por Makf | 7 Ene, 2026 | 24 Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Autora: Luisa Piccarretta
Jesús mío, amor infinito, más te miro y más comprendo cuánto sufres… Ya estás todo lacerado y no hay parte
sana en ti.
Los verdugos, haciéndose aun más feroces al ver que Tú, en medio de tantas penas, los miras con tanto
amor, y que tus miradas amorosas forman un dulce encanto, como si fueran tantas voces que ruegan y que
suplican más penas y nuevas penas, aunque ellos son inhumanos, pero también forzados por tu amor, te ponen
de pie, y Tú, no pudiéndote sostener, de nuevo caes en tu sangre…
Y ellos, irritados, con puntapiés y a empujones te hacen llegar al lugar en que te coronarán de espinas.
Amor mío, si Tú no me sostienes con tu mirada de amor, yo no puedo continuar viéndote sufrir…
Siento ya un escalofrío hasta en mis huesos, el corazón me late fuertemente, me siento morir…
¡ Jesús, Jesús, ayúdame! Y mi amable Jesús me dice:
“Ánimo, hija mía, no pierdas nada de lo que sufro. Sé atenta a mis enseñanzas. Yo quiero rehacer al hombre en todo…
El pecado le ha quitado la corona y lo ha coronado de oprobio y de confusión, de modo que no puede comparecer ante mi majestad.
El pecado lo ha deshonrado, haciéndole perder todo derecho a los honores y a la gloria; por eso quiero ser coronado de espinas, para poner la corona sobre la frente del hombre y para devolverle todos los derechos a todo honor y gloria…
Y mis espinas serán ante mi Padre reparaciones y voces de disculpa por tantos pecados de pensamiento, en especial de soberbia, y voces de luz para cada mente creada, suplicando que no me ofenda; por eso, tú únete conmigo y ora y repara conmigo.”
Coronado Jesús mío, tus crueles enemigos te hacen sentar, te ponen encima un trapo viejo de púrpura, toman la corona de espinas y con furor infernal te la ponen sobre tu adorable cabeza; a golpes y con palos te hacen penetrar las espinas en la cabeza, en la frente, y algunas de ellas se te clavan hasta en los ojos, en las orejas, en el cráneo y hasta en la nuca…
¡Amor mío, qué penas tan desgarradoras! ¡Qué penas inenarrables! ¡Cuántas muertes crueles sufres!
La sangre te corre sobre la cara, de manera que no se ve más que sangre, pero bajo esas espinas y esa sangre se descubre tu rostro santísimo radiante de dulzura, de paz y de amor.
Y los verdugos, queriendo completar el tormento, te vendan los ojos,, te ponen como cetro una caña en la mano y empiezan sus burlas…
Te saludan como al Rey de los Judíos, te golpean la corona, te dan bofetadas, y entre gritos te dicen: “¡Adivina quién te ha golpeado…!”
Y Tú callas y respondes con reparar las ambiciones de quienes aspiran a gobernar, de quienes aspiran a las dignidades, a los honores, y por aquellos que, encontrándose en tales puestos y no comportándose bien, forman la ruina de los pueblos y de las almas confiadas a ellos, y cuyos malos ejemplos son causa de empujar al mal y de que se pierdan almas…
Con esa caña que tienes en las manos reparas por tantas obras buenas pero vacías de espíritu interior, e incluso hechas con malas intenciones.
En los insultos y con esa venda reparas por aquellos que ridiculizan las cosas más santas, desacreditándolas y profanándolas, y reparas por aquellos que se vendan la vista de la inteligencia para no ver la luz de la verdad.
