por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Reina soberana, Madre del amor santo!, pues que sois la más amable y de Dios la más amada entre todas las criaturas, permitid que os ame también este pecador, aunque el más ingrato y despreciable de todos los pecadores, el cual, viéndose por gracia vuestra libre de los tormentos eternos y colmado de favores, sin ningún merecimiento suyo, ha colocado en Vos toda su afición y esperanza.
Os amo, Señora, y quisiera exceder en el amor a los Santos que os amaron más.
Quisiera dar a conocer a todos los que no tienen noticia de Vos cuan digna sois de ser amada, para que todos a una os amasen y bendijesen, y, si fuere necesario, tendría por fortuna grande dar la vida en defensa de vuestra virginidad, de la prerrogativa de Madre de Dios o del misterio de vuestra Concepción Inmaculada.
¡Oh amantísima Madre mía!, séaos agradable la sinceridad de mis afectos, y no permitáis que un siervo y amante vuestro tenga en adelante enemistad con Dios, a quien Vos tanto amáis!
¡Cuan desdichado fui en haber vivido algún tiempo en desgracia suya!
Pero entonces no os amaba, ni hacía por ser de Vos amado.
Ahora, de ninguna cosa tengo deseo, después de la gracia de Dios, como de merecer vuestro amor, no desconfiando de alcanzar, al fin, esta dicha, a pesar de mis culpas, porque sé que vuestra benignidad llega hasta el extremo de amar con ternura a los pecadores que os aman, por miserables que sean, y que no consentís que en amar y favorecer os lleva nadie ventaja.
Ir al Cielo deseo para amaros allí con todo mi corazón. Allí conoceré del todo vuestra amabilidad, allí descubriré lo mucho que hicisteis por salvarme, allí os amaré con amor más inflamado, allí os amaré sin temor de entibiarme ni de perder jamás dicha tan grande.
Rogad al Señor por mí, y basta; rogad por mí, y de cierto me salvaré; rogad por mí, y mientras llega tan dichoso día, suspiraré por esa patria bienaventurada, y aliviaré las penas de mi destierro cantando muchas veces así:
¡Oh Madre del alma mía,
mi esperanza y mi alegría!
Este será mi cantar:
que Vos me habéis de salvar.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta Cesáreo que un monje cisterciense, llamado Tomás, devotísimo de la Reina de los ángeles, deseaba y pedía ardientemente verla una vez.
Salió una noche al jardín, y poniéndose a mirar al Cielo y exhalar suspiros abrasados, ve de improviso bajar una virgen muy hermosa y resplandeciente, que le preguntó:
«Tomás, ¿quieres oír cómo canto?» «Sí, por cierto», respondió él; y aquella virgen cantó con tal dulzura, que el devoto religioso se imaginaba hallarse en el Paraíso.
Acabado el canto, desapareció, dejándole con gran deseo de saber quién fuese, cuando he aquí otra virgen hermosísima, que igualmente se puso a cantar.
Ya no se pudo contener, y le preguntó quién era. «La otra que viste —le fue respondido— fue Catalina, y yo soy Inés, ambas mártires de Jesucristo y enviadas a consolarte por nuestra Señora. Dale muchas gracias, y disponte a recibir favor mucho más alto.»
Dicho esto, desapareció; pero el religioso quedó con gran esperanza de ver finalmente a la Reina del Cielo.
No esperó mucho tiempo, porque de allí a poco vislumbra una clarísima luz, siente rebosarle el pecho de alegría y ve aparecer en medio de resplandores a la Madre de Dios, rodeada de ángeles, incomparablemente más hermosa que las dos vírgenes anteriores, y le dice:
«Siervo e hijo amado mío, me complazco en el amor con que me sirves, y accedo a tu súplica. Veme aquí.
Quiero que oigas también mi canto.» Comenzó a cantar aquella boca dulcísima, y fue tanta la suavidad, que el afortunado religioso, de gozo, perdió el sentido y cayó en tierra.
Tocaron a maitines, y no viéndole comparecer en el coro le buscaron por todas partes y finalmente le hallaron como muerto en el jardín. Le mandó el superior decir lo que le había sucedido, y viéndose obligado por obediencia, contó con humildad la visita y favor que había recibido de la Reina del Cielo.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Prenda segura de salvación tienen todos los siervos de María. Pone en su boca la santa Iglesia estas palabras del libro del Eclesiástico (24, 11): En todas las cosas busqué dónde reposar, y en la heredad del Señor fijé mi morada.
¡Dichosos aquellos en cuya morada halle María su descanso! Porque siendo tan extremado el amor que nos tiene, y procurando de mil maneras arraigar en nuestros corazones su devoción, muchos, o la desechan o no la conservan.
¡Dichoso el que abra su pecho a tan dulcísima devoción, y allí la mantenga viva y ferviente! Dice la Virgen que habitará en la heredad del Señor, los cuales la han de ver y bendecir eternamente en el Cielo.
