100- En Nazaret en casa del anciano y enfermo Alfeo. No es fácil la vida del apóstol

Jesús va con los suyos por las hermosas colinas de Galilea. Para evitar el sol, que está todavía alto aunque se dirija ya hacia el ocaso, caminan bajo los árboles (la mayor parte olivos).

-Pasada esa prominencia del terreno está Nazaret - dice Jesús - Dentro de poco llegamos. A la entrada de la ciudad nos separaremos. Judas y Santiago irán inmediatamente adonde su padre, como desea su corazón. Pedro y Juan distribuirán a los pobres, que estarán ciertamente junto a la fuente, el óbolo. Yo y los demás iremos a casa para la cena, luego proveeremos para el descanso.

-Nosotros iremos a casa del buen Alfeo. Se lo prometimos la otra vez. Yo, de todas formas, voy a ir sólo para saludarlo.

Cedo la cama a Mateo que todavía no está acostumbrado a las incomodidades - dice Felipe.
-No. Tú no, que eres anciano. No lo permito. Hasta ahora he disfrutado de un cómodo lecho, y ¡qué sueños tenía en él!: infernales. Créeme: ahora estoy de tal manera en paz, que aunque me eche sobre piedras tengo la impresión de estar durmiendo entre plumas. Es la conciencia la que hace, o no, dormir - responde Mateo.

Surge una competición de caridad con Mateo entre los discípulos Tomás, Felipe y Bartolomé, que - se entiende - son los que la otra vez estuvieron en casa de este Alfeo (el cual, ciertamente, no es el padre de Santiago, porque éste está hablando con Andrés y dice: «De todas formas habrá un puesto para ti, como la otra vez, aunque mi padre esté más enfermo»).

Vence Tomás:
-Yo soy el más joven del grupo. Yo cedo el lecho. Déjame, Mateo. Poco a poco te acostumbrarás. ¿Crees que me pesa?
No. Soy como un enamorado, que piensa: "Estaré sobre el duro suelo, pero estoy cerca de mi amor"- Tomás, hombre de unos treinta y ocho años, ríe jovialmente, y Mateo cede.
Nazaret está ya a pocos metros con sus primeras casas.
-Jesús… nosotros ya nos vamos - dice Judas.
-Idos, idos.

Los dos hermanos se van casi corriendo.

-¡El padre es el padre! - susurra Pedro - Aunque nos ponga mala ira, no por eso deja de ser de nuestra misma sangre, y la sangre tira más que una soga. Además… me resultan simpáticos tus primos. Son muy buenos.
-Sí, son muy buenos. Y son humildes, hasta el punto de que ni siquiera se estudian para ver en qué medida lo son.
Siempre piensan que cometen deficiencias, porque su espíritu ve lo bueno en todos excepto en ellos mismos. Llegarán muy lejos…

Ya están en Nazaret. Algunas mujeres ven a Jesús y lo saludan, como también lo hacen algunos hombres y niños. Pero aquí no se producen las aclamaciones de los otros lugares al Mesías, aquí se trata de amigos que saludan al Amigo que regresa: unos, más expansivamente; otros, menos.

En muchos veo también una irónica curiosidad al observar al grupo heterogéneo que acompaña a Jesús, que no es ciertamente un grupo de dignatarios reales ni de pomposos sacerdotes. Sudados, llenos de polvo del camino, vestidos muy modestamente, menos Judas Iscariote, Mateo, Simón y Bartolomé -y los he puesto por orden
decreciente de elegancia -, parecen más un grupo de gente modesta de viaje hacia algún mercado que no seguidores de un rey.

Rey que, de por sí, manifiesta su regalidad solamente en la imponencia de la estatura y, sobre todo, en la imponencia del aspecto.

Caminan unos metros y luego Pedro y Juan se separan, yendo hacia la derecha, mientras que Jesús con los demás prosigue hasta llegar a una pequeña plaza llena de niños vocingleros que están alrededor de una pila llena de la que sacan agua las madres.

Un hombre ve a Jesús y hace un gesto de gozoso asombro. Acelera su paso hacia Él y lo saluda:

-¡Bienvenido de nuevo! ¡No te esperaba tan pronto! Ten: besa a mi último nieto. Es el pequeño José. Ha nacido en tu ausencia - y le pasa un niñito que tiene en los brazos.
-¿Le has puesto por nombre José?

-Sí. No me olvido de mi casi pariente y, más que pariente, gran amigo. Ya tengo puestos también a los nietos los nombres que más aprecio: Ana, mi amiga de cuando era niño, y Joaquín. Luego María… ¡Oh, qué fiesta cuando nació! Me acuerdo de cuando me la dieron para que la besase y me dijeron: "¿Ves? Aquel hermoso arco iris fue el puente por el cual Ella descendió del Cielo. Los ángeles utilizan ese camino". Verdaderamente era tan bonita, que parecía un angelito… Ahora aquí tienes a José. Si hubiera sabido que ibas a volver tan pronto, te hubiera esperado para la circuncisión.

-Te agradezco tu amor hacia mis abuelos y hacia mi padre y mi Madre. Es un niño muy hermoso. Que sea eternamente justo como el justo José - Jesús le da unos botecitos en sus brazos al pequeñuelo, que dibuja en sus labios risitas llenas de leche.

-Si me esperas voy contigo. Estoy esperando a que se llenen las ánforas. No quiero que mi hija María se fatigue. Es más, mira, voy a hacer esto: les doy los jarros a los tuyos, si los toman, y yo hablo un poco contigo a solas.

-¡Pues claro que los cogemos! ¡No somos reyes asirios! - exclama Tomás, y es el primero en agarrar un jarro.
-Entonces, mirad, María de José no está en su casa, está donde el cuñado, ¿sabes?, pero la llave está en la mía. Que os la den para entrar en casa, o sea… en el taller.

-Sí, sí, id; entrad incluso en casa. Luego voy Yo.
Los apóstoles se marchan y Jesús se queda con Alfeo.
-Quería decirte que… soy verdadero amigo tuyo… y, cuando uno es verdadero amigo y es más viejo y es del lugar, puede hablar. Creo que debo hablar… Yo… no es que quiera aconsejarte… Tú sabes más que yo. Sólo quiero advertirte de que… ¡oh!, no quiero hacer de espía, ni sacarte a la luz defectos de tus familiares, pero, yo creo en ti, Mesías, y… y me duele el ver que dicen que Tú no eres Tú, o sea, el Mesías; que eres un enfermo; que destruyes a la familia y a los familiares. La ciudad… ya sabes… a Alfeo lo consideran mucho y por tanto, la ciudad presta también atención a lo que ésos dicen; y ahora está enfermo, infunde compasión… Algunas veces la compasión incluso sirve para cometer injusticias. Mira, yo estaba presente la tarde en que Judas y Santiago te defendieron y defendieron la libertad suya de seguirte…

¡Qué escena! No sé cómo puede resistir tu Madre.
¿Y la pobre María de Alfeo?… Las mujeres en ciertas situaciones de familia son siempre víctimas.

-Ahora mis primos están donde su padre…
-¿Con su padre? ¡Los compadezco! Ese anciano está completamente fuera de sí y, será la edad y la enfermedad, claro, pero hace cosas de locos. Si no estuviera loco, me daría más pena aún, porque… en ese caso estaría llevando a la perdición a su propia alma.
-¿Crees que tratará mal a los hijos?
-Estoy seguro de ello. Lo siento por ellos y por las mujeres… ¿A dónde vas?
-A casa de Alfeo.
-No, Jesús. No te expongas a que te falten al respeto.
-Mis primos me quieren por encima de sí mismos y es justo que Yo les pague con un amor igual… En esa casa hay dos mujeres a las que quiero… Voy. No te opongas.

Jesús se dirige veloz hacia la casa de Alfeo, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.
Jesús va veloz. Ya está a la altura del linde del huerto de Alfeo. Llega hasta Él un llanto de mujer y unos gritos desaforados de hombre. Jesús acelera el paso, por el huerto todo verde, en los pocos metros que separan la calle de la casa.

Está ya casi en la entrada cuando se asoma a la puerta su Madre y lo ve.
-¡Mamá.
-¡Jesús!- dos gritos de amor.
Jesús hace ademán de entrar, pero María dice:
-No, Hijo - Y se pone en el umbral con los brazos abiertos y apretando las manos contra las jambas: una barrera de carne y de amor, y repite: «No, Hijo, no lo hagas».
-Déjame, Mamá, no ocurrirá nada - Jesús está tranquilísimo, a pesar de que la acentuada palidez de María lo turbe, como es lógico. Coge su delicada muñeca, separa la mano de la jamba y pasa.

En la cocina, desparramados por el suelo, reducido a una especie de cieno viscoso, están los huevos, los racimos de uvas y el tarro de miel traídos de Caná.

De otra habitación proviene una voz quejumbrosa de anciano, imprecando, acusando, quejándose, en medio de uno de esos arrebatos de cólera seniles que son tan injustos, impotentes, penosos de ver y dolorosos de padecer:

… ¡Mi casa destruida, convertida en el hazmerreír de toda Nazaret, y yo aquí, solo, sin ayuda, herido en mi sentimiento, en el respeto, padeciendo necesidades!…

¡Eso es lo que te queda, Alfeo, por haber actuado como un verdadero fiel! ¿Y por qué? ¿Por qué? Por un loco. Un loco que vuelve locos a mis hijos necios. ¡Ay, ay, qué dolores!
Se oye también la voz de María de Alfeo, lacrimosa, suplicando:

-¡Cálmate, Alfeo, cálmate! ¿Ves como te perjudicas? Voy a ayudarte a meterte en la cama… Siempre bueno tú, siempre justo… ¿A qué viene esto, contigo, conmigo, con esos pobres hijos?…

-¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero! ¿Que son buenos esos hijos? ¡Ya!, ¡ya! ¡Cierto, claro! ¡Son dos ingratos!

Primero me hinchan a ajenjo y luego me traen miel. Me traen huevos y fruta… ¡después de alimentarse con mi corazón! ¡Vete, te digo! ¡Fuera! ¡Que venga María, no tú! Ella tiene maña. ¿Dónde está ahora esa mujer débil que no sabe hacerse obedecer por el Hijo?

María de Alfeo, arrojada de la presencia de éste, entra en la cocina mientras Jesús estaba para entrar en la habitación de Alfeo. Lo ve, se derrumba en sus brazos sollozando desesperada, mientras María, la Virgen, va, humilde y paciente, donde el anciano iracundo.
-No llores, tía; ahora voy Yo.

-¡No! ¡No te dejes insultar! Está como loco. Tiene el bastón. No. Jesús, no. Ha agredido incluso a sus hijos.
-No me hará nada - Y Jesús, con firmeza, si bien dulcemente, aparta a su tía y entra.
-Paz a ti, Alfeo.

El anciano, que iba a meterse en la cama entre mil quejas y reprensiones a María, «porque no tiene maña» (antes decía que sólo Ella tenía maña), se vuelve como movido por un resorte.

-¿Aquí? ¿Aquí a burlarte de mí? ¿Hasta esto?
-No. A traerte paz. ¿Por qué estás tan inquieto? Te empeoras. Mamá, deja. Lo levanto Yo. No te haré daño ni tendrás que esforzarte. Mamá, levanta las cobijas - Y Jesús coge con cuidado ese montoncillo de huesos que ya está en los estertores, flácido, malo, que llora, mísero, y lo apoya con cuidado, como si fuera un recién nacido, sobre la cama.

-Eso es, así, como hacía con mi padre. Más alto este almohadón, así estarás más alto y respirarás mejor. Mamá, mete aquí, debajo de los riñones, ese de allí, el pequeño; estará más mullido. Ahora así la luz, que no le dé en los ojos pero que deje entrar el aire puro. Eso es, así.

Ahora… he visto una tisana al fuego. Tráela, Mamá, Y bien dulce. Estás todo sudado y te estás enfriando. Te sentará bien.

María sale, obediente.

-Yo… yo… ¿Por qué eres bueno conmigo?
-Porque te quiero, como ya sabes.
-Yo te quería… pero ahora…
-Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo te quiero y me basta. Más adelante me querrás…

-Entonces… ¡ay, ay… qué dolores!… entonces, si es verdad que me quieres, ¿por qué ofendes mis canas?

-No te ofendo, Alfeo; de ninguna manera. Te honro.
-“¿Honro?" Soy el hazmerreír de Nazaret… eso es.
-¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué te hago hazmerreír?
-En mis hijos. ¿Por qué son rebeldes? Por ti. ¿Por qué se burla la gente de mí? Por ti.

-Dime: si Nazaret te alabara por la condición de tus hijos, ¿sentirías el mismo dolor?
-¡No! Pero Nazaret no me alaba. Me alabaría si verdaderamente tú fueras una persona llamada al éxito.

Pero, ¿quién no se echaría a reír de haberme dejado por uno poco menos que demente que va por el mundo atrayéndose hacia sí odios y burlas; un pobre, que convive con los pobres? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre casa de David! ¡Cómo acabas! ¡Y yo tenía que vivir tanto, para presenciar esta desventura ¡Verte a ti, vástago último de la gloriosa estirpe, corromperte en una demencia por ser demasiado servil! ¡Ah!, la desventura ha caído sobre nosotros desde el día en que mi apocado hermano se dejó unir a esa mujer insípida pero mandona que lo tuvo dominado en todo. Ya lo dije entonces: "José no ha nacido para casarse. Vivirá infeliz". Y así fue. Él sabía cómo era y nunca había querido oír hablar de matrimonio. ¡Maldita la ley de las huérfanas herederas! ¡Maldito destino! ¡Maldita boda!
La "Virgen heredera" ha vuelto ya con la tisana, a tiempo de oír las jeremiadas de su cuñado. Se la ve todavía más pálida, pero su paciente benevolencia no ha sido perturbada. Se acerca a Alfeo y con una dulce sonrisa le ayuda a beber.

-Eres injusto, Alfeo; pero tienes tanto mal encima, que todo se te perdona - dice Jesús sujetándole la cabeza.
-¡Oh, sí, mucho mal! ¿Dices que eres el Mesías? ¿Haces prodigios? Eso dicen. Si al menos me curases para pagarme por los hijos que te has llevado… Cúrame… y te perdonaré.

-Perdona a tus hijos, comprende su alma y Yo te aliviaré. Si guardas rencor, no puedo hacer nada.
-¿Perdonar?

El anciano se mueve bruscamente; ello, naturalmente, agudiza todos los espasmos, lo cual, de nuevo, lo pone hecho una fiera.

-¿Perdonar? ¡Jamás! ¡Vete! ¡Fuera, si es para decirme esto! ¡Fuera! Quiero morir sin que me molesten más.

Se ve en Jesús un gesto resignado.

-Adiós, Alfeo. Me voy… ¿No me queda más remedio que irme? Tío… ¿no me queda más remedio que irme?
-Si no haces esto que te pido, sí, vete. Di a esas dos serpientes que su anciano padre muere guardándoles rencor.

-No, esto no, no pierdas tu alma. No me ames, si quieres, no me creas el Mesías… pero no odies, no odies, Alfeo.
Ridiculízame, llámame loco… pero no odies.

-Pero, ¿por qué me quieres, si yo te estoy insultando?

-Porque soy eso que tú no quieres reconocer. Soy el Amor.

Mamá voy a casa.

-Sí, Hijo mío. Dentro de poco iré yo.
-Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas avísame, a cualquier hora, que Yo vendré.

Jesús sale, tranquilo como si no hubiera sucedido nada. Sólo está más pálido.

-¡Oh! Jesús, Jesús. Perdónale - gime María de Alfeo.
-Claro, María. Ni siquiera hay necesidad de hacerlo. A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora está ya más calmado.

La Gracia obra incluso sin que los corazones lo sepan.

Además, está tu llanto Y, por supuesto, el dolor de Judas y Santiago, y su fidelidad a la vocación. Paz a tu acongojado corazón, tía - La besa y sale al huerto para ir a casa.

Cuando está para poner pie en la calle, entran Pedro y, detrás de él, Juan, jadeantes, como quien ha corrido.
-¡Maestro! Pero, ¿qué ha sucedido? Santiago me ha dicho: "Ve corriendo a mi casa. ¿Quién sabe qué trato recibirá Jesús!". ¡No, no es así! Ha entrado Alfeo, el de la fuente, y le ha dicho a Judas: "Jesús está en tu casa", y entonces Santiago ha dicho eso… Tus primos están abatidos. Yo no comprendo nada, pero… te veo… y me siento confortado.

-Nada, Pedro. Un pobre enfermo al que los dolores le hacen ser impaciente. Ya ha terminado todo.
-¡Oh, me alegro! ¿Y tú, por qué estás aquí? - Pedro interpela en tono no muy suave a Judas Iscariote, que también ha venido.
-Me parece que también estás tú.
-Me han pedido que viniera y he venido.
-También yo he venido. Si el Maestro estaba en peligro, y en su patria, yo, que ya lo he defendido en Judea, podía defenderlo también en Galilea.

-Para eso bastamos nosotros. Pero no hay necesidad de ello en Galilea.
-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Exacto! Su patria lo echa fuera como si se tratase de una comida indigesta. Bien. Me alegro por ti, que te escandalizaste por un pequeño incidente sucedido en Judea, donde no lo conocen. Aquí, sin embargo… - y Judas concluye con un modo de silbar que es un poema de sátira.

-Mira, muchacho. Me siento en pocas condiciones de soportarte. Corta, por tanto, si en algo tienes… algo. Maestro, ¿te han hecho algún daño?

-¡No, hombre, no, Pedro mío! Te lo aseguro. Vamos más deprisa a consolar a mis primos.

Van. Entran en el amplio taller. Judas y Santiago están junto al vasto banco de carpintero: Santiago, en pie; Judas, sentado en un taburete con el codo apoyado en el banco y la cabeza apoyada en la mano. Jesús va hacia ellos sonriente para darles inmediatamente la certeza de que su corazón los ama:
-A1feo está más sereno ahora. Los dolores se están calmando y todo vuelve a sosegarse. Estad tranquilos también vosotros.
-¿Lo has visto? ¿Y a nuestra madre?
-He visto a todos.
Judas pregunta:
-¿También a nuestros hermanos?
-No. No estaban.
-Estaban. No han querido que los vieras. ¡Pero…
nosotros! Ni aunque hubiéramos cometido un delito habríamos sido tratados de esa forma. ¡Y nosotros, que volábamos desde Caná por la alegría de volver a verlo y traerle lo que a él le gusta! Lo queremos y… y ya no nos entiende… ya no nos cree.

Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco. Santiago se muestra más fuerte, pero su rostro manifiesta un interno martirio.

-No llores, Judas. Y tú, no sufras.

-¡Oh! ¡Jesús! Somos hijos… y nos ha maldecido. Pero, aunque esto nos acongoje, no, no volvemos hacia atrás.

Somos tuyos, y tuyos seremos, aunque nos amenazaran de muerte para separarnos de ti - exclama Santiago.

-¿Y decías que no eras capaz de heroísmo? Yo lo sabía, pero tú, por ti mismo, ahora lo manifiestas. En verdad, serás fiel incluso contra la muerte. Y tú también.
Jesús los acaricia… pero ellos sufren. El llanto de Judas llena la bóveda de piedra.

Ello me proporciona la manera de ver mejor el alma de los discípu1os.

Pedro, cuyo honesto rostro se manifiesta apenado, exclama:

-¡Claro! Es una cosa dolorosa… Cosas tristes. Pero, muchachos - y les da unos pequeños zarandeos con afecto -, no todos pueden merecer esas palabras… Yo… yo me doy cuenta de que he sido una persona afortunada en mi llamada. Esa buena mujer que es mi esposa me dice siempre:

"Es como si hubiera sido repudiada, porque tú ya no eres mío. Pero digo: ¡Oh, dichoso repudio!". Decidlo igualmente vosotros. Perdéis un padre, pero ganáis a Dios.

El pastor José, desde su ignorante condición de huérfano, asombrado de que un padre pueda ser motivo de llanto, dice:

-Creía ser el más infeliz porque me falta el padre. Me doy cuenta de que es mejor llorarlo por muerto que por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a los compañeros.
Andrés suspira y calla. Se consume por el deseo de hablar, pero, como si de una mordaza se tratara, su timidez se lo impide.

Tomás, Felipe, Mateo, Natanael hablan bajo en un rincón, con el respeto propio de quien se encuentra ante un dolor verdadero. Santiago de Zebedeo ora, apenas perceptiblemente, para que Dios conceda paz.

