VII 1b.Ejemplo: El demonio, disfrazado de mona

En las Crónicas de los Padres Capuchinos se escribe que hubo en Venecia un abogado de fama que había llegado con enredos y engaños a ser hombre rico, sin verse de bueno en él otra cosa que  la costumbre de rezar todos los días una oración a nuestra Señora, la cual bastó, no obstante, para librarle de las penas eternas.

Fue así que habiendo, por fortuna, contraído amistad con un religioso ejemplar, llamado fray Mateo de Basso, logró que un día condescendiese a comer con él.

Llegados a casa, le dijo el abogado: «Padre, va a ver usted una cosa que no habrá visto nunca: tengo una mona tan hábil, que es una admiración, porque me sirve de criado, abriendo la puerta, fregando en la cocina, poniendo la mesa y haciendo todos los otros menesteres de la casa.»

El capuchino contestó: «Cuidado no sea ese animal algo más que mona; hágala usted venir.» La llaman, la vuelven a llamar, la buscan por todos los rincones, y la mona no parece.

Finalmente, la encuentran en un cuarto bajo, escondida debajo de la cama, de donde no quería salir.
«Vamos allá nosotros», dijo el Padre.

Fueron, y dijo el religioso: «Sal de aquí bestia infernal, y yo te mando, en nombre de Dios, digas quién eres.»

A estas palabras habló la mona confesando que era el demonio, que esperaba que aquel hombre desalmado omitiese un día de decir su oración a la Virgen para ahogarlo y arrebatar su alma a los infiernos, con licencia que para ello tenía de Dios.

Al oír esto el abogado, sobrecogido y temblando, se echó a los pies del siervo de Dios, pidiéndole favor y consejo.

El Padre le animó y mandó al diablo irse al instante de aquella casa sin causar daño, y que sólo para señal dejase abierta una brecha en la pared.

Apenas dicho esto, se oyó un estallido y se abrió en la pared un boquete que en mucho tiempo no se pudo tapar por más que se hizo, hasta que, por consejo del mismo Padre, se puso allí una imagen de bulto representando un ángel.

El abogado se convirtió, y hasta la muerte se cree que perseveró en la mudanza de la vida.

VII 1a. María Santísima mira con gran compasión nuestras miserias para remediarlas

Llamó un escritor griego a la Virgen Santísima la de los muchos ojos, porque es toda ojos para remediar a los desdichados que vivimos en este valle de lágrimas.

Estaban conjurando una vez a un endemoniado, y el exorcista preguntó al enemigo: Dime, ¿qué hace María? A lo que respondió: Baja y sube; queriendo decir que no hace otra cosa que bajar a traer a la tierra beneficios y hacer bien a los hombres, y subir al Cielo a presentar nuestras súplicas ante el divino acatamiento.

San Andrés Avelino la llamó Procuradora del Paraíso, porque se ocupa sin interrupción en solicitar las misericordias del Señor y conseguir mercedes para justos y pecadores. En los justos tiene Dios puestos los ojos, dice David (Ps. 33, 16); pero la Virgen, en los justos

y pecadores, porque los suyos son ojos de Madre, y la madre no sólo mira que el hijo no caiga, mas cuando cae corre a levantarle.

«Pídeme cuanto quieras», dice a su Madre el Señor, complaciéndose en concederle todo lo que desea por el grande amor que le tiene.

¿Y qué pide María? «Hijo mío, pues que Tú me has destinado para Madre de misericordia, refugio de pecadores y abogada de miserables, y me dices que pida cuanto quiera, pido que uses con ellos de misericordia.»

Tanta es la vuestra, Señora, y tanto el cuidado con que atendéis al alivio y remedio de nuestros males, que no parece tenéis en el Cielo otro empleo ni otra solicitud más que ésta. Y como la mayor miseria es de la de los pecadores, sin descanso rogáis por ellos.

Aun en esta vida tuvo siempre para con los hombres un corazón tan amoroso y tierno, que jamás hubo persona tan afligida de sus penas propias como la Virgen de las ajenas. Bien lo mostró en aquellas bodas a donde fue convidada, como dijimos en el capítulo anterior.

¿Y sería motivo para olvidarse de nosotros el verse ahora en el Cielo tan ensalzada? No hay que pensarlo; ni corazón tan piadoso puede nunca olvidarse de miseria tan grande como la muestra, ni a Ella le alcanza de ninguna manera el proverbio de que honores mutaní mores, o de que con la gloria se olvidan las memorias; ingratitud y proceder común entre mundanos, los cuales, si por acaso llegan a subir a puestos altos, se olvidan fácilmente de los amigos que dejan en pobreza.

María, no; antes bien, se goza de su gran poder, porque así tiene más proporción de hacer beneficios y socorrer necesidades. El espejo de nuestra señora le aplica las palabras que se dijeron a Rut (3, 10):

Bendita seas, porque sifué grande tu primera misericordia, mayor es la de ahora. Si viviendo en carne mortal eras tan clemente, más lo eres ahora que reinas en el Cielo.

