El que tiene que estar ahí soy yo

Un misionero estaba hablando a una tribu remota que nunca había escuchado hablar de la vida y el ministerio de Jesús.

El jefe de la tribu estaba sentado en la fila del frente, escuchando intensamente todo lo que el misionero decía.

Cuando la historia llegó a su punto culminante y el jefe escuchó lo cruelmente que crucificaron a Cristo, no pudo aguantarse más.

Se levantó bruscamente y gritó:

  • ¡Pare! ¡Bájelo de la cruz! ¡Soy yo el que tiene que estar ahí, no Él!

Había comprendido el significado del evangelio; entendió que era pecador y que Cristo no tenía pecado.

Cuando consideras esa escena del Hijo de Dios clavado en una cruz en agonía y sus heridas sangrando, ¿puedes decir de corazón "¡Yo tengo que estar ahí!"?

Entonces, da un paso más y pon tu confianza en Él como Salvador, para que puedas decir junto con Pablo:

"He sido crucificado con Cristo, y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí…" (Calatas 2,20).
Jesús tomó nuestro lugar y "' murió para nuestro provecho.

Puesto que llevó nuestros pecados, abrió el camino para llevarnos a la comunión con el Padre.
Si te identificas con Cristo y crees que murió por ti, Dios te identificará a ti con Cristo y te dará Su justicia.

¿Puedes decir "¡Soy yo el que tiene que estar ahí!"?

Henry G. Bosch

El portero del prostíbulo

No había peor oficio en el pueblo, que ser portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio.

Un día, se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, muy creativo y emprendedor, y decidió modernizar el negocio. Hizo cambios y citó al personal para dar las nuevas instrucciones. Al portero, le dijo:

  • A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, va a preparar un reporte semanal, donde registrará la cantidad de personas que entran, y además, anotará sus comentarios y recomendaciones sobre el servicio.
  • ¡Me encantaría complacerlo, señor!, pero no sé leer ni escribir.
  • ¿Cómo?… Cuánto lo siento, pero tendré que prescindir de sus servicios.
  • ¡Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida!
  • Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted; le vamos a dar una indemnización hasta que encuentre otra cosa. Lo siento y que tenga buena suerte.

Sin más, se dio vuelta y se fue El portero sintió que el mundo se le derrumbaba. ¿Qué iba hacer…? Y recordó que en el prostíbulo, cuando se rompía una silla o se arruinaba una mesa, él lograba hacer un arreglo sencillo y provisorio.

Pensó que ésta podría ser una ocupación transitoria, hasta conseguir un empleo, pero sólo contaba con unos clavos oxidados, y una tenaza derruida. Entonces pensó que usaría parte del dinero de la indemnización para comprar una caja de herramientas completa.

Como en el pueblo no había ninguna ferretería, debía viajar dos días en muía, para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. Y emprendió la marcha. A su regreso, su vecino llamó a su puerta:

  • ¡Hola vecino!, ¿vengo a ver si tiene un martillo que me pueda prestar?
  • Sí, lo acabo de comprar, pero lo necesito para trabajar, como me quedé sin empleo…
  • Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
  • ¡Está bien!

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.

  • Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
  • ¡No puedo!, lo necesito para trabajar, y además, la ferretería está a dos días de muía.
  • Hagamos un trato -dijo el vecino-. Yo le pagaré los días de ida y vuelta, más el precio del martillo; total, usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?

Realmente, esto le daba trabajo por cuatro días y aceptó. Volvió a montar su muía y, a su regreso, otro vecino lo esperaba sn la puerta de su casa.

  • ¡Hola, vecino! ¿Usted le vendió un martillo a mi
    compadre?, vengo a decirle que yo necesito unas herramientas, y estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje, más una pequeña ganancia… es que, no dispongo de tiempo para el viaje. El ex-portero abrió su caja de herramientas, y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue. Recordaba las palabras escuchadas:

"¡No dispongo de cuatro días para comprar!" Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara para traer herramientas. En el viaje siguiente, arriesgó un poco más de dinero, trayendo más herramientas de las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes.

La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por
semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Con el tiempo, alquiló una bodega para almacenar las herramientas, y algunas semanas después, adaptó una vidriera y la bodega se transformó en la primera ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos, y compraban en su negocio. Ya no viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos pues él era un buen cliente.