Prosigue diciendo las palabras siguientes, en el lugar citado: Mi criador descansó en mi tabernáculo, y me dijo: Habita en Jacob, ten tu herencia en Israel y echa raíces entre mis escogidos, o más claramente:
«Mi criador tuvo a bien de morar en mi seno, y quiso que Yo habitase en los corazones de todos los escogidos (herencia de la Virgen y figurados en Jacob), y dispuso que estuviese radicada en todos los predestinados la devoción y enseñanza en Mí.»
¡Cuántos de los bienaventurados no estarían en el Cielo si María, con su poderosa intercesión, no les hubiese obtenido la felicidad! Yo hice que naciese en el Cielo el sol indeficiente —añade la divina Señora —.
Tantos soles brillantes como son mis devotos, por Mí resplandecen en la gloria y resplandecerán eternamente. Sí, porque a todos los que confían en su protección, dice el salterio mariano, se les han de abrir de par en par las puertas eternales.
A Vos, Señora, están fiadas las llaves y tesoros del Cielo, y por esta razón clamamos de continuo, diciendo: «Abridnos, Virgen piadosísima, esas puertas eternas, pues tenéis en la mano las llaves, o, por mejor decir, Vos sois la puerta, que así os lo dice la Iglesia santa: Janua coeli, ora pro nobis.»
Estrella del mar la llamamos también, porque así como guiados por la estrella dirigen al puerto el rumbo los navegantes, así, dice Santo Tomás a los cristianos, es la Virgen guía, con dirección al Cielo.
Igualmente, San Pedro Damián la llama escala por donde bajó Dios a la tierra y nosotros subimos a Dios. Dios la llenó de gracia para que fuese camino seguro por donde subiésemos al monte de la gloria.
Felices aquellos que os conocen, ¡oh Madre dulcísima!, porque el conoceros y publicar vuestras grandezas y virtudes es ir por el sendero de la vida eterna.
Leemos en las Crónicas de la religión de San Francisco que una vez fray León vio una escala de color encarnado, en que estaba nuestro Señor Jesucristo, y otra de color blanco, en que estaba la Virgen. Empezaron algunos religiosos a subir por la primera, y a los pocos peldaños caían al suelo; volvían a subir, y volvían a caer.
Entonces oyeron que los animaban a subir por la otra, y así lo hicieron con toda felicidad, porque la Virgen les iba dando la mano, con lo cual llegaban todos arriba.
Pregunta Dionisio Cartujano: ¿Quiénes son los que se salvan? Y responde: Aquellos por quienes esta Señora benignísima interpone la autoridad de sus ruegos. Ella misma lo asegura (Prov., 8, 15):
Por Mí reinan los reyes: por Mí, las almas reinan primero en esta vida mortal, enseñoreándose de sus pasiones, y después reinan eternamente en el Cielo, donde todos son reyes. Es en el Cielo arbitra y Señora, porque la prerrogativa de Madre le da pleno derecho para mandar todo lo que quiere y dar a cuantos quiere entrada en aquellos gozos eternos.
Y aún se puede con verdad añadir que les tiene ya de antemano asegurada tan grande felicidad, pudiendo vivir tan ciertos de poseerla, supuesta la perseverancia, como si ya la hubiesen conseguido.
Servir a María y pertenecer a su corte es el honor más alto que nos puede caber. Servir a la Reina del Cielo es ya reinar en el Cielo; vivir a sus órdenes vale mil veces más que reinar en la tierra; así como está fuera de toda duda que los que no la sirven no se salvarán, porque privados del favor de la Madre, los abandona el Hijo y toda la corte celestial.
Bendita y ensalzada sea la bondad infinita de nuestro Dios, que la tiene allí constituida por abogada nuestra, para que, como Madre del Supremo Juez y Madre de misericordia, intervenga, con eficacia, en el negocio de nuestra salvación.
Oíd, gentes, dice el salterio mariano, vosotros los que deseáis veros salvos, servid y honrad a María, y lo seréis seguramente.
Y los que, por criminales, habéis merecido las penas del infierno, confiad también si empezáis a servirla.
¡Cuántos pecadores, esforzándose, hallaron por su medio a Dios y se salvaron! Dice San Juan (Apoc., 12, 1) que la vio coronada de estrellas. Y en el Cántico de los Cánticos (4, 8) parece indicarse que su corona eran despojos de fieras bravas, como leones y leopardos.
¿Cómo se entiende esto? Estas fieras son los pecadores, convertidos por su intercesión como en estrellas de gloria, más hermosas y dignas de ceñir aquellas sienes soberanas que todos los astros del pabellón del Cielo.
