IV 1c. Oración

¡Oh Madre de Dios, Reina de los ángeles y esperanza de los hombres! Vos, que escucháis a todo el que os llama, quienquiera que sea, ved aquí postrado a vuestros pies a un desventurado que hasta ahora fue cautivo del demonio, pero que ya desea consagrarse del todo por esclavo vuestro, ofreciendo honraros y serviros en adelante lo que le dure la vida.

Bien conozco que, habiendo ofendido a vuestro Hijo Santísimo, poco es el honor que os puede resultar de que os sirva, un esclavo tan vil y rebelde como he sido yo; pero Vos tenéis poder para trocarme en otro hombre distinto, y si lo hacéis, el honor será debido a vuestra sola misericordia.

No rehuséis esta oferta, Madre mía. Ovejas perdidas vino a buscar el Verbo eterno, y por salvarlas se hizo Hijo vuestro. ¿Cómo habéis Vos de desechar a esta ovejuela que por vuestro medio vino buscando el buen Pastor? Ya se dio el rescate por mi remedio; ya mi Redentor derramó aquella sangre preciosa que pudiera redimir infinitos mundos.

Sólo falta que a mí también se me aplique, y esto la Vos os toca, Virgen benditísima, pues, como San Bernardo nos enseña.

Vos sois la que dispensáis a quien os agrada todo su valor y merecimiento. Vos salváis a todo el que queréis, añade San Buenaventura. Conque, Señora, Vos me habéis de valer, Vos me habéis de salvar. En vuestras manos pongo mi alma. Vos la salvaréis.

IV 1b.Ejemplo: San Francisco de Sales, socorrido por rezar el «Acordaos».

Bien experimentó la eficacia de esta oración San Francisco de Sales, como en su Vida se cuenta.

Tenía el Santo diecisiete años, y hallándose en París dado al estudio y juntamente a la devoción y amor de Dios, en cuyo trato gozaba su alma delicias indecibles, permitió el Señor, para probarle y unirle más consigo, que el demonio le hiciese creer que todo cuanto bien hacía era inútil, porque estaba ya reprobado.

Al mismo tiempo le dejó el Señor en gran oscuridad y aridez de espíritu, pues quedó como insensible a toda buena consideración, aunque fuese de la dulzura y bondad divina, con lo que la tentación tuvo más fuerza para afligir el ánimo del santo joven, en términos que perdió apetito, sueño, color y alegría, causando compasión el mirarle. En medio de esta deshecha borrasca, todos los pensamientos y palabras del Santo eran de confianza y dolor, prorrumpiendo en estos o semejantes afectos:

«¿Conque he de vivir privado de la gracia de mi Dios que antes se mostraba conmigo tan suave y amoroso? ¡Oh amor, oh belleza infinita, a quien he consagrado toda mi alma! ¿Se acabaron para mí vuestras consolaciones? ¡Oh Virgen purísima, Madre de Dios, la más hermosa de las hijas de Jerusalén!

¿Conque jamás he de ver en el Cielo vuestro hermoso rostro? ¡Ah Señora! Si ha de ser tan grande mi desgracia, a lo menos no permitáis que en el infierno diga blasfemias contra Vos.» Tales eran los tiernos afectos de aquel amor afligido y enamorado de Dios y de su santísima Madre.

Un mes duró la prueba, al cabo del cual Señor por bien librarle por medio del consuelo del mundo, María Santísima, a quien el Santo había consagrado su virginidad, y en quien decía tener colocada toda su esperanza. Se volvió una tarde a casa y de paso entró en una iglesia, donde vio una imagen de la Virgen, y escrita al pie la oración de San Bernardo, que empieza: Memorare, etc.

«Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen!, que nunca se oyó haber sido abandonado ninguno de cuantos acudieron a refugiarse a Vos.» Se postra allí delante, dice esta oración con íntimo efecto, renueva el voto de virginidad, promete, además, rezar el santo Rosario todos los días, y añade:

«Reina y Señora mía, valedme de abogada con vuestro Santísimo Hijo, a quien no me atrevo yo a recurrir. Madre mía, si es que en el otro mundo he de tener la suma desgracia de no amar a un Señor tan digno de ser amado, alcanzadme, a lo menos, que en éste le ame todo cuanto yo pueda. Esta es la gracia que os pido y espero de Vos.»

Acabada esta súplica, quedó como quien descansa en los brazos de la divina Providencia, resignado enteramente en la voluntad de Dios. Y en el acto mismo se sintió libre de la tentación por mano de aquella Madre dulcísima. Volvió la serenidad a su alma y juntamente la salud corporal.

Siguió siendo devotísimo de María, cuyas misericordias y excelencias no cesó de publicar en sermones y libros todo el tiempo que le duró la vida.

IV 1a. María ayuda prontamente a todos los que la invocan

Desterrados y peregrinos, vamos caminando por este valle de lágrimas los hijos de Eva, reos de su misma culpa, condenados a la misma pena y siempre lamentando los males que sufrimos de cuerpo y alma. Feliz el que entre tantas miserias vuelva con frecuencia los ojos al consuelo del mundo, al amparo de los afligidos, a la Madre de Dios. Feliz, dice María (Prov., 8, 34), quien oye mis consejos y viene de continuo a las puertas de mi piedad solicitando mi patrocinio.