Con el tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día, se le ocurrió que su amigo el tornero podría fabricarle las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no?, las tenazas… las pinzas… los cinceles… y luego fueron los clavos y los tornillos… En diez años, aquel hombre se transformó en millonario, con su trabajo como fabricante de herramientas.

Un día, decidió donar una escuela a su pueblo. En ella, además de leer y escribir, se enseñarían las artes y oficios más prácticos de la época, y en el acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad, lo abrazó y le dijo:

  • Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de esta nueva escuela.
  • El honor sería para mí -dijo el hombre-. Nada me gustaría más que firmar allí, pero no sé leer ni escribir; soy analfabeta.
  • ¿Usted? -dijo el Alcalde, que no alcanzaba a creer-. ¿Usted construyó un imperio industrial, sin saber leer ni escribir? ¡Estoy asombrado! Me pregunto, ¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir?
  • Yo se lo puedo contestar -respondió el hombre con calma-Si yo hubiera sabido leer y escribir… ¡sería el portero del prostíbulo!

Generalmente, los cambios son vistos como adversidades. Las adversidades encierran bendiciones. Las crisis están llenas de oportunidades. Puede ser tu mejor opción. Agrégale la frase celebre:

"UNA PATADA EN EL TRASERO SIEMPRE IMPLICA UN PASO HACIA ADELANTE"

El poder de la risa

La risa es una fuerza tan transformadora, que no se necesita nada más. Si puedes transformar tu tristeza en celebración, serás capaz de transformar tu muerte en resurrección.

Escuché hablar de tres místicos chinos. Nadie sabe sus nombres. Los llamaban los tres santos que se reían, porque nunca hicieron otra cosa: simplemente se reían.

Iban de una ciudad a otra. Se paraban en los mercados y se reían a carcajadas. Eran realmente hermosos. Riéndose, con sus vientres que se sacudían.

Su risa era como una plaga, el mercado entero terminaba riéndose y durante unos segundos, se abría un nuevo mundo. Viajaron por toda China, ayudando a la gente a reírse.

Los tristes, los enojados, los ambiciosos, los celosos, todos comenzaron a reír con ellos, y muchos sintieron que allí estaba la llave que podía cambiarlos.

Sucedió que en un pueblo murió uno de los tres. La gente dijo:

  • Ahora habrá un problema. Tendrán que llorar, porque su amigo ha muerto - pero los otros dos bailaron, se rieron y festejaron la muerte.
  • Esto es demasiado, -dijo la gente- ¡Qué mala educación! Cuando un hombre ha muerto, es insultante bailar y reírse.
  • Ustedes no saben lo que pasa -dijeron los santos-.

Siempre estuvimos pensando cuál de los tres moriría primero. El ganó. Nos ha vencido. Pasamos la vida entera, riéndonos juntos. ¿Cómo podríamos darle el último adiós de otra manera? Tenemos que reír.

Tenemos que disfrutar. Tenemos que celebrar. Este es el único adiós posible para un hombre que se ha reído toda su vida. Si no nos reímos, él se reirá de nosotros y dirá: "¡Estúpidos!, ¿han vuelto a caer en la trampa?" No sentimos que él haya muerto. ¿Cómo pueden morir la vida y la risa?

El cuerpo iba a ser quemado y la gente dijo:

  • Vamos a darle un baño, como manda el ritual.
    Pero los dos amigos dijeron:
  • No. Él ha dicho: "No hagan ningún ritual y no me cambien de ropa ni me bañen. Pónganme tal como estoy, sobre la hoguera funeraria". Tenemos que seguir , sus instrucciones.

Y de repente… cuando pusieron el cuerpo sobre el fuego, descubrieron la última broma del anciano. Tenía fuegos artificiales escondidos entre la ropa, y todos estallaron.

El pueblo entero comenzó a reírse. Los dos amigos bailaron y el pueblo enteró los siguió. No fue una muerte, fue una nueva vida, una resurrección.
Cada muerte abre una nueva puerta.

Si puedes cambiar tu tristeza por celebración, también podrás transformar tu muerte en resurrección.
Aprende este arte mientras todavía tengas tiempo.

El perfume del saber

En cierta ocasión, estaban en un convento trabajando arduamente unos monjes, cuando en forma imprevista llegó otro siervo del Señor, el cual era un peregrino andante que se dedicaba a predicar la Palabra de Dios.

