por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Dr. Scott Hahn | Fuente: Centro San Pablo de Teología Bíblica
Lección Uno
Una introducción bíblica a la Misa
OBJETIVOS DE LA LECCIÓN:
► Entender las creencias básicas de la Iglesia Católica sobre la relación entre Biblia y Liturgia.
► Entender el fundamento bíblico de la Misa.
► Entender cómo en la Misa la palabra escrita de la Biblia se hace Palabra Viva.
LECTURAS:
► La Cena del Cordero: Introducción y Capítulo Uno
► San Mateo 26:26-29
► San Marcos 14:22-25
► San Lucas 22:15-20; 24:13-35
► San Juan 6: 22-59; 15:1-10
► 1Corintios 11:23-29
ESQUEMA DE LA LECCIÓN
I. Encontrando la Biblia en la Misa
◊ Nuestro culto es Bíblico.
◊ Palabras de Espíritu y Vida.
II. Encontrando la Misa en la Biblia
◊ La Tradición recibida del Señor
◊ En el Cenáculo
◊ Pan de Vida, Vid Verdadera
◊ La Eucaristía según las Escrituras
III. De la Biblia a la Misa
◊ Escuchando a los apóstoles, partiendo el pan
◊ Escuchar es creer
◊ De vuelta a la Misa
IV. Preguntas para reflexionar
I. Encontrando la Biblia en la Misa
▬ Nuestro culto es Bíblico ▬
La Misa es continuación de la Biblia. En el plan Divino de salvación, la Biblia y la Misa están hechas una para la otra. Tal vez esto es nuevo para usted. De hecho, tal vez usted, al igual que otros muchos, incluyendo muchos católicos, no ha pensado tanto sobre la relación entre Biblia y Misa.
Si alguien preguntara, “¿Qué tiene que ver la Biblia con la Misa?”, muchos podrían contestar, “No tiene mucho que ver”.
Parece una repuesta obvia. Sí, escuchamos lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento en cada Misa, y cantamos un salmo entre estas, pero, aparte de esto, no parece que la Biblia sea tan importante en la Misa.
Sin embargo, cuando usted haya terminado este curso, tendrá una perspectiva distinta— además de un amor y un aprecio mucho más grandes—hacia el profundo misterio de fe en el que entramos en cada Misa.
Empecemos de un solo y miremos la Misa a través de un nuevo lente “bíblico”.
Cada Misa empieza de la misma manera. Nos persignamos y decimos, “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Veremos el porqué de esto después.
Por ahora, notemos que la señal de la cruz empezó con los apóstoles, que “sellaron” a los nuevos bautizados trazando este signo en sus frentes. (cfr. Ef.1.13; Apoc. 7:3).
Las palabras que rezamos cuando nos santiguamos vienen directamente de los labios de Jesús. De hecho, son de las últimas palabras que dirigió a sus apóstoles (cfr. Mt. 28:19).
Continuando con la Misa, el sacerdote nos saluda. Él habla y nosotros respondemos, con palabras de la Biblia. Él dice: “El Señor esté con ustedes”, y decimos, “Y con tu espíritu” (cfr. 2 Tim. 4:22).
En la Escritura, estas palabras son la promesa de la presencia, la protección y la ayuda del Señor (cfr. Ex. 3:12; Lc. 1:28). El sacerdote puede optar por otro saludo, como, “la gracia de Nuestro Señor Jesucristo...” siempre también palabras sacadas de la Biblia (cfr. 2 Cor. 13:13; Ef. 1:2).
La Misa continua así, como un diálogo entre los fieles y Dios, mediado por el sacerdote. Lo que llama la atención—y raras veces reconocemos—es que esta conversación es hecha casi completamente con el lenguaje de la Biblia.
Cuando imploramos, “Señor, ten piedad”, nuestro llanto pidiendo socorro y perdón hace eco de la Escritura (cfr. Sal. 51:1; Bar. 3:2; Lc. 18:13, 38,39). Cuando glorificamos a Dios, entonamos el himno que los ángeles cantaron la primera nochebuena (Cfr. Lc. 2:14).
Hasta el Credo y las Plegarias Eucarísticas están compuestos de palabras y frases bíblicas. Preparándonos para arrodillarnos ante el altar, cantamos otro himno angelical de la Biblia, “Santo, Santo, Santo...” (cfr. Is. 6:3; Apoc. 4:8).
Nos juntamos al salmo triunfante de los que le dieron la bienvenida a Jesús en Jerusalén: “Hosanna, Bendito él que viene...” (cfr. Mc. 11:9-10). En el corazón de la Misa, escuchamos las palabras de Jesús en la Última Cena (cfr. Mc. 14:22-24).
Después, oramos a nuestro Padre en las palabras que Nuestro Señor nos dio (cfr. Mt. 6:9-13). Lo reconocemos con las palabras de San Juan el Bautista: “He ahí el Cordero de Dios...” (cfr. Jn. 1:29,36).
Y antes de recibirlo en la comunión, confesamos que no somos dignos en las palabras del centurión que pidió la ayuda de Jesús (cfr. Lc. 7:7).
Lo que decimos y escuchamos en la Misa nos viene de la Biblia. Y lo que “hacemos” en la Misa, lo hacemos porque se hacía en la Biblia. Nos arrodillamos (cfr. Sal. 95:6; Hech. 21:5) y cantamos himnos (cfr. 1 Mac. 10:7, 38; Hech. 16:25); nos ofrecemos la señal de la paz (cfr. 1 Sam. 25:6; 1 Tes. 5:26).
Nos juntamos alrededor de un altar (cfr. Gen. 12:7; Ex. 24: 4; 2 Sam. 24:25; Apoc. 16:7), con incienso (cfr. Jer. 41:5; Apoc. 8:4), servido por sacerdotes (cfr. Ex. 28:3-4; Apoc. 20:6). Ofrecemos una acción de gracias con pan y vino (cfr. Gen. 14:18; Mt. 26:26-28).
Desde la primera señal de la cruz hasta el último amén (cfr. Neh. 8:6; 2 Cor. 1:20), la Misa es un tapiz de sonidos y sensaciones, tejido con palabras, acciones y accesorios tomados de la Biblia.
Nos dirigimos a Dios en las palabras que Él mismo nos ha dado por medio de los autores inspirados de la Sagrada Escritura. Y Él a su vez, viene a nosotros, instruyéndonos, exhortándonos y santificándonos, siempre por la Palabra Viva de la Escritura.
▬ Palabras de espíritu y vida ▬
Nada de esto es por casualidad.
En el plan divino, la Biblia y la Misa se nos han dado para nuestra salvación —para que podamos penetrar el misterio del plan de Dios, y unir nuestras vidas con Él— La Escritura, dice San Pablo, es “inspirada por Dios” y se nos ha dado “por nuestra salvación mediante la fe en Cristo Jesús” (cfr. 2 Tim. 3:15-16; Jn. 20:31).
La salvación y la nueva vida que la Escritura proclama son “actualizadas” —hechas reales— en nuestras vidas por o mediante la Misa. Como dijo Jesús: “Si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn. 6:53-54).
Por esto el culto de la Misa es culto bíblico. (Culto, según el Diccionario de la Real Academia Española: “homenaje externo de respeto y amor que el cristiano tributa a Dios”). La Biblia le da a la Misa su “eficacia”, su poder de cumplir lo que promete, su poder de integrarnos en comunión con la verdadera y viva presencia de Jesús.
Nuestro culto puede transformar nuestra vida porque la Palabra bíblica que escuchamos “no es palabra de hombre sino... palabra de Dios”. (1 Tes. 2:13).