Verdaderamente es ahora mayor su misericordia maternal, comparada con la grandeza y continuación de los favores que nos consigue, porque desde el Cielo conoce mejor nuestras faltas y necesidades.

Y así como la luz del sol es mucho más resplandeciente que la de la luna, así la piedad de María, ahora que reina en la gloria, excede en mucho a la que tuvo antes. ¿Quién vive en el mundo privado de la luz del sol? Y ¿A quién no alumbra y vivifica la misericordia de María? Por eso se llama escogida como el sol (Cant., 6, 9), porque no hay quien quede excluido del calor de este sol.

Se apareció un día Santa Inés a Santa Brígida, y le dijo:

«Ahora que nuestra Reina está en el Cielo unida con su Hijo, no se olvida de su innata piedad, sino que a todos, sin excluir a ningún pecador, tiende el manto de su misericordia, y a la manera que los rayos del sol iluminan todos los cuerpos terrestres y celestes, así no hay persona en el mundo que no participe de su misericordia, si la pide.»

Estaba determinado un gran pecador, en el reino de Valencia, a hacerse turco, por huir de las manos de la Justicia, que le buscaba, y ya iba al embarcadero, cuando, al pasar por una iglesia donde predicaba el Padre Jerónimo López, de la Compañía de Jesús, famoso misionero, entró y, oyéndole, quedó convertido, confesándose con él.

Acabada la confesión, le preguntó el misionero si había practicado alguna devoción por la cual hubiese Dios usado con él de tan especial misericordia, y supo que solamente había tenido la costumbre de pedir todos los días a la Virgen que no le abandonase.

En otra ocasión dio en un hospital el mismo Padre con otro pecador que había vivido cincuenta y cinco años sin confesarse, ni otra devoción que hacer reverencia a las imágenes de María Santísima y suplicarle que no le dejase morir en pecado mortal.

Había tenido una riña con un enemigo suyo, en la cual se le rompió la espada, y creyéndose ya perdido, volviéndose a la Virgen, le dijo: «Ahora me matan y me condeno; Madre de pecadores, ayudadme»; y apenas acabó estas palabras, sin saber cómo, se halló lejos de allí, en lugar

¡seguro. Hizo también confesión general, y murió ¡ con grande confianza de su salvación.

¡Cuan cierto es que toda se presta a todos! A todos, dice San Bernardo, abre el seno de su i misericordia, a fin de que todos reciban: el esclavo, rescate; el enfermo, salud; el triste, consuelo; el pecador, perdón; Dios, gloria, y así no haya quien carezca de su luz y calor.

¿Quién no la amará? Dice el estimulo de amor: Más hermosa es que el sol y más dulce que la miel; es un tesoro inagotable de beneficencia, con todos benigna, con todos cariñosa. Os saludo con todo mi corazón.

Señora y Madre mía, luz de mis ojos y vida de mi alma. Perdonadme si digo que os amo; y si no soy digno de amaros, Vos sois dignísima de todo amor.

Santa Gertrudis supo por revelación que siempre que se le dicen devotamente estas palabras de la Salve: Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, no puede menos de inclinarse propicia y acceder a lo que se le pide. ¡Oh Señora!, exclama San Bernardo.

Vuestra misericordia llena toda la tierra, y el deseo ¡que tenéis de favorecernos es tan grande, que os ¡dais por ofendida no sólo de los que os injurian ¡abiertamente (como los perversos que en el juego blasfeman de vuestro nombre), sino de todos aquellos que no se acuerdan de Vos para pediros algunas gracias, enseñándonos así a esperarlas mayores que nuestros méritos, pues mayores, sin comparación, las dispensáis continuamente.

Predijo el Profeta Isaías (16, 5) que cuando llegase el tiempo de la redención se alzaría un trono de misericordia. ¿Y cuál es ese trono?, se pregunta en el espejo de nuestra señora.

Es María, en quien todos, justos y pecadores, hallan consuelo y amparo. Un Señor tenemos lleno de misericordia y una Señora misericordiosísima.

El Señor es todo clemencia con los que le invocan, y la Señora, lo mismo. Sentada está en el solio del Reino de Dios, donde el Altísimo la revistió de su autoridad y omnipotencia para que nos dispense todo género de beneficios y nos ayude a conseguir, por último, la eterna salvación.

Mientras le decía una vez Santa Gertrudis con ternísimo afecto: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, la Virgen le señaló los ojos del Niño que tenía en los brazos, respondiendo así: «Estos son los ojos misericordiosísimos que yo puedo inclinar hacia todos los que me invocan.»

Otra vez, llorando a sus pies un pecador y pidiendo que le alcanzase misericordia, vuelta al Hijo, que tenía también en los brazos, le dijo: «¿Y estas lágrimas se han de perder?» No fue así, porque el Señor le perdonó.

