Aunque ya no es un tema tan debatido en los países secularizados, pues la mayoría es indiferente y ni siquiera sabe qué significa lo de la infalibilidad, suele ser todavía motivo de ataque a la Iglesia en países sometidos a una agresión constante e intensa por parte de las sectas.Estas hacen de este asunto y de la virginidad de María casi sus únicos argumentos para criticar a la Iglesia.Por desgracia, sin embargo, los ataques más frecuentes e intensos proceden del interior de la propia Iglesia, de teólogos y sacerdotes que han perdido la fe de la Iglesia, al menos en este punto.Conviene, pues, tener claro de dónde procede este dogma y cuáles son sus implicaciones.
Enseñanza del Catecismo: “La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad objetiva de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de infalibilidad en materia de fe y costumbres. El ejercicio de este carisma puede revestir varias modalidades” (nº 890). “El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo episcopal cuando ejerce el magisterio supremo con el sucesor de Pedro, sobre todo en un concilio ecuménico (LG 25; cf Vaticano I: DS 3074). Cuando la Iglesia propone por medio de su Magisterio supremo que algo se debe aceptar ‘como revelado por Dios para ser creído’ (DV 10) y como enseñanza de Cristo, ‘hay que aceptar sus definiciones con la obediencia de la fe’ (LG 25). Esta infalibilidad abarca todo el depósito de la Revelación divina (cf LG 25)” (nº 891). “La asistencia divina es también concedida a los sucesores de los apóstoles, cuando enseñan en comunión con el sucesor de Pedro (y, de una manera particular, al obispo de Roma, Pastor de toda la Iglesia), aunque, sin llegar a una definición infalible y sin pronunciarse de una ‘manera definitiva’, proponen, en el ejercicio del magisterio ordinario, una enseñanza que conduce a una mejor inteligencia de la Revelación en materia de fe y de costumbres. A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben ‘adherirse con espíritu de obediencia religiosa’ (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él” (nº 892). “El grado supremo de la participación en la autoridad de Cristo está asegurado por el carisma de la infalibilidad. Esta se extiende a todo el depósito de la revelación divina (cf LG 25); se extiende también a todos los elementos de doctrina, comprendida la moral, sin los cuales las verdades salvíficas de la fe no pueden ser salvaguardadas, expuestas u observadas” (nº 2035). Otros textos: “Algunos piensan que eliminado el primado la unidad se recompondría. No es así, dejaría de existir” (Pablo VI). “Cuando hice preguntas a mi Iglesia anglicana sobre la vida que vivía bajo su tutela, no me dio respuestas. Sólo me dijo que me quedara tranquilo, pero eso no me bastaba; un alma no se satisface eternamente con dulzura, suaves murmullos e himnos; y la libertad que disfrutamos resulta ser una esclavitud más intolerable que las cadenas más pesadas. Yo no quería ir por un camino tras otro, según mis deseos: quería saber cuál era el camino que Dios deseaba que recorriera. No quería ser libre para dar la espalda a la verdad; quería una verdad que me hiciera libre. No ansiaba los espaciosos caminos placenteros, sino el angosto Camino que es Verdad y Vida. Y para todas esas cosas mi antigua Iglesia no me servía de ayuda” (Robert Hugh Benson. "Confesiones de un converso"). Argumentación: Ante todo, conviene tener clara qué es la infalibilidad del Papa, cuál es su origen y por qué es instituida por Cristo. El Papa es infalible –o, lo que es lo mismo, no puede equivocarse- cuando solemnemente y bajo determinadas condiciones promulga y declara una enseñanza en materia de fe o de moral. Por lo tanto, la infalibilidad papal no implica que el Papa no pueda pecar, pues está relacionada con su enseñanza (un profesor puede estar enseñando la verdad, en matemáticas por ejemplo, y ser un malvado). Tampoco implica que el Papa tenga la razón siempre (en temas de tipo político, por ejemplo), ni siquiera en temas de tipo estrictamente religioso. Sólo es infalible, tal y como indica el Catecismo, cuando de una manera explícita, hablando como Pastor supremo de la Iglesia, dice que esa enseñanza en concreto es algo “revelado por Dios para ser creído”. En esos casos, se dice que el Papa habla “ex cátedra”. Son pocas las ocasiones en que esto se ha producido. En los últimos siglos sólo se han proclamado tres dogmas de fe: uno precisamente sobre la infalibilidad (Concilio Vaticano I, 18 de julio de 1870), otro sobre la Concepción Inmaculada de María (8 de diciembre de 1854) y el tercero sobre la Asunción de María al Cielo (1 de noviembre de 1950). Por lo tanto, en contra de lo que muchos afirman, el recurso a la infalibilidad ha sido utilizado en poquísimas ocasiones por los Pontífices. La infalibilidad papal –y de los obispos unidos a él- fue algo querido por el propio Cristo, cuando encarga a San Pedro que gobierne la Iglesia y que confirme en la fe a sus hermanos, los demás apóstoles (cf. Jn 1, 42; Mc 3, 16; Mt 16, 18-19; Jn 21, 15-17; Lc 10, 16; Lc 22, 31-32). Está unida a una especial asistencia del Espíritu Santo. Aunque fue proclamada en el siglo XIX, eso no significa que existiera sólo desde entonces; significa que sólo entonces se proclamó formal y obligatoriamente la necesidad de creer en ella, pero desde el principio se había asumido como una verdad de fe, aunque no sin controversias. El motivo es evidente: en cualquier empresa o institución, es preciso que alguien tenga la última palabra