Bien nos enseña la santa Iglesia la solicitud y confianza con que hemos de acudir continuamente a nuestra amorosísima Protectora ordenando venerarla con un culto muy especial:

tantas festividades, el sábado de cada semana, tres veces al día, y los eclesiásticos en el Oficio divino a cada hora, por sí y a nombre de los demás fieles, sin contar las novenas, oraciones, procesiones y peregrinaciones a sus imágenes y santuarios en tiempo de aflicción o calamidades. Esto es lo que la misma Señora pretende, recibiendo nuestros obsequios, aunque tan mezquinos, con el fin de consolarnos y socorrernos al ver nuestra confianza y devoción.

Dice el estímulo de amor que de María Santísima fue en los tiempos antiguos figura muy expresa aquella mujer llamada Rut, nombre que en su lengua significa la que ve y la que se apresura; porque luego que ve nuestras miserias, viene con celeridad a remediarlas, siendo tanto el deseo que tiene de hacernos bien, que no lo difiere para después; y como, por una parte, no es avara de sus beneficios, y, por otra, es Madre amorosísima, corre a dispensarnos los tesoros de su liberalidad.

¡Oh y cuan veloz corre a favorecer a todos los que la invocan de corazón! Tus dos pechos sen como dos cabritillas mellizos (Caní., 4, 5). Sobre estas palabras dice Ricardo de San Víctor que los pechos de María están prestos a dar leche de misericordia a quien se la demanda, como para correr son veloces los cabritos.

La piedad de la Virgen se derrama sobre quien la implora, aunque sólo sea rezando un Avemaría. Y no sólo corre, sino vuela, a semejanza del Señor, que para responder a quien le llama y conceder lo que se le pide, en cumplimiento de su promesa, vuela veloz.

De este modo se entiende quién es aquella Mujer insigne del Apocalipsis (12, 14), a quien dieron alas de águila, expresión que el Padre Ribera explica del amor con que siempre voló hacia Dios; pero otros dicen, más a nuestro propósito, que significa velocidad mayor que vuelo de serafín, con que acude a socorrer a todos sus hijos. Por esto dice San Lucas en su Evangelio (1,39) que cuando fue a visitar a su prima y a llenar de bendición aquella casa, iba con gran ligereza.

Por lo mismo se dice también en los Cantares (5, 14) que sus manos fueron hechas a torno; porque así como el arte de tornear es más fácil y pronto que los demás, así más pronto es María que ningún Santo en favorecer a sus devotos Según es el deseo que tiene de consolarlos, así es la prontitud con que acude luego que se siente llamar.

Por eso el salterio mariano la llama Salud de los que la invocan; y, al decir de los Santos, basta llamarla para ser uno amparado, basta invocarla para salvarse; siendo mucho mayor su voluntad de dispensarnos favores, que la nuestra de recibirlos.

Ni la muchedumbre de nuestros pecados debe hacernos desconfiar cuando nos llegamos a sus pies, porque es Madre de misericordia, y la misericordia no ha lugar cuando faltan miserables.

Al modo que una madre natural no deja de atender a la cura de un hijo tinoso, aunque le cause asco, así María no nos desecha cuando la buscamos, a pesar la fealdad de nuestros delitos. Esto significó la piadosa Señora cuando, como vio Santa Gertrudis, extendía su piadoso manto para cubrir a los que venían buscando refugio en él, o mandaba a los ángeles que los defendiesen del enemigo.

Es tanta la clemencia con que nos mira y tanto el amor que nos tiene, que no espera nuestras súplicas para socorrernos, pues (Sab., 6, 14) nos alcanza los favores divinos antes que nosotros los solicitemos. Hermosa como la luna es llamada, no sólo por la apacibilidad con que sale iluminándonos y alegrándonos, sino porque, llevada de su entrañable amor, se anticipa a nuestras súplicas y deseos.

Esta bondad proviene, dice Ricardo de San Víctor, de tener un pecho santísimo tan lleno de piedad, que de suyo difunde misericordia, sin poder oír que un alma se halle en necesidad y no correr al punto a su remedio.

Bien lo dio a conocer en aquella boda del Evangelio, estando todavía en carne mortal. Luego que advirtió el sonrojo de los esposos, por habérseles acabado el vino, sin que nadie se lo rogase, y únicamente movida de sus piadosísimas entrañas, se acercó a su Hijo querido y le pidió que hiciese el milagro y consolase a aquella familia.

No tienen vino, dijo; y el Señor, para consolar a los esposos, y mucho más dar gusto a su Madre, lo hizo benignamente. Pues si favorece así aun a los que de Ella no se valen, ¿cuánto más pronto se mostrará en socorrer a los que la llaman con devoción?

Si alguno lo pone en duda, oiga el testimonio de los Santos que dice:

¿Quién jamás acudió a María, ¡y dejó de encontrar amparo? ¿Quién, oh Virgen Santa; recurrió a valerse de vuestro patrocinio, con el cual podéis aliviar a todo miserable y salvar a todo pecador, y le abandonasteis?