Simón Zelote - ¡oh, cuánto me agrada su acto! - deja su rincón y viene junto a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Judas, el otro brazo en torno a la cintura de Santiago, y dice:

-No llores, hijo. Él nos lo había dicho a mí y a ti: "Os uno: a ti, que por mí pierdes un padre; a ti, que tienes corazón de padre sin tener hijos". Y no entendimos cuánto había de profecía en esas palabras. Pero Él sabía. Pues os lo ruego: Soy viejo y siempre he soñado con ser llamado "padre"; aceptadme como tal y yo, mañana y tarde, os bendeciré. Os lo ruego: Aceptadme como tal.

Los dos hacen un gesto de aceptación entre sollozos aún más fuertes.

Entra María y corre hasta donde los dos afligidos. Acaricia la cabeza (de un moreno intenso) de Judas, y a Santiago lo acaricia en la mejilla. Está blanca como una azucena.

Judas le toma la mano y la besa, y pregunta: «Qué hace?». «Duerme, hijo. Vuestra madre os manda su beso» y los besa a ambos.
La voz áspera de Pedro se deja oír bruscamente:
-Mira, ven aquí un momento, que quiero decirte una cosa - y veo a Pedro que aferra con su robusta mano un brazo de Judas Iscariote y se lo lleva afuera, a la calle; y luego vuelve solo.
-¿A dónde lo has mandado? - pregunta Jesús.
-¿A dónde? A tomar el aire; si no, acababa dándole yo el aire de otra manera… cosa que no he hecho por atención a ti.
¡Ah!…, ¡ahora se está mejor! Quien se ríe ante un dolor es un áspid, y yo a las serpientes las aplasto… Aquí estás Tú… y por eso lo he mandado sólo a la luz de la luna. No digo que no… pero… yo llegaré incluso a ser un escriba, cosa que sólo Dios puede hacer en mí, que apenas sé que estoy en el mundo… pero él ni con la ayuda de Dios será bueno. Te lo asegura Simón de Jonás. Y no me equivoco. ¡No, no te lo tomes a mal! ¡Qué gran alivio para él el librarse de esta tristeza! Su corazón está más reseco que un adoquín bajo el sol de Agosto. ¡Venga, muchachos! Aquí hay una Madre que más dulce que Ella no la tiene ni siquiera el Cielo, aquí hay un Maestro que es más bueno que todo el Paraíso, aquí hay muchos corazones honestos que os aman sinceramente. Las borrascas benefician, hacen caer el polvo. Mañana estaréis más frescos que unas flores, os sentiréis más ligeros que los pájaros, para seguir a nuestro Jesús».

Y en estas simples y buenas palabras de Pedro todo finaliza.

Luego dice Jesús: «Después de esta visión pondrás la que te di en la primavera de 1944, aquella en que Yo pedía a mi Madre sus impresiones sobre los apóstoles. Llegados a este punto, sus figuras morales han dado ya suficientes destellos para poder poner aquí esa visión sin crear escándalo en nadie. Yo no necesitaba el consejo de nadie.

Pero, cuando estábamos solos, mientras los discípulos estaban acá o allá, en familias amigas o por los caseríos cercanos, durante mis estancias en Nazaret, ¡qué dulce me era el hablar y pedir consejo a mi dulce Amiga, mi Madre, y obtener confirmación, de su boca de gracia y sabiduría, en cuanto ya había visto Yo!

No he sido nunca sino "el Hijo" para con Ella. Y entre los nacidos de mujer no hubo una madre más "madre" que Ella, en todas las perfecciones de las maternas virtudes humanas y morales, ni hubo hijo más "hijo" que Yo, en el respeto, en la confianza, en el amor.

Y ahora, que también vosotros habéis tenido un mínimo de trato con los Doce, de conocimiento de sus virtudes y de sus defectos, de su carácter, de sus luchas, ¿hay todavía alguno que diga que me fue fácil unirlos, elevarlos, formarlos? ¿Hay todavía alguno que juzgue fácil la vida del apóstol, y, por ser un apóstol, o sea, frecuentemente, por creerse tal, juzgue tener derecho a una vida llana, sin dolores, obstáculos, derrotas? ¿Hay todavía alguno que, por el hecho de que me sirva, pretenda que Yo sea su siervo, y que haga milagros sin interrupción en favor suyo, haciendo de su vida una alfombra florida, fácil, humanamente gloriosa? Mi camino, mi trabajo, mi servicio es la cruz, el dolor, las renuncias, el sacrificio. Yo lo hice, háganlo quienes quieren decirse "míos". Esto no va para los Juanes, sino para los doctores insatisfechos y difíciles.

Y digo, para los doctores de la argucia, que he usado el término “tío" y "tía", inusitado en las lenguas palestinas, para aclarar y definir una irrespetuosa cuestión sobre mi condición de Unigénito de María y sobre la Virginidad "pre" y "post" parto de mi Madre, quien me tuvo por espiritual y divino connubio y, repítase una vez más, no conoció otras uniones, ni tuvo otros
partos: carne inviolada, la cual ni siquiera Yo laceré, cerrada sobre el misterio de un seno-tabernáculo, trono de la Trinidad y del Verbo Encarnado.

99- En Tiberíades en la casa de Cusa

Veo la hermosa y nueva ciudad de Tiberíades.

Que es nueva y rica, me lo dice todo su conjunto: una reestructuración cívica más ordenada que la de otras ciudades palestinas; una totalidad armónica y urbana que no posee ni siquiera Jerusalén. Hermosas avenidas y calles rectas provistas de un sistema de alcantarillado que hace que aguas y basura no se acumulen por las calles, y vastas plazas con fuentes (las más bonitas hechas de amplios pilones de mármol). Edificios que ya reflejan el estilo de Roma, con espaciosos pórticos.

A través de algunos portales abiertos a esta hora de la mañana se ven amplios vestíbulos, peristilos de mármol decorados con valiosos cortinajes, asientos, mesitas; casi todos tienen en su centro un patio enlosado de mármol con un surtidor y macetas marmoleñas llenas de plantas en flor. En definitiva, es una imitación de la arquitectura de Roma bastante bien copiada y ricamente remedada. Las casas más bonitas están en las calles más cercanas al
lago: las tres primeras, paralelas a éste, son verdaderamente señoriales; la primera, a lo largo del vial que sigue la dulce curva del lago, es, sin exagerar, espléndida.

Su última parte es una serie de casas de campo, cuya fachada principal da a la otra calle, y que hacia el lago tienen opulentos jardines que descienden hasta recibir el toque de las olas; casi todas tienen un pequeño embarcadero en el que pueden verse barcas de recreo con preciados baldaquinos y asientos purpurinos.

Parece que Jesús ha bajado de la barca de Pedro no en el puerto de Tiberíades sino en algún otro lugar, quizás de los suburbios. Viene caminando por el vial que recorre el margen del lago.

Pregunta Pedro:
-¿Has estado alguna vez en Tiberíades, Maestro?
-Nunca.
-Antipas ha hecho bien las cosas, y a lo grande, para adular a Tiberio. ¡Bien que se ha vendido!
-Me parece más una ciudad de descanso que comercial.
-Los mercados están en la otra parte. No, no, tiene también mucho comercio. Es rica.
-¿Estas casas? ¿Palestinas?

-Sí y no. Muchas son de romanos, pero otras muchas…, a pesar de estar llenas de estatuas y patrañas semejantes, son de hebreos - Pedro suspira y dice entre dientes: «Si nos hubieran arrebatado sólo la independencia… pero es que nos han arrebatado la fe… ¡Nos estamos haciendo más paganos que ellos!

-No por culpa suya, Pedro. Ellos tienen sus costumbres y no nos obligan a hacerlas nuestras. Somos nosotros quienes queremos corrompernos. Por intereses, por moda, por servilismo…
Tienes razón, pero el primero es el Tetrarca. ..

-Maestro, hemos llegado - dice el pastor José - Ésta es la casa del intendente de Herodes.
Están parados al final del vial, donde éste presenta una bifurcación (el vial, así, viene a ser la segunda de las calles, mientras que las casas de campo quedan entre esta calle y el lago). La casa que ha señalado José es la primera, bellísima, toda rodeada de un jardín florecido. Fragancias y ramas de jazmines y rosas se extienden hasta el lago.

-¿Y aquí está Jonatán?
-Aquí, me han dicho. Es el intendente del intendente. Ha tenido suerte. Cusa no es malo, y reconoce con justicia los méritos de su intendente. Es una de las pocas personas honradas de la corte. ¿Voy a llamarlo?
-Ve.
José se dirige a la alta puerta de entrada. Llama. Acude el portero. Conversan. Veo que José hace un gesto de contrariedad y que el portero asoma su cabeza cenicienta y mira a Jesús; luego pide algo, a lo cual José asiente. Siguen hablando entre sí.

José viene hacia Jesús, que ha estado esperando pacientemente a la sombra de un árbol:

-Jonatán no está. Está en el Alto-Líbano. Ha ido a llevar a aquel aire fresco y puro a Juana de Cusa, que está muy enferma. Dice el criado que ha ido él porque Cusa está en la Corte, y no puede venirse después del escándalo de la fuga de Juan el Bautista, y la enferma empeoraba y el médico decía que aquí moriría. No obstante, el criado dice que entres a descansar.Jonatán ha hablado del Mesías niño y también aquí te conocen de nombre y te esperan.
-Vamos.

El grupo se pone en movimiento. De lo cual el portero, que estaba mirando de soslayo, se percata, y llama a los otros domésticos; abre de par en par la puerta de entrada, que hasta ahora había estado entreabierta, y corre con mucho respeto al encuentro de Jesús.

-Derrama, Señor, tu bendición sobre nosotros y sobre esta triste casa. Pasa. ¡Cuánto sentirá Jonatán no haber estado aquí! Verte era su esperanza. Pasa, pasa, y tus amigos contigo.

En el atrio hay criados y criadas de todas las edades, todos ellos respetuosamente inclinados al saludar, no sin un sentimiento de curiosidad. Una viejecita llora en un ángulo.

Jesús entra y bendice con su gesto y su saludo de paz. Le ofrecen refrigerio. Toma asiento y todos se ponen a su alrededor.

-Veo que no os soy desconocido -observa.
-Jonatán nos ha nutrido con tu historia. Jonatán es bueno. Dice serlo sólo porque el beso que te dio lo hizo bueno. Pero también es porque lo es.

-Yo he dado y he recibido besos… pero, como tú dices, sólo en los buenos éstos aumentaron la bondad. ¿No está ahora? Yo venía por él.

-He dicho que está en el Líbano. Allí tiene amigos… Es la última esperanza para la joven ama. Si esto no produce resultados…

La viejecita en su ángulo llora con más fuerza. Jesús la mira con actitud interrogativa.
-Es Ester, la nodriza del ama. Llora porque no puede resignarse a perderla.

-Ven, madre. No llores así - invita Jesús - Ven aquí, junto a mí. ¡No necesariamente enfermedad significa muerte!
-¡Es muerte, es muerte! ¡Desde que tuvo aquel único parto desafortunado se me está muriendo! ¡Las adúlteras dan a luz secretamente y viven a pesar de todo, y ella, ella que es buena, honesta, un ángel, un verdadero ángel, debe morir!
-Pero, ¿qué tiene ahora?
-Una fiebre que la consume… Es como una lámpara que arde atizada por un fuerte viento… cada día más fuerte, y ella cada vez más débil. Yo deseaba acompañarla, pero Jonatán ha querido criadas jóvenes, porque ella no tiene fuerzas y hay que llevarla como a un peso inerte y yo ya no soy capaz… No soy capaz de eso, pero sí de amarla. La recogí del seno de su madre. Yo era una sirvienta. También estaba casada, y había tenido un hijo hacía un mes. Le di de mamar porque su madre estaba débil y no podía… Yo le hice de madre cuando, apenas sabiendo decir "mamá", se quedó huérfana. Me he llenado de canas y de arrugas
velándola en sus enfermedades. Yo la vestí de novia, la conduje al tálamo; he sonreído ante sus esperanzas de madre, lloré con ella ante el recién nacido muerto, he recogido todas las sonrisas y las lágrimas de su vida, le he dado toda sonrisa y consuelo de mi amor… ¡Y ahora se muere y no me tiene cerca!

La anciana da pena. Jesús la acaricia, pero no sirve de nada.
-Escucha, madre, ¿tienes fe?
-¿En ti? Sí.
-En Dios, mujer. ¿Puedes creer que Dios puede todo?
-Lo creo, y creo que Tú, su Mesías, lo puedes. Ya se habla en la ciudad de tu poder. Ese hombre - alude a Felipe - hace tiempo hablaba de tus milagros en la sinagoga. Jonatán le preguntó: "¿Dónde está el Mesías?", y él respondió: "No lo sé". Jonatán me dijo entonces "Si estuviera aquí, te juro que ella se curaría". Pero Tú no estabas aquí… él se ha marchado con ella… y ahora morirá…

-No. Ten fe. Dime exactamente lo que tienes en el corazón: ¿pue-des creer que ella no morirá por tu fe?
-¿Por mi fe? ¡Oh!, si la quieres, aquí la tienes. Tómate incluso la vida, mi anciana vida… sólo házmela ver curada.
-Yo soy la Vida. Doy vida y no muerte. Tú le diste la vida un día con la leche de tu pecho. Era una pobre vida que podía terminar Ahora, con tu fe, le das una vida sin fin. Sonríe, madre.

-Pero ella no está… - la anciana se halla entre la esperanza y el temor - ella no está y Tú estás aquí…
-Ten fe. Escucha. Ahora voy a Nazaret. Estaré allí unos días Tengo también allí algunos amigos enfermos. Luego voy al Líbano. Si Jonatán vuelve de aquí a seis días, mándalo a Nazaret, a Jesús de José. Si no viene, iré Yo.
-¿Cómo lo vas a encontrar?

-Me guiará el arcángel de Tobías. Tú fortalécete en la fe. No te pido más que esto. No llores más, madre.
Pero la anciana llora con más vehemencia. Está a los pies de Jesús y tiene la cabeza sobre las rodillas divinas, besando la bendita mano y vertiendo lágrimas sobre ella. Jesús, con la otra mano, la acaricia, y, dado que otros criados, dulcemente, la reprenden porque llorando así se está agotando, Él dice:

-Dejadla. Ahora es llanto de consuelo. Le viene bien. ¿Os alegra a todos el que el ama recupere la salud?
-Es muy buena. Cuando uno es así no es amo, es un amigo y se le quiere. Nosotros la queremos. Créelo.
-Os leo en el corazón. Sed también vosotros cada vez mejores. Yo me pongo en camino. No puedo esperar. Tengo la barca. Os bendigo.

-¡Vuelve, Maestro, vuelve!
-Volveré muchas veces. Adiós. La paz a esta casa y a todos vosotros.
Jesús sale con los suyos acompañado de los criados, que lo aclaman.
-Te conocen más aquí que en Nazaret - observa con tristeza su primo Santiago.
-Uno que ha tenido fe verdadera en el Mesías ha preparado esta casa; para Nazaret Yo soy el carpintero, nada más.
-Y… y nosotros no tenemos la fuerza de predicarte como quien eres…

-¿No la tenéis?
-No, primo. No tenemos el heroísmo de tus pastores.
-¿Lo crees así, Santiago? - Jesús sonríe mirando a su primo, a este primo suyo que tanto se parece a su padre putativo, así, con ojos y pelo de un castaño negro y tez morena pero viva - mientras que la tez de Judas es más pálida, encuadrada entre la barba negrísima y los cabellos ondulados; Judas tiene ojos de un azul casi violáceo que vagamente recuerdan a los de Jesús -
Pues mira, Yo te digo que no te conoces. Tú y Judas sois fuertes.

Los dos primos menean la cabeza.
-Os persuadiréis de que no yerro.
-¿Vamos al mismo Nazaret?
-Sí. Quiero decirle algo a mi Madre y… y hacer aún alguna otra cosa. Quien quiera venir que venga.
Todos quieren ir. Los que están más contentos son los primos:

-Es por nuestro padre y nuestra madre, ¿comprendes?
-Lo comprendo. Pasaremos por Caná y luego iremos allí.
-¿Por Caná? ¡Entonces iremos donde Susana! Nos dará huevos y fruta para papá, Santiago.
-Y también, claro, algo de su buena miel. A él le gusta mucho.
-Y le nutre.
-¡Pobre papá! Sufre mucho. Siente que le falta la vida, como arrancada de raíz… y no quisiera morir… - Santiago le mira a Jesús. Con muda súplica… Pero Jesús hace como si no lo viera - José también murió así, con dolores, ¿verdad?
-Sí - responde Jesús - pero él sufría menos porque estaba resignado.
-Y porque te tenía a ti.
-También Alfeo podría tenerme…
Los dos primos suspiran tristes, y todo termina.

98- Encuentro con la Magdalena en el lago y lección a los discípulos cerca de Tiberíades

Jesús y todos los suyos - ya son trece más Él - están, siete en cada barca, en el lago de Galilea. Jesús va en la barca de Pedro, la primera, junto con Pedro, Andrés, Simón, José y los dos primos. En la otra van los dos hijos de Zebedeo con los demás, o sea, Judas Iscariote, Felipe, Tomás, Natanael y Mateo.

Las barcas avanzan a vela, lig eras, impulsadas por un viento fresco de bóreas que apenas encrespa el agua en muchos, pequeños pliegues ligerísimamente marcados por un hilo de espuma que dibuja un tul sobre el azul turquesa del hermoso lago sereno. Avanzan, dejándose detrás dos estelas que en la base se besan, confundiendo sus espumas joviales en una única risa de aguas, porque casi navegan en conserva (la barca de Pedro apenas unos dos metros más adelante).

De barca a barca, a pocos metros la una de la otra, hay intercambio de palabras y de comentarios que me hacen pensar que los galileos están ilustrando y explicando a los judíos los puntos del lago, con su comercio, con las personalidades que allí residen, las distancias desde el lugar de partida y de llegada, o sea, Cafarnaúm y Tiberíades. Las barcas no pescan, están sólo preparadas para el transporte de las personas.

Jesús está sentado a proa. Se ve claramente que goza de la belleza que lo circunda, del silencio, de todo ese azul puro de cielo y de aguas a las que hacen de anillo márgenes verdes, sembradas de pueblos del todo blancos entre el verdor. Se abstrae de lo que dicen los discípulos, muy hacia delante en la proa, casi echado encima de un atado de velas, con la cabeza frecuentemente inclinada hacia ese espejo de zafiro que es el lago, como si estudiara el fondo y se interesase de cuanto vive en esas aguas limpidísimas. Pero, ¿quién sabe en qué estará pensando?…

Pedro en dos ocasiones le pregunta para saber si el sol le molesta (que, alzado ya del todo desde Oriente, coge en pleno la barca bajo su rayo, aún no abrasador pero sí caliente); otra vez le dice si quiere pan y queso como los demás. Jesús no quiere nada, ni toldo ni pan; y Pedro lo deja en paz.

Un grupito de pequeñas barcas de recreo, casi chalupas pero con gran exuberancia de baldaquinos purpúreos y de blandos almohadones, corta el camino transversalmente a las barcas de los pescadores. Música, carcajadas, perfumes, pasan con ellas.

Están llenas de hermosas mujeres y de vividores romanos y palestinos, pero más romanos, o por lo menos no palestinos, porque alguno debe ser griego; al menos así deduzco de las palabras de un joven delgado, espigado, moreno como una aceituna casi madura, todo peripuesto, con un vestido rojo corto, delimitado en la parte baja por una pesada greca y sujeto a la cintura por un cinturón que es una obra maestra de orfebre:

-¡Hélade es hermosa! Pero ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores. Ciertamente no asombra que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Deshojemos sobre las diosas, ya no griegas sino judías, las flores, las rosas, los dones…- y esparce sobre las mujeres de su barca pétalos de espléndidas rosas y echa otros en la barca de al lado.

Responde un romano:

-¡Deshoja, deshoja, griego!, que Venus está conmigo. Yo no deshojo, yo cojo las rosas en esta hermosa boca; es más dulce - Y se inclina a besar, en la boca abierta a la risa, a María de Magdala, semiechada sobre los almohadones y con la cabeza rubia apoyada en el regazo del romano.

En este momento ya las barcas grandes tienen literalmente encima a las barcas pequeñas, y por poco no se chocan, o
por la impericia de los bogadores o por juego del viento.