cuando la discusión y los distintos pareceres no permiten adoptar de manera unánime un comportamiento. También en la Iglesia ha sucedido y sucede esto. Desde sus inicios, debido a que está formada por hombres, se han dado interpretaciones diversas y a veces radicalmente opuestas a cuestiones decisivas (la naturaleza de Cristo, por ejemplo: si era verdadero Dios y si era verdadero hombre). Una y otra vez se producían divisiones en el seno de la comunidad y cada una de las partes argumentaba con interpretaciones de la Escritura que parecían tener toda la verdad. Era necesario acudir a un arbitraje, a alguien que tuviera la última palabra. Ese alguien, querido por Cristo, es el sucesor de Pedro, el obispo de Roma, el Papa. Los que rechazan la infalibilidad pontificia parecen olvidar que si no hubiera sido por ella no tendríamos la fe que tenemos, no creeríamos que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, por hablar de algo en lo que coinciden la mayoría de las Iglesias. De hecho, cuando se ve la deriva que se está produciendo en la mayor parte de las Iglesias no católicas, arrastradas por el huracán del relativismo y del hedonismo, se aprecia muchísimo más el gran don que es la figura del Papa y su capacidad para poner luz en medio de la confusión mediante este dogma extraordinario. Algunos, incluso, como Robert Hugh Benson o como Chesterton, se vieron atraídos por el catolicismo precisamente por eso. Por último, hay que aclarar, como indica el Catecismo (nº 892), que aunque no todas las enseñanzas del papa o de los obispos en comunión con él gozan del carácter de “infalibles”, éstas deben ser acatadas “con espíritu de obediencia religiosa”, pues son enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y, sin ser dogmas de fe, vienen avaladas por las palabras de Cristo:
“Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha” (Lc 10, 16).
Una y otra vez, los medios de comunicación del mundo se hacen eco, con gran despliegue, de determinados delitos cometidos por sacerdotes o de las compensaciones millonarias que las Diócesis deben pagar a las víctimas de éstos.
Además, y por si fuera poco, en cualquier conversación con un anticlerical surge la cuestión de la Inquisición o de las Cruzadas y, si el anticlerical es latino, no falta el tema de la masacre organizada por los españoles en América y supuestamente avalada por los misioneros.
Parece como si la Iglesia no hubiera cometido, en sus dos mil años de Historia, más que desmanes.
Enseñanza del Magisterio:
“Mientras que Cristo, santo, inocente, sin mancha, no conoció el pecado, sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo, la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación.
Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores (cf 1Jn 1, 8-10).
En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos (cf Mt 13, 24-30). La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación.
La Iglesia es, pues, santa aunque abarque en su seno pecadores; porque ella no goza de otra vida que de la vida de la gracia; sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida se santifican; si se apartan de ella, contraen pecados y manchas del alma, que impiden que la santidad de ella se difunda radiante.
Por lo que se aflige y hace penitencia por aquellos pecados, teniendo poder de librar de ellos a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo” (Catecismo. nº 763).
“¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios.
Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo.
¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él!
¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra!
¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías!
¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él!
¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia!
¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas!
También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón.
No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).” (Cardenal Ratzinger. Viacrucis de 2005. Novena estación).
“¡Perdonemos y pidamos perdón! A la vez que alabamos a Dios, que, en su amor misericordioso, ha suscitado en la Iglesia una cosecha maravillosa de santidad, de celo misionero y de entrega total a Cristo y al prójimo, no podemos menos de reconocer las infidelidades al Evangelio que han cometido algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio.
Pidamos perdón por las divisiones que han surgido entre los cristianos, por el uso de la violencia que algunos de ellos hicieron al servicio de la verdad, y por las actitudes de desconfianza y hostilidad adoptadas a veces con respecto a los seguidores de otras religiones.
Confesemos, con mayor razón, nuestras responsabilidades de cristianos por los males actuales. Frente al ateísmo, a la indiferencia religiosa, al secularismo, al relativismo ético, a las violaciones del derecho a la vida, al desinterés por la pobreza de numerosos países, no podemos menos de preguntarnos cuáles son nuestras responsabilidades.
Por la parte que cada uno de nosotros, con sus comportamientos, ha tenido en estos males, contribuyendo a desfigurar el rostro de la Iglesia, pidamos humildemente perdón.
Al mismo tiempo que confesamos nuestras culpas, perdonemos las culpas cometidas por los demás contra nosotros. En el curso de la historia los cristianos han sufrido muchas veces atropellos, prepotencias y persecuciones a causa de su fe.
Al igual que perdonaron las víctimas de dichos abusos, así también perdonemos nosotros.
