Introducción general

Autor: Cardenal José María Caro Rodríguez (1924) Fuente: Catholic.net

El siguiente libro presenta a la Masonería sin velo, es decir: su naturaleza, principios, secretos, metas, objetivos y especialmente la respuesta que la Iglesia ha dado a esta Institución.

"He emprendido este trabajo, para poner al alcance del mayor número de personas, sean o no sean masones, cosas que no pueden menos de interesarles; pues creo que a todos los padres de familia católicos, a todos los jóvenes y señoritas, a toda persona que tome a pechos su Religión, su patria y el bienestar de la humanidad entera, les conviene saber algo de lo mucho que ignoran sobre una institución y sobre doctrinas que tienen íntima relación con asuntos de tan vital importancia como esos.

Deseo desvanecer ciertas dudas y disipar ciertos engaños, a favor de los cuales se hace mal a muchos incautos o imprudentes y, por medio de ellos, a todo lo que más puede estimar un corazón bien puesto, comenzando por el propio bienestar moral, por la educación de la propia conciencia".

42. Víctimas de la persecución religiosa en España

Autor:  frmaria.org

En el próximo mes de octubre tendrá lugar en Roma una masiva beatificación de mártires de la persecución religiosa en España, entre los años 1934 y 1937.

Casi quinientos mártires serán elevados a los altares.

Con este motivo, se han oído ya muchas voces críticas, elevadas precisamente por los que están revolviendo el pasado para hablar de la “memoria histórica”.

Ofrecemos un resumen de dos intervenciones episcopales.

Monseñor Berzosa, auxiliar de Oviedo, de cuya diócesis serán beatificados algunos mártires, ha escrito, con este motivo, lo siguiente:

“Sé que en estos momentos de recuperación de la llamada memoria histórica, todo lo que afecte al periodo de la historia española de los años 30-40 se puede, y de hecho se tiende, a interpretar en clave política.

Por esta razón, conviene puntualizar al menos tres claves para comprender lo que son, y lo que no son, los mártires asturianos y el sentido que tiene su posible beatificación y canonización.

Lo primero, y lo más importante, que es necesario subrayar es que dichos mártires son eso: “mártires”, es decir, víctimas totalmente inocentes en una persecución religiosa.

Ellos no eran soldados, ni sindicalistas, ni políticos, ni intelectuales, ni representaban una ideología beligerante definida. No se los persiguió ni martirizó por haber iniciado ellos una polémica o batalla alguna.

Sencillamente, fueron asesinados por ser lo que eran: creyentes coherentes hasta estar dispuestos a dar la vida por lo que creían.

En segundo lugar, la Iglesia ha venido beatificando y canonizando mártires desde hace veinte siglos; desde el inicio del cristianismo.

Por esta razón a la Iglesia nadie, desde fuera, le impone un calendario de beatificaciones o canonizaciones.

El ritmo que lleva es doble: por un lado, si el declarar beatos o santos a dichos mártires viene reclamado por el pueblo que les honra devoción.

Y, por otro lado, tras una rigurosa investigación si la Iglesia llega al convencimiento de que dichos mártires merecen tal categoría.

Y, tercera clave, en el caso que nos ocupa, la Iglesia en España no desea que los mártires, anteriores a la guerra civil y concomitantes a la misma, sean utilizados como arma arrojadiza contra nadie ni como bandera o enseña política de nadie.

La Iglesia desea que, social y culturalmente, dichos mártires contribuyan a la reconciliación y al recuerdo y memoria de algo dramático que no debe volver a repetirse.

Su ejemplo de heroísmo y generosidad, como víctimas inocentes del ayer y estímulo de las víctimas que siguen generándose en otros campos, nos desafía con un mensaje claro y punzante: el mal nunca se vence con el mal, sino con el bien.

La violencia genera más violencia. Sólo el amor y el perdón son creativos y capaces de renovar personas y sociedades”.

Por su parte, la Conferencia Episcopal publicó un comunicado sobre la beatificación que, entre otras cosas, dice lo siguiente:

“Os anunciamos con profunda alegría que, en el próximo otoño tendrá lugar en Roma la beatificación de 498 hermanos nuestros en la fe, de los muchos miles que dieron su vida por amor a Jesucristo en España durante la persecución religiosa de los años treinta del pasado siglo XX.

