El Reto

Pocos son los hombres que construyen ciudades; la gran mayoría las habita.
Pocos son los hombres que proyectan la construcción de un puente; la gran mayoría lo utiliza.

Pocos son los hombres que levantan rascacielos y fábricas; la gran mayoría trabaja en ellos.

Igual que esos pocos privilegiados, la felicidad llegará a ti cuando TE ATREVAS a explorar… cuando TE ATREVAS a echar los cimientos de grandes estructuras, para satisfacer las necesidades de tus semejantes.

Desarrolla dentro de ti la magnífica obsesión de ayudar a tus semejantes a que se ayuden a sí mismos. Motiva a los hombres a que desarrollen y utilicen todo su potencial, y así les estarás ayudando a levantar los cimientos más sólidos, y a hacer estructuras gigantescas de sus vidas. Cuando te hayas atrevido a desarrollar esta obsesión de ayudar a tus semejantes, habrás descubierto el significado de una vida feliz, más rica y abundante.

¡Te reto a que lo hagas!

El Poder de la Lengua

Un rico mercader quería dar un banquete con comidas especiales.
Llamó a su esclavo, y le ordenó que fuera al mercado a comprar la mejor comida.
El esclavo volvió con un bello plato, cubierto con un fino paño.
El mercader removió el paño, y asustado dijo:

  • ¿Lengua? ¿Es éste el plato más delicioso que encontraste?
    El esclavo, sin levantar la cabeza, respondió: -La lengua es el plato más delicioso, si señor.
    Es con la lengua que usted ordena, pide agua, dice "mamá", hace amistades, conoce personas, distribuye sus bienes y perdona.

Con la lengua, usted conquista, reúne a las personas, se comunica, dice "Dios mío", reza, canta, cuenta historias, guarda en la memoria del pasado, hace negocios y dice "yo te amo".

El mercader, no muy convencido, quiso probar la sabiduría de su esclavo y lo envió nuevamente al mercado, ordenándole que trajera ahora, el peor de los alimentos.
Volvió el esclavo con un lindo plato, cubierto por un fino tejido que el mercader retiró, ansioso, para conocer el alimento más repugnante.

  • ¡Lengua, otra vez!, - dijo el mercader, espantado. Si, lengua, - dijo el esclavo, ahora más altivo.

Es la lengua que condena, separa, provoca intrigas y celos.
Es con ella que usted blasfema y manda al infierno.
La lengua expulsa, aisla, engaña al hermano, responde a la madre, ofende al padre…
La lengua declara la guerra.

Es con ella que usted pronuncia la sentencia de muerte.
No hay nada peor que la lengua, y no hay nada mejor que la lengua. Depende del uso que Ud. haga de ella.

Y sin esperar respuesta, el siervo hizo una reverencia y se retiró.
Y el mercader alabó la sabiduría de su esclavo.

El Mercader y los Camellos

Cuenta una historia árabe, que un rico mercader salió a vender mercancías en compañía de sus servidores, y con una caravana de 12 camellos.

De noche pararon en un oasis para dormir, llegó su asistente y le dijo:

  • Señor, tenemos un problema: ya hemos amarrado 11 camellos pero olvidamos traer una estaca, y no sabemos que hacer con el que nos falta.
  • Muy sencillo, dijo el mercader, - simula delante del animal que clavas la estaca, y lo
    amarras a ella. El camello, que es torpe, creerá que está sujeto, y se quedará quieto.

Los servidores hicieron lo que dijo su señor, y se fueron a dormir. Al amanecer, vieron que todos los camellos estaban en su lugar. Fue de nuevo el asistente y le dijo al comerciante que tenía los camellos listos para partir, pero que no podía poner en camino al camello número 12.

El señor les dijo que simularan desatarlo, porque creía que estaba amarrado. Así se hizo, y la caravana pudo proseguir su camino.
¿Cuántos lazos mentales nos frenan?

"Si piensas que estás vencido, ya lo estás", decía Christian Barnard.

El Manantial que Cruzaba el Camino

Mi abuelo, James Baldwin, vivía en el norte del estado de Georgia, cerca de la frontera con Tennessee. Sus parientes lo llamaban el tío Baldy.
El agua de la que se servían él y su familia provenía de un manantial que cruzaba un camino cerca de su casa. En aquellos días, siempre se consideraba que el agua era un don de la Divina Providencia.

Las personas que habían construido la estructura para aprovechar el agua de aquella fuente, incrustaron un clavo en un árbol cercano, y colgaron de el un cucharón grande de mango largo. Cualquier transeúnte podía utilizarlo para calmar su sed.
Sin embargo, si muchas personas sacaban agua y no eran cuidadosas, echaban tierra en el agua, y el tío Baldy se enfadaba y les soltaba una reprimenda por echarle a perder el manantial.