La Iglesia de hoy y de siempre se siente comprometida a purificar la memoria de esos tristes hechos de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el jubileo se transforma para todos en ocasión propicia de profunda conversión al Evangelio.
De la acogida del perdón divino brota el compromiso de perdonar a los hermanos y de reconciliación recíproca”. (Juan Pablo II, homilía en la Misa de la Jornada del Perdón. 12 de marzo de 2000).
“Creemos que la Iglesia es santa, pero en ella hay hombres pecadores.
Es necesario rechazar el deseo de identificarse solo con aquellos que no tienen pecado. ¿Cómo podría la Iglesia excluir de sus filas a los pecadores?
Es por la salvación de ellos que Jesús se ha encarnado, ha muerto y resucitado. Es necesario aprender a vivir con sinceridad la penitencia cristiana”. (Benedicto XVI, 26 de mayo de 2006).
Argumentación:
La Iglesia no oculta el pecado de sus miembros, de todos sus miembros a excepción de su fundador –Jesucristo- y de su Madre –la Santísima Virgen María-. Nunca lo ha hecho.
Nunca ha pretendido ser una institución formada por “perfectos” y abierta sólo a “perfectos”. De hecho, calificó de herejes a los que eso buscaban –los cátaros-.
Por lo tanto, lo primero que tenemos que decir es que, efectivamente, la Iglesia está constituida por pecadores y que eso precisamente hace posible que los que se consideran a sí mismos pecadores tengan cabida en ella.
Eso no significa que la Iglesia sea pecadora. La Iglesia es santa, aunque muchos de sus miembros sean pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo. Es santa en María.
Es santa en los miles y miles de santos que, aun habiendo sido pecadores, se convirtieron y gozan ya de la visión de Dios en el Cielo –la Iglesia triunfante, que es una parte importantísima de la Iglesia-.
Es santa también en aquellos que aún peregrinan en la tierra y están luchando para ser mejores, levantándose cada vez que caen, tanto si esas caídas son pequeñas o grandes –la Iglesia militante, formada por todos los católicos vivos-.
Por eso no es correcto decir que la Iglesia es santa y pecadora a la vez. La Iglesia sólo es santa, aunque muchos de sus miembros sean pecadores.
El no ocultar la realidad del pecado dentro de la Iglesia no la convierte a esta en pecadora. Sería tal si ella, como institución, estuviera promoviendo el pecado, amparando el pecado, justificando el pecado; en ese caso se habría convertido en un instrumento de pecado y sí sería pecadora. Pero si eso ocurriera habría dejado de ser la Iglesia de Jesucristo.
La Iglesia, por lo tanto, no comete pecados. Algunos –o muchos- de sus miembros sí los cometen. Y no es lo mismo una cosa que otra. Además, no es coincidencia que el aluvión de acusaciones contra la Iglesia se deba, precisamente, a que se niega a convertirse en un “instrumento de pecado”.
Porque no quiere ser esto es por lo que la acusan de pecadora y airean los pecados de sus miembros. Por ejemplo, porque la Iglesia no acepta la homosexualidad como algo normal y por lo tanto legítimo, es por lo que se publican los pecados de homosexualidad de algunos sacerdotes.
Si la Iglesia diera por buenos pecados como el aborto, el matrimonio de los divorciados, la manipulación genética de seres humanos, el uso revolucionario de la violencia terrorista, etc, se acabaría la presión contra ella. Pero si así lo hiciera habría dejado de ser “santa”, porque se habría convertido en una institución que justifica el mal, que bendice el mal.
Por lo tanto, mientras ella condene el pecado, seguirá siendo santa, como lo es su cabeza, Jesucristo. Sólo cuando bendiga ese pecado dejará de serlo. Y los pecados de sus miembros, por muchos y graves que sean, no afectan ni afectarán a su santidad.
Según esto, cuando alguien acusa a la Iglesia de ser pecadora, debemos rechazarlo tajantemente. No lo es, ante todo, por la santidad de Cristo y de muchos de sus miembros. Pero, además, no lo es porque ella como institución creada por Cristo está al servicio de la santidad y en permanente lucha contra el pecado.
Hay que ayudar a los que atacan a la Iglesia a que se den cuenta precisamente de este detalle: que los ataques y los insultos contra ella se deben no a que haya miembros de la misma que son pecadores, sino a que ella no quiere llamar bueno a lo que es malo, santo a lo que es pecado.
Precisamente porque se niega a eso, a pesar de la enorme presión que recibe, es por lo que la Iglesia es santa.
Curiosamente, los que la llaman pecadora dejarían de hacerlo si realmente lo fuera; porque no lo es, porque está al servicio del bien y no del mal, es por lo que la acusan de serlo.
Otro aspecto que hay que destacar es el de la apertura de la Iglesia a los pecadores. Los que dicen que la Iglesia está llena de ellos deben considerarse a sí mismos perfectos, pues si fueran conscientes de que ellos también son pecadores no sentirían tanta aversión hacia el hecho de que en una institución tengan cabida personas con defectos.
La Iglesia, que ha sido tajante con el pecado, nunca ha expulsado de su seno a los pecadores.