Golpeó la puerta principal del monasterio y les dijo a gritos a las personas que él veía como labradores del convento:

  • Vengo a visitarlos para hablarles del Señor - infirió.

Las personas, que no eran otra cosa mas que los monjes del monasterio, realmente se sentían muy ocupados y atareados; de inmediato, al oír los gritos, se empezaron a molestar entre ellos:

  • ¿Qué puede enseñarnos éste que grita, a nosotros, que no sepamos ya?
  • ¡Sólo llega este peregrino del Señor a hacernos perder el tiempo! - comentaban entre ellos muy contrariados.

Pero en medio de ese descontento, finalmente decidieron hacerlo pasar, e insinuarle muy sutilmente que no podían ellos detenerse de sus labores para escucharlo.

Ya adentro, uno de los monjes lo invita a pasar, a probar alimento y a descansar un rato de su viaje.
Finalmente le ofreció algo para cenar, pero al mismo tiempo le dio poca comida; sólo le ofreció un vaso de leche al peregrino del Señor.

Diciéndole, al mismo tiempo de servirle:

  • Mira, es lo único que tenemos para darte de comer en este momento, y no tenemos tiempo de sobra para prepararte otra comida.

El siervo del Señor, que no era tonto, interpretó inmediatamente la sutileza de las palabras o indirecta del monje.

El, a su vez, colocó un pétalo de rosa sobre el vaso de leche que le habían ofrecido y dijo:

  • ¿Ves este pétalo que he agregado a la leche y que flota en la superficie del líquido?, ¿pero te das cuenta realmente que el pétalo no rebasa el borde del vaso? ¿Te das cuenta y captas que, por el contrario, no sólo ocupa un lugar en el vaso, sino que además perfuma la leche que tú me has traído?

El monje del convento calló, por la sutileza de las palabras del viajero y, finalmente, él se retiró muy avergonzado por sus palabras anteriores: él, igual que el viajero peregrino, también había captado la sutil respuesta a su argumento dado al siervo del Señor.

Por más que estemos supuestamente atareados, siempre debe haber un tiempo en nuestras vidas, y un lugar en nuestros corazones para escuchar la Palabra de Dios

El paquete de galletas

Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación, le informaron que el tren en el que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora.

La elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua para pasar el tiempo.

Buscó una silla en el andén central, y se sentó preparada para la espera.

Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario.

Imprevistamente, la señora observó cómo aquel muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente.

La mujer se molestó por esto; no quería ser grosera, pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer de cuenta que nada había pasado; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se la comió, mirándolo fijamente a los ojos.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió.

La señora, ya enojada, tomó una nueva galleta y con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó, entre galleta y galleta.

La señora, cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente.

Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete sólo quedaba la última galleta.

"No podrá ser tan descarado", pensó mientras miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas.
Con calma el joven alargó la mano, tomó la última galleta, y con mucha suavidad, la partió exactamente por la mitad.

Así, con un gesto amoroso, ofreció la mitad de la última galleta a su compañera de asiento.

  • ¡Gracias! - dijo la mujer, tomando con rudeza aquella mitad.
  • De nada - contestó el joven, sonriendo suavemente mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida…
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón.

Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: "¡Qué insolente, qué mal educado, como se atreve!"

Sin cejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado.

Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su bolsa, su paquete de galletas INTACTO.

Cuántas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores equivocaciones.

Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juzguemos injustamente, a personas y situaciones, y sin tener aun por qué, las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la realidad que se presenta.

Así, por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica y de observación, perdemos la gracia natural de compartir y enfrentar situaciones, haciendo crecer en nosotros la desconfianza y la preocupación.

Nos inquietamos por acontecimientos que no son reales, que quizás nunca lleguemos a contemplar, y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca ocurrirán.

El operador del puente

Una historia sobre la intensidad y la fuerza del amor de Dios como Padre de todos…

Había una vez un puente que atravesaba un gran río. Durante la mayor parte del día, el puente permanecía con ambos carriles en posición vertical, de manera que los barcos pudieran navegar libremente por el río.

Pero a determinada hora, los carriles bajaban colocándose en forma horizontal, a fin de que algunos trenes pudieran cruzar el río.