Haciendo en cierta ocasión la novena de la Asunción, una sierva de Dios pidió a nuestra Señora la conversión de mil pecadores; pero después, temiendo que fuese la súplica demasiado atrevida, se le apareció la misma Señora y la corrigió, diciendo:
«¿Por qué temes? ¿No tengo Yo poder para alcanzarte de mi Hijo la conversión de mil pecadores? Ya tienes concedida la gracia.»
Y en seguida la llevó en espíritu al Cielo, donde le mostró innumerables almas que, habiendo merecido el infierno, estaban, por su protección poderosa, gozando de la eterna bienaventuranza.
Verdad es que nadie en esta vida puede tener certeza de haberse de salvar. Pero, como dice el salterio mariano, acudamos a María, arrojémonos a sus pies, y no los dejemos hasta que nos dé su bendición, que si nos bendice serenos salvos. Basta, Señora, que Vos queráis, para que nos salvemos, y necesariamente, como aseguran los Santos
Con razón predijo la celestial Señora (Le., 1, 48) que la llamarían bienaventurada todas las generaciones, pues por su medio, dice San Ildefonso, han de alcanzar la bienaventuranza todos los escogidos.
Sois, en realidad, Madre amantísima, dice San Metodio, principio, medio y fin de nuestra dicha; principio, porque nos alcanzáis perdón de los pecados; medio, porque nos conseguís el don de la perseverancia, y fin, porque nos lleváis a las moradas del eterno descanso.
Vos abristeis las puertas del Cielo. Vos cerrasteis las del abismo. Vos nos recobrasteis la felicidad, y por Vos se dio la vida eterna a los desventurados, merecedores de eterna perdición.
Pero mayormente debe animarnos a esperar esto la dulce promesa con que estimula la misma Virgen a todos los que la honren en este mundo, y en particular a los que de obra o de palabra procuren, según sus fuerzas, darla a conocer y venerar.
Los que se guían de Mí no pecarán; los que me dan a conocer alcanzarán la vida eterna (Eccli., 24, 30).
¡Afortunados los que con preferencia lleguen a merecer su favor! A éstos ya los reconocen por compañeros los cortesanos celestiales, y como que llevan en sí la marca de siervos de María, ya sus nombres están inscritos en el libro de la vida.
¿De qué sirve, pues, inquietar la conciencia con las disputas de las Escuelas sobre si la predestinación es antes o después de haber previsto Dios los méritos de cada uno, o con la duda de si nuestros nombres estarán o no escritos en aquel libro? Sin duda, estarán escritos si de María somos siervos verdaderos y estamos guarecidos a la sombra de su protección.
Porque aseguran los Santos que sólo a los que Dios quiere salvar les da como prenda y gracia especialísima la devoción a su Madre, conforme lo que parece prometió por boca de San Juan (Apoc., 3, 12), en estos términos: El que venciere, llevará escrito de mi mano el nombre de Dios y el de la Ciudad de Dios. Y los Santos Padres declaran que la Ciudad de Dios es María Santísima.
Cosas gloriosas se han dicho de Ti, Ciudad de Dios (Ps. 83,3).
Bien podemos decir con San Pablo (2 Tim., 2, 19) que a los que tengan este signo los reconocerá Dios por suyos; siendo la devoción a su Madre señal tan evidente de predestinación, que el sólo rezar devota y frecuentemente la salutación angélica o el Rosario cada día se tiene por indicio muy grande de salvación.
Sus siervos, añade el Padre Nieremberg, no sólo se ven más privilegiados y favorecidos en esta vida, sino que serán más honrados y aventajados en la gloria, llevando allá vestida una librea y divisa particular mucho más preciosa y elegante que los demás gloriosos cortesanos, con que se distingan por familiares de la Reina del Cielo y servidumbre de su corte, según aquello de los Proverbios (31, 31): Todos los de su casa visten doble vestidura.
Vio Santa María Magdalena de Pazzis en medio del mar una navecilla en que iban todos los devotos de la Virgen, y la celestial Princesa, haciendo el oficio de piloto, con la proa derecha al puerto; entendiendo la Santa que las personas que viven bajo la protección de María, en medio de los peligros de esta vida, quedan a salvo del pecado y del infierno, porque los guía la misma Virgen con toda seguridad al puerto de bonanza, que es la gloria eterna. Entremos, pues, en esta barca feliz; acojámonos al manto
de María, y así nos salvaremos indefectiblemente, pues que la Iglesia le dice así:
«¡Oh Santísima Madre de Dios!: todos cuantos han de participar de las delicias celestiales habitan en Vos y están amparados a vuestra sombra maternal.»
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Sacratísima Reina de los ángeles.
Madre de Dios y Señora nuestra, la más excelente y amable de todas las criaturas!
Cierto es que hay en el mundo muchos que ni os aman ni os conocen, mas en el Cielo tenéis millares y millares de ángeles y Santos que os aman y alaban incesantemente.
También en la tierra se encuentran almas felices, enardecidas en vuestro amor y prendadas de vuestra bondad. ¡Oh si yo os amase igualmente!