El ordinario lenguaje humano, por más bello o persuasivo que pueda ser, nunca podría comunicar la gracia de Dios. No puede santificarnos ni hacernos “participes de la naturaleza divina” (2 Pe. 1:4).
Solamente el lenguaje sagrado de Dios puede transformar el pan y vino en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor. Solamente el lenguaje sagrado de Dios puede llevarnos a entrar en comunión con el Dios Vivo.
En el plan divino de salvación, la Biblia nos conduce a la Liturgia. En la Liturgia, el texto escrito de la Sagrada Escritura se vuelve la Palabra Viva. El sentido y propósito de la Biblia se cumple en la Misa, las palabras de la Escritura se vuelven “espíritu y vida... palabras de vida eterna” (Jn. 6:63,68).
II. Encontrando la Misa en la Biblia
▬ La tradición recibida del Señor ▬
La Misa es culto bíblico en un sentido aún más obvio.
Es el culto que Jesús mandó a celebrar en su Última Cena.
Cuando San Pablo escribió a los corintios, para corregir abusos en la manera que estaban celebrando la Eucaristía, les recordó la noche en que Jesús fue entregado.
San Pablo les cuenta que Jesús, “tomó pan, dando gracias, lo partió y dijo, ‘Este es mi cuerpo” y de la misma manera “tomó el cáliz... diciendo ‘Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre.’” Recordó además las palabras de Jesús a los apóstoles, “Haced esto en conmemoración mía.”
Aunque San Pablo no estuvo en la Última Cena, les dice que él recibió esta enseñanza de las iglesias fundadas por los apóstoles; y estas, a su vez la recibieron directamente del Señor, por esto dice: “Yo recibí del Señor lo que les transmití.” (cfr. 1 Cor. 11:23-29).
Las palabras en el griego original, que se traducen “recibido” y “trasmitido” son términos técnicos que los rabinos de su época ocuparon para describir el mantenimiento y enseñanza de tradiciones sagradas.
San Pablo ocupa estas mismas palabras cuando habla de su enseñanza sobre la muerte y resurrección de Cristo (cfr. 1 Cor. 15:2-3).
Estas dos sagradas tradiciones —la verdad sobre la muerte y resurrección de Cristo y la verdad sobre la Eucaristía que es el memorial de su muerte—fueron “recibidas” del Señor y “transmitidas” por los apóstoles.
Estas tradiciones fueron inseparables y cruciales para el mensaje de salvación que predicaron.
Por la muerte y resurrección de Cristo, San Pablo dijo: “nos estamos salvando.” En la Eucaristía, ese evento salvífico es “recordado” en una manera que nos comunica la salvación: “Pues cada vez que coman este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que venga” (1 Cor. 11:26).
▬ En el Cenáculo ▬
La tradición que San Pablo describe es muy semejante a la que se cuentan en los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas (cfr. Mt. 26:26-29; Mc. 14:22-25; Lc. 22:15- 20).
Cada cita recuerda el origen de la Eucaristía en detalles no idénticos, pero muy semejantes.
Cada relato dice que fue durante la Pascua, la fiesta que Dios instituyó en vísperas de la huida de Israel de Egipto (cfr. Ex. 12:1-28). También están de acuerdo que fue la noche antes que murió, durante la última comida que compartió con sus apóstoles.
Durante la cena, Jesús tomó pan, lo bendijo, y se lo dio a los discípulos diciendo: “Esto es mi cuerpo.” Tomó el cáliz también, y después de darle gracias a Dios, se lo dio a sus discípulos diciendo: “Esta es mi sangre... de la [nueva] alianza.”
San Mateo y San Marcos dicen que Jesús habló de “la sangre de la Alianza”. Moisés ocupó estas palabras cuando ratificó la Alianza entre Israel y Dios, rociando al pueblo con la sangre del sacrificio (cfr. Ex. 24: 4-8).
San Lucas, como San Pablo, dice que Jesús habló de “la nueva alianza” (cfr. Lc. 22:20; 1Cor. 11:25). Esto probablemente se refiere a la profecía de Jeremías en la cual Dios haría una “nueva alianza” con Israel. En contraste con la Alianza que hizo con el pueblo de Israel cuando lo sacó de Egipto, por esta nueva alianza, él escribirá su ley en sus corazones, no en tablas de piedra (cfr. Jer. 31:31-33; 2 Cor. 3:3).
Jesús en los tres evangelios, hace énfasis en el significado sacrificial de su muerte. Dice que su sangre es “derramada por muchos.” En San Mateo, él se ofrece “por el perdón de los pecados.” Los tres evangelios agregan una nota de urgente expectativa: Jesús jura a sus apóstoles que no beberá de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con ustedes, nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt. 26.29).
▬ Pan de vida, vid verdadera ▬
El evangelio de San Juan no cuenta la historia de la institución de la eucaristía en el Cenáculo. Esto no sorprende, porque le interesa más a San Juan explicar el profundo fondo bíblico de las palabras y hechos de Jesús y en llenar los aparentes huecos en las narraciones de San Mateo, San Marcos y San Lucas. Aunque no nos narra que Jesús dijo: “Esto es mi cuerpo” y “Esta es mi sangre,” San Juan nos da dos sermones en que Jesús dice algo muy semejante.
En el primero, predicado en la sinagoga de Cafarnaúm durante Pascua, dice dos veces, “Yo soy el Pan de Vida” (Jn. 6:34, 51). En el otro, durante la Última Cena (cfr. Jn. 13:2,4), Jesús dice dos veces más, “Yo soy la vid” (Jn. 15:1,5).
En las dos escenas, Jesús hace una declaración directa sobre su identidad (“Yo soy”). Ocupa la misma expresión en los dos pasajes para declarar que Él ha venido a ofrecernos una comunión que da vida.
Los que lo comen como el Pan de Vida “permanecen en mí”, dice él. Los que se unen con él por el vino eucarístico, el fruto de la Vid Verdadera, también “permanecen en mí”, nos dice (cfr. Jn. 6:56; Jn. 15:4-7).
▬ La Eucaristía según las Escrituras ▬
En futuras clases, volveremos a estas narraciones del origen de la Eucaristía, y veremos numerosas otras citas del Antiguo y Nuevo Testamento que tienen un sentido eucarístico.
Sin embargo, con los textos que ya hemos visto, podemos trazar un bosquejo de la enseñanza bíblica de la Eucaristía que profundizaremos más adelante.
La Eucaristía tiene que ver con la Alianza entre Dios y su pueblo. Como se ha presentado en los evangelios, la Eucaristía es el momento culminante de la historia de la salvación que se ha ido desarrollando de alianza en alianza en el Antiguo Testamento. Tiene estricta relación con la Pascua de Israel y el Éxodo.
La Eucaristía es sacrificio y es expiación de pecado. Este es el sentido literal de las palabras de Jesús en la Última Cena.
La Eucaristía es un memorial que crea a la Iglesia, el cuerpo de los creyentes. El mandato, “haced esto” llama de la nada a la Iglesia. Por su conmemoración, la Iglesia ofrece la nueva y eterna alianza de Dios a todas las generaciones.
La Eucaristía es comunión en el Cuerpo y la Sangre de Jesús que nos da la vida eterna. Como dice San Pablo de la Eucaristía: “¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo... no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (1 Cor. 10:16).
La Eucaristía es comer y beber en el Reino de Dios hasta que venga el Señor. La Eucaristía recuerda un evento salvífico del pasado, lo revive en el presente, e inspira esperanza en un acontecimiento futuro, la última venida del Señor.
III. De la Biblia a la Misa
▬ Escuchando a los apóstoles, partiendo el pan ▬
Las primeras descripciones de la Iglesia en el Nuevo Testamento son marcadamente “eucarísticas”. San Lucas dice: “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles... [y] en la fracción del pan” (Hech. 2:42).
