por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Diez organizaciones españolas hicieron público -en 2006- un acuerdo por la educación y libertad por el que se comprometen a defender de manera conjunta el derecho de los padres a elegir en libertad la educación que deseen para sus hijos.
Las organizaciones firmantes han difundido un documento titulado “El derecho de los padres a elegir la educación en libertad”, que recoge los principios básicos que fundamentan el derecho constitucional a la educación.
Era una reacción ante la ley del Gobierno socialista que atentaba contra el derecho de los padres a educar a sus hijos.
El documento explica, en primer lugar, en qué consiste el derecho de los padres a elegir, que posee dos vertientes inseparables:
“Es un derecho-prestación que legitima para recibir enseñanza, que es su objeto propio” y es un “derecho-libertad, que obliga a respetar la diversidad de los ciudadanos y la libertad de los padres a elegir escuelas distintas a las creadas por los entes públicos”.
El derecho a la educación sólo se satisface plena y propiamente cuando se cubren esas dos vertientes.
De ahí que todas estas organizaciones afirmen que “la educación no es un servicio público sino un servicio de interés general, que debe ser garantizado por las autoridades y que exige una oferta escolar plural.
La enseñanza pública y la privada son complementarias, ambas imprescindibles para la libertad de enseñanza.
Mientras más variadas sean las escuelas, más se perfecciona el derecho a elegir”.
Las organizaciones firmantes afirman en el documento hecho público que “los poderes públicos no tienen el derecho a educar a los ciudadanos porque ese derecho corresponde ante todo a los padres, a quienes se ha de asegurar la libertad de decidir el tipo de enseñanza que desean para sus hijos, sin más límites que los impuestos por el ordenamiento constitucional: el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales”.
El documento presentado por las organizaciones mencionadas explica los contenidos que se derivan de la libertad de enseñanza que reconoce nuestra Carta Magna:
- El derecho de los padres a decidir sobre el tipo de educación que quieren para sus hijos;
- El derecho de los padres a la gratuidad en los niveles básicos y obligatorios, tanto en primaria como en secundaria;
- El derecho de los padres a elegir centro docente, ya sea público o privado;
- El derecho de los centros privados a recibir fondos públicos, cuando reúnen los requisitos establecidos por la ley;
- El derecho a crear y dirigir centros educativos.
- El derecho a definir el carácter propio o ideario de los centros privados, que se extiende a los aspectos pedagógicos y organizativos, no sólo a los morales y religiosos.
Por otra parte, las organizaciones firmantes del documento han explicado que el derecho a la gratuidad es también un derecho constitucional de los padres, con independencia del tipo de centro y del modelo educativo que éstos elijan, siempre que los centros cumplan los requisitos establecidos por la ley.
El documento se refiere, además, a la aconfesionalidad del Estado, que le obliga “a mantenerse neutral ante las opciones religiosas o agnósticas de los ciudadanos”.
Eso implica que el Estado no puede obligar a que las convicciones de las familias queden fuera de la escuela.
El Estado tiene la obligación de “hacer posible la existencia de centros que respondan al pluralismo de los ciudadanos”, sin imponer ninguna ideología ni manipular la libertad.
El derecho a elegir implica, por otra parte, “la libertad de crear escuelas y de dirigirlas con autonomía”, lo que contribuye a un verdadero “pluralismo escolar que protege a cada persona y a la familia de un excesivo intervencionismo del Estado”.
Estas organizaciones consideran que, “en el caso de la escuela privada, el marco de referencia para la libre elección de los padres es el carácter propio del centro, que el titular garantiza como proyecto educativo coherente que compromete a cuantos forman la comunidad educativa”.
Pero también aseguran que “la escuela pública debería gozar de amplia autonomía para ofrecer también un proyecto docente plural a los padres”.
La natural diversidad, por tanto, no puede ser atendida adecuadamente con un modelo único de enseñanza, ni sería legítimo imponerlo.
El documento “El derecho de los padres a elegir la educación en libertad” se refiere también al papel de la iniciativa social, pues la experiencia de los países más avanzados muestra que “la gestión del sistema educativo es demasiado compleja como para que pueda ser asumida en exclusiva por las autoridades públicas”.
De acuerdo con el principio de subsidiariedad, las organizaciones que lo han presentado explican que las Administraciones educativas deben respetar la iniciativa social, lo que contribuirá, por otra parte, a aliviar la sobrecarga de las Administraciones, que así estarán “en mejores condiciones para proteger y respetar las libertades individuales, para mejorar los centros públicos y para atender aquellas necesidades a las que no llegue la iniciativa social”.