Por el contrario, los ha acogido con amor de Madre, como el propio Cristo hizo. Lo que no ha hecho ha sido justificar su pecado, bendecirlo. Continuamente suenan en los oídos de los católicos las palabras de Cristo a la adúltera:
“Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más” (Jn 8, 11). Esta actitud de la Iglesia no debe ser vista como un gesto de complicidad con el pecado, sino como una mano extendida al pecador para que se levante de su postración, para que emprenda el camino de la conversión, confiando ante todo en la fuerza de la gracia, en la misericordia divina.
Por último, no hay que dejar de destacar, ante el que acusa a la Iglesia de pecadora, las casi infinitas obras buenas que la Iglesia como institución y sus miembros han llevado a cabo, tanto en el presente como en el pasado. Sólo una ceguera voluntaria puede dejar de ver esto.
Ahí están los monumentos artísticos de distinto tipo, la contribución a la civilización y, muy especialmente, las ingentes obras de caridad, así como la defensa de los derechos de los más débiles.
Curiosamente, es porque la Iglesia se obstina en hacer el bien defendiendo a los que nadie defiende –como es el caso de los niños no nacidos-, por lo que es tan atacada. Aunque eso no es nuevo. Por lo mismo la atacó Hitler, la atacó Stalin y la han atacado los distintos tiranos y asesinos de la historia.
Lo han hecho no sólo matando a millones de sus hijos, los mártires, sino ensuciando su nombre y pretendiendo confundir a base de calumnias a los hombres, para que aquella que es santa apareciera como pecadora, precisamente porque se obstina en ser fiel a Jesucristo, en ser instrumento de santificación en lugar de instrumento de pecado.
Con frecuencia se dice que la Iglesia no fue fundada por Jesucristo o que, en todo caso, éste no quería fundar este tipo de Iglesia, sino una más humilde, sin estructuras, sin poder.
Se dice que la Iglesia en realidad la fundó San Pablo, con un concepto más judío que cristiano, o que la fundaron después de las persecuciones romanas, como un instrumento al servicio del poder imperial para controlar a la nueva religión.
La Iglesia católica, tal y como la vemos ahora, no tendría nada que ver con la Iglesia de Cristo y sería, más que una estructura al servicio del Evangelio, una estructura de opresión que actuaría contra aquellos que están al servicio de los pobres y que quieren ser libres.
Enseñanza del Catecismo:
“El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia” (nº 763)
“El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino.
Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf Mt 19, 28; Lc 22,30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf Ap 21, 12-14).
Los Doce (cf Mc 6,7) y los otros discípulos (cf Lc 10, 1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder y también en su suerte (cf Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia” (nº 765)
“Cuando el Hijo terminó la obra que el Padre le encargó realizar en la tierra, fue enviado el Espíritu Santo el día de Pentecostés para que santificara continuamente a la Iglesia.
Es entonces cuando la Iglesia se manifestó públicamente ante la multitud; se inició la difusión del Evangelio entre los pueblos mediante la predicación” (nº 767)
“Para realizar su misión, el Espíritu Santo construye y dirige a la Iglesia con diversos dones jerárquicos y carismáticos” (nº 768)
“Desde el comienzo, Jesús asoció a sus discípulos a su vida (cf Mc 1, 16-20; 3, 13-19); les reveló el Misterio del Reino (cf Mt 13, 10-17); les dio parte en su misión, en su alegría (cf Lc 10, 17-20) y en sus sufrimientos (cf Lc 22, 28-30)” (nº 787)
“Nuestro Salvador, después de su resurrección, entregó la única Iglesia de Cristo a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran y la gobernaran.
Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él” (nº 816)
“Jesús es el enviado del Padre. Desde el comienzo de su ministerio, ‘llamó a los que él quiso y vinieron donde él. Instituyó Doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 13-14). Desde entonces, serán sus ‘enviados’ (es lo que significa la palabra griega ‘apostoloi’).
En ellos continúa su propia misión: ‘Como el Padre me envió, también yo os envío’ (Jn 20, 21; cf 13, 20; 17, 18). Por tanto, su ministerio es la continuación de la misión de Cristo: ‘Quien a vosotros recibe, a mí me recibe’, dice a los Doce (Mt 10, 40; cf Lc 10, 16)” (nº 858)
“Los apóstoles, para que continuase después de su muerte la misión a ellos confiada, encargaron mediante una especie de testamento a sus colaboradores más inmediatos que terminaran y consolidaran la obra que ellos empezaron.
Les encomendaron que cuidaran de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les había puesto para ser los pastores de la Iglesia de Dios. Nombraron, por tanto, de esta manera a algunos varones y luego dispusieron que, después de su muerte, otros hombres probados les sucedieran en el ministerio” (nº 861)
Argumentación:
Nadie funda algo para que no dure después de su muerte, para que muera con él. Sobre todo, si lo fundado tiene una misión que no puede desarrollarse totalmente durante la vida del fundador.
Todo el mundo quiere que su obra le sobreviva y muy especialmente si esa obra, por sus propias características, tiene un objetivo que va más allá del momento histórico en el que vive el que la ha fundado.