Las “enseñanzas de los apóstoles” fueron sermones como los que se leen en el Libro de los Hechos de los Apóstoles y en los escritos inspirados por el Espíritu Santo (cfr. 2Pe. 3:15-16; 1 Cor. 2:13).
La “fracción del pan” es la frase que San Lucas ocupa para la Eucaristía (cfr. Lc. 24:35; Hech. 20:7,11).
Entonces, en la descripción más antigua de la vida de la Iglesia, vemos Palabra y Sacramento, Biblia y Liturgia unidos. Y el Nuevo Testamento fue compuesto y desarrollado en el contexto de la oración de la Iglesia primitiva.
Las epístolas fueron escritas en primer lugar para ser leídas públicamente “ante” los reunidos para la Eucaristía (cfr. 1Tesalonacenses 5:26; Col. 4:16; 1 Tim. 4:13).
Los saludos y bendiciones de estas cartas son adaptaciones de oraciones e himnos usados en la liturgia (cfr. 1 Pe. 1:2-5; 1 Cor. 16:22; Col. 1:15-20; Fil. 2:2:11-13).
El libro de Apocalipsis fue escrito para la lectura durante el culto (cfr. Apoc. 1:3). La forma de los evangelios—que narran cortos episodios de la vida y enseñanza de Jesús—probablemente indica que estos pasajes fueron escritos también para lectura en la Misa.
▬ Escuchar es creer▬
“La fe viene del oír [griego akoe, traducida en la Biblia de Jerusalén por predicación]” dijo San Pablo (cfr. Rom. 10:17). Y la Iglesia primitiva pudo oír la Palabra de Dios en la Misa.
Las primeras celebraciones eucarísticas siguieron la misma estructura de dos partes de nuestra Misa actual, lecturas de “las enseñanzas de los apóstoles” seguidas por “la fracción del pan.”
Vemos esto cuando San Pablo celebra la eucaristía en Tróade. Su sermón duró hasta la medianoche, con el resultado que uno de sus feligreses se durmió y cayó por la ventana del tercer piso. Sin asustarse, San Pablo, revivió al hombre y continuando con la oración él “partió el pan” (cfr. Hech. 20.7-12).
Además de las enseñanzas de los apóstoles, las liturgias primitivas probablemente incluían lecturas del Antiguo Testamento.
Este es el testimonio de la descripción más antigua que tenemos de la Eucaristía fuera de la Biblia. Escribiendo sobre esta parte de la Misa en 155 d.C., San Justino Mártir dijo: “Se leen las memorias de los apóstoles y los escritos de los profetas” y después se escucha una homilía (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica #1345).
El uso del Antiguo Testamento en la Liturgia—y en la estructura de dos partes de la Misa—se remonta hasta el ejemplo de Jesús. De hecho, la Biblia y la Misa fueron unidas inseparablemente para siempre por Jesús mismo la noche de la primera Pascua.
San Lucas nos dice que al resucitar, Jesús se encontró con dos discípulos en el camino a Emaús (cfr. Lc. 24:13-35).
No lo reconocieron al principio. Sin embargo, “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas,” Jesús explicó el sentido del Antiguo Testamento a ellos, demostrando cómo todas las promesas de Dios se cumplieron en Él (cfr. Lc. 24:44-48). Mientras les hablaba su corazón “estaba ardiendo dentro de” ellos.
Entonces Jesús se sentó en la mesa, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Noten bien el deliberado uso de San Lucas de las mismas palabras de la Última Cena: En la mesa Jesús, toma el pan, lo bendice...y se lo da (cfr. Lc. 22:14-20).
San Lucas está retratando la Eucaristía, la primera celebrada después de la Pascua.
Primero, Jesús “proclama” las Escrituras, enseñando cómo el Antiguo Testamento se cumple en el Nuevo Testamento hecho con su sangre. Después ofrece acción de gracias por esta alianza en el partir del pan.
Cuando lo hace, se cumple la promesa de las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento y se les abren los ojos a los discípulos y “conocen” a Jesús en una profunda comunión.
Desde esa noche, los creyentes nos hemos reunido cada domingo, el día de la resurrección que nosotros conocemos como el Día del Señor (cfr. Apoc. 1:10; Hech. 20:7). En esta asamblea abrimos las Escrituras y partimos el pan.
Y cuando lo hacemos en la Misa, vivimos de nuevo la experiencia de los discípulos en Emaús. Las Escrituras se cumplen, la Palabra de su Nueva Alianza arde como si se escribiera en nuestros corazones; y se nos abren los ojos por la fe al reconocerle en la fracción del pan.
▬ De vuelta a la Misa ▬
Por esto empezamos la misa como lo hacemos.
Jesús dio la comisión a sus apóstoles de predicar su palabra y bautizar a todas las naciones en el nombre del Padre y del Hijo, y del Espíritu Santo (cfr. Mt. 28:19).
Como hijos e hijas recién nacidos del Padre, los bautizados han alcanzado estar en la mesa familiar de la Cena del Señor. Allá, “gustaron el don celestial y hechos partícipes del Espíritu Santo, han saboreado las buenas nuevas de Dios y los prodigios del mundo futuro” (cfr. Heb. 6:4). Recordamos este legado bíblico y participamos en el inicio de cada Misa. Al persignarnos y repetir las palabras de la comisión final del Señor, recordamos y renovamos nuestra alianza con Dios, alianza hecha en nuestro bautismo.
Los apóstoles iniciaron la tradición de marcar a los nuevos bautizados con la Señal de la Cruz.
Fue el sello de la salvación del Señor (cfr. 2 Cor. 1:22; Ef. 1:13) y una señal de protección por la cual “el Señor conoce a los que son suyos” (2 Tim. 2:19).
El último libro de la Biblia revela que los marcados con “el sello de Dios vivo” en sus frentes serán liberados de la destrucción (Apoc. 7:3; 9:4; 14:1; 22:4) y son convocados a la liturgia celestial “las bodas del Cordero” (cfr. Apoc. 19:7,9; 21:9).
Hemos sido salvados del pecado y la muerte y nos alegramos por ser invitados a la Cena del Cordero. En esto estamos verdaderamente en la Misa.
Ciertamente, Él está con nosotros cuando nos reunimos en su nombre (cfr. Mt. 18:20). Escuchamos el cumplimiento de las palabras de la promesa bíblica, “El Señor esté con ustedes”.
La Biblia termina con la promesa del Señor que vendrá pronto (cfr. Apoc. 22:20). Donde termina la Biblia, empieza la Misa.
IV. Preguntas para reflexionar
☼ Lo que decimos y escuchamos en la misa viene de la Biblia. Dé algunos ejemplos.
☼ Lo que hacemos en la Misa, lo hacemos porque fue hecho en la Biblia. Dé algunos ejemplos.
☼ ¿Por qué solamente la Biblia puede dar a la Misa su poder transformador de vidas?
☼ ¿Cuáles son los detalles de la Última Cena que son semejantes en San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Pablo?
☼ ¿Qué prueba tenemos que la estructura en dos partes de la Misa y el uso del Antiguo Testamento en la liturgia nos vienen de Jesús directamente?
▬ Para meditación personal ▬
► ¿Tu corazón arde cuando escuchas las Escrituras proclamadas en la Misa? Intenta preparar la Misa dominical leyendo y orando sobre las Escrituras que se proclamarán ese día. Mientras lees, trata de entender cómo las promesas de la lectura del Antiguo Testamento se cumplen en la lectura del evangelio.
