójimo. Quien es honrado en su trabajo no roba en las transacciones, no le sustrae al trabajador su salario, no lo explota de manera culpable, tiene presente que quien está a su servicio y quien trabaja para él son una carne y un alma como las suyas, y no los trata como si fueran pedazos de piedra sin vida que es lícito romper o golpear con el pie o con el hierro. Quien no actúa así no ama al prójimo y peca por ello ante los ojos de Dios; su ganancia es maldita, aunque de ella separe el óbolo para el Templo.

¡Oh, qué falsa es esa dádiva! ¿Cómo puede atreverse a depositarla al pie del altar, cuando está rebosando lágrimas y sangre del inferior, explotado; cuando es un "hurto", es decir, una traición respecto al prójimo (porque el ladrón es un traidor respecto a su prójimo)? Creedlo: no se santifican las fiestas si no se usan para escudriñarse uno a sí mismo, si no se aprovechan
para mejorarse uno a sí mismo, para reparar los pecados cometidos durante los otros seis días. ¡En esto consiste la santificación de la fiesta! Ésta es, no otra, enteramente exterior, que no cambia ni en una jota vuestro modo de pensar.

Dios quiere obras vivas, no simulacros de obras. Simulacro es la falsa veneración a su Ley; simulacro es la falaz santificación del sábado, o sea, el cumplimiento del descanso para mostrar ante los ojos de los hombres que se obedece al mandamiento, usando luego esas horas de ocio para el vicio, la lujuria, la crápula, o para pensar en cómo explotar y perjudicar al prójimo en la siguiente semana; es simulacro la santificación del sábado, o sea, el descanso material, si éste no se ve acompañado del trabajo íntimo, espiritual, santificante, de un recto examen de uno mismo, de un humilde reconocimiento de la propia miseria, de un serio propósito de obrar mejor en la semana siguiente.

Diréis: "¿Y si luego se vuelve a pecar?". Pues bien, ¿qué diríais vosotros de un niño que por haberse caído se negara a dar ya un solo paso para, así, no volverse a caer?: que es un estúpido; que no tiene por qué avergonzarse de caminar aún con paso inseguro, porque a todos nos pasó cuando éramos pequeños, y no por ello nuestro padre no nos amó. ¿Quién no recuerda cómo nuestras caídas nos han atraído una lluvia de besos maternos y de caricias paternas? Lo mismo hace el Padre dulcísimo que está en los Cielos. Se inclina hacia su criatura, que llora en el suelo, y le dice: "No llores, Yo te levanto.

Estate más atento la próxima vez. Ven a mis brazos; en ellos se te pasarán todos tus males para seguir luego tu camino, fortalecido, curado, feliz". Esto dice nuestro Padre que está en los Cielos, esto os digo Yo.

Si lograrais tener fe en el Padre, todo os saldría bien; una fe que debe ser, eso sí, como la de un párvulo. El niño cree que todo es posible, no se pregunta si puede y cómo puede darse un hecho; no mide la profundidad del hecho; cree en quien le inspira confianza, y hace lo que éste le dice. Sed como los pequeños ante el Altísimo. ¿Qué amor tiene Él por estos desambientados ángeles que constituyen la belleza de la Tierra! Así ama a las almas que se hacen simples, buenas, puras, como es el niño.

¿Queréis ver la fe de un niño para aprender a tener fe? Observad. En todos vosotros se veía una compasión hacia el pequeñuelo que tengo en mi pecho y que, contrariamente a lo que los médicos y la madre decían, no ha llorado estando sentado en mi regazo. ¿Veis? Hacía mucho tiempo que lloraba día y noche sin poder hallar descanso, y aquí no ha llorado; se ha dormido, sereno, sobre mi corazón.

Le pregunté: "¿Quieres venir a mis brazos?", y él me contestó: "sí", sin razonar sobre su mísero estado, sobre el posible dolor que podría sentir, sobre las consecuencias de moverlo. Ha visto en mi rostro amor y ha dicho: "sí", y ha venido. Y no ha sentido dolor. Ha gozado estando aquí arriba viendo, él, que está clavado a su tabla lisa; ha gozado al colocarlo en una carne blanda y no en una madera dura; ha sonreído, ha jugado y se ha dormido teniendo entre sus manitas un mechón de mis cabellos. "Ahora lo voy a despertar con un beso…

Jesús besa al niño en sus delicados cabellos castaños, hasta que se despierta sonriente.
-¿Cómo te llamas?
-Juan.
-Escúchame, Juan. ¿Quieres andar?, ¿ir con tu mamá y decirle: "El Mesías te bendice por tu fe"?
-¡Sí! ¡Sí! - El pequeño da palmadas con sus manitas y pregunta: -¿Haces que pueda ir? ¿Por los prados? ¿Se acabó la tabla fea? ¿Se acabaron los médicos que hacen daño?
-Se acabó, se acabó para siempre.

-¡Ah…, cuánto te quiero!
Echa sus bracitos en torno al cuello de Jesús y lo besa y, para besarlo mejor, salta de rodillas encima de sus rodillas: una granizada de besos inocentes cae sobre la frente, sobre los ojos, sobre los carrillos de Jesús.

En su alegría, el niño ni siquiera se da cuenta de que se ha podido mover; él, que hasta ese momento había estado quebrantado. Pero el grito de su madre y de la multitud le hace volver en sí y girar la cabeza asombrado. Sus grandes ojos inocentes en el rostro enflaquecido miran como preguntando por qué. Todavía de rodillas, con el bracito derecho en torno al cuello de Jesús, le pregunta en tono confidencial (refiriéndose a la gente, que está revolucionada, a su madre, que en el otro extremo lo llama uniendo su nombre al de Jesús:

-¡Juan! ¡Jesús! ¡Juan! ¡Jesús!
-¿Por qué grita la gente y mi madre? ¿Qué les pasa? ¿Eres Tú Jesús?
-Soy Yo. La gente grita porque está contenta de que puedas andar. Adiós, pequeño Juan - Jesús lo besa y lo bendice -. Ve con tu mamá y sé bueno.
El niño baja, firme, de las rodillas de Jesús y de éstas al suelo, y corre hacia donde está su madre, le salta al cuello y dice:
-Jesús te bendice. ¿Por qué lloras entonces?

La gente está un poco más callada, Jesús dice con voz de trueno:

-¡Haced como el pequeño Juan, vosotros, que, cayendo en el pecado, os herís! ¡Tened fe en el amor de Dios! La paz sea con vosotros.

Y mientras el vocerío de la multitud, prorrumpiendo en gritos de hosanna, se mezcla con el llanto dichoso de la madre, Jesús, protegido por los suyos, sale de la estancia, y todo termina.

124- Se da alojamiento a la «velada» en la casita de Agua Especiosa

El día está tan horrible, que no hay ningún peregrino.

Llueve a cántaros y la era se ha transformado en un estanque poco profundo en que flotan hojas secas, venidas quién sabe de dónde, traídas por el viento que silba y zarandea puertas y ventanas. En la cocina, más tétrica que nunca - porque para impedir que entre la lluvia se debe tener apenas entornada la puerta -quien está se ahuma, lagrimea y tose, pues el viento rechaza hacia dentro el humo.

-Tenía razón Salomón - sentencia Pedro - Tres cosas echan al hombre: la mujer reñidora (que yo ya la he dejado riñendo en Cafarnaúm con los otros yernos), la chimenea que hace humo y el techo que deja colar el agua. Nosotros tenemos estas dos últimas cosas… Pero mañana me voy a ocupar yo de esta chimenea. Voy arriba al tejado, y tú y tú y tú (Santiago, Juan y Andrés) venís conmigo. Haremos con unas pizarras un realce y un techo a la chimenea.
-¿Y dónde encuentras las pizarras? - pregunta Tomás.

-En el cobertizo. Si llueve allí, no es una hecatombe; pero aquí… ¿Te duele el que tus alimentos dejen de decorarse con lágrimas tiznadas de hollín?
-¡Fíjate tú! ¡Ojalá lo lograras! Mira cómo estoy tiznado.

Me llueve encima de la cabeza cuando estoy aquí en el fuego.

-¡Pareces un monstruo egipcio! - dice Juan riéndose.
Efectivamente, Tomás presenta sobre su rostro lleno y afable unas caprichosas comas negras. El primero que se ríe es él mismo, que está siempre alegre, y Jesús también se ríe, porque justamente mientras está hablando, otra gota cargada de hollín le cae en la nariz y le pone negra la punta.

-Tú que eres experto de tiempo, ¿qué opinas? - le pregunta a Pedro Judas Iscariote, que está completamente cambiado desde hace unos días -. ¿Va a durar mucho así?
-Un momento y te lo digo; voy a hacer de astrólogo - contesta Pedro. Va hacia la puerta, la abre un poco más, saca la cabeza y una mano y dictamina: «Viento bajo y del meridión, calor y calina… ¡En fin! Pocas… - Pedro calla, se vuelve a meter despacio y entorna la puerta, y da un momento un vistazo hacia afuera.

-¿Qué pasa? - preguntan tres a cuatro.
Pedro, por toda respuesta, hace señal con la mano de que se callen. Mira. Luego dice en voz baja:
-Está esa mujer; ha bebido agua del pozo y ha cogido un haz de leña que había en el patio. Está empapada de agua; está claro que no arde… Se está yendo. Voy detrás de ella. Quiero ver…

Ha salido con cautela.

-Pero, ¿dónde estará, que está siempre aquí cerca? - pregunta Tomás.
-¡Y estar aquí con este tiempo! - dice Mateo.
-A1 pueblo seguro que va, porque anteayer estaba allí comprando pan - dice Bartolomé.
-¡Con qué constancia se mantiene velada! - observa Santiago de Alfeo.
-Tiene un gran constancia, o un fuerte motivo - concluye Tomás.

-¿Sería ésta a la que se refería ayer aquel judío? - pregunta Juan - ¡Son siempre tan falsos!…
Jesús sigue en silencio, como si fuera sordo. Todos lo miran con la certeza de que Él sabe; pero Él está trabajando un trozo de madera blanda con un cuchillo afilado; poco a poco, el trozo de madera se va transformando en un cómodo tenedor grande, para extraer las ver-duras del agua hirviendo. Una vez que ha terminado ofrece el fruto de su trabajo a Tomás, que está plenamente dedicado a la cocina.

-Eres genial, Maestro. '¿No nos dices quién es?

-Un alma. Para mí sois todos "almas". Nada más. Hombres, mujeres, ancianos, niños: almas, almas, almas: almas cándidas, los párvulos; almas azules, los niños; almas rosadas, los jóvenes; almas de oro, los justos; almas empecinadas, los pecadores. Pero, sólo almas, sólo almas.