Por último, y con el fin de dotar al sistema educativo de mayor eficacia, estas organizaciones solicitan que se satisfagan las siguientes exigencias:
- Hacer posible la libertad real de elegir centro y lograr que los padres se involucren en la formación de sus hijos.
- Revalorizar la consideración social y económica de los profesores.
- Reforzar la autonomía de los centros educativos, tanto públicos como privados.
- Asegurar una educación personalizada que atienda a la diversidad de los alumnos.
- La presencia activa -participación- de los padres en todos los foros educativos: desde la escuela hasta los organismos más representativos del Estado.
Las organizaciones firmantes de este acuerdo por la educación y la libertad insisten en que el modelo único de enseñanza que propugna una educación pública “está anclado en el pasado y es regresivo”, pues la sociedad se mueve hacia un creciente pluralismo ideológico y cultural que el Estado ha de respetar.
Sobre este asunto se manifestó también la Conferencia Episcopal Española, declarando que la ley de educación (LOE) aprobada por el Gobierno era inaceptable.
En un comunicado que fue leído por el secretario de la Conferencia Episcopal, Juan Antonio Martínez Camino, se expresaba el desacuerdo de la Iglesia católica hacia la LOE, pues «recorta el derecho fundamental de los padres a decidir sobre la educación de sus hijos de acuerdo con sus convicciones religiosas, morales y pedagógicas».
Según el Episcopado, la LOE limita además «gravemente la libertad de la escuela católica y de las demás instituciones educativas de iniciativa social en el ejercicio de sus derechos a la educación».
Por otra parte, aseguró el padre Martínez Camino, «pone seriamente en peligro la enseñanza de la religión en la escuela y arbitra un nuevo estatuto de los profesores de religión que contradice la reiterada jurisprudencia del Tribunal Supremo”.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Cuando se intenta aprobar una ley -o se aprueba- que va en contra de algún principio moral católico, es frecuente escuchar este argumento:
“Por qué los católicos se molestan, si a ellos no se les obliga a que hagan eso?”.
O bien este otro:
“Son unos intolerantes, porque quieren imponer a los demás sus propias convicciones éticas”.
¿Qué decir, pues, cuando en nombre de la tolerancia se nos reclama silencio ante leyes inicuas?
España vivió recientemente una convulsión que culminó con una de las mayores manifestaciones populares que se han producido en este país.
Millón y medio de personas -entre los cuales había varios cardenales y obispos- recorrieron las calles de Madrid para protestar contra el Gobierno socialista.
Éste, presidido por Rodríguez Zapatero, acababa de aprobar una ley que equiparaba las uniones homosexuales con las familias y les daba, consiguientemente, el derecho a adoptar niños.
Fue la gota que desbordó un vaso ya lleno. Antes ese vaso había recibido ya otras leyes consideradas inicuas por los católicos, tales como el aborto, el “divorcio express” o la destrucción de embriones humanos en investigación.
Pero si la reacción de los católicos se podía resumir en un “basta ya”, que les hizo salir a la calle en una manifestación tan pacífica y festiva como multitudinaria, no ocurrió lo mismo con sus adversarios.
Pocos días después, y casi en el mismo escenario, tenía lugar una manifestación gay -muchísimo menos concurrida- que estuvo plagada de insultos contra la Iglesia.
Entre estos, estaba la acusación de intolerantes, acusación repetida hasta la saciedad en todos los medios de comunicación considerados “progresistas”, es decir, en la inmensa mayoría.
Esta es una grave acusación, especialmente en una época en que la “tolerancia” se contempla como una virtud esencial para la convivencia pacífica en una sociedad plural.
Ser etiquetado de intolerante va unido a ser considerado violento y fascista -nunca a ser considerado comunista, por más que esta dictadura haya sido aún más sangrienta que el fascismo-.
Pero, ¿qué se reclama con la “tolerancia”?
Lo que la izquierda reprocha a la Iglesia -incluida en ella tanto la jerarquía como los católicos que le son fieles- es que se opongan a la aprobación de leyes que permiten comportamientos contrarios a la ética cristiana.
Les escandaliza y ofende esta actitud porque esas leyes no obligan, sino que se limitan a legalizar, o en algún caso sólo a despenalizar, esos comportamientos.
Dicho de otro modo, como no se obliga a nadie a abortar, les resulta incomprensible que alguien se oponga al aborto.
Del mismo modo, consideran que no perjudica a la familia formada por un hombre y una mujer el hecho de que dos hombres o dos mujeres se unan civilmente y esa unión reciba la categoría de familia.