Del otro lado del camino de tierra, frente a la casa del tío Baldy había una pequeña iglesia que no tenía manantial ni pozo de agua propio. Los feligreses se veían obligados a traer su propia ración de agua, o hacer frente a la ira del tío Baldy por servirse de su manantial. Invariablemente, para el domingo por la tarde, el manantial cristalino del tío Baldy se veía más como un lodazal.

Aquello había colmado la paciencia del tío Baldy. Cierto domingo, al arribar la multitud de feligreses, se toparon con una cerca en torno al manantial. Ya no tenían acceso a su propiedad.

No sé qué hicieron los feligreses entretanto, pero al cabo de poco tiempo ocurrió algo extraño: El tío Baldy notó que el nivel de su manantial estaba cada vez más bajo, hasta que un día, la arenilla blanca que había en el fondo de armazón de madera, se quedó seca como lengua de loro.

Varias semanas después, mientras disfrutaba de su merienda, uno de los feligreses dio un paso hacia atrás, y al apoyarse en un macizo de maleza, se le quedó el pie atascado en un lodazal profundo. Al caer en cuenta de lo que había descubierto, él y varios hombres más de la iglesia trajeron unas cuantas palas, y cavaron en torno al pozo. Enseguida, un chorrito de agua comenzó a brotar del mismo.

Los hombres cortaron unos maderos, montaron el armazón en torno al pozo, lo llenaron de arena, para hacer las veces de filtro, y el agua cristalina surgió a través de el. La iglesia ya tenía su propio manantial de agua.

Del otro lado del camino, el manantial del tío Baldy se redujo a una caja de madera seca, empotrada en la tierra.

—No es más que una coincidencia, —afirmaron muchas personas acerca del manantial del tío Baldy, que evidentemente había decidido cruzar el camino, para unirse a la iglesia.
Para tío Baldy, aquello resultó difícil de tragar.
Eso es lo que ocurre si nos ponemos egoístas con algo que Dios nos provee. A veces tiene que quitárnoslo hasta que aprendamos la máxima de que dando es como se gana, y amando es como se vive.

¿A dónde te conducirá el egoísmo?
El rico de la parábola bíblica obtuvo una cosecha enorme y cuantiosas riquezas, pero en vez de compartirlas con los demás, optó por construir mayores graneros para almacenar codiciosamente lo adquirido. (Lucas 12.) Su pecado no fue la gran cosecha que Dios le dio; su principal defecto fue su egoísmo, el granerismo que cultivó en su alma. Al poco tiempo, llegada la hora de su muerte, no pudo llevarse consigo nada de lo que retuvo de su prójimo aquí en la Tierra. Por ello, lo perdió todo. En eso consiste el egoísmo, y esa es su retribución.

En cambio, si tenemos una disposición generosa, Dios nos recompensa, nos devuelve y nos bendice con creces, de tal forma que no podemos contenerlo.
¡Él lo ha prometido!

Jesús dijo: «Den a otros, y Dios les dará a ustedes una medida buena, apretada, sacudida y repleta en su bolsa. Porque con la misma medida que ustedes den a otros, Dios les devolverá a ustedes» (Lucas 6:38).

David Brandt Berg

El Llanto Más Amargo

Estaba sola. A sus tiernos 17 años, ya era madre de un niño pequeño, y llevaba otro en el vientre. Perdió a su madre. Ella no sabía oficio alguno, y ¿quién la iba a emplear con un niño pequeño, y otro en el vientre? Que difícil es conseguir el pan cuando se es joven, y se está desamparada. Su pequeño niñito le pedía comida, y ella se desgarraba en su dolor.

Aquella tarde, con su gran barriga fue a la iglesia; la enorme panza le hizo difícil hincarse, pero una vez de rodillas, lloró con profunda tristeza. Luego miró a Cristo crucificado, y le dijo (pensando en el hambre de su niño, y en su propia hambre):

  • Padre, yo no quisiera ofenderte, pero sé que tú me perdonarás. En cuanto este niño nazca, ya decidí lo que haré. Mientras tanto, pediré limosna si es necesario.

Y en verdad, hubo días que no tuvo que hacer, otros en cambio, lavaba ropa ajena, limpiaba los vidrios de los carros, cualquier cosa. Y cuando su niña nació, una esquina oscura fue el testigo fiel de una más que se dedicó al más antiguo de los oficios. Al principio fue difícil, pero sus hijos necesitaban muchas cosas. Y así, humildemente pero con mucho amor, les dio siempre necesario, aún a costa de su propio sacrificio.