Ni ¿cómo ha de perecer ninguno de cuantos se valgan del amparo de tan buena Madre, estando empeñada en su favor la palabra del Hijo, con promesa de usar con ellos de misericordia?

Igual sois en poder y bondad, Madre piadosísima: en poder, para alcanzarnos beneficios, y en bondad, para perdonarnos. ¿Cuándo se dio caso en que no os compadecieseis de algún miserable, siendo como sois Madre de misericordia?

O ¿cuándo os faltó poder para socorrerlos, siendo Madre del Omnipotente? ¡Ah, Señora! Con la misma facilidad escucháis ruegos, alcanzáis favores y socorréis miserias.

Llenaos, ¡oh Reina felicísima!, de la gloria de vuestro Hijo; llenaos, rebosad, y, no por nuestros méritos, sino de pura compasión, dejad que llegue algo a estos pobres pequeñuelos, hijos y esclavos vuestros. Y para que mis pecados no me desalienten, no me los opongáis porque contra ellos presentaré yo vuestra piedad.

s No se diga nunca que hayan mis culpas altercado en juicio contra vuestras misericordia, la cual es mucho más poderosa para absolverme que mis pecados para condenarme.

VI 3c. Oración

¡Oh dulcísima Virgen! Pues que vuestro empleo es el de interponeros como defensora entre Dios y los pecadores, haced por mí siempre oficio tan amoroso.

Y no digáis que es difícil mi causa y no me podéis defender, porque ninguna tuvo mal éxito, por desesperada que fuese, patrocinada por Vos. ¿Y se ha de perder la mía? No, no se perderá.

Es cierto que si sólo mirase a lo que merecen mis pecados, temería con gran razón que os negaseis a encargaros de ella; pero como conozco vuestra piedad y el deseo que arde en vuestro benignísimo corazón de ayudar a los desgraciados, nada temo.

¿Quién nunca se perdió que a Vos acudiese? Vos me amparáis, abogada mía, refugio mío, esperanza mía, amada Madre mía.

En vuestras manos pongo el negocio de mi eterna salvación. En vuestras manos encomiendo mi alma; Vos la habéis de salvar.

No cesaré de bendecir al Señor, porque me da en Vos esta confianza, la cual es tan grande, que, sobrepujando a todos mis méritos, me alienta y asegura de mi salvación.

Un sólo recelo me queda, y es si llegaré a faltar por mi negligencia en esta confianza de hijo que siento en Vos ahora.

Para que asi no suceda, os pido por el amor que tenéis a nuestro divino Salvador, que conservéis y aumentéis cada día más y más en mi ánimo esta segurísima confianza en vuestra intercesión, por la cual espero recuperar la gracia que perdí pecando locamente, conservarla con vuestro auxilio poderoso y conseguir después cantar en el Cielo tantas misericordias viendo y gozando a Dios en vuestra compañía por todos los siglos de los siglos. Amén.

VI 3b.Ejemplo: Conversión de Benita

Cuenta el P. Juan Bonifacio, S. J., que hubo en Florencia una moza llamada Benita, pero no bendita, sino muy perversa, deshonesta y escandalosa.

Por dicha suya, llegó a la ciudad el glorioso patriarca Santo Domingo, y ella, por mera curiosidad, quiso ir un día a un sermón que predicaba, en el cual, finalmente, la palabra divina la compungió tanto que, anegada en lágrimas se confesó con el Santo, quien no la impuso más penitencia que rezar el Rosario. Pero la infeliz, vencida del mal hábito contraído, volvió a recaer.

Súpolo el Santo, fue a buscarla, y logró que se confesase otra vez, ayudando el Señor por su parte a la firmeza del propósito con una visión en que le descubrió las penas del infierno y ardiendo en él algunos hombres condenados por culpa suya, al mismo tiempo que le puso delante un libro donde estaban escritos todos sus pecados, cosa que la llenó de espanto; pero valiéndose fervorosamente de la protección de la Virgen, vio también que esta Señora le alcanzaba de Dios tiempo para llorar sus liviandades.

Emprendió, desde luego, una vida muy ajustada; mas como nunca se le apartase de los ojos aquel proceso tan temeroso, empezó un día a decir a la Reina de los Angeles estas palabras:

«Madre amantísima, bien sé que he merecido mil veces el infierno; pero ya que misericordiosamente me habéis concedido espacio de penitencia, voy a pediros otra gracia, aunque no quiero dejar de llorar mis pecados hasta la muerte, y es que dispongáis se borren todos de aquel libro que he visto.»

La Virgen Santísima se le apareció, diciéndole que para obtener lo que solicitaba había de tener de allí en adelante memoria continua de sus pecados y de la misericordia que Dios había usado con ella; que se había de acordar frecuentemente de lo mucho que el Señor había padecido por salvarla, y que, en fin, había de pensar cuántos se habían condenado con menos motivo, revelándole la condenación aquel mismo día de un muchacho de ocho años por un solo pecado grave.