No, nunca sucedió ni sucederá que habiendo alguno acudido a Vos, le hayáis faltado. Y si esto se ha visto alguna vez, «no se hable más de vuestra misericordia», dice San Bernardo:

«Antes faltarán los cielos y la tierra, añade Blosio, que María en socorrer a los que la invoquen sinceramente, poniendo en ella su confianza.» Y aun a veces seremos oídos más pronto recurriendo a Ella que si acudiésemos al Señor.

No porque la Madre sea más poderosa que su Hijo, puesto que bien sabemos que nuestro único Salvador es Jesucristo, sino porque recurriendo al Señor, y considerándolo como Juez, a quien también pertenece castigar, puede suceder que nos falta la confianza necesaria para ser oído; pero yendo a María, que otro oficio no tiene más que el de la misericordia para defendernos como aboga-Ida, parece nuestra confianza mayor y más segura.

Y así, vemos que muchas cosas pedimos a Dios, y no las alcanzamos. Las pedimos a María, y las alcanzamos. ¿Por qué? No porque sea más poderosa, sino por la razón ya dicha, y también porque Dios quiere de esta manera honrar a su Madre Santísima.

Dulce es la promesa que acerca de esto oyó Santa Brígida de boca del Señor, cuando, hablando una vez a su querida Madre, le dijo así: «Pídeme cuanto quieras: nada te negaré. Y todos los que por tu medio busquen misericordia, con propósito de enmendarse, alcanzarán la gracia.»

Lo mismo oyó Santa Gertrudis otra vez en que Jesús dijo a María que Él, por su omnipotencia, le había concedido el que usase de misericordia con los pecadores, de cualquier modo que quisiese.

Repitamos todos con gran confianza: Acordaos, Señora piadosísima, que a ninguno jamás habéis desechado. Y así, perdonadme si me atrevo a decir que no quiero ser yo el primer desdichado que deje de hallar clemencia recurriendo a Vos.

III 2c. Oración

Purísima Virgen María, adoro vuestro santísimo corazón, donde tuvo el Rey de los Cielos su descanso y delicia.

Yo, pecador miserable, vengo a vuestra presencia con el mío lleno de manchas. y así no alego méritos ni virtudes, antes bien, sé que por mis vicios no merezco más que tormentos eternos.

Pero ahora que siento deseos vivos de enmendarme, me valgo con toda confianza de vuestra bondad y misericordia. Mirad, Señora, lo que vuestro dulcísimo Hijo padeció por mí, y de esta suerte no podéis desecharme.

Os ofrezco todas las penas de su santísima vida, el desabrigo del pesebre, los trabajos de la huida a Egipto, la pobreza, agonía, sudor de sangre y muerte afrentosa con que a vuestra presencia expiró en la cruz.

Por todas estas penas y por el tierno amor que le tenéis, os pido me deis la mano para conseguir mi salvación. Madre mía, no creo que me abandonéis ahora que arrepentido, acudo a Vos e imploro vuestro valimiento.

Si otra cosa pensara, haría injuria a vuestra misericordia, que siempre busca a los más infelices para salvarlos. No, no negaréis vuestra piedad a quien Jesús no negó su preciosa sangre; pero como sus méritos no le aplican si Vos no intercedéis, así lo espero de vuestra piedad.

No ion riquezas, honores, ni otros bienes del mundo lo que solicito. Pido la gracia de Dios, su amor santísimo, el cumplimiento de su voluntad, y después, la gloria, para amarle eternamente.

¿Será posible que me escuchéis? Sí, ya me escucháis; ya me recibís bajo Vuestro manto; ya rogáis por mí; ya me alcanzáis lo que deseo. Sea Mli Madre mía, y no me dejéis nunca ni ceséis un instante de pedir por mi hasta verme salvo en el Cielo, donde, postrado a vuestras plunlus. no me cansaré de bendeciros y ensalzaros eternamente. Amen.

III 2b.Ejemplo: Perdonado por intercesión de María

Un hombre casado vivía en desgracia de Dios; La mujer era buena, y no pudiendo apartarle del mal camino, le rogó que, a lo menos, siempre que hallase alguna imagen de la Virgen le rezase una Avemaria. El tomó el consejo, y yendo una noche a ofender a Dios vio una lámpara encendida delante de una de sus imágenes con el Niño en los brazos.

Le rezó su Avemaria; pero, al acabarla, notó que el Niño estaba todo llagado, y de las heridas corriendo sangre.

Admirado y compungido por conocer que sus culpas eran la causa, empezó a llorar; pero viendo que el Señor le volvía las espaldas, lleno de confusión se dirige a la Virgen, diciendo: «Madre de misericordia, vuestro Hijo me desecha, pero en Vos, que sois Madre suya y tan compasiva, tengo abogada.

Favorecedme y pedidle por mí.» La Virgen le respondió desde la imagen: «Madre de misericordia me llamáis los pecadores; pero me hacéis Madre de miseria renovando la Pasión de mi Hijo y mis dolores.»

Con todo, como Ella no acierta a despedir desconsolado a ninguno de los que llegan a su puertas, se puso a pedir a su Santísimo Hijo que se dignase perdonarle. Mostraba el Señor repugnancia, pero la benignísima Señora dejándole en el nicho, se le puso de rodillas, diciendo: «Hijo mío, no me levanto de aquí hasta que perdones a este pecador.»

Entonces respondió Jesús: «Madre mía, nada puedo negaros; pues queréis que le perdone, le perdono por amor vuestro.