De este modo, ellos se presentan como tolerantes -porque no quieren obligar a los católicos a que lleven a cabo abortos o a que tengan relaciones homosexuales-, mientras que consideran a los seguidores de Cristo no sólo como retrógrados medievales sino como personas peligrosas para la convivencia, porque quieren imponer sus principios éticos a los demás.
Esta es su tesis y ahí reside el motivo de su creciente malestar e incluso odio contra la Iglesia.
Los insultos de la manifestación gay se explican desde ese punto de vista. ¿Qué decir a esto?
Primero: los católicos son ciudadanos como los demás y no ciudadanos de segunda. Por lo tanto, tienen el mismo derecho que los otros a ver reflejadas en leyes sus convicciones del tipo que sean.
Si un grupo lucha -respetando las reglas del estado de Derecho- para que el Parlamento apruebe la eutanasia, otro grupo tiene el mismo derecho a luchar por lo contrario, sin que por eso tenga que recibir insultos o descalificaciones.
Segundo: Es falso que las leyes contra las que protestan los católicos no afecten a nadie más que a los que las practican, al menos en la inmensa mayoría de los casos.
Es verdad que no obligan a nadie a abortar o a tener relaciones homosexuales, pero eso no significa que no haya víctimas inocentes: en un caso será el niño abortado y en otro el niño que puede ser adoptado por una pareja que no reúne las condiciones necesarias para darle la educación precisa.
Si el argumento de los progresistas se llevara a otros casos, como el terrorismo, nadie -excepto los directamente implicados- tendría que protestar, puesto que a nadie se le obliga a poner bombas.
¿Si a ti no te obligan a matar, por qué molestarte cuando otros matan?
¿No sería el rechazo del terrorismo, pues, un caso de intolerancia?. Claro que a esta comparación se le objeta que no es lo mismo matar a un adulto que a un feto.
Sin embargo, la ciencia indica con toda claridad que eso no es así y que el embrión es ya un ser humano diferente del padre y de la madre y, por lo tanto, poseedor del derecho a la vida, que es el primer y más básico de todos los derechos humanos.
¿Cómo callar, entonces, cuando en países como España han sido ya asesinados casi un millón de seres humanos desde que está en vigor la ley del aborto?
¿Se entendería que la Iglesia callase si, en vez de fetos, los asesinados hubieran sido adultos, incluso aunque estos hubieran sido delincuentes?
Y no es más grave matar a niños inocentes que a asesinos en serie?
La fuerza de este argumento está en el hecho de que esas conductas legalizadas para las que se pide tolerancia afectan a otras personas, aunque éstas sean “no nacidos”, como en el caso de los fetos. Pero, ¿qué decir de la eutanasia?.
Aparentemente, ahí los progresistas actúan cargados de razón: el daño es aplicado sobre uno mismo y por eso el rechazo católico a una ley que permita esta práctica es visto como un ejemplo de intolerancia absoluta y de intromisión insoportable en la libertad del ser humano.
Olvidan los que así piensan que incluso el daño que nos hacemos a nosotros mismos tiene un carácter social, pues cada uno de nosotros es miembro de la comunidad y, del mismo modo que se hiere a un padre cuando se golpea a su hijo, se hiere a la sociedad cuando se perjudica a uno de sus miembros o cuando éste lo hace consigo mismo.
Olvidan también que las víctimas de la eutanasia son en casi todos los casos enfermos o ancianos y que estos son muy fácilmente manipulables para conseguir que firmen su propia muerte.
Basta con someterles al castigo de la soledad o no darles la atención médica que necesitan.
Tercero: Hay otro argumento contra los que acusan a los católicos de intolerantes por luchar contra este tipo de leyes. Es el de que todo lo legal es visto por la mayoría de la gente como moralmente bueno.
En un corto plazo de tiempo, una vez aprobada una ley que encontró oposición incluso mayoritaria en la sociedad, el comportamiento permitido se convierte en aceptado socialmente, llegando incluso a verse como extraño el comportamiento contrario, por más que este no haya sido -de momento- prohibido.
Así, muchos que no hubieran abortado de estar prohibido el aborto, abortan ahora sin ser conscientes de la gravedad de lo que hacen.
O muchos que hubieran orientado su vida a la constitución de una familia, se dejan llevar por relaciones de otro tipo que ni les hacen bien a ellos ni a la sociedad.
O muchos que hubieran luchado por salvar su matrimonio se rinden a la primera dificultad y recurren al divorcio.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
En el capítulo anterior, también dedicado al “silencio de Dios”, es decir, a la aparente indiferencia de Dios ante el sufrimiento humano, veíamos que el gran argumento de nuestra fe en el amor de Dios al hombre lo encontramos en Cristo, en su nacimiento, muerte y resurrección.