-¡Tened cuidado, si queréis seguir viviendo! - grita Pedro enfurecido, mientras vira, dando un golpe de pértiga para evitar la embestida. Insultos de hombres y gritos de susto de las mujeres van de barca a barca.

Los romanos insultan a los galileos diciendo:

-¡Apartaos, perros judíos!

Para Pedro y los demás galileos no cae en saco roto el insulto y Pedro especialmente, rojo como un gallito, erguido en el extremo del borde de la barca, que cabecea fuertemente, con las manos en las caderas, responde con aspereza a romanos, griegos, hebreos y hebreas; es más, a éstas les dedica toda una colección de apelativos honoríficos que dejo en la pluma.

El altercado dura hasta que la maraña de quillas y de remos no se ha disuelto y cada uno sigue por su camino.

Jesús en todo este tiempo no ha cambiado de posición. Ha permanecido sentado, ausente, sin miradas, sin palabras hacía las barcas o hacia sus ocupantes. Apoyado sobre un codo, ha seguido mirando la ribera lejana como si nada sucediese. Le arrojan una flor, incluso; no sé quién; claramente, una mujer, porque oigo una risita femenina acompañar al acto. Pero Él… nada. La flor le va a parar casi en el rostro y cae sobre las tablas, terminando bajo los pies del enfurecido Pedro.

Cuando las barquichuelas están para alejarse, veo que la Magdalena se alza en pie y sigue la indicación que le señala una compañera de vicio, o sea, apunta sus ojos espléndidos hacia el rostro sereno y lejano de Jesús. ¡Cuán lejano del mundo este rostro!…

-Dime, Simón - pregunta Judas Iscariote - Responde, tú que eres judío como yo. ¿Esa guapísima rubia que estaba en el regazo del romano, la que se ha puesto en pie hace poco, no es la hermana de Lázaro de Betania?

-No sé nada - responde secamente Simón Cananeo - He vuelto al mundo de los vivos hace poco y esa mujer es joven…

-¡Supongo que no irás a decirme que no conoces a Lázaro de Betania! Sé perfectamente que eres amigo suyo y que has estado donde él con el Maestro.

-¿Y si eso fuera así?
-Dado que es así, digo yo, tienes que conocer también a la pecadora que es hermana de Lázaro. ¡La conocen hasta las tumbas! Hace diez años que da que hablar de sí. Apenas fue púber, comenzó a ser ligera. ¡Pero, desde hace más de cuatro años!… No es posible que ignores el escándalo, aunque estuvieras en el "valle de los muertos". Habló de ello toda Jerusalén.

Lázaro se encerró entonces en Betania. Bueno, hizo bien. Nadie habría vuelto a poner el pie en su espléndido palacio de Sión por el que ella pasaba. Quiero decir: ninguno que fuera santo. En los pueblos… ¡Ya se sabe!… Y además, ahora ella está por todas partes, menos en su casa… Ahora está, seguro, en Magdala… Estará metida en algún otro nuevo amor… ¿No contestas? ¿Puedes decirme que no es verdad?

-No rebato. Callo.
-¿Entonces es ella? ¡Tú también la has reconocido!
-La vi entonces, cuando era niña y pura. Ahora vuelvo a verla… No obstante, la reconozco. Impúdicamente reproduce la efigie de su madre, una santa.
-Y entonces, ¿por qué casi negabas que fuera la hermana de tu amigo?

-Especialmente si somos honestos tratamos de mantener cubiertas nuestras llagas y las de aquellos que amamos».
Judas se ríe forzadamente.
-Así es, Simón. Y tú eres una persona honesta -observa Pedro.

-¿Tú la habías reconocido? A Magdala, a vender tu pescado, ciertamente vas. ¡Quién sabe cuántas veces la habrás visto!…

-Muchacho, debes saber que cuando uno tiene las espaldas cansadas por un trabajo honesto, las hembras no apetecen;
se desea sólo el lecho honesto de nuestra esposa.

-¡Ya! Pero, a todos les gusta la buena mercancía; al menos se mira, aunque sólo sea.

-¿Para qué? ¿Para decir: "No es alimento para tu mesa"? No, mira: del lago y del oficio he aprendido varias cosas, y una de ellas es ésta: que pez de agua dulce y de fondo no está hecho para agua salada y curso vortiginoso.

-¿Qué quieres decir?
-Quiero decir que cada cual debe estar en su lugar, para no morir de mala manera.

-¿Te hacía morir la Magdalena?
-No. Tengo piel dura. Pero… dime: ¿te sientes mal tú?
-¿Yo?… ¡Ni siquiera la he mirado!…
-¡Embustero! Me apostaría algo a que te estabas royendo por no estar en esta primera barca y tenerla más cerca… Incluso me habrías soportado a mí con tal de estar más cerca… Es tan cierto lo que digo, que me honras con tu palabra, por gracia suya, después de tantos días de silencio».

-¿Yo? ¡Pero si ni siquiera me hubiera visto! ^Ella le miraba continuamente al Maestro!

-¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡y dice que no estaba mirándola! ¿Cómo has podido ver a dónde miraba, sí no la estabas mirando?

-Todos se ríen ante la observación de Pedro, menos Judas, Jesús y el Zelote.

Jesús pone fin a la discusión - que ha aparentado no oír - preguntándole a Pedro: -¿Aquélla es Tiberíades?

-Sí, Maestro; ahora hago la maniobra de acostamiento.
-Espera. ¿Puedes meterte en aquel seno de aguas tranquilas? Quisiera hablaros sólo a vosotros.
-Mido el fondo y te lo sé decir - Pedro introduce una larga pértiga y va lento hacia la ribera - Se puede, Maestro - ¿Me acerco todavía más a la orilla?
-Lo más que puedas. Hay sombra y soledad. Me gusta.
Pedro va casi hasta tocar con la orilla. La tierra está a una distancia de unos quince metros al máximo.

-Ahora tocaría.
-Párate. Y vosotros acercaos lo más posible y escuchad.
Jesús deja su lugar y viene a sentarse en el centro de la barca, sobre un asiento que va de lado a lado; de frente tiene la otra barca, en torno a sí los otros de la suya.
-Escuchad. Os parecerá que Yo de vez en cuando me abstraigo de vuestras conversaciones y que, por tanto, soy un maestro negligente que no está atento a su propio grupo de discípulos. Sabed que mi alma no os deja ni un momento.

¿Habéis visto alguna vez a un médico estudiando a un enfermo que padece un mal aún dudoso y que presenta síntomas que no casan?

No lo pierde de vista, después de hacerle un reconocimiento, lo tiene bajo vigilancia, tanto durante el sueño como durante la vigilia, mañana y tarde, cuando calla y cuando habla, porque todo puede ser síntoma y guía para descifrar el morbo escondido y para indicar una terapia. Lo mismo hago Yo con vosotros. Os tengo ligados con hilos invisibles pero sensibilísimos que se injertan en mí y me transmiten hasta las más leves vibraciones de vuestro yo. Dejo que os creáis libres, para que os manifestéis cada vez más conforme a lo que sois, lo cual sucede cuando un escolar, o un maníaco, cree que ya no lo ve quien lo está vigilando.

Vosotros sois un grupo de personas, pero formáis un núcleo, o sea, una cosa sola. Por tanto, sois un complejo que se forma como ente, y que debe ser estudiado en sus características singulares, más o menos buenas, para formarlo, amalgamarlo, quitarle las aristas, enriquecer sus lados poliédricos y hacer de él una única cosa perfecta. Por tanto, Yo os estudio; me sois
objeto de estudio incluso cuando dormís.

¿Qué sois vosotros? ¿Qué tenéis que llegar a ser? Vosotros sois la sal de la tierra; tales debéis llegar a ser: sal de la tierra.

Con la sal se preservan las carnes de la corrupción y no sólo la carne, sino muchos otros alimentos. Pero, ¿acaso podría la sal salar si no fuera salada? Yo quiero salar el mundo con vosotros, para sazonarlo de sabor celeste. Pero, ¿cómo podéis salar si me perdéis sabor?

¿Qué os hace perder sabor celeste? Lo que es humano. El agua del mar, del verdadero mar, no es buena para beber por lo salada que es ¿no es verdad? Y a pesar de todo, si uno coge una copa de agua de mar y la echa en una hidria de agua dulce, puede beber, porque el agua de mar está tan diluida que ha perdido su acritud. La humanidad es como el agua dulce que se mezcla con vuestra salinidad celeste. Aún más; suponiendo que se pudiera derivar un río del mar e introducirlo en el agua de este lago, ¿acaso podrías volver a encontrar ese hilo de agua salada? No. Habría quedado perdido entre tanta agua dulce. Esto sucede con vosotros cuando hundís vuestra misión, mejor dicho, la sumergís, en mucha humanidad.

Sois hombres. Sí. Lo sé. Pero ¿y Yo quién soy? Yo soy Aquel que tiene consigo toda la fuerza. Y ¿qué hago Yo? Os comunico esta fuerza, puesto que os he llamado. Pero ¿para qué sirve que os la comunique si la desparramáis bajo avalanchas de sentido y de sentimientos humanos?

Vosotros sois, debéis ser, la luz del mundo. Os he elegido: Yo, Luz de Dios, entre los hombres, para continuar iluminando al mundo una vez que haya vuelto al Padre. Pero, ¿podéis iluminar si no sois más que unos candiles apagados o humeantes? No. Es más, con vuestro humo - peor es el humo vagaroso que la absoluta muerte de una mecha - entenebreceríais ese vestigio de luz que aún pueden tener los corazones. ¡Oh, desdichados aquellos que buscando a Dios se dirijan a los apóstoles y en vez de luz obtengan humo! Sacarán de ello escándalo y muerte. Ahora bien, los apóstoles indignos recibirán maldición y castigo.

¡Habéis sido llamados para grandes cosas, pero al mismo tiempo tenéis un grande, tremendo compromiso! Acordaos de que aquel a quien más se le da más está obligado a dar. Y a vosotros se os da el máximo, en instrucción y en don. Sois instruidos por mí, Verbo de Dios, y recibís de Dios el don de ser "los discípulos", o sea, los continuadores del Hijo de Dios. Quisiera que esta elección vuestra fuera siempre objeto de vuestra meditación, y que continuarais escrutándoos y sopesándoos… y si uno siente que es apto para ser fiel - no quiero siquiera decir: "si uno no se siente más que pecador e impenitente"; digo sólo: "si uno se siente apto para ser sólo un fiel" - pero no siente en sí nervio de apóstol, que se retire.

El mundo, para sus amantes, es muy vasto, bonito, suficiente, vario. Ofrece todas las flores y todos los frutos aptos para el vientre y para el sentido. Yo no ofrezco más que una cosa: la santidad. Ésta, en la tierra, es la cosa más angosta, pobre, abrupta, espinosa, perseguida que hay. En el Cielo su angostura se vuelve inmensidad; su pobreza, riqueza; su espinosidad,
alfombra florida; su escabrosidad, sendero liso y suave; su persecución, paz y beatitud. Pero aquí ser santo supone un esfuerzo heroico. Yo no os ofrezco más que esto.

¿Queréis permanecer conmigo? ¿No os sentís capaces de hacerlo? ¡Oh, no os miréis asombrados o apenados! Aún muchas veces me oiréis hacer esta pregunta. Cuando la oigáis, pensad que mi corazón al hacerla llora, porque se siente herido por vuestra sordera ante la vocación. Examinaos, entonces, y luego juzgad con honestidad y sinceridad, y decidid. Decidid para no ser réprobos. Decid: "Maestro, amigos, me doy cuenta de que no estoy hecho para este camino. Os doy un beso de despedida y os digo: rogad por mí". Mejor es esto que no traicionar. Mejor esto…

-¿Qué decís? ¿A quién, traicionar? ¿A quién? A mí. A mi causa, o sea, a la causa de Dios, porque Yo soy uno con el Padre, y a vosotros. Sí. Os traicionaríais. Traicionaríais vuestra alma, dándosela a Satanás. ¿Queréis seguir siendo hebreos? Pues Yo no os fuerzo a cambiar.

Pero no traicionéis. No traicionéis a vuestra alma, al Cristo y a Dios. Os juro que ni Yo ni mis fieles os criticarán, como tampoco os señalarán con el dedo para desprecio de las turbas fieles. Hace poco un hermano vuestro ha dicho una gran palabra: "Nuestras llagas y las de los que amamos uno trata de mantenerlas escondidas".

Pues bien, quien se separase sería una llaga, una gangrena que, nacida en nuestro organismo apostólico, se desprendería por necrosis completa, dejando un signo doloroso que con todo cuidado mantendríamos escondido.

No. No lloréis, vosotros, los mejores, no lloréis. Yo no os guardo rencor, ni soy intransigente por veros tan lentos. Os acabo de tomar y no puedo pretender que seáis perfectos. Pero es que ni siquiera lo pretenderé dentro de unos años, después de decir cien y doscientas veces inútilmente las mismas cosas… Es más, escuchad: pasados unos años, seréis, al menos algunos, menos ardorosos que ahora que sois neófitos. La vida es así… la humanidad es así… Pierde el ímpetu después del arranque inicial. Pero - Jesús se levanta improvisadamente - os juro que Yo venceré. Depurados por natural selección, fortificados por una mixtura sobrenatural, vosotros, los mejores, seréis mis héroes, los héroes del Cristo, los héroes del Cielo.

El poder de los Césares será polvo respecto a la realeza de vuestro sacerdocio. Vosotros, pobres pescadores de Galilea, vosotros, ignotos judíos, vosotros, números entre la masa de los hombres presentes, seréis más conocidos, aclamados, venerados, que César, y que todos los Césares que tuvo y que tendrá la tierra. Vosotros conocidos, vosotros benditos en un próximo futuro y en el más remoto de los siglos, hasta el fin del mundo. Para este sublime destino os elijo, a vosotros, que sois honestos en la voluntad, y para que seáis capaces de él os doy las líneas esenciales de vuestro carácter de apóstoles.

Estad siempre vigilantes y preparados. Vuestros lomos estén ceñidos, siempre ceñidos, y vuestras lámparas encendidas, como es propio de quienes de un momento a otro tienen que partir o acudir al encuentro de uno que llega.

Y la verdad es que vosotros sois, seréis, hasta que la muerte os detenga, los incansables peregrinos que van en busca de los errantes; y hasta que la muerte la apague, vuestra lámpara debe ser mantenida alta y encendida para indicar el camino a los extraviados que van hacia el redil de Cristo.

Tenéis que ser fieles al Dueño que os ha colocado en cabeza para este servicio. Será premiado aquel siervo al que el Dueño encuentre siempre vigilante y la muerte sorprenda en estado de gracia. No podéis, no debéis decir: "Soy joven. Tengo tiempo de hacer esto o aquello y luego pensar en el Dueño, en la muerte, en mi alma". Mueren tanto los jóvenes como los viejos, los fuertes como los débiles, y viejos y jóvenes, fuertes y débiles, están igualmente sujetos al asalto de la tentación.

Tened en cuenta que el alma puede morir antes que el cuerpo y podéis llevar en vuestro caminar, sin saberlo, un alma putrefacta. ¡Es tan insensible el morir de un alma! Como la muerte de una flor: sin un grito, sin una convulsión… inclina sólo su llama como corola cansada y se apaga. Después, mucho después alguna vez, inmediatamente después otras veces, el cuerpo advierte que lleva dentro un cadáver verminoso, y se vuelve loco de espanto, y se mata por huir de ese connubio… ¡Oh, no huye! Cae exactamente con su alma verminosa sobre un bullir de sierpes en la Gehena.

No seáis deshonestos como intermediarios o leguleyos que se ponen de parte de dos clientes opuestos, no seáis falsos como los politicastros que llaman "amigo" a éste y a aquél, y luego son enemigos de ambos. No penséis actuar de dos modos. De Dios nadie se burla. A Dios no se le engaña. Comportaos con los hombres como os comportáis con Dios, porque una ofensa hecha a los hombres es como si hubiera sido hecha a Dios. Desead ser vistos por Dios como deseáis ser vistos por los hombres.

Sed humildes. No podéis acusar a vuestro Maestro de no serlo. Yo os doy el ejemplo. Haced como hago Yo. Humildes, dulces, pacientes. El mundo se conquista con esto, no con violencia y fuerza. Sed fuertes y violentos contra vuestros vicios, eso sí; arrancadlos de raíz, a costa incluso de dejaros desgarrados pedazos de corazón. Hace unos días os he dicho que vigiléis las miradas, mas no lo sabéis hacer. Os digo: sería mejor que os quedarais ciegos arrancándoos los ojos inmoderados que acabar siendo lujuriosos.

Sed sinceros. Yo soy Verdad en las cosas excelsas y en las humanas. Deseo que también vosotros seáis auténticos. ¿Por qué andarse con engaños conmigo o con los hermanos o con el prójimo? ¿Por qué jugar con engaño? ¿Tan orgullosos como sois, y no tenéis el orgullo de decir: "Quiero que no me puedan considerar mentiroso"? Y sed auténticos con Dios. ¿Creéis que lo engañáis con formas de oraciones largas y vistosas? ¡Pobres hijos! ¡Dios ve el corazón!

Haced el bien castamente. Me refiero también a la limosna. Un publicano ha sabido hacerlo antes de su conversión. ¿Y vosotros no vais a saberlo hacer? Sí, te alabo, Mateo, por la casta ofrenda semanal de la que sólo Yo y el Padre sabíamos que era tuya. Y te cito como ejemplo. Esto también es castidad, amigos. No descubrir vuestra bondad, de la misma forma que no desvestiríais a una hija vuestra adolescente ante los ojos de una multitud. Sed vírgenes al hacer el bien. El acto bueno es virgen cuando resulta exento de connubio con pensamiento de alabanza y de estima, o exento de soberbia.

Sed fieles esposos de vuestra vocación a Dios. No podéis servir a dos señores. El lecho nupcial no puede acoger a dos esposas contemporáneamente. Dios y Satanás no pueden compartir vuestros amorosos abrazos. El hombre no puede, como tampoco lo pueden ni Dios ni Satanás, compartir un triple abrazo en antítesis entre los tres que se lo dan.
Manteneos al margen de hambre de oro, como de hambre de carne; de hambre de carne, como de hambre de poder. Satanás os ofrece esto. ¡Oh, sus falaces riquezas! Honores, éxito, poder, abundancias: mercados obscenos cuya moneda es vuestra alma.

Contentaos con lo poco. Dios os da lo necesario. Basta. Esto os lo garantiza, de la misma forma que se lo garantiza al ave del cielo, y vosotros valéis mucho más que los pájaros. Pero Dios quiere de vosotros confianza y morigeración. Si tenéis confianza, no os defraudará: si tenéis morigeración, su don diario os bastará.

No seáis paganos, siendo, de nombre, de Dios. Paganos son aquellos que, más que a Dios, aman el oro y el poder para aparecer como semidioses. Sed santos y seréis semejantes a Dios eternamente.

No seáis intransigentes. Todos sois pecadores; por tanto, quered ser con los demás como querríais que los demás fueran con vosotros, o sea, llenos de compasión y perdón.

No juzguéis. ¡Oh, no juzguéis! Ya veis - a pesar de que hace poco que estáis conmigo - cuántas veces, siendo inocente, he sido ilícitamente mal juzgado y acusado de pecados inexistentes. El mal juicio es ofensa, y sólo los verdaderos santos no devuelven ofensa por ofensa. Por tanto, absteneos de ofender para no ser ofendidos. Así no faltaréis ni a la caridad, ni a la santa, amable, suave humildad, la enemiga de Satanás junto con la castidad.
Perdonad, perdonad siempre. Decid: "Perdono, Padre, para que Tú perdones mis infinitos pecados".

Haceos mejores cada hora que pase, con paciencia, con firmeza, con heroicidad. ¿Quién puede deciros que llegar a ser bueno no sea penoso? Es más, os digo: es el mayor entre los esfuerzos. Pero el premio en el Cielo; por tanto, merece la pena consumirse en este esfuerzo.

Y amad. ¡Oh!, ¿qué palabra debería decir para induciros al amor? No existe ninguna que sea adecuada para convertiros a él, ¡oh, pobres hombres a los que Satanás azuza!

Entonces, he aquí que Yo digo: "Padre, acelera la hora del lavacro. Esta tierra está seca. Este rebaño tuyo está enfermo. Pero hay un rocío que puede aplacar la aridez y limpiar. Abre, abre su fuente. Ábreme a mí, ábreme.