Traedle a que bese mis llagas.» Con esta licencia se acercó él, y, conforme las iba besando, se iban cerrando y quedando sanas.

Al fin de todo le dio el Niño un abrazo, y desde aquella hora mudó el hombre de vida, pasando santamente lo restante de ella y amando con ternura a su Protectora, por quien alcanzó gracia tan especial.

III 2a. María es la esperanza de los pecadores

Dos lumbreras puso Dios en el Cielo: el sol, para que iluminase el día, y la luna, la noche (Gen., 1, 16). El sol, dice Hugo, Cardenal, que es símbolo y figura de Jesucristo, cuya luz reciben los justos y viven en gracia; y la luna, figura de María, por quien son iluminados los que viven en la noche de la culpa. Siendo, pues, María luna tan propicia para todos los pecadores, si alguno, dice el Papa Inocencio III, yace en la noche de la culpa, mire a esta luna, invoque a María.

Ya que perdió la luz del sol, perdiendo la gracia divina, no le queda más que volverse a mirar a María que le dará el resplandor y conocimiento para ver su infeliz estado, y también fuerzas para que salga de él; como que por sus ruegos piadosos, dice San Metodio, se convierten muchos a cada hora.

Uno de los dictados con que la santa Iglesia quiere que la invoquemos, y de los que más nos esfuerzan y alientan, es el de Refugio de pecadores.

Hubo en Judea ciudades de asilo, donde se refugiaban los delincuentes. Ahora, entre nosotros, no hay tantas: pero tenemos a María, que vale por muchas, de quien se dice en un salmo (86, 3): Cosas de mucha gloria se dicen de Ti, ¡oh ciudad de Dios! Y con otra ventaja muy principal: que no era el asilo para todos los reos, cuando bajo el manto de María todo pecador halla abrigo y absolución de cualquier crimen que haya cometido, por ser para todos ciudad de refugio, dice el Damasceno.

Ni es menester que uno hable por sí. Ella se encarga de la defensa. Si nos falta el ánimo para pedir perdón al Señor. Ella hará nuestras veces. Adán, Eva y todos los hijos que habéis provocado la ira de Dios, acudid a María, que es vuestra Madre, ciudad de asilo y única esperanza.

Dios te salve, abogada única de los pecadores y amparo segurísimo de los desvalidos. Decía David (Ps., 26, 5): El Señor me protegió escondiéndome dentro de su tabernáculo.

¿Qué tabernáculo es éste, propio de Dios, pregunta San Andrés cretense, tabernáculo en que sólo entró el Señor pura cumplir en él el soberano misterio de la redención humana, sino María? Acudamos, pues, a María, como van los enfermos al hospital genenil, a cuya beneficencia tiene un desdichado tanto inris derecho cuanto más pobre y miserable se ve.

Cuanta más sea la miseria, menos los méritos y mayores las llagas del alma, que son los pecados, más motivo parece que tiene cualquier pecador para decirle: Señora, pues que sois la salud de los enfermos, y yo el más enfermo de todos, tengo más necesidad que nadie de que me admitáis y me sanéis.

Digámosle, con Santo Tomás de Villanueva: «Los pecadores no conocen otro refugio fuera de Vos. Vos sois su abogada y única esperanza; en vuestras manos nos ponemos.»

En las revelaciones de Santa Brígida es llamada «Lucero que sale delante del sol», para que entendamos que cuando en un alma pecadora empieza a nacer su devoción, es señal infalible de que dentro de poco vendrá Dios a iluminarla con su gracia.

El salterio mariano, después de comparar el estado del pecador con un mar agitado por la borrasca, donde los infelices se ven caídos de la nave, que es la gracia de Dios; combatidos por las olas y remordimiento de la conciencia, temerosos de la ira divina, sin luz, sin piloto, sin esperanza y próximos a perecer, los anima, con todo, a confiar, y señalando a María, les dice:

«No os desalentéis, pecadores, sino alzad los ojos y mirad aquella hermosa estrella del mar, que ella os sacará, sanos y salvos, a puerto de salvamento.»

Esta era también la exhortación de San Bernardo: «El que no quiera quedar sumergido, mire la estrella, llame a María.»

Sí, porque «Ella, dice Blosio, es el único amparo de los que han ofendido al Señor, el esfuerzo de todos los tentados y atribulados, y su misericordia y dulzura se extiende, no a los justos sólo, sino a los pecadores, aunque se vean al borde del precipicio, a los cuales acoge benignamente, alcanzándoles el perdón de su divino Hijo al instante que ellos imploran su ayuda y favor; llegando a tanto la bondad de su corazón, que muchas veces aun a los más obstinados y desamorados con Dios los previene, despierta, solicita y saca del abismo profundo de los vicios, alcanzándoles la gracia y después la gloria.

Dios le dio un natural tan piadoso y blando, para que nadie desconfíe de acudir a valerse de su intercesión.

Finalmente, no es posible que ninguno se pierda que con humildad y esmero aspire a su devoción.»

Lamentábase el profeta Isaías (64, 5-7) y hablando con el Señor le decía: Estás enojado porque nosotros pecamos, y no hay uno que se ponga de por medio y detenga tu brazo. Y «era, dice el espejo de nukstra señora, porque entonces aún no había nacido María.» Pero si ahora se llega Dios a irritar con ira un pecador, y María toma a su cuidado protegerle», aplaca el enojo de su Hijo y salva al pecador.

