El Bosque de la Vida

Un hombre estaba perdido en un bosque. Había probado ya varios senderos, con la esperanza de que alguno de ellos lo condujera fuera, pero todos volvían a converger en el mismo punto, justo donde él se encontraba ahora.
Aún le quedaban por probar algunos cuantos, pero se encontraba cansado y hambriento, así que decidió tomarse un descanso antes de coger una nueva senda.
Mientras estaba allí sentado, preguntándose qué sendero tomar, vio acercarse a otro viajero.

Inmediatamente se puso de pie y gritó: - ¿Me puede ayudar? ¡me he perdido!
El otro hombre dio un suspiro de alivio, y replicó: - Yo también estoy perdido.

Ambos comenzaron a intercambiar información, y pronto descubrieron que entre los dos habían recorrido ya muchos de los caminos existentes.

Ahora se ahorrarían trabajo, y podrían evitar tomar senderos erróneos que uno u otro ya conocieran.

Muy pronto, los dos hombres estaban contándose sus desventuras con buen humor, lo que les ayudó a olvidarse del cansancio y el hambre; de esta manera, continuaron su viaje.

La vida es como un bosque, a veces nos perdemos y sentimos confundidos, pero si compartimos nuestras experiencias e impresiones con los demás, el viaje no parecerá tan desalentador, y puede ser que juntos encontremos los mejores caminos y modos de vivir.

“La cooperación no es ausencia de conflictos, sino el medio para resolver el conflicto.”

El Atizador

En la edad en la que muchas ancianas viven la vida más sosegadamente y con la satisfacción del deber cumplido, a doña Clotilde le había tocado criar a su nieto. Su hija, madre soltera, había tenido que emigrar a otro país para buscar un mejor futuro, y poder así ayudar económicamente a su familia lejana.

Con el correr del tiempo, doña Clotilde se enfrentó con un alarmante descubrimiento: su nieto había tomado la costumbre de tomar lo que no era suyo… ¡Era un ladrón! Habiéndole primero claramente, y castigándole después, doña Clotilde agotó casi todos los medios para combatir esa tendencia. Pero nada surtía efecto: Aquel vicio, el niño ya lo llevaba dentro de sí. Ni amenazas, ni promesas surtían algún efecto.
Ante el temor de que su nieto se convirtiera en un delincuente, doña Clotilde se vio en la disyuntiva de tener que tomar una medida radical, amenazándolo con un castigo terrible que lo marcaría para toda la vida:

  • ¿Ves el atizador?… ¡si te vuelvo a sorprender robando, lo pongo a calentar en el fuego y te traspaso la mano con él! Pero el niño, confiado en la bondad de su abuela y no creyéndola capaz de semejante acto, volvió a recaer, agarró la cartera deteriorada de su abuela y le robó los 100 dólares que su madre enviaba mensualmente, y corrió a gastarlo.
    Cuando volvió a casa, la abuela, que ya había descubierto el robo, lo tomó de las manos y lo arrastró a la cocina. Con todo el dolor de su corazón, sabiendo que era necesario ponerle punto final a esa malsana costumbre, empuñó el atizador y lo puso en el carbón encendido, esperando a que se pusiera caliente.

El niño contemplaba asustado, sin dar crédito a lo que acontecía, los preparativos insensatos de la abuela. No podía creer que su abuela fuera capaz de cumplir la amenaza. Estaba tan convencido de la bondad de la abuela, que la creía incapaz de un gesto tan atroz.

  • ¡Ahora vas a ver el daño tan grande que produces cada vez que tomas lo que no es tuyo!
    Doña Clotilde aferró al niño, empujándolo hacia el brasero, extrajo el atizador ya incandescente, y lo fue llevando lentamente a la mano de su presa, la cual aferraba con todas sus fuerzas. Cuando la suave piel del niño empezó a sentir el calor que emanaba del atizador, la abuela deliberadamente lo soltó, pero NO detuvo el curso del atizador, el cual atravesó su propia mano de lado a lado. Ahora, el pequeño ladrón se hizo un hombre. Un hombre que aprendió la lección, y que no volvió a robar más en su vida. Comprendió que con esa conducta equivocada le hacía daño a la persona que él más amaba. Hoy, antes de meter las manos en cosas que no le pertenecen, se las dejaría quemar primero.
    Doña Clotilde, a su vez, dice que fue preferible perder su propia mano, que perder a su nieto amado.