Los años pasaron, y cuando sus hijos crecieron, ella orgullosa de verlos ya casi profesionales, pensó en que había llegado el tiempo de descansar. Aún era joven, pero la vida que llevaba la había envejecido, y estaba enferma de tanto sufrir. Pero un día, una mala lengua, de esas que no sienten vergüenza de clavar en los demás el dolor de sus puñales malintencionados, le contó un día a la joven hija el pasado de su madre. Esa noche, cuando volvía cansada a casa, y las gruesas gotas de una tormenta caían en los techos de las casitas del barrio, la primera mirada que encontró al entrar fue la de su hija, quien al verla, le dijo:

  • ¡Vete no quiero verte, hoy supe que eres una prostituta, vete porque no eres digna del amor de tus hijos, me das asco!

Ella no supo que responder. Sabía que un día lo sabrían, siempre lo temió, y siempre pensó que la reacción de ellos no sería agradable. Pero darles asco, eso no; esa palabra fue un puñal que certero se clavó en su alma, y corrió, corrió bajo la lluvia, que parecía compartir con ella su dolor, derramando en su rostro un copioso llanto.

Cuando empezó a amanecer, ella lloraba aún sentada en la cuneta, varias cuadras lejos de su casa. De pronto, un cálida sábana le cubrió la espalda, y al volver, vio al mayor de sus hijos:

  • Madre, toda la noche te he buscado, ven, volvamos a casa. No -le dijo-, tu hermana me desprecia, no sé si tú ya lo sepas. ¿Saber qué? Yo sólo sé que te quiero mucho, nada que venga de ti me avergüenza. Tú no eres más que una mujer valiente, que se enfrentó a la vida como pudo, para dar de comer a sus hijos.

Esa mañana, los hermanos pelearon como nunca, ante la angustiada mirada de su madre.

  • ¡Qué se vaya! ¿no ves que es una cualquiera?, ¿no te da pena su oficio? A mí me da vergüenza que mis amigos sepan lo que ella es, y ya poco me falta para ser una profesional.

-Pues vete con tus amigos, que yo me quedaré a cuidarla. Yo no me he olvidado de las veces que se sacó el pan de la boca para dárnoslo, y de las noches que veló junto a nuestra cama, cuando estábamos enfermos. Tú y yo no tuvimos padre porque nos abandonó, pero en cambio, tuvimos una madre que todo nos lo dio, ¿o es qué alguna vez te faltó algo? Yo sólo sé, que lo que soy se lo debo a ella. Si tú la desprecias, pues vete que , yo la amaré por los dos. Y así fue.

Los días y las noches de un largo año pasaron, y aquella muchacha que con ímpetu de conquistador salió de su casa segura de sí misma, nunca se graduó, pero en cambio encontró el amor. El amor traidor de un hombre que, después de burlarse de ella aprovechándose de su inexperiencia, la abandonó, -como un día otro cobarde abandonara a su madre-dejándola con un hijo en el vientre, sola como aquella a la que tan duramente había criticado, con hambre también, y peor aún porque el remordimiento de la crueldad con su madre, la atormentaba tanto, que había envejecido rápidamente. Por hambre y por remordimiento, volvió al hogar.

Entró a la casa (de la que aún conservaba las llaves), su hermano, sentado en el comedor la miró fijamente, pero no había en su mirada reproches, sino amor.

  • Vengo -le dijo-, a pedirles perdón a ti y a mi madre, a quien tanto hice sufrir.
    El hermano bajó la mirada un momento, y luego le dijo: -Sigúeme.
    La joven lo siguió varias calles, hasta llegar a un cementerio, y ahí, entre las primeras tumbas de la entrada, blanca, se erguía la tumba de su madre. -¡¡¡Nooo!!! Gritó
    espantosamente, porque se le desgarró el alma, y llorando se echó sobre la tumba, besó la tierra, y arañando el cemento pedía perdón. ¿Por qué?, se preguntaba, ¿por qué no pude ver a mi madrecita por última vez?, ¿por qué no pude pedirle perdón de rodillas, besar su frente, velar su cuerpo? ¿por qué te fuiste madrecita, sin yo decirte mi último adiós?
    Allí, postrada sobre la tumba de su madre, lloró el llanto más amargo de su vida.

El hermano, que a pesar del dolor conservaba la calma, le dijo:

  • ¿Sabes? hasta en el último momento te llamó. Aquella noche de lluvia le hizo daño, le dio pulmonía. Pero no llores, ella nos ha perdonado a los dos; yo también fui culpable por no perdonarte.No te busqué aunque ella me lo suplicó muchas veces, y la dejé consumirse de tristeza.