Padre, Yo ardo por hacer tu deseo, que es el mío y el del Amor Eterno. ¡Padre!, ¡Padre!, Padre! Dirige tu mirada sobre tu Cordero y sé Tú su Sacrificador".

Jesús se manifiesta realmente inspirado. Erguido en pie, con los -brazos extendidos en cruz, el rostro hacia el cielo, con el azul del lago detrás, con su vestido de lino, parece un arcángel orante.

Se me anula la visión en el momento de este acto suyo.

97- La llamada de Mateo

Una vez más la plaza del mercado de Cafarnaúm, pero en una hora de mayor calor en que el mercado ha terminado ya y sólo hay algunas personas ociosas hablando y unos niños entregados al juego.

Jesús, en medio de su grupo, viene del lago hacia la plaza, acariciando a los niños que le salen al paso e interesándose por sus confidencias.

Una niña enseña un gran arañazo sangrante en la frente y acusa a su hermanito de habérselo hecho.

-¿Por qué has hecho daño a tu hermana? Eso no está bien.
-No lo he hecho adrede. Quería coger esos higos. He tomado un palo, pero era demasiado pesado y se me ha caído encima de mi hermana… Los cogía también para ella.

-¿Es verdad eso, Juana?
-Es verdad.

-Como puedes ver, tu hermano no te ha querido hacer daño. Es más, quería darte una satisfacción. Por tanto, hacéis ahora inmediatamente las paces y os dais un beso. Los buenos hermanitos y los niños buenos no deben conocer nunca el rencor.

¡Venga!…
Los dos niños, llorando, se besan. Lloran los dos: la una por el dolor del arañazo; el otro, por el dolor de haber causado dolor.

Jesús sonríe ante ese beso sazonado de lagrimones.
-¡Eso es! Ahora que veo que sois buenos, os alcanzo los higos… sin el palo.

Claro! Siendo alto, y con un brazo tan largo, llega sin esfuerzo. Coge y distribuye.

Acude una mujer:

-Coge, coge, Maestro. Ahora te traigo pan.
-No. No es para mí. Es para Juana y Tobiolo. Les apetecía.
-¿Y habéis molestado al Maestro por esto? ¡Qué indiscretos! Perdona, Señor.

-Mujer, había una paz que hacer… y la he hecho con el objeto mismo de la guerra: los higos. No obstante, los niños no son nunca indiscretos. A ellos les gustan los higos dulces, y a mí… me gustan sus dulces almas inocentes. Me quitan mucha amargura…

-Maestro… los que no te quieren son los potentados, pero en cambio nosotros, el pueblo, te queremos; y ellos son pocos, mientras que nosotros somos muchos…
-Ya lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo. Adiós, Juana. Adiós, Tobiolo. Sed buenos; sin haceros el mal y sin deseároslo. ¿No es verdad?».
-Sí, sí, Jesús - responden los dos pequeñuelos.

Jesús se pone en camino y dice sonriendo:

-Ahora que con la ayuda de los higos donde había nubes se ha restablecido la calma, vamos a… ¿A dónde decís que vamos?

Los apóstoles no lo saben; unos dicen un lugar, otros otro. Pero Jesús niega meneando la cabeza y ríe.
Pedro dice:
-Me rindo. A menos que no lo digas… Hoy tengo ideas pesimistas. Tú no lo has visto, pero al desembarcar estaba Elí, el fariseo… con una cara más larga que de costumbre. ¡Y nos miraba de una forma…!
-Déjalo que mire.

-¡Ya! ¡Claro! Pero te aseguro, Maestro, que para hacer las paces con ése no son suficientes dos higos.

-¿Qué es lo que le he dicho a la madre de Tobiolo?: "He hecho la paz con el mismo objeto de la guerra". Así, trataré de hacer la paz saludando respetuosamente, supuesto que según ellos he ofendido a las personas importantes de Cafarnaúm; así, además, algún otro se sentirá contento.

-¿Quién?

Jesús no responde a la pregunta y continúa diciendo:
-Probablemente no lo lograré, porque falta en ellos la voluntad de establecer la paz; pero, escuchad: si en todos los litigios el más prudente supiera ceder y, en lugar de empeñarse en llevar razón, tratase de conciliar, aunque fuera dividiendo por la mitad lo que - voy a ponerme en este caso - le perteneciera por derecho, el resultado siempre sería mejor y más santo. No siempre uno hace un daño con intención de hacerlo; hay veces que lo hace sin querer. Pensad siempre esto, y perdonad. Elí y los otros creen servir a Dios con justicia actuando como actúan. Con paciencia y constancia, mucha humildad y delicadeza, trataré de persuadirlos de que ha llegado un tiempo nuevo y de que Dios, ahora, quiere ser servido según lo que Yo enseño. La astucia del apóstol es su delicadeza; su arma, la constancia; su éxito está en el ejemplo y la oración en favor de los que van camino de convertirse.

Ya han llegado a la plaza. Jesús va derecho hacia el banco de las tasas, donde Mateo está haciendo sus cuentas y controlando si corresponden con las monedas (las cuales divide por categorías, metiéndolas en saquitos de distinto color y colocando éstos en un arca de hierro). Dos siervos esperan para transportar el arca a otro lugar. En el preciso momento en que la sombra proveniente del alto cuerpo de Jesús se extiende sobre el banco, Mateo alza la cabeza para ver quién es el retardatario que viene a pagar. Pedro, mientras tanto, dice, tirando a Jesús de una manga:

-No hay nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?

Pero Jesús no le hace caso. Mira fijamente a Mateo - el cual se ha puesto en pie inmediatamente con un acto reverente - Otra mirada perforadora - no obstante, ya no se trata de la mirada del juez severo de la otra vez; es una mirada de llamada y de amor - Lo envuelve, lo satura de amor. Mateo se pone colorado, no sabe qué hacer, qué decir…

-Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. Ven. ¡Sígueme! - impone Jesús majestuosamente.
-¿Yo? Maestro, ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por ti, no por mí…

-Ven, sígueme, Mateo, hijo de Alfeo - repite más dulce.
-¡Oh!, ¿cómo puedo haber encontrado gracia ante Dios? Yo… Yo…

-Mateo, hijo de Alfeo, Yo te he leído el corazón. Ven, sígueme - La tercera invitación es una caricia.

-¡Enseguida, mi Señor! - Mateo, llorando, sale de detrás del banco, sin ni siquiera ocuparse de recoger las monedas esparcidas encima, ni de cerrar el arca; nada.
-¿A dónde vamos, Señor? - pregunta ya junto a Jesús - ¿A dónde me llevas?

-A tu casa. ¿Quieres recibir en ella al Hijo del hombre?
-¡Oh!… pero… pero ¿qué dirán los que te odian?
-Yo escucho lo que se dice en el Cielo, y allí se dice: "¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!", y el Padre dice:

"Eternamente la Misericordia se alzará en los Cielos y se cernirá sobre la Tierra, y, puesto que con un eterno amor, con un perfecto amor, Yo te amo, también contigo uso misericordia". Ven. Y que yendo Yo a tu casa ésta se santifique además de tu corazón.
-Ya la había purificado, por una esperanza que tenía en mi alma… que, no obstante, la razón no podía creer verdadera…

¡Oh, yo con tus santos…! - y mira a los discípulos.
-Sí, con mis amigos. Venid. Os uno. Sed hermanos.
Los discípulos están hasta tal punto estupefactos, que todavía no han encontrado la forma de decir palabra. Caminan en grupo, detrás de Jesús y Mateo, por la plaza toda sol y ya absolutamente vacía de gente y por un breve trecho de calle que arde bajo un sol cegador; no hay ser vivo alguno por las calles, sólo sol y polvo.

Entran en casa. Una hermosa casa, con un amplio portal que da a la calle. Un bonito atrio umbroso y fresco, más allá del cual se ve un vasto patio dispuesto como un jardín.

-Entra, Maestro mío. Traed agua y bebidas.
Los criados vienen con ello. Mateo sale a dar las correspondientes órdenes mientras Jesús y los suyos se refrescan.

Luego vuelve.

-Ven, Maestro; la sala es más fresca… Ahora vendrán amigos…Quiero que se haga una gran fiesta. Es mi regeneración…
La mía… esta es mi circuncisión verdadera… Tú me has circuncidado el corazón con tu amor… Maestro, será la última fiesta… No más fiestas para el publicano Mateo, no más fiestas de este mundo… Únicamente la fiesta interior de ser redimido y de servirte
a ti… de ser amado por Ti… ¡Cuánto he llorado, cuánto, en estos meses!… Hace ya casi tres meses que lloro… No sabía cómo hacer… quería ir… mas, ¿cómo ir a Ti, que eres Santo, con mi alma sucia?…

-La estabas lavando con el arrepentimiento y con la caridad hacia mí y hacia el prójimo. ¿Pedro? Ven aquí.
Pedro, que de lo asombrado que está aún no ha hablado, se acerca. Los dos hombres, de la misma, más bien avanzada edad, de baja estatura, robustos, están uno frente al otro; y Jesús, entre el uno y el otro, sonriente, hermoso.

-Pedro, muchas veces me has preguntado quién era el desconocido de la bolsa que traía Santiago; hele aquí, lo tienes frente a ti.

-¿Quién? Este lad… ¡Perdona, Mateo! ¿Quién podía pensar que eras tú, que precisamente tú, nuestra desesperación - por tu usura - fueras capaz de arrancarte todas las semanas un pedazo de corazón, dando ese rico óbolo?
-Sé que os he tasado injustamente. Ved, yo me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡no me arrojéis de vuestra presencia! Él me ha acogido, no seáis más que Él en la severidad.

Pedro, que se encuentra a Mateo a sus pies, lo levanta improvisadamente, a pulso, brusca y afectuosamente:

-¡Vamos! ¡Vamos! Ni a mí ni a los demás. Pídele perdón a Él. Nosotros… ¡bueno hombre!, más o menos somos todos ladrones como tú…

¡Ay! ¡Lo he dicho! ¡Maldita lengua! Es que yo estoy hecho así: lo que pienso, lo digo; lo que tengo en el corazón, lo tengo en los labios. Ven. Vamos a hacer un pacto de paz y de amor - y besa en las mejillas a Mateo.
También lo hacen los demás, con mayor o menor afecto. Digo esto porque Andrés se muestra reservado, por su timidez, y Judas Iscariote como un témpano de hielo (da la impresión, a juzgar por lo antipático y breve que es su abrazo, que estuviera abrazando a un haz de reptiles).

Mateo oye ruido y sale.
-No obstante, Maestro - dice Judas Iscariote - me parece que esto no es prudente. Ya te acusan los fariseos de aquí, y Tú… ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una meretriz y luego un publicano!… ¿Has decidido destruirte? Si es así, dilo, que…

-Que nosotros nos vamos, ¿verdad? - termina Pedro irónico.
-¿Quién está hablando contigo?

-Sé que no hablas conmigo, pero yo en cambio sí que hablo con tu señora alma, con tu purísima alma, con tu sabia alma. Ya sé que tú, miembro del Templo, sientes hedor de pecado en nosotros, pobrecillos, que no somos del Templo. Ya sé que tú, judío de pies a cabeza, amalgama de fariseo, saduceo y herodiano, medio escriba y con una pizca de esenio - ¿quieres otras nobles palabras? - te sientes mal entre nosotros, como un espléndido sábalo caído por azar en una red llena de jureles. ¡Qué vas a hacerle! Él nos ha tomado consigo y nosotros… nos quedamos. Si te sientes mal… vete tú. Respiraremos mejor todos: incluso
Él, que, ¿lo ves?, está disgustado por mí y por ti; por mí, porque me falta paciencia y… sí, también caridad, pero más contigo, que no entiendes nada, a pesar de toda tu retahíla de nobles atributos, Y que no tienes caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho; sólo una gran vanidad… y quiera Dios que sea inocua.

Jesús ha dejado que Pedro hablase, permaneciendo erguido en pie, severo, con los brazos cruzados, la boca bien apretada y los ojos… poco recomendables. A1 final, dice:
-¿Has dicho todo, Pedro? ¿Tú también has purificado tu corazón del fermento que había dentro? Bien has hecho. Hoy es Pascua de Ázimos para un hijo de Abraham. La llamada del Cristo es como la sangre del cordero sobre vuestras almas, y donde aquélla se encuentra ya no descenderá la culpa. No descenderá si el que la recibe es fiel a ella. Mi llamada es liberación y debe festejarse sin ningún tipo de fermento.

-A Judas, ni una palabra. Pedro se calla avergonzado.
-El huésped vuelve - dice Jesús -, y con amigos; no les mostremos sino virtud. Quien no sea capaz de tanto, que salga.

No seáis como fariseos, que oprimen con imposiciones que ellos son los primeros en no observar.
Entra Mateo con otros hombres y comienza el banquete. Jesús está en el centro, entre Pedro y Mateo. Hablan de muchas cosas, y Jesús, con paciencia, explica a éste o a aquél cuanto desean. No faltan quejas respecto a los despreciadores fariseos.

-Bueno, pues acercaos a quien no os desprecie, y actuad de modo que al menos los buenos no puedan despreciaros -responde Jesús.
-Tú eres bueno. ¡Pero estás solo!

-No. Estos son como Yo, y además… está el Padre Dios que ama a aquel que se arrepiente y que quiere volver a ser amigo suyo. Aunque al hombre le faltaran todas las cosas, si le quedara el Padre, ¿no sería ya plena su alegría?
El banquete está ya a los dulces cuando un siervo hace una señal al dueño de la casa y le dice algo.

-Maestro, Elí, Simón y Joaquín solicitan entrar y hablarte. ¿Los quieres ver?
-Claro.
-Pero… mis amigos son publicanos.
-Y ellos vienen para ver exactamente esto. Dejemos que lo vean. No sería útil esconderlo; no lo sería para el bien, porque el mal agrandaría el episodio hasta decir que aquí había también meretrices. Que entren.
Entran los tres fariseos. Miran a su alrededor con una risa maliciosa y hacen ademán de querer empezar a hablar, pero Jesús, que se ha levantado y ha ido a su encuentro junto con Mateo, se les adelanta. Pone una mano sobre el hombro de Mateo y dice:

-Yo os saludo -verdaderos hijos de Israel, y os doy una gran noticia que, sin duda alegrará vuestro corazón de perfectos israelitas. Vosotros deseáis ardientemente que la Ley sea observada por todos los corazones para dar gloria a Dios. Pues aquí tenéis a Mateo, hijo de Alfeo; desde ya no es el pecador, el escándalo de Cafarnaúm. Una oveja sarnosa de Israel se ha curado.

¡Alegraos! Tras él otras ovejas pecadoras se curarán, y vuestra ciudad, por cuya santidad tanto os interesáis, vendrá a ser, como santa, grata al Señor. Él deja todo para servir a Dios. Dad el beso de paz al israelita descarriado que vuelve al -seno de Abraham.

-¿Y retorna con los publicanos? ¿En alegre banquete? ¡Ciertamente, es una conversión propicia! Mira allí, Elí: aquél es Josías, el buscador de hembras.
-Y aquél, Simón de Isaac, el adúltero.
-¿Y aquél? Azarías, el dueño de la casa de juego, en la que romanos y judíos juegan, altercan, se emborrachan y buscan mujeres.
-Pero bueno, Maestro. ¿Sabes al menos quiénes son éstos? ¿Lo sabías?
-Lo sabía.
-¿Y entonces vosotros, vosotros de Cafarnaúm, vosotros, discípulos, por qué lo habéis permitido? ¡Me sorprende, Simón de Jonás!
-¿Y tú, Felipe, conocido también aquí, y tú, Natanael? ¡No salgo de mi asombro! ¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es que has permitido que tu Maestro comiera con los publicanos y los pecadores?
-¿No existe ya el recato en Israel?- se los ve a los tres completamente escandalizados.

Jesús dice:
-Dejad en paz a mis discípulos. Yo lo he querido, Yo solo.

-¡Claro!, ¡lógico! Cuando uno quiere meterse a santo sin serlo, cae en seguida en errores imperdonables.

-Y cuando se educa a los discípulos al no respeto - todavía me quema la carcajada irreverente que me soltó, a mí, Elí el fariseo, éste, judío y del Templo - no se puede sino no tener respeto por la Ley. Se enseña lo que se sabe.

-Te equivocas, Elí; os equivocáis todos. Se enseña lo que se sabe, es cierto. Y Yo, que sé la Ley, se la enseño a quien no la sabe; por tanto, a los pecadores. Yo sé que vosotros ya sois dueños de vuestra alma. Los pecadores no lo son. Yo busco de nuevo su alma, se la doy de nuevo, para que a su vez me la traigan en el estado en que se encuentra: enferma, herida, sucia, para que Yo la atienda y limpie. Para esto he venido. Son los pecadores quienes tienen necesidad del Salvador, y Yo vengo a salvarlos.

Comprendedme… y no me odiéis sin motivo.
Jesús se manifiesta dulce, persuasivo, humilde… Los tres fariseos, por el contrario, son como tres híspidos cardos todo aguijones… y salen con actitudes de disgusto.

-Se han ido… Ahora irán criticándonos por todas partes - murmura Judas Iscariote.

-¡Déjalos! Procura sólo que el Padre no tenga que criticarte. Mateo, no te sientas avergonzado; ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: "No estáis haciendo nada malo". Es suficiente.

Jesús vuelve a sentarse en su lugar y todo termina.

96- Jesús responde a la acusación de haber curado en sábado a la Beldad de Corazín

Jesús está en Betsaida. Habla de pie en la barca en que ha venido, que está casi encallada en la arena de la orilla, atada a una estaca de un pequeño espigón rudimentario. Mucha gente, sentada en semicírculo sobre la arena, lo está escuchando.

Jesús acaba de empezar su discurso.

«… En esto veo que me amáis también vosotros los de Cafarnaúm, que me habéis seguido dejando negocios y comodidades con tal de oír la palabra que os adoctrina. Sé también que ello, más que el hecho de dejar de lado esos negocios - con el consiguiente perjuicio a vuestra bolsa - os acarrea burlas e incluso menoscabo social. Sé que Simón, Elí, Urías y Joaquín se muestran contrarios a mí; hoy contrarios, mañana enemigos. Y os digo - porque no engaño a nadie, ni quiero engañaros a vosotros, mis fieles amigos - que, para perjudicarme, para proporcionarme dolor, para vencerme aislándome, ellos, los poderosos de Cafarnaúm, usarán todos los medios… Tanto insinuaciones como amenazas, tanto el escarnio como la calumnia.

Todo usará el Enemigo común para arrancar almas a Cristo convirtiéndolas en presa propia. Os digo: Quien persevere se salvará; mas os digo también: Quien ame más la vida y el bienestar que la salud eterna es libre de marcharse, de dejarme, de ocuparse de la pequeña vida y del transitorio bienestar. Yo no retengo a nadie.

E1 hombre es un ser libre. Yo he venido a liberar aún más al hombre. Liberarlo del pecado - para el espíritu - y de las cadenas: una religión deformada, opresiva, que no hace sino sofocar bajo ríos de cláusulas, de palabras, de preceptos, la verdadera palabra de Dios, limpia, concisa, luminosa, fácil, santa, perfecta. Mi venida es criba de las conciencias. Yo recojo mi trigo en la era y lo trillo con la doctrina de sacrificio y lo cierno con el cernedor de su propia voluntad. La cascarilla, el sorgo, la veza, la cizaña, volarán ligeros e inútiles, para caer pesados y nocivos y ser alimento de volátiles; en mi granero no entrará sino el trigo selecto, puro, consistente, bueno. El trigo son los santos.

Desde hace siglos existe un duelo entre el Eterno y Satanás. Satanás, enorgullecido por su primera victoria sobre el hombre, le dijo a Dios: "Tus criaturas serán mías para siempre. Ni siquiera el castigo, ni la Ley que quieres darles, nada, las hará capaces de ganarse el Cielo, y esta Morada tuya, de la cual me expulsaste (a mí, que soy el único inteligente entre los seres creados por ti), esta Morada, se te quedará vacía, inútil, triste como todas las cosas inútiles". Y el Eterno respondió al Maldito:

"Podrás esto mientras tu veneno, solo, reine en el hombre. Pero Yo mandaré a mi Verbo y su palabra neutralizará tu veneno, sanará los corazones, los curará de la demencia con que los has manchado o convertido en diablos, y volverán a Mí. Como ovejas que, descarriadas, vuelven a encontrar al pastor, volverán a mi Redil, Y el Cielo será poblado: para ellos lo he hecho.