Y Yo sonrío a las almas cándidas, porque me parece como si sonriera a los ángeles; descanso entre las flores rosadas y azules de los adolescentes buenos; me alegro de las almas tan valiosas de los justos; y me canso, sufriendo, para dar valor y esplendor a las almas de los pecadores. ¿Los rostros?… ¿Los cuerpos?… Nada. Yo os conozco y
os identifico por vuestras almas.

-Y ella, ¿qué alma es? - pregunta Tomás.
-Un alma menos curiosa que la de mis amigos, porque no indaga, no pregunta; va y viene, sin hablar y sin mirar.

-Yo creía que era una prostituta o una leprosa, pero he cambiado de opinión, porque… Maestro, ¿no me amonestas si te digo una cosa? - pregunta Judas Iscariote yendo a colocarse sentado en el suelo, apoyado en las rodillas de Jesús, completamente distinto a lo normal: humilde, bueno, hasta más guapo con este aire suyo modesto que no cuando es el pomposo y jactancioso Judas.

-No te amonestaré. Habla.

-Yo sé dónde vive. Una vez, de noche, la seguí… fingiendo que salía a coger agua, porque me he dado cuenta que de noche viene siempre al pozo… Una mañana encontré por el suelo una horquilla de plata… justo en el borde del pozo… y comprendí que la había perdido ella. Pues bien, está en un chamizo en el bosque; quizás lo utilizan los campesinos; de todas formas, está medio destartalado. Ella le ha puesto encima como techo unos ramajes; quizás ese haz lo quiere para eso. Es una hura. No sé cómo puede estar allí. Casi ni cabría un perro grande, o un minúsculo borriquito. Era una noche de luna y pude ver bien. Está medio sepultado entre las zarzas, pero dentro… está vacío y no tiene puerta. Por eso mismo he cambiado de opinión y he comprendido que no es una prostituta.

-No debías haberlo hecho. Sé sincero: ¿no hiciste nada más?

-No, Maestro. Habría deseado verla, porque ya en Jericó me percaté de su presencia, y creo reconocer su paso, muy leve, con el que va velozmente a donde quiere. También su figura debe ser flexuosa y… bonita. Sí, se adivina, a pesar de todos esos indumentos… Pero no osé espiarla cuando se acostó en el suelo. Quizás se quitó el velo. Pero la respeté…

Jesús lo mira muy fijamente y le dice:
-Y ello te hizo sufrir… Mas has dicho la verdad, y Yo te digo que estoy contento de ti. La próxima vez te costará menos el ser bueno. Todo consiste en dar el primer paso.

¡Muy bien, Judas! - y lo acaricia.

Vuelve Pedro de la calle:

-¡Maestro! ¡Esa mujer está loca! ¿Pero Tú sabes dónde está? Casi en la orilla del río, en una casetita de madera en un soto. Quizás antes la utilizaba algún pescador o algún leñador; ¡quién sabe! Nunca me habría imaginado que en ese lugar húmedo, hundido en un foso, bajo una maraña de zarzas, hubiera una pobre mujer. Le he dicho:

"Habla, sé sincera: ¿estás leprosa?". Ella me ha respondido en voz muy baja: "No". ¡Júralo", he dicho, y ella: "Lo juro". "Mira que si lo estás y no lo dices y te acercas a la casa y yo vengo a saber que eres inmunda, hago que te apedreen. Si lo que pasa es que te persiguen, o eres una ladrona o una asesina, y estás aquí por miedo a nosotros, no temas ningún mal. Ahora sal de ahí. ¿No ves que estás en el agua?

¿Tienes hambre? ¿Tienes frío? Estás temblando. Soy viejo, ¿no lo ves? No te estoy haciendo la corte. Viejo y honesto. Por tanto haz caso a lo que te digo". Así me he expresado, pero no ha querido venir. Nos la encontraremos muerta porque está realmente dentro del agua.

Jesús está pensativo; mira a los doce rostros que lo están mirando… y dice:

-¿Qué creéis que debe hacerse?

-¡Maestro, decide Tú!
-No. Quiero que juzguéis vosotros. Se trata de una cuestión en la que está implicada también vuestra fama, y Yo no debo violentar vuestro derecho a tutelarla.
-En nombre de la misericordia yo digo que no se la puede dejar allí -dice Simón.

Bartolomé, por su parte:
-Yo por hoy la metería en la estancia de los peregrinos ¿Van ellos, no?, pues entonces puede ir ella también.
-A1 fin y al cabo, es una criatura como todas las demás - comenta Andrés.

-Y, además, hoy no viene nadie, y por tanto… - observa Mateo.
-Yo propondría darle alojamiento por hoy, y mañana decírselo al encargado; es una buena persona - dice Judas Tadeo.
-¡Tienes razón! ¡Sí señor! Tiene muchos establos, y algunos de ellos vacíos. ¡Siempre un establo será un palacio comparado con esa barquichuela hundida! - exclama Pedro.
-Vete a decírselo entonces - incita Tomás.
-Los jóvenes no han hablado todavía - observa Jesús.
-Yo estoy de acuerdo con lo que Tú hagas - dice el primo Santiago.

El otro Santiago y su hermano, a una sola voz, dicen:
-Nosotros también.

-A mí me preocupa solamente la mala suerte de que vaya a venir por aquí algún fariseo - dice Felipe.

-¡Oh!, aunque subiéramos a las nubes, ¿tú crees que no harían llegar a nosotros sus acusaciones? No acusan a Dios porque lo tienen lejos; pero, si pudieran tenerlo cerca, como Abraham, Jacob y Moisés lo tuvieron, lo harían objeto de sus reproches…

-¿Quién hay, para ellos, sin culpa? - dice Judas de Keriot.

-Pues entonces id a decirle que venga a alojarse en esa estancia. Ve tú, Pedro, con Simón y Bartolomé: sois ancianos, con lo cual se sentirá menos violenta esa mujer. Decidle también que la proveeremos de comida caliente y de un vestido seco; el que dejó aquí Isaac. ¿Veis como todo tiene una utilidad?… incluso un vestido de mujer dado a un hombre…

Los jóvenes se ríen porque con el vestido en cuestión debe haber habido algún hecho gracioso.

Los tres ancianos se marchan… y vuelven al cabo de un rato.
-Ha costado lo suyo… pero, al final, ha venido. Le hemos jurado que no la molestaríamos en ningún momento; ahora le llevo paja y el vestido. Dame las verduras y un pan; hoy no tiene nada que llevarse a la boca. Claro… ¿quién se mueve de casa con este diluvio?

El buen Pedro se dirige a donde la mujer con sus tesoros.
-Y ahora una orden para todos: por ningún motivo se va a esa estancia. Mañana tomaremos las decisiones oportunas.
Acostumbramos a hacer el bien por el bien, sin curiosidades o deseos de recibir del bien realizado un motivo de diversión o cualquier otra cosa. ¿Lo veis? Os quejabais de que hoy no se haría nada útil. Hemos amado al prójimo. ¿Podíamos hacer algo
mayor que esto?

Si - y así es - ésta mujer es una infeliz, ¿no podrá, acaso, nuestra ayuda proporcionarle un alivio, un calor, una protección mucho más profunda que el poco alimento, el mísero vestido, el techo sólido, que le hemos dado? Si es una culpable, una pecadora, una criatura que busca a Dios, ¿nuestro amor no será, acaso, la más hermosa lección, la más poderosa palabra, el más claro indicador del camino de Dios?

Pedro entra despacito y se pone a escuchar a su Maestro.

-Mirad, amigos. Muchos maestros tiene Israel, que no hacen más que hablar y hablar… Bueno, pues las almas no cambian. ¿Por qué? Porque las almas no sólo oyen las palabras de sus maestros, sino que también ven sus acciones. Pues bien, éstas destruyen a aquéllas. Y las almas se quedan en la posición en que estaban, si es que no retroceden incluso. Mas cuando un maestro hace lo que dice y se comporta santamente en todas sus acciones, aunque sólo lleve a cabo acciones materiales – como dar un pan, un vestido, un lugar de alojamiento a la carne doliente del prójimo - obtiene el que las almas vayan adelante y lleguen a Dios, porque son sus mismas acciones las que dicen a los hermanos: "Dios existe; aquí está Dios". ¡Oh…, el amor! En verdad os digo que quien ama se salva a sí mismo y salva a los demás.

-Así es, como Tú dices, Maestro. Esa mujer me ha dicho: "Bendito sea el Salvador y Aquel que lo ha enviado, y todos vosotros con Él"; y a mí, mísero hombre, me ha querido besar los pies; y lloraba tras su tupido velo…

¡En fin!… Esperemos que no venga ningún fisgón de Jerusalén… Si no… ¡vamos aviados!

-Es suficiente que nuestra conciencia nos salve del juicio de nuestro Padre - dice Jesús; luego bendice y ofrece los alimentos y se sienta a la mesa.
Todo termina.

123- Los discursos en Agua Especiosa: No fornicarás. La afrenta de cinco hombres notables

Me dice Jesús (a María Valtorta):

-Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón, y también en Judas… Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en ti, pequeño Juan, (llamaba así Jesús, como seudónimo, a María Valtorta) para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba. Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa. Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas. Los esfuerzos por amor a los hermanos recibirán la recompensa de aquellos que se consumen por dar a conocer a Dios a los hombres. Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Jesús. Escribe y recibe mi bendición.

Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, alzadas a manera de tribuna en una de las piezas, la última, y allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia como los que se encuentran bajo el cobertizo, e incluso en la era, encharcada por la lluvia. Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, parecen frailes todos ellos. En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio, bajo la lluvia, los fuertes, la mayoría hombres.

Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor, a pesar de que tenga que ir guachapeando en el agua y se esté duchando sin desearlo. Con él están Juan, Andrés y Santiago. Están trayendo de la otra estancia, con precaución, a unos enfermos, y guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.

Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse, y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.

-¡Nada, nada! Somos madera empecinada. No te preocupes. Nos bautizamos otra vez, y el bautizador es Dios mismo - responde Pedro a las muestras de desazón de Jesús.

Por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca. Así lo hace, como también los otros tres. Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada, y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón, que va a más, y sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos las gotazas de agua. La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto, y la arrastra bien hacia arriba, hasta la pared de la estancia, resguardada del agua, y luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza para celar la luminosidad de su sonrisa. Ahora habla.

-No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los diez mandamientos. Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico. Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también.
Hoy digo: "No forniquéis".

No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: "lujurioso". Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que uno la leyera en vosotros? No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo. Además… ¡Oh!, decidme, especialmente vosotros, hombres. ¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?

¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios? ¿No es, acaso, lujuria, también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido, por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?

Matrimonio quiere decir procreación, y el acto quiere decir y debe ser fecundación. Sin ello es inmoralidad. No se debe del tálamo hacer un lupanar; y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades. La tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada; por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla. El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo. Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza para vicio es culpa.

Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro; es más, agravado por la desobediencia al mandamiento que dice: "Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos".

Por tanto, ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas (no a los ojos de Dios, sino del mundo), cómo, a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual, aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad, sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente. ¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere, contagia, produce quemazón, cual fuego que, creyendo consumirse, traspasa, devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?

