La fuente del desierto

Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por su buena fortuna, llegó a una cabaña vieja, desmoronada, sin ventanas y sin techos.

El hombre anduvo por ahí y se encontró con una pequeña sombra dónde acomodarse para huir del calor y del sol desértico.

Mirando a su alrededor, vio una vieja bomba de agua oxidada, se arrastró hasta ella, tomó de la manivela y comenzó a bombear, bombear y bombear sin parar, pero nada sucedía.

Desilusionado, cayó postrado para atrás y notó que a su lado había una botella vieja; la miró, la limpió de todo el polvo que la rodeaba, y pudo leer un recado que decía:

"Usted necesita primero preparar la bomba con toda el agua que contiene esta botella; después, por favor tenga la gentileza de llenarla nuevamente antes de marcharse"

El hombre desenroscó la tapa de la botella, y en realidad, ahí estaba el agua. La botella estaba llena de agua.

De repente, él se vio en un dilema: si bebía aquella agua, él podría sobrevivir, pero si la vertía en esa bomba vieja y oxidada, tal vez obtendría agua fresca, bien fría, del fondo del pozo, y podría tomar toda el agua que él quisiera. O tal vez no, tal vez la bomba no funcionaría y el agua de la botella sería desperdiciada.

¿Qué hacer?, ¿derramar el agua en la bomba y esperar a que saliera agua fresca, o beber el agua vieja de la botella e ignorar el mensaje? ¿Debía perderse toda esa agua, confiando ciegamente en las instrucciones de la botella escritas no sé cuánto tiempo atrás?

Con mucha indecisión, el hombre derramó toda el agua en la bomba, enseguida agarró la manivela y comenzó a bombear.

La bomba comenzó a rechinar sin parar, y nada pasaba; pero de pronto, aun con sus ruidos, surgió un hilo de agua, después un pequeño flujo y finalmente, el, agua corrió con abundancia: agua fresca y cristalina.

Él llenó una y otra vez la botella y bebió ansiosamente, tomando aún más agua refrescante, que la que hubiera bebido si no hubiera confiado en el mensaje. Enseguida, la volvió a llenar, dejando la botella al tope para el próximo viajero, tomó la pequeña nota y aumentó la frase:

"Créame que funciona, usted tiene que dar toda el agua, antes: de obtenerla nuevamente".

La estrella en la ventana

Durante la Segunda Guerra Mundial, era costumbre en los Estados Unidos que una familia que tuviera un hijo sirviendo en el ejército, colocara una estrella en la ventana frontal de su casa. Una estrella dorada indicaba que el hijo había muerto, apoyando ila causa de su país.

Hace años, pasó una conmovedora historia sobre esta costumbre. Se decía que una noche, un hombre estaba caminando por una calle de Nueva York, acompañado de su hijo de 5 años.

El niño estaba interesado en las muy iluminadas ventanas de las casas, y quería saber por qué algunas tenían una estrella en la ventana. El padre explicó que esas familias tenían un hijo peleando en la guerra.

El niño aplaudía cuando veía otra estrella en la ventana y exclamaba:

  • ¡Mira papá, otra familia que dio a su hijo por su país!

Finalmente llegaron a un lote vacío y a una brecha en la hilera ¡ de casas. A través de la brecha se podía ver una estrella brillando con mucha intensidad en el cielo. El niño contuvo el aliento y dijo:

  • ¡Papá! Mira esa estrella en la ventana del cielo. Dios debe haber dado a su Hijo también.

¡Ciertamente! Hay una estrella en la ventana de Dios. ¿Te das cuenta de lo que hizo por ti? Por el amor que Dios nos tiene dio a su Hijo.

¿Le has dado las gracias?
Muchos dan la vida por su país, en cambio, Dios dio la vida de su hijo por nosotros….

Que Jesús llene de bendiciones y armonía sus hogares.

"Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna." (Juan 3,16)

La esperanza

Dicen que la esperanza ya estaba muy anciana. Se sentía muy débil y casi no se podía mover. Al verla así en estado tan desalentador, Dios se compadeció.
Delante de la anciana, apareció en una forma de luz.
Ella, que ya casi no veía, pudo, sin embargo, reconocer la luz y sabía quién era.

  • ¿En qué puedo servirte? - le preguntó ella a Dios.
  • Soy yo quien estoy aquí para servirte. Has sido mi fiel servidora todos estos años. Cada vez que un hijo mío se encontraba en dificultades y no podía ver la salida de un problema, aparecías delante de él, no importando la hora o cuánto tenías que viajar. Lo alentabas y le devolvías la sonrisa en la cara.

Viéndote ahora en tal estado, me siento obligado por tus servicios a ayudarte. Dime, ¿qué deseas?
La esperanza no contestó de inmediato. Tras pensar mucho, volteó su cara hacia Dios y le dijo:

  • Quiero continuar sirviéndote, mi Señor, a Ti y a tus hijos, ya que yo también soy tu hija. Pero, como ves, mal puedo moverme. Ayer oí el grito angustiado de una madre, pero estaba al otro lado del planeta y al llegar allá, no había qué hacer por ella, pues se había quitado la vida -hizo nuevamente una pausa y continuó-. Si es posible, Señor, quiero dos cosas.
  • Lo que sea. - Lo primero que quiero son alas. Alas que me lleven más rápido que la luz, hacia dondequiera que yo sea necesitada.

Sintiendo una leve comezón en la espalda, con dificultad la anciana esperanza llevó su mano a la espalda y constató dos hermosas alas brillantes.

  • ¡Gracias, muchas gracias!
  • Y ¿cuál es la segunda cosa?
  • Quiero que al comienzo del año yo sea joven de nuevo, y durante el año vaya envejeciendo, hasta llegar al estado en que estoy hoy. Y cuando llegue a este estado, que nuevamente me convierta en una dulce niña…

Antes que pudiera pensar en otra cosa, la esperanza miró sus manos, y las vio pequeñas y suaves como antes.

Nunca dejes morir la esperanza. Aunque esté vieja y todo parezca perdido, siempre e$J posible renovarla, siempre es posible resucitar el corazón y hacerlo latir de nuevo…

"LA ESPERANZA ES LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE"

La casa bonita

Aquél era un sábado como cualquier otro; la rutina de siempre: correr, comprar rápido y escapar del tumulto y el bullicio de la ciudad en un destartalado autobús… Me sentía cansada y ofuscada por el inmenso calor, y toda la gente a mi alrededor transpiraba, como si estuvieran sumergidos en un mar de sudor.

Abordé el autobús y me senté en el primer asiento, para refrescarme un poco con la brisa del camino.
Todo transcurrió normalmente, hasta que, a mitad del camino una mujer abordó el autobús. Vestía harapos, estaba sucia y sostenía un bebé de meses en sus brazos, y a su lado llevaba un niño de no más de cuatro años.

Ella se sentó a mi lado con el bebé, el otro niño se sentó en el asiento contiguo, al otro lado del pasillo. Observé aquella mujer discretamente, era delgada y podría decirse que había aún restos de juventud en su expresión; pude ver sus facciones:
un rostro en el cual se vislumbraba unos rasgos bonitos, ojos claros, se notaba que aún era joven; sin embargo, el peso del dolor podía verse a través de sus arrugas prematuras. El niño mayor se veía saludable, vivaracho y muy simpático.

El viaje se convirtió en una "excursión de silencio" en cuanto la señora abordó el camión. Todos los pasajeros la observaban con preocupación, e incluso con cierto desprecio e incomodidad por la suciedad de sus ropas. De pronto, en medio del silencio, una chispa de luz brilló en los ojos del niño; miró sonriente por la puerta del autobús y gritó:

  • ¡Mira, mami, qué casa tan bonita!
    Inconscientemente todos los pasajeros del autobús miramos hacia donde el niño señalaba, y sólo había un pequeño rancho con unas pocas tablas, con rendijas por todas partes, sin piso y con unas latas herrumbradas y rotas por techo.
  • ¡Mira, mami, qué bonita, y hasta tiene luz! ¡Mira, tiene un cable!