Pero, aún en su lecho de muerte, ella te bendijo y me pidió que si volvías, te recibiera con los brazos abiertos, como ella lo hubiera hecho, y que de ahí en adelante fuéramos unidos, y nos amáramos como siempre nos enseñó.

Los hermanos se retiraron lentamente, y no pudieron escuchar que en la brisa suave que acariciaba sus frentes, su madre les bendijo por última vez.

La madre no es buena ni mala: es madre. No nos toca a nosotros como hijos juzgar sus actos, porque es la propia vida la que, con profundas heridas, nos cobra el dolor que le hayamos causado. No olvidemos que después de Dios, sólo tenemos el amor de nuestra madre.

Si aún conservas a tu madre, venérala como un ángel, y si ella te lastima, perdónala, pero jamás la señales, jamás la ofendas, jamás la desprecies ni te avergüences, porque el llanto de remordimiento que has de llorar, ese es en verdad el llanto más amargo.

El Jóven que Quería Cambiar el Mundo

Hubo una vez un joven que quería cambiar al mundo, que predicó su filosofía y su verdad en los mejores años de su vida, pero veía que sus esfuerzos eran vanos.

De pronto decidió continuar, ya no con el mundo, sino con su país.
Ahí hablaban su mismo lenguaje, y le entenderían mejor y además, si lograba cambiar a su país, cambiaría al mundo.

Así pues, los años siguientes se dedicó a recorrerlo, y obtuvo el mismo resultado. Todo esfuerzo de cambio fue inútil.

Recapacitó y decidió que tenía que empezar por su ciudad natal; ahí conocía bien las costumbres y creencias y, al cambiar a su ciudad, cambiaría a su país y después al mundo.
En este momento era ya un hombre, y recorrió su ciudad confiando en que, por su experiencia, los demás lo seguirían. Pero el resultado fue igualmente negativo.

Siendo ya un anciano, recapacitó y pensó que en toda su vida había vivido en un error, que debió haber empezado por su familia; y así, cambiando a su familia cambiaría a su ciudad, a su país y por último al mundo.

Y fue así como dedicó los años que le quedaban de vida, tratando de cambiar a la gente más cercana a él, con los mismos resultados; el cambio jamás se gestó.
Ya en su lecho de muerte, le sobrevino este pensamiento:

¡Me equivoqué siempre, si hubiera empezado por mí, mi familia hubiera cambiado, y mi ciudad, mi país y mi mundo!

¿Y tú… hasta cuándo vas a esperar para cambiar?

El Hombre del Cruce de Caminos

Érase una vez un hombre que vivía muy cerca de un importante cruce de caminos.
Todos los días, a primera hora de la mañana, llegaba hasta allí, donde instalaba un puesto rodante, en el cual vendía bocadillos que él mismo horneaba.
Era sordo, por lo tanto no escuchaba la radio. No veía bien, entonces tampoco leía los diarios.

Meses después alquiló un terreno, levantó un gran letrero de colores, y personalmente pregonaba su mercancía, gritando a todo pulmón:

  • Compre deliciosos bocadillos calientes. Y la gente compraba cada día más.
    Aumentó la compra de insumos y la calidad de los ingredientes, alquiló un terreno más grande y mejor ubicado, y sus ventas se incrementaron día a día.
    Su fama aumentaba, y su trabajo era tanto, que decidió buscar a su hijo, un hombre de negocios de una gran ciudad, para que lo ayudara.

A la carta del padre, su hijo respondió: "¡Pero papá! ¿No escuchas la radio, no lees los periódicos ni ves televisión? ¡Este país está atravesando una gran crisis, la situación es muy mala… ¡No podría ser peor!"

El padre pensó:

  • Mi hijo trabaja en una gran ciudad, lee los periódicos y escucha la radio, tiene contactos importantes… Debe saber de qué habla…".

Así que, revisó sus costos, compró menos pan, disminuyó la compra y la calidad de cada uno de los ingredientes, y dejó de promocionar su producto. Su fama y sus ventas disminuyeron día a día.

Tiempo después, desmontó el letrero y devolvió el terreno. Aquella mañana escribió a su hijo y le dijo: "Tenías mucha razón; verdaderamente estamos atravesando una gran crisis".
La historia de la humanidad nos demuestra que sólo triunfan aquellos que creen poder hacerlo.

Así que, no hagas caso de los rumores pesimistas, ¡anímate, persevera y triunfa!

