El Pequeño Bombero

La madre de 26 años se quedó absorta mirando a su hijo que moría de leucemia terminal. Aunque su corazón estaba agobiado por la tristeza, también tenía ella un fuerte sentido de determinación. Como cualquier madre, ella deseaba que su hijo creciera y realizara todos sus sueños. Pero ahora eso no era posible para su hijo. La leucemia no se lo permitiría. Pero aun así, ella todavía quería que los sueños de su hijo se realizaran. Ella tomó la mano de su hijo y le preguntó:

Billy, ¿Alguna vez pensaste en lo que querías ser cuando crecieras? ¿Soñaste alguna vez y pensaste en lo que harías con tu vida?

Mami, siempre quise ser un bombero cuando creciera. La madre se sonrió, y dijo:

Veamos si podemos hacer realidad tu sueño.

Ese día, más tarde, ella se dirigió a la Estación de Bomberos de Phoenix, Arizona. Allí conoció al bombero Bob, un hombre con un corazón grande como Phoenix. Ella le explicó el deseo último de su hijo y le preguntó si era posible darle a su hijo de seis años un paseo alrededor de la cuadra en un camión bombero. El bombero Bob dijo:

-Mire, podemos hacer algo mejor que eso. Tenga a su hijo listo mañana miércoles a las 7 en punto de la mañana y lo haremos un 'Bombero Honorario' durante todo el día. El puede venir con nosotros aquí a la Estación, comer con nosotros y salir con nosotros cuando recibamos llamadas de incendios. Y si usted nos da sus medidas, le conseguiremos un verdadero uniforme de bombero, con un sombrero verdadero que lleve el emblema de la Estación de Bomberos de Phoenix, no uno de juguete, sino el emblema amarillo que nosotros llevamos, y sus botas de hule. Todo eso es hecho aquí en Phoenix, así que nos es fácil conseguirlo bastante rápido.

Al día siguiente, el bombero Bob recogió a Billy, le puso su uniforme de bombero y lo condujo desde la cama del hospital hasta el camión bombero. Billy tuvo que sentarse en la parte de atrás del camión, y ayudar a conducirlo de regreso a la estación. El se sentía como en el cielo. Hubo tres llamadas en Phoenix ese día y Billy tuvo que salir en las tres llamadas. El fue en tres camiones diferentes. Fue en el microbús paramédico y también en el carro del Jefe de Bomberos. También le tomaron videos para las noticias locales

-Mire, podemos hacer algo mejor que eso. Tenga a su hijo listo mañana miércoles a las 7 en punto de la mañana y lo haremos un 'Bombero Honorario' durante todo el día. El puede venir con nosotros aquí a la Estación, comer con nosotros y salir con nosotros cuando recibamos llamadas de incendios. Y si usted nos da sus medidas, le conseguiremos un verdadero uniforme de bombero, con un sombrero verdadero que lleve el emblema de la Estación de Bomberos de Phoenix, no uno de juguete, sino el emblema amarillo que nosotros llevamos, y sus botas de hule. Todo eso es hecho aquí en Phoenix, así que nos es fácil conseguirlo bastante rápido.

Al día siguiente, el bombero Bob recogió a Billy, le puso su uniforme de bombero y lo condujo desde la cama del hospital hasta el camión bombero. Billy tuvo que sentarse en la parte de atrás del camión, y ayudar a conducirlo de regreso a la estación. El se sentía como en el cielo. Hubo tres llamadas en Phoenix ese día y Billy tuvo que salir en las tres llamadas. El fue en tres camiones diferentes. Fue en el microbús paramédico y también en el carro del Jefe de Bomberos. También le tomaron videos para las noticias locales

televisión. Habiendo hecho realidad su sueño, y con todo el amor y la atención que le fue dada, Billy fue tocado tan profundamente en su corazón, que logró vivir tres meses más de lo que cualquier médico pensó que viviría.