► ¿Reflexionas sobre el fundamento bíblico de la Misa? Con un espíritu de oración, lee los pasajes bíblicos asociados a los ritos iníciales de la Misa (por ejemplo Mt. 18:20; 28:19-20; 2 Cor. 1:22; 13:14; Ef. 1:2; 1:13; 2 Tim. 2:19; 4:22; Ex. 3:12, Lc. 1:28; Lc. 18:13, 38, 39; Sal. 51:1; Bar. 3:2). Así puedes profundizar tu participación en la Misa.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Scott Hahn | Fuente: EstudioBiblicoCatolico.com
Para entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
La Santa Misa, es tal vez el milagro más grande que Dios nos regala cotidianamente, pero al mismo tiempo es el don menos comprendido ya sea por la rutina de quienes asistimos a ella o por un total desconocimiento de su verdadero valor e importancia.
Estando ya próximos a comenzar a vivir el Año de la Fe, al que nos convoca S. S. Benedicto XVI, nos parece oportuno presentar una serie de boletines de ¡Ser Discípulos!, Aprende a defender tu Fe, con los que exploraremos la relación íntima e inseparable entre la Biblia y la Misa.
Luego de una visión general de la Eucaristía en el Nuevo Testamento, veremos las profundas raíces de la Misa en la historia bíblica del sacrificio – una historia que culmina con la Ultima Cena y la institución de la Eucaristía.
El Doctor Scott Hahn, autor del texto original en que se basará esta serie de publicaciones, es un ex ministro presbiteriano converso al catolicismo luego de un largo itinerario espiritual lleno de sincero amor a Dios y sobre todo de estudiar las Escrituras con un corazón sincero y abierto para encontrar la verdad.
Parte de aquella verdad encontrada por él es la que presentaremos a ustedes en estos seis boletines. Si eres católico de toda la vida, el Dr. Hahn probablemente te dejará con una apreciación de la Misa totalmente nueva.
Si has ingresado en la Iglesia, estás pensando en llegar a una plena comunión con ella o tan sólo sientes alguna curiosidad sobre las creencias católicas, entonces este material te mostrará una dimensión del catolicismo en la que probablemente nunca habías pensado.
Entre otros, esta serie de boletines tiene los siguientes objetivos:
► Entender las creencias básicas de la Iglesia Católica sobre la relación entre Biblia y Liturgia.
► Entender el fundamento bíblico de la Misa.
► Entender la base bíblica del Rito de Penitencia y el Gloria en la Misa
► Entender como se adoraba a Dios en el Antiguo Testamento
► Entender el concepto del sacrificio en el Antiguo Testamento
► Entender la muerte de Jesucristo en la Cruz como sacrificio
► Ver el paralelismo entre los sacrificios del Antiguo Testamento y el sacrificio de Cristo en la Cruz
► Entender cómo el sacrificio nos es re-presentado en la misa
► Entender el lugar de la Escritura en el centro de la liturgia
► Ver la Escritura como un encuentro con Cristo, la Palabra Viva de Dios
► Ver cómo la Liturgia de la Palabra nos prepara para la Liturgia de la Eucaristía
► Entender las profundas bases bíblicas de la Liturgia de la Eucaristía.
► Entender cómo la Misa que celebramos en la tierra es una participación de la liturgia celestial.
► Entender el profundo fundamento bíblico del mandato de Jesús que la Eucaristía fuera celebrada “en conmemoración mía”.
► Entender la Eucaristía como parusía, la “venida” de Cristo, y como el pan de cada día por el cual pedimos en el Padre Nuestro.
Esta serie de publicaciones será posible gracias a la autorización expresa que el Dr. Scott Hahn y elCentro de Teología Bíblica San Pablo nos han otorgado.
Este material será enviado cada día sábado a partir del 29 de septiembre hasta el 3 de noviembre de 2012.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: María Mensajera | Fuente: Adoraciòn Nocturna Española en Santander
Testimonio del P. Derobert, hijo espiritual del Padre Pío.
El Padre Derobert, hijo espiritual del Padre Pío, explica el sentido que tenía la Misa para el Santo de Pietrelcina: “El me había explicado poco antes de mi ordenación sacerdotal que celebrando la misa había que poner el paralelo su cronología y la cronología de la Pasión de Cristo.
Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el altar es Jesucristo. Y desde ese momento Jesús en su sacerdote revive indefinidamente su Pasión”.
Y este es el itinerario de la cronología y orden en paralelo de la Misa y de la Pasión:
1.- Desde la señal de la Cruz hasta el Ofertorio: Es el tiempo de encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la marea negra del pecado. Unirse a Él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica hay que escuchar las lecturas de la Misa que están dirigidas personalmente a mí y a nosotros.
2.- El Ofertorio: Evoca el arresto de Jesús. La Hora ha llegado…
3.- El Prefacio: Es el canto de alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar a esta Hora.
4.- Desde el comienzo de la plegaria eucarística hasta la consagración: Empezamos encontrándonos con Jesús en prisión para después hacer memoria y celebración de su atroz flagelación y coronación de espinas. Seguimos con su Vía Crucis, el camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén –imagen de todo el mundo y de toda la humanidad-, teniendo presentes en el “memento” a los que están allí, en la Misa, y a todos.
5.- La consagración: Se nos da el cuerpo de Cristo, entregado de nuevo ahora. Es místicamente la crucifixión del Señor, y por eso el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa, durante la consagración.
6.- Las plegarias inmediatamente posteriores a la consagración: Nos unimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante al Padre el sacrificio redentor. Es el sentido de la oración litúrgica inmediatamente después de la consagración.
7.- La doxología final, “Por Cristo, con Él y en Él…”: Corresponde al grito de Jesús “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…”. Desde este momento, el sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora ya no están separados de Dios, se vuelven a encontrar unidos. Y esa la razón por la que a continuación de la doxología se reza el Padre Nuestro.
8.- La fracción del Pan: Marca la muerte de Jesucristo.
9.- La intinción y posterior comunión: La intinción es el momento en que el sacerdote, habiendo quebrado la sagrada hostia, símbolo de la muerte, deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el cáliz de su preciosa sangre. Marca el momento de la resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y a Cristo crucificado y resucitado a quien vamos a recibir en la comunión.
10.- La bendición final de la Misa: Con ella el sacerdote marca a los fieles con la cruz de Cristo como signo distintivo y, a su vez, escudo protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión como Jesucristo, tras su Pasión y ya resucitado, envío a sus apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos.
por Makf | 10 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.net
¿Cuándo será el fin del mundo?
Entrevista al P. José Antonio Caballero, profesor de Sagrada Escritura en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma) sobre el fin del mundo, el calendario maya y el año 2012.
-Usted ha escrito una tesis doctoral sobre el Apocalipsis de san Juan y es profesor de temas de Sagrada Escritura. ¿Cómo es que de la Biblia ha pasado a interesarse por la cultura maya?
-No he sido yo el que he pasado del interés en la Escritura a los mayas. Han sido determinados ambientes culturales y aun el mismo Hollywood quienes lo han hecho; este paso no es sino confusión de lo que es “apocalíptico” con el fin del mundo.
Podemos decir que en el fondo se trata de cierto ambiente cultural con visos de seriedad científica, arqueológica y astronómica. Me explico, en el habla normal se tiende a denominar apocalíptico todo lo relacionado con catástrofes o cataclismos.
Por ejemplo, en la película “2012” un curioso personaje llamado Charlie Frost, sugiere la construcción de astronaves para escapar del peligro de un inminente “arrebato”, “apocalipsis o fin de los tiempos”, que no sería para él sino algo vaticinado por la Biblia y por los mayas.
Ante esta confusión, que por lo que veo, es también difusión, recibí la invitación de impartir una conferencia –a la que han seguido varias– sobre el Apocalipsis de Juan y de paso contestar a ciertos interrogantes que han estado circulando desde hace tiempo. También me he percatado de que cunde mucho temor entre varias personas.
