por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Hace muchos años, vivía un sabio al que se consideraba el hombre más feliz del mundo.
Muchos reyes, envidiosos, le ofrecían poder y dinero, y hasta intentaron robarlo para obtener un cofre que guardaba celosamente, pero todo era en vano. Mientras más lo intentaban, más infelices eran, pues la envidia no los dejaba vivir.
Así pasaban los años, y el sabio era cada día más feliz.
Un día, llegó ante él un niño y le dijo:
- "Señor, al igual que tú, también quiero ser inmensamente feliz. ¿Por qué no me enseñas?… ¿Qué debo hacer para conseguirlo?"
El sabio, al ver la sencillez y la pureza del niño, le dijo:
-"A ti te enseñaré el secreto para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención.
En realidad, son dos cofres en donde guardo el secreto para ser feliz, y éstos son: MI MENTE Y MI CORAZÓN.
El gran secreto, no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida".
"El primer paso, es descubrir la presencia de Dios en todas las cosas de la vida, y por lo tanto, debes amarlo y darle gracias por todo".
"El segundo paso, es que debes quererte a ti mismo, y todos los días al levantarte y al acostarte, debes afirmar: yo soy importante, yo valgo, soy capaz, soy inteligente, soy cariñoso, espero mucho de mí, no hay obstáculo que no pueda vencer. Este paso se llama alta autoestima".
"El tercer paso, es que debes poner en práctica todo lo que dices que eres, es decir, si piensas que eres inteligente actúa inteligentemente; si piensas que eres capaz, haz lo que te propones; si piensas que eres cariñoso, expresa tu cariño; si piensas que no hay obstáculos que no puedas vencer, entonces proponte metas en tu vida y lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama motivación".
"El cuarto paso, es que no debes envidiar a nadie por lo que tiene o por lo que es; ellos alcanzaron su meta, logra tú las tuyas".
"El quinto paso, es que no debes albergar en tu corazón rencor hacia nadie; ese sentimiento no te deja ser feliz; deja que las leyes de Dios hagan justicia, y tú perdona y olvida".
"El sexto paso, es que no debes tomar las cosas que no te pertenecen; recuerda que, de acuerdo a las leyes de Dios, mañana perderás algo de más valor".
"El séptimo paso, es que no debes maltratar a nadie; todos los seres del mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera".
"Y por último, levántate siempre con la sonrisa en los labios, observa a tu alrededor y descubre en todas las cosas, el lado bueno y bonito; piensa en lo afortunado que eres al tener todo lo que tienes. Ayuda a los demás, sin pensar que vas a recibir nada a cambio.
Mira a las personas y descubre en ellas sus cualidades, y dales también el secreto para ser triunfadores y, de esta manera, puedan ser felices".
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Erase una vez, de acuerdo con la leyenda, que un reino europeo estaba regido por un rey muy cristiano, con fama de santidad y que no tenía hijos. El monarca envió a sus heraldos a colocar un anuncio, en todos los pueblos y aldeas de sus dominios. Este decía que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos para aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el Rey. A todo candidato se le exigían dos características:
1a. Amar a Dios.
2a. Amar a su prójimo.
En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y reflexionó que él cumplía los requisitos pues amaba a Dios y, así mismo, a sus vecinos.
Una sola cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de los fondos indispensables para comprar las provisiones para tan largo viaje hasta el castillo real.
Su pobreza no sería un impedimento para, siquiera, conocer a tan afamado rey.
Trabajó de día y noche, ahorró al máximo sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente para el viaje, vendió sus escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje.
Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a las puertas de la ciudad, se le acercó un pobre limosnero a la vera del camino. Aquél pobre hombre tiritaba de frío cubierto sólo por harapos. Sus brazos, extendidos, rogaban auxilio.
Imploró con una débil y ronca voz: -Estoy hambriento y tengo frío, por favor, ayúdeme.
El joven quedó tan conmovido por las necesidades del limosnero que de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y abrigadas y se puso los harapos del limosnero.
Sin pensarlo dos veces, le dio también parte de las provisiones que llevaba.