¡Si de continuo estuviese pensando en cómo serviros mejor y ensalzaros y veneraros, procurando mover a otros al mismo amor y veneración!
El Eterno se enamoró de vuestra incomparable hermosura, con tanta fuerza, que le hizo como desprenderse del seno del Padre y escoger esas virginales entrañas para hacerse Hijo vuestro.
¿Y yo, gusanillo de la tierra, no he de amaros? Sí, dulcísima Madre mía, quiero arder en vuestro
amor y propongo exhortar a otros a que os amen también.
Aceptad mis deseos y ayudadme a lograrlos.
Sé que a vuestros amantes los mira Dios con particular benevolencia, no deseando nada tanto, después de la dilatación de su gloria, como veros amada, honrada y servida de todo el mundo. Con este convencimiento procuraré amaros más y más, y esperaré de Vos toda mi dicha.
Vos me habéis de conseguir el perdón de mis pecados; Vos, la perseverancia final; Vos me habéis de asistir a la hora de mi muerte; Vos me habéis de sacar de las penas del purgatorio, y Vos habéis de llevar mi alma en vuestros brazos maternales hasta presentarla ante el trono de la Santísima Trinidad.
Todo esto esperan vuestros hijos de Vos, y ninguno de ellos queda jamás burlado. Pues lo mismo espero yo, que os amo con todo mi corazón y, después de Dios, sobre todas las cosas.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Cuenta el P. Eusebio Nieremberg que en una ciudad del reino de Aragón vivía una doncella, por nombre Alejandra, a la cual, por su hermosura y nobleza, pretendían dos jóvenes principales.
Vinieron a las manos un día, y ambos quedaron muertos en la calle; y por haber ella sido la ocasión, fueron a su casa los parientes, la degollaron y arrojaron su cabeza a un pozo.
Pocos días después, pasando por aquel sitio el patriarca Santo Domingo, inspirado de Dios, se arrimó al pozo, y dijo:
«Alejandra, sal fuera»; y he aquí que aparece viva en el brocal la cabeza de Alejandra, pidiendo confesión.
El Santo la confiesa y le da también la sagrada Comunión, todo a vista del gran concurso de gentes que habían acudido a ver tan gran maravilla.
Después le mandó que publicase por qué había Dios usado con ella misericordia tan señalada.
Respondió la joven que cuando le cortaron la cabeza estaba en pecado mortal; pero por la devoción que había tenido de rezar el Rosario, la Virgen le había conservado la vida.
Dos días permaneció la cabeza hablando a la orilla del pozo, al cabo de los cuales fue destinada el alma al fuego del purgatorio; mas pasados otros quince, se apareció al mismo Santo más hermosa y resplandeciente que el sol, y le declaró que uno de los sufragios más eficaces que tienen las benditas ánimas es el santo Rosario ofrecido por ellas, por lo cual, agradecidas, luego que llegan a verse en la presencia de Dios, piden por las personas que les aplicaron esta oración poderosa.
Dicho esto, vio el glorioso Santo Domingo entrar aquel alma llena de regocijo en la mansión de la eterna bienaventuranza.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Muy felices son los devotos de esta Madre clementísima, porque, además de socorrerlos en esta vida, los asiste y consuela en el purgatorio, y aun allí con más amor y misericordia, por la mayor necesidad en que ve aquellas almas, sin poderse aliviar a si mismas ninguna parte del rigor de sus penas.
Dice San Bernardino de Sena que en aquella cárcel donde penan las esposas de Jesucristo tiene María dominio y jurisdicción especial para darles alivio y también para sacarlas.
Sobre aquellas palabras del Eclesiástico (24, 8):
Me paseé sobre las olas del mar, dice el mismo Santo: Olas se llaman las penas del purgatorio, porque pasan, a diferencia de las del infierno, que nunca pasarán; y se llaman olas del mar, o de amargura, porque realmente son muy amargas.
Pero en medio de ellas son muchas veces confortados y recreados por la Virgen Santísima sus devotos afligidos. Por donde se podrá conocer cuánto nos importa tenerle devoción durante la vida, pues, aunque socorre a todos los que allí sufren, siempre los más allegados participan más del sufragio y alivio.
Dijo una vez a Santa Brígida la misma Señora: «Yo, como Madre, cuidado he de los que padecen en el purgatorio, aliviándoles de hora en hora sus penas.»
Ni aun tiene a menos visitar algunas veces personalmente aquella prisión de justos, llevándoles siempre algún alivio y consuelo, según aquello del Eclesiástico: Yo penetré en lo profundo del abismo.