Rechinarán tus horribles dientes de impotente rabia, allí, en tu hórrido reino, prisionero y maldito; sobre ti los ángeles volcarán la piedra de Dios y la sellarán.

Tinieblas y odio os acompañarán a ti y a los tuyos; los míos tendrán, sin embargo, luz y amor, canto y beatitud, libertad infinita, eterna, sublime". Satanás, con risotada burlesca juró: "Juro por mi Gehena que vendré cuando llegue la hora. Omnipresente estaré junto a los evangelizados, y veremos si eres Tú el vencedor o lo soy yo".

Sí, para cribaros, Satanás os insidia y Yo os rodeo. Los contendientes somos dos: Yo y él; vosotros estáis en el medio. El duelo del Amor y el Odio, de la Sabiduría y la Ignorancia, de la Bondad y el Mal, está sobre vosotros y en torno a vosotros. Yo soy suficiente para repeler los malvados golpes dirigidos a vosotros. Me coloco en medio entre el arma satánica y vuestro ser y acepto ser herido en lugar de vosotros, porque os amo. Pero, en vuestro interior, vosotros debéis repeler, con vuestra voluntad, los golpes, corriendo hacia mí, poniéndoos en mi Camino, que es Verdad y Vida. Quien no anhela el Cielo no lo tendrá. Quien no es apto para ser discípulo del Cristo será como cascarilla ligera que el viento del mundo se llevará consigo. Los enemigos del Cristo son semilla nociva que renacerá en el reino satánico.

Sé por qué habéis venido, vosotros de Cafarnaúm. Y tengo la conciencia tan libre del pecado que se me atribuye - y en nombre del cual, inexistente, se me murmura a mis espaldas, insinuándoos que oírme y seguirme significa complicidad con el pecador -, que no temo dar a conocer la razón de ello a estos de Betsaida.

Entre vosotros, habitantes de Betsaida, hay algunos ancianos que no se han olvidado, por distintas razones, de la Beldad de Corazín; hay hombres que pecaron con ella, hay mujeres que por su causa lloraron. Lloraron y - aún no había venido Yo a decir: "¡Amad a quien os perjudica!" - lloraron, para después regocijarse cuando vinieron a saber que la había mordido la podredumbre que rezumaba de sus entrañas impuras hacia afuera de su espléndido cuerpo, figura de aquella lepra más grave que le había roído su alma de adúltera, homicida y meretriz. Adúltera setenta veces siete, con cualquiera, con tal de que tuviese el nombre "hombre" y tuviese dinero. Homicida siete veces siete de sus concepciones ilegítimas; meretriz sólo por vicio, ni siquiera por necesidad.

¡Os comprendo, esposas traicionadas! Comprendo vuestro regocijo, cuando se os dijo: "Las carnes de la Beldad están más fétidas y descompuestas que las de un animal muerto tendido en la cuneta de una vía transitada, presa de cuervos y gusanos".

Mas Yo os digo: sabed perdonar. Dios ha llevado a cabo vuestra venganza; luego ha perdonado. Perdonad también vosotras. Yo la he perdonado en vuestro nombre, porque sé que sois buenas, mujeres de Betsaida que me saludáis gritando: "¡Bendito sea el Cordero de Dios! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!". Si soy Cordero y me reconocéis como tal, si vengo a estar entre vosotras -Yo, Cordero -, vosotras debéis transformaros todas en ovejas mansas, incluso aquellas a las que un lejano, ya lejano
dolor de esposa traicionada, inviste de instintos como los de una fiera que defiende su guarida. Yo, siendo Cordero, no podría permanecer entre vosotras si os comportarais como tigres y hienas.

Aquel que viene en el Nombre santísimo de Dios a recoger a justos y a pecadores para conducirlos al Cielo ha ido también adonde la arrepentida y le ha dicho: "Queda limpia. Ve. Expía". Esto lo ha hecho en sábado. De esto se me acusa. Acusación oficial. La segunda acusación es el hecho de haberme acercado a una meretriz – una mujer que fue meretriz; en ese momento no era sino un alma que lloraba su pecado -.

Pues bien, digo: Lo he hecho y seguiré haciéndolo. Traedme el Libro, escrutadlo, estudiadlo, desentrañad su contenido.

Encontrad, si os resulta posible, un punto que prohíba al médico atender a un enfermo, a un levita ocuparse del altar, a un sacerdote no escuchar a un fiel… sólo porque sea sábado. Yo, si lo encontráis y me lo mostráis, diré, dándome golpes de pecho:

"Señor, he pecado en tu presencia y en presencia de los hombres. No soy digno de tu perdón, pero si Tú quieres mostrarte compasivo con tu siervo, te bendeciré mientras dure mi soplo vital". Porque esa alma era una enferma, y los enfermos tienen necesidad del médico; era un altar profanado y tenía necesidad de ser purificado por un levita; era un fiel que se dirigía a adorar al Templo verdadero del Dios verdadero y tenía necesidad del sacerdote que en él le introdujera. En verdad os digo que Yo soy el Médico, el Levita, el Sacerdote. En verdad os digo que, si no cumplo con mi deber perdiendo siquiera una sola de las almas que sienten anhelo de salvación, no salvándola, Dios Padre me pedirá cuentas y me castigará por esta alma perdida.

Este sería mi pecado, según los grandes de Cafarnaúm; habría podido esperar, para hacerlo, al día siguiente del sábado. Sí.

Pero, ¿por qué retardar otras veinticuatro horas la readmisión en la paz de Dios de un corazón contrito? En ese corazón había humildad verdadera, cruda sinceridad, dolor perfecto. Yo leí en ese corazón. La lepra estaba todavía en su cuerpo, mas el corazón ya no la padecía debido al bálsamo de años de arrepentimiento, de lágrimas, de expiación. Ese corazón, para que Dios se acercara a él - sin que esta cercanía contaminase el aura santa que circunda a Dios -, no tenía necesidad sino de que Yo volviera a consagrarlo. Lo he hecho. Ella salió del lago limpia en la carne, sí, pero aún más limpia en el corazón.

¡Cuántos, cuántos de los que han entrado en las aguas del Jordán obedeciendo al mandato del Precursor no han salido tan limpios como ella! Porque el bautismo de éstos no era el acto voluntario, sentido, sincero, de un espíritu que deseara prepararse a mi venida, sino sólo una forma de aparecer perfectos en santidad ante los ojos del mundo; por tanto, era hipocresía y soberbia: dos culpas que aumentaban el cúmulo de culpas preexistentes en su corazón. El bautismo de Juan no es más que un símbolo. Os quiere decir: "Limpiaos de la soberbia humillándoos llamándoos pecadores; de las lujurias, lavándoos sus escorias".

Es el alma la que debe ser bautizada con vuestra voluntad, para estar limpia en el banquete de Dios. No existe ninguna culpa tan grande que no pueda ser lavada, primero por el arrepentimiento, luego por la Gracia, finalmente por el Salvador. No hay pecador tan grande que no pueda alzar el rostro humillado y sonreír a una esperanza de redención. Es suficiente su completitud en la renuncia a la culpa, su heroicidad en el resistir a la tentación, su sinceridad en la voluntad de renacer.

Voy a manifestaros una verdad que a mis enemigos les parecería una blasfemia; pero vosotros sois mis amigos. Hablo especialmente para vosotros, mis discípulos ya elegidos, aunque también para todos los que me estáis escuchando. Os digo que los ángeles, espíritus puros y perfectos, que viven en la luz de la Santísima Trinidad, gozosos en ella, dentro de su perfección, padecen - y así lo reconocen - una inferioridad respecto a vosotros, hombres lejanos del Cielo. Su inferioridad es el no poderse sacrificar, no poder sufrir para cooperar en la redención del hombre. Y - ¿qué os parece? - Dios no toma a un ángel suyo para decirle "sé el Redentor de la Humanidad", sino que toma a su Hijo. Y sabiendo que, a pesar de ser incalculable el Sacrificio e infinito su poder, todavía le falta algo - y es bondad paterna que no quiere hacer diferencia entre el Hijo de su amor y los hijos de su poder - a la suma de los méritos destinados a ser contrapuestos a la suma de los pecados que de hora en hora la Humanidad acumula; sabiendo esto, no toma a otros ángeles para colmar la medida y no les dice "sufrid para imitar al Cristo", sino que os lo dice a vosotros, a vosotros, hombres. Os dice: "Sufrid, sacrificaos, sed semejantes a mi Cordero, sed corredentores…". ¡Oh…, veo cohortes de ángeles que, dejando por un instante de volar en el éxtasis adorante en torno al Fulcro
Trino, se arrodillan, vueltos hacia la tierra, y dicen: "¡Benditos vosotros, que podéis sufrir con Cristo y por el eterno Dios nuestro y vuestro!

Muchos no comprenderán todavía esta grandeza; es demasiado superior al hombre. Pero cuando la Hostia sea inmolada, cuando el Trigo eterno torne a la vida para nunca más morir, después de recogerlo, trillarlo, mondarlo y sepultarlo en las entrañas de la tierra, entonces vendrá el Iluminador superespiritual e iluminará a los espíritus (incluso a los más obtusos, que, a pesar de serlo, hayan permanecido fieles al Cristo Redentor). Entonces comprenderéis que no he blasfemado, sino que os he anunciado la más alta dignidad del hombre: la de ser corredentor, a pesar de que antes no fuera más que un pecador. Mientras tanto preparaos a ella con pureza de corazón y de propósitos. Cuanto más puros seáis, más comprenderéis; porque la impureza - del tipo que sea - es en todo caso humo que obnubila y grava vista e intelecto.

Sed puros. Comenzad a serlo por el cuerpo para pasar al espíritu. Comenzad por los cinco sentidos para pasar a las siete pasiones. Comenzad por el ojo, sentido que es rey y que abre el camino a la más mordiente y compleja de las hambres. El ojo ve la carne de la mujer y apetece la carne. El ojo ve la riqueza de los ricos y apetece el oro. El ojo ve la potencia de los gobernantes y apetece el poder. Tened ojo sereno, honesto, morigerado, puro, y tendréis deseos serenos, honestos, morigerados y puros.

Cuanto más puro sea vuestro ojo, más puro será vuestro corazón. Estad atentos a vuestro ojo, ávido descubridor de los pomos tentadores. Sed castos en las miradas, si queréis ser castos en el cuerpo. Si tenéis castidad de carne, tendréis castidad de riqueza y de poder; tendréis todas las castidades y seréis amigos de Dios. No temáis ser objeto de burlas por ser castos, temed sólo ser enemigos de Dios.

Un día oí decir: "El mundo se burlará de ti, considerándote mentiroso o eunuco, si muestras no tender hacia la mujer".

En verdad os digo que Dios ha puesto el vínculo matrimonial para elevaros a imitadores suyos procreando, a ayudantes suyos poblando los Cielos. Pero existe un estado más alto, ante el cual los ángeles se inclinan viendo su sublimidad sin poderla imitar.

Un estado que, si bien es perfecto cuando dura desde el nacimiento hasta la muerte, no se encuentra cerrado para aquellos que, no siendo ya vírgenes, arrancan su fecundidad, masculina o femenina, anulan su virilidad animal para hacerse fecundos y viriles sólo en el espíritu. Se trata del eunuquismo sin imperfección natural ni mutilación violenta o voluntaria, el eunuquismo que no impide acercarse al altar; es más, que, en los siglos venideros, servirá al altar y estará en torno a él. Es el eunuquismo más elevado, aquel cuyo instrumento amputador es la voluntad de pertenecer a Dios sólo, y conservarle castos el cuerpo y el corazón para que eternamente refuljan con la candidez que el Cordero aprecia.

He hablado para el pueblo y para los elegidos de entre el pueblo. Ahora, antes de entrar a partir el pan y condividir la sal en la casa de Felipe, os bendigo a todos; a los buenos, como premio; a los pecadores, para animarlos a acercarse a Aquel que ha venido a perdonar. La paz sea con todos vosotros.

Jesús desciende de la barca y pasa entre la multitud que se le agolpa en torno. En la esquina de una casa está todavía Mateo, quien ha escuchado desde allí al Maestro, no atreviéndose a más. Cuando llega a ese punto, Jesús se detiene y, como bendiciendo a todos, bendice una vez más, mira a Mateo, y luego reprende la marcha entre el grupo de los suyos, seguido por el pueblo; y desaparece en una casa.

Todo termina.

95- Santiago de Alfeo recibido como discípulo. Jesús habla junto al banco de Mateo

Mañana de mercado en Cafarnaúm.

La plaza está llena de vendedores de los más diversos tipos de mercancías.

Jesús, que llega a este lugar desde el lago, ve que vienen a su encuentro sus primos Judas y Santiago. Acelera el paso en dirección a ellos y, después de abrazarlos con afecto, pregunta premuroso:

-¿Vuestro padre?… ¿Qué ha sucedido?
-Nada nuevo respecto a su vida - responde Judas.
-¿Por qué has venido, entonces? Te había dicho: quédate allí.
Judas baja la cabeza y calla. Ahora es Santiago quien no se contiene:
-Por culpa mía él no te ha obedecido. Sí, por culpa mía; pero es que no he podido soportar más. Todos en contra. Y, ¿por qué? ¿Hago mal, acaso, en amarte?, ¿acaso hacemos mal? Hasta ahora me había frenado un escrúpulo de estar actuando mal. Pero ahora que sé las cosas, ahora que Tú has dicho que ni siquiera el padre está por encima de Dios, no he aguantado más.

He tratado verdaderamente de ser respetuoso, de hacer comprender las razones, de enderezar las ideas. He dicho: "¿Por qué combatís contra mí? Si es el Profeta, si es el Mesías, ¿por qué queréis que el mundo diga: "Su familia fue enemiga suya; entre los que lo seguían ella faltó"?

¿Por qué, si es el infeliz que vosotros decís, no debemos, nosotros los de la familia, estarle cercanos en su demencia, con el fin de impedir que sea nociva no sólo para Él sino también para nosotros?". ¡Oh!, Jesús, yo hablaba así para razonar humanamente, como razonaban ellos. Tú sabes, efectivamente, que ni yo ni Judas te creemos demente; sabes que en ti vemos al Santo de Dios; que hemos dirigido siempre nuestra mirada a ti como a nuestra Estrella mayor.

Pero, no han querido entendernos. Ni siquiera han querido seguir escuchándonos. Y entonces yo me he marchado. Ante el dilema "o Jesús o la familia", te he elegido a ti. Aquí estoy, a nada que me aceptes; si no, seré el más infeliz de los hombres, porque no tendré nada: ni tu amistad ni el amor de la familia.

-¿En esto estamos? ¡Santiago mío, mi pobre Santiago! Habría deseado no verte sufrir así, porque te quiero. Pero si Jesús-Hombre llora contigo, Jesús-Verbo se alegra íntimamente por ti. Ven. Estoy seguro de que la alegría de ser portador de Dios a los hombres aumentará de hora en hora tu gozo, hasta llegar al pleno éxtasis en la hora extrema de la tierra y en la eterna del Cielo.

Jesús se vuelve y llama a sus discípulos, que se habían detenido prudentemente a la distancia de unos metros.

-Venid, amigos. Mi primo Santiago ahora forma parte de mis íntimos y por tanto es nuestro amigo. ¡Cuánto he deseado esta hora, este día, para él, mi perfecto amigo de infancia, mi buen hermano de juventud!

Los discípulos acogen con alegría al nuevo llegado y a Judas, que hacía días que no lo veían.

-Hemos estado en casa. Te buscábamos. Pero estabas en el lago.
-Sí, en el lago, durante dos días con Pedro y los demás. Pedro ha tenido buena pesca. ¿No es cierto?
-Sí, y ahora - esto me disgusta - tendré que dar muchos didracmas a aquel ladrón… - y señala al recaudador Mateo, cuyo banco está asediado por gente que paga la tierra - creo - o las mercancías.

-Digo Yo que todo será proporcionado. Cuanto más pescas, más pagas, pero también ganas más.

-No, Maestro. Si pesco más, gano más; pero si pesco el doble de peso, ése no es que me haga pagar el doble, sino que me hace pagar el cuádruplo… ¡Aprovechado!
-¡Pedro!… Pues vamos a ir exactamente allí al lado.

Deseo hablar. Siempre hay gente junto a aquel banco de recaudación.

-¡Hombre claro! - dice Pedro mascullando -, gente y maldiciones».

-Pues bien, Yo iré a introducir bendiciones. Quién sabe… a lo mejor entra un poco de honestidad en el recaudador.

-No, Tú tranquilo, que tu palabra no pasará a través de su piel de cocodrilo.

-Lo veremos.
-¿Qué le piensas decir?

-Directamente, nada. Pero, por mi modo de expresarme, él será también destinatario de mis palabras.

-¿Vas a decir que tan ladrón es el salteador de caminos como el que despelleja a los pobres que trabajan para obtener el pan y no mujeres o borracheras?
-Pedro, ¿quieres hablar tú en vez de mí?
-No, Maestro. No sabría hablar bien.
-Y con la acritud que tienes dentro, te dañarías a ti y lo dañarías a él.

Ya están cercanos al banco de los impuestos.
Pedro tiene intención de pagar. Jesús lo detiene y dice:
-Dame las monedas; hoy pago Yo.

Pedro lo mira atónito y le da una bolsa de piel, con dinero.

Jesús espera su turno y, cuando se encuentra frente al recaudador, dice:

-Pago por ocho canastas de pescado de Simón de Jonás. Las canastas están allí, a los pies de los peones. Comprueba, si lo crees oportuno; de todas formas entre hombres honestos debería bastar la palabra, y creo que tú me consideras tal. ¿Cuánto es la tasa?

Mateo, que estaba sentado detrás de su banco, en el momento en que Jesús dice «creo que tú me consideras tal», se pone en pie. Es bajo y más bien anciano, más o menos como Pedro. Su rostro muestra el cansancio propio de quien se goza la vida. Muestra también Mateo un claro estado de turbación. Primero tiene la cabeza agachada, luego la levanta y mira a Jesús. Y Jesús lo mira fijo, serio, dominándolo con toda su imponente estatura.

-¿Cuánto? - repite Jesús después de un poco.

-No hay tasa para el discípulo del Maestro - responde Mateo, y añade en voz más baja:

-Ruega por mi alma.

-La llevo en mí, porque recojo a los pecadores. Pero tú… ¿por qué no la cuidas?

Dicho esto, Jesús le vuelve la espalda y torna adonde Pedro, que se ha quedado de piedra, como también los demás.

Bisbiseos, gestos…

Jesús se pone junto a un árbol, a unos diez metros de Mateo, y empieza a hablar.

-El mundo es comparable a una gran familia, cuyos componentes tienen distintos oficios, todos necesarios. En él hay agricultores, pastores, viñadores, carpinteros, pescadores, albañiles; quién trabaja la madera o el hierro, quién escribe; hay soldados, oficiales destinados a misiones especiales, médicos, sacerdotes…, de todo hay.

El mundo no podría estar compuesto de una sola categoría; son todas necesarias, todas santas, si hacen todas lo que deben con honestidad y justicia. Pero, ¿cómo se puede alcanzar esto, si Satanás tienta por tantas partes?

Pues pensando en Dios, que ve todas las cosas, incluso las obras más escondidas, y pensando en su ley, que dice: “Ama a tu prójimo como te amas a ti mismo, no le hagas lo que no querrías que te hicieran a ti, no robes en ningún modo".

Decid, vosotros que me escucháis: Cuando uno muere, ¿acaso se lleva consigo las bolsas de sus dineros? Y aunque fuera tan necio como para querer tenerlas consigo en el sepulcro, ¿puede, acaso, usarlas en la otra vida?

No. Sobre la podredumbre de un cuerpo corrompido las monedas se transforman en pedazos de metal corroídos. En cambio, en otro lugar, su alma estaría desnuda, más pobre que el bendito Job, privada de la más insignificante moneda, aunque aquí y en la tumba hubiera dejado muchísimos talentos. Os digo más, ¡escuchad, escuchad!

En verdad os digo que teniendo riquezas difícilmente se
gana el Cielo - antes al contrario, generalmente con ellas se pierde, aunque sean riquezas adquiridas honestamente por herencia o ganadas, porque pocos son los ricos que las saben usar con justicia.