Un hombre era el encargado de operar los controles del puente, y lo hacía desde una pequeña choza que estaba ubicada al lado del río.

Una noche, el operador estaba esperando el último barco para activar los controles y poner al puente en posición horizontal; vio a lo lejos las luces del tren, y esperó hasta que estuviera a una distancia prudente para bajar los carriles del puente.

Cuando advirtió la cercanía del tren, se dirigió a la cabina de control, donde horrorizado descubrió que los controles no funcionaban correctamente, y que el seguro que sujetaba la unión entre los carriles ya colocados en forma horizontal se dañó.

Existía el peligro de que con el peso del tren, el puente no podría mantenerse firme, pues los carriles tambalearían, ocasionando que el tren se estrellara directamente en el río.

El tren de la noche trae muchos pasajeros a bordo, por lo que muchas personas perecerían inmediatamente en el accidente. Habría que hacer algo.

El operador abandonó rápidamente la cabina de control, cruzó el puente para dirigirse al otro lado del río, donde había un interruptor para accionar una palanca manualmente, la cual sostendría los dos carriles del puente.

El operador tendría que bajar la palanca y tenerla en dicha posición con mucha fuerza hasta que el tren cruzará el puente. Muchas vidas dependían de la fuerza de este hombre.

Fue entonces cuando escuchó un sonido que provenía muy cerca de la cabina de controles y que hizo que se le helara la sangre.

  • Papi, ¿dónde estás? - escuchó repetidas veces. Su hijo, de tan sólo cuatro años de edad estaba cruzando el puente para buscarlo. Su primer impulso fue gritar "corre, corre" pero se dio cuenta que las diminutas piernas de su pequeño jamás podrían cruzar el puente antes de que el tren llegara.

El operador casi suelta la palanca para correr tras su hijo y ponerlo a salvo, pero comprendió que no tendría suficiente tiempo para regresar y sostener la palanca. Tenía que tomar una decisión: o la vida de su hijo, o la vida de todas aquellas personas que estaban en el tren.

La velocidad con que venía el tren evitó que los miles de pasajeros que venían a bordo se dieran cuenta del diminuto cuerpo de un niño que había sido golpeado y arrojado al río por el tren.

Tampoco fueron conscientes de los sollozos y dolor de un hombre, aferrándose todavía a la palanca a pesar de que el tren ya había cruzado y no era necesario que él estuviera ahí.

Ni mucho menos vieron a ese hombre deambulando por el puente en dirección a su casa, a decirle a su esposa como es que su único hijo había muerto brutalmente.

Ahora tú puedes comprender lo que le pasó al corazón de este hombre.

Puedes comprender los sentimientos y el dolor de nuestro Padre del Cielo cuando sacrificó a su Hijo para construir ese puente que nos permitiera a todos sus hijos en la tierra llegar a la vida eterna.

¿Cómo se sentirá Dios en el cielo cuando ve cómo nosotros corremos por la vida sin tener en cuenta el gran sacrificio de amor que El hizo al enviarnos a su único Hijo para que muriera y así obtener nuestra salvación?

El muchacho y su caña

Jerry, recibió una alarmante llamada un sábado en la tarde hace algunos meses. Su nietecito de 6 años, Mikey, había sido atropellado mientras pescaba con su papá.

Padre e hijo se hallaban en la orilla del río, cuando una mujer perdió el control de su auto, se salió del puente y atropello a Mikey a una velocidad de 80 Km/hora. Jerry había visto el resultado de accidentes como éste y temía lo peor.

Cuando llegó al hospital, corrió hasta el cuarto de urgencias y halló a Mikey consciente y con bastante buen ánimo.

  • Mikey, ¿qué pasó? - le preguntó Jerry. Mikey le contestó:
  • Abuelo, yo estaba pescando con mi papá y una señora me aventó con su auto, volé hasta un charco de lodo, se me partió la caña de pescar ¡y no pude atrapar ningún pescado!

Según el informe policiaco, el impacto lanzó a Mikey a unos 50 metros de distancia, por sobre unos cuantos árboles y piedras, a un charco de lodo.

Su única lesión fue su fémur que se había roto en dos lugares, lo que hubo que hacerle una cirugía para colocarle unos pernos en su pierna. En general, el muchacho estaba bien y de lo único que hablaba era de su caña rota.

