por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Vuelvo a ver, de día, el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño. Ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está húmeda, si bien no fangosa. Sopla todavía el viento, un viento húmedo que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos con su aliento cargado de humedad.
En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla. Lo que me da pena es ver que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos, e incluso del pecho, apretandofuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos novillos.
También Jesús mira y ve, y se entristece su rostro, hasta llorar incluso.
Los discípulos - once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están - hablan entre sí, y Pedro dice:
-Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca… ¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro! – y pregunta: «Maestro, ¿serán ya siervos de Doras?
Responde Simón Zelote:
-No lo creo. Sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales, me parece. Todavía no los vemos.
Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas. En los bordes se han sentado un momento cuatro fatigados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado. Pedro les pregunta:
-¿Sois de Doras?
-No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?
-Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva - Pedro dice esto con el respeto y la gloria con que uno diría: "Pertenezco al alto y divino César de Roma", y mucho más todavía; su honesto rostro resplandece de la alegría de profesarse de Jesús.
-¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está? - dicen los cuatro infelices.
-Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.
-¿Si fuéramos nosotros… nos rechazaría?
-¿Rechazaros? ¿Por qué? Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros… sí, realmente sois de ésos…
-¡Claro que lo somos! ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. A1 menos disponemos del pan que queramos y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero…
-De modo que si ahora ese señoriíto de Jocanán os encuentra aquí hablando, os…
-Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros…
Pedro silba en modo significativo. Luego dice:
-Entonces será mejor así…- y, abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte: “¡Maestro! ¡Ven aquí! ¡Que hay corazones que sufren y te necesitan!
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Él? ¿Aquí, donde nosotros?! Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!
Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía.
-A nadie le gusta que lo azoten, y si pasa por aquí ese "distinguido" fariseo, no quisiera recibir yo también una ración… -dice Pedro riendo mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro Jesús, con su largo paso, ya está llegando. Los cuatro hombres no saben qué hacer. Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza (pobres a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo). Caen rostro en tierra, adorando des-de ahí al Mesías, que se llega a ellos.
-La paz a todos los que me anhelan. El que me anhela, anhela el bien, y Yo lo quiero como a un amigo. Levantaos.
¿Quiénes sois?
Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.
Habla Pedro y dice:
-Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras. Querrían hablarte, pero… si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: "Ven". ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.
-Nosotros… nosotros sabemos de ti… por Jonás…
-Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de mí?
-Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño. Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido… pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y… y los quieres. Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco…
Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera…
-Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?
-¡Oh!… Pero más todavía los de Doras. ¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!… Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento. Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta.
-Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? - pregunta Pedro.
-Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.
-La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey. Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡venga!, a la lección.
Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala! Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro
lado de la larga barra del timón. Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre lo alaba.
-Soy un maestro de la aradura - exclama contento el buen Pedro. ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un novillo por arado.
En el otro. Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah… eup!»
Los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco. Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.
-¡Qué buenos son tus amigos! - dice el más audaz de los siervos de Jocanán - ¿Los has hecho tú así?
-Yo he dado una regla a su bondad. Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien porque hay quien la cuida.
-También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos…!
-Conmigo sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor; sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.
-¿Nosotros también podremos conseguirlo, nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?
-Responded: ¿guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?
-¡No, no, Maestro! Es nuestro destino. Pero cuando, cansados, nos dejamos caer sobre la yacija, decimos: "Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: ` ¡Bendito sea el Señor!"'; también decimos:
"Un día más hemos vivido sin pecar"… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas. Pero el patrón ha dicho: “A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas, y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía". Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor.
-Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes lo insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.
-¡Pero entre iguales se aman! A1 menos… eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor. Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.
-No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar. No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndolo por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa; y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados. Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un
amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos.
En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto; los que no hayan robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas, y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación; quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad; quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal; quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás. De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado
allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada; es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la ley eterna del Decálogo.
Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.
Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo; los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.
-¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo! En ti todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡jamás hemos sentido el alma tanto!
-¿Hace mucho que no veis a Jonás?
-Desde que está enfermo.
-¿Enfermo?
-Sí, Maestro. No puede más. Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie; y a pesar de todo… le hace trabajar ese… ¡Oh…, dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!
-Jonás lo ama…
-Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.
-Dices bien. ¿Cómo te llamas?
-Miqueas, y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.
-Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?
-Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no lo vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.
-¿Está trabajando a esta hora?
-Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel pomar.
-¿Ha sido buena la cosecha de Doras?
-Se ha hablado de ella en toda la región. Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso. Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.
-¿Entonces Doras habrá premiado a su siervo?
-¿Premiado? ¡Señor, qué mal lo conoces!
-Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos, y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarlo.
-No. Lo azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.
-¡Este hombre es una fiera salvaje! -exclama Mateo.
-No. Es un hombre sin alma - dice Jesús - Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?
-Tenemos este pan - y sacando un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.
-Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y…
-¿Tú en casa de Doras?
-Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?
-Aquí ninguno sabe nada. Pero… no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.
-No podrá hacerme nada. Tomad mi comida. Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino. Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vamos!
-Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar - y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga; se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.
Los cuatro no cesan de dar las gracias.
-¿Pasarás por aquí, Maestro?
-Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?
-¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Están hechos más de dos tercios de ella, ¡y qué bien y qué rápido!
¡Son fuertes tus amigos!… Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Ázimos. ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!
Jesús va derecho hacia el pomar, lo cruzan, llegan a los campos de Doras. Más campesinos al arado, o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está. Reconocen a Jesús y, sin dejar de trabajar, lo saludan.
-¿Dónde está Jonás?
Después de dos horas ha caído sobre el surco y lo han llevado a casa. ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir. Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor.
-Me tenéis a mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham. Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios (por tanto, amor perfecto).
-¡Ve enseguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!
Jesús bendice y continúa su camino.
-¿Y ahora qué piensas hacer? ¿Qué le piensas decir a Doras? - preguntan los discípulos.
-Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos.
-Tiene razón tu amigo: es como un chacal - dice Pedro a Simón.
-Lázaro no dice nunca sino la verdad y no es maldecidor; cuando lo conozcas, lo querrás - responde Simón.
-Se ve la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos; una casa de campo, pero rica y cómoda. Pedro y Simón se adelantan para avisar.
Sale Doras. Un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso: ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa detrás de una barba más blanca que negra.
-Salud, Jesús - dice en tono familiar y con clara ostentación de benevolencia.
Jesús no dice: «Paz»; responde:
-Que ella vuelva a ti.
-Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.
-Como una persona honesta - replica Jesús.
Doras se ríe, como si se hubiera tratado de una gracia.
Jesús se vuelve y les dice a los discípulos, que no han sido invitados a entrar:
-Entrad - Y añade: «Son mis amigos».
-Que entren… pero… ¿ése no es el recaudador de tributos, hijo de Alfeo?
-Éste es Mateo, el discípulo del Cristo - dice Jesús, en un tono que… el otro entiende y… vuelve a reírse más forzadamente que antes Doras pretende aplastar al "pobre" maestro galileo bajo la opulencia de su casa, fastuosa por dentro, fastuosa y gélida; los servidores parecen esclavos. Caminan encorvados; si entran en escena, desaparecen furtivamente y con rapidez, como quien teme siempre un castigo. Se tiene la impresión de una casa en que reinan la frialdad y el odio.
Pero Jesús no se apabulla ante la exposición de riquezas, ni ante el recuerdo de censo y parentela… y Doras, que percibe la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el pomar jardín, mostrando árboles raros y ofreciendo sus frutos – los servidores los acercan en bandejas y copas de oro -. Jesús degusta y alaba la exquisitez de la fruta, parte conservada en una especie de almíbar (melocotones primorosos), parte fruta natural (peras de singular tamaño).
-Soy el único que las tiene en toda Palestina, y creo que ni siquiera en toda la península las hay como éstas. Las he mandado traer de Persia, y de más lejos aún. La caravana me costó el precio de un talento. Ni siquiera los Tetrarcas disponen de estos frutos; quizás ni siquiera César los tiene. Cuento las piezas y exijo todos los huesos. Las peras sólo se consumen en mi mesa, porque no quiero que se lleven ni una semilla. A Anás le mando algunas peras, pero sólo de las cocidas porque así son estériles.
-Son plantas de Dios, y los hombres son todos iguales.
-¿Iguales? ¡No, hombre, no! ¿Yo igual que… que tus galileos?
-El alma viene de Dios, y Él las crea iguales.
-¡Pero yo soy Doras, el fiel fariseo!…- diciendo esto parece esponjarse como un pavo.
Jesús lo asaetea con sus ojos de zafiro, cada vez más encendidos (signo que en Él denuncia que rebosa de piedad o de severidad). Jesús es mucho más alto que Doras y lo domina; está majestuoso con su vestido purpúreo al lado del pequeño y un poco encorvado fariseo, apergaminado, que lleva un vestido de una holgura y una abundancia de franjas impresionante.
Doras, después de un rato de autoadmiración, exclama:
-Pero Jesús, ¿por qué has enviado a casa de Doras, el puro fariseo, a Lázaro, hermano de una meretriz? ¿Amigo tuyo, Lázaro? ¡No debes permitirlo! ¿No sabes que está anatematizado porque su hermana, María, es una meretriz?
-No conozco más que a Lázaro y sus acciones, que son honestas.
-Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa y ve que su mancha se extiende entre los amigos… No vayas a esa casa.
¿Por qué no eres fariseo? Si lo deseas… yo soy poderoso… hago que te acojan como tal a pesar de que seas galileo. Yo lo puedo todo en el Sanedrín. Está en mi mano Anás como lo está esta orla de mi manto. Te temerían más.
-Deseo sólo ser amado.
-Yo te amaré. ¿Ves como ya te amo al condescender a tu deseo dándote a Jonás?
-He pagado por él.
-Es verdad, y estoy asombrado de que hayas podido abonar tal suma.
-No Yo, un amigo por mí.
-Bien, bien. No quiero indagar. Mira como es verdad que te amo y deseo satisfacerte: tendrás a Jonás después de la comida. Sólo por ti hago este sacrificio… - y se ríe con su cruel risa.
Jesús, con los brazos cruzados a la altura del pecho, cada vez más severo, lo traspasa con la mirada. Todavía están en el huerto jardín en espera de la comida.
-Pero tú tienes que concederme una cosa. Satisfacción por satisfacción. Yo te doy mi mejor siervo, por tanto me privo de una futura ganancia. Este año tu bendición - sé que viniste cuando comenzaba el calor fuerte - me ha proporcionado una recolección que ha hecho famosas mis propiedades. Bendice pues ahora mis rebaños y mis campos. El próximo año no echaré de menos a Jonás… y entre tanto, encontraré uno como él. Ven, da tu bendición. Dame la satisfacción de que me celebren en toda Palestina y de tener rediles y graneros saturados de bienes. Ven - Y lo aferra y trata de arrastrarlo, invadido por la fiebre del oro.
Pero Jesús se resiste:
-¿Dónde está Jonás? - pregunta severo.
-En la aradura. No ha querido marcharse sin hacer este trabajo para su buen patrón, pero antes de terminar de comer vendrá. Mientras, ven a bendecir rebaños, campos, árboles frutales, cepas y almazaras. Todo, todo… ¡Ah, qué fértiles serán el año próximo! ¡Ven!
-¿Dónde está Jonás? -truena Jesús más fuerte.
-¡Pero si ya te lo he dicho! Está dirigiendo la aradura. Es el primero entre mis servidores y no trabaja: preside.
-¡Embustero!
-¿Yo? ¡Lo juro por Yeohveh!
-¡Perjuro!
-¿Yo? ¿Yo perjuro? ¿Yo que soy el fiel más fiel? ¡Cuidado cómo hablas!
-¡Asesino! - Jesús ha ido levantando la voz, y la última palabra es un trueno.
Los discípulos hacen un círculo en torno a Él, los criados se asoman a las puertas, temerosos. El rostro de Jesús
transparenta una severidad insostenible. Los ojos parecen emanar rayos fosforescentes.
Doras siente un momento de miedo. Se hace más pequeño, madeja de estofa finísima junto a la alta persona de Jesús, vestida de pesada lana rojo oscuro. Pero luego la soberbia vuelve a hacerse con él. Doras se pone a gritar con su voz chillona
(exactamente como la de los zorros):
-¡En mi casa doy órdenes sólo yo! ¡Vete, vil galileo!
-Me iré después de maldecirte a ti, a tus campos, a tus rebaños y a tus cepas, para éste y para los futuros años.
-¡No, eso no! Sí. Es verdad. Jonás está enfermo, pero se le está cuidando, se le está cuidando bien. Retira tu maldición.
-¿Dónde está Jonás? Que un criado me conduzca a él, inmediatamente. Yo lo he pagado, y, dado que para ti es una mercancía, una máquina, tal lo considero; y puesto que lo he comprado, lo quiero. Doras saca del pecho un pequeño silbato de oro y silba tres veces. Una nube de servidores de la casa y de las tierras acude de todas partes; corren - encorvados hasta el punto de que casi rozan el suelo - hasta donde está el temido patrón.
-Traedle a Jonás a éste y entregadlo.
-¿A dónde vas?
Jesús ni siquiera responde. Sigue a los servidores que, presurosos han cruzado el jardín en dirección a las casas de los campesinos, los misérrimos cuchitriles de los míseros campesinos.
Entran en el tugurio de Jonás. Éste está completamente esquelético, jadeante a causa de la fiebre, semidesnudo, sobre un cañizo; como colchón, un vestido remendado; como manta, un manto aún más roto. La joven de la otra vez lo cuida como puede.
-¡Jonás! ¡Amigo mío! ¡He venido a llevarte conmigo!
-¿Tú? ¡Mi Señor! Me estoy muriendo… pero me siento feliz de tenerte aquí.
-Amigo fiel, ahora eres libre. No morirás aquí. Te llevo a mi casa.
-¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Me prometiste que vería a tu Madre.
Jesús, combado hacia el miserable lecho del infeliz, es todo amor, mientras que Jonás, de alegría, parece reanimarse.
-Pedro, tú eres fuerte, levanta a Jonás. Vosotros, poned aquí vuestro manto; es demasiado duro este lecho para uno en su estado.
Los discípulos se despojan de sus mantos con prontitud, los pliegan en varios dobleces y los extienden; con algunos hacen la almohada. Pedro deposita su carga de huesos y Jesús tapa a Jonás con su propio manto.
-Pedro, ¿tienes dinero?
-Sí, Maestro, tengo cuarenta denarios.
-Bien. ¡Vamos! ¡Ánimo, Jonás! Todavía un poco de esfuerzo; luego mucha paz en mi casa, con María…
-María… sí… ¡tu casa!
El pobre Jonás está en el límite de sus fuerzas y llora; lo único que es capaz de hacer es llorar.
-Adiós, mujer; el Señor te bendecirá por tu misericordia.
-Adiós, Señor. Adiós, Jonás. Ora, orad por mí - La joven llora…
Llegados al umbral de la puerta, aparece Doras. Jonás tiene una reacción de temor y se cubre el rostro; mas Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado, más severo que un juez. La mísera comitiva sale al rústico patio y toma el sendero del huerto.
-¡Ese lecho es mío; te he vendido el siervo, no la cama!
Jesús le arroja a los pies la bolsa sin decir nada.
Doras la coge, la vacía:
-Cuarenta denarios y cinco didracmas. ¡Es poco!
Jesús mira fijamente, de arriba abajo, - es imposible describir su gesto - al codicioso y repugnante cómitre, y no responde.
-Al menos dime que retiras tu maldición.
Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una breve frase:
-Te remito al Dios del Sinaí - y pasa erguido, al lado de la tosca camilla que, con cuidado, transportan Pedro y Andrés.
