VI 1a. María es nuestra abogada, y tiene poder para salvarnos a todos

Es tan grande la autoridad que tiene una madre sobre sus hijos, que, aunque alguno llegue a ser gran monarca, con absoluto dominio de todas las personas de su reino, nunca la madre viene a estarle sujeta.

Verdad es que, sentado a la diestra del Padre, Jesucristo nuestro Señor adquirió, en cuanto hombre, por razón de la unión hipostática con la persona del Verbo, dominio general sobre todas las criaturas, incluso María; pero también es positivo que mientras vivió en carne mortal quiso humillarse y serle subdito, como atestigua el Evangelio de San Lucas (2, 51).

Y aún llegó a decir San Ambrosio que, supuesto que se dignó escoger a María por Madre, el obedecerle como Hijo fue obligación.

Lo más que se dice de los Santos es que están con Dios; pero de la Reina de los Santos se afirma que tuvo la suerte, no sólo de haber estado siempre sumisa a la divina voluntad, sino de haber tenido a la suya sujeta y obediente al mismo Dios.

Las demás vírgenes siguen al Cordero dondequiera que va (Apoc., 14,4); pero la Virgen de vírgenes fue en este mundo seguida del Cordero, subdito suyo.

Ahora, en el Cielo, si bien ya no puede mandar en su divino Hijo, es indudable que sus ruegos maternales son eficacísimos para conseguir cuanto pide. Lo que pide y desea lo puede en tierra y Cielo, y hasta volver la esperanza a los que ya estaban desesperados.

Cada vez que se acerca al altar de la misericordia y presenta a Jesucristo cualquier petición en beneficio nuestro, es tanto lo que el Señor se agrada, y accede tan pronto, que más parece precepto que súplica, más de señora que de sierva.

De esta manera honra Jesús a su querida Madre, de quien fue tan honrado mientras vivió entre nosotros, concediéndole al instante todo cuanto desea. Sois omnipotente, Señora, en salvar a los pecadores, sin tener necesidad de otra recomendación que el ser Madre de la verdadera Vida.

Todo, hasta el mismo Dios, obedece al mandato de María, dice francamente San Bernardino de Sena; esto es, Dios oye sus ruegos como si fueran preceptos. Sí, Virgen purísima; a tanto os ha Dios ensalzado, que, por gracia, no hay para Vos cosa imposible. Vuestro auxilio es omnipotente, pues conforme a buena ley gozáis todas las prerrogativas de que el Rey goza, como que sois la Reina.

Poderoso es el Hijo, poderosa la Madre; omnipotente el Hijo, omnipotente la Madre, y tanto, que tiene puesta Dios a toda la Iglesia, no bajo vuestro amparo solamente, sino también bajo vuestra jurisdicción y dominio.

Una es la diferencia: que el ser omnipotente el Hijo es por naturaleza, y la Madre, por gracia, como fue revelado a Santa Brígida, que un día oyó que el Señor dijo a su dulce Madre:

«Madre mía, pide cuanto quieras, porque no pueden dejar tus ruegos de ser oídos. Tú, en la tierra, nada me negaste, y Yo en el Cielo, nada te negaré.» Con esto, bien entendemos lo que quiere decir ser omnipotente María, no que lo sea en todo rigor, cosa de que una criatura no es capaz, por perfecta que sea, sino porque pide y alcanza cuanto quiere.

Basta que sea empeño vuestro, Señora, y todo se hará; basta que queráis levantar al mayor pecador del mundo, y será santo. Y así, decía: Lo que los hombres me deben suplicar es que Yo quiera, porque todo aquello que me agrada necesariamente se hace.

Muévaos, Señora, vuestra benignidad y poder, porque cuanto sois más poderosa, debéis ser más misericordiosa. ¡Oh dulce abogada nuestra!, pues que tenéis corazón tan piadoso que no podéis ver nuestras miserias sin compasión, y juntamente con Dios, poder tan grande para salvarnos, no os desdeñéis de mirar por nosotros, miserables pecadores, los que en Vos hemos puesto toda la esperanza.

Y si nuestras oraciones son ineficaces, confiemos en Vos, sabiendo que Dios os ha ensalzado tanto para que tan rica como sois en poder, tan misericordiosa seáis en querer favorecernos. Pero de vuestra misericordia, dice San Bernardino, ¿quién ha de dudar? Si es inmenso el poder, inmensa es la bondad, e inmensa la caridad, como por los efectos vemos cada día.

Desde que vivía aquí, en la tierra, su único pensamiento fue, después de la gloria de Dios, el bien de los hombres, con el privilegio de conseguir cuanto pidiese, ilimitadamente.

Lo comprueba el suceso de las bodas de Cana, cuando, habiendo faltado vino, compadecida del rubor de aquella buena gente, se acercó a pedir a su Hijo que los consolase con obrar un milagro. Al principio parecía que el Señor se negaba, y así dijo (Jn., 2, 4): Mujer, ¿a nosotros qué nos importa? El tiempo de hacer milagros no ha llegado aún; los haré cuando empiece a predicar, en confirmación de mi doctrina.

Con todo, María como si ya estuviese acordada la gracia, les dice (1) que llenen las vasijas de agua. Pero ¿cómo es esto? Si el tiempo determinado de obrar los milagros había de ser el de la predicación,¿cómo se anticipa contra el decreto divino?

No, dice San Agustín; no hay aquí nada opuesto a lo que Dios tenía decretado, porque aunque, generalmente hablando, todavía estaba por venir el tiempo de las señales y prodigios de nuestro divino Salvador, tenía Dios también determinado desde toda la eternidad, con otro decreto general y absoluto, que a su Madre todo se lo había de conceder luego que se lo pidiese.

Y por esto, sabedora Ella de este privilegio, aunque, al parecer, se le negaba aquella petición, manda, como cosa ya hecha, que llenen las vasijas de agua. Quiere decir, que, a pesar de la aparente repulsa, el Señor, para honrarla, accede prontamente a sus ruegos, o que con aquellas palabras quiso dar a entender que, por entonces, a los de ningún otro hubiera accedido; pero hablando su Madre, no lo dilata un punto.

Ciertamente, no hay criatura alguna que pueda obtener tantas misericordias a los miserables desterrados en este valle de lágrimas como esta medianera santísima, honrada por Dios como querida Madre. Basta que abra los labios.

Hablando el Esposo de los Cantares (8, 13), en quien está figurada María, le dice de este modo: Tú que habitas en los jardines, los amigos escuchan; oiga Yo tu voz.

Los amigos son los Santos, los cuales, siempre que piden algo en beneficio de sus devotos, esperan que su Reina presente la súplica y alcance la gracia, pues que ninguna se concede sino por su mediación.