Al día siguiente, Jerry llegó al hospital con una nueva caña de pescar para Mikey, y se sentó a su lado para hacerle compañía. Cuando estuvieron solos, Mikey con mucha seriedad le dijo:

  • Abuelo, ¿sabías que Jesús es real?
  • Bueno, -contestó el abuelo, un poco sorprendido-. Sí, Jesús es real para todos aquellos que creen en El y que le aman en sus corazones.
  • No, -dijo Mikey-. Quiero decir que Jesús es real. - ¿Qué quieres decir? -preguntó el abuelo. - Sé que es real porque yo lo vi, -dijo Mikey-, todavía jugando con su caña.
  • ¿Lo viste? - Sí abuelo, -dijo Mikey-. Cuando aquella señora me atropello con su auto y se partió mi caña, Jesús me cargó en sus brazos y me puso sobre el charco de lodo.

El mejor cumpleaños

Jamás olvidaré el día en que mamá me obligó a ir a una fiesta de cumpleaños, cuando estaba en tercer grado. Una tarde, llegué a casa con una invitación, algo manchada de jalea.

  • No pienso ir - dije -. Es una chica nueva que se llama Ruth. Vero y Paty no irán. Invitó a toda la clase. A los treinta y seis.

Mamá estudió con extraña tristeza esa invitación
hecha a mano. De pronto, anunció:

  • Bueno, tú irás. Mañana iré a comprar el regalo.

Yo no podía creerlo. ¡Mamá nunca me había obligado a ir a una fiesta! Eso me mataría, sin duda. Pero no hubo ataque de histeria que la hiciera cambiar de opinión.

Llegó el sábado, mamá me sacó de la cama para que envolviera el regalo: Un bonito juego de peine, espejo y cepillo, de color rosa perlado, que había comprado por menos de tres dólares. Luego, me llevó en su viejo automóvil amarillo.

Ruth abrió la puerta y me guió por la escalera más empinada y peligrosa que yo había visto jamás. Cruzar la puerta fue un verdadero alivio; los pisos de madera relumbraban en la sala llena de sol. Los muebles eran viejos, pero estaban recubiertos por fundas blancas e impecables.

En la mesa, vi el pastel más grande de mi vida. Estaba decorado con nueve velas rosadas, un "Feliz Cumpleaños Ruthy" bastante desmañado, y algo que parecían pimpollos de rosa. Rodeaban la torta treinta y seis tazas llenas de chocolate casero, cada una con su nombre.

"No será tan horrible una vez que lleguen los otros", me dije. Y pregunté a Ruth:

  • ¿Dónde está tu mamá? Ella bajó la vista al suelo. -
  • Bueno, está medio enferma.
  • Ah. ¿Y tu papá?
  • Se fue.

Luego se hizo silencio; sólo se oían algunas toses carrasposas detrás de una puerta cerrada. Pasaron quince minutos. Luego, diez más. De pronto comprendí la horrible verdad: No vendría nadie. ¿Cómo escapar de allí? En medio de mi autocompasión, oí unos sollozos apagados. Al levantar la vista, me encontré con la cara de Ruth, llena de lágrimas.

De inmediato, mi corazón de niña se llenó de simpatía hacia Ruth, y de ira contra mis treinta y cinco egoístas compañeras. Me levanté de un salto, plantando en el suelo los zapatos de charol blanco, y proclamé a todo pulmón.

  • ¿Para qué queremos a los otros?

La expresión sobresaltada de Ruth se convirtió en entusiasmado acuerdo. Allí estábamos: Dos niñas de ocho años con un pastel de tres pisos, treinta y seis tazas de chocolate, helado, litros y litros de refresco rojo, tres docenas de artículos de fiesta, juegos para jugar, premios a ganar.

Empezamos por el pastel. Como no encontrábamos ningún fósforo y Ruthy (había dejado de ser Ruth para mí) no quería molestar a su mamá, nos limitamos a fingir que las encendíamos. Le canté el "Feliz Cumpleaños", en tanto ella pedía un deseo, y apagaba de un soplido las velas imaginarias.

En un abrir y cerrar de ojos llegó la tarde, y mamá hizo sonar su bocina frente a la casa. Después de recoger todos mis recuerdos, y de dar mil gracias a Ruthy, volé al auto, burbujeando de alegría.