Doras, viendo que todo es inútil y que la condena es cierta, grita:
-¡Volveremos a vernos, Jesús! ¡No pienses que te has librado de mis zarpas! ¡Te haré la guerra a muerte! Llévate si quieres ese pingajo de hombre; ya no me sirve. Me ahorro la sepultura. ¡Vete, vete, maldito Satanás! Pero te pondré en contra a todo el Sanedrín. ¡Satanás! ¡Satanás!
Jesús no hace ni siquiera ademán de haber oído. Los discípulos están consternados.
Jesús se ocupa sólo de Jonás; busca los senderos más llanos, más protegidos, hasta que llega a un cruce de caminos en la propiedad de Jocanán. Los cuatro campesinos corren a saludar al amigo que parte y al Salvador, que los bendice.
Pero el camino de Esdrelón a Nazaret es largo y además no se puede ir deprisa con esa conmovedora carga humana.
A lo largo de la calzada principal no hay ningún carro, ninguna carreta, nada. Continúan caminando en silencio. Jonás parece dormir, pero no suelta la mano de Jesús.
A1 atardecer, un carro militar romano pasa a su lado.
-¡En nombre de Dios, parad! - dice Jesús levantando el brazo. Dos soldados detienen el carro; el comandante, un hombre todo pomposo, se asoma, descorriendo un poco el toldo con que acababa de cubrir el carro porque empezaba a llover.
-¿Qué quieres? - le pregunta a Jesús.
-Tengo un amigo que está agonizando. Lo que os pido es un lugar para él en el carro.
-No se podría hacer… pero… sube. Al fin y al cabo, no somos perros.
Se sube la camilla.
-¿Tu amigo? ¿Tú quién eres?
-El rabí Jesús de Nazaret.
-¿Tú? ¡Oh!… - el militar lo mira con curiosidad.
-Si eres Tú, entonces… montad cuantos más podáis. La única cosa es que tratéis de que no se os vea… Así está ordenado… pero, por encima de las órdenes está la humanidad, ¿no? Y Tú eres bueno, yo lo sé. Nosotros, los soldados, sabemos todo… ¿Que cómo es que lo sé? Hasta las piedras hablan, bien o mal; y nosotros tenemos oídos para oírlas, para servir al César.
Tú no eres un falso Cristo como los demás de antes, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe. Este hombre… está muy mal.
-Por eso lo llevo donde mi Madre.
-¡Poco tiempo podrá cuidarlo! Dale un poco de vino. Está en esa cantimplora. Tú, Aquila, instiga a los caballos, y tú, Quinto, dame la ración de miel y de mantequilla; es mía, pero le sentará bien. Tiene mucha tos y la miel es medicinal.
-Eres bueno.
-No. Soy menos malo que muchos, y estoy contento de tenerte conmigo. Acuérdate de Publio Quintiliano, de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Tolemaida. Inspección de rigor.
-No estás en enemistad conmigo.
-¿Yo? Soy enemigo de los malos, jamás de los buenos. Y desearía ser yo también bueno. Dime: para nosotros, hombres de armas, ¿qué doctrina predicas?
-Una es la doctrina, para todos: justicia, honestidad, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos. Incluso en la dura necesidad de las armas, seguir la humanidad. Tratar de conocer la Verdad, o sea, a Dios Uno y Eterno; sin este conocimiento toda acción queda privada de gracia y, por tanto, de premio eterno.
-Pero, una vez muerto, ¿para qué me sirve el bien que haya hecho?
-Quien se llega al Dios verdadero encuentra ese bien en la otra vida.
-¿Renazco otra vez? ¿Llego a ser tribuno, o incluso emperador?
-No. Eres como Dios, desposándote con su eterna beatitud en el Cielo.
-¿Cómo? ¿En el Olimpo yo? ¿Entre los dioses?
-No hay dioses. Existe el Dios verdadero, el que Yo predico, el que te oye y signa tu bondad y tu deseo de conocer el Bien.
-¡Esto me gusta! No sabía que Dios se pudiera ocupar de un pobre soldado pagano.
-Él te ha creado, Publio; por eso te ama y querría tenerte consigo.
-Bueno, ¿y por qué no? Pero… nadie nos habla de Dios… nunca….
-Iré a Cesárea y me oirás.
-Sí, iré a oírte. Allí está Nazaret. Querría servirte más, pero si me ven…
-Bajo, y te bendigo por tu bondad.
-Adiós, Maestro.
-Que el Señor se muestre a vosotros, soldados. Adiós.
Bajan. Se ponen a caminar de nuevo.
-Dentro de poco descansarás, Jonás - dice Jesús para animarlo.
Jonás sonríe. Cada vez más tranquilo, a medida que la tarde va cayendo y que está seguro de estar lejos de Doras.
Juan con su hermano se adelanta corriendo para avisar a María.
Y, cuando la pequeña comitiva llega a Nazaret, casi desierta al caer de la tarde, María está ya en el umbral de la puerta esperando a su Hijo.
-Madre, éste es Jonás. Se acoge a tu dulzura para empezar a gustar su Paraíso. ¿Contento, Jonás?
-¡Contento! ¡Contento! - susurra como en éxtasis el exhausto.
Le llevan a la pequeña habitación en donde murió José.
-Estás en la cama de mi padre, y aquí está mi Madre, y aquí estoy Yo. ¿Ves? Nazaret se hace así Belén, y tú ahora eres el pequeño Jesús entre dos que te quieren, y éstos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves a los ángeles, pero sus alas de luz espiran sobre ti y cantan las palabras del salmo natalicio…
Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que se va apagando por momentos. Parece como si hubiera resistido hasta este momento para morir aquí… Pero su estado es beato. Sonríe, trata de besar la mano de Jesús, la de María, y de decir, decir… pero el jadeo quiebra la palabra. María, como una madre, lo conforta. Y él repite:
-Sí… sí - con su sonrisa beata en ese rostro suyo esquelético.
Los discípulos, que están a la puerta del huerto, guardan silencio y observan con conmoción.
-Dios ha escuchado tu prolongado deseo. La Estrella de tu larga noche viene a ser ahora la Estrella de tu eterna mañana. Tú sabes su Nombre -dice Jesús.
-¡Jesús, el tuyo! ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles… ¿Quién me está cantando el himno angélico? El alma lo está oyendo…
También el oído lo quiere escuchar… ¿Quién, para que yo duerma feliz?… ¡Tengo mucho sueño! ¡He trabajado mucho! Muchas lágrimas… Muchos insultos… Doras… yo lo perdono… pero no quiero oír su voz y la oigo… Es como la voz de Satanás en la hora de mi muerte. ¡Alguien que me cubra esa voz con las palabras provenientes del Paraíso!
Es María quien con la misma melodía de su canción de cuna entona dulcemente: «Gloria a Dios en los altos Cielos y paz a los hombres aquí abajo». Y lo repite dos o tres veces porque ve que Jonás oyéndola se calma.
-Ya no habla Doras - dice, pasado un rato - Sólo los ángeles… Era un Niño… en un pesebre… entre un buey y un asno… y era el Mesías… y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…
La voz se pierde en un breve gorgoteo dando paso al silencio.
-¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! Ha muerto.
Le pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos junto al padre mío justo - dice Jesús.
Y mientras, advertida no sé por quién, entra María de Alfeo, todo cesa.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Todos los campos de Galilea están en el festivo trabajo de la vendimia.
Los hombres, encaramados sobre altas escaleras, recogen uva de las pérgolas y de las parras; las mujeres, en cestos, sobre la cabeza, llevan racimos de oro y rubí a donde esperan los pisaúvas. Cantos, risas, bromas corren de loma a loma, de huerto a huerto, junto al olor de mostos y a un gran zumbar de abejas que parecen ebrias de tan veloces y danzarinas como van de los sarmientos aún restantes, aún ricos de racimos, a los cestos y a los tinos donde se pierden los granos, que ellas buscan, en el caldo turbio de los mostos. Los niños – cual faunos, pringados de zumo - trisan como golondrinas corriendo por la hierba, por los patios, por los caminos.
Jesús se dirige hacia un pueblo que está a poca distancia del lago y que, a pesar de ello, es de llanura. Parece un amplio álveo entre dos lejanos sistemas montañosos orientados hacia el Norte. La llanura está bien regada, porque la atraviesa un río -creo que es el Jordán -.
Jesús pasa por la calzada principal. Muchos lo saludan con el grito: « ¡Rabí! ¡Rabí!». Jesús pasa bendiciendo.
Antes de llegar al pueblo hay una rica propiedad, al principio de la cual un matrimonio anciano está esperando al Maestro.
-Entra. Cuando el trabajo cese, todos acudirán aquí para oírte. ¡Cuánta alegría llevas contigo! Emana de ti y se extiende como la savia por los sarmientos, y se transforma en vino de gozo para los corazones. ¿Aquélla es tu Madre? - dice el dueño de la casa.
-Es Ella. Os la he traído porque ahora también forma parte del grupo de mis discípulos; el último recibido, el primero en orden de fidelidad. Es el Apóstol. Me predicó aún antes de que Yo naciera… Madre, ven. Un día - eran los primeros tiempos en que evangelizaba - esta madre fue tan dulce con tu Hijo cansado, que hizo que no llorase tu recuerdo.
-Que el Señor te otorgue su don, mujer piadosa.
-Ya lo poseo porque tengo al Mesías y te tengo a ti.
-Ven. La casa es fresca y la luz que hay en ella es moderada. Podrás descansar. Estarás fatigada.
-Sólo me supone cansancio el odio del mundo. Seguirlo y oírlo…! Ha sido mi deseo desde la más lejana infancia.
-¿Sabías que eras la futura Madre del Mesías?
-¡Oh, no! Sí esperaba vivir tanto como para poder oírlo y servirle; última entre sus evangelizados, pero fiel, ¡fiel!
-Lo oyes y le sirves, y eres la primera. Yo también soy madre y tengo hijos sabios; cuando los oigo hablar, mi corazón salta de orgullo. ¿Qué sientes Tú oyéndolo a El?
-Un delicado éxtasis. Me sumerjo en mi nada, y la Bondad - que es Él mismo - me eleva consigo. Entonces veo con simple mirada la Verdad eterna y Ella se hace carne y sangre de mi espíritu.
-¡Bendito corazón tuyo! Es puro, por ello comprende así al Verbo. Nosotros somos más duros porque estamos llenos de culpas…
-Quisiera dar a todos mi corazón para esto, para que el amor fuera en ellos luz para comprender. Porque, créelo, es el amor - y yo soy su Madre y por tanto en mí es natural el amor - lo que hace fácil toda empresa.
Las dos mujeres siguen hablando, la anciana junto a la muy joven, siempre muy joven Madre de mi Señor; mientras,
Jesús habla con el dueño de la casa, junto a los tinos, donde grupos y más grupos de vendimiadores vuelcan racimos y más racimos. Los apóstoles, sentados a la sombra de una pérgola de jazmines, saborean con buen apetito uva y pan. Ya declina el día y el trabajo cesa lentamente. Todos los colonos están ya en el amplio patio rústico, donde hay un
fuerte olor de uvas pisadas. De casas cercanas vienen también otros campesinos.
Jesús sube por una pequeña escalera que da a un ala: una galería de arcos bajo la cual se conservan sacos de productos agrícolas y herramientas. ¡Cómo sonríe Jesús subiendo esos pocos peldaños! Lo veo sonreír entre el ondear de sus esponjosos cabellos agitados por una brisa vespertina. Y quisiera saber por qué sonríe de forma tan luminosa. La alegría de esta sonrisa entra en mi corazón, muy triste hoy, como ese vino de que hablaba el dueño de la casa, confortándolo. Se vuelve. Se sienta en el último peldaño, en el punto más alto de la escalera, que se transforma en una tribuna para los más afortunados oyentes, es decir, para los dueños de la casa, para los apóstoles y para María, la cual, siempre humilde, ni siquiera había tratado de subir a ese puesto de honor, sino que la había conducido a él la señora. Está sentada justamente un peldaño más abajo que Jesús, de manera que su cabeza está a la altura de las rodillas de su Hijo, y estando sentada de lado, Ella lo puede mirar a la cara, con su mirada de paloma enamorada. El delicado perfil de María destaca nítido como en un mármol contra el muro oscuro de la rústica galería.
Más abajo están los apóstoles y los dueños de la casa. En el patio, todos los aldeanos: unos en pie, otros sentados en el suelo, otros encaramados en los lagares o en las higueras que hay en los cuatro ángulos del patio.
Jesús habla lentamente, hundiendo la mano en un amplio saco de trigo colocado detrás de las espaldas de María; parece como si estuviera jugando con esos granos o los estuviera acariciando con gusto, mientras con la derecha gesticula sosegadamente.
-Me han dicho: "Ven, Jesús, a bendecir el trabajo del hombre". Heme aquí. En nombre de Dios lo bendigo. Efectivamente, todo trabajo, si es honesto, merece bendición por parte del Señor eterno. Pero he dicho esto: la primera condición para obtener de Dios bendición es ser honestos en todas las acciones.
Veamos juntos cuándo y cómo las acciones son honestas. Lo son cuando se cumplen teniendo presente en el espíritu al eterno Dios. ¿Puede acaso pecar uno que diga: "Dios me está mirando. Dios tiene sus ojos puestos en mí, y no pierde ni un detalle de mis acciones"? No. No puede. Porque pensar en Dios es un pensamiento saludable y le impide al hombre pecar más que cualquier amenaza humana.
¿Pero al eterno Dios se le debe sólo temer? No. Escuchad. Os fue dicho: "Teme al Señor tu Dios". Y los Patriarcas temblaron, y temblaron los Profetas cuando el Rostro de Dios, o un ángel del Señor, se apareció a sus espíritus justos. Y ciertamente es verdad que en tiempo de cólera divina la aparición de lo sobrenatural debe hacer temblar el corazón. ¿Quién, aun siendo puro como un párvulo, no tiembla ante el Poderoso, ante cuyo fulgor eterno están en actitud de adoración los ángeles, rostro en tierra en el aleluya paradisíaco? Dios atenúa con un piadoso velo el insostenible fulgor de unángel, para concederle al ojo humano poder mirarlo sin que se le queden abrasadas pupila y mente. ¿Qué será entonces ver a Dios?
Pero esto es así mientras dura la ira. Cuando ésta queda sustituida por la paz y el Dios de Israel dice: "He jurado y mantengo mi pacto. He ahí a quien envío, y soy Yo, aun no siendo Yo sino mi Palabra que se hace Carne para ser Redención", entonces el amor debe -suceder al temor, y sólo amor debe dársele al eterno Dios, con alegría, porque el tiempo de paz ha llegado para la Tierra; la paz ha llegado entre Dios y el hombre. Cuando los primeros vientos de la primavera esparcen el polen de la flor de la vid, el agricultor debe temer aún, dado que la intemperie y los insectos pueden tenderle al fruto muchas insidias, mas cuando llega la feliz hora de la vendimia, ¡ah!, entonces cesa todo temor y el corazón se regocija por la certeza de la cosecha.
E1 Vástago de la estirpe de Jesé, habiendo sido previamente anunciado por las palabras de los Profetas, ha venido; ahora está entre vosotros. Él es Racimo óptimo que os trae el zumo de la Sabiduría eterna y no pide sino ser cogido y exprimido y ser así Vino para los hombres. Él es Vino de alegría sin fin para aquellos que se nutran con Él. Pero, ¡ay de aquellos que habiendo tenido a su alcance este Vino lo hayan rechazado, y tres veces desdichados aquellos que después de haberse nutrido con Él lo hayan rechazado o mezclado en su interior con la comida de Satanás!
Y así vuelvo al primer concepto. La primera condición para obtener la bendición de Dios, tanto en las obras del espíritu como en las del hombre, es la honestidad de propósitos.