Obedeció Benita puntualmente, y mereció que al cabo se le apareciese también Jesucristo nuestro Redentor, y que, mostrándole aquel libro, le dijese: «Ya tus delitos quedan borrados y el libro en blanco.

Escribe ahora muchos actos de caridad y demás virtudes.»

Hízolo así Benita lo que le restaba de vida; vivió hasta el fin como santa y murió feliz mente.

VI 3a. María hace las paces entre Dios y los hombres

Es la gracia de Dios un tesoro de valor infinito, como dice el Espíritu Santo (Sab., 7, 14), porque nos eleva a la dignidad de hijos del Excelso, a quienes nuestro divino Salvador llamó amigos suyos (Jn., 15, 14), así como el pecado es una mancha tan execrable y fea, que priva al alma de aquella dichosa amistad y hermosura, haciéndola abominable a los ojos de Dios (Sab., 14, 9) y su enemiga capital.

¿Qué debe hacer el pecador que se ve caído en semejante abismo? Necesita un mediador que interceda por él y le ayude a recuperar el bien perdido. Tú que has perdido a Dios, quienquiera que seas, dice San Bernardo, consuélate con saber que el Señor te ha dado con su divino Hijo tan poderoso medianero.

Pero, ¡ay dolor!, ¿por qué los hombres han de tener por severo al Mediador clementísimo que dio la vida por salvarnos? ¿Por qué han de temer que sea terrible la misma dulzura y amabilidad?

Aliéntate, pecador, y no temas, y si es que los pecados te hacen temblar, acuérdate que Jesús los clavó consigo en el madero de la cruz, y satisfaciendo por ellos a la divina justicia, los borró de tu alma
Mas si lo que te atemoriza es su majestad y grandeza, pues que no dejó de ser Dios, aunque hecho hombre, tienes quien abogue con Él.

Acude a María, que Ella pedirá por ti y será oída. -.Intercediendo el Hijo por ti delante de su eterno Padre, que nada le puede negar. Hermanos míos, María es la escala por donde recobran de nuevo los pecadores la hermosura de la divina gracia. Este es el motivo más poderoso de nuestra esperanza.

Oigamos en los libros de los Cantares (8, 10) las 'palabras que pone en su boca dulcísima el Espíritu Santo: Yo soy defensa de los que me invocan, y la misericordia de mi pecho es para ellos como una torre de asilo. A este fin la constituyó el Señor medianera y conciliadora de paces entre Él y los pecadores.

No hay duda: María es la pacificadora, la que sabe alcanzar de Dios paz a los enemigos, salud a los desahuciados, perdón a los delincuentes y misericordia a los desesperados. Por eso la llamó su divino Esposo (Cant., 1, 4): Hermosa como los pabellones de Salomón.

En las tiendas de David no se trataba más que de guerra, pero en las de Salomón sólo se hablaba de paz; dándonos a entender así el Espíritu Santo que esta Madre misericordiosa no habla de guerra ni de venganza contra los pecadores, sino de paz y clemencia.

Figurada estuvo en la paloma de Noé, que saliendo del arca volvió con el ramo de oliva, en señal de la paz que ofrecía Dios a los mortales.

María fue la paloma candida y hermosa enviada del Cielo con ramo de oliva, símbolo de misericordia, porque nos dio a Jesús, fuente de toda misericordia, que en virtud de sus méritos infinitos nos alcanzó todas las gracias y favores que Dios nos dispensa. Por Ella, dice San Epifanio, se dio la paz al mundo, y por Ella siguen a cada hora reconciliándose con Dios los pecadores.

Figura suya fue también el arco iris que rodea el trono de Dios, visto por San Juan (Apoc., 4, 3), porque siempre asiste al tribunal divino para suavizar las sentencias y castigos que merecen nuestros pecados.

Ella es aquel arco de hermosos colores que quiso significar el Señor cuando dijo a Noé (Gen., 9, 13) que pondría en las nubes su arco de paz, para que, viéndole, se acordasen los hombres de la perpetua paz que con ellos quedaba hecha. Aquél recordaba la promesa que Dios se dignaba hacer, y éste nos alcanza remisión de las ofensas y seguridad de perpetuas paces.

Por igual razón es comparada con la luna: Hermosa como la luna (Cant., 6, 9); pues así como la luna está entre el Cielo y la tierra, así María se interpone continuamente entre Dios y los pecadores para aplacar la divina justicia, iluminar los entendimientos y volvernos a nuestro Criador.

Ved aquí su principal oficio: levantar las almas a la gracia divina, reconciliándolas con Dios. Apacientas tus cabritos, se le dice en los Cantares (I, 7).

Sabemos que los cabritos son figuras de los pecadores, así como los corderos o mansas ovejas significan los escogidos, que se colocarán en el último día a la diestra del supremo Juez, mientras que los otros desventurados estarán a la izquierda.