Desde aquel día ambos entendieron la frase: "Misericordia quiero y no sacrificios". Frase expresada en plenitud en el misterio de la redención de Cristo.

El Amor

Es una palabra que lo dice todo, y no dice nada.
Es la comunión de dos almas que sólo buscan ser una misma.
Es la mano que se extiende para dar y para darse.
Son los nombres de los que amamos.
Son los ojos que nos miran de una manera diferente.
Es el rostro que miramos, tratando de entregarle el alma.
Es la fecha que no olvidamos.
El día que pensamos que realmente comenzamos a vivir.
El momento en que el dolor nos arropó, y un abrazo nos hizo regresar a la vida.
Son las canciones que nos hablan de nuestras historias.
Son las lágrimas de una madre, que se acaba de enterar que carga en su vientre a un hijo.
Son las palpitaciones en el corazón del padre que espera su llegada.
Es la sonrisa de un niño, luego de haber pintado su tarea.
Es la carta que se escribe con ilusión y añoranza.
Es despertarse cada mañana, y tener a alguien en quien pensar.
Son los amigos, que siempre nos aman y no desaparecen con el tiempo.
Es perdón… es respeto… es cuando todo tiene sentido si se trata de nosotros.
Son los momentos de silencio.
Es la risa y el llanto.
Es cuando puedo recostar mi cabeza en el hombro de alguien, y cuando presto mi hombro para que ese alguien haga lo mismo.
Es cuando miramos ese ser querido y, sin querer, pensamos en todas las razones por las cuales le queremos tanto.
Es el perfume que nos recuerda ese alguien especial.
Es la respuesta a cualquier pregunta.
Es lo que somos y la razón por la que existimos.
Es un madero y su historia.
Son los amigos, que se aman como hermanos.
Es un suspiro… una emocionada caricia… un beso.
Es una palabra en el momento correcto e indicado, buscando afanosamente expresarlo todo.
Es la razón de vivir de cada hombre y mujer sobre la tierra.
Es lo que muchos buscamos sobre la tierra.
Lo que otros condenan y rechazan.
Es todo lo que queremos, y cuando está en nuestras manos, es como nada.
Es el sinónimo de vida en cuatro letras… AMOR…

El Amor es Libertad

Una vez, un reconocido guerrero indígena y la hija de una mujer que había sido matrona de la tribu, se enamoraron profundamente y habían pensado en casarse, para lo cual tenían el permiso del cacique de la tribu. Pero antes de formalizar el casamiento, fueron a ver al anciano de la tribu, un hombre muy respetado, que tenía palabras de sabiduría para ellos.

El sabio les dijo que ellos eran buenos muchachos, jóvenes y que no había ninguna razón para que alguien se opusiera a su matrimonio.

Entonces ellos le dijeron que querían hacer algo que les diera la fórmula para ser felices siempre.
El sabio les dijo: Bueno, hay algo que podemos hacer, pero no sé si están dispuestos, porque es bastante costoso.

  • Estamos dispuestos – le dijeron.
    Entonces el sabio le pidió al guerrero que escalara la montaña más alta, y buscara allí el halcón más vigoroso, el que volara más alto, el que le pareciera más fuerte, el que tuviera el pico más afilado y se lo trajera vivo. Y a la mujer le dijo:
  • A ti no te va a ser tan fácil. Vas a tener que internarte en el monte, buscar el águila que te parezca que es la mejor cazadora, la que vuele más alto, la que sea más fuerte, la de mejor mirada. Vas a tener que cazarla sola, sin que nadie te ayude, y vas a tener que traerla viva aquí.