En 1999, esta Asamblea Plenaria de los obispos daba gracias a Dios por los logros del siglo XX y pedía perdón por los pecados de aquella centuria que llegaba a su fin.

Entre los pecados recordábamos las “violencias inauditas” a las que el mundo, Europa y España se vieron arrastradas por “ideologías totalitarias, que pretendían hacer realidad por la fuerza las utopías terrenas”.

Y dábamos gracias a Dios, recordando, con Juan Pablo II, que “al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires” y que “el testimonio de miles de mártires y santos ha sido más fuerte que las insidias y violencias de los falsos profetas de la irreligiosidad y del ateísmo”.

Los mártires están por encima de las trágicas circunstancias que los han llevado a la muerte.

Con su beatificación se trata, ante todo, de glorificar a Dios por la fe que vence al mundo y que trasciende las oscuridades de la historia y las culpas de los hombres.

Por eso escribía Juan Pablo II: “quiero proponer a todos, para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en el Este como en el Oeste.

Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre.

Estos testigos, especialmente los que han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar.

Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y para la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo.

Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza”.

La beatificación que vamos a celebrar contribuirá a que no se olvide el “gran signo de esperanza” que constituye el testimonio de los mártires. De los del siglo XX en España, 479 han sido beatificados en once ceremonias a partir de 1987, y 11 de ellos son ya santos.

Casi quinientos han sido reunidos, esta vez, en una única celebración.

Y, como en las anteriores ocasiones, cada caso ha sido estudiado por sí mismo con todo cuidado a lo largo de años.

Estos mártires dieron su vida, en diversos lugares de España, en 1934, 1936 y 1937.

Son los obispos de Cuenca y de Ciudad Real, varios sacerdotes seculares, numerosos religiosos -agustinos, dominicos y dominicas, salesianos, hermanos de las escuelas cristianas, maristas, distintos grupos de carmelitas, franciscanos y franciscanas, adoratrices, trinitarios y trinitarias, marianistas, misioneros de los Sagrados Corazones, misioneras hijas del Corazón de María-, seminaristas y laicos, jóvenes, casados, hombres y mujeres.

Podemos destacar como rasgos comunes de estos nuevos mártires los siguientes:

fueron hombres y mujeres de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Santísima Virgen; por ello, mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, participaban en la Santa Misa, comulgaban e invocaban a María con el rezo del rosario; eran apóstoles y fueron valientes cuando tuvieron que confesar su condición de creyentes; disponibles para confortar y sostener a sus compañeros de prisión; rechazaron las propuestas que significaban minusvalorar o renunciar a su identidad cristiana; fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; perdonaron a sus verdugos y rezaron por ellos; a la hora del sacrificio, mostraron serenidad y profunda paz, alabaron a Dios y proclamaron a Cristo como el único Señor.

La beatificación que vamos a celebrar es una hora de gracia para la Iglesia que peregrina en España y para toda la sociedad.

Os invitamos a prepararos bien para esta fiesta y a participar en ella de modo que se convierta para todos en un nuevo estímulo para la renovación de la vida cristiana.

Lo necesitamos de modo especial en estos momentos en los que, al tiempo que se difunde la mentalidad laicista, la reconciliación parece amenazada en nuestra sociedad.

Los mártires, que murieron perdonando, son el mejor aliento para que todos fomentemos el espíritu de reconciliación.

41. Fátima, noventa años de presencia mariana

Autor:  frmaria.org

El ex Secretario de Estado vaticano y actual decano del Colegio Cardenalicio, AngeloSodano, representará al Papa Benedicto XVI en las celebraciones religiosas del 90 aniversario de las apariciones de la Virgen de Fátima.

Esta representación da idea de la importancia que en el Vaticano dan a esta celebración. Ofrecemos, a continuación, un resumen de los mensajes dados por la Virgen en Fátima.

Pocos lugares en el orbe católico despiertan tantos sentimientos de gratitud a la protección maternal de la Virgen como Fátima.