Con esta venda impetras para nosotros el que nos quitemos las vendas de las pasiones, del apego a las riquezas y a los placeres…
Jesús, Rey mío, tus enemigos continúan sus insultos; la sangre que chorrea de tu santísima cabeza es tanta que llegando hasta, tu boca te impide hacerme oír claramente tu dulcísima voz, y por tanto me veo impedida a hacer lo que haces Tú…
Por eso vengo a tus brazos, quiero sostener tu cabeza traspasada y dolorida, quiero poner mi cabeza bajo esas mismas espinas para sentir sus punzadas…
Pero mientras digo esto, mi Jesús me llama con su mirada de amor y yo corro, me abrazo a su Corazón y trato de sostener su cabeza.
¡Oh, qué alegría es estar con Jesús, aún en medio de mil tormentos! Y entonces El me dice:
“Hija mía, estas espinas dicen que quiero ser constituido Rey de cada corazón. A Mí me corresponde todo dominio.
Tú toma estas espinas y punza tu corazón y haz que salga de él todo lo que a Mí no pertenece… y deja una espina clavada en tu corazón en señal de que soy tu Rey y para impedir que ninguna otra cosa entre en ti.
Después corre por todos los corazones y, punzándolos, haz que salgan de ellos todos los humos de soberbia y la podredumbre que contienen… y constitúyeme Rey en todos.”
Amor mío, el corazón se me oprime al dejarte… Por eso te ruego que cierres mis oídos con tus espinas para que sólo pueda oír tu voz, que me cubras con tus espinas mis ojos para poder mirarte sólo a ti, que me llenes con tus espinas la boca para que mi lengua permanezca muda a todo lo que pudiera ofenderte y está libre para alabarte y bendecirte en todo…
Oh Rey mío Jesús, rodéame de espinas, y estas espinas me custodien, me defiendan y me tengan inabismada por entero en ti… Y ahora quiero limpiarte la sangre y besarte, pues veo que tus enemigos te llevan de nuevo ante Pilatos, y él te condenará a muerte.
Amor mío, ayúdame a continuar tu doloroso camino y bendíceme… Coronado Jesús mío, mi pobre corazón, herido por tu amor y traspasado por tus penas, no puede vivir sin ti, y por eso te busco…
Y te encuentro nuevamente ante Pilatos. ¡Pero qué tremendo espectáculo!
¡Los Cielos se horrorizan y hasta el infierno tiembla de espanto y de rabia! Vida de mi corazón, mi vista no puede aguantar mirarte sin sentirme morir; pero la fuerza de tu amor me obliga a mirarte para hacerme comprender bien tus penas… y yo te contemplo entre lágrimas y suspiros…
¡Jesús mío, estás casi desnudo, y en vez de con ropas te veo vestido con sangre, las carnes abiertas y destrozadas, los huesos al descubierto, tu santísimo rostro, irreconocible…
Las espinas clavadas en tu adorable cabeza te llegan a los ojos al rostro… y yo no veo más que sangre que corriendo hasta el suelo forma un charco bajo tus pies.
¡Jesús mío, ya no te reconozco! ¡Cómo has quedado! ¡Tu estado ha llegado a los excesos más profundos de las humillaciones y de los dolores!
¡Ah, no puedo soportar tu visión tan dolorosa! Me siento morir y quisiera arrebatarte de la presencia de Pilatos para encerrarte en mi corazón y darte descanso; quisiera sanar tus llagas con mi amor, y con tu sangre quisiera inundar todo el mundo para encerrar en ella a todas las almas y llevarlas a ti como conquista de tus penas…
Y Tú, oh paciente Jesús mío, a duras penas parece que me miras por entre las espinas y me dices:
“Hija mía, ven entre mis atados brazos, apoya tu cabeza sobre mi Corazón, y sentirás dolores más intensos y acerbos, porque todo lo que ves por fuera de mi Humanidad no es sino lo que rebosa de mis penas interiores…
Pon atención a los latidos de mi Corazón y sentirás que reparo las injusticias de los que mandan, la opresión de los pobres, los inocentes pospuestos a los culpables, la soberbia de quienes, con tal de conservar dignidades, cargos o riquezas, no dudan en transgredir toda ley y en hacer mal al prójimo, cerrando los ojos a la luz de la verdad…
Con estas espinas quiero hacer pedazos el espíritu de soberbia de “sus señorías”, y con las heridas que forman en mi cabeza quiero abrirme camino en sus mentes para reordenar todas las cosas según la luz de la verdad…
Con estar así humillado ante este injusto juez, quiero hacer comprender a todos que solamente la virtud es la que constituye al hombre como rey de sí mismo, y enseño a los que mandan que solamente la virtud, unida al recto saber, es la única que es digna y capaz de gobernar y regir a los demás, mientras que todas las demás dignidades, sin la virtud, son cosas peligrosas y que más bien hay que lamentar…
Hija mía, haz eco a mis reparaciones y sigue poniendo atención a mis penas.”