La mujer, con ojos tristes le dijo:

  • Sí, hijo, sí - se volvió avergonzada hacia mí y se disculpó por su pobreza diciendo.
  • No ve que como vivimos tan pobres y nos alumbramos con velas, él todo lo ve bonito -después inclinó su rostro avergonzada. En aquel momento deseé que el asiento del autobús se abriera y me ocultara, ¡cómo podría quejarme yo después de esto!

Desee quitarme las pocas cosas valiosas que llevaba encima, y dárselas para que cubriera sus necesidades básicas. ¡Qué vergüenza! ¡Qué derecho tengo yo a "colgarme" adornos y alhajas de oro cuando otros no tienen con qué cubrir sus cuerpos del frío!

En la siguiente parada, la mujer bajó, pero todos en el autobús quedamos con el corazón estrujado y un inmenso nudo en la garganta. Y los que nos llamamos "cristianos", con una sensación de culpa por no haber cumplido el máncalo:

"Lo que a uio ds éstos haces, a Mí me lo haces". (Mateo 25,40)

Descubrí que la pobreza te hace apreciar y valorar muchas más cosas de las que a diario vemos, y que la belleza está donde la busques.

La bolsa de agua caliente

Soy una doctora que trabaja en África, en un leprosario.

Una noche, yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto, pero a , pesar de todo lo que hicimos, murió dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años.

Nos iba a resultar difícil mantener al bebé con vida porque no teníamos incubadora, ya que no había electricidad para hacerla funcionar, ni facilidades especiales para alimentarlo.

Aunque vivíamos en el ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros.

Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Esta última volvió enseguida, diciéndome irritada que, al llenar la bolsa, la había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical.

  • ¡Y era la última bolsa que nos quedaba! -exclamó-, y no hay farmacias en los senderos del bosque.
  • Muy bien, -le dije-, pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento, para protegerlo de éste. Su trabajo es mantener al bebé abrigado.

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les hice a los niños varias sugerencias de motivos para orar, y les conté del bebé prematuro.

Les dije también del problema que teníamos para mantenerlo abrigado, y les mencioné que se había roto la bolsa de agua caliente, y el bebé se podía morir fácilmente si sentía frío.

Y también que su hermanita de dos años estaba llorando porque su mamá había muerto.

Durante el tiempo de oración, Ruth, una niña de 10 años, oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos:

  • Por favor Dios, -oró-, mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá, porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios, mándala esta tarde.
    Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración, la niña agregó:
  • Y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para la pequeña, y así pueda ver que tú la amas realmente?

Frecuentemente, las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. ¿Podría decir honestamente "Amén" a esa oración? No creía que Dios¡pudiera hacerlo. Sí, claro, sé que El puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites, ¿no? Y yo tenía algunos grandes "peros".

La única forma en la que Dios podía contestar esta oración en ¿ particular, era enviándome un ir paquete de mi tierra natal. Había ya estado en África casi cuatro años, y nunca jamás recibí un paquete de mi casa.

De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente?

A media tarde, cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa… Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de quince kilos.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto que no iba abrir el paquete yo sola, así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento.

Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja… En ella había vendas para los pacientes del leprosario; en este lapso los chicos estaban un poco aburridos.

Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas, lo que serviría para hacer una buena tanda de panecitos el fin de semana.

Volví a meter la mano, y sentí… ¿sería posible? La agarré y la saqué… ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva!

Lloré; yo no le había pedido a Dios que mandara una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que Él podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando:

  • ¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!