Honesto es el que dice: "Sigo la Ley, no para obtener de ella alabanza por parte de los hombres, sino por fidelidad a Dios". Honesto es aquel que dice: "Sigo a Cristo, no por los milagros que hace, sino por los consejos que me da de vida eterna".
Honesto es quien dice: "Trabajo, no por ávido lucro, sino porque también el trabajo ha sido puesto por Dios como medio de santificación por su valor formativo, mortificante, preservativo, elevante; trabajo para poder ayudar a mi prójimo; trabajo para poder hacer resplandecer los prodigios de Dios, que de un granito minúsculo hace una macolla de espigas, de una semilla de uva hace una gran cepa, de la semilla de un fruto hace un árbol, y de mí, hombre, pobre nada, sacado de la nada por voluntad suya, hace un ayudante suyo en la obra infatigable de perpetuar los cereales, vides y árboles frutales, como en la de poblar la Tierra de hombres".
Hay personas que trabajan como acémilas, pero sin otra religión aparte de la de aumentar sus riquezas. ¿Que muere de aprietos y cansancio delante de él el compañero que ha sido menos favorecido por la suerte? ¿Que se mueren de hambre los hijos de este miserable? ¿Y qué le importa al ávido acumulador de riquezas? Hay otros todavía más duros, que no trabajan pero obligan a trabajar, y atesoran con el sudor ajeno. Y hay otros que dilapidan lo que avaramente arrebatan al esfuerzo ajeno. En verdad, en éstos el trabajo no es honesto. Y no digáis: "Y a pesar de todo Dios los protege". No. No los protege. Hoy gozarán de una hora de triunfo, pero no pasará mucho tiempo sin que los alcance la severidad divina, que, en el tiempo o en la eternidad, les recordará este precepto: "Yo soy el Señor tu Dios, ámame sobre todas las cosas y ama a tu prójimo como a ti mismo'". ¡Oh, entonces, verdaderamente, si esas palabras resuenan eternamente, serán más tremendas que los rayos del Sinaí!
Muchas, demasiadas son las palabras que se os dicen. Yo os digo sólo éstas: “Amad a Dios. Amad al prójimo". Son como el trabajo que hace fecundo al sarmiento, realizado con la vid en primavera. El amor a Dios y al prójimo es como la grada que limpia el suelo de las hierbas nocivas del egoísmo y de las malas pasiones; es como la azada que excava un círculo en torno a la cepa para que quede aislada del contagio de hierbas parásitas y nutrida con frescas aguas de riego; es como cizalla que elimina lo superfluo para condensar la energía y dirigirla hacia donde dará fruto; es lazo que aprieta y sostiene junto al robusto palo; es, finalmente, sol que madura los frutos de la buena voluntad haciendo de ellos frutos de vida eterna.
Exultáis ahora porque el año ha sido bueno, ricas las mieses y óptima la vendimia. Pero en verdad os digo que este júbilo vuestro es menos que un diminuto granito de arena en relación con el júbilo sin medida que será vuestro cuando el eterno Padre os diga: "Venid, fecundos sarmientos míos injertados en la verdadera Vid. Vosotros os prestasteis a toda operación, aunque fuera penosa, con tal de dar abundante fruto, y ahora venís a mí cuajados de los zumos dulces del amor a mí y al prójimo. Floreced en mis jardines durante toda la eternidad". Tended a este eterno goce. Perseguid con fidelidad este bien.
Agradecidos, bendecid al Eterno, que os ayuda a alcanzarlo. Bendecidlo por la gracia de su Palabra, bendecidlo por la gracia de la buena cosecha. Amad con gratitud al Señor y no tengáis miedo. Dios da el ciento por uno a quien le ama.
Jesús habría terminado, pero todos gritan:
-¡Bendícenos, bendícenos! ¡Danos tu bendición!
Jesús se levanta, extiende los brazos y dice con voz de trueno:
-Que el Señor os bendiga y guarde, os muestre su faz y tenga piedad de vosotros. Que el Señor vuelva hacia vosotros su rostro y os dé su paz. Que el nombre del Señor esté en vuestros corazones, en vuestras casas y en vuestros campos.
La multitud, la pequeña multitud reunida, prorrumpe en un griterío de alegría y de aclamaciones al Mesías, mas luego calla y se abre para dejar pasar a una madre que lleva en brazos a un niño paralítico de unos diez años. Ella lo coloca echado a los pies de la escalera, como si se lo ofreciera a Jesús.
-Es una criada mía. Su hijo varón se cayó el año pasado desde la terraza y se partió la columna. Toda la vida tendrá que yacer sobre la espalda - explica el dueño de la casa.
.Ha esperado en ti todos estos meses… - añade la dueña.
-Dile que se acerque.
Pero la pobre mujer está tan emocionada, que parece como si tuviera ella la parálisis. Tiembla toda y se le enredan los pies en el largo vestido al subir los altos escalones con su hijo en brazos.
María, piadosa, se pone en pie y baja hacia ella.
-Ven. No temas. Mi Hijo te quiere. Dame a tu niño. Así podrás subir mejor. Ven, hija. Yo también soy madre - y le coge el niño, al cual sonríe dulcemente. Y sube con el peso de esta conmovedora carga sobre sus brazos. La madre del niño la sigue, llorando.
Ya está María ante Jesús. Se arrodilla y dice:
-¡Hijo! ¡Por esta madre!
No dice nada más.
Jesús ni siquiera solicita su consabido "¿qué deseas que te haga? ¿Crees que puedo hacerlo?". No. Hoy sonríe y dice:
-Mujer, ven aquí.
La mujer se coloca justo junto a María. Jesús le pone una mano sobre la cabeza y se limita a decir: «Alégrate». Aún no ha terminado de decir esta palabra y el niño, que hasta ahora había estado extendido como un cuerpo muerto, colgándole las piernas en brazos de María, se sienta como impulsado por un resorte y prorrumpe en un grito de alegría « ¡Mamá!», y corre a refugiarse en el pecho materno. Los gritos de hosanna parece como si quisieran penetrar en el cielo completamente rojo del atardecer.
La mujer, con su hijo apretado contra el corazón, no sabiendo qué decir, lo pregunta:
-¿Qué… qué tengo que hacer para decirte que soy feliz?
A lo que Jesús, que sigue acariciándola, contesta:
-Ser buena, amar a Dios y a tu prójimo, educar en este amor a tu hijo.
Pero la mujer no se muestra todavía satisfecha. Quisiera… quisiera… y, por fin, pide:
-Dadle un beso Tú y tu Madre a mi niño.
Jesús se inclina y lo besa, y María también. Y mientras la mujer se marcha feliz, entre las aclamaciones de un cortejo de amigos, Jesús le explica a la dueña de casa:
-No ha hecho falta más. Él estaba en los brazos de mi Madre. Incluso sin mediar palabra alguna lo habría curado, porque Ella se siente feliz cuando puede consolar una aflicción, y Yo deseo hacerla feliz.
Entonces Jesús y María se intercambian una de esas miradas cuyo significado es tan profundo, que sólo quien las ha visto las puede entender.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús yendo hacia la casa de Juana de Cusa. Cuando el doméstico portero ve quién es el que llega, da tal grito de júbilo, que toda la casa se revoluciona. Jesús entra sonriente, bendiciendo.
Juana acude desde el jardín todo florido para arrojarse a besar los pies del Maestro. Viene también Cusa, el cual primero se postra y luego besa la orla de la túnica de Jesús.
Cusa es un hombre apuesto, de unos cuarenta años. No muy alto, pero bien proporcionado, cabellos negros que sólo a la altura de las sienes presentan algún que otro hilo de plata, ojos vivos y oscuros, colorido pálido y barba cuadrada, negra, bien cuidada.
Juana es más alta que su marido. De la pasada enfermedad sólo conserva una acentuada delgadez, que, no obstante, ya no es esquelética como entonces. Parece una palma delgada y flexible que termina en una linda y pequeña cabeza de profundos ojos negros, dulcísimos. Tiene una cabellera negra-corvina graciosamente peinada. La frente, lisa y alta, parece aún más blanca bajo ese negro puro, y la pequeña boca, bien dibujada, destaca, con su rojo sano, entre los carrillos de delicada palidez (como la de los pétalos de ciertas camelias). Es una mujer guapísima… Y es ella la que da la bolsa a Longinos en el Calvario. En aquel momento llora, deshecha y completamente velada; aquí sonríe y lleva la cabeza descubierta.
Pero es ella. -¿A qué debo el gozo de tenerte como huésped? - pregunta Cusa.
-A la necesidad que tengo de hacer un alto en el camino y esperar a mi Madre. Vengo de Nazaret… y debo llevar conmigo a mi Madre durante un tiempo. Iré con Ella a Cafarnaúm.
-¿Por qué no te quedas en mi casa? No soy digna de ello, pero… - dice Juana.
-Bien digna de ello eres. Solo que con mi Madre está su cuñada, que se ha quedado viuda hace pocos días.
-La casa es suficientemente grande como para hospedar a más de uno, y Tú me has proporcionado tanta alegría, que ningún punto de ella te está vedado. Ordena, Señor, Tú que has alejado la muerte de esta morada y le has devuelto mi rosa florecida y floreciente - dice Cusa apoyando el deseo de su mujer, a la que debe querer mucho (lo comprendo por el modo en que la mira).
-No ordeno, pero sí acepto. Mi Madre está cansada y ha sufrido mucho en estos últimos tiempos. Teme por mí y deseo mostrarle que hay quien me estima.
-¡Tráela aquí, entonces! Le daré mi amor de hija y sierva - exclama Juana.
Jesús da el beneplácito.
Cusa sale a dar enseguida las órdenes oportunas. Mientras tanto la visión se desdobla: dejando a Jesús en el espléndido jardín de Cusa, hablando con él y con su mujer, yo sigo y veo la llegada del carro, cómodo y veloz, con que Jonatán ha ido a recoger a María a Nazaret.
Naturalmente, la ciudad se revoluciona por este hecho, y, cuando María y su cuñada, obsequiadas por Jonatán como dos reinas, suben al carro, después de confiarle a Alfeo de Sara las llaves de casa, el alboroto crece. El carro se pone en marcha, mientras Alfeo se venga del acto vil cometido con Jesús en la sinagoga, diciendo:
-¡Los samaritanos son mejores que nosotros! ¿Veis cómo uno de Herodes venera a su Madre?… ¡Y nosotros…! ¡Me avergüenzo de ser nazareno!
Se produce un verdadero tumulto entre los dos partidos. Hay quien se separa del partido adverso para acercarse a Alfeo y preguntar mil cosas.
-¡Pues claro! - responde Alfeo - Huéspedes de la casa del Procurador. Habéis oído que ha dicho su intendente: "Mi señor te suplica que honres su casa". Honrar, ¿comprendéis? Y se trata del rico y poderoso Cusa, y su mujer es una princesa real. ¡Honrar! Y nosotros, o sea, vosotros, le habéis tirado piedras. ¡Qué vergüenza!
Los nazarenos no replican y Alfeo gana coraje.
-¡Ya de por sí teniéndolo a Él se tiene todo!, no hace falta apoyo de hombre. Pero, ¿os parece inútil tener como amigo a Cusa? ¿Os parece apropiado que nos desprecie? ¿Sabéis que es el Procurador del Tetrarca? ¡Nada!, ¿eh? ¡Sed, sed samaritanos con el Cristo! Os atraeréis el odio de los grandes. Y entonces… ¡ah…, entonces ahí os quiero ver, sin ayuda del Cielo y sin ayuda de la tierra! ¡Necios! ¡Malos! ¡Incrédulos!». La granizada de improperios y reproches continúa, mientras los nazarenos se marchan cabizbajos como perros apaleados. Alfeo se queda solo como un arcángel vengador a la entrada de la casa de María…
…Ya es francamente de noche cuando, por la espléndida calle que costea el lago, llega, tirado por fuertes caballos al trote, el carro de Jonatán. Los criados de Cusa, que estaban de centinelas a la puerta, dan la señal y acuden con lámparas, aumentando la tenue claridad que esparce la Luna.
Juana y Cusa vienen. También Jesús aparece sonriente, y, detrás de Él, el grupo apostólico. Cuando María baja, Juana se prosterna y saluda:
-Gloria a la Flor de la estirpe real. Gloria y bendición a la Madre del Verbo -Salvador.
Cusa se postra como no lo podría hacer ni siquiera ante Herodes, y dice:
-Bendita sea esta hora que a mí te conduce. Bendita Tú, Madre de Jesús.
María responde, delicada y humilde:
-Bendito nuestro Salvador, y benditos los buenos que aman a mi Hijo.
Entran todos en la casa, acogidos con los más vivos signos de deferencia.
Juana tiene cogida la mano de María y le sonríe diciendo:
-Me permitirás que te sirva, ¿no es verdad?
-No a mí. A Él, sírvele siempre a Él y ámalo y me habrás dado ya todo. El mundo no lo ama… Éste es mi dolor.
-Lo sé. ¿Por qué este desamor de una parte del mundo, mientras que otros darían la vida por Él.
-Porque Él es el signo de contradicción para muchos. Porque Él es el fuego que depura el metal. El oro se purifica, las escorias caen al fondo y se tiran. Se me dijo esto desde su más tierna edad… Y día a día la profecía se cumple…
-No llores, María. Nosotros lo amaremos y lo defenderemos -dice Juana con tono consolador.
Y, sin embargo, María sigue llorando silenciosamente, vista sólo por Juana, en el rincón semioscuro donde están sentadas.
Todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo una amplia sala cuadrada. Digo sala, a pesar de que comprendo que se trata de la sinagoga de Nazaret - como me dice el íntimo consejero -, porque no hay sino paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra. Hay también un alto ambón que tiene encima unos rollos. Ambón, estante… Es, en definitiva, una especie de plano inclinado sujeto por un pie; sobre él están alineados unos rollos.
Hay gente orando. No como rezamos nosotros, sino vueltos todo hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar.
Hay lámparas dispuestas así sobre la cátedra y el ambón:
No veo la finalidad de estar contemplando esto, que no cambia y que me queda fijo así por un tiempo, pero Jesús me dice que escriba lo que veo, y yo lo hago. Me encuentro de nuevo en la sinagoga de Nazaret. Ahora el rabino está leyendo. Oigo la cantinela de voz nasal, pero no
entiendo las palabras, pues las pronuncian en una lengua que yo no sé.
Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros (también parientes, sin duda, pero no sé quiénes son).
Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.
Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.
Oigo su hermosa voz, que lee el paso de Isaías citado por el Evangelio:
-El espíritu del Señor está sobre mí…
Y oigo el comentario que hace al respecto, diciendo de sí mismo que es «el portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu, y, como reflejo, en la carne - porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física - obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación. Yo he venido - dice - a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas, oído a las sordas.
Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros. Ella es esta que os habla. Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas, y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo. Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido.
Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud, y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás.
El murmullo se desata en la sinagoga.
Jesús mira en torno a sí. Lee los rostros y el interior de los corazones y prosigue:
-Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; mas esto por vuestro egoísmo, no por potencia de fe. Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros. Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo. El primero halló fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro. Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta, de haber existido, hubiera visto. Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios.
La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles-primos (Judas, Santiago y Simón) lo defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos lo echan fuera de la ciudad. Van detrás con amenazas - no solamente verbales - hasta el comienzo del monte. Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética, y pasa incólume entre ellos. Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.
Veo un pequeño, pequeñísimo, grupo de casas, un puñado de casas. Hoy lo llamaríamos anejo rural. Está más alta que Nazaret, la cual se ve más abajo. Dista de ésta pocos kilómetros. Es un caserío misérrimo.
Jesús, sentado encima de una pequeña tapia, junto a una casucha, habla con María. Quizás es una casa amiga, o por lo menos de gente hospitalaria, según las leyes de la hospitalidad oriental. Jesús se ha refugiado en ella después de haber sido echado de Nazaret, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.