¿Y cómo las impetra? Basta que se oiga su voz. Consigue las gracias rogando, sí, pero al mismo tiempo interpone la autoridad materna, con la que obtiene cuanto pide y desea. No hay en esto duda.

Cuenta Valerio Máximo que, teniendo Coriolano sitiada la ciudad de Roma, su patria, y no bastando súplicas de ciudadanos y amigos a persuadirle a alzar el cerco, saliendo, al fin, su madre, Veturia, no pudo el hijo resistir a sus ruegos y lágrimas, y al instante se retiró.

¡Cuánto más aceptos serán los ruegos de tan buena Madre a un hijo tan amante! Un sólo suspiro suyo vale más que las oraciones de todos los Santos. Suspiros son de Madre, a cuyo poder y eficacia no hay resistencia.

Acudamos, pues, a esta poderosísima abogada, diciendo: Señora, pues que tenéis autoridad de Madre, fácil os es obtenernos perdón de nuestros pecados, por enormes que sean, no pudiendo menos de acceder a cuanto le pedís a aquel Señor de infinita piedad, que os escogió por Madre.

Todo el Cielo, a una voz, os llama bendita, diciendo que lo que Vos queréis es lo que se hace, y nada más, según aquel célebre verso:

Lo que Dios con su imperio, Tú, Señora, lo puedes con tu ruego. Pues qué, ¿no ha de ser cosa propia de la benignidad del Señor dar gusto a su dulcísima

Madre, puesto que vino al mundo, no a quebrantar, sino a cumplir la Ley, entre cuyos Mandamientos, uno muy principal es honrar padre y madre? Y aun en cierto modo está obligado a ello, por ser deudor a la suya del ser humano que en su seno purísimo recibió, con el consentimiento de la misma Señora.

Bien le podemos decir: Alégrate, Virgen Santa, de tener por deudor a un Hijo que a todos da y de ninguno recibe. Nosotros debemos todos a Dios (Manto tenemos, porque todo es don suyo. Unica ante a Vos ha querido ser deudor, tomando carne Piangre en vuestras purísimas entrañas.

Contribuísteis a dar el precio de la redención para librar lal hombre de la muerte eterna, y por eso sois más ¡poderosa que ningún Santo en ayudarnos a conseguir la eterna vida. Vuestro Hijo gusta que le pidáis, porque desea darlo todo por vuestro respeto, para pagaros así la preciosa dádiva que le hicisteis dándole forma humana.

Sí, Virgen sin mancilla, a todos nos podéis salvar con vuestros ruegos, dignificados con la autoridad que os da el ¡título y ser de Madre.

Concluyamos con las regaladas palabras del ESTlMULO DE AMOR.

Inmensa y admirable fue, por cierto, la bondad de Dios, que, siendo nosotros pecadores vilísimos, darnos le plugo en Vos una abogada de quien podemos esperar toda suerte de bien: abogada en cuyas manos beneficentísimas están los tesoros inagotables de la divina gracia; abogada piadosísima, por quien alcanzásemos redención de culpas, galardón de gloria.

V 2c. Oración

¡Oh Reina y Madre de misericordia, que dispensáis los favores con liberalidad de reina y amor de madre, hoy acudo a Vos, viéndome tan falto de méritos y virtudes y tan alcanzado en deudas con la divina justicia! Vos, Señora, que tenéis la llave de todas las misericordias, no os olvidéis de mi gran miseria, ni me dejéis en esta pobreza y desnudez. Siendo con todos tan generosa, que dais siempre mucho más de lo que os piden, sedlo también conmigo, protegiéndome y amparándome, que es todo lo que pretendo y pido. Si Vos me protegéis, nada temo.

No temo al demonio, porque sois mucho más poderosa que todo el infierno; no a mis pecados, porque me podéis alcanzar el perdón con sólo una palabra que digáis; ni aún temo la cólera del Juez airado, porque una súplica vuestra basta para aplacarle.

En suma: valiéndome de Vos, todo lo espero, porque todo lo podéis. Madre de misericordia, sé que vuestro gusto es favorecer a los desdichados, y sé que los protegéis, si de su parte no hay obstinación. Pues yo, aunque pecador, no me obstino, sino que propongo de veras enmendarme.

Vos me podéis ayudar. Ayudadme, pues, a recobrar la gracia y salvar mi alma. Hoy me pongo enteramente en vuestras manos clementísimas.

Inspiradme lo que tengo que hacer para agradar a Dios, que estoy resuelto a ponerlo por obra, y con vuestro favor espero que lo haré. ¡Oh María, oh María, Madre, luz, consuelo, refugio y esperanza mía! Amén, amén, amén.

V 2b.Ejemplo: Escritura arrebatada al demonio

Famosa es la historia de Teófilo, escrita por Eutiquiano, patriarca de Constantinopla, testigo ocular, y confirmada por los Santos Pedro Damián, Bernardo, Buenaventura, Antonio y otros, alegados por el P. Crasset.

Era Teófilo arcediano de la iglesia de Adana, ciudad de Cilicia, y tan estimado generalmente, que el pueblo le pedía por obispo, rehusando él por humildad.

Con todo, como por acusación de algunos malévolos fuese depuesto de la prebenda, concibió tan gran sentimiento, que, ciego de pasión, fue a buscar a un mago judío, y éste le proporcionó abocarse con Satanás, para que le ayudase en aquella desgracia. Respondió el demonio que para merecer su favor, primero había de renegar de Jesús y María, y ponérselo por escrito. Teófilo firmó la escritura execrable.

Al día siguiente, habiendo conocido el obispo la sinrazón, le pidió excusa y le repuso en el ejercicio de la dignidad. Entonces conoció Teófilo lo grave de su crimen, y con gran remordimiento comenzó a llorar amargamente.

¿Qué hacer? Se va a una iglesia, se postra delante de una imagen de nuestra Señora, y con abundancia de lágrimas le dice: «Madre de Dios, no quiero caer en desesperación teniéndoos a Vos, que sois tan clemente y me podéis valer.»

Con esta súplica estuvo cuarenta días, siempre llorando a los pies de la Virgen, hasta que una noche se hace la Señora visible, diciéndole: «¿Qué es lo que has hecho, Teófilo?

Me has negado a Mí y a mi Hijo. Y ¿a quién has vendido tu alma? A mi enemigo y tuyo.» «Vos, Señora — respondió —, me habéis de perdonar y obtener perdón de vuestro Santísimo Hijo.» Viendo María tanta confianza, le volvió a decir: «Consuélate, que pediré por ti.»