Escarbé el fondo de la caja y… saqué una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos. Ella nunca había dudado. Me miró y dijo:

  • ¿Puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita, para que sepa que Dios la ama en verdad?
    Ese paquete había estado en camino durante cinco meses. Lo había preparado mi antigua profesora de religión, quien había escuchado y obedecido la voz de Dios, que la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar en el ecuador africano…

Y una de las niñas del pueblo, había puesto una muñequita para alguna niñita africana "sólo" cinco meses antes, y en respuesta a la oración de fe de una niña de diez años, que la había pedido para esa misma tarde.

Esto nos habla de la fuerza que tiene la oración que se hace con fe y confianza.

"Las grandes almas tienen voluntades; las débiles tan sólo deseos"

La belleza

La belleza siempre impacta.

Nadie puede dejar de reconocer que la belleza física es un factor deseable y deseado, y que en primera instancia, puede abrir muchas puertas.
Pero más allá de favorecer un primer acercamiento, no asegura nada.

La belleza física, de por sí, no puede asegurar la perpetuidad o la continuidad de los sentimientos despertados por la persona que la posee.

La belleza interna, la belleza del espíritu, en cambio, puede perpetuar los sentimientos y hacer que los mismos perduren, incluso después de la muerte… y en el recuerdo.

Y además, con la belleza interior sucede un fenómeno opuesto a lo que sucede con la belleza externa.

El paso de los años desluce inexorablemente las bondades del cuerpo. Y aunque se lo cultive y hasta se lo someta a cirugías, su belleza decrece con los años.

En cambio, para quienes cultivan lo lindo de su interior, con el paso del tiempo ocurre lo contrario:
El cuerpo envejece, pero el espíritu se hace cada vez más noble y más hermoso.

Por eso cuidemos nuestro cuerpo, es importante. Pero fundamentalmente cuidemos nuestro espíritu, ya que es muchísimo más importante.

Y enseñemos a cultivar y valorar la belleza interior.

Esa, que es la que despierta sentimientos verdaderamente auténticos y duraderos, que son, en definitiva… los únicos que sirven.

El que no lleva la belleza dentro de alma, no la encontrará en ninguna parte. Noel

"El mejor cosmético para la belleza es la felicidad."
Condesa de Blesington

" Comprender la belleza significa poseerla."
Wilhelm Lübke

Información, ¿en qué le puedo ayudar?

Cuando yo era niño, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared, y el brillante auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre hablaba por él.

Entonces descubrí que en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo, vivía una
extraña persona - su nombre era "Información" y no había nada que ella no supiera.

"Información", podía proporcionarte el teléfono de cualquiera y la hora exacta.

Mi primera experiencia personal con este "genio de la lámpara" llegó un día mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el cajón de herramientas del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era terrible, pero allí no parecía haber ninguna razón para llorar, porque en casa no había nadie que me pudiera consolar.

Caminé de un lado a otro por la casa, chupando mi dedo palpitante, y finalmente llegué a la escalera. ¡El teléfono! Rápidamente corrí por el taburete en el recibidor, y lo arrastré hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo mantuve junto a mi oreja.

  • Información, en qué lo puedo ayudar, - una vocecita clara habló en mi oído.

Dije al micrófono justo sobre mi cabeza:

  • Información. Me he lastimado el dedo… - gemí al teléfono. Las lágrimas llegaron sin demasiado esfuerzo, ahora que tenía audiencia.
  • ¿No está tu madre en casa? - preguntó. - Nadie más que yo está en casa - sollocé.
  • ¿Estás sangrando? - No - repliqué. Me he golpeado el dedo con el martillo, y me duele.
  • ¿Puedes abrir la nevera? –preguntó Dije que podía.
  • Entonces corta un trocito de hielo, y mantenlo junto a tu dedo - dijo la voz.

Después de aquello, llamaba á "Información, ¿en qué le puedo ayudar?" para cualquier cosa. La llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo dónde estaba Canadá.