Cruzando los umbrales de la ciudad, una mujer con dos niños tan sucios como ella le suplicó:
- ¡Mis niños tienen hambre, y yo no tengo trabajo!
Sin pensarlo dos veces, nuestro amigo se sacó el anillo del dedo, y la cadena de oro de cuello, y junto con el resto de las provisiones, se los entregó a la pobre mujer.
Entonces, en forma titubeante, continuó su viaje al castillo vestido con harapos y carente de provisiones para regresar a su aldea.
A su llegada al castillo, un asistente del Rey le mostró el camino a un grande y lujoso salón.
Después de una breve pausa, por fin, fue admitido a la sala del trono.
El joven inclinó la mirada ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró con los del Rey. Atónito y con la boca abierta, dijo:
-¡Usted…! ¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!
En ese instante, entró una criada y dos niños trayéndole agua al cansado viajero para que se lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula:
-¡Ustedes también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!
-Sí -replicó el Soberano con un guiño-, yo era ese limosnero y mi criada y sus niños también estuvieron allí.
-Pe…, pero…, pero…, ¡usted es el Rey! ¿Por qué hizo eso?-Tartamudeó, tragando saliva, después de ganar un poco de confianza.
- Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo -dijo el Monarca-. Sabía que si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y actuar no siendo sincero en tus motivaciones. De ese modo, me hubiera resultado imposible descubrir lo que realmente hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba.
- ¡Tú serás mi heredero! -sentenció el Rey- ¡Tú heredarás mi reino!
Y tú…, ¿eres heredero de tu Padre del cielo?…, ¿tú heredarás Su reino?
“Dios golpea sin cesar las puertas de nuestro corazón. Siempre está deseoso de entrar. Si no penetra, la culpa es nuestra. “ San Ambrosio
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Había una vez un gusano y un escarabajo que eran amigos, y pasaban charlando horas y horas.
El escarabajo estaba consciente de que su amigo era muy limitado en movilidad; tenía una visibilidad muy restringida, y era muy tranquilo, comparado con los de su especie.
El gusano estaba muy consciente de que su amigo venía de otro ambiente; comía cosas que le parecían desagradables, y era muy acelerado para su estándar de vida, tenía una imagen grotesca, y hablaba con mucha rapidez.
Un día, la compañera del escarabajo le cuestionó su amistad con el gusano.
-¿Cómo era posible que caminara tanto para ir al encuentro del gusano? A lo que él respondió, que el gusano estaba limitado en sus movimientos.
-¿Por qué seguía siendo amigo de un insecto que no le regresaba los saludos efusivos que el escarabajo hacía desde lejos?
Esto era entendido por él, ya que sabía de su limitada visión, pues muchas veces ni siquiera sabía que alguien lo saludaba, y cuando se daba cuenta, no distinguía de quién se trataba para contestar el saludo. Sin embargo, guardó silencio para no discutir.
Fueron pues, tantas las preguntas que su compañera le hacía, buscando cuestionar su amistad con el gusano, que al final, éste decidió poner a prueba la amistad, alejándose un tiempo, para esperar que el gusano lo buscara.
Pasó el tiempo, y la noticia llegó: El gusano estaba muriendo, pues su organismo lo traicionaba por tanto esfuerzo. Cada día emprendía el camino para llegar hasta su amigo, y la noche lo obligaba a retornar hasta su lugar de origen.
El escarabajo decidió irlo a ver, sin preguntar a su compañera qué opinaba. En el camino, varios insectos le contaron las peripecias del gusano por saber qué le había pasado a su amigo. Le contaron de cómo se exponía día a día para ir a donde él se encontraba, pasando cerca de los nidos de los pájaros. De cómo sobrevivió al ataque de las hormigas, y así sucesivamente. Llegó así el escarabajo hasta el árbol en que yacía el gusano esperando pasar a mejor vida.