Ni ¿quién podrá mejor detener con su mano la espada de la divina justicia e impedir que se descargue el golpe? No desconfíes, pecador, sino acude a María en todas tus necesidades, y siempre la encontrarás dispuesta a socorrerte; porque Dios se complace de que sea Ella la que en toda urgencia y necesidad nos ampare a todos. Y como tiene entrañas de tanta misericordia y deseo tan grande de la salvación de los pecadores, por perdidos que estén, los anda buscando, y si por su parte la buscan también ellos, pronto halla medio de hacerlos aceptos al Señor.

Deseaba el patriarca Isaías comer carne de caza, y prometió a su hijo Esaú, luego que se la trajese, darle su bendición. Rebeca, que oyó la conversación, deseando que más bien la recibiese su querido Jacob, le dijo (Gen., 27, 9) que fuese corriendo y le trajese dos cabritos para guisarlos al gusto del anciano padre.

Según San Antonio, fue Rebeca figura de María, que dice a los ángeles: «Id y traedme pecadores, figurados en los cabritos, que yo sé disponerlos (con alcanzarles dolor y propósito) de manera que vengan a ser agradables al gusto del Señor.»

La misma Señora reveló a Santa Brígida que ninguno hay en la tierra tan enemigo de Dios, que si acude a Ella, no llegue a recobrar la gracia. Una vez oyó la misma Santa, de la boca de Jesucristo, hablando con su Madre Santísima, que hasta para el enemigo infernal habría remedio si se humillase a pedir perdón por medio de la Virgen.

Nunca lo hará él, por su obstinación y soberbia; pero si esto fuera posible, tanto es el poder de María y tanta la fuerza de sus ruegos, que, sin duda, le alcanzaría misericordia y gracia. Mas, lo que sucederá con el demonio, se está verificando diariamente con los pecadores que se valen del patrocinio en su piedad soberana.

Figurada estuvo María en el arca de Noé, porque así como en ella se salvaron todos los animales, así bajo su manto se libran todos los pecadores, que por los vicios de sensualidad son comparados a los brutos; mas ¡con la diferencia, dice un escritor mariano, que los animales no mudaron de naturaleza con entrar en el arca; pero bajo aquel manto prodigioso el lobo se convierte en cordero, y el tigre en paloma».

Cierto día vio Santa Gertrudis bajo el manto extendido de María muchas fieras de diversas especies: leopardos, osos, leones; y vio que la Virgen no sólo no los echaba de Sí, sino que los acariciaba con su mano. Y entendió que estas fieras eran los pecadores, que al implorar el favor de María eran acogidos por ella con amor y benignidad.

¡Oh Señora! No tenéis asco de ningún pecador, por inmundo que rulé, si a Vos recurre; no os desdeñáis en extender vuestra mano piadosa para sacarle del abismo de In desesperación, si él os llama.

Sea mil millares de veces bendita y ensalzada la misericordia del Señor, Madre amabilísima, por haberos criado tan benigna y dulce hasta con los pecadores infelicísimos. Desdichado del que no os ame; desdichado del que, pudiendo, no acude a Vos, porque para él no habrá remedio; así como de cuantos en Vos confíen, ninguno se perderá.

Permitió Booz a la joven Rut (2, 3) que recogiese las espigas que caían de manos de los segadores. Así Dios concede a la Doncella purísima que halló gracia en sus ojos que vaya recogiendo otras espigas de más valor, que son las almas. Los segadores son los operarios evangélicos, misioneros, predicadores y confesores, los cuales, con sus fatigas, están siempre cultivando la heredad del Señor y ganándole almas.

Pero hay algunas como espigas abandonadas, tan duras y rebeldes, que sólo la Virgen piadosísima, con su poderosa mano, puede recogerlas y ponerlas en salvo. ¡Ay de aquellos que ni de mano tan santa se dejan coger! Bien se pueden dar para siempre por abandonadas y perdidas; así como una y mil veces serán felices las que no resistan.

«No hay en el mundo, dice Blosio, pecador alguno tan perdido y enfangado, que sea aborrecido de María», porque, si acude a su amparo, Ella tiene en su mano el poder, el saber y el querer para alcanzarle la gracia y amistad de Dios.

Razón sobrada tenían los Santos para dirigiros, Señora, la voz, y llamaros a boca llena Refugio único de pecadores, Esperanza de malhechores, Esperanza de desesperados. ¿Quién, oyendo esto, no pondrá en Vos toda su confianza? ¿Quién dudará conseguir perdón y cuanto pida, sabiendo que protegéis aun a los que se ven caídos en el abismo de la desesperación?

Refiere San Antonino que cierto pecador creyó hallarse ya delante del tribunal de Cristo. El diablo le acusaba y la Virgen le defendía.

El enemigo presentó contra el reo todo el proceso de su mala vida, el cual pesaba mucho más que las buenas obras. ¿Qué hizo entonces su celestial Abogada? Puso la mano en el peso y le inclinó en favor del acusado, dándole a entender que le alcanzaba el perdón con que él mudase de vida, y así lo hizo desde aquel día con verdadera enmienda.