Me ayudó con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había agarrado en el parque justo un día de antes, ¡cometía frutas y nueces. Por aquel entonces, Petey, nuestro canario, murió. Llamé a "Información, ¿en qué le puedo ayudar?" y le conté la triste historia. Ella escuchó, y después dijo lo que usualmente los adultos dicen para consolar a un niño. Pero yo estaba desconsolado. Le pregunté:

  • ¿Por qué los pájaros pueden cantar tan bellamente y llevar alegría a todas las familias, sólo para acabar como un montón de plumas en el fondo de la jaula? Ella debió sentir mi profunda ^inquietud, porque dijo sencillamente:
  • Paúl, recuerda siempre que ¡hay otros mundos donde cantar.

De alguna forma me sentí mejor. Otro día estaba en el teléfono.

  • Información, ¿en qué lo puedo ayudar?
  • Información -dijo la ahora familiar voz-. ¿Cómo se deletrea aprieto? - pregunté.

Y todo ello tuvo lugar en un pequeño pueblo en el Noroeste de la costa del Pacífico.

Cuando tenía 9 años me mudé a través del país a Boston. Eché mucho de menos a mi amiga. "Información, ¿en qué le puedo ayudar?" pertenecía a aquella vieja caja de madera allá en casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y brillante nuevo teléfono situado en la mesa en el recibidor.

Cuando llegué a la adolescencia, las memorias de aquellas conversaciones infantiles, en realidad nunca me abandonaron. A menudo, en momentos de duda y confusión, podía apelar a una serena seguridad y la tenía. Apreciaba ahora cuan paciente, comprensiva y amable era ella, para haber gastado su tiempo en un niño pequeño.

Unos pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste hacia la universidad, mi avión aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana, que en ese tiempo vivía allí. Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué a la operadora de mi pueblo natal. Milagrosamente, oí la menuda y clara voz que conocía tan bien, "Información".

No lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo: - ¿Puede decirme cómo se deletrea aprieto?

Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz baja.

  • Supongo que tu dedo ya debe estar curado. - Así que realmente eres tú aún - dije y reí.
  • Me pregunto si tienes idea de cuánto significaste para mí en aquel tiempo.
  • Me pregunto, -dijo ella-, si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca he tenido hijos, y solía esperar tus llamadas.

Le dije cuan a menudo había pensado en ella a lo largo de los años, y le pregunté si podía llamarla de nuevo, cuando volviera a visitar a mi hermana.

  • Por favor, hazlo -dijo-. Pregunta por Sally.
    Tres meses después estaba de vuelta en Seattle. Una voz diferente contestó.
  • Información. Pregunté por Sally. - ¿Es usted un amigo? - dijo ella. - Sí, un muy antiguo amigo - respondí. - Siento tener que decirle esto -dijo-. Sally había estado trabajando medio tiempo los últimos años, porque estaba enferma. Murió hace cinco semanas.

Antes de que pudiera colgar dijo: - Espere un momento. ¿Dijo que su nombre era Paúl?

-Sí.

  • Bien, Sally dejó un mensaje para usted. Lo anotó por si usted llamaba. Déjeme leérselo.

La nota decía, "Dile que aún digo que hay otros mundos donde cantar. Él sabrá lo que quiero decir".
Le di las gracias y colgué. Sabía lo que Sally quería decir.

Cualquiera que sea la pregunta, amor es la respuesta.

Honor

El ambiente estaba cargado de mucha tensión. Rosa Elliot llegó a la cuarta ronda del concurso nacional de ortografía. Se le había pedido a la pequeña de 11 años que deletreara la palabra "admisión". Ella lo hizo, con su suave acento sureño, pero los jueces no fueron capaces de determinar si había pronunciado una "o" o una "a" como letra antepenúltima.

Debatieron entre sí por varios minutos mientras escuchaban las grabaciones. Sin embargo, la letra decisiva tenía su acento demasiado marcado como para descifrarla. Finalmente, el jefe de los jueces le pregunto a la única persona que conocía la respuesta.