¿Qué hace falta, entonces, para conseguir este Cielo bendito, este reposo en el seno del Padre? Hace falta no tener avidez de riquezas. No tener avidez en el sentido de desearlas a toda costa, incluso faltando a la honestidad y al amor; no tener avidez en el sentido de que, teniendo esas riquezas, se amen más que al Cielo y al prójimo, negándole caridad al prójimo necesitado; no tener avidez por cuanto las riquezas pueden dar, o sea, mujeres, placeres, rica mesa, vestiduras pomposas, lo cual ofende a quien pasa frío y hambre. Hay, sí, hay una moneda para cambiar las monedas injustas del mundo por divisa que vale en el Reino de los Cielos, y es la santa astucia de hacer riquezas eternas de las riquezas humanas, a menudo injustas o causa de injusticia; se trata de ganar con honestidad, devolver lo que se obtuvo injustamente, usar de los bienes con moderación y desapego, sabiéndose separar de ellos, porque antes o después nos dejan - ¡ah, pensad esto! -, mientras que el bien realizado no nos abandona jamás.

Todos querríamos ser llamados "justos" y que nos creyeran tales, ser premiados como tales por Dios. Pero, ¿cómo puede Dios premiar a quien sólo tiene nombre de justo, no teniendo las obras? ¿Cómo puede decir "te perdono", si ve que el arrepentimiento es sólo verbal y que no va acompañado de una verdadera mutación de espíritu?

No existe arrepentimiento mientras dura el apetito hacia el objeto por el que se produjo nuestro pecado. Cuando uno, en cambio, se humilla, -se mutila del miembro moral de una mala pasión, que puede llamarse mujer u oro, diciendo: "Por ti, Señor, no más de esto", entonces es cuando verdaderamente está arrepentido, y Dios lo acoge diciendo: "Ven; te quiero como a un inocente, como a un héroe".

Jesús ha acabado. Se marcha sin ni siquiera volverse hacia Mateo (que se había acercado al círculo de quienes escuchaban, desde las primeras palabras).

Llegados cerca de la casa de Pedro, su mujer acude a su encuentro para decirle algo. Pero hace señas a Jesús para que se acerque.

-Está la madre de Judas y Santiago. Quiere hablar contigo, pero no desea ser vista. ¿Cómo lo hacemos?
-Hacemos esto: Yo entro en casa como para descansar y todos vosotros vais a distribuir el óbolo a los pobres. Ten también las monedas de la tasa condonada. Ve.
Jesús dirige a todos un gesto de despedida, mientras Pedro les habla para persuadirlos de que vayan con él.

-¿Dónde está la madre, mujer? - pregunta Jesús a la mujer de Pedro.

-En la terraza, Maestro, donde aún hay sombra y frescor. Sube… Hay además más libertad que en casa.

Jesús sube por la pequeña escalera.

En un ángulo, bajo la tupida pérgola de vid, sentada en un pequeño banco colocado junto al pretil, toda vestida de oscuro, muy cubierto el rostro por el velo, está María de Alfeo. Llora bajo, calladamente.

Jesús la llama:
-¡María!, ¡mi querida tía!

Ella levanta un pobre rostro angustiado y tiende las manos:

-¡Jesús! ¡Cuánto dolor hay en mi corazón!

Jesús está a su lado. La fuerza a permanecer sentada, pero Él se queda de pie. No se ha quitado todavía el manto, elegantemente dispuesto en pliegues; tiene una mano sobre el hombro de su tía, la otra entre las manos de ella.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué tanto llanto?
-Jesús, me apresuré a salir de casa diciendo: "Voy a Caná a buscar huevos y vino para el enfermo". Con Alfeo está tu Madre, que lo atiende como Ella sabe hacer, y estoy tranquila. Pero, en realidad, he venido aquí. He caminado presurosa todas las noches para llegar antes. No puedo más… De todas formas el cansancio no es importante. ¡Lo que verdaderamente me duele es el pesar que tengo en el corazón!… Mi Alfeo… mi Alfeo… mis hijos… Pero ¿por qué entre quienes son de la misma sangre hay tanta diferencia, por qué esta diferencia es como las dos piedras de un molino para triturar el corazón de una madre? ¿Están contigo Judas y Santiago? ¿Sí? Entonces ya lo sabías… ¡Jesús! ¿Por qué mi Alfeo no comprende? ¿Por qué muere, por qué quiere morir así? ¿Y Simón y José? ¿Por qué, por qué no están contigo, sino contra ti?

-No llores, María. Yo no les guardo rencor. Esto se lo he dicho también a Judas. Comprendo y siento compasión. Si es por esto por lo que lloras, no llores más.

-Por esto, sí, porque te ofenden. Por esto y, además… además, y además… porque no quiero que mi esposo muera como enemigo tuyo. Dios no lo perdonará… y yo… no lo tendré ya ni siquiera en la otra vida

María está verdaderamente angustiada. Llora con grandes lagrimones sobre la mano izquierda que Jesús le deja sin oponer resistencia. Y María se la besa de vez en cuando, y de vez en cuando alza su pobre rostro lleno de dolor.

-No - dice Jesús - No. No hables así. Yo perdono. Y si perdono Yo…

-¡Ven, Jesús! Ven a salvarle el alma y el cuerpo, ven. Dicen también, para acusarte, que has arrebatado dos hijos a un padre que está muriendo, y lo van diciendo por Nazaret, ¿comprendes? Y dicen también: "Por todas partes hace milagros y en su casa no sabe hacerlos", y se ponen en contra de mí porque te defiendo diciendo: "¿Qué puede hacer, si prácticamente lo habéis echado con vuestros reproches; qué puede hacer si no creéis?"

-Es así, es como has dicho: "si no creéis". ¿Cómo puedo actuar donde no se cree?

-¡Tú puedes todo! ¡Yo creo por todos! Ven. Haz un milagro… por tu pobre tía…

-No puedo (se le ve apenadísimo a Jesús al decir esto).

En pie, erguido, apretando contra su pecho la cabeza de María, que sigue llorando, parece como si confesara a la naturaleza serena su impotencia, como si la tomara por testigo de su pena de no poder por decreto eterno.

La mujer llora más vehementemente.

-Escucha, María. Sé buena. Te juro que si pudiera, si hacerlo estuviera bien, lo haría, arrancaría esta gracia al Padre, por ti, mi Madre, Judas y Santiago, e incluso, sí, también por Alfeo, por José y Simón. Pero no puedo. Tu corazón está ahora muy afligido y no puedes comprender la justicia de este no poder mío. Te la expreso, pero de todas formas no la entenderás. Cuando llegó la hora del tránsito de mi padre - y tú sabes en qué medida era justo y mi Madre lo quería - Yo no lo devolví a la vida. No es justo que la familia en que un santo vive esté exenta de las inevitables desventuras de la vida. Si así fuera, Yo debería ser eterno sobre la Tierra, y en cambio moriré pronto, y María, mi santa Madre, no podrá arrebatarme a la muerte. No puedo. Lo que puedo hacer, y lo haré, es esto - Jesús se ha sentado y ha puesto la cabeza de su pariente sobre el hombro -, esto: prometerte, por este dolor, la paz a tu Alfeo, asegurarte que no serás separada de él, darte mi palabra de que nuestra familia será reunida en el Cielo, compuesta de nuevo para toda la eternidad, y que, mientras Yo viva, e incluso después, infundiré mucha paz a mi querida tía, mucha fuerza, hasta hacer de ella una apóstol ante tantas pobres mujeres más fácilmente accesibles a ti, mujer.

Serás mi dilecta amiga en este tiempo de evangelización. La muerte - no llores - la muerte de Alfeo te libera de los deberes conyugales y te eleva a los más sublimes de un místico sacerdocio femenino, muy necesario ante el altar de la gran Víctima y entre muchos paganos que doblegarán más su ánimo ante el heroísmo santo de las mujeres discípulas que ante el de los discípulos. ¡Oh, tu nombre, querida tía, será como una llama en el cielo cristiano!…

No llores más. Ve en paz, fuerte, resignada, santa. Mi Madre… ha sido viuda antes que tú… y te consolará como Ella sabe hacer. Ven. No quiero que partas sola bajo este sol. Pedro te acompañará con la barca hasta el Jordán y de allí a Nazaret con un asno. Sé buena.
-Bendíceme, Jesús. Dame fuerza.

-Sí, te bendigo y te beso, tía bondadosa - Y la besa tiernamente, teniéndola aún durante largo tiempo contra su corazón, hasta que la ve calmada.

94- Curación de la Beldad de Corazín. Jesús habla en la sinagoga de Cafarnaúm

Jesús sale de la casa de la suegra de Pedro junto con sus discípulos a excepción de Judas Tadeo. El primero que lo ve es un muchacho, el cual lo dice incluso a quien no desea saberlo.

Jesús va a la orilla del lago y se sienta en el borde de la barca de Pedro. Se ve inmediatamente rodeado de gente de la ciudad que lo acoge en modo festivo, por haber vuelto, y le hace mil preguntas, a las que Jesús responde con su insuperable paciencia, sonriente y calmo, como si todo ese vocerío fuera una armonía celeste.

Viene también el arquisinagogo. Jesús se levanta para saludarlo. Es un recíproco saludo lleno de respeto oriental.

-Maestro, ¿puedo esperar que vengas para la instrucción al pueblo?
-Sin duda, si tú y el pueblo lo deseáis.
-Lo hemos deseado durante todo este tiempo. Ellos te lo pueden decir.

El pueblo, efectivamente, asiente con nuevos gritos.

-Si es así, iré durante el crepúsculo. Ahora marchaos todos. Tengo que ir a ver a una persona que está deseosa de mí.

La gente se aleja a regañadientes, mientras Jesús, Pedro y Andrés emprenden la travesía por el lago. Los otros discípulos se quedan en la orilla.

La barca navega a vela por un breve espacio. Luego los dos pescadores la dirigen hacia una pequeña ensenada, entre dos bajas colinas que originalmente parecen haber sido una sola. La ensenada está hundida en el centro por erosión de aguas o por movimiento telúrico, y forma un minúsculo fiordo que - no es noruego - no tiene abetos, sino sólo despeinados olivos, nacidos quién sabe cómo en esas paredes escarpadas, entre peñas desmoronadas y cortantes rocas salientes, olivos que entrelazan sus frondas, retorcidas por los vientos del lago - que aquí deben actuar no poco - hasta formar como un techo bajo el cual espumea un pequeño torrente caprichoso, todo rumor porque es todo cascadas, todo espuma porque cae de metro en metro; pero en realidad es un verdadero enanito comparado con otros cursos de agua.

Andrés salta al agua para arrastrar la barca lo más posible contra la orilla y atarla a un tronco, mientras Pedro ata la vela y asegura una tabla como puente para Jesús.

-No obstante – dice - te aconsejo descalzarte, quitarte la túnica y hacer como nosotros. Ese loco (y señala al riachuelo) agita enormemente el agua del lago y con ese balanceo el puente no está seguro.

Jesús obedece sin discutir. En tierra calzan de nuevo las sandalias. Jesús se pone también la túnica. Los otros dos permanecen con las prendas cortas de debajo, que son oscuras.

-¿Dónde está? - pregunta Jesús.
-Se habrá adentrado en la espesura al oír voces. Ya sabes… con lo que tiene encima y con su pasado…

-Llámala.

Pedro grita fuerte:

-¡Soy el discípulo del Rabí de Cafarnaúm! ¡Está aquí el Rabí! ¡Ven fuera!

Nadie da señales de vida.

-No se fía - explica Andrés - Un día hubo quien la llamó diciendo: "Ven, que hay comida", y luego le tiró piedras.
Nosotros la vimos entonces por primera vez, porque, yo al menos, no me la recordaba cuando era la Beldad de Corazín.

-¿Y qué hicisteis entonces?
-Le arrojamos un pan y algo de pescado y un trapo (un pedazo de vela rota que teníamos para secarnos), porque estaba desnuda. Luego huimos para no contaminarnos.

-¿Cómo es que volvisteis entonces?

-Maestro… Tú estabas fuera y nosotros pensábamos qué podíamos hacer para darte a conocer cada vez más. Pensamos en todos los enfermos, en todos los ciegos, lisiados, mudos… y también en ella. Dijimos: "Probemos". Ya sabes… muchos… por culpa nuestra claro, nos han considerado locos y no nos han querido escuchar. Otros, por el contrario, nos han creído. A ella le he hablado yo en persona. He venido solo con la barca durante varias noches de luna.

La llamaba, le decía: "Encima de la piedra, al pie del olivo, hay pan y pescado. Ven sin miedo", y me marchaba. Ella yo creo que debía esperar a verme desaparecer para venir, porque nunca la veía. La sexta vez la vi en pie sobre la orilla, exactamente ahí donde estás Tú. Me estaba esperando…

¡Qué horror! No me eché a correr porque pensé en ti… dijo: "¿Quién eres? ¿Por qué esta piedad?". Dije: "Porque soy discípulo de la Piedad". "¿Quién es?” "Es Jesús de Galilea.” "¿Y os enseña a tener piedad de nosotros?” "De todos". "¿Sabes quién soy?”

Eres la Beldad de Corazín; ahora, la leprosa". "¿Y para mí también hay piedad?". "Él dice que su piedad llega a todos, y nosotros, para ser como Él, la debemos tener con todos.” A1 llegar a este punto, Maestro, la leprosa blasfemó sin querer. Dijo: "Entonces también Él debe haber sido un gran pecador". Le dije: "No. Es el Mesías, el Santo de Dios". Habría querido decirle: "Maldita seas por tu lengua", pero no dije sino eso porque me hice este razonamiento:

"Destruida como está, no puede pensar en la misericordia divina". Entonces se echó a llorar y dijo: "Si es el Santo, no puede, no puede tener piedad de la Beldad. De la leprosa podría… pero de la Beldad no. Y yo que esperaba…". Le pregunté: "¿Qué esperabas, mujer?". "La curación… volver al mundo… entre los hombres… morir como una mendiga, pero entre los hombres…, no como un animal salvaje en una guarida de fieras a las que incluso causo horror". Le dije: "¿Me juras que, si vuelves al mundo, serás honesta?". Y ella: "Sí. Dios me ha herido justamente, por haber pecado. Estoy arrepentida. Mi alma lleva consigo su expiación, pero aborrece el pecado para siempre".

Me pareció entonces que podía prometerle salvación en tu nombre. Me dijo: "Vuelve, vuelve… Háblame de Él. Que mi alma lo conozca antes que mi ojo…". Y venía a hablarle de ti… como sé hacerlo.

-Y Yo vengo a dar la salvación a la primera convertida de mi Andrés» (porque es Andrés quien ha estado hablando, mientras Pedro ha remontado el torrente, saltando de piedra en piedra y llamando a la leprosa).

A1 fin ella muestra su hórrido rostro entre las ramas de un olivo. Ve. Se le escapa un grito.

-¡Venga, baja! - exclama Pedro - ¡No quiero lapidarte! Allí está el Rabí Jesús. ¿Lo ves?

La mujer se deja caer rodando por la pendiente - digo esto por lo deprisa que baja - y llega a los pies de Jesús antes de que Pedro vuelva junto al Maestro.

-Piedad, Señor!
-¿Puedes creer que Yo te la puedo dar?
-Sí, porque eres santo y yo estoy arrepentida. Yo soy el Pecado, pero Tú eres la Misericordia. Tu discípulo ha sido el primero que ha tenido misericordia de mí y ha venido a darme pan y fe. Límpiame, Señor; antes el alma que la carne. Porque soy tres veces impura, y, si me concedieras una limpieza, una sola, te pido la de mi alma pecadora.

Antes de oír tus palabras repetidas por él, yo decía: "Curarme para volver entre los hombres". Ahora que sé, digo: "Ser perdonada para tener vida eterna".

-Te concedo perdón. Pero nada más aparte de esto…

-¡Bendito seas! Viviré en la paz de Dios en mi escondrijo… libre… libre de remordimientos y de temores. ¡No más temor a la muerte, ahora que he sido perdonada; no más miedo a Dios, ahora que Tú me has absuelto!

-Ve al lago y lávate. Estate dentro hasta que te llame.
Ella, misérrimo espectro de mujer esquelética, corroída, de cabellera despeinada, dura, canosa, se levanta del suelo y baja y se mete en el agua del lago, con su pingajo de vestido que bien poco cubre. -¿Por qué le has dicho que se lave? Es cierto que su hedor apesta, pero… no comprendo - dice Pedro.

-Mujer, sal y ven aquí. Coge ese pedazo de tela que está en esa rama» (es el trozo de tela usado por Jesús para secarse después del breve paso de la barca a tierra).

La mujer obedece y emerge, completamente desnuda - habiendo quedado despojada de su andrajo dentro del agua -, para coger el pedazo de tela seco. Pedro, que la estaba mirando, es el primero que grita; Andrés, más huidizo, le había dado la espalda, pero ante el grito de su hermano se vuelve y grita a su vez. La mujer, que tenía los ojos tan fijos en Jesús, que no se ocupaba de nada más, ante esos gritos, ante esas manos que la señalan, se mira… y ve que con su vestido hecho jirones se ha quedado en el lago también su lepra. No se echa a correr, como parecería lógico; se agacha, acurrucándose en la orilla, llena de vergüenza por su desnudez, emocionada hasta tal punto, que sólo se siente capaz de llorar con un lamento largo y extenuado, que es más desgarrador que cualquier grito.

Jesús se dirige hacia ella… llega… le echa por encima el pedazo de tela, le acaricia ligeramente la cabeza, le dice:

-Adiós. Sé buena. Has merecido la gracia por la sinceridad de tu arrepentimiento. Crece en la fe del Cristo, y obedece a la ley de la purificación.

La mujer sigue llorando, llorando, llorando… Sólo al oír el roce que hace la tabla al meterla Pedro de nuevo en la barca, levanta la cabeza, tiende los brazos y grita:

-Gracias, Señor. Gracias, bendito. ¡Oh, bendito, bendito!… Jesús le hace un gesto de adiós antes de que la barca vuelva el espolón del pequeño fiordo y desaparezca…

…Jesús, ahora con todos los discípulos, entra en la sinagoga de Cafarnaúm después de recorrer la plaza y la calle que a ella conducen. La noticia del nuevo milagro debe haber corrido ya porque se oye mucho murmullo y muchos comentarios.

Justo en el umbral de la puerta de la sinagoga veo al futuro apóstol Mateo. Está ahí, quieto, medio dentro y medio fuera, no sé si avergonzado o disgustado por todas las miradas que le lanzan, o incluso por algún epíteto poco agradable que le dirigen. Dos fariseos togados recogen premeditadamente sus amplios mantos, como si temieran pescarse la peste con sólo rozarlos con el vestido de Mateo. Jesús, al entrar, lo mira fijamente durante un instante, y durante un instante se detiene. Mateo se limita a bajar la cabeza.

Pedro, apenas traspasada la puerta, le dice en voz baja a Jesús:

-¿Sabes quién es ese hombre más enrizado y perfumado que una mujer? Es Mateo, nuestro exactor… ¿A qué viene aquí?

Es la primera vez. Quizás no ha encontrado a los compañeros, y sobre todo a las compañeras, con los que pasa el sábado, gastándose en orgías lo que nos chupa en tasas duplicadas y triplicadas… para el fisco y para el vicio.

Jesús mira a Pedro tan severamente, que Pedro se pone más colorado que una amapola y baja la cabeza, deteniéndose, de modo que, de primero, pasa a ser último en el grupo apostólico.

Jesús está ya en su puesto. Después de los cantos y las oraciones con el pueblo, se vuelve para hablar. El arquisinagogo le pregunta si quiere algún rollo, pero Jesús responde: «No hace falta. Ya tengo el tema». Y comienza:

-El gran rey de Israel, David de Belén, después de haber pecado lloró, contrito su corazón, gritando a Dios su arrepentimiento y solicitando de Dios perdón. David había tenido el espíritu oscurecido por la niebla del sentido, y esto le había impedido continuar viendo el rostro de Dios y comprender su palabra.

"El rostro" he dicho. En el corazón del hombre hay un punto que se acuerda del rostro de Dios, es el punto más preciado, nuestro Sancta Sanctorum, aquel del cual vienen las santas inspiraciones y las santas decisiones, el que perfuma como un altar, resplandece como una hoguera, canta como sede de serafines. Pero, cuando el pecado produce humo en nosotros, entonces ese punto se entenebrece tanto, que cesa la luz, el perfume, el canto, quedando sólo un mal olor de denso humo y un sabor de ceniza. Mas cuando vuelve la luz - porque un siervo de Dios la lleva consigo a quien ha quedado en la oscuridad – he aquí que entonces éste ve su fealdad, su condición inferior, y, horrorizado de sí, exclama como el rey David: "Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia; por tu infinita bondad, lávame de mi pecado", y no dice: "No puedo ser perdonado; por tanto, insisto en pecar", sino que dice: "Me siento humillado, contrito, sí, pero - te lo suplico - Tú que sabes cómo he nacido en la culpa, aspérjame y límpiame, para que vuelva a ser como nieve de las cimas". Y dice:

"Mi holocausto no consistirá en carneros y bueyes, sino en la verdadera contrición del corazón, porque sé que es esto lo que quieres de nosotros y no lo desprecias.