III 1c. Oración

¡Oh Madre del Amor Hermoso! ¡Oh vida, refugio y esperanza nuestra! Bien sabemos que vuestro Santísimo Hijo, no contento de ser continuamente nuestro abogado para con el Padre, quiso que Vos también lo fueses, para que con vuestra poderosa intercesión nos alcancéis las misericordias divinas, el logro de todo justo deseo, y después la salvación eterna.

A Vos recurre, pues, este pecador miserable; a Vos que sois la esperanza de los desvalidos.

Por los méritos de mi Señor Jesucristo y vuestra poderosa mediación espero salvarme con tanta confianza, que, si estuviese en mi mano la salvación, la pondría en las vuestras, porque más confío en vuestra misericordia y protección que en mis propias obras ¡Oh Madre y esperanza mía, no me abandonéis, aunque lo tengo merecido!

Mirad las miserias que me cercan y moveos a compasión de mi alma, para que no se pierda.

Conozco que por mis culpas he cerrado la puerta muchas veces a las luces, auxilios y gracias que Vos me procurabais Pero vuestra piedad con los infelices y el valimiento que tenéis para con Dios es mucho más que el número y malicia de mis pecados.

Los cielos y la tierra publican que a quien Vos protegéis no puede perecer. Olvídese todo el mundo de mi con tal de teneros a Vos.

Decid al Señor que soy vuestro, decidle que corro de vuestra cuenta, y me salvaré.

En Vos. Señora, confío y quiero vivir, y espero morir diciendo que mi única esperanza es Jesús, y Vos después de Jesús.

III 1b.Ejemplo: Resucitada por la oración del marido

Se cuenta en el tesoro del rosario que un caballero casado y muy devoto de la Madre de Dios, habiendo hecho en su palacio un oratorio, pasaba en él mucho tiempo delante de una imagen de la misma Señora, no sólo de día, sino también de noche, quitándoselo del sueño.

Su mujer, que le sentía levantarse a deshora, salir del cuarto y volver tarde entró en sospechas, y con esta inquietud un día se atrevió a preguntarle resueltamente si, fuera de ella, amaba a alguna oirá mujer.

El respondió, sonriéndose, que amaba a una Señora, la más amable del mundo, a quien había dado todo su corazón, y que primero moriría que dejar de quererla. «Tú misma, si la conocieses -añadió-, me estimularías a tenerle más amor aún», entendiéndolo de la Virgen Santísima, a quien realmente amaba con ternura.

Entrando su esposa entonces en mayores recelos, para acabar de asegurarse, le volvió a preguntar si cuando salía de la alerta iba acaso a buscarla. El caballero, que no sabia lo que pasaba por el interior de su mujer, respondió que sí.

Con esto, persuadida de lo que no era, una noche, luego que se vio sola, tomó un cuchillo, y, desesperada, se degolló. Cuando el caballero volvió, después de sus devociones, notó que la cama estaba muy humedecida. Llamó a su mujer, y no respondió; la mueve, pero está insensible.

Busca una luz, y ve el lecho bañado en sangre y muerta a la infeliz, con la cuchilla en la garganta. Entonces conoció que los celos la habían arrebatado a cometer aquella maldad.

Echa la llave, vuelve a la capilla, y, postrado delante de la Virgen Santísima, comenzó allorar amargamente y a decir: «Madre mía, ya veis en qué aflicción tan grande me veo. Si ahora Vos no me consoláis, ¿a quién he de acudir? Por mi devoción he tenido este infortunio de ver a mi mujer muerta y condenada. ¡Vos, Señora, podéis remediarlo: hacedlo por vuestra bondad!»

¡Oh, y cuan cierto es que todo el que acude a esta Madre de misericordia halla el consuelo y remedio que desea! Al acabar la súplica, oye la voz de una criada, diciéndole que le estaba llamando la señora. Apenas, de alegría, lo podía creer, y le mandó que se enterase bien si era cierto.

Ella volvió asegurándolo, y que viniese pronto, pues la señora le esperaba. Va corriendo, abre la puerta y halla viva y sana a su mujer, la cual, llorando se le echa a los pies y pidiéndole mil perdones le dice: «¡Ah esposo mío! Por tus ruegos me ha librado del infierno la Madre de Dios.»

Empezó él también a llorar, y fueron juntos a la capilla a dar a la Virgen las debidas gracias. Al otro día hubo convite, al que asistieron todos los parientes, en cuya presencia le mandó el marido que contase lo que había pasado.

Ella lo hizo, mostrando la cicatriz que había quedado en el cuello para testimonio de la verdad, y a vista de tan gran prodigio, todos sintieron en sus corazones nuevos deseos y estímulos al amor y devoción para con la Sacratísima Virgen.

III 1a. María es esperanza de todos

Los herejes modernos no pueden sufrir que invocando a María, la llamemos esperanza nuestra, porque dicen que esto sólo es propio de Dios, el cual maldice a quien pone su confianza en las criaturas (Jerem., 17, 5); y siéndolo María, ¿cómo en Ella se podrá colocar? Así hablan los herejes; pero la santa Iglesia, regida por el Espíritu Santo, manda que cada día los eclesiásticos y religiosos, en su nombre y en el de los demás fieles, la saluden, alzando la voz con el dulce título de esperanza nuestra, esperanza de todos.