Animado con esto, dio mayor rienda a los sollozos, penitencias y ruegos, sin desviarse de la vista de aquella sagrada imagen, y al cabo de otros nueve días se le volvió a aparecer, diciendo:

«Teófilo, alégrate, que he presentado en el acatamiento divino tus plegarias y han sido bien oídas, y ya Dios te ha perdonado.

De hoy en adelante séle fiel y agradecido.» «No basta, Señora —replicó Teófilo—; tiene todavía el enemigo aquella escritura abominable, y Vos podéis hacer que se me devuelva.»

Tres días pasaron, y la tercera noche despertó y se halló con el papel en el pecho.

A la mañana siguiente, estando el obispo en el templo, con gran concurso de gente, fue allá Teófilo, se le echó a los pies, contó cuanto había pasado, y hecho un mar de lágrimas le puso en las manos el papel, que se quemó allí en público, llorando todos de alegría con bendiciones y alabanzas a Dios y a su Madre, por la misericordia que había usado con aquel pecador, el cual se volvió desde allí a la iglesia de su abogada, donde tres días después murió, lleno de gratitud y júbilo.

V 2a. Prosigue la misma materia

A la manera que un hombre y una mujer causaron nuestra ruina, dice San Bernardo, así fue conveniente que el daño se reparase por otro hombre y otra mujer, que fueron Jesús y María.

Suficientísimo era Jesucristo para redimirnos; pero, pues ambos sexos concurrieron al mal, convino, por congruencia, que ambos nos trajesen el bien. Y así, San Alberto Magno llama a María cooperadora de nuestra redención.

Y como la misma Señora reveló a Santa Brígida, por una manzana vendieron el mundo Adán y Eva, y con un corazón le rescataron Jesús y su Madre dulcísima. De la nada creó Dios el mundo, añade San Anselmo; pero habiéndose perdido por la culpa, no quiso repararle sin la cooperación de María.

De tres maneras cooperó la divina Madre a nuestra salvación, como explica el Padre Suárez; primera, mereciendo con mérito de congruencia la Encarnación del Verbo eterno: segunda, rogando por nosotros instantemente mientras vivió en la tierra; tercera, ofreciendo con pronta voluntad la vida de su Hijo por nuestro remedio.

Habiendo, pues, contribuido así, con amor ardentísimo, a la gloria de Dios y a nuestra salvación eterna, tiene decretado el Señor que todos hayamos de conseguirla por su mediación y valimiento.

Se llama cooperadora de la justificación, porque Dios ha puesto en sus manos todas las gracias que han de hacer a los hombres; y todos los hombres pasados, presentes y por venir, dice San Bernardo, tienen que mirar a María como el medio de su eterna felicidad y como el centro de todos los siglos. Lo que dijo el Señor (Jn., 6, 44): Ninguno viene a Mí si mi Padre no le trae, lo puede también decir de su Madre:

Ninguno viene a Mí si, con sus ruegos, no los trae mi Madre. Jesús fue el fruto bendito de aquel vientre inmaculado (Le., 1,42), como exclamó Santa Isabel cuando la vio entrar por sus puertas; y así, quien apetezca el fruto ha de ir al Árbol: quien quiera hallar a Jesús, tiene que buscar a María, y hallar a uno es hallar al otro. Luego que Santa Isabel la vio, no sabiendo cómo agradecerle aquella fineza tan singular, dijo en alta voz:

¿De dónde a mí, que la Madre de mi Dios venga a visitarme?

¿Pero acaso ignoraba que allí venía el Señor también? ¿Cómo no dice o no se tiene más bien por indigna de recibirle a Él? ¡Ah, que la Santa entendió muy bien que cuando viene María trae consigo a Jesús, y por eso le bastó dar a gracias a la Madre, sin que fuese menester nombrar al Hijo!

Fue como navio de mercader, que de lejos trae el sustento (Prov., 31, 14), María es aquella nave feliz que nos trajo al Salvador, pan vivo bajado del Cielo, para darnos vida de gracia y gloria, corno dijo el mismo Señor (Jn., 6, 51); y así, puede asegurarse que todos los que en el borrascoso mar de este mundo no se refugien a esta nave de salud, perecerán.

Por esto siempre que nos veamos en peligro de caer, dirijamos pronto a María nuestros clamores, y digamos (Mí., 8, 25): Socorrednos, Señora, sin tardanza, que perecemos.

Nótese aquí, de paso, que el piadoso autor de quien tomamos estas palabras no tiene reparo en decir sálvanos, que perecemos, como lo tuvo el otro que voy rebatiendo (1), fundado en que la prerrogativa de salvar sólo pertenece a Dios.

Mas si un hombre que haya sido sentenciado a muerte puede muy bien suplicar a un favorito que, imponiendo su valimiento con el rey, le salve, obteniéndole la gracia de la vida, ¿por qué no ha de poder un cristiano decir a la Madre de Dios que le salve y alcance de Dios la gracia de la vida eterna?

Ninguna dificultad hallaba el himnógrafo griego en decirle: «Reina inmaculada, Reina purísima, sálvame y líbrame de la eterna condenación; ni el salterio mariano en llamarla Salud de todo el que la invoca; ni la santa Iglesia en invocarla como Salud de los enfermos.

¿Y hemos todavía de tener escrúpulos en suplicarle que nos salve, cuando a nadie se da entrada por el Cielo sino por Ella, nadie se salva sino por María, como dijo San Germán? ¿No dicen claramente los Santos que nos es necesario la intercesión de la divina Madre? Decía San Cayetano:

Bien podemos buscar la gracia, pero jamás la encontraremos sino por medio de María. Pero sin valerse de Ella, añade San Antonino, es como volar sin alas. Porque así como cuando las gentes, acosadas del hambre pedían pan a Faraón, éste les decía (Gen., 41, 55): Id a José, así dice Dios: Id a María, pues ha decretado, dice San Bernardo, no conceder a nadie cosa alguna sino por su medio. Nuestra salud está en su mano.

La salud de todo el mundo consiste en ser por Ella favorecidos y amparados.

San Bernardino de Sena la llama Dispensadora de todas las gracias. Al modo que una piedra cae si no tiene cosa que la detenga, así, dice otro escritor, un alma sin el sostén de María cae primero en el pecado, y después en el infierno.

El salterio mariano añade: Sin su intercesión no salva Dios a nadie. Un niño sin alimento, muere, y un hombre sin amparo de María, perece. Procura, pues, que tu alma tenga sed de la devoción de María; ásete a Ella y no la dejes hasta que te bendiga.

¡Oh Virgen hermosa!, exclamó San Germán, ¿quién hubiera conocido a Dios sino por Ti? ¿Quién se libraría de los peligros, quién recibiría gracia alguna sino por Ti? ¡Oh Virgen! ¡Oh Madre! ¡Oh llena de gracia!