Una noche todas sus señales vitales comenzaron a decaer dramáticamente, y el Jefe de Enfermería, que creía en el concepto hospicial que nadie debe morir solo, comenzó a llamar a los miembros de la familia para que vinieran al hospital. Luego, recordó el día en que Billy había pasado como si fuera un bombero, así que llamó al Jefe de la Estación y le preguntó si era posible que enviara a un 'bombero' unifor­mado al hospital, para que estuviera con Billy mientras entregaba su alma.

El Jefe le dijo:

  • Haremos algo mejor. Estaremos allí en cinco minutos. ¿Me hará un favor? Cuando

oigan las sirenas sonando y las luces centelleando, ¿podría anunciar por los altoparlantes que no hay ningún incendio? Sino que es el Departamento de Bomberos que va a ver a uno de sus más finos miembros una vez más. Y por favor, ¿podría abrir la ventana de su cuarto?

Cinco minutos más tarde, un gancho y la escalera del carro bombero llegaron al hospital, y se extendieron hasta el tercer piso donde estaba la ventana abierta del cuarto de Billy, y 16 'bomberos' subieron por ella y entraron al cuarto. Con el permiso de su mamá, cada uno de ellos lo abrazó y lo arrulló, diciéndole cuánto lo amaban…

Con su aliento agonizante, Billy miró al Jefe de los Bomberos y dijo:

  • Jefe, ¿Soy verdaderamente un bombero, ahora?

El Jefe le respondió: -Si, Billy, ¡LO ERES!

Con esas palabras, Billy sonrió y cerró sus ojos por última vez.

El Pan de Cristo

El siguiente es el relato verídico de un hombre llamado Víctor.

Al cabo de meses de encontrarse sin trabajo, se vio obligado a recurrir a la mendicidad para sobrevivir, cosa que detestaba profundamente.

Una fría tarde de invierno, se encontraba en las inmediaciones de un club privado, cuando observó a un hombre y a su esposa que entraban al mismo. Víctor le pidió al hombre unas monedas para poder comprarse algo de comer.

  • Lo siento, amigo, pero no tengo nada de cambio – replicó éste. La mujer, que oyó la conversación, preguntó:

¿Qué quería ese pobre hombre? Dinero para una comida. Dijo que tenía hambre. -
respondió su marido. ¡Lorenzo, no podemos entrar a comer una comida suntuosa
que no necesitamos, y dejar a un hombre hambriento aquí afuera! - dijo ella.

¡Hoy en día hay un mendigo en cada esquina! Seguro que quiere el dinero para beber, -dijo molesto él.

¡Yo tengo un poco de cambio! Le daré algo. - dijo ella.

Aunque Víctor estaba de espaldas a ellos, oyó todo lo que dijeron. Avergonzado, quería

alejarse corriendo de allí, pero en ese momento oyó la amable voz de la mujer que le decía:

Aquí tiene unas monedas. Consígase algo de comer. Aunque la situación está difícil,
no pierda las esperanzas. En alguna parte hay un empleo para usted. Espero que pronto lo encuentre.

¡Muchas gracias, señora! Me ha dado usted ocasión de comenzar de nuevo, y me ha
ayudado a cobrar ánimo. Jamás olvidaré su gentileza.

Estará usted comiendo el pan de Cristo. Compártalo – dijo ella, con una cálida sonrisa dirigida más bien a un hombre, y no a un mendigo. Víctor sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo.

Encontró un lugar barato donde comer, gastó la mitad de lo que la señora le había dado, y resolvió guardar lo que le sobraba para otro día. ¡Comería el pan de Cristo dos días! Una vez más, aquella descarga eléctrica corrió por su interior.

¡El pan de Cristo! -¡Un momento! - pensó. No puedo guardarme el pan de
Cristo solamente para mí mismo.

Le parecía estar escuchando el eco de un viejo himno que había aprendido en la escuela.

En ese momento, pasó a su lado un anciano. Quizás ese pobre anciano
tenga hambre - pensó. Tengo que compartir el pan de Cristo.

Oiga - exclamó Víctor-. ¿Le gustaría entrar y comerse una buena comida?

El viejo se dio vuelta, y lo miró asombrado.

  • ¿Habla usted en serio, amigo?