¿Qué otro mejor consuelo podrán allí tener sino esta Madre de misericordia? Al modo que un enfermo postrado en la cama y abandonado de todo el mundo, si oye una palabra de esperanza y mejora, se alienta y recrea, así sólo con oír ellas vuestro dulcísimo nombre se confortan y regocijan, y por eso no cesan de llamaros, y Vos, como Madre amorosa, cada vez que los escucháis unís a sus clamores vuestros ruegos eficacísimos, los cuales les sirven como de rocío refrigerante con que se mitigan sus vivísimos ardores.
Pero, además de aliviarlas y consolarlas, Ella, por su mano, les suelta las prisiones y las saca libres de aquel lugar de tormentos.
Desde el día de su triunfante Asunción a los Cielos, en que dejó aquella cárcel vacía, como escriben respetables autores, quedó en posesión de libertar a todos sus siervos, rogando por todos y aplicándoles sus altísimos merecimientos, con que se les aligera la pena y se les abrevia el tiempo de padecer.
Refiere San Pedro Damián que una mujer difunta, llamada Marozia, se apareció a una amiga suya, y le dijo que el día de la Asunción de la Virgen la sacó esta Señora del purgatorio con las demás almas detenidas en él, cuyo número sobrepujaba al de todos los habitantes del pueblo romano; y San Dionisio Cartujano dice que en las fiestas de su Natividad y de la Resurrección baja la divina Señora, acompañada de la celestial milicia, y saca muchísimas de aquellas almas; y se puede creer que ésta es gracia que hace en todas sus festividades.
Bien sabido es lo que prometió la misma Virgen al Papa Juan XXII. Apareciéndosele, mandó decir a todos los que llevasen su escapulario del Carmen que el sábado inmediato al de la muerte de cada uno saldrían libres de las penas del purgatorio.
Y así lo declaró el mismo Sumo Pontífice en la bula que a este fin expidió, confirmada por sus sucesores Alejandro V, Clemente VII, Pío V, Gregorio XIII y Paulo V, el cual, en una suya, dada el año 1612, dice:
«Que el pueblo cristiano puede piadosamente creer que la Santísima Virgen, con su continua intercesión, méritos y protección especial, ayudará después de la muerte, y principalmente el día de sábado (que la Iglesia le consagra), las almas de los hermanos de las Cofradías del Carmen que hayan salido de este mundo en gracia de Dios, habiendo vestido su escapulario, guardado castidad, conforme al estado de cada uno y rezado el Oficio Parvo de la misma Virgen, o que, de no haber podido, hayan observado, a lo menos los ayunos de la Iglesia, y abstenídose los miércoles de comer carne, menos el día de Navidad.»
Y en el Oficio de la misma fiesta del Carmen decimos que según la piadosa creencia de los fieles, la Virgen, con afecto de Madre, consuela y saca muy pronto de aquella penosa cárcel a los que estuvieron agregados a su Cofradía.
¿Por qué también nosotros no hemos de esperar este mismo favor, si le somos devotos? ¿Por qué, si la servimos con amor filial, no creeremos que, en acabando de morir, lleve nuestras almas al Cielo, sin pasar por el purgatorio, como lo prometió al Beato Godofredo, mandándole decir, por un religioso, llamado Fray Abundio:
«Di a Godofredo que se adelante en la virtud y sea muy siervo mío y de mi querido Hijo, y cuando su alma salga del cuerpo, no la dejaré que pase por las penas del purgatorio.»
Finalmente, por lo que hace a los sufragios, si deseamos aliviarla, pidamos a nuestra Señora por ellas en todas nuestras oraciones, ofreciendo siempre por su alivio y descanso el santo Rosario, que les sirve grandemente, como veremos en el ejemplo que vamos a referir.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh dulce Madre mía, en qué abismo de males tan profundo hubiera yo caído si Vos, teniéndome con vuestra mano piadosa, no lo hubieseis estorbado!
¡Cuántos años ha que ardería en las penas eternas si no lo hubieseis impedido con vuestros ruegos poderosos! Mis pecados lo merecían, y la justicia de Dios estaba ya para descargar el golpe; los enemigos y verdugos esperaban la sentencia, y Vos acudisteis a defenderme sin ser de mí llamada.
¡Oh libertadora de mi alma! ¿Con qué os podré pagar beneficio tan grande, amor tan generoso? Más hicisteis, que fue vencer la dureza de mi corazón llamándome a Vos y animándome a confiar en vuestra clemencia.
Después, ¡cuántas veces hubiera de nuevo caído en mil precipicios sin el sostén de vuestra mano clementísima! Seguid así, esperanza mía, consuelo mío, Madre mía, a quien amo más que a mi corazón; seguid preservándome de aquellas llamas eternas, y primero del pecado mortal, en que puedo volver a caer.
No permitáis que haya de blasfemar de Vos en el infierno. Y pues que os amo, ¿cómo podrá sufrir vuestra bondad verme condenado? Alcanzadme la gracia de no ser por más tiempo desagradecido a Vos y a Dios, que por amor vuestro me ha dispensado tantas mercedes.