Esto, que vale para tantas cosas, vale, evidentemente, para la obra fundada por Cristo.
Son abundantes los textos evangélicos en los que se pone de manifiesto la voluntad de Jesús no sólo de fundar una Iglesia sino también de organizarla mediante un sistema jerárquico, puesto que sin esa estructura no habría podido ni funcionar ni sobrevivir.
Se puede objetar que esos textos fueron añadidos posteriormente precisamente por aquellos que querían justificar la existencia de la jerarquía de la Iglesia porque formaban parte de ella, pero, primero, esa objeción hay que demostrarla y, segundo, va contra el sentido común:
Si Cristo quería que, a su muerte, se siguiera predicando su mensaje, tenía necesariamente que organizar una estructura que le sobreviviera y esa estructura debía tener la suficiente autoridad como para poder hacer frente a los inevitables problemas con que se iba a encontrar la comunidad de sus discípulos.
Además, los textos que hacen referencia a la elección de los discípulos y a cómo quería el Señor que éstos estuvieran organizados, son tantos y tan importantes que no cabe pensar en que fueran añadidos posteriormente a su muerte; como prueba de la fidelidad con que los evangelistas transmitieron lo que Cristo había dicho y hecho, basta con un ejemplo:
No dudan en hablar de la triple negación de Pedro en la noche del Jueves Santo; puestos a inventar un relato que justificara la autoridad de Pedro sobre el grupo, tendrían que haber suprimido ese momento, que dejaba a Pedro muy mal parado.
Es verdad que San Pablo aportó a la Iglesia importantes conceptos estructurales y teológicos, pero esos conceptos no eran extraños a la fe que tenían los apóstoles y que ya estaban predicando antes de que Pablo se convirtiera, yendo precisamente a Damasco para “cazar” cristianos.
Además, la Iglesia nunca ocultó que sus raíces se hundían en la religión judía, pues el Antiguo testamento forma parte de su patrimonio espiritual y dogmático; pero Cristo, y así lo entendieron los primeros cristianos y también San Pablo, vino a llevar a su plenitud el mensaje contenido en el Antiguo Testamento, purificándolo a la vez de todas las adherencias que se le habían añadido y que no tenían su origen en Dios (por ejemplo, el excesivo respeto al sábado, la prohibición de ciertos alimentos o la situación de inferioridad de la mujer ).
La Iglesia, pues, es hoy la misma que ayer y que siempre: la obra de Cristo.
Los que dicen que no es verdad, lo hacen porque no les interesa escuchar lo que la Iglesia dice. Por ejemplo, cuando los seguidores de la teología de la liberación afirman que es una estructura de poder, opresora y corrupta, lo hacen porque la Iglesia no ha permitido que se justificara el uso de la violencia y ha rechazado que se uniera la fe católica con el marxismo.
Otros dicen lo mismo contra la Iglesia, pero por motivos diferentes: porque la Iglesia defiende la vida y está contra el aborto o porque no acepta que el hombre quede sometido a los instintos como si fuera sólo un animal.
En español decimos: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. Ese viejo refrán podríamos rescribirlo al revés, para aplicarlo a este caso: “Dime con quién no andas y te diré quién eres”.
La Iglesia no anda con los violentos, con los poderosos, con los hedonistas, con los relativistas; es normal, pues, que éstos la ataquen; pero el hecho de que lo hagan, es la mejor garantía de que está siendo fiel a Jesucristo, que también murió crucificado por los que no estaban contentos con su mensaje.
Apologética es la parte de la Teología que busca explicar lo que creemos y hacemos como católicos y, asimismo, expone los errores que van contra la fe católica para proteger la integridad de la fe.
Esta “asignatura” teológica tuvo su esplendor durante la época de las grandes controversias, tanto contra los enemigos de la Iglesia como contra los herejes.
Después del Vaticano II fue relegada casi al olvido, pensando en que no había necesidad de ella, en una época marcada por el diálogo. Sin embargo, los ataques de las sectas por un lado y del secularismo laicista por otro, han vuelto a poner de manifiesto su utilidad.
No se trata de argumentar agresivamente contra nadie, ni siquiera contra los que así hacen contra nosotros, sino de saber dar una respuesta racional y coherente de las verdades en las que creemos.
¿Qué es Apologética?
Como se ha dicho, la Apologética es la defensa de la fe y la moral católica desde una perspectiva teológica y, por lo tanto, argumentativa.
Por extensión, se podría considerar Apologética a otras iniciativas, como las de defender a la Iglesia llevando a los tribunales a quienes la injurian o a quienes insultan a Cristo y a la Virgen.
Sin embargo, en lo que a este tratado concierne, vamos a considerar la Apologética desde su primera acepción: la defensa intelectual de las verdades de fe y de las reglas éticas inspiradas en el Evangelio.
La naturaleza de la Apologética hace que sea eminentemente defensiva, lo cual le da un carácter que a algunos le puedes parecer poco atractivo.
No es una rama de la Teología destinada a proponer las verdades de la fe, como pueda ser la Dogmática, la Mariología, la Moral o las distintas disciplinas bíblicas. Sin embargo, como es lógico, se basa en ellas para extraer los argumentos que va a necesitar para defender y justificar las enseñanzas de la Iglesia.