Esa es la prueba máxima del amor de Dios, que no anula el misterio ni contesta a todos los por qués.
Es la prueba máxima, pero no la única, como veremos a continuación.
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para la salvación del mundo”.
Esta es la firme convicción de un testigo directo de lo que ocurrió, de un compañero de Jesús, el apóstol san Juan (Jn 3, 16-17).
Esta es también la convicción de todos los cristianos, la certeza que nos hace mantener la fe en el amor de Dios aun en medio de los problemas y sufrimientos, de eso que se ha venido a llamar “el silencio de Dios”.
Pero, ¿es tan profundo el silencio de Dios? ¿Sólo el grito de abandono de Cristo en la cruz lo rompe?.
O, dicho de otro modo, ¿no hay más motivos para creer en el amor de Dios que contemplar al Hijo de Dios colgando de un madero?.
Empecemos a dar respuesta a esta pregunta por lo más próximo, por lo que nos ocurre a nosotros mismos.
Con mucha frecuencia -prácticamente siempre- la crítica a Dios por su pretendido silencio tiene lugar ante el sufrimiento propio o ajeno y, en este último caso, puede suceder que el que sufre sea alguien muy querido por nosotros o bien alguien a quien no conocemos pero cuyo sufrimiento nos impresiona por su dramatismo y extensión (el caso de una catástrofe natural o de una guerra o de un niño…).
En cualquiera de estos casos que provocan nuestras dudas de fe, suele suceder que nos olvidemos de una parte de la realidad: la existencia del bien, de lo bueno, en la propia vida o en la vida de esos a los que ahora compadecemos y cuya desgracia nos impacta.
Si creo tener motivos para protestar ante Dios por la existencia de una grave enfermedad, por ejemplo, debería tener también motivos, en la más elemental justicia, para darle gracias por el tiempo que no he tenido esa enfermedad o por el resto de enfermedades que no tengo.
Si acuso a Dios de indiferencia ante mi dolor por haber permitido la muerte de un ser querido, debería tener en cuenta que la vida de ese ser querido me fue dada por Él y que, por lo tanto, debo agradecerle el haber podido disfrutar de su compañía el tiempo que la tuve.
Si me quejo de no tener algo -dinero, por ejemplo- cometo una injusticia si, a la vez, no doy gracias por lo que sí tengo -salud, familia…-.
Si lamento la existencia del mal en el mundo y hago responsable a Dios por ello, debería hacerle también responsable del bien; si le reprocho que se haya producido un terremoto, debería agradecerle que en la práctica totalidad del mundo, todos los días la gente se despierte sin que un terremoto les saque, aterrados, de la cama.
En definitiva, es absurdo e injusto revolverse contra Dios por lo que va mal, haciéndole responsable de ello, sin darle gracias por lo que va bien.
Si es responsable de lo primero, también debe serlo de lo segundo.
En cambio, la inmensa mayoría, prácticamente siempre, disfruta de lo que va bien sin acordarse de Dios -en el cual está el origen de esos dones-, pero sí se acuerda de Dios para quejarse cuando algo va mal y para insultarle acusándole de desinterés y hasta de crueldad.
¿Qué haríamos si alguien se comportara así con nosotros?.
Naturalmente que esta reflexión no soluciona la cuestión. El misterio sigue estando y la pregunta continúa abierta.
¿Por qué un Dios que es todopoderoso y es amor permite ciertas cosas?.
Pero, si reflexionamos sobre lo anterior, tendremos que convenir en que ese Dios cuyo comportamiento a veces no entendemos es autor también de infinidad de cosas buenas de las que nos beneficiamos y por las cuales no le damos gracias.
Es como si a un portero de un equipo de fútbol le reprochara la afición haberse dejado meter un gol, durante un partido en el que ha hecho veinte paradas magistrales. Sería, simplemente, una injusticia.
Pero los motivos de agradecimiento a Dios, las palabras sonoras del Señor que nos hablan de su amor, no se agotan ni con la figura de Cristo ni con los bienes materiales, ni con el don de la familia, ni con las cosas que nos van bien en la vida. Hay muchísimo más.
Por ejemplo, la luz moral. Normalmente, la ética cristiana es considerada hoy en día como el gran obstáculo para el acercamiento a la Iglesia.
Una y otra vez se escucha decir que, si el Papa fuera más flexible, si fuera más tolerante, si fuera más moderno, entonces iría más gente al templo.