¿Qué me decís. Señora? ¿Me salvaré?
Sí, nunca os dejo, sí. Pero, ¿cómo tendré valor para dejaros? ¿Cómo podré olvidarme del amor que me habéis demostrado? Después de Dios, sois todo el amor de mi alma.
Os amo ahora, y espero amaros en tiempo y eternidad, y el amaros será toda mi dicha, porque sois la criatura más hermosa, más dulce y más amable de cuantas hubo ni habrá jamás.
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Refiere el P. Alonso Andrade que en una ciudad de Flandes, el año 1604, había dos estudiantes que, en lugar de estudios y libros, pasaban el tiempo en francachelas y deshonestidades.
Habían ido una noche, después de otras muchas, a casa de una mala mujer, en donde, vuéltose a la suya el uno de ellos, que se llamaba Ricardo, se quedó el otro.
Ricardo, al desnudarse para dormir, se acordó que aún no había rezado un Avemaria que todos los días tenía costumbre, y haciéndose fuerza, al fin rezó, aunque de mala gana, sin atención y medio dormido.
Al primer sueño, siente de pronto dar en la puerta un golpe muy fuerte, y, sin abrir, ve entrar a su compañero en figura espantosa.
«¿Quién eres?», le preguntó. «Pues ¿no me conoces?», dijo el otro. «Tan trocado y deforme te veo, que pareces un diablo.» «¡Infeliz de mí! Estoy condenado.» «¿Cómo?» «Has de saber que al salir de aquella casa infame vino el demonio y me ahogó, quedando mi cuerpo tendido en la calle y bajando a los infiernos mi alma.
Sepas también que a ti te aguardaba la misma suerte; pero por el Avemaria que rezaste te ha librado la Virgen.
¡Afortunado de ti, si te sabes aprovechar de este aviso que te da por mi medio!» Dicho esto, se destapó, mostrando las llamas y serpientes enroscadas que le atormentaban, y desapareció.
Entonces Ricardo se tiró al suelo, y con llantos y gritos daba gracias a nuestra Señora de tan grande misericordia, prometiendo muy de veras mudar de vida, cuando, oyendo tocar a maitines en el convento de San Francisco, exclamó:
«Esta es la voz de Dios que me llama a hacer penitencia», y sin más dilación se fue desde allí a pedir con instancia el santo hábito.
Entonces les contó el caso, y para cerciorarse de la verdad fueron dos a la calle que decía, donde, en efecto, encontraron el cadáver de su amigo, ahogado y más negro que un carbón.
Con esto lo admitieron, y vivió en la religión, haciendo siempre vida muy ejemplar.
Fue a las Indias a predicar la fe, y de allí al Japón, en el cual tuvo la dicha de ser quemado y morir mártir de Jesucristo
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
Es imposible que ningún devoto de María Santísima se condene, si él procura obsequiarla y encomendarse a su patrocinio. Parecerá, tal vez, a primera vista, mucho decir; pero suplico no deseche nadie mi aserción antes de hacerse cargo de las razones.
El afirmar que un devoto de nuestra Señora no es posible que se condene, no se ha de entender de aquellos que abusan de esta devoción para pecar más libremente; por lo que hacen bien algunos en desaprobar con celo falso lo mucho que ensalzamos la piedad de María para con los pecadores, pareciéndoles que así los malos toman alas para más pecar, cuando lo primero que decimos es que éstos no tienen que lisonjearse; antes bien, por su temeridad y loca presunción, merecen castigo, no misericordia.
Se entiende, pues, de aquellos devotos que, con el deseo de la enmienda, juntan la fidelidad en obsequiar y encomendarse a la Madre de Dios.
De éstos afirmo que, moralmente hablando, no es posible que se condenen: proposición enseñada por muchos y graves teólogos. Y para ver el fundamento sólido en que se apoyaron, examinemos lo que en esta materia habían enseñado antes los Santos y Doctores sagrados.
Lo dice San Anselmo terminantemente, y éstas son sus palabras: «¡Oh Virgen benditísima! Tan imposible es que se salve el que de Ti se aparta, como que perezca el que se vale de Ti.»
Casi con las mismas expresiones lo confirma San Antonino, diciendo: «Así como es imposible que se salve ninguno de cuantos la Virgen desvía sus ojos de misericordia, así necesariamente se salvan todos aquellos en quienes los ponga abogando por ellos.»
Nótese de paso la primera parte de la proposición sentada por estos Santos, y tiemblen los que no hacen caso o dejan por descuido la devoción de María, pues vemos que aseguran resueltamente no haberse de salvar ninguno a quien esta Señora no proteja; sentencia que, además, sostienen otros muchos Doctores, como el autor de la biblia mariana, que dice: «Señora, el linaje que no te sirviere, perecerá.»