Esto decía David después del pecado, y después de que el siervo del Señor, Natán, le hubiera movido a arrepentirse.

Con mayor razón los pecadores deben decir esto ahora que el Señor no les manda un siervo suyo, sino al Redentor mismo, su Verbo, el cual, justo y dominador no sólo de los hombres sino también del Cielo y del Abismo, ha surgido en medio de su pueblo como la luz de la aurora que brilla sin nubes cuando el sol sale por la mañana.

Ya habéis leído cómo el hombre, en manos de Satanás, es más débil que un tísico moribundo, aunque primero fuera el "fuerte".

Sabéis cómo Sansón quedó reducido a nada tras haber cedido al sentido. Quiero que conozcáis la lección de Sansón, hijo de Manué, destinado a vencer a los filisteos, opresores de Israel.

Condición primera para ser tal era que desde su concepción fuera mantenido virgen de lo que estimula el sentido bajo y une en connubio las entrañas del hombre con carnes impuras, o sea, vino y sidra y carnes grasas, que encienden en los costados un fuego impuro.

Condición segunda: que para ser el libertador fuera consagrado al Señor desde su infancia, y permaneciese tal con continuo nazireato. Consagrado es aquel que no sólo externamente sino también internamente se conserva santo.

Entonces Dios está con él. Pero la carne es carne y Satanás es Tentación. Y la Tentación toma como instrumento, para combatir a Dios en un corazón y en sus santos decretos, la carne que excita al hombre: la mujer.

He aquí que entonces tiembla la fuerza del "fuerte" y viene a ser un ser débil que despilfarra el don que Dios le ha dado.

Escuchad: Sansón fue atado con siete cuerdas de nervios frescos, con siete cuerdas nuevas, fue fijado al suelo con siete trenzas de sus cabellos. Y él siempre había vencido.

Pero no se tienta en vano al Señor, ni siquiera en su bondad. No es lícito. Él perdona una y otra vez, pero, para continuar perdonando exige la voluntad de abandonar el pecado. Necio quien dice: "¡Señor, perdón!" y luego no evita lo que le induce a un continuo pecado.

Sansón, tres veces victorioso, no evita a Dalila, el sentido, el pecado, y, completamente harto - dice el Libro - y habiendo decaído de ánimo - dice el Libro - develó el secreto: "Mi fuerza está en mis siete trenzas".

¿No hay ninguno entre vosotros que, cansado, con el gran cansancio del pecado, sienta que pierde el ánimo – porque nada abate como la mala conciencia - y esté para entregarse vencido al Enemigo? No, quienquiera que seas, no, no lo hagas.

Sansón dio a la Tentación el secreto de someter sus siete virtudes: las siete simbólicas trenzas, sus virtudes, o sea, su fidelidad de nazareo; se durmió, cansado, sobre el seno de la mujer, y fue vencido: ciego, esclavo, incapaz, por haber negado la fidelidad a su voto. Y no volvió a ser el "fuerte", el "libertador", sino cuando en el dolor de un arrepentimiento verdadero encontró de nuevo su fuerza…

Arrepentimiento, paciencia, constancia, heroísmo… y Yo os prometo, ¡oh pecadores!, que seréis los libertadores de
vosotros mismos.

En verdad os digo que ningún bautismo vale, ni ningún rito sirve, si no hay arrepentimiento y voluntad de renunciar al pecado. En verdad os digo que no hay pecador tan pecador que no pueda hacer renacer con su llanto las virtudes que el pecado le ha arrancado de su corazón.

Hoy una mujer, una culpable de Israel, castigada por Dios por su pecado, ha obtenido misericordia por su arrepentimiento. He dicho misericordia. Menos misericordia obtendrán aquellos que hacia ella no la tuvieron, y se ensañaron sin piedad con esta mujer que ya había sido castigada. ¿Éstos no tenían lepra de culpa en sí mismos? que cada cual se examine… y tenga piedad para obtener piedad. Yo os tiendo la mano por esta arrepentida que vuelve con los vivos después de una segregación de muerte.

Simón de Jonás, no Yo, retirará el óbolo por la arrepentida que, en el umbral de la muerte, vuelve a la Vida verdadera. Y no murmuréis, vosotros, los grandes. No murmuréis. Yo no estaba cuando ella era "la Beldad", pero vosotros sí estabais. Y no quiero decir más.

-¿Nos acusas de haber sido sus amantes? - uno de los dos viejos.

-Que cada cual se ponga frente a su corazón y a sus acciones; Yo no acuso, hablo en nombre de la Justicia. Vamos - Jesús sale con los suyos.

Pero a Judas lo paran los dos que parecen conocerlo bastante. Oigo que dicen:

-¿Tú también estás con Él? ¿Es santo realmente?
Judas Iscariote salta con una de esas reacciones suyas que desorientan:
-Os deseo que lleguéis al menos a entender su santidad.
-Sí, pero ha curado en sábado.
-No. Ha perdonado en sábado. Y ¿qué día más apto para el perdón que el sábado? ¿No me dais nada para la redimida?

-No damos nuestro dinero a las meretrices, es dinero ofrecido al Templo santo.

Judas se ríe irreverentemente y los deja plantados. Llega hasta donde el Maestro cuando está entrando de nuevo en la casa de Pedro, el cual le está diciendo:

-Mira: el pequeño Santiago, nada más salir de la sinagoga, me ha dado hoy dos bolsas en vez de una; como siempre por encargo de ese desconocido.¿Quién es, Maestro? Tú lo sabes… Dímelo.

Jesús sonríe:

-Te lo diré cuando hayas aprendido a no murmurar de nadie.
Y todo termina.

93- Tercera lección a los discípulos en Nazaret,en el huerto de la casa.

Palabras de consuelo a Judas de Alfeo
Jesús sale al huerto, que aparece todo lavado por el temporal de la tarde anterior, y ve a su Madre inclinada hacia unas plantitas. Va donde Ella y la saluda.

¡Qué dulce es su beso! Jesús la ciñe los hombros con el brazo izquierdo, la acerca hacia sí y la besa en la frente, en el límite del pelo; luego se inclina para que su Madre lo bese en la mejilla. Pero lo que completa la delicadeza es la mirada que acompaña al beso: la de Jesús, toda amor, dentro de lo que tiene de majestuosa y protectora; la de María, toda veneración, aun siendo toda amor. Cuando se besan así, parece como si el mayor fuera Jesús y Ella fuera la hija jovencita que, de su padre o de su hermano mucho mayor que ella, recibe el beso de la mañana.

-¿Han dañado tus flores el granizo de ayer por la tarde y el viento de la noche?- pregunta Jesús.
-No, Maestro - responde, antes que María, la voz un poco ronca de Pedro - lo único que ha sucedido es que han quedado muy desordenadas sus ramas.

Jesús levanta la cabeza y ve a Simón Pedro, que lleva sólo la túnica corta, trabajando en enderezar algunas ramas curvadas en lo alto de la higuera.

-¿Ya trabajando?
-Los pescadores dormimos como los peces: a todas horas, en cualquier sitio, pero sólo el tiempo que nos dejan descansar; y uno se acostumbra. Esta mañana he oído chirriar la puerta, al alba, y me he dicho: "Simón, Ella ya está levantada.

¡Venga!, ¡rápido! Ve a ayudarle con tus rudas manos". Pensaba que Ella había estado preocupada por sus flores durante esta noche llena de viento. Y no me he equivocado.

¡Conozco a las mujeres!… Mi mujer también, cuando hay tormenta, da vueltas en la cama como un pez en la red, y piensa en sus plantas… ¡Pobrecilla! Alguna vez le digo:

"Estoy seguro de que das menos vueltas cuando tu Simón está en el lago a merced de las olas como una pequeña ramita". Pero soy injusto, porque es una buena esposa.

No se diría que su madre… Bien: cállate, Pedro, esto no viene a cuento. No es correcto murmurar y dar a conocer imprudentemente lo que es bueno callar. ¿Ves, Maestro, cómo también en mi cabeza de asno ha entrado tu palabra?

Jesús responde riendo:
-Tú te lo dices todo. A mí no me queda más que aprobar y admirar tu sabiduría de arboricultor.
-Ya ha atado todos los sarmientos que se habían soltado, ha apuntalado ese peral que está sobrecargado, y ha pasado esas cuerdas bajo aquel granado que ha crecido sólo por una parte - observa María.

-Sí, parece un viejo fariseo; sólo pende hacia donde le interesa. Yo lo he trabajado como si de una vela se tratara, y le he dicho: "¿No sabes que lo justo está en el medio? Ven aquí, cabezón; si no, te rompes por exceso de peso". Ahora me he metido con esta higuera, aunque es por egoísmo. Pienso en el hambre de todos: ¡higos frescos y pan caliente! ¡Ni siquiera Antipas tiene una comida tan buena! Pero hay que ir con cuidado, porque la higuera tiene ramas tan tiernas como el corazón de una jovencita cuando dice su primera palabra de amor; y yo peso, y los higos mejores están arriba. Con estos primeros rayos de sol se han secado ya. Deben ser una delicia. ¡Tú, muchacho! No estés sólo mirándome. ¡Despierta! Dame ese cesto.

Juan - que ha salido del taller - obedece y trepa a la gruesa higuera. Cuando los dos pescadores bajan, ya han salido también del taller Simón Zelote, José y Judas Iscariote. No veo a los otros.

María trae pan fresco (pequeños panes oscuros y redondeados), y Pedro, con su navaja, los abre, y sobre ellos abre los higos. Ofrece primero a Jesús, luego a María y a los demás. Comen con gusto en el huerto refrescado, transido de hermosura bajo el sol de una mañana serena, serena incluso por la reciente lluvia que ha limpiado la atmósfera.

Pedro dice:

-Es viernes… Maestro, mañana es sábado…
-No has descubierto nada nuevo - observa Judas Iscariote.
-No, pero el Maestro sabe lo que quiero decir…
-Lo sé. Esta tarde iremos al lago, donde has dejado la barca, y navegaremos hacia Cafarnaúm. Mañana hablaré allí.
Se le ve muy contento a Pedro.

Entran en grupo Tomás, Andrés, Santiago, Felipe, Bartolomé y Judas Tadeo (los cuales han pasado la noche en otro lugar). Se saludan. Jesús dice:
-Quedémonos aquí juntos; así habrá un nuevo discípulo. Mamá, ven.

Se sientan… en una piedra, en una banqueta… haciendo un círculo en torno a Jesús, quien a su vez se ha sentado en el banco de piedra que está contra la casa, y tiene a su lado a su Madre y a los pies a Juan, que ha elegido sentarse en el suelo con tal de estar cerca. Jesús habla, despacio y con majestuosidad, como siempre.

-¿A qué compararé la formación apostólica? A la naturaleza que nos circunda. Podéis ver cómo la tierra en invierno parece muerta, pero dentro de ella actúan las semillas, y las linfas se nutren de humores, depositándolos en las frondas subterráneas - así podría llamar a las raíces - para luego disponer de ellos en gran abundancia para las frondas superiores, llegado el tiempo de florecer. Vosotros también sois comparables a esta tierra invernal, árida, desnuda, fea. Pero sobre vosotros ha pasado el Sembrador y ha echado una semilla.

Por vosotros ha pasado el Cultivador y ha cavado alrededor de vuestro tronco, plantado en la tierra dura, duro y áspero como ella, para que a las raíces les llegase el sustento de humores de las nubes y del aire, y así se fortaleciera el tronco con este alimento para futuro fruto. Y vosotros habéis acogido la semilla y aceptado la remoción de la tierra, porque tenéis la buena voluntad de fructificar en el trabajo de Dios.

Compararé también la formación apostólica a la tormenta de ayer, que azotó y plegó, aparentemente con inútil violencia. Mirad, sin embargo, el bien que ha producido.

Hoy la atmósfera está más pura, nueva, sin polvo, sin ese calor sofocante; el sol es el mismo de ayer, pero sin ese ardor que asemejaba a fiebre: hoy llega hasta nosotros a través de estratos purificados y frescos. Las hierbas, las plantas, se sienten aliviadas como los hombres, porque la limpieza, la serenidad, son cosas que alegran. También las discordias sirven para llegar a un más exacto conocimiento y a una clarificación; si no, serían sólo maldad.

Y ¿qué son las discordias sino las tormentas provocadas por nubes de distinta especie? Y estas nubes ¿no se acumulan poco a poco en los corazones con los malhumores inútiles, con los pequeños celos, con las oscuras soberbias? Luego viene el viento de la Gracia y las une para que descarguen todos sus malos humores y vuelva el tiempo sereno.

También es semejante la formación apostólica al trabajo que Pedro estaba haciendo esta mañana para alegrar a mi Madre: es enderezar, atar, sostener o soltar, según las tendencias y las necesidades, para hacer de vosotros "hombres fuertes"

a1 servicio de Dios. Enderezar las ideas equivocadas, atar los arranques carnales, sostener las debilidades, cortar si es necesario las tendencias, desligar las esclavitudes y las timideces. Vosotros tenéis que ser libres y fuertes, como águilas que, dejado el pico nativo, son sólo del vuelo cada vez más alto: el servicio a Dios es el vuelo, las afecciones son el pico.

Uno de vosotros hoy está triste porque su padre declina hacia la muerte, y declina hacia ella con el corazón cerrado a la Verdad y al hijo suyo que la sigue; no sólo cerrado, sino hostil. Aún no le ha dicho e1 injusto "vete", de que ayer hablaba (autoproclamándose por encima de Dios), pero su corazón cerrado y sus labios sigilados no son todavía capaces de decir tampoco: "Sigue la voz que te llama". No pretenderían, ni el hijo ni quien os habla, oír decir de esos labios: "Ven, y contigo venga el Maestro. Bendito sea Dios por haber elegido en mi casa un siervo suyo, creando así un parentesco más excelso que la sangre con el Verbo del Señor". Pero al menos Yo, por su bien, y su hijo por un motivo aún más complejo, querríamos oírle palabras no enemigas.

No llore este hijo. Sepa que en mí no hay ni rencor ni desdén hacia su padre, sino sólo piedad. He venido, y me he detenido un tiempo, aun conociendo la inutilidad de mi permanencia, para que un día este hijo no me dijera: "¿Por qué no viniste?". He venido para persuadirle de que todo es inútil cuando el corazón se encierra en el rencor. He venido también para confortar a una buena mujer que sufre por esta escisión de la familia, como incisión de cuchillo que le separase haces de fibras.

Pero, tanto este hijo como esta buena mujer, persuádanse de que en mí no responde el rencor al rencor. Yo respeto la honestidad del creyente anciano, fiel - aunque tenga una fe desviada - a lo que ha sido su religión hasta esta hora.

En Israel hay muchos así… Por eso os digo: me aceptarán más los paganos que los hijos de Abraham. La humanidad ha corrompido la imagen del Salvador, rebajando su realeza sobrenatural al nivel de una pobre idea de soberanía humana. Yo tengo que hendir la dura corteza del hebraísmo, penetrar, herir para llegar al fondo, y llevar al alma misma de tal hebraísmo la fecundación de la nueva Ley. Sí, verdaderamente Israel, crecido en torno al núcleo vital de la Ley del Sinaí, se ha hecho símil a un monstruoso fruto, de pulpa en estratos cada vez más fibrosos y duros, externamente protegidos por una cáscara que no sólo es
impenetrable, sino que además impide, tenacísima, la expulsión del germen. El Eterno juzga que ha llegado el momento de que yo cree la nueva planta de la fe en el Dios Uno y Trino.

Yo, para permitir que la voluntad de Dios se cumpla y que el hebraísmo pase a ser cristianismo, debo mellar, perforar, penetrar, abrir camino hasta el núcleo, y darle calor con mi amor, para que resurja y se agrande, germine, crezca, crezca, crezca, venga a ser la vigorosa planta del cristianismo, religión perfecta, eterna, divina. En verdad os digo que el hebraísmo sólo será perforable en la proporción de uno a cien.

Por tanto, no reputo réprobo a este israelita que no me acepta y que no quisiera darme a su hijo. Por eso le digo al hijo:

No llores por la carne y la sangre que sufren sintiéndose rechazados por la carne y la sangre que las engendraron. Por eso digo:

No llores tampoco por el espíritu. Tu sufrimiento actúa, más que cualquier otra cosa, en favor del espíritu tuyo y del suyo, de este padre tuyo que ni comprende ni ve. Y digo también: No te crees remordimientos por ser más de Dios que de tu padre.

Os digo a todos vosotros: Dios es más que el padre, que la madre, que los hermanos. Yo he venido a unir la carne y la sangre según el espíritu y el Cielo, no según la tierra. Por ello debo desunir las carnes y las sangres para tomar conmigo a los espíritus aptos para el Cielo ya desde esta tierra, para tomar a los siervos del Cielo. Por ello he venido a llamar a los "fuertes", a hacerlos aún más fuertes porque de "fuertes" está hecho mi ejército de mansos: mansos para con los hermanos, fuertes respecto al propio yo y el yo de la sangre familiar.

No llores, primo. Tu dolor - te lo aseguro - actúa ante Dios, en favor de tu padre y de tus hermanos, más que cualquier palabra, no sólo tuya, sino incluso mía. No entra la palabra allí donde el prejuicio crea una barrera; créelo. Pero la Gracia entra, y el sacrificio es imán de gracia.

En verdad os digo que cuando Yo llamo para ir a Dios, no hay obediencia más alta; y es necesario cumplirla sin detenerse a calcular cuánto y cómo reaccionarán los demás ante vuestro ir hacia Dios. Ni siquiera detenerse para enterrar al propio padre. Seréis premiados por este heroísmo, y el premio será no sólo para vosotros, sino también para aquellos de quienes, con un grito del corazón, os separáis, y cuya palabra frecuentemente os hiere más de lo que hiere una bofetada, porque os acusa de ser hijos ingratos, y os maldice, en su egoísmo, como rebeldes. No. No rebeldes, santos. Los primeros enemigos de los llamados son los familiares. Pero, entre amor y amor, hay que saber distinguir y amar sobrenaturalmente; o sea, amar más al Dueño de lo sobrenatural que a los siervos de ese Dueño. Amar a los parientes en Dios, y no, por el contrario, amarlos más que a Dios.

Jesús calla y se levanta, yendo donde su primo, el cual, con la cabeza baja, apenas logra contener el llanto. Lo acaricia.

-Judas… Yo he dejado a mi Madre para seguir mi misión.

Que ello te disuelva toda duda sobre la honestidad de tu forma de actuar. Si no hubiera sido un acto bueno, ¿lo habría hecho Yo respecto a mi Madre, teniendo en cuenta, sobre todo, que no tiene a nadie aparte de mí?

Judas se pasa la mano de Jesús por el rostro y asiente con la cabeza, pero no puede decir nada más.

-Vamos nosotros dos, solos, como cuando éramos niños y Alfeo pensaba que Yo era el más juicioso entre los muchachos de Nazaret.

Vamos a llevarle al anciano estos hermosos racimos de uva de oro. Que no crea que me olvido de él y que soy enemigo suyo. También tu padre y Santiago se alegrarán. Le diré que mañana estaré en Cafarnaúm y que su hijo queda todo para él. Ya sabes, los viejos son como los niños: son celosos y sospechan siempre que se los olvida; hay que compadecerlos…

Jesús desaparece de la escena dejando en el huerto a los discípulos enmudecidos por la revelación de un dolor y de una incompatibilidad entre un padre y un hijo por causa de El. María, suspirando apenada, vuelve de acompañar a Jesús hasta la puerta.

Todo termina.

92- Segunda lección a los discípulos en Nazaret, junto a la casa

Jesús ha llevado a los suyos a la sombra de un enorme nogal, que pende desde donde está - elevado respecto al huerto de María - hasta el mismo huerto. Jesús continúa instruyéndolos.