El hombre no daba crédito a lo que le pasaba, hasta que se sentó a una mesa cubierta con un mantel y le pusieron delante un plato de guiso caliente. Durante la cena, Víctor notó que el hombre envolvía un pedazo de pan en su servilleta de papel.

¿Está guardando un poco para mañana? - le preguntó. No…, no. Es que hay un
chico que conozco por donde suelo frecuentar. La ha pasado mal últimamente y estaba
llorando cuando lo dejé. Tenía hambre. Le voy a llevar el pan.

¡El pan de Cristo! - Recordó nuevamente las palabras de la mujer, y tuvo la extraña sensación de que había un tercer convidado sentado a aquella mesa. A lo lejos, las campanas de una iglesia parecían entonar a sus oídos el viejo himno que le había sonado antes en la cabeza.

Los dos hombres llevaron el pan al niño hambriento, que comenzó a engullírselo. De golpe se detuvo y llamó a un perro, un perro perdido y asustado. -Aquí tienes, perrito. Te doy la mitad - dijo el niño. ¡El pan de Cristo! Alcanzaría también para el hermano perro. San Francisco de Asís habría hecho lo mismo - pensó Víctor.

El niño había cambiado totalmente de semblante. Se puso de pie y comenzó a vender el periódico con entusiasmo.

  • Hasta luego - dijo Víctor al viejo-. En alguna parte hay un empleo para usted. Pronto dará con él. No desespere. ¿Sabe? – su voz se tornó en un susurro-. Esto
    que hemos comido es el pan de Cristo. Una señora me lo dijo, cuando me dio aquellas monedas para comprarlo. ¡Dios, en el futuro, nos deparará algo bueno!

Al alejarse el viejo, Víctor se dio vuelta y se encontró con el perro que le olfateaba la pierna. Se agachó para acariciarlo y descubrió que tenía un collar que llevaba grabado el nombre del dueño.

Víctor recorrió el largo camino hasta la casa del dueño del perro, y llamó a la puerta. Al salir éste, y ver que había encontrado a su perro, se puso contentísimo.

De golpe, la expresión de su rostro se tornó seria. Estaba por reprocharle a Víctor, que seguramente había robado el perro para cobrar la recompensa, pero no lo hizo. ¿Le interesaría un empleo? Venga a mi oficina mañana. Me hace mucha falta una persona íntegra como usted.

Al volver a emprender Víctor la caminata por la avenida, aquel viejo himno que recordaba de su niñez volvió a sonarle en el alma. Se titulaba:

Parte el Pan de Vida…

El Odio y el Amor

El odio llora;

El odio es triste;

El odio irrita;

El odio es vengativo;

El odio siembra y
levanta desengaños;

El odio aulla como el lobo;

El odio es oscuro como la noche;

 El odio es amargo como la hiél;

El odio es un mundo de tinieblas;

 El odio enardece;

El odio destruye;

 El odio es un río de lágrimas;

 El odio es un desierto de

mentiras y engaños;

El odio es terrenal;

El odio es el infierno;

el amor sonríe,

 el amor es alegre,

el amor calma,

el amor es perdonar,

el amor siembra,
pero cosecha bendiciones,

el amor canta como el ave.

el amor es claro como el día.

el amor es dulce como la miel,

el amor es un cielo de luz.

el amor pacifica,

el amor construye,

el amor es un mar de felicidad,

el amor es un santuario de

dicha y de verdad,

el amor es celestial,

el amor es el cielo

El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.

El Mercader y la Bolsa

Cierto día, un mercader ambulante iba caminando hacia un pueblo. Por el camino encontró una bolsa con 800 dólares. El mercader decidió buscar a la persona que había perdido el dinero para entregárselo, pues pensó que el dinero pertenecía a alguien que llevaba su misma ruta.

Cuando llegó a la ciudad, fue a visitar a un amigo.

¿Sabes quién ha perdido una gran cantidad de dinero?- le preguntó a éste.

Sí, sí. Lo perdió Juan, nuestro vecino, que vive en la casa de enfrente.