Cuando se pregunta al que así opina a qué cosas concretas se refiere, siempre se desciende a consideraciones éticas, con frecuencia relacionadas con el sexo.
Así, se dice, para atraer a los jóvenes habría que suprimir el sexto mandamiento; también debería modificarse el quinto -no matarás-, permitiendo el aborto, la eutanasia y hasta la utilización revolucionaria de la violencia; otro mandamiento a modificar sería el cuarto, cambiando el concepto de familia, permitiendo el divorcio e incluso quitándole importancia al adulterio.
Pero, ¿qué sucedería si la Iglesia hiciera caso a esas voces?
¿Serían más felices los jóvenes, entregándose al amor libre?
¿Sería más justa y humana la sociedad si en ella se pudiera matar a los niños no nacidos, a los ancianos, a los enfermos?
¿Habría más estabilidad en las familias, y por lo tanto mejores condiciones educativas para los hijos, si éstas se deshicieran con facilidad o si los esposos no cumplieran las promesas que se hicieron el día de la boda?.
Algunas de estas preguntas tienen ya respuesta, porque muchas sociedades, sobre todo en Occidente, han aprobado ya el aborto, la eutanasia o el divorcio fácil. ¿Son más humanas? ¿Son más felices?
Por eso, hay que afirmar que cuando Dios habla a través de la Iglesia y cuando habla en una conciencia rectamente formada, está rompiendo ese pretendido silencio del que le acusamos y está amándonos de una forma extraordinaria.
Más aún, hay que afirmar también que es el relativismo moral el causante de la mayor parte del dolor existente en el mundo, pues lo que más nos hace sufrir no es perder un hijo por una enfermedad sino por un crimen, o por la droga; y es peor para una mujer que el marido la abandone por otra que quedarse viuda.
Además, gracias a que Dios no guarda silencio y nos dice qué es bueno y qué es malo, podemos, con su ayuda, evitar el mal y hacer el bien, con lo cual no sólo no hacemos daño al prójimo, sino que no nos hacemos daño a nosotros mismos.
Hay aún más dones de Dios por los que debemos darle gracias y que nos ayudan a rechazar la acusación de que Él guarda silencio mientras los hombres sufren.
Por ejemplo, el don de la esperanza, que es un regalo inmenso y que tiene su fundamento en la resurrección de Cristo; la esperanza nos asegura que hay vida después de la muerte, con lo cual el silencio de Dios se vuelve menos intenso por muy grande que sea el dolor; la esperanza nos ayuda también a convivir con los problemas aquí en la tierra, sabiendo que todo pasa y que, incluso de lo más malo, pueden salir cosas buenas; la esperanza nos ayuda a mantener la serenidad y la paz en medio de las tormentas de la vida.
Otro regalo inmenso es la misericordia divina, que nos perdona los pecados.
Gracias a ella podemos afrontar sin miedo el juicio que precede a la vida eterna.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
¿Por qué Dios ha consentido el “tsunami” que ha arrasado Asia?
Esta pregunta se la han hecho y la han hecho muchos recientemente.
Con variaciones, se repite cada vez que hay una catástrofe o cada vez que, a nivel personal, algún problema zarandea violentamente nuestra existencia.
Es, quizá, el mayor de los interrogantes a que debe responder quien tiene la osadía, como es el caso de los cristianos, de creer en el amor de Dios.
“Si el cerebro del ser humano fuera tan sencillo que lo pudiéramos entender, entonces seríamos tan estúpidos que tampoco lo entenderíamos”.
La frase no es de un teólogo, o de un santo, sino de un filósofo de nuestro tiempo con fama de ateo: Jostein Gaarder, autor del conocido y discutible “Libro de Sofía”.
No sé si un neurólogo le daría plenamente la razón, pero yo sí estoy dispuesto a dársela si ampliamos el concepto y pasamos de considerar el cerebro humano a considerar a Dios.
Porque, si Dios es Dios, es decir, si Dios es lo que decimos que es Dios: el Creador Todopoderoso, ¿cómo podemos pretender entenderle del todo?.
La fe, sin embargo, no es creer cosas absurdas. Fe es creer cosas posibles que, al menos de momento, no se pueden demostrar.
Además, la fe no es una cuestión exclusivamente religiosa. Tienen fe los enamorados en la fidelidad del otro.
Tienen fe -a veces excesivamente ingenua- los ciudadanos en las promesas de los políticos y por eso les votan.
Tienen fe los conductores en que pueden cruzar un semáforo en verde porque los contrarios están parados respetando el rojo.