Para llegar al Padre, dice San Bernardo, no tenemos acceso sino por Jesucristo; y para Jesucristo, el medio más seguro es María Santísima; por Ella nos recibe el que por Ella se nos dio. ¿Qué será, pues, de nosotros, Señora, si nos abandonáis, Vos, que sois la vida de todo cristiano?
Replica el referido autor moderno que si ello es así, que todas las gracias pasan por María, También habrán de recurrir los Santos a la Virgen para alcanzar por su medio los favores que les pedimos, esto, dice, nadie lo cree, nadie lo ha soñado.

Respondo que en creerlo no hay error ni inconveniente alguno. ¿Qué inconveniente puede haber si decimos que, habiéndola Dios constituido Reina de todos los Santos y decretado que todo favor pase por sus manos, quiera, para más honrarla, que aun los Santos recurren a Ella, y por su medio alcancen a sus devotos cualquier beneficio? Y en cuanto a que nadie lo ha soñado, yo encuentro que lo afirman terminantemente San Bernardo, San Anselmo, San Buenaventura, y con ellos el eximio doctor Francisco Suárez, diciendo todos unánimemente que en vano acude a los Santos cuando la Virgen no le favorece ni ayuda.

Lo mismo enseña un piadoso escritor moderno explicando aquellas palabras del Profeta Rey (Ps., 44, 13): Todos los ricos del pueblo buscarán tu rostro y te pedirán.

Dice que los ricos de aquel gran pueblo de Dios son los Santos, los cuales, cuando desean alcanzar alguna merced para sus devotos, se encomiendan a nuestra Señora para que se la obtenga. Y así, dice el Padre Suárez, aunque entre los Santos no acostumbramos valemos de la intercesión de uno para con otro, pues todos son iguales; pero respecto de la Virgen, con gran razón les pedimos que sean nuestros intercesores para con la que es su Reina y Señora.

Prueba de esto es que el Patriarca San Benito, apareciéndosele a Santa Francisca Romana, le prometió abogar por ella delante de la Sacratísima Virgen. Sin duda, Virgen soberana, exclama San Anselmo, todo lo que los Santos pueden alcanzar unidos con Vos, lo podéis Vos sola conseguir.

¿Y por qué sois tan poderosa? Porque sola sois Madre del Salvador, sois la Esposa escogida del mismo Dios, sois Reina universal de Cielos y tierra.

Si Vos no pedís por nosotros, no lo hará ningún Santo; mas si ellos ven que Vos empezáis la súplica, al instante se pondrán a vuestro lado, y pedirán y tendrán empeño en favorecernos. Porque cuando se dirige a orar por nosotros, dice el espejo de nuestra señora, como Reina que es de los ángeles y los Santos, le manda juntar sus ruegos con los suyos para inclinar la voluntad del Altísimo.

Así, finalmente, se entiende la razón por que la santa Iglesia nos manda invocar y saludar a esta Madre dulcísima con el título precioso de esperanza nuestra: Spes nostra, salve. El impío Lulero decía que para él era cosa insufrible que la Iglesia romana llamase a María su esperanza, mal fundado en que sólo Dios y Jesucristo pueden ser esperanza del hombre; tanto, que por Jeremías (17, 5) maldice Dios al que la coloca en alguna criatura.

Pero la Iglesia que no se engaña, nos dice que la invoquemos sin cesar, llamándola en alta voz esperanza nuestra: Spes nostra, salve. El que la pone en alguna criatura independientemente de Dios, será el maldito, porque Dios es la única fuente y dador de todo bien, y la criatura sin Dios, como nada tiene, nada puede dar. Pero el Señor ha dispuesto, como ya hemos probado, que todas las gracias pasen por manos de su Madre, canal de misericordia, y por esto se puede y debe decir que es esperanza nuestra, y que por su mediación recibimos todos los favores del Cielo.

En efecto, Señora, os diré, con San Bernardo, con San Juan Damasceno, Santo Tomás y San Efrén: Vos sois toda mi confianza, toda mi esperanza. Os miro atentamente, y sé que de vuestra mano está pendiente mi dicha.

Protegedme bajo las alas de vuestra piedad. Procuremos venerarla con todos los afectos del corazón, pues que así lo quiere Dios, habiéndola constituido medio y canal para dispensarnos todas sus bondades, y siempre que deseemos alcanzar alguna merced de la piedad divina, encomendémonos a María, y no dudemos de conseguirla, que si lo desmerecemos, bien lo merece la que por nosotros interpone sus ruegos; así como si aspiramos a que acepte Dios lo que de nuestra poquedad le ofrecemos, sea María el conducto, y el Señor admitirá la ofrenda benignamente.

V 1c. Oración

Alma mía, conoce la esperanza grande de salvación eterna que el Señor te da con haberte, por su misericordia, puesto bajo el patrocinio de su bendita Madre, después que por tus pecados mereciste mil veces el infierno. Rinde gracias a Dios, y a su dulcísima Madre muy afectuosas por la bondad con que te acoge bajo su manto sagrado, colmándote de favores.

Sí, amorosa Madre mia, de lo íntimo del corazón os doy gracias por todo el bien que me habéis prodigado, siendo yo, como he sido, esclavo del demonio. ¡De cuántos peligros me habéis librado! ¡Cuánta luz y misericordia me habéis impetrado del Señor! ¿Y qué habéis recibido Vos de mí parte para que así me colmaseis de beneficios? Nada.

Vuestra sola bondad fue la que os movió. ¡Ah Señora!, que aunque diese por Vos la sangre y la vida, todo sería poco, habiéndome librado Vos de la muerte eterna, obtenido, como confio, la divina gracia y siendo el origen de toda mi felicidad. No puedo corresponder con otra cosa que con amor y alabanza.

No desechéis los afectos de un miserable pecador que se ha prendado de vuestra bondad. Si es indigno de amaros por verse tan lleno de pasiones e inclinaciones terrenas, purificad y trocad Vos enteramente su corazón.

Unidme a Dios con lazo tan estrecho que no vuelva jamás a separarme de su santísimo amor. Esto es lo que Vos me pedis, y esto es lo que yo os pido también a Vos.

Alcanzadme esta gracia, que otra cosa no pido ni deseo.

V 1b.Ejemplo: ¡Jamás renegaré de mi Madre!

Un joven a quien su padre había dejado, con la nobleza, muchos bienes de fortuna, por haberse dado a los vicios, vino a ser tan pobre, que tuvo que ponerse a pedir limosna, y al cabo se fue de su patria para vivir con menos vergüenza donde nadie le conociese.