Pero, además y en algún caso, recurre a otras fuentes, externas incluso a la Teología, para aportar datos y argumentos que demuestren la fortaleza intelectual de las posturas de la Iglesia –por ejemplo, cuando se acude a la Biología para confirmar que el embrión es un verdadero ser humano-.
Su carácter defensivo hace que la Apologética se vea limitada a la defensa de los temas en que se está centrando la controversia, con lo cual deja muchísimos otros sin tratar (hoy, por ejemplo, no hay necesidad de justificar el rechazo de la Iglesia a la esclavitud, porque, teóricamente, todo el mundo la rechaza).
La Apologética no es, pues, un buen método para conocer el conjunto de las verdades de fe o de la moral católica; no es una síntesis de la misma, una especie de catecismo resumido que poder ofrecer a los que están interesados por el cristianismo; es un tratado defensivo, destinado a demostrar la racionalidad y la validez intelectual y moral de nuestros planteamientos y, si fuera posible, a convencer a otros para que se adhieran a los mismos.
Hay que dejar claro que si bien la Apologética tiene el objetivo de defender, de ningún modo tiene la misión de atacar los principios de nadie.
La Iglesia no ataca nunca. Se defiende de los ataques que recibe y expone de manera propositiva sus propias convicciones, pero sin que esta proposición revista nunca el carácter de ataque y agresividad de que nosotros somos objeto, tanto por las sectas como por el laicismo.
La Iglesia expone su fe y sus principios morales y reclama libertad para hacerlo y libertad para que los que quieran adherirse a ellos e integrarse en la comunidad católica puedan hacerlo, pero ni obliga a nadie ni tiene como objetivo desprestigiar las creencias de los demás pensando que así sus decepcionados fieles engrosarán las propias filas.
La proposición que hace la Iglesia de sus propias convicciones, incluso aunque a veces sea hecha de forma comparativa a las creencias de otros –por ejemplo, cuando se habla de la idea de Dios entre nosotros y de la idea de dios que hay en el hinduismo, o cuando se habla del matrimonio monogámico y se compara con el poligámico que tienen otras religiones- se intenta no herir los sentimientos de nadie, pues se tiene claro que, si no en todos los casos sí en muchos, en las demás religiones hay elementos de verdad que merecen respeto, por más que no esté en ellas la verdad plena, la cual se encuentra sólo y únicamente en la Iglesia católica, fundada por Cristo, que es la Verdad.
¿Cómo hacer Apologética?:
La Apologética, debido a su naturaleza defensiva, tiene una dificultad de origen: el peligro de la agresividad.
Responder a los que atacan sin recurrir a sus métodos no es fácil y, sin embargo, ahí reside buena parte de la fuerza católica: no hacer el mal a quien nos hace el mal, no responder con insultos a los que nos insultan, no pagar a nadie con la misma moneda del odio con que ellos nos pagan.
La Apologética, pues, tiene que estar dominada siempre por la paz, por la exposición pacífica y razonada de argumentos, de datos, de testimonios, de experiencias vitales.
Como toda defensa –basta con pensar en lo que es un partido de fútbol-, su primer objetivo es que los fieles católicos no tengan la impresión de que sus planteamientos de fe o de moral son ridículos, anticuados e incluso irracionales -volviendo al símil del partido de fútbol, el primer objetivo es que no te metan goles-, evitando así la fuga de esos fieles a las sectas o al laicismo ateo.
Sólo en un segundo momento –que hay que procurar que llegue- se intentará convencer al que ataca de que nuestro planteamiento es mejor que el suyo –se intentará meter un gol en la portería contraria-.
Así, pues, la Apologética tiene dos objetivos: uno dirigido a los propios católicos, para reforzar sus convicciones y ayudarles a que las defiendan con los necesarios recursos intelectuales, y otro dirigido a los enemigos de la Iglesia para hacerles ver que no tienen razón y que los planteamientos de la Iglesia son más correctos, más humanos, más verdaderos que los suyos.
El carácter defensivo de la Apologética exige –salvo que se quiera ir a una especie de suicidio anunciado- que se establezcan unas mínimas reglas de juego en el debate.
Una de ellas es la racionalidad de los argumentos y la exclusión de la agresividad. Otra –por ejemplo, de cara al diálogo con las sectas- es la utilización de unos instrumentos aceptados por todos, como es el caso de las traducciones bíblicas.
Así mismo, es preciso dejar claro que los juicios sobre los hechos históricos deben hacerse a la luz de los criterios de valoración moral que había cuando esos hechos se produjeron y no a la luz de los criterios que tenemos hoy –como cuando se tratan temas como el de la Inquisición o las Cruzadas-.
También hay que dejar claro que los comportamientos erróneos de algunos miembros de la institución no deben ser achacados al conjunto de los que pertenecen a ella, salvo que procedan directamente de sus enunciados teóricos –si la Iglesia predica la castidad y un cura comete un pecado de pederastia, la Iglesia no es responsable-.