Pues, ¡oh Pastora divina!, a vuestro cargo quedan los cabritos, para que Vos los convirtáis en corderos, y hagáis que también vayan a ponerse aquel día al lado de la felicidad. Se reveló a Santa Catalina de Sena que la Virgen fue criada para ser cebo suavísimo que prendiese a los hombres y los restituyese a Dios.

Sólo hay que advertir que no a todos los cabritos pecadores los salvará, sino a los que la sirvan y veneren; éstos son sus cabritos; porque los que viviendo en los vicios no procuran merecer su favor con algún obsequio particular, ni se le encomiendan con deseo de salir de su mal estado, no pertenecen a su grey, y, por tanto, la izquierda será en el juicio el lugar que les corresponde.

Hubo un hombre noble que por la multitud de los delitos que había cometido, desconfiaba ya de conseguir su salvación; pero sabiéndolo un religioso, le exhortó a valerse del amparo de María Santísima bajo la advocación de una imagen que se veneraba en cierta iglesia.

El caballero fue, y al instante que vio la imagen sintió como que le animaba a echarse a sus pies con toda confianza. Corre, se postra, y al ir a besárselos, la imagen, que era de talla, le dio a besar la mano, en la cual estaban escritas estas palabras:

Yo te libraré; con lo que el hombre concibió de repente tan gran dolor de sus pecados y tan inmenso amor de Dios y de aquella Madre dulcísima, que allí cayó muerto a sus sagrados pies.

¡Oh y a cuántos pecadores obstinados trae a Dios cada día este imán de nuestros corazones! Pudiera referir muchos casos sucedidos en nuestras misiones y las ajenas, de algunos que a los demás sermones se mantuvieron duros y empedernidos; pero oyendo, al fin, predicar de las misericordias de María, se compungieron y se convirtieron.

Dicen que el unicornio es un animal tan feroz, que no hay quien pueda darle caza, y que solamente a la voz de una doncella se rinde, se acerca y deja que le ate. ¡Cuántos pecadores que huían de Dios, más bravos que las fieras, vuelven a las voces de esta Virgen amorosísima, y de su mano se dejan mansamente ligar y conducir a Dios!

A este fin fue ensalzada a la dignidad de Madre de Dios, para que medie y alcance la salvación a muchos, que, atentos a sus obras y al rigor de la divina justicia, no se salvarían.

Más por el bien de los pecadores que por el de los justos, se ve tan entronizada; semejante a lo que afirmó de Sí Cristo nuestro Redentor, hablando de los motivos de su venida al mundo.

¡Oh Señora!, obligada estáis a favorecer a los pecadores, porque todas las prerrogativas y grandezas que habéis recibido (comprendidas en el título de Madre de Dios) a ellos las debéis, pues por su causa tenéis a Dios por Hijo. ¿Cómo con esto podrá ninguno desconfiar?

En la oración de la Misa de la vigilia de la Asunción nos dice la santa Iglesia que María fue llevada a los Cielos para que allí, de continuo, se interponga por nosotros con la certeza de ser oída.

Por esto es llamada arbitra, que dispone de todo a su voluntad, y con cuya sentencia y decisión siempre se conforma el supremo Juez. ¿Qué mayor seguridad podemos desear? ¿Qué fiadora más acepta a los deseos de Dios ni que mejor pueda reconciliarnos con Él? Como el Señor solicita por todos los medios la reconciliación de los pecadores, para que no dudásemos de alcanzar el perdón, nos la dio por prenda segura.

¡Oh pecador!, anímate oyendo esto, y si por la muchedumbre y gravedad de tus pecados temes que Dios, indignado, tome venganza de ti, ve a buscar a María, esperanza de pecadores, sabiendo que el mismo Señor le confió el oficio y encargo de socorrernos y ayudarnos a todos.

¿Qué temor ha de tener de salir mal el reo a quien la madre del juez se ofrece por abogada y madre? Y Vos, Señora, que lo sois, ¿os desdeñaréis de interceder con vuestro Hijo, que es el Juez, por otro hijo, que es el pecador?

¿No pediréis al Redentor por un alma redimida con su propia sangre? Con toda eficacia rogaréis por los que recurren a Vos, como mediadora que sois entre el Juez y el delincuente.

Tú, pecador, cualquiera que seas, por más atollado que estés, por más antiguas y encanceradas que sean tus llagas, no desconfíes; antes bien, da gracias a Dios de que para usar contigo de misericordia, no sólo te haya dado a su unigénito Hijo por abogado, mas para que mayormente confíes, te ha provisto también de una medianera que todo lo alcanza. Implora su favor, y te salvar

VI 2c. Oración

¡Oh Madre Santísima!, bien conozco que habiendo sido por laníos años ingrato a Dios y a Vos, merezco justamente que me abandonéis, porque el ingrato no es acreedor a ningún beneficio. Pero yo, Señora, tengo formada muy alta idea de vuestra bondad.