Porque cuando la conciencia se despierta - y lo hace entre dos momentos febriles - no puede dejar de nacer este desprecio de sí, rebajados como quedan uno y otro a un nivel incluso inferior al de los animales.

(Nota del que suscribe con respecto a este tema: La Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir, pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc. sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc,; asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.)

“No forniquéis", está escrito.

Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre - ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla y que el Levítico condena con estas palabras:

"Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer"; y también: "No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella. Y así hará la mujer, y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia" -. Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio - el cual deja de ser santo cuando, por malicia, viene a ser infecundo - y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer, por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.

El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar. En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción. Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios. Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad, el hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

Decidme - si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo como se hace con cereales o animales - ¿qué beneficio os ha reportado? Poneos, poneos vuestro corazón en la mano, observadlo, preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor, y luego decidme, respondedme: ¿tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro, forzado por vosotros a vivir en un cuerpo impuro, a latir para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?

Decidme: ¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: "mamá", y pensando en vuestra madre - ¡oh mujeres de placer que habéis huido de casa, u os han echado de ella para que el fruto empodrecido no destruyera con el exudado de su putridez a los demás hermanos! -, pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma: "He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio"?

¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne, al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas, y junto con el deshonor el menosprecio de su tierra natal?

¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa o la inocencia de una virgen, teniendo que decir: "Yo he renunciado a todo esto, y nunca más volveré a poseerlo"?
¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?

¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: "Dámelo", porque habéis matado vidas en su comienzo, vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol, vidas que ahora os gritan: "^Asesinas!"?

¿Pero es que no teméis, sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros: "¿Qué has hecho de ti misma? ¿Para eso, acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿cómo te atreves a estar en mi presencia? Tuviste todo lo que para ti era dios: el placer. Ve al lugar de maldición sin término"?

¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: "ninguno"? Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz? No. Porque siento piedad por su alma. Todo en mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo. ¡Pero su alma…!

¡Oh! ¡Padre! Padre! También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas! ¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada, y llevarla al redil, limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar, y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser, tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio; tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado,
o lo haga sólo para decir: "Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza. ¿Quién me restituirá el tiempo perdido?

¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?"?

A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo. Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor; eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel. Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas, y despedías fragancia de virginidad; cantabas, serena, tus canciones de niña, y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre, y les decías: "Vosotros sois mis amores". Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul… ¿Y luego? ¿Por qué? ¡Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente? ¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre para correr hacia otros corazones inciertos? ¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión? ¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?

Arrepiéntete, hija de Dios. El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo? Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana y su misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria. Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma. Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor. ¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.

Bien supiste martirizar tu corazón para hacer gozar a la carne, sabe ahora martirizar la carne para darle a tu corazón una eterna paz.

Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta. ¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!

Muchos se marchan en dirección al pueblo. Otros entran en la habitación. Jesús va hacia los enfermos y les devuelve la salud.

Un grupo de hombres, en un ángulo, habla en voz baja; divididos como están en distintas tendencias, gesticulan y se acaloran. Algunos se muestran acusadores de Jesús; otros, defensores; y otros exhortan a éstos y a aquéllos a tener un juicio más maduro.

A1 final, los más obstinados, quizás porque son pocos respecto a los otros dos grupos, se deciden por una tercera vía: van a donde Pedro, que está transportando junto con Simón las camillas - que ya no hacen falta - de tres de los curados, y lo asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos.

Dicen:

-Hombre de Galilea, escucha.

Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros. No habla, pero su cara es todo un poema. Simón sólo lanza su mirada hacia los cinco energúmenos, y sale, dejándolos plantados a todos.

Uno de los cinco continúa diciendo:
-Yo soy Samuel, el escriba; éste es el otro escriba, Sadoq; y éste es el judío Eleazar, muy conocido e influyente; y éste, el ilustre anciano Calasebona; y éste, finalmente, Nahum. ¿Entendido? ; Nahum!» (y, por si fuera poco, el tono es enfático).

Pedro se inclina ligeramente según va oyendo estos nombres, pero, al oír el último, se queda a mitad de camino, y dice con la mayor indiferencia:

-No lo sé, nunca le he oído, y… no entiendo nada.
-¡Vulgar pescador! ¡Has de saber que es el fiduciario de Anás!

-No sé quién es; bueno, conozco a muchas mujeres de nombre Ana; incluso en Cafarnaúm hay un montón de Anas, pero no sé de qué Ana éste es fiduciario.

-¿Este? ¿A mi se me dice: "éste"?

-Y entonces, ¿cómo quieres que te llame?: ¿asno?, ¿pájaro? Cuando iba a la escuela, me enseñó el maestro a decir "éste" hablando de un hombre, y, si no veo visiones, tú eres un hombre.

El hombre se revuelve como torturado por esas palabras. El otro, el primero que ha hablado, aclara:

-Anás es el suegro de Caifás…
-¡Aaaah!… ¡Ahora entiendo! ¿Y bien…?
-¡Pues que has de saber que nosotros estamos indignados!
-¿Con qué? ¿Con el tiempo? Yo también. Es la tercera vez que me cambio y ya no tengo más ropa seca.
-¡No seas necio!

-¿Necio? Pero si es verdad; si no estáis indignados con el tiempo, entonces, ¿con qué? ¿Con los romanos?

-¡Con tu Maestro! Con el falso profeta.

-¡Oye, tú, Samuel, ojo, que entro en acción, y entonces soy como el lago: de la calma chicha a la tempestad paso en un momento! ¡Ten cuidado con lo que dices…
!
En esto, han llegado también los hijos de Zebedeo y de Alfeo, y con ellos Judas Iscariote y Simón, y se arriman a Pedro que, por su parte, levanta cada vez más la voz.

-¡No tocarás con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!
-¡Oh, qué señoritos más majos! Y vosotros no me toquéis al Maestro, porque, si no, voláis al pozo, inmediatamente, a purificaros de verdad, por dentro y por fuera.

-Recuerdo a los doctos del Templo - dice serenamente Simón - que la casa es de dominio privado.

Y agrega Judas Iscariote:

-Y que el Maestro, y soy garante de ello, ha mostrado siempre hacia las casas de los demás, y en primer lugar hacia la casa del Señor, el máximo respeto. Hágase igual con su casa.

-Tú cállate, gusano falso.

-¿De qué, falso? Me habéis asqueado y me he venido donde no hay asquerosidades, ¡y Dios quiera que el haber estado con vosotros no me haya corrompido hasta lo más profundo!

-Brevemente: ¿qué queréis? - pregunta secamente Santiago de Alfeo.

-¿Y tú quién eres?

-Soy Santiago de Alfeo, y Alfeo de Jacob, y Jacob de Matán, y Matán de Eleazar; y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el rey David, de quien procedo; y soy primo del Mesías. Por tanto, te ruego que hables conmigo, de estirpe real y de raza judía, si es que a tu arrogancia le da asco el hablar con un honesto israelita que conoce a Dios mejor que Gamaliel y que Caifás.

Vamos. Habla.

-Tu Maestro y pariente permite que le sigan las prostitutas. Esa mujer velada es una de ellas, yo la he visto estando ella vendiendo oro, y la he reconocido. Es la amante que se le ha escapado de las manos a Siammái, y eso lo deshonra.

-¿Qué Siammái? ¿A Siammái, el rabino? Pues debe ser entonces un carcamal. Por tanto, no hay peligro… – dice burlonamente Judas Iscariote.

-¡Cállate, desequilibrado! A Siammái de Elquí, el predilecto de Herodes.

-¡Caramba! Eso es señal de que ella ya no prefiere al predilecto. Ella es quien tiene que ir a la cama con él, no tú; ¿por qué te lo tomas entonces a mal? - Judas de Keriot se muestra sumamente irónico.

-Hombre, ¿no crees que te deshonras haciendo de espía? - pregunta Judas de Alfeo - Y, ¿no crees que se deshonra el que se rebaja a pecar y no, al contrario, quien trata de levantar al pecador? ¿Qué deshonra puede venirle a mi Maestro y hermano del hecho de que haga llegar su voz hasta las orejas profanadas por la baba de los lascivos de Sión?

-¿La voz? ¡Ja! ¡Ja! ¡Tu Maestro y primo tiene treinta años, y no es sino un hipócrita mayor que los demás! Y tú, y todos vosotros, dormís profundamente por la noche…

-¡Desvergonzado reptil! Fuera de aquí o te estrangulo - grita Pedro, haciéndole coro Santiago y Juan; Simón, por su parte, se limita a decir:

-¡Qué vergüenza! Tu hipocresía es tan grande, que regurgita y se desborda, y babeas como una gran babosa encima de la flor pura. Sal y sé hombre, porque ahora no eres sino baba. Te he reconocido, Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Que Dios te perdone; pero, vete de mi presencia.

Y mientras el Keriot y Santiago de Alfeo contienen al fogoso Pedro, Judas Tadeo, que en este acto se asemeja más que nunca a su Primo (de quien ahora tiene el mismo centelleo azul en la mirada y la imponencia en la expresión, dice vehementemente:

-A sí mismo se deshonra quien deshonra al inocente. Dios ha hecho los ojos y la lengua para llevar a cabo obras santas.

El maldiciente los profana y rebaja, haciéndoles cumplir obras malvadas. Yo no me voy a manchar a mí mismo con un acto vil contra tu canicie, pero te recuerdo que los malvados odian al hombre íntegro y que el necio descarga su aversión sin reflexionar ya siquiera en que con ello se pone al descubierto. Quien vive en las tinieblas confunde una rama florida con un reptil, pero quien vive en la luz ve las cosas como son y, si alguien las desacredita, las defiende por amor a la justicia. Nosotros vivimos en la luz. Somos la generación casta y hermosa de los hijos de la luz, y nuestro Caudillo es el Santo que no conoce ni mujer ni pecado.

Nosotros lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos, hacia los cuales, como Él nos ha enseñado, no sentimos odio; antes bien, oramos por ellos. Aprende, anciano, de un joven, que se ha hecho maduro porque la Sabiduría es su Maestro, aprende a no ser precipitado para hablar e inútil para obrar el bien. Vete, y refiere a quien te ha enviado que Dios en su gloria está en esta pobre morada, y no en la profanada casa del monte Moria. Adiós.

Los cinco no se atreven a replicar y se marchan.
Los discípulos conjuntamente examinan si decírselo o no a Jesús, que está todavía con los enfermos curados. Deciden que es mejor decírselo. Se acercan a Él, lo llaman y se lo dicen.

Jesús sonríe sereno y responde:

-Os agradezco vuestra defensa… pero ¿qué podéis hacer? Cada uno da lo que tiene.

-Pero tienen un poco de razón. Los ojos están en la cabeza para ver y muchos ven. Ella está siempre ahí fuera, como un perro. Te perjudica - dicen varios.