Cada uno salió a cumplir su tarea. Cuatro días después volvieron con el ave que se les había encomendado, y le preguntaron al sabio:

  • ¿Ahora qué hacemos?, ¿las cocinamos?, ¿las comemos?, ¿qué debemos hacer con ellas?
  • No, nada de eso, -dijo riendo el sabio y les dijo- ¿ustedes quieren ser felices?
  • Sí - le dijeron. ¿Volaban alto? - preguntó-, ¿eran fuertes sus alas, eran sanas,
    independientes? Sí - contestaron. Muy bien, dijo el sabio. Ahora deben encadenarlas entre
    sí por las patas, y suéltenlas para que vuelen.

Así lo hicieron. Entonces el águila y el halcón comenzaron a tropezarse, intentaron volar, pero lo único que lograban, era revolcarse en el piso. Se hacían daño mutuamente, hasta que empezaron a picotearse entre sí. Entonces el sabio de la tribu les dijo:
Si ustedes quieren ser felices para siempre:

"VUELEN, PERO JAMÁS SE ENCADENEN EL UNO AL OTRO"

Cuando dos personas se unen por amor, ambos desean íntimamente que esa unión sea duradera. Nadie puede asegurar el éxito o el fracaso de una relación. Los integrantes de la pareja son los principales protagonistas, y de ellos depende que la relación perdure si siguen alimentando su amor.

Debemos tener en cuenta que son dos personas diferentes unidas por un gran sentimiento: El Amor. El amor verdadero sólo se concibe en libertad. Las promesas, los juramentos, los papeles legales, forman parte del matrimonio pero no tienen ningún efecto sobre el amor. El Amor llega cuando quiere y se va de la misma manera, si no se sigue alimentando. Quien nos ama, sólo espera que su amor sea correspondido también con amor.

El Abuelo

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez menos; babeaba y tenía serias dificultades para tragar.

En una ocasión, cuando su hijo y su nuera le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo.

La nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día, le darían de comer en una palangana de plástico. El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada. Un rato después, vieron al hijo pequeño buscando algo en el armario.

Movido por la curiosidad, su padre le preguntó:

  • ¿Qué haces, hijo? El chico, sin levantar la cabeza, repuso:
  • Estoy preparando una palangana para darles de comer a mamá y a ti cuando sean
    viejos.

El marido y su esposa se miraron, y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día. Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen corazón.

Ejemplo de Amor

Cierto día, una gigantesca águila de Escocia arrebató de su madre a un bebé dormido.
Enseguida, toda la gente de la aldea se movilizó para ofrecer su ayuda.
Pero el águila no tardó en posarse sobre un elevado despeñadero, por lo que todos temieron por la suerte de la criatura.

Un marino trató de ascender, pero se vio obligado a desistir de su intento.
Luego, trató de subir un robusto montañés, acostumbrado a escalar los cerros de la región.
Pero su esfuerzo fue en vano.

Por fin, se adelantó una humilde campesina, quien fue
afirmando sus pies en una saliente tras otra de la roca, hasta llegar a la cumbre del despeñadero.

Mientras temblaban los corazones de los observadores, la mujer descendió paso a paso, hasta que, en medio de los gritos de los aldeanos, regresó con el bebé junto a su pecho.
¿Por qué esa mujer tuvo éxito donde el fuerte marino y el experimentado montañés habían fracasado?

Porque ella tenía un gran amor hacia la criatura.¡Era su madre!

Su amor maternal la había llevado a arriesgar su vida, con tal de salvar a su pequeño hijo.

Dr. Martín

Cuando el Dr. Martín era un joven alumno de la escuela de medicina, estaba profundamente convencido de la estupidez que suponía llenar el mundo de enfermos incurables y seres inválidos. Defendía ardientemente la eutanasia, y acostumbraba discutir esos temas con sus compañeros de clase.

