Volver a Empezar

Muchas veces queremos volver a empezar, pero usando las mismas técnicas que nos llevó al fracaso.

Queremos comenzar una vida nueva, una nueva relación, un nuevo trabajo, pero con las experiencias negativas pasadas, y cometemos el más horrendo de los errores.

La historia nos cuenta que San Antonio vivía en el desierto, cuando se aproximó un joven.
Padre, vendí todo lo que tenía y di el dinero a los pobres. Sólo guardé unas pocas cosas, para que me ayuden a sobrevivir aquí. Me gustaría me enseñara el camino de la salvación.

San Antonio pidió al joven que vendiese también las pocas cosas que había guardado, y con el dinero obtenido, comprase carne en la ciudad. Y al regreso, debía traer la carne atada a su cuerpo. El muchacho obedeció.

Al regresar, fue atacado por perros y halcones, que querían un trozo de la carne.
Ya estoy de vuelta -dijo el chico- , mostrando el cuerpo sangrando por los arañazos y
mordidas, y con la ropa hecha pedazos.

¿Por qué me mandó hacer esto?
Para mostrarte que lo que trajiste de tu pasado no sirve en tu presente. -Le dijo-
Cuando tengas que escoger un nuevo camino, no traigas experiencias viejas.

Aquellos que dan un paso nuevo, pero quieren mantener oco de su antigua vida,
terminan desgarrados por los propios recuerdos.

Si quieres comenzar de nuevo y tener nuevos resultados, no lleves contigo las experiencias negativas de tu pasado.

CUIDA
Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras
Cuida tus palabras porque se volverán actos
Cuida tus actos porque se harán costumbre.
Cuida tus costumbres, porque forjarán tu carácter.
Cuida tu carácter, que será tu destino, y tu destino será tu vida.

Vivir cada Día como el Último

Un grupo de estudiantes consultó con uno de sus maestros preferidos para que les ayudara en un problema. El maestro hizo lo más que pudo para ayudarlos, y finalmente les dijo:
"El día anterior a su muerte vivan para Dios".

"Pero, ¿cómo podemos hacerlo? No sabemos qué día vamos a morir" -objetó uno de los chicos.

"Entonces -sonrió el maestro- vive cada día como si ese fuera el día anterior a que mueras. Es tan sencillo como eso".

Una Nueva Oportunidad

Había un hombre muy rico que poseía muchos bienes, una gran mansión, mucho ganado, varios empleados, y un único hijo; su heredero. Lo que más le gustaba al hijo era hacer fiestas, estar con sus amigos, y ser adulado por ellos. Su padre siempre le advertía que sus amigos sólo estarían a su lado mientras él tuviese algo que ofrecerles; después le abandonarían.

Un día el padre, ya avanzado en edad, le pidió a sus empleados que le construyeran un pequeño establo. Dentro de él, el propio padre preparó una horca y, junto a ella, una placa con algo escrito: "Para que nunca desprecies las palabras de tu padre". Mas tarde, llamó a su hijo, lo llevó al establo y le dijo:

  • Hijo mío, yo ya estoy viejo, y cuando yo me vaya, tú te encargarás de todo lo que es mío. Yo sé cuál será tu futuro: vas a dejar la estancia en manos de los empleados, y vas a gastar todo el dinero con tus amigos. Venderás todos los bienes para sustentarte, y cuando no tengas nada, tus amigos se apartarán de ti.

    Sólo entonces, te arrepentirás amargamente por no haberme escuchado. Fue por esto que construí esta horca. ¡Ella es para ti! Quiero que me prometas que, si sucede lo que yo te dije, te ahorcarás en ella.