En Fátima ocurrieron en 1917 unos acontecimientos sobrenaturales que estarían llamados a cambiar el mundo.

Fátima: a principios del siglo XX era un lugar desconocido incluso para la mayoría de los portugueses, ahora su nombre resuena en el mundo.

Unos pastorcillos, apenas unos niños, fueron favorecidos por experiencias místicas inauditas.

No sabían leer ni tenían esperanzas siquiera de ir a la escuela, pero la Virgen les confió secretos que transformaron las relaciones internacionales.

Varios Papas, Cardenales y Obispos de todo el mundo, y sobre todo millones de fieles sencillos de todas las condiciones han peregrinado al Santuario erigido en un paraje que en 1917 no era más que un barrizal impracticable.

Entonces era un lugar inaccesible salvo para carretas, pero ahora una cómoda autopista lleva rápidamente a Lisboa y Oporto.

En 1917 Europa estaba en guerra. Portugal era uno de los países beligerantes en el lado de los Aliados, y el descontento en la población era grande.

Casi no había familia que no tuviera a algún hijo o sobrino batallando en las trincheras de un país lejano en una guerra que casi nadie comprendía.

Fátima es el nombre de una parroquia perteneciente al término municipal de Ourem, en el distrito de Santarem, a unos 120 kilómetros al norte de Lisboa.

En el término de la parroquia la población se agrupa en varias localidades o pequeños caseríos de apenas unas decenas de habitantes.

En uno de ellos, Aljustrel, a apenas dos kilómetros de la aldea de Fátima, vivían los hermanos Jacinta y Francisco Marto y su prima, Lucia dos Santos.

Desde muy niños salían al campo con el rebaño de ovejas de la familia.

En una de esas salidas llevaron las ovejas a pastar a Cova de Iria, un paraje deshabitado a unos tres kilómetros de Aljustrel y otros tres de Fátima. Era el 13 de mayo de 1917.

Allí se les apareció la Virgen, y les pidió que volvieran a aquel lugar durante otros cinco meses hasta octubre los días trece. La Virgen se posó en una encina.

No era su primera visión de lo alto: desde la primavera de1916 se les apareció por tres veces un ser con figura humana.

En la primera aparición les enseñó una oración de reparación y les dijo que era el ángel de la paz. En la segunda aparición les dijo quién era: se trataba del Ángel de Portugal.

En la última les mostró un Cáliz con una Sagrada Forma que se sostenían en el aire. Después de adorar al Señor con los niños y enseñarles una oración, les dio la Comunión.

Los niños no comunicaron a nadie la visión del ángel salvo en sus conversaciones entre ellos -Francisco y Jacinta fueron capaces de guardar el secreto hasta su muerte-, pero la visión de Nuestra Señora era algo distinto: esa misma noche Jacinta la contó en su casa.

Inmediatamente la noticia se difundió por Aljustrel y otros caseríos cercanos.

El 13 de junio ya se congregaron unas decenas de personas. Vieron señales milagrosas, aunque no vieron ni escucharon nada salvo las palabras que Lucia dirigía a la Virgen. El 13 de julio eran cientos de peregrinos, y la noticia se difundió por todo el distrito, hasta el punto de que las autoridades se alarmaron.

Pocos años antes se había instaurado en Portugal una república de marcado corte laicista y había promulgado leyes restrictivas del culto católico.

El alcalde de Ourem decidió cortar por lo sano esta explosión de devoción popular en un lugar prohibido para el culto (el campo) que llevaba a la gente a cometer el delito de rezar junto a una encina.

El 13 de agosto, por lo tanto, detuvo a los niños y los mantuvo a buen recaudo todo el día.

La gente se congregó en Cova de Iria, fueron testigos de las mismas señales de lo alto que se vieron los meses anteriores, pero los niños no estaban y nadie vio a la Virgen.

La Virgen sin embargo, volvió a visitarles el 19 de agosto, esta vez en Valinhos, un cruce de caminos a unos trescientos metros de Aljustrel al que a veces llevaban el rebaño.

En septiembre la Virgen se volvió a aparecer el día 13 ante miles de fieles. El 13 de octubre había quizá 70.000 personas reunidas en Cova de Iria.