Encontró en el camino a un hombre que había sido criado de su casa, el cual, viéndole tan derrotado y miserable, le dijo que se alegrase, porque él le presentaría a un señor muy poderoso, de quien seguramente podía esperar cuanto necesitase.

Era este hombre, por lo visto, un malvado hechicero, y llevando consigo al mozo por un bosque cerca de una laguna, empezó a hablar con persona invisible.

El joven, admirado, le preguntó con quién hablaba y él respondió: «Con el demonio.» Y al mismo tiempo le animaba a no temer, viéndole tan asustado. Siguió conversando, y dijo: «Señor, este joven se ve reducido a extrema necesidad, y quisiera recobrar lo perdido.»

«Si está dispuesto a obedecerme —contestó el espíritu infernal - le haré más rico que antes era: pero con la condición que reniegue de Dios.»

Al oír esto, el joven se horrorizó; pero instigado por el maldito hechicero, al fin lo hizo, y renegó de su Criador.

«No basta — volvió a decir el diablo —; también ha de renegar de la Virgen, porque ésta es la que nos hace mayor daño. ¡Oh, a cuántos nos arrebata de las manos, volviéndolos a Dios y alcanzándoles la salvación!» «Eso, no —dijo el joven—; yo no reniego de mi Madre, porque Ella es toda mi esperanza; más quiero ir toda mi vida por el mundo pidiendo limosna.» Dicho esto, huyó de allí.

A la vuelta encontró una iglesia de nuestra Señora, donde, habiendo entrado, se postró ante una imagen suya, y empezó a suplicar con muchas lágrimas que le alcanzase misericordia y perdón. He aquí que María se pone al instante a pedir a su Santísimo Hijo por aquel infeliz; pero el Señor respondió: «Es un ingrato, que ha renegado de Mí.»

La Virgen, a pesar de esto, no cesaba de rogar por él, hasta que al fin le dijo el Señor: «Madre: nunca os he negado nada; quede perdonado, pues que Vos lo queréis.»

Todo esto lo estuvo escuchando a escondidas un hombre rico que era el mismo que había comprado las haciendas del joven, y viendo el favor que la Virgen le dispensaba, le llevó a su casa y le dio por mujer a una hija suya única, haciéndole heredero de cuanto tenía. Así recobró el joven a un tiempo, por medio de la Virgen, la gracia de Dios y los bienes temporales.

V 1a. Cuan necesaria sea para salvarnos la intercesión de nuestra Señora

Que el invocar y hacer oración a los Santos, y especialmente a la Reina de todos, María Santísima, para que nos alcancen del Señor gracias y favores, es cosa no solamente lícita, sino útil y santa; es verdad de fe, definida en los Concilios, contra los herejes, que la motejan de injuriosa a Jesucristo, único medianero nuestro.

Pues si Jeremías, después de su muerte, ruega por la ciudad de Jerusalén (2 Macab., 15, 14); si los ancianos del Apocalipsis (6, 8) presentan a Dios las oraciones de los Santos; si promete San Pedro a sus discípulos (2 Pftr, 1,15) acordarse de ellos después de pasar de este mundo; si San Esteban (Act., 7, 59) ruega por sus perseguidores; si San Pablo (Act., 27, 24) lo hace por sus compañeros; si pueden los Santos

pedir por nosotros ¿por qué no hemos de solicitar su intercesión? El mismo San Pablo (/ Tesal., 5, 25) se encomendó en las oraciones de sus discípulos. Y Santiago (5, 16) nos exhorta a rogar los unos por los otros. Luego bien podemos hacerlo con toda seguridad.

¿Quién niega que Jesucristo sea nuestro medianero de justicia, que con sus méritos nos ha reconciliado con el Padre? Mas ¿no será también cosa impía el decir que desagrada a Dios dispensar mercedes por intercesión de los Santos, y con especialidad por medio de su Madre amantísima, a quien desea grandemente ver amada y venerada de todos? ¿Quién no sabe que el honor tributado a la madre redunda en honor de los hijos? (Prov., 17,6).

¿Quién ha de creer que se oscurezca la gloria del Hijo alabando a su Madre, sino, al contrario, que cuantos más elogios se le den a Ella, más se le dan a Él? Bendecir a la Reina Madre, dice San Ildefonso, es bendecir al Hijo.

No se duda que por los merecimientos de Jesucristo se concedió a María la dignidad de ser medianera de nuestra salud, no de justicia, sino de gracia y de intercesión, corno la llaman el espejo de nuestra señora y San Lorenzo Justiniano.

Y, por lo mismo, el acudir a la Virgen para que nos alcance las gracias no proviene, dice el Padre Suárez, de que desconfiemos de Dios y de su misericordia, sino del temor de nuestra propia indignidad y vileza, conociendo la cual recurrimos a María para que supla nuestra miseria con sus méritos e intercesión. Que esto sea cosa útil y santa,lo dudará solamente quien no tenga fe.

Mas lo que ahora intentamos probar es que su intercesión es necesaria para salvarnos, si no de una manera absoluta y rigurosa, a lo menos, moralmente, hablando con toda propiedad.

Y decimos que esta necesidad dimana de la voluntad positiva de Dios, que ha determinado que todas las gracias que a los hombres dispensa hayan de pasar por manos de María, según la opinión de San Bernardo, que ya es común hoy entre los doctores y teólogos, como lo explica bien el autor del libro intitulado reino de maría.

Esta es la opinión de Vega, Mendoza, Segneri, Poiré, Crasset, Contenson otros innumerables. Hasta Natal Alejandro, autor ordinariamente tan mirado en lo que dice, lo segura sin titubear.

Sólo un escritor moderno (1) ha mostrado ser le diverso sentir, aunque habla con mucha piedad v doctrina cuando explica la verdadera y falsa devoción.

Mas con la Madre de Dios ha sido muy avaro en concederle esta prerrogativa, que le «tribuyen largamente San Germán, San Anselmo, San Juan Damasceno, San Buenaventura, San Antonino, San Bernardino de Sena y tantos otros doctores sagrados, que sin dificultad aseguran ser la intercesión de María no sólo útil, sino también necesaria.

Dice dicho autor que el suponer que Dios ninguna gracia conceda sino por medio de la Virgen es una hipérbole o exageración deslizada al fervor de algunos Santos, la cual, entendida como se debe, quiere decir que de María hemos recibido a Jesucristo, por cuyos méritos lo alcanzamos todo; pues sería error, añade, el creer que Dios no puede concedernos favores sin la intervención de su Madre, enseñando el Apóstol (1 Tim., 2, 5) que los cristianos sólo reconocemos a un Dios y a un mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo.