El mercader fue a la casa indicada y devolvió la bolsa.

Juan era una persona avara, y apenas terminó de contar el dinero gritó:

  • ¡Faltan 100 dólares! Esa era la cantidad de dinero que yo iba a dar como recompensa. ¿Cómo lo has tomado sin mi permiso? Vete de una vez. Ya no tienes nada que hacer aquí.

El honrado mercader se sintió indignado por la falta de agradecimiento. No quiso pasar por ladrón y fue a ver al juez.

El avaro fue llamado a la corte. Insistió ante el Juez que la bolsa contenía 900 dólares. El mercader aseguraba que eran 800. El juez, que tenía fama de sabio y honrado, no tardó en decidir el caso. Le preguntó al avaro:

Tú dices que la bolsa contenía 900 dólares ¿verdad? Sí, señor, respondió Juan.

Tú dices que la bolsa contenía 800 dólares, le preguntó el juez al mercader.

Sí, señor. Pues bien, dijo el juez, considero que ambos son personas honradas e incapaces de mentir. A tí, porque has devuelto la bolsa con el dinero, pudiéndote quedar con ella. A Juan, porque lo conozco desde hace tiempo. Esta bolsa de dinero no es la de Juan; aquella contenía 900 dólares. Esta sólo tiene 800. Así pues, quédate tú con ella, hasta que aparezca su dueño. Y tú, Juan, espera que alguien te devuelva la tuya.

No dejes tus decisiones importantes al azar; esfuérzate por llegar a la cima, a tu meta, y a tu premio.

El Libro de Tu Vida

Hoy cierras un volumen más del libro de tu vida. Cuando comenzaste este libro, todo era tuyo, te lo puso Dios en las manos, podías hacer con él lo que quisieras: un poema, una pesadilla, una blasfemia, un sistema, una oración.

Podías…, hoy ya no puedes; no es tuyo, ya lo has escrito, ahora es de Dios. Te lo va a leer todo Dios el mismo día en que te mueras, con todos sus detalles. Ya no puedes corregirlo. Ha pasado al dominio de la eternidad.

Piensa unos momentos en esta última noche del año. Toma tu libro y hojéalo despacio, deja pasar sus páginas por tus manos y por tu conciencia. Ten el gusto de verte a ti mismo. Lee todo. Repite aquellas páginas de tu vida, en las que pusiste tu mejor estilo.

No olvides, que uno de tus mejores maestros eres tú mismo. Lee también aquellas páginas que nunca quisieras haberlas escrito. No… no intentes arrancarlas, es inútil. Ten valor para leerlas, son tuyas. No puedes arrancarlas, pero puedes anularlas cuando escribas tu siguiente libro. Si lo haces, Dios pasará éstas de corrido cuando te lea tu libro en el último día.

Lee tu libro viejo en la última noche del Año. Hay en él, trozos de tí mismo; es un drama apasionado en el que el primer personaje eres tú. Tú en escena con Dios, con tu familia, con tu trabajo, con la sociedad. Tú lo has escrito con el instrumento asombroso de tu libre albedrío, sobre la superficie inmensa y movediza del mundo. Es un libro misterioso, que en su mayor parte, la más interesante, no puede leerlo nadie más que Dios y tú.

Si tienes ganas de besarlo, bésalo; si tienes ganas de llorar, llora fuerte sobre tu viejo libro en esta última noche del año.

Pero, sobre todo, ora sobre tu libro viejo. Tómalo en tus manos, levántalo hacia el cielo y dile a Dios sólo dos frases:

¡Gracias Papito!… ¡Perdóname Señor!… Después…, dáselo a Cristo.

No importa como esté, aunque tenga páginas negras, Cristo sabe perdonar. Esta noche te ha de dar Dios otro libro completamente blanco y nuevo. Es todo tuyo. Vas a poder escribir en él lo que quieras.

Pon el nombre de Dios en la primera página. Sí…, ¡ponlo en el primer lugar de tu vida! Después, dile que no te deje escribirlo solo. Dile que te tenga siempre de la mano…, y en su corazón.