Al verlo acercarse, con sus últimas fuerzas, le dijo cuánto le alegraba que se encontrara bien. Sonrió por última vez, y se despidió de su amigo, sabiendo que nada malo le había pasado. El escarabajo, avergonzado de si mismo, por haber confiado su amistad en otros oídos que no eran los suyos, había perdido muchas horas de regocijo que las pláticas con su amigo le proporcionaban.
Al final entendió que el gusano, siendo tan diferente, tan limitado y tan distinto de lo que él era, era su amigo, a quien respetaba y quería, no tanto por la especie a la que pertenecía, sino porque le ofreció su amistad.
El escarabajo aprendió varias lecciones ese día: La amistad está en ti y no en los demás. Si la cultivas en tu propio ser, encontrarás el gozo del amigo. También entendió que el tiempo no delimita las amistades, tampoco las razas, o las limitantes propias ni las ajenas.
Lo que más le impactó, fue que el tiempo y la distancia no destruyen una amistad; son las dudas y nuestros temores, los que más nos afectan. Y que, cuando pierdes un amigo, una parte de ti se va con él.
Las frases, los gestos, los temores, las alegrías e ilusiones compartidas en el capullo de la confianza se van con él.
El escarabajo murió después de un tiempo. Nunca se le escuchó quejarse de quien mal le aconsejó, pues fue decisión propia, el poner en manos extrañas su amistad, sólo para verla escurrirse como agua entre los dedos.
Si tienes un amigo, no pongas en tela de duda lo que es, pues sembrando dudas cosecharás temores. No te fijes demasiado en cómo habla, cuánto tiene, qué come o qué hace, pues estarás poniendo en una vasija rota tu confianza. Reconoce la riqueza de quien es diferente de ti y está dispuesto a compartir sus ideales y temores, pues ésto alimenta el espíritu de supervivencia, más que un buen platillo.
La esencia de la amistad, es la comprensión entre dos personas que se vuelven una, en el plano que se encuentra más allá de este mundo.
Éste es el final de la historia.
Siendo tú mi amigo, no te puedo exponer a una tristeza que no quisiera para mí. No sé si tú seas el gusano o yo el escarabajo, pero estoy seguro que somos distintos, y en planos ajenos nos movemos. Yo, como gusano, te seguiré buscando día a día, y como escarabajo, no me fijaré en tus limitaciones.
“Todos lo debemos consultar con el amigo; más primero debemos consultar si los es. Séneca.”
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
En mi huerto tengo cuatro hileras de fresas, una verdad que evidentemente ha sido proclamada, desde los techos, a todos los pajarillos del vecindario. Por eso, pasé bastante tiempo construyendo un espantapájaros, con palos de escoba, un abrigo viejo, un par de pantalones y un sombrero blanco.
Lo que me esperaba, era una sorpresa, porque una mañana poco tiempo después, un sabio petirrojo se hallaba situado encima del sombrero y parecía estar cantando a voz en cuello:
Vi dos clases de pajarillos: los sabios y los necios. Los necios se sentaron en los árboles, temerosos del espantapájaros. Los sabios sabían que el espantapájaros era simplemente un aviso disfrazado.
La Biblia nos dice que hay personas sabias y personas necias. Moisés envió a 12 espías a reconocer la tierra prometida, una tierra de frutos y bendiciones fabulosas. Diez de ellos tuvieron temor de los "espantapájaros": los gigantes y las ciudades amuralladas. Dos "pajarillos" sabios, Caleb y Josué, creyeron que Dios les había dado la tierra. No se confundieron. Caleb calmó al pueblo que murmuraba contra Moisés.
- "Subamos, les dijo, y conquistemos ese país que somos capaces de más". (Números 13,30)
Dios bendice ricamente a los que viven por fe y no se detienen ante los espantapájaros de la duda y el temor.
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Erase una vez, hace mucho tiempo, un Rey que vivía en Irlanda. En aquellos tiempos, Irlanda estaba dividida en muchos reinos pequeños y el reino de aquel Rey era uno más entre esos muchos. Tanto el Rey como el reino no eran conocidos y nadie les prestaba mucha atención.