En contraposición a la falsa y pestilente doctrina de los herejes, hagamos aquí una reseña de lo que dicen a una voz los Santos y Doctores de la Iglesia católica.

«De dos maneras, dice el Doctor Angélico, podemos esperar en una persona: o como principal, o como medio.» El que pide al rey una gracia, la espera del rey como soberano y del ministro como intercesor; y si la consigue, ya sabe que, aunque viene del soberano principalmente, el conducto ha sido el ministro, en el cual, como medianero, puso, con razón, su esperanza.

Dios, que es bondad infinita, desea sumamente enriquecernos con su gracia: pero como para ello exige confianza de nuestra parte, para animarnos a tenerla nos dio a su misma Madre por Madre y Abogada, depositando en sus manos los tesoros de su poder, a fin de que la salvación y cualquier otro bien, de Ella lo esperemos.

Los que la colocan en las criaturas sin dependencia de Dios, como hacen los pecadores, que por granjear el favor de un hombre disgustan al Criador; éstos son a los que les cae propiamente la maldición divina.

Mas los que confían en el valimiento de aquella Madre de piedad, criatura tan privilegiada y poderosa para alcanzarnos la gracia y vida eterna, son benditos y agradables a los ojos de Dios, que quiere se le dé honor, porque en la tierra le honró y amó Ella más que la multitud de todos los ángeles y Santos.»

Con razón, pues, llamamos a la Virgen esperanza nuestra, confiando, como enseña el Santo Cardenal Belarmino, que por su intercesión hemos de alcanzar de Dios lo que por nuestra súplicas no pudiéramos.

«Pedírnosle, añade el Padre Suárez, que interceda por nosotros, a fin de que su dignidad de medianera supla nuestra miseria; y esto no es desconfiar de la divina misericordia, sino conocer y temer nuestra propia vileza.»

Doctrina conforme a las palabras del Eclesiástico (24, 24), que le [aplica la Iglesia: «Madre de santa esperanza.» i Madre de quien esperamos, no los bienes del mundo, transitorios y viles, sino los celestiales y eternos.

San Efrén: «Dios te salve; esperanza del alma; Dios te salve, auxilio del cristiano, refugio de pecadores, defensa de corazones fieles, salud de todo el mundo.»

Así lo dice el Santo, y considerando que en el orden de la providencia con que ¡Dios nos gobierna tiene determinado que nadie se haya de salvar sino por medio de María, como probaremos largamente después, añade:

«No hay para nosotros otra esperanza sino en Vos, oh virgen fidelísima.» Santo Tomás de Villanueva sostiene lo mismo.

San Bernardo da la razón de lo que vamos diciendo con estas palabras: «Vean aquí los hombres los designios de Dios, que son de piedad: habiendo de redimir al género humano, puso en mimos de María todo el precio de la redención para que le reparta Ella como quisiere.»

Un piadoso autor moderno, explicando lo que se refiere en el capítulo 25 del Éxodo sobre aquel propiciatorio o trono de gracia que Dios mandó a Moisés fabricar de oro acendrado, para hablarle desde allí, dice que María es este propiciatorio para bien de todas las gentes; que desde él habla Dios lleno de piedad al corazón del hombre, da respuesta de clemencia y perdón, concede toda suerte de dones y nos colma de bienes.

San Ireneo: «Antes de encamar el Verbo divino en el seno purísimo de María, mandó al Arcángel a pedir su consentimiento, porque a Ella quiso debiese el mundo el alto misterio de la Encarnación.»

El sabio Idiota: «Todo bien, todo auxilio, toda gracia que de Dios recibieron y recibirán hasta el fin del mundo los hombres, todo fue y todo será por intercesión de María.»

Blosio: «¡Oh Señora! Siendo Vos tan amable y agradecida con todos los que os aman, ¿quién por su desdicha será tan necio que deje de amaros? Vos, en las dudas y confusiones, dais luz a los que a Vos acuden; Vos consoláis a los que en Vos confían; Vos los libráis de los peligros; Vos socorréis a los que os llaman; Vos, después de vuestro Hijo, sois la salud de vuestros fieles siervos. Salve, esperanza de los desdichados, refugio de los desamparados. Sois omnipotente, pues que vuestro Hijo hace sin tardanza cuanto Vos queráis.»

San Germán: «¡Oh Señora mía! Vos sois mi consuelo, dado por Dios, guía de mi camino, fortaleza de mi debilidad, riqueza de mi gran miseria, medicina de mis llagas, alivio de mis dolores, libertad de mis cadenas, esperanza de mi salvación. Oye mis ruegos, compadécete de mis suspiros, Señora mía, refugio mío, vida mía, auxilio, confianza y fortaleza mía.

San Antonino: «Bien puede el mundo tenerla por fuente y madre de todo bien, y decir (Sab., 7, 11): Con Ella he recibido toda suerte de bienes.»

El sabio Idiota: «Quien halla a María, halla toda la felicidad, halla la gracia y la virtud, porque su poderosa intercesión le alcanza todo cuanto necesita, enriqueciendo su alma con la gracia divina, como lo hace saber Ella misma, asegurando que en su mano tiene todas las riquezas del Cielo; es decir, todas las misericordias de Dios, conforme a lo que se le aplica en el capítulo 8 (v. 18) de los Proverbios: Yo poseo tesoros en abundancia para enriquecer a los que me aman.»