El joven se rió, pensó que era un absurdo, pero para no contradecir al padre se lo prometió, pensando que eso jamás podría suceder. El tiempo pasó, el padre murió, y su hijo se encargó de todo. Pero así como su padre había previsto, el joven gastó todo, vendió los bienes, perdió sus amigos y hasta la propia dignidad. Desesperado y afligido, comenzó a reflexionar sobre su vida, y vio que había sido un tonto. Se acordó de las palabras de su padre y comenzó a decir:

  • ¡Ah, padre mío! Si yo hubiese escuchado tus consejos. Pero ahora es demasiado tarde. Apesadumbrado, el joven levantó la vista, y vio el establo. Con pasos lentos, se dirigió hasta allá y entrando, vio la horca y la placa llenas de polvo. Entonces pensó:
  • Yo nunca seguí las palabras de mi padre, no pude alegrarle cuando estaba vivo, pero al menos esta vez, haré su voluntad. Voy a cumplir mi promesa. No me queda nada más. Entonces subió los escalones, se colocó la cuerda en el cuello y pensó: ¡Ah, si yo tuviese una nueva oportunidad…! Entonces, se tiró desde lo alto de los escalones, y por un instante, sintió que la cuerda apretaba su garganta…

    Era el fin. Pero el brazo de la horca era hueco y se quebró fácilmente; el joven cayó al piso, y sobre él cayeron joyas, esmeraldas, perlas, rubíes, zafiros y brillantes, muchos, pero muchos brillantes…
    La horca estaba llena de piedras preciosas, y una nota también cayó en medio de ellas. En ella estaba escrito:
  • Hijo; ésta es tu nueva oportunidad. ¡Te amo mucho! Con amor, tu viejo padre.

Una Buena Lección

Un estudiante universitario salió un día a dar un paseo con un profesor, a quien los alumnos consideraban su amigo, por la bondad que demostraba para quienes seguían sus instrucciones.

Mientras caminaban, vieron en el camino un par de zapatos viejos, y supusieron que pertenecían a un anciano que trabajaba en el campo de al lado, y que estaba por terminar sus labores diarias.

El alumno dijo al profesor: Hagámosle una broma; escondamos los zapatos, y ocultémonos detrás de esos arbustos, para ver su cara cuando no los encuentre.

  • Mi querido amigo, -le dijo el profesor-, nunca tenemos que divertirnos a expensas de los pobres.

Tú eres rico, y puedes darle una alegría a este hombre.
Coloca una moneda en cada zapato, y luego nos ocultaremos para ver cómo reacciona cuando las encuentre.

Eso hizo y ambos se ocultaron entre los arbustos cercanos.
El hombre pobre terminó sus tareas, y cruzó el terreno en busca de sus zapatos y su abrigo.

-Al ponerse el abrigo, deslizó el pie en el zapato, pero al sentir algo adentro, se agachó para ver qué era, y encontró la moneda. Pasmado, se preguntó qué podía haber pasado.

  • Miró la moneda, le dio vuelta y la volvió a mirar. Luego miró a su alrededor, para todos lados, pero no se veía a nadie.
    La guardó en el bolsillo, y se puso el otro zapato; su sorpresa fue doble al encontrar la otra moneda.

Sus sentimientos lo sobrecogieron; cayó de rodillas, y levantó la vista al cielo, pronunciando un ferviente agradecimiento en voz alta, hablando de su esposa enferma y sin ayuda, y de sus hijos que no tenían pan, y que debido a una mano desconocida no morirían de hambre.

El estudiante quedó profundamente conmovido, y se le llenaron los ojos de lágrimas.

  • Ahora, -dijo el profesor- ¿no estás más complacido que si le hubieras hecho una broma?
    El joven respondió: -Usted me ha enseñado una lección que jamás olvidaré.
    Ahora entiendo algo que antes no entendía:
    ES MEJOR DAR QUE RECIBIR…

"Que Jesús nos acompañe, y que veamos en todo las huellas de Dios…"

Un Poco Más de Tiempo

Un hombre adquirió un burro, y quien se lo vendió le previno de la cantidad de comida que tendría que procurarle diariamente. Pero el nuevo dueño del burro pensó que esa cantidad era excesiva, y empezó a darle cada día menos, con la idea de que acabaría por acostumbrarlo. Tanto disminuyó la ración el hombre a su burro, que un día éste amaneció muerto. El hombre entonces se lamentó:

-¡Fatalidad! Si me hubiera dado un poco más de tiempo antes de morir, habría logrado que se habituara a no comer nada en absoluto.