Todo Portugal para entonces había oído hablar de los sucesos de Fátima. Los grandes periódicos de Lisboa llevaron enviados especiales y fotógrafos a Cova de Iria.

Todos ellos contemplaron el milagro que hizo la Virgen: al terminar la visión, el sol comenzó a danzar en el cielo de Cova de Iria, se volvía de varios colores, giraba sobre sí mismo y se desplazaba mientras que la gente lo miraba sin que les hiciera daño a los ojos.

La Virgen les confió secretos del Cielo a los niños. En Fátima la Virgen pidió a la humanidad que se convirtiera de sus pecados.

Predijo a los niños grandes guerras y sufrimientos si los hombres no se arrepienten, y de modo especial anunció que Rusia difundiría errores por muchas naciones provocando guerras y persecuciones contra la Iglesia.

En la aparición de julio la Virgen les reveló un secreto.

El secreto fue revelado por la vidente Lucia y por la Santa Sede en tres momentos, por lo que se habla de las tres partes del secreto de Fátima.

La tercera parte del secreto de Fátima fue dada a conocer el año 2000.

La primera de las partes es la visión del infierno; las otras dos son anuncios de futuro, como la predicción acerca de Rusia y el anuncio de la Segunda Guerra Mundial, así como la advertencia acerca de las futuras persecuciones.

Pero es un mensaje de esperanza, por eso la Virgen concluye: “Pero finalmente mi Corazón Inmaculado triunfará, Rusia será consagrada y se convertirá, y un tiempo de paz será dado al mundo”

Pero sobre todo el mensaje de Fátima es de oración. En la segunda aparición, Nuestra Señora le dice a los pastorcillos que Jesús quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Pide también en todas las apariciones que se rece el Rosario.

Pero el propósito de la Virgen no es la satisfacción de nuestra curiosidad, sino la gloria del Señor y la salvación de las almas.

Éste es el mensaje de Fátima, la oración y la conversión: las guerras pasan, los gobiernos de las naciones vienen y van, pero la necesidad de la conversión personal es permanente.

Juan Pablo II expresó, que los mensajes en Fátima son de gran trascendencia para toda la humanidad.

El se reconoció como el Papa de los mensajes, el que debía guiar a la Iglesia en tiempo de crisis.

El puso, tanto la bala que traspasó su cuerpo en el atentado del 1981, como su anillo papal, a los pies de la Virgen de Fátima.

Él beatificó a dos de los videntes , peregrinó a Fátima varias veces; consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María según ella pidió (1984) y en 1989 cayó el Muro de Berlín. Sor Lucía murió el 13 de febrero de 2005, dos meses antes de que falleciera el propio Juan Pablo II.

40. La responsabilidad civil de los católicos

Autor:  frmaria.org

Los cristianos tienen derecho a que se escuche su voz en temas políticos y civiles.

Este ha sido uno de los puntos del discurso anual que Benedicto XVI hizo a la Curia Romana en el pasado mes de diciembre.

Tras comentar por qué la Iglesia se opone a la legalización del matrimonio para las parejas del mismo sexo, el Papa defendía el derecho de los fieles, y de la Iglesia misma, a hablar sobre este tema.

«Si nos dicen que la Iglesia no debería entrometerse en estos asuntos, entonces podemos limitarnos a responder: ¿Es que el hombre no nos interesa?», indicaba el Santo Padre en su discurso a la Curia romana el 22 de diciembre.

Es nuestro deber, explicaba, defender a la persona humana.

Esto es necesario en la sociedad contemporánea, explicaba el Pontífice más adelante.

«El espíritu moderno ha perdido la orientación», observaba, y esto significa que muchas personas no están seguras de qué normas transmitir a sus hijos. De hecho, en muchos casos no sabemos ya cómo usar nuestra libertad correctamente, o qué es moralmente recto o erróneo.

«El gran problema de Occidente es el olvido de Dios», comentaba el Papa; un olvido que se difunde.

Sólo tres días después, el Papa volvía sobre el tema en su mensaje antes de la Bendición «urbi et orbi» el día de Navidad.