Con Él sólo se encuentran los tres apóstoles-primos, que están recogidos dentro de la cocina y hablan con una mujer anciana a la que Tadeo llama madre. Por ello comprendo que se trata de María de Cleofás. Es una mujer más bien anciana, y la reconozco como la que estaba con María en las bodas de Caná. Claro es que María de Cleofás y sus hijos se han retirado para que Jesús y su Madre puedan hablar libremente.
María está afligida. Ha venido a saber lo de la sinagoga y está triste. Jesús la consuela. María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia Él, incluyendo a los otros familiares que lo consideran un loco que está deseando suscitar rencores y disputas. Pero Jesús hace un gesto sonriendo; parece como si dijera: "¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!". Pero María insiste.
Entonces Él responde:
-Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde lo aman, tendría que retirar su paso de esta tierra y volverse al Cielo. Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre. El amor eres tú, Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios. Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso estampándome contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien. Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos el Signo mío, que anula el del Enemigo. Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplir esto.
-¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!- María habla con voz acongojada.
Jesús la acaricia. Noto que María lleva en la cabeza, además del velo, el manto; más velada que nunca, como una sacerdotisa.
-Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte.
-Manda a Juan. Viñedo a Juan me parece verte un poco a Ti. Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia Ti. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos. No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad - que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos -, Hijo mío, será grande en la fe. Es doloroso que todos esperen de ti un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia. Aún la hora
bendita, y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora! ¿Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas refieren tanto martirio?
-No pienses en ello, Mamá. Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo.
Dice Jesús:
-Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que llevamos un día de retraso y no se puede ir despacio. Te he dado la fuerza para esto, hoy.
Te he concedido las cuatro contemplaciones para poderte hablar acerca de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión. Debería haberte hablado de ellos ayer, sábado, día dedicado a mi Madre, pero he sentido piedad. Hoy se recupera el tiempo perdido. Después de los dolores que te he dado a conocer, María ha tenido también éstos; y Yo con Ella.
Mi mirada había leído el interior del corazón de Judas Iscariote. Nadie debe pensar que la Sabiduría de Dios no haya sido capaz de comprender ese corazón. Mas, como le dije a mi Madre, él era necesario. ¡Ay de él por haber sido el traidor! Pero un traidor era necesario. Hombre con doblez, astuto, codicioso, lujurioso, ladrón, más inteligente y culto que la generalidad, había sabido imponerse a todos. Audaz, me allanaba el camino, aun siendo un camino difícil. Le gustaba, sobre todo, destacar y poner de relieve su puesto de confianza conmigo. No era servicial por instinto de caridad, sino solamente porque era uno de esos que vosotros diríais que está siempre en un "activismo". Ello le permitía también tener la bolsa y acercarse a la mujer; dos cosas que, junto con la tercera (los cargos humanos), deseaba desmedidamente. La Pura, la Humilde, la Desasida de las riquezas terrenas no podía no sentir repugnancia por esa serpiente. También Yo lo sentía. Y Yo sólo y el Padre y el Espíritu sabemos qué vencimientos de mí mismo debí poner para poder soportarlo cerca. Pero esto te lo explicaré en otro momento.
No ignoraba Yo tampoco la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos. Eran zorros astutos que trataban de empujarme hacia su guarida para despedazarme. Tenían hambre de mi sangre, y trataban de colocarme trampas por todas partes para capturarme, para tener un motivo de acusación, para quitarme de enmedio. Durante tres años fue larga la insidia, y ésta no se aplacó sino cuando me supieron muerto. Esa noche durmieron felices. La voz de su acusador se había extinguido para siempre. Eso creían. No. Todavía no se ha apagado. Jamás se apagará; truena, truena y maldice a quienes ahora son como ellos.
¡Cuánto dolor sufrió mi Madre por su culpa! Y Yo no olvido ese dolor.
Que la multitud fuera voluble, no era una cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador si está armada de azote o si ofrece un pedazo de carne para saciar su hambre. Pero es suficiente que el donador se caiga o que no pueda seguir usando el azote, o que no disponga de otras presas para saciarle el hambre, para que se le abalance y lo despedace. Basta con decir la verdad y ser buenos para ser odiados por la multitud después del primer momento de entusiasmo: a verdad es reproche y admonición, la bondad despoja del azote y hace que los no buenos dejen de sentir miedo; de aquí el "crucifícalo" después de
haber dicho "hosanna". Mi vida de Maestro estuvo colmada de estas dos voces. La última fue "crucifícalo". El "hosanna" fue como el aliento que toma el cantor para tener el respiro suficiente y así poder dar el agudo.
María, en la tarde del Viernes Santo, oyó de nuevo dentro de sí todos los hosannas mentirosos hechos gritos de muerte hacia su querido Hijo, y esto la traspasó. No lo olvido tampoco.
-La humanidad de los apóstoles… ¡cuánta! Llevaba sobre mis brazos verdaderos bloques de piedra que gravitaban hacia el suelo, para alzarlos hacia el Cielo. Incluso los que no se veían a sí mismos como ministros de un rey terreno, como Judas Iscariote, los que no pensaban, como él, en subir - si se prestaba la ocasión - al trono en vez de mí, ellos, sí, ansiaban siempre, a pesar de todo, la gloria. Llegó el día en que incluso mi Juan y su hermano tendieron a esta gloria que os deslumbra como un espejismo hasta en las cosas celestes. No me refiero a una santa aspiración al Paraíso - que deseo que tengáis -, me refiero a un deseo humano de que vuestra santidad sea conocida. No sólo esto; se trata de una avaricia de cambista, de usurero, que hace que, por un poco de amor ofrecido a quien Yo os he dicho que debéis daros con todo vuestro ser, pretendáis un puesto a su derecha en el Cielo.
No, hijos, no. Antes hay que saber beber todo el cáliz que Yo bebí. Todo: con su caridad como respuesta al odio, con su castidad contra las voces del sentido, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor a Dios y a los hermanos. Luego, una vez cumplido todo el propio deber, decir además: "Somos siervos inútiles", y aguardar a que el Padre mío y vuestro os conceda, por su bondad, un puesto en su Reino. Hay que despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo humano, quedándose sólo con lo indispensable: el respeto hacia el don de Dios que es la vida, y hacia los hermanos, a los cuales podemos ser más útiles desde el Cielo que en la tierra, y dejar que Dios os imponga la estola inmortal blanqueada en la sangre del Cordero.
Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión.
Otros te mostraré. Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Lenta conversión del primo Simón Atardece en medio de un gran arrebol de ocaso que, como un fuego que se va apagando, se vuelve cada vez más oscuro hasta asumir casi un color violeta rubificado. Una coloración espléndida, rara, que pincela, difuminándose lentamente, el occidente, hasta desaparecer en el cobalto oscuro del cielo donde el oriente avanza cada vez más con sus estrellas y con su arco de luna creciente, ya camino de la segunda fase. Los agricultores acuden raudos a sus casas - las bajas casitas de Nazaret -, que muestran ya los hogares encendidos, por los aros de humo que salen de ellas.
Jesús está para entrar en la ciudad y, contrariamente a cuanto desearían los otros, no quiere que ninguno vaya a avisar a su Madre.
-No va a suceder nada. ¿Por qué intranquilizarla antes? - dice.
Ya está entre las casas. Algún saludo, algún cuchicheo a sus espaldas, algún volverse de espaldas maleducado o dar portazos cuando pasa el grupo apostólico.
La gesticulación de Pedro es un verdadero poema, pero también los demás están un poco inquietos. Los hijos de Alfeo parecen dos condenados: caminan con la cabeza baja a ambos lados de Jesús, observando, no obstante, todo; de vez en cuando se miran asustados, o en su mirar manifiestan temor por Jesús. Él, como si no pasara nada, responde a los saludos con su habitual afabilidad, y se inclina para acariciar a los niños, los cuales, en su simplicidad, no toman parte por éste o por aquél y son siempre amigos de su Jesús, que siempre se muestra tan afectuoso con ellos.
Uno - un tonelito muy regordete que tendrá como mucho cuatro años -, separándose del vestido materno, acude corriendo a su encuentro y le tiende los bracitos diciendo: « ¡Súbeme!» y, dado que Jesús lo complace y lo sube en brazos, éste lo besa con su boquita toda embadurnada del higo que está chupando, y luego lleva su amor hasta el punto de… ofrecerle a Jesús un trocito de higo, diciendo: « ¡Toma! ¡Está bueno!». Jesús acepta el ofrecimiento y ríe de que ese hombrecito naciente le haya metido el trocito de higo en la boca.
Isaac, cargado de jarros, viene de la fuente. Ve a Jesús, deja los jarros y, corriendo a su encuentro, grita:
-¡Mi Señor! Tu Madre ha vuelto ahora a casa. Estaba donde su cuñada. Pero… - pregunta - ¿recibiste la carta?
-Estoy aquí por este motivo. No digas nada a mi Madre, por ahora. Primero voy a casa de Alfeo.
Isaac, prudente, no dice más que:
-Te obedeceré - y, tomando sus ánforas, va directamente a casa.
-Pongámonos en camino. Vosotros, amigos, nos esperaréis aquí. Estaré poco tiempo en casa de Alfeo.
-¡Nooo! Nosotros no entramos en la casa del luto. Estaremos fuera, eso sí. ¿Verdad? - dice Pedro.
-Pedro tiene razón. Nos tendrás cerca, aunque estemos en la calle.
Jesús cede a la voluntad de todos, pero sonríe y dice:
-No me harán nada. Creedlo. No son malos. Sólo están humanamente exaltados. Vamos.
Llegan a la calle donde está la casa. Llegan a la entrada del huerto. Jesús continúa; detrás, Judas y Santiago.
Jesús llega al umbral de la puerta de la cocina. Dentro, junto al fuego, está María de Alfeo, cocinando y… llorando. En un ángulo, Simón y José, con otros hombres, sentados en grupo. Entre ellos está Alfeo de Sara. Están allí, callados como estatuas. ¿Será costumbre? No lo sé.
-Paz a esta casa y paz al espíritu que la ha dejado.
La viuda emite un grito y hace un movimiento instintivo de cerrarle el paso a Jesús, de ponerse entre Él y los otros.
Simón y José se levantan, hoscos y confundidos; pero Jesús no muestra darse cuenta de su actitud hostil. Va hacia los dos hombres (Simón tiene ya sus cincuenta años, y quizás más, a juzgar por el aspecto) extendiendo hacia ellos sus manos en gesto de amorosa iniciativa. Los dos hombres se muestran más turbados que nunca, pero no osan comportarse maleducadamente.
Alfeo de Sara tiembla angustiado, sufre visiblemente. Los otros hombres se muestran reservados, en espera de una indicación.
-Simón, tú, ya cabeza de familia, ¿por qué no me recibes afablemente? Vengo a llorar contigo. ¡Cuánto habría deseado estar con vosotros en la hora del duelo! Pero me encontraba lejos, no por culpa mía. Eres justo, Simón. Y lo debes decir.
El hombre sigue con actitud reservada.
-Y tú, José, que tienes un nombre muy estimado por mí, ¿por qué no acoges mi beso? ¿No me permitís llorar con vosotros? La muerte es lazo para los verdaderos afectos. Y nosotros nos quisimos. ¿Por qué ahora debe haber desunión?
-Por ti nuestro padre ha muerto resentido - dice José con dureza.
Y Simón:
-Debías haberte quedado. Sabías que estaba agonizando. ¿Por qué te marchaste? Te quería a su lado…
-No habría podido hacer por él más de cuanto hice. Y vosotros lo sabéis…
Simón, más justo, dice:
-Es verdad. Sé que viniste y que te echó. Pero era un enfermo, un hombre afligido.
-Lo sé. De hecho dije a tu madre y a tus hermanos: "No le guardo rencor, porque comprendo su corazón". Pero por encima de todos está Dios. Y Dios quería este dolor para todos. Para mí que, creedlo, he sufrido como si me hubieran arrancado carne viva; para vuestro padre, que en esta pena ha comprendido una gran verdad, la cual durante toda la vida le había permanecido oscura; para vosotros, que con este dolor tenéis el modo de ofrecer un sacrificio más beneficioso que el becerro inmolado; y para Santiago y Judas, que ahora ya no están menos formados que tú, mi Simón, porque tanto dolor – para ellos es la mayor carga y los oprime como rueda de molino - los ha hecho adultos y de perfecta edad ante los ojos de Dios.
-¿Qué verdad ha visto nuestro padre? Una sola: que su sangre, en la última hora, le era enemiga - rebate José con dureza.
-No. Que el espíritu es más que la sangre. Ha comprendido el dolor de Abraham y por eso Abraham le ha ayudado - responde Jesús.
-¡Ojalá fuera verdad! Pero ¿quién lo asegura?
-Yo, Simón. Y, más que Yo, la muerte de tu padre. ¿No ha anhelado mi presencia? Tú lo has dicho.
-Lo he dicho. Es verdad. Quería que viniera Jesús. Y decía: "¡Al menos que no muera el espíritu! Él puede hacerlo. Lo he rechazado y no volverá. ¡Oh, muerte sin Jesús, qué horror eres! ¿Por qué le obligué a irse?". Sí, esto decía, como también: "Él me preguntó muchas veces:
¿Debo marcharme?' y yo lo eché. Ahora ya no vuelve". Te anhelaba, te anhelaba. Tu Madre te mandó recado, pero no te encontraron en Cafarnaúm y él lloró mucho, y con sus últimas fuerzas tomó la mano de tu Madre y quiso tenerla cercana. A duras penas podía hablar, pero decía: "La Madre es un poco el Hijo. Me agarro a su Madre para tener algo de Él, porque tengo miedo de la muerte". ¡Pobre padre mío!
Se produce una escena oriental de gritos y actos de dolor, en la que todos toman parte; también Santiago y Judas, que se han atrevido a entrar. Jesús, que solamente llora, es el más tranquilo.
-¿Lloras? ¡Entonces lo querías? - pregunta Simón.
-¡Simón! ¿Lo preguntas? Si hubiera podido, ¿crees que habría permitido este dolor suyo? Yo estoy con el Padre, pero no por encima del Padre.
-Curas a los moribundos, y a él no lo curaste - dice ásperamente José.
-No creía en mí.
-Esto es verdad, José - observa su hermano Simón.
-No creía y tampoco deponía el rencor. Yo no puedo hacer nada donde hay incredulidad y odio. Por eso, os digo: no sigáis odiando a vuestros hermanos. Vedlos. Que su congoja no resulte gravada por vuestro rencor. Vuestra madre está más acongojada por este odio vivo que por la muerte, que termina en sí misma, y en vuestro padre termina en la paz porque su deseo de mí le significó perdón de Dios Ni hablo de mí, ni abogo por mí. Yo estoy en el mundo, pero no soy del mundo. Aquel que dentro de mí vive me compensa lo que el mundo me niega; sufro con mi humanidad, pero elevo el espíritu por encima de la tierra y siento júbilo por las cosas celestes. ¡Pero ellos!… No faltéis a la ley del amor y de la sangre. Amaos. En Santiago y Judas no existe ofensa a la sangre. Pero, aun en el caso de que existiera, perdonad. Mirad con ojo justo las cosas y veréis que los más ofendidos han sido ellos, incomprendidos en las necesidades del alma raptada por Dios. Y a pesar de todo no guardan rencor, sino que sólo desean el amor. ¿No es verdad, primos?
Judas y Santiago, a los cuales la madre tiene estrechamente abrazados, asienten entre lágrimas.
-Simón, eres el mayor, da ejemplo…
-Yo… por mí… Pero el mundo… pero Tú…
-¡Oh, el mundo! Olvida y cambia a cada amanecer… Y Yo… Ven, dame tu beso fraterno. Yo te quiero. Esto lo sabes.