Pero, con licencia de este escritor, una es mediación de justicia, por vía de merecimiento; otra de gracia, por vía de ruegos.

Y una cosa es decir que Dios no puede; otra, que no quiere conceder sus gracias, sino por medio de María. Nadie niega que Dios, como fuente de todo bien, es dueño absoluto de sus beneficios, ni que María, si nos da, es porque lo recibe graciosamente de Dios.

Mas ¿quién pondrá tampoco en duda ser cosa muy puesta en razón que, habiendo amado y honrado a Dios esta criatura excelentísima más que ninguna otra, y sido ensalzada a la dignidad incomparable de Madre del mismo Dios, quiera el Señor que todas las gracias que haya de conceder pasen por sus manos virginales?

Confesamos que Jesucristo es el único mediador de justicia, y por sus méritos alcanzamos gracia y salvación; pero añadimos que María es mediadora por gracia, y que si bien cuantos favores nos impera son en virtud de los méritos del Redentor, y pidiéndolos Ella en nombre del Redentor, pero, al fin, pasan todos por sus benditas manos.

En esto no hay nada que se oponga a los dogmas de nuestra fe; antes bien, es muy conforme a lo que tiene y cree la santa Iglesia, enseñándonos en las oraciones públicas que de continuo acudamos a esta dulce Madre y la invoquemos, llamándola salus infirmorum, refugium peccatorum, auxilium christianorum, vita, spes nostra, Y en el Oficio divino, que manda rezar en las festividades de la Virgen, aplicándole una palabras de la Sabiduría (Eccli,, 24, 25), nos dice que hemos de poner en Ella toda la esperanza de gracia, de vida, de salvación eterna, como medio para preservarnos de pecar, cosas todas que declaran manifiestamente la necesidad que tenemos de su poderosa intercesión.

Y en este creer y sentir nos confirman innumerables teólogos y Santos Padres, de los que no es justo que digamos que por ensalzar a María hallaron con hipérboles y se les cayeron de la boca exageraciones, porque el exagerar y aumentar con exceso es traspasar los límites de la verdad, vicio muy ajeno de los Santos, asistidos en lo que escribían del espíritu de Dios, que es espíritu de verdad.

Y aquí se me permita decir en breve digresión que cuando una opinión tiene algún fundamento y mira de alguna manera el honor de María Santísima, no conteniendo nada que sea contrario a la fe, decretos de la Iglesia o a la verdad en sí, el no admitirla o impugnarla con pretexto de que la contraria puede también ser verdadera, denota poca devoción a la misma Señora.

En la lista de los pocos devotos no quisiera estar yo, ni que se contase ninguno de mis lectores; antes bien, que todos no hallásemos comprendidos en el número de los que firmemente creen cuanto sin error se puede creer de su grandeza, pues entre los obsequios que más le agradan, uno es el de creer con firmeza sus excelencias y prerrogativas.

Y cuando otra razón no hubiera, bastaría saber lo que enseñan los Santos, que todo cuanto se diga en alabanza de María todo es poco para lo que merece su dignidad de Madre de Dios. Añádase lo que nos propone la santa Iglesia, que en su Misa nos manda decir estas palabras:

«Feliz eres, ¡oh sagrada Virgen!; feliz y dignísima de toda alabanza.»

Pero volviendo al punto, veamos lo que dicen los Santos: San Bernardo la llama Acueducto lleno, de cuya plenitud recibimos todos.

Dice también que antes no había en el mundo esta fuente copiosa; pero que, ya nacida, de ella corre la gracia hasta nosotros continuamente. Por lo que, así como para tomar la ciudad de Betulia mandó romper Holofernes las cañerías que iban a la ciudad, así el demonio, para apoderarse de las almas, procura que pierdan la devoción a nuestra Señora, y si lo consigue, tiene hecho lo demás.

¡Oh alma!, añade el Santo, mira con cuánta devoción y afecto desea Dios ver honrada a su Madre, pues depositó en sus manos todos los tesoros de su bondad para que sepamos que todo cuanto tenemos de esperanza, de gracia y de salvación lo recibimos de María. Y considerando el nombre que la santa Iglesia le da de Puerta del Cielo, dice que de allí no viene gracia ninguna que no pase por sus manos benditísimas.

San Antonino asegura que todas cuantas misericordias se han dispensado a los hombres, todas han sido por medio de María. Por eso la comparan con la luna, porque así como la luna se interpone entre el sol y la tierra, y derrama sobre ésta los rayos que recibe del sol, así María es medianera entre Dios y nosotros, y nos transmite la gracia.

San Jerónimo, o quien sea el autor de un sermón de la Asunción inserto en sus obras, confirma esta verdad, diciendo que en Jesucristo está la plenitud de gracia como en cabeza de quien se derivan los espíritus vitales; esto es, los auxilios divinos con que se alcanza la salvación eterna, y que en María está la gracia en plenitud, como en cuello y conducto por donde todo pasa a los miembros.

San Bernardino de Sena lo trae aún más expresamente, enseñando que por su medio se transmiten a los fieles, que son el cuerpo místico de Jesucristo, todas las gracias de la vida espiritual que desciende del mismo Señor; añadiendo que en el punto en que fue concebido en su seno virginal el Verbo eterno, adquirió la Madre cierto derecho y jurisdicción a todos los dones que proceden del Espíritu Santo, en términos que ya ninguna criatura recibe gracia ni favor que no pase por sus manos virginales, con derecho y autoridad para dispensarlas a quien, cuándo y en el modo que más la agrade.

El Padre Crasset, S. J., explicando aquellas palabras donde anuncia el profeta Jeremías (31, 22) la encarnación del Verbo divino, diciendo: Una mujer rodeará al Hombre-Dios, compara las gracias que vienen por su mano a las líneas que salen de un círculo, las cuales han de pasar por la circunferencia; así, de Jesucristo nuestro Señor, que es centro de la gracia, no procede ninguna sin que haya de pasar por medio de María, que en la Encarnación le tuvo en su seno inmaculado.

Por esto el abad de Celles nos exhorta a recurrir a la tesorera de todas las gracias, pues únicamente por su medio deben aguardar los hombres todo el bien que pueden esperar.

El Padre Suárez enseña ser hoy sentir de la Iglesia universal que la intercesión de la Virgen no sólo es útil, sino necesaria.

Necesaria, vuelvo a decir, no en sentido absoluto, porque precisa y absoluta sólo nos es la de Jesucristo nuestro Señor, sino en sentido moral, por haber Dios determinado no conceder al hombre cosa alguna que no pase por manos de su Madre, conforme a la doctrina de San Bernardo, enseñada mucho tiempo antes por aquel Santo, que, hablando con la misma Señora, dice así:

«¡Oh María! El Señor ha dispuesto que por vuestras manos pasen todos los bienes que ha de repartir a los hombres, y para ello os ha confiado todos los tesoros y riquezas de su gracia.»