«A pesar de tantas formas de progreso, el ser humano es el mismo de siempre: una libertad tensa entre bien y mal, entre vida y muerte».

En la edad moderna nuestra necesidad de fe es mayor que nunca, dada la complejidad de los temas a tratar. El mensaje que ofrece la Iglesia no disminuye nuestra humanidad apunta el Papa. «En verdad, Cristo viene a destruir solamente el mal, sólo el pecado; lo demás, todo lo demás, lo eleva y perfecciona».

No obstante, existe oposición a que la religión juegue un papel en los debates públicos, afirmaba Benedicto XVI. En su discurso del 9 de diciembre a la Unión de Juristas Católicos Italianos, el Papa examinaba el concepto de «laicidad».

El término, explicaba, describía originalmente el estatus del cristiano lacio que no pertenece al clero.

En los tiempos modernos, sin embargo, «ha asumido el de exclusión de la religión y de sus símbolos de la vida pública mediante su confinamiento al ámbito privado y a la conciencia individual».

Esta comprensión de la laicidad concibe la separación Iglesia-Estado como que la primera no tiene derecho a intervenir en manera alguna en temas que tengan que ver con la vida y la conducta de los ciudadanos, explicaba el Papa.

Además, también exige que se excluya todo símbolo religioso de los lugares públicos.

Frente a este desafío Benedicto XVI declaró a los asistentes que es tarea de los cristianos formular un concepto alternativo de laicidad que, «por una parte, reconozca a Dios y a su ley moral, a Cristo y a su Iglesia, el lugar que les corresponde en la vida humana, individual y social, y que, por otra, afirme y respete ‘la legítima autonomía de las realidades terrenas’», como lo definió el Concilio Vaticano II en la constitución «Gaudium et Spes» (No. 36).

Como deja claro el documento del Vaticano II, una «sana laicidad» significa autonomía del control de la Iglesia de las esferas política y social.

Así, la Iglesia es libre de expresar su punto de vista y las personas deben decidir la mejor forma de organizar la vida política. Pero no es autonomía del orden moral.

Sería un error aceptar que la religión debiera confinarse de forma estricta a la esfera privada de la vida, sostenía el Papa.

La exclusión de la religión de la vida pública no es expresión de laicidad, «sino su degeneración en laicismo», afirmaba.

Además, cuando la Iglesia comenta temas legislativos esto no se debe considerar como una intromisión indebida, «sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad».

Es deber de la Iglesia, afirmaba el Pontífice, «proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino».

Concluyendo su discurso el Papa recomendaba que, frente a quienes quieren «excluir a Dios de todos los ámbitos de la vida, presentándolo como antagonista del hombre», los cristianos deben mostrar que «Dios, en cambio, es amor y quiere el bien y la felicidad de todos los hombres».

La ley moral dada por Dios no tiene como finalidad oprimirnos, explicaba, «sino librarnos del mal y hacernos felices».

Los discursos papales de diciembre sobre el papel de la fe en la vida pública reflejan una de sus preocupaciones constantes durante el año pasado.

Otro importante comentario de Benedicto XVI sobre este asunto es el discurso del 19 de octubre a los participantes en la Asamblea Eclesial Nacional italiana en Verona. El Papa observaba cómo la asamblea organizada por la Iglesia italiana había considerado la cuestión de la responsabilidad civil y política de los católicos.

«Cristo vino para salvar al hombre real y concreto, que vive en la historia y en la comunidad; por eso, el cristianismo y la Iglesia, desde el inicio, han tenido una dimensión y un alcance públicos», afirmaba.

La Iglesia, añadía el Santo Padre, no está interesada en convertirse en un «agente político» y es papel de los fieles laicos, como ciudadanos, trabajar directamente en la esfera política. Pero, añadía, la Iglesia ofrece su aportación por medio de la doctrina social.

Además, reforzar las energías morales y espirituales significa que habrá una mayor probabilidad de que la justicia se ponga por delante de la satisfacción de los intereses personales.

El bien de los ciudadanos no se puede limitar a unos pocos indicadores materiales, como la riqueza, la educación y la sanidad.