Despójate de estas escamas que te hacen duro y no son tuyas sino que te vienen de persona a ti ajena y menos justa que tú. Tú juzga siempre con tu recto corazón.
Simón, todavía un poco reticente, abre los brazos. Jesús lo besa y luego lo conduce adonde sus hermanos. Se besan entre llanto y lamentos.
-Ahora tú, José.
-No. No insistas. Tengo presente el dolor de nuestro padre.
-En verdad tú lo perpetúas con tu rencor.
-No importa. Soy fiel.
Jesús no insiste. Se vuelve hacia Simón:
-La tarde está avanzada. Pero, si quisieras… Nuestro corazón arde por el deseo de venerar sus restos mortales. ¿Dónde está Alfeo? ¿Dónde le habéis puesto?
-Detrás de la casa. Donde el olivar cesa contra el barranco. Un sepulcro digno.
-Te lo ruego. Llévame. María, sé fuerte. El esposo exulta porque ve a sus hijos en tu seno. Quedaos. Yo voy con Simón.
¡Estad en paz! ¡Estad en paz! José, te digo a ti cuanto dije a tu padre: "No hay rencor en mí. Te quiero. Cuando quieras que venga, llámame. Vendré a llorar contigo. Adiós".
Y Jesús sale con Simón…
Los apóstoles miran de reojo con curiosidad, pero se sienten contentos al ver a Jesús y Simón en armonía.
-Venid también vosotros - dice Jesús - Son mis discípulos, Simón. Ellos también desean honrar a tu padre. Vamos.
Van por el olivar y todo termina.
Dice Jesús a María Valtorta:
Como ves, Simón - menos obstinado - se rindió, si no completamente sí al menos en parte, a la justicia, con santa prontitud. Es cierto que no se hizo discípulo mío, y menos aún apóstol - como en tu ignorancia lo llamaste hace ahora un año -, enseguida, después de este encuentro por la muerte de Alfeo, pero sí, al menos, espectador no enemigo. Incluso fue tutor de su madre y de la mía en momentos en que había necesidad de que un hombre las protegiera y defendiera de las sátiras de la gente.
No fue fuerte hasta el punto de imponerse contra quien me llamaba "loco". Todavía era "demasiado hombre", y se avergonzaba un poco de mí y se preocupaba por los peligros que podía correr toda la familia a causa de mi apostolado contrario a las sectas. No obstante, ya estaba en el camino del Bien, por el cual, luego, después del Sacrificio, supo proseguir, cada vez más firme, hasta confesarme con la sangre. La Gracia obra en ocasiones fulminantemente, otras veces lentamente, mas siempre obra en donde existe la voluntad de ser justo.
Ve en paz. Queda en paz en medio de tus dolores. El tiempo preparatorio para la Pascua empieza. Lleva por mí la Cruz. Te bendigo. María de la Cruz de Jesús».
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús se encuentra en esa bellísima ciudad marítima que en el mapa presenta un golfo natural amplio y bien protegido.
Este golfo tiene capacidad para muchos navíos, y lo hace aún más seguro un fuerte espigón portuario. Debe ser muy usado incluso militarmente porque veo trirremes romanas con soldados a bordo. Están desembarcando, no sé si por un cambio de turno de tropas o para reforzar la guarnición. El puerto, o sea, la ciudad portuaria, me recuerda vagamente a Nápoles, dominada por los montes vesubianos.
Jesús está sentado dentro de una modesta casa cercana al puerto. Está claro que se trata de una mansión de pescadores - quizás amigos de Pedro, o de Juan, porque veo que ambos se encuentran muy a gusto en la casa y con los que en ella habitan -. No veo al pastor José, y naturalmente, tampoco veo a Judas Iscariote, que está todavía ausente. Jesús habla con sencillez con los componentes de la familia y con otros que han venido a escucharlo. No es, sin embargo, una predicación como tal, son palabras llanas, de consejo, de consuelo; como sólo Él puede ofrecer.
Vuelve Andrés, que parece que había salido a algún encargo porque trae en sus manos unos panes. Se acerca todo colorado - concentrar la atención sobre él debe suponerle un verdadero suplicio, y, más que decir, bisbisea:
-Maestro, ¿podrías venir conmigo? Se… se trataría de hacer un poco de bien. Sólo Tú puedes.
Jesús se pone en pie sin preguntar ni siquiera qué bien es ése. Sin embargo, Pedro pregunta:
-¿A dónde lo llevas? Está muy cansado. Es la hora de la cena. Lo pueden esperar mañana.
-No… es una cosa que hay que hacer en seguida. Es…
-¡Habla, gacela espantada! ¿Pero vosotros creéis que un hombre hecho y derecho debe ser así?… ¡Parece un pez enmarañado en la red!
Andrés se pone todavía más colorado. Jesús, atrayéndolo hacia sí, lo defiende:
-A mí me gusta así. Déjalo. Tu hermano es como agua salubre. Trabaja en lo profundo y sin hacer ruido. Sale de la tierra como un hilo de agua, pero quien se acerca a él queda curado. Vamos, Andrés.
-Voy también yo. Quiero ver a dónde te lleva - contesta Pedro.
Andrés suplica:
-No, Maestro. Yo y Tú solos. Si hay gente, no se puede… Es cosa de corazones…
-¿Qué pasa? ¿Ahora te dedicas a hacer de paraninfo?
Andrés no le responde a su hermano. Dice a Jesús:
-Un hombre quiere repudiar a su esposa y… y yo he intervenido, pero no sé hacerlo. Si hablas Tú… te saldrá bien, porque el hombre no es malo; es… es… él te lo dirá.
Jesús sale con Andrés sin decir nada más.
Pedro permanece un poco en duda. Luego dice:
-Yo también voy; quiero al menos ver a dónde van.
Y sale, a pesar de que los otros le digan que no lo haga.
Andrés va a torcer por una callecita de aspecto popular. Pedro lo sigue detrás. Se mete por una placita llena de comadres. Y Pedro detrás. Entra en un portal que da a un amplio patio circundado de casitas bajas y pobres - digo portal porque hay un arco, pero la puerta no existe. Y Pedro detrás. Jesús entra en una de estas casitas con Andrés. Pedro se aposta fuera.
Una mujer lo ve y le pregunta:
-¿Eres familia de Aava? ¿Y esos dos también? ¿Habéis venido a llevárosla?
-¡Cállate, cotorra! No me deben ver.
¡Hacer callar a una mujer! Es una cosa difícil. Pedro le lanza una mirada que la fulmina, pero entonces ella va a hablar con otras comadres. El pobre Pedro, en un momento, se encuentra rodeado por un círculo de mujeres, chicos y hombres, que sólo por imponerse silencio unos a otros hacen un rumor que denuncia su presencia. Pedro se consume interiormente, se enfada… pero no sirve de nada.
Del interior de la casa se oye la voz llena, hermosa, serena de Jesús, junto a la voz rota de una mujer y junto a la de un hombre, cerrada, ronca.
-Si ha sido siempre buena esposa, ¿por qué repudiarla? ¿Alguna vez te ha faltado?
-No, Maestro, ¡te lo juro! Lo he querido como a la pupila de mis ojos - gime la mujer.
Y el hombre, breve y duro, dice:
-No, no me ha faltado nada más que en ser estéril; y yo quiero hijos. No quiero la maldición Dios sobre mi nombre.
-Tu mujer no tiene la culpa de serlo.
-Me echa la culpa, a mí y a los míos, como si hubiera sido una traición…
-Mujer, sé sincera. ¿Sabías que eras estéril?
-No. Era y soy en todo como todas. El médico lo ha dicho también. Pero no logro tener hijos.
-¿Ves como no te ha engañado? Ella también sufre por ello. Responde también tú sinceramente: si ella fuese madre, ¿la repudiarías?
-No. Lo juro. No tengo motivo para ello. Sucede que el rabino me lo ha dicho, como también me lo ha dicho el escriba:
"La estéril es la maldición de Dios en casa y tú tienes el derecho y el deber de darle libelo de divorcio y no contrariar tu virilidad privándola de hijos" Yo hago lo que la Ley dice.
-No. Escucha. La Ley dice: "No cometas adulterio" y tú estás para cometerlo. El mandamiento inicial es éste y ninguna otra cosa. Y, si, por la dureza de vuestros corazones, Moisés concedió el divorcio, fue para impedir uniones ilícitas y concubinatos odiosos a Dios. Luego, progresivamente, vuestro vicio trabajó sobre la cláusula de Moisés recabando las malvadas cadenas y las homicidas piedras que sor las condiciones actuales de la mujer, víctima siempre de vuestro despotismo, de vuestro capricho, de vuestra sordera y ceguera de afectos. Yo te lo digo: No te es lícito hacer lo que pretendes. Tu acto ofende a Dios.
¿Repudió acaso Abraham a Sara? ¿Y Jacob a Raquel? ¿Y Elicana a Ana? ¿Y Manué a su esposa? ¿Conoces al Bautista? ¿Sí? Es bien, ¿no fue estéril su madre hasta la vejez y después dio a luz al santo de Dios, así como también la esposa de Manué dio a luz a Sansón, y Ana de Elcana a Samuel, y Raquel a José, y Sara a Isaac? Dios premia la continencia del esposo, su piedad hacia la estéril, su fidelidad al desposorio, y es un premio celebrado por los siglos, así como también da sonrisa al llanto de las estériles que ya no lo son ni se encuentran humilladas, sino que se hallan gloriosas regocijándose de ser madres. No te es lícito ofender el amor de esta mujer. Sé justo y honesto. Dios te premiará más de lo que mereces.
-Maestro, sólo Tú hablas así… Yo no sabía. Había preguntado a loa doctores y me habían dicho: "Hazlo". Pero no me dijeron ni una palabra respecto a que Dios premie con dones un acto bueno. Estamos en sus manos… y nos cierran los ojos y el corazón con mano de hierro. No soy malo, Maestro. No te enojes conmigo.
-No te rechazo. Me produces más compasión que esta pobre mujer que está llorando, porque su dolor acabará cuando termine su vida; el tuyo comenzará entonces, y para toda la eternidad. Piénsalo.
-No, no comenzará. No lo quiero. ¿Me juras por el Dios de Abraham que cuanto dices es verdad?
-Yo soy Verdad y Ciencia. Quien cree en mí tendrá en Él justicia, sabiduría, amor y paz.
-Te quiero creer. Sí. Te quiero creer. No sé… siento en ti algo que no hay en los demás. Ahora voy al sacerdote y le digo:
"Ya no la repudio. Me quedo con ella, y sólo le pido a Dios que me ayude a sentir menos el dolor de no tener hijos". Aava, no llores. Le diremos al Maestro que vuelva para mantenerme calmado, y tú… sigue queriéndome.
La mujer llora con más fuerza, por el contraste entre el dolor de antes y la alegría actual.
Jesús, por el contrario, sonríe:
-No llores. Mírame. Mírame, mujer.
Ella levanta la cabeza. Mira su rostro luminoso con su rostro lagrimoso.
-Hombre, ven aquí. Ponte de rodillas junto a tu esposa. Ahora yo os bendigo y santifico vuestra unión. Escuchad: "Señor Dios de nuestros padres, que hiciste a Adán del barro y le diste a Eva como compañera para que poblasen de hombres la tierra educándolos en tu santo temor, desciende con tu bendición y tu misericordia, abre y fecunda las entrañas que el Enemigo tenía cerradas para portar a un doble pecado de adulterio y de desesperación. Ten piedad de estos dos hijos, Padre santo, Creador supremo. Hazlos felices y santos. Ella, fecunda como una vid; él, protector como el olmo que la sujeta. Desciende, Vida, a dar vida. Desciende, Fuego, a calentar. Desciende, Poderoso, a obrar. ¡Desciende! Haz que para la fiesta de alabanza por las fecundas mieses del próximo año te ofrezcan su vivo manipulo, su primogénito, hijo consagrado a ti, Eterno, que bendices a quienes esperan en ti.
Jesús ha orado con voz de trueno, con las manos tendidas sobre las dos cabezas inclinadas.
La gente no se contiene más y se arremolina en torno; Pedro en primera línea.
-Levantaos. Tened fe y sed santos.
-¡No te vayas, Maestro! - suplican los dos reconciliados.
-No puedo quedarme. Volveré. Bastantes veces.
-¡No te vayas, no te vayas! ¡Háblanos también a nosotros! - grita 1a multitud.
Pero Jesús bendice pero no se detiene. Promete sólo volver pronto. Y, seguido por una pequeña multitud, se dirige hacia su casa hospitalaria.
-Hombre curioso, ¿qué debería hacer contigo? - pregunta por el camino a Pedro.
-Lo que quieras, pero, ahora ya… yo he estado allí…
Entran en la casa, despiden a la gente, que comenta las palabras que han oído, y se ponen a cenar.
Pedro se siente todavía curioso.
-Maestro, ¿pero realmente tendrán un hijo?
-¿Me has visto alguna vez prometer cosas que no se cumplan? ¿Crees que Yo me permito usar la confianza en el Padre para mentir y provocar desilusiones?
-No… pero… ¿podrías hacer esto con todas las esposas?
-Podría. Pero lo hago sólo donde veo que un hijo puede significar un impulso hacia la santificación. Donde significaría obstáculo, no lo hago.
Pedro se alborota el pelo entrecano y calla.
Entra el pastor José. Está completamente lleno de polvo del camino, como quien hubiera andado mucho.
-¿Tú? ¿Por qué? - pregunta Jesús, después del beso de saludo.
-Tengo cartas para ti. Tu Madre me las ha dado, y una es suya Aquí están.
Y José entrega tres pequeños rollos de una especie de pergamino fino, atados con una cinta. La más voluminosa de las cartas está incluso cerrada con un sigilo, otra tiene sólo el nudo, la tercera muestra un sigilo roto.
-Ésta es de tu Madre - dice José, indicando la que tiene el nudo.
Jesús la desenrolla y la lee; primero en voz baja, luego alto: “A mi amado Hijo, paz y bendición. Ha llegado a mí a la hora prima de las calendas de la luna de Elul un enviado de Betania. Se trata de Isaac, pastor. Le he dado en tu nombre un ósculo de paz, y refrigerio como personal agradecimiento. Me ha traído estas dos cartas que ahora te envío, diciéndome de palabra que el amigo Lázaro de Betania te insta para que condesciendas con lo que te pide. Amado Jesús, mi bendito Hijo y Señor, yo también tendría dos cosas que pedirte. Una, recordarte que me prometiste llamar a tu pobre Mamá para instruirla en la Palabra; la segunda, que no vengas a Nazaret sin haber hablado conmigo antes".
Jesús se detiene bruscamente y se alza en pie, yendo a ponerse entre Santiago y Juan. Los abraza estrechamente y termina repitiendo, sin leer, las palabras:
-Alfeo ha vuelto al seno de Abraham la pasada luna llena, con gran duelo de la ciudad…
Los dos hijos lloran sobre el pecho de Jesús, que termina:
…En el último momento te hubiera deseado a su lado, pero Tú estabas lejos. Esto, no obstante, es un consuelo para María, que ve en ello perdón de Dios, y debe dar paz también a mis sobrinos". ¡Habéis oído? Ella lo dice, y Ella sabe lo que dice.
-Dame la carta - suplica Santiago.
-No. Te perjudicaría.
-¿Por qué? ¿Qué puede decir que sea más penoso que la muerte de un padre?…
-Que nos ha maldecido - suspira Judas.
-No. No es eso - dice Jesús.
-Lo dices… para no traspasar nuestro corazón. Pero es así.
-Lee, entonces.