  • ¿Disculpa, Rosa, dijiste una letra "a" o una "o"? - le preguntó.

En ese momento, estando rodeada por jóvenes concursantes que murmuraban entre ellos, Rosa sabía el correcto deletreo de la palabra. Tranquilamente, sin titubear, contestó que había pronunciado mal la palabra y se fue del escenario.

Todo el auditorio se puso de pie y aplaudió, incluyendo unos cincuenta reporteros gráficos. El momento fue emocionante y lleno de orgullo para sus padres. Aun vencida era victoriosa. En efecto, con el pasar de los años, ¡se escribió más acerca de Rosa, que sobre el "desconocido" ganador del concurso!

Ser una persona que ama la verdad, aun cuando ésta va en contra de uno, nos reviste de gran honor…

EL HONOR ES MEJOR QUE LOS HONORES

"La sabiduría termina cuando nuestro sueño es tan alto
que lo perdemos de vista mientras tratamos de
alcanzarlo"

¿Has tenido contacto con Dios?

¿Has visto el rostro de ¡Dios?
Si respondes que no, entonces:

  • No lo has contemplado en un amanecer o un atardecer.
  • No te has deleitado, al mirar el rostro o la sonrisa de un niño.
  • No lo has visto reflejado en I el rocío de una rosa.

¿Has sentido a Dios?
Si respondes que no, entonces no lo has advertido:

  • Cuando tienes frío y los rayos de sol penetran en tus huesos.
  • Cuando el viento se abraza a tu cuerpo.
  • Cuando el agua refresca tu sed.
  • Cuando un amigo te abraza en tu soledad.
  • Cuando tu corazón se complace en dar y no en recibir.

¿Has percibido a Dios?
Si respondes que no, entonces no lo has percibido:

  • Cuando se extiende la fragancia de cientos de rosas.
  • Cuando el olor del mar se esparce por el aire al caminar en 1 un atardecer.
  • Cuando respiras al despertar.

¿Has oído a Dios llorar?

Si respondes que no, entonces no lo has escuchado:

  • Cuando un niño es agredido o abandonado.
  • Cuando lo olvidamos y le damos la espalda.
  • Cuando vivimos para el mundo y no para El.
  • Cuando no lo amamos.
  • Cuando sólo pensamos en El por problemas o enfermedad.
  • Cuando tomamos malas decisiones y lo culpamos a Él de los malos resultados.
  • Cuando triunfamos y nos creemos igual que El y fue

El quien hizo todo.
¿Has visto los ojos de Dios?

Si respondes que no, entonces no lo has mirado:

  • En la inmensidad de un cielo estrellado.
  • En la inocencia de un niño.
    ¿Has escuchado la voz de Dios?

Si respondes que no, entonces no has querido escuchar:

  • Tu conciencia cuando te resistes a oír la verdad sobre ti y tus pecados.

¿Has visto la creatividad de Dios?

  • Cuando unió el óvulo y un espermatozoide y te creó a ti.

Siempre Dios está presente en todo, pero aún así tú te resistes a su verdad:

"HE ESTADO CON USTEDES Y AÚN NO ME RECONOCEN” Jn 14,9)

Haría cualquier cosa

Jack tenía parálisis cerebral. Era cuadripléjico y empleaba el restringido movimiento que tenía en una mano para empujar la palanca que movía su silla de ruedas eléctrica. A pesar de que no era alumno mío, a menudo asistía a mis conferencias y participaba en grupos de discusión. Yo tenía dificultades para entender lo que decía, y confiaba en gran medida en sus compañeros de clase para que lo interpretaran. El compartía sus preocupaciones y frustraciones personales conmigo, conmoviéndose profundamente. ¡Era valiente para ser tan vulnerable!