Proseguid, ¡oh refugio segurísimo de pecadores!, proseguid en favorecer a un desdichado que en Vos confia. Extended la mano y levantad a un pobre caído que pide favor.

Defendedme, y si no, decidme a quién he de ir, que me pueda valer mejor que Vos. Pero, ¿dónde encontraré para con el Altísimo abogado de más poder y bondad que su misma Madre? Madre sois del Salvador del mundo, y nacisteis para salvar los pecadores.

¡Oh María, salvad a un infeliz que humilde a Vos recurre! No merezco vuestro amor; pero el deseo que arde en vuestro pecho dulcísimo de salvarnos a todos me dice que me amáis, y si Vos me amáis, no me perderé.

¡Oh amada Madre mía, si por Vos me salvo, como lo espero, ya no seré desgraciado, sino felicísimo, y con alabanzas perpetuas desquitaré mis ingratitudes pasadas, bendeciré vuestro amor y besaré vuestras manos sacrosantas, para mí tan benéficas, en aquella patria celestial donde reináis y reinaréis eternamente!

¡Oh libertadora, oh esperanza, oh Reina, oh abogada, oh Madre mía, os amo y siempre os amaré! Amén, amén. Asi lo espero, así sea.

VI 2b.Ejemplo: La Virgen, portera de un monasterio

Bien acredita cuan amorosa es con los miserables pecadores lo que hizo con una monja, portera del monasterio de Fuente-Heraldo, llamada Beatriz.

Vencida y apasionada de un joven concertó fugarse con él del monasterio.

Llegado el día señalado, se fue la infeliz delante de una imagen de la Virgen nuestra Señora, le dejó las llaves y se escapó.

Lejos de allí, tomó dentro de poco tiempo la infame ocupación de ramera, y en tan miserable estado vivió por el transcurso de quince años.

Al cabo de tanto tiempo sucedió que encontrándose una vez con el administrador de los bienes del monasterio, le preguntó si conocía a una monja por nombre Beatriz.

«La conozco bien — respondió el hombre — es una santa; ahora la han hecho maestra de novicias.» Ella quedó pasmada, no entendiendo cómo fuese aquello posible, y para salir de la duda, se disfrazó y volvió al monasterio.

Pide que salga Sor Beatriz, y se le presenta la Reina del Cielo en la forma de aquella imagen a cuyos pies había dejado el hábito y las llaves, le habló la señora y le dijo:

«Beatriz, mirando por tu reputación, tomé tu mismo semblante, y he desempeñado tu oficio todo el tiempo que has vivido fugitiva del monasterio y de Dios. Hija, vuelve a entrar y haz penitencia de tus desórdenes, que aún te espera mi amantísimo Hijo, procurando con una conducta ejemplar mantener el buen nombre que Yo te he granjeado», y desapareció.

Entonces Beatriz entró en el monasterio, se vistió el hábito, y agradecida grandemente a la Reina de los ángeles por tan especial beneficio, vivió en adelante como verdadera santa, y a la hora de la muerte manifestó lo sucedido a gloria de María Santísima.

VI 2a. María es abogada compasiva y no rehusa defender la causa de ningún desvalido

Son tantos los motivos que hay de nuestra parte para amar a esta amabilísima Señora, que si en toda la tierra resonasen continuamente sus alabanzas y todos los hombres diesen en su obsequio la vida, sería poca gratitud y retorno al entrañable amor que profesa aun a los más pecadores, en quienes ve, a lo menos, algún vestigio de devoción para con Ella.

Decía el sabio Idiota que María paga amor con amor, y aun de servir a quien la sirve no se desdeña, empleando (si éste se halla en pecado) todo su valimiento, hasta alcanzarle misericordia y perdón.

Tanta es su benignidad, que nadie debe recelar, aunque ya se dé por perdido, de ir a sus pies buscando el remedio, pues a ninguno despide.

Como abogada amantísima, cuida de presentar a Dios nuestras oraciones, mayormente las que van por su medio, pues así como con el Padre intercede su Hijo, así con el Hijo intercede la Madre, no dejando nunca de agenciar el negocio de nuestra salvación, y de solicitar las gracias que le pedimos.

Con razón, pues, la llama Dionisio Cartujano Refugio singular de perdidos, Esperanza de miserables, Abogada de todos los pecadores, que se valen de su protección.

Podrá ser que algún pecador, sin dudar del poder de María, desconfíe con todo eso, temiendo, acaso, que no quiera favorecerle, enojada y retraída por la gravedad de las culpas.

Mas aliéntese considerando, dice el espejo de nuestra señora, que aquel señalado privilegio de ser para con su Hijo poderosísima, de algo ciertamente nos ha de servir, y de nada nos serviría si de nosotros no cuidase.

Estemos seguros de que así como tiene más poder que ningún otro Santo, así no hay quien abogue con más amor y solicitud.