Al respecto, conviene tener en cuenta que el Apocalipsis no se compuso para instar al miedo, sino a la confianza en Dios. Donde hay temor no está Dios. El mensaje de Cristo resucitado es “la paz esté con vosotros” y la paz es lo más cercano que hay a la felicidad: de hecho en Jn 20,19-20, los apóstoles pasan del temor a la alegría al ver al Señor resucitado en medio de ellos.
-¿Desde hace cuánto tiempo pervive este ambiente cultural?
-Ya con el acercarse del año 2000 volvió a cundir esta psicosis sobre la inminencia del fin del mundo. Como en el año 2000 no se tuvo ningún fin, dado que la cuenta larga del calendario maya concluye en el solsticio de invierno de 2012, para algunos se ha tratado de una advertencia sobre todo un cúmulo de catástrofes que ocurrirían a partir del año 2012, a lo que suman algunos argumentos con base en el “calentamiento global”.
Sin embargo, el calendario maya concluye en 2012 no para significar el fin del mundo, sino porque ya no pudieron ir elaborando más su calendario, dada la llegada de los españoles. Para el maya el tiempo es cíclico, no linear. La idea de un inicio y un final de los tiempos es del todo ajena a la mentalidad maya.
-Entonces, ¿el fin del mundo no será en 2012?
-Solamente lo sabe Dios, y Él no quiere que estemos obsesionados por ese tema. A lo largo de la historia de los hombres, después de Cristo, muchos han pretendido predecir la inminencia del final de los tiempos, pero basta leer la segunda carta a los Tesalonicenses para darse cuenta de que no se trata sino de un escollo del que no siempre nos hemos sabido librar.
Así Pablo dice: “no os turbéis de ligero, ni no os alarméis ni por espíritu, ni por discurso, ni por epístola, como si fuera nuestra, como si el día del Señor fuera inminente. Que nadie en modo alguno os engañe, porque antes ha de venir la apostasía, ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición” (cf. 2Cor 22,-3).
Muchos han olvidado el “nadie os engañe de Pablo” y han conservado sólo la manifestación del hombre de la iniquidad”. Por otro lado, en Mt 24,36 Jesús dice claramente: “de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángel del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”.
-¿Puede citar más personajes que hayan intentado vaticinar el fin del mundo?
-Massimo Introvigne, famoso estudioso italiano de las religiones, en una de sus obras afirma con acierto que pocas enseñanzas de Cristo se han revelado de tan difícil aplicación como el pasaje de Mt 24,36 (M. Introvigne, “Le nuove religión”, Milano 1989, 109).
Él inicia así el estudio de la corriente adventista en la que han influido ciertas interpretaciones rabínicas, y talmúdicas medievales, que a su vez se esforzaban por calcular la fecha de la venida del “verdadero mesías”, esperado por grupos judíos milenaristas de los años 968, 1352, 1358, etcétera.
Sin embargo, ya para el siglo II d.C., a pesar de las advertencias de Pablo en 2Tesalonicenses, Montano se hacía pasar por el Espíritu Santo y afirmaba que la segunda venida sería inminente en el llano de Pepuza (lo que hoy es Turquía), sin que nada ocurriera.
Introvigne, sin embargo, observa que las premisas del adventismo moderno se remontan a las especulaciones en torno a la Revolución francesa que para muchos estuvieron cargadas de profundo significado profético. Como el Papa Pío VI fue puesto en prisión por los soldados franceses (el 15 de febrero de 1798), muchos veían en ello el final del pontificado romano, aplicando erróneamente al Papa la expresión de “hijo de la perdición”.
Así es como se llega a la figura de William Miller quien en al menos tres ocasiones pretendió basarse en la cifra de los mil 260 días/años de Ap 11,3 para predecir la fecha del fin del mundo sin que tampoco ocurriera nada. Luego fue el turno de otros personajes propios de los testigos de Jehová: Charles T. Russell y J. Rutherford; adujeron por escrito fechas para el final de los tiempos como 1914, 1925, sin que tuviera lugar la “parusía” de Cristo.
Ante la decepción de la llegada del Mesías, añadieron que Cristo habría diferido su segunda venida por motivos misteriosos. Finalmente, sus seguidores hicieron correr la voz de que la fecha indicada sería para el año 1975, pero el fracaso de la predicción fue claro.
-¿La Biblia habla entonces del fin del mundo sí o no?
-La Biblia habla del fin del mundo, claro está, pero nunca ha dicho cuándo será. Más aún es propio del pensamiento judeocristiano, el considerar que Dios crea las cosas con su palabra (Génesis 1-2; Isaías 40,26), de la nada (2Macabeos 7,28), que todo es bueno y tiene un inicio en Él, y que todo, su vez, tiene un fin en Él (Apocalipsis 21 y 22). Nadie puede saber más que Cristo, quien a las claras afirmó que no lo sabía. ¿Hemos de suponer que hay gente que sabe más que Él?
-¿Este modo de pensar aportando fechas para el fin del mundo es correcto según las enseñanzas de la Iglesia Católica?
-Se trata de una herejía denominada “milenarismo”; que se podría definir como especulación sobre la fecha precisa sobre el final de los tiempos, que tendría lugar al cabo de un periodo de paz y prosperidad (que duraría mil años), con base en algunos pasajes de la Escritura, interpretados de modo literal o fundamentalista y no en su sentido simbólico. Tales textos han sido Daniel 4,1-34; 7,25; 8,14; 12,7.11-12, y Apocalipsis 11,2-3; 20,1-10.
por Makf | 8 Abr, 2026 | Apologética 13
Autor: Oscar Gerometta | Fuente: Cristiandad.org
Introducción en las pautas esenciales de análisis y comprensión del problema sectario.
Informar y orientar a nuestras comunidades, en base a un lúcido discernimiento, acerca de las formas religiosas o para-religiosas … y las distorsiones que encierran para la vivencia de la fe cristiana
Documento de Puebla n. 1669
Hablar generalizando es una tentación permanente, sobre todo en un fenómeno como el que nos ocupa, las generalizaciones están al orden del día. Cuando nos ocupamos de las "sectas" una de las grandes tentaciones es hacer también una caracterización global de un fenómeno que es singularmente amplio, diverso y no de fácil comprensión.
La diversidad de origen histórico de los distintos grupos, la variedad de sus fuentes doctrinales y rituales, junto con la enorme variabilidad doctrinal que engendra todo sincretismo, hacen utópico todo intento de dar una visión unificada del fenómeno sectario.
Por esto mismo no es posible caracterizar sencillamente a las sectas, de un modo tal que todas puedan considerarse abarcadas por esas características. Esta dificultad la apuntamos y experimentamos al intentar elaborar una clasificación suficientemente abarcativa y clarificadora.
Pero por otro lado, no podemos ignorar que el fenómeno en su conjunto responde a una problemática cultural que sí es única, y por lo tanto, a partir del hecho de que la diversidad religiosa es síntoma de un mal social único, podemos referir algunos puntos comunes no a cada grupo en particular, sino al hecho social y religioso en su conjunto. Son esos puntos los que queremos ahora detenernos a enunciar brevemente, a modo de un borrador que sirva para una mayor profundización de la situación.
Un denominador común: el subjetivismo religioso
Un hecho sociológico transportado a la religión: el individualismo
Un fenómeno en expansión: la lectura heterodoxa de los textos sagrados
La lectura fundamentalista
La lectura ocultista
Al realizar nuestro recorrido histórico del desarrollo del fenómeno y repasar los acontecimientos que jalonaron el surgimiento de las iglesias protestantes alrededor del movimiento reformista del siglo XVI, hemos destacado el hecho de que la introducción del principio de "Libre Interpretación" de las Escrituras significó la introducción en la estructura eclesiológica de Occidente del subjetivismo religioso.