Pero un día, el Rey heredó un gran diamante de belleza incomparable, de un familiar que había muerto. Era el mayor diamante jamás conocido. Dejaba boquiabiertos a todos los que tenían la suerte de contemplarlo. Los demás Reyes empezaron a fijarse en este Rey porque, si poseía un diamante como aquél, tenía que ser algo fuera de lo común.
El Rey tenía la joya expuesta en una urna de cristal para que todos los que quisieran pudieran acercarse a admirarla. Naturalmente, unos guardias bien armados mantenían aquel diamante único bajo una constante vigilancia.
Tanto el Rey como el reino prosperaban y el Rey tranquilo por su buena fortuna administraba su reino.
Un día, uno de los guardias, nervioso solicitó permiso para ver al Rey. El guardián temblaba como una hoja. Le dio al Rey una terrible noticia: había aparecido un defecto en el diamante. Se trataba de una grieta aparecida justamente en la mitad de la joya. El Rey se sintió horrorizado y se acercó corriendo hasta el lugar donde estaba instalada la urna de cristal, para comprobar por sí mismo el deterioro de la joya.
Era verdad. El diamante había sufrido una fisura en sus entrañas, defecto perfectamente visible hasta en el exterior de la joya. Decidió convocar a todos los joyeros del reino para pedir su opinión y consejo, pero sólo le dieron malas noticias. Le aseguraron que el defecto de la joya era tan profundo que si intentaban subsanarlo, lo único que conseguirían sería que aquella maravilla perdiera todo su valor y que si se arriesgaban a partirla por la mitad para conseguir dos piedras preciosas, la joya podría, con toda probabilidad, partirse en miles de fragmentos.
Mientras el Rey meditaba profundamente sobre esas dos únicas tristes opciones que se le ofrecían, un joyero, ya anciano, que había sido el último en llegar, se le acercó y le dijo:
- Si me da una semana para trabajar en la joya, es posible que pueda repararla.
Al principio, el Rey no dio crédito alguno a sus palabras porque los demás joyeros estaban totalmente seguros de la imposibilidad de arreglarla. Finalmente el Rey cedió, pero con una condición: la joya no debía salir del palacio real. Al anciano joyero le pareció bien el deseo del Rey. Aquél era un buen sitio para trabajar y aceptó también que unos guardias vigilaran su trabajo desde el exterior de la puerta del improvisado taller, mientras él estuviese trabajando en la joya.
Aún costándole mucho, al no tener otra opción, el Rey dio por buena la oferta del anciano joyero. A diario, él y los guardias se paseaban nerviosos, ante la puerta de aquella habitación. Oían los ruidos de las herramientas que trabajaban la piedra, con golpes y frotamientos muy suaves. Se preguntaban qué estaría haciendo y qué es lo que pasaría si el anciano los engañaba.
Al cabo de la semana convenida, el anciano salió de la habitación.
El Rey y los guardias se precipitaron al interior de la misma para ver el trabajo del misterioso joyero. Al Rey se le saltaron las lágrimas de la alegría. ¡Su joya se había convertido en algo incomparablemente más hermoso y valioso que antes!
El anciano había grabado en el diamante una rosa perfecta y la grieta que antes dividía la joya por la mitad, se había convertido en el tallo de la rosa.
Así es como Dios trabaja. Toma nuestro mayor defecto… lo trabaja lentamente y lo convierte en algo hermoso.
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Un capellán, cuentan, se aproximo a un herido, en medio fragor de la batalla, y le
preguntó: ¿Quieres que te lea la Biblia?
Primero dame agua, que tengo sed, dijo el herido. El capellán le convidó el Último trago de su cantimplora, aunque sabía que no había más agua en kilómetros a la redonda
¿Ahora?, preguntó de nuevo. Primero dame de comer, suplicó el herido.
El capellán le dio el último mendrugo de pan que atesoraba en su mochila.
Tengo frío, fue el siguiente clamor, y el hombre de Dios se despojó de su abrigo de
campaña, pese al frío que calaba, y cubrió al lesionado.