El Leproso Agradecido

Nuestra vida estaba marcada por la soledad…, nos obligaban a vivir alejados de la sociedad…, nos consideraban malditos pues estábamos enfermos de la lepra.

Compartíamos esta triste condición diez hombres en un miserable leprosario. Cada día, no hacíamos otra cosa que esperar la llegada de la muerte…, para nosotros no había otra esperanza.

De pronto, corrió como reguero de pólvora la noticia de los prodigios hechos por un hombre llamado Jesús. Era la novedad y la plática de todos en los alrededores de Judea, Samaría y Galilea, pues su fama se había extendido hasta donde nos encontrábamos.

Fue entonces, que unos de los nuestros supo que Jesús y sus discípulos se dirigían hacia Jerusalén e iban a pasar por el pueblo en el que vivíamos. Nos quedamos mudos… Para gente como nosotros, tan metidos en la desesperanza, pensar en algo como recuperar la salud es un sueño que hasta duele tener… El miedo nos hacía ser cínicos y comenzamos a burlarnos del que propuso buscar al maestro milagroso… Una noche, no me pude contener y les expuse la necesidad que yo sentía de intentar sanar por medio de Jesús: hablé, grité…, terminé llorando. El grupo me escuchó en silencio. Finalmente, uno a uno me apoyó y pensamos en salirle al encuentro para pedirle que nos curara del mal que padecíamos.

El día tan ansiado llegó. No nos era fácil cumplir nuestro propósito pues no podíamos acercarnos a la gente pero, ¿qué teníamos que perder?; nos decidimos a acercarnos al poblado.

Al fin, lo encontramos en el camino, y nuestra alegría no se hizo esperar, pues teníamos la esperanza de que él podía curarnos. Los otros me mandaron por delante y, aunque nos mantuvimos a distancia, yo le pedí a gritos que nos curara de nuestra enfermedad, diciéndole:

"Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros". El nos miró de una manera que expresaba una ternura muy al ejada a la simple lástima…, era una compasión que parecía compartir nuestro sufrimiento. Con una voz firme, nos mandó:

"Vayan y preséntense a los sacerdotes". Y es que la Ley de Moisés estipulaba, que los sacerdotes eran los encargados de determinar si alguien tenía lepra, o si alguien sanaba de ella (Levítico 13-14).

Mis compañeros se miraron unos a otros desconcertados. -"¿Eso es todo lo que va a hacer por nosotros?"-, alguien dijo. Una vez más, tuve que hacer gala de mi capacidad de convencimiento para lograr que nos pusiéramos en camino.

  • "Es ridículo", -opinó alguno. -"Es peligroso", -opinó otro. Yo les expresé la confianza que me había inspirado la ternura y la compasión con la que nos había hablado.
  • "Si ustedes no quieren sanar, quédense aquí a pudrirse en vida.

Yo me voy a conseguir lo que el Maestro me prometió". Empecé a caminar y, uno tras otro, me siguieron.

En realidad, Jesús nos había pedido mucho, ya que estábamos realmente lejos de Jerusalén y no contábamos con los recursos, ni las posibilidades de llegar sanos y salvos siendo, como todavía lo éramos, leprosos.

La primera jornada de viaje fue muy difícil. A algunos de los compañeros les costaba mucho caminar…, nos acostamos con hambre y frío, pero gracias al cansancio nos dormimos como piedras. Yo tuve un sueño: ángeles del cielo me limpiaban las llagas con lienzos celestiales y con óleos preciosos.

Me costaba trabajo decidirme a despertar de un sueño tan hermoso. Pero de pronto me despertó un grito. Abrí los ojos espantado, esperando lo peor, pero el grito se repitió y luego otra voz lo acompañó… ¡Estábamos limpios! ¡Sanados! ¡Ninguno de nosotros tenía las nauseabundas llagas que estaban terminando nuestras vidas! Yo me uní a los gritos y tal vez con más euforia que los demás.