-Dejadla que esté. No será ella la piedra que golpeará mi cabeza. Y si ella se salva… ¡Oh…, bien merece la pena una crítica por una alegría así!

A1 dar esta dulce respuesta todo termina.

122- Los discursos en Agua Especiosa: Honra a tu padre y a tu madre. Curación de un deficiente mental

Jesús pasea lentamente arriba y abajo a lo largo de la orilla del río. Debe haber amanecido hace poco, porque la niebla de un triste día invernal se estanca aún entre los cañizares de las márgenes. No hay nadie hasta donde alcanza la vista en las dos orillas del Jordán. Sólo nieblecilla baja, frufrú de agua entre las cañas, rumor de aguas, que, por las lluvias de los días precedentes, están turbias, y algunos reclamos de pájaros, cortos, tristes, como lo son cuando, terminada la estación de los amores, las aves están entristecidas por el invierno y la escasez del alimento.

Jesús los escucha y parece interesarse mucho en el reclamo de un pajarito que, con regularidad de reloj, vuelve su cabecita hacia el Norte y emite un "^chiruit?" quejumbroso, y luego vuelve la cabecita hacia el Sur y repite su interrogativo "¿chiruit?" sin respuesta. Al fin el pajarito parece haber recibido una respuesta en el "chip" que vine de la otra orilla y emprende
el vuelo y se aleja a través del río con pequeño grito de alegría. Jesús hace un gesto como diciendo: “¡Menos mal!”, y continúa el paseo.

-¿Te importuno, Maestro? - pregunta Juan, que viene de los prados.
-No. ¿Qué quieres?

-Quería decirte… creo que es una noticia que te puede confortar y he venido enseguida; no sólo por ello, sino también para pedirte consejo. Estaba barriendo nuestras habitaciones y ha venido Judas de Keriot. Me ha dicho: "Te ayudo". Yo me he quedado asombrado porque siempre muestra poca disposición para hacer las cosas de este tipo que se le mandan… No obstante, me he limitado a decir: "¡Oh, gracias! Así lo haré antes y mejor". Él se ha puesto a barrer y hemos terminado pronto.

Entonces ha dicho: "Vamos al bosque. Siempre traen leña los mayores. No es correcto. Vamos nosotros. No soy un experto, pero si me enseñas…". Y hemos ido. Mientras estaba atando con él los haces, me ha dicho: `Juan, quiero decirte una cosa". "Habla", he respondido, pensando que se tratase de alguna crítica. Pero no; me ha dicho: "Yo y tú somos los más jóvenes. Tendríamos que estar más unidos. Tú tienes casi miedo de mí, y tienes razón, porque no soy bueno. Pero, créeme… no lo hago adrede. Hay
veces que siento la necesidad de ser malo; quizás porque, habiendo sido único, me han enviciado. Y quisiera hacerme bueno.

Los mayores - lo sé - no me ven muy bien. Los primos de Jesús están enfadados porque… sí, les he faltado mucho, como también a su primo. Pero tú eres bueno y paciente. Tú quiéreme. Hazte idea de que soy un hermano, un hermano malo, sí, pero un hermano al que hay que querer aunque sea malo. El mismo Maestro dice que hay que actuar así. Cuando veas que no actúo correctamente, dímelo. Y otra cosa: no me dejes siempre solo. Cuando vaya al pueblo, ven también tú; así me ayudarás a no hacer el mal. Ayer sufrí mucho. Jesús me habló y yo lo miré. En mi estúpido rencor no me miraba ni a mí mismo ni a los demás.

Ayer miré y vi… Tienen razón al decir que Jesús está sufriendo… y siento que parte de la culpa es mía. No quiero seguir teniendo culpa. Ven conmigo. ¿Vas a venir? ¿Me vas a ayudar a ser menos malo?". Esto ha dicho, y te confieso que me latía el corazón como le late a un gorrión en manos de un muchacho. Latía de alegría porque me agrada que él se haga bueno - por ti me agrada - y latía un poco de miedo porque… no quisiera volverme como Judas. Pero luego me he acordado de cuanto me habías dicho el día que tomaste a Judas, y he respondido: "Sí, ciertamente te ayudaré; pero yo tengo que obedecer, y si recibo otras órdenes…".

Pensaba: ahora se lo digo al Maestro y si Él quiere lo hago; si no quiere, que me dé la orden de no alejarme de la casa.

-Escucha, Juan. Yo te dejo ir. Me tienes que prometer, no obstante, que si sientes que algo te turba, me lo vienes a decir. Me has dado mucha alegría, Juan. Aquí llega Pedro con su pescado. Ve, Juan.
Jesús se vuelve hacia Pedro:
-¿Buena pesca?

-¡Bueno…! No mucho. Pececillos… Pero todo contribuye. Santiago está rezongando porque algún animal ha roído la soga y se ha perdido una red. He dicho: "¿Y él no debía comer? Compadécete del pobre animal". Pero Santiago no es de esa idea… - dice Pedro riendo.
-Eso es lo que Yo digo respecto a un hermano, y es lo que vosotros no sabéis hacer.
-¿Hablas de Judas?

-Hablo de Judas. Él sufre por ello. Tiene buenos deseos y tendencias perversas. Pero, vamos a ver, dime tú, experto pescador: ¿Si Yo quisiera ir en barca por el Jordán y llegar al lago de Genesaret, qué debería hacer? ¿Lo lograría?
-¡En fin! ¡Sería muy trabajoso! Pero sí lo lograrías con barcas pequeñas y planas… Supondría mucho esfuerzo, ¿sabes?

¡Y largo! Habría que medir continuamente el fondo, estar atento a las orillas y a los bajos, a la maleza flotante, a la corriente. La vela no hace falta en estos casos; es más, perjudica… Pero, ¿quieres volver al lago siguiendo el río? Ten en cuenta que contra corriente se va mal. Hay que ser muchos, si no…

-Tú lo has dicho. Cuando uno es un vicioso, para ir hacia el Bien debe ir contra corriente, y uno por sí solo no puede lograrlo. Judas es justamente uno de éstos. Y vosotros no le ayudáis. El indigente sube solo y pega contra el fondo, roza en los bajos, se enreda entre la maleza flotante, queda atrapado por los remolinos. Por otra parte, si mide el fondo, no puede al mismo tiempo mantener el timón o el remo. ¿Por qué, entonces, se le reprende si no avanza? Tenéis piedad de los extraños, y de él, compañero vuestro, ¿no? No es justo. '¿Ves allí a Juan y a él yendo hacia el pueblo por pan y verduras? Él ha pedido como gracia no ir solo, y se lo ha pedido a Juan, porque no es un tonto y sabe qué idea tenéis vosotros, los mayores, acerca de él.

-¿Y Tú lo has mandado? ¿Y si se corrompe también Juan?
-¿Quién? ¿Mi hermano? ¿Por qué se va a corromper? – pregunta Santiago, que llega con la red recuperada entre un cañizar.

-Porque Judas va con él.
-¿Desde cuándo?
-Desde hoy, y Yo lo he permitido.
-Entonces, si lo permites Tú…
-Sí; es más, se lo aconsejo a todos. Lo dejáis demasiado solo. No seáis jueces sólo para él. No es peor que muchos otros.
Eso sí, está más consentido, ya desde la infancia.
-Sí, debe ser eso. Si hubiera tenido por padre y madre a Zebedeo y a Salomé, no sería así. Mis padres son buenos, pero se acuerdan de que tienen un derecho y un deber hacia los hijos.

-Bien dices. Hoy hablaré precisamente de esto. Pongámonos en marcha. Ya veo gente en movimiento en los prados.
-Yo ya no sé cómo nos las vamos a arreglar para vivir. Ya no hay ni hora de comer, ni de rezar, ni de descansar… y la gente sigue aumentando - dice Pedro entre admirado y enfadado.

-¿Te lamentas por ello? Es signo de que existe aún búsqueda de Dios.
-Sí, Maestro. Pero Tú sufres como consecuencia. Ayer te quedaste incluso sin comer, y esta noche sin más cobijas que tu manto. Si lo supiera tu Madre!…
-Bendeciría a Dios, que me acerca tantos fieles.
-Y me regañaría a mí, en quien puso su confianza - termina Pedro. Bajan hacia ellos, gesticulando, Felipe y Bartolomé.

Ven a Jesús y apresuran el paso diciendo:
-¡Oh, Maestro! ¡Cómo vamos a arreglárnoslas? Es un verdadero peregrinaje; y enfermos, y gente que llora, y pobres sin ningún medio que vienen de lejos.
-Compraremos pan. Los ricos dan limosnas… usémoslas, pues.

-Los días son breves. El techado está ya lleno de gente al raso. Las noches son húmedas y frías.
-Tienes razón, Felipe. Nos apretaremos todos en una de las piezas. Podemos hacerlo. Y prepararemos lo necesario en las otras dos para los que no puedan llegar a las casas hoy por la tarde.

-¡Comprendo! Dentro de poco tendremos que pedir a los que hospedamos el permiso para cambiarnos de ropa. Nos van a invadir de tal modo, que nos van a obligar a huir a nosotros - refunfuña Pedro.
-¡Otras fugas verás, Pedro mío! '¿Qué le pasa a aquella mujer?

Han llegado ya a la era, y Jesús nota la presencia de una mujer que está llorando.
-¡Bah! Estaba también ayer, y también ayer lloraba. Cuando Tú estabas hablando con Manahén se movió para ir hacia ti, luego se marchó. Debe de estar en el pueblo, o aquí cerca, porque ha vuelto. Enferma no parece…
-La paz sea contigo, mujer - dice Jesús pasando a su lado. Y ella responde en voz baja: «Y contigo». Nada más.
Habrá al menos unas trescientas personas. Bajo el techado hay cojos, ciegos, mudos; uno, del todo agitado por una convulsión; un jovencito, claramente hidrocéfalo, de la mano de un hombre (no hace sino gemir, echar baba, menear su gruesa cabeza de expresión idiota).

-¿Es hijo de esa mujer? - pregunta Jesús.
-No lo sé. Simón, que se ocupa de los peregrinos, lo sabe.
Llaman al Zelote y le preguntan. Pero el hombre no ha venido con la mujer. Ella está sola.
-No hace sino llorar y rezar. Y hace poco me ha preguntado: "¿El Maestro cura también los corazones?" - explica Simón el Zelote.

-Será una esposa traicionada - comenta Pedro.
Mientras Jesús se dirige hacia los enfermos, Bartolomé y Mateo van a la purificación con muchos peregrinos.
La mujer, en su ángulo, llora inmóvil.
Jesús no niega a ninguno el milagro. Hermoso es el del niño idiota, al cual infunde el intelecto con el hálito, sosteniendo luego la voluminosa cabeza entre sus largas manos. Todos se arremolinan. Incluso la mujer velada osa acercarse bastante, tal vez porque hay mucha gente, y se pone junto a la mujer que llora.