Como ese hombre, proceden muchos jóvenes, que van dejando el alimento espiritual: la oración, la meditación de la palabra de Dios, el acudir a la Eucaristía. ¿Cómo quieren acostumbrarse a no tener ningún alimento para el espíritu, y aún así, tener las bendiciones de Dios y los frutos del Espíritu Santo(amor, gozo y paz interior), si está su espíritu muerto?

Un Milagro de Guerra

Durante la guerra en Korea, un hombre fue gravemente herido en un campo de batalla en Heartbreak Ridge. Sus amigos estaban cubiertos en una cueva de zorros, como a 10 metros del lugar, cuando éste fue herido en una emboscada. Mientras el fuego continuaba, los otros hombres discutían entre ellos qué hacer. Pero como el fuego era intenso, era difícil seguir arrastrándose, y traer a su compañero herido, pues eso significaría la misma muerte.

Por un rato, nadie se movía. Los hombres que estaban en la cueva, podían escuchar a su compañero herido clamar por ayuda. Entonces, uno de los hombres que estaba en la cueva, empezó a mirar el reloj. No podía quitar la vista del mismo. Todos los demás lo notaron, y empezaron a preguntarle cosas, pero el soldado no dejaba de mirar el reloj, y permanecer en silencio.

De repente, el hombre del reloj saltó de la cueva, y se arrastró hasta donde estaba su compañero herido. Lo tomó por la solapa del uniforme, y de una manera lenta, empezó a regresar a la cueva, todo mientras el ataque era intenso a su alrededor.

Sorprendentemente ambos lograron llegar a la cueva del zorro sin ser heridos por bala alguna. Luego que el fuego cesara, le preguntaron al héroe que salvó a su compañero ¿por qué había esperado tanto tiempo para rescatar a su amigo? A lo cual el respondió:

  • "Mi madre me dijo que a la misma hora exactamente, todos los días, ella estaría orando por mí. Y de acuerdo a mi reloj, dejé la cueva exactamente cuando ella empezó a orar.
    Dice la palabra que el justo por su fe vivirá.

¿Cuánto oras por tus hijos? Nunca dejes de hacerlo, pues ellos viven en medio de una guerra, donde el enemigo quiere destruirles, ¡NO lo permitas! ¡Ora por ellos!

Un Gesto de Amor

Un muchacho pobre, de alrededor de doce años de edad, vestido muy humildemente, entró en una tienda, eligió un jabón de tocador común, y le pidió al propietario que se lo envolviera para regalo.

"Es para mi madre", dijo con orgullo.
El dueño de la tienda se conmovió ante la sencillez de aquel regalo. Miró con piedad a su joven cliente y, sintiendo una gran compasión, tuvo ganas de ayudarlo.

Pensó que podría envolver, junto con el jabón tan sencillo, algún artículo más significativo. Sin embargo, estaba indeciso: miraba al muchacho, miraba los artículos que tenía en su tienda, pero no se decidía.

¿Debía hacerlo o no? El corazón le decía que sí, pero la mente le decía que no.
El muchacho, notando la indecisión del hombre, pensó que estaba dudando de su capacidad para pagar.

Llevó la mano al bolsillo, tomó las moneditas que tenía, y las puso en el mostrador.
El hombre se conmovió mucho más aún , cuando vio las monedas de valor tan insignificante. Continuaba con su conflicto mental. En su interior ya había concluido que, si el muchacho pudiera, le compraría algo mucho mejor a su madre.

Recordó a su propia madre. Había sido pobre y, muchas veces, en su infancia y adolescencia, también había deseado regalarle algo a su madre. Cuando consiguió empleo, ella ya había partido para el mundo espiritual. El muchacho, con aquel gesto, estaba tocando lo más profundo de sus sentimientos.