Entonces, ya nada nos importó, corrimos de alegría hacia el Templo, a presentarnos, para que nuestra curación fuera certificada y pudiéramos regresar a nuestros hogares… cuando de pronto pensé:

"Realmente Jesús nos ha curado. El debe ser el Mesías, el Hijo de Dios". Les dije a mis compañeros que deberíamos volver para agradecerle a Jesús.

Pero ellos me dijeron: "¡Estás loco! Queremos ir rápidamente a Jerusalén para
poder volver a casa". Esta vez, mi elocuencia no consiguió nada… Con tristeza, miré a mis compañeros alejarse. Yo, cambié el rumbo y me devolví a buscarle para darle las gracias por haberme curado. Al fin lo encontré y me arrodillé ante El y le dije:

"Gracias, Señor, por haber me curado". Él levantó su mirada y dijo:

  • "¿No eran diez los hombres que curé? ¿Dónde están los otros nueve? Solamente uno me ha dado las gracias". Triste sentí a mi Señor cuando con su mirada no encontró a los otros nueve que había sanado. Y lo peor es que yo era el único que no era judío, sino samaritano. Tal vez yo fui un símbolo de lo que pasaría después, cuando el amado Maestro fue abandonado por su pueblo, pero su obra progresaría entre los no judíos. Como fuera… ¡qué afortunado fui al conocerlo!

Y tú, ¿ya conoces al Señor Jesús? ¿Te has acercado a Él con fe? ¿Has sabido agradecerle los muchos beneficios que te ha hecho?

El Juego de Fútbol

Un muchacho vivía solo con su padre; ambos tenían una relación extraordinaria y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio. Usualmente no tenía la oportunidad de jugar, bueno, casi nunca. Sin embargo, su padre permanecía siempre en las gradas, haciéndole compañía.

El joven era el más bajo de la clase cuando comenzó la secundaria, e insistía en participar en el equipo de fútbol del colegio; su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad"…, pero el joven amaba el fútbol, ¡no faltaba a una práctica, ni a un juego!, estaba decidido en dar lo mejor de sí, ¡se sentía felizmente comprometido!

Durante su vida en secundaria lo recordaron como el "calentador de la banca", debido a que siempre permanecía sentado…; su padre, con espíritu de lucha, siempre estaba en las gradas, dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar.

Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol, todos estaban seguros que no lo lograría, pero a todos venció, entrando al equipo. El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado, además, por como él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de las prácticas, y al mismo tiempo, le daba a los demás miembros del equipo el entusiasmo perfecto.

La noticia llenó por completo su corazón; corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre quien compartió con él la emoción. Le enviaba en todas las temporadas, todas las entradas para que asistiera a los juegos de la Universidad.

El joven atleta era muy persistente; nunca faltó a una práctica ni a un juego durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo la oportunidad de participar en ningún juego.

Era el final de la temporada, y justo unos minutos antes que comenzara el primer juego de las eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama. El joven lo tomó, y luego de leerlo se quedó en silencio… temblando, le dijo al entrenador:

"Mi padre murió esta mañana, ¿no hay problema de que falte al juego hoy?". El
entrenador lo abrazó, y le dijo "Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado"

Llegó el sábado y el juego no estaba muy bien. En el tercer cuarto, cuando el equipo tenía 10 puntos de desventaja, el joven entró a los vestidores y, calladamente, se colocó el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su equipo, quienes estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso.

"Entrenador, por favor, permítame jugar… yo tengo que jugar hoy"-, imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle. De ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió tanto que, finalmente, el entrenador sintiendo lástima lo aceptó: "Bien hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo".

Minutos después, el entrenador, el equipo y el público no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en ningún juego, estaba haciendo todo perfectamente brillante; nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar hasta que empató el juego. En los segundos de cierre, el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó cargado por todo el campo. Finalmente, cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado calladamente y solo en una esquina; se acercó y le dijo:

"Muchacho, no puedo creerlo, ¡estuviste fantástico! Dime, ¿cómo lo lograste?" El joven miró al entrenador y le dijo:

"Usted sabe que mi padre murió… pero no sabía que mi padre era ciego". El joven hizo una pausa y trató de sonreír. - "Mi padre asistió a todos mis juegos, pero hoy era la primera vez que podía verme jugar… y yo quise demostrarle que sí podía hacerlo".