Amor mío, veo que Pilatos, viéndote tan malamente reducido, se siente estremecer, y todo conmovido exclama:
“¿Pero es posible tanta crueldad en los corazones humanos? ¡Ah, no era esta mi voluntad al condenarlo a los azotes!”
Y queriendo liberarte de las manos de tus enemigos, para poder encontrar razones más convenientes, todo hastiado y apartando la mirada, porque no puede sostener tu visión excesivamente dolorosa, vuelve a interrogarte:
“Pero dime, ¿qué has hecho? Tu gente te ha entregado en mis manos …Dime, ¿Tú eres Rey? ¿Cuál es tu reino?”.
A estas preguntas de Pilatos, Tú oh Jesús mío, no respondes, y abstraído piensas en salvar mi pobre alma, a costa de tantas penas… Y Pilatos, no viéndose respondido, añade:
“¿No sabes que en mi poder está el liberarte o el condenarte?”.
Pero Tú, oh amor mío, queriendo hacer resplandecer en la mente de Pilatos la luz de la verdad, le respondes:
“No tendrías ningún poder sobre Mí si no te viniera de lo Alto; pero aquellos que me han entregado en tus manos han cometido un pecado más grande aún que el tuyo.”
Entonces Pilatos, como movido por la dulzura de tu voz, indeciso como está y con el corazón en turbulencia, creyendo que los corazones de los judíos fuesen más piadosos, se decide a mostrarte desde la terraza, esperando que se muevan a compasión al verte tan destrozado, y poderte así liberar.
Dolorido Jesús mío, mi corazón desfallece viéndote seguir a Pilatos…
Fatigosamente caminas, encorvado y bajo esa horrible corona de espinas; la sangre marca tus pasos, y saliendo fuera oyes el gentío tumultuoso que aguarda con ansiedad tu condena.
Y Pilatos, imponiendo silencio para captar la atención de todos y hacerse escuchar por todos, con visible repugnancia toma los dos extremos de la púrpura que te cubre el pecho y los hombros, los levanta para hacer que todos vean a qué estado has quedado reducido, y dice en voz alta:
“¡Ecce Homo! ¿He aquí al Hombre! ¡Miradlo, no tiene ya aspecto de hombre! ¡Observad sus llagas; ya no se le reconoce! Si ha hecho mal, ya ha sufrido bastante, demasiado. Y yo estoy arrepentido de haberle hecho tanto sufrir; dejémoslo libre…”
Jesús, amor mío, déjame que te sostenga, pues veo que vacilas bajo el peso de tantas penas …
Ah, en este momento solemne se va a decidir tu suerte. A las palabras de Pilatos se hace un profundo silencio en el Cielo, en la tierra y en el infierno…
Y en seguida, como una sola voz, oigo el grito de todos: “¡Crucificalo, crucificalo! ¡A toda costa lo queremos muerto!”.
Vida mía Jesús, veo que te estremeces… El grito de “Muerte” desciende a tu Corazón, y en esas voces oyes la
voz de tu amado Padre que te dice: “¡Hijo mío, te quiero muerto, y muerto crucificado!” Y ah, oyes también a tu querida Mamá que, aunque traspasada, desolada, hace eco a tu amado Padre:
“¡Hijo… te quiero muerto!” Los Angeles y los Santos, así como el infierno, gritan todos con voz unánime: “¡Crucifícalo, crucificalo!”