Según define el diccionario, el subjetivismo en materia filosófica es el punto de vista "según el cual lo decisivo para el valor del conocimiento no es el objeto, sino la constitución del sujeto…".
Trasladado al ámbito religioso, cuando hablamos de "subjetivismo religioso" nos referimos al fenómeno moderno que ha implicado que la búsqueda religiosa del hombre contemporáneo se haya desplazado de una búsqueda de comunión objetiva con la Trascendencia a la mera búsqueda de la experiencia íntima y personal de "lo divino".
Como expresa el Catecismo de la Iglesia Católica, "el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios". Esta búsqueda o deseo de Dios es lo que los hombres han expresado a lo largo de la historia bajo la forma de diferentes creencias y comportamientos rituales.
Esta búsqueda es la búsqueda de la comunión con la Trascendencia en la que anhelamos encontrar la cura para la angustia de nuestro ensimismamiento. Es la búsqueda de la unión con el Todopoderoso que nos permite trascender los límites de nuestra condición limitada. Es bucear en la realidad en busca de un Otro, de un Distinto del hombre que pueda dar respuesta a las angustias que brotan de su propia experiencia de contingencia.
Por esto a lo divino, lo misterioso, lo trascendente, se lo ha definido como lo "totalmente otro", en definitiva, como lo máximamente objetivo. De aquí que la experiencia básica del hombre religioso es la de lo divino como algo total y absolutamente distinto del hombre, como un Otro objetivo que se le impone: a la contingencia de la profanidad de lo humano se contrapone la absoluta necesidad de lo sagrado, como absoluta y totalmente distinto del hombre, y por lo tanto, como esperanza de solución para el dilema de la contingencia.
Este era, desde el principio de los tiempos y hasta el nacimiento de la modernidad, el denominador común de toda experiencia religiosa: lo divino como una realidad que se impone al hombre y que desde su objetividad es aceptada o rechazada por el individuo, siendo su aceptación el punto de partida para el desarrollo del hecho religioso de comunión con lo divino, y de allí para la experiencia subjetiva de comunión con la divinidad.
Esta misma es la objetividad de lo Cristiano: Jesús, el Cristo, es propuesto por su Iglesia a todos los hombres como Camino, Verdad y Vida, como única respuesta valedera a ese deseo de Dios inscrito por Él mismo en el corazón de todo hombre, un corazón humano que debe enfrentar, desde la intimidad de su respuesta libre, el desafío que el llamado evangélico supone.
En esta decisión libre, a la que llamamos "conversión", se funda la verdadera comunión con lo Divino:"Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo". A esa experiencia íntima y personal de Comunión, fruto de una conversión objetiva al Dios Trino que se descubre como totalmente Otro, es a la que llamamos "experiencia religiosa".
Esta experiencia religiosa es el eco subjetivo y personal de la realidad objetiva de la conversión. El "sentimiento" religioso es estable y profundo, cuando es consecuencia de el encuentro personal con Dios. De este modo, el objeto primero de la búsqueda religiosa es el encuentro objetivo con la Divinidad.
La modernidad en cambio, ha desplazado la objetividad de esta experiencia al plano de lo puramente fenomenológico y por ende subjetivo; convirtiendo en meta de la conversión no el encuentro con Cristo, sino la experiencia de "sentirse" salvado.
Ya no importa encontrar la respuesta a las expectativas más profundas del hombre en la objetividad del Dios que se manifiesta como respuesta verdadera a esos interrogantes, sino que la preocupación está puesta en alcanzar un sentimiento de redimido, sin importar en el fondo si tal sentimiento está fundado en la realidad objetiva e inconmovible de la Gracia o no.
De este modo se deja de lado toda referencia al ámbito de lo real para sumergirse en el lenguaje de lo experiencial y subjetivo. La preocupación no es ya conocer a Dios, sino solamente "sentirlo" y "sentirse" conocido y amado por Dios.
Este camino frustra esa expectativa de trascendencia que está encerrada en el corazón de todo hombre. La frustra, ante todo porque deja al hombre librado a su propia limitación y contingencia, limitación que por experiencia conoce como insalvable, y a la que se despoja de la esperanza que asegura la trascendencia y permanencia de lo divino.
Pero la frustra también, porque encierra al hombre en su soledad, aislándolo de la necesaria referencia a la experiencia objetiva comunitaria de salvación que funda al verdadero Pueblo de Dios: la comunión sólo puede fundarse en la experiencia común, y esto requiere un objeto común.
De este modo, el mismo sujeto que experimenta la omnipotencia de "sentirse salvado", sufre paralelamente la angustia de sentirse sumergido en la noche solitaria y triste del individualismo. Debe ahora buscar la experiencia de "sentirse" miembro de una comunidad. Pero el Pueblo de Dios es la comunidad de los que han sido salvados por Cristo, no de aquellos que se "sienten" salvados por Él.
Un hecho sociológico transportado a la religión: el individualismo
El subjetivismo inhabilita al hombre para la comunión, por eso está inevitablemente unido a otro fenómeno de la transición de este milenio: el individualismo.
En el ámbito sociológico este avance del individualismo se ha plasmado es una serie de estructuras sociales que, aún cuando se sigue definiendo a la familia como la célula de la sociedad, están privilegiando al individuo por encima de la familia.
Quizás el fenómeno cultural más evidente y a la vez el menos debatido es esta tendencia a considerar al individuo como un ente con sentido y razón en sí mismo, desgajado de su historia (su familia de origen) y de su futuro (su proyecto de familia).
Este fenómeno quizás sea necesario referirlo al rol creciente que se ha dado a partir de fines del siglo XVII, a la afirmación de la libertad individual muchas veces como contrapuesta y por encima del bien común. De este modo se ha eliminado progresivamente todo elemento que permita presumir al menos una mínima limitación al ejercicio de una libertad que se supone erróneamente absoluta.
De este modo el hombre se ha ido despojando progresivamente de su historia, luego de los nexos nacionales, más tarde de los esquemas culturales, y en este último tiempo de su referencia familiar. Así ha eliminando toda referencia a una comunidad verdadera, aún a la más elemental y primaria: la comunidad familiar.
Como consecuencia inmediata podemos observar una cultura en la que se presentan habitualmente como contrapuestos el bien común y la felicidad personal, y que por ende procura reemplazar la verdadera comunidad de vida por una libre asociación transitoria fruto de la comunidad de intereses.
El ejemplo más claro podemos encontrarlo en el intento de la década del ´90 de reemplazar la comunidad familiar por modelos alternativos en los que la convivencia se limita a la compañía eliminando radicalmente toda comunidad de proyecto de vida.
Pero esto no es sólo un problema social, sino que implica también un desafío directo para todos las propuestas religiosas. Toda religión supone una comunidad en la cual, desde la objetividad de la experiencia de lo divino, se comparte el recuerdo de la experiencia fundante y el esfuerzo por caminar hacia la comunión definitiva con la Trascendencia.
Esta comunidad religiosa podrá permanecer simplemente como tal o plasmarse en estructuras sociales que canalicen ese recuerdo y ese proyecto (estructuras a las que en el contexto del cristianismo denominamos "iglesias"), pero en todos los casos mantiene su identidad comunitaria; y, a la vez que ofrece al individuo una referencia estable y segura, exige también de este su aceptación y asimilación al proyecto que se manifiesta como común.
De este modo toda comunidad religiosa supone para el individuo que en ella se inserta ambivalencia: por una parte la seguridad que es consecuencia de la objetividad de la experiencia religiosa, por otra la limitación que supone aceptar una tradición heredada y la responsabilidad de un futuro común.