El Inventario

Aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora, que tal vez presentía que ese era el último día de su vida. Me aproximé, y le dije:

  • ¡Buen día, abuelo!

Y él extendió su silencio. Me senté junto a su sillón, y luego de un misterioso instante, exclamó:

¡Hoy es día de inventario, hijo! ¿Inventario? – pregunté sorprendido.

Sí. ¡El inventario de las cosas perdidas! - me contestó con cierta energía, y no sé si con tristeza o alegría. Y prosiguió: Del lugar de donde yo vengo, las montañas quiebran el
cielo, como monstruosas presencias constantes. Siempre tuve deseos de escalar la más
alta. Nunca lo hice, no tuve el tiempo ni la voluntad suficientes para sobreponerme a mi inercia existencial…

Recuerdo también a Mará, aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo sin yo saberlo.

¿Sabes algo? También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero mis padres no pudieron pagarme los estudios. Además, el trabajo en la carpintería de mi padre no me permitía viajar.

Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, ¡tantas oportunidades perdidas!

Luego, su mirada se hundió aún más en el vacío. Y continuó:

  • En los treinta años que estuve casado con Rita, creo que sólo cuatro o cinco veces le dije: "te amo".

Luego de un breve silencio, regresó de su viaje mental, y mirándome a los ojos, me dijo: - Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mí ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo, para que puedas hacer tu inventario a tiempo.

Y luego, con cierta alegría en el rostro, continuó con entusiasmo, y casi divertido:

¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Qué, abuelo? –Aguardé unos segundos y no contestó, sólo me interrogó nuevamente ¿Cuál es el pecado más grave en la vida de un hombre?

No lo había pensado - contesté con inseguridad, sorprendido por la pregunta.

Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal. Tener malos pensamientos, ¿tal ves? Movió su cara de lado a lado, como reacción a mi respuesta errada. Me miró intensamente, como remarcando el momento, y en tono grave y firme me señaló:

  • El pecado más grave en la vida de un ser humano, es el pecado de omisión. Y lo más doloroso, es recordar las cosas perdidas, sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.

Al día siguiente, regresé temprano a casa, luego del entierro del abuelo, para realizar en forma urgente mi propio inventario de las cosas perdidas.

El Hombre Vela

Había una vez un hombre llamado "VELA" que, cansado de las tinieblas que rodeaban su existencia, se quiso abrir a la luz. Era esa su ansia, su deseo, su ambición: ¡Recibir luz!

Un día, la luz verdadera que alumbra a todo hombre llegó con su presencia contagiosa, lo iluminó y lo encendió. Y "VELA" se sintió feliz por haber recibido la luz que vence las tinieblas y da seguridad a los corazones.

Muy pronto, se dio cuenta de que el haber recibido la luz, constituía no sólo una alegría, sino también una fuerte exigencia… Sí, tomó conciencia de que para que la luz perdurara en él, tenía que alimentarla desde el interior a través de un diario derretirse, de un permanente consumirse… Entonces su alegría cobró una dimensión más profunda, pues entendió que su misión era consumirse al servicio de la luz y aceptó con fuerte conciencia su nueva vocación.

En ese consumirse día a día, a ratos pensaba que hubiera sido más cómodo no haber recibido la luz, pues en vez de un diario derretirse, su vida hubiera sido un "estar ahí" tranquilamente. Hasta tuvo la tentación de no alimentar más la llama, de dejar morir la luz, para no sentirse tan molesto…

También se dio cuenta de que en el mundo existen muchas corrientes de aire que buscan apagar la luz. Y a la exigencia que había aceptado de alimentar la luz desde el interior, se unió la llamada fuerte a defender la luz, de ciertas corrientes de aire que circulan por el mundo.