La dimensión religiosa también es parte vital del bienestar, empezando por la libertad religiosa. Pero la libertad religiosa, sostenía el Papa, no se limita al derecho a celebrar unos servicios o que las creencias personales no sean atacadas.

La libertad religiosa también incluye el derecho de las familias, los grupos religiosos y la Iglesia a ejercer sus responsabilidades. Esta libertad no compromete al Estado o los intereses de otros grupos, porque se realiza en espíritu de servicio a la sociedad, explicaba Benedicto XVI.

Así cuando la Iglesia y los fieles afrontan temas como la salvaguarda de la vida humana o la defensa de la familia, no lo hace sólo por unas creencias religiosas específicas, sino «en el contexto y según las reglas de la convivencia democrática, por el bien de toda la sociedad y en nombre de valores que toda persona de recto sentir puede compartir».

Estos esfuerzos de la Iglesia y los cristianos no son siempre aceptados de forma favorable, observaba el Pontífice en su discurso del 8 de septiembre a los obispos de la provincia canadiense de Ontario, con ocasión de su visita «ad limina» a Roma.

Además, observaba que algunos líderes cristianos de la vida civil «sacrifican la unidad de la fe y sancionan la desintegración de la razón y los principios de la ética natural, rindiéndose a efímeras tendencias sociales y a falsas exigencias de los sondeos de opinión».

Pero el Papa recordaba a los obispos: «La democracia sólo tiene éxito si se basa en la verdad y en una correcta comprensión de la persona humana».

Por esta razón los católicos implicados en la vida política deberían ser testigos del «esplendor de la verdad» y no separar moralidad de esfera pública.

39. Iglesia y política

Autor:  frmaria.org

Cada vez que la Iglesia se pronuncia sobre una cuestión ética que tiene también una dimensión política, se le acusa de entrometerse en asuntos que no le competen, de optar por un partido político concreto, de ser enemiga de la democracia.

Los que así dicen, quisieran ver a la Iglesia reducida al silencio o hablando sólo de cuestiones litúrgicas o de dogmas abstractos.

Ofrecemos los argumentos de la Iglesia para orientar a los fieles.

Con cierta frecuencia algunos protestan de que la Iglesia no tiene derecho a pronunciarse sobre estos asuntos y rechazan lo que es la Doctrina Social de la Iglesia.

Para responder a tales comentarios a continuación ofrecemos una breve explicación de la Doctrina Social y el derecho de la Iglesia a intervenir en la vida social y política.

La doctrina social de la Iglesia no es un conjunto de recetas prácticas para resolver la cuestión social.

Tampoco se trata de una ideología que pretende imponer una visión utópica, desvinculada de su situación concreta y sus verdaderas necesidades.

Además, los Papas han declarado que la Doctrina Social no es un punto medio o una tercera vía entre el liberalismo y marxismo, o una sociología que presenta soluciones racionales sin normativas en el campo de la moral.

Más bien la Doctrina Social es un conjunto de principios morales, de principios de acción y normas de juicio, abiertas a múltiples concreciones en la vida social.

Se ayuda de todo lo positivo de las ciencias sociológicas, pero las transciende al dar juicios éticos y morales que provienen de la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia.

En otras palabras, se puede decir que la enseñanza social de la Iglesia es la doctrina íntegra de la Iglesia en cuanto referida a la existencia social del hombre sobre la tierra.

La Doctrina Social de la Iglesia nació del encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias -comprendidas en el mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo y en la justicia- con los problemas que surgen en la vida de la sociedad.

Se ha constituido en una doctrina, utilizando los recursos del saber y de las ciencias humanas y se proyecta sobre los aspectos éticos de la vida y toma en cuenta los aspectos técnicos de los problemas pero siempre para juzgarlos desde el punto de vista moral.

La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social, un conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres.

La Iglesia tiene el derecho de intervenir en lo social La Iglesia no está de acuerdo con el punto de vista que quiere reducir la fe cristiana al ámbito puramente privado.

Organizar la vida social sin Dios es organizarla en contra los verdaderos valores e intereses humanos.