Del otro lado del mostrador, el chico empezó a ponerse ansioso. Parecía que algo no estaba bien. ¿Por qué el hombre no envolvía de una vez el jaboncito?

El ya lo había escogido, ya había pedido que se lo envolviera y hasta le había mostrado las monedas con que pagaría. ¿Por qué se demoraba tanto? ¿Qué estaba sucediendo?
En el campo de la emoción, dos sentimientos se entrecruzaban: la compasión del hombre, y la desconfianza por parte del muchacho.
Impaciente, le preguntó:

"¿Señor, falta algo?"
"No", contestó el propietario de la tienda. "Es que… de repente recordé a mi madre. Ella se murió cuando yo todavía era muy joven. Siempre quise darle un regalo; pero, sin trabajo, nunca logré comprarle nada."

Con la espontaneidad de sus doce años, el muchacho le preguntó:

  • ¿Ni un jabón?

El hombre se calló. Caviló un poco más, y abandonó la idea de mejorar el regalo del muchacho. Envolvió el sencillo jabón con el mejor papel que tenía en la tienda, le puso una hermosa cinta de colores, y se despidió del cliente sin hacer ningún comentario más.

A solas lloraba, y se puso a pensar: ¿Cómo nunca se me había ocurrido darle algo pequeño y sencillo a mi madre? Siempre había pensado que un regalo tenía que ser algo significativo, tanto que, minutos antes, sintiera piedad de la humilde compra y había pensado en mejorar el regalo adquirido.

Conmovido, entendió que ese día había recibido una gran lección. Junto al jabón del
muchachito, lo acompañaba algo mucho más importante y grandioso, el mejor de todos los obsequios: ¡El gesto de amor!

Invierte en el amor, que es el medio más poderoso de hacer que las personas sean felices.
En cualquier circunstancia, en cualquier fecha especial para determinadas conmemoraciones, lo más importante no es lo que se da, sino cómo se da.

Todo obsequio debe estar revestido de sentimiento, y no debe haber diferencia en los homenajes que se brindan a una persona pobre o a una rica.

La expresión debe ser siempre de afecto. Lo que se debe dar, es el corazón vibrando con amor.

El valor del regalo no está en lo que marcará la caja registradora, sino en cuánto sumará en la contabilidad de tu corazón.

Un Error en el Cielo

¿Por qué existen personas que salen fácilmente de los problemas más complicados, mientras que otras sufren por problemas muy pequeños, muriendo ahogadas en un vaso de agua?

Había una vez un sujeto que vivió amorosamente toda su vida. Cuando murió, todo el mundo dijo que se iría al cielo, pues solamente un hombre bondadoso como él, podía ir al Paraíso.

En esa época, el cielo todavía no tenía un buen programa de recepción de almas. El ángel que lo recibió le dio una mirada rápida a las fichas que tenía sobre el mostrador, y como no vio el nombre de él en la lista, lo orientó para ir al infierno.

En el infierno nadie exige credencial o invitación; cualquiera que llega es invitado a entrar. Así que el sujeto entró, y se fue quedando. Unos días después, Lucifer llegó furioso a las puertas del Paraíso, para pedirle explicaciones a San Pedro:

  • ¡Esto es un sabotaje! Nunca me imaginé que fueses capaz de una bajeza semejante. ¡Esto que estás haciendo es puro terrorismo!
    Sin saber el motivo de tanta furia, muy sorprendido San Pedro le preguntó a Lucifer:- No te entiendo, ¿de qué me hablas?

Lucifer, trastornado, le gritó: -Tú me enviaste a ese sujeto al Infierno, y ahora él está
haciendo un verdadero desastre allí.

Él llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, conversando con ellas, y ahora todo el mundo está dialogando, abrazándose, y besándose. ¡El Infierno está insoportable, se parece al Paraíso! ¡Pedro, por favor, ve por ese sujeto y tráelo para acá! Vive con tanto amor en el corazón, que si por error fueses a parar al infierno, el propio demonio te lleve de vuelta al Paraíso.