  • Pero si ésa es precisamente nuestra misión -le contestaban-. Estamos aquí para cuidar del cojo, el lisiado y el ciego. La misión del médico - replicaba siempre Martín- es sanar a los enfermos, y si no existe remedio, lo mejor es que mueran.

Ya cursaba el último año de estudios cuando, cumpliendo sus deberes fuera del hospital, asistió en un barrio pobre de la ciudad al parto de una inmigrante colombiana. Era el décimo chiquillo que la mujer traía al mundo, y había nacido con una pierna bastante más corta que la otra. La fuerza de la costumbre hizo al médico soplar en la boca de la criaturita para iniciar la respiración, pero un momento después pensó:

"¡Qué estoy haciendo! Está condenado a caminar toda la vida con su desdichada pierna. Los otros chicos le llamar joven alumno de la escuela de medicina, estaba profundamente convencido de la estupidez que suponía llenar el mundo de enfermos incurables y seres inválidos. Defendía ardientemente la eutanasia, y acostumbraba discutir esos temas con sus compañeros de clase.

  • Pero si ésa es precisamente nuestra misión -le contestaban-.
    Estamos aquí para cuidar del cojo, el lisiado y el ciego.
  • La misión del médico - replicaba siempre Martín- es sanar a los enfermos, y si no
    existe remedio, lo mejor es que mueran.

Ya cursaba el último año de estudios cuando, cumpliendo sus deberes fuera del hospital, asistió en un barrio pobre de la ciudad al parto de una inmigrante colombiana. Era el décimo chiquillo que la mujer traía al mundo, y había nacido con una pierna bastante más corta que la otra. La fuerza de la costumbre hizo al médico soplar en la boca de la criaturita para iniciar la respiración, pero un momento después pensó:

"¡Qué estoy haciendo! Está condenado a caminar toda la vida con su desdichada pierna. Los otros chicos le llamarán carga de penas. Su único hijo y su nuera murieron en un accidente de automóvil, dejando una niñita de cuya crianza tuvo que encargarse. Aquella nietecita era su adoración. El verano que cumplió los diez años, Ana despertó una mañana, quejándose de rigidez del cuello y extraños dolores en brazos y piernas.

Al principio pensaron que era parálisis infantil, pero resultó ser una infección virulenta tan poco frecuente, que sólo ha merecido breves referencias en los tratados médicos. En toda su larga práctica profesional, el propio Dr. Martín no había encontrado un solo caso de aquel mal.

Consultó a especialistas neurólogos, que movieron la cabeza con desaliento, y dijeron que no se conocía remedio para la enfermedad, cuyos progresos eran lentos, pero acababa siempre en parálisis, de mayor o menor grado.

  • Sin embargo, hay un médico joven en el Oeste -dijo al doctor uno de los especialistas- que ha escrito recientemente un artículo sobre los éxitos obtenidos por él en algunos casos de esta enfermedad. Se llama T. J. Méndez. Si yo me encontrara en la situación de usted, iría a verlo.

El doctor voló con Ana a la pequeña clínica particular donde el Dr. Méndez había puesto en práctica el nuevo y revolucionario tratamiento terapéutico para los varios tipos de enfermedades que causan lesión. El Dr. Martín observó que su colega cojeaba pronunciadamente.

  • Esta pierna corta me coloca entre el grupo de los lisiados - dijo el Dr. Méndez, al observar la mirada de su visitante-. Los chicos me llaman Pata-corta. Yo se los permito, y a ellos les encanta. La verdad es que me gusta más que mi verdadero nombre, Tadeo, que siempre me ha parecido un poco ceremonioso. Como a muchos chiquillos, me pusieron el
    nombre del joven estudiante de medicina que me trajo al mundo.

El Dr. Tadeo Martín tragó saliva, recordando que en aquella ocasión se había dicho a sí mismo: "El mundo no lo necesita para nada". ¡Cuan ciego era en aquel tiempo!
Alargó la mano al médico, cuya ciencia haría posible que Ana volviera a caminar, y dijo:

  • Es mejor ser lisiado que ciego.