A la vez, hay que pedirle a los que atacan que acepten que ellos pueden ser, a su vez, atacados -como cuando se le plantea a un laicista que se burla de la fe en la existencia de Dios la existencia en él de una incongruencia al no poder demostrar que Dios no existe-.
¿Cuándo hacer Apologética?
En los primeros siglos del cristianismo, en aquel contexto pagano o judío en el que se desenvolvía y desarrollaba nuestra fe, la Apologética se ejercitaba en los foros de debate intelectual –los ateneos, las academias, las sinagogas- y sólo más tarde –y con menos rigor ideológico- se extendió al resto de los ambientes –la familia, el trabajo, los amigos…-.
En nuestra época, tan parecida a aquella en muchas cosas, tenemos que volver a recuperar la presentación de nuestra fe en ambos ámbitos: los nuevos areópagos –los medios de comunicación, las universidades- y los clásicos –desde el hogar hasta los puestos de trabajo-.
Hoy es tan necesario como entonces formar a los católicos en los principios y argumentos básicos de la Apologética, en parte para que ellos no duden de su fe y en parte para que puedan intentar convencer a otros.
Sin embargo, no hay que olvidar que, por un lado, la Apologética es “defensa” y eso condiciona el momento de su ejercicio –no hay que ser los primeros en sacar los temas conflictivos, sino esperar a que sean los otros los que los saquen- y, por otro, que con argumentos, por muy bien trabados que estén desde el punto de vista intelectual, difícilmente se va a convencer a nadie o se le va a introducir en la Iglesia.
La fe se puede argumentar, justificar y defender, pero no suele ser ese el camino por el cual llega al corazón del hombre, por el cual se produce la conversión.
Por eso es imprescindible acompañar la Apologética con la oración y con el testimonio de una vida coherente con lo que se defiende.
Por otro lado, y siempre con respecto al “cuándo hacer Apologética”, hay que aprender a distinguir los momentos en que estamos siendo atacados y lo que hay detrás de los que nos atacan, con el fin de actuar de una manera o de otra.
Por ejemplo, no es lo mismo responder a una crítica contra la existencia del Dios-Amor basándose en la existencia del sufrimiento humano cuando esa crítica la hace un compañero de trabajo cargado de anticlericalismo, que cuando la hace una persona que está profundamente herida por la muerte de un hijo.
En un caso habrá que contestar con argumentos y en el otro quizá convenga guardar un respetuoso silencio o decir al que se está desahogando que más adelante ya hablaremos sobre el asunto.
¿Por qué hacer Apologética?
Los motivos para hacer frente a los que atacan a la Iglesia, a nuestra fe y a nuestros principios éticos, son, esencialmente, dos: la justicia y la gratitud.
La justicia, aunque tiene distintos apellidos –justicia distributiva, justicia conmutativa…- es esencialmente darle a cada uno lo que tiene derecho a recibir.
En este caso, podríamos decir que debemos defender a la Iglesia porque tiene derecho a ello, porque tiene la verdad y la verdad tiene derecho a ser defendida de los ataques que sufre.
Si no defendemos la verdad contenida en los enunciados doctrinales y morales de la Iglesia, cometemos una injusticia, pues dejamos que la verdad sea agredida y humillada por los que, no teniéndola, sí tienen sin embargo mejores aliados que propagan argumentos que o son totalmente falsos o, al menos, lo son parcialmente.
Además, esta defensa de la Iglesia nos interesa a nosotros mismos, pues somos parte de ella; por mucho que pensemos que no va con nosotros o con los nuestros, todo termina por afectarnos; si nos callamos porque no queremos líos ni queremos tomarnos la molestia de poner freno a los que atacan a la Iglesia, puede ser que nosotros mismos y no la Iglesia –o uno de los nuestros- seamos la próxima víctima.
El otro motivo es la gratitud. La Iglesia es nuestra madre y en ella nos hemos encontrado con el Cristo vivo.
Lo menos que podemos hacer por ella es salir en su defensa cuando es atacada desde tantos frentes, por unos –los laicistas- y por otros –las sectas-.
La mejor forma de demostrarle a Dios nuestro agradecimiento por el don que representa la Iglesia, por el hecho de que en ella le podemos encontrar en los sacramentos y que ella nos transmite fielmente la doctrina revelada por Cristo, es salir en su defensa cuando nos necesita.
Esos motivos deberían ser suficientes para tomarse en serio la Apologética.
Eso significa que no podemos pretender defender a la Iglesia sin la debida formación.
Es cierto que no todos tienen a su alcance la posibilidad de cursar varios años de Teología, pero hoy hay muchos libros divulgativos, escritos con un nivel accesible, que se pueden leer y en los que se pueden encontrar los argumentos básicos para hacer frente a los ataques más habituales.
Estos, por otro lado, no dejan de ser sólo un puñado, pues la mayoría de los que atacan a la Iglesia se mueve en un estrecho círculo de tópicos y casi todos ellos tienen menos argumentos de los que nosotros, con una lectura sencilla, podamos adquirir.