Y Judas lee: «Jesús, te ruego, y conmigo María, que no vengas a Nazaret hasta que el duelo no haya terminado. El amor hacia Alfeo hace injustos a los nazarenos respecto a ti, y tu Madre llora por ello. El buen amigo Alfeo me consuela, y pone calma en el pueblo. Ha tenido mucha resonancia lo que han contado Aser e Ismael de la mujer de Cusa, pero Nazaret es ahora un mar agitado por vientos contrarios. Te bendigo, Hijo mío, y te pido paz y bendición para mi alma. Paz a mis sobrinos. Mamá".
Los apóstoles hacen comentarios y consuelan a los dos hermanos, que están llorando.
Pedro dice:
-¿Y esas, no las lees?
Jesús hace un gesto de asentimiento y abre la de Lázaro. Llama a Simón Zelote. Leen juntos en un ángulo. Luego abren el otro rollo y lo leen también. Debaten. Veo que Simón trata de persuadir de algo a Jesús, pero no lo consigue. Jesús, con los rollos en la mano, se coloca en medio de la estancia y dice:
-Oíd, amigos. Somos todos una familia y no hay secretos entre nosotros, y, si tener oculto el mal es piedad, dar a conocer el bien es justicia. Oíd lo que escribe Lázaro de Betania: "A1 Señor Jesús paz y bendición, y paz y salud a mi amigo Simón. He recibido tu carta y, como siervo que soy, he puesto mi corazón, mi palabra y todos mis medios a tu servicio para satisfacerte y tener el honor de serte siervo no inútil. He ido a ver a Doras a su castillo de Judea, a rogarle que me vendiera a su siervo Jonás como Tú deseas. Confieso que, si no hubiera sido petición de Simón, amigo fiel, para ti, no habría afrontado a ese chacal burlón, cruel y funesto. Pero por ti, mi Maestro y Amigo, me siento capaz de afrontar hasta incluso a Satanás. Ello porque pienso que quien trabaja para ti te tiene cercano y está, por tanto, protegido. Y ciertamente he recibido ayuda, porque he vencido, contra todas las previsiones. Dura fue la discusión y humillantes las primeras negativas. Tres veces tuve que agachar la
cabeza ante este esbirro con poder. Luego me impuso una espera de días. Finalmente, la carta; digna de un áspid.
Yo casi no oso decirte: “Cede para conseguir el objetivo”, porque él no es digno de tu presencia; pero no hay otra forma. He aceptado en tu nombre y he firmado. Si he hecho mal, repréndeme. No obstante - créeme - he tratado de servirte lo mejor que podía. Ayer ha venido un discípulo tuyo, judío, diciendo que venía en tu nombre a saber si había alguna noticia que llevarte. Ha dicho llamarse
Judas de Keriot. No obstante, he preferido esperar a Isaac para entregarle la carta. Y me ha extrañado mucho el que hubieras mandado a otros, sabiendo que todos los sábados viene aquí Isaac, para su reposo sabático. No tengo más que decirte. Sólo, besándote los pies santos, te ruego conducirlos adonde tu siervo y amigo Lázaro, como prometiste. A Simón, salud. A ti, Maestro y Amigo, un ósculo de paz solicitando tu bendición. Lázaro".
Y ahora la otra: "A Lázaro, salud. He decidido. Por una suma doble obtendrás a Jonás. No obstante, pongo estas condiciones, y no pienso cambiar respecto a ellas bajo ningún motivo. Quiero que primero Jonás termine la cosecha de este año, o sea, su entrega se efectuará para la luna de Tisri, al final de la luna. Quiero que venga personalmente a recogerlo Jesús de Nazaret, al cual le pido que entre bajo mi techo, para conocerlo. Quiero pago inmediato a la vista de contrato en regla. Adiós. Doras".
-¡Qué peste! - grita Pedro. Pero, ¿quién paga? Quién sabe lo que pide, y nosotros… ¿estamos siempre sin un centésimo!
-Simón paga. Para darme esta alegría a mí y al pobre Jonás. No adquiere más que una reliquia de hombre, que de ninguna manera le prestará servicio; pero adquiere un gran mérito en el Cielo.
-¿Tú? ¡Oh!
Todos muestran asombro. Hasta los hijos de Alfeo salen de su aflicción por el estupor.
-Él es. Es justo que ello sea conocido.
-Sería también justo saber por qué Judas de Keriot ha ido donde Lázaro. ¿Quién lo había enviado? ¿Tú?
Jesús no le responde a Pedro. Se muestra muy serio y pensativo. Sale de su meditación sólo para decir:
-Preocupaos de que José cene y repose, luego nos retiraremos a descansar. Yo prepararé la contestación para Lázaro…
¿Isaac está todavía en Nazaret?
-Me espera.
-Iremos todos.
-¡Noo! Tu Madre dice…
Todos se agitan.
-Callad. Quiero que sea así. Mi Madre habla con su corazón de amor. Yo juzgo con mi razón. Prefiero hacer esto mientras no esté Judas, y deseo tender la mano amiga a mis primos Simón y José, y llorar con ellos antes de que termine el duelo. Luego volveremos a Cafarnaúm, a Genesaret, al lago en definitiva, esperando al final de la luna de Tisri. Y tomaremos a las Marías con nosotros. Vuestra madre tiene necesidad de amor. Se lo daremos. Y la mía tiene necesidad de paz. Yo soy su paz.
-¿Crees que en Nazaret?.. - pregunta Pedro.
-No creo nada.
-¡Ah, bueno! Porque si le causasen algún daño o algún dolor… ¡se las tendrían que ver conmigo! - dice Pedro todo agitado.
Jesús lo acaricia, pero está absorto en otros pensamientos. Yo diría que está triste. Luego va hacia donde Judas y Santiago, se pone entre los dos y se sienta, teniéndolos abrazados para consolarlos.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Jesús camina al lado de Jonatán siguiendo un terraplén verde y por tanto, umbroso. Detrás van los apóstoles hablando entre sí. Pedro separándose de ellos, se adelanta, y, franco como siempre, pregunta a Jonatán:
-¿Pero no era más rápido el camino que va a Cesárea de Filipo? Hemos cogido éste y… ¿cuándo vamos a llegar? ¡Tú con la patrona has ido por aquél!
-Con una enferma, me he atrevido a todo. Date cuenta de que yo soy de un cortesano de Antipas, y Filipo, después de aquel sucio incesto no ve muy bien a los cortesanos de Herodes… Mira, no es por mí por quien temo. Lo que no quiero es crearos dificultades ni enemigos, y menos aún al Maestro. La Tetrarquía de Filipo tiene necesidad de la Palabra, como la tiene la de Antipas; si os odian, ¿cómo podéis…? A1 regreso, si lo veis conveniente, vais por ese camino.
-Alabo tu prudencia, Jonatán. Pero al regreso tengo intención de pasar hacia las tierras fenicias - dice Jesús.
-Están envueltas en las tinieblas del error.
-Tocaré frontera, para recordarles que hay una Luz.
-¿Crees que Filipo se desquitaría en un siervo del perjuicio que le ha causado su hermano?
-Sí, Pedro. Son iguales. Dominados por todos los más bajos instintos, no hacen distinción. Parecen animales y no hombres, créelo.
-Y, sin embargo, teniendo en cuenta que Juan, hablando en nombre de Dios, ha hablado también en su nombre y favor, debería estimarnos, o sea, estimarlo a Él, que es pariente de Juan.
-No os preguntaría ni siquiera de donde venís, ni quiénes sois, viéndoos conmigo - si me reconociera, o si algún enemigo de la casa de Antipas me señalara como siervo de su Procurador - seríais encarcelados inmediatamente. ¡Si supierais cuánto fango hay tras las vestiduras de púrpura! Venganzas, atropellos, delaciones, lujurias y hurtos son la pasta de su alma. ¿Alma?… ¡bien!, llamémosla así. Yo creo que ya no tienen alma. Vosotros mismos podéis verlo: para bien, pero… ¿por qué ha recobrado Juan la libertad? Por una venganza entre dos oficiales de la Corte. Uno, para quitarse de en medio al otro tan favorecido por
Antipas, que tenía a Juan en custodia -, por una suma abrió de noche el calabozo… Yo creo que atontó a su rival con un vino drogado, y a la mañana siguiente… el desdichado pagó con su cabeza la evasión del Bautista. Te digo que es un asco.
-¿Y tu patrón está de acuerdo? Me parece bueno.
-Lo es. Pero no puede actuar de otro modo. Su padre y el padre de su padre fueron de la Corte de Herodes el Grande. El hijo lo ha tenido que ser por fuerza. No lo aprueba, pero no puede más que limitarse a mantener a su mujer lejos de esa corte de vicios.
-¿Y no podría decir "me das asco" y marcharse?
-Podría, pero, a pesar de que sea muy bueno, todavía no es capaz de tanto. Eso significaría casi ciertamente la muerte. Y ¿quién quiere morir por honestidad de espíritu llevada a su punto más alto? Un santo como el Bautista. Pero nosotros…
¡pobrecillos! Jesús, que los ha dejado hablar entre sí, interviene:
-Dentro de no mucho, en todo lugar de la tierra conocida, el número de los santos contentos de morir por esta honestidad hacia la Gracia y por amor a Dios será denso como flores en un prado abrileño.
-¿Sí? Me gustaría saludar a estos santos y decirles: "¡Rogad por el pobre Simón de Jonás!" - dice Pedro.
-Jesús lo mira fijo y sonriente.
-¿Por qué me miras así?
-Porque tú, prestándoles auxilio, los verás, y los verás cuando te lo presten a ti.
- ¿En qué, Señor?
-Para ser la Piedra consagrada por el Sacrificio, sobre la que se celebre y edifique mi Testimonio.
-No te entiendo.
-Entenderás.
Los otros discípulos, que se habían acercado y que han escuchado, cuchichean entre sí.
Jesús se vuelve:
-En verdad os digo que todos seréis probados con uno u otro suplicio: por ahora, el de la renuncia a las comodidades, a los afectos, a las cosas útiles; luego irá siendo una cosa cada vez más vasta, hasta llegar a aquella, excelsa, que os ciña con una diadema inmortal. Sed fieles. Todos vosotros lo seréis. Y obtendréis esto.
-¿Nos matarán los judíos, el Sanedrín acaso, por nuestro amor a ti?
-Jerusalén lava los umbrales de su Templo con la sangre de sus Profetas y sus Santos. Y también el mundo espera ser lavado… Abundan los templos de dioses horrendos. En un futuro serán templos del Dios verdadero y la lepra del paganismo quedará purificada con el agua lustral de la sangre de los mártires.
-¡Oh! ¡Dios Altísimo! ¡Señor! ¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto!
-¡Soy débil! ¡Le temo al dolor! ¡Oh! ¡Señor!… 0 despide a tu inútil siervo, o dame fuerza. No querría menoscabar tu imagen, Maestro, con mi ruindad». - Pedro se ha arrojado a los pies del Maestro y le está suplicando verdaderamente con el corazón en la voz.
-Álzate, mi Pedro. No temas. Todavía mucho has de caminar… y llegará la hora en que no quieras sino cumplir el último esfuerzo. Y entonces tendrás todo, del Cielo y de ti mismo. Yo te estaré mirando admirado.
-Tú lo dices… y yo lo creo. ¡Pero soy un tan pobre hombre!
Se ponen de nuevo a caminar…
… y después de una buena interrupción, cuando ya se ha dejado la llanura para encumbrarse hasta la parte alta de un monte boscoso y progresivamente elevado, continúo viendo. Ni siquiera debe ser el mismo día, porque, mientras antes de la interrupción la mañana era ya tórrida, ahora apenas empieza una hermosa aurora que enciende, en todos los tallitos, pequeños diamantes líquidos. Bosques y más bosques de coníferas han quedado abajo, pero sigue habiendo bosques arriba, dominadores desde lo alto, bosques que como verdes catedrales acogen entre sus intercolumnios a los peregrinos incansables.
Este Líbano es verdaderamente una cadena estupenda. No sé si es Líbano todo el complejo o este monte sólo. Sé que veo sierras boscosas erguirse en nudo alto y enredado de crestas y barrancos, de valles y mesetas a lo largo de las cuales discurren, para luego precipitarse abajo, torrentes que parecen cintas de plata ligeramente verde-azul. Aves de todo tipo llenan de cantos y vuelos los bosques de coníferas, que son todo un perfume de resinas en esta hora matutina. Volviendo la mirada hacia abajo - mejor, hacia occidente -, se ve lejos reír el mar, amplio, quieto, solemne, y toda la costa que se extiende hacia el Norte, hacia el Sur, con sus ciudades, sus puertos y los raros cursos de agua que desembocan en el mar y que dibujan, apenas, una coma luciente sobre la tierra árida (con la poca agua suya que el sol del verano seca) y un signo amarillento de dedo en el azul del mar.
-Son hermosos estos lugares -observa Pedro.
-Y no hace tampoco mucho calor - dice Simón.
-Con estos árboles, el sol molesta poco… - añade Mateo.
-¿Han cogido de aquí los cedros del Templo? - pregunta Juan.
-De aquí. Son éstos los bosques que dan las maderas más bellas. El patrón de Daniel y Benjamín tiene muchísimos, además de tener ricos rebaños. Sierran los árboles en el propio lugar y luego los transportan hacia abajo por aquellas acanaladuras o a fuerza de brazos. Trabajo difícil cuando los troncos deben ser usados enteros, como fue el caso del Templo. No obstante, paga bien y hay muchos a su servicio; además es bastante bueno. No es como el feroz Doras.
-¡Pobre Jonás! - responde Jonatán.
-¿Pero cómo es posible que los que están a su servicio sean casi esclavos? Cuando le dije: "Déjale plantado y ven con nosotros, que Simón de Jonás podrá ofrecerte en el peor de los casos un pan", me respondió: "No puedo si no pago mi rescate".
¿Qué historia es ésta?
-Doras - y no sólo él en Israel - habitualmente hace esto: cuando ve que uno que está a su servicio es bueno, lo conduce con aguda astucia a la esclavitud. Le carga en cuenta falsas sumas que el pobre hombre no puede pagar; cuando la suma es suficiente, dice: "Tú eres esclavo mío por deudas".
-¡Qué vergüenza! ¡Y además es fariseo!
-Sí. Jonás mientras tuvo ahorros pudo pagar… luego… Un año el granizo, otro la sequía, el trigo y la uva dieron poco, Doras multiplica el daño por diez… y otra vez por diez. Posteriormente Jonás cayó enfermo debido al excesivo trabajo. Doras le prestó la suma necesaria, pero quiso el doce por uno. Como Jonás no lo tenía, añadió esto al resto. En pocas palabras: pasados unos años, se había acumulado una deuda que le hizo esclavo; y jamás lo dejará marcharse… siempre encontrará otras disculpas y otras deudas… - Jonatán esta triste pensando en su amigo.
-¿Y tu patrón no podía…?
-¿Qué? ¿Hacer que lo trataran como a un ser humano? ¿Pero quién se enfrenta a los fariseos? Doras es uno de los más poderosos: creo que incluso es pariente del Sumo Sacerdote… A1 menos eso se dice. Una vez, cuando le dieron de palos a Jonás hasta dejarlo exánime, y yo lo supe, lloré tanto, que Cusa me dijo: "Pago yo su rescate por hacerte feliz". Pero Doras se le rió delante de su cara y no aceptó nada. ¡Ése!… tiene los campos más ricos de Israel… pero, te lo juro, han sido abonados con la sangre y las lágrimas de sus siervos.
Jesús mira a Simón Zelote y éste mira a Jesús. Ambos están apenados.
-¿Y este de Daniel es bueno?
-A1 menos, humano. Quiere, pero no oprime, y, dado que los pastores son honestos, los trata con amor; son los que mandan en los pastos. A mí me conoce y me respeta porque soy un doméstico de Cusa y… podría serle útil… Pero, Señor, ¿por qué el hombre es tan egoísta?