Jesús dice al cretino:
-Yo quiero en ti la luz del intelecto para abrir camino a la luz de Dios. Escucha, di conmigo: `Jesús". Dilo. Lo quiero.

El niño idiota, que antes se quejaba como un animal emitiendo sólo un tenue gañido, farfulla con dificultad:
-Jeyú.
-Otra vez - ordena Jesús, teniendo todavía entre sus manos la cabeza deforme y dominándolo con su mirada.
-Jee-sús.
-Otra vez.
-¡Jesús! - dice por fin el niño cretino. Los ojos ya no están tan vacíos de expresión, la boca tiene una sonrisa distinta.
-Hombre - dice Jesús al padre -, has tenido fe; tu hijo está curado. Hazle alguna pregunta. El nombre de Jesús supone milagro contra las enfermedades y las pasiones».
El hombre le dice a su hijo:
-Quién soy yo?
Y el muchacho responde:
-Mi padre.
El hombre aprieta contra su corazón a su hijo, y explica:
-Me nació así. Mi esposa murió en el parto y él estaba impedido de mente y de habla. Ahora ya veis. He tenido fe, sí.

Vengo de Joppe. ¿Qué debo hacer por ti, Maestro?
-Ser bueno, y tu hijo contigo; nada más.
-Y amarte. ¡Vamos en seguida a decírselo a la madre de tu madre, que es la que me convenció a esto. Bendita sea!
Los dos se van felices. De la pasada desventura no queda sino la voluminosa cabeza del muchacho. La expresión y la palabra son normales.

-Pero, ¿ha quedado curado por voluntad tuya o por poder de tu nombre? - preguntan muchos.
-Por voluntad del Padre, siempre benigno para con el Hijo. Pero también mi Nombre es salvación. Vosotros lo sabéis:

Jesús quiere decir Salvador. La salvación se refiere al alma y a los cuerpos. Quien pronuncia el Nombre de Jesús con verdadera fe queda curado de enfermedades y pecado, porque en toda enfermedad espiritual o física está la uña de Satanás, el cual crea las enfermedades físicas para conducir hacia la rebelión y hacia la desesperación a través del sufrimiento de la carne, y las morales o espirituales para conducir hacia la condenación».
-Entonces Tú piensas que Belcebú no es ajeno a ninguna aflicción del género humano.

-No es ajeno. Por él enfermedad y muerte entraron en le mundo, como, igualmente, el delito y la corrupción entraron en el mundo por él. Cuando veáis a alguien atormentado por alguna desventura, pensad, sí, que sufre por Satanás. Cuando veáis que alguien es causa de desventura, pensad también que él es instrumento de Satanás.

-Pero, las enfermedades vienen de Dios.
-Las enfermedades son un desorden en el orden, porque Dios creó al hombre sano y perfecto. El desorden que ha introducido Satanás en el orden dado por Dios, ha traído consigo las enfermedades de la carne y las consecuencias de las mismas, o sea, la muerte, o las funestas transmisiones por herencia. El hombre ha heredado de Adán y Eva la mancha de origen; pero no sólo ésta. Y la mancha se extiende cada vez más, incluyendo las tres ramas del hombre: la carne, cada vez más viciosa y, por tanto, débil y enferma; lo moral, cada vez más soberbio y, por tanto, corrompido; el espíritu, cada vez más incrédulo, o sea,
cada vez más idólatra. Por consiguiente es necesario - como he hecho Yo con aquel débil mental - enseñar el Nombre del que huye Satanás, esculpirlo en la mente y en el corazón, ponerlo en el yo como un sigilo de propiedad.

-Pero, ¿Tú nos posees? ¿Quién eres, que tanto te crees?
-¡Ojalá fuese así! Pero no lo es. Si os poseyera, estaríais ya salvados. Y sería derecho mío, porque Yo soy el Salvador y debería tener a mis salvados. Mas, salvaré a quienes tengan fe en mí.

-Juan… yo vengo de donde Juan. Me ha dicho: "Ve a Aquel que habla y bautiza cerca de Efraím y Jericó. Él tiene el poder de desatar y atar, mientras que yo no puedo más que decirte: haz penitencia para hacer ágil a tu alma para ir en pos de la salud"» dice uno de los que ha obtenido un milagro, uno que primero se sujetaba con muletas y ahora se mueve expedito.

-¿No le duele al Bautista perder la multitud? - pregunta uno.
Y el que ha hablado antes responde:
-¿Dolerle? Dice a todos: "¡Id! ¡Id! Yo soy el astro que se oculta; Él, el astro que se alza y se fija eterno en su esplendor.
Para no permanecer en las tinieblas, id a Él antes de que mi pabilo se apague".

-¡No hablan así los fariseos! Ellos están llenos de odio porque Tú atraes a las muchedumbres. ¿Lo sabes?
-Lo sé -responde brevemente Jesús.
Se abre una disputa sobre la razón o no del modo de actuar de los fariseos. Mas Jesús corta con un: «No critiquéis» que no admite réplica.

Vuelven Bartolomé y Mateo con los bautizados. Jesús comienza a hablar.
La paz sea con vosotros todos.
He pensado hablaros de Dios por la mañana, puesto que ahora venís aquí ya desde por la mañana y os es más cómodo partir al mediodía. He pensado también hospedar a los peregrinos que no puedan volver a sus casas antes de que anochezca--Yo también soy peregrino y no poseo sino lo mínimo indispensable que la piedad de un amigo me ha dado.

Juan posee aún menos que Yo. Pero a Juan van personas sanas o simplemente poco enfermas, tullidos, ciegos, mudos; no moribundos o personas febriles, como vienen a mí. Van a él para bautismo de penitencia; a mí venís también para curación de cuerpos. La Ley dice:

“Ama a tu prójimo como a ti mismo". Yo pienso y digo: ¿Cómo mostraría mi amor hacia los hermanos, si cerrara mi corazón a sus necesidades, incluso físicas? Y concluyo: les daré a ellos lo que me ha sido dado. Extendiendo la mano hacia los ricos, pediré para el pan de los pobres; desprendiéndome de mi propio lecho, acogeré en él a quien esté cansado o se sienta mal.

Somos todos hermanos y el amor no se demuestra con palabras sino con hechos. Aquel que cierra su corazón a su semejante tiene corazón de Caín. Aquel que no tiene amor es un rebelde respecto al precepto de Dios. Somos todos hermanos.

Y, no obstante, Yo veo, y vosotros veis, que incluso dentro de las familias - donde la sangre común remarca, incluso consigo misma y con la carne, la hermandad que nos viene de Adán - hay odios o roces. Los hermanos están contra los hermanos, los hijos contra los padres; los consortes, enemigos el uno del otro.

Pero, para no ser malvados hermanos siempre, y adúlteros esposos un día, hay que aprender ya desde la primera edad
el respeto hacia la familia, que es el más pequeño y a la vez el más grande organismo del mundo: el más pequeño respecto al organismo de una ciudad, de una región, de una nación, de un continente; pero el mayor porque es el más antiguo, pues lo puso Dios cuando aún el concepto de patria, de país, no existía, viviendo sin embargo ya y siendo activo el núcleo familiar, manantial de la raza humana y de las distintas razas, pequeño reino en que el hombre es rey, la mujer reina, súbditos los hijos. ¿Puede acaso un reino dividido, en que sus habitantes entre sí son enemigos, subsistir? No puede. Pues así, en verdad, una familia no subsiste si no hay obediencia, respeto, economía, buena voluntad, laboriosidad, amor.

"Honra al padre y a la madre" dice el decálogo. ¿Cómo se honran? ¿Por qué se deben honrar?

Se honran con verdadera obediencia, con exacto amor, con confidente respeto, con un temor reverencial que no cierra las puertas a la confidencia, como tampoco nos hace tratar a nuestros mayores como si fuéramos siervos e inferiores. Se les debe honrar porque, después de Dios, quienes dan la vida y proveen a todas las necesidades materiales de la vida, los primeros maestros, los primeros amigos del joven ser nacido a este mundo, son el padre y la madre.

Se dice: "Que Dios te bendiga"; se dice: "Gracias" a aquel que nos recoge un objeto que se nos ha caído, o nos da un mendrugo de pan. Pues entonces, ¿no vamos a decir, con amor, "que Dios te bendiga", y "gracias", a quienes se matan trabajando por darnos de comer, o tejiendo nuestros vestidos y manteniéndolos limpios, a quienes se levantan para escrutar nuestro sueño, se niegan el descanso por cuidarnos, o nos hacen de su seno lecho en nuestros momentos más dolorosos de cansancio?

Son nuestros maestros. A1 maestro se le teme y se le respeta. Mas éste nos toma cuando ya sabemos lo indispensable para sostenernos y nutrirnos y decir lo esencial, y nos deja cuando la más ardua enseñanza de la vida, o sea, "el vivir", aún se nos debe enseñar: y son el padre y la madre quienes nos preparan: para la escuela primero, para la vida después.

Son nuestros amigos. Mas, ¿qué amigo puede ser más amigo que un padre, o más amiga que una madre? ¿Podéis tener miedo de ellos? ¿Podéis decir que él o ella os van a traicionar? Bueno, pues ved cómo ese joven necio y esa muchacha aún más necia se buscan amigos entre los extraños, y cierran su corazón al padre y a la madre, y corrompen su mente y su corazón con contactos al menos imprudentes, si es que no son incluso culpables, motivo de lágrimas paternas y maternas, que hienden, como gotas de plomo fundido, el corazón de los padres. Pero Yo os digo que esas lágrimas no caen en el polvo y en el olvido; Dios las recoge y las cuenta. El martirio de un padre o de una madre pisoteados recibirá premio del Señor. Así como tampoco será olvidado el acto de un hijo que somete a suplicio a su padre o a su madre, aunque éstos, en su doliente amor, supliquen piedad de Dios para su hijo culpable.

"Honra a tu padre y a tu madre si quieres vivir largamente sobre la Tierra" está escrito; "y eternamente en el Cielo", añado.

¡Demasiado poco castigo sería el vivir poco aquí por haber ofendido a los padres! El más allá no es un cuento, y en el más allá se recibirá premio o castigo, según hayamos vivido. Quien ofende a un padre o a una madre ofende a Dios, porque Dios ha mandado amarlos, y quien no ama peca; pierde, por tanto, así, más que la vida material, la verdadera vida: le espera la muerte (es más, ya está en él, habiendo caído su alma en desgracia de su Señor); tiene ya en sí el delito porque hiere el amor más santo después de Dios; tiene ya en sí los gérmenes de los futuros adulterios, porque de un mal hijo viene un pérfido esposo; tiene ya en sí los estímulos de la corrupción social, porque de un hijo malo nace el futuro ladrón, el torvo y violento asesino, el frío usurero, el libertino seductor, el vividor cínico, el repugnante traidor de la patria, de los amigos, de los hijos, de la esposa, de todos. ¿Podéis, acaso, nutrir estima y confianza hacia quien ha sido capaz de traicionar el amor de una madre y burlarse de las canas de un padre?