Más aún, su luz le permitió mirar más fácilmente a su alrededor, y alcanzó a darse cuenta de que existen muchas velas apagadas: unas, porque nunca habían tenido la oportunidad de recibir la luz; otras, por miedo a derretirse… Y las de más allá, porque no pudieron defenderse de algunas corrientes de aire. Y se preguntó preocupado:

  • ¿Podré yo encender otras velas?

Y pensando, descubrió también su vocación de apóstol de la luz.

Entonces, se dedicó a encender velas de todas las características, tamaños y edades, para que hubiera mucha luz en el mundo.

Cada día, crecía su alegría y su esperanza, porque en su diario consumirse, encontraba por todas partes velas: velas viejas, velas hombres, velas mujeres, velas jóvenes, velas recién nacidas… ¡Y todas bien encendidas!

Cuando presentía que se acercaba el final, porque se había consumido totalmente al servicio de la luz, identificándose con ella, dijo con voz muy fuerte y con profunda expresión de satisfacción en su rostro:

  • ¡Es Cristo… quien vive en mi!

El Hombre Mas Santo del Mundo

Hay una historia de un monje muy santo que vivía en el desierto, ayunaba a menudo y había abrazado la más abnegada pobreza.

Mucha gente de los alrededores lo tenían por santo y se decía que era el hombre que estaba más cerca de Dios.

Así parecía, puesto que este monje se pasaba mucho tiempo en serena contemplación y diálogo con el Señor.

Un día, llegó a oídos del monje lo que la gente decía de él, y picado por la curiosidad le preguntó a Dios:

Dime, Señor ¿es cierto lo que la gente dice de mí, que soy el hombre más santo y el que está más cerca de Ti?.. ¿De veras quieres saberlo? ¿Por qué estás tan interesado? -
le preguntó Dios. El monje le contestó:

  • No es la vanidad la que me mueve a preguntarte ésto, sino el deseo de aprender. Si hay alguien más santo que yo, debo ser su discípulo para saber acercarme más a Tí.

Dios entonces le dijo:

  • "Muy bien, baja por el sur del desierto al pueblo más cercano y pregunta por el
    carnicero del pueblo, él es el más santo". El monje se sorprendió mucho con la respuesta del Señor, pues en aquella época, los carniceros gozaban de muy mala fama, pero obediente hizo lo que el Señor le indicó.

Llego al pueblo y pudo observar a sus anchas al carnicero y no encontró en él nada extraordinario. Al verlo, incluso llegó a dudar; le pareció de bruscos modales, algo malhumorado y observó con preocupación que cada chica hermosa que llegaba a la carnicería era mirada de forma "no muy santa" por el carnicero. Cuando terminó de atender a la gente y se disponía a cerrar el negocio, el carnicero, sorprendido, le preguntó qué quería. El monje le contó lo que le había llevado a verlo y el carnicero quedó más sorprendido todavía.

  • "Mire Padre, yo no dudo de su palabra, pero me sorprende mucho que Dios le haya dicho eso. Yo soy un gran pecador, aunque voy a la Iglesia, no lo hago con la frecuencia con que debería. Pero en fin, mi casa es su casa"-. Y le invitó a pasar y a comer con él, en tanto él entraba a una habitación, en donde un anciano, acostado en un lecho, recibió todo el cuidado del carnicero, que le dio de comer en la boca y lo arropó con cariño para que durmiera.
  • "Perdone mi indiscreción" - le dijo el monje al carnicero - "¿es su padre?"
  • "No lo es"- le respondió. "En realidad es una larga historia"-. "¿Podría contármela?"- le dijo el monje.

"A usted se la contaré, pues sé que los monjes saben guardar secretos… Este hombre fue quien mató a mi padre. Cuando vino al pueblo, mi primer impulso fue matarlo para vengarme, pero estaba viejo y enfermo y sentí pena por él. Luego recordé a mi padre quien siempre me enseñó a perdonar y en su nombre decidí tratarlo con amor, como hubiera tratado a mi padre si aún viviera".

No está más cerca de Dios el que cumple prácticas de piedad o dedica mucho tiempo a realizar actos religiosos, sino aquel que ama y perdona, aún al que lo odia.

Porque quien obra así, hace lo mismo que Dios…

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