De manera que no hay nadie que te quiera vivo. Y, ay, ay, con mi mayor confusión, dolor y asombro, también yo me veo forzada por una fuerza suprema a gritar: “¡Crucificalo!”.
¡Jesús mío, perdóname si también yo, miserable alma pecadora, te quiero muerto! Sin embargo, ah Jesús, te ruego que me hagas morir contigo…
Y mientras Tú, oh destrozado Jesús mío, pareces decirme, movido por mi dolor:
“Hija mía, estréchate a mi Corazón y toma parte en mis penas y en mis reparaciones… El momento es solemne: Se debe decidir entre mi muerte o la muerte de todas las criaturas.
En este momento dos corrientes chocan en mi Corazón. En una están todas las almas que, si me quieren muerto, es porque quieren hallar en Mí la Vida, y así, al aceptar Yo la muerte por ellas, son absueltas de la condenación eterna y las puertas del Cielo se abren para admitirlas.
En la otra corriente están aquellas que me quieren muerto por odio y como confirmación de su condenación… y mi Corazón está lacerado y siente la muerte de cada una de éstas y sus mismas penas del infierno…
Mi Corazón no soporta estos acerbos dolores; siento la muerte en cada latido, en cada respiro, y voy repitiendo:
“¿Por qué tanta sangre será derramada en vano? ¿Por qué mis penas serán inútiles para tantos?
¡Ah hija, sosténme, que ya no puedo más… Toma parte en mis penas y tu vida sea un continuo ofrecimiento para salvar las almas y para mitigarme penas tan desgarradoras.
“Corazón mío, Jesús, tus penas son las mías, y hago eco a tu reparación…
Pero veo que Pilatos queda atónito, y se apresura a decir: “¿Cómo? ¿Debo crucificar a vuestro Rey?
¡Yo no encuentro culpa para condenarlo!” Y los judíos, llenando el aire, gritan:
“¡No tenemos otro rey que el César, y si tú no lo condenas, no eres amigo del César! ¡Quita, quita, crucificalo, crucifícalo!”.
Pilatos, no sabiendo ya que más hacer, por temor a ser destituido, hace traer un recipiente con agua y lavándose las manos dice:
“Soy inocente de la Sangre de este Justo”. Y te condena a muerte. Y los judíos gritan: “¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
Y viéndote condenado, estallan en una fiesta, aplauden, silban, gritan…
Y mientras, Tú, oh Jesús, reparas por aquellos que, hallándose en el poder, por temor vano y por no perder su puesto, pisotean hasta las leyes más sagradas, no importándoles la ruina de pueblos enteros, favoreciendo a los impíos y condenando a los inocentes.
Yreparas también por aquellos que después de la culpa, instigan a la Cólera Divina a castigarlos.
Pero mientras reparas por todo esto, el Corazón te sangra por el dolor de ver al pueblo escogido por ti, fulminado por la maldición del Cielo… que ellos mismos con plena voluntad han querido, sellándola con tu Sangre, que han imprecado…
Ah, el Corazón se te parte, déjame que lo sostenga entre mis manos, haciendo mías tus reparaciones y tus penas…
Pero el amor te empuja aun más alto… y ya con impaciencia buscas la Cruz…
por Makf | 7 Ene, 2026 | 24 Horas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
Autora: Luisa Piccarretta
Atormentado Jesús mío, mi pobre corazón atormentado te sigue entre angustias y penas, y viéndote vestido de loco y sabiendo quién eres Tú, Sabiduría infinita, que das a todos el juicio, me siento enloquecer y exclamo:
¿Cómo? ¿Jesús… loco? ¿Jesús… malhechor? ¡Y ahora vas a ser pospuesto a un gran malhechor: a Barrabás!