Escuchad, no obstante, también esto: el deber de los hijos se corresponde con un parejo deber de los padres.
¡Maldición al hijo culpable… pero también para el culpable progenitor! Haced que los hijos no puedan criticaros y copiaros en el mal. Haceos amar por haber dado amor con justicia y misericordia. Dios es Misericordia. Los padres, que van sólo después de Dios, sean misericordia. Sed ejemplo y consuelo de los hijos.

Sed paz y guía. Sed el primer amor de vuestros hijos. Una madre es siempre la primera imagen de la esposa que querríamos. Un padre, para las hijas jovencitas, tiene el rostro que sueñan para el esposo. Haced que, sobretodo, vuestros hijos e hijas elijan con sabia mano a sus recíprocos consortes pensando en la madre, en el padre, y deseando en el consorte lo que hay en el padre, en la madre: una virtud veraz.

Si tuviera que hablar hasta agotar el tema, no serían suficientes el día y la noche. Por ello, en atención a vosotros, concluyo. El resto, que os lo manifieste el Espíritu eterno. Yo echo la simiente y sigo caminando. En los buenos, la semilla echará raíz y dará espiga. Marchad. La paz sea con vosotros.

Quien se marcha se va raudo, quien se queda entra en la tercera pieza y come su pan o el que ofrecen los discípulos en nombre de Dios. Sobre rústicos apoyos han sido colocados unos tablones y paja donde pueden dormir los peregrinos.

La mujer velada se marcha con paso ágil; la otra, la que ya estaba llorando desde el principio, y ha seguido llorando sin interrupción mientras Jesús hablaba, se mueve incierta y luego se decide a marcharse.

Jesús entra en la cocina para tomar alimento; pero apenas acaba de empezar a comer y ya le tocan a la puerta.
Se levanta Andrés, que está más cerca, y sale al patio. Habla y luego vuelve:

-Maestro, una mujer, la que lloraba, pregunta por ti. Dice que tiene que marcharse y que debe hablarte.
-Pero en este plan ¿cómo y cuándo come el Maestro? - exclama Pedro.

-Debías haberle dicho que viniera más tarde - dice Felipe.
-Silencio. Luego como. Seguid vosotros.
Jesús sale. La mujer está afuera.
-Maestro… una palabra… Tú has dicho… ¡Oh…, ven detrás de la casa! ¡Es penoso manifestar mi dolor.
Jesús condesciende, sin decir palabra; se limita, una vez detrás de la casa, a preguntar:

-¿Qué quieres de mí?
-Maestro… te he oído antes, cuando hablabas entre nosotros… y luego te he oído mientras predicabas. Parece como si hubieras hablado para mí. Has dicho que en toda enfermedad física o moral está Satanás… Yo tengo un hijo enfermo en su corazón. ¡Ojalá te hubiera oído cuando hablabas de los padres! Es mi tormento. Se ha desviado con malos compañeros y es… es exactamente como Tú dices… ladrón (por ahora, en casa, pero…). Es un pendenciero… un avasallador… Siendo, como es, joven, se destruye con la lujuria y la crápula. Mi marido quiere echarlo de casa. Yo… yo soy su madre… y muero de dolor. ¿Ves cómo jadea mi pecho? Es el corazón que se me parte de tanto dolor. Desde ayer deseaba hablarte, porque… espero en ti, Dios mío; pero, no me atrevía a decir nada. ¡Es tan doloroso para una madre decir: "Tengo un hijo cruel"!…

La mujer llora, curvada y doliente, ante Jesús.
-No llores más. Quedará curado de su mal.
-Si pudiera oírte, sí; pero no quiere oírte. ¡Oh…, nunca sanará!

  • ¡Tienes fe tú por él? ¿Tienes voluntad tú por él?
    -¿Y me lo preguntas? Vengo de la Alta Perea para rogarte por él…
    -Pues entonces ve. Cuando llegues a tu casa, tu hijo te saldrá al encuentro arrepentido.

-Pero, ¿cómo?
-¿Cómo? ¿Crees que Dios no puede hacer lo que Yo pido? Tu hijo está allí, Yo estoy aquí, pero Dios está en todas partes… y Yo le digo a Dios: "Padre, piedad por esta madre". Y Dios hará tronar su llamada en el corazón de tu hijo. Ve, mujer.

Un día pasaré por las calles de tu ciudad, y tú, orgullosa de tu hijo, saldrás a recibirme con él. Y cuando él llore sobre tus rodillas, pidiéndote perdón y contándote su misteriosa lucha, de la que salió con alma nueva, y te pregunte cómo sucedió, dile: "Por Jesús has nacido de nuevo al bien". Háblale de mí. Si has venido a mí, es señal de que conoces; haz que él conozca y me lleve en su pensamiento para tener consigo la fuerza salvadora. Adiós.

La paz a la madre que ha tenido fe, al hijo que vuelve, al padre contento, a la familia restaurada. Ve.
La mujer se va en dirección al pueblo y todo termina.

121- Los discursos en Agua Especiosa: No profieras en vano mi Nombre. La visita de Manahén

Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre cuando se le hurga.

Hablan, miran fuera, nerviosamente, hacia todas partes… Jesús no está. Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados. Pedro ordena a Juan:
-Ve a buscar al Maestro. Está en el bosque, junto al río. Dile que venga enseguida, o que diga lo que debe hacerse.
Juan se marcha a todo correr.

Judas Iscariote dice:

-No entiendo por qué tanta convulsión y malos modos. Yo habría ido y le habría acogido con todos los honores… Es un honor, el suyo, para nosotros. Por tanto…

-Yo no sé nada. Será distinto de su hermano de leche… Pero… a quien convive con las hienas se le pega el olor y el instinto. Por lo demás, tú querrías que se marchara esa mujer… ¡Cuidado con lo que haces! El Maestro no quiere, y yo debo tutelarla. Si la tocas… yo no soy el Maestro… Te lo digo para tu conocimiento.
-¡Venga hombre! ¿Pero quién es? ¿Es acaso la bella Herodías?

-¡No te hagas el gracioso!

-Si me hago el gracioso es por ti. Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…
-El Maestro me ha dicho: "Mira porque no se la disturbe, y respétala". Yo lo hago.
-Pero, ¿quién es? ¿Lo sabes? - pregunta Tomás.
-Yo no.
-Venga, dilo… Tú lo sabes… - insisten varios.
-Os juro que no sé nada. El Maestro sí que lo sabe, claro. Pero yo no.
-Deberá ser Juan quien se lo pregunte. A él le dice todo.
-¿Por qué? ¿Qué tiene de especial Juan? ¿Es un dios, tu hermano?

-No, Judas; es el mejor de nosotros.

-Podéis ahorraros el trabajo - dice Santiago de Alfeo - Ayer la vio mi hermano, mientras volvía del río con los peces que le había dado Andrés, y se lo preguntó a Jesús. Él respondió: "No tiene rostro. Es un espíritu que busca a Dios. Para mí no es más que esto y así quiero que sea para todos". Y dijo ese "quiero" de tal manera… que os aconsejo que no insistáis.

-Voy yo a donde ella - dice Judas de Keriot.
-Vamos a ver si eres capaz - dice Pedro, rojo como un gallito.

-¿Me espías para luego chivarte ante Jesús?

-Dejo ese oficio a los del Templo. Nosotros, del lago, nos ganamos el pan trabajando, no delatando. No temas nunca un chivatazo de Simón de Jonás. Pero no me provoques ni te permitas desobedecer al Maestro, porque estoy yo…
-¿Y tú quién eres? Un pobre hombre como yo.

-Sí señor. Es más, más pobre, más ignorante, menos cultivado que tú. Lo sé, y no me amargo por ello. Me amargaría si fuera como tú en el corazón. Pero el Maestro me ha dado este encargo y yo lo hago.

-¿Como yo en el corazón? ¿Y qué es lo que hay en mi corazón que te dé asco? Habla, acusa, ofende…
-¡Pero bueno! - reacciona Simón Zelote, y con él Bartolomé. -Pero bueno, ya está bien, Judas. Respeta las canas de Pedro.

-Respeto a todos, pero quiero saber qué es lo que hay en mí…
-Pues te voy a dar gusto inmediatamente… Dejadme hablar… Hay soberbia, tanta como para llenar esta cocina, hay falsedad y hay lujuria.

-¿A mí me llamas falso?
Todos se interponen, y Judas se ve obligado a callarse.
Simón, pacíficamente, le dice a Pedro:
-Perdona, amigo, si te digo una cosa. Él tiene defectos.

Pero tú también tienes algunos, y uno de ellos es el no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tienes en cuenta la edad, el origen… y tantas otras cosas? Mira, tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿no te das cuenta de que estas disputas lo cansan? A él no se lo digo (y, señala a Judas), pero a ti, maduro y muy honesto, sí te pido esto. Él sufre muchas penas a causa de los enemigos. ¡Y añadirle nosotros otras!… Tiene mucha guerra a su alrededor. ¿Por qué creársela también en su propio nido?

-Es verdad. Jesús está muy triste… y ha adelgazado - dice Judas Tadeo - Por la noche lo oigo dar vueltas y vueltas en su lecho, y suspirar. Hace algunas noches me levanté y lo vi en oración llorando. Le dije: "¿Qué te sucede?". Y Él me abrazó y me dijo: "Ámame. ¡Qué duro es ser el 'Redentor'!"

-Yo también lo encontré con signos de haber llorado, en el bosque del río - dice Felipe - Y, ante mi mirada interrogativa, me respondió: "¿Sabes lo que hace que el Cielo y la Tierra sean distintos, después de la diversidad de la no presencia visible de Dios? Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como un dogal. He venido aquí a esparcir unos granos para los pájaros y así ser amado por seres que se aman".

Judas Iscariote (debe estar un poco desequilibrado) se arroja al suelo y llora como un chiquillo.

Justo en ese momento entra Jesús con Juan:

-¿Pero qué está sucediendo? ¿Este llanto?…
-Culpa mía, Maestro. He cometido un error. He reprendido a Judas demasiado duramente - dice Pedro con franqueza.
-No… yo… yo… el culpable soy yo. Yo soy… Yo te doy dolor… yo no soy bueno… yo molesto, creo malhumor, desobedezco, soy… Tiene razón Pedro. ¡Ayudadme, pues, a ser bueno! Porque aquí yo tengo una cosa, aquí en el corazón, que me hace hacer cosas que no querría. No puedo evitarlo… y te doy dolor a ti, a ti, Maestro, a quien querría dar sólo alegría…

¡Créelo! No es falsedad…

-Pues claro, Judas. No lo dudo. Tú has venido a mí con plena sinceridad de corazón, con ímpetu genuino. Pero eres joven… Nadie, ni siquiera tú mismo, te conoces como Yo te conozco. ¡Animo! Levántate y ven aquí. Luego hablaremos nosotros dos solos. Hablemos entretanto del asunto por el que me habéis llamado. Ha venido Manahén… Bien, ¿dónde está el mal?