En el ámbito religioso, la fe comienza por la existencia de Dios. Kant, el concienzudo filósofo alemán, afirmó que “es moralmente necesario suponer la existencia de Dios”.
En realidad, no es difícil creer que Dios existe. De hecho, la inmensa mayoría de los hombres lo han creído y lo creen así.
Entre otras cosas, porque alguien ha tenido que poner en marcha este invento maravilloso que es la creación y que es, en particular, la vida.
Los que dicen que no creen porque sólo aceptan lo que pueda ser demostrado en un laboratorio, deberían recordar el diálogo que dicen tuvo lugar entre un astronauta y un neurólogo de la Unión Soviética que discutían sobre religión. El neurólogo era cristiano y el astronauta no.
“He estado en el espacio muchas veces”, se jactó el astronauta, “pero no he visto ni a Dios ni a los ángeles”.
“Y yo he operado muchos cerebros inteligentes”, contestó el neurólogo, “pero nunca he visto un solo pensamiento”.
Y, sin embargo, los pensamientos existen, como existe el amor. Tienen, naturalmente, una base fisiológica, química, pero son mucho más que eso.
No es difícil creer en Dios y tienen más fe los que creen que no existe -porque, sin poderlo demostrar, rechazan todas las pruebas de su existencia- que los que creen que sí existe.
Es más fácil, lógico e inteligente creer que Dios existe que creer que no existe
Lo difícil, sin embargo, es creer en el amor de Dios. Y es difícil precisamente porque una y otra vez la realidad parece confirmar que no es así.
La muerte de un niño, la enfermedad imprevista, el huracán asolador, el maremoto destructor o, simplemente, el problema que te aqueja a ti en concreto y para resolver el cual habías suplicado la ayuda de Dios.
¿Cómo puede ser amor un Dios que, aparentemente, no hace nada para resolver esos problemas, que permite que exista el mal y el dolor, que se encoje de hombros ante el sufrimiento de los inocentes?.
Con Julián Marías coincido en su afirmación de que ”aquellos contenidos de la fe que no son evidentes ni obvios no se pueden proponer como si lo fueran, si no se quiere caer en lo que hace ya muchos años llamé el “cinismo de la fe” -actitud bien poco cristiana-.
Quiero decir que en el trato con los demás, el cristiano, por muy firme que sea su certidumbre personal, debe presentar como incierto lo que para otros muchos hombres lo es, y tiene que justificar su certidumbre hasta donde sea posible”.
Yo tengo la certeza de que Dios es amor y no sólo la seguridad de que existe. O dicho de otra manera, estoy seguro de que existe y tengo fe en que es amor.
¿En qué baso esa fe?
¿Qué argumentos tengo para, partiendo de la fe, llegar a la certeza?.
Ante todo, mi fe en el amor de Dios se basa en Cristo. Y, en segundo lugar, en una concepción de mí mismo como un ser limitado que -como he dicho antes- no puede llegar a conocer del todo a Dios, ni entender del todo los planes de Dios.
Es decir, la inteligencia, de la mano de la humildad que es la actitud del sabio, me lleva a aceptar el misterio. El misterio no es absurdo.
Al contrario, en lo referente a Dios, el misterio es lo probable, lo inteligente. Pero ese misterio, ese “silencio de Dios”, ese “no entender el por qué Dios permite ciertas cosas”, se ve iluminado por la experiencia de Cristo. Iluminado, digo, no anulado. La oscuridad permanece, a veces más intensa y otras menos, pero siempre está.
Siempre es fe lo que me hace dar el salto al “sí, creo”. En todo caso, como digo, la persona de Cristo, su vida, su mensaje, su muerte, su resurrección, son una luz en la oscuridad, una luz a veces tan fuerte que la fe casi desaparece y deja paso a la certeza.
¿Por qué Cristo es la puerta que nos permite creer en el amor de Dios?.
Porque Él fue quien nos enseñó que Dios es amor, primero. Y, segundo, porque Él, siendo Dios, es la prueba definitiva de ese amor.
Puedo sufrir, puedo enfermar, puedo perder a los seres más queridos, puedo morir; sin embargo, siempre resonarán en mi corazón las palabras de Juan:
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para la salvación del mundo”. ¿Podía hacer algo más Dios para demostrarnos su amor?.
Podía, efectivamente, hacer otras cosas, otra cosa: suprimir el mal que hay en el corazón humano y devolver a la humanidad y a la creación a aquella situación idílica que había antes del pecado original, verdadera causa de la introducción del mal, del dolor, de la muerte en el mundo.