El salterio mariano añade que «los que no le son devotos morirán en pecado», y en otra parte, que «quien no la invoque en esta vida no entrará en el Reino de los Cielos».
Y exponiendo el salmo 99, llega a decir que «ni esperanza tendrán de salvación aquellos a quienes María vuelve las espaldas»; doctrina que mucho antes había enseñado San Ignacio, Mártir, diciendo claramente que «ningún pecador se puede salvar sino por medio de la Virgen, la cual, con su intercesión poderosa, salva a muchísimos que de rigor de justicia se hubieran condenado».
Algunos dudan que estas palabras sean de San Ignacio; pero, a lo menos, las hizo suyas San Juan Crisóstomos, en cuyo sentido le aplica la Iglesia lo que se dice en los Proverbios (8, 36): «Todos los que me aborrecen hallarán la muerte.
El que me halle, hallará la vida; porque todos los que naveguen fuera de esta nave segura perecerán en el mar del mundo.»
«Al contrario, dice María (Eccli., 24, 30), el que me oye no será confundido»; respondiendo a lo cual le dice el salterio mariano:
«Sí, señora; quien se aventaje en obsequiaros estará muy lejos de la perdición», y otro Santo añade que «ningún devoto suyo acabará mal, por más que en lo pasado haya ofendido a Dios».
Ahora conoceremos el motivo que el demonio tiene para afanarse tanto con los pecadores a que, perdida la divina gracia, pierdan también la devoción de María Santísima.
Viendo Sara (Gen., 21, 9) que su hijo Isaac, jugando con Ismael, hijo de la esclava, aprendía malas costumbres, dijo a su marido Abrahán que le echase de casa juntamente con Agar, su madre. No se contentó con que Ismael saliese, si no salía también la madre, temiendo que el mozo viniese a verla, y con aquella querencia no se despegase nunca de la casa.
De esta suerte, el demonio no se contenta con que el alma eche de sí a Jesucristo si no despacha también a la Madre, porque teme que la Madre, con la eficacia de su intercesión, le vuelva a traer; temor bien fundado, porque todo el que sea constante en obsequiarla, pronto recobrará la gracia de Dios.
Por eso llamaba San Efrén a la devoción a María Carta de Libertad o Salvoconducto para librarse del infierno.
Y realmente, teniendo para salvarnos tanto poder y voluntad, según la doctrina de San Bernardo; poder, porque es imposible que sus ruegos dejen de ser oídos; voluntad, porque es nuestra Madre y desea que logremos la salvación mucho más que nosotros mismos; ¿cómo se ha de perder ninguno que fielmente le sea devoto?
Podrá estar en pecado; pero si, con deseo de la enmienda, sigue encomendándose a Ella, queda a su cuidado el alcanzarle luz, arrepentimiento y verdadero dolor, perseverancia en la virtud, y al fin morir en gracia.
¿Qué madre, pudiendo fácilmente librar a un hijo del cadalso sólo con hablar al juez, no lo haría? ¿Y hemos de imaginar que la Madre más amorosa y tierna que jamás vio el mundo no librará de la muerte eterna a un Hijo suyo, pudiéndolo hacer tan fácilmente?
Demos al Señor gracias incesantes, piadoso lector, si sentimos en nosotros este afecto y confianza filial para con la Reina de los ángeles, pues que, según afirma un escritor griego, es gracia que Dios concede solamente a los que quiere salvar; y oigamos sus propias palabras, que alientan sobre manera los corazones:
«¡Oh Madre de Dios! Si consigo verme bajo vuestra protección y amparo, no tengo que temer, porque el ser devoto vuestro es señal segura de salvación, y Dios no la concede sino a los que determina salvar.»
No es extraño, pues, que esta dichosa devoción desagrade tanto al enemigo de nuestras almas. Se lee en la vida del Padre Baltasar Alvarez, de la Compañía, devotísimo de la Virgen, que estando en oración y sintiéndose acosado de tentaciones impuras, oyó cerca al enemigo, que le afligía, diciéndole: «Deja tú la devoción de María y dejaré yo de tentarte.»
Y a Santa Catalina de Sena fue revelada la verdad que vamos aquí probando. Díjole el Señor: «Por mi bondad, y en reverencia al misterio de la Encarnación, he concedido a María, Madre de mi unigénito Hijo, la prerrogativa de que ningún pecador, por grande que sea, que se le encomiende devotamente, llegue a ser presa del fuego del infierno.»
Aun el profeta David (Ps., 25, 8), dicen los intérpretes, pedía que Dios le librase de las penas eternas por el honor y gloria de María, clamando así: Señor, bien sabes que amé la hermosura de tu casa; no se pierda mi alma con la de los impíos.