¿Acaso no puede un colateral de Herodes tener sed del Dios verdadero? ¿Teméis por mí? No, hombre, no. Tened fe en Mi palabra. Ese hombre no viene sino con un fin honesto.
-¿Y, entonces, por qué no se ha dado a conocer? - preguntan los discípulos.

-Precisamente porque viene como "alma", y no como hermano de leche de Herodes. Se ha recubierto de silencio porque piensa que ante la palabra de Dios nada significa la parentela con un rey… Y nosotros vamos a respetar su silencio.

-¿Y si lo enviara él?…
-¿Quién? ¿Herodes? No. No temáis.
-¿Entonces quién lo envía? ¿Cómo ha sabido de ti?
-Pues, por el mismo Juan, mi primo. ¿Creéis que no me habrá predicado en la cárcel? O por Cusa… o por la voz de la gente… o por el mismo odio de los fariseos… Hasta las frondas y el aire hablan ya de mí. La piedra ha sido lanzada a la inmóvil agua, el mazo ha percutido el bronce: las ondas se difunden, cada vez mayores, portando a la lejana agua la revelación, y el sonido lo entrega confiado a los espacios… La Tierra ha aprendido a decir: “Jesús" y nunca más se callará. Marchad… y sed amables con él, como con cualquiera. Marchad. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se marchan.

Jesús mira a Judas, aún lacrimoso, y pregunta:
-¿Entonces? ¿No tienes nada que decirme? Yo sé de ti todo, pero quiero saberlo de ti. ¿Por qué este llanto? Y, sobre todo, ¿por qué este desequilibrio que te tiene siempre tan descontento?

-¡Oh!, sí, Maestro. Tú lo has dicho. Soy celoso por naturaleza. Ciertamente lo sabes. Sufro viendo que… viendo muchas cosas. Esto me hace estar inquieto y… me hace injusto, y me vuelvo malo, aunque no querría, no…
-¡No llores otra vez, hombre! ¿De qué estás celoso? Habitúate a hablar con tu verdadera alma. Tú hablas mucho, hasta demasiado: pero, ¿con qué?: con el instinto y con la mente. Sigues todo un fatigoso y continuo laborío para decir lo que quieres decir: hablo de ti, de tu yo, porque para lo que debes decir de los demás y a los demás no te pones rienda ni límite; como tampoco pones ni rienda ni límite a tu carne, que es tu caballo enloquecido. Pareces un auriga al que el intendente de las carreras hubiera dado dos caballos locos. Uno es el sentido, el otro… ¿quieres oír cuál es el otro? ¿Sí? Es el error que no quieres domar. Tú, auriga capaz pero imprudente, te fías de tu capacidad, y crees que es suficiente. Quieres llegar el primero… no pierdes tiempo en cambiar al menos un caballo. Antes bien, los instigas y golpeas con el látigo. Quieres ser "el vencedor".

Quieres el aplauso… ¿No sabes que toda victoria resulta segura cuando se conquista con constante, paciente, prudente esfuerzo? Habla con tu alma. De ahí es de donde deseo que provenga tu confesión. ¿O es que tengo que ser Yo quien te diga lo que tienes dentro?

-Veo que tampoco Tú eres justo, ni firme, y sufro por ello.

-¿Por qué me acusas? ¿En qué ves que he faltado?
-Cuando yo quería llevarte donde mis amigos, Tú no quisiste, diciendo: "Prefiero estar entre los humildes".
Posteriormente, Simón y Lázaro te dijeron que convenía ponerse bajo la protección de una persona poderosa y Tú aceptaste. Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan… Tú…

-¿Qué más?

  • Nada más, Jesús.
    -¡Nubes!… Vacuidades en la espuma de la ola. Me das pena, porque eres un pobre miserable que, pudiendo estar alegre, te torturas. ¿Acaso puedes decir que es lujoso este lugar?, ¿que no hubo una poderosa razón que me movió a aceptarlo?

Si Sión fuera menos madrastra para con sus profetas, ¿estaría aquí, escondido como quien teme a la justicia humana, y se refugia en un lugar que goza de inmunidad?

-No.
-¿Entonces? ¿Puedes acaso decir que no te haya encomendado misiones como a los demás?, ¿o que haya sido cortante contigo incluso cuando has cometido una falta? Tú no has sido sincero… ¡Las cepas!… ¡Oh, las cepas! ¿Qué nombre tenían esas cepas? Tú no has mostrado complacencia hacia quien sufría, hacia quien se estaba redimiendo. Ni siquiera has sido respetuoso conmigo. Y los demás lo han visto… Y, con todo, una sola voz se ha alzado defensora siempre: la mía. Los otros tendrían derecho a sentirse celosos, porque si ha habido uno que ha gozado de protección, ése has sido tú.

Judas, humillado y conmovido, se echa a llorar.
-Me voy. Es la hora, ahora soy de todos. Tú quédate, y medita.
-Perdóname, Maestro. No puedo sentirme en paz sin tu perdón. No estés triste por causa mía. Soy un joven malo…
Amo y hago padecer… Con mi madre… contigo… con mi mujer, si mañana tuviera una esposa… ¡Mejor sería que yo muriera!…
-Mejor sería que te convirtieras. No obstante, quedas perdonado. Adiós.
Jesús sale y entorna la puerta.

Fuera está Pedro:
-Ven, Maestro. Ya es tarde y hay mucha gente. Empezará a atardecer dentro de poco y ni siquiera has comido… Ese muchacho es la causa de todo.
-Ese "muchacho" tiene necesidad de todos vosotros para dejar de ser la causa de estas cosas. No lo olvides, Pedro. Si fuera tu hijo, ¿serias indulgente con él?…
-¡Bueno!… Sí y no. Sería indulgente… pero… también le enseñaría alguna cosa, aun siendo ya hombre, como lo haría con un gamberro. La verdad es que si fuera mi hijo no sería así…

-Basta.
-Sí, basta, Señor mío. Allí está Manahén. Es aquel del manto de un rojo tan oscuro que es casi negro. Me ha dado esto para los pobres y me ha dicho que si podía quedarse a dormir.
-¿Qué has respondido?
-La verdad: "Tenemos camas sólo para nosotros. Ve al pueblo" - Jesús no dice nada, pero deja plantado a Pedro y se dirige hacia donde Juan para decirle algo.
Luego, ya en su puesto, comienza a hablar:

-La paz esté con todos vosotros, y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad. Está escrito: "No profieras en vano mi Nombre". ¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? No. También cuando uno lo profiere sin ser digno de Dios. ¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre", si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria?

No es diciendo: "padre, padre" como se le ama. No es diciendo: "Dios, Dios", como se ama al Señor. 'En Israel, que - como he explicado anteayer - tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen.

Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas, y no querer encontrarlos donde realmente existen, en las cosas internas. Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos, llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio.

Así ha sido hasta ahora; cese ya.
El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador? ¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo dei corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿a quién?, ¿qué?: al Dios desconocido. ¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que espera ser poseída por la gloria de Dios (como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase? ¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que, despertada por celestes llamadas, dice "voy" al Dios que le está diciendo "ven", mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo lo que tras haber gozado le sobra, y entra a la presencia de Dios y lo nombra - al Purísimo - con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas?

No. En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio. Es pronunciarlo en vano cuando - y estúpidos no sois - cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente. ¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente! Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.

Leo en más de un corazón este pensamiento: "Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado". No. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre. Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del pecado y del Seductor. Quieren.

He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse. Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados.

Invocarlo para poner en fuga al Seductor.

Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén. Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar.

Si Eva hubiera invocado a Dios, Satanás habría huido. Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación.
Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse. Purificaos primero el corazón, incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra "Dios". No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Dios. Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados.

Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí: "En vano" es cuando decir "Dios" no supone una transformación en bien; y entonces, es pecado. "En vano" no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor:

"¡Ven, Dios mío!". Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios.
Marchad. La paz sea con vosotros.

No hay ningún enfermo. Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras. Jesús mira a quienes se marchan en los asnos, a quien se apresura a ir al río movido por un impulso de purificación, a quien, a través de los campos, se dirige hacia el pueblo.

El hombre vestido de rojo oscurísimo parece inseguro respecto a qué se debe hacer. Jesús no le quita ojo. Al final se pone en movimiento y va hacia su caballo (porque tiene un caballo blanco bellísimo, adornado con una gualdrapa roja que pende bajo la silla bollonada).
-¡Hombre, espérame! - dice Jesús llegándose a él - Cae la tarde. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre responde:

-Desde muy lejos… e iré… no lo sé… al pueblo, si encuentro… si no… a Jericó… Allí he dejado la escolta; no me fiaba de ella.
-No. Te ofrezco mi cama. Ya está preparada. ¿Tienes qué comer?

-No tengo nada. Creía encontrar un pueblo más hospitalario…
-Nada falta allí.
-Nada. Ni siquiera el odio hacia Herodes. ¿Sabes quién soy?

-El nombre de quienes me buscan es uno sólo: hermanos en el nombre de Dios. Ven. Partiremos juntos el pan. Puedes resguardar el caballo en ese recinto; lo vigilo Yo, que dormiré allí.

-No. Jamás. Yo duermo allí. Acepto el pan, pero nada más. No meteré mi cuerpo sucio donde Tú recuestas tu cuerpo santo.

-¿Me estimas santo?
-Sé que eres santo. Juan, Cusa… tus obras… tus palabras… Todo ello resuena en palacio como el rumor de una ola tempestuosa en la concha que lo conserva. Yo bajaba a donde Juan… luego lo perdí. Pero me había dicho: "Uno que es más que yo te recogerá y te elevará". Sólo podías ser Tú. He venido en cuanto he sabido dónde estabas.

Están ahora solos bajo el techado. Los discípulos, en la cocina, cuchichean y miran de reojo.
Vuelve del río Simón el Zelote (que hoy era el que bautizaba) con los últimos que habían recibido el bautismo. Jesús, después de bendecirlos, dice a Simón:
-Este hombre es el peregrino que busca alojamiento en nombre de Dios, y en el nombre de Dios lo saludamos como amigo.

Simón se inclina. También lo hace el hombre. Entran en la vasta pieza y Manahén ata el caballo al pesebre. Acude Juan, advertido por un gesto de Jesús, llevando hierba y un cubo de agua. Acude igualmente Pedro, con una lamparita de aceite porque ya es de noche.

-Aquí estaré extraordinariamente. Dios os lo pague - dice el caballero, y luego entra entre Jesús y Simón en la cocina, iluminada por un haz de ramas secas encendido en ese momento.
Todo termina.