Esta ambivalencia se ha hecho difícilmente tolerable para el hombre contemporáneo infectado de individualismo.
Es que por un lado se ha desplazado la preocupación de la comunión objetiva a la subjetividad de la vivencia personal; por otro, la aceptación de una comunidad supone una renuncia libre para la que no estamos culturalmente preparados.
Es mucho más tentadora la posibilidad de poder construir, desde la que considero como mi experiencia personal de lo divino, una fórmula religiosa personal en la que combinen los elementos que más condicen con mi sentimiento personal sin ligarme necesariamente a normas o moldes comunitarios que limitan mi libertad.
Es así que nos encontramos con el fenómeno de que el fin de este milenio asiste por un lado a un reverdecimiento de la necesidad subjetiva de una referencia trascendente, y por otro a la negación sistemática de ligarse a una comunidad religiosa claramente estructurada. Esto explica también el fenómeno del tránsito fluido a través de grupos religiosos inmensamente diversos, y el clima general de "deísmo" que vive nuestra sociedad, de espiritualidad sin religión.
El hombre del tercer milenio se siente solo ante la inmensidad de lo divino, y ha perdido la seguridad que transmite la pertenencia al Pueblo de Dios. Hastiado de soledad busca la pertenencia a una comunidad, pero se niega a renunciar a algo de la ilusión de su libertad.
¿Cómo encajan en este planteo las numerosas "comunidades" que surgen cada día? Encajan como respuesta a la angustia de la soledad. El subjetivismo nos deja solos y sin pertenencia. Requerimos de un esquema de pertenencia pero ya no podemos encontrarlo en el hecho de compartir una experiencia objetiva. Aquí surgen las "comunidades" nucleadas no en la aceptación de una realidad común sino en el esfuerzo de compartir un afecto.
Son las comunidades de los que "se sienten salvados". Los nuclea el esfuerzo por alcanzar una experiencia, esto es lo que las hace particularmente peligrosas estas comunidades para la psiquis de sus miembros: las personas se engregan acríticamente buscando "experimentar" a Dios, y para lograr esa experiencia están dispuestos a abandonar todas sus defensas personales.
Pero por otro lado, como la experiencia personal es algo intransferible, y en el caso de que se alcance, lábil (no duradero), las comunidades tampoco son estables: sus miembros permanentemente migran por cansancio o rechazo, en busca de otra comunidad que prometa la "experiencia".
Un fenómeno en expansión: la lectura heterodoxa de los textos sagrados
Pero el drama de la libertad no sólo se expresa en el aspecto vivencial comunitario, sino que se vuelve mucho más terrible cuando se instaura en el orden intelectual y se quiere reivindicar como libertad para la interpretación del mensaje revelado. El fundamentalismo contemporáneo, en el ámbito del cristianismo, no es más que un hijo no querido del subjetivismo de la libre interpretación.
Es que, como señalara el Concilio Ecuménico Vaticano II en lo que se refiere a la interpretación de las Sagradas Escrituras:
"Habiendo, pues, hablado Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que Él quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y qué quiso Dios manifestar con sus palabras.
"Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a ´los géneros literarios´, puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: históricos, proféticos, poéticos o en otras formas de hablar.
Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia, según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época…"
Es decir, la recta interpretación de las Sagradas Escrituras exige que la pauta de interpretación sea la realidad histórica del momento en que el texto fue escrito. Pero en este sentido hay dos tentaciones fundamentales:
Hija del subjetivismo y de la libre interpretación, acunada en los brazos del pietismo, se ha gestado una forma de lectura del texto bíblico que prescinde totalmente del contexto histórico en que fueron escritos los distintos libros que lo componen, dejando de lado todo el instrumental de interpretación que hoy llamamos "exégesis" y, lo que es peor, la interpretación tradicional de los textos bíblicos dentro de la Iglesia, para simplemente procurar "entender lo que me dice el texto", ignorando de este modo la objetividad del texto y dejándolo librado al capricho del lector de turno. Esto es esencialmente lo que denominamos una "lectura fundamentalista".
Por otro lado, siempre existe la tentación de lo novedoso, por lo que en los casos en que la interpretación tradicional de un texto no alcanza o no se ve como suficiente, y la interpretación fundamentalista resulta muy primitiva, no es extraño que se eche mano de elementos ajenos a la historia de la redacción del texto bíblico tales como los principios del ocultismo teosófico, o alguna pretendida revelación mantenida oculta desde tiempos inmemoriales, cuando no de los mensajes recibidos por algún canalizador, vidente o profeta de turno.
Esta forma de interpretación totalmente espúrea y ajena al espíritu verdaderamente cristiano, constituye lo que podríamos denominar una "lectura ocultista" de las Escrituras.
Pero atención. Hasta aquí hemos descrito el fenómeno que denominamos "lecturas heterodoxas" tomando como base el texto bíblico. Nos ha parecido el modo más directo de explicar lo que entendemos por lectura fundamentalista y lectura ocultista.
Pero este fenómeno no se circunscribe a los textos fundantes del cristianismo. Se trata solamente de un modo de ejemplificar lo que podríamos llamar más genéricamente como "lecturas aberrantes de textos sagrados" y que se dan hoy en casi todas las religiones: islamismo, budismo, brahmanismo, etc.
El fundamentalismo y el ocultismo son dos estructuras mentales que hacen estragos en cualquier cultura y en todo contexto religioso. Dos de los gérmenes que carcomen las entrañas de nuestras culturas globalizadas.
La lectura fundamentalista
Denme una cita bíblica…
Dado que el propósito primero de la lectura bíblica debiera ser que el hombre se encuentre con lo que Dios quiere manifestar a quien lo busca con corazón recto, o lo que Pío XII llama "descubrir y exponer el sentido genuino de la Sagrada Escritura", el objeto primario de esa lectura tendría que ser la determinación de lo que llamamos el "sentido literal" de las Escrituras.
Para esto, según dice el mismo Papa, es preciso valerse "del conocimiento de las lenguas, ayudándose del contexto y de la comparación de otros pasajes análogos", pero como estos textos han sido redactados en el seno de una comunidad perfectamente identificada (el Pueblo de Dios), y para esa misma comunidad, alcanzar el recto significado de los mismos exige también tener en cuenta el sentido que ese Pueblo de Dios dio a esas palabras a lo largo de la historia, y cómo las enseñó.
Es decir, una recta interpretación del texto bíblico exige un doble parámetro de objetividad; por una parte una objetividad referida a lo que materialmente dice el texto mismo que lo que exige contextualizarlo en la cultura y el tiempo histórico en el que fue escrito; y por otra, una objetividad referida al autor y destinatario del texto, lo que requiere la consideración del modo particular en que ese texto ha sido leído a la largo de la historia por la Iglesia.
Esta doble objetividad es la que nos pone permanente a salvo de la tentación del fundamentalismo.
Pero el fundamentalismo arrebata el texto del seno de la comunidad desde la cual y para la cual fue concebido, convirtiéndolo en un libro sin autor y sin destinatario, desvinculándolo de la lectura que de él han realizado los cristianos a través de los siglos; convirtiéndolo de este modo también en un escrito atemporal, sin situación cultural e histórica concreta, sin otro parámetro de interpretación auténtico que no sea lo que este lector aislado en el tiempo y el espacio cree encontrar en el texto.
Por eso toda lectura fundamentalista, tanto de la Biblia como de cualquier otro texto sagrado (p.e. el Corán) se reduce a una lectura del libro por o a través del mismo libro. Esto quiere decir que el único parámetro de interpretación auténtico que se reconoce en toda lectura fundamentalista son los textos paralelos, las menciones posteriores, las citas cruzadas, etc..