El autor del espejo de nuestra señora: «Todos debemos tener puestos los ojos en las manos de María, para recibir los bienes que deseamos.»
¡Y qué bienes tan preciosos! ¡Cuántos soberbios hallan la humildad en la devoción de María!

¡Cuántos iracundos, la mansedumbre! ¡Cuántos ciegos, la luz! ¡Cuántos desesperados, la confianza! ¡Cuántos descarriados, la salvación! Así lo prometió por su boca dulcísima, diciendo a su prima, cuando llegó a visitarla (Le., 1, 48): Desde hoy, todas las generaciones me han de llamar bienaventurada.

«Sí, comenta San Bernardo, todas las generaciones lo dirán, porque a todas disteis la vida y la gloria; porque en Ti los pecadores encuentran perdón, y los justos, gracia perdurable.»

El devoto Lanspergio: «Hombres (dice en boca de Dios), honrad a mi Madre con singular veneración. Yo os la di para ejemplo de pureza, refugio segurísimo y asilo en las tribulaciones. Nadie recele acercarse a Ella, pues la crié tan benigna y misericordiosa para que a ninguno deseche, a ninguno se niegue, a todos abra el seno de su piedad y a nadie despida desconsolado.»

¡Qué tiernos sentimientos de confianza para con Jesucristo y su bendita Madre abrigaba el autor desconocido que escribió el Estímulo de amor: «Aunque parezca que me tiene Dios ya reprobado, sé que no se puede negar a Sí mismo.

Me abrazaré a El hasta que me bendiga, y sin mí no se podrá ir. Me esconderé en sus llagas, y de este modo fuera no me encontrará. Me echaré a los pies de su bendita Madre, pidiendo perdón; como es tan buena, no podrá dejar de apiadarse de mí, o, al verme tan desdichado, inclinará en mi favor, compadecida, la indulgencia de su Hijo Santísimo.»

Concluyamos, pues, diciendo con el monje Eutimio: «Poned en nosotros, ¡oh piadosa Madre!, vuestros ojos de misericordia. Siervos vuestros somos, y en Vos hemos colocado toda nuestra esperanza.»

II 3c. Oración

¡Oh dulcísima Madre! ¿Cuál era la muerte de este miserable pecador? Cuando pienso en el último instante de mi vida y en aquel tribunal y estrecha cuenta que me aguarda; cuando reflexiono que con mis pecados tengo merecida sentencia de condenación, me lleno de espanto.

En la sangre de mi Redentor y en vuestra intercesión poderosa pongo toda mi esperanza.

Aunque sois Reina del Cielo, Señora del mundo y Madre de Dios, que es de todas la mayor dignidad, tanta grandeza no os aleja de nosotros, antes bien, os inclina más a tener compasión de nuestra miseria, porque Vos no hacéis como los amigos del mundo, que si los levanta la fortuna, se olvidan de lo que fueron y no se dignan mirar siquiera a sus amigos antiguos caídos en desgracia.

Vuestro noble corazón, al contrarío, donde ve mayor necesidad, allí acude más pronto.

Luego que os invocamos, y aun antes, venís. Nos consoláis en nuestras aflicciones, disipáis las tempestades, vencéis a nuestros enemigos, y en toda ocasión procuráis nuestro bien.

Sea para siempre bendita la mano divina que en Vos ha juntado tanta majestad y ternura, tanta grandeza y amor. Doy al Señor gracias porque en vuestra felicidad consiste la mía. y de vuestra suerte pende mi suerte.

¡Oh consoladora de los afligidos! Consolad a uno que viene a buscaros. Los remordimientos me atormentan, así por los muchos pecados que cometí como por saber si los he ya llorado debidamente. Veo que todas mis obras han sido malas, que los enemigos infernales esperan mi muerte para acusarme y que la divina Justicia, ofendida, pide satisfacción.

¡Ay, Madre amorosa! ¿Qué ha de ser de mi? Si Vos no me amparáis me doy por perdido. ¿Qué decís? ¿Que me protegeréis? Decid que sí, Virgen piadosísima, y alcanzadme un verdadero dolor de mis pecados, gracia para enmendarme y firmeza en el servicio del Señor los pocos días que me quedan de vida.

Y cuando llegue la hora de la muerte y me veáis en aquellas angustias, no me abandonéis, esperanza mía, sino ayudadme entonces mucho más para que no desespere, acordándome de la multitud y gravedad de mis pecados y viendo a mis enemigos en orden de batalla para acometerme.

Más os quiero pedir, y perdonad mi atrevimiento: Venid Vos en persona a consolarme con vuestra presencia. Este favor, que a tantos habéis hecho, yo también lo reclamo.

Si es grande mi audacia, mayor es vuestra bondad. Madre sois, y siempre buscáis a los más necesitados para llenarlos de consuelo. En Vos confío.

Sea gloria vuestra el haber salvado a un infeliz merecedor del eterno castigo y haberle abierto las puertas del reino celestial, donde, al veros, correré a vuestros pies para adoraros, rendiros gracias, bendeciros y amaros por toda la eternidad. Amén.

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