120- Segundo: Los discursos en Agua Especiosa. Yo soy el Señor tu Dios. Jesús bautiza como Juan

-Está escrito: "No te harás dioses en mi presencia. No te harás ninguna escultura, ni representación de lo que hay arriba en el cielo aquí, abajo, en la tierra o en las aguas que están bajo ella. No adorarás tales cosas, ni les prestarás culto. Yo soy el Señor tu Dios, fuerte y celoso, que visita la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian, y concede misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus mandamientos".

La voz de Jesús retumba en la amplia estancia, que está llena de gente, dado que está lloviendo y todos se han resguardado en ella. En primera fila hay cuatro personas enfermas: un ciego, guiado por una mujer; un niño enteramente lleno de costras; una mujer amarilla debido a la ictericia o a la malaria; y uno al que han llevado en una pequeña camilla.
Jesús habla apoyado sobre el pesebre vacío. Juan y los dos primos, junto con Mateo y Felipe, están a su lado, mientras que Judas, Pedro, Bartolomé, Santiago y Andrés están en la puerta, para que la entrada de los que siguen llegando se efectúe con orden; Tomás y Simón, por su parte, se mueven entre la gente, haciendo callarse a los niños, recogiendo los óbolos,
escuchando peticiones.

"No te harás dioses en mi presencia.”
Habéis oído cómo Dios está en todas partes con su mirada y con su voz. Verdaderamente siempre estamos en su presencia. Cerrados dentro de una estancia, o entre el público del Templo, estamos igualmente en su presencia. Ya seamos ocultos benefactores que hasta a quien recibe el favor le celamos nuestro rostro, ya seamos asesinos que asaltan y asesinan
bárbaramente al viandante en un desfiladero solitario, estamos igualmente en su presencia.

En su presencia está el rey rodeado de su corte, el soldado en el campo de batalla, el levita en el Templo, el sabio encorvado sobre los libros, el campesino en el surco, el mercader en su banco, la madre inclinada hacia la cuna, la esposa en la cámara nupcial, la virgen en el secreto de la paterna morada, el niño pequeño estudiando en la escuela, el anciano cuando se echa para morir. Todos en su presencia, todas las acciones, igualmente, en su presencia.

¡Todas las acciones del hombre! ¡Tremenda palabra, pero, al mismo tiempo, consoladora!: tremenda si las acciones son pecaminosas; consoladora, si son santas. Saber que Dios ve: impedimento para obrar mal; estímulo para obrar bien. Dios ve que me comporto bien. Yo sé que Él no olvida lo que ve. Yo creo que Él premia las buenas acciones. Por tanto, estoy seguro de obtener este premio, y en esta seguridad descanso. Ella me dará una vida serena y una plácida muerte, porque, ya en vida, ya en muerte, mi alma se verá consolada por el rayo estelar de la amistad de Dios. Así razona quien obra bien.

Pero, quien obra mal ¿por qué no piensa que entre las acciones prohibidas se encuentran los cultos idolátricos? ¡Por qué no dice: "Dios ve que mientras finjo un culto santo adoro a un dios o dioses engañadores a quienes he erigido un altar, secreto ante los ojos de los hombres, pero que Dios conoce"? ¿Qué dioses, diréis, si ni siquiera en el Templo hay figuras de Dios? ¿Qué rostro tienen estos dioses, si nos ha resultado imposible atribuirle un rostro al verdadero Dios?

Sí, imposible atribuirle un rostro, porque el Perfecto y el Purísimo no puede ser dignamente representado por el hombre.

Sólo el espíritu vislumbra su incorpórea y sublime belleza, y oye su voz, y saborea su caricia cuanto Él se efunde sobre un santo merecedor de estos contactos divinos. Mas el ojo, el oído, la mano del hombre no pueden ni ver ni oír, ni representar con el sonido en la cítara, o con el martillo y el cincel en el mármol, lo que es el Señor. ¡Oh, felicidad sin fin cuando, oh espíritus de los justos, veáis a Dios! La primera mirada será la aurora de la beatitud que por los siglos de los siglos será compañera vuestra.

Y, no obstante, lo que no pudimos hacer respecto al verdadero Dios, el hombre lo hace respecto a los dioses engañadores. Y así uno erige el altar a la mujer; el otro, al oro; el otro, al poder; el otro, a la ciencia; el otro, a los triunfos militares; uno adora al hombre que tiene poder, semejante a él por naturaleza, superior sólo en ímpetu avasallador o en dinero; otro se adora a sí mismo diciendo: "No hay quien se me iguale". Éstos son los dioses de quienes pertenecen al pueblo de Dios.

No os asombréis de los paganos que adoran animales, reptiles y astros. ¡Cuántos reptiles! ¡Cuántos animales! ¡Cuántos astros apagados adoráis en vuestros corazones! Los labios pronuncian palabras mentirosas, para adular, para poseer, para corromper. ¿No son, acaso, éstas las oraciones de los secretos idólatras? Los corazones nutren pensamientos de venganza, de tráficos ilícitos, de prostitución. ¿Y no son, acaso, éstos los cultos a los dioses inmundos del placer, de la codicia, del mal?

Está escrito: "No adorarás nada que no sea tu Dios verdadero, único, eterno". Está escrito: "Yo soy el Dios fuerte y celoso".

Fuerte: Ninguna otra fuerza es más fuerte que la suya. El hombre es libre de actuar, Satanás es libre de tentar. Pero cuando Dios dice: “¡Basta!", el hombre no puede ya actuar mal, y Satanás ya no puede tentar - repelido y arrojado éste a su infierno, abatido aquél por el uso en su mala conducta, porque ésta tiene un límite más allá del cual Dios no permite que se
vaya.
Celoso. ¿De qué? ¿Con qué celos? ¿Los celos mezquinos de los pequeños hombres? No. Los santos celos de Dios respecto a sus hijos. Los justos celos. Los amorosos celos. Os ha creado. Os ama. Os desea para sí. Sabe lo que os perjudica. Conoce lo que puede separaros de Él. Se siente celoso de este "que" que se mete entre el Padre y los hijos y los desvía del único amor que es salvación y paz: Dios.

Entendemos estos sublimes celos; no mezquinos, ni crueles ni carceleros, sino amor infinito, infinita bondad, libertad sin límites, celos que se ofrecen a la criatura finita para aspirarla perdurablemente hacia Dios, hacia dentro de Dios, y hacerla copartícipe de su infinitud. Un padre bueno no quiere gozar solo sus riquezas, sino que quiere que sus hijos las disfruten con él - en el fondo las ha acumulado más para sus hijos que para sí -. Pues así Dios; pero llevando en este amor y deseo la perfección que reside en toda acción suya.

No defraudéis al Señor. Hay promesa suya de castigo sobre los culpables y sobre los hijos de los hijos culpables; y Dios no miente nunca en sus promesas. ¡Pero no se deprima vuestro ánimo, hijos del hombre y de Dios! Oíd la otra promesa y exultad:

"Y concede misericordia hasta la milésima de aquellos que lo aman y observan sus mandamientos". Hasta la milésima generación de los buenos, y hasta la milésima debilidad de los pobres hijos del hombre, que caen no por malicia sino por irreflexividad y por las celadas tendidas por Satanás. Más aún: os digo que Él os abre los brazos, si, con el corazón contrito y el rostro lavado por el llanto, decís: "Padre, he pecado, lo sé, me humillo por ello y a ti me confieso; perdóname. Tu perdón será mi fuerza para volver a `vivir' la verdadera vida".

No temáis. Antes de que vosotros pecarais por debilidad, Él sabía que pecaríais. Mas su corazón se cierra sólo cuando persistís en el pecado queriendo pecar, haciendo de un pecado en concreto, o de muchos pecados, vuestros dioses de horror.
Abatid todo ídolo, haced sitio al Dios verdadero; Él descenderá con su gloria a consagrar vuestro corazón, cuando se vea Él solo en vosotros.
Devolvedle a Dios su morada, que está en los corazones de los hombres, y no en los templos de piedra. Lavad el umbral de su puerta, liberad su interior de todo inútil o culpable dispositivo. Dios sólo. Sólo Él. ¡Todo es Él! Y en nada es inferior al Paraíso el corazón de un hombre en que esté Dios, el corazón de un hombre que cante su amor al Huésped divino.

Haced un Cielo de cada corazón. Empezad a vivir con el Excelso. En vuestro eterno mañana ese vivir con El se perfeccionará en potencia y alegría, mas aquí tendrá ya tal entidad, que dejará atrás la temblorosa turbación de Abraham, Jacob y Moisés. No será ya, en efecto, el encuentro incisivo como rayo, y aterrador, con el Poderoso, sino la permanencia con el Padre
y el Amigo que descienden para decir: "Mi alegría es estar entre los hombres. Tú me haces feliz. Gracias, hijo".
Los presentes, que superan el centenar, tardan algo en salir de su estado de encantamiento. Hay quien se da cuenta de que está llorando o sonriendo por la misma esperanza de gozo.

Finalmente parece que se despiertan, emiten un murmullo, un fuerte suspiro y terminan gritando como sintiéndose liberados:
-¡Bendito seas! ¡Tú nos abres la vía de la paz!
Jesús sonríe y responde:
-La paz está en vosotros, si seguís desde hoy el Bien.
Luego va a donde los enfermos y pasa la mano sobre el niño enfermo, sobre el ciego y sobre la mujer toda amarilla, se inclina hacia el paralítico y dice:
-Quiero.
El hombre lo mira, y grita:
-¡Ha vuelto el calor al cuerpo apagado! - y se pone en pie, tal y como está, hasta que le echan encima la manta de la yacija. La madre, por su parte, levanta al niño, que ya no tiene costras, y el ciego parpadea a causa de su primer contacto con la luz; y unas mujeres gritan: « ¡Dina ya no está amarilla como los ranúnculos silvestres!».
El alboroto llega a su colmo. Hay quien grita, quien bendice, quien empuja para ver, quien trata de salir para ir al pueblo a decirlo. Jesús se ve asaltado por todas partes.
Pedro, viendo que casi lo aplastan, grita:
-¡Muchachos! ¡Que lo asfixian al Maestro! ¡Venga, a abrir paso!
Y con una verdadera gimnasia de codos, e incluso alguna patada en las espinillas, los doce logran abrirse paso y liberar a Jesús, y llevarlo afuera.
-Mañana me ocupo yo de esto - dice. -Tú en la puerta y los demás en el fondo. ¿Te han hecho daño?
-No.
-¡Parecían locos! ¡Qué formas!
-Déjalos. Se sentían felices… y Yo también con ellos. Id a quien pida el bautismo. Yo entro en casa. Tú, Judas, con Simón, darás el óbolo a los pobres. Todo. Nosotros tenemos mucho más de lo justo para apóstoles del Señor. Ve, Pedro, ve. No temas hacer demasiado. Yo te justifico ante el Padre porque te mando Yo. Adiós, amigos.
Y Jesús, cansado y sudoroso, se cierra en la casa, mientras los discípulos hacen cada uno su encargo con los peregrinos.

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