Y así, exclama alborozado San Germán: «¿Quién, después de vuestro Santísimo Hijo, mira por nuestro bien, Madre de misericordia, tanto como Vos? ¿Quién nos libra más pronto de todos los males? ¿Quién más empeño toma en proteger y defender, casi luchando, a los infelices pecadores.

Vuestro patrocinio, añade el sabio Idiota, nos es más útil de lo que nadie puede imaginar, y si alcanzan los Santos a favorecer a los hombres, y con especialidad a sus devotos, Vos mucho más, que sois Reina de todos los Santos, abogada de todos los hombres, refugio de todos los pecadores.

Sí, por cierto; aun de los pecadores tiene cuidado y de lo que más se gloría, después del título de Madre de Dios, es de que la llamen su abogada, intercediendo sin cesar por ellos en la presencia de la Majestad divina, y socorriendo todo género de necesidades con afecto de madre. Acudamos a Ella implorando su intercesión con gran confianza, porque a todas horas la encontraremos pronta y deseosa de favorecernos.

¡Con cuánta solicitud y amor promueve y solicita el negocio de nuestra salvación! Cierto es que todos los bienaventurados la desean y la piden; mas la caridad y ternura que Vos, Señora, mostráis en el Cielo, alcanzándonos del Todopoderoso misericordias y gracias sin húmero, nos obliga a confesar que no tenemos propiamente más abogada que a Vos, y que Vos sois la que verdaderamente está cuidadosa de nuestro bien.

¿Qué entendimiento podrá comprender adonde llega tan continuo y amoroso empeño? Es tanta la compasión que tenéis de nuestras miserias; es tan ardiente el amor con que nos miráis, que pedís y volvéis a pedir, y jamás os cansáis de rogar por nosotros, defendiéndonos de todo mal y alcanzándonos toda suerte de bien.

¡Infelices de nosotros si no nos amparase esta abogada tan poderosa, tan benigna, tan prudente y sabia, que el Juez no puede condenar a reo ninguno que Ella defienda! Es más prudente que Abigaíl.

Esta fue una mujer muy discreta, que con la blandura de sus ruegos aplacó el ánimo de David a tiempo que iba, irritado, contra Nabal, su marido (Sam., 25, 3); y lo fue tanto, que el mismo David, al fin, la bendijo y dio gracias de que con su dulces palabras le hubiese impedido correr a la venganza. Otro tanto hace María en el Cielo a beneficio de innumerables pecadores.

Con sus dulces y discretas razones sabe aplacar tan bien la ira divina, que el mismo Dios la bendice, y como que le da gracias de que le desarme el brazo para que no los castigue según merecen.

A este fin, dice San Bernardo, queriendo el Padre Eterno usar de misericordia con nosotros, nos dio a Jesucristo por abogado principal para con Él, y María por abogada para con Jesucristo.

Indudablemente, Jesucristo es el único mediador de justicia entre Dios y los hombres, que en virtud de sus propios merecimientos puede y quiere alcanzarnos perdón y gracia, como lo tiene prometido.

Pero, como los hombres reverencian o temen tanto la Majestad divina que en Él resplandece, fue necesario que se les diese otra abogada a quien puedan acudir con menos recelo, y de tanta bondad y merecimiento, que nadie le llegue en poder para con Dios, ni en indulgencia para con nosotros.

Haría, pues, grave injuria a tan grande bondad quien aún temiese acercarse a esta Señora, de quien está muy lejos la severidad y el terror, pues toda es benignidad, clemencia y dulzura. Lee y vuelve a leer con atención el sagrado Evangelio, y si hallas que María se muestra alguna vez severa con alguno, entonces podrás temer.

Pero seguramente nada de esto hallarás, y así, bien puedes buscarla con alegría para que te ampare y favorezca.

Digámosle con los afectos de un alma devota: ¡Oh Madre de mi Dios!, a Vos acudiré, y aun me atreveré a reconveniros con humildad y filial confianza, porque toda la Iglesia da gritos llamándoos Madre de misericordia.

Vos sois aquella criatura escogida que, por haber sido tan amada del Señor, siempre sois oída; vuestra piedad a nadie ha faltado nunca, y vuestra suavísima afabilidad jamás ha desechado a ningún pecador, por miserable que fuese. Pues qué, ¿acaso la Iglesia os dice vanamente su abogada y refugio de pecadores?

No sean jamás mis culpas causa para retraeros de tan piadoso oficio. Sois, después del Salvador, nuestro refugio y mayor esperanza; mas toda la alteza de gracia, gloria y dignidad de Madre de Dios la debéis a los pecadores (sea lícito decirlo así), porque por causa suya se hizo Hijo vuestro el Hijo de Dios. Lejos, pues, de Vos, que disteis al mundo la fuente de misericordia, pensar que la neguéis a ningún infeliz de cuantos se valen de vuestro patrocinio.