-Porque el amor fue estrangulado en el Paraíso Terrenal. Yo vengo, no obstante, a aflojar el lazo y a dar nueva vida al amor.
-Hemos llegado a la propiedad de Eliseo. Los pastos están aún lejanos, pero a esta hora las ovejas casi siempre están en los apriscos, por el sol. Voy a ver si están.
Y Jonatán se marcha casi corriendo. Vuelve después de un rato con dos pastores entrecanos y robustos, los cuales realmente se precipitan abajo por la pendiente para ir a donde Jesús.
-La paz a vosotros.
-¡Oh! ¡Nuestro Niño de Belén! -dice uno de ellos; el otro: «Bendita seas, Paz de Dios, que has venido a nosotros». Los dos hombres están pronos sobre la hierba. El saludo a un altar no es tan profundo como éste dedicado al Maestro.
-Levantaos. Os devuelvo la bendición, y me alegra hacerlo porque la bendición desciende con gozo sobre quien es digno de ella.
-¡Oh, dignos nosotros!…
-Sí, vosotros, que habéis sido siempre fieles.
-¿Quién no lo habría sido? ¿Quién puede borrar aquella hora? ¿Quién puede decir: "No es verdad lo que vimos"?
¿Quién puede olvidar que Tú nos sonreíste durante meses, cuando, volviendo entre las ovejas al atardecer, te llamábamos y Tú, al son de nuestros caramillos, batías las manitas?… ¿Lo recuerdas, Daniel? Casi siempre vestido de blanco en los brazos de su Madre; te nos mostrabas entre rayos de sol en el prado de Ana, o a la ventana; parecías una flor depositada sobre la nieve del vestido materno.
-Y aquella vez que viniste, dando los primeros pasos, a acariciar un corderito menos rizado que Tú… ¡Qué feliz se te veía! Y nosotros no sabíamos qué hacer de nuestras rudas personas. Habríamos deseado ser ángeles para aparecerte menos burdos…
-¡Amigos míos!, Yo veía vuestro corazón, y eso veo también ahora.
-¡Y nos sonríes como entonces!
-¡Y has venido hasta aquí, donde los pobres pastores!
-Donde mis amigos. Ahora estoy contento. Os he vuelto a encontrar a todos y ya no os perderé. ¿Podéis dar hospedaje al Hijo del hombre y a sus amigos?
-¡Señor! ¿Tú lo pides? No nos falta ni pan ni leche, pero si tuviéramos sólo un bocado te lo daríamos con tal de tenerte con nosotros. ¿Verdad, Benjamín?
-¡Hasta el corazón te daríamos por alimento, nuestro anhelado Señor!
-Vamos, entonces. Hablaremos de Dios…
-Y de tus parientes, Señor. ¡José, tan bueno! ¡María…, oh, la Madre! Fijaos, mirad este narciso bañado de rocío, hermoso y puro con su corola como una estrella adiamantada. Ella, sin embargo… ¡oh, esto no es sino fealdad en comparación con la Madre! Una sonrisa suya era purificación; encontrarla, una fiesta; oírla, santificarse. ¿Te acuerdas de aquellas palabras
también tú, Benjamín?
-Sí. Te las puedo repetir, Señor. Porque cuanto Ella nos dijo en los meses en que pudimos oírla está escrito aquí (y se señala el pecho). Es la página de nuestra sabiduría. Nosotros podemos comprenderla porque es palabra de amor y el amor lo entienden todos. Ven, Señor, entra y bendice esta morada feliz.
Entran en una estancia cercana al vasto redil y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Los discípulos están detrás, cenando, en el espacioso taller de José. El banco hace de mesa. Todo lo que se requiere para la cena está encima del banco. Pero veo que el taller es también dormitorio. Sobre los otros dos tablones del carpintero hay esteras que los convierten en lechos. Unas yacijas bajas (esteras sobre cañizos) han sido colocadas al pie de las paredes. Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.
-¿Entonces es verdad que vas a subir al Líbano? - pregunta Judas Iscariote.
-No prometo nunca si luego no voy a mantener, y en este caso lo he prometido dos veces: a los pastores y a la nodriza de Juana de Cusa. He esperado los cinco días que le había dicho y he añadido aún hoy por prudencia. Pero ahora parto. En cuanto salga la Luna nos pondremos en marcha. Será un largo camino, aunque usemos la barca hasta Betsaida. No obstante, será para mi corazón motivo de gozo saludar también a Benjamín y a Daniel. Ya ves qué almas tienen los pastores. ¡Oh!, merece la pena ir a honrarlos; efectivamente, ni siquiera Dios mengua honrando a un siervo suyo, antes bien acrecienta su justicia.
-¡Con este calor!… piensa lo que haces. Lo digo por ti.
-Las noches son ya menos sofocantes. El sol aún durante un poco está en León, y las tormentas hacen menos abrasador el calor. Y, además, os lo repito: no obligo a nadie a venir. Todo espontáneo en mí y en torno a mí. Si tenéis otras ocupaciones o si os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después. -Eso, Tú lo has dicho. Yo tendría que ocuparme de asuntos de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me había rogado que viera a algunos amigos… Ya sabes, yo soy, en el fondo, el cabeza de familia; quiero decir que soy el hombre de mi familia.
Pedro barbotea:
-Menos mal que se acuerda de que la madre es siempre la primera después del padre.
Judas, bien porque no oiga, bien porque no quiera oír, no muestra entender el barboteo, que, por lo demás, Jesús frena con una mirada, mientras Santiago de Zebedeo, sentado al lado de Pedro, le da un tirón de la túnica para que se calle.
-Ve, Judas, ¿cómo no? Es más, debes ir. No se debe desobedecer a la madre.
-Entonces me voy enseguida, con tu permiso. Estaré en Naím con tiempo para encontrar todavía alojamiento. Adiós,
Maestro; adiós, amigos.
-Sé amigo de la paz, y merece tener siempre a Dios contigo. Adiós - dice Jesús, mientras los demás se despiden de él al unísono.
No se ve mucha pena al verlo partir; más bien lo contrario… Pedro, quizás por temor a que Judas se arrepienta, le ayuda a apretar los cordones de su talego y a metérselo en bandolera, le acompaña hasta la puerta del taller (que ya estaba abierta, como la otra que da al huerto - sin duda para ventilar la habitación agobiante después de un día tórrido -), está en la puerta mirándolo marcharse y, cuando lo ve que realmente se aleja, hace un gesto de alegría y de irónico adiós, y vuelve frotándose las manos. No dice nada… ya ha dicho todo. Alguno que ha visto lo sucedido se ríe disimuladamente.
Pero Jesús no lo advierte, porque está escrutando a su primo Santiago, el cual se ha puesto colorado y se ha entristecido, dejando de comer sus aceitunas. Le pregunta:
-¿Qué te pasa?
-Has dicho: "No se debe desobedecer a la madre…". ¿Y nosotros, entonces?
-No sientas escrúpulo. En general se debe hacer así, cuando no se es más que hombre e hijo de una carne; pero, cuando se ha adquirido otra naturaleza y otra paternidad, no. Deben seguirse las prescripciones y deseos de ésta, que es más alta. Judas ha llegado antes de ti y antes que Mateo… pero aún está muy atrás; es necesario que se forme, y lo hará muy lentamente.
Tened caridad con él; ¡ten caridad, Pedro! Yo lo comprendo… pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas molestas es una virtud nada común. Úsala.
-Sí, Maestro… pero, cuando lo veo tan… tan… Bien, cállate, Pedro, total… Él entiende… tengo la impresión de ser una vela que está demasiado tirante por el viento… Crujo, me hace crujir este esfuerzo, y se me rompe siempre algo… Ahora bien, Tú sabes, bueno… no sabes, porque como barquero no vales nada… Por tanto te lo digo yo: si a una vela, por demasiada tensión, se le rompen todas las amarras, te juro que le da un voleo tal al inexperto barquero, que lo atonta… Bueno, pues yo siento que… corro el riesgo de que se me rompan todos los lazos… y entonces… Es mejor, sí, que de vez en cuando se vaya él.
Así la vela, faltándole el viento, se calma, y a mí me da tiempo de reforzar las amarras.
Jesús calla y menea la cabeza, compadeciendo al justo y fogoso Pedro.
Un estrépito de cascos herrados y un vocerío de chicos llega de fuera.
-¡Aquí es! ¡Aquí es! ¡Para, hombre!
Y, antes de que Jesús y sus discípulos encuentren una explicación, ante el vano de la puerta se presenta el cuerpo oscuro de un caballo humoso de sudor, y baja un hombre; éste se apresura a entrar como un bólido y se postra a los pies de Jesús besándoselos con veneración.
Todos miran asombrados.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?
-Jonatán soy.
Responde un grito de José, que, por estar sentado detrás del alto banco, y por lo fulminante de la llegada, no ha podido reconocer al amigo. El pastor corre hasta el hombre postrado:
-¡Tú! ¡Si eres tú!…
-Sí. Adoro a mi adorado Señor. Treinta años de esperanza - ¡oh, larga espera! -, que florecen ahora como flor solitaria de agave; y florecen en un instante, en un éxtasis beato, más beato aún que aquél, lejano. ¡Oh, mi Salvador!
Mujeres, niños y algún hombre, entre los cuales el buen Alfeo de Sara, que tiene todavía un pedazo de pan y queso en la mano, se arremolinan en la entrada y hasta dentro de la espaciosa estancia.
-Álzate, Jonatán. Iba a ir a buscarte, como también a Benjamín y Daniel…
-Lo sé…
-Álzate, para darte el beso que ya he dado a tus compañeros - Le obliga a levantarse y lo besa.
-Lo sé -repite el fornido anciano, de buen porte y buena vestimenta - Lo sé. Ella tenía razón. No era delirio propio de uno que está muriendo. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo ve el alma y cómo te oye, cuando Tú la llamas! - Jonatán está emocionado.
Pero se repone. No pierde su tiempo. Activo, a pesar de su actitud adorante, se centra en su objetivo:
-Jesús, Salvador y Mesías nuestro, he venido a rogarte que vengas conmigo. He hablado con Ester y me ha dicho… Pero antes, antes Juana había hablado contigo y me había dicho… ¡Oh, no os burléis de un hombre dichoso, vosotros que escucháis, dichoso y angustiado hasta obtener tu "Voy"! Ya sabes que estaba de viaje con la patrona moribunda. ¡Qué viaje! De Tiberíades a Betsaida fue bueno; pero luego, dejada la barca y tomado un carro, a pesar de haberlo acondicionado lo mejor que podía, fue una tortura.
Se viajaba despacio y de noche, pero ella sufría. En Cesárea de Filipo estuvo a punto de morir de los vómitos de sangre. Nos detuvimos… A la tercera mañana, hace siete días, me manda llamar. De lo blanca y agotada que estaba, parecía ya muerta. Pero cuando la llamé abrió sus dulces ojos de gacela agonizante y me sonrió. Me indicó con la manita helada que me curvase - porque tiene sólo un hilo de voz - y me dijo: “Jonatán, llévame a casa; pero inmediatamente". Era tan grande el esfuerzo de su orden - ella que es siempre más dulce que una buena niña - que se le colorearon las mejillas y, durante un momento, recobraron el fulgor sus ojos. Continuó diciéndome: "He soñado con mi casa de Tiberíades. Dentro estaba Uno con rostro de estrella, alto, rubio, con ojos de cielo y una voz más dulce que sonido de arpa. Me decía: “Yo soy la Vida. Ven. Vuelve.
Te espero para dártela”. “Quiero ir". Yo decía: "¡Pero, patrona!… ¡No puedes! ¡Estás mal! Ahora, cuando estés mejor, veremos".
Lo consideraba delirio de moribundo. Pero ella se echó a llorar y luego… - es la primera vez que lo ha dicho en estos seis años que la tengo como patrona; e incluso, de ira, se sentó (ella, que no tiene fuerzas para nada) – y luego me dijo: "Siervo, lo quiero.
Yo soy tu patrona. ¡Obedece!"; y cayó envuelta en sangre. Creí que moría… y me dije: "Démosle gusto. ¡Muerte por muerte!…
No sentiré el remordimiento de no haberla complacido al final, después de haber querido hacerlo siempre". ¡Qué viaje! No quería descansar ella, aparte de las horas entre tercia y sexta. He agotado a los caballos para abreviar.
Hemos llegado a Tiberíades esta mañana a la hora de nona. Ester me ha referido… Entonces he entendido que eras Tú quien la había llamado, porque coincidían la hora y el día en que Tú prometías un milagro a Ester y te aparecías al espíritu de mi patrona. Ha querido proseguir en cuanto fue la hora de nona, y a mí me ha mandado adelante… ¡oh, Salvador mío!
-Voy enseguida. La fe merece premio. Quien me desea me tiene. Vamos.
-Espera. He arrojado mientras venía una bolsa a un joven, diciendo: "Tres, cinco, los asnos que queráis, si no tenéis caballos; rápido a la casa de Jesús". Estarán para llegar. Así abreviaremos. Espero encontrarla cerca de Caná. Si al menos…
-¿Qué, Jonatán?
-Si al menos estuviera viva…
-Viva está. Pero, aunque estuviese muerta, Yo soy Vida.
Aquí está mi Madre.
La Virgen, avisada sin duda por alguien, efectivamente está acudiendo seguida de María de Alfeo.
-Hijo, ¿te vas?
-Sí, Madre. Voy con Jonatán. Ha venido. Sabía que podría dártelo a conocer. Por eso he esperado un día más.
Jonatán ha expresado primero un profundo saludo con los brazos cruzados sobre el pecho. Ahora se arrodilla y realza ligeramente la túnica de Maria y besa su borde diciendo:
-¡Saludo a la Madre de mi Señor!
Alfeo de Sara dice a los curiosos:
-¿Qué decís a esto? ¿No deberíamos avergonzarnos de ser sólo nosotros quienes no tenemos fe?
Un estrépito numeroso de cascos se oye en la calle. Son los borricos. Creo que son todos los de Nazaret; y son tantos, que bastarían para un escuadrón. Mientras Jonatán escoge los mejores y contrata, pagando sin escatimar, y toma consigo a dos nazarenos con otros borricos (por miedo a que algún animal, por el camino, pierda las herraduras, y para que puedan volver con toda esta rebuznadora caballería asnal), María y la otra María ayudan a cerrar sacos y talegos.
María de Alfeo dice a sus hijos:
-Dejaré aquí vuestras camas, y las acariciaré… Me parecerá estaros acariciando a vosotros. Sed buenos, dignos de Jesús, hijos… y yo… yo me sentiré feliz…» y mientras dice esto vierte gruesos lagrimones.
María ayuda por su parte a su Jesús, y lo acaricia con amor, haciendo mil recomendaciones y encargos para los otros dos pastores libaneses - porque Jesús declara que no volverá antes de encontrarlos.
-Se ponen en marcha. Ha caído la tarde y el cuarto creciente de la Luna se alza ahora. A la cabeza va Jesús con Jonatán; detrás, todos los demás. Mientras están en la ciudad van al paso, porque la gente se arremolina. Pero, en cuanto salen, van al trote, en una caravana sonora de cascos y cascabeles.
-Está en el carro con Ester - explica Jonatán. ¡Oh, patrona mía! ¡Qué alegría, hacerte feliz! ¡Llevarte a Jesús! ¡Oh, mi Señor! ¡Tenerte aquí, a mi lado! ¡Tenerte!… Tienes justamente el rostro de estrella que ella te ha visto, y eres rubio y con ojos de cielo, y tu voz es realmente un sonido de arpa… ¡Oh, pero tu Madre!… ¿La vas a llevar a la patrona un día?
-Irá la patrona a Ella. Serán amigas.
-¿Sí?… Sí, puede serlo. Juana está casada y ha sido madre, pero tiene un alma pura como una virgen. Puede estar junto a María bendita.