Dice tu casa, significando a María, que es aquella casa hermosísima que en la tierra fabricó Dios por su mano para habitar y recrearse en ella hecho hombre, como está registrado proféticamente en los Proverbios (9, 1) por estas palabras:
La Sabiduríaedificó una casa para Sí. No se perderá, nos asegura otro escritor mariano, quien procure ser devoto de esta Madre Santísima; apoyándolo el salterio mariano cuando le dice: «Señora, vuestros amantes en esta vida gozan paz envidiable, y en la otra no verán la muerte eterna.» No; jamás se ha visto ni se verá que un siervo humilde y amante de María se pierda para siempre.
¡Cuántos se hubieran perdido por toda la eternidad si esta Señora no hubiese mediado con su Hijo Santísimo, alcanzándoles misericordia!
Más llegan a decir no pocos teólogos, y especialmente Santo Tomás: dicen que ha habido muchos casos de personas muertas en pecado mortal, y que, no obstante, por ruegos de María, Dios suspendió la sentencia de condenación y les permitió volver a la vida para que hiciesen penitencia de sus pecados.
Entre otros graves autores, Flodoardo, que vivió en el siglo X, cuenta en su Crónica que un diácono, por nombre Aldemán, estando ya para ser puesto en la sepultura, resucitó, y declaró haber visto el lugar que le esperaba en el infierno, pero que, interponiéndose la Virgen Santísima, le había conseguido la gracia de volver al mundo para hacer penitencia. Surio refiere que la misma Señora alcanzó gracia igual a un vecino de Roma llamado Andrés, muerto impenitente.
Pelbarto escribe también que, pasando en su tiempo por los Alpes con un ejército el emperador Segismundo, oyeron que de un esqueleto salía un grito pidiendo confesión y añadiendo que la Virgen María, con quien en vida tuvo devoción, siendo soldado, le había conseguido vivir en aquellos huesos hasta que se confesase. Se confesó y murió.
Estos y otros ejemplos no deben servir a ningún temerario de motivo para seguir pecando, con la esperanza de que la Virgen le librará también del infierno; porque así como sería gran locura echarse de cabeza en un pozo esperando que la Virgen había de impedir la muerte, por haberlo hecho alguna vez, mucho más lo sería el aventurar la salvación eterna con la vana presunción de que le librará del infierno.
Para lo que sirven los ejemplos referidos es para avivar la confianza, considerando que, si fue su intercesión tan poderosa que llegase a librar de las penas eternas alguno que otro muerto en pecado, incomparablemente más eficaz será en favor de aquellos que en vida recurren a Ella y la sirven fielmente, como deseo de enmendarse y mudar de vida.
Animados con esto, acójamenos bajo las alas de su misericordia, diciéndole con San Germán: «¡Oh Madre, oh esperanza, oh vida de los cristianos! Sin Vos, ¿qué sería de nosotros?»
— Señora, aquel por quien pidáis una vez no verá los suplicios eternos. Si cuando sea llamado ajuicio, dice Ricardo de San Víctor, abogáis por mí como Madre de misericordia; saldré absuelto.»
Añadamos con el Beato Susón: «Si el Juez quiere condenarme, pase la sentencia por vuestras manos», porque en manos tan piadosas se impedirá la ejecución.
Concluyamos repitiendo con el salterio mariano:
«En Vos espero, Señora, no seré confundido, sino salvo en el Cielo, donde os veré, alabaré y amaré para siempre.»
por makf | 28 Ago, 2025 | Glorias de Maria
¡Oh Virgen purísima, la más excelente y ensalzada de todas las criaturas!
Desde este valle oscuro y hondo os saluda humildemente un pecador que, por haber sido infiel a Dios, conoce no merecer misericordia y gracia, sino justicia y pena; aunque, por otra parte, no desconfía de vuestra piedad, porque sabe que os preciáis de ser tanto más benigna cuanto más poderosa; que os alegráis de ser rica para enriquecer nuestra pobreza, y que a proporción que son más desvalidos los que vienen a pedir a vuestras puertas, más pronto los amparáis y socorréis.
Madre mía. Vos llorasteis amargamente viendo a vuestro Hijo muerto por mí.
Os pido que le presentéis aquellas lágrimas, para que por ellas me conceda un verdadero dolor de mis pecados.
Si tanto fue lo que os afligieron los pecados de los hombres, y especialmente los míos, haced que cesen ya los disgustos dados al Señor y a Vos.
¿De qué me servirían lágrimas tan preciosas, si continuase siendo tan ingrato y perverso? ¿De qué me aprovecharía vuestra misericordia, si de nuevo hubiese de ser infiel y condenarme?
No lo permitáis, Madre mía. Vos habéis respondido por mí; Vos alcanzáis de Dios cuanto pedís; Vos escucháis los ruegos de todos.
Con esta confianza, dos favores os pido en este día, y los dos espero de vuestra bondad: el uno, ser en adelante fiel al Señor, sin más ofenderle, y el otro, amarle ardientemente tanto como le ofendí, sin dejarle de amar mientras me dure la vida, para amarle después por todos los siglos.