Podía hacer eso, efectivamente, y el por qué no lo hace es el misterio, es la oscuridad, es la dosis de fe que tengo que aceptar.
Podía hacer otra cosa, pero no podía hacer nada más, en el sentido de que no podía hacer algo mayor, más convincente que lo que hizo: enviar a su Hijo al mundo para que diese la vida por nosotros y nos demostrase, no con palabras sino con hechos, lo mucho que nos ama.
¿Y si no soy capaz de creer en el amor de Dios al ver a Cristo crucificado me va a dar esa fe la salud o el dinero? ¿Por qué no creer, entonces, al ver las muchas cosas que van bien en la vida, en mi vida?
Creo en el amor de Dios porque Cristo me lo enseña así. Porque creo en Cristo creo en el Dios-Amor.
Porque existió Cristo, soy capaz de convivir con el misterio, con la duda, con la fe.
Y porque tengo fe, soy capaz de no dejarme aplastar por el sufrimiento, soy capaz de luchar, de ver la parte buena de las cosas, de darme cuenta de lo mucho que va bien y no sólo de lo que va mal.
En definitiva, porque tengo fe soy capaz de resucitar.
por Makf | 12 Abr, 2026 | Apologética 15
Autor: frmaria.org
Algunos creen que la Iglesia sólo está preocupada por cuestiones morales que conciernen al sexo o al origen y finalización de la vida.
Piensan que el resto no le importa.
Y, en ese resto, está nada menos que el conjunto del transcurrir de la vida del ser humano.
Afirmar esto es ignorar la realidad, pues la iglesia tiene una elaboradísima y completa “doctrina social”, en la que da respuestas a los problemas morales que afectan a la economía y al trabajo.
El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia dedica un capítulo especial a considerar la actividad económica en general.
Como otros capítulos, éste comienza con un repaso de algunos principios bíblicos.
En el Antiguo Testamento, las riquezas se consideran una bendición de Dios.
La abundancia no es vista como un problema en sí misma, sino que hay una fuerte condena del mal uso de los bienes materiales -fraude, usura, injusticia- especialmente cuando es el pobre el que sufre estos abusos.
La otra cara de la moneda, la pobreza, es vista como parte de la condición humana. En este contexto el Antiguo Testamento invita a las personas a reconocer su pobreza ante Dios.
Él, a su vez, es retratado como respondiendo a los gritos del pobre, que recibirá su recompensa a través de un nuevo David.
«La pobreza adquiere el estatus de valor moral cuando se convierte en una actitud de disponibilidad y apertura humilde a Dios, de confianza en Él» (No. 324).
En el Nuevo Testamento, Jesús llama a la conversión de los corazones y a estar atentos a las necesidades de los demás.
Trabajar por la justicia y ayudar al pobre es una forma de construir el Reino de Dios.
En general, la Biblia considera la actividad económica como parte de la vocación por la que se invita a la humanidad a administrar los dones recibidos de Dios.
La parábola de los talentos también enseña que «lo que se ha recibido debería usarse apropiadamente, preservarse y aumentarse» (No. 326).
Los bienes materiales, incluso cuando son propiedad legítima de alguien, conservan su destino universal.
«Las riquezas satisfacen su función de servicio al hombre cuando se destinan a producir beneficios para los demás y para la sociedad» (No. 329).
Este nexo entre moralidad y vida económica es una constante en la doctrina de la Iglesia.
«Así como en el área de la moralidad uno debe tener en cuenta las razones y requisitos de la economía, igualmente también en el área de la economía uno debe abrirse a las exigencias de la moralidad» (No. 331).
El compendio sugiere que la moralidad y los principios económicos tienen algunos puntos en común.
Por ejemplo, producir bienes de modo eficiente puede verse como un deber moral, en el sentido de que no hacerlo sería una pérdida de recursos.
Pero la producción de riquezas también necesita una orientación moral, en orden a asegurar que la riqueza económica se distribuye de modo equitativo y se guía por principios como la justicia y la caridad.
La actividad económica llevada a cabo de esta manera se convierte en una oportunidad para practicar la solidaridad y construir una sociedad más equitativa y un mundo más humano.
La Iglesia también considera que términos como desarrollo no pueden simplemente verse en una dimensión económica, como acumulación de bienes.
Una concentración exclusiva sobre el aspecto material corre el riesgo de caer en el error del consumismo y no es el camino para lograr la auténtica felicidad.
Una sección del capítulo sobre economía explica la postura de la doctrina social de la Iglesia con respecto a la iniciativa privada y la actividad económica.
La libertad de las personas para implicarse en la actividad económica es «un valor fundamental y un derecho inalienable que ha de ser promovido y defendido» (No. 336).