Jesús mío, Santidad infinita, ya te encuentras otra vez ante Pilatos, y éste, al verte tan malamente reducido y vestido de loco, y sabiendo que tampoco Herodes te ha condenado, se indigna aún más contra los judíos y más se convence de tu inocencia y confirma que no quiere condenarte, pero queriendo contentar en algo a los judíos, y como para aplacar el odio, el furor, la rabia y la sed que tienen de tu sangre, te propone a ellos junto con Barrabás…
Pero los judíos gritan: “¡No queremos libre a Jesús, sino a Barrabás!” Entonces Pilatos, no sabiendo ya qué hacer para calmarlos, te condena a la flagelación.
Despreciado Jesús mío, el corazón se me hace pedazos al ver que mientras que los judíos se ocupan de ti para hacerte morir, Tú, concentrado en ti mismo, piensas en dar la vida por todos la Vida… Y poniendo yo atención en mis oídos, te oigo que dices:
“Padre Santo, mira a tu hijo vestido de loco… Esto te repare por la locura de tantas criaturas caídas en el pecado. Esta vestidura blanca sea en tu presencia como la disculpa por tantas almas que se visten con la lúgubre vestidura de la culpa…
¿Ves, oh Padre, el odio, el furor, la rabia que tienen contra Mí, que les hace perder casi la luz de la razón? ¿Ves la sed que tienen de mi sangre? Pues Yo quiero repararte por todos los odios, las venganzas, las iras, los homicidios, e impetrar para todos la luz de la razón. Mírame de nuevo, Padre mío.
¿Puede haber un insulto mayor? Me han pospuesto al gran malhechor… Y yo quiero repararte por las posposiciones que se hacen… ¡Ah, todo el mundo está lleno de estas posposiciones!
Hay quien nos pospone a un vil interés; quien, a los honores; quien, a las vanidades; quien, a los placeres, a los apegos, a las dignidades, a comilonas y embriagueces y hasta al mismo pecado; y todas las criaturas por unanimidad e incluso hasta en la más pequeña cosa, nos posponen…
Y Yo estoy dispuesto a aceptar ser pospuesto a Barrabás para reparar por las posposiciones que nos hacen las criaturas.”
Jesús mío, me siento morir de dolor y de confusión al ver tu grande amor en medio de tantas penas, al ver el heroísmo de tus actitudes en medio de tantas penas e insultos…
Tus palabras, tus reparaciones, repercuten en mi corazón y forman otras tantas heridas, y en mi amargura repito tus plegarias y tus reparaciones… y ni siquiera un instante puedo separarme de ti, de lo contrario, se me escaparían muchas cosas de todo lo que haces Tú…
Pero ahora, ¿qué veo? Los soldados te llevan a una columna para flagelarte. Amor mío, yo te sigo; y Tú, con tu mirada de amor mírame y dame la fuerza para asistir a tu dolorosa flagelación…
Purísimo Jesús mío, ya estás junto a la columna. Los soldados, con ferocidad te sueltan para atarte a la columna, pero no les es suficiente, te despojan de tus vestiduras para hacer cruel carnicería de tu santísimo cuerpo…
Amor mío y vida mía, me siento desfallecer de dolor viéndote casi desnudo. Te estremeces de pies a cabeza y tu santísimo rostro se tiñe de virginal pudor, y es tan grande tu confusión y tu agotamiento que no sosteniéndote en pie, estás a punto de desplomarte a los pies de la columna…
Pero los soldados, sosteniéndote, no por ayudarte sino para poderte atar, no dejan que caigas… Ya toman las sogas y te atan los brazos, pero con tanta fuerza que en seguida se hinchan y de los dedos te brota sangre.
Después, en torno a la columna pasan sogas que sujetan tu santísima persona hasta los pies, tan apretadamente que no puedes ni siquiera hacer un movimiento… y así poder ellos desenfrenarse sobre ti libremente.