Un día, después de clase, Jack se me acercó y dijo que quería trabajar. En ese momento yo estaba entrenando a adultos gravemente discapacitados, para trabajar en puestos dentro y fuera del campus en la Universidad. Le pregunté:

  • ¿Dónde?
  • Con usted, en la cafetería -me respondió.
    Asombrada en el primer instante, pensé en las destrezas necesarias para limpiar mesas, cargar lavaplatos, barrer, pasar el trapo, ordenar provisiones, etcétera.

¿Cómo podría una persona cuadripléjica intervenir en ese tipo de programa de formación? No pude responderle. Tenía la mente en blanco.

  • ¿Qué te gustaría hacer, Jack? - le pregunté, esperando que tuviera algo pensado.

Su respuesta fue firme:

  • ¡Haría cualquier cosa! - me dijo con una sonrisa.
    ¡Oh, cómo me gustó su ánimo y su voluntad, y cuánto admiré su convicción!

Acordamos encontrarnos en la cafetería a las diez de la mañana del otro día.

Me pregunté si sería puntual. ¿Podía siquiera leer la hora?

A la mañana siguiente, oí su silla de ruedas quince minutos antes de la cita. En silencio imploré consejo y lucidez.

A las diez de la mañana nos encontramos. A las diez y un minuto, Jack estaba listo para empezar a trabajar. Su entusiasmo hacía que su forma ; de hablar fuera todavía más difícil de entender. En mi esfuerzo por encontrar una manera de que Jack participara de manera significativa en un programa vocacional de formación, me enfrenté con un obstáculo tras otro.

Su silla de ruedas impedía que se acercara demasiado a las mesas. Era incapaz de usar las manos, salvo para apretar.

Intenté algunas adaptaciones sin éxito. Al ver mi frustración, un preceptor de buen corazón se ofreció para ayudar. En media hora había encontrado una solución. Acortó el mango de un cepillo, para que cupiera cómodamente bajo el brazo de Jack y pudiera ser manipulado con una mano.

El cepillo se ubicó de tal manera que pudiera alcanzar la tabla de las mesas. Con la otra mano, Jack impulsaba su silla, limpiando la superficie de las mesas mientras se movía.

¡Jack estaba en el cielo! Se sentía orgullosísimo de ser un participante activo, y no sólo un observador.

Cuando lo miraba, advertía que podía sacar las sillas de su camino, usando su silla de ruedas. Se creó un nuevo trabajo para Jack: apartar las sillas de las mesas que estaban diseñadas para sillas de. ruedas, y alinearlas contra la pared, fuera del camino. Jack cumplía ese trabajo con gusto y orgullo.

¡Su autoestima rebasaba! ¡Por fin se sentía capaz y digno!

Un día, Jack se me acercó cubierto de lágrimas. Cuando le pregunté qué pasaba, me explicó que la gente no lo dejaba hacer su trabajo. Al principio no entendí lo que quería decir, luego lo observé tratando de mover las sillas.

Le costaba tanto esfuerzo, que los alumnos bienintencionados pensaban que estaba luchando para sacar las sillas de su camino, y las movían para dejarle el campo libre. Él trataba de explicar, pero nadie se tomaba el trabajo de escucharlo. El problema se resolvió cuando hice estas tarjetas, para que Jack llevara sobre su bandeja:

¡Hola! Mi nombre es Jack. Trabajo en la cafetería. Mi tarea es limpiar mesas y mover ciertas sillas
hacia la pared. Si quieren ayudarme, POR FAVOR denme una gran sonrisa y díganme qué buen trabajo estoy haciendo.

Jack desplegaba y compartía estas tarjetas orgullosamente. Los estudiantes empezaron a tomarse a Jack y su trabajo en serio. Ese semestre experimentó la autoestima que se siente cuando uno percibe que es reconocido y apoyado.

Su voluntad siempre será una inspiración para mí cuando busco y encuentro, para mis alumnos y para mí, nuevos caminos tendientes a superar los obstáculos de la vida, y ser lo mejor que podemos con los talentos que Dios nos dio.

Dolly Trout

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