La iniciativa en la economía es parte de la actividad creativa humana y los negocios también tienen un papel social importante que jugar a través de la producción de bienes y servicios.
Aunque este papel necesita llevarse a cabo según criterios económicos, el compendio añade: «no deben descuidarse los valores auténticos que causan el desarrollo concreto de la persona y de la sociedad» (No. 338).
En este contexto el compendio recuerda que la Iglesia ha apoyado desde siempre los negocios familiares y de tamaño pequeño y medio, junto con las actividades cooperativas, que pueden hacer una contribución valiosa a la actividad económica y humana.
De hecho, la actividad económica proporciona la oportunidad de practicar muchas virtudes, como la diligencia, la prudencia, la fidelidad y el coraje.
El texto también tiene palabras positivas para el papel de lograr beneficios, que son un signo de que los factores productivos implicados en la empresa se están usando bien.
Sin embargo, los negocios deben servir también a la sociedad de modo apropiado y esto no se hace cuando se violan las obligaciones de la justicia social o los derechos de los trabajadores.
El compendio también observa que en el mundo de hoy los Estados individuales pueden encontrar difícil regir las operaciones de negocios y que esto pone en la empresa privada una mayor responsabilidad para abrirse a los valores de la solidaridad y el auténtico desarrollo humano.
En materia de mercado libre en general, el compendio explica que «es una institución de importancia social por su capacidad de garantizar resultados efectivos en la producción de bienes y servicios» (No. 347).
Un mercado verdaderamente competitivo, continúa el texto, «es un instrumento efectivo para obtener objetivos importantes de justicia».
No obstante, el compendio agrega que, en un mercado libre, deben tomarse en cuenta los fines del bien común y el desarrollo humano, y no sólo la motivación del beneficio.
Hay necesidades humanas importantes y bienes que no puede comprarse y venderse en el mercado.
En cuanto al papel del Estado en la regulación del mercado, el compendio invoca la aplicación de dos principios: solidaridad y subsidiariedad.
Solidaridad es estimular acciones que defiendan a los pobres y desaventajados; subsidiariedad es garantizar que la intervención del Estado no se vuelve excesivamente invasora.
En varios números el compendio insiste en que el Estado no debe interferir demasiado en el funcionamiento de la economía, de manera que restrinja indebidamente las libertades de los individuos y de los negocios.
Por otro lado, también defiende el papel legítimo de los impuestos y del gasto público, que juega un importante papel, especialmente al proteger al débil.
Por lo tanto, pagar impuestos es «parte del deber de solidaridad» (No. 355), pero el Estado tiene la correspondiente obligación de asegurar que los impuestos son «razonables y justos», y los recursos públicos son administrados con «precisión e integridad».
La última parte del capítulo considera algunos de los recientes desarrollos relacionados con la globalización y los mercados financieros internacionales.
«La globalización da lugar a nuevas esperanzas y al mismo tiempo plantea cuestiones preocupantes» (No. 362).
El compendio reconoce que la globalización ha abierto muchas oportunidades, pero expresa su preocupación sobre las desigualdades entre las economías avanzadas y los países en desarrollo.
Citando a Juan Pablo II el texto pide una «globalización en la solidaridad» para ocuparse de este problema.
Un sistema más equitativo del comercio internacional, y una fuerte defensa de los derechos humanos están entre las reformas pedidas por el compendio.
Respetar las diferencias culturales y religiosas y asegurar una mayor solidaridad entre generaciones son puntos a tratar.
En cuanto a los mercados financieros, el texto reconoce su papel positivo en facilitar el crecimiento económico y las inversiones a gran escala.
Sin embargo, existe el riesgo de que el sector financiero pierda de vista el servir al desarrollo humano y se convierta en «un fin en sí mismo». Y haciendo frente con los graves problemas causados por la inestabilidad financiera, también es necesario hacer que estos mercados sean más estables.
La globalización también requiere una mayor cooperación de los Estados para coordinar la economía, dado que los gobiernos individuales con frecuencia ya no son capaces de ejercitar una guía efectiva.
El compendio pide la creación de «instrumentos políticos y jurídicos adecuados y efectivos» (No. 371) que asegurarán «el bien común de la familia humana».
En los números concluyentes observa que lograr esto será también lograr beneficios para países más ricos, donde la abundancia de bienes materiales suele acompañarse por «un sentido de alienación y pérdida de su propia humanidad» (No. 374).
El capítulo concluye llamando a educar a las personas de manera que tengan claro la actividad económica debe verse en un contexto humano más amplio.