Ahora sí, le dijo al capellán. Habla de ese Dios que te hizo darme tu última agua, tu mendrugo y tu único abrigo. Quiero conocerlo en su bondad.
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Esta es la historia de un hombre que yo definiría como un buscador… Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.
Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es, simplemente, alguien para quien su vida es una búsqueda.
Un día, el buscador sintió que debería ir a la ciudad de Kammir. El había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, de modo que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kammir. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una especie de valla de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso descubrió sobre una de las piedras aquella inscripción: "Aquí yace Abdul Tareg. Vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días".
Se sobrecogió un poco al darse cuenta que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla. Decía: "Aquí yace Yamir Kalib. Vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas".
El buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.
Pero lo que más lo conectó con el espanto, fue comprobar que el que más tiempo había vivido, sobrepasaba apenas los 11 años.
Embargado por un dolor terrible se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Lo miró llorar por un rato, en silencio, y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.
- "No, ningún familiar" dijo el buscador. ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos, enterrados en este
lugar…? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha obligado a
construir un cementerio de niños…?"
El anciano respondió: -"Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que sucede,
es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré… Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como ésta que tengo aquí colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros, que a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella, a la izquierda, qué fue lo disfrutado, y a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo: Conoció a su novia y se enamoró de ella.
¿Cuánto tiempo duró ese amor y el placer de conocerlo?: ¿una semana..?, ¿dos?, ¿tres semanas y media…? Y después, la emoción del primer beso, la fiesta de bodas, ¿cuánto duró la alegría del matrimonio?: ¿dos días…?, ¿una semana..? ¿Y el casamiento de sus amigos…? ¿Y el viaje más deseado…? ¿Y el encuentro con quien vuelve de un país lejano…? ¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de esas sensaciones…?, ¿horas…?, ¿días…?
Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos. Cuando alguien muere, es nuestra costumbre abrir su libreta, y sumar el tiempo anotado para escribirlo sobre su tumba. Porque es, amigo caminante, el único y verdadero tiempo VIVIDO".
Vive intensa y sanamente el presente.
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Sí, HABLAR es fácil,
pero CALLAR requiere
prudencia y dominio. HABLAR oportunamente,
es acierto. HABLAR frente al enemigo,
es educación. HABLAR ante una injusticia,
es valentía. HABLAR para rectificar,
es un deber. HABLAR para defender,
es compasión. HABLAR ante un dolor,
es consolar. HABLAR para ayudar a otros,
es caridad. HABLAR con sinceridad,
es rectitud. HABLAR de sí mismo,
es vanidad. HABLAR restituyendo fama,
es honradez. HABLAR aclarando chismes,
es estupidez. HABLAR desvaneciendo falsos,
es de conciencia. HABLAR de defectos,
es lastimar. HABLAR debiendo callar,
es necedad. HABLAR por hablar,es tontería.
HABLAR de Dios, significa mucho amor.
CALLAR cuando acusan, es heroísmo.
CALLAR cuando insultan, es amor.
CALLAR las propias penas, es sacrificio.
CALLAR de sí mismo, es humildad.
CALLAR miserias humanas, es caridad.
CALLAR a tiempo, es prudencia.
CALLAR en el dolor, es penitencia.
CALLAR palabras inútiles, es virtud.
CALLAR cuando hieren, es santidad.
CALLAR para defender, es nobleza.
CALLAR defectos ajenos, es benevolencia.
CALLAR debiendo hablar, es cobardía.
Debemos aprender primero a CALLAR para luego poder HABLAR, pero siempre con acierto y tino, porque si HABLAR es plata, CALLAR es oro.
Y RECUERDA SIEMPRE:
"QUE TUS PALABRAS SEAN MÁS VALIOSAS QUE EL SILENCIO QUE ROMPEN".
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Todo lo que aprendí en el Arca de Noé:
l.-Es importante ser PUNTUAL a la cita, y no llegar después de la hora fijada para la salida.
2.- Recuerda que todos somos diferentes, pero estamos en el mismo barco.
3.- Planea a futuro. No estaba lloviendo cuando Noé comenzó a construir el Arca.