El éxito no es Casualidad

El éxito no es una casualidad, sino la recompensa para quien lo buscó y luchó por él:

Para quien al caer supo levantarse.
Para quien necesitó ayuda, y supo pedirla.
Para quien, cuando se sintió solo, buscó compañía.
Para quien, cuando tuvo dudas, buscó un consejero.
Para quien, antes de buscar ser entendido, pudo entender.
Para quien estuvo dispuesto a empezar en cualquier momento.
Para quien comprendió que el amor es la fiel recompensa de amar.

El Día en que Jesús Guardó Silencio… ¿Un Sueño?

El día en que Jesús Guardo Silencio Aún no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño.

Sólo recuerdo que ya era tarde, y estaba en mi sofá preferido, con un buen libro en la mano.

El cansancio me fue venciendo, y empecé a cabecear…

En algún lugar, entre la semi-inconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón. No tenía nada de especial, salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las grandes bibliotecas.

Los ficheros iban del suelo al techo, y parecía interminable en ambas direcciones.

Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me llamó la atención un cajón titulado:

"Muchachas que me han gustado".Lo abrí descuidadamente, y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión. Había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las muchachas que a mí me habían gustado!

Sin que nadie me lo dijera, empecé a sospechar en dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado.

Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme, mientras abría los ficheros al azar, para explorar su contenido.

Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros, por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba.

El archivo "Amigos" estaba al lado de "Amigos que traicioné" y "Amigos que abandoné cuando más me necesitaban".

Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo.

"Libros que he leído", "Mentiras que he dicho", "Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me reprendía de niño", "Videos que he visto"… No dejaba de sorprenderme de los títulos.

En algunos ficheros, había muchas más tarjetas de las que esperaba, y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del volumen de información de mi vida que había acumulado.

¿Sería posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una, escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma.

Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado", quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni aún así, vi su fin.
Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido.

Cuando llegué al archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sólo abrí el cajón unos centímetros. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado, al constatar que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado… No necesitaba ver más…

Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar jamás a este salón. ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano, arranqué un cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido.

Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y traté de tirar con más fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero, cuando intentaba arrancarlas. Vencido, y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar.

Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias y triunfos, empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi situación:

"Personas a las que les he compartido el Evangelio". La manija brillaba; al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos, lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo, llorando amargamente de vergüenza.

Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave, y cerrarlo para siempre.

Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi.
¡Oh no!, ¡por favor no!, ¡El no!, ¡cualquiera menos Jesús!

Impotente, vi como Jesús abría los cajones, y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente, Jesús se acercó a los peores archivos.

¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos, buscó mi mirada, y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos al rostro, y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros. Pudo haber dicho muchas cosas, pero Él no dijo una sola palabra; allí estaba, junto a mí, en silencio.

Era el día en que Jesús guardó silencio… y lloró conmigo.

Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba su nombre sobre el mío.

-¡No!- le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!, ¡no!, cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías!

Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste, y siguió firmando las tarjetas.

No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante, lo vi cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos, y me dijo:

  • Consumado es, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y culpa.

En eso, salimos juntos del salón… salón que aún permanece abierto…
Porque todavía faltan más tarjetas que escribir.

Aún no sé si fue un sueño, una visión, o una realidad… Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de qué alegrarse, menos tiempo perdido, y menos fichas vanas y vergonzosas.

El Dedo

Las personas inconformes y difíciles de contentar, están bien descritas en esta historia.
Un pobre hombre se encontró con un antiguo amigo, que se había dedicado a la oración y al crecimiento espiritual. El amigo tenía un don sobrenatural, que le permitía hacer milagros.

Como el hombre se quejara de cuantas dificultades estaba pasando en su vida, su amigo, condolido de su situación, tocó con el dedo un ladrillo que, de inmediato, quedó transformado en oro. Se lo ofreció al pobre, pero a éste le pareció que eso era muy poco, y siguió quejándose.

Entonces su amigo tocó un león de piedra, que se convirtió en un león de oro macizo, y lo agregó al ladrillo de oro. Pero el pobre encontró que el regalo era aún insuficiente, y entonces el hacedor de prodigios le preguntó:

  • Bueno… Y ¿Qué es lo que tú quieres? ¿Qué más deseas, pues? Enseguida contestó el otro: - ¡QUISIERA TU DEDO!

Muchos no se conforman con lo que tienen, ni aprenden a valorar lo que poseen, porque siempre están pensando en lo que no tienen.
Es el mismo caso del hombre, que se quejaba de que no tenía zapatos… hasta que vio a otro que no tenía pies.

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