Sin duda que estos elementos constituyen una herramienta importante para la interpretación de todo texto sagrado, pero de ningún modo son la única, ya que no se puede ignorar la importancia que tienen el contexto histórico y cultural en el cual fue escrito y para el cual está destinado, y por sobre todo, la lectura que realiza la la comunidad desde la fe.
Pero la dificultad no queda simplemente reducida a que el fundamentalismo conduce necesariamente a un empobrecimiento arbitrario de la lectura del texto sagrado. Si tenemos en cuenta la amplitud y vastedad del texto bíblico, así como la variedad de géneros literarios y épocas de composición de los distintos textos, y se lo combina con una lectura fuera del debido contexto, el resultado será la posibilidad de fundamentar prácticamente cualquier opción personal a partir de un texto bíblico.
Y esto no es una mera hipótesis… el "flirty fishing" de los Niños de Dios, la negativa a recibir transfusiones de sangre de los Testigos de Jehová, el frenesí paramilitar de grupos apocalípticos como el de Waco, no se pueden justificar solamente a partir de una presunta actitud de fanatismo religioso, sino que encuentran un sostén religioso a partir de una lectura fundamentalista de la Biblia, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
El fundamentalismo ha sido y será siempre la tentación para el espíritu religioso simple que tiende a rechazar los artilugios muchas veces vanamente artificiosos de la especulación racional, tentación que abre la puerta al fanatismo y al sectarismo de cualquier tipo. Si se acepta el punto de partida del fundamentalismo, parafraseando a Arquímedes podríamos decir: "…denme una cita bíblica y justificaré lo que sea".
La lectura ocultista
Busca la sabiduría y corre tras ella…
El fundamentalismo es la tentación de rechazar todo elemento interpretativo que no sea el mismo texto sagrado.
Pero hay otra tentación que evidentemente ha rondado los ambientes cristianos desde la época de los mismos apóstoles: la introducción de elementos parcial o totalmente ajenos a la fe y el contexto cultural bíblico, como pautas de interpretación del texto bíblico; a esto parece referirse la carta a los Gálatas cuando afirma:"… aún cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!".
Estas formas de lectura heterodoxa contemplan la introducción de todo tipo de elementos realmente ajenos a la tradición religiosa de origen.
En algunos casos se introducen escritos de un estilo pretendidamente semejante al de los escritos bíblicos, surgidos en un contexto cultural relativamente cercano al de los hagiógrafos, aunque totalmente ajenos al canon de las Escrituras.
Escritos antiguos, redactados en los últimos siglos del período del Antiguo Testamento o los primeros de la Era Cristiana, muchos de ellos de origen claramente heterodoxo, que pudieron en algún momento haber tenido cierta aceptación dentro de la iglesia primitiva aunque nunca fueron aceptados como verdadera Revelación.
Es el caso de los escritos denominados Apócrifos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En su momento muchos de ellos fueron elaborados a partir de sectas heréticas de los primeros siglos que pretendían dar su propia versión de los dichos y hechos de Jesús de Nazaret.
Hoy en día su uso es particularmente habitual entre algunos grupos ocultistas o gnósticos que reivindican ser la verdadera continuidad del cristianismo, los poseedores de la verdadera doctrina cristiana que se hallaría corrompida en la predicación de la Iglesia.
Escritos modernos, casi contemporáneos, que plagian burdamente el estilo sobre todo del Antiguo Testamento, y que son presentados como un complemento necesario del texto bíblico que ha permanecido oculto hasta ahora por algún designio particular.
Tal es el caso del Libro de Mormón de la Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día, especie de tercer testamento que la humanidad ha recibido a través de José Smith. Es habitual que en estos casos el escrito nuevo se considere como más importante para la vida del grupo que la Biblia misma.
En otros casos se trata de verdaderos escritos modernos, frutos de alguna revelación o iluminación particular que recibe el vidente, y que se convierten en la clave de interpretación necesaria del texto bíblico sin la cual toda interpretación bíblica es considerada falsa.
Este es el caso de tanta profecía que se convierte en "oficial" dentro de muchas sectas, también el del Principio Divino de la Secta Moon, Ciencia y Salud como clave de las Escrituras de Mary Baker Eddy, fundadora de la Ciencia Cristiana, etc.. Según algunos especialistas tendrían un rango semejante las interpretaciones bíblicas que realiza la revista Atalaya para los Testigos de Jehová.
Esta misma jerarquía adquieren las visiones, revelaciones o interpretaciones de textos sagrados que hacen diversos videntes o profetas en cuyo entorno se cultivan conductas de corte sectario dentro de muchas comunidades cristianas.
Tanto los grupos adscriptos al Movimiento de la Nueva Era, como los grupos de doctrina de origen oriental que se desempeñan en un medio culturalmente cristiano, suelen afirmar que su doctrina o enseñanza es perfectamente compatible con la fe cristiana. A partir de aquí, si bien aceptan y "veneran" el texto bíblico, no lo consideran propiamente como Palabra de Dios, y colocan junto a él algunos de los libros sagrados de las grandes religiones de Oriente cuya lectura e interpretación ocupa casi toda su atención. Este es el caso por ejemplo del Bhagavad Gita en el Hare Krishna.
Dentro de la predicación de los grupos ocultistas existe la creencia en que la sabiduría que ha de posibilitar a los seres humanos alcanzar la verdadera felicidad ha sido revelada a los hombres (bien sea en los tiempos primordiales, o modernamente a algunos elegidos) por seres divinos, y que es transmitida a lo largo de la historia por ciertos "maestros" o "iluminados".
Esta transmisión se daría originalmente dentro de las órdenes mágicas, las logias u otras asociaciones semejantes, a las que sólo pueden ingresar los iniciados.
Esta "sabiduría", mantenida oculta a lo largo de los siglos y transmitida dentro de estos grupos iniciáticos, es a su criterio la verdadera clave de interpretación de toda la realidad, y por supuesto que también de la Biblia (cuando se la acepta como un libro sagrado).
Esta es la modalidad de lectura bíblica a la que asistimos dentro de muchas sectas platillistas (que pretenden encontrar en la Escritura rastros de antiguas visitas alienígenas), y de la vanguardia New Age que apela a fuentes como Isis Desvelada de Madame Blavatsky, o a los escritos de Saint Germain, Eliphas Levi, o Papus como herramienta de interpretación de la verdad revelada.
Sin duda que el término de "lectura ocultista" se aplica con mayor propiedad a la última modalidad descripta, pero podemos generalizar el término a todo este grupo ya que en todos los casos se está apelando a una "verdad revelada" exterior al mismo texto sagrado para su interpretación.
Estas formas de lectura son inaceptables para un cristiano. Como se manifestara ya a través del mandato de Jesús al enviar a sus discípulos: "Id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad", el designio salvador de Dios es universal, es decir, alcanza a todos los hombres de todos los tiempos y desde la perspectiva del amor de Dios no conoce otra restricción que la voluntad misma del hombre que puede responder o no a su Amor Redentor.
Por lo tanto, la introducción de una revelación secundaria, conocida sólo por un grupo de iniciados, iluminados, o favorecidos de algún otro modo, que deba complementar necesariamente al texto bíblico para que el individuo pueda alcanzar la Verdad, contradice no sólo la advertencia del Apóstol a la que hiciera referencia más arriba, sino también a esta designio universal de salvación.
Además, en este camino de interpretación del texto bíblico se suele perder la verdadera perspectiva. Para el fiel cristiano, sabiduría no es un don en sí mismo, el objeto de su búsqueda no es la ciencia racional en sí, sino la sabiduría como un instrumento para alcanzar la unión con Dios, la paz… "apártate del mal, obra el bien, busca la paz, persíguela´