Otro escritor mariano asegura igualmente que sin el consentimiento de esta purísima Doncella no liso Dios hacerse hombre, por dos motivos: el uno, para que quedásemos sumamente obligados a gran bienhechora, y el otro, para que supiésemos que la salvación de todos quedaba pendiente de la voluntad y arbitrio de la misma Señora.

En fin, el espejo de nuestra señora, comentando aquellas palabras del profeta Isaías (11, 1-3), que dice que de la estirpe de Jesé, padre de David, brotará un retoño, que es María, y de éste una flor, que es el Verbo encarnado, dice hermosamente: «Todo el que aspire a conseguir la gracia del Espíritu Santo, busque la flor en su tallo, porque en éste se halla la flor, y en la flor, a Dios.»

Y sobré aquel texto de San Mateo (2, 11): Hallaron al Niño con María, su Madre, escribe: «Jamás hallará nadie a Jesús sino por medio de María.»

De todo lo dicho se infiere claramente que cuando estos Santos y Doctores enseñan que todas las gracias del Cielo vienen por sus manos, no han querido decir solamente que sea porque de Ella hemos recibido a Jesucristo, fuente de todo bien, sino porque, además, quiere Dios que cuantos favores y auxilios se han dispensado después a los hombres, y se dispensarán hasta el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, todos hayan de ser debidos a la intercesión de su Madre santísima.

Por eso escribe San Ildefonso: «Siervo del Hijo quiero ser; mas porque nadie puede lograrlo sin ser siervo de la Madre, por eso ambiciono serlo de la Madre.»

IV 2c. Oración

Ved aquí a vuestros pies, ¡oh esperanza mía!, a un pecador miserable que, por culpa suya, fue muchas veces esclavo del demonio. Conozco que el haberme vencido y preso fue por no acudir a valerme de Vos; que si lo hubiera hecho, seguro es que no hubiera caído tan profundamente. Espero que, por vuestro favor, habré yo salido de sus garras crueles y alcanzado la misericordia divina.

Pero, en lo por venir, temo me vuelva a prender y a atar con sus cadenas, porque no desconfía de vencerme otra vez, y ya se dispone a nuevas tentaciones y asaltos.

Ayudadme Vos, Reina y Señora mía; tenedme bajo vuestro manto, y no permitáis que de nuevo venga a ser esclavo suyo. Bien sé que me daréis victoria si a Vos acudo. Pero éste es el temor que ahora me aflige, temor de olvidarme de Vos en la ocasión y peligro.

Esta, pues, es la gracia que deseo y pido humildemente, Virgen Santísima; no olvidarme de implorar socorro cuando me llegue a ver en medio de la pelea. Clame yo entonces:

Madre mía, ayudadme. Mayormente en el último combate, a la hora de la muerte, asistidme propicia y venid a mi memoria para que os invoque sin cesar con el corazón, y con la boca, y así, teniendo vuestro poderoso nombre y el de vuestro dulcísimo Hijo en el alma y los labios, logre la incomparable dicha de ir a veros y bendeciros en la gloria por toda la eternidad. Amén.

IV 2b.Ejemplo: Amparado por la Virgen en el tribunal de Cristo

Vivía en Reisberg un canónigo regular devotísimo de la Virgen María, llamado Amoldo, el cual, viéndose a las puertas de la muerte, y habiendo ya recibido todos los Sacramentos, llamó a sus compañeros y Íes pidió no le dejasen solo en aquel punto.

Dicho esto, empezó a temblar, y con un sudor frío, los ojos desencajados y voz espantosa, dijo: «¿No veis que los demonios me quieren llevar?» Después dio un grito, diciendo: «Hermanos, pedid por mí a María Santísima; en Ella confío.»

Se pusieron al instante a rezar la Letanía de nuestra Señora, y al decir: Santa María, ruega por él, exclamó el moribundo: «Repetid, repetid muchas veces el nombre de María que ya me hallo en el tribunal divino.» Aquí se detuvo, y a poco dijo, como respondiendo:

«Es cierto que lo hice, pero también hice penitencia.» Y volviéndose a la Virgen, imploraba su favor, diciendo:

«Señora, si Vos me ayudáis me salvaré.» Le volvieron los demonios a dar otro asalto, pero él se defendía santiguándose con un santo Cristo y llamando sin cesar a su dulce abogada.

Así pasó la noche. A la mañana se serenó, y alzando la voz dijo con alegría: «Mi Señora y refugio me ha alcanzado misericordia y salvación.»

En esto vio que le convidaba a que le siguiese, y respondió al instante: «Voy, Señora, voy», y hacía fuerza para levantarse; mas no pudiendo seguirla con el cuerpo, expiró dulcemente, y, como esperamos, voló el alma en su compañía al reino de la eterna felicidad.

IV 2a. Poder de María contra las tentaciones.

No sólo del Cielo y de los Santos es María Santísima Reina poderosa, sino que también tiene dominio sobre el infierno y los enemigos infernales, por haberlos vencidos valerosamente con las armas de sus virtudes.

Ya desde el principio del mundo anunció Dios a la serpiente maligna que una Mujer la quebrantaría la cabeza (Gen., 3, 15).

Y esta Mujer única fue María, que, con la fuerza de su humildad y demás virtudes, alcanzó del enemigo completa victoria. Y para que nadie se equivocase, no dijo Dios: Pongo, sino Pondré enemistad entre ti y la mujer; no creyese alguno que era Eva la victoriosa.

El triunfo se reservaba, dice San Vicente Ferrer, a una Virgen descendiente de Eva, por cuyo medio habían de alcanzar nuestros primeros padres y todos sus hijos un bien mucho mayor que el que ellos perdieron por el pecado.

Dudan algunos si aquellas palabras quebrantará tu cabeza pertenecen a María o a Jesucristo, porque el texto de los Setenta intérpretes dice: El quebrantará; pero en la Vulgata latina, que en la Iglesia tiene tanta autoridad, como declaró el sagrado Concilio de Trento, la palabra es Ella, no Él; y así lo entendieron San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín, San Juan Crisóstomo y otros muchos.

Mas sea como quiera, o la Madre por virtud del Hijo, ambos vencieron al diablo, que, como prisionero de guerra, quedó bajo los pies de esta Virgen benditísima. Añade San Bruno:

«Eva fue vencida, y nos acarreó tinieblas y muerte; María venció, y nos trajo la luz y la vida, dejando a su contrario atado tan fuertemente, que ya no puede hacer el más mínimo daño a sus devotos.»