  • ¡Gané todos los juegos! Bueno, la verdad es que Ruthy ganó el de ponerle la cola al burro, pero dijo que la del cumpleaños no podía llevarse los premios, así que me lo cedió. Y repartimos las cosas de la fiesta, la mitad para cada una. Le encantó el juego de tocador, mamá. Yo era la única.

¡La única de todo el tercer grado! y no veo la hora de decirle a los otros qus se perdieron ana fiesta estupenda.

Mamá detuvo el coche junto a la banqueta, y me abrazó con fuerza.

  • ¡Estoy orgullosa de ti! - me dijo, con lágrimas en los ojos.

Ese día descubrí que una sola persona puede cambiar las cosas. Yo había cambiado por completo el noveno cumpleaños de Ruthy. Y mamá había cambiado mi vida por completo.

Y tú… ¿Habrías ido a la fiesta? Una palabra, un gesto, pueden cambiarle la vida a alguien, pero también puede cambiárnosla a nosotros mismos.

Obra de modo tal que, en tu paso por la vida de los demás, sólo siembres amor. Seguramente cosecharás más de lo que puedas imaginar…

El mayor de los regalos

En Persia se cuenta la historia del gran Manú, Shah Babas, un rey sabio y querido que se preocupaba mucho por su pueblo y sólo quería lo que era mejor para ellos.

En sus dominios no se ponía el sol, pero él siempre reinó con todo esplendor; tenía fama de justo y le encantaba mezclarse con el pueblo, pasando desapercibido para compartir y dar solución a sus problemas, tratando de ver la vida desde la perspectiva de su gente.

El pueblo sabía que el rey se interesaba personalmente en todos sus asuntos, e intentaba comprender hasta qué punto sus decisiones afectarían sus vidas.

En cierta ocasión, se vistió de pobre y fue a visitar los baños públicos. Había allí mucha gente gozando del descanso y el compañerismo natural en esos lugares.

El agua para los baños se calentaba en un horno en el sótano; en ese lugar había un hombre responsable de mantener el agua a la temperatura adecuada. El rey se dirigió al sótano para visitar a ese hombre que se ocupaba de mantener el fuego sin descanso.

Al pasar por la cocina observó en un rincón una angosta puerta para él hasta entonces desconocida.

Descendió el largo, lóbrego y húmedo trecho de escaleras que conducía a un sótano, de reducidas dimensiones y calor asfixiante, en el que un carbonero, sentado en un montón de cenizas, atendía la caldera del palacio.

El Manú se sentó a su lado y comenzó a hablar. Llegó la hora de comer y el fogonero sacó un sucio pan moreno y áspero, y una jarra de agua.

Se sentaron a comer y beber. El Sha se fue, pero continuó visitándolo con frecuencia, movido por la
compasión que sentía por aquel hombre solitario. Día tras día, semana tras semana, el rey siguió bajando a visitar a su amigo.

El hombre llegó a sentirse muy unido a ese extraño visitante, que bajaba al sótano para verlo. Nadie antes había demostrado tanto afecto y preocupación por él.

Amablemente le dio consejo, y el pobre le abrió todo su corazón y amó a aquel amigo tan bondadoso y sabio, pero tan pobre como él.

Finalmente, el Manú pensó: "Este hombre que vive permanentemente recluido en el sótano, cumpliendo de forma abnegada con su trabajo, con total aceptación de su destino y sin que una sola queja salqa de sus labios, merece una gran recompensa. Le diré quién soy , a ver qué presente me pide".

Le dijo, pues:

  • Crees que soy pobre, pero soy tu Manú, el Shah Babas, pídeme lo que quieras.

El gobernante esperaba que le pidiera algo grande, pero el hombre se quedó sentado, inmóvil, petrificado, mirándolo con amor y asombro. Entonces el Manú le dijo, posando una mano sobre su hombro:

  • ¿No entiendes? Te puedo hacer rico y noble, puedo poner una ciudad en tus manos, te puedo hacer un gran gobernador, ¿No tienes nada qué pedir?

El hombre respondió amablemente:

  • Sí, mi señor, he entendido. Mas no entiendo cómo tú, que gobiernas un gran reino y millones de personas te honran, eres el encargado de crear un nuevo mundo para afrontar mejores tiempos, puedes haber salido de tu palacio y tu gloria para sentarte conmigo en este lóbrego cuchitril, comer mi tosca comida y preocuparte por si estoy feliz o apenado.