Y pues que vuestro dulce empleo es hacer las paces entre la criatura y su Criador, muévaos a mirarnos con ojos de clemencia vuestra misma bondad, mayor incomparablemente que todo el cúmulo de nuestros pecados.
Terminemos, pues, con las palabras de Santo Tomás de Villanueva:

Consolaos ya, pusilánimes; respirad y alentaos, desdichados pecadores, porque esta Virgen purísima es Madre del Juez, abogada del género humano; idónea y pronta, más que otra ninguna para defendernos en el acatamiento del Señor; sapientísima en excogitar los modos de amansar su cólera, y universal en el amor materno, pues que a ningún infeliz rehusa nunca de proteger.

VI 1c. Oración

¡Oh Madre de mi Dios!, decid hoy una palabra en favor mío, que soy tan miserable. Vuestro hijo Santísimo no espera más sino que habléis, para contentaros. No olvidéis que también a beneficio nuestro recibisteis tanto poder y dignidad.

El mismo Dios quiso constituirse deudor vuestro, tomando carne en vuestro seno purísimo, con el fin de que a vuestra voluntad dispensaseis a los infelices los tesoros de su misericordia.

Siervos vuestros somos, dedicados estamos a vuestro servicio y tenemos la gloria de vivir bajo vuestro amparo. Si aun los que ni os veneran ni os conocen, si hasta quien os desprecia y blasfema experimenta vuestra piedad, ¿no hemos de esperar nosotros, que os adoramos, amamos y confiamos en Vos?

Es cierto que somos pecadores; pero Dios os ha dotado de un poder y clemencia mayor que todos nuestros deméritos. Podéis y queréis salvarnos y nosotros lo esperamos con tanta mayor seguridad cuanto menos lo merecemos, porque así tendremos mayor motivo de bendeciros en la gloria, salvos por vuestra intercesión.

Madre de misericordia, ved nuestras almas, antes tan hermosas, como que fueron lavadas con la preciosa Sangre de nuestro divino Redentor, y después feas y abominables por el pecado.

A vos las presentamos para que las purifiquéis de toda mancha. Alcanzadnos una verdadera enmienda, el amor de Dios y la posesión de la eterna bienaventuranza.

Cosas grandes os pedimos; pero Vos ¿no lo podéis todo? ¿No es todo muy poco comparado con el amor que Dios os tiene? Basta que abráis los labios; a ellos nadie se niega. Rogad, rogad por nosotros y seréis oída y nosotros salvos.

VI 1b.Ejemplo: Camino del patíbulo, salvado por María

Cierto joven, hijo de viuda, fue enviado por su madre, muy devota de nuestra Señora, a la corte de un príncipe, haciendo que al despedirse le prometiese rezarle diariamente un Avemaria, y, al fin, esta corta oración:

«Virgen benditísima, ayudadme a la hora de mi muerte.»

Llegó a la corte el joven, y a poco se envició con tal desenfreno, que su amo se vio precisado a despedirle.

El, entonces, no hallando cómo sustentar la vida, desesperado, se echó a bandolero, siguiendo, con todo, en practicar todos los días la devoción aconsejada por su madre. Finalmente cayó en poder de la justicia, y fue sentenciado a pena capital.

Estando para ser llevado al patíbulo, considerando entonces al vivo su deshonra, la aflicción de su madre y tan cerca la muerte, lloraba sin consuelo.

El demonio, viendo esto, acudió disfrazado en forma de un gallardo joven prometiendo librarle de la muerte y prisión si consentía en hacer lo que le propusiese.

Vino en todo el reo, y sin más preámbulos se le declaró el demonio, y primero exigió que renegase de Jesucristo y los Sacramentos. Lo hizo.

Después quería que renegase también de María Santísima y renunciase su patrocinio. «Eso nunca lo haré», contestó; y volviéndose a la Señora, le rezó la oración de su madre:

«Virgen benditísima, ayúdame a la hora de mi muerte.» A estas palabras desapareció el enemigo, pero el joven quedó angustiadísimo por la maldad cometida de haber negado al Señor. Acudió a la Virgen, de quien alcanzó un dolor grande de todos los pecados y la gracia de confesarlos con gran pesar y llanto.

Ya le llevaban a ajusticiar por una calle donde había una imagen suya, a quien invocó, al pasar, con su oración acostumbrada:

«Virgen benditísima, ayudadme a la hora de mi muerte», y la Virgen inclinó la cabeza a vista del concurso, con cuyo favor, enternecido él, suplicó le permitiesen acercarse a besarle los pies.

Rehusaban los ministros de justicia; mas alzando un grito la gente, se lo permitieron. Se inclina, pues, para satisfacer su devoción, y María, desde su imagen, alarga su brazo y le toma por la mano, con tanta fuerza, que no fue posible arrancarle de allí. Al ver un prodigio tan manifiesto, empezaron todos a clamar: «¡Perdón, perdón!», y hubo perdón.

Volvió a su tierra, y de allí en adelante emprendió una vida muy ejemplar, agradecido y aficionado grandemente a la bienhechora clementísima que le había librado de la muerte temporal y eterna.

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