En el Vaticano II, la Constitución «Gaudium et spes», habló en el párrafo 43 de la necesidad de evitar la dicotomía entre la fe y la actividad social.

Tal división llevaría a dos errores.

En primer lugar: el rechazo de las responsabilidades propias en la vida civil. Esto podría ocurrir debido a una visión que excluye la importancia de los bienes terrenos por querer poner en primer lugar la ciudad eterna.

El Concilio nos recuerda la fe nos debe llevar precisamente a un cumplimiento más perfecto de nuestro compromiso en este mundo.

En segundo lugar es necesario desterrar el espejismo que considera las actividades terrenas como algo totalmente alejado de la religión.

Los padres conciliares nos hicieron ver cómo desde el Antiguo Testamento los profetas hablaban contra esta opinión.

Por ejemplo, en Isaías 58,1-12, el profeta declaró la necesidad de ayudar a los pobres y oprimidos, base fundamental de todo acto de culto.

En el Nuevo Testamento Jesús habló contra los que se contentaban con la observancia exterior de las normas de la religión, sin ayudar a los demás.

Por ejemplo en Marcos 7,10-13, Jesús condena a los que, bajo el pretexto de la religión, se niegan sostener a sus padres.

Por eso, en el mismo párrafo, el Vaticano II declara que, «El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación».

Con esta declaración en mente podemos entender mejor por qué en su primera encíclica, «Redemptorhominis», Juan Pablo II decía que «el hombre es el primer camino de la Iglesia»,( n. 13).

El Papa vuelve a recordar esta afirmación al final de su última encíclica social «Centesimusannus» cuando trata de la responsabilidad que la Iglesia tiene para ayudar a los hombres a ordenar mejor sus vidas terrenas.

El pontífice afirma que «la Iglesia no puede abandonar al hombre» ( n. 53).

Vemos, por lo tanto, que en las esferas civiles y eclesiales hay un punto común en la preocupación por el bien del hombre.

La Iglesia tiene una aportación valiosa que puede servir para fomentar ese bien común, que se debe entender como material y espiritual a la vez.

No por eso se debe pensar que la Iglesia puede suplir las funciones civiles del Estado. Pero la diferenciación de funciones entre el Estado y la Iglesia no implica que la Iglesia sea ajena a la cuestión social.

En cuanto a los no creyentes, se puede decir que la doctrina social de la Iglesia está destinada no sólo a los católicos sino a todo hombre de buena voluntad, tal y como escriben muchas encíclicas al su inicio.

Aunque la obligación de un católico frente al magisterio no es la misma que la de un no creyente, la Iglesia quiere ofrecer a todos los frutos de su larga experiencia y profunda reflexión sobre el hombre y la sociedad.

En cuanto a España, cada vez que los obispos se pronuncian sobre alguna cuestión que tiene una vertiente ética y, lógicamente, política, se les acusa de intromisión.

Según sus acusadores, los obispos no podrían hablar del aborto, de la eutanasia, de la violencia de género, de terrorismo, de la clonación, ni tampoco de la explotación que sufren los inmigrantes ilegales, del enriquecimiento ilícito por la especulación urbanística, de los abusos de los políticos mediante la corrupción.

Lo que quieren estos acusadores de la Iglesia es ver a los obispos como perros mudos que se limitan a hablar exclusivamente de liturgia o de doctrina abstracta.

Es muy curioso, además, que cuando algo de lo que dicen los obispos o el Papa les conviene, se aferran a ello y lo utilizan como un argumento político; esto sucedió, por ejemplo, cuando se debatía el apoyo español a la intervención norteamericana en Irak, en el 2004, y socialistas y comunistas citaban continuamente a Juan Pablo II en el Parlamento para apoyar sus tesis de que España no debía colaborar de ningún modo con los norteamericanos; entonces no les molestaba que la Iglesia hablara, mientras que sí les molesta cuando dice algo que no les gusta escuchar.

Como decían los obispos españoles en las recientes “Orientaciones morales ante la situación actual de España, “la consideración moral de los asuntos de la vida pública lejos de constituir amenaza alguna para la democracia, es un requisito indispensable para el ejercicio de la libertad y el establecimiento de la justicia”.

Categorías