Sobre aquellas palabras de los Proverbios (31,  11): En Ella confia el corazón de su Esposo; no la faltarán trofeos; dice un escritor mariano que este Esposo es Jesucristo, al cual enriquece su Madre con los despojos arrebatados al diablo.

Y Cornelio a Lapide dice que puso Dios en manos de María el Corazón de Jesús para que le gane la voluntad de los hombres, y así no le faltarán trofeos; es decir, almas que Ella le conquiste y con que le enriquezcan, arrancadas del poder de los enemigos infernales.

Se sabe que la palma es símbolo de la victoria, y nuestra Reina, como erguida palma, está en medio de los principes celestiales: Quasi palma exáltala sum in Cades (Eccli., 24. 18), en señal de la victoria que ganan cuantos se ponen bajo su patrocinio.

 Hijos — parece que nos está diciendo —, cuando os acose el enemigo, venid a Mí, miradme a Mí y cobrad ánimo, porque en Mí, que os defiendo, veréis al instante segura la palma de la victoria.

Verdaderamente, el recurso a María es medio segurísimo para salir bien de todos los asaltos del enemigo. pues la Virgen -dice San Bernardino- se llama dominadora de los demonios porque los doma y refrena y por eso es contra las potestades del infierno terrible como los reales de un ejército en orden de batalla.

Pone en su boca estas palabras el Espíritu Santo (Eccli., 24, 23): Doy, como la vid, fruto de olor suave, porque así como dicen que de la vid, cuando está en flor, huyen las serpientes, así, dice San Bernardo, huyen los demonios de aquellas almas dichosas en quienes sienten el olor de la devoción a María. — Por lo mismo es llamada cedro: Quasi cedrus exatata sum in Líbano (Eccli., 24, 17), no sólo porque, como el cedro, está libre de corrupción, sino también porque, como el cedro con su buen olor ahuyenta las serpientes venenosas, así María pone en fuga a los demonios.

Los judíos antiguamente alcanzaron muchas victorias llevando consigo el Arca de la Alianza. Con ella venció Moisés, con ella fueron vencidos los filisteos, con ella se ganó Jericó.

Y es cosa bien sabida que el Arca era figura de la Virgen; y que así como dentro se guardaba el maná, así en el vientre purísimo de esta Doncella estuvo encerrado el Salvador del mundo, maná del Cielo. Por medio de esta arca mística, se gana victoria, y el día que esta Señora fue ensalzada y coronada en los Cielos quedó enteramente abatido el poder del infierno, dice San Bernardino de Sena.

¡Qué temor tan grande tienen los enemigos a María y a su santo nombre! Se comparan bien (Job., 24, 16) a los ladrones que andan robando de noche, pero al despuntar la aurora huyen de la luz como de la muerte.

Así, dice el espejo de nuestra señora, viene el enemigo a despojar las almas cuando viven en las tinieblas de la ignorancia; pero luego que las ve iluminadas por la gracia de Dios y la misericordia de María, huye de allí precipitado. ¡Dichoso, pues, el que en medio de la pelea invoca su santísimo nombre!

En confirmación de esta verdad, fue revelado a Santa Brígida que Dios le ha dado tanto poder sobre aquellos espíritus soberbios, que cuantas veces asaltan a sus devotos y éstos la llaman, a una señal suya huyen despavoridos y con tal espanto, que mejor sufrirán dobladas penas que no el verse vencidos por Ella.

Particularmente es eficacísimo el auxilio que presta en las tentaciones contra la castidad, y por esta razón la compara el Esposo divino (Cant., 2, 2) con la azucena entre espinas; a la cual dicen que nunca llega tampoco animal ponzoñoso.

Todos los que tienen la dicha de ser devotos de esta Señora pueden confiadamente decir: «¡Oh Madre mía!, si en Vos espero, no seré vencido; antes bien, con vuestra defensa perseguiré a mis enemigos, y oponiéndoles como poderoso escudo vuestra protección y auxilio omnipotente, quedaré victorioso.»

Y ciertamente que lo quedarán, porque tenerla de su parte es lo mismo que tener un arma irresistible contra el poder de todo el infierno junto.

Cuando sacó Dios su pueblo de la cautividad de Egipto, le guiaba por el desierto con una nube (Exodo, 13, 21), que de día era reparo contra los ardores del sol, y de noche, columna de luz; figura de María y de los oficios piadosos que ejercita continuamente.

Como nube, nos defiende de los   rigores de la divina justicia, y como columna luciente, de la malignidad de los demonios. Porque no se derrite la cera tan pronto puesta cerca del fuego, como pierden los enemigos infernales toda la fuerza contra las almas que traen presente el santísimo nombre de María y la invocan y procuran imitar.

¡Cómo tiemblan los malignos sólo de oír su nombre sacrosanto! A la manera que los hombres caen a tierra cuando un rayo da cerca de ellos, así los demonios quedan aterrados al oír el nombre de María.

¡Cuántas victorias han alcanzado sus devotos con la invocación de este santísimo nombre! Así los venció San Antonio de Padua, el Beato Enrique Susón y otros muchísimos; entre los cuales hubo un cristiano en "el Japón que, acometido visiblemente por ellos en gran multitud, les dijo:

«Yo no tengo armas que os puedan infundir temor; si Dios os da licencia, haced de mí lo que más os agrade; pero invoco en mi ayuda los dulcísimos nombres de Jesús y María.»

Apenas dicho esto, se abre de repente la tierra y caen precipitados por allí los espíritus infernales. Y por experiencia sabemos que todo el que se vale de igual medio sale con victoria de cualquier peligro.

¡Glorioso y admirable es tu nombre, Señora!, dice el salterio mariano. Los que a la hora de la muerte se acuerden de invocarle no se espantarán  del infierno, porque los demonios huyen cuando le  oyen, siéndole más terrible que un ejército armado. 

Así es Señora. Vos, con el escudo de vuestro piadosísimo nombre, libráis a vuestros devotos del poder de los príncipes de las tinieblas.

¡Qué dolor que todos los cristianos, en el acto de la tentación, no le invoquen con gran confianza! Cierto que si lo hiciesen, no llegaría ninguno a caer, porque es nombre de tanta eficacia, que al oírle pronunciar tiembla todo el abismo. ¿Qué más diré?

Aun del pecador más perdido, apartado de Dios y poseído ¡de los demonios, huyen ellos al instante que, con ánimo de enmendarse, pronuncia este nombre poderosísimo; aunque también es cierto que si no (sigue la enmienda, como propuso, vuelven a él con más ímpetu que antes.

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