El día está borrascoso, se avecina una tormenta; quizás por eso Jesús no se ha alejado mucho de la casa. María va y viene de la casa al huerto y del huerto a la casa, y cada vez que lo hace alza la cabeza y sonríe a su Jesús, que está sentado en la hierba, junto al tronco, rodeado de discípulos. Jesús dice:

-Ayer os anuncié que lo que había provocado una palabra imprudente habría servido de lección hoy. La lección es ésta:

Tened por seguro - y sea regla en vuestro actuar - que nada de cuanto está escondido permanece siempre oculto. O Dios se ocupa de dar a conocer las obras de un hijo suyo a través de sus signos milagrosos, o a través de las palabras de los justos que reconocen los méritos de un hermano; o es Satanás quien, a través de la boca de un imprudente - no quiero decir más -, revela lo que los buenos, para no incitar a la anticaridad, han preferido callar, o altera las verdades, creando así confusión en los pensamientos. Por tanto, siempre llega el momento en que lo oculto se da a conocer.

Tened, pues, siempre esto presente en vuestro pensamiento. Sea para vosotros freno respecto al mal, sin que por otro lado os sintáis incitados a proclamar el bien que realizáis. ¡Cuántas veces uno actúa por bondad, verdadera bondad, pero humana! Y, siendo humana su actuación, o sea, de no perfecta intención, desea que los hombres la conozcan, y rabia y se amarga viendo que pasa desapercibida, y estudia la forma de manifestarla. No, amigos; así no. Haced el bien y dádselo al Señor eterno.

Él sabrá darlo a conocer también a los hombres, si es bueno para vosotros. Si, por el contrario, ello pudiera anular bajo un reflujo de complacencia de orgullo, vuestro comportamiento justo, entonces el Padre lo mantendrá secreto, reservándose el daros en el Cielo la gloria correspondiente, en presencia de toda la Corte celeste.

Quien vea un acto jamás juzgue por las apariencias. No acuséis nunca a nadie, porque las acciones de los hombres pueden en ocasiones presentar feo aspecto y celar otros motivos. Un padre, por ejemplo puede decirle a un hijo suyo ocioso y entregado a la crápula: "Vete”, y ello puede parecer crueldad e incumplimiento de los deberes paternos; pero no siempre lo es.

Su "vete" está sazonado con un llanto amarguísimo (más del padre que del hijo); a su "vete" le acompañan las palabras "volverás cuando te hayas arrepentido de tu ociosidad" y el voto de que se cumplan. Por otra parte, es un acto de justicia hacia los otros hijos, porque impide que un crapuloso consuma en vicios no sólo lo suyo, sino también lo de los demás. Malo será, en cambio, si esa palabra la dice un padre que se encuentre en culpa respecto a Dios y respecto a la prole, porque en su egoísmo se juzgará a sí mismo superior a Dios y considerará que su derecho se extiende también al espíritu de su hijo. No. El espíritu es de Dios, y ni siquiera Dios violenta la libertad del espíritu a donarse o no donarse. Para el mundo parecen iguales estos actos, y, sin embargo, ¡qué distintos son el uno del otro! El primero es justicia, el segundo es arbitrio culpable. Por tanto, no juzguéis nunca a nadie.

Ayer Pedro le dijo a Judas: "¿Qué maestro has tenido?".

Que no vuelva a decirlo. Que nadie eche la culpa a los otros de lo que ve en uno o en sí mismo. Los maestros tienen una misma palabra para todos los escolares. ¿Por qué, entonces, diez escolares resultan justos y diez malvados? Porque cada uno añade por su parte lo que tiene en el corazón, y ello pesa hacia el bien o hacia el mal.

¿Cómo es posible, entonces, acusar al maestro de haber enseñado mal porque el bien que ha inculcado quede anulado por el exceso de mal que reina en un corazón determinado? El primer factor de éxito está en vosotros. El maestro trabaja vuestro yo. Pero si vosotros no sois susceptibles de mejora, ¿qué puede hacer el maestro? ¿Qué soy Yo? En verdad os digo que no habrá maestro más sabio, paciente y perfecto que Yo. Y, no obstante, incluso de alguno de los míos se dirá: "Pero, ¿quién fue su maestro?".

No os dejéis vencer nunca, al juzgar, por motivos personales. Ayer Judas, amando su tierra más de lo justo, estimó que en mí había injusticia hacia ella.

Frecuentemente el hombre subyace bajo estos elementos imponderables que son el amor patrio o el amor a una idea, y se desvía, como alción desorientado, de su meta. La meta es Dios. Ver todo en Dios para ver bien.

No ponerse a sí mismo, no poner ninguna cosa por encima de Dios. Y si uno realmente se equivoca… ¡Pedro!, ¡todos!, no seáis intransigentes. El error que tanto os fastidia, cometido por uno de vosotros, ¿realmente no lo habéis cometido nunca vosotros?

¿Estáis seguros? Y, aun admitiendo que no lo hayáis cometido nunca, ¿qué habréis de hacer? Pues agradecérselo a Dios. Nada más. Y velar. Vigilar mucho. Continuamente.

Para no caer mañana en lo que hasta hoy ha podido ser evitado. ¿Veis? El cielo está nublado porque el granizo está próximo. Nosotros, escrutando el cielo, hemos dicho: "No nos alejemos de casa". Ahora bien, ¿por qué no sabemos juzgar dónde puede haber peligro para el alma?, si sabemos juzgar así respecto a las cosas que, a pesar de ser peligrosas, no son nada en relación a los peligros que hay, pecando, de perder la amistad de Dios.

Mirad: ved allí a mi Madre. ¿Podéis pensar que en Ella haya tendencia alguna al mal? Pues bien, dado que el amor la impulsa a seguirme, dejará su casa cuando mi amor lo desee. Pero esta mañana después de habérmelo pedido una vez más -porque Ella, mi Maestra, me decía: "Que entre tus discípulos esté también tu Madre, Hijo: Yo quiero aprender tu doctrina"; Ella, que ya poseía esta doctrina su seno y antes aún en su espíritu, por don dado por Dios a la futura Madre de su Verbo Encarnado – Ella ha dicho: "No obstante… juzga, si puedo ir contigo sin la posibilidad de perder la unión con Dios; sin que eso que es mundo, y que Tú dices que penetra con sus hedores, pueda corromper este corazón mío que fue y es y quiere ser sólo de Dios.

Yo me someto a examen y, por cuanto sé, me parece que puedo hacerlo, porque… (y en esto, sin saberlo, se ha procurado la más alta alabanza) porque no encuentro diferencia entre mi paz cándida cuando era una flor del Templo y esta que tengo en mí, ahora que desde hace más de seis lustros soy la mujer de casa. Pero yo soy indigna sierva que conoce mal, y juzga aún peor, las cosas del espíritu.-Tú eres el Verbo, la Sabiduría, la Luz, y puedes ser luz para tu pobre Mamá, que acepta el no volver a verte antes que ser no grata al Señor”…

Y Yo le he tenido que decir, temblándome el corazón de admiración: "Mamá, Yo te lo digo, no serás corrompida por el mundo; antes bien, el mundo será embalsamado por ti".

Mi Madre - lo acabáis de oír - ha sabido ver los peligros de vivir en el mundo, que son peligros también para Ella, también para Ella; Y vosotros, hombres, ¿pretendéis no verlos? ¡Ay!, Satanás verdaderamente está al acecho, y sólo los que vigilen resultarán vencedores. ¿Los demás? ¿Preguntáis acerca de los demás? Para los demás, lo que está escrito.

-¿Qué está escrito, Maestro?

-Y Caín se abalanzó sobre Abel y lo mató. Y el Señor le dijo a Caín ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de él? El grito de su sangre llega hasta mí. Por tanto, serás maldito sobre la tierra que ha conocido el sabor de la sangre humana por mano de un hermano que ha abierto las venas a su hermano, y no cesará esta horrible hambre de la tierra de sangre humana. Y la tierra, envenenada por esta sangre será más estéril que una mujer seca por la edad. Y huirás, buscando paz y pan. Y no lo encontrarás. Tu remordimiento te hará ver sangre en cada flor y en cada tallo de hierba, en toda agua y alimento. El cielo te parecerá sangre, y sangre el mar. Del cielo, de la tierra, del mar, llegarán a ti tres voces: la de Dios, la del Inocente, la del Demonio; y, para no oírlas, te darás muerte".

-No habla así el Génesis - observa Pedro.
No, el Génesis no; Yo lo digo, y no yerro. Lo digo para los nuevos Caínes de los nuevos Abeles, para quienes, por no vigilar respecto a sí mimos y al Enemigo, vendrán a ser una cosa con él».

-Pero, entre nosotros, no habrá de esos, ¿no es cierto, Maestro?

-Juan, cuando sea desgarrado el Velo del Templo, una gran verdad brillará escrita en toda Sión.
¿Cuál, mi Señor?

Que los hijos de las tinieblas en vano han estado en contacto con la Luz. Recuérdalo, Juan.
-¿Seré yo, Maestro, un hijo de las tinieblas?
-No, tú no. Pero recuérdalo para explicar el Delito al mundo.

-¿Qué delito, Señor? ¿El de Caín?

-No. Ese es el primer acorde del himno de Satanás. Hablo del Delito perfecto, el inconcebible Delito, aquel que, para comprenderlo hay que mirarlo a través del sol del divino Amor y a través de la mente de Satanás; porque sólo el Amor perfecto y el perfecto Odio, solo el infinito Bien y el infinito Mal pueden explicar tal Donación y tal Pecado. ¿Oís? Parece como si Satanás estuviera oyendo y gritase de deseo de llevarlo a cabo. Vámonos, antes de que la nube rompa en relámpagos y granizo.

Y bajan corriendo por la pendiente, saltando al huerto de María mientras la tormenta estalla vehemente.

91- Primera lección a los discípulos en Nazaret, en un olivar

Veo a Jesús con Pedro, Andrés, Juan, Santiago, Felipe, Tomás, Bartolomé, Judas Tadeo, Simón y Judas Iscariote y el pastor José, saliendo de su casa y yendo fuera de Nazaret, a las afueras, a un tupido olivar. Dice:

-Venid en torno a mí. Durante estos meses de presencia y de ausencia os he sopesado y estudiado. Os he conocido, y he conocido, con experiencia de hombre, el mundo. Ahora he decidido enviaros al mundo. Pero primero debo instruiros, para haceros capaces de afrontar el mundo con la dulzura y la sagacidad, la calma y la constancia, con la conciencia y la ciencia de vuestra misión.

Usaré este tiempo de furor solar, que impide toda larga peregrinación por Palestina, para vuestra instrucción y formación como discípulos. Como un músico, he percibido lo que en vosotros desafina, y me dispongo a entonaros para la armonía celeste que tenéis que transmitir al mundo en mi nombre. Retengo a este hijo (y señala a José), porque a él le delego el encargo de llevar a sus compañeros mis palabras, para que también allí se forme un núcleo eficaz, que me anuncie; no un anuncio reducido al hecho de que Yo existo, sino con las características más esenciales de mi doctrina.

Como primera cosa os digo que es absolutamente necesario en vosotros amor y fusión. ¿Qué sois vosotros? Sois hombres de las más diversas clases sociales, de toda edad, y de los más distintos lugares. He preferido tomar a los vírgenes en doctrinas y cogniciones, para poder penetrar en ellos más fácilmente con mi enseñanza, y también porque - habiendo sido destinados para evangelizar a personas que se encontrarán en una absoluta ignorancia del Dios verdadero - quiero que, recordando la primitiva ignorancia, no sientan aversión hacia éstos, y, con piedad, los instruyan, recordando con cuánta piedad Yo los he instruido.

Percibo en vosotros una objeción: "Nosotros no somos paganos, aunque no tengamos cultura intelectual". No, no lo sois; pero vosotros - y sobre todo quienes entre vosotros representan a los doctos y los ricos - estáis dentro de una religión que, degenerada por demasiadas razones, de religión no tiene sino el nombre. En verdad os digo que son muchos los que se glorían de ser hijos de la Ley, pero de ellos ocho partes de diez no son más que idólatras que han confundido, entre nieblas de mil pequeñas religiones humanas, la verdadera, santa, eterna Ley del Dios de Abraham, Isaac, Jacob. Por tanto, mirándoos unos a otros, tanto vosotros, pescadores humildes y sin cultura, como vosotros, mercaderes o hijos de mercaderes, oficiales o hijos de oficiales, ricos o hijos de ricos, decid:

"Somos todos iguales. Todos tenemos las mismas deficiencias y todos tenemos necesidad
de la misma instrucción. Hermanos en los defectos personales o nacionales debemos, desde ahora en adelante, ser hermanos en el conocimiento de la Verdad y en el esfuerzo de practicarla.

Eso es, hermanos. Quiero que tales os llaméis y tales os veáis. Vosotros sois como una familia sola. ¿Cuándo prospera una familia?, ¿cuando la admira el mundo? Cuando está unida y se manifiesta concorde. Si un hijo se hace enemigo del otro, si un hermano perjudica al otro, ¿puede realmente durar la prosperidad de esa familia? En vano el padre de familia se esfuerza en trabajar, en allanar dificultades, en imponerse al mundo. Sus esfuerzos quedan sin resultado, porque los bienes se disgregan, las dificultades aumentan, el mundo se burla por este estado de lid perpetua que reduce corazón y patrimonio - que, unido, era potente contra el mundo - a un pequeño montón de pequeños, puntillosos intereses contrarios de que se aprovechan los enemigos de la familia para acelerar cada vez más su ruina. Nunca sea así entre vosotros. Estad unidos. Amaos. Amaos para ayudaros.

Amaos para enseñar a amar.

Observad: incluso lo que nos circunda nos ilustra acerca de esta gran fuerza. Mirad esta tribu de hormigas, que acude toda hacia un lugar. Sigámosla y descubriremos la razón de la utilidad de que acuda hacia un punto… Mirad aquí: esta pequeña hermana suya ha descubierto, con sus órganos minúsculos y para nosotros invisibles, un gran tesoro bajo esta ancha hoja de achicoria silvestre.

Es un pedazo de miga de pan que quizás se le haya caído a un campesino que haya venido aquí para cuidar sus olivos; a algún viandante que se haya detenido en esta sombra consumiendo su comida, o a un niño jubiloso sobre la hierba florecida.

¿Cómo hubiera podido por sí sola arrastrar hasta su casa este tesoro mil veces más voluminoso que ella? Ha llamado, pues, a una hermana y le ha dicho: "Mira, corre, rápido a decirles a las hermanas que aquí hay alimento para toda la tribu y para muchos días; corre, antes de que descubra este tesoro un pájaro y llame a sus compañeros y se lo devoren". Y la hormiguita ha corrido, afanosa, por las rugosidades del terreno, subiendo, bajando, entre guijas y hierbezuelas, hasta el hormiguero, y ha dicho: “Venid. Una de nosotras os llama; ha encontrado para todas, pero sola no puede traerlo aquí.

Venid". Y todas, incluso las que - ya cansadas por tanto como han trabajado durante todo el día - estaban descansando en las galerías del hormiguero, han acudido; incluso 11 estaban amontonando las provisiones en sus correspondientes celdas. Una, diez, cien, mil… Mirad…

Aferran con las pinzas, levantan haciendo de su cuerpo un carrito, arrastran hincando las patitas en el suelo. Ésta se cae… la otra, allí, casi se lisia porque la punta del pan ha rebotado y la ha comprimido contra una piedra; ¿y ésta tan pequeñita? (una jovencita de la tribu): se detiene derrengada… pero, toma aliento y continúa. ¡Qué unidas están! Mirad: ahora las hormigas tienen completamente abrazado el trozo de pan, y el pan avanza, avanza; lentamente, pero avanza.

Sigámoslo… Un poco más hermanitas, un poco más todavía y vuestra fatiga será premiada. Ya no pueden más, pero no ceden; descansan y luego continúan…Llegan al hormiguero.

¿Y ahora? Ahora al trabajo, para dividir en pequeños trocitos la miga grande. ¡Mirad qué trabajo! Unas cortan, otras transportan… Terminado. Ahora todo está a salvo, y, dichosas, desaparecen dentro de esa grieta, galerías abajo. Son hormigas, nada más que hormigas, y, sin embargo, son fuertes porque están unidas. Meditad en esto.

-¿Tenéis algo que preguntarme?

-Yo querría preguntarte si es que ya no volvemos a Judea – dice Judas Iscariote.

-¿Quién lo ha dicho?

-Tú, Maestro. ¡Has manifestado el deseo de preparar a José para que instruya a los demás en Judea! ¿Tanto te has ofendido como para no volver más allí?

-¿Qué te han hecho en Judea? - pregunta curioso Tomás.
Y Pedro, al mismo tiempo, vehementemente, dice:
-¿Entonces tenía yo razón cuando decía que habías vuelto en malas condiciones? ¿Qué te han hecho los "perfectos" en Israel?

-Nada, amigos, nada que no vaya a encontrar aquí. Aunque diera la vuelta al mundo encontraría por todas partes amigos mezclados con enemigos. De todas formas, Judas, te había rogado que te mantuvieras en silencio…
-Cierto, pero… No, no puedo quedarme callado cuando veo que prefieres Galilea a mi patria. Eres injusto; también allí has recibido honores…

-¡Judas! ¡Judas! ¡Oh, Judas! Eres injusto en este reproche. Tú a ti mismo te acusas, dejándote llevar de la ira y de la envidia. Yo había logrado dar a conocer sólo el bien que he recibido en tu Judea. Sin mentir y con alegría, había logrado manifestar este bien para hacer que os amasen a los de Judea. Con alegría. Porque para el Verbo de Dios no existe separación de regiones, no existen antagonismos, enemistades, diversidades. ¡Os amo a todos, oh hombres, a todos…! ¿Cómo puedes decir que prefiero Galilea cuando he querido llevar a cabo los primeros milagros y las primeras manifestaciones en el suelo sagrado del Templo y de la Ciudad Santa, estimada por todos los israelitas? ¿Cómo puedes decir que actúo con parcialidad, si de vosotros, discípulos, que sois once - o diez, porque mi primo es familia, no amistad -, cuatro son judíos? Y, si añado a los pastores, que son todos judíos, puedes ver de cuántos de Judea soy amigo.

¿Cómo puedes decir que no os amo, si Yo, que conozco las cosas, he organizado el viaje de manera que pudiera dar mi Nombre a un pequeñuelo de Israel y recibir el espíritu de un justo de Israel? ¿Cómo puedes decir que no os amo a vosotros, judíos, si en la revelación de mi Nacimiento y de mi preparación a la misión he querido que hubiera dos judíos, contra uno sólo de Galilea? Me tachas de injusto. Examínate, Judas, mira si el injusto no eres tú.

Jesús ha hablado con majestuosidad y dulzura. Pero, aunque no hubiera dicho nada más, habrían bastado los tres modos como ha dicho «Judas» al principio de sus palabras, para dar una gran lección. E1 primer «Judas» lo decía el Dios majestuoso que llama al respeto; e1 segundo, el Maestro que enseña con doctrina paterna; el tercero era el ruego del amigo dolido por el modo de actuar de su amigo.

Judas ha bajado la cabeza, humillado, todavía iracundo, afeado por este aflorar de bajos sentimientos.
Pedro no sabe quedarse callado.

-Al menos pide perdón, muchacho. ¡Si hubiera sido yo en vez de Jesús, no hubieras salido del paso sólo con unas palabras! ¡No sólo injusto! ¡No tienes respeto, señorito! ¡Así os educan los del Templo? ¿O es que eres tú el ineducable? Porque si son ellos…

-Basta, Pedro. He dicho Yo todo lo que había que decir. Esto también será motivo de instrucción mañana. Y ahora repito a todos lo que les había dicho a éstos en Judea: no digáis a mi Madre que su Hijo fue maltratado por los judíos. Ya está toda compungida por haber intuido mi pena.

Respetad a mi Madre. Vive en la sombra y silencio; es activa sólo en virtudes y oración por mí, por vosotros y por todos. Dejad que las lúgubres luces del mundo y las ásperas luchas queden lejos de su refugio fajado de discreción y pureza. No metáis ni siquiera el eco del odio donde todo es amor. Respetadla. Ella es más valiente que Judit; lo veréis. Pero no la obliguéis, antes de tiempo, a gustar la hez que supone los sentimientos de los miserables del mundo, de aquellos que no saben ni siquiera rudimentariamente qué es Dios y la Ley de Dios. Esos de que os hablaba al principio: los idólatras que se creen sabios de Dios y que, por tanto, unen la idolatría a la soberbia. Vamos.

Y Jesús se dirige de nuevo hacia Nazaret.

Categorías