Los problemas forman parte de nuestra vida, pero no dejes que ellos te transformen en una persona amargada. La crisis siempre sucederá, y a veces no tendrás opción. Tu vida está sensacional, y de repente puedes descubrir que un ser querido está enfermo; que la política económica del país cambió, y otras infinitas posibilidades de preocupación aparecen.

En las crisis no puedes elegir, pero puedes elegir la manera de enfrentarlas. Y al final, cuando los problemas sean resueltos, más que sentir orgullo por haber encontrado la solución, tendrás orgullo de ti mismo.

Un Ejemplo de Amor

En la sala de mi casa hay colgado un marco, con una fotografía familiar de gran tamaño. Fue tomada hace aproximadamente 30 años en mi pueblo natal. Todo aquel que la ve, se queda observando los rostros de felicidad de los siete hijos y los dos padres. En realidad, fuimos una familia privilegiada, al haber tenido el hogar tan maravilloso que Dios nos regaló.

Un día, uno de mis hermanos invitó a desayunar a la casa a un gran maestro de arte y la pintura, y no pudo evitar quedarse un rato mirando la fotografía. Al verlo, le hablé de lo felices que habíamos sido al tener los padres que tuvimos. Por un momento se quedó callado, luego me miró y me dijo:

  • Yo no tuve un hogar. Yo crecí alejado de mis padres, mi madre me regaló a las dos
    semanas de haber nacido.

Yo lo miré en silencio, un poco turbada, pero él continuó: -¿Pero sabes? Cuando me
hice adulto, los busqué sólo para decirles que a pesar de los errores de su juventud, ya los
había perdonado, y que los amo porque me dieron la vida. Ellos me dieron la oportunidad de ser lo que hoy soy.

Esto, es un ejemplo de amor.

Un Amor Incansable

A causa de una obra de mejora en su hogar, alguien en Japón tiró una pared.
Las casas de los japoneses tienen, normalmente, un espacio hueco entre las paredes de madera.

Mientras esta persona echaba abajo los muros de su casa, se dio cuenta de que allí había una lagartija inmóvil, porque un clavo, desde fuera, le había atravesado una de sus patitas, y la había hecho permanecer fija en la pared.
El dueño de la casa, viendo ésto, sintió al mismo tiempo, piedad y curiosidad. Cuando estudió el clavo, quedó pensativo… El clavo había sido clavado hacía diez años, cuando la casa fue construida.

¿Qué habría ocurrido entonces?
¡La lagartija había sobrevivido en esa posición durante diez años! ¡En un oscuro muro en esa posición, durante diez años sin moverse! ¡Era imposible, inimaginable!

Entonces, aquella persona se preguntó t ¿cómo esta lagartija habría podido sobrevivir
durante diez años inmóvil?, ¡si desde entonces su patita estaba clavada allí!
Así que, paró de trabajar y observó a la lagartija, preguntándose qué podría haber hecho, y cómo ella habría conseguido alimentarse.

Más tarde, sin saber de dónde venía, apareció otra lagartija, ¡con alimento en su pequeño hocico!

¡Ah! Quedó aturdido y emocionado al mismo tiempo. En ese mismo instante, cayó en la cuenta; ¡otra lagartija había estado alimentando incansablemente, durante diez largos años, a la lagartija que permanecía clavada en la pared, sin perder la esperanza de liberar a su compañera!

¿Cómo era posible? ¿Que instinto o sentimiento la guiaba a traerle, día y noche, alimento a la pobre cautiva? ¿Acaso sería simplemente instinto de conservación, o fidelidad, solidaridad o… no sería amor? ¿Si una criatura tan pequeña como una lagartija puede amar así?…

¡Tanto amor ha tenido esta pequeña criatura!
¿Qué no puede lograr el amor?
¡Puede hacer maravillas!

¡El amor puede hacer milagros! Imagina… ¡cómo podemos nosotros amar si lo intentamos!!

Categorías