4.- Nunca te sientas Viejo, a pesar de que alguien diga que tu tiempo ya pasó y que a tu edad ya no vas a hacer nada grande que valga la pena, solamente porque tienes 60 años.
5.- No hagas mucho caso a los criticones: continúa con el trabajo que Dios te ha encomendado.
6.- En todo lo que hagas y construyas, procura hacerlo con alta calidad, a pesar de que no seas profesional, ni sea lo que tú sabes hacer.
7.- Al buscar compañía para tu viaje en la vida, busca alguien que verdaderamente sea afín a ti; polos opuestos pueden atraerse, pero no van a lograr mucho. Además, tienes que encontrar una pareja que también tenga tu misma espiritualidad, para que juntos se animen a seguir caminando, para poder llegar al Arca.
8.- Si sientes que tu progreso espiritual es lento, ¡no te desesperes!. Más que rapidez, Dios quiere perseverancia. Las tortugas estaban a bordo, junto con los caballos, los linces y otros animales veloces.
9.- Aunque al principio te sientas solo y recibas burlas, a la larga, tiene su recompensa el tratar de vivir la palabra de Dios.
10.- No desprecies los esfuerzos que hacen los sencillos por lograr algo.
11.- Dios nos ama a todos y quiere que todos se salven, pero solamente se salvará aquel que haga la voluntad de Dios.
12.- Dios solamente mandó construir un Arca, y los que lo amamos debemos construir esa Arca, no andar cada quien construyendo la suya, porque no nos guste algo que nos diga Noé.
13.- No importa como sea la tormenta en la que estés, si permaneces con Dios, siempre habrá para ti un arcoiris esperándote.
"El Arca fue construida por devotos creyentes. El Titanic…, fue construido por profesionales".
por makf | 19 Ago, 2025 | Libro 3
Le llamaremos…, Juan. Está despeinado, descalzo, su camisa agujerada, su pantalón anda en las mismas. Así vistió durante sus cuatro años de estudios universitarios. Es brillante, más… es un tanto callado; se convirtió a Cristo mientras estudiaba. Frente a la universidad hay una iglesia conservadora, de gente refinada. Tienen deseos de poder evangelizar a los jóvenes estudiantes, más… no saben cómo hacerlo.
Un buen día, Juan decide visitar dicha iglesia. Entra, descalzo, con su vieja y rota ropa y su cabello despeinado. La celebración ha comenzado; camina por el pasillo en busca de un lugar para sentarse. Como está llena la iglesia, no halla lugar. La gente se ve algo incómoda, más nadie se atreve hablar. Juan se acerca al pulpito, pero no hallando lugar, se sienta en el piso alfombrado (conducta aceptada en la universidad, pero que jamás había ocurrido en esta iglesia).
¡Hay tensión en el medio ambiente…, la gente está incómoda! Ahora el celebrante observa cómo un bien vestido anciano y canoso diácono, se encamina lentamente hacia Juan. Es un hombre piadoso,culto y refinado.
Mientras camina hacia Juan, la gente piensa dentro de sí: "No podemos culparle por lo que va hacer. Después de todo, no es de esperarse que un anciano reprenda a un joven, y mucho menos, sentado así en el piso".
Tarda en llegar hasta el frente…, su bastón va sonando según camina. El silencio es absoluto; ni siquiera se oye el respirar de los presentes.
Tampoco puede continuar el celebrante ante su expectativa de lo que habrá de hacer el anciano diácono.
De momento, observan como éste suelta su bastón sobre el piso, y con gran dificultad, se sienta en el piso junto a Juan con el fin de, junto a éste, adorar a Dios. La emoción no tarda en embargar a todos los presentes.
Luego de que el celebrante logra calmar sus propias emociones, le dice a los presentes:
- "Lo que yo voy a predicar, tal vez ustedes nunca lo recordarán. Más, lo que acaban de ver, jamás lo olvidarán.
Tengan sumo cuidado de la manera en que viven. "Podría ser que ustedes sean la única "Biblia" que algunas personas alcancen a leer".