Además, siempre está el recurso a la “autoridad” –como decir: yo de eso no sé, pero si quieres te presento a un sacerdote con el que podrás debatir ese tema si te interesa-, que debemos utilizar cuando no tengamos argumentos suficientes, sin que eso nos sirva de excusa para no adquirirlos.
No podemos seguir asistiendo impasibles a los ataques a la Iglesia o a las blasfemias contra Dios, la Virgen o los santos.
Tampoco podemos limitarnos a mover la cabeza en señal de pesar, a criticar a los que lo hacen, a decir que alguien tendría que intervenir. Ese alguien es Dios y quiere hacerlo, necesita hacerlo, a través nuestro.
Él se merece que nos tomemos el pequeño esfuerzo de prepararnos para conseguirlo.
Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre.
Una de las mayores dudas que se crean con la figura de los santos es su capacidad de ser mediadores entre Dios y los hombres. Debido al pasaje bíblico de 1 Tim 2:5 muchos han hecho una interpretación errada. Ahí se dice: "porque hay un sólo Dios, y también un sólo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre".
La primera interpretación nos diría que no cabe duda de que solo Jesús es el mediador entre Dios y los hombres, por lo tanto, afirmar que la intercesión de los santos es posible sería algo anti-bíblico, pero, la realidad es que no la contradice.
Muchos de estas interpretaciones se basan en prejuicios contra la Iglesia y la gran mayoría de interpretadores fundamentalistas terminan contradiciéndose. Esto también se debe a la ignorancia sobre lo que enseña la Iglesia Católica.
En 1 Tim 2, 5 se utiliza la palabra "mesités" (mediador) y también en otros pasajes del Nuevo Testamento de la Biblia en griego, un término que mayormente aparece junto a "alianza": Jesús es el mediador de la nueva alianza.
Cuando en la parte final de 1 Tim 2, 5 se dice " Cristo Jesús hombre", se nota la intención del apóstol Pablo por demostrar que es como hombre que Jesús es capaz de ser el reconciliador y mediador para el hombre. Ya que el pecado vino de la desobediencia del ser humano el único que puede redimirlo deberá ser humano.
Algunos han querido utilizar este mensaje de Pablo para quitarle el oficio de mediadora a la Iglesia y añaden arbitrariamente la cita de Col 1,18: "Cristo es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia", pero el carácter de mediador en Jesús es parte de su función como hombre y no como cabeza de la Iglesia.
Es importante señalar que algo en lo que católicos y protestantes están de acuerdo sobre el texto es que Pablo subraya que Jesús es verdadero hombre y no sólo un mediador. El texto no va en contraposición de la Iglesia, salvo que se busque un quinto pie al gato.
Los siguientes comentarios tratan el término mediador:
"El que Cristo sea el único mediador no significa que haya terminado el papel de los hombres en la historia de la salvación.
La mediación de Jesús reviste acá abajo signos sensibles: son los hombres, a los que Jesús confía una función para con su Iglesia; incluso en la vida eterna asocia Jesucristo, en cierta manera, a su mediación los miembros de su cuerpo que han entrado en la gloria. (...)
Los que desempeñan no son, propiamente hablando, intermediarios humanos con una misión idéntica a la que tuvieron los mediadores del AT; no añaden una nueva mediación a la del único mediador: no son sino los medios concretos utilizados por éste para llegar a los hombres.
(...) Evidentemente, esta función cesa una vez que los miembros del Cuerpo de Cristo se han reunido con su cabeza en su gloria. Pero entonces, respecto a los miembros de la Iglesia que luchan todavía en la tierra, los cristianos vencedores ejercen todavía una función de otra índole.
Asociados a la realeza de Cristo (Rev 2,26s; 3,21; cf. 12,5; 19,15), que es un aspecto de su función mediadora, presentan a Dios las oraciones de los santos de acá abajo (5,8; 11,18), que son uno de los factores del fin de la historia." (Leon-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica)
"Los cristianos comparten la autoridad del rey de reyes, constituyéndose en mediadores sacerdotales en el mundo de la humanidad." ( Harrington, Revelation)
El cristiano cuando reza por otro o a un santo, su oración es en Cristo, no pensando que Cristo no tiene nada que ver en la oración.
Nuestra oración no excluye la mediación de Cristo sino que es una mediación participada de su mediación. Así, en la Escritura se demuestra como muchas cualidades de Dios se nos atribuyen a nosotros.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos indica (956):
Por el hecho que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad... no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra... Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad.
Muchos cristianos piensan que los santos y todos los que mueren ya no pueden rezar. Es un error increíble pensar que Dios no permita que el amor de los santos siga viviendo al rezar por sus seres amados pues se olvida que nuestro Padre es Dios de vivos, y no de muertos.
"Los cuatro vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos" (Ap 5,8).
La mediación de los santos es real y verdaderamente fuerte ya que ellos viven la Gloria de estar con Cristo en los Cielos, y siguiendo de nuevo al apóstol Pablo cuando dice:
"Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres (1 Tim 2,1)", los cristianos tenemos la necesidad de orar para vivir el amor reconciliador que nos enseñó Jesús al abrirnos las puertas de la Casa del Padre.