Jesús se vuelve por una fresca carcajada de Juan, seguida de la de todos los demás.
-Quien provoca la risa soy yo, Maestro. En la barca me siento más seguro que un gato… ¡pero, aquí encima!… ¡Parezco una cuba dejada a su aire sobre el puente de un navío en manos del ábrego! - dice Pedro.
Jesús sonríe y lo anima, prometiendo concluir pronto la trotada.
-No es nada. Si los muchachos se ríen, no es nada malo. Vamos, vamos a llevar la felicidad a esta buena mujer.
Jesús se vuelve una vez más por otra explosión de risas.
Pedro exclama:
-No, esto no te lo digo, Maestro. Y.. ¿por qué no? Sí que lo digo. Estaba diciendo: "nuestro supremo ministro se va a tirar de los pelos, al saber que ha faltado justo cuando se podía pavonear con una dama". Y ellos se ríen. De todas formas es así.
Estoy seguro de que, si se lo hubiera imaginado, no hubiera tenido viñas paternas que tutelar.
Jesús no rebate.
Se recorre rápido el camino sobre estos borriquillos bien nutridos. Con el claro de luna dejan atrás Caná.
-Si me permites, te precedo. Paro el carro. Los movimientos bruscos la hacen sufrir mucho.
-Ve, sí.
Jonatán pone el caballo al galope.
Siguen y siguen bajo la luz blanca de la Luna. Luego… la forma oscura de un voluminoso carro cubierto, parado en el borde del camino. El asno en que va Jesús, instigado por Él, alcanza un pequeño galope sesgado. Jesús llega al carro. Se apea.
-¡El Mesías! - anuncia Jonatán.
La anciana nodriza se arroja del carro al camino, del camino al polvo.
-¡Oh, sálvala! Se está muriendo.
-Aquí estoy.
Y Jesús sube al carro, donde hay, extendido, un considerable número de almohadones y sobre ellos un cuerpo exiguo.
Hay un farolito en un ángulo, y copas y ánforas. Y una joven criada llorando, que está secando el sudor helado de la moribunda.
Jonatán acude con uno de los faroles del carro.
Jesús se inclina hacia la mujer decaída, verdaderamente moribunda. No hay diferencia entre el candor del vestido de lino y la palidez, incluso ligeramente azulada, de las manos y del rostro esqueléticos. Sólo las pobladas cejas y las largas pestañas negrísimas proporcionan un color a ese rostro de nieve. Ni siquiera tiene ya ese rojo infausto de los tísicos en los pómulos descarnados. Los labios, semiabiertos por el respiro dificultoso, son apenas una sombra de un rosa violáceo.
Jesús se arrodilla a su lado y la observa. La nodriza le coge una mano y la llama, pero el alma, ya en los umbrales de la vida, no oye nada.
Habiendo llegado los discípulos y los dos jóvenes de Nazaret, se agolpan en torno al carro.
Jesús pone una mano sobre la frente de la moribunda, la cual un momento abre los ojos nublados y vagos para volver a cerrarlos luego.
-Ya no oye nada - gime la nodriza. Y llora con más fuerza.
Jesús hace un gesto:
-Madre, oirá. Ten fe.
Y luego llama:
-¡Juana! ¡Juana! ¡Soy Yo! Soy Yo quien te llama. Soy la Vida. Mírame. Juana.
La moribunda abre con una mirada más viva sus grandes ojos negros, y mira al rostro que hacia ella se ha inclinado.
Manifiesta un movimiento de alegría y una sonrisa. Mueve despacio los labios: una palabra que no llega a adquirir sonido.
-Sí, Yo soy. Has venido y Yo he venido, a salvarte. ¿Puedes creer en mí?
La moribunda asiente con la cabeza. Toda la vitalidad está concentrada en la mirada (como también toda la palabra, no pudiendo expresarla de otra manera).
-Pues bien (Jesús, aunque permanezca de rodillas y con la izquierda sobre la frente de ella, se endereza y toma el aspecto de milagro), pues bien, Yo lo quiero, queda curada, levántate.
Quita la mano y se alza en pie.
Una fracción de minuto y Juana de Cusa, sin ningún tipo de ayuda, se sienta, emite un grito, y se arroja a los pies de Jesús gritando con voz fuerte y dichosa:
-¡Oh, amarte, mi Vida! ¡Para siempre! ¡Tuya! ¡Para siempre tuya! ¡Nodriza! ¡Jonatán! ¡Estoy curada! ¡Rápido! ¡Corred a decírselo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor! ¡Oh, bendíceme, sigue haciéndolo, sigue, sigue! ¡Oh, mi Salvador! - Llora y ríe besando los indumentos y las manos de Jesús.
-Te bendigo, sí. ¿Qué más quieres que te haga?
-Nada, Señor. Sólo quererme y dejar que yo te quiera.
-¿Y no querrías un niño?
-¡Oh, un niño!… En tus manos lo dejo, Señor. Yo te abandono todo: mi pasado, mi presente, mi futuro. Te debo todo, todo te doy. Da Tú a tu sierva lo que consideres mejor.
-Entonces, la vida eterna. Sé feliz. Dios te ama. Yo me marcho. Te bendigo y os bendigo.
-No, Señor. Quédate un tiempo en mi casa, que ahora es realmente rosal florido. Permíteme que vuelva a ella contigo…
¡Dichosa de mí!
-Voy. Pero tengo a mis discípulos.
-Mis hermanos, Señor. Juana tendrá, tanto para ellos como para ti, comida y bebida, y todo tipo de refrigerio.
¡Concédemelo.
-Vamos. Que se vuelvan los burros, seguidnos a pie. El camino ya es poco. Iremos lentamente para que podáis seguirnos. Adiós, Ismael y Aser. Despedidme una vez más de mi Madre y de mis amigos.
Los dos nazarenos, estupefactos, parten con sus rebuznadores asnos, mientras el carro emprende el retorno con su carga de alegría, ahora. Detrás van los discípulos en grupo comentando el hecho.
Y todo termina.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Ahora veo - aproximadamente dos horas después de la anteriormente descrita - la casa de Nazaret. Reconozco la pequeña habitación del adiós, que da al huerto, donde ahora plantas y árboles están completamente cubiertos de frondas.
Jesús está con María. Sentados el uno junto al otro en el asiento de piedra que está adosado a la casa. Parece que la cena ya ha tenido lugar y que, mientras los otros - si hay otros (yo no veo a ninguno) - se han retirado, Madre e Hijo se deleitan mutuamente en una dulce conversación.
La voz interna me dice que ésa es una de las primeras veces que Jesús vuelve a Nazaret después del Bautismo, después del ayuno del desierto y, sobre todo, de la constitución del Colegio Apostólico.
Él narra a su Madre sus primeras jornadas de evangelización, las primeras conquistas de corazones.
María está pendiente de los labios de su Jesús. Está más delgada, más pálida, como si hubiera sufrido en este tiempo; bajo sus ojos se han excavado dos sombras, como las de quien mucho llora y piensa. Pero ahora está feliz y sonríe. Sonríe acariciando la mano de su Jesús. Se siente feliz de tenerlo ahí, de estar corazón a corazón con Él, en el silencio de la tarde que cae.
Debe de ser verano, porque ya la higuera tiene sus primeros frutos maduros, que llegan incluso hasta la casa, y Jesús, poniéndose en pie, coge algunos de ellos; los más hermosos se los da a su Madre, pelándolos con cuidado y ofreciéndolos en una corona de piel vuelta como si fueran capullos blancos estriados de rojo, en una corola de pétalos: cándidos, dentro; violáceos, fuera. Los ofrece sobre la palma de su mano y sonríe al ver que su Madre los saborea.
Luego, a quemarropa, le pregunta:
-Mamá, ¿has visto a los discípulos? ¿Qué piensas de ellos?
María, que iba a llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza, suspende el gesto, se estremece… mira a Jesús.
-¿Qué piensas de ellos, ahora que te los he dado a conocer a todos? - insta Jesús.
-Creo que te quieren y que podrás conseguir mucho de ellos. Juan… ama a Juan como sabes amar. Es un ángel. Yo estoy tranquila cuando pienso que está contigo. También Pedro… es bueno. Más duro, porque es más anciano, pero genuino y convencido. Y también su hermano.
Ellos te quieren tal y como son capaces de hacerlo, por ahora. Más adelante te querrán más.
También nuestros primos, ahora que se han convencido, te serán fieles. Pero, el hombre de Keriot… ése no me gusta, Hijo. Su mirada no es límpida y su corazón menos aún; me da miedo.
-Contigo es todo respeto.
-Demasiado respeto. También contigo es todo respeto. Pero no es por ti como Maestro; es por ti como futuro Rey, de quien espera provecho y lustre. En Keriot no era nada, apenas un poco más que los demás. Espera obtener a tu lado un papel de importancia y… ¡Jesús!, no quiero ofender a la caridad, pero pienso, aunque no quiero pensarlo, que, en el caso de que Tú lo defraudes, él no dudará en suplantarte, en tratar de hacerlo. Es ambicioso, ávido y vicioso. Más apto para ser cortesano de un rey terreno que no apóstol tuyo, Hijo mío. Me da miedo! - Y la Mamá mira a su Jesús con dos ojos asustados en su cara pálida.
Jesús suspira. Piensa. Mira a su Madre. Le sonríe para animarla;
-Esto también es necesario, Mamá. Si no fuera él, sería otro. Mi Colegio tiene que representar al mundo, y, en el mundo, no todos son ángeles, ni todos son del temple de Pedro y Andrés. Si eligiera todas las perfecciones, ¿cómo podrían las pobres almas enfermas atreverse a esperar hacerse mis discípulas? Yo he venido a salvar lo perdido, Mamá. Juan de por sí está salvado. Pero, ¿cuántos no lo están!
-No tengo miedo de Leví. Él se ha redimido, porque se ha querido redimir. Ha dejado su pecado junto con su banco de tasador y se ha transformado en un alma nueva para ir contigo. Pero Judas de Keriot, no; es más, el orgullo hace cada vez más suya su vieja alma fea. Pero Tú sabes estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? Yo no puedo hacer más que orar y llorar por ti. Tú eres el Maestro, maestro también de tu pobre Mamá.
La visión cesa aquí.
por makf | 2 Sep, 2025 | Evangelio Parte 2
Veo a Jesús que va solo por un camino sombreado; parece un fresco vallecito rico en aguas. Digo "vallecito" porque está ligeramente enclavado entre pequeñas elevaciones del terreno y porque además por su centro discurre un riachuelo.
El lugar está desierto en la hora matutina. Hay, sobre todo, olivos, especialmente en la colina de la izquierda, mientras que la otra, menos provista de vegetación, tiene arbustos bajos de lentisco, acacias espinosas, pitas, etc. etc.
Debe acabar de nacer el día, un bonito día sereno de principios de verano, y, si quitamos el canto de los pájaros entre los árboles y el arrullo lamentoso de tórtolas salvajes que hacen sus nidos en las quiebras del monte más árido, no se oye nada más. Incluso el pequeño torrente, de aguas muy escasas, reducidas sólo al centro del lecho, parece no hacer rumor alguno y se desliza reflejando en ellas el verde de los alrededores, por lo que parece de color esmeralda oscuro.
Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco semialisado, colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales (un puente que no ofrece seguridad), y continúa por la otra orilla.
Ahora se ven muros y puertas y se ve también arremolinarse en las puertas todavía cerradas a mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.
Hay un gran rebuznar de asnos, y coces entre ellos; tampoco bromean los propietarios de los mismos. Y hay insultos... y también vuela algún porrazo, no sólo sobre los costados asnales, sino incluso
sobre las cabezas humanas.
Dos se enzarzan seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro comiéndose una buena cantidad. Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento. El hecho es que de debajo de los vestidos, que llegan sólo hasta las pantorrillas, aparecen dos feos cuchillos cortos, anchos como una mano: semejan dagas seccionadas pero bien afiladas, y brillan al sol. Gritos de mujeres, vocerío de hombres. Nadie interviene para separar a estos dos, que están ya preparados para el rústico duelo.
Jesús, que iba caminando meditabundo, levanta la cabeza, ve, y con paso velocísimo, acude a separarlos.
- ¡Quietos, en nombre de Dios! - ordena.
- ¡No! ¡Quiero terminar de una vez con este maldito perro!.
- ¡Yo también! ¿Te gustan las orlas? Te voy a hacer una con tus tripas.
Los dos giran alrededor de Jesús, dándole empujones, insultándolo para que se quite de en medio, tratando de clavarse los cuchillos; pero no lo consiguen, porque Jesús con movimientos inteligentes del manto desvía los cuchillos y dificulta la precisión de los golpes. Ya su manto presenta algunos jirones.
La gente chilla: -
- Salte, nazareno, pagarás Tú las consecuencias.
Pero Él no se mueve y trata de restablecer la calma, llamando la mente a Dios. ¡Inútil! La ira tiene enloquecidos a los dos contendientes.
Jesús emana milagro. Manda por última vez: -
- ¡Os ordeno estaros quietos!
- ¡No! ¡Quítate! ¡No te metas donde no te llaman, perro nazareno!
Entonces Jesús extiende las manos, con aspecto de potencia fulgurante. No dice ni una palabra, pero las hojas de los cuchillos caen desmenuzadas al suelo, como si fueran de cristal y hubieran pegado contra una peña.
Los dos miran los mangos cortos, inservibles, que han quedado entre sus dedos. El estupor apacigua la ira. La multitud grita de asombro.
- ¿Y ahora? - pregunta Jesús severo - ¿Dónde está vuestra fuerza?
Los soldados que estaban de guardia en la puerta, habiendo acudido a los últimos gritos, miran también estupefactos, y uno se agacha a recoger los fragmentos de las hojas y, no creyendo que sean de acero, los prueba en la uña.
- ¿Y ahora? - repite Jesús - ¿Dónde está vuestra fuerza?, ¿en qué basáis vuestro derecho?; ¿en esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?, ¿en esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y, por tanto, de toda fuerza? ¡Oh..., míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues, efectivamente, Dios está con los justos!
Oíd, todos vosotros de Israel, y también vosotros, soldados de Roma: la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre, y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.
El segundo de los preceptos del Señor es precepto de amor hacia el prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo. El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente. Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.
Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín. Y, ¿por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer. ¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad. ¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino. Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.
-¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad? Sólo uno hace estas cosas: el Mesías. Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.
¿Eres Tú el Mesías? - preguntan tres o cuatro.
- Lo soy.
- ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?
- Soy Yo.
- Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!
- Y yo, ¿ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!
- Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena; y tú, queda curado. ¡Lo quiero!
La muchedumbre grita. Luego dicen:
- ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!
- ¡Jesús de Nazaret!
- ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.
La multitud está alborozada. Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. Algunas madres acuden desde la ciudad — se ve que ha corrido la voz — y aúpan a sus pequeñuelos. Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere. Pero la multitud no está dispuesta a ello.
- ¡Quédate con nosotros! ¡En Judea! ¡En Judea! ¡También nosotros somos hijos de Abraham! - gritan.
- ¡Maestro!» — Judas llega presuroso — Maestro, has llegado antes que yo... ¿Qué sucede?
- ¡El Rabí ha hecho milagros! No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros.
- ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?
- No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.
Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.
- Por eso te dije: "Tómame contigo". Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?
- Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea...
- ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?
- Iré... Del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría, ¿sabes algo?
- Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?
- Lo conozco.
- ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?
- Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.
- ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?
- Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.
- Es muy severo Juan.
- No más para los demás que para sí mismo.
- Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.
- Y sin embargo...
- ¿Y, sin embargo, Maestro?...
- Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios, y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte. Pero, ¡ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!
- ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿no lo ves?...
- Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes. Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo. Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.
- Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.
Entran en el Templo y todo termina.