No es tu APTITUD, sino tu ACTITUD, lo que determina tu ALTITUD

¿Dónde Está Dios?

 Unos padres tenían dos hijos revoltosos. Una niña de 8 años y un varón de 10. Resultó que los padres estaban teniendo una gran dificultad para controlarlos, y decidieron buscar ayuda. Hablaron con un padre, y él pronto accedió a hablarles a los muchachos.

Hicieron una cita, y los padres primero trajeron al varón a la oficina del sacerdote. Al entrar el niño en la oficina, encontró al sacerdote sentado detrás de su escritorio con una mirada impresionante, y le dijo que se sentara en la silla que estaba directamente al frente de él, y así lo hizo el muchacho.

Una vez que se sentó, en un tono autoritario, el sacerdote le preguntó:
- ¿Dónde está Dios? – existía un gran silencio en la habitación, y el niño no dijo nada.
Nuevamente el padre preguntó: - ¿Dónde está Dios?

Pero el silencio persistía aún más. Esto sucedió tres veces, y a la tercera vez, el niño se levantó de la silla, y salió corriendo de la oficina del sacerdote.

Corrió y corrió hasta llegar a su casa, entró por la puerta y subiendo las escaleras, corrió hasta la habitación donde se encontraba su hermana. Con una voz alarmada, le dijo:
- ¡Estamos en tremendo problema!

A lo que ella respondió:  -  ¿Por qué?, ¿qué pasó? Y respondiendo, el niño dijo:
- Aparentemente Dios se ha perdido, y nos están echando la culpa a nosotros.

Depende de la Forma en el Decir

Un sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretara su sueño.

  • ¡Qué desgracia, mi señor! -exclamó el sabio-, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra majestad. ¡Qué insolencia! -gritó el sultán enfurecido-. ¿Cómo te
    atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y ordenó que le dieran al sabio cien latigazos.
Más tarde, el sultán dispuso que le trajeran a otro sabio, y le contó lo que había soñado.
Este, después de escuchar al sultán con atención, le dijo:

' - ¡Excelso señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.

Se iluminó el semblante del sultán con una gran sonrisa, y ordenó que le dieran al sabio cien monedas de oro.

Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo:

  • ¡No es posible! La interpretación que has hecho de los sueños es la misma que el
    primer sabio. No entiendo por qué al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
  • Recuerda bien, amigo mío, -respondió el segundo sabio-. Todo depende de la forma en
    el decir… uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse.
    De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra.
    Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en algunos casos, grandes problemas.
    La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir; pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

Callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y Iwego, hablando se aprende a callar. Diógenes de Sinope

Decálogo para Vivir con Quienes nos Rodean

1.- Acéptate tal como eres.

2.- Considera que has recibido, con toda probabilidad, más de lo que necesitas. No envidies a nadie.

3.- Acepta a los demás tal como son, empezando por los más cercanos: tu familia, tus amigos, tus compañeros, tus vecinos.

4.- Aprende a decir y a sentir lo bueno que hacen los demás y dilo en voz alta, sin resentimientos ni temores.

5.- No te compares nunca con los demás, pues eso conduce al orgullo o a la desesperación, que nunca te harán feliz.

6.- Vive en la verdad sin temor a decir "sí" a lo que está bien, y "no" a lo que está mal.

7.- Resuelve los problemas y los conflictos con el diálogo, y nunca guardes rencor. El rencor te encierra en la tristeza.

8.- Empieza a dialogar con lo que nos une, y sólo después, ocúpate de lo que nos divide. Siempre son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

9.- Da el primer paso, sin esperar a que lo dé el otro, y hazlo antes de que se haga de noche. Que no se ponga el sol sin haber hecho las paces, sin el abrazo de la reconciliación.

10.-Ten bien por seguro y por cierto, que perdonar y amar, es siempre, más importante que tener razón.

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