Ni tú mismo me puedes dar nada más valioso. A otros les puedes otorgar ricos presentes, pero a mí me has dado a ti mismo; lo único que te puedo pedir es que nunca me quites este regalo de tu amistad y de tu amor.

La emoción que embargaba su espíritu enmudeció sus palabras, y desde el fondo del corazón brotó un "gracias", e inclinándose en señal de respeto, depositó a sus pies dos brillantes lágrimas.

El llanto del desierto

En cuanto llegó a Marrakech, África, el misionero decidió que todas las mañanas daría un paseo por el desierto que comenzaba tras los límites de la ciudad. En su primera caminata, vio a un hombre estirado sobre la arena, con la mano acariciando el suelo y el oído pegado a tierra.

"Es un loco", pensó. Pero la escena se repitió todos los días, por lo que, pasado un mes, intrigado por aquella conducta extraña, resolvió dirigirse a él. Con mucha dificultad, ya que aún no hablaba árabe con fluidez, se arrodilló a su lado y le preguntó:

  • ¿Qué es lo que usted está haciendo?
  • Hago compañía al desierto, y lo consuelo por su soledad y sus lágrimas.
  • No sabía que el desierto fuera capaz de llorar.
  • Llora todos los días, porque sueña con volverse útil para el hombre y transformarse en un inmenso jardín, donde se puedan cultivar las flores y toda clase de plantas y cereales.
  • Pues dígale al desierto que él cumple bien su misión -comentó el misionero-. Cada vez que camino por aquí, comprendo mejor la verdadera dimensión del ser humano, pues su espacio abierto me permite ver lo pequeños que somos ante Dios.

Cuando contemplo sus arenas, imagino a las millones de personas en el mundo que fueron criadas iguales, aunque no siempre el mundo sea justo con todas. Sus montañas me ayudan a meditar. Al ver el sol naciendo en el horizonte, mi alma se llena de alegría, y me aproxima al Creador.

El misionero dejó al hombre y volvió a sus quehaceres diarios. Cuál no fue su sorpresa al encontrarlo a la mañana siguiente en el mismo lugar y en la misma posición.

  • ¿Ya transmitió al desierto todo lo que le dije? - preguntó.
    El hombre asintió con un movimiento de cabeza.
  • ¿Y aún así continúa llorando?
  • Puedo escuchar cada uno de sus sollozos. Ahora él llora porque pasó miles de años pensando que era completamente inútil, y desperdició todo ese tiempo blasfemando contra Dios y su destino.
  • Pues explíquele que, a pesar de que el ser humano tiene una vida mucho más corta, también pasa muchos de sus días pensando que es inútil. Rara vez descubre la razón de su destino, y casi siempre considera que Dios

ha sido injusto con él. Cuando llega el momento en que, finalmente, algún acontecimiento le demuestra por qué y para qué
ha nacido, considera que es demasiado tarde para cambiar de vida, y continúa sufriendo. Y, al igual que el desierto, se culpa
por el tiempo que perdió.

  • No sé si el desierto me escuchará -dijo el hombre-. Él ya stá acostumbrado al dolor, y no consigue ver las cosas de otra manera.
  • Entonces vamos a hacer lo que yo siempre hago cuando siento que las personas han perdido la esperanza. Vamos a rezar.
    Ambos se arrodillaron y rezaron; uno se giró en dirección a la Meca, porque era musulmán, el otro juntó las manos en plegaria, porque era católico.

Cada uno rezó a su Dios, que siempre fue el mismo Dios, aunque las personas insistieran en llamarlo con nombres diferentes.

Al día siguiente, cuando el misionero retornó de su caminata matinal, el hombre ya no estaba allí. En el lugar donde acostumbraba abrazar la arena, el suelo parecía mojado, ya que había nacido una pequeña fuente. En los meses subsiguientes, esta fuente creció y los habitantes de la ciudad construyeron un pozo en torno a ella.

Los beduinos llaman al lugar "Pozo de las Lágrimas del Desierto".

Dicen que todo aquel que beba su agua conseguirá trasformar el motivo de su sufrimiento en la razón de su alegría, y terminará encontrando su verdadero destino.

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