Despojado Jesús mío, permíteme que me desahogue, pues de lo contrario no podré continuar viéndote sufrir tanto… ¿Cómo? Tú, que vistes a todas las cosas creadas, al sol de la luz, al cielo de estrellas, a las plantas de hojas y de flores y a los pajarillos de plumas…
Tú, ¿desnudo? ¡Qué osadía, qué atrevimiento! Pero mi amantísimo Jesús, con la luz que irradia de sus ojos, me dice: “Calla, oh hija.
Era necesario que Yo fuese desnudado para reparar por tantos que se despojan de todo pudor, de candor y de inocencia; que se desnudan de todo bien y virtud y de mi Gracia, y se visten de toda brutalidad, viviendo a la manera de las bestias.
En mi virginal confusión quise reparar por tantas deshonestidades y lascivias y placeres bestiales… Pero sigue atenta a todo lo que hago, ora y repara conmigo y… cálmate.”
Despojado Jesús, tu amor pasa de exceso en exceso. Veo que los verdugos toman los flagelos y te azotan sin piedad, tanto, que todo tu santísimo cuerpo queda lívido; y con tanta ferocidad y furor te golpean que están ya cansados, pero otros dos verdugos los sustituyen… toman otros flagelos y te azotan tanto que en seguida comienza a chorrear sangre de tu santísimo cuerpo a torrentes… y lo continúan golpeando todo, abriendo surcos… haciéndolo todo una llaga.
Pero aún no les basta, otros dos continúan, y con nuevos flagelos más agudos y pesados prosiguen la dolorosa carnicería.
A los primeros golpes esas carnes llagadas se desgarran y a pedazos caen por tierra; los huesos quedan al descubierto y la sangre chorrea y cae al suelo formando un verdadero lago en torno a la columna…
Jesús, flagelado amor mío, mientras te encuentras bajo esta tempestad de golpes me abrazo a tus pies para poder tomar parte en tus penas y quedar toda cubierta con tu preciosísima Sangre.
Y cada golpe que recibes es una nueva herida para mi corazón, y mucho más, pues poniendo atención en mis oídos, percibo tus ahogados gemidos, los cuales no se escuchan bien porque la tempestad de golpes ensordece el ambiente, y en esos gemidos oigo que dices:
“Vosotros, todos los que me amáis, venid a aprender del heroísmo del verdadero amor; venid a saciar en mi sangre la sed de vuestras pasiones, la sed de tantas ambiciones, de tantos deseos de placeres… de tanta sensualidad.
En esta sangre mía hallaréis el remedio para todos vuestros males.” Y con tus gemidos continúas:
“Mírame, oh Padre, hecho todo una llaga bajo esta tempestad de golpes, pero no me basta, pues quiero formar en mi cuerpo tantas llagas que en el Cielo de mi Humanidad sean suficientes moradas para todas las almas, de modo que conforme en Mí mismo su salvación, para hacerlos pasar luego al Cielo de la Divinidad…
Padre mío, cada golpe de flagelo repare ante ti, una por una, cada especie de pecado, y al golpearme a Mí, sean excusa para quienes los cometen…
Que estos golpes golpeen los corazones de las criaturas y les hablen de mí amor por ellas, tanto que las forcen a rendirse a Mí.”
Y mientras así dices, es tan grande tu amor que incitas casi a los verdugos a que te azoten aún más. Descarnado Jesús mío, tu amor me aplasta y me siento enloquecer. Y aunque tu amor no está cansado, los verdugos no tienen. ya más fuerzas y no pueden proseguir tan dolorosa carnicería…
Te sueltan las cuerdas, y Tú, casi muerto, caes en tu propia sangre. Y al ver los pedazos de tus carnes te sientes morir de dolor, pues ves en esas carnes arrancadas de ti a las almas perdidas… y es tan inmenso tu dolor que agonizas en tu propia sangre.
Jesús mío, déjame que te tome entre mis brazos para restaurarte un poco con mi amor.
Te beso, y con mi beso encierro a todas las almas en ti; así ninguna se perderá… Y mientras tanto, Tú me bendices…